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Cultura y Género: Exploiting Men

Este documento resume el discurso del Dr. Roy Baumeister ante la Asociación Americana de Psicología en 2007 sobre si hay algo bueno sobre los hombres. Baumeister argumenta que aunque los hombres ocupan posiciones de poder, la cultura también explota a los hombres asignándoles roles de alto riesgo. Señala que la mayoría de las víctimas de trabajos peligrosos y la guerra son hombres. También discute cómo los estereotipos sobre los géneros han cambiado, pasando de ver a los hombres como superi

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Cultura y Género: Exploiting Men

Este documento resume el discurso del Dr. Roy Baumeister ante la Asociación Americana de Psicología en 2007 sobre si hay algo bueno sobre los hombres. Baumeister argumenta que aunque los hombres ocupan posiciones de poder, la cultura también explota a los hombres asignándoles roles de alto riesgo. Señala que la mayoría de las víctimas de trabajos peligrosos y la guerra son hombres. También discute cómo los estereotipos sobre los géneros han cambiado, pasando de ver a los hombres como superi

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 Escrito por el Dr. Roy F.

Baumeister, disponible
en [Link]
 Reproducido aquí con permiso del autor. Traducción al Español, enlaces añadidos,
ilustraciones y formato por Alberto González Palomo.
 Un libro con el mismo título "Is there anything good about men?" está siendo finalizado y se
publicará, probablemente en 2010, en Oxford University Press.

American Psychological Association, discurso invitado, 2007


Transcripción, versión completa.

¿Hay algo de bueno sobre los hombres?


Roy F. Baumeister

Contact: R. Baumeister, Eppes Eminent Professor of Psychology & Head of Social Psychology
Area, Florida State University, Tallahassee, FL 32306, Baumeister@[Link], phone 850-264-
8792.
Note, Seguramente estén pensando que una charla titulada «¿Hay algo de bueno sobre los hombres?»
¡va a ser breve! Escritos recientes no han tenido mucho bueno que decir sobre los hombres. Títulos
como «Los hombres no son rentables» [“Men Are Not Cost Effective”] hablan por sí mismos. El libro
de Maureen Dowd se tituló «¿Son necesarios los hombres?» [“Are Men Necessary?”] y aunque no da
una respuesta explícita, cualquiera que lea el libro sabe que su respuesta es no. El libro de Brinzedine
«El cerebro femenino» [“The Female Brain”] se presenta diciendo, «hombres, preparaos para
experimentar envidia de cerebro». ¡Imagínense un libro que se anunciara diciendo que las mujeres
pronto evidiarán el superior cerebro masculino!

Tampoco son casos aislados. La investigación de Eagly ha recogido montañas de datos sobre los
estereotipos que la gente tiene sobre hombres y mujeres, lo que los investigadores resumieron como
«el efecto MSM» [“The WAW effect”]. MSM significa «las Mujeres Son Maravillosas» [“Women Are
Wonderful”]. Tanto hombres como mujeres tienen opiniones mucho más favorables de las mujeres
que de los hombres. A casi todo el mundo le gustan más las mujeres que los hombres. A mí desde
luego sí.

Mi propósito en esta charla no es intentar compensarlo alabando a los hombres, aunque en su


transcurso tendré varias cosas positivas que decir acerca de ambos géneros. La cuestión de si hay algo
de bueno sobre los hombres es sólo mi punto de partida. El título provisional del libro que estoy
escribiendo es «Cómo la cultura explota a los hombres» [“How culture exploits men”], pero incluso
eso es para mí la entrada hacia grandes cuestiones sobre cómo la cultura conforma la acción. En ese
contexto, lo que hay de bueno sobre los hombres significa para qué sirven, desde la perspectiva del
sistema.

Por tanto esto no tiene que ver con la «guerra de los sexos», y de hecho pienso que una herencia
desafortunada del feminismo ha sido la idea de que hombres y mujeres son básicamente enemigos.
Voy a sugerir, en cambio, que la mayoría de las veces hombres y mujeres han sido compañeros,
apoyándose el uno al otro en vez de explotarse y manipularse mutuamente.

Tampoco tiene que ver con intentar afirmar que los hombres deberían verse como víctimas.
Detesto la idea de competir por ser víctimas. Y ciertamente no niego que la cultura ha explotado a las
mujeres. Pero en vez de ver la cultura como un patriarcado, o sea una conspiración de hombres para
explotar a las mujeres, pienso que es más acertado entender la cultura ([Link]., un país, una religión)
como un sistema abstracto que compite con sistemas rivales — y que usa tanto a hombres como a
mujeres, a menudo de maneras differentes, para promover su causa.
También pienso que es mejor evitar juicios de valor tanto como sea posible. Han hecho la
discusión de políticas de género muy difícil y sensible, deformando así el juego de ideas. No tengo
conclusiones que presentar sobre qué es bueno o malo o cómo debería cambiar el mundo. De hecho
mi propia teoría está construida sobre trueques, de forma que siempre que hay algo bueno está atado
a alguna otra cosa que es mala, y se compensan.

No quiero estar en ningún bando. Los/las guerreros/guerreras de género pueden irse a casa.

Hombres en la cima

Cuando digo que estoy investigando cómo la cultura explota a los hombres, la primera reacción
es habitualmente «¿Cómo puedes decir que la cultura explota a los hombres, si los
hombres lo controlan todo?» Es una objeción válida y tiene que tenerse en cuenta seriamente.
Invoca la crítica feminista de la sociedad. Esta crítica empezó cuando algunas mujeres se fijaron
sistemáticamente en la cima de la sociedad y vieron hombres por todas partes: la mayoría de los
gobernantes, presidentes, primeros ministros, la mayoría de los miembros del Congreso y
parlamentos, la mayoría de los directores ejecutivos de grandes empresas, etcétera — son en su
mayoría hombres.

A la vista de todo esto, las feministas pensaron, vaya, los hombres lo dominan todo, así que la
sociedad está hecha para favorecer a los hombres. Debe de ser estupendo ser hombre.

El fallo de esa mentalidad está en fijarse sólo en la cima. Si por el contrario miramos hacia
abajo al fondo de la sociedad, encontramos ahí también sobre todo hombres. ¿Quién está
en prisión, alrededor del mundo, como criminales o prisioneros políticos? La población en el Corredor
de la Muerte nunca se ha acercado al 51% de mujeres. ¿Quién vive en la calle? De nuevo, sobre todo
hombres. ¿A quién usa la sociedad para trabajos malos o peligrosos? Las estadísticas del Ministerio
de Trabajo de los Estados Unidos [US Department of Labor] informan de que el 93% de la gente
muerta trabajando son hombres. Similarmente, ¿quién muere en las batallas? Incluso en el ejército
estadounidense actual, que ha hecho mucho integrando los sexos y poniendo a las mujeres en
combate, los riesgos no son iguales. Este año sobrepasamos la marca de las 3.000 muertes en Irak, y
de ésas, 2.938 fueron hombres, 62 mujeres.

Podemos imaginarnos una batalla en la antigüedad en la que se expulsó al enemigo y se salvó la


ciudad, y los soldados que vuelven se ven inundados con monedas de oro. Una feminista temprana
podría quejarse de que, eh, todos esos hombres se llevan monedas de oro, la mitad de esas monedas
deberían ser para mujeres. En principio, estoy de acuerdo. Pero recuerden, aunque los hombres que
ven reciben monedas de oro, hay otros hombres que no ven ustedes, que están aún desangrándose
hasta morir en el campo de batalla por heridas de lanza.

Ésa es una primera pista importante sobre cómo la cultura usa a los hombres. La cultura tiene
muchos trueques, en los que necesita gente para hacer cosas peligrosas o arriesgadas, y por tanto
ofrece grandes recompensas para motivar a la gente para que asuma esos riesgos. La mayoría de
las culturas han tendido a usar hombres para esos puestos de alto riesgo, alta
recompensa mucho más que mujeres. Voy a proponer que hay razones prácticas importantes
para eso. El resultado es que algunos hombres consiguen grandes recompensas mientras que otros
ven sus vidas arruinadas o incluso acortadas. La mayoría de las culturas protegen a sus mujeres del
riesgo y por tanto no les dan grandes recompensas. No digo que eso sea lo que las culturas deberían
hacer, moralmente, pero las culturas no son seres morales. Hacen lo que hacen por razones prácticas
motivadas por la competición contra otros sistemas y otros grupos.

Estereotipos en Harvard

He dicho que hoy en día la mayoría de la gente tiene estereotipos más favorables sobre las
mujeres que sobre los hombres. No siempre fue así. Hasta más o menos los 1960s, la psicología (como
la sociedad) tendía a ver a los hombres como la norma y a las mujeres como la versión ligeramente
inferior. Durante los 1970s, hubo un breve periodo de decir que no había diferencias, sólo
estereotipos. Sólo desde 1980 más o menos es la visión dominante que las mujeres son mejores y los
hombres la versión inferior.

Lo que me sorprende es que se tardó poco más de una década en ir de una visión a la opuesta,
esto es, de pensar que los hombres son mejores que las mujeres a pensar que las mujeres son mejores
que los hombres. ¿Cómo es posible?

Estoy seguro de que están esperando que hable de Larry Summers en cualquier momento, ¡así
que despachémoslo! Como recuerdan, él era presidente de Harvard. Como lo resumió The Economist,
«El señor Summers enfureció a la clase dirigente feminista al preguntarse en voz alta si el prejuicio
bastaba para explicar la escasez de mujeres en la cima de la ciencia». Tras decir inicialmente, es
posible que tal vez no hay tantas mujeres profesoras de física en Harvard porque no hay tantas
mujeres como hombres con tan gran talento innato, tan sólo una posible explicación entre otras, él
tuvo que disculparse, retractarse, prometer ingentes cantidades de dinero, y no mucho después
dimitió.

¿Cuál fue su crimen? Nadie lo acusó de discriminar realmente a las mujeres. Su afrenta fue
pensar pensamientos que no se permite pensar, concretamente que pudiera haber más hombres con
gran talento. La única explicación permitida para la falta de mujeres científicas destacadas es el
patriarcado — que los hombres conspiran para mantener a las mujeres sometidas. No puede ser el
talento. De hecho, hay alguna evidencia de que los hombres como media son un poco mejores en
matemáticas, pero digamos que Summers hablaba de inteligencia en general. La gente puede señalar
cantidad de datos de que el CI medio de los hombres adultos es más o menos el mismo que el medio
de las mujeres. Así que sugerir que los hombres son más listos que las mujeres es erróneo. No es
extraño que algunas mujeres se ofendieran.

