Louise
Glück (Nueva York, 1943), Premio Nobel de Literatura 2020, inaugura con
Ararat (1990), el quinto libro de su trayectoria, su particular estilo poético que luego
mantendrá a lo largo de toda su carrera: ya no se trata de recopilaciones de poemas
más o menos cohesionados, sino de libros construidos casi como un único poema en
partes, en torno a un solo tema, donde los símbolos funcionan por acumulación y
cada texto aporta un contexto a los demás, multiplicando las interpretaciones y los
puntos de vista sobre la experiencia del sujeto lírico.
Ararat toma su título del cementerio judío homónimo de Nueva York. Los poemas
abordan el luto posterior a la muerte de un padre mitificado, enterrado allí, donde
además descansa una de sus hermanas, fallecida prematuramente y que será también
una presencia constante en el libro. La poeta explora el mundo de las mujeres
sobrevivientes de la familia —la madre, la hija, la hermana— en un tono lacónico y
reticente que abandona definitivamente la pirotecnia verbal de sus primeros
poemarios y conecta con el silencio y el distanciamiento emocional que ella misma
relaciona con su padre fallecido, un tono contenido que un crítico equiparó con «la
clase de lenguaje que uno usa antes de ponerse a gritar».
Página 2
Louise Glück
Ararat
ePub r1.0
Titivillus 03.11.2022
Página 3
Título original: Ararat
Louise Glück, 1990
Traducción: Abraham Gragera
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Página 4
«… la naturaleza humana era en su origen una y nosotros un todo, y el deseo
y la búsqueda del todo es lo que se llama amor».
PLATÓN
Página 5
PÁRODOS
HACE mucho tiempo, fui herida.
Aprendí
a existir, como reacción,
desconectada
del mundo: te diré
qué quería yo ser:
un artilugio capaz de escuchar.
Inerte no: inmóvil.
Un trozo de madera. Una piedra.
¿Por qué cansarme arguyendo, discutiendo?
Toda esa gente que respira en otras camas
difícilmente comprendería: son
incontrolables
como un sueño.
Por entre las rendijas yo miraba
la luna en el cielo nocturno
hincharse, encogerse.
Nací con una vocación:
dar testimonio
de los grandes misterios.
Ahora que he visto tanto
el nacimiento como la muerte, sé
que de la oscura naturaleza son
sólo pruebas,
no misterios.
Página 6
UNA FANTASÍA
VOY a decirte algo: cada día
muere gente. Y eso es sólo el principio.
Cada día, nuevas vidas nacen en las funerarias,
nuevos huérfanos. Se sientan, mano sobre mano,
e intentan tomar decisiones sobre su nueva vida.
Luego van al cementerio, algunos
por vez primera. Tienen miedo de llorar,
de no llorar también. Alguien se vuelca
con ellos, les dice qué hay que hacer:
pronunciar unas palabras,
echar algo de tierra en la tumba abierta aún…
Y después todo el mundo vuelve a casa,
y la casa se llena de visitas,
con la viuda sentada en el sofá, majestuosa,
la gente que hace cola y se aproxima:
unos cogen su mano, otros la abrazan.
Ella encuentra qué decirle a cada uno,
da las gracias, les da las gracias por haber venido.
En el fondo, quiere que se marchen.
Quiere volver al cementerio,
al cuarto del paciente, al hospital. Sabe
que no es posible. Pero es su única esperanza,
querer volver atrás. Tan sólo un poco,
no hasta su boda, no hasta el primer beso.
Página 7
UNA NOVELA
NADIE podría escribir una novela sobre esta familia:
hay demasiados personajes parecidos. Además, todos son mujeres.
Tan sólo un héroe hubo.
Y el héroe ya murió. Las mujeres, como ecos, duran más;
resisten demasiado por la cuenta que les trae.
Y a partir de aquí, nada cambia:
sin héroe, no hay argumento.
Y en esta casa argumento significa historia de amor.
Las mujeres no evolucionan.
Oh sí, se visten, comen, guardan las apariencias.
Pero no hay acción, no hay desarrollo en los personajes.
Todas han decidido suprimir
la crítica del héroe. El problema reside
en que el héroe es débil, sus escenas indican
su función, no su carácter.
Quizá eso explique por qué su muerte no fue conmovedora.
Primero está sentado en la proa de la mesa,
donde más se necesita el mascaron.
Luego, a pocos metros, agoniza y su mujer
le acerca un espejo a los labios.
Asombroso, cómo se afanan estas mujeres, la esposa y las dos hijas.
Ponen la mesa, retiran los platos.
Una espada les perfora el corazón.
Página 8
DÍA DEL TRABAJO
HACE exactamente un año que murió mi padre.
Fue un año caluroso. En el entierro, la gente hablaba del clima:
demasiado calor para septiembre, demasiado fuera de lugar.
Este año hace frío.
