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Historia Rural Tomo II 1886 - 1894

Historia Rural Tomo II 1886 -1894 Barran Nahum

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HISTORIA RURAL DEL

URUGUAY MODERNO
Tomo II - 1886 - 1894
HISTORIA RURAI. DEL
uRuGuAv Monfnuo
II. I886 - I894
(la crisis económita)

Benjamín Nahum
.Iosé Pedro Barrán

 :n|c|oNss na LA BANDA omanm.


Parte de la investigación que este volumen requirió fue
realizada durante el año de licencia que de acuerdo al
Estatuto del Profesor nos fuera concedido en 1968 por el
Consejo Nacional de Enseñanza Secundaria.
Corresponde agradecer al Profesor Armando Miraldi Ló-
pez Ia ayuda invalorable que nos prestara al fichar en la
Escribanla de Gobiemo y Hacienda las escrituras sobre
ventas de tierras. La elaboración de estos datos asi como
los relativos al precio del ganado le corresponde por
entero. En esa labor fue secundado por la señorita Ana
María Martínez.
Los autores integran el equipo "Historia y Presente" con
Blanca Paris de Oddone, Roque Faraone, Juan A. Oddo-
ne, Carlos Benvenuto. Julio Millot, Lucla Sala de Tou-
rón, Nelson de la Torre'y Julio Carlos Rodríguez.
Sección I
LA CRISIS DEL
URUGUAY TRADICIONAL
I886 -1894
Introducción

Entre 1886 y 1894 las dos bases económicas fundamentales del


Uruguay, la ganadería y el comercio, se vieron afectadas por una
crisis de naturaleza compleja. Esta situación comprometió actividades
básicas en el país y colocó a la nación ante una perspectiva nueva;
actuó como un auténtico desafío a las estructuras económicas vigen-
tes y promovió su enjuiciamiento. Los primeros ataques serios al ex-
clusivismo pastor se realizaron en este período. Todos los temas co-
nexos a la gran vertebración del país en torno a su dualismo econó-
mico -comercial y ganadero- fueron considerados por los contem-
poráneos, perplejos al contemplar el orden tradicional conmovido en
sus cimientos.
Por esos años los fuertes comerciantes del puerto de Montevideo
comenzaron a observar cómo una de sus fuentes más seguras de in-
gresos empezaba a desaparecer: el comercio de tránsito desde y ha-
cia el litoral argentino, Paraguay y Río Grande del Sur. Y el lla-
mado “alto comercio" habia sido desde los lejanos dias en que éra-
mos colonia española, uno de los pilares de la sociedad y la economía
orientales.
A la lenta decadencia de este grupo social y la actividad mer-
cantil del pais sólo haremos una referencia lateral en este libro. No
hemos investigado el problema en profundidad y únicamente pode-
mos señalar las tendencias de esta evolución. Pero como fue un
hecho que quebró la imagen del Uruguay tradicional tanto como la
crisis en el medio rural, nos ha parecido imprescindible hacer re-
ferencia al mismo cada vez que sea necesario para una cabal com-
prensión de la evolución global del país. Además el “alto comercio",
expresión conspicua de la clase monopolizadora del oro, fue un fac-
tor esencial entre los determinantes de la usura en la campaña y de
toda la política monetaria (y por lo tanto crediticia) en el Uruguay.
Empero, el Uruguay era (y es) fundamentalmente un país ga-
nadero. Lo que aconteciera en esa actividad económica repercutiria
en todos los planos de la vida nacional. Y entre los años 1886 a 1894
la ganadería' se vio detenida en su proceso de modernización por una
crisis.
Los estancieros asistieron a un fenómeno paradojal. La abun-

9
dancia de ganado vacuno tornó difícil colocar el exceso de produc-
ción, en particular la carne en forma de tasajo. Las cotizaciones in-
ternacionales de nuestros más importantes productos -cueros, lana-
descendieron en los mercados consumidores europeos desde 1880. Sin
embargo, la elasticidad de la producción rural durante los gobiernos
militares habia permitido a la nación compensar el descenso de los
precios con el aumento del volumen exportado. Esa elasticidad hacia
1886 concluyó. Los estancieros, con su técnica de explotación, no po-
dian mantener en las praderas naturales uruguayas más ganado del
que ya poseían. No se pudo seguir neutralizando el efecto externo
con la mayor producción interna.
Por otra parte, luego de 1891 la ganadería se verá afectada por
diversos fenómenos que alterarán la riqueza pecuaria del país, dismi-
nuyéndola. O por “plétora", como llamaron los contemporáneos a la
superproducción ganadera, o por descenso, lo cierto es que entre
1886 y 1894 la actividad pastoril no respondió a las exigencias cre-
cientes de un medio urbano entregado a la especulación bursátil, el
consumo casi siempre improductivo y el endeudamiento externo cre-
ciente con la City londinense.
Las dificultades económicas por las que atravesó el país aviva-
ron los conflictos entre los grupos productores y de intermediación.
Estancieros, agricultores, industriales, comerciantes y dentro de cada
uno de ellos mismos diversos subgrupos, entraron en una lucha en-
carnizada por el reparto del ingreso nacional menguado por las difi-
cultades externas e internas.
Liga de saladeristas, oposición entre estancieros invernadores y
estancieros criadores, proteccionismo a los grupos industriales resis-
tido en otros ámbitos sociales, todo ello configuró un panorama de
tensión que el Estado debió interpretar en su legislación impositiva
beneficiando a unos en detrimento de otros. Las traslaciones del in-
greso nos revelarán la singular influencia de la clase alta rural. La
lucha por el crédito barato y el triunfo orista, el todavía fortísimo pe-
so del denominado “alto comercio".
Más en el plano intelectual que en el de los hechos ecònómicos,
se desarrolló paralela a la crisis una búsqueda de soluciones. El mer-
cado mundial de carnes se mostró apto y hasta ansioso por hallar
nuevos países proveedores. Los estancieros lo comprendieron. Pero
una cosa es la comprensión del fenómeno y otra muy distinta realizar
las modificaciones necesarias en la estructura económica que esa mis-
ma comprensión intelectual exige. En el ánimo de los contemporáneos
mestizar las haciendas criollas con reproductores finos llegados de
Europa, a la vez que alimentar al nuevo animal en praderas mejora-
das, eran las respuestas a la crisis de la ganaderia que los nuevos
requerimientos del exterior indicaban. Exportar el ganado en pie
hacia Inglaterra o la carne de las caponadas congeladas fue factible.
Pero había que modificar la estancia, invertir, contar con crédito,
destinar menos al consumo y más a la capitalización del fundo. Ello,
por diversas razones, no se hizo. La nación salió de la crisis no por
su esfuerzo sino porque las circunstancias internacionales se modifi-
caron a partir de 1894/1895.
En cuanto al “alto comercio", no salió de ella jamás. La debili-

1O
dad del comercio de tránsito continuó ac'entuándose y aunque el
triunfo orista reveló la fuerza económica y social de ese grupo, el
futuro apuntaba contra ellos. El Uruguay del siglo XX sería el Uru-
guay de los estancieros como el Uruguay del siglo XIX había sido
el Uruguay de los comerciantes. Lo que no quiere decir que deba to-
marse esta afirmación como un dogma. Todos los matices deben in-
troducirse. El peso que en la conducción del país ejercieron los co-
merciantes no desapareció, tendió a disminuir. Otros grupos sociales
estaban al acecho: estancieros, industriales, una incipiente clase me-
dia y obrera. Alguno de ellos recogería la dirección del Uruguay en
el siglo que se iniciaba.
U Ú 0

La época que se estudia en este volumen se ha caracterizado en


la historiografía tradicional por el gran vértigo que fue la crisis
de 1890. Hemos pretendido enmarcar ese acontecimiento dentro de
las coordenadas naturales de la evolución económica del pais para
valorarlo en un contexto en el que tiene su lugar preciso y pierde
mucho de-su carácter dramático e imprevisto.
Pero además, juzgaríamos mal la trascendencia de estos años en
la historia nacional si sólo tuviéramos en cuenta los cambios acaeci-
dos en ellos, que fueron pocos y escasos. El país salió de la crisis con
las estructuras económicas rurales apenas modificadas. Más grandes
alteraciones acontecieron en el medio económico y social urbano. Sin
embargo en esta época se gestaron algunos de los grandes temas del
siglo XX. El estatismo, el nacionalismo económico, las duras luchas
en torno al reparto del ingreso proveniente de la ganadería y al mo-
nopolio crediticio de la oligarquía orista, el cuestionamiento de nues-
tro destino manifiesto como pais pastoril, la puesta en tela de juicio
del régimen vigente de propiedad privada de la tierra y hasta la ex-
tranjerización de las vias férreas, todo ello fue colocado sobre el ta-
pete por la crisis y quedó como semillero para los años por venir.
Período de transición, difícil de caracterizar por definición, entre
un Uruguay que se resistia a morir y otro que pugnaba por
nacer, los años estudiados por vez primera llevaron a la concien-
cia nacional la gran problemática que el siglo XX tuvo por necesi-
dad que abordar.

11
r
PARTE I
CAUSAS DE LA CRISIS GANADERA

Capitulo I
Caracterización de la crisis en la ganadería

"Dentro de pocos dias podremos solemnizar el aniversario


de la paz de 1851: nos separan sólo cuarenta años de aquel
acto memorable. La guerra sin tregua habia durado quince
años. teniamos apenas 132.000 habitantes, estaba destruida la
mayor parte de nuestro pueblos, abandonados casi comple-
tamente los trabajos agricolas, inmenso número de ganados
habian vuelto al estado salvaje de los tiempos coloniales; el
pais, fuera de las costas, era casi un desierto... Recuerdo de
niño haber viajado con mi familia de Montevideo a la fron-
tera con un séquito de hombres armados y necesitando mu-
chas veces pernoctar en una cuchilla* porque no se divisaba
en el horizonte ni el humo ni la silueta de una vivienda
humana.
Pues bien: si ahora renaciesen los combatientes de aquella
época, ¿podrían reconocer el teatro desolado de sus luchas
troyas en esta bella capital de 150.000 habitantes? ¿Recono-
cerian aquel desierto de los entreveros sangrientos, en esta
campaña cruzada por los telégratos y los ferrocarriles, con
todas las propiedades deslindadas y cercadas, con centenares
de escuelas, con oasis de agricultura esparcidos en todos los
ámbitos del paisil".
(Carlos Maria Ramirez en la sesión del 30 de setiembre
de 1891 de la Cámara de Senadores. Diario de Sesiones,
tomo 53. D. 514).
"Asimismo, nuestra ganaderia está en decadencia; hoy es
un mal negocio. ¿Por qué razón?... porque los factores de
producción han aumentado; el valor de los campos... los
jomales... la vida se ha hecho muchisimo más cara... Antes
nos contentábamos con viajar en diligencia, y hoy viajamos
en ferrocarril; por consiguiente, cuando antes se hacia un
viaje. se hacen cuatro hoy; la vida del estanciero de ahora
n_o es la vida del estanciero de hace 8 ó 10 años; por con-
siguiente necesita que su negocio le produzca más, para que
sea beneficioso.
El tasajo brasilero tiende a dejar de ser un estimulo para
nuestros ganaderos, no porque esté en baja, sino porque no
compensa el costo de producci6n..."

13
(Lucas Herrera y Obes en la sesión del 4 de setiembre
de 1890 de la Cámara de Representantes. Diario de Se-
siones, Tomo 110, p. 135-144).

Como ya hemos anotado al final del Tomo I de esta obra, el Mi-


litarismo, al restablecer la paz y el orden en la campaña, provocó el
crecimiento natural de nuestro stock ganadero que alcanzó hacia
1882 la cifra limite para la capacidad de nuestras praderas naturales
de 8 millones de cabezas bovinas. Entre lo que se podia extraer por
año de nuestros campos y lo que se industrializaba en los saladeros o
se consumía en el pais, se producía un desequilibrio que permitía afir-
mar a la mayoría de los contemporáneos que habia “plétora" o sobra
de ganado. Entre 1885 y 1890 el problema se tornó angustiosa.
La producción argentina que recién había incorporado las es-
tancias de la Pampa luego de la campaña del desierto del General
Roca en 1879, entró a competir en el abastecimiento de los dos únicos
mercados consumidores de tasajo: Brasil y Cuba. El Brasil acentuó
su proteccionismo aduanero buscando beneficiar a los saladeros rio-
grandenses y llegó a cerrar por todo un año, 1887, sus puertos a los
tasajos del Río de la Plata con el pretexto de medidas sanitarias.
Las consecuencias eran previsibles: el precio del ganado descendió y
saladeristas y estancieros entraron en una lucha abierta para hacer
recaer cada uno sobre el otro los resultados de un negocio antes flo-
reciente y ahora tan menguado.
Si el cálculo que del stock vacuno del país realizó en 1882 el
estadigrafo Constante G. Fontán Illas puede parecer exagerado
(9.984.083 cabezas) (1), (*) la Sociedad de Economía Política ase-
sorada por la Asociación Rural llegó por la misma fecha a la cifra de
8 millones de cabezas (2). La Revista del gremio de los hacendados
sostuvo en octubre de 1886 “que la existencia de ganados en la Re-
pública debe calcularse en treinta millones de ganado lanar y ocho
millones, mínimun, de ganado vacuno" (3) Todos negaban las 'cifras
derivadas de las declaraciones de los estancieros para el pago de la
Contribución Directa que por estos añostodavía gravaba el ganado
en pie. Estas declaraciones, y la unanimidad de las fuentes es sinto-
mática, eran falsas. .
Reconociendo lo que denominaba "exceso de producción" dijo el
diputado~estanciero Antonio M@ Rodríguez en octubre de 1885:
“. . .hay que tener presente que no sólo se ha producido en nues-
tro pais, sino que se ha producido en el Plata; puesto que este fenó-
meno no sólo se observa en el Uruguay, sino que se observa. en los
pueblos vecinos... La República Argentina, con motivo de haber
paciƒicado alguna de sus provincias interiores que producían ganado
(') Fontán Illas consideraba que a lo declarado por los hacendados, 6.791.778
cabezas vacunas, debian sumarse: un 20% por ocultación, cabezas 1.358.235;
300.000 novrlladas invemadas para la faena saladeril; 34.070 bueyes declarados;
y ganados libres del pago del impuesto de Contribución Directa pertenecientes
H D¢0fleS- _¢HDflì8C€S Y agregados de las estancias, chacareros. quinteros. leche-
ros, carrerxlleros, los que ascenderian a 1.500.000. De ahi su cálculo total de
9.984.083 cabezas bovinas.

14
abundante, de haber conquistado en el desierto grandes extensiones,
que ha dedicado también a la ganadería; produce ahora un número
de animales muchísimo mayor que el que producía anteriormente. . .
Todas estas consideraciones están demostrando con toda evidencia,
que el exceso de producción es un hecho. En varios articulos publi-
cados en “El Partido Colorado”, en “La Situación” y en “El Siglo”,
se decía lo mismo; y tomando datos estadisticas, se llegaba a hacer
el cálculo de que el sobrante de animales no colocados este año as-
cendia, según unos a 200.000, y según otros a 400.000. . ." (")
Naturalmente que esto llevaba consigo el recargo de los campos
y por consiguiente el hambre en las haciendas:
“. .. ese exceso de animales que quedan sin ƒaenar, determina
después la otra crisis, que es la de la epidemia; epidemia de ham-
bre... es que los campos que tenemos no son bastante para conte-
ner el número de animales que debían haberse sacado de ellos y pa-
ra el procreo que de ellos debe venir; y ese procreo que está preci-
samente en la edad de desarrollo, cuando más necesita... medios de
alimentación, es entonces cuando tropieza con la dificultad de que
el ganado grande... que tiene resistencia para trasladarse de un
punto a otro, le quita el alimento que necesita el animal pequeño._. .
y éste muere, o se enƒlaquece, o hay que matarlo”. (4)
Esta posición fue reforzada días después por otro estanciero en
el seno de la misma Cámara:
“Nuestra campaña está poblada, y tan poblada está, señor Pre-
sidente que si dejara de ƒaenarse dos años en el país, yo no sé donde
se podria poner el ganado. Es una cosa imposible. . ." (5) (")
El 12 de febrero de 1885 “E1 Telégrafo Maritimo" daba cuenta
que “. . .dado el exceso de producción que se nota en el pais por el
crecido número de ganados que procrea, el ganadero mata más de las
tres cuartas partes de los animales en el momento de nacer, alivian-
do asi su campo de un recargo que perjudicaria el elemento primor-
dial de su negocio”. › -
El primitivismo de la solución debe retenerse. Matar las crías,
hecho frecuente en la época entre los estancieros invernadores, es-
taba incluso sucediendo entre los estancieros criadores. Había que
“aliviar” el campo a toda costa.
La superproducción de ganado vacuno en el país está confirma-
da por todos los testimonios. Incluso en la prensa periódica frases
como “la ganadería, atacada por la crisis pletórica que la abruma"
se repetían con monotonía cada vez que de la materia rural se trata-
ba. Pero este hecho podía ser interpretado de diversas maneras y
juzgadas sus consecuencias desde muy distintos ángulos.
Los saladeristas tenían particularísimo interés en popularìzar el
(') En todas las citas de este volumen hemos modemizado la ortografia'
del documento original. Los puntos suspensivos indican párrafos que hemos su-
primido para aligerar la lectura. Las frases o palabras puestas entre paréntesis
rectos nos pertenecen y sólo tienen como misión ligar conceptos. Los subraya-
dos nos corresponden.
(") Como ya hemos comprobado en el tomo I, pás. 613-614. la "plétora"
Dodia ser calculada tomando en cuenta el consumo interno ,ia zafra saiaderil y
la producción anual de vacunos. En 1882 el sobrante seria de 267.000 cabezas, en
1883 de 301.000; en 1884 de 152.000 y en 1885 de 358.000.

15
concepto de que la crisis se estaba produciendo por exceso de produc-
ción y por consiguiente el resultado natural era el descenso en el
precio de los novillos. Desde la Revista de la Asociación Rural
-abierta a todas las tendencias de la producción por estos años y no
centrada exclusivamente en la defensa del interés de los hacendados,
aunque él primara- Benjamín Martínez, eficaz portavoz de los in-
tereses saladeristas, no perdía ocasión de señalar los sobrantes anua-
les de ganado vacuno bregando por una solución que también hacía
referencia al interés que defendía: la apertura del mercado europeo
para el tasajo. (6)
Muchos hacendados advirtieron de inmediato el peligro. Bajo
el sugestivo titulo de “Los supuestos excedentes [Link] producción
ganadera" y en la sección “Ecos de la campaña" donde- se recogían
opiniones enviadas desde el interior del país por los estancieros, la
Revista de la Asociación Rural publicó en marzo de 1884 una carta
de un colaborador anónimo. Este comenzó por sostener que en ope-
raciones sobre ganado por él conocidas, el precio que abonaron en
los saladeros fue de $ 18.50 por cabeza, a pesar de lo cual “_ . .el se-
ñor Martinez nos dice que la_oƒerta supedita a la demanda y que los
precios por el ganado gordo bajarán a la mitad.. . habria grandes
motivos para creer que la alarma sólo puede ser inƒundida por los
interesados en el negocio de saladero, para producir baja en los ga-
nados y tener mayores ganancias en la ƒaena” (7)
Pero el cielo no se puede tapar con un harnero. El precio del
ganado habia descendido y la plétora era una realidad. Interpretarla
correctamente no era sencillo. Se necesitó la lucidez poco común de
un hombre que habia sido saladerista y a la vez hacendado y que por
sobre todo, era una inteligencia brillante, Lucas Herrera y Obes, pa-
ra poner las cosas en su respectivo lugar.
Como ya lo señaláramos al comentar el problema en nuestro To-
mo I, Lucas Herrera y Obes sostuvo desde la prensa y la Cámara de
Diputados que la crisis no se debía a que los saladeros no pudieran
faenar más, ya que en el mercado brasileño continuaba el aumento
del consumo a medida que crecía su población. Si el precio del gana-
do había descendido de $ 16, 17 y 18 bajo el gobierno de Latorre
(1876-1880) a $ 13, 14 y 16 (8) bajo la administración de Tajes
(1886-1890) ello se debía no sólo a que el tasajo oriental debía so-
portar la competencia argentina y riograndense sino a otro aconteci-
miento fundamental: cueros y gorduras, dos productos capitales y
más influyentes en la formación del precio del vacuno, también ha-
bían sufrido un descenso en su cotización internacional.
La crisis de la ganadería no consistía en que sobrara carne (aun-
que en realidad sobraba ya que los saladeristas no deseaban faenar
toda la que el país producía si los estancieros no consentían en ven-
der todavía más baratos sus novillos). La crisis de la ganaderia era
una crisis total. El tasajo entraba en ella como uno de los factores
componentes y no el esencial por cierto. La crisis afectaba a todos los
productos derivados del ganado vacuno.
Y aunque se repitan conceptos ya enunciados en el Tomo I, no
creemos pecar por demasía en agregar otro razonamiento que Lucas
Herrera y Obes desarrolló con sagacidad. La crisis de la ganadería

16
estaba íntimamente vinculada a la mo_dernización parcial de la cam-
paña uruguaya. Ella había implicado inversiones que elevaron el pre-
cio de la tierra: para que el Estado mantuviera el orden (ferroca-
rriles y costosas armas modernas); para controlar el ganado (el
alambramiento). Estas inversiones no encontraron respuesta satis-
factoria en la cotización del ganado:
“Lo que ha traido crisis y las continuará trayendo, pudiendo
asumir proporciones alarmantes, es la ƒalta de relación entre el pre-
cio de venta y el de producción, desde que éste se ha elevado por el
encarecimiento de los factores de ella y siendo necesario que conti-
núen encareciendo para que el desarrollo de la riqueza y el progreso
del país continúen en progreso creciente”. (9)
Aumento del consumo en el Brasil a costa del bajo precio del ga-
nado en el Uruguay y del crecimiento de la producción pecuaria ar-
gentina; descenso de la cotización internacional de los cueros y las
gorduras; elevación, contemporánea a estos fenómenos, del precio de
la tierra y los gastos en la estancia semi-modernizada: esos eran los
elementos de la crisis en la ganadería. Podían complicarse. Cuando
el Imperio del Brasil cerró sus puertos al tasajo platense en 1887 la
plétora -ante la supresión de la faena por los saladeros- alcanzó
proporciones de catástrofe. Los campos recargados durante todo el
período soportaron mal la sequía de 1890-1893 y el número elevado
de animales muertos debióse con seguridad tanto a la falta de lluvias
como al previo exceso de cabezas por hectárea. Lo cierto era que la
ganadería no estaba preparada para soportar ella sola toda la carga
del país. Tanto más cuanto que la nación alentada por la evolución
política que la condujo sin derramamiento de sangre del militarismo
al civilismo y excitada también por las irresponsables inversiones ex-
tranjeras, estaba acostumbrándose a un nivel de vida del que desper-
taria tarde o temprano para ingresar a una pesadillesca realidad don-
de la infraestructura mostraría toda su debilidad.
ñ 1 O

Hacia 1894-1895 la ganadería, en aras de fenómenos extemos


al Uruguay, comenzó a salir de esta crisis.
La cifra de la existencia de cabezas vacunas no había variado en
lo esencial a pesar de la sequía y las pérdidas consiguientes. Ya en
1894 las más diversas fuentes repetían la tradicional estimación de
8 millones de cabezas (10). El problema de la plétora volvía a re-
plantearse. Pero la circunstancia externa era diferente.
La revolución riograndense (1893-95), que debilitó la riqueza
pecuaria en el sur del Brasil, nos benefició eliminando durante algu-
nos años un peligroso competidor que gozaba de evidentes privile-
gios impositivos. No ocurrió ello de inmediato. Como ha sucedido
siempre que en la cuenca del Plata se producían conflictos armados,
los beneficiados del primer momento fueron los industriales. Los estan-
cieros riograndenses, ante los previsibles excesos de los ejércitos
combatientes, se apresuraron en 1893 a vender sus tropas a los sala-
deristas, a venderlo todo y a cualquier precio. (11).
Sin embargo, en agosto del mismo año Eduardo Acevedo podía

17
anunciar esperanzado a estancieros y saladeristas orientales desde las
columnas de “El Siglo" que “. . .el stock de tasajo ha suƒrido nota-
blemente por el notorio estado en que se encuentra la provincia de
Rio Grande, estado de duración incierta, que ha abatido su ganaderia
e impedido el Juncionamiento regular de sus establecimientos sala-
deriles”.
Y en diciembre aseguró: “. . .los saladeros de Rio Grande no han
empezado todavia sus Jaenas, ni una vez empezadas podrán prose-
guirlas con la actividad de antes, debido a la guerra civil. . . que ha
destruido y sigue destruyendo con tremenda saña todas sus estancias
hasta el extremo de que dentro de los extensos radios en que se de-
senuuelve la lucha, no se encuentra una sola vaca, según reƒeria ha-
ce poco un estanciero de la frontera. El ganado que no ha sido car-
neado por castilhistas o por ƒederales ha sido traido a territorio orierv
tal". (12)
Los saladeros riograndenses (excluyendo los llamados de la
“frontera” que faenaban ganado uruguayo) efectuaron matanzas de
450.000 a 485.000 cabezas entre 1891 y 1893 pero descendieron con
brusquedad a 380.000 en 1894, 280.000 en 1895 y 215.000 en 1896.
i..a competencia argentina, brutal entre 1888 y 1895, comenzó a
disminuir también en 1896. La explicación en este caso es simple.
El ganado argentino, mejor mestizado que el oriental, fue enviado
hacia inglaterra. Nos podian abandonar el mercado brasileño que pa-
gaba menores precios y se tornaba cada dia mas dificil con su guerra
de tarifas contra el tasajo platense. Lo cierto es que luego de
1894-1895 la situación del principal mercado tasajero cambió para
los productores orientales. Y cambió a su favor.
También 1895 señala un punto de ruptura en la continua cur-
va descendente de los precios de nuestra producción en el mercado
europeo. Cueros, lanas y gorduras, en mayor o menor grado, con al-
guna diferencia de anos, pero coincidiendo con la nueva coyuntura
económica que vivió la economía capitalista luego de 1895, elevaron
su cotización internacional. Y el Uruguay rural sin solucionar nin-
guno de los problemas de fondo que planteó la crisis de la ganadería
semi-modermzada, capeó el temporal para salir de él exportando
todavia la carne en forma de tasajo ya que el proclamado mestizaje
de la hacienda vacuna no se habia realizado y no podíamos enviar
ganado al mercado inglés. Los estancieros no habían querido, o no
habian podido (o ambas cosas entremezcladas, que de eso hablare-
mos con posterioridad), cortar el nudo gordiano de la crisis. La
flanquearon, no la enfrentaron. La coyuntura internacional les
dio un respiro hacia 1895 y la estancia semi-moderna pareció
hallar otra vez su ubicación en el contexto económico mundial.
Quedaba, sin embargo, un problema sin solución. El más gra-
ve. Los factores de la producción continuaban encareciéndose
(en particular el precio de la tierra que luego del bajón produ-
cido por la crisis de 1890 siguió su marcha ascendente), y el sala-
dero oriental tanto como el consumidor brasileño o cubano pobre no
podían abonar por la carne lo que el estanciero hubiera deseado.
Cuando el margen de utilidad se estrechara peligrosamente el hacen-
dado tendría por necesidad que mestizar y abandonar al ganado crio-

18
llo. Pero eso recién acontecerá en -los albores del siglo XX y con
muchas limitaciones por cierto. ,
El lector no debe perder de vista que la República fue el úl-
timo pais en vivir dependiente del tasajo, así como fue el primero en
fabricarlo como producto industrial. Las resistencias al cambio en
esta sociedad pastora necesitan ser explicadas históricamente, pero
desde ya surgen como poderosas y hasta enfermizas.
O O U
1

Problema menor, por cierto, visto que el Uruguay no estaba ha-


bituado a valorar en demasía la carne del ganado ovino, fue el que
presentó la llamada “plétora ovina".
Para determinar la crisis en la ganaderia fue fundamental el
descenso eu el precio de las lanas. Ello será estudiado más adelante
junto al factor externo que desencadenó las dificultades. Pero desde
ya puede adelantarse que aunque la crisis afectó a ambos tipos de
ganado se sintió mas en el vacuno, por lo que, y otra vez más en la his-
toria nacieual, el ovino aparecia obrando como un seguro frente a
las oscilaciones de la explotacion vacuna tradicional. En este sentido
el periodo que estamos presentando reeditó algunos de los hechos acae-
cidos cuando la primera crisis de superproducción vacuna que hemos
conocido y estudiado en la década 1860-1870.
Se habló, empero, de “plétora ovina”, sosteniéndose por parte de
legisladores, periodistas y estancieros, que asi como habia “exceso
de producción" de ganado mayor también lo habia de ganado menor.
Las cifras del stock ovino que conocemos son de uua variabili-
dad tal que el investigador, ante algunos cálculos, cree estar enfren-
tado a mentalidades pre-capitalistas, aquellas en donde la ciencia del
número era poco menos que esotérica. En «E1885 la Comisión de Fo-
mento de la Cámara de Representantes, al aconsejar la sanción de un
proyecto de ley que acordaba garantias al capital de las empresas
que exportasen carne fresca, sostuvo que existían en el pais ¡57 millo-
nes de lanares!
Tal cantidad no fue defendida por nadie más que por los fir-
mantes de dicho documento. Quien la ridiculizó fue un colaborador
del diario “La Situación”. Luego de concordar con la opinión más
corriente en el sentido de que el sobrante del ganado vacuno equi-
valia a unas 400.000 cabezas anuales, el periodista se preguntó qué
sentido tenía acordar garantias a empresas frigoríficas que sólo po-
drian exportar carne fresca ovina, pues el vacuno todavía no se con-
gelaba bien. Sostuvo que el ganado lanar en el Uruguay sumaba
como máximo de 18 a 20 millones de cabezas y que “La producción
de esta última suma al 30 % [procreo estimado] apenas si alcanza
a cubrir el consumo del pais y la limitada exportación que del gana-
do ovino se eƒectúa. Bien sabido es que, cuando menos, unas dos ter-
ceras partes de los habitantes del pais se alimentan con carne del ga-
nado lanar, constituyendo esas carnes en ciertos parajes el exclusivo
alimento de sus moradores. De aqui resulta que los 6 millones de ca-
bezas de animales lanares, en que se puede calcular la producción
anual, casi no alcanza a cubrir las necesidades de consumo del pais.

19
Se puede asegurar sin temor de equivocación que en el ganado ovi-
no no existe plétora. .. Y debemos agregar que la depreciación que
se nota en dicho ganado es sólo debido a la baja que han sufrido las
lanas en los últimos dos años”. (13).
Finalizaba el periodista preguntando porqué ese privilegio a las
compañias que exportasen carne fresca, garantizándoles una ganancia
determinada, en detrimento de industrias ya existentes. No cabe du-
da -y luego lo comprobaremos- que detrás de toda esta resisten-
cia a la instalación de nuevas fábricas de carnes se hallaban los in-
tereses de la industria de carnes en funcionamiento: saladeros y fá-
bricas de conserva y extracto, en particular la "Liebig's Extract of
Meat Co. Ltd.”.
La polémica se entabló de imnediato. Desde la Revista de la
Asociación Rural los estancieros que prohijaban el proyecto de ley
replicaron por medio de Lucas Herrera y Obes. Este, luego de co-
mentar las cifras de la Contribución Directa que, como siempre en
estos casos, resultaban desechadas si se deseaba una aproximación
razonable al tema, analizó la exportación de lana como mejor indice
del stock. Considerando que cada ocho animales se podía lograr una
arroba de lana, llegó a la conclusión de que había un stock lanar de
28 millones de cabezas. Ese stock generaba un procreo que el consu-
mo nacional no alcanzaba a agotar. (14)
Otro hacendado, esta vez como colaborador del periódico impli-
cado en la polémica, pensaba con bastante lógica que si las dos ter-
ceras partes de la población del país se alimentaban con carne ovina
era "porque no tiene salida dicho producto" en el extranjero, obser-
vado lo cual no sólo existía la plétora sino que la manera de solucio-
narla era atraer el capital para la instalación de frigoríficos a la vez
que mestizar el merino con razas inglesas de carne. (15)
El diputado Antonio M@ Rodríguez ensayó todavia una explica-
ción más racional de la llamada “pletora ovina":
“Hasta la ƒecha los animales ovinos no han tenido otro rendi-
miento del que oƒrecian como animales de lana; en ei pais se criaban
los animales de lana; no habia animales de carne, porque no habia
salida para esas carnes, y precisamente las Empresas a que hace re-
ƒerencia el proyecto, lo que pueden exportar con más ƒacilidad son los
animales ovinos, porque son los que se congeian más pronto, más
fácilmente y se transportan más económicamente.”
"Luego, aún en el supuesto de que nuestro ganado vacuno no
sirviese y que no hubiese exceso, no puede negarse que hay una
cantidad exhorbitante de ganado ovino que hoy ya no oƒrece rendi-
miento por su sola lana y que es preciso vender en carne. . _” (16)
Eran, como se apreciará, varios los problemas en juego. Sobrara
o no ganado ovino, lo cierto es que los hacendados, con el precio de
la lana eu descenso, deseaban una lógica compensación valorizando
también la carne del ganado menor. se descuidaba, sin embargo, un
punto fundamental. Las razas existentes en el país no eran de car-
ne. El trigoiilico proyectado estaba condenado al fracaso. Aprove-
char lo existente era impos.b,le y si ello se deseaba había que modifi-
carlo invirtiend.. capitales en el mest.za1e. Problema similar al del
ganado vacuno.

20
Otra posibilidad fue señalada por_Lucio Rodriguez Diez desde
la Revista de la Asociación Rural:
“Mientras lo colocación de carnes congeladas no toma cuerpo y
se ensancha ¿cuál debe ser la actitud de nuestros ganaderos? Para
nosotros no tiene dos ƒaces la cuestión y un solo medio encontramos
para salvar al pais de la plétora de ganado ovino que le amenaza:
este consiste en la formación de sociedades comanditarias para el
establecimiento de graserias en puntos adecuados de la campaña. Con
los medios con que hoy se cuenta para grasear el ganado ovino, esta
operación se torna fácil y económica, no necesita mayor empleo de ca-
pital. _ .” (17)
Pero la existencia de graserías en nuestra campaña siempre ha-
bía sido escasa a diferencia de lo acontecido en la República Argen-
tina. La oveja nacional, aunque de buena fínura en su lana, era de-
masiado flaca para ser utilizada en esos establecimientos industria-
les. Tampoco por esta via la plétora hallaría solución.
La crisis, al igual que en el caso del ganado mayor, se encarga-
ria de eliminar ella misma las asperezas que los hombres no limaban.
Las lluvias de 1888-1889 disminuyeron en un 30 % la existencia del
lanar, el que, como el vacuno, estaba debilitado en los recargados
campos. Ya lo había advertido el mismo Lucio Rodríguez al titular el
artículo que comentábamos, “Cuidado con otro 69!", haciendo refe-
rencia a las tremendas mortandades de aquel célebre año en la his-
toria rural.
La plétora ovina revela las mismas facetas del país que puso
al descubierto la problemática del ganado mayor; el Uruguay saldría
de la encrucijada sin modificaciones esenciales. El precio de la lana
era la clave, pues resultó imposible ensayar la compensación que
el deterioro del mismo exigía valorizando lafcarne. El camino de las
soluciones pasaba por el cambio de lo existente pero la evolución de
los precios internacionales a partir de 1895 anos permitió, sin modifi-
carnos, conservar los rasgos principales de la estructura económica
nacional.

21
Capítulo II
Causas de la crisis ganadera: la plétora y la sequía

1 - La paz política y la "plétora" de ganado. 1885-1890

Los integrantes del patriciado civilista que dirigieron desde la


Conciliación de Noviembre de 1886 los destinos de la nación, fueron
concientes de que el Militarismo había armado al Estado con tal po-
der coactivo que las revoluciones y su secuela de anarquía y des-
trucción se tornaban poco menos que imposibles.
El Poder Ejecutivo, en su Mensaje a la Asamblea General del
15 de febrero de 1887 aseguró. con la firma de Máximo Tajes y su
Ministro de Gobierno Julio Herrera y Obes, que: “La República
está en paz, y todo lo autoriza al P. E. para garantir que este grande
hecho. _ . que ha llegado a ser la aspiración suprema de nuestro agitado
pais, está sólidamente radicado por una larga serie de años.”
“Los elementos materiales de todo género, los medios prodigio-
sos de comunicación, de transporte, de destrucción, que la ciencia y
el progreso han puesto en manos de los gobiernos y que aplicados a
la guerra se han convertido en ƒuerza abrumadora... han producido
por efecto inmediato... ƒortifìcar el principio de autoridad con de-
trimento, a veces, del principio de libertad que le hace contrapeso”.
“Entre nosotros. una serie de revoluciones, estalladas en estos
'últimos diez años. y todas completamente vencidas en brevisimo tiem-
po, ha evidenciado la transformación operada en las condiciones de
la guerra de campaña, arraigando en todos los ánimos la convicción,
hija de la experiencia, de que es empresa poco menos que imposible
derrocar los poderes constituidos con revoluciones populares”.
Y si la siguiente afirmación puede aparecer ahora como aventu-
rada, conociendo nosotros los episodios posteriores de 1896. 1897, 1903,
1904 y 1910. lo cierto es que en el pensamiento de los contemporáneos
“. _ .puede afirmarse sin temerìdad. que está cerrada para siempre. . .
la era tumultuaria de las revoluciones populares.. _” (18)
Al año siguiente, en 1888, Julio Herrera y Obes -porque de su
pluma partlan estos conceptow añadió, siendo todavía más explícito:
22 _
“. . .han venido... como elementos de paz y de gobierno, los
adelantos de la ciencia aplicados a la guerra, los ferrocarriles, los
telégraƒos, las armas de precisión y de largo alcance, y con éstas la
preponderancia incontrastable de la inƒanteria, de la artillería y de
la caballería de linea que requieren organización, disciplina, instruc-
ción, y que ha cambiado fundamentalmente las condiciones de nues-
tras guerras y de nuestros ejércitos de otro tiempo, en que preponde-
raba la caballería irregular”. (19)
Difícil era resumir mejor el progreso del poder coactivo del Es-
tado uruguayo en esos diez años a que hacía rcferenciael documento
de 1888. La lucidez del Ministro de Gobiemo alcanzó a iluminar tam-
bién otra zona, la de la evolución económica del país que enriquecien-
dolo materialmente, volvía casi insensatos los llamados a la “patria-
da" cuando esos llamados se dirigían a las clases pudientes del pais,
por lo menos. Porque otro motivo de la paz pública era “. . .la riqueza
particular acumulada que por su importancia y por su influencia tie-
ne ya en los conocimientos de la vida pública voz y voto para defen-
der sus_ intereses, vinculados en igual modo a la conservación de la
paz y a la eƒectividad de las leyes; es el crecimiento progresivo de
la población...; es la transformación de nuestra industria pasto-
ril. . .; y son en primer término entre éstas modificaciones de carác-
ter privado, pero de inƒluencia social, los cercos de alambre que des-
tinados a valorizar y garantir la propiedad particular, han cambiado
las costumbres y modificado el carácter de los habitantes de nuestra
campaña, ƒuente de nuestra riqueza y también de nuestras pasadas
guerras civiles”. (20)
Entrelazados los valores materiales que el país acumuló en su
campaña desde 1860 (la merinización primero, el cercamìento de
los campos después), con “los adelantos de la ciencia aplicados a la
guerra”, el resultado era la paz interna. No está de más añadir tam-
bién la habilidad que mostraron los dirigentes de los dos partidos
tradicionales para no hostillzarse en demasía luego de la caida de
Máximo Santos. La Conciliación de Noviembre era un modelo efí-
mero de equilibrio político. pero el equilibrio ya mejor asentado se
mantuvo por lo menos hasta el ascenso de Idiarte Borda a la Presi-
dencia de la República en marzo de 1894. Seguramente el elemento
civil de las dos grandes agrupaciones políticas comprendió el riesgo
de los radicalismos cuando todavía las ambiciones de los militares
no habían cesado.
Como hemos creído probar en el Tomo T de esta obra, la paz po-
lítica en el Uruguay implicaba para el estanciero poder poblar sus
campos al máximo. llegando por ese motivo el país a poseer el stock
ideal que sus praderas naturales permitían: 8 millcncs de cabezas
bovinas. Producida esa existencia comenzaba la “plétora” o “exceso
de producción". La hipótesis con que trabajamos a todo lo largo del
volumen anterior recibe una confirmación completa en este discurso
del estancìero Antonio María Rodríguez en la sesión de la Cámara
de Representantes del'2 de octubre de 1885:
“. . .la crisis es inminente. . _ los peligros porque atraviesa nues-
tra industria [ganadera] son el resultado precisamente del buen Go-
bierno, del afianzamiento de la paz. . . de que hace diez años que no

23
hay en nuestro país correrias ni bandoleros que les quiten a nuestros
hacendados sus haciendas y el producido de ellas. He ahi precisa-
mente por qué es que tenemos plétora de producción; la ley del cre-
cimiento de nuestros ganados se ha cumplido sin causas extraordi-
narias que obstaran a ese cumplimiento; no ha habido bandoleros
que despojasen a los hacendados del producto de sus haciendas, y
es por esa circunstancia, y obedeciendo a las leyes naturales del cre-
cimiento y a los beneficios de la paz que se ha producido este au-
mento, que es hasta anti-patriótico negar, porque es una crisis que
no perjudica a nadie su declaración; las crisis por exceso de produc-
ción son crisis que no avergiienzan, sino al contrario, que resultan
del mismo trabajo, del orden y de la vida regular de un pueblo”.
A continuación de estas palabras se produjo un sabroso dialoga-
do que aclaró todavía más los conceptos:
Sr. Mendoza. Los buenos Gobiernos no dan por resultado crisis.
Sr. Rodriguez. Pero las crisis por exceso de producción dan por re-
sultado los buenos Gobiernos.
Sr. Mendoza. Pero Ud. dice que el establecimiento de la paz, de las
garantías y del orden dan por resultado la crisis.
Sr. Rodriguez. Dan por resultado el exceso de producción muchas ve-
ces, yo no he dicho que ocasionen crisis. En los productos nacionales
ocurre con frecuencia que hay exceso de producción; y con ese moti-
vo se produce un trastorno económico mientras no se le busca salida
a ese exceso de producción.. _” (21)
Esta opinión la hizo suya la Comisión de Fomento de la Cámara
do Representantes integrada entre otros por el mismo Antonio María
Rodríguez, Eduardo Mac Eachen y Pablo Varzi. A1 apoyar el proyec-
to del primero concediendo garantía del 6 % sobre su capital a las fá-
bricas que exportasen carne fresca, la Comisión analizó el descenso en
el precio de las haciendas. Dos tesis estaban en juego para explicarlo:
“Unos sostienen que dicho descenso se debe- a que los mercados
tasajeros han disminuido su consumo, disminución que atribuïen
principalmente a la abolición de la esclavitud; al cese de las luc as
intestinas en las Antillas, luchas que determinaron en cierta época
un aumento ficticio en el consumo (ocasionado por la permanencia
de los ejércitos que operaban contra la revolución); y finalmente a
la competencia de otros paises ganaderos, tales como la República
Argentina, Río Grande, Méjico, Venezuela y Estados Unidos”.
Sin negar por completo la validez de este argumento en lo que
se refiere a la competencia extranjera, la Comisión se afìliaba a otra
opinión según la cual:
“. _ .el consumo de tasajo, en vez de disminuir, ha aumentado,
y que la baja en los precios de nuestras haciendas se debe tan sólo al
extraordinario exceso de producción y que este exceso real y verda-
dero es el resultado del alumbrado de los campos, del desarrollo
asombroso que ha adquirido en éstos últimos tiempos nuestra indus-
tria ganadera, y sobre todo de la acción benéfica de la paz y afianza-
miento de los Poderes Públicos.
“Esta última es a nuestro juicio, la explicación verdadera del
malestar o trastorno que experimenta en la actualidad nuestra ga-
naderia”. (22)

24
De las contradicciones y paradojas' de la paz en un pais que no
había concluido la modernización (y'a que del proceso efectuado a
medias derivaba la crisis “pletórica”) era pues, de lo que se trataba.
Si al cercamiento y a la creación del Estado moderno se hubiera uni-
do el mestizaje de las haciendas vacunas, la carne hubiera hallado
salida para “el exceso de producción”. Pero los ganados, al decir
de Daniel Muñoz, seguían siendo en su inmensa mayoría, “conejos
con guampas”.
La paz había provocado también en los años de los gobiernos
militares una afluencia de capitales hacia la campaña y una consi-
guiente vitalización de la actividad productora:
“...es un hecho innegable que la plétora de ganados existe,
producida en gran parte por los pingiies y rápidos lucros que han
ofrecido antes de ahora la cria y engorde de los mismos, y que de-
terminó una exagerada y ciega tendencia de los capitales en esa
dirección, llegando con el tiempo a producir la situación dificil en
que hoy Se encuentran las industrias agropecuarias. . .” sostenía un
hacendado desde las columnas de “La Situación”. (23)
Todo ello agravado porque concluido “el comunismo de las tie-
rras con el cierro de los campos”, la abundancia de novillos y capones
no podía como antes ccntar con la frontera abierta del vecino poco
cuidadoso y con escaso ganado. Ahora todos debían conformarse con
las hectáreas deslindadas por el fiel (para el gran propietario) o
peligroso alambrado (para el mediano y pequeño estanciero). (24)

