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Procesamiento por Narcotráfico en Argentina

El documento resume una decisión judicial sobre los recursos de apelación interpuestos contra el procesamiento y prisión preventiva de cuatro personas acusadas de tenencia de estupefacientes con fines de comercialización. Los defensores alegaron nulidad del procedimiento policial inicial y falta de pruebas contra sus defendidos. La corte rechazó los pedidos de nulidad y confirmó las prisiones preventivas hasta contar con más elementos de juicio.

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Procesamiento por Narcotráfico en Argentina

El documento resume una decisión judicial sobre los recursos de apelación interpuestos contra el procesamiento y prisión preventiva de cuatro personas acusadas de tenencia de estupefacientes con fines de comercialización. Los defensores alegaron nulidad del procedimiento policial inicial y falta de pruebas contra sus defendidos. La corte rechazó los pedidos de nulidad y confirmó las prisiones preventivas hasta contar con más elementos de juicio.

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CAMARA CRIMINAL Y CORRECCIONAL FEDERAL - SALA 2


CFP 1437/2022/6/CA4

CCCF -Sala 2
CFP 1437/2022/6/CA4
“Ávila Navia, Ana I. y otros s/
procesamiento con prisión preventiva”
Juzgado Federal n°8 – Secretaría n°16.

/////////////nos Aires, 9 de junio de 2022.


Y VISTOS Y CONSIDERANDO:
Los Dres. Martín Irurzun y Eduardo G.
Farah dijeron:
I. Las presentes actuaciones vienen a
conocimiento del Tribunal en virtud de los recursos de apelación
interpuestos por el Dr. Rodolfo Miguel Iglesias, a cargo de la defensa de
Ana Isabel Ávila Navia, Máxima Alejandra Ramírez González y José Luis
Rodríguez; y por el Dr. Martín Apolo, defensor de David Quotemoc Valdez
Peña, contra el auto por el que se decretó el procesamiento y prisión
preventiva de todos ellos como coautores del delito de tenencia de
estupefacientes con fines de comercialización (artículo 5°, inciso ‘c’, de la
ley 23.737).
II. Cabe señalar que conforme surge de lo
obrado por el personal de la Policía de la Ciudad, el 29 de abril de 2022, a
las 18.26 horas, arribaron al kiosco de Matheu 1594 de este medio, que era
atendido por el imputado Rodríguez, los nombrados Ramírez González
(tripulando un Volkswagen Fox, dominio EYI-404), Valdez Peña y Ávila
Navia (el primero como conductor del Toyota Etios, dominio OTZ-825, y la
segunda como su acompañante).
La secuencia era monitoreada por personal de la
División Investigaciones Comunales 4 de esa fuerza, que estaba sobre aviso
de que en esas circunstancias se llevaría a cabo una operación de
narcotráfico. Contaban con la información de que en el kiosco se
comercializaría droga y que los involucrados, de origen dominicano,

Fecha de firma: 09/06/2022


Alta en sistema: 13/06/2022
Firmado por: MARTIN IRURZUN, JUEZ DE CAMARA
Firmado por: EDUARDO GUILLERMO FARAH, JUEZ DE CAMARA
Firmado por: ROBERTO JOSE BOICO, JUEZ DE CAMARA
Firmado(ante mi) por: PABLO GERMAN LEALE, PROSECRETARIO DE CAMARA
#36617269#330900500#20220609133321379
llegarían a bordo de un Toyota Etios de color azul con patente terminada en
825.

De esa forma, al ver que lo que sucedía


coincidía con los datos que manejaban, los agentes se identificaron y
detuvieron a los cuatro imputados.
Entre los efectos secuestrados, en la mochila
que había tomado del automóvil Ávila Navia se halló una tijera metálica y
dos ladrillos de cocaína que pesaron 1047 gramos y 1025 gramos, mientras
que en el interior del kiosco, más precisamente dentro del respaldo de una
silla, debajo de una heladera y sobre el mueble del mostrador, se
encontraron cincuenta y un envoltorios de nylon de color blanco cerrado
por calor conteniendo cocaína con un peso total de 23,108 gramos, y otros
cuarenta y seis envoltorios similares que pesaron en total 46,917 gramos
con la misma sustancia.
Por otro lado, de la vivienda de Pavón 1266, 1°

piso, de esta ciudad, domicilio de la imputada Ávila Navia, se secuestraron


diversos teléfonos celulares y una balanza de alta precisión.
III. El Dr. Iglesias canalizó sus críticas en un
primer aspecto fundamental, afirmando que el procedimiento policial que
tuvo lugar al inicio de la causa es nulo. A su vez, el Dr. Apolo, si bien al
recurrir se refirió tangencialmente a ello indicando que lo plantearía
oportunamente, al presentar su memorial hizo hincapié en aspectos
similares a los aducidos por su colega, lo que nos lleva a su tratamiento en
este pronunciamiento, en forma conjunta.
Al respecto, cuestionaron que los preventores
realizaran tareas de investigación sin dar previo aviso a una autoridad
judicial. Además, señalaron que el producido de esa observación inicial del
kiosco y sus alrededores no proporcionó motivos válidos para intervenir.
Esa circunstancia dejó sin base legal suficiente a la detención de los
imputados, lo mismo que su requisa personal y el primer allanamiento del
local, todo lo cual fue realizado sin orden judicial. Con base en ello,
consideraron que se violaron básicas disposiciones constitucionales y
convencionales en virtud de las cuales corresponde dictar la nulidad de
aquellos actos y todos los que fueran su consecuencia, propiciando el
sobreseimiento de los imputados ante la falta de un cauce de investigación
alternativo.

Fecha de firma: 09/06/2022


Alta en sistema: 13/06/2022
Firmado por: MARTIN IRURZUN, JUEZ DE CAMARA
Firmado por: EDUARDO GUILLERMO FARAH, JUEZ DE CAMARA
Firmado por: ROBERTO JOSE BOICO, JUEZ DE CAMARA
Firmado(ante mi) por: PABLO GERMAN LEALE, PROSECRETARIO DE CAMARA
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Luego, en forma subsidiaria, particularizaron las


situaciones de cada uno de sus defendidos, señalando que la prueba y las
indagatorias contradecían los hechos relatados por los preventores.
Así, el Dr. Iglesias expresó que están probadas
las versiones de Ávila Navia y Ramírez González mediante las que explicaron
su ajenidad con la droga secuestrada, aclarando que Rodríguez reconoció su
tenencia exclusiva en virtud de un negocio que resultó una trampa, a
consecuencia de lo cual la policía se habría quedado con ocho kilos de
cocaína. Hizo especial hincapié en reiterar el pedido de recibir en cámara
Gesell la declaración del menor Justin Agustín Flores Ávila, hijo de Ávila
Navia, a fin de que relate cómo sucedieron los eventos, lo que fue solicitado
al juez instructor sin que éste se expidiera en concreto.
Por su parte, el Dr. Apolo también dijo que
Valdez Peña se vio involucrado sin razón, ya que sólo había ido al lugar a
cobrar una deuda a Rodríguez, de quien era proveedor de bebidas.
Asimismo, señaló que no se verifican los recaudos para imponer la prisión
preventiva de su asistido, sino que existen medidas alternativas menos
gravosas.
IV. Al menos por el momento, los elementos de
prueba con que se cuenta impiden tener por acreditados los vicios en los
que los recurrentes basan las nulidades que solicitan. Al mismo tiempo, ese
plexo probatorio, tal como está conformado al día de hoy, permite tener por
satisfechas las exigencias del artículo 306 del código de rito, sin perjuicio
de que las medidas en curso puedan ameritar en su oportunidad un nuevo
examen de ambas cuestiones. Consecuentemente, adelantamos que los
recursos serán rechazados.
a) Las explicaciones dadas por el preventor
Albornoz, en cuanto a cuándo y cómo habría recibido la información de que
se efectuaría una entrega de material estupefaciente, otorgan de momento
suficiente razonabilidad a sus actos.
Así, ante todo se ha verificado (cfr. nota
actuarial del 11 de mayo pasado) que ante el Juzgado n° 4 del fuero tramita
la causa n° 483/22, en la cual a través de una prevención se llevó a cabo el
secuestro de unos once ladrillos de marihuana y la detención de dos
hombres en jurisdicción de la Comuna 4 de la Policía de la Ciudad. Tras
ello, se practicaron medidas de investigación que permitieron

Fecha de firma: 09/06/2022


Alta en sistema: 13/06/2022
Firmado por: MARTIN IRURZUN, JUEZ DE CAMARA
Firmado por: EDUARDO GUILLERMO FARAH, JUEZ DE CAMARA
Firmado por: ROBERTO JOSE BOICO, JUEZ DE CAMARA
Firmado(ante mi) por: PABLO GERMAN LEALE, PROSECRETARIO DE CAMARA
#36617269#330900500#20220609133321379
posteriormente el secuestro de otros ciento tres ladrillos de cocaína y la
detención de otra persona.
De esa forma, es en principio plausible lo
apuntado por Albornoz en cuanto a que la investigación y las fuentes
reservadas consultadas en el marco de aquella causa habían avisado de la
entrega de narcóticos sobre la que giran las presentes actuaciones.
En consecuencia, podía ser de aplicación en el
caso el artículo 183 del Código Procesal Penal de la Nación, que ampara al
funcionario a realizar por iniciativa propia la investigación de aquel dato, la
que recién en caso de arrojar un resultado positivo acarrea el deber de
comunicación al juez de turno de acuerdo al artículo 186 del mismo código.
Recuérdese que sobre los alcances de esa
actividad autónoma de la fuerza del orden se ha dicho que “la autoridad
preventora tiene el deber inmediato de comunicar a la autoridad judicial y
al fiscal los delitos que llegaren a su conocimiento, esto es a cuya
investigación se halle dedicada. No generarán el deber de comunicación
las tareas de ‘inteligencia’ mientras de ellas no surja la comisión de delito
[CNCP, Sala III, JA, 1995-III-553; CCC, Sala VII, LL, 1998-F-736]
porque son propias de la actividad policial en el Estado de Derecho,
estando sujetas a los límites de la ley, pudiendo hasta ser posteriores a la
iniciación de la causa [CNCP, Sala I, LL, 1999-F-544, convirtiéndose en
tal caso la policía en un colaborador más del magistrado instructor]”
(Guillermo Navarro y Roberto Daray, Código Procesal Penal de la Nación,
Hammurabi, Bs. As., 2013, t. 2, p. 126/127; el resaltado es propio).
En ese contexto, al comprobar Albornoz -según
adujo- que se hacían presentes en el lugar un automóvil y personas con las
características que se le habían predicho, la identificación de los imputados
tenía evidentemente un fundamento. Lo mismo sucede con lo actuado luego
de advertir la existencia de la droga, pues las detenciones, requisas y
secuestros producidos en consecuencia, con noticia y aprobación del
magistrado al que estimó correspondía efectuar la consulta, no escapó a lo
reglado por los artículos 183, 184, 186, 230, 230 bis, 284 y 285 del mismo
cuerpo legal.
Por lo demás, el Tribunal ha sostenido en
reiteradas oportunidades que existiendo determinadas circunstancias
alegadas por el personal de la fuerza policial y no siendo estas

Fecha de firma: 09/06/2022


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manifestaciones inconducentes para proceder en consecuencia, no resulta