Pero no es eso lo que dijo. Él dijo que había más hombres en los niveles superiores de talento.
Eso podría ser verdad aunque la media sea la misma — si hubiera también más hombres en el fondo
de la distribución, más hombres realmente estúpidos que mujeres. Durante la controversia sobre sus
comentarios, no vi a nadie mencionar esta cuestión, pero los datos están ahí, auténticamente
abundantes, y son indiscutibles. Hay más varones que hembras con CIs realmente bajos. Es más, el
patrón con el retraso mental es el mismo que con la genialidad, es decir, que al ir desde leve
a medio a extremo, el predominio de varones se acrecienta.

Todos esos chicos retrasados no son la obra del patriarcado. Los hombres no están conspirando
juntos para hacer mentalmente retrasados a sus hijos.

Casi con certeza, hay algo biológico y genético. Y mi suposición es que la mayor proporción de
hombres en ambos extremos de la distribución del CI es parte del mismo patrón. La naturaleza tira
los dados más con los hombres que con las mujeres. Los hombres se van a los extremos más
que las mujeres. Es verdad no sólo con el CI sino también con otras cosas, incluso la estatura: la
distribución masculina de estaturas es más plana, con más hombres realmente altos y bajos.

De nuevo, hay una razón para eso, a la cual volveré después.

Por ahora, el asunto es que eso explica cómo podemos tener estereotipos opuestos. Los hombres
se van a los extremos más que las mujeres. Los estereotipos se sostienen por sesgo confirmatorio.
¿Queremos pensar que los hombres son mejores que las mujeres? Miremos a la cima, los héroes, los
inventores, los filántropos, etc. ¿Queremos pensar que las mujeres son mejores que los hombres?
Miremos al fondo, los criminales, los drogadictos, los perdedores.
De una forma importante, los hombres son realmente mejores Y peores que las
mujeres.

Un patrón de más hombres en ambos extremos puede crear toda clase de conclusiones
engañosas y otras maldades estadísticas. Como ilustración, asumamos que hombres y mujeres son
como media exactamente iguales en cada aspecto relevante, pero más hombres en ambos extremos.
Si mides cosas que están limitadas en un extremo, los datos se corrompen y hacen parecer a hombres
y mujeres significativamente diferentes.

Fijémonos en las notas medias universitarias. Gracias a la inflación de las calificaciones, la


mayoría de los estudiantes consiguen ahora sobresalientes o notables, pero unos pocos se reparten
hacia abajo hasta el suspenso. Con un techo tan bajo, los varones capacitados no pueden tirar de la
media masculina para arriba, pero los incapaces tirarán para abajo. El resultado será que las mujeres
conseguirán notas medias mas altas que los hombres — de nuevo a pesar de no haber diferencia en la
calidad media de su trabajo.

Lo contrario pasa con los salarios. Hay un salario mínimo pero no un máximo. Por tanto los
hombres capacitados pueden elevar la media masculina mientras que los incapaces no pueden
bajarla. ¿El resultado? Los hombres obtendrán mayores salarios que las mujeres, incluso si no hay
diferencia media en ningún factor relevante.

Hoy en día, claramente, las mujeres tienen mejores notas universitarias pero peores salarios que
los hombres. Se discute mucho sobre qué significa todo esto y qué debería hacerse. Pero como ven,
ambos factores podrían ser tan sólo una rareza estadística salida de la tendencia masculina a los
extremos.

Haciendo trueques

Si lo piensan, la idea de que un género es en todo mejor que el otro no es muy creíble. ¿Por qué
iba a hacer a un género mejor que al otro la naturaleza? La evolución selecciona por rasgos buenos,
favorables, y si hubiera una forma buena de ser, al cabo de unas pocas generaciones todo el mundo
sería de esa manera.

Pero la evolución preserva las diferencias cuando hay un trueque: cuando un rasgo es bueno
para una cosa, mientras que el opuesto es bueno para otra.

Volvamos a las tres teorías principales que hemos tenido sobre los géneros: los hombres son
mejores, no hay diferencia, y las mujeres son mejores. ¿Qué falta en la lista? Diferentes pero iguales.
Permítanme proponer que como teoría rival merece ser tenida en cuenta. Pienso que es en realidad
la más creíble. La selección natural preservará las diferencias innatas entre hombres y mujeres en
tanto que los rasgos diferentes sean beneficiosos en circunstancias diferentes o para tareas distintas.

Ejemplo de trueque: los negros sufren de anemia falciforme más que los blancos. Esto parece
deberse a una vulnerabilidad genética. Este gen, sin embargo, refuerza la resistencia a la malaria
(paludismo). Los negros evolucionaron en regiones donde la malaria era un gran asesino, así que valía
la pena tener este gen a pesar del mayor riesgo de anemia falciforme. Los blancos evolucionaron en
regiones más frías, donde había menos malaria, y por tanto el trueque se resolvió de otra manera,
más hacia evitar el gen que prevenía la malaria arriesgándose a la anemia falciforme.

El enfoque de trueques nos da una teoría radical de la igualdad de géneros. Hombres y


mujeres pueden ser diferentes, pero cada ventaja puede emparejarse con una desventaja.

Por tanto cuando oigan un informe de que un género es mejor en algo, párense y piensen por
qué seguramente sea verdad — y para qué podría ser bueno el rasgo opuesto.
Actitud contra aptitud

Antes de seguir demasiado en esa dirección, sin embargo, permítanme avanzar otra idea radical.
Tal vez las diferencias entre los géneros tienen más que ver con la motivación que con
la capacidad. Es la diferencia entre actitud y aptitud.

Volvamos por un momento al asunto de Larry Summers sobre por qué no hay más profesoras
de física en Harvard. Tal vez las mujeres pueden hacer matemáticas y ciencia perfectamente pero
simplemente no les gusta. Al fin y al cabo, ¡a la mayoría de los hombres tampoco les gusta! De la
pequeña minoría de gente a quien le gustan las matemáticas, probablemente haya más hombres que
mujeres. La investigación de Eccles ha encontrado repetidamente que la escasez de mujeres en
matemáticas y ciencia refleja motivación más que capacidad. Y según la misma lógica, sospecho que
la mayoría de los hombres podrían aprender a cambiar pañales y pasar la aspiradora bajo el sofá
perfectamente también, y si los hombres no lo hacen, es porque no quieren o no les gusta, no porque
sean fundamentalmente incapaces (¡por mucho que ocasionalmente finjan lo contrario!).

Varios trabajos recientes han puesto en duda toda la idea de que haya diferencias de género en
habilidades: incluso cuando se encuentran diferencias en la media, tienden a ser extremadamente
pequeñas. En contraste, cuando uno se fija en lo que hombres y mujeres quieren, qué les gusta, hay
diferencias auténticas. Fíjense en la investigación sobre el impulso sexual: hombres y mujeres tienen
más o menos la misma «capacidad» para el sexo, sea lo que sea eso, pero hay grandes diferencias en
cuanto a motivación: qué género piensa en el sexo todo el tiempo, lo quiere más a menudo, quiere
más parejas diferentes, arriesga más por sexo, se masturba más, aprovecha cada oportunidad, etc.
Nuestra revista de la investigación publicada encontró que prácticamente cada medida y cada estudio
mostraron un más intenso impulso sexual en los hombres. Es ya oficial: los hombres son más
cachondos que las mujeres. Ésta es una diferencia de motivación.

De la misma forma, he mencionado la diferencia de salarios, pero podría tener menos que ver
con capacidad que con motivación. Salarios altos vienen de trabajar muchísimas horas. Los adictos
al trabajo son en su mayoría hombres. (Hay algunas mujeres, sólo que no tantas como
hombres.) Un estudio contó que más del 80% de la gente que trabaja 50 horas a la semana son
hombres.

Eso significa que si queremos alcanzar nuestro ideal de salarios iguales para hombres y mujeres,
podríamos tener que legislar el principio de igual paga por menos trabajo. Personalmente, apoyo ese
principio. Pero reconozco que es difícil de vender.

La creatividad podría ser otro ejemplo de diferencia de género en motivación en vez de


capacidad. La evidencia presenta una aparente paradoja, porque las pruebas de creatividad
generalmente muestran las mismas puntuaciones para hombres y mujeres, pero a lo largo de la
historia algunos hombres han sido mucho más creativos que las mujeres. Una expliación que encaja
en este patrón es que hombres y mujeres tienen la misma capacidad creativa pero diferentes
motivaciones.

Yo soy músico, y desde hace mucho me pregunto sobre esta diferencia. Sabemos por el
panorama de la música clásica que las mujeres pueden tocar instrumentos primorosamente, de
manera sublime, con gran dominio — esencialmente tan bien como los hombres. Pueden y muchas lo
hacen. Pero en el jazz, donde el intérprete tiene que ser creativo mientras toca, hay un desequilibrio
impresionante: casi ninguna mujer improvisa. ¿Por qué? La habilidad está ahí pero quizás hay
menos motivación. No sienten el impulso de hacerlo.

Supongo que la explicación habitual para tal diferencia es a que las mujeres no se las animó, o
no se las apreció, o se las desanimó de ser creativas. Pero no creo que esta explicación habitual encaje
muy bien en los hechos. En el siglo XIX en los Estados Unidos, las chicas y mujeres de clase media
tocaban el piano mucho más que los hombres. Y sin embargo todo ese piano pasó sin producir ningún
resultado creativo. No hubo grandes mujeres compositoras, ni direcciones nuevas en estilo musical o
técnica, ni nada de eso. Todas esas pianistas femeninas entretenían a sus familiares e invitados a
cenar pero no parecían motivadas para crear nada nuevo.

Mientras tanto, al mismo tiempo más o menos, los negros estadounidenses crearon el blues y
luego el jazz, los cuales cambiaron la forma en que el mundo vive la música. Por cualquier medida,
esos negros, la mayoría recién salidos de la esclavitud, tenían muchas más desventajas que las blancas
de clase media. Incluso conseguir un instrumento musical debe de haber sido considerablemente más
difícil. Y recuerden, digo que la capacidad creativa es probablemente casi igual. Pero de alguna
manera los hombres sintieron el impulso de crear algo nuevo, más que las mujeres.

Una prueba para ver lo que es significativamente real es el mercado. Es difícil encontrar a
alguien haciendo dinero con las diferencias de capacidad entre géneros. Pero en motivación, hay
cantidad. Fíjense en la revistas: las revistas para hombres cubren asuntos diferentes que las revistas
para mujeres, porque hombres y mujeres gustan y disfrutan y se interesan por cosas diferentes.
Fíjense en la diferencia de películas entre los canales de televisión por cable masculinos y femeninos.
Fíjense en la diferencia entre anuncios para hombres y para mujeres.

