1 Traducción Cap. 1 - The Child - Erich Neumann
1 Traducción Cap. 1 - The Child - Erich Neumann
Capítulo 1:
La relación primaria madre-hijo y las primeras fases del desarrollo del niño.
Por esto, ya en la fase pre-natal existe una evidente adaptación hacia la colectividad,
relacionada con la actitud que ésta mantiene, de aceptación o rechazo, hacia cada uno de los
individuos que la componen. Sin embargo, además de esta tendencia a la adaptación,
encontramos también desde el principio el automorfismo del individuo, una necesidad de formar
su propio ser a partir de dos elementos particulares que lo constituyen en el interior de la
colectividad y, de ser necesario, independiente, o en de la oposición a ella.
Esta fase más precoz de la existencia, anterior al ego, sólo es accesible para un adulto de
forma dudosa, porque nuestra experiencia adulta es normalmente una experiencia del ego,
contingente a la presencia de la conciencia; en cuanto que el estado poco desarrollado del ego en
este período inicial parece apuntar a la imposibilidad de una experiencia que pueda ser
considerada como tal. Sólo cuando las relaciones se tornaran más claras será posible entender
que, en esta más precoz de las fases, es posible que exista la experiencia, y más aún; que esta
experiencia inicial es de crucial importancia para la humanidad tanto como para el individuo.
En otra obra describimos esta fase como una realidad mitológica y hemos procurado
dilucidar los símbolos vinculados a ella. El término uroboros ha sido seleccionado para designar
el estado inicial pre-ego, porque el símbolo del uroboros, la serpiente circular que muerde su
propia cola, “comiéndosela”, por tanto, caracteriza a una unidad sin opuestos dentro de la
realidad psíquica. Es así como el uroboros - como el Gran Círculo en cuyo centro, a manera de un
útero, el germen del ego reposa protegido - es el símbolo característico de la situación uterina en
la cual no existe todavía un niño con una personalidad delimitada de forma lo suficientemente
clara para permitir una confrontación con un ambiente humano y extra-humano. Este estado no
delimitado, característico de la situación embrionaria uterina, se preserva en gran parte, si bien no
completamente, después del nacimiento.
Durante la fase embrionaria, el cuerpo de la madre es el mundo dentro del cual vive el
niño, aún no poseedor de una conciencia de percepción y control, y aún no centralizada por el
ego; por lo que la regulación de totalidad del organismo del niño, que designamos con el símbolo
de Self corporal, todavía se encuentra abarcada por el Self de la madre.
Al mismo tiempo, esos factores que consideramos constitucionales e individuales en el
embrión se desarrollan con la autonomía del Self individual del niño; pero este desarrollo
automórfico ocurre en el interior de la realidad extraña de la madre, que actúa sobre el embrión
como una realidad superior. Es sólo con el término de la fase post-uterina que podemos
demostrar el establecimiento completo de la instancia autodeterminante que la Psicología
Analítica denomina el Self individual.
La manifestación más temprana del Self, aquella que tiene sus raíces en lo biológico, le
hemos dado el nombre de Self Corporal. Se constituye en la delimitada y única totalidad del
individuo, ahora liberado de las ataduras que lo unían al cuerpo de la madre. El individuo surge
como ser en la unidad bio-psíquica de su propio cuerpo.
Con el nacimiento del cuerpo, el enlace del niño con su madre es en parte preservado,
pero la importancia de la segunda fase embrionaria específica del ser humano es precisamente el
hecho de que después del nacimiento, el niño sigue siendo en algún sentido un embrión. En otras
palabras que continúa parcialmente cautivo a su relación embrionaria primaria con su madre.
Todavía no se ha convertido en sí mismo. El niño llega a ser completamente sí mismo sólo en el
curso de su relación primaria, proceso que es normalmente completado sólo después del primer
año de vida.
