La mentira Caridad Bravo Adams
Demetrio es un hombre ator mentado por el dolor, el odio y
el deseo de venganza que acepta por verdad una mentira;
Verónica es una mujer fuerte que se enfrenta contra todo
para preservar su amor, recuperar su vida y destruir esa
mentira.
La honradez encasillada por lo prejuicios; la nobleza débil y
por ello incapaz de luchar; el amor consumido por el odio y
por los celos; la fortaleza de espíritu que enfrenta todos los
peligros, físicos y morales, para acabar con el engaño y la
falacia.
Con trazos precisos, Caridad Bravo Adams deposita en sus
personajes las pasiones más altas y las más bajas para crear
una historia conmovedoramente humana, que mantiene al
lector en tensión hasta su emotivo desenlace.
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La mentira Caridad Bravo Adams
Capítulo 1
La fina piragua, larga y estrecha como la hoja de una espa-
da, remonta lentamente el margen del Río Cuyabá, al gol-
pe rítmico de los seis remos que la impulsan…
—¡Arriba! ¡Arriba! ¡Arriba!
Seis torsos morenos se inclinan sudorosos para volver a
alzarse tensos por el esfuerzo, mientras las anchas paletas
de madera se hunden en las aguas verdosas…
—¡Arriba! ¡Arriba! ¡Arriba!
El hombre cuya voz dirige a los remeros, marcándoles el
ritmo, es un indio de la raza tupí, alto, macizo, recio, como
tallado en caoba vieja… A su voz, los galeotes parecen rea-
nimarse a realizar el mayor esfuerzo y sus ojos, casi azules
de puro negros, buscan la aprobación del hombre blanco,
sentado justamente en el medio de la piragua, con el casco
de corcho sobre la nuca y la mirada inquieta recorriendo las
márgenes del río donde se amontona la selva…
—¿Cuándo llegaremos al poblado ese?
—Los hombres están remando bien, patrón, pero la co-
rriente es fuerte.
—Te he preguntado cuándo llegaremos…
—Hoy patrón; si no nos agarra la tor menta.
Ha mirado el largo y estrecho trozo de cielo que deja li-
bre la selva sobre el río, como interrogando a las nubes ne-
gras henchidas de amenaza de lluvias y truenos…
—Hace ocho días que estoy de viaje. Ocho días remon-
tando este río que parece no acabarse nunca…
—No es igual bajar el río que subirlo; hay que tener pa-
ciencia, patrón.
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La mentira Caridad Bravo Adams
—¡Paciencia… paciencia!
El hombre blanco ha apretado los labios como para
contener la emoción dolorosa que le embarga mientras su
mano inquieta oprime aquella carta doblada en el fondo
del bolsillo de su chaqueta, y sus ojos vuelven a recorrer el
litoral oscuro y verde, mientras el indio responde con el frío
laconismo de las razas primitivas.
—Contrataste mi barca para llevarte a Porto Nuevo y a
Porto Nuevo te llevo.
—¡Es allí! ¿En aquéllas casas de paja que se ven en el
playón de arena?
—No, patrón. Porto Nuevo todavía está lejos, mucho
más lejos…
—¡En el fin del mundo por lo que veo!
En el fin del mundo, en el corazón de la selva, en el rin-
cón más apartado del Estado de Matto Grosso; esto es, en
el centro mismo de América, en las selvas de aquel Brasil
inexplorado e inmenso, se alza en efecto Porto Nuevo.
Aldea de mineros, de buscadores de oro, de aventure-
ros ansiosos de jugarse la vida, de desesperados; en guerra
abierta con el universo… Así se presenta a los ojos del
hombre que llega.
—Llegamos, patrón… éste es Porto Nuevo.
Demetrio de San Telmo no ha aguardado un instante
para saltar a las mal unidas tablas del muelle, aspirando co-
mo si el aire le faltara, el vaho pegajoso, húmedo y caliente
de los pantanos entre los que se alza el pueblo.
Es un hombre alto, delgado, musculoso, de anchas es-
paldas y puños recios. Un mechón de cabellos castaños le
cae lacio sobre la frente; los ojos, de un color gris de acero,
se entrecierran como para adquirir mayor fuerza; por la ca-
misa de lino entreabierta se ve el ancho pecho de atleta y
sacude las pier nas largas y ágiles, torturadas por la inmovili-
dad de la piragua durante días enteros…
—¿Qué te debo?