Esto nos lleva a una parte importante de la discusión. Mi sugerencia es que las diferencias
importantes entre hombres y mujeres se encuentran en la motivación en vez de en la capacidad.
¿Cuáles, entonces, son esas diferencias? Quiero enfatizar dos.

El hecho más desdeñado

La primera gran, básica diferencia tiene que ver con lo que considero el hecho más desdeñado
sobre los géneros. Consideren esta pregunta: ¿qué porcentaje de nuestros antepasados fueron
mujeres?

No es una pregunta con trampa, y tampoco es el 50%. Es verdad, más o menos la mitad de la
gente que ha vivido fueron mujeres, pero esa no es la cuestión. Preguntamos sobre toda la gente que
ha vivido que tenga un descendiente vivo hoy. O dicho de otra manera, sí, cada bebé tiene una madre
y un padre, pero algunos de esos padres tuvieron múltiples hijos.

Investigaciones recientes usando análisis de ADN respondieron esta pregunta hará dos años. La
población humana actual desciende del doble de mujeres que de hombres.

VER FOTO QUE LE MANDÉ

Pienso que esta diferencia es el hecho más desdeñado sobre los géneros. Para llegar a esa
diferencia, tendría que haber algo así como, a lo largo de toda la historia de la especie humana, que
tal vez el 80% de las mujeres pero sólo el 40% de los hombres se reprodujeron.

En estos momentos nuestro campo está teniendo un acalorado debate sobre cuánto del
comportamiento puede explicarse mediante la teoría evolutiva. Pero si la evolución explica algo en
absoluto, eso es lo relacionado con la reproducción, porque la reproducción está en el corazón de la
selección natural. Básicamente, los rasgos que fueron más efectivos para la reproducción estarían en
el centro de la psicología evolutiva. Sería chocante si esas probabilidades tan diferentes para hombres
y mujeres dejaran de causar algunas diferencias de personalidad.

Para las mujeres a lo largo de la historia (y prehistoria), las probabilidades de reproducirse han
sido bastante buenas. Más adelante en esta charla nos preguntaremos cosas como, ¿por qué fué tan
inusual que cien mujeres se juntaran y construyeran un barco y partieran a explorar regiones ignotas,
mientras que los hombres han hecho tales cosas con cierta regularidad? Pero arriesgarse de esa
manera sería estúpido, desde la perspectiva de un organismo biológico que buscara reproducirse.
Podrían ahogarse o ser asesinadas por salvajes o pillar una enfermedad. Para las mujeres, lo óptimo
que hacer es seguir la corriente, ser agradable, ir a lo seguro. Hay muchas probabilidades de que los
hombres se acerquen y ofrezcan sexo y podrás tener bebés. Todo lo que importa es elegir la mejor
oferta. Descendemos de mujeres que fueron a lo seguro.

Para los hombres, las perspectivas fueron radicalmente diferentes. Si sigues la corriente y vas a
lo seguro, lo más probable es que no tengas hijos. La mayoría de los hombres que han vivido
no dejaron descendientes vivos hoy. Sus líneas fueron callejones sin salida. Por eso fue
necesario arriesgarse, probar cosas nuevas, ser creativo, explorar otras posibilidades. Navegar hacia
lo desconocido puede que sea arriesgado, y podrías ahogarte o ser asesinado o lo que sea, pero de
nuevo si te quedas en casa no te reproducirás de ninguna manera. Descendemos principalmente del
tipo de hombre que hizo el arriesgado viaje y se apañó para volver rico. En ese caso podría tener al
fin oportunidad de pasar sus genes. Descendemos de hombres que se arriesgaron (y tuvieron suerte).

La enorme diferencia de éxito reproductivo contribuyó muy probablemente a algunas


diferencias de personalidad, porque rasgos diferentes indicaron el camino al éxito. A las mujeres les
convenía minimizar los riesgos, mientras que los hombres triunfadores fueron los que se arriesgaron.
La ambición y la lucha competitiva probablemente importaron más para el triunfo masculino (medido
en descendientes) que para el femenino. La creatividad fue probablemente más necesaria, para
ayudar al hombre individual a destacar de alguna forma. Incluso la diferencia de impulso sexual fue
relevante: para muchos hombres, habría pocas probabilidades de reproducirse y por tanto tuvieron
que estar listos para cualquier oportunidad sexual. Si un hombre decía «hoy no, me duele la cabeza»,
podría perder su única oportunidad.

Otro punto crucial. El riesgo de no tener hijos es sólo una cara de la moneda masculina. Todo
hijo tiene una madre y un padre biológicos, y por tanto si hubo sólo la mitad de padres que de madres
entre nuestros antepasados, algunos de esos padres tuvieron cantidad de hijos.

Mírenlo de esta forma. La mayoría de las mujeres tienen sólo unos pocos hijos, y casi ninguna
más de una docena — pero muchos padres han tenido más de unos pocos, y algunos hombres de hecho
tuvieron varias docenas, incluso centenares de niños.

En términos de la competición biológica para producir descendencia, entonces, los hombres


sobrepasaron a las mujeres tanto entre los perdedores como entre los mayores
ganadores.

Por ponerlo en términos más subjetivos: cuando ando por ahí e intento mirar a hombres y
mujeres como si los viera por primera vez, es difícil evitar la impresión (¡lo siento, tíos!) de que las
mujeres son simplemente más agradables y adorables que los hombres. (Creo que esto explica el
«efecto MSM» que mencionamos antes) Los hombres puede que deséen ser adorables, y hay hombres
que pueden y de hecho consiguen apañarse para que las mujeres los amen (así que la capacidad está
ahí), pero los hombres tienen otras prioridades, otras motivaciones. Para las mujeres, ser adorable
fue la clave para atraer a la mejor pareja. Para los hombres, sin embargo, era más bien cuestión de
derrotar a cantidad de otros hombres tan sólo por la posibilidad de tener pareja.

Trueques de nuevo: tal vez la naturaleza diseñó a las mujeres para buscar ser
adorables, mientras los hombres fueron diseñados para luchar, casi siempre en vano,
por la grandeza.

Y valió la pena, incluso a pesar del «casi siempre en vano». Los expertos estiman que Gengis
Kan tuvo varios cientos y quizás más de mil hijos. Afrontó grandes riesgos y finalmente conquistó la
mayor parte del mundo conocido. Para él, los grandes riesgos llevaron a enormes recompensas en
descendencia. Mi argumento es que ninguna mujer, incluso si conquistara el doble de territorio que
Gengis Kan, podría haber tenido mil hijos. La lucha por la grandeza en ese sentido no ofreció tal
recompensa biológica a la hembra humana. Para el hombre, la posibilidad estaba ahí, y así la sangre
de Gengis Kan corre por la venas de un gran segmento de la población humana actual. Por definición,
sólo unos pocos hombres pueden alcanzar la grandeza, pero para los pocos que lo hacen, las ganancias
han sido reales. Y nosotros descendemos de esos grandes hombres mucho más que de otros.
Recuerden, la mayoría de los hombres mediocres no dejaron descendencia en absoluto.

¿Són más sociables las mujeres?

Permítanme volverme ahora hacia la segunda gran diferencia motivacional. Esta tiene sus raíces
en un intercambio en el Psychological Bulletin hará unos diez años, pero el asunto permanece fresco
y relevante hoy. Tiene que ver con la cuestión de si las mujeres son más sociables que los hombres.

La idea de que las mujeres son más sociables fue propuesta por Cross y Madsen en un
manuscrito entregado a esa revista. Se me envió para revisarlo, y aunque no estaba de acuerdo con su
conclusión, sentí que habían expuesto bien su caso, así que apoyé la publicación de su artículo.
Proporcionaron muchas evidencias. Dijeron cosas como, miren, los hombres son más agresivos que
las mujeres. La agresión puede dañar una relación porque si haces daño a alguien esa persona podría
no querer estar contigo. Las mujeres se abstienen de la agresión porque quieren relaciones, pero a los
hombres no les importan las relaciones y aceptan ser agresivos. Por tanto, la diferencia en agresión
muestra que las mujeres son más sociables que los hombres.

Pero yo acababa de publicar mi trabajo temprano sobre «la necesidad de pertenecer» [“the need
to belong”], cuya conclusión era que tanto hombres como mujeres tenían esa necesidad, y por eso me
preocupaba oír que a los hombres no les importa la conexión social. Escribí una respuesta que decía
que había otra manera de ver toda la evidencia cubierta por Cross y Madsen.

La esencia de nuestra visión era que hay dos maneras diferentes de ser sociable. En la
psicología social tendemos a enfatizar las relaciones cercanas, íntimas, y sí, tal vez las mujeres se
especializan en esas y se les dan mejor que a los hombres. Pero se puede ver también el ser sociable
en términos de tener mayores redes de relaciones más superficiales, y en estas, quizás, los hombres
son más sociables que las mujeres.

Es como esa pregunta común, ¿qué te importa más, tener pocas amistades cercanas o tener
cantidad de gente que te conozca? La mayoría de la gente dice que la primera es más importante. Pero
la gran red de relaciones superficiales puede ser importante también. No deberíamos ver a los
hombres automáticamente como seres humanos de segunda clase tan sólo porque se especializan en
la menos importante, menos satisfactoria clase de relación. Los hombres son también sociables
— sólo que de otra forma.

Así que reexaminamos la evidencia proporcionada por Cross y Madsen. Consideren la agresión.
Es verdad, las mujeres son menos agresivas que los hombres, sin discusión. ¿Pero es así realmente
porque las mujeres no quieren poner en peligro una relación cercana? Resulta que en relaciones
cercanas, las mujeres son cantidad de agresivas. Las mujeres son si acaso más proclives que los
hombres a perpetrar violencia doméstica contra compañeros sentimentales, cualquier cosa desde una
bofetada en la cara hasta asalto con arma mortal. Las mujeres también hacen más abuso infantil que
los hombres, aunque eso es difícil de desenredar de la mayor cantidad de tiempo que pasan con niños.
Aún así, no se puede decir que las mujeres eviten la violencia hacia compañeros íntimos.

En lugar de eso, la diferencia se encuentra en la esfera social más amplia. Las mujeres no golpean
a extraños. Las probabilidades de que una mujer vaya a, digamos, ir al centro comercial y acabar en
una lucha de navajas con otra mujer es minúscula, pero hay mucho más riesgo para los hombres. La
diferencia de género en la agresión se encuentra principalmente ahí, en la más amplia red de
relaciones. Porque a los hombres les importa más esa red.

