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Definición y enfoque de la ética
empresarial
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La ética empresarial es una rama de la ética aplicada. Se ocupa del
estudio de las cuestiones normativas de naturaleza moral que se
plantean en el mundo de lo negocios. La gestión empresarial,
la organización de una corporación, las conductas en el mercado, las
decisiones comerciales, etc.
La ética empresarial se distingue, por un lado, de las ciencias
empresariales o económicas puramente descriptivas (sin pretensiones
normativas) tales como la econometría o la historia económica. Por otro
lado, se diferencia de saberes con pretensiones normativas pero no de
naturaleza moral, tales como la economía política o la contabilidad.
Todas las ciencias con pretensiones normativas han de confrontar en
algún momento sus supuestos normativos con preguntas como ¿cuál es
el fundamento de la pretensión normativa de esta ciencia? ¿en qué
certezas basa su pretensión de proponer criterios justificados para la
decisión y la acción? ¿son estos criterios universalmente válidos? etc.
La ética empresarial como disciplina académica suele abarcar uno o más
de los siguientes temas: el estudio de los principios morales aplicables a
la vida económica y empresarial; el estudio y crítica de los valores
efectivamente dominantes en el ámbito económico en general y en cada
una de las organizaciones, el análisis de casos reales que ejemplifican la
responsabilidad de las organizaciones y de sus diversos constituyentes;
el desarrollo de cuerpos normativos voluntarios o procedimientos
estandarizados de gestión basados en principios y valores éticos; el
seguimiento y descripción de la importación de estos códigos y
procedimientos en organizaciones concretas, así como la observación de
sus efectos en las propias organizaciones y su entorno.
También se ocupa con frecuencia la ética empresarial del estudio de las
virtudes personales que han de estar presente en el mundo de los
negocios. Se trata de mostrar que tales virtudes forman parte de la
correcta comprensión de lo que es una buena vida para un directivo, para
el grupo de personas que forman una organización o para la sociedad
más amplia en que la organización misma se integra.(1)
Aunque las organizaciones las componen personas, y aunque el carácter
personal de los directores tiene importancia decisiva en el perfil ético de
las organizaciones, las responsabilidades corporativas no coinciden con
las individuales, los métodos de decisión corporativas difieren de los
personales, los principios y objetivos de las organizaciones están a veces
por encima de las personas y los valores corporativos no tienen por que
identificarse con los valores personales de los miembros de la
organización. En definitiva, la ética empresarial tienen componentes -los
organizacionales- que la distinguen netamente de la ética individual.
Cuando se habla de institucionalización de la ética empresarial nos
referimos a los mecanismos objetivos (códigos, documentos formales,
programas de formación, comités específicos, asesorías, procedimientos
documentados de decisión, sistemas de gestión, etc.) Mediante lo que se
trata de hacer efectivos los valores o principios éticos de una
organización. la ética empresarial es, como hemos dicho, una ética de las
organizaciones. (Mac Lagan, 1998: Lozano, 1999 p-51) y por ello ha de
adquirir un nivel de formalidad innecesario en la ética individual.
Tanto los fundamentos como los valores, normas o principios que una
ética empresarial pudiera proponer estarán dirigidos a la organización y
en consecuencia han de adoptar la forma que tenga sentido y que sea
eficaz en términos organizativos.
Mientras la ética individual apela a la conciencia o a la razón de cada
persona, la ética de las organizaciones ha de apelar al equivalente
organizativo, que son procesos que determinan las decisiones y
comportamientos de las organizaciones.
La ética individual y la ética organizacional no pueden separarse
tajantemente porque al fin y al cabo, quienes realizan las tareas en las
organizaciones son personas concretas con su ética privada y sus
convicciones personales sobre que se debe hacer en cada momento.
Además, algunas de esas personas pertenecen a colegios o sindicatos
profesionales, que imponen a sus miembros normas deontológicas
estrictas a las que deben atenerse en su trabajo. Casi todas las grandes
corporaciones han entendido que una organización responsable es algo
más que una suma de personas virtuosos y profesionalmente íntegras.
Así lo demuestra la historia de la ética corporativa, que en EEUU acumula
ya varias décadas. (2)
Hay muchas razones para plantearse la necesidad de una ética de las
organizaciones como ámbito de estudio específico de la ética aplicada.