De acuerdo a las características del estado pre-ego de la temprana infancia, en el cual el
ego y la conciencia se encuentran todavía desarrollándose, la experiencia polarizada del mundo
con su dicotomía entre sujeto-objeto no se encuentra todavía presente. Esta experiencia infantil
compartida por todos los individuos, es la encarnación ontogenética de la realidad unitaria
primaria en la cual los mundos parciales del exterior y del interior, el mundo objetivo y la psique
no existen. En esta fase embrionaria post-natal el niño aún es contenido dentro de su madre,
aunque su cuerpo haya recién nacido. En esta fase hay una unión primaria compuesta por la
madre y el niño. En el proceso de “transformarse en sí mismo” el niño emerge de esta unidad con
su madre para transformarse en un sujeto apto para confrontar el mundo como “tú” y como
objeto.
Pero esta realidad que abarca a la madre y al niño no es sólo una realidad psíquica, sino
también una realidad unitaria, en la cual, aquello que nuestra conciencia discriminante llama
“dentro” y “fuera”, son idénticos para el niño. Así como para el ego, por ejemplo, hay una
conexión inmediata entre el deseo de llevar a cabo un movimiento y su ejecución, para el niño
una necesidad o malestar tales como, hambre o frío se vinculan inmediatamente a su satisfacción
o alivio por parte de la madre. Esta unidad, de la cual depende la existencia del niño, consiste en
una identidad biopsíquica entre cuerpo y el mundo, en donde el niño y la madre, un cuerpo
hambriento y unos pechos que calman el hambre, son todos una única y misma cosa.
Normalmente el niño se siente seguro en esta realidad unitaria con la madre. Cuando una
tensión aparece, él grita; a medida que su necesidad va siendo satisfecha con mayor o menor
rapidez, la tensión se alivia, con lo cual el niño vuelve a sumergirse en el sueño.
Incluso después, durante el primer mes de vida, a medida que el ego va adquiriendo, con
mayor frecuencia, una conciencia insular - primero por momentos cortos y luego por momentos
más largos - y se va adaptando al mundo; todavía no existe una diferenciación entre su propio
cuerpo y la madre que brinda placer y disipa el displacer. Para el ego del niño, con una
experiencia fundada en el placer y displacer, su experiencia del mundo es la experiencia de la
madre, cuya realidad emocional determina la existencia del niño. En esta fase para el niño la
madre no se encuentra ni fuera ni dentro: para el niño los senos no forman parte de una realidad
externa; su propio cuerpo no es experimentado como suyo. Como en la fase uterina, madre e hijo
continúan tan unidos, como si formasen una unidad; sólo que la unidad que ellos forman es dual.
La imagen del cuerpo del niño todavía indiferenciada, es larga y no delimitada como el
cosmos. Su configuración particular se encuentra tan ligada con el mundo y por lo tanto con todo
aquello que llamamos externo, que su extensión puede ser llamada como cósmica. Sólo a medida
que su ego se desarrolla, el niño puede gradualmente comenzar a diferenciar su propia imagen
corporal y concomitantemente, el mundo va tomando contornos más claros como objeto en
confrontación con el ego. En su libro Notas sobre la imagen yEsquema Corporal, Clifford Scott
escribe: “Una parte de la imagen corporal consiste en una percepción constantemente cambiante
del mundo, cuyos límites extremos implican una preocupación de esto que sólo podría ser
llamado como los límites del tiempo y del espacio.”
La unión dual de la relación primaria es cósmica y transpersonal porque el niño no posee
aún un ego estable ni una imagen corporal delimitada. Se trata de una realidad unitaria aún no
dividida en dentro y fuera, ni entre sujeto y objeto. Lo abarca todo. En esta relación primaria, la
madre también vive, de la misma forma que el niño en una realidad unitaria arquetípicamente
determinada, pero sólo una parte de si entre en ella, porque la relación con su hijo domina sólo
una parte de su existencia total. El infante, sin embargo, se encuentra totalmente inmerso en este
reino, en donde la madre representa para él el mundo y el Self.
Con la observación de que en la fase embrionaria la madre es también el Self del niño, nos
vemos enfrentados con una dificultad: estamos obligados a presumir la existencia, en la primera
fase de la relación primaria de un Self del niño dividido en dos. Si tomamos la noción de una fase
embrionaria post-natal seriamente, estamos obligados a decir que el niño se convierte en un Self,
en una totalidad individual, sólo al término del año, al término de todo el período embrionario
intra y extra-uterino. Hasta entonces, gracias a que el niño está contenido en una realidad unitaria,
tenemos una situación paradojal desde el punto de vista la conciencia.
