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Venganza y culpa en Emma Zunz

Emma Zunz recibe una carta informándole que su padre ha muerto. Recordando cómo su padre culpó a Aarón Loewenthal por su ruina financiera antes de morir, Emma elabora un plan para vengarse de Loewenthal. Emma engaña a Loewenthal para que la reciba en su oficina y luego lo mata de varios disparos con un revólver.
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Venganza y culpa en Emma Zunz

Emma Zunz recibe una carta informándole que su padre ha muerto. Recordando cómo su padre culpó a Aarón Loewenthal por su ruina financiera antes de morir, Emma elabora un plan para vengarse de Loewenthal. Emma engaña a Loewenthal para que la reciba en su oficina y luego lo mata de varios disparos con un revólver.
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EMMA ZUNZ

El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos


Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en
el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a
primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida.
Nueve o diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el
señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había
fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de
pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Río Grande,
que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.
Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el
vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día
siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que
había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo
guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a
vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.
En la cr eciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos
días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar)
a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó
el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre «el desfalco del cajero», recordó (pero
eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal,
Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el
secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana
incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía;
Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.
No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan.
Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga;
Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de
mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo
que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a
qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En
abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico… De vuelta,
preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y
trivial, pasó el viernes quince, la víspera.
El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día,
por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos.
Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a
Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar
por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho
memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores
del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado.
Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y
de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de
Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a
leer y la rompió.
Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal
es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una
acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma
Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto.
Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos
hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova…
Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan.
De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para
que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y
después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a
los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera
del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen
consecutivas las partes que los forman.
¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma
Zunz  una sola vez  en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese
momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre
la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El
hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero
ella sirvió para el goce y él para la justicia.
Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el
hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como
tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día… El temor se perdió en la
tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y
procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir
sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más
delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo
acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el
acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Paradójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la
obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.
Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la
fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran
perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la
inesperada muerte de su mujer – ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera
pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía
tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo,
corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe
confidencial de la obrera Zunz.
La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño
rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja;
cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir. Las cosas no ocurrieron como había
previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme
revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que
permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la
Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de
Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.
Ante Aarón Loeiventhal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido
por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en
teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la
lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que
Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente,
volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El
considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió,
la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no
cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de
brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había
preparado («He vengado a mi padre y no me podrán castigar…»), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal
ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.
Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del
cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que
tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: “Ha ocurrido una cosa que es increíble… El señor
Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga… Abusó de mí, lo maté…”
La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el
tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había
padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.
Jorge Luis Borges, El Aleph

ALIENACIÓN
A PESAR DE ser zambo y de llamarse López, quería parecerse cada vez menos a
un zaguero de Alianza Lima y cada vez más a un rubio de Filadelfia. La vida se
encargó de enseñarle que si quería triunfar en una ciudad colonial más valía
saltar las etapas intermediarias y ser antes que un blanquito de acá un gringo
de allá. Toda su tarea en los años que lo conocí consistió en deslopizarse y
deszambarse lo más pronto posible y en americanizarse antes de que le
cayera el huaico y lo convirtiera para siempre, digamos, en un portero de
banco o en un chofer de colectivo. Tuvo que empezar por matar al peruano
que había en él y por coger algo de cada gringo que conoció. Con el botín se
compuso una nueva persona, un ser hecho de retazos, que no era ni zambo ni
gringo, el resultado de un cruce contranatura, algo que su vehemencia hizo derivar, para su desgracia, de sueño
rosado a pesadilla infernal.
         Pero no anticipemos. Precisemos que se llamaba Roberto, que años después se le conoció por Boby, pero
que en los últimos documentos oficiales figura con el nombre de Bob. En su ascensión vertiginosa hacia la nada
fue perdiendo en cada etapa una sílaba de su nombre.
         Todo empezó la tarde en que un grupo de blanquiñosos jugábamos con una pelota en la plaza Bolognesi.
Era la época de las vacaciones escolares y los muchachos que vivíamos en los chalets vecinos, hombres y mujeres,
nos reuníamos allí para hacer algo con esas interminables tardes de verano. Roberto iba también a la plaza, a
pesar de estudiar en un colegio fiscal y de no vivir en chalet sino en el último callejón que quedaba en el barrio.
Iba a ver jugar a las muchachas y a ser saludado por algún blanquito que lo había visto crecer en esas calles y
sabía que era hijo de la lavandera.
         Pero en realidad, como todos nosotros, iba para ver a Queca. Todos estábamos enamorados de Queca, que
ya llevaba dos años siendo elegida reina en las representaciones de fin de curso. Queca no estudiaba con las
monjas alemanas del Santa Úrsula, ni con las norteamericanas del Villa María, sino con las españolas de la
Reparación, pero eso nos tenía sin cuidado, así como que su padre fuera un empleadito que iba a trabajar en
ómnibus o que su casa tuviera un solo piso y geranios en lugar de rosas. Lo que contaba entonces era su tez
capulí, sus ojos verdes, su melena castaña, su manera de correr, de reír, de saltar y sus invencibles piernas,
siempre descubiertas y doradas y que con el tiempo serían legendarias.
         Roberto iba sólo a verla jugar, pues ni los mozos que venían de otros barrios de Miraflores y más tarde de
San Isidro y de Barranco lograban atraer su atención. Peluca Rodríguez se lanzó una vez de la rama más alta de
un ficus, Lucas de Tramontana vino en una reluciente moto que tenía ocho faros, el chancho Gómez le rompió la
nariz a un heladero que se atrevió a silbarnos, Armando Wolff estrenó varios ternos de lanilla y hasta se puso
corbata de mariposa. Pero no obtuvieron el menor favor de Queca. Queca no le hacía caso a nadie, le gustaba
conversar con todos, correr, brincar, reír, jugar al vóleibol y dejar al anochecer a esa banda de adolescentes
sumidos en profundas tristezas sexuales que sólo la mano caritativa, entre las sábanas blancas, consolaba.
         Fue una fatídica bola la que alguien arrojó esa tarde y que Queca no llegó a alcanzar y que rodó hacia la
banca donde Roberto, solitario, observaba. ¡Era la ocasión que esperaba desde hacía tanto tiempo! De un salto
aterrizó en el césped, gateó entre los macizos de flores, saltó el seto de granadilla, metió los pies en una acequia
y atrapó la pelota que estaba a punto de terminar en las ruedas de un auto. Pero cuando se la alcanzaba, Queca,
que estiraba ya las manos, pareció cambiar de lente, observar algo que nunca había mirado, un ser retaco,
oscuro, bembudo y de pelo ensortijado, algo que tampoco le era desconocido, que había tal vez visto como veía
todos los días las bancas o los ficus, y entonces se apartó aterrorizada.
         Roberto no olvidó nunca la frase que pronunció Queca al alejarse a la carrera: “Yo no juego con zambos”.
Estas cinco palabras decidieron su vida.
         Todo hombre que sufre se vuelve observador y Roberto siguió yendo a la plaza en los años siguientes, pero
su mirada había perdido toda inocencia. Ya no era el reflejo del mundo sino el órgano vigilante que cala, elige,
califica.
         Queca había ido creciendo, sus carreras se hicieron más moderadas, sus faldas se alargaron, sus saltos
perdieron en impudicia y su trato con la pandilla se volvió más distante y selectivo. Todo eso lo notamos
nosotros, pero Roberto vio algo más: que Queca tendía a descartar de su atención a los más trigueños, a través
de sucesivas comparaciones, hasta que no se fijó más que en Chalo Sander, el chico de la banda que tenía el pelo
más claro, el cutis sonrosado y que estudiaba además en un colegio de curas norteamericanos. Cuando sus
piernas estuvieron más triunfales y torneadas que nunca ya sólo hablaba con Chalo Sander y la primera vez que
se fue con él de la mano hasta el malecón comprendimos que nuestra deidad había dejado de pertenecernos y
que ya no nos quedaba otro recurso que ser como el coro de la tragedia griega, presente y visible, pero alejado
irremisiblemente de los dioses.
         Desdeñados, despechados, nos reuníamos después de los juegos en una esquina, donde fumábamos
nuestros primeros cigarrillos, nos acariciábamos con arrogancia el bozo incipiente y comentábamos lo
irremediable. A veces entrábamos a la pulpería del chino Manuel y nos tomábamos una cerveza. Roberto nos
seguía como una sombra, desde el umbral nos escrutaba con su mirada, sin perder nada de nuestro parloteo, le
decíamos a veces hola zambo, tómate un trago y él siempre no, gracias, será para otra ocasión, pero a pesar de
estar lejos y de sonreír sabíamos que compartía a su manera nuestro abandono.
         Y fue Chalo Sander naturalmente quien llevó a Queca a la fiesta de promoción cuando terminó el colegio.
Desde temprano nos dimos cita en la pulpería, bebimos un poco más de la cuenta, urdimos planes insensatos, se
habló de un rapto, de un cargamontón. Pero todo se fue en palabras. A las ocho de la noche estábamos frente al
ranchito de los geranios, resignados a ser testigos de nuestra destitución. Chalo llegó en el carro de su papá, con
un elegante smoking  blanco y salió al poco rato acompañado de una Queca de vestido largo y peinado alto, en la
que apenas reconocimos a la compañera de nuestros juegos. Queca ni nos miró, sonreía apretando en sus manos
una carterita de raso. Visión fugaz, la última, pues ya nada sería como antes, moría en ese momento toda ilusión
y por ello mismo no olvidaríamos nunca esa imagen, que clausuró para siempre una etapa de nuestra juventud.

         Casi todos desertaron la plaza, unos porque preparaban el ingreso a la universidad, otros porque se fueron
a otros barrios en busca de una imposible réplica de Queca. Sólo Roberto, que ya trabajaba como repartidor de
una pastelería, recalaba al anochecer en la plaza, donde otros niños y niñas cogían el relevo de la pandilla
anterior y repetían nuestros juegos con el candor de quien cree haberlos inventado. En su banca solitaria
registraba distraídamente el trajín, pero de reojo, seguía mirando hacia la casa de Queca. Así pudo comprobar
antes que nadie que Chalo había sido sólo un episodio en la vida de Queca, una especie de ensayo general que la
preparó para la llegada del original, del cual Chalo había sido la copia: Billy Mulligan, hijo de un funcionario del
consulado de Estados Unidos.
         Billy era pecoso, pelirrojo, usaba camisas floreadas, tenía los pies enormes, reía con estridencia, el sol en
lugar de dorarlo lo despellejaba, pero venía a ver a Queca en su carro y no en el de su papá. No se sabe dónde lo
conoció Queca ni cómo vino a parar allí, pero cada vez se le fue viendo más, hasta que sólo se le vio a él, sus
raquetas de tenis, sus anteojos ahumados, sus cámaras de fotos, a medida que la figura de Chalo se fue
opacando, empequeñeciendo y espaciando y terminó por desaparecer. Del grupo al tipo y del tipo al individuo,
Queca había al fin empuñado su carta. Sólo Mulligan sería quien la llevaría al altar, con todas las de la ley, como
sucedió después y tendría derecho a acariciar esos muslos con los que tanto, durante años, tan inútilmente
soñamos.

         Las decepciones, en general, nadie las aguanta, se echan al saco del olvido, se tergiversan sus causas, se
convierten en motivo de irrisión y hasta en tema de composición literaria. Así el chancho Gómez se fue a estudiar
a Londres, Peluca Rodríguez escribió un soneto realmente cojudo, Armando Wolff concluyó que Queca era una
huachafa y Lucas de Tramontana se jactaba mentirosamente de habérsela pachamanqueado varias veces en el
malecón. Fue sólo Roberto el que sacó de todo esto una enseñanza veraz y tajante: o Mulligan o nada. ¿De qué le
valía ser un blanquito más si había tantos blanquitos fanfarrones, desesperados, indolentes y vencidos? Había un
estado superior, habitado por seres que planeaban sin macularse sobre la ciudad gris y a quienes se cedía sin
peleas los mejores frutos de la tierra. El problema estaba en cómo llegar a ser un Mulligan siendo un zambo. Pero
el sufrimiento aguza también el ingenio, cuando no mata, y Roberto se había librado a un largo escrutinio y
trazado un plan de acción.
         Antes que nada había que deszambarse. El asunto del pelo no le fue muy difícil: se lo tiñó con agua
oxigenada y se lo hizo planchar. Para el color de la piel ensayó almidón, polvo de arroz y talco de botica hasta
lograr el componente ideal. Pero un zambo teñido y empolvado sigue siendo un zambo. Le faltaba saber cómo se
vestían, qué decían, cómo caminaban, lo que pensaban, quiénes eran en definitiva los gringos.
         Lo vimos entonces merodear, en sus horas libres, por lugares aparentemente incoherentes, pero que tenían
algo en común: los frecuentaban los gringos. Unos lo vieron parado en la puerta del Country Club, otros a la
salida del colegio Santa María, Lucas de Tramontana juraba haber distinguido su cara tras el seto del campo de
golf, alguien le sorprendió en el aeropuerto tratando de cargarle la maleta a un turista, no faltaron quienes lo
encontraron deambulando por los pasillos de la embajada norteamericana.
         Esta etapa de su plan le fue preciosa. Por lo pronto confirmó que los gringos se distinguían por una manera
especial de vestir que él calificó, a su manera, de deportiva, confortable y poco convencional. Fue por ello uno de
los primeros en descubrir las ventajas del  blue-jeans, el aire vaquero y varonil de las anchas correas de cuero
rematadas por gruesas hebillas, la comodidad de los zapatos de lona blanca y suela de jebe, el encanto colegial
que daban las gorritas de lona con visera, la frescura de las camisas de manga corta a flores o anchas rayas
verticales, la variedad de casacas de nylon cerradas sobre el pecho con una cremallera o el sello pandillero,
provocativo y despreocupado que se desprendía de las camisetas blancas con el emblema de una universidad
norteamericana.
         Todas estas prendas no se vendían en ningún almacén, había que encargarlas a Estados Unidos, lo que
estaba fuera de su alcance. Pero a fuerza de indagar descubrió los remates domésticos. Había familias de gringos
que debían regresar a su país y vendían todo lo que tenían, previo anuncio en los periódicos. Roberto se
constituyó antes que nadie en esas casas y logró así hacerse de un guardarropa en el que invirtió todo el fruto de
su trabajo y de sus privaciones.
         Pelo planchado y teñido,  blue-jeans  y camisa vistosa, Roberto estaba ya a punto de convertirse en Boby.