Una de las más sobresalientes es que la ética corporativa ha de hacerse
pública; no puede quedar como habitualmente sucede en las
convicciones morales individuales, en el “fuero interno”. Enfrentadas a
sus responsabilidades, las organizaciones no pueden albergar
“sentimientos” morales (culpabilidad, vergüenza, orgullo, sentido del
deber) como les sucede a las personas que han tenido alguna educación
moral. Las organizaciones han de responder a sus responsabilidades con
decisiones colectivas.
Razones para una ética de las organizaciones
Las razones por las que una ética organizativa se hace necesaria han
sido destacadas por los estudios del desarrollo corporativo en la era
posindustrrial y poscapitalista. Se trata de las circunstancias que
presionan en las empresas y que las abocan a adoptar respuestas
globales y proactivas. Las grandes organizaciones actuales están
sometidas a demandas tradicionales de los que podemos llamar ‘agentes
internos’ como trabajadores y accionistas se transforman.
Desde todos los lugares (desde fuera y desde dentro) se presiona a las
organizaciones porque ellas tienen gran influencia sobre las vidas de
mucha gente y una gran capacidad de poder efectivo en un mundo
globalizado. Con frecuencia las organizaciones multinacionales tienen
más influencia, capacidad y poder que los estados.
Por eso ellas son el objeto de las presiones y las demandas de quienes
se sienten de algún modo afectados o se erigen en portavoces de los
afectados por sus actividades o por las consecuencias de las mismas. Se
les responsabiliza porque muchas veces solo ellas pueden evitar
determinados resultados o, si ya ha ocurrido, repararlos. Y en el caso
particular de las empresas con ánimo de lucro, porque ellas se benefician
principalmente de actividades cuyas consecuencias negativas pueden
sufrir otros.
El que una organización deba responsabilizarse de sus actos no es
nuevo. En todos los países desarrollados hay legislación detallada, civil,
penal, laboral, administrativa, mercantil, que especifica que
responsabilidades tienen las personas y las corporaciones. En los países
desarrollados hay además sistemas judiciales suficientemente fiables
que tratan de imponer las responsabilidades legales cuando es
necesario. Lo que es nuevo es la conciencia social de que esa
responsabilidad corporativa existe, y que debe hacerse efectiva incluso
cuando la ley no alcanza a imponerla. por ejemplo cuando atañe a
hechos realizados fuera de las fronteras del país de nacionalidad de la
corporación, cuando ninguna ley protege el bien afectado o cuando el
procedimiento de reparación judicial es tan lento que resulta inútil. en
estos casos, y en muchos toros, agentes externos e internos presionan
directamente a la organización, en la medida que pueden para que se
responsabilicen de sus acciones, al margen de si tienen o no una
obligación legal de hacerlo. Esas presiones, que de algún modo suponen
el reconocimiento de la impotencia del Estado frente a las
organizaciones, pueden conducir, cuando se acumulan, a lo que podemos
llamar “bancarrota moral” de esas mismas organizaciones.
En cierto momento, una organización que haya descuidado sus
responsabilidades puede encontrarse ante una bancarrota de este tipo, y
que conduce a una bancarrota contable y que acaba por erosionar la
confianza de los consumidores, los gobiernos, y los mercados
financieros. Las organizaciones con una sólida cultura ética se
caracterizan por anticipar esas demandas asumiendo sus
responsabilidades antes que sean planteadas como quejas, o antes que
se produzca el daño. Esto es lo que podemos llamar una actitud
proactiva, para distinguirla de la actitud reactiva que se basa en
responder a las demandas una vez que han sido formuladas.
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Notas
(1) El famoso libro de Tom Morris ‘Si Aristóteles dirigiera general Motors’
(Madrid, Planeta, 1997) ejemplifica este tipo de literatura.
(2) las declaraciones de principios corporativas existen en algunas
empresas nortemericanas desde los albores del SXX. Adams Tashcian y
Stone (2001) nos recuerdan que la declaración de valores de la cadena
de grandes almacenes JC Pennay de 1913, y el código ético corporativo
de Johnson & Johnson de 1940. Sin embargo, la “autoconciencia” de la
ética empresarial como un elemento de la gestión y su presencia como
disciplina en las escuelas de negocios, no es anterior a los años 50 y 60
(Lozano, 1999 p.38) viviendo su mayor expansión en los 80.