Controversias en Psicoanálisis de Niños y Adolescentes
Año 2018, Nº 23
Encuadre y contratransferencia en el psicoanálisis infantil
Florence Bégoin-Guignard
Introducción
El establecimiento y mantenimiento del encuadre plantean problemas específicos
en el psicoanálisis de niños, además de los que ya son considerables de una cura
analítica adulta. Este trabajo propone examinar la incidencia y la combinación entre
algunos de ellos.
En efecto, el advenimiento y el funcionamiento de la realidad psíquica siempre
implican un grado mínimo de diferenciación entre, por un lado, los “adentro”,
constituidos por las percepciones y representaciones de diversos espacios del yo y
de objetos internalizados, y, por otro lado, los “afuera”, constituidos por los diversos
espacios del mundo animado e inanimado. Correlativamente, una rica circulación
“osmótica” de estos diversos ambientes internos, entre ellos y con los medios
externos, es indispensable para el funcionamiento psíquico del sujeto. En relación
con esta necesidad general del ser humano, la situación del niño es única ya que
pone en contacto “ambientes internos” en el proceso de formación con “ambientes
externos” ya constituidos y organizados, especialmente alrededor de procesos de
represión, con respecto a los “ambientes externos” vivos.
Este hecho trivial tiene consecuencias en varios niveles en relación a la
organización y a la salvaguarda del encuadre analítico con los pacientes infantiles.
En este trabajo intentaremos examinar algunas de las consecuencias, así como la
forma en que actúan en la contratransferencia del analista y en la contraactitud de
Journal de la Psychanalyse de l’Enfant, 2, pp. 111/131. Paris. Centurion, 1986.
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todos aquellos que, de cerca o de lejos, tienen responsabilidad en la tarea terapéutica
y de desarrollo encomendados al analista cuando toma a un niño en cura analítica.
I - El niño y la realidad psíquica
Desde los trabajos de R. Spitz, M. Mahler, M. Klein y D. Winnicott en particular, el
psicoanálisis ha sido informado del papel primordial de las primeras relaciones
madre-niño en el desarrollo de la vida psíquica, y de daños, a menudo irreversibles,
causados en la organización mental del niño por las deficiencias tempranas de la
función materna. Sin embargo, es W. R. Bion (1), quien tiene el mérito de haber
definido en términos metapsicológicos la especificidad de la contribución materna
absolutamente indispensable en el nacimiento de una vida psíquica en el recién
nacido: se trata de la “capacidad de rêverie” o la “capacidad de pensar” o incluso la
“función alfa” de la madre. Con esto nos referimos a una capacidad muy precisa de
identificación con el estado de sufrimiento psicosomático de los bebés, identificación
que provocará en la madre una experiencia emocional, por lo tanto, psíquica, del
orden de lo que Freud definió como los pensamientos del sueño (2). A través de esta
transformación de vivencia psicosomática del bebé en una experiencia psíquica, la
respuesta de la madre le proporcionará no solo un alivio más o menos inmediato y
más o menos eficaz para su malestar sino, aun y sobre todo, una cualidad psíquica
para los elementos que va a reintroyectar. De este modo, se tejerá el vínculo objetal
entre la madre y el bebé, y se tejerán también dentro del bebé las introyecciones, el
lienzo mismo de su vida psíquica, a lo largo de lo que Winnicott ha llamado
poéticamente la “enfermedad normal de la madre” (3).
La continuación de la evolución de esta vida psíquica recién nacida presupone,
naturalmente, un mantenimiento suficientemente intenso y prolongado de la
capacidad de rêverie de la madre, de modo que ella pueda de alguna manera
“presentarle” el bebé al padre y a otros miembros de la familia como un ser humano
en sí mismo, es decir, teniendo una vida psíquica propia, sin por ello poner sus
propias proyecciones de una manera demasiado abrumadora, incluso patológica.
La introyección estable por parte del niño de su propia realidad psíquica
dependerá, por un lado, de todas sus primeras identificaciones con la capacidad de
rêverie materna y, por otro lado, de la importancia del conflicto interno que opondrá
su pulsión de conocer a sus pulsiones sádicas orales y anales en la relación con sus
primeros objetos de investidura. Cuanto más fuertes sean sus pulsiones sádicas, más
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se usará el acto en forma defensiva contra el sufrimiento y la angustia asociados con
la actividad de pensar.
A medida que se desarrolle, el niño podrá dar significados al mundo exterior,
animado e inanimado, así como su mundo interno, corporal y psíquico. La adecuación
pero también la riqueza simbólica de estos significados dependerán de la buena
calidad de sus relaciones de objetos y, más específicamente, de la importancia y la
envergadura de sus investiduras a conocer, siendo el cuerpo materno el primer
objeto de deseo de conocimiento, como Klein escribió (4).
Si bien Freud relacionó la pulsión de conocer con las teorías sexuales infantiles
contemporáneas del Edipo, y M. Klein lo evoca en relación con la eclosión del sadismo
oral, ninguno de los dos otorgó a esta pulsión un verdadero estatus metapsicológico.
Bion (1), por su lado, lo convertirá en una unidad completa (K) que colocará en la
misma base que las pulsiones de amor (L) y de odio (H).
