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Novela Familiar: "Antes de que caiga la nieve"

Este documento presenta el prólogo de la novela "Antes de que caiga la nieve". Narra la historia de cinco generaciones de una familia entre 1922 y 2022 que experimentaron la movilidad social debido a diversas experiencias sociológicas. Resalta valores humanos a través de los personajes y estrategias educativas implementadas por los padres. Introduce al personaje principal Carmencita, la hija menor de la primera mamá, quien vive hasta los 100 años y continúa la historia con nuevos personajes.

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Novela Familiar: "Antes de que caiga la nieve"

Este documento presenta el prólogo de la novela "Antes de que caiga la nieve". Narra la historia de cinco generaciones de una familia entre 1922 y 2022 que experimentaron la movilidad social debido a diversas experiencias sociológicas. Resalta valores humanos a través de los personajes y estrategias educativas implementadas por los padres. Introduce al personaje principal Carmencita, la hija menor de la primera mamá, quien vive hasta los 100 años y continúa la historia con nuevos personajes.

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ANTES DE

QUE CAIGA
LA NIEVE
Por: Luz Inés Galeano Araque
Dedicatoria:

A mi hija, mi nieto y a mi familia entera por la cual vivo.


PROLOGO

Como Socióloga con maestría en Educación, dedicada por varios años a la docencia
universitaria, con gran pasión por la lectura y la investigación, ahora también por la
escritura, he decidido dar vida a esta novela “Antes de que caiga la nieve”. Es así
como, en el momento en el que se confabulan las fuerzas, surge un hermoso
mosaico de signos gráficos con significado lingüístico, que narran con elementos de
ficción, la vida cotidiana de la familia propia.

“Antes de que caiga la nieve”, sucede entre 1922 y 2022, período en el cual
transcurren cinco generaciones, que han vivenciado y hasta protagonizado, la
movilidad social, fruto de las más diversas experiencias sociológicas; pudiendo decir
que, en conjunto, la familia ha disfrutado la vida campesina, la vida en pequeños
pueblos, en ciudades y en metrópolis, con todo lo que ello implica en cuanto a
calidad de vida, oportunidades de estudio, trabajo, salud, recreación etc. y en cuanto
a los hechos sociales que impactaron a los personajes y sobre todo a la
protagonista. En esta novela se resaltan muy especialmente los valores humanos.
Se define cada uno cuando es detectado en alguno de los personajes. También se
destacan estrategias educativas, que los personajes de papá y primera mamá
implementaron en la educación de sus ocho hijos. Después, a los tres años de morir
la primera mamá, llega una segunda mamá, entonces las estrategias educativas,
tienen que ser más creativas, porque 21 hijos en total requieren especial ingenio
para lograr personas felices integradas a la sociedad.

Algunos personajes mueren en el transcurso de la novela, mientras que otros como


Carmencita la hija menor de la primera mamá, se erige como verdadera
protagonista, porque vive con 100 años, a pesar de los avatares del tiempo. Ella
trajo a la novela, nuevos personajes, de los cuales viven siete. Carmencita supera
el tiempo de la novela e impone su propio tiempo.
CAPITULO 1

En la segunda década del siglo XX, en un caluroso


día de agosto, a eso de las 10 am camina por la
vereda La Meseta del municipio de Titiribí
Antioquia, un joven de ciudad. Es alto, de cuerpo
atlético, tez trigueña y andar firme. Su piel y cabello
parecen bien cuidados pues su cara no ha sido golpeada por el sol o los mosquitos
del campo. Su camisa y demás atuendo incluyendo las botas rojas y el morral que
lleva en su espalda, no son artículos que se fabrican o
venden en el pueblo y tampoco lo usan las personas de
allí. Allí usan costales, grandes costales hechos de fique
para vender sus productos de cosecha y costales para
llevar a la casa los artículos que no cultivan, pero necesitan para su subsistencia. Y
si el tendero necesita envolver algo entonces coge una hoja del periódico del día y
ya está.

El citadino aquel, de pronto se detiene para secar el sudor que inunda su frente.
Acomoda el morral que pesa en su espalda. Levanta su mirada y divisa un potrero
grande y fértil con hermoso ganado. Y conversando
consigo mismo —pues por ahí no hay nadie más— dice:
unos son novillos, otros son vacas con ubres muy
grandes. También hay ganado en crecimiento que
seguramente ha nacido ahí. ¿O de pronto los trajeron
pequeños a la finca? —se pregunta el caminante— sin
saber nada de ganadería. Tampoco sabe de qué raza son. Unos blancos, otros
colorados y otros grises con giba y papada bien formada. ¿Qué utilidad tendrán?
¿Leche? ¿Carne? ¿Qué pasto es ese que tan fértil se ve? ¿Y qué otros alimentos
les darán?

El citadino continúa su camino con los interrogantes sin respuesta aún. Los
pensamientos que le genera el lugar, la exuberancia de los paisajes y la caricia del
viento en su cara lo llevan a pensar y decir entre suspiros: ¡Qué hermosa tierra!
¡Qué paz se respira! ¡El viento envuelve amorosamente mi cuerpo!, refresca mi
frente y alegra mi alma dijo en voz alta el caminante, aunque nadie lo oía.
Solo había sinsontes, carriquíes, y otros hermosos pajaritos que revoloteaban por
ahí. Y sin que Andrés se hubiera dado cuenta un turpial posado en un árbol le
observaba a la vera del camino.

Era tan hermosa aquella criatura que cuando el caminante lo vio, se detuvo un
rato para contemplarle y admirar la intensidad de los colores que resaltan entre el
follaje. Se sentó en una piedra que sobresalía de la grama al borde del camino y
mientras admiraba el plumaje, imaginaba la suavidad del mismo y también el canto
que será capaz de lanzar al aire aquel animalito que tan pequeño se ve.

Quería tocarlo, sobar su cabecita, pero se respondió a sí mismo: no podría, pues


está ahí sólo para ser admirado. Quisiera que lo viera mi mujer y mis hijos. ¿Cuál
será su nombre?

Recordó que su hijo menor tiene un libro con buena


cantidad de aves y estaría gustoso buscando el nombre
de éste.

Después Andrés decidió llamarlo amarillito para describírselo a su familia.

De pronto y sin aviso alguno el pájaro abre su pico y demuestra su hermoso


cantar haciendo que Andrés —el caminante— quede extasiado luego de la sorpresa
que le produjeron aquellas fuertes e improvisadas pero muy hermosas notas
musicales.

Como estaba tan emocionado empezó a silbar gustoso remedando el canto del
ave. Buscaba comunicarse con tan hermosa criatura. Lo intentó varias veces, yo
diría muchas veces, hasta que fue la preciosa ave quien se calló. No volvió a cantar.

Andrés sintiendo que seguramente tenía que educar el oído para lograr emitir con
precisión las notas y así comunicarse con amarillito.

Sigue su camino y entre sonrisa y suspiro se dice a sí mismo: creo que el


pensamiento que hace tiempo ronda en mi mente se va a imponer y me obligará a
tomar decisiones que he venido postergando.

Creo que me gustaría vivir aquí. Ver a mis hijos crecer y a mi esposa ser feliz en
esta tierra parecida a aquella en la que pasó su niñez. Ella frecuentemente me
describe lo feliz que fue.

Compraríamos un terreno con una casa grande y mucho jardín. Tendríamos


muchos animales y cultivos.
Entretenido en sus sueños y con el sol inclemente
sobre su cabeza siguió Andrés la marcha, no sin antes
secar con el pañuelo su frente ahogada en sudor que ya
caía en gotas sobre el cuello de su camisa.

¿Hasta dónde subiré? —se preguntó a sí mismo— y


luego se respondió: creo que hasta la próxima finca.
Espero que sea una hacienda muy grande y que me reciban bien. Se acicaló de
nuevo la frente, a decir verdad, toda la cara.

Tengo sed —murmuró— Pero como su propósito tenía que ser cumplido. Se
impulsó y siguió caminando.

De pronto el camino deja atrás los potreros para adentrarse en una especie de
gran patio en tierra y grama que antecede a una gran casa blanca con sus puertas
y ventanas rojas.

La habitan unas personas que descansan en el corredor de la casa. También hay


otros trabajando y conversando en el patio.

El caminante se alegra porque son las primeras personas que encuentra en la


vereda. Ellas me podrán responder varias preguntas que tengo —pensó Andrés—
Se acerca ilusionado y sonriendo como para empatizar.

Saluda y aunque le responden con amabilidad, se da cuenta de que no son


personas dispuestas a conversar tanto como él espera.

Debo ser prudente —se dice a sí mismo— Creo que son personas temerosas y
desconfiadas, piensa Andrés.

Entonces se despidió y continuó su camino seguro de que encontraría personas


buenas conversadoras.

Había avanzado poco cuando fue alcanzado por otros caminantes.

Se trataba de una familia. El padre dijo llamarse Jaime. Hombre de mediana


estatura que con sonrisa amplia y contagiosa extendió su mano saludó y preguntó
a Andrés: ¿El señor no es de por aquí?

Andrés respondió el saludo y contestó: Yo nací en esta tierra, pero mis padres
me llevaron a la capital cuando aún era niño… se detuvo y respiró hondo.
Jaime y su familia esperaron que descansara y después mientras caminaba,
Andrés dijo: puedo decir que vengo a conocer estas tierras.
Jaime que venía del pueblo con su mujer y sus dos hijos el más pequeño montado
en la mula negra que también cargaba el mercado para los quince días siguientes,
presentó a Andrés su familia.

Conversaron mucho los nuevos contertulios mientras avanzaban bajo el sol


inclemente.

Andrés aclaró muchos de sus interrogantes porque Jaime y su esposa conocían


muy bien las fincas que hay en aquella vereda, sus cultivos y las personas que las
habitan.
De pronto Andrés preguntó: Jaime ¿De quién es esa finca de ganado que queda

antes de empezar la subida?

No los conozco —respondió Jaime— hizo una mueca que Andrés no entendió en
ese momento.

Jaime agregó: solo sé que son unos liberales que recientemente compraron esa
tierra al hijo del difunto Uribe.

Intuyo —dijo Andrés— que la mayoría de las personas de esta vereda son
conservadoras.
Está usted en lo cierto dijo Jaime y agregó: sin embargo, algunas personas son
liberales. Pero eso sí todas son muy católicas, apostólicas y romanas. Y agregó
con admiración: no solo las de aquí. También las de las demás veredas y las
personas del casco urbano.

Hablaron mucho más los dos nuevos amigos.

Sobretodo Andrés estaba muy interesado porque esta era información útil para
su libro en proceso sobre La Guerra de Los Mil Días.

Andrés quería confirmar sus sospechas y preguntó: ¿cómo murió el señor Uribe?

No se sabe —dijo Jaime—. Eso fue durante la guerra. Hubo muchas versiones
sobre ese asunto.

Jaime respiró profundo como si lo necesitara y dijo: como Uribe era una de esas
personas con mucha plata y temperamento fuerte que cada vez acaparan más tierra
de esas baldías que dicen que son del gobierno y algunas de campesinos obligados
a vender, todos sus familiares y amigos y otros que se convirtieron en idiotas útiles
lo hicieron todopoderoso hasta que un día lo encontraron en su cama con varios
disparos en su cuerpo. La noticia salió en todos los periódicos de la capital.
Andrés se quedó en silencio mientras pensaba en sus sospechas entonces
decidió no profundizar por ahora, en el hecho. Más bien investigaría aquello en la
prensa escrita.

Fue Jaime quien rompió el silencio y señalando hacia arriba dijo: Vivimos allá,
arriba de la colina donde se ve aquel guadual.

Andrés miró hacia la colina y dijo: Está lejos. En otra ocasión ojalá pueda subir a
visitarlos.

Cuando quiera será bienvenido dijo Jaime.

En ese momento mientras avanzan por una curva que no deja ver el camino que
sigue, Andrés preguntó: ¿hasta dónde llega la finca que vimos abajo?

Jaime respondió: aunque esa finca es muy grande por este lado su límite llega
rápido. Tanto que hace como un kilómetro pasamos el lindero donde empieza esta
otra finca que es la mejor de la vereda.

¡Ah! —dijo Andrés con admiración— Entonces estos potreros tan hermosos ¿son
de otra finca?

Jaime no alcanzó a responder porque al salir de la curva, Andrés vio que el


camino se abría en dos.

A la izquierda había una subida muy empinada y a la derecha una planicie que
se prolonga en un cafetal florecido; con frutales fértiles intercalados entre los
cafetos.

Jaime dijo que su camino iba por la izquierda y levantó la mano señalando la
subida. Mientras que a Andrés le recomendó adentrarse en el camino que se abre
paso por el cafetal. Este lo llevará a la hacienda La Julia.

Andrés acepta el consejo. Se despide de Jaime y de su familia quienes le reiteran


la invitación a visitarlos.

Andrés se detiene un momento y se dice a sí mismo:


Esta finca es muy distinta a la ganadera que vi abajo. Se
queda pensativo como preguntando: ¿será más
rentable el ganado o mejor los cultivos? ¿De quién será
esta finca? El cafetal parece en cosecha y también
los plátanos, naranjos, mangos, papayos, etc. que le
hacen sombra. Parece que ofrecieran sus frutos
frescos y jugosos también al transeúnte que, aunque no los cultiva rosa sediento
sus ramas al pasar. Con una finca así no falta la comida murmuró Andrés.
Caminó un poco más y se le aclaró el panorama. Al fondo divisó una fértil sabana
con algunos árboles a sus pies cubiertos de azulinas. También imponentes
palmeras rodean un sendero que atraviesa la sabana como dirigiéndose a algo que
hasta ahora no puede ser precisado por tan curioso caminante, que a cada paso se
sorprende más por la exuberancia de aquella tierra y se hace más consciente de
querer vivir entre estos paisajes.

Avanzó disfrutando ahora si el clima fresco porque el sol no lograba filtrarse por
entre las ramas de los árboles que bordean el camino y dan
sombra a los cafetales.

Pronto se deslumbró aquel caballero al ver en medio de


dicha sabana que seguro besa el sol mañanero y refresca el
viento suave del atardecer, una casa grande con amplios
corredores, las paredes amarillas como pintadas por el sol, las
puertas, ventanas y barandas, de color azul celeste como si el cielo se hubiera
derretido un poco para dar contraste a tan hermoso paisaje, que se condensa en el
amplio jardín, donde los lirios y las azucenas se alzan fértiles y majestuosas,
queriendo alcanzar las rosas de múltiples colores, que luego se ofrecen a la Virgen,
quien preside todo desde la gruta que se divisa a un lado de la casa.

Estos jardines, así como los cultivos, dan cuenta del tiempo y del saber de los
hombres y mujeres que han acariciado esta tierra —pensó el caminante— como si
supiera mucho del quehacer campesino.

Sin saberlo Andrés, estaba siendo divisado por varios trabajadores de la


hacienda, quienes informaron al patrón sobre un extraño que parecía venir hacia La
Julia, así se llama la hacienda.

Don José de Jesús, el dueño de la Julia estaba en la bodega. Aún daba


recomendaciones sobre el café para venta pues ya había acordado el precio y sabía
que éste bajaría al día siguiente.

Les dijo a los trabajadores que como de costumbre debían cargar todas las
bestias incluyendo las cinco mulas que prestó el vecino Jacinto. Y agregó: Que
Dios nos ayude. Amén contestaron todos.

Luego don José de Jesús se dirigió a la entrada de la casa pendiente del


caminante que le fue anunciado. Al divisarlo dijo: Indiscutiblemente viene hacia acá
cogió el camino de las bestias a pesar del calor y el sol que golpea fuerte a esta
hora. Y como disculpándolo dijo: Claro, él no es de aquí. No conoce el túnel verde
que pudo coger en la curva del matarratón y que lo traería directo a la casa.
Y los perros papá, luego no lo dejarán pasar, dijo
Rafael Antonio —el mayor de los hijos varones de
Doña Ana Julia y Don José de Jesús—.

El padre respondió: como es de día hijo, usted se


encargará de los perros.

En esas el visitante se acercó más a la casa. Los


muchachos ordenaron a los perros dejarlo pasar. Y todos grandes y chicos se
dispusieron a atender la visita. Al verlo extrañado y como asustado mientras se
retiraba el sombrero, secaba su frente, se pasaba la mano por su cabello y metía
entre el pantalón una parte de su camisa que se había salido, fue invitado a entrar
para que se refrescara.

Tan pronto entra recibe una gran tasa de claro con leche tan fresca, que fue como
un elixir para aquel caminante.

Y en efecto así se lo dijo a María de Jesús, simpática joven hija mayor de la familia
y quien le había ofrecido el refresco.

Como pocas visitas se reciben por aquellos lares los niños y sus primos estaban
ansiosos por escuchar respuestas a las preguntas que cada uno sentía surgir en su
cabeza. ¿quién es? ¿a qué viene? ¿por qué a la hacienda La Julia? ¿de dónde
viene? ¿por qué a pie? ¿se va a quedar aquí? ¿para dónde va luego? Estas y
muchas más preguntas surgieron en la mente de uno y otro de los anfitriones.

Cuando el caminante terminó de tomarse el refresco se presentó diciendo: Soy


Andrés Sánchez mucho gusto, dirigiéndose a don José de Jesús el hacendado,
hombre atlético de gran presencia que amistoso extendió su mano grande y fuerte
fruto del trabajo en la hacienda. Andrés la estrechó y el hacendado se dio cuenta de
que el visitante no era campesino. Se trata, dijo después a su mujer, de un citadino
que no ha trabajado nunca en el campo —y agregó— aún no sé qué busca en esta
hacienda.

Don José de Jesús presentó a Andrés, a cada uno de los miembros de su familia.
El citadino saludó con respeto y simpatía a uno por uno mientras que los más
grandecitos estudiaban sus gestos, sus miradas y sus palabras, para sacar
conclusiones que luego comentaron entre ellos.

Después, un tropel de preguntas de los grandes y los chicos, se iban


desgranando de esas mentes inquietas que parecía no tenían fin.
El citadino respondió con gran amabilidad no se le vio interés de escapar a
ninguna a pesar de su cansancio y de la algarabía que protagonizaban los más
pequeños de la familia correteando por toda la casa.

De un momento a otro, ni tan lejos ni tan cerca, se escuchan muchos ruidos que
para los residentes resultan claros e identificables, tal como dijeron cuando el
confundido visitante asombrado preguntó: ¿qué son esos ruidos?

No son ruidos señor, respondió vivamente Rafael Antonio. Son cantos se


apresuró a murmurar Jesús Antonio el otro hijo
varón, niño de cinco años que atento seguía el
transcurrir de la conversación mientras los demás
creían que solo estaba correteando. ¿Cantos? ¿de
quién? dijo el visitante mirando al jefe de hogar.
Pero fue María Judith —una de las hijas
mayores— extrovertida, locuaz y con gran sentido
del humor quien contestó: son los cantos de los
turpiales, los sinsontes, las gallinas y gallos, los
conejos, los perros, los gatos, las cabras, los caballos, las vacas, las ovejas….

Espere, espere, no siga, dígame —dijo el visitante a María Judith— ¿usted oye
cantos de esos animales? Si, si —respondió la joven— y agregó: no solo los oigo
yo los oímos todos aquí. Unos cantan, grajean o trinan, otros braman, otros aúllan
o balan o chillan, maúllan, cacarean, graznan, gruñen, silban o croan según el
animalito que sea.

¡Uy que parranda de sonidos tan diversos! exclamó extrañado el visitante.


Entonces Rafael Antonio gran tomador del pelo, como queriendo impresionar aún
más le dijo: También a veces se escucha el arrúa de jabalíes y la barrita de
rinocerontes, que de vez en cuando rondan la vereda. Y haciendo eco al humor de
su hermana, muy serio, agregó: En cada momento sabemos cuáles animales están
cantando y cuáles están callados, están comiendo, o dormidos.

¿Por qué yo solo oigo ruidos y hasta molestos? Interpela el transeúnte, creyendo
desbaratarles el chistecito.

Porque usted no es de aquí dijo doña Ana Julia, la joven, pero ya matrona de la
familia y agregó en tono poético: Aquí todo se ve, se degusta, se huele, se toca y
se oye clarito. Se oye el viento acariciando los árboles, el rocío de la mañana que
se posa por igual en la maleza y en las más hermosas flores, el atardecer que con
sus arreboles anuncia el fin de la jornada.
¿Y entonces yo? —dijo el visitante— como vencido, pensativo y triste, ¿me estoy
perdiendo semejante maravilla? Sí porque usted es de ciudad —dijo el jefe de
hogar— con voz determinada y algo burlona como queriendo resaltar el valor del
campo para que sus hijos nunca se dejen atraer por la ciudad. Débora, otra de las
hijas de la familia Araque Echeverry, muy centrada y
buena lectora lo cual se veía en su capacidad para
expresarse siendo aún muy joven y como si supiera
mucho del transcurrir de los días en la ciudad, dijo: En
la ciudad la vivienda y el trabajo quedan muy distantes.
Las personas tienen que viajar amontonadas en los
carros que las acercan al trabajo y luego las llevan de
regreso a casa. En la ciudad se escucha mucho ruido, el rugir de los motores, los
pitos de los carros, el murmullo de los desempleados, de los compradores de
bagatelas que se dejan absorber por la sociedad de consumo, los insultos de los
malos y claro está las voces de las personas buenas que van y vienen del trabajo o
de las diligencias en las instituciones. Ah… sí, la ciudad es solo ruido —dijo el
visitante lamentándose— y sin querer defender aquella vida indefendible, muy
pensativo agregó: Y lo peor es que el hombre de ciudad por vivir tan atareado
rechaza toda introspección y sutileza tan importantes en todo ser humano para
avanzar en su crecimiento espiritual y mental. Luego miró hacia donde estaban los
niños jugando y dijo con tristeza: en la alegría de los niños veo la diferencia entre
ciudad y campo — y agregó— mis hijos serían felices aquí.

María Judith como aprovechando la oportunidad que hacía tanto tiempo


esperaba, con gran simpatía y locuacidad dijo: Sí, la alegría que sentimos en el
campo es muy importante para ver esa diferencia con la ciudad. Pero también lo es,
que nosotros los campesinos, producimos para los habitantes de las ciudades,
proteínas, verduras, hortalizas, cereales, frutas, etc. Para la industria producimos
las materias primas y lo más importante para todos, agua y oxígeno porque
cuidamos los bosques y las fuentes de agua.

Seguidamente la matrona de la familia dijo: si pensamos un poco nos damos


cuenta de que los principales problemas de la sociedad
como el desempleo, la inseguridad, el hambre, la falta
de vivienda etc. están principalmente en la ciudad. Así
que es necesario un nuevo sistema político capaz de
implantar una socio-economía en la que el rol del
sector rural esté al mismo nivel del rol del sector
urbano. Esto se logra tecnificando e industrializando el
sector rural y descongestionando el sector urbano. No tienen que estar las fábricas
en la ciudad si dependen de materia prima que tiene que ser transportada desde el
sector rural. Así no tendrán que irse los jóvenes campesinos a buscar lo que
necesitan y que, por ahora solo encuentran en la ciudad. Más bien vendrán muchas
personas al campo para realizar actividades y trabajos útiles y necesarios para
todos. Así tanto los urbanos como los campesinos lograrán el empleo que buscan.
Habrá vivienda para todos, educación y sobretodo no faltará la alimentación.

María Jesús —la hermana mayor— demostrando su alto sentido práctico y su


capacidad de liderazgo, agregó: En la ciudad han ubicado los servicios que son
necesarios para todos, educación, salud, eventos culturales y recreativos, buenas
vías, así como las sedes de las distintas instituciones y en el campo ubican una
escuela y ya. Y como esos cambios políticos y socioeconómicos se demoran,
mientras tanto nosotros necesitamos entre muchas cosas, un centro de salud con
médico permanente, un centro tecnológico, cultural y recreativo con el fin de
desarrollar la creatividad e innovación para que los jóvenes no tengan que ir a la
cantina a ahogar sus ansias de no saber qué o a la ciudad en busca de
oportunidades y así alejarse del campo.

¡Ah! veo que usted preferiría vivir en la ciudad como yo, dijo el visitante en tono
emocionado como si aún fuese posible ganar la partida.

¡No! señor contestaron en coro varios de los contertulios. Entonces María Judith
interpeló al visitante: díganos qué es mejor para usted y
su familia. ¿El ruido ensordecedor de los carros o el trinar
de los pájaros? ¿el aire que se respira en la ciudad donde
los carros expelen monóxido de carbono a bocanadas o
el oxígeno puro de estas montañas? ¿el agua
almacenada en grandes tanques para después repartirla
por largas tuberías metálicas o el agua pura y fresca que captamos del nacimiento
o cogemos de la quebrada después de oxigenarse golpeándose contra las piedras
o lanzándose por despeñaderos? ¿la leche después de pasar por varios procesos
y quedar desnaturalizada o la leche que va de la ubre al vaso? ¿las frutas y verduras
que son sometidas a abonos y pesticidas, a largas jornadas de transporte para
después empacarlas en bolsas que las desnaturalizan y contaminan o las que
producimos con abonos hechos con los desperdicios de la finca y luego
cosechamos para llevar directamente a la boca o a la olla? ¿la carne que sale de
frigoríficos donde les adicionan químicos para que conserven el olor, color y sabor,
aunque nunca lo logran o la que tenemos aquí en gallinas, conejos, novillos, etc.
que nosotros cuidamos con tanto amor hasta que cumplen su ciclo?

Cuando María Judith acabó su retahíla, Andrés como dubitativo o admirado y


sorprendido dijo: estoy gratamente impactado por su amor al campo y por su gran
capacidad para argumentar. En todo lo que me ha dicho tiene usted razón. Es por
eso que pensé vivir con mi familia en el campo. Pero ya sabe usted mis limitaciones.

Y nosotros no nos vamos a la ciudad dijo Rafael, porque luego no seremos


capaces de distinguir entre un turpial y una gallina, entre una vaca y un buey o entre
un árbol de limones y uno de naranjas.

Todos los presentes rieron a carcajadas que se escucharon desde lejos. Los
niños menores que correteaban alrededor de la casa, llegaron presurosos buscando
entender el motivo de tan estrepitosa risa.

El visitante luego de pensar un poco y entre triste y avergonzado dijo: Pues sí es


cierto. Para vivir y trabajar aquí tendría que marcar cada planta buena con una cinta
que lleve su nombre.

El capataz de la hacienda que acababa de regresar de entregar el café vendido


y de hacer algunas diligencias en el área urbana del pueblo, saludó a la familia y a
Andrés que le fue presentado. Luego extrañado y hasta alterado porque escuchó lo
que decían y sabía que sería él el encargado de entrenar a Andrés si éste trabajaba
allí, dijo: señor oí algo increíble sobre el tema que conversan y le digo que eso no
se va a poder porque tendría que ser una hoja grande con todos los datos de
siembra, mantenimiento, cosecha y pos cosecha de cada planta.

Rafael que seguía la conversación con mucho interés, dijo: ¿y eso mismo en
todos los cultivos y los animales? Y… ¿la chispa del campesino de la que usted
tanto habla papá? ¿se la pegamos con cinta? Todos callaron y conteniendo la risa
que después comentaron aquello les producía, con sus ojos buscaban en el padre
respuestas que sabían imposibles.

Fue el citadino quien respondió en tono triste, no, no, sé que vine tarde a buscar
el campo. Sé que no lograría sobrevivir aquí con los saberes que poseo. Luego se
incorporó y viendo el lado positivo de la situación, con gran dignidad dijo: sin
embargo, estoy contento porque siento que de ahora en adelante voy a admirar y a
valorar mucho más el quehacer del campesino. Su inteligencia, su vivacidad, su
sencillez, sus valores, su trabajo duro, su gran aporte a la sociedad y en general su
gran calidad humana será el lente con el que les miraré de ahora en adelante.
Gracias, dijeron todos o eso pareció porque el coro se escuchó hasta en la cocina,
apresurando a María Jesús que estaba preparando un tetero a Carmencita, niña de
dos años, hija menor de la familia. El caminante agradeció las atenciones y se
despidió de mano de grandes y chicos.
Rafael le dijo a Andrés: vuelva cuando quiera. Y don Jesé de Jesús, mientras
aireaba su cabeza levantando el sombrero, peinaba su bigote y cabello con los
dedos y como para no contradecir a su hijo, agregó: siempre será bienvenido.

Andrés agradeció, exhibió su hermosa sonrisa y se fue caminando tal como había
llegado.

Todos los demás volvieron a sus labores. Y a sus juegos los más pequeños. Doña
Ana Julia y don José de Jesús se quedaron un poco más, conversando sobre el
joven que les había visitado y sobre la satisfacción que les producían sus hijos tan
conscientes de la importancia del campo. Se nota que viven felices aquí dijo don
José de Jesús. Si contestó su esposa, pero me preocupa mucho su estudio. Aquí
hacen solo la primaria ¿y luego? mira que las mayores por quedarse aquí, no han
seguido estudiando. Don José de Jesús respondió: tranquila mujer tú con los libros
les vas enseñando lo necesario y a las que quieran las llevaremos a Medellín,
cuando terminen la primaria.

CAPÍTULO 2

El devenir de la familia continuó como de costumbre. Cada día, cuando cae la


tarde cenan, rezan el Rosario y luego conversan.

Cuando oscurece, una lámpara de querosene entra a tomar parte de la velada.

Hablan de muchas cosas. Los padres aprovechan el


momento para impartir educación a sus hijos y primos que
frecuentemente hacen parte de estas reuniones. En ellas,
cada uno comenta los hechos del día, los buenos y los
malos. También las emociones y sentimientos que han
experimentado.
A veces alguno pone una queja de otro hermano o de un trabajador. Entonces
uno de los dos progenitores explica, argumenta, cuenta anécdotas, recuerda alguna
biografía casi siempre de santos y así todos entienden la situación y si se trata de
un trabajador o de una persona extraña a la familia, don José de Jesús explica la
situación y resalta lo conveniente o inconveniente de esa actitud o comportamiento.
Siempre respetando a los autores de ella.

Como podemos ver, los progenitores Araque Echeverry aprovechan toda


oportunidad para impartir educación a su familia
En esas reuniones también cuentan chistes, y/o lanzan una adivinanza o narran
un cuento corto. A menudo son reuniones tan agradables que terminan cansados
de reír y listos para dormir hasta el siguiente día.

