100% encontró este documento útil (11 votos)
12K vistas1014 páginas

Moby Dick Version Ilustrada Herman Melville

Este documento presenta un resumen de la novela Moby Dick de Herman Melville. Explica que la novela se concibió como una respuesta estadounidense a la gran literatura europea que recoge la tradición romántica. A través de la industria ballenera, Melville crea un mundo épico que ha llegado a ser considerado la gran epopeya en prosa del mundo occidental. Además, el documento analiza los recursos lingüísticos y narrativos utilizados por Melville para lograr esta ambiciosa obra literaria.

Cargado por

Samuel Gascon
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (11 votos)
12K vistas1014 páginas

Moby Dick Version Ilustrada Herman Melville

Este documento presenta un resumen de la novela Moby Dick de Herman Melville. Explica que la novela se concibió como una respuesta estadounidense a la gran literatura europea que recoge la tradición romántica. A través de la industria ballenera, Melville crea un mundo épico que ha llegado a ser considerado la gran epopeya en prosa del mundo occidental. Además, el documento analiza los recursos lingüísticos y narrativos utilizados por Melville para lograr esta ambiciosa obra literaria.

Cargado por

Samuel Gascon
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

«Llamadme Ismael.

» Muy pocos personajes literarios hay hoy tan


conocidos como la ballena blanca, o Ismael o el capitán Ajab, y
probablemente no haya un inicio de novela tan famoso como el de
Moby-Dick. Concebida por Herman Melville como respuesta
norteamericana a la gran literatura europea de finales del siglo XVIII y
principios del XIX, Moby-Dick recoge la tradición romántica y gótica
dando forma a un épico poema que ha llegado a ocupar en Estados
Unidos el puesto de gran novela nacional y a ser considerada como
la gran epopeya en prosa del mundo occidental contemporáneo.
Herman Melville

Moby Dick. Versión ilustrada


o La Ballena

ePub r1.6
Piolin 10.09.2018
Título original: Moby-Dick or The Whale
Herman Melville, 1851
Traducción: Fernando Velasco Garrido
Ilustraciones: Rockwell Kent
Diseño de cubierta: Piolin

Editor digital: Piolin


Editor original del texto: GONZALEZ
Escaneo de imágenes: quimeras
ePub base r1.2
COMO MUESTRA
DE MI ADMIRACIÓN POR SU GENIO
DEDICO ESTE LIBRO
A
NATHANIEL HAWTHORNE
Introducción

No lo compre, no lo lea, pues en modo alguno es el tipo de libro apropiado


para usted. No es un pedazo de fina seda femenina de Spitalfields, es, por
el contrario, de la horrible textura de un lienzo que ha de tejerse con
cables y calabrotes de barco. Un viento polar lo atraviesa, pájaros de
presa se ciernen sobre él.

Estas un tanto irónicas palabras con las que el propio Herman Melville
anunciaba a una amiga la publicación de Moby-Dick probablemente tengan
hoy en día mayor fundamento del que tuvieron en el momento en que las
escribió. No es mi intención espantar a los lectores, pero creo justo
advertirles que Moby-Dick no es una novela de lectura fácil. Los que,
atraídos por la fama de «novela de aventuras» que la precede, busquen en
ella unas horas de cómodo entretenimiento es muy posible que sufran una
decepción.
De lo engañoso de esa fama aventurera da fe el hecho de que casi el
setenta por ciento de las múltiples ediciones existentes en castellano son
ediciones abreviadas o adaptadas. No deben de ser muchos los libros en
los que se dé una proporción —que más cabría llamar desproporción—
semejante. Quizá la Odisea y la Iliada, y probablemente el Quijote, que a
mí se me ocurran, sean los únicos que puedan igualársele en este aspecto.
Ahora bien, no siendo un logro menor que, aunque sólo sea en un
anecdótico dato, una novela pueda compararse con las obras citadas, sin
duda este logro será enorme si, como ocurre con Moby-Dick, la común
desproporción no es en realidad una mera anécdota, sino el síntoma de
compartir unos valores de mucho más calado. Y enorme será el mérito del
autor, si su objetivo fue precisamente el de que su obra compitiera con los
grandes clásicos en sus mismos planteamientos.
Cuando Melville concibió la novela, su propósito era escribir una obra
que expresara la nueva cultura propia y original de los Estados Unidos de
América. La flamante república estaba por entonces —mediados del siglo
XIX— todavía inmersa en pleno proceso de formación, y este proceso era
considerado por gran parte de sus habitantes como poco menos que un
nuevo inicio en la historia de la humanidad. Era ésta una idea que parecía
justificada por la pujanza y la originalidad que la nación había mostrado
en prácticamente todos los campos de la actividad humana. Sólo la
creación artística había permanecido anclada en un mezquino
provincialismo respecto a Europa, sin reflejar aún —casi setenta y cinco
años después de su constitución— el espíritu de la «nueva Canaán». O al
menos ésa era la sensación de gran parte de las personas que se dedicaban
a ella. Melville era uno de los que creían llegado el momento de esa
manifestación artística original; aunque, a diferencia de casi todos los
demás, también era consciente de la perversión de arrogancia implicada en
todo ello, y de la necesidad de que la obra la reflejara.
Para abordar semejante empresa, en lugar de apoyarse en el incipiente
realismo que comenzaba a despuntar en Europa, buscó apoyo en los
planteamientos teóricos de la tradición romántica —por entonces ya en
decadencia—. Esos planteamientos, que en sus orígenes en Alemania se
habían fundamentado precisamente en la expresión de la cultura propia de
un pueblo, le permitían —le dictaban en parte— acudir a la épica y a la
mitología y, por tanto, a un registro mucho más adecuado para unos
propósitos tan ambiciosos. De este modo, partiendo de un ambiente tan
prosaico como el cotidiano de una nación donde, por no haber aristócratas,
todos lo eran, podría crear una atmósfera tan grandiosa y prodigiosa como
la de las grandes sagas épicas.
La estrategia de Melville para lograrlo fue verdaderamente ingeniosa.
La elección de la industria ballenera del cachalote, en la que los Estados
Unidos eran pioneros y líderes mundiales, y que era una actividad
peligrosa, sangrienta y escabrosa, y también muy rentable, le
proporcionaba un espacio metafórico perfecto. Los marineros empleados
en ella, desheredados de todos los rincones del planeta, eran candidatos
inigualables para emular irónicamente a los guerreros aqueos de Homero.
Pero el más sagaz de sus recursos fue el de elegir como punto de apoyo
para la acción la isla de Nantucket, una pequeña extensión de dunas
cercana a la costa de Massachussets, cuyo puerto había sido el pionero y el
más importante en la pesquería del cachalote, pero que con el progreso de
la industria —su bahía no admitía los nuevos barcos de mayor calado—
había caído en decadencia, adquiriendo a la vez un carácter legendario
respecto a los demás puertos balleneros, ahora comercialmente superiores.
Melville logra así desde el inicio crear una atmósfera proverbial. Ismael,
el narrador y protagonista, llega en los primeros capítulos a un puerto
distinto —New Bedford, el puerto más pujante del momento—, pero elige
trasladarse desde allí hasta Nantucket para buscar un barco en el que
enrolarse, pues Nantucket ha sido «la gran pionera», «el lugar donde
encallaron la primera ballena americana a la que se dio muerte».
No obstante, el verdadero tesoro que Melville saca de la isla proviene
de que la inmensa mayoría de los habitantes de Nantucket pertenece a la
secta de los cuáqueros, y éstos, por motivos religiosos, se expresan en un
dialecto propio, llamado plain speech —«habla simple»—, que está
marcado por una serie de rasgos arcaizantes que apenas le diferencian del
inglés de la Inglaterra isabelina. Gracias a ello, Melville no sólo se puede
permitir redactar una parte considerable de los diálogos y soliloquios en
un lenguaje que se asemeja más al inglés de Shakespeare que al inglés
norteamericano de su época, sino que logra hacer que ese tono, que él
mismo califica de «altivamente dramático», impregne todo el texto, y así,
mediante esta feliz argucia —que es una de las claves formales de la
novela—, hace que la creación de un mundo mítico se inicie a partir del
propio lenguaje.
Pero además, aun acudiendo al habla de los cuáqueros, Melville no
renuncia a la de la sociedad contemporánea norteamericana; de tal manera
que, mediante una permanente soterrada ironía —la ironía romántica—,
enlaza ese altivamente dramático arcaísmo con el tono ampuloso y
artificioso empleado en la oratoria norteamericana de su época —la que ve
en la gestación de la nación un nuevo inicio de la humanidad—, y abre con
ello un gran abanico de recursos retóricos en donde logra una sutil mezcla
de la más rebuscada elocuencia con los toscos coloquialismos locales,
dejando que la narración fluya entre formas de narrar distintas, de la
ficción al ensayo y al drama, de la épica a la lírica y a la sátira,
acercándose a veces al lenguaje científico de la época, o a la retórica
política, o a los sermones religiosos, o a las sentimentaloides narraciones
de los panfletos de las sociedades reformistas, tan presentes entonces en la
cultura norteamericana. Aborda, así, el proceso de escritura con una
originalidad y una osadía formal inusitadas para su época, que anticipa
recursos que sesenta años más tarde serán explotados por la vanguardia
literaria. El resultado material de todo ello es un texto de inaudita
puntuación, en el que es frecuente la agrupación de calificativos
yuxtapuestos —a veces hasta cinco—, con oraciones inacabables, de una
complejidad sintáctica difícilmente abarcable en ocasiones, que emplea un
léxico rebuscado, arcaizante, repleto a la vez de neologismos, y que
muchas veces es tan inusual que su lectura no resulta precisamente fluida.
Tras todo lo dicho, me parece que debo reiterar con énfasis que en
verdad no hay nada más lejos de mi intención que espantar al lector. Es
cierto que en la novela hay pasajes que en apariencia son meramente
eruditos, que hay digresiones frecuentes que interrumpen el hilo de la
acción, una profusión de citas doctas que a veces puede ser abrumadora, y
complejas exposiciones llenas de conceptos filosóficos, religiosos y
psíquicos, que en ocasiones resultan embarullados y difíciles de
comprender. Pero la fama de Moby-Dick como novela de aventuras sí tiene
fundamento. Moby-Dick cumple casi todos los requisitos que se le piden a
una obra para colgarle esa etiqueta. Su planteamiento inmediato es
sencillo, hay mucha acción, dramatismo, largos viajes, escenarios
exóticos, leyendas y supersticiones, culturas y pueblos primitivos, y otros
muchos elementos que, si no necesarios, sí son típicos del género: el mar,
con sus calmas, sus tormentas y tifones, e incluso sus piratas; un personaje
bisoño enfrentado a un ambiente adulto hostil, repleto de personajes
extravagantes y aterradores; una polarización entre Oriente y Occidente;
una portentosa moneda de oro; y, por supuesto, un animal legendario que
parece encarnar los más profundos temores del ser humano.
La reputación de Melville en su tiempo era, de hecho, la de un autor de
libros de aventuras. Fueron sus dos primeras obras, tituladas Typee y
Omoo, las que le granjearon esa fama. Ambas se presentaron como relatos
testimoniales de sus correrías por los Mares del Sur, pues Melville, como
muchos otros jóvenes de su tiempo, con poco más de veinte años y
buscando más la aventura que un trabajo remunerado, se había embarcado
en un barco ballenero. Seis meses después de zarpar, cuando ese barco
fondeó en Nukuhiva, la mayor de las islas del archipiélago de las
Marquesas, Melville desertó y, junto con un compañero de tripulación, se
internó en la isla. No hay constancia de que las condiciones del barco o la
conducta del capitán hubieran sido excepcionalmente duras, pero tampoco
era eso condición necesaria para la fuga. El porcentaje medio de
deserciones en cada expedición era superior a la mitad de los tripulantes.
Y el motivo de muchas de ellas era, nuevamente, el simple afán de
aventura. Las islas Marquesas eran legendarias por su enorme belleza y
por la liberalidad de la conducta de sus mujeres; aunque también lo eran
por las costumbres caníbales de los feroces guerreros de algunas de sus
tribus. Melville y su compañero de fuga fueron capturados por una de las
de peor reputación, los typee. A los pocos días de su captura su compañero
logró escapar, pero Melville, con una extraña lesión o infección en una
pierna, que prácticamente le impedía andar, tuvo que convivir con ellos
durante un mes. Contrariamente a sus temores, el trato que recibió de los
nativos fue amigable. Una vez recuperado de su dolencia, éstos, a cambio
de quincalla, le entregaron a otro ballenero que había fondeado en la isla y
que estaba escaso de tripulación. Su estancia en este barco fue mucho más
corta. Un mes y medio más tarde, cuando el barco arribó a la no muy
lejana Tahití, toda la tripulación, incluido Melville, se amotinó, y todos
fueron desembarcados y encarcelados durante unas semanas en una prisión
local de muy escasa disciplina. Una vez liberado, vagabundeó por las islas,
trabajó como peón de granja en la vecina isla de Moorea, y finalmente se
embarcó en un tercer ballenero, en el que sólo permaneció cinco meses, y
del que, al haberse enrolado sólo «a travesía» —es decir, reservándose el
derecho a desembarcar siempre que el barco tocara tierra—, pudo
despedirse sin ningún problema cuando el barco fondeó en Lahaina, la
antigua capital de Hawai, en la isla de Maui. Allí permaneció dos meses y
medio, trabajando primero en el entonces nada chocante empleo de
colocar los bolos en una bolera, y posteriormente como contable de una
tienda. Finalmente se enroló de nuevo, esta vez en una fragata de la marina
estadounidense, en la que sirvió como marinero raso durante algo más de
un año, hasta que desembarcó en Boston, donde recibió la licencia con
todos los honores. En total había estado fuera tres años y nueve meses.
De esta experiencia —y de otra previa como marinero en un barco de
la travesía del Atlántico— Melville obtendría el material básico no sólo
para esas dos primeras obras, sino también para las tres siguientes y para
Moby-Dick, todas ellas presentadas ya como obras de ficción. La relación
entre su propia experiencia y la ficción desempeña un papel peculiar en
sus obras. Como se ha demostrado con posterioridad, en los dos libros
presentados como autobiográficos lo verídico no alcanza más allá de la
línea argumental más general, estando el resto o bien tomado de fuentes
literarias, o bien simplemente sacado de su imaginación. Pero,
curiosamente, en las obras presentadas como ficción, la relación se
invierte, y en un hilo documental novelesco se insertan alusiones
personales que establecen rasgos de identidad entre los personajes y el
autor, o que apuntan a episodios concretos de la biografía de éste. Dichas
alusiones, que por otra parte pasarán desapercibidas para el lector que
desconozca la biografía de Melville, forman parte de una complejidad que
constituye uno de los grandes atractivos de Moby-Dick. La novela es una
obra de enorme profundidad, que admite múltiples lecturas —política,
religiosa, filosófica, psicológica—, que está plagada de sugerencias e
insinuaciones, alegorías y símbolos. En ella no es difícil encontrar
coincidencias sorprendentes, aparentes incongruencias que no lo son, leves
indicaciones apenas perceptibles que varían el sentido de pasajes o se lo
confieren a otros aparentemente superficiales y, más importante, muchos
detalles que llaman la atención del lector atento, pero que, por mucho que
sugieran ocultar algo, se examinen como se examinen, no parece posible
encontrar nada tras ellos. Eso ha hecho que en Moby-Dick se hayan
querido ver todo tipo de esotéricos saberes, algo que la propia novela
parece encargarse de rechazar: «Nos inclinamos a pensar que el problema
del universo es como el gran secreto del francmasón, tan terrible para
todos los niños. Finalmente resulta que consiste en un triángulo, una maza
y un delantal… ¡nada más!».
Pero resulta evidente que Moby-Dick carece de la sencillez de una
típica novela de aventuras. No es comparable a las obras de otros autores
de la época, como Fenimore Cooper o Rider Hagard, y exige muchísima
más atención del lector que las obras de éstos. Y no sólo por su
complejidad, sino que ofrece múltiples pasajes que superan ampliamente
en interés e intriga, en dramatismo y emoción a todo lo que estos autores
hayan podido escribir. El esfuerzo que pueda exigir su lectura es un
esfuerzo que queda compensado con creces, pues Moby-Dick posee la rara
cualidad de ser una obra que tarda en ser apreciada, pero que, cuando
comienza a serlo, inspira una auténtica devoción.
Cuando se publicó, en el año 1851, pasó prácticamente desapercibida
tanto en Estados Unidos como en Inglaterra. Las críticas, exceptuando
alguna ofendida por su irreverencia, no fueron malas, pero las ventas
fueron escasas y la novela pronto pareció quedar olvidada. Su lenta
recuperación parece casi una novela en sí misma. Su fama inicial hay que
situarla en la pequeña sociedad de viajeros diletantes que en la segunda
mitad del siglo XIX deambulaba por el Imperio colonial inglés sin rumbo
ni propósito fijo. Su creciente popularidad la llevó a los círculos más
progresistas del Londres de las últimas décadas del siglo XIX, los de la
Hermandad Prerrafaelita o la Fabian Society —William Morris recitaba
de memoria largos pasajes de la novela—, en los que se asociaba a
Melville con Thoreau y con Whitman, autores en los que se valoraba un
carácter trasgresor que encarnaba la rebelión contra la represiva moral y la
injusticia social de la época victoriana. En estos ambientes Moby-Dick
llegó a convertirse en una auténtica obra de culto —seguramente una de
las primeras a las que cabe aplicar este término— y hubo círculos de
adeptos a Melville que atesoraban los pocos ejemplares de sus obras
existentes.
Durante las primeras décadas del siglo XX el círculo de seguidores se
fue ensanchando e incluyó a personajes tan notables como la mayor parte
del círculo de Bloomsbury, Virginia Woolf y Lytton Strachey entre ellos,
así como a personas cercanas, como Aldous Huxley, D. H. Lawrence y
George Bernard Shaw. Lo mismo ocurrió con los cada vez más numerosos
autores de ficción marítima, género que se desarrolló a la sombra de la
novela. Finalmente, en 1920, la edición de Moby-Dick en la popular
colección Oxford World’s Classics supuso la definitiva consagración de la
obra en Inglaterra, donde se convirtió en un auténtico best-seller.
En los Estados Unidos el proceso fue algo más lento. Hubo entusiastas
aislados, como E. C. Stedman, un financiero, editor y poeta, que entabló
amistad con Melville —de las escasas amistades que éste cultivó en la
última parte de su vida— y que en 1893, dos años después de la muerte del
autor, publicó la segunda edición de la novela. A partir de entonces ésta
fue ganando prestigio rápidamente y, en especial tras el centenario del
nacimiento de Melville en 1919, empezó a postularse como la «gran
novela americana» que la sociedad estadounidense se empeñó en buscar
durante la mayor parte del siglo XX.
Su traducción a otras lenguas no llegó hasta la década de los años
treinta del siglo pasado, pero desde entonces su popularidad en la Europa
continental creció muy rápidamente; y en especial a partir de la muy
correcta versión filmada por John Huston en 1956, la novela pasó a ocupar
un lugar preeminente en la mitología popular. Muy pocos personajes
literarios hay hoy tan conocidos como la ballena blanca, o el capitán Ajab,
y no es exagerado decir que probablemente no hay un inicio de novela tan
famoso como el de Moby-Dick. Millones de personas que ni siquiera han
intentado abrir el libro reconocen la alusión a él cuando alguien dice
«llamadme…» y añade cualquier nombre, lo mismo que gritan «¡allí
resopla!» cuando la expresión se puede adecuar jocosamente a una
situación concreta. Las alusiones a la novela están en todas partes, desde
bares y restaurantes —en Madrid, en donde escribo estas líneas, existe un
conocido local de música en vivo llamado Moby Dick—, hasta juguetes, e
incluso cosméticos. Sin embargo, también en este aspecto el libro está en
una categoría similar a la de los grandes clásicos: su lectura representa
para muchos un reto no fácil de superar. En los Estados Unidos la
obligatoriedad de la misma en las escuelas se ha convertido en tópico de
tarea tediosa. Su reputación allí es, en este sentido, similar a la del Quijote
en el nuestro, peor si cabe, pues su erudición le hace ser un libro más
antipático que éste, y su ironía y su humor son más difíciles de captar. Si
aquí se dice de algo complejo que tiene «más enjundia que el Quijote», en
los Estados Unidos se dice que Moby-Dick es «un libro para hacer una
tesis». Su apreciación conserva en este aspecto cierto carácter iniciático,
similar a ése que vimos que tuvo en Inglaterra cuando nadie apenas lo
conocía. De ahí que su popularidad sea siempre notoria entre los jóvenes y
entre las personas de tendencias más radicales, que ven en él un texto
revelatorio y revolucionario, inaccesible para la «mayoría burguesa». De
ahí también su señalada vigencia, su perenne modernidad —un rasgo más
que compartir con la Iliada y la Odisea y el Quijote—. No quiero adelantar
nada del contenido del libro, ni orientar el criterio del lector, pero tras leer
los primeros capítulos estoy seguro de que éste convendrá en que pocas
novelas expresan mejor lo ridículo de los prejuicios raciales, nacionales,
religiosos, culturales o sexuales. ¿Qué puede ser más «actual»?
La suerte de Moby-Dick en España no ha sido muy buena. A pesar de
los reiterados elogios de ilustres personajes de nuestras letras, y de la
innegable popularidad de la novela, las múltiples ediciones españolas no le
han hecho justicia. De las doce traducciones al castellano previas a la mía,
sólo un par de ellas alcanza un nivel aceptable y hasta el año 2007 no ha
existido una verdadera edición anotada[1]. La presente es una
reelaboración de esa que yo realicé, con las notas reducidas a lo que se ha
considerado indispensable para que el lector no se pierda en el texto.
También he tenido la oportunidad de rehacer la traducción, lo que me ha
permitido corregir un par de inexplicables —e inexcusables— errores, y
limar bastantes asperezas que, en mi afán por preservar la singularidad de
la prosa, había dejado en el texto sin verdadera justificación.
Etimología
(Aportada por un bedel tísico de una escuela de gramática, ya
fallecido)

[El pálido bedel… raído de levita, corazón, cuerpo y cerebro; le veo


ahora. Siempre estaba desempolvando sus viejos léxicos y gramáticas con
un singular pañuelo, burlonamente embellecido con todas las alegres
banderas de todas las naciones conocidas del mundo. Le encantaba
desempolvar sus viejas gramáticas; de algún modo, tenuemente le
recordaba su propia mortalidad.]
Etimología

«Cuando aceptáis la tarea de educar a los otros, y enseñarles con qué


nombre una ballena ha de ser llamada en nuestra lengua, dejando de lado
por ignorancia la letra H, que casi constituye por sí sola la significación de
la palabra, expresáis lo que no es cierto.»
Hackluyt

«WHALE. * * * Del sueco y el danés hval. Este animal se denomina a


partir de su redondez o de su voltear; pues, en danés, hvalt significa
arqueado o abovedado.»
Webster’s Dictionary

«WHALE. * * * Deriva de manera más inmediata del holandés y el


alemán Wallen; anglosajón, Walwian, voltear, revolcar.»

Richardson Dictionary

‫ תר‬hebreo
κητος griego
cetus latín
whæl anglosajón
hval danés
wal holandés
hwal sueco
hvalur islandés
whale inglés
baleine francés
ballena español
pekee-nuee-nuee fijiano
pehee-nuee-nuee erromangoano
Extractos
(Aportados por un ayudante de ayudante de bibliotecario)

[Se verá que este simple esforzado escarbador y hormiga, pobre diablo
de ayudante de ayudante, parece haber recorrido los largos vaticanos y los
puestos callejeros de la Tierra, escogiendo cualesquiera aleatorias
alusiones a ballenas que de todo modo pudiera encontrar en cualquier libro
que fuese, ya fuera sagrado o profano. Por lo tanto, no debéis tomar los
desordenados asertos sobre ballenas de estos extractos, al menos no en
todos los casos y por muy auténticos que sean, por una verdadera
evangélica cetología. Ni mucho menos. En lo tocante a los autores
antiguos en general, lo mismo que a los poetas que aquí aparecen, estos
extractos sólo son valiosos o amenos por proporcionar una panorámica
general, a vista de pájaro, de lo que promiscuamente ha sido dicho,
pensado, imaginado y cantado del Leviatán[2] por muchas naciones y
muchas generaciones, incluyendo la nuestra.
Así que adiós, pobre diablo de ayudante de ayudante, cuyo comentador
yo soy. Vos pertenecéis a esa pálida y desahuciada estirpe que ningún vino
de este mundo confortará jamás; y para la que incluso el jerez pálido
resultaría demasiado rojizo y fuerte; mas con la cual a veces a uno le
agrada sentarse, y sentirse pobre diablo también; y solidarizarse entre
lágrimas; y decirles simple y llanamente, con ojos cargados y vasos
vacíos, y con tristeza no del todo desagradable… ¡Abandonad, ayudantes
de ayudantes! ¡Pues cuantas más y mayores molestias os toméis para
agradar al mundo, tanto más y mayormente quedaréis por siempre sin
agradecimiento! ¡Ojalá que pudiera vaciar Hampton Court y las Tullerías
para vos! Pero tragaos vuestras lágrimas, y corred con vuestros corazones
arriba al sobremastelerillo; pues vuestros amigos, que han partido antes,
están vaciando los cielos de siete pisos para vuestra llegada, y
convirtiendo en refugiados a Gabriel, a Miguel y a Rafael. Aquí sólo
chocáis corazones rotos… ¡allí chocaréis irrompibles vasos!]

Extractos

«Y Dios creó grandes ballenas.»


Génesis.

«Leviatán hizo un camino para que brillara tras él;


se diría que el piélago era cano.»
Job.

«El Señor había dispuesto un gran pez para que se tragara a Jonás.»
Jonás.

«Ahí van los barcos; ahí está ese leviatán que vos habéis hecho para
que allí actúe.»
Salmos.

«En aquel día, el Señor, con su afligida y grande y fuerte espada,


castigará a Leviatán, la punzante serpiente, la tersa Leviatán, esa retorcida
serpiente; y matará al dragón que está en el mar.»
Isaías.

«Y cualesquiera cosa, además, que llegue dentro del caos de la boca de


este monstruo, sea animal, lancha o piedra, todo va incontinentemente
abajo de ese nauseabundo trago suyo, y perece en el insondable golfo de su
panza.»
Moralia, de Plutarco, según Holland.
«El mar Índico cría la mayor cantidad de peces, y los de mayor tamaño
que hay: de los cuales las ballenas, y los torbellinos, también así llamados,
abarcan una longitud semejante a cuatro acres o arpendes de tierra.»
Plinio, según Holland.

«Apenas habíamos procedido dos días en el mar, cuando hacia la


puesta de sol apareció una gran cantidad de ballenas, y otros monstruos del
mar. Entre las primeras, una era de un tamaño de lo más monstruoso. * *
Ésta vino hacia nosotros, con la boca abierta, alzando las olas por todos los
lados, y batiendo espuma en el mar ante sí.»
«Historia verdadera», según Tooke.

«Visitó este país también con intención de capturar ballenas-caballo,


que como dientes tenían huesos de muy gran valor, de los cuales trajo
algunos al rey. * * * Las mejores ballenas fueron capturadas en su propio
país, de las cuales algunas eran de cuarenta y ocho, y algunas de cincuenta
yardas de longitud. Dijo que él era uno de seis que habían matado sesenta
en dos días.»
Narrativa verbal de Other u Octher, recogida de sus labios por el rey
Alfred. d.C. 890.

«Y mientras que todas las otras cosas, sean animales o navíos, que
entran en el terrible golfo de la boca de este monstruo (ballena),
desaparecen y son tragadas inmediatamente, el gobio se retira dentro de
ella con gran seguridad, y allí duerme.»
Montaigne, Apología para Raimond Sebond.

«¡Volemos, volemos! Que Pedro Botero me lleve si Leviatán no es


descrito por el noble profeta Moisés en la vida del paciente Job.»
Rabelais.

«El hígado de esta ballena era de dos carretadas.»


Anales de Stowe.

«El gran Leviatán que hizo bullir los mares como una sartén
hirviendo.»
Versión de lord Bacon de los Salmos.

«En referencia a la monstruosa mole de la ballena u orca, no hemos


recibido nada concreto. Engordan excesivamente, en tanto que de una
ballena se extrae tan increíble cantidad de aceite.»
Ibidem, «Historia de vida y muerte».

«Lo más excelente del mundo para una contusión interna es


parmaceti.»
Rey Henry.

«Muy similar a una ballena.»


Hamlet.

«Que para recurrir, ninguna habilidad del arte del escurrido


puede permitirle, sino volver de nuevo
a su obrero herido, que con encantadora lanza,
golpeando su pecho, había alimentado su inquieto dolor,
como la ballena herida desde alta mar se apresura a la orilla.»
La reina de las hadas.

«Inmenso como ballenas, de cuyos enormes cuerpos el movimiento


puede en una plácida calma agitar el océano hasta hacerlo bullir.»
Sir William Davenant, prefacio a Gondibert.

«Lo que el spermaceti es pueden dudarlo los hombres con justicia,


pues el erudito Hosmanus, en su obra de treinta años, dijo sencillamente:
Nescio quid sit.»
Sir T. Browne, Del spermaceti y de la ballena spermaceti,Vide su V. E.

«Como el Talus de Spencer con su moderno mayal


amenaza destrucción con su pesada cola
*****
Sus fijas picas en su costado porta
Y en su lomo un bosque de picas aparece.»
Batalla de las islas del verano, de Waller.

«Por arte es creado ese gran Leviatán, llamado una mancomunidad


estatal… (civitas, en latín), que sólo es un hombre artificial.»
Frase inicial del Leviatán de Hobbes.

«El estúpido Mansoul lo tragó sin masticar, como si hubiera sido un


espadín en la boca de la ballena.»
La Guerra Santa.

«Ese animal del mar,


Leviatán, que Dios de todas sus obras
Creó el más grande, que en la corriente oceánica nada.»
El Paraíso perdido.

«Allí Leviatán,
Mayor de todas las criaturas vivas del piélago,
Estirado como un promontorio, duerme o nada,
Y parece una tierra móvil; y en sus agallas
Absorbe, y con su respiración suelta a chorros, un mar.»
Ibidem.

«Las poderosas ballenas que nadan en un mar de agua, y tienen uno de


aceite en ellas.»
El Estado profano y el santo, de Fuller.
«Tan cerca tras un promontorio yacen
Los enormes leviatanes para esperar su presa,
Y no dan caza, sino que tragan a los pequeños peces
Que yerran su camino a través de sus abiertas mandíbulas.»
Annus Mirabilis, de Dryden.

«Mientras la ballena está flotando en la popa del barco, cortan su


cabeza, y la remolcan con una lancha lo más cerca de la orilla que pueda
llegar; aunque encallará en doce o trece pies de agua.»
Diez viajes a Spitzbergen, en Purchass, de Thomas Edge.

«En su camino vieron muchas ballenas jugando en el océano, y


gratuitamente esparciendo el agua a través de sus tuberías y conductos de
respiración que la naturaleza ha situado en sus hombros.»
Las expediciones de sir T. Herbert en Asia y África.
Harris Col.

«Aquí vieron tales enormes tropas de ballenas, que se vieron forzados


a proceder con muchísima precaución, por miedo a pasar el barco sobre
ellas.»
Sexta circunnavegación, de Schouten.

«Nos hicimos a la vela desde el Elba, viento noreste, en el barco


llamado el Jonás en la Ballena. * * *
Algunos dicen que la ballena no puede abrir la boca, pero eso es un
cuento. * * *
Frecuentemente suben a los mástiles para ver si pueden ver una
ballena, pues el primero que la descubre, obtiene un ducado por su
esfuerzo. * * *
Me hablaron de una ballena capturada cerca de Shetland, que tenía más
de un barril de arenques en su estómago. * * *
Uno de nuestros arponeros me dijo que él capturó una vez una ballena
en Spitzbergen que era enteramente blanca.»
Una expedición a Groenlandia, 1671 d.C.
Harris Col.

«Varias ballenas han llegado a esta costa (Fife). Anno 1652, llegó una
de ochenta pies de longitud de la clase de barba de ballena, que (como se
me informó), además de una enorme cantidad de aceite, aportó 500
pesadas de barba de ballena. Las mandíbulas suyas se yerguen como
puerta en los jardines de Pitferren.»
Fife y Kinross, de Sibbald.

«Yo me había comprometido a intentar ver si podía dominar y matar a


esta ballena spermaceti, pues nunca había oído de una de esta clase que
fuera muerta por el hombre, tal es su fiereza y su rapidez.»
Carta desde las Bermudas, de Richard Strafford,
Phil. Trans. 1668 d.C.

«Las ballenas en el mar


la voz de Dios obedecen.»
N. E. Primer.

«Vimos también abundancia de grandes ballenas, existiendo más en


aquellos mares del sur, puedo afirmar, en proporción de cien a uno; de las
que tenemos al norte de nosotros.»
Expedición alrededor del globo, del capitán Cowley. 1729 d.C.

* * * «y el aliento de la ballena frecuentemente va unido a un olor tan


insoportable, que llega a producir desórdenes en el cerebro.»
Sudamérica, de Ulloa.

«A cincuenta sílfides escogidas de especial nota


confiamos el importante asunto de la enagua.
Frecuentemente hemos sabido que siete capas proteger no logran,
aun rígidas de aros y armadas con costillas de ballena.»
Robo del rizo.

«Si comparamos animales de tierra con respecto a magnitud, con


aquellos que hacen en el piélago su morada, encontraremos que en la
comparación resultan despreciables. La ballena es, sin duda, el animal más
grande de la Creación.»
Goldsmith, Historia Natural.

«Si escribierais una fábula para peces pequeños, les haríais hablar
como grandes ballenas.»
Goldsmith a Johnson.

«Por la tarde vimos lo que se suponía era una roca, pero se descubrió
que era una ballena muerta que unos asiáticos habían matado, y que
estaban remolcando a tierra. Parecían esforzarse por ocultarse detrás de la
ballena, con objeto de evitar que les viéramos.»
Viajes de Cook.

«Raramente se aventuran a atacar a las ballenas mayores. Tienen tal


pavor a algunas de ellas, que cuando están en mar abierto, incluso tienen
miedo de mencionar sus nombres, y en sus lanchas llevan estiércol, piedra
caliza, madera de enebro y otros artículos de la misma naturaleza, con
objeto de asustarlas y evitar un acercamiento demasiado próximo.»
Correspondencia de Uno von Troil sobre el viaje a Islandia de Bank y
Solander en 1772.

«La ballena spermaceti encontrada por los nantuckeses es un animal


activo y fiero, y exige de los pescadores enorme coraje y osadía.»
Thomas Jefferson, memorial sobre la ballena para el embajador francés
en 1778.
«Y por favor, señor, ¿qué hay en el mundo que se la iguale?»
Edmund Burke, referencia en el Parlamento a la pesquería de la ballena
de Nantucket.

«España… una gran ballena encallada en las costas de Europa.»


Edmund Burke (en alguna parte).

«Una décima rama de las rentas ordinarias del rey, que se dice
fundamentada en la consideración de su custodia y protección de los mares
ante piratas y asaltantes, es el derecho al pez real, que son la ballena y el
esturión. Y éstos, cuando o bien encallan en tierra, o bien son capturados
cerca de la costa, son propiedad del rey.»
Blackstone.

«Pronto las tripulaciones vuelven al ejercicio de la muerte:


Rodmon, infalible, sobre su cabeza suspende
El ganchudo acero, y cada ocasión espera.»
El naufragio, de Falconer.

«Brillantes relucían los tejados, las cúpulas, los chapiteles,


y cohetes volaban autoimpulsados,
a colgar su momentáneo fuego
alrededor de la bóveda del cielo.
Para comparar así fuego con agua,
el océano sirve en lo alto,
lanzado a chorro por una ballena al aire
para expresar voluminosa alegría.»
Cowper, sobre la visita de la reina a Londres.

«Diez o quince galones de sangre son arrojados del corazón de un


latido, con inmensa velocidad.»
John Hunter, descripción de la disección de una ballena (una de tamaño
pequeño).

«La aorta de una ballena es de calibre más grande que la tubería


principal del alcantarillado en el puente de Londres, y el agua que ruge en
su fluir a través de esa tubería es menor en su ímpetu y velocidad que la
sangre que mana del corazón de la ballena.»
Teología, de Paley.

«La ballena es un animal mamífero sin extremidades inferiores.»


Baron Cuvier.

«A cuarenta grados sur vimos ballenas spermaceti, pero no capturamos


ninguna hasta el primero de mayo, cuando el mar estuvo cubierto de
ellas.»
Viaje con el propósito de extender la pesquería de la ballena spermaceti,
de Colnett.

«En el libre elemento bajo mí nadaba,


braceaba y buceaba, jugando, persiguiendo, luchando,
con peces de todo color, forma y clase;
cuyo lenguaje no puedo representar, y que ningún marinero
jamás ha visto; desde el terrible leviatán
hasta diminutos millones que pueblan cada ola:
se agrupan en inmensos bancos, como islas flotantes,
conducidos por misteriosos instintos a través de esa desolada
región carente de senderos, aunque por cada lado
asaltados por voraces enemigos,
ballenas, tiburones y monstruos, armados al frente o mandíbula,
con espadas, sierras, cuernos espirales o garras ganchudas.»
El mundo antes del diluvio, de Montgomery.

«¡Io! ¡Gloria! ¡Io! Canta,


al rey del pueblo dotado de aletas.
Ninguna ballena más poderosa que ésta
hay en el enorme Atlántico;
ni un pez más gordo que él
bracea alrededor del mar polar.»
Triunfo de la ballena, de Charles Lamb.

«En el año 1690 había algunas personas en una elevada colina mirando
las ballenas que entre ellas echaban chorros una y otra vez, cuando uno
observó: allí —señalando el mar— hay verdes pastos donde los nietos de
nuestros hijos irán a conseguir el pan.»
Historia de Nantucket, de Obed Macy.

«Construí una granja para Susan y para mí, e hice un pórtico en forma
de arco gótico, colocando en pie los huesos de la mandíbula de una
ballena.»
Relatos dos veces narrados, de Hawthorne.

«Vino a encargar un monumento para su primer amor, al que una


ballena había matado en el océano Pacífico hace no menos de cuarenta
años.»
Ibidem.

«“No, señor, es una ballena franca”, contestó Tom; “vi su chorrear;


soltó hacia arriba un par de arco iris tan bonitos como cristiano pueda ver.
¡Ésa es un verdadero tonel de aceite!”.»
El piloto, de Cooper.

«Trajeron los periódicos, y en la Gaceta de Berlín vimos que allí


habían presentado ballenas en los teatros.»
Conversaciones con Goethe, de Eckermann.
«“¡Dios mío! Señor Chase, ¿qué es lo que ocurre?” Yo contesté:
“Hemos sido desfondados por una ballena”.»
«Narrativa del naufragio del barco ballenero Essex, de Nantucket, que fue
atacado y finalmente destruido por un gran cachalote en el océano
Pacífico», por Owen Chase de Nantucket, primer oficial de dicho navío,
Nueva York, 1821.

«Un marinero estaba sentado en los obenques una noche,


el viento silbaba franco;
ahora brillante, ahora oscuro, era el pálido resplandor de la luna,
y el fósforo relucía en la estela de la ballena,
mientras nadaba en el mar.»
Elizabeth Oakes Smith.

«La cantidad de estacha retirada de las distintas lanchas que


participaron en la captura de esta ballena midió en total 10.440 yardas, es
decir, cerca de seis millas inglesas.» * * *
«A veces la ballena agita su tremenda cola en el aire, que, restallando
como un látigo, resuena a la distancia de tres o cuatro millas.»
Scoresby.

«Rabioso por los sufrimientos que soporta de estos nuevos ataques, el


furioso cachalote voltea una y otra vez; echa atrás su enorme cabeza, y con
mandíbulas muy abiertas muerde todo lo que hay a su alrededor; embiste a
las lanchas con su cabeza; éstas son impelidas ante él con enorme rapidez,
y a veces destruidas totalmente.
* * * Es materia de gran asombro que la consideración de los hábitos
de un animal (como el cachalote) tan interesante, y tan importante desde
un punto de vista comercial, haya sido tan enteramente ignorada, o haya
suscitado tan poca curiosidad entre los numerosos, y muchos de ellos
competentes, observadores que en los últimos años han dispuesto de las
más abundantes y las más convenientes oportunidades de ser testigos de
sus hábitos.»
Historia del cachalote, de Thomas Beale, 1839.

«El cachalote (ballena de esperma) no sólo está mejor armado que la


ballena auténtica (ballena franca o de Groenlandia), al poseer un arma
formidable en cada extremidad de su cuerpo, sino que también demuestra
con mayor frecuencia una disposición a emplear estas armas
ofensivamente, y de un modo tan hábil, osado y malicioso, como para
hacer que se le mire como la ballena más peligrosa de atacar de todas las
especies conocidas de la estirpe de ballenera.»
Expedición ballenera alrededor del mundo, de Frederick Debell Bennett,
1840.

«13 de octubre.
—Allí resopla —fue cantado desde el tope.
—¿Por dónde? —requirió el capitán.
—A tres puntos de la amura de barlovento, señor.
—Arriba la rueda. ¡Firme!
—Firme, señor.
—¡Ah del tope! ¿Veis ahora esa ballena?
—¡Sí, sí, señor! ¡Una manada de cachalotes! ¡Allí resopla! ¡Ahí
rompe!
—¡Cantadlo!, ¡cantadlo cada vez!
—¡Sí, sí, señor! ¡Allí resopla!, allí… allí… allá resopla… sopla…
¡sooopla!
—¿A qué distancia?
—Dos millas y media.
—¡Truenos y relámpagos!, ¡tan cerca! ¡Llamad a toda la tripulación!»
Bosquejos de una travesía ballenera, de J. Ross Browne, 1846.

«El ballenero Globe, navío a bordo del cual sucedieron los horribles
hechos que vamos a relatar, pertenecía a la isla de Nantucket.»
«Narrativa del motín del Globe», por Lay y Hussey, supervivientes, 1828
d.C.
«Siendo en una ocasión perseguido por una ballena que había herido,
evitó durante un tiempo el ataque con una lanza; mas el furioso monstruo
finalmente se lanzó contra la lancha; siendo salvados él mismo y los
camaradas sólo gracias a que saltaron al agua cuando vieron que el embite
era inevitable.»
Diario misionero, de Tyerman y Bennett.

«“El propio Nantucket”, dijo el señor Webster, “es una porción muy
llamativa y peculiar del interés nacional. Hay una población de ocho o
nueve mil personas que viven aquí en el mar, los cuales, mediante la más
osada y perseverante laboriosidad, contribuyen copiosamente cada año a la
riqueza nacional”.»

Informe del discurso de Daniel Webster en el Senado de los Estados


Unidos, sobre la solicitud de construcción de un malecón en Nantucket.
1828.

«La ballena cayó directamente sobre él, y probablemente le mató en un


instante.»
«La ballena y sus captores, o las aventuras de los balleneros y la
biografía de la ballena, reunidas en la travesía de regreso del comodoro
Preble», por el reverendo Henry T. Cheever.

«“Si haces el menor ruido de mierda”, replicó Samuel, “te envío al


Infierno”.»
La vida de Samuel Comstock (el amotinado), por su hermano, William
Comstock. Otra versión de la narrativa del ballenero Globe.

«Las expediciones de los holandeses y los ingleses al océano del norte,


con el objeto de descubrir, si fuera posible, un pasaje a través de él hacia
la India, aunque fracasaron en su principal objetivo, abrieron las guaridas
de la ballena.»
Diccionario comercial, de McCulloch.
«Estas cosas son recíprocas; la pelota rebota, sólo para volver a botar
de nuevo hacia delante; pues ahora, al abrir las guaridas de la ballena, los
balleneros parecen haber dado indirectamente con nuevas claves para ese
místico pasaje del noroeste.»
De «Algo» no publicado.

«Es imposible encontrarse con un barco ballenero en el océano sin


quedar sorprendido por su mera apariencia. El navío, con poca vela, vigías
en los topes oteando ansiosamente la amplia extensión a su alrededor,
tiene un aire totalmente diferente de los que están realizando una
expedición normal.»
Corrientes y pesca de la ballena, U. S. Ex. Ex.