En 1981 (5) presentamos la hipótesis de que el desarrollo de las pulsiones
epistemofílicas dependería más de la relación con los objetos parentales de lo que
dependería el desarrollo de las pulsiones sádicas. Una cierta calidad de atención no
proyectiva por parte de los padres nos pareció necesaria para preservar su buen
desarrollo. Más recientemente (al parecer), hemos formulado la hipótesis según la
cual la “coexcitación libidinal”, descubierta por Freud a partir de los Tres ensayos
sobre la sexualidad infantil (6) y reintroducida en la segunda tópica es decir, en
relación también con la pulsión de muerte, en El problema económico del
masoquismo (7), no sería este “fenómeno fisiológico presente en el nacimiento y
destinado a desaparecer”, -¡un poco como el timo!- sino que sería más bien una
pulsión en sí misma, precisamente esta pulsión K. Así, reemplazándola en los
parámetros del pensamiento bioniano que hace de la “capacidad de rêverie” de la
madre una condición indispensable para el nacimiento de una vida psíquica en el
bebé, hemos subrayado los vínculos del desarrollo de esta pulsión K con la
identificación femenina primaria, de la cual M. Klein hizo, al comienzo de su trabajo
(4), una “posición femenina primaria” común a los niños de ambos sexos en los
albores de la vida extrauterina, posición que permitirá que los procesos de
introyección se establezcan con una estabilidad progresiva en el curso de los cuidados
maternos.
La interacción del principio de placer-displacer con lo que Freud llama “la realidad”
y que no parece ser otra cosa que “la capacidad de rêverie de la madre”, nos conduce
a pensar que la coexcitación libidinal -alias pulsión K- participará en el nacimiento de
lo que Freud denomina el “principio de realidad”.
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Dado que no es este el lugar para retomar la cuestión de las relaciones entre las
diversas expresiones que contienen el término “realidad”, aún menos “real”, para el
tema que nos concierne, la definición freudiana del “principio de realidad”, por
incompleta e insatisfactoria que sea, parece que expresa, precisamente, la
complejidad de las realidades que deben tenerse en cuenta, así como la especificidad
del campo al interior del cual el término “principio de realidad” puede utilizarse
efectivamente en el psicoanálisis, a saber, el espacio-tiempo psíquico interno (8).
“Desde el punto de vista económico, escriben Laplanche y Pontalis en el
Vocabulario del Psicoanálisis (9), el principio de realidad corresponde a una
transformación de la energía libre en energía ligada; desde un punto de vista tópico,
caracteriza esencialmente el sistema preconsciente-consciente; desde un punto de
vista dinámico, el psicoanálisis busca basar la intervención del principio de realidad
en un tipo determinado de energía pulsional que estaría más especialmente al
servicio del yo."
Así, la pulsión K de Bion retoma implícitamente algo de lo que Freud había descrito
como “pulsiones de autoconservación” en la primera tópica y como “pulsiones del yo”
en la segunda tópica. La connotación de “coexcitación libidinal” que hemos propuesto
al respecto precisa tanto sus vínculos con la feminidad como con el masoquismo.
Pues bien, si el masoquismo puede ser designado como “guardián de vida”, nos
parece que constituye la defensa por excelencia contra la pérdida del objeto. Por lo
tanto, se puede esperar ser enfrentado con más frecuencia y más intensamente, en
una cura analítica, a una problemática transferencial en relación con el deseo y el
peligro de conocer, que tendrá lugar con pacientes más inmaduros o simplemente
más jóvenes. Por lo tanto, en el niño, tan inmaduro sexualmente como psíquicamente
de sus objetos de amor, odio y conocimiento, esta configuración se encontrará en la
base del establecimiento de la relación transferencial-contratransferencial y
modulará, como veremos más adelante, todos los avatares de la expresión de la
sexualidad infantil.
Si esta configuración obliga al analista a reconsiderar el significado de ciertas
actitudes y de ciertos comportamientos en el niño, en relación con los mismos signos
en el adulto -en particular, expresiones de intrusión, agresión y arrogancia-, él
tendrá, por otro lado, el placer de acceder en general a una comunicación con la
realidad psicológica del niño de forma mucho más rápida y fácil que con la del adulto,
cuyas defensas son más antiguas y están más estructuradas, particularmente sobre
el modo de la reificación obsesiva. El niño percibe inmediatamente una actitud de
genuina escucha por parte del analista, tan acostumbrado a ser recibida y modelada
a través de las proyecciones infantiles de los adultos que lo rodean. Para el analista
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que, al final de la primera entrevista, le preguntó a una niña de once años si ella
deseaba volver a verla, la niña respondió: “¡Oh, sí! ¡Nadie me escuchó nunca de esta
manera!” Es este raro y valioso reconocimiento de la realidad psíquica del niño por
el adulto lo que favorece el establecimiento inmediato de una transferencia de base,
cuyos elementos estarán por descubrirse y explorarse, y que tomará su propia
dinámica a lo largo del avance del proceso analítico, según lo descrito por D. Meltzer.
Vale la pena recordar que este autor considera que es el análisis del niño el que da
el ejemplo más duro del avance de dicho proceso analítico, siempre que, por
supuesto, el niño reciba el mismo número de sesiones y la misma actividad de
interpretación de transferencia que en el adulto (10).