Ahora consideren la ayuda. La mayor parte de las investigaciones encuentran que los hombres
ayudan más que las mujeres. Cross y Madsen tuvieron dificultad con eso y finalmente cayeron en el
tópico manido de que tal vez las mujeres no ayudan porque no se las educa para ayudar o no se las
socializa para ayudar. Pero yo pienso que el patrón es el mismo que con la agresión. La mayor parte
de las investigaciones se fija en la ayuda entre extraños, en la mayor esfera social, y por eso encuentra
a los hombres ayudando más. Dentro de la familia, sin embargo, las mujeres son cantidad de
serviciales, si acaso más que los hombres.

La agresión y la ayuda son en algunos aspectos antónimos, así que la convergencia del patrón es
bastante significativa. Las mujeres tanto ayudan como agreden en la esfera íntima de las relaciones
cercanas, porque eso es lo que les importa. Por el contario, a los hombres les importa (también) la
más amplia red de relaciones superficiales, y por tanto son cantidad de serviciales y agresivos ahí.

La misma conclusión bi-esférica encuentra apoyo en cantidad de otros lugares. Estudios de


observación en recreos muestran que las niñas se emparejan y juegan uno a uno con la misma
compañera de juegos durante toda la hora. Los niños bien juegan uno a uno con una serie de
compañeros de juego diferentes o con un grupo mayor. Las niñas quieren la relación de uno a uno,
mientras que a los niños les atraen los grupos y redes más grandes.

Cuando dos niñas juegan juntas y los investigadores traen una tercera, las dos niñas se resisten
a dejarla participar. Pero dos niños dejarán a un tercero participar en su juego. Mi punto es que las
niñas quieren la conexión uno a uno, así que añadir una tercera persona les fastidia el rato, pero no
se lo fastidia a los niños.

La conclusión es que hombres y mujeres son ambos sociables pero de formas distintas. Las
mujeres se especializan en la estrecha esfera de las relaciones íntimas. Los hombres se
especializan en el mayor grupo. Si hacen una lista de las actividades que se hacen en grupos
grandes, seguramente tendrán una lista de cosas que los hombres hacen y disfrutan más que las
mujeres: deportes de equipo, política, empresas grandes, redes económicas, etc.

Rasgos trocados

De nuevo, importantes diferencias de personalidad resultaron probablemente de la diferencia


motivacional básica en la clase de relación social que interesa a hombres y mujeres.

Consideren el hallazgo común de que las mujeres son más expresivas emocialmente que los
hombres. En una relación íntima, ayuda la buena comunicación. Permite a dos personas entenderse,
apreciar los sentimientos del otro, etc. Cuanto más saben dos compañeros íntimos sobre el otro, tanto
mejor pueden cuidarse y apoyarse el uno al otro. Pero en un grupo grande, donde tienes rivales y
quizás enemigos, es arriesgado dejar que se muestren todos tus sentimientos. Lo mismo vale para las
transacciones económicas. Cuando estás negociando el precio de algo, es mejor guardarte tus
sentimientos un poco para tí. Y así los hombres se retraen más.

La imparcialidad es otro ejemplo. La investigación de Major y otros allá en los 1970s usó
procedimentos como éstos. Un grupo de sujetos realizarían una tarea, y el experimentador les diría
que el grupo había ganado una cierta cantidad de dinero, y le correspondía a un miembro el dividirla
tal como quisiera. La persona podría guardarse todo el dinero, pero no era eso habitualmente lo que
ocurría. Las mujeres dividían el dinero igualmente, a partes iguales para todos. Los hombres, por el
contrario, lo dividían desigualmente, dando la mayor parte de la recompensa a quienquiera que
hubiera hecho más trabajo.
¿Cuál es mejor? Ninguno. Tanto igualdad como equidad son versiones válidas de la
imparcialidad. Pero muestran la orientación a diferentes esferas sociales. Igualdad es mejor en
relaciones cercanas, cuando las personas cuidan unas de otras y se corresponden y dividen los
recursos y oportunidades igualmente. Por el contrario, la equidad — dar mayores recompensas por
mayores contribuciones — es más efectiva en grandes grupos. No lo he comprobado, pero apostaría a
que si entrevistaran a las grandes y exitosas empresas estadounidenses del Fortune 500, no
encontrarían ni una de esas 500 que pague a cada empleado el mismo salario. Los trabajadores más
valiosos que contribuyen más generalmente son mejor pagados. Es simplemente un sistema más
efectivo en grandes grupos. El patrón masculino es adecuado en grandes grupos, el patrón
femenino es más adecuado en parejas íntimas.

Lo mismo para la diferencia comunal-intercambio. Las mujeres tienen una orientación más
comunal, los hombres más intercambio. En psicología tendemos a considerar la comunal como una
forma más avanzada de relación que el intercambio. Por ejemplo, sospecharíamos de una pareja que
tras diez años de matrimonio aún se dijeran, «yo pagué la electricidad el mes pasado, ahora te toca a
tí.» Pero la supuesta superioridad de las relaciones comunales vale principalmente para las relaciones
íntimas. En el nivel de grandes sistemas sociales, es lo contrario. Los países comunales (incluidos los
comunistas) permanecen primitivos y pobres, mientras que las naciones ricas, avanzadas han llegado
a donde están por medio del intercambio económico.

Está también el asunto de que los hombres son más competitivos, las mujeres más cooperativas.
De nuevo, sin embargo, la cooperación es mucho más últil que la competición en las relaciones
cercanas. ¿De qué sirve competir contra tu esposa o marido? Pero en grandes grupos, llegar a la cima
puede ser crucial. La preferencia masculina por las jerarquías de dominio, y la lucha ambiciosa para
llegar a la cima, igualmente reflejan una orientación hacia el gran grupo, no un desagrado por la
intimidad. Y recuerden, la mayor parte de los hombres no se reprodujeron, y descendemos
principalmente de los hombres que sí lucharon hasta la cima. No así para las mujeres.

Una cosa más. Cross y Madsen cubrieron cantidad de investigación que mostraba que los
hombres se autovaloran según sus rasgos unusuales que los destacan sobre otros, mientras que los
autoconceptos de las mujeres consisten en cosas que las conectan a otros. Cross y Madsen pensaron
que esto era así porque los hombres querían apartarse de los demás. Pero de hecho el ser diferente es
una estrategia vital para pertenecer a un gran grupo. Si eres el único miembro del grupo capaz de
matar un antílope o encontrar agua o hablar con los dioses o chutar un gol de medio campo, el grupo
no puede permitirse deshacerse de tí.

Es diferente en relaciones de uno a uno. El marido de una mujer, y su bebé, la querrán incluso
si no sabe tocar el trombón. Así que cultivar una habilidad única no es esencial para ella. Pero tocar
el trombón es una forma de entrar en algunos grupos, especialmente bandas de música. Esta es otra
razón por la que los hombres se van a los extremos más que las mujeres. Los grandes grupos
alimentan la necesidad de establecer algo diferente y especial sobre uno mismo.

Beneficios de los sistemas culturales

Fijémonos ahora en la cultura. La cultura es relativamente nueva en la evolución. Continúa la


línea evolutiva que hizo sociales a los animales. Entiendo la cultura como una clase de sistema que
permite al grupo humano trabajar junto efectivamente, usando información. La cultura es una forma
nueva, mejorada de ser social.

El feminismo nos ha enseñado a ver la cultura como hombres contra mujeres. En vez de eso,
pienso que la evidencia indica que la cultura emergió principalmente con hombres y mujeres
trabajando juntos, pero trabajando contra otros grupos de hombres y mujeres. A menudo las
competiciones más intensas y productivas eran grupos de hombres contra otros grupos de hombres,
aunque ambos grupos dependían del apoyo de las mujeres.

La cultura permite al grupo ser más que la suma de sus partes (sus miembros). La cultura se
puede ver como una estrategia biológica. Veinte personas que trabajan juntas, en un sistema
cultural, compartiendo información y dividiendo tareas etc., vivirán todos mejor — vivirán y se
reproducirán mejor — que si esas mismas veinte personas vivieran en el mismo bosque pero hicieran
todo individualmente.

La cultura de esta forma proporciona ciertos beneficios por tener un sistema. Llamémoslo
«ganancia de sistema», que significa cuánto mejor se le da al grupo gracias al sistema. Piensen en dos
equipos de fútbol. Ambos conjuntos de jugadores conocen las reglas y tienen las mismas habilidades
individuales. Un grupo tiene sólo eso, y sale a jugar como individuos intentando dar lo mejor de sí. El
otro trabaja como un equipo, complementándose unos a otros, jugando con un sistema. El sistema
probablemente les permita hacerlo mejor que el grupo jugando como individuos separados. Ésa es la
ganancia de sistema.

Y un hecho vital es que la amplitud de la ganacia de sistema se incrementa con el tamaño del
sistema. Es esencialmente lo que está ocurriendo ahora mismo en el mundo, globalización de la
economía mundial. Mayores sistemas proporcionan mayores beneficios, así que según expandimos y
combinamos más unidades en sistemas mayores, en total hay más ganancia.

Hay una implicación crucial de todo esto. La cultura depende de la ganacia de sistema, y
mayores sistemas proporcionan más de ella. Por tanto, obtendrás más de los beneficios de la cultura
desde grandes grupos que desde pequeños. Una relación cercana uno a uno puede hacer poco en
términos de división de trabajo y reparto de información, pero un grupo de 20 personas puede hacer
mucho más.

Por consiguiente, la cultura apareció principalmente en los tipos de relación social


preferidos por los hombres. Las mujeres prefieren relaciones cercanas, íntimas. Esas son si acaso
más importantes para la supervivencia de la especie. Por eso las mujeres humanas evolucionaron
primero. Necesitamos esas relaciones cercanas para sobrevivir. Las grandes redes de relaciones
superficiales no son tan vitales para la supervivencia — pero sirven para otra cosa, concretamente el
desarrollo de mayores sistemas sociales y finalmente para la cultura.

Los hombres y la cultura

Esto nos da una nueva base para entender las políticas de género y la desigualdad.

La visión generalmente aceptada es que en la sociedad humana temprana, los hombres y las
mujeres eran casi iguales. Los hombres y las mujeres tenían esferas separadas y hacían cosas
diferentes, pero ambos eran respetados. A menudo, las mujeres eran recolectoras y los hombres
cazadores. La contribución total a la comida del grupo era más o menos la misma, incluso aunque
hubiera algunas diferencias complementarias. Por ejemplo, la comida de las recolectoras estaba ahí
de forma fiable la mayor parte de los días, mientras que los cazadores trajeron comidas estupendas a
casa de vez en cuando pero nada los demás días.