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—Lo convenido, patrón, y lo que sea tu voluntad para el
aguardiente de los muchachos que han remado bien.
—Toma, coge tu dinero y el resto para ellos…
—Que Dios te ayude, patrón.
—Espera. ¿Sabrías decir me dónde vive Ricardo Silveira?
—Traigo y llevo carga de estos muelles, desde hace
años, patrón; pero no bajo nunca a Porto Nuevo. ¿Por qué
no preguntas en la taber na?
El indio ha vuelto a saltar a la piragua, haciendo una se-
ña a los remeros, indiferentes al gesto de Demetrio San Tel-
mo, que extiende la mano como queriendo detenerlos…
—¡Arriba!
La barca se aleja. Han seguido remontando la corriente,
sin mirar al hombre cuyo rostro parece más sombrío en
aquel momento. Aun aquel indio enigmático e indiferente
era un compañero para él… Ahora se vuelve para mirar al
pueblo con una horrible sensación de absoluta soledad.
Apenas puede dársele ese nombre a los barracones disemi-
nados a la orilla del río, a las dos docenas de casuchas de
adobe que se amontonan en el centro, al remedo de plaza
pública, donde ubicadas frente a frente, como desafiándo-
se, están la iglesia y la taber na…
—Puerto Nuevo…
Tras vacilar un instante ha ido hacia la taber na y otra vez
sus dedos estrujan la carta doblada en el bolsillo de su cha-
queta como pidiéndole los remedios necesarios para res-
ponder al ruego que hay en ella…
—¿Podría infor mar me alguien dónde vive Ricardo Silvei-
ra?
Todos los ojos se han clavado con estupor en el recién
llegado, como si no le comprendieran; pero algunos seña-
lan al hombre que ocupa el centro del grupo; un hombre
alto, musculoso, grueso, con rubicunda faz de alcohólico,
que arrebata más que tomar la botella que le acerca el
cantinero.
—¿Es usted el que puede infor mar me, señor?
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La mentira Caridad Bravo Adams
—Botel… Botel es mi nombre. Y no tengo porque infor-
mar de nada a nadie. Probablemente no buscará usted a
Ricardo para nada bueno.
—Si lo conoce le ruego que me infor me. Acabo de lle-
gar a Porto Nuevo, ocho días de viaje, sólo por verle. El in-
dio que me trajo me aconsejó que preguntara en la taber-
na.
—Ya se acabaron los buenos tiempos en que Ricardo
compartía su whisky con nosotros. Siga su camino… y pre-
gunte en otra parte. Aquí no nos importa lo que le pasa a
usted.
Una ira súbita descompone el rostro del forastero pero
antes de que acudan a sus labios las palabras, antes de que
el violento ademán conque va hacia los borrachos se com-
plete, una mano fir me y suave le ha sujetado por el brazo…
—¿Quiere usted venir conmigo, señor?
—¡Eh, qué!
—Le ruego que venga conmigo. Creo que puedo darle
los infor mes que necesita. Ricardo Silveira le esperaba a us-
ted… Venga…
Pocos pasos les han bastado para estar fuera de la ta-
ber na y Demetrio mira con extrañeza el chaleco cerrado, la
chaqueta negra, el rostro pulcramente afeitado y los ojos
serenos, claros y azules que se fijan con interés en él.
—Le vi bajar de la piragua… Y estaba en la puerta de la
iglesia cuando cruzó usted la plaza… ¿Será usted Demetrio
de San Telmo?
—Exactamente. ¿Cómo sabe?
—Yo soy el reverendo Williams Johnsson y fui muy ami-
go de su her mano de usted.
—¿Fue? ¿Quiere decir que no lo es ahora? Sin embar-
go…
—Le llevaré a la casa de su her mano después que haya-
mos hablado y que haya descansado unos momentos; se le
ve muy fatigado, amigo mío. Venga conmigo… Vivo aquí,
junto a la iglesia.
