Schwartz, Lía
El Quijote y los clásicos
grecolatinos en la obra
crítica de Arturo Marasso
Olivar
2005, Año 6 Nro. 6, p. 43-58.
Número monográfico: El cervantismo argentino: una
historia tentativa / Vila, Juan Diego (ed.)
Este documento está disponible para su consulta y descarga en
Memoria Académica, el repositorio institucional de la Facultad de
Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad
Nacional de La Plata, que procura la reunión, el registro, la difusión y
la preservación de la producción científico-académica édita e inédita
de los miembros de su comunidad académica. Para más información,
visite el sitio
www.memoria.fahce.unlp.edu.ar
Esta iniciativa está a cargo de BIBHUMA, la Biblioteca de la Facultad,
que lleva adelante las tareas de gestión y coordinación para la concre-
ción de los objetivos planteados. Para más información, visite el sitio
www.bibhuma.fahce.unlp.edu.ar
Cita sugerida
Schwartz, L. (2005) El Quijote y los clásicos grecolatinos en la obra
crítica de Arturo Marasso [en línea]. Olivar, 6(6). Número
monográfico: El cervantismo argentino: una historia tentativa / Vila,
Juan Diego (ed.) Disponible en:
http://www.fuentesmemoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.3370/pr.
3370.pdf
Licenciamiento
Esta obra está bajo una licencia Atribución-No comercial-Sin obras derivadas 2.5
Argentina de Creative Commons.
Para ver una copia breve de esta licencia, visite
http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/ar/.
Para ver la licencia completa en código legal, visite
http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/ar/legalcode.
O envíe una carta a Creative Commons, 559 Nathan Abbott Way, Stanford, California
94305, USA.
EL QUIJOTE Y LOS CLÁSICOS GRECOLATINOS EN LA OBRA
CRÍTICA DE ARTURO MARASSO
Lía Schwartz
The Graduate Center - The City University of New York
Resumen
La figura de Arturo Marasso imprimió en los estudios cervantinos la referencia erudita a la épica
clásica y fue un atento estudioso de la cultura literaria de Cervantes a través de su familiaridad
con las literaturas griega y latina cuyos pasajes abundaron en su obra crítica como fuentes de
invención del Quijote.
Palabras claves: Cervantes; Quijote; Cultura grecolatina
Being an aware researcher of Cervantes’ literary culture, the figure of Arturo Marasso
imprinted the erudite reference on Cervantine studies, through his acquaintance with Greek
and Latin literature, from which passages are lavishly quoted in his critical work, as sources
of the invention of Quixote.
Key Words: Cervantes; Quixote; Graeco Latin culture.
La historia de las interpretaciones de la obra de Cervantes ha sido trazada
repetidamente en las últimas décadas, cuando hemos visto multiplicarse las ediciones
anotadas y los estudios sobre todo el corpus y, en particular sobre el Quijote.
Recientemente ha resumido Anthony Close (2004: CLX-CXCI) la trayectoria de estas
sucesivas y contrastantes interpretaciones de la novela clásica por excelencia del
canon hispánico, demostrando cómo han dependido y dependen inevitablemente de
los presupuestos teóricos e ideológicos de los historiadores y críticos literarios que la
han analizado y evaluado a través de los siglos. Ya completada la institucionalización
de los estudios literarios en los medios académicos desde fines del XIX y a lo largo del
XX, la recepción del Quijote, como sabemos, fue cambiando de signo: a las lecturas
románticas y filológicas de corte positivista le sucedieron las «noventayochistas» que
se difundieron con la Vida de don Quijote y Sancho de Unamuno. Durante varias
décadas parecieron imponerse nuevas interpretaciones historicistas, que convivieron
con las derivadas de la estilística idealista como el tan leído estudio de Helmut
Hatzfeld de 1927. El éxito de las teorías semióticas en todas las variantes producidas
por la eclosión teórica que generó el legado de la «nouvelle critique» francesa de los
años sesenta, impulsó la publicación de estudios de corte narratológico, mientras que
la difusión de las teorías de Bajtín sobre los elementos populares y carnavalescos de
Olivar - 2005 – Año 6 Nro. 6 1
la ficción llevó a «otras maneras de leer el Quijote», como las que Augustin Redondo
recopiló en su innovadora colección de 1998. Al mismo tiempo, sin embargo, siguieron
explicando y anotando el Quijote con métodos filológicos y lingüísticos en la tradición
hermenéutica de Amado Alonso y Ángel Rosenblat, M. Joly, I. Lerner, C. S. de
Cortázar, F. Sevilla y A. Rey Hazas, y el equipo de investigadores dirigido por F. Rico,
responsables de las ediciones publicadas en España en los últimos años. Para
recuperar en desarrollo diacrónico los vaivenes de la crítica cervantina más reciente,
conviene centrarse en el estudio citado de Anthony Close, quien divide las «tendencias
dominantes» en la interpretación del Quijote desde 1947 en unas doce categorías, que
incluyen los enfoques psicoanalíticos, feministas y de identidad sexual. Estos últimos
ocupan un lugar prominente en las prácticas hermenéuticas de los especialistas de
Estados Unidos y otros países de América pero, como han notado los cervantistas,
comienzan ya a influir sobre los hispanistas de Europa y otros continentes.
