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1 Traducción Cap. 1 - The Child - Erich Neumann

Este capítulo describe las primeras fases del desarrollo del niño y la relación primaria con la madre. Explica que el niño humano requiere de un período extrauterino de dependencia de aproximadamente un año, durante el cual la madre representa su mundo total. También describe conceptos como el Self, el ego y el inconsciente, y cómo estos se desarrollan durante la infancia bajo la influencia de la madre y la cultura.

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1 Traducción Cap. 1 - The Child - Erich Neumann

Este capítulo describe las primeras fases del desarrollo del niño y la relación primaria con la madre. Explica que el niño humano requiere de un período extrauterino de dependencia de aproximadamente un año, durante el cual la madre representa su mundo total. También describe conceptos como el Self, el ego y el inconsciente, y cómo estos se desarrollan durante la infancia bajo la influencia de la madre y la cultura.

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Erich Neumann: “El Niño”.

Capítulo 1:
La relación primaria madre-hijo y las primeras fases del desarrollo del niño.

Así como el mundo matriarcal - en donde el inconsciente ejerce supremacía y el ego y la


conciencia no se encuentran aún desarrollados - domina la psicología de las culturas primitivas,
asimismo acontece ontogénicamente el desarrollo de cada ser humano en particular.

Una de las características fundamentales que distinguen al hombre de los animales,


incluso de aquellos que se encuentran más próximos a él en la escala evolutiva, es que la cría
humana, para emplear la terminología utilizada por Portmann, debe pasar por una fase
embrionaria intra- uterina como también por una fase extra-uterina. Las crías de los mamíferos
superiores nacen en un estado de relativa madurez; ya sea inmediatamente o en un corto tiempo
después de nacidos son pequeños adultos que no sólo se asemejan en su totalidad a los animales
adultos, sino que además son capaces de vivir sin precisar de ayuda. El embrión humano, para
nacer en un estado de maduración equivalente, requeriría pasar por un período de gestación de
entre 20 a 22 meses. En otras palabras la cría humana, después de los 9 meses de gestación en el
útero, requiere de otro año para lograr el grado de madurez que caracteriza a las crías de muchos
otros mamíferos al momento de nacer. Es por esto que el primer año de infancia, debe ser
considerado como parte de la fase embrionaria. Sumado a esta fase embrionaria en la cual el niño
se encuentra física y psíquicamente integrado dentro del cuerpo de la madre, existe una segunda
fase, post- uterina y post-natal, en la cual el niño hace su entrada en la sociedad humana, y como
su ego y conciencia comienzan a desarrollarse, va incorporando el lenguaje y las costumbres del
grupo. Esta fase, que Portmann denominó el período uterino social, se caracteriza por el dominio
de la relación primaria con la madre, quien desde un principio representa para el niño la totalidad
del mundo aprehensible, todo el ambiente circundante, pero que poco a poco va propiciando al
niño, experimentar aspectos nuevos del mundo.

Este fenómeno básico, específico de la humanidad, establece un contexto humano para el


desarrollo del niño desde su inicio. El estado de dependencia de la existencia humana es único
dentro del reino animal por el hecho de que, en la parte final de la vida embrionaria, la cría
humana es retirada de las manos de la madre naturaleza y entregada a una madre humana. La
relación primaria del niño con su madre es más que una relación primaria, por que gracias a ésta,
incluso antes de su “verdadero” nacimiento a la edad de un año, el niño va siendo moldeado por
la cultura humana, una vez que la madre vive inmersa en colectivo cultural, cuyos valores y
lenguaje influencian, inconcientemente pero de un modo efectivo el desarrollo del niño. La
actitud que tenga el colectivo en relación al niño, a su sexo, a su individualidad y a su desarrollo,
puede ser un asunto de vida y muerte. El hecho de ser niño ó niña ó gemelos, la apariencia física
del niño, o las circunstancias de su nacimiento, si es evaluado negativamente por la cultura,
puede ser desastroso para su futuro, al igual como ser portador de una malformación física o de
una deficiencia mental.

Por esto, ya en la fase pre-natal existe una evidente adaptación hacia la colectividad,
relacionada con la actitud que ésta mantiene, de aceptación o rechazo, hacia cada uno de los
individuos que la componen. Sin embargo, además de esta tendencia a la adaptación,
encontramos también desde el principio el automorfismo del individuo, una necesidad de formar
su propio ser a partir de dos elementos particulares que lo constituyen en el interior de la
colectividad y, de ser necesario, independiente, o en de la oposición a ella.

En un intento por formular las leyes que gobiernan el desarrollo de la personalidad, la


psicología analítica necesita utilizar una nueva terminología, ya que tomar prestados los términos
creados por Freud y su escuela puede tornar indistinguibles las grandes diferencias profundas
entre las direcciones de dos psicologías profundas. Hasta el día de hoy esta necesidad ha sido
descuidada por los psicólogos analíticos, por lo que las consecuencias han sido la pérdida de
claridad. Postular la necesidad de corrección en la terminología tiene un fundamento teórico, ya
que, el uso de términos inadecuados frecuentemente lleva a interpretaciones reduccionistas del
fenómeno psíquico y, por lo tanto, a malos entendidos que tornan difícil, sino imposible, un
abordaje terapéutico comprensivo.
En nuestro esfuerzo por describir con claridad la relación primaria entre el niño y la madre, nos
confrontamos con la interconexión, central para la psicología del niño, entre el desarrollo del ego
y el desarrollo de la personalidad como un todo.