         Todo esto le trajo problemas. En el callejón, decía su madre cuando venía a casa, le habían quitado el saludo
al pretencioso. Cuando más le hacían bromas o lo silbaban como a un marica. Jamás daba un centavo para la
comida, se pasaba horas ante el espejo, todo se lo gastaba en trapos. Su padre, añadía la negra, podía haber sido
un blanco roñoso que se esfumó como Fumanchú al año de conocerla, pero no tenía vergüenza de salir con ella ni
de ser pilotín de barco.
         Entre nosotros, el primero en ficharlo fue Peluca Rodríguez, quien había encargado un  blue-jeans  a
un  purser  de la Braniff. Cuando le llegó se lo puso para lucirlo, salió a la plaza y se encontró de sopetón con
Roberto que llevaba uno igual. Durante días no hizo sino maldecir al zambo, dijo que le había malogrado la
película, que seguramente lo había estado espiando para copiarlo, ya había notado que compraba cigarrillos
Lucky y que se peinaba con un mechón sobre la frente.
         Pero lo peor fue en su trabajo. Cahuide Morales, el dueño de la pastelería, era un mestizo huatón, ceñudo y
regionalista, que adoraba los chicharrones y los valses criollos y se había rajado el alma durante veinte años para
montar ese negocio. Nada lo reventaba más que no ser lo que uno era. Cholo o blanco era lo de menos, lo
importante era la mosca, el  agua, el molido, conocía miles de palabras para designar la plata. Cuando vio que su
empleado se había teñido el pelo aguantó una arruga más en la frente, al notar que se empolvaba se tragó un
carajo que estuvo a punto de indigestarlo, pero cuando vino a trabajar disfrazado de gringo le salió la mezcla de
papá, de policía, de machote y de curaca que había en él y lo llevó del pescuezo a la trastienda: la pastelería
Morales Hermanos era una firma seria, había que aceptar las normas de la casa, ya había pasado por alto lo del
maquillaje, pero si no venía con mameluco como los demás repartidores lo iba a sacar de allí de una patada en el
culo. Roberto estaba demasiado embalado para dar marcha atrás y prefirió la patada.

         Fueron interminables días de tristeza, mientras buscaba otro trabajo. Su ambición era entrar a la casa de un
gringo como mayordomo, jardinero, chofer o lo que fuese. Pero las puertas se le cerraban una tras otra. Algo
había descuidado en su estrategia y era el aprendizaje del inglés. Como no tenía recursos para entrar a una
academia de lenguas se consiguió un diccionario, que empezó a copiar aplicadamente en un cuaderno. Cuando
llegó a la letra C tiró el arpa, pues ese conocimiento puramente visual del inglés no lo llevaba a ninguna parte.
Pero allí estaba el cine, una escuela que además de enseñar divertía.
         En la cazuela de los cines de estreno pasó tardes íntegras viendo en idioma original westerns y policiales.
Las historias le importaban un comino, estaba sólo atento a la manera de hablar de los personajes. Las palabras
que lograba entender las apuntaba y las repetía hasta grabárselas para siempre. A fuerza de rever los films
aprendió frases enteras y hasta discursos. Frente al espejo de su cuarto era tan pronto el vaquero romántico
haciéndole una irresistible declaración de amor a la bailarina del bar, como el gánster feroz que pronunciaba
sentencias lapidarias mientras cosía a tiros a su adversario. El cine además alimentó en él ciertos equívocos que
lo colmaron de ilusión. Así creyó descubrir que tenía un ligero parecido con Alan Ladd, que en
un  western  aparecía en  blue-jeans  y chaqueta a cuadros rojos y negros. En realidad sólo tenía en común la
estatura y el mechón de pelo amarillo que se dejaba caer sobre la frente. Pero vestido igual que el actor se vio
diez veces seguidas la película y al término de ésta se quedaba parado en la puerta, esperando que salieran los
espectadores y se dijeran, pero mira, qué curioso, ese tipo se parece a Alan Ladd. Cosa que nadie dijo,
naturalmente, pues la primera vez que lo vimos en esa pose nos reímos de él en sus narices.

         Su madre nos contó un día que al fin Roberto había encontrado un trabajo, no en casa de un gringo como
quería, pero tal vez algo mejor, en el club de Bowling de Miraflores. Servía en el bar de cinco de la tarde a doce de
la noche. Las pocas veces que fuimos allí lo vimos reluciente y diligente. A los indígenas los atendía de una
manera neutra y francamente impecable, pero con los gringos era untuoso y servil. Bastaba que entrara uno para
que ya estuviera a su lado, tomando nota de su pedido y segundos más tarde el cliente tenía delante su hot-
dog  y su coca-cola. Se animaba además a lanzar palabras en inglés y como era respondido en la misma lengua fue
incrementando su vocabulario. Pronto contó con un buen repertorio de expresiones, que le permitieron
granjearse la simpatía de los gringos, felices de ver un criollo que los comprendiera. Como Roberto era muy difícil
de pronunciar, fueron ellos quienes decidieron llamarlo Boby.
         Y fue con el nombre de Boby López que pudo al fin matricularse en el Instituto Peruano-Norteamericano.
Quienes entonces lo vieron dicen que fue el clásico chancón, el que nunca perdió una clase, ni dejó de hacer una
tarea, ni se privó de interrogar al profesor sobre un punto oscuro de gramática. Aparte de los blancones que por
razones profesionales seguían cursos allí, conoció a otros López, que desde otros horizontes y otros barrios, sin
que hubiera mediado ningún acuerdo, alimentaban sus mismos sueños y llevaban vidas convergentes a la suya.
Se hizo amigo especialmente de José María Cabanillas, hijo de un sastre de Surquillo. Cabanillas tenía la misma
ciega admiración por los gringos y hacía años que había empezado a estrangular al zambo que había en él con
resultados realmente vistosos. Tenía además la ventaja de ser más alto, menos oscuro que Boby y de parecerse
no a Alan Ladd, que después de todo era un actor segundón admirado por un grupito de niñas esnobs, sino al
indestructible John Wayne. Ambos formaron entonces una pareja inseparable. Aprobaron el año con las mejores
notas y mister Brown los puso como ejemplo al resto de los alumnos, hablando de “un franco deseo de
superación”.
         La pareja debía tener largas, amenísimas conversaciones. Se les veía siempre culoncitos, embutidos en
sus blue-jeans desteñidos, yendo de aquí para allá y hablando entre ellos en inglés. Pero también es cierto que la
ciudad no los tragaba, desarreglaban todas las cosas, ni parientes ni conocidos los podían pasar. Por ello
alquilaron un cuarto en un edificio del jirón Mogollón y se fueron a vivir juntos. Allí edificaron un reducto
inviolable, que les permitió interpolar lo extranjero en lo nativo y sentirse en un barrio californiano en esa ciudad
brumosa. Cada cual contribuyó con lo que pudo, Boby con sus afiches y sus pósters y José María, que era
aficionado a la música, con sus discos de Frank Sinatra, Dean Martin y Tomy Dorsey. ¡Qué gringos eran mientras
recostados en el sofá-cama, fumando su Lucky, escuchaban  The strangers in the night  y miraban pegado al muro
el puente sobre el río Hudson! Un esfuerzo más y ¡hop! ya estaban caminando sobre el puente.
         Para nosotros incluso era difícil viajar a Estados Unidos. Había que tener una beca o parientes allá o mucho
dinero. Ni López ni Cabanillas estaban en ese caso. No vieron entonces otra salida que el salto de pulga, como ya
lo practicaban otros blanquiñosos, gracias al trabajo de purser en una compañía de aviación. Todos los años
convocaban a concurso y ambos se presentaron. Sabían más inglés que nadie, les encantaba servir, eran
sacrificados e infatigables, pero nadie los conocía, no tenían recomendación y era evidente, para los calificadores,
que se trataba de mulatos talqueados. Fueron desaprobados.

         Dicen que Boby lloró y se mesó desesperadamente el cabello y que Cabanillas tentó un suicidio por salto al
vacío desde un modesto segundo piso. En su refugio de Mogollón pasaron los días más sombríos de su vida, la
ciudad que los albergaba terminó por convertirse en un trapo sucio a fuerza de cubrirla de insultos y reproches.
Pero el ánimo les volvió y nuevos planes surgieron. Puesto que nadie quería ver aquí con ellos, había que irse
como fuese. Y no quedaba otra vía que la del inmigrante disfrazado de turista.
         Fue un año de duro trabajo en el cual fue necesario privarse de todo a fin de ahorrar para el pasaje y formar
una bolsa común que les permitiera defenderse en el extranjero. Así ambos pudieron al fin hacer maletas y
abandonar para siempre esa ciudad odiada, en la cual tanto habían sufrido y a la que no querían regresar así no
quedara piedra sobre piedra.
         Todo lo que viene después es previsible y no hace falta mucha imaginación para completar esta parábola. En
el barrio dispusimos de informaciones directas: cartas de Boby a su mamá, noticias de viajeros y al final relato de
un testigo.
         Por lo pronto Boby y José María se gastaron en un mes lo que pensaban les duraría un semestre. Se dieron
cuenta además que en Nueva York se habían dado cita todos los López y Cabanillas del mundo, asiáticos, árabes,
aztecas, africanos, ibéricos, mayas, chibchas, sicilianos, caribeños, musulmanes, quechuas, polinesios,
esquimales, ejemplares de toda procedencia, lengua, raza y pigmentación y que tenían sólo en común el querer
vivir como un yanqui, después de haberle cedido su alma y haber intentado usurpar su apariencia. La ciudad los
toleraba unos meses, complacientemente, mientras absorbía sus dólares ahorrados. Luego, como por un tubo,
los dirigía hacia el mecanismo de la expulsión.
         A duras penas obtuvieron ambos una prórroga de sus visas, mientras trataban de encontrar un trabajo
estable que les permitiera quedarse, al par que las Quecas del lugar, y eran tantas, les pasaban por las narices, sin
concederles ni siquiera la atención ofuscada que nos despierta una cucaracha. La ropa se les gastó, la música de
Frank Sinatra les llegaba al huevo, la sola idea de tener por todo alimento que comerse un hot-dog, que en Lima
era una gloria, les daba náuseas. Del hotel barato pasaron al albergue católico y luego a la banca del parque
público. Pronto conocieron esa cosa blanca que caía del cielo, que los despintaba y que los hacía patinar como
idiotas en veredas heladas y que era, por el color, una perfidia racista de la naturaleza.
         Sólo había una solución. A miles de kilómetros de distancia, en un país llamado Corea, rubios
estadounidenses combatían contra unos horribles asiáticos. Estaba en juego la libertad de Occidente decían los
diarios y lo repetían los hombres de Estado en la televisión. ¡Pero era tan penoso enviar a los boys a ese lugar!
Morían como ratas, dejando a pálidas madres desconsoladas en pequeñas granjas donde había un cuarto en el
altillo lleno de viejos juguetes. El que quisiera ir a pelear un año allí tenía todo garantizado a su regreso:
nacionalidad, trabajo, seguro social, integración, medallas. Por todo sitio existían centros de reclutamiento. A
cada voluntario, el país le abría su corazón.
         Boby y José María se inscribieron para no ser expulsados. Y después de tres meses de entrenamiento en un
cuartel partieron en un avión enorme. La vida era una aventura maravillosa, el viaje fue inolvidable. Habiendo
nacido en un país mediocre, misérrimo y melancólico, haber conocido la ciudad más agitada del mundo, con
miles de privaciones, es verdad, pero ya eso había quedado atrás, ahora llevaban un uniforme verde, volaban
sobre planicies, mares y nevados, empuñaban armas devastadoras y se aproximaban, jóvenes aún colmados de
promesas, al reino de lo ignoto.

         La lavandera María tiene cantidades de tarjetas postales con templos, mercados y calles exóticas, escritas
con una letra muy pequeña y aplicada. ¿Dónde quedará Seúl? Hay muchos anuncios y cabarets. Luego cartas del
frente, que nos enseñó cuando le vino el primer ataque y dejó de trabajar unos días. Gracias a estos documentos
pudimos reconstruir bien que mal lo que pasó. Progresivamente, a través de sucesivos tanteos, Boby fue
aproximándose a la cita que había concertado desde que vino al mundo. Había que llegar a un paralelo y hacer
frente a oleadas de soldados amarillos que bajaban del polo como cancha. Para eso estaban los voluntarios, los
indómitos vigías de Occidente.
         José María se salvó por milagro y enseñaba con orgullo el muñón de su brazo derecho cuando regresó a
Lima, meses después. Su patrulla había sido enviada a reconocer un arrozal, donde se suponía que había
emboscada una avanzadilla coreana. Boby no sufrió, dijo José María, la primera ráfaga le voló el casco y su
cabeza fue a caer en una acequia, con todo el pelo pintado revuelto hacia abajo. Él sólo perdió un brazo, pero
estaba allí vivo, contando estas historias, bebiendo su cerveza helada, desempolvado ya y zambo como nunca,
viviendo holgadamente de lo que le costó ser un mutilado.
         La mamá de Roberto había sufrido entonces su segundo ataque, que la borró del mundo. No pudo leer así la
carta oficial en la que le decían que Bob López había muerto en acción de armas y tenía derecho a una citación
honorífica y a una prima para su familia. Nadie la pudo cobrar.
COLOFÓN
         ¿Y Queca? Si Bob hubiera conocido su historia tal vez su vida habría cambiado o tal vez no, eso nadie lo sabe.
Billy Mulligan la llevó a su país, como estaba convenido, a un pueblo de Kentucky donde su padre había montado
un negocio de carne de cerdo enlatada. Pasaron unos meses de infinita felicidad, en esa linda casa con amplia
calzada, verja, jardín y todos los aparatos eléctricos inventados por la industria humana, una casa en suma como
las que había en cien mil pueblos de ese país-continente. Hasta que a Billy le fue saliendo el irlandés que
disimulaba su educación puritana, al mismo tiempo que los ojos de Queca se agrandaron y adquirieron una
tristeza limeña. Billy fue llegando cada vez más tarde, se aficionó a las máquinas tragamonedas y a las carreras de
auto, sus pies le crecieron más y se llenaron de callos, le salió un lunar maligno en el pescuezo, los sábados se
inflaba de bourbon en el club Amigos de Kentucky, se enredó con una empleada de la fábrica, chocó dos veces el
carro, su mirada se volvió fija y aguachenta y terminó por darle de puñetazos a su mujer, a la linda, inolvidable
Queca, en las madrugadas de los domingos, mientras sonreía estúpidamente y la llamaba chola de mierda.
Julio Ramón Ribeyro (La palabra del mudo)

