PORQUÉ
ELBAUTISMO
DE INFANTES
ES BÍBLICO
A L E J A N D R O G. V I V E R O S
Introducción.
Por un lado, tenemos al paidobautismo y, por otro, al credobautismo.
Ambos son términos teológicos, empleados para definir la postura que
diferentes cristianos sostienen sobre el bautismo y, a quién debe ser
administrado.
El paidobautismo proviene de las palabras Paidos que significa Niño, y
Baptizmos que significa Bautismo. Esta es la postura de la fe reformada
histórica acerca de que el bautismo ha de ser administrado a los hijos
pequeños de los creyentes como sello de su inclusión al pueblo del pacto.
Por otro lado, el credobautismo es una doctrina no reformada que enseña
que el bautismo debe ser administrado únicamente a aquellos individuos que
crean en Cristo y profesen la fe cristiana. Ya que los hijos pequeños de los
creyentes no pueden hacer esto, según el credobautismo, ellos no deben ser
bautizados.
El autor de estas líneas es de corte reformado. Así que, no puede
esperarse de este escrito más que una defensa al paidobautismo. De hecho, si
queremos ser precisos con los términos, debemos confesar que nadie que
presuma ser reformado puede, al mismo tiempo, sostener el credobautismo.
Esto sería una contradicción de términos. Hablar de un bautista-reformado es
como hablar de un arminiano-reformado. No se puede ser ambas cosas. Los
reformados siempre seremos paidobautistas.
No decimos esto, con el afán de ensoberbecernos por un título o presumir;
no buscamos ser ofensivos o denigrar a algún grupo de cristianos,
simplemente queremos llamar cada cosa por su nombre.
Antes de hablar del paidobautismo, tratemos de hacer un esbozo sencillo
del lugar de este tema en la teología reformada. El paidobautismo es un
subtema del bautismo. De igual manera, el bautismo es uno de los dos
encabezados de los sacramentos; asimismo, los sacramentos son,
simplemente, sellos y señales santas dentro del Pacto de Gracia, el cuál es
uno de varios pactos en el amplísimo tema de la Teología del Pacto. Estemos,
por lo tanto, conscientes de que, en última instancia, estamos enfocando
nuestra atención en una pequeña parte de la Teología del Pacto.
El bautismo es un sello y señal del Pacto de Gracia, el pacto por el cual
Dios condesciende ofreciendo y dando salvación a todo aquel que cree en el
Hijo. En este pacto, hay sólo dos sellos, también llamados sacramentos: El
Bautismo y la Santa Cena.
Dios nunca ha considerado que los sellos y señales de su pacto sean poca
cosa; al contrario, las Escrituras nos obligan a considerar los sacramentos
como sagrados, algo que Dios jamás se ha tomado a la ligera. Y la historia de
la iglesia nos apunta en la misma dirección. Se esperaría que la iglesia de
nuestro día adopte esa misma postura con respecto a los sellos del pacto, una
actitud sobria y respetuosa. Sin embargo, de alguna manera, poco a poco,
para la iglesia actual, los sacramentos del Pacto de Gracia han llegado a ser
algo de mínima importancia. Algo que no merece nuestra atención. Un tema
frío y académico, para seminarios, teólogos y pastores, pero no apto para la
grey común del Señor.
Verlo de esa manera crea un problema, porque no son sólo los teólogos y
los pastores quienes reciben el bautismo y participan de la santa cena, sino
que toda la iglesia lo hace. Y es verdad que, algunos de nosotros, por
volvernos maestros de la iglesia, tenemos una responsabilidad mayor que la
del miembro común; por tanto, si enseñamos mal estas cosas Dios lo
demandará de nosotros. Pero, aún así, cada uno dará cuentas al Señor si
participó con liviandad e ignorancia de los sagrados sellos del pacto de Dios.
Temblemos, amados hermanos, ante la sola idea de profanar lo sagrado de tal
manera.
