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El artículo analiza la construcción de los roles parentales en el contexto de las dinámicas asistenciales hospitalarias tras el parto, destacando la influencia de factores culturales y sociales en la experiencia de ser padres. Se utiliza un enfoque cualitativo para recoger testimonios de padres, revelando las tensiones entre expectativas sociales y la realidad del puerperio. A través de un análisis del discurso, se reflexiona sobre cómo las rutinas clínicas impactan en la adopción de roles parentales y en la distribución de tareas entre los padres.

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El artículo analiza la construcción de los roles parentales en el contexto de las dinámicas asistenciales hospitalarias tras el parto, destacando la influencia de factores culturales y sociales en la experiencia de ser padres. Se utiliza un enfoque cualitativo para recoger testimonios de padres, revelando las tensiones entre expectativas sociales y la realidad del puerperio. A través de un análisis del discurso, se reflexiona sobre cómo las rutinas clínicas impactan en la adopción de roles parentales y en la distribución de tareas entre los padres.

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Revista de Antropología Experimental ISSN: 1578-4282

Deposito legal: J-154-2003


nº 16, 2016. Texto 13: 189-201.
Universidad de Jaén (España) [Link]

CONSTRUYENDO LOS ROLES PARENTALES EN EL SENO


DE LAS DINÁMICAS ASISTENCIALES INSTITUCIONALES
José Manuel HERNÁNDEZ GARRE1; Paloma ECHEVARRÍA PÉREZ1;
María José GOMARIZ SANDOVAL2
Universidad Católica de Murcia1. Hospital Virgen de la Arrixaca2
jmhernandez@[Link], pechevarria@[Link], jmgomariz@[Link]

BUILDING PARENTAL ROLES WITHIN THE DYNAMICS OF INSTITUTIONAL


CARE

Resumen: El primer contacto con el rol parental tiene lugar tras el parto, proceso que en las sociedades
industriales se instituye en el marco de una serie de dinámicas clínicas productivistas
características de los habitáculos hospitalarios contemporáneos. En este «habitus» se van
conformando las primeras atribuciones ligadas a los roles paternales, dibujadas sobre el
fondo de una serie de claro-oscuros surgidos tras los duros rituales iniciáticos propios de los
paritorios «cosmopolitas». Se trata de una construcción cultural de los roles parentales, que
se ha querido etnografíar en el presente artículo desde la óptica de los propios padres. Para
ello se ha realizado un análisis del discurso «emic» que, partiendo de un posicionamiento
teórico postmoderno, reflexiona sobre el alcance de las dinámicas clínicas hegemónicas y su
implicación en las experiencias ligadas a la maternidad/paternidad.

Abstract: The first contact with the parental role occurs after childbirth, process in industrial societies is
instituted as part of a series of dynamic productivist clinical characteristics of contemporary
hospitable habitats. In this “habitus” are shaped early parental responsibilities related to roles,
drawn on the bottom of a series of chiaroscuro emerged after the tough initiatory rituals
own of the “cosmopolitan” delivery rooms. It is a cultural construct of parental roles, which
wanted ethnography in this article from the perspective of the parents themselves. For this it
has made a discourse analysis ‘emic’ which, from a postmodern theoretical position, reflects
on the scope of the hegemonic dynamics and involvement in clinical experiences related to
maternity/paternity.

Palabras clave: Roles sociales. Maternidad. Paternidad. Puerperio clínico


Social roles. Maternity. Paternity. Clinical postpartum
190 Revista de Antropología Experimental, 16. Texto 13. 2016

Introducción
El ser padres es un hecho biológico y a la vez cultural en el que surgen las paradojas
propias de la interacción entre estas dos dimensiones (Ranisio, 1998). Lo que está en juego
es la adopción de diversas formas de identidad (Comas d`Argenir, 1996), de nuevos roles
construidos desde la biología pero alimentados por determinantes culturales y étnicos (Jor-
dan, 1993) como la religión, la política, las costumbres, la tradición o la economía (Small,
1999). El primer contacto con este nuevo papel parental se produce, en las sociedades oc-
cidentales, en el marco de unas dinámicas hospitalarias que dictan el control puerperal de
las madres durante los primeros días posparto. En este sentido, las atribuciones iniciáticas
del nuevo estatus social se estructuran durante la reclusión institucional típica de los partos
hospitalarios, es decir, en el seno de unas dinámicas asistenciales caracterizadas por atribu-
tos como la medicalización, el control biotecnológico, la protocolización, la fragmentación
del cuidado o el monopolio médico (Hernández y Echevarría, 2014; Pizzini, 1989; Stoller,
1974). En el «habitus» de esta realidad clínica, y enmarcados sobre los claro-oscuros de las
dos actividades típicas del puerperio, la recuperación física y la crianza del bebé (Hernán-
dez, 2011; Blázquez, 2009), se producen los primeros intentos de ser padres. Se trata de
un momento crítico en el que, a pesar de las molestias derivadas del duro ritual vivido en
paritorio, hay que hacer frente al nuevo rol de padres, surgiendo así los conflictos entre las
necesidades biológicas, la propia dinámica asistencial y las presión sociales que defienden
la implantación de determinados idearios parentales colectivos. En este escenario de la pro-
creación se dirimen las principales representaciones de la nueva paternidad, contexto en el
que los modelos de crianza se instituyen en parte nuclear del nuevo dilema existencial de los
padres. En este sentido, las representaciones culturales son diversas y van desde los patro-
nes de apego a los distantes, prefiguraciones en cuya trama se arbitran cuestiones esenciales
como el tipo de alimentación, los patrones de sueño o la respuesta a los llantos del bebé
que, más allá de las necesidades biológicas, son también moduladas por las cosmovisiones
sociales e históricas hegemónicas (Small, 1999; Rodríguez, 2015). En el desempeño de
estas nuevas atribuciones los padres se distribuyen las primeras labores de crianza, reparto
tamizado por las necesidades biológicas pero también por representaciones e ideologías de
género preexistentes.
Estamos, en definitiva, ante la construcción individual y social de un nuevo rol, el de
padres, que empieza a vertebrarse en el seno de las dinámicas asistenciales propias del
puerperio hospitalario. Fenómeno que se ha pretendido investigar en el presente estudio,
con el objetivo de relatar, desde la propia óptica de los padres, los principales conflictos y
paradojas que surgen en el curso de esta asunción del nuevo rol parental. En este sentido,
el análisis se ha realizado desde un posicionamiento teórico postmoderno1 que, partiendo
de cierta perspectiva de género2, reflexiona sobre las dinámicas clínicas dominantes y sus
implicaciones en las experiencias ligadas a la maternidad/paternidad.