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—No importa mi cansancio… Si sabe usted donde vive
Ricardo, indíquemelo, se lo ruego. Necesito verle ensegui-
da; estoy seguro de que me espera…
—Ya no le espera… No pudo esperarle.
—¿Qué dice usted?
—Su her mano ha muerto.
* * *
—Beba, amigo mío… Beba usted, se lo ruego. Un poco
de whisky cae muy bien en momentos como éste… Por la
pena que usted demuestra, veo cuánta razón tenía el pobre
Ricardo en aguardarle, en confiar en usted, en pensar que
todo hubiera sido distinto para él si usted hubiera estado al
lado suyo; pero por desgracia…
—¡Llegué tarde! ¡Llegué demasiado tarde! Tardó dema-
siado en escribir me esta carta Ricardo. Fueron inútiles to-
dos mis esfuerzos… ¡Dios no quiso per mitir que llegase!
¡Dios parece que no mira hacia la tierra!
—Cálmese, amigo mío… Comprendo su dolor; ya sé
por Ricardo lo que él significaba para usted…
—Era mi único her mano, reverendo.
—Sé que más que her mano supo usted ser un padre
para él… no obstante llevarle pocos años. Ocho, ¿verdad?
—Sí… éramos her manos de madre solamente. Por eso
tenemos distintos apellidos.
—Ricardo me habló largamente de eso durante los po-
cos días de nuestra amistad.
—¿Pocos días?
—No fuimos amigos, como usted comprenderá, mien-
tras él frecuentaba la taber na. Botel, ése a quien se dirigió
usted primero, fue su compañero inseparable durante los
nueve largos meses que Ricardo estuvo en Porto Nuevo.
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Con él encontró la mina, con él pasó días y noches bebien-
do.
—¿Qué dice usted? ¿Ese hombre era amigo de mi her-
mano?
—Ricardo no era el mismo que usted conoció segura-
mente, cambió mucho aquí, en este ambiente, y no deba
culparlo demasiado por eso. Un gran dolor puede también
cambiar al hombre más noble, cegarlo, enloquecerlo…
—¿Un gran dolor?
Demetrio de San Telmo ha vuelto a ponerse de pie. Su
esplendida figura parece más alta, más recia, en la modesta
salita del reverendo Williams Johnsson. Hay un temblor de
angustia en sus labios y casi bruscamente rechaza el vaso
que el pastor vuelve a ofrecerle.
—Perdóneme, reverendo; no deseo beber en estos mo-
mentos. Necesito toda la lucidez de mi espíritu, necesito
que me diga usted la verdad… Un gran dolor, ha dicho us-
ted… ¿Fue acaso un gran dolor lo que trajo a Ricardo a
Porto Nuevo? ¿Lo que lo apartó de su empleo, de sus ami-
gos, de su carrera, de su vida feliz en Río de Janeiro?
¡Siempre temí algo como esto!
—Sólo los ambiciosos vienen a lugares como éste. Los
que ambicionan minas de oro y diamantes como Botel. Los
que ambicionan como yo, ganar almas para el cielo… Su
her mano Ricardo tuvo aquí la obsesión de la riqueza, buscó
infatigablemente la mina que había de convertirle en millo-
nario en pocos meses; pero lo dejó todo cuando llegó
aquella carta, la carta de aquella mujer…
—¿Qué mujer era ésa? Acabe, reverendo Williams, se lo
suplico… Fue una mujer, ¿verdad?
—Así lo creo. Una mujer que le hizo buscar la riqueza,
que le hizo buscar después la muerte, al rechazarle cuando
la había alcanzado…
—¿Qué me está usted diciendo? ¿Buscó Ricardo la
muerte por su propia mano?
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La mentira Caridad Bravo Adams
—Los datos que yo tengo sobre el particular son bas-
tante vagos. Sólo sé decirle que sabía que iba a morir,
puesto que escrituró la mina a nombre de usted…
—¡A nombre mío!
—Todos los papeles están perfectamente en regla y en
mi poder. Cuando se haya calmado, cuando se encuentre
con fuerzas, le llevaré hasta el bungalow de su her mano, en
las afueras del pueblo. No es demasiado lejos y aún están
allí todas las cosas. En una nota para mí me pedía que las
pusiera en manos de usted.
