13.
2 – La ética kantiana:
Está expuesta en la Crítica de la razón práctica. Kant distingue entre éticas materiales y
éticas formales. Las primeras son aquellas que persiguen un fin (por ejemplo la felicidad,
como ocurre con muchas éticas griegas). Las éticas materiales se formulan del siguiente
modo: si quieres conseguir A debes actuar del modo B, es decir, dependen de algo exterior
a ellas mismas, un fin que se quiere conseguir. Las éticas formales no persiguen ningún fin
distinto de ellas mismas; han de cumplirse por respeto a una ley moral, sin esperar por ello
ninguna otra recompensa que el cumplimiento voluntario de esa ley. Por esta razón la ética
kantiana se formula en un imperativo categórico. Es imperativo porque toda ley lo es, y es
categórico en oposición a hipotético (no parte de la fórmula “si quieres conseguir A...”), sino
que impone un deber independiente de cualquier fin. Según Kant, podemos tener
intuiciones de la ley moral porque ésta se halla dentro de nosotros, por lo que es a priori.
Kant propone tres formulaciones del imperativo categórico:
1. «Obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una
ley universal».
2. «Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier
otro, siempre como un fin, y nunca sólo como un medio».
3. «Obra como si, por medio de tus máximas, fueras siempre un miembro legislador en un
reino universal de los fines».
Kant distingue también entre éticas autónomas y heterónomas. Las éticas heterónomas son
aquellas impuestas desde el exterior, como las normas sociales que rigen en una cultura
determinada. Las éticas autónomas son aquellas a las que se llega mediante la razón, sin
que sean impuestas desde fuera. También distingue entre acciones contrarias al deber,
acciones conformes al deber y acciones por deber. Supongamos que un comerciante está
vendiendo sus productos a un precio abusivo; entonces actúa de forma contraria al deber.
Supongamos ahora que rebaja sus precios hasta hacerlos razonables, pero lo hace sólo
para aumentar sus ventas; entonces actúa conforme al deber. Finalmente supongamos que
mantiene los precios razonables porque cree que eso es lo justo; entonces actúa por deber.
Stuart Mill
John Stuart Mill nació en 1806 y murió en 1873. Se dedicó a la filosofía, la economía y la
política. Fue un pensador empirista y desarrolló la ética utilitarista propuesta por Bentham
(que era amigo de su padre y se ocupó de su educación). Hijo del también economista y
filósofo James Mill, tuvo una formación exhaustiva en todos los campos del saber. Mantuvo
una relación sentimental con una mujer casada (Harriet Taylor) con la que acabó uniéndose
en matrimonio después de que ella enviudara de su primer marido. Harriet colaboró
activamente en la obra de Mill e influyó poderosamente en su pensamiento, especialmente
en lo que respecta a sus opiniones sobre los derechos de las mujeres.
Mill fue un pensador preocupado por cuestiones sociales, políticas, éticas y económicas,
que siempre perteneció a la escuela utilitarista. Su filosofía es empirista y enfocada a la
práctica, pretendiendo ser una influencia directa en la vida política de la Gran Bretaña de su
época.
2.1 El utilitarismo de Mill
Mill abraza los postulados del utilitarismo, pero establece algunas diferencias respecto a
Bentham. En primer lugar, no todos los placeres son iguales; algunos son superiores a
otros. Para Mill, lo placeres intelectuales están por encima de los físicos ya que no se
agotan en sí mismos, no perjudican la salud y contribuyen a formarnos para la obtención de
nuevos placeres en el futuro. Es célebre su frase según la cual es preferible ser un Sócrates
insatisfecho antes que un cerdo satisfecho. El concepto de placer en Mill es, por lo tanto,
cualitativo, en oposición al concepto cuantitativo de Bentham. En palabras del propio Mill:
“Sería absurdo pensar que mientras en la evaluación de todas las otras cosas se toma en
cuenta tanto la calidad como la cantidad, en la evaluación de los placeres se tome en
cuenta exclusivamente la cantidad”
Otra de las diferencias entre ambos autores radica en que Bentham considera que la
felicidad que obtiene un solo individuo contribuye a aumentar el nivel de felicidad de toda la
comunidad (utilitarismo individualista). Mill, por el contrario, afirma que en las sociedades
actuales debe distinguirse entre la felicidad individual y la colectiva, entre la satisfacción
privada y el bien público. Aunque ambos tipos de felicidad están relacionados, Mill piensa
que el sacrificio de un individuo por la comunidad debe considerarse la más alta de las
virtudes. En ocasiones, el sufrimiento de un individuo puede comportar la felicidad de
muchos, como ocurre en el caso del héroe que arriesga su vida para salvar a sus
semejantes. Esta postura se denomina utilitarismo altruista. Es conocido que Mill, que fue
educado en un ambiente de estudio muy estricto, sufrió a los 20 años una crisis que le alejó
del utilitarismo ortodoxo que predicaba Bentham y que le indujo a introducir estos matices,
posiblemente influido por las ideas socialistas. En cualquier caso, considera la virtud como
algo más que la simple suma de placeres o felicidad individual:
"La virtud [...] se la puede considerar como un bien en sí mismo, deseándola como tal con
mayor intensidad que cualquier otro bien; y con esta diferencia respecto del amor al poder,
al dinero o a la fama: que todos éstos pueden hacer, y a menudo hacen, que el individuo
perjudique a los otros miembros de la sociedad a que pertenece, mientras que no hay nada
en el individuo tan beneficioso para sus semejantes como el cultivo del amor desinteresado
a la virtud. En consecuencia, la doctrina utilitaria tolera y aprueba esos otros deseos
adquiridos hasta el momento en que, en vez de promover la felicidad general, resultan
contrarios a ella. Pero, al mismo tiempo, ordena y exige el mayor cultivo posible del amor a
la virtud, por cuanto está por encima de todas las cosas que son importantes para la
felicidad general."
