Orden Internacional Post-Irak
Orden Internacional Post-Irak
Roberto Russell*
*
Director de la Maestría en Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella.
1
A los fines de este capítulo, limito mi estudio del orden internacional a la configuración del poder internacional y a
las relaciones entre estados. Un estudio más abarcativo debería incluir también las relaciones entre fuerzas sociales
en un plano transnacional.
1
relaciones interestatales. Actualmente, vivimos una situación de este tipo que reúne ambos elementos
como consecuencia del fin de la Guerra Fría y de los atentados terroristas del 11 de septiembre de
2001 en los Estados Unidos. Las fases formativas de un orden político dado se caracterizan por la
ausencia de entendimientos compartidos sobre las premisas fundamentales del orden, de conductas
regularizadas que los expresen y de reglas e instituciones que respondan a las necesidades propias de
un tiempo de cambio. En estas fases también se acentúan nuestras preocupaciones de naturaleza
normativa -las que se vinculan no con el orden como es sino con el orden como nos gustaría que fuese-,
ya que durante este período se perfilan sus principales metas y reglas de juego. Un proceso en el que,
por nuestra posición relativa de poder en el sistema internacional, desempeñamos por ser
latinoamericanos un papel pasivo o meramente marginal.
En teoría, el orden puede fundarse en acuerdos que los estados alcanzan por voluntad propia o,
en el extremo opuesto, establecerse completamente a través de la coerción ejercida por la nación o las
naciones más poderosas. En la práctica, los órdenes internacionales que hemos conocido a lo largo de
la historia del sistema internacional moderno combinaron en distintos grados las dos cosas; también se
dieron en forma simultánea órdenes internacionales circunscriptas a un determinado espacio geográfico
fundadas predominantemente en acuerdos voluntarios o en la coerción. Sin ir muy lejos, el orden
denominado “liberal internacional” liderado por Estados Unidos durante la Guerra Fría fue
indiscutiblemente mucho más consensual que el establecido por la Unión Soviética en su bloque.
Es importante aclarar que los acuerdos interestatales se refieren a la forma de gestión del orden
y no requieren necesariamente la existencia de ideas homogéneas entre los principales estados2. Así por
ejemplo, la Guerra Fría fue un orden heterogéneo desde el punto de vista de las ideas pero tuvo altos
niveles de consenso en materia de gobernabilidad. En efecto, sobre la base de la paridad estratégico-
militar, los dos bandos compartieron la premisa de que mantenían una competencia agresiva para
prevalecer sobre el otro, adoptaron patrones regularizados de conducta que respondieron a esta
premisa y establecieron instituciones como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y
el Pacto de Varsovia que dieron, al decir de Rosenau, “expresión y dirección al consenso de ideas y a
las rutinas de conducta de la gente en ambos lados de la así llamada cortina de hierro” (Rosenau, 1992:
15). Particularmente, en la fase de “maduración” del orden bipolar que se inició en la década de 1970,
los Estados Unidos y la Unión Soviética aprendieron a comportarse como dos “duopolistas sensibles”
2
Por cierto, un alto grado de homogeneidad cultural entre los estados es una precondición para alcanzar formas
legítimas y superiores a las que hemos conocido hasta hoy, de mantenimiento y gestión del orden político
internacional.
2
moderando la intensidad de su competencia y cooperando para su beneficio mutuo en muchos temas
ligados a la gestión del orden internacional (Waltz, 2000: 203).
3
En ese momento, la preservación de la paz comenzó a verse como la preservación del equilibrio entre los países
europeos (Howard, 2001: 24 )
3
estableciendo límites a los objetivos de política exterior de sus miembros. La experiencia de las guerras
napoleónicas revitalizó la idea de que esa independencia, en un marco de equilibrio de poder, era una
meta más importante a seguir que la unificación política bajo un poder predominante (Sheeham, 1996:
4; Wigth, 1995: 174). En otros términos, el equilibrio fue percibido como una condición de libertad.
Además de preservar la independencia de los principales estados europeos, el Concierto mantuvo la
paz en Europa durante cuarenta años, y luego de superadas las turbulencias de las décadas de 1850 y
1860, por otros cuarenta años más (Howard, 2001: 43). Al término de la Segunda Guerra Mundial, el
orden de la Guerra Fría que se extendió hasta 1989 constituyó una variante bipolar del equilibrio de
poder, que no fue un nuevo tipo de orden sino la culminación del equilibrio de poder sobre la base de
la disuasión nuclear (“equilibrio del terror”).
El tipo ideal que Bull denomina “solidaridad de las naciones” y que otros autores llaman
“constitucional” (Ikenberry, 2001: 24) o “paz por el derecho” (Aron, 1973: 836) tiene como principio
ordenador el imperio de la ley. En este caso, ya no es el equilibrio sino las instituciones internacionales
las que restringen el ejercicio del poder y los principales mecanismos de control. Históricamente, este
tipo ideal fue concebido en gran medida como respuesta al orden clásico del equilibrio de poder, por
dos razones principales: porque este último contiene una inestabilidad inherente, el riesgo siempre
presente de la guerra; y porque su misma lógica afecta necesariamente los intereses y la autonomía de
los estados más pequeños.
El orden de la solidaridad de las naciones presupone la estrecha colaboración de los estados
para promover objetivos comunes sobre la base de principios y reglas previamente acordados (Bull,
1977: 239, 238 y 240). Por eso, constituye una forma superior de mantenimiento del orden dado, que
parte de la idea de que la fuerza sólo puede ser usada como un instrumento de la sociedad internacional
para alcanzar y defender la paz y la seguridad de todos los estados que la conforman. Su realización
implicaría que las Naciones Unidas u otro organismo comparable se transformase en la fuerza
predominante en la política internacional y que estas instituciones internacionales fuesen capaces de
restringir efectivamente el poder de las grandes potencias. Este tipo ideal de orden internacional podría
verse como una idea de razón, en el sentido kantiano de esta expresión, esto es, como una idea que
inspira a la acción o indica la meta a alcanzar. Dicha concepción nace de una tradición del pensamiento
político, que cree en la posibilidad de realizar cambios positivos en el orden internacional mediante el
derecho y las instituciones internacionales. Hasta hoy, el orden de la solidaridad de las naciones ha sido
poco más que una aspiración y materia de extensos debates intelectuales.
4
Por último, el tipo ideal hegemónico implica relaciones de poder y autoridad que se ordenan
jerárquicamente en un sistema caracterizado por una amplia diferencia en la distribución de poder entre
el estado más poderoso y sus seguidores más cercanos. Los órdenes jerárquicos tienen grados muy
diversos de dominación o control. La forma más extrema de orden jerárquico es el imperio formal y la
más atenuada la hegemonía benevolente (Ikenberry, 2001: 27). Una y otra expresan una alta
concentración de poder, aunque se distinguen claramente por el modo de extensión de ese poder hacia
otras naciones; mientras la noción de imperio denota usualmente mecanismos formales y rígidos de
control y el ejercicio unilateral de la coerción, la idea de hegemonía pone el acento en estilos de
dominación más flexibles e informales y en la organización del consentimiento de los otros sobre la base
del liderazgo del estado que detenta la posición de supremacía. En el primer caso, la restricción externa
al ejercicio del poder depende de la capacidad de resistencia de los dominados; en el segundo, existe
un fuerte componente de autorrestricción por parte del estado hegemónico.
En la práctica, el orden hegemónico fue el prevaleciente si bien nunca tuvo un alcance
planetario. El imperio de Carlomagno, por ejemplo, no pasó los límites de la Europa Occidental; el
imperio romano tuvo una extensión mucho mayor pero, al mismo tiempo, había otros grandes imperios
en China y en Persia; desde fines del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX la mayor parte
de la humanidad estuvo regida por distintos imperios; los últimos imperios formales (la Unión Soviética
puede incluirse dentro de esta categoría) desaparecieron en la segunda mitad del siglo XX y, con el fin
de la Guerra Fría, también se desvaneció el último de los órdenes internacionales de equilibrio de
poder.
Esta sucinta descripción de los tipos ideales del orden político internacional nos ofrece
elementos útiles para ubicarnos frente al debate contemporáneo sobre la naturaleza del orden en
formación. Los elementos hasta aquí reunidos nos permiten concluir que es altamente improbable que
los estados construyan en los próximos años un orden basado en el equilibrio del poder o en la
solidaridad de las naciones. La supremacía sin precedentes de Estados Unidos no permite el primero y
la crisis profunda del sistema de las Naciones Unidas nos distancia del segundo.
En efecto, las diferencias en la distribución del poder internacional en favor de Estados Unidos
impedirán por bastante tiempo que los estados que le siguen puedan equilibrarlo: posee la más grande y
más avanzada economía del mundo y es el principal motor del proceso de globalización; tiene una
5
capacidad incomparable para diseminar internacionalmente su cultura y es el único poder militar de alta
tecnología y el líder de la “revolución en los asuntos militares” (Kurth, 2002). Más específicamente, las
fuerzas armadas estadounidenses poseen el dominio de los “comunes globales”, un aspecto crucial que
constituye el principal sustento de la posición de poder del país a escala mundial y de su nueva gran
estrategia en materia de defensa y política exterior. Los comunes globales son las áreas que no
pertenecen a ningún Estado en particular, esto es, el aire, el espacio y el mar, pero que posibilitan a
quien los comanda acceder y proyectar su poder a la mayor parte del globo (Posen, 2003: 8)4. Como
señala este autor, “Estados Unidos goza del mismo dominio del mar que alguna vez tuvo Gran Bretaña
y también puede movilizar fuerzas grandes y pesadas alrededor del mundo. Pero el dominio del espacio
le permite ver la superficie de las grandes masas de tierra y reunir enormes cantidades de información”
(Posen, 2003: 9). Es imposible que este dominio estadounidense pueda ser enfrentado en el corto y
mediano plazo.
