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Jesús: Causa de División y Debate

1) Jesús causó división entre la gente debido a sus enseñanzas, con algunos creyendo que era el profeta o el Cristo, mientras que otros se oponían. 2) Hubo diversas opiniones sobre la identidad de Jesús, con algunos creyendo que era el profeta o el Cristo, mientras que otros cuestionaban su lugar de nacimiento. 3) Los alguaciles intentaron arrestar a Jesús pero no pudieron debido a que aún no había llegado su hora, y quedaron impresionados por su enseñanza.

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Jesús: Causa de División y Debate

1) Jesús causó división entre la gente debido a sus enseñanzas, con algunos creyendo que era el profeta o el Cristo, mientras que otros se oponían. 2) Hubo diversas opiniones sobre la identidad de Jesús, con algunos creyendo que era el profeta o el Cristo, mientras que otros cuestionaban su lugar de nacimiento. 3) Los alguaciles intentaron arrestar a Jesús pero no pudieron debido a que aún no había llegado su hora, y quedaron impresionados por su enseñanza.

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¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!

- Juan 7:40-52
(Jn 7:40-52) “Entonces algunos de la multitud, oyendo estas palabras, decían:
Verdaderamente éste es el profeta. Otros decían: Este es el Cristo. Pero algunos
decían: ¿De Galilea ha de venir el Cristo? ¿No dice la Escritura que del linaje de
David, y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Cristo? Hubo
entonces disensión entre la gente a causa de él. Y algunos de ellos querían
prenderle; pero ninguno le echó mano.
Los alguaciles vinieron a los principales sacerdotes y a los fariseos; y éstos les
dijeron: ¿Por qué no le habéis traído? Los alguaciles respondieron: ¡Jamás hombre
alguno ha hablado como este hombre! Entonces los fariseos les respondieron:
¿También vosotros habéis sido engañados? ¿Acaso ha creído en él alguno de los
gobernantes, o de los fariseos? Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es. Les
dijo Nicodemo, el que vino a él de noche, el cual era uno de ellos: ¿Juzga acaso
nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho?
Respondieron, y le dijeron: ¿Eres tú también galileo? Escudriña y ve que de Galilea
nunca se ha levantado profeta.”

Jesús causa de división


A lo largo de todo este capítulo hemos estado viendo las reacciones de la gente a la
revelación que el Señor Jesucristo hizo de sí mismo, y una y otra vez se ha subrayado la
resistencia que experimentaban las personas para aceptar que él era el enviado del
Padre. Esto mismo ya había sido anticipado por el evangelista en su prólogo:
(Jn 1:9-11) “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo.
En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo
suyo vino, y los suyos no le recibieron.”
En realidad, esta lucha entre la luz y las tinieblas la vemos a través de todo el evangelio
de Juan y sirve para revelar el grave estado en que se encuentra el corazón humano. Por
eso es ingenuo pensar que las buenas nuevas de salvación van a tener una cálida
recepción cuando sean anunciadas al mundo. Quizá podemos pensar que las personas
no se convierten porque no se les ha explicado correctamente la verdad del evangelio, o
porque no han tenido la oportunidad de conocer a un cristiano que viva de forma
coherente con la fe que profesa, y aunque es cierto que en muchos casos esto puede
tener algo que ver con su rechazo al mensaje del evangelio, sin embargo, nada de todo
ello se podía aplicar a las personas que tuvieron la ocasión de entrar en contacto con
Jesús. Por un lado, la claridad de su enseñanza causaba una profunda admiración aun
entre sus más acérrimos opositores (Jn 7:46), por otro lado, comprendían que era
imposible que alguien pudiera hacer más señales que las que él hacía (Jn 7:31), y en
cuanto a su vida, él pudo dirigirse a sus enemigos y preguntarles sin temor cuál de ellos le
podía redargüir de pecado (Jn 8:46). Así que la causa de su resistencia a creer en Jesús
se debía únicamente a la rebeldía de sus corazones y a su falta de deseos de hacer la
voluntad de Dios (Jn 7:17). Y, por supuesto, esto no era sólo un problema de aquellos
judíos que estaban allí escuchando a Jesús, sino que es un mal que afecta a toda la
humanidad en todos los tiempos. El mundo no anhela, ni tampoco está dispuesto a
conocer a Dios y entablar una relación personal con él. Esto se hace cada vez más claro
en la época en que vivimos ahora. Aun así, cuando el hombre es enfrentado directamente
con la persona de Jesús y su mensaje, inmediatamente intenta justificar su incredulidad
con las más variadas excusas y razonamientos. Pero en el fondo del problema lo que