Sin embargo, existen, evidentemente, obstáculos para el buen establecimiento de
esta realidad psíquica en el niño. Sin mencionar los desórdenes orgánicos masivos,
sobre todo neurológicos, y eventualmente de autismo primario, todos los demás
casos incluyen perturbaciones tempranas y más o menos prolongadas del
funcionamiento de la “capacidad de rêverie” de la madre: sea que el niño haya sufrido
separaciones tempranas, prolongadas o repetidas de su madre, sea que esta hubiera
estado físicamente presente, pero psíquicamente ausente, negando conscientemente
o no la existencia de cualidades psíquicas al bebé.
En todos los casos, la vida psíquica del niño se somete a una escisión pasiva que
tendrá diversas consecuencias según la patología materna y las potencialidades
pulsionales del bebé, pero que siempre dará como resultado una culpa inconsciente
extremadamente importante del niño a tener una vida psíquica, incluso física,
diferente a la de su madre.
Si los procesos de introyección son bloqueados por una defensa masiva como el
autismo secundario, o si se realizan anárquicamente debido a la falta de un “filtro”
materno adecuado, como en la psicosis infantil y los futuros “casos-límites” que
conducen a estados confusionales por falta de una escisión activa adecuada, o bien
si el niño reintroyecta masivamente un estado depresivo materno que lo obliga a
poner todas sus habilidades psíquicas nacientes al servicio de un esfuerzo
desesperado e ininterrumpido de reparación maníaca de un psiquismo que no es
suyo, o finalmente, si permanece solo tratando de dar sentido a traumas tempranos
no reconocidos por quienes lo rodean, el niño más tarde irá al analista escondiendo
cuidadosamente lo esencial de su realidad psíquica, que hasta ese momento solo le
ha causado angustias que podrían llevarlo al terror y a la despersonalización.
Los mecanismos esquizoides de escisión excesiva y la proyección identificatoria
patológica descritos por M. Klein (11) ocuparán un lugar central, a menos que la
depresión melancólica, menos rara de lo que se piensa en los niños, no se instale
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insidiosamente y no busque por todos los medios escapar del interés y la solicitud
del analista.
II – La situación analítica con el niño
La cura analítica de pacientes adultos puede describirse como una situación de
dos generaciones: el paciente, y el analista como soporte y contenedor de los objetos
internos de este último, esencialmente de sus primeros objetos parentales de
investidura. La situación es diferente en la situación analítica con pacientes infantiles,
que comprende tres generaciones: el paciente, sus padres, de quienes depende en
muchos aspectos, y el analista, que será el soporte y contenedor de los objetos
internos de cada uno de los padres además, por supuesto, de los del niño.
En otras palabras, incluso si los miembros del entorno cercano de un adulto en
análisis hacen transferencia sobre el analista, este último no tratará directamente
con las personas de su entorno, y su contratransferencia tendrá que ver con este en
tanto que él pueda revestir representantes actuales de ciertos objetos internos del
paciente.
Cuando este paciente afirma depender de una persona de su entorno para el
acatamiento del encuadre o, incluso más, para la continuación de su análisis, el
analista considerará su discurso como parte del material analítico y tratará de
comprenderlo e interpretarlo como tal. Por otro lado, cuando el paciente es un niño,
el analista tendrá que establecer relaciones directas con los padres de su paciente, y
tendrá que aceptar completamente la transferencia que sus padres efectúan sobre él
mismo. En aras del buen desarrollo de la cura, las relaciones del analista con los
padres requieren una atención receptiva, especialmente de su parte. Debe ser capaz
de percibir tanto la angustia y la culpa, así como la herida narcisista de aquellos que
piden ayuda para su hijo, reconociendo, de esa forma, su propio fracaso y
sufrimiento, incluso si se expresan en términos acusadores y proyectivos. En todos
los casos, el analista es vivenciado como una figura parental; por lo tanto, cuanto
más severo sea su superyó, estarán más a la defensiva. Todo el arte del analista
consistirá en desculpabilizarlos sin hacerlos renunciar a la colaboración necesaria
para el tratamiento de su hijo. Este arte no se basa en una técnica aprendida, sino
en un estado de ánimo particular, a saber, una capacidad de identificación con estos
padres en apuros e ira, capacidad vinculada a una gran modestia ante los
sufrimientos inherentes al desarrollo de todo ser humano. En el análisis de los niños,
el analista se coloca en la situación de “padre de los padres”, al mismo tiempo que
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es el soporte y contenedor de los objetos parentales internos de su paciente infantil.
La dificultad de esta posición radica en el hecho de que las dos situaciones tienen
puntos en común, aunque no deben confundirse de ningún modo: la transferencia de
los padres debe ser recibida por el analista como una dádiva de valor, garantía de la
confianza excepcional por la que le permiten intervenir en lo que su hijo tiene más
íntimo y precioso, a saber, su vida psíquica; la transferencia del niño debe recibirse
de la misma manera, pero tendrá que ser utilizada, gracias a la técnica analítica, con
la ayuda de la interpretación, como en cualquier cura analítica.
Pero es a nivel de lo contratransferencial que las diferencias con la cura del adulto
tomarán toda su magnitud y toda su sutileza, debido al doble registro del impacto de
los padres sobre la contratransferencia inconsciente del analista. Incluso si solo ve a
los padres por unos segundos al recibir al niño y devolverlo a ellos, el analista es, no
obstante, no menos objeto de su transferencia y, como tal, solicitado en su
contratransferencia. Por lo tanto, el analista tendrá la responsabilidad de contener
esta relación para que no interfiera, particularmente de forma negativa, en su
contratransferencia con respecto al propio niño, arriesgándose a borrar ciertos
aspectos de la transferencia de objetos parentales internos del paciente. Examinemos
este problema con más detalle.