Es en este continuum en el que deben situarse los estudios que Arturo Marasso
dedicó al Quijote y reunió en un libro publicado en Buenos Aires en 1954. En él
Marasso recogía y ampliaba una serie de trabajos que habían comenzado a aparecer
en la década del treinta en revistas argentinas, entre las que pueden mencionarse el
Boletín de la Academia Argentina de Letras y la Revista de filología hispánica. Un
estudio de mayor extensión dedicado a la influencia de Virgilio sobre la obra de
Cervantes fue publicado en 1937 (Marasso, 1937b). El título escogido para aquella
colección, La invención del Quijote, ya revela al lector actual cuáles deben haber sido
los presupuestos teóricos de la labor exegética de Marasso. La inventio era la primera
división, y la más importante, de la retórica como ars y estaba dedicada a la búsqueda
de argumentos o ideas a desarrollar en un discurso o en una obra literaria, que luego
habrían de ordenarse en el trabajo de la dispositio. El descubrimiento de estos motivos
narrativos y poéticos impulsaba a componer una nueva obra inscrita en la tradición de
un género que iría transformándose con los sucesivos intentos de adaptación y varia-
ción. Marasso estudia, por tanto, las relaciones que el texto cervantino entabla con
numerosas obras de autores griegos y latinos que, a su modo de ver, le
proporcionaron a Cervantes motivos o tipos con los que configuraría su relato. El
enfoque de Marasso se asemeja al que sustentaba gran parte de los estudios
tematológicos practicados en las primeras décadas del siglo XX en el ámbito de la
literatura comparada, entre cuyos objetivos se contaban fundamentalmente el de hallar
los posibles antecedentes literarios, artísticos o filosóficos de una obra literaria para
confirmar, al mismo tiempo, la unidad de la cultura occidental en el espacio europeo.
En alguna medida, pues, el método de Marasso se parece a los que regían la
búsqueda de las fuentes de un texto literario, actividad central de los estudios
Olivar - 2005 – Año 6 Nro. 6 2
decimonónicos de historiografía literaria de corte positivista, pero no es estrictamente
filológico. De hecho, aunque Marasso documenta qué obras clásicas en su lengua
original o en traducción podía haber leído Cervantes, y examina aun en unos pocos
casos las frases que podían haber funcionado como fuentes verbales del discurso
cervantino, dedica la mayoría de los capítulos al examen de los componentes
temáticos del Quijote, que considera frecuentemente en su dimensión diacrónica(1).
Por otra parte, aunque las conexiones relevadas le permiten generalmente demostrar
la influencia ejercida por una obra clásica sobre la novela cervantina, en numerosos
ensayos Marasso recurre al concepto crítico de ‘analogía’, con lo que ya no es posible
hablar realmente de influencia stricto sensu. En efecto, el hallazgo de paralelos o
relaciones analógicas entre dos o más motivos, tipos u obras literarias sólo permite
sugerir afinidades que podrían inclusive ser percibidas como «falsas influencias», y así
lo señalaré en algunos casos pero sin voluntad de criticar anacrónicamente los logros
evidentes de estos inspirados ensayos que, leídos nuevamente ahora, serán de gran
valor para llamar la atención sobre los contextos grecolatinos del Quijote (cfr.
Weisstein, 1973: 38).
Cervantes. La invención del Quijote está dividido en breves ensayos o capítulos
dispuestos temáticamente pero sin seguir un orden rígido, Marasso dedica el primero
de la serie al autor: «Miguel de Cervantes»; el penúltimo, titulado «Cronología
cervantina» sitúa la novela en el conjunto de su producción. En cambio, en el último
ensayo: «Nuestra amistad con Cervantes», Marasso cambia de perspectiva y se
centra en el lector. Sugiere así que la recepción del texto cervantino va variando
inevitablemente según la edad y la experiencia de quien lo actualiza en sucesivas
lecturas. El ensayo final funciona al mismo tiempo como resumen de toda una
propuesta crítica. Como se ha dicho, Marasso persigue en esta colección de artículos
la huella de los clásicos grecolatinos en el Quijote tratando de reconstruir, de cierto
modo, el proceso creador de la inventio con el que Cervantes habría iniciado la
composición de su novela. En ella, afirma, «ningún género literario dejó de hallarse»
en su elaboración. La visión de Marasso de la obra cervantina sigue vigente hasta
nuestros días, aunque sean otras las «fuentes» sobre las que se vuelvan
periódicamente en ediciones y estudios actuales. El Quijote aparece así como libro de
libros y relato de relatos, transformados por el poder de la escritura (Marasso, 1954:
331), con la que, sin embargo, Cervantes logró modificar la concepción misma de la
categoría personaje, abriendo así el camino para el desarrollo de la novela moderna.