La desigualdad de género parece haberse incrementado con la civilización temprana, agricultura


incluida. ¿Por qué? La explicación feminista ha sido que los hombres se juntaron para crear el
patriarcado. Ésa es esencialmente una teoría conspiratoria, y hay poca o ninguna evidencia de que
sea verdad. Hay quienes proclaman que los hombres la borraron de los libros de historia para
salvaguardar su recién adquirido poder. Aún así, la falta de evidencia debería ser preocupante,
especialmente ya que esta misma clase de conspiración tendría que haber ocurrido una vez y otra, en
grupo tras grupo, por todo el mundo.
Permítanme ofrecer una explicación diferente. No es que los hombres hundieran a las mujeres.
Más bien, es sólo que la esfera de las mujeres se quedó donde estaba, mientras que la esfera de los
hombres, con sus grandes y superficiales redes sociales, se benefició poco a poco de los progresos de
la cultura. Al acumular conocimiento y mejorar las ganancias de la división del trabajo, la esfera de
los hombres progresó gradualmente.

Por tanto la religión, la literatura, el arte, la ciencia, la tecnología, la acción militar, los mercados
comerciales y económicos, la organización política, la medicina — todos ellos salieron principalmente
de la esfera de los hombres. La esfera de las mujeres no produjo tales cosas, aunque sí otras valiosas,
como el cuidar de la siguiente generación para que la especie pudiera continuar existiendo.

¿Por qué? No tiene que ver con que los hombres tuvieran mejores habilidades o talentos ni nada
de eso. Viene principalmente de las diferentes clases de relaciones sociales. La esfera de las mujeres
consistía en mujeres y por tanto se organizó sobre la clase de relaciones uno a uno cercanas, íntimas,
compasivas preferidas por las mujeres. Éstas son relaciones vitales, satisfactorias que contribuyen
vitalmente a la salud y la supervivencia. Mientras tanto los hombres prefirieron las grandes
redes de relaciones superficiales. Éstas son menos satisfactorias y cultivadoras y todo
eso, pero forman una base más fértil para la emergencia de la cultura.

Observen que todas esas cosas que he enumerado — literatura, arte, ciencia, etc. — son
opcionales. Las mujeres estaban haciendo lo que era vital para la supervivencia de la especie. Sin
cuidados y crianza íntimos, los niños no sobrevivirán, y el grupo se extinguirá. Las mujeres
contribuyeron a las necesidades de la vida. Las contribuciones de los hombres eran más opcionales,
lujos tal vez. Pero la cultura es una poderosa máquina de mejorar la vida. A lo largo de muchas
generaciones, la cultura puede crear grandes cantidades de riqueza, conocimiento, y poder. La cultura
hizo esto — pero principalmente en la esfera de los hombres.

Por tanto, la razón de la aparición de la desigualdad de géneros puede que tenga poco
que ver con los hombres hundiendo a las mujeres en una dudosa conspiración patriarcal. Más bien,
eso vino del hecho de que la riqueza, el conocimiento, y el poder se crearon en la esfera
de los hombres. Esto es lo que impulsó a la esfera de los hombres. No una opresión.

Dar a luz es un ejemplo revelador. ¿Qué podría ser más femenino que dar a luz? A lo largo de la
mayor parte de la historia y prehistoria, dar a luz estuvo en el centro de la esfera de las mujeres, y a
los hombres se los excluyó totalmente. Los hombres raramente o nunca estaban presentes en el parto,
ni se compartía con ellos el conocimiento sobre dar a luz. Pero no hace mucho, a los hombres se les
permitió finalmente involucrarse, y los hombres pudieron encontrar formas de hacer el parto más
seguro tanto para la madre como para el bebé. Piénsenlo: la actividad más femenina por excelencia,
y aún los hombres consiguieron mejorarla de formas que las mujeres no habían descubierto durante
miles y miles de años.

No nos pasemos. Las mujeres al fin y al cabo se ocuparon del parto bastante bien durante todos
esos siglos. La especie sobrevivió, que es lo que cuenta. Las mujeres habían conseguido hacer el
trabajo esencial. Lo que los hombres añadieron fue, al menos desde la perspectiva del grupo o la
especie, opcional, una bonificación: algunas mujeres y bebés sobrevivieron que de otra forma habrían
muerto. Aún así, las mejoras muestran algo de valor salido de la forma masculina de ser social. Las
grandes redes pueden recolectar y acumular información mejor que las pequeñas, y así en un tiempo
relativamente corto los hombres pudieron descubrir mejoras que las mujeres no habían podido
encontrar. De nuevo, no es que los hombres fueran más listos o capaces. Es sólo que las mujeres
compartieron su conocimiento individualmente, de madre a hija, o de una matrona a otra, y a largo
plazo esto no pudo acumularse y progresar tan efectivamente como en los grandes grupos de
relaciones superficiales favorecidos por los hombres.

Para qué sirven los hombres


Con esto, ahora podemos volver a la pregunta de para qué sirven los hombres, desde la
perspectiva de un sistema cultural. El contexto es estos sistemas compitiendo contra otros sistemas,
grupo contra grupo. Los sistemas de grupo que usaran a sus hombres y mujeres más efectivamente
posibilitarían a sus grupos sobrepasar a sus rivales y enemigos.

Quiero recalcar tres respuestas principales a cómo la cultura usa a los hombres.

Primero, la cultura depende de los hombres para crear las grandes estructuras
sociales que la forman. Nuestra sociedad se compone de instituciones tales como universidades,
gobiernos, empresas. La mayoría de ellas fueron fundadas y desarrolladas por hombres. De nuevo,
esto probablemente tuviera menos que ver con que las mujeres fueran oprimidas o lo que sea y más
que ver con que los hombres estuvieran motivados para formar grandes redes de relaciones
superficiales. Los hombres se interesan mucho más que las mujeres por formar grandes grupos y
trabajar en ellos y llegar a la cima en ellos.

Esto aún parece ser verdad hoy. Varios artículos de noticias recientes han llamado la atención
hacia el hecho de que las mujeres ahora parecen empezar más pequeñas empresas que los hombres.
Esto se cubre en los medios habitualmente como un signo positivo sobre las mujeres, que lo es. Pero
las mujeres predominan sólo si cuentan todas las empresas. Si se restringen los criterios a las
empresas que emplean a más de una persona, o las que dan suficiente dinero para vivir de ellas, los
hombres crean más. Sospecho que cuanto mayor sea el grupo en que se fijen, más habrán sido creados
por hombres.

Ciertamente hoy en día cualquiera de cualquier género puede fundar una empresa, y si acaso
hay ciertas ayudas y ventajas para ayudar a las mujeres. No hay obstáculos ni bloqueos escondidos,
lo que se ve por el hecho de que las mujeres fundan más empresas que los hombres. Pero las mujeres
se conforman con mantenerse pequeñas, como llevar un negocio a tiempo parcial desde una
habitación sobrante, ganando un poco de dinero adicional para la familia. No parecen impulsadas a
aumentarlos hasta ser compañías gigantes.

Por consiguiente tanto hombres como mujeres dependen de los hombres para crear las
estructuras sociales gigantes que ofrecen oportunidades a ambos. Y está claro que tanto hombres
como mujeres se desenvuelven bastante bien en esas organizaciones. Pero la cultura aún depende
principalmente de los hombres para construirlas en primer lugar.

El varón desechable

Una segunda cosa que hace útiles a los hombres para la cultura es lo que llamo la
prescindibilidad masculina. Esto vuelve a lo que dije al principio, que las culturas tienden a usar a los
hombres para los intentos de alto riesgo, alta recompensa, en los que una porción significativa
sufrirán malos resultados desde ver su tiempo desperdiciado, hasta ser muertos.

Cualquier hombre que lea los periódicos encontrará la frase «incluso mujeres y niños» un par
de veces al mes, generalmente sobre ser muertos. El sentido literal de esta frase es que las vidas de
los hombres valen menos que las de otra gente. La idea es habitualmente «es malo si gente muere,
pero es especialmente malo si mujeres y niños mueren». Y pienso que la mayoría de los hombres
saben que en caso de emergencia, si hay mujeres y niños presentes, se esperará de él que dé su vida
sin discusión o queja para que los otros puedan sobrevivir. En el Titanic, los hombres más ricos
tuvieron menor índice de supervivencia (34%) que las mujeres más pobres
(46%) (aunque no pareciera así en la película). Esto es por si mismo notable. Los hombres ricos,
poderosos, y triunfadores, los que mueven los hilos, supuestamente aquellos en cuyo favor la cultura
está toda organizada — en un apuro, sus vidas se valoraron menos que las de mujeres con apenas
dinero o poder o estatus. Los escasos asientos en los botes salvavidas fueron para mujeres que ni
siquiera eran damas, en vez de para esos patriarcas.
La mayoría de las culturas han tenido la misma actitud. ¿Por qué? Hay razones prácticas.
Cuando un grupo cultural compite contra otros grupos, en general, el grupo más grande tiende a
vencer a largo plazo. Por tanto la mayoría de las culturas han promovido el crecimiento de la
población. Y eso depende de las mujeres. Para maximizar la reproducción, una cultura
necesita todos los úteros que pueda conseguir, pero unos pocos penes pueden hacer el
trabajo. Usualmente hay un superávit de penes. Si un grupo pierde a la mitad de sus hombres, la
generación siguiente aún puede quedar completa. Pero si pierde a la mitad de sus mujeres, el tamaño
de la generación siguiente se verá recortado gravemente. Por tanto la mayoría de las culturas
mantienen a sus mujeres apartadas del peligro mientras usan a los hombres para los trabajos
arriesgados.

Esos trabajos arriesgados van más allá del campo de batalla. Muchas líneas de iniciativa
requieren el desperdicio de algunas vidas. La exploración, por ejemplo: una cultura puede enviar
docenas de partidas, y algunas se perderán o serán muertas, mientras otras traerán de vuelta riquezas
y oportunidades. La investigación es en cierto modo igual: puede haber una docena de teorías posibles
sobre un problema, con sólo una correcta, así que la gente que comprueba las once teorías
equivocadas acabará malgastando su tiempo y arruinando sus carreras, al contrario que el afortunado
que recibe el premio Nobel. Y por supuesto los trabajos peligrosos. Cuando estallaron los escándalos
sobre los peligros de la industria minera británica, el Parlamento aprobó las leyes mineras que
prohibieron que niños menores de 10 años y mujeres de cualquier edad fueran enviados a las minas.
Las mujeres y los niños eran demasiado preciosos para ser expuestos a la muerte en la mina: así que
sólo hombres. Como dije antes, la diferencia de género en trabajos peligrosos continúa hoy en día,
con los hombres dando cuenta de la inmensa mayoría de las muertes laborales.

Otra base de la prescindibilidad masculina está implícita en las diferentes maneras de ser social.
La prescindibilidad va con los grandes grupos que la sociabilidad masculina crea. En una relación
íntima, uno a uno, ninguna persona puede ser verdaderamente reemplazada. Puedes casarte si tu
cónyuge muere, pero no es realmente el mismo matrimonio o relación. Y por supuesto nadie puede
reemplazar verdaderamente a la madre o al padre de un niño.