III – La situación transferencial-contratransferencial
Las reflexiones que siguen están basadas en la experiencia personal como analista
y como analista de supervisión, tanto en análisis de adultos como en análisis de
niños. Además, el lector sin duda encontrará rastros de dos obras de base: de E. Bick
(12) y de D. Meltzer (10) que suponemos conocidas actualmente por cualquier
analista interesado en el niño, ¡que en sí mismo es un pleonasmo! En nuestra
contribución a la obra colectiva Melanie Klein hoy, publicada con motivo de su
centenario (13), abogué por la mejora de las condiciones del ejercicio del
psicoanálisis de niños en Francia, destacando algunas distorsiones del estado de
ánimo analítico que deberían, en principio, presidir el establecimiento del encuadre y
la definición de los objetivos de toda cura analítica, independientemente de la edad
del paciente. Así, a continuación examinaremos más a fondo algunos de los
parámetros inconscientes que hacen que la situación transferencial-
contratransferencial en el análisis infantil sea una de las situaciones más complejas
y delicadas en todo el campo del la práctica del psicoanálisis.
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La transferencia de un niño es intensa, extremadamente polimórfica, y su
expresión a menudo se camufla, en especial por reacciones fóbicas. Su intensidad,
tanto positiva como negativa, se expresará aún más por el hecho de que la excitación
pulsional favorecida por la situación analítica no evocará en el niño ningún
cuestionamiento sobre los posibles motivos de su agitación. La interpretación pura y
simple del contenido simbólico sin referencia a la configuración transferencial solo
conducirá a una intensificación de la excitación, o a un bloqueo completo de la
expresión lúdica por una duración más o menos prolongada. Dependerá de la
perspicacia del psicoanalista de “rêver” en su contratransferencia qué objeto interno
representa él para que su presencia y su eventual intervención desencadenen una
excitación cuya intensidad dé lugar a una angustia tan inconsciente, que solo la
destrucción del significado y la evacuación por motricidad permanezcan a disposición
del niño.
De hecho, es precisamente esta evacuación de significado por parte de la
motricidad lo que hace que el análisis de un niño sea más problemático que el de un
adulto, ya que el analista tendrá ante todo la tarea de recuperar sus propias
capacidades de pensar a pesar de la agitación del niño, con el fin de intentar
diferenciar, en el ojo de la tormenta, lo que aún sería una expresión simbólica cuyo
significado escaparía de lo que solo surgiría de la evacuación de los “elementos beta”
(Bion, 14), residuos no aptos para el pensamiento. Encontramos, así, una situación
comparable en el análisis de los psicóticos adultos, donde se trata de diferenciar, en
delirios y alucinaciones, lo que aún tiene sentido de lo que no es más que una
expresión de la actividad de la “función alfa trabajando de forma regresiva” (Bion,
14). Tales configuraciones también existen en la curación de adultos neuróticos; sus
manifestaciones más ruidosas son el acting-out y la somatización, pero también
pueden detectarse en la inhibición y en el rumiar obsesivo. De hecho, el grado de
simbolización al interior de estos síntomas es muy variable, y es tan importante
identificar e indicar en el análisis la parte de la destrucción y de evacuación de
sentido, como interpretar el contenido simbólico con el que esta destrucción
eventualmente se entrelaza.
Sin embargo, la situación de inmovilidad relativa del paciente adulto, por un lado,
y, por el otro, el grado generalmente más alto de angustia manifiesta, en oposición
a la angustia latente, ayudarán a circunscribir la duración y a limitar en frecuencia lo
más agudo de estos fenómenos de evacuación. Esto es casi imposible en el niño
cuyas capacidades y la investidura del pensamiento verbal aún no están bien
desarrolladas, y en quienes la severidad del superyó muy a menudo prohíbe la
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expresión manifiesta de la angustia, no dejándole otra salida más que descargas
motrices facilitadas por la situación de juego.
Por eso los informes de curas de niños hacen alusiones muy frecuentes a los
problemas del “contenedor psíquico”, evocando en este término la reintroyección por
el niño de la capacidad de pensar -pensar los pensamientos de rêve”- del analista,
reintroyección que condiciona la instalación y el desarrollo de todo proceso analítico.
Ya se trate de un adulto o un niño, la dificultad contratransferencial del analista
es del mismo orden, si no de la misma intensidad, en todos los casos mencionados:
este ataque contra el sentido es un “ataque contra los vínculos” (Bion, 15) que apunta
inconscientemente a ubicar el análisis como objeto de transferencia en la repetición
de una obnubilación que le impide funcionar, es decir, pensar. La omnipotencia del
control así ejercido hace posible mantener el objeto interno -proyectado en el
analista- escindido de otra parte de la personalidad del paciente, parte regida
esencialmente por el principio de placer-displacer en una mentalidad teñida de
perversidad polimorfa, o incluso de una perversión más organizada. El objetivo
inconsciente de la acción del paciente es evitar un cambio en su modo de
funcionamiento psíquico, cambio del cual siente la inminencia debido a la
reorganización de las defensas, y el que fantasea como “catastrófico” (Bion, 16) por
la depresión subyacente que moviliza una angustia insoportable. Jean Bégoin y
nosotros (17) sostuvimos que ninguna modificación económica, dinámica y
estructural significativa podría hacerse durante el curso de la cura analítica sin
intervenir en un momento dado esta confrontación de pareja analítica con la angustia
del cambio catastrófico.