«Los peatones en la vecindad de Londres y en algún otro lugar puede


que recuerden haber visto grandes huesos colocados de pie en la tierra,
bien para formar arcos sobre entradas, o bien embocaduras de vanos, y
puede que quizá les hayan dicho que éstos eran las costillas de ballenas.»
Narraciones de un expedicionario ballenero en el océano Ártico.

«No fue hasta que las lanchas regresaron de la persecución de estas


ballenas, que los blancos vieron su barco en sangrienta posesión de los
salvajes enrolados entre la tripulación.»
Relato periodístico de la toma y recuperación del ballenero Hobomack.

«Es generalmente bien sabido que entre las tripulaciones de navíos


balleneros (americanos) pocos vuelven en los barcos a bordo de los que
partieron.»
Travesía en una lancha ballenera.

«De pronto una poderosa mole emergió del agua, y salió lanzada
perpendicularmente en el aire. Era la ballena.»
Miriam Coffin o el pescador de ballenas.
«La ballena está arponeada, sin duda; pero haceos idea de cómo
manejaríais a un brioso potro salvaje con la única herramienta de una soga
atada a la base de su cola.»
Un CAPÍTULO sobre pesca de la ballena en Ribs and Trucks.

«En una ocasión vi a dos de estos monstruos (ballenas), probablemente


macho y hembra, nadando lentamente uno tras el otro, a menos de un tiro
de piedra de la costa (Tierra del Fuego), sobre la cual el haya extendía sus
ramas.»
Viaje de un naturalista, de Darwin.

«“¡Ciar a tope!”, exclamó el primer oficial, cuando al volver la cabeza


vio las distendidas mandíbulas de un gran cachalote cerca de la proa de la
lancha, amenazándola con instantánea destrucción; … “¡Ciar a tope, por
vuestras vidas!”.»
Wharton, el matarife de ballenas.

«¡Ánimo, muchachos! ¡No desfallezcáis en la faena


mientras el osado arponero le acierta a la ballena!»
Canción de Nantucket.

«Ah, la excepcional vieja ballena, entre tormenta y galerna


En su hogar del océano estará,
Un gigante en poder, donde el poder es la ley
Y rey del ilimitado mar.»
Canción ballenera.
CAPÍTULO I APARICIONES

LL amadme [3]
Ismael . Hace unos años —no importa exactamente
cuántos—, teniendo poco o ningún dinero en mi bolsa y nada
especial que me interesara en tierra, pensé navegar un poco y ver la parte
acuática del mundo. Es una manera que tengo de ahuyentar el hastío y
regular la circulación. Siempre que se me empieza a mal torcer la boca;
siempre que en mi alma es un desolado y lloviznoso noviembre; siempre
que me descubro a mí mismo deteniéndome involuntariamente ante las
funerarias y yendo a la cola de todos los entierros con los que me tropiezo;
y, en especial, siempre que mi neurastenia me ataca de tal modo que se
requiere un fuerte principio moral para evitar que intencionadamente salte
a la calle y metódicamente le quite a la gente el sombrero de la cabeza…
entonces es cuando considero que ha llegado el momento apropiado para
hacerme a la mar lo antes posible. Éste es mi sustitutivo de la bala y la
pistola. Con filosófica floritura, Catón se deja caer sobre su espada; yo,
tranquilamente, me embarco. No hay nada sorprendente en ello. Aunque ni
siquiera se den cuenta, casi todos los hombres, a su modo, en uno u otro
momento, albergan poco más o menos los mismos sentimientos hacia el
océano que yo.
Ahí está vuestra ciudad insular de los Manhattoes[4], circundada de
muelles como las islas índicas lo están de arrecifes de Coral… el comercio
la rodea con su oleaje. A izquierda y derecha las calles te llevan hacia el
agua. Su extremo inferior es el Battery, donde aquel noble malecón es
bañado por las aguas y refrescado por los vientos que unas pocas horas
antes no estaban a vista de tierra. Observad allí el gentío de oteadores del
agua.
Rodead la ciudad en una somnolienta tarde del día del Señor. Id desde
Corlears Hook a Coenties Slip, y desde allí, por Whitehall, hacia el norte.
¿Qué es lo que veis?… Apostados como silenciosos centinelas a todo
alrededor de la urbe, hay miles y miles de mortales absortos en oceánicas
ensoñaciones. Algunos recostados en los pilares, algunos sentados en los
extremos de los muelles, algunos mirando por encima de las amuradas de
barcos de la China, algunos muy arriba en la jarcia, como si trataran de
tener una aún mejor vista al mar. Pero todos ellos son hombres de tierra
firme; de días laborables encerrados entre maderámenes y yesos… atados
a mostradores, clavados a bancos, roblados a mesas de despacho. ¿Cómo
es esto? ¿Han desaparecido los verdes campos? ¿Qué es lo que hacen aquí?
¡Pero observad! Aquí vienen más gentes, andando derechas hacia el
agua, y aparentemente dispuestas a una zambullida. ¡Es extraño! Con nada
se conformarán que no sea el límite último de la tierra; no será suficiente
con pasear al sombreado socaire de aquellos almacenes. No. Han de llegar
lo más cerca que puedan del agua sin caer a ella. Y ahí están… millas de
ellos… leguas. De tierra firme todos, vienen de pasajes y callejones, calles
y avenidas… del norte, el este, el sur y el oeste. Y, sin embargo, aquí todos
se unen. Decidme: ¿los atrae allí la virtud magnética de las agujas de los
compases de todos esos barcos?
Una vez más. Digamos que estáis en el campo, en unas altas tierras de
lagos. Tomad casi cualquier camino que deseéis, y apuesto diez contra uno
que os conduce a un valle y que allí os deja junto a un remanso de la
corriente. Hay magia en ello. Dejad que el más despistado de los hombres
se sumerja en sus más profundas ensoñaciones… haced que ese hombre
esté erguido, poned en marcha sus pies, e infaliblemente, si es que hay
agua en esa región, os conducirá al agua. Si en alguna ocasión estáis
sedientos en el gran desierto americano, probad a hacer este experimento
si es que vuestra caravana resulta estar provista de algún metafísico
profesor. Sí, la meditación y el agua, como todo el mundo sabe, de por
siempre están emparejadas.
Mas he aquí un artista. Desea pintaros la porción de paisaje romántico
más ensoñadora, sombreada, tranquila y encantadora del valle del Saco.
¿Cuál es el elemento principal que emplea? Ahí están sus árboles, cada
uno con un tronco hueco, como si hubiera un ermitaño y un crucifijo
dentro, y aquí duerme su prado, y allí duermen sus animales, y desde
aquella granja surge un humo somnoliento. Allá lejos, hacia bosques
distantes, serpea un intrincado camino que llega hasta las sobrepuestas
estribaciones de montañas bañadas en su azul de ladera. Mas aunque la
imagen así reposa encantada, y aunque ese pino derrama sus suspiros
como hojas sobre la cabeza de ese pastor, aun así, todo sería vano si los
ojos del pastor no miraran fijamente al mágico arroyo que hay ante él. Id a
visitar las praderas en junio, cuando durante montones y montones de
millas vadeáis hasta la rodilla entre lirios atigrados… ¿qué único hechizo
se echa en falta?… Agua… ¡Allí no hay ni una gota de agua! Fuera el
Niágara sólo una catarata de arena: ¿viajaríais esas mil millas para verla?
¿Por qué el pobre poeta de Tennessee, al recibir inesperadamente dos
puñados de plata, dudaba entre comprarse un gabán, que muy
perentoriamente necesitaba, o invertir su dinero en un viaje a pie a la playa
de Rockaway? ¿Por qué casi todo muchacho robusto y sano, de ánimo
robusto y sano, en uno u otro momento está loco por embarcarse? ¿Por qué
en vuestro primer viaje como pasajero sentisteis vos mismo tan mística
vibración cuando se os dijo que ni vuestro barco ni vosotros estabais ya a
vista de tierra? ¿Por qué los antiguos persas consideraban sagrado el mar?
¿Por qué los griegos le otorgaron una deidad distinta y de él hicieron el
propio hermano de Jove?[5]. Con seguridad que todo esto no está carente
de significado. Y aún más profundo es el significado de aquella historia de
Narciso, que, como no podía asir la plácida y turbadora imagen que veía
en la fuente, se zambulló en ella y se ahogó. Pero esa misma imagen
nosotros la vemos en todos los ríos y océanos. Es la imagen del inasible
fantasma de la vida; y ésta es la clave de todo.
Ahora bien, cuando digo que tengo por costumbre hacerme a la mar
siempre que comienzan a nublárseme los ojos y me empiezo a inquietar
por mis pulmones no quiero decir que de ello se deduzca que alguna vez
me hago a la mar como pasajero. Pues para ir de pasajero tienes que tener
necesariamente una bolsa, y una bolsa sólo es un trapo a menos que tengas
algo en ella. Además, los pasajeros se marean… se tornan rencillosos… no
duermen por las noches y por regla general no se divierten mucho. No, yo
nunca me embarco como pasajero; ni tampoco, aunque puedo decir que
algo tengo de lobo de mar, me hago nunca a la mar como comodoro, o
capitán, o cocinero. La gloria y la distinción de esos cargos las dejo para
los que las aprecien. Yo, por mi parte, aborrezco todo honorable y
respetable esfuerzo, empleo y tribulación de cualquier tipo. Bastante tengo
con cuidarme a mí mismo sin cuidar de barcos, bricbarcas, bergantines,
goletas y demás. Y en cuanto a embarcarme como cocinero… aunque
confieso que hay en ello cierto honor, pues el cocinero es una suerte de
oficial a bordo… aun así, nunca he acabado de verme asando aves de
corral; aunque una vez asada, sensatamente untada de mantequilla y
sesudamente salpimentada, no habrá nadie que hable de un ave asada con
mayor respeto, por no decir reverencia, que lo haga yo. A la idólatra
devoción de los antiguos egipcios por el ibis asado y el hipopótamo a la
parrilla se debe que podamos observar las momias de aquellas criaturas en
sus enormes hornos, las pirámides.
No, cuando yo me hago a la mar, voy como simple marinero,
propiamente delante del mástil, a plomo dentro del castillo, allá en lo alto
del tope del sobremastelerillo. Cierto, me suelen mandar un poco de aquí
para allá, y hacerme saltar de percha a percha como un saltamontes en un
prado de mayo. Y al principio este asunto es bastante desagradable. Afecta
al sentido del honor de uno, en especial si procedes de una familia de
antigua raigambre en tierra, los Van Rensselaers, o los Randolphs, o los
Hardicanutes. Y más que nada si precisamente antes de meter la mano en
el tarro de la brea te has estado enseñoreando como maestro rural,
haciendo que los muchachos más altos se portaran ante ti con respeto. El
paso de una a otra cosa, de maestro a marinero, es brusco, os lo aseguro, y
se requiere una fuerte infusión de Séneca y de los estoicos para que te sea
posible sonreír y soportarlo. Aunque con el tiempo incluso esto se pasa.
¿Qué tiene de especial que un viejo mezquino capitán me mande coger
una escoba y barrer la cubierta? ¿A qué equivale esa ignominia, quiero
decir, sopesada en la balanza del Nuevo Testamento? ¿Pensáis que el
arcángel Gabriel me subestima porque obedezco con respeto y prontitud a
ese viejo mezquino en ese particular asunto? ¿Quién no es un esclavo?
Respondedme a eso. Bien, entonces, sea lo que fuere que los viejos
capitanes me ordenen… sea como fuere que me aporreen y me den
puñadas por todas partes, tengo la satisfacción de saber que bien está; que
todos los demás, de una manera u otra, reciben más o menos lo mismo…
ya sea, digo, desde un punto de vista físico o metafísico; y así el universal
aporreo se pasa de uno a otro, y los compañeros todos deberían palmearse
entre sí en los omoplatos, y estar satisfechos.
De nuevo, siempre me hago a la mar como marinero porque
acostumbran pagarme por mi esfuerzo, mientras que a los pasajeros nunca
se les paga un solo penique, que yo sepa. Por el contrario, los propios
pasajeros tienen que pagar. Y entre pagar y ser pagado existen todas las
diferencias del mundo. El acto de pagar es quizá la condena más
desagradable que nos legaron los dos ladrones del huerto[6]. Pero ser
pagado… ¿qué puede compararse con ello? La cortés diligencia con la que
el hombre recibe el dinero es verdaderamente maravillosa si se considera
la seriedad con que creemos que el dinero es la raíz de todos los males
terrenales, y que un hombre adinerado en modo alguno puede alcanzar el
Cielo. ¡Ah, qué alegremente caemos en la perdición!
Finalmente, siempre me hago a la mar como marinero por el saludable
ejercicio y el aire puro de la cubierta del castillo. Pues como en este
mundo los vientos de proa son más prevalecientes que los vientos de popa
(esto es, si nunca vulneras el precepto pitagórico), así, al comodoro, en el
alcázar, las más de las veces le llega la atmósfera ya usada por los
marineros del castillo. Él piensa que es el primero en respirarla; pero no es
así. De modo similar adelanta el pueblo llano a sus dirigentes en muchas
otras cosas, al tiempo que los dirigentes siquiera lo sospechan. Pero a raíz
de qué vino que, tras haber repetidamente venteado el mar como marinero
mercante, se me metiera en la cabeza embarcarme en un ballenero; a esto
el oficial de la invisible policía de las Parcas, que ejerce una constante
vigilancia sobre mí, que en secreto me acecha, y que de algún modo
inexplicable influye sobre mí… puede responder mejor que nadie. Y, sin
duda, mi participación en esta expedición ballenera formaba parte del
grandioso programa de la Providencia que fue planeado hace mucho
tiempo. Iba como una especie de breve entremés y soliloquio entre piezas
más extensas. Entiendo que esta parte del cartel debía desarrollarse más o
menos así:

Importante y reñida elección para la presidencia de los Estados Unidos


expedición ballenera por un tal ismael
SANGRIENTA BATALLA EN AFGANISTÁN

Aunque no puedo decir con exactitud por qué esas directoras de


escena, las Parcas, me asignaron este despreciable papel de una expedición
ballenera, mientras a otros les designaban para magníficos papeles de
nobles tragedias, y pequeños y fáciles papeles en gentiles comedias, y
alegres papeles en farsas… aunque no puedo decir por qué exactamente,
no obstante, ahora que evoco todas las circunstancias, creo poder penetrar
un poco en los resortes y motivos que, siéndome astutamente presentados
bajo diversos disfraces, me indujeron a ponerme a representar el papel que
desempeñé, además de persuadirme del delirio de que era una elección
tomada como resultado de mi propio imparcial albedrío y discernidor
juicio.
Principal entre estos motivos era la irresistible idea de la propia gran
ballena. Un monstruo tan portentoso y enigmático despertaba toda mi
curiosidad. Luego, los salvajes y lejanos mares en los que volteaba su
mole de isla; los insalvables, innombrables peligros de la ballena; éstos,
junto a las maravillas que aguardaban de miles de visiones y sonidos de la
Patagonia, me hicieron inclinarme por mi capricho. Quizá para otros
hombres tales factores no habrían constituido estímulos, pero, en lo que a
mí respecta, una perenne ansia de cosas remotas me atormenta. Me
encanta navegar mares prohibidos y desembarcar en costas agrestes. No
ignorando lo beneficioso, percibo con rapidez el horror, y puedo
adaptarme —si me lo permiten—, pues es conveniente mantener una
relación amigable con todos los residentes del lugar en el que uno se
hospeda.
Por tanto, a causa de estos motivos, la expedición ballenera se aceptó
de buen grado. Las grandes compuertas del mundo de la fantasía se
abrieron de par en par, y en las irracionales ínfulas que me inclinaron
hacia mi propósito, de dos en dos flotaron hasta lo más profundo de mi
alma interminables comitivas de ballenas, y, en medio de todas ellas, un
gran fantasma encapuchado, similar a una colina de nieve en el aire.
CAPÍTULO II LA TALEGA

M
etí una o dos camisas en mi vieja talega, la plegué bajo el
brazo y me puse en camino hacia el cabo de Hornos y el
Pacífico. Dejando atrás la muy antigua y benefactora ciudad
de Manhatto, llegué a New Bedford sin novedad. Era una noche de sábado
de diciembre. Muy decepcionado quedé al enterarme de que ya había
zarpado el pequeño paquebote de Nantucket, y de que hasta el siguiente
lunes no se ofrecería manera alguna de alcanzar aquel lugar.
Ya que muchos jóvenes candidatos a los sufrimientos y penalidades de
la pesca de la ballena paran en este mismo New Bedford, para desde allí
embarcarse en su expedición, es propio que se diga que yo, personalmente,
no tenía intención de hacerlo así. Pues estaba resuelto a no navegar en
navío alguno que no fuera de Nantucket, ya que, en todo lo asociado con
esa famosa añeja isla, había un algo peculiar y perturbador que me
agradaba extraordinariamente. Además, aunque en los últimos tiempos
New Bedford ha ido monopolizando gradualmente el negocio de la pesca
de la ballena, y aunque en este aspecto la pobre Nantucket está ahora muy
por detrás de ella, Nantucket, sin embargo, fue la gran pionera –el Tiro de
este Cartago–, el lugar donde encallaron la primera ballena americana a la
que se dio muerte. ¿De qué otro lugar, sino de Nantucket, partieron
inicialmente en sus canoas esos balleneros aborígenes, los pieles rojas,
para dar caza al leviatán? ¿Y de dónde, sino también de Nantucket, partió
esa primera pequeña balandra aventurera, lastrada en parte con guijarros
importados –eso dice la historia–, para arrojar a las ballenas, con objeto de
saber cuándo estaban suficientemente cerca como para arriesgar un arpón
desde el bauprés?
Disponiendo ahora ante mí de una noche, un día y de aún otra noche
posterior en New Bedford, antes de poder embarcar para mi puerto de
destino, tornose asunto de preocupación dónde iba yo a comer y dormir
mientras tanto. Era noche de aspecto muy poco claro; qué digo, noche muy
oscura y lúgubre, fría, que cortaba, y desabrida. No conocía a nadie en
aquel lugar. Con ansiosos rezones me había sondado el bolsillo, y sólo
había sacado unas pocas monedas de plata… Así que, donde quiera que
vayas, Ismael, me dije a mí mismo mientras permanecía en medio de una
lóbrega calle, con mi bolsa al hombro, y comparando las tinieblas hacia el
norte con la oscuridad hacia el sur… donde quiera que en tu sabiduría
puedas decidir alojarte para pasar la noche, mi querido Ismael, asegúrate
de preguntar el precio, y no seas muy escogido.
Con indecisos pasos vagué por las calles, y pasé el rótulo de Los
Arpones Cruzados… pero aquello parecía demasiado gravoso y animado.
Más adelante, desde las brillantes ventanas rojas de La Posada del Pez
Espada, salían unos rayos tan ardientes, que se diría que el hielo y la nieve
apelmazada se habían fundido delante de la casa, pues en todos los demás
lugares la helada alcanzaba diez pulgadas de espesor, formando un duro,
asfáltico pavimento… algo bastante penoso para mí cuando golpeaba mi
pie contra las pétreas protuberancias, pues del recio y despiadado servicio,
las suelas de mis botas estaban en una condición de lo más miserable.
Demasiado gravoso y animado, pensé de nuevo, deteniéndome un
momento para observar el amplio resplandor en la calle y escuchar los
ruidos de los tintineantes vasos en el interior. Pero continúa, Ismael, me
dije finalmente, ¿no lo escuchas? Apártate de la puerta; tus botas
remendadas están bloqueando el paso. Así que continué. Ahora, por
instinto, seguí las calles que me llevaban hacia el agua, pues allí, sin duda,
estaban las posadas más baratas, si bien no las más joviales.
¡Unas calles tan tenebrosas! Manzanas de negrura, no de casas, a cada
lado, y aquí y allí una candela, como una vela que se moviera ante una
tumba. En esta hora de la noche del último día de la semana, ese barrio de
la ciudad resultó estar casi desierto. Pero al poco llegué hasta una luz
humeante que salía de un edificio bajo y ancho, cuya puerta estaba
acogedoramente abierta. Tenía un aspecto descuidado, como si estuviera
destinado al uso del público; entrando por tanto, lo primero que hice fue
tropezar contra una caja de ceniza en el porche[7]. «¡Ja!, pensé, ja,
mientras las partículas volantes casi me asfixiaban: ¿son éstas las cenizas
de aquella ciudad destruida, Gomorra? Pero ¿Los Arpones Cruzados y El
Pez Espada?… ¡éste entonces, debe ser necesariamente el rótulo de La
Trampa!». Sin embargo, me recompuse, y escuchando dentro una potente
voz, avancé y abrí una segunda puerta interior.
Parecía el gran Parlamento Negro sentado en Tofet. Un centenar de
rostros negros se volvieron en sus filas para mirar; y, más allá, un negro
Ángel del Juicio golpeaba un libro en el púlpito. Era una iglesia negra; y el
texto del predicador versaba sobre la oscuridad de las tinieblas, y el
sollozo y el lamento y el rechinar de dientes que allí se dan. «Ja, Ismael,
murmuré, retrocediendo: ¡desdichado esparcimiento bajo el rótulo de La
Trampa!»
Continuando, por fin llegué a una especie de tenue luz colgante no
lejos de los muelles, y escuché un desamparado chirrido en el aire; y,
alzando la vista, vi un rótulo oscilante sobre la puerta, con una pintura
blanca en él, que vagamente representaba un largo surtidor de nebulosa
aspersión, y estas palabras debajo: «La Posada del Surtidero[8]: – Peter
Coffin».
¿Coffin, es decir, ataúd?… ¿Surtidero?… Bastante fatídico en ese
particular vínculo, pensé yo. Pero Coffin es un nombre usual en Nantucket,
según dicen, y supongo que este Peter es un emigrante de allí. Como la luz
parecía tan tenue, y el lugar, por el momento, suficientemente tranquilo, y
la propia pequeña y desmoronada casa de madera daba la impresión de
haber sido transportada allí desde las ruinas de algún distrito quemado, y
como el balanceante rótulo tenía una especie de chirrido afectado de
indigencia, pensé que éste era el lugar perfecto para un alojamiento barato,
y el mejor de los cafés de bayas[9].
Era un lugar de singular índole… Una vieja casa con tejado a dos
aguas, uno de sus lados como si estuviera paralizado e inclinándose
lamentablemente. Se alzaba en una abrupta y desolada esquina, en la que
el tempestuoso viento Euroaquilón sostenía un aullar peor que el que
nunca sostuvo cerca de la zarandeada nave del pobre Pablo. El
Euroaquilón, sin embargo, es un céfiro enormemente agradable para
cualquiera que esté resguardado, con los pies en el revellín, tostándose
plácidamente para la cama. «Al considerar ese tempestuoso viento
llamado Euroaquilón», dice un antiguo escritor –de cuyas obras poseo la
única copia existente–, «prodúcese una espectacular diferencia entre si lo
miráis desde una ventana de cristal en la que la helada está toda en el
exterior, o si lo observáis desde una ventana sin marco, en la que la helada
está en ambos lados, y en la que el único cristalero es la Muerte
personificada». Verdaderamente cierto, pensé, al venírseme a la mente este
pasaje… viejo Letra Gótica, habéis razonado bien. Sí, estos ojos son
ventanas, y este cuerpo mío es la casa. Qué pena, sin embargo, que no
taponaran las fisuras y las grietas, y embutieran un poco más de borra aquí
y allá. Pero ya es demasiado tarde para hacer ninguna mejora. El universo
está terminado; la piedra clave está puesta, y las esquirlas se retiraron hace
un millón de años. El pobre Lázaro ahí, rechinando sus dientes contra el
bordillo como almohada, y sacudiéndose de encima los andrajos con sus
temblores, podría taponarse ambos oídos con trapos, y ponerse una
panocha en la boca, y, aun así, con ello no lograría mantener fuera al
tempestuoso Euroaquilón. ¡Euroaquilón!, dice el viejo Epulón con su
manto de seda roja (después tuvo otro aún más rojo)… ¡Bah, bah! ¡Qué
buena noche de helada; cómo centellea Orión; qué Aurora Boreal! Que
hablen de sus orientales climas veraniegos de sempiternos invernaderos:
denme a mí el privilegio de hacer mi propio verano con mi propio carbón.
Pero ¿qué piensa Lázaro? ¿Puede calentarse las azuladas manos
extendiéndolas hacia la grandiosa Aurora Boreal? ¿No preferiría Lázaro
estar en Sumatra que aquí? ¿No preferiría con mucho tenderse a lo largo
siguiendo la línea del ecuador; sí, ¡vosotros, dioses!, caer en el propio
pozo ardiente, para poder guarecerse de esta helada?
Ahora bien, que Lázaro hubiera de yacer abandonado allí, en la acera
ante la puerta de Epulón, es un hecho más asombroso que el que un
iceberg hubiera fondeado en una de las Molucas. No obstante, el mismo
Epulón también vive como un zar en un palacio de hielo hecho de sollozos
helados, y al ser presidente de una sociedad de templanza[10], sólo bebe las
tibias lágrimas de los huérfanos.
Pero basta por ahora de este gimoteo: nos vamos a pescar ballenas, y
todavía queda mucho de eso por llegar[11]. Rasquémonos el hielo de
nuestros congelados pies, y veamos qué clase de sitio pueda ser este
«surtidero».
CAPÍTULO III LA POSADA DEL SURTIDERO

A
l entrar en el inmueble con tejado a dos aguas de la Posada del
Surtidero, te encontrabas en un amplio y destartalado zaguán
de poca altura, con anticuados zócalos de madera que a uno le
recordaban las amuradas de algún viejo navío desahuciado. A un lado
colgaba una pintura al óleo muy grande, tan ahumada y en todo modo
deteriorada, que bajo las desiguales luces opuestas con las que la veías,
sólo a través de un diligente estudio y de una serie de visitas sistemáticas,
y de detallada consulta a los residentes, podías de alguna manera llegar a
una comprensión de su propósito. Unas inexplicables masas de penumbras
y sombras tales, que inicialmente casi pensabas que algún ambicioso joven
artista, en la época de las arpías de Nueva Inglaterra, se había propuesto
plasmar el caos embrujado. Mas a fuerza de mucha y sesuda
contemplación, y de ponderaciones frecuentemente repetidas, y sobre todo
abriendo de par en par la pequeña ventana hacia la parte posterior del
zaguán, al final llegabas a la conclusión de que tal idea, por muy
estrafalaria que fuera, podría no estar del todo injustificada.
Pero lo que más te desconcertaba y confundía era una larga, elástica,
portentosa masa negra de algo cerniéndose en el centro del cuadro sobre
tres líneas azules, tenues, perpendiculares, flotando en un innominado
fermento. Un cuadro verdaderamente encenagado, encharcado y fangoso;
lo bastante para sacar de quicio a un hombre excitable. Sin embargo, había
en él una especie de indefinida, inimaginable, medio lograda sublimidad,
que prácticamente te dejaba a él pegado, hasta que involuntariamente te
jurabas a ti mismo descubrir qué significaba la maravillosa pintura. De
cuando en cuando una idea brillante, pero, ay, engañosa, te traspasaba… Es
el mar Negro en una tormenta de medianoche… Es el combate antinatural
de los cuatro elementos primigenios… Es un páramo azotado por el
viento… Es una escena de invierno hiperbóreo… Es la ruptura de la
corriente congelada del tiempo. Mas al final todas estas fantasías cedían
ante ese algo portentoso y singular en medio del cuadro. Eso ya
descubierto, y todo lo demás sería sencillo. Pero alto ahí: ¿no guarda un
cierto parecido con un pez gigante?, ¿incluso con el propio leviatán?
De hecho, el designio del artista parecía ser éste: una teoría final mía
propia, en parte basada en las opiniones acumuladas de muchas personas
de edad con las que conversé sobre el asunto. El cuadro representa un
navío de Hornos en un gran huracán; el barco medio anegado allí
escorándose, sólo visibles sus tres mástiles desmantelados; y una ballena
exasperada, tratando de saltar limpiamente sobre el navío, está en el
tremendo acto de empalarse a sí misma sobre los tres topes.
La pared opuesta de este zaguán estaba completamente cubierta con
una impía exhibición de monstruosas mazas y lanzas. Algunas estaban
repletas de relucientes dientes que semejaban sierras de marfil; otras,
ornadas con mechones de cabello humano; y una tenía forma de hoz, con
un inmenso mango, abriéndose en rededor como el segmento hecho en la
hierba recién segada por un segador de largos brazos. Te estremecías al
mirar, y te preguntabas qué monstruoso caníbal y salvaje pudo alguna vez
haber ido a recolectar muerte con semejante horrendo implemento de
trocear. Mezclados con ellos, había antiguos oxidados arpones y picas de
la pesca de la ballena, todo deteriorados y deformados. Algunas eran
armas afamadas. Con esta lanza antaño enhiesta, ahora brutalmente
doblada, hace cincuenta años Nathan Swain mató quince ballenas entre un
amanecer y un ocaso. Y ese arpón —ahora tan parecido a un sacacorchos
— fue arrojado en los mares de Java, y llevado en su huida por una
ballena, muerta años después en aguas del cabo de Blanco. El hierro
original entró cerca de la cola, y como una aguja inquieta albergada en el
cuerpo de un hombre, recorrió cuarenta pies completos, y finalmente fue
encontrado embutido en la joroba.
Cruzando este sombrío zaguán, y atravesando aquel pasadizo de baja
bóveda —abierto a través de lo que en viejos tiempos debió haber sido una
gran chimenea central con hogares todo alrededor— entras al salón
público. Aún más sombrío lugar es éste, con unas vigas tan pesadas arriba,
y unas tablas tan viejas y ajadas abajo, que casi te imaginarías andar por la
caseta de un viejo navío, en especial en noche tan aullante, en la que esta
vieja arca anclada en la esquina se balanceaba de manera tan furiosa. A un
lado había una mesa larga, baja, a modo de estante, cubierta con cajas de
cristal rajado, llenas de polvorientas rarezas recogidas en los rincones más
remotos de este ancho mundo. Surgiendo del ángulo más alejado de la
estancia había un cubil de oscura apariencia —el bar—, burdo bosquejo de
la cabeza de una ballena franca. Sea como fuere, ahí estaba el inmenso
hueso arqueado de la mandíbula de la ballena, tan ancho que una
diligencia casi podría pasar bajo él. Dentro había baldas en mal estado,
ocupadas de uno a otro lado con antiguos decantadores, botellas y frascos;
y dentro de esas mandíbulas de rauda destrucción, como otro maldito
Jonás (por cuyo nombre, efectivamente, le llamaban), se afanaba un
viejecillo reseco, que a cambio de su dinero amablemente vendía a los
marineros delirios y muerte.
Abominables eran los vasos en los que vierte su veneno. Aunque
auténticos cilindros por fuera… por dentro los viles vasos verdes de
gruesas paredes se inclinaban arteramente al descender hasta un engañoso
fondo. Meridianos equidistantes toscamente grabados en el cristal
rodeaban estas copas de atracador. Llénalo hasta esta marca, y tu monto es
de sólo un penique; hasta ésta, un penique más; y así hasta el vaso lleno…
la medida del cabo de Hornos, que puedes ingerir por un chelín.
Al entrar en el lugar encontré a unos cuantos marineros jóvenes
reunidos a una mesa, examinando bajo una luz tenue diversos especímenes
de skrimshander[12]. Busqué al posadero, y al decirle que deseaba ser
acomodado en una habitación, recibí como respuesta que su
establecimiento estaba lleno… Ni una cama vacante.
—Pero, guarda —añadió, golpeándose la frente—, ¿no pondrás
objeciones a compartir la manta de un arponero, no? Se me hace que vas a
la ballena, mejor será, pues, que vayas acostumbrándote a ese tipo de
cosas.
Le dije que nunca me había gustado dormir dos en una cama; que si
alguna vez lo hacía, dependería de quién pudiera ser el arponero, y que si
él (el posadero) en verdad no tenía ningún otro lugar para mí, y el
arponero no era decididamente objetable, bueno, mejor que seguir vagando
por una ciudad extraña en tan acerba noche, me conformaría con la mitad
de la manta de cualquier hombre decente.
—Así me pareció. De acuerdo; siéntate. ¿Cena?… ¿Quieres cenar? La
cena estará lista enseguida.
Me senté en un viejo banco de madera, todo él tallado como un banco
del Battery. En un extremo un pensativo marinero curtido estaba
adornándolo todavía más con su navaja, inclinándose y trabajándolo
diligentemente en el espacio entre sus piernas. Estaba tanteando su
destreza con un barco a toda vela, pero no avanzaba mucho, me pareció.
Finalmente, unos cuatro o cinco de nosotros fuimos requeridos a
nuestro condumio en una estancia adyacente. Estaba tan fría como
Islandia… sin lumbre alguna… El posadero dijo que no podía
permitírselo. Nada excepto dos velas de sebo, cada una envuelta en un
sudario[13]. Nos apresuramos a abrocharnos nuestras cazadoras, y a llevar
a nuestros labios, con dedos congelados, tazones de abrasador té. Pero el
condumio era de lo más sustancial… No sólo carne y patatas, sino también
dumplings, ¡cielos! ¡Dumplings para cenar! Un joven de levitón verde se
aplicó a estos dumplings de la más angustiada manera.
—Muchacho —dijo el posadero—, de mortal necesidad que vas a tener
pesadillas.
—Posadero —susurré—, ése no es el arponero, ¿no?
—Oh, no —dijo él, con cierto aspecto diabólicamente gracioso—, el
arponero es un tipo oscuro de apariencia. Nunca come dumplings, no
señor… no come nada que no sean filetes, y le gustan poco hechos.
—Al diablo cómo le gusten —dije yo—. ¿Dónde está ese arponero?
¿Está aquí?
—No tardará en estar aquí —fue la respuesta.
No pude evitarlo, y empecé a sentirme receloso de este arponero
«oscuro de apariencia». De cualquier manera, tomé la decisión de que, si
así se daba que debíamos dormir juntos, él debía desvestirse y meterse en
la cama antes que yo.
Terminada la cena, la compañía volvió al bar, y no sabiendo yo qué
más hacer, resolví pasar el resto de la velada como observador.
Pronto se escuchó un tumultuoso ruido en el exterior. Sobresaltándose,
el posadero gritó:
—Ésa es la tripulación del Orca. Lo vi anunciado en alta mar esta
mañana; una expedición de cuatro años, y un barco lleno. Hurra,
muchachos; ahora tendremos las últimas noticias de las Fiji.
Un estampido de botas de mar se escuchó en el zaguán; la puerta se
abrió de golpe, y adentro rodó un montón de marineros apropiadamente
fieros. Envueltos en sus hirsutos capotes de guardia, y con las cabezas
cubiertas de tapabocas de lana, todo remendados y harapientos, y sus
barbas tiesas de carámbanos, parecían una irrupción de osos del Labrador.
Acababan de desembarcar de su barco, y ésta era la primera casa en la que
entraban. No es extraño, entonces, que abrieran una estela directa hacia la
boca de la ballena —el bar—, momento en el que el arrugado viejecillo
Jonás, que allí oficiaba, con celeridad les escanció vasos llenos para todos.
Uno se quejó de un mal resfriado de cabeza, ante lo cual Jonás le mezcló
una pócima de ginebra y melaza, semejante a la brea, que juró era una cura
soberana para todo tipo de resfriado y catarro, sin importar cuánto durara,
ni si había sido cogido en aguas de la costa del Labrador o en el lado de
barlovento de una isla de hielo.
El licor pronto se les subió a la cabeza, como suele ocurrir incluso con
los más notorios bebedores recién desembarcados del mar, y empezaron a
alborotar de la más estrepitosa manera.
Yo observé, no obstante, que uno de ellos se mantenía un tanto
apartado, y a pesar de que parecía solícito a no malograr la hilaridad de
sus camaradas de barco mediante su sobrio semblante, aun así por lo
general evitaba hacer tanto ruido como el resto. Este hombre me interesó
al momento; y como los dioses del mar habían ordenado que pronto se
convirtiera en mi compañero de tripulación (aunque, en lo que a esta
narrativa concierne, sólo un compañero encubierto), me aventuraré aquí a
una pequeña descripción suya. Alzaba seis pies cabales, con nobles
hombros, y un pecho como una encajonada. Rara vez he visto tal
musculatura en un hombre. Su rostro estaba profundamente curtido y
tostado, haciendo que sus blancos dientes deslumbraran por contraste;
mientras que en las profundas sombras de sus ojos flotaban ciertas
reminiscencias que no parecían proporcionarle una gran alegría. Su voz
anunciaba inmediatamente que era sureño, y por su buena estatura pensé
que debía de ser uno de esos altos montañeses de la sierra Alleganian, en
Virginia. Cuando la juerga de sus compañeros había alcanzado su punto
culminante, este hombre se deslizó fuera inadvertido, y no le volví a ver
hasta que se convirtió en mi camarada en el mar. A los pocos minutos, sin
embargo, fue echado de menos por sus compañeros de tripulación, y
siendo por alguna razón enormemente apreciado entre ellos, alzaron el
grito de «¡Bulkington! ¡Bulkington! ¿Dónde está Bulkington?» y salieron
disparados de la casa en su persecución.
Eran ahora cerca de las nueve, y pareciendo estar la estancia casi
sobrenaturalmente tranquila tras estas orgías, empecé a felicitarme a mí
mismo por un pequeño plan que se me había ocurrido justamente antes de
la entrada de los marineros.
Ningún hombre prefiere dormir dos en una cama. De hecho, preferirías
con mucho no dormir con tu propio hermano. No sé a qué se debe, pero a
la gente le gusta la privacidad cuando duerme. Y si se trata de dormir con
un extraño desconocido, en una posada desconocida, en una ciudad
desconocida, y ese extraño es un arponero, entonces tus objeciones se
multiplican indefinidamente. Tampoco había ninguna terrenal razón por la
que yo, como marinero debiera, más que cualquier otro, dormir dos en una
cama; pues los marineros no duermen dos en una cama en el mar más de
lo que lo hacen los reyes solteros en tierra. Por supuesto, todos duermen
juntos en un solo compartimento, pero tú tienes tu propio coy, y te cubres
con tu propia manta, y duermes en tu propia piel.
Cuanto más cavilaba sobre este arponero, más abominaba de la idea de
dormir con él. Era de suponer que, siendo un arponero, su ropa interior, ya
fuera de lino o de lana, no estaría de lo más cuidada, y con seguridad no
sería de la más delicada. Empecé a tener picores por todas partes. Además,
se estaba haciendo tarde, y todo arponero decente debería estar en casa y
camino de la cama. Suponed, digamos, que me cayera encima a
medianoche… ¿Cómo podría saber de qué vil agujero había venido?
—¡Posadero! He cambiado de opinión sobre el arponero. No dormiré
con él. Probaré el banco este.
—Como bien gustes; siento no poder cederte un mantel para colchón, y
se trata de una tabla fastidiosamente dura —palpando los nudos y
hendiduras—. Pero espera un poco, skrimshander[14]; tengo un cepillo de
carpintero ahí en el bar… Espera, digo, y te pondré suficientemente
cómodo.
Diciendo lo cual se hizo con el cepillo, y quitándole el polvo primero
al banco con su viejo pañuelo de seda, se puso a cepillar vigorosamente en
mi cama, siempre sonriendo como un simio. Las virutas volaron a derecha
e izquierda, hasta que finalmente la cuchilla del cepillo golpeó
bruscamente contra un indestructible nudo. El posadero estuvo a punto de
abrirse la muñeca, y yo le dije que parara, por amor de Dios… que la cama
era suficientemente blanda para mí, y que no sabía cómo, mediante todo el
cepillado del mundo, podía hacerse edredón de una tabla. Así que,
recogiendo las virutas con otra sonrisa, y echándolas a la gran estufa del
medio de la estancia, se fue a sus asuntos y me dejó dándole vueltas a mi
cabeza.
Tomé entonces la medida del banco y descubrí que era un pie
demasiado corto; aunque eso se podía arreglar con una silla. Pero era un
pie demasiado estrecho, y el otro banco de la estancia era unas cuatro
pulgadas más alto que el cepillado… así que no había manera de
emparejarlos. Coloqué entonces el primer banco a lo largo del único sitio
libre junto a la pared, dejando un poco de espacio en medio para que mi
espalda se aposentara en él. Pero pronto descubrí que allí me llegaba tal
corriente de aire frío desde debajo del antepecho de la ventana que este
plan jamás, en modo alguno, daría resultado, en especial porque otra
corriente que provenía de la desvencijada puerta se reunía con la de la
ventana, y ambas formaban una serie de pequeños remolinos en la
inmediata vecindad del punto donde yo había pensado pasar la noche.
Que el Diablo se lleve a ese arponero, pensé, pero un momento, ¿no
podría yo aprovecharme de su ausencia… cerrar la puerta con candado
desde dentro, y meterme en la cama y que no me despertaran ni los más
violentos golpes? No parecía mala idea; pero al volver a pensarlo la
deseché. Pues quién podría saber si a la mañana siguiente, tan pronto como
asomara de la habitación, no estaría en la puerta el arponero, ¡dispuesto a
aporrearme!
Con todo, volviendo a mirar a mi alrededor, y no viendo oportunidad
alguna de pasar una noche soportable a no ser en la cama de otra persona,
empecé a pensar que a pesar de todo podría estar engendrando prejuicios
injustificados contra el desconocido arponero. Esperaré un poco, pensé; no
ha de tardar en dejarse caer. Le echaré entonces una buena ojeada, y quizá
a pesar de todo nos hagamos estupendos compañeros de cama… Nunca se
puede decir.
Pero aunque los otros huéspedes continuaban llegando, de uno en uno,
de dos en dos, y de tres en tres, y yéndose a la cama, todavía ninguna señal
de mi arponero.
—¡Posadero! —dije—. ¿Qué clase de tipo es… Siempre está en pie a
tan altas horas? —ya eran casi las doce.
El posadero rio veladamente de nuevo con su mezquina risa velada, y
pareció extraordinariamente divertido por algo más allá de mi
comprensión.
—No —contestó—, por lo general es pájaro tempranero… Tempranero
al acostarse y tempranero al levantarse… Sí, es el pájaro que coge el
gusano… Pero esta noche salió a vender, ya ves, y no comprendo qué
demonios le hace estar fuera tan tarde, a no ser, que es posible, que no
pueda vender su cabeza.
—¿Que no pueda vender su cabeza?… ¿Qué clase de embrollo es este
que me está contando? —montando en creciente cólera—. ¿Pretende
usted, posadero, decir que este arponero está en realidad ocupado esta
bendita noche de sábado, o más bien mañana de domingo, vendiendo su
cabeza de un lado a otro por la ciudad?
—Eso es precisamente —dijo el posadero—, y le dije que aquí no
podría venderla, el mercado tiene exceso de existencias.
—¿De qué? —grité yo.
—De cabezas, evidentemente; ¿no hay demasiadas cabezas en el
mundo?
—Le voy a decir una cosa, posadero —dije yo, bastante calmado—,
sería mejor que dejara de largarme esa fábula… No estoy tan verde.
—Puede que no —cogiendo un palo y labrando con él un mondadientes
—, pero me parece que ya estarías chamuscado si ese arponero de que
hablamos te oyera hablar mal de su cabeza.
—Se la partiré —dije yo, cayendo de nuevo en el apasionamiento ante
este inexplicable fárrago del posadero.
—Ya está partida —dijo él.
—Partida —dije yo—, ¿quiere decir partida?
—Cierto, y ésa es la verdadera razón por la que no puede venderla,
supongo.
—Posadero —dije yo, acercándome a él tan frío como el monte Hecla
en una tormenta de nieve—… Posadero, deje de labrar el palo. Usted y yo
hemos de entendernos el uno al otro, y eso ha de hacerse sin tardanza. Yo
vengo a su casa y quiero una cama; usted me dice que sólo puede darme
media, que la otra media pertenece a cierto arponero. Y sobre este
arponero, al que todavía no he visto, usted persiste en contarme las
historias más desconcertantes y exasperantes, haciendo que en mí se
genere un desapacible sentimiento hacia el hombre al que usted designa
como compañero de cama… Un tipo de vínculo, posadero, que es íntimo y
confidencial en el más alto grado. Ahora le exijo que se exprese y me diga
quién y qué es este arponero, y si yo, al pasar la noche con él, estaré a
salvo en todos los aspectos. Y, en primer lugar, ¿será usted tan amable de
desdecir esa historia sobre vender su cabeza, que si fuera cierta buena
prueba me parece de que este arponero está completamente loco, y yo no
tengo intención de dormir con un loco? Pues usted, señor, usted, digo,
posadero, usted, señor, al tratar de inducirme a hacerlo premeditadamente
se colocaría usted con ello en situación de ser procesado por vía criminal.
—Vaya —dijo el posadero, respirando prolongadamente—, eso es lo
que yo llamo un sermón bien largo para un tipo que apenas le da a la
lengua de vez en cuando. Pero ten calma, ten calma, este arponero del que
te he estado hablando acaba de llegar desde los Mares del Sur, donde
compró un montón de cabezas embalsamadas de Nueva Zelanda (gran
curiosidad, ya sabes), y ha vendido todas menos una, y ésa la está tratando
de vender esta noche, porque mañana es domingo, y no sería apropiado ir
vendiendo cabezas humanas por las calles cuando la gente está acudiendo
a las iglesias. Quiso hacerlo el último domingo, pero yo le detuve justo
cuando estaba saliendo por la puerta con cuatro cabezas colgadas de una
cuerda, que parecían talmente una ristra de cebollas.
Esta explicación aclaró el en otra forma inexplicable misterio y mostró
que el posadero, a pesar de todo, no había tenido intención de burlarse de
mí… Pero, al mismo tiempo, ¿qué podía yo pensar de un arponero que una
noche de sábado se quedaba fuera de seguido hasta el santo día del Señor,
ocupado en un negocio tan caníbal como el de vender cabezas de idólatras
muertos?
—Fíese, posadero, ese arponero es un hombre peligroso.
—Paga con regularidad —fue la réplica—. Pero vamos, se está
haciendo horriblemente tarde, sería mejor que sumergieras palmas… Es
una buena cama: Sal y yo dormimos en esa misma cama la noche en que
nos ayustamos. Hay cantidad de espacio para que dos pateen en esa cama;
es una cama enormemente grande, ésa. Fíjate, antes de que la dejáramos,
Sal solía poner a los pies a nuestro Sam y a nuestro pequeño Johnny. Pero
una noche me dio por soñar y estirarme y, sin saber cómo, Sam se cayó al
suelo, y estuvo a punto de romperse el brazo. Después de eso Sal dijo que
no era posible. Ven por aquí, te daré una bujía en un periquete.
Y así diciendo encendió una vela y la extendió hacia mí, brindándose a
guiar el camino. Pero yo quedé quieto, indeciso; hasta que él, mirando el
reloj de la esquina, exclamó:
—Voto que es domingo… No verás a ese arponero esta noche; ha
echado el ancla por algún sitio… Vamos allá entonces; ven, ¿no quieres
venir?
Consideré el asunto un instante, y entonces, escaleras arriba subimos, y
fui acompañado hasta un pequeño cuarto, frío como una almeja, y
amueblado, efectivamente, con una prodigiosa cama, de hecho casi lo
bastante grande para que durmieran cualesquiera cuatro arponeros, uno al
lado del otro.
—Ahí está —dijo el posadero, colocando la vela en un antiguo y
estrambótico arcón de barco que hacía la doble función de lavabo y mesa
de centro—, ahí; ahora ponte cómodo, y que pases buena noche —me
volví tras observar la cama, pero él había desaparecido.
Abriendo la colcha, me incliné sobre la cama. Aunque no fuera de las
más elegantes, soportó, no obstante, el escrutinio tolerablemente bien.
Eché entonces un vistazo por la habitación; y aparte del bastidor del
somier y de la mesa de centro, no pude ver otro mobiliario propio del
lugar excepto una tosca estantería, las cuatro paredes, y una pantalla de
chimenea empapelada que representaba a un hombre atacando a una
ballena. De cosas que no pertenecían propiamente a la habitación, había un
coy recogido y tirado en el suelo, en una esquina; también un gran saco de
marino, que contenía, sin duda, la indumentaria del arponero, haciendo la
vez de un baúl de tierra firme. Del mismo modo, había una serie de
extraños anzuelos de hueso de pez en la repisa de la chimenea, y un largo
arpón junto a la cabecera de la cama.
Pero ¿qué es esto que hay en el arcón? Lo cogí y lo puse cerca de la
luz, lo palpé, lo olí, y traté en todo posible modo de llegar a alguna
conclusión satisfactoria al respecto. No puedo compararlo con nada,
excepto con un gran felpudo ornamentado en los bordes con pequeños
colgantes tintineantes, más o menos como las púas teñidas de puercoespín
en rededor de un mocasín indio. Había un agujero o raja en el medio de
esta estera, lo mismo que en los ponchos sudamericanos. Pero ¿era posible
que un arponero sobrio se metiera en un felpudo y desfilara por las calles
de alguna población cristiana de esa guisa? Me lo puse, para probarlo, y
me pesó como un cuévano, pues era desusadamente hirsuto y espeso, y me
pareció un poco húmedo, como si este misterioso arponero lo hubiera
llevado puesto en un día de lluvia. Me acerqué, vestido con él, a un trozo
de espejo sujeto a la pared, y nunca tuve visión semejante en mi vida. Me
lo arranqué de encima con tal prisa que me hice una distensión en el
cuello.
Me senté al borde de la cama, y empecé a pensar en este arponero
vendedor de cabezas y su felpudo. Después de pensar un rato al borde de la
cama, me levanté y me quité la cazadora, y me quedé entonces pensando,
de pie, en medio de la habitación. Me quité luego mi chaqueta, y en
mangas de camisa pensé un poco más. Pero al empezar a sentirme ya muy
frío, medio desvestido como estaba, y recordando lo que el posadero había
dicho sobre la segura ausencia del arponero aquella noche, al ser ya
verdaderamente tan tarde, no le di más vueltas, me despojé de mis
pantalones y mis botas y, apagando la luz de la vela, me derrumbé en la
cama y me encomendé al cuidado del Cielo.
Si aquel colchón estaba relleno de panochas de maíz o de loza rota no
hay forma de saberlo, pero yo di vueltas en abundancia, y no pude dormir
durante largo rato. Finalmente caí en un ligero letargo, y ya casi había
zarpado hacia la tierra de Sopor, cuando escuché un pesado pisotón en el
pasillo y vi un reflejo de luz entrar en la habitación por debajo de la
puerta.
Que el Señor me salve, pensé, éste debe ser el arponero, el infernal
vendedor de cabezas. Pero me quedé tumbado, totalmente quieto, y decidí
no decir palabra hasta que se dirigieran a mí. El extraño entró en la
habitación llevando una vela en una mano y la cabeza aquella de Nueva
Zelanda en la otra y, sin mirar hacia la cama, colocó bien lejos de mí su
vela, en una esquina del suelo, y entonces se puso a deshacer las cuerdas
anudadas de la gran bolsa que antes mencioné se encontraba en la
habitación. Yo estaba ansioso por ver su rostro, pero él lo mantuvo vuelto
durante cierto tiempo, mientras estuvo ocupado en desatar la boca de la
bolsa. Sin embargo, una vez logrado esto, se volvió… y entonces, ¡santo
Cielo!, ¡qué visión! ¡Qué semblante! Era de un purpúreo color amarillo
oscuro, marcado aquí y allá con grandes cuadrados de negruzca apariencia.
Sí, era exactamente lo que había pensado, era un terrible compañero de
cama; había estado en una pelea, le habían cortado horriblemente, y aquí
estaba, recién llegado del cirujano. Pero en ese momento dio en girar la
cabeza hacia la luz de tal manera que vi claramente que esos cuadrados
negros de sus mejillas en modo alguno podían ser apósitos. Eran manchas
de alguna clase. Inicialmente no supe qué pensar sobre aquello; aunque
pronto me vino una presuposición de la verdad. Recordé una historia de un
hombre blanco —pescador de ballenas también— que, habiendo caído
entre caníbales, había sido tatuado por ellos. Llegué a la conclusión de que
este arponero, en el curso de sus distantes expediciones, se había topado
con una aventura similar. Y al fin y al cabo, pensé yo, ¡qué! Sólo es su
exterior; un hombre puede ser honesto en cualquier clase de piel. Mas,
entonces, ¿qué hacer de su aterrenal epidermis, quiero decir, de esa parte
de ella que había alrededor, completamente ajena a los cuadrados del
tatuaje? Podría ser, seguramente, que no fuera otra cosa que una buena
capa de bronceado tropical; aunque nunca escuché que un cálido sol
bronceara a un hombre blanco volviéndolo amarillo púrpura. No obstante,
yo nunca había estado en los Mares del Sur; y quizás allí el sol producía
estos extraordinarios efectos sobre la piel. Ahora bien, mientras todas
estas ideas pasaban a través de mí como el rayo, este arponero no se
percataba de mí en modo alguno. Y habiendo abierto su bolsa tras ciertas
dificultades, comenzó a hurgar en ella, y pronto sacó una especie de
tomahawk, y una cartera de piel de foca con pelo. Colocándolos sobre el
antiguo arcón de en medio de la habitación, tomó entonces la cabeza de
Nueva Zelanda —un objeto suficientemente espeluznante— y la embutió
en la bolsa. Después se quitó el sombrero —un sombrero de castor nuevo
—, momento en que casi me puse a chillar por la nueva sorpresa. No había
pelo en su cabeza —por lo menos no del que se pudiera hablar—, nada
excepto un pequeño mechón de cabellera retorcido en su frente. Su calva
cabeza purpúrea parecía ahora enteramente un cráneo mohoso. Si el
extraño no hubiera estado entre la puerta y yo, me habría precipitado a ella
más rápido de lo que nunca me he precipitado sobre una cena.
Incluso en tal situación, algo pensé sobre escapar por la ventana, pero
era caer desde el segundo piso. No soy un cobarde, si bien qué pensar de
este bribón púrpura vendedor de cabezas era algo que por completo
sobrepasaba mi discernimiento. La ignorancia es la madre del miedo, y al
estar totalmente perplejo y estupefacto ante el extraño, confieso que ahora
me encontraba tan asustado de él como si hubiera sido el propio Demonio
que de ese modo se hubiera introducido en mi habitación en lo más negro
de la noche. De hecho, me daba tanto miedo, que en ese momento no tenía
espíritu suficiente para hablarle y requerir una respuesta satisfactoria
respecto a lo que parecía inexplicable en él.
Mientras tanto, él continuaba con la operación de desvestirse, y
finalmente mostró su pecho y sus brazos. Por mi vida que estas partes
suyas estaban ajedrezadas con los mismos cuadrados que su rostro; su
espalda también estaba cubierta completamente con los mismos cuadrados
oscuros; parecía haber estado en una Guerra de los Treinta Años, y haber
escapado de ella con una camisa de cataplasmas. Aún más, sus mismas
piernas estaban marcadas, como si un montón de oscuras ranas verdes
ascendieran por los troncos de jóvenes palmeras. Ahora quedaba bien claro
que debía ser una especie de abominable salvaje embarcado en los Mares
del Sur a bordo de un ballenero, y arribado de este modo a este cristiano
país. Temblé de pensarlo. Un vendedor de cabezas, además… quizá las
cabezas de sus propios hermanos. Podría encapricharse de la mía…
¡cielos!, ¡mira ese tomahawk!
Pero no había tiempo para estremecerse, pues ahora el salvaje se puso
a hacer algo que captó toda mi atención, y que me convenció de que,
efectivamente, debía ser un pagano. Dirigiéndose a su pesado grego, o
sobretodo, o tabardo, que previamente había colgado en una silla, hurgó en
los bolsillos y finalmente sacó una pequeña, curiosa y deformada imagen,
con una chepa en la espalda y exactamente del color de un bebé congoleño
de tres días. Recordando la cabeza embalsamada, en un principio casi creí
que el maniquí negro era un niño auténtico, preservado de similar manera.
Pero viendo que no era en absoluto flexible, y que brillaba de manera muy
semejante al ébano pulido, llegué a la conclusión de que no debía de ser
otra cosa que un ídolo de madera, lo que en efecto resultó ser. Pues ahora
el salvaje iba hasta la chimenea vacía, y retirando la pantalla empapelada,
situaba, como si fuera un bolo, la pequeña imagen jorobada entre los
morillos. Los lienzos de la chimenea y todos los ladrillos del interior
estaban llenos de hollín, de modo que pensé que este hogar componía un
pequeño oratorio o capilla muy apropiado para este ídolo congoleño.