Cualquier discusión desde la perspectiva de la Psicología Analítica respecto al desarrollo


de la personalidad y, especialmente, de la personalidad del niño - debe comenzar asumiendo
como supuesto - que viene primero el inconciente, y que sólo después surge la conciencia. La
personalidad como un todo y su centro directivo, el Self, existen antes que de que el ego tome
forma y se desarrolle como centro de la conciencia; las leyes que rigen el desarrollo del ego y de
la conciencia están subordinadas a lo inconciente y a la personalidad como un todo, que es
representado por el Self.

Damos el nombre de centroversión a la función de totalidad, que en la primera mitad de la


vida lleva, entre otras cosas, a la formación del centro de conciencia, posición que va siendo
gradualmente asumida por el complejo del ego. Con la formación de este centro, el Self establece
un “derivado” de sí mismo, una “autoridad”, el ego, cuyo rol es representar los intereses de la
totalidad, defendiéndonos de las demandas particulares del mundo interior y del medio ambiente.
Simbólicamente, la relación del ego con el centro de la totalidad es una relación de hijo. El centro
de totalidad, o Self, en cuanto a su relación con el desarrollo del ego, se encuentra estrechamente
ligado a los arquetipos parentales. Durante la primera mitad de la vida predomina la psicología
del ego y la conciencia, y la personalidad se centra en el ego y en la conciencia. En el proceso de
individuación de la segunda mitad de la vida, ocurre un cambio de foco del ego hacia el Self.
Todos estos procesos, así como también la amplificación y síntesis de la conciencia y la
integración de la personalidad, ocurren bajo el comando de la controversión.

Mientras el concepto de centroversión se aplica a la relación entre los centros de la


personalidad, el concepto de automorfismo da cuenta del desarrollo, no tanto de los centros
psíquicos, como del desarrollo de los sistemas psíquicos; la conciencia y el inconciente. Abarca
la relación de uno con el otro; por ejemplo, la relación compensatoria del inconciente con la
conciencia, y también los procesos que ocurren sólo en inconsciente o sólo en el conciente, pero
que sirven para el desarrollo del la personalidad como un todo.
La relación primaria madre-hijo es decisiva en los primeros meses de la vida del infante.
Es el período en que el ego del niño se forma o que por lo menos comienza a desarrollarse; es el
estado en que el núcleo del ego, presente desde el comienzo, crece y alcanza la unidad, lo que
permite que podamos hablar de un ego infantil más o menos estructurado.

Esta fase más precoz de la existencia, anterior al ego, sólo es accesible para un adulto de
forma dudosa, porque nuestra experiencia adulta es normalmente una experiencia del ego,
contingente a la presencia de la conciencia; en cuanto que el estado poco desarrollado del ego en
este período inicial parece apuntar a la imposibilidad de una experiencia que pueda ser
considerada como tal. Sólo cuando las relaciones se tornaran más claras será posible entender
que, en esta más precoz de las fases, es posible que exista la experiencia, y más aún; que esta
experiencia inicial es de crucial importancia para la humanidad tanto como para el individuo.

En otra obra describimos esta fase como una realidad mitológica y hemos procurado
dilucidar los símbolos vinculados a ella. El término uroboros ha sido seleccionado para designar
el estado inicial pre-ego, porque el símbolo del uroboros, la serpiente circular que muerde su
propia cola, “comiéndosela”, por tanto, caracteriza a una unidad sin opuestos dentro de la
realidad psíquica. Es así como el uroboros - como el Gran Círculo en cuyo centro, a manera de un
útero, el germen del ego reposa protegido - es el símbolo característico de la situación uterina en
la cual no existe todavía un niño con una personalidad delimitada de forma lo suficientemente
clara para permitir una confrontación con un ambiente humano y extra-humano. Este estado no
delimitado, característico de la situación embrionaria uterina, se preserva en gran parte, si bien no
completamente, después del nacimiento.

Durante la fase embrionaria, el cuerpo de la madre es el mundo dentro del cual vive el
niño, aún no poseedor de una conciencia de percepción y control, y aún no centralizada por el
ego; por lo que la regulación de totalidad del organismo del niño, que designamos con el símbolo
de Self corporal, todavía se encuentra abarcada por el Self de la madre.
Al mismo tiempo, esos factores que consideramos constitucionales e individuales en el
embrión se desarrollan con la autonomía del Self individual del niño; pero este desarrollo
automórfico ocurre en el interior de la realidad extraña de la madre, que actúa sobre el embrión
como una realidad superior. Es sólo con el término de la fase post-uterina que podemos
demostrar el establecimiento completo de la instancia autodeterminante que la Psicología
Analítica denomina el Self individual.

La manifestación más temprana del Self, aquella que tiene sus raíces en lo biológico, le
hemos dado el nombre de Self Corporal. Se constituye en la delimitada y única totalidad del
individuo, ahora liberado de las ataduras que lo unían al cuerpo de la madre. El individuo surge
como ser en la unidad bio-psíquica de su propio cuerpo.

