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Maternidad y Feminismo: Un Análisis Crítico

Este documento resume los principales desarrollos en el movimiento feminista durante los últimos 10 años desde la publicación original del libro "Nacemos de mujer". Se destaca el crecimiento de un movimiento de salud feminista que ha desafiado la industria médica y ha empoderado a las mujeres sobre sus propios cuerpos y decisiones reproductivas. También se menciona el movimiento por la desmedicalización del parto y el establecimiento de centros de parto alternativos, aunque estos han sido parcialmente subsumidos por nuevos ideales familiares

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Maternidad y Feminismo: Un Análisis Crítico

Este documento resume los principales desarrollos en el movimiento feminista durante los últimos 10 años desde la publicación original del libro "Nacemos de mujer". Se destaca el crecimiento de un movimiento de salud feminista que ha desafiado la industria médica y ha empoderado a las mujeres sobre sus propios cuerpos y decisiones reproductivas. También se menciona el movimiento por la desmedicalización del parto y el establecimiento de centros de parto alternativos, aunque estos han sido parcialmente subsumidos por nuevos ideales familiares

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Diez años después: una

nueva introducción*

Existe una peculiar tensión entre un viejo sistema de ideas que


ha perdido su energía, pero que se apoya en la fuerza acumulada
de la costumbre, la tradición, el dinero y las instituciones, y un
naciente conjunto de ideas que está lleno de energía pero es to-
davía un torbellino, descentralizado, anárquico, constantemente
bajo ataque, que sin embargo se expresa poderosamente a través
de la acción. En nuestro siglo, algunas viejas ideas cohabitan en el
enclave de su estatus privilegiado: la superioridad de los pueblos
europeos y cristianos; el derecho de la fuerza como superior al
derecho de relación; lo abstracto como modo más desarrollado o
«civilizado» que lo concreto y particular; la adscripción de un va-
lor humano intrínseco más alto a los hombres que a las mujeres.
Este libro fue escrito hace más de diez años como una forma
de resistencia a todas estas ideas, pero especialmente a la última.
Lo escribí en tanto persona concreta y particular, y en él empleé
experiencias concretas y particulares de mujeres (incluyendo las
mías), así como de algunos hombres. En el momento en que lo
empecé, en 1972, esto es después de cuatro o cinco años de ha-
berse iniciado una nueva politización de las mujeres, práctica-
mente no había nada escrito sobre el tema de la maternidad. Ha-
bía, sin embargo, un movimiento en fermentación, un clima de
ideas, que escasamente existía cinco años antes. Me parecía que

* Esta introducción fue escrita para la Edición del Décimo Aniversario de 1986.

27
28 Nacemos de mujer

la devaluación de la mujer en otras esferas y las presiones sobre


las mujeres para validarse a través de la maternidad merecían ser
investigadas. Quería examinar la maternidad (incluida la mía)
en su contexto social, inscrita en una institución política: o sea,
en términos feministas.
Nacemos de mujer fue alabado y atacado por lo que se consi-
deró su extraño enfoque: testimonio personal mezclado con in-
vestigación y teoría derivada de ambos. Pero este enfoque nunca
me pareció extraño mientras escribía. Lo que todavía parece ex-
traño es el «autor ausente», la autora que asienta especulaciones,
teorías, hechos y fantasías sin ninguna base personal. Por otra
parte, recientemente he sentido que la tesis del movimiento de
liberación de las mujeres de finales de los años sesenta de que «lo
personal es político» (tesis que ayudó a dar origen a este libro)
está siendo cubierta por un elisión New Age de lo-personal-por-
lo-personal-mismo, como si «lo personal es bueno» se hubiera
convertido en el corolario, olvidando la tesis inicial. Audre Lorde
pregunta en un poema reciente:

Qué queremos unas de otras después de haber contado nuestras


historias
Queremos ser curadas queremos una musgosa calma que crezca sobre
nuestras cicatrices queremos la hermana todopoderosa que no asuste
que hará que el dolor se vaya que el pasado no sea así1

La pregunta de qué queremos, más allá de un «espacio seguro»,


es crucial en lo que se refiere a las diferencias entre el relato in-
dividualista sin lugar a donde ir, y un movimiento colectivo que
dé poder a las mujeres.
Durante los últimos quince años ha crecido un vigoroso y am-
plio movimiento de mujeres para el cuidado de la salud, que ha
desafiado a una industria médica en la que las mujeres son ma-
yoría, como clientes y como trabajadoras (la mayoría en puestos
de bajo nivel salarial y horizontalmente segregados), un sistema
notable por su arrogancia y a veces brutal indiferencia hacia las
mujeres, y también hacia la pobreza y el racismo como factores de

1 Audre Lorde, «No Hay Poemas Honestos sobre Mujeres Muertas» en Our Dead
Behind Us, Nueva York, Norton, 1986.
Diez años después: una nueva introducción 29

enfermedad y mortalidad infantil.2 En particular, el movimiento


de salud femenino se ha centrado en la ginecología y la obstetricia,
los riesgos y la disponibilidad de métodos de control de la nata-
lidad y aborto, la demanda por parte de las mujeres de poder de
decisión sobre su vida reproductiva. Sus activistas han estableci-
do fuertes conexiones políticas entre el conocimiento de nuestros
cuerpos, la capacidad de tomar nuestras propias decisiones en lo
sexual y en lo reproductivo, y la toma de poder más general por
parte de las mismas mujeres. Si bien este movimiento se inició con
algunas mujeres contando sus historias de partos en estado de
inconsciencia, abortos ilegales fallidos, cesáreas innecesarias, es-
terilizaciones involuntarias, encuentros individuales con médicos
arrogantes, éstas nunca fueron meras anécdotas, sino testimonios
a través de los cuales la negligencia y el abuso de las mujeres por
parte del sistema de salud podían ser sustanciados, creando nue-
vas instituciones que atendieran a las necesidades de las mujeres.3
Una de las primeras instituciones fundamentales fue, por
ejemplo, el Los Angeles Feminist Women’s Health Center, fun-
dado en 1971 por Carol Downer y Lorraine Rothman, donde se
enseñaba a las mujeres a realizar el autoexamen cervical con una
linterna, un espejo y un espéculo. Esta enseñanza era tanto prác-
tica como simbólica; dio por tierra con la suposición ortodoxa
de que el ginecólogo que examina a una mujer acostada sobre
una camilla con sus pies en estribos está más familiarizado con
el sistema reproductivo de esta mujer que la propia mujer. Acti-
vistas como Downer y Rothman sostenían que este desequilibrio
del conocimiento contribuía a la mistificación de los cuerpos y la
sexualidad de las mujeres. Al aprender a conocer su vulva y su
cérvix y a rastrear sus cambios a lo largo del ciclo menstrual, la
mujer está menos alienada de su cuerpo, es más consciente de
sus ciclos físicos, más capaz de tomar decisiones y menos depen-
diente de los «expertos» en obstetricia y ginecología.

2 Véase por ejemplo Nancy Stoller Shaw, Forced Labor, Nueva York, Pergamon,
1974; Barbara Ehrenreich y Deirdre English, For Her Own Good: 150 Years of the
Experts’ Advice on Women, Nueva York, Anchor Books, 1979; Michelle Harrison,
Woman in Residence, Nueva York, Penguin, 1983.
3 Para una descripción histórica detallada del movimiento femenino de salud y
una lista de las organizaciones actuales, véase «The New» Our Bodies, Ourselves
de Boston Women’s Health Book Collective, Nueva York, Simon and Schuster, 1984.
Véase también Jo Freeman, The Politics of Women’s Liberation, Nueva York, David
McKay, 1975, p. 158.
30 Nacemos de mujer

El movimiento por la desmedicalización del parto, esto es, por tra-


tarlo como un evento en la vida de la mujer y no como una enfer-
medad, se volvió nacional, con un aumento de partos en el hogar,
prácticas de parto alternativas y el establecimiento de «centros de
parto» y «salas de parto» en los hospitales. Inicialmente, las parte-
ras profesionales estuvieron al frente de este movimiento, al lado
de mujeres que querían experimentar el parto entre familiares y
amigos, con la mayor autonomía posible en sus elecciones sobre el
mismo. En la medida en que el movimiento por un parto alterna-
tivo se ha centrado en el parto como único tema, esta reforma ha
sido fácilmente subsumida en un nuevo idealismo de la familia.
Sus orígenes feministas se han desdibujado, junto con el desafío
potencial a la economía y la práctica del parto medicalizado y a la
separación de maternidad y sexualidad.4 Los centros de parto no
necesariamente resultaron como se los pensó originalmente; las
parteras-enfermeras han sido reemplazadas por obstetras que se
niegan a aceptar clientes sin cobertura médica; el mobiliario sim-
ple ha sido reemplazado por carísimas camas «obstétricas».5
Un movimiento restringido al embarazo y el parto, que no
pregunte y no demande respuestas sobre la vida de los niños, las
prioridades del gobierno; un movimiento en el cual cada familia
dependa del consumismo y del privilegio educativo para brin-
dar a sus propios hijos nutrición, escolaridad y atención médica,

4 «La Escuela Familiar Cristiana ofrece dos cursos de parto casero […] Creemos, y lo
hemos confirmado con nuestra experiencia, que la mayoría de los partos pertenecen
al hogar, y que los padres pueden aprender todo lo que necesitan para un parto
seguro […] Cuando usted está en la Escuela Familiar Cristiana […] le pedimos que
se abstenga de bebidas alcohólicas, lenguaje obsceno, sexo no marital, drogas y el
uso de aparatos tales como transistores de radios, grabadoras, linternas y cámaras.
También pedimos a los hombres que usen pantalones largos y a las mujeres vestidos
hasta el tobillo» en Janet Isaacs Ashford (ed.), The Whole Birth Catalogue: A Sourcebook
for Choices in Childbirth, Trumansburg, Crossing Press, 1983, p. 119
5 Véase Katherine Olsen, In-Hospital Birth Centers in Perspective, Tesis de master,
Board of Studies in Anthropology, Santa Cruz (ca), University of California,
1981. En abril de 1986 se analizará en California una ley que establezca un proceso
de licencias que incorpore a las parteras al sistema de salud. El movimiento
que propugna partos atendidos por parteras ha sido enérgicamente combatido
por la profesión médica, a pesar de que las estadísticas muestran niveles
dramáticamente inferiores de complicaciones y muerte perinatal en este tipo de
partos atendidos por parteras. La actividad de partera es actualmente legal o está
desregulada en 36 estados. Janet Isaacs Ashford, «California Should Legalize Lay
Midwives», en San Jose Mercury, 31 de marzo de 1986.
Diez años después: una nueva introducción 31