Clavé entonces fijamente mis ojos sobre la medio oculta imagen,


sintiéndome verdaderamente incómodo a la vez… por ver qué seguiría a
continuación. Primero sacó, más o menos, un doble puñado de virutas del
bolsillo de su grego, y las colocó cuidadosamente delante de su ídolo;
habiendo dejado después un pedazo de bizcocho de barco encima y
aplicando la llama de la lámpara, prendió las virutas en un fuego de
sacrificio. Al poco, tras un apresurado pellizcar en el fuego, y aún más
apresurada retirada de sus dedos (por lo que parecía estar
chamuscándoselos de mala manera), finalmente consiguió apartar el
bizcocho; soplando entonces un poco el calor y las cenizas, hizo una cortés
ofrenda de él al negrito. Pero el pequeño diablo no parecía apreciar en
nada esa seca clase de sustento; ni siquiera movió los labios. Todas estos
extraños manejos iban acompañados de aún más extraños ruidos guturales
del devoto, que parecía rezar una cantinela o bien cantar algún tipo de
salmodia pagana, durante la cual su rostro se contraía de la forma más
antinatural. Extinguiendo finalmente el fuego, recogió el ídolo con gran
falta de ceremonia y lo metió en el bolsillo de su grego con tanto descuido
como si fuera un deportivo cazador metiendo en el zurrón una becada
muerta.
Todos estos extraños procedimientos incrementaron mi incomodidad, y
observándole ahora mostrar rotundos síntomas de concluir las operaciones
de su quehacer, y de saltar a la cama conmigo, pensé que era el momento,
ahora o nunca, antes de que se apagara la luz, de romper el hechizo en el
que tanto tiempo había estado atrapado.
Pero el intervalo que perdí en deliberar qué decir fue fatal. Tomando su
tomahawk de la mesa, examinó la parte superior durante un instante, y
acercándolo entonces a la candela, con su boca en el mango, fumó
formando grandes nubes de humo de tabaco. Al momento siguiente la luz
se extinguió, y este salvaje caníbal, con el tomahawk entre sus dientes, se
metió en la cama conmigo. Chillé, no lo pude evitar ya; y soltando un
brusco gruñido de asombro, él empezó a tantearme.
Tartamudeando algo, no supe qué, me aparté de él contra la pared, y
entonces le conjuré, fuera quien quiera o lo que quiera que pudiera ser, a
que se quedara quieto, y que me dejara levantarme y volver a encender la
lámpara. Pero sus respuestas guturales me convencieron al momento de
que apenas comprendía lo que yo quería decir.
—¿Quién-i diabli tú? —dijo finalmente—. Tú no habla-i, maldito-i, yo
mato-i.
Y así diciendo, el tomahawk prendido, empezó a hacer florituras cerca
de mí en la oscuridad.
—¡Posadero, por amor de Dios, Peter Coffin! —grité yo—. ¡Posadero!
¡Guardia! ¡Coffin! ¡Ángeles! ¡Salvadme!
—¡Habla-i!, dice-ii mí quién-ii ser, o maldito-mí, ¡yo mato-i! —gruñó
de nuevo el caníbal, mientras sus horribles florituras de tomahawk
esparcían las calientes cenizas del tabaco a mi alrededor, a tal punto que
pensé que las sábanas iban a incendiarse.
Pero, gracias al Cielo, en ese momento el posadero entró en la
habitación candela en mano y, saltando de la cama, corrí hacia él.
—Bueno, no te asustes —dijo, volviendo a sonreír—. Aquí, Queequeg
no le haría daño ni a un pelo de tu cabeza.
—Deje de sonreír —grité yo—, y ¿por qué no me dijo que ese infernal
arponero era un caníbal?
—Creí que lo sabías; ¿no te dije que estaba vendiendo cabezas por la
ciudad?… Pero sumerge palmas otra vez y ponte a dormir. Queequeg,
escucha… tu sabi mí, yo sabi tú… este hombre duermi tú… ¿sabi tú?
—Mi sabi mucho —gruñó Queequeg, fumando en su pipa y sentándose
en la cama—. Tú entra-i —añadió, haciéndome una indicación con su
tomahawk y echando a un lado la ropa.
Esto lo hizo no sólo de manera educada, sino también amable y
caritativa. Yo me quedé mirándole un momento. A pesar de todos sus
tatuajes era en conjunto un caníbal limpio, de aspecto decoroso. ¿Qué ha
sido todo este jaleo que he estado haciendo?, pensé para mí mismo… El
hombre es un ser humano exactamente como yo: tiene tanta razón para
temerme como yo para estar asustado de él. Mejor dormir con un caníbal
sobrio que con un cristiano borracho.
—Posadero —dije—, dígale que se guarde ese tomahawk suyo, o pipa,
o como quiera llamarlo; en breve, dígale que deje de fumar, y me meteré
con él. Pues no me agrada tener un hombre fumando en la cama conmigo.
Es peligroso. Además, no estoy asegurado.
Dicho esto a Queequeg, inmediatamente lo cumplió, y de nuevo me
indicó cortésmente que me metiera en la cama… desplazándose a un lado
tanto como si dijera: no os tocaré ni una pierna.
—Buenas noches, posadero —dije yo—, puede marcharse.
Me metí en la cama, y nunca dormí mejor en mi vida.
CAPÍTULO IV EL CUBRECAMA

C
uando a la mañana siguiente me desperté al comenzar a clarear,
encontré el brazo de Queequeg tirado sobre mí del más cariñoso
y afectivo de los modos. El cubrecama era de retacería, lleno de
singulares cuadraditos y triangulitos multicolores; y este brazo suyo
tatuado por todos lados con una interminable figura de laberinto de Creta,
de la cual ni dos zonas eran de un solo exacto matiz… debido, supongo, a
que en el mar mantenía el brazo desordenadamente a sol y sombra, sus
mangas de camisa irregularmente recogidas a distintas horas… este
mismo brazo suyo, digo, parecía enteramente como una tira de esa misma
colcha de retacería. De hecho, descansando sobre ella parcialmente, tal
como el brazo estaba al despertarme, apenas podía distinguirlo de la
colcha, así de bien combinaban sus tonalidades; y únicamente gracias a la
sensación de peso y presión podía reconocer que Queequeg me estaba
abrazando.
Mis sensaciones eran extrañas. Permitidme intentar explicarlas.
Cuando era niño, recuerdo bien una circunstancia en cierto modo similar
que me acaeció; si fue realidad o un sueño, nunca podría enteramente
decidirlo. La circunstancia fue ésta. Había estado haciendo alguna
travesura… creo que fue tratar de trepar por la chimenea, tal como había
visto hacer unos días antes a un pequeño deshollinador; y mi madrastra,
que de una u otra manera estaba pegándome todo el rato, o mandándome a
la cama sin cenar… mi madre me sacó de la chimenea tirando de las
piernas y me mandó a la cama, aunque sólo eran las dos de la tarde del
veintiuno de junio, el día más largo del año en nuestro hemisferio. Me
sentí horriblemente. Pero no había manera de evitarlo, así que me fuí
escaleras arriba hasta mi pequeña habitación del tercer piso, me desvestí
lo más lentamente posible, para así matar el tiempo, y con un amargo
suspiro me metí entre las sábanas.
Allí estuve tumbado, calculando míseramente que habían de pasar
dieciséis horas completas antes de que pudiera esperar una resurrección.
¡Dieciséis horas en cama! Los riñones me dolían de pensarlo. Y había,
además, tanta luz… el sol brillando en la ventana, y un fuerte traqueteo de
carruajes en las calles, y el sonido de alegres voces por toda la casa. Cada
vez me sentía peor… Al final me levanté, me vestí, y bajando suavemente
con los pies enfundados en calcetines, busqué a mi madrastra y me lancé
súbitamente a los suyos, implorándola como favor especial que me diera
una buena tunda de zapatillazos por mi mal comportamiento; cualquier
cosa, cualquiera, excepto condenarme a estar en la cama durante un plazo
de tiempo tan insoportable. Pero ella era la mejor y la más concienzuda de
las madrastras, y de vuelta tuve que irme a la habitación. Durante varias
horas estuve allí tumbado, enteramente despierto, sintiéndome mucho peor
de lo que nunca me he sentido desde entonces, incluso ante las más
grandes adversidades posteriores. Finalmente debí de haber caído en una
modorra de atribulada pesadilla; y despertándome de ella —medio
embebido en sueños— abrí los ojos, y la habitación, antes iluminada de
sol, estaba ahora envuelta en completa oscuridad. Instantáneamente sentí
una sacudida que recorrió todo mi cuerpo; nada podía verse, y nada podía
oírse, pero una mano sobrenatural parecía estar puesta sobre la mía. El
brazo lo tenía por fuera del cubrecama, y la innominada e inimaginable
forma silente o fantasma a la que pertenecía la mano parecía estar sentada
cerca, junto a mi cama. Durante lo que parecieron siglos y más siglos, allí
estuve tumbado, congelado por el más tremendo de los miedos, no
atreviéndome a retirar la mano; siempre, sin embargo, pensando que sólo
con que pudiera moverla una única pulgada, el hórrido embrujo se
rompería. No supe cómo esta conciencia finalmente se esfumó de mí; pero
al despertarme por la mañana recordé todo con un escalofrío, y durante
días y semanas y meses después me perdí en confusos intentos de explicar
el misterio. De hecho, incluso hasta este mismo momento a veces me
asombro de aquello.
Ahora bien, retirad el tremendo miedo, y mis sensaciones al sentir la
sobrenatural mano sobre la mía fueron muy similares, en su rareza, a las
que experimenté al levantarme y ver el pagano brazo de Queequeg
rodeándome. Pero al final todos los acontecimientos de la noche pasada,
uno por uno, volvieron a presentarse sobriamente en firme realidad, y
entonces quedé únicamente sujeto al cómico trance. Pues a pesar de que yo
trataba de mover su brazo —deshacer su abrazo de novio—, sin embargo,
durmiendo cual estaba, incluso así me estrechaba con fuerza, como si
nada, salvo la muerte, pudiera separarnos. Intenté ahora despertarle
—«¡Queequeg!»—, pero su única respuesta fue un ronquido. Entonces me
di la vuelta; mi cuello parecía llevar una collera y de pronto sentí un leve
arañazo. Al retirar el cubrecama, allí estaba el tomahawk, durmiendo al
lado del salvaje como si fuera un bebé con cara de hacha. Un buen aprieto,
en verdad, pensé; ¡aquí en la cama en una casa extraña, en pleno día, con
un caníbal y un tomahawk! —«¡Queequeg!… En nombre de lo que más
quieras, ¡Queequeg, despierta!»— Al final, a base de mucho serpentear, e
incesantes interpelaciones en voz alta sobre lo inapropiado de que abrazara
a un compañero varón con ese estilo de tipo matrimonial, logré extraer un
gruñido; y en un instante retiró su brazo, se sacudió todo él como un perro
Terranova que acabara de salir del agua y se sentó en la cama, tieso como
el astil de una pica, mirándome y frotándose los ojos, como si no se
acordara bien de cómo había llegado yo a estar allí, aunque una tenue
conciencia de saber algo sobre mí parecía ir surgiendo lentamente en él.
Mientras tanto, yo me quedé mirándole tranquilamente, ya sin albergar
serios temores, e inclinado a observar de cerca a una criatura tan curiosa.
Cuando finalmente su mente pareció haber llegado a una conclusión
respecto a la naturaleza de su compañero de cama, y supuestamente se
reconcilió con el hecho; saltó al suelo, y mediante ciertos signos y sonidos
me dio a entender que, si me parecía bien, él se vestiría primero y me
dejaría a mí vestirme después, con todo el alojamiento para mí. Pensé yo:
Queequeg, dadas las circunstancias, éste es un inicio muy civilizado; la
verdad es que, decid lo que queráis, pero estos salvajes tienen un sentido
innato de la delicadeza; es maravilloso lo esencialmente correctos que son.
Le hago este cumplido a Queequeg porque mientras que él me trató con
semejante gentileza y consideración, yo fui culpable de gran grosería,
mirándole desde la cama y observando todos sus movimientos de aseo; mi
curiosidad, por el momento, sobreponiéndose a mi educación. No obstante,
no todos los días se ve a un hombre como Queequeg; tanto él como su
forma de comportarse eran muy merecedores de singular observación.
Comenzó a vestirse por arriba, colocándose su sombrero de castor, uno
muy alto, por cierto, y después —todavía sin sus pantalones— buscó las
botas. Por qué demonios lo hizo no puedo decirlo, pero su movimiento
siguiente —con las botas en la mano y el sombrero puesto— fue el de
empotrarse bajo la cama; momento en el que, de los diversos jadeos y
tirones, inferí que se esforzaba en la dura tarea de calzarse las botas; bien
que, por ninguna ley de urbanidad que yo haya escuchado, se le requiera a
un hombre privacidad al ponerse las botas. Pero Queequeg, ya veis, era
una criatura en estado de transición… Ni larva, ni mariposa. Estaba sólo
civilizado lo suficiente para mostrar su foraneidad de la manera más
extraña posible. Su educación todavía no se había completado. Era un
escolar. Si no hubiera estado civilizado en leve grado, probablemente en
modo alguno se habría molestado en llevar botas; pero a la vez, si no
hubiera sido todavía un salvaje, nunca se le habría pasado por la cabeza
meterse debajo de la cama para ponérselas. Finalmente emergió con su
sombrero muy abollado y aplastado sobre los ojos, y comenzó a crujir y a
cojear por la habitación, como si, al no estar muy acostumbrado a llevar
botas, su par de piel de vaca, húmedas y arrugadas —probablemente
tampoco precisamente hechas a medida—, más bien le apretaran y
molestaran al primer uso de una gélida mañana.
Viendo ahora que no había cortinas en la ventana, y que al ser la calle
muy estrecha la casa de enfrente gozaba de una vista clara de la
habitación, y reparando cada vez más en la indecorosa estampa que
Queequeg hacía, perneando de un lado a otro con poco más encima que su
sombrero y sus botas, le rogué lo mejor que pude que acelerara un poco su
aseo, y en particular que se pusiera los pantalones lo antes posible. Así lo
hizo, y entonces procedió a lavarse. A esa hora de la mañana cualquier
cristiano se hubiera lavado la cara; pero Queequeg, para mi sorpresa, se
contentó con restringir sus abluciones a su pecho, brazos y manos.
Enfundose entonces su chaleco, y tomando un pedazo de jabón del lavabo-
mesa central, lo sumergió en el agua y empezó a enjabonarse la cara. Yo
estaba mirando a ver dónde guardaba su navaja, cuando hete aquí que coge
el arpón de la esquina de la cama, retira el largo mango de madera,
desenfunda la punta, la afila un poco en su bota y, dando unos pasos hasta
el trozo de espejo de la pared, comienza un vigoroso raspado, o más bien
arponeado, de sus mejillas. Pensé yo, Queequeg, esto es lo que se dice
emplear al límite la mejor cubertería de la marca Roger. Esta operación
dejó de sorprenderme posteriormente, cuando me enteré del buen acero de
que está hecha la punta de un arpón, y de lo extremadamente afilados que
se mantienen siempre los largos filos rectos.
El resto de su aseo se concluyó pronto, y él salió orgullosamente de la
habitación, envuelto en su gran cazadora de piloto, y manejando su arpón
como el bastón de mando de un mariscal.
CAPÍTULO V EL DESAYUNO

R
ápidamente seguí su ejemplo, y descendiendo al bar, muy
amigablemente abordé al sonriente posadero. No albergaba
rencor hacia él, aunque hubiera estado mofándose no poco de
mí en el asunto de mi compañero de cama.
Por más que una buena risa es cosa estupenda, y cosa estupenda más
bien demasiado escasa; a más lamentar. Así que, si cualquier hombre, en
su propia peculiar persona, alberga materia para gastar una buena broma a
alguien, que no se retraiga, que alegremente permita que le empleen y
emplearse de esa manera. Y en el hombre que tiene algo pródigamente
risible en sí, estad seguros de que en ese hombre hay más de lo que quizá
consideréis.
El bar estaba ahora lleno de los huéspedes que habían ido llegando la
noche anterior, y a los cuales yo todavía no había echado una buena
mirada. Casi todos eran balleneros; primeros oficiales, y segundos
oficiales, y terceros oficiales, y carpinteros de barco, y toneleros de barco,
y herreros de barco, y arponeros, y guardanaves: una compañía de
boscosas barbas, curtida y fornida; un conjunto peludo, no trasquilado,
vistiendo todos cazadoras a modo de batín de mañana.
Muy fácilmente podías decir cuánto tiempo había estado en tierra cada
uno. La sana mejilla de este joven es de una tonalidad como la pera tostada
al sol, y pareciera oler casi así de almizcleña; no puede llevar tres días
desembarcado de su viaje a la India. El hombre a su lado parece unos
tonos más claro; podrías decir que en él hay un toque de madera de satín.
En el aspecto de un tercero todavía perdura un bronceado tropical, aunque,
con todo, levemente blanqueado; él, sin duda, ha permanecido semanas
enteras en tierra. Mas quién podía lucir una mejilla como la de Queequeg,
que, rayada con diversas tinturas, parecía mostrar, como la vertiente
occidental de los Andes, climas contrapuestos, zona a zona.
—¡El condumio! —gritó ahora el posadero, abriendo de golpe la
puerta; y adentro fuimos a desayunar.
Dicen que los hombres que han visto el mundo se tornan por esa causa
muy sueltos de trato, muy seguros en sociedad. No siempre, no obstante.
De entre todos los hombres de un salón, Ledyard, el gran viajero de Nueva
Inglaterra, y Mungo Park, el de Escocia, eran los que tenían la menor
seguridad en sí mismos. Aunque quizá la mera travesía de Siberia en un
trineo tirado por perros, como hizo Ledyard, o el dar un largo y solitario
paseo con el estómago vacío por el corazón negro de África, que fue la
suma de los logros del pobre Mungo… este tipo de viaje, digo, quizá no
sea el mejor modo de adquirir un distinguido lustre social. De cualquier
manera, en su mayor parte, este tipo de cosas pueden obtenerse en
cualquier sitio.
Las reflexiones que acabo de hacer están ocasionadas por la
circunstancia de que una vez que todos estuvimos sentados a la mesa, y yo
me preparaba a escuchar unas buenas historias sobre la pesca de la ballena,
ante mi no pequeña sorpresa, casi todos los hombres mantuvieron un
profundo silencio. Y no sólo eso, sino que también parecían azorados. Sí,
aquí había un grupo de lobos de mar, muchos de los cuales, sin la menor
vacilación, habían abordado grandes ballenas en alta mar —unas
completas desconocidas para ellos—, y sin pestañear se habían batido con
ellas hasta matarlas; y aquí, sin embargo, se sentaban a una mesa comunal
de desayuno —todos de la misma ocupación, todos de gustos afines—
mirándose unos a otros a su alrededor tan temerosamente como si nunca
hubieran perdido de vista algún redil en las Green Mountains. Una curiosa
visión; estos vacilantes osos, ¡estos tímidos guerreros balleneros!
Mas en lo referente a Queequeg… Sí, Queequeg se sentaba allí, entre
ellos… en la cabecera de la mesa, además, así se había dado; tan frío como
un carámbano. Por supuesto, no puedo decir mucho a favor de su
educación. Su mayor admirador no podría haber sinceramente justificado
que se trajera el arpón consigo al desayuno, y que lo utilizara allí sin
ninguna ceremonia; alcanzando con él por encima de la mesa, y pinchando
los filetes de buey hacia sí, para inminente peligro de muchas cabezas.
Pero eso ciertamente lo hacía con desenvoltura, y todo el mundo sabe que,
según la opinión de mucha gente, hacer algo con desenvoltura es hacerlo
con gentileza.
No hablaremos aquí de todas las peculiaridades de Queequeg; cómo
renunciaba al café y a los bollos, y centraba toda su atención en los filetes
de buey, poco hechos. Baste que cuando terminó el desayuno se retiró
como los demás al salón público, encendió su pipa-tomahawk, y allí estaba
sentado, tranquilamente digiriendo y fumando, con su inseparable
sombrero puesto, cuando yo salí a dar una vuelta.
CAPÍTULO VI LA CALLE

S
i inicialmente me hubiera quedado perplejo al haber podido
observar un individuo tan inverosímil como Queequeg circulando
entre la cortés sociedad de una ciudad civilizada, esa perplejidad
pronto desapareció al dar mi primer paseo diurno por las calles de New
Bedford.
En las vías públicas cercanas a los muelles, cualquier puerto de mar de
cierta entidad brindará con frecuencia la oportunidad de observar
indescriptibles tipos de la más extraña apariencia, llegados de tierras
lejanas. Incluso en Broadway y en Chestnut Street, marineros
mediterráneos dan a veces un empellón a las atemorizadas damas. Regent
Street no es desconocida para los malayos y los lascars; y en Bombay, en
el Apollo Green, yanquis de carne y hueso asustaban con frecuencia a los
nativos. Pero New Bedford supera a todas las Water Streets y a todos los
Wappings. En estos últimos rincones sólo ves marineros; pero en New
Bedford hay auténticos caníbales charlando en las esquinas, absolutos
salvajes; muchos de los cuales todavía portan sobre sus huesos carne
profanada. Es algo que a un forastero le hace mirar.
Pero además de los fijianos, tongataboanos, erromangoanos,
pannangios, y brighggios, y además de los fieros especímenes de la
profesión ballenera que fluctúan por las calles, verás otras vistas todavía
más curiosas, ciertamente más cómicas. A esta ciudad llegan
semanalmente montones de cándidos nativos de Vermont y de New
Hampshire, todos sedientos de lucro y de gloria en la pesquería. En su
mayor parte son jóvenes, de complexión recia; tipos que han talado
bosques y que ahora buscan dejar el hacha y empuñar la lanza ballenera.
Muchos están tan verdes como las Green Mountains de donde vinieron. En
algunos aspectos pensarías que apenas tienen unas horas de edad. ¡Mirad
allí!, a ese individuo volviendo la esquina. Lleva un sombrero de castor y
una chaqueta de frac ceñida con cinturón de marinero y navaja enfundada.
Aquí viene otro con un sueste y una capa de bombasí.
No hay dandi criado en ciudad que pueda compararse con uno criado
en el campo… Me refiero a un auténtico dandi paleto… un tipo que en
plena canícula siega sus dos acres con guantes de cabritilla por temor a
broncearse las manos. Ahora bien, cuando a un dandi campestre de este
tipo se le mete en la cabeza hacerse una reputación distinguida, y se enrola
en la gran pesquería de la ballena, deberíais ver las payasadas que hace
cuando llega al puerto de mar. Al encargar su indumentaria marina, pide
botones de fantasía para sus chalecos; tirantes para sus pantalones de
lienzo. ¡Ah, pobre palurdo! Qué amargamente se partirán esos tirantes en
la primera aullante galerna, cuando seáis arrastrado, tirantes, botones y
demás, garganta de la tempestad abajo.
Mas no penséis que esta famosa ciudad sólo tiene arponeros, caníbales
y paletos que mostrar a sus visitantes. En modo alguno. Pues New Bedford
es un sitio singular. De no haber sido por nosotros, balleneros, esa porción
de tierra quizá estaría hoy en día en tan ululante condición como la costa
del Labrador. Tal como están las cosas, hay zonas de su comarca interior
que se bastan para asustarle a uno, tan esqueléticas se las ve. La propia
ciudad es quizá el lugar más caro para vivir de toda Nueva Inglaterra. Es
tierra de aceite, sin duda: aunque no como Canaan, también una tierra de
grano y vino. Por las calles no corre la leche; ni pavimentan éstas con
huevos frescos en primavera. No obstante, a pesar de ello, en ningún lugar
de toda América encontraréis más casas de apariencia patricia, parques y
jardines más opulentos, que en New Bedford. ¿De dónde provienen?
¿Cómo han sido plantados sobre esta antigua macilenta escoria de tierra?
Id y observad los emblemáticos arpones de hierro alrededor de aquella
excelsa mansión, y vuestra pregunta será respondida. Sí: todas estas
rumbosas casas y estos jardines floridos vinieron desde los océanos
Atlántico, Pacífico e Índico. Unas y otros fueron arponeados y arrastrados
aquí arriba desde el fondo del mar. ¿Puede Herr Alexarder[15] obrar una
proeza semejante?
En New Bedford, dicen, los padres dan ballenas a sus hijas como dote,
y legan a sus sobrinas unas cuantas marsopas por cabeza. Debéis ir a New
Bedford para ver una boda brillante; pues, dicen, todas las casas tienen
depósitos de aceite, y cada noche se queman sus reservas
despreocupadamente en velas de esperma de ballena.
En verano la ciudad es agradable de ver; llena de magníficos arces…
largas avenidas de verde y oro. Y en agosto, a lo alto en el aire, los bellos
y generosos castaños de Indias ofrecen al paseante, como candelabros, sus
piramidales conos erguidos de agrupadas floraciones. Tan omnipotente es
el arte, que en muchos distritos de New Bedford ha superpuesto brillantes
terrazas de flores sobre las desoladas rocas de desecho dejadas de lado en
el día final de la Creación.
Y las mujeres de New Bedford florecen como sus propias rosas rojas.
Aunque las rosas sólo florecen en verano; mientras que el hermoso
carmesí de sus mejillas es perenne, como la luz del sol en el séptimo cielo.
Igualar en otra parte ese florecer suyo no podréis, excepto en Salem,
donde, me dicen, las jóvenes emanan tal fragancia que sus novios
marineros las olfatean a millas lejos de la costa, como si estuvieran
acercándose a las olorosas Molucas en lugar de a las puritanas arenas.
CAPÍTULO VII LA CAPILLA

E
n este mismo New Bedford se yergue una Capilla de los
Balleneros y pocos son los apesadumbrados marineros que,
próximamente rumbo al océano Índico o al Pacífico, dejan de
hacer una visita dominical al lugar. En verdad que yo no dejé de hacerla.
De regreso de mi primer paseo matinal, volví a encaminarme por este
especial recorrido. El cielo había cambiado de claro, frío y soleado a
niebla y una intensa aguanieve. Me abrí paso contra la terca tormenta
arropándome en mi holgada cazadora del paño llamado «piel de oso». Al
entrar me encontré una pequeña y dispersa congregación de marineros, y
esposas y viudas de marineros. Reinaba un enmudecido silencio sólo roto
a veces por los chirridos de la tormenta. Cada callado feligrés parecía
haberse sentado intencionadamente alejado del otro, como si todo
silencioso pesar fuera insular e incomunicable. El capellán no había
llegado todavía; y esas mudas islas de hombres y mujeres se sentaban allí,
observando impávidamente varias losas de mármol con bordes negros,
encastradas en la pared a ambos lados del púlpito. Tres de ellas rezaban
algo así como lo que sigue, aunque no pretendo citar…
Consagrada
a la memoria
de
John Talbot,
el cual, a la edad de dieciocho años, fue perdido fuera borda,
cerca de la isla de la Desolación, en aguas de la Patagonia,
1 de noviembre, 1836
esta lápida
es erigida en su memoria
por su hermana

Consagrado
a la memoria
de
Robert Long, Willis Ellery,
Nathan Coleman, Walter Canny,
Seth Macy y Samuel Cleig,
que formaban una de las dotaciones de las lanchas
del
barco Eliza
que fue remolcada por una ballena hasta perderse de vista
en el caladero de alta mar del
Pacífico,
31 de diciembre, 1839
este mármol
es colocado aquí por sus supervivientes
compañeros de tripulación

Consagrada
a la memoria
del
difunto
capitán Ezekiel Hardy,
que en la proa de su lancha fue muerto por un
cachalote en la costa de Japón
3 de agosto, 1833
esta lápida
es erigida a su memoria
por
su viuda
Sacudiéndome el aguanieve de mis congelados sombrero y cazadora,
me senté cerca de la puerta, y al volverme de lado me sorprendió ver a
Queequeg cerca de mí. Afectado por la solemnidad de la escena, había en
su semblante una embelesada mirada de incrédula curiosidad. Este salvaje
fue la única persona presente que pareció darse cuenta de mi entrada; pues
era el único que no sabía leer y, por lo tanto, no estaba leyendo esas
frígidas inscripciones de la pared. Yo no sabía si en aquel momento estaba
entre la congregación alguno de los parientes de los marineros cuyos
nombres aparecían allí; pero son tantos los accidentes no registrados en la
pesquería, y tan claramente ostentaban varias mujeres presentes el
semblante, si no los modos, de algún incesante pesar, que estoy seguro de
que aquí, ante mí, se hallaban reunidos aquellos en cuyos incurables
corazones la visión de esas desoladas lápidas provocaba compasivamente
que las antiguas heridas sangraran de nuevo.
¡Oh, vos, cuyos muertos yacen enterrados bajo la verde hierba!; que
estando entre flores podéis decir… Aquí, aquí yace mi ser amado; vos no
sabéis la desolación que se incuba en pechos como éstos. ¡Qué amargos
espacios en blanco en esos mármoles bordeados de negro que no cubren
cenizas! ¡Qué desesperación en esas inamovibles inscripciones! Qué
mortales vacíos e indeseadas infidelidades en las líneas que parecen roer
toda fe, y negar la resurrección a los seres que han ilocalizadamente
perecido, sin una tumba. Esas lápidas podían lo mismo estar en la cueva de
Elefanta que aquí.
En qué censo de criaturas vivas se incluyen los muertos de la
humanidad; por qué hay un proverbio universal que dice de ellos que no
cuentan historias, aunque albergan más secretos que Goodwin Sands;
cómo es que al que ayer partió para el otro mundo, a su nombre
anteponemos una palabra tan significativa e infiel[16], y no le agraciamos,
sin embargo, de este modo si sólo se embarca a las remotas Indias de esta
tierra viva; por qué las compañías de seguros de vida pagan
indemnizaciones de muerte sobre inmortales; en qué eterna, inmovilizante
parálisis y mortal desahuciado trance yace todavía el vetusto Adán, que
murió hace sesenta siglos cumplidos; cómo es que aún nos negamos a ser
confortados por esos que no obstante mantenemos que habitan en
inexpresable dicha; por qué todo lo vivo se esfuerza en acallar todo lo
muerto; de dónde que el rumor de unos golpes en una tumba aterrorice a
una ciudad entera. Todas estas cosas no carecen de su significado.
Pero la fe, como un chacal, se alimenta entre las tumbas, e incluso en
esas dudas muertas recolecta su más vital esperanza.
Apenas se necesita decir con qué sentimientos, en la víspera de un
viaje a Nantucket, observé esas lápidas, y a la lóbrega luz de ese
oscurecido y entristecido día leí el sino de los balleneros que habían
partido antes que yo. Sí, Ismael, el mismo sino puede ser vuestro. Pero de
algún modo me volví a alegrar. Atrayentes incentivos para embarcar,
buena oportunidad de promoción… Sí, una lancha desfondada me hará
inmortal por méritos en combate. Sí, hay muerte en este negocio de la
pesca de la ballena… un rápido, mudo y caótico empaquetado de un
hombre a la eternidad. Pero ¿entonces qué? Me parece a mí que hemos
malinterpretado enormemente esta cuestión de la vida y la muerte. Me
parece a mí que lo que llaman mi sombra aquí en la tierra es mi verdadera
sustancia. Me parece a mí que al observar asuntos espirituales, nos
parecemos demasiado a ostras que observan el sol a través del agua, y que
creen ese agua espesa el aire más sutil. Me parece a mí que mi cuerpo sólo
son los posos de mi mejor ser. De hecho, que coja mi cuerpo quienquiera,
que lo coja, digo: no soy yo. Y, por tanto, tres hurras por Nantucket; y que
vengan una lancha desfondada y un cuerpo desfondado cuando venir
quieran, pues desfondar mi alma ni el propio Jove puede.
CAPÍTULO VIII EL PÚLPITO

N
o estuve sentado mucho tiempo antes de que entrara un
hombre de una particular venerable robustez;
inmediatamente, mientras la puerta azotada por la tormenta
volvía atrás después de admitirle, un vivo y respetuoso reconocimiento
visual de toda la congregación atestó suficientemente que este buen
anciano era el capellán. Sí, era el famoso padre Mapple, así llamado por
los balleneros, entre los cuales era un gran predilecto. En su juventud
había sido marinero y arponero, pero desde hacía ya muchos años había
dedicado su vida al ministerio. En la época sobre la que escribo, el padre
Mapple estaba en el duro invierno de una sana vejez; ese tipo de vejez que
parece diluirse en una segunda floreciente juventud, pues entre todas las
fisuras de sus arrugas brillaban ciertos leves destellos de un reciente
retoñar en progreso… El verdor primaveral asomando incluso bajo la
nieve de febrero. Nadie que hubiera escuchado previamente su historia
podría observar al padre Mapple por vez primera sin el más extremo
interés, pues en él se habían implantado ciertas peculiaridades clericales,
imputables a esa aventurera vida marítima que había llevado. Cuando
entró, observé que no llevaba paraguas, y ciertamente no había venido en
su propio carruaje, pues su sombrero de hule chorreaba granizo derretido,
y su gran cazadora de piloto de paño parecía casi arrastrarle al suelo con el
peso del agua que había absorbido. De cualquier manera, sombrero y
gabán y chanclos fueron retirados uno por uno, y colgados en un pequeño
hueco en un rincón adyacente; momento en el que, ataviado con un
correcto traje, se acercó silenciosamente al púlpito.
Como la mayor parte de los púlpitos antiguos, era un púlpito muy
elevado, y dado que unas escaleras normales hasta tamaña altura, a causa
de la larga pendiente desde el suelo, habrían reducido seriamente la ya
pequeña área de la capilla, el arquitecto, siguiendo, al parecer, las
indicaciones del padre Mapple, había rematado el púlpito sin escalera,
remplazándola con una escala perpendicular lateral, como las que se
utilizan para subir a un barco desde una lancha en el mar. La mujer de un
capitán ballenero había dotado a la capilla de un bonito par de
guardamancebos de rojo estambre para esta escala, que estando en sí bien
rematada, y teñida en un tono caoba, en modo alguno resultaba, en
conjunto, considerando el tipo de capilla que era, de mal gusto.
Deteniéndose un instante a los pies de la escala, y agarrando con ambas
manos los pomos ornamentales de los guardamancebos, el padre Mapple
lanzó una ojeada hacia arriba, y entonces, con auténtica aunque reverente
destreza de marinero, subió los peldaños como si ascendiera a la cofa del
mayor de su nave.
Los elementos perpendiculares de esta escala lateral, como suele ser el
caso en las colgantes, eran de cabo cubierto de tela, sólo los travesaños
eran de madera, de tal forma que en cada peldaño había una juntura. En mi
primera ojeada al púlpito no se me había escapado que, por muy
conveniente que fueran para un barco, estas junturas, en el caso presente,
parecían innecesarias. Mas yo no me esperaba ver al padre Mapple, tras
acceder a lo alto, volverse lentamente, e inclinándose sobre el púlpito,
tirar cuidadosamente de la escala peldaño a peldaño, hasta que toda entera
quedó depositada en el interior, dejándole a él inexpugnable en su pequeño
Quebec[17].
Cavilé durante un rato, sin comprender enteramente la razón de
aquello. El padre Mapple disfrutaba de una reputación tan extendida de
sinceridad y santidad que no podía suponerle que buscara notoriedad por
medio de meros trucos de escenario. No, pensé yo, debe haber alguna
razón sensata para esto; lo que es más, debe simbolizar algo intangible.
¿Puede ser, quizá, que con ese acto de aislamiento físico indique su
espiritual retiro transitorio de toda atadura y exterior conexión mundana?
Sí, pues colmado con el pan y el vino de la palabra, para el piadoso
hombre de Dios este púlpito, lo veo, es una plaza fuerte autárquica… un
altivo Ehrenbreitstein con un perenne manantial de agua dentro de sus
muros.
Pero la escala lateral no era el único elemento desusado del lugar que
había sido adoptado del antiguo marinear del capellán. Entre los
cenotafios de mármol a los dos lados del púlpito, la pared que constituía
su fondo estaba adornada con una gran pintura que representaba un
gallardo navío batiéndose contra una terrible tormenta, en la cercanía de
una costa a sotavento de negras rocas y níveos rompientes. Y muy por
encima de la urgente cellisca y de las oscuras y mudantes nubes flotaba
una pequeña isla de luz solar, en la cual destellaba una cara de ángel; y
esta brillante cara emitía un bien delimitado punto de fulgor sobre la
zarandeada cubierta del barco, algo así como esa placa de plata engastada
en la plancha del Victory en donde cayó Nelson. «Ah, noble barco»,
parecía decir el ángel, «batid, batid, vos, noble barco, y sustentad un tenaz
timón; ¡pues ved!, el sol está rompiendo; las nubes se están alejando… el
más sereno de los cielos está al llegar».

