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Santidad J.C. Ryle - 3 Completo

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Santidad

J. C. Ryle (1816-1900)
SANTIDAD

Su naturaleza, sus obstáculos,dificultades y raíces

J. C. Ryle

“Seguid… la santidad,
sin la cual nadie verá al Señor”.
Hebreos 12:14
Índice
Prefacio............................................................................................. 4
Introducción .................................................................................... 5
1. Pecado .........................................................................................18
2. Santificación ...............................................................................33
3. Santidad ..................................................................................... 52
4. La batalla .....................................................................................69
5. El costo .......................................................................................86
6. Crecimiento ............................................................................. 101
7. Seguridad ................................................................................. 118
8. Moisés: Un ejemplo ................................................................ 153
9. Lot: Una luz de advertencia ................................................... 168
10. Una mujer para recordar....................................................... 183
11. El trofeo más grande de Cristo ....................................... 201
12. El Señor de las olas................................................................ 216
13. La Iglesia que Cristo edifica ................................................. 235
14. Advertencias a las iglesias visibles .................................... 248
15. “¿Me amas?” ......................................................................... 260
16. “Sin Cristo” ............................................................................ 271
17. Sed satisfecha ......................................................................... 279
18. “Riquezas inescrutables” ...................................................... 297
19. Necesidades de nuestros tiempos ...................................... 310
20. “Cristo es el todo” ................................................................. 328
21. Fragmentos de autores antiguos ........................................ 346
¿Es usted nacido de nuevo? ...................................................... 353
Santidad fue escrito originalmente en inglés por John Charles
Ryle en 1879. El texto es ahora de dominio público.
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otra manera, todas las citas bíblicas fueron tomadas de la Santa
Biblia, Reina-Valera 1960. Se otorga permiso expreso para
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Prefacio
Una de las señales más alentadoras y que más esperanzas da, la
cual he observado durante mucho tiempo en los círculos evangélicos,
ha sido un interés renovado y cada vez mayor en los escritos del
Obispo J. C. Ryle.
En su época fue famoso, renombrado y amado como campeón y
exponente de la fe evangélica y reformada. Sin embargo, por alguna
razón, su nombre y sus obras no son conocidos por los evangélicos
modernos. Creo que ninguno de sus libros está en circulación y los
ejemplares usados son muy difíciles de conseguir.
La suerte tan distinta que han corrido en este sentido el Obispo
Ryle y su casi contemporáneo, el Obispo Moule, siempre ha sido
para mí algo de mucho interés. Pero el Obispo Ryle se está
redescubriendo y hay un nuevo llamado para que se vuelvan a
publicar sus obras.
Todos los que han leído sus escritos, agradecerán este gran
libro sobre ‘Santificación’. Nunca olvidaré la satisfacción, tanto
espiritual como mental, que fue leerlo veinte años atrás cuando,
casualmente, lo encontré en una librería de libros usados.
En realidad, no necesita ni un prefacio ni una introducción. Lo
único que haré es instar a todos los lectores a leer la Introducción
del propio Obispo. Es de valor incalculable y provee el entorno en
que se sintió impulsado a escribir el libro.
Las características del método y el estilo del Obispo Ryle son
obvios. Él es preeminentemente y siempre, bíblico y expositivo.
Nunca comienza con una teoría con la cual trata de hacer coincidir
pasajes bíblicos. Siempre empieza con la Palabra y la comenta. Es
una exposición en su mejor y más excelente expresión. Siempre es
clara y lógica e, invariablemente, lleva a una clara enunciación de una
doctrina. Es fuerte, viril y totalmente libre del sentimentalismo que a
menudo es descrito como “devocional”.
El Obispo ha bebido profundamente de las aguas de los grandes
escritores puritanos clásicos del siglo XVII. Sí, es totalmente
acertado decir que sus libros son una expresión de la teología
verdaderamente puritana, presentados en una forma moderna y fácil
de leer.
El autor, como sus grandes maestros, no tiene un camino fácil a
la santidad para ofrecernos, ni un método “patentado”, por medio
del cual se puede obtener; pero, invariablemente, produce esa
“hambre y sed de justicia”, que es la única condición indispensable
para ser “saciado”. Espero que este libro sea ampliamente leído, a fin
de que, cada vez más, el nombre de Dios reciba más honra y gloria.
—D. M. Lloyd-Jones, Westminster Chapel, Londres.
Introducción
Los veinte capítulos que contienen los dos tomos de esta obra,
son una humilde contribución a una causa que está generando
mucho interés en la actualidad. Me refiero a la causa de la santidad
bíblica. Es una causa a la que todo el que ama a Cristo y anhela
extender su reino en el mundo, debiera ayudar. Todos pueden
hacer algo y yo quiero aportar mi granito de arena.
El lector encontrará poco que sea directamente controversial en
estos capítulos. He tenido cuidado de no mencionar maestros
modernos ni libros modernos. Me he contentado con dar el
resultado de mi propio estudio de la Biblia, mis propias
meditaciones personales, mis propias oraciones pidiendo
iluminación y mi propia lectura de los escritos de teólogos del
pasado. Si en algo estoy equivocado, espero saberlo antes de partir de
este mundo. Todos vemos en parte y tenemos un tesoro en vasijas
de barro. Confío en que estoy dispuesto a aprender.
La necesidad de una vida santa
Durante muchos años he tenido una profunda convicción de que los
cristianos modernos no le dan suficiente importancia a la santidad
práctica ni a la consagración total del yo a Dios. La política, o las
controversias, o el espíritu partidista [contenciones antagónicas], o
la mundanalidad, han socavado el centro mismo de la piedad viva
en demasiados de nosotros. El tema de una consagración personal ha
quedado relegado al olvido. Las normas para vivir la vida son
dolorosamente bajas en muchos entornos. La importancia enorme
de “que en todo adornen la doctrina de Dios” (Tito 2:10) y de que la
hagamos bella y hermosa por nuestros hábitos y temperamentos, ha
sido demasiado ignorada. Las gentes del mundo, a veces se quejan
con razón, de que las personas supuestamente “cristianas”, no son
tan afables, desinteresadas y gentiles como otros que no profesan
ninguna religión.
8
Introducción
No obstante, la santificación, entendida correctamente, y
armonizando con la Palabra, es tan importante como la
justificación. La sana doctrina protestante y evangélica es inútil si no
va acompañada de una vida santa. Es peor que inútil; es sumamente
perjudicial. Es despreciada por hombres observadores y sagaces
del mundo como algo irreal y vacío, y produce desprecio por la fe
cristiana. Estoy firmemente convencido de que queremos un
avivamiento total en relación con la santidad bíblica y estoy
profundamente agradecido de que se le está dando atención a este
tema.
La confusión
Sin embargo, es muy importante que todo el tema se establezca
sobre un fundamento correcto y que lo que de él se desprenda, no
sea perjudicado por declaraciones burdas, desproporcionadas y
unilaterales. No nos sorprendamos de que tales declaraciones
abunden. Satanás conoce bien el poder de la verdadera santidad y el
daño inmenso que una atención creciente al tema causará a su reino.
Es pues su intención, promover contiendas y controversias acerca de
esta parte de la verdad de Dios. Justamente como en el pasado ha
tenido éxito en mistificar y confundir el pensamiento humano con
respecto a la justificación, ahora está tratando de dar “consejos
oscuros con palabras sin conocimiento” acerca de la santificación.
¡Que Dios lo reprenda! No obstante, yo no puedo perder la
esperanza de que del mal surja la buena voluntad de discutir lo
que revele la verdad y que una variedad de opiniones nos lleven a
escudriñar más las Escrituras, a orar más y a ser más diligentes en
tratar de encontrar cuál es “el sentir del Espíritu”.
Al dar a conocer esta obra, creo mi deber, ofrecer algunas
sugerencias introductorias para los que están poniendo especial
atención al tema de la santificación en la actualidad. Sé que hago esto
a riesgo de parecer presuntuoso y, posiblemente, ofensivo.
SANTIDAD 9

Pero algo hay que aventurar por el bien de la verdad de Dios. Por lo
tanto, pondré mis sugerencias en forma de preguntas y les pido a mis
lectores que las tomen como “precauciones para estos tiempos”, en
relación con el tema de la santidad.
Las preguntas
1. Pregunto, en primer lugar: Si es sabio hablar de la fe como lo
necesario y como lo único requerido, según muchos parecen afirmar
en la actualidad, al abordar la doctrina de la santificación.
2. ¿Es sabio proclamar de una manera tan directa y no
calificada, como muchos lo hacen, que la santidad del convertido
es únicamente por fe y sin ningún esfuerzo de su parte?
¿Concuerda esto con la Palabra de Dios? Lo dudo.
Que la fe en Cristo es la raíz de toda santidad…
- Que el primer paso hacia una vida santa es creer en Cristo,
- Que hasta que no creemos no tenemos nada de santidad,
- Que la unión con Cristo, por fe, es el secreto, tanto del comienzo
de ser santo y de seguir siendo santo, Que la vida que vivimos
en la carne tenemos que vivirla por fe en el Hijo de Dios,
- Que la fe purifica el corazón,
- Que la fe es la victoria que vence al mundo,
- Que por fe los antiguos obtuvieron su recompensa
Todas estas son verdades que ningún cristiano bien fundamentado
pensaría en negar. Aparte de esto, lo cierto es que las Escrituras nos
enseñan que para seguir la santidad, el verdadero cristiano tiene
que poner de su parte y esforzarse, además de tener fe. El mismo
apóstol lo dice en una oportunidad “lo que ahora vivo en la carne,
lo vivo en la fe del Hijo de Dios”. En otro lugar dice: “Peleo…
corro… golpeo mi cuerpo” y en otros lugares: “Limpiémonos
nosotros mismos… trabajemos… despojémonos de todo peso y del
pecado que nos asedia,…” (Gá. 2:20; 1 Co. 9:26, 27; 2 Co. 7:1; He.
4:11; 12:1).
10
Introducción
¡Además, las Escrituras no nos enseñan en ninguna parte que la
fe nos santifica en el mismo sentido y de la misma manera como la
fe nos justifica! La fe que justifica es una gracia que “no trabaja”,
sino que, sencillamente, confía, descansa y se apoya en Cristo (Ro.
4:5). La fe santificadora es una gracia cuya misma vida es acción,
“obra por el amor” y, como una vertiente, mueve a todo el hombre
interior (Gá. 5:6).
Después de todo, la frase precisa “santificado por fe”, se encuentra
una sola vez en el Nuevo Testamento. El Señor Jesús le dijo a Saulo
que lo enviaba “para que [otros] reciban, por la fe que es en mí,
perdón de pecados y herencia entre los santificados”. No obstante,
en esto coincido con Alford que “por fe” se refiere a toda la oración
y no se debe limitar a calificar la palabra “santificados”. El sentido
verdadero es que por fe en él: “…tiene poder para sobreedificaros y
daros herencia con todos los santificados”. (Compare Hch. 26:18 con
20:32).
3. En cuanto a la frase “santidad por fe”, no la encuentro en el
Nuevo Testamento. No hay controversia en cuanto a que nuestra
justificación ante Dios por fe en Cristo es lo primordial. Todos los
que sencillamente creen, son justificados. La justicia es imputada
“al que no obra, sino cree” (Ro. 4:5). Es absolutamente bíblico y
correcto decir que “solo la fe justifica”. Pero no es bíblico ni
correcto decir “sólo la fe santifica”. La frase requiere mucha
calificación. Baste lo siguiente: Pablo nos dice a menudo que el
hombre es “justificado sin las obras de la ley”. Por el contrario,
Santiago nos dice expresamente que la fe que no se justifica
visiblemente y se demuestra delante del hombre, es una fe que “si no
tiene obras, es muerta en sí misma”1 (Stg. 2:17).

1“Hay una justificación doble de parte de Dios; una es autoritativa y, la otra,


declarativa y demostrativa. La primera es la que predica San Pablo, cuando habla
de justificación por fe sin las
SANTIDAD 11

Quizá me respondan que por supuesto nadie quiere descartar a las


“obras” como una parte esencial de una vida santa. No obstante,
creo conveniente aclarar mejor esto, que lo que parece estar
haciéndose en esos días. Me pregunto, en segundo lugar, si es
sabio restarle tanta importancia, como algunos parecen hacer,
comparativamente, a las muchas exhortaciones prácticas a la
santidad en el diario vivir
Que se encuentran en el Sermón del Monte y la última parte de la
mayoría de las epístolas de San Pablo2. ¿Coincide con lo que dice la
Palabra de Dios? Lo dudo.
Que todo los que profesamos ser creyentes en Cristo
debiéramos vivir avanzando hacia la meta de alcanzar una
consagración personal diaria y de tener comunión con Dios todos los
días; que debiéramos esforzarnos por ir al Señor Jesucristo con
todo lo que nos es una carga, sea grande o pequeña, y entregársela a
él. Todo esto, lo repito, es algo que ningún hijo de Dios bien
fundamentado soñaría en disputar. Pero el Nuevo Testamento nos
enseña, sin lugar a dudas, que queremos algo más que generalidades
con respecto a un vivir santo, algo que a menudo sacuda la
conciencia sin ofender. Los detalles e ingredientes, en particular,
de los cuales se compone la santidad en el diario vivir, debieran
ser presentados plenamente y subrayados por todos los que
pretenden manejar el tema. La santidad verdadera no consiste
meramente en creer y sentir, sino en hacer y sobrellevar. Nuestra
boca, nuestro humor, nuestras pasiones e inclinaciones naturales,
nuestra conducta como progenitores e hijos, patrones y siervos,

obras de la ley. La segunda es la que predica San Santiago, que habla de justificación
por obras”. — Thomas Goodwin sobre santidad evangélica; Works (Obras), tomo 7.
p. 181.
2 Era práctica común en la Iglesia Anglicana usar el título “San” con los nombres de

los apóstoles originales. —Editor


12
Introducción
esposos y esposas, gobernantes y gobernados; cómo nos vestimos,
cómo empleamos nuestro tiempo, cómo nos comportamos en los
negocios, nuestro comportamiento en la enfermedad y en buena
salud, en riquezas y en pobreza, todos estos, son temas tratados
cabalmente por escritores inspirados.

No se contentan con una declaración generalizada de lo que


debemos creer y sentir, y cómo hemos de tener las raíces de la
santidad plantadas en nuestro corazón. Profundizan más en el
tema. Tratan los pormenores. Especifican en detalle lo que el
hombre santo debe hacer y ser en su propia familia y en el seno de
su hogar, si permanece en Cristo. Dudo que en la actualidad se
enfoque lo suficiente, este tipo de enseñanza.

Cuando la gente habla de haber recibido “tal bendición” o de


haber encontrado “la vida superior”, después de haber escuchado a
algún defensor sincero de la “santidad por fe y auto consagración”,
mientras que sus familiares y amigos no ven ninguna mejora ni un
incremento de santidad en su temperamento y conducta cotidiana,
se hace un daño inmenso a la causa de Cristo. La verdadera
santidad, tenemos que recordar, no consiste meramente de
sensaciones e impresiones interiores. Se trata más que de lágrimas,
suspiros y un entusiasmo corporal, un pulso acelerado y una pasión
por nuestros predicadores favoritos o nuestro propio grupo
religioso. No es solamente una pronta disposición a hacerle frente a
cualquiera que no coincide con nosotros. En cambio, es más bien algo
de “la imagen de Cristo” que puede ser vista y observada por otros
en nuestra vida privada, nuestros hábitos, nuestro carácter y
nuestras acciones (Ro. 8:29).
SANTIDAD 13

1. Pregunto, en tercer lugar, si es sabio usar un lenguaje impreciso


acerca de la perfección y de recalcarles a los cristianos que hay un
estándar de santidad que se puede obtener en esta vida, pero que no
garantizan las Escrituras ni lo muestra la experiencia. Lo dudo.
2. Ningún lector cuidadoso de su Biblia pensaría negar que los
creyentes son exhortados a ir “perfeccionando la santidad en el
temor de Dios”, a ir “adelante a la perfección” y a perfeccionarse (2
Co. 7:1; He. 6:1; 2 Co. 13:11). Pero todavía no he visto que haya
algún pasaje en las Escrituras que enseñe que puede lograrse una
perfección literal, una liberación completa y absoluta del pecado,
ni en los pensamientos, ni palabras ni hechos, ni tampoco que ningún
hijo de Adán lo haya logrado en este mundo. Lo que es posible ver,
ocasionalmente en algunos creyentes entre pueblo de Dios, es una
perfección relativa, una perfección en sus conocimientos, una
consistencia general en cada relación en la vida y un acierto total
en cada punto doctrinal. Pero en cuanto a una perfección absoluta
literal, ¡los últimos en decir que la tienen siempre han sido los
santos más insignes de cada generación! Al contrario, siempre han
tenido el sentido profundo de su propia falta de mérito y de su
imperfección. Cuanta más luz espiritual han disfrutado, mejor han
visto sus innumerables defectos y faltas. Más gracia han tenido,
más han sido revestidos “de humildad” (1 Pe. 5:5).
¿Qué santo mencionado en la Palabra de Dios, de cuya vida se den
detalles, ha sido literal y absolutamente perfecto? ¿Cuál de ellos, al
escribir de ellos mismos, alguna vez menciona sentirse libre de toda
imperfección? Al contrario, hombres como David, San Pablo y San
Juan declaran en términos contundentes que sienten debilidad y
pecado en su propio corazón. Los hombres más santos de los tiempos
modernos se han destacado siempre por su profunda humildad.
14
Introducción
¿Hemos visto alguna vez hombres más santos que el martirizado
John Bradford, o Hooker, o Usher, o Baxter (1615-1691), o Rutherford
(1600-1661), o M’Cheyne (1813- 1843)? ¡Aun así, nadie puede leer
los escritos y cartas de estos hombres sin ver que se sentían
“deudores de la misericordia y la gracia” cada día y que lo último
que hubieran hecho es pretender que eran perfectos!
En vista de tales realidades como éstas, tengo que protestar contra
el lenguaje que se utiliza hoy día en muchos sectores, acerca de la
perfección. Tengo que asumir que los que la usan saben muy poco
de la naturaleza de pecado, de los atributos de Dios, de sus propios
corazones, de la Biblia o del significado de las palabras.
Cuando alguien que profesa ser cristiano me dice tranquilamente
que ya ha superado la etapa de himnos como “Tal como soy de
pecador” y que estos ya no son parte de su experiencia presente,
aunque sí se aplicaban a él cuando al principio se había acercado a
la fe cristiana, ¡tengo que pensar que su alma está enferma!
Cuando alguien puede hablar tranquilamente de “vivir sin pecado”
mientras está en el cuerpo y que puede, de hecho, afirmar que “no ha
tenido ni un pensamiento malo en tres meses”, ¡sólo puedo decir
que, en mi opinión, es un cristiano muy ignorante! Protesto contra
enseñanzas como ésta. No sólo no hacen nada de bien, sino que
hacen un daño inmenso. Disgustan y enemistan con la fe cristiana a
hombres inteligentes de este mundo, que saben qué es incorrecto
y qué no es cierto. Deprimen a algunos de los mejores hijos de
Dios, que sienten que nunca pueden obtener una “perfección” de este
tipo. Causa engreimiento en muchos hermanos débiles, que se creen
ser algo cuando no son nada. En suma, es un error peligroso.
3. En cuarto lugar: ¿Es sabio afirmar tan positiva y violentamente,
como muchos lo hacen, que el séptimo capítulo de la Epístola a
los Romanos no describe la experiencia del santo consagrado,
sino la experiencia del hombre no regenerado o del creyente débil y
no firme todavía? Lo dudo.
SANTIDAD 15

Admito plenamente que este punto es uno que ha sido discutido


durante dieciocho siglos, de hecho, desde la época de San Pablo.
Admito plenamente que cristianos insignes de hace cien años, como
John y Charles Wesley, Fletcher y ni mencionar algunos escritores
prominentes de nuestra propia época, mantienen firmemente que
Pablo no estaba describiendo su propia experiencia de aquel
momento, cuando escribió este séptimo capítulo. Admito
plenamente que muchos no pueden ver lo que muchos otros y yo
vemos: A saber, que Pablo no dice nada en este capítulo que no
coincida precisamente con la experiencia registrada de los santos
más renombrados de todas las épocas y que sí dice varias cosas, que
ninguno que no sea creyente ni que sea un creyente débil, jamás
pensaría ni podría decir. Por lo menos, esto me parece a mí. Pero
no entraré en una discusión detallada sobre el capítulo3.
Lo que sí quisiera enfatizar es el hecho que los mejores comentaristas
en cada período de la Iglesia, casi invariablemente, han aplicado el
séptimo capítulo de Romanos a creyentes maduros. Los
comentaristas que no comparten esta posición han sido, con unas
pocas excepciones, los romanistas, lo socinianos y los arminianos.
Contra la posición de ellos están casi todos los reformadores, casi
todos los puritanos y los mejores teólogos evangélicos modernos.
¡Pueden decirme, por supuesto, que nadie es infalible y que los
reformadores, los puritanos y los teólogos modernos a los que me
refiero están totalmente equivocados y que los romanistas, socinianos
y arminianos tenían razón! Pero, aunque no pido que nadie llame a
los reformadores y los puritanos “maestros”, les pido que lean lo
que dicen sobre este tema y que respondan a sus argumentos, si es
que pueden.
3 Aquellos que deseen profundizar en el tema, lo encontrarán presentado
extensamente en los comentarios de Willet, Elton, Chalmers, Robert Haldana y
Owen sobre Indwelling Sin (Pecado que permanece en nosotros) y en la obra de
Stafford sobre Seventh of Romans (Siete de Romanos).
16
Introducción
¡Hasta ahora, nadie lo ha hecho! Decir, como dicen algunos, que
no quieren “dogmas” y “doctrinas” humanas no es una respuesta.
La cuestión para determinar es: “¿Cuál es el significado de un pasaje
de las Escrituras? ¿Cómo hay que interpretar el séptimo capítulo de
la Epístola a los Romanos? ¿Cuál es el verdadero sentido de sus
palabras?”. Sea como sea, recordemos que hay una gran realidad que
no podemos ignorar. Por un lado están las opiniones y la
interpretación de los reformadores y puritanos y, por el otro, las
opiniones e interpretaciones de los romanistas, socinianos y
arminianos. Que esto quede muy claro.

En vista de una realidad como ésta, tengo que protestar contra


el lenguaje burlón, provocador y despectivo que últimamente ha sido
usado a menudo por algunos de los defensores de lo que tengo que
llamar el punto de vista arminiano del séptimo capítulo de Romanos,
cuando hablan de las opiniones de sus opositores. Lo menos que
podemos decir es que tal lenguaje es impropio y contraproducente
para ellos. Una causa que es defendida con tal lenguaje es, con razón,
sospechosa. La verdad no necesita esta clase de armas. Si no
podemos coincidir con alguien, no tenemos que hablar de sus
puntos de vista con descortesía y desprecio. Una opinión que es
apoyada por hombres como los mejores reformadores y puritanos,
quizá no convenza a todas las mentes en este siglo, pero igualmente
se debe hablar de ella con respeto.
4. En quinto lugar, ¿es sabio usar el lenguaje usado a menudo en
la actualidad para referirse a la doctrina de “Cristo en nosotros”?
Lo dudo. ¿No es esta doctrina exaltada con frecuencia a una
posición que no ocupa en las Escrituras? Me temo que sí.
El hecho de que el verdadero creyente es uno con Cristo y Cristo
está en él, es algo que ningún lector cuidadoso del Nuevo
Testamento pensaría en negar. Hay sin duda, una unión mística
entre Cristo y el creyente.
SANTIDAD 17

Con él morimos, con él fuimos sepultados, con él resucitamos y


con él estamos sentados en lugares celestiales. Tenemos cinco
textos claros que nos enseñan específicamente que Cristo está “en
nosotros” (Ro. 8:9, 10; Gá. 2:20; 4:19; Ef. 3:17; Col. 3:11). Hemos
de tener cuidado de que comprendemos lo que queremos decir
con esta expresión. Que “Cristo mora en nuestros corazones por fe” y
realiza su obra interior por medio de su Espíritu es precioso y claro.
Pero si queremos decir que, además y aparte de esto, hay un vivir
misterioso de Cristo en el creyente, tenemos que tener cuidado a qué
nos referimos.
Si no tenemos cuidado, nos encontraremos ignorando la obra del
Espíritu Santo. Estaremos olvidando que la economía divina de la
elección de la salvación del hombre es la obra especial de Dios, el
Padre, que la expiación, mediación e intercesión, son la obra
especial de Dios, el Hijo y que la santificación es la obra especial de
Dios, el Espíritu Santo. Estaremos olvidando lo que dijo nuestro
Señor cuando partió a la gloria: Que enviaría a otro Consolador que
tomaría su lugar y que estaría con nosotros para siempre (Juan
14:16). En suma, con la idea de que estamos honrando a Cristo,
resultará que estaremos deshonrando su don especial y singular:
El Espíritu Santo. Cristo, sin duda, siendo Dios, está en todas partes —
en nuestros corazones, en el cielo, en el lugar donde dos o tres se
reúnen en su nombre—, pero hemos de recordar que Cristo, como
nuestra Cabeza y Sumo Sacerdote, está a la diestra de Dios
intercediendo especialmente por nosotros hasta su segunda venida
y que Cristo realiza su obra en el corazón de las personas por medio
de la obra especial de su Espíritu, a quien nos prometió enviar cuando
partió del mundo (Juan 15:26). Me parece que esto se hace evidente
en una comparación entre los versículos nueve y diez del octavo
capítulo de Romanos. Me convence que “Cristo en nosotros”
significa Cristo en nosotros “por su Espíritu”.
Ante todo, las palabras de San Juan son muy claras y expresan: “Y en
18
Introducción
esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que
nos ha dado” (1 Juan 3:24). Espero que nadie malentienda todo
esto que estoy diciendo. No digo que la expresión “Cristo en
nosotros” no sea bíblica. Pero sí digo que veo un grave peligro de
que se adjudique una importancia extravagante y no bíblica a la idea
contenida en la expresión y sí temo que muchos la usan en la
actualidad sin saber lo que quieren decir y, sin darse cuenta, quizá
deshonran la obra poderosa del Espíritu Santo. Si algún lector
piensa que soy innecesariamente escrupuloso en este punto, le
recomiendo que tome nota de un libro singular por Samuel
Rutherford (autor de las bien conocidas cartas), llamado “The
Spiritual Antichrist” (El anticristo espiritual). Verán allí que, dos
siglos atrás, aparecieron las herejías alocadas de una enseñanza
extravagante, precisamente acerca de esta doctrina de que “Cristo
mora” en los creyentes. Encontrarán que Saltmarsh, Dell, Towne y
otros maestros falsos contra quienes contendió el acertado Samuel
Rutherford. Aquellos tenían extrañas nociones acerca de “Cristo en
nosotros” y luego procedieron a edificar sobre la doctrina antinomiana,
sobre un fanatismo de la peor clase y con tendencias de las más
viles. Así, ellos mantenían que la vida separada y personal del
creyente había desaparecido completamente, ¡que Cristo viviendo en él
era quien se arrepentía, creía y actuaba!
La raíz de este tremendo error era una interpretación forzada y
nada bíblica de textos como “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”
(Gá. 2:20) y el resultado natural de esto fue que muchos infelices
seguidores de este pensamiento llegaron a la cómoda conclusión de
que los creyentes no eran responsables de sus acciones, ¡hicieran lo
que hicieran! Según esta interpretación, ¡los creyentes estaban
muertos y sepultados y sólo Cristo vivía en ellos y se hacía cargo
de todo!
SANTIDAD 19

