LA ADOLESCENCIA NORMAL-ABERASTURY-KNOVEL
Introducción
La adolescencia, más que una etapa estabilizada, es proceso y desarrollo. El adolescente atraviesa por
desequilibrios e inestabilidad extremas, lo que configura una entidad semipatológica, que los autores
denominan “síndrome normal de la adolescencia”.
El adolescente debe enfrentar el mundo de los adultos, para el que no está del todo preparado, y desprenderse
de su mundo infantil. Realiza tres duelos fundamentales:
a) duelo por el cuerpo infantil perdido (cambios que se le presentan como externos y ante los cuales es
impotente)
b) duelo por el rol e identidad infantiles (renuncia obligada a la dependencia y asunción de responsabilidades
que desconoce)
c) duelo por los padres de la infancia
También hay un duelo por la bisexualidad infantil perdida.
El síndrome es producto de la situación evolutiva y surge en la interacción con el medio: la inestabilidad afecta
a los padres reeditando en ellos ansiedades básicas que habían logrado controlarse hasta cierto punto. A su
vez, la sociedad proyecta sus fallas en el adolescente, responsabilizándolo y justificando la violencia de los
adultos, agravando la situación.
Capítulo 1: El adolescente y la libertad
El adolescente vive una permanente fluctuación entre diversos pares de situaciones:
a) entre una dependencia y una independencia extremas;
b) entre el refugio en la fantasía y el afán de crecimiento;
c) entre la afirmación de sus logros adultos y el refugio en los logros infantiles.
Esta fluctuación responde, de modo complejo, a todo un difícil proceso que el adolescente debe vivir, a través
del cual busca una nueva identidad.
Es que al principio, él vive los cambios corporales y los imperativos del mundo como una invasión. El duelo por
el cuerpo (caracteres sexuales secundarios, pérdida del cuerpo de niño y responsabilidad por la definición
sexual y rol en la pareja y procreación): sólo cuando acepta simultáneamente sus aspectos de niño y de adulto
puede empezar a aceptar su cuerpo y comienza a surgir una nueva identidad. Mientras tanto, hay fluctuaciones
de identidad: cambios bruscos, variaciones, etc. Es que el implica ensayos y pruebas de pérdida y recuperación
de ambas edades, y de ahí la inevitable fluctuación.
En el proceso de entrar en el mundo de los adultos y elaborar los duelos, el adolescente necesita adquirir una
ideología que le permita su adaptación al mundo o su acción sobre él para cambiarlo. Hasta desarrollar esa
ideología (madurez biológica + madurez efectiva e intelectual, sistema de valores, etc.), tendrá multiplicidad de
identificaciones contradictorias (varios personajes al mismo tiempo).
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Tratará de adaptar el mundo externo a sus necesidades imperiosas: por eso su deseo de reformas (que queda
en intelectualización, porque todavía es incapaz de realizarlas y porque se lo reprime en el plano de la acción).
Al mismo tiempo de tener que formarse un sistema de valores éticos, intelectuales y afectivos, debe abandonar
la solución del “como si” del juego y el aprendizaje. Urgido por esta exigencia, tiende a acentuar el
distanciamiento del presente y la fantasía de proyección en el futuro, independiente de los padres (no ser con
ellos ni como ellos).
Y ahí se da el conflicto por ambivalencia entre desprendimiento y permanecer ligado. Al mismo tiempo que se
manifiesta en é una necesidad de acompañamiento, vigilancia, límites y dependencia, siente rechazo y
búsqueda de independencia. ¿Cómo manejarse con esa ambivalencia, con esas tendencias tan contradictorias?
Una solución transitoria: refugiarse en la fantasía (lo que supone un incremento de la omnipotencia narcisista y
prescindencia de lo externo). Lo que tiene como efecto, muchas veces, un crecimiento de la hostilidad hacia los
padres y el mundo de los adultos.
Los autores insisten en que no se puede acceder a la problemática del adolescente sólo desde él mismo. Por
eso, introducen la problemática de los padres y de la relación entre padres e hijos. Básicamente, afirman que
también los padres deben hacer el duelo por el cuerpo del hijo pequeño, su identidad de niño y su
dependencia infantil. La confrontación se hace dolorosa si el adulto no es consciente de sus problemas ante el
adolescente. También lo padres tienen dificultades para aceptar el crecimiento del chico: éste los enfrenta con
sus propios conflictos respecto de la genitalidad, con la necesidad de aceptación del envejecimiento (y, en
última instancia, de la muerte), con la pérdida de su imagen ante el hijo: ya no es ídolo, sino criticado. Los
logros del chico lo ponen frente a la necesidad de evaluar sus propias realizaciones y fracasos, y la necesidad de
identificarse con la fuerza creativa del hijo. Pero por lo general, dicen los autores, el adulto se ve desafiado y
agredido y tiende a reaccionar sólo con un refuerzo de la autoridad.