Con el nacimiento del cuerpo, el enlace del niño con su madre es en parte preservado,
pero la importancia de la segunda fase embrionaria específica del ser humano es precisamente el
hecho de que después del nacimiento, el niño sigue siendo en algún sentido un embrión. En otras
palabras que continúa parcialmente cautivo a su relación embrionaria primaria con su madre.
Todavía no se ha convertido en sí mismo. El niño llega a ser completamente sí mismo sólo en el
curso de su relación primaria, proceso que es normalmente completado sólo después del primer
año de vida.
De acuerdo a las características del estado pre-ego de la temprana infancia, en el cual el
ego y la conciencia se encuentran todavía desarrollándose, la experiencia polarizada del mundo
con su dicotomía entre sujeto-objeto no se encuentra todavía presente. Esta experiencia infantil
compartida por todos los individuos, es la encarnación ontogenética de la realidad unitaria
primaria en la cual los mundos parciales del exterior y del interior, el mundo objetivo y la psique
no existen. En esta fase embrionaria post-natal el niño aún es contenido dentro de su madre,
aunque su cuerpo haya recién nacido. En esta fase hay una unión primaria compuesta por la
madre y el niño. En el proceso de “transformarse en sí mismo” el niño emerge de esta unidad con
su madre para transformarse en un sujeto apto para confrontar el mundo como “tú” y como
objeto.
Pero esta realidad que abarca a la madre y al niño no es sólo una realidad psíquica, sino
también una realidad unitaria, en la cual, aquello que nuestra conciencia discriminante llama
“dentro” y “fuera”, son idénticos para el niño. Así como para el ego, por ejemplo, hay una
conexión inmediata entre el deseo de llevar a cabo un movimiento y su ejecución, para el niño
una necesidad o malestar tales como, hambre o frío se vinculan inmediatamente a su satisfacción
o alivio por parte de la madre. Esta unidad, de la cual depende la existencia del niño, consiste en
una identidad biopsíquica entre cuerpo y el mundo, en donde el niño y la madre, un cuerpo
hambriento y unos pechos que calman el hambre, son todos una única y misma cosa.

Normalmente el niño se siente seguro en esta realidad unitaria con la madre. Cuando una
tensión aparece, él grita; a medida que su necesidad va siendo satisfecha con mayor o menor
rapidez, la tensión se alivia, con lo cual el niño vuelve a sumergirse en el sueño.

Incluso después, durante el primer mes de vida, a medida que el ego va adquiriendo, con
mayor frecuencia, una conciencia insular - primero por momentos cortos y luego por momentos
más largos - y se va adaptando al mundo; todavía no existe una diferenciación entre su propio
cuerpo y la madre que brinda placer y disipa el displacer. Para el ego del niño, con una
experiencia fundada en el placer y displacer, su experiencia del mundo es la experiencia de la
madre, cuya realidad emocional determina la existencia del niño. En esta fase para el niño la
madre no se encuentra ni fuera ni dentro: para el niño los senos no forman parte de una realidad
externa; su propio cuerpo no es experimentado como suyo. Como en la fase uterina, madre e hijo
continúan tan unidos, como si formasen una unidad; sólo que la unidad que ellos forman es dual.

En términos mitológicos, el ego aún está contenido en el uroboros, y para el embrión la


madre es un vaso continente y circundante que para él equivale el mundo.

La imagen del cuerpo del niño todavía indiferenciada, es larga y no delimitada como el
cosmos. Su configuración particular se encuentra tan ligada con el mundo y por lo tanto con todo
aquello que llamamos externo, que su extensión puede ser llamada como cósmica. Sólo a medida
que su ego se desarrolla, el niño puede gradualmente comenzar a diferenciar su propia imagen
corporal y concomitantemente, el mundo va tomando contornos más claros como objeto en
confrontación con el ego. En su libro Notas sobre la imagen yEsquema Corporal, Clifford Scott
escribe: “Una parte de la imagen corporal consiste en una percepción constantemente cambiante
del mundo, cuyos límites extremos implican una preocupación de esto que sólo podría ser
llamado como los límites del tiempo y del espacio.”
La unión dual de la relación primaria es cósmica y transpersonal porque el niño no posee
aún un ego estable ni una imagen corporal delimitada. Se trata de una realidad unitaria aún no
dividida en dentro y fuera, ni entre sujeto y objeto. Lo abarca todo. En esta relación primaria, la
madre también vive, de la misma forma que el niño en una realidad unitaria arquetípicamente
determinada, pero sólo una parte de si entre en ella, porque la relación con su hijo domina sólo
una parte de su existencia total. El infante, sin embargo, se encuentra totalmente inmerso en este
reino, en donde la madre representa para él el mundo y el Self.

Con la observación de que en la fase embrionaria la madre es también el Self del niño, nos
vemos enfrentados con una dificultad: estamos obligados a presumir la existencia, en la primera
fase de la relación primaria de un Self del niño dividido en dos. Si tomamos la noción de una fase
embrionaria post-natal seriamente, estamos obligados a decir que el niño se convierte en un Self,
en una totalidad individual, sólo al término del año, al término de todo el período embrionario
intra y extra-uterino. Hasta entonces, gracias a que el niño está contenido en una realidad unitaria,
tenemos una situación paradojal desde el punto de vista la conciencia.

Por un lado, existe el Self Corporal del niño, determinado por la especie y el cual emerge
simultáneamente con la totalidad corporal individual. Por otro lado, la madre, en la relación
primaria, no sólo juega el rol del Self del niño, sino que es en realidad es Self. Pero el Self
Corporal tiene también el carácter de una totalidad y no debiera ser tomado como una entidad
meramente fisiológica, porque la disposición corporal y la disposición psíquica, la constelación
hereditaria y la individualidad, están ya presentes en la unidad biopsíquica del Self Corporal

Desde nuestra conciencia discriminante, la estructura del Self del adulto siempre implica
una relación yo-tú. El ego vivencia al Self como un opuesto, que se manifiesta en el interior de la
psique como el centro, y en el exterior se manifiesta como el mundo o como otro ser humano, o
como la proyección de una imagen arquetípica. Esto significa que el Self tiene un carácter de
Eros que determina el desarrollo completo del ser humano y que puede ser descrito como
individuación, como relación, y como un cambio de relación. Asimismo, paradójicamente, el Self
consiste en aquello que más esencialmente somos, pero al mismo tiempo sume la forma de un
“tú”; para nuestra conciencia, es el centro individual de la personalidad, pero al mismo tiempo
posee un carácter universalmente humano y cósmico. Esta naturaleza doble paradojal del Self se
manifiesta precozmente en la infancia; en cuanto a la “esencia propia” del niño, el Self es el Self
corporal; en cuanto a un “tú”, quien es la madre de ese niño.