¡La consecuencia definitiva fue que algunos creían que podían


quedarse tranquilos con una seguridad carnal, que ya no tenían
ninguna responsabilidad personal y podían cometer cualquier clase
de pecado sin ningún temor! No olvidemos nunca que la verdad
distorsionada y exagerada, puede convertirse en el origen de las
herejías más peligrosas. Cuando hablamos de que “Cristo está en
nosotros”, tengamos el cuidado de explicar lo que queremos decir.
Me temo que hay quienes descuidan esto en la actualidad.
5. En sexto lugar, ¿es sabio trazar una línea tan profunda, ancha y
marcada de separación entre conversión y consagración, o la
llamada vida superior, como lo hacen algunos en la actualidad?
¿Coincide esto con lo que afirma la Palabra de Dios? Lo dudo.
Es indudable que no hay nada nuevo en esta enseñanza. Es bien
sabido que los escritores católico romanos, a menudo, afirman que
la iglesia se divide en tres clases: Pecadores, penitentes y santos.
¡Me parece a mí que los maestros modernos de esta época que nos
dicen que hay tres tipos de los que profesan ser cristianos —los no
convertidos, los convertidos y los que viven la “vida superior” de
total consagración—, se refieren a prácticamente los mismos
niveles! Pero sea la idea antigua o nueva, católica romana o no, me es
totalmente imposible ver que tenga una base bíblica. La Palabra de
Dios siempre habla de dos grandes divisiones de la humanidad y
únicamente dos. Habla de los vivos y de los muertos en pecado, el
creyente y el no creyente, el convertido y el inconverso, los que
están en el camino angosto y los que están en el ancho, los sabios y
los necios, los hijos de Dios y los hijos del diablo. Dentro de cada
una de estas dos clases hay, sin duda, distintas medidas de pecado
y de gracia, pero es sólo una diferencia entre el extremo más
elevado y el más bajo de una misma condición. Entre estas dos
grandes clases hay un enorme abismo; son tan individuales como
la vida y la muerte, la luz y la oscuridad, el cielo y el infierno. ¡Pero
sobre una división en tres clases, la Palabra de Dios no dice
absolutamente nada!
20
Introducción
Cuestiono la pretendida sabiduría de hacer divisiones nuevas
que la Biblia no ha hecho y me disgusta totalmente la noción de
una “segunda conversión”. Que hay una gran diferencia entre un
grado de gracia y otro —que la vida espiritual se trata de
crecimiento y que el creyente debe ser exhortado continuamente a
crecer en la gracia en todo sentido—, es algo que acepto
totalmente.
Pero no puedo concebir la teoría de una transición súbita y
misteriosa, de un solo salto, del creyente a un estado de bendición y
total consagración. A mí me parece una invención del hombre; no
puedo ver ningún texto específico que lo pruebe en las Escrituras. Un
crecimiento gradual en la gracia, crecimiento en conocimiento,
crecimiento en la fe, crecimiento en el amor, crecimiento en
santidad, crecimiento en humildad y crecimiento en mentalidad
espiritual; todos estos sí los veo claramente enseñados;
contundentemente exigidos en las Escrituras y ejemplificados
claramente en la vida de muchos santos de Dios. Pero no veo en la
Biblia saltos súbitos e instantáneos de la conversión a la
consagración.
¡Realmente dudo si tenemos derecho a decir que alguien puede
convertirse sin consagrarse a Dios! Que puede ser más consagrado
es indudable y lo será a medida que aumenta su gracia; pero si no
se consagró a Dios el día que se convirtió y nació de nuevo, no sé lo
que significa conversión. ¿No es cierto que los hombres corren el
peligro de no darle el valor y el lugar que merece a la bendición
inmensa de la conversión? ¿Acaso no están restándole valor a
aquel primer y gran cambio que las Escrituras llaman el nuevo
nacimiento, la nueva creación, la resurrección espiritual, cuando
les exigen a los creyentes la “vida superior” de una segunda
conversión? Puedo estar equivocado. Pero a veces he pensado, al leer
el lenguaje fuerte usado por muchos en los últimos años al
referirse a “consagración”,
SANTIDAD 21

que deben haber tenido anteriormente un concepto bajo e


inadecuado de la “conversión”, si es que acaso habrán sabido algo
de ella. En suma, ¡hasta casi sospecho que cuando se habían
consagrado, en realidad, se habían convertido por primera vez!
Confieso francamente que prefiero las sendas antiguas. Creo que
es más sabio y seguro instar a todos los convertidos a que crezcan
continuamente en la gracia y hacer hincapié en la necesidad
absoluta de marchar adelante, a desarrollarse más y más, cada año
dedicándose y consagrándose más en espíritu, alma y cuerpo a Cristo.
Usemos todos los medios para enseñar que hay más gracia para
obtener y más cielo para disfrutar en la tierra que la mayoría de los
creyentes gozan desde ahora. Pero me niego a decirle a ningún
convertido que necesita una segunda conversión y que algún día
dará un paso enorme a un estado de total consagración. Me niego a
enseñarlo porque no veo en las Escrituras justificación alguna para
hacerlo. Me niego a enseñarlo porque creo que la tendencia de la
doctrina es totalmente maliciosa, que deprime al humilde de
corazón y llena de orgullo al superficial, al ignorante y al
presuntuoso, en un grado sumamente peligroso.
6. En séptimo y último lugar, ¿es sabio enseñar a los creyentes que
no piensen tanto en luchar y esforzarse contra el pecado, sino que
más bien se “sometan a Dios” y sean pasivos en las manos de
Cristo? ¿Coincide esto con lo que afirma la Palabra de Dios? Lo
dudo.
Es claro que la enseñanza de “someterse a Dios” es algo a lo que
Dios insta a los creyentes a hacer. Pero esto no incluye el sentido de
“colocarnos pasivamente en las manos de otro”. Cualquier
estudiante del griego nos puede decir que el sentido es más bien de
“presentarnos” activamente para un uso, empleo y servicio (ver Ro.
12:1). La expresión, pues, se sustenta por sí misma. Pero por otra
parte, no sería difícil señalar, por lo menos, veinticinco o treinta
pasajes en las Epístolas que enseñan claramente a los creyentes a ser
22
Introducción
activos y se los hace responsables de cumplir con energía lo que
Cristo quiere. No se les dice que se “sometan” como agentes
pasivos y se queden sentados sin hacer nada, sino que se levanten
y trabajen. Un ímpetu, un conflicto, una guerra, una lucha santa, la
vida de un soldado, son presentados como las características del
verdadero cristiano. La descripción de “la armadura de Dios” en el
sexto capítulo de Efesios parece resolver la cuestión4.

Vuelvo a repetir que sería fácil demostrar que la doctrina de


santificación sin un esfuerzo personal, sino sencillamente de
“someterse a Dios” es, precisamente, la doctrina de los
antinomianos fanáticos del siglo XVII (a la cual ya me he referido,
descrita en Spiritual Antichrist por Rutherford) y que su tendencia
es extremadamente mala. Sería fácil demostrar que la doctrina es
totalmente contraria a la totalidad de las enseñanzas de libros
acreditados como El Progreso del Peregrino ¡y si la aceptáramos no
nos quedaría más remedio que echar al fuego el viejo libro de
Bunyan! Si Cristiano en El Progreso del Peregrino, sencillamente, se
hubiera sometido a Dios y nunca hubiera luchado, esforzado y
batallado, yo habría leído el libro en vano. Pero la verdad lisa y
llana es que los hombres seguirán confundiendo dos cosas que son
diferentes: La justificación y la santificación:
- En cuanto a justificación las palabras para decirle al hombre
son: “Cree, sólo cree”.
- En cuanto a santificación las palabras tienen que ser: “Mantente
en guardia, ora y lucha”.
Lo que Dios ha dividido, no lo mezclemos y confundamos nosotros.

4 El sermón de Sibbe sobre “Victorious Violence” (Violencia victoriosa) merece la


atención de todos los que tienen sus obras —Tomo 7, p. 30 (Richard Sibbes, 1577-
1635).
SANTIDAD 23

El error lamentable
Termino aquí mi introducción y me apuro a concluirla. Confieso
que dejo de escribir con sentimientos de tristeza y ansiedad. Hay
mucho en la actitud de los cristianos en la actualidad que me llena de
preocupación y que me hace temer por el futuro.
Existe entre muchos creyentes una ignorancia pasmosa de las
Escrituras y, consecuentemente, existe también la necesidad de una
fe bien fundamentada, bíblicamente y sólida. No tengo otra manera
de explicar la facilidad con que la gente, como si fueran niños, “son
llevados por doquiera de todo viento de doctrina” (Ef. 4:14). Existe
un amor ateniense por las cosas novedosas y una aversión
mórbida por cualquier cosa del pasado y regular, y por el sendero
transitado por nuestros mayores. Miles de personas se congregan
para escuchar una voz nueva y una doctrina nueva, sin considerar
ni por un momento, si lo que están oyendo es cierto. Hay ansias
incesantes de escuchar cualquier enseñanza sensacional y
emocionante que apele a los sentimientos. Hay un apetito enfermizo
por un cristianismo espasmódico e histérico. La vida religiosa de
muchos es como beber una pequeña copita espiritual y “el espíritu
afable y apacible” que recomienda San Pedro es totalmente
olvidado (1 Pe. 3:4). Las multitudes, los llantos, los sitios calurosos,
los cantos rimbombantes y una incesante apelación a las emociones,
es lo único que a muchos les interesa. La incapacidad para
distinguir las diferencias doctrinales cunde por doquier y, mientras el
predicador sea “hábil” y “fervoroso”, cientos de oyentes parecen
creer que tiene que estar predicando la verdad ¡y lo llaman a uno
terriblemente “intolerante y duro”, si sugiere que no predica la
verdad! Moody y Hawis, Dean Stanley y Canon Liddon, Mackonochie
y Persall Smith les dan lo mismo a tales personas. Todo esto es
triste, muy triste. Pero si, además de esto, los que sinceramente
abogan por más santidad, caen por el camino o tienen diferencias
entre sí, será más triste todavía. Entonces sí que estaremos peor.
24
Introducción
La solución
En cuanto a mí, sé que ya no soy un pastor joven. Mi mente quizá se
esté endureciendo y no puedo recibir fácilmente ninguna doctrina
nueva. “Lo de antes es mejor”. Supongo que pertenezco a la escuela
antigua de teología evangélica y, por lo tanto, me contento con
enseñar acerca de la santificación según lo que encuentro en Life of
Faith (Vida de fe) por Sibbes y Manton, y en The Life, Walk, and
Triumph of Faith (La vida, el camino y el triunfo de la fe) por
William Romaine. Pero tengo que expresar mi esperanza de que
mis hermanos más jóvenes, que han adoptado conceptos nuevos
de la santidad, se cuiden de las múltiples e innecesarias divisiones.
¿Creen que se necesitan normas superiores para la vida cristiana en
la actualidad? Yo también. ¿Creen que se necesitan enseñanzas más
claras, fuertes y completas sobre santidad? Yo también. ¿Creen que
Cristo debe ser más exaltado como la raíz y el autor de la
santificación, al igual que la justificación? Yo también. ¿Creen que
se les debe instar más y más a los creyentes a vivir por fe? Yo
también. ¿Creen que se debe insistir más y más en que mantenerse
muy cerca de Dios es el secreto de la vida feliz y provechosa para el
creyente? Yo también. En todo esto coincidimos. Si quieren saber
más, entonces les pido que tengan cuidado por dónde caminan y que
expliquen, clara y distintivamente, lo que quieren decir.
Por último, tengo que rechazar, y lo hago con amor, el uso de
términos y frases vulgares al enseñar acerca de la santificación. Alego
que un movimiento a favor de la santidad no puede ser extendido con
una fraseología inventada, ni con afirmaciones desproporcionadas y
parciales, ni con enfatizar demasiado y aislar pasajes en particular, ni
por exaltar una verdad a expensas de otra, ni alegorizando o
acomodando pasajes (exprimiéndolos para sacarles significados que
el Espíritu Santo nunca puso en ellos),
SANTIDAD 25

ni hablando con desprecio y amargura de los que no ven las cosas


exactamente como las ve uno y no trabajan exactamente de las
maneras en que lo hace uno. Estas cosas no conducen a la paz; más
bien repelen a muchos y los mantienen alejados. Las armas como
éstas, no ayudan en nada a la causa de la verdadera santificación,
sino que la perjudican. Hay que desconfiar de cualquier movimiento
para propagar la santidad que produzca altercados y disputas
entre los hijos de Dios. En nombre de Cristo, y en nombre de la
verdad y el amor, tratemos de seguir la paz, al igual que la santidad.
“Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mr. 10:9).
Lo que anhelo de corazón y pido a Dios todos los días, es que la
santidad personal aumente grandemente entre los que profesan ser
cristianos. Y confío en que todos los que procuran promoverla, se
adhieran a lo que coincida con las Escrituras, que distingan
cuidadosamente las cosas que difieren y que separen “lo precioso de
lo vil” (Jer. 15:19).
1. Pecado
“El pecado es infracción de la ley”. 1 Juan 3:4

El conocimiento del pecado es fundamental


La verdad lisa y llana es que el conocimiento correcto del pecado es
la raíz de todo el cristianismo salvador. Sin doctrinas como la
justificación, conversión y santificación hay “palabras y nombres”
que no significan nada, por lo tanto, lo primero que Dios hace
cuando convierte a una persona en una nueva criatura en Cristo, es
enviar luz a su corazón y mostrarle que es un pecador culpable. La
creación material en Génesis comenzó con “luz” y lo mismo sucede
con la creación espiritual. Dios “brilla en nuestros corazones” por
obra del Espíritu Santo y, entonces, comienza la vida espiritual (2
Co. 4:6). Los conceptos inciertos o inseguros del pecado son el
origen de la mayoría de los errores, herejías y doctrinas falsas en
la actualidad. Si el hombre no se percata de la naturaleza peligrosa
de la enfermedad de su alma, uno no puede preguntarse cómo puede
contentarse con remedios falsos o imperfectos. Creo que una de las
necesidades principales en el siglo XIX ha sido y es, una enseñanza
más clara sobre el pecado.
I. Definición de pecado
Comenzaré el tema dando algunas definiciones del pecado. Por
supuesto, todos conocemos las palabras “pecado” y “pecadores”.
Hablamos frecuentemente de que en el mundo hay “pecado” y de
que los hombres cometen “pecados”. Pero,
¿qué queremos decir al usar estos términos y frases? ¿Lo sabemos
realmente? Me temo que hay mucha confusión y vaguedad sobre
esto. Trataré, lo más brevemente posible, de dar una respuesta.
1.Pecado 27

Digo, pues, que “pecado” es, hablando en general, como lo declara


el Artículo 91 de la Iglesia Anglicana: “La falla y corrupción de la
naturaleza de cada hombre engendrado por un hijo de Adán; por la
cual el hombre está muy apartado (quam longissime en latín) de su
justicia original y es, por su propia naturaleza, inclinado hacia el
mal, de modo que los deseos de la carne son siempre contra el
espíritu y, por lo tanto, cada persona nacida en el mundo merece la
ira y la condenación de Dios”.
El pecado, en resumen, es aquella vasta enfermedad moral que afecta a
toda la raza humana, a todo rango, clase, nombre, nación, pueblo y
lengua; una enfermedad de la cual nadie, sino Uno nacido de
mujer, fue libre.
¿Necesito decir que ese Uno fue Cristo Jesús nuestro Señor?
Digo, además, que “un pecado”, hablando más particularmente,
consiste en hacer, decir, pensar o imaginar cualquier cosa que no
se conforma perfectamente a la mente y la ley de Dios. Pecado, en
suma, como dicen las Escrituras, es una “infracción de la ley” (1
Juan 3:4). La más leve desviación, ya sea exterior o interior, del
paralelismo matemático absoluto con la voluntad y el carácter
revelado de Dios, es un pecado, y nos hace, inmediatamente, culpables
a los ojos de Dios.
Por supuesto no necesito decirle a nadie, que lee su Biblia con
atención, que alguien puede quebrantar la ley de Dios en su corazón
y en su mente, aun cuando no haya ningún acto perverso manifiesto
y visible. Nuestro Señor declaró este punto más allá de cualquier
disputa en el Sermón del Monte (Mt. 5:21-28).Incluso, un poeta ha
dicho: “El hombre puede sonreír y sonreír, y ser un villano”.
Además, no necesito decirle al estudiante cuidadoso del Nuevo
Testamento, que hay pecados de omisión al igual que de comisión, y
que pecamos, como bien nos recuerda nuestro Libro de Oraciones,
28 SANTIDAD

“dejando de hacer las cosas que debemos hacer”, al igual que


“hacer las cosas que no debemos hacer”. Las palabras solemnes de
nuestro Maestro en el Evangelio de Mateo también presentan
claramente este punto irrefutable. Dice allí: “Apartaos de mí,
malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.
Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me
disteis de beber” (Mt. 25:41,42). Fueron palabras profundas y
reflexivas dichas por el santo arzobispo Usher, justo antes de morir:
“Señor, perdona todos mis pecados y, especialmente, los de
omisión”.
Pero creo necesario en estos tiempos, recordar a mis lectores que
uno puede cometer pecado y no saberlo y creerse inocente cuando
en realidad es culpable. No veo ninguna justificación bíblica para la
afirmación moderna de que “el pecado no es pecado para nosotros
hasta que lo discernimos y tenemos conciencia de él”.
Por el contrario, en los capítulos 4 y 5 del injustamente
descuidado libro de Levítico y en el capítulo 15 de Números,
encuentro que se enseña claramente a Israel que hay pecados por
ignorancia que hacen impuro al pueblo y que necesitan expiación
(Lev. 4:1-35; 5:14-19; Núm. 15:25-29). Y encuentro que nuestro
Señor enseña expresamente que “el que sin conocerla [la voluntad de
su amo] hizo cosas dignas de azotes”, no era perdonado por su
ignorancia, sino que era “azotado” o castigado (Lc. 12:48).
Recordemos que cuando medimos lo pecadores que somos según
nuestro propio conocimiento y conciencia, miserablemente
imperfectos, pisamos un terreno muy peligroso. Un estudio más
profundo de Levítico podría hacernos mucho bien.

1 La Confesión de fe de la Iglesia Anglicana se denomina Los treinta y nueve artículos.


Se origina en 1563 y refleja las enseñanzas de la Reforma Protestante.
1. Pecado 29

II. Origen y raíz del pecado


En cuanto al origen y la raíz de esta vasta enfermedad moral llamada
“pecado”, tengo que decir algo: Me temo que los conceptos de
muchos cristianos profesantes son, tristemente, defectuosos y
equivocados. No puedo pasarlo por alto. Fijemos, pues, en nuestra
mente que lo pecaminoso del hombre no empieza desde afuera,
sino desde adentro. No es el resultado de una mala formación
durante la niñez.
No es que se aprenda de las malas compañías ni por los malos
ejemplos, como les gusta afirmar a algunos cristianos débiles. ¡No! Es
una enfermedad congénita, que todos heredamos de nuestros
primeros padres Adán y Eva, y con la cual nacimos. “Creados a la
imagen y semejanza de Dios”, inocentes y justos al principio,
nuestros padres cayeron de la justicia original y llegaron a ser
pecadores y corruptos. Y desde aquel día hasta hoy, todos los hombres
y mujeres han nacido a la imagen de Adán y Eva caídos y heredan
un corazón y una naturaleza con inclinación hacia el mal, “por un
hombre entró el pecado al mundo”. “Lo que es nacido de la carne,
carne es”. “[Somos] por naturaleza hijos de ira”. “La mente carnal
es enemistad contra Dios.” “Porque de dentro, del corazón de los
hombres, [naturalmente como de una fuente] salen los malos
pensamientos, las fornicaciones, los homicidios” y cosas similares. (Jn.
3:6; Ef. 2:3; Ro. 5:12; 8:7; Mr. 7:21.)
El infante más hermoso que haya nacido este año y viene a ser el
rayito de sol de una familia, no es, como su madre quizá
cariñosamente lo llame, un “angelito”, ni un bebito “inocente”, sino
un pequeño “pecador”. ¡Ay! ¡Acostado sonriendo y balbuceando en
su cuna, esta tierna criaturita tiene en su corazón las semillas de todo
tipo de maldades! Basta con observarlo cuidadosamente mientras
crece en estatura y su mente se desarrolla, para detectar una
incesante tendencia hacia lo egoísta y lo malo, y un alejamiento de
aquello que sea bueno.
30 SANTIDAD

Verá en él los brotes y gérmenes del engaño, del mal carácter,


egoísmo, egocentrismo, obstinación, codicia, envidia, celo, pasión,
los cuales si se les deja expresar, crecerán con lamentable rapidez.
¿Quién enseñó al niño estas cosas? ¿Dónde las aprendió? ¡Sólo la
Biblia puede contestar estas preguntas!
De todas las cosas necias que los padres suelen decir acerca de
sus hijos, no hay otra peor que el dicho común: “En el fondo, mi
hijo tiene un buen corazón. No es lo que debiera ser; pero es que
ha caído en malas manos. Las escuelas públicas son lugares malos.
Los tutores descuidan a los niños. No obstante, en el fondo, él tiene
un buen corazón”. Desgraciadamente, la verdad es exactamente lo
contrario. La primera causa de todo pecado radica en la
corrupción natural del corazón del niño, no en la escuela.
III. Amplitud del pecado
En cuanto a la amplitud de esta vasta enfermedad moral del
hombre llamada pecado, tengamos cuidado de no equivocarnos. La
única base segura es la que nos dan las Escrituras. “Todo designio de
los pensamientos del corazón” es malo por naturaleza y lo es
continuamente (Gén. 6:5). “Engañoso es el corazón más que todas
las cosas, y perverso;…” (Jer. 17:9). El pecado es una enfermedad que
satura y compromete cada parte de nuestra constitución moral y cada
una de nuestras facultades mentales. La comprensión, los afectos,
los poderes para razonar, la voluntad, están todos infectados, en
menor o mayor grado. Aun la conciencia está tan ciega que no se
puede depender de ella como un guía seguro y puede llevar al
hombre a hacer tanto lo malo como lo bueno, a menos que esté
iluminado por el Espíritu Santo. En resumen, “Desde la planta del
pie hasta la cabeza no hay… cosa sana,…” en nosotros (Isa. 1:6). La
enfermedad puede estar oculta bajo una delgada capa de cortesía,
1. Pecado 31

buenos modales y un decoro exterior; pero se encuentra


profundamente arraigada en el ser.
Admito totalmente que el hombre tiene muchas facultades
positivas y nobles, y que muestra una inmensa capacidad en las
artes, en las ciencias y en la literatura. Pero el hecho sigue en pie:
En cuanto a las cosas espirituales, el hombre está completamente
“muerto” y no tiene conocimiento, ni amor, ni temor natural de
Dios. Sus mejores cualidades están tan entretejidas y mezcladas con
corrupción, que el contraste sólo evidencia claramente la verdad y
extensión de la caída. Nos muestra que una y la misma criatura es
en algunas cosas…
- Tan superior y, en otras, tan baja.
- Tan grande y, no obstante, tan pequeña.
- Tan noble y, sin embargo, tan mala.
- Tan grandiosa en su concepción y ejecución de cosas
materiales y, no obstante, tan arrastrada y tan degradada en
sus afectos.
- Capaz de planificar y construir edificios como los de Carnac y
Luxor en Egipto, y el Partenón en Atenas, y, no obstante,
adorar a dioses y diosas viles, a aves, bestias y seres que se
arrastran.
- Capaz de producir obras trágicas como las de Sófocles e historias
como las de Tucídides y, no obstante, ser esclavo de vicios
abominables como los descritos en el primer capítulo de la
epístola a los Romanos.
Todo esto es un complicado rompecabezas para los que se
burlan de la “Palabra escrita de Dios” y de los eruditos bíblicos.
Pero es un nudo que podemos desatar con la Biblia en nuestras
manos. Podemos reconocer que el hombre tiene en sí, todas las
marcas de un templo majestuoso, un templo en el cual alguna vez
moraba Dios, pero que ahora está en ruinas.
32 SANTIDAD

Un templo en el que una ventana destrozada aquí, una puerta allá


y una columna más allá todavía, dan una idea de la magnificencia de
su diseño original, pero un templo que ha caído de su apogeo de un
extremo al otro y que ha perdido su gloria. Y por eso decimos que
nada soluciona el complicado problema de la condición del hombre,
sino la “doctrina del pecado original o de nacimiento” y los
devastadores efectos de la caída.
Recordemos, además de esto, que cada parte del mundo da
testimonio del hecho que el pecado es la enfermedad universal de
toda la humanidad. Busquemos por toda la tierra de este a oeste, de
polo a polo, busquemos por toda nación de todo tipo de clima en los
cuatro puntos cardinales de la tierra, busquemos en cada rango y
clase social en nuestro país, desde el más elevado al más bajo y, en
cada circunstancia y condición, la conclusión siempre será la
misma. Las islas más remotas en el Océano Pacífico, completamente
separadas de Europa, Asia, África y América, más allá del alcance
del lujo oriental y las artes y literatura de occidente —islas habitadas
por gente que no sabe de libros, dinero, la fuerza del vapor ni de la
pólvora—, en estas islas siempre se ha encontrado, al descubrirlas,
que había entre sus pobladores, las formas más viles de lujuria,
crueldad, engaño y superstición. Si los habitantes no han sabido
ninguna otra cosa, ¡siempre han sabido cómo pecar! En todo lugar,
“engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso;…”
(Jer. 17:9). Por mi parte, no sé de una prueba más contundente de
la inspiración de Génesis y del registro de Moisés acerca del origen
del hombre que el poder, la extensión y la universalidad del
pecado. Reconozcamos que la humanidad surgió de una pareja, y que
esa pareja cayó (como nos lo dice Génesis 3), y que el estado de la
naturaleza humana en todas partes es fácilmente comprensible.
Neguémoslo; como lo hacen muchos, y nos encontraremos
inmediatamente envueltos en dificultades inexplicables.
1. Pecado 33

En una palabra, la uniformidad y universalidad de la corrupción


humana dan respuesta a los ejemplos más difíciles de explicar de
las enormes “dificultades de la infidelidad”.