Sólo estamos nosotros, la familia más próxima.
En los arriates,
trozos de bronce y cobre.
Enfrente, la hija de mi hermana monta en bicicleta
como el año anterior,
calle arriba y calle abajo. Quiere hacer
que pase el tiempo.
Mientras tanto, para nosotros,
toda una vida se nos vuelve nada.
Un día, eres niño rubio y mellado;
al día siguiente un viejo que jadea en busca de aire.
Viene a ser nada, en realidad; como mucho
un instante sobre la tierra.
No una frase, sino un aliento, una cesura.
Página 9
AMANTE DE LAS FLORES
EN nuestra familia, todos aman las flores.
Por eso las tumbas nos parecen tan extrañas:
sin flores, sólo herméticas fincas de hierba
con placas de granito en el centro:
las inscripciones suaves, la leve hondura de las letras
llenas de mugre algunas veces…
Para limpiarlas, hay que usar el pañuelo.
Pero en mi hermana, la cosa es distinta:
una obsesión. Los domingos se sienta en el porche de mi madre
a leer catálogos. Cada otoño, siembra bulbos junto a los escalones de
ladrillo.
Cada primavera, espera las flores.
Nadie discute por los gastos. Se sobreentiende
que es mi madre quien paga; después de todo,
es su jardín y cada flor
es para mi padre. Ambas ven
la casa como una auténtica tumba.
No todo prospera en Long Island.
El verano es, a veces, muy caluroso,
Y a veces, un aguacero echa por tierra las flores.
Así murieron las amapolas, en un día tan sólo,
eran frágiles…
Mi madre está nerviosa, inquieta
porque mi hermana no sabrá nunca lo bellas que fueron,
de un rosa puro, sin máculas. Es decir,
porque va a sentirse despojada una vez más.
Pero para mi hermana, la condición del amor
es ésa. Era la hija de mi padre:
el rostro del amor es, para ella,
el rostro que se aparta y da la vuelta.
Página 10
VIUDAS
MI madre está jugando a las cartas con mi tía.
Malicia y Rencor, el pasatiempo familiar, el juego
que mi abuela enseñó a todas sus hijas.
Pleno verano: demasiado calor para salir.
Mi tía va ganando; les llegan buenas cartas.
Mi madre va a rastras, no logra concentrarse.
No logra acostumbrarse a su cama este verano.
El verano anterior no tuvo problemas,
estaba acostumbrada al suelo. Aprendió a dormir allí
para estar cerca de mi padre.
Él se moría; su cama era especial.
Mi tía no cede un palmo, no tiene
en cuenta la fatiga de mi madre.
Así fueron criadas: para hacerse respetar por medio de la lucha.
Bajar la guardia es un insulto al oponente.
Cada jugadora tiene un puñado de cartas a su izquierda, cinco en mano.
Es mejor no salir en días como éste,
permanecer donde hace fresco.
Y este juego es mejor que muchos otros, mejor que el solitario.
Mi abuela fue previsora: preparó a sus hijas.
Tienen cartas; se tienen la una a la otra.
No necesitan más.
El juego prosigue toda la tarde pero el sol no se inmuta.
Va quemando la hierba sin piedad.
Así es como mi madre debe de sentirlo.
Cuando, de pronto, algo llega a su fin.
Mi tía ha practicado mucho; tal vez por eso juega mejor.
Sus cartas se evaporan: y eso es lo que quiere, ése es el objetivo: al final,
quien nada tiene, gana.
Página 11
CONFESIÓN
DECIR que nada temo
sería faltar a la verdad.
La enfermedad, la humillación,
me atemorizan.
Tengo sueños, como cualquiera.
Pero aprendí a ocultarlos
para protegerme
de la plenitud: la felicidad
atrae a la Furias.
Son hermanas, salvajes,
que no tienen sentimientos,
sólo envidia.
Página 12
PRECEDENTE
EXACTAMENTE igual que con las otras,
mi madre hizo proyectos para la hija que murió.
Cómodas llenas de vestidos suaves.
Chaqueticas plegadas con esmero.
Apenas si cabían en la palma de la mano.
Exactamente igual se preguntaba
cuando sería su cumpleaños
dándose cuenta de que ese día, un día como otros,
llegaría a ser un símbolo de felicidad.
Pues la muerte no había tocado la vida de mi madre.
Y ella pensaba en otras cosas.
Soñaba, igual que sueña quien espera un hijo.
Página 13
AMOR PERDIDO
MI hermana pasó toda su vida en la tierra.
Nació, murió.
Mientras tanto,
ni una mirada atenta, ni una frase.
Hizo lo que hacen todos los bebés,
llorar. Sólo que no quería que la alimentaran.
Inmóvil, mi madre la abrazaba, tratando de cambiar
primero su destino, después la historia.