China, el país que aparece como el más serio desafiante a la supremacía estadounidense,
representa el 3,92% del producto bruto global. Si logra mantener sus altas tasas de crecimiento y evitar
la disensión interna necesitará al menos un par de décadas para transformarse en un serio rival del
poderío estadounidense. Rusia está mucho más lejos de cerrar la enorme brecha de poder económico
que la separa de Estados Unidos con un producto bruto interno que representa tan sólo el 1,07% del
producto bruto global; además, sus actuales necesidades estratégicas y económicas tienden a acercarla
a Washington. La Unión Europea ha logrado grandes avances en materia de integración y posee los
atributos de poder necesarios para convertirse en un contrapeso al poder de Estados Unidos
(población, recursos económicos, tecnología y poder militar); sin embargo, carece de voluntad política
y de una estructura institucional centralizada para actuar unida y concertadamente en materia de política
exterior y de defensa. La respuesta europea a la crisis de Irak puso de manifiesto que la Unión Europea
está muy lejos de alcanzar ese objetivo y es probable que la reciente incorporación de diez nuevos
miembros lo haga aun más difícil. Como concluye Waltz (2000: 31): “Europa Occidental fue incapaz de
hacer su propia política exterior y de defensa cuando era una organización de seis o nueve estados
viviendo bajo el temor a la Unión Soviética. Con menos presiones y más miembros, tiene aun menos
esperanzas de lograrlo”. Finalmente, Japón, si bien representa el 12,3% del producto bruto global,
acaba de atravesar una larga etapa de más de diez años de recesión y sigue, por ahora, remiso a asumir
el papel propio de un gran poder. Como en los años de la Guerra Fría, su seguridad depende
fundamentalmente de su alianza militar con Estados Unidos.
4
Para un brillante análisis del dominio de los comunes por parte de los Estados Unidos, ver Barry R. Posen (2003).
6
Producto Bruto Global Nominal % del Mundo
(en millones de dólares)
1) Estados Unidos 10,383,100 32,13
2) Japón 3,993,433 12,36
3) Alemania 1,984,095 6,14
4) Reino Unido 1,566,283 4,85
5) Francia 1,431,278 4,43
6) China 1,266,052 3,92
7) Italia 1,184,273 3,67
8) Canadá 714,327 2,21
9) España 653,075 2,02
10) México 637,203 1,97
11) India 510,177 1,58
12) Corea del Sur 476,690 1,48
13) Brasil 452,387 1,40
14) Holanda 417,910 1,29
15) Australia 409,420 1,27
16) Fedración de Rusia 346,520 1,07
17) Suiza 267,445 0,83
18) Bélgica 245,395 0,76
19) Suecia 240,313 0,74
20) Austria 204,066 0,63
Total Global 32,312,147 100
Fuente: World Development Indicators database, World Bank, abril 2004
En breve, ningún estado o combinación de estados puede establecer un contrapeso efectivo del
poder de Estados Unidos. Sin embargo, no debe confundirse la imposibilidad de constituir un orden de
equilibrio con la desaparición de políticas que procuren alterar la actual distribución internacional de
poder y restringir el poder estadounidense. En octubre de 2003, China envió por primera vez una nave
tripulada al espacio y está empeñada en modernizar sus fuerzas armadas con el objeto de colocar
progresivamente a sus militares en un pie de igualdad con los de Estados Unidos. Rusia ha resistido las
presiones de Washington para desactivar su contrato de 800 millones de dólares con Irán, cuyo
principal objetivo es ayudar a ese país a construir un reactor nuclear. Además, junto a China y Francia,
fue una de las naciones que más se opuso a la guerra en Irak, a la que Putin calificó de “grave error
político”. La falta de éxito en este caso no implica el abandono de esta estrategia.
La Unión Europea también despliega políticas de equilibrio, aunque desde posiciones muy
distintas representadas hoy emblemáticamente por Tony Blair y Jacques Chirac. En un sentido, puede
decirse que los dos líderes procuran una misma meta -limitar el poder de Estados Unidos- pero
defienden estrategias opuestas. Mientras que Chirac ha procurado restringir ese poder mediante la
7
creación de un contrapeso con el apoyo de Alemania y Rusia, Blair ha intentado atar a los Estados
Unidos a las Naciones Unidas o, como se ha puesto de moda, de “gulliveralizarlo”. Presionó a Bush
para que trabajase con el Consejo de Seguridad a fin de contar con la Resolución 1441, que autorizó la
última ronda de inspecciones de armas en Irak y realizó una activa campaña para obtener una segunda
resolución que autorizase el uso de la fuerza contra Irak, que fracasó cuando no pudieron obtenerse
suficientes votos de apoyo y Chirac amenazó con usar el poder de veto de Francia 5.
La lógica del balancing también es empleada por otros países en sus respectivas regiones. Ella
explica, por ejemplo, el alineamiento de los gobiernos de algunos estados de Europa Oriental con
Estados Unidos en el caso de la Guerra de Irak, aun en contra de las opiniones públicas de esas
naciones. Como señala Jervis: “La dominación que estos países más temen no es la estadounidense sino
la franco-germana. Estados Unidos es más poderoso, pero Francia y Alemania están más cerca y
tienen más probabilidades de eclipsarlos (Jervis, 2003: 3) 6.
En cuanto al orden “solidaridad de las naciones” resulta claro que las Naciones Unidas
atraviesan la peor crisis de su historia. Las esperanzas surgidas tras el fin de la Guerra Fría de que se
convirtieran en un mecanismo útil para resolver situaciones de crisis y dotar de mayor seguridad al
sistema internacional se vieron rápidamente frustradas. Las principales decisiones sobre los conflictos
más graves de los noventa se tomaron fuera de su ámbito, tal el caso de la crisis de Kosovo. El golpe
de gracia a las expectativas de contar con unas Naciones Unidas con mayor protagonismo lo dio
Estados Unidos en marzo de 2003, cuando lanzó su guerra elegida contra Irak a pesar de no contar
con la autorización del Consejo de Seguridad. Con ello, la ONU también dejó en evidencia su
ineficacia para restringir poder cuando están en juego asuntos que las autoridades estadounidenses no
están dispuestas a someter a la decisión de otros estados; aunque en un contexto de distribución de
poder muy distinto al de los años de la confrontación bipolar Este-Oeste, la Organización vuelve a
mostrar con crudeza sus límites para actuar concertadamente cada vez que se ponen en juego intereses
divergentes importantes. El juicio de Hanz Morgenthau sobre el papel de las Naciones Unidas durante
5
El Primer Ministro británico defiende lo que llama “doctrina de la comunidad internacional”, y que tiene importantes
puntos de contacto con el tipo ideal “solidaridad de las naciones”. Esta doctrina fue presentada por Blair en un
discurso pronunciado en Chicago en abril de 1999, donde defendió a las instituciones internacionales y consideró a
las Naciones Unidas como un “pilar central” de la comunidad internacional (ver Frankel, 2003: A,25). El orden
visualizado por Blair se acerca más a la idea de hegemonía colectiva (un orden de sobreequilibrio de poder fundado
en una coalición inclusiva de naciones democráticas vista como una fuerza estabilizadora y que trasciende o reduce
las clásicas diferencias entre los grandes poderes desde una ideología y valores compartidos). Esta propuesta se
articula a partir de una identidad en gran medida posnacional y posmoderna, pero que reconoce que todavía es
necesaria la guerra, incluida la preventiva, para enfrentar las nuevas amenazas a la paz y seguridad internacionales.
6
A su vez, estos temores son empleados por Washington para oponer la “nueva” Europa a la “vieja”. Se espera que
muchos países de Europa Oriental privilegien posiciones atlantistas en detrimento de posiciones europeas como las
promovidas por la “vieja” Europa, particularmente Francia (Layne, 2002: 8).
8
la Guerra Fría tiene, lamentablemente, absoluta vigencia en nuestros días: “La experiencia ha
demostrado que el intento de usar a Naciones Unidas con el propósito de forzar acuerdos entre las
superpotencias es fútil y, a la postre, sólo consiguen agravar los desacuerdos” (Morgenthau, 1986:
570).
A la tradicional ineficacia de las instituciones internacionales para resolver cuestiones “duras”, se
agregan hoy tres problemas importantes vinculados a la gestión del orden político internacional.