El pecado en la vida del creyente


Después de lo dicho, estoy convencido de que la prueba más
grande de la extensión y el poder del pecado, es lo pertinaz que es en
aferrarse al hombre, aun después de que éste se ha convertido y es el
objeto de las operaciones del Espíritu Santo. Según el lenguaje del
Noveno Artículo2, “esta infección de la naturaleza permanece…,
aun en los que están regenerados”. Tan profundas son las raíces de
la corrupción humana, que aún después de que nacemos de nuevo,
hemos sido renovados, “limpiados, santificados, justificados” y
hechos miembros vivos de Cristo, estas raíces siguen vivas en el fondo
de nuestros corazones y, como la lepra en las paredes de la casa,
nunca nos libramos de ella hasta que la casa terrenal de este
tabernáculo se haya disuelto. Sin lugar a dudas, el pecado en el
corazón del cristiano ya no domina. Está controlado, mortificado y
crucificado por el poder expulsivo del nuevo principio de gracia.
La vida del creyente es una vida de victoria, no de fracaso. Pero
las mismas batallas que hay en su seno, la lucha que ve que tiene
que librar diariamente, el celo continuo que tiene que ejercer sobre
su hombre interior, el conflicto entre la carne y el espíritu, los
“quejidos” que nadie, fuera de los que los han vivido conocen,
testifican de la misma gran verdad, todos muestran el enorme poder y
vitalidad del pecado. ¡Ciertamente debe ser poderoso ese enemigo
que aunque esté crucificado sigue vivo! ¡Feliz es aquel creyente que lo
comprende y, mientras se regocija en Cristo Jesús, no confía para
nada en la carne y, por lo tanto, dice: “Gracias a Dios que nos da la
victoria” (1 Co. 15:57); nunca se olvida de estar en guardia y
orando para no caer en tentación!
34 SANTIDAD

IV. Lo ofensivo del pecado


En cuanto a la culpabilidad, vileza y lo ofensivo del pecado a los
ojos de Dios, mis palabras serán pocas. Digo “pocas” con
conocimiento de causa. No creo, según la naturaleza de las cosas,
que el hombre mortal pueda percibir lo tremendamente ofensivo
del pecado a los ojos de Aquel que es santo y perfecto con quien
tenemos que tratar. Por otro lado, Dios, como ese Ser eterno que
“notó necedad en sus ángeles” y en cuya presencia “los mismos
cielos no son limpios”, Él es el que lee los pensamientos y los
motivos, al igual que las acciones, y requiere “verdad en nuestro
interior” (Job 4:18; 15:15; Sal. 51:6).
Por otro lado, nosotros, pobres criaturas ciegas, hoy aquí
y mañana no, nacidos en pecado, rodeados de pecados —
viviendo en un ambiente constante de debilidad, enfermedad e
imperfección—, no podemos dar forma más que a los conceptos más
inadecuados de lo aberrante que es el mal. No tenemos ni línea ni
unidad de medida con las cuales conocer sus dimensiones. El ciego no
puede ver una diferencia entre una obra maestra de Ticiano o Rafael
y el rostro de la reina en el mural del pueblo. El sordo no puede
distinguir entre el sonido de un silbato y el del órgano de una
catedral. Aquellos animales cuyo olor nos resulta tan ofensivo, no
tienen idea de que son perjudiciales y no se afectan entre sí. Y yo creo
que el hombre, el hombre caído, no puede tener una idea cabal de
lo vil que es el pecado a los ojos de aquel Dios cuya obra es
absolutamente perfecta —perfecta, aun si la vemos a través de un
telescopio o un microscopio—,

2 Los Treinta y nueve artículos, una confesión de fe conservadora.


1. Pecado 35

perfecta en la formación de un gran planeta como Júpiter, con sus


satélites sincronizados al segundo, mientras gira alrededor del sol
y en la formación del insecto más pequeño que camina a nuestros
pies.
Pero de cualquier manera, implantemos firmemente en nuestras
mentes…
- Que el pecado es “esta cosa abominable que yo aborrezco”.
- Refiriéndose a Dios dice: “Muy limpio eres de ojos para ver el
mal, ni puedes ver el agravio”.
- Que la transgresión más leve de la ley de Dios nos hace “culpables
de todos”.
- Que “el alma que pecare, esa morirá”.
- Que “la paga del pecado es muerte”.
- Que “Dios juzgará… los secretos de los hombres”.
- Que “el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga”.
- Que “los malos serán trasladados al Seol” e “irán éstos al castigo
eterno”.
- Que “no entrará en ella [la ciudad celestial] ninguna cosa
inmunda”.
(Jer. 44:4; Hab. 1:13; Stg. 2:10; Ez. 18:4; Ro. 6:23; Ro. 2:16; Mr.
9:44; Sal. 9:17;
Mt. 25:46; Ap. 21:27.) ¡Por cierto, estas son tremendas palabras
cuando consideramos que están escritas en el Libro de un Dios quien
es todo misericordia! Después de todo, no hay prueba de lo serio
del pecado que sea más sobrecogedora e irrefutable como la cruz y
la pasión de nuestro Señor Jesucristo,
y toda la doctrina de su sustitución y expiación. Terriblemente negra
ha de ser esa culpa por la cual, sólo la sangre del Hijo de Dios podía
satisfacer. Pesada debe ser la carga del pecado humano que hizo
gemir a Jesús y sudar gotas de sangre en agonía en Getsemaní y
clamar desde el Gólgota:
36 SANTIDAD

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46).
Estoy convencido de que nada nos asombrará tanto, cuando
despertemos en el día de resurrección, como la vista que tendremos
del pecado y del conocimiento retrospectivo que tendremos de
nuestras innumerables faltas y defectos. Nunca, hasta la hora
cuando Cristo venga por segunda vez, comprenderemos
totalmente “lo pecaminoso del pecado”. Bien podría decir
George Whitefield: “El himno en el cielo será: ‘¡Lo que Dios ha
hecho!’”
V.Lo engañoso del pecado
Queda un punto por considerar sobre el tema del pecado, que no
puedo pasar por alto. Ese punto tiene que ver con lo engañoso que
es. Es un asunto de importancia primordial y me aventuro a
pensar que no recibe la atención que merece. Podemos ver este
engaño en lo increíblemente propenso que es el hombre a
considerar al pecado menos pecaminoso y peligroso de lo que es a los
ojos de Dios y su pronta disposición por restarle importancia,
excusarse por él y minimizar su culpa. “¡No es más que uno pequeño!
¡Dios es misericordioso! ¡Dios no va al extremo de tomar nota de lo
que uno hace mal! ¡Nuestra intención es buena! ¡Uno no puede ser
tan quisquilloso! ¿Dónde hace tanto daño? ¡No hacemos más que lo
mismo que hacen los demás!”. ¿A quién no le resulta familiar este
tipo de lenguaje?
Podemos verlo en la larga lista de palabras y frases lindas que han
acuñado los hombres a fin de describir cosas que Dios llama lisa y
llanamente perversas y una ruina para el alma. ¿Qué significan
expresiones como “de vida fácil”, “alegre”, “alocado”, “inseguro”,
“desconsiderado”, “indiscreto”? Muestran que los hombres tratan de
engañarse a sí mismos y de creer que el pecado no es tan
pecaminoso como Dios dice que lo es y que no son tan malos como
realmente son. Podemos verlo en la tendencia, aun de creyentes,
1. Pecado 37

de permitirles a sus hijos conductas cuestionables y de ignorar el


resultado inevitable del amor al dinero, de jugar con la tentación y
sancionar a los transgresores sin el debido rigor.
Me temo que no comprendemos suficientemente la extrema
sutileza de la enfermedad de nuestra alma. Somos demasiado
prontos a olvidar que la tentación de pecar raramente se nos presenta
en su verdadera realidad, diciendo: “Soy tu enemigo mortal y quiero
arruinarte eternamente en el infierno”. ¡Oh no! El pecado nos llega,
como Judas, con un beso y, como Joab, con una mano extendida y
palabras halagadoras. El fruto prohibido le parecía bueno y deseable a
Eva; no obstante le echó fuera del Edén. Caminar tranquilamente
en la azotea de su palacio le pareció inofensivo a David; pero
terminó en adulterio y homicidio. El pecado raramente parece
pecado al principio. Estemos en guardia y oremos, no sea que
caigamos en tentación. Podemos darle a la impiedad nombres
bonitos, pero no podemos alterar su naturaleza y carácter a los ojos
de Dios. Recordemos las palabras de San Pablo: “Exhortaos los unos
a los otros cada día… para que ninguno de vosotros se endurezca
por el engaño del pecado” (He. 3:13). Es una oración sabia en
nuestra Letanía la que dice: “De los engaños del mundo, la carne, y el
diablo, líbranos, buen Señor”.

Autodegradación
Y ahora, antes de seguir adelante, quiero mencionar
brevemente dos pensamientos que parecen surgir con fuerza
irresistible de este tema. Por un lado, les pido a mis lectores que
observen las razones profundas que todos tenemos para
humillarnos y degradarnos a nosotros mismos. Sentémonos ante la
figura del pecado que nos presenta la Biblia y consideremos qué
criaturas tan culpables, viles y corruptas somos todos a los ojos de
Dios. ¡Cuánta necesidad tenemos todos del cambio del corazón
llamado regeneración, nuevo nacimiento o conversión!
38 SANTIDAD

¡Qué masiva es la debilidad e imperfección que se aferra al mejor ser


humano en su mejor expresión! ¡Qué solemne es el pensamiento
que dice que sin santidad “nadie verá al Señor”! (He. 12:14). ¡Qué
razón tenemos de clamar con el publicano, cada noche de nuestra
vida, cuando pensamos en nuestros pecados de omisión, al igual que
los de comisión: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lc. 18:13)!
¡Qué admirablemente encajan las confesiones generales y de la
comunión en el Libro de Oraciones, con la condición actual de
todos los cristianos profesantes!
¡Qué divinamente adecuado es ese lenguaje para los hijos de Dios, que
el Libro de Oraciones pone en la boca del cristiano antes de acercarse
a la mesa de comunión: “El recuerdo de nuestras malas acciones nos
son gravosas; la carga es intolerable: Ten misericordia de nosotros,
ten misericordia de nosotros, Padre muy misericordioso; en el
nombre de tu Hijo nuestro Señor Jesucristo, perdónanos por todo
lo pasado”! ¡Cuán cierto es que, el santo más santo, es en sí un
miserable pecador y necesitado de misericordia y gracia hasta el
último momento de su existencia!
De todo corazón, apoyo aquel pasaje en el Sermón sobre
Justificación de Hooker, que comienza diciendo: “Consideremos
las mejores cosas y las más santas que hacemos. Nunca estamos
más comprometidos con Dios que cuando oramos; no obstante,
muchas veces, cuando oramos, ¡cómo nos distraemos! ¡Qué poca
reverencia demostramos hacia la gran majestad de Dios con quien
hablamos!
¡Qué poco remordimiento sentimos por nuestras propias maldades!
¡Qué poco gusto sentimos de la influencia de sus tiernas mercedes!
¿No sucede que muchas veces no estamos deseosos de comenzar,
como lo estamos de terminar, como si al decir él ‘Invócame’ (Sal.
50:15), nos hubiera dado una tarea muy difícil? Lo que digo puede
parecer algo extremo; por lo tanto, que cada uno juzgue, como le
indique su propio corazón, y no de ninguna otra manera;
1. Pecado 39

¡haré sólo una demanda! Si Dios cediera ante nosotros, no como a


Abraham (si hubiera podido encontrar cincuenta, cuarenta, treinta,
veinte o aun diez buenas personas en la ciudad, por ellas esta ciudad
no sería destruida) y, en cambio, nos hiciera una oferta así de
grande: 1) Busquen en todas las generaciones de hombres desde
la caída de nuestro padre Adán, 2) Encuentren un hombre que haya
surgido de él, que haya sido puro, sin mancha alguna y 3) Por la
acción de ese único hombre, ningún ser humano ni ángel sufriría los
tormentos preparados para ambos. ¿Les parece que este rescate para
librar a hombres y ángeles podría encontrarse entre los hijos de los
hombres, cuyas mejores cosas tienen algo en ellas que hay que
perdonar?”3
Ese testimonio es verdadero. Por mi parte, estoy convencido de
que cuanta más luz tenemos, más vemos lo pecaminoso que somos
y cuanto más nos acercamos al cielo, más estamos revestidos de
humildad. En cada era de la Iglesia encontraremos que es cierto, si
estudiamos biografías, que los santos más eminentes, hombres
como Bradford, Rutherford y M'Cheyne, veremos que,
invariablemente, han sido los hombres más humildes.
Seamos agradecidos por la gracia
Por otro lado, pido a mis lectores que observen cuán
profundamente agradecidos debemos estar por el glorioso evangelio
de la gracia de Dios. Existe un remedio revelado para la necesidad
del hombre, un remedio tan ancho, amplio y profundo como la
enfermedad que padece. No hemos de temer mirar al pecado y
estudiar su naturaleza, origen, poder, extensión y vileza, si
miramos, al mismo tiempo, el remedio todopoderoso que nos ha sido
provisto en la salvación que hay en Jesucristo. Aunque ha abundado el
pecado, la gracia ha abundado mucho más. Sí…
- En el pacto eterno de redención y en el Mediador de ese pacto,
Jesucristo el justo, y perfecto Hombre en una sola Persona.
40 SANTIDAD

En la obra que hizo al morir por nuestros pecados y resucitar


-
para nuestra justificación, y en los oficios que cumple como
nuestro Sacerdote, Sustituto, Médico, Pastor y Abogado.
- En la sangre preciosa que derramó, la cual puede limpiar de
todo pecado en la justicia eterna que trajo.
- En la intercesión perpetua que hace por nosotros como
nuestro Representante a la diestra de Dios.
- En su poder de salvar para siempre al peor de los pecadores, su
disposición de recibir y perdonar a los más viles, su prontitud
por cargar a los más débiles.
- En la gracia del Espíritu Santo que planta en los corazones de
su pueblo, renovando, santificando y haciendo que las cosas
viejas pasen y todas sean hechas nuevas.
—En todo esto y, ¡oh que bosquejo tan breve es!, en todo esto,
digo, hay un remedio, pleno, perfecto y completo para la enfermedad
aborrecible del pecado. Terrible como es indudablemente el concepto
correcto del pecado, nadie debe desmayar ni desesperarse, siempre y
cuando tenga, al mismo tiempo, un concepto correcto de Jesucristo.
Con razón ese anciano Flavel finaliza muchos de los capítulos de
su admirable libro “Fountain of Life” (Fuente de vida), con las
emocionantes palabras: “Bendito Dios por Jesucristo”.
Aplicación práctica
Al llevar este tema poderoso a una conclusión, siento que apenas he
tocado la superficie. Es un asunto que no puede ser tratado a fondo
en un escrito como éste. El que quiera verlo tratado, completa y
exhaustivamente, tiene que recurrir a eruditos de teología
experimental, como Owen,

3 Thomas Hooker (1556-1647): “Learned Discourse of Justification” (un discurso


erudito sobre la justificación).
1. Pecado 41

Burgess, Manton, Charnock y otros gigantes de la escuela


puritana. Sobre temas como éste, no hay escritores que puedan
compararse con los puritanos. Sólo me resta destacar algunos asuntos
prácticos que toda la doctrina sobre el pecado deben ser tratados en
la actualidad.
(a) Quiero decir, en primer lugar, que un concepto bíblico del
pecado es unos de los mejores antídotos contra el tipo de teología
vaga, imprecisa, nada clara, borrosa, indefinida, que es tan
dolorosamente común en la actualidad. Es en vano cerrar los ojos
al hecho de que hay una gran cantidad de supuesto cristianismo hoy
día que no puede declararse positivamente errado, pero que, a pesar
de todo, no es completo, de peso, ni totalmente acertado. Es un
cristianismo en el cual no se puede negar que haya “algo de Cristo,
algo de la gracia, algo de la fe, algo del arrepentimiento y algo de la
santidad”; pero no es lo verdadero, tal como aparece en la Biblia. Las
cosas están fuera de lugar y son desproporcionadas.
Como hubiera dicho el anciano Latimer: Es una especie de
“mezcla de esto y aquello” y no hace nada de bien. No ejerce
influencia sobre la conducta cotidiana, ni consuela en la vida, ni da
paz en la muerte. Los que siguen estas aparentes verdades,
despiertan a menudo demasiado tarde para encontrarse con que no
tienen ningún fundamento. Ahora bien, creo que la mejor manera
de curar este tipo defectuoso de religión es darle más prominencia a
la antigua verdad bíblica acerca de lo pecaminoso del pecado. La
gente nunca se propondrá decididamente ir en dirección al cielo y a
vivir como peregrinos hasta que sientan que realmente corren peligro
de ir al infierno. Tratemos todos de reavivar la antigua enseñanza
acerca del pecado en los jardines de infantes, escuelas, colegios y
universidades. No olvidemos que “la ley es buena, si uno la usa
legítimamente” y que “por medio de la ley es el conocimiento del
pecado” (1 Tim. 1:8; Ro. 3:20; 7:7). Pongamos la ley al frente y
enfaticémosla de modo que los hombres le presten atención.
42 SANTIDAD

Hablemos de los Diez Mandamientos e insistamos en ellos


demostrando lo largo, ancho, profundo y alto de sus
requerimientos. Éste fue el método de nuestro Señor en el Sermón
del Monte. No hay nada mejor que podemos hacer que seguir su
plan. ¡Podemos depender de él; los hombres nunca acudirán a
Jesús, ni se quedarán con Jesús, ni vivirán para Jesús, a menos que
realmente sepan por qué deben acudir a él y cuál es la necesidad
que tienen!
Aquellos que el Espíritu atrae a Jesús son los que el Espíritu ha
convencido de pecado. Sin una convicción total de pecado, el
hombre puede acudir a Jesús y seguirle por un tiempo, pero
pronto se apartará y volverá al mundo.
(b) Tener un concepto bíblico del pecado es una de las mejores
maneras de evaluar la teología extravagantemente amplia y
liberal que está en boga en nuestros días. La tendencia del
pensamiento moderno es rechazar los credos y toda clase de límites
en la religión. Se cree que es muy bueno y sabio no condenar ninguna
opinión y declarar que todos los maestros inteligentes y serios,
son dignos de confianza, no importa lo heterogéneas y mutuamente
destructivas que puedan ser sus opiniones. ¡Todo en verdad es cierto,
nada es falso! ¡Todos tienen razón y nadie está equivocado! ¡Es muy
probable que todos sean salvos y nadie se perderá! La expiación y
sustitución de Cristo, la personalidad del diablo, los elementos
milagrosos en las Escrituras, la realidad y eternidad del futuro castigo,
todas estas poderosas piedras fundamentales se tiran
indiferentemente por la borda como lastre, a fin de alivianar el barco
del cristianismo y hacer posible que se mantenga al paso de la
ciencia moderna. Si tomamos una postura firme en defensa de
estas grandes verdades ¡nos llaman cerrados, anticuados y fósiles
teológicos!
1. Pecado 43

Citamos un texto y nos dicen que no toda verdad está confinada a las
páginas de un antiguo libro judío y que una búsqueda libre ha
descubierto muchas cosas desde que el libro se terminó de
escribir.
Un concepto correcto es el mejor antídoto contra ese tipo de
cristianismo sensual, ceremonial y formal, que nos ha arrasado
como una inundación durante los últimos veinticinco años,
llevándose a muchos a su paso. Comprendo que este sistema de
religión tiene mucho de atractivo para cierta mentalidad, siempre
y cuando la conciencia no esté totalmente iluminada. Me resulta
difícil creer que cuando esa parte maravillosa de nuestro ser llamada
conciencia está realmente despierta y viva, un cristianismo
ceremonial sensual nos satisfaga plenamente. A un niñito se le
puede tranquilizar y entretener fácilmente con juguetitos y
sonajeros mientras no tenga hambre; pero en cuanto lo siente,
sabemos que comer es lo único que lo satisfará. Sucede lo mismo
con el alma. Música, flores, velas, incienso, estandartes, procesiones,
vestiduras hermosas, confesionarios y ceremonias de carácter
similar a las católicas romanas hechas por el hombre, lo satisfarán
bajo ciertas condiciones. Pero una vez que “despierta y se levanta de
entre los muertos”, no se contentará con estas cosas. Le parecerán
simples frivolidades y una pérdida de tiempo. Pero en cuanto ve su
pecado, tiene que ver a su Salvador. Se siente atacado por una
enfermedad mortal y nada los satisfará, sino el gran Médico. Tiene
hambre y sed, y no puede conformarse con menos que el pan de
vida. Puedo parecer audaz al decir esto; pero afirmo, sin temor a
equivocarme, que cuatro de cada cinco algo de católicos romanos
del último cuarto de siglo, no hubieran existido si se les hubiera
enseñado más fehacientemente y con más amor, la naturaleza del
pecado y lo vil y pecaminoso que es.
44 SANTIDAD

(c) Un concepto correcto del pecado es uno de los mejores


antídotos contra las teorías demasiado forzadas de la Perfección,
de las que oímos tanto en estos tiempos. Diré poco de estas y confío
en no ofender a nadie con lo que digo. Si aquellos que nos presionan
para que seamos perfectos quieren decir que seamos consecuentes en
todo y que prestemos cuidadosa atención a todas las gracias que
constituyen el carácter cristiano, tendríamos razón en, no sólo
tolerarlos, sino en coincidir enteramente con ellos. Pero si en realidad
quieren decirnos que, en este mundo, el creyente puede lograr una
libertad total del pecado, vivir por años en una comunión continua e
ininterrumpida con Dios y que durante meses no tiene ni siquiera
un pensamiento malo, tengo que decir sinceramente que tal
opinión me parece muy poco bíblica.
Y voy aún más lejos. Digo que la opinión que comparto es muy
peligrosa para el que esto cree y es muy probable que deprima,
desaliente e intimide a los que preguntarían acerca de la salvación.
No encuentro en la Palabra de Dios la más mínima razón para
esperar tal perfección mientras estamos en este cuerpo mortal. Creo
que las palabras del Artículo 15 son totalmente ciertas: Que “sólo
Cristo es sin pecado; y que todos nosotros, el resto de los mortales,
aunque hemos sido bautizados y nacidos de nuevo en Cristo,
ofendemos de muchas maneras; y si decimos que no tenemos
pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en
nosotros”. Usando el lenguaje de nuestra primera homilía: “Existen
imperfecciones en nuestras mejores obras: No amamos a Dios
tanto como deberíamos, con todo nuestro corazón, mente y fuerzas;
no tememos a Dios tanto como deberíamos; no oramos a Dios sin
tener muchas y grandes imperfecciones. Damos, perdonamos,
creemos y esperamos imperfectamente; hablamos, pensamos y los
hacemos imperfectamente; luchamos imperfectamente contra el
diablo, el mundo y la carne. Por lo tanto, no nos avergoncemos de
confesar sencillamente nuestro estado de imperfección”.
1. Pecado 45

Repito una vez más lo que he dicho: La mejor vacuna contra la


falsa ilusión efímera sobre la perfección que empaña a algunas
mentes —pues tal cosa espero poder llamarla—es una
comprensión distintiva, plena y clara de la naturaleza, lo pecaminoso
y engañoso del pecado.
(d) En último lugar, un concepto bíblico del pecado es un
admirable antídoto contra los conceptos pobres de la santidad
personal que lamentablemente prevalece en estos últimos días de
la Iglesia. Éste es un tema muy doloroso y delicado. Lo sé, pero
no me atrevo a pasarlo por alto. Desde hace mucho tiempo tengo la
triste convicción de que las normas del diario vivir entre los cristianos
de gran parte de nuestros países han ido relajándose paulatinamente.
Me temo que la caridad, amabilidad, alegría, generosidad,
humildad, gentileza, bondad, auto negación, celo por hacer el bien
y la separación del mundo a imitación de Cristo, son valores
mucho menos apreciados de lo que deberían ser y que fueron
importantes en la época de nuestros mayores.
No puedo pretender entrar de lleno en las causas de este estado de
cosas y sólo puedo sugerir algunas conjeturas para ser consideradas.
Puede ser que cierta profesión de religión esté tan de moda y sea
comparativamente fácil en la actualidad, que las corrientes que
antes eran angostas y profundas sean ahora anchas y superficiales,
que lo que hemos logrado externamente, hemos perdido en calidad.
Puede ser que el gran incremento de riquezas en los últimos
veinticinco años ha introducido insensiblemente una plaga de
mundanalidad, de autosatisfacción y del amor por lo placentero de
una vida social basada en lo material. Lo que antes se llamaban lujos,
ahora son comodidades y necesidades, y el negarse uno mismo y
soportar “una vida dura” son cosas desconocidas. Puede ser que las
muchas controversias que caracterizan a esta época han secado
sensiblemente nuestra vida espiritual.
46 SANTIDAD

Con demasiada frecuencia nos hemos contentado con un celo por la


ortodoxia y, por ende, hemos descuidado las serias realidades de una
consagración cotidiana práctica. Sean cuales fueren las causas, tengo
que declarar mi propia creencia de que el resultado es el mismo.
Han habido en los últimos años normas más bajas de santidad
personal entre creyentes que lo que había en la época de nuestros
mayores. ¡Todo esto trae como resultado que el Espíritu se contrista!
El asunto requiere humillarse mucho y escudriñar el corazón.
Remedios
Me atrevo a dar una opinión acerca del mejor remedio que he
mencionado para la situación. Otras corrientes de pensamientos
en las iglesias tienen que formar sus propios criterios. Estoy
convencido de que la cura para los evangélicos se encuentra en una
comprensión más clara de la naturaleza y lo pecaminoso del pecado.
No necesitamos volver a Egipto y tomar prestadas prácticas similares
a las católicas romanas a fin de revivir nuestra vida espiritual. No
necesitamos restaurar el confesionario, ni volver al monacato ni al
ascetismo. ¡De ninguna manera! Tenemos, sencillamente, que
arrepentirnos y hacer nuestras primeras obras. Tenemos que
volvernos a los principios originales de la fe. Tenemos que volver “a
las sendas antiguas”. Tenemos que sentarnos humildemente ante
la presencia de Dios, encarar de frente todo el asunto, examinar
claramente lo que el Señor Jesús llama pecado y lo que el Señor
llama “hacer su voluntad”.
¡Debemos, luego, tratar de entender que es terriblemente posible
vivir una vida descuidada, fácil, medio mundana y, a la vez,
mantener los principios evangélicos y llamarnos evangélicos! Una
vez que comprendemos que el pecado es mucho más vil y que está
mucho más cerca de nosotros, y que se nos pega más de lo que
suponemos, seremos conducidos, confío y creo, a acercarnos más a
Cristo.
1. Pecado 47

Una vez que lo estamos, beberemos profundamente de su plenitud


y aprenderemos más fehacientemente a “vivir la vida de fe” en él,
como lo hizo San Pablo. En cuanto hemos sido enseñados a vivir la
vida de fe en Jesús y a permanecer en él, daremos más fruto, seremos
más fuertes para cumplir nuestro deber, más pacientes en las
pruebas, más cuidadosos de nuestro pobre y débil corazón y más
como nuestro Maestro en todos nuestros pequeños quehaceres
cotidianos. En la proporción en que comprendamos cuánto ha
hecho Cristo por nosotros, trabajaremos para hacer mucho para
Cristo. Más somos perdonados, más amaremos. En suma, como dice
el Apóstol: “Mirando a cara descubierta como en un espejo la
gloria del Señor, somos transformados… en la misma imagen,
como por el Espíritu del Señor” (2 Co. 3:18).
Sea lo que fuere que algunos optan por pensar o decir, no puede
haber ninguna duda de que un aumento de sensibilidad por la
santidad es una de las señales de nuestra época. Las conferencias
para promover la “vida espiritual” son temas de congresos casi todos
los años. El tema ha despertado mucho interés en muchos países, por
lo cual debemos estar agradecidos. Cualquier movimiento basado
en principios sólidos, que ayuda a profundizar nuestra vida espiritual
y a aumentar nuestra santidad personal, será una verdadera
bendición para la Iglesia. Hará un gran aporte para unirnos y curar
nuestras desafortunadas divisiones. Puede traer una efusión fresca
de la gracia del Espíritu y dar vida a los muertos. Aun con la
seguridad que tengo, como dije al comienzo de este escrito,
tenemos que escarbar profundo para edificar alto. Estoy convencido
de que el primer paso hacia el logro de un nivel más elevado de
santidad es comprender más plenamente lo asombrosamente
pecaminoso que es el pecado.
2. Santificación
“Santifícalos en tu verdad”. Juan 17:17
“La voluntad de Dios es vuestra santificación”.
1 Tesalonicenses 4:3

Me temo que el tema de la santificación es uno que a muchos les


desagrada considerablemente. Algunos hasta lo rechazan con
desprecio y desdén. Lo último que quisieran es ser un “santo” o un
hombre “santificado”. No obstante, el tema no merece ser tratado
de este modo. No es un enemigo, sino un amigo.
Es un tema de suma importancia para nuestras almas. Si la
Biblia dice la verdad, entonces es cierto que, a menos que seamos
“santificados”, no seremos salvos. Hay tres cosas que, según la Biblia,
son absolutamente necesarias para la salvación de cada hombre y
mujer en la cristiandad. Estas tres son: Justificación, regeneración y
santificación. Las tres se encuentran en cada hijo de Dios: El que ha
aceptado a Cristo como su Señor y Salvador es nacido de nuevo,
justificado y santificado. Al que le falte uno de estos tres
elementos, no es un verdadero cristiano a los ojos de Dios y, si
muere en esa condición, no lo encontraremos en el cielo ni será
glorificado en el día final.
Es un tema muy apropiado para esta época porque han aparecido
últimamente doctrinas extrañas, sobre todo, respecto al tema de la
santificación. Algunas de esas doctrinas parecen confundirla con la
justificación. Algunos la rebajan al grado de anularla bajo la excusa
de tener un gran celo por la gracia y la descuidan, prácticamente, en
su totalidad. Otros tienen tanto temor de que las “obras” sean
incluidas como parte de la justificación, que casi ni pueden
encontrarle un lugar a las “obras” en su fe.
2. Santificación 49