Tampoco el propio púlpito carecía del mismo sabor a mar que la escala
y la pintura habían logrado. Su frente panelado lo estaba al estilo de una
proa chata de barco, y la santa Biblia descansaba sobre una pieza
protuberante en forma de voluta, diseñada imitando el beque de un barco.
¿Qué podría estar más cargado de significado?… Pues el púlpito
siempre es la parte más avanzada de esta tierra; todo lo demás viene a su
espalda: el púlpito dirige el mundo. Desde allí se avista por primera vez la
tormenta de la ardiente ira de Dios, y la proa ha de recibir el embate
inicial. Desde allí es desde donde primero se invocan vientos favorables al
Dios de las brisas propicias o adversas. Sí, el mundo es un barco en
tránsito, y no una expedición concluida; y el púlpito es su proa.
CAPÍTULO IX EL SERMÓN

E
l padre Mapple se levantó, y con voz suave de modesta autoridad
ordenó a la dispersa parroquia que se reuniera.
—¡Eh, portalón de estribor, desplazarse a babor… Portalón de
babor, a estribor! ¡A la medianía del buque! ¡A la medianía del buque!
Se produjo un grave tronar de pesadas botas de mar entre los bancos, y
un siempre más ligero deslizar de zapatos de mujer, y todo quedó de nuevo
en silencio, y todos los ojos en el predicador.
Éste hizo una pequeña pausa; entonces, inclinándose en la proa del
púlpito, plegó sus grandes manos bronceadas sobre el pecho, elevó sus
ojos cerrados, y ofreció una oración tan profundamente devota que parecía
estar arrodillándose y rezando en el fondo del mar.
Terminaba ésta en prolongados tonos solemnes, como el continuo tañer
de una campana en un barco que en medio de la niebla está naufragando en
alta mar… con semejantes tonos comenzó a leer el siguiente himno; mas,
cambiando el acento al llegar a las estanzas de la conclusión, estalló con
repicante exultación y alegría…

De la ballena, costillas y terrores,


lóbrega desolación sobre mí enarcaron,
al pasar las olas al sol de Dios todas,
hundiéndome en la perdición me dejaron.
Vi la mandíbula del Infierno abierta,
con infinitos dolores y penas allí,
que sólo los que sienten saben cierta…
Oh, en la desesperación caer me vi.

En negra pena apelé a mi Dios


cuando apenas creerle mío podía.
Él a mis quejas el oído inclinó,
la ballena ahora ya no me recluía.
Con rapidez, voló a mi salvación
como portado sobre un delfín radiante,
como el relámpago; de mi liberador Dios
lució la faz, terrible, y aun así brillante.

Esa terrible, esa alegre hora,


por siempre recogerá mi canción.
A mi Dios yo doy la gloria toda,
suyo es todo el poder y el perdón.

Casi todos se sumaron a cantar este himno, que se elevó muy por
encima del aullar de la tormenta. Siguió una breve pausa; el predicador
pasó lentamente las páginas de la Biblia, y finalmente, posando su mano
sobre la página apropiada, dijo:
—Amados compañeros de tripulación, recordad el último verso del
primer CAPÍTULO de Jonás…: «Y Dios había dispuesto un gran pez para
tragarse a Jonás».
«Compañeros de tripulación, este libro, que contiene sólo cuatro
capítulos —cuatro relatos—, es una de las más pequeñas filásticas en el
poderoso cable de las Escrituras. No obstante, ¡qué honduras del alma
sondea la sondaleza de profundidad de Jonás! ¡Qué fecunda lección es para
nosotros este profeta! ¡Qué cosa tan noble es ese cántico en el estómago de
la ballena! ¡Qué semejante a las olas y tempestuosamente grandioso!
Sentimos las mareas derramándose sobre nosotros; sondeamos con él
hasta el sargazoso fondo de las aguas: ¡las algas y todos los limos del mar
están en torno a nosotros! Pero ¿cuál es esta lección que el libro de Jonás
enseña? Compañeros, es una lección de dos filásticas: una lección para
todos nosotros como pecadores, y una lección para mí como piloto del
Dios viviente. Como pecadores, es una lección para todos nosotros porque
es una historia del pecado, de la impiedad, de los temores repentinamente
avivados, del pronto castigo, el arrepentimiento, las oraciones, y
finalmente la salvación y la alegría de Jonás. Al igual que ocurre con todos
los pecadores de entre los hombres, el pecado de este hijo de Amittai
estuvo en su voluntaria desobediencia del mandato de Dios, que consideró
un mandato arduo —no importa ahora cuál fuera ese mandato, o cómo se
hiciera llegar—. Pero todas las cosas que Dios nos hace hacer son arduas
de hacer para nosotros —recordad eso—, y de ahí que Él, a nosotros, nos
ordene con mayor frecuencia que se esfuerza en persuadirnos. Y si
obedecemos a Dios, debemos desobedecernos a nosotros mismos; y es en
este desobedecernos en el que estriba la dificultad de obedecer a Dios.
»Con este pecado de desobediencia en sí mismo, Jonás aún desacata
más a Dios, buscando huir de Él. Cree que un barco construido por
hombres le llevará a países en donde Dios no reina, sino sólo los capitanes
de esta tierra. Merodea por los muelles de Jope, y busca un barco que se
dirija a Tarsis. Aquí se oculta, quizá, un significado ignorado hasta la
fecha. Según todos los cálculos, Tarsis no pudo haber sido otra ciudad que
la moderna Cádiz. Ésa es la opinión de los instruidos. ¿Y dónde está
Cádiz, compañeros de tripulación? Cádiz está en España; tan lejos por
agua de Jope como Jonás podría haber navegado en aquellos antiguos
tiempos, cuando el Atlántico era un mar casi desconocido. Pues Jope, la
moderna Jafa, compañeros, está en la costa más oriental del Mediterráneo,
la siria; y Tarsis o Cádiz, más de dos mil millas al oeste de allí, justo en el
exterior del estrecho de Gibraltar. ¿No veis entonces, compañeros, que
Jonás buscaba huir de Dios al otro lado del mundo? ¡Hombre miserable!
¡Oh!, harto despreciable y digno de todo desdén; ocultándose de su Dios,
con sombrero gacho y mirada culpable; merodeando entre los barcos como
un ruin malhechor que se apresura a cruzar los mares. Su apariencia es tan
descompuesta y patibularia que, si en aquellos días hubiera habido
policías, Jonás, bajo la mera sospecha de alguna transgresión, habría sido
arrestado antes de que tocara una cubierta. ¡Qué notorio es un fugitivo!
Ningún equipaje, ninguna sombrerera, valija o talega… Ningún amigo que
le acompañe al muelle con sus adioses. Finalmente, tras mucha búsqueda
evasiva, encuentra el barco de Tarsis, que recibe los últimos bultos del
cargamento; y cuando sube a bordo para ver al capitán en la cabina, todos
los marineros, al advertir el malvado visaje del extraño, cesan un
momento de cargar las mercancías. Jonás ve esto; mas en vano trata de
aparentar calma y seguridad plenas; en vano ensaya su ladina sonrisa.
Fuertes intuiciones sobre él aseguran a los marineros que no puede ser un
hombre inocente. A su burlona manera, aunque aun así grave, uno susurra
a otro… “Jack, ése ha robado a una viuda”; o: “Joe, ¿te fijas en él?, es un
bígamo”; o: “Harry, amigo, me parece que es el adúltero que escapó de la
cárcel de la antigua Gomorra, o puede que sea uno de los asesinos huidos
de Sodoma”. Otro corre a leer el cartel que está clavado en el pilote del
muelle al que está atracado el barco, que ofrece quinientas monedas de oro
por la detención de un parricida, y contiene una descripción de su persona.
Lee, y mira de Jonás al cartel; mientras, todos sus compinchados
compañeros rodean ahora a Jonás, dispuestos a echarle las manos encima.
Asustado, Jonás tiembla y, haciendo acopio en su rostro de toda su osadía,
no consigue sino parecer aún más cobarde. No confesará ser sospechoso;
pero eso es en sí profunda sospecha. Así que aguanta lo mejor que puede;
y cuando los marineros observan que no es el hombre anunciado, le dejan
pasar, y desciende a la cabina.
»“¿Quién está ahí?”, grita el capitán en su atareada mesa de despacho,
preparando apresuradamente sus papeles para la aduana. “¿Quién está
ahí?”
»¡Oh, cómo desfigura esa inofensiva pregunta a Jonás! Durante un
instante casi se vuelve para huir de nuevo. Pero se recompone.
»“Busco pasaje en este barco a Tarsis; ¿cuándo zarpáis, señor?”.
»Hasta ese momento el atareado capitán no ha alzado la vista hacia
Jonás, aunque el hombre está ahora ante él; pero en cuanto escucha esa voz
hueca, lanza una mirada indagadora.
»“Zarpamos con la próxima marea”, al final lentamente respondió,
todavía mirándole con fijeza.
»“¿Más pronto no, señor?”
»“Lo bastante pronto para cualquier hombre honesto que se embarca
de pasajero.”
»¡Ja! Jonás, ésa es otra punzada. Pero rápidamente distrae al capitán de
ese rastro.
»“Zarpo con vos”, dice, “el dinero del pasaje, ¿cuánto es?… Pagaré
ahora”.
»Pues está especialmente escrito, compañeros, como si fuera cosa que
no debe ser pasada por alto en esta historia, “que pagó ese pasaje” antes de
que el navío zarpara. Y tomado en el contexto, esto está lleno de
significado.
»Ahora bien, el capitán de Jonás, compañeros de tripulación, era de
aquellos cuyo discernimiento detecta el crimen en cualquiera, mas cuya
codicia lo denuncia sólo en los indigentes. En este mundo, compañeros, el
pecado que paga su viaje puede viajar libremente, y sin pasaporte;
mientras que la virtud, si es menesterosa, es detenida en todas las
fronteras. Así que el capitán de Jonás, antes de juzgarle abiertamente, se
dispone a comprobar la profundidad de la bolsa de Jonás. Pide el triple de
la suma usual; y se lo aceptan. Entonces el capitán sabe que Jonás es un
fugitivo; pero al mismo tiempo decide colaborar en una huida que
pavimenta de oro su retaguardia. No obstante, cuando Jonás saca
limpiamente su bolsa, la prudente sospecha inquieta todavía al capitán.
Hace sonar cada moneda para descubrir alguna falsa. No es un falsificador,
por lo menos, murmura; y Jonás es apuntado a su pasaje.
»“Indíqueme mi camarote, señor”, dice ahora Jonás, “estoy cansado
del viaje; necesito dormir”.
»“Ése aspecto tenéis”, dice el capitán, “ahí está vuestra habitación”.
»Jonás entra, y querría cerrar la puerta, pero la puerta no tiene llave. Al
escucharle hurgando allí absurdamente, el capitán ríe en voz baja para sí, y
murmura algo sobre las puertas de las celdas de los convictos, que nunca
se pueden cerrar desde dentro. Completamente vestido y polvoriento como
está, Jonás se deja caer en su litera y ve que el techo del pequeño camarote
casi topa con su frente. El aire está enclaustrado y Jonás respira con
dificultad. Entonces, en ese reducido hueco, sumergido además bajo la
línea de flotación del barco, Jonás siente la prenunciadora intuición de esa
agobiante hora en la que la ballena le retendrá en la parte más pequeña de
las estancias de sus intestinos.
»Atornillada en su eje al lateral, una lámpara colgante oscila
levemente en el cuarto de Jonás; y al ladearse el barco hacia el muelle con
el peso de los últimos fardos recibidos, la lámpara, llama y todo, aunque
en leve movimiento, mantiene, no obstante, una oblicuidad permanente
con respecto al cuarto; aun cuando en verdad infaliblemente recta ella
misma, no puede sino hacer obvios los falsos y engañosos niveles entre los
que cuelga. La lámpara alarma y asusta a Jonás, mientras, tumbado en su
litera, sus atormentados ojos giran alrededor del lugar; y este fugitivo,
hasta el momento victorioso, no encuentra refugio para su mirar
desasosegado. Y esa contradicción en la lámpara le aterroriza cada vez
más. El suelo, el techo y la amurada: todos están ladeados.
»“¡Oh, así cuelga mi conciencia en mí!”, gruñe, “recta hacia arriba, así
arde; ¡pero los aposentos de mi alma están torcidos todos!”.
»Como alguien que tras una noche de juerga embriagada se apresura al
lecho, todavía vacilante, pero con la conciencia punzándole ya, lo mismo
que los saltos del caballo de carreras romano, que sólo presionan cada vez
más su bocado de acero en él; como alguien que en esa miserable situación
aún se vuelve una y otra vez en aturdida angustia, rogándole a Dios ser
anulado hasta que el trastorno pase; y finalmente, en medio del torbellino
de penar que siente, un profundo estupor le embarga, como al hombre que
se desangra hasta la muerte, pues la conciencia es la herida, y no hay nada
que la tapone; así, tras dolorosos combates en su litera, el portento de la
ponderal aflicción de Jonás le arrastra, sumiéndole al sueño.
»Y ahora ha llegado el momento de la marea; el barco suelta los
cables; y desde el muelle desierto el barco de Tarsis, que nadie despide, se
desliza todo escorado al mar. ¡Ese barco, amigos míos, fue el primer
contrabandista registrado! El contrabando era Jonás. Mas el mar se rebela;
no va a soportar la inicua carga. Viene una terrible tormenta, el barco
puede partirse. Y ahora, cuando el contramaestre llama a toda la
tripulación a aligerarlo; cuando cajas, fardos y vasijas castañetean por
encima de la borda; cuando el viento chirría, y los hombres dan alaridos, y
todas las planchas truenan con pies que pisotean justo encima de la cabeza
de Jonás; en todo este furioso tumulto, Jonás duerme su espantoso sueño.
No ve negro cielo ni mar furioso, no siente el bamboleante maderamen, y
apenas escucha o repara en el lejano embate de la poderosa ballena, que ya
ahora, con fauces abiertas, está surcando los mares tras él. Sí, compañeros,
Jonás había descendido a los costados del barco… Una litera en la cabina,
como lo he citado, y estaba profundamente dormido. Mas el asustado
patrón viene a él, y chilla en su oído muerto:
»“¿Qué pretendéis vos? ¡Eh, durmiente! ¡Despertad!”.
»Sorprendido en su letargo por este horrible grito, Jonás se incorpora
tambaleándose, y subiendo a traspiés a cubierta se agarra a un obenque
para mirar hacia el mar. Y en ese momento una ola, negra pantera que salta
sobre las amuradas, se arroja sobre él. Ola tras ola saltan así al barco, y no
encontrando raudo respiradero, fluyen bramando de proa a popa, hasta que
los marineros están a punto de ahogarse, aun estando a flote. Y siempre,
mientras la blanca luna muestra su espantado rostro desde los abruptos
regueros de la negrura en lo alto, Jonás observa aterrado el bauprés que se
alza señalando arriba, a lo alto, pero que pronto bate abajo de nuevo, hacia
el atormentado piélago.
»Terrores y más terrores atraviesan gritando su alma. En sus
amedrentadas actitudes se reconoce ahora claramente al fugitivo de Dios.
Los marineros se fijan en él; sus sospechas sobre él devienen más y más
ciertas, y finalmente, para comprobar la verdad, refiriendo todo el asunto
al excelso Cielo, deciden echar suertes, por averiguar a causa de quién
estaba esta gran tempestad sobre ellos. La suerte recae en Jonás;
descubierto lo cual, ¡con qué furia le acosan entonces con sus preguntas!
“¿Cuál es vuestra ocupación? ¿De dónde venís? ¿Cuál es vuestro país?
¿Quién es vuestra gente?”. Pero fijaos bien en el comportamiento del
pobre Jonás, compañeros míos de tripulación. Los ansiosos marineros sólo
le preguntan quién es, y de dónde; mientras que no sólo reciben una
respuesta a esas preguntas, sino, de igual modo, otra respuesta a una
pregunta no formulada por ellos; pues la no solicitada respuesta es
extraída de Jonás por la dura mano de Dios, que está sobre él.
»“¡Soy un hebreo!”, grita… y entonces… “¡Temo al Dios del Cielo,
que hizo el mar y la tierra firme!”
»¿Temerle, eh, Jonás? ¡Sí, bien podías temer al Señor Dios entonces!
Inmediatamente, sigue ahora hasta hacer una confesión completa; ante lo
cual los marineros quedan cada vez más consternados, aunque aún son
clementes. Pues cuando Jonás, no suplicando todavía piedad a Dios, dado
que demasiado bien conocía la oscuridad de sus desiertos… cuando el
desdichado Jonás les grita que le cojan y le lancen al mar, pues sabía que
por su causa estaba sobre ellos esta gran tempestad, ellos,
compasivamente, se apartan de él, y tratan de salvar el barco por otros
medios. Mas todo en vano; la encolerizada galerna aúlla más fuerte;
entonces, con una mano alzada invocando a Dios, muy a su pesar sujetan a
Jonás con la otra.
»Y observad a Jonás ahora, alzado como un ancla y dejado caer al mar;
cuando instantáneamente, una aceitosa bonanza llega flotando desde el
este, y el mar queda en calma, mientras Jonás hunde la galerna junto con
él, dejando aguas serenas detrás. Desciende en el arremolinado corazón de
una conmoción tan descontrolada que apenas advierte el momento en el
que cae, burbujeando, dentro de las abiertas mandíbulas que le esperan; y
la ballena cierra sobre su prisión todos sus dientes de marfil como otros
tantos cerrojos blancos. Entonces Jonás rezó al Señor desde el vientre del
pez. Mas observad su oración y aprended una lección de peso. Pues
pecador cual es, Jonás no solloza ni gime por la salvación directa. Siente
que su horrible castigo es justo. Deja a Dios su entera salvación,
contentándose con esto que, a pesar de todas sus punzadas y dolores, aún
pueda mirar hacia su sagrado templo. Y aquí, compañeros de tripulación,
hay verdadero y genuino arrepentimiento; no vociferante de perdón, sino
agradecido por el castigo. Y lo grata a Dios que fue esta conducta de Jonás
se muestra en su rescate final del mar y de la ballena. Compañeros, no
presento a Jonás ante vos para que sea imitado por su pecado, sino que lo
presento ante vos como modelo de arrepentimiento. No pequéis; mas si lo
hacéis, cuidad de arrepentiros de ello como Jonás.»
Mientras pronunciaba estas palabras, el aullar de la batiente y
chirriante tormenta afuera parecía añadir nuevo poder al predicador, que,
al describir la tormenta marina de Jonás, era como si él mismo fuera
zarandeado por una tormenta. Su profundo torso se abultaba como con un
mar de fondo; sus zarandeados brazos parecían los beligerantes elementos
en acción; y los truenos que surgían de su oscura frente, y el destello que
saltaba de su ojo, hacían que todos sus sencillos oyentes le observaran con
un vívido temor que no era propio de ellos.
Se produjo ahora una calma en su semblante, mientras una vez más
volvió silenciosamente las páginas del Libro; y finalmente,
permaneciendo inmóvil, con los ojos cerrados, momentáneamente pareció
comulgar con Dios y consigo mismo.
Mas de nuevo se inclinó hacia el público, y bajando su cabeza
humildemente, con aspecto de la más profunda y aun así la más humana
humildad, pronunció estas palabras:
«Compañeros de tripulación, Dios ha posado sólo una mano sobre
vosotros; ambas manos me presionan a mí. Os he leído, a la turbia luz que
alcanzarme pueda, la lección que Jonás enseña a todos los pecadores; y por
lo tanto a vos, y aún más a mí, pues yo soy mayor pecador que vosotros. Y,
ahora, con qué contento bajaría de este tope y me sentaría allí, en los
cuarteles donde os sentáis vos, y escucharía como vosotros escucháis,
mientras alguno de vosotros me leyera a mí, cual piloto del Dios vivo.
Cómo, siendo piloto-profeta ungido, o portavoz de las cosas verdaderas, y
requerido por el Señor a sondear esas inoportunas verdades en los oídos de
la malvada Nínive, Jonás, mortificado por la hostilidad que provocaría,
desertó de su misión, y buscó escapar a su deber y a su Dios embarcándose
en Jope. Pero Dios está en todas partes; nunca llegó a Tarsis. Como hemos
visto, Dios vino a él en la ballena, y lo engulló en vivaces abismos de
perdición, y con rápidas batidas le arrastró “en medio de los mares”, donde
simas de remolinos le absorbieron hasta diez mil leguas de profundidad, y
“las algas estaban enrolladas en su cabeza”, y todo el acuático mundo de
adversidad volteaba sobre él. No obstante, incluso entonces, más allá del
alcance de cualquier plomada —“desde el vientre del Infierno”—, cuando
la ballena encalló sobre los huesos más distantes del océano, incluso
entonces, Dios escuchó al ingurgitado y arrepentido profeta cuando gritó.
Entonces Dios le habló al pez; y desde la trémula frialdad y negrura del
mar, la ballena surgió, rompiendo hacia el cálido y placentero sol, y todos
los deleites del aire y la tierra; y “vomitó a Jonás en tierra firme”;
entonces la voz del Señor surgió una segunda vez; y Jonás, magullado y
golpeado —sus oídos, como dos conchas marinas, todavía
multitudinariamente murmurando del océano—, Jonás cumplió el
requerimiento del Todopoderoso. ¿Y qué era aquello, compañeros?
¡Predicar la Verdad en el rostro de la Falsedad! ¡Eso era!
»Esto, compañeros de tripulación, esto es esa otra lección; y que la
desgracia caiga sobre aquel piloto del Dios vivo que la desdeñe. ¡Que la
desgracia caiga sobre aquel a quien este mundo hechice, apartándole de su
deber evangélico! ¡Que la desgracia caiga sobre quien busque verter aceite
sobre las aguas cuando Dios las ha fermentado en galerna! ¡Que la
desgracia caiga sobre quien trate de agradar en lugar de atribular! ¡Que la
desgracia caiga sobre aquel cuyo buen nombre sea para él más que la
bondad! ¡Que la desgracia caiga sobre quien en este mundo se haga
acreedor del deshonor! ¡Que la desgracia caiga sobre quien no sea sincero,
aun cuando ser falso represente la salvación! ¡Sí, que caiga la desgracia
sobre quien, como dice el gran piloto Pablo, mientras predica a los demás,
él mismo es un náufrago!»
Se inclinó, y se recogió en sí mismo un momento; entonces, alzando su
rostro hacia ellos de nuevo, mostró una profunda alegría en sus ojos,
mientras gritaba con celestial entusiasmo…
«Pero, ¡oh, compañeros! Del lado de estribor de cada desgracia hay
con seguridad deleite; y más alta es la cumbre de ese deleite que profundo
el fondo de la desgracia. ¿No está más alta la galleta del mayor que baja
está la sobrequilla? El deleite —un deleite muy, muy arriba y hacia el
interior— es para el que, en contra de los orgullosos dioses y comodoros
de esta tierra, siempre se yergue en su propio e inexorable ser. El deleite es
para aquel cuyos fuertes brazos todavía le sostienen cuando el barco de
este abyecto y traicionero mundo se ha hundido bajo él. El deleite es para
aquel que en la verdad no da cuartel, y que mata, quema y destruye todo
pecado, aunque lo extraiga de debajo de las togas de jueces y senadores. El
deleite… un deleite de sobrejuanete, es para aquel que no reconoce ley o
señor, sino al Señor su Dios, y sólo es patriota del Cielo. El deleite es para
aquel al que todas las olas de los mares de la turbulenta canalla nunca
pueden apartar de su segura quilla eterna. Y eterno deleite y delicia será
propio de quien, viniendo a yacer, puede decir con su último aliento…
¡Oh, Padre!… Conocido especialmente de mí por vuestra vara… mortal o
inmortal, aquí muero. Me he esforzado por ser vuestro más que por ser del
mundo o mío propio. Aun así, esto no es nada; dejo a Vos la eternidad:
pues ¿qué es el hombre, para que haya de vivir el tiempo de vida de su
Dios?»
No dijo más, sino que, impartiendo lentamente una bendición, se
cubrió el rostro con las manos, y así permaneció, arrodillado, hasta que
toda la parroquia hubo salido y quedó solo en el lugar.
CAPÍTULO X UN AMIGO DEL ALMA

A
l regresar desde la capilla a la Posada del Surtidero, encontré
allí a Queequeg completamente solo; se había ausentado de la
capilla poco antes de la bendición. Estaba sentado en un banco
frente al fuego, con los pies sobre el hogar de la estufa, y cerca de la cara
sostenía en una mano ese pequeño ídolo negro suyo; escudriñaba con
atención su rostro, y tallaba suavemente en su nariz con una navaja,
tarareando mientras para sí a la pagana manera suya.
Pero, al ser interrumpido, dejó la imagen; y en seguida, yendo a la
mesa, tomó un gran libro, y colocándolo en su regazo empezó a contar las
páginas con aplicada regularidad; a cada quincuagésima página —tal
como observé—, se detenía un instante, mirando ausente a su alrededor, y
profería un prolongado y gorjeante silbido de asombro. Volvía entonces a
empezar de nuevo en las siguientes cincuenta, comenzando aparentemente
en el número uno cada vez, como si no supiera contar más de cincuenta y
únicamente fuera con motivo de tal gran número de cincuentas hallados
juntos que se suscitaba su asombro ante la multitud de páginas.
Con gran interés estuve sentado observándole. Aun salvaje como era, y
horriblemente desfigurado en el rostro —al menos para mi gusto—, su
semblante tenía, no obstante, un algo en sí, que no era en modo alguno
desagradable. El alma no la puedes ocultar. A través de todos sus
antinaturales tatuajes creí ver las trazas de un corazón sencillo y honesto;
y en sus grandes y profundos ojos, de un negro encendido y audaz,
aparecían muestras de un espíritu capaz de desafiar a mil diablos. Y aparte
de todo esto, había en el pagano un cierto porte noble, que ni siquiera su
rudeza podía enteramente invalidar. Parecía un hombre que nunca se
hubiera amedrentado y nunca hubiera tenido un acreedor. Si acaso, quizá
(sobre esto no me aventuraré a opinar), que al estar su cabeza afeitada, su
frente se trazaba en un relieve más libre y destacado, y parecía más amplia
de lo que de otra manera hubiera sido; pero era cierto que su cabeza era
una cabeza frenológicamente excelente. Puede que parezca ridículo, pero
me recordaba la cabeza del general Washington tal como se ve en los
bustos populares suyos. Tenía la misma prolongada inclinación huidiza,
regularmente graduada a partir de las cejas, que eran igualmente muy
pronunciadas, como dos largos promontorios espesamente boscosos en la
cumbre. Queequeg era George Washington canibalísticamente
desarrollado.
Mientras así estaba atentamente calibrándole, medio pretendiendo a la
vez estar mirando la tormenta de fuera a través de la ventana, nunca dio
señal de percibir mi presencia, nunca se molestó en siquiera echar una sola
ojeada; sino que pareció estar completamente abstraído en la cuenta de las
páginas del maravilloso libro. Considerando lo próximamente que
habíamos estado durmiendo juntos la noche anterior, y considerando
especialmente el afectuoso brazo que había encontrado caído sobre mí al
levantarme por la mañana, esta indiferencia suya me pareció muy extraña.
Pero los salvajes son seres extraños; a veces no sabes exactamente cómo
tomártelos. Inicialmente resultan intimidantes; la simplicidad de su
calmosa seguridad en sí mismos parece sabiduría socrática. También había
percibido que Queequeg nunca confraternizaba en modo alguno, o apenas
muy poco, con los otros marinos de la posada. No se acercaba a nadie en
absoluto; no aparentaba deseo alguno de agrandar el círculo de sus
conocidos. Todo esto me chocaba poderosa y singularmente; sin embargo,
pensándolo de nuevo, en aquello había algo casi sublime. Aquí estaba un
hombre a unas veinte mil millas de su hogar, entiéndase por la ruta del
cabo de Hornos —que era la única ruta por la que podía llegar allí—,
arrojado entre personas tan extrañas para él como si estuviera en el planeta
Júpiter; y, sin embargo, parecía enteramente a sus anchas, preservando la
mayor serenidad, contento con su propia compañía, siempre ecuánime
consigo mismo. Ciertamente era éste un toque de exquisita filosofía; por
más que, sin duda alguna, él nunca habría escuchado que existiera algo
semejante. Pero, quizá, para ser verdaderos filósofos, nosotros mortales no
deberíamos ser conscientes de vivir o afanarnos como tales. Tan pronto
como oigo que tal o cual hombre se toma por filósofo, concluyo que, como
la anciana dispéptica, debe haberse «roto su digeridor»[18].
Mientras permanecía sentado en aquella estancia entonces solitaria, el
fuego ardiendo tenue, en esa afable etapa en la que, una vez que su inicial
intensidad ha caldeado el aire, ya no refulge sino para ser observado; las
sombras y los fantasmas de la noche reuniéndose alrededor de las
ventanas, y observándonos a nosotros dos, silenciosos y solitarios; la
tormenta tronando afuera en solemnes crescendos, comencé a ser
susceptible a extrañas sensaciones. Sentí algo fundirse en mí. Mi corazón
astillado y mi encolerizada mano no estaban ya vueltos contra el lobuno
mundo. Este tranquilizador salvaje los había redimido. Ahí estaba sentado,
su propia indiferencia revelaba una naturaleza en la que no acechaban
civilizadas hipocresías y desabridos engaños. Salvaje era, una visión de
visiones que ver; y, sin embargo, empecé a sentirme misteriosamente
atraído hacia él. Y aquellas mismas cosas que hubieran repelido a muchos
otros, eran los propios imanes que de ese modo me atraían. Probaré a tener
un amigo pagano, pensé, ya que la bondad cristiana no ha resultado ser
sino hueca cortesía. Acerqué mi banco a él, e hice algunos gestos e
insinuaciones amistosos, a la vez que me esforzaba cuanto mejor podía en
hablarle. Al principio apenas reparó en estas aproximaciones; pero al
poco, al referirme a su hospitalidad de la noche pasada, concedió en
preguntarme si íbamos a ser de nuevo compañeros de cama. Le dije que sí;
ante lo cual creo que pareció complacido, quizá un poco halagado.
Entonces dedicamos nuestra atención juntos al libro, y yo logré
explicarle el propósito de la impresión, y el significado de las pocas
imágenes que había en él. De esta manera pronto capté su interés; y de ahí
pasamos a charlar lo mejor que pudimos sobre las diferentes vistas que
pueden observarse en esta famosa ciudad. En seguida propuse yo fumar
una pipa en sociedad; y él, sacando su tabaquera y su tomahawk,
serenamente me ofreció una bocanada. Y entonces nos sentamos,
intercambiando bocanadas de esa extraña pipa suya, y pasándola
puntualmente entre nosotros.
Si en el pecho del pagano todavía acechaba algo del hielo de la
indiferencia hacia mí, esta agradable y afectuosa pipa que nos fumamos
pronto lo derritió, y nos hizo compadres. Él pareció aceptarme con la
misma naturalidad y espontaneidad que yo a él; y cuando terminamos de
fumar apretó su frente contra la mía, me agarró alrededor de la cintura, y
dijo que a partir de entonces estábamos casados; queriendo decir, a la
manera de su país, que éramos amigos del alma: gustosamente moriría por
mí si era necesario. En alguien del país, esta repentina llama de amistad
hubiera parecido excesivamente prematura, algo de lo que desconfiar en
alto grado; pero en este simple salvaje esas antiguas reglas no se
aplicaban.
Tras la cena, y otra charla y otra pipa en sociedad, fuimos juntos a
nuestra habitación. Me obsequió su cabeza embalsamada; sacó su enorme
bolsa de tabaco y, hurgando bajo el tabaco, sacó unos treinta dólares de
plata; los extendió entonces sobre la mesa, y dividiéndolos mecánicamente
en dos porciones iguales, empujó una de ellas hacia mí, y dijo que era mía.
Yo iba a protestar; pero él me silenció echándolos en los bolsillos de mi
pantalón. Dejé que allí quedaran. Entonces él procedió a sus oraciones
vespertinas, sacó su ídolo y quitó la pantalla de papel de la chimenea. De
ciertos gestos e indicaciones deduje que parecía deseoso de que yo me
uniera; mas sabiendo bien lo que seguía a continuación, deliberé durante
un momento si, caso que me invitara, debía aceptar o no.
Yo era un buen cristiano; nacido y criado en el seno de la infalible
Iglesia presbiteriana. ¿Cómo podía, entonces, unirme a este salvaje
idólatra en la adoración de su pedazo de madera? Aunque ¿qué es el
culto?, pensé yo. ¿Acaso supones, Ismael, que el Dios magnánimo del
Cielo y la tierra —incluyendo a los paganos también— puede en realidad
estar celoso de un insignificante pedazo de madera negra? ¡Imposible!
Pero ¿qué es el culto?… Hacer la voluntad de Dios… Eso es el culto. ¿Y
cuál es la voluntad de Dios?… Hacer por mi hermano lo que quisiera que
mi hermano hiciera por mí… Ésa es la voluntad de Dios. Ahora bien,
Queequeg es mi hermano. ¿Y qué es lo que este Queequeg haría para mí?
Pues unirse a mí en mi particular forma de culto presbiteriano.
Consecuentemente, debo unirme a él en el suyo; luego debo volverme
idólatra. Así que prendí las virutas; ayudé a erguir el inocente pequeño
ídolo; le ofrecí bizcocho quemado junto a Queequeg; salamaneé ante él
dos o tres veces; le besé la nariz; hecho lo cual, nos desvestimos y nos
fuimos a la cama, en paz con nuestras conciencias y con el mundo entero.
Pero no nos dormimos sin charlar un poco.
No sé por qué es así; pero no hay lugar como una cama para
revelaciones confidenciales entre amigos. El esposo y la esposa, dicen, allí
abren el más profundo fondo de sus almas el uno al otro; y algunas viejas
parejas a menudo están tumbadas y charlan sobre los viejos tiempos casi
hasta la mañana. Así, entonces, en la luna de miel de nuestros corazones,
estuvimos tumbados Queequeg y yo… Una pareja íntima y cariñosa.
CAPÍTULO XI CAMISÓN

H
abíamos estado de esta manera tumbados en la cama,
charlando y dormitando a cortos intervalos, y Queequeg de
vez en cuando echando afectivamente sus tostadas piernas
tatuadas sobre las mías, y retirándolas entonces de nuevo; así de
enteramente sociables y cómodos estábamos; cuando finalmente, a causa
de nuestras charlas, la poca somnolencia que quedaba en nosotros
desapareció completamente, y nos entraron ganas de levantarnos de nuevo,
aunque el despuntar del día todavía estaba algo lejos en el futuro.
Sí, llegamos a sentirnos muy despiertos; tanto que nuestra postura
yacente empezó a resultar agotadora, y poco a poco nos encontramos
sentados; la ropa bien recogida a nuestro alrededor, apoyados contra el
cabecero, con nuestras cuatro rodillas recogidas juntas, y nuestras dos
narices inclinadas sobre ellas, como si nuestras rótulas fueran
calientacamas. Nos sentíamos muy bien, muy a gusto, más aún al hacer
tanto frío en el exterior de la casa; también, de hecho, en el exterior de la
ropa de cama, dado que no había fuego en la habitación. Más aún, digo,
porque para disfrutar en verdad del calor corporal alguna pequeña parte
tuya debe estar fría, pues no hay cualidad en este mundo que no sea lo que
es sino por contraste. Nada existe en sí mismo. Si te persuades a ti mismo
de que estás enteramente cómodo, y lo has estado durante mucho tiempo,
entonces no se puede decir que sigas estando cómodo. Pero si, como
Queequeg y yo en la cama, la punta de tu nariz, o tu coronilla, está
ligeramente fría, bueno, entonces, efectivamente, en la conciencia integral
te sientes de lo más deliciosa e inequívocamente cálido. Por esta razón,
una estancia para dormir nunca debe estar provista de un fuego, que es una
de las lujosas incomodidades de los ricos. Pues la cumbre de esta clase de
exquisitez es no tener nada excepto la manta entre tú y tu bienestar y el
frío del aire exterior. Entonces allí descansas como la única chispa cálida
en el corazón de un cristal ártico.
Habíamos estado sentados de esta agazapada manera durante cierto
tiempo, cuando de pronto pensé en abrir los ojos; puesto que entre las
sábanas, sea de día o de noche, y esté dormido o despierto, tengo la
costumbre de mantener siempre los ojos cerrados, con objeto de
concentrar lo más posible el bienestar de estar en cama. Y es que ningún
hombre puede sentir alguna vez cabalmente su propia identidad a no ser
que sus ojos estén cerrados; como si la oscuridad fuera, de hecho, el
genuino elemento de nuestras esencias, aunque la luz sea más del gusto de
nuestra parte arcillosa. Al abrir los ojos, por tanto, y salir fuera de mi
propia agradable y autocreada oscuridad, hacia la impuesta y tosca
lobreguez exterior de las no iluminadas doce de la noche, experimenté una
desagradable revulsión. Y no me opuse en absoluto a la insinuación de
Queequeg de que, dado que estábamos tan despiertos, quizá fuera mejor
encender una luz; siendo que, además, él sentía un fuerte deseo de echar
unas plácidas bocanadas en su tomahawk. Sea dicho que a pesar de que yo
había sentido tan intensa repugnancia a su fumar en cama de la noche
anterior, ved, no obstante, qué elásticos se toman nuestros rígidos
prejuicios una vez que el amor llega a combarlos. Pues ahora nada me
gustaba más que tener a Queequeg fumando junto a mí, incluso en la
cama: tal era la serena dicha doméstica de que él en esos momentos
parecía estar colmado. No me sentía ya indebidamente inquieto por la
póliza de seguros del posadero. Sólo estaba atento a la concentrada y
confidencial confortabilidad de compartir una pipa y una manta con un
verdadero amigo. Con nuestras peludas cazadoras echadas sobre los
hombros, pasamos ahora el tomahawk del uno al otro, hasta que
lentamente se formó sobre nosotros un suspendido dosel de humo azul,
iluminado por la llama de la lámpara nuevamente encendida.
No sé si fue este undulante dosel el que hizo al salvaje trasladarse
hacia sucesos muy lejanos, pero ahora habló de su isla nativa; y, deseando
escuchar su historia, le rogué que continuara y la narrara. Aceptó de buen
grado. A pesar de que en aquel entonces yo apenas comprendía malamente
no pocas de sus palabras, no obstante, posteriores revelaciones, cuando ya
me hube familiarizado más con su quebrada fraseología, me permiten
presentar ahora la historia completa, tal como puede verificarse en el mero
esqueleto que aporto.
CAPÍTULO XII BIOGRÁFICO