Y algo cambió: al morir mi hermana
el corazón de mi madre se volvió
muy frío, muy rígido,
como un pequeño medallón de acero.
Me pareció entonces que el cuerpo de mi hermana
era un imán. Lo sentía atraer
el corazón de mi madre hacia la tierra,
para hacerlo crecer.
Página 14
NANA
MI madre es una experta en una cosa:
en mandar a la gente que ama al otro mundo.
A los más pequeños, a los bebés,
los mece, susurrando o cantando con voz queda. No sé
qué hizo con mi padre,
pero hiciera lo que hiciera, fue lo mejor, estoy segura.
En realidad, es lo mismo ayudar a una persona
a dormir que a morir. Las nanas dicen
no tengas miedo, parafraseando los latidos
del corazón de la madre.
Así los vivos lentamente se serenan; sólo
los que van a morir son incapaces, se resisten.
Los moribundos son como peonzas, giroscopios:
ruedan tan rápido que parecen quietos.
Después salen volando: mecida por mi madre
mi hermana era una nube de átomos, partículas, y ésa es la diferencia:
cuando un niño duerme, aún está entero.
Mi madre ha visto la muerte; por eso no habla nunca
de la integridad del alma. Ha sostenido en brazos
a un bebé, a un viejo, mientras la oscuridad los envolvía,
solidificándose, hasta convertirse en tierra.
El alma es como el resto de las cosas materiales:
¿por qué tendría que mantenerse intacta, fiel a su forma,
si puede ser libre?
Página 15
MONTE ARARAT
NADA es tan triste como la tumba de mi hermana
salvo la tumba de mi prima, junto a ella.
No soporto venir con mi madre y mi tía,
mirarlas,
pero cuando más trato de evitar
su sufrimiento, más se me aparece
el destino de nuestra familia:
cada rama ha de dar una hija a la tierra.
Mi generación pospuso el matrimonio, los hijos.
Y cuando los tuvimos, cada una tuvo el suyo;
hijos casi todos, no hijas.
Nunca hablamos de ello.
Pero es siempre un alivio enterrar a un adulto,
alguien lejano, como mi padre.
Una señal de que la deuda, tal vez, está saldada.
Lo cierto es que nadie lo cree.
Como la tierra misma, cada piedra aquí
pertenece al dios de los judíos
que no vacila en arrancar
a un hijo de una madre.
Página 16
APARIENCIAS
CUANDO éramos pequeñas, mis padres hicieron pintar nuestros retratos
y los pusieron después, juntos, sobre la chimenea.
Allí no pelearíamos.
Yo soy la más sombría, la mayor. Mi hermana es la rubia,
la que parece furiosa por no poder hablar.
No hablar nunca me molestó.
Y en eso no he cambiado mucho. Mi hermana es rubia aún, muy parecida
a su retrato. Sólo que ya somos adultas, nos han analizado:
comprendemos nuestras expresiones.
Mi madre intentó amarnos por igual,
vestirnos con las mismas ropas; quería
que nos tomasen por hermanas.
Eso quería obtener de los retratos.
Deben verse el uno junto al otro, cara a cara.
Por separado, no transmiten lo mismo.
Quién sabe qué miraban los ojos fijamente;
el vacío quizá.
Aquel era el verano en que fuimos a París, yo había cumplido siete.
Cada mañana, íbamos al convento.
Cada tarde, posábamos muy quietas para que nos pintaran
con nuestros verdes vestidos de algodón de cuello avolantado.
Monsieur Davanzo añadía los tonos de la carne: rojizo el de mi hermana,
azul pálido el mío.
Madame Davanzo nos colgaba guindas de las orejas para hacernos reír.
Se me daba bien: sentarme quieta, inmóvil.
Para ser buena chica, complacer a mi madre, distraerla de la niña que murió.
Quería ser lo bastante pequeña. Aún lo quiero,
un juguete que puede pararse o seguir pero siempre en la misma dirección.
Cualquiera puede amar a un niño muerto, a una ausencia.
Mi madre es fuerte, no le gusta lo fácil.
Es como su madre: cree en la familia, en el orden.
No hace cambios en su casa, sólo la pinta algunas veces.
Y si algo se rompe, se tira y ya está.
Le gusta sentarse en el sillón azul y mirar a sus hijas,
Página 17
las dos que le quedaron. No recuerda cómo,
pero cuando prestaba atención a una de ellas, cuando la amaba,
hacía daño a la otra. Se diría
que era como un artista con un sueño, una visión.
Gracias a eso, no acabó deshecha en lágrimas.
Nosotras estábamos siempre juntas, igual que los retratos había que tapar a
una para ver a la otra.
Por eso mismo, sólo el pintor se dio cuenta: un rostro ya entonces tan
controlado, tan introvertido,
tan obediente, con unos ojos claro que decían:
Si quieres que sea monja, lo seré.
Página 18
EL HABLANTE INDIGNO DE CONFIANZA
NO me hagas caso, me han roto el corazón.