Otros más, adoptan una norma equivocada con respecto a la


santificación, nunca la logran, desperdician su vida en repetidos
cambios de iglesia en iglesia, de congregación en congregación y
de secta en secta con la esperanza inútil de que encontrarán lo que
quieren. En tiempos como éste, un examen sereno del tema, como
uno de los temas principales del evangelio, puede ser de mucho
provecho para nuestras almas.
I. Primero, consideremos la verdadera naturaleza de la
santificación.
II. Segundo, consideremos las señales visibles de la santificación.
III. Por último, consideremos, en qué coinciden la justificación
y santificación,
en qué se parecen y cómo difieren.
Si lamentablemente el lector de estas páginas es alguien a quien
sólo le interesa el mundo y no profesa una religión, no puedo
esperar que se interese mucho en lo que escribo. Probablemente
le parezca cuestión de “palabras y nombres” y lindas preguntas
que no tienen ninguna relación con lo que cree. Pero si es un
cristiano reflexivo, razonable y sensible, me atrevo a decir que
encontrará que vale la penar tener algunos conceptos claros
acerca de la santificación.
I. Naturaleza de la santificación
En primer lugar, tenemos que considerar la naturaleza de la
santificación.
¿Qué quiere decir la Biblia cuando habla del hombre “santificado”?
La santificación es la obra espiritual interior que el Señor
Jesucristo lleva a cabo en el hombre por medio del Espíritu Santo,
cuando lo llama a ser un verdadero creyente. No sólo 1) lo limpia de
sus pecados con su propia sangre, sino que también 2) lo separa de su
amor natural por el pecado y el mundo, 3) pone un principio nuevo
en su corazón y 4) lo hace practicar la piedad en su vida.
50 SANTIDAD

El instrumento por el cual el Espíritu hace esto es, generalmente, la


Palabra de Dios, aunque a veces usa aflicciones y visitaciones
providenciales son “sin palabra” (1 P. 3:1). El sujeto de esta obra de
Cristo por su Espíritu es llamado en las Escrituras hombre
“santificado”1.
El que supone que Jesucristo sólo vivió, murió y resucitó a fin de
proveer justificación y perdón de pecado a su pueblo, tiene todavía
mucho que aprender. Aunque lo sepa o no, está deshonrando a
nuestro bendito Señor y convirtiéndolo en apenas un Salvador a
medias.
El Señor Jesús se ha hecho cargo de todo lo que las almas de los
suyos requieren; no sólo para librarlos de la culpa de sus
pecados por medio de su muerte expiatoria, sino también del
dominio de sus pecados, colocando al Espíritu Santo en sus
corazones, no únicamente para justificarlos, sino también para
santificarlos. Es él, de este modo, no sólo la “justicia” del creyente,
sino su “santificación” (1 Co. 1:30). Prestemos atención a lo que
dice la Biblia:

1 “Las Escrituras mencionan una doble santificación y, en consecuencia, hay una


doble santidad. La primera es común a las personas y cosas, consistiendo de una
dedicación, consagración o separación singulares de ellas para el servicio de Dios,
por su propio nombramiento, por el cual se hacen santos. Esto se aplica a los
sacerdotes y levitas de antaño; el arca, el altar, el tabernáculo y el templo que eran
santificados y hechos santos y, ciertamente, en toda santidad hay una dedicación
y separación singular para Dios. Pero en el sentido mencionado, la suya era
solitaria y, exclusivamente, de él. Nada se relacionaba con esta separación sagrada
ni había ningún otro efecto de esta santificación. Pero, en segundo lugar, hay otro
tipo de santificación y santidad, este apartarse para Dios no es lo primero realizado
ni lo intencionado, sino una consecuencia y efecto de ella. Ésta es real en el interior,
por la comunicación de un principio de santidad de nuestra naturaleza,
desarrollado con su práctica de actos y deberes de obediencia santa a Dios. Esto
es lo que buscamos”. —John Owen (1616-1683) acerca del Espíritu Santo, Works
(Obras). Tomo 3, p. 370, edición de Goold.
2.Santificació 51
n
“Por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean
santificados”, “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por
ella, para santificarla, habiéndola purificado”, “Jesucristo… se dio a
sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar
para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras”, Cristo “llevó él
mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para
que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la
justicia”, “Os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de
la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles
delante de él” (Jn. 17:19; Ef. 5:25, 26; Tito 2:14; 1 P. 2:24; Col. 1:21,
22). Consideremos con cuidado el significado de estos cinco textos.
Si algo significan esas palabras, es que Cristo lleva a cabo la
santificación, tal como lo hace en el caso de la justificación de su
pueblo creyente. Se hace provisión para ambas igualmente “en ese
pacto perpetuo, ordenado en todas las cosas, y… guardado” del
cual el Mediador es Cristo. De hecho, Cristo es llamado en otro
lugar: “El que santifica” y a su pueblo se le llama: “Los que son
santificados” (He. 2:11).
El tema que tenemos ante nosotros es tan profundo y de tanta
importancia que requiere protegerlo, vigilarlo, aclararlo y delinearlo
por todos sus costados. Una doctrina que es indispensable para la
salvación, nunca puede ser desarrollada con demasiada precisión ni
ser esclarecida totalmente. Aclarar la confusión entre unas doctrinas
y otras, lo cual es lamentablemente común entre los cristianos, y
trazar una relación precisa entre unas verdades y otras en la fe, es una
manera de arribar a un acierto total en nuestra teología. Por lo
tanto, no vacilo en exponer a mis lectores a una serie de
proposiciones o declaraciones conectadas, tomadas de las Escrituras,
que creo encontrarán útiles para definir la naturaleza exacta de la
santificación.
52 SANTIDAD

(1) Santificación es, pues, el resultado invariable de esa unión


con Cristo que la fe auténtica da al cristiano. “El que permanece en
mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto” (Jn. 15:5). La rama que no
lleva fruto no es una rama viva en la vid. La unión con Cristo que no
produce ningún efecto en la vida es una mera unión de forma, que
no tiene valor ante Dios. La fe que no tiene una influencia
santificadora sobre el carácter del creyente, no es mejor que la fe de
los demonios. Es una “fe muerta, porque es sola”. No es un don de
Dios. No es la fe de los escogidos de Dios. En resumen, donde no
hay una santificación de la vida, no hay una fe verdadera en Cristo.
La fe verdadera obra por el amor. Constriñe al hombre a vivir para
el Señor como efecto de un profundo sentido de gratitud por su
redención. Le hace sentir que nunca puede hacer demasiado por
Aquel que murió por él. Habiendo sido perdonado por mucho, mucho
ama. Aquel a quien la sangre de Cristo lo limpia, vive en la luz. El
que tiene una auténtica esperanza viva, se purifica a sí mismo tal
como el Señor es puro. (Stg. 2:17-20; Tito 1:1; Gá. 5:6; 1 Jn. 1:7;
3:3.)
(2) Además, la santificación es el resultado y consecuencia
inseparable de la regeneración. El que es nacido de nuevo y
hecho nueva criatura, recibe una nueva naturaleza y nuevos
principios de vida, y vive siempre una vida nueva. Una supuesta
regeneración que puede tener el hombre y, no obstante, vivir en el
pecado o mundanalidad sin importarle, es una regeneración
inventada por teólogos poco inspirados, que las Escrituras no
mencionan. Por el contrario, Juan dice expresamente que “todo aquel
que es nacido de Dios, no practica el pecado, ama a su hermano, se
guarda a sí mismo y vence al mundo” (1 Jn. 2:29; 3:9-14; 5:4,18).
En suma, donde no hay santificación, no hay regeneración y donde no
hay una vida santa, no hay un nuevo nacimiento.
2.Santificació 53
n
Ésta es, sin duda, una afirmación dura para muchos; pero, dura o
no, es sencillamente una verdad bíblica. Está escrito claramente que
el que es nacido de Dios es uno en quien permanece la simiente de
Dios; “y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (1 Jn. 3:9).
(3) Santificación también es la única certeza de la evidencia de
que el Espíritu Santo mora en él, lo cual es esencial en la
salvación. “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Ro.
8:9). El Espíritu no se mantiene dormido ni inactivo dentro del
alma: Siempre da a conocer su presencia por el fruto que causa
que nazca en el corazón, en el carácter y en la vida. “El fruto del
Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,
mansedumbre, templanza” y cosas similares (Gá. 5:22, 23). Donde
existen estas virtudes, allí está el Espíritu; donde faltan, los
hombres están muertos para Dios. El Espíritu es comparado con el
viento y, como el viento, no se ve con ojos físicos. Pero así como
sabemos que hay viento por el efecto que produce en las olas, en
los árboles y en el humo, podemos también saber que el Espíritu
está en alguien por los efectos que produce en su conducta. Es necio
suponer que tenemos el Espíritu si no andamos en el Espíritu (Gá.
5:25). Podemos depender de esto con gran certeza: Que donde no
hay un vivir santo, no hay Espíritu Santo. El sello que el Espíritu
estampa en el pueblo de Dios, es santificación. Todos los que de
hecho son “guiados por el Espíritu de Dios, éstos”, estos
únicamente, “son hijos de Dios” (Ro. 8:14).
(4) Santificación también es la única señal segura de la
elección de Dios. Los nombres y la cantidad de escogidos son algo
secreto, sin duda, que Dios sabiamente se ha guardado para él y no
ha revelado al hombre. No nos es dado en este mundo estudiar las
páginas del libro de la vida y ver los nombres que contiene.
Pero hay una realidad clara y simple de la elección y es ésta: Que
los hombres y mujeres escogidos pueden ser conocidos y distinguidos
por su vida santa. Está escrito expresamente que son…
54 SANTIDAD

- “Elegidos… en santificación”,
- “Escogido[s]… para salvación, mediante la santificación”,
- “Los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen
de su Hijo” y
- “nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para
que fuésemos santos”.
Por esto, cuando Pablo vio el obrar de la “fe” y el “amor” en la
práctica y la “esperanza paciente” de los creyentes tesalonicenses,
dijo: “Conocemos, hermanos amados de Dios, vuestra elección” (1 P.
1:2; 2 Ts. 2:13; Ro. 8:29; Ef. 1:4; 1 Ts. 1:3,
4).
El que se vanagloria de ser uno de los escogidos mientras que,
intencional y habitualmente, vive en pecado, sólo se engaña a sí
mismo y blasfema. Por supuesto que es difícil saber lo que
realmente es la gente; muchos que parecen bastante buenos
externamente, pueden resultar hipócritas con un corazón
corrupto. Pero el individuo en el que no hay, al menos, alguna
indicación externa de santificación, podemos estar seguros de que
tampoco es escogido. El catecismo de la Iglesia Anglicana, sabia y
correctamente, enseña que el Espíritu Santo “santifica a todo el
pueblo escogido de Dios”.
(5) Santificación, repito, es una realidad que siempre será
posible ver. Al igual que la Gran Cabeza de la Iglesia, de la cual
surge, no puede ser escondida. “Porque cada árbol se conoce por su
fruto” (Lc. 6:44). La persona realmente santificada puede estar tan
vestida de humildad, que sólo puede ver en sí misma, sus propias
debilidades y defectos. Como Moisés, cuando bajó del Monte Sinaí,
quien posiblemente no tenía conciencia de que su rostro
resplandecía. Como el justo, en la poderosa parábola de las ovejas y
los cabritos, quien no pudo ver que quizá hubiera hecho algo digno
de la atención y felicitación de su Maestro:
2.Santificació 55
n
“¿Cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te
dimos de beber?” (Mt. 25:37). Pero no importa si él mismo lo ve o
no, otros siempre lo verán en su tono, gustos, carácter y los
hábitos de su vida que son diferentes de los demás. La idea misma
de que el hombre sea “santificado”, mientras no se nota nada de
santidad en su vida, es pura necedad y un uso equivocado de palabras.
La luz de su santificación puede ser muy tenue; pero si hay apenas un
destello en un cuarto oscuro, esa chispa será vista. La vida puede ser
débil, pero si el pulso late sólo un poquito, se sentirá. Sucede lo
mismo con el hombre santificado: Su santificación es algo que se
siente y se ve aunque él mismo no lo entienda. ¡El “santo” en quien
nada puede verse, sino mundanalidad o pecado, es un tipo de
monstruo que la Biblia no reconoce!
(6) Santificación es algo por lo cual cada creyente es
responsable. No me equivoco al decir esto. Creo tan firmemente
como cualquiera que todo hombre sobre la tierra es responsable
ante Dios y que todos los perdidos no tendrán nada que decir ni
excusas que dar en el día final. Cada uno tiene el poder de perder
“su alma” (Mt. 16:26). Pero aunque creo esto, afirmo que los
creyentes son, principal y particularmente, responsables y tienen una
obligación especial de vivir una vida santa. No son como los demás:
Muertos, ciegos y carentes de renovación; están vivos para Dios,
tienen luz, conocimiento y nuevos principios dentro de ellos.
¿Quién tiene la culpa de que no sean santos, sino ellos mismos? ¿A
quién le pueden echar la culpa de que no son santificados, sino a
ellos mismos? Dios, quien les ha dado gracia, un corazón nuevo y una
naturaleza nueva, los ha dejado sin excusas, si no viven para Su
alabanza.
Éste es un punto demasiado olvidado. El hombre que profesa ser un
auténtico cristiano y no hace nada, se contenta con un grado muy
inferior de santificación (si acaso la tiene) y dice tranquilamente
que “no puede hacer nada”, es digno de lástima y, además,
56 SANTIDAD

muy ignorante. Cuidémonos y estemos en guardia. La Palabra de


Dios siempre dirige sus preceptos a los creyentes como seres que
rendirán cuentas y a quienes considera responsables. Si el
Salvador de pecadores nos otorga una gracia renovadora y nos
llama por medio de su Espíritu, podemos estar seguros de que
espera que usemos esa gracia y que no nos quedemos dormidos.
Olvidar esto es lo que causa que muchos creyentes “constriñan al
Espíritu” y los lleva a ser cristianos muy inútiles y desagradables.
(7) Santificación es un proceso que admite crecimiento y
grados. El hombre puede subir de un escalón de santidad a otro y
ser mucho más santificado en un periodo de su vida que en otro.
- No puede ser más perdonado ni más justificado que en el
momento que creyó, aunque sienta que va creciendo.
- Sí puede ser más santificado porque cada gracia en su nuevo
carácter puede ser fortalecida, aumentada y profundizada. Éste es el
significado evidente de la última oración de nuestro Señor por sus
discípulos cuando dijo: “Santifícalos” y de la oración de Pablo por
los tesalonicenses: “El mismo Dios de paz os santifique” (Jn. 17:17;
1 Ts. 5:23). En ambos casos, la expresión implica claramente, la
posibilidad de un crecimiento en santidad. Por otro lado, una
expresión como “justifícalos” no se usa ni una vez en las Escrituras
refiriéndose a un creyente porque no puede ser más justificado de
lo que ya es. No encuentro ninguna base en las Escrituras para la
doctrina de “santificación imputada”. A mi parecer, es una doctrina
que confunde conceptos que son distintos y que lleva a consecuencias
muy malas. No menos importante, es que se trata de una doctrina
rotundamente contradicha por la experiencia de todos los
cristianos más eminentes. Y hay un punto en el que coinciden los
santos más consagrados de Dios que es éste: Ven más, saben más,
sienten más, hacen más y creen más al ir creciendo en su vida
espiritual y en proporción a cuán cerca caminan de Dios.
2.Santificació 57
n
En resumen, “creced en la gracia” como exhortan San Pablo y San
Pedro que lo hagan los creyentes y que abunden “más y más” en esa
gracia (2 P. 3:18; 1 Ts. 4:1).
(8) La santificación, una vez más, es algo que depende mucho
del uso diligente de las Escrituras. Con esto me refiero a leer la
Biblia, orar en privado, asistir regularmente al culto público,
escuchar regularmente la Palabra de Dios y participar regularmente
de la Cena del Señor. El hecho simplemente es que nadie que
descuida tales cosas puede pretender progresar
significativamente en santificación. No encuentro ningún registro
de ningún santo eminente que haya descuidado estos ejercicios
espirituales. Son los canales designados por medio de los cuales el
Espíritu Santo nos suple gracia fresca al alma y fortalece la obra
que comenzó en el hombre interior. Llámenle los hombres doctrina
legalista a esto si quieren, pero nunca dejaré de declarar que creo
que no hay ganancia espiritual sin dolor. Así como no esperaría que
un granjero prosperara en sus negocios, si se contenta con sembrar
sus campos y no volver a trabajar en ellos hasta el tiempo de la
cosecha, tampoco puedo esperar que el creyente obtenga mucha
santidad, si no es diligente en la lectura de su Biblia, sus oraciones
y el buen uso de sus domingos. Nuestro Dios es un Dios que obra a
través de medios y nunca bendice al alma del que pretende ser
superior y muy espiritual prescindiendo de ellos.
(9) La santificación no es algo que previene al hombre de tener
muchos conflictos espirituales interiores. Por conflicto, quiero
decir una lucha dentro del corazón entre la vieja y la nueva
naturaleza, la carne y el espíritu que se cohabitan en cada creyente
(Gá. 5:17). Un sentido profundo de esa lucha y la gran cantidad de
inquietud mental derivada de ella, no prueban que alguien no sea
santificado. No, más bien, creo que son síntomas saludables de
nuestra condición, que prueban que no estamos muertos, sino vivos.
58 SANTIDAD

Un verdadero cristiano es aquel que, no sólo tiene paz en su


conciencia, sino también libra una guerra espiritual en su interior.
Tal creyente puede ser conocido por sus luchas, al igual que por su
paz.
Al decir esto, no olvido que estoy contradiciendo los conceptos
de algunos cristianos bien intencionados que creen la doctrina
llamada “perfección sin pecado”. No lo puedo evitar. Creo que lo
que yo digo confirma lo que dice San Pablo en el séptimo capítulo
de Romanos. Recomiendo a mis lectores, un estudio a fondo de
dicho capítulo. Estoy convencido de que no describe la experiencia del
inconverso, ni de un cristiano nuevo e inestable, sino la de un
santo con años de experiencia en comunión íntima con Dios. Nadie
más, que alguien así, podría decir: “Porque según el hombre
interior, me deleito en la ley de Dios” (Ro. 7:22).
Creo, además, que la experiencia de todos los siervos más
eminentes de Cristo que jamás han vivido, dan prueba de esto. La
prueba completa puede verse en sus diarios, sus biografías,
autobiografías y sus vidas.
Porque creo todo esto, nunca vacilaré en decirle a todo el
mundo que el conflicto interior no es prueba de que alguien no sea
santo y que no deben pensar que no son santificados porque no se
sienten enteramente libres de conflictos interiores. Sin duda,
estaremos libres de ellos en el cielo, pero nunca en este mundo. El
corazón del mejor cristiano, aun en su mejor expresión, es un
campo ocupado por dos fuerzas rivales y “la reunión de dos
campamentos” (Cnt. 6:13). Dejemos que las palabras de los
Artículos Trece y Quince sean consideradas seriamente por todos
los hombres de Iglesia: “La infección de la naturaleza permanece
en aquellos que están regenerados”. “Aunque bautizados y nacidos de
nuevo en Cristo, ofendemos en muchas cosas;
2.Santificació 59
n
y si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros
mismos, y la verdad no está en nosotros”2.
(10) La santificación es algo que no puede justificar al hombre y
no obstante agrada a Dios. Esto puede parecer increíble, pero es
cierto. Las acciones más santas del santo más santo que jamás haya
vivido, todas, en menor o mayor grado, tienen defectos e
imperfecciones. Sus motivaciones están erradas o defectuosas en su
manifestación y, en sí mismas, no son nada más que “pecados
espléndidos”, merecedores de la ira y condenación de Dios. Suponer
que tales acciones pueden aguantar la severidad del juicio de Dios,
expiar el pecado y merecer el cielo es sencillamente absurdo. “Por
las obras de la ley ningún ser humano será justificado”.
“Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las
obras de la ley” (Ro. 3:20-28). La única justicia con la cual podemos
aparecer ante Dios, es la justicia de un tercero, a saber, la justicia
perfecta de nuestro Sustituto y Representante, Jesucristo el Señor.
Su obra, y no la nuestra, es nuestro único derecho de entrada al
cielo. Ésta es una verdad que debiéramos estar dispuestos a defender
hasta la muerte.
A pesar de todo esto, la Biblia nos enseña claramente que las acciones
santas del hombre santificado, aunque imperfectas, son agradables
a los ojos de Dios. “De tales sacrificios se agrada Dios” (He. 13:16).
“Obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al
Señor” (Col. 3:20). “Hacemos las cosas que son agradables delante
de él” (1 Jn. 3:22).

2 “La guerra del diablo es mejor que la paz del diablo. Éste sospecha que la santidad
es tonta. Cuando al perro lo sacan afuera de la casa aúlla hasta que lo vuelven a
dejar entrar”. “Los encuentros de contrarios, como el fuego y el agua, tienen
conflicto entre sí. Cuando Satanás encuentra un corazón santificado, lo tienta
importunándolo en gran medida. Donde hay mucho de Dios y de Cristo, hay
muchos ataques por los que muchos fieles han sido tentados a dudar”. —Samuel
Rutherford (1600- 1661), Trial of Faith (Prueba de fe), p. 403.
60 SANTIDAD

Nunca olvidemos esto porque es una doctrina muy reconfortante.


Como un padre se complace por los esfuerzos de su hijito por
complacerlo, aunque no sea más que cortando una flor o
caminando hacia él de un extremo al otro de un cuarto, así se
complace nuestro Padre celestial con las pobres actuaciones de
sus hijos creyentes. Él se fija en las motivaciones, los principios y las
intenciones de sus acciones, y no meramente en su cantidad y
calidad. Los considera miembros de su propio Hijo amado y, por él,
se complacerá dondequiera que haya un solo ojo puesto en él. Los
creyentes que quieran discutir esto harían bien en estudiar el
Artículo Doce de la Iglesia Anglicana.
(11) La santificación es algo que será indispensable como
testigo de nuestro carácter en el gran Día del juicio. Será
completamente inútil argumentar que creemos en Cristo, a menos
que nuestra fe haya tenido algún efecto santificador y haya sido
evidente en nuestra vida. Evidencias, evidencias, evidencias, será lo
requerido ante el gran tono blanco cuando se abran los libros,
cuando los sepulcros entreguen a sus ocupantes, cuando los muertos
comparezcan ante el tribunal de Dios. Sin alguna evidencia de que
nuestra fe en Cristo fue real y auténtica, nos volveremos a levantar
para ser condenados. No encuentro que vaya a ser admitida
evidencia alguna aparte de la santificación. La pregunta no será
cómo hablamos o lo que profesamos, sino cómo vivimos y lo que
hicimos. Que nadie se engañe en cuanto a este punto. Si existe alguna
certeza acerca del futuro, es la certeza de que habrá un juicio; si
hay alguna certeza en cuanto a ese juicio, es que las “obras” serán
consideradas y examinadas (Jn. 5:29; 2 Co. 5:10; Ap. 20:13). El que
supone que las obras no son importantes porque no pueden
justificarnos, es un cristiano muy ignorante. A menos que abra
los ojos, se encontrará para su pesar que si se presenta ante el
tribunal de Dios sin alguna evidencia de gracia, sería mejor que no
hubiera nacido.
2.Santificació 61
n
(12) Por último, la santificación es absolutamente necesaria,
a fin de capacitarnos y prepararnos para ir al cielo. La mayoría de
las personas espera ir al cielo cuando muera; pero me temo que
pocos se toman la molestia de preguntarse si disfrutarán del cielo
cuando estén allí. El cielo es esencialmente un lugar santo, todos sus
habitantes son santos, sus ocupaciones son todas santas. Para ser
realmente felices en el cielo, resulta claro que tenemos que
prepararnos para ir al cielo mientras estamos en la tierra. La
doctrina de un purgatorio después de la muerte, que convertirá en
santos a los pecadores, es una mentira inventada por el hombre, y la
Biblia no lo enseña en ninguna parte. Tenemos que ser santos antes
de morir, si después vamos a ser santos en gloria.
La idea favorita de muchos es que el moribundo no necesita más
que la absolución y el perdón de los pecados a fin de adecuarlos para
el gran cambio, es falsa. Necesitamos la obra del Espíritu Santo, al
igual que la obra de Cristo; necesitamos la renovación del
corazón, al igual que la sangre expiatoria; necesitamos ser
santificados, al igual que justificados. Es común oír a alguien en su
lecho de muerte, decir: “Solo quiero que el Señor me perdone los
pecados y me dé descanso”. ¡Pero los que dicen cosas así olvidan que
el descanso del cielo será inútil, si no tienen el corazón para
disfrutarlo! Si acaso llegara al cielo, ¿qué haría allí el hombre no
santificado? Encaremos esa pregunta de frente, al igual que su
respuesta. No es posible que alguien sea feliz, si no está en su
elemento y donde nada a su alrededor coincide con sus gustos,
hábitos y carácter. Cuando un águila sea feliz en una jaula de hierro,
cuando una oveja sea feliz en el agua, cuando el búho sea feliz
recibiendo los rayos del sol del mediodía, cuando un pez sea feliz en
tierra seca, entonces, y sólo entonces, admitiré que el hombre no
santificado pudiera ser feliz en el cielo3.
62 SANTIDAD

He presentado estas doce proposiciones acerca de la santificación,


estando firmemente convencido de que son ciertas, y pido a todos
los que leen estas páginas que las estudien con seriedad. Todas ellas
podrían haber sido ampliadas y tratadas más profundamente, y
todas merecen una reflexión y consideración personal. Algunas de
ellas pueden ser disputadas y contradichas, pero dudo que alguna
pueda ser descartada o que pueda probarse que no es cierta. Creo
sinceramente que estas proposiciones, posiblemente, puedan
ayudar a los hombres a tener conceptos claros sobre la
santificación.