—¿Entonces mi her mano se ha suicidado? ¡Mi her mano
ha muerto por una mujer! ¿Puedo saber su nombre, reve-
rendo? ¿Quiere decír melo ahora mismo, en el acto?
—Mi pobre amigo… Su nombre, el nombre de ella no
lo sé. Sospecho que sólo Ricardo podría decirlo y se llevó
su secreto a la tumba… Su her mano bebía espantosamen-
te; tomaba luego medicinas y calmantes para aplacar sus
nervios, píldoras, narcóticos, ¡qué sé yo! El hombre más
fuerte no hubiera podido resistir y él llegó al total agota-
miento…
—¡Es increíble! ¡Increíble! Un muchacho como Ricardo
que parecía tener toda la alegría de la vida… Sólo porque
usted me lo dice, porque usted me lo asegura, puedo creer
que es verdad todo esto…
—En su carta, le decía algo, ¿no? Me dijo que le había
escrito a usted y que tenía fe en que usted llegara para li-
berarlo, para arrancarlo de aquí, aún contra su voluntad si
fuera preciso. Su her mano me habló más de una vez de su
energía y de su entereza, Demetrio…
—¿De qué sirven la energía y la entereza contra lo que
no tiene remedio?
—Sírvanle al menos para soportar mejor esta gran pe-
na…
—Mis propios sentimientos no me preocupan, reveren-
do; pero él… él… Todo fue extraño, incomprensible en su
conducta desde que salió de Río de Janeiro. Me escribió
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La mentira Caridad Bravo Adams
una absurda carta en la que ni siquiera me decía hacia don-
de emprendía viaje…
—Tengo entendido que salió de la Capital sin rumbo fi-
jo. En el tren conoció a Botel que fue quien le trajo a Matto
Grosso, quien le arrastró hasta Porto Nuevo. Aquí vivió co-
mo un insensato mientras buscaba la riqueza, esa riqueza
que anhelaba como una obsesión…
—¡Para ella! ¡Por una mujer que tenía un precio! Dígame
cuanto sepa, hábleme claramente, por favor, reverendo…
Piense que he cruzado el país entero para acercar me a él,
que llegué con la esperanza de salvar a mi her mano del pe-
ligro de que me habla en esta carta, estas cuatro líneas de
desesperación y de locura… y le hallo muerto, muerto de
esa manera… ¡Es para volver me loco yo también!
—Comprendo lo que siente; pero no puede hacer otra
cosa que ensayar la virtud de la resignación y recoger su
herencia…
—¡Qué me importa la herencia! ¡Qué me importa esa
maldita mina que costó la vida a mi her mano! Lo único que
quiero, lo único que necesito es averiguar, saber… ¡Lléve-
me usted a su casa, reverendo!
—Por desgracia no puedo salir en este momento… Es
aquel bungalow que se ve en lo alto de la colina. El del te-
cho de pizarra. Pero repito que sería preferible…
—Gracias por todo, reverendo… Después nos veremos.
Se ha ido muy de prisa y una suave voz de mujer suena
a espaldas del pasto.
—Padrecito.
—¡Eh!
En la puerta que separa su modesta sala de la iglesia,
hay una muchachuela indígena, cuyos pies descalzos se
acercan a él sin hacer ruido. Viste una estrecha túnica de
colorines, los cabellos muy negros le caen en dos trenzas
casi hasta las rodillas. Sobre la piel color de cobre, brillan
con reflejo acerado los grandes ojos negros…
—¿Era el amo nuevo, padrecito?
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La mentira Caridad Bravo Adams
—Sí.
—¿El her mano del patrón Ricardo?
—Sí.
—¿Fue para allá?
—Sí. Pero no vayas tú a perturbarle… Quiere estar solo,
necesita estar solo.
—Pero allí está mi ropa… y mi cama. Y el amo Ricardo
me pagó un año de jor nal adelantado. Con lo que me dio
compré estos collares. Yo debo pagarlos trabajando para
él…
—Te agradecería mucho más que lo dejes en paz; al
menos hasta mañana. Ya dispondrá él después lo que de-
see…
—¿Viene a quedarse?
—No sé nada, Ayesha.