2 - La “plétora” como consecuencia del predominio del


ganado criollo

Partamos de una afirmación en la que todas las fuentes están


de acuerdo: la plétora era una consecuencia de que la carne de los
novillos orientales se exportaba en forma de tasajo a dos únicos
mercados consumidores: Brasil y Cuba. Ampliar el consumo en estos
dos países era posible y se efectuó entre 1882 y 1894, pero a costa de
disminuir el precio de la carne y por consiguiente el de las
haciendas.
Era el ganado criollo, predominante en el país, el que engen-
draba “el exceso de producción”; el ganado criollo y la técnica de
explotación que utilizaba el estanciero con él. De ambos hechos fue
consciente la opinión contemporánea. La solución consistía en ali-
mentar mejor y mestizar a la hacienda. De tal modo se lograría un
tipo de novillo que el mercado mundial de carnes absorbería.
Fue la Comisión de Hacienda del Senado integrada por José
Pedro Farini, Pedro E. Bauzá y Javier Laviña, la que en la sesión del
16 de noviembre de 1885 expresó las limitaciones del ganado criollo
que lo volvían sólo adecuado para tasajo:
“En primer término, el decrecimiento de valor de nuestra in-
dustria pecuaria, reconoce por causa lo mal atendida que está su

25
alimentación. El productor de la materia prima emplea pocos brazos
en la explotación de su industria, prescindiendo a igual vez del con-
curso de la fuerza inteligente que derivaria de una división racional.
Sus conatos se reducen al sólo objeto de economizar labor, y este
ahorro lo reputa como una utilidad, sin detenerse a considerar las
ventajas que promete una industria cuando se la somete al régimen
compensador que produce y afianza un mayor grado de riqueza.. .
Nuestros pastos espontáneos, sin duda de condiciones buenas, en
general, para el engorde,... en cierta época del año y por efecto de
cambio de estación o falta de lluvias, se ofrecen menos abundantes,
y entonces no conseguimos que la alimentación sea permanente, cual
correspondería para sostener vigorosa en todo tiempo la corriente
de exportación de carnes por el sistema que el Proyecto en estudio
aconseja [el frigorífico]. . . El peso de los animales y la sustancia
de sus carnes, cosas ambas que sin un régimen de alimentación se
obtienen desfavorables, es a todas luces el punto a resolver como
previo. . . ”
La Comisión opinando en materia muy discutida todavia en la
actualidad y sobre la que volveremos, sostuvo que las deficiencias
anotadas se debían a:
“. . .el ánimo apocado de algunos [que reputan] dificil sino im-
posible el ensayo de procedimientos que conspiren al fin de una
alimentación permanente, o por que la desidia de los otros [juzga]
que su negocio estriba en realizar la mayor suma de animales, como
si el número siempre significase la conquista de un mayor provecho”.
Si exigir la mejora de las praderas naturales podía resultar des-
medido dicho en 1885, el segundo aspecto sobre el cual la Comisión
insistió estaba, tal vez, más al alcance de la mano de los estancieros
orientales:
“A igual vez que la alimentación regimentada, deberá preocu-
parnos la selección para la cruza con tipos expresamente importados
para este fin. '
“Dícese que el consumo decrece, y sin embargo año por año
nuestros saladeros ƒaenan mayor número de cabezas. Lo que decrece
es el tipo del valor metálico. y esto proviene, no de tal o cual siste-
ma de elaboración, sino de la condición de las carnes. . . No es desde
luego en la plétora en quién-debemos reconocer el origen de la gra-
dual decadencia de los precios, sino en la calidad y corto rendimiento
de los animales. .. Provéase, pues, al perfeccionamiento indispensa-
ble de la raza, y antes de mucho tiempo los resultados han de venir
a comprobar que el territorio del pais destinado a la ganaderia puede
aún soportar mayor número de animales, en el bien entendido que
su cultivo se regimente. Asi nos encontraremos aptos para competir
en el exterior. _ .” (25)
Pero los estancieros que impulsaban desde la Cámara el proyec-
to de ley que acordaba garantías al capital de las empresas frigorí-
ficas, no estaban dispuestos por ahora a modificar el ganado criollo.
Y_er1 él, más que en su abundancia, residía el nervio central de la
crisis.
Como sostuviera el diputado Carlos Gómez Palacios, el frigori-
iico era utópico en el Uruguay criollo:

26
“. . . Las carnes de Australia y de Nuevtt Zelandia son las que sur-
ten los mercados de Inglaterra y los principales de Europa; y para
:ompetir con las carnes de Australia y Nueva Zelandia tenemos que
poner nuestros ganados en condiciones en que no se encuentran hoy;
tenemos que cruzar las reses (cosa que han hecho los australianos
hace tiempo), tenemos que poner el ganado en condiciones de mejo-
ra, lo que tardará mucho en verificarse en nuestro pais. . .” (26)
l

3 - El clima y la ganadería criolla (1888 a 1894)

Una técnica de explotación como la practicada en la estancia de


1890, donde la naturaleza era el factor esencial y la mano del hom-
bre se limitaba a un ordenamiento mínimo, colocaba al hacendado
y al país ante situaciones en extremo dependientes de las alteraciones
climáticas. Siempre había sucedido así, desde los lejanos días de la
Banda Oriental, pero el Uruguay semi-moderno que estamos anali-
zando experimentó algunos cambios que influyeron en esa relación
entre producción y clima.
La modificación más importante se refiere a la incorporación del
ovino en la década 1860-1870. El ovino aparecía en parte como una
variable del valor del ganado vacuno. Desde este ángulo el ovino
compensaba económicamente el descenso en el precio de los novillos,
siendo la lana el factor que permitía disminuir este impacto. Había
sucedido ello en la primera crisis por plétora hacia 1862 y volverá a
suceder en este período que estamos analizando, Pero además, y fue
el Ingeniero Agr. Esteban Campa] quien nos sugirió este otro razo-
namiento, la explotación conjunta del vacuno y del ovino en el mis-
mo establecimieto -característica típica del Uruguay- actuaba co-
mo un seguro contra las variaciones climáticas. Años lluviosos, des
tructores de la oveja merina, dejaban intacto y aún podian acrecen-
tar la gordura de los novillos. Años de sequía, destructores del vacu-
no, hacian escasa mella en el ganado lanar. Este seguro funcionó,
aunque no eliminó el riesgo ni las pérdidas. .
' El Uruguay semi-moderno había incorporado otro elemento a su
vida rural además del ovino: el cercamiento de los campos. Y desde
el punto de vista que estamos exponiendo, el alambramiento -dato
moderno- complicaba la relación natural vacuno-aguadas que se
había establecido espontáneamente en el país de la pradera abierta.
Las sequías de ahora en adelante no sólo se sentirian más sino y so-
bre todo, desigualmente. Las estancias con buenas aguadas naturales
iban a resultar privilegiadas. Los demás hacendados debían conten-
tarse con lo que la naturaleza les brindara, y esto era siempre alea-
ono.
Partiendo de estos presupuestos se comprenderá mejor la inci-
dencia que sobre la ganaderia tuvieron los fenómenos climáticos des-
de 1888 a 1894.
La plétora, para hacer más complejo el panorama, recargó los

127
campos y las variaciones pluviométrìcas encontraban en ello un te-
rreno bien abonado para producir mortandades. Sin defensas artifi-
ciales, todo el pais pendía ahora más que nunca de si llovia poco 0
si llovía demasiado. (')
Félix Taboada Bayolo, desde la Revista de la Asociación Rural,
lo señaló en enero de 1893:
“Los hacendados han cometido tres pecados capitalisimos que
tienen su dura e indeclinable sanción en los códigos naturales, y voy
a decirselos. .. Primer pecado; recargo de los campos... Su verda-
dero interés está en que el ganado se alimente bien, sin que el cam-
po quede arrasado, si el número de animales excede a los pastos dis-
ponibles, imposible que aquellos adquieran la gordura deseada, que-
dando, por otra parte, el campo en estado más lastimoso. _ _”
“Segundo pecado; preterición del riego. Yo no sé como hay per-
sona que se fie de las lluvias cuando se trata de cosa tan árida y pre-
cisada de agua como los pastos. Aquellos hacendados que tienen ca-
pital interés en que sus campos se repongan en breve plazo de hier-
bas abundantes y frescas, y descansan tranquilamente en la ayuda y
cooperación que las nubes les presten, ~marchan mal, pero muy mal.
No es cosa de ver venir los sucesos, es cuestión de prevenirlos. ..
Muy corto, cortisimo es el número de los que han tenido la previsión
de beneficiar las aguas de rio o arroyo, o de alumbrar las subterrá-
neas. . .”
“Tercer pecado; abandono de la regeneración de los pastos. Quién
crea que sin nuevas semillas puede variarse la vegetación espontá-
nea del suelo, está en un eror. . . ¿Cuántos de nuestros estancieros han
mejorado los pastos de sus campos? Contadisimos”.
“De modo que dejan que el excesivo número de animales talen
sus tierras, desprecian el riego, no mejoran ni la calidad ni la canti-
dad de las hierbas, ¿y se quejan de los rigores de la naturaleza?
¿Qué han hecho en años y años que llevan dedicados a la ganade-
'ria?...” (27) '
Como en efecto, no habían hecho prácticamente nada, a la crisis
que significó la plétora y el descenso en la cotización internacional
de los productos derivados de la ganadería, se sumaron las adversida-
des del clima.
En 1888 y 1889 (y lo sabemos por observaciones realizadas des-
de el Observatorio de Villa Colón), llovió todos los días del año o po-
co menos. (28) El ovino lo sufrió. El cálculo más optimista considera-
ba perdida un 30 % de la existencia lanar del país. (29). Otros más
exagerados como el senador Agustín de Castro, hablaron de una
mortandad “de las dos terceras partes de nuestro ganado ovino, y hoy

(') De como la plétora habia recargado los campos y ya en 1885 de ello


sólo resultó una mortandad importante de bovinos. dio cuenta en la Cámara
de Representantes el diputado Fleurquin en la sesión del 9 de octubre (pág. 259
del Diario de Sesiones): "...cueros que._, proceden de la aglomeración de
ganados en nuestros campos que no habiendo tenido salida en los años ante-
riores han venido los procreos consiguientes a recargar osos clrnpol y lo ha
producido ln mortandad, nó en los animales pequeños... lino en lo quo oi más
grave. en los otros, en las vaca: Y en los novillos. que siendo animales do más
edad y más cun-po, necesitan más alimento y sukon más por lu falta do puto".

28
no existe en la República más que la tercera parte de lo que existia
hace 3 años, salvo la parición ƒeliz que ha habido en el año actual
[1891]”. (30) `
El volumen de la exportación de lana confirma la incidencia
grave de las mortandades ovinas. Mientras en 1888 y 1889 la expor-
tación fluctuó entre los 38 y 45 millones de kilos, en los años 1890 y
1891 ella descendió a 21 y 25 millones respectivamente.
Desde 1890 hasta 1893 correspondió el turno a la sequía y por
consiguiente al vacuno. Setenta dias sin lluvias en 1890, 66 en 1892
y 62 en 1893 son las marcas consignadas por la fuente ya citada. (31)
Daba cuenta “El Siglo” en enero de 1893 de los informes que en-
viaban los Jefes Politicos de campaña al Ministro de Gobiemo Fran-
cisco Bauzá sobre los efectos de la seca. De ellos, el más representa-
tivo resulta ser el suscripto por Tomás Parallada correspondiente al
departamento de Durazno:
“La gran seca y ƒalta de pastos que agobia a este departamento
desde hace próximamente un año, amenaza ser, si no lo es ya,
una calamidad pública. Se cuentan por millares los animales cuereados
y el campesino sigue hoy activamente esa desconsoladora tarea sin
la menor esperanza de que el mal pueda evitarse pues la traslación
de los ganados se hace casi imposible por la carencia de pasto y agua
en los trayectos de comunicación”. (32)
Y cuando el invierno comenzó, “La Razón" puso una nota dra-
mática:
“Todas esas osamentas ambulantes que vagan con paso tardo, en-
gañando el hambre con los pastos débiles que empiezan a renacer
después de estas primeras lluvias otoñales, están sucumbiendo ya al
rigor de los fríos, que sin ser todavia excesivos, son bastante para he-
lar el débil soplo de vitalidad que queda en las pobres reses ƒlacas. _ .
“Como dato demostrativo de las escaseces que ha suƒrido la cam-
paña podemos citar un hecho de que tenemos conocimiento perso-
nal. Un negociante ambulante, que hace su comercio en una zona
ocupada por ƒuertes hacendados, se ha visto obligado a documentar
sus créditos a ƒin de explicar satisfactoriamente a sus proveedores de
la capital el retardo en el arreglo de sus cuentas anuales, y entre esos
documentos que hemos tenido a la vista, los hay por valor de $ 200,
100, y hasta de $ 50, ƒirmados por estancieros que tienen rodeos de
miles de vacas, y que sin embargo no disponen de dinero para cubrir
tan pequeñas deudas”. (33)
La previsión se cumplió. El invierno fue devastador:
“Bastará saber que no sale un tren de Montevideo que no lleve
cargamentos de pasto y alƒalƒa, para comprender cuál será la situa-
ción de lu. campaña cuando tiene que proveerse de sus productos na-
turales, pagándolos a peso de oro para alimentar algunos animales de
estimación y de trabajo, mientras todos los demás sucumben por la
ƒlacura y los rigores de la estación”. (34)
La seca volviase catastrófica en particular en la zona sur del país,
la que se dedicaba de preferencia al inverne para los saladeros. Allí,
los hacendados que no poseían en sus campos buenas aguadas brega-
ron por la suspensión momentánea de los artículos del Código Rural
que impedían dejar abandonadas las haciendas en campos del veci-

29
no, gestionando ante el gobierno la servidumbre de aguadas y pasto-
reo en los campos linderos con el ofrecimiento de una indemnización.
Los Jefes Políticos consultados por el Ministro Francisco Bauzá res-
pondieron favorablemente a ese pedido. La Asociación Rural tam-
bién consultada apoyó la medida, pero el Gobierno, sin duda más
cauto y temeroso de los intereses que se pudieran herir, nombró una
Comisión para que dictaminara sobre el problema y aceptó su fallo
negativo.
En enero de 1893 se expidieron sus miembros, José L. Terra, Lu-
cas Herrera y Obes, J. Lamarca, Blás Coronel y Sáenz, J. Maza, An-
drés Cachón y J. Etcheverry, casi todos ellos grandes estancieros. El
antecedente que se podía sentar era peligroso para el inviolable de-
recho de propiedad privada y las necesidades augustiosas de los ha-
cendados sin buenas aguadas tuvieron que ceder ante la defensa acé-
rrima de este principio. No era cosa que la seca impusiera un retor-
no al “comunismo de los campos” eliminando al elemento que defi-
nió la propiedad: el cerco.
Dijo la Comisión, parcializando a sabiendas la función del cer-
camiento:
“. . .no tanto para fijar los límites de la propiedad territorial
como para habilitarse a proporcionar a su ƒuerza creadora el núme-
ro de sus haciendas y a la vez para mejorarlas por la selección o por
la cruza, los estancieros. . . se han resuelto. . . a invertir ingentes su-
mas en el alambrado. . . y si la medida proyectada hubiese de alcan-
zarles, habrían por el hecho, perdido los beneficios que tienen el dere-
cho de esperar del empleo de su capital y de su trabajo. . .” Conclu-
yeron con un reproche a la Asociación Rural, que luego de incitarlos
a cercar pretendía ahora eliminar las ventajas del alambrado.
El Gobierno aceptó el criterio de la Comisión y el 3_ de enero de
1893 dispuso: “téngase por resolución el presente dictamen". (35)
Martin C. Martínez desde “El Siglo" y con el sugestivo título de
“Comunismo rural" fue todavia más explicito en la defensa a ultran-
za de la sagrada propiedad. Era un principio del cual no convenía
apartarse ni ante esta circunstancia de fuerza mayor. Los riesgos de
un precedente funesto serían muchos:
“Cualquier vecino que se encuentre con su campo recargado o
cuyo campo es malo, o que simplemente quiere usar de esta licencia
general para disponer de lo ajeno contra la voluntad de su dueño,
no tendrá más que romper un poco el alambrado durante la noche
para que sus ganados pasen a engordar en campo ajeno, y el propie-
tario no podria echarlos ni cobrarle. . .”
“Los más inprevisores serian los más ƒavorecidos y una comple-
ta comunidad de campos vendria a establecerse de nuevo en el pais,
aunque ƒuera transitoriamente, pero con todos los inconvenientes del
desconocimiento de la propiedad. . .” (36)
Reafirmada la plena vigencia del derecho del propietario, es na-
tural que siguiera a ello el aprovechamiento de la situación por par-
te de los afortunados (y no previsores, como dijo M. C. Martínez,
porque previsores no los había casi en la campaña) estancieros due-
ños de las escasas aguadas que todavia permanecían en el sur del
pais. Pastoreos cobrados a precio de oro, contratos de arriendo de pe-

30
queñas fracciones bien empastadas por 4.6 5 meses suculentamente
cobrados, todo ello fue la norma que arruinó a más de un integrante
de la clase media rural. (37) '
Muchos hacendados supusieron que la seca, al eliminar el pro-
blema de la plétora por la mortandad, iba a provocar un ascenso en
el precio del ganado. Y para todos esto podia resultar una solución
puesto que “el buen precio engorda al novillo" como confesó uno de
ellos al redactor de “El Siglo". (38) No sucedió asi, sin embargo. Los
novillos para saladero que fluctuaron entre $ 13 y tp' 16 de 1886 a
1890, se cotizaron entre $ 13 y $ 11 entre 1891 y 1893. La razón es
simple. La seca provocó no sólo la disminución de la oferta -hecho
que habian observado de inmediato estancieros y saladeristas aun-
que refiriéndose a él en diferente tono_ sino también la disminución
del rendimiento en gorduras, carne y peso de los cueros del animal
enteco enviado a Tablada. Anotó Daniel Munoz en febrero de 1893:
“. . .el rendimiento de sebo puede considerarse nulo, debido al mal
estado de los ganados en general”. (39)
Corroboró la Compañia Liebig esta impresión. Mientras entre
1886 y 1891 un animal criollo produjo entre 3.33 y 3.57 kilos de ex-
tracto de carne, en la zafra 1892-93 sólo produjo k 2.93. La evolución
de la producción de sebo por animal es todavia más reveladora. De
1886 a 1891 un novillo rindió de 23 a 21 kilos de sebo, la cifra des-
cendió con brusquedad a 17 kilos en 1892-93 y a 18 en 1893-94. Ello
se reflejó en las exportaciones de gorduras vacunas que disminuyeron
en los años críticos como se comprueba por nuestros Cuadros Estadís-
ticos. '
La falta de ganado en condiciones aptas para ser faenado llegó
a ser un motivo de preocupación real para saladeristas y fabricantes
de extracto. El Saladero Liebig's que todos los años desde que co-
menzaba la zafra en los primeros dias de enero sólo dejaba de matar
el viernes santo, se vio obligado a suspenderla el 10 de enero del año
1893 y no la pudo reanudar hasta comienzos del ines entrante, te-
niendo que enviar troperos a Entre Ríos para obtener ganado en esa
provincia argentina. (40)
Los cálculos más equilibrados realizados en la Revista Coinercial
de “El Siglo”, apreciaban la mortandad del ganado vacuno por efec-
to de la sequía 1892-1893 en 800.000 cabezas, un 10 % de la existencia
(41) La exportación de cueros en esos años acusa, en efecto, un au-
mento considerable. Doscientos mil cueros más por año en relación a
cifras que podían considerarse normales, siempre habían sido en el
Uruguay criollo una prueba de revoluciones y matanzas aceleradas
por parte de los propietarios para escapar a sus efectos. En este caso,
el hacendado tradicionalista y hostil a modificar su técnica de ex-
plotación, experimentó cómo no bastaba el orden para asegurar la
producción. Era necesario, además de dominar el gauchaje y sus
caudillos levantiscos, dominar la naturaleza. Pero eso requería in-
versiones y por diversos motivos ellas no se efectuaron.
El ovino, sin embargo, se mantuvo como firme escudo contra la
sequía que diezmó al ganado mayor. El Jefe Politico del departamen-
to más merinizado del pais, Flores, acotó en marzo de 1893: “En
Cuanto al ganado ovino en general su estado es satisfactorio, no sien-

31
do del caso explicar por ser por demás conocidas, las causas que ƒa-
vorecen al ganado lanar aún en épocas de completa escasez de pasto”.
(42)
La compensación a la que aludiéramos al comienzo de este pará-
grafo se demostraba útil y rentable al país y sus hacendados. Pero
ella no evitaba la crisis, simplemente disminuía sus contornos más
agudos.
Si la plétora no había podido compensar el descenso del precio
de nuestros productos en el mercado intemacíonal (y en algún caso
caso como el del tasajo incluso pudo haberlo provocado), la disminu-
ción de las existencias que hemos anotado acentuó la crisis del Uru-
guay rural. Muchos en el pais comenzaban a comprender que produ-
ciendo mucho o produciendo poco, la situación de dependencia del
mercado exterior era el talón de Aquiles de nuestra economía. En
última instancia nuestro destino no se decidía dentro de fronteras.
Las normas se dictaban donde se negociaban las lanas (Amberes,
Havre, Liverpool) o los cueros (Boston, Nueva York, Liverpool,
Londres).

32
Capítulo III
Causas de la crisis ganadera:
la competencia argentina y los mercados tasajeros

1 - La competencia argentina

La competencia de la ganadería argentina se sumó a nuestro pro-


pia plétora para dificultar la exportación del tasajo oriental.
Mientras entre 1881 y 1884 la faena saladeril argentina fluctuó al-
rededor de 315.000 a 430.000 cabezas bovinas, en 1885 se elevó a
610.000 y en 1886 alcanzó casi las 500.000, un 30 % del total general
de la matanza saladeril en las tres regiones productoras (Uruguay,
Argentina y Rio Grande). En 1887 y 1888, ante la clausura de los
puertos brasileños en 1887, descendió a 320.000 y 460.000 respectiva-
vamente (efecto que también sufrimos nosotros). Luego de esos dos
años, el ascenso fue ininterrumpido hasta 1895 inclusive.
La matanza se situó entre 844.000 cabezas (1891: año máximo)
y 830.000 (1894: año mínimo). Más revelador todavia es el porcenta-
je de participación en la faena global comparado con el mismo indice
para nuestro pais. Si en el período 1886-1888 los saladeros de Bue-
nos Aires y Entre Rios faenaron de un 28 a un 30 % del total, de
1889 a 1893 su participación fue de un 37 a un 43 %.
Los saladeros uruguayos (que incluían la Fábrica Liebig de ex-
tracto de carne y conservas no vinculada al mercado tasajero y con
una matanza estimable), de 1886 a 1888 habían faenado de un 43 a
un 47 % del total para descender de 1889 a 1893 a un 31 y 37 %, sien-
do el año más critico el de 1891, precisamente el de mayor matanza
para los argentinos. Sólo con la referencia de estas cifras (43) cree-
mos probada la incidencia de la competencia en la crisis que nues-
tro tasajo soportó. Luego de 1895, como ya anotáramos, los hechos
cambiaron a nuestro favor.
_Debe aclararse, empero, que en volúmenes de matanza, la si-
tuación de los saladeros uruguayos no fue tan critica. De hecho la
faena se mantuvo entre 1886 y 1889 en las 700.000 cabezas (excep-
ción hecha del ano critico 1887) y descendió a 600.000 entre 1890 y

83
1892 para luego recuperarse en 1893. Por lo que fue en particular en
los anos 1890, 1891 y 1892 que la influencia argentina se hizo notar
mas, aunque sin alcanzar proporciones caiastroncas.
Cuando el 25 de mayo de 181:; el general Julio A. Roca celebró
en el ltio Negro la derrota del indio y la fiesta argentina, incorpo-
rando [Link] kilómetros cuadrados a la explotacion ganadera, los
saladeristas uruguayos debieron sentir un escozor pues también se es-
taba jugando su destino. (44) Los :'› millones de vacunos ae la provin-
cia de nuenos Aires en 188i se transformaron ante la conquista del de-
sierto en casi 9 millones en 1888. Buenos Aires “. . .ha virado su
atención hacia el vacuno, acordando preferencia a su cria y descar-
gando parte de sus campos antes destinados a la oveja sobre las zo-
-nas limítrofes de Córdoba, Santa Fe, y Entre Rios, pero especial-
mente sobre los territorios de La Pampa y Rio Negro" (45)
Aumento del area ganadera y de la producción vacuna,
elevación de la faena saladeril, he ahi los términos de la ecuación fa-
vorable a la republica vecina.
En agosto de 1889 Benjamín Martinez desde la Revista de la
Asociación Rural advertia ya sobre las causas del crecimiento argen-
tino:
“El ganado ha aumentado enormemente en la provincia [de Bue-
nos Aires] y es cosa segura que va a aumentar en grandes proporí
ciones en los años siguientes; las estancias formadas en los miles de
leguas arrebatadas hace tan poco al salvaje y ahora pobladas de cen-
tenares de miles de vacas, empiezan a enviar sus primeros frutos de
cuatro patas. _ ., es como si un nuevo pais ganadero hubiese surgido
de las entrañas de la pampa”. (46)
En efecto, era como si un nuevo país hubiera nacido dedicado a
la ganaderia y para dificultar las cosas más aún a los saladeristas y
estancieros orientales, un pais que trabajaba con un régimen moneta-
rio con base papel y no oro como lo debian hacer ellos. Eduardo Ace-
vedo desde las columnas de "El Siglo" explicó esta ventaja suplemen-
taria de la competencia:
“La influencia de este factor financiero la veíamos palpable en
una carta de un importante consignatario brasilero de carnes que es-
cribia a su comitente de acá, que los de su gremio estaban a veces en
completa tortura, entre las instrucciones de Montevideo de no apresu-
rar venta y aguardar mejora de precio, y las encontradas de Buenos
Aires de pfrecipitar las ventas, reputando bueno el mercado. Es que
el cambio argentino hacia siempre excelente la venta, para los sala-
deristas que habian pagado menos el ganado porque lo compraban a
papel”. (47) Posición con la que concidía el Dr. Ernesto Frias en su
conferencia de setiembre de 1892 leída en la Asociación Rural: “En
verdad que mucho ha influido para este aumento [el de la competen-
cia argentina] la depreciación del papel que permite a los estancieros
argentinos vender a muy buenos precios, los que, si bien son a papel,
en cambio pagan ellos a papel los gastos de administración de sus es-
tancias y sus deudas a los Bancos”. (48)
Aunque sobre este tema volveremos. no cabe duda que existió
una ventaja para el saladerista de la vecina orilla en su régimen mo-
netario si se le comparaba con el nuestro. Como se trataba de co-

34
merciar con el Brasil, país que pos`eía_ también un papel moneda
fluctuante y depreciado por estos años, los productores uruguayos no
tenian ni flexibilidad (que la estable-moneda oro no concedía), ni
posibilidades tan variadas de adecuación en sus poco cambiantes
factores de costo. El patrón oro encarecia todos los elementos de pro-
ducción en el Uruguay, así como el papel moneda los disminuía en
la Argentina, y esto era importante cuando se trataba con una plaza
también ella a papel moneda, la brasileña.

2 - El mercado tasajero brasileño; imprevisible y hostil

La caracteristica más notoria de nuestro principal comprador de


carne tasajo, el Brasil, fue su imprevisibilidad.
De 1881 a 1883 exportamos entre 20 y 21 millones de kilos. En
1884, 29, pero en 1885 sólo 19. En 1886 alcanzamos los 30 millones.
En 1887 ante la clausura de los puertos del Imperio sólo exportamos
12 millones. En 1888 parte de la producción estancada en nuestros
puertos y la nueva de la zafra anual no llegaron a compensar la pér-
dida del año crítico por cuanto no sobrepasamos los 30 millones.
Entre los años 1889 y 1891 de nuevo hay un descenso que nos si-
tuó entre 26 y 22 millones de kilos. En 1892 y 1893 volvemos a alcan-
zar y hasta sobrepasar la cifra de 30 millones y en 1894 se abre un
promisorio ciclo: 47 millones de kilos de tasajo llegan al Brasil des-
de los saladeros orientales.
De lo que resulta que entre 1887 y 1_39l la exportación no al-
canzó el nivel normal del periodo (30 millones) aunque fue siempre
superior (excepto en 1887) a la media registrada a principios de la
década de 1880. Una 1ra. conclusión que luego tundamentaremos con
otras fuentes documentales: el consumo del producto no disminuyó
en el Brasil. Si a pesar de la fortísima competencia argentina y sus
crecientes saldos enviados al Imperio y del relativo aumento de la
matanza en Rio Grande, el Uruguay pudo mantener aunque con
dificultades un volumen superior al de los años 1880, los brasileños,
es de toda evidencia, cada vez compraban más tasajo.
Una segunda conclusión se impone aunque sea reiterativa de lo
ya expuesto: la variabilidad de las compras brasileñas y su descenso
en algunos años (1887 a 1891) tomaron crítica a la llamada “pléto-
ra” bovina. No debemos olvidar que el mercado brasileño era el prin-
cipal para nuestras carnes. Durante todo el período estudiado (1886
a 1894) el Imperio absorbió entre el 62 y el 85 % de nuestra pro-
ducción (si de1amos de lado el excepcional año de 1887). Incluso es-
tos guarismos pueden resultar artificialmente bajos. Desde 1891 el
puerto de Buenos Aires, funcionando en mejores condiciones técni-
cas y económicas que el nuestro, comenzó a exportar una cantidad
creciente de tasajo oriental, cifra que osciló entre el 6 y el 13 %
del volumen total, y como la República Argentina no consumía nues-

85
tro tasajo sino que ella misma elaboraba el suyo, este porcentaje de-
berá agregarse a los envíos realizados a Brasil y Cuba. (49)
Las oscilaciones son el hecho a destacar, el que tornaba azaro-
sísimo el planteo del negocio saladeril y toda planificación de futuro
en el mismo. Por otra parte el aumento inconstante no llegó a com-
pensar la mayor existencia de haciendas.
I U Ú

Cuando el 13 de mayo de 1888 el Imperio decretó la abolición de


la esclavitud (y su propia muerte política), muchos productores uru-
guayos creyeron que con ella se sellaba la suerte del tasajo. Ya “El
Telégrafo Marítimo" había editorializado en noviembre de 1887, cuan-
do el proceso de la abolición estaba en pleno curso, sosteniendo:
“_ . . [la crisis de Ia industria saladeril] poco a poco se irá acen-
tuando a medida que las condiciones de la población esclava del Im-
perio se vayan modificando con su libertad. Ya hemos hablado de
esto en articulos anteriores y vemos que nuestro colega A Patria en
su número de ayer opinando como nosotros dice “La carne seca es
preciso que sea expulsada del Imperio el mismo dia en que desapare-
ciere de la matrícula general el último brasilero esclavo”. . . El Bra-
sil. .. piensa sabiamente en establecer colonias a las orillas de sus
grandes rios y a los costados de los ferrocarriles para irlas llenando
con los nuevos hombres libres cuyas cadenas de esclavitud van a ser
rotas para siempre. Esos esclavos, convertidos en agricultores, sacando
de la madre tierra alimentos mucho más frescos, más apetitosos y más
saludables, van a abandonar necesariamente el tasajo y por conse-
cuencia el último mercado que nos queda para esa industria nos irá
ƒaltando, y acabará por cerrársenos. . . Es un alimento que está des-
tinado a desaparecer. _ _” (50)
“La Razón" de abril de 1890 coincidió al opinar ya producida
la abolición de la esclavitud, que “si era la base de la alimentación
de los esclavos, los libertos de hoy no lo admiten en esas condicio-
nes”. (51)
Y sin embargo nada -de esto sucedió, por lo menos de inmediato.
Cuando se produjo la abolición en 1888 todos los saladeros de las
tres grandes regiones productoras faenaron 1.650.000 cabezas y has-
ta 1894 la faena osciló entre 1.800.000 y 2.000.000 de cabezas. Había
ocurrido lo contrario de lo previsto: aumentó el consumo.
Personalidades menos acostumbradas a teorizar que los redacto-
res de “La Razón” y “E1 Telégrafo Marítimo" comprendieron lo que
iba en efecto a ocurrir. Conrado Hughes en 1885, (52), Benjamin
Martínez en 1889 (53) y Martín C. Martínez en 1892 (54), desde la
Revista de la Asociación Rural o la prensa montevideana, interpreta-
ron más fielmente la realidad social brasileña.
En efecto, no se trataba de que abolida la esclavitud la situación
social y económica del negro fuera a cambiar tan radicalmente como
había cambiado su situación juridica. Negro pobre y negro esclavo
iban a ser por muchos años términos sinónimos y era la pobreza más
que la esclavitud el elemento fundamental para explicar el consumo
del tasajo. Convertido en hábito alimenticio, difícil de desterrar de

36
la noche a la mañana por lo tanto, 'el tasajo no era en el Brasil de
1890 símbolo de esclavitud sino de pobreza. Es más, podía sostenerse
como lo sostuvo Benjamín Martínez que “. . .el consumo.. . del Bra-
sil, lejos de decrecer, aumenta con la inmigración que quiere carne
aunque sea salada y con la liberación de los esclavos, pues ya el ne-
gro no se sujeta a la ración congrua que le marcaba el amo”.
Es claro que cuando sobrevinieran, coaligadas, una elevación del
nivel de vida en el Brasil a la vez que un perfeccionamiento de la
producción de carnes frescas que las tornara más accesibles a las cla-
ses menos pudientes, el tasajo desapareceria. Pero ello no ocurrió
en los años estudiados.
U U Ú

El aumento del consumo no benefició a los saladeros orientales,


sino a los argentinos; y en la medida en que el propio Imperio hos-
tìlizaba la producción platina, a los riograndenses. La evolución del
precio del tasajo (55) fue otro elemento negativo para saladeristas y
estancieros orientales. Los valores de los años 1886 a 1887 promedia-
dos alcanzan un precio por quintal de $ 4.30; entre 1888 y 1891 el
vašoš på-omediado desciende a $ 3.75 y en 1892 de nuevo un descenso
a .1 .
Observadores como el Dr. Ernestro Frías (56) sostuvieron que
los precios no habían descendido basándose en las cotizaciones de los
mercados brasileños, pero ellas falseaban el problema pues eran ofre-
cidas en reis, moneda en permanente depreciación, siendo el alza en
papel un elemento que no compensaba a los saladeristas uruguayos
que pagaban todos sus gastos a oro. Podían tal vez compensar esas
alzas al saladerista argentino con moneda también en constante de-
preciación, como ya adelantáramos. (') .-e
Explicando el descenso de la faena saladeril en el año 1891, es-
cribió Eduardo Acevedo en “El Siglo":
“_ . .las violentas oscilaciones del cambio brasilero contienen el
entusiasmo del saladerista, obligándole a cerrar sus bolsas no sufi-
cientemente repletas. La libra esterlina vale hoy en Rio Janeiro
13.700 reis; pero dentro de 15 días es posible que valga 13.800 o más
todavia. Pues bien, el que ordena la compra de haciendas e inicia sus
ƒaenas bajo la base del cambio a 13.700 reis, corre el peligro de en-
contrarse al remesar su tasajo a Río con un mercado de ƒisonomia
bien distinta de la calculada. Toda depreciación del papel moneda
(') _"El Siglo" del 19 de enero de 1896 comentó un articulo del “Jornal Do
Comercio" de Rio de Janeiro en el cual se' señalaba que desde 1889 a 1893 el
tasajo habia aumentado de 290 reis el kilo a 730 reis. Pero como advertia nues-
tro diario "...el cambio brasilero ha ido cayendo constantemente desde 27 po-
flifiues hasta 9 y pico que es el :lpo que rige actualmente. Quiero decir enton-
oos que la depreciación de la moneda alcanza a un 300 %, call lo mluno quo
los billetes argentinos. En constante depreciación de la moneda que reciben lol
¡¡¡°d¢¡'¡¡1BI 011 19390 do lu: carnes... anula Io: efectos de la ¡uba..." Cabe agre-
E81' que el ascenso del tasajo en reis papel fue de un 150% mientras la depre-
ciación monetaria alcanzo el 300 %. por lo que, para el saladerista oriental que
Dflšflba a oro sus gastos. incluyendo el ganado, el precio habia descendido. Para
el aiäentino en cambio, como también su papel moneda se deprecló al igual
QUO brasileño, el negocio ofrecía buenas utilidades.

37
brasilero, que eleva las libras esterlìnas, obliga a levantar el precio
del tasajo proporcionalmente a la depreciación del medio circulante.
Entre tanto, esa suba obligada origina como es lógico, cierta restric-
ción en los consumos, desde que un articulo que se encarece se colo-
ca más lejos del alcance de los bolsillos-” (57)
Precios con tendencias claras a la baja y permanente azar en los
cambios obraban como “. _ .un golpe de maza sobre los saladeristas. ._
Desde que las carnes se venden en Rio Janeiro a papel hasta que éste
se deprima, para que la oscilación vuelva ruinoso el negocio mejor
combinado. . _” (58)
O U i

Otro factor alteró la situación del tasajo oriental en el mercado


brasileño: la política proteccionista que el Imperio inició y la Re-
pública luego de 1889 no hizo más que acentuar.
Crecientes necesidades fiscales ante una deuda pública tan pe-
sada como la nuestra; interés de los saladeristas riograndenses por
competir mejor dentro de su propio mercado interno; arma de pre-
sión de la politica brasileña para lograr que la Argentina eliminara
las barreras aduaneras a su azúcar; concesiones arrancadas por el
principal comprador, los Estados Unidos, en detrimento de la produc-
ción platina; este cúmulo de factores explica las medidas protec-
cionistas del Brasil. (59)
La Provincia de Río Grande del Sur siempre habia sido tratada
con particulares consideraciones por el gobierno central. Los movi-
mientos revolucionarios y aún separatistas que renacían a cada ins-
tante en ella podían hallar en una situación económica critica un
caldo de cultivo que era mejor evitar. Aún cuando el consumidor
de la capital o del nordeste tuviera que pagar más caro su alimento,
ese riesgo no contaba frente a la necesidad de aquietar al leyas-
tisco “gaúcho”. Los diarios de la Provincia insistían en la competen-
cia platina y pintaban con colores muy oscuros la situación econó-
mica de Rio Grande:
“Es muy seria la crisis que atraviesa la Provincia. La fortuna pri-
vada disminuyó mucho y muchos millones de reis con la emancipa-
ción de su esclavatura. _ .; todas las industrias desƒallecen por ƒalta
de salida de sus mercaderías; los precios tnƒimos de los eƒectos del
ganado vacuno amenazan seriamente el valor de los campos, la ex-
portación sobrecargada con los derechos del 13%, tiene la concu-
rrencia de las Repúblicas del Plata, que exportan libre de dere-
chos. . _” Párrafos como éste del “Correio Mercantil” de Pelotas eran
corrientes en la prensa riograndense. (60)
Por lo demás la era de proteccionismo y la guerra de tarifas se
había acentuado en el mundo capitalista y ese ejemplo era cuidado-
amentemeditado en los países dependientes. La ley Mac Kinley en
los Estados Unidos (1890), la tarifa Méline en Francia (1892), la li-
ga comercial de la Triple Alianza (Alemania, Austria-Hungria e Ita-
lia) fueron señalados en el propio año de 1892 por Martín C. Martí-
nez como tendencias de la economia mundial con las que habia que
contar para no ser tomados de sorpresa. (61)

38
Una pequeña guerra de tarifas se_iniciaba también en el Plata.
Señalaba “El Telégrafo Marítimo en 1887:'
“La desmedida protección, especie de incubación artificial de la
industria azucarera en Santiago, Tucumán y Salta. gravando la im-
portación de este articulo con un derecho especiƒico uniforme que
por su elevación es casi un derecho prohibitivo para otros de calidad
más inferior, ha dado lugar a que el Brasil, atacado en los puntos
más sensibles de la industria principal de sus provincias septentrio-
nales, aproveche toda emergencia a ƒin de dañarnos certera y hon-
damente en la única industria sobre la cual gran parte de la riqueza
argentina ha ƒundado su maravilloso desarrollo. _ ."
“Para la República Argentina el mal es grave, pero no irreme-
diable; para el Estado Oriental puede ser de fatales consecuencias.
Los saladeros establecidos en la costa argentina tienen la especiali-
dad de las carnes preparadas para Cuba. . . Para la industria oriental.
el caso es aún más angustiosa. En los saladeros establecidos sobre
el Uruguay... [la hacienda] se aplica a la elaboración de tasajo cu-
yo único mercado es el Brasil”. (62)
Como sostuvo Eduardo Acevedo en agosto de 1890: “En la repre-
salia tomada por el Brasil, elevando los derechos al tasajo, hemos
venido a pagar el pato nosotros”. (63) Los telegramas de la Agencia
Havas daban cuenta pormenorizada de las medidas de represalia bra-
sileñas (64). El asunto se estaba convirtiendo en una auténtica gue-
rra tarifaria en que al Uruguay no le cabía mucha responsabilidad
aunque sí una: competir con Rio Grande del Sur.
“La Razón” decía que debíamos obrar de común acuerdo con la
República Argentina y ofrecer un frente único en las negociaciones
de un tratado de comercio con Brasil, amenazando nosotros también
con medidas de represalia que podían perjudicar al Imperio (impe-
dir la exportación del ganado oriental en pie por la frontera, gravar
todavía más los tabacos y azúcares, etc.).La ¡mayoría de la prensa
donde el interés de los comerciantes, saladeristas y estancieros pre-
dominaba (“E1 Siglo”, “El Telégrafo Marítimo"), se pronunciaba por
reeditar una versión moderna de los tratados firmados por Andrés
Lamas en 1857 y negociar solos con el Brasil, ya que los intereses de
las dos Repúblicas del Plata no coincidíana la República Argentina
tenía una industria azucarera y tabacalera que proteger y los orien-
tales ninguna. Tal posición fue defendida por Martín C. Martínez en
1892 (65) y por el redactor de “El Telégrafo Marítimo" en 1887:
“Nuestro colega “La Razón” no está por la acción particular de
la República, quiere ocurrir a la acción conjunta con la Argentina pa-
ra combatir las dificultades que hoy nos propone el Brasil”.
“Ese sistema no responderia a las conveniencias Orientales. Si
alguna alianza o ligazón comercial ha de contraer este pais, esa li-
Qazón ha de tener lugar con el Brasil y no con la Argentina; y la ra-
Zón es muy sencilla: en relación a nuestra pequeñez, tenemos mucho
que cambiar con el primero y nada con la segunda. La Argentina
Puede y debe recargar los azúcares sin excluir los brasileros, para
Proteger su industria, y el Brasil podria y deberia también recargar
las carnes argentinas con objeto análogo, mientras que nosotros po-
demos y debemos ƒavorecer los artículos brasileros para conseguir

39
en cambio que el Brasil ƒavorezca los nuestros, concesión que puede
licitamente hacer aunque limite algo una industria suya análoga, por-
que mucho más tendría que limitarla si nosotros le negáramos nues-
tro concurso en ganado”. (66)
Lo cierto es que no se firmó ningún tratado de comercio con el
Brasil. Ese país conocía perfectamente cuál era el grupo dominante
en las decisiones que tomaba el Gobierno Oriental: los estancieros.
El arma única del Uruguay -impedir el pasaje del ganado en pie
para los saladeros de Río Grande- hcría el interés de la clase alta
rural fronteriza y el Gobierno nunca se decidió a utilizarla. Los sa-
laderos riograndenses podian seguir faenando ganado uruguayo mien-
tras los saladeros orientales debían pagar cada vez más crecìdos im-
puestos aduaneros en los puertos brasileños.