El adolescente tiene tres exigencias de libertad: salidas y horarios, defender una ideología y vivir un amor y un
trabajo. Cuando los padres lo único que pueden hacer es restringir las salidas y “cortarle lo víveres” (dinero), es
porque que algo ya vino mal desde antes. Los chicos se dan cuenta de que al controlar el tiempo les están
controlando su mundo interno, su crecimiento y desprendimiento. Es preciso que se haya instaurado un
espacio de diálogo que ayude al adolescente a lograr sus conquistas en los planos de la ideología y del amor.
Otorgar libertad no significa dejar de lado todos los límites (=abandono). Libertad con límites = cuidado,
cautela, diálogo.
En el tema del amor, deben poder realizar sus experiencias, sin la contrapartida de tener que informar de todo
lo que hacen: “exigir información es tan patológico como prohibir y es muy diferente a escuchar”.
Capítulo 2: El síndrome de la adolescencia
Normalidad y patología en la adolescencia
Debe estudiarse la adolescencia como un fenómeno específico dentro de toda la historia del desarrollo del ser
humano y, por otra parte, estudiar su expresión circunstancial de tipo geográfico y temporal histórico-social. Es
decir, detrás de toda expresión sociocultural existe un basamento psicobiológico que le da características
universales.
La adolescencia está caracterizada fundamentalmente por ser un período de transición entre la pubertad y el
estadio adulto del desarrollo (variable en las diferentes sociedades). Lo básico es que se trata de una situación
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en la cual el individuo se ve obligado a reformularse los conceptos que tiene acerca de sí mismo y debe
abandonar su autoimagen infantil y proyectarse sobre el mundo de la adultez.
DEFINICIÓN:
“es la etapa de la vida...
Durante la cual el individuo busca establecer su identidad adulta,
Apoyándose en las primeras relaciones objétales-parentales internalizadas...
Y verificando la realidad que el medio social le ofrece,
Mediante el uso de los elementos biofísicos en desarrollo a su disposición y que a su vez tienden a la
estabilidad de la personalidad en un plano genital,
Lo que sólo se hace posible si se hace el duelo por la identidad infantil”. (p. 40)
CONCEPTO DE NORMALIDAD: adaptación al medio (no es sometimiento al medio: es capacidad de utilizar los
dispositivos existentes para el logro de las satisfacciones básicas del individuo en una interacción permanente
que busca modificar lo displacentero o lo inútil a través del logro de sustituciones para el individuo o la
comunidad.
El adolescente se ubica entre las llamadas personalidades “marginales”. Es muy difícil señalar el límite entre lo
normal y lo patológico (A. Freud). Toda la conmoción (actuaciones de características defensivas) en este
período es normal. Por lo cual se puede hablar de una “patología normal” del adolescente que debe admitirse
y comprenderse para ubicar sus desviaciones en el contexto de las realidad humana que nos rodea. La mayor o
menor anormalidad de este síndrome normal se deberá, en gran parte, a los procesos de identificación y de
duelo que haya podido realizar el adolescente.
El síndrome normal de la adolescencia
¿Por qué “Síndrome”?: desde el mundo de los adultos, parece una configuración semipatológica, pero desde el
punto de vista de la psicología evolutiva y la psicopatología, aparece como algo coherente, lógico y normal).
Desarrollamos aquí 10 características o “síntomas” que definen este “síndrome”.
1) Búsqueda de sí mismo y de la identidad
El poder llegar a utilizar la genitalidad en la procreación es un hecho biopsicosomático que determina una
modificación esencial en el proceso del logro de la identidad adulta y que caracteriza la turbulencia e
inestabilidad de la identidad adolescente.
La maduración genital se suma a la reactivación de las etapas previas de la evolución libidinal y a procesos
psicológicos básicos de disociación, introyección e identificación para establecer la personalidad más o menos
definida (individuación, Erickson = entidad yoica; Nixon = autocognición: conocimiento del sí mismo o self, el
cuerpo y el esquema corporal).
En la pubertad ocurren cambios físicos en 3 niveles: 1) hormonal (gonadotrofina), para la modificación sexual;
2) producción de óvulos y espermatozoides maduros; 3) desarrollo de las características sexuales primarias y
secundarias, sumadas a modificaciones fisiológicas del crecimiento en general. Se produce entonces un duelo
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del cuerpo infantil perdido, que obliga a una modificación del esquema corporal y del conocimiento físico de sí
mismo. Y se establece una búsqueda de un nuevo sentimiento de continuidad y mismidad.
