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Este resumen presenta en 3 oraciones o menos la información clave del documento: Un mono curioso ve a un hombre durmiendo con un saco de lentejas y roba algunas para comérselas. Al intentar recuperar una lenteja que se le cae, el mono se enreda y cae del árbol, despertando al hombre. El documento cuenta una breve fábula sobre un mono travieso.

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Este resumen presenta en 3 oraciones o menos la información clave del documento: Un mono curioso ve a un hombre durmiendo con un saco de lentejas y roba algunas para comérselas. Al intentar recuperar una lenteja que se le cae, el mono se enreda y cae del árbol, despertando al hombre. El documento cuenta una breve fábula sobre un mono travieso.

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ESCUELA SUPERIOR DE FORMACION DE MAESTROS

“PUERTO RICO”

NOMBRE: HENRY JUAN ESPINOZA MAMANI

GRADO: SEGUNDO AÑO DE FORMACION

ESPECIALIDAD: EDUCACION PRIMARIA COMUNITARIA VOCACIONAL

GESTION: 2022

Puerto Rico, Pando – Bolivia


ADIVINANZAS
Ave tengo yo por nombre, llana es mi condición. El que no
acierte mi nombre, es porque no presta atención.

La avellana

Somos verdes y amarillas o rojas. Redonda es nuestra forma, y


Blancanieves se comió una de nosotras. ¿Qué fruta somos?

Las manzanas

Roja por dentro, verde por fuera. Si te la quieres comer,


muchas pepitas tendrás que morder. ¿Qué fruta es?

La sandía

Tengo cabeza redonda, sin nariz, ojos ni frente, y mi cuerpo se


compone tan sólo de blancos dientes.

El ajo

Tengo una carita sonrosada de terciopelo, carne dorada y


dentro un redondo hueso. ¿Quién soy?

El durazno
TRABALENGUAS
CUENTOS
LA ZORRA Y LAS UVAS

Cuenta la fábula que, hace muchos años, vivía una zorra que un día se sintió muy agobiada.

Se había pasado horas y horas de aquí para allá, intentando cazar algo para poder comer.
Desgraciadamente, la jornada no se le había dado demasiado bien. Por mucho que vigiló tras
los árboles, merodeó por el campo y escuchó con atención cada ruido que surgía de entre la
hierba, no logró olfatear ninguna presa que llevarse a la boca.

Llegó un momento en que estaba harta y sobrepasada por la desesperación. Tenía mucha
hambre y una sed tremenda porque además, era un día de bastante calor. Deambuló por
todos lados hasta que al fin, la suerte se puso de su lado.

Colgado de una vid, distinguió un racimo de grandes y apetitosas uvas. A la zorra se le hizo la
boca agua ¡Qué dulces y jugosas parecían! … Pero había un problema: el racimo estaba tan
alto que la única manera de alcanzarlo era dando un gran brinco. Cogió impulso y, apretando
las mandíbulas, saltó estirando su cuerpo lo más que pudo.

No hubo suerte ¡Tenía que concentrarse para dar un salto mucho mayor! Se agachó y tensó
sus músculos al máximo para volver a intentarlo con más ímpetu, pero fue imposible llegar
hasta él. La zorra empezaba a enfadarse ¡Esas uvas maduras tenían que ser suyas!

Por mucho que saltó, de ninguna manera consiguió engancharlas con sus patas ¡Su rabia era
enorme! Frustrada, llegó un momento en que comprendió que nada podía hacer. Se trataba
de una misión imposible y por allí no había nadie que pudiera echarle una mano. La única
opción, era rendirse. Su pelaje se había llenado de polvo y ramitas de tanto caerse al suelo,
así que se sacudió bien y se dijo a sí misma:
– ¡Bah! ¡Me da igual! Total… ¿Para qué quiero esas uvas? Seguro que están verdes y duras
como piedras! ¡Que se las coma otro!

Y así fue como la orgullosa zorra, con el cuello muy alto y creyéndose muy digna, se alejó en
busca de otro lugar donde encontrar alimentos y agua para saciar su sed.

Moraleja: si algo es inalcanzable para ti o no te ves capaz de conseguirlo, no debes culpar a


los demás o a las circunstancias. Es bueno reconocer y aceptar que todos tenemos muchas
capacidades, pero también limitaciones.
La garza real

Un fresco día de verano, una elegante garza real salió de entre los juncos y se fue a pasear

¡Era un día perfecto para dar una vuelta y ver el hermoso paisaje!

Se acercó a la laguna y vio un pez que le llamó la atención. Era una carpa que jugueteaba
alegremente entre las aguas.

– ¡Uhmmm! ¡Es una presa grande y sería muy fácil para mí atraparla! – pensó la garza – ¡Pero
no!… Ahora no tengo apetito así que cuando me entre hambre, volveré a por ella.

La garza siguió su camino. Se entretuvo charlando con otras aves que se fue encontrando y
más tarde se sentó un ratito a descansar. Sin darse cuenta, habían pasado tres horas y de
repente, sintió ganas de comer.