No puedo ver con objetividad.
Sé quién soy, he aprendido a escuchar como un psiquiatra.
Cuando hablo con pasión,
es cuando menos debes confiar en mí.
Es muy triste, de verdad: toda mi vida han elogiado
mi inteligencia, mi talento verbal, mis intuiciones.
Cosas, al fin y al cabo, desperdiciadas.
No puedo verme
de pie en los escalones, cogiendo a mi hermana de la mano.
Por eso no puedo rendir cuentas
de las magulladuras en su brazo, donde acaba la manga.
En mi mente, soy invisible; y por eso, peligrosa.
Lo que son como yo, los que parecen
abnegados, son tarados, mentirosos,
los que deberían descartarse
por el bien de la verdad.
Cuando estoy tranquila la verdad emerge.
Un cielo claro y nubes deshiladas.
Una casita gris con azaleas
rojas y rosáceas.
Si quieres la verdad, debes volverte inaccesibles
para la hija mayor, dejarla fuera:
cuando se daña a un ser vivo de ese modo,
en lo más profundo de sí,
toda función se altera.
Y por eso no soy de fiar.
Porque una herida en el corazón
es también una herida en la mente.
Página 19
UNA FÁBULA
DOS mujeres
con la misma demanda
a los pies se postraron
del sabio rey. Dos mujeres,
pero sólo un bebé.
Supo el rey
que una de ellas mentía
y dijo: dejad que la criatura
sea partida en dos; así nadie se irá
con las manos vacía.
Sacó su espada.
Entonces una
de las dos mujeres
renunció a su parte:
y ésa fue la señal,
la lección.
Imagínate ahora
que ves a tu madre
desgarrada entre dos hijas:
qué podrías hacer
para salvarla sino estar
dispuesta a destruir
tu propia vida.
Ella sabría
distinguir a la auténtica,
la que no aguantaría que a su madre
la partieran en dos.
Página 20
NUEVO MUNDO
A mi modo de ver,
mi madre estuvo siempre oprimida
por mi padre, como si él
hubiera atado con plomo sus tobillos.
Optimista
por naturaleza;
quería viajar,
ir al teatro, a los museos.
Lo que él quería
era tirarse en el sillón
con el Times
tapándole la cara
para que la muerte, al venir,
no pareciese un cambio significativo.
En parejas así
donde el acuerdo consiste
en hacer cosas juntos,
siempre la parte activa
es la que hace concesiones, la que da.
No se puede visitar museos
con alguien que se niega
a abrir los ojos.
Creí que la muerte de mi padre
liberaría a mi madre.
Y en cierto sentido, así fue:
ella viaja, contempla
grandes obras de arte. Pero flotando.
Como el globo de un niño
que se pierde en cuanto nadie
lo sujeta.
O como un astronauta
que ha perdido su nave
y queda en el espacio, a la deriva,
sabiendo que, dure lo que dure,
el resto de su vida será así: libre,
Página 21
de ese modo.
Sin relación con la tierra.
Página 22
CUMPLEAÑOS
SIEMPRE, en su cumpleaños, mi madre recibía doce rosas
de un viejo admirador. Incluso después de que él muriera, las rosas
siguieron llegando: la gente deja cuadros, muebles;
ese señor dejó boletines de flores,
su forma de decir que la belleza legendaria de mi madre
se había ido a vivir bajo tierra, así de simple.
Al principio, nos pareció una extravagancia.
Más tarde nos acostumbramos: en diciembre, la casa estaba
de pronto repleta de flores. Llegaron, incluso, a establecer
una norma de generosidad, de cortesía.
Después de diez años, no llegaron más rosas.
Pero durante todo ese tiempo creí
que los muertos atendían a los vivos.
No me percaté
de lo anómalo del tema: que la mayoría
de los muertos eran como mi padre.
A mi madre no le importa, no necesita
que mi padre le haga demostraciones.
Su cumpleaños viene y se va; ella lo pasa
junto a una tumba.
Le hace ver de ese modo que comprende,
que acepta su silencio.
Él odia la falsedad. Ella no quiere obligarle
a dar cariño cuando no lo siente.
Página 23
CÍRCULO QUEMADO
MI madre quiere saber
por qué, si tanto odio
la familia,
fundé una y la saqué
adelante. No le contesto.
Lo que odiaba
era ser una niña,
no poder elegir
a quién amar.
No amo a mi hijo
del modo en que pensé que le amaría.
Pensé que yo sería
el amante de orquídeas que descubre
trillium rojo creciendo
a la sombra de un pino
y no lo toca, no necesita
poseerlo. Pero soy
el científico
que se acerca a esa flor
con una lupa
y no la deja,
aunque el sol dibuje un círculo
quemado en torno
de la flor. De esta forma,
más o menos,
me quería mi madre.