Los progenitores buscan en la medida de lo posible lograr que sus hijos vayan a
la cama con dulces recuerdos.

Pero estas reuniones no siempre son alegres. Por ejemplo, una tarde-noche
después de un almuerzo en casa del gobernador —amigo de siempre de don José
de Jesús— luego del rezo del santo Rosario, se inició una larga e interesante
conversación. El tema lo puso María Jesús con una
pregunta que hace mucho quería hacerle a su padre.

¿Qué hacías papá antes de casarte con mamá?

Si papá cuéntanos, dijeron en coro las niñas y los


niños.
Don José de Jesús que siempre estaba dispuesto
para sus hijos, se levantó de su silla, pasó su pierna derecha por encima de ella,
colocó su pie en el asiento, se inclinó un poco y dijo en tono como de secreto: Les
voy a contar algo muy triste que le pasó a Colombia y también a mí.

Un suspiro largo llenó el recinto.

Entonces María Jesús —la hija mayor— y doña Ana Julia, la madre, dijeron:
Tranquilos porque eso sucedió hace mucho. Dejemos a papá contar algo tan
importante.

Don José de Jesús empezó diciendo: Yo nací en 1884 y desde antes, Colombia
pasaba por una época especialmente difícil. Se inició con la lucha de los liberales
debido a la hegemonía conservadora y al fraude en las elecciones, lo cual era
común desde que se formaron como partidos políticos únicos, excluyendo a los
demás. Esos dos partidos se disputaban el poder. El que lo tenía luchaba a sangre
y fuego por conservarlo a medida que el otro luchaba también a sangre y fuego por
obtenerlo.

Rafael Antonio con gran interés preguntó: ¿qué es el poder papá? Hijo hay
muchas clases de poder respondió el padre y agregó: Ahora bien, el poder del que
hablamos en este momento es la posibilidad que tiene una persona de hacerse
mandatario de un país para imponer su voluntad acerca de la economía, la
educación, la geografía, etc., del país que gobierna.
Cuando este proceder responde a intereses mezquinos y corruptos que solo
buscan servir a sí mismo y a los amigos, el poderoso se siente superior y ve a los
otros como inferiores que le deben sumisión.

Este proceder genera división, odio, miedo, corrupción, inseguridad y pobreza en


la población. En suma, subdesarrollo. Y ese lodo inmundo para las mayorías, los
poderosos lo desconocen o lo ignoran mostrándose indiferentes.

Eso sí buscan acabar con la inseguridad que aquello genera, asignándole los
mayores recursos del país a las armas y a quienes las empuñan.

Pero esas mayorías pobres —agregó el padre— han encontrado la forma de


hacerse oír mediante revueltas.

El silencio se impuso en el recinto. Los más grandes se miraban como


lamentando tanta ignorancia y falta de humanidad en los poderosos de la patria y
tanta impotencia en la población.

Rafael levantó la mano y preguntó: ¿qué son revueltas papá? el padre respondió:
son luchas del pueblo para obtener sus derechos políticos, sociales etc. Pero las de
aquella época fueron luchas entre liberales y conservadores muchas veces
alentadas desde los púlpitos. Hoy en día se presentan luchas o revueltas cuando el
pueblo ya más consciente considera vulnerados sus derechos y se levanta en
protesta contra el gobierno de turno.

Ana Julia que había ido a llevarle agua de panela con limón a Débora que se
sentía agripada, cuando regresó dijo: no hubo solo revueltas y miró al padre. Es
cierto —dijo él— con voz triste.
Desgraciadamente hubo muchas guerras.

El padre tomó asiento, pensó un poco y dijo: la guerra es muy dura y cruel. En
ellas se pelea con armas de fuego.

Un silencio largo llenó el recinto.

Todos suspiraron hondo y el padre visiblemente afectado por los recuerdos,


inclinó su cabeza miró a su esposa y calló. Entonces ella dijo: en las guerras hubo
muchos muertos y heridos. Muchas mujeres quedaron viudas, excombatientes
inválidos, hijos huérfanos, madres sumidas en el dolor y mucha pobreza. De
desarrollo, nada. Solo campos devastados y ciudades desoladas. Y al papá le tocó
la peor de esas guerras.

Un lamento largo expresó el dolor que invadía a los presentes hasta que se
escuchó una pregunta que contenía un lamento.
¿Cómo así papá? —dijo María Judith—. Cuéntanos de la guerra que te tocó. Sí
—dijo Ana Julia— luego mandó a llamar a los primos y amigos que quisieran venir
a escuchar al papá.

Llegaron muchos niños y niñas.

Ese es el público que más le gusta a don José de Jesús. Pero esta vez él pensó
que seguramente se iban a dormir rápido.

Sin embargo, se levantó de la silla y en tono ceremonioso dijo: Voy a ser lo más
claro posible para que nunca lo olviden.

Todos se alegraron mucho porque el padre más que contar dramatiza. Él utiliza
muy bien la voz, hace bromas, también brinca, se tira al piso y hasta utiliza ayudas.
A veces invita a otros para que representen algunos personajes que hacen más
didáctico y entretenido lo que cuenta. Además, adecúa
el tema según el público
que tiene enfrente.

Por esta manera de


contar historias el padre
muchas veces era
interrumpido por
carcajadas, preguntas o comentarios de los presentes.
Pero él se las ingeniaba para continuar con el relato. Ahora bien, hoy era una velada
especial por todo lo conversado hasta aquí y por lo que acababa de decir el papá.
Será algo muy grave, importante y decisivo, lo que enseguida escucharán.

Cada uno se acomodó, abrió sus ojos como platos y seguramente sus oídos para
no dejar escapar nada.

El padre aclaró su garganta. luego dijo: Los conflictos sociopolíticos desde antes
de que yo naciera y durante mi niñez y juventud, más que simples revueltas fueron
guerras civiles o sea guerras entre hermanos, vecinos, familiares, en todo caso
entre conciudadanos.

Entre esas guerras civiles hubo más de mil de carácter regional y nueve de
carácter nacional que cubrieron el país de odio, sangre y muerte durante décadas
porque fueron muy seguidas. Entre ellas, la de 1830, guerra de los Supremos, la
guerra civil de 1851, la de 1854, la de 1860, 1876, 1885, 1895 y la peor de todas La
Guerra de los Mil Días que dejó al país en violencia eterna. Esta guerra se
caracterizó……. El padre no pudo continuar porque Jesús Antonio a pesar de lo
pequeño que era lo interrumpió y con voz sorprendida dijo: esas guerras han sido
seguiditas papá y agregó: el país ha vivido en guerra.
Sí hijo, dijo el padre.

Y continuó: cómo les decía, la guerra de los Mil Días se caracterizó por un
enfrentamiento irregular entre el ejército gubernamental bien organizado y un
ejército de guerrillas liberales mal entrenadas y mal armadas.

Débora, quien lucía un hermoso buzo blanco y su


cabello recogido en forma de moña como era la
costumbre, inquieta y ofendida por tanta ignorancia e
indolencia de los políticos de nuestro país, preguntó a su
padre ¿papá quién ganó esa guerra?

Nadie gana una guerra hija, dijo el padre. Las guerras siempre terminan en
acuerdos de paz, lo cual es bueno. Pero en la guerra de los Mil Días, perdimos
muchas vidas y además perdimos a Panamá.

La hija mayor —María Jesús— con su vestido preferido azul y blanco, que había
lucido durante todo el día dijo: qué importante lo que nos estás contando papá,
explícanos por favor ¿Cómo perdimos a Panamá?

El padre tomó varios objetos y pidió traerle un pan grande con el que representó
a Colombia. Se las ingenió con estas ayudas para explicar que la separación de
Panamá era algo que esa región venía buscando hacía varios años, porque el
centralismo del gobierno colombiano tenía olvidadas las regiones. Sin embargo, ese
gobierno apoyado por Estados Unidos, había logrado frenar la fragmentación del
país, ya que esta potencia buscaba construir el canal, apropiándose de una amplia
franja de tierra en ambos costados, pero Colombia no aceptó.

Entonces el rechazo de Colombia al proyecto americano, el abandono en que los


gobernantes habían tenido a las regiones y el ambiente de conflicto consolidado en
la Guerra de los Mil Días, fueron hechos aprovechados por Estados Unidos para
apoyar a Panamá, organizando y financiando una guerrilla pro-separación creando
así las condiciones para lograr la construcción del canal a su medida.

Ana Julia de un momento a otro, visiblemente preocupada por lo tarde que


estaba, despidió a los sobrinos y vecinos y mandó a Carmencita y a Jesús Antonio
a dormir. Pero sus hijos rogaron se les permitiera quedarse hasta que todos se
acostaran. Ana Julia aceptó gustosa al ver a este par de pequeñitos interesarse
tanto por la historia del país. Entonces María Judith preguntó: ¿por qué esa traición
de Estados Unidos, papá? porque —respondió el padre— ellos vieron que sus
intereses serían más fácilmente logrados con Panamá que con Colombia, quien se
negaba sistemáticamente a entregarles como ellos exigían la amplia franja de tierra
a ambos lados del canal.

Papá ¿fue en esa guerra que usted peleó? preguntó Rafael Antonio visiblemente
interesado en el relato. Sí hijo —dijo el padre— yo era conservador hasta los
tuétanos porque lo heredé de mi padre, como era la costumbre. Y los liberales eran
considerados enemigos de Dios e impulsores de reformas que disque no son
buenas. Me parece escuchar a mi padre diciendo: “es mejor malo conocido que
bueno por conocer”. Pero ahora sé que eso no es tan cierto ni tan conveniente.
Seguidamente afirmó: fui reclutado sin posibilidad de negarme. Todo eso me llevó
a la Guerra de Los Mil Días. Un ah… largo y lastimero se escuchó. Y el padre
agregó: La guerra no es buena, hijos. No debemos matar a nadie, ni siquiera a los
que son diferentes a nosotros, son incrédulos o inclusive nos han hecho daño.
¿Ni siquiera a los enemigos? —preguntó María Judith—quien tenía en sus
manos un texto de historia que momentos antes el padre había colocado en el
estante de la sala.

No hija —respondió el padre— y agregó: Es mejor estudiar y leer mucho para tener
argumentos y poder hablar con los que piensan como nosotros, pero sobre todo con
los que piensan diferente. Debemos buscar siempre la verdad con total
discernimiento y no dejarnos convencer por quienes solo buscan sus propios
intereses.

Los más grandes miraron al padre y con movimiento de cabeza le demostraron


haber comprendido sus palabras.

El padre continuó: En esa guerra vi mucho dolor, sangre y muerte. Yo mismo me


vi en peligro varias veces. Un balazo quedó incrustado aquí. Levantó la bota de su
pantalón y exhibió algo en su rodilla como una pequeña hendidura grisácea.
Carmencita que aún seguía la conversación, aunque sus párpados por momentos
caían sobre sus ojos, de pronto hizo un esfuerzo y como estaba cerca a la rodilla
que el papá mostraba, metió su dedo en el hueco que dejó la bala al entrar y dijo:
papá ¿le duele?

Ya no hija, respondió el padre.

En la mesa del frente, doña Ana Julia arreglaba la ropa que bajó del alambre del
patio, a la vez que seguía atenta la conversación.

Luego como para sacar a todos de tan lúgubre relato y buscando terminar la
velada porque ya estaba muy tarde dijo: Papá es sobre todo un buen ser humano,
atlético, fuerte, muy inteligente, con gran sentido común, polifacético, próspero,
protector y respetuoso como el que más de la ley de Dios y de la palabra empeñada.
Ella lo admiraba tanto que aprovechó el momento para decir: Él está siempre
con su camisa blanca de tela gruesa, con mangas largas, cuello y puños
almidonados y botonadura invisible. Su bigote negro se pinta un poco de blanco, al
tomar el café con leche espumoso de todas las mañanas .

Un coro de carcajadas despertó a los dormidos.

Y ella continuó: Él se mueve por la calle tan alto, tan erguido y orgulloso que da la
impresión de ser un monumento que no se puede inclinar ni se puede sentar. Sin
embargo, siempre está presto a acariciar con ternura a su familia y a saludar a quien
se encuentra en el camino. Se la pasa saludando a los que mas
puede: Buenos días Mateo, ¿qué tal José, tu mujer se alivió?
¿Jesús cómo van tus negocios? Mis respetos doña Laura etc.
etc. ja ja ja se escucharon risas sobre todo por los gestos que
hizo doña Ana Julia remedando a don José de
Jesús.

El padre visiblemente emocionado y sonriente por las gracias


de su esposa, la coge del brazo y le da un beso en la mejilla.

Luego se dirige a sus hijos y a los sobrinos que aún quedan en la sala porque
viven muy cerca y son mayorcitos, entonces dice: Se ha escrito y se seguirá
escribiendo mucho sobre La Guerra de los Mil Días. Desde monografías, ensayos,
canciones, caricaturas hasta libros de historia.

Muchos periodistas criticaron tanta violencia en el país y muchos intelectuales


cantaron, describieron y caricaturizaron las circunstancias de aquel acontecimiento.
Un ejemplo de ello es la canción sobre la batalla de Palonegro, dijo el padre.

¿Papá cómo dice esa canción? dijeron algunos muy animados. El padre pidió a
su mujer el carriel —que solo usaba para guardar secretos según dijo— sacó de él
un papelito muy doblado y dijo, la letra sobre la batalla de Palonegro dice así:

“Te contaré que aún llega temblando a mis oídos tu marcha ´Palonegro´. Ro- tunda y
funeral; que canta un cuchicheo de flores y de nidos tu música armoniosa con timbre de
cristal. Que el nombre del artista y el eco de sus notas hoy ríen en los labios parleros de
rubí; ¡que aún gimen en las noches alegres tus Gaviotas y hay muchos ojos llenos de
lágrimas por ti!”
Todos escucharon en silencio y éste se alargó por un rato. Luego se escuchó un
murmullo de voces muy bajitas que decían: es muy
bonita, otros, es muy triste. Y otros la ensalzaron por
poética. El padre continuó: Igualmente lo dice todo, esta
caricatura de un periódico de esa época que he
guardado en mi carriel para mostrárselas algún día.

Resaltando la ironía que contiene, la explicó detalladamente y todos incluyendo


al expositor rieron con la creatividad del caricaturista. Con los comentarios que los
presentes hicieron demostraron la total comprensión quedando el padre muy
satisfecho. Después con voz amorosa pero fuerte envió a la familia a dormir y pidió
no olvidar las oraciones de la noche. Todos respondieron como de costumbre,
bueno señor y entre bostezos y movimiento de brazos, como queriendo espantar el
sueño para lograr llegar hasta sus camas, se desplazaron hacia sus habitaciones.

CAPÍTULO 3

En los días, semanas y meses siguientes, don José de Jesús que camina la
cuarta década de su vida, continúa administrando su finca de café, frutas y pan
coger. También su gran almacén el cual surte a todos los
habitantes de la propia vereda y de otras aledañas de lo
necesario para la alimentación, vestido, trabajo, etc. La
bitácora de sus bienes la lleva en su cabeza y todas las
cuentas las hace mentalmente.
Doña Ana Julia —la madre— es una mujer joven,
hermosa, de fácil sonrisa, alta, rubia de grandes ojos
azules y dotada de inmensa ternura e inteligentes
enseñanzas, con las cuales vivieron sus hijos y luego
transmitieron a su descendencia. Ella es buena lectora y
aunque son escasos los libros en aquella época y más
en las zonas rurales, ella se las ingenia para siempre
tener un libro de cabecera. Tal vez por medio del Padre
José — párroco del pueblo— y de Teresa —maestra de
la vereda— muchos libros llegan a manos de aquella
joven matrona y ella los devora con el mismo gusto que
le produce la atención de su familia y el cuidado del jardín.
En una de las salidas al pueblo, doña Ana Julia fue a la Santa Misa como de
costumbre. Luego habló con el señor cura quien le regaló un libro de su autoría
sobre la vida de Santa Teresa de Jesús. Doña Ana Julia le agradeció y sintió en
silencio una gran admiración por el sacerdote. ¡El Padre
José es escritor! Dios le bendiga y le ayude, dijo en silencio
la señora.

Al salir doña Ana Julia, se encontró con el primo Tomás


a quien no conoció a primera vista
pues había crecido mucho. Su paso por el servicio militar
y ese sombrero que lucía, lo hacían desconocido. Pero
Ana Julia reaccionó rápidamente y le pidió quitarse el
sombrero en señal de respeto al Padre José.
Tomás aceptó, pero no le gustó mucho la sugerencia,
pues el joven creía que el sombrero le imprimía un aire
interesante, tal como decían sus amigas en el pueblo.

Luego se saludaron efusivamente y el Padre le preguntó varios pormenores sobre


su servicio a la patria. Tomás respondió con simpatía como era su costumbre.

El Padre José al ver que el joven estaba como apurado le preguntó: ¿Tomás le
puedo servir en algo?

Tomás mirando a Ana respondió: Yo vine buscándote a ti Ana porque un señor


que encontré en el parque y que dice llamarse Andrés me preguntó si te conocía.
Sí le dije es mi prima. Entonces me dijo que si puedes hablar con él un momentico.

Doña Ana Julia muy extrañada preguntó a Tomás si le había visto antes en el
pueblo. No, dijo Tomás. Es alto, bien vestido, tiene cara de ser importante y es muy
educado agregó Tomás.

Bueno —dijo doña Ana Julia— dile que venga contigo aquí. Mientras llegaban
pidió al Padre José que la acompañara. Al llegar Andrés muy respetuoso y
hasta tímido, retiró el sombrero que cubría su cabeza, se acomodó el reloj porque
le molestaba según dijo, tiró del cuello de la camisa como para acomodarlo mejor y
luego saludó al sacerdote y a doña Ana Julia.

Ellos respondieron al saludo y doña Ana Julia cuyo rostro expresaba obviedad
pues se preguntaba a sí misma: ¿Cómo he podido olvidar el nombre de este
personaje? seguidamente se disculpó con el visitante y explicó a los presentes,
cuándo había conocido a Andrés. Se extendió un poco en algunos detalles sobre la
visita de aquel citadino a la Julia.
El Padre José amable y sonriente como siempre,
interesado en conocer ante todo el alma de Andrés con el
fin de conocer sus intenciones, dijo: Vamos al grano y
agregó “al pan pan y al vino vino” y sin mediar más
palabras preguntó: Andrés ¿si no va a trabajar en la
hacienda La Julia, ¿qué pretende entonces?

Soy escritor Padre. Y siguiendo el juego de los refranes del sacerdote, dijo: Como
usted sabe Padre, “Genio y figura hasta la sepultura”. Todos rieron. Andrés sacó
pecho y sonrió tal como lo hacía cada que hablaba de su quehacer.

Doña Ana Julia levantó sus cejas como sorprendida y deslumbrada. Todo lo que
tenía que ver con las letras era para ella digno de admiración.

El Padre José como repensando y saboreando cada palabra dijo: Entonces

usted es e s c r i t o r. ¿Y qué escribe? agregó el Padre José

Escribo historias y también novelas, Padre José, dijo Andrés. ¡Ah! dijo el Padre y
agregó. ¿Ya has publicado algo? Sí, tengo publicados varios libros, que le
compartiré luego. En el momento estoy escribiendo una novela sobre La Guerra de
Los Mil Días.

Hombre muy bueno, de esa guerra falta mucho por decir —dijo el Padre—
visiblemente emocionado. ¡De esa Guerra falta mucho por decir! repitió. Andrés
sonrió y el sacerdote preguntó:

Ahora bien ¿qué tienen que ver tus intereses intelectuales con la familia Araque
Echeverry?

Padre José quisiera escribir una novela sobre valores basada en la familia de la
señora y el señor José de Jesús —respondió Andrés— muy seguro, sonriente y
como queriendo impactar positivamente al sacerdote.

¿Y por qué ellos? preguntó el sacerdote.

Andrés apresuradamente respondió: Padre José cuando visité a esta familia,


sentí que tienen un hogar muy bien constituido que puede ser ejemplar para
muchos. Allí los valores, las efectivas estrategias educativas y el buen humor, están
siempre presentes. Además —continuó Andrés— los Araque Echeverry son
propietarios de una hermosa hacienda que me atrae positivamente. Si se dan las
cosas podré trabajar allí. Luego dirigiéndose a todos los presentes dijo: Yo nací en
este pueblo. Creo que en el área rural. Me llevaron a la capital estando muy
pequeño. Así que me gustaría vivir aquí con mi familia, para disfrutar la paz que se
respira, así como el aire puro y acariciador que logra la hermosa vegetación de este
municipio.

Otras preguntas formularon los presentes. Sobre todo, preguntó el Padre José
como es su costumbre, antes de dar una opinión. Y como uno de sus principios es
ir en contra de todo refrán que no expresa amor hacia el semejante, dijo: Dicen:
“caras vemos, intenciones no sabemos”, para hacernos dudar de todos nuestros
congéneres. Eso no puede seguir así. Yo creo que podemos confiar en este hombre.
Y luego dirigiéndose a Ana Julia dijo: cuéntale a José de Jesús —tú esposo— lo
que Andrés pretende y dile que me parece una buena oportunidad para hacer
pedagogía de los valores. Haremos que en las escuelas y colegios se lea y se
analice el libro.

Tomás que desde que llegó parecía buscar el momento preciso para despedirse
y como ya había saciado su curiosidad sobre el recién llegado, ¿quién era?, ¿a qué
venia? y ¿por qué buscaba a su prima? dijo: Pido permiso a los presentes para
alejarme pues ya es tarde para viajar a la finca.

Todos le agradecieron y le desearon buen viaje.

Gracias— dijo Tomás— se colocó el sombrero porque hacía rato sentía que su
cabeza lo reclamaba y se fue murmurando: valores, valores, luego hizo una mueca
de desconocimiento e indiferente se fue en busca de su corcel.

El Padre José dirigiéndose a Andrés dijo: Andrés quisiera tener el libro en


borrador antes de que lo envíes a la editorial y agregó: me ofrezco para hacerle el
prólogo.

El visitante visiblemente emocionado dijo: Será un honor para mí Padre José y


agregó: volveré a la Julia para enterarme de la decisión de don José de Jesús y si
es positiva —señora Ana Julia— haremos acuerdos sobre fechas y horarios en que
podremos tener las entrevistas.

Muy bien dijo Ana Julia, y se despidieron en nombre de Dios.

Andrés estaba muy contento. En su cabeza, circulaban de manera apresurada


pensamientos de alegría. Mi libro va a ser leído por profesores, niños y adolescentes
y seguramente por sus padres. Con la ayuda del Padre José vamos a tener un
impacto educativo y social muy grande. Será mi legado a las nuevas generaciones
de este pueblo y ojalá de otros más. Y seguía pensando, el contenido debe ser
interesante, ameno y muy bien escrito para que su lectura sea fluida y así los
lectores pequeños y grandes no dejen abandonado el libro. Estoy muy contento y
muy agradecido por esta oportunidad.

Ana Julia también se fue a la hacienda pensando en aquella conversación con el


que aún era un extraño. Por eso tan pronto los Araque Echeverry cenaron y rezaron
el Santo Rosario, la conversación de aquella noche giró en torno a la petición que
hizo el famoso citadino, que quería escribir un libro sobre valores.

Uno de los niños preguntó: ¿Cómo así valores? ¿Qué son los valores?

Son todas las virtudes, cualidades, competencias, actitudes positivas, que hacen
a las personas ser buenos seres humanos, respondió el padre. Y por los valores
que tienes, recibes admiración, compañía, respaldo, amor, amistad, etc. de las
demás personas agregó la madre.

Entonces es bueno tener valores —dijo Rafael— en tono seguro.

Claro —dijo la madre. Y como pensativa y triste agregó: también existen los
antivalores. Los cuales son lo contrario de las cualidades o sea son defectos que
tenemos las personas y que hay que luchar diariamente para superarlos. Por eso
atiendan la educación que les damos. La cual busca primero que todo formarlos
como buenas personas dotadas de valores. Así tendrán asegurado el éxito como
seres humanos que viven en sociedad.

Edita la cuarta hija de la familia, rubia, alta y hermosa jovencita, con clara
conciencia, que había estado callada y como entre dormida y despierta o eso creían,
preguntó a sus padres: ¿Qué valores tengo yo?

Tú tienes muchos valores —dijo el padre— y varios de los presentes enumeraron


los valores que la adornan. Eres alegre, sincera, muy católica, buena hija, buena
hermana, nunca hablas mal de tus padres ni de tus hermanos. Si tienes quejas de
alguno de ellos se las dices directamente en el momento indicado y de la manera
adecuada.

Fue larga la conversación, como solo algunos días sucedía. Todos querían
participar para saber cómo los veían sus padres y hermanos. Hasta la madre pidió
a los presentes, opiniones sobre ella.

También dieron ejemplos de antivalores y hasta resaltaron algunos valores y


antivalores de las personas más conocidas. Luego recomendaron a sus hijas e hijos
seleccionar sus amistades teniendo en cuenta sobre todo los valores humanos
antes que la belleza física o el poder económico.
Como ya estaba tarde, la lámpara de querosene que el padre prendía cada noche
mientras era la hora de dormir, requería ser alimentada de nuevo.

El padre ordenó a todos irse a la cama y sus hijos obedecieron. Unos porque ya
hacía rato estaban dormidos en la silla y otros porque la sesión había sido en verdad
agotadora.

En la capital esa misma noche Andrés inició una serie de


contactos para
lograr el patrocinio necesario. También le contó a su esposa
María y a sus dos hijos Luis y Mario del nuevo proyecto.
Muy emocionado les habló de su importancia, de a quienes
iba dirigido, de lo interesado que estaba el Padre José, de
lo especial que era la familia Araque Echeverry, del hermoso pueblo con sus
campos produciendo y sus jardines florecidos. Andrés se explaya tanto en elogios
que María —su esposa— tuvo que interrumpirlo porque ya era hora de dormir.

Sí vamos a dormir —dijo él— pero antes dime. ¿Tú qué opinas? Ella que cepillaba
su hermosa cabellera luego de soltar las trenzas, una de sus rutinas infaltables cada
noche, lo miró como lo hacía siempre que Andrés le pedía su opinión sobre cada
nuevo proyecto y le dijo: Sé de tu buen criterio como escritor.

Andrés entre bostezos la miró como esperando más compromiso de ella, su


esposa. Entonces María se dio cuenta de que sobre este proyecto tal vez por ser
sobre valores y tener como protagonista a una familia, Andrés quería su opinión.
Por eso le dijo: Busca el altruismo y trata de que tu libro sea leído también en las
penitenciarías. ¿En las cárceles? —preguntó Andrés— Sí —dijo María— Y agregó:
Podrías generar debates y procesos de reflexión en aquellas personas tan carentes
de educación y de motivación para lograr momentos de introspección sobre lo que
han hecho y para lo que están allí. Debes empezar presentando tu libro allí.
También podrías idear estímulos que dignifiquen a esos seres humanos que
necesitan una segunda oportunidad, porque han transgredido gravemente los
códigos que todos debemos cumplir como miembros de la sociedad.

Andrés entre impactado y agradecido murmuró: qué buenas ideas me has dado.
Ahora vamos a dormir.

Y cómo María sabía del gusto de su esposo por la


escritura, de las ilusiones con que abrazaba cada nuevo
proyecto y hablando también por sus hijos que ya
estaban dormidos —le dijo— te apoyaremos siempre,
tú escribe. No te preocupes por nada más.
María nunca se quejaba de las limitaciones que les
tocaba soportar. A pesar de que su esposo siempre traía a casa el fruto de su trabajo
nunca era suficiente para darles lo que merecían.

Andrés por su parte mientras conciliaba el sueño, pensaba igual que otros días
en cómo dar a su familia el dinero necesario. Este proceso de investigación y
escritura no podrá ser con tantos faltantes económicos, pensaba Andrés. También
planeaba los momentos de introspección que quería provocar no solo en los
reclusos, porque es muy importante para toda persona observar su pensar y actuar
con conciencia, para reforzar lo beneficioso para sí mismo y para otros.

Con esos pensamientos vagando por su mente Andrés no pudo conciliar el


sueño. Entonces se levantó, escribió un rato, luego organizó su agenda para el
siguiente día y como el cansancio lo venció volvió a su cama, se quedó dormido y
soñó mucho. Su sueño fue prometedor según le contó a su esposa al día siguiente.
Estaba en una gran nube contigo y de pronto nos caía dinero, mucho dinero,
pensábamos que la nube no resistiría. Tú estabas muy nerviosa y decías mis hijos,
mis hijos dónde están. El dinero seguía cayendo. Esa nube se convertía en una
gran hamaca. Y de pronto te levantaste entonces desperté.

Al día siguiente Andrés hizo varios contactos. Fue a la editorial y entregó al


editorialista el libro sobre La Guerra de los Mil Días.

El editorialista exploró el libro y luego prometió a Andrés agilizar la impresión y la


puesta en librerías.
Andrés le agradeció y comentó los detalles sobre su nuevo libro en amena
conversación con el editor. Hablaron de la pertinencia del libro y de la gran acogida
que tendría en establecimientos educativos y penitenciarios.

El editor quedó gratamente convencido y le ofreció a Andrés lo que necesitaba para


asegurar el bienestar de la familia mientras hacía la investigación y escribía la
novela. Además, se comprometió a hacerle el márquetin al libro. Pero eso sí, dijo
el editor con el fin de apurarlo —pues según él Andrés se demora mucho para
terminar sus libros— este libro debemos ponerlo en circulación antes de que
empiecen las clases del próximo año. Andrés estuvo de acuerdo porque eso mismo
le prometió al Padre José. Andrés regresó a casa muy contento porque estaba
asegurado el éxito de su proyecto.

Luis y Mario —sus hijos— ya habían llegado del colegio. Estaban jugando y
Andrés se les unió con el fin de esperar que María —su esposa—
regresara del trabajo para darles la noticia. Cuando María traspasó la puerta, Luis
el niño mayor le dijo: Mamá, papá tiene algo que decirnos. María sentía que ya sabía
de qué se trataba. Tenía que ser lo bien que le fue al papá en la reunión con el
editor.

En efecto Andrés visiblemente emocionado le contó a María y a los niños los


detalles de su contrato con la editorial. La alegría fue total. Todos cenaron felices,
hicieron muchos planes y se acostaron temprano.