En el plano sexual, se atraviesa por lo que Erikson llama “moratoria psicosexual”: no se requieren roles
específicos y se experimenta con lo que la sociedad tiene para ofrecer. El adolescente recurre a lo que
encuentra más favorable en el momento: p. ej. La uniformidad (brinda seguridad y estima personal): todos se
identifican con cada uno. También identificaciones “negativas” (es mejor tener una identidad “negativa”,
perversa, que ninguna), pseudoidentidad que oculta la identidad latente o verdadera, identificación con el
agresor, etc. Por todo ello, el adolescente puede verse llevado a adoptar distintas identidades, transitorias
(“bebé”, “demasiado serio, adulto”, “histeroide” Lolita, etc.); ocasionales (frente a situaciones nuevas);
circunstanciales (identificaciones parciales). Todas ellas, adoptadas sucesiva o simultáneamente, aspectos de la
identidad adolescente.
Los cambios físicos pueden ser vividos, en un primer momento, como muy perturbadores. Sentimientos de
extrañeza e insatisfacción, que contribuye al sentimiento de “despersonalización”. La integración del yo se
produce por la elaboración del duelo por partes de sí mismo y por sus objetos, y un buen mundo interno (que
surge de la relación satisfactoria con los padres internalizados) posibilita una buena conexión interior, una
buena huida defensiva que facilita el reajuste emocional y el establecimiento de la identidad adolescente.
Esta identidad adolescente se caracteriza por un cambio de relación con los padres (reales e internalizados).
Los elementos biológicos introducen una modificación irreversible: ahora, la separación ya no sólo es posible
sino necesaria. Las figuras parentales están incorporadas a la personalidad del sujeto y este puede iniciar el
proceso de individuación. Si todo se dio correctamente en los períodos anteriores, el adolescente contará así
con un yo enriquecido, dotado de mecanismos defensivos útiles, y un Superyo que lo ayudará a encauzar la
vida sexual que empieza a poder exteriorizarse en la satisfacción genital, ahora biológicamente posible.
2) La tendencia grupal.
De la búsqueda de uniformidad surge el espíritu de grupo: un proceso de sobreidentificación masiva, en donde
todos se identifican con cada uno. El adolescente, frecuentemente, pertenece más al grupo que al núcleo
familiar. También representa la oposición a las figuras parentales y una manera activa de determinar una
identidad distinta. Se transfiere al grupo gran parte de la dependencia que antes se tenía respecto de la familia
y los padres. Constituye así una transición necesaria en el mundo externo para lograr la individuación adulta.
El adolescente recurre al grupo para reforzar su identidad, ante la dificultad de asumir obligaciones para las
cuales todavía no está preparado. También para lograr su independencia de los padres, para lo cual busca un
líder al cual someterse o se erige él mismo en líder para ejercer el poder de la madre o el padre. Pero todo ello,
sin que se sienta demasiado responsable de lo que ocurre a su alrededor: su propia personalidad suele quedar
afuera del proceso.
El grupo facilita la conducta psicopática normal. Se trata de un acting out motor (por descontrol provocado por
la pérdida del cuerpo infantil) y afectivo (producto del descontrol del rol infantil que está perdiendo):
desafecto, crueldad, indiferencia. (En el adolescente normal, esta conducta es transitoria y rectificable, a
diferencia del psicópata). En este último, el conflicto de identidad se procesa mediante la crueldad y la
desafección, como mecanismos de defensa frente a la culpa y el duelo de la infancia perdida, que no puede ser
elaborada debido a la eliminación del pensamiento.
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3) Necesidad de intelectualizar y fantasear
Una de las formas típicas del pensamiento del adolescente es el intelectualizar y fantasear despierto. Como
mecanismo defensivo: a través del pensamiento, compensa las pérdidas que ocurren dentro de sí mismo y no
puede evitar.
Se trata de un refugio interior contra la angustia. Una especie de autismo positivo que tiene por objeto el
reajuste emocional, y que se expresa en teorizaciones éticas, filosóficas, sociales, a través del pensamiento y la
producción literaria, artística, etc. Una vez más, hay que señalar que sólo teniendo una relación adecuada con
objetos internos buenos y también con experiencias externas no demasiado negativas, podrá el adolescente
llegara cristalizar una personalidad satisfactoria.