Q
ueequeg era nativo de Kokovoko, una isla muy lejos al oeste y
al sur. No está recogida en ningún mapa; los lugares
auténticos nunca lo están.
Siendo un salvaje recién incubado, que correteaba montaraz por sus
bosques nativos con un taparrabos de hierbas, seguido por cabras
rumiantes como si fuera un verde brote; incluso entonces, en la ambiciosa
alma de Queequeg se ocultaba el intenso deseo de ver algo más de la
cristiandad que uno o dos especímenes de ballenero. Su padre era un gran
jefe, un rey; su tío un gran sacerdote; y por el lado materno alardeaba de
tías que eran esposas de guerreros invencibles. En sus venas había sangre
excelente… sustancia de reyes; aunque desgraciadamente viciada, me
temo, por la propensión caníbal que cultivó en su indisciplinada juventud.
Un barco de Sag-harbor visitó la bahía de su padre, y Queequeg pidió
un pasaje a tierras cristianas. Pero el barco, al tener su dotación de
marineros completa, rechazó su instancia; y ni siquiera toda la influencia
de su padre, el rey, pudo conseguirlo. Mas Queequeg hizo un voto. Él solo
en su canoa remó hasta un lejano estrecho que sabía que el barco debía
atravesar cuando dejara la isla. De un lado había un arrecife de coral; del
otro una lengua de tierra baja, cubierta con matorral de mangle que crecía
hacia el agua. Ocultando su canoa todavía a flote entre este matorral, con
su proa hacia el mar, se sentó en la popa, el remo abajo en la mano; y
cuando el barco pasaba deslizándose, salió lanzado como un relámpago;
ganó su costado; volcó con el pie su canoa y la hundió; trepó por las
cadenas; y tirándose todo lo largo que era sobre la cubierta, se aferró allí a
un cáncamo de argolla y juró no soltarse aunque lo despedazaran.
En vano amenazó el capitán con tirarle por la borda, suspendió un
alfanje sobre sus desnudas muñecas: Queequeg era el hijo de un rey, y
Queequeg no se apartó. Movido por su desesperado arrojo y su feroz deseo
de visitar la cristiandad, el capitán finalmente transigió, y le dijo que
podía acomodarse. Mas este distinguido joven salvaje… este príncipe de
Gales del mar, nunca vio la cabina del capitán. Le pusieron entre los
marineros, e hicieron de él un ballenero. Y al igual que el zar Pedro, que se
mostró conforme a trabajar en los astilleros de ciudades extranjeras,
Queequeg no desdeñó ninguna aparente ignominia si con ello quizá podía
obtener potestad para ilustrar a sus incultos compatriotas. Pues en el fondo
—eso me dijo— le movía un profundo deseo de aprender entre los
cristianos las artes con las que hacer a su gente todavía más feliz de lo que
era y, más que eso, todavía mejor de lo que era. Pero, ¡ay!, las prácticas de
los balleneros pronto le convencieron de que incluso los cristianos pueden
ser miserables, y también perversos; infinitamente más que todos los
paganos de su padre. Llegado finalmente al viejo Sag-harbor y viendo lo
que los marineros hacían allí; yendo entonces a Nantucket, y viendo cómo
gastaban sus pagas también en aquel lugar, el pobre Queequeg se dio por
vencido. Es un mundo perverso en todos los meridianos, pensó: moriré
pagano.
Y así un viejo idólatra de corazón vivía no obstante entre estos
cristianos, llevaba sus ropas y trataba de hablar su galimatías. De ahí sus
extrañas maneras, a pesar de llevar ya cierto tiempo lejos de su hogar.
Por medio de señas, le pregunté si no se proponía volver y ser
coronado, dado que ya podía considerar a su padre fallecido, pues, según
los últimos informes, estaba muy viejo y débil. Me contestó que no, que
aún no; y añadió que temía que la cristiandad, o más bien los cristianos, le
hubieran hecho inmerecedor de ascender al puro e impoluto trono de
treinta reyes paganos anteriores a él. Pero volvería, dijo, con el tiempo…
Tan pronto como se sintiera de nuevo bautizado. Por el momento, sin
embargo, se proponía navegar de un lado a otro, y echar una cana al aire
por todos los cuatro océanos. Habían hecho de él un arponero, y ese hierro
garfiado ocupaba ahora el lugar de un cetro.
Le pregunté cuál podría ser su propósito inmediato en lo tocante a sus
movimientos futuros. Me contestó que hacerse de nuevo a la mar en su
antigua vocación. Ante lo cual le dije que la pesca de la ballena era mi
propio objetivo, y le informé de mi intención de zarpar desde Nantucket,
al ser el puerto más prometedor desde donde embarcarse para un ballenero
inquieto. Inmediatamente decidió acompañarme a esa isla, enrolarse a
bordo de la misma nave, meterse en la misma guardia, la misma lancha, el
mismo turno de comida que yo, en pocas palabras, compartir mi entera
suerte; con mis dos manos en las suyas, audazmente meter la cuchara en la
cazuela de ambos mundos. A todo esto yo asentí jubilosamente; pues
aparte del afecto que sentía ahora por Queequeg, él era un experimentado
arponero, y como tal no podía dejar de ser de gran utilidad para alguien
que, como yo, bien que familiarizado con el mar tal como les es conocido
a los marinos mercantes, era enteramente ignorante de los misterios de la
pesca de la ballena.
Terminada su historia con la última agonizante bocanada, Queequeg
me abrazó, presionó su frente contra la mía y, apagando la luz de un
soplido, nos dimos la vuelta alejándonos el uno del otro, a este y aquel
lado, y muy pronto estuvimos durmiendo.
CAPÍTULO XIII CARRETILLA

A
la mañana siguiente, lunes, tras vender la cabeza embalsamada
a un barbero, para que fuera usada de fraustina, me ocupé de
mi propia cuenta y de la de mi camarada; empleando, empero,
el dinero de mi camarada. Al sonriente posadero, lo mismo que a los
huéspedes, parecía hacerles una enorme gracia la repentina amistad que
había surgido entre Queequeg y yo… En especial, dado que los enredos de
Peter Coffin tanto me habían alarmado previamente en relación con la
misma persona con la que ahora estaba en compañía.
Pedimos prestada una carretilla, y embarcando nuestras pertenencias,
incluyendo mi propia pobre talega, y el saco de lona y el coy de Queequeg,
allá nos fuimos al Musgo, la pequeña goleta paquebote de Nantucket
atracada en el muelle. Mientras íbamos de camino, la gente se quedaba
mirando; no tanto por Queequeg —pues estaban habituados a ver a
caníbales como él en sus calles—, sino por vernos a él y a mí en tan
confidenciales términos. Pero no les prestamos atención, seguimos el
camino, empujando la carretilla por turnos, y Queequeg deteniéndose de
vez en cuando para ajustar la vaina en los garfios de su arpón. Le pregunté
por qué se llevaba un objeto tan conflictivo con él a tierra, y si no todos
los barcos balleneros disponían de sus propios arpones. A esto, en
sustancia, replicó que, aunque lo que yo apuntaba era efectivamente cierto,
no obstante, él tenía particular aprecio a su propio arpón, pues era de
material avalado, bien probado en muchos combates mortales y profundo
conocedor de los corazones de las ballenas. Brevemente, como muchos
cosechadores y segadores de tierra firme, que van a los campos de los
granjeros armados con sus propias hoces —aunque en modo alguno
obligados a aportarlas—, del mismo modo, Queequeg, por sus propias
particulares razones, prefería su propio arpón.
Al pasar la carretilla de mis manos a las suyas, me contó una graciosa
historia sobre la primera carretilla que había visto en su vida. Ocurrió en
Sag-harbor. Al parecer, los propietarios de su barco le habían prestado una
en la que llevar su pesado baúl a la casa de huéspedes. Para no parecer
ignorante con respecto al objeto —aunque en realidad lo era
absolutamente en lo que respecta al modo acertado de manejar la carretilla
—, Queequeg puso su baúl sobre ella; lo ató firmemente; y entonces se
cargó al hombro la carretilla y avanzó por el muelle.
—Pero Queequeg —dije yo—, uno diría que tenías que haber estado
más avispado. ¿No se rio la gente?
Ante lo cual me contó otra historia. Las gentes de su isla de Kokovoko,
parece ser, en sus fiestas nupciales exprimen la fragante agua de los cocos
nuevos en una gran calabaza seca, como si se tratara de una ponchera; y
esta ponchera siempre constituye el gran ornamento central de la estera
trenzada en la que se celebra la fiesta. Ahora bien, un cierto notorio barco
mercante arribó una vez a Kokovoko, y su comandante… según todas las
fuentes un muy señorial puntilloso caballero, al menos en lo que le cabe a
un capitán de barco… este comandante fue invitado a la fiesta nupcial de
la hermana de Queequeg, una bonita princesa joven que acababa de
cumplir diez años. Bien; cuando todos los invitados a la boda estaban
reunidos en la cabaña de bambú de la novia, este capitán entra, y al
asignársele el puesto de honor, se le coloca junto a la ponchera, y entre el
gran sacerdote y Su Majestad el rey, el padre de Queequeg. Dichas las
bendiciones… pues estas gentes tienen bendiciones, lo mismo que
nosotros… aunque Queequeg me dijo que, a diferencia de nosotros, que en
esos momentos miramos hacia abajo, a nuestros platos, ellos, por el
contrario, copiando a los patos, miran hacia arriba, al gran organizador de
todas las fiestas… dichas las bendiciones, digo, el gran sacerdote inició el
banquete con la inmemorial ceremonia de la isla; esto es, introducir sus
consagrados y consagradores dedos en la ponchera antes de que circule la
bebida bendecida. Viéndose el capitán situado junto al sacerdote,
observando la ceremonia, y pensando que él… al ser capitán de barco…
tenía evidente precedencia sobre un mero rey de isla, especialmente en la
propia casa del rey… tranquilamente procedió a lavarse las manos en la
ponchera; tomándola, supongo, por un aguamanil.
—Ahora —dijo Queequeg—, ¿qué piensas ahora? ¿No se rio nuestra
gente?
Finalmente, el pasaje pagado, y a salvo el equipaje, a bordo de la
goleta nos vimos. Izando velas, ésta se deslizó río Acushnet abajo. A un
lado se alzaba New Bedford en terrazas de calles, sus árboles cubiertos de
nieve, todo relucientes en el claro aire frío. Colinas y montañas enormes
de toneles estaban apiladas sobre sus muelles y, unos al lado de otros, los
barcos balleneros que recorren el mundo descansaban silenciosos, por fin
fondeados a salvo; mientras, de otros aún llegaba un ruido de carpinteros y
toneleros, con sonidos mezclados de fogatas y forjas para fundir la brea,
todo ello indicando que había nuevos viajes en sus inicios; que una vez
terminada una muy peligrosa y larga expedición, sólo comienza una
segunda; y, concluida una segunda, sólo comienza una tercera, y así por
siempre jamás. Tal es la interminabilidad, sí, la intolerabilidad, de todo
terrenal esfuerzo.
Ganando aguas más abiertas, el viento moderado aumentó a fresco; el
pequeño paquebote lanzó al aire la vivaz espuma desde su proa, lo mismo
que un joven potro lanza sus resoplidos. ¡Cómo inhalé aquel aire
tártaro!… ¡Cómo desdeñé aquella tierra sujeta a peaje!… Ese común
camino, todo él mellado con las marcas de serviles talones y pezuñas; y
me volteé a admirar la magnanimidad del mar, que no admite registros.
En la misma fuente de la espuma, Queequeg parecía beber y
balancearse junto a mí. Sus sombreadas aletas nasales se expandían;
mostraba sus afilados y puntiagudos dientes. Volamos y volamos; y al
alcanzar nuestra salida a mar abierto, el paquebote hizo honor a la
ventada: inclinó y sumergió su proa como el esclavo ante el sultán.
Tumbándose lateralmente, lateralmente nos lanzamos: cada filástica
tirante como un alambre, los dos grandes mástiles combándose como caña
índica en terrestres tornados. Tan inmersos estábamos en esta mareante
escena, mientras permanecíamos en el bauprés que se zambullía, que
durante cierto tiempo no nos fijamos en las miradas de burla de los
pasajeros, un grupo de palurda apariencia que se maravillaba de que dos
semejantes pudieran portarse tan amigablemente; como si un hombre
blanco fuera en cuestión de dignidad algo más que un negro blanqueado.
Pero había allí algunos majaderos y paletos que, dado lo muy verdes que
estaban, debían haber venido desde el corazón de todo verdor. Queequeg
sorprendió a uno de estos jóvenes retoños haciéndole burla a sus espaldas.
Creí que había llegado la hora del Juicio para el paleto. Soltando su arpón,
el oscuro salvaje lo tomó en sus brazos y, con una destreza y fortaleza casi
milagrosas, lo lanzó físicamente a lo alto en el aire. Golpeando entonces
levemente su trasero en mitad de una vuelta de campana, el tipo aterrizó
con restallantes pulmones sobre sus pies, mientras Queequeg, dándole la
espalda, encendía su pipa tomahawk y me la pasaba para que echara una
bocanada.
—¡Mi capitán! ¡Mi capitán! —gritó el paleto, corriendo hacia el
oficial—. ¡Mi capitán, mi capitán, es el diablo!
—Oiga, usted, señor —gritó el capitán, un famélico hijo del mar,
avanzando hacia Queequeg—, ¿qué truenos intenta con eso? ¿No se da
cuenta de que podría haber matado a ese tipo?
—¿Qué decir él? —dijo Queequeg mientras se volvía suavemente
hacia mí.
—Él decir —dije yo— que tú estar cerca de matar-i a ese hombre —
señalando al todavía temblante pipiolo.
—¡Matar-i! —gritó Queequeg, contrayendo su rostro tatuado en una
sobrenatural expresión de desdén—, ¡ah!, él mucho pequeño-i pez-i;
Queequeg no matar-i pequeño-i pez-i; ¡Queequeg matar-i gran ballena!
—Mire usted —bramó el capitán—, yo mataré-i usted, usted, caníbal,
si intenta hacer otra exhibición aquí a bordo; así que ándese con ojo.
Pero justo entonces sucedió que al capitán le llegó el momento de
andarse con ojo propio. La enorme tensión sobre la vela mayor había roto
la escota de barlovento, y la tremenda botavara estaba ahora volando de
lado a lado, barriendo enteramente toda la parte posterior de la cubierta. El
pobre tipo al que Queequeg había tratado con tanta rudeza fue arrojado por
la borda, toda la tripulación estaba presa del pánico, e intentar agarrar la
botavara para fijarla parecía una locura. Volaba de derecha a izquierda, y
de nuevo de vuelta, casi en un tictac de reloj, y cada instante parecía estar
a punto de troncharse en astillas. Nada se hacía y nada parecía poder
hacerse; los que estaban en cubierta se desplazaron apresuradamente hacia
proa, y se quedaron observando el botalón como si fuera la mandíbula
inferior de una ballena exasperada. En medio de esta conmoción,
Queequeg se dejó caer hábilmente de rodillas y, gateando bajo el recorrido
de la botavara, se hizo con un cabo, aseguró un extremo a la amurada, y
lanzando el otro como un lazo, lo pasó alrededor de la botavara cuando
ésta pasaba sobre su cabeza, y en el siguiente tirón la percha quedó de esta
forma sujeta, y todo quedó a salvo. La goleta se metió en viento, y
mientras los tripulantes estaban preparando el bote de popa, Queequeg,
desnudo de cintura para arriba, se lanzó desde el costado haciendo un arco
largo y ágil en el salto. Durante tres minutos o más se le vio nadando
como un perro, echando sus largos brazos directamente ante él, y sacando
a intervalos sus morenos hombros por entre la gélida espuma. Yo
observaba al magnífico y glorioso individuo, pero no veía a nadie a quien
salvar. El paleto se había sumergido. Alzándose a sí mismo
perpendicularmente en el agua, Queequeg echó ahora una instantánea
ojeada a su alrededor, y viendo aparentemente cuál era la situación exacta,
se zambulló y desapareció. Unos minutos más y volvió a surgir, batiendo
todavía un brazo, y arrastrando con el otro un bulto sin vida. La lancha
pronto los recogió. El pobre palurdo fue revivido. Toda la tripulación
decidió que Queequeg era un noble camarada; el capitán le pidió perdón.
Desde ese momento yo me pegué a Queequeg como una lapa; sí, señor,
hasta que el pobre Queequeg se dio su última larga zambullida.
¿Hubo alguna vez tanta llaneza? Él no pareció pensar que en modo
alguno mereciera una medalla de las humanas y magnánimas sociedades.
Sólo pidió agua… agua dulce… algo con lo que enjuagarse la salmuera;
hecho lo cual, se puso ropa seca, encendió su pipa y, reclinándose contra la
amurada y observando apaciblemente a los que le rodeaban, parecía estar
diciéndose a sí mismo… «Es un mundo de mutua sociedad anónima en
todos los meridianos. Nosotros caníbales debemos ayudar a estos
cristianos.»
CAPÍTULO XIV NANTUCKET

N
ada adicional digno de mención ocurrió en el trayecto; así
que, tras una buena travesía, arribamos sin novedad a
Nantucket.
¡Nantucket! Sacad vuestro mapa y observadlo. Ved qué verdadero
rincón del mundo ocupa; cómo está ahí, en alta mar, más solitario que el
faro de Eddystone. Observadlo… Un mero montículo, un brazo de arena;
todo playa, sin ningún soporte. Hay allí más arena de la que utilizaríais
durante veinte años como substitutivo del papel secante. Algunos
graciosos os dirán que allí tienen que plantar la maleza, que no crece de
forma natural, que importan cardos del Canadá; que para taponar un
derrame en un tonel de aceite tienen que mandar buscar un bitoque por
mar; que en Nantucket los trozos de madera se llevan en procesión como
los fragmentos de la Vera Cruz en Roma; que la gente planta allí hongos
delante de las casas para meterse bajo su sombra en verano; que una hoja
de hierba hace un oasis, tres hojas en un día de camino, una pradera; que
llevan zapatos para arenas movedizas, algo parecido a las raquetas de
nieve de los lapones; que están tan encerrados, enmurallados, en todo
modo aislados, rodeados, y convertidos en una absoluta isla por el océano,
que a veces, lo mismo que en las conchas de las tortugas marinas, se
encuentran pequeñas almejas adheridas a las propias sillas y mesas. Pero
estas extravagancias sólo demuestran que Nantucket no es Illinois.
Atended ahora a la maravillosa historia tradicional de cómo esta isla
fue colonizada por los pieles rojas. Así dice la leyenda. En tiempos
ancestrales un águila descendió sobre la costa de Nueva Inglaterra, y se
llevó en sus garras a un bebé indio. Con sonoros lamentos los padres
observaron a su hijo transportado sobre las anchas aguas hasta perderse de
vista. Decidieron seguir en la misma dirección. Partiendo en sus canoas,
tras una peligrosa travesía, descubrieron la isla, y allí encontraron un
pequeño cofre de marfil vacío… El esqueleto del pobre pequeño indio.
¡Qué hay de extraño, entonces, en que estos habitantes de Nantucket,
nacidos en una playa, se hagan a la mar para ganarse la vida! Primero
cogieron cangrejos y quohogs[19] en la arena; crecidos en osadía, se
internaron a pie en el agua con redes para la caballa; más experimentados,
se alejaron en lanchas y capturaron bacalao; y finalmente, botando en el
mar una armada de grandes naves, exploraron este acuático mundo;
instauraron un incesante cinturón de circunnavegaciones a su alrededor; se
asomaron al estrecho de Bering; y en todas las estaciones y todos los
océanos declararon guerra sin fin a la más poderosa masa animada que ha
sobrevivido al Diluvio; ¡la más monstruosa y más montuosa! ¡Ese
himalaico mastodonte del salado mar, revestido con tal portentosidad de
inconsciente poder que su propio pánico es más de temer que sus muy
impávidos y maliciosos ataques!
Y así estos desnudos habitantes de Nantucket, estos ermitaños
marinos, surgiendo de su hormiguero en la mar, se expandieron y
conquistaron el mundo acuático, como tantos Alejandros; parcelándose
entre ellos el Atlántico, el Pacífico y el océano Índico, lo mismo que los
tres estados piratas hicieron con Polonia. Dejad que América anexe
México a Texas, y apile Cuba sobre Canadá; que los ingleses colonicen
toda la India, y cuelguen su resplandeciente enseña del sol; dos tercios de
este globo terráqueo son del habitante de Nantucket. Pues el mar es suyo;
propiedad suya como los imperios son propiedad de los emperadores;
otros marinos sólo ostentan un derecho de paso a su través. Los barcos
mercantes sólo son puentes prolongados; los de guerra sólo fuertes
flotantes; incluso los piratas y los corsarios, aunque recorren el mar como
los asaltantes de caminos recorren éstos, se limitan a saquear otros barcos,
otros fragmentos de tierra como ellos mismos, sin tratar de obtener su
alimento desde el propio insondable piélago. El habitante de Nantucket es
el único que reside y descansa en el mar; es el único que, en lenguaje
bíblico, baja a él en barcos; arándolo de aquí a allá como su propia
especial plantación. Allí está su hogar; allí su negocio, que un Diluvio de
Noé no interrumpirá, aunque sumerja a todos los millones de habitantes de
la China. Vive en el mar como los gallos de pradera en la pradera; se
oculta entre las olas, las trepa como los cazadores de gamuzas trepan los
Alpes. Durante años no sabe de la tierra; de manera que, cuando
finalmente llega a ella, huele a otro mundo, más extraño de lo que la luna
olería a un terrícola. Junto a la gaviota marina, que a la puesta de sol
pliega sus alas y se deja mecer hasta el sueño entre las olas; así, al caer la
noche, el habitante de Nantucket, fuera de vista de tierra, recoge sus velas
y se tiende a descansar, mientras bajo su misma almohada pasan raudas
manadas de morsas y ballenas.
CAPÍTULO XV CHOWDER

L
a tarde estaba bastante avanzada cuando el pequeño Musgo
fondeó marineramente y Queequeg y yo desembarcamos; así que
no pudimos atender ningún asunto ese día, al menos ninguno
salvo la cena y la cama. El posadero de la Posada del Surtidero nos había
recomendado a su primo Oseas Hussey, de Los Calderos del Beneficio[20],
al cual declaró propietario de uno de los hoteles mejor cuidados de todo
Nantucket; y por añadidura nos había asegurado que el primo Oseas, como
él le llamaba, era famoso por sus guisos de chowder. Resumiendo, nos
insinuó claramente que nada mejor podíamos hacer que buscar el
beneficio de Los Calderos del Beneficio. Pero las indicaciones que nos
había dado de dejar a estribor un almacén amarillo hasta que avistáramos
una iglesia blanca a babor, y entonces dejar ésa del lado de babor hasta que
arribáramos a una esquina tres puntos a estribor, hecho lo cual
preguntáramos entonces al primer hombre que encontrásemos dónde
estaba el sitio; estas retorcidas indicaciones suyas al principio nos
desconcertaron, especialmente porque al emprender el camino Queequeg
insistió en que el almacén amarillo —nuestro inicial punto de partida—
debía estar del lado de babor, mientras que yo había entendido a Peter
Coffin decir que estaba en el de estribor. No obstante, a fuerza de tantear
un poco en la oscuridad, y requerir alguna vez a algún pacífico habitante
para indagar el camino, al final llegamos a algo que no admitía
equivocación.
Dos enormes calderos de madera pintados de negro y colgados de los
motones de un tamborete holandés pendían de la cruceta de un viejo
mastelero plantado frente a un antiguo portón. Los palos de la cruceta
estaban aserrados del otro lado, de manera que este viejo mastelero se
asemejaba en no poco a una horca. Quizá en aquella época yo era
hipersensible a tales impresiones, pero no pude evitar quedarme mirando
este patíbulo con cierto recelo. Una especie de calambre se me puso en el
cuello mientras miraba los dos palos que quedaban; sí, dos había, uno para
Queequeg y otro para mí. Es de mal agüero, pensé. Un tal Coffin, mi
posadero al desembarcar en mi primer puerto ballenero; lápidas
observándome en la capilla de los balleneros; ¡y aquí una horca! ¡Y
además una pareja de formidables calderos negros! ¿Están arrojando estos
últimos oblicuas alusiones referentes a Tofet?
De estas reflexiones me sacó la visión de una mujer pecosa con pelo
amarillo y vestido amarillo, que estaba en el porche de la posada, bajo una
mortecina lámpara roja allí colgada, semejante en mucho a un ojo herido,
y enzarzada en diligente reprimenda con un hombre de camisa púrpura de
lana.
—¡Seguid vuestro camino —le decía al hombre— o, si no, os voy a
aviar!
—Vamos, Queequeg —dije yo—, conforme. Ahí está la señora
Hussey[21].
Y así resultó ser, habiéndose el señor Oseas Hussey ausentado de casa,
aunque dejando a la señora Hussey enteramente capacitada de atender
todos sus asuntos. Al manifestar nuestros deseos de una cena y una cama,
la señora Hussey, posponiendo por el momento ulteriores reprimendas, nos
condujo a una pequeña habitación, y sentándonos a una mesa rociada con
los restos de un condumio recientemente concluido, volviose hacia
nosotros y dijo:
—¿Almeja o bacalao?
—¿Qué dice de bacalaos, señora? —dije yo con mucha educación.
—¿Almeja o bacalao? —repitió.
—¿Una almeja para cenar? Una almeja fría; ¿es eso lo que quiere
decir, señora Hussey? —dije yo—; pero en tiempo invernal ése es un
recibimiento más bien frío y viscoso, ¿no le parece, señora Hussey?
Mas al tener mucha prisa por reanudar la reprimenda al hombre de la
camisa púrpura, que estaba esperando en la entrada a que lo hiciera, y
pareciendo no haber escuchado nada excepto la palabra «almeja», la
señora Hussey se dirigió rápidamente hacia una puerta abierta que daba a
la cocina y, vociferando «almeja para dos», desapareció.
—Queequeg —dije yo—, ¿tú crees que podemos apañarnos una cena
los dos con una sola almeja?
Sin embargo, viniendo de la cocina, un cálido y sabroso vapor se
encargó de contradecir el aparentemente desolado panorama ante nosotros.
Y cuando ese chowder humeante llegó, el misterio quedó
maravillosamente explicado. ¡Ah, afables amigos!, prestadme atención.
Estaba elaborado con pequeñas almejas jugosas, apenas más grandes que
avellanas, mezcladas con bizcocho de barco desmenuzado y cerdo salado
cortado en lasquitas; todo ello enriquecido con mantequilla, y
abundantemente sazonado con pimienta y sal. Al estar agudizados nuestros
apetitos por la gélida travesía y, en particular, al ver Queequeg su alimento
favorito de pescado ante sí, y estar el chowder sobremanera excelente, lo
despachamos con gran diligencia; tras lo cual, reclinándome yo entonces
un momento y rememorando la proclama de almeja o bacalao de la señora
Hussey, pensé intentar un pequeño experimento. Me acerqué a la puerta de
la cocina, pronuncié la palabra «bacalao» con gran énfasis, y volví a mi
sitio. A los pocos instantes el sabroso vapor llegó de nuevo, pero con un
aroma distinto, y a su momento un estupendo chowder de bacalao fue
situado ante nosotros.
Retomamos la tarea; y mientras aplicábamos nuestras cucharas al
plato, pensé yo para mí: «Me pregunto si afectará de algún modo a la
cabeza. ¿Cuál es ese desatinado dicho sobre la estupidez de la gente con
cabeza de chowder?»[22].
—Pero mira, Queequeg, ¿no es eso una anguila viva en tu plato?
¿Dónde está tu arpón?
Era Los Calderos del Beneficio el más escamante de los lugares, y bien
merecía su nombre, pues los calderos siempre estaban cociendo raciones
de chowder. Chowder para el desayuno, y chowder para la comida, y
chowder para la cena, hasta que empezabas a buscar espinas de pescado
saliéndote de la ropa. La zona anterior de la casa estaba pavimentada con
conchas de almejas. La señora Hussey llevaba un collar pulido de
vértebras de bacalao, y Oseas Hussey había encuadernado sus libros de
contabilidad en piel antigua de tiburón de la mejor calidad. Había incluso
un gusto a pescado en la leche, que en modo alguno pude explicarme hasta
que una mañana, mientras daba un paseo por la playa entre unas lanchas de
pescadores, vi a la vaca moteada de Oseas alimentándose de restos de
pescado y andando por la arena con cada pezuña metida en la cabeza
cortada de un bacalao, con aire muy de andar en zapatillas, os lo aseguro.
Concluida la cena, recibimos una lámpara e indicaciones de la señora
Hussey sobre el camino más corto hacia la cama; pero cuando Queequeg
iba a precederme escaleras arriba, la señora extendió el brazo y le pidió su
arpón: no permitía arpones en sus estancias.
—¿Por qué no? —dije yo—. Todo ballenero que se precie duerme con
su arpón… ¿Y por qué no?
—Porque es peligroso —dijo ella—. Desde que el joven Stiggs, al
regresar de aquella desafortunada expedición suya, en la que estuvo
ausente tres años y medio para sólo tres barriles de saín, fue encontrado
muerto en la parte de atrás de mi primer piso, con su arpón en el costado,
desde entonces no permito que los huéspedes metan por la noche armas
tan peligrosas en sus habitaciones. Así que, señor Queequeg —pues se
había aprendido su nombre—, me voy a hacer con aquí este hierro y se lo
guardaré hasta mañana por la mañana. Pero el chowder: ¿almeja o bacalao
para el desayuno de mañana, señores?
—Ambos —dije yo—, y pónganos un par de arenques ahumados para
que haya variedad.
CAPÍTULO XVI EL BARCO