Por el contrario, los grupos grandes pueden y de hecho reemplazan a prácticamente cualquiera.
Tomen cualquier organización grande — la compañía automovilística Ford, el Ejército de los Estados
Unidos, los Green Bay Backpackers — y encontrarán que la organización continúa a pesar de haber
reemplazado hasta a la última persona en ella. Aún más, cualquier miembro de esos grupos sabe que
él o ella puede ser reemplazado y probablemente será reemplazado algún día.

De esa forma, los hombres crean la clase de redes sociales en las que los individuos
son reemplazables y prescindibles. Las mujeres prefieren la clase de relaciones en las que cada
persona es preciosa y no puede ser verdaderamente reemplazada.

Ganándose la hombría

La frase «sé un hombre» no es tan común como solía, pero aún hay la impresión de que la
hombría debe ganarse. Cualquier hembra adulta es una mujer y merece respeto como tal, pero
muchas culturas retienen el respeto a los hombres hasta y a menos que los muchachos se pongan a
prueba. Esto es por supuesto tremendamente útil para la cultura, porque puede establecer lo términos
en los que los varones se ganen el respeto como hombres, y de esa manera puede motivar a los
hombres a hacer cosas que la cultura encuentre productivas.

Algunos escritos sociológicos sobre el papel masculino han puesto el acento en que para ser
un hombre, tienes que producir más de lo que consumes. Esto es, de los hombres se espera,
primero, que se mantengan a sí mismos: si alguien te mantiene, eres menos hombre. Segundo, el
hombre debería crear algo de riqueza adicional o superávit de forma que pueda mantener a otros
además de a sí mismo. Estos pueden ser su mujer e hijos, u otros que dependan de él, o sus
subordinados, o quizás incluso tan sólo pagando impuestos que el gobierno pueda usar. Como sea, no
eres un hombre a menos que produzcas a ese nivel.

De nuevo, no digo que los hombres estén peor que las mujeres. Hay cantidad de problemas e
inconvenientes que las culturas cargan en las mujeres. Mi punto es sólo que las culturas encuentran
útiles a los hombres de esas formas tan específicas. Obligar al hombre a ganarse el respeto
produciendo riqueza y valor que puedan mantenerlos a él y a otros es una de ellas. Las mujeres no se
encuentran con este desafío u obligación en particular.

Estas exigencias también contribuyen a varios patrones de comportamiento masculinos. La


ambición, la competición, y la lucha por la grandeza podrían muy bien enlazarse con esta obligación
de luchar por el respeto. Los grupos exclusivamente masculinos tienden a verse marcados por
humillaciones y otras prácticas que recuerdan a todos que NO hay suficiente respeto para repartir,
porque esta concienciación motiva a cada hombre a esforzarse más por ganarse el respeto. Esto, de
paso, ha sido probablemente una fuente principal de roce al haberse integrado las mujeres al trabajo,
y las organizaciones han tenido que cambiar hacia prácticas en las que todos merecen respeto. Lo
hombres no las habían hecho para respetar a todos.

Una de las diferencias de género básicas, más ampliamente aceptada es agencia frente a
comunión.

La agencia masculina podría ser en parte una adaptación a esta clase de vida social basada en grupos
grandes, donde a la gente no necesariamente se la valora y tienes que luchar por el respeto. Para
triunfar en la esfera social masculina de grandes grupos, necesitas un ego activo, agéntico para luchar
por tu puesto, porque no se te entrega y sólo unos pocos triunfarán. Incluso el ego masculino, con
su preocupación por probarse a sí mismo y competir contra otros, parece que fuera diseñado para
tratar con sistemas en los que hay una escasez de respeto y tienes que trabajar duro para
conseguir un poco — o si no se te expondrá a humillación.

¿Es eso todo?

No he agotado todas las maneras en que la cultura explota a los hombres. Ciertamente hay otras.
El impulso sexual masculino puede ser aprovechado para motivar toda clase de comportamientos y
puesto a trabajar en una clase de mercado económico en el que los hombres dan a las mujeres otros
recursos (amor, dinero, compromiso) a cambio de sexo.

Las culturas también usan a hombres individuales para propósitos simbólicos más que a las
mujeres. Esto puede ser de una forma positiva, como el hecho de que las culturas dan funerales
elaborados y otros recordatorios a los hombres que parecen encarnar sus valores favoritos. También
puede ser negativo, como cuando las culturas arruinan la carrera de un hombre, lo avergüenzan
públicamente, o incluso lo ejecutan por un sólo acto que viola uno de sus valores. Desde Martin Luther
King a Don Imus, nuestra cultura usa a los hombres como símbolos para expresar sus valores. (Dénse
cuenta de que ninguno de los dos salió bien parado de ello.)

Conclusión

Para resumir mis planteamientos principales: unos pocos hombres afortunados ocupan la cima
de la sociedad y disfrutan de las mejores recompensas de la cultura. Otros, menos afortunados, ven
sus vidas trituradas por ella. La cultura usa tanto a hombres como a mujeres, pero la mayoría de las
culturas los usan de formas diferentes. La mayoría de las culturas ven a los hombres individuales
como más desechables que a las mujeres individuales, y esta diferencia tiene su base probablemente
en la naturaleza, en cuya competición reproductiva algunos hombres son los grandes perdedores y
otros hombres son los mayores vencedores. Por tanto usa a los hombres para los muchos trabajos
arriesgados que tiene.
Los hombres se van a los extremos más que las mujeres, y esto encaja bien con que la cultura
los use para probar cantidad de cosas diferentes, recompensando a los ganadores y aplastando a los
perdedores.

La cultura no tiene que ver con hombres contra mujeres. En términos generales, el progreso
cultural emergió de grupos de hombres trabajando con y contra otros hombres. Mientras las mujeres
se concentraron en las relaciones cercanas que posibilitaron la supervivencia de la especie, los
hombres crearon las mayores redes de relaciones superficiales, menos necesarias para la
supervivencia pero finalmente posibilitando el florecimiento de la cultura. La creación gradual de
riqueza, conocimiento, y poder en la esfera de los hombres fue la fuente de la desigualdad de géneros.
Los hombres crearon las grandes estructuras sociales que componen la sociedad, y los hombres aún
son principalmente responsables de esto, incluso aunque ahora veamos que las mujeres pueden
desenvolverse perfectamente bien en estos grandes sistemas.

Lo que parece haber funcionado mejor para las culturas es enfrentar a los hombres unos contra
otros, compitiendo por el respeto y otras recompensas que acaban distribuidas desigualmente. Los
hombres tienen que ponerse a prueba produciendo cosas que la sociedad valore. Tienen que
imponerse sobre rivales y enemigos en competiciones culturales, que es probablemente por lo que no
son tan adorables como las mujeres.

La esencia de cómo la cultura usa a los hombres depende de una inseguridad social básica. Esta
inseguridad es de hecho social, existencial, y biológica. Implícito en el papel masculino está el peligro
de no ser lo bastante bueno para ser aceptado y respetado e incluso el peligro de no ser capaz de
prosperar lo suficiente para tener descendencia.

La inseguridad social básica de la hombría es agobiante para los hombres, y es apenas


sorprendente que tantos hombres se desmoronen o hagan cosas malvadas o heroicas o mueran más
jóvenes que las mujeres. Pero esa inseguridad es útil y productiva para la cultura, el sistema.

De nuevo, no digo que esté bien, o sea justo, o apropiado. Pero ha funcionado. Las culturas que
han triunfado han usado esta fórmula, y ésa es una razón por la que han triunfado en vez de sus
rivales.

I will be out of the country July 3-31 except for the night of July 17-18.
ENTREVISTA

Las personas que cometen actos malvados tienden a verse a sí mismas


como las víctimas de aquellos a quienes persiguen. La Naturaleza del
Odio. Robert J. Sternberg y Karin Sternberg. Editorial Paidós.(cita
tomada por los autores de Roy Baumeister).

Nuestra autoestima, esto es, el grado en que nos valoramos a nosotros


mismos, requiere, como cualquier otra evaluación, de una piedra de toque
con la que establecer una comparación que arroje un resultado positivo o
negativo.

Con una unidad de medida adecuada, como es el metro, podemos


comparar dos distancias entre dos distintos puntos, y concluir que una es
mayor que otra. Con nuestra estima, el metro que habría que aplicar sería
el de los logros y aptitudes de quienes nos rodean. No resulta por ello tan
fácil en este caso el cálculo de valores y diferencias, dadas nuestras
complejas psicologías y comportamientos y las múltiples facetas a las que
los aplicamos. Pero ciertamente por debajo de todas nuestras actividades
diarias se encuentra la verdad última de la necesidad, del instinto de
sobrevivirnos como personas y como grupos. Si dispusiéramos de un
sociómetro ideal (tomo el término de nuestro hace tiempo entrevistado
Mark Leary y Roy Baumeister) podríamos medir el nivel de autoestima, a
partir de ciertas variables del comportamiento, la cognición y los logros de
las personas, en relación con su éxito o fracaso relativos dentro del grupo
humano al que pertenecen y en relación a los imperativos básicos de la
supervivencia personal y en grupo.

Por mucho que saquemos pecho ante el espejo en una habitación vacía,
lo que necesitamos para sentirnos mejor y valorarnos más positivamente
son relaciones sociales con una valencia positiva y con un alto grado de
compromiso, así como la apertura a nuevas relaciones potencialmente
fructíferas y evitación de aquellas otras que puedan resultarnos
perjudiciales. De estas últimas quizás un ejemplo sean las de tipos
solitarios que contagian su soledad (véase al respecto la entrevista al
neurocientífico social John Cacioppo).

El ser humano es un ser social, cosa que nadie puede discutir, pues al
hacerlo ya estaría siendo social, con su disputa y su lenguaje. Pero
también en un ser grupal, y al distinguir entre social y grupal lo que
hacemos es establecer nuevamente una valoración basada en un
«metro», el número de personas con las que uno puede tratar sin que
entremos de lleno en la sociedad de masas y la absoluta
impersonalidad. Ya el antropólogo Robin Dunbar nos habló de sus 150
personas, en la entrevista que le hicimos, cifra sacada de estudios
comparativos de los neocortex de distintas especies primates y sus
tamaños grupales. Válganos este número o no, que es en cualquier caso
meramente aproximativo, el hecho es que no somos tan sociales como
para relacionarnos con cualquiera y de cualquier forma con absoluta
naturalidad -nuestra naturaleza impone restricciones al respecto.
Evolucionamos en grupos relativamente pequeños, posiblemente con un
número como el que Dunbar indica, aunque quizás variando algunas
decenas arriba o abajo. Así nos hicimos animales grupales, y en eso reside
gran parte de lo que biológicamente tenemos de sociales.