Debo aprender
a perdonarla,
puesto que soy incapaz
de perdonar la vida de mi hijo.
Página 24
NIÑOS VOLVIENDO DE LA ESCUELA
VIVIR en la ciudad es otra historia. Alguien debe
ir a esperar al niño a la parada de autobús. Un niño solo
puede desaparecer, perderse, para siempre quizá.
La hija de mi hermana quiere volver sola, caminando; piensa que ya es lo
bastante mayor.
Mi hermana cree que es pronto aún para dar un paso semejante;
lo máximo que su hija consigue
es la opción de ir juntas sin cogerse de la mano.
Y así lo hacen, se comprometen a hacerlo
unas calles tan sólo. Mi sobrina lleva una mano
completamente libre; mi hermana dice
que si es lo bastante mayor para caminar de ese modo, lo es también
para cargar con su violín.
Mi hijo me acusa
de su infelicidad, pero no
con palabras, sino con su forma
de fijar los ojos en el suelo y recorrer
lentamente el camino de entrada: sabe
que lo miro. Por eso
saluda al gato,
para demostrarme que es capaz
de expresar cariño.
Mi padre utilizaba al perro
para hacer lo mismo.
Mi hijo y yo somos
especialistas en silencios.
La nieve barre el cielo;
cambia de rumbo; cae
primero en línea recta,
oblicua luego.
Página 25
3
Una cosa se aprende al crecer con mi hermana:
que las reglas nada significan.
Tarde o temprano, cualquier cosa que uno espere oír, será dicha.
Cualquier cosa: te quiero o no volveré a dirigirte la palabra.
Todo se dice, a menudo en una misma noche.
Luego uno se desliza, toma ventaja. Hay modos
de obligar a alguien a mantener lo que ha dicho; cuando utiliza la palabra
promesa, por ejemplo.
Pero se debe ser paciente, ser capaz de esperar, de escuchar.
Mi sobrina sabe que con el tiempo y con inteligencia, conseguirá lo que se
proponga.
No es una vida mala. Y ella posee esos dones,
tiempo e inteligencia.
Página 26
ANIMALES
MI hermana y yo llegamos
a la misma conclusión:
el mejor modo
de querernos era
no pasar tiempo juntas.
Parecía
que atraíamos
sobre todo a forasteros.
Teníamos buenos vestidos, buenos
modales en públicos.
En privado, estábamos
peleando siempre. Lo normal
era que la mayor terminase
sentada sobre la pequeña,
pellizcándola.
La pequeña
mordía: en cuarenta años
jamás aprendió
la ventaja de no dejar
Señales.
Los padres
tenían un credo: no creían
en la violencia.
La verdad era que, por razones diferentes,
no sentían el impulso
de infligir dolor. Debería herirse
solamente algo a lo que se le pudiera dar
el corazón entero. Ellos preferían
los tribunales: la hija
más errada podía escoger
su castigo.
Mi hermana y yo
nunca nos aliamos,
nunca nos enfrentamos a nuestros padres.
Teníamos
Página 27
otras obsesiones: por ejemplo,
sentir que las dos éramos
demasiadas
para sobrevivir.
Éramos como animales
que intentan compartir un prado seco.
Un árbol, entre nosotras,
lo bastante fuerte apenas para sustentar
una sola vida.
Nunca nos quitábamos
los ojos de encima,
ninguna ponía las manos
en cualquier cosa que pudiera
alimentar a su hermana.
Página 28
SANTAS
EN nuestra familia hubo dos santas,
mi tía y mi abuela.
Pero sus vidas fueron diferentes.
Mi abuela era tranquila, y lo fue hasta su fin.
Era como alguien que camina sobre aguas apacibles;
por alguna razón
el mar era incapaz de hacerle daño.
Cuando mi tía tomó la misma senda,
las olas rompieron, la atacaron;
así responden las Furias
a una naturaleza verdaderamente espiritual.
Mi abuela era cauta, conservadora:
por eso se salvó del sufrimiento.
Mi tía no se salvó de nada:
cada vez que el mar se retira, se lleva un ser querido.
Con todo, su experiencia del mar no será nunca
algo maléfico. A su juicio, es lo que es:
donde el mar toca tierra, la violencia es la norma.
Página 29
DALIA AMARILLA
MI hermana es como el sol, una dalia amarilla.
Dagas de pelo dorado rodean su rostro.
Ojos grises, rebosantes de espíritu.
Me convertí en enemiga de una flor:
ahora me avergüenzo.
Teníamos que ser opuestas:
una hermosa, como la luz del día.
La otra negativa, diferente.
Si hay dos cosas
una debe ser mejor,
¿no es cierto? Ahora sé
que ambas lo pensábamos, si es que puede
llamarse pensar a lo que hacen los niños.
Miro a la hija de mi hermana,
una criatura tan parecida a ella,
y me avergüenzo: nada justifica
el impulso de destruir
una vida más pequeña y dependiente.