A fines de 1886 una epidemia de cólera afectó Buenos Aires. En


diciembre el Gobierno Oriental decidió adoptar, aconsejado por la
Junta de Higiene, un régimen de absoluta incomunicación con el te-
rritorio argentino. Aparte de los motivos sanitarios obvios, la prensa
insistió en que la medida fuera también decretada para proteger
nuestro tasajo ante una clausura brasileña de puertos, cosa que ya
estaba aconteciendo con el tasajo argentino .(67) Pero el contagio se
produjo “por lo menos en forma de casos sospechosos en el Asilo de
Mendigos y sus alrededores de la Unión y también en Fray Ben-
'tos”. (68) En verdad parece cierta la epidemia, aunque sin que ella
hubiera revestido suma gravedad, pudiendo señalar el “Boletín Sa-
nitario Oficial" el 28 de febrero de 1887 que “durante las últimas 48
horas... no ha ocurrido novedad alguna de cólera”. (69) Sin em-
bargo el Gobierno brasileño clausuró sus puertos al tasajo oriental.
La faena de los saladeros se paralizó de inmediato (70). El 11
de marzo se conoció en Montevideo una resolución de la Junta de
Sanidad del Imperio por la cual “no siendo posible distinguir la car-
ne beneƒicìada en el Rio de la Plata durante la epidemia reinante
de la beneficiada después, decretan que quedan cerrados los puertos
del Imperio para todas las carnes del Rio de la Plata”. (71) El cir-
culo se cerró. En los hechos el 70% de la zafra quedó sin colocación.
Los embarques experimentales a Cuba procuraron paliar la situa-
ción pero no dieron todo el resultado esperado. El Brasil, según la
totalidad de la prensa montevideana, había dado un golpe de gra-
cia a la industria saladeril rioplatense en beneficio de la riogranden-
se. La angustia ganaba a todos los sectores de la nación: estancieros,
saladeristas, comerciantes, obreros inactivos, y los rumores sobre la
próxima reapertura indicaban más un deseo inconsciente que una
efectiva medida brasileña. (72)
En el Brasil la primera consecuencia advertida fue el aumen-
to en la faena riograndense, de 300.000 cabezas en los años anterio-
res, a 400.000 en ese año. (73)
“Según un colega bonaerense, para el vecino Imperio han pa-
sado en los últimos días más de 10.000 cabezas, destinadas a los sa-
laderos de Pelotas, Porto Alegre y otros puntos de la ƒrontera. Sólo

40
del puerto de Rio Grande ha salido en los primeros diez dias del mes
corriente [junio de 1887], 16 buques cargados de tasajo con destino
a Río Janeiro, Pernambnco y Bahía. Los saladeros brasileros están
activando sus ƒaenas a toda prisa. No hay memoria de tan gram
de movimiento en la provincia ƒronteriza”.
Y el hecho que amargaba a los saladeristas orientales: “Cartas
de allí dicen que en los últimos meses se han levantado ƒortunas
sobre la especulación del tasajo”. (74)
Pero si saladeristas y estancieros rìograndenses prosperaron (y
con seguridad que nuestros hacendados fronterizos también, ya que
la demanda por ganados uruguayos en Cerro Largo, Rivera, Treinta
y Tres y Rocha fue muy crecida en 1887 y 1888) (75), no sucedió
lo mismo en otras partes del inmenso Imperio. Río Grande del Sur
no podía pretender abastecer de buenas a primeras las necesidades
de toda la población brasileña cuando hasta ese momento apenas si
había contribuido con un 25%. “La Razón" anunció ya en marzo de
1887:
“Llegan. _. constantemente noticias que nos anuncias el encare-
cimiento notable de la nutrición del elemento servil, envueltas en
las quejas que levanta, entre los propietarios de ingenios... la ex-
clusión inmotivada de las carnes del Plata”.
Cualesquiera fuesen las motivaciones del Brasil al tomar la me-
dida de clausurar sus puertos a las procedencias rioplatenses, lo cierto
es que las dificultades de todas las partes (los tres países en juego)
probaban cierta complementación económica. El Brasil nos necesi-
taba para alimentar a sus pobres y poder ofrecer una zafra azucarera
y cafetalera a bajo costo, nosotros a él para colocar la carne de nues-
tros modestos y flacos novillos.
Contando con informes favorables de la Facultad de Medicina
que declaraban que el tasajo no podía contener el bacilo en cues-
tión (76), la labor diplomática de Carlos Maria Ramírez en Rio de
Janeiro se vió facilitada y el 22 de noviembre de 1887 las tres na-
ciones firmaron una Convención Sanitaria. (77) Por ella, luego de
fijarse los regímenes de cuarentenas a imponer a los navíos y de
comprometerse los tres países a no rechazar navío alguno cualquiera
que fuese el estado sanitario de a bordo, volvían a abrirse los puertos
del Imperio. Es de notar que el Brasil también salió ganancioso en el
aspecto sanitario pues, como lo señaló la Revista de la Asociación
Rural en agosto de 1889, “se aseguró contra las clausuras de los puer-
tos del Río de la Plata a sus procedencias que invariablemente todos
gos, aršolišflse decretaban al recrudecer en el Imperio la ƒiebre amari-
a '.
Bien valía el cólera un poco de fiebre amarilla con tal que los
Puertos se abrieran al tasajo.
El doctor Carlos Maria Ramírez, nuestro Ministro en la corte
de Pedro II, fue homenajeado el 29 de diciembre a la una de la tarde
DOI' más de cien personas que saliendo de la Bolsa de Comercio lo
fueron a buscar a su domicilio. Comerciantes y saladeristas le ex-
Presaron gratitud:
“El Ministro Ramirez visiblemente conmovido agradeció la
Prueba de estimación, expresando que la gloria de la jornada li-

41
brada en Río de Janeiro se debia en primer lugar al sabio Arecha-
valeta que era quién habia demostrado científicamente la invulnera-
bilidad del tasajo a los gérmenes micróbicos, y que por consiguiente
era el verdadero acreedor a la gratitud del comercio y de los sala-
deristas. La comitiva después de las manifestaciones consiguientes
se retiró complacida. . .” (79), ¿qué duda cabe? ante la posibilidad
de reanudar los negocios. La caballerosidad del Ministro Ramirez
hacia el sabio Arechavaleta no podia ocultar sin embargo, la presión
de los propietarios de ingenios tal vez más efectiva en el ánimo del
Gabinete imperial que los análisis de laboratorio. En el interin, el
pais había perdido unos cuantos millones de pesos (cuatro o cinco tal
vez, en un total de 25 millones como valor promedio de las exporta-
ciones en los tres años 1886 a 1888) pero seguía entregado con ale-
gría e inconsciencia al juego de la Bolsa y los empréstitos en la
City. Tiempo habría para despertar. Porque la crisis había puesto de
relieve lo endeble de una economía que exportaba sus carnes casi a
un único mercado, mercado que a su vez tenia una región productora
del mismo artículo que nosotros elaborábamos.
Ú Ú Il

Los saladeristas riograndenses que ya no podían confiar en su


aliado “micróbico” presionaron a su Gobierno para que elevara los
impuestos al tasajo platense. Ello fue concedido. Antes de la crisis
de 1887 se abonaban 33 reis por kilogramo lo que equivalia a 66 cen-
tésimos por quintal ó 99 centésimos por animal faenado. El derecho
fue algo más que duplicado. Se subió a 73 seis por kilogramo o sea
$ 1.46 por quintal (0, de acuerdo al rendimiento del novillo, $ 2.19
por cabeza). (80) _
Ya en 1889 era visible para los periodistas orientales que “El
peligro de muerte más inminente que se ve para esa industria!
[la saladeril], viene, sin la menor duda, de la actitud que observan
respecto a ella los estadistas del Imperio vecino. Esa exageración en
el 'valor de los aforos para el tasajo del Rio de la Plata... quizá no
sea otra cosa que la continuación en otro terreno de aquella clausura
de puertos que decretó el gobierno del Brasil... bajo la influencia
de Cotegipe”. (81)
Los estancieros a su vez se alarmaban:
“El impuesto que está pagando la República Oriental al Brasil
por sus exportaciones de charque, toma cada vez proporciones más
exhorbitantes y es una de las causas principales que actúan en la
depreciación de los ganados”.
“Muévenos a volver sobre este tema la exposición de los impor-
tadores de tasajo del Rio de la Plata de Rio de Janeiro... la que
viene a denunciar oficialmente y a comprobar con cifras irrefutables
el tratamiento desigual, y podríamos decir hostil, que nuestra prin-
cipal producción recibe en las aduanas brasileras”.
En 1889 el derecho habia subido de nuevo pues la Aduana bra-
sileña elevó el aforo del tasajo de una manera bastante original:
“El aforo aduanero en el Brasil como en todas partes, es menor
que el precio real... Pero esta regla general sufre excepción...

42
tratándose del tasajo platino el aforo de la Aduana brasilera es de
350 reis el kilo, en tanto que el precio corriente del articulo no es,
término medio, sino de 265 reis. . _ El resultado de este alto aforo es
el de casi duplicar el impuesto. Hoy se cobran en las aduanas del
Imperio 63 reis por cada kilo de tasajo” (83). (')
A pesar de las gestiones de los importadores cariocas y de las
de nuestros propios saladeristas, la tarifa de avalúos no fue re-
visada. Al fin y al cabo el Brasil, además de tener que proteger su
industria, vivía por estos años una crisis financiera similar a la uru-
guaya y los recursos aduaneros eran esenciales para cumplir a sa-
tisfacción con los acreedores extranjeros. Que entre el estanciero y
el saladerista uruguayo, hermanados extrañamente al negro pobre del
Nordeste se pagaran los títulos de los empréstitos en Londres, era
una de esas paradojas que solamente la dependencia económica de
América Latina permite explicar.
Los saladeros riograndenses mientras tanto, al amparo de la pro-
tección aduanera aumentaban tímidamente sus faenas. Faltábanles al-
gunos elementos que serán analizados más adelante, al estudiar la
exportación de ganado en pie hacia el Brasil. La marca de 1887 no
la volvieron a lograr sino en 1890 y desde ese momento hasta que la
revolución los aniquiló, 1893, el ascenso fue continuo aunque nunca
pudo compararse al de la temible competencia argentina. (84)
O Ú Úl

Resumiendo: entre los años 1885 y 1890 el problema más grave


fue para los saladeros orientales el de la variabilidad del mercado
brasileño, ocasionada por la competencia argentina y la clausura de
los puertos del Imperio en 1887. A partir de 1887 pasó también a te-
ner gravitación el proteccionismo aduanero y sobre todo el descenso
en el precio del tasajo, íntimamente vinculado al aumento de la ms-
tanza global de todos los saladeros de las tres regiones y a la crisis
que luego de 1889 envolvió al Brasil.

3 - Crisis en la exportación del tasajo oriental a Cuba

La evolución de nuestras exportaciones tasajeras a la Isla de


Cuba (que comprendía también, bajo la jurisdicción española, a
Puerto Rico), indica una seria disminución en los años que estamos
considerando.
De 1881 a 1884 las Antillas españolas absorbieron entre 6 y 10
(') La aparente anomalía de señalar en 1887 un derecho de 73 reis por kilo-
Bfãmo y en 1889 uno de 63 reis y sostener nosotros que en 1889 se abonó más en
impuestos que en 1887. se entiende al saberse que en los 73 reis de 1887 están in-
¢1\1ld0s todos los impuestos que se pagaban en el Brasil y no sólo de importación.
0 sea que a la cifra de 1889 habría que sumar una cantidad que no podemos
Precisa: con exactitud, correspondiente a esos otros derechos.

43
millones de kilos; en 1885 y 1886 sólo 2 y 4 millones; en 1887 y 1888
los saladeristas ante la clausura de los puertos brasileños forzaron las
ventas (a costa del precio) y se colocó en las Islas 9 y 6 millones res-
pectivamente. Pero de 1889 a 1891 la cifra descendió a unos 2 ó 3 mi-
llones. Los dos años de la sequía, por las caracteristicas especiales que
revestía el llamado tasajo habanero, asistieron a un pequeño aumen-
to (en 1892, 6, en 1893, 4 millones) pero en 1894 se volvió de nuevo
a la cantidad que parecía señalar la norma: 2 millones y medio de
kilos. La tendencia al descenso era marcada y los años de excepción
se explican por dificultades externas (clausura de los puertos en Bra-
sil) o internas (seca y enflaquecimiento de los novillos). (85)
Los saladeristas del litoral uruguayo -más interesados que los
montevideanos en este comercio -expusieron en 1887 las causas de
esta disminución de las compras cubanas:
“Varias son las causas que han contribuido a esta disminución
progresiva: la libertad de los esclavos, las frecuentes crisis económi-
cas que ha soportado Cuba, debido a la desvalorización de alguno de
sus principales productos, el aumento del ganado vacuno en esta An-
tilla a medida que disminuyeron las insurrecciones, extendiéndose de
consiguiente el consumo interno de carnes frescas; y la elevación re-
lativa del precio del tasajo en los paises productores, sobre lo que
valía en años anteriores”. 1
“Debemos agregar que por los datos extractados de la Memoria
presentada en 1884 por la Dirección General de Agricultura al Con-
greso de ganaderos norteamericanos... se viene en conocimiento de
“que Cuba toma de Estados Unidos ganado del tipo español y a bajo
precio”, asi se explica que los Estados Unidos al proyectar con España
el tratado de comercio, establecieron amplias franquicias para la im-
portación de carnes saladas en Cuba. Puerto Rico que llegó a consu-
mir en algún año hasta 200.000 quintales, figura por unos 35.000 en
la exportación de 1883. Tal es la situación del comercio de carnes en
las Antillas”.
El redactor de estas líneas por cuenta de los saladeristas, el Dr.
Carlos María de Pena, insistió en dos elementos esenciales: las difi-
cultades económicas internas de Cuba y Puerto Rico para colocar a
precios remuneradores su producción de azúcar y tabaco y las pre-
ferencias que la potencia colonial, España, se vió forzada a otorgar al
principal consumidor de la producción antillana: los Estados Unidos.
En efecto, también los estancieros se alarmaron en 1885 cuando
se conoció el texto del proyectado tratado de comercio entre España
y los Estados Unidos. Este último país recibiría libre de derechos los
azúcares, las mieles, el café y el palo tinta y cobraría sólo la mitad
de derechos sobre el tabaco en rama y torcido. España a su vez con-
cedería la exención de derechos aduaneros a las carnes de todas cla-
seS,_mantequilla, queso, pescados, granos, arroz, harina, hortalizas,
etc. La Asociación Rural hizo gestiones ante el gobierno uruguayo
para que se intentara un convenio comercial con España que con-
trarrestase la situación privilegiada de los Estados Unidos. ¿Pero,
qué teníamos nosotros que ofrecer a cambio? Muy poco, en verdad.
(87). Los Estados de Tejas y Florida resultaban beneficiados pues
eran los que vendían ganado vacuno de tipo español a bajo precio,

44
exportado en pie y con un flete muy bajo comparado con el pago por
los saladeristas orientales desde Montevideo. (88) Como indicó un
periodista algunos años después, en 1893, “el azúcar, que es el caba-
llo de batalla” en las Antillas dictaba la 'politica comercial de Es-
paña, y los norteamericanos eran los principales consumidores del
azúcar cubano. (89)
Mientras tanto nuestras carnes abonaban cada vez derechos más
elevados:
“En 1892 el impuesto que pagábamos en Cuba era de $ 2.40 por
cada 100 kilogramos. Poco después ƒue llevado a $ 3.60 y ahora
[1894] intentan las Cortes subirlo a la enormidad de $ 6, amén del
derecho adicional.” (90)
España gravó el tasajo rìoplatense por diversos motivos. Aparte
de la siempre-acuciante necesidad fiscal, la presión norteamerina pu-
do hacerse sentir, asi como la de los productores cubanos de azúcar
y tabaco que observaban con temor cómo nosotros también (argenti-
nos y uruguayos), aumentábamos paralelamente el impuesto a la ca-
ña, el tabaco y el azúcar. Corrían el riesgo de carecer de productos
de retorno cuando se enviara el tasajo y dificultar, en la medida en
que los países del Plata eran consumidores de sus productos, la colo-
cación de sus zafras.
En torno a la necesidad de firmar un Tratado de Comercio con
España las líneas de intereses se tendieron en el Río de la Plata.
Nuestra principal industria demostró ser librecambista a ultran-
za. ¿Paradoja en un país que lo debía temer todo de la industria ex-
tranjera? En efecto, pero fácilmente explicable. Los saladeristas tra-
bajaban con el mercado exterior, no con el interno. Su librecambis-
mo era lógico cuando observaban que las barreras aduaneras urugua-
yas lejos de protegerles, les irrogaban el perjuicio de una guerra de .fiiš
tarifas con Cuba. Comerciantes importadores de productos cuban
y saladeristas exportadores de tasajo a Cuba se unieron para critic D-
la legislación aduanera oriental. _.Q1 -
fl
Hemos oido quejas de varios comerciantes que reciben aguar I Í -

dientes de caña de la isla de Cuba, respecto a. los pesados derechos \ ¬ gl


que la nueva ley de Aduana [1888] hace pesar sobre su importación
a esta plaza.. .”
“Se comprende que la ley de Aduana imponga ƒuertes derechos
a los productos extranjeros elaborados con las materias primas abun-
dantes en nuestro pais... pero no se comprende que esa ley recar-
gue con derechos articulos que de ningún modo pueden ser produci-
dos en la República por faltar en ella la materia necesaria para ela-
borarlos. _ . Sucede esto precisamente con los aguardìentes que la is-
la de Cuba nos manda en cambio de nuestro tasajo, pues sabido es
que en nuestro pais no se cultiva la caña de que ellos se extraen”.
“Se nos asegura que, cerrado nuestro mercado a la caña de La
Habana y ƒaltando otro articulo para remplazarla en el cambio co-
mercial, los comerciantes cubanos que negocian con el tasajo sufren
un perjuicio de 12 % para la remisión de ƒondos a sus corresponsales.
Un perjuicio tal acabará por privar a nuestras carnes del mercado
de La Habana y he aqui como la ley aduanera al proteger la ƒabri-

45
cación del aguardiente nacional, que no es de caña, vino a dañar la
más importante de nuestras industrias, la salazón. . .” (91)
Asi se expresó en julio de 1888 “El Telégrafo Maritimo”, órgano
bien representativo de los comerciantes importadores y saladeristas.
“El Siglo" lo apoyó con calor como que sus intereses y los del lla-
mado “alto comercio" también se identificaban (92). En 1894 es-
cribió en sus columnas Eduardo Acevedo, con el sugestivo titulo de
“Nos devuelven la pelota":
“Veamos si tienen razón los españoles para cargar la mano a
nuestro gran producto de exportación, las carnes saladas.
“Un litro de caña de La Habana vale en el puerto de Montevi-
deo, a bordo, $ 0.06 y paga por concepto de impuesto 14 centésimas,
siempre que no exceda de 20 grados, que si excede el derecho crece
en proporción de la fuerza alcohólica.. .”
' Y concluía su artículo con una no muy suave reprimenda para
nuestro embajador ante el gobierno español, Juan Zorrilla de San
Martín, quien, según el aruculista, habia descuidado el problema
comercial de nuestras relaciones con las posesiones españolas de las
Antillas, pues: “La iegación jue constituida con ƒines literarios, ha
vulgarizado en España las admirables estrofas de Tabaré, sin ocu-
parse de este prosaico tasajo que no resistirta el estómago de un
poeta” (93).
Comerciantes importadores y saladeristas encontraron de inme-
diato un aliado en sus criticas a la legislación aduanera oriental en
los estancieros, como era logico. El articulista de la Revista de la
Asociación Rural, Félix Taboada Bayolo eligió el diario más difun-
dido (“El S1glo"), para exponer el punto de vista de los hacendados
coincidente en un todo con el de los saladeristas e importadores (94).
En 1894 “El Siglo” transcribió otra opinión de hacendados: la de
los argentinos, en este caso, quienes también criticaban la legisla-
ción auuanera de su pais (95). '
Aunque analizaremos más adelante los intereses que buscó prote-
ger y desarrollar la ley de Aduanas de 1888, tan criticada por estos
grupos, desde ya hay que decir que ellos eran los de la agricultura
hermanados con los de la industria de alcoholes. El maiz se utilizaba
para la fabricación de alcoholes, los que a su vez servían de base a
bebidas competitivas de la caña habanera. Por otro lado, aunque es-
caso, el tabaco se cultivaba en los ejidos de algunos pueblos del
norte uruguayo.
Desde las columnas del diario “El Heraldo" un corresponsal di-
rigió un reproche a la Asociación Rural por apoyar en este caso el
interés de la ganaderia y descuidar el de la agricultura (96). Esta
se defendió a través de la pluma de Félix Taboada Bayolo en “El
Siglo" y en la propia revista del gremio. La habilidad intelectual del
articulista se puso allí de manifiesto cuando sostuvo que el autén-
tico progreso de la agricultura nacional estaba vinculado al de la
ganaderia (con lo que, de hecho, aquélla se convertiría en tributa-
ria de ésta). Sostuvo la Asociación Rural que el interés bien enten-
dido de los agricultores consistía en la valorización del ganado, pues
de ese modo los estancieron recurririan a los forrajes que el agri-

46
cultor podía proporcionar. Y la valorización de los novillos no podía
lograrse si se ponían trabas al comercio cdn Cuba (97).
Los estancieron argentinos fueron más duros en su ataque a la
legislación aduanera y en su defensa del destino ganadero de la Re-
publica vecina:
“Dice con razón el estanciero que, dedicado el Gobierno y el
Congreso a proteger industrias raquiticas, ha ido descuidando lo que
constituye la verdadera riqueza del pais, la ganaderia, y hasta la
agricultura, y ha provocado represalias que pueden sernos ƒu-
nestas” (98).
Retenga el lector la sintaxis de la frase. Ese “hasta la agricul-
tura" es muy revelador.
Pero los gobiernos del Río de la Plata, en plena catástrofe fi-
nanciera (y también por razones de principios que serán estudiadas
más adelante), no podian darse el lujo de ,disminuir sus ingresos.
Esta vez, una de las poquísimas de que daremos cuenta, estancieros,
saladeristas y comerciantes importadores perdieron la partida.
Partida que, conviene aclararlo, no era muy importante. Y lo
que se leerá ahora debe servir también para valorar sin exagera-
ciones la crisis de nuestro tasajo en Cuba. En primer lugar las An-
tillas nunca habían absorbido más del 15 % de la zafra saladeril
(excepto en 1887 cuando por la disminución del volumen global de
lo exportado y las expediciones forzosas a Cuba el porcentaje llegó
a un 33 %). El mercado fundamental para el tasajo era el brasileño.
En segundo lugar, las Antillas españolas pagaban mucho menos
por el producto que los brasileños, de un 20 a un 30 %. Y si bien
es cierto que el precio en ese mercado tendió a aumentar (de $ 2.70
el quintal en el cuatrienio 1885-1888 a $ 3.20 en el siguiente 1889-
1892), como escribiera Lucas Herrera y Obes en 1890, el mercado
cubano no nos convenía.
“La depreciación de nuestros ganados nö proviene de decaden-
cia de la industria tasajera... El tasajo que ha disminuido es el
habanero, y eso, lejos de lamentarlo, debemos ƒelicitarnos. . _”
“Haciendo tasajo para La Habana, se obtienen precios misera-
bles. El cuero de un animal ƒlaco que no ha llegado a su completo
crecimiento, es un mal cuero, y por consiguiente, desacredita la bon-
dad, el crédito que han tenido hasta ahora nuestros cueros en Eu-
ropa; es necesario que el cuero esté en buenas condiciones de en-
gorde y de edad para que tenga toda su resistencia.. .”
"Además, tenemos que el ganado para La Habana no da gor-
dura; de un anmwl para La Habana no se puede sacar arriba de
18 a 20 libras de gordura; de un animal para el Brasil se sacan de 2 a
3 ¡fé arfobas de gordura. [Y como] lo mismo se paga por ƒaenar un
animal ƒlaco que uno gordo (alrededor de 30 o 35 reales por cabeza)
si es un animal ƒlaco y pago 35 reales para beneficiario, me resultará
recargadísimo con relacion a un animal gordo, que da una cantidad
de cuero extraordinaria, una cantidad de gzrrdura y de carne extra-
ordinaria . . .”
“Asi es que no debe estimularse en ningún sentido la produc-
ción de tasajo habanero, y lejos de sentir su disminución, debemos
ƒelicitarnos de ella. _ ." (99).

.47
Exageraciones del discurso a un lado (ningún saladerista o es-
tanciero se felicitaba por ver disminuido su mercado para los ga-
nados flacos), la tesis central era correcta y halla su plena confir-
mación si volvemos a recordar que fue precisamente en los años de
sequía y debilitamiento de las novilladas (1892 y 1893), cuando au-
mentaron los envíos a las Antillas.

48
Capítulo IV
Causas de la crisis ganadera:
el Uruguay, país dependiente

1 - El Uruguay» país dependiente

La modernización en el medio rural acentuó los lazos que unían


al pais con el exterior, su "crecimiento hacia afuera", concepto que
desarrolláramos en el Tomo I. Ella había traído consigo técnicas y
nos habituó a consumos que sólo podiamos satisfacer en el exterior.
Ferrocarriles, telégrafos, armas perfeccionadas, alambrados, ovinos
de raza, todo esto en el rubro de los bienes de producción (aún las
armas, pues en el Uruguay anarquìzado de las guerras civiles “pro-
ducían” paz); innumerables objetos prescindibles de carácter casi
siempre suntuario entre los denominados bienes de consumo. Para
satisfacer estas necesidades -que mucho tenían algunas de creadas
0 artificiales- el pais necesitaba cada día exportar más. Aunque me-
nos que en el presente -pues no existía una industria montada sino
en ciernes- la nación dependía de sus ventas y del precio que se
le abonara por su producción. ,
La paradoja del Uruguay -como la de toda la América Latina-
radicaba además en lo siguiente: desde que nació como región (la
Banda Oriental) todas las fuerzas productivas se pusieron tensas para
responder a la demanda externa y no al desarrollo interno. Cada
paso en lo que el siglo XIX llamó “el camino del progreso” nos acer-
có más y más a la dependencia absoluta de los grandes centros im-
periales del mundo capitalista. Primero fue el cuero, luego el ta-
sa1o¡ después la lana. Se deseaba ya, como futura etapa, la carne
refrigerada. Cada modificación nos adecuaba mejor al mercado in-
ternacional. La estructura económica del país iba siendo moldeada
Por aquel. Todo lo que aconteciera en los centros imperiales forma-
ría parte de nuestro destino.
A la vez, para modernizarse (y pasar del cuero al tasajo y de
éste a la lana), hub_o que construir un Estado fuerte que eliminara
el desorden y también cercar los campos que ya no comsnían sólo

49
vacunos ni valían $ 20 la legua cuadrada como durante el dominio
español. Y esto no se podía lograr sino aumentando los consumos
en el extranjero con lo que la dependencia se completaba. Empero,
hacia 1890 la modernización no había concluido y por lo tanto una
cierta autonomía nos era dada. Escasa, pero suficiente para que las
crisis determinadas desde afuera se solucionaran sin excesivo dolor.
Bastaba (y se podia, esa es la diferencia con el problema planteado
en 1970), reducir los consumos. Cuando la nación asistía a una crisis
de su producción o de los precios externos de ella, simplemente vol-
víase otra vez modesta y hasta avara de su oro logrado a través de
tantos esfuerzos. ¡Era tan poco lo imprescindible, había sido tanto
el consumo suntuario!
Precisamente todo este planteo teórico encuentra su aplicación
entre los años 1886 y 1894. En un primer ciclo, hasta 1890, el Uru-
gual asistió a un importante descenso en el precio de sus principales
productos pero no lo quiso considerar un riesgo. Engañado por los
fáciles empréstitos de la casa Baring Brothers, el pais entró en un
verdadero delirio especulativo y de consumos suntuarios. En 1890,
la cuerda, tensada en demasía, se rompió. Comenzó (en medio del
ahorro forzoso) el segundo ciclo, que hacia 1895 podía darse por
concluido. El mercado exterior seguía perjudicándonos. Los precios
de lanas, cueros y tasajo descendían cada año algo más, pero el con-
sumo retraído a lo mínimo solucionaba económicamente la crisis.
Otra vez aparecían los saldos favorables de la balanza comercial que
nos permitían cumplir “las sagradas obligaciones de un país deudor"
en el siglo XIX: pagar a la City.
La crisis, que había comenzado por ser un descenso en el precio
de los productos ganaderos compensado durante muchos años por
un ascenso en el volumen de la exportación, golpeó al medio rural.
Buena parte de lo ahorrado por la nación durante el período de los
gobiernos militares (1876-1886), se dilapidó. Poco fue invertido en
la campaña y para peor la producción ganadera tuvo todavía que
abonar el interés de usura que cobraban, el capital local
y el extranjero. Cuando más necesitó la campaña del crédito para
modernizarse y romper el circulo vicioso ganado criollo-tasajo, más
fue expoliada. El estancamiento de los años 1886-1894 encuentra aquí
su causa primera.
Al mencionar la campaña, entiéndasenos bien, no cometemos el
lógico error de la Asociación Rural en la época (lógico por provenir
de quién provenía), de confundir campaña con estancieros. En pri-
mer lugar, éstos no eran un bloque social homogéneo. Los más gran-
des propietarios por ejemplo, (como ya observamos en el Tomo l y
volveremos a comprobar en éste) integraban de pleno derecho la
clase alta urbana y aún lo que hemos llamado el capital local. For-
maban pues, parte del núcleo que expolió al medio rural para que
éste pagara la crisis. Aparte de sufrirla la propia estructura econó-
mica que no pudo ser cambiada y la clase media rural, la sufrieron
peones, agregados y “el pobrerío” al decir de Francisco Bauzá, que
vieron cómo se les echaba de los establecimientos o se les rebajaba
los ya miserables salarios. También las clases populares en la ciudad
-obreros, artesanos, empleados de'comercio y burocracia- en medi-

50
da que será analizada, contribuyeron con su cuota parte al sacrificio
del que salió casi indemne, en cambio, el› círculo que monopolizaba
el oro en Montevideo. _
Ú I O

La dependencia no sólo radicaba en que la estructura económi-


ca uruguaya respondiera por entero a la demanda internacional. Co-
mo el pais era pequeño, su producción, en consecuencia, no influía
en la formación de los precios del mercado mundial. Conviene ad-
vertir que aún cuando la nación hubiera sido la única proveedora
de ciertos artículos -que no lo era-, también le hubiera resultado
dificil fijar el precio de sus exportaciones. En las condiciones de co-
mercialización del siglo pasado, si bien la economia liberal funcio-
naba dentro de un esquema clásico donde se cumplía más 0 menos
bien la ley de la oferta y la demanda, los centros imperiales tenían
tal poder para determinar el precio de los artículos comprados que
eran irrisorios los posibles monopolios de los países productores de
materias primas. Las armas de presión eran muchas, entre ellas el
crédito para financiar las exportaciones, como para que un país de-
pendiente pudiera crear su propio precio (valga la frase por su rea-
lidad y por la ironia que encierra). El caso uruguayo (o argentino)
era aún más dramatico. lnfimo era el peso de su producción de lana
0 cueros dentro de la producción internacional. Como lo ha dicho el
historiador británico A. G. Ford en relación a la República Argen-
tina:
“Los precios en oro de las exportaciones eran determinados por los
mercados mundiales de los que la Argentina era un proveedor rela-
tivamente pequeño. Por lo tanto, a corto plazo debian tomarse como
dados, mientras a largo plazo debian considerarse variables, inde-
pendientemente del comportamiento de la Argentina. De manera si-
milar, los precios en oro de las importaciones podian tomarse como
dados, ya que estaban determinados por los oƒerentes extranjeros,
y la Argentina era un consumidor tan pequeño de bienes importados
que se enfrentaba con curvas de oferta perƒectamente elásticas. . ."
“Por lo tanto, el nivel de precios... estaba determinado por
,fuerzas externas. . .” (100)
Es interesante analizar cuál era la opinión de los orientales con-
temporáneos a la gran crisis de 1890 sobre este tema. Los habia que
desde una perspectiva demasiado “tierra adentro" creían que la caída
de los precios del tasajo, cueros y gorduras en el mercado externo
se debía a nuestra excesiva producción (hecho real, pero gota pc-
queña dentro de un vaso ya rebosante colmado por el mundo entero
productor de esos artículos). Asi lo expuso el legislador Antonio Maria
Rodríguez en octubre de 1885:
“Los mercados son los mismos, es la producción la que ha au-
mentado. Los saladeros han faenado muchísimo más, han ƒaenado
253.000 animales más que otros años, y sin embargo el precio del
ganado no se ha levantado. . . ha bajado el precio del tasajo. . .” . . _
“La gordura de saladeros, valía el año pasado 27 reales la arro-
ba U hoy vale 14 1/à _ . . Los cueros salados se vendían el año pasado,

51
en noviembre, a 78 reales la pesada, 6 75, y este año Se pagaron a 72
ã 73 reales. . . Lo mismo sucede con la ceniza y todos los demás pro-
uctos-'
“Como hay exceso en todos los productos, están bajando de pre-
cio notablemente desde el año pasado a éste”. (101)
Otros, más avisados, no dejaban de manifestar su estupor ante
lo que consideraban un absurdo. ¿Cómo era posible que hubiera cri-
sis si la base económica nacional, la ganadería, seguía produciendo
en condiciones casi normales, volúinenes también casi normales? La
crisis era sólo fruto de la especulación urbana en la Bolsa de valores.
Asi opinó Juan Lindolfo Cuestas en diciembre de 1890:
“El pais, la República Oriental, no participa en su producción,
a pesar de todos los trastornos que está pasando -de la seca y de
las dificultades inherentes a la ganaderia y a la agricultura- no
participa. de una manera sensible de la crisis Comercial”. (102)
Martín C. Martínez fue ganado por el mismo criterio en 1891:
“. . .nuestras crisis oƒrecen todas una ƒaz consoladora: las ƒuentes de
la producción nacional quedan intactas; de ese rico ƒilón las crisis
sólo desprenden algunos granos de oro, indirectamente, por via de
impuestos, para cubrir déficits 0 de restricción del crédito. _. es un
rasgo característico de nuestras crisis de consumo, tan distintas de
las crisis por exceso y encarecimiento de la producción, que son las
que más se manifiestan en Europa. Allá es la producción del pais
la que queda atascada, sin salida, y los obreros en huelga forzada.
Acá eso solo pasa respecto de limitadas industrias de mercado in-
terno, como la edificación. . . pero la gran industria del pais, la ga-
naderia, como tiene su salida en el exterior... coloca sus productos
en medio de las crisis con la misma facilidad que antes, de donde
resulta que fuera de los grandes centros de población, más allá del
Paso del Molino, en la campaña, que poco y nada ha comprado pa-
peles y terrenos, la crisis no ha podido producir sino muy limitados
contratiempos”. (103)
Era cierto, las fuerzas productivas estaban indemnes. De ahí
que se creyera que la crisis sólo podia ser comercial o monetaria,
o fruto de la desenfrenada especulación de la llamada época .de
Reus. Pero ahi precisamente radicaba lo novedoso. Era la primera vez.
que todo el pais sentía una conmoción económica en medio de una
producción pletórica. La explicación no estaba dentro de la nación,
se hallaba fuera. El mismo Martin C. Martínez con un año más de
experiencia en el caos económico dio un diagnóstico certero en
1892:
“Desgraciadamente junto con la crisis dimanada del exceso de
consumo y de la especulación, se produjo una verdadera crisis ga-
nadera, que ahondó la mala situación económica y ha retardado por
años la convalecencia del pais. Las dos crisis, la del consumo y la de
la producción, han venido a actuar separadamente... pero ambas
emanan de las mismas causas o más bien, de que nuestra inflación
primero y nuestro desastre después, son parte de la inflación y de la
crisis general que se produjo en el mundo comercial. Si nuestros
cueros, nuestro sebo, nuestras carnes, nuestras lanas, han descendido
rápidamente en los últimos tiempos, no ha sido por nuestra mala sl-

52
tuación interna.. . sino por la -mala situación de los mercados consu-
midores de aquellos artículos”. (104)
Y Eduardo Acevedo a fines de_1893 confesaba claramente la
dependencia uruguaya: _ '
“El descenso en el 'valor de las exportaciones ni siquiera Dro-
-viene de causas internas. sino del mercado internacional, de oscila-
ciones desƒavorables en el precio de nuestros productoS”- (105)
El aprendizaje intelectual aunque costoso, resultó útil. Por lo
menos la nación diagnosticaba y comprendía su mal.

2 - La baja del precio internacional de nuestros principales


rubros exportables

Cegados por la llamada “plétora” bovina y las dificultades para


colocar el tasajo en sus mercados tradicionales. muchos contempo-
ráneos creyeron que en este solo producto residía la causa para ex-
plicar la depreciación del ganado. Lucas Herrera y Obes se encargó
de desengañarlos en 1890:
“En cuanto a los precios, el año 86 valía el tasajo de 30 a 32 rea-
les el quintal. Ha aumentado. por consiauiente, ha aumentado la can-
tidad exportada y ha aumentado el valor del producto. entonces. la
decadencia, o más bien dicho, la desvalorización de nuestros ganados,
no proviene de eso, absolutamente; proviene de que los productos de
los ganados van en decadencia”.
“Los cueros, el año 86 valían 70 a '72 reales; el año pasado han
valido 55 a 56; este año se considera que podrian obtener 60 a 62. . .
por consiguiente el cuero ha perdido de 8 a 10 reales por animal”.
“Los sebos. el año 86 valían 17-16 cuando menos. seoún. la cali-
dad. el año pasado se han vendido a 11 fu 11% reales; dando un ani-
mal dos arrobas. tenemos 8 ó 10 reales qneïse han perdido en cada
animal: por consiauiente ha disminuido el valor de los animales en
22 a 25 reales, porque 'el novillo no se paaa sino a 12 n 13 pesos, cuan-
do hace algunos años se pagaba a 15 ó 16 pesos”. (106)
Y aclarando aún más el concepto:
"Las fluctuaciones del tasaio. con raras excepciones. no pasan de
4 6 5 reales por quintal. es decir, 6 a 7 reales por novillo. mientras
que como lo acaba de demostrar el Dr. Ramirez 11 lo sostuve yo. . .
los otros productos han tenido fluctuaciones mucho mauores...”
“La verdadera causa de la depreciación de los aanadns. es la
depreciación de sus productos. con excepción del tasajo”- (107)
Martín C. Martínez coìncidía con este análisis desde las colum-
nas de “El Siglo" en 1892. Ponia las cosas en su verdadero lugar sin
embargo. pues también el tasaìo había contribuido a la crisis gene-
ral. Pero lo esencial de ella estaba determinado por el descenso de
precios en cueros, gorduras y lanas. (108)
Tenían razón. En la formación del precio del ganado bovino que
se vendía a los saladeros, el cuero seguía siendo el factor principal,

53
seguido por el tasajo y las gorduras. En la muy estudiada apreciación
de los factores que valorizaban el ganado realizado por la Comisión
de Fomento de la Cámara de Representantes, -integrada entre otros
por Carlos Honoré. Eduardo Mac Eachen y Antonio Ma. Rodríguez
(setiembre de 1885)-, el cuero contribuía con el 41 %, el tasajo con
el 34%, el sebo con el 19% y las menudencias con el resto, un
6%. (109) Hecho que halla su completa confirmación analizando los
porcentajes de participación de esos productos en la exportación glo-
bal del pais correspondiente al período que estudiamos: 1886 a 1894.
Lo decisivo para la evolución de la coyuntura económica en el
Uruguay de fines del siglo XIX no era el tasajo sino los cueros, las
gorduras y la lana. Esta última proporcionaba como producto aisla-
do. los mayores guarismos. Contribuía con un 24% (el año en que
influyó menos, 1886) a un 35% (el año de mayor influencia: 1889).
Los cueros vacunos secos y salados la seguían (porcentaje máximo
en 1890: 26%; mínimo en 1889: 22%). Recién entonces habia que
considerar al tasajo (máximo en 1886 y 1888: un 18%; mínimo en
1890 y 1891: un 13%). Finalmente las gorduras provenientes de la
industrialización del vacuno en los saladeros (mínimo. el 6% en 1891
_v 1892. años de seca y ganados flacos, y máximo en 1886 y 1888, el
8%). (110)
Lanas y cueros dando algo más de la mitad de lo que el pais
recibía desde el exterior al vender su producción, decìdían el des-
tino económico del Uruguay.
Los dos cuadros siguientes prueban el descenso del precicf en los
cueros.

Precio de los cueros vacunos salados de 67 y 68 libras (111)


Años: 1885 1886 1887 1888 1889 1890 1891 1892 1893 1894 ]'895
$ 2 7.20 6.25 6.60 5.07 5.80 5.86 5.77 5.02 5.60 5.16 6.66
El año 1895 se ha considerado a los efectos de comprobar el cam-
bio en la evolución. Partiendo de la cotización en 1885. $ 7.20, ha-
llamos el valor promedial del período estudiado (1886-1894) que es
de $ 5.66. El porcentaje de descenso alcanza al 22%.

Precio de los cueros vacunos secos de 21 libras.


Años: 1885 1886 1887 1888 1889 1890 1891 1892 1893 1894 1895
$ : 7.30 6.85 6.22 5.60 4.90 4.20 3.80 3.45 2.37 1.79 3.18
El año 1895 es útil otra vez para comprobar la ruptura de la ten-
dencia al descenso. Considerando el año inicial 1885 con un precio
de $ 7.30 y promediando los valores de los años 1886 a 1894, llega-
mos a una cotización de $ 4.35. El porcentaje de descenso es de un
41%. (112)
La lana ofrece un ciclo más difícil de caracterizar aunque la
tendencia es también al descenso:

54
Precio de la lana mestiza buena de primera o buenos lotes acoplos:
arr0ba de K. 11,485. (113) (Precios de los Anuarios Estadísticos).
Años: 1885 1886 1887 1888 1889 1890 1891 1892 1893 1894 1895
$ : 2.85 3.25 3.10 3.90 3.90 3.10 2.75 2.75 3.03 2.35 2.42
1

Precio de la lana según Gabriel Otero Mendoza. (114) (los 10 kilos).


$ 2.91 3.78 3.- 2.35 2.46 2.15

En las dos series hay un descenso en el periodo 1891-1894. Con-


sideraremos sólo la primera para no variar la fuente documental y
poder efectuar una comparación con los cueros. Entre 1886 y 1890 el
precio promedio alcanzó los $ 3.40, descendiendo entre 1891 a 1894
a $ 2.80. La baja se situó en el 18%.
Resumiendo: en los años límites del ciclo (1885 y 1894) el des-
censo en el precio de nuestros principales productos exportados ha-
bía sido el siguiente: cueros vacunos salados, 22%; cueros vacunos
secos, 41 %; lanas 18 % y tasajo 20 %. (este último ya fue
estudiado al analizar los mercados que lo consumían). Para com-
pensar la pérdida el pais debió aumentar su producción en la misma
escala entre esos años límites. Esto, como veremos, no podia ocurrir
y no ocurrió.
¿Cuál era la causa de la baja en los precios?
Un fenómeno enmarcaba desde 1873 el descenso general de pre-
cios de las materias primas que era mundial: el receso en la econo-
mía capitalista y sus grandes centros. El gran ciclo iniciado con la
crisis de 1873 sólo concluiria hacia 1895 con -la iniciación de un nue-
vo ciclo, esta vez de aumento en los precios. Dentro de ese gran ciclo
los años comprendidos entre 1890 y 1894 fueron todavía más críticos
en el mundo. Nosotros, pequeño alfil dentro del gran juego, sólo com-
partíamos las dificultades mundiales, no las provocábamos.
Otros acontecimientos influyeron por estos años para acentuar
las dificultades de los cueros y las gorduras vacunas. Además del cre-
cimiento de los rodeos en todo el mundo (en particular los Estados
Unidos), “_ . .la concurrencia de los articulos llamados sucédanos
[fue esencial]. _ . bastará recordar que el cartón reemplaza hoy en
dia al cuero en muchas de sus aplicaciones industriales y reduce en-
tonces su consumo... el precio de las gorduras desciende constan-
temente por eƒecto de la concurrencia de los aceites vegeta-
les. . .". (115)
Respecto a las lanas el mismo marco internacional implicó la
“depresión del consumo universal" (116) en medio de la cada vez
más abundante producción de la Australasia. El golpe de gracia para
Drovocar la agravación de la crisis en la industria lanera europea
10 proporcionó la tarifa Mac Kinley de 1890. Por ella se aumentó el
derecho sobre los objetos manufacturados hasta un 50% ad-valorem.
Y Precisamente sobre las calidades más finas de paños, algodones, la-
nas, hilos y prendas de vestir, fue más elevada la tarifa. (117)

55
En el medio rioplatense, "La Nación" de Buenos Aires advirtió
la influencia del famoso Bill en 1891:
“Debemos observar. .. que a consecuencia de las nuevas tari-
ƒas aduaneras de Norteamérica, la industria europea suƒre actual-
mente una crisis aguda, lo que obliga a los fabricantes a disminuir
la producción de telas y demás articulos que se conƒeccionan con
lanas, por esta razón los limites de compra para la futura cosecha
serán de 4 ƒrancos el kilo de lana lavada, mientras que el año ante-
rior se pfincipió con 5 francos para buenas lanas y fueron subiendo
hasta la paridad de 5.50 ƒrancos. . .” (118)
Martín C. Martinez en octubre de ese año destacó el mismo fac-
tor negativo que “cerraba a las manufacturas europeas, especialmen-
te a las de tejidos, la entrada a los mercados yanquis” (119), pero
a la vez mencionó al año siguiente, en 1892, el fenómeno esencial
de toda la crisis:
“Se ha señalado como principal ƒactor. .. el bill Mac Kinley. ..
Pero después se ha visto que si ese mercado se cerraba, los demás
también oƒrecian cada vez menos salida: toda la América del Sur que
es gran consumidora está en dificultades económicas, Brasil, el Pla-
ta, Chile, Perú. etc. Portugal está insolvente. España empieza a notar
los primeros estremecimientos de una crisis. Rusia, con la pérdida
de los cereales se muere de hambre. En Inglaterra unas cuantas ƒa-
milias rentistas habrán visto reducirse a polvo sus ahorros con las
quiebras argentinas, portuguesas, australianas... Las demás nacio-
nes han sido aƒectadas más o menos por las mismas causas o sufren
como es natural, la repercusión de la crisis de los demás pueblos, en
virtud de esa solidaridad de los mercados que es uno de los rasgos
económicos que distinguen al mundo moderno”. (120)
En efecto, el capitalismo habia creado en el siglo XIX, por vez
primera, un mercado mundial. De él dependiamos. (")
Hacia 1895 la economía capitalista inició una fase de alza en los
precios. De ella tuvimos prueba inmediata en uno de los productos
que seguía siendo fundamental: el cuero. Factores circunstanciales
la hicieron en ese año particularmente visible en el Uruguay y albo-
rozados lo señalaban así los periodistas orientales. Eduardo Acevedo
desde “E1 Siglo" en diciembre de 1895 advirtió el cambio y el fin
consiguiente de los años más duros para la nación:
“_ . .una larga y prolongada sequía en los últimos años obligó a
todos los estancieros del mundo a matar las crias de los ganados...

(') También fue señalado por "Ei Siglo" en 1899 la influencia de otro tac-
tor en el descenso del precio de las lanas: "...el empleo cada dia más frecuente
de un producto que lo obtiene de ice trapos de lana. y que los ingleses llaman
uhoddy. La Importación de esos trapos on Inglaterra ora do 5 l/4 mlllonel do
libras en 1855, en 1883 ascendió a Sl millones de libras. En los EEUU. ol censo
do 1880 estima en 106.725.000 la cantidad total de lana lavada empleada por la
induitrla nacional, en 46.583.000 libra: la cantidad do lhoddy Y en 5.000.000 de
libras de Peso de crin do búfalo, vaca. etc. En decir quo para cada 2,1 libras
de lana se emplea 1 libra de material que no son lana nueva. pero que la ln-
dustria utiliza para :emplaza: esta producto”. (121) Aunque era el shoddy un
derivado de la lana (simplemente se la re-utilizaba) este fue sin duda el pri-
mer paso en lo que hoy (1970) ya constituye una dramática situación económica
PUB ¢1 Pais: la sustitución paulatina de la lana por otros productos, en parti-
cuiar, las fibras sintéticas.