Primero, la enorme brecha de poder entre Estados Unidos y el resto de los miembros permanentes del
Consejo de Seguridad ha inspirado, en algunos círculos oficiales y académicos estadounidenses,
planteos de reforma al proceso de toma de decisiones en ese ámbito pidiendo que el derecho a veto
sólo quede para ese país. Si bien esta posición no habrá de prosperar porque va en contra del espíritu
de nuestra época, ella sirve para poner en evidencia que con el fin de la Guerra Fría se ha instaurado
una nueva brecha en el Consejo de Seguridad -entre Estados Unidos y los otros cuatro miembros
permanentes- que se suma a la que siempre existió entre estos últimos y los miembros no permanentes.
En este marco, el proceso de toma de decisiones en las Naciones Unidas no parece ir en dirección de
una mayor democratización, a pesar de los distintos proyectos de ampliación del Consejo de Seguridad
que circulan desde hace un tiempo en esa organización. A su vez, los proyectos que proponen la
incorporación de nuevos miembros permanentes contemplando predominantemente la distribución de
atributos tradicionales de poder en cada una de las regiones del mundo expresan, en esencia, la misma
lógica de poder que dio lugar a la formación del Consejo de Seguridad en sus orígenes. Suenan por lo
general más a apertura limitada a unos pocos para participar en el mismo juego de poder que a
propuestas genuinas de ampliación del proceso de toma de decisiones siguiendo una lógica más
democrática y cosmopolita. Dicho en menos palabras, vieja real politik con nuevos jugadores.
Segundo, a la falta de respeto a las normas de la ONU por parte de Estados Unidos -cuando
no su desprecio explícito- se suma el repudio violento a la Organización por parte de grupos terroristas
y fundamentalistas de distinto tipo. De este modo, los propósitos de la ONU se ven jaqueados tanto
por quienes abusan de su inmenso poder como así también por las acciones violentas de fanáticos que
existen en todas partes del mundo, incluso dentro de Estados Unidos. Los primeros consideran a la
Organización apenas como un manto multilateral para legitimar su conducta internacional o un simple
obstáculo para alcanzar sus objetivos; los segundos porque la ven como una amenaza a sus peculiares
intereses o como un mero instrumento de los poderosos que sirve para dotar a sus emprendimientos de
una legitimidad que desconocen y repudian. En esta última clave debe leerse el ataque terrorista contra
9
el Hotel Canal de Bagdad del 19 de agosto de 2003, que fue el peor golpe a la Organización en toda
su historia.
El tercer problema no tiene que ver con las Naciones Unidas sino con el futuro de las alianzas
internacionales forjadas por Estados Unidos a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, con el
propósito de enfrentar al bloque liderado por la Unión Soviética. Muchas de esas alianzas han perdido
parte de su sentido original y son cuestionadas no sólo en Estados Unidos sino en el resto de los países
que las componen. Este proceso era previsible; el problema es que parece no haber motivos suficientes
para inspirar nuevas alianzas que ayuden a la gestión del orden político internacional, como por ejemplo
para enfrentar el terrorismo transnacional, promover genuinamente la democracia o prevenir el
desarrollo de armas de destrucción masiva. Todos estos temas son mucho más difusos que la amenaza
comunista y hacen, por eso mismo, más difícil llegar a posiciones de consenso.
La alianza entre Estados Unidos y Europa que, como lo muestra el trabajo de Carlos Pérez
Llana en este volumen, ya había sufrido varios sacudones durante la Guerra Fría, hoy presenta fisuras
importantes que ponen en duda su continuidad a largo plazo. Uno de los analistas estadounidenses que
más ha enfatizado las diferencias entre las dos partes escribió recientemente que la estrategia común de
Occidente durante los años de la bipolaridad, puede ser vista como una aberración debida a las
circunstancias especiales de la Guerra Fría (Kagan, 2002-3: 139). La muy citada frase del Secretario
de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, que divide la “vieja” de la “nueva” Europa, expresa
no sólo esas mismas percepciones sino también una antigua tradición estadounidense que muchos
remontan al famoso discurso de despedida de George Washington cuando advirtió a su país contra la
formación de “alianzas permanentes” con las naciones extranjeras. Esa advertencia y la práctica
subsiguiente de no formar alianzas, que Estados Unidos sólo abandonó durante los años de la Guerra
Fría, han sido desempolvadas y revalorizadas por quienes gobiernan el país y por muchos analistas.
Para ellos, las alianzas y las instituciones internacionales no pueden ni deben constreñir el margen de
acción unilateral que el país requiere para satisfacer sus intereses nacionales o los del orden global, tal
como es definido por Estados Unidos. El nuevo patrón que se propone es el de un mundo en el que las
alianzas darán paso a coaliciones ágiles y cambiantes forjadas para propósitos específicos y con los
estados que no fueron los aliados tradicionales de Estados Unidos (Menon, 2003)
En suma, con las Naciones Unidas debilitadas y con alianzas ad hoc, el tipo ideal del orden
político internacional “solidaridad de las naciones” seguirá por mucho tiempo en el estante de las
aspiraciones humanas irrealizadas.
10
Entonces, en este escenario de supremacía estadounidense y de crisis del sistema institucional
trabajosamente construido desde la segunda mitad del siglo XX, no sorprende que la mirada de los
analistas internacionales se haya volcado hacia las posibilidades de realización de un orden hegemónico
y, en su defecto, de alternativas híbridas en las que prevalecen los escenarios de fragmentación y
conflicto o directamente el caos.
11
alcance y la influencia del capitalismo o la cultura estadounidenses sino la clase más dura de
imperialismo -la clase ejercida por intimidación coercitiva y soldados reales sobre el terreno- (Rosen,
2003: 1). Dicho brevemente, se trata fundamentalmente de una discusión de naturaleza ontológica.
Como en otras épocas, el debate expresa posiciones diversas y muchas veces opuestas. La
fractura más importante es la que separa a los autores que le asignan o no a Estados Unidos la
condición de imperio y a quienes podríamos denominar “afirmativistas y negativistas”, inspirándonos en
la división que marcó otro de las grandes polémicas sobre la situación de ese país en el mundo, la que
se dio en los setenta y ochenta entre “declinistas” y “antideclinistas”. En medio de este debate, tampoco
faltan nuevas voces “declinistas” que sostienen que el momento unipolar estadounidense ha alcanzado la
cumbre más alta y habrá de disiparse en el curso de la próxima década. Sus argumentos basados en los
riesgos de la sobreextensión militar y fiscal se han visto fortalecidos a partir de la segunda mitad de
2003, debido a las dificultades de Estados Unidos para “ganar la paz” en Irak.
Dentro de las corrientes afirmativistas, existe una diferencia importante entre afirmativistas
empíricos y normativos. Los primeros reconocen sin más y sin culpa que Estados Unidos es un imperio.
Los segundos, de manera implícita o explícita, no sólo lo reconocen, sino que también lo celebran e
impulsan. Firmes partidarios del imperialismo, adoptan un tono apologético, el mismo que le atribuyen -
con frecuencia erróneamente y con citas sacadas de contexto- a los propios Padres Fundadores, a los
partidarios del Destino Manifiesto y a otras figuras políticas estadounidenses7. Sus argumentos se
fundamentan en un conjunto de supuestos, a saber: 1. Estados Unidos es un imperio al menos desde
hace un siglo8; 2. la era del imperio no es históricamente obsoleta9; 3. el mantenimiento y extensión del
imperio es un requisito de la seguridad del país y del mundo dado que los órdenes hegemónicos serían
más estables y pacíficos que los de equilibrio de poder; 4. el imperio y el imperialismo estadounidenses
son el único y menos sangriento de los caminos hacia la modernidad de las periferias hostiles o
atrasadas. A partir de estos supuestos, proponen una política exterior activa e intervencionista que
justifican tanto por razones prácticas como morales.
Por su parte, las corrientes negativistas reúnen un conjunto variado de autores que pertenecen a
distintas tradiciones del pensamiento político. El espectro es tan amplio que abarca desde el
neoconservadurismo hasta el marxismo. No obstante ello, es posible distinguir también en este caso
7
Acerca de este tipo de interpretaciones erróneas y sacadas de contexto sobre los términos “imperio” e
“imperialismo” en otras etapas de la historia de Estados Unidos, ver Schlesinger Jr. (1990: 154-156.
8
Para algunos autores, Estados Unidos es un imperio al menos desde 1803, cuando Thomas Jefferson compró el
territorio de Lousiana. Ver, por ejemplo, Max Boot (2003: 361)
9
Algunos, incluso, llegan a afirmar que la era de los Estados-naciones independientes es una anomalía histórica
(Rosen, 2003).
12
supuestos que todos comparten: por un lado que la era de los imperios pertenece al pasado y, por el
otro, que Estados Unidos es un poder hegemónico o supremo pero no un imperio. Dentro de esta
corriente hay una diferencia que vale la pena marcar entre autores que señalan que Estados Unidos no
está bien preparado para ser un imperio (Nye, 2003: A) y quienes consideran que tal condición no está
en su naturaleza debido a que el país no persigue la dominación de otros estados. Robert Kagan así
resume esta última posición: “El hecho de que Estados Unidos tenga bases en el exterior, que ejerza
enorme influencia en el mundo, que exporte su cultura, no lo convierte en un poder imperial. Hay una
gran diferencia entre un gran poder -aun el más grande poder mundial- y un país que procura ejercer su
dominio sobre otros que es en lo que consiste una verdadera definición de imperio” (Kagan, 2003).