ésta la etapa procesal oportuna para decidir este tipo de cuestiones, sino el
eventual debate a realizarse en autos, de acuerdo al panorama más completo
que allí se colecte (de esta Sala, con distinta integración parcial, c. 23.411,
“Lombardi”, rta. 28.02.06, reg. 24.833; c. 27.873, “Maidana”, rta. 25.06.09,
reg. 30.084; c. 28.109, “Badaracco”, rta. 01.09.09, reg. 30.300; c. 32.668,
“Silva Bustamante”, rta. 19.12.12, reg. 35.521; c. 43.526, “ Rojas”, rta.
23.08.19, reg. 47.930 y sus citas, entre otras).
b) La secuencia de los hechos formalmente
presentada por el personal policial interviniente tampoco evidencia
irregularidades que alimenten sospechas sobre un accionar espurio.
En efecto, en la declaración testimonial que
encabeza el sumario, Albornoz explicó que a las 17 horas del día del hecho
recibió la notitia criminis, que luego se apostaron en cercanías del kiosco
que se le mencionó y que fue a las 18.26 horas que los dos automóviles
arribaron al lugar.
Eso resulta conteste con: 1. las constancias
judiciales, consistentes en la nota donde la secretaria actuante consignó las
19 hs. como horario de la consulta por las detenciones practicadas, y las
22.52 hs. de la firma digital del magistrado al ordenar el posterior
allanamiento (ver nota y decreto del 29 de abril); 2. los instrumentos
labrados en el lugar por los agentes del orden (las actas de detención de las
19.10, 19.22, 19.35 y 19.45 hs.; el acta de secuestro de las 19.50 hs.; las
testimoniales de Carrasco y Razzetto de las 20.05 y las 20.17 hs.; la
designación de Albornoz a las 23.15 hs. para llevar a cabo el registro del
local; los dos inventarios de vehículos de las 23.40 y las 23.50 hs.; el
allanamiento realizado a las 23.50 hs; y las testimoniales de Luis y Rodrigo
Martini de las 00.10 y las 00.20 hs.; según fs. 1/5, 6/12, 17, 19/22 y 24/25) y
3. los horarios en que situaron el procedimiento policial los testigos Puglia
(entre las 18 y las 20 hs.), Razzetto (desde las 19.30 ó 20 hasta las 21 hs.),
Shoop (cerca de las 18 hs.) y Zelaya Igna (cerca de las 19.30 hs.).
c) En cuanto a los sucesos en sí plasmados en el
sumario prevencional, del conjunto probatorio formado hasta ahora
tampoco dimanan razones que refuten en forma categórica lo afirmado por
los policías.

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Los recurrentes han puesto sobre todo énfasis en
las testimoniales recibidas. Entienden que en ellas los testigos han marcado
circunstancias que no se compadecen con el relato ofrecido por aquéllos, lo
que indicaría la mendacidad de éstos y la credibilidad de las versiones de
los imputados.
Sin embargo, las presuntas contradicciones e
inconsistencias sobre las que argumentan los apelantes no son
necesariamente tales.
Para comenzar, debe recordarse que Albornoz
dijo que la mochila cuya visión activó su intervención estaba entreabierta y
así fue que pudo vislumbrar dentro de ella los ladrillos de cocaína. Su
compañero Luna refirió que, al tomarla, por el tacto notó en su interior la
característica forma de aquellos ladrillos. Ambas situaciones resultan
plausibles y conducentes a las detenciones así verificadas, sin que -al
menos de momento- hayan sido rebatidas mediante la incorporación de
prueba objetiva.
Por su parte, la testigo Nadares, que aludió haber
visto sólo a una niña, aclaró que todo lo observó desde el balcón de su casa,
desde el cual “no se ve mucho” (sic) el interior del kiosco. Por eso, lo que
haya podido percibir no puede ser concluyente respecto de lo que en verdad
pasó, y menos aún acreditar la versión de los imputados sobre dónde
estaban los hijos de Ávila Navia. Sobre todo, cuando Nadares dijo que
después de asomarse al balcón “me metí adentro de mi casa y no salí más”
(sic), por lo que bien es posible que recién luego de ello Albornoz trajera a
los otros dos menores desde uno de los autos, tal como aclaró en su
testimonial en sede judicial.
Algo similar ocurre con el testigo Zelaya Igna,
quien vio a una niña de unos cinco años desde el interior de su domicilio.
Sin embargo, de su testimonio sí se resalta que, cuando llegó al lugar, dijo
que la mujer rubia que sería Ávila Navia ya estaba detenida junto con otros
hombres.
Lo propio sucede con el testigo Tarifa, quien
también vio el procedimiento desde el balcón de su casa, sin poder tener
una visión completa. Además, su relato, lejos de contradecir al de los
policías, de hecho les brinda un apoyo, pues mencionó que la persiana

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metálica del local estaba baja pero con su puerta de ingreso abierta, lo que
brinda factibilidad al modo en que Albornoz y Luna dijeron actuar.
El testigo Puglia, que fue el único que refirió que
la mujer rubia que sería Ávila Navia llegó al lugar después de que observara
detenidos a los dos hombres, aportó una filmación donde esa puerta se ve
efectivamente abierta.
La testigo Shoop, del local de veterinaria
ubicado al lado del kiosco, aseveró que por lo general esa puerta estaba
abierta. Es también la nombrada la que precisó que no había sido el día del
hecho cuando Ramírez González le consultó sobre una pechera para su perra,
como ésta dijo en su indagatoria. Pero más importante aún es que Shoop
afirmó que la perra que salió corriendo luego de que viera llegar al policía,
y que ella tomó en brazos después de que casi fuera atropellada por un auto,
creyó que se le había escapado no a Ramírez González sino a una mujer
rubia que vio precisamente en ese instante. Sostuvo que esa mujer rubia
resultó detenida, de modo que se trataría de Ávila Navia. Por lo tanto, Shoop
describe un cuadro donde la llegada de los policías coincide con la
presencia en el lugar de Ávila Navia.
De esa forma, y contrariamente a lo argüido por
las defensas, la mayoría de los testimonios avalan las expresiones de los
preventores. Y en este punto, cabe recordar que sus dichos poseen plena
fuerza probatoria cuando se refieren a hechos conocidos por razones
funcionales y no se fundan en interés, afecto u odio, sin que se hayan hasta
ahora probado motivaciones distintas (ver de esta Sala II, causa n° 32.698
“Ponte Bolo y otros”, reg. n° 35.552, rta. el 27/12/12 y sus citas, 42.433
“Juárez, Solange Yamila s/ procesamiento”, Reg. N° 46.723, rta. el 21/12/18
y sus citas; entre otras).
Recapitulando entonces, tenemos que: a. en las
circunstancias y con los antecedentes narrados por los policías, los cuatro
imputados fueron detenidos en el lugar; b. los dos automóviles en que tres
de ellos habrían arribado fueron secuestrados allí; c. la nacionalidad de
algunos de los involucrados y la marca, modelo y hasta los números de la
patente de uno de aquellos autos coincide con los datos que le habían sido
transmitidos a uno de los investigadores por un informante; d. la droga fue
hallada no sólo en forma de dos ladrillos compactos en una mochila sino
también en más de noventa envoltorios individuales escondidos en el local;

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e. en el domicilio de la imputada Ávila Navia en Pavón 1266, 1° piso, de esta
ciudad, se secuestró una balanza de alta precisión; f. Valdez Peña no
acompañó prueba que acredite su versión en cuanto a que había concurrido
al lugar para cobrar una deuda y su vivienda, en Tomás Liberti 425, 3° W, de
esta ciudad, fue allanada a las pocas horas de su detención, pero los policías
sólo hallaron un gran desorden que permite sospechar que otras personas
habían llegado antes; y g. vinculado a lo anterior, Ramírez González y
Rodríguez dijeron en un primer momento residir en Santiago del Estero 2014
de esta ciudad, domicilio que resulta inexistente (fs. 1/5, 53/54, 56/57, 67,
71 y 100), lo que impidió su allanamiento.
En virtud de lo señalado, de momento y de
acuerdo a las reglas de la sana crítica, las circunstancias apuntadas habilitan
el temperamento adoptado por el Magistrado de grado, compartiéndose lo
allí indicado en torno al accionar desempeñado por cada uno de los
encausados y la calificación legal discernida -la que no ha sido objetada por
las defensas-, sin perjuicio de lo que pueda resultar de las medidas en curso,
entre las que se encuentran los informes sobre las antenas activadas por los
teléfonos de algunos de los imputados en las horas de interés, el
conocimiento del contenido de dichos teléfonos, las conversaciones que
habrían quedado registradas en ellos y los movimientos de los automóviles
que pudieron haber sido captados por cámaras de seguridad.
Por lo demás, deberá el Juez expedirse en forma
concreta respecto de la testimonial del menor Justin Agustín Flores Ávila que
requirió la defensa de Ávila Navia (v. presentaciones del 3 y 11 de mayo, y
proveídos del 4 y 11 del mismo mes, puntos IX y X respectivamente, por
los que sólo se tuvo presente la petición).
V. La asistencia de Valdez Peña atacó la
imposición de su prisión preventiva.
Sin embargo y por lo que se dirá, la misma será
homologada.
Es que resultan aplicables a su situación las
consideraciones vertidas al momento de confirmar las denegatorias de
excarcelación de sus tres co imputados (ver CFP 1437/2022/2/CA2,
“Ramírez González”, c. 45989, reg. 50677; CFP 1437/2022/1/CA1, “ Ávila
Navia”, c. 45988, reg. 50.675; y CFP 1437/2022/3/CA3, “Rodríguez”, c.
45990, reg. 50676; todas del 10.05.22).

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Así, debe ponderarse la elevada amenaza de


pena prevista para el ilícito que se le enrostra, lo que constituye un dato
relevante a la hora de justipreciar los riesgos procesales partiendo de las
pautas regladas en el artículo 221 del Código Procesal Penal Federal
-vigente por Resolución de la Comisión Bicameral de Monitoreo e
Implementación del Código Procesal Penal Federal del 13 de noviembre
de2019, publicada en el Boletín Oficial el 19 del mismo mes y año-. En
este supuesto, de recaer condena, la pena que eventualmente se imponga no
sería pasible de ejecución condicional (en esta línea, ver de esta Sala,
CFP6145/2019/5/CA4, rta. 20.5.21, reg. 49.770, entre otras).
Más aún, Valdez Peña registra una condena
dictada el 17 de agosto de 2017 por el Tribunal Oral en lo Criminal Federal
n° 1 de esta ciudad a cuatro años de prisión, multa de cuarenta y cinco
unidades fijas, accesorias legales y costas por hallarlo autor del delito de
transporte de estupefacientes, en la que se le otorgó la libertad condicional
en junio de 2019 (fs. 88/89), por lo que en caso de ser condenado aquí
podría ser declarado reincidente, con las restricciones que tal régimen más
gravoso prevé.
Tampoco pueden perderse de vista a los fines
del inciso ‘b’ de la norma aludida las características del hecho, que hasta el
momento implica una entrega, previamente pactada entre cuatro personas,
de más de dos kilos de cocaína en un kiosco donde además se hallaron
noventa y siete dosis ya fraccionadas de similar sustancia.
En cuanto al peligro de entorpecimiento de la
investigación y en virtud de lo normado en el artículo 222 incisos ‘a’, ‘b’ y
‘e’ del mencionado código, se recuerda que al allanarse el inmueble del
propio Valdez Peña, se hallaron indicios de que terceros no identificados
habrían registrado la vivienda poco antes de la llegada del personal policial.
Finalmente, a todo ello se agrega que existen
medidas de prueba en curso, como los peritajes informáticos sobre los
distintos teléfonos secuestrados, que pueden conducir a la individualización
de otras personas involucradas.
En suma, el escenario descripto, se presenta
negativo a los fines pretendidos, alzándose como indicios suficientes para
tener por verificados los extremos excepcionales, que habilitan su encierro