4) Las crisis religiosas
El adolescente puede manifestarse como un ateo o un místico, a veces el mismo individuo pasa por todo tipo
de períodos mutuamente contradictorios. Las frecuentes crisis religiosas son intentos de solución de la angustia
que vive el yo en su búsqueda de identificaciones positivas y del enfrentamiento con la muerte definitiva de
parte de su yo corporal, así como de su separación de los padres. Las figuras de divinidades pueden representar
para él idealizaciones que le aseguren la continuidad de la existencia de sí mismo y de los padres infantiles. Del
mismo modo, una actitud nihilista puede ser también defensiva. En ambos casos, se trata de un
desplazamiento a lo intelectual religioso de cambios concretos que ocurren en el nivel corporal y en el plano de
la actuación familiar social.
5) La desubicación temporal
El adolescente vive con una cierta desubicación temporal; convierte el tiempo en presente y activo como un
intento de manejarlo (tipo proceso primario...) De ahí las postergaciones y urgencias inexplicables que
sorprenden al adulto en el comportamiento adolescente.
Parecería que al romperse el equilibrio de la latencia, según Bleger y Bion, por momentos predomina la parte
psicótica de la personalidad. Así la adolescencia se caracterizaría por la irrupción de partes indiscriminadas,
fusionadas, de la personalidad: las modificaciones corporales, incontrolables, son vividas como un fenómeno
psicótico y psicotizante en el cuerpo. Lo cual es aumentado por la posibilidad real de llevar a cabo fantasías
edípicas de procreación con el progenitor del sexo opuesto.
Es durante la adolescencia que el tiempo va adquiriendo lentamente características discriminativas. Mientras
tanto, existe la dificultad para distinguir pasado-presente-futuro. Como defensa (contra la angustia generada
por la pérdida de la niñez: muerte de partes del yo y de sus objetos), el adolescente espacializa el tiempo para
poder manejarlo relacionándose con él como con un objeto. Este “tiempo-espacio-objeto” da lugar al
sentimiento de soledad y al aislamiento del chico en el cuarto. En esos períodos, el tiempo queda “afuera”,
convertidos el pasado, presente y futuro en objetos manejables.
Mientras tanto, el adolescente se rige por el tiempo corporal o rítmico (comer, defecar, jugar, dormir, estudiar,
etc.). Tiempo vivencial o experiencial. Luego vendrá la conceptualización del tiempo, con la discriminación de
pasado-presente-futuro y la aceptación de la muerte de los padres y la propia. Sin embargo, en determinados
momentos puede haber regresiones,
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“La percepción y la discriminación de lo temporal sería una de las tareas más importantes de la adolescencia,
vinculada con la elaboración de los duelos típicos de esa edad. Esto es lo que permite salir de la modalidad de
relación narcisista del adolescente y de la ambigüedad que caracterizan su conducta. Cuando éste puede
reconocer un pasado y formular proyectos de futuro, con capacidad de espera y elaboración en el presente,
supera gran parte de la problemática de la adolescencia”.
6) La evolución sexual desde el autoerotismo hasta la heterosexualidad
Hay en el adolescente un oscilar permanente entre la actividad masturbatoria y los comienzos del ejercicio
genital.
Al ir aceptando su genitalidad, comienza la búsqueda de la pareja, aparece el enamoramiento apasionado (el
primero, de gran intensidad, a veces ignorado por la “pareja”, que frecuentemente es una figura idealizada
sustituto parental al que el adolescente vincula con fantasías edípicas). Luego la relación genital completa, más
bien de carácter exploratorio y en la adolescencia tardía.
Según Freud, son los cambios biológicos de la pubertad los que imponen la madurez sexual: rol de la
procreación y definición sexual correspondiente.
Aquí se reagudiza la fantasía y la experiencia pasada hasta entonces, repitiendo el camino de la fase genital
previa (en la masturbación), la actividad lúdica de aprendizaje (toqueteo, bailes, juegos, etc.). También en esta
etapa se da la curiosidad sexual, exhibicionismo, voyeurismo, etc.
Se reactiva el conflicto edípico con toda intensidad, debido a la posibilidad física de su consumación. Si esto
sucediera, el individuo se vería sujeto a una relación genital temprana, sin poder definirse sexualmente de un
modo real. Una relación simbiótica que según Aberastury estaría en la base de la homosexualidad tanto
masculina como femenina.
Al ir elaborando el complejo de Edipo, el varón idealiza al padre, se identifica con sus aspectos positivos, supera
el temor a la castración por medio de realizaciones y logros diversos que le muestran que también él tiene
potencia y capacidad creativa. También la niña acepta la belleza de sus atributos femeninos, reconociendo que
su cuerpo no ha sido destruido ni vaciado, y logrará identificarse con los aspectos positivos de la madre.