No debe sorprender, por tanto, que en «Miguel de Cervantes» Marasso revise los
escuetos datos biográficos que se conocían en su época, siempre a la zaga de los
libros que leyó
Olivar - 2005 – Año 6 Nro. 6 3
o pudo haber leído Cervantes de niño y ya adulto, cuando emprendiera el viaje a Italia
atravesando el territorio de Aragón donde el Ebro debía haber «sonreído a su vista»,
hasta llegar a Barcelona. Marasso enumera así los clásicos toscanos que ejercieron
evidente influencia sobre la obra cervantina, mientras anticipa la presencia de los
grecolatinos sugiriendo el impacto que puede haber tenido su relectura en el soldado
que «conoció el mar de Ulises, de Eneas» y «recogió el rumor de las navegaciones
antiguas» (p. 8). Proyectando la visión del héroe épico al propio Cervantes, no vacila
Marasso en comparar los viajes del soldado con los de Odiseo y Eneas, largo periplo
marítimo de este a oeste que, pasando por África, concluye finalmente con el feliz
retorno al hogar, en España o en Itaca, o con la creación de un nuevo centro en los
territorios itálicos, misión reservada para Eneas «en el cumplimiento de su destino» (p.
26).
En este y en otros ensayos Marasso se refiere, pues, a «la cultura literaria» de
Cervantes, que M. Menéndez Pelayo describiera en su estudio canónico de 1905 pero
ampliando considerablemente la nómina de obras y autores que habría conocido. En
este sentido también debe haber contribuido a su evidente deseo de superar la
caracterización de Cervantes como «ingenio lego», la difusión de las ideas que
Américo Castro desarrolló en El pensamiento de Cervantes de 1925. En efecto,
Marasso no sólo enumera las obras que Cervantes leyó seguramente en Italia, sino
que da por sentado, como hoy tendemos muchos a subrayar que, por ser alumno
destacado del Estudio de la Villa de Madrid, Cervantes había sido educado en el
curriculum latino que se enseñaba en las escuelas, y que incluía la lectura de
fragmentos de textos de Cicerón, Virgilio, Ovidio, Horacio, Séneca, Salustio y
Terencio. Este conocimiento básico de las literaturas clásicas adquirido en su
educación preuniversitaria, se ampliaría gracias a lo que Marasso define como el
rasgo más saliente del autor del Quijote: una «continua avidez de ilustrarse» (p. 9),
que lo llevaría a continuar leyendo, en traducciones al español o al italiano, a los
autores del canon central de la épica, así como de la poesía bucólica, de la sátira y de
la novela antiguas, que dejaron su impronta en toda la obra de Cervantes. Por ello
describe el Quijote como «obra de entendimiento», cuya «curiosa erudición
desconcierta a los comentadores» (p. 21).
Marasso trata de documentar siempre la existencia de traducciones que podían haber
estado al alcance de Cervantes, sin descartar, con todo, que tras su lectura, pudiera
éste haber retornado a ediciones de los textos en su lengua original. Acogiendo así la
opinión de R. Schevill y A. Bonilla sobre la presencia en el Viaje del Parnaso de
recuerdos de Virgilio, Homero y Horacio, a los que suma el nombre de Ovidio, declara
que, las traducciones de Hernández de Velasco de la Eneida, de la Vlyxea de Gonzalo
Olivar - 2005 – Año 6 Nro. 6 4
Pérez, de Villén de Biedma de la obra de Horacio, y de Sánchez de Viana de las
Metamorfosis, «forman una especie de enciclopedia cervantina» (p. 133) que está en
el origen de numerosas referencias mitológicas y geográficas distribuidas a lo largo de
todo el corpus(2). Con respecto a la Ilíada, de la que no puede citarse traducción
española de época, Marasso sugiere apropiadamente que Cervantes debe haberla
leído en alguna de las versiones italianas que circularon ampliamente, o podríamos
añadir, latinas, de las que se conservan, por ejemplo, las traducciones ad verbum de
Andrea Iustipolitano que citaría también Quevedo en la primera década del siglo
XVII(3). Marasso va señalando así en algunos ensayos las palabras que derivan de las
traducciones castellanas y las que, por remitirse al texto latino directamente, sugieren
que Cervantes intentó rectificar, a su modo de ver, una traducción poco exacta(4).
Las comparaciones que Marasso establece entre el Quijote y los textos clásicos se
centran, como se ha dicho, en el descubrimiento de motivos y topoi épicos comunes;
las justifica apoyándose en las ideas que sobre la ficción en prosa y la poesía épica
resultan problematizadas en el texto, y no sólo en el capítulo 47 de la primera parte
sino en observaciones diversas del protagonista o de otros personajes de la novela.
Sin duda, algunas de las relaciones propuestas pueden parecer hoy remotas o aun
ingenuas pero podrían incluso justificarse en la medida en que Marasso no las
presenta sub specie imitationis. Por el contrario, lo que se propone es recuperar las
«correspondencias» de las aventuras quijotescas con las del epos homérico y el
poema virgiliano porque prefiere detenerse en las relaciones que la figura del caballero
andante entabla con el arquetipo literario del héroe épico. Esta pasión por las
analogías es comprensible, en cierto modo, porque Marasso pretende reconstruir el
trabajo retórico de la inventio; de allí que se esfuerce por mostrar cómo Cervantes
pudo haber proyectado o traspuesto la estructura de un episodio épico, o de una
secuencia de episodios, al relato de las aventuras de un personaje que actúa en
función de una estructura paródica por la cual se ridiculizan los libros de caballerías.