LA MUÑECA NEGRA
De puntillas, de puntillas, para no despertar a Piedad, entran en el cuarto de
dormir el padre y la madre. Vienen riéndose, como dos muchachones. Vienen
de la mano, como dos muchachos. El padre viene detrás, como si fuera a
tropezar con todo. La madre no tropieza; porque conoce el camino. ¡Trabaja
mucho el padre, para comprar todo lo de la casa, y no puede ver a su hija
cuando quiere! A veces, allá en el trabajo, se ríe solo, o se pone de repente
como triste, o se le ve en la cara como una luz: y es que está pensando en su
hija: se le cae la pluma de la mano cuando piensa así, pero enseguida empieza a
escribir, y escribe tan de prisa, tan de prisa, que es como si la pluma fuera
volando. Y le hace muchos rasgos a la letra, y las oes le salen grandes como un
sol, y las ges largas como un sable, y las eles están debajo de la línea, como si se
fueran a clavar en el papel, y las eses caen al fin de la palabra, como una hoja de palma; ¡tiene que ver lo que
escribe el padre cuando ha pensado mucho en la niña! El dice que siempre que le llega por la ventana el olor de
las flores del jardín, piensa en ella. O a veces, cuando está trabajando cosas de números, o poniendo un libro
sueco en español, la ve venir, venir despacio, como en una nube, y se le sienta al lado, le quita la pluma, para que
repose un poco, le da un beso en la frente, le tira de la barba rubia, le esconde el tintero: es sueño no más, no
más que sueño, como esos que se tienen sin dormir, en que ve uno vestidos muy bonitos, o un caballo vivo de
cola muy larga, o un cochecito con cuatro chivos blancos, o una sortija con la piedra azul: sueño es no más, pero
dice el padre que es como si lo hubiera visto, y que después tiene más fuerza y escribe mejor. Y la niña se va, se va
despacio por el aire, que parece de luz todo : se va como una nube. Hoy el padre no trabajó mucho, porque tuvo
que ir a una tienda: ¿a qué iría el padre a una tienda?: y dicen que por la puerta de atrás entró una caja grande:
¿qué vendrá en la caja?: ¡a saber lo que vendrá!: mañana hace ocho años que nació Piedad. La criada fue al jardín,
y se pinchó el dedo por cierto, por querer coger, para un ramo que hizo, una flor muy hermosa. La madre a todo
dice que sí, y se puso el vestido nuevo, y le abrió la jaula al canario. El cocinero está haciendo un pastel, y
recortando en figura de flores los nabos y las zanahorias, y le devolvió a la lavandera el gorro, porque tenía una
mancha que no se veía apenas, pero, «¡hoy, hoy, señora lavandera, el gorro ha de estar sin mancha!» Piedad no
sabía, no sabía. Ella sí vio que la casa estaba como el primer día de sol, cuando se va ya la nieve, y les salen las
hojas a los árboles. Todos sus juguetes se los dieron aquella noche, todos. Y el padre llegó muy temprano del
trabajo, a tiempo de ver a su hija dormida. La madre lo abrazó cuando lo vio entrar: ¡y lo abrazó de veras!
Mañana cumple Piedad ocho años. El cuarto está a media luz, una luz como la de las estrellas, que viene de la
lámpara de velar, con su bombillo de color de ópalo. Pero se ve, hundida en la almohada, la cabecita rubia. Por la
ventana entra la brisa, y parece que juegan, las mariposas que no se ven, con el cabello dorado. Le da en el
cabello la luz. Y la madre y el padre vienen andando, de puntillas. ¡Al suelo, el tocador de jugar! ¡Este padre ciego,
que tropieza con todo! Pero la niña no se ha despertado. La luz le da en la mano ahora; parece una rosa la mano.
A la cama no se puede llegar; porque están alrededor todos los juguetes, en mesas y sillas En una silla está el baúl
que le mandó en pascuas la abuela, lleno de almendras y de mazapanes: boca abajo está el baúl, como si lo
hubieran sacudido, a ver si caía alguna almendra de un rincón, o si andaban escondidas por la cerradura algunas
migajas de mazapán; ¡eso es, de seguro, que las muñecas tenían hambre! En otra silla está la loza, mucha loza y
muy fina, y en cada plato una fruta pintada: un plato tiene una cereza, y otro un higo, y otro una uva: da en el
plato ahora la luz, en el plato del higo, y se ven como chispas de estrella: ¿cómo habrá venido esta estrella a los
platos?: «¡Es azúcar!» dice el pícaro padre: «¡Eso es, de seguro!»: dice la madre, «eso es que estuvieron las
muñecas golosas comiéndose el azúcar.» El costurero está en otra silla, y muy abierto, como de quien ha
trabajado de verdad; el dedal está machucado ¡de tanto coser!: cortó la modista mucho, porque del calicó que le
dio la madre no queda más que un redondel con el borde de picos, y el suelo está por allí lleno de recortes, que le
salieron mal a la modista, y allí está la chambra empezada a coser, con la aguja clavada, junto a una gota de
sangre. Pero la sala, y el gran juego, está en el velador, al lado de la cama. El rincón, allá contra la pared, es el
cuarto de dormir de las muñequitas de loza, con su cama de la madre, de colcha de flores, y al lado una muñeca
de traje rosado, en una silla roja: el tocador está entre la cama y la cuna, con su muñequita de trapo, tapada
hasta la nariz, y el mosquitero encima: la mesa del tocador es una cajita de cartón castaño, y el espejo es de los
buenos, de los que vende la señora pobre de la dulcería, a dos por un centavo. La sala está en lo de delante del
velador, y tiene en medio una mesa, con el pie hecho de un carretel de hilo, y lo de arriba de una concha de nácar,
con una jarra mexicana en medio, de las que traen los muñecos aguadores de México: y alrededor unos papelitos
doblados, que son los libros. El piano es de madera, con las teclas pintadas; y no tiene banqueta de tomillo, que
eso es poco lujo, sino una de espaldar, hecha de la caja de una sortija, con lo de abajo forrado de azul; y la tapa
cosida por un lado, para la espalda, y forrada de rosa; y encima un encaje. Hay visitas, por supuesto, y son de pelo
de veras, con ropones de seda lila de cuartos blancos, y zapatos dorados: y se sientan sin doblarse, con los pies en
el asiento: y la señora mayor, la que trae gorra color de oro, y está en el sofá, tiene su levantapiés, porque del
sofá se resbala; y el levantapiés es una cajita de paja japonesa, puesta boca abajo: en un sillón blanco están
sentadas juntas, con los brazos muy tiesos, dos hermanas de loza. Hay un cuadro en la sala, que tiene detrás,
para que no se caiga, un pomo de olor: y es una niña de sombrero colorado, que trae en los brazos un cordero. En
el pilar de la cama, del lado del velador, está una medalla de bronce, de una fiesta que hubo, con las cintas
francesas: en su gran moña de los tres colores está adornando la sala el medallón, con el retrato de un francés
muy hermoso, que vino de Francia a pelear porque los hombres fueran libres, y otro retrato del que inventó el
pararrayos, con la cara de abuelo que tenla cuando pasó el mar para pedir a los reyes de Europa que lo ayudaran
a hacer libre su tierra: ésa es la sala, y el gran juego de Piedad. Y en la almohada, durmiendo en su brazo, y con la
boca desteñida de los besos, está su muñeca negra. Los pájaros del jardín la despertaron por la mañanita. Parece
que se saludan los pájaros, y la convidan a volar. Un pájaro llama, y otro pájaro responde. En la casa hay algo,
porque los pájaros se ponen así cuando el cocinero anda por la cocina saliendo y entrando, con el delantal
volándole por las piernas, y la olla de plata en las dos manos, oliendo a leche quemada y a vino dulce. En la casa
hay algo: porque si no, ¿para qué está ahí, al pie de la cama, su vestidito nuevo, el vestidito color de perla, y la
cinta lila que compraron ayer, y las medias de encaje? «Yo te digo, Leonor, que aquí pasa algo. Dímelo tú, Leonor,
tú que estuviste ayer en el cuarto de mamá, cuando yo fui a paseo. ¡Mamá mala, que no te dejó ir conmigo,
porque dice que te he puesto muy fea con tantos besos, y que no tienes pelo, porque te he peinado mucho! La
verdad, Leonor: tú no tienes mucho pelo; pero yo te quiero así, sin pelo, Leonor: tus ojos son los que quiero yo,
porque con los ojos me dices que me quieres: te quiero mucho, porque no te quieren: ¡a ver! ¡sentada aquí en mis
rodillas, que te quiero peinar!: las niñas buenas se peinan en cuanto se levantan: ¡a ver, los zapatos, que ese lazo
no está bien hecho!: y los dientes: déjame ver los dientes: las uñas: ¡Leonor, esas uñas no están limpias! Vamos,
Leonor, dime la verdad: oye, oye a los pájaros que parece que tienen baile: dime, Leonor, ¿qué pasa en esta
casa?» Y a Piedad se le cayó el peine de la mano, cuando le tenía ya una trenza hecha a Leonor; y la otra estaba
toda alborotada. Lo que pasaba, allí lo veía ella. Por la puerta venía la procesión. La primera era la criada, con el
delantal de rizos de los días de fiesta, y la cofia de servir la mesa en los días de visita: traía el chocolate, el
chocolate con crema, lo mismo que el día de año nuevo, y los panes dulces en una cesta de plata: luego venía la
madre, con un ramo de flores blancas y azules: ¡ni una flor colorada en el ramo, ni una flor amarilla!: y luego venía
la lavandera, con el gorro blanco que el cocinero no se quiso poner, y un estandarte que el cocinero le hizo, con
un diario y un bastón: y decía en el estandarte, debajo de una corona de pensamientos: «¡Hoy cumple Piedad
ocho años!» Y la besaron, y la vistieron con el traje color de perla, y la llevaron, con el estandarte detrás, a la sala
de los libros de su padre, que tenía muy peinada su barba rubia, como si se la hubieran peinado muy despacio, y
redondéandole las puntas, y poniendo cada hebra en su lugar. A cada momento se asomaba a la puerta, a ver si
Piedad venía: escribía, y se ponía a silbar: abría un libro, y se quedaba mirando a un retrato, a un retrato que
tenía siempre en su mesa, y era como Piedad, una Piedad de vestido largo. Y cuando oyó ruido de pasos, y un
vocerrón que venía tocando música en un cucurucho de papel, ¿quién sabe lo que sacó de una caja grande?: y se
fue a la puerta con una mano en la espalda: y con el otro brazo cargó a su hija. Luego dijo que sintió como que en
el pecho se le abría una flor, y como que se le encendía en la cabeza un palacio, con colgaduras azules de flecos de
oro, y mucha gente con alas: luego dijo todo eso, pero entonces, nada se le oyó decir. Hasta que Piedad dio un
salto en sus brazos, y se le quiso subir por el hombro, porque en un espejo había visto lo que llevaba en la otra
mano el padre. «¡Es como el sol el pelo, mamá, lo mismo que el sol! ¡ya la vi, ya la vi, tiene el vestido rosado! ¡dile
que me la dé, mamá: si es de peto verde, de peto de terciopelo! ¡como las mías son las medias, de encaje como las
mías!» Y el padre se sentó con ella en el sillón, y le puso en los brazos la muñeca de seda y porcelana. Echó a
correr Piedad, como si buscase a alguien. «¿Y yo me quedo hoy en casa por mi niña», le dijo su padre, «y mi niña
me deja solo? «Ella escondió la cabecita en el pecho de su padre bueno. Y en mucho, mucho tiempo, no la
levantó, aunque ¡de veras! le picaba la barba. Hubo paseo por el jardín, y almuerzo con un vino de espuma debajo
de la parra, y el padre estaba muy conversador, cogiéndole a cada momento la mano a su mamá, y la madre
estaba como más alta, y hablaba poco, y era como música todo lo que hablaba. Piedad le llevó al cocinero una
dalia roja, y se la prendió en el pecho del delantal: y a la lavandera le hizo una corona de claveles: y a la criada le
llenó los bolsillos de flores de naranjo, y le puso en el pelo una flor, con sus dos hojas verdes. Y luego, con mucho
cuidado, hizo un ramo de nomeolvides. «¿Para quién es ese ramo, Piedad?» «No sé, no sé para quién es: ¡quién
sabe si es para alguien!» Y lo puso a la orilla de la acequia, donde corría como un cristal el agua. Un secreto le dijo
a su madre, y luego le dijo: «¡Déjame ir!» Pero le dijo «caprichosa» su madre: «¿y tu muñeca de seda, no te gusta?
mírale la cara, que es muy linda: y no le has visto los ojos azules». Piedad sí se los había visto; y la tuvo sentada en
la mesa después de comer, mirándola sin reírse; y la estuvo enseñando a andar en el jardín. Los ojos era lo que le
miraba ella: y le tocaba en el lado del corazón: «¡Pero, muñeca, háblame, háblame!» Y la muñeca de seda no le
hablaba. «¿Conque no te ha gustado la muñeca que te compré, con sus medias de encaje y su cara de porcelana y
su pelo fino?» «Sí, mi papá, sí me ha gustado mucho. Vamos, señora muñeca, vamos a pasear. Usted querrá
coches, y lacayos, y querrá dulce de castañas, señora muñeca. Vamos, vamos a pasear.» Pero en cuanto estuvo
Piedad donde no la veían, dejó a la muñeca en un tronco, de cara contra el árbol. Y se sentó sola, a pensar, sin
levantar la cabeza, con la cara entre las dos manecitas. De pronto echó a correr, de miedo de que se hubiese
llevado el agua el ramo de nomeolvides. -«Pero, criada, llévame pronto!»-«¿Piedad, qué es eso de criada? ¡Tú
nunca le dices criada así, como para ofenderla!»-«No, mamá, no: es que tengo mucho sueño: estoy muerta de
sueño. Mira: me parece que es un monte la barba de papá: y el pastel de la mesa me da vueltas, vueltas
alrededor, y se están riendo de mí las banderitas: y me parece que están bailando en el aire las flores de
zanahoria: estoy muerta de sueño: ¡adiós, mi madre!: mañana me levanto muy tempranito: tú, papá, me
despiertas antes de salir: yo te quiero ver siempre antes de que te vayas a trabajar: ¡oh, las zanahorias! ¡estoy
muerta de sueño! ¡Ay, mamá, no me mates el ramo! ¡mira, ya me mataste mi flor!»-«¿Conque se enoja mi hija
porque le doy un abrazo?»-«¡Pégame, mi mamá! ¡papá, pégame tú! es que tengo mucho sueño.» Y Piedad salió de
la sala de los libros, con la criada que le llevaba la muñeca de seda. «¡Qué de prisa va la niña, que se va a caer!
¿Quién espera a la niña?»-«¡Quién sabe quien me espera!» Y no habló con la criada: no le dijo que le contase el
cuento de la niña jorobadita que se volvió una flor: un juguete no más le pidió, y lo puso a los pies de la cama y le
acarició a la criada la mano, y se quedó dormida. Encendió la criada la lámpara de velar, con su bombillo de
ópalo: salió de puntillas: cerró la puerta con mucho cuidado. Y en cuanto estuvo cerrada la puerta, relucieron dos
ojitos en el borde de la sábana: se alzó de repente la cubierta rubia: de rodillas en la cama, le dio toda la luz a la
lámpara de velar: y se echó sobre el juguete que puso a los pies, sobre la muñeca negra. La besó, la abrazó, se la
apretó contra el corazón: «Ven, pobrecita: ven, que esos malos te dejaron aquí sola: tú no estás fea, no, aunque
no tengas más que una trenza: la fea es ésa, la que han traído hoy, la de los ojos que no hablan: dime, Leonor,
dime, ¿tú pensaste en mí?: mira el ramo que te traje, un ramo de nomeolvides, de los más lindos del jardín: ¡así,
en el pecho! ¡ésta es mi muñeca linda! ¿y no has llorado? ¡te dejaron tan sola! ¡no me mires así, porque voy a llorar
yo! ¡no, tú no tienes frío! ¡aquí conmigo, en mi almohada, verás como te calientas! ¡y me quitaron, para que no
me hiciera daño, el dulce que te traía! ¡así, así, bien arropadita! ¡a ver, mi beso, antes de dormirte! ¡ahora, la
lámpara baja! ¡y a dormir, abrazadas las dos! ¡te quiero, porque no te quieren!»
José Martí

