Santa Clara de Montefalco
17 de agosto.
SANTOS
Nació en Montefalco (Perugia) hacia 1268, en donde pasó toda su vida. Era la
segunda hija de Damián y de Giacoma
Santa Clara fue una gran mística que iluminó con su esplendor espiritual los
inicios de la historia agustiniana: su vida constituye una experiencia espiritual
particular y fascinante.
Ya a los seis años de edad se sintió llamada a una vida de entrega a Dios. Presa
del amor divino, mostró una fuerte inclinación a la oración, hasta pasar largo
tiempo inmersa en ella, retirada en el lugar más recoleto de la casa paterna.
Igualmente ya tenía una profunda devoción a la Pasión de Nuestro Señor y ya
sólo la visión de un Crucifijo era para ella como una llamada a la continua
mortificación, a la cual se abandonaba voluntariamente infligiendo a su cuerpo inocente la más dura
flagelación con dolorosos cilicios, tanto que parecía increíble que una niña de seis años pudiera tener no ya
sólo el pensamiento, sino sobre todo la fuerza de soportar el tormento.
Mostrando una madurez humana y espiritual fuera de lo común, y queriendo seguir le ejemplo de su
hermana, se consagra por entero a Dios, entrando en el “reclusorio”, construido por el padre para Juana, la
hermana mayor, que llevaba una vida contemplativa con algunas compañeras, donde fue acogida en el
1275. La santidad de la pequeña y la virtud de Juana atrajeron al reclusorio nuevas aspirantes, que propició
la construcción de uno más grande, a partir de 1282, y que se retrasó ocho años por diversas dificultades. A
causa de las restricciones financieras, durante algún tiempo, se le encomendó a Clara moverse en la
cuestación...
En 1290, el pequeño grupo de jóvenes, incluida Clara, que tomó el nombre de “Clara de la
Cruz”, fue constituido jurídicamente en monasterio, tomando la regla de san Agustín y
autorizándosele a la vez a aceptar novicias, según un decreto dado por el Obispo Gerardo
Artesino, con fecha de 10 de junio. El nuevo monasterio se llamó de “La Cruz”, a propuesta
de la propia Juana, que fue elegida de inmediato Abadesa.
El año siguiente, fallecida su hermana el 22 de noviembre de 1291, Clara fue llamada a sucederla en el cargo,
contra su voluntad y a pesar de su juventud, siendo elegida Abadesa, continuando en este servicio hasta su
muerte, acaecida el 17 de agosto de 1308.
Espiritualmente madura por don de Dios desde su infancia, Clara siguió con decisión el camino que siempre
había soñado recorrer. Después de un largo período de purificación interior llegó a la unión mística con
Cristo crucificado. La vida retirada no le impidió desempeñar un intenso y provechoso apostolado en ayuda
de cuantos se dirigían al monasterio ante cualquier necesidad. Se interesó por el estado de la Iglesia,
poniéndose en contacto con obispos y cardenales. Aconsejó y ayudó espiritualmente a sacerdotes y
religiosos. Desenmascaró e hizo condenar, ella, que era casi analfabeta, las insidiosas opiniones de los
secuaces del “libre espíritu”.
En su vida personal, y como Abadesa, vivió ejemplarmente la vida de comunidad exigida por la Regla de San
Agustín. Inculcaba mucho en las hermanas la necesidad de la abnegación y del esfuerzo personal para
construir el edifico de la vida espiritual. Durante su gobierno, que ejerció siempre con clara firmeza, supo
mantener siempre vivo en la comunidad, con la palabra y el ejemplo, un gran deseo de perfección.
Dios la dotó de singulares gracias místicas, como visiones y éxtasis, y dones sobrenaturales que se
manifestaron dentro y fuera del monasterio. Dotada de ciencia infusa, pudo ofrecer sabias soluciones a las
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más arduas cuestiones propuestas por los teólogos, filósofos y literatos; y defendió valientemente la
doctrina de la fe. Con su pronta actuación, a finales de 1306 e inicios de 1307, desenmascaró e hizo
condenar, ella, que era casi analfabeta, las insidiosas opiniones de los secuaces de la secta herética del “libre
espíritu”.
Se distinguió sobre todo por su amor a la Pasión del Señor, reservando un
puesto muy principal a la devoción de la santa Cruz.