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cautelar como único medio eficaz -al menos de momento- para garantizar la
finalidad del proceso. Ello conduce a confirmar su imposición.
VI.- En lo que atañe a los demás encausados,
cabe señalar que el Dr. Iglesias al recurrir la medida cautelar que les fuera
impuesta, no expresó fundamentos autónomos sobre el punto, por lo que
nada hemos de decir al respecto, debiéndose recordar que las denegatorias
de sus excarcelaciones fueron oportunamente confirmadas por este Tribunal
en anterior intervención y con posterioridad, el a quo otorgó la prisión
domiciliara a Ávila Navia, la que se hizo efectiva el día 31 de mayo próximo
pasado (cfr. DEO incorporado al legajo digital).
VII. Finalmente, la asistencia de Valdez Peña
cuestionó el monto fijado en concepto de embargo como consecuencia de la
impugnación de su procesamiento, por considerarlo excesivo.
Contrariamente, entendemos que el mismo se ajusta a las pautas de los
artículos 518 y 533 del ordenamiento ritual, incluyendo la previsión
necesaria para atender a los gastos del proceso -no sólo la tasa de justicia-
sino también el pago de los honorarios de su defensa y la eventual pena
pecuniaria, por lo que corresponde su homologación.
Tal es nuestro voto.
El Dr. Roberto Boico dijo:
I. Los agravios
Concita la intervención de esta Sala los recursos
de apelación interpuesto por las defensas de David Quotemoc Valdéz
Peña, Ana Isabel Ávila Navia, Máxima Alejandra Ramírez González y
José Luís Rodríguez respecto del auto que dispuso sus procesamientos por
considerarlos coautores penalmente responsables del delito de tenencia de
sustancias estupefacientes con fines de comercialización, previsto y
reprimido por el artículo 5to. inciso “c” de la ley 23.737 con prisión
preventiva y el embargo de sus bienes por la suma de pesos seiscientos mil
($ 600.000).
(i) El punto neurálgico de la impugnación de
Valdéz Peña versa en torno a que el auto de mérito es violatorio de su
derecho de defensa con anclaje en las siguientes premisas: contiene
afirmaciones dogmáticas sin sustento en el plexo probatorio, no fue
corroborada su versión de los acontecimientos y, finalmente, no se
mencionó cuál fue la conducta endilgada a su respecto. En cuanto a la

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prisión preventiva consideró que el juez de grado acreditó el peligro de fuga


sin evaluar ninguna circunstancia fáctica al margen de la expectativa de
pena. También, indicó que no existe peligro de entorpecimiento porque los
medios probatorios pendientes van a favorecer su versión de los
acontecimientos.
(ii) La pieza recursiva interpuesta por la
representación de Ávila Navia, Ramírez González y Rodríguez invocó
una serie de irregularidades en la fundamentación del resolutorio en crisis
cómo así también la nulidad de la detención y requisa durante el operativo
policial que culminó con la detención de sus asistidos. En ese orden,
sostuvo que: (a) la declaración de los preventores exhibe serias
contradicciones con respecto al lugar donde fueron habidos los menores de
edad. Los niños se encontraban en el auto “Fox” que pertenece a Navia y
no en el “Etios” como declaró el Principal Albornoz; (b) existen medios de
prueba pendientes que van a demostrar las inconsistencias del relato
policial con respecto a la participación de Navia y de Ramírez González en
los acontecimientos. El propio Rodríguez declaró que Ramírez González
nada tenía que ver con el material estupefaciente hallado; (c) el
procedimiento se trató de una práctica policial sin investigación, directrices
ni orden previa en visible violación a lo dispuesto por el Código de
Procedimiento Penal (artículos 284, 230 y 184) como a las directrices
fijadas por los artículos 7 y 11 de la Convención Americana de Derechos
Humanos; (d) la orden de allanamiento fue nula por falta de
fundamentación máxime cuando el registro ya se había llevado a cabo. Para
concluir, alegó que “…se debe invalidar el allanamiento sin orden del
kiosco, la diligencia de requisa y las detenciones, extendiendo el efecto
nulificante a todos los actos procesales consecutivos (…) no existiendo en
autos otro cauce de investigación independiente que permita tener por
acreditada la materialidad de la conducta atribuida, corresponde disponer
el sobreseimiento de los cuatro imputados”.
(iii) En oportunidad de expedirse sobre los
planteos nulificantes efectuados por las defensas, el representante del
Ministerio Público Fiscal en instancia previa —Dr. Gerardo Pollicita—
remarcó que “…los elementos de prueba incorporados al legajo como
producto de las diligencias útiles y conducentes ordenadas por VS –
paralelamente a la vista conferida a esta parte e incluso como respuesta a

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la evacuación de citas propuesta por la defensa- permiten sostener con el
grado de certeza que requiere esta etapa procesal, la validez de la versión
de los hechos plasmada en el acta de procedimiento por la fuerza policial
actuante… no sólo sus dichos fueron ratificados por los testigos del
procedimiento sino que además, los resultados arrojados por las
diligencias ordenadas por VS con posterioridad a la detención permiten
tener por fundada la sospecha inicial que provocó que la prevención
actuara en los términos y bajo las atribuciones que le confiere el art. 285
del CPPN”
II. 1. El inicio
i) a. El Principal Gustavo Andrés Albornoz
declaró en el marco del sumario 222484/2022 de la Policía de la Ciudad el
30 de abril (cfr. fs. 1/5vta) y en sede judicial el 10 de mayo del año en
curso. En su testimonio indicó que el día 29 a las 17:00 horas se
encontraba realizando tareas de inteligencia en las cercanías del barrio
“Villa 21-24” de esta ciudad por disposición del Juzgado Nacional en lo
Criminal y Correccional Federal nro. 4. Secretaría nro. 7, en el marco del
expediente 483/2022. A la hora señalada, un “informante” (quién
cooperaba en la pesquisa 483/2022) le propició un dato. Esta vez, sin
embargo, éste se comunicó por otro motivo: tenía información sobre una
posible entrega de droga que nada tenía que ver con la investigación en
curso.
Esta notitia criminis se relacionaba con una
entrega de cocaína que se iba a materializar en un kiosco ubicado en la calle
Matheu 1594 de esta ciudad. El vehículo encargado del traslado de
estupefacientes —según le relató el testigo anónimo— iba a ser un Toyota
“Etios” color azul, con número de patente finalizado en 825. Los
implicados eran de nacionalidad dominicana. Se le detalló, además, que en
el domicilio se comercializarían estupefacientes de forma asidua.
Precisamente, ese 29 de abril se iba a efectuar una entrega de grandes
cantidades de cocaína. Por este motivo, el “informante” le aconsejó
apostarse en el lugar para intervenir en la operatoria delictiva.
A raíz de la información recibida, Albornoz
decidió apersonarse en el lugar (Matheu 1594) con un móvil policial sin
identificación en compañía del agente a su cargo Félix Ariel Luna. Allí se
corroboró que la información aportada tenía asidero: efectivamente en el

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domicilio se emplazaba un kiosco. En consecuencia, refirió “...decidimos


implantar una vigilancia en el lugar yo con mi secundante y al resto del
personal lo mandé de a pie sobre avenida Juan de Garay, para que se
queden entre la gente sobre la avenida”. En esa empresa, pudo distinguir a
una persona de sexo masculino que entraba y salía del local en actitud
“inquieta”. En sus palabras, “[n]os quedamos observando ahí un lapso de
tiempo considerable” (el subrayado me pertenece).
A las 18:26 pudieron distinguir la llegada de dos
vehículos. El primero un VW “Fox” dominio EYI-404 de color blanco y
detrás de éste el esperado Toyota “Etios” dominio OTZ-825.
Veamos ahora cuáles fueron las explicaciones
que brindó el preventor a la hora de ser interrogado por las partes respecto a
la oportunidad de efectivizar la consulta al juzgado en turno: “...nosotros
nos comunicamos con la Justicia Federal en el momento en que se
materializa el hecho. Entiendo su pregunta, y Ud. también entienda que
como investigadores y personal policial recibimos muchísimas
informaciones anónimas sobre pasamanos, sobre vehículos. Entonces, me
comuniqué en el momento que hice la prevención y constaté que había
material ilícito del cual el Juez debía tomar conocimiento de forma
inmediata Por eso, es que yo le expliqué que inmediatamente hecha la
prevención me comuniqué y pedí autorización para efectuar las requisas...
´”.
En instancia judicial, el agente de la Policía de
la Ciudad Félix Ariel Luna —quién secundó a Albornoz en el operativo—
declaró que “...por la tarde Albornoz me avisa que había recibido un
llamado telefónico de un informante que le dijo que se iba a concretar una
entrega de droga en un kiosco y proporcionó los datos del auto y cómo
terminaba la patente. Así, efectivamente fuimos al lugar a ver si existía el
local comercial y comprobamos que sí y que estaba abierto. Por lo tanto,
montamos una vigilancia de manera discreta (...) Estuvimos ahí durante el
lapso de más de una hora.”. Aclaró —posteriormente— que cuando
Albornoz recibió el llamado del informante no se encontraba presente. No
pudo recordar dónde se hallaba concretamente cuando el principal le
transmitió el contenido del llamado, pero subrayó que se lo dijo en persona.
i) b. Hasta aquí lo dicho por los preventores.
Para un mejor análisis de los acontecimientos vamos a dividir la secuencia

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de los hechos en tres escenas (1. El inicio, 2. El desarrollo, 3. El
desenlace). Llamaremos “el inicio” a todo lo actuado por el principal
Albornoz hasta que avizoraron la llegada de los vehículos al inmueble de la
calle Matheu 1594.
Comencemos. La Ciudad de Buenos Aires se
encuentra organizada en 15 Comunas que se rigen bajo la Ley 1.777. Se
trata de unidades descentralizadas de gestión política y administrativa que
—en algunos casos— abarcan a más de un barrio porteño. La villa “21-24”,
donde Albornoz se encontraba efectuando tareas de inteligencia, según dijo,
se emplaza en el barrio porteño de “Barracas”, que a su vez pertenece a la
Comuna 4. No obstante, el kiosco sito en Matheu 1594, donde se
sucedieron los acontecimientos, corresponde a la Comuna 3, barrio de
“San Cristóbal” (ver https://www.buenosaires.gob.ar/comunas). Al mismo
tiempo, en las comunas se ubican las Comisarías Vecinales de la Policía de
la Ciudad con especifica jurisdicción en cada barrio porteño. Entonces, si
consultamos cuál es la Comisaria con jurisdicción en la Comuna 4, nos
encontramos que le compete a la Comisaría Vecinal 4B, 4D y 4C. Empero,
si nos trasladamos a la Comuna 3, la intervención le incumbe a la
Comisaria Vecinal 3A y (ver
https://epok.buenosaires.gob.ar/pub/mapa/secretariageneral/compromiso_c
omisarias/).
De lo expuesto se puede extraer una primera
conclusión. El Agente Albornoz se encontraba sujeto a tareas de
inteligencia en la Comuna 4, jurisdicción de la Comisaría Vecinal 4 y bajo
las órdenes impartidas por el Juzgado Federal nro. 4 de esta ciudad. La
noticia de la entrega de estupefacientes correspondía a la Comuna 3 en la
órbita de intervención de la Comisaría Vecinal 3.
Sigamos esta línea de razonamiento. Si la
denuncia en palabras del propio Albornoz “…era de unas personas que no
se relacionaban a la investigación a la que… estaba abocado el
dicente…” se trababa —a todas luces— de una denuncia nueva. Como tal,
debía procederse conforme al artículo 182 del Código Procesal Penal de la
Nación que dispone “[c]uando la denuncia sea hecha ante la policía o las
fuerzas de seguridad, ellas actuarán con arreglo al artículo 186”. Por su
parte el art. 186 ordena “[l]os encargados de la prevención, comunicarán
inmediatamente al juez competente y al fiscal la iniciación de actuaciones

