RESUMEN
Alumna: Valeria Abascal Cisneros
Teorías de Psicología Clínica
Maestría en Psicología Clínica y de la Salud
UNIVERSIDAD IEXPRO
A veces es necesario conocernos a nosotros mismos a profundidad, pero un juicio
sobre nuestra persona emitido por nosotros mismos podría llegar a perder
objetividad, ahora que poseemos la evidencia de que una descripción del universo
implica a una persona que lo describe (observa) necesitamos la descripción del
«descriptor» o, en otras palabras, necesitamos una teoría del observador, se podría
decir que necesitamos alguien que observe al observador.
A diferencia de las ciencias médicas, nuestra ciencia no posee una definición de
normalidad definitiva y universalmente aceptada. Los médicos tienen la suerte de
poseer una idea bastante clara y objetivamente verificable de lo que se puede definir
como funcionamiento normal de un cuerpo humano. Esto les permite identificar
posibles desviaciones de la norma y les autoriza a considerarlas como patologías.
No hace falta decir que este conocimiento no les hace capaces de curar cualquier
desviación; pero presumiblemente pueden establecer la distinción entre la mayoría
de las manifestaciones de salud y las de enfermedad. El problema de la salud
emotiva o mental de un individuo es una cuestión totalmente diferente. Se trata de
una convicción no tanto científica como filosófica, metafísica y hasta, en algunas
ocasiones, manifiestamente sugerida por supersticiones.
Todos los intentos de la mente humana para estudiarse a sí misma plantean el
problema de la autorreflexividad o autorreferencialidad, definible, en síntesis, en su
estructura, con el célebre dicho que afirma que la inteligencia es la capacidad mental
medida con las pruebas de inteligencia. La locura ha sido considerada siempre
como la desviación de una norma que se consideraba en sí misma la verdad última,
definitiva, tan «definitiva» que ponerla en duda era de por sí síntoma de locura o
maldad.
Freud introdujo un concepto de normalidad mucho más pragmático y humano, pues
la definió como «la capacidad de trabajar y amar»; parecía que la definición quedaba
demostrada por la vida de una enorme cantidad de personas y de hecho obtuvo un
amplio consenso. No obstante, lamentablemente, según sus criterios Hitler habría
sido una persona más bien normal porque, como se sabe, trabajaba mucho y amaba
al menos a su perro, y también a su amante, Eva Braun. La definición de Freud
resulta insuficiente cuando nos encontramos frente a la proverbial excentricidad de
personas fuera de lo común.
Estos problemas pueden haber contribuido al consenso general hacia otra definición
de normalidad, a saber, la de adaptación a la realidad. Según este criterio, las
personas normales (particularmente los terapeutas) verían la realidad como es
realmente, mientras las personas que sufren problemas emotivos o mentales la
verían de un modo deforme. Semejante definición implica, sin ninguna excepción,
que existe una realidad verdadera accesible a la mente humana, asunto
considerado filosóficamente insostenible al menos durante doscientos años.
Nadie ha estudiado la construcción de tales «realidades» clínicas con más detalle
que Thomas Szasz. Entre sus numerosos libros hay uno, The Manufacture of
Madness. A Comparative Study of the Inquisition and the Mental Health Movement
(1970) [La fabricación de la locura. Estudio comparativo de la Inquisición y el
movimiento en defensa de la salud mental]. Se trata del libro Causatio criminalis,
que trata de los procesos contra las brujas, escrito por el jesuita Friedrich von Spee
en 1631 (reimpreso en Ritter, 1977). En calidad de padre confesor de muchas
personas acusadas de brujería, asistió a las escenas de tortura más atroces y
escribió el libro para informar a las autoridades de la corte del hecho de que, sobre
la base de las normas de procedimiento judicial utilizadas, ningún sospechoso podía
resultar nunca inocente. En otras palabras, estas reglas construían una realidad en
la que, una vez más, cualquier comportamiento del acusado constituía una prueba
de culpabilidad. He aquí algunas de las «pruebas»: 1. Dios habría protegido a un
inocente desde el principio; por tanto, el hecho de que no interviniera para salvar a
una determinada persona era ya de por sí una prueba de su culpabilidad.
2. La vida de una sospechosa puede ser recta o no serlo; si no lo es, este hecho
proporciona una prueba adicional; si lo es, provoca más sospechas, porque se sabe
que las brujas son capaces de dar la impresión de que llevan una vida virtuosa.
3. Una vez encarcelada, la bruja se mostrará aterrada o impávida; en el primer caso
demostrará que sabe que es culpable; en el segundo se confirmará la probabilidad
de que lo sea, porque se sabe que las brujas más peligrosas son capaces de simular
inocencia y calma.
4. La sospechosa puede intentar escapar o no intentarlo; todo intento de fuga
constituye una prueba ulterior y obvia de culpabilidad, mientras que si no intenta
escapar quiere decir que el diablo desea su muerte.
Como se puede ver de nuevo, el significado atribuido a un conjunto de
circunstancias dentro de un determinado marco de presupuestos, ideologías o
convicciones construye una realidad en sí misma y la revela como «verdad», por
decirlo así.
¿Qué conclusiones prácticas y útiles se deducen de todo esto? Si se acepta que la
normalidad mental no se puede definir objetivamente, entonces el concepto de
enfermedad mental también es indefinible. Así, ¿qué podemos decir de la terapia?