Esta esquemática presentación de las posiciones afirmativistas y negativistas puede verse como
la muestra más reciente de las dificultades que ofrece el tratamiento de una cuestión resbaladiza como
pocas. “Imperio” e “imperialismo” son términos muy elásticos y confusos, al igual que la noción de
orden político internacional tratada en el apartado anterior. Lord Hailey llegó a decir que “imperialismo
no es una palabra para académicos” (Hailey, citado en Doyle, 1986: 11). Schumpeter, por su parte,
señaló que “la palabra ‘imperialismo’ ha sido utilizada abusivamente como eslogan hasta el punto de
exponerse a perder todo su significado” (Schumpeter, 1965: 37). En el mismo sentido, Morgenthau
concluyó que “el arbitrario uso del término para fines polémicos se ha difundido tanto que en la
actualidad ‘imperialismo’ e ‘imperialista’ se aplican indiscriminadamente a cualquier política exterior
opuesta a quien emplea el término (...) Toda nación es imperialista para cualquier otra a quien
desagrade su política exterior” (Morgenthau, 1986: 69). También se han usado ligeramente las nociones
de imperio e imperialismo para caracterizar cualquier forma de desigualdad internacional.
La literatura teórica clásica referida a los imperios y a las causas del imperialismo tampoco
ayuda mucho a aclarar las cosas. Cabe señalar que ella apareció no casualmente a fines del siglo XIX
con el objeto de dar cuenta de un nuevo tipo de imperio, que se denominó colonial, y del proceso que
llevó a los principales países capitalistas a desarrollar entre 1875 y 1914 un nuevo tipo de imperialismo
que se tradujo en la conquista, anexión y administración formal de la mayor parte de África, Asia y el
Pacífico. Durante ese período, aproximadamente una cuarta parte del mundo fue dividida en territorios
que quedaron bajo el gobierno formal o el dominio político informal de varias potencias europeas
(fundamentalmente Alemania, Bélgica, Francia, Gran Bretaña, Italia y los Países Bajos) y de Estados
Unidos y Japón (Hobsbawn, 1989)10. Como señala Hobsbawn en su libro La era del imperio (1875-
10
Cabe aclarar que si bien el concepto imperialismo en cuanto tal adquiere la dimensión económica que señala
Hobsbawn recién a fines del siglo XIX, es claro que el imperialismo como fenómeno histórico también fue impulsado
13
1914), “ (...) no hay duda de que el término imperialismo se incorporó al vocabulario político y
periodístico durante los años 1890 en el curso de los debates que se desarrollaron sobre la conquista
colonial. Además, fue entonces cuando adquirió, en cuanto concepto, la dimensión económica que no
ha perdido desde entonces. Por esta razón, carecen de valor las referencias a las formas antiguas de
expansión política y militar en que se basa el término. En efecto, los emperadores y los imperios eran
instituciones antiguas, pero el imperialismo era un fenómeno totalmente nuevo” (Hobsbawn, 1989: 60).
La novedad del imperialismo colonial -o mejor, su historicidad- brindó a políticos e intelectuales
una extraordinaria oportunidad para indagar acerca de sus causas y propósitos. Se ofrecieron
interpretaciones económicas, políticas, ideológicas y culturales y se construyeron distintos modelos
teóricos que pusieron el acento en factores sistémicos, metropolitanos o periféricos con el objeto de
brindar razones sobre un asunto de perfiles inéditos. El debate, ya intenso durante la primera década del
siglo XX, adquirió mayor complejidad y densidad con el transcurso de la centuria debido a dos
fenómenos simultáneos de signo inverso: la desaparición de todos los imperios formales y la extensión
progresiva del poder internacional de Estados Unidos hasta llegar a la etapa actual de supremacía sin
precedentes.
El ascenso de este país a la cúspide, se produjo en distintos ciclos durante el desarrollo de un
proceso que puede describirse, sin temor a equivocación, como una historia de permanente expansión e
intervención externas11. Los dos últimos de estos ciclos expansivos corresponden a los períodos
posteriores a la Guerra Fría y al 11/9. En efecto, tras el colapso de la Unión Soviética, Estados Unidos
extendió su presencia y gravitación a Europa Central, el Golfo Pérsico y Asia Central. Luego del 11/9,
incrementó ambas cosas tanto en esta última región como en el Medio Oriente y Africa12. La guerra de
Irak, justificada ante el mundo entero como parte de la lucha contra el terrorismo y la proliferación de
armas de destrucción masiva por los estados “canallas”, tuvo como principal objetivo estratégico la
consolidación del poder y la influencia de Estados Unidos en el Medio Oriente. Un estudio reciente del
Congreso estadounidense muestra, por otra parte, que desde la fundación de los Estados Unidos
resulta difícil encontrar un solo año en el que soldados de ese país no hayan estado en el exterior
“persiguiendo piratas, castigando bandidos, rescatando ciudadanos estadounidenses en peligro,
por factores económicos, tales los casos de los imperios coloniales español y portugués establecidos dirante los
siglos XVI y XVII.
11
Desde el fin de la Guerra Fría y hasta el inicio del actual gobierno, Estados Unidos intervino en Panamá, Haití,
Somalia, Bosnia y Kosovo.
12
Robert Kagan (2002/2003: 137) divide en seis fases el proceso de expansión de Estados Unidos en el mundo,
mientras que James Kurth nos habla de un drama desarrollado en cuatro fases (Kurth, 2002). Acerca de la expansión
reciente de Estados Unidos en el sur y centro de Eurasia ver el interesante artículo de Michael T. Clark (2003).
14
interviniendo en guerras civiles, deteniendo masacres, haciendo zozobrar regímenes vistos como
inamistosos y exportando la democracia” (Ignatieff, 2003: 40).
Al igual que en la era de los imperios coloniales, la actual expansión del poder de Estados
Unidos vuelve a despertar reflexiones sobre nuevas formas de imperio y de imperialismo en un contexto
histórico diferente, que requiere ser cuidadosamente determinado. La primera pregunta que se nos
presenta tiene que ver con la condición política del ser. En la antigüedad y en la era de los imperios
coloniales la respuesta a esta pregunta no admitía ninguna clase de dudas. La historia del mundo antiguo
es la historia de los imperios y los imperios coloniales surgidos a fines del siglo XIX no sólo se
definieron como tales sino que la mayoría de sus dirigentes y poblaciones se sintieron orgullosos de
integrarlos y, en muchos casos, de llamarse imperialistas. La condición de imperio se hace difícil de
apreciar cuando el dominio se ejerce de manera menos visible y cuando la mayoría de los
estadounidenses se resisten a asumir que su país en algún sentido es un poder imperial. Hasta aquí,
Estados Unidos ha usado su inmenso poder militar, político, económico y cultural para alcanzar una
posición de supremacía evitando las molestias propias de los imperios antiguos y coloniales. En este
sentido, nunca desarrolló una perspectiva colonial al modo británico o francés, ni estableció cargos
coloniales, ni tampoco preparó cuadros civiles para servir en el exterior como administradores de un
imperio (Schlesinger Jr., 1990). La proyección del poder internacional del país quedó prácticamente
reservada a la “casta de los guerreros”. En los años de la presidencia de Kennedy, por ejemplo,
Estados Unidos gastó apenas el 1% de su producto nacional bruto en los aspectos no militares para la
promoción de su influencia en el exterior (Ignatieff, 2003). Actualmente, el presupuesto total del
Departamento de Estado y de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional es sólo
aproximadamente el 1% del presupuesto federal. El país gasta cerca de dieciséis veces más en sus
fuerzas militares y hay pocos indicios de que esto pueda cambiar en una época de déficit
presupuestarios y de baja de impuestos (Nye, 2003: A). Además, la misma idea de imperio nunca
despertó apoyos masivos ni grandes apetitos de gloria, pues va en contra de la herencia revolucionaria
del país y de su identidad nacional democrática.
Dado el problema que nos presenta la informidad de la condición política del ser, la prueba de
la existencia de un “imperio americano” podría intentarse apelando a definiciones de tipo conductista.
Es posible dividir estas definiciones en dos categorías: las que se ordenan a partir de la capacidad de
una unidad política para imponer sus deseos y controlar a otros de manera efectiva, y las que lo hacen a
partir de la disposición de esa misma unidad para extender su dominio internacionalmente y de las
consecuencias que ello produce.
15
La definición de imperio en abstracto que nos propone Aron, pertenece a la primera categoría:
“El imperio, en su sentido abstracto, sugiere el carácter supremo o incondicional del poder (...) No se
trata (...) de autoridad reconocida, ni aun siempre de un poder supremo, sino de una capacidad, más o
menos irresistible, de imponer, en caso de necesidad, su voluntad” (Aron, 1973: 296-7). Desde este
punto de vista, la capacidad de control es la principal variable empleada por otros autores para calificar
a un país de imperio y a una relación interestatal de imperialismo. En su ya clásica obra Imperios,
Michael Doyle define a un imperio como “una relación formal o informal, en la cual un Estado controla
la soberanía política efectiva de otra sociedad política” (Doyle, 1986: 45). El tema del control también
es central en la definición de imperialismo que nos brinda Benjamin J. Cohen en su libro La cuestión
del imperialismo. Para este autor, imperialismo es “cualquier relación de dominación o control
efectivo, político o económico, directo o indirecto, de una nación sobre otra” (Cohen, 1973: 16).