La Ilíada, la Odisea, la Eneida, la Farsalia o la Tebaida se convierten así en modelos
literarios que proporcionaron las teselas con las que Cervantes habría construido un
nuevo mosaico.
De la epopeya homérica, afirma, y conjuntamente de los libros de caballerías, hereda
Cervantes «la creación de lo maravilloso» (p. 25), mientras que no pocos motivos
narrativos del Quijote remiten asimismo a la épica y así podría haberlos percibido el
lector del siglo XVII. Un ejemplo que ofrece es el de «el desvelo del héroe», que deriva
de la epopeya clásica. Marasso no indica los pasajes del Quijote o de la Ilíada a los
que se refiere (p. 210) pero el lector competente de nuestro tiempo hallará con
facilidad los loci pertinentes que confirmen su observación. En efecto, como es sabido,
Olivar - 2005 – Año 6 Nro. 6 5
el comienzo del capítulo 20 de la segunda parte del Quijote, en el que se describen las
bodas de Camacho, se inicia con otra recreación paródica del motivo del amanecer
mitológico, y continúa con una reelaboración también paródica del desvelo del héroe
que recuerda los versos iniciales del canto X de la Ilíada. Aquí es Agamenón quien, en
contraste con los príncipes aqueos no puede conciliar el sueño, agobiado como está
por sus preocupaciones. En el Quijote es el protagonista quien celebra en un retórico
discurso a su escudero «que aun todavía roncaba», contrastando la ausencia de
preocupaciones del criado con las que, en cam-bio, tiene el señor, obligado a velar
mientras aquel duerme apaciblemente (Quijote: II, 20, p. 592). De modo semejante, al
comentar el episodio de la venta que concluye en discordia y que le recuerda a don
Quijote el «campo de Agramante» (I, 45), observa Marasso que ya Ariosto había
imaginado sus batallas literarias según el modelo de las que Virgilio describe, por
ejemplo, en el canto VII de la Eneida, concebidas a su vez, en imitación de los
diversos enfrentamientos entre teucros y aqueos narrados en la Ilíada. Cervantes
habría así proyectado un motivo épico al universo de representación de su novela,
transformándolo, como es de esperar, en su recreación (pp. 96-97).
Esta búsqueda de analogías que expliquen el origen de numerosos episodios de esa
épica en prosa que también es el Quijote según Marasso, se focaliza
fundamentalmente en el examen de la novela en relación con la Eneida. Pero para
documentar su interpretación de las deudas de Cervantes para con Virgilio, recuerda
que no sólo este poema sino también las Bucólicas y aun las Geórgicas fueron
obligada fuente de inspiración de nuestro escritor, opinión que es evidentemente
indiscutible. En el ensayo titulado «Cervantes y Virgilio» Marasso evalúa la influencia
directa e indirecta del «divino mantuano», ya que, en efecto, Cervantes como sus
contemporáneos reconocían los versos virgilianos en los poemas de Dante, de Ariosto,
de Tasso y de Garcilaso, así como en la obra de Folengo y Sannazaro (p. 53). Pero
Marasso insiste en que, además de su lectura temprana de la traducción de
Hernández de Velasco, Cervantes habría comparado varias traducciones, la de
Velasco con la llamada bella infiel de Aníbal Caro, o con la edición comentada de
Diego López, impresa en Valladolid en 1601, es decir, en años en que vivía en esta
ciudad. Debe añadirse, por supuesto, que Cervantes, que sin duda había traducido los
fragmentos latinos incluidos en el curriculum de las escuelas, podía asimismo haber
leído muchas secciones directamente en latín. Todo ello explica la voluntad de
reintegrar a Cervantes «a la familia de Homero», representada en Roma por Virgilio,
actualizando «el parentesco espiritual de la Eneida y El ingenioso hidalgo (p. 54).
Marasso no se limita, sin embargo, a carear algunos episodios aislados del Quijote con
otros tantos de la Eneida sino que se propone recuperar los paralelos que existen
Olivar - 2005 – Año 6 Nro. 6 6
entre ambos textos también en el plano de la estructura misma de la novela. Ello le
permite contrastar el sentido de la primera parte con el que ve encerrado en la
segunda. Argumenta así que en la primera parte, «la esfera de la caballería andante
juega equilibradamente con la de la poesía épica»; en la segunda, en cambio, la figura
del caballero andante «se convierte casi íntegramente en el don Quijote héroe». El
itinerario virgiliano de la primera parte del Quijote se articularía en torno a cinco
episodios centrales: el de los molinos de viento (I, 8) se remontaría en su génesis al de
los Cíclopes del libro III (vv. 655 y ss.) de la Eneida. El episodio de los carneros, que
recrea un topos evidentemente obligado de la poesía épica, el catálogo de los ejércitos
(I, 18), remitiría a la descripción de las batallas del libro VII (vv. 572 y ss.), compuesto
en imitación de otros catálogos homéricos, como el que presenta la descripción de los
dos ejércitos que se enfrentan en el canto II de la Ilíada, por ejemplo. La aventura del
cuerpo muerto (I, 19) se originaría en el episodio virgiliano del canto XI (vv. 29 y ss.)