En la primera fase de infancia, la tendencia que el Self tiene para relacionarse con un “tú”
es “dada” y, desde nuestro punto de vista externalizada en la madre – pero aquí debemos tener en
mente que este concepto de “fuera”, implícito en la noción de externalización, es realmente
inadecuado para referirse a la situación cósmica del niño. Sin embargo, sólo una vez que
podemos describir la realidad unitaria de la relación primaria como una relación entre dos
personas madre e hijo, nuestra formulación se ve imposibilitada de dar cuenta completamente de
la situación real.

La fase inicial, urobórica, del desarrollo del niño, se caracteriza por un mínimo de
malestar y tensión y de un máximo de seguridad, y también por la unidad yo- tú, entre el Self y el
mundo; y si hacemos referencia a lo mitológico, puede ser considerada como paradisíaca. En
contraste, la situación del ser humano adulto es, necesariamente de sufrimiento. Una vez que el
ego adulto, como sujeto de experiencia, no se identifica ni con su Self (su propia totalidad), ni
con el “tú” (los otros seres humanos y el medio ambiente), está obligado a desarrollarse en medio
de las tensiones de dos polos antitéticos de Self y de “tú”.

En el adulto, esta situación de tensión que se crea por la separación de dos sistemas
psíquicos – la conciencia y el inconsciente – es normal. Simultáneamente a esta constelación,
ocurre en la personalidad como un todo una polarización entre los dos centros: el ego como
centro de la conciencia y el Self como centro de la totalidad psíquica, albergando conciente e
inconciente- además, de una polarización entre el mundo interno y el mundo externo. El ego se
sitúa entre el Self y el mundo, y el desarrollo automórfico de la personalidad como un todo
depende de la actitud que tenga el ego en relación a las demandas internas y externas, del Self y
del mundo.

En la situación urobórica del período pre-ego, en la cual el ego todavía yace adormecido o
emerge apenas en momentos muy aislados, las oposiciones y tensiones no existen. Porque, para el
embrión, no es posible que exista oposición entre el ego-Self y el medioambiente materno, y la
madre es al mismo tiempo Self y “tú”, prevaleciendo la realidad unitaria del paraíso en el inicio
de la etapa post-natal. Tanto en la situación uterina como post-uterina, el niño es protegido por el
continente circular de existencia materna, porque para el niño la madre es, reunidos como una
única entidad, Self, “tú” y mundo. La relación más precoz del niño con su madre posee un
carácter único porque en ella- y casi exclusivamente en ella- la oposición entre el autodesarrollo
automórfico y la relación con el “tú”, que ensancha la tensión de la existencia humana,
normalmente no existe. Por eso, la experiencia de esta fase, que deja sus marcas en todo el
desarrollo posterior, y de particular importancia para la psicología de individuos creativos,
constituye una fuente de nostalgia perenne, que puede tener en el adulto un efecto tanto
progresivo como regresivo.

Sólo cuando interpretamos correctamente la condición de estar contenido en “lo


Redondo” podemos entender por qué el término autismo no se aplica en esta fase. Como el ego
aún no se desarrolla, la tendencia a relacionarse y el carácter del Eros de la relación primaria se
manifiesta cósmica y transpersonalmente, y no de manera personal. Es por esto que el paraíso, y
la Casa Original, el Círculo, el Océano o el Lago, figuran entre los símbolos de un pasado
remoto. Estar contenido en este mundo cósmico es una expresión de la forma embrionaria de
existencia anterior al ego, en la cual la madre contenedora se manifiesta en los símbolos de una
realidad abarcadora, o sea, de una realidad unitaria. El término autismo, que hace referencia a un
estado en el cual un objeto se encuentra totalmente ausente, es inteligible sólo desde una
perspectiva que supone una relación sujeto-objeto del ego adulto. Deja de ser un término correcto
una vez que hemos comprendido la realidad unitaria de la relación primaria pre y post natal. En la
fase post-uterina de existencia en la realidad unitaria, el niño vive en una participation mystique
total, en un fluido-madre psíquico, en el cual todo se encuentra todavía en suspensión, en donde
nada se ha cristalizado todavía en pares opuestos, ego y Self, sujeto y objeto, individuo y mundo.
Es por este motivo que esta fase se asocia al “sentimiento oceánico”, que siempre vuelve a
aparecer, incluso en los adultos, cuando la realidad unitaria complementa, substituye o rompe la
realidad conciente del día a día caracterizada por la polarización entre sujeto y objeto.

En el Psicoanálisis, la antítesis entre la situación psíquica del recién nacido y la tendencia


a formar relaciones objetales de un ego más tardío es explicada con la ayuda de conceptos tales
como “identificación y “narcisismo primario”. En contraste con esto, términos como “adualismo”
(Baldwin) y “unión dual” (Szondi) expresan la situación primaria del niño con precisión. La
Psicología Analítica emplea términos más universales como participation mystique e “identidad
inconciente” (Levy-Bruhl). La condición psíquica del niño, es formulada en estos términos, sin
interpretarse como acto de identificación, sino como una realidad inconciente, o sea, como un
estado pasivo.