Todavía, antes de entrar al tema que nos atañe, quiero hacer una
aclaración de índole histórica. A pesar de que, en nuestra época, el bautismo
de infantes es vinculado como exclusivo de la Iglesia Católica Romana, esto
es algo único de nuestra época; algo que no se les habría ocurrido a nuestros
antecesores.
Cuando los reformadores del siglo XVI se separaron de la Iglesia
Romana, ellos fueron suficientemente objetivos para darse cuenta de que no
todo lo anterior debía ser desechado sino sólo lo que estuviera en franca
oposición a las Escrituras. Muchas cosas, cambiaron al iniciar este
movimiento denominado protestantismo, tanto doctrinas como prácticas
fueron modificadas, pero muchas otras cosas se quedaron, entre ellas el
bautismo de infantes. De ahí que la mayoría de las iglesias históricas sean
paidobautistas: La Iglesia Anglicana, Luterana, Metodista y Presbiteriana.
No fue sino hasta días recientes que el predominio de las nuevas iglesias
(Iglesias Credobautistas) ha provocado que el credobautismo sea pensado
como inherente a toda forma de protestantismo. Esto, ha promovido la idea
de que el bautismo de infantes es cosa de católicos romanos mientras que el
bautismo de creyentes profesantes es cosa de protestantes; una noción
históricamente incorrecta.
Es claro que el bautismo de infantes, tal y como enseñamos los
reformados, presbiterianos, no tiene correspondencia con el bautismo que
profesa la iglesia católico romana. La iglesia católica romana cree en algo
llamado Regeneración Bautismal; es decir, que cuando los niños son
bautizados, el pecado original es removido y su alma viene a ser blanca, pura
y libre de pecado. Pero, esta no es la perspectiva reformada sobre el
paidobautismo. Nosotros, rechazamos la doctrina romana de la regeneración
bautismal ¿Qué es lo que creemos entonces?
Es un hecho que nosotros bautizamos a nuestros hijos y, que decimos
hacerlo respaldados por las Escrituras, entonces ¿Cuál es ese respaldo
Escritural?
Por un lado, no tenemos un mandato explícito que diga Todo creyente
deberá bautizar a sus hijos. Así que, al final, esta doctrina no es más que una
inferencia lógica extraída de ciertas verdades bíblicas. Alguno podría pensar
que, por este simple hecho, esta doctrina ya es cuestionable. Pero, no
debemos minimizar las doctrinas a las que se llega por inferencia como si
fueran menores que las que creemos por evidencia explícita. De hecho, uno
de los dogmas más importantes de todo el cristianismo es una inferencia
lógica. Me refiero a la doctrina de la trinidad.
No hay un texto explícito sobre este dogma de la iglesia. La misma
palabra “trinidad” ni siquiera se encuentra en las Escrituras. Sin embargo, el
rechazo de esta doctrina nos lanza directamente afuera de todo el cristianismo
con la etiqueta de herejes; tal es la fuerza de una doctrina por inferencia
lógica. Así que, no deberíamos minimizar el paidobautismo simplemente por
no ser una doctrina que descanse sobre textos explícitos.
Entonces, ¿Cuáles son esas verdades bíblicas de las cuales se infiere o
extrae la doctrina del paidobautismo? Enumeraremos una serie de puntos, de
verdades bíblicas, que, en un principio, parecerán no tener relación con el
tema que traemos entre manos. Sin embargo, a la postre, será notorio porqué
era necesario pasar por estos puntos. Estos serán los pilares sobre las cuales
descansa nuestra doctrina presbiteriana y reformada del paidobautismo:
1. La continuidad de la iglesia desde el A.T. y hasta el N.T.
Sin lugar a dudas, nosotros somos el pueblo de Dios, pero ¿Somos
Israelitas? En cuanto a lo biológico, es evidente que no. Sin embargo,
espiritual y bíblicamente, nosotros, la iglesia, los cristianos ¡Somos el
verdadero Israel!
Existe, por otra parte, la creencia de que Dios intentó tener algo con
Israel, pero como ellos no respondieron adecuadamente él canceló todo lo
que había hecho hasta entonces e inició un movimiento totalmente nuevo en
Cristo y con la iglesia.