si bien se percibe a sí mismo como progresivo o alternativo, pue-


de existir sólo como una contradicción menor dentro de una so-
ciedad en la que la mayoría de los niños crecen en situación de
pobreza y cuya mayor prioridad es la tecnología bélica.
En los diez años que transcurrieron desde la publicación de
este libro, poco y mucho ha cambiado. Depende de qué estemos
buscando. Una generación de mujeres políticamente activas mo-
dificó sustancialmente el clima y las esperanzas de los años se-
tenta, trabajando para obtener buenas guarderías a bajo coste,
partos centrados en la mujer y en el bebé (en lugar del trabajo de
parto medicalizado y la alta tecnología obstétrica), igual remune-
ración por igual trabajo, la legalización del aborto gratis y seguro,
la evitación de la esterilización abusiva, el derecho de las madres
lesbianas a la custodia de sus hijos, el reconocimiento de la viola-
ción (incluyendo la violación marital) como acto de violencia y del
acoso sexual en el lugar de trabajo como discriminación sexual,
la acción afirmativa, un sistema de salud que responda bien a las
mujeres, cambios respecto de los prejuicios masculinos en las cien-
cias sociales y humanas, y mucho más. Sin embargo todas estas
han sido, en el mejor de los casos, victorias parciales, que deben
ser conquistadas una y otra vez en los tribunales y en la concien-
cia pública. Las cosas han cambiado lo suficiente como para que
aparentemente, para algunas mujeres (mayoritariamente blancas
y educadas, con más posibilidades de salir en los medios), las con-
diciones de vida sean infinitamente mejores que las de sus madres
y abuelas, e incluso que las de sus hermanas mayores.
En 1976, una mujer joven con educación universitaria podía
experimentar sexualmente gracias a la píldora, estudiar Derecho,
vivir con su novio, y posponer su maternidad (con recurso al
aborto legal y seguro en caso de necesidad). Hacia 1986, casada y
trabajando como abogada, podía decidir tener un hijo en un ho-
gar con dos ingresos, dar a luz en casa con una partera y un obs-
tetra que corresponda con su decisión, y descubrir que, mientras
el primer ímpetu del movimiento de liberación femenina había
apoyado sus decisiones en los años setenta, una sociedad cada
vez más obsesionada con la vida familiar y las soluciones perso-
nales le daba ahora su aprobación por ser madre. Tenía lo mejor
de los dos mundos, decía. Era una post-feminista, nacida libre.6

6 El 9 de septiembre de 1986, el New York Times publicó como nota de tapa de


su revista dominical un artículo sobre «la mujer que trabaja, como modelo»
32 Nacemos de mujer

O bien, según los medios, esta mujer nos decía que la liberación
no solucionaba nada. Quizás había demasiadas opciones. El
mundo profesional del derecho (o de las finanzas corporativas,
o del marketing) era implacable, demasiado competitivo si una
apuntaba alto; te obligaba a adaptar tu vida privada, tensaba de-
masiado tus relaciones. Había más autonomía, más libertad real,
en la maternidad a tiempo completo. O por lo menos así se trans-
mitían sus opiniones en los medios.
¿Habían cambiado las cosas de forma suficiente para ella? In-
cluso para ella, las opciones aparentemente más amplias estaban
estrictamente limitadas. Tenía la opción de competir en un sis-
tema económico en el que la mayor parte del trabajo asalariado
realizado por mujeres se lleva a cabo en el ghetto femenino y
horizontalmente segregado del trabajo de servicios y de ofici-
na, limpieza, atención de mesas en restaurantes y bares, trabajo
doméstico, enfermería, enseñanza de escuela elemental, venta
detrás de un mostrador, por mujeres con menor educación y
menos opciones. A su vez, las revistas de papel satinado no pre-
guntaban a esas mujeres sobre sus conflictivos sentimientos, sus
problemas con el cuidado de los niños. Más bien entrevistaban
a hombres blancos de clase media sobre «crianza», sobre «mater-
nidad masculina», el lujo de cuidar a un bebé cuya madre eligió
trabajar fuera del hogar.
Hacia 1980 una nueva ola de conservadurismo (político, reli-
gioso, profundamente hostil a los logros obtenidos por las muje-
res en los años setenta) atravesaba el país. Si bien una creciente
mayoría de familias en Estados Unidos no se ajustaban al modelo
de familia «nuclear», la ideología del sistema de familia patriar-
cal estaba de nuevo en ascenso. La «guerra contra los pobres» de
los años ochenta ha sido, por encima de todo, una guerra contra
las mujeres pobres y sus hijos, contra hogares encabezados por
mujeres a los cuales, implacablemente, se les han retirado los ser-
vicios y los apoyos federales. Las campañas antihomosexuales y
antiabortistas, fuertemente financiadas por la derecha y las igle-
sias, han erosionado las opciones ampliadas por el movimiento

(«The Working Mother as Role Model»). Las «mujeres que trabajan» eran jóvenes
profesionales. Todas eran blancas. Si bien el artículo apoyaba su decisión de
trabajar al mismo tiempo que crían a sus hijos, aparecía la conocida cuestión de
los posibles «efectos psicológicos» de esta decisión sobre los niños.
Diez años después: una nueva introducción 33

de derechos homosexuales y por las decisiones de 1973 sobre el


aborto de la Corte Suprema de Justicia. La madre trabajadora
con maletín era, en sí misma, un toque cosmético en una socie-
dad profundamente resistente a los cambios fundamentales. Las
esferas «pública» y «privada» estaban todavía disociadas. Esta
mujer no se encontraba en la entrada de una nueva sociedad en
evolución, en transformación. Había sido simplemente integra-
da en las mismas estructuras que los movimientos de liberación
habían hecho necesarias. No era que el movimiento de liberación
de las mujeres no hubiera tenido éxito, que «no hubiera solucio-
nado nada». Se había producido una contrarrevolución, y esta
mujer había sido absorbida.
No se produjeron cambios suficientes para el 61 % de adul-
tos pobres que, en 1984, eran mujeres:7 para la madre soltera
encarcelada por un crimen no violento (robo menor, emisión
de cheques sin fondos, falsificación) a quien se prohíbe ver a
sus hijos o incluso saber dónde han sido llevados;8 para la ma-
dre chicana que trabaja en la fábrica de conservas, tratando de
alimentar a sus hijos durante una huelga (no por salarios más
altos, sino contra la reducción de los salarios) y que es desalo-
jada por retrasarse en el pago del alquiler; para la empleada
doméstica negra, organizadora de su comunidad, que se lleva
a su pequeño piso, a vivir con ella, a su hija desempleada y a
sus nietos; para las muchas otras que, a partir de los recortes
en los programas para madres e hijos de los años ochenta y el
creciente desempleo, se encontraron no sólo en la pobreza sino
en la desesperación y, cada vez más, sin hogar; para la pareja
lesbiana de clase obrera que trata de criar a sus hijos en un cli-
ma de homofobia intensificada y en una economía deprimida;
para las madres de clase obrera que antes estaban orgullosas
de su capacidad para arreglárselas y ahora se ven con sus hijos
haciendo fila frente al comedor popular. Mujeres sin maletín,
muchas de ellas refugiadas en el torbellino del desarraigo, el
lenguaje desconocido, la nueva cultura.

7 Véase James Reston, «Do We Really Care», New York Times, 16 de febrero de
1986.
8 Laura Boytz, «Incarcerated Mothers Kept from Children» en Plexus: West Coast
Women’s Press, vol. 11, núm. 9, diciembre de 1984, p. 1
34 Nacemos de mujer

Algunas ideas no son realmente nuevas, pero tienen que ser


afirmadas una y otra vez desde el principio. Una de ellas es la
idea, aparentemente simple, de que las mujeres son intrínseca-
mente tan humanas como los hombres, que ni las mujeres ni los
hombres son meramente un calco de códigos genéticos, de datos
biológicos. La experiencia nos forma, la aleatoriedad nos forma,
las estrellas y el clima, nuestro amoldarnos y rebelarnos, y sobre
todo, el orden social que nos rodea, nos forman.
Mientras escribo esto, el ataque al derecho de las mujeres al
aborto seguro y a bajo coste experimenta un fuerte crescendo.
La bibliografía de títulos (a favor y en contra, legales, teológicos,
éticos, políticos) relacionados con el aborto se ha duplicado des-
de que escribí el último capítulo de este libro. A la lucha se han
sumado los autodenominados «pacifistas antiabortistas» y las
«feministas antiabortistas», además de los terroristas, junto con
fundamentalistas cristianos con fuertes convicciones derechistas
respecto de la familia nuclear y fuertes objeciones a la interferen-
cia del Estado en la esfera de la vida familiar. «Desde su punto de
vista, la familia está por un lado sitiada y por el otro es sagrada,
y cualquier política que intente dirigirse a los miembros de una
familia como entidades separadas, más que como un conjunto
orgánico, es, a priori, nociva».9
Los argumentos contra el aborto tienen en común una valora-
ción del feto no nato superior a la de la mujer viva. Si «el debate
sobre el aborto es un debate sobre el ser persona»,10 el movimien-
to de liberación de las mujeres es también un movimiento sobre
el ser persona (como cualquier movimiento de liberación). La
mujer viva y politizada reclama ser persona, esté vinculada a una
familia o no, esté vinculada a un hombre o no, sea madre o no.

9 Véase Kristin Luker, Abortion and the Politics of Motherhood, Berkeley (ca),
University of California Press, 1984, p. 173. Luker destaca que «esto explica la
frecuente oposición de los «pro-vida» a […] comidas escolares, guarderías, nu-
trición adicional para embarazadas y programas anti-abuso […] no porque se
opongan necesariamente al contenido de tales programas, sino porque se resis-
ten a la idea de permitir al Estado entrar en el sacrosanto territorio del hogar». El
movimiento «pro-vida» también considera «abortivo» todo método de control de
la natalidad. Los únicos métodos considerados aceptables son la «planificación
familiar natural» (una elaboración del antiguo «método del ritmo») o la abstinen-
cia. Véase Luker, pp. 165-166.
10 Ibídem, p. 5.
Diez años después: una nueva introducción 35

La postura antiabortista trata de introducir una única y monolí-


tica cuña en un conjunto de temas tales como las prerrogativas
sexuales masculinas, la heterosexualidad prescriptiva, la desven-
taja económica femenina, el racismo, la prevalencia de la viola-
ción y del incesto paternal. Así, la mujer es aislada de su contexto
histórico como mujer; su decisión a favor o contra el aborto está
desconectada del peculiar estatus de la mujer en la historia de la
humanidad.11 El movimiento antiabortista trivializa los impulsos
de la mujer hacia su educación, su independencia y su autodeter-
minación, considerándolos autoindulgencia. Su texto no escrito
más profundo no trata sobre el derecho a la vida, sino sobre el
derecho a ser sexual, a separar la sexualidad de la procreación, a
hacernos cargo de nuestra capacidad procreativa.
Al permitir que el «acto individual» del aborto sea considera-
do la cuestión real, algunos de los que están a favor han recaído
en la estéril argumentación de que se trata de «un simple proce-
dimiento quirúrgico». Pero la posición feminista general ha sido
más compleja y tiene que ver con contextos, con transformacio-
nes sociales, con el uso y abuso de poder, con relaciones libera-
das de los modelos de dominación y sumisión. Aunque reclama
para sí una postura moral superior, la retórica antiabortista re-
duce el alcance y la riqueza de la opción moral. No ve al mundo
más allá del feto, sino en el resbaladizo argumento de que, al
permitir la matanza de fetos, pasaremos directamente a matar
a los viejos, los retrasados mentales, los discapacitados físicos.12
Pero el desequilibrio entre la preocupación por las mujeres y la
preocupación por los fetos se repite en el desequilibrio entre la
atención que los antiabortistas prestan al feto y la que prestan