E
n la cama preparamos nuestros planes para el día venidero.
Aunque, para sorpresa mía y no escasa preocupación, Queequeg
me dio ahora a entender que había estado consultando
cuidadosamente con Yojo —el nombre de su pequeño dios negro— y que
Yojo le había dicho dos o tres veces, e insistido con fuerza en ello de todo
modo, que en lugar de ir juntos a recorrer la flota ballenera fondeada, y
elegir de mutuo acuerdo nuestra nave; en lugar de ello, digo, Yojo
decretaba con severidad que la selección del barco había de recaer
totalmente sobre mí, pues Yojo se proponía ayudarnos; y, con objeto de
hacerlo, ya se había decidido por una nave, la cual yo, Ismael, si se me
dejaba por mí mismo, infaliblemente descubriría, como si a todas luces
hubiera ocurrido por azar; y en ese navío debía inmediatamente
embarcarme, sin tener en cuenta a Queequeg por el momento.
He olvidado mencionar que en muchos asuntos Queequeg depositaba
gran confianza en la excelencia de juicio y sorprendente presciencia de
Yojo; y que apreciaba a Yojo con considerable estima como dios de
bastante buena índole, que en conjunto quizá tenía bastante buena
intención, aunque en sus benevolentes designios no siempre tenía éxito.
Ahora bien, este plan de Queequeg, o más bien de Yojo, referente a la
selección de nuestro navío… Ese plan no me gustaba en modo alguno. Yo
había confiado no poco en la sagacidad de Queequeg para señalar el
ballenero más adecuado, que nos transportara con seguridad a nosotros y
nuestros destinos. Pero como todas mis protestas no produjeron ningún
efecto sobre Queequeg, me vi obligado a avenirme; y, consecuentemente,
me preparé a atender este asunto con una suerte de urgente y decidida
energía y vigor, que debería dejar rápidamente solucionada esa pequeña
cuestión sin importancia. Temprano a la mañana siguiente, dejando a
Queequeg encerrado con Yojo en nuestro pequeño dormitorio… pues ese
día parecía ser para Queequeg y Yojo alguna especie de Cuaresma o
Ramadán, o día de ayuno, mortificación y oración (en qué modo nunca lo
pude averiguar, pues, a pesar de que me apliqué a ello varias veces, nunca
pude comprender sus liturgias y XXXIX artículos[23]), dejando, pues, a
Queequeg ayunando con su pipa-tomahawk, y a Yojo calentándose en su
fuego oferente de virutas, me marché a dar una vuelta entre los barcos.
Tras muy prolongado vagar y muchas desorientadas pesquisas, supe que
había tres barcos listos para expediciones de tres años: el Madre del
Diablo, el Bocadito y el Pequod. Madre del Diablo no sé de qué viene;
Bocadito es evidente; Pequod, sin duda recordaréis, era el nombre de una
celebrada tribu de indios de Massachusetts, ahora extinta, como los
antiguos medos. Escudriñé y escruté alrededor del Madre del Diablo;
desde él salté al Bocadito; y finalmente, al subir a bordo del Pequod, le
eché un momento un vistazo alrededor y decidí entonces que éste
precisamente era el barco apropiado para nosotros.
Por lo que a mí se me alcanza, puede que en vuestros días vierais
muchas naves notables… lugres de proa chata, gigantescos juncos
japoneses, galeotas cuadradas, y demás; pero aceptad mi palabra, nunca
visteis navío tan viejo y extraño como este mismo viejo y extraño Pequod.
Era un barco de la vieja escuela, más bien pequeño, si acaso; con una
apariencia de mueble de pata de garra pasado de moda. Largamente curado
y teñido por las inclemencias de los tifones y las calmas de los cuatro
océanos, la complexión de su viejo casco se había curtido lo mismo que la
de un viejo granadero francés, que tanto ha combatido en Egipto como en
Siberia. Su venerable proa parecía barbada. Sus mástiles… cortados en
alguna parte de la costa del Japón, donde los originales se perdieron por la
borda en una galerna… sus mástiles se erigían tiesos como las columnas
vertebrales de los tres viejos reyes de Colonia. Sus vetustas cubiertas
estaban desgastadas y alabeadas, como la losa de peregrinos venerada en
la catedral de Canterbury, donde Becket vertió su sangre. Pero a todas
estas remotas antigüedades suyas se añadían nuevos y maravillosos
elementos vinculados a la feroz actividad a la que se había dedicado
durante más de medio siglo. El viejo capitán Péleg, su primer oficial
durante muchos años —antes de que comandara otra nave de su propiedad
—, y ahora marino retirado y uno de los principales propietarios del
Pequod… este viejo Péleg, durante el periodo en que había sido su primer
oficial, había incrementado su original naturaleza grotesca, y lo había
taraceado todo él con una excentricidad, tanto en la materia como en el
artificio, por nada igualada, excepto, quizá, por el escudo o el cabecero
tallado de Thorkill-Hake. Estaba aparejado como cualquier bárbaro
emperador etíope, su cuello cargado de colgantes de marfil pulido. Era
objeto de despojos de vencedor. Un navío caníbal, que se adornaba con los
huesos de sus enemigos capturados. A todo su alrededor, sus abiertas
amuradas sin panelar, como una quijada continua, estaban decoradas con
los grandes dientes afilados del cachalote, allí insertados a modo de
cabillas a las que sujetar sus viejos ligamentos y tendones de cáñamo.
Esos ligamentos no corrían a través de motones de madera terrestre, sino
que, expeditos, pasaban sobre roldanas de marino marfil. Desdeñando una
rueda de torniquete en su venerado timón, mostraba allí una caña; y esa
caña estaba tallada en una pieza de la larga y estrecha mandíbula inferior
de su hereditario enemigo. El timonel que con esa caña gobernaba en una
tempestad se sentía como el tártaro cuando retiene su feroz corcel
haciendo presa en su quijada. ¡Un noble navío, pero en cierto modo uno de
lo más melancólico! Todo lo noble está de eso tocado.
Ahora bien, cuando busqué por el alcázar a alguien que tuviera
autoridad, con objeto de proponerme como candidato para la expedición,
al principio no vi a nadie; pero no pude pasar por alto una especie de
extraño cobertizo, o más bien tipi, erigido algo detrás del palo mayor.
Parecía sólo una construcción temporal, utilizada en puerto. Su forma era
cónica, de unos diez pies de alto; construida con las enormes largas placas
de negro hueso mimbreño que se obtienen de la parte media y superior de
las mandíbulas de la ballena franca. Plantadas en la cubierta sobre su
extremo ancho, un círculo de estas placas se entrelazaban, mutuamente
inclinadas unas sobre otras, y en el ápice se unían en un remate peludo, en
el que las fibras capilares sueltas oscilaban de un lado a otro, como el
penacho de la cabeza de algún viejo sachem pottowattamie[24]. Una
abertura triangular daba hacia la proa del barco, de manera que el que
estaba en el interior disfrutaba de una vista general hacia la parte anterior.
Y medio oculto en este extravagante habitáculo finalmente encontré a
alguien que por su aspecto parecía tener autoridad; alguien que, al ser
mediodía y estar interrumpidos los trabajos del barco, disfrutaba ahora del
descanso de la carga del mando. Estaba sentado en una antigua silla de
roble, toda ella ensortijada de curiosas tallas, y cuyo asiento estaba
compuesto por un recio entrelazado del mismo material elástico del que
estaba construida la cabaña india.
Nada había, quizá, que fuera muy particular en la apariencia del
anciano que vi; era curtido y fornido, como la mayor parte de los marinos
viejos, y se arropaba pesadamente en un capote azul de piloto cortado al
estilo cuáquero; salvo que había una fina y casi microscópica red de las
más menudas arrugas entrelazándose alrededor de los ojos, que debían de
haber surgido de su continuo navegar en muchos temporales, y siempre
mirando a barlovento… pues esto hace que se arruguen los músculos
alrededor de los ojos. Esas arrugas de los ojos resultan muy eficaces al
fruncir el ceño.
—¿Es éste el capitán del Pequod? —dije, avanzando hasta la puerta del
cobertizo.
—Suponiendo que se tratara del capitán del Pequod, ¿qué es lo que vos
demandáis de él? —preguntó.
—Estaba pensando embarcarme.
—Lo estabais, ¿lo estabais vos? Observo que no sois originario de
Nantucket… ¿Habéis estado alguna vez en una lancha desfondada?
—No, señor, nunca.
—No sabéis nada en absoluto sobre la pesca de la ballena, oso decir…
¿eh?
—Nada, señor; aunque no albergo duda alguna de que aprenderé
pronto. He hecho varios viajes en el servicio mercante, y creo que…
—Al diablo el servicio mercante. No mencionéis esa jerigonza. ¿Veis
esa pierna?… Si alguna vez volvéis a hablarme del servicio mercante
tendré que sacar esa pierna de vuestra popa. ¡Servicio mercante, decís!
Supongo, además, que os sentís considerablemente orgulloso de haber
servido en esos barcos mercantes. Pero, ¡palmas de ballena! Muchacho,
¿qué os hace desear ir en un ballenero, eh?… Parece un poco sospechoso,
¿eh?… ¿No habréis sido pirata?, ¿o sí lo fuisteis?… ¿No robaríais a
vuestro último capitán?, ¿o sí lo hicisteis?… ¿No estaréis pensando en
asesinar a los oficiales una vez os halléis en la mar?
Defendí mi inocencia en estas cuestiones. Observé que bajo la máscara
de estas insinuaciones medio burlescas este viejo marino, como aislado
cuáquero de Nantucket, estaba cargado de sus prejuicios insulares, y tendía
a desconfiar de todos los extraños, a no ser que procedieran de cabo Cod o
del Vineyard.
—Mas ¿qué os hace ir a la pesca de la ballena? Eso es lo que deseo
saber antes de pensar en embarcaros.
—Bueno, señor, quiero saber qué es la pesca de la ballena. Quiero ver
el mundo.
—Queréis saber qué es la pesca de la ballena, ¿eh? ¿Habéis echado un
ojo al capitán Ajab?
—¿Quién es el capitán Ajab, señor?
—Sí, sí, eso me pareció. El capitán Ajab es el capitán de este barco.
—Estoy equivocado, entonces. Creí estar hablando con el capitán en
persona.
—Estáis hablando con el capitán Péleg… con ése es con quien estáis
hablando, joven. Nos corresponde a mí y al capitán Bildad cuidar de que el
Pequod esté equipado para el viaje, y pertrechado de todas sus
necesidades, incluyendo tripulación. Somos copropietarios y agentes. Mas,
como iba a decir, si deseáis saber qué es la pesca de la ballena, como decís
que deseáis, puedo poneros en camino de descubrirlo antes de que os
comprometáis a ello más allá de la posibilidad de rectificar. Echad un ojo
al capitán Ajab, joven, y descubriréis que sólo tiene una pierna.
—¿Qué quiere decir, señor? ¿Fue perdida la otra por obra de una
ballena?
—¡Perdida por obra de una ballena! Joven, acercaos: ¡fue devorada,
masticada, triturada, por la más monstruosa parmaceti [25] que jamás una
lancha astillas hiciera!… ¡Ja, ja!
Me alarmé un poco por su arranque, también, quizá, me afectó un poco
el sentido pesar de su exclamación final, pero, con toda la calma que pude,
dije:
—Lo que dice es, sin duda, totalmente cierto, señor; pero ¿cómo podía
yo saber que existía una peculiar ferocidad en esa particular ballena,
aunque, en efecto, pudiera haber inferido tanto así del simple hecho del
accidente?
—Atended, joven; vuestros pulmones son de tipo fofo, ¿lo veis? No
habláis con ningún mordiente. ¿Seguro que habéis navegado con
anterioridad? ¿Estáis seguro?
—Señor —dije yo—, creo haberle dicho que había hecho cuatro viajes
en el servicio…
—¡Acabad con eso! Recordad lo que dije del servicio mercante… no
me incomodéis… no lo voy a admitir. Mas entendámonos. Os he
proporcionado un indicio de lo que es la pesca de la ballena; ¿todavía os
sentís atraídos por ella?
—Lo estoy, señor.
—Muy bien. Veamos: ¿sois vos el hombre que lanzaría un arpón a la
garganta de una ballena viva y que luego saltaría tras él? ¡Responded,
rápido!
—Lo soy, señor, si fuera positivamente indispensable hacerlo; no para
ser aniquilado, quiero decir; que supongo que no es de lo que se trata.
—Bien de nuevo. Veamos ahora: ¿no deseabais ir a pescar ballenas
sólo para descubrir por experiencia lo que es la pesca de la ballena, sino
que también deseáis ir con objeto de ver el mundo? ¿No fue eso lo que
dijisteis? Me pareció que era así. Bien está, id entonces allá y echad una
ojeada sobre la amura de barlovento, y volved después y decidme qué es lo
que veis allí.
Durante un momento me quedé algo perplejo ante su curioso
requerimiento, sin saber exactamente cómo tomármelo, si en broma o en
serio. Pero, concentrando todas sus patas de gallo en un fruncido ceño, el
capitán Péleg me hizo dirigirme al recado.
Al avanzar y mirar sobre la amura de barlovento me di cuenta de que
el barco, borneando al ancla con la marea, estaba en ese momento
señalando oblicuamente hacia el océano abierto. El panorama era
ilimitado, pero excesivamente monótono y desabrido; sin la menor
variedad, que yo viera.
—Bien, ¿cuál es el informe? —dijo Péleg cuando volví—, ¿qué habéis
visto?
—No mucho —repliqué—, nada, excepto agua; aun así, un horizonte
considerable, y se aproxima una tormenta, creo.
—Bien, ¿qué es lo que pensáis, entonces, acerca de ver el mundo?
¿Deseáis doblar el cabo de Hornos para ver algo más de él, eh? ¿No podéis
ver el mundo desde donde estáis?
Quedé un poco tocado, pero a pescar ballenas había de ir, y lo haría; y
el Pequod era tan buen barco como cualquiera —yo creía que el mejor—,
y todo esto se lo repetí entonces a Péleg. Al verme tan decidido, expresó
su disposición a enrolarme.
—Y podéis también firmar los papeles al momento —añadió—:
seguidme —y así diciendo, me condujo bajo cubierta, a la cabina.
Sentado en el yugo estaba lo que me pareció una figura muy inusual y
sorprendente. Resultó ser el capitán Bildad, que junto al capitán Péleg era
uno de los principales propietarios del navío; las otras participaciones,
como suele ser el caso en estos puertos, estaban en manos de un montón de
rentistas: viudas, huérfanos y tutores judiciales, que poseían cada uno de
ellos más o menos el valor del extremo de una cuaderna, o un pie de
plancha, o uno o dos clavos del barco. Las gentes de Nantucket invierten
su dinero en navíos balleneros del mismo modo que vosotros invertís el
vuestro en bonos estatales garantizados, que aportan un buen interés.
Ahora bien, Bildad, lo mismo que Péleg y que de hecho muchos otros
nativos de Nantucket, era un cuáquero, pues la isla había sido
originalmente colonizada por esa secta; y hasta el día de hoy sus
habitantes mantienen por lo general, en modo poco usual, las
peculiaridades de los cuáqueros, aunque modificadas de anómala y variada
manera por cuestiones completamente ajenas e impropias. Pues algunos de
estos mismos cuáqueros son los más sanguinarios de todos los marineros y
cazadores de ballenas. Son cuáqueros combatientes; cuáqueros rabiosos.
De forma que hay casos entre ellos de hombres que, bautizados con
nombres bíblicos —una costumbre singularmente común en la isla—, y
que en la niñez han embebido el altivamente dramático vos del habla
cuáquera, a pesar de ello, de la audaz, arriesgada e ilimitada aventura de
sus vidas posteriores, mezclan insólitamente con estas peculiaridades no
olvidadas mil audaces rasgos de carácter no indignos de un rey del mar
escandinavo o de un poético pagano romano. Y cuando estas
características se unen en un hombre de fuerza natural considerablemente
superior, con un cerebro globular y un corazón ponderal; que además, a
causa del sosiego y el retiro de muchas largas guardias nocturnas en las
aguas más remotas, y bajo constelaciones nunca vistas aquí en el norte, ha
sido guiado a pensar de forma novedosa e independiente, recibiendo fresca
toda impresión dulce o salvaje de la naturaleza desde su propio virginal,
voluntario y confidente seno, y principalmente por ello, aunque también
con cierta ayuda de fortuitas prerrogativas, a aprender un excelso lenguaje,
inquieto y audaz… Ese hombre es único en el censo de toda una nación…
una criatura de fasto poderoso, formada para nobles tragedias. Y no será
para él un demérito, considerado dramáticamente, si, bien por nacimiento
o por otras circunstancias, posee lo que aparenta ser una medio deliberada
morbidez que predomina en el fondo de su naturaleza. Pues todos los
hombres trágicamente grandes llegan a serlo por una cierta morbidez.
Convenceos de esto, oh, joven ambición, toda mortal grandeza no es sino
enfermedad. Mas de momento nosotros no tenemos que ocuparnos de
alguien semejante, sino de otro muy distinto; y, aun así, un hombre que,
aunque efectivamente peculiar, sólo es consecuencia de otra faceta del
cuáquero, modificada por circunstancias individuales.
Como el capitán Péleg, el capitán Bildad era un pudiente ballenero
retirado. Pero, a diferencia del capitán Péleg —a quien le importaba un
comino lo que se llaman asuntos serios, e incluso consideraba esos asuntos
serios la mayor de las pamplinas—, el capitán Bildad no sólo había sido
educado originariamente según la facción más estricta del cuaquerismo de
Nantucket, sino que toda su posterior vida oceánica, y la visión de muchas
encantadoras y desvestidas criaturas isleñas, doblado Hornos… todo ello
no había conmovido a este cuáquero nativo ni una sola pizca, no había
siquiera alterado ni un solo pliegue de su indumentaria. Sin embargo, a
pesar de toda esta inmutabilidad, en el loable capitán Bildad había cierta
escasez de la normal coherencia. Aunque rehusando por escrúpulos de
conciencia portar las armas contra invasores terrestres, él mismo había,
sin embargo, invadido ilimitadamente el Atlántico y el Pacífico; y aunque
enemigo jurado del derramamiento de sangre humana, había empero, en su
levita de recto corte, derramado toneles y toneles de sangre de leviatán. La
manera en que ahora, en el contemplativo ocaso de sus días, el piadoso
Bildad reconciliaba estos hechos en la remembranza no la sé; pero no
parecía preocuparle mucho, y muy probablemente hacía tiempo que había
llegado a la juiciosa y sensata conclusión de que la religión de un hombre
es una cosa, y este mundo concreto otra muy distinta. Este mundo paga
dividendos. Ascendiendo desde pequeño mozo de cabina en pantalones
cortos del más pardo paño a arponero en amplio chaleco de talle de pez; de
ahí haciéndose jefe de lancha, primer oficial, y capitán, y finalmente
armador, Bildad, como anteriormente apunté, había concluido su
aventurera carrera retirándose totalmente de la vida activa a la aceptable
edad de sesenta años, y dedicando sus restantes días a recibir
tranquilamente sus bien ganados ingresos.
Ahora bien, Bildad, siento decirlo, tenía reputación de ser un
incorregible viejo mezquino, y en sus días de surcar la mar un severo y
duro patrón. Me contaron en Nantucket, aunque en verdad parece una
historia peculiar, que cuando navegó en el viejo ballenero Categut, su
tripulación, al arribar a puerto, fue en su mayor parte desembarcada al
hospital, agotada y exhausta de dolor. Para ser hombre piadoso, y cuáquero
en especial, ciertamente era más bien despiadado, por decir algo leve. No
obstante, nunca solía maldecir a sus hombres, dicen; aunque de algún
modo obtenía de ellos una desmesurada suma de arduo trabajo, inmitigado
y cruel. Cuando Bildad era primer oficial, tener su ojo pardo mirándote
fijamente te hacía sentirte extremadamente nervioso, hasta que podías
agarrar algo… un martillo o un pasador, y ponerte a trabajar como un loco
en una u otra cosa, sin importar en qué. La indolencia y la ociosidad
perecían ante él. Su propia persona era la exacta encarnación de su
carácter utilitario. En su largo cuerpo magro no portaba carne en exceso,
ni barba superflua, estando dotada su barbilla de una suave y austera
pelusa, similar a la pelusa desgastada de su sombrero de ala ancha.
Tal era, pues, la persona que vi sentada en el yugo cuando, siguiendo al
capitán Péleg, bajé a la cabina. El espacio entre cubiertas era pequeño; y
allí, muy erguido, estaba sentado el viejo Bildad, que siempre se sentaba
así, y nunca se inclinaba, y lo hacía así para no desgastar los faldones de
su casaca. Su sombrero de ala ancha estaba colocado a su lado; sus piernas
firmemente cruzadas; su vestimenta de paño abotonada hasta la barbilla; y
con los lentes sobre la nariz parecía absorto en la lectura de un pesado
volumen.
—Bildad —exclamó el capitán Péleg—, otra vez a ello, ¿eh, Bildad?
Habéis estado estudiando esas Escrituras durante los últimos treinta años,
que a mí se me alcance. ¿Hasta dónde habéis llegado, Bildad?
Como si llevara tiempo habituado a este profano modo de hablar de su
viejo camarada de navío, Bildad, sin prestar atención a su irreverencia de
ese momento, alzó quietamente la mirada y, al verme, miró de nuevo hacia
Péleg de manera inquisitorial.
—Dice ser nuestro hombre, Bildad —dijo Péleg—, desea embarcarse.
—¿Lo deseáis vos? —dijo Bildad con tono hueco y volviéndose a mí.
—Lo deseolo[26] —dije yo inconscientemente, tan señaladamente
cuáquero era él.
—¿Qué pensáis de él, Bildad? —dijo Péleg.
—Servirá —dijo Bildad, observándome, y luego siguió deletreando en
su libro en un tono de murmurio bastante audible.
Pensé de él que era el cuáquero más extraño que había visto jamás, en
especial dado que Péleg, su amigo y viejo camarada de barco, parecía
semejante energúmeno. Pero no dije nada, sólo miré a mi alrededor con
atención. Péleg entonces abrió un cofre y, sacando los artículos del barco,
colocó una pluma y tinta frente a sí, y se sentó ante una pequeña mesa. Yo
empecé a pensar que ya iba siendo hora de acordar conmigo mismo en qué
términos estaba dispuesto a comprometerme para la expedición. Sabía ya
que en el negocio de la pesca de la ballena no pagaban salarios, sino que
toda la tripulación, incluyendo al capitán, recibía ciertas participaciones
de las ganancias llamadas provechos, y que estos provechos se establecían
proporcionalmente al grado de importancia pertinente a las respectivas
obligaciones de la dotación del barco. También sabía que, al ser un
tripulante novato en la pesca de la ballena, mi propio provecho no sería
muy extenso; pero considerando que estaba habituado al mar, podía
timonear, ayustar un cabo y todas esas cosas, no dudaba de que, según todo
lo que había escuchado, me deberían ofrecer al menos el doscientos
setenta y cincoavo provecho… es decir, la doscientas setenta y cincoava
parte del total de los beneficios netos de la expedición, sea lo que fuere
que pudieran finalmente llegar a alcanzar. Y aunque el doscientos setenta y
cincoavo provecho era más bien lo que llaman un provecho largo, no
obstante era mejor que nada; y si teníamos una expedición afortunada,
podría casi seguro pagar la ropa que iba a gastar en ella, sin contar con mis
tres años de alimento y albergue, por los que no tendría que pagar ni un
ardite.
Podría pensarse que era ésta una pobre manera de acumular una
fortuna principesca… y en efecto lo era, una manera muy pobre. Pero yo
soy de esos que nunca se alteran por fortunas principescas, y me considero
satisfecho si el mundo está dispuesto a darme sustento y alojamiento
mientras me hospedo bajo este desolado rótulo de La Nube del Trueno. En
suma, pensaba que el doscientos setenta y cincoavo provecho sería más o
menos lo justo, pero no me hubiera sorprendido si me hubieran ofrecido el
doscientosavo, considerando que de constitución era ancho de hombros.
Mas, sin embargo, algo que me hizo recelar un poco de recibir una
generosa participación en los beneficios fue esto: en tierra había oído
hablar un poco de ambos, del capitán Péleg y de su inefable viejo colega
Bildad; de cómo, al ser ellos los propietarios principales del Pequod, los
otros, y más inconsiderables y dispersos dueños, dejaban la casi entera
dirección de los asuntos del barco a estos dos. Y sabía con seguridad que
el viejo cicatero Bildad tendría mucho que decir respecto a enrolar a los
tripulantes, especialmente tal como le encontraba ahora a bordo del
Pequod, muy bien aposentado allí en la cabina, y leyendo la Biblia como si
estuviera junto a su propia chimenea. Ahora bien, mientras Péleg trataba
en vano de preparar una pluma con su navaja, el viejo Bildad, ante mi no
pequeña sorpresa, considerando que él era una parte tan interesada en estos
procedimientos… Bildad no nos prestaba ninguna atención, sino que
seguía murmurando para sí de su libro:
—«No amontonéis para vos provechos en la tierra, donde hay
polilla…».
—Bien, capitán Bildad —le interrumpió Péleg—, ¿qué decís?, ¿qué
provecho le damos a este joven?
—Vos lo sabéis mejor —fue la sepulcral respuesta—, el setecientos
setenta y sieteavo no sería excesivo, ¿no?… «Donde hay polilla y
herrumbre que corroen. Amontonad más bien provechos…».
¡Menudo provecho —pensé yo— que me hace! ¡El setecientos setenta
y sieteavo! Bien, viejo Bildad, estás empeñado en que yo, al menos, no
disfrute del provecho de muchos provechos aquí abajo, donde hay polilla y
herrumbre que corroen. Ése era, efectivamente, un excesivamente largo
provecho; y aunque por la magnitud de la cifra pudiera en principio
engañar a un hombre de tierra firme, no obstante, la más ligera indagación
podrá mostrar que aunque setecientos setenta y siete es un número muy
grande, aun así, cuando te pones a hacer un avo de él, observarás entonces,
digo, que la setecientas setenta y siete parte de un ochavo es mucho menos
que setecientos setenta y siete doblones de oro; y así lo pensé yo entonces.
—¡Pero condenados sean vuestros ojos, Bildad —gritó Péleg—, no
querréis estafar a este joven! Tiene que llevarse más que eso.
—Setecientos setenta y siete —dijo de nuevo Bildad, sin levantar sus
ojos; y entonces siguió murmurando—. «Porque donde esté tu provecho,
allí estará también tu corazón».
—Le voy a apuntar al trescientosavo —dijo Péleg—, ¿me escucháis,
Bildad? El trescientosavo provecho, digo.
Bildad dejó su libro, y volviéndose solemnemente hacia él dijo:
—Capitán Péleg, tenéis un corazón generoso; pero habéis de
considerar la obligación que tenéis con los otros dueños de este barco,
viudas y huérfanos muchos de ellos, y que si nosotros recompensamos
abundantemente las labores de este joven, podríamos estar quitando el pan
a esas viudas y a esos huérfanos. El setecientos setenta y sieteavo
provecho, capitán Péleg.
—¡Vos, Bildad! —rugió Péleg, levantándose y revolviéndose por la
cabina—. Condenado seáis, capitán Bildad. Si hubiera seguido vuestro
consejo en estos asuntos, habría tenido ya antes una conciencia que
arrastrar que sería lo suficientemente pesada como para hacer naufragar el
mayor barco que jamás circunnavegó el cabo de Hornos.
—Capitán Péleg —dijo Bildad firmemente—, puede que vuestra
conciencia desplace diez pulgadas de agua, o diez brazas, yo no lo puedo
decir; pero, como seguís siendo hombre impenitente, capitán Péleg, temo
muy mucho que vuestra conciencia no sea sino una conciencia que haga
agua; y al final os hundirá, haciéndoos naufragar en el abismo ígneo,
capitán Péleg.
—¡Abismo ígneo! ¡Abismo ígneo! Me insultáis, señor; me insultáis
más alla de lo naturalmente soportable. Es un incendiario ultraje decirle a
una criatura humana que va camino del Infierno. ¡Palmas de ballena y
llamas! Bildad, como me digáis eso otra vez, me aflojáis las tuercas del
alma, y yo… yo… sí, me trago una cabra viva con todo su pelo y cuernos.
¡Fuera de la cabina, vos, beatón, mortecino hijo de un tarugo… enfilad
derecho!
Mientras tronaba esto, se lanzó sobre Bildad; pero, con una
maravillosa, oblicua y deslizante celeridad, Bildad le esquivó por esta vez.
Alarmado ante aquel terrible arrebato entre los dos principales
responsables dueños del barco, y sintiéndome medianamente inclinado a
abandonar toda noción de navegar en un navío de propiedad tan
cuestionable y mando tan precario, me aparté de la puerta para dejar paso
a Bildad, que, no me cabía duda, todo él era deseo de desaparecer de
delante de la avivada cólera de Péleg. Pero, ante mi sorpresa, se sentó de
nuevo en el yugo muy lentamente, y no pareció tener la menor intención
de retirarse. Parecía bastante acostumbrado al impenitente Péleg y a su
modo de actuar. En cuanto a Péleg, tras haber soltado su rabia como había
hecho, no parecía que restara más en él, y también se sentó como un
cordero, aunque se estremeció un poco, como si aún estuviera agitado por
los nervios.
—¡Pfui! —silbó finalmente—, la galerna se ha alejado a sotavento, me
parece. Bildad, vos solíais ser bueno afilando lanzas: reparad esta pluma,
¿queréis? Esta navaja mía necesita muela. Os lo agradezco; os lo
agradezco, Bildad. Veamos, joven, vuestro nombre es Ismael, ¿no dijisteis
eso? Bien, entonces, apuntado estáis aquí, Ismael, al trescientosavo
provecho.
—Capitán Péleg —dije yo—, está conmigo un amigo que también
quiere embarcarse; ¿le traigo mañana?
—Con toda seguridad —dijo Péleg—. Traédnoslo y le echaremos un
vistazo.
—¿Qué provecho desea él? —gruñó Bildad, alzando la vista desde el
libro en el que de nuevo se había estado enterrando.
—¡Ah! No os preocupéis de eso, Bildad —dijo Péleg—. ¿Ha ido a la
pesca de la ballena alguna vez? —volviéndose a mí.
—Ha matado más ballenas que las que yo pueda contar, capitán Péleg.
—Bueno, pues traedle, entonces.
Y tras firmar los papeles, me marché; no dudando en absoluto haber
hecho un buen trabajo matutino, ni que el Pequod fuera el mismísimo
barco que Yojo había dispuesto para llevarnos a Queequeg y a mí en torno
a Hornos.
Aunque no había ido lejos cuando comencé a darme cuenta de que el
capitán con el que iba a navegar seguía aún desconocido para mí; por más
que, en efecto, en muchos casos un barco ballenero estará totalmente
equipado, y recibirá a toda su tripulación a bordo, antes de que el capitán
se deje ver al llegar para tomar el mando; pues a veces estas expediciones
son tan prolongadas, y los intervalos en el hogar, en tierra, tan
extraordinariamente breves, que si el capitán tiene familia, o algún
absorbente interés de ese tipo, él mismo no se ocupa mucho de su barco en
puerto, sino que se lo deja a los dueños hasta que esté dispuesto para
zarpar. Aun así, siempre está bien echarle un vistazo antes de
encomendarse irrevocablemente en sus manos. Volviendo atrás, abordé al
capitán Péleg, preguntando dónde se podía encontrar al capitán Ajab.
—¿Y qué es lo que queréis del capitán Ajab? Todo está correcto; estáis
enrolado.
—Sí, pero me gustaría verle.
—Pero no creo que podáis hacerlo por el momento. No sé exactamente
qué es lo que le ocurre, pero se queda encerrado en casa, como si estuviera
enfermo, y sin embargo no lo parece. De hecho, no está enfermo; aunque
no, tampoco está bien. De cualquier modo, joven, no siempre me recibe a
mí, así que supongo que no lo hará con vos. Es un hombre extraño… el
capitán Ajab… así lo piensan algunos, pero es buen hombre. Ah, os
agradará lo suficiente; no temáis, no temáis. Es un espléndido hombre
impío, semejante a un Dios. No habla mucho, pero cuando habla es mejor
que escuchéis. Atended, estad prevenido: Ajab está por encima de lo
común; Ajab ha estado en universidades, y también entre los caníbales; se
ha familiarizado con prodigios más profundos que las olas; ha clavado su
fogosa lanza en enemigos más poderosos y más extraños que las ballenas.
¡Su lanza, sí, que es la más afilada y precisa de todas las de nuestra isla!
¡Ah!, él no es el capitán Bildad, no, y tampoco es el capitán Péleg; él es
Ajab, muchacho; ¡y el Ajab de la Antigüedad, ya sabéis, era un rey
coronado!
—Y uno muy infame. Cuando mataron a ese malvado rey, los perros…
¿no lamieron los perros su sangre?
—Aproximaos aquí… aquí, aquí —dijo Péleg con una expresividad en
sus ojos que casi me sobresaltó—. Atended, amigo: nunca digáis eso a
bordo del Pequod. Nunca lo digáis en parte alguna. El capitán Ajab no se
bautizó a sí mismo. Fue un capricho irracional e ignorante de su demente
madre enviudada, que murió cuando él sólo tenía doce meses. Y, sin
embargo, la anciana india Tistig, de Gay-head, dijo que el nombre, de
alguna manera, resultaría profético. Y puede que otros chalados como ella
os digan lo mismo. Deseo advertiros. Es mentira. Yo conozco bien al
capitán Ajab; navegué con él como oficial hace años; sé lo que es… un
buen hombre… no un buen hombre piadoso, como Bildad, sino un buen
hombre que maldice… más o menos como yo… sólo que en él hay mucho
más. Sí, sí, sé que nunca fue muy jovial; y sé que durante el viaje de
retorno estuvo una temporada un poco fuera de sus cabales; pero fueron
los agudos e intensos dolores en su sangrante muñón los que provocaron
aquello, como cualquiera podría apreciar. También sé que desde que en el
último viaje perdió su pierna por esa maldita ballena, ha estado un poco
taciturno… desesperadamente taciturno, y furioso a veces; pero eso
pasará. Y de una vez por todas permitidme deciros y aseguraros, joven,
que es mejor navegar con un buen capitán taciturno que con uno malo
risueño. Así que adiós, os digo… y no ofendáis al capitán Ajab por darse
la circunstancia de que tenga un nombre perverso. Además, muchacho,
tiene una mujer… no lleva casado tres expediciones… una muchacha
dulce y resignada. Pensad en ello; de esa dulce muchacha ese anciano tiene
un hijo: ¿concebís vos, entonces, que pueda haber algo grave,
irreparablemente dañino en Ajab? No, no, amigo mío; aunque esté herido
y agostado, ¡Ajab tiene su humanidad!
Mientras me alejaba, iba absorto en reflexiones; lo que
incidentalmente se me había revelado del capitán Ajab me llenaba de una
cierta singular incertidumbre de sufrimiento a él referida. Y de alguna
manera en ese momento sentía hacia él simpatía y pena, pero por qué no lo
sé, a no ser que fuera por la cruel pérdida de su pierna. Y aun así también
sentía un extraño temor hacia él; mas esa especie de temor, que en modo
alguno puedo describir, no era exactamente temor; no sé lo que era. Pero
lo sentía; y no me hacía inclinarme en su contra, sino que sentía
impaciencia ante lo que parecía un misterio en él, a pesar de lo
imperfectamente que me era entonces conocido. Sin embargo, mis
pensamientos fueron finalmente llevados por otros derroteros, de tal
manera que por el momento el oscuro Ajab se me fue de la cabeza.
CAPÍTULO XVII EL RAMADÁN

C
omo el Ramadán, o ayuno y humillación de Queequeg, iba a
continuar durante todo el día, opté por no molestarle hasta el
caer de la noche; pues albergo el mayor de los respetos hacia
las obligaciones religiosas de todos, por muy cómicas que sean, y no
encontraría sitio en el corazón para menospreciar ni siquiera a una
congregación de hormigas que adoran a un sapo; ni a aquellas otras
criaturas de ciertas zonas de nuestra tierra que, con un grado de servilismo
completamente inaudito en otros planetas, hacen reverencias ante el torso
de un terrateniente fenecido sólo por las desmesuradas posesiones todavía
a su nombre, y a él arrendadas.
Digo yo que nosotros, buenos cristianos presbiterianos, deberíamos ser
caritativos en estas cosas, y no creernos tan enormemente superiores a
otros mortales, paganos o no paganos, a causa de sus extravagantes
pareceres en estos asuntos. Ahí estaba ahora Queequeg, ciertamente
sosteniendo las nociones más absurdas sobre Yojo y su Ramadán… pero
¿y qué? Queequeg pensaba que sabía lo que hacía, supongo; parecía estar
contento; y que ahí quede en paz. Todo lo que discutamos con él no servirá
para nada; dejadle en paz, digo: y que el Cielo tenga piedad de todos
nosotros —tanto presbiterianos como paganos—, pues todos en cierto
modo estamos terriblemente mal de la cabeza, y lamentablemente
necesitamos arreglo.
Al anochecer, cuando estuve seguro de que todas sus celebraciones y
rituales debían haber terminado, subí a su habitación y llamé a la puerta;
pero no hubo respuesta. Traté de abrirla, pero estaba cerrada por dentro.
—Queequeg —dije suavemente, a través del ojo de la cerradura…
Todo en silencio.
—¡Queequeg, escucha! ¿Por qué no hablas? Soy yo… Ismael.
Pero todo siguió tan callado como antes. Empecé a alarmarme. Le
había dado tanto tiempo… pensé que quizá había sufrido una apoplejía.
Miré por el ojo de la cerradura; pero como la puerta abría a una especie de
rincón de la habitación, el panorama del ojo de la cerradura no era sino
una vista tortuosa y adversa. Sólo podía ver parte del pie de la cama y una
línea de la pared, pero nada más. Me sorprendió observar, apoyado contra
la pared, el ástil de madera del arpón de Queequeg, que la patrona le había
quitado la noche anterior, antes de subir al cuarto. Es extraño, pensé; pero
en cualquier caso, como el arpón está allí, y él nunca o casi nunca sale sin
él, debe, por tanto, estar aquí dentro, sin posibilidad de error.
—¡Queequeg!… ¡Queequeg!…
Todo callado.
Algo debe haber ocurrido. ¡Apoplejía! Traté de derribar la puerta; pero
resistió firmemente. Bajé corriendo las escaleras y rápidamente expuse
mis aprensiones a la primera persona que encontré… la doncella.
—¡Huy! ¡Huy! —gritó—. Me pareció que algo debía de pasar. Fui a
hacer la cama después del desayuno, y la puerta estaba cerrada; no se oía
ni una mosca. Y desde entonces ha estado exactamente igual de silencioso.
Pero yo pensé: puede ser que los dos se hayan ido y dejado cerrado el
equipaje para tenerlo a salvo. ¡Huy! ¡Huy, señora!… ¡Ama! ¡Homicidio!
¡Señora Hussey! ¡Apoplejía!…
Y con estos gritos salió corriendo hacia la cocina, y yo tras ella.
Pronto apareció la señora Hussey, con un tarro de mostaza en una mano
y una vinagrera en la otra, al haber interrumpido en ese momento la
ocupación de disponer las angarillas, y de regañar mientras tanto a su
pequeño mozo negro.
—¡La leñera! —grité yo—. ¿Cómo se va a la leñera? Corred, por amor
de Dios, y traed algo para forzar la puerta… ¡El hacha!… ¡El hacha!… Le
ha dado un ataque; ¡no puede ser otra cosa!…
Y así diciendo, apresurándome estaba de nuevo desordenamente
escaleras arriba con las manos vacías, cuando la señora Hussey interpuso
el tarro de mostaza y la vinagrera, y las angarillas enteras de su semblante.
—¿Qué es lo que le ocurre, joven?
—¡Traed el hacha! ¡Por el amor de Dios, que alguien busque al médico
mientras fuerzo la puerta!
—Atended —dijo la patrona, dejando rápidamente la vinagrera, para
tener una mano libre—; atended: ¿estáis hablando de forzar una de mis
puertas? —y al decirlo me cogió el brazo—. ¿Qué es lo que os pasa? ¿Qué
es lo que os pasa, marinero?
Del modo más calmado, aunque el más rápido posible, le expliqué la
totalidad del caso. Ella rumió un instante, llevándose inconscientemente la
vinagrera a un lado de su nariz; entonces exclamó…
—¡No! No lo he visto desde que lo puse ahí.
Corrió hasta un pequeño armario bajo el rellano de las escaleras, miró
dentro y, al volver, me dijo que faltaba el arpón de Queequeg.
—¡Se ha matado! —gritó—. Es otra vez de nuevo el infortunado
Stiggs… otro cubrecama perdido… ¡Que Dios tenga piedad de su pobre
madre!… Será la ruina de mi casa. ¿Tiene alguna hermana el pobre
muchacho? ¿Dónde está esa chica?… Eh, Betty, ve a Snarles, el pintor, y
dile que me pinte un letrero, que diga… «no se permiten suicidios en la
casa», y «no fumar en el salón…»: bien puedo matar ambos pájaros a la
vez. ¿Matar? ¡Que el Señor se apiade de su fantasma! ¿Qué es ese ruido?
¡Vos, joven, deteneos!
Y, corriendo tras de mí, me atrapó cuando de nuevo estaba intentando
violentar la puerta.
—No voy a permitirlo; no voy a dejar que deterioren mis propiedades.
Id a buscar al cerrajero, hay uno a una milla de aquí. Aunque, ¡alto ahí! —
metiendo una mano en su bolsillo lateral—, aquí hay una llave que servirá,
supongo; veamos.
Diciendo lo cual, la giró en la cerradura; pero, ¡ay!, el pestillo
suplementario de Queequeg no estaba descorrido por dentro.
—Hay que reventarla —dije yo, y estaba distanciándome un poco por
el vestíbulo para tomar carrerilla, cuando la patrona me atrapó, de nuevo
instándome a que no rompiera su propiedad; pero yo me zafé de ella, y con
repentino impulso del cuerpo me lancé de lleno contra el objetivo.
La puerta se abrió haciendo un ruido prodigioso, y el picaporte, al
golpear contra la pared, lanzó yeso hasta el techo; y allí, ¡Cielos!, allí
estaba sentado Queequeg, completamente impávido y sereno; exactamente
en el centro de la habitación, sentado sobre sus talones, y con Yojo
colocado sobre su cabeza. No miraba ni a un lado ni al otro, sino que
estaba sentado como una imagen tallada, sin apenas signo alguno de vida
activa.
—Queequeg —dije yo, acercándome a él—, Queequeg, ¿qué es lo que
te pasa?
—No habrá estado sentado así todo el día, ¿no? —dijo la patrona.
Pero, por mucho que dijéramos, ni una palabra podíamos extraer de él;
yo estuve a punto de tumbarle de un empujón, para así cambiar su postura,
pues era casi insoportable, de tan dolorosa y antinaturalmente forzada que
parecía; en especial, dado que, con toda probabilidad, había estado sentado
de esa manera hasta ocho o diez horas, además pasándose sin sus comidas
cotidianas.
—Señora Hussey —dije yo—, en cualquier caso está vivo; así que
déjenos, por favor, que yo me ocuparé de este extraño asunto por mí
mismo.
Cerrando la puerta tras la patrona, me esforcé por convencer a
Queequeg para que cogiera una silla; pero en vano. Ahí estaba sentado; e
hiciera yo lo que hiciera… con todas mis corteses mañas y todos mis
halagos… no movía ni un dedo, ni decía una sola palabra, ni siquiera me
miraba, ni percibía mi presencia en la menor de las maneras.
Me pregunto, pensé yo, si es posible que esto pueda formar parte de su
Ramadán; ¿ayunarán sentados sobre sus talones de esa manera en su isla
nativa? Debe ser así; sí, es parte de su credo, supongo. Bien, entonces
dejémosle descansar, más tarde o más temprano se levantará, no cabe
duda. No puede durar para siempre, gracias a Dios, y su Ramadán sólo se
produce una vez al año; además, no creo que sea con mucha puntualidad.
Me bajé a cenar. Tras un gran rato sentado escuchando las largas
historias de unos marineros que acababan de llegar de una expedición
pudin, tal como ellos la llamaban (es decir, un corto viaje ballenero en una
goleta o bergantín, circunscrito al norte del ecuador, y sólo en el océano
Atlántico); después de escuchar a estos pudineros hasta casi las once, subí
las escaleras para ir a la cama, bastante seguro de que para entonces
Queequeg, ciertamente, debía haber concluido su Ramadán. Mas no; ahí
estaba, exactamente donde le había dejado; no se había movido ni una
pulgada. Empecé a sentirme molesto con él: tan completamente demente y
sin sentido parecía estar sentado allí, sobre sus talones, todo el día y la
mitad de la noche, en una habitación fría y sosteniendo un trozo de madera
en la cabeza.
—Por amor de Dios, Queequeg, levanta y desperézate; levántate y cena
algo. Te morirás de hambre, te matarás, Queequeg —pero no respondía
palabra.
Dejándolo, consecuentemente, por imposible, decidí irme a la cama y
dormir, sin duda, él me seguiría antes de que transcurriera un gran rato.
Aunque previamente a retirarme cogí mi pesada cazadora de piel de oso y
se la puse por encima, ya que prometía ser una noche muy fría, y él no
tenía nada encima excepto su chaqueta normal de entretiempo. Durante
cierto rato, hiciera lo que hiciera, no podía conciliar el menor letargo.
Había soplado la vela; y la mera idea de Queequeg sentado allí —a menos
de cuatro pies de distancia—, en aquella incómoda posición,
completamente solo en el frío y la oscuridad, aquello me hacía sentirme
verdaderamente desdichado. Pensadlo, ¡toda la noche durmiendo en la
misma habitación con un pagano completamente despierto, sentado sobre
sus talones en aquel desolado, incomprensible Ramadán!
Pero de algún modo, finalmente caí en el sueño, y no supe nada más
hasta que rompió el día; momento en que, al mirar sobre el borde de la
cama, allí estaba Queequeg sentado sobre sus talones, como si le hubieran
atornillado al suelo. Pero tan pronto como el primer atisbo de sol entró por
la ventana, se levantó, con las articulaciones rígidas y chirriantes, aunque
con aspecto jovial; fue cojeando hacia donde yo estaba tumbado; apoyó su
frente contra la mía; y dijo que su Ramadán había terminado.
Ahora bien, como indiqué antes, no tengo objeción alguna a la religión
de cualquier persona, sea la que sea, siempre que esa persona no mate o
insulte a cualquier otra persona porque esa otra persona no la profese
también. Pero cuando la religión de un hombre se hace verdaderamente
desvariada; cuando es un verdadero tormento para él; y, en concreto, hace
de esta tierra nuestra una incómoda posada en la que alojarse, entonces
creo que ha llegado el momento de llevar aparte a ese individuo y discutir
el asunto con él.
Y eso mismo hice ahora con Queequeg.
—Queequeg —dije yo—, ahora métete en la cama, túmbate y escucha.
Entonces continué, comenzando con la aparición y evolución de las
religiones primitivas, y llegando a las distintas religiones de la actualidad,
durante lo cual me esforcé por enseñarle a Queequeg que todas esas
cuaresmas, ramadanes y prolongadas sesiones de sentarse sobre los talones
en frías y desangeladas estancias eran puro dislate: malo para la salud,
inútil para el alma; brevemente, contrario a las obvias leyes de la higiene y
el sentido común. Le dije, también, que siendo él en otras cosas un salvaje
tan extremadamente sensible y sagaz, me apenaba, me apenaba
extraordinariamente verle ahora tan deplorablemente necio con respecto a
ese ridículo Ramadán suyo. Además, argumentaba, el ayuno hace que el
cuerpo decaiga; por tanto, el espíritu decae; y todos los pensamientos
surgidos de un ayuno deben necesariamente ser medio famélicos. Ésta es
la razón por la que la mayor parte de los dispépticos santurrones abrigan
unas nociones tan melancólicas sobre sus más allás. En una palabra,
Queequeg, le dije, más bien divagadoramente: el Infierno es una idea
surgida originalmente de un dumpling de manzana mal digerido; y
perpetuada desde entonces a través de las hereditarias dispepsias nutridas
por ramadanes.
Le pregunté entonces a Queequeg si él mismo alguna vez tenía
problemas de dispepsia, expresando la idea muy claramente, de manera
que pudiera comprenderla. Dijo que no: sólo en una memorable ocasión.
Fue después de una gran fiesta ofrecida por su padre el rey, al vencer en
una gran batalla en la que cincuenta de los enemigos habían sido muertos
antes de las dos de la tarde, y todos cocinados y comidos esa misma noche.
—Basta ya, Queequeg —dije yo, temblando—, con eso es suficiente —
pues conocía las inferencias sin que él las refiriera más.
Yo había visto a un marinero que había visitado esa misma isla, y me
había dicho que era costumbre, cuando allí se había vencido en una gran
batalla, hacer con todos los muertos una barbacoa en el patio o jardín del
vencedor; y después, uno a uno, se les colocaba en grandes tablas de
trinchar, con guarnición alrededor, como un pilau, con frutos del árbol del
pan y cocos, y con algo de perejil en la boca, se distribuían con los saludos
del vencedor a todos sus amigos, exactamente lo mismo que si estos
obsequios fueran tantos pavos de Navidad.
En definitiva, no creo que mis observaciones sobre la religión causaran
mucha impresión en Queequeg. Pues, en primer lugar, de algún modo
pareció escasamente atento a este importante asunto, a no ser que se
considerara desde su punto de vista; y, en segundo lugar, no me entendía
más de un tercio de lo que yo decía, por mucho que yo arropara mis ideas
lo más simplemente que podía; y, finalmente, sin duda él pensaba que
sabía muchísimo más sobre la verdadera religión de lo que sabía yo. Me
miró con una suerte de condescendiente preocupación y lástima, como si
pensara que era una gran desgracia que un joven tan sensible pudiera estar
tan irremisiblemente perdido para la evangélica piedad pagana.
Finalmente nos levantamos y nos vestimos; y tomando Queequeg un
desayuno prodigiosamente abundante en chowders de todo tipo, para que
la patrona no pudiera sacar mucha ganancia con motivo de su Ramadán,
salimos a abordar el Pequod, dando de paso una vuelta, y hurgándonos los
dientes con espinas de halibut.
CAPÍTULO XVIII SU MARCA

M
ientras caminábamos por el final del muelle hacia el barco,
Queequeg arpón en mano, el capitán Péleg nos saludó desde
su tipi en voz alta, con su áspero tono, diciendo que no había
sospechado que mi amigo fuera un caníbal, y anunciando, además, que no
permitía caníbales a bordo de ese navío, a no ser que aportaran
previamente sus papeles.
—¿Qué quiere decir con eso, capitán Péleg? —dije yo, saltando a la
borda y dejando a mi camarada de pie en el muelle.
—Quiero decir —replicó— que debe mostrar sus papeles.
—Sí —dijo el capitán Bildad con su voz hueca, sacando su cabeza del
tipi desde detrás de la de Péleg—. Debe demostrar que está convertido.
Hijo de la oscuridad —añadió, volviéndose a Queequeg—, ¿estáis vos en
el momento presente en comunión con alguna Iglesia cristiana?
—Claro —dije yo—, es miembro de la Primera Iglesia
Congregacional.
Sea aquí dicho que muchos salvajes tatuados que navegan en barcos de
Nantucket finalmente llegan a convertirse a las iglesias.
—¡La Primera Iglesia Congregacional —gritó Bildad—, caramba!, ¿la
que celebra el culto en la casa de reunión del diácono Deuteronomio
Coleman?
Diciendo lo cual, se quitó los lentes, los frotó con su gran pañuelo
amarillo estampado y, poniéndoselos muy cuidadosamente, salió del tipi e
inclinándose, tieso, sobre la amurada, echó una larga ojeada a Queequeg.
—¿Cuánto tiempo ha sido miembro? —dijo entonces, volviéndose a
mí—. No mucho, diría yo, joven.
—No —dijo Péleg—, y tampoco ha sido bautizado correctamente, o se
le habría lavado de la cara parte de ese azul del Diablo.
—Decidme ahora mismo —gritó Bildad—, ¿es este filisteo un
miembro habitual de la reunión del diácono Deuteronomio? Nunca le vi ir
allí, y paso delante cada día del Señor.
—Yo no sé nada del diácono Deuteronomio o de su reunión —dije yo
—, todo lo que sé es que aquí, Queequeg, es miembro nato de la Primera
Iglesia Congregacional. Él mismo es diácono, Queequeg lo es.
—Joven —dijo Bildad gravemente—, vos estáis tomándome el pelo…
Explicaos, joven hitita. ¿Qué iglesia queréis decir? Contestadme.
Viéndome tan duramente acosado, contesté.
—Quiero decir, señor, la misma antigua Iglesia católica a la que vos y
yo, y aquí el capitán Péleg, y aquí Queequeg, y todos nosotros, y cada alma
nuestra e hijo de vecino, pertenece; la grande e imperecedera Primera
Congregación de este entero mundo venerador. Todos pertenecemos a ésa,
sólo que algunos de nosotros nos aferramos a ciertos raros resabios en
modo alguno pertinentes a la grandiosa creencia; en ésa todos unimos las
manos.
—Ayustar, vos quisisteis decir ayustar las manos —gritó Péleg,
acercándose—. Joven, mejor sería que os embarcarais como misionero, en
lugar de como tripulante de a pie; nunca escuché mejor sermón. El
diácono Deuteronomio… qué digo, el propio padre Mapple no podría
hacerlo mejor, y se le considera alguien. Subid a bordo, subid a bordo; no
os preocupéis de los papeles. Digo yo, decidle ahí a Quohog… ¿qué es eso
que le llamáis?, decidle a Quohog que venga con nosotros. Por la gran
ancla, ¡menudo arpón que tiene! Parece buen material ése; y parece que lo
maneja bien. Digo, Quohog, o como sea vuestro nombre, ¿alguna vez
estuvisteis en la proa de una lancha ballenera?, ¿alguna vez acertasteis a
un pez?
Sin decir una palabra, Queequeg saltó a su salvaje manera sobre la
amurada, desde allí a la proa de una de las lanchas balleneras que pendían
al costado; y afirmando entonces su rodilla izquierda, y balanceando su
arpón, gritó algo más o menos como esto:
—Capitán, ¿tú ver pequeña gota brea en agua ella allí? ¿Ver? Bien,
suponer ella un ojo ballena, bien, ¡diana!
Y apuntando derecho a ella lanzó el hierro justo por encima del ala
ancha del viejo sombrero de Bildad, limpiamente a través de la cubierta
del barco, y dio en la refulgente mancha de brea haciéndola desaparecer.
—Ahora —dijo Queequeg recogiendo tranquilamente la estacha—
suponer ella ojo ballena-i; bueno, ballena esa muerta.
—Rápido, Bildad —dijo Péleg a su socio, que, aterrorizado ante la
cercana vecindad del arpón volador, se había retirado hacia el portalón de
la cabina—. Daos prisa, digo, vos, Bildad, y traed los papeles del barco.
Debemos hacernos aquí con Gorgojo, quiero decir Quohog, para una de
nuestras lanchas. Mirad, Quohog, os daremos el nonagésimo provecho, y
eso es más de lo que nunca se dio a un arponero que zarpara de Nantucket.
Así que abajo fuimos a la cabina y, para mi gran contento, Queequeg
fue pronto enrolado en la propia compañía de barco a la que yo mismo
pertenecía.
Cuando finalizamos todos los preliminares y Péleg hubo dispuesto
todo para firmar, se giró hacia mí y dijo:
—Supongo que aquí Quohog no sabe escribir, ¿o sí? Digo, Quohog,
¡espabilad!: ¿firmáis con vuestro nombre o hacéis vuestra marca?
Mas, ante esta pregunta, Queequeg, que había participado antes dos o
tres veces en similares ceremonias, no pareció en modo alguno
avergonzado; sino que, tomando la pluma que le ofrecían, copió sobre el
papel, en el lugar apropiado, una extraña figura redonda que estaba tatuada
en su brazo; de manera que, dado el obstinado error del capitán Péleg
tocante a su apelativo, quedó algo semejante a esto:
Mientras tanto, el capitán Bildad permaneció sentado, observando
firme y seriamente a Queequeg, y levantándose finalmente de modo
solemne y hurgando en los enormes bolsillos de su levita gris de anchos
faldones, extrajo un montón de folletos; y seleccionando uno titulado «El
advenimiento del día final, o no hay tiempo que perder», lo puso en las
manos de Queequeg, y tomando entonces éstas y el libro con ambas suyas,
le miró gravemente a los ojos y dijo:
—Hijo de la oscuridad, debo cumplir mi deber con vos; soy propietario
parcial de este barco, y me siento responsable de las almas de toda su
tripulación; si vos todavía os aferrarais a vuestras costumbres paganas, lo
que tristemente me temo, os lo suplico, no seáis por siempre un siervo de
Belial. Expulsad al ídolo Bel, y al espantoso dragón; alejaos de la ira que
vendrá; estad atento, os digo; ¡oh, gracia bondadosa!, ¡apartaos del pozo
ardiente!
Algo del salado mar persistía aún en el lenguaje del viejo Bildad,
mezclado de manera heterogénea con frases locales y escriturarias.
—Alto ahí, alto ahí, Bildad, dejad ya de malcriar a nuestro arponero —
gritó Péleg—. El arponero pío nunca resulta ser buen expedicionario… les
priva del escualo que hay en ellos; un arponero que no sea suficientemente
escualo no vale ni una brizna. Ahí tenéis a Nat Swaine, en un tiempo el
más valeroso jefe de lancha de todo Nantucket y del Vineyard; se unió a la
congregación y no volvió a hacer nada. Se preocupaba tanto de su
fastidiosa alma, que se arrugaba y se apartaba de las ballenas por temor a
los coletazos traseros, no fuera a ser que le desfondaran y se largara donde
Davy Jones[27].
—¡Péleg! ¡Péleg! —dijo Bildad, alzando sus ojos y sus manos—, vos
mismo, al igual que yo mismo, habéis vivido muchos momentos
peligrosos; vos sabéis, Péleg, lo que es tener miedo a la muerte; cómo,
entonces, podéis dar voces de esta impía manera. Contrariáis vuestro
propio corazón, Péleg. Decidme, cuando este mismísimo Pequod perdió
por la borda sus tres mástiles en aquel tifón en Japón, aquella misma
expedición en la que vos fuisteis de oficial con el capitán Ajab, ¿no
pensasteis vos entonces en la muerte y en el Juicio Final?
—¡Escuchadle, escuchadle ahora —gritó Péleg, yendo de un lado al
otro de la cabina y hundiendo sus manos muy hondo en sus bolsillos—…
escuchadle todos vosotros! ¡Imaginaos! ¡Cuando a cada momento
pensábamos que el barco se hundiría! ¿La muerte y el Juicio Final
entonces? ¿Qué? Con los tres mástiles haciendo tal sempiterno tronar
contra el costado; y todos los mares rompiendo sobre nosotros a proa y a
popa. ¿Pensar en la muerte y el Juicio Final entonces? ¡No! No había
tiempo para pensar en la muerte entonces. En la vida era en lo que el
capitán Ajab y yo estábamos pensando; y en cómo salvar a toda la
tripulación… Cómo armar bandolas… Cómo llegar al puerto más cercano;
eso es en lo que estaba pensando.
Bildad no dijo más, sino que, abotonándose la levita, salió
malhumorado a cubierta, a donde le seguimos. Allí permaneció,
supervisando muy quieto a unos veleros que reparaban una vela de gavia
en el combés. De vez en cuando se agachaba a recoger un retal o a guardar
una punta de bramante embreada que de otro modo se hubiera perdido.
CAPÍTULO XIX EL PROFETA

-¿O s habéis enrolado en ese barco, compañeros?


