Lomo 20mm
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Soñar es una forma de crear realidad den-
tro de ti a la espera de que le pongas fecha,
«Estoy totalmente perdida. No sé quién soy, a dónde voy, ni qué
quiero hacer. Tonta sería si pasara por alto las resistencias que me es- A muerte con la PRUEBA DIGITAL
intención, valores, creencias que te ayuden, toy encontrando. Ya nos entendemos y lo he pillado. Por aquí no es. VALIDA COMO PRUEBA DE COLOR
EXCEPTO TINTAS DIRECTAS, STAMPINGS, ETC.
capacidades, actitud, acción, compromiso y Renuncio a todos mis planes, me rindo y me abro a cualquier alterna-
constancia para pasar al plano de lo mate- tiva que me ofrezca la V.I.D.A.».
DISEÑO 22/04/2022
rial. Una decisión te separa de tus sueños.
Así recé. Necesitaba cambiar, porque en ninguno de los caminos que
Los sueños no se persiguen. había elegido yo misma había hallado la libertad y plenitud que bus- EDICIÓN
Los sueños se deciden. caba. Necesitaba encontrar mis propias respuestas, rebelarme contra
una sociedad que trataba de imponerme sus normas. Y me atreví a
responder. Ana Albiol (Valencia, cosecha del 87), culo inquieto y SELLO ESPASA
alma libre. Cuando tenía 19 años, su inconformismo la COLECCIÓN
llevó a iniciar un viaje interior en busca de su propia de- FORMATO 14 x 215mm
Jugar no es de niños. finición de libertad. Certificada en coaching y programa- RUSTICA SOLAPAS
Es de libres. ción neurolingüística (PNL) y speaker de emprendimien-
to, dedica la mayor parte de su tiempo a lo que asegura es SERVICIO
Priorizarse no es de egoístas. su mayor logro profesional: su comunidad. Su recorrido
Es de libres. vital la ha hecho experta en:
CARACTERÍSTICAS
Decir «basta» no es de desagradecidas. • Quebrarse
Es de libres. • Sentirse culpable IMPRESIÓN
• Autoexigirse
Expresar tus emociones no es de intensas.
• Sentirse sola
Es de libres.
• Hacerse preguntas PAPEL -
• Cambiar de opinión
He soltado, saltado y confiado para encontrar la libertad que soñé y • Pedir ayuda PLASTIFICADO BRILLO
seguiré haciéndolo. Cambiaré de vida tantas veces como sea necesario • No conformarse
UVI -
para seguir siendo libre y vivir la V.I.D.A. a muerte. ¿Y tú? • Pasar a la acción
• Seguir adelante RELIEVE -
¿Qué serías capaz de hacer para cambiar tu vida? • Buscar libertad
BAJORRELIEVE -
• Soltar, saltar y confiar
STAMPING -
Por todo ello, se declara apta para hablar de la V.I.D.A.
FORRO TAPA -
PVP 17,90 € 10296116
Diseño de la cubierta: Planeta Arte & Diseño
@bloganaalbiol Imagen de la cubierta: © Anna Devís y Daniel Rueda
[Link] Fotografía de la autora: © Daria Lebedeva GUARDAS -
INSTRUCCIONES ESPECIALES
-
C_MuerteConLaVida.indd Todas las páginas 28/4/22 6:25
Ana Albiol
A muerte con la
V .I .D.A .
¿Qué serías capaz de hacer para cambiar tu vida?
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© Ana Albiol, 2022
© Editorial Planeta, S. A., 2022
Espasa, sello editorial de Editorial Planeta, S. A.
Avda. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona
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[Link]
Diseño de interior: Chantal Martín Espelt
Primera edición: junio de 2022
ISBN: 978-84-670-6586-2
Depósito legal: B. 9.210-2022
Preimpresión: Safekat, S. L.
Impresión: Huertas, S. A.
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni
su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión
en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico,
mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el
permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos
mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad
intelectual (art. 270 y siguientes del Código Penal).
Diríjase a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos)
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El papel utilizado para la impresión de este
libro está calificado como papel ecológico
y procede de bosques gestionados de manera sostenible.