Por un lado, existe el Self Corporal del niño, determinado por la especie y el cual emerge
simultáneamente con la totalidad corporal individual. Por otro lado, la madre, en la relación
primaria, no sólo juega el rol del Self del niño, sino que es en realidad es Self. Pero el Self
Corporal tiene también el carácter de una totalidad y no debiera ser tomado como una entidad
meramente fisiológica, porque la disposición corporal y la disposición psíquica, la constelación
hereditaria y la individualidad, están ya presentes en la unidad biopsíquica del Self Corporal
Desde nuestra conciencia discriminante, la estructura del Self del adulto siempre implica
una relación yo-tú. El ego vivencia al Self como un opuesto, que se manifiesta en el interior de la
psique como el centro, y en el exterior se manifiesta como el mundo o como otro ser humano, o
como la proyección de una imagen arquetípica. Esto significa que el Self tiene un carácter de
Eros que determina el desarrollo completo del ser humano y que puede ser descrito como
individuación, como relación, y como un cambio de relación. Asimismo, paradójicamente, el Self
consiste en aquello que más esencialmente somos, pero al mismo tiempo sume la forma de un
“tú”; para nuestra conciencia, es el centro individual de la personalidad, pero al mismo tiempo
posee un carácter universalmente humano y cósmico. Esta naturaleza doble paradojal del Self se
manifiesta precozmente en la infancia; en cuanto a la “esencia propia” del niño, el Self es el Self
corporal; en cuanto a un “tú”, quien es la madre de ese niño.
En la primera fase de infancia, la tendencia que el Self tiene para relacionarse con un “tú”
es “dada” y, desde nuestro punto de vista externalizada en la madre – pero aquí debemos tener en
mente que este concepto de “fuera”, implícito en la noción de externalización, es realmente
inadecuado para referirse a la situación cósmica del niño. Sin embargo, sólo una vez que
podemos describir la realidad unitaria de la relación primaria como una relación entre dos
personas madre e hijo, nuestra formulación se ve imposibilitada de dar cuenta completamente de
la situación real.
La fase inicial, urobórica, del desarrollo del niño, se caracteriza por un mínimo de
malestar y tensión y de un máximo de seguridad, y también por la unidad yo- tú, entre el Self y el
mundo; y si hacemos referencia a lo mitológico, puede ser considerada como paradisíaca. En
contraste, la situación del ser humano adulto es, necesariamente de sufrimiento. Una vez que el
ego adulto, como sujeto de experiencia, no se identifica ni con su Self (su propia totalidad), ni
con el “tú” (los otros seres humanos y el medio ambiente), está obligado a desarrollarse en medio
de las tensiones de dos polos antitéticos de Self y de “tú”.
En el adulto, esta situación de tensión que se crea por la separación de dos sistemas
psíquicos – la conciencia y el inconsciente – es normal. Simultáneamente a esta constelación,
ocurre en la personalidad como un todo una polarización entre los dos centros: el ego como
centro de la conciencia y el Self como centro de la totalidad psíquica, albergando conciente e
inconciente- además, de una polarización entre el mundo interno y el mundo externo. El ego se
sitúa entre el Self y el mundo, y el desarrollo automórfico de la personalidad como un todo
depende de la actitud que tenga el ego en relación a las demandas internas y externas, del Self y
del mundo.