Sólo podemos hablar de identificación y de actos de identificación cuando ya existe un


ego desarrollado. Estas identificaciones realmente ocurren, por ejemplo, en todos los rituales de
iniciación. La instancia iniciadora concientemente produce una identificación con nuestros
ancestros, con un animal totémico, etc. Pero cuando hablamos de actos inconcientes de
identificación, estamos proyectando injustificadamente la actividad de nuestro ego sobre el
inconciente, que en realidad se caracteriza por una identidad primaria, esto es, una realidad que
simplemente está ahí, presente como tal. En este sentido, la unión dual de la relación primaria es
una constelación de identidad, y no de la identificación de un ego aún no existente de un hijo con
su madre. Este “estar presente como tal” es precisamente lo que caracteriza a la realidad unitaria
y a la existencia en este estado cósmico no subjetivo.

Consecuentemente, el carácter del Eros en la relación primaria- en la cual primero la


ocurrencia de una interpretación, seguida de una coexistencia y confrontación, es inherente a la
vida de la especie, de modo que toda la existencia del niño depende de la realización de la
constelación del Eros- se sitúa en oposición directa al narcisismo primario de Freud o a cualquier
otro narcisismo primario imaginable. No importa cuán convincentes puedan parecer las razones
que llevaron a Freud a poner en oposición el narcisismo y la relación objetal, siendo incapaz de
comprender la constelación apersonal de la relación primaria. Esta relación- y fue lo que llevó a
Feud a formular una oposición entre narcisismo y amor objetal – no es una relación propiamente
dicha, porque una relación presupone la existencia tanto de un sujeto como de un objeto. Ni uno
ni el otro están presentes en la fase pre-ego de la relación primaria. Es esto lo que torna a la
relación primaria diferente de todas las demás y posteriores relaciones. Sin embargo, el carácter
del Eros de participación, o de relación recíproca, es más fuerte de que en cualquier relación que
presuponga un opuesto.

En psicología analítica, el estado urobórico de desarrollo infantil, con todas las


implicaciones arquetípicas descritas en mi libro La historia del Origen de la Conciencia,
corresponde a la fase del narcisismo primario, al estado aún no objetal de la relación primaria. En
este libro, utilizaré más el término narcisismo en sus acepciones tanto positivas como negativas,
como lo hice en cierta medida en La historia del Origen de la Conciencia, pero lo reservaré para
una actitud y un desarrollo del ego y específicos y negativos.

En la unión dual de la relación primaria aún no existe una tensión intrapsíquica entre el
ego y el Self. El desarrollo posterior del eje ego-Self de la psique, y la comunicación y oposición
entre el ego y el Self se inician con la relación entre, por una lado, la madre y el Self, y por otro,
el niño en cuanto ego. A estas alturas, la fusión entre madre e hijo, entre Self y ego es constelada
por la relación mutua y por la dependencia del Eros. Así mismo, cuando hablamos de una
duplicación del Self en la relación primaria, estamos intentando expresar, desde el punto de vista
de nuestra conciencia polarizada, la condición paradojal que prevalece en la relación primaria. Al
mismo tiempo deseamos aclarar la relación dinámica entre madre e hijo, y sobre el desarrollo del
ego y de la personalidad del niño dentro de esta relación.

La relación primaria es el fundamento de todas las relaciones, dependencias y relaciones


subsecuentes. La relación dual en cuanto garantizada por la naturaleza de la fase embrionaria
uterina, emerge después del nacimiento como la primera necesidad del mamífero, especialmente
de la cría humana. Es por esto que en todas las criaturas que se desarrollan en el inicio dentro del
cuerpo de la madre se impone la dependencia del pequeño infante en relación al gran vaso
continente, desde el comienzo de toda la existencia.
Para nuestra conciencia discriminante, la duplicación se manifiesta por el hecho de la
totalidad psicobiológica del niño, o su Self corporal, el cual es el fundamento automórfico del
desarrollo. Al mismo tiempo, la existencia de la madre es la pre-condición absoluta de la
existencia del niño, en términos de dotación y regulación de la vida, la única que torna el
desarrollo posible.

Aquí tenemos nuevamente el concepto de realidad unitaria, una realidad que trasciende la
división cuerpo- psique y que se encuentra de tal modo ligada al cuerpo y al mundo que la psique,
cuerpo y mundo se tornan indistinguibles. Asimismo, la relación primaria del niño con su madre,
que posteriormente la conciencia intenta mantener separados y distinguibles como opuestos –
físico y psíquico, biopsíquico y objetivo – aún constituyen una sola y única unidad. A primera
vista, es posible suponer, como Freud, que el Self corporal es el representante del organismo y de
su mundo inconciente e instintivo, y que la madre representa el mundo en cuanto a medio
ambiente y a sociedad humana. Pero, como se refiere a una situación original, una división y
clasificación así mismo son imposibles. El Self corporal y el mundo se encuentran tan
estrechamente ligados como la madre y la psique. Lo que luego aparece para el ego como el
inconciente representa en igual medida tanto la reacción del organismo biosíquico como la del
mundo contenido en esa reacción, porque ambos aún permanecen indistinguibles.

La situación real es arcaica y, por lo tanto, de difícil comprensión para nuestra conciencia.
Dividir en interno y externo es una simplificación que proporciona bastante satisfacción a nuestra
conciencia. Sólo al final de su desarrollo embrionario post-uterino, cuando el niño
definitivamente ha nacido, pasa a vivir como un individuo dotado de ego, que ha comenzado a
reaccionar de modo propio en un mundo del cual se separó y que lo confronta. Sólo después la
madre, como mundo, se torna medio ambiente o inconciente. Pero en esta fase el individuo ya ha
adquirido completamente su Self. El Self Corporal y el Self Racional, presente en la madre, se ha
tornado uno.