3 “No hay ninguna fantasía humana inventada por el hombre, ninguna más necia,
ninguna tan perniciosa como ésta: Que las personas no purificadas, no
santificadas, no hechas santas en su vida, sean después llevadas a ese estado de
bendición que consiste en disfrutar de Dios. Estas personas tampoco pueden
regocijarse en Dios y Dios no sería una recompensa para ellas. Es cierto que la
santidad se perfecciona en el cielo, pero invariablemente su comienzo se limita a
este mundo”. — Owen on the Holy Spirit (Owen sobre el Espíritu Santo), p. 575.
Edición de Goold.
John Owen (1616-1683): Capellán en el ejército de Oliver Cromwell y
vicecanciller de la Universidad de Oxford. La mayor parte de su vida fue pastor
de iglesias congregacionales. Sus escritos abarcan un periodo de cuarenta años y
llegan a veinticuatro tomos que se consideran entre los mejores recursos para el
estudio de la teología en el idioma inglés. Nació de padres puritanos en la aldea de
Oxfordshire de Stadham, Inglaterra.
2.Santificació 63
n
II. La evidencia visible de la santificación
Procedo ahora a abordar el segundo punto que me propuse
considerar. Ese punto es la evidencia visible de la santificación. En
pocas palabras: ¿Cuáles son las señales visibles del hombre
santificado? ¿Qué podemos esperar ver en él? Ésta es una parte muy
amplia y difícil de nuestro tema. Es amplia porque necesita la
mención de muchos detalles que no se pueden encarar totalmente
dentro de los límites de un escrito como éste. Es difícil porque es
imposible tratarla sin ofender. Pero sean cuales fueren los riesgos, la
verdad tiene que ser presentada y hay un aspecto de la verdad que
requiere, especialmente, que sea enunciada en la actualidad.
(1) La verdadera santificación no consiste en hablar acerca de
religión. Éste es un punto que nunca debe olvidarse. El enorme
incremento de la educación y predicación en estos últimos días hace
absolutamente necesario levantar la voz para dar una advertencia.
Las gentes oyen tanto acerca de la verdad del evangelio que se
acostumbran a sus palabras, su vocabulario y frases y, a veces, hablan
con tanta fluidez sobre sus doctrinas que hacen pensar que son
verdaderos cristianos. De hecho, asquea y disgusta escuchar el
lenguaje frío y frívolo que muchos usan acerca de “la conversión, el
Salvador, el evangelio, de encontrar paz, de la gracia” y cosas así,
mientras que es notorio que sirven al pecado o viven para el
mundo.
¿Podemos dudar que hablar así es abominable a los ojos de Dios y que
no es mejor que maldecir, jurar y tomar el nombre de Dios en
vano? La lengua no es el único miembro que Cristo nos pide que
demos para servirle. Dios no quiere que su pueblo sea como
vasijas vacías, como metal que resuena ni címbalo que retiñe.
Tenemos que ser santificados, no sólo “de palabra, ni de lengua,
sino de hecho y en verdad” (1 Jn. 3:18).
64 SANTIDAD

(2) La verdadera santificación no consiste de sentimientos


religiosos temporales. Éste es también un punto que necesita
urgentemente una advertencia. Los servicios misioneros y
reuniones de evangelización están recibiendo gran atención por
todas partes y causando mucha sensación. La Iglesia Anglicana
parece haber revivido y está nuevamente activa; tenemos que dar
gracias a Dios por ello. Pero estas cosas tienen sus peligros, al
igual que sus ventajas. Dondequiera que se planta trigo, el diablo de
seguro sembrará cizaña. Es de temer que muchos parecen
conmovidos, sacudidos y emocionados por la predicación del
evangelio, cuando en realidad sus corazones no han cambiado en
nada. La realidad de esos casos es que sienten una especie de emoción
animal al contagiarse por ver a otros llorar, regocijarse o
emocionarse. Sus heridas son superficiales y la paz que profesan
también lo es. Son como la semilla sembrada en pedregales, “oye la
palabra, y al momento la recibe con gozo” (Mt. 13:20); pero al poco
tiempo se aparta, vuelve al mundo y es más duro y peor que antes.
Como la calabacera de Jonás, crece súbitamente en una noche y en
otra noche muere.
No olvidemos estas cosas. Cuidémonos hoy de curar
superficialmente las heridas y clamar: “Paz, paz” cuando no hay
paz. Instemos a todo el que muestra un nuevo interés en la fe
cristiana, que no se contente con nada que no sea la obra profunda,
sólida y santificadora del Espíritu Santo. La reacción después de
una emoción religiosa falsa, es una enfermedad mortal. Cuando el
diablo es echado fuera de un hombre temporalmente en el fervor
de un avivamiento, tarde o temprano vuelve a su morada y su
estado final resulta peor que el primero. Es mil veces mejor
empezar lentamente y después “continuar en la palabra” con
constancia, que empezar apurados sin calcular el costo y, al poco
tiempo, como la esposa de Lot, mirar hacia atrás y volver al mundo.
2.Santificació 65
n
Declaro que no conozco un estado del alma más peligroso que
imaginar que hemos nacido de nuevo y que hemos sido santificados
por el Espíritu Santo porque estamos experimentado unos pocos
sentimientos religiosos.
(3) La verdadera santificación no consiste de un formalismo
externo ni de una devoción externa. Ésta es una enorme fantasía,
pero lamentablemente muy común. Miles de religiosos se imaginan
que la verdadera santidad puede verse en una cantidad excesiva de
religiosidad exterior: Asistir constantemente a los cultos de la iglesia,
participar en la Cena del Señor, observar días de ayuno y de los
santos, hacer múltiples reverencias, giros, gestos y asumir ciertas
posturas durante el culto público como señales de austeridad y de
supuestos sacrificios, en usar ropa rara, usar estampas y cruces.
Admito sin problemas que algunos hacen estas cosas por motivos de
conciencia y creen realmente que son de ayuda para sus almas.
Pero me temo que, en muchos casos, esta religiosidad exterior se
convierte en un sustituto de la santidad interior y estoy seguro de
que está lejos de obrar la santificación del corazón. Sobre todo,
cuando veo que muchos seguidores de este estilo formal, exterior y
sensual, son mundanos y se dejan llevar por sus pompas y
vanidades sin tener vergüenza, siento que se necesita hablar muy
claramente sobre el tema. Puede haber una cantidad inmensa de
“religiosidad exterior”, donde no hay ni un ápice de verdadera
santificación.
(4) La santificación no consiste en retirarnos de nuestro lugar
en la vida, ni en la renunciación de nuestros deberes sociales. En
todas las épocas, muchos individuos han caído en esta trampa con
la intención de buscar santidad. Cientos de ermitaños se han
desterrado a algún desierto y miles de hombres y mujeres se han
enclaustrado en monasterios y conventos con la idea fútil de que, al
hacerlo, escapan del pecado y se convierten en santos insignes.
66 SANTIDAD

Han olvidado que no hay candados ni barras que puedan impedir la


entrada al diablo y que, dondequiera que vayan, llevan la raíz de
todos los males: Sus propios corazones. Convertirse en monje o en
monja, enclaustrarse en una Casa de Misericordia, no es el camino
superior a la santificación.
La verdadera santidad no lleva al cristiano a evitar las
dificultades, sino a que las encare y venza. Cristo quiere que su pueblo
demuestre que su gracia no es meramente planta de invernadero, que
sólo puede prosperar si está resguardada, sino algo fuerte y resistente
que puede prosperar en cada relación de la vida. Es cumplir nuestro
deber en esa condición, a la cual Dios nos ha llamado —como sal en
medio de la corrupción y luz en medio de la oscuridad—, el elemento
principal de la santificación. No se trata del hombre que se esconde
en una cueva, sino del hombre que glorifica a Dios como amo o
siervo, padre o hijo, en la familia o en la calle, en los negocios y los
oficios, que es el tipo bíblico del hombre santificado. Nuestro
Maestro mismo dijo en su última oración por sus discípulos: “No
ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn.
17:15).
(5) La santificación no consiste en el cumplimiento ocasional
de las acciones correctas. Es el obrar constante de un nuevo
principio celestial interior, que satura toda la conducta cotidiana del
hombre, tanto en las grandes acciones como en las pequeñas. Su
sede es el corazón y, al igual que el corazón en el cuerpo, tiene una
influencia constante en cada aspecto de su carácter. No es como
una bomba de agua, de la cual sólo sale agua cuando se bombea, sino
como una fuente perpetua, cuya corriente fluye siempre espontánea y
naturalmente. Aun Herodes, “escuchaba de buena gana” a Juan el
Bautista, aunque su corazón estaba totalmente apartado de Dios
(Mr. 6:20). De la misma manera, hay muchas personas en la
actualidad que parecen tener ataques espasmódicos de
2.Santificació 67
n
“buena voluntad” y hacen muchas cosas correctas bajo la
influencia de alguna enfermedad, aflicción, muerte en la familia,
calamidad pública o un repentino remordimiento de conciencia.
No obstante, cualquier observador inteligente puede ver
claramente todo el tiempo que no se han convertido y que no
saben nada de “santificación”. Un auténtico santo, como Ezequías,
será de limpio corazón. Aborrecerá “todo camino de mentira” (2 Cr.
31:21; Sal. 119:104).
(6) La santificación auténtica se muestra por un respeto
habitual a la ley de Dios, un esfuerzo habitual de vivir en
obediencia a ella como regla de la vida. No hay peor error que
suponer que el cristiano nada tiene que ver con la ley y los Diez
Mandamientos por el hecho de que no puede ser justificado por
cumplirlos. El mismo Espíritu Santo que convence de pecado al
creyente por medio de la ley, que lo guía a Cristo para su
justificación, lo conducirá a un uso espiritual de la ley, como un guía
amigo, en la búsqueda de la santificación.
Nuestro Señor Jesucristo nunca tomó los Diez Mandamientos a
la ligera; por el contrario, en su primer discurso público, el Sermón
del Monte, habló ampliamente sobre ellos y demostró la
naturaleza escudriñadora de sus requerimientos. San Pablo nunca
le restó importancia a la ley, por el contrario, dice: “la ley es buena,
si uno la usa legítimamente” y “según el hombre interior, me
deleito en la ley de Dios” (1 Ti. 1:8; Ro. 7:22). El que pretende ser
un santo mientras que desprecia los Diez Mandamientos y le da lo
mismo mentir, ser hipócrita, estafar, tener mal genio, calumniar,
emborracharse y romper el séptimo mandamiento, vive engañado y
en una condición peligrosa. ¡Encontrará que en el día final, le será
imposible probar que es un “santo”!
(7) La santificación auténtica se muestra por un esfuerzo
habitual por hacer la voluntad de Cristo y vivir según sus
preceptos prácticos.
68 SANTIDAD

(8) Estos preceptos se encuentran por todas partes en los


cuatro Evangelios y, especialmente, en el Sermón del Monte. La
persona que supone que estos mandamientos fueron dichos sin la
intención de promover la santidad y que el cristiano no necesita
hacerles caso en su vida cotidiana, es peor que un lunático, y de
cualquier modo que se le mire, es una persona extremadamente
ignorante. ¡Al escuchar hablar a algunos y al leer los escritos de
algunos hombres, se podría pensar que cuando estuvo en la tierra,
nuestro bendito Señor nunca enseñó más que doctrinas y que dejó
que otros enseñaran los deberes prácticos! Aun el conocimiento más
leve de los cuatro Evangelios, nos indica que esto es un error
absoluto. Lo que sus discípulos deben ser y hacer es algo que
nuestro Señor siempre destacó en sus enseñanzas. El hombre
verdaderamente santificado no lo olvidará. Sirve a un Maestro que
dijo: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Jn.
15:14).
(9) La santificación auténtica se demuestra por medio de un
anhelo habitual de vivir según las normas que Pablo presenta a
las iglesias en sus escritos. Esas normas se encuentran en los últimos
capítulos de casi todas sus epístolas. La idea común de muchos es que
los escritos de Pablo contienen únicamente declaraciones
doctrinales y temas controversiales —justificación, elección,
predestinación, profecía y cosas por el estilo—, lo cual es pura
fantasía y una triste prueba de la ignorancia de las Escrituras que
prevalece en estos días. Desafío al que quiera, que lea con cuidado
los escritos de Pablo sin encontrar en ellos una gran cantidad de
indicaciones claras y prácticas sobre el deber del cristiano en cada
relación de su vida y sobre hábitos diarios, temperamento y
conducta de unos hacia otros. Estas indicaciones fueron escritas
bajo la inspiración de Dios para guiar perpetuamente al que profesa
ser cristiano. El que no les hace caso puede pasar por miembro de
una iglesia, pero no por lo que la Biblia llama hombre
“santificado”.
2.Santificació 69
n
(10) La santidad auténtica se demuestra en una atención
habitual a las gracias activas de las cuales nuestro Señor fue un
ejemplo tan hermoso y, en especial, la gracia de la caridad. “Un
mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os
he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán
todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”
(Jn. 13:34, 35). El hombre santificado tratará de hacer el bien en el
mundo, reducir la tristeza y aumentar la felicidad a su alrededor.
Procurará ser como su Maestro, lleno de bondad y amor hacia cada
uno; y esto, no sólo de palabra, llamando a todos “queridos”, sino
por obras y acciones y trabajo de auto-negación, según tenga
oportunidad. El erudito cristiano egoísta, que se envuelve en su
orgullo por la superioridad de sus conocimientos y a quien no le
parece importar si los otros se hunden o se mantienen a flote, si
se van al cielo o al infierno por asistir siempre a la iglesia o
capilla vistiendo su mejor ropa y ser llamado “miembro activo”, es
un hombre que nada sabe de santificación. Puede creerse un santo
sobre la tierra, pero no será un santo en el cielo. Cristo nunca será
el Salvador de los que nada saben de seguir su ejemplo de fe. La
verdadera gracia transformadora siempre producirá una
conformidad con la imagen de Jesús4 (Col 3:10).
(11) Por último, la santificación auténtica se demuestra en una
atención habitual a las gracias pasivas del cristianismo.

4 “En el evangelio, Cristo se nos presenta como un modelo y ejemplo de santidad y, tal
como es una fantasía maldita creer que éste era todo el propósito de su vida y
muerte, o sea, principalmente ejemplificar y confirmar la doctrina de santidad que
él enseñó; lo es también olvidar que él es nuestro ejemplo, dejar de considerarlo
por fe con ese fin y esforzarnos para conformarnos a él, es inicuo y pernicioso. Por
lo tanto, meditemos mucho en lo que él era, lo que él hacía y cómo encaraba
todos sus deberes y pruebas, hasta que una imagen o idea de su santidad perfecta se
implante en nuestras mentes y, por ello, lleguemos a parecernos a él”. —Owen
acerca del Espíritu Santo, p. 513; edición de Goold.
70 SANTIDAD

Cuando hablo de gracias pasivas, me refiero a esas gracias que son


sembradas en el sometimiento a la voluntad de Dios y cosechadas en
la paciencia unos hacia los otros. Pocos, a menos que hayan
examinado este punto, tienen una idea de cuánto habla el Nuevo
Testamento de estas gracias y qué importante es el lugar que
parecen ocupar. Éste es el punto especial en que reflexiona Pedro al
llevar nuestra atención el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo: (1 P.
2:21-23). Ésta es la acción específica en el Padrenuestro que Dios
nos requiere: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros
perdonamos a nuestros deudores” y el único punto que el Señor
comenta al final de la oración. Éste es el punto que ocupa un tercio
de la lista de las manifestaciones del fruto del Espíritu que nos da
San Pablo. Menciona nueve y tres de éstas: “Paciencia, benignidad
y mansedumbre” son incuestionablemente gracias pasivas (Gá. 5:22-
23). Tengo que decir, lisa y llanamente, que no creo que este tema se
enfoque lo suficiente entre los cristianos. Las gracias pasivas son sin
duda más difíciles de lograr que las activas, pero son, precisamente,
las que tienen la mayor influencia sobre el mundo. Y de una cosa
estoy muy seguro: No tiene sentido pretender una santificación, a
menos que seamos ejemplos de bondad, benignidad, paciencia y
perdón, a lo cual la Biblia da tanta importancia. ¡El mundo está
demasiado lleno de los que se muestran habitualmente
desagradables y antipáticos en la vida cotidiana y son
constantemente cortantes con lo que dicen y huraños con todos a su
alrededor, gente rencorosa, vengativa y maliciosa! Todos estos, saben
poco de lo que debieran saber sobre la santificación.
Tales son las señales visibles del hombre santificado. No digo
que todas se notarán en igual proporción en todo el pueblo de
Dios. Admito que, aun en los mejores creyentes, no se ven plena y
perfectamente. Pero sí digo con seguridad que las cosas a las que
me he estado refiriendo son las señales bíblicas de la
santificación y que a aquellos que las desconocen, les convendría
dudar si tienen alguna gracia o no.
2.Santificació 71
n
Nunca me retractaré de decir que la santificación auténtica es algo
que puede verse y que las señales que he procurado presentar son
más o menos las señales del hombre santificado.
III. Diferencia entre justificación y santificación
En último lugar, me propongo considerar la diferencia entre
justificación y santificación. ¿En qué coinciden y en qué difieren?
Esta rama de nuestro tema es de gran importancia, aunque me
temo que no lo consideren así todos mis lectores. La trataré
brevemente, pero no me atrevo a pasarla totalmente por alto.
Muchos no van más allá de lo superficial de las cosas en la religión y
consideran las buenas diferencias teológicas como cuestión de
“preguntas y nomenclaturas” que son de poco valor real. Pero
advierto a todos los que consideran seriamente las cuestiones del
alma, que la gran inquietud que sienten por no “distinguir entre las
cosas en que difieren” en la doctrina cristiana, es muy grande y les
aconsejo, de manera especial, que si aman la paz, busquen
conceptos claros sobre el tema que nos ocupa. Tenemos que recordar
siempre que justificación y santificación son dos cosas diferentes. No
obstante, hay puntos en los cuales coinciden y puntos en que
difieren. Tratemos de encontrar cuáles son.
¿En qué sentido, pues, son iguales la justificación y santificación?
(a) Ambas proceden originalmente de la gracia de Dios. Es
únicamente por su gracia que el creyente es justificado o
santificado.
(b) Ambas son parte de la gran obra de salvación que Cristo, en el
pacto eterno, ha realizado para bien de su pueblo. Cristo es la
fuente de vida, de la cual fluyen, tanto el perdón como la santidad.
La raíz de cada una es Cristo.
(c) Ambas están en una misma persona. Aquellos que son
justificados, siempre son santificados y aquellos que son santificados,
son siempre justificados.
72 SANTIDAD

Dios ha unido en una sola persona la justificación y la santificación,


y no pueden ser separadas.
(d) Ambas comienzan al mismo tiempo. El momento en que una
persona comienza a ser una persona justificada, comienza también a
ser santificada. Quizá no lo perciba, pero ésta es la realidad.
(e) Ambas son necesarias para la salvación. Nadie ha llegado al
cielo sin un corazón renovado, al igual que perdonado; sin la
gracia del Espíritu, al igual que la sangre de Cristo; sin idoneidad
para la gloria eterna, al igual que un título. Una es tan necesaria
como la otra.
Estos son los puntos en que coinciden la justificación y
santificación.
Consideremos ahora lo opuesto y veamos en qué sentido
difieren.
(a) La justificación, es Dios declarando justos a aquellos que
reciben a Cristo, basándose en que la justicia de Cristo es imputada
a la cuenta de aquellos que lo reciben. La santificación es, de hecho,
hacer justo al hombre en su interior, aunque sea en un grado muy
débil.
(b) La justicia que tenemos para nuestra justificación no es
nuestra, sino que es la eterna y perfecta justicia de nuestro gran
Mediador Cristo, que nos es imputada y de la cual nos
apropiamos por fe. La justicia que tenemos por santificación es
nuestra propia justicia, impartida, inherente y realizada en nosotros
por el Espíritu Santo, pero mezclada con debilidades e
imperfecciones.
(c) En la justificación, nuestras propias obras no tienen nada que
ver y una fe sencilla en Cristo es lo único necesario. En la santificación
nuestras propias obras son de suma importancia y, por eso, Dios
nos insta a luchar, a velar, orar, esforzarnos, luchar y trabajar.
2.Santificació 73
n
(d) La justificación es una obra terminada y completa, y el
hombre es justificado perfectamente en el instante cuando cree.
La santificación, comparativamente, es una obra imperfecta y
nunca será perfecta hasta que lleguemos al cielo.
(e) La justificación no incluye crecimiento ni aumento: El
hombre es justificado en la hora cuando inicialmente acude a
Cristo por fe, tal como lo será por toda la eternidad. La santificación
es, principalmente, una obra progresiva e incluye un crecimiento y
aumento continuo durante toda la vida.
(f) La justificación se refiere, en especial, a nuestra persona,
nuestra posición ante los ojos de Dios y nuestra liberación de
culpa. La santificación se refiere, en especial, a nuestra naturaleza y
la renovación moral de nuestro corazón.
(g) La justificación nos da el derecho al cielo y la valentía para
entrar en él. La santificación es el proceso que se inicia con la
justificación y nos va preparando para ir al cielo, y a disfrutarlo
cuando moremos en él.
(h) La justificación es el acto en el que la justicia de Cristo se
imputa al creyente y no es fácil que otros la disciernan. La
santificación es la obra de Dios dentro de nosotros y, porque su
manifestación es externa, no puede esconderse de la vista de los
demás.
Encomiendo estas diferencias a la atención de mis lectores y les
pido que reflexionen bien sobre ellas. Estoy convencido de que una
de las grandes razones de la oscuridad y de los sentimientos inquietos
de mucha gente bien intencionada en lo que respecta a la fe cristiana,
es su costumbre de confundir y no diferenciar la justificación de la
santificación. Nunca podremos recalcar demasiado que son dos
cosas separadas. Es cierto que no pueden ser divididas y que
cualquiera que es partícipe de una de las dos es partícipe de ambas.
Pero nunca, nunca, deben ser confundidas y nunca deben olvidarse
las diferencias entre ellas.
74 SANTIDAD

Aplicación práctica
Sólo me queda concluir este tema con algunas palabras claras
de aplicación. Hemos presentado la naturaleza y las señales
visibles de la santificación. ¿Qué reflexiones prácticas debiera
generar todo este tema?
(1) Despertemos todos a la realidad del estado peligroso de
muchos cristianos. “Seguid… la santidad, sin la cual nadie verá al
Señor” (He. 12:14). Entonces, ¡qué cantidad enorme hay de
seguidores de una supuesta religión que es totalmente inútil! ¡Qué
proporción inmensa de gente que asiste a la iglesia se encuentra
en el camino ancho que lleva a la destrucción! ¡Pensarlo es
terrible, aplastante y abrumador! ¡Oh, que los predicadores y
maestros abrieran sus ojos y tuvieran conciencia de la condición de
las almas a su alrededor! ¡Oh, que se pudiera convencer a los
hombres que “huyan de la ira que vendrá”! Si las almas no
santificadas pueden ser salvas e ir al cielo, la Biblia no dice la
verdad. ¡Pero la Biblia es veraz y no puede mentir! ¡Imaginemos
cómo será el final!
(2) Asegurémonos de nuestra propia condición y no descansemos
hasta sentir y saber que nosotros mismos estamos siendo
“santificados”. ¿Cuáles son nuestros gustos, nuestras decisiones,
preferencias e inclinaciones? Ésta es la gran pregunta de prueba.
Poco importa lo que queremos, lo que esperamos y lo que
anhelemos antes de morir ¿Dónde estamos ahora? ¿Qué
estamos haciendo?
¿Estamos creciendo en santidad o no? Si no, la culpa es nuestra.
(3) Si queremos ser santificados, nuestro camino es claro y sencillo:
Tenemos que comenzar con Cristo. Tenemos que acudir a él como
pecadores, sin ninguna discusión, sino sólo con nuestra necesidad y
entregarle nuestra alma por fe para obtener paz y reconciliación con
Dios. Tenemos que ponernos en sus manos, como en las manos de
un buen médico, y clamar a él pidiendo misericordia y gracia.
2.Santificació 75
n
No necesitamos presentarnos con una recomendación. El primer
paso hacia la santificación, como hacia la justificación, es acudir
a Cristo con fe. Tenemos que vivir primero y luego obrar.
(4) Si queremos crecer en santidad y ser más santificados, tenemos
que seguir continuamente tal como empezamos, y seguir llevando
nuevas solicitudes a Cristo sin cesar. Él es la Cabeza de la cual se
tiene que suplir cada miembro (Ef. 4:15-16). Vivir la vida de una fe
cotidiana en el Hijo de Dios y tomar de su plenitud cada día, la
gracia y las fuerzas prometidas que tiene reservadas para su pueblo,
es el gran secreto de la santificación progresiva. Los cristianos que
parecen siempre iguales, por lo general, están descuidando la
comunión íntima con Jesús y, por ende, contristando al Espíritu.
Aquel que oró: “Santifícalos”, la noche antes de su crucifixión, está
infinitamente dispuesto a ayudar a todo aquel que con fe solicita su
ayuda y anhela ser santo.
(5) No esperemos demasiado de nuestros corazones aquí en la
tierra. En el mejor de los casos, encontraremos todos los días
razones para sentirnos humillados y descubrir cada hora que
somos deudores, necesitados de misericordia y gracia. Cuanta más
luz tengamos, más veremos nuestra propia imperfección. Éramos
pecadores cuando empezamos, pecadores somos a medida que
seguimos adelante, renovados, perdonados, justificados, pero aun
así, pecadores hasta el último día. Nuestra perfección absoluta
está por venir y el sentido de expectativa de obtenerla es una razón
por la cual debiéramos ansiar el cielo.
(6) Por último, no nos avergoncemos nunca de darle
importancia a la santificación y aspirar a lograr más y más
santificación. Cuando algunos se conforman con lograr un grado
lamentablemente inferior y otros no se avergüenzan de vivir sin
nada de santidad (contentándose con la mera costumbre de ir a la
iglesia, pero sin avanzar nunca, como un caballo en una noria,
mantengámonos firmes en las sendas antiguas,
76 SANTIDAD

aspiremos nosotros mismos a tener más santidad y


recomendémosla valientemente a otros. Ésta es la única manera
de ser realmente felices.
Estemos convencidos, no importa lo que otros digan, de que
santidad es felicidad, y que el hombre que pasa por la vida con más
paz es el hombre santificado. Sin duda que hay algunos cristianos
de verdad que por enfermedad, problemas familiares u otras
causas secretas, disfrutan de poca paz y siguen lamentándose todos
los días mientras van rumbo al cielo. Por regla general, en el largo
camino de la vida, encontraremos que es verdad que las personas
“santificadas” son las más felices sobre la tierra. Tienen consuelos
fehacientes que el mundo no puede dar ni quitar. “Sus caminos son
caminos deleitosos”. “Mucha paz tienen los que aman tu ley”. Aquel
que no puede mentir dijo: “Mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. Pero
también está escrito: “No hay paz para los malos” (Pr. 3:17; Sal.
119:165; Mt. 11:30; Is. 48:22).
3. Santidad
“Seguid la… santidad, sin la cual
nadie verá al Señor”. Hebreos 12:14

¿Somos santos?
El texto bíblico que encabeza esta página abre un tema de suma
importancia. El tema es la santidad práctica. Sugiere una pregunta que
requiere la atención de todos los que profesan ser cristianos:
¿Somos santos? ¿Veremos al Señor?
Esta pregunta nunca está fuera de lugar. El sabio nos dice que hay:
“Tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de callar y tiempo de
hablar” (Ec. 3:4, 7), pero no existe ni un momento, no, ni un día,
cuando el hombre no debiera ser santo.
¿Somos santos?
La pregunta es para todos sin importar rango ni condiciones.
Algunos son ricos y algunos son pobres, algunos son eruditos y
algunos son ignorantes, algunos son amos y algunos son
sirvientes; pero no existe rango ni condición en la vida en la que el
hombre no debiera ser santo. ¿Somos santos?
Pido que me presten atención hoy al enfocar esta pregunta.
¿Cómo se encuentra la relación entre nuestras almas y Dios? En
este mundo apurado y ajetreado en que vivimos, estemos quietos
durante unos minutos y consideremos la cuestión de la santidad.
Creo que hubiera podido escoger un tema más popular y agradable.
Estoy seguro de haber podido encontrar un asunto más fácil de
encarar. Pero siento profundamente que no hubiera podido
escoger uno más oportuno y más provechoso para nuestras almas.
Es cosa seria oír decir a la Palabra de Dios que sin santidad “nadie
verá al Señor” (He. 12:12-15).
78 3.Santidad
Procuraré, con la ayuda de Dios…
I. Examinar qué es la verdadera santidad.
II.Explicar la razón por la cual la santidad es tan importante y
III. Trataré de destacar la única manera de obtener la santidad.
En el capítulo anterior, traté este tema desde un punto de vista
doctrinal. Ahora procuraré presentar a mis lectores, un punto de
vista más claro y práctico.
I. La definición verdadera y práctica de la santidad
En primer lugar, entonces, trataré de mostrar qué es la
verdadera santidad práctica y a qué tipo de personas llama Dios
santas.
El hombre puede esforzarse mucho y, no obstante, no
alcanzar nunca la verdadera santidad. Santidad no es…
- Conocimiento, eso es lo que tenía Balaam.
- Una profesión externa, eso es lo que hacía Judas Iscariote.
- Realizar muchas cosas, eso es lo que hacía Herodes.
- Celo sobre ciertos asuntos religiosos, eso es lo que tenía Jehu.
- Moralidad y respetabilidad de conducta, como las tenía el joven
rico.
- Disfrutar de escuchar a predicadores, los judíos de la época
de Ezequiel hacían eso.
- Andar en compañía de gente piadosa; Joab, Giezi y Demas hacían
esto.
¡No obstante, ninguno de estos personajes era santo! Estas
prácticas, por sí solas, no constituyen santidad. El hombre puede
exhibir alguna de ellas y, no obstante, nunca ver al Señor.
¿Qué es, entonces, la verdadera santidad práctica? Ésta es una
pregunta difícil de contestar. No quiero decir que falten enseñanzas
bíblicas sobre el tema. Pero temo dar un concepto defectuoso sobre la
santidad y no decir todo lo que habría que decir; o decir lo que no
hay que decir y así causar daño.
SANTIDAD 79

No obstante, trataré de presentar una imagen de la santidad para


que podamos verla claramente con los ojos de nuestra mente. Pero
nunca olviden, cuando haya dicho todo, que en el mejor de los casos,
mi explicación es un bosquejo imperfecto.
(a) Santidad es el hábito de ser de un mismo sentir con Dios,
según se describe su sentir en las Escrituras. Es el hábito de
coincidir con los criterios de Dios —aborreciendo lo que él aborrece,
amando lo que él ama— y midiendo todo en este mundo, según las
normas de su Palabra. El hombre que más coincide con Dios, es el
más santo.
(b) El hombre santo se esforzará por rechazar todo pecado
conocido y guardar todo mandamiento conocido. Tendrá una
mente decididamente predispuesta hacia Dios, un fuerte anhelo de
cumplir su voluntad y más temor de desagradar a Dios que de
desagradar al mundo, y un amor por todos sus caminos. Siente lo que
Pablo sentía cuando dijo: “Según el hombre interior, me deleito en
la ley de Dios” (Ro. 7:21-23) y lo que sentía David cuando dijo:
“Estimé rectos todos tus mandamientos sobre todas las cosas, y
aborrecí todo camino de mentira.” (Sal. 119:128).