1 Se trata de un posicionamiento encarnado por autores como Gilles Deleuze, Jean-François Lyotard, Michel
Foucault o Jacques Derrida desde el que se cuestionan las verdades absolutas defendidas desde las ideologías
modernistas, y se piensan que la certeza no es más que una verdad relativamente interpretada y por lo tanto
incierta. Perspectiva desde la que se cuestiona el quehacer de las diferentes instituciones sociales y políticas.
2 Estamos ante un movimiento ideológico iniciado por autores como Margaret Mead, Simone Beavouir o John
Money, que reflexiona sobre todas las representaciones culturales y sociales que construyen la identidad mas-
culina y femenina. El objetivo es examinar el impacto del sexo en las oportunidades de las personas, sus roles
sociales y las interacciones mutuas.
Revista de Antropología Experimental, 16. Texto 13. 2016 191

Metodología
Para el desarrollo de la investigación se optó por un enfoque cualitativo que permitiera
recoger los testimonios parentales desde la propia perspectiva «emic». Se partió de la pre-
misa de que los padres tienen su propio punto de vista, siendo el análisis del discurso la
mejor estrategia metodológica para recoger los testimonios clave acerca de cómo los nuevos
padres se percibían a sí mismos y a la realidad que les rodeaba (Menéndez 2000). El obje-
tivo del enfoque ha sido obtener los datos e interpretaciones más adecuadas (Menénedez y
Di Pardo, 1996), caracterizando así “con la mayor precisión posible las representaciones,
experiencias y prácticas sociales” (Osorio 2001: 43) de los iniciados al nuevo rol parental.
Pese a ello, se dejan ver las inevitables limitaciones que surgen al abordar un fenómeno de
estudio desde una «individualidad tipo» que, aunque sea una expresión ideal de la realidad
a etnografiar, también presenta cierto grado de aleatoriedad. En este sentido se ha tenido
en cuenta que las relaciones durante la investigación no son nunca totalmente neutras ni
simétricas, sino que responden a ciertos posicionamientos teóricos y metodológicos adopta-
dos por los implicados en la investigación, entre ellos los propios investigadores (Romani,
1992). De ello deviene que los resultados, a pesar de reflejar las atribuciones de rol parental
más comunes en los puerperios hospitalarios, no pueden ser totalmente categóricos ni extra-
polables a todas las madres y padres, sino el reflejo de una convección social mayoritaria.
La técnica de investigación utilizada fueron las entrevistas en profundidad semiestruc-
turadas a mujeres y hombres que habían sido padres en el marco de las dinámicas hospi-
talarias. Éstas se realizaron tras conseguir la autorización del centro clínico y el consenti-
miento de los informantes, asegurando en todo momento la confidencialidad de los padres
mediante un código de encriptación que no permitía su identificación. Tuvieron lugar en
la planta de maternidad, en concreto en la sala de lactancia, de un hospital del sur de Es-
paña3 que da cobertura a 158.680 habitantes con una media de partos de 2000 nacimientos
al año. Se trata de una institución caracterizada por un abordaje clínico intervencionista y
productivista, como acreditan sus altos estándares de cesáreas (31%) partos instrumentados
(22%), inducciones (25%) y episiotomías (50%)4. Las entrevistas se realizaron durante los
primeros días postparto, justo antes del alta hospitalaria, para que el relato no fuera tami-
zado por el tiempo, ni perdiera su autenticidad y nitidez. Durante las mismas se siguieron
las recomendaciones de Taylor y Bogdan (1987) que aconsejan tener en cuenta la necesaria
privacidad que garantice una línea discursiva no fragmentada, segmentada o precodificada
(Grele, 1991). La muestra se obtuvo en el año 2010, determinando el tamaño de la misma
mediante el criterio de saturación, entendiendo éste como la situación a la que se llega des-
pués de haber recogido el relato de un número de informantes que garantizan la repetición
de la información (D. Bertaux y I. y Bertaux, 1993). En base a estas premisas se realizaron
una serie de entrevistas a veinte informantes con un duración media de treinta minutos. El
foco de atención se centró fundamentalmente en tres categorías de análisis: las influencia
de las dinámicas clínico-hospitalarias en la adopción de los roles parentales, los patrones
de crianza y la distribución de tareas entre los padres, seleccionando los fragmentos del
discurso mediante el programa de gestión de datos cualitativos [Link]. Siguiendo las
recomendaciones de Jociles Rubio (1999) se tuvo en cuenta la eficacia simbólica de los con-
textos de origen donde se producían los relatos, y en línea con lo apuntado por Jesús Ibáñez
(1979), se transcribieron íntegramente siguiendo para su análisis un orden en los discursos
marcado por las unidades de análisis. Éste se realizó desde un posicionamiento teórico pos-
moderno y de género que permitiera un reflexión profunda sobre la influencia de las rutinas
hospitalarias en la adquisición de los roles parentales. En general los relatos fueron bastante