ES QUE SOMOS MUY POBRES


Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos
enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje,
porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas
de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder, aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos
los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejabán, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba
aquella cebada amarilla tan recién cortada. Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce
años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se
la había llevado el río El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la
madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que
traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco
de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se
estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir,
porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo
igual hasta traerme otra vez el sueño. Cuando me levanté, la mañana
estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin
parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca.
Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta. A
la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y
estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al
entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era
ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les
llegara la corriente. Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe
desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo.
Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es
la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años. Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a
mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de
donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos
subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran
ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se
oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios
que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina la vaca esa que era de mi
hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra
colorada y muy bonitos ojos. No acabo de saber por qué se le ocurriría a La Serpentina pasar el río este, cuando
sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más
seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó
despertarla cuando le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con
los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen. Y aquí ha de haber
sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las
costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada
entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como
sólo Dios sabe cómo. Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al
becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada
pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los
cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él
estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.
Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los
ampare a los dos. La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi
hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde
que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de
piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes. Según mi papá, ellas se habían echado a perder
porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan
luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron
pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de
día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral,
revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima. Entonces mi papá las
corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio
carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan de pirujas. Por eso le entra la
mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir
que s e quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le
da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar
difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por
llevarse también aquella vaca tan bonita. La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo.
Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así
de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere. Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle
unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos
fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron
por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le
da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con
la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: "Que Dios las ampare a las
dos." Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va
como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus
hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención. -Sí -dice-, le llenará los ojos a
cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal. Ésa es la
mortificación de mi papá. Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a
mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren
chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella. Yo la abrazo tratando de consolarla, pero
ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río,
que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de
allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de
repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.
Juan Rulfo

