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El Banquete. Discurso de Aristófanes

El documento describe la naturaleza original del ser humano según Aristófanes. Originalmente, los humanos tenían forma redonda con cuatro brazos, cuatro piernas y dos cabezas, hasta que Zeus los dividió en dos mitades separadas para debilitarlos. Ahora, cada mitad busca desesperadamente reunirse con su otra mitad para recuperar su forma original.
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El Banquete. Discurso de Aristófanes

El documento describe la naturaleza original del ser humano según Aristófanes. Originalmente, los humanos tenían forma redonda con cuatro brazos, cuatro piernas y dos cabezas, hasta que Zeus los dividió en dos mitades separadas para debilitarlos. Ahora, cada mitad busca desesperadamente reunirse con su otra mitad para recuperar su forma original.
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contraen los unos para con los otros un amor ordenado y


componen una debida y templada armonía, el año es fér-
til y es favorable á los hombres, á las plantas y á todos
los animales, sin perjudicarles en nada. Pero cuando el
amor intemperante predomina en la constitución de las
estaciones, casi todo lo destruye y arrasa; engendra la
peste y toda clase de enfermedades que atacan á los ani-
males y á las plantas; y las heladas, los hielos y las nieblas
provienen de este amor desordenado de los elementos. La
ciencia del amor, en el movimiento de los astros y de las
estaciones del año, se llama astronomía. Además los sa-
crificios, el uso de la adivinación, es decir, todas las
comunicaciones de los hombres con los dioses, sólo tienen
por objeto entretener y satisfacer al amor, porque todas
las impiedades nacen de que buscamos y honramos en
nuestras acciones, no el mejor amor, sino el peor,
faz á faz de los vivos, de los muertos y de los dioses.
Lo propio de la adivinación es vigilar y cuidar de es-
tos dos amores. La adivinación es la creadora ,de la
amistad, que existe entre los dioses y los hombres, por-
que sabe todo lo que hay de santo ó de impío, en las
inclinaciones humanas. Por lo tanto, es cierto decir, en
general, que el Amor es poderoso, y.que so poder es uni-
versal; pero que cuando se consagra al bien y se ajusta á la
justicia y á la templanza, tanto respecto de nosotros como
respecto de los dioses, es cuando manifiesta todo su poder
y nos procura una felicidad perfecta, estrechándonos á
vivir en paz los unos con los otros, y facilitándonos la
benevolencia de los dioses, cuya naturaleza se halla tan
por cima de la nuestra. Omito quizá muchos cosas en
este elogio del Amor, pero no es por falta de voluntad.
A tí te toca, Aristófanes, Suplir lo que yo haya omitido.
Por lo tanto, si tienes el proyecto de honrar al dios de
otra manera, hazlo y comienza, ya que tu hipo ha
cesado.»

Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 5, Madrid 1871


— Aristófanes respondió: ha cesado, en efecto, y sólo
lo achaco, al estornudo; y me admira que para restablecer
el orden en la economía del cuerpo haya necesidad de un
movimiento como éste, acompañado de ruidos y agitacio-
nes ridiculas; porque realmente el estornudo ha hecho ce-
sar el hipo sobre la marcha.
—Mira lo que haces, mi querido Aristófanes, dijo Eri-
ximaco, estás á punto de hablar, y parece que te burlas
á mi costa; pues cuando podías discurrir en paz, me p r e -
cisas á que te vigile, para ver si dices algo que se preste
á la risa.
—Tienes razón Eriximaco, respondió Aristófanes son-
riéndose. Haz cuenta que no he dicho nada, y no hay
necesidad de que me vigiles, porque temo, no el hacer reir
con mi discurso, de lo que se alegraría mi musa para
la que seria un triunfo, sino el decir cosas ridiculas.
—Después de lanzar la flecha, replicó Eriximaco,
¿crees que te puedes escapar? Fíjate bien en lo que vas
á decir, Aristófanes, y habla como si tuvieras que dar
cuenta de cada una de tus palabras. Quizá, si me parece
del caso, te trataré con indulgencia.
—Sea lo que quiera, Eriximaco, me propongo tratar
el asunto de una manera distinta que lo habéis hecho
Pausanias y tú.
— «Figúraseme, que hasta ahora los hombres han i g -
norado enteramente el poder del Amor; porque si lo cono-
ciesen, le levantarían templos y altares magníficos, y le
ofrecerían suntuosos sacrificios, y nada de esto se hace,
aunque seria muy conveniente; porque entre todos los
dioses él es el que derrama más beneficios sobre los hom-
bres, como que es su protector y su médico, y los cura de
los males que impiden al género humano llegar á la cum-
bre de la felicidad. Voy á intentar daros á conocer el po-
der del Amor, y queda á vuestro cargo enseñar á los de-
más lo que aprendáis de mí. Pero es preciso comenzar por

Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 5, Madrid 1871


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decir cuál es la naturaleza del hombre, y las modificacio-
nes <jue ha sufrido.
))En otro tiempo la naturaleza humana era muy dife-
rente de lo que es hoy. Primero habia tres clases de hom-
bres: los dos sexos que hoy existen, y uno tercero com-
puesto de estos dos, el cual ha desaparecido conserván-
dose sólo el nombre. Este animal formaba una especie
particular, y se llamaba andrógino, porque reunia el
sexo masculino y el femenino; pero ya no existe y su
nombre está en descrédito. En segundo lugar, todos los
hombres tenian formas redondas, la espalda y los costados
colocados en círculo, cuatro brazos, cuatro piernas, dos
fisonomías, unidas á un cuello circular y perfectamente
semejantes, una sola cabeza, que reunia estos dos sem-
blantes opuestos entre sí, dos orejas, dos órganos de la
generación, y todo lo demás en esta misma proporción.
Marchaban rectos como nosotros, y sin tener necesidad
de volverse para tomar el camino que querían. Cuando
deseaban caminar ligeros, se apoyaban sucesivamente
sobre sus ocho miembros, y avanzaban con rapidez me-
diante un movimiento circular, como los que hacen la
rueda con los piés al aire. La diferencia, que se encuentra
entre estas tres especies de hombres, nace de la que hay
entre sus principios. El sol produce el sexo masculino, la
tierra el femenino, y la luna el compuesto de ambos, que
participa de la tierra y del sol. De estos principios reci-
bieron su forma y su manera de moverse, que es esférica.
Los cuerpos eran robustos y vigorosos y de corazón ani-
moso, y por esto concibieron la atrevida idea de escalar
el cielo, y combatir con los dioses, como dice Homero de
Efialtes y de Oto (1). Júpiter examinó con los dioses el
partido que debía tomarse. El negocio no carecía de difi-
cultad; los dioses no querían anonadar á los hombres.

(1) Odisea, 1. XI, V. SOI.

Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 5, Madrid 1871


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como en otro tiempo á los jigantes, fulminando contra
ellos sus rayos, porque entonces desaparecerían el culto y
los sacrificios que los hombres les ofrecían; pero, por
otra parte, no podian sufrir semejante insolencia. En fin,
después de largas reflexiones, Júpiter se expresó en estos
términos: Creo haber encontrado un medio de conservar
los hombres y hacerlos más circunspectos, y consiste en
disminuir sus fuerzas. Los separaré en dos; así se harán
débiles y tendremos otra ventaja, que será la de aumen-
tar el número de los que nos sirvan; marcharán rectos
sosteniéndose en dos piernas sólo, y si después de este
castigo conservan su impía audacia y no quieren perma-
necer en reposo, los dividiré de nuevo, y se verán preci-
sados á.marchar sobre un solo pié, como los que bailan
sobre odres en la fiesta de Caco.
Después de esta declaración, el dios hizo la separación
que acababa de resolver, y la hyso lo mismo que cuando
se cortan'huevos para salarlos, ó como cuando con un
cabello se los divide en dos partes iguales. En seguida
mandó á Apolo que curase las heridas y colocase el sem-
blante y la mitad del cuello del lado donde se habia he-
cho la separación, á fin de que la vista de este castigo
los hiciese más modestos. Apolo puso el semblante del
lado indicado, y reuniendo los cortes de la piel sobre lo
que hoy se llama vientre, los cosió á manera de una bolsa
que se cierra, no dejando más que una abertura en el cen-
tro, que se llama ombligo. En cuanto á los otros pliegues,
que eran numerosos, los pulió, y arregló el pecho con un
instrumento semejante á aquel de que se sirven los zapa-
teros para suavizar la piel de los zapatos sobre la horma,
y sólo dejó algunos pliegues sobre el vientre y el ombli-
go , como en recuerdo del antiguo castigo. Hecha esta
división, cada mitad hacia esfuerzos para encontrar la
otra mitad de que habia sido separada; y cuando se en-
contraban ambas, se abrazaban y se unian, llevadas
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Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 5, Madrid 1871