en el que se describe cómo Eneas envía a Evandro los despojos de Palante, muerto
por Turno y la aventura de los batanes (I, 20), a las descripciones de la fragua de los
Cíclopes del canto VIII (vv. 416 y ss). A estas equivalencias añade otra menos
plausible por la cual el personaje de Grisóstomo (I, 11-14) se originaría en la
transformación de la figura trágica de Dido del libro IV, relacionados por un común
suicidio, mientras que ve asimismo en las exequias de Grisóstomo un vago recuerdo
de las de Miseno, en la Eneida (VI, vv. 189-212) o aun de las de Virgilio mismo. Este
juego de las analogías desatadas es el que explica el ensayo «El virgiliano
Grisóstomo» (pp. 83 y ss.), en el que no deja de mencionar además los entierros de
pastores de la poesía bucólica clásica y renacentista, con el que el episodio de
Marcela y Grisóstomo establece obvias relaciones intertextuales, mientras que, al
analizar la «Canción desesperada», descubre contactos verbales que la acercan al
episodio de la maga Tesalia en el libro VI de la Farsalia de Lucano y a la Fedra de
Séneca (p. 90). Otras analogías resultarán asimismo de difícil aceptación pero no
puede negarse que sus propuestas podrán ser aún de interés para un lector actual que
no esté familiarizado con los textos clásicos que configuraron el imaginario colectivo
de los autores renacentistas(5). Marasso no deja de reconocer que «Cervantes ofrece
una tela de libros de caballerías», pero afirma que «los hilos son del arte homérico
continuamente adaptado a la fantasía de los autores de poemas épicos».
Indudablemente el proceso mismo de construcción de un texto literario en la época de
Cervantes se articulaba en el ejercicio de la «imitación compuesta», es decir, del juego
de contaminatio de varias fuentes pero su recuperación exigiría un tratamiento de los
materiales verbales combinados en nuevos enunciados que no se adecua siempre al
enfoque tematológico que prima en el libro.
Olivar - 2005 – Año 6 Nro. 6 7
En lo que respecta a la segunda parte del Quijote, Marasso opina que se impone el
plan épico sobre el procedente de los libros de caballerías; por ello, el protagonista es
percibido más frecuentemente como héroe que como caballero andante. Detecta así
en el episodio del Caballero del Bosque una recreación burlesca del canto VIII, vv.
283-298 de la Eneida. Casilda, «tan cruel como Juno» le habría obligado a realizar una
serie de supuestas proezas, que incluyen la orden de que «se sumiera en la sima de
Cabra», como otro Hércules obligado a descender al Orco en la Eneida (p. 111). La
casa de don Diego de Miranda le parece equivalente a la ciudad de Heleno del libro III
Eneida (p. 124), mientras que en el episodio de la cueva de Montesinos, ve recreado,
como es de esperar, el topos épico de la nekya de la Odisea o del descensus ad
inferos de Eneas. Y en el relato de la aventura de los leones (II, 17), que le permite a
Marasso relacionar al caballero con la figura de Hércules, vencedor del león de
Nemea, indica que las frases adjudicadas al «autor de esta verdadera historia», en
particular, las que ofrecen el elogio del caballero, fueron compuestas como parodia de
unos versos también de la Eneida, que encomian a Alcides(6). Dos aventuras que le
permiten comparar a don Quijote con Odiseo y con Eneas son la del pseudo-naufragio
en el Ebro, imaginado como parodia de este motivo épico y la llegada al castillo de los
duques, originada, cree, en el episodio que presenta a Ulises en la isla de los feacios
de la Odisea y en el de Cartago en la Eneida: «Náufrago llegó Ulises a la isla de los
feacios; náufrago Eneas con los troyanos a la ciudad de Dido; don Quijote náufrago al
palacio de los duques» (p. 152).
Por otra parte, entre la extensa serie de episodios fingidos por los criados del castillo
para solaz y diversión de los duques, algunos le parecen también recrear situaciones
características de la épica: el de la caza de altanería con la duquesa (cfr. Quijote: II,
30, p. 663 y II, 31, p. 669), por ejemplo, como la que protagonizan Dido y Eneas en el
libro IV o la descripción de don Quijote cuando se presenta a los duques (II, 31)
vestido con manto de escarlata y espada como Eneas y hasta la escena del
aguamanos que recuerda el que se ofrece a Ulises en el palacio de Alcinoo o a Eneas.
De modo semejante conecta la descripción de la supuesta turbación que sufre el
mayordomo, alias condesa Trifaldi cuando Malambruno intenta castigarles (II, 39, p.