—¿Y va a estarse solo allá en la montaña… sin que na-
die le haga su comida? Toda la casa está desarreglada. Co-
mo usted echó las llaves y no me dejó entrar… ¿Cómo sa-
be usted que el amo nuevo no me quiere, padrecito?
—Está bien, Ayesha… Se lo preguntaré más tarde,
cuando vaya a buscarlo. Ahora ven conmigo. Te vendrá
muy bien escuchar el ser món que voy a decir esta tarde…
* * *
En la cumbre de la colina, única prominencia del terreno
en toda la comarca, se alzan tres bungalows de madera,
uno de ellos totalmente abandonado, proclamando que na-
die le habita de mucho tiempo atrás; uno recién pintado de
chillones colores, rodeado de árboles y de una especie de
jardín tropical; y el último, el más lejano, acaso el más po-
bre, el de aspecto más sombrío, aquél en que el grueso te-
cho de pizarra parece pesar sobre las despintadas paredes,
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La mentira Caridad Bravo Adams
es el que habitara Ricardo y cuya puerta franquea ya Deme-
trio de San Telmo, cada instante más contrita el alma…
—¡Y aquí vivía mi her mano! ¡Aquí murió! Aquí arrastró
una vida miserable… ¿por culpa de quién? ¿De quién?
En un pequeño ar mario abierto de par en par, se amon-
tonan los frascos; remedios contra la malaria, contra las fie-
bres tropicales, contra las picaduras de insectos veneno-
sos…
—Aquí vegetó más que vivir, enfer mo, abandonado…
Aquí vio venir la muerte, o la buscó él mismo, desesperado
ya…
—Buenas tardes…
—¡Eh, qué!
—Buenas tardes, señor. ¿Será usted el pariente que es-
peraba Ricardo?
—Seguramente, pero…
—Yo soy su vecina más próxima… Vivo en el bungalow
pintado de amarillo… Soy la esposa del doctor Botel…
—¡Ah!
Venciendo su amargura, Demetrio de San Telmo ha re-
parado con más atención en la mujer que entrara casi furti-
vamente. Es joven y no es fea, no obstante su gesto de
cansancio y las canas prematuras que blanquean sus sienes.
Su mirada triste, sus modales suaves, le han predispuesto
en favor de la recién llegada.
—Me mira usted sorprendido.
—Se lo confieso. Nunca pensé que ese señor Botel es-
tuviera casado, y menos con una dama.
—Oh… Su opinión es muy amable, aunque no para mi
esposo, ciertamente.
—Si es él quien la envía…
—Oh, no… Él todavía no ha regresado. Pero yo le vi a
usted subir desde el pueblo y por la ropa y el aire, no me
pareció usted uno de los tantos buscadores de minas, sino
algo distinto… Cuando vi que abría las puertas de la casa
de Ricardo y que entraba aquí, no me quedó duda de que
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La mentira Caridad Bravo Adams
se trataba de su her mano Demetrio de quien él tanto ha-
blaba, y por fin me decidí a presentar me… De una manera
bastante incorrecta, pero en fin… Aquí no es como en la
ciudad. Esta vida es distinta…
—Y terrible para una mujer como usted, a lo que adi-
vino.
—No puede usted imaginárselo. Por eso no hay que
culpar demasiado a la novia de su her mano…
—¿La novia de mi her mano?
—Bueno… Usted sabrá toda la historia…
—No sé absolutamente nada. El reverendo Johnsson,
que es la única persona del pueblo con quien he hablado,
apenas me ha podido dar datos muy vagos… Sé que mi
her mano estaba enfer mo, que hacía una vida infer nal, que
desesperado, tal vez hasta buscó la muerte por su propia
mano… Y sé que todo eso fue con causa de una mujer. Una
mujer a la que usted parece conocer.
—Oh, no… Sólo por el retrato.
—¿Qué retrato?
—El que estaba en aquel marco. Su her mano de usted
lo hizo pedazos aquella noche, cuando recibió la carta, y
desde entonces no se ocupó más de nada. Bebía y bebía
como un loco… Llegaba al amanecer arrastrándose… Y aún
mandaba a la muchacha a traerle más whisky de la taber-
na… Pero mi esposo y los peones siguieron trabajando en
el lugar que él había indicado y así hallaron la mina.