Para Mill, la cuestión de los fines supremos no es susceptible de ser probada directamente
(utilitarismo), sólo mediante el análisis de sus consecuencias podemos saber si una acción
es buena o deseable. Si entre dos principios morales queremos saber cuál es el mejor, hay
que tener en cuenta tanto la cantidad como la calidad de sus consecuencias. Por eso es
especialmente valioso el juicio de quienes, siendo personas competentes, han conocido
diversos modos de existencia. No veremos a un sabio aceptar convertirse en ignorante, o a
un hombre descender a la categoría de animal. Lo bueno es siempre lo cualitativamente
deseable y lo socialmente útil y no puede ampararse en ningún tipo de autoridad externa.
Para poder valorar un criterio o una regla como efectivamente moral debe ser de valor
universal, debe procederse a una valoración imparcial de los intereses afectados por un
determinado criterio y las consecuencias derivadas de su aplicación han de incrementar la
felicidad general. Todo, incluso la virtud desinteresada, tiene unas consecuencias que
deben ser evaluadas empíricamente.
La cuestión de la libertad debe ser entendida, pues, en el contexto de la efectividad y de la
utilidad para la felicidad. La libertad es instrumentalmente valiosa, pero no intrínsecamente
valiosa: lo intrínsecamente valioso es la felicidad. Sería un error considerar que Mill habla
de la libertad natural cuando su criterio implica que los humanos participan de una sociedad
política, la única que en definitiva puede evaluar las consecuencias de la libertad como
criterio. Es por ello que no todos los individuos pueden gozar de total libertad: los niños no
han de ser libres, por ejemplo, para decidir si quieren, o no, aprender a leer y lo mismo
podría decirse de algunas deficiencias psíquicas, o de la barbarie –extremo éste que
algunos han considerado colonialista, pero que en Mill no implica ningún significado racial ni
xenófobo, ya que acepta que, si bien los pueblos en estado salvaje han de ser tutelados
durante un tiempo, esa tutela debe desaparecer cuando la población haya alcanzado, a
través de la educación, un grado de conocimiento que le permita ejercer Como empirista, el
utilitarismo es constructivista. Que los sentimientos morales no sean innatos conlleva que la
demostración de su “naturalidad” (UTILITARISMO, cap. III) sólo pueda ser social.
Como dice el propio Mill: «Es natural en el hombre hablar, razonar, construir ciudades y
cultivar la tierra aunque éstas sean facultades adquiridas». En las acciones morales hay
“esa poderosa base natural de sentimientos” que nos los hace sentir como necesarios; pero
“el interés y la simpatía” nos llevan a considerar necesariamente a toda la humanidad
entendida como totalidad política. La libertad, como la felicidad, ha de ser deseada
desinteresadamente pero eso no empece que se trate también de principios normativos
validados y confirmados por la experiencia, es decir, por el comportamiento de las
sociedades humanas. En resumen, para el utilitarismo: «Los ingredientes de la felicidad son
varios; cada uno de ellos es deseable por sí mismo, y no solamente cuando se le considera
unido al todo». Que algo sea deseado por los individuos mejores muestra que es deseable.
2.2 – La libertad individual y el liberalismo
Mill abraza los postulados del liberalismo, pero introduce algunos matices, posiblemente
influenciado por algunas ideas de Rosseau y por los socialistas utópicos como Saint-Simon
o Fourier. Como liberal, defiende el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad privada
(que ya defendieron Locke y Bentham), pero afirma además que el estado no tiene derecho
a inmiscuirse en la vida de los individuos mientras sus acciones no hagan daño a terceros
(esto se denomina principio del daño).
Desde este punto de vista, una acción que puede ser censurable desde el punto de vista
moral no tiene por qué serlo desde el punto de vista legal. Por ejemplo, emborracharse
asiduamente es algo que puede ser moralmente reprobable, pero si quien lo hace no
vulnera intereses de otras personas, su acción no puede ser legalmente penada. Tampoco
puede serlo la homosexualidad, siempre que sea practicada por personas adultas y sin
coacciones de ningún tipo, ya que esta práctica no afecta a terceras personas. Mill se
muestra también contrario a perseguir a nadie por sus opiniones políticas o religiosas,
defendiendo así la máxima libertad de expresión. Mill defiende la democracia, pues entiende
que la libertad política implica participación en el poder. La democracia, sin embargo, ha de
ser representativa de todos los grupos sociales, de modo que también las minorías puedan
expresarse y estar representadas en la vida pública. Sin embargo también la democracia
tiene límites, y Mill advierte de una posible dictadura de la mayoría. Ni siquiera en
democracia, con el apoyo de una mayoría de votos, puede el estado arrebatarnos nuestros
derechos esenciales.
Mill se muestra partidario de la educación obligatoria, ya que para ejercer responsablemente
la democracia es deseable que el pueblo tenga los conocimientos necesarios para elegir de
forma consciente y razonada, pero sobre todo porque la educación generalizada crea un
marco de igualdad de oportunidades, algo que resulta básico para el buen funcionamiento
de la sociedad (aquí observamos, por ejemplo, la influencia de Rosseau). Podría decirse
que Mill es un liberal con objetivos sociales, que trata de conjugar la economía de libre
mercado con las organizaciones obreras.
Otro de sus objetivos irrenunciables es la defensa de los derechos de la mujer (no ha de
olvidarse que en esa época el sufragio femenino todavía no existía y tardaría décadas en
llegar). En este punto se aprecia la influencia de su esposa Harriet, que fue una sufragista
defensora de los derechos femeninos.