– ¡Volveré a por la carpa y me la zamparé de un bocado! – se dijo a sí misma la garza.

Regresó a la laguna pero la carpa ya no estaba ¡Su deliciosa comida había desaparecido y ya
no tenía nada que llevarse a la boca!

Cuando se alejaba del lugar, vio unos peces que nadaban tranquilos.

– ¡Puaj! – exclamó con asco la garza – Son simples tencas. Podría atraparlas en un periquete
con mi largo pico, pero no me apetecen nada. Me gusta comer cosas exquisitas y no esos
pececitos sin sabor y ásperos como un trapo.

Siguió observando la laguna y ante sus ojos apareció un pez pequeñajo y larguirucho con
manchas oscuras en el lomo. Era un gobio.

– ¡Qué mala suerte! – se quejó la garza – No me gustan las tencas pero los gobios me gustan
menos todavía. Me niego a pescar ese animalucho de aspecto tan asqueroso. Mi delicado
paladar se merece algo mucho mejor.

La garza era tan soberbia que ningún pez de los que veía era de su gusto.
Lamentándose, buscó aquí y allá alguno que fuera un bocado delicioso, pero no hubo suerte.
Llegó un momento en que tenía tanta hambre que decidió conformarse con la primera cosa
comestible que encontrara… Y eso fue un blando y pegajoso gusano.

– ¡Ay, madre mía! – dijo la garza a punto de vomitar – No me queda más remedio que
tragarme este bicho horripilante. Pero es que estoy desfallecida y necesito comer lo que sea.

Y así fue cómo la exigente garza de pico fino, tuvo que dejar a un lado su actitud caprichosa y
conformarse con un plato más humilde que, aunque no era de su agrado, le alimentó y sació
su apetito.

Moraleja: muchas veces queremos tener sólo lo mejor y despreciamos cosas más sencillas
pero que pueden ser igual de valiosas.
El águila y el milano

En la rama de un viejo árbol descansaba un águila de mirada triste y corazón roto.

Su pena era tan grande y profunda que no quería ni volar. Varios días llevaba ahí la pobre
infeliz, sin comer y sin hablar con nadie.

Un milano que la vio, se posó junto a ella y quiso saber qué le sucedía.

¿Qué te pasa, águila guapa, que no quieres saber nada del mundo?

El águila miró al milano zalamero de reojo.

– Me siento muy mal… Quiero formar una familia y no encuentro una pareja que me quiera
de verdad.

– ¿Por qué no me aceptas a mí? – preguntó de pronto el milano – Yo estaría encantado de


ser tu fiel compañero.

– ¿Tú?… ¿Y cómo me cuidarás?

– Bueno… ¡Mira qué alas tan hermosas tengo! Por no hablar de mis patas, fuertes como
ganchos de hierro. Con ellas puedo cazar todo lo que quiera. Si me aceptas como pareja,
nunca te faltará de nada. Mi última hazaña ha sido cazar un avestruz.

– ¿Un avestruz?… ¡Pero si es un animal enorme! – dijo asombrada el águila.

– Sí, lo sé – asintió el milano con el pecho inflado – Es grande y pesa mucho, pero yo puedo
con eso y más. Si te casas conmigo, cazaré una para ti.

El águila estaba fascinada y se convenció de que ese valiente y forzudo milano era sin duda
la pareja ideal. Se casaron y esa misma noche, el águila le pidió que cumpliera su promesa.

– Te recuerdo que prometiste traerme un avestruz ¡Anda, ve a por ella!

El milano alzó el vuelo y se ausentó durante unas horas. A su regreso, traía entre sus patas
un ratón pequeño y apestoso. El águila dio un paso atrás horrorizada.
– ¿Es esto lo que has conseguido para mí? ¡Dijiste que me regalarías un avestruz y apareces
con un inmundo ratón de campo!

El milano, con toda su desfachatez, contestó:

– De todas las aves del cielo, tú eres la reina. Para conseguir que te casaras conmigo he
tenido que mentir. No es cierto, no soy capaz de atrapar avestruces, pero si no te hubiera
contado esa historia, jamás habría conseguido tu confianza ni te habrías fijado en mí.

El águila se quedó desconsolada. Comprendió que muchos están dispuestos a lo que sea con
tal de conseguir sus objetivos y, esta vez, la engañada había sido ella.