Aquellos que se adhieren a esta postura, reciben el nombre de
dispensacionalistas. Los dispensacionalistas profesan que el Antiguo
Testamento fue escrito para los israelitas, y el Nuevo para los cristianos.
Generalmente, creen en el Rapto Secreto y, los más radicales, piensan que la
salvación se ha obtenido de diferentes maneras, en distintos momentos de la
historia. No obstante, su característica más distintiva es hacer esta
injustificada separación de Israel-Iglesia, Antiguo-Nuevo Testamento.
Esa no es la postura de nuestra iglesia; los presbiterianos, no somos
dispensacionalistas. La Biblia no nos deja pensar así. Jesús habló de esto
cuando dijo:
“También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas
también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un
pastor”.
Juan 10.16. RV1960.
Aquí Jesús nos está hablando de dos rebaños. Estos son: los judíos y los
gentiles. Y, él no nos deja con la idea de que abandonará un rebaño para ir
por otro, sino que integrará un rebaño al otro. Que donde antes había dos
rebaños ahora: Habrá un rebaño, y un pastor.
Por si esto, no fuese suficientemente explícito, el apóstol Pablo elimina la
posible ambigüedad, cuando le habla a los gentiles con las siguientes
palabras:
“En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la
ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin
esperanza y sin Dios en el mundo. Pero, ahora en Cristo Jesús,
vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos
cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que
de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de
separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de
los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí
mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz,
y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo
cuerpo, matando en ella las enemistades”.
Efe 2.12-16. RV1960.
La expresión más clara de esta porción es: De ambos pueblos hizo uno
¿De qué pueblos estamos hablando? Los judíos y los gentiles. Según esto,
nosotros, los gentiles, que antes estábamos alejados de la ciudadanía de
Israel y ajenos a los pactos de la promesa, ahora en Cristo, hemos sido
integrados con los judíos, en un solo cuerpo y un solo pueblo ¿Finalmente
qué somos? Somos israelitas, el pueblo del pacto ¡El mismo pueblo del que
nos habla el Antiguo Testamento!
Podemos afirmar, con toda seguridad, que la Iglesia no es un grupo
separado de Israel; más bien, lo culmina y se funda sobre él.
Tan cierto es esto, que la Biblia no teme en quitarle el título de Hijos de
Abraham a los descendientes naturales de Abraham y dárselo a los creyentes.
Pablo deja claro este punto con las siguientes palabras:
“Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la
circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que
es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del
corazón”.
Romanos 2.28-29. RV1960.
“Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de
Abraham”.
Gálatas 3.6. RV1960.
Si usted ha creído en Cristo, usted ha sido verdadera e internamente
circuncidado. Así que. usted es judío, un hijo de Abraham, un verdadero
israelita. Por ende, forma parte del pueblo del pacto. Y todo hombre que haya
profesado fe en Jesucristo, está incluido en esta gloriosa vinculación.
Somos parte del mismo organismo al que pertenecieron Moisés, David,
Elías, Josué, etc. Ellos son de nuestro pueblo y nosotros somos del mismo
pueblo que ellos ¿Cuál pueblo? El pueblo del pacto.
No hay separación Iglesia-Israel porque la iglesia es el nuevo y verdadero
Israel. Ilustraremos este primer punto con la siguiente gráfica:
¿Aún no logra ver la conexión entre esto y el bautismo? Espere un poco,
pronto lo verá.
2. Ser parte del pueblo de Dios es lo mismo que ser parte del pacto con
Dios.
Después de que hemos dejado establecido que somos un mismo pueblo en
ambos testamentos, debemos hacer unas cuantas aclaraciones sobre la
naturaleza de este único pueblo. Lo que quiero que entendamos es que formar
parte del pueblo de Dios es lo mismo que participar del pacto con Dios o de
estar en pacto con Dios.
En Génesis 17, Dios hizo un pacto con Abraham con las palabras: Y
estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti (v.17).