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del deseo de entrar en su antigua unidad , con un
ardor tal, que abrazadas perecian de hambre é inacción,
no queriendo hacer nada la una sin la otra. Cuando la
una de las dos mitades pereda, la que sobrevivia buscaba
otra, á la que se unia de nuevo, ya fuese la mitad de una
mujer entera, lo que ahora llamamos una mujer, ya fuese
una mitad de hombre; y de esta manera la raza iba ex-
tinguiéndose. Júpiter, movidoá compasión, imagina otro
expediente: pone delante los órganos de la generación, por
que antes estaban detrás, y se concebía y se derramaba el
semen, no el uno en el otro, sino en tierra como las cigar-
ras. Júpiter puso los órganos en la parte anterior y de esta
manera la concepción se hace mediante la unión del varón y
la hembra. Entonces, si se verificaba la unión del hombre v
la mujer, el fruto de la misma eran los hijos; y si el varón
se unia al varón, la saciedad los separaba bien pronto y
los restituía á sus trabajos y demás cuidados de la vida.
De aquí procede el amor que tenemos naturalmente los
unos á los otros; él nos recuerda nuestra naturaleza prir
mitiva y hace esfuerzos para reunir las dos mitades y para
restablecernos en nuestra antigua perfección. Cada uno de
nosotros no es más que una mitad de hombre, que ha sido
separada de su todo, como se divide una hoja en dos. Es-
tas mitades buscan siempre sus mitades. Los hombres que
provienen de la separación de estos seres compuestos, que
se llaman andróginos, aman las mujeres; y la mayor
parte de los adúlteros pertenecen á esta especie, así como
también las mujeres que aman á los hombres y violan las
leyes del himeneo. Pero á las mujeres, que provienen de
la separación de las mujeres primitivas, no llaman la
atención los hombres y se inclinan más á las mujeres ; á
esta especie pertenecen las trihades. Del mismo modo los
hombres, que provienen de la separación de los hombres
primitivos, buscan el sexo masculino. Mientras son jóve-
nes aman á los hombres; se complacen en dormir con ellos

Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 5, Madrid 1871


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y estar en sus brazos; son los primeros entre los adoles-
centes y los adultos, como que son de una naturaleza mu-
cho más varonil. Sin razón se les ecba en cara que viven
sin pudor, porque no es la falta de éste lo que les hace
obrar así, sino que dotados de alma fuerte, valor varonil
y carácter viril, buscan sus semejantes; y lo prueba que
con el tiempo son más aptos que los demás para servir al
Estado. Hechos hombres á su vez aman los jóvenes, y si se
casan y tienen familia, no es porque la naturaleza los in-
cline á ello, sino porque la ley los obliga. Lo que prefieren
es pasar la vida los unos con los otros en el celibato. El
único objeto de los hombres de este carácter, amen ó
sean amados, es reunirse á quienes se les asemeja. Cuando
el que ama á los jóvenes ó á cualquier otro llega á encon-
trar su mitad, la simpatía, la amistad, el amor los une
de una manera tan maravillosa, que no quieren en nin-
gún concepto separarse ni por un momento. Estos mismos
hombres, que pasan toda la vida juntos, no pueden decir
lo que quieren el uno del otro, porque si encuentran tanto
gusto en vivir de esta suerte, no es de creer que sea la
causa de esto el placer de los sentidos. Evidentemente
su alma desea otra cosa, que ella no puede expresar, pero
que adivina y da á entender. Y si cuando están el uno en
brazos del otro, Vulcano se apareciese con los instrumen-
tos de su arte, y les dijese: ¡Oh hombres I ¿qué es lo que
os exigís recíprocamente?» y si viéndoles perplejos, con-
tinuase interpelándoles de esta manera: «lo que que-
»reis, ¿no es estar de tal manera unidos, que ni de dia
»ni de noche estéis el uno sin el otro? Si es esto lo
»que deseáis, voy á fundiros y mezclaros de tal manera,
»que no seréis ya dos personas, sino una sola; y que mien-
"tras viváis, viváis una vida común como una sola per-
"sona, y que cuando hayáis muerto, en la muerte misma
»os reunáis de manera que no seáis dos personas sino
»una sola. Ved ahora si es esto lo que deseáis, y si esto

Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 5, Madrid 1871


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DOS puede hacer completamente felices. » Es bien seguro,
que si Vulcano les dirigiera este discurso, ninguno de
ellos negarla, ni responderla, que deseaba otra cosa, per-
suadido de que el dios acababa de expresar lo que en t o -
dos los momentos estaba en el fondo de su alma; esto es,
el deseo de estar unido y confundido con el objeto amado,
hasta no formar más que un solo ser cou él. La causa de
esto es que nuestra naturaleza primitiva era una, y que
éramos un todo completo, y se da el nombre de amor al
deseo y prosecución de este antiguo estado. Primitiva-
mente, como he dicho, nosotros éramos uno; pero des-
pués en castigo de nuestra iniquidad nos separó Júpiter,
como los arcadios lo fueron por los lacedemonios (I). De-
bemos procurar no cometer ninguna falta contra los dio-
ses, por temor de exponernos á una segunda división, y
no ser como las figuras presentadas de perfil en los bajo-
relieves , que no tienen más que medio semblante, ó como
los dados cortados en dos (2). Es preciso que todos nos
exhortemos mutuamente á honrar á los dioses, para evitar
un nuevo castigo, y volver á nuestra unidad primitiva
bajo los auspicios y la dirección del Amor. Que nadie se
ponga en guerra con el Amor, porque ponerse en guerra
con él es atraerse el odio de los dioses. Tratemos, pues, de
merecer la benevolencia y el favor de este dios, y nos pro-
porcionará la otra mitad de nosotros mismos, felicidad
que alcanzan muy pocos. Que Eriximaco no critique es-
tas últimas palabras, como si hicieran alusión á Pausa-
nias y á Agaton, porque quizá estos son de este pequeño
número, y pertenecen ambos á la naturaleza masculina.
Sea lo que quiera, estoy seguro de que todos seremos di-

(1) Los lacedemonios invadieron la Arcadia, destruyéronlos


muros de Mantinea y deportaron los habitantes á cuatro ó cinco
puntos. Jenofonte Hellen, v. 2.
(2) Dados que los huéspedes guardaban, cada uno una
parto, en recuerdo de la hospitalidad.

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chosos, hombres y mujeres, si, gracias al Amor, encon-
tramos cada uno nuestra mitad, y si volvemos á la unidad
de nuestra naturaleza primitiva. Ahora bien, si este an-
tiguo estado era el mejor, necesariamente tiene que ser
también mejor el que más se le aproxime en este mundo,
que es el de poseer á la persona que se ama según se de-
sea. Si debemos alabar al dios que nos procura esta feli-
cidad , alabemos al Amor, que no sólo nos sirve mucho en
esta vida, procurándonos lo que nos conviene, sino tam-
bién porque nos da poderosos motivos para esperar, que
si cumplimos fielmente con los deberes para con los dio-
ses, nos restituirá él á nuestra primera naturaleza des-
pués de esta vida, curará nuestras debilidades y nos dará
la felicidad en toda su pureza. Hé aquí, Eriximaco, mi
discurso sobre el Amor. Difiere del tuyo, pero te conjuro
á que no te burles, para que podamos oir los de los otros
dos, porque aún no han hablado Agaton y Sócrates.»
— Te obedeceré, dijo Eriximaco, con tanto más gusto,
cuanto tu discurso me ha encantado hasta tal punto que
si no conociese cuan elocuentes son en materia de amor
Agaton y Sócrates, temería mucho que habrían de que-
dar muy por bajo,, considerando agotada la materia con
lo que se ha dicho hasta ahora. Sin embargo, me prometo
aún mucho de ellos.
—Has llenado bien tu cometido, dijo Sócrates; pero si
estuvieses en mi lugar en este momento, Eriximaco, y
sobre todo después que Agaton haya hablado, te pondrias
tembloroso, y te sentirías tan embarazado como yo.
—Tu quieres hechizarme, dijo Agaton á Sócrates, y
confundirme haciéndome creer que esperan mucho los
presentes, como si yo fuese á decir cosas muy buenas.
—A fe que seria bien pobre mi memoria, Agaton, re-
plicó Sócrates, si habiéndote visto presentar en la escena
con tanta .seguridad y calma, rodeado de comediantes, y
recitar tus versos sin la menor emoción, mirando con

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