11 En Our Right to Choose: Toward a New Ethic of Abortion (Boston (ma), Beacon,
1983) Beverly Wildung Harrison sostiene que «la desvalorización de las mujeres»
es «una herencia moral inaceptable que debe ser corregida» (p. 7). Resalta que «a
menos que la opción procreativa sea entendida como una posibilidad histórica
deseable, sustancialmente conducente al bienestar de toda mujer, cualquier de-
bate sobre el aborto estará descentrado desde el principio. Sin embargo, no hay
tema más descuidado, en la evaluación moral del aborto, que el tema de si las
mujeres deben tener opción procreativa» (p. 41).
12 Un análisis de las actitudes hacia el aborto de mujeres con capacidad diversa
puede encontrarse en Michelle Fine y Adrienne Asch, carasa News, Committee
for Abortion Rights and against Sterilization Abuse, Nueva York, junio-julio de
1984. Véase también «Abortion, Amniocentesis and Disability» en «The New» Our
Bodies, Ourselves, p. 303.
36 Nacemos de mujer

a la gente más vulnerable que ya vive bajo terribles presiones


en la sociedad estadounidense: los viejos, los sin techo, los de
capacidades diversas, los de piel más oscura, los niños en edad
preescolar (uno de cada cuatro) que viven en la pobreza, los ni-
ños maltratados o que han sufrido abuso en la familia nuclear.
Una moralidad antiabortista que no respete el valor huma-
no intrínseco de la mujer es hipocresía. Pero también lo es una
moralidad antiabortista que abunda sobre los derechos y valores
del feto y sin embargo condona la cínica indiferencia hacia el
espectro total de la vida humana que constituye ahora la política
oficial en Estados Unidos.
Hoy no terminaría este libro, como lo hice en 1976, afirmando
que «la recuperación de nuestros cuerpos, por parte de las muje-
res, posibilitará cambios más esenciales en la sociedad humana
que la toma de los medios de producción por los obreros». Si,
en efecto, el libre ejercicio por parte de todas las mujeres de sus
opciones sexuales y procreativas catalizará enormes transforma-
ciones sociales (yo creo que sí), también creo que esto puede su-
ceder sólo al lado de, ni antes ni después, de otras reclamaciones
que a las mujeres y a ciertos hombres les han sido denegados
durante siglos: el derecho a ser persona; el derecho a compartir
de forma equitativa el producto de nuestro trabajo; a no ser usa-
dos meramente como un instrumento, un rol, un útero, un par de
manos o una espalda o un conjunto de dedos; a participar plena-
mente de las decisiones en nuestro lugar de trabajo, en nuestra
comunidad; a hablar por nosotras mismas, por derecho propio.
La mayor parte del trabajo, en todo el mundo, es realizada
por mujeres: esto es un hecho. En todo el mundo, las mujeres
tienen y crían niños; cultivan, procesan y comercializan alimen-
tos; trabajan en fábricas y talleres; limpian hogares y edificios de
oficinas; practican el trueque, crean e inventan la supervivencia
del grupo. La elección procreativa es, para las mujeres, un equi-
valente a la demanda por la jornada laboral legalmente limita-
da que Marx consideraba la coyuntura más importante para los
obreros del siglo xix. Las luchas por esa «modesta Carta Mag-
na», como la llamaba Marx, surgieron de una época en la que
el empleador era literalmente el dueño de la vida del trabaja-
dor. Las Leyes de Fábrica no terminaron con el capitalismo, pero
Diez años después: una nueva introducción 37

cambiaron la relación de los trabajadores con sus propias vidas.13


También reemplazaron la impotencia del trabajador individual
con la toma de conciencia de que la confrontación colectiva po-
día ser efectiva.
Durante siglos, las mujeres han actuado también, a menudo
sin el recurso a la confrontación directa, a partir de un entendi-
miento colectivo de que sus cuerpos no serían explotados. Or-
lando Patterson informa que en Jamaica, durante la esclavitud,
«no sólo la tasa de mortalidad era anormalmente alta sino, de
forma más extraordinaria, que las mujeres esclavas se negaban
absolutamente a reproducirse, en parte por desesperación e in-
dignación, en una suerte de rebelión ginecológica contra el siste-
ma, y en menor medida debido a prácticas de amamantamiento
peculiares». Angela Davis informa de esquemas similares por
parte de las esclavas afro-americanas. Michael Craton nota que,
si bien las mujeres esclavas en Jamaica podían ser relevadas del
trabajo pesado en los campos, caso de tener o criar cierto número
de hijos, estas no tenían hijos o tenían muy pocos. A partir de la
emancipación, la tasa de natalidad aumentó.14
Angela Davis enfatiza el hecho de que, si bien «las mujeres
negras han abortado desde los primeros días de la esclavitud», el
aborto no ha sido considerado como «un punto de partida hacia
la libertad», sino como un acto de desesperación «motivado […]
por las opresivas condiciones de la esclavitud».15 Con el debido
respeto hacia Davis, creo que ella subestima hasta qué punto las
mujeres blancas han recurrido al aborto como «acto de desespe-
ración» dentro del contexto no tanto de esclavitud como de otras
presiones: violación, traición sexual, incesto familiar, total falta
de apoyo para la madre soltera, pobreza, fallo de los intentos an-

13 Karl Marx, Capital, Chicago, Charles H. Kerr & Co., 1906, I, pp. 255-330 [ed.
cast.: El capital, Madrid, Akal, 2017].
14 Orlando Patterson, Slavery and Social Death: A Comparative Study, Cambridge,
Harvard University Press, 1982, p. 133; Angela Davis, Women, Race and Class, Nue-
va York, Random House, 1981, p. 205; Michael Craton con Garry Greenland, Sear-
ching for the Invisible Man: Slaves and Plantation Life in Jamaica, Cambridge, Harvard
University Press, 1982, p. 96. Véase también Linda Gordon, «The Folklore of Birth
Control» en Woman’s Body, Woman’s Right: A Social History of Birth Control in Ameri-
ca, Nueva York, Grossman-Viking, 1976, pp. 26-46.
15 Davis, pp. 204-205.
38 Nacemos de mujer

ticonceptivos, e ignorancia o falta de disponibilidad de métodos


anticonceptivos. El aborto puede ser un acto de desesperación
económica en situación de explotación económica que, aunque
menos total y abiertamente violento que la esclavitud, ofrece a
las mujeres opciones mínimas, tanto en el lugar de trabajo como
en el hogar. Si el derecho al aborto es un punto de partida hacia
la libertad, puede serlo sólo al lado de otros puntos de partida,
de otras clases de acción. Y, como señala Davis, un movimiento
feminista por los derechos reproductivos debe ser sumamente
claro en su disociación del racismo por parte de los movimien-
tos eugenésicos y de «control de la población», oponiéndose a la
esterilización involuntaria como parte integral de su política.16
Como mujer blanca, de clase media y educada, que a finales
de los años cincuenta tuvo que rogar y argumentar para con-
seguir la esterilización después de haber tenido tres hijos, al
principio sólo entendí que la esterilización a demanda era tan
necesaria como el aborto legal y gratuito. Recuerdo vívidamente
el impacto de la contradicción que surgió en los años setenta:
mientras el establishment médico estaba poco dispuesto a esteri-
lizar a mujeres como yo, los mismos profesionales y el gobierno
federal ejercían presión y coerción para esterilizar a gran número
de mujeres indias, negras, chicanas, blancas pobres y portorri-
queñas. La política de hace treinta años de la u.s. Agency for
International Development dio como resultado la esterilización
del 35 % de las mujeres puertorriqueñas en edad de tener hijos.17
Entre 1973 y 1976, 3.406 indias fueron esterilizadas; en un hospi-
tal del Indian Health Services en Oklahoma, una de cada cuatro
mujeres internadas fueron esterilizadas: 194 en un solo año. (En
1981, el 53,6 % de los hospitales universitarios de Estados Unidos
todavía tenía como requisito la esterilización para abortar.) Las

16 Ibídem, pp. 202-221. Véase también Sterilization: Some Questions and Answers,
1982, Committee for Abortion Rights and against Sterilization Abuse, 17 Murray
St., Fifth Floor, Nueva York. 10007; los comentarios de Helen Rodríguez sobre la
propaganda sobre esterilización en Helen B. Holmes, Betty B. Hoskins, Michael
Gross (eds.), Birth Control and Controlling Birth: Woman-Centered Perspectives, Clifton
(nj): Humana Press, 1980, pp. 127-128; y Adrienne Rich, On Lies, Secrets, and Silen-
ce: Selected Prose 1966-1978, Nueva York, Norton, 1979, pp. 266-267, y Committee
for Abortion Rights and against Sterilization Abuse, Women under Attack: Abortion,
Sterilization Abuse and Reproductive Freedom, Nueva York, carasa, 1979.
17 Sterilization: Some Questions and Answers, p. 9.
Diez años después: una nueva introducción 39

demandas legales iniciadas por el Southern Poverty Law Cen-


ter en defensa de las hermanas Relf o el juicio Madrigal versus
Quilligan en defensa de diez mujeres de origen mexicano contra
Los Angeles County Hospital en 1974 mostraron dramáticamen-
te la contradicción y dieron origen al activismo contra la esteri-
lización abusiva, exigiendo la emisión, por parte del hew (De-
partment of Health, Education and Welfare), de una guía para la
esterilización voluntaria.18 Hasta la emisión de dicha guía, hew
financiaba 100.000 esterilizaciones anuales a través del Medicaid
y de las agencias para la planificación familiar.19
En 1977, la Enmienda Hyde canceló el uso de fondos del Medi-
caid para abortos, pero continuó financiando las esterilizaciones. En
el mismo año, en la National Conference on Sterilization Abuse, una
amplia coalición (mujeres indias, negras y latinas, activistas femi-
nistas de la salud, medios alternativos, grupos religiosos y de acción
social comunitarios) presionó al hew para que reglamentara todas
las esterilizaciones financiadas por el gobierno federal. «El consen-
timiento informado sobre el procedimiento y las alternativas debía
ser otorgado en el idioma preferido por la cliente; el consentimiento
no podía ser obtenido durante el trabajo de parto; era obligatorio
un período de espera de treinta días; y había una moratoria para la
esterilización de mujeres de menos de 21 años.»20 (La mayoría de la
gente objeto de esterilización involuntaria son mujeres.)21
Se produjo una tormenta de oposición por parte de adminis-
tradores de hospitales, obstetras, ginecólogos y una variedad de
organizaciones de planificación familiar, e incluso feministas. La
National Organization for Women y la National Abortion Rights
Action League sostuvieron que las reglamentaciones eran una
forma indeseable de legislación proteccionista, detractoras de la
autonomía femenina.22 Muchas feministas blancas no lograron