En la situación urobórica del período pre-ego, en la cual el ego todavía yace adormecido o
emerge apenas en momentos muy aislados, las oposiciones y tensiones no existen. Porque, para el
embrión, no es posible que exista oposición entre el ego-Self y el medioambiente materno, y la
madre es al mismo tiempo Self y “tú”, prevaleciendo la realidad unitaria del paraíso en el inicio
de la etapa post-natal. Tanto en la situación uterina como post-uterina, el niño es protegido por el
continente circular de existencia materna, porque para el niño la madre es, reunidos como una
única entidad, Self, “tú” y mundo. La relación más precoz del niño con su madre posee un
carácter único porque en ella- y casi exclusivamente en ella- la oposición entre el autodesarrollo
automórfico y la relación con el “tú”, que ensancha la tensión de la existencia humana,
normalmente no existe. Por eso, la experiencia de esta fase, que deja sus marcas en todo el
desarrollo posterior, y de particular importancia para la psicología de individuos creativos,
constituye una fuente de nostalgia perenne, que puede tener en el adulto un efecto tanto
progresivo como regresivo.
En la unión dual de la relación primaria aún no existe una tensión intrapsíquica entre el
ego y el Self. El desarrollo posterior del eje ego-Self de la psique, y la comunicación y oposición
entre el ego y el Self se inician con la relación entre, por una lado, la madre y el Self, y por otro,
el niño en cuanto ego. A estas alturas, la fusión entre madre e hijo, entre Self y ego es constelada
por la relación mutua y por la dependencia del Eros. Así mismo, cuando hablamos de una
duplicación del Self en la relación primaria, estamos intentando expresar, desde el punto de vista
de nuestra conciencia polarizada, la condición paradojal que prevalece en la relación primaria. Al
mismo tiempo deseamos aclarar la relación dinámica entre madre e hijo, y sobre el desarrollo del
ego y de la personalidad del niño dentro de esta relación.
Aquí tenemos nuevamente el concepto de realidad unitaria, una realidad que trasciende la
división cuerpo- psique y que se encuentra de tal modo ligada al cuerpo y al mundo que la psique,
cuerpo y mundo se tornan indistinguibles. Asimismo, la relación primaria del niño con su madre,
que posteriormente la conciencia intenta mantener separados y distinguibles como opuestos –
físico y psíquico, biopsíquico y objetivo – aún constituyen una sola y única unidad. A primera
vista, es posible suponer, como Freud, que el Self corporal es el representante del organismo y de
su mundo inconciente e instintivo, y que la madre representa el mundo en cuanto a medio
ambiente y a sociedad humana. Pero, como se refiere a una situación original, una división y
clasificación así mismo son imposibles. El Self corporal y el mundo se encuentran tan
estrechamente ligados como la madre y la psique. Lo que luego aparece para el ego como el
inconciente representa en igual medida tanto la reacción del organismo biosíquico como la del
mundo contenido en esa reacción, porque ambos aún permanecen indistinguibles.
La situación real es arcaica y, por lo tanto, de difícil comprensión para nuestra conciencia.
Dividir en interno y externo es una simplificación que proporciona bastante satisfacción a nuestra
conciencia. Sólo al final de su desarrollo embrionario post-uterino, cuando el niño
definitivamente ha nacido, pasa a vivir como un individuo dotado de ego, que ha comenzado a
reaccionar de modo propio en un mundo del cual se separó y que lo confronta. Sólo después la
madre, como mundo, se torna medio ambiente o inconciente. Pero en esta fase el individuo ya ha
adquirido completamente su Self. El Self Corporal y el Self Racional, presente en la madre, se ha
tornado uno.
A lo largo del desarrollo del niño, el Self encarnado en la madre en la relación primaria, o,
para formularlo de manera más cautelosa, el aspecto funcional del Self encarnado en la madre,
que en la relación primaria se torna una experiencia formativa para el niño, debe gradualmente
“descolocarse” para el interior del niño. La independencia del niño como ego y como individuo
comienza al finalizar la fase embrionaria post-uterina y coincide con la emergencia de los
confines estrictos de la relación primaria. El niño en tanto se abre para otras relaciones, se torna
un ego apto para la confrontación con un “tú” tanto internamente como externamente. Sólo
después, con la disolución parcial de la participation mystique entre el hijo y la madre, el niño
deja de ser sólo un Self Corporal y se transforma en una totalidad individual, poseedora de un
Self completo y abierto a las relaciones.