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de prevención. Bajo la dirección del juez o del fiscal, según


correspondiere, y en carácter de auxiliares judiciales, formarán las
actuaciones de prevención”. A ello ha de agregarse la disposición local
pertinente, esto es, el artículo 87 de la ley 5.688 de la Ciudad Autónoma de
Buenos Aires, que dice: “El personal policial debe comunicar
inmediatamente a la autoridad judicial competente los delitos y
contravenciones que llegaren a su conocimiento durante el desempeño de
sus funciones”.
La norma menciona dos directrices obligatorias
para la intervención de las fuerzas de seguridad frente a la denuncia de un
hecho delictual. Por un lado, la comunicación inmediata al juez o fiscal.
Inmediato quiere decir “[q]ue sucede o se realiza justo antes o justo
después de otra cosa, sin mediar tiempo entre ellas. El principal recibió la
información a las 17:00 y se efectuó la consulta a las 19:00 horas con el
juzgado federal en turno con las fuerzas de seguridad (cfr. nota actuarial del
día 29 de abril). La comunicación practicada dos horas después -120
minutos - no se condice con el concepto de inmediato. Por otro, se les
impone la necesidad de actuar bajo la dirección del juez o del fiscal.
Precisamente, el carácter de su actuación es de auxiliar de la justicia —que
auxilia— a la justicia. Sin intervención jurisdiccional previa, los roles se
encontrarían invertidos. La justicia resultaría auxiliar de los agentes de las
fuerzas de seguridad y su intervención quedaría acotada a la mera
formalidad de convalidar lo actuado por éstos.
Además, la fuerza policial está
estructurada/gobernada verticalmente, y el ejercicio del mando se canaliza
por medio de la emisión de órdenes de servicio legal y legítima impartida
por superiores a sus subordinados, y su cumplimiento será estricto durante
el desarrollo de las funciones propias del servicio (art. 116 de la ley 5.688).
Esto quiere decir que la predicada discrecionalidad del preventor
(Albornoz) para dejar su puesto operacional en el marco de tareas
específicas asignadas por un juez federal, según dijo, y dirigirse a otro
destino sin reportar la novedad a ningún superior
jerárquico/orgánico/funcional (artículo 117 de la ley 5.688), no sólo
constituye una práctica poco ortodoxa en el marco de las funciones
policíacas, pues el abandono inconsulto de la tarea asignada pudo incidir
negativamente en la eficacia de la misma, sino que además languidece el

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argumento que justificaría un obrar prescindente de la autoridad judicial.
Lo extraño del caso, además, es que no se hubiera requerido ninguna
instrucción del superior jerárquico/funcional acerca de cómo proceder
frente a una notitia criminis: (i) recibida por teléfono, (ii) de un informante;
(iii) cuya certeza de producción no podía certificarse; (iv) ajena al objetivo
al cual estaba específicamente afectado Albornoz, y (v) con tiempo
suficiente para reportarla, incluso, en el lapso que duró el desplazamiento
por móvil de un lugar a otro.
Por consiguiente, la segunda conclusión de este
acápite responde a que tanto Albornoz como el resto de los agentes de la
fuerza abocados al operativo se trasladaron al lugar sin comunicación
previa ni directivas de actuación de la autoridad judicial/policial, por fuera
de los alcances de la norma que gobierna la tópica.
2. El desarrollo
i) a. Continuamos con el relato de Albornoz a la
luz de esta segunda etapa de los acontecimientos: “el desarrollo”, que
abarcará desde el arribo de los automóviles hasta el hallazgo de la mochila
en el interior del comercio.
Al avizorar a los dos automóviles, los agentes
advirtieron que ambos se estacionaron sobre la calle Matheu, frente al
kiosco. El móvil no identificado de los policías se hallaba a unos diez
metros del “Fox” y a cinco metros del “Etios”. Del primero de los
automóviles descendió una mujer que cruzó la calle hacia el kiosco y
entabló diálogo con el sujeto previamente individualizado en la puerta del
local. Posteriormente, del “Etios” descendió un hombre y una mujer. Esta
última abrió la puerta trasera del vehículo y tomó una mochila color negra y
caminaron juntos hacia el kiosco. Albornoz relató que “[y]o y mi
secundante nos encontrábamos vestidos con ropa de civil, pero con
acreditaciones. El secundante mío se caracteriza por tener un chaleco
antibalas con todas las acreditaciones de la Policía de la Ciudad, en el
caso mío, siempre tengo puesto el chaleco Siam conocido por
investigaciones de la Policía de la Ciudad. Nosotros cuando nos bajamos,
ellos nos observan desde la vereda de enfrente y no salen corriendo ni
salen a la fuga, sino que aceleran su paso con intención de llegar lo más
rápido posible a este kiosco”.

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En ese contexto, el Principal decidió


identificarse frente a la pareja en poder de la mochila al grito de —¡alto
policía! —. Sin embargo, éstos llegaron a entregar la mochila a los
sujetos que se hallaban dentro del comercio. En ese momento, se
redujo a la pareja que aún no había ingresado —totalmente— al local,
como a quienes se encontraban en su interior. Finalmente, la mochila —
semiabierta y en el interior del kiosco— se reveló en poder del hombre que
había sido visto en un primer momento entrando y saliendo en actitud
“inquieta”. Al respecto, Albornoz expresó: “[r]ápidamente ahí observamos
la mochila que estaba entreabierta y vimos que tenía dos ladrillos que
claramente era cocaína porque uno de ellos estaba roto, se le había hecho
una prueba antes de llegar al lugar y se veía cocaína en el fondo de la
mochila, en realidad un polvo blanco porque todavía no habíamos hecho el
reactivo”.
A continuación, el agente decidió inmovilizar a
todos los sujetos involucrados, los esposó y tapó sus rostros. De seguido, se
comunicó con los oficiales que se encontraban en las inmediaciones del
lugar con el objeto de pedir refuerzos y ordenó que se proceda a la
búsqueda de dos testigos para iniciar el procedimiento de requisa. En
consecuencia, se presentaron dos civiles que, según sus dichos “…ya
estaban observando el accionar de la policía, les pedí que se queden ahí,
que me cooperen como testigos, no tuvieron ningún problema. Con la
presencia de estos dos testigos le hago un reactivo químico a este producto
blanco que resulta dar positivo para cocaína y le hago un pesaje que me
da dos kilos, dos kilos cuatrocientos, algo así, de cocaína”.
En su declaración, el agente Luna explicó que
los efectivos Maine y Cisneros de la Comisaria nro. 4 de la Policía de la
Ciudad, que brindaron apoyo posterior al operativo, se encontraban
cercanos al lugar, pero no arribaron con él y Albornoz.
Por su parte, al ser interrogado en sede judicial
sobre la carencia de instrucciones de la autoridad judicial, Albornoz
respondió que “...no, no puedo pedir una orden de allanamiento para
identificar a una persona. Dr., es vía pública y yo estaba actuando,
primero, como auxiliar de justicia, segundo, estaba en la vía pública,
tercero, estaba en servicio en mi jurisdicción. Yo puedo identificar a una
persona respecto de la cual me dieron la información de que iba a hacer

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un pasamano de estupefaciente. No necesito orden de ningún Fiscal ni de
ningún Juez para identificar una persona. Si identifico a una persona y
después necesito hacer una requisa, ahí sí hago la consulta y le
fundamento al Dr. cuáles son los motivos por los que pido autorización
para hacer una requisa. Por eso no hice requisa hasta el momento que
hablé con el Juzgado Federal. Lo que hice lo actué en forma autónoma, en
flagrancia, hasta que di con la mochila, hice lo que me correspondía en
forma autónoma” (el subrayado me pertenece).
Al describir la mochila declaró que: “[e]ra una
mochila negra típica deportiva. Lo que sí se va a ver claramente en el
análisis de Laboratorio Químico que en el piso de la mochila, del lado de
adentro, está lleno de cocaína suelta porque uno de los ladrillos lo habían
abiertos, se ve que para hacer alguna diligencia con ese ladrillo, y estaba
todo el fondo del piso de la mochila lleno de cocaína suelta. Es por eso que
secuestro los ladrillos dentro de la mochila y realicé un empaquetado de
todo el conjunto de la mochila y los ladrillos porque cuando se haga la
apertura de eso dentro de la mochila hay un montón de cocaína en polvo
producto de que uno de los ladrillos se fue desgranando y desparramó
cocaína”.
En cuanto al por qué consideró que estaba
actuando bajo las reglas del delito flagrante refirió que “...sigo a las
personas de la cual me habían denunciado que iban a hacer el pasamano,
los intento identificar, aceleran la marcha, se pasan una mochila, los
prevengo, no los detengo, hice una prevención, observo que la mochila
estaba abierta y veo la cocaína. La mochila estaba semiabierta (...) la
mochila cuando se hace la prevención queda en el piso, en el pasamanos
que hacen ellos que quieren hacer de forma rápida para tratar de ocultar
lo que estaban transportando, la mochila queda en el piso y queda
entreabierta y ahí se llega a ver claramente los ladrillos de cocaína (...) La
puerta estaba abierta, la mochila estaba abierta y quedó del lado de
adentro del kiosco. Por ende, yo estaba actuando bajo flagrancia porque
yo ya había visto la cocaína, había visto la droga. Entonces, actué en
flagrancia y actué en forma autónoma sujeto a reglamento. Hice lo que me
correspondía: prevenir a las personas, hacer el test reactivo para ver si
era o no cocaína y si era cocaína, comunicarme de forma inmediata con el
Juzgado Federal. Que es lo que hice” (el subrayado me pertenece).

Fecha de firma: 09/06/2022


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Por otro lado, fue consultado sobre el momento


y el lugar en donde fueron hallados los testigos. Al respecto, explicó que
“...ni bien se realiza toda la secuencia, se previene y se observa la cocaína,
ya había dos personas que eran dos personas adultas, feligreses de una
iglesia de la vuelta, ya estaban mirando. Y yo les pedí que se queden en el
lugar, que por favor me sean testigos y me dijo que no tenían problemas,
eran dos personas adultas quienes no tuvieron problemas. Desde antes de
que les pidiera que salieran de testigos ya estaban mirando todo el
procedimiento”.
Examinemos ahora el relato de los
acontecimientos en boca de uno de los testigos convocados a presenciar el
procedimiento. Benito Carrasco declaró: “...pertenezco a una iglesia
cristiana que está a la vuelta, sobre Juan de Garay. Yo estaba caminando y
me encontré con un efectivo policial quien me preguntó si tenía documento
a lo que le respondí que no, me preguntó si lo recordaba y le dije que sí, y
acto seguido me dice que debía prestar mi colaboración como testigo en un
procedimiento. Paso seguido le dije que sí, le pregunté si iba a tardar
mucho y me dijo que no. Como veía que se demoraba pregunté qué faltaba
para iniciar y me dijeron que les faltaba un testigo, que la gente no se
prestaba. Entonces yo le dije que podía llevar uno. Le dije a mi señora que
estaba en la iglesia que viniera...” (el resaltado me pertenece).
El testigo detalló —en cuanto a los pormenores
de la exhibición del material estupefaciente incautado— lo siguiente:
“...voy a tratar de ser lo más preciso posible. No recuerdo si era la
primera o la segunda vez que ingresamos [al kiosco] como ya relaté en un
principio, cuando uno entra al local hay un mueble con una escalerita
exhibidora de golosinas y arriba presentaron dos paquetes de color azul,
envueltos en un celofán de color azul, muy bien compactados” (el resaltado
me pertenece).
Finalmente, al requerirle al testigo que indique
si el personal policial se hallaba dentro del kiosco cuando arribó al lugar,
reconoció que “...sí, estaban los chicos [menores de edad] estaban las
prevenidas, una o dos, no recuerdo bien. El kiosco tenía la cortina baja, no
sé quién la bajó y adentro había uno o dos policías, pero no le puedo
confirmar eso. Es una apreciación que voy a decir libremente, pero calculo

