Primero, la concepción del comercio y el desarrollo que tiene Hamilton no coincide exactamente
con la versión más popular del liberalismo de su tiempo. Hamilton está convencido de que el
comercio es fundamental para el incremento del ingreso público y de esa manera fortalecer al
orden republicano recién fundado. Pero, a diferencia de Benjamin Constant no cree que el
comercio trae la paz sino por el contrario que produce conflictos entre las naciones poderosas:
A medida que aumente nuestro poderío, es probable, puede decirse que seguro, que Gran Bretaña
y España aumentarán los dispositivos militares que tienen en nuestras cercanías. (…) Si aspiramos
a ser un pueblo comercial o a sentirnos seguros en nuestra costa atlántica, debemos procurar
tener una marina lo antes posible (Hamilton, Madison, Jay, 2010:50)
Para Hamilton la expansión interna y externa de una comunidad es la base de su desarrollo. Y
asume con realismo pero también con conciencia republicana que este progreso no se produce sin
conflictos. En este aspecto podemos decir que nos encontramos con una versión bastante original
del liberalismo que no tiene como pretensión de primera o última instancia una civilización
autorregulada.
Hamilton fue un liberal que comprendió que la expansión de un modelo económico político no era
producto de la autorregulación de un sistema sino de un poder activo tanto en el plano
internacional como en el de la política doméstica.
segundo, Hamilton propone un esquema de desarrollo industrial para los EEUU que tiene en la
creación del el Banco nacional y políticas de fomento implementadas desde el gobierno federal
dos de sus principales pilares. De hecho, el Reporte sobre las manufacturas (Hamilton, 2001: 648-
734) es un claro ejemplo de un concepción del desarrollo que, sin dejar de ser proteccionista, no
se basa exclusivamente en subsidios sino en un paquete articulado de medidas que incluye
impuestos a la importación y una política tarifaria bien articulada (Hamilton, 2001:670).21 Aunque
los principios de estas políticas aparecen ya en los artículos XX a XXVI de El Federalista, aunque
Madison pareciera no haberlo notado, es durante su gestión como secretario del Tesoro que
Alexander Hamilton va invertir todas sus virtudes en la concreción de esta política económica.
Hamilton reconocía que la base agraria de los Estados Unidos no debía ser trastocada por motivos
económicos sino sobre todo por razones políticas (entre ellas la cultura republicana) y valores
sociales muy arraigados. Sin embargo, era un error limitar el desarrollo económico a ser
proveedores de materias primas para que otros países los industrialicen, había que transformarlas
en los productos que los farmers nativos consumían y que los extranjeros, imprescindibles para
hacer de EEUU una economía de escala, también iban a requerir
para Hamilton la confianza en los efectos patrióticos del individualismo posesivo no es suficiente
cuando no hay gran riqueza privada y la intervención pública debe suplir esa deficiencia
Antes que sacrificar el clásico modelo de la república agraria, lo que Hamilton buscaba con su
famoso Reporte sobre las manufacturas era responder a una pregunta que los mismos
representantes del pueblo que rechazaron su propuesta solicitaron al poder ejecutivo cuando se
estableció el Banco de América: ¿cómo hacer un EEUU autosuficiente bajo los fundamentos
modernos del bienestar? Hamilton tenía menos reticencias que Maquiavelo para aceptar que el
dinero era algo más que un mal necesario y estaba menos preocupado por su impacto en la
moralidad individual de los ciudadanos de EEUU
Si bien Maquiavelo advierte respecto de los efectos corruptores del dinero, centra su
preocupación en lo que este puede generar en los ciudadanos, ya que todo erario público debe ser
rico. Hamilton comparte el segundo presupuesto: quiere una república con finanzas prósperas, por
ello promociona el comercio y la industria. Pero el secretario del Tesoro de Washington no
desconfía de los ciudadanos que se enriquecen
Con Benjamin Constant, Alexander Hamilton comparte un liberalismo ético que hace de las
libertades individuales un pilar incuestionable. También ambos creen que los motores del
desarrollo de la civilización moderna son la industria y el comercio. Sin embargo, hay algunos
matices que los diferencian. Para Constant los derechos individuales son principios explícitos que
no deben faltar en ninguna constitución política. Hamilton, por su parte, confía que si la
constitución da forma a una república armónica no es necesario hacer explícito en su texto esas
declaraciones de derecho
Hamilton es un convencido en la superioridad de la igualdad moderna, es decir aquella que
homogeniza los derechos pero que permite que cada quien se destaque o compita de acuerdo con
su propio mérito. Sin embargo, esta creencia lo llevó a defender fuertemente la abolición de la
esclavitud contra muchos de sus contemporáneos que se autoproclamaban verdaderos
republicanos y opositores al imperialismo presidencial de este federalista al que calificaban de
promonárquico.
La otra diferencia entre estos dos liberales es que Hamilton no creía, como Constant, que el
crecimiento del comercio y de la interdependencia entre las naciones iba a generar la paz. Por el
contrario, el escenario previsible era de mayor conflicto entre las naciones con intereses
expansivos, y la nueva república debía estar preparada para ello.
Alexander Hamilton apuesta al desarrollo de la industria, la banca y el comercio para formar un
imperio, que hasta que tenga el poder suficiente para transformarse en una potencia mundial,
opere como Katejon ante el avance del dominio británico en América, sin por ello dejar de
negociar con este poder las condiciones para que la nueva república estadounidense superara el
deterioro económico causado por la economía de guerra