Lo que, por otro lado, es específico de la cura analítica del niño, se encuentra del
lado de la contratransferencia en todas las situaciones dominadas por el acto:
durante sus intentos de elaborar su propia angustia y aquello de lo que el paciente
lo hace depositario, el analista también será “bombardeado” por representaciones
exógenas a la situación analítica, representaciones que siempre retoman los soportes
edípicos propios del analista o sus derivados. Sin embargo, en el caso del analista de
niños, los padres del paciente se encuentran al frente de esta derivación de
perspectiva, ya que constituyen el pretexto inconsciente encontrado para evitar que
el analista investigue sus propios conflictos intrapsíquicos con sus propios objetos
parentales internos. La obnubilación mencionada anteriormente se presenta en toda
cura analítica como un fantasma de impotencia frente a un objeto sádico
todopoderoso, y este fantasma usualmente pone en escena la omnipotencia de una
persona o evento que reviste o ha revestido una importancia primordial para el
paciente. En las curas de adultos, el analista no puede sostenerse demasiado tiempo
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en este fantasma contratransferencial, excepto para abandonar el “horror de lo real”
(Lacan, 18).
En general, el analista es invitado por la “situación de las dos generaciones” a
resituar el conflicto bastante rápido en su cuadro real, el de la realidad psíquica, y a
buscar qué configuración transferencia-transferencial podría dar lugar a dicha acción
de su paciente. Él escuchará, en el discurso de este, qué podría darle pistas sobre
sus propios puntos ciegos, es decir, sobre la naturaleza de aquellas de sus
identificaciones inconscientes que lo llevarían a hacerse atrapar junto a su paciente.
Cuando el paciente es un niño, la impotencia del analista lo toma por sorpresa,
llevándolo bruscamente a su propia impotencia infantil que entra en resonancia con
la de su paciente infantil. Dado que su posición de analista no le permite competir
defensivamente con el niño, tendrá la tentación de incriminar a los padres reales del
niño y actuar, a su vez, en la realidad externa. Esta tentación puede encontrar
diversos resultados, todos orientados a restaurar desde el exterior la “situación de
tres generaciones” específica en el análisis de niños. Es posible que el analista desee
dar consejos educativos a los padres; proponer una modificación del acompa-
ñamiento del niño a sus sesiones, por ejemplo, que el niño entre solo; sugerir o
aceptar un tratamiento aditivo -rehabilitaciones de todo tipo, yudo, acupuntura...-;
permitirse dar su punto de vista sobre una asignación escolar, un proyecto de
vacaciones o derecho de custodia, etcétera.
La experiencia muestra que estos pasajes al acto del analista raramente son
seguidos por efectos felices en lo que concierne a la realidad externa, y son siempre
perjudiciales para el buen progreso del trabajo analítico. La única arma efectiva de
la que el analista dispone frente al “horror de lo real” es la decisión de interrumpir la
cura si se ve obligado a trabajar correctamente. Como el analista de esa niña
pequeña que había sido apartada de su entorno familiar debido a maltratos y que,
durante el análisis, fue reubicada en su familia y nuevamente maltratada. Alertados,
los funcionarios con autoridad en el asunto no intervinieron por estos, y se negaron
a que otros cambiaran el juicio de custodia de la niña. Esta fue llevada de manera
muy irregular a sus sesiones; todo el trabajo devino imposible, y el analista,
sometiéndose así al placer de esos padres perversos en connivencia con la institución,
se convirtió, para el niño, en el cómplice involuntario de su martirio. Al negarse a
continuar el análisis en estas condiciones, este analista permitió que la situación se
reconsiderara sobre una base legal después de unos pocos meses.
La situación del analista que trabaja en una institución y que analiza a algunos de
los niños de esta institución no siempre es facilitada, como podría pensarse, por la
existencia de un equipo de atención médica. Es cierto que la institución puede
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proporcionar el encuadre externo indispensable para la supervivencia del niño en
buenas condiciones y ofrecerle una comprensión y competencias educativas
superiores a las de los padres deficitarios. El equipo de atención médica puede
garantizarle, incluso, al analista una relativa regularidad en la disponibilidad del niño
para sus sesiones de análisis, aunque el analista a menudo deba romper el encuadre
analítico buscando al propio niño en su clase o en su grupo, interrumpiendo, así, sus
actividades por un enfoque inevitablemente vivenciado por este como la expresión
del solo deseo seductor del analista, frente a la indiferencia o a la hostilidad latente
de sustitutos parentales. Si, además, la política institucional no reconoce la
necesidad, para el buen desarrollo de la cura, de que el analista se encuentre con los
padres reales o adoptivos cuando lo considere útil y, en todos los casos, antes de
emprender un análisis con el niño, la “situación de tres generaciones” se distorsionará
de nuevo: los padres, reales o adoptivos, se sentirán privados de su deseo de
participar en el tratamiento analítico de su hijo, tratamiento que se confundirá
fácilmente con las demás actividades institucionales. Volvemos a encontrar esta
situación en la práctica privada, cuando los padres continúan designando las sesiones
de análisis con el término “lecciones”, lo que les permite declarar que, de ese
momento en adelante, ¡solo pagarán una sesión semanal por su hijo! En cualquier
caso, y de donde sea que venga, dejar de lado a los padres solo refuerza su culpa
inconsciente, y solo el analista del niño puede intentar una modificación de este
sentimiento, haciendo entrevistas con los padres sobre su hijo.