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persiste es la rebeldía del corazón humano contra su Creador. Como veremos en este
pasaje, los judíos intentaron disfrazar esta rebeldía haciendo preguntas religiosas y
fingiendo interés espiritual, pero en realidad, como el Señor ya les había dicho, no querían
ir a él para tener vida (Jn 5:40).
En los pasajes anteriores tuvimos ocasión de considerar cómo con toda paciencia el
Señor había dado respuesta a aquellas dudas que le habían planteado los judíos, pero
ahora había llegado el momento en que debían tomar una decisión en cuanto a él, y por
eso, en el párrafo que ahora estudiamos, no vamos a ver ninguna intervención del Señor.
Ahora eran ellos los que debían decidir qué iban a hacer con Jesús. Por así decirlo, el
mismo Señor se sometía a ser juzgado por sus oyentes, pero como ya les había
advertido, debían “juzgad con justo juicio” (Jn 7:24).
Y del mismo modo, cuando el evangelio se predica en este mundo, todo oyente ha de
decidir de qué lado se va a poner, porque no hay espacio intermedio. Ahora bien,
identificarse con Jesús implicará necesariamente enfrentar la oposición del mundo. Los
judíos con los que Jesús había tratado tendrían que luchar contra su temor a las
autoridades religiosas, puesto que cualquiera que creyera en él se constituiría
inmediatamente en objetivo de su ira y menosprecio (Jn 7:46-49). Este conflicto entre la
luz y las tinieblas perdura en el día de hoy, haciéndose patente cada vez que una persona
se interesa por el evangelio. Y como anticipó el Señor Jesucristo, esta lucha se puede
manifestar en los ámbitos más variados de la vida:
(Mt 10:34-39) “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido
para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre
contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los
enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a
mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el
que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la
perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.”

Diversidad de opiniones sobre Jesús


En el pasaje anterior consideramos la invitación de Jesús: “Si alguno tiene sed, venga a
mí y beba” (Jn 7:37). Esto sirvió para que la gente que le escuchaba comenzara
nuevamente a discutir sobre quién era Jesús.
En ninguna época el Señor Jesucristo ha pasado desapercibido. Los hombres siempre
han tenido una opinión de él, sea buena o mala. Lamentablemente, con demasiada
frecuencia, muchas de las ideas extrañas acerca de Jesús han surgido del
desconocimiento de la Biblia. Como dice el refrán, “la ignorancia es muy atrevida”, y
muchas personas que no han leído la Biblia completa ni siquiera una vez, no dejan de
opinar y hablar mal de ella y del Señor Jesucristo. Pero para conocer cualquier cosa es
imprescindible invertir tiempo, y son pocos los que se esfuerzan en averiguar cuál es la
verdad acerca de Jesús. La mayoría prefiere repetir los mismos comentarios que han
escuchado de otros, pero no están dispuestos a averiguar por sí mismos la verdad.
Esta falta de conocimiento lleva a muchos en nuestros días a expresar las más diversas
opiniones sobre quién es Jesús. Como vamos a considerar a continuación, entre los
judíos había dos opiniones que parecían sobresalir. Algunos pensaban en él como “el
profeta” prometido a Moisés (Dt 18:15-18), mientras que otros iban más allá y se atrevían
a afirmar que era “el Cristo”.