718), con la referencia de Eneas a su no contenido llanto (Eneida, II, 6-8). En cuanto a
Clavileño, sugiere que Cervantes recreó paródicamente (p. 158) la figura del famoso
Paladio. El hambre que sufre Sancho en la ínsula por crueldad del doctor Tirteafuera
(II, 47, pp. 766 y ss.), le recuerda los suplicios de Tántalo y la caracterización misma
de Altisidora, la imagen de una falsa Dido. Las palabras que pronuncia en II, 44: «Este
nuevo Eneas que ha entrado a mis regiones para dejarme escarnida» recordaría así
los versos 9-30 del canto IV (cfr. Quijote, II, 44, p. 748). Marasso caracteriza la fingida
Olivar - 2005 – Año 6 Nro. 6 8
muerte de Altisidora (II, 69) como parodia de la de Dido y ofrece aun otro ejemplo de la
influencia de la Eneida citando el pasaje del Quijote en el cual Cervantes sólo
menciona a dos de los jueces infernales, Minos y Radamanto, como Virgilio, que omite
antes a Eaco por seguir la tradición de la religión creatense en la que no figuraba el
tercero del triunvirato (cfr. II, 69, pp. 908 y ss. y II, 49, p. 910). Más aún, Marasso ve en
Merlín (II, 35) una adaptación de la figura de la Sibila que aparece en el libro VI de la
Eneida, como debía haberlo leído Cervantes en otra obra renacentista que parodiaba
tanto el epos virgiliano como el poema de Ariosto: el Baldo de Teófilo Folengo.
Finalmente halla equivalencias entre el episodio de las bodas de Camacho, en
particular la descripción de los juegos y danzas ofrecidos para entretenimiento de los
huéspedes, y la descripción de juegos y certámenes que forman parte tanto de la
Ilíada y de la Odisea, como de la Eneida (cfr. II, 20, pp. 592 y ss.). Las sargas viejas
pintadas que ve don Quijote en el mesón (II, 72, pp. 924 y ss.), cree que recuerdan las
que vieron Eneas y Acates en el templo de Cartago (I, 452-3) y hasta el detalle que
ofrece Cervantes de la llegada de don Quijote al Toboso de noche, donde no
encuentra a Dulcinea, le recuerda la infructuosa búsqueda de Creusa que emprende
Eneas también por la noche en Troya.
Otro poema épico que Marasso examina para demostrar la dependencia del Quijote de
la épica grecorromana es la Farsalia de Lucano, texto prestigiado en el XVI y conocido
ampliamente gracias a la versión de M. Lasso de Oropesa, concluida probablemente
hacia 1530, pero que Cervantes, hay que añadir, habría también aprovechado a través
de su imitación en muchos episodios y pasajes de La Araucana de Ercilla. En la
Farsalia reencontraría Cervantes, por ejemplo, el motivo del desvelo del héroe,
representado mediante el contraste entre César, insomne, y Amiclas, entregado al
sueño. Pero según Marasso, la Farsalia ejerció, además, influencia sobre la «Canción
desesperada», como dijimos, en la que dejó su impronta la voz de la maga de Tesalia
en versos que ya había traducido Juan de Mena en el Laberinto de Fortuna. Otras
«reminiscencias» del poema de Lucano que encuentra Marasso pertenecen a la
fingida escena del infierno que recoge imágenes virgilianas, en diálogo, diríamos hoy,
con algunos detalles descriptivos que provienen de la Farsalia (cfr. II, 69, pp. 910 y
ss.).
Dos textos narrativos clásicos que Marasso también explora en su búsqueda de
antecedentes son, como era de esperar, las Etiópicas de Heliodoro, leído
probablemente en la traducción de Fernando de Mena, publicada en 1587, texto que el
autor de Persiles y Sigismunda conocía muy bien, así como El asno de oro de Apuleyo
en la traducción de Diego López de Cortegana, además de las Floridas del mismo
autor. Según nuestro crítico ya en los años de redacción de la primera parte del
Olivar - 2005 – Año 6 Nro. 6 9
Quijote Cervantes debe haber hallado en la novela griega una referencia a los
gimnosofistas de Etiopía, que aparece en el capítulo 47 de la primera parte(7). Ello le
permite rectificar una nota de Clemencín (p. 254) y al mismo tiempo llamar la atención
sobre el famoso pasaje del mismo capítulo, enunciado en estilo indirecto, en el que se
resume la opinión del canónigo sobre lo que era rescatable de los libros de caballerías.
Don Quijote se había presentado ante el canónigo como un «caballero andante» de
quien se había ya acordado la Fama, uno «de aquellos que, a despecho y pesar de la
mesma envidia, y de cuantos magos crió Persia, bracmanes la India, ginosofistas la
Etiopía, han de poner su nombre en el templo de la inmortalidad para que sirva de
ejemplo y dechado en los venideros siglos». Y el canónigo, tras criticar los libros de
caballerías, como es sabido, concede, sin embargo, que ellos daban pie a que «un
buen entendimiento pudiese mostrarse en ello», ya que su autor:
Puede mostrar las astucias de Ulixes, la piedad de Eneas, la valentía de Aquiles,
las desgracias de Héctor, las traiciones de Sinón, la amis-tad de Eurialio, la
liberalidad de Alejandro, el valor de César, la clemencia y verdad de Trajano, la
fidelidad de Zopiro, la prudencia de Catón […] (I, 47, p. 420).