56
Para que la escasez de reses se hiciera sentir era menester que trans-
currieran 3 ó 4 años o sea el tiempo preciso para que ternero se
transforme en animal grande. Y como ese periodo ha corrido ya es
natural que ante la disminución de la oferta de cueros se produzca
la suba de los precios”.
“La guerra chino-japonesa ha actuado también. La movilización
de grandes ejércitos obliga a fabricar monturas, correajes y otros per-
trechos que se elaboran a expensas del cuero”.
“Señalaremos como tercer factor al sindicato norteamericano que
en 1894 pretendió acaparar los cueros del mundo entero y que los
acaparó en gran parte, persuadido de que la suba era inminente.. .”
“De ahi la brusca reacción que desgraciadamente para nuestros
estancieros y saladeristas no es ni puede ser estable sino meramente
transitoria”. (122)
Además de las causas transitorias señaladas comenzaban a fun-
cionar, todavía en la sombra, las permanentes: se iniciaba otro ciclo
expansivo en los grandes centros del capitalismo mundial.
:

3 - La comercialización de la producción ganadera; las


utilidades de la intermediación

El productor ganadero no llegó jamás al mercado internacional


en forma directa en nuestro país. Los intermediarios, pulperos, ba-
rraqueros y exportadores, restaban una importante cantidad en con-
cepto de comisiones al precio que se cotizaban nuestros principales
productos en Europa y los Estados Unidos. Si bien esto no era una no-
vedad, en períodos de crisis como el que estamos estudiando, esa qui-
ta, fuera de los límites prudenciales que el propio negocio comercial
implicaba, podía transformarse en una pesada carga para el estan-
ciero y para el pais.
Debemos distinguir dos clases de intermediarios. El uruguayo
(pulpero o barraquero) que aunque expoliase al productor mante-
nía su ganancia dentro del país, y el extranjero (el exportador) que
enviaba el fruto de sus especulaciones a Europa o los Estados Unidos
por lo que disminuía no sólo las entradas del hacendado sino también
las de la nación.
Pulperos dìseminados en toda la campaña y barraqueros en las
principales ciudades, sobre todo en Montevideo, comerciaiizaban la
producción rural de cueros secos y lanas (los cueros salados, las gor-
duras y el tasajo, eran productos de la industria saladeril). El pul-
pero, al adelantar dinero a cambio de la zafra lanar, llegó a conver-
tirse en muchos casos en fuerte prestamista zonal y en el financiador
de la cosecha pagando las esquilas y la manutención anual del per-
sonal; con lo que el pequeño productor, sobre todo, se veia obligado
luego a venderle las lanas al precio que le fijaba. Similares funcio-
nes aunque ampliadas a todo el país, cumplía el barraquero del lito-
ral o el montevideano. El hecho de que los pulperos más avisados de

57
~
los “pagos” de la campaña y los más importantes barraqueros se
convirtieran luego de pocos años de ejercer el oficio, en poderosos
hacendados, es una prueba de sus crecientes ganancias a costa del
productor.
La manera de actuar era sencilla. Los barraqueros tenian clien-
tes habituales que les enviaban la zafra lanar y los cueros vacunos
secos Recurrían también al envio de corredores para que comprasen
estos artículos directamente en el campo a los hacendados. A me-
nudo se adelantaba a éstos por parte de la barraca, y antes de que
las ovejas estuvieran esquiladas, la mitad o el tercio del precio ofre-
cido para asegurarse el cliente y la utilidad. (123) Llegaron los ba-
rraqueros de Montevideo en setiembre de 1887 a coaligarse para im-
poner a los estancieros normas respecto al envio en determinadas
condiciones, de cueros y lanas. las que de no ser aceptadas por los
productores implicarían el rechazo de los artículos. Se trató en este
caso de favorecer una buena presentación de la lana pero también
de unirse para impedir que los estancieros aprovecharan la multi-
plicidad de barracas imponiendo su criterio en cuanto a la clasifica-
ción de cueros y lanas:
“_ . .desde el 19 de noviembre próximo, todas nuestras compras
de cueros vacunos serán efectuadas con arreglo a la clasificación que
actualmente rige para la exportación, haciéndose en las clases la
diferencia de precios siguiente: en los americanos deshechos sean de
campo o matadero $ 0.80 menos que los sanos; en los de igual clase
mal deshechos, los anchos y pe-*lados de 36 libras arriba, sean sanos
deshechos _u mal deshechos, 0,80 menos que los americanos deshechos
o sea S 1.60 menos que el americano sano. . .”
“Segunda Los cueros lanares se comprarán clasificados y bajo
ningún pretexto al barrer”.
“Tercero. En las lanas que sean compradas al barrer, el máxi-
mun de bafrigas que se recibirán será de 10% Sea cualquiera la cla-
se y calidad y 6% cordero limpio de primera esquila. . .”
“Cuando resulta haber barriqa aparte y barriga adentro del ve-
llón o barriga 11 cordero mezclados, asi como en cualquier otro caso
en que no puedan avenirse el comprador y el vendedor. se someterá
la cuestión a la decisión de dos árbitros nombrados del gremio de
barraqueros y consignatarios, uno por cada una de las partes y en
caso de discordia se nombrará del seno de la comisión de barraque-
ros un tercer0, cuyo fallo se tendrá por definitivo”. (124)
Firmaron el acuerdo las barracas más importantes de Montevi-
deo: H. Helguera y Ca; Sacarello y Liendo; Santiago Caprario y Ca;
Balparda Hermanos; Henry Caullier; Wanncbroucq; José Maria Ma-
ñé e hijo; Pedro Risso; Sánchez e hijo; Carlos J. F. Davie; Agustín
Alzola; Cornelio Pereira; Pedro Valdez; Juan L. Irigaray; Luis Puig;
Florencio Elzaudia; Manuel Bechenon; José Gìberty, F. Fabre.
No podemos indicar con exactitud cuál fue el ingreso que se
trasladó del campo a la ciudad, del productor al intermediario. Las
comisiones mencionadas en los diarios de la época apenas si alcanzan
al 1 % aunque a ello debiera agregarse lo que se cobraba por mante-
ner los frutos en depósito hasta que el exportador europeo los ad-
quiría. De cualquier manera la utilidad mencionada, tan escasa, no

58
fue seguramente la única. Un solo dato lo confirma: la mayoria de
los hacendados del país no conocía el precio internacional, ni si-
quiera el precio interno de sus productos. (125). La ignorancia del
productor fue un elemento explotado con habilidad por barraqueros
y pulperos. Y aunque adelantemos una referencia, esta reflexión
estampada en el diario “La Democracia" de setiembre de 1913, es
una prueba del aserto anterior:
“En cuanto a los precios de las lanas se ha hecho público que
hay varios compradores en campaña que la acopìan en pie desde $ 3
a 4 por los 10 kilos, adelantando al vendedor hasta la mitad de su ím-
porte. Considérase esto una buena operación, pero opinamos lo con-
trario. No hay porqué precipitar la venta ni las trasquilas. .. Las
lanas en nuestro concepto, valen un 20 % más de los precios que se
dice se están pagando en campaña”. (126)
Si esto acontecia en 1913 no cuesta nada imaginar cuál seria la
situación 10 ó 15 años atrás.
La mayoría de los diarios montevideanos proporcionaban una
circunstanciada información comercial en sus revistas semanales o
quincenales. Esta información era muy precisa en relación con el
precio de los artículos importados y mucho menos con el de los fru-
tos del país. Aunque casi todos los diarios en su sección “Tablada”
daban cuenta de las operaciones en ganado y el precio corriente de
los novillos y vacas para saladero, no acontecia lo mismo con las
lanas ni los cueros secos. Muy de vez en vez aparecían las cotiza-
ciones de estos productos. La información además, era proporcionada
por los interesados en deflacionar los precios: los propios barraque-
ros. Sólo en artículos de eniundia o algún editorial especializado, era
posible advertir el precio de nuestros productos en los mercados eu-
ropeos. La situación recién tenderá a cambiar-jï'-y con mucha parsi-
monia- a principios del siglo XX. La Revista de la Asociación Rural
cumplió en este sentido una labor de escasisima entidad. La misma
información copiada de los diarios montevideanos aparecia allí, y no
siempre.
Naturalmente que la situación frente a las informaciones del
mercado no era la misma para todos los hacendados. El gran propia»
tario, a menudo dueño de una barraca, casi siempre hombre que te-
nía casa puesta también en Montevideo o la capital de su departa-
mento, estaba en mejores condiciones para vender y discutir el pre-
cio frente al nulpero o el barraquero, que el pequeño y mediano pro-
pietario hundido en medio de la campaña, sin comunicaciones rápidas,
sin periódicos, y a menudo iletrado. Con éstos los comisionados de
las grandes casas montevideanas hicieron un espléndido negocio.
Dijimos sin embargo, que aún cuando esta traslación del ingre-
so sea importante y signifique la expoliación del productor en be-
neficio del intermediario montevideano (haciendo todos los distin-
gos necesarios desde el punto de vista social entre grandes y peque-
nos estancieros), al final la utilidad quedaba siempre en el país. Es
cierto que no iba a beneficiar a quien más la necesitaba en momen-
f0s_ de crisis para salir de ella, sino a la intermediación y por consi-
Blnente iba a aumentar la capacidad de consumo de la clase alta
Urbana y no la capacidad de inversión de los productores. Empero,

59
¿qué gravedad no revistiría el daño si el intermediario en vez de ser
oriental fuera extranjero y remitiera sus ganancias a Europa o los
Estados Unidos?
Ese era precisamente el caso de los exportadores de nuestra
producción ganadera. Eduardo Acevedo lo señaló desde “El Siglo"
en mayo de 1890: .
“Se dice que las cifras de las exportaciones que consigna nues-
tra Oƒicina de Estadisticas, son mucho más bajas que el precio de
nuestros articulos en los -paises de consumo; de dónde se deduce que
exportamos por un valor mucho más grande que el que denuncian
los anuarios de estadística”.
“Es claro que un ƒardo de lana a su salida del puerto de Monte-
video vale mucho menos que cuando se encuentra en los docks in-
gleses o en los depósitos del Havre. Los gastos de embarque, fletes,
comisiones, el precio corriente en Inglaterra o Francia pueden has-
ta duplicar el valor primitivo de la lana. ¿Pero, quién embolsa ese
aumento? ¿Nosotros, o los compradores del exterior? El ƒlete de los
buques va generalmente a Inglaterra; el aumento de precio debido
a la situación de los mercados de consumo, aprovecha a los impor-
tadores ingleses o ƒranceses. .. Podría decirse, al contrario, que la
ciƒra líquida de nuestras exportaciones es todavía más reducida que
lo que haria creer la estadistica. En eƒecto, nuestros grandes exporta-
dores, como Mallman, ¿adónde mandan sus ganancias sino a las ca-
Sas centrales de Europa?” (127)
El barraquero ganaba utilizando al productor y el exportador
utilizando al productor y al barraquero (y al remitir sus ganancias
al exterior, utilizando a la nación en su conjunto). En verdad, en-
tre el precio en Amberes y el precio en Montevideo habia una sus-
tancial diferencia que de ninguna manera se explicaba por el flete
y los seguros.
Entre los años 1887 y 1892 el flete por 10 kilos de lana varió
de $ 0.06 a $ 0.07. (128) hasta el puerto de Amberes. Pues bien,
considerando el precio de la lana en el Uruguay y la cotización in-
ternacìonal en el puerto belga llegamos a las siguientes cifras:

Precios de la lana tipo B en Amberes, los 10 kilos de lana su-


cia. (129) ,
Años: 1888 1889 1890 1891 1892 1893 1894
$ : 4.15 4.57 4.57 4.02 3.77 3.76 3.12

Precios en Montevideo
3.10 3.90 3.90 3.10 2.75 3.03 2.35

Deducido el flete, el exportador obtenía una utilidad sobre su


capital invertido que fluctuó entre un 15 % en 1889 y un 31 % en
1888, siendo casi siempre de un 20 a 30 %.
El grupo de los exportadores de lana estaba compuesto en su
casi totalidad por representantes de las principales firmas importa-
doras francesas. belgas, alemanas e inglesas (Carlos Fritz, Masurel

60
fils, H. Caulliez, Staudt y Ca. Wenz y Ca?, J”. Charlet, Lahusen y Ca;
Wattione Bossut fils, A. Roux y Ca, F. J. Da°jas, P. Humphreys y Ca,
Elie Gay y Ca. etc.). Los de apellido español son la minoría y no po-
demos determinar con exactitud si se trata de firmas uruguayas o de
filiales de casas establecidas en Buenos Aires: Francisco Bula y S.
San Martin. (130)
La observación de Eduardo Acevedo en 1890 era exacta. No
interesaba a los efectos de la balanza comercial que las lanas urugua-
yas se cotizaran un 20 ó un 30 % por encima de lo que se abonaban
en Montevideo. Esa diferencia iba a los bolsillos de los intermedia-
rios europeos; ni siquiera quedaba en el haber de los intermedia-
rios orientales.
¿Qué importaba que el valor real de las exportaciones urugua-
yas fuera un 20 ó un 30 % superior al que surgia de las cifras ofi-
ciales, si ese valor real el Uruguay, como pais, no lo recibía? De él
usufructuaban, como del proceso de industrializar nuestra materia
prima, los grandes centros del capitalismo mundial.
Podian ocurrir algunas paradojas también, que tornaban todo
el planteo del asunto sumamente irritante, como lo escribiera Mar-
tín C. Martinez en 1891. La exportacion se movía por medio de le-
tras a 90 días, vendiendo los exportadores en la plaza esas letras con
cuyo producto pagaban los frutos y siendo los compradores de ellas
los importadores que las adquirian para abonar en Europa sus com-
pras. En anos normales cuando la importación y la exportación se
balanceaban, la colocación de esas letras se hacia sin dificultades.
Pero desde 1890, cuando el país restringió sus consumos y disminu-
yó al mínimo sus importaciones, colocar esas letras era un problema:
escaseaban los compradores:
“¿...cuál es la importancia de esa dificultad de colocar giros
y en qué se traduce? .Se traduce en esto; que., los giros tienen que
venderse más baratos, con algún perjuicio para el exportador que
los vende, perjuicio que éste hace rejluir sobre el productor. . .” (131)
De tal forma que si el país restringía sus compras en el extran-
jero, el productor o estanciero debía pagar por ese ahorro nacional,
además del sacrificio que el propio ahorro y la disminución consi-
guiente del consumo llevaban consigo. Lógica irritante de un siste-
ma ideado por y para otros.
Lo que acontecía con las lanas no era una excepción. La pro-
ducción de cueros comercializada de la misma manera por casas ex-
portadoras extranjeras sufría una quita similar agudizada en el ca-
so de los cueros secos a causa de tener el país un solo gran compra-
dor: los Estados Unidos. (En el caso de las lanas y los cueros vacu-
nos salados, la diversidad de compradores tomaba un tanto difici-
les los acuerdos entre ellos para deprimir los precios).
En abril de 1893 la Revista Comercial de “El Siglo" dio cuenta
que los cueros secos se hallaban en una crítica situación “. . .a cau-
sa de la liga de los curtidores norteamericanos. Han constituido. . .
una sociedad anónima con el objeto... de evitarse la competencia
en la compra de la materia prima en los mercados consumidores,
monopolizando asi relativamente uno de los más importantes ren-
Ulones de nuestro comercio agropecuario. Al eƒecto, ha nombrado

61
la sociedad de la 'referencia un agente en esta plaza y otro en la de
Buenos Aires... Ya se empiezan a notar los ejectos del monopolio.
Al terminar la segunda quincena de marzo, valian los cueros... de
$ 3,600 a 8,750 y hoy, sin que Los stocks sean aoultados, el compra-
dor para los UE. U u. solo oyrece $ 3,300 y aun nos augura mayor
baja” (132) Y si bien este sindicato norteamericano fracasó en su
intento monopolico al ano siguiente, lo cierto es que en el rubro cue-
ros la ganancia de los exportadores no fue inferior a la obtenida por
ellos con la lana.
En periodos de crisis cuando la utilidad a distribuir menguaba
ante el descenso en los precios, la oposición de intereses entre pro-
ductores y exportadores se hacía mayor y llegaba a aflorar en la
prensa diaria. Estancieros y barraqueros sólo poseían un arma: no
vender. Fue utilizada por los que la podian utilizar y con resulta-
dos en general negativos. El control de los mercados exteriores no
estaba en manos de nuestros productores sino en las de los exporta-
dores con filiales en todo el mundo. Ademas, los hacendados, aun los
muy fuertes, -que eran sólo ellos los que podían dejar de vender
la zafra para esperar una mejora en los precios- no podian man-
tener sus frutos estacionados mucho 'tiempo pues necesitaban del
producto de sus zatras para cubrir los gastos de explotación. Hacia
1892 y 1893, cuando los precios bajaban más y mas, la tensión se
agudizó y dio cuenta de ella la prensa:
“Continuúa estacionada la exportación de los ƒrutos del pais. . .
Existe una lucha latente entre los productores y los agentes de la
exportación y los gremios sataderiles respecto al precio del ganado
y de las lanas que, como se sabe no responden a los estados reales
de los grandes mercados consumidores del exterior. Esta situación sin
embargo, no podrá prolongarse más allá de marzo en que las necesi-
dades creadas y los ƒuertes stocks de las materias primas de exporta-
ción han de considerarse de un modo insostenible”. (133) v
Los exportadores expusieron su punto de vista reprochando a los
fuertes estancieros que se permitían el lujo de no vender sus zafras,
estancar la corriente exportadora del país:
“Somos compradores de lanas en Buenos Aires y Montevideo.
Ahora bien: allá calculamos que no resta más de la cuarta parte de
la cosecha que exportar, mientras que aqui las barracas están ates-
tadas y calculamos que no habrá sido exportada más de la tercera
parte. Más de 2 millones de arrobas de lana o sean 5 millones de pesos
están detenidas a la espera de precios mejores... Lo que noto es la
facilidad y la abundancia de dinero que esa prolongada retención del
articulo acusa... ¿Se puede decir... que no hay dinero en un pais
que demora la realización de su principal articulo y lo- sostiene con
recursos internos, aguardando que sea el mercado europeo y no él
quién ceda?”. (134)
Aunque los exportadores manifestaron cierta zozobra ante la
retención, lo cierto es que en esta lucha el vencedor estaba designa-
do de antemano. El gran propietario podria, tal vez, estar un año
sin vender su zafra, pero no más. “Las necesidades creadas", como
sostuvo el articulista de “El Siglo”, también pesaban sobre él. El ex-
portador en cambio, controlaba el mercado productor mundial y el

62
Uruguay, dentro de él tenía un peso ínfìmo. .El rasgo de país depen-
diente volvía a menguar las posibilidades económicas de la nación
en una proporción que no puede menos que asombrar. Si la utilidad
de los exportadores de lana se situó un año con otro en una cifra
cercana al 20 % del precio de venta total de la zafra, eso significó
que de cada cinco zafras, una perteneció integra a los exportadores.
No tenemos porqué suponer que con los demas productos exportados
sucedieran los hechos de otra manera. Es más, todo conduce a pensar
que en el caso de los cueros secos, por ejemplo, el virtual monopolio
del único gran comprador -los Estados Unidos- facilitó la organi-
zación de acuerdos de precios entre los exportadores, como sucedió en
1893. Partiendo de una utilidad para los exportadores similar a la
evaluada para la lana llegariamos a la conclusión de que -por lo me-
nos- un año cada cinco de sus exportaciones lo tuvo que dedicar
la República a pagar el servicio de exportación que le cobró la in-
termediación europea y norteamericana. Ello sin contar los gastos
de fletes y seguros que también engrosaron las arcas de los paises
industrializados. 1
Si a esto le sumamos las ganancias que obtenían al mandarnos
los articulos industriales -cuyo precio también fijaban ellos-, po-
demos comprender bien porqué cualquier desarrollo económico na-
cional tendia a dificultarse y cualquier crisis a agravarse más aún.
Los servicios de exportación (comisiones, fletes, seguros, etc.) y la
relación de los térmmos de intercambio (precios de venta de las ma-
terias primas y precios de compra de los productos manufacturados)
estaban en contra nuestra.

4 - Tendencia al estancamiento de la producción rural

Aun cuando desde 1875 se podía advertir que los precios de


nuestros principales productos en el mercado internacional tenían
una tendencia marcada a la baja, durante los diez años del milita-
rismo (1876-1886) ese descenso fue más que compensado con el au-
mento en volumen de las exportaciones de lanas, cueros, tasajo y
gorduras.
Esa característica de la producción rural que llamáramos su elas-
ticidad, encontró la causa originaria en la paz que el Mill-
tarismo impuso en el país. La paz fue el factor decisivo en el au-
mento de la producción, tuvo la misma función que en la República
Argentina cumplió por esos mismos años la Conquista del Desierto.
El Uruguay no incorporó una nueva región ganadera de 400.000 kms.
cuadrados pero sin embargo obtuvo ganancias similares. Se puso en
Die de trabajo toda la superficie apta del territorio para la cría de
8anados_y el efecto fue casi tan asombroso como el ocurrido en el
Pais vecino que habia anexado la pampa indígena. (135)
¡_ _Las cifras de aumento de nuestra producción en los años del Mi-
ltarlsmo ya fueron anotadas en el Tomo I. En relación al periodo

63
1877-1880, el aumento de los años 1881-1885 fue de un 32,8% en
cueros secos y salados, un 57% en gorduras y un 41% en lana.
Nada de ello sucedió`en los años críticos (1886 a 1894). Los
contemporáneos tuvieron muy en cuenta la mortandad ovina de 1888
y 1889, y la sequía de 1890 a 1893, pero estos fenómenos ya los he-
mos valorado y creemos que su efecto negativo no debe ser exagera-
do. En alguno de los 9 años considerados en nuestro ciclo se apre-
cia la influencia del factor climático, tanto en la exportación de la-
na como en la de gorduras vacunas. En periodos más amplios sin
embargo, la incidencia de estos factores es muy reducida. Lo esencial
para explicar lo que de inmediato observaremos, el estancamiento
de la producción ganadera del pais, no reside en las adversidades del
clima sino en una simple comprobación: el Uruguay habia alcan-
zado el límite de su expansión como nación pastora. Con 16 millo-
nes de hectáreas aptas para ser explotadas no era posible alimentar
a más de 8 millones de vacunos y 20 ó 25 millones de ovinos. Si se
deseaba elevar la producción habia que transformar el medio natu-
ral (la pradera existente) y el animal que en ella se nutria (el vacu-
no criollo). Como ello no se efectuó, las exportaciones de cueros,
lana y gorduras tuvieron una tendencia al estancamiento. Al perder
su elasticidad, la producción rural no pudo impedir que el pais sin-
tiera esta vez con todo su peso la caida de los precios en el mercado
mundial. '
Analizaremos a continuación tres de los principales productos
pecuarios que prueban la afirmación anterior. (')
Entre los años 1886 y 1890 los cueros vacunos secos y salados
exportados alcanzaron un promedio anual de 1.892.000 unidades.
El aumento sobre el quinquenio anterior (1881-1885) fue sólo del
4%. De 1891 a 1894 el promedio se elevó a 1.945.000 unidades. El
aumento sobre el quinquenio anterior fue sólo del 2%.
Las gorduras vacunas experimentaron oscilaciones negativas pa-
ra el país De 1886 a 1890 el promedio anual de kilos exportados fue
de 14.865.000, lo que implica en relación al periodo 1881-1885 un
descenso del 10%. Entre 1891 y 1894 la cifra se elevó a 15.877.000
lo que significó un ascenso en relación al período 1886-1890 del 7%,
ascenso que, sin embargo, no pudo lograr que la cifra alcanzara los
excelentes niveles de comienzos de la década de 1880.(""')
La exportación de lana revela guarismos más alentadores debi-
do a un mestizaje mayor con merinos de raza lo que hizo aumentar
la productividad por cabeza ovina. Mientras el promedio en kilos
de las exportaciones durante los años 1881 a 1885 era de 25 millo-
nes, en 1886-1890 se elevó a 32 millones (aumento del 28%), pero
en 1891-1894 bajó a 30 millones (descenso en relación al período
inmediatamente anterior: un 6%). Y si recordamos que fue entre

(') El tasajo no lo hemos estudiado pues además de haber ya analizado


la evolución de su exportación. no era un indice -en general- de la capacidad
productiva del pais, sino de la capacidad de compra de brasileños y cubanos,
hecho que no sucedía con cueros. gorduras y lana ya que se vendía todo lo que
se producía a los centros industriales de Europa y los Estados Unidos.
(°°) Debemos advertir que en el cuatrienio 1891-1894, la elevadisima cifra de
1894 (19 millones de kilos exportados) oculta el importante descenso de los años
de la sequía, 1891, 1892 y 1893.

64
1891 y 1894 que el precio de la lana experimentó oscilaciones más
desfavorables para el productor uruguayo, se observará que los volú-
menes de exportación, lejos de compensar, ampliaron los efectos de
la crisis en los precios durante los años' críticos. (136)
Todas estas cifras no demostraban una crisis de la producción
interna. Como lo anotaron Juan Lindolfo Cuestas y Martín C. Martí-
nez desde el Parlamento y la prensa, las fuerzas sobre las que el país
vivía y se desarrollaba, bovinos y ovinos, se mantenían vigorosas.
Pero es que allí radicaba el centro del problema: no en que hubie-
ran disminuido sino en que no habían aumentado lo suficiente para
compensar el descenso en los precios. (')
El pais dependiente estaba colocado ante una alternativa de hie-
rro: sufrir la crisis o cambiar sus estructuras económicas para ex-
portar más y compensar la baja. Quienes controlaban la vida econó-
mica decidieron que la nación debía sufrir la crisis; la nación, no
ellos.

5 - Los cambios en nuestro mercado internacional

Entre los años 1886 y 1894 el Uruguay asistió a una serie de


cambios -que señalaban tendencias de la evolución más que modi-
ficaciones drásticas- en el mercado europeo y norteamericano que
compraba su producción. La historia de esos cambios, más que co-
rresponder a la propia nación exportadora, corresponde a la historia
política y económica de Europa y los Estados Unidos. El que nos ha-
yan afectado demuestra, otra vez, la cualidad de país dependiente
del Uruguay. .r __
Los compradores cambiaban como a sus espaldas, respondiendo a
factores de la evolución mundial más que a la influencia de la pro-
ducción oriental. En el ascenso de la Alemania Imperial por ejem-
plo, (y como se verá enseguida) sólo podia correspondernos el papel
de testigos.
El principal mercado de nuestros cueros salados seguía siendo
la Gran Bretaña si bien, y esto constituía una novedad, fué seguida
durante estos años muy de cerca por Francia. Sólo en 1888 y 1893
Gran Bretaña llevó el 42 y 45% de la producción total de cueros
äâlâdos. En el resto del período 1886 a 1894 compró entre un 24 y un
0-
Francia, que de 1880 a 1885 absorbió el 26%, durante el ciclo

(°) La exportación de los productos agricolas no ha sido considerada aqui


Por una razón sencilla: su escasisimo peso. Entre 1886 y 1893 aportó al monto
total de la exportación porcentajes Inferiores al 4% entre harina de trigo, trigo
Y maiz. y sólo en 1894 la producción agricola tuvo cierta relevancia alcanzando
a proporcionar a la nación el 11% de sus valores exportados. Como con an-
terioridad a 1886 el panorama fue similar, podemos afirmar que la agricultura
no contaba como factor determinante en la crisis del Uruguay rural, lo que no
Quiere decir, por supuesto, que los agricultores no sufrieran la crisis general.
como lo veremos más adelante.

65
1886 a 1894, en 5 años realizó compras superiores al 30% y en 4
anos algo inferiores a ese guarismo. iselgica absorbió cantidades cre-
cientes aunque irregulares, del 17 al 31"/a, como en el periodo ana-
lizado en el tomo anterior.
Alemania, en este como en otros rubros, comenzó a interesarse
por los productos uruguayos cada vez mas. Del 1 % en 1888 y en as-
censo permanente, llego al 7% en 1895.
Menos variantes en relación a epocas anteriores ofreció el mer-
cado para nuestros cueros secos. El viejo predominio de los Es-
tados Unidos se mantuvo. Con un 78% del total de cueros secos ven-
didos al extranjero en 1888 y un 50% en 1890 (ano del minimo) llegó
a anular la iiuluencia del segundo comprador tradicional, Francia,
aunque aparecio italia con volumenes variables (6,8 y 14% del to-
tal) .
Es en el rubro lanas donde las modificaciones aparecen con
más claridad. Mientras eii la decada anterior (1875-1885) Bélgica,
Francia y Estados Unidos, en ese ordeii, eran los principales com-
pradores, ahora (1886-1894), solo Francia mantuvo su lugar. Con
volumenes que oscilaron cerca del 30% de la exportación global su
participacion fue similar a la del decenio anterior. belgica se mantu-
vo eucabezando la lista de los compradores hasta 188:: (de un 34 a
47%), pero a partir de ese momento descendió a 31 y 25°/0. Los Es-
tados Unidos perdieron su tercer lugar. Mientras llevaron el 27% de
las lanas orientales en 1885, sólo nos compraron del 8 al 2% entre
1886 y 1894. Fue Alemania el pais que mas incrementó sus importa-
cioues de lana oriental pues sustituyo a los Estados unidos en el ter-
cer puesto. Del 5% en 1886 y 1887, pasó al 11% en 1889, 1892 y
1893, al 13% en 1894 y al 14% en 1888 y 1891. La tendencia luego
de 1895 se aceiituara. inglaterra, aunque pesa algo mas que en el
decenio anterior, compró con demasiada irregularidad para que pue-
da considerarse un cliente importante de lanas del pais (el 14°/0 en
1887, ano maximo, 4 y 5% en 1888 y 1894, y menos del 1% en 1890,
1891 y 1893). Bélgica y Francia en un mismo plano y Alemania en
el tercer puesto, con la anulación casi total de los Estados Unidos:
ese fue el resultado de las modificaciones del mercado mundial la-
nero para el Uruguay.
Por la importancia de las mismas y por constituir la lana nuestro
principal producto aislado, analizaremos algunas caracteristicas de
ese mercado y su relacion con las lanas uruguayas. En primer lugar
importa destacar que en relación a las lanas australiaiias. las del nio
de la Plata eran coiisideradas inferiores en rendimiento y calidad.
Las lanas australianas de mecha mas fina, larga y limpia, con un
rendimiento luego de lavadas que oscilaba entre el 40 a 50%, nos
derrotaban en la competencia mundial. Las lanas del Río de la Plata
generalmente cortas, unas pero sucias y que sólo rendian de un 35
a_ un 42%›luego de lavadas, sufrían en su precio inferior la diferen-
cia en calidad. Es cierto sin embargo, que la llamada de “Montevi-
deo” se cotizaba a su vez mejor que la de “Buenos Aires” por ser
más limpia y sobre todo de mayor rendimiento (de un 37 a un 42%,
mientras la de Buenos Aires de un 35 a un 40%). (137) Para teji-
dos lujosos las lanas del Rio de la Plata y en particular las del Uru-

66
guay por su fìnura, eran excelentes y podran enfrentarse a las aus-
traiianas. be caracteriza asi la situacion .en 1885:
"No hace mucnos anos que la la-wa del nio de la Plata se empleó
sólo para La caraa-panos, casimires, etc.; a medida que su calidad
mejoro encontro empleo para el peine y hoy aia es empleada para
mezclarla con lanas ae Australia y ya es de absoluta necesidad para
ciertas industrias, pues hay articulos que sólo con lana del Rio de
la Hana ae la cruza del namoouiitet y Negrette pueden producirse
en su perjección”.
“Antes se buscaba la mecha larga y una ƒuerte naturaleza de
lana; en la actualidad es la Jineza que le da 'valor y ésta tiene sólo
la del ttamoouiltet y lvegrette”. (158)
Preparando la industria textil generos de creciente calidad, la
finura ue la mecna era cada ma mas importante y en ese sentido
nuestras ove_¡as mestizas, cruza oe cnollas con Rambouillet 0 Negret-
te, podian esperar alcanzar un dia a sus similares australianas. Esto
empero, no nos abrn-ia ei gran mercado britanico. En 1890 un pe-
riouisla explico el hecho:
"Los comerciantes ingleses residentes en Buenos Aires [lo atri-
buyenj a que ias lanas aei riaia contienen una enorme cantidad de
aoroyo y que la maquinaria que se usa en el continente para sepa-
rarlos, es mejor que ia que se emplea en la Gran Bretaña; y que la
heora corta ae aquellas es mas adecuada para las clases de paños
que se Jaorican en belgica, rrancia y Alemania que para los que
producen los telares ingleses”.
“Pero esta explicacion no me parece muy satisfactoria”.
› "Mas bien parecerui que el pequeño consumo de estas lanas en
la Gran Bretaña se aeoe a las prejerencias de comprar las lanas en
las colonias ae la madre patria, mientras que,_los corredores belgas,
ƒranceses y alemanes, que no están sometidos a. la misma influencia,
ƒrecuentan mas el Hata”. (139)
De las dos interpretaciones que brinda el anterior articulo se
deduce que ya en 18:10 la maquinaria textil inglesa estaba anticua-
oa frente a la mas nueva y por lo tanto más períeccionada de Ale-
mania, brancia y Belgica (ventajas de haber iniciado la revolución
industrial con posterioridad a la Gran Bretaña); así como también
que el régimen de la llamada más tarde “preferencia imperial” en
relación a los productos de sus Dominios, ocurría ya en el Imperio
mayor de la época.
La Gran bretaña era un mercado interesante pero su industria
lanera no era la primera en el mundo. En 1887 los kilos de lana con-
sumidos por la industria se repartieron de este modo: (140)

Francia 190 millones Kgs.


Gran Bretaña 180 " "
Estados Unidos 170 " "
Alemania 140 " ”
Rusia 90 " "
Austria 40 " "
Bélgica 40 " ”
Italia 32 " "
l

67
El primer lugar correspondía a Francia que por estos años dis-
putó a Bélgica el puesto de mayor comprador de lanas uruguayas.
El tercer puesto a los Estados Unidos que luego del Bill Mac Kinley
y la protección desmesurada que el Partido Republicano concedió a
la industria, cesó casi de comprar lanas del Plata y de abastecerse de
telas ya hechas en Europa. El cuarto lugar correspondía a Alemania.
Como Alemania poseía una industria textil tan desarrollada y a la
vez buscó, luego de realizada su unidad politica en 1871, desplazar
como proveedores de materias primas a Francia y Bélgica para bene-
ficiar sus propios puertos (Bremen y Hamburgo), es natural que
tendiera a convertirse en el tercer comprador de lanas uruguayas.
Ya en 1885 lo advirtió “El Telégrafo Marítimo": “La Alemania, que
años atrás ha sido un fuerte comprador de lanas peinadas en Fran-
cia, en consecuencia de los altos derechos de Aduana, está estable-
ciendo grandes fábricas de peinar y será cada vez mayor la cantidad
de lanas sucias que importará”. (141) Previsión que se reveló certe-
ra así como la de nuestra Asociación Rural en 1891:
“[Se nota] un notable progreso en lo- negocios directos de lanas
del Rio de la Plata para los centros fabriles alemanes. Nosotros
atribuimos este movimiento ascendente en las importaciones directas
a los elevados derechos aduaneros impuestos por el gobierno alemán
a las lanas peinadas, hiladas y lavados que se introducen en Francia
y Bélgica, obligando de este modo a los industriales alemanes a ope-
rar en el Río de la Plata, lo que contribuyó fi la mayor importación
por los puertos de Bremen y Hamburgo del text" de la República
Argentina y de la Republica del Uruguay”. (142)
De lo que se deduce lo que anotáramos al comienzo de este pa-
rágrafo: el cambio advertido entre los compradores de productos
uruguayos no respondía a una modificación interna del país produc-
tor sino que era un mero reflejo del ascenso de algunas grandes po-
tencias (Alemania), la industrialización acelerada y protegida desde
adentro de otras (Estados Unidos), y la lenta pero ya segura deca-
dencia de Inglaterra, vieja pionera de la industrialización. Sin em-
bargo, aunque esto parece revelar más tendencias en la historia de
los grandes centros mundiales que en la historia del Uruguay, es
sintomático que nosotros experimentáramos pasivamente esas alte-
raciones. La dependencia del exterior halla en esto otra prueba.
Nosotros no decidíamos a quién venderle la producción, eran ellos
los que se repartian el mercado en medio de sus pujas imperiales.

68
Capitulo V
Causas de la crisis ganadera:
El marco urbano: consumo y .empréstitos

1 - El aumento de los consumos y sus causas

¿Qué sucedió con los 20 millones de pesos que el Uruguay acu-


muló durante el Militarismo? Los consumió una balanza de comercio
desfavorable en sólo 4 años, de 1887 a 1890. ¿Por qué no se invirtió
en el mestizaje de la hacienda vacuna, en la implantación de esta-
blecimientos frigoríficos nacionales, en la construcción de ferroca-
rriles por parte del capital local? ¿A qué se d'=b'ó que el consumo
de bienes suntuarios en 1889 fuera mayor que la importación de
bienes de producción -alambre, arados y ga-rado de raza- para el
medio rural? `
Responder con clar'dad y prurbrs frhacirrtes significaría diag-
nosticar una de las característïcrs más importantes de la economía y
la sociedad uruguaya en el siglo pasado. No creemos poder hacerlo con
absoluto rigor científico. Las fuentes consultadas permiten sin embar-
go, formular hipótesis, algunas más, otras menos viables, que la fu-
tura investigación deberá avalar. Pero no podemos evitar el tema:
es demasiado central para explicar la crisis del Uruguay rural y del
Uruguay todo.
Contemporáneos como Eduardo Acevedo y Martin C. Martínez
desde “El Siglo”, o el entonces joven estudiante de derecho Evaris-›
to Ciganda (143), estaban acordes en señalar que una de las causas
fundamentales de la crisis que estalló a mediados de 1890 en el
Uruguay era el subido volumen de sus importaciones frente al es-
tancamiento de sus exportaciones. Economistas modernos como el
Dr. Carlos Quijano aceptan esa posición:
“Del 75 al 86. el pais conoce una balanza de comercio, año a
año -con la sola excepción del 85- favorable. Acumula en ese pe-
riodo según los valores oficiales, cerca de 20 millones de pesos-”
“Entre el 87 y el 90, los años del boom y el año de la crisis, los

69
saldos negativos pasan los 21% millones. El año que regista un ma-
yor saldo desfavorables es el que precede inmediatamente al de la
crisis. . . 11 millones”.
“. . .Parece que no puede negarse, reƒerido el fenómeno al Uru-
guay, la existencia de una correlación estrecha entre los resultados
ƒavorables o desfavorables de ese comercio y la prosperidad o la de-
presión”. (144)
Además de la caída en los precios de nuestros principales pro-
ductos de exportación que ya hemos analizado, corresponde enton-
ces, como factor esencial en la crisis del pais, el aumento enorme
de los consumos que alcanzó cifras altisimas en 1889.
No todos esos consumos eran de aquellos que los economistas
califican como improductivos. Una cantidad importante respondía
al establecimiento de los grandes troncos de via férrea que preci-
samente entre 1888 y 1892 crecieron en una proporción nunca vis-
ta. Mientras en el quinquenio 1881-1885 se importaron 14 vazones,
45.498 durmientes, 29.141.214 kilos de hierro y acero y 6.044.591 ki-
los de rieles, en el quinquenio siguiente (1886-1890) se importaron
332 vagones, 538.014 durmientes. 46 274.703 kilos de hierro y acero
y 34.712.174 kilos de rieles (145). La importación de rieles se mul-
tiplicó por 22. la de durmientes por 1], la de hierro y acero casi se
duplicó y la de rieles se quintuplicó.
Evidente enriauecimiento (y progreso, según los conceptos de-
cimonónicos) podria argüirse, ya que se trataba de desarrollar en
la nación el más adelantado medio de transporte terrestre de la
época. Pero un pais dependiente (y sus investigadores cuando nacen
en él), deben preguntarse dos veces las verdades oue se les ofrecen
como inmutables desde las naciones imperiales. ¿El Uruguay podía
pagar un “boom” ferroviario como el sucedido? ¿No hubiera conve-
nido una importación más lenta y acompasada con la evolución de
su producción? ¿Resnondia el ferrocarril afiebrado de 1888 a 1892 a
la economia nacional? Plantear estas preguntas es ya resnonderlas
negativamente. Los propios historiadores británicos. con objetividad
que les honra, nos informan que la principal finalidad: ". . .al oraa-
nizar empresas ferroviarias parece que fue la de vender articulos
manufacturados y los servicios mismos”. (146)
Y en un momento en que las dos industrias claves del desarro-
llo industrial inglés. el hierro y el textil. estaban perdiendo su ca-
rácter “. _ .netamente progresivo, [se abrían] nuevos mercados [los
del Platal, de tal suerte que la exportación inalesa de hierro fu de
acero aumenta grandemente durante los años 1887 a 1889. principal-
mente con destino a la Argentina y a Uruguay. donde ha sido po-
sible precisamente gracias a nuevas e importantes inversiones de
capitales ingleses”. (147)
La importación de estos bienes de capital más que responder a
una necesidad imprescindible de la economía uruguaya (y luego
valoraremos, al estudiar los ferrocarriles, el grado de esa necesidad),
era fruto de la necesidad (esa si, imprescindible) británica de forta-
lecer sus industrias claves. Más nos hubiera convenido que los ingle-
ses criadores de ganado de raza hubieran tenido mayor peso en la

70
economia de su isla para imponernos la importación de sementales.
Pero la Gran Bretaña era un pais industrial, hacia muchos años que
había dejado de ser un país pastoril. -
Si este razonamiento puede resultar opinable (aunque lo cree-
mos bien fundado) mucho menos lo es otro argumento que ayuda a
explicar el aumento creciente de las importaciones: el consumo sun-
tuario.
El viajero norteamericano Theodor Child, que visitó nuestro te-
rritorio, describió el Montevideo de 1890:
“En las tardes de verano, la Plaza de la Matriz es el centro don-
de afluye la población; para entonces ha cesado el tránsito de ca-
rruajes y los tranvias son menos numerosos y menos ruidosos, los
vehiculos que van y vienen más elegantes, y se ven pasar muchas
yuntas de soberbios caballos europeos... Las damas muy numero-
sas, están vestidas con los más hermosos 1/ elegantes vestidos de
verano, que les envían los exportadores de Paris... Las tiendas de
Montevideo impresionan al viajero por la cantidad y el valor de los
articulos de lujo que contienen. En las calles Cámaras, Sarandi y
18 de Julio, la mayoría de las tiendas se dedican al comercio de pie-
dras preciosas Joyas, objetos de plata, muebles, articulos de fantasia,
objetos de arte, cristales y artículos de vestir y accesorios para las
mujeres. Encontramos también alli muchas grandes casas de música
y librerias importantes. En las vidrieras de los joyeros brillan los
diamantes, los zaƒiros, las esmeraldas y los rubies magníficamente
montados. En las orƒebrerias se ven adornos de tocador en plata
maciza. ciselada o repujada. de alta calidad. Los vendedores de ob-
jetos de arte ponen a la vista piedouches de ónix, floreros engarza-
dos en oro labrado; articulos muy inútiles y costosos a la vez, des-
tinados a regalos de casamiento, presentados en cofres de cuero ma-
rroquí forrados de seda azul y adornadas en oro y plata; bronces
mediocres representando motivos archiconocidos -el beso de Houdon,
por ejemplo, o el Mercurio de Jean de Bologne- tapices de Oriente,
muebles de fantasía de fabricación francesa, juguetes de Paris y to-
dos los costosos bibelots de Viena, Batignolles y Yokohama. También
se venden en algunos comercios cuadros al óleo, acuarelas, repro-
ducciones ƒacsimilares de motivos de París y Milán, pero cuanto
menos hablemos del gusto de los Orientales en materia de arte será
mejor. En cuanto a la elección de joyas y vestimenta, se las arre-
glan a las maravillas, logrando producir una viva impresión en el
visitante extranjero. . .”
Reténgase esta observación que luego de la descripción ante-
rior hace el viajero: “...gastan muchisimo dinero, lo que pare-
cería indicar que son ricos y prósperos y que su suerte es envi-
diable”. (148) ,
Los motivos que llevaron a nuestra clase alta (urbana y rural)
a invertir sumas cada vez más importantes en el consumo suntuario
ya han sido analizados en nuestro Tomo I. Aunque menos que en
la República Argentina, el estilo de vida en estos años de auge es-
peculativo y gastos superfluos, estuvo marcado por una europeiza-
ción de las costumbres y las modas que describió con ojo de buen

71
observador el viajero ya citado. Podria argüirse que un hombre lle-
gado de la puritana Norteamérica exageró el pecado de nuestra pe-
queña Sibaris. Nada de eso. Las cifras de la importación revelan lo
mismo que vió Child.
En relación al año 1887 el aumento de los consumos suntuarios
efectuado en 1889 fue el siguiente: carruajes, 600 %; joyas y alha-
jas, 30 %; perfumería, 55 %; whisky, 220 %; aceitunas, 162%; al-
mendras, 57%; camarones y langostas, 100 %; confites y turrón,
100 %; conservas alimenticias, 174 %; dátiles, 80%; ostras, 70%;
salmón, 1.185 %; sardinas en aceite, 80 %; géneros de seda, 50 %;
géneros de seda y mezcla, 100 %; camisetas de seda, 500 %; corti-
nas y cortinados, 70%; guantes de seda, 100 %; medias de seda,
320 %; muebles, 38 %; relojes de oro, 68 %; relojes de plata, 213 %;
relojes de mesa y pared, 66 %.
Este crecimiento puede valorarse todavia mejor. Los bienes de
producción importados para el directo consumo del medio rural en
el año 1889 sumaron $ 887.000 (alambre para cercos, $ 600.000;
arados, $ 95.000 y ganado de raza, S 191.776). Los bienes santuarios
reseñados en el párrafo anterior sumaron el mismo año 1889 la can-
tidad de $ 1.104.000! (149) (')
Con esa cantidad el Uruguay pudo haber traído 10.000 anima-
les de raza (a $ 110 cada uno, precio promedio) y no los escasos
700 que ese año importó. O pudo haber comprado 20 millones de
kilos de alambre para cercar sus rutinarias estancias con potreros
desmesurados de hasta 2.000 hectáreas (y no sólo los 12 millones de
kilos que ese año arribaron a la nación).
Se puede atribuir parte del crecimiento de los bienes de consu-
mo importados al aumento de la población montevideana. Entre 1884
(censo realizado por Nicolás Granada: 164.000 habitantes) y 1889
(censo realizado por la Junta Económica Administrativa de la Ca-
pital: 215.061), hay un incremento de 51.000 habitantes, o sea el
31 %. Inmigrantes casi todos ellos atraídos por los elevados salarios
de una ciudad que se extendía y especulaba.
El aumento de la importación debe buscarse en este caso entre
aquellos artículos de consumo popular. También comparando los
años 1887 y 1889 hallamos un crecimiento en casi todas esas mer-
caderias, ¡pero cuánto más bajo es el porcentaje que entre las sun-
tuarias!
El vino tinto y blanco de toda clase en cascos aumentó un 36 %;
el azúcar se mantuvo en las mismas cifras; el arroz se elevó un 13 %;
la fariña tendió a disminuir. De todo lo que cabría deducir que si
el aumento existió en determinados artículos él no se debió a una
mejora del nivel de vida de la población inmigrante trabajadora
sino al aumento de su número. Y esto con reservas, pues consumos
(') Una prueba adicional de la importancia de los consumos suntuarlos en
el periodo 1886-1890 la hallamos si comparamos el porcentaje de participación
de Franciâ (el Pais que más nos proveia de esos articulos) en la cifra total de
las importaciones (de un 17 a un 15 %). con igual guarismo correspondiente a
los años de forzoso ahorro nacional entre 1891 y 1894 (el porcentaje desciende
a un 13% en 1891; un 12% en1892 y un 10% en 1893 y 1894).

