COMPENDIO DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
N° 41 ¿En qué sentido Dios es la Verdad?
Monseñor José Ignacio Munilla
(Transcripción aproximada del audio)
Número 41 del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica:
¿En qué sentido Dios es la verdad? (214-217; 231)
Dios es la Verdad misma y como tal ni se engaña ni puede engañar. “Dios es luz, en Él no
hay tiniebla alguna” (1 Jn 1, 5). El Hijo eterno de Dios, sabiduría encarnada, ha sido enviado
al mundo “para dar testimonio de la Verdad” (Jn 18, 37).
Recordamos un momento del pasaje del Evangelio de San Juan (18, 38), que es un
momento culmen, dramático, en el que se encuentran Jesús y Pilato: “He venido para dar
testimonio de la verdad” y Pilato dijo a Jesús: “Y ¿qué es la verdad? de ahí se fraguó un
silencio en el que Jesús no contestó a esa pregunta, pero sin embargo, sí estaba
contestando a esa pregunta, porque la respuesta a la pregunta “Y ¿qué es la verdad? la
tenía Pilato ante sus ojos. Jesús no respondió con palabras, se mostró él, él es la verdad,
reflejo de la gloria del Padre que ha venido a comunicarlo al mundo.
Esta afirmación de que Dios es la verdad plena, la verdad absoluta - vamos a ser sinceros-,
es una afirmación bastante contracultural, impopular en nuestra cultura, en la que la
afirmación de que existe una verdad absoluta es vista como un signo de fundamentalismo.
Se le califica fácilmente de fundamentalista aquel que afirma la existencia de una verdad
absoluta. El relativismo se ha metido en nuestra cultura mucho más de lo que suponemos,
se ha infiltrado y a veces, paradójicamente, el relativismo se ha infiltrado en nuestro
pensamiento, en nuestra cultura disfrazado de humildad. Sí, el relativismo a veces se
disfraza de humildad ¿en qué términos? pues diciendo que, el que cree en una verdad
absoluta está arrollando a los demás, porque se cree poseedor de una verdad absoluta. Yo
creo que esto parte de una concepción muy equivocada. Creer en una verdad absoluta, que
es creer en Dios, no es poseer la verdad más bien será la verdad la que nos posea a
nosotros, la que quiere tomarnos a su servicio. Nosotros no somos poseedores de la
verdad, es la verdad la que quiere ser dueña de nuestro corazón para ponernos al servicio
de testimoniar ante el mundo esa verdad que tanto necesitamos.
Por lo tanto, lo humilde no es decir que cada uno tiene su verdad y yo no pretendo imponer
a nadie la verdad, yo no pretendo decirle a nadie que es la verdad, cada uno que busque su
verdad. Eso no es lo humilde. Lo humilde es reconocer que yo no soy la verdad, que hay
una verdad trascendente ante la cual yo estoy llamado a descubrirla, a acogerla, a
encarnarla en mi vida, a transmitirla a los demás. Eso es lo humilde. Lo humilde no es hacer
una verdad a mi medida, porque esa es la comodidad del relativismo, decir no existe una
verdad absoluta y así, de paso, uno se siente cómodo para amoldar la verdad a nuestra
medida y conveniencia.
La humildad consiste, sin duda, en el reconocimiento de esa verdad plena y absoluta que es
Dios, y al mismo tiempo entender que Cristo es el revelador, que Cristo es el reflejo de esa
verdad plena que Dios ha venido a comunicar al mundo. En Cristo vemos la luz, en él no
hay sombra alguna. Acoger la revelación, entender que Cristo nos está transmitiendo esa
verdad y convertirnos en testigos de esa verdad. El testimonio es una obligación, es un
deber, es una vocación para todos aquellos que nos hemos sentido alcanzados por una
Verdad que se nos ha mostrado inmerecidamente, y entonces decimos que este tesoro de
verdad revelada, comunicada a mí, se me ha transmitido no para que yo me sienta dueño
de él, no para que yo me quedé con él cómodamente, sino para que yo sea testigo, para
que yo sea testimonio de la verdad de Jesucristo ante el mundo. Por eso, esa Verdad
recibida, estamos llamados a comunicarla, “gratis lo habéis recibido, dadlo gratis”.