Esa noche Andrés decidió que ya era hora de volver a la hacienda La Julia. Así
lo comentó con su esposa mientras se dormían. Al día siguiente se levantó muy
temprano se vistió con traje informal y emprendió el viaje al pueblo para enterarse
de la respuesta del jefe de la familia Araque Echeverry y si era positiva —de lo cual
estaba seguro— empezar las entrevistas que le darían la información necesaria.
Durante el viaje Andrés empezó a planear mentalmente su obra. ¿Cuántas visitas
a la Julia necesitaré? Luego como despreocupado pensó: Ya veremos. Lo primero
será saber cuánto tiempo me pueden dedicar en cada visita y qué tan jugosa resulta
cada entrevista.
Además ¿Cuánto tiempo será necesario para encontrar el altruismo? Nada difícil —
creo— se dijo a sí mismo.

Andrés estaba seguro de encontrar en la familia


Araque Echeverry a la persona que se preocupa por las
condiciones de vida de los demás. Dicha persona goza
de un sentimiento y un principio que le permite ayudar
de manera cotidiana a cualquier ser humano en
cualquier momento y en especial en situaciones de
desamparo.

Así que debo encontrar a la persona que fuera de sus valores también se dedica
al trabajo por los demás. Sabiendo que podría tener muchas cosas ya sea saber,
poder político, poder económico o todos juntos y más, dedica su vida a los otros y
los trata como iguales. Una sonrisa iluminó su rostro. Tal vez porque se empeñaría
en la búsqueda de un valor especial. Un valor que lo emocionaba.

Andrés miraba el paisaje a medida que el carro avanzaba, pero no lo veía. No


veía las empinadas montañas de variados tonos verdes que a veces lo cubren todo
y otras veces dejan aparecer el cielo azul como si usurpara recodos para poderse
mostrar. Tampoco veía ese monte que termina en un alto pico y a veces expele
humo blanco o las hermosas flores silvestres de colores tan extraños, los animales
pastando en extensas sabanas, los riachuelos o los ríos que a veces aparecían a
un lado de la carretera y otras veces resultaban en lo profundo de un acantilado.
Nada de esas bellezas era de su interés. En ese viaje la atención de Andrés estaba
centrada en su proyecto. Él imaginaba, mejor dicho, soñaba despierto. Intentaba
pensar con gran agudeza mental el proceso de investigación y de escritura. Quería
tenerlo resuelto en su mente. Como era tan difícil aquello se dijo a sí mismo: será
igual que con los demás libros: Investigar para empezar a escribir y seguir
investigando para continuar escribiendo. Más ilusiones que temores o dudas llevaba
Andrés, sin sospechar siquiera lo que le sucedía a la familia protagonista.

CAPÍTULO 4

Mientras Andrés avanzó en su último libro y llevó a cabo las gestiones necesarias
para iniciar su nuevo proyecto, —que por cierto se retrasó varios meses— en la vida
de la familia Araque Echeverry todo había cambiado no por decisión propia sino por
voluntad de Dios.

La señora Ana Julia estaba esperando su octavo bebé. Mientras el bebé crecía
en su vientre todo transcurría normalmente. Pero lastimosamente en el parto hubo
problemas porque hasta muy avanzado el siglo XX el proceso de gestación no tenía
supervisión médica y tampoco los partos eran de su incumbencia. Menos aún si
éstos acontecían en el sector rural. A las comadronas cuyos conocimientos no
tenían nada que ver con el estudio de la ciencia, sí con partos que no presentaban
novedades, se les confiaban dos vidas y hasta más.

Ana Julia en aquella época estaba siempre en gestación o en amamantamiento.


Sus hijos nacieron con menos de dos años de diferencia. Ella murió joven, pero
alcanzó a dar vida a cinco niñas, dos niños y uno más que murió. Así que joven aún,
Ana Julia partió hacia el cielo.

En la casa ese día hubo un correteo incesante. Familiares y vecinos habían


llegado a acompañar a la familia para festejar con ella el nacimiento de un nuevo
hijo o hija como era la costumbre. Pero esta vez todo fue distinto. Todos estaban
tristes y algunos lloraban. Una tía llevó a los niños para que se cambiaran la ropa
por la que ella les indicó. Era negra, la más negra que tenían. Eso puso muy
nerviosos a los niños que no recibían información por más
que preguntaban. Estaban aferrados a la esperanza de
que dentro de poco podrían ver y abrazar a la mamá.

De pronto llegó Rafael Antonio llorando mucho, no


podía hablar y tampoco se le entendía. Al fin hizo un
esfuerzo y dijo que se había agachado mucho para entrar
en la habitación sin abrir la puerta para evitar que lo vieran
y les contó a sus hermanas y a Jesús Antonio que había visto a la mamá dormida y
muy muy blanca, que le había tocado un pie, pero estaba tan frío que no lo soportó.
Todos se pusieron más nerviosos. Le preguntaron si ya había nacido el bebé. Y dijo
que no. (Días después contó que nada de aquello era cierto). Lo cierto es que
pasaban las horas y no le decían algo a los hijos ya huérfanos, por más que
preguntaban.

Todos esperaban amontonaditos en la sala, pegados unos a otros, sin poder


moverse de allí porque esa era la orden de papá, según decía María Jesús la
hermana mayor, aún adolescente que lloraba desconsoladamente. En esas, una de
las tías salió de urgencia con un rollito de cobija en sus brazos. Los niños se
lanzaron a pedirle que les dejara ver al bebé. Pero ella con sus ojos llenos de
lágrimas mientras caminaba aceleradamente hacia la puerta como evitando que le
preguntaran por la mamá que ya estaba muerta, dijo: No pueden ver al bebé porque
está enfermito. Voy al pueblo para que el doctor Pizano le mande remedios y para
que el Padre lo bautice. Todos salieron detrás de la tía seguros de que en cualquier
momento podían ver al bebé.

Seguidamente llegó el capataz de la hacienda diciendo que estaba lista la mula


rucia. La tía le entregó el bebé. Luego usando la escalerita que utilizan todas las
mujeres de la hacienda se subió a la mula, se acomodó y recibió el bebé en sus
brazos. El capataz le dijo: tenga mucho cuidado cuando llegue pida que le reciban
el bebé antes de usted bajarse. La tía emprendió el camino, más veloz que Juancho
—un trabajador— cuando se le escapa un caballo, o una res del corral. Tanto que
el capataz que nunca ha entendido cómo las mujeres se sostienen montando de
lado, en medio de una mueca de terror se dio la bendición.

Los niños se quedaron alelados mirándola sin comprender totalmente la situación


y en un abrir y cerrar de ojos la tía desapareció en la curva del matarratón.

Sin embargo, no fue posible salvar la vida de aquel angelito y ni siquiera esperó
el bautizo. Tenía afán de ir a cantarle a Dios —dijo don José de Jesús— y decidió
recordarlo como Juan de Dios, nombre que se les daba a los niños que morían sin
bautizo.

Mientras tanto en la casa las cosas iban peor. Los hijos con la paciencia ya
agotada, pensaban que algo malo estaba pasando. Carmencita aún bebé,
reclamaba a la mamá sin cesar. Sus hermanas mayores no sabían cómo explicarle
la situación porque también estaban llenas de
interrogantes. Lo único que les decían era que ninguno
podía entrar en la habitación de la madre. Reinaba el
suspenso. Las señoras que estaban atendiendo tan triste
acontecimiento eran muy conscientes de que dar tan cruel
noticia a los niños le tocaba al padre. Y sabían lo difícil
que sería para él por tener los hijos tan pequeños aún. La niña menor tenía tres
años y la mayor 15.

El padre durante toda la mañana estuvo taciturno, melancólico, dubitativo, muy


ceñudo, retraído e intratable. Hasta que a eso del mediodía haciendo gran esfuerzo,
el señor José de Jesús llamó a sus hijos a una habitación para hablar con ellos.
Tomó en sus brazos a Carmencita, le pasó las manos por sus mejillas para limpiar
las lágrimas, le dio un beso,
miró a todos sus hijos y vio tal tristeza que parecía que ya
supieran lo acontecido. Seguidamente les habló de Dios como
dueño de la vida de cada uno. Así que Dios decidió que ya era
el momento de llevar a mamá y a Juan de Dios a su lado. Desde
allí ellos nos acompañarán por siempre. A nosotros nos toca
aceptar la voluntad de Dios. Solo nos queda llorar todo lo que
sea necesario para pasar el dolor y rezar mucho para que Dios
nos ayude.

Todos lloraron tanto que se fueron a dormir más temprano que de costumbre.
Desde ese día el padre escondió su dolor para estirar su amor y cubrir a esas siete
criaturas entre niños y adolescentes que necesitaban caricias, principios, valores,
orientación y límites.

En efecto con mucha entereza y amor a Dios siguieron viviendo a medida que
transcurrían los días. El acontecimiento ocurrido hizo que los Araque Echeverry
crecieran en madurez personal y unión familiar. Y ahí se hizo evidente un
importante valor: la Resiliencia, o sea la capacidad de sobreponerse a la adversidad,
buscándole salida en vez de dejarse ahogar en ella.

Hacía ya seis meses de aquel episodio tan doloroso, cuando Andrés sin saber
nada llegó al pueblo para emprender su investigación. Traía en sus manos varios
libros para regalarle a la señora Ana Julia, pero se enteró en el viaje de la desgracia
ocurrida.

Entonces visitó al Padre José. Le regaló el libro sobre la Guerra Civil de los Mil
Días y le comunicó que estaba listo para escribir la novela sobre valores. Le contó
la recomendación de su esposa:

Buscar el altruismo y llevar el libro también a las penitenciarías. Me motiva mucho


encontrar esa persona que siente en carne propia el dolor y la necesidad ajena y
dedica su vida al servicio de los demás.

El Padre José, mientras hojeaba el libro sobre la Guerra Civil de los Mil Días y se
dejaba maravillar por la buena edición, era claro que escuchaba atentamente a
Andrés porque cuando éste terminó el Padre levantó las cejas como acostumbra
cada que algo lo impacta. Sus grandes ojos azules quedaron al descubierto y
dejando ver su hermosa sonrisa dijo: Muy buena la recomendación de tu esposa.
Dile que así lo haremos y no solo en este pueblo porque lo llevaremos a muchos
más.

Andrés un poco esperanzado en que los rumores que había escuchado no fueran
ciertos, ya que el Padre José seguía la conversación como si nada hubiera
cambiado, decidió aclarar sus temores y mientras colocaba los otros libros sobre el
escritorio del sacerdote, dijo: la desgracia que ha sucedido en la familia protagonista
todo lo altera. Me acabo de enterar de la muerte de la señora Ana Julia y de su hijo.
Siento un gran pesar y veo en peligro el libro. El sacerdote respondió: Sí, muy triste
la muerte de Ana Julia y de su hijo. Pero tú tienes una actitud muy positiva. El libro
se necesita mucho. Tienes patrocinio, tiempo y la preparación necesaria. Así que
déjame hablar con José de Jesús para ver cómo podemos llevar a cabo tu proyecto.

Andrés emocionado por la posibilidad que el buen sacerdote le planteaba le


agradeció, se despidió y regresó a la capital para continuar la planeación de su
novela.

Varios meses después, Andrés regresó al pueblo y el Padre José le informó que
todo estaba listo para iniciar las entrevistas con cada uno de los integrantes de la
familia Araque-Echeverry.

Andrés le agradeció y seguidamente se dirigió a la


hacienda La Julia. Esta vez llegó a caballo porque el
tiempo empieza a hacerse muy preciado para este
escritor.

Los perros se alertaron pues no conocían al caballo,


ni al jinete. Al escuchar tan fuertes ladridos, María Jesús la hija mayor de la familia
se apresuró hacia la portada, para enterarse de que se trataba de la llegada de
Andrés y como estaba dedicada a su última afición —la fotografía— con la cámara
que le regaló el papá, aprovechó y le tomó una foto. Andrés rio. Se saludaron
cordialmente, ella le dio la bienvenida, él le dio el pésame por la pérdida de la mamá
y le pidió hacerlo extensivo a toda la familia.
Andrés preguntó luego por don José de Jesús. Está en la feria negociando un
ganado —dijo la anfitriona— Ah —dijo Andrés— con gesto de sorpresa. Luego
preguntó ¿puedo hacerle a usted algunas preguntas? Sí dijo María Jesús, con
mucho gusto. Vamos a la sala. Allí estaremos bien. Lo primero que vio Andrés fue
un cuadro con dos escudos y preguntó: ¿De qué son estos escudos? Son —
respondió María Jesús— los escudos de la familia. ¿Y qué significan? preguntó el
visitante con admiración. Lo primero que hay que decir, dijo la entrevistada, es que
cada linaje familiar tiene su propio escudo. Por eso éste —dijo la anfitriona
señalando el de la izquierda— diremos que es el escudo
de uno de los linajes del apellido Araque.

El apellido Araque es relativamente frecuente en


España, con sus principales
asientos en Madrid, Jaén, Valencia, Ciudad Real,
Barcelona y Cuenca.
Probablemente tenga su origen en la voz vasca —arak— que significa “pastizal”
“helechal”. Varios de los Araque probaron su nobleza ante la Real Cancillería de
Granada.

Otras fuentes dicen que Araque significa “kekeguenkay'' que quiere decir

escondido. Significa conjunto de habilidades físicas y/o mentales que son

transmitidas de generación en generación a través de la sangre. A menudo el

individuo no sabe que las posee y puede que nunca llegue a usarlas, pues para la

activación del kekeguenkay es necesario un estado emocional alterado.

Y este es el escudo de los Echeverría, dijo Andrés.


¿Es el apellido de la mamá verdad? Si —dijo la
anfitriona— mi mamá era Echeverri que viene de
Echeverría. Significa “la casa nueva''. Es común en
Francia, especialmente en el País Vasco Francés de
donde es originario. Los vascos en Antioquia estuvieron inmersos en las empresas
de expansión, conquista, comercio y poblamiento, propiciadas por la Corona de
Castilla.
Andrés que escuchaba atento la historia de los escudos, comentó: Qué buen
conocimiento tiene usted del origen de la familia.

María Jesús no respondió nada. Simplemente sonrió.

Luego de observar con atención toda la estancia y de hacerle algunas preguntas


a su entrevistada, Andrés se dio cuenta de que en aquella casa no faltaba nada
material. Entonces dijo: don José de Jesús es un proveedor de lujo. Desde la casa,
los muebles, los libros ordenadamente colocados en un estante de la sala, hasta la
alimentación, el vestido y la atención médica cercana o lejana, están aseguradas, y
más después de aquella experiencia tan amarga como fue la muerte de la mamá.

De pronto se escucharon las risas de unas niñas que se acercaban. Eran


Carmencita y Edita que vieron llegar a Andrés y querían saludarlo. Habían crecido
mucho y así se los dijo Andrés.

Ellas luego de saludarlo, le dijeron a su hermana que


si podían ir donde su prima Sara para jugar. María
Jesús les contestó que mañana irían, porque era hora
de almorzar. Entonces vamos a la cocina, dijeron las
niñas. Y se fueron corriendo entre risas y saltos.

Allí se unieron a don José de Jesús y a los otros niños


que ya habían iniciado el almuerzo. La entrevista continuó. Andrés le hizo algunas
preguntas más a María Jesús y descubrió que en cuanto a los valores morales,
religiosos y civiles que buscaba, el primero que se hizo evidente fue el Respeto a
los Mandamientos de la Ley de Dios. Pues siempre fueron el faro que iluminó las
enseñanzas de Ana Julia y José de Jesús a sus hijos, ellos las siguieron al pie de
la letra y las transmitieron a su descendencia.

Recordemos que transcurrían las primeras décadas del siglo veinte en una región
conservadora, una familia patriarcal, un padre trabajador y a la vez responsable de
siete hijos, entre tres y 15 años, cinco mujeres y dos hombres. Al padre le era difícil
desempeñarse a la vez como padre y madre. Así que eran necesarios algunos
cambios. Por eso pidió a Dios ayuda para conseguir otra mujer, que se hiciera cargo
de la familia, lo amara a él y le ayudara a criar a sus hijas e hijos.

Ahí de nuevo se hizo evidente la Resiliencia, o sea la capacidad de sobreponerse


a la adversidad, buscándole salida en vez de dejarse ahogar en ella. Por su parte
los hijos mostraban el mismo valor. No se dejaron caer en el dolor o peor aún en la
depresión. Ellos también aceptaron la voluntad de Dios.
Andrés un poco asombrado quiso comprobarlo. Por eso preguntó a su
entrevistada: A pesar de la muerte de su mamá ¿son ustedes felices? ¿Se
mantienen alegres?

Claro que sí señor —dijo María Jesús— con cara de obviedad. Entonces Andrés
comentó: Qué valor tan hermoso es la alegría que consiste en tener actitud positiva
incluso ante las situaciones negativas de la vida. Y agregó: la alegría es una
decisión propia. Tú eliges si quieres ser feliz.

María Jesús como reforzando lo dicho por Andrés, dijo: mamá nos enseñó a no
preocuparnos por las cosas que no podíamos cambiar y la muerte es una de ellas.

Andrés no dijo nada porque la sabiduría de aquellas palabras lo dejaron


estupefacto.

Como decíamos arriba, el padre era todo un patriarca para proveer y decidir todo
sobre los suyos. Era respetado y admirado en la familia, la vereda y el pueblo, por
su inteligencia en los negocios, su alta capacidad de trabajo y su gran calidad
humana. Cualidades difíciles de encontrar juntas —comentó Andrés— quien
degustaba una taza de leche recién ordeñada, mientras esperaba a María Judith
que vendría a hablar con él, porque María Jesús pidió permiso y salió corriendo.

Después se supo que María Jesús, había ido a ver qué le pasaba a Carmencita
que lloraba desconsolada cerca del establo, porque según dijo Jesús Antonio, la
niña se había raspado las rodillas al caer cuando corrió muy asustada porque un
pavo real la perseguía. Al llegar María Jesús encontró a las hermanitas preparando
un emplasto para aliviar el raspón en las rodillas de Carmencita.

María Jesús cargó en sus brazos a la niña y dijo a sus hermanas: Así no se
prepara el emplasto además esas no
son las plantas y les falta higiene.
Como las niñas estaban tan interesadas en
empezar a usar las medicinas que la mamá les había
enseñado a las tres hermanas mayores, María
Jesús las llevó a la casa y les explicó lo necesario
para la curación de la niña.
De pronto un nubarrón se empezó a formar en el horizonte.
Andrés dijo que sería mejor irse para lograr llegar al pueblo
antes de la lluvia. Así que a pesar de que

empezaron a caer finas gotas de agua, Andrés montó su


caballo y cual jinete de carreras desapareció raudo.

CAPÍTULO 5

A los cuatro años de Andrés haber ido por primera vez a la hacienda o sea a tres
de haber quedado viudo don José de Jesús, éste decidió buscar a la mujer que
había pedido a Dios. Primero intentó enamorar a una modista que iba a la finca a
comprar leche. Compró una máquina de coser para regalársela, pero ella no aceptó.
Entonces él cortejó a Fidelina quien había quedado viuda en la guerra de Los Mil
Días. Ella le ayudó a criar a sus siete hijos por lo menos con su presencia a medida
que se hacían mayores.

Fidelina desde el primer año, paría sus propios hijos, llegando a sumar entre
propios y heredados 21 en total.

Un día frío de mayo, Andrés regresó a la hacienda La Julia porque necesitaba


recoger más información para su novela. Cuando llegó, de una le pidió a María
Judith que le hablara sobre la nueva mamá. Ella pensó un poco, agachó la cabeza,
se secó los ojos y luego dijo: Por ignorancia o por decisión, la nueva mamá como
usted la llama, no está preparada para derrochar amor a niños ajenos y además
inquietos. Pero nunca nos falta el amor de papá, quien se desvive por nosotros y
nos pide siempre que seamos muy unidos para que nunca nos sintamos solos.

Andrés asintió con la cabeza, y quedó sorprendido por la gran inteligencia y


capacidad de aquel padre para educar en el amor y entonces escribió en su
pequeña libreta: El Amor es un valor que se refleja en la unión de la familia. Si hay
unión, hay amor. Estos dos valores van siempre juntos. No se conciben esposos
que se amen o hermanos que se amen, si no saben arreglar sus diferencias
conversando sin ofenderse o agredirse. El Amor así entendido es signo de Madurez
Emocional. He ahí otro valor: La Madurez Emocional consiste entre otras cosas, en
la capacidad de expresar al otro tu molestia o inconformidad, en el momento, el
lugar y de la manera adecuada.
Un poco incrédula María Judith comentó: Pero es necesario que el otro vibre en
la misma frecuencia. Entonces Andrés respondió: Sí, tiene usted razón.

Los días transcurrían entre risas, gritos y llantos de los huerfanitos y de los nuevos
bebés de la recién pareja. El padre, claro está, se desvivía por atenderlos a todos.
Y para Carmencita, la Ternura fue incondicional porque siempre la trataba de
manera cálida, delicada y muy amorosa tal vez la veía muy inocente y frágil, como
cuando pedía a su madre tetero mientras estaba en su velorio.

La ternura también puede ser cualidad de cualquier


persona y ojalá haya muchos que posean este valor, dijo
Andrés. ¿Cómo así? preguntó María Judith.

Andrés respondió: Las personas Tiernas son afectuosas,


amables, cariñosas, cordiales, cálidas y agradables. Nunca se comunican por
medio de gritos, ofensas, burlas, regaños, cantaleta o mal humor.

María Judith dijo: así era mamá.

Andrés levantó las cejas en señal de admiración y con gran pesar pensó ¡qué
gran mamá han perdido estos niños!

Seguidamente María Jesús se acercó a los contertulios y luego de saludar


respetuosamente a Andrés lo invitó a almorzar.

Los tres pasaron a la mesa y junto con los demás, disfrutaron un delicioso
sancocho que hizo Sinforosa, la señora que les ayuda en los quehaceres de la casa.
Pasadas más de tres horas y luego de jugar un poco con los niños, Andrés con
cara de apurado, se despidió de todos y dijo a María Judith: Me voy ya porque debo
visitar al Padre José. De lo contrario me quedaría otra hora jugando con ustedes.
También manifestó que le hubiera gustado saludar al señor José de Jesús. Me
apena que en esta venida tampoco pude manifestarle mi sentimiento de dolor por
la muerte de la señora Ana Julia.
De pronto se lo encuentra en el camino, dijo Débora. Él viene en la mula negra.
Muy bien respondió Andrés. Si no nos encontramos lo buscaré en el pueblo. De
todas maneras, le pido a usted el favor de saludarlo en mi nombre. Andrés se
despidió de nuevo y prometió volver.

Pasaron varios meses antes de que Andrés volviera a la hacienda. Allí todo
transcurría normalmente, los niños en la escuela o haciendo tareas para lo que
María Jesús —la mayor de todos— resultaba ser más estricta que el papá, pues
después de todo siempre fue la encargada por doña Ana Julia para ayudar a los
niños y niñas en sus actividades de la escuela. La Hacienda y la tienda o fonda —
como le llamaban— progresando y dando sus mejores frutos. Cada fin de semana
salía para el pueblo café o animales o frutas, verduras etc. lo que mantenía alegre
al papá y lo hacía ser muy generoso con su familia y los trabajadores. La tierra era
muy fértil y según decía siempre don José de Jesús, florece lo que se siembre.

Cuando Andrés llegó, los niños ya le conocían bien. Cuando lo vieron asomar en
la curva del matarratón, se aseguraron de enterar a todos con gritos y carcajadas
que alertaron hasta a los perros, pero éstos como también conocían a Andrés, se
quedaron tranquilos como si fueran mansos cachorros.

Luego de los consabidos saludos, María Judith se dispuso a responder a Andrés las
preguntas que él necesitara.

Y como él venía dispuesto a conocer un poco más sobre el devenir de la familia,


le pidió a María Judith que le hablara de los niños menores. María Judith le describió
a cada uno de sus seis hermanos y a los hermanos medios también. Le contó varias
anécdotas. Sobre todo, le mencionó la del árbol de
guamas.
Al ver que Andrés se interesaba, la anfitriona dijo:
Carmencita y Jesús Antonio nacieron con oído muy
agudo y gran afición por los animales. Ellos se
embelesan con el canto de los sinsontes, los turpiales,
los ciriríes y en general con los trinos de las aves, hasta el punto de que día tras
día, ellos en compañía de Rafael se suben a los árboles cerca de la casa para
observar y disfrutar. Han pasado ratos de gran alegría hasta que una vez
Carmencita se cayó.

¿Se lastimó mucho? —preguntó Andrés— queriendo saber más sobre aquel
hecho. Sí mucho —dijo María Judith—y agregó: Ese día, los tres hermanitos, se
subieron a un árbol de guamas porque querían comer algunas, mientras
escuchaban el cantar de una pareja de turpiales que divisó Carmencita. Tan ágiles
como ardillas, los dos niños, treparon rápidamente por las ramas más fuertes.

Rafael se acomodó en una horqueta del árbol, miró hacia donde había dejado a
Carmencita, pero no la vio. La llamó y ella no respondió. La buscó con su mirada y
la encontró subiendo el árbol. Tú no te subas Carmencita — dijo Rafael— esto es
para hombres. Además, este árbol es muy quebradizo.
Ella que ya había iniciado el ascenso, se sintió discriminada y fue el impulso
necesario para seguir en su empeño. Apoyó un pie en la rama más cercana, pero
ésta no pudo sostenerla, entonces la niña cayó en el alambrado. Se cortó un brazo,
se laceró las piernas y hasta se hizo un rayón en la cara que nos asustó mucho.
El vestido se rompió totalmente y las hebillitas de los zapatos se reventaron y se
perdieron. Los niños pedían a Carmencita que se aguantara el dolor. Que no llorara
para que no los regañaran.
Estaban decidiendo qué decir al papá, cuando vieron pasar a un trabajador que
se hizo el que no los había visto.
Cuando llegaron a casa con la mentira preparada, el papá ya sabía la verdad.
Castigó a los hermanos y a la niña la curó.

Durante algunos días —los niños— tuvieron que resignarse con escuchar desde
casa los cantos y trinos de las aves.

Estaban castigados hasta que el brazo de Carmencita se aliviara y las heridas de


las piernas sanaran totalmente.

Fueron muchos los juegos de los niños para entretenerse en aquellos días. Por
ejemplo, Rafael Antonio y Jesús Antonio con la ayuda de
un trabajador de la hacienda, construyeron unos zancos
y a veces se los prestaban a Edita y a Carmencita sin que
los viera el papá porque se podían aporrear. Sobre todo,
porque Carmencita aún no sanaba de los golpes de la
caída del árbol de guamas y además ellas no sabían
sostenerse en zancos.
Edita se montó una vez y cuando buscaba lograr
equilibrio pasó un perro ladrando, ella se asustó tanto que se cayó y nunca más
quiso volver a intentar aquel juego.

De todas maneras, los cuatro niños salían a jugar. Los varones montaban los
zancos y las niñas les hacían barra.

Otro día decidieron ir donde la tía Laura, que vivía cerca. A aquella hacienda iban
con frecuencia. Les gustaba mucho jugar con la prima Sara.
Se arreglaron un poco, como de costumbre cada que iban a salir. Cada uno se
lavó la cara, se peinó de nuevo y a Carmencita, María Judith, le cambió el vestido y
le colocó una flor en su cabello.
Allí había muchas gallinas y siempre les llevaban maíz. También zanahorias para
los conejos, los cuales correteaban sin descanso cuando Jesús Antonio hacía
ademán de perseguirlos y todas lo regañaban.
Claro que después de que colocaba en las manos
de cada una de las niñas,
uno de los más pequeños y tiernos conejitos, ellas
duraban ratos largos sobándoles la piel y
conversando sobre la ternura que les genera. Al rato
las llamaban para tomar el algo —leche con galletas
dulces recién horneadas— y entonces se veían obligados a soltarlos; los tiernos
conejitos escapaban rápidamente.
Uno de esos días Sara dijo: Le regalo una de mis gallinas a quien sea capaz de
cogerla.
Heriberto, el hermano de Sara, que estaba presente, sorprendido y con voz fuerte
dijo: ¡No será una de mis gallinas!

No —dijo Sara— esas son tontas, no pueden


correr y mi mamá dice que un día de éstos las
encontraremos muertas por ahí, de lo gordas
que están.

Y ¿por qué son tan raras? preguntó Débora.


Heriberto respondió: Esas gallinas se las
compré a don Genaro Ortiz el dueño de la Hacienda El Lago. Son gallinas de raza
originaria de Australia.
¿Y dónde queda Australia? dijo Rafael. No sé, respondió Heriberto y agregó: Es
un país lejano.

Rafael hizo un gesto entre desconfiado y curioso y dijo: vamos ya a la


competencia de la gallina de Sara. Todos asintieron y
corriendo, llegaron donde escarbaban dos gallinas que
Sara señaló. Jesús Antonio y Carmencita se animaron
a perseguir la gallina.
El animalito corría, saltaba, hasta intentaba volar, con tal
de no dejarse coger convencida de que la llevarían a la
olla. Pero nada más lejos porque los niños nunca
permitirían que mataran la que ya consideraban su gallina. Así repetían y repetían
en medio de la carrera emprendida a medida que se alejaban por el potrero.

Sus hermanos se quedaron sentados con Sara, en una piedra, cerca de la casa.

De pronto un grito de susto que se escuchó por detrás de la casa, los alertó a
todos.
Era Carmencita al ver a Jesús Antonio saltar una cerca de alambre que lo
separaba de la gallina, quedando gotas de sangre en el alambre de púas, porque
uno de sus pies no alcanzó a pasar tan alto como era necesario para escapar de la
cerca.
Carmencita en cambio había dado la vuelta a la cerca.

Como la gallina escapó, Sara no podía contener la risa que terminó contagiándolos
a todos. Siguieron las anécdotas y las risas de Andrés y María Judith, hasta que
Andrés se percató de la hora. Agradeció a su interlocutora, el buen material brindado
para el libro, se despidió y se marchó no sin antes asegurarle que volvería.

María Judith —en cambio— se quedó sorprendida e incrédula de que lo contado


a Andrés le sirviera tanto como decía. De todas maneras, si él lo dice debe ser
cierto, pensó ella.

Desde ese día era más observadora y reflexiva, hasta


destinó un cuadernito para escribir las anécdotas que
consideraba importantes tener listas para contar a Andrés.