18 Thomas M. Shapiro, Population Control Politics: Women, Sterilization and


Reproductive Choice, Filadelfia, Temple University Press, 1985, pp. 91-93.
19 Ibídem, p. 115.
20 Ibídem, pp. 137-142.
21 Véase Robert H. Blank, «Human Sterilization: Emerging Technologies and
Re-emerging Social Issues», Science, Technology and Human Values, vol. 9, núm. 3,
1984, pp. 8-20.
22 Shapiro, p. 139.
40 Nacemos de mujer

entender que las facilidades para obtener la «esterilización a de-


manda», sin periodo de espera, podían convertirse, y en efecto se
convirtieron, en esterilizaciones abusivas, caso de que la mujer
fuera de piel oscura, viviera de subsidios o en una reserva india,
hablara poco o nada de inglés, o bien su inteligencia y capaci-
dad de juzgar por sí misma se supusieran por debajo del nivel
aceptable, por cualquiera de las razones antes mencionadas. Yo
misma tuve que luchar contra esta contradicción: basándome en
mi propia experiencia, no había reparado en las otras facetas de
las políticas en cuestión. El tema de la esterilización me demostró
cómo la raza y la clase social diferencian incluso las experiencias
más básicas comunes a todas las mujeres: la experiencia de que
nuestras decisiones reproductivas sean tomadas por nosotras
mismas o por instituciones dominadas por hombres.23
Con la promulgación de las reglamentaciones del hew en
1978, muchos grupos que luchaban contra la esterilización abu-
siva se desbandaron o reagruparon alrededor de la cuestión del
aborto. Pero las reglamentaciones no han sido una solución a
los problemas estructurales que rodean al aborto. Shapiro des-
cubrió, en 1985, que mientras «hasta hace poco, las minorías
eran esterilizadas en proporciones sustancialmente mayores
que las blancas», actualmente «las pobres son esterilizadas en

23 En su ensayo de 1983, «Racism and Sexism in Nazi Germany: Motherhood,


Compulsory Sterilization and the State», Gisela Bock analiza cómo se manifestó
esta cuestión durante el período nazi (y, según su ensayo, cómo está resurgiendo
en Alemania). Sugiere que «cuando hay sexismo y racismo, en particular con
características nazis, todas las mujeres están igualmente implicadas en ambos,
pero con experiencias diferentes. Están sujetas a una política coherente de doble
filo, de racismo sexista o de sexismo racista (un matiz sólo de perspectiva), pero
son segregadas a medida que viven los dos lados de esta política, una división
que también funciona con el fin de segregar sus formas de resistencia al sexismo
tanto como al racismo […] En lo que concierne a la lucha por nuestros derechos
reproductivos (por nuestra sexualidad, nuestros hijos y el dinero que queremos
y necesitamos), la experiencia nazi puede enseñarnos que, para tener éxito, la
lucha debe apuntar a obtener tanto los derechos como los medios económicos
que permitan a las mujeres elegir entre tener o no tener hijos […] Los recortes de
la ayuda social a madres solteras, la esterilización abusiva y los ataques contra el
aborto legal y gratuito son sólo distintos aspectos de un ataque dirigido a dividir
a las mujeres. La actual política poblacional y familiar en Estados Unidos y en el
Tercer Mundo hacen que la experiencia alemana bajo el nacionalsocialismo resulte
particularmente relevante». Renate Bridenthal, Atina Grossman y Marion Kaplan
(eds.), When Biology Became Destiny: Women in Weimar and Nazi Germany, Nueva
York, Monthly Review Press, New Feminist Library, 1984, pp. 271-296.
Diez años después: una nueva introducción 41

tasas desproporcionadamente altas. La esterilización de las mi-


norías no ha declinado. En cambio, están aumentando las este-
rilizaciones entre las blancas, notablemente blancas pobres que
dependen de subsidios.»24
Las actitudes enquistadas respecto de las mujeres (analizadas
en las capítulos 4, 5 y 8 de este libro), de los pobres, de la gente de
color; una creciente dependencia de la medicina y de la tecnolo-
gía para la resolución de problemas sociales; una actitud mental
neo-malthusiana de control poblacional centrada en la «super-
población» en lugar de la justa distribución de los recursos... es-
tos factores subsisten. Como dice Shapiro, «el Estado hace que
sea más fácil, para la madre dependiente de subsidios, obtener
una esterilización, que mantener a sus hijos abrigados en invier-
no, conseguir guarderías o darles una alimentación nutritiva».25
El vínculo del derecho al aborto con la esterilización abusiva
es muy fuerte, porque conecta los temas reproductivos femeninos
con las líneas de clase y raza, y porque dramatiza la necesidad
de las mujeres, sean quienes sean, de decidir cómo van a emplear
sus cuerpos, si tendrán o no hijos, si deciden ser sexuales y ma-
ternales. Es posible que en los próximos años el aborto sea nue-
vamente criminalizado [en Estados Unidos]. En tal caso, miles de
mujeres morirán, en dolor y soledad, por abortos ilegales fallidos
o por autoabortos. Las mujeres pobres son quienes más sufrirán y
quienes tendrán el mayor índice de mortalidad. Los traficantes del
aborto ganarán miles de dólares y los profesionales conscientes
que se arriesguen (incluyendo a mujeres que ayuden a otras mu-
jeres) irán a la cárcel. Actualmente, no obstante, existe una masa
crítica de mujeres que, de forma colectiva, saben mucho más de
lo que la mayoría de las mujeres han sabido en este siglo acerca
del cuidado físico de sí mismas y de otras. No es que simplemen-
te exista un movimiento político de mujeres desde hace casi dos
décadas, sino también un movimiento de autoeducación y educa-
ción sanitaria femenino que ha generado inmensos recursos. La
lucha será continuada, abiertamente o a escondidas, por las muje-
res y algunos hombres plenamente conscientes de que esta no es
una cuestión aislada ni tampoco simple, que la disponibilidad del

24 Shapiro, pp. 98-103.


25 Ibídem, p. 189.
42 Nacemos de mujer

aborto seguro, a demanda, es sencillamente una de las cuestiones


por las que debemos unirnos todos: no se trata del aborto per se,
sino del poder de las mujeres para elegir cómo y cuándo emplea-
remos nuestra sexualidad y nuestras capacidades reproductivas, y
que esto, en sus múltiples implicaciones, abre la puerta a un nuevo
tipo de comunidad humana.
Al igual que gran parte de la bibliografía feminista radical
de su época, este libro depende en gran medida de un concepto
de patriarcado al que como un depósito van a parar todos los
factores negativos de la historia. En estas páginas intenté definir
al patriarcado de la forma más concreta posible, no dejarlo caer
en la abstracción. Pero no quise, y ciertamente no quiero hacer-
lo ahora, dejar que el término «patriarcado» se convierta en un
cajón de sastre tan amplio que oscurezca áreas específicas de la
experiencia femenina. El problema del encuadre de la opresión
específica de las mujeres, en tanto mujeres, ha sido tratado de
distintas maneras por diferentes grupos de feministas. Por ejem-
plo, en Capitalist Patriarchy and the Case for Socialist Feminism [El
patriarcado capitalista y el caso del feminismo socialista], volu-
men de ensayos publicado en 1979 y editado por Zillah Eisens-
tein, pueden reconocerse las dificultades que encontraron las
marxistas feministas blancas al tratar de unir el análisis feminista
con el de clase: en los términos de Rosalind Petchesky, las dificul-
tades de «disolver el guión». En el mismo libro, «The Combahee
River Collective: A Black Feminist Statement» muestra cómo las
mujeres negras trabajan para separar y para reconectar los fren-
tes de batalla de clase, raza y sexo.26
El patriarcado es un concepto concreto y útil. Ya sea consi-
derado como fenómeno capitalista, ya como parte de la historia
precapitalista de muchos pueblos, que también debe ser confron-
tado en los socialismos existentes, el patriarcado es ampliamente
reconocido como el nombre de una jerarquía sexual identifica-
ble. No estamos en peligro de perder nuestro enfoque sobre el
patriarcado como forma fundamental de dominación, parale-
la a e interconectada con la raza y la clase. Pero considerar al

26 Zillah Eisenstein (ed.), Capitalist Patriarchy and the Case for Socialist Feminism,
Nueva York, Monthly Review Press, 1979. Véase también Gloria I. Joseph, «The
Incompatible Ménage a Trois: Marxism, Feminism and Racism» en Lydia Sargent
(ed.), Women and Revolution, Boston (ma), South End Press, 1981.
Diez años después: una nueva introducción 43

patriarcado como un producto puro, no relacionado con la opre-


sión económica o racial, me parece que hoy desvía las líneas de
análisis con las que procedemos para actuar.
El otro lado del patriarcado-como-cajón-de-sastre supone
la idealización de las mujeres. Aparentemente, a las feministas
blancas no les ha resultado fácil expresar una visión feminista
sin tropezar con ese ámbito conocido como «la cultura femenina,
que tan a menudo corresponde con la «esfera separada» de la
clase media femenina victoriana. En tanto madres, las mujeres
hemos sido idealizadas y también explotadas. Afirmar el valor
intrínseco humano de la mujer mientras este continúa siendo
negado de forma insidiosa y flagrante no es algo fácil de hacer
en términos estables, claros y no sentimentales. Para las mujeres
blancas de clase media, en particular, la mística de la superiori-
dad moral de la mujer (derivada de los ideales del siglo xix de la
castidad femenina y de lo maternal) puede acecharnos, incluso
cuando se echa por tierra el pedestal.
En este sentido, me resultan dudosas las políticas de los gru-
pos pacifistas de mujeres que, por ejemplo, celebran la materni-
dad como base para el compromiso en la acción antimilitarista.
No creo que una madre con su hijo sea ni más moralmente creí-
ble, ni más moralmente capaz que cualquier otra mujer. Un niño
puede ser usado como credencial simbólica, como objeto senti-
mental, como un distintivo de rectitud. Yo cuestiono la creencia
implícita de que sólo «las madres» con «sus propios hijos» tienen
un interés real en el futuro de la humanidad.
Y este es seguramente uno de los puntos en el que, en Estados
Unidos, las mujeres indias y negras tienen una muy diferente
comprensión, sobre la base de la historia y de los valores de sus
respectivas comunidades: la preocupación compartida por mu-
chos miembros del grupo respecto de todos sus niños.
En mi capítulo «La condición de madre y la de hija» traté es-
tas diferencias de una forma superficial. Estaba estudiando el te-
rritorio con los instrumentos que, en ese momento, me eran más
familiares: mi propia experiencia, la literatura escrita por muje-
res anglosajonas blancas de clase media (Virginia Woolf, Radcly-
ffe Hall, Doris Lessing, Margaret Atwood) y el estudio de Carroll
Smith-Rosenberg sobre las relaciones entre mujeres blancas de
clase media en el este de los Estados Unidos del siglo xix. Si bien
44 Nacemos de mujer