A lo largo del desarrollo del niño, el Self encarnado en la madre en la relación primaria, o,
para formularlo de manera más cautelosa, el aspecto funcional del Self encarnado en la madre,
que en la relación primaria se torna una experiencia formativa para el niño, debe gradualmente
“descolocarse” para el interior del niño. La independencia del niño como ego y como individuo
comienza al finalizar la fase embrionaria post-uterina y coincide con la emergencia de los
confines estrictos de la relación primaria. El niño en tanto se abre para otras relaciones, se torna
un ego apto para la confrontación con un “tú” tanto internamente como externamente. Sólo
después, con la disolución parcial de la participation mystique entre el hijo y la madre, el niño
deja de ser sólo un Self Corporal y se transforma en una totalidad individual, poseedora de un
Self completo y abierto a las relaciones.

Con su “verdadero” nacimiento, el individuo humano se torna, muy característico, no sólo


como un individuo de su especie, sino que también como una parte de su grupo. El niño pasa a
ser no sólo “él mismo”, pero este “él mismo” se manifiesta simultáneamente tanto interna como
externamente como una relación “yo-tú. De ahí en adelante, el eje ego-Self, la relación del ego
con el Self, surge como un fenómeno fundamental en el interior de la psique, al mismo tiempo en
que, exteriormente, la separación entre yo y tú, entre sujeto y objeto, se torna discernible, tanto
con una relación con un tú como con una relación con un mundo en cuanto a opuesto.

Para simplificar las cosas, hablamos de un Self completo, que se consolida sólo al
finalizar el período embrionario. Es un Self que consigue unir el Self Corporal con el Self
Racional externalizado en la madre. Así estas no son partes, pero sí aspectos del Self que están
presentes desde el inicio, pero que se tornan discernibles sólo en el curso del desarrollo.

La psicología Analítica atribuye al Self, en cuanto a totalidad del individuo, la cualidad de


un dato existente a priori y que se desarrolla en el curso de la vida. Ese dato “a priori”, de la
individualidad tiene sus paralelos en conceptos tales como entelequia y mónada, o en
presupuestos astrológicos de que el momento único del nacimiento corresponde a características
únicas del individuo, a su predisposición constitucional y a sus posibilidades latentes.

Esta forma de pensar parece entrar en conflicto con el punto de vista genético,
evolucionista, de acuerdo al cual la personalidad es un producto histórico moldeado por las
condiciones de su medio ambiente. Una de las posturas pone énfasis en un dato a priori que se
confronta con un mundo externo, en cuanto que la otra enfatiza la acción constitutiva del medio
ambiente, que moldea a la criatura viva. Ambas posturas son tipológicamente unilaterales, por lo
que cuando ambas son consideradas en conjunto podemos abrazar toda la verdad.

No podemos hablar de una identificación en una fase anterior al ego y mucho menos al
inicio de su desarrollo. Igualmente no debemos confundir el proceso de descolocamiento del Self
(que se encontraba exteriorizado en la madre) para dentro del niño como un proceso de
introyección, aunque este fenómeno es el prototipo de todos los procesos de introyección
posteriores. En realidad la introyección sólo ocurre cuando entre el yo y el tú, entre sujeto y
objeto, entre lo interno y lo externo, se desarrolla lo suficiente para hablarnos de la
internalización de una cosa externa. Esto ocurre, por ejemplo, cuando un niño que ya desarrolló
su conciencia de ego – esto es en la fase patriarcal – toma rasgos de la figura de su padre
personal, individual, y los introyecta en su superego. En la constelación inicial, sin embargo, todo
está presente tanto interna como externamente, o no externa ni internamente, por lo que no puede
haber ningún tipo de cuestionamiento sobre la externalización o introyección.

La remoción del Self de la madre del campo de la realidad unitaria acompaña la


disolución gradual de la unión dual característica de la relación primaria. A medida que el niño se
aproxima al término de la fase embrionaria post-uterina y se torna un individuo humano, no sólo
tiene su Self Corporal fundido con el Self externalizado en la madre para formar un Self
completo, pero sobretodo el ego se ha desarrollado a partir de su fase germinal y alcanzado una
cierta continuidad con el desarrollo de la conciencia del niño.

Con la consolidación de su ego, el niño gradualmente inicia el desarrollo de su conciencia,


que culmina con la conciencia adulta polarizada. Pero antes de alcanzar este estado final, el niño
debe atravesar por fases arcaicas que se remontan a través de toda la historia de la conciencia
humana. En esta obra, sin embargo, no nos preocuparemos de ese desarrollo gradual, que va del
pensamiento mágico-arcaico al pensamiento objetivo-abstracto, y si de la relación entre el ego en
desarrollo y el Self completo, que se establece como unión del Self Corporal con el Self que se
encontraba presente en la madre.
Esta relación entre el ego y el Self es de crucial importancia para el desarrollo y el
funcionamiento sano de la psique. Denominamos a esto el eje ego- Self. Cuando decimos que el
ego se basa en el Self o que el ego se deriva del Self, nuevamente nos estamos refiriendo a la
función de centroversión. En otras palabras, estamos formulando una condensación de un
fenómeno por el cual la personalidad como un todo (en el que el término Self es utilizado como
un centro hipotético) dirige, controla y equilibra todos los procesos que conducen a la emergencia
del ego del niño y a su desarrollo en un ego adulto.