A los dos meses del nuevo matrimonio de don José de


Jesús, en una mañana de junio, repleta del sol que ejercía
su derecho a lucir brillante y caliente, Andrés volvió a
aparecer en La Julia, esta vez con bigote y barba de varios
días, sin el pequeño sombrero que acostumbraba y
montando un hermoso caballo blanco que inmediatamente
fue centro de la curiosidad de todos.
Grandes y chicos le hacían preguntas que Andrés respondía con amabilidad
como era su costumbre.

El caballo se lo prestó don Pablo Posada respetable


caballero, amigo de don José de Jesús y dueño de la
tienda principal con quien Andrés estuvo hablando largo
rato en la anterior visita al pueblo. Ahora son buenos
amigos hasta el punto de ponerle a disposición su mejor
caballo y ofrecerle su casa si quiere quedarse en Titiribí
unos días.
Esta vez, ni los perros se sorprendieron cuando Andrés llegó.
De la familia la que primero lo vio fue Fidelina quien estaba desayunando en la
mesa del corredor central. Luego del saludo, ella le ofreció desayuno.

Cuando Andrés tomaba el último sorbo del chocolate con leche, acompañado con
arepa, pan de queso recién horneado y quesito fresco, llegó Débora que estaba
cogiendo flores para adornar la casa.
Saludó a Andrés y le preguntó si quería hablar con María Judith. Quisiera hablar
con usted si es posible —dijo Andrés— pues quiero tener la oportunidad de
conversar con la mayor parte de los miembros de la familia.

Si con mucho gusto. Coloco las flores a la Virgen y enseguida estoy con usted
contestó Débora.

Cuando llegó, Andrés le preguntó: ¿Cómo pasan el tiempo por acá? ¿Qué hacen
día tras día?

Débora con alegría, demostrando que la vida en el campo no es ni monótona ni


aburrida, dijo: Los días transcurren disfrutando el aire puro, comiendo verduras,
hortalizas, leguminosas y frutas frescas que puedes coger tú mismo del árbol,
tomando leche recién ordeñada y huevos frescos.

También jugamos con los animales y con lo que encontremos en este campo tan
maravilloso.

Además, nos divertimos escuchando las


historias de quienes nos visitan, cogiendo las flores
para la virgen y para adornar la casa, y también
claro, jugando unos y trabajando otros. También
son frecuentes los festejos de acontecimientos
agradables como el nacimiento, bautizo, primera
comunión, confirmación, matrimonio o
graduación de un miembro de la familia o de
amigos; siempre los celebramos con asistencia de todos.

En aquellas reuniones, los niños y niñas más pequeñas solo están hasta que las
vence el sueño.
Allí se sirven platos especiales. Los señores toman algunos tragos y todos
bailamos la música de moda estrenando el último vestido mandado a hacer para la
ocasión.
Andrés admirado y como sorprendido, seguía atento el relato y preguntó: ¿Y qué
más hacen en esas fiestas? Dichos eventos —respondió Débora— también son
escenario para que algunos canten, otros bailen o cuenten chistes, etc.

Jesús Antonio y Carmencita, por ejemplo, hacen derroche de sus habilidades con
la guitarra y el tiple.
María Judith que llegó a integrarse a la conversación, dijo: También se
establecen nuevas amistades y se refuerzan otras. Como está de grande tu hijo, o
tu hija se ha puesto muy hermosa, son comentarios frecuentes. Varios matrimonios
se inician en dichos encuentros.

Edita, por ejemplo, en una de aquellas fiestas, inició una amistad especial con un
joven que conoce desde sus primeros años en la escuela y que admira por su
inteligencia y su gran destreza para solucionar los problemas que se presentan en
la comunidad.
La relación no pudo concretarse porque papá no lo permitió.
Muchas anécdotas más recordaron Débora y María Judith. Andrés las disfrutaba
y las anotaba en su pequeña libreta.

Así pasaron varias horas hasta que Andrés pidió a Débora llamar a sus hermanas
para pedirles recordar otras anécdotas porque le servirían mucho.

Cuando llegó María Jesús y Edita, parecía que estaban preparadas para contar
anécdotas sin parar. Cual más graciosa o sorprendente. Lo cierto es que todos
disfrutaron tanto, que el tiempo pasó muy rápido.

De pronto Andrés miró su reloj y como si se hubiera acordado de algo importante,


se levantó de su asiento y con gesto de premura dijo: tengo un compromiso en la
capital, por lo que debo irme ya.
Agradeció las atenciones recibidas, se despidió, sacó de un pequeño maletín un
saco y un sombrerito, se los colocó y apresurado se montó en el caballo que hacía
rato le tenía listo Luis, el capataz de la hacienda.

El caballo se paró en sus patas traseras. Andrés dominó


el corcel y lo apuró.
El binomio inició el galope como si quisiera volar. Los
demás miraban al hermoso caballo y su jinete hasta que
desaparecieron.
CAPÍTULO 6

Estamos terminando la segunda década del siglo XX. Han pasado más de dos
años desde la última visita de Andrés. Ya algunos lo han olvidado y otros creen que
no volverá por aquellos lares.

Por otro lado, don José de Jesús que deseaba probar suerte con el engorde de
ganado Cebú en tierra caliente, decidió adquirir la hacienda Murrapal. Tierra
hermosa, plana, con fértiles pastos y buenas aguas, atravesada por la caudalosa
quebrada Sinifaná.
Para allá se llevó a toda su familia y dejó la finca de café y la tienda en manos de
los trabajadores, bajo la dirección del capataz.

En Murrapal el ganado Cebú engordaba y se


multiplicaba con gran rapidez. En aquella hacienda
todos fueron muy felices.

Los niños disfrutaban especialmente la quebrada


Sinifaná que atraviesa la finca, brindando agua fresca
al ganado y hermosos charcos en los que los niños
pasaban muchas tardes bañándose, jugando y haciendo la comidita en su rivera.
Prendían fuego en el centro de tres piedras, colocaban un perolcito en el que freían
chorizos, tajadas de papa, calentaban arepas y lo que se les ocurriera a aquellas
mentes tan creativas. Algunas veces hacían chocolate o simplemente agua de
panela, cuando se les olvidaba el chocolate o el molinillo.

Luego sentados en la manta que les empacaba Fidelina, comían muy contentos
el fruto de su trabajo, también la parva y el refresco que
María Judith nunca olvidaba cuando de baño en la
quebrada se trataba. Hasta que un día al llegar del paseo,
se encontraron con la noticia de que una serpiente Mapaná
había mordido a Príncipe, uno
de los toros padrones que el
papá tenía en la hacienda.

Preso de fuertes dolores, el pobre animal murió dos


días después de
hacerle muchos remedios —principalmente rezos—
que sugerían y practicaban los baquianos de la vereda como les dice don José de
Jesús

Mientras eso sucedía y ante el estupor de los niños y niñas, los baquianos les
hicieron una completa exposición sobre cada una de las serpientes que conocen,
sus nombres, características, grado de peligrosidad, cuales existen en la región y
cuáles son más bien de clima frío.

Además, agregaron algunas anécdotas que pararon el pelo a los más jóvenes.

Una de ellas fue el caso de un hacendado que llegó a su casa tarde y muy
cansado, todo estaba oscuro y se fue a dormir inmediatamente. Al colocar su
cabeza en la almohada la sintió muy fría pero el cansancio era tal que simplemente
intentó separar esa “almohada” para coger otra.

Entonces se dio cuenta de que era algo muy pesado. Pensó en una serpiente y
saltando de la cama, se preguntó a sí mismo: ¿Y si me ha mordido sin darme
cuenta?

Temblaba el muy cansado hacendado recordando los muchos casos de personas


mordidas por serpientes de la región.

Sabía que estaba solo en la hacienda. Entonces se decía a sí mismo: Si me


hubiera mordido una Mapaná o una Cascabel, o una Rabo de ají, no alcanzaría a ir
hasta el campamento donde están los trabajadores.

Y si los llamaba no lo oirían. Todo eso divagaba en su mente mientras trataba de


prender un fósforo.

Cuando la diminuta llama alumbró la cama, no lo


podía creer. ¿En mi cama? ¡No puede ser! — dijo con
estupor— al ver esa serpiente grande que dormía
tranquilamente.

Luego respiró hondo, prendió otro fósforo y al ver que


se trataba de la inofensiva Boa, hasta pensó dejarle la
cama debido al gran respeto que siente por todos los
animales.

Pero como no tenía otra cama y estaba tan cansado, la cogió con delicadeza y
así enrollada como estaba, la sacó de la casa con enorme pesar, por el frío que
sentiría afuera.

Le llamó la atención que el animal no escapó, pues al llegar al patio se fue hacia
un rincón y se enrolló de nuevo.
Ojalá la vuelva a ver pensó Ruperto —así se llama el hacendado— Se fue a acostar
porque el sueño era tal que casi no le da tiempo de llegar a su cama. Al amanecer
la buscó donde había quedado, pero no la encontró.

Los niños después de aquella conversación larga y asustadora para algunos, se


acostaron. Todos revisaron la almohada, asegurándose de que no había culebras
en ella. Por muchos días los niños siguieron comentando ese hecho, así como el
llanto que les produjo el lamento de Príncipe quien bramó día y noche
lastimeramente.
Fue tanto el impacto de este hecho sobre los niños que al amanecer se levantaron
para ir directo a visitar a Príncipe y enterarse de primera mano cómo había
amanecido.
Le preguntaron a Raúl el capataz con la esperanza reflejada en sus caritas, si
Príncipe se iba a salvar. No sé, contestó él. Pero es que ya no llora, dijo Carmencita.
Es que no tiene fuerzas ni para eso, respondió Raúl. Todos se miraron y María
Jesús, hermana mayor, al ver que como a un metro del toro estaban abriendo un
hueco, les dijo a sus hermanos vamos a desayunar. Y no les permitió volver allí.
Después María Jesús entretuvo a sus hermanos en otras actividades por lo que no
se dieron cuenta de cuándo y cómo murió y fue enterrado el gran toro padrón.

Los niños, sobre todo los más pequeños, no quisieron volver a alejarse de la casa.
Así que, aunque en aquella hacienda las ganancias iban bien, en la familia el
descontento iba en aumento, no solo por lo sucedido al toro y por las numerosas
serpientes que habitan aquella tierra, sino también por otros hechos, como la
enfermedad que sufrió Rafael Antonio en sus pies, dicen que porque estaba
descalzo en el proceso de baño y aplicación de droga al ganado. Otro día
Carmencita sufrió una infección intestinal que los hizo temer por su vida.

Además, la escuela donde los niños estaban realizando sus estudios, les
quedaba muy retirada. Sobre todo, Carmencita era aún muy pequeña para realizar
jornadas tan largas, dos veces al día todos los días.

El padre se preocupaba tanto por ese hecho que días después de haber
matriculado a los niños en la escuela de Murrapal, ordenó a su hija no seguir
estudiando por ahora.

Ese día Carmencita lloró desconsoladamente, tanto que sus hermanos le


suplicaron al padre que la dejara ir ya que ellos se comprometían a cuidarla.

El padre solo pensaba en la Julia. Allí la escuela queda al lado de la casa. Ahí en
Murrapal, en cambio, tenían que caminar media hora para ir y media hora para
volver de la escuela.
Desde ese día don José de Jesús pedía a Dios ayuda para tomar la mejor decisión
para todos.

Así fue como gracias a Dios, un día cualquiera a escasos tres años de haber
comprado la hacienda de ganado, don José de Jesús fue visitado por un hacendado
de la región, interesado en aquellas tierras y con una maravillosa propuesta de
compra.

El visitante que había llegado muy temprano, fue invitado por José de Jesús a
recorrer la hacienda a caballo, revisaron el ganado, observaron los potreros y las
fuentes de agua.

Luego caminaron toda la casa, estuvieron en la bodega de herramientas y


abonos. También en la pieza de las monturas y enjalmas. Luego pasaron a la
enfermería, donde se demoraron un gran rato revisando la droga veterinaria y las
fichas de seguimiento hechas por parte del médico veterinario que visita la finca un
día a la semana.

Después, el padre y el visitante almorzaron y siguieron conversando en la zona


de hamacas, lugar preferido de la familia y de las visitas, por la frescura que brindan
en las tardes, dos árboles de mamoncillos que frondosos adornan el frente de la
casa.

Las hijas mayores sospechaban que el papá estaba haciendo un gran negocio,
porque de no ser así, él no le dedicaría tanto tiempo a una simple visita.

Finalmente, cuando la tarde estaba muy avanzada, el visitante se despidió y se


fue.

La familia se dispuso a cenar. Cuando terminaron rezaron el Santo Rosario


reunidos en la sala. Al terminar María Judith preguntó al padre: ¿quién era aquel
señor bajito, barrigón como escondido entre espesas cejas, grueso bigote y larga
barba negra?

El padre sonrió y los demás soltaron la risa que contenían desde que vieron llegar
a aquel visitante.

Como el padre sabía la inquietud que aquella visita le producía a la familia,


decidió contarles esa misma noche su decisión. Entonces dijo: He vendido esta
hacienda. En ocho días nos iremos para La Meseta.

Los gritos, risas y brincos que produjeron esas palabras en los niños no dejaron
dudas de cuál era el deseo de sus hijos.
También a su esposa la hizo muy feliz aquella decisión sobre todo porque sus
familiares estaban en la Meseta; lugar donde había nacido y crecido.

Don José de Jesús agregó: Empacan solo la ropa porque la venta incluye todo lo
demás. No nos llevaremos nada de lo que hace parte de la hacienda.

¿Entonces dejaremos la hacienda tal como la encontramos? preguntó Fidelina.


No, dijo don José de Jesús, mucho mejor. Porque le entregaré al comprador 20
reses más, así como los potreros mejorados y el lote del norte que le compré recién
venido a la vecina viuda del difunto Álvaro.

Luego don José de Jesús miró el reloj que reposaba en la mesa del centro de
sala y con cara de asombro dijo: ¡Qué tarde está! Se dirigió a sus hijos y dijo: Vamos
a dormir porque mañana me voy de madrugada a la notaría para firmar la venta. Y
agregó: Rafael Antonio, usted irá conmigo.

Sorprendidos por los cambios que se venían, pero también entusiasmados se


fueron a dormir, pues pronto estarían de regreso en la Julia.

Le contarían muchas cosas a la prima Sara a la que no han vuelto a ver desde
que se vinieron de la Julia.

CAPÍTULO 7

Al día siguiente, Fidelina y las niñas más grandes se levantaron muy


temprano. Desayunaron y se dedicaron a empacar la ropa. Al medio día ya tenían
todo listo para el viaje.

Don José de Jesús y Rafael Antonio, llegaron del pueblo en el crepúsculo.


María Judith dijo al padre que ya todo estaba empacado. El padre respondió: nos
iremos en una semana como les había dicho. Todos se pusieron muy tristes.

No se supo qué le dijo Fidelina a su esposo esa noche, porque al día siguiente,
él dispuso todo para enviar a su familia a la Julia.

Don José de Jesús ordenó a tres trabajadores organizar la salida y acompañar a


la familia hasta La Julia.
Los trabajadores cargaron 2 mulas con el equipaje y seis fueron ensilladas.
Una para Fidelina que creía estar embarazada y llevaría su hijo de ocho meses
en brazos, dos para los más pequeños y las otras tres para que se las turnaran
María Jesús, Débora, María Judith, Jesús Antonio y Rafael Antonio.
Don José de Jesús, a la semana siguiente se unió a su familia.

El domingo como era su costumbre, fue al pueblo. Allí recibió de manos del Padre
José una carta de Andrés, en ella Andrés explicaba su silencio.

Decía que su investigación para este libro y una enfermedad que llegó de pronto
a su familia le obligaban a suspender sus visitas a la Julia por ahora.

A su vez le pedía a don José de Jesús que permitiera a una de sus hijas escribirle
contándole los hechos que se iban sucediendo en la hacienda y en la familia.

Don José de Jesús pensó: Este joven es persistente y tiene suerte. Ya estamos
de nuevo en la Julia, entonces vamos a apoyarlo para que logre su objetivo porque
beneficiará a muchas personas. El señor José de Jesús pidió a María Judith
encargarse de ese asunto. Ella lo asumió con Responsabilidad, valor que consiste
en entender la magnitud de la tarea asignada y en asumirla de la manera más
positiva e integral posible, pues contaba con el tiempo necesario, le gustaba escribir
y tenía en su cabeza, queriendo salir, muchas anécdotas como las sucedidas en
Murrapal. Sin embargo, se sentía un poco intimidada, aunque también recordaba lo
que le dijo Andrés cuando ella le preguntó: ¿cómo hace usted para escribir?
Simplemente voy contando lo que sucede o lo que imagino y también leo mucho —
dijo Andrés—
Así lo haré pensó ella.

Días después cuando el papá preguntó a su hija,


¿cómo iba el trabajo de escribir? María Judith le
respondió: papá, escribir me parece fácil y divertido. Y en
efecto se le veía escribiendo o leyendo a toda hora.

Era tal su dedicación que descuidó otras actividades


por agradables que fueran. Sus hermanos la llamaban “la escritora”.
Fue así como a escasos ocho días Andrés recibió su pedido, que luego del saludo
reglamentario, detalla los hechos del traslado, contándole varias anécdotas como la
caída de Fidelina al deslizarse por el anca de la mula, en una subida muy empinada
a la que llaman el agonizadero.

Las risas de los más pequeños no se hicieron esperar, a los más grandes les tocó
contenerse para no ofender a la matrona. Más bien corrieron a ayudarla y a
cerciorarse de que no le había pasado nada a ella ni al bebé que llevaba en brazos.

A María Jesús como estaba tan gordita y se cansaba muy fácil le dieron una mula,
en otra se montaron Débora y María Judith, la cual también casi se cae cuando la
mula pisó una piedra y se resbaló. Jesús Antonio y Carmencita iban en otra mula y
a Edita le tocó sola porque Rafael Antonio recorrió todo el camino a pie, para ayudar
a sus hermanas, aunque los trabajadores también estaban muy pendientes. Sobre
todo, después de la caída de Fidelina.

Otras muchas anécdotas sobre el viaje y sobre la vida en la hacienda Murrapal


fueron contadas a Andrés.

Por ejemplo, le hizo un relato sobre el transcurrir de los días en aquella tierra,
deteniéndose principalmente en sus hermanos, aunque también habló de los
trabajadores y sus familias.

Luego se explayó en detalles y hasta le hizo un tratado muy completo sobre las
serpientes.
También le explicó que la hacienda La Julia es más próspera cada día. Los niños
de la nueva pareja de papá, aumentan año tras año y mis hermanos —dijo María
Judith— son mayores o adolescentes. Los cuatro menores, dos hombres y dos
mujeres, están a punto de tomar diferentes rumbos.

Edita tiene un poco más de 17 años. Rafael tiene 16 años, y Jesús Antonio 14
años. Carmencita cursa su último año escolar a sus 12 años.
Aunque son niños aún, ellos conversan frecuentemente sobre su futuro, su vida
como adultos y hasta sobre sus amores, aunque aún son sólo ilusiones.

Papá al que tanto le preocupa el futuro de sus hijos a veces los escucha e imagina
cómo ayudarlos y cómo evitar que cometan errores en sus decisiones aun sabiendo
que puede no gustarles. Tanto así que no le permitió a Edita enamorarse del joven
que ella veía tan virtuoso.

Un día papá dijo: “su religiosidad es dudosa y además es hijo de un liberal y algo
moreno para acabar de ajustar”.
Por eso internó a Edita en un colegio de religiosas en Medellín ya que aprender
es más necesario que enamorarse de alguien que no le conviene. El Aprendizaje
como valor, no solo permite mejorarse a uno mismo y desarrollar nuevas
habilidades, sino que también tiene como base el respeto por el saber del otro.

Rafael Antonio, por su parte decidió labrarse su futuro lejos de aquí. Es un joven
listo, inteligente, conocedor de muchos trabajos y no le falta Esfuerzo o sea la
energía y trabajo involucrado para alcanzar objetivos. El esfuerzo como valor está
asociado a la Perseverancia para lograr lo que uno se propone. Por lo que está
seguro de que se puede ganar la vida en cualquier lugar. Además, siente que su
pueblo le cabe en la palma de la mano y él puede abarcar mucho más. Quiere
conocer lo que hay más allá del horizonte. Conocer gente nueva, aprender de ellos
nuevas formas de hacer los trabajos que ya conoce y conocer otros. Esto es
Autonomía o sea la capacidad de valerse por sí mismo y de tomar decisiones sin
depender de otros. La Autonomía está asociada a la libertad.
El festejo para despedir a Edita y Rafael fue especialmente triste para Edita, ya
que su enamorado no fue invitado, así que no pudo despedirse de él, pero sí de
todos los demás amigos y familiares que la felicitaron y le desearon muchos éxitos.

Rafael por su parte, fue el centro de la fiesta, contó chistes, bailó, comió y hasta
tomó licor sin que papá se lo impidiera, pues papá, pasó toda la fiesta en estado
dubitativo, seguramente porque no sabía cuándo volvería a ver a su hijo mayor.

Edita se retiró a dormir temprano sin disfrutar del baile y la comida que se había
preparado en su honor. Solo se preguntaba ¿cómo sería su futuro? ¿Cómo estará
Medellín después de tanto tiempo de no ir? ¿el colegio y las religiosas cómo me
tratarán? De lo que si estaba segura era de que su padre, hermanas y hermanos,
le harían mucha falta. También la hacienda y los animales con los que pasaba ratos
tan agradables. Y aquel muchacho su primer amor ¿la esperaría? Lloró un poco.
Luego se quedó dormida, tal como le contó al padre durante el viaje que iniciaron
antes de reventar el alba.

Al pueblo fueron a caballo y luego tomaron el carro que sale a las 9 de la mañana
para Medellín. Con gran autodominio actuó Edita, porque tuvo la capacidad de
controlar sus impulsos agresivos o negativos frente a la decisión de su padre. Ella
no se enfrentó a él. No le manifestó ni siquiera inconformidad. Simplemente
obedeció lo que implica respeto. El Respeto es la capacidad de aceptar la dignidad
de otros. En algunos casos, el Respeto está asociado a la sumisión o la distancia,
también a la obediencia como en este caso.
De camino al colegio Edita y su padre vieron muchos cambios en la ciudad. Por
ejemplo, estaba en proceso la canalización de la quebrada Santa Elena
principalmente para eliminar el problema de aguas negras que llegaban a la
quebrada a causa de la falta de alcantarillado. Para lograrlo habían desaparecido el
arbolado urbano de aquel sector que antes lucía frondoso en la ribera de la
quebrada. Así que ya no se veía el agua deslizarse majestuosa bajo la sombra de
hermosos árboles, para, esquivando piedras, buscar su amado río y fundirse con él
en eterno abrazo.

Conmovido al ver todo aquello, don José de Jesús le habló a su hija sobre el error
que cometen los seres humanos cuando para acomodarse a su antojo, arrinconan
o tapan, amenazan o matan la naturaleza. Así que había mucho desorden. Era difícil
caminar por aquella calle.

También había edificios nuevos y muy altos. El parque de la Candelaria había


sido arreglado. Estaba muy bonito y la iglesia recién pintada. También había más
comercio y más personas y automóviles que iban y venían por la ciudad.

Sin embargo, a Edita no le alegraba ni siquiera el progreso que veía. Lo único


que pensaba era estudiar y si el novio la esperaba y ella lograba convencer al papá
se casarían. A su regreso a la hacienda, el padre contó a su familia, las peripecias
del viaje, los cambios en la ciudad y hasta la inseguridad de la que fue objeto. Me
robaron sin meterme la mano al bolsillo decía. Y por más que le preguntaban ¿cómo
así papá? explícanos ¿cómo te robaron? decía que no sabía.

Los hijos impresionados siguieron por muchos días jugando a sacarle del bolsillo
algo a alguno de sus hermanos sin que se diera cuenta. Pero nunca lo lograron. La
condición era tener siempre papeles en forma de billetes que cada uno hacía.

Mientras tanto en la hacienda, María Judith describía a Andrés, estos hechos y


otros que había olvidado enviarle, relacionados con las serpientes.

También le habló de lo fácil que mueren los campesinos. Por ejemplo, un hombre
con esposa e hijos, murió por pequeña mordedura de un perro que no se atendió
a tiempo por lo retirado de los servicios médicos. Cuando lo llevaban de urgencia a
media noche ardido de fiebre, cayó un aguacero que lo dejó emparamado y los
cargueros y esposa del enfermo llegaron embarrados de pies a cabeza.

El enfermo joven aún pero ya padre de cinco hijos, murió a pocas horas. También
un niño se golpeó la cabeza al caerse de un barranco y mientras era llevado al
pueblo para ser atendido por un médico murió.
El traslado de un enfermo era muy difícil y siempre a pie porque no había
carretera. Luego María Judith organizó lo escrito y anexó otra hoja con un pequeño
saludo, la colocó adelante, colocó todo en un sobre que dejó abierto por si el Padre
José quería leerlo. Luego pidió al papá entregarlo al sacerdote, quien se lo hará
llegar a Andrés, pues así habían quedado.

Andrés quedó impactado luego de leer el buen relato que recibió de María Judith.
Le escribió para agradecerle y pedirle que le siguiera ayudando con este tema. Le
dio algunas indicaciones y le dijo que en estos días no podía viajar ya que estaba
metido de cabeza en el libro que le había comentado pues tenía que terminarlo
pronto. Luego le prometió que le regalaría un ejemplar.

Como a María Judith escribir la historia de su familia resaltando los valores, le


estaba gustando cada vez más, no dudó en comprometerse a continuar con el relato
tal como Andrés le pedía. Y entonces le contó: Rafael Antonio ya hace más de un
año que se fue y aún no recibimos ni una carta suya. Edita en aquel colegio, tuvo
muy malas experiencias. No le brindaron estudio, sólo mucho rezo y trabajo. Ella
nunca se quejó porque como se sentía castigada, creía que todo aquello era normal.

Al año siguiente y como Carmencita le pedía


reiteradamente a papá que la enviara a estudiar. Él la
llevó al mismo colegio en que estaba Edita. Así se
ayudarán y se sentirán en familia pensaba él.

Pero cuál sería su sorpresa, cuando en la siguiente


visita Carmencita le mostró las toneladas de ropa de hogares de Medellín que les
tocaba lavar, por lo que sus propios vestidos permanecían mojados. También le
contaron que todos los días trabajaban y sólo tenían clases de religión.

El padre visiblemente enojado, debido al daño que les hace la ropa mojada les
increpó por no haberle avisado. Luego dijo a sus hijas: buscaré otro internado y
vendré por ustedes.

Al día siguiente el padre llevó a las dos adolescentes a la Escuela Normal Modelo
de Antioquia. En aquel internado había reglas y disciplina diferentes, pero las dos
adolescentes se adaptaron con rapidez. Allí estudiaron Pedagogía y didáctica,
Religión, Cívica y urbanidad, Lenguaje, Matemáticas, Geografía e Historia.

Su rendimiento académico fue siempre excelente. Y en cuanto a su


comportamiento, muy obedientes y respetuosas de las normas de la institución y de
los mandatos de las profesoras.
Durante aquellos años de estudio de Carmencita y Edita, sucedieron muchos
eventos importantes, otros

cómicos y algunos hasta dolorosos, escribió María Judith a Andrés. Pero como él
quería saber a qué se refería, pidió a María Judith que le contara algunos de los
“eventos importantes, cómicos y hasta dolorosos”.
María Judith le contó los dos eventos que más le impactaron.

En una de las visitas que mi papá y yo hicimos al internado, Carmencita nos contó
lo sucedido el día de la muerte de Gardel: Transcurría el 24 de junio del año 1935,
y estando en plena clase, se escucharon voces angustiadas y las profesoras yendo
y viniendo por los amplios corredores del plantel. Las clases, como de costumbre.
Nadie les decía qué había sucedido a pesar de que muchas de las estudiantes
pedían información.

Fue dos días después, cuando las profesoras informaron a las jovencitas sobre
el accidente aéreo que habían sufrido Carlos Gardel y 16 personas más en el
aeropuerto Olaya Herrera.

También permitieron a las niñas más grandes leer el periódico que llegaba todas
las mañanas a la Institución. Las profesoras lo habían leído, y algunas habían
derramado lágrimas sobre él por lo que estaba ajado y algo roto. Así que dos de las
más interesadas en el hecho decidieron remendar la hoja de periódico con engrudo,
pues aún no se conocía el colbón y tampoco la cinta pegante. Menos los pegantes
actuales que son más elaborados industrialmente.

Carmencita, lea usted dijo una de las estudiantes. Ella tomó el periódico y las
demás comentaban y se preguntaban en voz alta: ¿murieron quemados? ¿Cómo
sería ese dolor? ¿Cómo sería el accidente? y ¿quedarían sobrevivientes?

De un momento a otro, las estudiantes viendo que


Carmencita no empezaba, miraron su cara para
reclamarle. Pero Carmencita estaba aterrada. Sus
ojos y su boca lo demostraban. Todo era cierto, el
accidente, el incendio y la muerte, murmuró
Carmencita.

De pronto se repuso y viendo la ansiedad de sus compañeras dijo: silencio porque


voy a empezar a leer. Dice así: “El accidente aéreo de Medellín del 24 de junio de
1935 se produjo en esa ciudad de Colombia a las 15:05 horas aproximadamente
cuando el avión Ford Trimotor matrícula F-31 de la empresa SACO "Servicio Aéreo
Colombiano" que iba desde Bogotá a Cali, vía Medellín, chocó mientras estaba
despegando en el Aeropuerto Olaya Herrera con otro avión del mismo tipo,
denominado “Manizales” de la "SCADTA, Sociedad Colombo Alemana de
Transportes Aéreos" que estaba detenido en espera para salir.

Casi todas lloraban, gemían y todo lo demás.


Carmencita las
increpó para que
dejaran el llanto para
ella poder terminar. Se
calmaron un poco y
continúo. Como
consecuencia del accidente fallecieron siete
personas del “Manizales”, dos tripulantes y cinco
pasajeros y del F-31, los dos tripulantes y 8 pasajeros, entre los cuales se
encontraba el cantante Carlos Gardel.