no me limité únicamente a estos materiales, se convirtieron en


la lente a través del cual consideraba a mi sujeto, hasta el punto
de que incluso el testimonio personal quedó desvirtuado. Al es-
cribir, por ejemplo, sobre el hecho de haber sido cuidada por una
niñera negra, intenté desdibujar esa relación para convertirla en
una relación madre-hija. Pero un «entendimiento» personalizado
no evitó que me deslizara sobre el sistema concreto en el cual las
mujeres negras han debido nutrir a los hijos del opresor. Es más,
basándome en la mitología griega, siempre a mano, generalicé que
«la catexis entre madre e hija» estaba en peligro siempre, en todo
el mundo. Un estudio de los mitos y las filosofías indígenas, afri-
canas y afroamericanas podría haber sugerido modelos distintos.
La riquísima literatura escrita por mujeres afro y caribeño-
americanas, y de forma creciente por mujeres indígenas, asiáti-
co-americanas y latinas, ofrece la complejidad de esta diferente
perspectiva. En la obra de teatro Florence de Alice Childress, la
madre es ferozmente protectora de su hija y está totalmente deter-
minada a apoyar sus aspiraciones, en un mundo que quiere que
su hija no sea más que una empleada doméstica. En The Bluest
Eye de Toni Morrison, Pauline Breedlove ha sido tan dañada por
el racismo interiorizado que no puede ni amar ni intentar prote-
ger a su propio hijo, a la vez que se desvive por los rubios hijos de
su empleador. El cuento «Medley» de Toni Cade Bambara está
escrito en la voz de una madre que «lo está consiguiendo», una
«buena especialista en manicura» a quien los hombres ni enga-
ñan ni fascinan. Mientras arregla las uñas de un conocido tahúr
o canta en la ducha con su novio, el proyecto que declara consiste
en «hacer un hogar para mi hija». En otro cuento de la misma
autora, la madre (una revolucionaria en algún lugar del mundo
que sugiere Vietnam) entrega su hija a una compañera para que
la cuide hasta la liberación de la ciudad, un evento en el cual la
niña, educada maternalmente, también participará. Si bien los
personajes no son ostensiblemente negros, el cuento remite a la
historia de las rebeliones de los esclavos del siglo xix y al Under-
ground Railroad [Ferrocarril clandestino, organización que ayu-
daba a escapar a los esclavos]. En Brown Girl, Brown Stones [Chica
morena, huesos morenos] de Paule Marshall, el intenso conflicto
entre madre e hija marca lo que Mary Helen Washington deno-
minará «el más complejo tratamiento del vínculo madre-hija en
la literatura estadounidense contemporánea». Eva Peace, en Sula
Diez años después: una nueva introducción 45

de Toni Morrison, se ve forzada a volcar todas sus fuerzas en la


lucha por la supervivencia de sus hijos; su amor maternal se ex-
presa en acción hasta el fin, en un contexto tan básico en cuanto
a sus dificultades que no permite ningún «mundo femenino de
amor y ritual». En Zami, Audre Lorde retrata a una madre inmi-
grante de las Indias Occidentales que cría a sus tres hijas en el
ajeno mundo de Harlem, Nueva York; es una mujer estricta, au-
to-contenida, leal a su esposo, que no demuestra su afecto salvo
en el momento de la primera menstruación de su hija. Es su casa
la que la hija debe dejar para convertirse en poetisa y lesbiana.
Pero aún en esta corta lista hay diferencias culturales específicas
que median las interacciones madre-hija: afroamericanas, de las
Indias Occidentales, urbanas, rurales.27
Consideremos las implicaciones de la siguiente afirmación de
Joyce Ladner:

Las mujeres negras son socializadas […] tempranamente en sus vi-


das para convertirse en mujeres fuertes e independientes que, debi-
do a las precarias circunstancias que surgen de la pobreza y el racis-
mo, pueden eventualmente tener que convertirse en cabeza de sus
propias familias.28

Ser mujer negra, cabeza de familia, no implica poseer mayor po-


der social y político, aunque a menudo implica liderazgo y res-
ponsabilidad dentro de la comunidad. Conlleva las diversas ta-
reas de proveer, proteger, enseñar, establecer objetivos, siempre
en el contexto antagonista y casi siempre violento del racismo.

27 Alice Childress, Florence, en Masses & Mainstream, vol. iii, octubre de 1950,
pp. 34-47; Toni Morrison, The Bluest Eye, Nueva York, Pocket Books, 1972, 1976;
Toni Cade Bambara, The Sea Birds Are Still Alive, Nueva York, Random House,
1977; Paule Marshall, Brown Girl, Brown Stones, Nueva York, Feminist Press, 1981;
Toni Morrison, Sula, Nueva York, Bantam, 1974; Audre Lorde, Zami: A New Spe-
lling of My Name, Trumansburg (ny), Crossing Press, 1982. Para un valioso aná-
lisis de las madres y las hijas en la obra de Toni Morrison, véase Renita Weems,
«“Artists without Art Form”: A Look at One Black Woman’s World of Unrevered
Black Women» en Barbara Smith (ed.), Home Girls: A Black Feminist Anthology,
Nueva York, Kitchen Table/Women of Color press, 1983.
28 Joyce Ladner, Labeling Black Children: Some Mental Health Implications, Wash-
ington, Institute for Urban Affairs and Research, Howard University, 1979, p. 3,
citado en Gloria I. Joseph, «Black Mothers and Daughters: Traditional and New
Populations», sage: A Scholarly Journal on Black Women, vol. 1, núm. 2, otoño de
1984, p. 17
46 Nacemos de mujer

Gloria I. Joseph, que ha realizado estudios pioneros sobre mater-


nidad y la condición de las hijas negras, amplifica a Lardner al
descubrir que:

Existe una tremenda cantidad de conocimientos transmitidos por las


madres negras a sus hijas, que les permiten sobrevivir, existir, tener
éxito y ser importantes para las comunidades negras a lo largo de
los Estados Unidos. Estas actitudes se interiorizan y transmiten a las
generaciones futuras.29

Joseph también señala que es típico, en las familias negras, que


la crianza sea compartida con muchas personas, incluidos los
hermanos:

Las mujeres negras tienen roles integrales en la familia, y frecuente-


mente es irrelevante si son madres biológicas, hermanas o miembros
de la familia extensa. Desde el punto de vista de muchas hijas ne-
gras, podría ser: mi hermana, mi madre; mi tía, mi madre; mi abuela,
mi madre.30

El psicoanálisis y la psicología han priorizado las relaciones «pri-


marias» asumidas en la familia nuclear de clase media europea
del siglo xix, de la que surgió el psicoanálisis: padre, madre, hija,
hijo. Pero al leer el comentario de Gloria Joseph, recuerdo un
poema de Bea Medicine, una antropóloga lakota:

Una mujer de muchos nombres


todas las designaciones de familia
Tuwin: tía
Conchi: abuela
Hankashi: prima

29 Gloria I. Joseph y Jill Lewis, Common Differences: Conflicts in Black and White
Feminist Perspectives, Nueva York, Anchor Books, 1981, pp. 75-186. El trabajo de
Joseph es particularmente rico en el análisis de estilos culturales y de instituciones
culturales tales como el «Día de la Madre», y de actitudes maternalmente
transmitidas respecto de los hombres y el matrimonio.
30 Ibídem, p. 76. En su artículo en sage de 1984, Joseph estudia la maternidad
lesbiana y la maternidad adolescente. Pide a las comunidades negras que acepten
a las madres lesbianas y a sus hijos, y sugiere el papel que tienen el racismo y la
pobreza, además del sexismo, en la desposesión de las mujeres negras pobres
sobre cualquier aspiración posible más allá de un hijo propio.
Diez años después: una nueva introducción 47

Ina: madre
todas honorables,
todas buenas.31

En la reciente literatura escrita por mujeres de color en este país,


la afirmación del vínculo madre-hija está poderosamente expre-
sada, no primariamente en términos de una diada, sino como
una faceta de una cultura de mujeres y de una historia grupal
que no es meramente personal. Existen, obviamente, grandes
variaciones de cultura e historia, encorsetadas por el hecho del
racismo y por las posiciones ocupadas por las mujeres de color
en una economía racista y sexista. El primer volumen bilingüe de
narrativa escrita por latinas comienza:

La mayoría de las latinas, al buscar algún tipo de tradición lite-


raria entre nuestras mujeres, hablan usualmente de los «cuentos»
que nos contaron nuestras madres y abuelas […] En la mayoría de
los casos, nuestras vidas y las vidas de las mujeres que nos pre-
cedieron jamás han sido contadas completamente, salvo en forma
oral. Pero ya no podemos arriesgarnos a mantener nuestra tradi-
ción oral: una tradición que se basa en estrechas redes familiares y
que depende de que las distintas generaciones vivan en la misma
ciudad o barrio.32

Así, los cuentos de la madre, e incluso la lengua materna, son


fuente de literatura. La misma idea ha sido expresada por Paule
Marshall, por Audre Lorde en Zami, por Cherríe Moraga en «La
Güera»,33 y es furiosamente explorada por Nellie Wong en su
poema «On the Crevices of Anger»:

¡Ai ya, yow meng ah! ¿Cómo podemos siquiera empezar


a saber, a entender si cerramos nuestros oídos,

31 Bea Medicina, «Ina 1979» en Beth Brant (ed.), A Gathering of Spirit: Writing and
Art by North American Indian Women, Montpelier, Sinister Wisdom Books, 1984,
pp. 109-110.
32 Alma Gómez, Cherríe Moraga y Mariana Romo-Camma (eds.), Cuentos: Stories
by Latinas, Nueva York, Kitchen Table/Women of Color Press, 1983, p. viii.
33 Cherríe Moraga, «La Güera», en Gloria Anzaldúa y Cherríe Moraga (eds.), This
Bridge Called My Back: Writings by Radical Women of Color, Nueva York, Kitchen
Table/Women of Color Press, 1981, pp. 27-35.
48 Nacemos de mujer

si cerramos nuestros ojos a la luna,


hacemos cráteres en nuestros propios cuerpos, ignoramos
el toque humano?
Tengo ahora a mi madre en mis brazos
aunque ella no está aquí.
Nunca me tuvo en sus brazos
nunca me tuvo en sus brazos
pero no es demasiado tarde,
no cuando respiro y descifro su voz,
aunque dura, estridente, llamando
a través de las escamaciones de mi piel.
… Todavía busco a mi madre
que no conoció fama ni notoriedad, que pelaba gambas
por una monedas diarias…
Escribió un poco en inglés, un poco en chino
y lloró después del nacimiento
de cada hija.
Ella es la poetisa que veía y que no me vio.34

En un ensayo sobre feminismo asiático-americano, Merle Woo


habla de terminar con el silencio de las mujeres asiáticas: un ma-
nifiesto escrito como una carta a su madre. En la novela Obasan
de Joy Kogawa, el silencio protector (y autoprotector) de la tía
abuela issei [nacida en Japón] es roto por la militante tía nisei
[primera generación de inmigrantes], la historiadora familiar
e indigadora de los hechos. Kogawa estudia cómo una familia
extensa japonesa-canadiense es diezmada por la guerra y el ra-
cismo; sin embargo, la niña cuya madre apenas sobrevive a Hi-
roshima tiene dos guardianas mujeres, y cada una hace lo que
mejor sabe hacer, a pesar de los años de reubicación, desposesión
y fragmentación.35
Al escribir sobre la resistencia a la Relocation Act [Ley de
reubicación] para los pueblos hopi y navajo de Big Mountain,
Arizona, Victoria Seggerman resalta el papel que tuvieron las
«abuelas» (mujeres maduras y ancianas) en la vida de la familia
extensa y como líderes de la resistencia:

34 Nellie Wong, «On the Crevices of Anger» en Conditions, vol. 1, núm. 3,


primavera de 1978, pp. 52-57. «Yow meng ah!»: ten piedad.
35 Merle Woo, «Letter to Ma» en This Bridge Called My Back: Writings by Radical Wo-
men of Color, op. cit., pp. 140-147; Joy Kogawa, Obasan, Boston, Godine, 1981, 1984.
Diez años después: una nueva introducción 49

Las madres son responsables del conocimiento económico, social


y ritual de sus hijas […] Las abuelas tienen una posición especial,
porque transmiten la pertenencia al clan y el linaje, además de la
mitología y las ceremonias […] Las relaciones de poder, autoridad
e influencia se estructuran de forma matrilineal; la descendencia y
la socialización son responsabilidad del linaje materno. Las mujeres
son respetadas por su asesoramiento, su maternidad y sus capacida-
des económicas.