Estas y otras referencias a los personajes de la épica clásica y a escritores famosos
guiaron a Marasso, como a otros anotadores del Quijote, para trazar a grandes rasgos
la «cultura literaria» de Cervantes. Su evidente familiaridad con el canon de los
clásicos que regía en la época explica que haya seleccionado en esas obras
numerosos pasajes y textos que propone como fuentes de la invención.
Marasso también ha explorado la influencia de la literatura dramática grecolatina sobre
el Quijote hasta hallar ecos de las comedias de Aristófanes y de las tragedias de
Séneca. Señala así acertadamente que la obra del autor de Las ranas se leía
conjuntamente con la sátira latina. Hoy añadiríamos que, en efecto, Cervantes no sólo
menciona sino que aprovecha motivos satíricos característicos de Horacio, Persio y
Juvenal, algunos derivados de la obra de Aristófanes y de la de otros autores de
epigramas satíricos a los que se consideraba predecesores de la satura romana en el
siglo XVI. Sin duda, Cervantes podía haberse familiarizado con la comedia antigua
leyendo traducciones italianas, y lo mismo puede afirmarse del teatro de Séneca y aún
de la tragedia griega. Pero además Cervantes conocería las tragedias y co-medias
italianas, que habían reelaborado fuentes antiguas. Marasso nombra así el ejemplo de
la Didone de Ludovico Dolce (p. 94), y podrían agregarse otros nombres de obras que
circulaban en los años de su estadía en Italia. Los textos que examina nuestro crítico
muestran claramente la presencia o el recuerdo de versos de Fedra, Medea, Hipólito y
del Hércules furioso de Séneca sobre algunos pasajes del Quijote (Cfr. I, 10, p. 90; I,
11, p. 92; I, 11, p. 94; y I, 23, p. 198). En cambio, más discutible parece hoy la idea de
Olivar - 2005 – Año 6 Nro. 6 10
que Cervantes encontrara en Las ranas «algunas sugestiones» para concebir la pareja
del caballero andante y su escudero qua recreaciones de Dionisio y su criado, Jantias,
o que la conversación entre Sancho y el escudero del Caballero del Bosque se hubiera
estructurado bajo la influencia de los diálogos de Eaco y Jantias, criados de Plutón y
de Dionisio (215 y ss.).Por otra parte, sigue siendo evidente que Cervantes fue lector
asiduo de las sátiras de Luciano, que circularon en conocidas traducciones a lo largo
del siglo XVI, y además, en las ediciones bilingües en griego y latín que editó Erasmo
desde principios de ese mismo siglo. En efecto, a través del Elogio de la locura y de
los Colloquia erasmianos, se habían divulgado no sólo las obras de Luciano, sino la
sátira en verso romana y la sátira menipea, que también le ofrecieron a Cervantes un
repertorio de tipos y figuras, motivos y topoi característicos que reelabora tanto en el
Quijote como en el Coloquio de los perros, El licenciado Vidriera, los entremeses y el
Viaje del Parnaso.
A lo largo de estos ensayos críticos Marasso va mencionando asimismo la obra de
otros poetas grecolatinos que ve reflejados en el texto del Quijote: Ovidio, Propercio y
Horacio. Llama así la atención sobre la edición ya mencionada de Villén de Biedma de
la obra del venusino con comentarios. Según Marasso, Cervantes debe haber
aprovechado esta edición, pero hoy añadiríamos que sin duda conocería otras italia-
nas, o que habría ampliado sus lecturas latinas de juventud volviendo a un autor que
se leía, aunque fragmentariamente, en las escuelas. Por otra parte, las odas, los
epodos y las sátiras de Horacio, se habían difundido ampliamente a través de su
imitación en la poesía de muchos autores del XVI que la habían hecho suya en
múltiples recreaciones.
En el nutrido repertorio de motivos y temas clásicos que menciona Marasso no podían
faltar comentarios sobre la influencia de los diálogos filosóficos de Platón o algún
tratado de Aristóteles. Mucho se ha escrito ya sobre el conocimiento que poseía
Cervantes de la «doctrina platónica» y sobre los intermediarios que leyó para
reconstruir las ideas neoplatónicas que transmitieron, como es bien sabido, las
traducciones y tratados de Marsilio Ficino, Leone Ebreo, Castiglione o Bembo. Algo
semejante ocurre con Aristóteles, particularmente en lo que respecta a la revaloración
de la Poética en el siglo XVI, de modo que sus observaciones resultan hoy tentativas y
en muchos casos superadas por investigaciones posteriores a los años en los que
publicó estos estudios. Sin embargo, desde mi perspectiva, siguen pareciendo agudos
y sin duda provechosos aquellos comentarios de Marasso que insisten en revelar «la
ilustración no vulgar» que tenía el autor del Quijote y su capacidad de «penetrar en la
estructura intelectual de su tiempo» (p. 230). Es en pasajes como éste en los que el
lector actual de La invención del Quijote ve reivindicada la posición de no pocos
Olivar - 2005 – Año 6 Nro. 6 11
filólogos o historiadores de la literatura de nuestro nuevo siglo. En efecto, no pocos
pensamos que, más allá de las lecturas «modernas» que, como todo clásico universal,
suscita la historia del ingenioso hidalgo, la novela fue concebida por un autor que no
podía sino modelar el mundo representado y concebir a sus personajes desde su
presente histórico, en el que los clásicos recuperados de Grecia y Roma ocupaban
una posición de privilegio.