Además, como sucede en bodas, cuando el novio entrega el anillo a su
novia para sellar el compromiso matrimonial, Dios le dio a Abraham una
señal para sellar este pacto, y la señal fue la circuncisión: Circuncidaréis,
pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y
vosotros (v.11).
Así que, tenemos un pacto y una señal de pacto. Por su parte, Dios
concluye con las siguientes palabras:
“Y el varón incircunciso, el que no hubiere circuncidado la
carne de su prepucio, aquella persona será cortada de su
pueblo; ha violado mi pacto”.
Génesis 17.14. RV1960.
Dos lecciones aprendemos de este último texto. En primer lugar, la
seriedad con la que Dios se toma la señal del pacto. Aquella persona que no
estuviera marcada con la señal sería cortada del pueblo; por consiguiente,
excluida de la comunidad del pacto.
El texto es muy explícito. No acatar la orden de ser circuncidado es
igualada, por Dios, a quebrantar la relación que Dios ha establecido entre él y
los suyos. Dios busca enseñarnos que su sacramento, como señal sagrada, no
debe ser tomado con ligereza ni descuidadamente. No debemos jugar con lo
santo.
En segundo lugar, vamos a centrarnos en las palabras: Aquella persona
será cortada de su pueblo; ha violado mi pacto (v.14c-d). De estas palabras,
entendemos que estar en el pueblo de Dios es igual a estar en pacto con Dios,
y violar el pacto es igual a dejar de ser del pueblo, o ser cortado del mismo.
Entonces, inferimos que Dios, al establecer este pacto con Abraham y su
descendencia, estaba estableciendo un pueblo para sí.
Que este pacto es el pacto que el soberano hace con los vasallos,
convirtiéndolos en su pueblo y volviéndose él su Rey. Por esto, a la iglesia,
nuestro pueblo, se le llama, en ambos testamentos: El pueblo del pacto.
Ilustraremos este punto, junto con el punto anterior, con la siguiente gráfica:
3. Se puede estar en pacto con Dios sin ser salvo.
Una vez que hemos entendido los dos puntos anteriores, podemos pasar a
argumentar el siguiente punto: Se puede estar en pacto con Dios sin ser salvo.
Mucha gente piensa que aquellos que son pueblo de Dios, y que están en
pacto con él son, todos, necesariamente, poseedores de la vida eterna. Pero,
no es así. ¡Nunca ha sido así!
Desde el A.T. podemos ver esto: Esaú, hijo de Isaac, recibió la señal del
pacto, fue circuncidado y, por ende, considerado parte del pueblo de Dios.
Sin embargo, él no fue salvo. Las Escrituras dicen: A Jacob amé, más a Esaú
aborrecí (Romanos 9.13).
Asimismo, Ismael, hijo de Abraham. Pero, tampoco creemos que haya
sido salvo. Por otro lado, Isaac, a los ocho días de nacido fue circuncidado,
pero, ¿quién se atrevería a decir que a partir de ese rito él fue salvo? Sin duda
alguna, el rito lo introdujo al pueblo del pacto, pero no creemos que le haya
traído vida eterna. Todo esto nos conduce a una conclusión: Se puede estar en
pacto con Dios, formar parte de su pueblo, recibir la señal, y al mismo
tiempo, no ser salvo.
Alguien argumentará que todo eso pertenece al A.T. Y que no podemos
aplicarlo a nuestra época del N.T. Ese alguien, por cierto, ha de ser
dispensacionalista. Pero, por si acaso, busquemos apoyo también del N.T.
“¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare
al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en
la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de
gracia?”
Hebreos 10.29. RV1960.
Analicemos brevemente este texto: Leemos de una hipotética situación en
la que cierto individuo “fue santificado” en la sangre del pacto. Es decir, que
él realmente estaba en el pacto y en el pueblo de Dios. También se nos dice
que este hombre, después de haber sido santificado en la sangre del pacto,
pisoteó al Hijo de Dios y tuvo por inmunda la sangre del pacto. O sea que
violó el pacto, quedando fuera de él. Nosotros, sabemos que la salvación no
se pierde, así que ¿Cómo podríamos interpretar esto?