Lamentablemente, algunas feministas blancas han tendido a


idealizar y expropiar los valores indígenas, tratando de absor-
berlos en una espiritualidad o un utopismo feministas, eclécti-
cos y desarraigados, con poca preocupación activa respecto de
la continua destrucción, por parte de los blancos, de las familias,
tribus, naciones y pueblos indígenas; de la separación forzada
de los niños de sus casas maternas; del desalojo de las tierras de
sus abuelas; de la esterilización abusiva de las mujeres indíge-
nas. El poder espiritual y práctico de la mujer indígena adulta se
ve cruelmente constreñido por las coerciones del gobierno de los
Estados Unidos.36
Menciono estos trabajos como parte del material que, respec-
to de mis ideas del capítulo 9, han representado un reto o una
ampliación.
En 1986, la visibilidad y la variedad de la maternidad lesbiana
son mayores que en 1976. En ese momento parecía importante
analizar la maternidad lesbiana como parte integral de la expe-
riencia de la maternidad en general, para no colocar a las ma-
dres lesbianas aparte, en un capítulo separado. Las lesbianas que

36 Victoria Seggerman, «Navaho Women and the Resistance to Relocation», off


our backs, marzo de 1986, pp. 8-10. Véase también Kate Shanley, «Thoughts on In-
dian Feminism», Beth Brant, «A Long Story» y Lynn Randall, «Grandma’s Story»,
en A Gathering of Spirit, op. cit., pp. 213-216, 100-107 y 57-60 respectivamente. En
el momento en que este manuscrito era entregado a imprenta, se publicó The
Sacred Hope Recovering the Femenine in American Indian Traditions de Paula Gunn
(Boston, Beacon, 1986). Allen trató en profundidad las actitudes indias hacia la
maternidad y la madre —actitudes bastante distintas de las de los blancos y de
aquellos influidos por el cristianismo, que habían sido inevitablemente corrom-
pidas y distorsionadas cuando fueron recogidas por fuentes blancas o expro-
piadas de forma superficial en la ideas blancas no tribales de la ginocracia—.
Véase especialmente sus ensayos «Grandmother of the Sun» (pp. 13-29), «When
Women Throw Down Bundles» (pp. 30-42), «Where I Come From Is Like This»
(pp. 43-50) y «Who Is Your Mother? Red Roots of White Feminism» (pp. 209-221).
50 Nacemos de mujer

criaban hijos de anteriores matrimonios, solas o en parejas les-


bianas, comenzaban a ser visibles, a medida que muchas muje-
res previamente identificadas como heterosexuales, empezaron
a dejar sus matrimonios y a salir del armario como lesbianas.37
Quizás el tema más evidentemente doloroso y divisivo en los
años setenta era el de los hijos varones. Muchas comunidades les-
bianas tenían dificultades respecto del lugar de los hijos varones en
los espacios físicos concretos o en los intereses políticos de la comu-
nidad. En el fondo, la disputa estaba entre la objeción a «dar ener-
gía» a varones (por más jóvenes que fueran), y la esperanza de que
un varón joven criado en una comunidad femenina políticamente
consciente se convertiría en un nuevo tipo de hombre. Como resulta
obvio del capítulo 8 de este libro, yo comparto esta esperanza.
Actualmente, después de una década de litigios legales por el
derecho de las madres lesbianas a la custodia de sus hijos, surgen
nuevos temas y nuevas perspectivas. Muchas lesbianas, en pare-
ja o no, están teniendo hijos por inseminación artificial. Mujeres
que comparten la crianza de hijos con madres lesbianas buscan
su reconocimiento como madres, incluyendo derechos de visita
y custodia. Firmar un boletín, visitar a un niño hospitalizado o
dar consentimiento para un tratamiento médico en ausencia de
la madre se convierten en un tema de derechos legales para la co-
madre lesbiana, a diferencia de lo que ocurre con una madrastra
o un padrastro casados. En situación de muerte o incapacidad de
la madre biológica, lo más probable es que el hijo sea asignado
al padre o a cualquier otro familiar sanguíneo, sin importar la
duración y la calidad del vínculo entre comadre e hijo. Mientras
tanto, en cualquier juicio por custodia, las madres biológicas les-
bianas todavía deben enfrentar prejuicios homofóbicos.

37 Sin embargo, Sandra Pollack ha señalado que, en la ideología convencional,


la madre lesbiana es todavía una «categoría teóricamente imposible, mientras
que a principios de los años setenta las lesbianas definidas que trabajaban en el
movimiento feminista eran a menudo “madres ocultas”». En 1976 se estimaba
que entre el 10 % y el 20 % de las mujeres adultas eran lesbianas, y que entre
el 13 % y el 20 % de estas eran madres. Sandra B. Pollack, «Lesbian Mothers:
An Overview and Analysis of the Research, a Lesbian Feminist Perspective», de
próxima aparición en un libro sobre crianza lesbiana, coeditado por Sandra B.
Pollack y Jeane Vaughan y publicado en 1987 por Firebrand Books, Ithaca (ny).
Las estadísticas citadas por Pollack provienen de Nan Hunter y Nancy Polikoff,
«Custody Rights of Lesbian Mothers: Legal Theory and Litigation Strategy»,
Buffalo Law Review, vol. 25, núm. 691 (1976), p. 691.
Diez años después: una nueva introducción 51

Sandra Pollack señala que gran parte de la investigación sobre


maternidad lesbiana ha surgido de la lucha por la custodia, y que
su énfasis ha estado puesto en mostrar que «las madres lesbianas
son idénticas a cualquier otra madre, o por lo menos a cualquier
madre soltera». Cuando los tribunales intentan establecer la «ca-
pacidad de crianza», los estereotipos heterosexuales tradiciona-
les respecto de los roles sexuales son tenidos por norma; la hija
de una lesbiana será considerada sana y estable si usa vestidos,
juega con muñecas y no se muestra afectada por las decisiones
no tradicionales de su madre. Pollack se opone a esta perspecti-
va, sugiriendo que las madres lesbianas son diferentes y que las
diferencias son complejas y tienen que ver en parte con la homo-
fobia social y sus efectos (discriminación habitacional y laboral,
temor a ser descubierta, invisibilidad lésbica), pero también con
una ausencia de roles sociales rígidos, con modelos de indepen-
dencia, auto-suficiencia, confianza en sí misma, y con la diver-
sidad cultural e individual que existe en los hogares lesbianos.
Ella anima a una investigación que se aparte de la «homogenei-
zación» de la maternidad lesbiana dentro de la heterosexualidad
convencional, y apunte hacia las verdaderas vidas y necesidades
de las lesbianas y sus hijos.38
Precisamente porque la lesbiana es diferente, un sistema de
valores que prescribe un conjunto limitado de posibilidades
para las mujeres no puede ni tolerarla ni afirmarla. Precisamen-
te porque la diferencia es tan poderosa (si bien lo «diferente»
puede socialmente carecer de poder), se convierte en blanco de
amenazas, acoso, violencia, control social, genocidio. El poder
de la diferencia es el poder de la propia plenitud de la creación,
la estimulante variedad de la naturaleza. Cada niño que nace es
testimonio de cuán intrincadas y amplias son las posibilidades
inherentes a la humanidad. Sin embargo desde el nacimiento, en
la mayoría de los hogares y de los grupos sociales, enseñamos a
los niños que sólo algunas de sus posibilidades son vivibles; les
enseñamos a oír solo ciertas voces dentro de ellos, a sentir solo
de lo que nosotros creemos que deben sentir, a reconocer solo a
ciertos otros como humanos. Enseñamos al niño a odiar y des-
preciar esos lugares de sí mismo en los que se identifica con las
mujeres; enseñamos a la niña que hay un solo tipo de femineidad

38 Pollack, op. cit.


52 Nacemos de mujer

y que las partes incongruentes de sí misma deben ser destruidas.


La repetición o reproducción de esta restringida versión de hu-
manidad, que una generación transmite a la siguiente, es un ciclo
cuya ruptura constituye nuestra única esperanza.
En 1976 analicé la entrada de los hombres a las tareas del cui-
dado infantil, tanto en las familias como en los sistemas de guar-
dería. Actualmente este tema me parece mucho más amplio que
el proyecto de desarrollar habilidades de crianza en los hombres
o que los niños reciban atención primaria tanto de mujeres como
de hombres. La pregunta cada vez más acuciante es: ¿cómo lo-
grar tener, en esta sociedad, cuidado infantil no explotador, más
allá de que sea realizado y organizado por mujeres, por hombres
o de forma conjunta? Ahora empiezan a abundar las guarderías
con licencia, impulsadas como empresas, a medida que un cre-
ciente número de madres debe salir a trabajar, sin importar qué
sienten respecto a quedarse en casa con sus hijos. Las guarderías
corporativas pueden convertirse en una multimillonaria indus-
tria de servicios.39 Si pensamos en los sistemas de salud o de edu-
cación de este país como modelos posibles, sabemos que están
organizados para beneficiar a quienes pueden pagar y que inclu-
so en esos casos pesa más la tecnología que el respeto y el cui-
dado del individuo. ¿Quién se ocupará realmente de los niños?
¿Cómo serán entrenadas estas personas? ¿Cuánto se les pagará,
en una profesión denigrada hace tanto tiempo por ser «trabajo
de mujeres»? ¿En qué medida los padres y madres determinarán
estas políticas? ¿Quién determinará los standards? ¿Se reconoce-
rá la experiencia y la imaginación de quién? ¿Cómo se respetará
la diversidad cultural y sexual en un país donde prevalece la nor-
ma de la familia nuclear, estable, rubia y de ojos azules?
Para muchos estadounidenses, el estereotipo de la guardería
pública deriva de la propaganda antisocialista de la Guerra Fría:
niños de tierna edad son separados por la fuerza de sus madres y
entregados al Estado; un estereotipo de uniformidad y adoctrina-
miento colectivista opuesto al individualismo maternal/paternal.
En esta pesadilla, los niños son convertidos en pequeños robots
que aprenden a traicionar a sus padres. Pero sabemos (nos han for-
zado a saber) que dentro de la unidad familiar nuclear individual

39 Véase por ejemplo «Corporate Child-Care Grows Up» en San Jose Mercury
News, 10 de junio de 1986, p. 1E.
Diez años después: una nueva introducción 53

estadounidense ha habido una epidemia de violación sexual, en


general padre a hija o hermano a hermana, a veces con la negación
o la colaboración pasiva de la madre; que existe el maltrato infantil
además del maltrato a la mujer; también, y en particular en el caso
de adolescentes, que el rechazo de los padres lleva al abandono
voluntario o a la entrega de los jóvenes al sistema judicial juvenil.
A partir de su investigación sobre asesinatos en serie de mujeres y
de jóvenes de la calle, Jean Swallow ha establecido conexiones en-
tre el abuso sexual infantil y la «delincuencia» adolescente feme-
nina: prófugas, prostitutas, chicas de la calle, alcohólicas adoles-
centes. Los niños golpeados y violados de la no examinada familia
estadounidense se encuentran en las calles de Seattle o St. Paul,
jóvenes que tratan de sobrevivir y que dependen de extraños.40
Entre un Estado patriarcal y la familia patriarcal como guar-
dianes de los niños, hay poco que elegir. Pero existe otra posibi-
lidad: el surgimiento de un movimiento colectivo antipatriarcal,
que adjudique el mayor valor al desarrollo de los seres humanos,
a la justicia económica, al respeto por la diversidad racial, cultural,
sexual y étnica, a brindar las condiciones materiales para que los
niños florezcan en mujeres y hombres responsables y creativos, y
a redireccionar y finalmente extirpar la propensión a la violencia.
Ha sido extraño vivir nuevamente este libro de cerca y de for-
ma crítica. Otra vez he sentido el ardor y la necesidad que sentí
durante los cuatro años de investigación y redacción. Porque el
tema no se agotó en mí cuando terminé el libro. Seguí con otros
temas, pero éste ha perdurado, bajo tierra y en las formas concre-
tas en que mis hijos y yo hemos estado juntos y separados. En las
formas concretas en que yo y otras mujeres hemos estado juntas
y separadas.