En el lejano pasado en el que todos nuestros ancestros eran cazadores-


recolectores la exclusión del grupo constituía un mal irremediable. Así
nuestra autoestima evolucionó como un sociómetro (pueden leer más
detalles en el documento enlazado de Luis Gómez Jacinto, del que tomo
la última frase, página 10) Esta es, en última instancia la propuesta que
hicieron Leary y Baumeister, señalando de paso la necesidad de
pertenencia al grupo que es inherente a todos nosotros.

Pero el sociómetro funciona en el grupo. Aunque los seres humanos


busquen el aprecio y el logro, dentro de nuestras grandes sociedades, en
la fama o el poder a gran escala, siguen necesitando un núcleo duro de
afecto y una referencia cultural, familiar y de amistades íntimas a la que
aferrarse. Siguen necesitando el grupo reducido del pleistoceno.

Y la gran mayoría de las personas que no se proyectan tan alto dentro de


las sociedades masificadas e impersonales en las que vivimos, que a lo
más que pueden aspirar es a los 15 minutos de fama de los que hablaba
el extravagante artista Andy Warhol, tienen por referente único y
fundamental, en su vida diaria, a los más allegados que le toquen en suerte
en la lotería genética, social y cultural, y con ellos deben conformarse y, lo
que es más importante, medirse.
Aquí hago una digresión política. En el plano cultural
de hecho ha habido una auténtica rebelión por parte de grupos que aspiran
a proteger sus costumbres más o menos ancestrales y más o menos
artificiales, a través de los mecanismos políticos establecidos en las
sociedades democráticas o bien, en el peor y desgraciadamente el más
habitual de los casos, a través del uso de la violencia. Las sociedades
cerradas de las que en su día hablo Popper hacen la guerra a la sociedad
abierta desde dentro, intentando boicotear su desarrollo.

La artificialidad de las costumbres defendidas está en relación directa con


la pérdida, en gran parte de los casos, de los lazos originales del grupo -al
aumentar enormemente el número de sus integrantes- y su sustitución por
otros más políticos, pero el carácter de grupo está de forma natural más
en la mente de quienes lo forman que en el número y tipo de lazos
establecidos.

En cierto modo se llega a un enfrentamiento entre la sociedad moderna y


algunos de los grupos por ella absorbidos, que aspiran a una vuelta a la
naturaleza y al socialismo de la tribu. El otro, es decir, el que está fuera del
círculo cerrado de las costumbres del grupo de referencia, es visto
estereotipada y prejuiciosamente, es el enemigo, es, llevado al extremo, el
mismo mal.

Baumeister ha reflexionado sobre nuestra malicia en sus diversas


manifestaciones, escarbando en nuestra psique, como buen científico de
la mente, las raíces del mal. Por supuesto la expuesta arriba no es en
absoluto la única raíz, ni sus trabajos con Leary y sobre las raíces del mal
los únicos de su larga trayectoria, como podrán comprobar en la entrevista.
Este 1 de Septiembre publicará, junto con John Tierney, un nuevo libro,
cuya portada hemos puesto más arriba.
El Profesor Baumeister ha tenido la amabilidad de respondernos unas
preguntas, cuya traducción al inglés revisó José Miguel Guardia y cuyas
respuestas tradujo al castellano Marzo Varea. La entrevista original en
inglés la tienen en La Nueva Ilustración Evolucionista.

1. En sus propias palabras, ningún tema es más interesante para las


personas que las personas. Además, para la mayoría de las personas
la persona más interesante es uno mismo. ¿Cuán egocéntricos
somos? ¿Cuánto nos influye la imagen que tienen de nosotros otras
personas? En su opinión, ¿cuáles han sido para nosotros las
ventajas de esta perspectiva centrada en uno mismo, tanto desde un
punto de vista evolutivo como actualmente?

Personalmente, yo encuentro a otras personas más interesantes que a mí


mismo. Por supuesto hay razones prácticas para estar interesado en uno
mismo, para poder ocuparse de problemas, etcétera. Pero para mí la
investigación es un modo de explorar mentes y vidas muy diferentes de mi
propia experiencia.

La evolución ciertamente favorece el egocentrismo, aunque sólo sea


porque es más sencillo y por tanto más prevalente. La mayor parte de las
criaturas no humanas son prácticamente incapaces de entender la
perspectiva de cualquier otra. Así que la capacidad de salir de la propia
mente y entender cosas desde el punto de vista de otra persona es una
capacidad nueva y presumiblemente frágil que hemos desarrollado los
humanos. Ha hecho a los humanos capaces de compartir información y
cooperar de maneras nuevas y potentes. En ese sentido, es una
importante base de la cultura, que es la estrategia biológica de los
humanos.

2. ¿Qué significa para un psicólogo social la frase «ningún hombre


es una isla»? ¿Qué clase de adhesivo nos mantiene juntos en
grupos sociales?

En todos los lugares de la tierra, los seres humanos eligen vivir en grupos,
típicamente construyendo mundos sociales con grupos pequeños
caracterizados por relaciones continuadas. Esto es lo que hemos
evolucionado para hacer. No hemos evolucionado para arreglárnoslas
solos, sino para formar estos grupos que no son sólo sociales sino también
culturales: comparten información, desarrollan sistemas con papeles
complementarios y en interacción, cooperan para lograr cosas juntos,
etcétera.
Estar solo en el mundo, o aun simplemente ser solitario, tiende a ser uno
de los más potentes predictores de toda suerte de problemas físicos y
psicológicos. Asimismo, el confinamiento solitario es uno de los castigos
más opresivos y crueles. La mente humana simplemente no está
diseñada para la soledad.

En mi libro «El animal cultural: la naturaleza humana, el significado y la


vida social» desarrollo la idea (basada en hallazgos de laboratorio de
psicología social) de que los rasgos específicamente humanos son
adaptaciones para hacer posible la cultura. La cultura es la estrategia
biológica de la especie humana. En otras palabras, así es como nuestra
especie resuelve los eternos problemas de la supervivencia y la
reproducción: creando cultura y trabajando con su información y sus
sistemas.

3. ¿Cuáles son sus opiniones sobre las raíces del mal? ¿Por qué nos
hacemos daño mutuamente con tan persistente regularidad? ¿Es el
mal, en algún tortuoso sentido, el reverso tenebroso del bien?

En mi libro «El mal: la violencia y crueldad humanas por dentro» he


concluido que hay cuatro amplias raíces del mal. Una es que la agresión
a menudo es útil: es un modo de reducir conflicto y conseguir lo que uno
quiere. Otra es el egotismo amenazado: las personas tienen opiniones
favorables de sí mismas y buscan mantenerlas. Cuando alguien desafía
estas opiniones favorables, las personas se revuelven contra quien lo
hace. Esto, por supuesto, es contrario a la sabiduría convencional de que
la baja autoestima causa la agresión, pero creo que es mucho más
compatible con la gran cantidad de evidencia empírica.

La tercera raíz del mal es el idealismo. Tristemente, muchas personas


recurren a medios violentos para conseguir lo que consideran objetivos
positivos, deseables, como hacer del mundo un lugar mejor, defender sus
ideales políticos o religiosos, o deshacerse de personas que consideran
malvadas. Esto es generalmente colectivo, pero ha traído algunos de los
mayores baños de sangre de la historia del mundo. Después de todo, los
nazis y los soviéticos y los comunistas chinos estaban motivados todos por
ideales positivos y una visión del maravilloso mundo que iban a
construir. Las guerras de religión, asimismo, han sido a menudo brutales
a pesar de sus muy idealistas motivos.

La última raíz es el sadismo. Es mucho menos prevalente que las otras


tres, creo, pero puede ser enormemente cruel. Algunas personas
aprenden a disfrutar infligiendo dolor y sufrimiento a otras y lo hacen por
la satisfacción que les procura.

Esas son las causas profundas. Es difícil cambiarlas. Por otra parte, la
causa próxima (en contraste con la causa remota, profunda) de mucha
violencia es un fallo de los frenos y del autocontrol. La mayoría de las
personas refrena la mayoría de sus impulsos agresivos y violentos.

Yo empecé mi libro con la pregunta clásica «¿Por qué hay mal?», pero una
vez que vi todas las causas que incrementan la violencia hube de formular
una segunda pregunta, a saber: «¿Por qué no hay más mal que el que
hay?» Y la respuesta es que por la mayor parte las personas refrenan e
inhiben sus impulsos violentos. Cuando fallan esos frenos, la violencia
aumenta. La violencia empieza cuando cesa el autocontrol. Mejorar el
autocontrol parece un modo mucho más viable de reducir la violencia que
eliminar las causas profundas.

4. ¿Cuáles son los factores esenciales de la evaluación social que


hacemos de nosotros mismos? ¿Que determina nuestra
autoestima?

La teoría del sociómetro subraya que la autoestima está ligada a la


aceptación social. Esto es, la autoestima depende de cuánto piensa uno
que es la clase de persona que otras querrán incluir en sus grupos y
relaciones. Esto incluye ser atractivo, amistoso y agradable, pero también
ser competente y moral.
Pero esto no es todo. La autoestima depende también de logros y
dominancia, y tal vez del ejercicio de control. Lo más probable es que haya
otros factores además.

Las autoevaluaciones se basan en parte en realimentación que recibimos


de otras personas. Pero las personas no son simplemente receptáculos
de opiniones ajenas. Procesan muy selectivamente, y a veces
defensivamente. Así que el concepto de uno mismo es producto tanto de
realimentación social como de procesamiento interno.

5. En general, cuando nos obsesionamos con hacer o no hacer algo


acabamos sucumbiendo a las tentaciones que intentábamos evitar
(pasividad o abuso). ¿Cuáles son las claves del autocontrol?

En primer lugar, ¡permítame decir que el cuadro no es en absoluto tan


sombrío como sugiere! Las personas a menudo tienen mucho éxito en
resistir tentaciones. El autocontrol es muy efectivo. Ocurre simplemente
que los fracasos destacan.