Fecha de firma: 09/06/2022


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que no van a dejar sin seguridad a las personas prevenidas, por una
cuestión de seguridad”.
i) b. Concluida la narración de esta segunda
etapa podemos advertir que aún no se efectuó la comunicación a la
autoridad judicial.
Albornoz justificó su actuación invocando los
alcances del instituto de la flagrancia. Al respecto, el artículo 284 del
Código Procesal Penal de la Nación menciona las excepciones para la
detención sin orden judicial que se desarrollaran más adelante. No obstante,
el apartado 4to de esa norma habilita la detención sin orden “[a] quien sea
sorprendido en flagrancia en la comisión de un delito de acción pública
reprimido con pena privativa de libertad”. De seguido, el artículo 285 fija
las prerrogativas para que se habilite este tipo de proceder excepcional:
“[h]abrá flagrancia si el autor del delito fuera sorprendido en el momento
de intentarlo, cometerlo, inmediatamente después, si fuera perseguido o
tuviera objetos o presentase rastros que permitieran sostener
razonablemente que acaba de participar de un delito”.
De la declaración de Albornoz se pueden extraer
las siguientes proposiciones fácticas: a) la noticia de la posible entrega de
droga se efectuó a las 17:00 horas; b) los preventores se trasladaron hacia el
domicilio indicado por el “informante” y c) aguardaron unos noventa (90)
minutos —“nos quedamos observando ahí un lapso de tiempo
considerable”— el arribo de los vehículos que transportarían el material
estupefaciente. Al analizarlas, se vislumbra que el hecho no encuadra
dentro de alguna de las alternativas dispuestas por el artículo 285 del
Código Procesal Penal. Este supuesto (flagrancia) procede —únicamente—
cuando el delito se está cometiendo o se acaba de cometer. La disposición
es muy clara, su aplicación no posee resquicios para una ambigua
interpretación.
Conviene enfatizar aquí otra cuestión de suma
importancia. No era facultad del preventor —ni mucho menos del
informante— fijar el enfoque estratégico para el abordaje de un supuesto
actuar delictivo vinculado al comercio de drogas. El tráfico de
estupefacientes posee herramientas propias de investigación como las
figuras del agente encubierto, revelador, informante, la entrega vigilada y la
prórroga de jurisdicción (cfr. art. 1 de la ley 27.319 sobre investigación,

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prevención y lucha de los delitos complejos). Más aún, existe en la órbita


del Ministerio Público Fiscal de la Nación una Procuraduría especializada
en estos tipos de maniobras. Así “[l]a Procuraduría de Narcocriminalidad
(PROCUNAR) fue creada... para hacer frente a la necesidad... de diseñar
una política criminal, una organización institucional y estrategias de
intervención acordes con la gravedad, complejidad, magnitud y extensión
de la narcocriminalidad, entendida esta como un fenómeno sociopolítico
de vasto alcance, que atraviesa numerosos aspectos de la vida de la
sociedad y que acarrea consecuencias gravemente nocivas a las personas y
los bienes. Así, se optimizan los recursos del organismo y mejoran los
resultados de la investigación penal preparatoria y el eficaz enjuiciamiento
de los responsables por delitos de narcocriminalidad, brindando
colaboración y asistencia técnica a los fiscales de todo el país”.
Veamos un ejemplo posible. La ley 27.319 sitúa
en su artículo 15 la figura de la llamada entrega vigilada: “[e]l juez, de
oficio o a pedido del Ministerio Público Fiscal, en audiencia unilateral,
podrá autorizar que se postergue la detención de personas o secuestro de
bienes cuando estime que la ejecución inmediata de dichas medidas puede
comprometer el éxito de la investigación. El juez podrá incluso suspender
la interceptación en territorio argentino de una remesa ilícita y permitir
que entren, circulen o salgan del territorio nacional, sin interferencia de la
autoridad competente y bajo su control y vigilancia, con el fin de
identificar a los partícipes, reunir información y elementos de convicción
necesarios para la investigación siempre y cuando tuviere la seguridad de
que será vigilada por las autoridades judiciales del país de destino. Esta
medida deberá disponerse por resolución fundada”. La entrega vigilada es
una técnica de investigación y, como tal, debe ser implementada en la etapa
primigenia del proceso. Se trata de una táctica investigativa en el momento
en el cual un delito se está consumando. Es decir, la medida de entrega
vigilada es casi simultánea a la comisión de la maniobra ilícita. La
viabilidad de este tipos de herramientas tiene que ver con la reunión de los
siguientes presupuestos; 1) la detección de una maniobra ilícita que
suponga el traslado de personas y transporte de bienes, 2) la suspensión de
la detención o incautación de estas personas y bienes con el objeto de no
poner en riesgo la investigación, 4) el estricto seguimiento de los
sujetos/objetos para la posterior ejecución de medidas y, finalmente 5) la

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recolección de información y elementos que permitan la detención de
terceras personas involucradas en el hecho (Bello, Lucas “Investigación de
empresas criminales, aplicación práctica de técnicas especiales contra el
crimen organizado, Hammurabi, Buenos Aires, 2022, pág. 205/207).
Naturalmente, de haber actuado acorde a los
lineamientos prefijados por el código de procedimiento penal —dando
aviso inmediato de la notitia criminis— pondrían haberse establecido
pautas de actuación específicas para este tipo de supuestos, bajo las
directrices de los organismos especializados en el tráfico de
estupefacientes. A la luz de este tipo de maniobras, es trascendental la
puesta en marcha de herramientas acordes a la complejidad del delito para
así lograr la identificación de eslabones más altos de la cadena de tráfico o
—más importante aún— no interferir o frustrar una investigación que ya se
encuentra en curso.
Al avanzar en el análisis del operativo policial,
nos topamos ahora con el arribo de los dos automóviles, el ingreso de los
imputados al local comercial y su posterior detención.
El conflicto que enfrentamos en este caso es,
esencialmente, que no vislumbramos un correlato entre lo actuado por la
prevención y alguna de las mencionadas excepciones. En contrapartida, el
principal Albornoz junto a Luna y “...resto de personal...” a su cargo
estuvieron aproximadamente noventa (90) minutos esperando a los
imputados. No podemos hablar aquí de indicios vehementes de
culpabilidad ni de peligro de fuga o entorpecimiento, menos aún de
una persecución en flagrancia cuando los sujetos aún no habían
arribado al lugar de los hechos. Tampoco de actuaciones que lo faculten a
actuar por sí, pues la manda concreta (183) está condicionada a la
existencia de una denuncia (aquí no hubo técnicamente una denuncia) o por
orden escrita; pero si fuera el caso se debió dar conocimiento inmediato al
juez (186). Ahora, si el propio Albornoz no podía efectuar el llamado por
encontrarse sujeto a alguna actividad propia de la prevención, lo podría
haber materializado cualquiera de sus acompañantes. Dicho ello, son esas
circunstancias previas las únicas que habilitan excepcionalmente a los
órganos del Estado llevar a cabo medidas coercitivas que invadan la esfera
íntima de la persona. Es irrelevante, la eficacia del operativo policial
posterior. Mientras los preventores aguardaban el arribo del “Etios” azul

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(ya corroborada la existencia fehaciente de un kiosco en el domicilio


indicado por el “colaborador”) tenían la obligación de avisar a la autoridad
judicial en turno. La posterior detención de los imputados (tanto en la vía
pública cómo en el interior del kiosco) se desarrolló por fuera de la manda
legal.
He de aclarar aquí otra cuestión que no puede
escindirse del accionar previo llevado a cabo por los policías. Me refiero al
ingreso efectuado por Luna —posteriormente secundado por Albornoz—
en el interior de Matheu 1594. Tal cómo fue previamente ensayado, no
existió una persecución en flagrante delito, ni tampoco indicios de comisión
de delito; transportar una mochila no resulta a las claras una presunción
valida que permita la irrupción tempestiva a la privacidad de una morada
(cfr. art. 227 del CPPN). En definitiva, el ingreso al kiosco declarado por
los propios preventores para ejecutar la aprehensión de las dos personas que
se encontraban dentro no puede ser convalidado por la autoridad
jurisdiccional. Insisto, se pudo obtener la orden judicial.
Sigamos.
El principal Albornoz mencionó que los testigos
del procedimiento (Carrasco y Razzeto) se hallaban presenciando todo
desde el inicio y que, para poder proceder a la requisa de la mochila negra,
les solicitó su colaboración. Por el contrario, Carrasco refutó tal afirmación.
Mencionó que se encontraba caminando por su barrio y fue interceptado
por un agente que le solicitó ser testigo en un operativo policial. Relató
cómo tuvo que ir a buscar a su esposa que se encontraba dentro de la Iglesia
(Razzeto). No estaban presenciando el procedimiento de forma previa a su
convocatoria.
Posteriormente, Carrasco relató cómo le fue
exhibido el material incautado. De su relató no surge que los agentes
policiales extrajeron del interior de la mochila los ladrillos con material
estupefaciente. No obstante, Albornoz declaró (cfr. fs. 2/vta del sumario)
que: “[p]resente los testigos identificados en actas, se comenzó con la
inspección de la mochila en cuyo interior se encontraba dos (02)
ladrillos... de los cuales se pudo apreciar que uno de ellos tenía un corte
rectangular sobre uno de sus laterales, notando de que se trataría de
cocaína”.

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Recapitulando, de este apartado se desprenden
las siguientes afirmaciones: (i) Albornoz no actuó amparado por las
directrices de los delitos en flagrancia; (ii) tampoco lo hizo en el marco de
las excepciones normativas de detención sin orden judicial, (iii) el ingreso
de Luna y posteriormente de Albornoz al local no cumplió con los recaudos
del artículo 227 del Código Procesal Penal de la Nación y por último, (iv)
al margen de las serias contradicciones respecto a la actuación de los
testigos, vale decir que —de su intervención— no se puede determinar
desde dónde provino el material estupefaciente.
3. El desenlace
i) a. Es recién en la etapa que llamamos
desenlace cuando se realizó el llamado de consulta a la autoridad judicial.
Pero antes, sigamos con la secuencia de los acontecimientos.
Albornoz relató cómo, luego del reactivo
positivo —en presencia de los testigos de procedimiento—, concretó el
pesaje de la droga (2.43 kilogramos), identificó a los prevenidos, los
cacheó para determinar si tenían armas o elementos peligrosos, ingresó al
automóvil “Etios” (donde se hallaban los 3 niños menores de edad hijos de
Avila para ponerlos a resguardo de su madre) y concluyó: “...luego de ello
y ante todo lo ocurrido, se procedió a realizar inmediata consulta con el
Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Nro. 8... quien enterado
dispuso: avalar lo actuado por el momento y que se proceda a la requisa
de las personas y los vehículos...” (cfr. fs. 3 del sumario policial).
Al serle requerido en sede judicial que explique
en qué condiciones buscó a los menores de edad en el vehículo “Etios”,
declaró que “...desde el momento de la prevención hasta que la señora me
dice de los menores pasaron unos minutos, no paraba de decirme de sus
hijos. Le empiezo a prestar atención porque en su momento pensaron que
íbamos a cometer un ilícito, no que éramos policías. Hubo ahí una refriega
hasta que se dieron cuenta que éramos policías, habrán pasado unos
minutos y la mujer me refería de manera insistente de sus hijos. Yo fui
caminando del lado derecho, del lado del kiosco y los traje del Etios. Si un
menor estaba en el otro auto y se pasó al otro no lo sé. Yo los traje del
Etios, los autos estaban enfrente uno del otro y estacionaron de esa forma
porque encontraron esos lugares. En la cuadra había vehículos, no podían
estacionar uno adelante del otro, sino posiblemente lo hubieran hecho”.