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ÍNDICE
Prólogo, por Techu Arranz 11
Cómo leer este libro 14
Suelto, salto y confío 16
Suelta… 18
La estabilidad 21
El miedo a que salga mal 28
La autoexigencia 32
Lo que no es importante 41
La prisa 51
La necesidad de control 56
Lo que te hace daño 60
El mal trato 67
Las excusas 70
La culpa 80
Las creencias que te frenan 86
Lo que te ata 94
El miedo al miedo 102
Salta… 106
Para acercarte a lo que quieres 109
Para vivirlo a tu manera 113
Aunque tengas dudas 123
Para creer en la magia 125
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Fuera de tu jaula 134
Para experimentarlo todo 137
Para descubrir tu verdad 146
Al presente 148
A un entorno que te nutra 150
Y cuestiónalo todo 155
Para aceptarte 160
Y mira por ti 163
Para cambiar tus planes 169
Para hablar alto y claro 171
Y juega libre 175
Para decidir tus vacíos 177
Contra el machismo 178
Para elegirte aunque duela 187
Fuera de tu zona de confort 195
Para vivir otra realidad 196
A pesar del miedo 199
Al silencio 203
Y déjate estar 211
Confía… 212
En tu resiliencia 215
En tu océano de posibilidades 218
En que puedes saltar tus límites 223
En tus ciclos 227
En la sabiduría de tu cuerpo 231
En dar antes de recibir 241
En tu don 245
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En el propósito 253
En tu capacidad para decir «no» 257
En el presente 261
En tu experiencia 265
En tus valores 267
En lo que fluye 271
En la V.I.D.A. 276
En la muerte 286
Principio 303
Agradecimientos 307
Postdata 309
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suelta
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Suelta la estabilidad
Cerré el ordenador de golpe. Acababa de publicar delante de
60.000 personas un vídeo anunciando mi decisión de retirar-
me del mundo del maquillaje cuando parecía estar viviendo mi
mejor momento profesional. En él explicaba que soltaba las
brochas porque no me sentía la misma persona que empezó a
jugar con ellas quince años atrás y contaba, con los hombros
encogidos y la voz temblorosa, que saltaba a mi gran pasión, la
comunicación. Tenía la esperanza de que, aunque no tuviese un
plan definido, mis puntos acabarían conectándose.
Confiar es una manera de estar en el mundo.
Elijo la confianza como forma de V.I.D.A.
Me levanté de la silla de un brinco y metí el móvil en el arma-
rio. Ni por asomo me interesaba saber qué estaría pasando en
mis redes sociales. Aquel día no quería tomates, pero tampoco
aplausos; solo me interesaba proteger mi decisión y distanciar-
me de cualquier voz que no fuera mía. La única opinión im-
portante en mi gran salto —después de pedir aprobación a todo
dios— era la mía. Y la de mi abuela.
Mi reacción ante lo que acababa de hacer era habitual. Cuando
vivo alguna experiencia potente, ya sea para bien o para mal,
me quedo algo atontada. Es como si no pudiera asimilar lo que
estoy sintiendo. Mi tono de voz se vuelve lineal, mi cuerpo
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A muerte con la v.i.d.a.
pierde la expresividad y entro en un estado de «ni frío ni calor»
que, si lo comparas con mi intensidad habitual, llega a asustar a
los de mi alrededor. Yo lo llamo «modo bicho bola» y lo adop-
to de forma automática cuando la emoción que siento es tan
intensa que puede desbordarme. En esos momentos soy capaz
de contarte que he visto caer un meteorito o que voy a casarme
con la misma efusividad que el hombre del tiempo anuncia bo-
rrasca. Lo acepto. Y dejo que pase.
Era 26 de septiembre, cumplía treinta y dos primaveras y había
una gran decisión que celebrar. Lo hice junto a los cuatro gatos
que componen mi familia y, después de media V.I.D.A. demos-
trándoles que no pienso desistir en la búsqueda de mi camino, la
oposición se había rendido y todos estaban de mi parte. Llevaba
años dando la matraca con dedicarme a la comunicación. Sentir
el apoyo de los míos en el «suelta, salta y confía» más gordo
que me había marcado hasta el momento no era imprescindi-
ble, pero sí importante. Todo bien hasta que mi tío alzó una
copa con cava y pronunció las palabras mágicas: «¡Por tu nueva
vida!». Sonaba ideal, de no ser porque aún no tenía ni idea de
cómo iba a vivirla ni de quién era sin mi maleta de maquillaje y
mis tutoriales.
—Yaya, ¿crees que es malo ser tan poco constante? —le pregunté
a mi abuela en cuanto nos quedamos solas.
—¿Poco constante? ¿Tú? Ana María, no digas tonterías. No he
conocido nunca a nadie tan constante en el cambio como tú.