En la adolescencia se da también cierto mantenimiento de la bisexualidad, sobre todo a través de la actividad
masturbatoria. Algunas manifestaciones o períodos de homosexualidad pueden ser la expresión de la
bisexualidad perdida y anhelada, en otro individuo del mismo sexo. No deben preocupar. El problema se da
cuando falta la imagen paterna, con lo cual el varón buscará eternamente el pene que da potencia y
masculinidad, y la niña quedará fijada en un relación oral con la madre, reprimiendo y negando la posibilidad
de contacto con un pene por la inexistencia del mismo en sus tempranas relaciones objetales.
Con respecto a la actividad masturbatoria, en la primera infancia tenía una finalidad exploratoria y
preparatoria. Así va configurando en el esquema corporal la imagen del aparato genital. El bebé llega al juicio
de realidad de que tiene uno solo de los órganos, el otro lo reconstruye con una parte de su propio cuerpo. Al
llegar a la bipedestación, se amplían las relaciones con el mundo y las fuentes de satisfacción, y disminuye la
actividad masturbatoria en favor de la lúdica. A lo largo de los distintos períodos, la masturbación se
mantendrá con las características de negación maníaca.
En el adolescente, tiene que ver con fantasías edípicas de la escena primaria, aceptando la condición de tercero
excluido. También es un intento maníaco de negar la pérdida de la bisexualidad, parte del proceso de duelo. A
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poseer ya los instrumentos efectores de la genitalidad pero no poder usarlos (por restricciones socioculturales),
se incrementan las fantasías incestuosas y la frustración. Por eso, la masturbación es vivida más
destructivamente y con culpa que en la infancia. Pero también tendrá una función exploratoria y preparatoria.
7) Actitud social reivindicatoria
Muchos padres se angustian y atemorizan ante al crecimiento de sus hijos, reviviendo sus propios conflictos
edípicos. Stone y Church señalan que así como los hijos presentan una situación ambivalente al separarse de
los padres, lo mismo sucede con éstos, y llaman a esto “ambivalencia dual”. Por otra parte, es toda la sociedad
la que interviene en la situación conflictiva del adolescente. El medio en que vive, además, determina nuevas
posibilidades de identificación e incorporación de pautas socioculturales y económicas. Es preciso reconocer un
condicionamiento entre individuo y medio en la constitución y aceptación de la identidad.
La adolescencia es recibida predominantemente en forma hostil por el mundo de los adultos en virtud de las
situaciones conflictivas edípicas. Se crean “estereotipos” con los que se trata de definir y caracterizar, aunque
en realidad lo que se hace es aislarlos fóbicamente, o se crea un malestar de tipo paranoide en el mundo
adulto que entonces los desplaza reactivamente.
Este sentido tienen los ritos de iniciación presentes en todas las culturas: expresar la rivalidad que los padres
del mismo sexo sienten al tener que aceptar a sus hijos como sus iguales (y posteriormente incluso admitir las
posibilidad de ser reemplazados por ellos).
La actitud social reivindicatoria del adolescente es prácticamente imprescindible. Por otra parte, gran parte de
la frustración que significa hacer el duelo por la pérdida de los padres de la infancia se proyecta en el mundo
externo: los padres y la sociedad pasan a ser los que se niegan a seguir funcionando como padres infantiles con
actitudes de cuidado y protección ilimitados. Así, el adolescente desarrolla contra ellos actitudes destructivas.
Sólo si logra elaborar bien los duelos correspondientes y reconocer la sensación de fracaso, podrá introducirse
en el mundo de los adultos con ideas reconstructivas.
8) Contradicciones sucesivas en todas las manifestaciones de la conducta
El adolescente no puede mantener una línea de conducta rígida, permanente y absoluta, aunque muchas veces
la intenta y la busca. Es una personalidad permeable, en la cual los procesos de introyección y proyección son
frecuentes, intensos y variables. Esto hace que no pueda haber una línea de conducta determinada, que ya
indicaría una alteración de la personalidad. Por eso hablamos de “normal anormalidad”. Sólo el adolescente
mentalmente enfermo mostrará una conducta rígida. La labilidad de su organización defensiva es, en al
adolescente, un signo de normalidad.
9) Separación progresiva de los padres
La aparición de la capacidad efectora de la genitalidad impone la separación de los padres y reactiva lo
aspectos genitales que se había iniciado en la fase genital previa. La forma en que se haya realizado y
elaborado esa fase determina la intensidad y calidad de la angustia con que maneja la relación con los padres y
la separación de éstos.