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A su vez, de la declaración testimonial de la


testigo Razetto podemos destacar los siguientes fragmentos relevantes:
“¿Recuerda cuantas personas había? respondió: ´Afuera había dos y
adentro había dos mujeres y tres nenas, calculo yo una de 13 años y
después una más chiquita y otra más chiquita todavía de 2 años más o
menos eso es lo que estaban adentro en el negocio´. Preguntado para que
ratifique si en el interior del kiosco había dos personas de sexo femenino,
respondió: ´Si si, también había personal policial, afuera estaban dos
masculinos´. Preguntado para que diga cuanto recuerde en relación a los
efectos que fueron secuestrados en el procedimiento, respondió que: ´De
afuera vi los celulares y que se contaba dinero; o sea vi que era dinero que
se contaba y lo de adentro no porque en un momento me sentí mal entonces
salí afuera´. Preguntado para que diga si presenció el secuestro de alguna
droga, si observó algo en relación a ello, respondió que: ´Si si hasta ahí sí.
Preguntado para que precise en qué condiciones se encontraba, donde fue
hallada, respondió: ´En un paquete, envuelto en un paquete marrón y el
efectivo saco no sé cómo este micrófono o más chico no se la verdad que
no se me explicar… como un paquetito chiquito y lo puso dentro como yo
lo llamo y lo digo como si fuera una jeringa y ahí hizo la mezcla y dio que
era cocaína o clorhidrato como se le llame… hasta ahí ví´ (…) Preguntado
para que diga si cuándo llegó… ¿ya estaban las nenas? ´ respondió:
´Adentro del negocio estaban con las nenas no sé si era la mama o la tía y
las nenas estaban ahí adentro del negocio´”.
ii) b. Puestos a valorar esta última etapa del
procedimiento policial se advierte que éste debió iniciarse tal como
concluyó, esto es, requiriendo el policía, vía llamado pertinente, la
instrucción del juzgado/fiscal para que la autoridad judicial “decida” qué
hacer en el marco de este particular evento. Se hizo exactamente lo
contrario, se tomaron decisiones propias de la jurisdicción, conforme
mandato constitucional y legal expreso que se la adjudica (la “decisión”)
exclusivamente a la autoridad judicial, y luego se requirió su
homologación, en un contexto donde todo ya había ocurrido.
Corresponde evidenciar una última
contradicción. Ambos testigos del procedimiento (Razetto y Carrasco)
fueron contestes al mencionar que cuando arribaron al local las menores de
edad ya se encontraban junto a una de las mujeres que fueron detenidas. Es

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decir, el orden cronológico detallado por Albornoz se contradice con lo
expuesto por éstos. Cuando fueron convocados al procedimiento, Albornoz
ya había ingresado al vehículo “Etios”.
En retrospectiva: 1) se ingresó a un domicilio
sin orden de registro ni mediando las circunstancias dispuestas por el
artículo 227 del Código Procesal Penal de la Nación; 2) se procedió a
requisar a las personas sin comunicación previa con el juzgado en turno ni
amparado por alguna de las causales dispuestas por el artículo 230 bis del
Código Procesal Penal de la Nación; 3) seguidamente, se detuvo a éstas 4
personas sin vislumbrarse circunstancias excepcionales que habiliten tal
accionar (artículo 284 del Código Procesal Penal de la Nación); 4) el
material estupefaciente fue retirado de la mochila negra de forma previa a
la comunicación con la autoridad judicial y con anterioridad al arribo de los
testigos del procedimiento (artículo 230 bis último párrafo, 231, 138 y 139
del Código Procesal enal de la Nación) y, por último; 5) se ingresó a uno de
los vehículos sin ningún tipo de directiva de la autoridad judicial con
respecto al especial proceder protocolar que incumbe cuando existen niños
o niñas involucrados.
III.- La decisión:
Este caso no es de aquellos donde derechamente
se audita el mayor o menor apego a la regla legislativa que fija la pauta para
el correcto proceder policial sin orden de juez. Es innegable aquí que la
sucesión de hechos evidencia un hiato temporal entre noticia del presunto
delito y el arribo de los futuros imputados, cercano a una hora y media (90
minutos), lapso durante el cual se pudo recabar perfectamente aquella orden
judicial para proceder del modo que indique el juez o el fiscal. Entonces, no
hubo inmediatez entre la notitia criminis y el arribo de los imputados, y
tampoco hubo inmediatez geográfica entre el lugar donde dijo estar
apostado el policía Albornoz y el kiosco que iba a recibir la entrega ilícita.
Tampoco, según lo manifestó expresamente por el policía que realizaba
tareas en el barrio 21-24, la noticia de la entrega de estupefacientes tenía
relación directa con las actividades que desempeñaba a instancias del
Juzgado Federal 4 de esta ciudad. Expliqué, incluso, que resultaba
llamativo que no se hubiera reportado la novedad al jefe jerárquico u
operacional del oficial que recibió la noticia, ello con propósitos de
aguardar instrucciones operativas concretas. En cambio, el policía y quien

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lo secundaba se apostaron en cercanías del kiosco para desarrollar tareas de


vigilancia sobre una noticia que, al fin de cuentas, tampoco podían
certificar de antemano su fidelidad; y esa inexistencia de certeza – sobre la
noticia - permite interpretar a las tareas que allí realizaron durante esos
noventa (90) minutos como típicas de inteligencia o investigación sin orden
judicial alguna.
Ahora bien, la discusión del caso se reduce a un
solo interrogante: si un policía está habilitado para detener/requisar sin
orden judicial cuando: 1) recibe la noticia de la realización de un presunto
delito y 2) no hay inmediatez temporal entre la noticia y la presunta
producción del ilícito (en nuestro caso una distancia de 90 minutos cuanto
menos), ni inmediatez geográfica, ni relación alguna con las tareas
policíacas a las que estaban afectados. Como se ve, no están en tela de
juicio los extremos habilitantes de la intervención policial ante el supuesto
reglado en los artículos —230/284— del código de procedimiento, sino un
accionar intervencionista distinto.
Sobre la facultad de detener y requisar sin orden
judicial ya me he expedido con anterioridad. En efecto, en la causa (Sala II-
CFP 9041/2019/3/CA1 “Gómez Rodríguez s/ procesamiento y embargo”).
recordé un fragmento del voto del Juez Maqueda en el caso: “Waltta,
Cesar” (Fallos: 327: 3829). Allí, en su disidencia, sostuvo que: “…nuestros
constituyentes, al formular el artículo 18 de la Constitución Nacional, no
siguieron los antiguos proyectos constitucionales (como el Decreto de
Seguridad Individual de 1811 y de Constitución Nacional de los años 1819
y 1826) que incluían expresas referencias acerca del grado de sospecha
exigible para llevar a cabo una detención (voto del juez Bossert en Fallos:
321:2947), ni a la Constitución de los Estados Unidos, que en la Cuarta
Enmienda prescribe el estándar de “causa probable” para autorizar
arrestos o requisas. En nuestro país —en cambio— aquella tarea quedó
delegada en el legislador.
Esas normas legislativas son reglamentarias del
artículo 18 de la Constitución Nacional, cuyo contenido prohíbe
restricciones ambulatorias e inspecciones corporales que no provengan de
autoridad “competente”. No obstante, este principio admite —bajo
tipificación legal— excepciones. Aquellas, aplicables a la detención, son:
1) artículo 284, inciso 3° del Código Procesal Penal de la Nación, en cuanto

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dispone que “…los funcionarios ... de la policía tienen el deber de detener
aún sin orden judicial ...3) Excepcionalmente, a la persona contra la cual
hubiere indicios vehementes de culpabilidad, y exista peligro inminente de
fuga o de serio entorpecimiento de la investigación y (como ya fue
mencionado) ...a quien sea sorprendido en flagrancia en la comisión de un
delito de acción pública reprimido con pena privativa de libertad”; 2)
artículo 184, inciso 8° del Código Procesal Penal de la Nación, que faculta
a la policía a aprehender a los presuntos culpables, en los casos y formas
que autoriza el mismo código.
Para que las excepciones a la regla de
emanación judicial de restricción ambulatoria prosperen deben verificarse
las siguientes circunstancias: 1) indicios vehementes de culpabilidad (art.
284.3), presunta culpabilidad (art. 184.8) o presumible comisión o
circunstancias fundadas de posible —o inminente— comisión de delito y
no se porte documento que acredite identidad (art. 1 de la ley 23.950); 2)
peligro inminente de fuga o de serio entorpecimiento de la investigación.
Por su parte, para que prospere la requisa sin orden judicial se deben
constatar: 1) motivos suficientes para presumir que una persona oculta en
su cuerpo cosas relacionadas con un delito.
En ambos casos (detención y requisa) se aprecia
un elemento común: sospecha de comisión —o de inminente comisión—
de un delito, y se diferencian en, para la detención: peligro de fuga o
entorpecimiento (similar a los requisitos para la adopción de medidas
cautelares), y para la requisa: presunción de que se ocultan cosas
relacionadas al delito.
Esta fue mi posición en todos los precedentes de
esta Sala desde mi incorporación. Pero sigamos.
Ahora, el presupuesto fáctico para validar la
excepción a la regla depende de algo muy sencillo: que sea objetivamente
imposible, por la razón que fuera y en el contexto que se examina,
obtener la autorización judicial, en un análisis ex ante. No es facultad
discrecional del policía requerir —o no— la orden judicial, ni se trata de
una evaluación de la eficacia de aquello que se quiere
reprimir/conocer/incorporar; se trata en cambio de una auténtica
imposibilidad, primero, y del cumplimiento de los recaudos típicos
previstos en la norma habilitante, después.

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Dicho lo anterior, pueden ocurrir supuestos en


donde se ponga en duda, sin discutir la inmediatez de la decisión de actuar,
que se esté frente a una sospecha objetiva que habilita la intervención
policial sin orden judicial. Son generalmente los casos que vienen a
nuestros estrados y los precedentes donde traté el tópico se corresponden a
ellos, pero aquí la discusión es otra. Entonces, si no está presente aquí ese
rasgo de inmediatez que permitiría eximir al policía de contar con la orden
judicial previa, la pregunta es: ¿bajo qué supuesto podría convalidarse el
procedimiento que aquí estamos auditando?
En el particular, no encuentro razón alguna,
dadas las características fácticas que presenta el caso, para dispensar de la
orden judicial que exige nuestra Constitución Nacional para realizar una
intervención como la que se produjo, ni tampoco un extremo que permita
excepcionar el recaudo. Y no sólo arribo a tal conclusión merced el hiato
temporal entre noticia e intervención, sino por: (1) una noticia recibida de
fuente anónima (informante) que no estaba relacionada directamente con
las tareas a las que estaba afectado el policía que finalmente allanó, requisó
y detuvo; (2) por la distancia geográfica entre el lugar donde se encontraba
realizando tareas a instancias del Juzgado Federal 4 y el lugar donde se le
informó que se iba a realizar la entrega de estupefaciente; (3) la distancia
temporal entre el arribo al lugar de entrega de estupefacientes y el momento
en el cual se produjeron los hechos que dieron inicio a esta causa; (4) por
las contradicciones que se aprecian entre el testimonio brindado por el
policía y los testigos que participaron del procedimiento; (5) por la
inexistencia de reporte de la novedad (de la información de la entrega) a los
jefes jerárquicos u operacionales, al menos esto se deduce del testimonio
del policía; (6) la asunción por sí de tareas investigativas sin orden judicial
alguna y fuera del marco estrictamente prevencional y, finalmente, (7) no
se han revelado causas concretas que hayan impedido al policía efectuar la
comunicación al juzgado o fiscalía de turno.
Todo ello me convence que la actuación policial
se produjo extramuros de la Constitución Nacional.
Ahora, más allá de lo expuesto en relación con
la legitimidad del procedimiento policial, también es cierto que se halló
sustancia estupefaciente, cuya cantidad exacta fue controvertida por la
defensa, y un expreso reconocimiento de uno de los imputados acerca de

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algún tramo de los hechos que aquí nos convoca. Sin embargo, la validez
constitucional de una intromisión sin anuencia judicial no puede
examinarse por el resultado que hubiera arrojado el procedimiento, pues de
ser así el principio rector sería: “toda requisa o allanamiento serán válidos
si su resultado arrojara elementos de cargo que justifiquen la promoción
de un proceso penal”, escenario que subvertiría faltamente el principio
democrático y republicano del estado de inocencia, programa político basal
de nuestro texto constitucional. Dicho lo anterior, si la invasión a la
intimidad va a justificarse siempre que “se encuentra algo”, entonces todos
somos portadores de un estado latente de sospecha hasta tanto se demuestre
lo contrario, habilitándose así un poder absoluto regido sólo por la voluntad
de aquel que habla y procede en nombre del Estado. De allí que los
argumentos “consecuencialistas” relacionados con la eficacia en la
prevención del delito, o con la tranquilidad pública de que todos los
delincuentes sean sometidos a proceso para su ulterior castigo, no se
corresponde con los estándares legales, constitucionales, ni convencionales
que nos rigen. Todo ello fue claramente fijado por la CorteIDH en el caso
“Fernández Prieto/Tumbeiro”, sobre el cual nos explayaremos luego. Lo
que exige un Estado constitucional de derecho es que el accionar de la
policía se ajuste de modo irrestricto a los parámetros normativos que
derivan de la Constitución y la ley, máxime cuando excepcionalmente
asume una competencia que no tiene, y ella (esa no-competencia) importe
avanzar sobre derechos constitucionales/convencionales básicos de las
personas.
Los constituyentes han sido sabios y prudentes
al adjudicar el poder excepcional de restringir derechos de las personas,
justificado en presuntos hechos criminales, sólo a los jueces de la
República. Son ellos quienes investidos del poder que otorga la
Constitución Nacional, y bajo estrictísimos mecanismos de selección, con
participación del Poder Legislativo, Ejecutivo (que no son más que los
representantes del pueblo argentino) y del Consejo de la Magistratura,
pueden disponer —fundadamente— intromisiones a la intimidad de las
personas. Ese poder (judicial) es indelegable e intransferible.
En excepcionales supuestos, cuya urgencia
demanda un accionar concreto para frustrar la comisión del delito, o sus
efectos, apresar a sus presuntos responsables, o evitar la destrucción de