Así, la condición de imperio es una función de la capacidad real de controlar a los estados y
pueblos subordinados. Este control puede realizarse de un modo formal o informal. En el primer caso,
el dominio se practica a través de la anexión de territorios y de un gobierno de carácter colonial
apoyado por fuerzas militares metropolitanas y por colaboradores de la periferia. En el segundo, el
control se ejerce indirectamente sobre la política interna y exterior de una periferia subordinada que es
legalmente independiente (Doyle, 1986: 135).
Dado que Estados Unidos pertenecería a esta segunda categoría, la capacidad para controlar e
imponer su voluntad a otros ha sido una de las varas más usadas para escrutar su condición de imperio.
Es interesante notar que Arthur Schlesinger Jr., luego de señalar que el poderío acumulado por Estados
Unidos en los años ochenta no ofrecía dudas sobre tal condición, concluye una pocas páginas después:
“Desde el punto de vista de los grandes imperios de la historia, el Imperio Romano, el Imperio
Napoleónico y hasta el Imperio Británico, el imperio americano de los años ochenta no es en absoluto
un imperio. Los viejos imperios controlaban a sus súbditos. El imperio americano controla muy poco.
Ni siquiera puede controlar los regímenes más dependientes de su apoyo: Israel, El Salvador,
Honduras, las Filipinas. No puede controlar a sus vecinos más cercanos: Canadá y México. Quizá
controla Granada. Pero aunque ejerce influencia en Gran Bretaña, Japón, Francia, Italia, Australia y
Nueva Zelanda, no puede decirse que los controla como el Imperio Británico controlaba a sus colonias
en el siglo XIX o como la Unión Soviética controla los países de Europa Oriental. Pese a toda la
supuesta dominación americana de los países pobres mediante el mercado mundial, el imperio
americano ejerce escaso control político en el Tercer Mundo, como lo demuestran repetidamente las
16
votaciones en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Se lo puede describir mejor como cuasi-
imperio” (Schlesinger Jr., 1990: 177-178).
Recientemente, Joseph Nye (2003 b: 12) se ocupó del tema desde un ángulo muy similar: “El
problema para el poderío estadounidense en el siglo XXI es que cada vez son más las cosas que
escapan al control incluso de la nación más poderosa. Aunque Estados Unidos se desempeña bien
cuando se trata de las medidas tradicionales de “poder duro”, con ello no consigue captar las
permanentes transformaciones de la política mundial debidas a la globalización y a la democratización
de la tecnología. La paradoja del poderío estadounidense es que la política mundial cambia de un modo
que hace imposible que la potencia más poderosa del mundo desde los tiempos de Roma, alcance por
sí sola algunos de sus objetivos internacionales más importantes. Estados Unidos carece de la
capacidad internacional e interna de resolver los conflictos internos de otras sociedades y, al mismo
tiempo, de vigilar y dirigir los acontecimientos transnacionales que amenazan a los estadounidenses en
su propio país”.
Dicho más brevemente, la supremacía no va acompañada necesariamente de una mayor
capacidad de control. Ello se debe a que la naturaleza y extensión del control -siempre entendido como
relativo puesto que ningún Estado puede controlar en forma absoluta a los otros estados- varían en
función de numerosos factores y no sólo de los cambios en la distribución de poder entre los estados.
Por ejemplo, la voluntad, unidad y competencia de las fuerzas metropolitanas, las inhibiciones
domésticas en el Estado dominante, su nivel de prestigio internacional, los límites que imponen las
instituciones internacionales, la naturaleza de los problemas que debe enfrentar, la debilidad o fortaleza
de las periferias y su disposición a cooperar o resistir. Estos elementos combinados de distintas
maneras pueden incrementar o disminuir en forma importante la alta capacidad objetiva de control que
sugiere una considerable asimetría de poder como la que hoy caracteriza al sistema internacional. Desde
este punto de vista, el poder se cuantifica no en términos de lo que se tiene sino en términos de control
e influencia efectiva sobre la conducta de otros estados y pueblos. En otras palabras, en términos
procesales y no estructurales.
Otros autores llegan a conclusiones absolutamente opuestas a las de Schlesinger y Nye, usando
también la vara de la capacidad de control. Miden el poder como simple acumulación de atributos
(tamaño de la población y territorio, dotación de recursos, fuerza militar, estabilidad política y
competencia) y de ello derivan que el Estado con más poder tiene naturalmente más capacidad de
control e influencia. El padre del realismo estructural así lo explica: “En los siglos XVIII y XIX, el
Estado más fuerte intervino en todo el globo y construyó el imperio más vasto de la historia. En el siglo
17
XX, el Estado más fuerte repitió el comportamiento intervencionista de Gran Bretaña y, desde el fin de
la Guerra Fría, en una escala aun mayor, sin construir un imperio. La ausencia de imperio difícilmente
signifique, sin embargo, que la extensión de la influencia y el control de Estados Unidos sobre las
acciones de otros sea de menor importancia” (Waltz, 2000: 17). A contramano de las definiciones
conductistas propuestas por Doyle y Cohen, para Waltz Estados Unidos posee mayor capacidad de
control e influencia y una condición única para imponer castigos y dispensar favores sin que ello
implique que sea un imperio.
Según se aprecia, el examen de la condición política del ser o de su capacidad de control no
permite llegar a conclusiones tajantes, sino que por el contrario, nos conduce hacia un callejón sin
salida. No hay cómo zanjar el debate ontológico debido a que resulta imposible ponerse de acuerdo
sobre los atributos que debe reunir una unidad política para ser considerada un imperio informal. ¿Qué
indicadores deberían emplearse para diferenciar un imperio informal de un cuasiimperio, de un
hiperpoder o de una superpotencia? La diferencia parece no pasar por el tamaño del poder sino por la
naturaleza y alcance de su acción externa y por el tipo de vínculos que establece con los estados
secundarios y periféricos. Si fuera tan sólo una cuestión de tamaño no hay dudas de que Estados
Unidos es hoy significativamente mucho más poderoso que el imperio británico en su momento de
apogeo, tanto en términos económicos y militares como, probablemente, también en términos de
capacidad para proyectar su propia cultura. Pero, nuevamente, ¿qué es lo que distingue la acción
externa de un imperio informal de la de una gran potencia? ¿No se trata más de una diferencia de grado
que de sustancia? (Aron, 1973: 299) Por su parte, la evidencia empírica sobre la capacidad de control
de Estados Unidos es ambigua y fluctuante: siempre depende de un marco contingente de políticas.
Además, la noción de control es también imprecisa. ¿Cuánto control sobre la acción de los otros hay
que ejercer para ser considerado un imperio informal? ¿Cuál es la línea que separa el control ejercido
por este tipo de imperios del de situaciones de supremacía, de interdependencia asimétrica o, lisa y
llanamente, de dependencia?
Ahora bien, una cosa es la capacidad de control y otra muy distinta la voluntad de ejercerla.
Aquí entramos en el terreno de la segunda categoría de definiciones conductistas mencionadas, es decir,
las que se ordenan a partir de la disposición del ser13. Con independencia de la calificación política que
le demos a Estados Unidos, es claro que su actual impulso hacia el imperialismo alcanza niveles nunca
vistos en su larga historia de expansión. El término imperialismo se entiende aquí en un sentido
13
La definición más extensa y polémica de este tipo es la que dio Schumpeter en su trabajo Sociología del imperio.
Allí entiende por tal a “la disposición ‘infundamentada’ de un Estado hacia la expansión violenta y sin límites”
(Shumpeter, 1965: 88).
18
éticamente neutral como la resolución metropolitana a imponer su voluntad sobre otros estados y
pueblos poniendo el énfasis en medios coercitivos. Con cierto abuso del lenguaje puede llamarse a este
fenómeno imperialización.
La definición conductista de imperialismo basada en la voluntad del ser tampoco está exenta de
problemas. Cuando se analiza el caso de Estados Unidos, esta dificultad se agudiza debido a que la
mayoría de los estadounidenses, incluida la clase dirigente, ignora o niega que su país procure imponer
sus deseos a otros. Aun quienes consideran que Estados Unidos es un imperio, suelen referirse a él
como un imperio “en negación” (Ferguson, 2003: A), “no reconocido” (Prestowitz, 2003: 19),
“compulsivo” (Jervis, 2003), “imperio liberal” (Boot, 2003: 361) o “imperio no territorial” (Cumings,
2003: 358). También es indudable que dentro de los Estados Unidos existen fuerzas sociales, estatales
o privadas, no imperiales e incluso opuestas al imperialismo. En consecuencia, asignarle a secas a
Estados Unidos una disposición al imperialismo es una gran simplificación que no ayuda a comprender
el fenómeno que nos ocupa. Visto desde los Estados Unidos, la voluntad imperial es menos abarcativa
que la totalidad del país, ya que precisamente su nivel de fragmentación es una variable ineludible para
identificar las fortalezas y debilidades del actual imperialismo estadounidense. Visto desde afuera, la
voluntad imperial se articula con fuerzas sociales externas que facilitan el imperialismo de Estados
Unidos en el mundo. Este aspecto nos remite al papel de la periferia en la extensión del poder imperial.