Todo esto también es percibido por los padres e incide grandemente en ellos. Reiteramos el concepto de
ambivalencia dual, como un factor muy importante en la forma en que se logre realizar la separación. La
presencia internalizada de buenas imágenes parentales, con roles bien definidos, y una escena primaria
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amorosa y creativa, permitirá una buena separación de los padres, un desprendimiento útil, y facilitará al
adolescente el pasaje a la madurez, para el ejercicio de la genitalidad en un plano adulto.
Por la necesidad de negar las fantasías genitales y la posibilidad de realización edípica, los mecanismos
esquizoparanoides pueden ser muy intensos, lo cual es normal y natural. Los padres pueden ser vividos
disociadamente, como muy buenos o muy malos. Las identificaciones se hacen entonces con sustitutos
parentales en los cuales pueden proyectarse cargas libidinales (maestros, héroes reales o imaginarios,
compañeros mayores).
10) Constantes fluctuaciones del humor y del estado de ánimo
Un sentimiento básico de ansiedad y depresión acompañarán permanentemente como sustrato a la
adolescencia.
El yo intenta conectarse con el mundo placenteramente, y al no lograrlo siempre, la sensación de fracaso
puede ser muy intensa y obligar al individuo a refugiarse en sí mismo (“repliegue autista”, aburrimiento,
desaliento). A diferencia del psicópata (que actúa directamente por lo penoso que se le hace enfrentar las
situaciones de su mundo interno), el adolescente normal elabora y reconsidera constantemente sus vivencias
y sus fracasos.
Los cambios de humor son típicos de la adolescencia y es preciso entenderlos sobre la base de los mecanismos
de proyección y de duelo por la pérdida de los objetos; al fallar estos intentos de elaboración, tales cambios de
humor pueden aparecer como microcrisis maníaco depresivas.
Capítulo 3: Adolescencia y Psicopatía. Duelo por el cuerpo, la identidad y los padres infantiles
Tanto las modificaciones corporales incontrolables como los imperativos del mundo externo, que exigen del
adolescente nuevas pautas e convivencia, son vividos al principio como una invasión. Como defensa, va a
retener muchos de su logros infantiles o a refugiarse en el mundo interno. Todo esto implica una búsqueda de
una nueva identidad que se va construyendo en un plano consciente e inconsciente. Para ello, contará con el
mundo interno construido por las imagos paternas, a través del cual elegirá y recibirá los estímulos para la
nueva identidad.
Como vimos, el duelo por el cuerpo supone elaborar una doble pérdida: la de su cuerpo de niño (caracteres
sexuales secundarios) y la de la bisexualidad (menstruación y semen, definiéndose en la pareja y la
procreación).
Es en esta búsqueda de identidad cuando aparecen patologías que pueden llevar a confundir habitualmente
una crisis con un cuadro psicopático (o también psicótico o neurótico, según), en especial cuando surgen
determinadas defensas como ser la mala fe, la impostura, las identificaciones proyectivas masivas, la doble
personalidad y la crisis de despersonalización. Todo esto se supera al elaborar los duelos, elaboración que
incluye diversos procesos:
a) algunas técnicas defensivas como la desvalorización de los objetos para eludir el dolor de la pérdida;
b) la búsqueda de figuras sustitutivas de los padres, a fin de ir elaborando el retiro de cargas. Se fragmentan
las figuras parentales y se disocia la actitud respecto a los padres y a los sustitutos (y allí surgen fluctuaciones
de personalidad).
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c) La planificación y verbalización tanto de lo más genérico (ej. la ubicación del hombre en el mundo ) como
de lo mas cotidiano, como método defensivo ante la acción que siente imposible desde dentro o desde fuera
(sea en el plano genital como en otras capacidades que todavía no puede poner en práctica). Es que la
comunicación verbal tiene el significado de una preparación para la acción. El hablar equivale casi a la acción
misma (susceptibilidad cuando no se lo escucha). La palabra y el pensamiento ocupan en el adolescente la
misma función que el juego en el niño: permitir la elaboración de la realidad y adaptación a ella.
El psicópata no puede elaborar sus duelos y mantiene estos síntomas inmodificados. No puede asumir la
existencia de un solo sexo en su cuerpo, ni de fusionar la imagen de los padres adquiriendo una nueva forma
de relación con ellos (el adolescente tiene que dejar de ser a través de los padres para llegar a ser él mismo).