3 Por razones de confidencialidad se ha preferido mantener el anonimato del centro.


4 Datos medios referidos al periodo comprendido entre el año 2008 y 2013.
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homogéneos para cada una de las categorías de análisis, dibujando, con pequeñas discrepan-
cias, las principales experiencias relacionadas con el fenómeno de estudio.

Resultados/Discusión
Una vez que ha nacido el bebé, comienza la fase posliminar, periodo que está cargado
de simbolismos, alegorías y experiencias de aculturación. En este sentido, los testimonios
de los padres muestran los dos quehaceres propios del puerperio: la recuperación física, y la
instauración de los primeros patrones de crianza. Tareas que se enmarcan en el marco de una
serie de rutinas y dinámicas clínicas que determinan el transcurrir de las horas, y desde las
que adquieren significación ritual las experiencias posparto. A ello se suma la distribución
parental de tareas, reparto mediado tanto por determinantes biológicos como por ciertas
ideologías de género que se instituyen en auténticos asideros conceptuales desde los que se
van construyendo los nuevos roles parentales.

Construyendo el rol maternal. Encuentros y desencuentros.


El parto se convierte en el umbral que da acceso a la maternidad, experiencia que es defi-
nida por la cultura. En este sentido, la comprensión de la liturgia posritual del parto pasa por
el entendimiento previo de las nociones imperantes en cuanto a lo que socialmente significa
ser “madre”. Nociones que en nuestra sociedad se sitúan en la responsabilidad hacia los
bebés, función básica sobre la que gira todo el ideario social, y que en general han asumido
como suyo las mujeres. De esta manera, la “maternidad intensiva” (Hays, 1988) se convier-
te en la actividad “natural” en el puerperio, tarea que se supone que aporta gran satisfacción.
Estamos ante un ideal de maternidad satisfactoria, amorosa y feliz que se introdujo a
finales del siglo XVIII, y que se presenta ahora como la respuesta natural a una idealización
del proceso reproductor (Badinter, 1991). Se ha ido así construyendo la maternidad como
una experiencia relajante y agradable, representación que rara vez las mujeres se arriesgan a
contradecir, por lo menos “mientras esté sobre sus cabezas la espada de la culpa” (Esteban,
2000: 221). Desde estas doctrinas no se tienen en cuenta las dificultades que experimentan
las mujeres durante la maternidad, y que suscitan grandes controversias entre las expectati-
vas sociales y sus vivencias físicas y emocionales. De manera que se encuentran inmersas
en una gran paradoja que las sitúa a medio camino entre las expectativas que se espera que
asuman, para cumplir con las premisas socialmente establecidas, y la dura realidad del tra-
bajo maternal, que no siempre se presenta de forma tan extraordinaria como culturalmente
se entiende. Surgen así los claro-oscuros, las facetas positivas y negativas de la maternidad,
que se presentan además en un momento de especial sensibilidad: «Hombre claro que hay
dificultades, cuando una no sabe como hacerlo hay que aprender, tanto el bebé como la
madre, sí que hay dificultades» (xxβ). Se trata de un modelo único de naturalización de la
maternidad que hace que la madre definida como “buena” no pueda expresar los aspectos
negativos de la misma, cohibiéndola en la manifestación de sus ansiedades, conflictos, y
preocupaciones (González de Chávez, 2001). Estamos, en definitiva, ante una idealización
cultural que no deja ver la cara oculta de la maternidad, catadura que rara vez aparece en el
tapete social5.
Las causas de esta naturalización de la crianza hay que buscarlas en las ideologías que
simbolizan la función maternal como un trabajo necesario para la reproducción social (Co-
mas D`Argemir, 2000; Díez Mintegui, 2000). Se trata de una forma de socialización que
ayuda a las mujeres a interiorizar que “la tarea de ser madres va a constituir [...] su ‹princi-