Por consiguiente, es preciso trabajar con un enfoque que trascienda la idea antropomorfa del
Estado autónomo, unificado y racional que domina el análisis de la política exterior de Estados Unidos.
El sujeto de la voluntad imperialista es un conjunto históricamente cambiante de fuerzas sociales
estatales y privadas estadounidenses que requiere ser identificado en cada contexto histórico. El núcleo
duro de esta voluntad está constituido por los gobernantes (y no el Estado), que son los que definen la
orientación y la sustancia de la política exterior y quienes procuran, en estrecha articulación con fuerzas
de la sociedad civil, crear oportunidades para que ellas desplieguen sus intereses en una escala global (o
al menos en la escala del espacio geográfico donde prevalecen los Estados Unidos). En la actualidad,
la voluntad imperial se encarna principalmente en la propia administración Bush, en especial en los
grupos neoconservadores (que procuran transformar el mundo a imagen y semejanza de Estados
Unidos) y los nacionalistas asertivos (que quieren usar el poder de su país para intimidar a los estados
rivales y aplastar las amenazas potenciales a la seguridad estadounidense), y en una amplia coalición de
fuerzas que incluye, en su centro, a Wall Street, las grandes empresas de energía e información, las
corporaciones globales, el complejo militar industrial, los think tank extremistas de mercado, una vasta
19
gama de organizaciones no gubernamentales que se desenvuelve en una escala mundial y la derecha
religiosa (Phillips, 2002)14.
Esta amplia coalición comenzó a forjarse en los años sesenta de la mano de la transformación
de la economía industrial de Estados Unidos en una economía, primero, posindustrial y, luego, en otra
de la información (Kurth, 2002). Dicha coalición creció fuertemente en la década del noventa con el fin
de la Guerra Fría y más aun a partir del inicio de la administración Bush y, ciertamente, luego del 11/9,
cuando poderosas fuerzas neoconservadoras se agregaron a la coalición imperial de base neoliberal
forjada durante los años de Clinton. El resultado de este proceso de más de cuatro décadas es la
constitución de un sujeto imperial cada vez más numeroso y diverso.
El actual imperialismo estadounidense, al igual que otras formas anteriores de este fenómeno, no
admite abordajes reduccionistas. Sus causas y desarrollo obedecen a factores sistémicos (la enorme
diferencia de poder entre este país y los estados que le siguen en la estructura de poder internacional),
externos (en particular, los ataques terroristas del 11/9), metropolitanos (la combinación de variables
políticas, económicas, ideológicas y culturales, tanto de carácter estructural como coyuntural) e internos
de otros países, que favorecen su imperialización. No hay espacio en este texto para analizar en detalle
la forma en que todos estos factores y fuerzas se entrelazan, tarea por demás compleja y difícil. Sí cabe
apuntar cuatro aspectos que son de gran importancia para contextualizar y comprender la actual
disposición imperial de Estados Unidos.
Primero, el cambio sistémico producido como consecuencia de la caída de la Unión Soviética -
tránsito de la bipolaridad estratégico militar a la unipolaridad- es un factor esencial para explicar este
proceso. La unipolaridad conduce naturalmente a una acentuación de las prácticas de dominación,
como por ejemplo, el mantenimiento y ampliación de las ventajas existentes para generar poder militar;
la extensión de garantías de seguridad a otros estados para que no desarrollen un poder militar
independiente; la división de potenciales rivales, la voluntad de crear e imponer reglas y el cambio y
constitución de regímenes políticos en la periferia empleando, si es preciso, recursos de poder militar.
14
Como señala Schlesinger Jr., la derecha cristiana ha formado en la última generación una alianza con el ala derecha
católica sobre el tema del aborto, y una alianza con el ala derecha judía sobre la Tierra Sagrada. En consecuencia, ella
es una fuerza política mucho más potente hoy, que quizás incluya a más del 40% del electorado (Schlesinger Jr., 2003:
26).
20
Como quedó dicho, estas prácticas fueron desarrolladas por Estados Unidos durante los años
de la Guerra Fría. La diferencia es que hoy son más discrecionales y extensivas. Quienes sufren el
efecto de estas prácticas, las perciben como una manifestación de imperialismo en un grado más alto
que el de la era de la bipolaridad; por el contrario, quienes las propician y aplican las definen como
necesarias para construir un mundo mejor. Veamos un ejemplo: las políticas de Estados Unidos para
controlar la proliferación de armas de destrucción masiva son presentadas por su gobierno como
programas orientados a defender y construir un mundo más pacífico y estable; pero desde otra óptica,
también pueden verse como un caso típico de esfuerzos imperiales para mantener una posición de
predominio sobre determinadas formas de poder militar (Rosen, 2003: 6).
Segundo, este análisis de tipo estructural puramente materialista (dado que sólo contempla la
distribución de recursos de poder entre los estados) es necesario en todo esfuerzo que procure sopesar
la influencia de factores contingentes a los que habitualmente se recurre para explicar la expansión
internacional de Estados Unidos. Hoy en día los más usados son “la naturaleza de la agresión externa” y
el “carácter del gobierno estadounidense”.
El primer factor es sumamente llamativo porque se funda en el mito de la “superpotencia
reluctante” (Bacevich, 2002: 8). Expresado de un modo simple, este mito se basa en la idea de que
Estados Unidos debe y debió actuar contra su voluntad, para defenderse y defender al mundo de
distintos tipos de agresores (por ejemplo, el militarismo alemán en 1917, el nazismo, el fascismo y el
imperialismo japonés en 1941, el comunismo luego de la Segunda Guerra Mundial y, más
recientemente, el 11/9). Así a cada agresión sigue una reacción que siempre respondería a propósitos
fundamentalmente altruistas. El resultado es, entonces, una mayor presencia no buscada ni querida en el
mundo. Por cierto, nadie puede seriamente desconocer la influencia de los sucesos y agresiones
externas en la acción internacional de Estados Unidos. Sin ir más lejos, el 11/9 resultó un evento
catalizador que aglutinó voluntades, abrió las puertas para la puesta en práctica de una política exterior
más asertiva y dotó al país de un enemigo -la lucha contra el terrorismo transnacional- y, con ello, de un
nuevo sentido de misión externa, un elemento ausente en los años de la Posguerra Fría. Sin embargo, el
acento puesto en este factor puede ocultar que el objetivo estratégico de Estados Unidos de mantener y
extender su supremacía internacional fue también el eje ordenador de las políticas exteriores de Bush
padre y Clinton. En suma, el 11/9 resulta así un factor contingente clave para explicar la aceleración de
un impulso imperial preexistente que obedece, en gran medida, a un factor sistémico, la unipolaridad
estratégico militar.
21
Que Estados Unidos se encuentre bajo un gobierno de fuerte tendencia neoconservadora
constituye otro factor contingente ineludible para explicar la forma en que el país respondió a los
atentados del 11/9. Es muy probable que si oportunamente Al Gore hubiera sido electo presidente en
lugar de Bush, Estados Unidos habría declarado una guerra contra Afganistán pero no contra Irak, pues
seguramente los demócratas habrían hecho otra lectura de los informes de inteligencia para concluir que
la guerra contra el régimen de Sadam Hussein no era esencial en el corto plazo para proteger la
seguridad de su país (Albright, 2003). Más específicamente aún, la propia personalidad del presidente
Bush puede ser considerada un factor contingente que también explica el tono de la respuesta a los
ataques terroristas en Estados Unidos. Sobre este tema, un conocido analista de la política exterior
estadounidense sostiene que “la transformación de Bush luego del 11/9 puede tener su paralelo con su
anterior conversión religiosa; así como llegar a Cristo dio sentido a su disoluta vida personal previa, la
guerra contra el terrorismo se ha convertido en la característica definitoria de su política exterior y de su
misión sagrada” (Jervis, 2003: 1). Nuevamente, los rasgos propios del actual gobierno de Estados
Unidos y la personalidad de su Presidente no deben ocultar que la extensión del poderío
estadounidense es el resultado lógico de su posición sin rivales a la vista en el sistema internacional. La
desigualdad de poder siempre es la condición primaria y la fuente última del imperialismo (Schlesinger
Jr., 1990: 152)
Tercero, es preciso considerar dos factores metropolitanos de naturaleza estructural que se
complementan para potenciar el actual impulso imperialista de Estados Unidos; ambos tienen un
carácter ofensivo y consecuencias prácticas manifiestas. En primer lugar, el objetivo estratégico de
promover y garantizar, desde una posición de predominio, un mundo abierto que sirva a los intereses
económicos y de seguridad del país (Bacevich, 2002: 31). Este objetivo, presente al menos desde los
años de Truman, fue uno de los ejes ordenadores de la política exterior estadounidense durante los
años de la Guerra Fría, junto a la contención del comunismo; mientras que esta última estrategia fue
presentada como defensiva, la política de apertura siempre fue definida como un interés estratégico
ofensivo. A pesar de sus diferencias, ambas se tradujeron en una mayor presencia del país en el mundo.
El segundo factor es de naturaleza idealista; se trata de la antigua idea de que Estados Unidos es el
depositario de la misión histórica de promover un mundo mejor mediante la extensión de sus valores,
que son presentados y considerados como universales.