Queequeg y yo acabábamos de dejar el Pequod, y
caminábamos alejándonos del agua, cada uno momentáneamente ocupado
con sus propios pensamientos, cuando las anteriores palabras nos fueron
expresadas por un extraño que, deteniéndose ante nosotros, balanceó su
grueso índice hacia el navío en cuestión. Iba pobremente vestido, con una
chaqueta desvaída y pantalones zurcidos; un pingajo de pañuelo negro
ataviaba su cuello. Sobre su rostro había fluido una viruela pustulosa, y lo
había dejado como el intrincado lecho fluvial de un torrente cuando las
vertiginosas aguas se han secado.
—¿Os habéis enrolado en él? —repitió.
—Quieres decir el navío Pequod, supongo —dije yo, tratando de ganar
algo más de tiempo para echarle un vistazo ininterrumpido.
—Sí, el Pequod… ese barco de ahí —dijo, echando hacia atrás su
brazo entero y desplegándolo entonces rápidamente ante sí, con la
bayoneta calada de su dedo perfectamente apuntada al objetivo.
—Sí —dije yo—, acabamos de firmar los artículos.
—¿Ponía allí algo sobre vuestras almas?
—¿Sobre qué?
—Ah, quizá es que no tenéis de eso —dijo rápidamente—. Aunque no
importa, conozco muchos tipos que no tienen… Buena suerte les deseo; y
mejor les va así. Un alma es una especie de quinta rueda para una carreta.
—¿Sobre qué estás farfullando, compañero? —dije yo.
—Él, no obstante, tiene suficiente para compensar todas las
deficiencias de esta clase en otros semejantes —dijo abruptamente el
extraño, poniendo un nervioso énfasis en la palabra él.
—Queequeg —dije yo—, vamos; este tipo se ha escapado de alguna
parte: está hablando de algo y de alguien que no conocemos.
—¡Alto! —gritó el extraño—. Dijisteis verdad… todavía no habéis
visto a Viejo Trueno, ¿no?
—¿Quién es Viejo Trueno?
—El capitán Ajab.
—¡Qué! ¿El capitán de nuestro barco, el Pequod?
—Sí, entre nosotros, los marinos viejos, recibe ese nombre. No lo
habéis visto aún, ¿no?
—No, no le hemos visto. Dicen que está enfermo, aunque está
reponiéndose, y que dentro de poco estará otra vez bien.
—¡Otra vez bien dentro de poco! —se rio el extraño, con una especie
de risa solemnemente desdeñosa—. Atended: cuando el capitán Ajab esté
bien, entonces este brazo izquierdo mío estará bien; antes no.
—¿Qué sabes de él?
—¿Qué os han dicho de él? ¡Decid eso!
—Apenas dijeron nada de él; he oído solamente que es un buen
cazador de ballenas, y un buen capitán para su tripulación.
—Eso es verdad, es verdad… Sí, ambas cosas son en verdad ciertas.
Mas cuando da una orden tienes que brincar. Llegar y gruñir; gruñir e
irse… Así es la letra con el capitán Ajab. Pero ¿nada sobre aquello que le
pasó en aguas del cabo de Hornos, hace mucho, cuando estuvo tumbado,
como muerto, durante tres días y tres noches; nada sobre esa mortal
reyerta con el español ante el altar en Santa?… No oísteis nada sobre eso,
¿eh? ¿Nada sobre la calabaza de plata en la que escupió? ¿Y nada sobre
perder la pierna en la última expedición, de acuerdo con la profecía? No
escuchasteis ni una palabra sobre tales asuntos y algunos otros, ¿eh? No,
no creo que lo escucharais; ¿cómo podríais haberlo hecho? ¿Quién lo
sabe? No todo Nantucket, supongo. Aunque, de cualquier manera, cabe en
lo posible que hayáis escuchado contar algo sobre la pierna, y cómo la
perdió; sí, habéis escuchado algo sobre ello, diría yo. Oh, sí, eso todo el
mundo lo sabe, casi… Quiero decir que saben que sólo tiene una pierna; y
que una parmaceti le quitó la otra.
—Amigo —dije yo—, no sé de qué trata toda esa farfulla tuya, no lo sé
y no me interesa mucho; pues se me hace que debéis estar un poco
deteriorado de la cabeza. Pero si estáis hablando del capitán Ajab, de ese
barco de allí, el Pequod, entonces permitidme deciros que lo sé todo sobre
la pérdida de su pierna.
—Todo sobre ello, ¿eh…? ¿Estáis seguro?… ¿Todo?
—Bastante seguro.
Con el dedo apuntando y el ojo nivelado hacia el Pequod, el extraño de
apariencia de mendigo permaneció quieto un instante, como en atribulada
ensoñación; sobresaltándose entonces un poco, se volvió y dijo:
—Os habéis enrolado, ¿no? ¿Los nombres en los papeles? Bien, bien,
lo firmado, firmado está; y lo que haya de suceder, sucederá; y de nuevo
quizá no suceda, a pesar de todo. De cualquier manera, todo está ya
dispuesto y concertado y unos u otros marineros han de ir con él, supongo:
tanto valen éstos como otros hombres cualquiera, ¡Dios se apiade de ellos!
Buen día a vos, compañeros de tripulación, buen día; que los inefables
Cielos os bendigan; siento haberos detenido.
—Escucha, amigo —dije yo—, si tienes algo importante que decirnos,
afuera con ello; pero si sólo tratas de embrollarnos, te has equivocado de
juego. Eso es todo lo que tengo que decir.
—Y bien dicho está, y me agrada escuchar a un tipo hablar de esa
manera; sois precisamente el hombre para él… los que son como vos.
¡Buen día a vos, compañeros de tripulación, buen día! ¡Ah! Cuando
lleguéis allí, decidles que he decidido no ser uno de ellos.
—Ah, querido amigo, no nos puedes engañar de ese modo… no puedes
engañarnos. Aparentar tener un gran secreto es de lo más sencillo del
mundo que alguien puede hacer.
—Buen día a vos, compañeros de tripulación, buen día.
—Buen día es —dije yo—. Vamos Queequeg, dejemos a este loco.
Pero, detente: ¿me dices tu nombre, si no te importa?
—Elías.
¡Elías!, pensé yo, y nos alejamos, los dos haciendo comentarios, cada
uno a su modo, sobre este harapiento viejo marinero; y estuvimos de
acuerdo en que no era sino un farsante que quería hacerse pasar por el
hombre del saco. Pero no nos habíamos alejado quizá más de cien yardas,
cuando dando en girar una esquina, y en mirar hacia atrás al hacerlo, ¿a
quién hube de ver siguiéndonos, aunque a cierta distancia, sino a Elías? De
algún modo, el verle me impresionó tanto que no le dije nada a Queequeg
de que estaba detrás, sino que seguí adelante con mi camarada, ansioso por
observar si el extraño giraba en la misma esquina que nosotros. Lo hizo; y
entonces se me hizo que nos estaba siguiendo, aunque con qué intención
por nada del mundo podía imaginarlo. Esta circunstancia, unida a su
ambigua, medio-insinuante, medio-reveladora manera tapada de hablar,
engendró en ese momento en mí todo tipo de vagas turbaciones y medio-
aprensiones, y todo ello conectado con el Pequod; y con el capitán Ajab; y
con la pierna que había perdido; y con el enajenamiento del cabo de
Hornos; y con la calabaza de plata; y con lo que el capitán Péleg había
dicho de él cuando dejé el barco el día anterior; y con la predicción de la
india Tistig; y con la expedición en la que nos habíamos comprometido a
navegar; y con un centenar de otros sombríos asuntos.
Estaba decidido a cerciorarme de si este harapiento Elías estaba
realmente siguiéndonos o no, y con esa intención crucé el camino con
Queequeg, y por ese lado volví sobre nuestros pasos. Pero Elías pasó sin
fijarse en nosotros, aparentemente. Esto me alivió; y de nuevo, y
finalmente, así me lo pareció a mí, en mi corazón le declaré un farsante.
CAPÍTULO XX BULLICIO GENERAL

P
asaron un día o dos y había gran actividad a bordo del Pequod.
No sólo se estaban reparando las viejas velas, sino que había
nuevas velas que llegaban a bordo, y rollos de lienzo, y bobinas
de jarcia; brevemente, todo indicaba que los preparativos del barco se
precipitaban hacia su término. El capitán Péleg raramente o nunca iba a
tierra, sino que se sentaba en su tipi vigilando estrechamente a los
trabajadores: Bildad hacía todas las compras y provisiones en los
almacenes; y los hombres empleados en las bodegas y en la jarcia
trabajaban hasta mucho después del anochecer.
Al día siguiente a aquel en que Queequeg firmara los artículos se dio
voz en todas las posadas en las que paraba la compañía del barco de que
sus arcones debían estar a bordo antes de la noche, pues no se sabía cuándo
zarparía la nave. Así que Queequeg y yo llevamos nuestras pertenencias,
decidiendo, no obstante, dormir en tierra hasta el final. Parece ser que en
estos casos siempre avisan con mucha antelación, y el barco no zarpó
durante varios días. Pero no era de extrañar; había un montón de cosas que
hacer, y ni que decir cuántas en las que pensar, antes de que el Pequod
estuviera totalmente equipado.
Todo el mundo sabe la multitud de cosas (camas, cacerolas, cuchillos y
tenedores, palas y tenazas, servilletas, cascanueces y demás)
indispensables en los asuntos del abastecimiento del hogar. Así ocurre con
la pesca de la ballena, que necesita de un abastecimiento del hogar para
tres años sobre el ancho océano, lejos de todo tendero, vendedor
ambulante, doctor, panadero y banquero. Y aunque esto también resulta
cierto de los navíos mercantes, sin embargo, no lo es en modo alguno en la
misma extensión que en los balleneros. Pues aparte de la gran longitud de
la expedición ballenera, los numerosos artículos peculiares de la
prosecución de la pesquería, y la imposibilidad de remplazarlos en los
remotos puertos normalmente frecuentados, debe recordarse que de todos
los barcos, las naves balleneras son las más expuestas a accidentes de todo
tipo, y especialmente a la destrucción y pérdida de precisamente los
objetos de los que depende en mayor medida el éxito de la expedición. De
ahí las lanchas de reserva, las perchas de reserva y las cuerdas y los
arpones de reserva, todo de reserva, casi, salvo un capitán de reserva y un
barco duplicado.
En la época de nuestra llegada a la isla, casi se había completado la
parte más gruesa de la estiba del Pequod; comprendía la carne, el pan, el
agua, el combustible, y los aros de hierro y las duelas. Pero, como antes se
ha apuntado, durante cierto tiempo hubo un continuo acopio y acarreo a
bordo de diversos enseres sueltos, tanto grandes como pequeños.
Principal entre los que llevaban a cabo este acopio y acarreo era la
hermana del capitán Bildad, una enjuta anciana del más determinado e
infatigable espíritu, aunque también de muy buen corazón, que parecía
resuelta, si es que ella lo podía evitar, a que nada se echara en falta en el
Pequod una vez que se hubiera adentrado en la mar. En una ocasión
llegaba a bordo con un bote de encurtidos para la despensa del mozo; en
otra ocasión con un manojo de plumas para el escritorio del primer oficial,
donde éste llevaba su diario de a bordo; en una tercera ocasión con un
cojín de franela para los riñones de la reumática espalda de alguien. Nunca
hubo mujer que mejor mereciera su nombre, que era Caridad… la tía
Charity, como todo el mundo la llamaba. Y como una hermana de la
caridad se afanaba de aquí para allá esta caritativa tía Charity, dispuesta a
entregar su mano y su corazón a cualquier cosa que prometiera aportar
seguridad, confort y consuelo a todos a bordo de un barco en el que su
amado hermano Bildad tenía interés, y del que ella misma poseía uno o
dos puñados de bien ahorrados dólares.
Era verdaderamente asombroso ver a esta cuáquera de excelente
corazón subir a bordo, tal como hizo el último día, con un largo cucharón
de saín en una mano, y una lanza ballenera todavía más larga en la otra.
Aunque en modo alguno se quedaban atrás el capitán Péleg y el propio
capitán Bildad. Por lo que a Bildad se refiere, llevaba consigo una larga
lista de los artículos que se necesitaban, y en cada nueva arribada, ahí iba
su marca opuesta a ese artículo sobre el papel. De vez en cuando Péleg
salía corriendo de su cubil de hueso de ballena, rugía a los hombres abajo
de las escotillas, rugía arriba a los jarcieros en el tope, y concluía entonces
rugiendo de vuelta a su tipi.
Durante estos días de preparación, Queequeg y yo visitábamos a
menudo el navío, y con igual frecuencia preguntaba yo sobre el capitán
Ajab, y cómo estaba, y cuándo iba a subir a bordo de su barco. A estas
preguntas respondían que cada vez estaba mejor, y que se le esperaba a
bordo de un día para otro; mientras tanto, los dos capitanes, Péleg y
Bildad, podían ocuparse de todo lo necesario para preparar el barco para la
expedición. Si hubiera sido totalmente sincero conmigo mismo, hubiera
visto muy claramente en mi corazón que no me agradaba en lo más
mínimo estar comprometido de esta manera en una expedición tan larga,
sin haber puesto los ojos ni una sola vez sobre el hombre que iba a ser el
dictador absoluto de ella tan pronto como el barco saliera a navegar a mar
abierto. Pero cuando un hombre sospecha algo malo, a veces sucede que, si
ya está implicado en el asunto, insensiblemente se esfuerza por ocultar sus
sospechas, incluso a sí mismo. Y así en gran manera ocurrió conmigo. No
dije nada y traté de no pensar nada.
Finalmente se difundió que en algún momento del día siguiente el
barco zarparía con total seguridad. Así que a la mañana siguiente
Queequeg y yo salimos muy temprano.
CAPÍTULO XXI EMBARCANDO

E
ran casi las seis, y aún sólo un neblinoso, imperfecto y gris
amanecer, cuando llegamos cerca del muelle.
—Ahí van unos marineros corriendo delante, si veo bien —
dije yo a Queequeg—, no pueden ser sombras; parece que va a zarpar a la
salida del sol: ¡vamos!
—¡Deteneos! —gritó una voz, cuyo dueño, que llegaba al mismo
tiempo cerca detrás nuestro, puso una mano sobre los hombros de ambos
e, introduciéndose entonces él mismo entre nosotros, quedó inclinado un
poco hacia delante, en la incierta penumbra, mirando extrañamente a
Queequeg y a mí. Era Elías.
—¿Embarcando?
—Quita las manos, ¿no te importa?
—Escucha-i —dijo Queequeg, sacudiéndoselo—, ¡ir fuera!
—¿No estamos embarcando, entonces?
—Sí, nos embarcamos —dije yo—, pero ¿acaso es asunto tuyo?
¿Sabes, señor Elías, que te considero un poco impertinente?
—No, no, no; no me había dado cuenta —dijo Elías, echando una
ojeada lenta y asombradamente de mí a Queequeg con las más
inexplicables miradas.
—Elías —dije yo—, nos harías un favor a mi amigo y a mí si te
retiraras. Vamos a los océanos Índico y Pacífico, y preferiríamos no ser
obstaculizados.
—Preferiríaislo vos, ¿no es así? ¿Volveréis antes del desayuno?
—Está mal de la cabeza, Queequeg —dije yo—, vamos.
—¡Hola ahí! —gritó el estacionario Elías, reclamándonos cuando nos
habíamos apartado unos pasos.
—No le prestes atención —dije yo—, vamos, Queequeg.
Pero se deslizó de nuevo hasta nosotros, y palmeando repentinamente
su mano en mi hombro, dijo…
—¿Visteis algo que parecían hombres yendo hacia ese barco hace un
momento?
Sorprendido por esta simple pregunta, respondí, diciendo:
—Sí, creí haber visto a cuatro o cinco hombres, pero estaba demasiado
oscuro para estar seguro.
—Muy oscuro, muy oscuro —dijo Elías—. Buen día a vos.
Otra vez le dejamos; pero de nuevo vino suavemente tras nosotros; y,
tocándome en el hombro, dijo:
—Mirad a ver si los podéis encontrar ahora, ¿queréis?
—¿Encontrar a quién?
—¡Buen día a vos!, ¡buen día a vos! —replicó, de nuevo alejándose—.
¡Oh! Iba a preveniros contra… pero no importa, no importa… Todo es
uno, todo en familia, además… Una helada que corta esta mañana, ¿no?
Adiós a vos. No volveré a veros muy pronto, supongo; a no ser que sea
ante el Gran Jurado.
Y con estas quebradas palabras partió finalmente, dejándome por el
momento con no pequeño asombro ante su delirante descaro.
Al fin, al subir a bordo del Pequod, encontramos todo en profunda
calma, no se movía ni un alma. La entrada a la cabina estaba cerrada por
dentro; todos los cuarteles estaban emplazados y sujetos con rollos de
jarcia. Avanzando hacia el castillo, encontramos abierto el pasador del
escotillón. Al ver una luz, bajamos, y sólo encontramos allí a un viejo
jarciero envuelto en una andrajosa cazadora. Estaba tumbado a todo lo
largo sobre dos arcones, su rostro hacia abajo, insertado en sus brazos
plegados. El más profundo de los sueños dormía en él.
—Esos marineros que vimos, Queequeg, ¿dónde pueden haber ido? —
dije yo, mirando con recelo al durmiente.
Mas al parecer, cuando estábamos en el muelle, Queequeg no había
percibido en modo alguno lo que yo ahora mencionaba; de ahí que, de no
haber sido por la de otra manera inexplicable pregunta de Elías, yo habría
pensado que me había engañado ópticamente en esa cuestión. Pero ignoré
el asunto; y fijándome de nuevo en el durmiente, en broma le indiqué a
Queequeg que quizá deberíamos velar el cuerpo, diciéndole que se
acomodara oportunamente. Él puso su mano sobre el trasero del
durmiente, como palpando a ver si estaba suficientemente mullido; y
entonces, sin mayor problema, se sentó allí tranquilamente.
—¡Por Dios! Queequeg, no te sientes ahí —dije yo.
—¡Ah!, duy duen asiento —dijo Queequeg—, manera mi país; no
hacer daño rostro él.
—¡Rostro! —dije yo—. ¿Llamas a eso su rostro? Un muy benevolente
semblante, entonces; pero con qué fuerza respira, está asfixiándose:
levántate, Queequeg, pesas mucho, estás aplastando la cara del pobre.
¡Levántate, Queequeg! Mira, pronto te va a sacudir de encima. Me extraña
que no se despierte.
Queequeg se trasladó hasta justo más allá de la cabeza del durmiente, y
encendió su pipa tomahawk. Yo me senté a los pies. Estuvimos pasándonos
la pipa del uno al otro sobre el soñador. Mientras tanto, al preguntarle,
Queequeg me dio a entender, a su entrecortada manera, que en su tierra, a
causa de la ausencia de bancos y sofás de cualquier tipo, el rey, los jefes y
la gente importante en general tenían la costumbre de engordar a algunos
de las clases inferiores para emplearlos como otomanas; y que para
amueblar una casa confortablemente en ese aspecto sólo tenías que pagar a
ocho o diez tipos perezosos, y tumbarlos por ahí, en rincones y entrepaños.
Aparte, era algo muy conveniente en una excursión, mucho mejor que esas
sillas de jardín que se convierten en bastones; en semejante ocasión, un
jefe llama a su sirviente, y le pide que se convierta en un banco bajo un
anchuroso árbol, puede que en un lugar húmedo y pantanoso.
Mientras contaba estas cosas, cada vez que Queequeg recibía de mí el
tomahawk, blandía sobre la cabeza del durmiente el extremo del hacha de
éste.
—¿Para qué haces eso, Queequeg?
—Duy fácil, mato-i; ¡oh!, ¡duy fácil!
Estaba contando algunas bárbaras remembranzas sobre su pipa-
tomahawk, que al parecer, en sus dos usos, tanto había roto la cabeza de
sus enemigos como apaciguado su alma, cuando el jarciero durmiente
captó nuestra atención. La fuerte emanación, que llenaba ahora
completamente el reducido agujero, empezó a afectarle. Respiraba con una
especie de amordazamiento; después pareció tener molestias en la nariz;
después se dio la vuelta una o dos veces; después se incorporó y se frotó
los ojos.
—¡Hola ahí! —respiró finalmente—, ¿quién sois vos, fumadores?
—Hombres enrolados —contesté yo—: ¿cuándo zarpa?
—Sí, sí, vos vais en él, ¿no? Zarpa hoy. El capitán vino a bordo la
pasada noche.
—¿Qué capitán?… ¿Ajab?
—¿Quién, sino él, iba a ser?
Le iba a hacer algunas preguntas más sobre Ajab cuando escuchamos
un ruido en cubierta.
—¡Hola ahí! Starbuck está despierto —dijo el jarciero—. Ése sí es un
primer oficial diligente; buen hombre, y un hombre devoto; mas, ahora, a
ponerse en movimiento: debo ir a trabajar.
Diciendo lo cual fue a cubierta, y nosotros le seguimos.
Ya era claro amanecer. Pronto la tripulación subió a bordo de dos en
dos y de tres en tres. Los jarcieros se apresuraron, los oficiales se
ajetreaban y varias de las personas de tierra estaban atareadas trayendo a
bordo diversos últimos artículos. Mientras tanto, el capitán Ajab
permanecía invisiblemente recogido en el interior de su cabina.
CAPÍTULO XXII FELIZ NAVIDAD

P
or fin, hacia el mediodía, tras la despedida final de los jarcieros
del barco, y cuando el Pequod hubo sido remolcado fuera del
muelle, y la siempre concienzuda Charity viniera en una
ballenera con sus últimos regalos… un gorro de dormir para Stubb, el
segundo oficial, su cuñado, y una Biblia de repuesto para el mozo… una
vez que todo esto sucedió, los dos capitanes, Péleg y Bildad, salieron de la
cabina, y Péleg, dirigiéndose al primer oficial, dijo:
—Bueno, señor Starbuck, ¿estáis seguro de que todo es correcto? El
capitán Ajab está enteramente dispuesto… acabo de hablar con él… Nada
más que traer de tierra, ¿eh? Bien, llamad entonces a todos los tripulantes.
Reunidlos aquí, a popa… ¡Que un rayo les parta!
—No hay necesidad de expresiones profanas, por mucha que sea la
prisa, Péleg —dijo Bildad—, pero id, amigo Starbuck, y cumplid nuestros
deseos.
¡Cómo es esto! Aquí, a punto mismo de iniciar la expedición, el
capitán Péleg y el capitán Bildad, según todas las apariencias, mostraban
disposición de mando en el alcázar exactamente como si fueran a ser
capitanes conjuntos en el mar, lo mismo que en puerto. Y, por lo referente
al capitán Ajab, aún no se veía rastro suyo; a no ser que decían que estaba
en la cabina. Aunque también la idea era que su presencia no resultaba
necesaria en modo alguno para poner el barco a la vela y conducirlo a mar
abierto. De hecho, como ésa no era en absoluto su propia tarea, sino la del
piloto, y como todavía no estaba completamente recuperado… eso
decían… por tanto, el capitán Ajab permanecía abajo. Y todo ello parecía
bastante natural; en especial, dado que en la marina mercante muchos
capitanes, tras levar el ancla, no aparecen por cubierta durante un
considerable intervalo, sino que se quedan en la mesa de la cabina,
disfrutando de una festiva despedida junto a sus amigos de tierra antes de
que éstos abandonen definitivamente el barco junto al piloto.
Mas no hubo apenas ocasión de meditar sobre el asunto, pues el
capitán Péleg era ahora todo diligencia. Parecía ser él, y no Bildad, el que
más hablaba y mandaba.
—¡Aquí, a popa, hijos de solteros! —gritó al demorarse los marineros
en el palo mayor—. Señor Starbuck, condúzcalos a popa.
—¡Desmontad la tienda esa! —fue la siguiente orden.
Como apunté antes, salvo en el puerto, este entoldado de hueso de
ballena nunca se ensamblaba; y a bordo del Pequod, durante treinta años,
era bien sabido que la orden de desmontar la tienda era la operación más
próxima a la de izar el ancla.
—¡Al cabrestante! ¡Sangre y truenos!… ¡Empujad!… —fue la orden
siguiente, y la tripulación se lanzó a por los espeques.
Ahora bien, al hacerse el barco a la vela, la posición ocupada
normalmente por el piloto es la parte anterior del barco. Y aquí Bildad,
que junto con Péleg, además de sus otros cargos, se ha hecho saber, era
uno de los pilotos titulados del puerto… sospechándose de él que se había
hecho piloto con objeto de ahorrar la tasa de piloto de Nantucket a todos
los barcos en los que tenía interés, pues nunca pilotaba ningún otro
navío… a Bildad, digo, podía ahora vérsele sobre la proa atento a observar
diligentemente el ancla que se acercaba, y cantando a intervalos lo que
parecía una lúgubre estanza de salmodia, para animar a los tripulantes del
molinete, que con voluntariosa buena intención bramaban una especie de
cantinela sobre las chicas de Booble Alley. A pesar de que apenas tres días
antes Bildad les había dicho que no se permitirían canciones profanas a
bordo del Pequod, en particular al ponerse a la vela; y de que Charity, su
hermana, había colocado un pequeño y escogido ejemplar de Watts[28] en
la litera de cada marinero.
Mientras tanto, supervisando la otra parte del barco, a popa, el capitán
Péleg marchaba de un lado a otro y juraba de la más espantosa manera.
Creí, casi, que iba a hundir el barco antes de que pudiera izarse el ancla;
involuntariamente me quedé quieto en mi espeque, y le dije a Queequeg
que hiciera lo mismo, pensando en los peligros que ambos corríamos al
iniciar la expedición con semejante diablo como piloto. No obstante, me
estaba reconfortando con la idea de que en el piadoso Bildad podría
hallarse cierta salvación, a pesar de su setecientos setenta y siete
provecho, cuando sentí un repentino golpe seco en mi trasero y,
volviéndome, quedé horrorizado ante la aparición del capitán Péleg en
ademán de retirar su pierna de mi inmediata vecindad. Ése fue mi primer
golpe.
—¿Es ésa la forma en la que recogen en la marina mercante? —rugió
—. Empujad, vos, cabeza de bóvido; ¡empujad y rompeos el espinazo!
¿Por qué no empujáis? Todos vosotros, digo… ¡Empujad! ¡Quohog!
Empujad, vos, el de las patillas rojas; empujad ahí, gorra escocesa;
empujad, vos, pantalón verde. Empujad, digo, todos vosotros, ¡empujad
hasta se os salten los ojos!
Y así diciendo se movía al lado del molinete, empleando su pierna aquí
y allá de muy liberal manera, mientras el imperturbable Bildad seguía
guiando con su salmodia. El capitán Péleg debe de haber estado bebiendo
algo hoy, pensé yo.
Finalmente fue izada el ancla, se largaron las velas y, deslizándonos,
salimos. Fue una Navidad breve y fría; y mientras el corto día
septentrional se fundía con la noche, nos vimos ya casi en el invernal
océano abierto, cuyas gélidas rociadas nos recubrían de hielo como con
una pulida armadura. Las largas filas de dientes de las amuradas refulgían
a la luz de la luna; e inmensos carámbanos curvos pendían de la proa,
igual que los blancos colmillos de marfil de algún enorme elefante.
El enjuto Bildad, como piloto, encabezó la guardia de prima[29], y de
vez en cuando, mientras el viejo navío hendía profundo en los verdes
mares, y enviaba el escalofriante rocío todo por encima suyo, y los vientos
aullaban, y el cordaje resonaba, se escuchaban sus firmes notas:
Dulces campos, más allá de la marea creciente,
de vívido verde visten sus pendientes.
Así fue para los judíos del antiguo Canaán
mientras entre ellos fluyó el Jordán.

Nunca sonaron esas dulces palabras para mí con mayor dulzura que
entonces. Estaban llenas de esperanza y de fruición. A pesar de aquella
frígida noche de invierno en el turbulento Atlántico, a pesar de mis pies
mojados y de mi más mojada cazadora, aún había, me parecía a mí
entonces, muchas placenteras radas esperándome; y prados y claros de
bosques tan eternamente vernales, que la hierba brotada en primavera,
permanece a mitad del verano sin hollar ni amustiarse.
Finalmente ganamos aguas tales, en las que los dos pilotos ya no se
necesitaron más. El robusto bote de vela que nos había acompañado
empezó a situarse al costado.
Fue curioso, y no poco ameno, el modo en que Péleg y Bildad
quedaron afectados por esta coyuntura, en especial el capitán Bildad. Pues
reacio a partir aún, muy reacio a abandonar definitivamente un barco en
camino a una expedición tan larga y peligrosa… más allá de los dos cabos
tormentosos; un barco en el que estaban invertidos algunos miles de sus
duramente ganados dólares; un barco en el que un viejo compañero de
tripulación zarpaba como capitán; un hombre casi tan viejo como él, que
una vez más comenzaba a afrontar los terrores todos de la inmisericorde
mandíbula; reacio a decir adiós a algo tan colmado en todo modo con cada
uno de sus intereses… el pobre viejo Bildad se entretuvo mucho: recorrió
la cubierta con ansiosas zancadas; bajó raudo a la cabina para decir allí
otra palabra de despedida; vino de nuevo a cubierta, y miró a barlovento;
miró hacia las extensas e ilimitadas aguas, sólo acotadas por los muy
lejanos, invisibles continentes orientales; miró hacia la tierra; miró hacia
arriba; miró a derecha e izquierda; miró a todas y a ninguna parte; y
finalmente, enrollando mecánicamente un cabo sobre su cabilla,
convulsivamente agarró al corpulento Péleg de la mano y, alzando un
farol, permaneció un momento mirando fijamente en su rostro, tanto como
para decir: «No obstante, amigo Péleg, puedo soportarlo; sí, puedo».
Por lo que respecta al propio Péleg, lo tomó con más filosofía; pero a
pesar de toda esa filosofía suya, en su ojo había una lágrima centelleando
cuando el farol se le puso muy cerca. Y él también corrió no poco de la
cabina a la cubierta… una palabra ahora abajo, y ahora una palabra con
Starbuck, el primer oficial.
Mas finalmente se volvió a su camarada, con un aspecto de carácter
definitivo en él…
—Capitán Bildad… venid, viejo compañero, debemos irnos. ¡Eh,
poned en facha la verga mayor! ¡Ah del bote! Preparaos para aproximarse
al costado, ¡ahora! ¡Cuidado, cuidado!… Venid, Bildad, amigo… Decid la
última palabra. Suerte a vos, Starbuck… Suerte a vos, señor Stubb…
Suerte a vos, señor Flask… Adiós, y buena suerte a todos vosotros… Y tal
día como hoy, dentro de tres años, tendré una sopa caliente humeando para
vosotros en el viejo Nantucket. ¡Hurra y partid!
—Dios os bendiga, y os tenga en su santa tutela —murmuró el viejo
Bildad casi incoherentemente—. Espero que ahora tengáis buen tiempo, de
manera que el capitán Ajab pronto pueda estar activo entre vosotros… Un
agradable sol es todo lo que necesita, y tendréis cantidad en la expedición
tropical en la que vais. Sed vosotros prudentes en la caza, oficiales. No
desfondéis las lanchas sin necesidad, vosotros, arponeros; la buena
plancha de cedro blanco ha subido un tres por ciento este año. No olvidéis
vuestras plegarias, tampoco. Señor Starbuck, ocupaos de que ese tonelero
no desperdicie las duelas de reserva. ¡Ah! ¡Las agujas de velamen están en
la alacena verde! No deis en pescar demasiado en los días del Señor,
muchachos; aunque no perdáis tampoco una buena oportunidad: eso es
rechazar los buenos dones del Cielo. Echad un ojo al tonel de la melaza,
señor Stubb; perdía un poco, creo. Si fondeáis en las islas, señor Flask,
guardaos de la fornicación. ¡Adiós, adiós! No tengáis demasiado ese queso
abajo en la bodega, señor Starbuck: se estropeará. Sed cuidadosos con la
mantequilla… A veinte centavos la libra era, y recordad, si…
—Venga, venga, Bildad, dejad de palabrear… ¡Partid! —y así Péleg le
urgió sobre la borda, y ambos descendieron al bote.
Barco y bote divergieron; el viento de la noche, frío y húmedo, sopló
entre medias; una gaviota que graznaba voló sobre ellos; los dos cascos se
balancearon violentamente; dimos tres apesadumbrados hurras, y
ciegamente, como la fatalidad, nos zambullimos en el solitario Atlántico.
CAPÍTULO XXIII LA COSTA A SOTAVENTO

Algunos capítulos antes se habló de un tal Bulkington, un marinero alto,


recién desembarcado, que encontramos en New Bedford, en la posada.
Cuando el Pequod lanzó su proa vengativa a las frías y taimadas olas
en aquella escalofriante noche, ¡a quién vería en pie a la caña, sino a
Bulkington! Sobrecogido y con amistosa admiración observé al hombre
que en pleno invierno, apenas desembarcado de una peligrosa expedición
de cuatro años, tan incansablemente podía partir de nuevo a otra
tempestuosa empresa más. La tierra parecía calcinante para sus pies.
Siempre es lo más maravilloso lo que no es posible mencionar, los
recuerdos profundos no generan epitafios; este CAPÍTULO de seis
pulgadas es la tumba sin lápida de Bulkington. Permitidme únicamente
decir que con él ocurría lo que con el barco que zarandeado por la
tormenta, desconsolado, navega junto a la tierra a sotavento. El puerto con
agrado le daría abrigo. El puerto es compasivo: en el puerto está la
seguridad, la comodidad, el fuego del hogar, la cena, cálidas mantas,
amigos, todo lo que agrada a nuestra condición mortal. Pero en mitad de
esa tormenta el puerto, la tierra son el más atroz de los peligros para ese
barco; debe huir de toda hospitalidad, un contacto con tierra, aunque sólo
roce la quilla, le haría estremecerse de lado a lado. Con su entera energía,
despliega todo el paño para alejarse de la costa; al hacerlo combate contra
los mismos vientos que acordemente le impulsarían a puerto. Busca de
nuevo la ausencia total de tierra del azotado mar, precipitándose,
desvalido, al peligro por mor del refugio; ¡su único amigo su más amargo
enemigo!
¿Comprendéis ahora a Bulkington? ¿Atisbos os parece ver de esa
mortalmente intolerable verdad: que todo pensamiento profundo, grave,
sólo es el intrépido esfuerzo del alma por mantener abierta la
independencia de su mar; mientras los vientos más salvajes de cielos y
tierra conspiran para arrojarla a la traicionera y esclavizadora tierra?
Y lo mismo que sólo en la ausencia de tierra reside la más elevada
verdad, sin orillas, indefinida, como Dios… así, mejor es perecer en ese
rugiente infinito que ser ignominiosamente arrojado a sotavento, ¡aunque
ello fuera la salvación! Pues, como un gusano, entonces, ¡oh!, ¡quién,
cobardemente, reptaría a tierra! ¡Terrores de lo terrible!, ¿es tan vana toda
esta agonía? ¡Ánimo, ánimo, oh, Bulkington! ¡Aguantad con entereza,
semidiós! ¡Alzándose desde la espuma de vuestro perecer en el océano…
directamente a lo alto, remonta vuestra apoteosis!
CAPÍTULO XXIV EL ABOGADO

Como Queequeg y yo estamos ya patentemente embarcados en esta


empresa de la pesca de la ballena; y como esta empresa de la pesca de la
ballena de algún modo ha llegado a estar considerada entre los hombres de
tierra firme una ocupación más bien poco poética o encomiable; es por eso
que me colma la ansiedad por convenceros a vos, vosotros hombres de
tierra firme, de la injusticia que con ello se ha cometido sobre nosotros,
cazadores de ballenas.
En primer lugar, puede considerarse casi superfluo establecer el hecho
de que entre la gente en general la empresa de la pesca de la ballena no se
considera a un mismo nivel que lo que se conocen como profesiones
liberales. Si un extraño fuera presentado en cualquier misceláneo círculo
social metropolitano, poco mejoraría la opinión general de sus méritos si
se le presentara a la concurrencia como, digamos, un arponero; y si,
emulando a los oficiales navales, añadiera las siglas P. C. B. (Pesquería de
Cachalotes y Ballenas) a su carta de visita, ese proceder sería considerado
preeminentemente presuntuoso y ridículo.
Una de las principales razones por las que el mundo declina honrarnos
a nosotros, los balleneros, es sin duda, ésta: piensan que en el mejor de los
casos nuestra vocación equivale a una empresa de índole carnicera; y que,
al estar activamente ocupados en ella, estamos rodeados de todo tipo de
desperdicios. Carniceros lo somos, es verdad. Pero carniceros también, y
carniceros del más sanguinario rango, han sido todos los comandantes
marciales que el mundo invariablemente se complace en honrar. Y por lo
que respecta a la supuesta suciedad de nuestra empresa, pronto seréis
iniciados en ciertos asuntos, hasta ahora comúnmente bastante
desconocidos, y que, en el cómputo general, situarán de manera triunfante
al barco ballenero del cachalote, como poco, entre los lugares más limpios
de esta pulcra tierra. Aunque admitiendo incluso que la acusación en
cuestión fuera cierta, ¿qué desordenadas y resbaladizas cubiertas de barco
ballenero son comparables a la inenarrable carroña de esos campos de
batalla de los que tantos soldados regresan a beber en aplauso de todas las
damas? Y si la idea del peligro tanto incrementa la popular vanagloria de
la profesión de soldado, dejadme que os asegure que muchos de los
veteranos que voluntariamente han marchado contra una batería
retrocederían con presteza ante la aparición de la inmensa cola del
cachalote abanicando en torbellinos el aire sobre su cabeza. ¡Pues qué son
los comprensibles terrores del hombre, comparados con los entrelazados
terrores y portentos de Dios!
Mas aunque el mundo nos repudia a nosotros, cazadores de ballenas,
nos rinde, sin embargo, inintencionadamente, el más profundo de los
homenajes; sí, ¡una sobreabundante adoración!, pues casi todas las
candelas, lámparas y velas que arden alrededor del mundo, ¡arden como
ante tantos santuarios a nuestra gloria!
Observad, si no, este asunto bajo otras luces; sopesadlo en todo tipo de
balanzas; examinad qué es lo que son los balleneros, y qué es lo que han
sido.
¿Por qué los holandeses, en tiempos de De Witt, tenían almirantes en
sus flotas balleneras? ¿Por qué Luis XVI de Francia, de su propio peculio,
aparejó barcos balleneros de Dunkerke, y amablemente invitó a esa ciudad
a uno o dos puñados de familias de nuestra propia isla de Nantucket? ¿Por
qué Gran Bretaña, entre los años 1750 y 1788, pagó en gratificaciones a
sus balleneros por encima del millón de libras esterlinas? Y finalmente,
¿cómo es que nosotros, balleneros de América, superamos ahora en
número a todo el resto de los balleneros del mundo unidos? Navegamos
una flota por encima de las setecientas naves tripuladas por dieciocho mil
hombres, que consumen anualmente 4.000.000 de dólares, $20.000.000 el
valor de los barcos en el momento de zarpar; y cada año importamos a
nuestros puertos una bien recolectada cosecha de $7.000.000. ¿Cómo es
que todo esto se da, si no hubiera algo vigoroso en la pesca de la ballena?
Mas esto no es ni la mitad; observad de nuevo.
Libremente declaro que el filósofo cosmopolita no puede, aunque le
vaya la vida, señalar una sola influencia pacífica que en el intervalo de los
últimos sesenta años haya operado con mayor potencial sobre todo el
ancho mundo, tomado como entidad, que la excelsa y vigorosa empresa de
la pesca de la ballena. De una u otra forma ha engendrado acontecimientos
en sí mismos tan notables, y tan continuadamente capitales en su
secuencial transcurso, que la pesca de la ballena puede bien ser
considerada como esa madre egipcia que alumbraba de su vientre vástagos
ya preñados ellos mismos. Catalogar todas estas cosas sería una tarea
infinita y sin sentido. Dejemos que un puñado basten. Durante muchos
años el barco ballenero ha sido pionero en escudriñar las más remotas y
menos conocidas partes de la tierra. Ha explorado los mares y
archipiélagos que no están en las cartas, donde ningún Cook o Vancouver
navegaron nunca. Si los navíos de guerra americanos y europeos se mecen
ahora apaciblemente en puertos que una vez fueron salvajes, que saluden
con salvas al honor y la gloria del barco ballenero que originariamente les
mostró el camino, y que fue el primero en hacer de intérprete entre ellos y
los salvajes. Podéis celebrar como queráis a los héroes de las expediciones
de exploración, a vuestros Cooks y vuestros Krusensterns; pero yo digo
que han zarpado de Nantucket montones de anónimos capitanes, que eran
tan grandes, y más grandes aún que vuestro Cook y vuestro Krusenstern.
Pues en su desamparada inopia, ellos, en las escualas aguas paganas, y por
las playas de no registradas islas de jabalinas, batallaron con virginales
portentos y terrores que Cook, con todos sus marines y mosquetes, no
habría afrontado por propia voluntad. De todo lo que se hace semejante
floritura en las antiguas expediciones de los Mares del Sur, eso sólo fueron
los lugares comunes en la vida de nuestros heroicos nativos de Nantucket.
Frecuentemente, aventuras a las que Vancouver dedica tres capítulos, estos
hombres las consideraron inmerecedoras de ser recogidas en el cuaderno
de bitácora del barco. ¡Ah, el mundo! ¡Oh, el mundo!
Hasta que la pesquería de la ballena rodeó el cabo de Hornos, ningún
comercio, salvo el colonial, y apenas comunicación alguna que no fuera la
colonial, se realizó entre Europa y la larga hilera de las opulentas
provincias españolas de la costa del Pacífico. Fue el ballenero el que,
tocando en esas colonias, primero perforó la celosa política de la Corona
española; y si el espacio lo permitiera, podría demostrarse claramente
cómo fue a partir de esos balleneros que finalmente se produjo la
liberación de Perú, Chile y Bolivia del yugo de la vieja España, y la
instauración de la eterna democracia en aquellas regiones.
Esa gran América del otro lado de la esfera, Australia, fue ofrecida al
mundo ilustrado por los balleneros. Tras su primer abortado
descubrimiento por un holandés, todos los demás barcos eludieron
aquellas costas como si hubieran sido pestíferamente bárbaras; mas el
barco ballenero arribó allí. El barco ballenero es la verdadera madre de esa
ahora poderosa colonia. Más aún, en la infancia del primer asentamiento
australiano, los emigrantes varias veces fueron salvados de la inanición
por el benevolente bizcocho del barco ballenero que, felizmente, echaba el
ancla en sus aguas. Las incontadas islas de toda Polinesia testimonian la
misma verdad, y rinden comercial homenaje al barco ballenero que limpió
el camino para el misionero y el mercader, y en muchos casos llevó a los
primitivos misioneros a sus primeros destinos. Si esa tierra cerrada con
cerrojo doble, el Japón, alguna vez llega a ser hospitalaria, será sólo al
barco ballenero al que se le deberá otorgar el crédito; pues ya está en el
umbral.
Pero si, ante todo esto, todavía declaráis que la pesca de la ballena no
tiene asociaciones estéticamente nobles que se le asocien, entonces estoy
dispuesto a romper cincuenta lanzas con vos, y a desmontaros cada vez
con el yelmo roto.
La ballena no tiene autor famoso, ni famoso cronista la pesca de la
ballena, diréis.
¿La ballena no tiene autor famoso, ni famoso cronista la pesca de la
ballena? ¿Quién escribió la primera reseña de nuestro leviatán? ¡Quién,
sino el grandioso Job! ¿Y quién compuso la primera narración de una
expedición ballenera? ¡Quién, sino nada menos que un príncipe como
Alfredo el Grande, que con su propia pluma regia recogió las palabras de
Other, el cazador de ballenas noruego de aquellos tiempos! ¿Y quién
pronunció nuestro reluciente panegírico en el Parlamento? ¡Quién, sino
Edmund Burke!
Cierto es, pero sin embargo los propios balleneros son pobres diablos;
no tienen buena sangre en sus venas.
¿No tienen buena sangre en sus venas? Tienen allí algo mejor que
sangre regia. La abuela de Benjamin Franklin era Mary Morrel;
posteriormente, por nupcias, Mary Folger, una de las antiguas pobladoras
de Nantucket, y la heredera de una larga estirpe de Folgers y arponeros —
todos parientes del noble Benjamin—, hoy en día lanzando el garfiado
hierro de un lado al otro del mundo.
Bien, de nuevo; pero, sin embargo, todos confiesan que, de alguna
manera, la pesca de la ballena no es respetable.
¿La pesca de la ballena no es respetable? ¡La pesca de la ballena es
imperial! La ballena está declarada «un pez regio»[30] por una antigua ley
estatutaria inglesa.
¡Oh, eso es sólo nominal! La ballena en sí nunca ha figurado de
manera grandiosa e imponente alguna.
¿La ballena en sí nunca ha figurado de manera grandiosa e imponente
alguna? En uno de los grandiosos desfiles triunfales ofrecidos a un general
romano al entrar en la capital del mundo, los huesos de una ballena,
traídos desde la lejana costa de Siria, fueron el objeto más conspicuo en la
cimbalera procesión.
Concedámoslo, ya que lo citáis; pero digáis lo que digáis, no hay
auténtica dignidad en la pesca de la ballena.
¿No hay dignidad en la pesca de la ballena? La dignidad de nuestro
apelar a los mismos cielos lo atesta. ¡Cetus es una constelación en el sur!
¡Nada más! ¡Retirad vuestro sombrero en presencia del zar, y quitáoslo
ante Queequeg! ¡Nada más! Sé de un hombre que en su vida ha capturado
trescientas cincuenta ballenas. Considero a ese hombre más honorable que
aquel gran capitán de la Antigüedad que se jactaba de tomar igual número
de ciudades amuralladas.
Y por lo que a mí respecta, si por alguna causalidad hubiera algo
excelente aún por descubrir en mí; si alguna vez mereciera una auténtica
reputación en ese pequeño y muy sosegado mundo al que no
irrazonablemente podría aspirar; si de ahora en adelante llegara a hacer
algo que, en su conjunto, un hombre preferiría haber hecho que haber
dejado sin hacer; si, a mi muerte, mis albaceas, o más propiamente mis
acreedores, encuentran algún preciado manuscrito en mi escritorio, aquí,
entonces, previsoriamente adscribo todo el honor y la gloria a la pesca de
la ballena; pues un barco ballenero fue mi Facultad de Yale y mi
Universidad de Harvard.
CAPÍTULO XXV POSTDATA