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Suelta
Por lo general, más que comprendida y apoyada, me he sentido
juzgada al anunciar mis cambios de V.I.D.A. Desde que dejé mi
primer trabajo fijo en perfumería para irme a cuidar bebés a una
aldea de Suecia, hasta el momento de vender mis muebles, hacer
un mercadillo con ropa, bolsos y zapatos, y reducir mi casa a
una maleta para volar a Bali con un billete de ida, pasando por
dejar el maquillaje cuando las cifras de facturación eran muy
favorables, dos mudanzas a Londres y la renuncia a un reco-
nocido puesto de trabajo en una marca internacional de belleza
para lanzarme al mundo emprendedor. En cada cambio he sido
tachada de loca, inmadura o infeliz crónica.
«¿Crees que algún día te gustará la estabilidad?».
«¿No sabes ser feliz sin tanto cambio?».
«¿Cuándo sentarás la cabeza?».
Incontables personas quieren darme consejos de estabilidad
y felicidad aun cuando tienen formas de mirar, pensar y vivir
muy diferentes a la mía. No sé si es por ignorancia, ceguera, fal-
ta de empatía o soberbia, pero me llama la atención que, antes
de abrir la boca, no sepan ver que no soy ellos, que no pienso
como ellos, y, sobre todo, que si no estoy viviendo su modelo de
V.I.D.A. es porque no lo elijo.
Hola, dejadme vivir.
23
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A muerte con la v.i.d.a.
En el siguiente nivel están los que aconsejan mientras se quejan
de su existencia y de todo lo que los rodea. Esos me caen mal y
no los escucho. Si no te brillan los ojos de felicidad, no quiero
que vengas a contarme qué tengo que hacer para ser feliz. Pre-
dica con tu ejemplo. Inspírame con tus resultados. Muéstrame
tu alegría de vivir y, entonces, hablamos. Gracias.
Con tanta seguridad hablaba la gente de «estabilidad y felicidad»
que averigüé los significados y empecé a tirar del hilo buscando
libertad en mis propias respuestas. Según su origen etimológico,
estabilidad significa «la cualidad de poder permanecer en un
lugar o en un estado por mucho tiempo sin experimentar cam-
bio alguno». Analicé la definición, que excluye el supuesto re-
sultado de llegar al estado de felicidad que me han vendido. No
le veía ni le veo sentido alguno. Me suena a muerte en V.I.D.A.
¿Para qué querría un ser humano no cambiar?
Lo que no cambia está muerto.
Este fue el big bang de mi primera crisis existencial a los
diecinueve años. Con la supuesta madurez que otorga la
mayoría de edad, empecé a jugar al juego de la V.I.D.A.
siguiendo las normas establecidas para llegar al premio de la
estabilidad que, a su vez, según decían, me llevaría derechita
a la felicidad. Como también quería ser feliz, jugaba con
ilusión y perdía todo el rato. Copiaba la forma de jugar de
otros y les preguntaba trucos pese a que ellos tampoco eran
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Suelta
ganadores. Qué curioso. Todos tenían estabilidad. Nadie
era feliz. Y nadie cambiaba la forma de jugar. Me esforcé
por comprender las reglas; sin embargo, mi lógica no las
alcanzaba. Me devanaba los sesos día a día mientras el vacío y
el sinsentido me devoraban. Para aliviar la angustia del alma,
comía compulsivamente a escondidas y luego vomitaba. Era
mi forma de calmar la ansiedad que me consumía al pensar en
el coste de libertad y humanidad que suponía levantarme cada
mañana para ir en busca de algo que me sonaba a mentira.
No entendía por qué mi entorno celebraba mi contrato «fijo»
si para mantenerlo tenía que estar encerrada entre cuatro pare-
des, mirando el reloj, deseando que acabara el turno. No enten-
día por qué los adultos sostenían matrimonios que no funcio-
naban, alegando que lo hacían por sus hijos, mientras que estos
crecían con un modelo de amor disfuncional que, en el mejor
de los casos, los llevaría directos a terapia en el futuro. En el
peor, repetirían la historia de los papás y se quedarían donde
el amor que no es amor duele. No entendía por qué mis ami-
gos firmaban hipotecas que no podían pagar a cuarenta años a
cambio de 90 metros de casa —o cárcel— en el culo del mundo.
Tampoco me entra en la sesera por qué seguimos venerando
esta estabilidad cuando, tras preguntar a miles de personas en
redes sociales, todas me han respondido que cambiarían algo
de su vida si pudieran. Cuando nuestras estadísticas verifican
que somos una sociedad triste, ansiosa, depresiva y mental-
mente enferma. Pero ahí estamos, jodidos y pedaleando fuerte
en la rueda del hámster. Asegurándonos la muerte en V.I.D.A.