El avión en que viajaba Gardel se desvió en el momento del despegue y embistió al


otro avión que esperaba su turno para despegar, incendiándose ambos.
Posible fallo mecánico o error del piloto, entre otras hipótesis”

Ahí ya no fue posible parar el mar de lágrimas que rodaban por las aterciopeladas
mejillas de aquellas niñas y tampoco el concierto de suspiros que se escuchaban
por todos lados. Todas quedaron estupefactas y como aleladas. Solo algunas entre
ellas Carmencita, se sobrepusieron y pidieron a la profesora Cecilia Lince que las
llevara al cementerio para rezar por Carlos Gardel y por tantas personas que
murieron en ese accidente.

En efecto fueron al cementerio San Pedro. Era la hora del entierro del “zorzal
criollo”. Había una gran cantidad de personas llorando y rezando un Rosario por el
alma de Carlos Gardel y por las almas de los demás muertos en tan fatídico
accidente.

Luego de que se fueron algunas de las personas, la profesora Cecilia distinguió


entre los que quedaron a una mujer que le llamó la atención porque lloraba
desconsoladamente. Era Margarita Jaramillo, la soprano que esperaba a Gardel en
Cali, cuando se enteró de tan escabroso accidente, presurosa viajó a Medellín.
Margarita, estaba enamorada de Gardel. Tanto que había logrado un lugar para
cantar “El día que me quieras” en el concierto de Gardel.
La soprano con aquel acto, buscaba expresar al zorzal
el gran amor que le tenía. Había ensayado mucho su
presentación. Estaba segura de que su interpretación
impresionaría tanto a Gardel que le daría su amor. Pero
aquel accidente no le permitió la conquista de su amado y
por eso su desconsuelo y llanto como si le sacaran el
corazón a pedazos.

Pasadas dos horas la profesora y sus alumnas se despidieron y le desearon que


el Creador le otorgue resignación. Ella agradeció el gesto y siguió llorando.
Las estudiantes y la profesora Cecilia regresaron a la Normal. Allí eran esperadas
por docentes y alumnas con muchas expectativas. Todas las compañeras querían
saber ¿Cómo les fue? ¿Qué vieron? ¿Había mucha gente? ¿Fue muy bonito el
entierro? Muchas otras preguntas salían de manera desordenada del tumulto de
estudiantes que iba creciendo. La profesora y las jóvenes contaron al detalle la
experiencia, en medio de profundos suspiros que las impresionables niñas dejaban
escapar. Las recién llegadas hicieron gran énfasis en la soprano Margarita Jaramillo
y su emotiva demostración de dolor por la muerte de su gran amor.

Después de este fatal acontecimiento, la vida en la escuela continuó como de


costumbre. Más no la mente de las estudiantes. Muchas sufrían pesadillas
nocturnas. Por varios días siguieron comentando el mismo tema y cuando tenían
visita de la familia ésta reforzaba la leyenda. Llevaba más información del accidente
y de la vida de Gardel que se volvió ídolo. Así pues, Gardel era objeto de
conversación en todos los espacios y el murmullo de sus canciones se escuchaba
en corredores y hasta en el dormitorio.

Era tal la presencia de aquellos acordes y de aquellas letras nostálgicas que la


directora organizó un concurso de tango entre las profesoras. Empezó decorando
el salón-auditorio con un gran afiche de Gardel. Unas profesoras se ofrecieron para
cantar y la profesora de artes bailaría. Muchas de las estudiantes se ofrecieron para
cantar, pero según la directora el padrino de la Escuela Normal, señor Juan Cansío
Restrepo, dijo: “Las estudiantes no pueden participar porque son canciones de
gente mayor”.

Lo que sí les permitió fue dar su voto secreto en


papeleta y a la vez les explicó que esa era una forma de
ejercer la democracia en la Normal, porque en el país aún
estamos muy lejos de ella. ¿Qué es la democracia?
preguntó una de las estudiantes que se levantó de pronto
como un resorte. La profesora de Historia respondió: Por definición La Democracia
es el gobierno del pueblo ejercido a través de sus representantes. Pero en realidad
en la actualidad el pueblo y sus representantes son solo los hombres mayores de
edad. A lo que una avezada jovencita de cabello cobrizo y grandes ojos verdes que
acababa de llegar a la institución dijo: las mujeres ¿por qué no podemos votar para
elegir nuestros representantes? Y es más ¿por qué no podemos ser
representantes?

Todas, estudiantes y profesoras la miraron unas sin entender mucho la pregunta


y otras como diciendo: es verdad. La directora se levantó de su silla y dijo: porque
aún no tenemos cédula. Luego explicó que la cédula es la tarjeta de pertenencia a
una nación, en este caso a la nación colombiana.

La joven que ya se había sentado en su silla, otra vez se levantó de nuevo y entre
sorprendida y molesta hizo la pregunta obvia. ¿Por qué no tenemos cédula? y
agregó: ¿no somos personas o no somos colombianas? y aún más, ¿quién o
quiénes son los responsables de tamaña injusticia e ignorancia?

Las demás alumnas miraban a una y otra asombradas por aquella discriminación
que ejercen los gobernantes. La directora se dio cuenta de que allí más que
alumnas, había jóvenes reflexivas, pensantes y ávidas de información veraz.

En esas sonó la campana señalando la hora de la cena. La directora —señorita


Sofía Correa— se levantó del asiento dejando la última pregunta sin respuesta.
También las profesoras se sintieron aliviadas pues la charla las ponía en situación
cada vez más incómoda. Solo hablaron para dar la orden a las estudiantes de salir
en fila india y dirigirse al comedor.

Como otras veces, las profesoras se sentían superadas por las preguntas de sus
alumnas. Y éstas aceptaban porque la actitud o la palabra de sus superiores así lo
mandaba.

Mientras esto sucedía en la capital, en el pueblo el Padre José quería estar al


tanto del proceso de la novela. Así que mandó a llamar a María Judith, para que le
cuente cómo va su proceso de escritura. María Judith le llevó al sacerdote lo
adelantado hasta el momento. Éste lo leyó entre líneas, la felicitó por estar
empeñada en resaltar los valores de la familia y le devolvió el manuscrito para que
lo continuara. En efecto, María Judith continuó con su misión. Sus hermanas
acostumbraban contarle anécdotas que ella contaba a Andrés.
Por ejemplo, Carmencita le narró un hecho amoroso.
En el día a día, de una institución de señoritas ubicada
cerca de otra de varones —la facultad de medicina—
era lógico que ocurrieran coqueteos inocentes y
hasta comprometedores. Por ejemplo: las futuras
maestras no se perdían el paso de los estudiantes de
medicina hacia su facultad.

Carmencita fue especialmente cumplida con aquella cita y también el estudiante de


medicina de los ojos negros, como ella decía. Aquel joven, si no lograba verla,
silbaba su nombre y ella entendía que la cita se había cumplido, aunque sin su
presencia.
Como Carmencita se estaba interesando de manera especial en aquel joven,
meses después Sofía Correa Uribe directora de la Escuela Normal la citó a la
dirección y allí le dijo: Carmen Julia “ese joven estudiante de medicina, no la
merece”. Luego le explicó que ese pretendiente es moreno y ella muy hermosa.

Carmencita escuchó respetuosamente aquellas palabras. A pesar de que le


dolieron en el alma, la pusieron a pensar que era mejor y así lo hizo, olvidarse de
su primer amor pues posiblemente el papá tampoco lo aprobaría.

No puede ser pensó Andrés. Otra vez triunfan los prejuicios. ¡No puede ser!

Otro hecho que sucedió fue el de las boinas escribió María Judith. Andrés sintió
curiosidad por lo que enseguida leería.

En la Normal era costumbre madrugar mucho para ir a la Santa Misa en la iglesia


más cercana, escribió María Judith. Siempre salían sin despuntar el alba, en el
crepúsculo del nuevo día. Aunque la oscuridad hacía temer, nunca había sucedido
algún percance. Pero aquella era una madrugada especialmente oscura en época
de invierno a mediados del año 1937. Las devotas se dirigían como de costumbre
a la misa de 5 am, en silencio, en fila de a dos y con uniforme de gala el cual incluía
una boina que cubría la cabeza. De pronto y sin saber por qué, la fila se partió en
dos y todo se hizo caos. Gritos y llantos por doquier. Las profesoras imaginaban lo
peor. Unas niñas, las de adelante corrieron hacia la
Iglesia y las más grandes que formaban atrás, se
devolvieron corriendo, gritando y llorando hacia la
normal. Algunas, víctimas del miedo, no sabían para
dónde coger. Entonces aquello se volvió un nudo.
Unas corrían, otras tropezaban y se desmayaban.
Todas gritaban. En todo caso, muchas sufrieron
golpes y pisones porque otras les pasaban por encima. Las profesoras tenían
mucho miedo de que alguien se hubiera robado una niña. Sobre todo, la directora
estaba muy asustada. La piel de su cara se llenó de parches rojos y su expresión
evidenciaba el peso de la Responsabilidad que cada una de sus alumnas le
significaba. Responsabilidad es la capacidad que tiene una
persona de ser consciente sobre las consecuencias de cada uno
de sus actos, entendiendo que éstos no deben afectar de forma
negativa a nadie. Responsabilidad es cumplir con las obligaciones
aceptadas.

Ella —la directora— tomaba lista una y otra vez hasta que se
convenció de que todas las alumnas estaban presentes, aunque
con raspones, golpes, moretones y mucho nerviosismo. Las hipótesis de lo
acontecido fueron varias. Que se habían robado una niña, que había un animal en
el trayecto, que esto, que lo otro.

En el sondeo que hicieron, preguntando a cada una, ¿usted por qué corrió? ¿y
usted? ¿y usted? Una a una iban contestando: porque vi correr, gritar y llorar a las
demás niñas. Y las mismas respuestas a medida que avanzaba el interrogatorio.

Cuando llegaron a dos niñas que filaban más o menos en el centro, ellas
respondieron: Nosotras íbamos cruzando la calle yo pisé algo grueso, dijo una y a
mí me tocaron la pierna me asusté mucho y entonces grité, dijo la otra. Entonces
dos profesoras salieron a averiguar quién o qué le había tocado la pierna a la
estudiante y encontraron un vástago de racimo de plátanos, concluyendo entonces
que una lo pisó e hizo que la punta contraria se levantara y tocara a la compañera.

Como puede concluirse se trató de una falsa alarma. Agradecieron a los


transeúntes que recogieron la mayoría de las boinas, las profesoras las entregaron
a las niñas no faltando ninguna, porque todas estaban marcadas. Después de este
acontecimiento, los días en la Escuela Normal, transcurrían tranquilos y hasta
monótonos porque todas las horas estaban debidamente regladas. Así que aquel
acontecimiento que quedó para la historia como el acontecimiento de las boinas,
fue tema de conversación y de risas por muchos días, meses y hasta años. En parte
porque había poco de qué hablar y también porque afectó tanto a toda la comunidad
educativa, que nunca fue olvidado por quienes lo sufrieron o escucharon. Y así fue
pasando lo sucedido de generación en generación. Algo como este acontecimiento,
sucedió solo una vez en los dos años que duraban los estudios para obtener el
grado de maestra.

Finalmente terminando el año 1937, un grupo de señoritas se graduaron como


maestras. Luego de la ceremonia, las nuevas maestras se dispersaron por toda
Antioquia, para llevar el conocimiento a muchos niños ávidos de saber. En el acto
de graduación, Carmencita se dirigió al auditorio, agradeció a las profesoras, habló
de lo bien que se había sentido en la Escuela Normal Modelo, con sus profesoras,
con sus compañeras y con el personal administrativo, de mantenimiento y de cocina.
También resaltó el confort que otorga la planta física para que el estudio en aquella
institución sea un éxito. La jovencita estaba Feliz y muy agradecida. La felicidad
es la actitud que apunta al disfrute de la vida. Es bueno tomar la felicidad como
valor porque nos lleva a asumir una actitud de gozo frente a la vida a pesar de la
situación de cada persona.

La directora de la institución agradeció a Carmencita sus palabras y le otorgó un


diccionario Larousse con una clásica dedicatoria: “A quien supo entender los deseos
de sus profesoras”. En dicho diccionario han encontrado respuestas a muchas
tareas cada una de sus hijos e hijas.

Las dos jovencitas salieron rumbo a Titiribí en compañía de su padre, dispuestas


a compartir con los niños de la vereda, el talento desarrollado y los conocimientos
obtenidos. Y era tal su interés por la educación que, al otro día de haber llegado,
reunieron a todos los niños y niñas entre 8 y 17 años para anunciarles que ya eran
maestras y buscarían ser nombradas en su escuela. Edita no logró cumplir sus
sueños porque a pocos días de su grado, fue necesario someterse a muchos
cuidados médicos, en su pueblo primero y en la capital después. Los días en la
clínica y el cuidado de los médicos no fueron suficientes. Edita murió y su sepelio
se realizó en uno de los salones de su amada Escuela Normal Modelo. La familia
entera y muchos amigos asistieron. También sus profesoras y una delegación de
estudiantes, acompañaron el féretro hasta el cementerio San Pedro. Un luto
riguroso guardó la familia por varios meses, hasta que un día —el padre— luego de
regresar del pueblo dijo: Ya no más luto. Les he traído vestidos nuevos —y agregó—
؅ su hermana está en el cielo con Ana Julia. Todos se sintieron felices.

Días después Carmencita logró


cumplir sus sueños. Fue nombrada maestra de la
vereda La Meseta. Impartió principios y valores,
normas de convivencia, creencias y prácticas
religiosas y claro está conocimientos científicos. Sus
alumnos fueron sus familiares, amigos y vecinos.

María Judith contó estos hechos a Andrés poco


convencida de que él los quisiera así de especificados. Por eso le pidió que le dijera
con sinceridad si ese nivel de detalle estaba bien. Andrés, cuando leyó lo que María
Judith le envió, se admiró del talento de aquella jovencita y se rio a carcajadas
leyendo la anécdota de las boinas. Luego le mandó una nota a aquella escritora
innata que decía: ¡simplemente espectacular! y si le agregas más detalles
¡doblemente espectacular!

María Judith se alegró. Se sintió orgullosa. Pero nunca le pareció “espectacular”


como dijo Andrés. Tal vez porque no hubo mayor esfuerzo. Solo narré los hechos.
Creo que Andrés está agradecido conmigo.

La colaboración de María Judith se puede entender como un acto de caridad. La


caridad como valor es compartir lo que uno tiene y a otros les falta. La caridad no
sólo se expresa a través de lo material, sino que puede compartirse saber, tiempo,
alegría, paciencia, trabajo, etc. Por eso no es necesario tener muchos recursos
materiales para ser caritativa.

CAPÍTULO 8

Pasaron varios meses. Mucho cambió para los interesados en el proyecto sobre
valores. Para María Judith porque se casó y cambió de residencia ya que su esposo
empezó a trabajar en la capital. Para Débora y María Jesús que ya se habían
casado porque sus obligaciones aumentaron pues ya tenía tres hijos una y cinco la
otra. Para Jesús Antonio porque se casó y se fue a vivir a Caracolí. Para Carmencita
porque se comprometió con su novio que vive en el pueblo así que pronto se
casarán y vivirán allí. Para don José de Jesús y Fidelina porque ya tienen diez hijos.
Y cambió para Andrés porque no volvió a saberse nada de él. No se volvió a
comunicar ni siquiera con el Padre José.

El buen sacerdote, veía como estos hechos amenazaban el éxito del proyecto.
Pero él estaba decidido a lograr su objetivo. Aunque no sabía aún cómo. Bueno ya
veré qué hacer se dijo a sí mismo mientras pedía a Dios le ayudara.

Como no podemos parar el proceso de investigación y escritura ¿quién será la


persona más apropiada para hacerlo? Se preguntaba una y otra vez este religioso
mientras desfilaban por su mente uno a uno sus feligreses. En ese momento entró
a la casa cural, Amelita Vélez, una joven que estaba estudiando en el exterior.
Saludó al Padre José y éste le devolvió el saludo visiblemente emocionado y muy
agradecido por lo rápido que Dios escuchó sus peticiones. Luego le hizo a Amelita
varias preguntas pertinentes: ¿Cuándo había llegado? ¿Ya terminó sus estudios o
debe volver? ¿Se quedará en el pueblo o irá a la capital?
La joven respondió uno a uno todos los interrogantes y luego pidió al sacerdote
contarle sobre las novedades en la parroquia y agregó: Me han hecho mucha falta
las obras que hacíamos en esta comunidad. El sacerdote le contó sobre los
proyectos en que está empeñado en el momento. Le habló extensamente sobre uno
en especial que tiene que ver con la importancia de la educación en valores en estos
tiempos. Luego agregó: Los padres tienen poca información sobre valores para
educar a sus hijos. En la escuela hacen lo que pueden, pero está muy masificada y
son muchas las materias. Por eso quiero poner en manos de los maestros este
material para que lo trabajen en la clase de religión. Y también buscaré que se
instituya un valor cada mes para que se realicen actividades especiales con relación
al valor correspondiente en cada mes del año. En resumen, el propósito es educar
en valores y así entregarle a la sociedad primero que todo personas.

Que gran Vocación de Servicio Espiritual tiene el Padre José pensó Amelita.
Mediante el Servicio Espiritual se cambian vidas, se desarrollan valores verdaderos
y se superan las influencias mundanas.

Amelita que escuchaba atentamente, preguntó: ¿Padre quién está en esto con
usted? El Padre le contó toda la historia sobre este proyecto. Le contó cómo surgió
la idea, quiénes han participado hasta ahora, la incertidumbre sobre lo que le pasó
a Andrés, en fin, todo y con amplios detalles. También le habló de que en el
momento no veía a alguien que se pudiera hacer cargo para llevar a feliz término
este libro sobre valores. Solo usted Amelita tiene la formación y quizás el tiempo
para ayudar a este pueblo y seguro a otros en esta misión.

Ella se sintió halagada y comprometida. Le dijo al sacerdote lo contenta que


estaría de poder aportar a la educación de los niños. Sé que las escuelas tienen
necesidad del libro sobre valores. También las penitenciarías donde podemos
trabajarlo con los estudiantes practicantes de Sociología, Antropología, trabajo
social y Psicología que vienen cada 15 días al pueblo. El Padre José estuvo de
acuerdo y muy agradecido con Amelita, le entregó los borradores que las jovencitas
Araque Echeverri lograron. Además, dijo que haría lo posible para conseguir la parte
que Andrés tenía adelantada. El Padre quedó muy contento y confiado porque sabía
que sin importar las dificultades que tuviera, el profesionalismo y compromiso de
Amelita aseguraban el éxito del proyecto.
Amelita se fue a casa pensando cómo planear el trabajo.
Quiero hacer lo mejor y creo poder lograrlo. Este será mi
aporte a la educación del pueblo que tanto me dio cuando
niña. Y seguía pensando en voz alta. Le voy llevando partes
al Padre José para que las vaya revisando.

Amelita estaba en sus elucubraciones cuando se encontró


con Jacinto —su padre— profesor en la secundaria del
municipio. Amelita le contó su conversación con el sacerdote. Jacinto la felicitó, la
animó y decidió apoyarla en tan buen proyecto, y agregó: me imagino que en el
colegio también contaremos con el libro. Claro que sí papá, le diré al Padre José tu
petición.

Que buena Colaboración entre estas personas en beneficio de la educación de los


futuros adultos del municipio. Este valor de la Colaboración significa participar en
esfuerzos colectivos sin tener en cuenta el beneficio personal o individual sino el
beneficio para todo el grupo o la comunidad en general.

El Padre José al sentir que nuevamente tenía enrutado el proyecto, se dedicó a


pensar, qué podía hacer para encontrar a Andrés. Saber qué le ha pasado, si es
que le ha pasado algo.

Entonces decidió aprovechar el viaje que debía hacer al arquidiócesis para visitar
a un viejo amigo editorialista que podría ayudarlo.

Una vez allí luego de un largo saludo pues hacía bastante que no hablaban, el
Padre José le contó a don Darío —así se llama el editorialista— lo importante que
era para él encontrar a un escritor tal vez no muy conocido aún. Si me ayudas —
dijo a su amigo— te estaré muy agradecido. Dime cómo se llama y haré lo necesario
para que te puedas comunicar con él —contestó don Darío.

El Padre José se extendió todo lo que pudo en los detalles que podían servir para
encontrar al escritor. Se llama Andrés —dijo el sacerdote— no tengo el apellido,
pero te diré algunos rasgos que lo identifican. Dímelo —dijo el amigo— El Padre
José le describió a un hombre de dos metros más o menos, trigueño, el cabello muy
bien motilado no mayor de 40 años, ojos color miel y no es raro verlo con barba de
varios días, pero siempre bien cuidada.

Ya sé de quién se trata —dijo don Darío— e hizo una mueca que estremeció al
Padre José. Y como en ese momento, unas personas entraron a la editorial
buscando quién les hiciera un trabajo que solo don Darío atendía, presentó al
sacerdote sus disculpas y éste se quedó pensativo y triste porque el gesto de don
Darío generó en su mente muchas ideas que lo estaban atormentando. Rezó un
poco y se tranquilizó.

Luego regresó don Darío le presentó disculpas al padre y continuó con su relato
sobre Andrés. Andrés escribió hace algo así como cinco años un libro sobre la
Guerra de los Mil Días. Ahí pisó muchos callos con nombres propios, desde
políticos, militares, civiles, hasta religiosos. Muy valiente y muy importante pero muy
atrevido porque denunciaba la porquería que son los que ejercen el poder de
cualquier tipo —político, económico etc.— en este país. Con ese libro Andrés se
dio a conocer en toda Colombia. Sobre todo, entre los intelectuales y los
estudiantes.

El Padre José que ya sabía del libro y que lo había leído detenidamente, se sintió
turbado e indignado por aquel hecho y preguntó temiendo lo peor: ¿Y qué pasó
entonces? El amigo editorialista contestó: Un día cualquiera Andrés fue invitado
como tantas otras veces a dictar una conferencia sobre la Guerra de los Mil Días en
un colegio de varones que queda como a cinco cuadras de aquí. Al salir caminó
por esta calle hacia su casa y exactamente allí, dijo señalando un cuadrante en el
piso alguien que lo seguía le dio por detrás dos disparos a quemarropa. Murió
instantáneamente.

Qué dolor —murmuró el sacerdote— Bendito sea Dios, que tenga su alma en el
cielo. Y seguidamente como estaba de afán pues aún no había ido adonde el señor
Obispo, preguntó a su amigo. ¿Dónde queda la editorial que le publicó ese libro a
Andrés? El amigo le dio las indicaciones de la editorial El Porvenir la cual quedaba
cerca. Voy a ir allá dijo el sacerdote. Le agradeció a su amigo, estrechó su mano y
se despidieron.

En el camino vio una librería y entró a preguntar qué libros había sobre valores .
Encontró dos libros. Uno era de ética y valores morales. El otro era un análisis
filosófico sobre los valores humanos. El sacerdote preguntó al librero si habría en el
mercado muchos libros sobre valores. El librero respondió: Llevo 30 años en este
oficio y creo que, aunque hay algunos títulos sobre valores, faltan más. Nunca serán
suficientes.

Ahí se convenció el Padre José de que, aunque en otras librerías podía haber
otros títulos sobre valores, el que resultaría del trabajo sobre la familia Araque-
Echeverri sería muy especial. Es de nuestro pueblo, se desarrolla en un contexto
campesino y en una familia grande en la que la educación en valores es su eje
principal.
En esas sus pasos lo llevaron hasta la editorial El Porvenir. Luego de saludar,
explicó el objetivo de su visita. Fue bien recibido y sintió el dolor del editorialista
cuando hablaba de Andrés. Seguidamente, porque estaba de afán, el Padre José
le preguntó si sabía la forma de rescatar lo que Andrés llevaba de la novela sobre
valores. El señor Antonio, así se llama el editorialista, le dijo. Afortunadamente
Andrés me había traído parte de la novela con el fin de que la fuera leyendo. Así
que aquí la tengo. Si quiere se la entrego dijo don Antonio. Sí por favor dijo el Padre
José porque la continuaremos. No podemos permitir que la idea de Andrés muera
con él. El Padre José se disponía a despedirse cuando don Antonio, dijo: Padre
José en memoria de Andrés la editorial El Porvenir se encargará de evaluar,
corregir, diagramar, componer e imprimir la novela. Así mismo se encargará de
encuadernar e insertar al mercado el libro. El Padre José muy contento respondió:
Estoy muy agradecido Antonio. Dios le bendiga. El editorialista agregó: Claro que
el estilo de Andrés lo conozco muy bien. Como este caso es diferente, debo leer
todo el texto y si me gusta le haré el prólogo y lo que sea necesario para que quede
un libro muy completo.

El sacerdote quedó gratamente impactado por la generosidad de Antonio. Le


agradeció y se despidió. Luego se fue directo al arquidiócesis y después a su
parroquia.

Al llegar, el Padre contó a Amelita detalles de la muerte de Andrés. La joven entre


triste y desconcertada preguntó sin esperar respuesta: ¿Cómo es posible Padre aún
en el siglo XXI estar sumergidos en la violencia? El Padre dijo: también estoy triste.
Andrés era una persona muy importante para Colombia. Tenemos que resaltar el
gran valor de Andrés porque escribió —entre otros—libros de historia, dirigidos a la
juventud y la sociedad en general. Además, fue quien tuvo la idea de este proyecto.
Así que la mejor manera de homenajearlo es continuar la novela y luchar para que
sea leída en muchos establecimientos educativos y penitenciarios.

Amelita —dijo el sacerdote— aquí tienes los avances que logró Andrés. Lo demás
depende de ti de tu dedicación y entrega al proyecto.

Amelita luego de leer los borradores de la novela se dirigió a la casa-finca de


Manizales, residencia de los Galeano Araque donde tenía amigas muy especiales.
Fue recibida con efusividad, porque hacía varios años que no la veían. Ella también
se sorprendió porque encontró una nueva bebé cuando la anterior que ella conoció
de un año, ya tenía seis. Entonces preguntó: ¿cómo se llama esta preciosa bebita
con crespos color de sol brillante que adornan tan hermosa carita? Fue Luz Inés
quien respondió: Se llama Ángela María y agregó: es la niña de la casa, muy
mimada por todos.
Luego llegó Carmencita con sus hijas mayores quienes estaban comprando telas
para hacerle dos vestidos a Margarita María pues fue nombrada maestra de la
escuela del municipio luego de estudiar Pedagogía en la Normal de Amaga.

De una vez Carmencita sacó su máquina de coser Singer manual, que ya tenía
muchos años y nunca había pedido reparación pues se conformaba con limpieza,
aceite y el buen trato que no le faltaba. Se puede decir que todos los días trabajaba,
que algún pantalón o camisa para los varones, un remiendito aquí y otro allá, que la
ropa de casa, que los vestidos de las hijas. pero sobre todo los vestidos de las dos
mayores, sobresaliendo Margarita María que frecuentemente llegaba con un diseño
nuevo acompañado con el corte de tela del almacén de las Wolf o del de doña Laura.
Y que los botones deben ser así o asá y no quedaba contenta hasta que no los
conseguía. Como ya sabían de sus gustos era frecuente que viajaran a traerle de la
capital, lo que le hiciera falta.

Fue muy agradable para Carmencita y sus hijas, cuando regresaron de compras,
encontrar a Amelita en la casa. Se alegraron por su regreso al municipio y luego de
un refresco y de comentar las peripecias que pasan frecuentemente para encontrar
las telas y accesorios necesarios para los vestidos, le hicieron a Amelita, muchas
preguntas sobre sus estudios. Ella respondió con su popular sonrisa, hasta narró
varias anécdotas de las que sucedieron mientras estudiaba y afirmó que había
protagonizado algunas. El rato fue muy grato. Las frases y carcajadas llenaban la
estancia sin tapujos porque no se tenían que cohibir ya que no había vecinos en los
alrededores.

Luego Amelita anunció que contaría algo muy triste. Los rostros de sus
contertulias cambiaron. Seguidamente narró con detalles lo sucedido a Andrés.
Carmencita y sus hijas estaban tristes y sorprendidas. Qué ignorancia y qué ansias
de poder tan peligrosas, que llevan a sus protagonistas a matar a quien cuenta
hechos como los sucedidos en la Guerra de los Mil Días, en vez de aprender de
ellos para no volver a repetirlos.

Por un rato todos siguieron comentando sobre los peligros de hacer historia en
este país, hasta que Carmencita para romper el momento de dolor, rabia e
impotencia que los presentes y ella misma sentían, dijo: por otro lado, estoy
contenta porque es usted Amelita quien va a continuar este trabajo. La considero
una amiga y le tenemos confianza. La joven agradeció aquellas palabras y pidió a
Carmencita hablarle sobre el apellido Galeano y agregó: no es un apellido muy
común en el país y en el pueblo, ¿verdad? Y afirmó: Creo que ustedes son la única
familia Galeano en Titiribí. Sí, dijo Carmencita. Vamos a empezar la charla por el
álbum de fotos de la familia. Qué bueno —dijo Amelita— Podemos ir conversando
a medida que veamos las fotos. Y como el libro de la familia tiene en la pasta el
escudo de los Galeano. Amelita supo que empezarían por ahí.

Empecemos con un poco de historia. El apellido Galeano viene del Emperador


Romano Galiani, porque después de su muerte sus familiares convirtieron su
nombre en su apellido, fundando así este linaje. El apellido Galiani, sufrió una
variación lingüística debido a la incorrecta
pronunciación que de él hicieron las personas locales.

La familia se dividió en varias ramas que luego fueron


poseedoras de muchos territorios nobles. Con el tiempo fueron
favorecidos de manera significativa, debido a sus alianzas
estratégicas y matrimonios con descendientes de distintas casas reales europeas.
Los Galeano se han destacado siempre por ser hombres ilustres, vinculados a la
política, la diplomacia, la economía, la religión, la ciencia, la literatura, la milicia,
siendo muchos de ellos Honorables Caballeros, Condes, Vizcondes, Barones,
Marqueses, Duques, Archiduques o Príncipes. En Génova los Galeano ejercieron
el Patriciado y fueron notablemente poderosos en Francia.