Supongo que lo he sabido siempre.
Por eso me hice daño
a cambio:
creí en la justicia.
Éramos como el día y la noche,
un acto de creación.
No podría separar
las dos mitades,
a una niña de la otra.
Página 30
PRIMOS
MI hijo es muy agraciado; su armonía es perfecta.
No es competitivo, como la hija de mi hermana.
Día y noche, ella no deja de entrenarse.
Hoy, lanza bolas de goma contra el haya,
las recoge, las vuelve a lanzar.
Después de un rato, nadie la mira.
Si fuera más fuerte, el árbol estaría pelado.
Mi hijo no quiere jugar con ella, no quiere montar con ella en bici.
Ella lo acepta, está acostumbrada a jugar consigo misma.
No se lo toma como algo personal:
alguien que no juega es alguien a quien no le gusta perder.
No es que mi hijo sea un inepto, que no haga bien las cosas.
Le he visto correr en competiciones; lo hace naturalmente, sin esfuerzo.
Desde el principio, se coloca en cabeza.
Y entonces para. Da la sensación de que ha nacido para rechazar
la soledad del vencedor.
La hija de mi hermana no tiene ese problema.
Puede muy bien ser la primera: ya estaba sola.
Página 31
PARAÍSO
ME crié en un pueblo: ahora
es casi una ciudad.
La gente llega de la urbe, quiere
algo más sencillo, algo
mejor para sus hijos.
Aire puro, un pequeño
establo cerca.
Todas las calles
con nombres de novio o de muchachas.
Nuestra casa era gris, el típico lugar
que uno adquiere para sacar adelante a una familia.
Mi madre aún vive allí, completamente sola.
Cuando la soledad se le viene encima, ve la televisión.
Las casas cada vez están más juntas.
Los viejos árboles se mueren o son derribados.
En cierto modo, también mi padre
anda por allí; le hemos dado
a una piedra su nombre.
Ahora, sobre su cabeza, destella el césped,
cuando la nieve se derrite, en marzo.
Luego brotan las lilas, espesas, como racimos de uvas.
Ellos decían siempre
que yo era como mi padre; él también
mostraba el mismo rechazo por las emociones.
Ellas son las únicas personas emotivas:
mi hermana y mi madre.
Cada vez más a menudo,
mi hermana viene al pueblo,
quita las malas hierbas, cuida del jardín. Mi madre
le cede el mando: ella es la única
que se preocupa, la única que trabaja.
Para ella, el campo es eso:
el césped bien cortado, las flores de color en hileras.
No sabe qué fue esto alguna vez.
Página 32
Pero yo sí, como Adán,
soy la primogénita.
Créeme, uno nunca se cura,
nunca olvida el dolor en el costado,
el lugar donde algo fue arrancado
para hacer a otra persona
Página 33
NIÑO QUE GRITA
AHORA duermes,
tus párpados tiemblan.
¿De qué hijo mío
cabría esperar
un reposo tranquilo, una vida
sólo por instante
libre de recelo?
La noche es fría;
te has quitado las mantas.
En cuanto a tus sueños, tus pensamientos…
Jamás entenderé
que una madre pretenda para sí
el alma de su hijo.
Muchas veces
cometí ese error
enamorada, creyendo
que un sonido salvaje
era el alma desnuda.
Pero contigo no,
ni cuando te abrazaba sin parar.
Habías nacido, estabas lejos.
Fueran lo que fueran,
aquellos gritos venían y se iban
te abrazase o no,
estuviese allí o no.
El alma es silenciosa.
Si habla pese a todo,
lo hace en sueños.
Página 34
NIEVE
FINALES de diciembre: mi padre y yo
vamos a Nueva York, al circo.
Él me lleva en sus hombros
contra el viento cortante:
trozos de papel blanco
flotan sobre las vías
del ferrocarril.
A mi padre le gustaba
quedarse así, de pie, cargar conmigo
para no verme.
Me recuerdo
mirando fijamente hacia delante
al mundo que mi padre veía.
Estaba aprendiendo
a absorber su vacío,
la nieve espesa
que no caía y se quedaba
girando a nuestro alrededor.
Página 35
PARECIDO TERMINAL
LA última vez que vi a mi padre, ambos hicimos la misma cosa.
Él estaba de pie en la puerta del salón
esperando que yo terminase de hablar por teléfono.
Que no estuviera señalando su reloj
era un signo de que quería conversar.
Para nosotros, conversar era siempre lo mismo.
Él decía unas cuantas palabras. Yo respondía con otras.
Eso era todo.
Fue a finales de agosto, hacía mucho calor, había mucha humedad.
Junto a la puerta de al lado, los albañiles vertían grava nueva en el camino
de la entrada.