No debemos entender santificado como el proceso que precede a la
justificación, por el cual vamos siendo conformados a la imagen del Hijo.
Aquí significa separado o apartado, y se refiere a que la persona que entra en
pueblo del pacto, queda separada del mundo en cierto sentido, sin que esto no
implique vida eterna.
Así que, el versículo nos habla de un individuo que hizo profesión pública
de fe en Cristo, fue integrado al pueblo del pacto y, por esto, fue separado del
mundo (santificado), pero jamás tuvo una fe genuina, jamás fue salvo. Por
esto, él es capaz de pisotear al Hijo de Dios y tener por inmunda la sangre del
pacto.
Este individuo, fue parte del pacto y luego salió del pacto. Sin embargo,
en realidad, nunca fue salvo. En conclusión: Se puede estar en el pacto sin
que esto implique salvación y vida eterna. La siguiente gráfica ilustra mejor
este punto:
4. Los niños están incluidos en el pacto tanto en el A.T. como en el N.T.
Antes de continuar, hagamos un recuento de lo que hemos dicho. En
primer lugar, somos parte del mismo pueblo de Dios que existió desde el
A.T. En segundo lugar, ser parte del pueblo de Dios es sinónimo de estar en
pacto con Dios. En tercer lugar, estar en pacto con Dios no implica
necesariamente ser salvo. En cuarto lugar, diremos que Dios incluye en su
pacto a los niños. Esto fue especialmente claro en el A.T. cuando Dios mandó
circuncidar a los bebés al octavo día (Génesis 17.12). Esta circuncisión era
señal de su inclusión en el pueblo del pacto (Aunque esto, no implicaba que
ellos llegaban a ser salvos al ser circuncidados). El punto es que Dios abrió
las puertas de su pacto a los adultos junto con sus hijos desde entonces.
De nuevo, el dispensacionalista argumentará que eso era algo del A.T. y,
que los niños, en esta dispensación del N.T. no deben seguir siendo
considerados parte del pacto.
Sin embargo, llegando al N.T. podemos ver que en realidad esto no ha
cambiado. Pedro, predicando a los judíos lo dijo con mucha claridad:
“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre
de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don
del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para
vuestros hijos”
Hechos 2.38-39. RV1960.
Pedro da a su audiencia una señal para marcar su inclusión a este “nuevo
movimiento” (que no es realmente nuevo como ya hemos visto). Pero, la
señal ya no es la circuncisión, sino el bautismo.
Luego, él concluye diciendo que esto no es sólo para los adultos, capaces
de razonar y aceptar, conscientemente su mensaje, sino que, ¡Es también para
sus hijos! Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos (v.39).
Este texto, nos muestra que los hijos de los creyentes, aún en el N.T. están
incluidos también en el pacto.
Otro texto que probablemente nos apunta a la misma realidad es el que
encontramos en 1 Corintios 7:
“Y a los demás yo digo, no el Señor: Si algún hermano tiene
mujer que no sea creyente, y ella consiente en vivir con él, no
la abandone. Y si una mujer tiene marido que no sea creyente,
y él consiente en vivir con ella, no lo abandone. Porque el
marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer
incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos
serían inmundos, mientras que ahora son santos.”
1 Corintios 7.12-14. RV1960.
En este texto, el apóstol Pablo, nos habla de un matrimonio en el cual
sólo uno de los dos cónyuges es creyente y otro no. Él explica que, a causa de
la fe de uno, los hijos de ellos son santos y no inmundos. ¿Qué significa todo
esto?
Aquí, nuevamente, la palabra santos no debe interpretarse como la obra
progresiva del Espíritu Santo, por la cual vamos siendo transformados a la
imagen de Cristo. Debe leerse con el contexto del A.T. en mente. En ese
contexto veterotestamentario, algo santo era algo “separado” para Dios por
un rito de purificación. Es probable que, Pablo tenga en mente,
específicamente, el rito de la circuncisión, el cual introducía a los niños al
pueblo del pacto.