(c) El hombre santo luchará para ser como nuestro Señor


Jesucristo. No sólo vivirá una vida de fe en él y tomará de él toda
su paz y fortaleza diaria, sino que también trabajará para
conformarse a la mente de él y ser hecho “conforme a su imagen” (Ro.
8:29). Su meta será comprender y perdonar a los demás, así como
Cristo nos perdonó a nosotros; ser generosos, así como Cristo no
vivía para complacerse a sí mismo; andar en amor, así como Cristo
nos amó; ser modestos y humildes, así como Cristo se humilló a sí
mismo.
80 3.Santidad
El hombre santo recordará…
- que Cristo fue testigo fiel de la verdad,
- que no vino para hacer su propia voluntad,
- que su comida y bebida fue hacer la voluntad de su Padre,
- que se negaba continuamente a sí mismo con el fin de servir a
otros,
- que era humilde y paciente ante insultos inmerecidos,
- que tenía mejor opinión de los piadosos pobres que de los reyes,
- que estaba lleno de amor y compasión por los pecadores,
- que era valiente y firme en denunciar el pecado,
- que no buscaba el elogio de los hombres, cuando lo hubiera podido
recibir,
- que iba por todas partes haciendo el bien,
- que estaba separado de la gente mundana,
- que se mantenía siempre en oración,
- que no permitía que, ni siquiera sus relaciones más cercanas, le
impidieran hacer la obra de Dios que tenía que hacer.
Éstas son cosas que el hombre santo tratará de recordar. Por ellas,
se esforzará en dar forma a su curso en la vida. Tomará en serio lo
que dijo Juan: “El que dice que permanece en él, debe andar como
él anduvo” (1 Jn. 2:6) y lo que dijo Pedro: “Cristo padeció por
nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas” (1
P. 2:21). ¡Feliz es aquel que ha aprendido hacer de Cristo su
“todo”, tanto de su salvación como de su ejemplo! Se ahorrarían
mucho tiempo y se prevendrían muchos pecados si los hombres se
preguntaran más seguido: “¿Qué hubiera dicho y hecho Cristo si
hubiera estado en mi lugar?”.
(d) El hombre santo procurará humildad, longanimidad,
mansedumbre, paciencia, bondad y control de su lengua. Soportará
mucho, sobrellevará mucho y será lento en hablar de sus derechos.
SANTIDAD 81

Vemos un ejemplo brillante de esto en la conducta de David


cuando Simei lo maldijo y en la de Moisés cuando Aarón y Miriam
hablaron en su contra (2 S. 16:7; Nm. 12:1).
(e) El hombre santo procurará dominio propio y auto-negación.
Trabajará para mortificar los deseos de su cuerpo, para crucificar su
carne con sus afectos y lascivias, dominar sus pasiones, restringir
sus inclinaciones carnales, por si alguna vez, una de éstas se
desatara. Oh, qué palabras fueron aquellas del Señor Jesús a sus
apóstoles cuando les dijo: “Mirad también por vosotros mismos, que
vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los
afanes de esta vida” (Lc. 21:34) y las del Apóstol Pablo: “Golpeo mi
cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido
heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Co. 9:27).
(f) El hombre santo procurará practicar la caridad y la bondad
fraternal. Se esforzará por observar la regla de oro de hacer a los
demás lo que quiere que le hagan y hablar a los otros como
quieren que le hablen a él (Mt. 7:12; Jn. 13:34). Estará lleno de
cariño por sus hermanos, por sus cuerpos, sus propiedades, sus
personalidades, sus sentimientos y sus almas. “El que ama al prójimo”,
dice Pablo, “ha cumplido la ley” (Ro. 13:8). Aborrecerá toda mentira,
calumnia, murmuración, engaño, deshonestidad y trato injusto, aun
en su mínima expresión. El shekel y el codo del santuario eran más
grandes que los de uso común. Tratará de adornar su fe con todo su
aspecto y porte, y de presentarla hermosa y bella a los ojos de todos
los que lo rodean. ¡Ay, qué palabras de condenación son las del
capítulo 13 de 1 Corintios y el Sermón del Monte comparadas con
la conducta de muchos cristianos profesantes!
(g) El hombre santo procurará practicar un espíritu de
misericordia y benevolencia hacia los demás. No permanecerá
inactivo todo el día. No se contentará con no hacer daño. Tratará
de hacer el bien.
82 3.Santidad
Se esforzará todo lo posible por ser útil en su época y generación,
y de aliviar las necesidades espirituales y los sufrimientos a su
alrededor. Tal como Dorcas que, “abundaba en buenas obras y en
limosnas que hacía”. No sólo se proponía hacer algo y hablaba de lo
que pensaba hacer, sino que ponía manos a la obra (Hch. 9:36). Así
también era Pablo. Él decía: “Y yo con el mayor placer gastaré lo
mío… aunque amándoos más, sea amado menos.” (2 Co. 12:15).
(h) El hombre santo procurará pureza del corazón. Aborrecerá toda
suciedad y contaminación de su espíritu, y buscará evitar todas las
cosas que puedan llevarlo a ellas. Sabe que su propio corazón es
como paja y será diligente en mantenerse lejos de las chispas de la
tentación. ¿Quién se atreverá a hablar de fortaleza sabiendo que
alguien como David puede caer? Podemos percibir pistas en la ley
ceremonial. Bajo ella, el hombre que apenas tocaba un hueso, un
cadáver, un sepulcro o a un enfermo era impuro a los ojos de Dios.
Y estas cosas eran, meramente, símbolos y figuras. Son pocos los
cristianos que alguna vez están demasiado en guardia o son
demasiado cautelosos en relación con este punto.
(i) El hombre santo procurará tener temor a Dios. No me refiero
al temor de un esclavo que sólo trabaja porque teme al castigo y no
haría nada, si no temiera que lo descubrieran. Me refiero más bien
al temor de un niño que anhela vivir y comportarse como si
siempre estuviera ante su padre, porque lo ama. ¡Qué ejemplo tan
noble de esto nos da Nehemías! Cuando fue nombrado gobernador de
Jerusalén hubiera podido exigir impuestos al pueblo para su
mantenimiento. Eso es lo que había hecho el gobernador anterior.
Nadie lo hubiera recriminado por ello. Pero dice: “Pero yo no hice
así, a causa del temor de Dios” (Neh. 5:15).
(j) El hombre santo procurará la humildad. Anhelará,
modestamente, estimar a otros mejores que él. Verá más maldad en
su propio corazón, que en el de cualquier otro en el mundo.
SANTIDAD 83

Comprenderá algo del sentimiento de Abraham cuando dice: “Soy


polvo y cenizas” y entenderá a Jacob cuando dice: “Soy menos que
el más pequeño de todas tus misericordias” e interpretará a Job
cuando dice: “Yo soy vil” y a Pablo cuando dice: “Yo soy el primero
de los pecadores”. El santo Bradford, fiel mártir de Cristo, a veces
terminaba sus cartas saludando con estas palabras: “El más
miserable pecador, John Bradford”. Las últimas palabras del buen
anciano Grimshaw en su lecho de muerte, fueran estas: “Aquí va
un siervo inútil”.
(k)El hombre santo procurará ser fiel en todas sus obligaciones y
relaciones en la vida. Tratará, no sólo de cumplir con su lugar, al
igual que otros que no piensan en sus almas, sino que hará algo
mejor, porque tiene motivos superiores y más ayuda que ellos. No
hay que olvidar nunca aquellas palabras de Pablo: “Y todo lo que
hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor…”, “…no
perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor;…” (Col. 3:23; Ro.
12:11). Las personas santas debieran apuntar a hacer todo bien y
debieran avergonzarse de permitirse hacer algo mal, si pueden
evitarlo. Al igual que Daniel, deben procurar no tener ningún cargo
contra ellos, excepto su “relación con la ley de su Dios” (Dn. 6:5).
Deben esforzarse por ser buenos cónyuges, buenos padres y buenos
hijos, buenos patrones y buenos siervos, buenos vecinos, buenos
amigos, buenos en privado y buenos en público, buenos en su lugar
de trabajo y buenos en su hogar. Poco vale la santidad, si no lleva
este tipo de fruto. El Señor Jesús le hace una pregunta inquietante
a su pueblo cuando dice: “¿Qué hacéis de más?” (Mt. 5:47).
(l) En último lugar, el hombre santo procurará una mentalidad
espiritual. Se esforzará por consagrar sus afectos enteramente a las
cosas de arriba y considerar las cosas de la tierra mucho menos
importantes. No descuidará la vida actual, pero el primer lugar en
su mente y pensamientos lo dará a la vida venidera.
84 3.Santidad
Su meta será vivir como aquel cuyo tesoro está en el cielo y pasar
por este mundo como un extraño y peregrino rumbo a su hogar.
Tener comunión con Dios en oración, en la Biblia y en la reunión
de su pueblo, son las cosas que más le agradarán. Le dará valor a
todas las cosas, los lugares y las relaciones, en la proporción que lo
acerquen más a Dios. Compartirá algo del sentimiento de David,
cuando dice: “Está mi alma apegada a ti”. “Mi porción es Jehová”
(Sal. 63:8; 119:57).
Tal es el bosquejo de la santidad que me aventuro a esbozar. Tal es
el carácter que procuran tener los que son llamados “santos”. Tales
son las principales características del hombre santo.
Pero quiero decir aquí, que espero que nadie me malentienda,
tengo cierta aprehensión de que lo que he querido decir sea
equivocado y que la descripción que he dado de la santidad pueda
desalentar a alguna conciencia sensible. Mi intención no es
entristecer a ningún corazón recto, ni poner una piedra de
tropiezo en el camino de ningún creyente.
Santidad y pecado
No digo de ninguna manera que la santidad impide la presencia del
pecado que ya mora en el hombre. No, lejos de esto. El hecho de que
la desgracia más grande del hombre santo es que carga un “cuerpo
de muerte” que, a menudo, cuando quiere hacer el bien, “el mal
está en él”, que el viejo hombre está observando todos sus
movimientos y, por así decir, tratando de hacerlo retroceder cada
vez que da un paso (Ro. 7:21). Pero la excelencia del hombre santo es
que no se queda en paz con el pecado que mora en él, como lo hacen
algunos. Aborrece el pecado, se lamenta por él y anhela librarse de
él. La obra de santificación dentro de él es como el muro de
Jerusalén, la obra sigue adelante aun “en tiempos angustiosos.”
(Dn. 9:25).
SANTIDAD 85

Tampoco digo que la santidad alcanza la madurez y es perfecta


instantáneamente. Las gracias de algunos están en una etapa inicial,
otras más adelantadas y algunas han llegado a la madurez. Todos
tienen que tener un comienzo. Nunca debemos despreciar “el día
de las cosas pequeñas”.
La santificación es siempre una obra progresiva. La historia de
los santos más brillantes que jamás han vivido contiene muchos
“peros”, “sin embargo” y “no obstante” hasta el final. El oro nunca
deja de tener escoria y la luz nunca brilla sin algunas nubes hasta
que lleguemos a la Jerusalén celestial. El sol tiene manchas en su
superficie. El más santo de los hombres tiene imperfecciones y
defectos cuando es pesado en la balanza de la santidad divina. Su
vida es una batalla continua contra el pecado, el mundo y el diablo
y, a veces, no lo vemos vencedor, sino vencido. La carne está
siempre luchando contra el espíritu y el espíritu contra la carne y
así sabemos que “todos ofendemos muchas veces” (Gá. 5:17; Stg. 3:2).
Aun así, estoy seguro de que el carácter que he esbozado
débilmente, es el anhelo y la oración de todos los cristianos
auténticos. Perseveran en lograr tenerlo, si no lo tienen. Quizá no
lo logren, pero esa es siempre su meta. Es siempre por lo que se
esfuerzan y trabajan, si no tienen ese carácter.
Y esto digo audaz y confiadamente: Que la verdadera santidad
es una gran realidad. Es algo en el hombre que puede verse,
conocerse, señalarse y que es percibido por todos los que lo
rodean. Es luz: Si existe, se ve. Es sal: Si existe, su sabor se percibe.
Es un óleo preciado: Si existe, no se puede esconder.
Todos tenemos que estar dispuestos a ser indulgentes con las
caídas, con la sequedad ocasional de los cristianos. Sé que un
camino puede llegar de un punto a otro y, aun así, tener muchas
curvas y vueltas; y que las debilidades pueden desviar al hombre
realmente santo.
86 3.Santidad
El oro no es menos oro porque tenga aleaciones, ni la luz es menos
luz porque sea débil, ni la gracia es menos gracia porque esté
presente en seres inmaduros y débiles. Pero después de admitir todo
esto, no puedo entender cómo alguien merezca ser llamado
“santo”, si peca a sabiendas y no se humilla ni se avergüenza por
ello. No se le puede llamar “santo” a alguien que, a sabiendas,
descuida habitualmente sus deberes y, conscientemente, hace lo
que sabe que Dios le ha ordenado no hacer. Bien dice Owen: “No
entiendo cómo alguien pueda ser un verdadero creyente si su carga
más pesada no es el pecado, no siente dolor por él y no lo ve como un
problema”.
Tales son las principales características de la santidad práctica.
Examinémonos y comprobemos que las conocemos. Probémonos a
nosotros mismos.
II. Por qué la verdadera santidad práctica es tan importante
Ahora intentaré mostrar algunas razones por las que la
santidad práctica es tan importante.
¿Puede la santidad salvarnos? ¿Puede la santidad quitar el pecado,
cubrir las iniquidades, ofrecer satisfacción por las transgresiones,
pagar nuestra deuda con Dios? No, de ninguna manera. Quiera Dios
que jamás diga esto. La santidad no puede hacer ninguna de estas
cosas. Todos los santos más brillantes, no son más que “siervos
inútiles”. Nuestras obras más puras no son más que trapos de
inmundicia comparadas a la luz de la ley santa de Dios (Is. 64:6). El
ropaje blanco que Jesús ofrece y que viste la fe, tiene que ser
nuestra única justicia, el nombre de Cristo, nuestra única confianza
y el libro de la vida del Cordero, nuestro único derecho al cielo. Aun
con toda nuestra santidad, no somos más que pecadores. Nuestras
mejores ropas están manchadas de imperfecciones. En menor o
mayor grado, nuestras acciones son incompletas, tienen errores y
defectos. Ningún hijo de Adán será justificado por las obras de la ley.
SANTIDAD 87

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de


vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”
(Ef. 2:8, 9).
¿Por qué es entonces, tan importante la santidad? ¿Por qué dice
el Apóstol: “Sin santidad nadie verá al Señor”? A continuación daré
algunas razones:
(a) Para empezar, tenemos que ser santos porque la voz de Dios
en las Escrituras claramente lo ordena. El Señor le dice a su
pueblo: “Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y
fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt. 5:20). “Sed, pues,
vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es
perfecto” (Mt. 5:48). Pablo le dice a los tesalonicenses: “La
voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Ts. 4:3). Y Pedro dice:
“Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en
toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos,
porque yo soy santo” (1 P. 1:15-16). “En esto”, dice Leighton, “la
ley y el evangelio coinciden”.
(b) Tenemos que ser santos porque es la única gran finalidad y
propósito por el cual Cristo vino al mundo. Pablo escribe a los
corintios: “Por todos murió, para que los que viven, ya no vivan
para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.” (2 Co.
5:15). Y a los efesios: “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí
mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado” (Ef. 5:25,
26). Y a Tito: “Se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda
iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas
obras” (Tito 2:14). En suma, decir que los hombres son salvados de
la culpa de pecado, sin ser salvos del dominio de éste en sus
corazones, es contradecir el testimonio de todas las Escrituras. ¿Dice
la Biblia que los creyentes son escogidos? Es por medio de “la
santificación del Espíritu”.
¿Son predestinados? Es “para que sean santos”. ¿Son llamados? Es
con un “llamamiento santo”. Jesús es un Salvador completo.
88 3.Santidad
No es meramente para quitar la culpa del pecado del creyente; va
aún más allá, quita su poder (1 P. 1:2; Ro. 8:29; Ef. 1:4; He. 12:10).
(c) Tenemos que ser santos porque es la única evidencia
fehaciente de que contamos con una fe salvadora en nuestro Señor
Jesucristo. El Artículo 12 de la Iglesia Anglicana dice apropiadamente
que: “Aunque las buenas obras no pueden quitarnos los pecados ni
cargar con la severidad del juicio de Dios, son agradables y aceptables
a Dios en Cristo, y surgen por la necesidad de una fe verdadera y viva;
porque por ellas se hace evidente una fe viva tal como el árbol se
conoce por sus frutos”. Santiago nos advierte que la fe muerta existe:
Es una fe que no va más allá de profesarse con la boca y no tiene
influencia alguna sobre el carácter del hombre (Stg. 2:17). La
verdadera fe salvadora es distinta. La verdadera fe siempre se verá en
sus frutos: Santificará, obrará por amor, vencerá al mundo y
purificará el corazón. Sé que a la gente le gusta hablar de evidencias
en su lecho de muerte. Confían en palabras dichas en horas de temor,
dolor y debilidad, consolándose con ellas por los amigos que
pierden. Pero me temo que no se puede confiar en el noventa y
nueve por ciento de tales supuestas evidencias. Sospecho que,
salvo raras excepciones, los seres humanos como han vivido, así
mueren. La única evidencia segura de que somos uno con Cristo y
que Cristo está en nosotros, es la vida santa. Los que viven para el
Señor, generalmente, son los únicos que mueren en el Señor. Si
queremos morir la muerte del justo, no confiemos sólo en anhelos
indolentes; procuremos vivir la vida del Maestro. Traill dice bien: “El
estado del hombre no es nada y su fe es precaria si su esperanza de
gloria no purifica su corazón y su vida”.
(d) Tenemos que ser santos porque ésta es la única prueba de que
amamos sinceramente el Señor Jesucristo. Éste es un punto del
cual él habló con total claridad en los capítulos catorce y quince de
Juan. “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. “El que tiene mis
mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama”. “El que me
ama, mi palabra guardará”.
SANTIDAD 89

“Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando”. (Jn.


14:15, 21, 23; 15:14). Sería difícil encontrar palabras más claras
que estas y ¡ay de aquellos que las hacen a un lado! El alma del
hombre que puede pensar en todo lo que sufrió Jesús y aun así
aferrarse a los pecados por los cuales sufrió, está enferma. Fue el
pecado el que entretejió la corona de espinas. Fue el pecado el que
traspasó las manos y los pies de nuestro Señor e hirió su costado.
Fue el pecado lo que lo llevó a Getsemaní y al Calvario, a la cruz y al
sepulcro. ¡Qué fríos deben estar nuestros corazones si no
aborrecemos el pecado y nos esforzarnos por librarnos de él, aunque
tengamos que amputarnos la mano derecha y arrancarnos el ojo
derecho!
(e) Tenemos que ser santos, porque serlo, es la única evidencia
fidedigna de que somos verdaderos hijos de Dios. Los hijos de este
mundo, generalmente, son como sus padres. Algunos, sin duda, lo
son más y otros lo son menos, pero rara vez sucede que no se pueda
rastrear algún parecido familiar. Y sucede lo mismo con los hijos de
Dios. El Señor Jesucristo dice: “Si fueseis hijos de Abraham, las
obras de Abraham haríais”. “Si vuestro padre fuese Dios,
ciertamente me amaríais” (Jn. 8:39, 42). Si los hombres no se
parecen en nada al Padre celestial, es en vano hablar de que son sus
“hijos”. Si nada sabemos de santidad, podemos engañarnos todo lo
que queramos, pero el Espíritu Santo no mora en nosotros:
Estamos muertos y necesitamos que nos vuelvan a la vida.
Estamos perdidos y tenemos que ser encontrados. “Porque todos
los que son guiados por el Espíritu de Dios,…” y, sólo ellos, “…son
hijos de Dios” (Ro. 8:14). Tenemos que mostrar por nuestra
manera de vivir a qué familia pertenecemos. Tenemos que dejar que
los hombres se den cuenta por nuestra manera de hablar, que somos
realmente hijos del Santísimo, de otro modo “hijo”, no es más que
un nombre sin sentido. “No digas”, dice Gurnall, “que tienes sangre
real en tus venas y que eres nacido de Dios, a menos que puedas
probar tu realeza por atreverte a ser santo”.
90 3.Santidad
(f)Tenemos que ser santos porque es la mejor manera de hacerle
el bien a otros. No podemos vivir sólo para nosotros mismos en este
mundo. Nuestra vida estará haciéndole bien o mal a los que la
observan. Es un sermón silencioso que todos pueden leer. Es
realmente triste cuando son un sermón para la causa del diablo y
no para la de Dios. Creo que se logra mucho más para el reino de
Dios por medio de un vivir santo por parte de los creyentes de lo que
nos imaginamos. Hay en este vivir santo, una realidad que lleva a los
hombres a sentir y los obliga a pensar. Lleva un peso e influencia
que ninguna otra cosa puede dar. Da hermosura a la fe cristiana y
atrae a los hombres para que la tengan en cuenta, como un faro
que se ve desde lejos. El Día del juicio probará que muchos, además
de los esposos, han sido ganados “sin palabra” y gracias, más bien,
a una vida santa (1 P. 3:1). Podemos hablarles a las personas sobre
las doctrinas de los Evangelios y pocos escucharán, y menos las
comprenderán. Pero nuestra vida de santidad es un argumento del
cual nadie puede escapar. Hay un significado de la santidad que, ni
siquiera el más ignorante, puede ignorar. Las personas pueden no
comprender la justificación, pero pueden comprender la caridad.
Creo que los cristianos inconstantes e impuros hacen mucho
más daño de lo que nos imaginamos. Están entre los mejores aliados
de Satanás. Echan por tierra con sus vidas lo que los pastores edifican
con sus palabras. Causan que las ruedas del carruaje del evangelio
giren con dificultad. Les proveen a los hijos de este mundo, un sin
fin de excusas para mantenerse como están. “No veo la necesidad de
tanta religión”, dijo hace poco un comerciante no creyente. “Noto
que muchos de mis clientes hablan siempre del evangelio, la fe, la
elección, las promesas divinas y lo demás, pero estas mismas
personas no tienen reparo en estafarme cuando tienen la oportunidad
de hacerlo. Entonces, si la gente religiosa hace estas cosas, no veo
qué provecho hay en la fe cristiana”.
SANTIDAD 91

Me lamento de tener que escribir estas cosas, pero me temo que,


demasiadas veces, la vida de los cristianos es una blasfemia contra el
nombre de Cristo. Tengamos cuidado de que no nos sea imputada la
sangre de algún alma. ¡Líbranos, Señor, de matar a las almas por
nuestra inconstancia y nuestro andar indiferente! ¡Oh, sea por el
bien de otros y no por ninguna otra razón, que nos esforcemos por
ser santos!
(g) Tenemos que ser santos porque nuestra tranquilidad actual
depende mucho de ello. No podemos darnos el lujo de olvidarlo. Es
lamentable que somos propensos a olvidar que hay una conexión
fuerte entre el pecado y el dolor, la santidad y felicidad, y entre la
santificación y la consolación. Dios ha ordenado, sabiamente, que
nuestro bienestar y nuestro bien hacer estén entrelazados. Ha
provisto en su misericordia, que aun en este mundo, le convenga al
hombre ser santo. Nuestra justificación no es por obras —nuestro
llamado y elección no son por nuestras obras—, pero en vano es
que alguien suponga que puede tener un sentido vivo de su
justificación o de una seguridad de su llamado, mientras, por otro
lado, descuida las buenas obras o no se esfuerza por vivir una vida
santa. “Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos
sus mandamientos”. “Y en esto conocemos que somos de la verdad,
y aseguraremos nuestros corazones” (1 Jn. 2:3; 3:19). Así como el
creyente no puede esperar sentir los rayos del sol en un día
oscuro y nublado, tampoco puede sentir la fuerte consolación en
Cristo, si no lo sigue plenamente. Cuando los discípulos
abandonaron al Señor y huyeron, se libraron del peligro, pero se
sintieron mal y tristes. Cuando, poco después, lo confesaron
valientemente ante los hombres, y fueron encarcelados y flagelados,
nos dice la Palabra que “ellos salieron… gozosos de haber sido tenidos
por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre” (Hch. 5:41).
¡Oh, por nuestro propio bien, si no hubiera ninguna otra razón,
esforcémonos por ser santos! Aquel que sigue a Jesús más de
lleno, siempre lo seguirá contento.
92 3.Santidad
(h) En último lugar, tenemos que ser santos porque sin santidad
sobre la tierra nunca estaremos preparados para disfrutar del
cielo. El cielo es un lugar santo. El Señor del cielo es un Ser santo.
Los ángeles son criaturas santas. La santidad está estampada en
todo lo que hay en el cielo. El libro de Apocalipsis dice expresamente:
“No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace
abominación y mentira” (Ap. 21:27).
Apelo solemnemente a todo el que lee estas páginas: ¿Cómo nos
sentiremos en casa y felices en el cielo si morimos sin santidad? La
muerte no obra ningún cambio. Cada uno volverá a vivir con el
mismo carácter con el que dio su último suspiro. ¿Cuál será
nuestro lugar si no conocemos ahora la santidad?
Supongamos por un momento que se le permitiera entrar al cielo
sin santidad.
¿Qué haría? ¿De qué podría disfrutar allí? ¿A cuáles de todos los
santos se acercaría y al lado de quién se sentaría? Sus placeres no son
los placeres de usted, ni sus gustos los gustos de usted, ni su
carácter el carácter de usted. ¿Cómo podría ser feliz, si no fue
santo en la tierra?
Quizás prefiere ahora la compañía de los superficiales y los
indiferentes, los mundanos y los avaros, los parranderos y los que
van tras los placeres, los impíos y los profanos. No habrá ninguno
de ellos en el cielo.
Quizás cree ahora que los santos de Dios son demasiado
estrictos, exigentes y serios. Prefiere evitarlos. No disfruta de su
compañía. No habrá ninguna otra compañía en el cielo.
Quizás piense ahora que orar, leer la Biblia y cantar himnos es
aburrido, triste y tonto, algo para ser tolerado de vez en cuando, pero
no disfrutado. Considera al Día del Señor como una carga y cosa
pesada; no podría pasar más que una porción pequeña del día
adorando a Dios.
SANTIDAD 93