72
típicamente populares como el arroz y¿ el azúcar casi no sufrieron
alteraciones. '
No cabe duda: los que elevaron su nivel de vida por encima de
las posibilidades nacionales fueron los integrantes de la clase alta.
A ellos y a las “ventas forzosas” de bienes de producción británicos
se debe el déficit de la balanza de comercio.
Ya Carlos María de Pena al describir el departamento de Mon-
tevideo en 1889 notó que desde 1872 a 1889 el crecimiento de la
planta urbana de la ciudad alcanzó un 253 % y dijo entusiasta, sin
advertir los riesgos: “Tan asombroso crecimiento Sólo ofrece térmi-
nos semejantes de comparación con el rápido incremento de la edi-
ficación en algunas ciudades Norteamericanas”. (150)
Fue a partir de 1885 que la edificación se desarrolló con ritmo
de vértigo. Hasta 1890 el promedio de casas construidas fluctuó en-
tròe 1.100)y 1.500 cuando con anterioridad apenas si sobrepasaba las
5 0. (151
Este ascenso repereutió de inmediato en la importación de ma-
teriales para la construcción (el portland se duplicó entre 1881-1885
y 1889-1890, entre 1887 y 1889 el barniz aumentó un 70 %, el bron-
ce un 90 % y la masilla un 100 %). (152)
Construcción de casas para los recién llegados inmigrantes, ho-
teles-balnearios para los nuevos ricos con dudoso gusto en materia
de arte, al decir de Theodor Child, barrios enteros para una clase me-
dia que luego no apareció (los edificados por la Compañía de Emilio
Reus); todo ello contribuyó al desequilibrio económico y fue un
buen ejemplo del mal uso de los capitales. (*)

(') La casa 'del Presidente de la República Julio Herrera y Obes aunque


un tanto atiplca por lo fantasiosa y el rumboso estilo señorial, puede constituir
un ejemplo del mobiliario y los objetos de las más -lujosas residencias del pe-
ríodo. "Portiers”, "cenefas", “cortinados de paño de seda y sobrecortinados de
tul bordados", "espejos de cristal de Saint Gobaln", "sofáes y sofá curvo", “con-
solas"; "mesas ricamente esculturadas doradas a oro 18 kilates y taplzadas en
Vélour de Gene", o con “mármoles de Carrera": “alfombras de lo más rico que
se pueda conseguir haciendo juego con el tapiz del salón": "arañas de bronce.
de la fábrica Stevenson de Londres, con 24, 18. 5 y 4 luces": "gran piano de
concierto de Kapps": “obras de arte, bronces y cuadros al óleo": un comedor
estilo imperio que "costó 30.000 francos. de roble. mármoles '1'evere"; un gran
juego de porcelana “que costó 30 francos la pieza": “vlnagreras de Bacarat y
plata" y también los libros (¿D0r que nó?) pues eran los 31 tomos del Código
Napoleón y "41 libros ricamente encuadernados e ilustrados con 500 grabados so-
bre acero de la Imperial y Real Galeria Pitti. esta obra costó al Dr. Herrera
1.000 pesos y su adquisición le fue aconsejada por el inmortal Blanes". Tam-
poco_ faltó la sala de billar "estilo egipcio. palo de rosa con aplicaciones de
marfil": la sala de armas con "2 corazas completas de guerreros. 2 escudos a
gas", etc., y la galeria artistica con decenas de óleos, uno atribuido al Tinto-
retto y estimado en 5.000 libras y otros excelentes Blanes. como la famosa
Muerte del General Venancio Flores. Un óleo era por demás comprometedor:
"Flor de Liz", gran cuadro premiado con mención especial en la Exposición de
Paris, adquirido en 25.000 francos por el Directorio del Ferrocarril del Oeste en
Londres, regalo peligroso para un gobernante porque provino de una compañia
que poseía vitales intereses en el Estado. La bandera y el sable del general La-
valleja completaban la decoración. Tres carruajes terminaban de darle el sello
al gran señor que siempre fue Julio Herrera y Obes. (153)
La capital se europeizaba, su clase superior cenaba en platos de porcelana
sobre mesas con mármoles de Car-rara menús preparados con salmón y conser-
vas importadas; a los postres, el dátil arábigo hacía olvidar con su dulzor que

73
2 _ ¿imposibilidad o incapacidad del capital local para
desarrollar el país?

Fue en estos años y más en la República Argentina que en nues-


tro pais, que la necesidad de invertir productivamente los capitales
se planteó como un tema fundamental. Los ferrocarriles y la nacien-
te industria frigorífica parecian llamar al capital local.
En algunos artículos de la Revista de la Sociedad Rural Argen-
tina ¿que reprodujera nuestra Asociación Rural) (154) en 1884 se
señal :
"Desgraciadamente el espiritu de empresa no existe entre noso-
tros, debido a muchas causas. pero principalmente a la facilidad
que tiene el capital para emplearse con gran provecho en industrias
y especulaciones seguras 1/ productoras. lo que lo induce a no tentar
nuevas sendas, ni exponerse a riesgos desconocidos. cuando los vie-
jos y trillados caminos le ofrecen aún grandes recompensas”.
“Es por ello que estas empresas [los frigoríficos, los ferrocarri-
les] que vienen a explotar nuevas vetas de riqueza, por más oue
éstas parezcan valìosisimas, tienen que recurrir al capital inglés,
que recorre el mundo en busca de lucrativo empleo. .”
“Es necesario, sin embargo. consultando los verdaderos intere-
ses del pais, que esta nueva industria [la frigorífica] que va a rem-
plazar a la grasería y tal vez al saladero. se radique aqui y se tra-
baje por compañias y con capitales nacionales”.
La opinión del periodista coincide con la del historiador britá-
nico contemporáneo A. G. Ford. cuando sostiene aue:
"En realidad los ƒondos internos estaban disponibles para la reali-
zación de hipotecas y otras operaciones bancarias, en tanto que exis-
tia un mercado de valores de carácter primitivo: La Bolsa”. (155)
La tesis podía expresarse así: el capital local. escaso como, en
todo país nuevo, se dedicó a los negocios más lucrativos y en parti-
cular a la usura con los particulares (hipotecas y préstamos) y el
Estado (deuda pública interna). Allí era posible obtener una uti-
lidad pocas veces inferior al 18 % anual. Y esto, en efecto, sucedió
en el Uruguay y en la Argentina. El capital británico que lograba
en su lugar de origen un 3 % escaso, hallaba en el 7 % que garan-
tizaban los Estados del Plata a las empresas ferroviarias y frigori-
ficas, un poderoso aliciente.
el precio del cuero vacuno seen habia descendido un 41%. Pero. como dijera
Eduardo Acevedo de Juan Zorrilla de San Martin, nuestro embajador en Espa-
ña, “el tasajo era tema demasiado prosaico para la mesa de un poeta". Debe
advertlrse sin embargo. que Zorrilla de San Martin fue un poeta. asi como
Julio Herrera y Obes un gran estadista. No podria afirmarse lo mismo del grue-
so de nuestros noveles burzueses.
Todos los muebles ,V objetos de la casa de Julio Herrera y Obes fueron re-
matados en julio de 1905. cuando el ex-Presidente se encontraba en la miseria.
La lista de los principales adqulrentes señaló el cambio social que se estaba
operando: el viejo patricio remató sus pertenencias a los nuevos ricos: ei sa-
laderista Rosauro Tabares; el doctor Domingo Mendllaharzu. Pedro Etchegaray. La
nota irónica la proporcionó uno de ellos: el escribano Benito Montaldo compró el
juego de porcelana pues sus iniciales eoincidlan con las de la madre de Julio
Herrera Y Obes: Bernabela Martinez. (Ver "El Siglo" del 20 de julio de 1905).

74
Otros sin embargo matizan esta explicación. El historiador in-
glés H. S. Ferns manifiesta que: '
“La religión de la comunidad...,' el sistema educativo, la es-
tratificación social y la tradicional escala de valores que tenia su
origen en España, predisponian a los miembros de esa sociedad [la
rioplatensel a fundar su poder en la posesión de tierras. en el ejer-
cicio de proƒesiones y en un limitado número de actividades comer-
ciales. En esta ƒase de la historia argentina, la posesión y dirección
de complicadas empresas financieras, industriales y de transporte te-
nian poco interés para los grupos nativos dominantes. El Ferrocarril
Central Argentino, por ejemplo, procuró interesar a los argentinos
para que invirtieron dinero... Los directores abrieron una lista es-
pecial para accionistas sudamericanos y promovieron reuniones en
Buenos Aires. La respuesta fue decepcionante. Los Anchorena, tal
vez la familia más poderosa y seguramente la más rica de la Argen-
tina en esa época, invirtieron .45 200 y nunca aumentaron sus ac-
ciones. _ _” (156)
Ricardo Newton desde la Revista de la Asociación Rural del
Uruguay, aunque sin desentrañar causas, opinó en 1887 igual que
Ferns en 1960:
“...los capitales del pais son tan escasos... que ellos no se
embarcan sino en aquellos negocios de que creen sacar lucro inme-
diato. En los dudosos para ellos. como son todas aquellas empresas
nuevas, dificilmente se les puede inducir a entrar; y esto nada tiene
de extraño en el comercio en general, cuando ni aún los mismos
hacendados han sido capaces de reunir el capital necesario para es-
tablecer una usina completa, con sus sucursales establecidas en Eu-
ropa, para la propaganda y expendio de la carne fresca. . .”
“. . .nuestros hacentados. . _ han demostrado tener poco espiritu
de asociación o más bien dicho un espiritu con tendencia demasiado
independiente, pues la puede haber en demasía. Los miembros de
cada oremio entre si se deben en todas partes y en todo tiempo. cier-
tas obligaciones recíprocas. Es un deber de socialismo, del que hoy
necesita Juan y mañana lo necesita Pedro". (157)
Hay que advertir sin embargo, que el reproche al capital local.
certero en el fondo de la cuestión, no es completamente justo en el
caso de la República Argentina por lo menos. La Sociedad Rural de
dicha nación fundó en 1884 "La Congeladora Argentina” con un
capital de un millón de pesos papel. La empresa declinó y concluvó
quebrada. (158) La misma Sociedad Rural explicó las razones del
fracaso:
“...oue ha desmoralizado hondamente la opinión. [Esta] com-
pañia patriótica nacional.. carecía de los medios de vida necesarios
para terminar el ensano. y. _ . sin influencias ni relaciones en Euro-
pa fue naturalmente victima de los carniceros inoleses one le impu-
sieron la ley de sus precios por la carne que no llegó podrida. . _ La
Conaeladora se constituuó por acciones y al poco tiempo su escaso
cavital se reunía dificilmente, pues si muchos pagaban sus cuotas,
otros eran remisos. _. Las angustias comenzaron. . .” (159)
Además de la reticencia en proveer de fondos. a la nueva em-

75
presa, es evidente que no resultaba tan sencillo como los historia-
dores británicos parecen suponer, competir con sus antepasados. Co-
nocimiento del mercado, ventajas de ser inglés para tratar con in-
gleses, hostilidad a ensayos de corte nacionalista de los países de-
pendientes, todo influyó tal vez tanto como nuestra propia apatía,
para desviar el capital local de las colocaciones productivas y man-
tenerlo en las colocaciones suntuarìas.
Para explicar esta modalidad cultural en el uso de los capitales
(que de ello al fin se trata), pensamos que los dos factores señala-
dos por historiadores contemporáneos y fuentes de época debieron
actuar. La usura era más provechosa y menos riesgosa que la in-
versión productiva. El afán de seguridad en una sociedad en per-
manente modificación política y económica, con fortunas que desa-
parecían al vaivén de los cambios de gobierno (sobre todo en el
Uruguay), volvió a los capitalistas locales en extremos timidos. Só-
lo asi se explica, por ejemplo, que en los años de crisis el Banco
Comercial, como luego probaremos, mantuviera casi todo su capital
improductivo sin efectuar ninguna clase de colocaciones, a no ser las
muy seguras y por lo tanto muy escasas. El factor histórico funda-
mental señalado por Ferns, “religión”, “sistema educativo", “estra-
tificación social" y la “'radicìonal escala de valores que tenía su
origen en España" nos parece también de un peso inmenso que ya
hemos puesto de relieve al caracterizar la conducta de nuestro pa-
triciado en el Tomo I de esta obra. La falta de espíritu de empresa
de que se quejó el articulista de la Revista de la Asociación Rural
del Uruguay en 1887 no era más que un fruto de esa escala de va-
lores. Ella también incluía la ostentación y el consumo superfluo,
índices de posición social en una sociedad donde el rango se con-
quistaba más por lo visible que por la jerarquía que otorgaba la
tradición (sociedad nueva fue la nuestra. no debemos olvidarlo, aun-
que con pautas de conducta a veces añejas como en este caso).
De todo lo que se deduce que uno de los motivos que acentuarion
la crisis del Uruguay rural (y del país todo) fue el uso inadecuado
de los capitales ahorrados durante los modestos años del Milìtarismo

3 - Los empréstitos de la City

A partir de la unificación de las Deudas Internas efectuada en


1883, el Uruguay se convirtió en un gran pais deudor de la City lon-
dinense. Los empréstitos anteriores colocados en esa plaza no lo-
graron desplazar al capital local de su función financiadora del Es-
tado. En cambio, luego de 1883 esa función pasó poco a poco a ma-
nos del capital británico.
“Al abordarse la uniƒicacàón de la deuda en 1883 la gran masa
de los ƒondos públicos estaba localizada en el pais. El servicio de
intereses y amortización correspondiente al mes de Abril de 1884
demostró que en Montevideo habia 6.808,500 libras esterlinas de Uni-

76
ƒicada y en Londres 4.318.500. Pues bien, el 19 de enero de 1890 el
stock de Montevideo habia bajado a 2.992.230 libras esterlinas y el
de Londres subido a 7.776.800. . .". _
A ello deben agregarse los empréstitos contratados en plena
fiebre especulativa: el de Conversión y Obras Públicas de 20 millo-
nes destinado al pago de los Consolidados de 1886 y que sirvió _ne-
gociado mediante- para fundar el Banco Nacional en 1887; el Mu-
nicipal de 6 millones; y en 1890, el Empréstito de 9.400.000 pesos
para rescate de Bonos del tesoro caucionados en Londres y cubrir
el déficit presupuestal. .
“En conjunto 35% millones de pesos, que agregados a la expor-
tación de Uniƒicada daban un total de 55 millones nominales, sin agre-
gar operaciones particulares como la venta de los tranvias a un
sindicato inglés en 1889, por seis millones de pesos”. (160)
La gran casa bancaria Baring Brothers, intermediaria en casi
todas estas operaciones, conocía perfectamente bien el destino de
estos empréstitos. A pesar del titulo pomposo de alguno de ellos, las
inversiones productivas no fueron atendidas, y si exceptuamos el
buen uso que intentó hacer del suyo la Junta Económico-Adminis-
trativa de Montevideo con el llamado Municipal (perdido en su
mayor parte entre los depósitos de los bancos quebrados en la cri-
sis), los restantes financiaron el movimiento especulativo de 1887 a
1890. En descargo de la casa bancaria británica cabe señalar una
paradoja financiera de los Estados del Plata. Como su renta esen-
cial eran los derechos de Aduana (y las importaciones las recarga-
das, no las exportaciones), cuanto más comprara el país en el ex-
tranjero más rico aparecia el Estado, siendo que, en realidad, más
pobre se volvía la nación si no aumentaba paralelamente sus expor-
taciones. Y los años 1887 a 1889 fueron de gran consumo y exce-
lentes recaudaciones por concepto de derechos aduaneros.
Lo que el historiador británico Ford creyó que debia ocurrir
de acuerdo con la estricta lógica económica, no siempre sucedió:
“Las actitudes de los prestamistas estaban ampliamente inƒluídas
por el funcionamiento de la economía [rioplatense]: si aumentaba
tanto el valor de las exportaciones como el ingreso, era posible que
las cargas existentes por el servicio de la deuda externa fueran sa-
tisfechas sin dificultad y que aumentaran los dividendos”. (161)
La aparente anomalía se explica por lo que dijéramos: los re-
cursos del Estado no eran un buen índice -a corto plazo por lo
menos- de la capacidad económica de la nación. A largo plazo,
naturalmente que si. Porque ocurrida la crisis, el pais debia contraer
sus importaciones y por lo tanto disminuían las rentas aduaneras
que eran la garantia de cobro de los prestamistas británicos. Pero
ello sólo ocurría una vez que la crisis se desataba. No existía aviso
previo, a no ser para los que tuvieran singular olfato.
De hecho los empréstitos británicos funcionaron durante el pe-
queño ciclo 1886-1890 para ocultar el déficit de la balanza comer-
cial provocado por el ascenso de los consumos y la baja de precio
de nuestros principales productos de exportación. Ya lo advirtió
Martín C. Martinez en agosto de 1890:
“. . .el gobierno... contrajo el empréstito de 20 millones y des-

77
pués el municipal, y fue debido a este medio artificial que la crisis
de la produccion... no se hizo sentir y que en vez de una contrac-
ción benéjzca del consumo y una depresión suave de los valores,
tuvimos una importación y una valorización cada vez mayores”. (162)
Se puede sostener asimismo que del endeudamiento excesivo del
Uruguay no sólo fue responsable el Gobierno y el circulo de especu-
ladores que lo rodeaba sino también la propia banca británica. El
mito segun el cual todos los banqueros ingleses fueron prudentes
hasta el exceso recibió en la crisis noplatense de 1890 su desmen-
tido mas rotundo. La clase media brltanlca que colocaba sus ahorros
por intermedio de los gigantes de la alta flnanza (Baring Brothers,
por eglemplo) hubiera deseado una administracion mas conservadora
de los mismos. lferns ha escrito:
“Los inversores britamcos no hicieron grandes ƒortunas en la
República Argentina... Las grandes fortunas tocaron a los intere-
ses rurales, a los banqueros inversores que negociaban titulos, y a
los intereses comerciales.. .” (163)
La extension de este razonamiento al Uruguay se impone. Cuan-
do la prensa especializada francesa comento el arreglo financiero a
que llego el uoolerno uruguayo con sus acreedores en 16:11, tuvo
palabras muy severas para elqulclar la irresponsabilidad de los circu-
los de la alta tluanza inglesa al haber concedido los empresutos y
envuelto en ellos a buena parte de la burguesla europea.
Duo el "Journal des Lconomistes" en setiembre de 1891:
“Gracias a la intervencion del Consejo de 'tenedores de bonos
extranjeros de Londres, poderosa institucion creada por iniciativa
particular para proteger los intereses de fondos extranjeros, que ha
intervemclo en lsgtpto, en Turquia, en diversos lustaaos de América
del bur, y que, compuesta como está de representantes de la alta
Jinanza inglesa, obra mas bien en interés de los grandes tenedores
que de los pequenos, acaba de votarse un concordato en una reunión
a que asistieron cerca de 200 personas que hablan comprometido sus
capitales bajo la Je del gobierno del Uruguay, de sus compromisos y
de los prospectos de los banqueros emisores”.
“La reunion ha sido tumultuosa. . .”
“El Consejo de los tenedores de bonos extranjeros ha ejercido una
presión muy viva para hacer aceptar el proyecto de concordato. . ."
Luego las reflexiones para demostrar que los prospectos de los
bancos emisores sólo tenian como finalidad arrastrar a incautos in-
verslonistas:
"lan primer lugar, resulta claramente que el Estado nunca pudo
hacer ƒrente a la carga de la deuda exterior con sus propios recur-
sos. El delegado señor Ellauri, encargado de negociar el concordato,
ha tenido la desƒachatez de declarar en una conversación que el
monto de los cupones desde l883 ha sido siempre anticipado por los
banqueros europeos. Las ciƒras de los presupuestos eran ƒalsas. . .”
“Es evidente que si en 1888 los Baring no hubieran concluido
el empréstito del 6 %, el deudor no habria podido hacer ƒrente a sus
compromisos desde aquella época, lo que habría salvado el dinero
empleado por el público en el nuevo empréstito de 1888”.
Y el corolario lógico: “Los banqueros nunca se han preocupado

78
de la verdadera situación del Estado deudor, sino únicamente de la
disposición del mercado, y aún han' apreciado mal esta disposi-
ción”. (164) _
La “desfachatez" (forma un tan despectiva pero lógica ya que
se trataba para el economista frances. de un ^'indigena") del ex-pre-
sidente de la República, José Ellauri, habia descubierto la irrespon-
sabilidad de la alta banca britanica.
Cuando a pesar de la moratoria y luego del arreglo concertado
en 1891 hubo que recomenzar los pagos a los prestamistas extran-
jeros, el pais asistió a la sangría del oro. En medio de un circulante
em-arecido a raíz de la crisis bancaria de 1890 y 1891, la única base
metalica de nuestra moneda, el oro, debia hacer su'peregrina1e a
Europa para abonar intereses y amortización de las deudas contrai-
das bajo el signo de la especulación y la ausencia de responsabilidad
de gobernantes orientales y banqueros britaiiicos. .
Fue entonces que un tibio o virulento nacionalismo (dependía
de quien expresara la opinión), comenzo a eiitreverse en los diarios
rnontevideanos, aún en los más conservadores como “El Siglo”.
La restricción del crédito interno que era la consecuencia más
visible de tener que abonar las deudas externas provocó innumera-
bles quejas. Martin C. Martinez en abril de 1892 advirtió que en el
Uruguay la balanza comercial con superávit era Iundamental pues
poseiamos una balanza de pagos deficitana. Anotó con sagacidad que
muy distinta era la situacion de inglaterra y por lo tanto otros los
lu1os que la patria de la libra se podia permitir y nosotros no.
“Pasa entonces aqui lo contrario que en Inglaterra, pais prin-
cipalmente importador de materias primas y que con sus inmensos
capitales dìseminados en todo el mundo hace a los demás pueblos
tributarios de su mercado monetario, lo que le permite mirar im-
pasible el desequilibrio aduanero”. (165)
Eduardo Acevedo a su vez, hizo notar que las fugas de oro no
se debian solo a los empréstitos que teniamos la obligación “moral”
de abonar sino tambien a que “Una buena pafte de nuestro capital
monetario ha emigrado y emigra a Inglaterra en pago de dividendos,
intereses y amortización de todos los titulos particulares y públi-
cos”. (166)
José Batlle y Ordóñez fue más exaltado y también más realista
cuando afirmó en 1891 que “. _ .la causa principal de nuestra crisis
[es] la exportación de oro que 8e hace en el pais de todas maneras
y en todo sentido. Haciamos notar que a la exportación del oro de
los intereses y amortizaciones de las deudas nacionales, que un dia-
rio consideraba como única exportación, se agregaba la corriente de
pequeños envios que hacen a sus familias residentes en el exterior,
los extranjeros habitantes de la Republica; los dividendos de ga-
nancias de Sociedades anónimas con directorios y capital suscripto
en otros países, tales como el Banco de Londres, el Gas, las Aguas
Corrientes, los Tranvias, los Ferrocarriles, la Fábrica Liebig, las com-
panias de vapores, etc.,- el producto de nuestra industria ganadera
del Norte del Rio Negro, donde casi todos los campos pertenecen a
acaudalados brasileros que residen en Pelotas 0 en Bagé 1; tienen

79
sus depósitos y aún sus cuentas corrientes en los Bancos de Rio .Ta-
neyro...” (167)
Los acontecimientos hacían aflorar una conciencia nacionalista.
Las propias empresas extranjeras comenzaban a ser puestas en tela
de juicio en lo que tiene que ver con sus aportes a la “civilización”
del Uruguay.
El hecho tiene su comprobación matemática. Mientras en el pe-
ríodo de violenta restricción del consumo, 1891-1894, la balanza co-
mercial arrojó un superávit de 33 millones de pesos, las entradas de
metálico sólo fueron de 21 millones. Por lo menos 12 millones que-
daron en manos de los inversores extranjeros. (168) _
Razón tenía “El Siglo" de 1893 cuando decia que “los emprés-
titos públicos y los capitales de todo género invertidos aqui tenian
ƒatalmente que absorberse la parte del león en nuestros saldos ƒa-
vorables del comercio internacional”. (169)
Resumiendo: el uso original que el país dio a los capitales lo-
grados durante los años de forzoso ahorro (1876-1886), malgastân-
dolos, unido a los empréstitos y las inversiones extranjeras que a
largo plazo significaban una sangría importante de la base mone-
taria del país, el oro, tuvieron una influencia decisiva en la restric-
ción del crédito. Cambiar el esquema monetario tradicional se
reveló imposible, como después estudiaremos, ante la fuerza del
círculo orista local e internacional. En un momento en que la cam-
paña, para realizar su imprescindible transformación necesitaba ca-
pitales baratos, el capital local sólo le ofrecía la usura.
Un diario conservador y representativo de los intereses del alto
comercio lo confesó en 1890: _
“. . .el retraimiento del crédito es general en todo el pais, y tie-
ne que encarecer las condiciones de la producción, obligando a los
estancieros y agricultores a marchar más lentamente o a someterse
a los intereses usurarios que prevalecen durante las épocas de
crisis”. (170) '

80
PARTE ll .
LAS SOLUCIONES PROPUESTAS A LA CRISIS GANADERA

Introducción

La “plétora” de nuestros ganados y el descenso de precios en


los principales productos exportados por el Uruguay plantearon a
estancieros, saladeristas y Gobierno, la necesidad de buscar nuevas
salidas para las carnes que a la vez que valorìzaran el novillo y el ca-
pón, eliminaran el problema causado por su abundancia.
El Gobierno impulsado por los estancieros y su gremio, la Aso-
ciación Rural del Uruguay, aprobó leyes de exenciones impositivas y
garantía de interés para compañías frigoríficas, de carnes conserva-
das y exportadoras de ganado en pie. Pero la escasez de ganado mes-
tizo -así como las dificultades técnicas de la industria del frio en
ese momento para congelar bovinos- determinaron el fracaso de
estos ensayos.
Los saladeristas por su parte trataron de abrir nuevos mercados,
especialmente en Europa, para el tasajo. Problemas impositivos en
los posibles países receptores pero sobre todo problemas vinculados
a los hábitos alimenticios de los codiciados consumidores ingleses,
también condenaron esta iniciativa.
En resumen, el mercado inglés de carnes presionó al Uruguay
(como a todos los países con fuertes existencias de ganado) para que
lo abasteciera. Pero ese mercado no estaba dispuesto a recibir lo que
el Uruguay ya tenía desarrollado (el tasajo) sino lo que el Uruguay
podia lograr si modificaba sus haciendas.

81
Capítulo I
La demanda europea de carnes

1 - Alimentos para la clase obrera europea

Los países industrializados de Europa (en particular Gran Bre-


taña) requirieron de las naciones que los abastecían con materias
primas no sólo aquéllas que luego de procesadas reingresarían a la
corriente del comercio mundial en forma de objetos manufacturados,
sino también alimentos baratos para su proletariado creciente. De
esta manera fue posible responder a uiia doble necesidad de la eco-
nomía capitalista: mantener los salarios dentro de una escala que
permitiera la competencia con los demás centros industrializados
del mundo, y satisfacer las demandas de una clase social cada vez
mejor organizada en sindicatos poderosos que no se conformaba con
la situación a que la tenia reducida el capitalismo pionero de co-
mienzos del siglo diecinueve.
“Las sucesivas concesiones que el mayor impulso de los [sindi-
catos] impedia denegar, reducian paulatinamente la jornada de tra-
bajo y aumentaban en análoga proporción el monto de los salarios.
El desequilibrio resultante era preciso reclam/arlo en ƒorma de ali-
mentos de bajo costo que solamente podian proveer los países de-
pendientes y coloniales.. ." (171) '
En Gran Bretaña además, alimentar el proletariado industrial
con carne del país ya no era posible debido al elevado costo de pro-
ducción del hacendado inglés y escocés. Razas y prados mejorados,
tierra en constante valorización, aumentaron a tal grado el valor
del producto en un momento en que la burguesía industrial lo re-
clamaba más barato que el productor vernáculo no satisfacía las
exigencias del país. Como lo ha dicho sagazmente el historiador ar-
gentino Ricardo M. Ortiz:
“La solución apropiada al manufacturero británico consistía en
hallar lugares en los que las condiciones naturales o artificiales de
las tierras y el clima permitiesen la cría en condiciones económicas
y dónde la mano de obra ƒuese suƒicìentemente barata para ƒacilitar

82
la alimentación de su clase obrera a bajo costo y le permitiera con
ello reducir todavía sus jornales”. (172)
Los británicos lo confesaron con ingenuidad en 1912:
“Los ƒabricantes sobre los que descansa la riqueza y ƒama in-
dustrial de Inglaterra y Escocia, tienen una enorme deuda de gra-
titud hacia los pioneros del comercio de carne congelada, por cuyos
esfuerzos sus obreros han sido capaces de adquirir carne buena y
barata. Cuando se importó por primera vez carne congelada, había
gran escasez de carne ƒresca a precios razonables en Lancashire y
Yorkshire y en los distritós algodoneros en general. Frecuentemente
era cuestión de comer carne una vez por semana; ahora se come dos
veces al día”- (173)
Aunque la situación fue algo distinta, el resto de la Europaìin-
dustrializada o en vías de serlo (Francia, Alemania, Bélgica, cier-
tas regiones en Italia y España) sentía las mismas necesidades que
la Gran Bretaña.
En 1887 nuestra Asociación Rural publicó un artículo de Ricardo
Newton donde se comentó con alborozo esa necesidad que no sentían
sólo los ingleses:
“. . .tenemos la Europa también con algunos cientos de millones
de habitantes que poca carne comen, porque poca tienen. Tenemos
la Italia, por ejemplo, donde se encuentran comarcas donde nunca
comen carne, porque no la tienen a su alcance; hemos visto en la
campaña de Buenos Aires muchos italianos venidos de esas comar-
cas, cuya voracidad para comer carne nos ha dejado atónitos, pues
ha habido ejemplo de uno de ellos concluirse una res de carnero al
asador de “una sentadal”, y estos son los “nenes” que no saben co-
mer carne.. . en su tierra”. (174)
La Sociedad Rural Argentina lo dijo más crudamente todavía
en 1888 en exposición elevada al Poder Ejecutivo de su país:
“La solución [exportar carnes argentinas a Europa] interesa vi-
vamente a los gobiernos europeos como único medio de atender a
las necesidades de las clases pobres, armadas contra el Estado y
contra el poder por el aguijón cruel y permanente de la carestía y
a veces del hambre”.
Para eliminar los peligros de la revolución y el socialismo (fres-
co el recuerdo de la Comuna parisina de 1871 y oyéndose ya por
toda Europa el estruendo de los atentados anarquistas), nada mejor
que: “La alimentación abundante y barata [que] puede ser el para-
rayos de la cuestión social europea”. (175)
Era fundamental ofrecer carne buena y barata a esos mercados
ávidos de resolver su “cuestión social” que también era una “cues-
tión económica". Y allí estaban los pueblos pastoriles del mundo,
donde la tierra era abundante, los salarios bajísimos y en consecuen-
cia el novillo y el capón se obtenían a un reducido costo: Estados
Unidos, Australia, Nueva Zelandia y las Repúblicas del Plata.
En la Gran Bretaña el problema del precio se había vuelto esen-
cial. Mientras su producción se estancaba o aumentaba el costo, la
-arne se vendía cada vez más cara. En 1851 la vacuna de primera
calidad se obtenía a S 0.09 la libra, en 1861 a $ 0.13, en 1871 a
S 0.16 y en 1881 a $ 0.17. (176)

88
Sólo los paises dependientes y coloniales podían ofrecer una
solución y la ofrecieron ya en la década de 1880. Mientras la libra
de carne de capón escocés se vendía en Londres en 1889 a $ 0.15 y
la de su similar ingles a $0.14, la carne del capón neo-zelandés
helada, que ya habia invadido por esos años el mercado, era entre-
gada al consumidor a $ 0.08. (177)
La carne de los capones del Río de la Plata que comenzó a lle-
gar en 1883, se cotizaba todavia algo más barato: $ 0.07 la libra (178)
Razón 'tenía el observador inglés de comienzos del siglo XX cuan-
do escribió: -
“Ha sido posible al público británico aumentar su consumo de
carne en 30 años. . debido al bajo precio a que se ha vendido la car-
ne congelada. El bajo precio... simplemente indica el bajo costo
de producción en el país de origen. Al rebajar la cuenta del carnicero
de un 25 a un 50%, seguramente el hacendado de Australia y Ar-
gentina ha conferido al ama de casa inglesa un beneficio de incalcu-
lable magnitud!”- (179) (y a la burguesía dueña de los medios de
producción) .
Es importante destacar también que la Gran Bretaña era, den-
tro del conjunto de las naciones europeas, un pais excepcional en lo
que a los hábitos alimenticios se refiere. Unica nación con una in-
dustria ganadera muy desarrollada y de larga tradición (opuesta en
ello a las regiones cerealeras como Francia, Alemania e Italia), el
consumo de carne siempre había sido más elevado que en el
Continente. En relación a Francia, el otro pais europeo que también
resultaba un buen consumidor de carne, Gran Bretaña llevaba, sin
embargo, la delantera. En 1882 publicó nuestra Asociación' Rural
la estadistica: 33 kilos de consumo anual por persona de todos los
tipos de carne en Francia y 47 en Gran Bretaña. (180)
Otras fuentes coincidían con estas cifras y revelaban lo más
importante del fenómeno: el consumo crecía en Gran Bretaña más
todavía que la población. Mientras ella, en el año 1861, al-
canzó los 28 millones de habitantes y consumió promedialmente 30
kilos de carne al año, en 1882 la población fue de casi 36 millones
con un promedio de consumo de 47 kilos, de los cuales 20 ya eran
importados de Estados Unidos, Australia, Nueva Zelandia y algunos
países de Europa, como Holanda. (181)

2 - Las fuerzas sociales que se oponían al ingreso de los


países dependientes en el mercado de carnes europeo

Aunque las necesidades alimenticias de los grupos industriales


en los paises de Europa fueran inmensas y existiera en el mundo
una amplia región dispuesta a satisfacerlas en calidad y precios, no
todos los grupos sociales de las naciones de Europa estaban acordes
en fomentar la importación de carne. Como había pasado antes con
el trigo . el problema se replanteaba ahora con la carne. En Ingla-

84
terra, así como fueron derrotados por Robert Peel los grandes “far-
mers” productores de trigo al ser derogadas .en 1849 las “Corn Laws",
también fueron dejados de lado cuando se trató del abastecimiento
de capones y bovinos. Hubo evidente oposición de intereses entre el
estanciero rioplatense, australiano, norteamericano y neozelandés, y
los hacendados británicos. Con costos de producción muy elevados,
los “farmers” se veían obligados a luchar con la carne norteameri-
cana o argentina que partiendo de costos bajos se vendía en el mer-
cado, como lo hemos observado, a mitad de precio.
Los hacendados británicos usaron todas las armas a su alcance
para detener la irrupción de las carnes baratas del exterior. Desde la
sospechosa acusación de que los novillos en pie infectaban a Ingla-
terra con la_ fiebre aftosa( hecho que paralizó el comercio de ganado
en pie argentino en_l900) hasta la lógica desconfianza inicial del
consumo hacia las carnes heladas y poco gustosas. (182)
La anécdota que relató Ricardo Newton en 1887 demostró que
la resistencia del gusto no era fácil de vencer en la mesa aristocra-
tica de un Lord y que ella tenia su origen en la propaganda de los
“farmers" más que cn el alimento importado:
“Este era un inglés, Lord de la clase acomodada de Inglaterra,
que hace cosa de 3 ó 4 años tanto oía hablar y leer en el Times de
la carne australiana y de la controversia que sobre su buena 0 mala
calidad se hablaba, que determinó un día probarla... El despensero
ya se la habia hecho probar a su amo, sin que éste supiera, y sin
que hubiese hecho jamás objeción a ella, sino que al contrario, no-
taba que a su amo le agradaba y le contestó: "Señor, si hace más de
un mes que vuestra scñoria no come carne de car`nero sino de esa
australiana”. .. Pues... bastó que dicho Lord ƒuese presa de la mal-
dita preocupación, ya le tomó algún gustìto de... preocupación y
concluyó por ordenar que no trajeron más carne australiana a su
mesa”. (183) *É
Pero el rechazo, lujo de un Lord, no era factible en la mesa de
las lcåzåšes populares. Como lo enfatizó la Sociedad Rural Argentina
en :
“. . .es un error suponer que las carnes extranjeras abastecen la
mesa arìstocrática de Europa. Ese es el mercado limitado de la mis-
ma crianza y preparación artificial del ganado europeo. El grueso
consumo requiere una carne barata, y esa no puede ser, sin duda, ni
allá ni aca, la del Durham o la del Hereƒord. puros”. (184)
En realidad, aunque el “farmer” se reservara -y por cuánto
tiempo nadie podía garantizárselo, visto los adelantos técnicos de
la industria frigorífica que solucionarían al finalizar el siglo XIX
el problema del congelado sustituyéndolo por las carnes enfriadas-
la mesa aristocrática, el precio del ganado inglés descendia. En 1910
se calculó que en relación a 1880 el descenso en los bovinos alcan-
zaba a 1% peniques por libra y en los ovinos a 2 peniques. (185)
En 1896 los hacendados británicos procuraron que el Gobierno
los amparara frente a la competencia de los países que podian pro-
ducir a muy bajo costo:
“The liƒe stock journal”, lamenta que se esté desarrollando en
este momento un proceso histórico para echar al estanciero inglés

85
de su posición en el mercado de carne, como había sido echado del
mercado de manteca por sus competidores continentales y ameri-
canoa”.
^ “El pánico entre los ƒarmers es general y llegó a tal punto que
la Cámara Central de Agricultura resolvió presentar una solicitud
[a la Cámara de los Lores] para que se obligue por una ley a los
carnìceros a marcar cada pedazo de carne de origen extranjero, visto
que ésta Se vendía al por mayor a 0.137 pesos oro el kilo y la carne
inglesa valía 0.17 pesos oro el kilo. . .”
"Mr, Bowen-Jones, representante del verdadero Cant inglés, dijo
que era cierto que no se podia prohibir la importación de carne
americana por motivos de competencia, pero si por motivos de hi-
giene y de moral, en atención a que los animales transportados en
pie sufrían horriblernente en el viaje”.
“La Agricultura", periódico bonaerense que consigna esta sabro-
sa cita, comentó lrónicamente que los animales ingleses transporta-
dos hasta los mataderos no sufrían, así como tampoco “los animales
ƒinos que Inglaterra exporta, éstos pasan una época de pura delicia
durante el transporte”. (186) (")
El puritanismo victoriano creaba una buena atmósfera para que
el público se compadeciera del sufrimiento de los novillos que se
embarcaban en pie desde Buenos Aires o Nueva York, pero la hi-
pocresía tendía a cesar cuando el consumidor pensaba que podía
pagar su tradicional plato de carne un 50 % más barato.
Si estos intentos de los “farmers" estuvieron condenados casi
siempre al fracaso, ello se debió a la estructura de la sociedad ingle-
sa. El grupo dominante fue la burguesía industrial y ésta dictó la
política económica imperial. El libre cambio era fundamental si se
deseaban alimentos baratos para la población obrera y se debía man-
tener aunque perjudicase a los “farmers" que hacía ya muchos años
habían perdido el control político en ,la Gran Bretaña.
No ocurría lo mismo en el Continente. Allí, por diversidad de
razones, la ganadería fue protegida de la competencia de los nue-
vos países productores de carne barata y el acceso de las regiones
del Plata a esos mercados fue difícil cuando no imposible.
La Alemania de Bismarck desarrolló con miras más políticas
que económicas, el ideal de la autosuficiencia. debido al cual la pro-
ducción cerealera y ganadera estuvo fuertemente protegida. La
Francia de la III República sabía que una de las bases sociales de
la inconmovible clase media nacional residía en sus pequeños gran-
jeros y agricultores. La tarifa Méline de 1892 fue reformada a pe-
dido expreso de éstos y, con determinadas exigencias, impidió el
acceso de las carnes rioplatenses (sólo las argelinas. dentro del Im-
perio galo, estaban exentas). La compañía Sansinena de Buenos Ai-
res “. . .abrió 3 depósitos en ciudades francesas, hizo un comefcio

(') No todo eran pérdidas para el productor británico si nuestras exporta-


ciones de came progresaban. Al fin y al cabo, como debíamos proceder previa-
mente al mestizaje de nuestras haciendas y, las grandes razas de carne provenían
de los condados ingleses, el cabañero obtuvo una ganancia importante al ven-
demos sementales.
iv

considerable con ellas hasta que los_¢rgricultores asustados, presio-


naron al gobierno para elevar el derecho 'de la importación de 3 a
12 centéSim0s por kilo, y en 1891 a 33 centésimas, (de ƒranco) lo que
con el octroi, llevó el derecho total de importación a 2 peniques
por libra”. (187)
Dos peniques por libra representaban 8 centésimos por kilo de
carne de capón, lo que, cuando el precio de venta era de 0.14, re-
sultaba prohibitivo. _
En el fondo de la cuestión un hecho social se impuso: en la
Francia semi›ìndush-ializada de 1890 los agricultores tenían un peso
todavía decisivo en las soluciones políticas que interesaran al proceso
económico y el interés de industriales y clase obrera debia ser sa-
crificado. En la Gran Bretaña industrial los “farmers” ya no con-
taban. Esa era la nación que nos exigía alimentos baratos y de cierta
calidad. .

3 -- Los Estados Unidos y los países dependientes entran


al mercado inglés.