Después de haberla purificado con terribles pruebas interiores, el Señor la
unió a Él, imprimiéndole milagrosamente los signos de la pasión. En los
últimos tiempos de su vida solía repetir que Cristo se los había grabado en el
corazón.
“Sorella Chiara”, aunque inimitable en su experiencia mística personal, resulta
fascinante. Representa la inocencia recogida por Dios antes de que el fango de
la tierra la llegase a deteriorar o corromper. En su cándida figura,
encontramos el amor puro y apasionado por el Señor, el abandono dócil que
permite a Dios plasmar a su gusto las criaturas y realizar con ellas cosas extraordinarias.
Tanta fue su fama y la que sus virtudes suscitaban en vida, que nada más morir, en su monasterio de
Montefalco, el 17 de agosto de 1308, fue venerada como santa.
Según una tradición legendaria, fundada en su significativa piedad y en su ingenua
noción de anatomía, referidas a que en su corazón, de excepcionales
dimensiones, se creía que se encontrarían los símbolos de la Pasión: el crucifijo, el
látigo, la columna, la corona de espinas, los tres clavos y la lanza, la caña y la
esponja... También, se pudieron reconocer tres globos de iguales dimensiones,
colocados en forma de triángulo, como un símbolo de la Stma. Trinidad.
Por ello, inmediatamente después de su muerte, cuando contaba cuarenta años,
sus hijas decidieron comprobar la veracidad de sus palabras. Extraído el corazón,
advirtieron con estupor la exactitud de las afirmaciones de Clara. Berengario,
vicario general de la diócesis de Spoleto, incrédulo y amenazante. Corrió en
seguida a Montefalco para verificar en persona las “invenciones fantásticas” que
corría entre el pueblo sobre la particular y las “manipulaciones” llevadas a término por las monjas. Pero
frente a la evidencia se convirtió en ferviente admirador de la sierva de Dios, siendo su primer biógrafo y uno
de los más encendidos promotores del proceso de canonización, instruido entre 1318 y 1319, con la
declaración de 486 testigos.
Si bien Clara no fue proclamada santa hasta el pontificado de León XIII, en 1881, el 18 de diciembre.
Su cuerpo se conserva en la iglesia de las Agustinas de Montefalco.
ORACIÓN:
“Oh Dios, que renovaste continuamente la vida de santa Clara de Montefalco con la meditación de la Pasión
de tu Hijo: concédenos que, siguiendo su ejemplo, constantemente podamos renovar tu imagen en
nosotros. Por N.S.J.”. Amén.
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PROCESOS hasta su CANONIZACIÓN
Transcurridos, a penas diez meses de la muerte de Clara, el Obispo de Spoleto, Pedro Pablo Trinci, ordenó el
18 de junio de 1309 iniciar el proceso informativo sobre su vida y sus virtudes; se sucedían nuevos milagros y
aumentaba la devoción por la piadosa hermana de Montefalco, tanto que llegó a la propia Santa Sede,
pidiendo la canonización de Clara. El procurador de la causa fue el propio Berengario, que tuvo que acudir en
1316 a Avignon a ver a Juan XXII, que dispuso que el cardenal Napoleón Orsini, legado en Perugia, se
informara y le informara. El nuevo proceso, iniciado el 6 de setiembre de 1318, instruido entre 1318 y 1319,
con la declaración de 486 testigos, encontró nuevas dificultades. Fue sólo en 1624, cuando Urbano VIII,
concedió primeramente a la Orden el 14 de agosto, y para la diócesis de Spoleto el 28 de septiembre, el
rezar el Oficio y la Misa con oración propia en honor de Clara; Clemente X hace insertarlo el 19 de abril de
1673 en el Martirologio Romano. En 1736, Clemente XII ordenó retomar la causa y al año siguiente la
Sagrada congregación de Ritos aprobó el culto “ab inmemorabili”; en 1738, fue instruido un nuevo proceso
apostólico sobre virtudes y milagros, ratificado por la Sagrada Congregación el 17 de septiembre de 1743. Así
ya se podía proceder a la aprobación de las virtudes heroicas. Pero sólo un siglo después, después de un
último proceso apostólico, iniciado el 22 de octubre de 1850, concluido el 21 de noviembre de 1851 y
aprobado por la Sagrada Congregación el 25 de septiembre de 1852; pero hasta el 18 de diciembre de 1881,
tuvo que esperar para ser canonizada.
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