Amelita que se mostraba gratamente sorprendida y admirada dijo: Leí todo lo que
Andrés escribió sobre los apellidos Araque y Echeverri. Así que al escuchar la
historia del apellido Galeano, lo único que puedo decir es que la familia Galeano
Araque cuenta con noble ascendencia y ustedes no solo han sostenido esta línea
genética, sino que los nuevos conocimientos que cada miembro va obteniendo, van
puliendo ya no la nobleza de sangre sino la nobleza de alma, de espíritu y de mente.
Gracias por tus palabras, dijo Carmencita. Esa es la principal nobleza.

Luego interesada en saber más, Amelita preguntó: ¿Y cómo llegaron a Titiribí?


Cuenta la historia, dijo Carmencita, muy posesionada de su papel como
historiadora, que un matrimonio Galeano que se había residenciado en Francia,
viajó a España con sus hijos. Uno de ellos fue Martín Galeano, el cual, al quedar
huérfano, se hizo militar, sirvió a la Corona Española y se hizo héroe en varias
batallas. Luego participó en la Conquista de 1935. Martín Galeano y sus hermanos
Pedro e Isabela introdujeron este linaje en Colombia donde aún se conserva. En
Antioquia se ubicaron en el oriente antioqueño, específicamente en El Peñol y
también en el municipio de Santo Domingo a principios del siglo XVIII. Después se
distribuyeron por otros municipios y ciudades.

Amelita que atenta escuchaba tan buen conocimiento sobre el origen remoto de
la familia, dijo: entonces ¿posiblemente fue así como los Galeano llegaron a Titiribí
y descendiente de ellos, el señor José Domingo quien formó una hermosa familia
con Carmen Julia Araque? preguntó Amelita. Sí así es —respondió Carmencita— y
agregó: Nosotros tuvimos un noviazgo corto, como era costumbre. Luego Amelita
preguntó ¿Y cuándo celebraron el matrimonio, usted y don José Domingo? Mi
matrimonio dijo Carmencita, fue celebrado como correspondía en aquella época a
menos de un año de habernos conocido y como yo era la última hija que contrajo
nupcias, mi padre fue especialmente generoso buscando que no me faltase nada.
Luego agregó mostrando la primera página del álbum, nosotros nos casamos un
viernes en la tarde. Esta es la foto. Amelita sonriente dijo: Que buen recuerdo son
las fotografías. Estaban ustedes en la mejor edad. Sí, respondió Carmencita. Si bien
nuestro noviazgo fue corto, el matrimonio ha sido largo.

Es verdad dijo Amelita. Y así tiene que ser respondió la entrevistada. Luego
aquella gran matrona suspiró y pronunció una hermosa reflexión sobre el
sacramento del matrimonio: “Primero que todo
ennoblece a los contrayentes y los dota de gran
paciencia, capacidad de respeto y del más
tierno, profundo e inmortal amor que se
despierta cuando nacen los hijos. A ellos, la
pareja que ya son solo uno, les entrega sin
reservas, el tiempo, cuidados, recursos y
enseñanzas de que dispone”.

¡Qué gran enseñanza sobre el matrimonio nos has dado —dijo Amelita—
incluyendo en su opinión a las hijas presentes! ¿Y eres feliz Carmencita? preguntó
Amelita. Sí, dijo Carmencita sin pensarlo y agregó: mi esposo es…ahí hizo un gesto
que no dejó dudas porque colocó sus dedos juntos en los labios y lanzó un beso,
levantando la mano y abriendo sus dedos, como cuando uno dice que algo es de
rechupete. Las presentes se ahogaron en risas y siguieron comentando el hecho,
hasta que llegó don José Domingo, quien, al contarle la expresión de amor de su
esposa, sonrió halagado.

Por varios días según cuenta Carmencita sus hijas molestaron a los dos
progenitores con el mismo gesto, en medio de sonoras carcajadas.

Amelita preguntó a su entrevistada si había trabajado varios años como maestra.


No, respondió ella. Solo ejercí mi profesión durante dos años porque al casarme
José Domingo me pidió que me retirara ya que pronto llegarían los hijos que él
especialmente anhelaba.

José Domingo es una buena persona. Apuesto, galante, caballero, cariñoso, de


copiosos recursos económicos y de muy buena familia, compuesta por su mamá —
María Jesusa— que quedó viuda en la guerra de Los Mil Días— dos hermanas
María Jesús y María Elena y la sobrina Teresa.

Este perfil del padre lo aprendieron las hijas e hijos en el hogar donde nunca
escucharon un mal concepto sobre alguien de la familia nuclear, ni al interior ni al
exterior de la misma. Lo mismo ha sido transmitido de generación en generación.
Nadie resalta defectos, más bien busca valores o explicación y comprensión de las
limitaciones de sus filiales.

Mientras que la pareja de contertulias se adentraba en la conversación, las horas


pasaban y las niñas de la casa se entretenían en sus juegos.

Hasta que de pronto se escuchó un grito de ayuda.


Ambas contertulias saltaron como un resorte, y se
desplazaron al lugar de donde provenían los gritos.
¿Qué pasó? ¿Por qué Carmen Luisa está en el piso
y Luz Inés por allá abajo? ¿Qué les pasó?
preguntaron al unísono Carmencita y Amelita.
Margarita María que casi no podía hablar por la risa
que tenía, respondió: El columpio se rompió porque nos montamos las tres y Luz
Inés como era la de arriba, voló hasta allá abajo. Carmen Luisa que estaba en el
piso llorando, dijo: yo me caí de nalgas muy duro. Y a usted Margarita ¿qué le pasó?
—preguntó Amelita— Margarita aun riendo respondió: Yo me monté en la mitad y
no me pasó nada ja ja ja.

Carmencita con tono enfático dijo: ¡Margarita deja de reír! y cura a tus hermanas!

Luego Amelita y Carmencita regresaron a la sala y continuaron su conversación.


Amelita pidió a su interlocutora que le hablara de su esposo. A lo cual Carmencita
respondió de nuevo llenándolo de elogios.

José Domingo es fiel. Valor que significa la predisposición a cumplir los


compromisos adquiridos con una persona, una serie de principios, una institución,
etc.

Mi esposo también era —continúa la entrevistada— muy respetuoso de mi


persona, de sus hijos y de quien tuviera la fortuna de encontrarse con él. Era muy
hogareño, su único vicio era el tabaco. Nunca dio castigos físicos a sus hijos. Más
bien se inventaba frases de galantería para elogiarlos. Los mesia en sus rodillas
simulando un paseo en caballo trotador. Siempre muy querendón de su familia.

En cada nacimiento de un nuevo hijo, era él quien después de la partera, se


ocupaba de atender mis necesidades y las de los hijos, ya que yo siempre fui reacia
a incluir a alguien extraño en la familia —dijo Carmencita.
Él también hacía de chef, pero racionaba mal porque a los que llegaban primero,
les servía a petición, mientras que para los últimos como quedaba poco, tenía que
ingeniárselas para que todos comieran suficiente.

José Domingo siempre me propuso —agregó Carmencita— conseguir quien me


ayudara, y yo respondía, determinada y enfática: Nosotros somos capaces de
atender la casa y los hijos e hijas que Dios nos mande.

Sin embargo, él no se daba por vencido y cada cierto tiempo, me insistía,


obteniendo la misma respuesta.

Amelita disfrutaba los relatos de Carmencita y a veces entre respuesta y


respuesta le formulaba una pregunta para orientar el curso de la conversación.

De pronto llegaron Carmen Luisa y Margarita María diciendo que Alberto y


Ricardo —sus amigos— estaban en la puerta invitándoles para ir a las 6 pm a
pasear por la Otramina por ser noche de luna llena. Como Julia Rosa y Luz Inés
escucharon y también querían ir, el permiso se extendió y la única condición fue
llegar antes de las 10 pm. Amelita que no sabía de estos paseos por haberse ido
muy joven a estudiar y porque su regreso es reciente, dijo: Yo también quisiera ir
¿puedo? Si dijeron en coro las presentes.

Como eran las 10 de la mañana Amelita queriendo aprovechar el tiempo porque


el paseo era a las 6 pm. decidió apurar un poco a Carmencita y retomando el curso
de la conversación dijo: Carmencita, cuéntame de tu otra familia paterna ¿Qué ha
sido de ellos? Carmencita respondió: Mi padre y hermanos me visitan
frecuentemente. También mis hermanos medios lo hacen. Aunque unos con más
frecuencia que otros. Carmencita no había acabado de hablar cuando de pronto,
una voz gruesa saludó en medio de una carcajada sonora. Es Ruperto, mi hermano
medio—dijo Carmencita—reconociéndolo al instante. Él se acercó hasta las
contertulias, saludó con su hermosa sonrisa que reflejaba franqueza, alegría y éxito
en sus negocios. Como las vio entre fotos y papeles preguntó: ¿qué hacen?
Carmencita le presentó a su amiga, le respondieron su pregunta y él se admiró,
pidió una copia del libro dijo que volvería luego y se alejó repitiendo para sí mismo,
una novela…sobre valores… sobre la familia ¿? Varios interrogantes poblaron su
cabeza y se dijo a sí mismo: ya tendré respuesta cuando lea el libro.

Al día siguiente, Amelita retomó su labor, diciendo: Veo que los días de ustedes
desde el inicio como pareja han transcurrido en paz y progreso. Sí, respondió
Carmencita y agregó:
Devolvámonos un poco para recordar algunos hechos. En los inicios del
matrimonio estábamos aprendiendo sobre la vida en pareja y después sobre la vida
en familia. Sobre la cual nunca termina uno de aprender.

Conviví con mi esposo como apoyo, sin cantaleta. Con mis hijos como guía que
orienta el buen camino, sin comentarios que de pronto pueden ser verdaderos, pero
que siempre son molestos o hasta dolorosos para el sujeto-objeto de ellos. Talvez
soy muy exigente, cuidando mucho de que mis hijos vayan por el camino correcto.
Siempre cumplidora del deber, católica apostólica y romana primero que todo y muy
conservadora como mi padre claro está, aunque aún las mujeres no pudiéramos
votar. También ordenada, fiel, educada y muy inteligente —agregó Amelita— a lo
que Carmencita como ratificando lo dicho por su interlocutora, respondió: También
confecciono la ropa de casa y los vestidos de mis hijos, arte que auto aprendí con
la máquina de coser Singer que mi papá me regaló. Mi esposo siempre me ha
apoyado regalándome cada revista de moda que llega al pueblo.

Entonces entre atender la casa y confeccionar el ajuar para cada futuro hijo o
hija, pasaban los días de Carmencita, concluyó Amelita.

Luego pidió a Carmencita hablarle de cuando empezaron


a venir los hijos.
A Carmencita se le iluminaron los ojos como si fuese muy
fácil parir nueve hijos y cuidar, alimentar y educar ocho que
sobrevivieron. Entonces dijo: una hermosa mañana de
febrero, nació Luis Hernando, el primogénito. Fue una total felicidad para nosotros
como pareja. Nos entregamos de lleno al cuidado y protección del bebé hasta
preocuparnos exageradamente por su bienestar según comentábamos a medida
que llegaban los otros hijos.
Luis Hernando como bebé, saludable, tranquilo y muy bien portado. Nunca hizo
pataletas o llanto sin motivo. En su niñez y siempre fue muy buen estudiante. A
partir de tan feliz nacimiento del primogénito, Carmencita casi siempre estaba en
proceso de gestación o de amamantamiento como era la costumbre para las
mujeres en sus dos y hasta tres primeras décadas de matrimonio.

Amelita escuchaba atenta aquel relato tan interesante según decía. Escribía
algunas notas en su libreta —obsequio del Padre José— y no se atrevía a
interrumpir a Carmencita, que orgullosa de su hijo continuó diciendo: Luis Hernando
en su juventud sintió que aquel pueblo le quedaba pequeño. No llenaba sus
expectativas. Entonces se regaló para prestar el servicio militar en Bogotá.

¿Qué dices Carmencita? ¿Luis Hernando prestó servicio militar? Preguntó una
voz a medida que avanzaba por el hall de entrada a la casa. Era Alicia la joven que
visitaba la casa cada vez que iba al pueblo. Esta vez se presentó como de
costumbre sin avisar llamando la atención e interrumpiendo conversaciones con sus
fuertes voces desde la puerta de entrada. Como siempre llegó raramente vestida,
con sombrero, gafas de sol y muy maquillada.

Más que moderna parece un espantapájaros, dijo después Carmencita a sus hijas
y agregó: Supe que está enamorada de Luis Hernando, aunque hace solo unos
meses que lo conoció.

A raíz de la sorpresa que le produjo la recién llegada, Carmencita hizo una mueca
de disgusto y como ya la tenía enfrente le preguntó: ¿Usted por qué no tocó la
puerta? Ella respondió: la puerta estaba abierta. Sí así se mantiene —dijo la dueña
de casa— pero toda persona extraña que llega, toca la puerta.

Al darse cuenta de que, con esa visitante, la educación era en vano, Carmencita
continuó la conversación que traía con Amelita. Así que dijo: Desde muy pequeño
Luis Hernando entendió que el servicio militar podía ser el primer escalón a subir en
su búsqueda de éxito personal, profesional y económico. Él es muy Optimista. El
Optimismo permite observar la realidad considerando las posibilidades y aspectos
más favorables. ¿Y le fue bien en el ejército? Preguntó Amelita. Sí, más que bien,
se apresuró a decir Carmencita. Aprendió muchas normas y conocimientos nuevos.
Desarrolló destrezas, adquirió Competencias que le facilitaron la vida y le abrieron
muchas puertas.

Amelita mostrando cuánto admiraba la decisión del joven dijo: Tener capacidad
o competencia es haber desarrollado ciertas habilidades que se consideran un valor
para elegir a participantes de determinadas tareas grupales y a veces trabajos. Las
Capacidades se desarrollan a través del aprendizaje y la superación.

Y Alicia queriendo participar en la conversación y como si quisiera demostrar sus


conocimientos de la milicia dijo: sólo con aprender la disciplina militar ya tiene
bastante y agregó: Yo tengo un fetiche con el uniforme militar.

El silencio que llenó la estancia dejó el ambiente pesado. Amelita quería salir
corriendo y Carmencita con su cara roja de vergüenza o de impaciencia por tantas
ocurrencias en una sola persona trató de ignorar lo que había oído.

Entonces dijo: Hasta un telegrama de felicitación me enviaron como madre del


cadete. Luis Hernando, escaló posiciones en el ejército, recibió muchos honores y
felicitaciones.

Alicia no le dio mucha importancia a aquel logro pues sobre todo quería saber
dónde estaba Luis Hernando. Entonces preguntó: y ¿él volvió al pueblo o se quedó
en la capital? Regresó a Bogotá, dijo Carmencita, sin dirigirse a alguien en especial
y sin querer agregar nada más.

Amelita estaba sorprendida por la efusividad y desfachatez de la visitante y como


entendió la poca gracia que le hacía a Carmencita decidió despedirse y llevarse a
Alicia por lo que la invitó a un helado en el parque. Ella aceptó gustosa se
despidieron y se fueron.

Luis Hernando al que veía su familia tan apuesto y maravilloso hermano mayor,
a veces llegaba de permiso con su uniforme militar el cual portaba con elegancia y
orgullo. También a veces llegaba con uno de sus compañeros lo cual ocasionaba
en sus hermanas motivo de fiesta. Pues eran pocas las oportunidades de conocer
una nueva persona.

Al día siguiente cuando Amelita regresó pidió a Carmencita que le terminara la


historia sobre Luis Hernando. Sin mediar más palabra la orgullosa madre dijo: en
realidad él viajó a Medellín para estudiar y trabajar. Vivió en casa de Inés su prima
a la que siempre hemos agradecido la hospitalidad brindada. El conocimiento en
aquella época ahora y siempre ejerce sobre él gran atracción. Tanto que continuó
sus estudios y mientras se encumbraba como Sociólogo trabajaba en el Banco de
Bogotá.

Cuando fue necesario en su familia, Luis Hernando siempre estuvo presente.


Hubo un momento en el que el pueblo no se pudo estirar más para completar la
educación y las oportunidades de trabajo para sus hermanas.
Entonces la familia se trasladó a la capital.

Luis Hernando consiguió y pagó una hermosa casa en uno de los mejores
municipios del Valle de Aburra.

Por ser gran amante del conocimiento siempre estuvo dispuesto a apoyar a las
hermanas en sus estudios. Así fue como asumió los costos de la universidad de
Luz Inés. También ayudó a Julia Rosa para entrar a trabajar en uno de los
principales bancos de la ciudad. Las otras hermanas llegaron a la ciudad con trabajo
unas y estudio otras. Esto es Colaboración. ¡Qué gran valor! Colaboración significa
ayudar y servir de manera espontánea a los demás, hasta en los pequeños detalles,
esto conlleva a vivir en paz y en armonía con nuestra sociedad y medio ambiente.
Colaborar es responsabilidad de todos.

Luis Hernando, se empleó con éxito en una gran empresa hasta jubilarse.
Después se inició como emprendedor desempeñándose como gerente de su
empresa y destacándose en el medio. Se ha hecho acreedor de homenajes y varios
premios de las agremiaciones y de las distintas autoridades del departamento.
Con su esposa participa en varias obras sociales porque uno de sus compromisos
como ser humano es con los que más necesitan. Inclusive se ha propuesto publicar
cada año un libro —lleva 23 de ellos— todos llamados “Mi compromiso”. La
orgullosa Carmencita, cogió de la biblioteca uno
de los libros y se lo entregó a Amelita diciendo:
Mira éste es el libro Mi Compromiso N° 23. Éste —
dijo señalando la portada— es mi bisnieto,
Samuel.

Al ver el libro, Amelita solicitó tener acceso a todos los ejemplares publicados en
los años anteriores. y luego sugirió al Padre José incluirlos en la bibliografía de los
cursos prematrimoniales y en los distintos grupos pastorales de la parroquia porque
contienen artículos, pensamientos, valores, enseñanzas, reflexiones etc. que
permiten a quienes tienen la oportunidad de leerlos, reflexionar sobre la forma de
tener una vida fructífera que impacte positivamente en la sociedad.

El Padre José que no conocía “Mi Compromiso” quedó gratamente sorprendido


y pidió a Carmencita regalar a la parroquia los ejemplares que pudiera. Ella
encantada asumió esta tarea y cada año envía a la parroquia un nuevo libro “Mi
Compromiso”. Qué valor tan importante es el Compromiso. Este consiste en
responder con hechos a la responsabilidad que tiene todo ser humano como
miembro de una sociedad. La conversación fue interrumpida por Carmen Luisa
quien llegó con un jugo de lulo con galletas para Carmencita y su interlocutora.
Gracias dijeron. Amelita preguntó a Carmencita si podían continuar con la charla.
Carmencita no respondió. Más bien con amplia sonrisa dijo: el segundo en la familia
fue José Gabriel, como bebé, rubio, saludable, hermoso; cuando niño y joven, muy
bueno en casa y muy apegado a la mamá. Para mí, su existencia iba a ser ejemplo
de conocimiento, pero su vida fue malograda cuando apenas empezaba por un
profesor que no entendió las pilatunas del niño. Amelita sorprendida, miró a su
amiga preguntándole ¿cómo sucedió aquello?

Sucedió así —dijo la madre triste y aún ofendida— Un día José Gabriel no asistió
a la escuela por quedarse viendo el desorden que hacían los novillos cuando los
sacaban de la manga al noroeste del área urbana del municipio, cerca de la casa,
para llevarlos por varias calles en total fiesta de carreras, gritos y lances de toreo de
los más avezados, hasta el matadero al suroeste.

Al día siguiente el rector de la escuela le preguntó al niño: ¿por qué su falta de


asistencia? El niño dijo la Verdad. Pero no siempre es útil ser sinceros con quienes
ejercen autoridad, porque puede haber consecuencias nefastas y muy injustas. La
Sinceridad consiste en ser, pensar y expresarse de una forma pura, sin dobleces,
ni secretos retorcidos. Así lo hizo el niño seguramente pensando que el rector
entendería que aquella fiesta espontánea del pueblo y los animales, que nunca
resultaba igual a la anterior, era mucho mejor que estar entre cuatro paredes
sometido a disciplina rígida, obediencia y teniendo
que aprender por simple escucha, tiza y tablero lo
que quisiera el profesor que nunca preguntaba si sus
alumnos querían saber lo que él sabía.

El rector entendió mal y mal procedió. Mal porque le


impuso al niño un castigo cruel. Lo colgó del mentón
en un tablero móvil. Su cerebro se distorsionaba, su cuerpo colgaba y sus piernitas
se movían buscando algo que les diera apoyo. Su vergüenza fue mayor cuando
todos los niños salieron a recreo. Unos simplemente miraban, otros señalaban,
muchos se reían y hablaban entre sí. Y para colmo el rector se cuidó sí o sí, de que
todos supieran el motivo del castigo. En todo caso el rector estaba satisfecho porque
José Gabriel sirviera de escarmiento.

¡Qué mal entendía don Roque la autoridad! y su labor docente, dijo Amelita.

El niño —continuo Carmencita— aprendió que la educación era sinónimo de tortura


y humillación. Así que no hubo poder humano que lo hiciera volver a la escuela,
sobre todo porque esa era la única institución educativa para varones que existía
en Titiribí. Los castigos, ruegos, regalos etc. fueron en vano. Carmencita lo llevaba
obligado a la escuela y él se volaba.

Entonces se quedó sin estudiar. Eso le bajó su autoestima, le malogró su niñez y


juventud y le limitó su campo de acción como adulto. El recuerdo de ese hecho,
nunca se fue de la mente de su familia.

Estaban en medio de la charla cuando de pronto Carmencita se puso de pie. Se


acordó de algo, pensó Amelita.

Carmencita llamó a Julia Rosa ¿dónde estará esa niña? le preguntó a Margarita
María que jugaba en el patio central. Carmen Luisa que también estaba allí dijo:
Julia Rosa salió pasitico para que usted no la viera. Entonces dirigiéndose a Amelita
dijo: A esta niña le encanta hacer visitas y si es a personas viejitas aún más.
Entonces es mejor que dejemos la charla para otro día porque tengo que buscar a
mi hija.

Y dirigiéndose a Margarita María le pidió ir donde las Córdoba para ver si está
allá. Efectivamente allí se encontraba conversando. Cuando llegó la mamá la
castigó y por ocho días no pudo visitar a ninguna de sus casas amigas. Julia Rosa
cumplió el castigo porque sabía que, si no lo hacía luego sería no el doble sino el
triple o hasta más días, sin esas visitas que tanto la entretenían.
Dos días después Amelita volvió a sus entrevistas y Carmencita la esperaba pues
sabía que faltaba hablar de todas sus hijas. Sin embargo, la avezada entrevistadora
preguntó a Carmencita si le podía hablar más de José Gabriel. Sí con mucho gusto
—contestó la señora— y luego dijo: Siguiendo con la historia de José Gabriel, hay
que describirlo como un maravilloso ser humano.

Cuando joven fue cumplidor, respetuoso y amoroso con su familia y sus


congéneres. Tuvo siempre alta capacidad de trabajo y fue exitoso.
Viajaba mucho pero siempre regresaba a casa.

Carmen Luisa que pasaba por allí, y que escuchó lo que contaba la mamá dijo:
Amelita yo estoy muy triste porque se fue mi compinche. Quedé sola. Gabriel me
acolitaba en todo, otras veces yo lo acolitaba a él. ¿Cómo? dijo Amelita ¿en todo lo
acolitabas? ¿qué quieres decir? La pregunta se quedó sin respuesta porque
Carmencita que había aprovechado la interrupción de la adolescente para ir por un
refresco, llegó con una deliciosa y fresca limonada para Amelita. Entonces,
Carmencita pidió a Carmen Luisa atender a Ángela María que despertó de su siesta
llorando.

Carmen Luisa pidió permiso y se fue. Amelita luego de tomar el refresco, dijo:
¿Carmencita, Margarita María es la tercera en nacer?

Si Margarita María es mi compañerita. Es una vivaz, inteligente y muy hermosa


niña con sus crespos adornando su carita. Era frecuente que las personas al
saludarla resaltaran su gran parecido con la mamá. Ella cuando niña se entretenía
sin descanso con los dos hermanitos mayores; jugaban con la pelota, corrían,
saltaban lazo, brincaban obstáculos, se subían a los árboles etc.

Muy activa siempre. Margarita María no juegues eso,


le decía la mamá y ella preguntaba como lo hacía
siempre. ¿Por qué mamá? Porque te puedes lastimar.
Tranquila mamá. No me pasará nada. Mis hermanos
me cuidan. Y seguía subiendo a los árboles, brincando,
corriendo y gritando. Carmencita entonces decidió vestirla con pantalón porque su
intimidad era lo que más le preocupaba, a pesar de estar en aquellos años de la
cuarta década del siglo XX cuando el vestido era aún muy caracterizado por el
género de quien lo usaba. Así es —dijo Amelita—y agregó: La verdad es que me
llamaron la atención las fotos de Margarita María y Carmen Luisa cuando pequeñas,
porque siempre aparecen con pantalones.
Al año siguiente nació la hermosa cuando niña, cuando joven, cuando adulta y
también ahora que es mayor, Carmen Luisa. Tan rubia como el sol y tan blanca
como el algodón. Siempre con su cabello ondulado y bien peinado, algunas veces
por Margarita María que le hacía el “mango”, “el banano”, o el “pandequeso”.
Inquieta y amante de hacer compinchería con su hermano Gabriel para lograr
impactar más, cuando de travesuras se trataba. Dicha compinchería les hacía más
fuertes y por consiguiente las pesadeces y burlas hechas a sus hermanas no tenían
despique.

Siempre me he preguntado —dijo una de sus hermanas— ¿por qué estos


hermanos disfrutan haciéndonos sufrir? y para ajustar el castigo que Carmencita
imponía era que ambas hermanas se dieran un beso en la frente en son de paz.
Habría que ver qué paz era posible en la mente de quien se sentía ofendida y no le
ofrecían disculpas.

Estaban las contertulias analizando las relaciones —a veces difíciles— entre


hermanos cuando Carmencita deseosa como siempre de impartir una buena
crianza a sus hijos y aprovechando la oportunidad que se le presentaba, dijo a
Amelita: Sé que no tienes hijos y tampoco hermanos. Amelita le interrumpió y dijo:
Es cierto.

Pero —dijo Carmencita— tú has estudiado mucho sabes mucha teoría entonces
seguramente tienes alguna idea sobre la educación de hijos con pocas
oportunidades para distraerse. Amelita entendió lo que su anfitriona quería y con
gran sapiencia y humildad dijo: Lo mejor es hablar con ellos desde que están en el
vientre, también cuando son bebés y luego más aún. Con mucha creatividad, con
juegos y caricias, mostrándoles mucho, mucho amor y ridiculizando los
comportamientos inadecuados, más nunca a sus autores.

Amelita agregó: tú tienes una familia hermosa y bien educada. Así que no te
preocupes. ¿Bueno?

Todo con la ayuda de Dios, respondió

Carmencita. Sin embargo, lo que me has dicho es muy bueno. Lo voy a tener en
cuenta y lo aplicaré de ahora en adelante.
Luego de una conversación tan profunda según opinión de Carmencita, ella
misma dijo: Un 10 de junio nació mi quinta hija Luz Inés, qué susto nos dio porque
a pocas horas de nacida se le soltó el amarre del ombligo. Casi se desangra. El
papá corrió al hospital y gracias a Dios regresó con mi cachetoncita. A partir de ese
momento Luz Inés ha sido muy saludable, hermosa e inteligente para gozar de la
ciencia y del saber que atesora cual banquero sus monedas. Estudió Sociología y
después investigación. La enseñanza de Sociología e investigación fue su
ocupación en la Universidad Surcolombiana donde pasó sus mejores años con
inquietos estudiantes y consagrados y apreciados
compañeros y amigos. Es amante de los saberes propios
y de los de extraños. Lee mucho y también escribe.
Procura siempre que sus escritos sean bellos y además
cumplan una función social.
En suma, el conocimiento y el servicio a través de él, es su motivación. También
le gustan las experiencias nuevas, conocer sitios nuevos, nuevas personas, nuevos
paisajes y nuevas ciudades. Tiene sangre nómada porque cuando un sitio no le
ofrece nuevas experiencias, busca uno nuevo y después otro y otro, siempre con la
dualidad a cuestas ya que es una legítima géminis con ascendente Leo. Es muy
racional. Siempre busca la causa lógica de los hechos. Analiza, evalúa y decide.

Amelita visiblemente admirada dijo: Entonces es muy intelectual. Carmencita


contestó: Sí, efectivamente, pero yo quería algo diferente para ella, porque era una
niña muy católica. De misa y comunión diaria. En Semana Santa se quedaba
noches enteras en velación del Santísimo en compañía de las hermanas del colegio.
Yo estaba muy contenta porque Luz Inés podía llegar a ser religiosa. Aún rezo a
Dios para que eso se dé dijo Carmencita.

De pronto pasan corriendo dos niñas muy asustadas, detrás de ellas pasan sus
hermanos disfrazados: José Gabriel con zapatos en sus manos, sus brazos
estirados y Carmen Luisa con sus manos sobre los hombros de José Gabriel y la
cara inclinada hacia atrás y pintada de blanco. Los dos cubiertos con una sábana
blanca simulando llevar un muerto.

La madre toma del brazo a José Gabriel y les dice a ambos: aunque su graciecita
es un juego y sus hermanas lo conocen, aún las asusta. Así que nunca vuelvan a
jugar eso. Por ahora quédense sentados a mi lado. El joven se quedó molesto
diciendo entre dientes, Carmen Luisa fue la de la idea. La madre no le prestó interés
a la pataleta del joven. Carmen Luisa en cambio reía a carcajadas lo que molestó
mucho a su hermano, quien tenía su cara roja y su mirada expresaba lo mal que
tomaba el castigo.

Entre todos los hermanos, esos dos eran los más rubios y su capacidad de enfado
no tenía límites. Amelita se despidió al darse cuenta de que la madre necesitaba
espacio para atender a sus hijos.

Carmencita le dijo: cuando necesite volver, será bienvenida. Amelita le agradeció


y se fue.

A los tres días Amelita decidió regresar a casa de su familia protagonista,


deseosa de recibir información sobre los hechos posteriores a los obtenidos hasta
el momento. Ella era consciente de la premura del tiempo, pues estamos a principios
de diciembre, ya casi salen a vacaciones los estudiantes y regresan a clases
empezando febrero, decía a su padre. A lo que él respondió: también en la editorial
se demora. Con tono preocupado Amelita dijo: debo recoger la información que falta
y en unas dos o tres semanas podré terminar la novela.