Gran Bretaña desde la década que se inició en 1850 habia co-


menzado a recurrir a proveedores continentales (Dinamarca, Portu-
gal, España, Alemania, Suecia, Holanda. Noruega, Bélgica y Francia).
Pero sus necesidades crecientes y también el elevado precio la obli-
garon ya en 1875 a abastecerse en los Estados Unidos. Fue el comer-
cio del ganado bovino en pie el que más se desarrolló desde una
cifra de 299 cabezas en 1875 hasta alcanzar en 1890, 384.139. Carnes
conservadas, y a partir de 1880, carne vacuna congelada. agregados
al ganado en pie constituían el aporte norteamericano. La baratura
de las tierras de Tejas, las formidables condiciones técnicas de las
primeras fábricas de carne en Chicago y los bajos fletes de sus apro-
piados transportes, colocaban a los Estados Unidos a la cabeza de
los proveedores de carne vacuna. (188)
Mas, como ya lo previera en 1887 el gobierno norteamericano,
“El único inconveniente que puede presentarse a nuestra expor-
tación, es la posibilidad de que las necesidades del país crezcan
con mayor rapidez que la producción, porque el consumo del país
es la influencia que lo controla”. (189)
Por los años que estamos analizando esto todavía no ocurrió,
pero no se hallaba lejano el día en que la previsión se cumpliera.
Mientras tanto las colonias se estaban transformando en un
proveedor también fundamental para Gran Bretaña. El consumo de
carne de capón y cordero, preferida en Inglaterra aún más que la
vacuna, recibió una fuerte inyección con el aporte australiano y
neozelandés. En 1880 se constituyó en Australia la primera compañía
de carnes congeladas y el 2 de febrero llegó el cargamento a Londres.
En 1881 se constituyó una sociedad similar en Nueva Zelandia y el

87
vapor Dunedin, luego de 98 días de travesía, arribó a la capital del
Imperio en mayo de 1882. -
El negocio resultó brillante para las dos posesiones británicas a
pesar de la duración del viaje y la carestía consiguiente del flete. Las
ovejas estaban bien mestizadas y los corderos neozelandeses pronto
adquirieron un lugar de preferencia en la mesa del consumidor. En
1888 la “Willington Meat Export Company New Zealand” repartió
un dividendo del 8 % y una cantidad algo inferior entre sus carga-
dores, los hacendados neozelandeses. (190) _
El flete, sin embargo, era una carga pesada. Durante todo el
período analizado (1880 a 1894 en este caso) fluctuó entre 5 y 2
centésimas la libra de carne, lo que significaba la mitad o el tercio
del precio de venta en Londres. (191)
Este elemento no podían menos que considerarlo los rioplaten-
ses. Desde Buenos Aires o Montevideo la duración del viaje se re
ducía a la mitad y aunque los fletes que debió abonar la primera com-
pañía establecida en el Río de la Plata fueron muy elevados, al poco
tiempo ellos descendian en un 50 % comparándolos con los que de-
bían pagar neozelandeses y australianos. Sus carnes, empero, eran
de mejor calidad que las nuestras.
Existiendo como existía un proveedor más cercano que sus leja-
nas posesiones, que podía proporcionarle las carnes tanto o más ba-
ratas que ellas, la Gran Bretaña no tardaría en hacer sentir su in-
fluencia para transformarnos también a nosotros en sus tributarios.
Pero, el caso era, por lo menos el del Uruguay, que no estábamos
preparados para ello. Otra fue la situación en la República Argentina.
Como poseía tres o cuatro veces más ovinos que el Uruguay y
de mejor calidad en carnes (fruto de un proceso de mestizaje más
largo y del desarrollo en ciertas regiones cercanas a Buenos Aires
de las razas inglesas), los inversores británicos instalaron el primer
frigorífico en 1882, “The River. Plate Fresh Meat Co.”, con un ca-
pital de S 20.000 (algo menos de cien mil pesos oro), e hicieron supri-
mer envío a le Gran Bretaña en 1883. Ese mismo año el francés
Eugenio Terrasson creó el segundo establecimiento. Al siguiente, Gas-
tón G. Sansinena formó la sociedad “La Negra" y en 1886 los in-
gleses Nelson & Co. construyeron otro establecimiento en Zá-
rate. (192)
Las dificultades iniciales fueron importantes aunque finalmente
vencidas. El primer arribo de capones en 1883 fue vendido a pre-
cios muy pobres pues los cuerpos tenían casi el tamaño de corderos.
Hacia 1886 los envíos habian mejorado y el peso promedio de los
ovinos congelados era de 24 kilos, 7 u 8 menos que el austra-
liano. (193)
Además de la calidad inferior, neozelandeses y australianos ya
tenían relaciones comerciales establecidas con las que había que lu-
char. La competencia -que beneficiaba a los consumidores británi-
cos, naturalmente- fue tan dura que “en 1887, las tres grandes fir-
mas de la industria de la congelación en la Argentina, The River
Plate Fresh Meat, Sansinena Hermanos y Nelson Co., se reunieron
para proyectar una estrategia comercial. No podían dominar la si-
tuación, pues Australia y Nueva Zelandia juntas vendían dos o tres

88
veces más que el Rio de la Plata. Pero las tres empresas acordaron
disminuir la producción, si un exceso de existencias amenazaba con
la caída de los p1'ecioS”. (194) '
La diferencia en precio de la carne vendida en Londres entre
los capones coloniales y los argentinos todavía eran muy impor-
tante en 1890 (más de 1 centésimo por libra). (195)
El problema de la calidad seguía influyendo. Resolverlo signi-
ficó utilizar todas las ventajas que la República Argentina sabía que
poseía sobre las colonias: viaje más corto y flete más barato.
Mientras en 1885 del total de carne ovina congelada que los
tres países enviaban a Gran Bretaña, la Argentina sólo proporciona-
ba el 24 %, en 1890 alcanzó el 31 %. (196)
Desgraciadamente para los paises del Plata “Cuando el ƒrigo-
ríƒico se orientó hacia la carne ovina. _. su aparición no resolvió el
problema vacuno. Las razones son obvias: el bovino de entonces re-
sultaba de calidad muy inƒerior a la requerida, por falta de clase y
cuidados, los lanares eran, en cambio. producto de una ya larga mes-
tización. Además las precarias instalaciones de los primeros ƒrigo-
ríƒicos y su escasa experiencia habrian de resolver mejor el proble-
ma de congelar una res pequeña y delgada, como la ovina, sin los
inconvenientes que plantea similar operación con el vacuno, de gran-
des y espesas masas musculares”. (197)
El “Sud América” de Buenos Aires insistió en lo esencial al sos-
tener en 1887:
“. . .existen en la República 6 fábricas de carne congelada, que
en su mayoria no trabajan por ƒalta de animales adecuados. Por
esta misma razón la congelación se ha reducido hasta ahora a carne-
ros. No es por ƒalta de capital que esta industria no prospera, sino por
ƒalta de buena calidad en la materia prima. . .” (198)
Los estancieros bonaerenses comprendieron la deficiencia y en
el censo de la Provincia correspondiente al año 1895 se encuentra
ya una cantidad voluminosa de bovinos mestizos: un 50 %. Aunque
el frigorifico no estuviera preparado técnicamente para su conge-
lación, restaba otro camino que fue ensayado con éxito: la expor-
tación en pie que venían haciendo desde hacía ya 20 años los nor-
teamericanos.
En 1889 la Sociedad Rural Argentina inició los ensayos remi-
tiendo 50 novillos hacia Francia. En 1890 se habían enviado 653 ca-
beza a la Gran Bretaña y desde entonces el progreso fue constante
y decisivo para colocar los buenos mestizos que el saladero, además
de no pagar bien, ni siquiera podía faenar ante la "plétora". En 1895
ya se exportaban casi 40.000 cabezas. (199) Aunque los gas-
tos de transporte y cuidado de los novillos fueran crecìdos, la dife-
rencia entre los precios que habitualmente abonaba el saladero ($ 13
a $ 14 en esos años) y los que podía pagar el consumo inglés por ani-
males mestizos era tan importante ($ 85) que el negocio se hacía
imperioso. (200)
L_a competencia norteamericana sería fácilmente derrotada en
este tipo de comercio. Dos poderosas razones obraban para ello» co-
mo lo expresó Ricardo Newton en 1887: los Estados Unidos pronto
debían cesar el abastecimiento de Gran Bretaña para proceder al

. 89
\_ _ -_
propio, y además, “. .-.podemos nosotros criar y engordar esa carne
con mayor economia por la baratura de nuestros campos”. (201)
El radio geográfico que abarcaba a los países con bajo costo de
producción cada vez disminuía más y más. Los Estados Unidos, en
acelerado proceso de industrialización, quedarían colocados dentro
de muy poco entre las áreas de alto costo. Un triste privilegio era
el de los países del Plata al quedar junto a las colonias británicas
como la otra gran área de bajos costos de producción. El estanciero
argentino que escribió la frase antecedente, obnubilado por la ga-
nancia que le iba a reportar sustituir a los norteamericanos en el
abastecimiento inglés, no advirtió que la sustitución no era una de-
rrota norteamericana sino la prueba de su triunfo: su transforma-
ción en país industrial.
Frigoríficos para el exceso ovino, exportación de ganado en pie
para el exceso bovino, culminando este proceso iniciado en 1883 ha-
cia 1895, lo cierto es que la República vecina había iniciado un ca-
mino que los uruguayos observábamos con envidia. De los intentos
por imitarlo y las causas del fracaso tratará el capítulo siguiente.

90
Capítulo II
Los nuevos caminos ensayados
para solucionar la crisis ganadera

1 -_ Soluciones legislativas propuestas por la Asociación


Rural

“...es sumamente sensato buscar el medio de armonizar


perfectamente la suba de los campos con la prosperidad de
la industria ganadera; y esto no podemos conseguirlo sino
encontrando mercados que paguen las carnes de nuestros ¡ra-
nados a mayor precio del que hoy los vendemos para tasajo".
(Discurso de Lucas Herrera y Obes en la Cámara de
Representantes, 4 de setiembre de 1890. Tomo 110 del
Diario de Sesiones. p. 162-163).
f
_:
-
Desde los lejanos días de 1876 en que Modesto Cluzeau Mortet
comentaba entusiasta los ensayos de Charles Tellier sobre la indus-
tria del frío, la Asociación Rural del Uruguay advirtió las ventajas
que para el estanciero oriental tendría la apertura del mercado eu-
ropeo de carnes. Al manifestarse en todo su vigor la plétora en me-
dio de los crecìdos costos de producción, la propaganda que se efec-
tuaba en la Revista del gremio por nuevas formas industriales se
acrecentó. (202)
En julio de 1885 varios diputados presentaron en Cámara dos
proyectos de ley procurando, por el primero, liberar de derechos
aduaneros a las nuevas fábricas de carne conservada que se insta-
lasen en la nación, y por el segundo, garantizar una utilidad del 6 %
sobre su capital a las empresas que exportasen carne fresca. La Aso-
ciación Rural nombró una Comisión Especial para estudiar estos
proyectos integrada por hacendados y economistas de nota: Carlos
Reyles, Luis Lerena Lenguas, Conrado Hughes, Manuel Lessa y el
Dr. Carlos María de Pena. Párrafos de su informe consignan la preo-
Wbación del gremio ganadero frente a las dificultades por las que
estaba pasando su producción, así como la necesidad de encontrar
nuevas salidas para los sobrantes de novillos:
“La Asociación Rural ƒaltaría a su misión si permaneciera in-

91
diferente ante los temores harto justificados por cierto, que asaltan
a nuestros ganaderos, persuadidos ya de que el procreo anual excede
a las necesidades del mercado interno. . . y a la demanda de los mer-
cados externos.. . donde el tasajo y demás sustancias industriales y
alimenticias elaboradas por nuestros saladeros y fábricas, suƒren la
concurrencia de otros países productores y quedan expuestos a las
vicisitudes que con más o menos violencia influyen en la mayor o
menor demanda del mercado consumidor.. .” .
“En el estado actual del mundo económico y del régimen ƒi-
nanciero, no podemos resignarnos a dejar hacer y dejar pasar.. .”
Y luego de esta realista condena al liberalismo en paises nue-
vos, el informe consignó su apoyo a las exenciones impositivas con-
tenidas en el primero de los proyectos aunque recomendó ampliarlas
a las fábricas ya existentes (saladeros y “Liebig's Extract of Meat
Co. Ltda."). Sobre la garantía de utilidad a los establecimientos fri-
goríficos el informe, donde se advierte la influencia del estadista
que fue Carlos María de Pena, aunque aconsejó el sistema buscó
rodearlo de las más estrictas garantías a fin de que produjera efec-
tos benéficos a los estancieros y no fuera una carga más para el Es-
tado. En relación al primer punto puso en guardia al Cuerpo Le-
gislativo sobre el peligro que encerraría, “. . .toda protección espe-
cial y exclusiva a una industria o fábrica determinada. [ya que] se
convertiría en monopolio y perjudicaria en general a las demás in-
dustrias... Por eso la Comisión se inclina a medidas de carácter
general, que aprovechen de una manera positiva a las industrias
madres, a aquellas de donde emana el movimiento de los valores
que entran en la circulación nacional”. (203)
Es interesante comprobar cómo la Asociación Rural temìó el
desplazamiento total de las llamadas “industrias madres" (las an-
tiguas, los saladeros) por las nuevas y sobre todo por el monopolio
frigorífico. Existía una tradición gremial a este respecto pues es-
tudiando los primeros efectos de la industria frigorífica en el mundo
ya Domingo Ordoñana habia esërito en la Revista de 1882, el riesgo
que se podía correr si se concedian privilegios excesivos a determi-
nadas empresas en detrimento de otras: “_ . .vendremos los produc-
tores a quedar en las condiciones que quieran imponernos o a con-
tinuar en la misma que nos encontramos. . .” (204)
Además, para evitar que las futuras empresas burlaran a es-
tancieron y Estado, menester era rodear la concesión de toda clase
de garantias:
“...si se evitan esos peligros, si para la garantia. se exige el
previo empleo en el país de un capital de consideración, afectado en
primer término y en ƒavor del Estado a la responsabilidad de la ga-
rantia, si ésta, limitada a un periodo corto de tiempo, no ha de acor-
darse sino después de estar ƒuncionando los establecimientos y rea-
lizados o vertidos los capitales en la proporción que la ley puede
ƒijar, si la inspección de los balances de beneficios se controla por
los medios directos o indirectos que sugiere una práctica comercial
inteligente, y se confia la inspección a corporaciones o personas de
reconocida idoneidad, la garantía... no representaría una carga

92
L
-

sensible para el Estado y no quedaria éste a merced de especulacio-


nes reprochables o de ilícitos manejos.'. .”
Excelentes propósitos sin duda, tanto más si se observa que los
hacendados sugerían que se les entregara la “inspección” de los fu-
turos frigorificos para poner al productor a cubierto de cualquier
expoliación y al Estado de “especulaciones” o “ilícitos manejos". ¡Era
tan corriente en la época obtener una concesión legislativa para lue-
go negociarla al mejor postor en el mercado_de valores europeo!
El informe, verdadero programa de la Asociación Rural para
solucionar la crisis, concluía pidiendo al Estado que fundara o pro-
tegiera de algún modo “. . .el establecimiento de una cabaña mode-
lo... confiada a la administración independiente, aunque controlada,
de una corporación idónea o de una dirección administrativa com-
petente y prolija”. “Planteada la Cabaña modelo con ejemplares
escogidos de las mejores cabañas europeas, se convertiría en semi-
llero de nuevos ejemplares que, vendidos a precios módicos, darían
como resultado en pocos años la transformación y la mejora de nues-
tros ganados. . _” (205) -
La Asociación advirtió que el mestizaje de la hacienda era el
complemento ineludible de las nueva fábricas de carne y los mer-
cados europeos. La cruza debía financiarla el Estado y la Cabaña
Modelo estaría mejor administrada por “una corporación idónea"
que no podía ser otra que ella misma. Aunque el interés gremial
queda, tal vez, demasiado manifiesto, la posición de la Asociación
fue madura y hasta cauta. Sin duda no representaba al. grueso de
los hacendados del pais. Criadores distinguidos como Carlos Reyles
y Conrado Hughes, de los primeros en proceder al mestizaje, eco-
nomistas como Carlos Maria de Pena, podían advertir lo que la
mayoría del gremio no queria reconocer: ha-bía que transformar las
novilladas criollas para que los frigorificostuvieran sentido en el
Uruguay. ' . '
El 15 de julio de 1887, plétora y crisis de precios ya acentuados,
los proyectos sobre los que informáramos, convertidos en ley pero
sin que llegaran a establecerse las codiciadas nuevas empresas, la
Asociación Rural nombró otra Comisión Especial “sobre protección
a la ganaderia" que elevó su informe al Ministro de Gobierno Julio
Herrera y Obes. Lo firmaban Luis de la Torre, Enrique Artaga-
veytia y Carlos Maria de Pena. En pleno cierre del mercado tasajero
brasileño (año 1887) el gremio demandó del Estado medidas de
protección concretas: a) Apoyo del Gobierno a las gestiones de los
saladeristas para abrir nuevos mercados al tasajo concediendo una
prima de un peso por cada 100 kilos de carne que se exportaran
para los mercados europeos; b) Supresión del impuesto de' Contri-
bución Directa sobre los ganados y las construcciones rurales, redu-
cìéndolo a un exclusivo impuesto sobre la tierra; c) Limitación del
impuesto de Abasto que se cobraba en los centros urbanos; d) En-
vío de la ley que concedía garantía al capital de las empresas fri-
goríficas a los cónsules del país en el exterior para que la hicieran
conocer de los circulos inversores; e) Disminución de los impuestos
de exportación sobre los productos de la ganaderia y saladeros, for-
ma de paliar el descenso universal de precios. Finalmente se insistió

93
en el establecimiento de una Cabaña Modelo costeada o auxiliada
por el Estado. (206) ~
La posición del gremio, aunque sin variar en relación a 1885,
acuciada por la crisis se tornó más realista. Lo fundamental del pe-
dido eran las exenciones impositivas y la referencia a nuevas for-
mas de enviar nuestras carnes al exterior surgía como secundaria.
En la práctica, como observaremos a lo largo de este tomo, casi
todo lo pedido al Estado fue obtenido.
Las leyes de noviembre de 1885 que concedian exenciones im-
positivas a las fábricas de conservas y garantía de utilidad a las
empresas frigoríficas, fueron votadas. Las cámaras elegidas bajo la
vigilante mirada del Presidente de la República Máximo Santos, es-
tanciero novel pero distinguido, sellaron una vez más la alianza del
Milìtarismo con la clase alta rural.
El gobierno del General Máximo Tajes continuó esta po-
lítica de otorgar beneficios a los hacendados. Se suprimió de la
Contribución Inmobiliaria el impuesto sobre los ganados y las
construcciones rurales; se eliminó (y no sólo se disminuyó, como
pedia la Asociación Rural) el impuesto aduanero a las exportacio-
nes de frutos del país. Dos únicos beneficios no pudieron obtenerse:
que el Estado costeara una Cabaña Modelo (aunque hubo tentativas
para ello) y que concediera una prima al tasajo exportado hacia
Europa. De seguro era ya imposible, desde el punto de vista finan-
ciero, disminuir los recursos y tener que aumentar todavía los gastos.
Protección estatal no faltó para solucionar la crisis de la ga-
nadería. La falla debe buscarse en la conducta económica de la clase
alta uruguaya. El circulo orista urbano al negar crédito y someter
la nación a la usura; la rutina de los grandes propietarios que les
impedía advertir las ventajas del mestizaje; estos fueron los fac-
tores fundamentales del fracaso de los nuevos caminos que las leyes
que estudiaremos a continuación procuraban abrir.

2 - El fracaso del frigorífico en el Uruguay

El 10 de febrero de 1885 Federico Nin Reyes, original hombre


de empresa del país, presentó al Presidente de la República una
extensa exposición sobre “la crisis ganadera en el Río de la Plata
y medio de conjurarla". En ella, luego de abundar en argumentos
ya conocidos sobre la plétora de ganados y después de hacer refe-
rencia lateral a la hostilidad entre saladeristas y productores pro-
vocada por el bajo precio a que abonaban las haciendas los primeros,
concluía expresando:
“Habiendo yo contribuido desde 1867, en Europa, a la aplica-
ciónlndustfial de los principios cientiƒicos [que dieron por resultado
la industria del frio, pide para una empresa que se propone fundarlz
la garantía del 6% de interés sobre un capital de 10 millones de

94
pesos fuertes. La décima parte de este`capìtal sería representada por
acciones pertenecientes a personas de este país”. (207)
Impulsado tal vez por la existencia de esta demanda, el dipu-
tado Antonio M. Rodriguez apoyado por los legisladores Pablo Varzi
y Eduardo Mac Eachen, presentó un proyecto de ley en julio de
1885 por el cual el Estado garantizaba un interés del 6 % sobre el
capital de la empresa o empresas que se establecieran en el pais
para exportar carnes frescas de ganado vacuno u ovino. La garantía
se concederia siempre que la empresa o empresas emplearan un ca-
pital que no bajara de cien mil pesos y faenara al año por lo menos
20.000 vacunos u 80.000 lanares. En lo restante el proyecto se ins-
piraba en la ley de 1884 que habia concedido un regimen similar
a las compañías ferroviarias.
Antonio Maria Rodriguez señaló en la Cámara que el estable-
cimiento de un regimen de garantias era fundamental para “estimu-
lar el capital extranjero para que venga a emplearse en un negocio
en el que no sabe que puede realizar utilidades". (208)
La Cámara de Representantes discutió el proyecto durante el
mes de octubre. Mientras algunos opinaron que el país carecía de
mestizos suficientes para sostener un frigorifico y otros, como Juan
Idiarte Borda, señalaron que la técnica del frio sólo solucionaria la
plétora ovina pero no la vacuna (209), una Comisión especial in-
trodujo algunas modificaciones al proyecto original. Estas buscaron
asegurar a la nación la seriedad de las nuevas empresas asi como
su influencia en la solución de la plétora y la valorización del ga-
nado. A su vez el Senado de la Republica amplió todavia más estas
seguridades (210) y el resultado fue una compleja ley (211), pro-
mulgada el 30 de noviembre de 1885 por el Presidente Máximo San-
tos y su Ministro de Hacienda José L. Terra. .e
El Estado garantizaba el interés anual de 6% a la empresa o
empresas que por procedimientos patentados se establecieran en el
pais para preparar y exportar carne fresca con un capital no menor
de 500.000 pesos. La garantía se elevaría al 7 % si las empresas
contaban con un capital no menor de 3 millones. El total de los ca-
pitales garantidos no podria exceder de 6 millones. Las empresas in-
teresadas deberian depositar una fianza del 1% del capital para
que el Estado otorgara las concesiones. Antes de hacerse efectiva la
garantia las empresas debian cumplir las siguientes condiciones: a)
Emplear en el pais en construcciones terrestres y flotantes un ca-
pital que no bajase de 100.000 y 500.000 pesos (para las que goza-
ran del 6 % la primera cifra, para las del 7 % la segunda). b) Su
exportación anual deberia alcanzar un mínimun de 15.000 cabezas
vacunas o 120.000 lanares por cada 500.000 pesos de capital. La ga-
rantía sólo duraría diez años.
_ Los capitalistas extranjeros sin embargo, no acudieron tan an-
siosos como se había previsto. El autor del proyecto, Antonio Maria
ROÚTÍEUGZ, dijo en 1890 que las razones del fracaso debian buscarse
en las modificaciones que se introdujeron a su idea:
_“Esa ley... no ha servido absolutamente para nada, y no ha
servido porque los medios de ƒiscalización, las trabas establecidas. . .

95
para impedir que los intereses públicos se burlaran, fueron tales,
que han hecho imposible que los capitalistas europeos pudieran aco-
gerse a dicha ley”.
Juan Idiarte Borda rebatió este argumento sosteniendo que exis-
tieron pedidos de capitales extranjeros pero en ellos se demandaban
seguridades que el Poder Ejecutivo no podía otorgar, por ejemplo,
el compromiso de no gravar la exportación por un período deter-
minado. (212)
En verdad hubo dos propuestas presentada al Poder Ejecutivo
en 1887. En ellas se insistía en que se modificara una cláusula: la
garantía de utilidad deberia tener una duración de 20 años y no
de 10 como estipulaba la ley (213). La Argentina por su parte ha-
bía votado una ley concediendo primas a la exportación de carnes
congeladas que según nuestro Ministro de Gobierno Julio Herrera
y Obes resultaba todavía más beneficiosa al capital extranjero.
¿Los defectos de la ley de 1885 impidieron el establecimiento
de frigoríficos en el Uruguay? Pudieron haber contribuido, pero,
luego de lo que sigue, el lector advertirá que no fueron la ra-
zón fundamental.
Casi toda la Cámara pareció haber olvidado que desde 1884 fun-
cionaba un frigorífico en el Uruguay y que sus negocios marchaban
muy mal en su planta del departamento de Colonia.
George W. Drabble, el inglés Presidente del Directorio del Ban-
co de Londres y Río de la Plata, creador del “Buenos Aires Great
Southern Railway", de la “City of Buenos Aires Tramways”, del
“Buenos Aires Western Railway" y fuerte tenedor de deuda pú-
blica argentina y uruguaya, fundó en Londres en el año 1882 la
“River Plate Fresh Meat Co. Ltd." (214). Establecida la Sociedad
primero en la provincia de Buenos Aires, Campana, el 14 de julio
de 1884 inauguró un pequeño establecimiento frigorífico en nues-
tro departamento de Colonia (215) del cual dió alborozada cuenta
un periódico local: “El Orden” (216). Manuel Criado Pérez lo des-
cribió así:
“El establecimiento se halla situado a milla y media de la Ciu-
dad [de Coloniaj, sobre la barranca de mayor altura, en la ribera
ƒrente al puerto, teniendo 40 cuadras de terreno de pastoreo, dividi-
das en 2 potreros para tener el ganado destinado a la matanza”.
“Las poblaciones constan de 3 grandes galpones; uno en donde
está el taller de herrería y carpintería a vapor, y dos grandes calde-
ras de... 200 caballos; los otros dos, de mayores dimensiones, son
ocupados con el matadero y 4 depósitos, 2 de enƒriar y 2 de estibar,
con capacidad para 6.000 capones prontos para embarcar. Contigua
a los depósitos se halla instalada la máquina que produce el hielo,
sistema Hesley. . ., desarrollando 120 a. 130 caballos de ƒuerza y mo-
vida por las 2 grandes calderas mencionadas, consumiendo mensual-
mente unas 100 toneladas de carbón".
G. W. Drabble era previsor y por si el establecimiento frigorí-
fico no rendía lo suficiente' habia también instalado una grasería
con dos digeridores de capacidad para 500 capones cada 12 horas.
Podía embarcar 5.000 capones en 24 horas pues conducía los lanares
por el aire en “maromas de alambre" desde el depósito hasta el

96
buque. Faenaba por día un número de cappnes que oscilaba entre
250 y 300, con un peso de 22 a 34 kilos, sin cabeza y riñonadas.
Empleaba a 60 personas, las que con excepción de maquinistas y
oficinìstas eran todas orientales.
Abonó a los estancieros de la zona un precio promedio de $ 2
a $ 2.50 por capón pero como no los compraba al peso los estan-
cieros se quejaban de la falta de estímulo para refinar las ra-
zas, (217) aunque en realidad pagó bastante más que las escasas
graserías de nuestro territorio ($ 1.80 a S 2 a lo sumo).
El establecimiento descripto, como se habrá observado, era muy
modesto. Avaluado en la Memoria y Balance Anual que la Compa-
ñía presentó a sus accionistas en 1884 en la suma de 2 18.309 (unos
90.000 pesos), la lancha “La Nevera” que la Compañía poseía para
llevar la carne a los vapores desde su establecimiento en Buenos
Aires valia algo más que todo lo existente en Colonia. (218)
En 1888 el frigorífico de Colonia fue definitivamente clausurado
trasladándose sus maquinarias a la vecina orilla. (219)
El 6 de febrero de 1893 Tertuliano Ramos por sí y en represen-
tación de un sindicato de capitalistas brasileros, deseando abastecer
de carne fresca a Río de Janeiro, pidió al Gobierno ciertas franqui-
cias para instalar otro frigorífico. Además de acogerse a los bene-
ficios de la ley de 30 de noviembre de 1885, el demandante exigió
la exoneración de los impuestos de importación a las maquinarias de
instalación y el carbón, patente y contribución directa. El Poder
Ejecutivo envió un Mensaje a la Asamblea General apoyando el pe-
titorio (220). Martín C. Martínez señaló desde “El Siglo” que la
empresa había iniciado ya sus trabajos en Buenos Aires. (221)
El nuevo frigorífico propuesto no se concretó sin embargo.
¿Qué era lo que ocurría? ¿Por qué fracasaban todos los ensa-
yos realizados en el país y triunfaban en la Argentina?
La mayoría de los estancieros del país tenia un punto de vista
bien definido. Los defectos de la ley de noviembre de 1885 eran los
culpables. No se podía pedir con lógica a los hacendados de la Re
pública que mestizaran antes de tener a quién vender los costosos
mestizos. Lo señaló el Ministro de Hacienda (y hacendado) José L.
Terra en 1885:
“. . .¿por qué no hay estabulación todavía?. _ _ Precisamente por-
que el precio que se paga por los novillos no es un precio remune-
rador y bastante para que los animales que a ese objeto se destinan
estén de antemano preparados para ello. Pero si se establece una
fábrica de carnes ƒrescas. ._ ya entonces la estabulación se estable-
cerá entre nosotros, porque ya el precio del ganado será de bastante
consideración para satisfacer todos los gastos de ese mayor cuidado
del ganado, dejando una gran utilidad al estanciero” (222)
Planteamiento con el que coincidía la mayoría de los hacen-
dados del pais como lo demostraba “La Razón" en 1887. (223)
_ La posición, que discutiremos más adelante, aunque en aparien-
Cla muy realista, resultaba ingenua. La Asociación Rural, represen-
tativa del núcleo más progresista y minoritario de los hacendados,
vió más lejos cuando insistió en que el Estado apoyara las Cabañas

97
Modelo o cuando desde' su Revista publicó mensajes propagandístl-
cos llamando a mestizar. (224) Era infantil suponer que los inver-
sores extranjeros se iban a decidir por un pais que tenía la quinta
parte de ovinos que la República Argentina y con un grado de mes-
tizaje muy inferior al de ella. La pérdida relativa de todo negocio
nuevo en los primeros años debia pagaria el hacendado uruguayo
pues nunca lo haría el capitalista inglés. Este llegaría a nuestras pla-
yas cuando hubiera suficientes mestizos.
Y no los había, ni en el ganado mayor ni en el menor. El “South
American Journal” describió en 1886 a los carneros remitidos desde
el Plata como “ratones hambrientos” (225), dignos émulos lanares
de aquellos “conejos con guampas" bovinos a los que se refiriera
Daniel Muñoz en 1893. El inglés pedía una carne “en donde pueda
hundirse el trinchante. .. sea de vaca o sea de carnero, cuyas grue-
sas lonjas ƒorman la delicia de ese pueblo carnívoro, y que al eƒecto
ha sabido transformar y mejorar las razas ovina, vacuna y porcina,
disminuyéndoles los huesos, y haciéndoles crecer la carne, redon-
deándolos admirablemente”. (226)
Ordoñana había creido en 1882 que el capón merino uruguayo
era superior al argentino por carecer de grasa. Se había equivoca-
do (227). Como lo señalaron desde Londres en 1884, la grasa era
fundamental pues se congelaba formando una capa de hielo que con-
servaba la carne y la volvía más apetitosa al gusto del consumidor
británico. Nuestros ovinos, fruto de un proceso de refinamiento más
corto que el acaecido en la Argentina, eran inferiores. En cuanto a
nuestros vacunos el tema ni siquiera podía encararse con seriedad.
Ya cuando se discutió la garantia de utilidad a otorgar a las
empresas frigoríficas, diputados que estaban abandonando el oficia-
lismo santista y que pensaban por su propia cuenta, como José Ro-
mán Mendoza sostuvieron que “La exportación del ganado conserva-
do por el hielo no es causa, es resultado de otra operación primera,
que es el mestizaje del ganado, es decir, poner esos ganados en con-
diciones de que en Europa encuentren aceptación; y esa operación
del mestizaje ha sido muy lenta, y en Buenos Aires, dónde hace
muchos años que se están preocupando de esta cuestión, todavia no
ha dado resultados, y menos entre nosotros. . . Es pues el mestizaje
de los ganados el que podrá ponernos en condiciones de competir
en Europa con los Australia-nos, con los de Norte América y con los
mismos ingleses. Pero ese mestizaje no se ha operado todavía entre
nosotros; no tenemos animales en esas condiciones, ni en su vista nt
en su peso... Y por lo mismo es una operación arriesgada el esta-
blecer industrias de otra clase con protección del Estado para hacer
una competencia que es imposible. . _” (228)
La propia Comisión de Hacienda del Senado cuando informó
sobre el Proyecto de Antonio Maria Rodriguez ya aprobado en Di-
putados, se conformó con la opinión de la Cámara Baja pero sostuvo
que la ley no iba a dar resultados por las deficiencias del novillo
criollo:
“_ ..no conseguimos que la alimentación sea permanente, cual
correspondería para sostener vigorosa en todo tiempo la exportación
de carnes por el sistema que el Proyecto en estudio aconseja. Sobre

98
tal deficiencia no se provee, o porque el ánimo apocado de algunos
repute diƒicil sino imposible el ensayo de procedimientos que cons-
piren al ƒin de una alimentación permanente, o por que la desi-
dia de los otros juzgue que su negocio estriba en realizar la mejor
suma de animales, como si el número siempre signiƒicase la conquis-
ta de un mayor provecho”.
“A igual que la alimentación regimentada, deberá preocuparnos
la selección para la cruza con tipos expresamente importados para
este ƒin. . . No es desde luego en la plétora en quién debemos recono-
cer el origen de la gradual decadencia de los precios, sino en la ca-
lidad y corto rendimiento de los animales de consumo. Provéase pues,
al perfeccionamiento indispensable de la raza, y antes de mucho
tiempo, los resultados han de venir. . .”
Y razonando con extrema lógica concluía:
“Un carnero común, pesa en Australia. . . 69 libras, y aún cuan-
do los gastos que su conservación y transporte originen hasta Lon-
dres aparezcan más abultados que los que requeriría uno de los nues-
tros en viaje más corto hasta aquel punto, el resultado ƒavorable se
inclinará siempre del lado de los australienses por la subida diferen-
cia de peso entre uno y otro animal”,
“Dícese que con toda evidencia nos hallamos en condiciones de
hacer competencia a los actuales proveedores de los grandes merca-
dos europeos... Pero estas absolutas, aún cuando obedecen a la más
cumplida sinceridad de propósitos, no tienen punto sólido... en el
momento”. (229)
En el fondo, la mayoría de los legisladores y de los integrantes
de la Directiva de la Asociación Rural sabian que la ley de noviem-
bre de 1885 caería en el vacío: no había mestizos suficientes en el
Uruguay. Y en un momento en que la competencia australiana y
neozelandesa luchaba con todas sus armas para vencer a las nuevas
carnes llegadas del Río de la Plata, llegando al punto de arrendar
todos los depósitos frigoríficos en Londres para obligar a las com-
pañias anglo-argentinas a desaparecer, el problema de la calidad de
las carnes era esencial y por desgracia para el pais, se resolvia
negativamente. (230)
Los frigoríficos tuvieron también otras ventajas al ubicarse en
la República Argentina. No sólo los ovinos estaban mejor mestizados
sino que, para resarcirse de las pérdidas provocadas por los primeros
envios al mercado inglés, podian contar con el mercado interno, en
particular el de la ciudad de Buenos Aires mucho más importante
que el de Montevideo.
“En última instancia, todas las empresas dedicadas a la indus-
tria de la congelación debieron apoyarse en el mercado argentino
Pflra poder ea.-tender las operaciones que permitían el pleno uso del
capital invertido en instalaciones. Las plantas argentinas alcanza-
ron un promedio de operaciones del 60% de su capacidad, ƒrente a
sólo el 40% que tenían las plantas de Australia”. (231).
_ También los favorecia la depreciación del papel moneda argen-
3301 ãããun lo explicó el Encargado de Negocios de la Gran Bretaña
“Una libra esterlina inglesa cotizado. más o menos en 8 pesos

99
papel al cambio actual, puede, por así decirlo, comprarse con came
que ha costado al vendedor 5 pesos papel. De manera que el exporta-
dor está gozando de una prima del 60%, que de desaparecer por rea-
nudarse los pagos en metálico, no dejaría. de perjudicar en forma
seria al comercio”. (232).
Mantener el patrón oro costábale caro al Uruguay. La oligarquía
local que monopolizaba la moneda metálica y la mantenía contra
todas las presiones, mostraba de nuevo ser una rémora para el desa-
rollo oriental.
Lo fundamental para explicar el fracaso de los ensayos frigorífi-
cos en el país fue, sin embargo, la ausencia de ganado de calidad.
De nada servia que un estanciero progresista como Conrado Hughes
enviara en 1892 dos novillos y dos terneros de su estancia en Pay-
sandú, congelados a bordo del vapor “Clyde” como ensayo (233). El
distinguido criador sólo se representaba a sí mismo y a otros pocos
hacendados. La mayoria de los grandes propietarios _los que podían
hacerlo- no lo seguían por ese camino. `

3 - El fracaso de las fábricas de camu conservada

Junto con el proyecto de ley que la Cámara de Representantes


trató en 1885 por el cual se concedian garantías al capital emplea-
do en la instalación de frigoríficos, Antonio M. Rodríguez, Pablo
Varzi, Carlos Honoré y Alejandro Canstatt, presentaron otro exi-
miendo de derechos aduaneros a la maquinaria y materiales de
primer establecimiento destinados a la fabricación de carnes conser-
vadas, extractos, caldos, grasas, guano, sangre, gelatinas, albúminas,
etc. Igualmente se liberaba de los derechos introductorios la materia
prima necesaria para el envase de estos productos. También se fa-
cultaba al Poder Ejecutivo para celebrar con esas fábricas contratos
ad-referendum buscando favorecer sus primeras operaciones, los que
luego serían sometidos a la aprobación legislativa. La Comisión de
Fomento estimó que beneficiando los ganados de esta forma se logra-
ría valorizarlos en un 30% más. La lengua y la carne iaenada por
los saladeros solo rendian $ 5.33 por novillo, faenados por las fá-
bricas de conserva podian rendir hasta $ 9.70. (234) Antonio Ma-
ría Rodríguez volvía a insistir en que la “plétora” sólo encontraría
ãolución buscando nuevos caminos como el que se estaba proponien-
o.
En el debate parlamentario algunos diputados hicieron hinca-
pié en que el proyecto no favorecía ni a las fábricas ni a los salade-
ros existentes. El portavoz de esta opinión, Juan Idiarte Borda, reco-
gió una preocupación generalizada entre el gremio saladeril y la
“Liebig's Extract of Meat Co. Ltda.” y logró que la Comisión pro-
pusiera una nueva redacción del proyecto para que se incluyeran las
fábricas de carne ya establecidas. Con esta modificación fue aprobado

100
por las dos Cámaras y promulgado por el Poder Ejecutivo el 16 de
noviembre de 1885. (235) '
En este caso los motivos del fracaso no son los mismos que
en el anterior. Las carnes conservadas no exigían ganados de calidad
y poseyendo como poseiamos en relación a otros países, un costo de
producción todavía exiguo, en apariencia la solución era más facti-
ble que con el frigorífico. El problema radicaba en el mercado in-
ternacional. Las carnes enlatadas eran más consumo de ejércitos que
de pueblos libres que elcgían su alimento. Los cálculos de la Comi-
sión de Fomento de la Cámara de Representantes en 1885 habían
pecado por exceso de optimismo. Estimó la Comisión que la carne
enlatada se podía vender en Europa a 6 peniques la libra y en di-
ciembre de 1895 su precio en Londres, en permanente descenso, sólo
alcanzó a 2 1/6 peniques. (236)
Un diputado aguafiestas como Carlos Gómez Palacios ya había
mencionado, en la sesión del 2 de octubre de 1885 al discutirse el pro-
yecto, los sucesivos fracasos de esas empresas en el Uruguay ante las
dificultades del mercado internacional. Inglaterra en manos de las
conservas de Chicago poco nos compraba y el ejército francés, que
había sostenido esa industria uruguaya hasta hacía poco tiempo, ha-
bía cesado de abastecerse en el país (237). Las carnes argelinas nos
habían desplazado en este caso. (238)
La cifras de la exportación del producto demostraban la pre-
visión de Gómez Palacios. En 1886 todavía exportábamos 3.607.000
kilos de carne conservada, en 1887 sólo 371.000 y en los años siguien-
tes descendieron todavía más, llegando en 1891 a desaparecer. In-
glaterra y Francia, los principales clientes, nos habían sustituido.
La carne conservada, todos los sabian, era una solución siempre
y cuando se resolviera el problema principal por medio del frigorí-
fico o la exportación en pie. El mercado internacional resultaba de-
masiado limitado para que confiáramos en colocar la “plétora” por
su intermedio. Debemos señalar sin embargo, que la hostilidad de los
saladeristas y la Compañía Liebig a los intentos que hicieron algu-
nos capitalistas extranjeros para instalar este tipo de fábrica en el
país, también desempeñó un papel en el fracaso de la solución. A
este aspecto nos referiremos al estudiar la actitud de los que indus-
trializaban nuestras carnes frente a la crisis de la ganaderia.

4 - La exportación de ganado en pie hacia Europa.


Su fracaso

_ Como nuevo sistema para salir de la plétora y la baja de pre-


cios quedaba por ensayar la exportación en pie hacia los mercados
eU1`0De0s, solución tal vez única en lo que se refiere a utilizar el
âxceso de novillos por cuanto los frigoríficos de la época, como que-
ó establecido, todavía no lo congelaban bien.
15 de noviembre de 1889 los señores Young, Castro y Ca.,
estancieros radicados en la República, presentaron al Gobierno una

101
propuesta de creación de una “Empresa exportadora de ganado en
pie". Brillantemente concebida y redactada, ella comenzaba por po-
ner de manifiesto que “con relación a nuestro territorio y población,
somos el pais más ganadero del mundo y que mayores sobrantes en
su producción posee”. Luego de referirse a la “plétora”, al hecho de
soportar la nación una crisis ganadera en el preciso momento en
que los costos de producción ascendian y los novillos eran cotizados
cada vez a menor precio por los saladeros, sostenían que la solución
ideal se hallaba en la exportación en pie hacia los mercados euro-
peos. El sistema frigorífico añadian -y era exacto- no estaba to-
davía en condiciones técnicas para congelar las grandes masas mus-
culares del vacuno, aparte de que esa clase de establecimientos exi-
gían una inversión no acorde con los recursos del país. Y tentando
a los estancieros proporcionaban estas cifras:
“Según los últimos ensayos realizados por la República Argen-
tina . . .en Francia se paga actualmente por cada 100 kilos de carne
vacuna en pie $13.60 oro, término medio, y en Inglaterra $ 15.00
oro... Animales de 600 kilos de peso, para arriba, tienen segura co-
locación a $ 100 oro sellado, dejando un liquido producto de $ 60
oro, despues de cubiertos los gastos”.
Las objeciones que se podian hacer a este nuevo tipo de comer-
cio eran rebatidas con inteligencia (y fantasía también). Tomando en
cuenta que desde hacía por lo menos 30 años Carlos Reyles se había
dedicado al mestizaje de sus vacunos y que en los últimos “6 a 8
años se han comenzado a importar en cantidad... animales puros
Hereford y Durham" en número que sobrepasaba los 200 toros, cal-
culaban una descendencia probable desde 1885 en adelante que daba
por resultado “una existencia en el país de 60.000 animales mestizos
de media sangre". Si se añadian a ellos los descendientes de los pu-
ros introducidos por Carlos Reyles, se arribaría a la cifra de 560.000
mestizos de % y 'fé sangre. De este modo “la objeción formulada por
algunos espíritus pesimistas de que el país carece todavía de la can-
tidad necesaria de animales mestizos... para alimentar la exporta-
ción regular y constante de una empresa como la que nosotros pro-
ponemos” desaparecía. En realidad, los señores Youngg Castro y
Ca._habían recibido un curso acelerado de optimismo en vez del
necesario de zootecnia.
Otra objeción que consideraban más valedera, la falta de man-
sedumbre y la intermitencia en la gordura de nuestros animales cria-
dos a campo libre, pensaban que podía eliminarse sometiendo a los
novillos durante dos meses a un "sistema de estabulación progresiva
y superalimentación”. de tal forma de adaptarlos para el largo viaje
en los estrechos establos de los buques transportadores y presentar-
los en buenas condiciones en el mercado consumidor.
La empresa, que pensaba construir ocho vapores especiales des-
tinados a ese transporte, ofrecía al Estado una ventaja suple-
mentaria: _
“. _ .los establos podrian ser fácilmente desarticulados en cada
viaje del exterior a la República y convertidos los buques en vapo-
res de carga' y transporte de inmigrantes. Por esta circunstancia, los
buques de la Empresa se hallarán en mejores condiciones que los

102
de ninguna otra Compañía de navegación, pues tendrán siempre sus
cargas aseguradas, no sólo de Europa al Plata, siempre las hay abun-
dantes, sino de retorno al exterior, llevando ganado...” ...y tra-
yendo inmigrantes. -
A pesar de las utilidades aseguradas y magníficas, los propo-
nentes pedían al Estado: a) Garantía de un 6 % sobre el capital
'nvertido en la instalación y explotación de su empresa. Al sólo efeo
to de esta garantía de interés fijaron como capital la suma de tres
millones quinientos mil pesos; b) Exención de derechos aduaneros
para máquinas y materiales a introducirse del exterior. Ofrecían en
cambio: a) La construcción de los 8 vapores antedichos; b) La com-
pra de dos estancias de 3.0_00 hás cada una en los departamentos
del litoral para establecer en ellas cabañas destinadas al engorde
de los animales que se iban a exportar; c) La compra al peso de
todos los novillos requeridos a los hacendados nacionales, mejoran-
do en un 10 % los precios sobre los corrientes para “todos aquellos
hacendados que le ofrezcan en venta animales mestizos, domésticos,
y de un peso superior a 500 kilogramos cada uno" y d) Exportar
20.000 novillos por año. (239)
El ingeniero Carlos Young, en varias conferencias dictadas en
la Asociación Rural del Uruguay se extendió más sobre las venta-
jas que el negocio reportaría a los hacendados nacionales. (240)
Presentado el proyecto al Cuerpo Legislativo con algunas mo-
dificaciones (los proponentes redujeron el número de vapores de la
empresa de 8 a 6 y la cantidad de novillos que se obligaban a ex-
portar por año de 20.000 a 15.000) (241), la Comisión de Fomento
de la Cámara de Representantes, entusiasmada, apoyó la propuesta.
El informe, datado el 30 de junio de 1890 y suscripto por Juan
José de Herrera, Aureliano Rodriguez Larreta, Joaquín Fernández
Fisterra. Antonio M. Rodríguez, Lucidoro Maciel, Eduardo Mac Ea-
chen y Liborio Echevarría (estos dos últimos lo firmaban aunque
discordando en parte) participó de las mismas ideas que los propo-
nentes. En el país habla suficiente número de mestizos para iniciar
la operación y el cálculo de la utilidad que podían obtener los ha-
cendados si la empresa se concretaba valía todos los riesgos. Par-
tiendo de la base de que la República Argentina había vendido los
novillos de 450 kilos promedio a S 90 oro por cada animal suponían
que “. . .nuestros novillos de 400 kilos [peso medio] fuesen vendidos
G 80 pesos cada uno, habria que deducir de este precio la cantidad
de $ 34.42 por diversos gastos, ...lo que daría un precio libre de
$ 45.58; habiéndole costado a la empresa 30 pesos cada uno, resulta
una utilidad liquida por_animal de 15 pesos 58 cts.” y otra compa-
rable para el hacendado que por esos años no lograba que el sala-
dero le abonara más de $ 13 por cabeza. (242)
Aconsejaron a la Cámara un proyecto de ley que recogía las
más importantes demandas de los señores Young, Castro y Cia. La
garantía del interés del 6 % sobre un capital de 3.500.000 de pesos
e_ra otorgada aunque por un plazo no mayor de 20 años. En la se-
sión del 16 de setiembre de 1890 la Cámara aprobó el proyecto de
la Comisión con ligeras modificaciones.
La crisis de 1890 afectó las gestiones de la empresa y paralizó

108
también el subsiguiente paso en el Senado. De hecho, ante las difi-
cultades económicas reinantes en el pais y en la gran plaza de los
capitales, Londres, los proponentes desistieron.
Es probable que fuera éste uno de los pocos resultados posi-
tivos de la crisis del 90. Los cálculos de los señores Young, Castro
y Ca. no tenían la menor base cientifica en relación con el número
de mestizos en el Uruguay. Los argentinos, sin necesidad de orga~
nizar empresas de este género, tan gravosas para las finanzas pú-
blicas, ya habían iniciado el camino de la exportación en pie que
a partir de 1894-95 se desarrollaría con esplendor porque el número
de los mestizos en Buenos Aires era mucho más elevado que en el
Uruguay. Todavía en 1891 Rómulo Chopitea informaba a la Asocia-
ción Rural desde Londres sobre las condiciones en que habian lle-
gado los envíos argentinos, con novillos chúcaros “que antes de acos-
tumbrarse a beber [en el buque] en balde pasan muchas privaciones
y éstas se manifiestan en lo sumidos que quedan los animales en los
primeros días. . .” Además “...desde el primer dia fue racionado
con maíz el ganado” y muchos lo rechazaron (243). Si eso sucedía
con los mejores novillos bonaerenses, ¿qué no iría a pasar con los
nuestros?
Si hubiera existido un volumen importante de mestizos, los bar~
cos _que transportaban el ganado argentino hubieran arribado a
nuestras playas (a pesar de que careciamos de embarcaderos cómo-
dos). Por los años que estamos estudiando nuestra exportación en
pie hacia Europa fue reducidísima. La directa casi inexistente, pues
nunca superó las 200 cabezas anuales (y a ellas sólo se acercó en
1886, nunca con posterioridad, hasta 1894 por lo menos). Algo ma-
yor, la exportación en pie hacia la Argentina podía ser considerada
como un índice de que en ciertos departamentos del litoral existían,
en efecto, algunos miles de mestizos en condiciones de ser consumi-
dos en Francia o Gran Bretaña. Los años de mayor venta a la Ar-
gentina (que actuaba como intermediaria ente nosotros y el mercado
europeo) fueron 1886 (2.600 cabezas), 1889 (4.600) y 1890 (6.200).
A partir de 1891 el comercio con la República vecina casi cesó. La
seca del periodo 1890-93 había eliminado los buenos mestizos. ¿Pero,
qué clase de mestizos eran éstos entonces? (244)
El investigador se siente tentado de compartir la opinión del
diputado por Canelones Sr. Usabiaga, quién al discutirse la garan-
tia a la empresa de Young, Castro y Ca. dijo en la sesión del 2 de
setiembre de 1890:
“Los saladeros que tenemos aquí. cualquiera de ellos, faena mu-
cho más cantidad de animales que los que va a exportar esta em-
presa en un año... y sin embargo nos solicitan intereses de capital.
Estas sociedades piden el interés de capital para ir a negociar la con-
cesión a Europa. Van a venderla allí, y sino, invierten 100.000 pesos
y cobran el interés de 2.000.000; son una especie de sanguijuela para
el Estado”. (245)
Durante el gobierno de Juan Lindolfo Cuestas soplaron vientos
de tremendo puritanismo sobre nuestros hombres públicos. La acti-
t1_1d moralizante, que se queria contrastar con los llamados “nego-
ciados” del colectivismo. tuvo una de sus expresiones más claras

104
cuando el Senado de la República-rechazó el proyecto de Young,
Castro y Ca. en 1899. La Comisión de Fomento integrada por Jacobo
A. Varela, Luis M. Gil y Eduardo Acevedo Díaz expresó fundando
su opinión contraria: ,
“No puede olvidarse en primer término, al leer el articulado de
la ley... cuanto influyen en los hombres las condiciones del mo-
mento y del medio en que una acción social se desenvuelve.”
"Hoy, en el estado económico y ƒinanciero de la República, des-
pués de una larga expiación de errores, ƒantaseos y delitos que han
abrumado la hacienda nacional... dar la garantia del Estado por
3,5 millones de pesos a una empresa sin consistencia parece, por la
parte más corta, una verdadera aberración.. .”
“Cerca de 10 años después de las propuestas hechas por los se-
'ñores Young, Castro y Ca., la República Argentina, con un comercio
creciente e infinitamente mayor que el nuestro de animales en pie
para la exportación, y con preparación muy superior en calidad y nú-
mero de ganados, todavia no ha podido resolver con éxito comercial
ni la domesticación ni el engorde en establo, ni la exportación en ua-
pores especiales. Dedúcese de aquí, con toda evidencia, que en los 8 ó
9 años transcurridos.. . tendríamos hoy un desastre más en la ƒor-
tuna privada y algunos millones más a cargo del Estado”. (246)
La nación debía olvidar las fantasías. Si se deseaba conquistar
el mercado británico de carnes había que continuar la ruta de la
modernización detenida a mitad de camino. Luego del cercamiento
de los campos se imponía el mestizaje y la buena alimentación del
novillo.
Pero, como ya dijéramos, hacía 1895 las cosas parecieron de
nuevo encauzarse bien para el hacendado tradicional. El tasajo se
colocó con facilidad ante la ruina riograndense; cueros, gorduras y
lanas subieron de precio y los estancierosìpudieron, por esta vez,
escapar al dilema.