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que implica el no cambio con tal de llegar a una felicidad para la
cual no hemos encontrado un significado propio.
Estables, pero amargados, para ser felices.
Esforzándonos cada día para no seguir vivos.
Y ojo, que la idea de permanencia me resulta atractiva siempre
y cuando se trate de un estado elegido por mí misma que me
haga sentir bien. Por supuesto, ese estado es interior, y no de-
pende de factores externos que puedan alterarlo. Me gusta la
estabilidad cuando se trata de mantener el equilibrio y la paz
dentro de mí. Me gusta estar en calma el mayor tiempo posible,
pero como no me resulta sencillo, soy constante en escucharme
y cambiar cada vez que siento que la pierdo.
Respecto a la felicidad, y teniendo en cuenta que el diccionario
la define como «estado de ánimo de la persona que se siente ple-
namente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de
algo bueno», estoy en fase de prueba y error. Sobre todo, de error.
Estudié mates, geografía y cómo rezar el padrenuestro, pero en
ningún caso mi plan académico contempló el autoconocimien-
to y la inteligencia emocional necesarios para saber qué deseo
de verdad o qué es bueno para mí. Soy autodidacta y, como el
estado de bienestar que vela por mí sangrándome a impuestos
aún no contempla el acceso público al bienestar mental y espiri-
tual, llevo quince años gastándome una pasta en psicólogos para
que me acompañen en el camino de descubrirlo. Y menos mal.
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Suelta
Porque de no haber sido así, seguiría deseando lo que desea una
gran parte de la población, aunque no sienta rastro de plenitud
o goce. La sociedad que he mamado me asegura que tengo que
desear estudiar mucho para trabajar mucho para ser muy reco-
nocida para hacer mucho dinero para muchas cosas que no me
hacen falta: una casa que no disfrutaré porque trabajo mucho,
un coche que me llevará de casa al trabajo y quince días al año
de vacaciones. Junto a lo anterior, tengo que desear un maridito
al que jurarle mucho amor eterno para que me fecunde mucho
para cumplir mi misión como mujer y tener hijos para ser una
familia muy muy feliz.
Si esto es la felicidad, elijo ser infeliz.
Creo haber sido feliz en varias ocasiones y, desde hace meses,
algo parecido a la plenitud me acompaña con sutileza. Aun-
que, más que como felicidad, la definiría como una sensación
de certeza. Certeza de que estoy encontrando mi goce propio,
aunque, si me despisto, me pierdo y vuelvo a las recetas popula-
res. De ahí la decisión de cambiar tantas veces como siento que
hace falta.
Volver al mapa. Recalcular ruta. Seguir mi camino.
Lo de sentar la cabeza no lo veo.
Si me voy a sentar, siento el culo.
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Suelta el miedo a que salga mal
Justo antes de dejar el maquillaje, me habían invitado como po-
nente a un evento para mujeres emprendedoras. Aunque había
participado en otra ocasión, ahora sería diferente, porque no
tenía etiqueta profesional ni empresa, y pese a mi ilusión por
participar, preferí consultarlo con la organizadora.
—Rosa, ahora mismo no soy emprendedora, no facturo, y no sé
qué voy a hacer con mi V.I.D.A. cuando acabe el libro. Tam-
poco estoy certificada aún en coaching, así que no sé si prefieres
coger a otra persona en mi lugar.
—Ana, no te quiero por lo que haces, sino por quien eres. Es tu
forma de vivir lo que inspira. Comparte lo que quieras.
—Genial. Sin presión. Haré lo que pueda, gracias.
El evento se celebró en Mallorca a finales de noviembre de 2019,
solo dos meses después de saltar a mi reinvención profesional.
La localización era divina, el hotel estaba escondido en la sierra
de Tramontana y confiaba en que la paz que se respiraba pudiera
calmar mis nervios antes de salir al escenario. Mientras deshacía
la maleta, llegó un mensaje de una amiga: «Espero que la primera
charla de tu nueva etapa vaya bien. He dudado mucho si decirte
esto o no, pero como te quiero, creo que debes saberlo. En el
foro del mal te ponen de vuelta y media, como siempre, pero hay
una cosa que comparto con ellas. No puedes hablar de crecimien-
to personal y pretender que te tomen en serio si llevas el colgante
de “la hierbas tarada”. Quítatelo para tu ponencia, Ani».