Mi padre y yo evitábamos quedarnos a solas;
no sabíamos cómo conectar, cómo entablar una conversación cualquiera.
No parecía haber
otras posibilidades.
O sea, que aquello era especial: cuando un hombre se muere,
tiene un tema.
Debía de ser muy pronto aún. Calle arriba y calle abajo
los aspersores se iban encendiendo. La camioneta del jardinero
apareció al final de la manzana,
luego se detuvo, aparcó.
Mi padre quería contarme cómo era morirse.
Me dijo que no sufría.
Me dijo que se anticipaba al dolor, que lo esperaba, pero que no llegaba
nunca.
Tan sólo sentía cierta debilidad.
Le dije que me alegraba por él, que era un hombre con suerte.
Algunos maridos subían al coche, iban al trabajo.
Gente que ya no conocíamos de nada, familias nuevas
con hijos pequeños.
Las mujeres, de pie en los escalones, gesticulaban llamando a alguien.
Nos dijimos adiós como de costumbre,
Página 36
sin abrazarnos, sin dramatizar.
Cuando el taxi llegó, mis padres me miraron desde la puerta de entrada,
cogidos del brazo. Mi madre lanzaba besos, como siempre,
porque le da miedo que una mano no se use.
Pero mi padre no se limitó a quedarse allí, de pie.
Esta vez me dijo adiós con la mano.
Y yo hice lo mismo, desde la puerta del taxi.
Agité mi mano, como él, para disfrazar el temblor.
Página 37
LAMENTO
DE pronto, tras tu muerte, aquellos amigos
que no se pusieron nunca de acuerdo en nada
se ponen de acuerdo acerca de tu carácter.
Son como una casa llena de cantantes
ensayando la misma partitura:
que fuiste justo, fuiste bondadoso, que viviste una vida afortunada.
No hay armonía, no hay contrapunto. Pero tampoco
intérpretes:
las lágrimas vertidas son verdaderas.
Por suerte estás ya muerto; si no
sentirías repugnancia.
Pero una vez que ha pasado todo,
cuando los invitados comienzan a salir en fila, enjugándose los ojos
porque, después de un día así,
encerrado en la pura ortodoxia,
el sol brilla de un modo asombroso
aunque sea el final de la tarde, en septiembre;
cuando el éxodo comienza,
es cuando podrías sentir
punzadas de envidia.
Tus amigos, los vivos, se abrazan,
murmuran un poco en la acera
mientras el sol se apaga y la brisa vespertina
arruga los chales de las mujeres.
Y esto es, esto, el significado
de una «una vida afortunada»:
existir en el presente.
Página 38
IMAGEN EN EL ESPEJO
ESTA noche me vi a mí misma en la ventana oscura
como el vivo retrato de mi padre, cuya vida
transcurrió igual,
pensando en la muerte, excluyendo
otros asuntos sensuales,
de manera que al final fue fácil
renunciar a esa vida, ya que
no contenía nada: ni la voz
de mi madre pudo hacerle
cambiar o arrepentirse
pues su credo era
que si no se puede amar a otro ser humano
no se tiene sitio en este mundo.
Página 39
NIÑOS VOLVIENDO DE LA ESCUELA
EL año en que empecé a ir a la escuela, mi hermana no podía caminar
largas distancias.
Diariamente, mi madre la ataba al cochecito y después
iban hasta la esquina.
Así, cuando la clase acababa, podía verlas: veía a mi madre
imprecisa primero, poco después una figura con brazos.
Yo caminaba muy lenta, haciéndome la independiente.
Por eso mi hermana me envidiaba: ella no sabía
que uno puede mentir con el rostro, con el cuerpo.
No veía que las dos representábamos falsos papeles.
Ella quería libertad. Mientras que yo seguía, patéticamente,
codiciando el cochecito. Así
toda mi vida.
Y así, algo dentro de mí se fue perdiendo: toda la espera, todo el esfuerzo
de mi madre por controlar a mi hermana, las llamadas, los aspavientos…
pues, en ese sentido, yo no tenía ya un hogar.
Página 40
AMAZONAS
FINALES de verano: los abetos dejan ver unos pocos brotes verdes.
Todo lo demás es dorado: así es como uno se percata del fin de la estación
creciente.
Una simetría entre lo que muere y lo que está empezando a florecer.
Mi familia siempre ha sido muy sensible a esta época del año.
También nosotros estamos muriendo, todo el clan.
Mi hermana y yo somos el final de algo.
Ahora las ventanas se han oscurecido
y la lluvia viene, densa y constante.
En el comedor, los niños dibujan
como hacíamos nosotras: cuando no podíamos ver
dibujábamos.
Puedo ver el fin: es el nombre el que se aleja.
Cuando hayamos terminado con él, estará acabado, será una lengua muerta.
Una lengua muere porque no necesita ser hablada.
Mi hermana y yo somos como amazonas,
una tribu sin futuro.