EL COLLAR
Era una de esas bonitas y encantadoras muchachas que nacen, como por un error del destino, en una familia de
empleados. Sin dote, sin esperanzas, sin posibilidad alguna de ser conocida, comprendida, querida y casada con
un hombre rico y distinguido, dejó que la unieran en matrimonio con un modesto empleado del Ministerio de
Instrucción Pública.
Fue sencilla porque no podía engalanarse, pero desdichada como una persona venida a menos socialmente; pues
las mujeres no tienen ni casta ni raza, constituyendo para ellas la belleza, la gracia y el encanto su cuna y su
familia. Su innata finura, su instintiva elegancia, su rapidez mental son su única jerarquía, que iguala a las hijas del
pueblo con las más grandes damas.
Sufría sin cesar, porque se sentía nacida para todas las delicadezas y todos los lujos. Sufría por la pobreza de su
casa, lo mísero de sus paredes, lo desgastado de las sillas, la fealdad de las telas. Todas estas cosas, a las que otra
mujer de su condición no habría dado importancia, a ella la torturaban e
indignaban. El ver a la pequeña bretona que hacía las humildes t areas del
hogar despertaba en ella una triste añoranza y sueños locos. Soñaba con
antecámaras silenciosas, acolchadas con colgaduras orientales, iluminadas
por largos tederos de bronce, y con dos altos criados con calzón corto
dormidos en anchos sillones, amodorrados por el pesado calor del
calorífero. Pensaba en los grandes salones revestidos de seda antigua, en
los muebles de precio adornados con chucherías inestimables, y en los
saloncitos coquetos, perfumados, hechos para la conversación de cinco
horas con los amigos más íntimos, los hombres conocidos y solicitados, a los que todas las mujeres codician y
cuyas atenciones anhelan.
Cuando se sentaba para comer delante de la mesa redonda cubierta con un mantel que llevaba usándose tres
días, enfrente de su marido que destapaba la sopera declarando con aire encantado: «¡Ah, qué buen cocido! Para
mí no hay nada mejor…», pensaba en las comidas refinadas, en la platería reluciente, en los tapices que cubren
las paredes de antiguos personajes y pájaros exóticos en medio de un bosque de cuento de hadas; pensaba en los
platos exquisitos servidos en vajillas maravillosas, en las galanterías cuchicheadas y escuchadas con una sonrisa
de esfinge, mientras comía la carne sonrosada de una trucha o unas alas de pollita cebada.
No tenía ella galas femeninas, ni joyas, nada. Y eran las únicas cosas que le gustaban, aquellas para las que se
sentía nacida. Hubiera deseado tanto gustar, ser envidiada, ser seductora y solicitada.
Tenía una amiga rica, una compañera del internado de las monjas a la que no quería ir a ver más, de tanto como
sufría al volver a su casa. Y lloraba durante días enteros, de tristeza, de pesar, de desesperación y de
desconsuelo.
Ahora bien, una noche, regresó su marido con aire triunfante y trayendo en la mano un gran sobre.
—Toma —dijo—, es para ti.
Ella desgarró nerviosamente el papel y extrajo una carta impresa que decía así: «El ministro de Instrucción
Pública y la señora Georges Ramponneau tienen el honor de invitar al señor y a la señora Loisel a la velada que se
celebrará el lunes día 18 de enero en los salones del Ministerio».
En vez de sentirse feliz, como se figuraba su marido, tiró con despecho la invitación sobre la mesa murmurando:
—¿Qué quieres que haga con esto?
—Pero, querida, yo pensaba que te alegraría. ¡No sales nunca, y ésta es una oportunidad, una buena
oportunidad! No sabes lo que me ha costado conseguirla. Todo el mundo quería una invitación; son muy
solicitadas y no se dan muchas a los empleados. Verás a todo el mundo oficial.
Ella le miraba enfurruñada y declaró con impaciencia:
—¿Qué quieres que me ponga para ir allí?
Él no había pensado en ello; balbució:
—Pues el vestido que te pones para ir al teatro, me parece muy bonito.
Calló, asombrado y confuso, al ver que su mujer lloraba. Dos lagrimones rodaban lentamente de las comisuras de
sus ojos hacia las de la boca; balbució:
—¿Qué te pasa?
Pero, con un violento esfuerzo, ella se dominó y contestó con tono calmo, secándose sus húmedas mejillas:
—Nada. Sólo que no tengo ningún vestido que ponerme y, por consiguiente, no puedo ir a la fiesta. Dale la
invitación a algún colega que tenga una mujer con un mejor guardarropa que yo.
Él estaba disgustado. Dijo:
—Escucha, Mathilde. ¿Cuánto podría costar un vestido de gala conveniente, que podría servirte para otras
ocasiones, algo muy sencillo?
Ella reflexionó durante unos segundos, haciendo sus cálculos y pensando también en la suma que podía pedir sin
ganarse una negativa inmediata y una exclamación de espanto del ahorrativo empleado.
Finalmente, respondió dudando:
—No sabría decírtelo con exactitud, pero quizá con cuatrocientos francos tendría bastante.
Él había palidecido un poco, pues justamente reservaba esa cantidad para comprarse un rifle con el que cazar al
verano siguiente, en la plana de Nanterre, junto con algunos amigos que iban allí a dispararles a las alondras el
domingo.
Sin embargo, dijo:
—Está bien. Te doy cuatrocientos francos. Pero trata de conseguir un bonito traje.
El día de la fiesta se acercaba, y la señora Loisel parecía triste, inquieta, ansiosa. Sin embargo, tenía su vestido
listo. Su marido le dijo una noche:
—¿Qué te pasa? Te veo extraña desde hace tres días.
Ella respondió:
—Estoy disgustada porque tampoco tengo ni una joya, ni una piedra preciosa, nada que ponerme. Pareceré una
miserable. Casi preferiría no asistir a esa velada.
Él prosiguió:
—Te pondrás unas flores naturales. Es muy  chic  en esta estación. Por diez francos podrías conseguir dos o tres
rosas magníficas.
Ella no estaba nada convencida.
—No… No hay nada más humillante que tener aspecto de pobretona entre mujeres ricas.
Pero su marido exclamó:
—¡Qué tonta eres! Ve a ver a tu amiga la señora Forestier y pídele que te preste unas joyas. Te une a ella una
amistad lo suficientemente íntima como para poder hacerlo.
Ella lanzó un grito de alegría:
—Es cierto. No se me había ocurrido.
Al día siguiente, se dirigió a casa de su amiga y le contó el apuro en que se hallaba.
La señora Forestier fue hacia su armario de luna, cogió un gran estuche, lo trajo, lo abrió y le dijo a la señora
Loisel:
—Elige tú, querida.
Ella vio primero unos brazaletes, luego un collar de perlas y, a continuación, una cruz veneciana, de oro y
pedrería, de admirable factura. Se probaba las joyas delante del espejo, dudaba, era incapaz de decidirse a
quitárselas, a devolverlas. Preguntaba en todo momento:
—¿No tienes otras?
—Pues sí. Ve mirando, no sé qué prefieres…
De golpe descubrió, en una caja de raso negro, un magnífico collar de brillantes; y su corazón se puso a latir de un
deseo inmoderado. Sus manos temblaban al cogerlo. Se lo ciñó a la garganta, sobre su vestido sin escote y se
quedó extasiada delante de sí misma.
Luego, preguntó, dubitativa, llena de angustia:
—¿Puedes prestarme éste, nada más que éste?
—Pues claro, por supuesto.
Ella le saltó al cuello a su amiga, la besó arrebatadamente y luego se fue con su tesoro.
Llegó el día de la fiesta. La señora Loisel triunfó. Estaba más bella que todas las demás, elegante, graciosa,
sonriente y loca de alegría. Todos los hombres la miraban, preguntaban su nombre, buscaban serle presentados.
Todos los secretarios de gabinete querían bailar con ella. El ministro reparó en su presencia.
Ella bailaba con ebriedad, con arrebato, embriagada por el placer, sin pensar en nada, en medio del triunfo de su
belleza, de la gloria de su éxito, en una especie de nube de felicidad hecha de todos esos homenajes, de todas
esas admiraciones, de todos esos deseos despertados, de esa victoria tan completa y tan dulce para el corazón
de las mujeres.
Se fue hacia las cuatro de la noche. Su marido, desde medianoche, dormía en un saloncito desierto con otros tres
señores cuyas mujeres se lo pasaban en grande.
Él le echó sobre los hombros las ropas que había traído para la salida, unas ropas modestas de diario, cuya
pobreza contrastaba con la elegancia del vestido de baile. Ella se dio cuenta de ello y quiso escapar para no ser
vista por las otras mujeres que se arropaban con magníficas pieles.
Loisel la retenía:
—Espera un momento, que vas a coger frío afuera. Llamaré a un coche.
Pero ella no le escuchaba y bajaba rápidamente la escalera. Cuando estuvieron en la calle, no encontraron coche
alguno; se pusieron a buscar uno, gritando detrás de los cocheros que veían pasar a distancia.
Bajaron hacia el Sena, desesperados, tiritando. Finalmente encontraron en el muelle uno de esos viejos cupés
noctámbulos que se ven en París al hacerse de noche, como si se avergonzaran de su miseria durante el día.
Los llevó hasta la puerta de casa, en la rue des Martyrs, y subieron tristemente a su hogar. Se había acabado para
ella. Y él pensaba que tendría que estar en el Ministerio a las diez.
Delante del espejo, ella se quitó las ropas con las que había arropado sus hombros a fin de verse una vez más en
su gloria. Pero de repente lanzó un grito. ¡No tenía ya el collar en torno al cuello!
Su marido, ya medio desvestido, preguntó:
—¿Qué te pasa?
Ella se volvió hacia él, como loca:
—Ya no tengo…, no tengo el collar de la señora Forestier.
Él se enderezó, espantado:
—¿Qué?… Pero ¡cómo!… ¡No es posible!
Buscaron entre los pliegues del vestido, en los del abrigo, en los bolsillos, por todas partes. No lo encontraron.
Él preguntó:
—¿Estás segura de que lo llevabas aún al dejar el baile?
—Sí, me lo he tocado en el vestíbulo del Ministerio.
—Pero, de haberlo perdido en la calle, lo habríamos oído caer. Debe de estar en el coche.
—Sí. Es probable. ¿Tienes el número?
—No. ¿Y tú, tú te has fijado en él?
—No.
Se miraron aterrados. Finalmente Loisel se volvió a vestir.
—Voy —dijo— a rehacer todo el trayecto que hemos hecho a pie para ver si lo encuentro.
Y salió. Ella se quedó con el traje de baile puesto, sin tener fuerzas para irse a la cama, abatida en una silla, con el
fuego apagado, la mente en blanco.
El marido volvió hacia las siete. No había encontrado nada.
Se dirigió a la prefectura de policía, a los periódicos, para prometer una recompensa, a las compañías de
pequeños coches, en fin, a todas partes donde le empujaba una mínima esperanza.
Ella esperó todo el día, en el mismo estado de extravío ante ese espantoso desastre.
Loisel regresó por la noche, con el rostro demacrado, pálido; no había descubierto nada.
—Tienes que escribirle a tu amiga —dijo— para explicarle que se te rompió el cierre de su collar y que lo has
llevado a arreglar. Con eso ganaremos tiempo para pensar alguna cosa.
Ella escribió a su dictado. Al cabo de una semana, habían perdido toda esperanza.
Y Loisel, envejecido cinco años, declaró:
—Habrá que pensar en sustituirlo por otra joya.
Al día siguiente cogieron el estuche y fueron a ver al joyero cuyo nombre figuraba escrito en el interior. Éste
consultó el registro.
—No, señora, este collar no lo vendimos nosotros. Sólo el estuche es nuestro.
Fueron de un joyero a otro, buscando un collar idéntico al primero, tratando de hacer memoria, ambos agotados
de tristeza y de angustia.
En una joyería del Palais Royal encontraron una gargantilla de brillantes que les pareció idéntica a la que
buscaban. Valía cuarenta mil francos; se la dejarían por treinta y seis mil.
Rogaron al joyero que no la vendiera antes de tres días. Y pusieron como condición que se la recomprarían por
treinta y cuatro mil francos, si encontraban el otro antes de finales de febrero.
Loisel poseía dieciocho mil francos que le había dejado su padre. El resto lo pediría prestado.
Pidió mil francos a éste, quinientos a otro, cinco luises aquí, tres luises allá. Firmó letras de cambio, se empeñó de
forma ruinosa, tuvo que vérselas con usureros y toda clase de prestamistas. Comprometió todo cuanto le
quedaba de vida, arriesgó su firma sin saber siquiera si podría salir airoso y, angustiado por la idea del futuro, por
la negra miseria que le iba a caer encima, por la perspectiva de las privaciones materiales y de los tormentos
morales, fue a comprar el collar nuevo, depositando sobre el mostrador del joyero los treinta y seis mil francos.
Cuando la señora Loisel entregó el collar a la señora Forestier, ésta le dijo con tono seco:
—Hubieras tenido que traérmelo antes; habría podido necesitarlo…
No abrió el estuche, como Mathilde se temía. De haberse dado cuenta del cambio, ¿qué habría pensado? ¿Qué
habría dicho? Habría podido tratarla de ladrona.
La señora Loisel conoció la horrible vida de los menesterosos. Por otra parte, tomó la heroica determinación, de
repente, de que había que pagar aquella ingente deuda; y la pagaría. Despidieron a la criada, cambiaron de casa;
alquilaron una buhardilla.
Ella conoció las duras faenas domésticas, las detestables obligaciones de la cocina. Lavó la vajilla, estropeándose
las uñas rosadas con los pucheros grasientos y el fondo de las cacerolas. Lavó con jabón la ropa blanca sucia, las
camisas y los trapos de cocina, que ponía a secar en una cuerda; bajó la basura a la calle cada mañana y subió el
agua, parándose en cada piso para resoplar. Y, vestida como una pueblerina, fue al frutero, al droguero, al
carnicero, con la cesta bajo el brazo, regateando, ultrajada, defendiendo sueldo a sueldo su miserable peculio.
Todos los meses debían pagar letras, renovar otras, ganar tiempo.
El marido trabajaba, por las tardes, llevando la contabilidad de un comerciante; y a menudo, de noche, hacía de
copista, a cinco sueldos la página.
Esta vida se prolongó por espacio de diez años.
Al cabo de este tiempo lo habían devuelto todo, incluidos los intereses de los usureros y el montante de los
intereses compuestos.
La señora Loisel parecía ahora una vieja. Se había convertido en la mujer fuerte, dura y ruda de las familias
pobres. Mal peinada, con las faldas de medio lado y las manos enrojecidas, hablaba en voz alta, lavaba los suelos
arrojándoles cubos de agua. Pero a veces, cuando su marido estaba en la oficina, se sentaba ante la ventana y
pensaba en esa velada de antaño, en ese baile, donde había estado tan bella y había sido tan agasajada.
¿Qué hubiera sido de ella de no haber perdido el aderezo? ¿Quién sabe? ¿Quién sabe? ¡Qué extraña es la vida, qué
mudanzas experimenta! ¡Qué poco hace falta para que uno se pierda o se salve!
Ahora bien, un domingo que había ido a dar una vuelta por los Campos Elíseos, vio de repente a una mujer que
paseaba a un niño. Era la señora Forestier, todavía joven, todavía bella, todavía seductora.
La señora Loisel se sintió emocionada. ¿Le dirigiría la palabra? Por supuesto que sí. Y ahora que ella había pagado,
se lo contaría todo. ¿Por qué no?
Se acercó.
—Buenos días, Jeanne.
La otra no la reconocía, asombrada de verse llamada de un modo tan familiar por esa mujer ordinaria. Balbució:
—Pero…, señora… No sé… Debe de equivocarse usted.
—No. Soy Mathilde Loisel.
Su amiga lanzó un grito:
—¡Oh!…, mi pobre Mathilde, ¡qué cambiada estás!…
—Sí, he pasado por momentos muy duros, desde la última vez que nos vimos; y también he conocido muchas
miserias… ¡y ello por ti!…
—¿Por mí?… ¿Cómo es posible?
—Recordarás perfectamente ese collar de brillantes que me prestaste para ir a la fiesta del Ministerio.
—Sí. ¿Y qué?
—Pues bien, lo perdí.
—¿Cómo que lo perdiste? Pero si me lo devolviste.
—Te devolví otro muy parecido. Llevamos diez años pagándolo. Comprenderás que no ha sido fácil para
nosotros que no teníamos nada… Pero por fin se acabó, y me siento muy contenta.
La señora Forestier se había parado.
—¿Dices que compraste un collar de brillantes para sustituir al mío?
—Sí. ¿No te diste cuenta, ¿verdad? Eran muy parecidos.
Y sonreía, con una alegría orgullosa e ingenua.
La señora Forestier, muy conmovida, le cogió las dos manos.
—¡Oh, mi pobre Mathilde! Pero si el mío era falso. ¡Valía como mucho quinientos francos!
Guy de Maupassant
USHANAN – JAMPI
La plaza de Chupán hervía de gente. El pueblo entero, ávido de curiosidad, se había congregado en ella desde
las primeras horas de la mañana, en espera del gran acto de justicia a que se le había convocado la víspera,
solemnemente.
Se habían suspendido todos los quehaceres particulares y todos los servicios públicos. Allí estaba el jornalero,
poncho al hombro, sonriendo, con sonrisa idiota, ante las frases intencionadas de los coros; el pastor greñudo,
de pantorrillas bronceadas y musculosas, serpenteadas de venas, como lianas en torno de un tronco; el viejo
silencioso y taimado, mascador de coca sempiterno; la mozuela tímida y pulcra, de pies limpios y bruñidos como
acero pavonado, y uñas desconchadas y roídas y faldas negras y esponjosas como repollo; la vieja regañosa,
haciendo perinolear al aire el huso mientras barbotea un rosario interminable de conjuros, y el chiquillo, con su
clásico sombrero de falda gacha y copa cónica —sombrero de payaso— tiritando al abrigo de un ilusorio
ponchito, que apenas le llega al vértice de los codos.
Y por entre esa multitud, los perros, unos perros color de ámbar sucio,
hoscos, héticos, de cabezas angulosas y largas como cajas de violín,
costillas transparentes, pelos hirsutos, mirada de lobo, cola de zorro y
patas largas, nervudas y nudosas —verdaderas patas de arácnido—
yendo y viniendo incesantemente, olfateando a las gentes con descaro, interrogándoles con miradas de
ferocidad contenida, lanzando ladridos impacientes, de bestias que reclamaran su pitanza.
Se trataba de hacerle justicia a un agraviado de la comunidad, a quien uno de sus miembros, Cunce Maille, ladrón
incorregible, le había robado días antes una vaca. Un delito que había alarmado a todos profundamente, no
tanto por el hecho en sí cuanto por la circunstancia de ser la tercera vez que un mismo individuo cometía igual
crimen. Algo inaudito en la comunidad. Aquello significaba un reto, una burla a la justicia severa e inflexible de
los yayas, merecedora de un castigo pronto y ejemplar.
Al pleno sol, frente a la casa comunal y en torno de una mesa rústica y maciza, con macicez de mueble incaico, el
gran consejo de los yayas, constituido en tribunal, presidía el acto, solemne, impasible, impenetrable, sin más
señales de vida que el movimiento acompasado y leve de las bocas chacchadoras, que parecían tascar un freno
invisible.
De pronto las yayas dejaron de chacchar, arrojaron de un escupitajo la papilla verdusca de la masticación,
limpiáronse en un pase de manos las bocas espumosas y el viejo Marcos Huacachino, que presidía el consejo,
exclamó:
—Ya hemos chacchado bastante. La coca nos aconsejará en el momento de la justicia. Ahora bebamos para
hacerlo mejor.
Y todos, servidos por un decurión, fueron vaciando a grandes tragos un enorme vaso de chacta.
—Que traigan a Cunce Maille —ordenó Huacachino una vez que todos terminaron de beber.
Y, repentinamente, maniatado y conducido por cuatro mozos corpulentos, apareció ante el tribunal .un indio de
edad incalculable, alto, fornido, ceñudo y que parecía desdeñar las injurias y amenazas de la muchedumbre. En
esa actitud, con la ropa ensangrentada y desgarrada por las manos de sus perseguidores y las dentelladas de los
perros ganaderos, el indio más parecía la estatua de la rebeldía que la del abatimiento. Era tal la regularidad de
sus facciones de indio puro, la gallardía de su cuerpo, la altivez de su mirada, su porte señorial, que, a pesar de
sus ojos sanguinolentos, fluía de su persona una gran simpatía, la simpatía que despiertan los hombres que
poseen la hermosura y la fuerza.
— ¡Suéltenlo! —exclamó la misma voz que había ordenado traerlo.
Una vez libre Maille, se cruzó de brazos, irguió la desnuda y revuelta cabeza, desparramó sobre el consejo una
mirada sutilmente desdeñosa y esperó.
—José Ponciano te acusa de que el miércoles pasado le robaste una vaca mulinera y que has ido a vendérsela a
los de Obas. ¿Tú qué dices?
— ¡Verdad! Pero Ponciano me robó el año pasado un toro. Estamos pagados.
— ¿Por qué entonces no te quejaste?
—Porque yo no necesito que nadie me haga justicia. Yo mismo sé hacérmela.
—Las yayas no consentimos que aquí nadie se haga justicia. El que se la hace pierde su derecho.
Ponciano, al verse aludido, intervino:
—Maille está mintiendo, taita. El toro que dice que yo se lo robé, se lo compré a Natividad Huaylas. Que lo diga;
está presente.
—Verdad, taita —contestó un indio, adelantándose hasta la mesa del consejo.
— ¡Yerro! —Gritó Maille, encarándose ferozmente a Huaylas—. Tan ladrón tú como Ponciano. Todo lo que tú
vendes es robado. Aquí todos se roban.
Ante tal imputación, los yayas, que al parecer dormitaban, hicieron un movimiento de impaciencia al mismo
tiempo que muchos individuos del pueblo levantaban sus garrotes en son de protesta y los blandían gruñendo
rabiosamente. Pero el jefe del tribunal, más inalterable que nunca, después de imponer silencio con gesto
imperioso, dijo:
--Cunce Maille, has dicho una brutalidad que ha ofendido a todos. Podríamos castigarte entregándote a la justicia
del pueblo, pero sería abusar de nuestro poder.
Y dirigiéndose al agraviado José Ponciano, que, desde uno de los extremos de la mesa, miraba torvamente a
Maille, añadió:
— ¿En cuánto estimas tu vaca, Ponciano? —Treinta soles, taita. Estaba para parir, taita.
En vista de esta respuesta, el presidente se dirigió al público en esta forma:
— ¿Quién conoce la vaca de Ponciano? ¿Cuánto podrá costar la vaca de Ponciano?
Muchas voces contestaron a un tiempo que la conocían y que podría costar realmente los treinta soles que le
había fijado su dueño.
— ¿Has oído, Maille? —dijo el presidente al aludido.
—He oído, pero no tengo dinero para pagar.
—Tienes ganados, tienes tierras, tienes casa. Se te embargará uno de tus ganados, y como tú no puedes seguir
aquí porque es la tercera vez que compareces ante nosotros por ladrón, saldrás de Chupan inmediatamente y
para siempre. La primera vez te aconsejamos lo que debías hacer para que te enmendaras y volvieras a ser
hombre de bien. No has querido. Te burlaste del yaachischum. La segunda vez tratamos de ponerte bien con
Felipe Tacuche, a quien le robaste diez carneros. Tampoco hiciste caso del alli-achishum, pues no has querido
reconciliarte con tu agraviado y vives amenazándole constantemente... Hoy le ha tocado a Ponciano ser el
perjudicado y mañana quién sabe a quién le tocará. Eres un peligro para todos. Ha llegado el momento de
botarte y aplicarte el jitarishum. Vas a irte para no volver más. Si vuelves, ya sabes lo que te espera: te cogemos y
te aplicamos ushanan-jampi. ¿Has oído bien, Cunce Maille?
Maille se encogió de hombros, miró al tribunal con indiferencia, echó mano al huallqui, que por milagro había
conservado en la persecución, y sacando un poco de coca se puso a chacchar lentamente.
El presidente de las yayas, que tampoco se inmutó por esta especie de desafío del acusado, dirigiéndose a sus
colegas, volvió a decir:
—Compañeros, este hombre que está delante de nosotros es Cunce Maille, acusado por tercera vez de robo en
nuestra comunidad. El robo es notorio; no lo ha desmentido; no ha probado su inocencia. ¿Qué debemos hacer
con él?
—Botarlo de aquí: aplicarle jitarishum —contestaron a una voz los yayas, volviendo a quedar mudos e
impasibles.
— ¿Has oído, Maille? Hemos procurado hacerte un hombre de bien, pero no lo has querido. Caiga sobre ti
jitarishum.
Después, levantándose y dirigiéndose al pueblo, añadió con voz solemne y más alta que la empleada hasta
entonces:
—Este hombre que ven aquí es Cunce Maille, a quien vamos a botar de la comunidad por ladrón. Si alguna vez se
atreve a volver a nuestras tierras, cualquiera de los presentes (podrá matarle. No lo olviden. Decuriones, cojan a
ese hombre y sígannos.
Y los yayas, seguidos del acusado y de la muchedumbre, abandonaron la plaza, atravesaron el pueblo y
comenzaron a descender por una escarpada senda, en medio de un imponente silencio, turbado sólo por el
tableteo de los shucuyes. Aquello era una procesión de mudos bajo un nimbo de recogimiento. Hasta los perros,
momentos antes inquietos, bulliciosos, marchaban en silencio, gachas las orejas y las colas, como percatados de
la solemnidad del acto.