La necesidad del niño de preservar la unión dual de la relación primaria es casi idéntica a
su instinto de autoconservación, pues su existencia es totalmente dependiente de la madre. Pero
esta relación no es sólo orgánica y material; como ahora sabemos, no se relaciona exclusivamente
al cuidado y alimentación. La pérdida de la madre o de la persona que las substituye es sentida
menos en la esfera corporal de que en la psíquica. Se manifiesta también con la pérdida del
contacto con el mundo, y con la debilitación del automorfismo y del instinto de preservación y
destrucción de los primeros ensayos del desarrollo del ego.

La relación primaria es la expresión de una capacidad de relacionarse de manera total,


como queda dramáticamente demostrado por el hecho de que, para un niño su falta puede
provocar disturbios emocionales de un orden tal que culminan en apatía, en idiotez o incluso en la
muerte. La pérdida de la madre representa muchísimo más que sólo la pérdida de una fuente de
alimentos. Para un recién nacido- incluso si continúa siendo bien alimentado- equivale a la
pérdida de vida. La presencia de una madre amorosa que entregue alimentación insuficiente no es
de forma alguna tan desastrosa que una madre poco afectuosa que entregue el alimento en
abundancia.

Esto no tiene nada que ver con el parentesco biológico, porque una verdadera madre es
más o menos sustituible por otra figura que desempeñe un papel afectivo análogo. En otros
palabras, no es el individuo en cuanto a persona, y sí lo maternal en términos genéricos que se
constituye como fundamento indispensable de la vida del niño. La madre de la relación primaria
es la “buena Gran Madre”. Es el ser que contiene, alimenta, protege y abriga al niño y que se liga
afectivamente con él. Es la base de su existencia no sólo física, sino también psíquica. Es quien
da seguridad y torna posible la vida en el mundo. En este sentido, es anónima y transpersonal, o
sea arquetípica en cuanto componente de una constelación específicamente humana, que opera
entre ella y el niño. Su comportamiento dirigido inconcientemente, que la capacita a coincidir con
el arquetipo de la madre, es vitalmente necesario para el desarrollo normal del niño.

Por esta razón, excesivos desvíos individuales de la norma, en un buen o mal sentido, son
dañinos. Los efectos de mucha o de poca atención dados al niño son igualmente negativos.
Disturbios en la vida de la madre, dolencias, shocks y traumatismos psicológicos son
desviaciones de la constelación arquetípica de la relación primaria y pueden dañar o bloquear el
desarrollo del niño. El aspecto físico, por ejemplo, la alimentación, no es un mero símbolo de un
factor psicológico, si bien en este dominio todo factor físico es también simbólicamente
significativo; ni tampoco factores psíquicos tales como la ternura, meramente se encuentran en un
lugar físico, si bien ningún factor psíquico deja se tener su correspondencia física.

La fusión del niño con la madre en la relación primaria y el carácter cósmico del campo
en el cual opera esta relación tiene consecuencias especiales en el desarrollo de la personalidad
del niño en cuanto a un individuo completo. La relación primaria tiene como campo un sistema
de relación en cual madre e hijo figuran como sus polos; pero en la fase pre-ego del desarrollo del
niño ese campo es también una realidad independiente de ambos polos. La relación primaria,
como constelación arquetípica específica, abraza a ambos individuos en su realidad transparente,
cada polo- madre e hijo- surgen para el otro y actúan sobre el otro como un arquetipo. Esta
condición arquetípica básica garantiza el funcionamiento formativo de la relación primaria con
todas sus consecuencias vitales para el desarrollo del niño.

Hablar del carácter cósmico de la imagen corporal, en la que el niño se funde en una
unidad con la madre y con el mundo, equivale a decir que la relación primaria acontece en un
campo unificado en donde no existe la delimitación corporal como símbolo de individualización.
La participation mystique entre madre e hijo orienta a cada uno a través del otro. El niño
inconcientemente “lee” el inconciente de la madre dentro de la cual vive, de la misma forma que-
normalmente – la madre ejerce una función reguladora al reaccionar inconcientemente a la
conducta inconciente del niño.
En esta situación la psique todavía no se incorpora a un cuerpo individual, pero se
encuentra suspendida en un campo de realidad unitaria, que contiene dentro de sí algo que es en
cierto sentido pre-psíquico y pre-físico, que es todavía psíquico y físico conjuntamente (el Self
Corporal).

La unión con la madre se va desarrollando gradualmente, a medida que la individualidad y


la conciencia del ego del niño se desarrolla. C. G. Jung atribuye muchos de los disturbios de la
psique infantil a los disturbios psíquicos de los padres. Esto significa que, hasta la pubertad,
existe normalmente una unión parcialmente inconciente entre hijos y padres, especialmente entre
madre e hijo.

La situación de la participation mystique se expresa por ejemplo en el hecho de que un


estado de ansiedad de la madre pasa al niño sin necesidad de haber ningún tipo de comunicación
directa o indirecta. En cuanto que para la Psicología Analítica la constelación de la identidad de
la relación primaria y el desarrollo del ego a partir de ésta, desempeña un papel importante sino
decisivo, Sullivan se concentra casi exclusivamente en la transmisión de la ansiedad de la madre
a su hijo. Realmente esta participation mystique se manifiesta en un gran número de fenómenos,
que si no fuese por ésta permanecerían incomprensibles. Estos fenómenos han sido relatados por
pacientes con esquizofrenia.

Si como actualmente parece posible, ciertas formas de esquizofrenia significan una


regresión a la fase de relación primaria, fácilmente podemos comprender por qué, en estados de
agitación, los esquizofrénicos pueden captar y participar de conflictos interiores de personas que
han estado próximas, porque, como fue ya ampliamente relatado, demuestran una extraordinaria
percepción del inconciente del terapeuta, y porque, frecuentemente, son más capaces que las
personas normales de entender el inconciente en su simbolismo que sus compañeros de docencia.
Esto es apenas una referencia hecha sobre el paso de una ocurrencia remota de fenómenos
parapsicológicos auténticos en la esquizofrenia.
Estos fenómenos basados en la parcipation mystique confirman el carácter del Eros de
esta fase en que todavía no se completa la centralización de la personalidad individual psicofísica
del niño, o, como una patología psíquica regresiva, en la que se encuentra suspendido.