Miro a los niños dibujar: mi hijo, su hija.
Nosotras usábamos tizas blandas; un material que se extingue.
Página 41
MÚSICA CELESTE
TENGO una amiga que aún cree en el cielo.
No es estúpida, pero a pesar de lo que sabe, habla literalmente con dios,
piensa que allá arriba alguien escucha.
Aquí, sobre la tierra, su talento es extraordinario.
Además, es valiente, capaz de plantar cara a lo desagradable.
Una vez encontramos una oruga muriéndose en el polvo, con hormigas
glotonas encima de ella.
Siempre me ha enternecido la debilidad, el desastre, siempre he ansiado
oponerme a lo vivo.
Pero tímida como soy, cierro pronto los ojos.
Mi amiga, sin embargo, era capaz de mirar, dejar que los sucesos se
desarrollaran
acordes con la naturaleza. Por consideración hacia mí, intervino,
retiró algunas hormigas de aquella cosa deshecha y la depositó al otro lado
de la calle.
Mi amiga dice que cierro los ojos a dios, que nada sino eso explica
mi aversión a la realidad. Dice que soy como el niño que sepulta su cabeza
en la almohada
para no ver, el niño que se dice:
la luz causa tristeza.
Mi amiga viene a ser la madre. Paciente, me incita
a despertar, a ser adulta como ella, a tener coraje.
En sueños, mi amiga me amonesta. Caminamos
por la calle de siempre, sólo que es invierno;
me dice que cuando se ama el mundo se escucha música celeste:
mira hacia arriba, dice. Pero cuando miro, nada.
Sólo nubes, nieve, un blanco acontecer entre los árboles
como novias brincando en las alturas.
Entonces temo por ella; la veo
apresada en una red arrojada en la tierra con alevosía.
En el mundo real, nos sentamos al borde del camino, mirando la puesta de
sol;
de vez en cuando el grito de un ave perfora el silencio.
Y es entonces cuando ambas tratamos de explicar
por qué nos sentimos cómodas con la muerte, con la soledad.
Página 42
Mi amiga dibuja un círculo en la tierra; dentro de él, la
oruga no se mueve.
Ella siempre intenta construir un todo, algo bello, una imagen
capaz de vivir por sí misma.
Permanecemos serenas. Sentarse aquí da paz, sin decir palabra, fija
la composición, el camino que torna de repente oscuro, el aire
que refresca, aquí y allá, las rocas que brillan y relucen…
Es esta quietud lo que ambas amamos.
Amar la forma es amar los finales.
Página 43
PRIMER RECUERDO
HACE mucho tiempo, fui herida. Viví
para vengarme
de mi padre, no
por lo que él fue
sino por lo que fue de mí: desde el principio,
desde niña, creí
que el dolor quería decir
que no me amaban.
Que amaba, quería decir.
Página 44
El traductor quiere dar las gracias a Ruth Miguel Franco, Manuel Borrás, José
Muñoz Millanes y Carlos Gutiérrez Sanfeliu por su generosa lectura y sus valiosas
sugerencias
Página 45
Louise Elisabeth Glück (Nueva York, 22 de abril de 1943) es una poeta americana de
origen judío húngaro. Nació en Nueva York y creció en Long Island. Su formación
académica comienza en la George W. Hewlett High School donde se graduó para
continuar después en el Sarah Lawrence College de la ciudad de Yonkers, en el
mismo estado de Nueva York, pese a los problemas de salud que sufría. Finalmente,
realizó en la Escuela de Educación General de Universidad de Columbia distintos
talleres de poesía.
Glück imparte clases de lengua inglesa en el Williams College en Williamstown,
Massachussets, además de hacerlo también en la Universidad de Yale, donde ocupa la
Cátedra de Literatura.
Ha escrito numerosos libros de poesía por los que ha recibido premios de gran
prestigio. Ya en el año 1993 se alzó con el Pulitzer de poesía por su poemario The
Wild Iris, que también le valió el premio William Carlos Williams de la Poetry
Society of America. Un año después su colección de ensayos Proofs and Theories:
Essays on Poetry se alzaría con el PEN Martha Albrand. También ha resultado
ganadora del premio Nacional de Poesía Rebekah Johnson Bobbit por su obra Ararat,
del National Book Critics Circle Award por su obra The triumph of Achiles o del
Academy of American Poet’s gracias a su obra Firstborn.
Su trayectoria profesional le ha permitido conseguir también la medalla al Mérito
MIT o distintas becas de fundaciones como Guggenheim o Rockefeller. Tiene el
honor de ser la 12.ª poeta laureada por la Biblioteca del Congreso de los Estados
Página 46
Unidos (2003-2004), tiempo durante el cual escribió otra de sus principales obras,
Averno. En 2020 la autora americana recibió el Premio Nobel de Literatura en
reconocimiento a toda su trayectoria.
Página 47