Notas
1. Para una revisión de las prácticas comparatistas de la Stoff- und Motivgeschichte en la
primera mitad del siglo XX, ver Ulrich Weisstein (1973: 124 y ss: «Thematology»).
2. La versión completa de los 24 libros de la Odisea realizada por Gonzalo Pérez, De la Ulyxea,
apareció en Amberes en 1556; véanse asimismo Los doze libros de la Eneida, traducidos por
Gregorio Hernández de Velasco, Toledo, 1555; Ovidio, Las Metamorfoses, traducción de Jorge
de Bustamente, s.l., s.a., y en versión de Pedro Sánchez de Viana, Las Transformaciones,
Valladolid, 1589 y la traducción con comentarios de las obras de Horacio, Sus obras con la
declaración magistral, del doctor Villén de Biedma, Granada, 1599.
3. Las citas aparecen en el manuscrito de su Anacreón Castellano, concluido en 1609 y se
hallan, por ejemplo, en la edición de 1538: HOMERI / ILIAS ad verbum / TRANSLATA AN-/
DREA DIVO IVSTINOPO-LITANO INTERPRETE. / PARISIIS / In officina Christiani Wechel / M.
D. XXXVIII.
4. Marasso apunta, por ejemplo, que cuando el personaje de Don Quijote se refiere al héroe de
la Odisea lo llama «el prudente Ulises», sintagma siempre reiterado en su versión por Gonzalo
Pérez, mientras que, para el héroe virgiliano, recurre al epíteto con el que Hernández de
Velasco había traducido pius Aeneas (En. I, 378): «el piadoso Eneas»; en otras instancias, se
da el efecto contrario.
5. Me refiero a sus comentarios sobre el yelmo de Mambrino y las armas de Eneas, o a la
comparación del episodio de los galeotes con la visión de los condenados en la casa de Dis
que Eneas descubre en el libro VI del poema o la semejanza que cree hallar entre la Sierra
Morena y las regiones infernales, vistas, siguiendo a Clemencín, como otros lugentes campi (p.
99).
6. Cfr. Quijote (II, 17, p. 572): «Tú a pie, tú intrépido, tú magnánimo, con sola una espada […]
estás aguardando y atendiendo los dos más fieros leones que jamás criaron las africanas
selvas» y Eneida (VIII, 293-7): «Tu nubigenas, invicte, bimembris, / Hylaeumque Pholumque,
manu, tu Cresia mactas / prodigia et vastum Nenmea sub rupe leonem. / te Stygii tremuere
lacus, te ianitor Orci / ossa super recubans antro semesa cruento;/»
7. Gimnosofistas o ginosofistas (cfr. II, p. 416).
Bibliografía cervantina de Arturo Marasso
1937a. «Fuentes virgilianas del Quijote», en Norte (Buenos Aires), 3, 1-2.
Olivar - 2005 – Año 6 Nro. 6 12
1937b. Cervantes y Virgilio, Buenos Aires: Instituto Cultural Joaquín V. González.
1939. «Las armas de Marte en el Quijote», Revista de Filología Hispánica, I, 64-5.
1947. «Discurso en la Sesión de Homenaje a Cervantes», Boletín de la Academia Argentina de
Letras, XVI, 61, 467-472.
1954. Cervantes. La invención del Quijote, Buenos Aires: Librería Hachette, (Colección
Numen), 333 págs.
1956. «El estilo formulario en el Quijote», Revista de Educación, La Plata, 2, 480-482 [Antes en
su obra Cervantes. La invención del Quijote (1954), p. 37].
1959. «El agón y el silogismo en el Quijote», Revista de Educación, La Plata, 4, 571-573 [Antes
en su obra Cervantes. La invención del Quijote (1954), p. 246].
Bibliografía citada
1. Close, Anthony, 2004. «Las interpretaciones del Quijote», en Miguel de Cervantes, Don
Quijote de la Mancha, edición del Instituto Cervantes 1605-2005, dirigida por Francisco Rico,
Barcelona: Galaxia Gutenberg.
2. Weisstein, Ulrich, 1973. Comparative Literature and Literary Theory, Bloomington: University
of Indiana Press.
3. Sabor De Cortazar, Celina e Isaías Lerner, (eds.), 2005. Miguel de Cervantes Saaverdra, El
ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Buenos Aires: Eudeba.
Olivar - 2005 – Año 6 Nro. 6 13