5 En este sentido antropólogas como Juliano (1998), Imaz (2001) o Montes (2007) nos hablan de la importancia
de construir metáforas culturales referidas a la maternidad que permitan recoger las tensiones, dificultades y
vivencias negativas de la misma.
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pal› rasgo identitario a partir” (Blázquez, 2009: 300) del parto. Se trata de un ideario paren-
tal basado en la existencia del «instinto maternal», planteamiento desde el que se entiende la
maternidad como algo “innato”, y no como un aprendizaje que se tiene que ir construyendo.
Se va construyendo, de esta manera, un ideario de “buena madre” que conlleva una gran
carga afectiva y emocional al tener que reproducir las mujeres las expectativas sociales de
cuidado. Estamos, pues, ante una construcción conceptual edificada para proteger a los be-
bés6, que no tiene en cuenta las dificultades surgidas durante la crianza, se desestima así el
hecho de que “incluso el amor y los sentimientos, que parecen tan espontáneos e instintivos,
[pueden requerir cierto] aprendizaje” (Comas D`Argemir, 2000: 190). Realidad que afecta a
todos los aspectos de la crianza, y en especial a lactancia materna, que aunque naturalizada
socialmente también presenta dificultades y cierto grado de aprendizaje: «Sí, estoy inten-
tándolo, pero me está costando mucho, pero sí que estoy intentando darle el pecho, desde
el primer momento» (xxδ); «la principal dificultad es la posición, de verme yo torpe al ser
la primera vez, de cómo colocar al bebé y tal» (xxπ). De esta manera, en el discurso de las
madres el dar pecho no se presenta siempre como un conocimiento “innato” o “predisposi-
ción natural”, por lo que en todo caso más que hablar de maternidad habría que hacerlo de
maternidades (Juan, 1991).
A todo ello se suma el hecho de que la lactancia materna se muestra hoy día como lo
“adecuado”, visión que avalan los expertos mediante la constatación científica de toda una
serie de parabienes y ventajas7. Se instaura así una coacción social y profesional en favor
de que las madres lacten, olvidando que dar de mamar “es un derecho, no una obligación
para las mujeres, de manera similar que otros aspectos del cuerpo y de la salud, ‹por lo› que
exige un esfuerzo [...] para las que lo practican” (Esteban, 2000: 220). Desde estas construc-
ciones ideológicas, la lactancia materna es predicada, a veces, como una verdadera religión,
mostrándose algunos expertos, desde su autoridad institucional, como auténticos custodios
inflexibles del cumplimiento de la ideología social dominante: «Fuimos a pedir un biberón,
que estaba llorando, entonces nos dijeron que no, que de eso nada que de biberones nada»
(xyλ). Del discurso deviene que algunos profesionales presentan la lactancia como el único
camino, como la única recomendación sanitaria, no teniendo en cuenta las situaciones y
dificultades que experimentan las madres. Se produce así, en ocasiones, una auténtica fisca-
lización de las mujeres que no siguen el camino marcado por la doctrina oficial, responsa-
bilizándolas de los posibles problemas que pudieran sobrevenir durante su lactancia. A ello
se suma la analogía que desde determinadas representaciones culturales se ha hecho entre
lactancia y afectividad, de manera que “dar de mamar ‹se representa como› estrechamente
unido a la demostración de afecto y ternura” (Esteban, 2000: 221). Así, si las mujeres no
se adaptan a las pautas acordadas social y profesionalmente como las “adecuadas” pueden
ver cuestionado su afecto y cariño hacia sus bebés, realidad que en cierta medida coacciona
sus comportamientos8. Se da así, a veces, la controversia de que a pesar de que “las mu-
jeres no están enfermas, y son conscientes y responsables de sus criaturas, [en ocasiones]
no se considera su voluntad ni criterio para tomar decisiones mientras permanezcan en el

6 En este sentido, autoras como la filósofa francesa Badinter (1991), o las antropólogas españolas como Osorio
(1999; 2001), Montes (2007) y Blázquez (2009), defienden que la maternidad depende de la cultura y no de algo
“natural” o “innato”.
7 Entre los beneficios para la madre expuestos por los expertos se encuentran una mejora de la involución uteri-
na, un menor riesgo de enfermedades como diabetes, cáncer de pecho y ovario y una menor depresión materna.
Las principales ventajas para el niño son un menor riesgo de enfermedades como otitis, gastroenteritis, infec-
ciones respiratorias, dermatitis, asma, obesidad, diabetes, leucemia, síndrome de muerte súbita y enterocolitis.
(Gómez García, 1999; Calzado et al., 2000; Díaz et al., 2006).
8 La profesora de psicología de la Universidad de Pennsylvania Diane E. Eyer (1995) afirma que detrás de es-
tas políticas de promoción de lactancia materna se encuentra el protagonismo de los expertos, que mediante la
definición sanitaria de las pautas de la maternidad controlan la vida familiar y acentúan su poder.
194 Revista de Antropología Experimental, 16. Texto 13. 2016