Para poner las cosas en perspectiva, tenemos un estudio reciente con


muestreo de experiencias realizado por Wilhelm Hofmann y
colaboradores. Cuando las personas no resisten a un deseo o impulso, lo
ejecutan aproximadamente el 70% del tiempo. (A veces uno puede
fracasar en hacer lo que quiere aun si no resiste; por ejemplo, las
oportunidades pueden desvanecerse por razones externas). En contraste,
cuando resisten a sus deseos los ejecutan sólo el 17% del tiempo. Así
que un modo de contemplar esa diferencia es que el autocontrol reduce
dramáticamente la tasa de ejecución de los impulsos: del 70% al
17%. Esto indica un enorme papel del autocontrol, y un alto grado de
éxito. Aun así, ese 17% puede causar muchos problemas.
En cuanto a la pregunta de cuáles son las claves del autocontrol, mucho
se trata en mi nuevo libro, «La fuerza de voluntad: redescubriendo la más
importante fortaleza humana» (coescrito con John Tierney, a publicarse el
1 de septiembre de este año). Brevemente, hay tres partes
principales. En primer lugar, la persona ha de adoptar estándares claros
de autocontrol. Es decir, hay que tener objetivos claros de lo que se
supone que debe conseguir el autocontrol.

En segundo lugar, es importante prestar atención y llevar cuenta de la


conducta que se supone que hay que controlar. Por ejemplo, las personas
comen más y beben más cuando no prestan atención. En contraste,
cuando se ponen a dieta a menudo llevan cuidadosos registros de qué
comen y cuántas calorías consumen. Prestar atención y comparar la
realidad con el estándar son partes vitales de un autocontrol efectivo.
En tercer lugar, se necesita fuerza de voluntad. Las personas tienen una
cantidad limitada de energía que se pueda canalizar hacia el
autocontrol. Otras actividades también drenan esta misma energía. Por
ejemplo, la toma de decisiones usa fuerza de voluntad, que es por lo que
el autocontrol puede fallar después de que una persona se ha esforzado
mucho tomando decisiones.

6. La psicóloga de Stanford Carol Dweck cree que deberíamos alabar


el esfuerzo más bien que la inteligencia, ya que alabar esta alienta la
conformidad mientras que alabar aquel refuerza la tendencia a
arriesgarse a errar, y es mediante los errores como mejor
aprendemos. Sabemos que ha investigado usted en esta área. ¿Qué
piensa usted que debría alentarse para explotar plenamente las
capacidades de aprendizaje de los seres humanos?
Mi mentor, Edward E. Jones, también escribió extensamente sobre la
cuestión del esfuerzo frente a la capacidad. El esfuerzo es controlable y
puede cambiarse, mientras que muchas capacidades (como la
inteligencia) están fijadas. (Aunque Dweck cree que es mejor pensar en
la inteligencia como mutable, si entiendo su trabajo correctamente). Sin
embargo en nuestra sociedad premiamos la capacidad. Como dijo Jones,
¿preferiría usted ser conocido como una persona brillante pero algo
perezosa, o como una persona trabajadora pero estúpida? La mayoría de
las personas preferirían lo primero.

En cualquier caso, por lo que sé ha habido muy poco éxito en cambiar la


inteligencia a largo plazo, así que no tiene mucho sentido alabarla. Alentar
el esfuerzo es mucho más valioso e importante.

7. ¿Hasta qué punto muestran sus estudios que la gratitud es una


convención social, o, menos eufemísticamente, una forma de
hipocresía?

Hace algún tiempo publiqué un estudio en el que los sujetos escribían


sobre un gran logro personal. En la condición pública, los participantes
esperaban leer sus relatos en voz alta ante un grupo. En la condición
privada, los entregaban anónimamente. Hallamos que en la condición
pública los sujetos agradecían profusamente a otras personas por
ayudarles y contribuir a su éxito. En la condición privada, hubo muy poco
de esto. Etiquetamos este hallazgo de «gratitud superficial» porque los
sujetos no parecían honrar sinceramente a otros sino que les mostraban
gratitud como una concesión a las normas públicas.

Sin embargo, sí que existe la gratitud genuina. Yo sé que recuerdo


largamente a personas que me han ayudado y hecho favores, y les guardo
un elevado aprecio y lealtad. Además, trabajos recientes en psicología
positiva han mostrado que los ejercicios de gratitud, como dar las gracias
a personas importantes e incluso simplemente reflexionar sobre las cosas
por las que uno ha de estar reconocido, contribuyen de forma duradera a
la felicidad y el bienestar. La gratitud es un rasgo que es importante y
deseable cultivar.

8. ¿Qué diferencias fundamentales halló usted entre varones y


mujeres en sus profundos estudios de la conducta sexual?

Hay muchas diferencias, algunas fundamentales y otras no tanto. Uno de


los hallazgos originales de mi trabajo fue la diferencia de «plasticidad
erótica». Esto es, el impulso sexual femenino responde mucho más que
el masculino a influencias sociales, situacionales y culturales. O, para
decirlo de otra manera, los teóricos han discutido mucho tiempo sobre
cuánto del impulso sexual es naturaleza y cuánto cultura, y mi conclusión
es que la respuesta depende del género. El impulso sexual masculino es
más natural, el femenino es más cultural. La sexualidad de las mujeres
tiende a ser fluida y cambiante, a lo largo de la vida y en diferentes
circunstancias. La sexualidad de los varones cambia mucho menos.

Otra diferencia es simplemente la fuerza del impulso sexual. Publicamos


un artículo de revisión hace algunos años que combinaba los resultados
de docenas de estudios. Prácticamente todos los estudios y todas las
medidas hallaban que los varones tienen deseos sexuales más frecuentes
que las mujeres. Esto puede contribuir a la diferencia en plasticidad: un
impulso más débil es más susceptible a las influencias modeladoras y
civilizadoras de la cultura que un apetito incesante y potente.

Estas diferencias forman la base de la teoría que hemos desarrollado


Kathleen Vohs y yo, y que llamamos «economía sexual». Aplicamos
principios económicos a la conducta sexual. Brevemente, el sexo opera
como si las mujeres fuesen la oferta y los varones la demanda. Por esto
la sexualidad femenina tiene valor de cambio y la sexualidad masculina
no. Los varones generalmente dan cosas a las mujeres a cambio de sexo:
regalos, amor, respeto, atención, y a veces incluso dinero u otros
beneficios materiales. Cuánto dan (el «precio» del sexo) fluctúa con la
oferta y la demanda, entre otros factores. Así, cuando hay muchas más
mujeres que varones las normas sexuales tienden a ser permisivas, con
abundante sexo premarital y extramarital, y las mujeres no obtienen mucho
a cambio. Cuando hay más varones que mujeres las normas tienden a ser
restrictivas y mojigatas, con poco sexo premarital o extramarital, y los
varones deben contraer importantes compromisos para empezar una
relación sexual.

9. ¿Dónde están los límites de la racionalidad humana? ¿Qué es


realmente sapiens en el Homo sapiens?

Oí una vez a Daniel Kahneman resumir esto muy bien. Es conocido por
haber proporcionado una potente crítica de la racionalidad humana,
especialmente en las decisiones económicas. Lo que él decía era que los
seres humanos somos racionales, sólo que incompletamente. Esto me
parece del todo correcto.
El filósofo Davidson escribió una vez en un famoso artículo que la
racionalidad es un rasgo social, y sólo los comunicadores la tienen. Creo
que esta es una profunda intuición que los psicólogos sociales deberían
considerar más. Las personas aprenden a pensar en virtud de sus
interacciones sociales, y en verdad el entender a otras personas y otros
puntos de vista puede ser una parte vital de la capacidad de pensamiento
racional, que incluye analizar diferentes opciones y compararlas mediante
la lógica.

La psicología social ha tendido a estudiar conductas irracionales y a


esforzarse en buscarlas. Hay discusiones sobre si son realmente errores
y actos irracionales, o meramente basar las acciones en criterios
diferentes.

Mi trabajo ha mostrado un interés duradero en la conducta


contraproducente o autodestructiva. Para mí es un modo estupendo de
observar los límites de la racionalidad humana. Si la racionalidad es la
búsqueda del interés propio ilustrado, entonces la conducta
autodestructiva es la esencia de la irracionalidad. En mi estudio de la
literatura de investigación, la autodestrucción es rara vez buscada por sí
misma. Más a menudo las raíces de una conducta contraproducente están
en transacciones, especialmente en cosas señaladas por ganancias a
corto plazo con costes a largo plazo. (Por ejemplo, fumar cigarrillos es
contraproducente, pero las personas no fuman porque quieran contraer
cáncer; más bien buscan los beneficios a corto plazo, como el pacer de
fumar, y arriesgan los costes a largo plazo, como la enfermedad).

Otra fuente de conducta contraproducente es seguir estrategias que


fracasan. El proceso de toma de decisiones de las personas puede quedar
distorsionado, de modo que continúen siguiendo estrategias que no están
funcionando. Y otra fuente de de conducta contraproducente es el fracaso
de la autorregulación.
En términos del pensar, la mente usa muchas diferentes clases de
información, no siempre las cosas mejores y correctas. Así que las
personas cometen errores, y estos contribuyen a la conducta irracional.

10. ¿En qué trabaja ahora? ¿Cuál es en su opinión el mayor misterio


del ser humano?

Ahora estamos buscando extender mi trabajo sobre el autocontrol a una


comprensión más amplia del libre albedrío. También me he estado
esforzando mucho en entender para qué es el pensamiento consciente,
porque en décadas recientes ha habido abundante investigación que
sugiere que el inconsciente hace algunas cosas mejor que el
consciente. Tenemos en curso algunos proyectos estupendos sobre la
emoción, incluida la idea de que la emoción puede crear «ilusiones de
aprendizaje»: las personas creen que han aprendido mucho simplemente
porque han experimentado emoción. También he seguido estudiando el
rechazo interpersonal y la necesidad de inclusión, mientras estudiamos los
efectos de quedar excluido de grupos sociales. Estoy también trabajando
en algunos proyectos sobre cómo se orientan las personas hacia el futuro
y cómo ajustan su conducta basándose en el futuro más bien que en el
pasado.

En cuanto al máximo misterio, es difícil escoger uno. Tal vez la


consciencia merece llamarse el más grande misterio, porque es difícil
entender cómo cosas físicas como el cerebro humano pueden crear
experiencia subjetiva. También me ha fascinado largo tiempo la gran
cuestión de cómo causa conducta la cultura. Aquí también se cruza la
frontera entre lo físico y lo no físico, porque la cultura no es una cosa física,
mientras que la conducta sí lo es; así que si aceptamos que la cultura
puede causar conducta estamos diciendo que los eventos físicos pueden
sufrir la influencia de cosas no físicas. La cuestión relacionada de cómo
cambian las culturas siempre me ha parecido una de las más grandiosas
de todas las ciencias sociales. Las culturas están cambiando
constantemente, pero de muhas maneras diferentes, algunas
interrelacionadas, otras independientes entre sí. Si pudiésemos captar
cómo cambian las culturas, podríamos ser más capaces de prepararnos
para nuestro futuro colectivo como seres humanos. ¡Eso sería de gran
ayuda para la especie humana!

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