Estos dos impulsos históricos metropolitanos (abrir el mundo y hacerlo mejor) se potenciaron
recíprocamente a partir del inicio de los noventa debido al fin de la Guerra Fría y a la globalización. La
derrota del imperio soviético fue exhibida como el triunfo de la ideología “universalista verdadera” sobre
22
el comunismo, que también había pretendido ese papel. Con la caída de la URSS, tanto en el gobierno
como en los medios y en el debate público, comenzó a hablarse de un “imperativo de la Posguerra
Fría” que exige a Estados Unidos asumir definitivamente su papel histórico de “organizador global” y de
“beneficiario de la humanidad”, mediante el uso extensivo de su poder incomparable. Al mismo tiempo,
la era de la globalización le exigía más liderazgo y control, una tarea que se asumió sin mayores dudas.
El país se dispuso, entonces, a remover barreras y fronteras incluso a través del ejercicio de la fuerza y
la coerción. Así, el 11/9 encontró a Estados Unidos no sólo dispuesto a ejercer su poder sino también a
tomar la ofensiva. Los afirmativistas normativos encontraron la ocasión y la justificación para que ese
impulso imperialista preexistente se ampliara y reforzara en nombre de la necesidad, la claridad moral y
el coraje. Un pueblo desconcertado y dubitativo se sumó mayoritariamente a la partida extrechando
filas y en forma acrítica. Hasta aquí, el resultado de esta conjunción de factores ha sido el
fortalecimiento de la política de primacía y un papel más intrusivo del Estado en la vida cotidiana de los
ciudadanos estadounidenses.
El cuarto factor a tener en cuenta en el análisis del imperialismo estadounidense es la situación
interna y la disposición de las periferias frente a Estados Unidos. Este aspecto, junto a los factores
sistémicos y metropolitanos mencionados, juega un papel considerable en la determinación del carácter
y evolución de dicho imperialismo. Varios trabajos importantes han mostrado que también existen
fuentes de expansión imperial en la periferia, tales como la estructura social de colaboración o no
colaboración, la existencia de “fronteras turbulentas” y la debilidad, inestabilidad o colapso de los
estados periféricos; ambos factores, fronteras turbulentas y periferias “fallidas”, dan lugar con frecuencia
a reacciones metropolitanas que se conciben en términos defensivos pero que, en la práctica, tienen por
lo general un efecto expansivo. Como concluye John Galbraith en su brillante artículo sobre la “frontera
turbulenta” como factor de la expansión del Reino Unido en la India, África del Sur y Malasia, “los
gobernadores británicos continuaron tratando de eliminar el desorden en las fronteras mediante la
anexión, lo que a su vez produjo nuevos problemas de frontera y una mayor expansión. La “frontera
turbulenta” contribuyó consiguientemente a la paradoja del imperio del siglo XIX que creció a pesar de
sí mismo” (Galbraith, 1959-1960: 168). La larga historia de los imperios cuenta con numerosos
ejemplos sobre esta forma no querida de prolongación del poder metropolitano. Conviene registrarlos
dado que las crisis y debilidades de nuestra región son un factor que, objetivamente, alienta la extensión
del poder de Estados Unidos, incluso en términos militares.
23
Los factores enunciados que dan cuenta de la disposición de Estados Unidos para preservar y
ampliar su posición de predominio internacional, se encuentran claramente resumidos en la nueva
estrategia de seguridad nacional anunciada por el presidente Bush en septiembre de 2002. El
documento adopta formalmente la “política de primacía” que constituye, junto a la así llamada política
de “compromiso selectivo”, una de las dos variantes hegemónicas que signan el debate sobre la gran
estrategia estadounidense desde el fin de la Guerra Fría 15. La política de primacía intenta consolidar,
explotar y expandir las ventajas relativas del país desde una perspectiva fuertemente nacionalista y
unilateral que pone el acento en el uso preventivo del poder militar y la coerción. Por su parte, la
política de “compromiso selectivo” también se apoya en el poder militar superior de Estados Unidos,
pero es más multilateral y liberal, y procura encuadrarse dentro de la actual legalidad internacional16.
La principal premisa de la política de primacía es que Estados Unidos enfrenta un nuevo
ambiente de seguridad que resulta de la peligrosa combinación del “radicalismo con la tecnología”.
Sencillamente, esta fórmula se refiere al peligro que emana de los grupos terroristas de alcance global y
de los Estados “canallas”, que no sólo buscan adquirir armas de destrucción masiva para sí mismos sino
que también podrían transferirlas a estos grupos terroristas. Frente a estas amenazas, que provienen de
fuerzas políticas que definen su acción en clave de enemistad hacia los Estados Unidos y que surgen en
gran medida de los fracasos de los Estados nacionales creados tras la retirada de los imperios
coloniales europeos, las nociones tradicionales de disuasión y contención, de naturaleza reactiva, serían
no efectivas, inadecuadas o irrelevantes.
Hacia esta parte del mundo signado por las “leyes de la jungla”, para usar una expresión de
Robert Cooper, se propone una política profundamente revisionista y coercitiva que tiene como ejes
estructurantes una doctrina proactiva de “defensa propia anticipatoria” y el cambio de régimen de los
estados considerados enemigos. Los argumentos que se utilizan para justificar ambas cosas son muy
simples. En cuanto al ataque preventivo, se sostiene que Estados Unidos no puede permanecer en una
postura reactiva, porque existe una relación inversa entre amenaza y vulnerabilidad. Esto es, a mayor
capacidad de amenaza por parte de un determinado país, por ejemplo a través del desarrollo de armas
de destrucción masiva, menor vulnerabilidad de este país a una acción militar del exterior debido al
temor de que esas armas sean efectivamente empleadas para repeler el ataque (Zelikow, 2003). Este
15
Este debate incluye, entre sus aspectos más importantes, el papel de Estados Unidos en el mundo tras la caída de la
Unión Soviética, la legitimidad de las intervenciones militares, el rol de las instituciones internacionales y la amenaza
de las armas de destrucción masiva.
16
Para un análisis de estas dos políticas hegemónicas ver Posen (2003).
24
razonamiento, que se utilizó para justificar la guerra de Irak, es plenamente consistente con la noción
clásica de guerra preventiva y no con la de guerra “preemptiva” que tiene un largo reconocimiento en el
derecho internacional como una forma de legítima defensa17.
Por su parte, la promoción del cambio de régimen de estados considerados enemigos u hostiles
a Washington no es algo nuevo en la política exterior estadounidense. Como es bien sabido, Estados
Unidos intentó muchas veces destronar a Fidel Castro y ayudó por distintos medios a desplazar a
gobiernos con los que no simpatizaban, tales los casos del de Mohammed Mossadeq en Irán o de
Salvador Allende en Chile, entre otros. La diferencia en la actualidad, es la disposición de la
administración Bush a usar abiertamente el poder militar con el propósito expreso de derrocar a otros
gobiernos, fundándose en razones tanto estratégicas como morales (Daalder y Lindsay, 2003: 369).
En lo que hace a la relación con otros grandes poderes, la política de primacía considera
posible la ausencia de rivalidad. Se parte en este caso de dos supuestos básicos: a) que la existencia de
acuerdos fundamentales entre los principales estados del mundo sobre las formas de organización social
ofrece una oportunidad histórica inédita para trascender siglos de rivalidad mediante el desarrollo de
una agenda cooperativa; y b) que Estados Unidos puede evadir la historia, esto es, evitar las estrategias
de equilibrio de parte de otros poderes, ejerciendo una forma de dominación hegemónica en el más
puro sentido gramsciano. Mientras la fuerza y la coerción se reservan para los enemigos, los aliados
actuales y futuros serán dirigidos por Estados Unidos a través del consenso y la cooptación. Como se
trataría de una hegemonía benigna, se estima que los otros estados seguirán gustosamente el liderazgo
de Washington fundado en la atracción del sistema de valores políticos y de la cultura estadounidenses.
Por si acaso, sin embargo, la administración Bush afirma permanentemente y sin rodeos su disposición a
preservar a toda costa la supremacía militar del país, tal como lo expresa la propia estrategia de
seguridad nacional: “Nuestras fuerzas serán lo suficientemente fuertes como para disuadir a potenciales
adversarios para que no procuren un desarrollo militar con la esperanza de sobrepasar o igualar el
poder de Estados Unidos”. El objetivo es no sólo impedir la emergencia de los “sospechosos de
siempre” (una China emergente y una Rusia resurgente) sino también el ascenso a un estatus de gran
poder de los países que fueron los principales aliados de Estados Unidos durante los años de la Guerra
Fría (Europa Occidental y Japón) (Layne, 2002: M,1). De este modo, se va mucho más allá de las
17
La prevención y no la “preempción” es lo que mejor caracteriza la nueva política de primacía de Estados Unidos. De
acuerdo con la propia definición oficial del Pentágono, la “preempción” es un ataque iniciado sobre la base de una
evidencia incontrovertible de que un ataque enemigo va a ocurrir en forma inminente . En contraste, la prevención es
una acción iniciada en la creencia de que el conflicto militar, aunque no cercano, es inevitable y que toda demora en la
acción involucra mayores riesgos. A diferencia de la “preempción”, la prevención no tiene sanción legal porque la
amenaza no es en este caso ni cierta ni evidente.