Para simplificar las cosas, hablamos de un Self completo, que se consolida sólo al
finalizar el período embrionario. Es un Self que consigue unir el Self Corporal con el Self
Racional externalizado en la madre. Así estas no son partes, pero sí aspectos del Self que están
presentes desde el inicio, pero que se tornan discernibles sólo en el curso del desarrollo.
Esta forma de pensar parece entrar en conflicto con el punto de vista genético,
evolucionista, de acuerdo al cual la personalidad es un producto histórico moldeado por las
condiciones de su medio ambiente. Una de las posturas pone énfasis en un dato a priori que se
confronta con un mundo externo, en cuanto que la otra enfatiza la acción constitutiva del medio
ambiente, que moldea a la criatura viva. Ambas posturas son tipológicamente unilaterales, por lo
que cuando ambas son consideradas en conjunto podemos abrazar toda la verdad.
No podemos hablar de una identificación en una fase anterior al ego y mucho menos al
inicio de su desarrollo. Igualmente no debemos confundir el proceso de descolocamiento del Self
(que se encontraba exteriorizado en la madre) para dentro del niño como un proceso de
introyección, aunque este fenómeno es el prototipo de todos los procesos de introyección
posteriores. En realidad la introyección sólo ocurre cuando entre el yo y el tú, entre sujeto y
objeto, entre lo interno y lo externo, se desarrolla lo suficiente para hablarnos de la
internalización de una cosa externa. Esto ocurre, por ejemplo, cuando un niño que ya desarrolló
su conciencia de ego – esto es en la fase patriarcal – toma rasgos de la figura de su padre
personal, individual, y los introyecta en su superego. En la constelación inicial, sin embargo, todo
está presente tanto interna como externamente, o no externa ni internamente, por lo que no puede
haber ningún tipo de cuestionamiento sobre la externalización o introyección.
La necesidad del niño de preservar la unión dual de la relación primaria es casi idéntica a
su instinto de autoconservación, pues su existencia es totalmente dependiente de la madre. Pero
esta relación no es sólo orgánica y material; como ahora sabemos, no se relaciona exclusivamente
al cuidado y alimentación. La pérdida de la madre o de la persona que las substituye es sentida
menos en la esfera corporal de que en la psíquica. Se manifiesta también con la pérdida del
contacto con el mundo, y con la debilitación del automorfismo y del instinto de preservación y
destrucción de los primeros ensayos del desarrollo del ego.
Esto no tiene nada que ver con el parentesco biológico, porque una verdadera madre es
más o menos sustituible por otra figura que desempeñe un papel afectivo análogo. En otros
palabras, no es el individuo en cuanto a persona, y sí lo maternal en términos genéricos que se
constituye como fundamento indispensable de la vida del niño. La madre de la relación primaria
es la “buena Gran Madre”. Es el ser que contiene, alimenta, protege y abriga al niño y que se liga
afectivamente con él. Es la base de su existencia no sólo física, sino también psíquica. Es quien
da seguridad y torna posible la vida en el mundo. En este sentido, es anónima y transpersonal, o
sea arquetípica en cuanto componente de una constelación específicamente humana, que opera
entre ella y el niño. Su comportamiento dirigido inconcientemente, que la capacita a coincidir con
el arquetipo de la madre, es vitalmente necesario para el desarrollo normal del niño.
Por esta razón, excesivos desvíos individuales de la norma, en un buen o mal sentido, son
dañinos. Los efectos de mucha o de poca atención dados al niño son igualmente negativos.
Disturbios en la vida de la madre, dolencias, shocks y traumatismos psicológicos son
desviaciones de la constelación arquetípica de la relación primaria y pueden dañar o bloquear el
desarrollo del niño. El aspecto físico, por ejemplo, la alimentación, no es un mero símbolo de un
factor psicológico, si bien en este dominio todo factor físico es también simbólicamente
significativo; ni tampoco factores psíquicos tales como la ternura, meramente se encuentran en un
lugar físico, si bien ningún factor psíquico deja se tener su correspondencia física.