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huellas o pruebas del delito, el legislador habilita el proceder policial bajo


reglas estrictas que tipifican ese accionar. Parece obvio, y aquí hay que
decirlo, que las excepciones al principio de emanación de orden judicial
para restringir derechos dependen de un contexto objetivo (el hecho
concreto que justifica el proceder) y de su correspondencia con la
tipificación legal para proceder. Aquí, como dije, no los encuentro.
Resulta inadmisible que en un Estado de
derecho un policía pretenda arrogarse la facultad de decidir cómo se
incorporarán insumos probatorios al proceso cuando ese poder no le ha sido
conferido por ley. Imaginemos, por hipótesis, que merced a la decisión del
policía de intervenir sin anuencia judicial previa, cuando fácticamente tuvo
la posibilidad de recabarla, se frustrara una investigación en curso que no
conocía su desarrollo, o bien, su intempestiva decisión de actuar impidió al
juez de la causa arbitrar mecanismos procesales disponibles para avanzar en
eslabones más altos de una posible organización criminal. Incluso, al no dar
parte del caso ni al poder judicial ni a sus superiores, pudo poner en riesgo
la vida, integridad y patrimonio de las personas.
Quizás se podría argüir que, más allá de la
“vigilia” hasta el arribo de las personas que realizarían la entrega del
material ilícito, fue en el instante de la llegada de los sujetos al kiosco
donde se advirtió esa actitud sospechosa que justificaría el accionar policial
sin orden de un juez. Ese argumento no puede prosperar: (1) porque la
ulterior causa de sospecha, si fuera objetivamente sustentable, no puede
neutralizar el primer quicio apuntado; (2) porque los policías ya no
actuarían en virtud de flagrancia, sino con pleno conocimiento de lo que
buscaban.
Sin embargo, del relato del policía tampoco
quedaría claro ese indicio vehemente de la presunta comisión del delito al
arribo de los imputados al kiosco de Matheu 1594.
Veamos.
El Principal Albornoz declaró que —al arribar al
kiosco referenciado por el informante— implantó una vigilancia allí junto
al agente Luna “...por un lapso considerable (...) más de una hora”. Previo
al arribo de los dos automóviles, ambos agentes revelaron que vieron al
dueño del kiosco en actitud “ansiosa” por entrar y salir del comercio como
esperando a alguien. Recordó que “[e]ntre tantas veces que entraba y salía

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[al kiosquero], se lo observó interactuar con una persona masculina,
mayor de edad, obesa que interactuó en dos o tres ocasiones y esa persona
se retiró. No nos llamó la atención en cuanto era una acción típica...”.
Al profundizar sobre este tópico, se lo interrogó
en referencia a la concurrencia de más personas en el kiosco durante ese
lapso: “...como ya les referí, había una persona obesa que interactuó
bastante con el masculino, que entraba y salía, se iba, a los minutos volvía.
Eso nos llamó la atención porque nosotros presumíamos que podía ser uno
de los que estaba en la maniobra. Pero después se retiró del lugar y no se
lo volvió a ver. Quince, veinte minutos después de la última vez que se lo ve
al masculino, arriban los vehículos”.
Seguidamente, al consultarle si esa persona
descripta como “obesa [sic]” portaba algún bulto refirió que “no.
Mirábamos mucho nosotros si se lograba ver algún pasamano de
estupefacientes, porque sabíamos que había estupefacientes, pero no
sabían de cuánto, ni cómo, si iba a estar adentro de un bolso, una mochila,
una bolsa, si era una riñonera. Estábamos muy pendientes de si había un
pasamanos, y entre ellos solo vimos que interactuaban hablando, no vimos
pasamanos porque si no hubiéramos actuado en consecuencia y
hubiéramos hecho una prevención en el lugar”.

Por su parte, el agente Luna manifestó en sede


judicial que “[m]ientras esperábamos vi cómo interactuaba [el kiosquero]
con dos personas, una de ellas gordito, moreno, robusto, de cara ancha y
la otra más delgada. Los dos entraron y salieron del kiosco varias veces,
se notaba que no eran consumidores del kiosco. Después de un tiempo
largo de espera vimos que se aproximaron dos autos por la calle...” Indicó
que no vio ningún bulto en manos de estas personas. No obstante, llamaron
su atención porque “...entraron, salieron, entraron, salieron, iban para la
esquina, volvían. Yo pensé que de concretarse algo iba a ser con estas
personas, pero no. Después resultó ser distinto”.
Consecuentemente, se le preguntó a Luna si
cuando ingresó al kiosco había otras personas no identificadas en el interior
al margen de los dos prevenidos éste dijo “no, no había nadie más”.
Empero, durante el desarrollo de la declaración
testimonial el Principal Albornoz manifestó que durante el tiempo que

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desarrollaron el operativo policial en el kiosco “...era constante la cantidad


de gente que venía con la finalidad de comprar estupefacientes, desde
personas en situación de calle que venían directamente a preguntar por
estupefacientes como personas que compraban cocaína que venían en
autos y paraban y preguntaban por la persona que manejaba el lugar para
comprar estupefacientes. Realmente absurdo”.
En primer lugar, no logra explicarse por qué
Albornoz observó al kiosquero interactuar con una sola persona adjetivada
como “obesa” y Luna recalcó que llamó su atención la actitud del kiosquero
con el sujeto “obeso” y una tercera persona que al parecer Albornoz no
divisó a pesar de la actitud “sospechosa” que logró la atención de su
compañero. No obstante ello, el Principal puso de resalto que durante todo
el desarrollo del operativo vieron un cumulo de gente que se acercaba al
lugar a comprar estupefacientes —es decir, ya puesto en marcha el
operativo policial con la presencia allí de los efectivos— Sin embargo,
durante el lapso de 90 minutos aproximadamente que se encontraron
vigilando de forma encubierta no lograron individualizar ningún pasamanos
y sólo vieron (para el caso de Luna) dos personas que interactuaron con el
kiosquero.
Continuamos.
Albornoz declaró que —luego del arribo de los
automóviles “Fox” y “Etios”— observaron cómo descendió del primero de
ellos una mujer que cruzó la calle, ingresó al kiosco y se puso a interactuar
con el kiosquero. Minutos después, del asiento conductor del automóvil
“Etios” bajo un hombre con rasgos “centroamericanos” y una mujer que
extrae una mochila del asiento trasero y, ambos, comienzan a caminar con
dirección al local. En consecuencia, manifestó “[a]l prever que éste era el
vehículo que me habían informado y que esta mochila podía ser
supuestamente la que tuviera los estupefacientes, es que yo y mi
secundante intentamos identificar a estas personas... (...) a mi me daba
indicios de que era la que posiblemente tenía los estupefacientes por la
cual decido prevenirlos (...) Nosotros cuando nos bajamos, ellos nos
observan desde la vereda de enfrente y no salen corriendo ni salen a la
fuga sino que aceleran su paso con intención de llegar lo más rápido
posible a este kiosco. Ante ello, nosotros cruzamos rápidamente la vereda
y le damos la voz de “Alto” para que se detengan y poder identificarlos”.

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Agregó, además, que “[e]s una maniobra que estaba planeada. Ya vimos
muchas veces que utilizan mujeres y niños para camuflar una bajada de
estupefacientes. Es casi de manual del narcotráfico”.
Al respecto, Luna referenció que “[d]espués de
un breve lapso del tiempo vemos que, del otro auto, el que nosotros
estábamos esperando, baja un sujeto que tenía rastas, morocho y una
mujer con una mochila y caminan hacia el kiosco. Eso motivó a que
nosotros hagamos la identificación, bajamos del móvil, lo que a mí me
costó un poco más porque tenía la puerta rota, yo atravieso la calle y
escucho que Albornoz les gritó “Alto Policía”.
Cuando este último fue interrogado sobre otras
situaciones —por fuera del relato del informante— que convalidaran la
prevención alegó lo siguiente: “yo calculo que el ánimo de Albornoz de
decirles en ese momento “Alto Policía” fue que la identificación debía ser
en la vía pública. Era para lograr ese efecto, lograr identificarnos en la
vereda... Posteriormente, se le preguntó si fue la entrega de la mochila lo
que motivó la prevención a lo que respondió: “en realidad lo que motivó la
identificación fue que se bajaron del auto señalado con una mochila”.
De allí que, la actitud de los tripulantes del
Toyota “Etios” se trató de un accionar totalmente estereotipado: estacionar
un auto, extraer una mochila y cruzar una calle en dirección a un local
comercial. Si suprimiéramos los datos aportados por el informante, nada de
su desenvolvimiento hubiera resultado “sospechoso” para legitimar un
operativo de prevención sin orden judicial.
Ahora bien, ¿cuáles son las reglas jurídicas o
estándares constitucionales/convencionales que deben emplearse para
el juzgamiento de este hecho? Los derechos en cuestión, claro está,
refieren al artículo 18 de la Constitución Nacional, a la vez que
disposiciones internacionales incorporadas en el artículo 75.22. Nos
detendremos específicamente en la Convención Americana de Derechos
Humanos (C.A.D.H.), artículos 7.1 (libertad personal), 7.2 (detenciones
solo fijadas de antemano en la Constitución o la ley), 7.3 (prohibición de
detenciones arbitrarias), 8 (garantías judiciales).
Las cláusulas de la C.A.D.H. están incorporadas
en el artículo 75.22 de la Constitución Nacional: (i) en las condiciones de
su vigencia, y (ii) tienen jerarquía constitucional:

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Lo primero significa que la interpretación de los


tratados (en nuestro caso la C.A.D.H.) se debe realizar conforme las reglas
del derecho internacional, por caso, respetando: (a) principio del pacta sunt
servanda, consagrado en el artículo 26 de la Convención de Viena sobre
Derecho de los Tratados (C.V.) que obliga a los Estados a dar
cumplimiento a los tratados de los que son parte, y este imperativo de
derecho internacional público exige cumplirse de buena fe (se complementa
con el artículo 31 C.V.); (b) los Estados no pueden invocar disposiciones
de derecho interno como fundamento para dejar de cumplir compromisos
internacionales (artículo 27 C.V.); (c) que en virtud de ello, y en la medida
que la República Argentina reconoció la competencia de la CorteIDH por
vía del artículo 2 de la ley 23.054, y lo dispuesto por los dispositivo 62.1 y
63 de la C.A.D.H., sus sentencias son obligatorias y deben ser cumplidas
por nuestro país, conforme 68.1 de la C.A.D.H. (sobre la regla de que la
Corte Interamericana es la última interprete de la Convención, véase:
CorteIDH. Caso Almonacid Arellano y otros Vs. Chile. Excepciones
Preliminares, Fondo, Reparaciones y Costas. Sentencia de 26 de septiembre
de 2006. Serie C No. 154 , párr. 124; Corte IDH. Caso La Cantuta Vs. Perú.
Fondo, Reparaciones y Costas. Sentencia de 29 de noviembre de 2006.
Serie C No. 162, párr. 173).
Lo segundo: que sus disposiciones son parte de
la Constitución, de modo que sus reglas deben compatibilizarse con las del
texto histórico (1853/60), pues así lo estableció y juzgó el constituyente de
1994. Su justificación normativa se enuncia en el 75.22, pues los tratados
con jerarquía constitucional: “no derogan artículo alguno de la primera
parte de esta Constitución y deben entenderse complementarios de los
derechos y garantías por ella reconocidos”.
Sigamos.
Recientemente la República Argentina fue
condenada por la CorteIDH en el caso “Fernández Prieto y Tumbeiro Vs.
Argentina. Fondo y Reparaciones” (Sentencia de 1 de septiembre de 2020.
Serie C No. 411). El pronunciamiento resulta de prioritario interés para el
caso que nos ocupa en la medida que de allí se extraen estándares
convencionales que los jueces debemos aplicar. Y también es de sumo
interés la posición que adoptó nuestro país en ese litigio, al sostener que:
“las detenciones … en 1992 y 1998, respectivamente, se circunscribieron