25
metas tradicionales estadounidenses de disuadir ataques por parte de otros grandes rivales, pues se
trata de crear barreras prácticamente insuperables para que sea muy difícil entrar al club de las
potencias militares globales (Posen, 2003: 20). Al tiempo que se considera legítimo preservar y
fortalecer la supremacía militar de Estados Unidos, se estima anacrónico que otras potencias, en
particular China, procuren modernizar sus atributos de poder militar inspirados en la lógica del equilibrio
de poder. Como se puede apreciar, se trata de una lectura de la política internacional que difícilmente
desaliente el juego secular de la rivalidad.
En síntesis, se plantea: a) la eliminación por la fuerza del enemigo; b) la transformación del
régimen de los Estados “canallas”; y c) la cooptación/disuasión de potenciales rivales. Estas tres cosas
posibilitarían para el más largo plazo no sólo la realización de “la paz interdemocrática” kantiana, sino
también los objetivos más cosmopolitas planteados en la obra de Kant. En este punto, hay al menos
dos aspectos interesantes que vale la pena mencionar. Primero, y en su formulación más simple, la
construcción de este orden kantiano se justifica desde una particular lectura de la teoría de la paz
interdemocrática a la que se han agregado elementos muy propios de esta hora: la noción de que las
democracias liberales no son propensas a usar armas de destrucción masivas, a apoyar el terrorismo y
a llevar a cabo otras actividades que puedan amenazar a Estados Unidos y sus aliados. Segundo,
muchos partidarios de la política de primacía ven en el final del túnel un escenario cosmopolita que sólo
podría ser construido por Estados Unidos dado que es el último Estado-nación militar que le queda a
Occidente18. Para ellos, la extensión internacional del poder estadounidense es no sólo una
precondición de la implantación de la democracia en el mundo sino una etapa necesaria para acceder a
un orden posimperial, algo así como un Commonwealth de la libertad. En palabras de Robert Kaplan:
“Estamos hablando acerca de Estados Unidos sirviendo como un principio organizador para la
expansión gradual de la sociedad civil alrededor del mundo (...) hasta que emerja este sistema de
gobernabilidad global” (Kaplan, 2002: 6 y 10).
18
Digo muchos partidarios y no todos los partidarios de la política de primacía porque dentro de este amplio grupo
conviven diversas corrientes de pensamiento. Quienes más se enrolan en estas visiones de cuño kantiano-
wilsoniano orientadas a rehacer el mundo a la imagen de Estados Unidos, son los “imperialistas democráticos”, como
Paul Wolfowitz, y que fuera del gobierno hacen escuchar su voz en revistas como Commentary y Weekly Standard.
Para las diferencias entre este grupo y los “nacionalistas asertivos” en el seno de la administración Bush, ver Daalder
y Lindsay (2003: 369).
26
Nos encontramos, en los papeles y en la práctica, frente a una política que constituye la más
importante reformulación de la gran estrategia estadounidense desde el inicio de la Guerra Fría. Ella se
funda en una indisimulada visión neoimperial en la que Washington se arroga el derecho a usar
unilateralmente la fuerza, establecer patrones de conducta para los demás, determinar amenazas y dictar
justicia.
Por cierto, esta estrategia ha recibido numerosas críticas que apuntan a cuestiones ligadas a sus
fallas de concepción, a las dificultades para ejecutarla, a su sustentabilidad en el largo plazo, a las
consecuencias negativas sobre la democracia estadounidense, la paz y seguridad internacional y,
finalmente, a los problemas de orden moral y legal que ella involucra. Con independencia del ángulo que
se privilegia en el análisis, todas estas críticas terminan señalando prácticamente las mismas cosas:
Estados Unidos debe restringirse, abandonar el unilateralismo, ser menos arrogante, forjar alianzas y
buscar consenso con otros países. Sin embargo, la lógica expansiva que ordena su actual imperialismo
va en un sentido opuesto y crea una dinámica difícil de revertir por las situaciones e intereses que deja a
su paso. El poder abrumador y la falta de grandes estados rivales genera fuertes incentivos para la
extensión unilateral de los intereses metropolitanos por distintos medios, incluidos el uso de la fuerza y
los influjos políticos y económicos abusivos. La unipolaridad, mirada desde una óptica constructivista,
también tiene un efecto constitutivo sobre la identidad nacional de Estados Unidos que puede influir en
forma significativa en su futura conducta internacional. Para decirlo más simplemente, la actual
estructura de poder unipolar propende al fortalecimiento de la identidad imperial del país en detrimento
de su identidad republicana.
Para sustentarse en el tiempo, la política de primacía requiere el avance de las fuerzas sociales
que, dentro y fuera de Estados Unidos, apoyan el impulso imperialista de ese país y que, como todo
fenómeno de este tipo, tiende a la convergencia de valores y de prácticas políticas, económicas y
sociales. A estas fuerzas se oponen otras dos grandes configuraciones de poder: por un lado, la
persistencia de un sistema interestatal -el llamado “orden westfaliano”- constituido por unidades
políticas formalmente soberanas (los Estados) que, aunque debilitadas, son una estructura muy difícil de
romper, y que cuenta, además, con altos niveles de institucionalización (organismos y regímenes
internacionales); y, por el otro, el desarrollo creciente de numerosos movimientos sociales dentro de los
estados y en un plano transnacional dispuestos a enfrentar activamente la marcha hacia la convergencia
de valores, ideas y conductas que propone el imperialismo (Cox, 2003: )19.
19
Cabe apuntar que no todos los movimientos de la “sociedad civil global” actúan en este sentido. Muchos de ellos,
y en nombre de buenas causas, por ejemplo la defensa de los derechos humanos, forman parte de la compleja
coalición de fuerzas que juega objetivamente a favor del imperialismo.
27
La interrelación entre estas tres configuraciones de fuerzas habrá de marcar la naturaleza y
dinámica básica del orden político internacional de las próximas décadas. Es absolutamente plausible
suponer que en el mediano y largo plazo, tanto el sistema westfaliano de Estados como los múltiples
movimientos de la sociedad civil opondrán barreras cada vez más difíciles de franquear a las fuerzas
sociales que constituyen lo que aquí se ha denominado el sujeto del imperialismo. Sin embargo, es muy
improbable que estas últimas fuerzas puedan ser efectivamente refrenadas en el corto plazo. Además, lo
hecho hasta aquí por Estados Unidos en materia de política exterior y de defensa tendrá consecuencias
duraderas sobre el orden político internacional, perdure o no su actual política de primacía.
Resulta claro que la lógica expansiva del imperialismo estadounidense también alcanza a
América latina. La unipolaridad es un rasgo nuevo del sistema internacional pero se trata de un factor
estructural en las relaciones interamericanas. América latina es la única región donde Estados Unidos es
efectivamente una potencia regional sin ningún rival de peso a la vista y es muy probable que no logre tal
condición en ninguna otra región del mundo, donde encuentra resistencias más firmes y mayores
dificultades para jugar ese papel.
La extensión del poder de Estados Unidos en América latina viene principalmente de la mano
de lo que Robert Cooper llama el “imperialismo de la globalización” y que se expresa actualmente, por
ejemplo, en las fuertes presiones y condicionamientos de Washington para que los países de la región
profundicen sus políticas de apertura comercial o ajusten sus programas económicos a las indicaciones
del Fondo Monetario Internacional20. Sin embargo, y éste es un tema que merece una máxima atención,
muchos de nuestros países presentan una dinámica de “periferia turbulenta” que, como quedó dicho,
alienta el desarrollo de un imperialismo de tipo defensivo por parte de las metrópolis. Estados débiles,
cuando no fallidos, junto a las amenazas que provienen principalmente de la guerrilla, el terrorismo y el
narcotráfico, convierten a buena parte de la región, como puede apreciarse en el trabajo de Monica
Hirst preparado para este volumen, en una periferia objetivamente imperializable. A esto se suma que
las situaciones turbulentas promueven localmente el desarrollo de una estructura social de colaboración
con Estados Unidos que, además de profundizar la fragmentación de las sociedades en crisis, abre las
puertas para el imperialismo que se denomina “de invitación”.
La historia de los imperios muestra que la extensión imperial, sea de tipo defensivo o por
invitación, es muy difícil de contener cuando la turbulencia es persistente en la periferia, cuando esta
turbulencia tiene una alta capacidad de irradiación y afecta intereses vitales de los centros, y cuando
existen en las metrópolis un hábito y una historia de expansión exitosa. También enseña que los
20
Para más detalles sobre este tipo de imperialismo que Cooper considera voluntario, ver Cooper (2002).
28
instrumentos políticos y económicos suelen ser insuficientes para estabilizar una periferia con dificultades
endémicas o en situación caótica. Para ello, los imperios apelaron históricamente a la fuerza militar en
forma directa o a través de colaboradores locales. Este vínculo dialéctico entre metrópolis en expansión
y periferia que resulta en un creciente alargamiento del dominio imperial, en buena medida reflejo, es un
aspecto que debe considerarse muy seriamente en el análisis de las consecuencias de nuestros actuales
y graves problemas internos sobre los ya estrechos márgenes de autonomía externa de América latina.
29
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