hospital, si no es contrastando con la voluntad del personal sanitario” (Montes, 2007: 320).
Ello genera ciertas inseguridades y ansiedades maternas que puede llegar a culpabilizarlas:
«le hemos dado chupete y ya no sé, tengo la manía que no sé si por el chupete le cuesta
ahora engancharse» (xxμ). En este sentido, la presión del entorno puede, a veces, inducir a
la adquisición de ciertos remordimientos e inducidos, en parte, por la propia matriz social
preexistente.
Estamos ante una construcción cultural de la maternidad que las mujeres, como miem-
bros de la misma colectividad, interiorizan, intentando reproducir en sus tareas de crianza
los discursos hegemónicos. Desde esta asunción la mayoría de las madres inician la lactan-
cia materna exclusiva durante su instancia en las maternidades (Calvo et al., 1992): «pecho
le estoy dando, y mientras pueda pues le estaré dando pecho, claro, si eso es bueno para
el niño también lo es para mí» (xxκ); «sí solo pecho [...] estoy dándole a demanda, si me
pide a las tres horas como si me pide a la hora» (xxπ). Y con el comienzo de la lactancia, y
a pesar de las campañas de naturalización en favor de la misma, comienzan las dificultades.
En primer lugar se encuentran las molestias derivadas del duro ritual iniciático intervencio-
nista vivido en paritorio, molestias que, a veces, dificultan la «maternidad intensiva»: «me
siento muy molesta, no me puedo mover bien [...] no me veo cómoda para colocar al niño al
pecho» (xxω). Y es que el paso hacia la maternidad, a través de la liturgia hospitalaria, deja
con frecuencia toda una serie de limitaciones físicas que obstaculizan las tareas de lactan-
cia materna: «el problema es que al tener la cesárea no me puedo incorporar bien [...] me
cuesta enganchármelo por que no me puedo poner de lado» (xxμ). A ello se une la desazón
adicional que produce, en caso de cesárea, el retardo en el inicio de la lactancia materna, que
no se instaura hasta las dos o seis horas postparto (Pérez et al., 2003). Realidad que algunas
madres relatan con ansiedad, conscientes, desde la interiorización a los discursos profesio-
nales9, que ello puede dificultar la instauración de la lactancia10: «por eso me dio tanto co-
raje eso de la anestesia de la cesárea porque tardaron mucho tiempo en bajarme y no pude
engancharme al crío nada más nacer como yo quería [...] tres horas y media o casi cuatro,
yo quería que hubiera sido antes, me hubiera gustado ponerlo antes al pecho» (xxδ). Los
desasosiegos, e incertidumbres surgidos a las neofitas durante la asunción del nuevo rol de
madre, sustancian, pues, parte de las representaciones típicas de esta vivencia existencial.
A todo lo apuntado hasta ahora, hay que sumar ciertas contradicciones que con frecuen-
cia surgen entre las diferentes ideologías sociales y profesionales sobre la lactancia materna,
y la propia dinámica clínica que en ocasiones no ayuda a su instauración. En este sentido,
en ocasiones se instaura un circuito asistencial impregnado de nociones productivistas que,
desde interpretaciones de coste-eficacia, priorizan disminuir la asistencia durante el puer-
perio para que la mujer autogestione su salud: “no nos han dicho nada, aquí es que lo
único que nos preguntan le habéis dado el pecho, ha hecho caca y poco más» (xxψ). En el
marco de estas representaciones se produce una disminución de la atención en un momento
de especial vulnerabilidad para las madres, el puerperio, al considerar que las principales
situaciones de riesgo, el embarazo y el parto, ya han concluido: «no te ayudan lo suficiente
aquí, no veo yo la ayuda para lactancia materna [...] varias veces hemos preguntado a las
enfermeras y les hemos dicho que el niño no se engancha al pecho [...] y tampoco te vienen
aquí a ayudarte» (xxδ). De los relatos maternos subyace cierta filosofía fabril centrada en
la consecución de un bebé sano, principal bien social, conseguido éste parece que se pierde

9 El obstetra francés Michael Odent (1990) ha expuesto las ventajas de la instauración temprana del vinculo
madre-hijo y del inicio precoz de la lactancia materna. Convirtiéndose ésta en la doctrina oficial que recogen las
diferentes estrategias de asistencia al parto de los diferentes organismos oficiales (MSC, 2007; MSPS, 2010).
10 La evidencia científica muestra que la postergación del contacto piel con piel durante la primera toma, junto
con el uso de biberones, son las principales causas de abandono de la lactancia materna (Otal et al.., 2012;
Hernández et al.., 1988).
Revista de Antropología Experimental, 16. Texto 13. 2016 195