La realización de estas entrevistas constituye un trabajo diferente del trabajo de
análisis, como es el caso de muchas actividades para las cuales la formación analítica
brinda competencias específicas y efectivas. Por esta razón, se consideró preferible
que los padres fueran recibidos por otro analista de la misma institución, con la
esperanza de preservar la “pureza” de la situación analítica del paciente niño.
Desafortunadamente, es frecuente la resistencia de todos los seres humanos,
incluso los psicoanalistas, al establecimiento de una verdadera situación analítica: en
la práctica, de hecho, esta preocupación no está en armonía con otras modificaciones
en este mismo encuadre, como, por ejemplo, la aceptación por parte de las
instituciones de los requisitos administrativos que imponen un tiempo de sesión de
media hora por niño, mientras que los adultos están “autorizados” -¿hasta cuándo?-
a beneficiarse de las sesiones de duración normal, es decir, de 45 a 50 minutos;
como, una vez más, el no reconocimiento de la calificación de “psicoanalista” y el
establecimiento de escalas salariales sobre la base de otra calificación profesional,
con la complicidad de instituciones psicoanalíticas, que se niegan a organizar de
acuerdo con su plena responsabilidad una formación genuina y seria en materia de
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psicoanálisis infantil, como ocurre en Gran Bretaña. Como, también, la obligación de
los analistas de participar en las llamadas reuniones de “síntesis” durante las cuales,
si tenemos la delicadeza de no pedirles que informen sobre el contenido de las
sesiones de análisis de sus jóvenes pacientes, su contratransferencia al menos será
“bombardeada” por información sobre estos y, sobre todo, por una multitud de
opiniones y fantasías, eventualmente no desprovistas de elementos proyectivos;
como, finalmente, la casi imposibilidad de conceder al analista las condiciones que le
permitan proporcionarle al niño un número suficiente de sesiones para que se
establezca un verdadero proceso analítico, con la condición, no obstante, de que
disminuyan poco a poco las modificaciones del encuadre que acabamos de mencionar
y que dan testimonio de una muerte lenta pero segura de la convicción bien fundada
de los descubrimientos psicoanalíticos.
Evidentemente, son los propios analistas quienes han ocultado lo concreto de
estas modificaciones y han aceptado quedarse estancados en estas situaciones
altamente sadomasoquistas. La historia del movimiento psicoanalítico está allí para
mostrarnos que las resistencias al análisis reaparecen en todas partes y siempre en
el centro de las instituciones analíticas como en el corazón del inconsciente de cada
uno de los individuos que las componen.
Sin embargo, no debemos descuidar dos parámetros muy importantes si
queremos comprender la situación del análisis infantil hoy en Francia.
El primero de estos parámetros está relacionado con la disminución inexorable de
las posibilidades de trabajar en la práctica privada, en condiciones económicas
dignas, para un analista que desea atender niños. Este hecho social tiene como
consecuencias que el analista que trata con niños tendrá, por una parte, que trabajar
en una institución, y, por otra, se limitará solamente a tratar niños mientras que los
analistas de adultos se verán cada vez más tentados de descuidar, en su formación,
este aporte, no obstante, inestimable que representa el ejercicio del análisis de niños.
Así, este primer parámetro está constituido por la importancia del impacto de los
fenómenos de grupos en el trabajo del analista que supervisa a niños en institución.
El estudio psicoanalítico de estos fenómenos, especialmente el de Bion (19),
permite comprender la potenciación de la culpa inconsciente de cada individuo que
compone un grupo, su transformación en persecución, y la violencia con la que esta
se proyecta en la primera apertura que se preste a eso. Cuando se trata de un grupo
natural, es el individuo más vulnerable quien lo pagará; se convertirá en “el patito
feo” y tarde o temprano será excluido del grupo, que luego tendrá que encontrar un
segundo “patito feo” dentro de él y repetir el mismo proceso indefinidamente, a
menos que no se disuelva o que no se encuentre un líder. En este último caso,
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encontrará coherencia en torno al líder y se enfrentará al “enemigo”, es decir, al
excluido que regresa en forma de perseguidor que amenaza la envoltura del grupo.
Si introducimos a un psicoanalista en un grupo “natural”, nos referimos con esto a
todo grupo cuyo propósito común consciente sea otro que curarse a sí mismo, y, por
lo tanto, incluyo en este término los grupos de trabajo -este analista actuará como
un “patito feo”; así, será inconscientemente excluido debido al peligro que representa
en tanto testigo de la existencia de la vida psíquica, y regresará, en las fantasías del
grupo, en forma dual del líder dentro del grupo y del enemigo rechazado afuera. Los
hastíos comenzarán cuando el grupo se dé cuenta de que, debido a su función
receptiva y reflexiva, el analista es en realidad un antilíder que, al no tener interés
en el liderazgo, no tiene más que cumplir la fantasía del grupo y mantener escindida
y proyectada al exterior su parte vulnerable, percibida como un enemigo perseguidor.