105
Capítulo III
La antigua industria de carnes
y los nuevos mercados

1 -- La hostilidad de las antiguas fábricas al establecimiento


de la nueva industria de carnes

Es evidente que la “plétora” de ganados favoreció a los esta-


blecimientos que industrializaban la carne en el Uruguay ya que la
abundancia de oferta desvalorizó los novillos. En consecuencia la
apertura de nuevos caminos técnicos que nos abrieran el mercado
europeo y eliminaran la superproducción, no fue vista con buenos
ojos por los saladeristas y el “coloso de Fray Bentos", como llama-
ba la prensa de la época a la “Liebig's Extract of Meat Co. Ltd.”.
Eran los hacendados los interesados en la valorización de su
producción y lo que trataremos en este parágrafo es, en el fondo,
un capitulo más de la hostilidad creciente que la situación económi-
ca critica del medio rural provocó entre productores e industriales.
La ley del 16 de noviembre de 1885 que eximió de derechos
aduaneros de importación al material necesario a todas las indus-
trias de la carne, fuesen las antiguas o las nuevas, contó con la apro-
bación de los núcleos interesados en el problema (hacendados y
saladeristas) porque amparó a todos los establecimientos por igual.
Debemos recordar sin embargo, que de acuerdo al proyecto origi-
nario del estanciero Antonio María Rodríguez, las viejas fábricas
no hubieran gozado de la exención. Fue el Cuerpo Legislativo el
que resolvió el conflicto salomónicamente.
La ley del 30 de noviembre de 1885 que concedió a las empre-
sas frigoríficas una garantía sobre el capital fue, en cambio, comba-
tida por los viejos establecimientos. Cuando se discutió en la Cá-
mara de Diputados, tanto el autor del proyecto, Antonio María Ro-
dríguez, como el Ministro de Hacienda, José L. Terra, procuraron
demostrar que ella no heriria el interés de las viejas fábricas del
pais. El argumento utilizado por Antonio Maria Rodríguez era es-
pecioso Y con seguridad no convenció a ningún saladerista:

106
“La industria de los saladeros no puede verse perjudicada con la
instalación de empresas exportadoras de carne fresca; muy al con-
trario, se va a ver notablemente ƒavórecida, porque esa industria
vendrá para dar salida al exceso de producción no consumida hoy
por la industria tasajera”. (247)
Pero es que la presión de ese “exceso de producción" facilìtaba
el descenso en el precio de los novillos, hecho notoriamente bene-
ficioso para los industriales.
El Ministro, con menor ingenuidad, reconoció la existencia de
la oposición saladeril a la ley manifestando:
“. _ .nuestros ganados tuvieron precios altos, y la industria ta-
sajera, lejos de perjudicarse... ha conseguido adelantar... Hago
esta observación con el objeto de destruir el argumento que se ha
puesto por algunos señores diputados, de que la preparación de las
carnes ƒrescas para el consumo europeo traería. ._ necesariamente
la ruina de nuestros saladeros. No es asi, ellos mejoraron sus proce-
dimientos porque teniendo a su lado fábricas que empleaban medios
mecánicos más perƒeccionados [se refiere a la Liebig] empezaron por
adoptar parte de esas máquinas.. .” (248)
Lo que el Ministro sostuvo, fue que para lograr subsistir en la
era de la carne congelada, los saladeristas tendrian que modificar
sus establecimientos produciendo también ellos carne congelada. Con
seguridad tampoco este juicio alentó a nuestros viejos industriales.
El diputado Carlos Gómez Palacios expuso la preocupación del gre-
mio saladeril:
“Yo he hablado con individuos poderosos que tienen saladeros
en este pais y que consideran vulnerados sus derechos con la pro-
tección que se quiere dar a las otras empresas; se han visto ya le-
sionados en sus derechos, hasta tal grado,-, que se ha pretendido
presentar una solicitud a la H. Cámara pidiendo que la protección se
haga extensiva a todas las industrias, que se haga extensiva al ta-
sajo como se hace extensiva a las carnes congeladas”. (249)
Los hacendados hubieran estado de acuerdo con ello pues la
propia Asociación Rural gestionó, en 1885 como ya lo analizamos, la
concesión de una prima para la exportación del tasajo hacia Europa.
Todo lo que significara ampliar el mercado de las carnes uruguayas
era bien visto por los productores, pero no todo lo que significase
ampliar el número de establecimientos dedicados a exportar esas
carnes era bien visto por los industriales.
A comienzos de 1887 se presentó una de las primeras solicitu-
des que buscó la protección de las leyes votadas en 1885. J. R. Theo-
bald y Ca., en representación de “varios capitalistas industriales de
los Estados Unidos de Norte América” comunicaron al Gobierno es-
tar dispuestos a instalar un “gran Matadero y Conserva por el estilo
de los que funcionan... en Chicago” con un capital de 2 millones
de pesos. Se comprometían a faenar diariamente de 500 a 1000 ca-
bezas bovinas mediante el sistema de la conserva y también de la
congelación. Demandaban, en compensación, que las exenciones im-
positivas de las leyes de 1885 y 1883. se mantuvieran por diez años;
así como también la exención del pago de Patentes y Contribución

107
Inmobiliaria. Finalmente pedían que “La Compañia que va a ƒun-
darse, será la única que obtendrá estas concesiones y exenciones du-
rante los diez años que se mencionan”. (250)
El Gobierno de Tajes con informe favorable remitió el pedido
a las Cámaras. La de Representantes aprobó un proyecto de ley por
el cual todo era concedido menos la cláusula que transformaba las
exenciones en privilegio exclusivo. .
Debe advertirse que el proyecto votado ampliaba en muy poco
la ley del 16 de noviembre de 1885. Se garantizaba que los efectos
de esa ley, así como la exención de derechos aduaneros a la expor-
tación de carnes votada en 1883, durarían por lo menos 10 años.
Alli había una garantia de futuro. En segundo lugar la empresa
lograba la exención, esta sí, nueva por completo, de las Patentes y
la Contribución Inmobiliaria, impuestos muy reducidos en el perio-
do que estamos estudiando.
Pero los capitalistas norteamericanos, al llegar el proyecto de
ley al Senado, no contaron con la acogida hostil que éste les iba a
deparar luego que oyó un extenso alegato de la “Liebig's Extract of
Meat C0. Ltd.”. Estaba firmado por quién no sólo era su Presidente
sino también el Vice-Presidente del banco local más importante de
plaza: el Comercial. Nos referimos a Augusto Hoffmann.
La Liebig's adujo, en primer lugar, que nada nuevo planteaban
Theobald y Ca. con su establecimiento ya que ella desde hacía mu-
chos años fabricaba y exportaba carnes conservadas al estilo Chica-
go. En segundo lugar manifestó que era “. . .valiosa la suma que por
impuestos de todo género paga al Fisco la Compañia [Liebig'] y la
Empresa [norteamericana] tendria en su favor precisamente la exo-
neración de aquellos impuestos más gravosos para nuestra ƒábrica:
Contribución Inmobiliaria, patentes. . .”
Si el Cuerpo Legislativo uruguayo votaba estos privilegios “que
atacan o dañan a los actuales establecimientos de carnes preparadas”
y no los concedía a la vez a la Liebig's, “_ . .es indudable que el Di-
rectorio de Londres se ocuparia de tomar en consideración algunas
propuestas sobre la traslación de la ƒábrica a la Argentina, lo cual,
por más doloroso que ƒuera, no resultaría muy gravoso y estaria
más que compensado con las muy importantes franquicias que han
sido siempre oƒrecidas con la mayor espontaneidad a la Compañia
para un establecimiento en la Argentina”.
Luego de esta amenaza reveladora del triste destino de los pai-
ses dependientes disputándose la voracidad del capital extranjero,
la Liebig's propuso que el Senado rechazara el proyecto o que le
extendiera sus beneficios. (251)
“E1 coloso de Fray Bentos” recibió cumplida satisfacción pues
el Senado rechazó el proyecto en la sesión del 7 de marzo de 1887
no sin que antes, sin embargo, Juan Lindolfo Cuestas hiciera una
requisitoria contra la Liebig's:
“...la carne tasajo está en decadencia... Por consecuencia,
cuando andamos en los mercados europeos con el sombrero en la
mano buscando colocación para"esa clase de nuestros productos, ad-
mira que se levanten voces para contrarrestar y oponerse a la ƒun-

108
dación de ƒábricas que leyes vigentes-h`an,ƒavorecido con exenciones,
derechos -y privilegios”.
“. . .Esto es lo que se quiere, señor Presidente, rechazar toda
idea nueva, toda innovación en el sistema de la industria ganadera
y dejar que el ganado se venda a once y doce pesos, como se está
vendiendo, cuando vale diez y ocho y veinte”.
“No se quieren ƒábricas que puedan hacer valorizar a la pro-
ducción nacional, porque se necesita continuar con el sistema an-
tiguo, para explotar la riqueza nacional de esa manera”.
E hiriendo al señor Augusto Hoffmann como industrial y como
vice-presidente del Banco Comercial, afirmó de inmediato:
“Se dice que por aué no se favorece a los establecimientos vie-
jos con las exenciones que oƒrece el Proyecto de la Honorable Cá-
mara de Representantes a esta industria nueva. Pero con el mismo
derecho podria decirse por qué al Banco Nacional recientemente
ƒundado, se le ha dado exención del impuesto directo del papel se-
llado y los timbres, por qué no se les ha dado a los otros Bancos
también”. '
“¿Por qué?”
“Porque ese Banco viene con capitales nuevos a hacer una re-
volución en el sistema bancario y en la marcha progresista de los
negocios en el país. ,. Pues lo mismo sucede ahora con esta fábrica
u otras que puedan ƒundarse. _ .” '
Así como el Banco Nacional destruia el monopolio crediticio del
cual venia gozando el círculo orista cuyo más eximio representante
era el Banco Comercial (episodio central en la vida del pais que
más adelante estudiaremos), el capital norteamericano permitiría la
valorización de nuestros ganados destruyendo el monopolio que so-
bre ellos ejercían las viejas industrias. La argumentación de Juan
Lindolfo Cuestas concluía señalando que la Fábrica Liebig's no al-
canzaba a exportar una tonelada de carne conservada:
“¿Y es con estos antecedentes que se viene a prohibir la funda-
ción de establecimientos y de fábricas que pueden causar una ver-
dadera revolución en el pais, económica y ƒinanciera?" (252)
A pesar del rechazo en el Senado los capitalistas norteameri-
canos no se dieron por derrotados. En vez de utilizar el nombre po-
co conocido de los empresarios Theobald y Ca., volvieron a presentar
el proyecto, mejorado y ampliado, bajo la prestigiosa firma del Pre-
sidente de la Asociación Rural del Uruguay, Luis Lerena Lenguas,
con lo que a la vez consolidaban su alianza con el núcleo de estan-
cieros progresistas de los cuales cabría esperar tuvieran una mayor
influencia política.
En efecto, a mediados de 1888 el Poder Ejecutivo remitió lo que
en apariencia era una nueva propuesta para establecer una fábrica
“de elaboración de carnes vacunas, ovinas y porcinas". Luis Lerena
Lenguas en representación de una “sociedad de capitalistas nortea-
rnericanos” se comprometía: 19) Fundar una Compañia con un ca-
Dltal de 2 millones de pesos; 29) Establecer una fábrica en el Cerro
con capacidad para faenar diariamente 1000 vacunos, 4000 ovinos y
2000 cerdos; 39) Industrializar la carne en forma de conserva, con-
Selada o cocida; 49) Como los lanares y bovinos del país no tenian,

109
en la generalidad de los casos, calidad suficiente para proporcionar
carne en condiciones de enviar a Europa, la Compañia se obligaba
a establecer “diferencias considerables de precios, en favor de los
que mejor llenen esas condiciones, estimulando de ese modo la me-
jora de nuestros rebaños”.
Luis Lerena Lenguas luego de hacer referencia al descenso en
el precio del tasajo y la consiguiente desvalorización de nuestras
novilladas, anotaba que la otra fuente de salida para los ganados
uruguayos, “la fabrica de extracto de carne de Fray Bentos", tam-
poco aumentaba el precio de nuestros ganados, “Sea porque el ex-
tracto tenga un consumo limitado o porque haya que venderlo a
bajo precio, lo cierto es que paga los mismos precios que los salade-
ros comunes”.
Luego de esta sugestiva crítica a quien se había opuesto a la
solicitud anterior, el Presidente de la Asociación Rural manifestó
que muy otro seria el caso si se estableciera la fábrica por él repre-
sentada, ya que “. . .ejercerá una influencia decisiva sobre nuestra
ganaderia, no solamente por la magnitud de sus ƒaenas y su diversi-
dad, sino porque siendo uno de los objetivos principales exportar
carnes vacunas y ovinas en estado ¿fresco para los puertos de Europa,
Brasil y Buenos Aires, tendrá que adquirir ganados de los mejores,
pagándolos a precios más altos que los que pueden pagar los salade-
ros comunes”. (253)
Los privilegios pedidos eran similares a los ya enunciados: man-
tener la exoneración de impuestos de acuerdo a las leyes de 1883 y
1885 durante diez años y acordar exoneración del pago de Paten-
tes y Contribución Inmobiliaria por seis años (en el proyecto Theo-
bald y Cía. se gestionó por diez).
Representantes de nuevo aprobó la concesión. La Liebig's otra
vez se presentó ante el Senado con un escrito similar y una igual
amenaza final de trasladarse a la Argentina si los privilegios eran
concedidos o no le eran extendidos. La Cámara alta, respetuosa del
artículo 67 de la Constitución que prohibía volver a considerar du-
rante la misma legislatura un proyecto de ley ya rechazado, confor-
mó al “coloso de Fray Bentos" y dio por nulo lo aprobado en Re-
presentantes. (254)
Cuando en 1893 se presentó la propuesta ya analizada de Ter-
tuliano Ramos con el objeto de instalar un frigorífico que exportase
carnes frescas hacia Rio de Janeiro, fueron esta vez los saladeristas
los que más se opusieron a que el Gobierno concediera privilegios y
garantizara el capital de la empresa. Desde “La Razón" (255) y “E1
Siglo" (256) se hizo una violenta campaña contra la nueva empresa
y ahora al menos, mejor fundada que la anterior por cuanto en plena
crisis financiera el Estado no podia distraer un solo peso de su pre-
supuesto para nuevas concesiones. Los saladeristas se sintieron re-
nacer cuando observaron que el mercado de Rio de Janeiro, uno de
los más importantes para su tasajo, quedaba libre de esta compe-
encia.
Del relato que precede pueden extraerse dos impresiones fal-
sas. La primera: que los estancieros fueron derrotados por los vie-
jos industriales al lograr éstos el rechazo de los proyectos Theobald

110
y Lerena Lenguas. Ello no es por completo. exacto. Al fin y al cabo
los hacendados uruguayos habían logrado lo fundamental: que se
aprobaran las leyes del 16 y 30 de noviembre de 1885. Allí estaban
las auténticas concesiones a las nuevas empresas. La exención de
Patente y Contribución Inmobiliaria, como dijera el senador Juan
Lindolfo Cuestas, era muy pequeña cosa al lado de las concesiones
que las leyes habían otorgado ya. No cabe duda sin embargo, que
la más poderosa de las viejas industrias, la“Liebig's", logró impre-
sionar al Senado de la República y fue factor esencial en el rechazo
de los proyectos mencionados.
La segunda impresión falsa puede generarse si el lector piensa
que los rechazos estudiados impidieron realmente la fundación de
fábricas de conservas y frigoríficos en el Uruguay. Las nuevas com-
pañias se hubieran establecido acogiéndose a las leyes de 1885 si el
pais les hubiera ofrecido suficiente ganado mestizo, como lo estaban
ya haciendo en la República Argentina. Fueron los estancieros, en
auténtica contradicción, los que deseando valorizar sus ganados por
medio de las modernas técnicas industriales, lo impidieron al no
mestizar.

2 - A la búsqueda de nuevos mercados para el tasajo

El Uruguay tradicional no quería morir y se lanzó a la búsqueda


de nuevos mercados para el tasajo.
Presionado el estanciero por la plétora de sus novilladas crio-
llas y el saladerista por el cierre de los puertos brasileños en 1887,
la competencia riograndense y el descenso en el precio del producto,
ambos exponentes del viejo país criollo formaron sociedades y en-
viaron expedìciones a pura pérdida para convencer a los pobres de
Europa que el tasajo era el alimento más barato que podían lograr
en el rubro cames, además de apetitoso. De esto último iban a que-
dar muchas dudas entre los mineros vascongados y los obreros de
Manchester.
Los saladeristas partían de la realidad para llegar a la fantasía.
El novillo criollo era un hecho, la posibilidad de que se consumiera
su carne en Europa en forma de tasajo, una utopía.
Pero la fuerza de la realidad era crecida pues poseía a su favor
argumentos irrebatibles que en 1887 “La Razón" resumió así:
“La exportación en pie... no es más que una bella ilusión. El
transporte en pie no puede hacerse tratándose de animales ariscos,
que jamás han vivido en establo, que reventarian aprisionados en
un buque _durante una larga y penosa travesia.. .”
“El sistema de carnes congeladas parece ser más halagador. . .
Pero si para el ganado ovino parece indudable que la congelación
resuelve el problema, lo contrario pasa para el ganado vacuno. El
Cuerpo de las piezas de este último hace necesario para garantirlas
de toda putreƒacción el bajar la temperatura a un grado tal que ha-

lll
cer perder el sabor a la carne y le da un aspecto disgustante. Aparte
de no conseguirse completamente la conservación... el ƒrigoriƒico
está lejos de ser una solución. Lo es para un pais esencialmente de
ganado lanar como la República Argentina, pero no para el pais de
las vacas”.
“Los sistemas de conserva. _ . sólo oƒrecen una salida muy limi-
tada porque es reducido el consumo de esas elaboraciones y porque
suƒrimos la competencia de fábricas análogas de los Estados Unidos".
“Queda nuestro viejo sistema del tasajo. . .” (257)
Argumentos rigurosos y exactos si se partía del novillo criollo.
Esta era la fuerza de saladeristas y estancieros en su búsqueda de
nuevos mercados: hallar salida a lo existente.
Aunque los saladeristas apoyaron las tentativas, el elemento más
interesado en ellas desde los comienzos del movimiento en 1883 fue-
ron los hacendados de la Asociación Rural y algunos exportadores
de tasajo, como Benjamin Martinez, socio conspícuo de la misma. El
23 de agosto de ese año reunidos en el local de la Asociación, Car-
los Reyles, Benjamín Martinez, Serafín I. de Medeiros, Simao da
Porciúncula, Francisco Gutiérrez Zorrilla, Luis Ignacio García y Joa-
quín Corta, se procedió a constituir una Comisión Central encargada
de recolectar fondos “con el objeto de abrir nuevos mercados en
Europa pafa la carne tasajo que se elabora en la República”. (258)
Fue esta la única oportunidad por esos años en que algunos
estancieros de nuestro Norte, casi todos ellos grandes propietarios
criadores de origen brasileño, colaboraron en una iniciativa de la
Asociación Rural. La razón es clara: eran ellos los más perjudicados
por la plétora y el descenso en el precio de las novilladas. Los inver-
nadores de la región Sur del país como luego analizaremos, en una ac-
tividad especulativa, obtenían siempre gruesos rendimientos. Los
criadores de las innúmeras novilladas chúcaras de las estancias de los
brasileños eran expoliados por el invernador y el saladerista a la ,vez.
La “Sociedad Nuevos Mercados de carne tasajo" actuó con ha-
bilidad. Envió nota a la Sociedad Rural Argentina para trabajar con-
juntamente con los hacendados de aquel país (259); logró el apoyo
efectivo de nuestra Asociación Rural hasta el punto de que su Junta
Directiva hizo algunos pequeños envíos de tasajo a Inglaterra para
ser repartidos gratis entre la población trabajadora (260); remitió
fardos a distintos países de Europa (Francia, Italia, España) en ca-
lidad de ensayo para ser vendidos a precios muy módicos o reparti-
dos gratis, no olvidando advertir a las Cámaras de Comercio de las
citadas naciones las diferentes formas de cocinar el nuevo produc-
to (261); comisionó a Francisco Gutiérrez Zorrilla (262) y a Do-
mingo Ordoñana, aprovechando viajes por Europa de estos consocios
(263), para que buscaran colocación regular en España al tasajo
oriental designando casas importadoras, etc.; trató que nuestros agen-
tes consulares se transformaran en eficaces agentes de negocios de
la República, informando al Gobierno oriental del estado de la plaza
europea y las perspectivas que nuestras carnes tuvieran alli (264);
y por último, como era de esperar, requirió el apoyo financiero del
Estado contando para esto con el poderoso auxilio de la Asociación
Rural. (265)

112
Aparte de alguna escasa subvención_(266) poco se logró en ese
sentido. En 1885 la Asociación Rural pidió al Gobierno que premiara
la exportación de tasajo a los mercados n'o tradicionales. En 1887
reiteró la demanda para que “El Estado .acuerde una prima de un
peso por cada 100 kilogramos de carne que se exporten para los
mercados europeos" (267) y en 1888 logró que el representante por
Montevideo, Juan A. Capurro, presentara en la Cámara un proyecto
de ley por el cual se acordaba por el término de 4 años una prima
de 60 centésimas por cada 100 kilos de tasajo exportado a Eu-
ropa. (268) -
Pero el Gobierno en plena crisis financiera había garantizado
ya demasiados beneficios a la empresa privada que favorecían tam-
bién al medio rural (compañias ferroviarias, frigoríficas, de coloni-
zación) y se excusó.
La Sociedad Nuevos Mercados que siempre funcionó con un
escaso capital logrado a través de suscripciones entre estancieros del
Norte y algunos saladeristas (269), comenzó a tener dificultades eco-
nómicas ya en el primer año de su fundación, las que arrancaron a
su más ferviente defensor, Benjamín Martínez, estas palabras de
desaliento y condena:
“_ . .esta Sociedad... toca diƒicultades para marchar con regu-
laridad por ƒalta de cooperación en el gremio ganadero, y aún nos
atrevemos a decir en el comercial, porque ambos gremios serán los
más ¿favorecidos por ellas, como ya lo son en parte por los resulta-
dos obtenidos'.'. (270)
En 1887 cuando había entrado en sus cajas la suma exigua de
$ 12.803, la Sociedad se disolvió. Como comentó “El Telégrafo Ma-
rítimo": “con miserias semejantes no se hallarán mercados para
nuestras carnes". (271) En la misma fecha, demostrando poseer más
espiritu de empresa, se fundó otra con el mismo objetivo en la Re-
pública Argentina. (272) _,
Aunque hubo indiferencia de parte del' “gremio ganadero y
aún. . . del comercial” o sea los saladeristas, en sostener tan intere-
sante iniciativa de la Asociación Rural, debemos manifestar que se
continuó durante todo el período que estamos estudiando la promo-
ción del consumo tasajero en los mercados europeos, especialmente
en España, Italia, Francia, Gran Bretaña y Alemania. (273) Varios
saladeristas donaron cargamentos especiales a la Asociación para
que se pudieran lograr ciertos resultados.

Asi como la minoría de estancieros y .saladeristas interesados


en la apertura de nuevos mercados partían de un hecho real: en el
país habia plétora de novillos criollos; no caben dudas que al en-
frentarse al mercado europeo buscaron, también con sagacidad, a la
única clase de población que podia consumir el magro tasajo orien-
tal: los pobres.
Para una historia del pauperismo en la Europa industrializada
Y Capltalista del siglo XIX, los informes que publicó la Revista de
la Asociación Rural son de sumo interés. En 1884 se repartieron

113
fardos de tasajo en Italia a las Sociedades de Beneficencia y Asilos
(294): en 1885 se solicitó a la Cámara de Comercio de Francia que
hiciera un ensayo de igual naturaleza “en Lille, Lyon y Rouen, don-
de existe una inmensa población manufacturera agobiada por la
necesidad". (275) De 1885 a 1886 son los documentos más intere-
santes vinculados a la Gran Bretaña y los esfuerzos alli realizados
para que las clases más necesitadas consumieran tasajo. Nuestro Cón-
sul General en Londres, Guillermo Cranwell, enterado que “.. .en
el Norte de Inglaterra hay una población que absolutamente no pue-
de pagar un penique (dos centésimas) por una comida.-.. piensa
comunicarse [con ella] diciéndole que le suplirá la comida por medio
penique o sea un centésimo. En aquel país no podrán imaginar Uds.
la pobreza que atravesamos en algunas poblaciones... De memoria
solamente recuerdo que entran en la receta de una comida para 100
personas, solamente 5 libras de carne; lo demás consiste en zanaho-
rias, nabos, col, harina de lentejas, etc', con 4 peniques de apio para
darle sabor. . .” (276)
Informó Cranwell en 1886 a la Asociación Rural:
“Es bien sabido... que desde el año 1870 cuando Se promulgó
en este pais la ley de Instrucción Primaria obligatoria, una de las
grandes diƒicultades que las Juntas electivas han tocado en su apli-
cación es la falta absoluta de ƒuerza ƒisica -mental y moral- en un
gran número de alumnos, causada por la deƒiciencia de alimentación
que sus padres les proporcionan, sea porque carecen de recursos o
porque los gastan en beber.”
“Con el objeto de vencer esta diƒicultad, se han establecido co-
cinas públicas, para proveer comidas a un precio muy reducido (2
centavos); y como es de suponer por tal precio la proporción de ali-
mento animal es muy pequeña; y de consiguiente he creido ver aqui
una salida para el tasajo y hace tiempo que estoy en comunicación
con las Sociedades que se dedican al proveimiento de dichas comidas
a 2 centavos”. (277)
Se pensó con lógica desde la Asociación Rural que también el
Almirantazgo, para alimentar a los marinos de la Real Flota, (quie-
nes ya comenzaban a realizar motines ante el trato y las penalidades
a que eran sometidos) podría ser comprador de tasajo. Pero el Al-
mirantazgo rechazó el ofrecimiento. (278)
Para la población pauperizada y la clase obrera continental e
inglesa el tasajo, desde el punto de vista económico, hubiera sido
una solución. Mientras la carne de capón neozelandesa (la más ba-
rata) se obtenía en Londres a $ 0.16 el kilo, el tasajo oriental podía
ofrecerse a mitad de precio. (279) En España, donde la carne era
más cara aún que en Gran Bretaña, el tasajo se podía vender a $ 0.06
el kilo (280). También Italia ofrecía un panorama similar. (281)
¿Qué se oponía a que resolviéramos nuestra crisis de superpro-
ducción bovina vendiendo el tasajo a estos mercados?
Las fuentes mencionan un hecho que ya analizáramos al estu-
diar las condiciones del mercado europeo continental de carnes: el
proteccionismo acentuado desde 1875 y consolidado por la influencia
del “partido” de los agricultores en Francia, Alemania, Italia y Es-
paña. Era cierto que el tasajo en España podia venderse a $ 0.06 el

114
kilo, pero debía abonar un impuesto de $ 0.054 debido a lo cual, o
el saladerista perdía dinero o el consuino se restringía ante el au-
mento de los precios. (292) En Italia, Francia o Alemania, sucedía
algo parecido. Esta traba de importante peso, mereció un comentario
de José Grass en informe que envió a la Asociación Rural en 1887
desde Marsella:
“Todos [los esfuerzos orientales] se estrellan contra el precio
que resultaría para la venta, dados los altísimos derechos de impor-
tación. Toda la cuestión del tasajo. . . depende, pues, de los derechos
que pague a su entrada. El dia que obtengamos su libre introduc-
ción, los saladeros del Uruguay serán pocosrpara faenar todo lo
que se les pida...” (283)
Tales impuestos por cierto que dificultaron la colocación del
tasajo en el continente europeo. Pero en la Gran Bretaña, único país
que mantenía el librecambismo en toda su plenitud, ellos no exis-
tían y sin embargo tampoco se logró convertir a los ingleses en
consumidores de tasajo.
Al analizar las cifras de la exportación tasajera a los mercados
no tradicionales (excluidos pues, Cuba y Brasil) llegamos a conclu-
siones desalentadoras para los esfuerzos realizados por la Sociedad
Nuevos Mercados, la Asociación Rural y los saladeristas.
España, la nación en la que más esperanzas se habían puesto,
consumió 97.000 kilos en 1886, cifras insignificantes en los dos años
siguientes y cantidades que fluctuaron entre 400.000 y 75.000 kilos
de 1889 a 1894 (números cuya exiguidad se aprecia si los compa-
ramos con los de la exportación global del país que fluctuó entre
55 y 29 millones de kilos). Francia fue un consumidor todavía más
irregular y menor. En cuanto a la Gran Bretaña es indudable que
consumió cantidades más significativas en relación a los demás paí-
ses europeos (entre 200.000 y 1.500.000 de kilos), pero escasas en
relación a la exportación total del tasajo oriental (de 1 al 4 % ). (284)
Si bien buena parte de la población inglesa vivía en condiciones
paupérrimas, no quería consumir nuestra carne.
Ya “La Razón" había advertido en 1887 que los pobres no pue-
den permitirse el lujo de las experiencias alimenticias y el tasajo
era una experiencia nueva para la clase obrera británica:
“Desde luego la propaganda misma es muy diƒicil porque se
trata de producir una revolución alimenticia, no en las clases aco-
modadas, reƒractarias a alimento tan deficiente, sino en las clases
pobres, que no sólo por rutina, sino por su estrechez, no pueden dis-
traer su miserable salario en innovacione8'f. (285)
_ Es probable que no existiera una diferencia muy marcada en el
nivel de vida entre los pobres de la Gran Bretaña y los esclavos
recién liberados en el Brasil. Pero estos últimos hacía casi un siglo
que comían tasajo, sabían prepararlo y además habitaban una re-
gión tropical donde la carne no se podía conservar de otra forma que
secándola al sol. Al fin y al cabo la mayor parte de nuestras expor-
taciones a la Gran Bretaña no piense el lector que eran consumidas
Por_los ingleses sino que aprovisionaban “algunas colonias en el
âfsrleå83321 Sur", visto lo cual se trataba de consumidores forzo-

115
El súbdito inglés, aunque pobre, como ya hemos estudiado en
el Tomo I, asistió en el siglo XIX a una democratización de ciertos
consumos (azúcar, café, té) que lo volvieron más exigente. Los in-
gleses de 1912 todavia recordaban que los primeros embarques de
nuestro “charqui” en 1866 hablan tenido un resultado desastroso en-
tre los consumidores. El “Observer de 1868 habló “_ _ .de las masas
maceradas de charqui semejantes a caucho que ganaron la execra-
ción del populacho”. Y la carne australiana de los primeros tiempos,
cuando su calidad era deficiente, fue llamada popularmente “char-
qui” en Londres. (287)
Todas las defensas del buen gusto del tasajo que hicieron desde
la Revista de la Asociación Rural, Benjamín Martínez (288) y Juan
Ramón Gómez (289); incluso el intento de algún sacrificado que de-
cidió probarlo en público con motivo de una Exposición de alimentos
en Londres (290), todo ello estaba condenado. Lo había previsto
Roberto Davison en 1885:
“Tampoco en Inglaterra tiene aceptación esta carne, porque ha-
biéndose perdido el año 1863 casi por completo la cosecha de papas
en Irlanda, que es sabido que constituye el alimento principal de las
clases trabajadoras, mi ƒinado señor padre, hizo por via de experi-
mento, pequeñas remesas de tasajo a Liverpool, Glasgow y Belƒast
tratando de que la gente pobre lo aceptase. ._ pero la gente pobre
no quiso comprarla diciendo que era demasiado dura para poderse
comer, y que además daba mucha sed, y hubo que vender casi todo
el cargamento de carne como abono para la tierra”.
“De que la carne tasajo es excesivamente dura, no hay la más
minima duda... Hasta ahora lo que el saladerista ha buscado es que
los animales que beneƒicia le den cuero grande, grueso y de mucho
peso, como también que le rindan mucha carne sin jamás preocu-
parse que ella sea más o menos dura o tierna, pues la opinión de los
negros del Brasil o de La Habana. _ _, si la tienen, nunca llegan esos
ecos hasta el Plata. _ _” (291) ,
Complicando más las cosas, como el viaje a Europa era más lar-
go que el viaje hacia el Brasil, llegaba casi siempre-la gordura del
tasajo rancia debido a lo cual habia que enviar a Europa el tipo de
carne habanera que, como ya hemos dicho, era la de peor cali-
dad. (292) ,
Los saladeristas y estancieros orientales tenían que convencerse:
ni siquiera éramos capaces de alimentar a las masas paupérrimas de
la Gran Bretaña. Por allí no había salida, el tasajo estaba condenado
a sus dos mercados tradicionales.

116
PARTE III _
LOS CONFLICTOS ENTRE ESTANCIERQS Y SALADERISTAS

Capítulo I
El Liebig's y las "ligas" saladeriles:
su ataque a los estancieros

Ante el descenso en la cotización del tasajo, cuero y gorduras


vacunas, los tres principales productos de los saladeros, sus dueños
intentaron coaligarse para imponer el precio de los novillos a los
hacendados._
Se puede suponer que la plétora bovina misma favorecía a los
saladeristas los que, por lo tanto, 'no tenían necesidad de acuerdos
“cartelizados" para triunfar sobre la multitudfde hacendados que se
hallaban apremiados por descargar sus campos vendiendo la pro-
ducción anual. Tal razonamiento es sólo cierto en parte. El mercado
de haciendas era oscilante y desordenado. En primer lugar no existía
lo que hoy llamariamos un mercado nacional de haciendas con asiento
en la Tablada de Montevideo. El núcleo de los saladeros de la Capital
era incluso inferior en faena al núcleo de las fábricas de carne en
el Litoral. Además el número de saladeros era crecido (alrededor de
veinte) y la situación monopólica no se daba con naturalidad, como
en el caso de los frigoríficos del siglo XX, por cuanto casi todos
faenaban una cantidad parecida de novillos al año. En una palabra,
sin acuerdo previo, ( ¡y qué difícil seria realizarlo con veinte indus-
triales ubicados en dos zonas geográficas muy diferentes del país!)
había competencia, y de ella aprovechaban los hacendados.
En segundo lugar, el mercado de las haciendas tampoco era na-
cional porque, si hoy en día. con una frontera vigilada, es todavía
corriente que el estanciero fronterizo venda su producción de novi-
1109_Y lana en el Brasil, imagine el lector cuánto más fácil sería en
el $1810 pasado. La frontera no sólo no estaba bien vigilada sino que
Se Dermitía el paso de las novilladas hacia los saladeros de Pelotas
o del Cuareim abonando un muy módico impuesto (modicidad que
11° impedía el contrabando por cierto). Frente a cualquier “cártel”

117
saladerista el hacendado iba a gozar de una escapatoria: los salade-
ros que hacian competencia a los orientales ubicados en Rio Grande
del Sur. Este, como problema sustancial, será tratado en el capítulo
siguiente, pero debe tenérsele desde ya presente porque fue la causa
fundamental en el fracaso de las ligas saladeriles a la vez que un
motivo para que se formasen.
Dos hechos sin embargo, favorecían a los industriales, y en un
caso por lo menos (el de la fábrica Liebig's) fueron decisivos para
determinar su parcial triunfo sobre los estancieros. El primero: la
plétora que aumentaba la oferta. El segundo: lo caro que resultaba
transportar el ganado a largas distancias.
El ferrocarril que habia llegado a Paysandú en 1890 y a Rivera
en 1892, cobraba tan elevados fletes por el transporte de ganado en
pie -un hecho que analizaremos más tarde en todas sus consecuen-
cias- que para los hacendados de la frontera con el Brasil y los del
litoral norte, el mercado de haciendas de Montevideo estaba vedado.
Enviar los novillos por el viejo sistema de tropas, si bien más barato
que hacerlo por Ferrocarril, era absurdo visto la distancia hasta la
Capital y el estado en que llegaban las haciendas.
Por ello cada núcleo saladeril tuvo su zona de influencia. Los del
litoral ubicados en Salto y Paysandú, estos departamentos y el de
Tacuarembó; los de Montevideo: Soriano, Colonia, Durazno, Flores
San José, Canelones, Florida y Maldonado. Los departamentos situa-
dos cerca de la frontera (Artigas. Salto, Rivera. Cerro Largo, parte de
Tacuarembó, Treinta y Tres y Rocha) fluctuaban entre los dos cen-
tros de la industria saladeril (de acuerdo a su respectiva ubicación
geográfica) pero poseían algo en común: la alternativa de los sala-
deros riograndenses.
Cabe anotar que este reparto del mercado de haciendas que de-
pendía de los transportes y sus deficiencias o taras económicas. no
significó por necesidad que los saladeristas del litoral o de Montevi-
deo pudieran imponer su criterio a los estancieros de su zona de in-
fluencia. De no coaligarse pues eran muchos, (en Montevideo alrede-
dor de diez, en Saito y Paysandú cuatro o cinco en cada uno de los
dos departamentos), los estancieros resistirian bien.
Sólo una región' ( el departamento de Río Negro, norte de Soria-
no y sur de Paysandú, aunque los efectos podían sentirse más allá
todavía) quedaba desamparada de la libre competencia. En ella la
“Liebìg's Extract of Meat Co. Ltd.” con asiento en Fray Bentos reinó
soberana. Y para hacer todavía más difíciles las cosas al estanciero
de esa zona, la Liebig's era la empresa de carnes más importante del
pais como que su matanza equivalía al_20 ó 25 % de lo que faenaban
todos los saladeros del Uruguay reunidos.
Esta Compañía cuyo directorio funcionaba en Londres, habia
prestado a la nación un singular servicio desde su fundación en 1865:
abrir a las magras carnes del vacuno criollo el mercado europeo. En
una proporción reducida pero vital si observamos las dificultades
del tasajo. el producto típico de la Liebìg's. “el extracto de carne”,
se elaboraba descargando parte de nuestra plétora. Pero aquí concluía
el beneficio.
Cuando a comienzos de diciembre la Liebig's enviaba sus trope-

118
ros a recorrer las estancias de la zona de 'influencia que hemos des-
cripto, los hacendados recibían un úkase: el precio fijado de antema-
no. Todos los diarios de Montevideo en su sección Tablada informa-
ron año a año de este acontecimiento capital para los estancieros, pues
en base a dicho precio se reguló en general el de todas las novilladas
orientales. (293) '
Amparada en su inmensa capacidad de faena y en las dificul-
tades de transporte del ganado, la Empresa operó también con otras
forma más leoninas. Conociendo las necesidades crediticias de los
hacendados les adelantó dinero (con seguridades muy amplias, como
la hipoteca de los campos), comprándoles la producción anual meses
antes de que estuviera pronta para ser remitida. De tal forma no
sólo se aseguró un abastecimiento regular -y el de las mejores
novilladas- sino que, lo esencial, fijó el precio que le convino. (')
Esta forma de operar de la Lìebig's debió ser corriente visto
que abundan las críticas de los estancieros de la región a las impo-
siciones de la Compañía, así como es fácil probar que, en general,
ella pagó precios inferiores a los que se abonaron en la Tablada de
Montevideo por los saladeristas orientales:

NOVILLOS
Precios abonados por la Precios abonados por los saladeros
L'lebíg's (295) de Montevideo (296)
1886 ..- 13,12 1886 .- 13,69
1887 12,11 1887 13,17
1888 11,51 1888 -¢› 12,63
1889 11,26 1889* ..› 14,41
1890 12,96 1890 .- 16,02
1891 12.02 1891 13,81
1892 9,54 1892 . -- 11,61
1893 11,91 1893 13,26
1894 12,12 1894 -..- 14,31

Aunque el transporte del ganado pudo haber determinado un


mayor precio en Montevideo (influencia relativa pues la Capital se
abastecía en los departamentos más cercanos), la diferencia es de-

(') Conocemos uno de esos contratos. el celebrado el 14 de octubre de 1376


entre el hacendado de Rio Negro Felipe Nelsis Da Cunha y el gerente de la
fimllresa. Carlos H. Crocker. Esta “carta de adeudo" ante escribano D\ìbli¢0 C011-
tlcne las siguientes obligaciones: a) Nelsis Da Cunha recibió $, 10.775,60 en oro
sellado para que los invirtiera en ganado de cria. el que luego de invemado
"NH emffišado a la Fábrica antes del 31 de mayo de 1877 a los siguientes pre-
cios: los novillos de más de tres años de carne gorda arriba. a razón de once
Pesos oro, las vacas de más de cuatro años de carne gorda arriba, a ocho pesos
oro. b) En garantia del cumplimiento de esta obligación y de la suma adelan-
ffiåfl Por la Empresa. el hacendado entregó los títulos de propiedad de 3 suertes
de estancia (5_976 hås.). conviniendo además en que si hubiese transcurrido el
plazo sin cumplir con su obligación de entrega de los novillos y vacas. "por la
Vil más breve 7 ejecutiva con cargo de las costal, costos y gustos Y perjuicios
1110 lo le orisinen nl acreedor. cuya liquidación difiere y renuncia expresamen-

119
masiado notable como para atribuírla sólo a esta causa. Evidente-
mente, como lo sostenían los hacendados cada vez que llegaban a la
prensa, la Liebig's era el “coloso de Fray Bentos" y el monopolizador
de las novilladas de una rica y amplia región del país.
En estos años además, en medio de la superproducción bovina
y las dificultades con el mercado tasajero brasileño, la Compañía
aprovechó las circunstancias para imponerse más aún. Señaló “El Te-
légrafo Marítimo" en marzo de 1887, cuando comenzó a hacerse sen-
tir el efecto de la clausura de los puertos brasileños y el cese con-
siguiente de la faena saladeril:
“. . .los estancieros productores de novilladas tienen que pasar
por las horcas caudinas de Fray Bentos, y los precios, sin el estímulo
de la competencia, caen de S 16.17 y hasta 18 oro por cabeza, al de
$ 9,10 y 11 según su clase, es decir un 40 %, con la circunstancia agra-
vante de no comprarse sino previa elección, desflorando los ganados
y dejando sin colocación casi el 80 % de la producción total”. (297)
La Compañía Liebig's fue en 1887 la única empresa que faenó
nuestro ganado ante el cierre saladeril y por ello se hizo pagar muy
caro el servicio.
En 1889 los estancieros de Paysandú y Rio Negro manifestaron
su hostilidad a la Empresa por la oposición que ella había hecho en
el Senado a la fundación de nuevas fábricas de conserva y refri-
geración:
"Hasta ahora cuantas empresas han querido establecerse en el
país para la explotación de los ganados, se han visto impotentes o
han sucumbido debido no sólo a la desidia del Poder Ejecutivo, como
también a la gran Compañía que viene explotando ese ramo en la
República, gozando de una supremacía hasta ahora indisputable por
su capital y la ƒácil y abundante salida de su producto.”
“Para evitar la mo-nonolización de cualquier Compañia o Socie-
dad, que si fomenta el crédito del país. en cambio envia sus pingües
dividendos o utilidades al extranjero, mientras que los criadores pa-
san todo género de contratiempos y perjuicios, y se arruina nuestra
principal industria, preciso es que nuestros hacendados se aúnen ha-
ciendo pagar por los ganados lo que éstos valen y no lo que se quie-
ra dar por ellos con detrimento de los intereses generales; pues no
es justo que todas las utilidades sean para el saladerista [la Liebig's]
que desde hace años viene estableciendo los precios que han de ser-
vir de norma a los que explotan igual industria en esta orilla del
Uruguay”. (298)

to n lodos las excepciones 7 beneficio; del juicio ejecutivo. a fin do que, ol


bien afectado aunque no so constituye hipoteca nor ésto. puede legalmente
responder del resultado do la obligación ¶ onalonarso en público remato previa
tasación../' (294) Solamente un jurista muy sutil distinguiria entre este docu-
mento y una clásica hipoteca. Desde el punto de vista económico la "Carta de
adeudo" funcionaba igual que una hipoteca ya que el estanciero podía perder
su campo si no cumplía a satisfacción de la Empresa con sus obligaciones. Com-
prar novilladas invernadas en los excelentes campos de Río Negro a 3 11 cada
ejemplar era un gran negocio pues los precios que los saladeros montevi-
deanos abonaron en 1876 y 1877 omilnron entre S 14 y S 15!