El vínculo de la unión dual es una situación específica en la cual un ser todavía no


individualizado, en la fase pre-ego, se encuentra unido a un ser que funciona transpersonal y
arquetípicamente dentro de un campo unificado.

Una madre con su hijo no evoca la imagen de una mujer individual con su hijo individual, pero
de un arquetipo común a toda la humanidad. Desde tiempos inmemorables los hombres se han
sentido profundamente tocados por este hecho y lo consideran suprapersonal. Para la conciencia
de la madre, con certeza, un hijo es obviamente también algo individual que forma parte de su
propio destino. Aunque en la realidad de la relación primaria, de manera como la vivencia, cada
madre es la madre, cada hijo es el hijo, y la relación entre ellos es la relación primaria, que se
“realiza” de acuerdo con un patrón arquetípicamente prescrito.

El hecho de que el control y la regulación del niño serán al principio ejecutados


exclusivamente por la madre, que representa el Self, no se refiere a la madre en cuanto a ego e
individuo. Es exactamente su comportamiento no diferente de la media del comportamiento
humano, bastante inconciente e instintivo dentro de la relación primaria que garantiza el
desarrollo humano de niño y del ego del niño. Cuando hablamos del papel transpersonal de la
madre, que se manifiesta en la relación primaria, nos estamos refiriendo precisamente a sus
relaciones inconcientes instintivas, por lo que el instinto no es individual, pero un producto del
inconciente colectivo. Las relaciones en gran parte instintivas de la madre son el fundamento
esencial de la relación primaria. Garantizan la estabilidad y es evidente el carácter de la
vinculación del Eros unido a la madre y al hijo; y también en el reino animal se expresan por
gestos de ternura y disponibilidad para sacrificarse, y por la determinación de defender la vida de
su cría.

La madre constela el campo arquetípico y evoca la imagen arquetípica de madre en la


psique del niño, donde permanece en reposo, pronta para ser movilizada y funcionar. Esta imagen
arquetípica evocada en la psique, pone en movimiento una compleja interacción de funciones
psíquicas en el niño, que se encuentran como punto de partida de desarrollos psíquicos esenciales
entre el ego y el inconciente. Estos desarrollos, como aquellos que ocurren en el interior del
organismo, permanecen relativamente independientes del comportamiento individual de la
madre, suponiendo que la madre está viviendo con su hijo de acuerdo a su papel arquetípico.

En el hombre estas reacciones también son provocadas en conformidad con un sistema


que domina ampliamente el reino animal; un proceso instintivo y movilizado por un “patrón de
estímulos” específico.
Asimismo fue descubierto que la forma típica de la cabeza del bebé moviliza el instinto
parental. Las condiciones son “un rostro pequeño en relación a una frente grande, pómulos
prominentes y movimiento corporal deficiente”. Siempre que estas características estén
presentes- incluso en animales pequeños- liberan sentimientos de ternura parental, por lo que
cuando faltan, la relación no se produce. Incuestionablemente aún tenemos mucho que aprender
al respecto de estos fenómenos instintivos que son siempre la expresión de una relación
arquetípicamente determinada entre individuos de la misma especie.

Mientras que en la primera fase de la relación primaria la madre aparece como mundo continente
y nutriente, la segunda fase se caracteriza por la forma distintamente humana del arquetipo de la
madre. Aquí, de nuevo, con toda certeza, la madre es un arquetipo y no sólo una madre personal,
individual; esto es, ella es la Gran Madre, y la Madre Diosa; pero que al mismo tiempo se torna
una madre humana. Las funciones que previamente eran desempeñadas por un mundo anónimo y
sin forma en la cual el niño todavía no delimitado “flotaba”- las funciones de contención,
alimentación, abrigo y protección- se encuentran ahora humanizadas. Esto es, son
experimentadas en la persona de la madre, que, al principio en momentos remotos y después
continuadamente, es vivenciada y reconocida como un ser humano individual. Así gradualmente,
conforme el niño se va lentamente desarrollando en dirección a tornarse una personalidad dotada
de conciencia de ego, es que comienza a percibir a una madre como una figura personal,
individual, y se transforma en un sujeto cuyo objeto es la madre. Incluso después la madre
permanece todopoderosa; y la relación primaria constituye aún todo el campo de la vida del niño,
hasta que éste se individualiza y su ego se desarrolla. Surge en tanto, una relación yo-tú.
En la fase anónimo-cósmica, la relación primaria determina completamente el sentimiento
de existencia del niño en el mundo, pero a medida que la madre se torna un individuo super-
humano, la existencia social del niño comienza. En la fase urobórica de la relación primaria,
madre e hijo forman una unión dual dentro de la realidad unitaria; pero a partir de este momento
el desarrollo normal del niño depende de la habilidad de su Self y de su ego para separarse, poco
a poco, de la unidad de la relación primaria. De ahí en adelante el desarrollo automórfico del niño
y sus predisposiciones específicas se encuentran en primer plano. El arquetipo de la madre
continúa dominando, lo que significa que el desarrollo del niño en este estadio, depende aún de la
relación madre-hijo. Ahora, sin embargo, el niño emerge cada vez más de la esfera maternal para
enraizarse en un mundo universalmente humano.

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