Esta ausencia de escisión en el analista conducirá, por parte del grupo, a un
compromiso sadomasoquista al final del cual el analista será rehén en tierra de nadie.
Si encuentra que su posición es incómoda, obligatoriamente deberá hacer un
compromiso entre su posición como analista y su deseo de ser amado. Los términos
de su compromiso dependerán esencialmente de su equilibrio interno, a saber, de la
naturaleza y calidad de sus capacidades de amar, por un lado, y de soportar la
soledad, por el otro. No es aconsejable, en cualquier caso, tomar los modelos de
Otelo o de Diógenes si es llamado a trabajar en una institución.
El segundo de estos parámetros es inherente a la investidura y al ejercicio del
análisis infantil, que potencia los aspectos depresivos y masoquistas de la
personalidad y, por lo tanto, las tendencias a la reparación maníaca y a la
omnipotencia que subsiste en todo analista. Por esta razón, todo lo que se denuncia
explícitamente de ser parte del “Lumpenproletariado” del psicoanálisis, el analista
cuyo paciente es un niño a menudo se adhiere implícitamente a la resistencia, tan
extendida entre los analistas que se ocupan exclusivamente de adultos neuróticos,
resistencia que consiste en considerar el análisis infantil como análisis aplicado, así
como el análisis de obras de arte. Esta adhesión le dará la ilusión de una cierta
comodidad masoquista, porque no ser un analista en sí mismo tampoco es sentirse
obligado a asumir la plena responsabilidad de su papel. En lugar de enfrentar la
“situación de tres generaciones”, el analista la usará a la defensiva para posicionarse
como padre con el niño y como un niño con los padres y/o con la institución. Esta
situación fantasmática de hermano mayor o hermana mayor le permitirá ser amado
como padre, siempre y cuando se someta a las restricciones y distorsiones de su
actividad analítica descriptas anteriormente, a lo que debe agregarse el considerarse
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a sí mismo totalmente indefenso, es decir, igualmente inocente, cuando las cosas
van mal, sobre todo en el caso de una ruptura del contrato analítico.
No obstante, esta regresión al estado de “niño mayor” implica peligros tan
tortuosos como mortales en el nivel de la técnica analítica misma. De hecho, esta
regresión testifica en el analista una culpa no integrada de poseer una sexualidad
adulta, tanto frente a su paciente niño como frente a los padres de este. Sin embargo,
la contrainvestidura de esta culpa lo llevará a arriesgarse a interpretar todo el
material sexual del niño, y en especial las fantasías masturbatorias relacionadas con
la escena primitiva, fuera de la relación transferencial-contratransferencial. Lo que
ya es deplorable en el análisis de un paciente adulto: “...todo método que no enfoque
su investigación en la transferencia simplemente no tiene nada que ver con el
psicoanálisis”, escribe Meltzer, deviene francamente traumatizante en el análisis de
un niño. Es decir, siempre que el analista le hable directamente al niño sobre la
sexualidad de sus verdaderos padres en lugar de intentar descubrir e interpretar qué
objeto parental interno encarna él en el hic et nunc, y qué modo de relación establece
el niño con él en tanto representante de este objeto interno, el niño percibirá sus
intervenciones como una intrusión violenta en la intimidad de su familia y como la
exhibición perversa de representaciones sexuales contra las cuales lucha,
precisamente con todas sus energías. Será lo mismo, a fortiori, para toda evocación
de la actividad masturbatoria del niño. En realidad, toda interpretación del
simbolismo sexual del juego del niño que no puede ser insertado en la “capacidad de
rêverie” del analista para ser verbalizada en la relación analítica no constituye más
que una seducción, y muchos bloqueos irreducibles en el análisis de niños se deben
a este defecto fundamental de la contratransferencia.
Por otro lado, evitar interpretar el material sexual expresado en el juego del niño,
con el pretexto de que el niño no verbalizó nada explícito al respecto, es pasar de
una situación mala a otra peor, el análisis restante luego prisionero de su proyección
identificatoria del sufrimiento que el niño siente de estar desgarrado entre la
excitación sexual y la angustia de abandono frente a una sexualidad que insta con
todas las fuerzas sin tener los medios.
Así, en el primer caso, las pulsiones del niño serán utilizadas por el analista en
una maniobra inconsciente de seducción; en el segundo caso, serán hipócritamente
ignoradas, atrapadas en la negación que el analista hace de sus propias capacidades
sexuales adultas. Esto reforzará en el niño la división de sus deseos genitales edípicos
genitales, y llevará a una sobreinvestidura de los aspectos pregenitales del Edipo,
especialmente del sadismo oral y anal. Será imposible “entregar” la pulsión “K” de
su aprisionamiento en el sadismo.
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El desarrollo de capacidades simbólicas se verá obstaculizado por lo mismo, y la
relación de objeto permanecerá bajo la primacía del principio de placer-displacer y el
objeto parcial. En el mejor de los casos, las sesiones se desarrollarán con tibieza y
se desvanecerán hasta que un evento externo llegue y ponga un punto final, sin
sufrimiento ni placer, y, sobre todo, sin ningún beneficio real para el desarrollo del
niño. Se habrá perdido una historia de amor.