cierto interés clínico por las mujeres. Esta falta de interés por las dificultades del posparto
contribuye también a mantener “la tradicional representación de la maternidad como un
sacrificio o sufrimiento, [...] precio a pagar por la naturaleza sexual” (Montes, 2007: 324):
«a mí no me asesoraron en ningún momento, lo que sé es [...] lo que haya podido leer y
por el instinto maternal ni más ni menos, pero no en ningún momento te dicen nada allí, en
ningún momento» (xxκ). Parece que se trata de una cierta desatención asistencial desde la
que se ignoran las ventajas que supone el asesoramiento sanitario en materia de lactancia,
consejo que mejora tanto el inicio como el mantenimiento de la misma (Blanco, Burgos y
Ruiz, 1999). Se conforma así con frecuencia una red social que, aunque se envista de apoyo,
cumple sobre todo una misión de control social. Da la impresión de que los sanitarios se
limitaran a controlar la conducta materna en favor de la lactancia, mientras obvian, desde
un enfoque productivista, la ayuda y asesoramiento que necesitan en estos momentos de
incertidumbre: «nada, le han dicho que se lo ponga al pecho pero no han venido y le han
puesto al crío, oye que esto es así, esto se pone así, nos han dicho nada [...] no han llegado
y lo han puesto al crío, esto intenta hacerlo así, intenta hacerlo de esta manera» (xyψ). A
ello se suman las contradicciones que muestran los propios profesionales, en cuanto a sus
perspectivas sobre la lactancia, ya que en ocasiones ha sido impuesta sin que se consensuen
las posiciones oficiales, por lo que surgen ciertas paradojas asistenciales: «mira, desde que
he bajado aquí a planta cada una te dice una cosa, unos te dicen que sí, otros que no, otros
se encogen los hombros como tú haz lo que tú quieres que es tuyo» (xxμ). En este contex-
to de la desorientación algunos padres acaban aferrándose a cualquier recurso disponible:
«te ayudan más las personas no cualificadas, como celadores, que las personas altamente
cualificadas [...] no hay una persona especializada en venir y decir esto se hace así» (xyδ).
El desinterés mostrado por algunos profesionales, lleva a muchas madres a cuestionar la
propia formación de los expertos en temas de lactancia (Corrêa y julián, 2002; Andreo y
Silvan, 2004): «yo creo que la gran mayoría no ‹están formados› [...] que es como un poco
la experiencia, que la gran mayoría son madres, y lo que ellas han hecho o que tal, pero
tampoco ni te aconsejan para una cosa, ni te aconsejan para otra, es como que es tuyo haz
lo que quieras [...] te dicen si es que todavía acaba de nacer, eso es normal, pero eso no son
explicaciones lógicas porque eso lo sabemos todos» (xxμ).
Los testimonios muestran la realidad de una situación que, en ocasiones, pone a prueba
los recursos maternos. Las mujeres, inducidas por la presión social, e inmiscuidas en las di-
ficultades propias del proceso, son a veces llevadas a una zona marginal en sus expectativas.
La experiencia materna se va así tamizada con el sufrimiento, y con toda una serie de expe-
riencias de inseguridad sazonadas, a su vez, con dificultades, sensaciones molestas y lesio-
nes físicas. En este pulmento afloran con frecuencia toda un serie de inseguridades sobre el
correcto funcionamiento de la propia biología11: «no me ha dado la subida, yo es que no sé
los motivos, no sé si es por haberme puesto la anestesia que paso mucho tiempo hasta que le
puede dar y al crío le dieron primero biberón» (xxψ); «tengo miedo de que mi pecho no dé
la leche cuando lo necesite, y de que el crío pierda peso y tenga que abandonar la lactancia
y darle un biberón» (xxω). A ello se suman las molestias derivadas de la lactancia, que, a
veces se convierte en una tarea ardua, monótona y solitaria, a la vez que inhabilita, en cierta
medida, para el desempeño de otros roles sociales. En este caldo de cultivo algunas mujeres
se cuestionan si merece la pena continuar con el gran esfuerzo que supone la instauración
y mantenimiento de la misma, surgiendo así dudas sobre si se podrá mantener la misma:
«quizás abandonaría la lactancia por desesperación mía [...] más que por el bebé, creo que
[...] sería por mí, porque me desesperaría» (xxδ). El resultado de este círculo vicioso de

11 Los estudios coinciden en señalar que estas inseguridades, entre las que se encuentra el miedo a no producir
suficiente leche o a que el bebé no gane suficiente peso, son uno de los motivos principales para el abandono de
la lactancia materna (Bustos et al, 1999; Gómez-Galán y López, 2003)
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ansiedades, frustraciones y molestias es, en muchos casos, el abandono total o parcial de la


lactancia materna exclusiva, tal como muestra el testimonio de algunas madres:12: «anoche
mismo se quedó con hambre después de darle biberón, y esta madrugada como ya le ha-
bíamos dado la cantidad recomendada [...] no le podía dar más» (xxω). Cese que algunas
mujeres necesitan justificar ante los expertos, seguramente como resultado de las ideologías
sociales que naturalizan la lactancia materna como la conducta “normal”: «pues si es que
yo lo intento ponerlo, pero no me da subida y los tengo muy blandos» (xxψ); «el crío ha
pesado bastante poquillo y no está fuerte para tirar del pecho, que yo quisiera darle pecho,
pero claro, estoy con el miedo de que pierda peso» (xxω). Se instaura así en el ideario colec-
tivo de las madres cierta tensión psicológica, circunstancia motivada tanto por el abandono
institucional como por los esfuerzos por mantener el orden social establecido.
En el marco de esta configuración clínica los padres van configurando su propio estilo de
crianza, patrón que en línea con las filosofías productivistas y presiones de fondo preexis-
tentes dirigen, en cierta medida, hacia la adopción de modelos distantes13. Se produce, así,
cierta paradoja entre las doctrinas oficiales de apego y las propias dinámicas hospitalarias
que, en consecuencia con las nociones tecnocráticas cosmopolitas, dificultan el contexto
necesario para su realización. Se van conformando así, en ocasiones, las tres características
propias del patrón de crianza distante: la instauración de la lactancia artificial, consecuencia
del abandono institucional y de las propias dificultades en el aprendizaje, la ausencia de
colecho, bajo las ideologías de la independencia precoz: «él tiene que dormir en su cuna
entiendes, y nos va a costar acostumbrarlo» (xyλ), y la tendencia social a no auxiliar los
llantos del bebé, bajo el pretexto de que los bebés no se acostumbren: «todo el mundo acon-
seja: anda... [...] si cada vez que llore, como lo cojas y se quede en los brazos, lo acostum-
bras a los brazos [...] el no cogerlo es por ese miedo a que se acostumbre» (xyμ). En este
sentido, parecería que los nuevos miembros de la sociedad tecnológica fueran dirigidos,
desde su tierna infancia, a interiorizar las premisas básicas que garantizan la reproducción
del sistema productivista, entre la que se encuentra la autonomía y la independencia precoz.
Tomando como base los relatos, se podría concluir que las filosofías institucionales ofi-
ciales que naturalizan de la crianza y fomentan culturas de apego no son más que una
estrategia superficial, que se desmorona al chocar con las características de fondo de las di-
námicas asistenciales características del parto hospitalario. Se trata más bien de un consenso
social, de una especie de «hipocresía oficial», desde la que es muy difícil que se implante un
auténtico modelo de apego, mientras el proceso esté vertebrado por las nociones posthuma-
nistas y productivistas. De esta manera, parece que estamos ante una experiencia puerperal
incongruente en la que se presiona socialmente a las mujeres para que instauren patrones
naturales de crianza, a la vez que las propias limitaciones sufridas tras la dura liturgia del
nacimiento en paritorio, y el déficit asistencial por parte del personal, las dirige hacia un
patrón de crianza distante. Desde esta contradicción, es normal que las madres manifiesten
haber experimentado muchas dificultades, apareciendo durante este primer contacto con su
nuevo rol maternal muchas insatisfacciones, frustraciones. Conflictos que seguramente per-
sistirán hasta que se adapten a la nueva situación y “aprendan” a desempeñar su nuevo rol.