Algunos puntos de comparación entre psicopatía y adolescencia normal
Adolescencia normal
Necesita estar solo y relegarse en el mundo interno.
No comprende mucho lo que pasa a su alrededor: está más ocupado consigo mismo.
Piensa y habla mucho más de lo que actúa, confía en la comunicación verbal y sólo cuando se siente
frustrado en ésta actúa compulsivamente.
La aceptación de la vida y de la muerte lo lleva a una mayor capacidad de amor y de goce y a una mayor
estabilidad en los logros.
Elabora los duelos del cuerpo y la bisexualidad, y accede a la pareja y la creatividad, identidad e
independencia, integrándose en el mundo adulto.
Psicopatía
necesita estar con gente
Tiene un insight defensivo sobre lo que el otro necesita y lo utiliza para su manejo.
La acción es su forma de comunicación. Tiene compulsión a actuar y dificultad para pensar. La
acción no le sirve para adquirir experiencia.
Niega los sentimientos de pérdida, descuida así el objeto y a sí mismo, niega el afecto y disminuye
capacidad de goce.
No elabora los duelos y no alcanza la verdadera identidad e ideología que le permitan un nivel de
adaptación creativa.
Capítulo 4: Adolescencia y Psicopatía. Con especial referencia a las defensas
Las defensas en la psicopatía son técnicas para eludir la depresión, la culpa y la criminalidad. Por medio de
ellas, el psicópata logra un aparente equilibrio. El mismo objetivo tienen las defensas en el adolescente normal,
sólo que ese aparente equilibrio sólo se logra transitoria y parcialmente, y en determinadas ocasiones.
El psicópata ha perdido el valor del lenguaje como medio de comunicación, sustituyéndolo por la acción. Se da
una compulsión a actuar que puede invadir el campo del trabajo y el aprendizaje, a fin de dominar la angustia
de la espera.
En el psicópata, a diferencia del adolescente, el aprendizaje no se logra a través de la acción porque ésta es
utilizada como defensa. Mecanismos de proyección, negación y represión condicionan trastornos en la
memoria y en la relación con los objetos: una verdadera locura de la percepción. Es que al negar la culpa, se
niega también el vínculo con el objeto. Con lo cual, no se puede rehacer el objeto en la memoria, lo que trae un
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déficit en la acumulación de experiencias. Al borrarse la experiencia se niega también toda responsabilidad por
el acto y este no puede vincularse con hechos nuevos. Por lo tanto, el psicópata no puede prever.
Al estar las defensas ocupadas en la búsqueda de un aparente equilibrio (muy relacionado con la impostura, la
mentira y la mala fe, modalidades del fracaso de la consecución de la identidad), fracasan en su función de
dominar la ansiedad. Por eso el psicópata es incapaz de tolerar las tensiones.
Como el pensamiento impone una demora y el yo del psicópata es incapaz de esperar, ignora los límites de la
acción y sus consecuencias y se produce un trastorno en el pasaje del pensamiento a la acción. (Para el
adolescente normal, en cambio, el pensamiento es una preparación para el actuar. Cada acción le deja como
residuo una experiencia que enriquece el aprendizaje y de la que se siente responsable).
¿Cuál es el origen de esta configuración psicopática? Melanie Klein dice que el pensamiento es el hijo espiritual
tenido con los padres en el comienzo de la situación edípica. El psicópata tiene una fijación en la imagen de los
padres en coito y una dificultad para alcanzar la identidad sexual, con lo cual el inicio del Edipo y del
pensamiento están ya condicionados desde un principio. Es decir, se da un déficit ya en el primer año de vida,
respecto del duelo por el pecho y pasó al padre.
El psicópata no ha elaborado el duelo por el otro sexo. Por eso la escena primaria sigue teniendo tanta
importancia. Al llegar la pubertad, se da una negación defensiva de la diferenciación. La defensa contra la
intimidad sexual lleva a comportamientos de evitación fóbica, y esto tanto en psicópatas como en normales
(que, a diferencia de los primeros, van a ir logrando elaborar el duelo por la bisexualidad perdida y manejando
ese distanciamiento del otro sexo). En el adolescente normal, eso puede darse también a través de la
“omnipotencia de las ideas”, la compulsión a devorar novelas o películas (aprendiendo a través de los
personajes lo que no logra realizar en la vida real), el estudio como defensa, etc.
El dejarse morir como deseo de una parte del yo puede llevar al psicópata, que no se detiene en el
pensamiento sino que actúa, al suicidio real. Puede darse incluso la búsqueda de la identidad a través del
suicidio, “ser” un suicida.