40 Véase Jean Swallow, «Not So Far from Here to There», ensayo inédito, 1986.
Los recientes trabajos sobre incesto incluyen Louise Armstrong, Kiss Daddy
Goodnight: A Speakout on Incest, Nueva York, Pocket Books, 1979; Sandra Butler,
Conspiracy of Silence: The Trauma of Incest, San Francisco, New Glide Publications,
1978; Judith Herman y Lisa Hirschman, Father-Daughter Incest, Cambridge,
Harvard University Press, 1981; Toni McNaron y Yarrow Morgan (eds.), Voices in
the Night: Women Speaking about Incest, Minneapolis, Cleis Press, 1982; y el trabajo
pionero de Florence Rush, The Best-Kept Secret, Nueva York, McGraw-Hill, 1980.
Véase también Wini Breines y Linda Gordon, «The New Scholarship on Family
Violence» en Signs, vol. 8, núm. 3, primavera de 1983, pp 495-531; que incluye un
importante análisis de «la familia como locus histórico de fuertes luchas entre los
dos sexos y las diferentes generaciones».
54 Nacemos de mujer

Nunca quise que este libro se prestara a la sentimentalización de


las mujeres o de la capacidad de crianza o espiritual de las mu-
jeres. Fui reprendida, por una respetada mentora, por terminar
el libro con un capítulo sobre violencia maternal. Ella pensaba
que yo estaba dando munición al enemigo por la mera inclusión
de ese capítulo. Pero yo creía en lo que escribí en 1976: «Las teo-
rías del poder femenino y de la ascendencia femenina deben te-
ner plenamente en cuenta las ambigüedades de nuestro ser, y el
continuum de nuestra conciencia, las potencialidades de energía,
tanto creativa como destructiva, en cada una de nosotras». Toda-
vía sigo creyéndolo. La opresión no es la madre de la virtud; la
opresión puede desvirtuarnos, minarnos, hacer que nos odiemos
a nosotras mismas. Pero también puede hacernos realistas, que
no nos odiemos a nosotras mismas ni nos asumamos como me-
ras víctimas inocentes y no imputables.
Al preparar esta edición de 1986, decidí no corregir el cuerpo
del libro, excepto unas pocas cosas que abrevié; la actualización
de la mayor cantidad de datos posible, y la indicación en esta
introducción de ciertos puntos que hoy cuestiono o incluso veo
de forma diferente de lo que escribí hace diez años. Este libro
es el trabajo de una mujer que ha continuado aprendiendo, re-
flexionando, actuando y escribiendo. También es un documento
basado en un movimiento político mundial que, en sí mismo, ha
estado en proceso, lucha y continuo debate interno durante estos
años. Quiero que esta nueva edición muestra ambas cosas.

Santa Cruz, California, marzo de 1986.


Prólogo

La vida humana de este planeta nace de la mujer. La única ex-


periencia unificadora, innegable, compartida por mujeres y
hombres, se centra en aquellos meses que pasamos dentro del
cuerpo de una mujer, desarrollándonos. Las criaturas huma-
nas dependen de la lactancia durante un periodo de tiempo
mucho más largo que el resto de los mamíferos; la división del
trabajo, establecida desde antiguo entre los grupos humanos,
asigna a las mujeres no solamente la función de parir y de
criar, sino también la absoluta responsabilidad para con los
hijos; por estas razones casi todos nosotros conocemos antes
que nada el amor y la decepción, el poder y la ternura, en la
persona de una mujer.
Llevamos la señal de esta experiencia durante toda la vida,
hasta la muerte. Sin embargo, una rara falta de elementos nos
ha impedido comprenderla y utilizarla. Sabemos mucho más
acerca del aire que respiramos o de los mares que atravesamos,
que acerca de la naturaleza y del significado de la maternidad.
En la división del trabajo de acuerdo con el género, los hijos de
las madres hicieron y dijeron la cultura e inventaron este con-
cepto. Es más que una sugerencia el que la mente del hombre
haya estado siempre perseguida por la fuerza de la idea de la

55
56 Nacemos de mujer

dependencia en una mujer para la vida misma, el constante esfuerzo


del hijo para asimilar, compensar o negar el hecho de que ha
«nacido de mujer».
Las mujeres también nacen de mujer. Pero es muy poco lo
que sabemos del efecto de esa realidad sobre la cultura, pues las
mujeres no han sido las artífices de la cultura patriarcal ni se ha
dejado oír su voz en ella. Lo más importante en la vida de una
mujer es su condición de madre. Expresiones como «estéril» o
«sin hijos» se han utilizado para anular cualquier otra posible
identidad. La expresión para designar al hombre que no es pa-
dre no existe en el reino de las categorías sociales
La maternidad física es un hecho tan evidente y dramático
que solo después de cierto tiempo los hombres reconocieron que
ellos intervenían en el proceso de la concepción. El sentido de la
«paternidad» es superficial. Ser «padre» sugiere, antes que nada,
engendrar, proporcionar el esperma que fertiliza el óvulo. Ser
«madre» implica una presencia continua, que dura por lo menos
nueve meses, y más a menudo años. La maternidad se conquista,
primero a través de un intenso rito físico y psíquico de paso —
embarazo y parto—, y después aprendiendo a criar, lo cual no se
sabe por instinto. Un hombre puede procrear un hijo por medio de
la pasión o de la violación, y en seguida desaparecer; no necesita
ver o considerar al hijo o a la madre posteriormente. Bajo estas
circunstancias, la madre se enfrenta con una serie de sufrimientos
y de elecciones que la sociedad condena: el aborto, el suicidio, el
abandono del hijo, el infanticidio, la educación de un hijo califica-
do de «ilegítimo», generalmente fuera de la ley. En algunas cultu-
ras, la mujer se arriesga al asesinato llevado a cabo por los hombres
de su comunidad. Cualquiera que sea su elección, en su cuerpo se
perciben cambios irreversibles, su mente nunca será la misma, su
futuro como mujer ha sido marcado por el acontecimiento. A casi
todos nosotros nos han criado nuestras madres o mujeres que, por
amor, necesidad o dinero, ocuparon el lugar de nuestras madres
biológicas. Las mujeres, a través de la historia, han colaborado en-
tre sí en el nacimiento y en la crianza de los niños. La mayoría
han sido madres en el sentido de la práctica de la ternura y de la
preocupación por los jóvenes, ya sea como hermanas, tías, enfer-
meras, maestras, madres adoptivas o madrastras. La vida tribal,
la aldea, la familia numerosa, los sistemas femeninos de ciertas
culturas, han tenido en cuenta a las mujeres muy jóvenes, a las
Prólogo 57

muy viejas, a las solteras y a las estériles en el proceso de «ser


madre». Incluso aquellos de nosotros cuyos padres han tomado
una parte activa y destacada en nuestra primera infancia, apenas
si les recordamos por su paciente vigilia cuando estábamos en-
fermos, o por realizar aquellas tareas humildes de alimentamos
o de asearnos; de ellos solamente recordamos escenas, excursio-
nes, castigos, ocasiones especiales. Para la mayoría, la mujer ha
significado la continuidad y la estabilidad —pero también el re-
chazo y la negación— en el comienzo de nuestra vida; nuestras
sensaciones primarias o nuestra más temprana experiencia social
está asociada a las manos, a los ojos o al cuerpo de una mujer.

En este libro me propongo distinguir entre dos significados


superpuestos de maternidad: la relación potencial de cualquier
mujer con los poderes de la reproducción y con los hijos; y la
institución cuyo objetivo es asegurar que este potencial —y to-
das las mujeres— permanezcan bajo el control masculino. Esta
institución ha sido la clave de muchos y diferentes sistemas so-
ciales y políticos. Ha impedido a la mitad de la especie humana
tomar las decisiones que afectan a sus vidas; exime a los hombres
de la paternidad en un sentido auténtico; crea el peligroso cisma
entre vida «privada» y «pública»; frena las elecciones humanas
y sus potencialidades. Es la contradicción más fundamental y
asombrosa, por causa de esta institución las mujeres nos hemos
privado de nuestros cuerpos y quedamos encarceladas en ellos.
A veces, en ciertos momentos de la historia y en determinadas
culturas, la idea de la mujer como madre ha servido para respe-
tar a todas las mujeres, incluso para reverenciarlas con temor, y
para otorgarles un poco de voz en la vida de un pueblo o de un
clan. Pero a juzgar por lo que sabemos de la «corriente principal»
de la historia registrada, la maternidad como institución ha de-
gradado y ha confinado al gueto las aptitudes de la mujer.
El poder de la madre presenta dos aspectos: la energía o ca-
pacidad biológica para concebir y alimentar la vida humana, y el
poder mágico con el que los hombres han investido a las mujeres
ya sea como culto a la diosa o como temor de ser controlados o
58 Nacemos de mujer

abrumados por mujeres. En realidad, no es mucho lo que sabe-


mos acerca del significado de este poder entre las mujeres fuertes
de la era prepatriarcal. Podemos suponer, desear y crear mitos,
fantasías y analogías. En cambio, sabemos mucho más de cómo,
bajo el patriarcado, la posibilidad femenina ha sido literalmente
aniquilada en beneficio de la maternidad. Muchas mujeres, a lo
largo de la historia, han sido madres sin elegirlo y, más aún, han
perdido sus vidas al traer vida al mundo. ·
A las mujeres se nos controla amarrándonos a nuestros cuer-
pos. En uno de sus primeros y ya clásicos ensayos, Susan Griffin
señalaba que «la violación es una de las formas de terrorismo, por-
que a sus víctimas se las elige indiscriminadamente, pero los difu-
sores de la supremacía masculina transmiten que son las mujeres
quienes provocan la violación al dejar de ser castas o al estar en
el lugar inconveniente a horas inconvenientes...; en síntesis, com-
portándose como si fueran libres... El miedo a la violación man-
tiene a las mujeres lejos de las calles durante la noche. Mantiene a
las mujeres en el hogar, pasivas y modestas por temor a que se las
pueda sospechar provocativas».1 Susan Brownmiller, al desarro-
llar más tarde este análisis de Griffin, sugiere que la maternidad
obligada, forzada, muy bien podía haber sido en sus comienzos el
precio que las mujeres pagaron a los hombres que se convertían
en sus «protectores» (y propietarios) frente a la violencia ocasio-
nal de otros hombres.2 Si la violación ha sido terrorismo, la ma-
ternidad ha sido una esclavitud penal. No es preciso que lo sea.
Este libro no se propone atacar la familia o la maternidad,
excepto aquella maternidad definida y restringida bajo el patriar-
cado. Tampoco invoca el establecimiento de un sistema masivo