Después de un cuarto de hora de marcha por senderos abruptos, sembrados de piedras y cactos tentaculares y
amenazadores como pulpos rabiosos —senderos de pastores y cabras—, el jefe de los yayas levantó su vara de
alcalde, adornada de cintajos multicolores y de flores de planta de manufactura infantil, y la extraña procesión se
detuvo al borde del riachuelo que separa las tierras de Chupán de las Obas.
— ¡Suelten a ese hombre! —exclamó el yaya de la vara.
Y dirigiéndose al reo:
—Cunce Maille: desde este momento tus pies no pueden seguir pisando nuestras tierras porque nuestros jircas
se enojarían, y su enojo causaría la pérdida de las cosechas, y se secarían las quebradas y vendría la peste. Pasa el
río y aléjate para siempre de aquí.
Maille volvió la cara hacia la multitud, que con gesto de asco e indignación, más fingido que real, acababa de
acompañar las palabras sentenciosas del yaya, y, después de lanzar al suelo un escupitajo enormemente
despreciativo, con ese desprecio que sólo el rostro de un indio es capaz de expresar, exclamó:
— ¡Ysmayta-micuy!
Y de cuatro saltos salvó las aguas del Chillán y desapareció entre los matorrales de la banda opuesta, mientras los
perros, alarmados de ver a un hombre que huía y excitados por el largo silencio, se desquitaban ladrando
furiosamente, sin atreverse a penetrar en las cristalinas y bulliciosas aguas del riachuelo.
Si para cualquier hombre la expulsión es una afrenta, para un indio, y un indio como Cunce Maille, la expulsión de
la comunidad significa todas las afrentas posibles, el resumen de todos los dolores frente a la pérdida de todos
los bienes: la choza, la tierra, el ganado, el jirca y la familia. Sobre todo, la choza.
El jitarishum es la muerte civil del condenado, una muerte de la que jamás se vuelve a la rehabilitación; que
condena al indio al ostracismo perpetuo y parece marcarle con un signo que le cierra para siempre las puertas de
la comunidad. Se le deja solamente la vida para que vague con ella a cuestas por quebradas, cerros, punas y
bosques, o para que baje a vivir en las ciudades bajo la férula del misti; lo que para un indio altivo y amante de las
alturas es un suplicio y una vergüenza.
Y Cunce Maille, dada su naturaleza rebelde y combativa, jamás podría resignarse a la expulsión que acababa de
sufrir. Sobre todo, había dos fuerzas que le atraían constantemente a la tierra perdida: su madre y su choza.
¿Qué iba a ser de su madre sin él? Este pensamiento le irritaba y le hacía concebir los más inauditos proyectos. Y
exaltado por los recuerdos, nostálgico y cargado su corazón de odio, como una nube de electricidad, harto en
pocos días de la vida de azar y merodeo que se le obligaba a llevar, volvió a repasar, en las postrimerías de una
noche, el mismo riachuelo que un mes antes cruzara a pleno sol, bajo el silencio de una poblada hostil y los
ladridos de una jauría famélica y feroz.
A pesar de su valentía comprobada cien veces. Maille, al pisar la tierra prohibida, sintió como una mano que le
apretaba el corazón, y tuvo miedo. ¿Miedo de qué? ¿De la muerte? ¿Pero qué podría importarle la muerte a él,
acostumbrado a jugarse la vida por nada? ¿Y no tenía para eso su carabina y sus cien tiros? Lo suficiente para
batirse con Chupán entero y escapar cuando se le antojara.
Y el indio, con el arma preparada, avanzó cauteloso auscultando tolos los ruidos, oteando los matorrales, por la
misma senda de los despeñaderos y de los cactos tentaculares y ''amenazadores como pulpos, especie de vía
crucis, por donde solamente se atrevían a bajar, pero nunca a subir, los chupanes, por estar reservada para los
grandes momentos de su feroz justicia. Aquello era como la roca Tarpeya del pueblo.
Maille salvó todas las dificultades de la ascensión y, una vez en el pueblo, se detuvo frente a una casucha y lanzó
un grito breve y gutural, lúgubre, como el gruñido de un cerdo dentro de un cántaro. La puerta se abrió y dos
brazos se enroscaron al cuello del proscrito, al mismo tiempo que una voz decía:
—Entra, guagua-yau, entra. Hace muchas noches que tu madre no duerme esperándote. ¿Te habrán visto?
Maille, por toda respuesta, se encogió de hombros y entró.
Pera el gran consejo de los yayas, sabedor por experiencia propia de lo que el indio ama su hogar, del gran dolor
que siente cuando se ve obligado a vivir fuera de él, de la rabia que se adhiere a todo lo suyo, hasta el punto de
morirse de tristeza cuando le falta poder para recuperarlo, pensaba: "Maille volverá cualquier noche de éstas;
Maille es audaz, no nos teme, nos desprecia, y cuando él siente el deseo de chacchar bajo su techo y al lado de la
vieja Nastasia, no habrá nada que lo detenga".
Y los yayas pensaban bien. La choza sería la trampa en que habría de caer alguna vez el condenado. Y resolvieron
vigilarla día y noche, por turno, con disimulo y tenacidad verdaderamente indios.

Por eso aquella noche, apenas Cunce Maille penetró a su casa, un espía corrió a comunicar la noticia al jefe de los
yayas.
—Cunce Maille ha entrado a su casa, taita. Nastasia le ha abierto la puerta —exclamó palpitante, emocionado,
estremecido aún por el temor, con la cara de un perro que viera a un león de repente.
— ¿Estás seguro, Santos?
—Sí, taita. Nastasia lo abrazó. ¿A quién podrá abrazar la vieja Nastasia, taita? Es Cunce...
— ¿Está armado?
—Con carabina, taita. Si vamos a sacarlo, iremos todos armados. Cunee es malo y. tira bien.
Y la noticia se esparció por el pueblo eléctricamente... "¡Ha llegado Cunee Maille! ¡Ha llegado Cunee Maille!" era la
frase que repetían todos estremeciéndose. Inmediatamente se formaron grupos. Los hombres sacaron a relucir
sus grandes garrotes —los garrotes de los momentos trágicos—; las mujeres, en cuclillas, comenzaron a formar
ruedas frente a la puerta de sus casas, y los perros, inquietos, sacudidos por el instinto, a llamarse y dialogar a la
distancia.
— ¿Oyes, Cunee? —Murmuró la vieja Nastasia, que, recelosa y con el oído pegado a la puerta, no perdía el menor
ruido, mientras aquél, sentado sobre un banco, chacchaba impasible, como olvidado de las cosas del mundo—.
Siento pasos de que se acercan, y los perros se están preguntando quién ha venido de fuera. ¿No oyes? Te habrán
visto. ¡Para qué habrás venido, guagua-yau!
Cunee hizo un gesto desdeñoso y se limitó a decir:
—Ya te he visto, mi vieja, y me he dado el gusto de saborear una chacchada en mi casa. Voime ya. Volveré otro
día.
Y el indio, levantándose y fingiendo una brusquedad que no sentía, esquivó el abrazo de su madre y, sin volverse,
abrió la puerta, asomó la cabeza a ras del suelo y atisbó. Ni ruidos, ni bultos sospechosos; sólo una leve y rosada
claridad comenzaba a teñir la cumbre de los cerros.
Pero Maille era demasiado receloso y astuto, como buen indio, para fiarse de este silencio. Ordenóle a su madre
pasar a la otra habitación y tenderse boca abajo; dio en seguido un paso atrás, para tomar impulso, y de un gran
salto al sesgo salvó la puerta y echó a correr como una exhalación. Sonó una descarga y una lluvia de plomo
acribilló la puerta de la choza, al mismo tiempo que innumerables grupos de indios armados de todas armas,
aparecían por todas partes gritando:
— ¡Muera Cunce Maille! ¡Ushanan-jarnpi! ¡Ushanan-jampi!
Maille apenas logró correr unos cien pasos, pues otra descarga, que recibió de frente, le obligó a retroceder y
escalar de cuatro saltos felinos el aislado campanario de la iglesia, desde donde, resuelto y feroz, empezó a
disparar certeramente sobre los primeros que intentaron alcanzarle.
Entonces comenzó algo jamás visto por esos hombres rudos y acostumbrados a todos los horrores y ferocidades;
algo que, iniciado con un reto, llevaba trazas de acabar en una heroicidad monstruosa, épica, digna de la
grandeza de un canto.
A cada diez tiros de los sitiadores, tiros inútiles, de rifles anticuados, de escopetas inválidas, hechos por manos
temblorosas, el sitiado respondía con uno invariablemente certero, que arrancaba un lamento y cien alaridos. A
las dos horas había puesto fuera de combate a una docena de asaltantes, entre ellos a un yaya, lo que había
enfurecido al pueblo entero.
— ¡Tomen, perros! —gritaba Maille a cada indio que derribaba—. Antes que me cojan mataré cincuenta. Cunee
Maille vale cincuenta- perros chupanes. ¿Dónde está Marcos Huacachino? ¿Quiere un poquito de cal para su boca
con esta shipina?
Y la shipina era el cañón del arma, que amenazadora y mortífera, apuntaba en todo sentido.
Ante tanto horror, que parecía no tener término, los yayas, después de larga deliberación, resolvieron tratar con
el rebelde. El comisionado debería comenzar por ofrecerle todo, hasta la vida, que, una vez abajo y entre ellos, ya
se vería cómo eludir la palabra empeñada. Para esto era necesario un hombre animoso y astuto como Maille, y de
palabra capaz de convencer al más desconfiado.
Alguien señaló a José Facundo. "Verdad —exclamaron los demás—. Facundo engaña al zorro cuando quiere y
hace bailar al jirca más furioso".
Y Facundo, después de aceptar tranquilamente la honrosa comisión, recostó su escopeta en la tapia en que
estaba parapetado, sentóse, sacó un puñado de coca y se puso a catipar religiosamente por espacio de diez
minutos largos. Hecha la catipa y satisfecho del sabor de la coca, saltó la tapia y emprendió una vertiginosa
carrera, llena de saltos y zigzags, en dirección al campanario gritando:
— ¡Amigo Cunee!, ¡amigo Cunce! Facundo quiere hablarte.
Cunce Maille le dejó llegar y una vez que lo vio sentarse en el primer escalón de la gradería le preguntó:
— ¿Qué quieres, Facundo? —Pedirte que bajes y te vayas. — ¿Quién te manda?
— ¡Yayas!
—Yayas son unos supaypa-huachasgan, que cuando huelen sangre quieren beberla. ¿No querrán beber la mía?
—No; yayas me encargan decirte que si quieres te abrazarán y beberán contigo un trago de chacta en el mismo
jarro y te dejarán salir con la condición de que no vuelvas más.
—Han querido matarme.
—Ellos no; ushanan-jampi, nuestra ley. Ushanan-jampi igual para todos; pero se olvidará esta vez para ti. Están
asombrados de tu valentía. Flan preguntado a nuestro gran jirca-yayag y él ha dicho que no te toquen. También
han catipado y la coca les ha dicho lo mismo. Están pesarosos.
Cunce Maille vaciló, pero comprendiendo que la situación en que se encontraba no podía continuar
indefinidamente, que, al fin, llegaría el instante en que habría de agotársele la munición y vendría el hambre,
acabó por decir, al mismo tiempo que bajaba:
—No quiero abrazos ni chacta. Que vengan aquí todos los yayos desarmados y, a veinte pasos de distancia, juren
por nuestro jirca que me dejarán partir sin molestarme.
Lo que pedía Maille era una enormidad, una enormidad que Facundo no podía prometer, no sólo porque no
estaba autorizado para ello sino porque ante el poder del ushanan-jampi no había juramento posible.
Facundo vaciló también, pero su vacilación fue cosa de un instante. Y, después de reír con gesto de perro a quien
le hubiesen pisado la cola, replicó:
—He venido a ofrecerte lo que pides. Eres como mi hermano y yo le ofrezco lo que quiera a mi hermano.
Y, abriendo los brazos, añadió:
—Cunce, ¿no habrá para tu hermano Facundo un abrazo? Yo no soy yaya. Quiero tener el orgullo de decirle
mañana a todo Chupán que me he abrazado con un valiente como tú.
Maille desarrugó el ceño, sonrió ante la frase aduladora y, dejando su carabina a un lado, se precipitó en los
brazos de Facundo. El choque fue terrible. En vez de un estrechón efusivo y breve, lo que sintió Maille fue el
enroscamiento de dos brazos musculosos, que amenazaban ahogarle. Maille comprendió instantáneamente el
lazo que se le había tendido, y, rápido corno el tigre, estrechó más fuerte a su adversario, levantóle en peso e
intentó escalar con él el campanario. Pero al poner el pie en el primer escalón, Facundo, que no había perdido la
serenidad, con un brusco movimiento de riñones hizo perder a Maille el equilibrio, y ambos rodaron por el suelo,
escupiéndose injurias y amenazas. Después de un violento forcejeo, en que los huesos crujían y los pechos
jadeaban, Maille logró quedar encima de su contendor.
— ¡Perro, más perro que los yayas! —Exclamó Maille, trémulo de ira—; te voy a retacear allá arriba, después de
comerte la lengua.
— ¡Ya está!, ¡ya está!, ¡ya está! ¡Ushanan-jampi!
— ¡Calla, traidor!—, volvió a rugir Maille, dándole un puñetazo feroz en la boca, y cogiendo a Facundo por la
garganta se la apretó tan profundamente que le hizo saltar la lengua lívida, viscosa, enorme, vibrante como la
cola de un pez cogido por la cabeza, a la vez que entornaba los ojos y una gran conmoción se deslizaba por su
cuerpo como una onda.
Maille sonrió satánicamente; desenvainó el cuchillo, cortó de un tajo la lengua de su víctima y se levantó con
intención de volver al campanario. Pero los sitiadores, que aprovechando el tiempo que había durado la lucha, lo
habían estrechamente rodeado, se lo impidieron. Un garrotazo en la cabeza lo aturdió; una puñalada en la
espalda lo hizo tambalear; una pedrada en el pecho obligóle a soltar el cuchillo y llevarse las manos a la herida.
Sin embargo, aún pudo reaccionar y abrirse paso a puñadas y puntapiés y llegar, batiéndose en retirada, hasta su
casa. Pero la turba que lo seguía de cerca, penetró tras él en el momento en que el infeliz caía en los brazos de su
madre. Diez puñales se le hundieron en el cuerpo.
— ¡No le hagan así, taitas, que el corazón me duele! —gritó la vieja Nastasia, mientras, salpicado el rostro de
sangre, caía de bruces, arrastrada por el desmadejado cuerpo de su hijo y por el choque de la feroz acometida.
Entonces desarrollóse una escena horripilante, canibalesca. Los cuchillos, cansados de punzar, comenzaron a
tajar, a partir, descuartizar. Mientras una mano arrancaba el corazón y otra los ojos, ésta cortaba la lengua y
aquélla vaciaba el vientre de la víctima. Y todo esto acompañado de gritos, risotadas, insultos e imprecaciones,
coreados por los feroces ladridos de los perros, que, a través de las piernas de los asesinos, daban grandes
tarascadas al cadáver y sumergían ansiosamente los puntiagudos hocicos en el charco sangriento.
— ¡A arrastrarlo! —Gritó una voz—.
— ¡A arrastrarlo! —Respondieron cien más—.
— ¡A la quebrada con él!
— ¡A la quebrada!
Inmediatamente se le anudó una soga al cuello y comenzó el arrastre. Primero por el pueblo, para que, según las
yayas, todos vieran cómo se cumplía el ushanan-jampi, después por la senda de los cactos.
Cuando los arrastradores llegaron al fondo de la quebrada, a las orillas del Chillán, sólo quedaba de Cunce Maille
la cabeza y un resto de espina dorsal. Lo demás quedóse entre los cactos, las puntas de las rocas y las quijadas
insaciables de los perros.
Seis meses después, todavía podía verse sobre el dintel de la puerta de la abandonada y siniestra casa de los
Maille, unos colgajos secos, retorcidos, amarillentos, grasos, a manera de guirnaldas; eran los intestinos de Cunee
Maille, puestos allí por mandato de la justicia implacable de las yayas.
Enrique López Albújar