Pero recuerde, el cielo es un Día del Señor sin fin. Los que allí viven
no descansan de decir día y noche: “Santo, santo, santo, Señor
Omnipotente” y de cantar alabanzas al Cordero. ¿Cómo podría, alguien
que no es santo disfrutar de ocupaciones como éstas?
¿Cree usted que a alguien así le encantaría conocer a David, a
Pablo y a Juan después de haber pasado toda una vida haciendo
las cosas de las cuales ellos hablaban en contra? ¿Disfrutaría de
dulces conversaciones con ellos, comprobando que tiene con ellos
mucho en común? Sobre todo, ¿piensa usted que se regocijaría de
conocer cara a cara a Jesús, el Crucificado, después de aferrarse a
los pecados por los que él murió? Se pondría de pie ante él con
confianza y se sumaría a la exclamación: “Éste es Jehová a quien
hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación”
(Is. 25:9). ¿No le parece que la lengua del hombre impío se le
pegaría al paladar de pura vergüenza y que su único deseo sería
que lo echaran de allí? Se sentiría como un extraño en una tierra
desconocida, una oveja negra en medio del rebaño santo de Cristo.
La voz de querubines y serafines, el canto de ángeles y arcángeles, y
toda la compañía del cielo, sería un lenguaje que no podría
comprender. El aire mismo del entorno le parecería tan diferente
que no lo podría respirar.
No sé qué opinarán los demás, pero a mí me resulta claro que el
cielo sería un lugar muy desagradable para el que no es santo.
Imposible que sea de otra manera. La gente puede decir, de un modo
muy incierto, que “espera ir al cielo”, pero no piensa en lo que dice.
Tiene que haber cierta capacitación “…para participar de la herencia
de los santos en luz” (Col. 1:12). Nuestros corazones tienen que
armonizar con lo que es el cielo. Para alcanzar el refrigerio de gloria,
tenemos que pasar por la escuela de la gracia que nos prepara para
ello. Tenemos que tener pensamientos celestiales, gustos
celestiales en la vida ahora, de lo contrario, nunca nos
encontraremos en el cielo en la vida venidera.
94 3.Santidad

Aplicaciones prácticas
Ahora quiero dar algunas palabras a manera de aplicación.
(1) Para empezar, quiero preguntarles a cada uno que lee estas
páginas: ¿Es usted santo? Escuche, le ruego, la pregunta que ahora
le hago. ¿Sabe usted algo de la santidad de la que he estado
hablando?
No le pregunto si asiste a su iglesia regularmente, si ha sido
bautizado y participado de la Cena del Señor, ni si se denomina
cristiano. Le pregunto algo que es mucho más que esto: ¿Es usted
santo o no lo es?
No le pregunto si aprueba usted de la santidad en otros, si le gusta
leer acerca de la vida de personas santas, hablar de cosas santas, si
tiene libros santos sobre la mesa ni tampoco si piensa ser santo y
espera serlo algún día. Lo que le pregunto es más: ¿Es usted santo
hoy mismo o no lo es?
¿Y por qué lo pregunto tan directamente e insisto tanto? Lo
hago porque la Biblia dice: “Seguid la paz… y la santidad, sin la
cual nadie verá al Señor”. Está escrito, no es una invención mía, no
es mi opinión personal; es la Palabra de Dios: “Seguid la paz… y la
santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (He. 12:14).
¡Ay, qué palabras tan escrutadoras e inquietantes son éstas! ¡Qué
pensamientos cruzan por mi mente mientras las escribo! Observo
el mundo y veo a la mayor parte de sus habitantes en la impiedad.
Observo a los que profesan ser cristianos y veo que la gran mayoría
no tiene nada de cristiana aparte del nombre. Me vuelvo a la Biblia y
oigo decir al Espíritu: “Seguid la paz… y la santidad, sin la cual
nadie verá al Señor”.
Es un texto que debiera obligarnos a considerar nuestros caminos y
escudriñar nuestros corazones. Realmente debiera generar en
nosotros pensamientos muy serios e impulsarnos a orar.
SANTIDAD 95

Respuestas típicas a la pregunta


Puede usted tratar de callarme diciendo: “Siento mucho más y
pienso mucho más acerca de estas cosas, sí, mucho más de lo que
muchos suponen”. Contesto yo: “Ésta no es la cuestión. Las pobres
almas perdidas en el infierno también lo hacen”. La pregunta
importante no es lo que usted piensa, ni lo que siente, sino lo que
hace.
Usted puede decir: “Nunca hubo la intención de que todos los
cristianos fueran santos. La santidad, como usted la ha descrito, es
sólo para los grandes santos y las personas que tienen dones
especiales”. Contesto yo: “No veo eso en las Escrituras. Leo que
cada uno que tiene esperanza en Cristo ‘se purifica a sí mismo’” (1
Jn. 3:3). “Sin santidad nadie verá al Señor”.
Usted puede decir: “Es imposible ser santo y, a la misma vez,
cumplir con nuestras obligaciones diarias; es imposible”. Contesto
yo: “Usted está equivocado. Sí se puede. Con Cristo de nuestro lado
nada es imposible. Muchos lo han hecho. David, Abdías, Daniel y los
siervos de la casa de Nerón, son ejemplos de que sí es posible”.
Usted puede decir: “Si yo fuera santo sería diferente de otra
gente”. Contesto yo: “Lo sé. Es justamente lo que usted debiera ser.
Los siervos auténticos de Cristo siempre son diferentes del mundo
que los rodea —una nación distinta, un pueblo singular— ¡y usted
debe serlo también si ha de ser salvo!”.
Usted puede decir: “En este caso, serán muy pocos los que
habrán de ser salvos”. Contesto yo: “Lo sé. Es precisamente lo que
Cristo nos dice en el Sermón del Monte”. El Señor Jesús así lo dijo
hace 1.900 años. “Estrecha es la puerta, y angosto el camino que
lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.” (Mt. 7:14). Pocos
serán salvos porque pocos se tomarán el trabajo de buscar la
salvación. Los hombres no quieren negarse los placeres del pecado y
de su propia voluntad por un poquito de tiempo.
96 3.Santidad
Le dan la espalda a la vida: “No queréis venir a mí para que tengáis
vida, dijo Jesús” (Jn. 5:40).
Usted puede decir: “El hecho de que el camino es muy angosto
es algo difícil de aceptar”. Contesto yo: “Lo sé”. Es lo que dice el
Sermón del Monte. Es lo que dijo el Señor Jesús hace 1.900 años.
Siempre decía que los hombres tenían que tomar su cruz
diariamente y que debían estar listos para amputarse una mano o un
pie, si querían ser sus discípulos. En la fe cristiana sucede lo
mismo que en otras cosas: “Sin dolor no hay ganancias”. Lo que
nada cuesta, nada vale.
No importa lo que sea que pensemos que es correcto, lo cierto es
que debemos ser santos si queremos ver al Señor. ¿Dónde está nuestro
cristianismo si no lo somos? No sólo hemos de ser cristianos de
nombre y tener conocimiento, tenemos que tener también un
carácter cristiano. Tenemos que ser santos en la tierra, si es que
tenemos la intención de ser santos en el cielo. “Sin santidad nadie
verá al Señor”. “La agenda del Papa”, dice Jenkyn, “sólo convierte
en santos a los muertos, en cambio las Escrituras requieren
santidad en los vivos”. “Que nadie se engañe”, dice Owen, “la
santificación es una cualidad indispensable para los que están bajo la
dirección de Cristo el Señor para salvación. Él no lleva nadie al
cielo que no santifica en la tierra. La Cabeza viviente no admitirá
miembros muertos”.
No nos maravillemos porque las Escrituras digan: “Os es necesario
nacer de nuevo” (Jn. 3:7). Es claro como el agua que muchos que
profesan ser cristianos necesitan un cambio completo —un nuevo
corazón, una nueva naturaleza—, si han de ser salvos. Las cosas
viejas tienen que pasar, tienen que convertirse en criaturas
nuevas. “Sin santidad nadie”, sea quien sea, “verá al Señor”.
(2) Quiero ahora hablarles un poco a los creyentes. Les pregunto:
“¿Creen que sienten la importancia de la santidad tanto como
debieran?”
SANTIDAD 97

La actitud que tiene la gente de estos tiempos con respecto a este


tema es de temer. Dudo mucho que ocupe el lugar que merece en
los pensamientos y la atención de algunos en el pueblo del Señor.
Sugiero, humildemente, que somos propensos a pasar por alto la
doctrina del crecimiento en la gracia y que no consideramos
suficientemente, cuán avanzado puede estar el hombre en la
profesión de su religión y, aun así, carecer de gracia y, finalmente,
estar muerto a los ojos de Dios. Creo que Judas Iscariote era muy
parecido a los demás apóstoles. Cuando el Señor anunció que uno lo
traicionaría, nadie dijo: “¿Es Judas?”. Nos conviene pensar más en
las iglesias de Sardis y Laodicea de lo que lo hacemos.
No es mi intención hacer un ídolo de la santidad. No quiero
destronar a Cristo y poner a la santidad en su lugar. Pero tengo que
decir cándidamente que desearía que la santificación ocupara más de
los pensamientos de lo que parece hacerlo en la actualidad y, por lo
tanto, aprovecho la ocasión para insistirles sobre el tema a aquellos
en cuyas manos caen estas páginas. Me temo que, a veces, se olvidan
de que Dios ha unido la justificación con la santificación. Sin duda,
son cosas distintivamente diferentes, pero la una nunca se
encuentra sin la otra. Lo que Dios ha juntado no se atreva nadie a
separar. No me cuente de su justificación, a menos que tenga
algunas señales de santificación. No se vanaglorie de la obra que
Cristo realizó para usted, a menos que pueda mostrarme la obra
del Espíritu en usted. No piense que Cristo y el Espíritu alguna vez
puedan ser divididos. Dudo que no haya muchos creyentes que
saben estas cosas, pero creo que es bueno que las recordemos. Demos
prueba de que las conocemos por nuestra manera de vivir. Tratemos
de tener constantemente en cuenta este texto: “Seguid la santidad,
sin la cual nadie verá al Señor”.
Tengo que decir francamente que me gustaría que no hubiera
tanta sensibilidad al tema de la santidad como, a veces, percibo
entre los creyentes.
98 3.Santidad
¡Se toca con tanta cautela que alguien pudiera pensar que
realmente es un tema peligroso de encarar! Por cierto que cuando
hemos exaltado a Cristo como “el camino, la verdad y la vida”, no
podemos equivocarnos si hablamos con firmeza sobre lo que debiera
ser el carácter de su pueblo. Bien dice Rutherford: “El camino que
rebaja los deberes y la santificación, no es el camino de la gracia.
El creer y el hacer son amigos inseparables”.
Tengo que decirlo, pero lo digo con reverencia. A veces me temo
que si Cristo estuviera hoy en la tierra, no faltarían los que
pensaran que su predicación es legalista y si Pablo estuviera
escribiendo sus epístolas, habría aquellos que pensarían que
mejor le sería no escribir la última parte de la mayoría de las
epístolas, tal como lo hizo. Pero recordemos que el Señor Jesús sí
predicó el Sermón del monte y que la Epístola a los Efesios contiene
seis capítulos y no cuatro. Me duele tener que hablar de esta
manera, pero hay una razón para hacerlo.
El gran teólogo John Owen, maestro de la Iglesia de Cristo hace
más de doscientos años, solía decir que hay gente cuya religión
parece consistir en andar quejándose todo el tiempo de sus propias
corrupciones y diciéndoles a todos que no pueden hacer nada al
respecto. Me temo que ahora, después de dos siglos, lo mismo
podría decirse de algunos seguidores de Cristo. Sé que hay pasajes en
las Escrituras que ameritan estas quejas. No pongo objeción a ellas
cuando proceden de hombres que siguen los pasos del Apóstol
Pablo y pelean la buena batalla, como lo hizo él, contra el pecado,
el diablo y el mundo. Pero nunca me gustan tales quejas cuando
sospecho, como lo hago a menudo, que son sólo un manto para
cubrir la pereza espiritual. Si decimos con Pablo: “¡Miserable de mí!
¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”, que podamos decir
también con él: “Prosigo a la meta, al premio del supremo
llamamiento de Dios en Cristo Jesús”. No citemos sólo un ejemplo
de él, cuando no lo seguimos en otro (Ro. 7:24; Fil. 3:14).
SANTIDAD 99

No pretendo ser mejor que los demás y si alguno pregunta:


“¿Quién es usted, que escribe de esta manera?”. Contesto yo: “No
soy más que una muy pobre criatura”. Pero digo que no puedo leer
la Biblia sin anhelar ver que más creyentes sean más espirituales,
más santos, más enfocados, que piensen más en el cielo, que estén
más consagrados de lo que están ahora. Quiero ver entre los
creyentes un espíritu más como el de un peregrino, más apartados
del mundo, una conversación más evidentemente celestial, un
andar más íntimo con Dios y por eso he escrito como lo he hecho.
¿No es cierto que necesitamos una norma superior de santidad
personal en este tiempo? ¿Dónde está nuestra paciencia? ¿Dónde
está nuestro celo? ¿Dónde está nuestro amor? ¿Dónde están nuestras
obras? ¿Dónde se puede ver el poder de la fe cristiana, como se vio
en el pasado? ¿Dónde está aquel tono inconfundible que solía
distinguir a los santos del pasado y que sacudía al mundo?
Ciertamente nuestra plata se ha convertido en escoria, nuestro vino
se ha mezclado con agua y nuestra sal tiene muy poco sabor. Todos
estamos más que medios dormidos. La noche ha pasado y ya viene la
mañana. Despertemos y dejemos de dormir. Abramos más
nuestros ojos de lo que hemos hecho hasta ahora, “despojémonos
de todo peso y del pecado que nos asedia”, “limpiémonos de toda
contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en
el temor de Dios” (He. 12:1; 2 Co. 7:1). “Habiendo muerto Cristo”,
dice Owen, “¿vivirá el pecado? ¿Fue él crucificado en el mundo y
serán nuestros sentimientos hacia el mundo entusiastas y vivaces?
¡Oh! ¿Dónde está el espíritu de aquel por quien el mundo ha sido
crucificado para él y él para el mundo”? (Gá. 6:14).
III. Consejos para todos los que anhelan ser santos
Por último, quiero ofrecer una palabra de consejo a todos los que
anhelan ser santos. ¿Quiere usted ser santo? ¿Quiere ser una nueva
criatura? Entonces tiene que comenzar con Cristo.
100 3.Santidad
Usted no hará nada y no progresará nada hasta que sienta su
pecado y debilidad y acuda a él. Él es la raíz y el comienzo de toda
santidad; y el camino para ser santo es venir a él por fe y estar
unido a él. Cristo no sólo es sabiduría para su pueblo, sino
santificación también. Algunas veces, los hombres quieren tratan de
alcanzar la santidad por ellos mismos, con un resultado lastimoso.
Se esfuerzan y trabajan, quieren empezar una página nueva en sus
vidas y cambiar mucho; pero, como la mujer con el flujo de sangre,
antes de venir a Cristo, “nada había aprovechado, antes le iba peor”
(Mr. 5:26). Corren en vano y trabajan en vano; esto no es de
sorprender porque están empezando por el final. Construyen un
muro de arena, sus obras van desapareciendo como el agua en una
vasija agujereada. Nadie puede poner otro fundamento para la
“santidad” que el que ya está puesto, o sea Cristo Jesús, quien dijo:
“Separados de mí nada podéis hacer” (Jn. 15:5). Traill dijo unas
palabras fuertes, pero muy ciertas: “La sabiduría que no es de
Cristo es una necedad que lleva a la condenación; la santificación
fuera de Jesús es suciedad y pecado; la redención fuera de Cristo es
esclavitud”.
¿Quiere usted lograr santidad? ¿Siente este día un anhelo fuerte de
ser santo?
¿Quiere ser partícipe de la naturaleza divina? Entonces acuda a Cristo.
No busque ninguna razón. No espere a nadie. No piense en
prepararse. Acuda a él y dígale, en las palabras de aquel hermoso
himno…
“Nada traigo para Ti, Mas tu cruz es mi sostén;
Desprovisto y en escasez, Hallo en Ti la paz y el
bien”. (Augustus Toplady, 1776)
No hay ni un ladrillo ni una roca para edificar la obra de nuestra
santificación hasta que acudimos a Cristo. La santidad es su don
especial para su pueblo creyente. Santidad es la obra que lleva a
cabo en sus corazones, por el Espíritu que coloca dentro de ellos.
SANTIDAD 101

Es asignado “Príncipe y Salvador, para dar a Israel


arrepentimiento y perdón de pecados”. “Más a todos los que le
recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Hch. 5:31;
Jn. 1:12).
La santidad viene…
- No de la sangre, los padres no se la pueden pasar a sus hijos.
- Tampoco de la voluntad de la carne, el hombre por él mismo
no la puede producir.
- Ni de voluntad de hombre, los pastores no la pueden dar con el
bautismo.
La santidad procede de Cristo. Es el resultado de la unión vital
con él. Es el fruto de ser una rama viviente de la Vid verdadera. Acuda
entonces a Cristo y diga: “Señor, no sólo sálvame de la culpa del
pecado y de su poder. También envíame el Espíritu que has
prometido. Hazme santo. Enséñame a hacer tu voluntad”.
¿Quiere seguir siendo santo? Entonces permanezca en Cristo. Él
mismo dice: “Permaneced en mí, y yo en vosotros… el que
permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto” (Jn. 15:4-5).
Le plugo al Padre que en él morara toda plenitud, la satisfacción
total para todas las necesidades del creyente. Él es el Médico a
quien tiene que acudir cada día, él lo mantendrá sano. Él es Maná que
debe comer cada día y la Roca de la cual debe beber cada día. Su brazo
es el brazo sobre el cual tiene que apoyarse cada día al salir del
desierto de este mundo. Usted, no sólo tiene que echar raíces,
también tiene que edificarse en él. Pablo fue ciertamente un
hombre de Dios, un hombre santo, un creyente que crecía y
prosperaba. ¿Y cuál era su secreto? Era alguien para quien Cristo
era “todo en todo”. Tenía siempre “puestos los ojos en Jesús”. El
Apóstol decía: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. “Ya no
vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo
vivo en la fe del Hijo de Dios” (He. 12:2; Fil. 4:13; Gá. 2:20).
Vayamos y hagamos lo mismo.
102 3.Santidad
Dios quiera que todos los que leen estas páginas, conozcan estas
cosas por experiencia y no únicamente por haberlas oído. ¡Que
todos sintamos la importancia de la santidad mucho más de lo que
la hemos sentido hasta ahora!
¡Que nuestros años sean años santos para nuestras almas; si lo son,
serán años felices! ¡Si vivimos, vivamos para el Señor, o si
morimos, muramos para el Señor; si viene por nosotros, que nos
encuentre en paz, sin mancha ni culpa!
4. La batalla
“Pelea la buena batalla de la fe”. 1 Timoteo 6:12

Es un hecho curioso que no haya otro tema en el que tanta gente


se interese tanto como el de riñas o “peleas”. Tanto jóvenes como
señoritas, ancianos y niños, encumbrados y humildes, ricos y pobres,
letrados e iletrados, tienen un profundo interés por las guerras,
pleitos, riñas, batallas y luchas.
Es la simple realidad, no importa cómo la tratemos de explicar.
Llamaríamos insulso al inglés que no se interesara nada en la
historia de Waterloo, o Inkermann, o Balaclava o Lucknow.
Creeríamos que es frío y torpe el corazón que no se conmueve y
emociona por las luchas en Sedan y Estrasburgo, Metz y Pans
durante la guerra entre Francia y Alemania.
Hay una guerra espiritual
Pero hay otra guerra de mucha mayor importancia que ninguna
contienda que el hombre haya librado jamás. Es una guerra que
concierne, no sólo a dos o tres naciones, sino a cada cristiano que
haya nacido en el mundo. A lo que me refiero es a la guerra
espiritual. Es la batalla que todo el que quiere ser salvo tiene que
encarar con respecto a su alma.
Sé que esta guerra es una de la cual muchos no saben nada.
Hábleles de ella y lo tildan de loco, fanático o iluso. Y sin embargo,
es tan real y verdadera como cualquier combate que se haya
librado en la tierra. Tiene conflictos cuerpo a cuerpo y sus
consecuentes heridas. Tiene el velar y el cansancio. Tiene asedios y
asaltos. Tiene sus victorias y sus fracasos. Sobre todo, tiene
consecuencias que son terribles, tremendas y muy peculiares. En
las guerras terrenales hay consecuencias que, a menudo, son
temporales y remediables.
104 4.La batalla
En la guerra espiritual las cosas son muy diferentes. En esta
guerra, cuando termina la lucha, las consecuencias son eternas, no
se pueden cambiar.
Fue ésta la guerra de la que Pablo le hablaba a Timoteo cuando
escribió aquellas ardientes palabras: “Pelea la buena batalla de la fe,
echa mano de la vida eterna”. Es a esta guerra que propongo
referirme en este capítulo. Considero que el tema tiene una relación
cercana con el de santificación y santidad. Todo el que entienda la
naturaleza de la verdadera santidad, sabrá que el cristiano es un
“guerrero”. Si queremos ser santos tenemos que luchar.

I. El cristianismo verdadero es una batalla


Lo primero que tengo que decir es esto: El cristianismo verdadero
es una batalla.
¡Cristianismo verdadero! Enfoquemos la palabra “verdadero”. Hay
una gran cantidad de religiones en el mundo que no son cristianismo
verdadero, auténtico. Son tolerables, satisfacen las conciencias
adormecidas, pero son falsas. No son lo verdadero, lo que hace mil
ochocientos años se llamaba cristianismo. Hay miles de hombres y
mujeres que van a las iglesias todos los domingos y se llaman
cristianos. Sus nombres están en el registro de bautismos. Mientras
están vivos, se los considera cristianos. Se han casado por la Iglesia.
Piensan ser sepultados como cristianos cuando mueran. ¡Pero
nunca se ve nada de “lucha” en su vida espiritual! No saben,
literalmente, nada de lucha espiritual, esfuerzo, conflicto, ni de
negarse a sí mismos, ni de estar vigilantes y, mucho menos, de
batallar. Tal cristianismo puede satisfacer al hombre y los que se
atreven a decir algo en contra son considerados duros e
incomprensivos; pero, de hecho, no es el cristianismo de la Biblia. No
es la fe cristiana que fundó el Señor Jesús y que sus discípulos
predicaban. No es la fe bíblica que produce verdadera santidad. El
verdadero cristianismo es “una batalla”.
SANTIDAD 105

El verdadero cristiano es llamado a ser un soldado y debe


comportarse como tal desde el día de su conversión hasta el día de
su muerte. No es la intención que viva una vida a sus anchas,
indolente y segura. No debe imaginarse nunca, ni por un momento,
que puede hacer su trayectoria al cielo dormido o medio dormido,
como si estuviera viajando en un carruaje muy cómodo. Si adopta sus
normas del cristianismo de los hijos de este mundo, quizá se
contente con estas nociones, pero no encontrará en la Palabra de
Dios nada que las justifique. Si la Biblia es su regla de fe y práctica,
tiene que encontrar su camino bien marcado con respecto a este
asunto, Tiene que “luchar”.
¿Con quiénes tiene que luchar el soldado cristiano? No con otros
cristianos.
¡Miserable es la idea que tienen algunos hombres de que la fe
cristiana consiste en controversias perpetuas! El que nunca está
satisfecho, a menos que esté en medio de un conflicto entre iglesia e
iglesia, congregación y congregación, secta y secta, facción y facción,
partido y partido, nada sabe de lo que debiera saber. Sin duda, puede
suceder que, a veces, sea absolutamente necesario recurrir a los
tribunales de justicia para asegurar la interpretación correcta de los
Artículos de la iglesia, de rúbricas1 y formularios2. Pero por regla
general, nunca es mejor servida la causa del pecado que cuando los
cristianos malgastan sus energías en pelear unos contra otros y
pierden el tiempo en discusiones insignificantes.
La batalla principal del cristiano: La carne, el mundo y el
diablo
¡Por cierto que aquello no es la verdadera fe cristiana! La lucha
principal del cristiano es con el mundo, la carne y el pecado. Estos
son sus eternos enemigos. Estos son los tres enemigos principales
contra quienes tiene que ir a la guerra. A menos que obtenga la
victoria sobre estos tres, todas las demás victorias son inútiles y
vanas.
106 4.La batalla
Si tuviera una naturaleza como la de un ángel y no fuera una
criatura caída, la guerra no sería tan esencial. Pero con un corazón
corrupto, un diablo activo y las trampas del mundo, la consigna es:
“Lucha” o estás perdido.
Tiene que luchar contra la carne. Aun después de su conversión, el
creyente lleva en su interior una naturaleza propensa al mal y un
corazón débil e inestable como el agua. Ese corazón nunca estará
libre de imperfecciones en este mundo y es un desvarío miserable
esperarlo. Para prevenir que el corazón se desvíe, el Señor Jesús
nos insta: “Velad y orad”. El espíritu puede estar dispuesto, pero la
carne es débil. Hay necesidad de luchar diariamente y batallar
diariamente en oración. “Golpeo mi cuerpo”, clama Pablo, “y lo
pongo bajo servidumbre”. “Veo otra ley en mis miembros, que se
rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo”. “Los que
son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”.
“Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros”. (Mr. 14:38; 1 Co.
9:27; Ro. 7:23, 24; Gá. 5:24; Col. 3:5.)
Tiene que luchar contra el mundo. La influencia sutil de ese
poderoso enemigo tiene que ser resistida todos los días y si no se
pelea todos los días, nunca se puede vencerla. El amor por las cosas
buenas de la vida, el temor a las burlas o acusaciones del mundo, el
anhelo secreto de mantenerse en el mundo, el deseo secreto de
hacer lo mismo que hacen los demás en el mundo y no sufrir las
consecuencias, todos estos, son enemigos que atacan
continuamente al cristiano en su camino al cielo y deben ser
conquistados. “¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad
contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se
constituye enemigo de Dios”. (Stg. 4:4).

1 Rúbricas—Una regla o instrucción que tiene autoridad.


2 Formularios—Colección de oraciones y procedimientos religiosos.
SANTIDAD 107

“Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él”. “El
mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”. “Todo lo que es
nacido de Dios vence al mundo”. “No os conforméis a este siglo”. (1
Jn. 2:15; Gá. 6:14; 1 Jn. 5:4; Ro. 12:2.)
Tiene que luchar contra el diablo. El viejo enemigo de la
humanidad no está muerto. Desde la caída de Adán y Eva no deja “de
rodear la tierra y de andar por ella” tratando de lograr un gran fin:
La ruina del alma del hombre. Nunca descansa y nunca duerme,
siempre anda como “león rugiente… buscando a quien devorar”. Es
un enemigo invisible, siempre está cerca de nosotros, en nuestra
senda y en nuestra cama, espiando todo lo que hacemos. Este
enemigo “es mentiroso, y padre de mentira”; desde el principio,
trabaja noche y día para arrojarnos al infierno. Algunas veces
conduciendo al hombre a las supersticiones, otras veces sugiriendo
infidelidad, en ocasiones por medio de un tipo de tácticas y, a veces,
por otro; está permanentemente en campaña contra nuestras
almas. “Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo”. Este
poderoso adversario tiene que ser resistido diariamente si queremos
ser salvos. “Pero este género no sale sino con oración y ayuno”.
Podemos vencerlo, orando, luchando y poniéndonos toda la
armadura de Dios. Nunca podremos quitar de nuestro corazón al
hombre fuertemente armado sin librar una batalla diaria. (Job 1:7; 1
P. 5:8; Jn. 8:44; Lc. 22:31; Ef. 6:11; Mt. 17:21).