Con esa ilusión iba Amelita dispuesta a poner todo de su parte para lograr su
propósito. Como había pasado en otras ocasiones en el trayecto de su casa a la de
Carmencita, Amelita fue detenida por varias personas, pero esta vez fue distinto,
talvez por la premura que llevaba la escritora. Algunas no sabían que había llegado
de sus estudios, otras personas lo sabían, pero no habían podido hablar con ella y
algunas más solo querían información sobre su vida personal: que si ¿ya se casó o
tiene novio? ¿dejó por allá a alguien que le robó el corazón? ¿se volverá para la
capital o él vendrá? ¿cuándo se casarán?

Amelita sorteó la situación y al rato suspiró profundo, cuando por fin logró llegar
a la casa de los Galeano Araque. Tocó la puerta, la recibió Carmen Luisa y luego
del saludo como hermana mayor entre las que había en casa en ese momento,
antes de atenderla, le ordenó a Martha Lucía y a Julia Rosa ir a hacer tareas. Ellas
salieron. Con más disposición Martha Lucía que Julia Rosa. Después ésta mamá
por encargo, contó a Amelita que la mamá había viajado a la capital con Margarita
María y se quedarían un mes.

Amelita hizo un gesto de preocupación, entonces Carmen Luisa sintió que aquella
mentirilla estaba causando un problema. Por eso dijo: Pero puede que vengan
antes.

Amelita agradeció la información y se retiró. Se fue triste, pensando en qué haría,


para que el trabajo no se estancara un mes. Muchas preguntas sobre lo que podía
hacer durante ese mes, llegaban a su mente. ¿Entrevistar directamente a las hijas?,
¿ a personas que les conocen?, ¿al Padre José?, ¿a las profesoras del Colegio?.

Esa misma tarde cuando Carmencita y su hija mayor llegaron, Carmen Luisa con
expresión entre picarona y temerosa, les contó lo que había dicho a Amelita. En
castigo Carmencita le ordenó ir a casa de aquella señorita y amiga a ofrecerle
disculpas y decirle que al día siguiente podía ir a continuar con el trabajo.

Carmen Luisa sintiéndose entre enojada y culpable, procuró zafarse de aquel


castigo. Sus argumentos eran que tenía que hacer tareas, que seguramente Amelita
no le creyó y mañana viene como si nada, que Amelita vive muy lejos de ahí, que la
mamá no le presta atención por conversar con Amelita, que esto y que lo otro, pero
nada valió. De todas maneras y ella lo sabía, una orden de Carmencita se cumplía
sí o sí.

Cuando Carmen Luisa llegó a casa de Amelita, ésta se sintió extrañada y hasta
pensó que era portadora de malas noticias. Carmen Luisa le explicó la travesura y
le presentó disculpas tal como se lo había ordenado la madre. Amelita se sintió
aliviada y dijo que al día siguiente iría a continuar las entrevistas. Cuando Amelita
llegó a casa de su entrevistada, ésta trató de disculparse por las travesuras de su
hija. Amelita no se lo permitió porque son cosas de una joven que busca divertirse
y yo ya lo he olvidado.

Luego Amelita contó a su entrevistada lo afanada que estaba para que el libro
estuviera listo cuando empezaran las clases. Con mucho gusto — respondió
Carmencita— yo le espero por acá el día y la hora que considere necesaria. Amelita
agradeció y luego se dispuso a escuchar a Carmencita que alegremente hablaba
sobre su hija Julia Rosa. Linda niña extrovertida que pequeña y también grande
supo explotar su hermoso rostro, así como su locuacidad. Gustaba de visitar a los
vecinos y si ancianos mejor para conversar largos ratos. A pesar de que sus
relaciones amorosas han sido duraderas su capacidad de amor es tan grande que
le ha alcanzado para dos matrimonios. Es reputada detective, periodista y cronista
en el área forense. Sus trabajos en esta faceta de la justicia han sido premiados por
el PEJUCO periodismo judicial colombiano al que pertenece. Son muchos los jueces
que leen sus crónicas, y solo así han logrado aclarar delitos que de otra manera
quedarían impunes por siempre o en el mejor de los casos por mucho tiempo. Julia
Rosa es persistente porque no permite que nada la frene cuando de lograr sus
objetivos y metas se trata. En sus investigaciones, nunca da por terminado un caso
si no tiene identificados a los culpables y si no tiene las pruebas que los incriminan.
Luego los publica con lujo de detalles en el periódico más amarillista de Medellín.
Los señores de los talleres, así como sus esposas y muchas más personas asiduas
lectoras de las crónicas de doña Rosita — así es conocida— disfrutan su columna
“Expresión Forense”.

En ese momento alguien tocó la puerta. Era el vendedor de periódicos.


Inmediatamente, Julia Rosa compró un ejemplar. Tenía la crónica sobre la masacre
de dos líderes sociales, que en la noche anterior ella había enviado a ese medio de
comunicación.

Amelita felicitó a la cronista y seguidamente pidió a


Carmencita si le podía informar sobre los hechos
posteriores a la última entrevista. Así fue como Carmencita
empezó diciendo: Julia Rosa tenía tres años cuando nació
Martha Lucía, pero la bebé murió con escasos ocho meses.
Al año siguiente nació otra niña, se le llamó también Martha Lucía. Nos gusta mucho
ese nombre. Martha Lucía es una niña muy hermosa, obediente, paciente, estudiosa
e inteligente. Me inspira mucha ternura. Está siempre intentando ser mejor hija,
mejor hermana, amiga, madre y abuela ahora que es mayor.

Que maravillosa

séptima hija ¿verdad? dijo Amelita y agregó: Veo que es muy especial contigo. Y
con todos, respondió Carmencita. Luego tomó aire respiró profundo y dijo: todas y
todos son maravillosos. Te cuento más sobre Martha Lucía: Ella se hizo maestra y
tal vez ahí adquirió tantas cualidades o ya las tenía y por eso se hizo maestra.

¿Cuál es la principal cualidad de Martha Lucía?


preguntó Amelita.

Carmencita respondió: Sobre todo tiene mucha


Paciencia que es la capacidad de sufrir y tolerar
desgracias y adversidades o cosas molestas u
ofensivas, con fortaleza, sin quejarse ni rebelarse. Martha Lucía se dedicó a la
educación durante casi 30 años. Introdujo al saber a varios miles de niños.
Ha escrito varios libros. Entre ellos la biografía de Carmen Julia Araque.
Últimamente se ha hecho enfermera de cabecera de la mamá que como viejita con
100 años requiere algunos cuidados.

De momento llegó a la sala una señora que dijo ser vecina y llamarse Ana. Como
Carmencita fue a traerle el vestido que le había confeccionado, Amelita le preguntó
a la vecina si hacía mucho que conocía a la familia. Sí respondió Ana.
Luego entró corriendo Ángela María y como Carmencita llegó, la niña se le pegó
de la falda. Entonces Carmencita le preguntó: ¿Qué quieres hija? ¿qué te pasa?
Tengo hambre mamá, dijo la niña. Carmencita llamó a Margarita María para que le
trajera algo a Ángela María.

En efecto le trajo un vaso de leche a la niña y un jugo de mango a la invitada. Ana


—la vecina—ya se había despedido.

Luego Carmencita dijo: Ángela María por lo demorada en llegar podría haber sido
hija de uno de los tres hermanos mayores. Es mujer hermosa, protegida y cuidada
por todos. Ella siempre ha sido la reina de belleza,
de la familia primero y de la estética después porque tiene un gran sentido de la
belleza.

CAPÍTULO 9

Avanzaba la sexta década del siglo XX. Amelita visitaba diariamente a la familia
protagonista porque estaba empeñada en completar el libro con las
recomendaciones que le dio el Padre José, cuando le dijo: Es necesario sumergirse
en el objeto de estudio, integrarse a él lo más posible para poder ver lo invisible.

Amelita le comentó a Carmencita los deseos del sacerdote, ella aceptó y


entonces las visitas a la familia Galeano Araque fueron más frecuentes y duraderas.
Amelita se quedaba días enteros participando en las labores cotidianas ayudando
en los arreglos de la casa, lavada de la losa, o ideaba juegos nuevos que las niñas
de la casa disfrutaban.

A veces eran tan entretenidos los juegos que no permitían a Amelita concentrarse
en la entrevista a su anfitriona.

Amelita pensaba a veces que el participar demasiado en todas las actividades de


la familia estaba demorando mucho el avance de la novela. Pero como a ella los
juegos y las ayudas que hacía a la familia la entretenían mucho, esto se volvió
cotidiano.

Uno de esos días, estaban iniciando la entrevista cuando de pronto llegó una
mujer extraña hasta que se presentó. Era Alicia, la enamorada de Hernando —así
la llamaban— hacía mucho tiempo que no había vuelto. Llegó muy diferente. Ese
día se supo de su vida más de lo necesario.
Ella la contó con gran detalle y desparpajo. Es una vida muy desordenada. Ahí
estaba la explicación del gran cambio que tuvo su rostro y su cuerpo. Sin pedírselo
Alicia sacó una foto de su cartera. Era la Alicia que conocíamos y luego sacó otra
foto de la actual Alicia para mostrar lo hermosa que se había puesto. Según ella.
Claro que fueron las preguntas que como periodista
de farándula le hizo Luz Inés, las que le dieron a
Alicia la oportunidad de contar todas sus hazañas.
Ella comenzó diciendo: nunca me gustó mi
cuerpo. Carmencita abrió sus ojos como canicas.
Luz Inés le preguntó: ¿y tú cara tampoco te
gustaba? ¿y ahora si te gusta? Alicia se sintió mal
y calló. Luz Inés para arreglar un poco lo dicho le dijo: siempre consideré que eras
linda y ahora eres más linda. Todas le miraron sin comprender tal elogio. Nadie
decía nada.
Salvó la incómoda situación, Carmen Luisa quien ofreció una espumosa taza de
café con leche para cada una de las presentes. Todas le agradecieron. También
José Gabriel que estaba de salida, pero al ver a Alicia llegar, le entró curiosidad al
verla tan distinta.
Alicia empezó a beber el café con leche tan rápido que Carmen Luisa le dijo:
cuidado te quemas Alicia. Ella no respondió, siguió bebiéndolo como buscando en
él, algo que le ayudara a salir de tan incómoda situación. Luego sin son ni ton, le
preguntó a Carmen Luisa quién la había peinado. Ella respondió con orgullo: estoy
luciendo mi cabello en forma de “mango”, como lo denomina Margarita María quien
acaba de peinarme. A Julia Rosa en cambio muy temprano le hizo el “banano”.

Después Alicia empezó a hablar como si hubiera decidido decir todo sin importar
lo que pensaran. Entonces dijo: les contaré qué he cambiado en mi cuerpo.

Y en tu cara también cuéntanos qué te has hecho dijo Julia Rosa mientras
cambiaba de silla para quedar más cerca de la visitante y no perderse nada.

Alicia echó su cabello hacia atrás con el cuidado y gesto de una reina de belleza
y se acomodó en la silla de manera que quedara muy visible el perfil que más le
favorece, según le dice el fotógrafo de la empresa de modelaje donde trabaja. Alicia
procuraba dejar evidente su belleza y muy claro el éxito que aquellas decisiones le
han traído.

Pero poco le sirvió todo su esfuerzo. Carmencita que hacía rato se mostraba
molesta con aquella visita y buscaba la manera de deshacerse de ella, sobre todo
por la forma como dicha señora presentaba normal lo anormal, saludable lo
insalubre, deseable lo indeseable, se armó de valentía y segura de que la situación
ameritaba palabras fuertes, dijo dirigiéndose a Alicia: usted tiene todas las cirugías
posibles y se ha estirado tanto la cara, que ya perdió las facciones que Dios le dio.
Y como si fuera poco aquello, le preguntó: ¿cómo logró el dinero para tal
transformación?

Alicia que ya no distinguía entre dignidad e indignidad o tal vez para injuriar aún
más a la matrona dijo: yo me casé con mi segundo marido que me lleva 30 años
porque estaba dispuesto a pagar todas mis cirugías. Y luego como para suavizar
semejante pérdida de valores, pero embarrándola más, dijo: tuve con él un hijo que
cuida mi mamá porque a mí no me queda tiempo.

Carmencita después de que la visita se fue dijo: La tía de esa señora me contó
que su sobrina lleva tres matrimonios y tiene dos hijos que deja al cuidado de la
abuela.

Nada le gustaban a Carmencita las visitas de Alicia. Siempre se le notaba el


deseo de que por fin se despidiera. Temía que sus hijas se sintieran atraídas por
aquella vida pues se veía que plata si dejaba, pero tan alejada de Dios que no podía
permitirse nunca. Luego agregó: “Prefiero ver una hija muerta que saber que ha
cogido esa vida”.

Después de que Alicia se fue José Gabriel dijo: lo único feo que ella tenía estaba
en su mente. Y ahí quedó, dijo Margarita María. Y Carmencita agregó: creo que ella
terminará mal porque la vida es justa. Considerar la justicia como valor, es buscar
que cada uno reciba lo que merece. Amelita suspiró profundo y se despidió diciendo
que volvería en pocos días.

En efecto, a la semana siguiente en un sábado soleado que hacía calor y las calles
estaban solas, Carmencita escuchó un llamado en la puerta. Era Amelita.
Carmencita la recibió muy bien no solo por la estimación que le tenía sino también
por la gran alegría que le produce participar en este proyecto que beneficiará la
educación del municipio. La gran señora estaba cosiendo un vestido para Martha
Lucía. Se lo estrenaría el día de su cumpleaños. Como era sorpresa, los ratos en
que la niña estaba en el colegio eran los únicos en que podía adelantar su costura.
Así que Amelita se ofreció para hacer el almuerzo. Carmencita le agradeció y
adelantó tanto el vestido que después necesitó poco tiempo para terminarlo.
Al día siguiente Amelita llegó temprano y fue invitada por Don José Domingo a
tomar una taza de café. Mientras degustaba el café Amelita pidió a su anfitriona que
estaba como muchos otros días, sentada frente a su máquina de coser, que por
favor le ampliara la información sobre sus hijos. Si dijo ella mientras aceitaba la
máquina para el trabajo del día porque terminaría el vestido de Martha Lucía y con
ésta tela le haré un vestido a Margarita María dijo orgullosa levantando un corte de
tela hermoso que tenía en una cesta a la izquierda de la mesa.
Qué hermosa tela dijo Amelita pensando en lo bueno que sería que le hiciera a
ella también un vestido. Pero no se atrevió a decírselo porque con su familia
Carmencita tenía trabajo de tiempo completo.

De un momento a otro y sin pedírselo, Carmencita dijo: le contaré más sobre mis
hijos. ¿Se acuerda usted de Alicia? empezó diciendo. Si claro —dijo Amelita— Y
Carmencita continúo: Ella venía tanto porque estaba interesada en Luis Hernando.
Quién sabe dónde lo vio. Él ni siquiera la conoció. Nosotros nunca le contamos nada
al respecto.

Carmencita sabiendo que ya dejaba atrás el caso de


Alicia, dijo: Luis Hernando contrajo matrimonio con
Carmenza Piedrahita, psicóloga hermosa, elegante, de
corazón grande, de buen trato y muy talentosa para hacer
de su familia, un remanso de paz y progreso.

Luis Hernando y Carmenza concibieron tres hijos. Ahora son profesionales de


gran calidad humana y mucha funcionalidad social. Carolina, la hermosa hija mayor
es profesional en Comercio Exterior y Relaciones Internacionales. Es decidida,
respetuosa y Muy Buena Madre. Este es un valor poco
reconocido y poco posible pero fundamental. Lo posee la
madre que tiene la dicha de estar siempre presente. Esto
moldea el cerebro de sus hijos y marca las personas que
llegarán a ser. Con Antonio formó su hogar y dio vida a dos
preciosos y prometedores hijos, Isabela y Samuel.

Andrés —el segundo hijo— es un hombre Creativo porque tiene la capacidad de


generar nuevas ideas en el campo artístico y es muy talentoso para ejecutarlas.
Cuando era niño y aún hoy el único tipo de escolaridad imperante en el país poco
le aportó al niño y aún al joven. Se trata de un currículo, pedagogía y didáctica que
desconoce la individualidad e importancia de la creatividad cualquiera que ésta sea.
Así que el torrente de creatividad e innovación de Andrés no fue acompañado,
estimulado ni siquiera respetado. Más bien le frenó la gran imaginación con que
había nacido.

Andrés, cuando joven, se asomó por una rendija y al otro lado solo él vio las
maravillas que podría hacer y la felicidad que ello le traería. Sus padres lo apoyaron.
Y él dejó salir el poder creativo a tal nivel que ha sido ganador de varios concursos
de cortometrajes y guiones publicitarios. Es un ser humano muy familiar. Es sencillo
porque respeta a los demás. No menosprecia a nadie. No tiene afán por destacar ni
presumir y no necesita sentirse admirado. Además, se ha hecho profesor
universitario en el llamado país de las oportunidades. Hace poco contrajo
matrimonio con Karla.

La tercera hija de Luis Hernando y Carmenza es Estefanía. Una exitosa médica


dermatóloga consagrada a la profesión de sanar. Cuenta con varias felicitaciones y
premios a pesar de su aún corta carrera. Ella acumula día a día personas
agradecidas por los tratamientos que tan acertadamente realiza.

Como Amelita se había propuesto avanzar en el proyecto, mientras hacían el


almuerzo le pidió a Carmencita contarle algo más de José Gabriel y ella empezó
diciendo: la familia no tuvo noticias de José Gabriel por
varios años. Un día cualquiera, Margarita María se encontró con
un amigo que le habló de José Gabriel. Fue ahí cuando supimos
de él. Toda la familia le tiene a Darío —el amigo— mucha
Gratitud. La Gratitud es un valor que se siente frente a una
persona que nos ha prestado ayuda y nos ha beneficiado,
incluso sin saberlo.

¿Qué dijo la familia cuando se enteró de José Gabriel? preguntó Amelita.

Carmencita respondió: La familia tuvo mucha Compasión porque fue consciente del
sufrimiento de José Gabriel tan lejos de su hogar, de su mamá y sus hermanas.
Además, la familia evitó juzgar duramente, el que se hubiera ido sin despedirse y
no se hubiera comunicado en tanto tiempo. Más bien consideraron las limitaciones
y debilidades que le llevaron a tomar tales decisiones.

Días después Carmencita viajó a Cartagena, conoció a Doris y al ver que era una
buena mujer y que tenían una hijita le preguntó si quería verdaderamente a José
Gabriel y si estaba dispuesta a seguir con él toda la vida. Ella respondió con su
acento cartagenero: si seño claro que sí. Luego preguntó lo mismo a José Gabriel
y éste respondió: Doris es una buena mujer yo la quiero y vivo bien con ella.
También quiero mucho a la niña.

Carmencita se puso feliz. Era todo lo que necesitaba para darles su apoyo
incondicional. Toda la familia se alegró. En cuestión de días se organizó el
matrimonio y en efecto vivieron muy felices. Gabriel fue muy apreciado también por
toda su familia política.
Digo fue porque un día de agosto de 1989 víctima de cáncer, murió. Doris quedó
viuda con tres hijos a los que ayudó a crecer como si Gabriel estuviera. Doris y sus
hijos son muy queridos por Carmencita y su familia.

Luego de varios días en casa de Carmencita, Amelita quiso compartir con su


padre. De él recibió ayuda, para darle cuerpo a esta parte de la novela, con las notas
recogidas hasta el momento.

La familia Galeano Araque sentía la ausencia de Amelita porque no era una


carga, al contrario, ayudaba mucho. Siempre entre cada conversación Amelita
lavaba loza o picaba ensalada, barría una parte de la casa, desbarataba una costura
que Carmencita debía corregir o ayudaba a vestir a las más pequeñas… Era muy
acomedida. Tanto así que un día de mucho ajetreo, el día en que Martha Lucía
cumplía sus 15 años, Amelita llegó temprano con el fin de ayudar en lo que hiciera
falta. Mientras lo hacía disfrutaba de la tranquilidad de Carmencita quien no se
dejaba alterar por nada. Lo tenía todo fríamente calculado. O por lo menos eso
parecía, a pesar de que estaba exhausta. Le contó a Amelita que se había acostado
a las 2am terminando los preparativos de la cena y el pastel. Todo sola porque
mandó a sus hijos para donde la abuela. Quería sorprenderlos, sobre todo a Martha
Lucía.

Amelita admirada, por el buen manejo de la situación le dijo a Carmencita: te ves


muy tranquila y ni siquiera lo poco que has dormido ha afectado tu cara. Te ves
radiante. Gracias Amiga, dijo Carmencita y agregó: quiero que a las 6pm cuando
empieza la fiesta, Luis Hernando y sus amigos — uno de ellos es músico— ya hayan
llegado. Ellos vienen de Bogotá.

En efecto habían llegado a las 4pm y se quedaron recorriendo el pueblo. Muy


cumplidos a las 6pm llegaron a la casa. Saludaron y se dispusieron a animar la
fiesta. Todos disfrutaron bailaron y cantaron. Todas las canciones eran compuestas
por David y a ninguna le faltó un poco de humor o picardía. Así que muchas risas y
hasta carcajadas hicieron parte de la velada.

Martha Lucía bailó con Luis Hernando el vals de sus 15 años. Luego Carmencita
empezó a servir la cena y después descubrió el pastel que no solo maravilló a
Martha Lucía sino también a todos los presentes.

Como Luis Hernando y sus amigos se quedaron dos días en el pueblo, los
llevaron a pasear a caballo por los alrededores del municipio. Ángela María, no pudo
ir porque está muy pequeña. Martha Lucía recuerda ese como el mejor cumpleaños
de su vida.
Mientras todo esto ocurría, Amelita visitó al Padre José, que cuando terminó la
misa de 6pm de un domingo cualquiera, el sacerdote preguntó a Amelita: ¿Cómo
va nuestro proyecto Amelita? Va bien —dijo ella— y agregó: todos los días trabajo
en él, haciendo entrevistas o redactando el texto. Ya me falta poco. No lo tengo
aquí. ¿Desea usted que se lo traiga? No. No es necesario dijo el sacerdote y agregó:
ve al hospital, allá vi a Carmen Luisa. Ella está por acá y te ayudará. Es bueno que
entrevistes a las hijas de Carmencita. Busca el valor del Altruismo. Amelita le
respondió que iba a hacer todo lo necesario para cumplir con ese pedido. El Padre
José la felicitó por su compromiso con la novela. La nueva escritora le agradeció y
se fue en búsqueda de su amiga que hacía años no
veía.

Al ver a Amelita, Carmen Luisa quien lucía un


hermoso vestido y su cabello corto muy bien peinado,
la saludó emocionada. No fue necesario que Amelita
le contase el objetivo de su visita, para aceptar
conversar. Por obvias razones tenían mucho para contarse pues hacía varios años
que las dos amigas no se veían. Tenían claro que la conversación sería muy larga.
Carmen Luisa se despidió de los amigos y excompañeros que atesoró en el tiempo
que trabajó en el hospital.

Luego las dos amigas se fueron a la heladería del atrio como era la costumbre en
los años que vivieron en aquel pueblo.

De pronto se encontraron con Lucía gran amiga y compañera de trabajo de


Carmen Luisa que había llegado de Medellín para ir al paseo del siguiente día.
Carmen Luisa le explicó lo que estaba haciendo con Amelita, entonces le pidió que
llegara a la casa y más tarde hablarían allí.

Carmen Luisa y Amelita conversaron camino al atrio y conversaron en el atrio.


Amelita inició contándole a su amiga que el padre José le había recomendado
hablar con ella para recoger unos datos que le faltaban para la novela sobre valores.

Sí dijo Carmen Luisa— ya sé de qué se trata me lo contó mi mamá y también el


Padre José. Pero cuéntame un poco de tu vida en el exterior.

Amelita sabía que su amiga seguramente preguntaba por anécdotas graciosas y


hasta ridículas. Así que para darle gusto le narró sus peripecias con el idioma. Me
dio mucha dificultad aprenderlo. Aún ahora mi pronunciación derrite de risa a unos
y a otros les produce rechazo. Se burlaban mucho de mí. Una vez recién llegada,
mis más cercanos amigos y amigas decidieron enseñarme unas cuantas palabritas
diciéndome que me serían muy útiles y me señalaron las oportunidades para usarlas
Y ¿qué crees? me enseñaron las vulgaridades más obscenas. Y como un día que
no pude asistir a la universidad, hubo examen, entonces usé una de esas palabras
para decirle al profe más serio de todos que si me daba otra oportunidad para
presentar el examen creyendo que mis palabras lo impactarían positivamente, pero
no pude lograrlo. Más bien se desató un interés raro del profe por mí. Eso y la
carcajada de mis compañeros, no dejó dudas del error. No imaginas la lidia que me
dio arreglar aquello. Después yo participé en una pilatuna contra uno de mis
compañeros devolviéndole la atención. Carmen Luisa río mucho por la pilatuna que
le hicieron le hicieron a su amiga y Amelita reía pero por el desquite que pudo
lograr.

Amelita paró la charla y dijo: Hoy no podemos hablar más de eso. Necesito que
nos centremos en ti y tu familia. Cuéntame por ejemplo de José Gabriel. Ya sé que
trabaja en Cartagena, que se casó y algo más. Carmen Luisa aceptó gustosa al ver
la utilidad que su aporte podría tener para la educación en valores. Entonces dijo
José Gabriel era un hermano con el que yo me entendía muy bien. Fue un Buen
Padre porque siempre protegió y guio a los hijos, les prodigó un hogar seguro y
cariñoso y cumplía con sus necesidades básicas. José Gabriel y Doris, su esposa,
tuvieron tres hermosos hijos, dos de ellos Gabriel Hernán e Iván Darío,
comerciantes exitosos, cumplidores de la ley de Dios y de los hombres. La hija
Gloria Elena, experta ama de casa, amorosa y responsable, madre de un hijo
abogado y una niña joven aún.

Recuerdo mucho un rico pescado —Viuda Negra— que Gloria Elena prepara y
Martha Lucía disfruta.

Los tres hijos de José Gabriel son perseverantes. La Perseverancia significa


constancia, persistencia y dedicación. La persona que es Perseverante siempre
logra lo que se propone. Sus acciones y su conducta se orientan hacia lo que
quiere.

Y de la dinámica, polifacética e inteligente Margarita María, ¿qué me dices?


¿Sigue igual? preguntó Amelita. Carmen Luisa respondió: Mi querida hermana
mayor como siempre muy Dinámica porque está en constante movimiento, Valor
que se encuentra hermanado con la diligencia, constancia y la flexibilidad, que es la
capacidad de emprender algo con energía y rapidez. Por ejemplo —agregó Carmen
Luisa— cuando Margarita María era aún jovencita, se graduó como matemática
pura y recibió honores por montones.

No me extraña —dijo Amelita— Margarita María desde pequeña ya mostraba lo


que era capaz de hacer. Y agregó: Antes de irse a estudiar afuera, o sea cuando
estábamos en la escuela, Margarita María ya era homenajeada por sus éxitos
intelectuales. Hizo un trabajo sobre el café que le mereció muchas felicitaciones.
Sí, dijo Carmen Luisa y agregó: pero a ese evento solo asistieron el gobernador
y las autoridades del municipio. En cambio, cuando ganó las olimpiadas de
matemáticas, fuera de los anteriores, vino al pueblo mucha gente prestante. En ese
momento Margarita María ya se había hecho pedagoga en la Normal de señoritas
de Amaga. Luego la nombraron maestra de la escuela urbana del municipio.
Margarita María contribuyó con la educación de muchos niños y niñas de Titiribí,
donde trabajó por más de 13 años. Fue una excelente pedagoga.

Luego emprendió con Hugo, su esposo, una empresa de Comercio Internacional


que le implicaba trabajar muchas horas extras pero que también le permitieron
armar un buen patrimonio para sí y sus hijos.

Margarita María ha sido un gran apoyo para la familia


porque como hermana mayor ha ayudado con consejos y más.
Pero eso no es todo dijo Carmen Luisa. Además, pinta al óleo,
ha hecho famosas exposiciones y sus obras son muy bien
valoradas. No contenta con esto se luce en su papel de chef.
Diversos y sabrosos platos de sal y de dulce hemos disfrutado
en las cotidianas fiestas que organiza la familia. Además, por
su gran afición por la moda, fue invitada por Festimoda a
modelar la ropa que le confecciona Carmencita, pues son
famosos sus vestidos por la elegancia y comodidad de sus
diseños.

¿Cómo, ella diseña sus vestidos? preguntó Amelita. Sí, dijo Carmen Luisa,
además, el vestido que ve en una revista, una vitrina o una modelo, lo pinta, le hace
cambios si desea y le pide a Carmencita que se lo confeccione. ¿Cómo?
Podrían montar una empresa, dijo Amelita.

Carmen Luisa respondió: Mi madre y mi hermana a pesar de ser autodidactas,


día tras día se hacen más famosas entre las mujeres mejor vestidas. Su sentido de
Superación las ha llevado lejos. Las personas que tienen la superación como valor,
intentan superarse a sí mismas en diferentes aspectos de la vida. La Superación
está asociada al aprendizaje.

Ahora dime —dijo Amelita— ¿Margarita María se casó?

Si claro —dijo Carmen Luisa— su dinamismo la impulsaba a buscar más gente a


quien servir. Ella se casó con Hugo López. Ambos fueron prósperos
emprendedores. Fundaron una empresa de Comercio Internacional de las más
importantes en la región, como te decía antes.
Te diré algo más. Margarita María se desvive por ayudar a quien lo necesite. Con
nosotras, sus hermanas, ha sido solidaria, protectora y gran maestra. Ella explica,
repite y si es necesario explica de nuevo. Tiene mucha paciencia porque goza de
la capacidad de comprender y tolerar sin alterarse y sin lamentar las debilidades de
sus interlocutores. La paciencia está ligada con la personalidad madura educada y
humana, ya que faculta al ser humano a ser atento, saber escuchar, hablar y ser
cuidadoso en cada una de las acciones y decisiones a tomar. Definitivamente una
maravilla de hermana mayor —dijo Amelita— y agregó: Cuéntame de los hijos de
Margarita María. Ella tuvo dos hijos —dijo Carmen Luisa— Gloria Patricia mujer
linda, muy religiosa y exitosa, sobre todo muy Buena Madre porque ser buena
madre es comprender cuando sus hijos cometen una falta y hacer que haya
consecuencias ante acciones equivocadas. Una buena madre perdona y olvida los
malos momentos. Atesora los buenos ratos compartidos. Una Buena Madre sabe el
impacto que tiene en la vida de su hijo y por eso actúa con prudencia y buen criterio.