E
n defensa de la dignidad de la pesca de la ballena, no desearía
presentar nada salvo hechos acreditados. Pero tras presentar los
hechos, un abogado que suprimiera totalmente una no irrazonable
suposición que elocuentemente pudiera favorecer su causa… un abogado
así, ¿no merecería un reproche?
Es bien conocido que en la coronación de reyes y reinas, incluso de los
modernos, se pasa por cierto curioso proceso de sazonarlos para sus
funciones. Existe un salero de Estado, así llamado, y puede que existan
unas angarillas de Estado. Cómo utilizan la sal, en concreto… quién lo
sabe. Seguro estoy, sin embargo, de que la cabeza de un rey es
solemnemente ungida en su coronación, igual que el cogollo de una
lechuga. ¿Es posible, quizá, que la unjan con objeto de hacer que su
interior funcione bien, lo mismo que ungen a la maquinaria? Mucho
podría rumiarse aquí respecto a la esencial dignidad de ese proceso regio,
pues en la vida cotidiana reputamos de manera cicatera y desairada a un
tipo que se unge el pelo y que palpablemente huele a ese ungüento. En
verdad, un hombre adulto que emplea aceite para el pelo, a no ser que sea
medicinalmente, ese hombre probablemente tiene un punto débil en alguna
parte de sí. Por regla general, no puede valer mucho, en conjunto.
Mas lo único a considerar aquí es esto… ¿Qué tipo de aceite se utiliza
en las coronaciones? Evidentemente, no puede ser aceite de oliva, ni de
macasar, ni de ricino, ni de oso, ni de tren, ni de hígado de bacalao. ¿Cuál,
entonces, puede posiblemente ser, sino aceite de esperma de ballena en su
estado no manufacturado, impoluto, el más dulce de todos los aceites?
¡Pensad en ello, vosotros, leales britanos! ¡Nosotros, los balleneros,
suministramos a vuestros reyes y reinas sustancia de coronación!
CAPÍTULO XXVI CABALLEROS Y ESCUDEROS

E
l primer oficial del Pequod era Starbuck, nativo de Nantucket y
cuáquero por linaje. Era un hombre alto, adusto, y aunque nacido
en una gélida costa, parecía bien adaptado a soportar cálidas
latitudes, siendo su carne dura como el bizcocho doblemente horneado.
Transportada a las Indias, su vital sangre no se habría estropeado como la
cerveza embotellada. Hubo de haber nacido en alguna época de sequía y
hambruna generalizadas, o en uno de esos días de ayuno por los que su
región es famosa. Sólo unos treinta áridos veranos había visto; esos
veranos habían desecado toda su superfluidad física. Aunque esto, su
delgadez, por así llamarlo, parecía tanto menos la señal de consuntivas
ansiedades y preocupaciones, cuanto la indicación de algún desarreglo
corporal. Era, simplemente, la condensación del hombre. En modo alguno
era mal parecido; más bien lo contrario. Su pura tersa piel estaba en
excelente estado; y estrechamente ceñido en ella, y embalsamado a base
de salud y fortaleza interior, lo mismo que un egipcio vivificado, este
Starbuck parecía preparado para subsistir durante siglos y siglos, y para
subsistir siempre igual que ahora. Pues con nieve polar o tórrido sol, como
un cronómetro de marca, su vitalidad interna tenía garantizado el correcto
funcionamiento en todos los climas. Al mirar en sus ojos, allí parecías ver
las aún persistentes imágenes de aquellos millares de peligros que
calmadamente había afrontado a lo largo de su existencia. Un hombre
formal, firme, cuya vida en su mayor parte era una elocuente mímica de
acción y no un dócil CAPÍTULO de palabras. No obstante, a pesar de toda
su ruda sobriedad y fortaleza, había en él ciertas cualidades que a veces
afectaban a todo lo demás, y en algunos casos parecían próximas a
desequilibrarlo. Inusualmente concienzudo para ser marino, y dotado de
una profunda reverencia natural, la brutal soledad acuática de su vida le
inclinaba, en consecuencia, con fuerza a la superstición, pero a ese tipo de
superstición que en ciertos organismos parece de algún modo surgir más
bien de la inteligencia que de la ignorancia. Portentos exteriores y
presentimientos interiores le eran propios. Y si a veces éstos doblegaban el
hierro soldado de su alma, más aún sus lejanos recuerdos familiares de su
joven mujer del Cabo y de su hijo tendían a doblegar la original rudeza de
su ser, y a abrirle aún más a esas influencias latentes que, en algunos
hombres honestos de corazón, refrenan el flujo de temerario arrojo, tan
frecuentemente manifestado por otros en las más peligrosas vicisitudes de
la pesquería.
—No llevaré hombre en mi lancha —decía Starbuck— que no tenga
miedo a una ballena.
Con esto parecía querer decir no sólo que la valentía más fiable y útil
es la que surge de la correcta estimación del peligro encontrado, sino que
un hombre temerario en grado sumo es un camarada mucho más peligroso
que un cobarde.
—Sí, sí —decía Stubb, el segundo oficial—, hombre tan cuidadoso
como ese Starbuck no le encontraréis en toda la pesquería.
Pero no tardaremos mucho en ver lo que la palabra «cuidadoso» quiere
decir, concretamente, cuando se utiliza por un hombre como Stubb, o por
casi cualquier otro cazador de ballenas.
Starbuck no era un cruzado en busca del peligro; el valor en él no era
un sentimiento, sino algo simplemente útil para sí mismo, y siempre
disponible en todas las ocasiones auténticamente mortales. Aparte, quizá
pensaba que en esta empresa de la pesca de la ballena el valor era uno de
los productos básicos del equipamiento del barco, como la carne de buey y
el pan, y que no debía desperdiciarse tontamente. Debido a lo cual, no le
agradaba arriar por ballenas tras la puesta del sol; y tampoco persistir en
combatir un pez que insistía demasiado en combatirle a él. Pues, pensaba
Starbuck, estoy aquí, en este comprometido océano, para matar ballenas y
ganarme la vida, y no para que ellas me maten y se ganen la suya; y bien
sabía Starbuck que cientos de hombres habían muerto así. ¿Qué fatalidad
había sido la de su propio padre? ¿Dónde, en las insondadas
profundidades, podría encontrar los miembros arrancados de su hermano?
Con recuerdos como éstos en él, y más aún siendo dado, tal como se ha
dicho, a una cierta superstición, la valentía de este Starbuck, que no
obstante aún podía florecer, debía, efectivamente, haber sido extrema.
Pero no estaba en la razonable naturaleza que un hombre tan organizado, y
con tan terribles experiencias y recuerdos como él tenía; no estaba en la
naturaleza razonable que esto latentemente debiera dejar de engendrar en
él un elemento que bajo circunstancias favorables rompería su
confinamiento y consumiría toda su valentía. Y por muy osado que él
fuera, su osadía era del tipo observable especialmente en algunos hombres
intrépidos, que, aunque manteniéndose generalmente firmes en el
conflicto con los mares, o los vientos, o las ballenas, o cualquiera de los
ordinarios horrores irracionales del mundo, aun así no pueden resistir esos
terrores, más terroríficos por más espirituales, que a veces te amenazan
desde la concentrada frente de un hombre poderoso y encolerizado.
Mas si la narrativa subsiguiente fuera a revelar en alguna ocasión el
absoluto sometimiento de la fortaleza del pobre Starbuck, apenas podría
yo tener corazón para escribirla; pues es algo extremadamente penoso, qué
digo, repulsivo, exponer el derrumbe del valor en el alma. Los hombres
pueden parecer tan detestables como las sociedades anónimas y las
naciones; villanos, necios y asesinos puede haberlos; los hombres pueden
tener rostros mezquinos y endebles; pero el hombre, en el ideal, es tan
noble y tan brillante, una criatura tan grandiosa y refulgente, que sobre
toda imperfección en él, todos sus semejantes deberían apresurarse a
lanzar sus más caros ropajes. Esa inmaculada humanidad que sentimos
dentro de nosotros, tan profundamente dentro de nosotros que permanece
intacta aunque todo el carácter exterior parezca haber desaparecido, sangra
con la angustia más aguda ante el espectáculo desarropado de un hombre
arruinado en su valor. Y no puede la propia piedad, ante tal vergonzosa
visión, reprimir totalmente sus reconvenciones a las estrellas que lo
permiten. Mas esta augusta dignidad de la que trato no es la dignidad de
los reyes y los mantos, sino esa pródiga dignidad que no posee investidura
ceremonial. Vos la veréis reluciendo en el brazo que empuña un pico o
clava un clavo; esa democrática dignidad que, en todo semejante, irradia
sin fin desde Dios; ¡Él mismo! ¡El gran Dios absoluto! ¡El centro y
circunferencia de toda democracia! ¡Su omnipresencia, nuestra divina
igualdad!
Si entonces a los más míseros marineros, y renegados y náufragos, de
aquí en adelante adscribiera elevadas cualidades, bien que oscuras; si
tejiera a su alrededor trágicas gallardías; si incluso el más apesadumbrado,
quizá el más humillado de entre todos ellos se elevara a veces a las
exaltadas cumbres; si tocara ese brazo de obrero con cierta luz etérea; si
desplegara un arco iris sobre su devastador ocaso; entonces, ¡contra todos
los críticos mortales, amparadme en ello, Vos, justo espíritu de la
igualdad, que habéis desplegado un manto regio de humanidad sobre toda
mi especie! ¡Amparadme en ello, Vos, gran democrático Dios!, que no
negasteis al bronceado convicto Bunyan la pálida, poética perla; Vos, que
ataviasteis de hojas del más fino de los oros, doblemente martilladas, el
mocho y empobrecido brazo del viejo Cervantes; Vos, que recogisteis a
Andrew Jackson del pedregal; que le lanzasteis sobre un caballo de
batalla; ¡que le detonasteis más alto que un trono!; Vos, que en todas
vuestras poderosas marchas terrenas, siempre escogisteis vuestros más
selectos campeones de entre la regia plebe: ¡amparadme en ello, oh, Dios!
CAPÍTULO XXVII CABALLEROS Y ESCUDEROS[31]

S
tubb era el segundo oficial. Era nativo de cabo Cod; y de ahí que,
según los usos locales, se le llamara un hombre del Cabo.
Despreocupado, ni cobarde ni valiente, aceptaba los peligros tal
como venían, con aire de indiferencia; y enzarzado en el momento crítico
más perentorio del acoso, obraba con calma y serenidad, como un oficial
ebanista contratado para todo el año. Bien humorado, fácil de trato, y
descuidado, presidía su lancha ballenera como si el más mortífero de los
encuentros no fuera sino una cena, y su tripulación entera los invitados.
Era tan puntilloso sobre la confortable disposición de su parte de la lancha
como un viejo mayoral de diligencia lo es sobre la comodidad de su
pescante. Estando próximo a la ballena, en el propio abrazo de la muerte
del combate, manejaba su despiadada lanza de modo intuitivo e impasible,
lo mismo que un silbante hojalatero maneja su martillo. Tarareaba sus
antiguos aires de rigotán[32] estando flanco con flanco junto al más
exasperado de los monstruos. Para este Stubb, la prolongada práctica había
convertido las mandíbulas de la muerte en una butaca. Lo que pensaba de
la propia muerte no hay modo de saberlo. Si en verdad pensaba alguna vez
en ella, podría plantearse; pero si alguna vez se le ocurrió orientar su
mente en esa dirección tras una agradable cena, sin duda, como buen
marino, consideró que era una especie de toque de guardia para salir
disparado a cubierta, y allí ocuparse en algo que descubriría cuando
obedeciera la orden, y no antes.
Puede que aquello que, junto con otras cuestiones, hacía de Stubb un
hombre tan osado y flemático, que cargaba tan alegremente con el peso de
la vida en un mundo lleno de buhoneros apesadumbrados, todos doblados
hasta el suelo con sus cargas, aquello que le ayudaba a sacar fuera ese casi
impío buen humor suyo; aquello debía ser su pipa. Pues, lo mismo que la
nariz, su pequeña y corta pipa negra era uno de los rasgos constituyentes
de su rostro. Casi antes esperarías que saliera de su compartimento sin su
nariz que sin su pipa. Allí mantenía una fila entera de pipas sujetas en un
anaquel, dispuestas y cargadas, a fácil alcance de la mano; y cada vez que
se retiraba, las fumaba todas en sucesión, encendiendo una con la otra
hasta el final del capítulo; cargándolas después otra vez para que
estuvieran dispuestas de nuevo. Pues, cuando Stubb se vestía, en lugar de
primero poner las piernas en sus pantalones, ponía su pipa en la boca.
Digo yo que este continuo fumar debe haber sido al menos una causa
de su peculiar disposición; pues todo el mundo sabe que este aire terrestre,
ya sea en tierra o a flote, está terriblemente infectado por las innominadas
miserias de los innumerables mortales que han muerto exhalándolo; y al
igual que en época de cólera algunas personas se desplazan de un lado a
otro con un pañuelo alcanforado en la boca, así, de igual manera, contra
todas las mortales tribulaciones, el humo de tabaco de Stubb podría haber
actuado como una especie de agente desinfectante.
El tercer oficial era Flask, un nativo de Tisbury, en Martha’s Vineyard.
Un joven pequeño, recio, robusto, rudo, muy pugnaz en lo referente a las
ballenas, que de alguna manera parecía pensar que los grandes leviatanes
le habían ofendido personal y hereditariamente; y, por consiguiente, para
él era una especie de cuestión de honor destruirlos siempre que los
encontraba. Tan absolutamente ajeno estaba a todo sentido de reverencia
ante las múltiples maravillas de su majestuosa corpulencia y ante sus
místicas maneras; y tan insensible a algo que se asemejara a una
aprehensión de algún posible peligro a causa de su encuentro que, en su
pobre opinión, la prodigiosa ballena no era sino una especie de ratón
magnificado, o rata de agua como mucho, que requería únicamente algo de
circunvención y una pequeña aplicación de tiempo y esfuerzo para matarla
y hervirla. Esta ignorante e inconsciente temeridad suya le hacía ser un
poco revoltoso en asuntos de ballenas; seguía a estos peces por diversión;
y una expedición de tres años alrededor del cabo de Hornos sólo era una
graciosa chanza que duraba ese espacio de tiempo. Lo mismo que los
clavos de un carpintero se dividen en clavos forjados y clavos de alambre,
así, de igual manera, puede dividirse la humanidad. El pequeño Flask era
uno de los forjados; hecho para sujetarse con fuerza y durar mucho. A
bordo del Pequod le llamaban King-Post[33], pues, por su forma, bien
podía semejarse al corto madero recto que se conoce por ese nombre en
los balleneros del Ártico; y que, a través de muchos otros maderos
laterales insertados en él en forma de radios, sirve para reforzar el barco
contra las heladas sacudidas de esos mares azotadores.
Ahora bien, estos tres oficiales… Starbuck, Stubb, y Flask, eran
hombres de mucha monta. Ellos eran los que por universal prescripción
capitaneaban como patrones tres de las lanchas del Pequod. En ese
grandioso orden de batalla en el que el capitán Ajab pronto comandaría sus
fuerzas para abatirse sobre las ballenas, estos tres patrones eran como
capitanes de compañías. O, al estar armados con sus largas y afiladas picas
balleneras, eran como un selecto trío de lanceros; lo mismo que los
arponeros eran lanzadores de jabalinas.
Y como en esta notoria pesquería, cada oficial o patrón, como un
gótico rey de la Antigüedad, siempre está acompañado por su timonel de
lancha o arponero, que en ciertas coyunturas le proporciona una lanza
nueva cuando la anterior ha quedado muy torcida o doblada en el asalto; y
más aún, como generalmente subsiste entre los dos una estrecha intimidad
y amistad; es, por tanto, conforme que en este lugar determinemos quiénes
eran los arponeros del Pequod, y a qué patrón pertenecía cada uno.
En primer lugar estaba Queequeg, al que Starbuck, el primer oficial,
había seleccionado como su escudero. Pero Queequeg ya es conocido.
El siguiente era Tashtego, un indio de pura raza, de Gay Head, el
promontorio más occidental de Martha’s Vineyard, donde aún existe el
último resto de una aldea de pieles rojas, la cual ha proveído a la vecina
isla de Nantucket de muchos de sus más osados arponeros. En la pesquería
normalmente se les conoce por el nombre genérico de gay-headers[34]. El
pelo largo, liso y azabache de Tashtego, sus altos pómulos y negros ojos
inquietos —orientales en su magnitud para un indio, pero antárticos en su
centelleante expresión—, todo esto era suficiente para proclamarle
heredero de la sangre no viciada de esos guerreros cazadores, que en
persecución del gran alce de Nueva Inglaterra habían batido los bosques
aborígenes de tierra firme. Pero al no olfatear ya el rastro de las bestias
salvajes de los bosques, Tashtego cazaba ahora tras la estela de las grandes
ballenas del mar; el arpón que no erraba del hijo remplazaba
adecuadamente la infalible flecha de los padres. Al mirar el curtido
bronceado de sus ágiles miembros serpeantes, casí habríais dado crédito a
las supersticiones de algunos de los primeros puritanos, y medio creído
que este indio salvaje era hijo del Príncipe de los Poderes del Aire[35].
Tashtego era el escudero de Stubb, el segundo oficial.
El tercero entre los arponeros era Daggoo, un gigantesco negro salvaje
de piel carbón, con un andar leonino… un asuero. Suspendidos de sus
orejas había dos aros dorados, tan grandes que los marineros los llamaban
cáncamos de argolla, y decían que iban a asegurar a ellos las drizas de
gavia. En su juventud, Daggoo había embarcado voluntariamente a bordo
de un ballenero que fondeaba en una solitaria bahía de su nativa costa. Y
no habiendo estado en parte alguna del mundo salvo en África, Nantucket,
y los puertos paganos más frecuentados por los balleneros, y al haber
vivido durante ya muchos años la intrépida vida de la pesquería en barcos
de propietarios carentes de la usual precaución respecto a la clase de
hombres que embarcaban, Daggoo conservaba todas sus barbáricas
virtudes, y erguido como una jirafa recorría las cubiertas con toda la
pompa de seis pies y cinco pulgadas en calcetines. Había humildad
corporal en mirarle; y un hombre blanco en pie ante él parecía una bandera
blanca venida a implorar tregua ante una fortaleza. Curioso de decir, este
imperial negro, asuero Daggoo, era el escudero del pequeño Flask, que a
su lado parecía una figura de ajedrez. Por lo que respecta al resto de la
compañía del Pequod, dicho sea que actualmente, de los muchos miles de
hombres a proa de mástil empleados en la pesquería de la ballena
americana, no hay uno de dos nacido en América, aunque prácticamente
todos los oficiales lo son. En esto ocurre lo mismo tanto en la pesquería de
ballena americana como en el ejército americano, y en la armada y en la
marina mercante americanas, y en los destacamentos de ingeniería
empleados en la construcción de los canales y ferrocarriles americanos. Lo
mismo, digo, porque en todos estos casos los americanos nativos aportan
con largueza el cerebro, proporcionando los músculos el resto del mundo
con la misma generosidad. De estos marineros de la pesca de la ballena, un
número no pequeño pertenece a las Azores, donde los barcos balleneros
que parten de Nantucket tocan puerto para aumentar sus tripulaciones con
los rudos campesinos de esas rocosas costas. De igual manera, los
balleneros de Groenlandia que zarpan de Hull o de Londres fondean en las
islas Shetland para recibir el complemento íntegro de su tripulación. En la
travesía de vuelta a puerto los vuelven a desembarcar allí de nuevo. El
porqué no se sabe, pero los isleños parecen ser los mejores pescadores de
ballenas. En el Pequod también eran casi todos isleños, isolados, así los
llamo, no reconociendo el continente común de los hombres, sino cada
isolado que vive en un distinto continente propio. No obstante, ahora,
federados a lo largo de una quilla, ¡qué conjunto formaban estos isolados!
Como una diputación de Anacharsis Clootz constituida por todas las islas
del mar, y todos los confines de la tierra, que acompañaba al viejo Ajab en
el Pequod para presentar las quejas del mundo ante una de esas audiencias
de las que no muchos logran regresar. El pequeño negro Pip… ¡Él nunca
regresó! ¡Pobre muchacho de Alabama! En el desolado castillo del Pequod
le veréis dentro de poco, dándole a su pandereta; prelusivo del tiempo
eterno, en el que llamado al gran alcázar de las alturas, fue invitado a tocar
con los ángeles, y a darle a su pandereta en la gloria, llamado un cobarde
aquí, ¡aclamado un héroe allá!
CAPÍTULO XXVIII AJAB

D
urante varios días tras zarpar de Nantucket, nada se vio del
capitán Ajab por encima de los cuarteles. Los oficiales se
relevaban regularmente uno a otro en las guardias, y no
habiendo nada que pudiera observarse en contrario, parecían ser los únicos
comandantes del barco; salvo que a veces salían de la cabina con órdenes
tan repentinas y perentorias que, al final, resultaba indudable que sólo
comandaban vicariamente. Sí, su supremo señor y dictador estaba allí,
aunque hasta el momento oculto a cualesquiera ojos no autorizados a
penetrar en el por entonces sagrado retiro de la cabina.
Cada vez que yo ascendía a cubierta desde mis guardias abajo,
instantáneamente echaba la vista a popa para fijarme si había visible algún
rostro extraño; pues mi primera vaga inquietud respecto al desconocido
capitán, ahora, en la reclusión del mar, se convirtió casi en un trastorno.
Aquello resultaba extrañamente acentuado a veces por las diabólicas
incoherencias del harapiento Elías, que, sin que yo las convocara,
regresaban a mí con una sutil energía que previamente no podría haber
concebido. Malamente podía resistirlas, por mucho que en otros estados de
ánimo casi estuviera dispuesto a sonreír ante las solemnes fantasías de ese
disparatado profeta de los muelles. Mas fuera lo que fuese que sintiera de
aprensión o inquietud —por así llamarlo—, no obstante, cada vez que en
el barco me ponía a mirar a mi alrededor, parecía completamente
injustificado albergar semejantes emociones. Pues aunque los arponeros,
junto con el grueso de la tripulación, eran un grupo mucho más bárbaro,
pagano y variopinto que cualquiera de las dóciles compañías de barco
mercante con las que mis previas experiencias me habían familiarizado,
aun así, yo atribuía aquello —y lo atribuía correctamente— a la fiera
singularidad de la propia naturaleza de esa salvaje vocación escandinava
en la que tan inconscientemente me había embarcado. Y era especialmente
el aspecto de los tres principales jefes del barco, los oficiales, lo que
estaba más convincentemente calculado para aliviar estos desvaídos
recelos, y para inducir confianza y jovialidad en cada episodio de la
expedición. Tres mejores y más apropiados oficiales y hombres, cada uno
a su manera, no se podrían haber encontrado fácilmente, y eran, todos y
cada uno de ellos, americanos; uno de Nantucket, otro del Vineyard y un
hombre del Cabo. Ahora bien, al ser en Navidad cuando el barco zarpó de
puerto, durante algunos días tuvimos un cortante tiempo polar, si bien
constantemente escapábamos de él hacia el sur; y con cada grado y cada
minuto de latitud que navegábamos, dejábamos gradualmente tras
nosotros ese despiadado invierno y toda su intolerable meteorología. Fue
una de esas mañanas de la transición, menos encapotadas, aunque aún
suficientemente grises y melancólicas, mientras el barco, con viento
franco, surcaba apresurado el agua en una especie de vindicativo rebotar y
de melancólica presteza, que al encaramarme a cubierta al toque de la
guardia de alba, tan pronto como alineé mi vista hacia el coronamiento,
agoreros escalofríos me recorrieron el cuerpo. La realidad dejó atrás a la
aprensión: el capitán Ajab se erguía sobre el alcázar.
No parecía haber en él ningún signo de enfermedad corporal, ni
tampoco de recuperación de alguna. Tenía el aspecto de un hombre
liberado de la estaca de la hoguera una vez que el fuego, al pasar, ha
agostado todos los miembros sin consumirlos o restarles una partícula de
su compacta añeja robustez. Su entero porte, alto y amplio, parecía hecho
de sólido bronce, y conformado en un molde inalterable, como el Perseo
vaciado de Cellini. Serpeando su camino de entre sus grises cabellos, y
continuando hacia abajo por un lateral de su bronceado y chamuscado
rostro y de su cuello, hasta que desaparecía bajo sus ropas, veías una
delgada marca, como una vara lívidamente blanquecina. Recordaba ese
perpendicular costurón hecho a veces en el erguido y altivo tronco de un
gran árbol, cuando el relámpago de las alturas se precipita sobre él
rasgándolo y, sin arrancar una sola rama, pela y surca la corteza de arriba a
abajo antes de perderse en la tierra, dejando el árbol aún vivo de verdor,
aunque señalado. Si esa marca había nacido con él, o si era la cicatriz
dejada por alguna terrible herida, nadie podía decirlo con certeza.
Siguiendo algún acuerdo tácito, poca o ninguna alusión se hizo a ella a lo
largo de la expedición, en especial por los oficiales. Pero una vez un viejo
indio de Gay-Head que estaba en la tripulación, decano de Tashtego,
aseguró supersticiosamente que no fue hasta que tuvo cuarenta años
cumplidos que Ajab quedó de ese modo señalado, y que lo fue entonces no
en la furia de una mortal reyerta, sino en una pelea con los elementos, en
el mar. Aun así, esta arbitraria alusión pareció inferencialmente
desmentida por lo que insinuó un sombrío hombre de Man[36], un sepulcral
viejo, que al no haber zarpado nunca antes de Nantucket, nunca antes de
esta ocasión le había puesto el ojo encima al singular Ajab. Sin embargo,
las viejas tradiciones del mar, las inmemoriales creencias, popularmente
investían a este viejo hombre de Man con preternaturales poderes de
discernimiento. De forma que ningún marino blanco le desmintió
consistentemente cuando afirmó que si alguna vez el capitán Ajab era en
paz embalsamado —lo que difícilmente podría ocurrir, así lo murmuró—,
entonces, quienquiera que fuese el que prestara los últimos oficios al
muerto, le encontraría una marca de nacimiento desde la coronilla a la
planta del pie.
El lúgubre aspecto general de Ajab, y la lívida señal que lo marcaba,
me afectaron de tan patente manera que durante los primeros momentos
iniciales apenas noté que no poco de su sobrecogedora desolación se debía
a la barbárica pierna blanca sobre la que parcialmente se sostenía.
Previamente me había enterado de que esta pierna de marfil había sido
confeccionada en el mar a partir del hueso pulido de una mandíbula de
cachalote.
—Sí, le desarbolaron en aguas del Japón —dijo en una ocasión el viejo
indio de Gay-Head—; pero lo mismo que su desarbolado navío, embarcó
otro mástil sin venir por él a casa. Tiene una aljaba llena de ellos.
Me llamó la atención la singular postura que mantenía. En cada lado
del alcázar del Pequod, y muy cerca de los obenques de mesana, había una
cavidad de broca, taladrada en la plancha una media pulgada más o menos.
Su pierna de hueso sujeta en esa cavidad, un brazo elevado y agarrándose a
un obenque, el capitán Ajab se erguía, mirando derecho más allá de la
proa, que nunca cesaba de cabecear. En la fija e intrépida premeditación de
esa mirada había una infinitud de la más firme fortaleza, una determinada,
inquebrantable tenacidad. No dijo una palabra, ni tampoco sus oficiales le
dijeron nada a él; aunque en todos sus minúsculos gestos y expresiones
mostraron claramente la incómoda, si no hiriente, conciencia de estar bajo
un atormentado ojo de patrón. Y no sólo eso, sino que el taciturno Ajab se
presentaba ante ellos con una crucifixión en su rostro; con toda la
innominada, regia y autoritaria dignidad de una intensa aflicción.
No mucho después de su primera visita al aire libre, se retiró a la
cabina. Pero tras esa mañana pudo ser visto por la tripulación cada día;
bien de pie en su cavidad de pivote, bien sentado en un taburete de marfil
que tenía, o bien paseando pesadamente la cubierta. Al tornarse el cielo
menos sombrío; al empezar, de hecho, a resultar un poco agradable, se
recluyó cada vez menos, como si cuando zarpó el barco de puerto la
muerta desolación ventosa del mar hubiera sido lo único que le hubiera
mantenido así recluido. Y poco a poco llegó a suceder que estaba casi
continuamente al aire libre; aunque hasta el momento, para todo lo que
decía o perceptiblemente hacía en la por fin soleada cubierta, parecía allí
tan innecesario como otro mástil. Mas el Pequod sólo estaba ahora en
travesía, no navegando regularmente; los oficiales eran competentes para
prácticamente todos los preparativos de la pesca que necesitaban
supervisión, así que había poco o nada, aparte de sí mismo, que ahora
ocupara o interesara a Ajab, liberándose así, durante ese intervalo, de las
nubes que, capa sobre capa, estaban apiladas sobre su frente, pues todas las
nubes escogen siempre las cumbres más elevadas para apilarse sobre ellas.
No obstante, no mucho después, la cálida, gorjeante persuasividad del
agradable tiempo vacacional al que arribamos pareció sacarle mediante
hechizos de su temperamental condición. Pues lo mismo que cuando en el
momento en que las bailarinas de sonrosadas mejillas, Abril y Mayo,
viajan al hogar de los invernales y misantrópicos bosques, incluso el viejo
roble más pelado y recio, más partido por el trueno, hace surgir finalmente
unos pocos brotes verdes para dar la bienvenida a visitantes de tan jovial
corazón, así Ajab, finalmente, respondió un poco a los juguetones
atractivos de ese aire femenil. Más de una vez dejó salir el leve brote de
una mirada que en cualquier otro hombre pronto hubiera florecido en una
sonrisa.
CAPÍTULO XXIX ENTRA AJAB;
STUBB SE DIRIGE A ÉL

P
asaron algunos días, y con el hielo y los icebergs a popa, el
Pequod atravesó ahora sin dificultad la brillante primavera de
Quito, que en el mar reina casi perpetuamente en el umbral del
eterno agosto de los trópicos. Los días tibiamente frescos, claros,
tintineantes, perfumados, desbordantes, copiosos eran como ciborios de
cristal de rebosante sorbete persa… copeteado con nieve de agua de rosas.
Las estrelladas y majestuosas noches parecían altivas damas ataviadas con
enjoyados terciopelos, guardando en su casa, en solitaria honra, el
recuerdo de sus ausentes duques conquistadores, ¡los soles de dorados
yelmos! Para el hombre soñoliento era difícil escoger entre tan
encantadores días y tan seductoras noches. Pero todos los embrujos de ese
tiempo que no empalidecía no sólo procuraban nuevos encantamientos y
potencias al mundo exterior. Interiormente se volvían sobre el alma,
especialmente cuando llegaban las tranquilas y amables horas del caer de
la tarde; entonces la memoria disparaba sus cristales como los que el
diáfano hielo suele formar en silenciosos crepúsculos. Y todas estas sutiles
agencias actuaban cada vez más sobre la textura de Ajab.
La vejez siempre es desvelada; como si el hombre, cuanto más
enlazado a la vida, menos tenga que ver con nada que se asemeje a la
muerte. De entre los capitanes de barco, son los viejos de barbas grises los
que con mayor frecuencia dejan sus literas para visitar la cubierta arropada
de la noche. Así sucedía con Ajab; únicamente que ahora, recientemente,
tanto parecía vivir al aire libre que, hablando sinceramente, sus visitas
eran más bien a la cabina que de la cabina a las planchas.
—Parece como bajar a la tumba de uno –murmuraba para sí–, que un
viejo capitán como yo esté descendiendo por este estrecho escotillón, para
ir a mi litera de fosa excavada.
Así que, casi cada veinticuatro horas, cuando se habían establecido las
guardias de la noche, y la cuadrilla de cubierta vigilaba los profundos
sueños de la cuadrilla de abajo; y cuando si había que halar un cabo sobre
el castillo, los marineros no lo tiraban con rudeza, como hacían por el día,
sino que lo dejaban caer en su lugar con cautela, por temor a molestar a
sus compañeros dormidos; cuando esta especie de uniforme quietud
comenzaba a prevalecer, el silencioso timonel solía observar
habitualmente el escotillón de la cabina y no mucho después surgía el
viejo, aferrando el barandal de hierro para asistir su lisiado andar. Algún
considerado toque de humanidad había en él; ya que en ocasiones como
éstas solía abstenerse de patrullar el alcázar; pues para sus cansados
oficiales, que buscaban reposo a seis pulgadas de su talón de marfil, tal
hubiera sido el reverberante crujido y clamor de aquel óseo andar que sus
sueños habrían versado sobre los trituradores dientes de los tiburones.
Pero en una ocasión su inclinación fue demasiado intensa para comunes
miramientos; y cuando con pesados y torpes pasos estaba midiendo el
barco desde el coronamiento hasta el palo mayor, Stubb, el peculiar
segundo oficial, subió desde abajo, y con cierto inseguro agraviante humor
dio a entender que si al capitán Ajab le placía pasear las planchas,
entonces nadie podía decir nones; pero que podría haber alguna forma de
amortiguar el ruido, indicando indistinta y dubitativamente algo sobre una
bola de estopa, y la inserción en ella del talón de marfil. ¡Ah, Stubb,
entonces no conocíais a Ajab!
—¿Soy una bala de cañón, Stubb, que vos me retacaríais de ese modo?
–dijo Ajab–. Mas seguid vuestro camino; lo he olvidado. Abajo, a vuestra
tumba nocturna, donde los que sois como vos dormís entre mortajas, para
acostumbraros a la del remate final… ¡Abajo, perro, meteos a la perrera!
Sobresaltado ante la imprevista exclamación conclusiva del tan
repentinamente despectivo viejo, Stubb quedó sin habla un instante;
entonces dijo con excitación:
—No estoy acostumbrado a que me hablen de esa manera, señor; no
me agrada en modo alguno, señor.
—¡Deteneos! –gritó Ajab entre sus apretados dientes, y apartándose
violentamente, como si quisiera evitar una pasional tentación.
—No, señor; aún no –dijo Stubb, envalentonado–, no dejaré
dócilmente que me llamen perro, señor.
—Entonces sed llamado diez veces burro, y mulo, y asno, y retiraos, ¡o
le libraré al mundo de vos!
Mientras decía esto, Ajab avanzó sobre él con tal imponente terror en
su aspecto que Stubb retrocedió involuntariamente.
—Nunca se me trató así sin dar un buen golpe a cambio –murmuró
Stubb al encontrarse a sí mismo descendiendo el escotillón de la cabina–.
Es muy raro. Detente, Stubb; de algún modo, ahora no sé bien si volver y
golpearle, o… ¿qué es eso?… ¿arrodillarme aquí y rezar por él? Sí, ése es
el pensamiento que surge en mí; pero hubiera sido la primera vez que
jamás en verdad rezara. Es raro, muy raro, y también él es raro. Sí, le
tomes de proa y de popa, es probablemente el viejo más raro con el que
Stubb jamás navegó. ¡Con qué refulgente mirada me miró!… ¡Sus ojos
como platillos de una balanza! ¿Está loco? De cualquier modo, algo hay en
su mente, tan seguro como que algo ha de haber en una cubierta cuando
cruje. Ahora, además, no está en su cama más de tres horas de las
veinticuatro; y durante ellas no duerme. ¿No me dijo ese Dough-Boy, el
mozo, que de mañana siempre encuentra la ropa del coy del viejo toda
arrugada y revuelta, y las sábanas a los pies, y el cubrecama casi hecho
nudos, y la almohada como terriblemente caliente, lo mismo que si
hubiera habido en ella un ladrillo horneado? ¡Un viejo caliente! Supongo
que tiene lo que alguna gente en tierra llama conciencia; es una especie de
tic-del-loro[37], dicen… Un dolor de muelas no es peor. Bien, bien; no sé lo
que es, pero que el Señor me guarde de pillarlo. Está lleno de arrugas; me
pregunto para qué va todas las noches a la bodega de la despensa, como
me dice Dough-Boy que cree que hace; ¿para qué hace eso, me gustaría
saber? ¿Quién se cita con él en la bodega? ¿No es extraño, eh? Pero es el
viejo juego, no se sabe… Ahí voy a dar una cabezada. Maldita sea mi
sombra, ¿le merece la pena a uno venir al mundo sólo para caer dormido
en seguida? Y ahora que lo pienso, eso más o menos es lo primero que
hacen los niños, y eso parece extraño, también. Maldita sea mi sombra,
pero todo es extraño si te pones a pensarlo. Pero eso va en contra de mis
principios. No pensar es mi undécimo mandamiento; y duerme cuando
puedas, el duodécimo… Así que aquí voy otra vez. Mas ¿cómo es eso?
¿No me llamó perro? ¡Demonios! Me llamó diez veces burro, ¡y encima
de eso apiló un montón de asnos! Bien podía haberme dado una patada,
para acabar de una vez. Quizá de verdad me pegó, y no lo vi; tan
absolutamente desconcertado estaba con su frente, de alguna manera.
Destellaba como un hueso blanqueado. ¿Qué demonios me ocurre? No me
tengo bien sobre las piernas. Es como si al entrar en colisión contra ese
viejo se me hubiera salido el lado malo afuera. Pero por Dios que debo
haber estado soñando, no obstante… ¿Cómo?, ¿cómo?, ¿cómo?… Pero el
único modo es guardármelo; así que aquí voy al coy de nuevo; y por la
mañana veré cómo este fastidioso tejemaneje se presenta a la luz del día.
CAPÍTULO XXX LA PIPA

C
uando Stubb se ausentó, Ajab estuvo un rato recostado sobre la
amurada; y como últimamente había sido usual en él, llamó a
un marinero de la guardia y le envió abajo, a por su taburete de
marfil, y también a por su pipa. Encendiendo la pipa en la lámpara de la
bitácora y plantificando el taburete en la banda de barlovento de la
cubierta, se sentó y fumó.
En tiempos de los antiguos escandinavos, cuenta la tradición, los
tronos de los reyes daneses, amantes del mar, estaban fabricados con los
colmillos del narval. ¿Cómo, pues, podía uno mirar a Ajab, sentado en ese
trípode de huesos, sin que le recordara la realeza que simbolizaba? Pues
Ajab era un kan de las planchas, y un rey del mar, y un gran señor de los
leviatanes.
Pasaron algunos momentos durante los cuales el espeso humo salió de
su boca en rápidas y constantes bocanadas, que volvían de nuevo a su cara.
—¿Cómo es que este fumar ya no tranquiliza? —monologó
finalmente, retirando la boquilla—. ¡Oh, pipa mía!, ¡mal me debe ir si
vuestro encanto ha desaparecido! Aquí he estado, esforzándome
inconscientemente, no disfrutando… sí, e ignorantemente fumando a
barlovento todo el rato; a barlovento, y con bocanadas tan nerviosas como
si, lo mismo que la ballena moribunda, mis chorros finales fueran los más
fuertes y más cargados de dificultad. ¿Qué tengo que ver yo con esta pipa?
Esta cosa que está ideada para la serenidad, para lanzar suaves humos
blancos entre suaves cabellos blancos, no entre desarraigados rizos de
color gris de hierro, como los míos. No fumaré más…
Lanzó la pipa, todavía encendida, al mar. El fuego siseó en las olas; en
el mismo instante el barco pasó raudo sobre la burbuja que hizo la pipa al
hundirse. Con sombrero gacho, Ajab paseó las planchas, renqueante.
CAPÍTULO XXXI LA REINA MAB[38]

A
la mañana siguiente Stubb abordó a Flask.
—Un sueño tan extraño, King-Post, nunca lo tuve. ¿Sabes
la pierna de marfil del viejo? Bien, soñé que me daba una
patada con ella; y cuando trataba de devolvérsela, a fe mía, pequeño, ¡mi
pierna, al dar la patada, se desprendía! Y entonces, ¡presto!, Ajab
semejaba una pirámide, y yo, como un completo necio, seguía dándole
patadas. Pero lo que era aún más curioso, Flask… ya sabes lo curiosos que
son todos los sueños… a través de toda esta rabia que tenía, de algún modo
parecía estar pensando para mí que, a pesar de todo, esa patada de Ajab no
era tanto un insulto. «¿Por qué?», pensaba yo, «¿cuál es el problema? No
es una pierna de verdad, sólo es una pierna falsa». Y hay una enorme
diferencia entre un mamporro vivo y un mamporro muerto. Eso, Flask, es
lo que hace que un golpe con la mano sea cincuenta veces más atroz de
soportar que un golpe con un bastón. El miembro vivo… es eso lo que
hace el insulto vivo, mi pequeño amigo. Y pienso yo para mí mientras
tanto, fíjate, mientras estaba machacándome los estúpidos dedos de los
pies contra esa maldita pirámide… tan confusamente contradictorio era