1 «Rape: The All American Crime», en Jo Freeman (ed.), Women: A Feminist


Perspective, Stanford (Ca.), Mayfield Publishing, 1975.
2 Against Our Will: Men, Women and Rape, Nueva York, Simon Schuster, 1975.
Al reseñar el libro de Brownmiller, una feminista, profesional del periodismo,
comentó: «Sería extremo y despreciativo... llamar víctimas en sentido general a
las madres que lo son como consecuencia de una violación; probablemente tan
solo un pequeño porcentaje de ellas lo sea. Pero la violación es un crimen posible
porque las mujeres son vulnerables de una forma muy particular; lo contrario
de “vulnerable” es “inexpugnable”. La “inexpugnabilidad”, para acuñar una
palabra, ha sido la base de la identidad femenina, el límite de su libertad, la
futilidad de su educación, la negación de su crecimiento». «Rape Has Many
Forms», reseña en The Spokeswoman, vol. 6, núm. 5, 15 de· noviembre de 1975.
Prólogo 59

de cuidado de la infancia controlado por el Estado. El cuidado


masivo de la infancia dentro del patriarcado ha tenido dos obje-
tivos: introducir un número mayor de mujeres en el trabajo como
mano de obra, para desarrollar la economía o durante la guerra,
y para adoctrinar a los futuros ciudadanos.3 Nunca se ha con-
cebido como un medio para que la energía de las mujeres surja
libre y se mezcle con la corriente principal de la cultura o como
medio para cambiar las estereotipadas imágenes de género de
hombres y mujeres.

Me di cuenta que deseaba escribir un libro acerca de la mater-


nidad, pues era un tema crucial, todavía relativamente inexplo-
rado, de la teoría feminista. Pero no fui yo quien eligió el tema;
hace mucho tiempo que el tema me eligió a mí.
Es un libro con raíces en mi pasado, en el cual se mezclan
partes de mi vida que permanecían enterradas, aun cuando me
abrí paso penetrando en las capas de la primera infancia, la ado-
lescencia, la separación de mis padres y mi vocación de poeta;
la geografía del matrimonio, el divorcio espiritual y la muerte,
a través de la cual entré en el campo abierto de la edad madura.
Cada excursión al pasado se complicó con decepciones, memo-
rias falsas y el falso nombre de los hechos reales. Pero durante
mucho tiempo evité este regreso a los años de gravidez, de con-
cepción de los hijos y de las vidas dependientes de mis hijos,

3 A estos aspectos del capitalismo americano se puede añadir un tercero:


el motivo de la utilidad. Privilegiados, los centros encargados del cuidado
infantil con fines comerciales se han convertido en un «gran negocio». La
mayoría cumple una función simplemente de custodia; sobrepasa los límites
físicos, la flexibilidad educacional y la libertad; los centros están atendidos
casi en su totalidad por mujeres que trabajan percibiendo un salario mínimo.
Su dirección y administración está a cargo de corporaciones gigantescas tales
como Singer, Time Inc. y General Electric. Estas preescuelas, muy rentables,
pueden compararse con las casas de enfermeras, también con fines comerciales,
en cuanto a la explotación que llevan a cabo de las necesidades humanas y de
las personas más vulnerables de la sociedad. Véase Georgia Sassen, Cookie
Arven y el Proyecto de lnvestigación de las Corporaciones y el Cuidado infantil,
«Corporate Child Care», The Second Wave: A Magazine of the New Feminism, vol.
3, núm. 3, pp. 21-23, 38-43.
60 Nacemos de mujer

pues ello implicaba regresar al dolor y a la rabia en los cuales


habría preferido pensar una vez resueltos y lejanos. No pude
comenzar a pensar en escribir un libro acerca de la maternidad
hasta que me sentí lo bastante fuerte y sin ambivalencias respec-
to al amor por mis hijos, como para atreverme a regresar a un
territorio, para mí el más doloroso, incomprensible y ambiguo
de todos los que había recorrido; un territorio cercado por tabúes
y minado de falsos designios.
Cuando empecé a escribir este libro no comprendí todo eso.
Lo único que sabía era que había experimentado algo consi-
derado como el centro en la vida de las mujeres, algo que les
da plenitud incluso en medio de sus tristezas, una llave para
descubrir el sentido de la vida; y que apenas podía recordar la
ansiedad, el cansancio físico, la rabia, la autoacusación, el aburri-
miento y la escisión dentro de mí misma: una escisión más aguda
en los momentos del amor apasionado, del deleite que sentía por
los cuerpos con espíritu y las mentes de mis hijos, del asombro al
ver cómo me seguían amando a pesar de mi fracaso en amarlos
total y generosamente.
Desde el principio creí imposible escribir un libro así sin caer
a menudo en la autobiografía, sin decir a menudo «yo». Pero
durante varios meses sumergí mi cabeza en la investigación
histórica y en el análisis a fin de postergar o preparar la forma
en que me hundiría en las zonas de mi propia vida, penosas y
problemáticas, y de las cuales, a pesar de todo, surgió este libro.
Estoy cada vez más convencida de que sólo el deseo de com-
partir una experiencia privada, y muchas veces dolorosa, puede
capacitar a las mujeres para crear una descripción colectiva del
mundo que será verdaderamente nuestro. Por otra parte, soy
consciente de que cualquier escritor posee cierto poder falso y
arbitrario. Es la versión de ella, después de todo, la que el lector
lee en este momento, mientras que los relatos de los otros —in-
cluso de los muertos— siguen reducidos al silencio.
Es, en cierto modo, un libro vulnerable. He invadido distin-
tos ámbitos profesionales, he quebrantado varios tabúes. Utilicé
la erudición a mi alcance cuando me pareció sugestiva, sin pre-
tender por ello convertirme en una especialista. Siempre tuve en
mi mente esta pregunta: «Pero ¿cómo fue para las mujeres?», y
muy pronto observé una dificultad de percepción fundamental
Prólogo 61

entre los universitarios varones (y entre algunas mujeres), para


quienes «sexismo» es una palabra demasiado fácil. Se trata, en
verdad, de un defecto intelectual: la presunción de que las muje-
res constituyen un subgrupo, de que el «mundo del hombre» es
el mundo «verdadero», de que la única cultura imaginable es la
patriarcal, de que los momentos «grandes» y «liberadores» de la
historia han sido los mismos para las mujeres y para los hombres,
de que las generalizaciones acerca de «hombre especie humana»,
«hijos», «negros», «padres», «clase obrera» son también aplica-
bles a las mujeres, madres, hijas, hermanas, nodrizas y niñas, y
las incluye, pero sólo con una referencia, soslayada aquí y allá,
generalmente a alguna función especializada como la lactancia.
Los nuevos historiadores de la «familia y la infancia», así como
la mayoría de los teóricos de la educación infantil, pediatras y
psiquiatras, son hombres. El problema de la maternidad como
institución o como idea en la cabeza de los hijos varones mayo-
res, aparece en sus trabajos solo cuando los estilos de madre se
discuten y critican. Muy rara vez se citan las fuentes femeninas
(si bien existen, tal y como están demostrando las historiadoras
feministas); virtualmente, no existen fuentes de primera mano
debidas a mujeres madres. Todo esto se presenta como erudi-
ción objetiva.
Hace muy poco tiempo que investigadoras feministas como
Gerda Lerner, Joan Kelly-Gadol y Carroll Smith-Rosenberg han
comenzado a sugerir que, con palabras de Lerner, «la clave para
comprender la historia de las mujeres está en aceptar —por más
doloroso que sea— que es la· historia de la mayoría de la hu-
manidad... La historia tal y como ha sido interpretada y escrita
hasta ahora, es la historia de una minoría, que muy bien podría
ser el "subgrupo"».4
Escribo con dolorosa conciencia de mi propia perspectiva cul-
tural occidental y de las muchas e importantes fuentes que me
fueron asequibles: lamentable, porque habla demasiado de cómo
la cultura femenina fue fragmentada por las culturas masculi-
nas. Sin embargo, a estas alturas cualquier estudio amplio de la
cultura femenina sólo puede ser parcial, y lo que cualquier escri-
tora espera —y sabe— es que otras como ella, con una formación

4 «Placing Women in History: Definitions and Challenges», Feminist Studies,


vol. 3, núm. 1-2, otoño de 1975, pp. 8, 13.
62 Nacemos de mujer

distinta, con antecedentes y con herramientas, estén reuniendo


las demás partes de este inmenso mosaico a medias enterrado
que tiene la forma de un rostro de mujer.

Agradecimientos

Es preciso que de las gracias a ciertas personas. De no ser por mis


tres hijos, no podría haber escrito este libro; la fuente en la que
bebí fue, sobre todo, la del amor, la inteligencia y la integridad de
cada uno de ellos desde el primer día en que empezamos a hablar
entre nosotros. Son tantas las mujeres con las que he conversado,
madres e hijas, que es imposible expresar mi agradecimiento a
todas ellas. Phoebe DesMarais y Heleo Smelser han compartido
generosamente conmigo sus experiencias y conocimientos desde
nuestros días de estudiantes, a pesar del tiempo, las distancias,
los hijos, los maridos. los amantes, los diferentes modos de vida.
Barbara Charlesworth Gelpi y Albert Gelpi, tanto en la discu-
sión como en el apoyo que me brindaron, han contribuido con
sus precisiones acerca de los puntos de vista que compartimos.
La imaginación y la inteligencia de Jane Cooper han activado y
aumentado las fuerzas necesarias para mi trabajo y mi vida. Du-
rante la gestación del libro, mantuve conversaciones vitales con
Robin Morgan; en el curso de aquellos momentos su capacidad
intelectual y su afecto fueron muy importantes para mí. Jane Al-
pert, agobiada por las más difíciles circunstancias personales, me
ha infundido valor y me ha criticado con generosidad. Y Mary
Daly me ha brindado su camaradería intelectual y emocional;
es imposible separar la una de la otra. Susan Griffin emitió jui-
cios de muy profundo y amoroso nivel. Tillie Olsen con ternura
y firmeza, a través de su trabajo y de su esfuerzo, me animó a
buscar implacablemente nuestra vida oculta como mujeres, y el
lenguaje con el cual nombrarla. Kirsten Grimstad y Susan Rennie
aportaron puntos de vista, fuentes decisivas y la espuela de la
emulación con su trabajo y su amistad. Janice Raymond comen-
zó como crítica y se convirtió en amiga. Keneth Pitchford aportó
el auxilio de una útil revisión del capítulo 8. Richard Howard
recreó graciosamente en inglés las palabras de la partera france-
sa del siglo xvii que aparece en el sexto capítulo. John Benedict,
jefe de redacción, contribuyó con su lectura honesta, severa y

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