—Me cuenta usted cosas increíbles…
—¿Y no sabía usted nada de esto?
—No. Mi her mano salió de San Paulo para trabajar en
su carrera, para desempeñar un importante cargo…
—Su carrera…
—Mi her mano era abogado. ¿No lo sabía usted?
—Nunca lo dijo.
—Llegó a ser el hombre de confianza del millonario
Castelo Branco en Río de Janeiro… Un día abandonó su
cargo; la sed de oro pareció enloquecerle.
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La mentira Caridad Bravo Adams
—Una noche, hablando con mi esposo, muy bebidos
ambos, le oí contar algo así… Él quería ser rico, su novia le
había prometido aguardarlo si lograba hacerse rico en un
año; y el vino a Matto Grosso, comerció en ganados, estu-
vo entre los buscadores de diamantes del Río Paraná; sufrió
de paludismo, de malaria… Mi esposo lo trajo a Porto Nue-
vo…
—Y Ricardo lo sufrió todo, lo afrontó todo, por una mi-
serable mujer a la que era preciso comprar con dinero… ¡Es
inaudito, increíble!
—Su propio her mano lo comprendía así, señor San Tel-
mo; pero aquella mujer le obsesionaba… Esperaba hacerla
cambiar… Cuando llegó la carta…
—Dos veces me ha hablado usted ya de esa carta… ¿La
vio usted? ¿La leyó? ¿Supo exactamente lo que decía?
—Decía que iba a casarse con otro… Uno que ya era
millonario…
—¡Oh!
—Su her mano bebió como nunca aquella noche. Desde
allá escuchaba yo sus gritos, el ruido que hacía al destrozar
los muebles… Ayesha, la indita que le servía, llegó tem-
blando a mi casa, dijo que su amo se había vuelto loco…
Mi marido no estaba. Yo, con mucho miedo, me decidí a
acercar me. Su her mano estaba solo en medio de la sala,
había destrozado el retrato de ella y lloraba como un niño
sobre sus pedazos…
—¡Es absurdo, increíble!
—Él le aguardaba a usted, sin embargo… Comprendo
su pena, la gran pena de usted.
Ha callado impresionada por el dolor que refleja el viril
semblante de Demetrio de San Telmo, y queda silenciosa
mirándole, mientras él inclina la cabeza como bajo el peso
implacable de la desgracia, para alzarla casi desafiante des-
pués…
—¿Cómo era la mujer del retrato?
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La mentira Caridad Bravo Adams
—Muy her mosa, ciertamente… Una verdadera belleza.
Un porte aristocrático, delicado, hasta cierto punto se com-
prende que tuviera miedo de compartir todos estos traba-
jos con su her mano. Para una muchacha de buena familia,
criada en la capital, esto es peor que el infierno.
—Pero no vaciló en ordenarle a él que se hundiera en
este infierno…
—Cuando se ha nacido en la abundancia se tiene miedo
de ser pobre.
—¿Nunca dijo su nombre mi her mano?
—Nunca… Era un perfecto caballero.
—¿Qué tenía eso que ver?
—Es indiscreto, pero tengo entendido que ella le había
amado generosamente antes…
—¿Quiere decir que había sido su amante?
—Eso pienso… Son cosas muy delicadas; claro que yo
no tengo la seguridad. Pero ese mismo secreto con que su
her mano guardaba el nombre, aún cuando hubiera bebido
hasta perder el sentido casi, indica algo, ¿verdad?
—Su suposición es muy acertada… Y era lo único que le
faltaba a la dama del retrato; ser además de todo, una mu-
jer liviana… ¡Maldita!
—Señor San Telmo…
—Perdóneme… Me exalto hasta no ser dueño de mis
palabras. Pero le aseguro que…
—¡Oh, mire usted! El reverendo…
El pastor llegaba en efecto a la puerta, grave y sereno
como siempre.
—No se alar me, señora Botel. Vine a buscar al señor
San Telmo por si quería pasar la noche en mi casa y hacer-
me el honor de acompañar me a la hora de la cena…
—Es usted muy amable, pero…
—Confío en que no ha de desairar me. Bajaremos juntos
dentro de un rato…
—Reverendo… No crea que he venido por curiosidad…
Yo…
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FIN DEL FRAGMENTO
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