Así que, cuando Pablo dice que los hijos de este matrimonio son santos,
nosotros interpretamos que esto significa que los pequeños son parte del
pueblo del pacto, por ser hijos de, al menos, un creyente.
Entonces, Pablo contrasta el ser santo con el ser inmundo. Lo cual, en el
A.T. significaba quedar fuera del campamento y, por lo tanto, fuera del pacto
con Dios.
Lo que Pablo está diciendo es que, si los dos padres fueran no creyentes,
los hijos estarían fuera del pacto (serían inmundos), pero ya que al menos uno
de los dos es creyente, los niños quedan incluidos en el pacto (son santos).
Y regresamos a nuestro punto: Los hijos de creyentes están incluidos en
el pacto con Dios, tanto en el A.T. como en él N.T. No hay otra forma de
interpretar estos pasajes sino es a través de esto.
Pero, si los hijos de creyentes están incluidos en el pacto, y todo aquel
que está en el pacto recibe la señal del pacto, entonces ¿No tendrían ellos
derecho a recibir la señal? ¡Por supuesto que sí! Y, en el A.T. lo recibían en
la circuncisión. Pero, ¿Y ahora? Nosotros, los reformados, creemos que el
bautismo vino a reemplazar a la circuncisión como señal de inclusión al
pueblo del pacto de Dios. ¿Sobre qué base bíblica decimos esto? Lo
explicaremos en el siguiente punto.
5. El bautismo es el remplazo de la circuncisión.
El texto bíblico más explícito en este asunto es el que encontramos en
Colosenses 2:
“En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no
hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso
carnal, en la circuncisión de Cristo; sepultados con él en el
bautismo en el cual fuisteis también resucitados con él,
mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los
muertos.”
Colosenses 2.11-12. RV1960.
El apóstol Pablo está diciendo que, en él, o sea, en Cristo, los cristianos
fuimos circuncidados. Así es, aún en nosotros, cristianos del N.T. se lleva a
cabo la circuncisión ¿Es usted cristiano? ¡Entonces usted está circuncidado!
No obstante, esta no es una circuncisión física y literal sino una espiritual.
Esto queda claro, cuando Pablo dice que esta es una circuncisión: No hecha a
mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal.
Aquel cuerpo pecaminoso carnal es nuestra naturaleza pecaminosa,
nuestra innata inclinación por el pecado, la cual echamos de nosotros. Esta
naturaleza pecaminosa, o cuerpo pecaminoso carnal, en otros lugares en las
Escrituras también recibe el nombre de el viejo hombre. La idea es que
nosotros morimos, a lo que solíamos ser, tomamos ese antiguo yo (cuerpo
pecaminoso carnal) y lo arrojamos lejos de nosotros porque en Cristo vamos
a ser algo totalmente nuevo. Pero, ¿Qué ocurre con ese antiguo yo? Según
este texto ¡Queda sepultado con Cristo!
La pregunta es: ¿Cuándo sucede todo esto? ¿Cuándo fuimos
circuncidados y ocurrieron todos estos movimientos espirituales? ¿Cuándo,
según este texto? ¡En el bautismo! (v.12)
Pablo está tratando de convencer a los colosenses de que no se
circunciden argumentando lo siguiente: ¡Ustedes ya fueron circuncidados, no
en lo físico sino en lo espiritual! ¡Y esto sucedió cuando fueron bautizados!
Esto, sin lugar a dudas, coloca al bautismo como el sucesor de la
circuncisión. ¡Si la gente ya no es circuncidada es porque ahora es bautizada!
Otro argumento para decir que el bautismo es el remplazo de la
circuncisión es el hecho de que ambos son empleados como ritos de
iniciación o inclusión al pueblo de Dios.