El papel de los padres. Distribuyendo tareas: de la intencionalidad a los hechos


La maternidad/paternidad, y las consecuencias culturales que se derivan de ella, “son

12 Las investigaciones muestran como las madres, a pesar de iniciar la lactancia materna en el hospital, la aban-
donan en los primeros días. Ello hace que la duración promedio de la misma sea muy baja, entre ocho y diez
semanas, frente las 24 semanas que recomienda la OMS (Gómez et al.., 1997; Barriuso et al.., 1999)
13 La antropóloga americana Meredith Small (1999) afirma que desde la implantación del modelo de crianza
distante no se respetan las necesidades innatas de apego que tienen los bebés, cuyo llanto, a pesar de ser inter-
pretado en nuestra sociedad como algo molesto, es simplemente una señal de alarma.
Revista de Antropología Experimental, 16. Texto 13. 2016 197

una construcción cultural enmarcada en las relaciones de género, desde las que se distribuye
de forma diferenciada las tareas y responsabilidades de mujeres y hombres en el cuidado de
las criaturas.” (Montes, 2007: 314). Esta consideración es vital para comprender la forma en
que los padres reparten las tareas durante el puerperio hospitalario, ya que es precisamente
a partir esta distribución cultural de roles desde la que se posiciona y cobra sentido la distri-
bución de las labores de crianza.
En los últimos años, y desde la difusión de políticas en favor de la igualdad entre sexos,
se han publicado diferentes estrategias, textos y leyes en defensa de la participación de los
hombres en los procesos reproductivos y de crianza14, documentos auspiciados por toda una
serie de efectos positivos que hipotéticamente supondría su implicación (Osborne, 1993;
Horvath Cea, 1999). Todo ello ha conformado un frente en favor de la paulatina democra-
tización de la institución familiar (Alberdi, 1999), cuyo objetivo es involucrar a los padres
como corresponsales en las labores de crianza de sus hijos. Influidos por estas ideologías
culturales, se ha producido en los últimos años una mayor intervención de los padres en las
labores domésticas (Meil, 2005), sobre todo en aquellas tareas cotidianas que muestran ma-
yor flexibilidad, entre las que se incluyen las tareas de crianza (Carrasquer et al., 1998). Es-
tamos asistiendo, de esta manera, a una paulatina implicación de los hombres en temas que
tradicionalmente habían sido considerados como maternales, hablándose en este sentido de
«maternidad compartida» y «paternidad responsable». Esta actitud se observa ya desde el
mismo nacimiento de los bebés, mostrándose los padres colaboradores durante el puerperio
hospitalario: «yo lo que haga falta, aquí darle, limpiarlo, levantarlo, que no llore sobre
todo [...] que no llore y estar ahí pendiente de él, lo que sea» (xyκ); «de todo, cambiarle los
pañales, ponérselo, cogerlo de la cuna para que le dé pecho, ponerlo en la cunita cuando
se duerme, está dando el pecho y terminar de comer se queda dormido, lo cojo lo pongo en
la cuna otra vez, le cambio de pañal [...] todo la baño, todo». Sus labores de crianza se pro-
ducen además en el momento en que las madres más lo necesitan, si tenemos en cuenta que
se encuentran en plena recuperación del parto y en el marco de cierto desinterés asistencial
por el puerperio: «yo esto ahí ayudándola porque ella no se puede levantar, no se puede ni
levantar» (xyψ); «sí, yo estoy aquí esta noche, y estaré todas las noches con ella» (xyψ).
Circunstancia que alaban las madres, y que sin duda es útil en un momento de contradiccio-
nes y gran carga emocional: «todo, lo hace muy bien, él lo hace muy bien» (xxκ); «todo si
me lo hace él todo» (xxα). Los padres se envisten, de esta manera, en personas recurso que
salen al auxilio de la encrucijada emocional de las madres.
Sin embargo, la forma en que se establecen las cargas de crianza denota todavía ciertas
desigualdades15. En este sentido, las tareas de crianza en los padres se presentan todavía
como una opción, e incluso como un derecho, pero rara vez como una obligación. Desde
estas nociones el padre se presenta como “colaborador” pero no como corresponsable de la
crianza, recayendo así el rol de cuidadora principal en la madre: «que sí, que sí, yo intento
colaborar en todo lo que puedo» (xyω). Realidad mediada, en parte, por la propia naturaleza
lactadota de la mujer que hace patente las limitaciones de la biología masculina naturalizan-
do, así, la crianza como una labor femenina: «yo de todo, menos darle pecho de todo [...]
no le puedo dar pecho porque no tengo si no» (xyπ). Representación que interiorizan las