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en un contexto general de detenciones y requisas arbitrarias en Argentina”
Y agregó que: “las facultades policiales de detención de personas y de
requisas sin orden judicial, y sin mediar supuestos evidentes de flagrancia,
merecen en nuestro país una revisión profunda” (Alegatos Finales Escritos
de Argentina de 18 de junio de 2020 (expediente de fondo, folio 833).
Frente a ello dijo el tribunal: “la CorteIDH se permite concluir que dicho
contexto se mantiene incluso en la actualidad” (párrafo 33 in fine).
Por imperativo de tal pronunciamiento, es
obligación de los jueces argentinos realizar el “control de
convencionalidad” en todo caso donde se discutan aspectos atenidos a
cláusulas de la Convención. Inició ese camino la CorteIDH al resolver el
caso Almonacid Arellano y otros Vs. Chile. Excepciones Preliminares,
Fondo, Reparaciones y Costas. (Sentencia de 26 de septiembre de 2006.
Serie C No. 154), diciendo: “124. La Corte es consciente que los jueces y
tribunales internos están sujetos al imperio de la ley y, por ello, están
obligados a aplicar las disposiciones vigentes en el ordenamiento jurídico.
Pero cuando un Estado ha ratificado un tratado internacional como la
Convención Americana, sus jueces, como parte del aparato del Estado,
también están sometidos a ella, lo que les obliga a velar porque los
efectos de las disposiciones de la Convención no se vean mermadas por la
aplicación de leyes contrarias a su objeto y fin, y que desde un inicio
carecen de efectos jurídicos. En otras palabras, el Poder Judicial debe
ejercer una especie de “control de convencionalidad” entre las normas
jurídicas internas que aplican en los casos concretos y la Convención
Americana sobre Derechos Humanos. En esta tarea, el Poder Judicial
debe tener en cuenta no solamente el tratado, sino también la
interpretación que del mismo ha hecho la Corte Interamericana, interprete
última de la Convención Americana” (En el mismo sentido: Caso La
Cantuta Vs. Perú Fondo, Reparaciones y Costas. Sentencia de 29 de
noviembre de 2006, párr. 173). (la negrita no es del original).
Ese control de convencionalidad exige, en
términos generales: (i) verificar la compatibilidad de las normas y demás
prácticas internas con la C.A.D.H., la jurisprudencia de la CorteIDH y los
demás tratados interamericanos de los cuales el Estado sea parte
́
(CorteIDH. Caso Gudiel Alvarez y otros ("Diario Militar") Vs. Guatemala.
Fondo, Reparaciones y Costas. Sentencia de 20 noviembre de 2012. Serie C

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No. 253); (ii) el control se realizará de oficio por toda autoridad estatal
(CorteIDH. Caso Gelman Vs. Uruguay. Fondo y Reparaciones. Sentencia
de 24 de febrero de 2011. Serie C No. 221), y en el marco de sus
competencias (CorteIDH. Caso Trabajadores Cesados del Congreso
(Aguado Alfaro y otros) Vs. Peru.́ Excepciones Preliminares, Fondo,
Reparaciones y Costas. Sentencia de 24 de noviembre de 2006. Serie C No.
158); (iii) la tarea de control podrá implicar, de acuerdo al órgano interno
que la realice: a) supresión de normas contrarias a la CADH y/o adecuación
de su legislación interna (CorteIDH. Caso Almonacid Arellano y otros Vs.
Chile. Excepciones Preliminares, Fondo, Reparaciones y Costas. Sentencia
de 26 de septiembre de 2006. Serie C No. 154; CorteIDH. Caso Mendoza y
otros Vs. Argentina. Excepciones Preliminares, Fondo y Reparaciones.
Sentencia de 14 de mayo de 2013. Serie C No. 260); o bien b) su
interpretación acorde (CorteIDH. Caso Radilla Pacheco Vs. México.
Excepciones Preliminares, Fondo, Reparaciones y Costas. Sentencia de 23
de noviembre de 2009. Serie C No. 209).
Los estándares que surgen del pronunciamiento
de la Corte son: (1) la libertad como la seguridad personal constituyen
garantías frente a la detención o encarcelamiento ilegal o arbitrario; (2) el
artículo 7 de la C.A.D.H. contiene dos tipos de regulaciones bien
diferenciadas: la general que se encuentra en el apartado primero “[t]oda
persona tiene el derecho a la libertad y a la seguridad personales” y la
específica, compuesta por una serie de garantías que contemplan el derecho
a no ser privado de libertad ilegalmente (artículo 7.2) o arbitrariamente
(7.3) a conocer las razones de la detención (7.4) al control judicial de la
privación de libertad (7.5) a impugnar su legalidad (7.6) y a no ser detenido
por deudas (7.7). Cualquier violación de los numerales 2 al 7 acarreará la
violación del artículo 7.1 de la misma disposición (cfr. párr. 65); (3) la
restricción del derecho a la libertad personal únicamente es viable cuando
se produce —en un aspecto material— por las causas y bajo las condiciones
fijadas de antemano por las Constituciones Políticas o las leyes dictadas a
su respecto, y —en un aspecto formal— con estricta sujeción a los
procedimientos objetivamente definidos en las mismas (cfr. párr. 66); (4)
una actuación originariamente inconvencional (sujeta a la aplicación de
estereotipos: atributos, conductas, papeles o características propias de
personas que pertenecen a un grupo identificado) no puede derivar —en

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orden a los resultados obtenidos— en la formación valida de imputaciones
penales (cfr. párr. 83); (5) el artículo 7.2 de la C.A.D.H. exige no solo la
existencia de regulaciones que establezcan las “causas” y “condiciones”
que autoricen la privación de la libertad física, sino que es necesario que
esta sea lo suficientemente clara y detallada, de forma que se ajuste al
principio de legalidad y tipicidad (cfr. párr.89); (6) una detención sin orden
judicial o en flagrancia debe cumplir con requisitos de finalidad legítima,
idoneidad y proporcionalidad; (7) la intromisión sin orden judicial, además,
debe contemplar la existencia de elementos objetivos (existencia de hechos
o informaciones reales, suficientes y concretas), de forma que no sea la
mera intuición policíaca ni criterios subjetivos, que no pueden ser
verificados, los que motiven una detención; y (8) las regulaciones
pertinentes deben ser acordes con el principio de igualdad y no
discriminación, de forma tal que evite la hostilidad en contra de grupos
sociales en virtud de categorías prohibidas por la propia Convención
Americana (cfr. párr. 90).
Para finalizar, la CorteIDH en aquel precedente
declaró que los artículos 230 y 284 del Código Procesal Penal de la Nación,
vigente en la época de la detención del Sr. Tumbeiro, (y aún ahora en
medio de la implementación del nuevo digesto adjetivo según ley 27.063),
y el artículo 1 de la Ley 23.950, constituyeron un incumplimiento del
artículo 2 de la Convención Americana (supra párrs. 62 a 110). Sin
embargo, la adopción del nuevo Código Procesal Penal Federal, en cuyo
artículo 138 se regula la habilitación para realizar requisas sin orden
judicial, fue asumido por la CorteIDH como un avance del cumplimiento de
adoptar medidas legislativas de derecho interno, sin perjuicio de lo cual,
agregó, las mismas no abarcan la totalidad de las violaciones declaradas en
la esa sentencia. (ver párrafo 212).
Concretamente, el artículo 138 del Código
Procesal Penal Federal reza: “Requisa sin orden judicial. Sólo podrá
procederse a la requisa sin orden judicial de la persona e inspeccionar los
efectos personales que lleve consigo, así como el interior de los vehículos,
aeronaves y embarcaciones de cualquier clase, ante la concurrencia de los
siguientes supuestos: a. Existan circunstancias previas que razonable y
objetivamente permitan presumir que se ocultan cosas relacionadas con un
delito; b. No fuere posible esperar la orden judicial ante el peligro cierto

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de que desaparezcan las pruebas que se intentan incautar; c. Se practique


en la vía pública, o en lugares de acceso público. Si correspondiera, se
practicarán los secuestros del modo previsto por este Código, y se labrará
un acta, expresando los motivos, debiéndose comunicar la medida
inmediatamente al representante del MINISTERIO PÚBLICO FISCAL
para que disponga lo que corresponda”.
Comparemos ahora la legislación vigente con las disposiciones
previstas en el Código Procesal Penal Federal (138 del CPPF y 230 bis del
CPPN):

Cómo vemos ilustrado, a los preceptos fijados


por el artículo 230 bis —requisitos de razonabilidad y objetividad de las
circunstancias previas— se suman la imposibilidad de esperar la orden
judicial en función a un peligro concreto de verse frustrada la obtención
del material probatorio.
Muy bien, no es tarea del tribunal emprender
modificaciones legislativas, pero sí fomentar prácticas conducentes a lograr
la plena efectividad de los derechos reconocidos en la Convención a efectos
de compatibilizarlo con los parámetros internacionales para evitar
arbitrariedades en supuestos de detención, requisa corporal o registro de

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un vehículo. En lo que a los jueces refiere, entonces, debemos incrementar
(y hacer más riguroso) el control de convencionalidad tomando en cuenta
las interpretaciones que la CorteIDH hace de la C.A.D.H., en particular de
la cláusula 7 (ver párrafo 122), a la vez que fijar un estándar de actuación
que el propio tribunal regional indicó como superador del anterior. Esto es,
establecer, como mínimo, para la realización de una intromisión, el
seguimiento de las pautas fijadas en el artículo 138 del C.P.P.F., que no es
más que la voluntad del pueblo argentino cristalizadas en la ley procesal
vigente.
Por tanto, el procedimiento policial es nulo
(arts. 167 y 168 del Código Procesal Penal de la Nación) y así lo voto.
Para finalizar, y en virtud de lo examinado en
este caso, propiciaré al Acuerdo, además de la declaración de nulidad del
procedimiento, que se comunique esta sentencia al Poder Ejecutivo local a
fin de que, por donde corresponda, imparta las instrucciones que estime
necesarias para adecuar las prácticas prevencionales de la Policía local a los
parámetros fijados por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en la
sentencia en la que condenó al Estado Argentino por violación a cláusulas
de la Convención.
Tal mi postura.
En mérito a lo que surge del Acuerdo que
antecede, por mayoría, es que el Tribunal RESUELVE:
I. NO HACER LUGAR a la nulidad articulada
por las defensas.
II. CONFIRMAR el auto recurrido en todo
cuanto decide y fuera materia de apelación.
Regístrese, hágase saber y devuélvase,
debiéndose proceder conforme lo indicado en el último párrafo del
considerando IV del voto de la mayoría.

MARTIN IRURZUN ROBERTO JOSE BOICO EDUARDO GUILLERMO FARAH


JUEZ DE CAMARA JUEZ DE CAMARA JUEZ DE CAMARA
(En disidencia)

Ante mí
PABLO GERMAN LEALE
Prosecretario de Cámara
Cn: 46.028; reg: 50.773

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