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“¿No dice la Escritura que del linaje de David, y de la aldea
de Belén ha de venir el Cristo?”
Estas opiniones favorables acerca de Jesús rápidamente encontraron oposición entre
algunos que con buena base bíblica advirtieron que el Mesías tendría que venir del linaje
de David (2 S 7:12-17) y nacer en la aldea de Belén (Mi 5:2).
Su argumento era completamente cierto, pero una investigación de los hechos
rápidamente habría aclarado que aunque Jesús se había criado en Nazaret, su
nacimiento había tenido lugar en Belén y que además era de la casa y familia de David
(Lc 2:1-7). El evangelista Juan no aclara este punto aquí porque da por sentado que sus
lectores ya conocen este hecho. Y ellos mismos también habían oído acerca de su
nacimiento (Jn 8:41), pero prefirieron prestar atención a otros detalles que podían
malinterpretar, como su nacimiento virginal, y así sentirse con la libertad para dejar a un
lado el hecho de que realmente había nacido en Belén y provenía de la familia de David.

El intento de prender a Jesús


Entre todas aquellas personas estaban también los alguaciles, que eran la guardia del
templo al servicio del Sanedrín. Estos habían recibido la orden de buscar la oportunidad
de prender a Jesús. Sin embargo, fueron incapaces de cumplir con su misión, y eso a
pesar de que Jesús hablaba abiertamente en el templo, donde ellos ejercían su autoridad.
Así que tuvieron que regresar con las manos vacías y dar cuenta de su fracaso ante los
principales sacerdotes y fariseos, sabiendo que serían reprendidos por ello. ¿Por qué no
fueron capaces de prender a Jesús?
La principal razón la encontramos en el hecho que el evangelista ya había adelantado:
“Aún no había llegado su hora” (Jn 7:30). Toda la autoridad y poder de los alguaciles
quedaba reducida a nada en tanto que el Padre no lo permitiese. El Señor Jesús explicó
este mismo principio a Pilato:
(Jn 19:10-11) “Entonces le dijo Pilato: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo
autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte? Respondió Jesús:
Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba; por tanto, el que
a ti me ha entregado, mayor pecado tiene.”
Por eso, cuando llegó su hora (Jn 17:1), estos mismos alguaciles que antes no habían
podido hacer nada contra él, fueron los que en el huerto de Getsemaní se encargaron de
arrestarlo y llevarlo ante el sumo sacerdote (Jn 18:12-13).

“Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre”


La otra razón por la que no le habían arrestado era porque ellos también habían quedado
fascinados por la enseñanza de Jesús. Es muy significativo que estos hombres, que
constantemente estaban en el templo vigilando todo lo que allí se hacía, y que habrían
escuchado infinidad de veces a los mejores oradores del judaísmo, sin embargo no
lograron ocultar delante de los principales sacerdotes y de los fariseos que “jamás hombre
alguno ha hablado como este hombre”.
Es extraño que hombres de su oficio, que no se dejan arrebatar fácilmente por discursos
públicos, quedaran absortos escuchando a un rabino en el templo, pero es que el Señor
Jesucristo no era un rabino más, era el mismo Hijo de Dios, el Cristo prometido. Así que, a
pesar de la reprimenda que de sobra sabían que se iban a llevar, no tuvieron otra opción

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que admitir su admiración por Jesús, y en el informe que presentaron ante el Sanedrín,
toda la guardia estuvo de acuerdo en confesar que en su vida no habían escuchado a otro
hombre que hablara como Jesús. Tenían la sensación de que había algo sobrenatural en
él y se encontraron impotentes para prenderle. Realmente, parece que eran ellos los que
habían quedado cautivados con las palabras de Jesús.
Así que, en lugar de obedecer de forma mecánica las ordenes de sus superiores, se
atrevieron a presentar su propia opinión personal sobre Jesús como razón para el
incumplimiento de la orden que habían recibido. Todo el mundo sabe que las cosas no
funcionan así. Un policía no tiene que cuestionar las ordenes de un superior, lo que debe
hacer es cumplirlas. Así que ellos se estaban metiendo en un serio problema.
Pero, ¿cómo podían quedar indiferentes ante la Palabra del mismo Hijo de Dios? Esta
misma admiración por las palabras de Jesús ha sido experimentada también por millones
de personas en todas las épocas, porque su voz sigue resonando todavía por medio de
su Palabra escrita.

“¿También vosotros habéis sido engañados?”