Moraleja: ten cuidado con quienes te ofrecen cosas increíbles porque pueden ser falsas
promesas. Hay quien utiliza el engaño para impresionar a los demás. Debemos tener los pies
en la tierra y aprender a distinguir a la gente sincera, que es la que realmente merece la
pena.
El mono y las lentejas

Cuenta una antigua historia que una vez un hombre iba cargado con un
gran saco de lentejas.
Caminaba a paso ligero porque necesitaba estar antes del mediodía en el
pueblo vecino. Tenía que vender la legumbre al mejor postor, y si se daba
prisa y cerraba un buen trato, estaría de vuelta antes del anochecer.
Atravesó calles y plazas, dejó atrás la muralla de la ciudad y se adentró en
el bosque. Anduvo durante un par de horas y llegó un momento en que se
sintió agotado.
Como hacía calor y todavía le quedaba un buen trecho por recorrer,
decidió pararse a descansar. Se quitó el abrigo, dejó el saco de lentejas en
el suelo y se tumbó bajo la sombra de los árboles. Pronto le venció el
sueño y sus ronquidos llamaron la atención de un monito que andaba por
allí, saltando de rama en rama.
El animal, fisgón por naturaleza, sintió curiosidad por ver qué llevaba el
hombre en el saco. Dio unos cuantos brincos y se plantó a su lado,
procurando no hacer ruido. Con mucho sigilo, tiró de la cuerda que lo
ataba y metió la mano.
¡Qué suerte! ¡El saco estaba llenito de lentejas! A ese mono en particular
le encantaban. Cogió un buen puñado y sin ni siquiera detenerse a cerrar
la gran bolsa de cuero, subió al árbol para poder comérselas una a una.
Estaba a punto de dar cuenta del rico manjar cuando de repente, una
lentejita se le cayó de las manos y rebotando fue a parar al suelo.
¡Qué rabia le dio! ¡Con lo que le gustaban, no podía permitir que una se
desperdiciara tontamente! Gruñendo, descendió a toda velocidad del
árbol para recuperarla.
Por las prisas, el atolondrado macaco se enredó las patas en una rama
enroscada en espiral e inició una caída que le pareció eterna. Intentó
agarrarse como pudo, pero el tortazo fue inevitable. No sólo se dio un
buen golpe, sino que todas las lentejas que llevaba en el puño se
desparramaron por la hierba y desaparecieron de su vista.
Miró a su alrededor, pero el dueño del saco había retomado su camino y
ya no estaba.
¿Sabéis lo que pensó el monito? Pues que no había merecido la pena
arriesgarse por una lenteja. Se dio cuenta de que, por culpa de esa
torpeza, ahora tenía más hambre y encima, se había ganado un buen
chichón.
Moraleja: A veces tenemos cosas seguras pero, por querer tener más, lo
arriesgamos todo y nos quedamos sin nada. Ten siempre en cuenta, como
dice el famoso refrán, que la avaricia rompe el saco.
Cuento de la lechera

Había una vez una niña que vivía con sus padres en una granja.
Era una buena chica que ayudaba en las tareas de la casa y se ocupaba de colaborar
en el cuidado de los animales.
Un día, su madre le dijo:
– Hija mía, esta mañana las vacas han dado mucha leche y yo no me encuentro muy
bien. Tengo fiebre y no me apetece salir de casa. Ya eres mayorcita, así que hoy irás
tú a vender la leche al mercado ¿Crees que podrás hacerlo?
La niña, que era muy servicial y responsable, contestó a su mamá:
– Claro, mamita, yo iré para que tú descanses.
La buena mujer, viendo que su hija era tan dispuesta, le dio un beso en la mejilla y le
prometió que todo el dinero que recaudara sería para ella.
¡Qué contenta se puso! Cogió el cántaro lleno de leche recién ordeñada y salió de la
granja tomando el camino más corto hacia el pueblo.
Iba a paso ligero y su mente no dejaba de trabajar. No hacía más que darle vueltas a
cómo invertiría las monedas que iba a conseguir con la venta de la leche.
– ¡Ya sé lo que haré! – se decía a sí misma – Con las monedas que me den por la
leche, voy a comprar una docena de huevos; los llevaré a la granja, mis gallinas los
incubarán, y cuando nazcan los doce pollitos, los cambiaré por un hermoso lechón.
Una vez criado será un cerdo enorme. Entonces regresaré al mercado y lo cambiaré
por una ternera que cuando crezca me dará mucha leche a diario que podré vender a
cambio de un montón de dinero.
La niña estaba absorta en sus pensamientos. Tal y como lo estaba planeando, la
leche que llevaba en el cántaro le permitiría hacerse rica y vivir cómodamente toda
la vida.

Tan ensimismada iba que se despistó y no se dio cuenta que había una piedra en
medio del camino. Tropezó y ¡zas! … La pobre niña cayó de bruces contra el suelo.
Sólo se hizo unos rasguños en las rodillas pero su cántaro voló por el aire y se rompió
en mil pedazos. La leche se desparramó por todas partes y sus sueños se
volatilizaron. Ya no había leche que vender y por tanto, todo había terminado.
– ¡Qué desgracia! Adiós a mis huevos, mis pollitos, mi lechón y mi ternero – se
lamentaba la niña entre lágrimas – Eso me pasa por ser ambiciosa.
Con amargura, recogió los pedacitos del cántaro y regresó junto a su familia,
reflexionando sobre lo que había sucedido.
Moraleja: a veces la ambición nos hace olvidar que lo importante es vivir y disfrutar
el presente.

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