UN VIAJE
El niño Goyito está de viaje. El niño Goyito va a cumplir cincuenta y dos años; pero cuando salió del vientre de
su madre le llamaron niño Goyito y niño Goyito le llaman hoy y niño Goyito le llamarán treinta años más,
porque hay muchas gentes que van al panteón como salieron del vientre de su madre.
Este niño Goyito, que en cualquier otra parte del mundo sería un Don Gregorión de buen tamaño, ha estado
recibiendo por tres años enteros cartas de Chile, en que le avisan que es forzoso que se transporte a aquel
país a arreglar ciertos negocios interesantísimos de familia, que han quedado embrollados con la muerte
súbita de un deudo. Los tres años los consumió la discreción gregoriana en considerar cómo se contestarían
esas cartas, y cómo se efectuaría este viaje. El buen hombre no podía decidirse ni a uno ni a otro. Pero el
corresponsal menudeaba sus instancias; y ya fue preciso consultarse con el confesor, y con el médico y con
los amigos. Pues señor, asunto concluido, el niño Goyito se va a Chile.
La noticia corrió toda la parentela; dio conversación y quehaceres a todos los criados, afanes y devociones a
todos los conventos; y convirtió la casa en una Liorna. Busca costureras por aquí, sastre por allá, fondista por
acullá. Un hacendado de Cañete man dó tejer en Chincha cigarreras. La madre Transverberación del Espíritu
Santo se encargó en un convento de una parte de los dulces. Sor María en
gracia fabricó en otro su buena parte de ellos; La madre Salomé tomó a su
cargo en el suyo las pastillas; una monjita recoleta mandó en regalo un
escapulario; otras dos estampitas: El Padre Florencio de San Pedro
corrió con los sorbetes; y se encargaron a distintos manufactureros y
comisionados sustancias de gallina, botiquín, vinagre de los cuatro
ladrones para el mareo, camisas a centenares, capingo (don Gregorio
llamaba capingo a lo que llamamos capote), chaqueta y pantalón para los
días fríos, chaqueta y pantalón para los días templados, chaqueta y
pantalón para los días calurosos. En suma, la expedición de Bonaparte a
Egipto no tuvo más preparativos.
Seis meses se consumieron en ellos, gracias a la actividad de las niñas (hablo de las hermanitas de Don
Gregorio, la menor de las cuales era su madrina de bautismo), quienes sin embargo del dolor de que se
hallaban atravesadas con este viaje, tomaron en un santiamén todas las providencias el caso.
Vamos al buque. Y ¿quién verá si este buque es bueno o malo? ¡Válgame Dios! ¿Qué conflicto? ¿Se recurrirá al
inglés Don Jorge que vive en los altos? Ni pensarlo, las hermanitas dicen que es un bárbaro capaz de
embarcarse en un zapato. Un catalán pulpero, que ha navegado de condestable en la Esmeralda, es, por fin,
el perito. Le costean caballo, va al Callao, practica su reconocimiento y vuelve diciendo que el barco es bueno:
y que don Goyito irá tan seguro como un navío de la Real Armada. Con esta noticia calma la inquietud.
Despedidas. La calesa trajina por todo Lima. ¿Con qué se nos va usted? ¿Con qué se decide usted a
embarcarse? ¡Buen valorazo! Don Gregorio se ofrece a la disposición de todos; se le bañan los ojos de
lágrimas a cada abrazo. Encarga que le encomienden a Dios, a él le encargan jamones, dulces, lenguas y
cobranza; pero nadie se acuerda de encomendarle a Dios, ni él se vuelve a acordar de los jamones, de los
dulces, de las lenguas ni de las cobranzas.
Llega el día de la partida. ¡Qué bulla! ¡Qué jarana! ¡Qué Babilonia! Baúles en el patio, cajones en el dormitorio,
colchones en el zaguán, diluvio de canastas por todas partes. Todo sale, por fin, y todo se embarca, aunque
con bastante trabajo.
Marcha Don Gregorio acompañado de una numerosa caterva, a la que pertenecen también, con pendones y
cordón de San Francisco de Paula, las amantes hermanitas que sólo por el buen hermano pudieron hacer el
horrendo sacrificio de ir por primera vez al Callao.
Las infelices no se quitan el pañuelo de los ojos y lo mismo le sucede al viajero ¿Si nos volveremos a ver? ... Por
fin, es forzoso partir; el bote aguarda. Va la comitiva al muelle; abrazos generales, sollozos, los amigos
separan a los hermanos: "Adiós, hermanitas mías". "¡Adiós, Goyito de mi corazón, el alma de mamá Chombita
te lleve con bien!
Este viaje ha sido todo un acontecimiento notable en la familia; ha fijado una época de eterna recordación, ha
constituido una era, como la Cristina, como la de Hégira, como la fundación de Roma, como el Diluvio
Universal, como la era de Nabonasar.
Se pregunta en la tertulia:
- ¿Cuánto tiempo lleva fulana de casada?
- Aguarde usted. Fulana se casó estando Goyito para ir a Chile.
- ¿Cuánto tiempo hace que murió el guardián de tal convento?
- Yo le diré a usted; al padre guardián le estaban tocando las agonías al otro día del embarque de Goyito. Me
acuerdo todavía que se las recé, estando enferma en cama de resultas del viaje al Callao...
- ¿Qué edad tiene aquel jovencito?
- Déjeme usted recordar. Nació en el año de... Mire usted, este cálculo es más seguro, son habas contadas:
cuando recibimos la primera carta de Goyito estaba mudando dientes. Conque saque usted la cuenta.
Así viajaban nuestros abuelos; así viajarían si determinasen a viajar, muchos de la generación que acaba, y
muchos de la generación actual, que conservan el tipo de los tiempos del Virrey Avilés, y aun así viajarían
otros, por no viajar de ningún modo.
Pero las revoluciones, hacen del hombre, a fuerza de sacudirlo, pelotearlo, el mueble más liviano y portátil; y
los infelices que desde la infancia las han tenido por atmósfera, has sacado de ellas, en medio de mil males, el
corto beneficio siquiera de una gran facilidad locomotiva. ¿La salud, o los negocios, o cualesquiera otras
circunstancias aconsejan un viaje? A ver los periódicos. Buques para Chile. - Señor consignatario, ¿hay
camarote? –Bien – ¿Es velero el Bergantín? –Magnífico. – ¿Pasaje? –Tanto más cuanto. –Estamos convencidos.
–Chica, acomódame una docena de camisas y un almofrez. Esta ligera apuntación del abogado, esta otra al
procurador. Cuenta no te descuides con la lavandera, porque el sábado me voy. Cuatro letras por la imprenta,
diciendo adiós a los amigos. Eh: llegó el sábado. Un abrazo a la mujer, un par de besos a los chicos, y agur.
Dentro de un par de meses estoy de vuelta. Así me han enseñado a viajar, mal de mí grado, y así me ausento,
lectores míos, dentro de muy pocos días.
Felipe Pardo y Aliaga

EL GIGANTE EGOÍSTA
CADA TARDE, A la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso,
con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores
luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores
color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el
ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura, que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.
         —¡Qué felices somos aquí! —se decían unos a otros.
         Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado
con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir,
pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que
vio fue a los niños jugando en el jardín.
         —¿Qué hacen aquí? —surgió con su voz retumbante.
         Los niños escaparon corriendo en desbandada.
         —Este jardín es mío. Es mi jardín propio —dijo el Gigante—; todo el
mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.
         Y de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un
cartel que decía:

PROHIBIDA LA ENTRADA
BAJO PENA DE LEY
         Era un Gigante egoísta...
           Los pobres niños se quedaron sin tener donde jugar. Hicieron la
prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A
menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que
había detrás.
         —¡Qué dichosos éramos allí! —se decían unos a otros.
         Cuando la Primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del
Gigante Egoísta permanecía el Invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se
olvidaron de florecer. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió
tan triste por los niños, que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.
         Los únicos que ahí se sentían a gusto, eran la Nieve y la Escarcha.
         —La Primavera se olvidó de este jardín —se dijeron—, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año.
         La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida
invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el
Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las
plantas y derribando las chimeneas.
         —¡Qué lugar más agradable! —dijo—. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros
también.
         Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión,
hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido
que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo.
         —No entiendo por qué la Primavera se demora tanto en llegar aquí— decía el Gigante Egoísta cuando se
asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco, espero que pronto cambie el tiempo.
         Pero la Primavera no llegó nunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos dorados en todos los jardines,
pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.
         —Es un gigante demasiado egoísta—decían los frutales.
         De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y el Viento del Norte y el
Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.
         Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde
afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En
realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante
no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el
Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las
persianas abiertas.
         —¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la Primavera —dijo el Gigante y saltó de la cama para correr a la
ventana.
         ¿Y qué es lo que vio?
         Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y
se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos
nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas
infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un
espectáculo muy bello. Sólo en un rincón el Invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se
encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas
alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de
escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de
quebrarse.
         —¡Sube a mí, niñito! —decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado
pequeño.
         El Gigante sintió que el corazón se le derretía.
         —¡Cuán egoísta he sido! —exclamó—. Ahora sé por qué la Primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a
ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos
para los niños.
         Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho.
         Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en cuanto lo
vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en Invierno otra vez. Sólo aquel pequeñín del
rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces
el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos, y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de
repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros
niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la Primavera
regresó al jardín.
         —Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos —dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó
abajo el muro.
         Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el
jardín más hermoso que habían visto jamás.
         Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.
         —Pero, ¿dónde está el más pequeñito? —preguntó el Gigante—, ¿ese niño que subí al árbol del rincón?
         El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.
         —No lo sabemos —respondieron los niños—, se marchó solito.
         —Díganle que vuelva mañana —dijo el Gigante.
         Pero los niños contestaron que no sabían donde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se
quedó muy triste.
         Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el
Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba
de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él.
         —¡Cómo me gustaría volverle a ver! —repetía.
         Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero,
sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.
         —Tengo muchas flores hermosas —se decía—, pero los niños son las flores más hermosas de todas.
         Una mañana de Invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el Invierno pues sabía que el
Invierno era simplemente la Primavera dormida, y que las flores estaban descansando.
         Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado y miró, miró…
         Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín, había un árbol cubierto
por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del
árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos.
         Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño su
rostro enrojeció de ira, y dijo:
         —¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?
         Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus
pies.
         —¿Pero, ¿quién se atrevió a herirte? —gritó el Gigante—. Dímelo, para tomar la espada y matarlo.
         —¡No! —respondió el niño—. Estas son las heridas del Amor.
         —¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? —preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de
rodillas ante el pequeño.
         Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:
         —Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso.
         Y cuando los niños llegaron  esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y
estaba entero cubierto de flores blancas.
Oscar Wilde

A LA DERIVA
El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un
juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque. El hombre echó una veloz
ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La
víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo,
dislocándole las vértebras. El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un
instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y
comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su
pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho. El dolor en el pie aumentaba,
con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres
fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida
hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica
sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo
juramento. Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un
trapiche. Los dos puntitos violetas desaparecían ahora en la monstruosa
hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de
tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba. —
¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña! Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre
sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno. —¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame
caña! —¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada. —¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo! La
mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada
en la garganta. —Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre
gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla. Los
dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de
garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante
vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo. Pero el hombre no quería morir, y
descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná.
Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a
Tacurú-Pucú. El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus
manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez—dirigió una
mirada al sol que ya trasponía el monte. La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y
durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre
desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría
jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo
que estaban disgustados. La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo
fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido
de pecho. —¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano. —¡Compadre Alves! ¡No me niegue
este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El
hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la
deriva. El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan
fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro
también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se
precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al
atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única. El sol había caído ya cuando el
hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó
pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría
en lenta inspiración. El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas
para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas
estaría en Tacurú-Pucú. El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni
en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en TacurúPucú? Acaso viera también a su ex patrón
mister Dougald, y al recibidor del obraje. ¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro,
y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el
río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó
muy alto y en silencio hacia el Paraguay. Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a
ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y
pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no,
no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente. De pronto sintió que
estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también... Al recibidor de maderas de mister Dougald,
Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves . . . El hombre
estiró lentamente los dedos de la mano. —Un jueves... Y cesó de respirar
Horacio Quiroga