En el A.T. para que una persona no-judía, un gentil, pudiera ser parte de
pueblo, ¿Qué rito marcaría su inclusión al pueblo? ¡La circuncisión! Y
actualmente, para que un incrédulo pueda ser parte de la comunidad de los
santos y de la membrecía de la iglesia ¿Qué rito marca su inclusión a la
iglesia? ¡El bautismo!
Es significativo que ambos sean ritos de iniciación o inclusión al mismo
pueblo. Nosotros, no creemos que esto sea mera coincidencia, sino que se
debe a que, tanto el bautismo como la circuncisión, señalan esencialmente a
las mismas realidades espirituales.
Y, precisamente, esto último constituye uno de los mejores argumentos
para pensar en el bautismo como el reemplazo de la circuncisión: ¡Que ambos
señalan a las mismas realidades espirituales! Pensemos primero en la
circuncisión ¿Qué realidad espiritual señalaba la circuncisión? Romanos 4.11
dice que Abraham: Recibió la circuncisión como señal, como sello de la
justicia de la fe. En otras palabras, la circuncisión señala a lo que nosotros
conocemos como la justificación.
Pero, no sólo eso, del texto de Colosenses 2.11, el cual ya hemos
analizado, podemos aprender que la circuncisión también señala hacia la
regeneración. Eso es lo que entendemos por echar de vosotros el cuerpo
pecaminoso carnal para luego ser sepultados con él y finalmente también
resucitados con él. Es la misma idea del corazón de piedra siendo extirpado
para poner en su lugar uno de carne (Ezequiel 36.26) ¡Es la regeneración!
La circuncisión señala, entonces, a la justificación y a la regeneración.
Pero, ¿A qué señala el bautismo? Las Escrituras nos abruman con la amplia
variedad de expresiones para explicar el significado del bautismo: El perdón
de los pecados (Marcos 1.4; Hechos 2.38), un lavamiento o purificación de
los pecados (Hechos 22.16; Efesios 5.26) la muerte del viejo hombre y la
resurrección a una vida nueva (Romanos 6.3-5; Colosenses 2.11-12) y el estar
revestidos de Cristo (Gálatas 3.27).
No obstante, si tomamos estas declaraciones e intentamos resumirlas,
resultarán dos palabras: Justificación y regeneración. El espacio no alcanza
para explicar cada uno de estos textos. Pero, amado lector, si usted está
interesado en este tema le invito a que busque los siguientes textos Mar 1.4;
Hch 2.38; Ef 5.26; Hch 22.16; Gal 3.27, y observe por sí mismo como en
ellos se puede observar el bautismo como señal de la justificación, mientras
que en Romanos 6.3-5 y Colosenses 2.11-12 observamos que el bautismo
señala a la regeneración.
Así que, tenemos dos ritos de inclusión al pacto y ambos señalan a las
mismas realidades espirituales. En este punto, sería necedad no aceptar que el
bautismo es el reemplazo de la circuncisión.
6. El bautismo llegando a “casas” y “familias” y no sólo a individuos.
La Biblia nos habla del bautismo siendo administrado a casas y a familias
(Hechos 16.14-15, 30; 1 Corintios 1.16) y no sólo a individuos. No podemos
saber si en esas casas y familias hubo niños, pero el apóstol Pablo tampoco lo
sabía cuándo le dijo al carcelero de Filipos: Cree en el Señor Jesucristo, y
serás salvo, tú y tu casa. ¿Y qué sucedió?
“Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que
estaban en su casa. Y él, tomándolos en aquella misma hora
de la noche, les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él
con todos los suyos”.
Hechos 16.32-33. RV1960.
¿Qué hubiera pasado, si este carcelero hubiera tenido niños pequeños?
¿Pablo hubiera dicho: Disculpa, siempre no, cuando dije “tu casa” me
refería a los adultos nada más? Creemos que no. Si en la casa del carcelero
hubo niños, de seguro quedaron incluidos en la expresión: Con todos los
suyos, y habrían sido bautizados.