En lo que hace a la adquisición de ideologías, que se configuran plenamente recién al alcanzar la identidad
adulta, el adolescente puede adelantar su adquisición en forma defensiva, hasta que va elaborando los duelos
y disminuyendo la intensidad de las defensas... En el psicópata, el fracaso de la elaboración del duelo de la
infancia le impide el logro de identidad e ideología, lo que le impide incluirse en el mundo y actuar en él
adecuadamente.
Capítulo 5: El pensamiento en el adolescente y en el adolescente psicopático
Veremos cómo los duelos de la adolescencia repercuten en la esfera del pensamiento.
Duelo por el cuerpo infantil
El individuo asiste pasivamente a la mutación de su cuerpo. La rebeldía ante esto que no puede manejar la
desplaza hacia la esfera del pensamiento: tendencia al manejo omnipotente de las ideas frente al fracaso en e
manejo de la realidad externa. Con un cuerpo que se va haciendo adulto, mantiene su mente en el cuerpo
infantil. Se da así una despersonalización en el pensamiento, típica de la edad: el manejo de símbolos
intelectualizados de omnipotencia, reformas sociales y políticas, filosofía, religiosidad, en las cuales él no está
directamente comprometido como persona física sino como entidad pensante.
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Por exageración en su intensidad o por fijación evolutiva, esto puede adquirir características observadas en la
psicopatía: la simbolización fracasa, el símbolo y lo simbolizado se confunden y las ideas tienden a realizarse en
“acción en cortocircuito”, actuación motora.
Duelo por la identidad y por el rol infantil
Al no poder mantener la personalidad infantil y no lograr aún la adulta, el adolescente vive un fracaso en la
personificación, y entonces delega en el grupo gran parte de sus atributos y en los padres sus obligaciones y
responsabilidades (mecanismo esquizoide: su personalidad queda afuera, típica irresponsabilidad adolescente,
los otros se hacen cargo del principio de realidad).
El continuo comprobar y experimentar con objetos del mundo real y de la fantasía que se confunden, apoyado
en el pensamiento grupal (que permite mayor estabilidad protegiendo a su vez de la responsabilidad personal),
despersonaliza a los seres humanos y desresponsabiliza al sujeto, que usará a las personas la satisfacción de sus
necesidades (lo cual explica que sus relaciones objetales sean lábiles y fugaces, inestabilidad adolescente).
En el psicópata, las conductas de crueldad y desafecto, el manejo de las personas como objetos, se dan sin
culpa y sin capacidad de rectificación. Al faltar el paso por el pensamiento, la culpa no se puede elaborar y el yo
se empobrece en su situación ficticia de irresponsabilidad infantil con aparente independencia. Finalmente, lo
que en el adolescente normal es conflicto de identidad, en el psicópata es mala fe consciente que lleva a
expresiones de pensamiento cruel, ridiculizante de los demás, desafectivo, como mecanismo d e defensa ante
la culpa y el duelo por la infancia perdida.
Duelo por los padres de la infancia
Los cambios operan también sobre la imagen de los padres y de su rol, y también sobre los padres reales
(interacción de un doble duelo). Se dan así las contradicciones de una demanda de suministro continuo
(dependencia) para lograr aparentemente la independencia (seudoindependencia). Estas contradicciones
desubican tanto las imágenes internalizadas como a los padres reales, y surgen las figuras sustituivas y a la
introversión que facilita el contacto con las imágenes internas, que terminan enriqueciendo el yo.
El psicópata no tolera la pérdida del suministro continuo, vivenciando la frustración como una amenaza de
muerte y respondiendo en cortocircuito (percepción distorsionada que desencadena un efecto avasallador).
Percepción-acción, sin proceso de pensamiento. Evita la soledad que le permitiría la elaboración de la pérdida
de los padres. Percibe el mundo externo como amenazador y frustrante, y en su respuesta apresurada y
angustiosa utiliza su caudal intelectual para prescindir de la confrontación crítica y emplea una racionalización
más o menos coherente parta explicar su conducta desaprensiva y cruel: está permanentemente en la actitud
de recibir el suministro continuo que el adolescente normal sólo desea momentánea y periódicamente.
Temporalidad en el psicópata: la atemporalidad se establece rígidamente en su pensamiento: posterga y exige
sin discriminación frente a la realidad, y actúa sin esta noción limitante, que permite la ubicación del individuo
en el mundo.
Sexo en el psicópata: permanece en una bisexualidad fantaseada que tiene para él todo el significado de la
realidad psíquica y que le impide relaciones amorosas de objeto y el logro de la pareja.
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