Gloria Patricia es profesional en el área de Comercio Internacional. Contrajo


matrimonio con Daniel Pineda, una buena persona, tienen tres hermosos,
talentosos y buenos hijos. Sebastián es profesional en finanzas y dos jovencitas
Manuela y Paulina se graduarán próximamente en Comunicación Social.

Me dijiste dos hijos de Margarita María, dijo Amelita.

Ah sí Oscar Alonso es el otro hijo de Margarita María respondió Carmen Luisa y


seguidamente mostró cara de angustia.

Carmen Luisa estaba preocupada por lo que le faltaba hacer esa noche para
poder ir al paseo preparado para el día siguiente antes del viaje al Perú. Fue por
eso que, al ver salir de Misa a Margarita María, le pidió reemplazarla en la entrevista.

Margarita María aceptó gustosa porque era un buen motivo para departir un rato
con Amelita.
Tómate un refresco Margarita María, dijo Amelita. Ella le pidió cambiarlo por un
helado. Amelita dijo: entonces que sean dos. Luego le dijo a su
nueva entrevistada, Carmen Luisa me contó que tienes dos
hijos. Me habló de Gloria Patricia. Cuéntame tú de tu otro hijo.

Ah sí, mi hermoso hijo —dijo Margarita María— se llama


Oscar Alonso, un ser humano con corazón grande. Siempre
dispuesto a ayudar a quien lo necesita. Es Ingeniero
Agropecuario. Vive y trabaja en Canadá con mucho éxito. Tanto que ha logrado
entrar al servicio público canadiense. Además, es muy solidario. La Solidaridad es
un valor que consiste en dar ayuda a quien la necesita sin esperar algo a cambio.
Cuéntame una anécdota de Oscar Alonso por favor, dijo Amelita.

Con gusto. En una noche fría, en que Oscar Alonso llegaba a casa, encontró a
una persona que trataba de dormir en el antejardín. Esa persona no le dijo ni le pidió
nada. Fue Oscar Alonso quien le dijo: voy a traerle algo para el frío. Subió y sin
buscar mucho, le dio su propia cobija. La persona beneficiada se fue de madrugada
con la cobija y sin decir gracias.

Oscar Alonso ¿Viene a visitarlos? ¿Tiene hijos? preguntó Amelita. Sí claro dijo
Margarita María, pero no viene tanto como él y nosotros quisiéramos. Él se casó
con Sandra. Tienen dos hermosas y talentosas hijas canadienses. Sarita y Mariana.
¿Cuál es la principal cualidad de Oscar? —preguntó Amelita— Margarita María
asumió una pose de solemnidad como si supiera que su respuesta permitía el logro
de uno de los objetivos más importantes de este libro —entonces dijo— El principal
valor de Oscar Alonso es la Humildad porque es un ser humano que actúa con
sencillez, moderación y respeto, es libre de vanidad, presunción o pretensiones de
fama, grandeza o reconocimiento. Además, sabe de sus propias limitaciones y
debilidades y actúa de acuerdo con esa conciencia.

Amelita entendió que había encontrado el valor de la Humildad. Se sintió aliviada


y deseosa de contarle al Padre José. Pero como quería aprovechar mucho aquel
encuentro con su amiga, mejor se quedó hablando un poco más.

Pasó en ese momento, el novio de Julia Rosa y preguntó que dónde estaba ella.
Como Amelita no conocía al señor, solo sabía que lo apodaban
“Talla”, miró a Margarita María, quien le respondió: Julia Rosa está en la casa
haciendo un trabajo del colegio. Entonces el señor “Talla” se despidió y se fue.

Ahora cuéntame de Carmen Luisa —dijo Amelita.

Ella se comprometió con Eddie, médico peruano —respondió Margarita María.


¿Se casó con él? preguntó Amelita elevando sus hermosas cejas. ¡Yo no sabía!
No alcanzamos a hablar nada personal. Solo me dijo que viajará en dos días a
Perú. Creí que iba de paseo ¿Hace mucho se casó? ¿y
viven en Perú?

Sí —dijo Margarita María— en Arequipa, la segunda


ciudad del Perú. Ah sí la Ciudad Blanca dijo Amelita.
Margarita María agregó: él es médico y tiene buen trabajo.

Como Amelita quería saber más de su amiga entonces


preguntó: ¿qué hay de Luis Alberto y de… ¿cómo se
llama? el otro novio que yo conocí ¿Eduardo? el ganadero. Margarita María
respondió, No, nada más con ellos. Le atrajo Eddie porque tiene una profesión muy
hermosa y es un ser humano especial con muchos valores. Es muy apreciado en la
familia y en su ciudad.

Carmen Luisa por su parte presentó en televisión un taller de cocina llamado “La
Cocina Paisa”. Esto le valió reconocimiento y mucho aprecio por parte de la familia
extensa y de la sociedad arequipeña. Allí estuvo por dos largos años enseñando la
gastronomía colombiana y aprendiendo de la peruana. Luego se retiró del trabajo
porque empezaron a llegar los hijos.

Carmen Luisa se ha amañado mucho en el Perú. Ha tenido la oportunidad de


conocer las bellezas de aquel país. Siempre nos ha hablado y enviado fotos de los
lugares más hermosos. Por ejemplo, el Valle y Cañón del Colca, Machu Pichu, El
Cusco, La Montaña de 7 Colores, Las Líneas de Nazca, El Parque Nacional de
Manu, Madre de Dios, el Lago Titicaca etc. Casi todos en la familia, hemos ido a
conocer varios de esos lugares.

Luego Amelita preguntó: ¿Carmen Luisa tiene hijos?

Si, contestó Margarita María. Elar el mayor es persona amable con disposición al
servicio de sanar. Es oftalmólogo con especializaciones
y eventos que lo mantienen a la vanguardia de su
profesión. Se destaca como uno de los especialistas de
esta área más apreciados, admirados, consultados y
premiados. Su clínica es muy famosa en la ciudad. Ha
recibido honores de agremiaciones e instituciones
públicas y privadas. Elar ha escrito varios libros sobre
oftalmología. Los dos últimos son:” Compendio de Oftalmología” y
“Complicaciones en la Cirugía del Cristalino”. Estos libros le han valido muchas
invitaciones a nivel nacional e internacional y se han
convertido en fuente de consulta de los más
avanzados estudiantes de tan importante profesión.

Elar se casó con Carolina. Tienen una inteligente,


hermosa y graciosa hija, llamada Fabiana.

Carmen Luisa también tiene una hija, Karina, gran


persona, amable, bien educada y muy familiar. Se hizo
nutricionista. Tiene varios años de experiencia en el
Instituto de Bienestar Familiar sede Armenia-Colombia.
Es muy entregada a su profesión. Tanto que ha creado
una proteína de gran valor porque está ayudando a los
niños de Armenia a salir de la desnutrición. Este producto
posiblemente sea extendido a las demás sedes del país.

¿Karina piensa llevar dicha proteína al Perú? preguntó Amelita. Sí claro —dijo
Margarita— es su sueño y aunque lo ve difícil por los trámites necesarios, sé que lo
logrará.

Las dos amigas, decidieron pedir otro café para calentarse un poco. Hace frío y
parece que va a llover —dijo Margarita María y Amelita dijo: por lo menos el café
nos calienta.

Luego se apuró a preguntar: cuéntame por favor, de tu otra hermana la que se


fue interna. Decían que se había ido para el convento y que tu mamá estaba feliz.
Que ella había destinado a esa hija para ser la religiosa de la familia. Como fue por
esos días en que yo me fui al extranjero, no supe si ella se hizo monja o no —dijo
Amelita— Margarita María sonrió y dijo: No que va. Luz Inés estuvo interna como
dices, estudiando siempre con el patrocinio de Luis Hernando, 10° y 11° y luego la
Universidad en la UPB. Ella vive muy agradecida por tanto apoyo que le dio su
hermano mayor.

Durante el tiempo de la Universidad vivió en Medellín en la


casa de la tía María Judith y la prima Dora, a las que
también gradece mucho. Así pudo estudiar Sociología y
después, subió más en la escalera del conocimiento
académico, se hizo magíster en Sociología de la educación,
mientras trabajaba en la Universidad Surcolombiana.
Luz Inés adquirió gran gusto por la investigación social y la lectura. Dice que es
la mejor forma de tener siempre pensamientos positivos. Trabajó 25 años como
profesora en educación superior. Y para decir algo sobre sus valores, diremos que
es Honesta porque entabla relaciones interpersonales basadas en la confianza, la
sinceridad y el respeto mutuo. Ella inicia una amistad y si le ve un detalle de falsedad
hasta ahí llega la amistad y si es alguien al que le toca tratar por cuestión de trabajo
etc. lo trata con imparcialidad, e indiferencia y nunca le brinda de nuevo su amistad.

¿Entonces tiene pocas amistades? —preguntó Amelita.

Sí —dijo Margarita María— Luz Inés tiene fama de querer una sociedad de
ángeles. Así es ella, muy honesta, muy exigente, también consigo misma. Eso
también le ha traído reconocimiento. Por ejemplo, cuando los estamentos de la
universidad donde trabajaba requerían un miembro confiable, para que los
representara, Luz Inés era elegida. Ella entre modesta y orgullosa, aceptaba, pues
fuera de que le gustaba el trabajo, quería reforzar la opinión que sobre ella tenía n
sus colegas. También se distinguió por su gran dicción y buena fluidez escritural;
sus informes eran muy bien valorados. Tal vez por ese hecho, Luz Inés empezó a
escribir cuentos, primero uno, después otro, y otro y luego novelas. Y así se fue
haciendo escritora, que es para lo que en últimas están hechos los géminis.

¿Entonces Luz Inés no se casó, se dedicó más bien a la vida intelectual? —preguntó
Amelita. Claro que se casó con William buen señor,
amable, muy familiar y acomedido. Tienen una hija
preciosa. Se llama Marisol. Es arquitecta y se especializó
en arquitectura sostenible. Marisol tiene gran afición por
la buena mesa, ella se deleita con la comida gourmet y el
buen vivir. Disfruta la comodidad, la belleza y la elegancia.
Su dinero no es para el futuro, es para el presente de los
suyos primero y para sí misma, después. Marisol pone su motivación en los valores
humanos. Nació hermosa y fue hermosa en su juventud, con un especial aire
europeo según dicen algunas personas.

También ahora es hermosa y además se ha iluminado en ella un gran espíritu de


servicio a la familia y gran capacidad en el campo de la enfermería. Marisol en su
adultez optó por vivir sin buscar belleza, fama, o éxito profesional por encima de sus
valores. Más bien éstos copan sus intereses. Si ve a alguien sufriendo —incluyendo
a los animales— hace lo necesario para ayudarles. Esto es Misericordia y significa
la actitud que lleva a compadecerse del sufrimiento ajeno. Marisol es buena hija,
buena madre y profesional muy responsable. Contrajo matrimonio con Juan Carlos
porque sus valores le daban la talla. Tienen un hermoso,
inteligente y talentoso hijo llamado Emanuel.

En ese momento pasó un grupo de niños gritando.

Al preguntar ¿qué pasa? Un niño de unos 12 años muy


pecosito dijo: que casi se roban a Pedro por el zacatín (así se
llama una calle del pueblo). Y ¿ustedes vienen solos?
Preguntamos por preguntar porque los niños pueden andar solos en el pueblo y más
si van en grupo —o eso creíamos hasta ese día— porque supimos días después
que en efecto habían detenido a un adulto que sin ser de Titiribí estaba por ahí esa
noche.

Las amigas regresaron a la mesa, a su café ya frio y a su tertulia.

Amelita dijo: cuéntame ahora de Julia Rosa. ¿Te acuerdas de mi novio Jacinto
de la época del colegio, que después fue novio de Julia Rosa?

Yo no sabía dijo Margarita María extrañada y curiosa.

Ese era un mal hombre. ¿Cómo así?, preguntó Margarita María. ¿Cómo que es
un mal hombre?, cuéntame ¿por qué lo dices?

Te lo resumo —dijo Amelita— Ese hombre terminó detenido y con una sentencia
de 60 años porque cometió feminicidio contra su esposa. Pero ya olvidémonos de
él. Yo ya olvidé ese pasado.

También yo, dijo Margarita María, he olvidado lo que no me gusta y es mejor.

Sí estamos de acuerdo dijeron las dos amigas.

Como tenemos poco tiempo —dijo Amelita— cuéntame, Julia Rosa seguro se
casó. ¿verdad? recuerdo que ella siempre decía: Dios, los hombres y el dinero.

Ja jajá rio Margarita María. Sí, se casó dos veces.

Su primer matrimonio fue una felicidad completa. Julia Rosa y Fabio eran dos seres
humanos muy compenetrados como el coco y su cáscara. Pero la crueldad humana
en el anochecer del lunes 17 de julio de 1989, se hizo presente en cabeza de un
sicario que le quitó la vida a Fabio. Él fue un gran hombre, comerciante y cumplidor
de la ley de Dios y de los hombres. Siempre ejerció su poder de expresar lo que
pensaba, pero hubo quien no le respetó ese derecho. Julia Rosa y Fabio tuvieron
un hijo, Juan Diego, inteligente y distinguido abogado. Quien contrajo matrimonio
con Ángela. Tienen una preciosa, despierta y prometedora hijita de cuatro años,
llamada María Antonia.
¿Y el segundo matrimonio de Julia Rosa? preguntó Amelita. Sí Julia Rosa se
casó con Ramiro. Muy buen hombre. Julia Rosa es muy amorosa con las personas
mayores, sobre todo con nuestra mamá.

Entiendo que Julia Rosa dedicó casi toda su vida a contar plata. ¿Qué hace
ahora? Preguntó Amelita. Margarita respondió con gesto de admiración: Julia Rosa
pasea mucho y también ayuda todo lo que puede a Carmencita y la familia y a otras
personas amigas en varios pueblos que le gusta visitar. Ella disfruta mucho de su
jubilación.

Cuéntame de Martha Lucía, por favor, antes de que te escapes.

Ja jajá rieron un poco porque ambas sabían a qué se refería, tanto que a veces
en la casa a Margarita María le dicen “ventarrón”.

Y reafirmándolo, Margarita María dijo: Bueno te cuento rápido porque es tarde,


en mi casa se preocupan. Suspiró largo como para soportar el interrogatorio. Luego
dijo: Martha Lucía es muy exitosa. Profesional en educación Se casó con Felipe,
un maestro que después se hizo contador. Martha Lucía también es muy religiosa,
gran devota de La Rosa Mística y muy buena hija. En la actualidad es enfermera de
cabecera de Carmencita. Un poco antes llevó la contabilidad de diez expendios de
Bimbo que administraba su hija Jenny Marcela y eran propiedad de su hijo David.

Martha Lucía y Felipe dieron vida a dos seres ejemplares Edgar David el mayor,
Noble como el que más. La Nobleza es el valor que define a una persona que es
generosa y digna de estimación. La persona noble también posee otros valores
como el respeto, la honestidad, la bondad y la justicia. Todas ellas son cualidades
de Edgar David que por su triple inteligencia sabe vivir bien en todo el sentido de la
palabra con su familia y sus congéneres. Edgar David es médico especializado en
Urología y fuera de que sus neuronas, sus axones y dendritas usan muy bien su
gran potencial, él las impulsa con férrea Voluntad para culminar con éxito sus
proyectos de vida. La Voluntad es una propiedad de la personalidad que desarrolla
una especie de fuerza que impulsa acciones para lograr un resultado esperado.
También tiene gran gusto por la naturaleza. Por lo tanto, ha orientado su potencial
patrimonial hacia allá. David tiene una hermosa hija —Ana Sofía— con muchos
talentos que ella disfruta y hacen feliz a muchas personas.

Sé que desarrollará todo su potencial porque cuenta con excelentes guías, dijo
Luz Inés que acababa de llegar con una razón de Carmencita, a lo que Margarita le
dijo que siquiera había venido para que le dijera a la mamá que estaba con Amelita
terminando de contarle lo que esta amiga necesita para el libro.
En esas pasó el Padre José. Se detuvo un poco y le pidió a Margarita María, ir a
la casa cural para hablar sobre la forma de trabajar este libro en la escuela.

Tenemos prisa ¿verdad Padre? más afirmando que preguntando dijo Amelita y
agregó. Hoy termino la recogida de información.

Muy bien dijo el sacerdote y se alejó.

Luego Amelita pidió a Margarita María continuar contándole de los hijos de


Martha Lucía.

Sí claro respondió con entonación Margarita María. Jenny Marcela es la otra hija
de Martha Lucía y Felipe. Hermosa, cordial, animalista, ciclista y muy comprometida
con su madre, su hermano y su familia extensa. Jenny Marcela como Joven
profesional, busca su lugar en el mercado de trabajo abierto, o en el que ella misma
pueda abrir y sé que lo hará porque es emprendedora y resuelta, que va para
adelante porque tiene claro que para adelante es para allá. A los pocos días Jenny
Marcela consiguió un buen trabajo y con Ramiro, buen compañero de vida, después
de varios años empezaron la gestación de su primer hij@.

Amelita presurosa antes de que Margarita María se levantara de la silla por lo


tarde que estaba, le dijo: cuéntame ahora de tu última hermana. ¿Me dijiste que es
reina de la estética?

Si —dijo Margarita María— mi hermosa hermana Ángela María es una experta


socióloga, muy comprometida con una buena atención para la primera infancia de
varios municipios de Antioquia, porque trabaja en el Instituto de Bienestar
Familiar hace ya más de 15 años.
Entonces Amelita insistió: me dijiste antes algo
sobre lo que aún me pregunto ¿cómo es que
Ángela María es reina de la estética? Margarita
María río y dijo. Ese título se lo hemos dado en la
familia porque canta y baila bien, además es
experta utilizando varias técnicas de pintura y en el transcurrir diario se le nota gran
sentido de la estética o sea de lo que es bello. Tanto así, que nos dio un sobrino —
Santiago— pura calidad por fuera y sobre todo por dentro, característica propia de
la familia, porque lo mismo digo de cada uno de los sobrinos. Santiago es psicólogo.
Ahora está haciendo su maestría. Busca ser profesor universitario. O sea, dedicará
su vida a ayudar a sus alumnos para que no solo encuentren las estrategias
necesarias para potencializar su psique en búsqueda de la salud y el bienestar
propio, familiar y social, sino también para enseñarlos a desplegar su accionar en
pro del bienestar psíquico de sus pacientes.

CAPÍTULO 10

De pronto empezó a llover. La premura de Margarita María se aplacó, no pensaba


mojarse y menos a esa hora. Entonces se relajó un poco la conversación.

Amelita se alegró y aprovechó para preguntar a Margarita María sobre los


familiares que aún le quedan a Carmencita, después de la muerte de su esposo en
1982 y de su hijo José Gabriel en 1989 y habiendo cumplido ya sus 100 años.

Margarita María respondió: Carmencita vive felizmente rodeada de sus seis hijas,
de su hijo mayor, de sus 15 nietos y 13 bisnietos. También le quedan 6 hermanos
medios, así como varios sobrinos. De sus sobrinos la que más la visita es Dora hija
de María Judith. Dora siempre ha querido a Carmencita como a una mamá. Tanto
que algún día siendo aún adolescente, le pidió a Carmencita que la dejara quedarse
viviendo en su compañía y así no se casaría nunca. Carmencita a pesar de que
estimaba mucho a su sobrina y de que recibía de ella mucha ayuda siempre que la
visitaba, sintió temor por la responsabilidad que aquello significaba. Dora siguió
visitándola siempre que pudo.

Un tiempo después Dora contrajo matrimonio con Luis Eduardo. Tuvo con él
nueve hijos y varios nietos.

De sus sobrinos la que más visita a Carmencita es Dora. Ahora que sus hijos
hacen su propia vida, Dora se ha entregado al servicio de la parroquia y de la
comunidad donde vive. Ayuda en la iglesia, borda trajes para los sacerdotes y hasta
aprendió a tocar guitarra para acompañar algunos ritos eclesiásticos. Dora también
fundó y atiende personalmente un desayunadero para niños en situación de pobreza
extrema, también un servicio de ropa con prendas necesarias para niños y adultos
que recoge entre quienes le ayudan.

Al escuchar el valor del Altruismo allí plasmado, Amelita se levantó de su silla y


como Margarita María se sorprendió, Amelita efusiva y alegre le dijo: he encontrado
el valor del Altruismo que tanto me encargó el Padre José porque tu prima tiene
gran interés en ayudar a los demás. Ella dedica su vida a servir y a hacer feliz a
otros sin esperar recompensa, dejando de lado sus propios beneficios y su zona de
confort. Ese es el escaso y muy necesario Altruismo. El Altruismo se basa en una
condición especial para despegarse de los intereses propios y pensar en los demás,
en los más necesitados.

Entonces ¿es solidaridad? —interpeló Margarita María

No —dijo Amelita— y agregó: Solidaridad es un valor aprendido mediante las


bases sociales. Consiste en servir cuando hay un evento como una catástrofe, unas
familias que se quedan sin techo etc. El Altruismo en cambio es de permanencia,
es servir cotidianamente.

Amelita calmó su efusividad y pidió a Margarita María continuar con la demás


familia. Cuéntame más de la familia que le queda a tu mamá, dijo seguidamente
Amelita.

Entonces Margarita María dijo: cuando Carmencita y su familia se


trasladaron a la capital, las visitas de la familia extensa
mermaron, pero nunca desaparecieron. José de Jesús —el
padre— la visitaba con frecuencia hasta que murió en 1966.
Recuerdo su bigote blanco, ya no por el infaltable café con
leche espumoso de las mañanas, sino por el efecto de los
años sobre su bigote.

Rafael Antonio el hermano mayor, visitaba frecuentemente a


Carmencita. Siempre llegaba con reforzadas historias que nos contaba entre
sonoras carcajadas contagiosas.
Una vez nos hizo creer que comía mojojoy. Nos relató con detalles dónde había,
cómo los cogía, qué les hacía para comerlos y hasta qué sabor tenían. Sus
carcajadas nos hacían pensar que, o sus famosas historias no eran ciertas o se
burlaba de nuestras aleladas e inocentes caritas. Así que nunca supimos, si las
aventuras del tío eran ciertas o inventadas. Aunque le insistíamos siempre que nos
dijese qué era cierto y qué no, él respondía afirmando certeza, en medio de una
risotada. De todas maneras, no importaba tal incertidumbre porque nos hacía pasar
ratos muy alegres.

Este maravilloso tío murió a sus 103 años. Y Jesús Antonio —el hermano menor
de Carmencita—se fue a vivir a Caracolí. Ya tan lejos, fueron pocas sus visitas, pero
no faltaron. Jesús Antonio murió en 2022 a la edad de 102 años. Como puedes ver
los Araque-Echeverry son muy longevos.

Al día de hoy, de los Araque-Echeverri solamente le quedan a Carmencita varios


sobrinos y también algunos hermanos medios y muchos sobrinos.
Estaban así de enrutadas, cuando pasó Erasmo, representante de lo que hoy se
llama la comunidad LGTVI+, saludó a las dos contertulias, pero con efusividad
especial a Amelita. Se sentó a su lado. Amelita con total respeto le pidió ir a su casa
al día siguiente pues allí conversarían. Solo así se retiró y moviendo su cuerpo cual
experta modelo de pasarela, se alejó.

Luego Amelita pidió a Margarita María continuar con su relato sobre la familia que
le queda a Carmencita.

Cuando Margarita María se disponía a responder, se les acercaron unas jóvenes


que estaban haciendo una encuesta sobre los servicios de salud en el municipio
para un trabajo del colegio. Las dos contertulias les respondieron la encuesta, larga,
por cierto. Buscaba conocer no solo sus experiencias con los servicios de salud,
sino también qué enfermedades habían sufrido en cada familia y si habían acudido
a remedios fuera de los recetados por los médicos graduados, etc.

Sin saber por qué se escuchó un trote de caballos que se acercaban. ¿Qué pasa?
preguntó Amelita. Margarita María lanzó otra pregunta sin responder la anterior.
¿Qué evento se estará desarrollando?

Don Jacinto, un empleado del café al traerles el nuevo café con leche que
ordenaron y al verlas tan extrañadas se les acercó y les dijo: a esta hora casi todos
los días, cuando ya no hay carros ni personas en las calles, los Vélez y los Uribe
salen a chalanear con sus amigas. Van a la Otramina y regresan carretera arriba
hasta los Alpes. Cuando se cansan vienen aquí y se toman unos tragos.

Entonces Amelita dijo: sigamos nosotras con el tema que nos interesa. Bueno,
dijo Margarita María. Dime qué deseas que te cuente.

Primero te diré —dijo Amelita— algo que hace rato vengo pensando: Qué
hermosa época aquella de familias tan numerosas. Muchas experiencias, alegrías
y sinsabores claro, porque son parte natural de la vida en familia, pero nada que no
tenga remedio. A mí me hicieron falta los hermanos porque soy hija única, como tú
sabes.

Margarita María hizo cara de entenderle su nostalgia y pensó: se siente muy sola
y va a estar sola cuando mueran sus padres, pero no comentó nada más.

Estoy de afán —dijo la entrevistada— y agregó: Después te cuento más. Estaban


en esas cuando pasó una jovencita era Lorencita —amiga de ambas— pero sobre
todo quería hablar con Amelita, a quien no veía hacía varios años. Lorencita quería
saberlo todo sobre los estudios de su amiga, sobre lo que hacía actualmente, su
novio, amigos etc. Entonces Amelita igual que lo hizo con Erasmo, le prometió que
se desatrazarían en la semana siguiente. Está bien, dijo Lorencita y se alejó.
Amelita con gesto de disculpa con su entrevistada, dijo: ¿Continuamos?

Sí respondió Margarita María.

Bueno —dijo Amelita— ya sabemos que la familia Araque, aún es muy grande.
El abuelo estiró bastante el apellido y toda su descendencia lo ha llevado con orgullo
y dignidad. Ahora dejemos la conversación sobre la familia, para pasar a lo que no
puedo dejar de preguntar a una experta en educación.

¿A qué te refieres Amelita? preguntó Margarita María.

Amelita le dijo directamente: ¿qué opinas de este proyecto?

Margarita María la miró sorprendida, y dijo: No esperaba esa pregunta. No lo


conozco en su totalidad. Luego pensó: mi amiga va a hacer un gran honor a la
familia Araque-Echeverry-Galeano. Entonces dijo: Agradezco a quien tuvo esta idea
y a todos los que trabajaron en ella. En las instituciones educativas es muy útil un
texto como el que va a resultar de aquí. Ellas educan en valores, es cierto, pero no
con la especificidad y profundidad que es posible lograr con este texto, porque fuera
de reflexiones individuales y grupales, permite debates, concursos, etc. Se pueden
enumerar ejemplos de cada valor, identificar y debatir los antivalores, leer biografías
de personas identificando sus valores y/o antivalores. Luego agregó: Hoy en día la
educación con fuerte énfasis en valores es no solo necesaria sino indispensable
porque los conocimientos se encuentran en los libros y en la red. En cambio, el
aprender a ser persona, se logra sólo a través de una buena educación basada en
valores que den los padres y los educadores; porque los amigos, la sociedad, la
falta de oportunidades, la calle, los medios de comunicación, etc. muchas veces
educan en antivalores.

Amelita quedó gratamente sorprendida con aquella respuesta, por ello consideró
que tenía que pedirle el favor a Margarita María de que fuera un primer filtro del
texto. Entonces le dijo ¿Crees que podrías leer el texto antes de llevárselo al Padre
José?

Claro que sí con mucho gusto, respondió ella. Pero me parece más importante
que vuelvas a mi casa y leas en presencia de la familia, el libro que lograste después
de todas las entrevistas. Así quien considere necesario puede sugerir los cambios
que le parezcan. ¿Estás de acuerdo? — dijo Margarita María.

Claro —dijo Amelita— no solo estoy de acuerdo, sino que lo considero muy
pertinente para darle al texto la validez y autorización que se requiere para sacarlo
a la luz pública. Las dos amigas acordaron que en ocho días Amelita visitara la
casa en horas de la tarde.
Efectivamente Amelita llegó el sábado de la siguiente semana, cuando ya se
ocultaba el sol, tal como había quedado con Margarita María. Toda la familia de
Carmencita estaba presente menos Carmen Luisa que había viajado y Luis
Hernando que estaba en la finca.

Amelita inició agradeciendo a todos los presentes y también a los ausentes de la


familia que le habían colaborado a ella o a las anteriores personas que recogieron
los datos necesarios. Luego explicó cómo había organizado los datos, identificado
y definido los valores y agregado con alguna imaginación los elementos de ficción
que atraviesan la novela. Después explicó que el objetivo de la lectura que haría en
el momento, era permitirles a los presentes corregir o consentir el texto pues aún se
encontraba en borrador.

Seguidamente hizo la lectura de la novela.

Algunos de los presentes asintieron, otros hicieron preguntas, algunos dieron


respuestas y otros más hicieron sugerencias. En general fue especialmente
fructífero aquel encuentro. Amelita hizo los ajustes sugeridos y luego presentó al
Padre José el texto que según ella consideraba, podía ser publicado.

Cuando el Padre José lo leyó, le gustó tanto que le tomó una copia y se la entregó
a Amelita para que se fuera de una vez a la capital y visitara la Editorial Porvenir.
Le dejas este texto al editor para que lo lea, le preguntas cuándo nos puede definir
si lo publicará, para yo ir a conversar sobre las condiciones. Dile que para nosotros
es importante llevarlo a las escuelas y colegios antes de que inicien las clases.

El Padre José por su parte iba a hacer algunas visitas para contar a los profesores
sobre el proyecto y también a los directivos de las penitenciarías para concretar
cómo se podría trabajar en esos centros educativos unos y reeducativos otros.

Tanto Amelita como el Padre José tuvieron mucho éxito. El libro fue publicado y
ha servido de estudio y reflexión en las diferentes instituciones.

FIN

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