7. La controversia que nunca hubo.
Dejar la práctica de la circuncisión, causó gran controversia en la iglesia
primitiva, costó mucho trabajo desarraigar esta práctica por todos los siglos
que nuestro pueblo estuvo realizándola. Es natural que sea difícil cambiar
algo que por siglos ha sido de un modo. Sería extraño si no hubiera protesta y
desacuerdos. Cuando una práctica lleva cientos de años en un pueblo, la
fuerza del uso y costumbre socio-cultural es fuerte.
Nuestro pueblo también estuvo por siglos incluyendo a sus hijos en el
pacto, circuncidándolos, teniendo esto como una costumbre, como algo
plenamente arraigado a la cultura del pueblo. Llega el evangelio y, ¿ahora
están excluidos? ¿Acaso no se supone que el nuevo pacto es más inclusivo
que el antiguo? Y, si ahora, después de cientos de años, nuestros hijos están
fuera, ¿No sería lógico esperar algo de protesta y de controversia? ¿Tal vez
un poco de oposición? Pero no, no vemos ninguna controversia en todo el
primer siglo. Nadie discutiendo sobre el asunto
¿No será esto indicador de que todos los cristianos daban por sentado que
los niños debían seguir incluidos en el pacto y que debían seguir recibiendo la
señal del pacto, que ahora era el bautismo?
En conclusión.
Estos son los principios sobre los que se sostiene el paidobautismo. Si
somos el mismo pueblo del A.T, el pueblo del pacto, si estar en pacto no
implica necesariamente ser salvo, si los niños están incluidos en el pacto, si
se nos dio el bautismo como reemplazo de la circuncisión y, si el bautismo,
llegó a hogares enteros ¿Por qué no habríamos de marcar a nuestros hijos con
la señal del pacto que es el bautismo?
Si lo pensamos bien, un cambio tan significativo como dejar a los niños
fuera del pacto ameritaría un mandato explícito en las Escrituras.
Sin embargo, no tenemos ningún texto bíblico que diga que los niños
ahora han quedado fuera del pacto. Por lo tanto, deben seguir incluidos y
debemos seguir administrándoles la señal del pacto que ahora es el bautismo.
Nuestros detractores piden un texto en el que se diga explícitamente que
los niños deben ser bautizados, nosotros pedimos uno en donde se diga que
quedaron excluidos del pacto. Pero, encontramos a Pedro diciendo
exactamente lo contrario.
Nos preguntan: ¿Cuándo mandó Dios que nuestros hijos fueran
bautizados? Nosotros respondemos: ¡Génesis 17! ¡Dios lo ordenó cuando
dijo que fueran circuncidados! Los dispensacionalistas, alegan que eso fue un
mandato para pueblo de Israel, y los reformados respondemos que nosotros,
la iglesia, somos el verdadero pueblo de Israel.
Hemos dicho que ser parte del pueblo del pacto, no es lo mismo que ser
salvos. Es importante remarcar esto porque al introducir a nuestros hijos al
pacto a través del bautismo, no estamos diciendo que ellos están adquiriendo
la vida eterna. No obstante, hay ciertos cuidados y bendiciones de Dios para
todos aquellos que estén en relación de pacto con él (ya sea que terminen
siendo salvos o no) y nosotros deseamos esos cuidados y bendiciones para
nuestros hijos.
Finalmente, hermanos, si estamos en lo cierto y esta interpretación es
correcta, no tenemos sólo una postura teológica para ser intelectualmente
aceptada, sino la misma voz de Dios que ha de ser obedecida. Tenemos aquí
la voluntad de Dios para su iglesia en cuanto al bautismo. Hermano, ¿Será
usted quien le diga al Señor Tú lo ordenaste, pero yo no voy a acatar, y no
voy a marcar a mi hijo con el sello de tu pacto?
Llamemos las cosas por su nombre, si esta es la voluntad de Dios y no
acatamos, ¡Estamos en pecado! Dios nos guarde de esta espantosa
transgresión.
Por estas razones, y muchas otras que, por espacio no podemos exponer,
el bautismo es para los creyentes y para sus hijos.