Conclusiones
El psicoanalista que analiza niños está particularmente expuesto a ver sus
pulsiones genitales y sus capacidades de amor adulto atacadas por todos lados, a
pesar de que necesita poder deshacerse de ellos de manera sostenida y permanente,
ya que él es objeto de varias transferencias cada vez que toma a un niño en análisis.
Si el encuadre analítico constituye una condición sine qua non para distinguir la cura
analítica de la transgresión seductora por el abuso del poder psíquico, es ciertamente
en la cura analítica de niños que esta necesidad de un encuadre es la más grande,
ya que se trata de la situación más compleja.
El analista de niños se encuentra realmente en la encrucijada, ya no de dos, sino
de tres generaciones, lo que lo coloca en un rol transferencial doblemente parental -
es decir, doblemente materno y doblemente paterno-; en uno de estos roles
(transferencias de cada uno de los dos padres, eventualmente de hermanos y de un
equipo de atención médica institucional), él deberá ser capaz de aceptar plenamente
estas transferencias que no puede en ninguna circunstancia interpretar, con el riesgo
de arruinar el análisis de su paciente niño, por lo que se requiere de él un trabajo
importante en su contratransferencia; en el otro rol (transferencia del niño) él deberá
tomar toda su dimensión de analista y exigir de sí mismo, de su paciente, y del
entorno de este, las condiciones necesarias que rigen en toda cura analítica. El
analista tendrá que saber que todos los compromisos que acepte con respecto a estas
condiciones constituirán de su parte una acción que atestigüe sus propias dudas en
cuanto a los fundamentos y a la eficacia del método analítico. Como sus capacidades
de pensar habrán disminuido por esta acción y por sus consecuencias, él se
encontrará en condiciones “ideales” para convencerse a sí mismo y a los demás del
alcance limitado de su proyecto y de los resultados que obtiene.
Es posible que espere así un alivio ilusorio de su culpa inherente a lo que constituye
el proyecto más audaz del método analítico: intentar modificar la trayectoria
deficiente del desarrollo de otro ser humano al alba de su existencia. Tan pesado
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como es, esta culpabilidad debe ser aceptada por aquellos que quieren practicar el
análisis en general, y el análisis de niños en particular.
Resumen
Además de los estados psicóticos y autistas de la infancia, un tratamiento analítico es
recomendado en los casos de deprivación de la capacidad de rêverie de la madre, que entrañe
una escición pasiva (Meltzer) y una patología de desarrollo psíquico. La transferencia del niño
es intensa, polimorfa, a menudo enmascarada bajo síntomas fóbicos. El encuadre interno es
construido a través de la progresiva introyección por parte del niño de la función de contención
del analista. El encuadre fomenta el funcionamiento de la pulsión epistémica del niño e inhibe
sus ataques contra los lazos, constituidos por el ataque contra el sentido. El analista evita las
interpretaciones de contenido simbólico ya que éstas son muy excitantes y destruyen el
sentido, evacuado, luego, a través de la motricidad. Los riesgos en la contratransferencia son
constituidos por la situación de tres generaciones, la transferencia de los padres con el analista
del niño, y la situación de seducción e interpretación de lo sexual. La autora examina también
el problema de la relación con los padres y la situación psicoterapéutica cuando el analista
trabaja en una institución.
Setting and countertransference in Child Analysis
Summary
In addition to the psychotic and autistic states of infancy, an analytic treatment is
recommended in cases of deprivation from the mother’s capacity of reverie, that induces a
passive splitting (Meltzer) and a pathology of psychic development. The child’s transference is
intense, polymorphous, often hidden by phobic symptoms. Internal setting is built through the
progressive introjection by the child of the analyst’s function of containment. It fosters the
functioning of the child’s epistemic drive and inhibits her attacks on linking, made of attacks
on meaning. The child analyst avoids interpretations of symbolic content, as they are too
exciting and destroy the meaning, evacuated then through motricity. Pitfalls in the
countertransference are made of the three-generations situation, parent’s transference onto
the child’s analyst, and the situation of seduction and interpretation of sexual matter. The
author also examines the question of the relationship with the parents and the
psychotherapist’s situation when he/she is working in institutions.
Keywords
Setting – countertransference – passive splitting – epistemic drive – containment
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Cadre et contretransfert en psychanalyse d’enfant
Résumé
Outre dans les états psychotiques et autistiques de la petite enfance, un traitement
psychanalytique est indiqué dans les cas de carence de la capacité de rêverie maternelle, qui
entraîne un clivage passif (Meltzer) et une pathologie du développement psychique. Le
transfert de l’enfant est intense, polymorphe, souvent masqué par des symptômes phobiques.
Le cadre interne est construit par l’introjection progressive par l’enfant de la fonction
contenante de l’analyste. Il favorise le fonctionnement de la pulsion épistémique de l’enfant et
inhibe ses attaques contre les liens, constituées par l’attaque contre le sens. L’analyste évite
les interprétations du contenu symbolique ; elles sont trop excitantes et détruisent le sens,
évacué alors par la motricité. Les pièges du contre-transfert sont constitués par la situation à
trois générations, le transfert des parents sur l’analyste, et la situation de séduction et de
l’interprétation du sexuel. L’autrice examine également la question des relations avec les
parents et la situation du psychothérapeute en institution.
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