14 Entre estos documentos se encuentran el texto final de la Conferencia Internacional de Naciones Unidas sobre
población y desarrollo de 1994, que señala la necesidad de desarrollar estrategias para activar la participación
de los hombres en las tareas de crianza, o el documento en favor de la participación de los hombres en la salud
sexual y reproductiva de UNICEF de 1998. A nivel nacional destacan la Ley de Igualdad de 2007, y el Plan
Estratégico Nacional de Igualdad de Oportunidades (2008-2011), en los que se enfatiza la necesidad de corre-
sponsabilizar a los hombres para superar la división sexual otorgando permisos como el de paternidad.
15 Numerosos estudios coinciden en la persistencia de desigualdades de género en cuanto a la distribución del
trabajo doméstico y de crianza, presentándose la maternidad compartida como una realidad minoritaria (Pe-
drero, 2003; Larrañaga et al., 2004; Díez Mintegui, 2000)
198 Revista de Antropología Experimental, 16. Texto 13. 2016

madres16 desde la asunción “natural” de este rol de cuidadora principal, mostrando serias
dudas sobre una implicación duradera de sus parejas: «sí colabora, de momento sí, de aquí
a dos días se aburrirá, pero ahora mismo sí» (xxω). A ello se unen ciertas dinámicas de
exclusión del propio circuito asistencial que hace que los padres tengan que abandonar a las
madres durante las visitas médicas, dejando solas a sus mujeres en un momento marcado
por las limitaciones físicas.
Nos encontramos, pues, ante una situación ambivalente en la que si bien los padres se
muestran disponibles durante el puerperio hospitalario, constituyendo el principal apoyo
de las madres, la corresponsabilidad total encuentra sus limitaciones en una distribución
de roles mediada por las capacidades de lactación propias de la naturaleza materna. En este
sentido, los padres construyen su rol parentental en oposición a las madres, desde la premisa
de sujeto “colaborador”, mientras las madres ostentan el rol de cuidadoras principales. La
configuración social de la lactancia materna como la conducta “correcta” afianza esta dis-
tribución de roles determinada biológicamente, sirviendo de mediadora en la reproducción
humana entendida como bien social.

A modo de conclusión
En los contextos occidentales el contacto con las primeras asignaciones de rol parenteal
se produce ordinariamente en el marco de las dinámicas asistenciales propias de las institu-
ciones hospitalarias. En este «habitus» se va dibujando lo que significa ser padres, realidad
que tras el umbral del parto se prefigura a través de las dos tareas típicas del puerperio: la re-
cuperación materna y la instauración de las labores de crianza. De esta manera las primeras
atribuciones de rol se producen en el seno de una serie de decisiones que definirán el modelo
de crianza, patrón que cobra vida a través de las actitudes ante realidades como el tipo de
alimentación, la forma de dormir o la conducta ante los llantos del bebé. En este sentido, las
madres se encuentran con la dificultad de una presión social que ha situado el rol de la “bue-
na madre” en las actitudes de apego que incluyen la lactancia materna exclusiva. Coerción
que experimentan a la vez que son sometidas a una dinámica asistencial que, desde nocio-
nes tayloristas, quita importancia a las tareas de auxilio profesional durante el puerperio.
Se prefiguran así toda una serie de frustraciones en la asignación del nuevo rol maternal,
inducidas, en parte, por las propias dinámicas clínicas productivistas que no consideran que
interese reinvertir tiempo y dinero una vez que se ha obtenido el producto final, el bebé.
Pese a ello, a las madres les queda la dura tarea de recuperarse, y lo que es más importante,
cuidar a sus bebés, trabajo que necesita de un proceso de aprendizaje y asesoramiento, pese
a que haya sido simbolizado culturalmente como algo «innato». Se van configurando así los
claro-oscuros de una asignación del rol maternal impregnado de sentimientos de soledad
e impotencia. En estas circunstancias el recurso más cercano es el padre, que configura su
rol parental en oposición al de las madres, instaurándose así en un sujeto “colaborador”
cuyas tareas de auxilio sirven paradójicamente para reafirmar el rol materno de cuidadora
principal. Realidad que se prefigura desde unas coordenadas sociales que sitúan la conducta
deseable en la instauración de una lactancia materna exclusiva que hace patente, y en cierta
medida inevitable, la asignación de roles parentales desde las propias características de la
biología materna.

16 El obstetra francés Bernad This (1982) nos aporta una interesante revisión sobre las conductas tenidas por
maternales en los machos de especies animales, y por los relatos mitológicos que hablan de los embarazos y par-
tos masculinos. Su exploración etológica y mitológica llega a la conclusión de que existe una inhibición social
del deseo materno en los hombres.
Revista de Antropología Experimental, 16. Texto 13. 2016 199

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