MI CORBATA
Me la regaló Marta, una provinciana a quien seduje con mi aplomo y mis modales de limeño. Estaba hecha de un
retazo de seda roas, oriundo quizá, de algún vestido en receso, y sobre ella la donante había bordado con
puntadas gordas e ingenuas multitud de florecillas azules, que no pude reconocer si eran miosotis. Me la envió
encerrada en una caja de jabón Windsor, que olía muy bien.
Yo por aquel tiempo era un pobrete que me comía los codos y andaba de
Ceca en Meca, galopando tras un empleo en alguna oficina del Estado. Ser
amanuense era entonces mi mayor ambición. Cincuenta soles de sueldo
eran para mí, inestimable tesoro, que solo muy escasos mortales podían
poseer. ¡Oh, cincuenta soles de sueldo! ¡con esa suma asegurada hubiera yo
doblado el cabo de la felicidad! ¿Qué cómo? Cuando se es amado, a pesar de
ser pobre, una gran confianza en el porvenir nos alienta. Y la dulce serranita
me amaba. Muchos pretendientes habían despachado por mi causa. Felices
horteras endomingados que le hacían la rueda, mientras le vendían media
vara de surah o un corte de indiana. Así como así, eran mejores que yo los tales horteras desde el punto de vista
matrimonial. Tenían regulares sueldos y lo que ellos llamaban las rebuscas, cosa que, probablemente yo, me
moriría sin conocer. Pero Marta los mandaba a paseo sin escucharlos siquiera. Solo yo era el preferido. Quizá me
encontraba distinto también a los jóvenes de su tierra, sentimentales y turbulentos. A mí no me disgustaba la
muchacha. Tenía bonito pelo, ojos tiernos y tocaba en el piano “Al pie del Misti” con bastante sentimiento ¿Con
ella y mis 50 soles hubiera sido feliz! Lo único que parecía apenarla era mi poca fe. Mi carencia de religión.
- ¿Creen usted en Dios? – me preguntaba a menudo.
- Naturalmente – le repondría yo.
- No es bastante, es preciso cumplir con la Iglesia, es preciso creer.
La verdad es que yo no creía sino en mi pobreza. Solo se cree en Dios a partir de cincuenta soles de sueldo.
Un día fui invitado sin saber cómo a una reunión. Figuraos mi alborozo cuando recibí la siguiente esquela:
“Grimanesa de Bocardo e hijas, tienen el honor de invitar a usted a su casa, Aumente 341, atomar una taza de té
la noche del martes.”
Y en el reverso:” Señor Idiáquez”. ¡Canastos! ¡Una taza de té! Yo que ni siquiera había comido seriamente aquel
día.
Parecióme recibir una invitación celestial y me preguntaba si los filetes de oro de la esquelita no serían una
insignia angélica. Bocardo … Bocardo. Nombre sonoro. ¡Qué diablo! Nombre perteneciente sin duda a algún
abogado de nota de esos que llevan siempre como cola esta frase: “Lumbrera del foro peruano”. Nombre que
quizá hace y deshace de millones de empleos de cincuenta soles.
Me emperejilé lo mejor que pude, con un chaquet de diagonal ribeteado con trencilla , unos pantalones de esa
tela a cuadritos que parece un trazado para jugar al “León y las ovejas”; un chaleco despampanante, escotado
hasta el ombligo, dejando al descubierto la dudosa pechera de mi única camisa formal, donde figuraba un grueso
botón de doublé y un sombrero hongo de copa no más alta que la cáscara de nuez, de esos que puso en moda en
Lima el ya olvidado actor Perrín. Y, en medio de todo esto, resplandeciente como un astro de primera magnitud,
mi famosa corbata. Famosa sí. ¡Voto al chápiro!.
La casa de Aumente n° 341 era un majestuoso prodigio de simetría. Constaba de dos ventanas de reja, una a cada
lado de la puerta, dos balcones, uno sobre cada ventana. Adentro, dos departamentos, uno a cada lado del
zaguán. En el fondo, una mampara de vidrieras con una ventana a cada lado. Todo allí parecía en equilibrio,
repartido a ambos lados de alguna cosa, como hecho ex profeso para demostrar la ley de compensaciones.
Entré. Alguien tocaba un vals al piano cuyos fragmentos se escuchaban entre un sordo murmullo. Dejé mi
sombrero en una salita y penetré en el salón. Multitud de parejas bailaban atropellándose. Grupos animados
conversaban en los rincones, en el hueco de las ventanas; algunos jóvenes se paseaban solos, con las manos entre
los bolsillos. Vi, asimismo, niñas a quienes nadie sacaba a danzar, bien por negligencia o por ignorancia del baile.
Yo hubiera querido ponerme a las órdenes de la dueña de casa, como se estila en semejantes ocasiones, pero – la
verdad- sentí embarazo. No me atreví a preguntar dónde se la podía encontrar. Una linda morena vestida color
malva, sentada en el extremo de un sofá, me cautivó desde el primer instante. Resolví bailar con ella. Cuando se
lo propuse pareció sorprendida y me miró de arriba a bajo. Sin embargo, me dijo con amabilidad exquisita:
- Tengo ya compromiso, caballero.
Yo me senté a su lado sin saber que decirle al pronto. Me concreté a olerla. Y que bien olía. ¡Voto al chápiro! ¡Qué
pobre me pareció Marta con su jabón de Windsor! Esta, en cambio, embriagaba. De su seno elevado y palpitante
se escapaban oleadas que me desvanecían. Indudablemente la dicha debía oler a eso. Empezaba a dirigirla la
palabra, cuando un joven se acercó, la dio del brazo y desapareció dejándome lelo. Entonces me juzgué en la
obligación de sacar a una esbelta rubia que mordía nerviosamente el extremo de su abanico. Miróme de hito en
hito y me dijo secamente: “Estoy cansada”. Luego creí oportuno dirigirme a otra señorita, la cual me dijo con
marcado desdén, lo mismo. Volví a la carga con otra que también me despachó fulminándome con una mirada
despreciativa. Recorrí las restantes, a las que acababan de bailar y a las que no habían bailado aún y todas me
petrificaban con aquel terrible y descortés: “Estoy cansada”. ¡Y lo mejor es que salían con el primero que se les
presentaba! Empecé a amoscarme. Me pareció notar que algo chocarrero, existente en mí, me hacía acreedor al
desprecio. Entonces sin saber qué partido tomar, rogué a un joven que discurría por allí, y que me infundió
confianza (hay rostros así que infunden confianza), que me explicara el caso. Miróme con impertinencia y me
dijo: “Tiene usted una corbata imposible. Lo mejor que puede usted hacer es largarse joven”. ¡Corbata imposible!
Y me fijé en la de él. En efecto, era una hermosa corbata color de vino, hecha de mano maestra, atravesada por
un alfiler de oro.
Salí avergonzado, sin despedirme. ¿De quién me iba a despedir? Tal como había entrado. Nunca he comprendido
por qué me invitaron a aquella casa. Quizá por equivocación.
Como es de suponerse, la sangre me hervía. Hubiera deseado aporrear, abofetear, pisotear a alguien. Maquinaba
venganza terrible contra la para mí desconocida señora Bocardo. Hubiera deseado decirla: “venga usted para
acá, grandísima tía, ¿con qué objeto me invita a su cochina taza de té, que ni siquiera he bebido?”. Y en cuanto a
Marta, la muy serrana, ya podía esperarme sentada. ¡Qué ridícula me pareció su corbata! Una corbata que no
servía ni para ahorcarse. Que fuera allá con sus hortelas. Lo que es yo… ¡Que si quieres!
Desde aquel día se presentó en mi mente un mundo te y seductor, desconocido hasta entonces. Comprendí que
en la vida había algo mejor que empleos de cincuenta soles. Me harte de las perrerías de mi existencia, de las
monsergas de mi patrona, de las comidas del restaurante a diez centavos el plato, esas infames comidas con
sabor a chamusquina. ¡Ah, que mundo tan perro! ¡Qué indecencia! ¡Había que salir de él a todo trance, como
pudiera, sin reparar en los medios!
Por lo pronto era menester vestir elegante y usar corbatas atravesadas por un alfiler de oro. Haciendo acopio de
todo el aplomo que me quedaba, me lance donde el mejor sastre de Lima. Me hice confeccionar un traje de
chaquet, según la última moda. Di las señas de mi patrona, a quien anticipadamente anuncié un supuesto destino
en la aduana con sueldo fabuloso y esperé los acontecimientos. Mi patrona era viuda de un coronel, cuyo retrato
a óleo, obra del pintor Palas, se exhibía en el salón amueblado con buen gusto. ¡Cuán distinto del cuarto que me
alquilaba en el interior, donde apenas cabía una cama de dobleces! ¡La rogué, poniéndome grave, que recibiera la
ropa que había mandado hacer por cuenta del Ministerio de Hacienda! Cundo oyó “Ministerio de Hacienda” abrió
cada ojo la señora … ¡Voto al chápiro! ¡Jamás he mentido con tal aplomo!
-¿Supongo que me pagará usted lo atrasado? – Me dijo con júbilo.
- Con creces, mi querida señora, con creces – le respondí yo, echándome atrás.
El mejor sastre de Lima no tuvo inconveniente en dejar el traje en el salón de una señora donde se exhibía un
retrato tan prócer. Cuando la criada le dijo: “El joven ha salido”, hizo la mar de reverencia.
- ¡Oh! No había para qué molestarse, mandaría la cuenta,¡bah! Apenas le vi torcer la esquina, me colé a la casa e
mi patrona. Ya estaba allí mi traje extendido sobre un sofá. ¡Oh, que maravilla de traje! Figuraos un chaquet
redondeado correctamente, con una gracia mundana singular, una hilera de botones forrados en tela, unas
solapas bien alisadas, con poca hombrera. Una chaquet digno de Ministro de Hacienda. Corrí a mi tugurio, lo dejé
sobre mi camastro y volví donde mi patrona desolado…
-¿Qué necesita usted? – me dijo ésta, con todo cariño.
- ¡Ah, señora, usted sabe! Mi sueldo no lo recibiré hasta fin de mes … ¡necesito ahora cien soles para ciertos
gastos! …
- Con el mayor gusto, Idiáquez – respondióme- Solo le voy a pedir un favor: si usted puede colocar a mi hijo en su
oficina… no es porque necesite nada, mientras yo viva… ¡usted sabe! … ¡pero! ¡Es tan bonito estar en Aduana!.
Le ofrecí destinar a toda su familia. Entonces me dijo: “¿Gusta usted doscientos?”. Puse una cara de banquero
que teme comprometerse, y por fin la dije_: “¡bueno, vengan”!.
Si me hubierais visto volver una hora después, en un coche cargado de camisas, sombreros , pares de botas,
bastones y cajas de estupendas y lujosísimas corbatas…Pero prefiero mostrarme en Mercaderes, con mi
chaquet, exhibiendo una corbata modelo, atravesada por un alfiler de oro, y con una espejeante chistera. Me
calcé los guantes color patito, me puse el pantalón bien planchado, cayendo sobre unos escarpines que, a su vez,
caían sobre dos botas de charol, flamantes. Ninguna mujer me pareció bastante bonita. Ninguna tienda bastante
abastecida. Ninguna corbata bastante lujosa. La calle de mercaderes fue para mí estrecho sitio donde no cabía mi
persona. Hombres y mujeres me miraban fija y tenazmente, con envidia aquéllos, con complacencia éstas. De
pronto, al salir de Guillón, encontré a la morena del baile, magníficamente ataviada., irresistible, encantadora.
Estaba vestida de claro y llevaba en la mano multitud de paquetitos. Me miró con una de aquellas miradas con
que las mujeres suelen decir “me gustas”. La seguí. Iba en compañía de una criada, de una persona de esas en
quienes no se repara jamás. Ella volvió la cara sonriente. Parecía que quisiera decirme: “atrévete”. Yo me
acerqué, y después de saludarla correctamente la deslicé al oído todas aquellas frases que son del caso: “¿tan
temprano de paseo?”. “¡Con razón la mañana está tan hermosa!”. “¿Qué le parece a usted el calor?”. Contestóme
con amabilidad inusitada. Hízome recuerdos del baile donde “nos divertimos tanto” y luego me rogó que fuera a
su casa, donde sus padres tendrían gran gusto recibiéndome.
Me enamore terriblemente de la señorita en cuestión. Acudí a su casa, donde fui tratado con grandes agasajos.
La despatarré con una docena de corbatas hábilmente combinadas. La pedí en matrimonio y a los cuatro meses
me cansaba con ella entrando en posesión de una fortuna respetable. ¡Al demontre las perrerías!
Hoy soy padre de una hermosa familia que da bailes a los que concurren las mejores corbatas de Lima. Poseo
casas en la capital. Una hacienda en las afueras. Quintas en el campo. Minas en Casapalca. Voy jueves y domingo
al Paseo Colón en un elegante carruaje, y he hecho varios viajes a Europa. Mi mujer no contenta con hacerme rico,
ha querido hacerme célebre: gracias a ella he sido diputado, senador y … lo demás. Todo sin más esfuerzo que
un cambio de corbata.
Pero he aquí entre nos, os confesaré que no soy feliz. Mi mujer es cariñosa, es cierto. ¡Me anuda cada corbata!
Pero me parece que piensa más en sus trajes que en su marido. Mis hijos también piensan más en sus caballos
que en su padre. Yo me he vuelto ambicioso y pienso más en la “cosa pública” que en mi mujer y en mis hijos.
Más feliz hubiera sido con mi arequipeñita. ¡Oh! Esa que me quería arrancado y por mi mismo. Con ella y mis
cincuenta soles hubiera vivido ignorado, sin ambiciones que me consumen, ni desengaños que me torturan. ¿Qué
habrá sido de ella? A veces, cuando estoy muy triste, saco del fondo de mi gaveta la corbata que me regaló y me
enternezco recordando a Marta y aspirando ese olor ya desvanecido del jabón Windsor.
Manuel Beingolea

LA LUZ ES COMO EL AGUA


En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos. -De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando
volvamos a Cartagena. Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían. -
No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí. -Para empezar -dijo la
madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.
Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias
había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates
grandes. En cambio, aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del
número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron
negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y
su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían
ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la
más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.
-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el
ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible. Sin embargo, la tarde del sábado
siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el
cuarto de servicio. -Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué? -Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que
queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está. La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres
se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla
encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla
rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote,
y navegaron a placer por entre las islas de la casa. Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza m ía
cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era
que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces. -La luz es como el
agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale. De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche,
aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban
dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca
submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido. -Está mal que tengan en el
cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener
además equipos de buceo. -¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel. -No -dijo la
madre, asustada-. Ya no más. El padre le reprochó su intransigencia. -Es que estos niños no se ganan ni un clavo
por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro. Los
padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años
anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde,
sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De
modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento
hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y
rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad. En la premiación
final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez
no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo
quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso. El papá, a solas con su mujer, estaba
radiante. -Es una prueba de madurez -dijo. -Dios te oiga -dijo la madre. El miércoles siguiente, mientras los padres
veían La Batalla de Argel , la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio
escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la
gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama. Llamados de urgencia, los
bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los
sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de
cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos,
en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de
guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de
mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño
flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de
repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último
episodio de la película de media noche prohibida para niños. Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó
estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto
hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella
polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el
instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos
de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto
tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San
Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de
España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra
firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

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