En este punto debemos dirigir la atención a un fenómeno conocido desde hace
mucho tiempo, si bien casi exclusivamente como un conjunto de circunstancias
negativas e indeseables: la profecía que se autodetermina. El primer estudio
detallado se remonta a la investigación de Russel A. Jones (1974) (y cito el subtítulo
de su libro) sobre los efectos sociales, psicológicos y fisiológicos de las
expectativas. Como ya se sabe, una profecía que se autodetermina es una
suposición o predicción que, por el solo hecho de haber sido planteada como
hipótesis, hace que se realice el acontecimiento esperado o predicho, confirmando
de este modo, recursivamente, su propia «exactitud». El estudio de las relaciones
interpersonales ofrece numerosos ejemplos. Por ejemplo, si una persona supone,
por el motivo que fuere, que no agrada a los demás, a causa de esta suposición se
comportará de un modo tan hostil, tan exageradamente susceptible y sospechoso
que producirá justamente en torno a ella el desprecio que esperaba, y esto
constituirá para ella la «prueba» de cuánta razón tenía desde el principio.
Es necesario trazar una distinción entre dos niveles de percepción de la realidad
que generalmente no se distinguen el uno del otro. Debemos diferenciar entre la
imagen de la realidad que percibimos a través de nuestros sentidos y el significado
que atribuimos a estas percepciones. Por ejemplo, una persona neurológicamente
sana puede ver, tocar y oler un ramo de flores. (Por razones de simplicidad
pasaremos por alto el hecho de que estas percepciones son también el resultado
de construcciones excepcionalmente complejas realizadas por nuestro sistema
nervioso central, y también el hecho de que la expresión «ramo de flores» tiene un
significado sólo para las personas que hablan castellano mientras que es un
conjunto de sonidos o una serie de símbolos escritos carentes de significado para
quienes no lo hablan.) Esta realidad se define como realidad de primer orden.
No obstante, raramente nos detenemos en este punto. Casi constantemente
atribuimos un sentido, un significado y a veces un valor a los objetos de nuestra
percepción. Y en este nivel, el nivel de las realidades de segundo orden, surgen los
problemas. La diferencia crucial entre estos dos niveles de percepción de la realidad
es la indicada por el célebre dicho según el cual la diferencia entre un optimista y
un pesimista consiste en el hecho de que, ante una botella que contiene una
determinada cantidad de vino, el primero afirma que está medio llena y el segundo
que está medio vacía. La realidad de primer orden (una botella con una determinada
cantidad de vino) es la misma para ambos; pero sus realidades de segundo orden
son diferentes y sería totalmente inútil tratar de establecer quién tiene razón y quién
está equivocado.
Las ciencias médicas poseen una definición razonablemente fiable de los
acontecimientos y los procesos de las realidades del primer orden. En el reino de la
psicoterapia, por el contrario, nos encontramos en un universo de simples
suposiciones, convicciones y creencias que forman parte de nuestra realidad de
segundo orden y, por tanto, son construcciones de nuestra mente. Los procesos a
través de los cuales construimos nuestras realidades personales, sociales,
científicas e ideológicas, que llegamos después a considerar «objetivamente
reales», constituyen el ámbito de la moderna disciplina epistemológica llamada
constructivismo radical.
Uno de los principios más sorprendentes de esta escuela de pensamiento es
probablemente el de que respecto a la realidad «verdadera», sólo podemos saber
cómo máximo lo que no es. En otras palabras, sólo cuando nuestras construcciones
de la realidad fallan, nos damos cuenta de que la realidad no es como pensábamos
que era.
Pero estos fracasos, estos fallos con los que nos enfrentamos en nuestro trabajo,
los estados de ansiedad, desesperación y locura son los que nos asaltan cuando
nos descubrimos en un mundo que, gradualmente o de repente, ha quedado privado
de significado. Y si aceptamos la posibilidad de que del mundo real se pueda saber
con certeza sólo lo que no es, entonces la psicoterapia se convierte en el arte de
sustituir una construcción de una realidad que ya no es «adaptada» por otra que se
adapta mejor. Esta nueva construcción es ficticia como la anterior, pero nos permite
la cómoda ilusión, llamada «salud mental», de ver las cosas como son «realmente»
y de estar, por consiguiente, en sintonía con el significado de la vida.
Vista en esta perspectiva, la psicoterapia se ocupa de la reestructuración de la visión
del mundo del paciente, de la construcción de otra realidad clínica, de causar
deliberadamente los acontecimientos casuales que Franz Alexander (1956) llamó
«experiencias emocionales correctivas». La psicoterapia constructivista no se
engaña pensando que hace que el paciente vea el mundo como es realmente. Al
contrario, el constructivismo es totalmente consciente de que la nueva visión del
mundo es —y no puede ser de otro modo— otra construcción, otra ficción, pero más
útil y menos dolorosa.
Por ejemplo, si al final de una terapia breve de nueve sesiones una paciente dice:
«Mi modo de ver la situación era un problema. Ahora la veo de una forma diferente
y ya no constituye ningún problema». Estas palabras son la quintaesencia de una
terapia con éxito: la realidad de primer orden ha permanecido necesariamente
inalterada, pero la realidad de segundo orden se ha vuelto diferente y soportable. Y
estas palabras nos remiten a Epicteto: «No son las cosas en sí las que nos
preocupan, sino las opiniones que tenemos de ellas».
Referencias.
Nardone, G., & Watzlawick, P. (1999). Terapia breve estratégica: pasos hacia un
cambio de percepción de la realidad. Paidós.