La fusión del niño con la madre en la relación primaria y el carácter cósmico del campo
en el cual opera esta relación tiene consecuencias especiales en el desarrollo de la personalidad
del niño en cuanto a un individuo completo. La relación primaria tiene como campo un sistema
de relación en cual madre e hijo figuran como sus polos; pero en la fase pre-ego del desarrollo del
niño ese campo es también una realidad independiente de ambos polos. La relación primaria,
como constelación arquetípica específica, abraza a ambos individuos en su realidad transparente,
cada polo- madre e hijo- surgen para el otro y actúan sobre el otro como un arquetipo. Esta
condición arquetípica básica garantiza el funcionamiento formativo de la relación primaria con
todas sus consecuencias vitales para el desarrollo del niño.
Hablar del carácter cósmico de la imagen corporal, en la que el niño se funde en una
unidad con la madre y con el mundo, equivale a decir que la relación primaria acontece en un
campo unificado en donde no existe la delimitación corporal como símbolo de individualización.
La participation mystique entre madre e hijo orienta a cada uno a través del otro. El niño
inconcientemente “lee” el inconciente de la madre dentro de la cual vive, de la misma forma que-
normalmente – la madre ejerce una función reguladora al reaccionar inconcientemente a la
conducta inconciente del niño.
En esta situación la psique todavía no se incorpora a un cuerpo individual, pero se
encuentra suspendida en un campo de realidad unitaria, que contiene dentro de sí algo que es en
cierto sentido pre-psíquico y pre-físico, que es todavía psíquico y físico conjuntamente (el Self
Corporal).
Una madre con su hijo no evoca la imagen de una mujer individual con su hijo individual, pero
de un arquetipo común a toda la humanidad. Desde tiempos inmemorables los hombres se han
sentido profundamente tocados por este hecho y lo consideran suprapersonal. Para la conciencia
de la madre, con certeza, un hijo es obviamente también algo individual que forma parte de su
propio destino. Aunque en la realidad de la relación primaria, de manera como la vivencia, cada
madre es la madre, cada hijo es el hijo, y la relación entre ellos es la relación primaria, que se
“realiza” de acuerdo con un patrón arquetípicamente prescrito.
Mientras que en la primera fase de la relación primaria la madre aparece como mundo continente
y nutriente, la segunda fase se caracteriza por la forma distintamente humana del arquetipo de la
madre. Aquí, de nuevo, con toda certeza, la madre es un arquetipo y no sólo una madre personal,
individual; esto es, ella es la Gran Madre, y la Madre Diosa; pero que al mismo tiempo se torna
una madre humana. Las funciones que previamente eran desempeñadas por un mundo anónimo y
sin forma en la cual el niño todavía no delimitado “flotaba”- las funciones de contención,
alimentación, abrigo y protección- se encuentran ahora humanizadas. Esto es, son
experimentadas en la persona de la madre, que, al principio en momentos remotos y después
continuadamente, es vivenciada y reconocida como un ser humano individual. Así gradualmente,
conforme el niño se va lentamente desarrollando en dirección a tornarse una personalidad dotada
de conciencia de ego, es que comienza a percibir a una madre como una figura personal,
individual, y se transforma en un sujeto cuyo objeto es la madre. Incluso después la madre
permanece todopoderosa; y la relación primaria constituye aún todo el campo de la vida del niño,
hasta que éste se individualiza y su ego se desarrolla. Surge en tanto, una relación yo-tú.
En la fase anónimo-cósmica, la relación primaria determina completamente el sentimiento
de existencia del niño en el mundo, pero a medida que la madre se torna un individuo super-
humano, la existencia social del niño comienza. En la fase urobórica de la relación primaria,
madre e hijo forman una unión dual dentro de la realidad unitaria; pero a partir de este momento
el desarrollo normal del niño depende de la habilidad de su Self y de su ego para separarse, poco
a poco, de la unidad de la relación primaria. De ahí en adelante el desarrollo automórfico del niño
y sus predisposiciones específicas se encuentran en primer plano. El arquetipo de la madre
continúa dominando, lo que significa que el desarrollo del niño en este estadio, depende aún de la
relación madre-hijo. Ahora, sin embargo, el niño emerge cada vez más de la esfera maternal para
enraizarse en un mundo universalmente humano.