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Suelta
No podía ser cierto. El colgante del que hablaba era un japa
mala, un hilo con ciento ocho bolitas de una semilla llamada
rudraksha intercalada con algunos minerales y adornado con
un pompón cuya finalidad es anclarme en el presente durante
la meditación. Podría contar ovejitas —o zorritas—, pero me
decanto por bolitas. ¿Qué tendrá que ver mi colgante con la
profesionalidad?
Así se expande la silenciosa pandemia de la ignorancia.
Alguien que no sabe de qué habla, en vez de informarse antes de
abrir el piquito, se atreve a lanzar su opinión, sesgada y subjeti-
va, en forma de verdad. Igualmente, otros ignorantes del tema
la dan por válida y la integran sin cuestionarla. Puede parecer
un mal menor, pero cuando estos se unen, nuestro mundo se
vuelve más pobre y pequeño. La sociedad de creencias limitan-
tes en la que vivimos se construye así. Sin criterio propio. Sin
reflexión. Sin conciencia. Sin saber. Con juicio.
Su mensaje me volvió a conectar con el miedo a las odiadoras
en un momento en el que me sentía especialmente vulnerable.
Sabía que cualquier piedra podía hacerme dudar de mí misma
más de lo que ya lo hacía. Me senté en el suelo, me aferré a mi
colgante y empecé a respirar profundamente mientras pasaba
bolitas. Sin éxito, practiqué la observación de la emoción para
distanciarme de ella. Me puse colorete y bajé a cenar buscando
refuerzo en mis compañeras. La mesa estaba llena de mujeres
con mucho trabajo detrás de su éxito.
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A muerte con la v.i.d.a.
—¿Cómo lleváis el tema de la crítica? ¿Tenéis haters? Creía que lo
tenía controlado, pero en este momento de cambio laboral me
condiciona mucho. Ya no tengo la seguridad que sentía con las
brochas, y temo que me tumben.
—Ana, llevo años sufriendo acoso en las redes. La última ha
sido una llamada de una persona anónima a mi gimnasio, que
me acusaba en falso de compartir una foto en la que sale su
cara y pidiendo que me echen de allí. También han intentado
averiguar quién es mi pareja, dónde trabaja y quiénes son mis
amigos. Lo quieren saber todo sobre mí, están enfermas. Me
ha costado disgustos, lo he pasado muy mal, hasta el punto de
plantearme abandonar, pero decidí enfocarme en la gente que
valora lo que ofrezco, que me apoya y me da cariño, y sigo ahí
por ella, porque, si no lo hiciera, el odio ganaría. He optado
por protegerme, bloqueo sin pensármelo y sigo con mi vida
mientras ellas pierden la suya intentando hundirme. Es jodido,
pero lo conseguirás.
Conocer su experiencia, lejos de calmarme, me alteró. Si algo
me preocupaba más que el odio hacia mi persona, era el odio
hacia los míos. Solo de pensarlo me entraron náuseas. Y, con el
postre, más azúcar.
—Ana, no quería decírtelo, pero, cuando anuncié tu nombre en
el cartel, recibí algunos correos de gente pidiéndome expresa-
mente que no participaras, que les parecía una vergüenza que
te hubiéramos llamado —me confesó la organizadora. Ideal.
¿Quién no ha soñado con una primera vez como esta?
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Suelta
Querían que mi ponencia abriera el evento para «contagiar con
mi energía al empezar»; sin embargo, después del mensaje de
mi amiga y de saber que había gente pidiendo que no estuvie-
ra allí, me costaba encontrar confianza, seguridad o cualquier
buena actitud que pudiera transmitir. Mi amplia imaginación
—para lo bueno y para lo malo— empezó a elucubrar posibles
situaciones de drama, y me metí en la cama tan asustada que le
pedí a mi madre —que me había acompañado— que me dejara
hacer la cucharita con ella para dormir, retrocediendo veinte
años en el tiempo.
Intenté relajarme con todas las técnicas que conozco, sin lograr-
lo. Sin pegar ojo, el sol entró por la ventana y sonó la alarma.
Busqué mi reflejo en el espejo y forcé la sonrisa para procurar en-
gañar a mi cerebro. «Tranquila, saldrá bien. Siempre sale bien».
Pero «siempre» no existe. Elegí tacones más altos de lo normal y
me sentí diminuta. Respiré a conciencia y me faltó el aire. Miré a
los ojos al público para conectar y el miedo a no ser suficiente me
alejó de él. Me repetí una y mil veces que merecía estar allí, que
era válida, que tenía derecho a dedicarme a lo que amo.
Y no me creí.
No.
Hay veces que no sale bien.
Y no pasa nada.
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