120
s

Para quien en el futuro estudie la relación de la República con


el capital extranjero, relación hecha de. admiración inicial y franco
antagonismo posterior, los párrafos precedentes son vitales: ellos
muestran el timido nacimiento de una conciencia económica nacio-
nalista entre los productores expoliados.
En 1889 un poderoso hacendado de Río Negro, Carlos Young,
aquél que programó con Castro y Ca. la exportación de ganado en
pie hacia Europa, dictó una conferencia en la Asociación Rural en la
que expuso las ventajas que obtendría el hacendado litoraleño si
rompía el monopolio de la Liebig's:
“Los saladeros, he aqui el director absoluto, el monarca omnipo-
tente, el Dios Eolo de nuestra industria nacional! Tiemblen estancie-
ros, que la Fábrica Liebig's ya ha fijado sus precios para este año,
su ƒallo sin apelación ha sido formulado y por excelentes que sean
sus novillos no obtendrán ni un centavo más que la suma indicada”.
“Todo el mundo sabe, para no hablar más que del principal sala-
dero del Uruguay, en qué estrecha dependencia se hallan muchos
hacendados orientales de la compañia Liebig".
“Cuando llega la época de la matanza. sus mensajeros recorren
los campos y arrean el ganado gordo a muy bajos precios, pues el
estanciero no puede guardarlo indefinidamente”. .
“¿Y los múltiples gastos ocasionados por los mejoramientos de
la raza criolla? ¿Hay acaso una compensación suficiente a los sacri-
ƒicios que se imponen los estancieros para procurarse costosos repro-
ductores?, seguramente que no. La Fábrica no establece ninguna dife-
rencia entre el novillo mestizo y el criollo, las tropas se cuentan y
no se pesan”. (299)
El lector advertirá cuando estudiemos las críticas a los saladeros
tradicionales que ninguna de ellas tiene la entidad de las ya trans-
crìptas contra la Liebig's. Es que, por las características ya enuncia-
das, la Empresa mayor del país hacía “temblar” a los estancieros, pu-
diendo con seguridad volcar todo el peso de la crisis económica que
la ganadería nacional atravesó de 1886 a 1894, sobre ellos.

Para desgracia de nuestros saladeristas y contento de nuestros


hacendados, muy otra era la situación de los industriales orientales.
Ellos no tenian, considerados aisladamente, ni la enorme capacidad
de faena ni el monopolio en una región de que gozó la Compañia ex-
tranjera.
_ Partiendo sin embargo, de las necesidades crediticias, tan am-
Dhas como poco satisfechas en el medio rural uruguayo de 1890, los
más fuertes saladeristas de Montevideo y el Litoral utilizaron un
modo de operar similar al de la Liebig's, denunciado por “El Telé-
grato Marítimo" en 1889:
“Muchos de nuestros principales hacendados se proponen este
año 'gender los novillos por apartes, si los saladeristas no compran
1111 numero ƒigo de animales. Al proceder de este modo, lo harán por-
que ¢ll9U'rI0s de ellos tienen la costumbre de comprar cualquier novi-

121
llada ofrecida, haciendo caso omiso de su procedencia y del número
que se ofrece, pero cuidándose en cambio de formular contratos, cu-
yas cláusulas privan al estanciero de vender los animales a otro cual-
quiera, con más la circunstancia de que los compradores no tienen
obligación de apartar sino los novillos que más convienen a sus inte-
reses. Semejante proceder no es por cierto conocido en ningún otro
ramo del comercio. Un contrato que sólo se concreta a la imposición
de obligaciones al vendedor, no puede significar otra cosa que la rui-
na de éste, y he ahi la causa de los grandes perjuicios que anualmente
experimentan nuestros ganaderos. . _” (300)
Este sistema arrebataba las mejores novilladas al más bajo pre-
cio, dejando en el campo el refugo sin posible colocación.
El proceder de los saladeristas empero, sería sólo ruinoso para
los hacendados cuando los industriales se coaligaran. Ello acaeció
en varias oportunidades por estos años.
Lo hicieron en 1889 los del litoral (301). Ante la brutal compe-
tencia argentina y sus ganados baratos comprados con papel depre-
ciado, lo hicieron los del Cerro de Montevideo a comienzos de la
zafra de 1891. Lo denunció el estanciero Martin Suárez de este modo:
“Los saladeristas de la Capital por esa causa o pretexto, se vie-
ron obligados a formar una Liga que dió por resultado comprar los
ganados al precio que, según su criterio, podian pagar, para hacer
una posible competencia a los tasajos argentinos. Y lo efectuaban
asi: entraba diariamente el saladerista de turno a comprar en Tabla-
da, y después de examinar los ganados, les ponia precio, que ningún
otro saladerista podía alzar. Si no le convenía el ganado, entraba el
siguiente de turno, pero siempre procediendo en idénticas condicio-
nes. ¿Qué recurso le quedaba al estanciero?. Vender, pues ignoraba
al enviar sus ganados que existia la bien llamada liga de saladeristas,
y caia en ella, representando el papel del incauta mismo. Todo era
preferible a retornar sus haciendas, lo que retrasaria el engorde y
no las realizaría hasta el siguiente año.”
“Por este ingenioso sistema, obtuvieron los saladeristas novillos a
8 y 9 pesos para la faena, y vacas a 6 y 7, precios jamás conocidos
en la República en tiempos normales. Hubo invernador que perdió
dos y tres pesos por cabeza de ganado vendida. . .” (302)
Los precios citados por Martín Suárez son los mínimos. Lo cier-
to es que la “Liga” tuvo efectos negativos para los hacendados fá-
cilmente verificables. Mientras el novillo se cotizó a un precio pro-
medio de $ 16.02 en 1890, en 1891 cuando la Liga funcionó, esa co-
tización descendió a $ 13,81.
Se trató de luchar por la distribución de un ingreso menguado:
el proporcionado a los grupos sociales que vivían de la ganaderia.
O U Q

Pero el triunfo reseñado en los párrafos que preceden fue transi-


torio. Los saladeristas no podían hacer lo que con facilidad realizaba
la Liebig's. Y en parte la razón estaba en que ellos eran muchos (y
la liga entre industriales que se disputaron palmo a palmo el mer-

122
cado consumidor de Río de Janeiro y de La Habana fue siempre alea-
toria) y la Liebig's una sola. Que el acuerdo era muy difícil lo prueba
el fracaso de la liga ensayada en el litoral en 1883. Comentó con
alborozo la Revista de la Asociación Rural:
“Según tenemos entendido. . . mientras la zafra es lenta y difi-
cil en algunos saladeros, en otros establecimientos, que no han en-
trado en la liga, se matan los ganados en flor de los departamentos
de Paysandú y Rio Negro, a precio algo mayor.. .” (303)
Además, otras poderosas razones militaban contra los saladeris-
tas. Fundar una fábrica de tasajo, ya lo dijimos en el Tomo I, no
exigía cuantiosos recursos (como los exigirá en el siglo XX fundar
un frigorífico).
Cuando en 1883 fue liquidada la fábrica de carnes conservadas
“La Trinidad”, propiedad de Lucas Herrera y Obes, los estancieros
agrupados en la Asociación Rural temieron que el retiro de este in-
dustrial del mercado de haciendas provocara un descenso en el precio
de los novillos. Se formó entonces la “Sociedad Industrial de Gana-
deros" con aportes de los más notoríos socios de la Rural: Eduardo
Castellanos, Federico Paullier, Lorenzo Caprario, Conrado Hughes,
Santos Urìoste, Emiliano Ponce de León, Carlos Reyles, Juan P. Ca-
ravia, Amaro Sienra, etc. La comisión organizadora visitó estableci-
mientos saladerìles y decidió la compra del llamado “Le Hir”, que
hacía algunos años estaba inmovilizado. La suma total abonada fue
sólo de $ 75.000 (se trataba de uno de los mayores saladeros de Mon-
tevideo, con 220 cuadras, excelente muelle propio y buenas construc-
ciones). La operación incluso fue financiada pues sólo exigió el anti-
guo propietario $ 30.000 al contado. (304)
En diciembre de 1883 el nuevo saladero de los estancieros co-
menzó a funcionar, (305) bajo la dirección de Lucas Herrera y Obes
(306) y en febrero de 1884 su faena, aunque menor en comparación
con la de los gigantes de la industria (J. Paulet; Pedro Piñeyrúa; Eu-
genio Legrand), se comparó a la de los establecimientos medios. (307)
Si bien el futuro de este establecimiento en particular fue un
tanto oscuro, no cabe duda que a los fuertes y ricos hacendados orien-
tales les resultaba fácil fundar un saladero que quebrara cualquier
clase de liga que los industriales formaran. La característica principal
de la industria del tasajo _su primitivismo técnico- era su princi-
pal debilidad desde este ángulo.
Otro elemento podía también quebrar el monopolio de las ligas:
-el abasto de Montevideo. La ciudad capital consumía un volumen
interesante de haciendas (de 111 a 156.000 cabezas entre 1886 y
1894) lo que significaba un 20 % de la faena saladeril global.
_El abasto de la Capital no sólo no estaba en manos de los sala-
deristas sino que además (y a diferencia de lo que ocurre hoy
-1970- en que las mejores carnes se reservan para la exportación),
pagaba precios superiores a los de los industriales pues exigía el gana-
do de_ superior calidad. El abasto era uno de los pocos elementos que
valorizaban las novilladas mestizas, por ejemplo, como lo hizo no-
tar en la Cámara de Representantes Antonio María Rodríguez en
1885. (308)
Pero lo que impidió el monopolio de los saladerista-8 orientales

123
es lo que estudiaremos en detalle en el capitulo siguiente: la expor-
tación de ganado en pie hacia el Brasil. La liga saladeril de 1891,
aquella que más resultados logró en su pugna con los productores,
fracasó finalmente debido a ese mercado alterno que el estanciero
uruguayo poseyó. Lo señaló la prensa en julio de 1891:
“Se recordará que los compradores de Rio Grande entraron este
año a comprar hasta las puertas de Montevideo y que fueron ellos
los que dificultaron la liga de nuestros saladeristas y algo levanta-
ron los precios”. (309)
En el fondo, (y dejando de lado la situación excepcional de la
Liebig's), la lucha por la distribución del ingreso que la ganadería
en crisis proporcionaba, se iba a resolver en la frontera. De lo que
aconteciera con el comercio de ganado en pie iba a depender el
triunfo del industrial sobre el productor o viceversa. Conociendo la
fuerza y la influencia política de la clase alta rural no era difícil
prever el resultado final del conflicto.

124
Capítulo II _
La exportación de ganado en pie al Bra's¡I y la lucha
entre estancieros y saladeristas. Primera fase:
la pugna en 1887

1 - La Frontera: una región económica

Desde los lejanos días en que éramos colonia española el comer-


cio con el Brasil determinó la existencia de una auténtica región
económica en la cual la línea fronteriza que los politicos se preocu-
paban por marcar mostraba a cada instante su artificialidad.
Era un fenómeno de perfecta complementación el que ocurría
entre nuestros Norte y Este (Artigas, Salto, Rivera, Cerro Largo,
parte de Tacuarembó, Treinta y Tres y Rocha) productores de novi-
lladas y la codiciosa industria saladeril riograndense, enfrentada a
los escasos e inferiores ganados criados por sus compatriotas.
El comercio de ganados con el Brasil nunca había cesado a pe-
sar de los repetidos esfuerzos de casi todas las autoridades orienta-
les preocupadas por favorecer nuestro desarrollo industrial y no el
del país vecino. José Artigas lo prohibió en su famoso “Reglamento
Provisorio para el fomento de la campaña y seguridad de sus ha-
cendados" del 10 de setiembre de 1815; Manuel Oribe desde el Ce-
rrito repitió la medida en 1848; Bernardo P. Berro al denunciar en
1861 el Tratado de Comercio de 1851, le impuso dos gravámenes y
en junio de 1882 el Presidente Máximo Santos nuevamente elevó
el impuesto. Todo era inútil: los hechos económicos y las poderosas
fuerzas sociales que ellos alimentaban (sobre todo los estancieros de
18 frontera, casi todos grandes propietarios brasileños) finalmente
Se lmponian y el comercio de ganados se reanudaba.
En realidad el Imperio del Brasil hallaba en el tasajo producido
(ron los ganados orientales (fueran o no industrializados en el Uru-
Gllây) el alimento ideal para sus esclavos y careciendo como carecía

125
de abundantes y buenos novillos aparentes para el tasajo, necesitaba
tanto de nuestros estancieros como nuestros saladeristas de él. En
1893 hacía notar “La Razón" que: “. _ .el imperio brasilero con sus
8.377.218 km. de extensión y sus 12.000.000 de habitantes no cuenta
con un total de 6.000.000 de cabezas bovinas... El ganado minero
es bueno, pero llega al brete de matanza. . . verdaderamente estro-
peado por eƒecto de una marcha larguís-ima y llena de penalidades.
Los ganados del norte, Ceará y Marajó, par su parte, son por regla
general ƒlacos y pìgmeo8, pugándose 100.000 reis o sea $ 50 oro
uruguayo por un novillo que no da 250 libras de came. .. y qué
carne! Tan ƒlaca y piltraƒosa que tirándola contra la pared queda in-
crustada en ella. . _” (310)
En lo que tiene que ver con el ganado existente en la provincia
pastoril del imperio, Rio Grande del Sur, ni por su número ni por
su calidad (inferior en el peso de los cueros y en el rendimiento en
carne), podía competir con los novillos criollos orientales. El sala-
derista riograndense por conveniencia y por necesidad utilizó los no-
villos de nuestro pais.
¿Cuál era el volumen de este comercio de ganado en pie desde
el Uruguay al Brasil? Las estimaciones son muy variables. Desde
las 300 ó 400 mil cabezas que calculó Eduardo Acevedo en “El Si-
glo" de 1891 (311) hasta las generalmente ridículas cifras oficiales,
aquéllas que sólo revelan el ganado que pagó impuesto pero nunca
el que atravesó la frontera, todo fue dicho en la época. Las cifras
oficiales oscilaban con mucha irregularidad, demostrando más que el
avance o retroceso de este tipo de comercio, los avatares del precio
del ganado en Río Grande, ya que si éste era elevado los hacendados
abonaban el módico derecho de exportación, pero si el precio era
baJo, el contrabando predominaba (312). Entre 29.000 cabezas en
1890, año del minimo y 120.000 en 1892, año del máximo, fluctúan
las cantidades anotadas en nuestros Anuarios Estadísticos de 1886 a
1894. Una estimación más cientifica fue realizada en 1905 por Pedro
Cosío, un conocedor profundo de la frontera como que trabajó en
sus Aduanas. Comparando la matanza anual de los saladeros riogran-
denses cuando existia aporte oriental de ganados y cuando éste
desapareció a raíz del impuesto prohibitivo que cobró el Brasil de
1898 a 1900, llegó a la conclusión que el promedio de la exportación
oriental era de unas 200.000 cabezas al año, (313) cifra con la que
coincide otra fuente de nuestro período, el ya citado Martin Suá-
rez. (314)
Este número, que en algunos años fue mayor, es muy significa-
tivo si tomamos en cuenta la existencia bovina de los departamentos
fronterizos. Según las declaraciones para el pago de la Contribución
Inmobiliaria en 1890 (impuesto que desde 1887 no gravitó sobre
el ganado en pie), los departamentos de Artigas. Cerro Largo, Rivera,
Rocha y Treinta y Tres, poseían 1.900.000 cabezas lo que significaba
una producción anual de 190.000 novillos (un 10 %) y 80.000 vacas
(un 5%) para la venta. Aún considerando que estas cifras pueden pe-

126
car por bajas, ya que los hacendados temiendo el regreso del impues-
to seguían ocultando las existencias, él Brasil compraba por lo me-
nos el 70 % de la producción anual de la zona fronteriza. (')
Departamentos ganaderos por excelencia como Cerro Largo, vi-
vían por completo al margen de nuestro mercado de haciendas, sien-
do tributarios del Imperio. Sufrian las oscilaciones económicas que
soportaba el Brasil y cuando por diferentes motivos este pais dejaba
de comprar sus ganados, entraban en una crisis total. En 1885 por
ejemplo, un estanciero de Cerro Largo escribió al periódico “A Pa-
tria" señalando que existían en Cerro Largo 80.000 reses en estado
de ser beneficiadas que abarrotaban a los estancieros. Los troperos
de los saladeros de Pelotas no llegaban ya que la baja de la moneda
brasileña hacia que tuvieran que pagar 50.000 reis por cabeza, cuán-
do en la provincia de Rio Grande del Sur se obtenían los novillos
a 30 ó 40.000 reis. (316).
Martín Suarez, hacendado de ese departamento (y futuro dipu-
tado colorado) escribió en 1893 señalando los motivos por los cua-
les el estanciero de Cerro Largo dependía del comercio fronterizo:
“Y si. .. esos ganados... se transportan a. la tablada [de Mon-
tevideo] para los saladeros. _. luchan con fuertes obstáculos. La dis-
tancia de 100 leguas que los separa de la capital, la carencia de pas-
tos, casi siempre, para dar de comer a las tropas, y la escasez de
aguadas, a pesar de que pagan estos gastos de camino a peso de oro,
concurren a que lleguen en miserable estado. Ni siquiera pueden
evitarlos transportando las haciendas en ferrocarril desde Nico Pé-
rez, pues este servicio es muy deficiente aún. . _”
“El mercado de Pelotas es por la posición de los departamen-
tos de Cerro Largo, Treinta y Tres y Rocha, el único que conviene
para la venta de sus ganados. _ _” (317)
Aunque Cerro Largo fuera el departamento que más dependía
-y su gran riqueza bovina explica también lafimportancia vital que
asignaron sus hacendados a esta salida- del mercado riograndense,
no era el único. Establecidos los primeros saladeros brasileños en el
Cuareim, el reparto de las haciendas se efectuó de este modo: para
los saladeros del Cuareim exportaban ganado los departamentos de
Salto y Artigas. Para el de Santa Ana: Tacuarembó, Salto, Artigas y
Rivera. Para los de Bagé y Pelotas: Tacuarembó, Rivera, Cerro Lar-
go y parte de Durazno. Para los de Yaguarón: Cerro Largo y Treinta
y Tres. Para el de Santa Victoria y los de Río Grande: Rocha. (318).

(') Un cálculo interesado y obviamente falso planteó el abogado de los sa-


laderistas en petición elevada al Gobierno en 1887. Dr. Carlos Maria de Pena.
C0n1ldei-6 la existencia ganadera de los departamentos de Rocha, Maldonado.
(àešro Largo, Treinta y Tres, Tacuarembó, Rivera, Salto y Artigas en 1884
( -b34.507 cabezas), la que generaba por año una novíllada de corte de 343.450
ãa Was- Segun el Dr. Pena los saladeristas riograndenses no compraban mas
dš cabezas en el Uruguay. de lo que deducía que sólo llevaban el 14%
Dr P producción de los departamentos fronterizos. Nada abona este calculo del
¡ad-emfifil-L _S€8uramente influido por la representación de sus defendidos (los sa-
les gasmiàrientales del litoral) deseosos que el Gobierno lmpidiera el tráfico de
res Púbhos orientales hacia el Brasil. Disminuyendo su importancia, los Pode-
¡metes cos serían convencidos que al prohibírse este comercio no se herían
es fundamentales de los hacendados. (315)

127
Cuando el ganado escaseaba en Río Grande o los precios en ba-
ja alentaban la faena de los saladeros de Pelotas, era frecuente ver
llegar los troperos comisionados para efectuar las compras brasile-
ñas hasta el mismo distrito de Carmelo en el departamento de Co-
lonia. (319).
¿Cómo entonces no explicarse con facilidad que todos los es-
tancieros de la República defendieran el tránsito de ganado en pie
haãcia el Brasil y propulsaran la anulación del impuesto de exporta-
ci n?
Los criadores de la frontera hallaban en Río Grande del Sur su
mercado natural; el hacendado del sur y del litoral, una posible vía
para escapar a las ligas de saladeristas o las “horcas caudinas" del
Liebig's, además de evitar el abarrotamiento de haciendas que se hu-
biera producido en la Tablada de la Capital si los departamentos fron-
terizos se decidían a enviar sus novillos. Lo dijo uno de ellos en
1893:
“Es conveniente asimismo para los... departamentos próximos
a la capital, que den los de la frontera otro destino a sus ganados
que la Tablada, porque evitan asi la afluencia a un solo mercado
para casi toda la República y la desvalorización consiguiente de los
mismos ganados; ventaja para los saladeristas con fuertes pérdidas
para el hacendado de aquellos departamentos”. (320).
Tan importante se había hecho este comercio, que los ferrocarri-
los uruguayos con estaciones terminales en la frontera llegaron a
considerarlo un rubro fundamental de su transporte y hasta en al-
gún caso (el del Ferrocarril Norte con terminal en Artigas) (321),
construyeron pequeños ramales férreos para acercarse a los salade-
ros riograndenses pues varios de ellos se hallaban sobre la misma
línea fronteriza. (*)

2 - El conflicto en 1881 entre saladeristas y estancieros

El latente conflicto entre saladeristas y estancieros por la ex-


portación de ganado en pie hacia el Brasil se agudizó en 1887. En
tal año, como se recordará, el Imperio clausuró sus puertos al tasajo
rioplatense aduciendo la existencia de cólera en estos países. El Go-
bierno Oriental pareció estar dispuesto a principios de febrero a pro-
hibir el pasaje de las novilladas.
Se trataba del único acto de nuestra parte que podía obligar al
Imperio a reconsiderar la clausura de sus puertos. “La Razón" apoyó

(') Los saladeros del Estado de Río Grande se encontraban situados: uno
en el Paso del Cuareim, uno en el Paso de Bautista. uno en Santa Ana. cuatro
en Bage. dos en Yaguai-ón, uno en Santa Victoria de Palmar, y otros en Pe-
lotas y Barra del Río Grande. El saladero del Cuareim era servido por el Fe-
rrocarril Noroeste, el de Bautista por el Ferrocarril Norte, el de Santa Ana por
el Ferrocarril Central. Estos tres saladeros exportaban en transito por el puerto
de Montevideo. Los otros venían una salida muy inadecuada por el pésimo puer-
to de la Barra del Rio Grande. (32)

128
la medida el 17 de febrero, burlándose de paso de las autoridades bra-
sileñas que temían el “microbio” en el tasajo pero no en el ganado
y los peones que lo conducían hasta Rio Grande:
"Se rechazan a balazos a los simples transeúntes de la frontera,
y sin embargo se admiten las cuadrillas de peones que conducen ta-
les ganados!.'” »
“¿Sabe el Gobierno a quién viene a beneficiar disposición tan
injusta? A los saladeristas del Río Grande y a los hacendados bra-
sileros, únicos pobladores de nuestros departamentos fronterizos sal-
vo raras excepciones; sacrificando y hasta persiguiendo, puede decir-
se, a los demás hacendados del pais; puesto que no contando éstos
con nuestros saladeros a causa de no poder vender sus carnes, se ven
obligados a guardar sus ganados y venderlos a vil precio a los sala-
deristas de Rio Grande”. (323)
“El Telégrafo Maritimo” de la misma fecha, mejor informado
sin duda que su colega, luego de recoger el rumor del cierre de la
frontera, lo desmintió y atribuyó la marcha atrás de las autoridades
a la presión de los estancieros fronterizos:
“Los Jefes Politicos de Cerro Largo y Treinta y Tres, conside-
rando este asunto del punto de vista del interés de su respectivo de-
partamento y pesando únicamente el perjuicio no liviano que la pro-
hibición les ocasionaba, gestionaron ante nuestro gobierno para que
aquella se levantase. . . pero... no creimos que tal cosa pudiera es-
capar a nuestros Ministros [la prohibición como única arma de re-
presalia frente al Imperio] y entendimos que el Gobierno optaria por
compensar en parte a los estancieros de la zona perjudicada eximién-
doles por uno o dos años del pago de la Contribución Directa”.
“Después se nos aseguró que ni el Gobiernp Oriental concederia
permiso, ni las autoridades brasileras tolerarían el pasaje. Resulta
ahora que sea por no haber existido la prohibición que suponiamos,
0 sea por haberse levantado hace más o menos tiempo la que exis-
tió, la frontera no ha estado ni está cerrada para el pasaje de ganado
en pie y que eso consta por una declaración oficial del Gobierno.”
Luego de criticar al país norteño por la clausura de los puertos
que sólo beneficiaba a la industria saladeril de “Río Grande, hijo mi-
mado del Imperio", concluía el redactor asegurando que si el trán-
sito se seguía permitiendo: ,
“Entrarán sin duda, dos o tres millones de pesos por la frontera
Para los departamentos de aquella zona, pero dejaran de entrar 10 ó
12 Por otro lado, y sufrirán miseria o privaciones los millares de
individuos a que, directa o indirectamente, da trabajo nuestra indus-
tria saladeril.”
“Eso en cuanto al presente. Por lo que hace al futuro, con el feliz
eflâflyo practicado, el buen camino quedará. abierto; la más ligera co-
lerina, esas indisposiciones generales en la época de las frutas (los
nisperos coinciden con el principio de la faena), y ya veremos como
nuestros activos y simpáticos vecinos del Rio Grande entran en cam-
pana: las absolutas clausurar de puerto volverán a producirse, y con-
vefüda la R€P1ìblica en mero campo de pastoreo de la provincia li-

129
mit-roƒe, los habitantes de aquélla se pondrán cada vez más gordos
y nosotros cada vez más ƒlacos”- (324).
Al día siguiente “La Razón" dio cuenta que una Comisión de
saladeristas habia entrevistado al Presidente de la República para
conocer la verdad acerca del pasaje de los ganados, enterándose con
sorpresa que éste se realizaba con permiso de nuestras autoridades y
el beneplácito de las brasileñas. (325)
El mismo periódico informó el 25 de febrero de la actuación
de los dos grupos de presión (saladeristas y hacendados de la fron-
tera) ante el Gobierno y de cómo habian triunfado los estancieros:
“En vista del ƒin claramente proteccionistas que guiaba al Im-
perio, nuestro Gobierno tomó primeramente una medida acertada,
que importaba una justa retorsión y hubiese obligado al gobierno
brasilero a abrir sus puertos a las carnes de Montevideo. La medida
consistía en hacer verdadera la incomunicación ƒronteriza por lo que
respecta a los ganados... Pero se ha venido a saber que a los pocos
dias nuestro gobierno dejó sin eƒecto su disposición, permitiendo el
pasaje. . . [y esto] se debe a inƒluencias de los jefes politicos de Trein-
ta y Tres y Cerro Largo alarmados por los perjuicios que suƒren los
hacendados de esos departamentos.. .,” .
'Se nos dice que el señor Ministro ha contestado a la Comisión
de saladeristas que el interés principal no es el de éstos, sino el del
ganadero; y que puestos en conƒlicto, el Gobierno ha debido decidirse
por el interés del hacendado”. (326)
El Gobierno Oriental demostró no sólo considerar más respeta-
ble y con mayor fuerza económica y social a los hacendados sino tam-
bién saberlos con más peso politico. El Ministro Julio Herrera y Obes
podía poner todas las banderitas coioradas “al tope" que deseara,
siempre y cuando respetara el interés económico de Cerro Largo go-
bernado por un Jefe Politico blanco. Sin duda este factor también
pesó. Asi como Río Grande del Sur por su levantisco carácter en la
historia brasileña era la niña mimada de las Provincias imperiales,
nuestros departamentos fronterizos debían ser muy bien tratados por
la autoridad central montevideana: ellos habían sido y seguirían sien-
do el foco del que partían las revoluciones.
A pesar de que la mayor parte de la prensa montevideana con-
tinuó durante algún tiempo su campaña a favor del cierre de la
frontera (327), el Gobierno ya habia decidido proteger a los hacen-
dados aún en detrimento del futuro de la primera industria nacio-
nal: la saladeril.
Sólo dos periódicos de la capital defendieron el punto de vista
de los rurales: el diario católico “E1 Bien” y el periódico, portavoz
de la colonia brasileña en el Uruguay y escrito en portugués: “A
Patria". “El Bien" volvió a reeditar el argumento predilecto de los
hacendados, beneficiar a la ganadería (con la que ellos se confun-
dían) era beneficiar a todo el pais:
“El Gobierno que no gobierna para los saladeros en especial sino
para el pais en general, no debe concentrar su vista en un solo punto,
sino abarcarlos todos. ¿Es ventajosa para el país la exportación de
ganado en pie?. Pero, ¡quién puede dudarlo! Se descargan los cam-
pos de ganados excesivos; se recupera parte de lo que hace perder

130
la interrupción de la faena en los saladeros; se trae dinero al pais
para compensar el que deja de -oenir-por, otros conductos; suƒren
acaso más los saladeros por de pronto con el predominio de sus con-
currentes en el extranjero, pero el pais se alivia un poco.. .” (328)
No era el país el aliviado sino los hacendados fronterizos y los
saladeros de Río Grande que no hubieran podido aprovechar la clau-
sura de puertos a nuestro tasajo de no haber contado con los novillos
orientales. f
Esta primera escaramuza habia demostrado a los saladeristas
cuán dificil les iba a resultar derrotar a los hacendados impidiendo
el mercado alterno de Rio Grande del Sur. Los hacendados conta-
ban con el apoyo del Gobierno.
Abiertos los puertos del imperio al finalizar 1887. dos novedades
alertaron al gremio saladeril. El Brasil aumentó los derechos de
aduana que pagaba el tasajo uruguayo y en la barra del Cuareim
comenzó a funcionar el primer saladero de ƒrontera enfrentado a la
orilla uruguaya que faenaba casi exclusivamente ganados orien-
tales. La competencia riograndense podia tomarse formidable. Para
impedirla y a la vez doblegar a los estancieros habia que obstaculizar
de todas las formas posibles el transito de nuestros novillos hacia
el Brasil.
En noviembre de 1887 los principales propietarios de saladeros
en el litoral (la zona que ahora resultó perjudicada ya que el sala-
dero de la barra del Cuareim, por su ubicación, les arrebataba el
ganado a ellos, asi como los saladeros de Pelotas y Bagé se lo qui-
taban a los de Montevideo), presentaron un peti'torio a los Poderes
Públicos. Lo firmaron Augusto Hotimann, por “Liebig's Extract of
Meat Company Ltd."; V. verney, por la “Compañia Pastoril Agrí-
cola Industrial” (Saladero Sacra›; A. Santa María (Saladero Nuevo
Paysandú); Juan Ramón Gómez por Carmelo Llbarós (Saladero Ca-
sa Blanca); Petit bere y Ca. por P. Harriaguè (Saladero Salto) y
Pedro Pineyrúa (Saladero Guaviyú). Redactó el escrito el abogado
Dr. Carlos Maria de Pena. (')

(') La Asociación Rural mantuvo en este conflicto entre hacendados y sa-


laderistas una actitud preseindente. Ella era un síntoma de cierta fosilización
de sus cuadros dirigentes -hecno que ya habla destacado en una carta enviada
a Domingo Ordonana el entonces joven hacendado Federico R. Vidiella- a la
vez que de la lnlluencia notable que por estos años ejercían en la misma los
elementos del gremio radicados en Montevideo. entre los que se contaban pre-
¢lS8mente dos hombres claves en el petitorio de los saladeristas: Juan Ramón
C-ómez. primer presidente de la Asociacion Rural y el Dr. Carlos Maria de Pena,
:xr abogado consultor en tantos problemas economicos que se plantearon al gre-
sóllg durante el periodo. En relacion a eaetpetxtorio, la Revista de la Asociación
el “publico un articulo extractado del diario de Melo, "El Deber Cívico" en
Bráilsnfl Selcondenaba los esiuerzos de los industriales para cerrar las puertas del
luclon a dos estancieros de la frontera. (3291 Pero ni en sus editoriales o reso-
a¡ coger e lzì Directiva se advierte una preocupación auténtica por presionar
paimendong-I a derrota saladeril no fue su obra. Seguramente la Asociación,
conccma 8 Si àrinsplio criterio con que“Donu_ngo grdoñana la fundo. en 1871. se
término 8 u Im ma como un gremio economico en el sentido más amplio del
Bdelanu; dgl emåtïe agrupaba todas las fuerzas que en el pais pugnaban por el
denstn La nat ol rural. Y dentro de esas fuerzas bien podian_caber los sala-
wdad c-omo gmura eza ganadera de la Asociación estaba desdibumda. Su efecti-
Po de presion. disminuia. Esto no debe llevarnos a la conclu-

131
La extensa demanda de los saladeristas (330), obra de la inte-
ligente dialéctica del Dr. Pena, daba cuenta del establecimiento del
saladero brasileño en la barra del Cuareim con verdadero temor, hi-
jo sin duda de observar que el nuevo competidor “. _ .viene a utili-
zar especialmente la ƒlor de los ganados que sirven de materia pri-
ma a la industria de carnes en el Litoral. . .”
Pero no sólo se trataba de los ganados orientales:
“De muchos años atrás los ganados de las comarcas de Urugua-
yana e inmediaciones del Cuareim cuyos campos son considerados
muy superiores y los más aparentes para la ganaderia en el Brasil,
se han ƒaenado en los saladeros del Estado Oriental en número que
según los cálculos... no ha bajado de 100.000 cabezas en algunos
años.”
“El nuevo saladero del Cuareim aprovechará esa materia prima
que antes faenaban nuestros saladeros y nos disputará también los
ganados de nuestro propio territorio.. Aprovechará aquel estableci-
mientro nuestra materia prima y nuestras vias de comunicación te-
rrestre y ƒluvial para pasar de tránsito, al Brasil, los cargamentos de
tasajo que introducirá en los mercados brasileros del Atlántico, libre
completamente del impuesto que grava al tasajo de procedencia orien-
tal. Hemos de-mostrado que el derecho actual sobre la exportación de
nuestras carnes al Brasil representa $ 2.19 por cada animal faenado.
Y como el ganado en pie, al ser exportado para el Brasil paga un
derecho que representa por cabeza de animal, $ 1,19, resulta una
diferencia de $ 1 en contra nuestra por cada animal. Sobre esta di-
ƒerencia. . . calcula sus beneficios el nuevo saladero. . .”
Los saladeristas se alarmaban pues sabian que “...a la insta-
lación de ese primer saladero, seguirá la de otros, pudiendo resultar
en breve, si las cosas siguen como van, que se trasladen algunas ć-
bricas o que funden otras nuevas del otro lado del Cuareim en te-
rritofio brasileño”._
Como todo grupo social que defiende sus intereses, también los
saladeristas buscaron confundir los suyos con los de la nación entera
utilizando el Dr. Pena en este caso un argumento muy cierto:
“. . .[si la competencia brasileña nos derrota] debe agregarse el
perjuicio que para el pais importa la disminución en la matanza, o
sea la ƒalta de elaboración en la República. Los gastos proporcionales
de acarreo, personal de faena, y ¿faena mismo repartidos sobre cada

¡ión errónea de que el descaecimiento de la Asociación Rural como factor de


poder aigniiicara el debilitamiento de la clase alta rural. Todo este .tomo esta
demostrando lo contrario. Simplemente tomaron otros rumbos para presionar:
integrando las Cámaras legislativas, ocupando Ministerios, ligándose con la Ban-
ca, especuiando con la tierra pública. los rurales iban acumulando una a una
las verdaderas palancas de poder del pais.
Otro hecho pudo incidir para que la Asociación se mostrase reticente en
relación a este tema. Como estudiaremos en el capitulo siguiente. la posición
de los estancieron orientales no fue tan homogénea como la estamos aqui pre-
sentado. La mayoria de los invernadores del Sur también se oponia a que los
saladeristas riograndenses ies arrebatasen los mejores ganados de los departamen-
tos criadores por excelencia, los del Norte. La Asociación. que decia represen-
tar a todos los hacendados. pudo sentir la presión de los fuertes invernadores
y decidir. en consecuencia. mantenerse neutral antes que verse atacada por una
de las partes en conflicto.

132
\

animal ƒaenado pueden computarse sin exageración en $ 3.50. Esto


menos entraría por jornales, salarios y consumos de toda especie en
el movimiento comercial y circulatorio del país”. .
Además de correr la nación el riesgo de perder en su haber
económico todo el proceso de la industrialización de la carne, el Go-
bierno debía preguntarse: ¿qué clase de hacendados eran los favo-
recidos si se permitía el tráfico de ganado hacia los saladeros de
la competencia? Y el Dr. Pena, miembro activo de la Asociación
Rural, demostró no tener en mucha estima a los estancieros fron-
terizos pues en nombre de los saladeristas manifestó: '
“Es notorio que los establecimientos ganaderos fronterizos per-
tenecen en su mayor parte a brasileros, que radicados o domicilia-
dos en el Imperio, se limitan por lo general al pastoreo primitivo
en nuestro territorio; mantienen sus estancias con la mayor economia
y parsimonia al cuidado de simples capataces sin espiritu de mejora,
0 sin autorización ni recursos para emprenderlas, aunque las deseen
a veces con mayor interés que sus patrones. Este régimen conocido
económicamente con el nombre de “ausentismo”... se traduce en
pérdidas muy positivas para la República. económica y politica-mente.
Y no tanto nos aƒectan por los beneƒicios liquidos que emplean y
consumen en el exterior los ausentistas, sino por lo que dejan de
hacer en sus establecimientos del Estado Oriental; por la ƒalta de ape-
go a nuestro suelo, por la ƒalta de asimilación con nuestro espiritu
nacional; por la inercia y la rutina agrarias. . .”
El Dr. Pena sabía que utilizaba un argumento real al mencionar
la rutina y el descuido de los grandes propietarios ausentistas de la
frontera, como también sabía de la tradicional hostilidad de los orien-
tales hacia los brasileños. La nota nacionalista era un buen recurso
ante los Poderes Públicos. '
Dos eran para nuestros saladeristas los peligros. Primero: que
el saladero de Cuareim les arrebatara la materia prima. Podian que-
dar privados del ganado brasileño de Uruguayana que siempre habían
faenado pero no de aquel “con que nos abastecen los departamentos
del norte". Segundo: el nuevo saladero instalado enfrente del terri-
torio oriental iba a gozar de la misma técnica, suelo, clima y ven-
talâs de posición que los saladeros uruguayos, y en aquellas venta-
Ías era que radicaba el secreto de nuestro triunfo en la tradicional
competencia que desde hacía años manteníamos con los saladeros de
Pelotas y de Bagé. Estos, con pésimo puerto en la Barra del Río
Gfaflƒìê. técnica deficiente y clima que no colaboraba con la pro-
dU¢¢1ÓH._siempre habían producido un tasajo inferior. Muy otra sería
la situación con las nuevas industrias establecidas en las propias puer-
tas del Uruguay.
¿Qué pedían nuestros saladeristas?.
no h Entendemos que mientras rija en el Brasil la tariƒa restrictiva
la Rflbfå otro camino para aminorar los perjuicios que experimenta
sobreïïublicfl, que_ el de aumentar el derecho que pesa actualmente
mw@ 0 exportación de ganado en pie por la frontera terrestre, o
ar con un impuesto especial el tránsito de las carnes y demás
åffï{itiá$¢t¡¢ìsu;l1egst¢i1l¿1(<›i'eros que vengan del Brasil, por la via terrestre y

133
"Ya se grave o se recargue la exportación, el nuevo impuesto de-
be necesariamente representar una cuota equivalente a la suba de de-
rechos en el 'Brasil. .. [por lo que] debe quedar aumentado el im-
puesto de exportación sobre el ganado en pie por la ƒrontera terres-
tre en $ 1.20 por cabeza, más el impuesto vigente.”
“Equilibradas así las diferencias por medio de ese derecho com-
pensador mantendriamos ƒavorablemente la concurrencia con Rio
Grande y con el saladero o nuevos saladeros del Cuareim”.
Como los novillos que se exportaban al Brasil pagaban un 8 %
(4 % creado por ley de 21 junio 1861; 2 % por ley de 14 noviembre
1863 y 2 % por ley del 21 junio 1882) sobre un valor de aforo fijado
en $ 15, los saladeristas pedían aumentar un 100 % el impuesto
aduanero.
De esta forma podrían seguir manteniéndose como industria com-
petitiva frente a los nuevos saladeros del Cuareim, a la vez que
no perderían el monopolio sobre la materia prima que hasta ese
momento disfrutaban. Las novilladas del Litoral debían quedar re-
servadas a la industria nacional (que. en cuanto figuraba en ella la
L_ietìig)'s, el calificativo de “nacional” no resultaba merecido por
cier o .
La resolución negativa de los Poderes Públicos al pedido de los
saladeristas era fácil de prever. Si en 1887, cuando la industria
tasajera realmente estaba en crisis por la clausura de los puertos
imperiales el Gobierno no se atrevió a prohibir el tráfico de ganado
por temor a la reacción de los hacendados; en esta nueva fase del
conflicto entre industriales y productores, cuando los estancieros
podían aducir que se estaban enfrentando a una liga saladeril que
buscaba el monopolio de las haciendas litoraleñas. el Gobierno hizo
lo que sus antecedentes le indicaban: no considerar el petitorio re-
dactado por el Dr. Carlos María de Pena.
Así como a comienzos de 1887 los principales diarios capitalinos
habían apoyado la demanda saladerista de utilizar como arma para
lograr la apertura de los puertos brasileños. la prohibición uruguaya
de exportar ganado en pie. en esta otra oportunidad “El Siglo” (331)
y “El Telégrafo Maritimo" apoyaron a los hacendados pues el in-
terés nacional no estaba ya en juego sino el de dos grupos de pre-
sión. Y el más poderoso fue siempre el de los hacendados.
“El Arapey", publicado en Salto, sostuvo en noviembre de 1887
al comentar la petición saladeril:
“Los saladeros. . . son indudablemente una industria que elabora
los productos del suelo multiplicando su valor; pero la materia pri-
ma no puede estar sometida a su interés poraue necesita imperio-
samente la salida por el conducto más favorable. .. Gravar los ga-
nados. . . que se exporten por fronteras con un impuesto, ƒavorecer la
ganaderia de los países vecinos en contra de la nacional, es hacer un
cerco a la nuestra para que los saladeristas del pais conƒabulados
anualmente lo compren por el precio que les dé la gana. arruinando
a nuestra primera industria y a nuestros propietarios territoriales. Es-
to es el feudalismo saladeril que hará siervos a todos los estancieros,
disponiendo a su antojo de su ƒortuna y de su trabajo para ser coti-
zado al precio que aquél le imponga”. (332)

134
La prensa del interior unánimemente se oponía al “feudalismo
saladeril" con gran satisfacción de los estancieros que no deseaban
ser "siervos". -
La trascendencia del problema quedó de manifiesto cuando dos
de los hombres más destacados de la nación en el estudio de sus
problemas económicos se enfrascaron en “La Razón" en abierta po-
lémica sobre el tránsito del ganado a Brasil. Martín C. Martinez
defendió el punto de vista de los hacendados y Carlos María de Pena,
como que habia sido el redactor de la petición, el de