Como era de esperar, el testimonio de los alguaciles enfureció a sus superiores. ¿Qué
derecho tenían estos subordinados a pensar por su cuenta? Seguramente se alarmaron
cuando vieron que el poder que tenían sobre ellos se les estaba yendo de las manos por
causa de Jesús. En realidad, aunque no lo dijeran, lo que más les preocupaba era la
pérdida de su posición social, y aun más, que el beneficiario fuera Jesús. De ninguna
manera iban a aceptarlo sin luchar contra ello.
Lo primero que hicieron fue acallar a los alguaciles, pero no con argumentos racionales,
sino haciéndoles objeto de su sarcasmo despectivo: “¿También vosotros habéis sido
engañados?”. ¿Quiénes eran ellos para ir en contra de la autoridad de los grandes y
entendidos en materia religiosa? Si todos ellos estaban de acuerdo en rechazar a Jesús,
cualquiera que pensara de otra forma necesariamente estaría equivocado.
Esta actitud de superioridad y desprecio fue la que mantuvieron siempre frente a todo
aquel que salía en defensa de Jesús. Pronto lo volveremos a ver en el caso de Nicodemo
(Jn 7:50-52) y también con el ciego sanado que encontramos en el capítulo 9.
(Jn 9:29-34) “Nosotros sabemos que Dios ha hablado a Moisés; pero respecto a
ése, no sabemos de dónde sea. Respondió el hombre, y les dijo: Pues esto es lo
maravilloso, que vosotros no sepáis de dónde sea, y a mí me abrió los ojos. Y
sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y
hace su voluntad, a ése oye. Desde el principio no se ha oído decir que alguno
abriese los ojos a uno que nació ciego. Si éste no viniera de Dios, nada podría
hacer. Respondieron y le dijeron: Tú naciste del todo en pecado, ¿y nos enseñas a
nosotros? Y le expulsaron.”
Este tipo de respuestas ha caracterizado el espíritu del clero en todos los tiempos. Ellos
se colocan entre Dios y los hombres y quieren que todos los hombres acudan a ellos si
quieren tener una relación personal con Dios. Hacen creer a la gente que son ignorantes y
que por ellos mismos no pueden llegar a conocer a Dios. De este modo los apartan de la
Palabra de Dios y los hacen depender de lo que ellos les dicen. Siempre es más fácil
manipular a aquellos que desconocen la Palabra, y ellos lo saben. Quieren personas que
no piensen por su cuenta, sino que simplemente se dejen llevar por lo que se les dice, y
por eso tampoco hacen nada por enseñarles la Palabra. Pero Dios quiere tener una
relación directa con el pecador, sin ningún otro mediador que no sea Jesucristo (1 Ti 2:5).

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Esta fue durante siglos la posición de la Iglesia Católica. Que nadie estudiara la Palabra
porque sólo los especialistas pueden sacar el verdadero sentido, el pueblo comete
equivocaciones muy graves. Este fue el espíritu con el que juzgaron en la inquisición a
muchas personas.

“¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los


fariseos?”
Los fariseos estaban furiosos. Estos “expertos religiosos” no podían soportar que unos
alguaciles que ellos consideraban incultos les llevaran la contraria. No podían ocultar su
desprecio hacia Jesús, pero tampoco tenían razón alguna para mantener una actitud así
frente a él, por lo tanto lo único que pudieron alegar fue el débil argumento de que
ninguna persona importante había creído en él. Desde su perspectiva, los seguidores de
Jesús eran gente sin importancia, ignorantes e impíos.
Y es cierto que desde su origen la causa de Cristo raras veces ha tenido a los
gobernantes religiosos a su lado. La negación de sí mismos y el tomar la cruz son
requisitos demasiado duros para tales personas. La “palabra de la cruz es locura” para
ellos y ridiculizan el cristianismo llamándolo “el opio del pueblo”, como si fuera una suave
droga que sólo sirve para evadirse de las realidades de este mundo. El apóstol Pablo
también hablo de esto mismo cuando les escribió a los Corintios:
(1 Co 1:26-29) “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos
sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio
del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió
Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió
Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su
presencia.”

“Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es”


Con mucha frecuencia se repite el caso de creyentes sencillos y fieles que poseen un
conocimiento rudimentario de las Escrituras, pero llegan a una comprensión íntima y
experimental del Señor y de la misma Palabra de Dios, que supera con mucho a los
amplios conocimientos bíblicos de exégetas y teólogos de fama mundial. Y esto era lo que
los fariseos estaban enfrentando en este momento. Estaban enojados porque los
alguaciles habían fracasado en su intento de prender a Jesús y contemplaban
encolerizados cómo conseguía el apoyo popular allí mismo, en el templo que ellos
dirigían. Así que explotaron y dieron rienda suelta a su escarnio en aquella gente que no
conocía la ley: “Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es”.
La implicación de sus palabras era que si aquellas personas conocieran la ley, no serían
engañados por Jesús. Pero la realidad era justo la contraria. El Señor les había exhortado
a hacerlo:
(Jn 5:39) “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas
tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.”
Claramente los fariseos intentaban explicar la popularidad de Jesús en base a la
ignorancia del pueblo respecto a la ley. Sin embargo, usaban su argumento de una forma
incorrecta.

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Es cierto que la ignorancia de la Palabra nunca puede conducir a un verdadero
conocimiento de Dios, ni tampoco a una adoración agradable (Jn 4:22). Con mucha
facilidad, quienes la desconocen son “llevados por doquiera de todo viento de doctrina,
por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del
error” (Ef 4:14). Es más, los fariseos tenían razón al afirmar que el pueblo que no oye la
voz de Dios está bajo su maldición (Dt 28:15). Y en este sentido, debemos tomar en serio
estas palabras y esforzarnos cada día más en conocer la Palabra de Dios y en
obedecerla.
Pero un verdadero conocimiento de Dios nunca llevará a nadie a despreciar a los que no
lo tienen. Y en las palabras de los fariseos había mucho desprecio hacia el pueblo que
ellos consideraban ignorante. Esta actitud de los dirigentes judíos que vemos aquí en el
evangelio está bien documentada también en otros escritos judíos. Era indescriptible el
desprecio que sentían hacia la gente sencilla y sin letras. Su orgullo intelectual les llevaba
a pensar que su opinión no valía nada, y lo que pensaran de Jesús importaba poco.

Nicodemo
Pero el Señor no sólo tenía seguidores entre las clases más humildes, sino que allí
mismo, entre las autoridades del templo, Nicodemo, uno de los miembros del sanedrín,
también era un discípulo de Jesús. Dios siempre tiene un remanente de hijos suyos en los
lugares más insospechados (1 R 19:18).
Nicodemo era uno de esos hombres que sí que se había acercado a Jesús para investigar
la verdad (Jn 3:1-15). Y en aquella entrevista nocturna que había mantenido con el Señor,
vio confirmadas ampliamente las expectativas con las que había llegado: “Rabí, sabemos
que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú
haces, si no está Dios con él” (Jn 3:2). A partir de ese momento es probable que se
convirtiera en uno de los discípulos secretos de Jesús (Jn 19:38-39).
Sin embargo, su conciencia no le permitió permanecer en silencio cuando escuchó a sus
compañeros del sanedrín menospreciar a Jesús. No se atrevía a hablar abiertamente a su
favor, así que adoptó la aptitud de un rabino, pronunciando una sentencia totalmente
correcta que ponía en tela de juicio la actitud del sanedrín: “¿Juzga acaso nuestra ley a un
hombre si primero no le oye, y conoce lo que está haciendo?”.
Lo que vino a decir es que ellos conocían la ley pero no la cumplían (Dt 1:16). Se
desautorizaban a sí mismos cuando juzgaban a un hombre sin una audiencia limpia y sin
un cuidadoso examen de sus obras. En realidad, ellos eran peores que aquellos a los que
menospreciaban por desconocer la ley, porque ellos la conocían, pero no la cumplían.
A partir de ese momento Nicodemo se convirtió en el centro de las críticas, pero a él no le
podían acusar de ser un ignorante de la ley, porque era reconocido como “un principal
entre los judíos” (Jn 3:1) y “maestro de Israel” (Jn 3:10). Con su crítica del procedimiento
que el sanedrín estaba ejerciendo contra Jesús, desmontó todos los argumentos con los
que ellos habían menospreciado al Señor. ¿Cómo le responderían?

“Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado un


profeta”
Sorprendidos por el desafío de Nicodemo, reaccionaron apelando nuevamente a un
argumento que no encontraba ninguna justificación bíblica. Es curioso que aquellos que
se sentían maestros de la ley no pudieran encontrar en la ley ni un sólo argumento con el

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que poder desacreditar a Jesús. De hecho, tampoco fueron capaces de contestar a la
pregunta de Nicodemo, sino que su táctica consistió en cambiar de tema. Quedó claro
que no estaban dispuestos a examinar la evidencia que Jesús había presentado. En
realidad, ellos ya habían decidido su veredicto de culpabilidad y nada ni nadie les haría
cambiar de opinión. Así que la exhortación de Nicodemo a examinar a Jesús quedó
inmediatamente desestimada.
Su nuevo argumento se basaba en el hecho de que Jesús provenía de Galilea, y como
ellos despreciaban también aquella región, concluyeron que de allí no podría salir nunca
un profeta. Creían además que su argumento encontraba apoyo en la historia de Israel:
“Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado un profeta”.
Pero su razonamiento era falso. Ellos no tenían en cuenta que el profeta Jonás era hijo de
Amitai, quien moraba en Gat-hefer (2 R 14:25) (Jon 1:1), un pequeño pueblo en Galilea a
pocos kilómetros de Nazaret. Y la Escritura hace mención de muchos otros profetas
anónimos de los que no se sabe con exactitud su procedencia, pero muy probablemente
los había también de Galilea. Pero sus prejuicios les cegaba la mente de tal manera que
no podían hacer una evaluación objetiva del asunto. Pero incluso, aunque hubiera sido
cierto que nunca se hubiera levantado un profeta de Galilea, ¿por qué esto iba a ser
imposible para Dios? ¿Pierde acaso valía, dignidad o virtud una persona por haber nacido
en una región pobre y oscura? Pudiera ser que para los hombres sí, pero para Dios esto
nunca ha sido un impedimento.
Estaba claro que lo que estaban haciendo era atacar y menospreciar a Nicodemo
acusándole de asociarse con los galileos simpatizantes de Jesús. No olvidemos que para
los líderes judíos de Jerusalén los galileos eran considerados como pueblerinos
insignificantes. En Galilea los judíos convivían muy cerca de los gentiles y por eso los
consideraban impuros. Y por supuesto, de ninguna manera estarían dispuestos a creer
que de un sitio así pudiera surgir la esperanza mesiánica. Pero ignoraban que
precisamente el profeta Isaías había hablado de esto:
(Is 9:1-2) “Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal
como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a
la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del
mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles. El pueblo que andaba en
tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz
resplandeció sobre ellos.”
Así terminó este incidente en el que Nicodemo había quedado solo ante el resto del
sanedrín. Pero esto no logró apagar su fe, y volveremos a encontrarnos nuevamente con
él cuando más tarde ayudó a José de Arimatea en lo relacionado con la sepultura de
Jesús. Allí veremos a un Nicodemo mucho más valiente y totalmente comprometido con el
Señor (Jn 19:39-42). Y es que las pruebas nunca pueden acabar con la fe verdadera,
sino que de hecho lo que hacen es fortalecerla.

Preguntas
1. Busque tres ocasiones en el evangelio de Juan en que se manifiesta la lucha entre la
luz y las tinieblas. Explíquelas brevemente.
2. En este pasaje, ¿qué opiniones tenían los judíos acerca de Jesús? Explique su
significado.
3. ¿Por qué los alguaciles fueron incapaces de prender a Jesús?

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4. Explique los argumentos que usaron los principales sacerdotes para desprestigiar a
Jesús.
5. Analice la afirmación de los fariseos: “Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es”.
¿Le parece que es una afirmación correcta? ¿Cree que era justo usarla para referirse
a los seguidores de Jesús?

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