La seriedad de la batalla del cristiano


Algunos pueden pensar que estas afirmaciones son demasiado
fuertes. A ustedes les puede parecer que estoy exagerando y que me
estoy excediendo con lo que digo. Se dice por allí que los hombres y
las mujeres, de hecho, podrán llegar al cielo sin todas estas
dificultades, guerras y luchas. Préstenme atención por unos
minutos y les mostraré lo que tengo que decir en nombre de Dios.
108 4.La batalla
Recuerden la máxima del general más sabio que jamás hubo en
Inglaterra: “En tiempo de guerra el peor error es subestimar al
enemigo, y tratar de librar una guerra pequeña”. La guerra
cristiana no es algo de poca importancia. Denme su atención y
consideren lo que digo.
¿Qué dicen las Escrituras? (1) “Pelea la buena batalla de la fe, echa
mano de la vida eterna”. (2) “Sufre penalidades como buen soldado
de Jesucristo”. (3) “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que
podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no
tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados,
contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este
siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones
celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que
podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar
firmes”. (4) “Esforzaos a entrar por la puerta angosta”. (5)
“Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a
vida eterna permanece”. (6) “No penséis que he venido para traer paz
a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada”. (7) “El que no
tiene espada, venda su capa y compre una”. (8) “Velad, estad
firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos”. (9). “Te encargo
que… milites por ellas la buena milicia, manteniendo la fe y buena
conciencia”. (1 Ti. 6:12; 2 Ti. 2:3; Ef. 6:11-13; Lc. 13:24; Jn. 6:27; Mt.
10:34; Lc. 22:36; 1 Co. 16:13; 1 Ti. 1:18, 19.)
Palabras como éstas me parecen muy claras, sencillas e
inequívocas. Todas enseñan una y la misma gran lección, siempre y
cuando estemos dispuestos a aprenderla. Esa lección es que el
verdadero cristianismo es una lucha, una pelea y una guerra. Me
parece a mí que el que pretenda condenar la “guerra espiritual” y
enseñe que hemos de estar quietos y “someternos a Dios”, entiende
mal su Biblia y comete un grave error.
¿Qué dice el Servicio Bautismal de la Iglesia Anglicana? Aunque a
ese servicio le falta inspiración y que, al igual que cualquier
composición que no es inspirada, tiene sus defectos;
SANTIDAD 109

para los millones de miembros de la Iglesia Anglicana alrededor


del mundo se usan las siguientes palabras: “Te bautizo en el nombre
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, “Marco a este niño con la
señal de la cruz, como una muestra de que de aquí en adelante no se
avergonzará de confesar la fe de Cristo crucificado; y peleará
varonilmente bajo su estandarte contra el pecado, el mundo y el
diablo y que seguirá siendo un soldado y siervo fiel de Cristo hasta el
final de su vida”.
Por supuesto que todos sabemos que en incontables casos el
bautismo no es más que una formalidad y que los padres de familia
traen a sus hijos a la fuente bautismal sin tener fe, ni orar ni
reflexionar. El que suponga que el bautismo en estos casos actúa
mecánicamente, como un medicamento, y que tanto progenitores
piadosos como impíos, que oran o no oran, obtienen el mismo
beneficio para sus hijos deben estar en un extraño estado mental.
Pero de cualquier manera, una cosa es muy cierta. Cada miembro de
la Iglesia bautizado, es a partir de su profesión de fe, un “soldado de
Jesucristo” y asume el compromiso de pelear “bajo su estandarte
contra el pecado, el mundo y el diablo”. El que lo duda, que tome su
Libro de Oraciones, lo lea, lo subraye y aprenda su contenido. Lo
peor de todo es que muchos miembros muy celosos de la Iglesia
Anglicana ignoran totalmente lo que contiene su propio Libro de
Oraciones.
La importancia de la batalla cristiana
Seamos miembros de la iglesia o no, una cosa es cierta, esta guerra
cristiana es una enorme realidad y un tema de suma importancia.
No es un tema como el gobierno y las ceremonias de la iglesia, en
que los hombres pueden discrepar y, aun así, al final llegar al cielo.
La necesidad se nos impone. No hay promesas en las Epístolas del
Señor Jesucristo a las Siete Iglesias, excepto a aquellas que
“venzan”. Donde hay gracia habrá conflicto. El creyente es un
soldado. No hay santidad sin batalla.
110 4.La batalla
Las almas salvadas siempre serán los que han peleado una batalla.
(1) Es una batalla absolutamente necesaria. No creamos que en
esta guerra podemos permanecer neutrales y mantenernos pasivos.
En los conflictos entre naciones puede ser posible, pero es
totalmente imposible en el conflicto que concierne al alma. La
presumida política de no intervención, la “inactividad magistral”
que agrada a tantos políticos, el plan de no hacer nada y dejar las
cosas como están, nunca dará resultado en la guerra cristiana. Aquí
nadie puede escapar alegando ser “un hombre de paz”. Estar en paz
con el mundo, la carne y el diablo es estar enemistado con Dios y
transitar por el camino ancho que lleva a la destrucción. No
tenemos una alternativa ni una opción. Tenemos que luchar o
estamos perdidos.
(2) Es una batalla universalmente necesaria. Ningún rango, ni clase
ni edad tiene excusa para dejar de pelear. Pastores y laicos,
predicadores y oyentes, ancianos y jóvenes, altos y bajos, ricos y
pobres, encumbrados y humildes, reyes y súbditos, terratenientes e
inquilinos, letrados e iletrados, todos deben portar armas e ir a la
guerra. Todos tienen por naturaleza un corazón lleno de orgullo,
incredulidad, pereza, mundanalidad y pecado. Todos vivimos en un
mundo lleno de trampas, engaños y escollos para el alma. Todos
tenemos cerca a un diablo ocupado, inquieto y malicioso. Todos,
desde el rey en su palacio hasta el mendigo más pobre, todos
debemos luchar si hemos de ser salvos.
(3) Es una batalla perpetuamente necesaria. No admite ni
respiro, ni armisticio ni tregua. En los días entre semana, al igual
que los domingos, en privado, al igual que en público, en la
intimidad del hogar, al igual que en la calle, en las cosas pequeñas
como cuidar la lengua y el carácter, al igual que los grandes en el
gobierno de los países, la guerra del cristiano debe seguir
obligadamente sin detenerse. El enemigo con quien contendemos
no festeja días feriados, nunca descansa y nunca duerme.
SANTIDAD 111

Mientras nos quede un hálito de aliento, tenemos que vestir nuestra


armadura y recordar que estamos en campo enemigo. “Aun en la
orilla del Jordán”, dijo un santo moribundo, “encuentro a Satanás
mordiéndome los talones”. Tenemos que luchar hasta morir.
Consideremos bien estas propuestas. Cuidemos que nuestra propia
fe personal sea real, auténtica y verdadera. El síntoma más triste
de muchos supuestos cristianos es la ausencia absoluta de todo lo
que se parezca a un conflicto o una lucha en su vida cristiana.
Comen, beben. Se visten, se entretienen, ganan dinero, gastan
dinero, asisten a una escasa rueda de cultos religiosos formales una o
dos veces por semana. Pero de la gran guerra espiritual, de velar y
orar, de sus agonías y ansiedades, sus batallas y luchas, no parecen
saber absolutamente nada. Cuidémonos de que éste no sea nuestro
caso. El peor estado del alma es “cuando el hombre fuerte armado
guarda su palacio, en paz está lo que posee” y cuando lleva a
hombres y mujeres “cautivos a voluntad de él” sin que estos
ofrezcan resistencia. Las peores cadenas son las que el prisionero no
siente ni ve (Lc. 11:21; 2 Ti. 2:26).
Podemos consolarnos en cuanto a nuestras almas si sabemos algo de
batallas y conflictos interiores. Son los compañeros invariables de
la santidad cristiana auténtica. Sé que no es todo, pero es parte.
¿Notamos en el fondo de nuestros corazones una lucha espiritual?
¿Sentimos algo de la carne luchando contra el espíritu y al espíritu
contra la carne de modo que no podemos hacer las cosas que
debiéramos (Gá. 5:17)? ¿Tenemos conciencia de dos principios que
luchan dentro de nosotros por dominarnos? ¿Sentimos algo de lucha
en nuestro hombre interior?
¡Demos gracias a Dios por esto! Es una buena señal. Es muy
probable que sea evidencia de la gran obra de santificación. Todos
los santos auténticos son soldados. Cualquier cosa es mejor que la
apatía, el estancamiento, la vaciedad y la indiferencia. Estamos en
mejor estado que muchos.
112 4.La batalla
Es evidente que no somos amigos de Satanás. Como los reyes de
este mundo, él no batalla contra sus propios súbditos. El mero hecho
de que nos asalta, debiera llenarnos de esperanza. Lo repito,
animémonos. El hijo de Dios lleva dos grandes señales y de estas
dos, aquí tenemos una. Lo podemos identificar por su guerra
interior, al igual que por su paz interior.

II. El verdadero cristianismo es la batalla de la fe


Paso a lo segundo que quiero decir al tratar mi tema: El
verdadero cristianismo es la batalla de la fe.
En este sentido la guerra cristiana es totalmente diferente de los
conflictos de este mundo. No depende del brazo fuerte, del ojo avizor
ni de los pies rápidos. No se libra con armas carnales, sino con las
espirituales. La fe es el engranaje con la cual gira la victoria. El
éxito depende enteramente de la fe.

(1)Fe en la verdad de la Palabra escrita de Dios


Una fe general en la verdad de la Palabra escrita de Dios es el
primer fundamento del carácter del soldado cristiano. Es lo que es,
hace lo que hace, piensa lo que piensa, actúa como actúa, tiene la
esperanza que tiene y se comporta como se comporta por una
sencilla razón: Cree en ciertas premisas reveladas y explicadas en
las Sagradas Escrituras. “Es necesario que el que se acerca a Dios
crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (He.
11:6).
Una religión sin doctrina o dogma es algo de lo que a muchos les
gusta hablar en la actualidad. Al principio parece bien. Se ve muy
lindo a la distancia. Pero en el momento en que nos sentamos para
examinarla una y otra vez, encontramos que es sencillamente
imposible que tenga sustentabilidad. Es igual que hablar de un
cuerpo sin huesos ni nervios. Nadie puede ser o hacer algo en la
religión si no cree en algo.
SANTIDAD 113

Aun los que profesan los miserables e incómodos conceptos de los


deístas3 tienen que confesar que creen algo. Con todas sus burlas
amargas contra la teología dogmática y la credulidad cristiana, como
ellos la llaman, ellos mismos tienen algún tipo de fe.
En cuanto al verdadero cristiano, la fe es la columna vertebral de su
existencia espiritual. Nadie lucha nunca con seriedad contra el
mundo, la carne y el diablo, a menos que haya grabado en su corazón
ciertos grandes principios en los que cree. Quizá casi ni sabe de qué
se tratan y, de hecho, no podría dar una definición ni escribirlas.
Pero allí están y, consciente o inconscientemente, forman las raíces de
su fe cristiana. Dondequiera que veamos a un hombre, rico o
pobre, letrado o iletrado, batallando virilmente con el pecado y
tratando de vencerlo, podemos estar seguros de que hay ciertos
principios en los que ese hombre cree. El poeta que escribió las
famosas líneas:
“De los muchos y distintos aspectos de
la fe dejad que discutan los fanáticos
errados, pues los que con su vida
muestran estar en lo correcto no pueden
estar equivocados”,
fue un hombre sagaz, pero mal teólogo. No hay tal cosa como
estar en lo correcto, viviendo sin fe y sin algo en que creer.

3 Los deístas creen en el Deísmo, una posición en la cual, Dios, el cual es sin
principio o fin, creó el mundo, lo puso en movimiento pero no está involucrado
en el mismo. Los deístas les gusta decir que su religión es natural, no revelada. En
otras palabras, ellos derivan sus creencias de la moral, de Dios, de la verdad, y del
propósito no a través de alguna revelación directa de Dios (por ejemplo, la Biblia)
sino sólo a través de la observación de la naturaleza y el uso de la razón. Esto
negaría la idea de que la Biblia es inspirada por Dios y negaría de plano la
encarnación, la muerte, sepultura y resurrección de Dios en la persona de Jesús.
114 4.La batalla
(2) Fe en la Persona, Obra y Oficio del Señor Jesucristo
Una fe especial en la persona, obra y el oficio de nuestro Señor
Jesucristo es la vida, el corazón y el móvil del carácter cristiano.
Una persona ve por fe a un Salvador invisible quien lo ama, dio
su vida por él, pagó sus deudas, cargó con sus pecados, llevó sus
transgresiones, resucitó por él y aparece en el cielo para él como su
Abogado sentado a la diestra de Dios. Ve a Jesús y se aferra a él.
Viendo a este Salvador y confiando en él, siente paz y esperanza, y
con gusto batalla contra los enemigos de su alma.
Ve sus muchos pecados, su corazón débil, un mundo tentador,
un diablo activo y, si mirara sólo a estos, se desesperaría. Pero ve
también a un Salvador poderoso, un Salvador intercesor, un
Salvador comprensivo —su sangre, su justicia, su sacerdocio
eterno— y cree que todo esto es para él. Ve a Jesús y pone sobre él
todo su peso. Viéndolo a él sigue luchando alegremente, con la
confianza de que los que creemos en él “somos más que vencedores
por medio de aquel que nos amó” (Ro. 8:37).
(3) Fe en la presencia de Cristo y su pronta disposición para ayudar
Una fe viva habitual en la presencia de Cristo y su pronta
disposición para ayudar es el secreto de la lucha victoriosa del
soldado cristiano.
Nunca olvidemos que hay grados de fe. No todos los hombres
creen igual y aun, una misma persona, tiene altibajos de fe y cree
con más convicción en un momento que en otro. Según el grado de
su fe, el cristiano pelea bien o mal, gana victorias o sufre reveses
ocasionales, termina triunfante o pierde una batalla. El que tiene más
fe siempre será el soldado más feliz y el que se sentirá más seguro.
Nada le quita mejor al soldado las ansiedades de la guerra que la
seguridad del amor y la protección continua de Cristo. Nada lo
capacita para aguantar el cansancio de velar, luchar y contender
contra el pecado como la confianza interior de que Cristo está de
su lado y, por ende, el éxito es seguro.
SANTIDAD 115

Es el “escudo de la fe” el que apaga todos los dardos de fuego del


maligno. El hombre que puede decir: “Yo sé en quien he creído”, es
el que puede decir en el momento de sufrimiento: “No me
avergüenzo”.
El que escribió: “No desmayemos” y “porque esta leve
tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más
excelente y eterno peso de gloria”, es el que escribió con la misma
pluma: “No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no
se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se
ven son eternas”. Es el hombre que dijo: “Vivo en la fe del Hijo de
Dios” y dijo en la misma epístola: “El mundo me es crucificado a
mí, y yo al mundo”. Es el hombre que dijo: “He aprendido a
contentarme, cualquiera que sea mi situación” y en la misma
epístola: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

¡Cuanto más grande es la fe, más contundente es la victoria!


¡Cuánto mayor es la fe, más enriquecedora es la paz interior! (Ef.
6:16; 2 Ti. 1:12; 2 Co. 4:17, 18; Gá.
2:20; 6:14; Fil. 1:21; 4:11, 13.)
Las victorias de los soldados cristianos fieles
Creo que es imposible sobreestimar el valor y la importancia de
la fe. Bien pudo llamarla el Apóstol Pedro “preciosa” (2 P. 1:1). No me
alcanzaría el tiempo si tratara de mencionar una centésima parte
de las victorias que los soldados cristianos han obtenido por fe.
Tomemos nuestra Biblia y leamos con atención el capítulo once
de la Epístola a los Hebreos. Subrayemos la larga lista de nombres de
los hombres de fe que allí se registran, desde Abel hasta Moisés, aun
antes de que naciera Cristo de la virgen María, trayendo la plenitud
de vida y la inmortalidad a la luz por el evangelio. Notemos bien
las batallas que ganaron contra el mundo, la carne y el diablo. Y
luego recordemos que creer fue lo que lo hizo todo. Estos hombres
esperaban con anticipación al Mesías prometido.
116 4.La batalla
Vieron a Aquel que es invisible. “Por ella [la fe] alcanzaron buen
testimonio los antiguos” (He. 11:2, 27).
Demos vuelta las páginas a la historia primitiva de la iglesia.
Veamos cómo los cristianos primitivos se aferraban a su fe aun hasta
la muerte y no flaqueaban ante las más feroces persecuciones de los
emperadores paganos. Durante siglos no faltaron hombres como
Policarpo e Ignacio, prontos a morir en lugar de negar a Cristo.
Multas y cárceles, torturas, hogueras y espadas no podían quebrantar
el espíritu del noble ejército de mártires. ¡Ni todo el poder del
imperio romano, el amante del mundo, pudo erradicar la fe
cristiana que comenzó con unos pocos pescadores y publicanos en
Palestina! Entonces, recordemos que creer en un Jesús invisible
era la fuerza de la Iglesia. Ganaron su victoria por fe.
Examinemos la historia de la Reforma Protestante. Estudiemos la
vida de sus principales campeones: Wycliffe, Huss, Lutero, Ridley,
Latimer y Hooper. Notemos cómo estos soldados valientes de Cristo
se mantuvieron firmes contra un ejército de adversarios y
estuvieron prontos para morir por sus principios.
¡Qué batallas libraron! ¡Cuántas controversias enfrentaron!
¡Cuántas contradicciones soportaron! ¡Qué tenacidad tuvieron
contra un mundo en armas! Y luego, recordemos que creer en un
Jesús invisible fue el secreto de su fortaleza. Vencieron por fe.
Consideremos a los hombres que dejaron las marcas más
grandes en los avivamientos del siglo XVIII en Inglaterra y
Norteamérica. Observemos de qué modo hombres como Wesley,
Whitefield, Venn y Romaine, lucharon solos en su época y generación,
y avivaron la fe cristiana auténtica, a pesar de la oposición de
hombres con posiciones elevadas y frente a calumnias, burlas y
persecuciones de nueve de cada diez que profesaban ser cristianos en
nuestro país. Observemos cómo hombres como William
Wilberforce y Havelock y Hedley Vicars han testificado de Cristo en
situaciones extremadamente difíciles y mantenido en alto el
SANTIDAD 117

estandarte de Cristo en los regimientos y en la Cámara Baja.


Notemos cómo estos testigos nobles no vacilaron y se mantuvieron
firmes hasta el fin, ganándose el respeto, aun de sus peores
adversarios. Por lo tanto, recordemos que creer en un Cristo
invisible es la clave de la conducta de todos ellos. Por fe vivieron,
anduvieron, se mantuvieron firmes y vencieron.
¿Quiere alguno vivir la vida del soldado cristiano? Entonces ore
con fe. Es el don de Dios y un don que aquellos que lo piden nunca
lo piden en vano. Hay que creer antes de pedirlo. Si los hombres no
hacen nada religioso, es porque no creen. La fe es el primer paso
hacia el cielo.
¿Quiere alguno pelear la batalla del soldado cristiano exitosa y
prósperamente? Ore pidiendo un continuo aumento de fe.
Permanezca en Cristo, acérquese más a Cristo y aférrese más a
Cristo cada día de su vida. Ore cotidianamente como oraban sus
discípulos: “Señor, auméntanos la fe” (Lc. 17:5). Vigile celosamente
su fe, si es que la tiene. Éste es el baluarte del carácter cristiano de la
cual depende la seguridad de toda la fortaleza. Es el punto que a
Satanás le encanta asaltar. Todo queda a los pies del enemigo si no
hay fe. En esto, si amamos la vida, tenemos que mantenernos en
guardia de una manera especial.
III. El verdadero cristianismo es una buena batalla
Lo último que tengo que decir es esto: El verdadero cristianismo
es una buena batalla.
“Buena” es un adjetivo inapropiado para calificar cualquier
guerra. Toda guerra del mundo es mala en mayor o menor grado.
Sin duda que, en algunos casos, la guerra es una necesidad
absoluta —lograr la libertad de las naciones, impedir que el débil
sea arrasado por el fuerte—, pero aun así, es mala. Conlleva mucho
derramamiento de sangre y sufrimiento.
118 4.La batalla
Apresura a la eternidad miríadas de gentes que no están preparadas
en absoluto para el cambio. Suscita las peores pasiones del hombre.
Causa enormes pérdidas y la destrucción de propiedades. Llena a
hogares pacíficos de viudas y huérfanos. Extiende por doquier la
pobreza, las cargas y el sufrimiento nacional. Altera todo el orden
en la sociedad. Interrumpe la obra del evangelio y el crecimiento de
la obra misionera cristiana. En suma, las guerras son un mal inmenso
e incalculable, y todo el que ora debiera clamar noche y día: “Danos
paz en nuestro tiempo”. Pero hay una guerra que es enfáticamente
“buena”, una batalla en la que no hay ningún mal. Esa guerra es la
guerra cristiana. Esa batalla es la batalla del alma.

Ahora bien, ¿por qué razones es la lucha cristiana una “buena


batalla”? Examinemos este tema y hagámoslo en orden. No me atrevo
a pasar por alto este tema e ignorarlo. No quiero que nadie comience
la vida del soldado cristiano sin calcular el costo. No dejaría de decirle
a nadie que quiere ser santo y ver al Señor, que tiene que luchar y
que la lucha cristiana, aunque es espiritual, es real e inexorable.
Requiere valentía, audacia y perseverancia. Pero quiero que mis
lectores sepan que hay aliento abundante, con tal de que comiencen la
batalla. Las Escrituras no llaman a la lucha cristiana “una buena
batalla” sin razón y causa. Trataré de mostrar lo que quiero
significar.
(a) La batalla del cristiano es buena porque se libra bajo el
mejor de los generales. El Líder y Comandante de todos los
creyentes es nuestro divino Salvador, el Señor Jesucristo, un
Salvador que tiene sabiduría perfecta, amor infinito y
omnipotencia. El Capitán de nuestra salvación nunca falla en llevar
a sus soldados a la victoria. En ningún momento usa estrategias
inútiles, nunca se equivoca en sus criterios y jamás comete un error.
Sus ojos están sobre todos sus seguidores, desde el más grande hasta
el más pequeño.
SANTIDAD 119

No olvida al más humilde siervo en su ejército. Cuida, recuerda y


guarda para salvación al más débil. Las almas que ha comprado y
redimido con su propia sangre son demasiado preciosas para ser
malgastadas y descartadas. ¡Esto sí que es bueno!
(b) La batalla del cristiano es buena porque se libra con la
mejor de las ayudas. Por más débil que sea el creyente, el Espíritu
Santo mora en él y su cuerpo es el templo del Espíritu Santo.
Escogido por Dios el Padre, lavado en la sangre del Hijo, renovado
por el Espíritu, no va a la batalla bajo su propia responsabilidad y
nunca está solo. Dios el Espíritu Santo le enseña, dirige, guía y
conduce cada día. Dios el Padre lo guarda con su poder divino. Dios
el Hijo intercede por él a cada momento, como Moisés en el monte,
mientras estaba peleando en el valle. ¡Una cuerda triple como esta
nunca puede romperse! Sus provisiones y pertrechos diarios nunca
fallan. Su comisariado nunca es defectuoso. Su pan y su agua son
cosas seguras. ¡Por más débil que parezca y aunque se considere a
sí mismo como un gusano, es fuerte en el Señor para hacer grandes
cosas! ¡Esto sí que es bueno!
(c) La batalla del cristiano es buena porque se libra con la
mejor de las promesas. Cada creyente cuenta con grandísimas y
preciosas promesas —todas Sí y Amén en Cristo—, promesas que
serán cumplidas indefectiblemente porque el que prometió no
puede mentir y tiene el poder, al igual que la voluntad, de cumplir
su palabra. “El pecado no se enseñoreará de vosotros”. “Y el Dios de
paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies”. “El que
comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de
Jesucristo”. “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por
los ríos, no te anegarán”. “No perecerán jamás, ni nadie las
arrebatará de mi mano”. “Al que a mí viene, no le echo fuera”. “No te
desampararé, ni te dejaré”. “Estoy seguro de que ni la muerte, ni la
vida,… ni lo presente, ni lo por venir,… nos podrá separar del amor
de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 6:14; 16:20;
120 4.La batalla
Fil. 1:6; Is. 43:2; Jn. 10:28; 6:37; He. 13:5;
Ro. 8:38-39). ¡Palabras como éstas valen su peso en oro! ¿Quién no
sabe que la promesa de que vendrían refuerzos alegró a los
defensores de ciudades sitiadas, como Lucknow, y dio fuerzas más
allá de las normales? ¿Acaso no hemos oído que la promesa de
“refuerzos antes del anochecer” tuvo mucho que ver con la
poderosa victoria de Waterloo? No obstante, promesas como éstas no
son nada comparadas con el rico tesoro del creyente: Las promesas
eternas de Dios. ¡Esto sí que es bueno!
(d) La batalla del cristiano es buena porque se libra con el
mejor de los desenlaces y resultados. Es, indudablemente, una
guerra en la que hay tremendas batallas y angustiosos conflictos,
heridas, moretones, desvelos, ayunos y fatigas. Aun así, todos los
creyentes, sin excepción, pueden decir: “Somos más que
vencedores por medio de aquel que nos amó” (Ro. 8:37). Ningún
soldado cristiano jamás se pierde, desaparece ni es dejado por
muerto en el campo de batalla. No habrá que llorar por él, ni se
derramará nunca una sola lágrima por el soldado raso ni por un
oficial del ejército de Cristo. Cuando llegue la noche, el mismo
llamado a presentar armas será exactamente igual al que se hizo
en la mañana. Las fuerzas inglesas marcharon desde Londres a la
campaña de Crimea como un cuerpo magnífico de hombres; pero
muchos valientes perdieron su vida y nunca volvieron a ver la
ciudad de Londres. Muy distinta será la llegada del ejército
cristiano a “la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y
constructor es Dios” (He. 11:10). No faltará ni uno. Las palabras de
nuestro gran Capitán darán prueba de ser ciertas: “De los que me
diste, no perdí ninguno” (Jn. 18:9). ¡Esto sí que es bueno!
(e) La batalla del cristiano es buena porque le hace bien al alma
del que la libra. Todas las demás guerras tienen una tendencia
mala, degradante y desmoralizadora. Exteriorizan las peores
pasiones de la mente humana. Endurecen la conciencia y
carcomen los fundamentos de la fe cristiana y la moralidad.
SANTIDAD 121

Sólo la guerra cristiana tiende a recurrir a las mejores características


que le quedan al hombre. Promueve humildad y caridad, reduce el
egoísmo y la mundanalidad e induce a los hombres a poner sus
afectos en las cosas de arriba. Nunca se ha oído de ancianos,
enfermos y moribundos que se arrepintieran de librar las batallas
de Cristo contra el pecado, el mundo y el diablo. Sólo se lamentan
de no haber empezado a servir a Cristo mucho antes. La experiencia
de aquel destacado santo, Philip Henry, no es la única. En sus
últimos días le dijo a su familia: “Quiero que todos ustedes hagan
constar que la vida vivida al servicio de Cristo es la vida más feliz
que el hombre puede tener en el mundo”. ¡Esto sí que es bueno!
(f) La batalla del cristiano es buena porque le hace bien al mundo.
El resto de las guerras tienen efectos devastadores, son horrorosas y
perjudiciales. La marcha de un ejército por un país es un flagelo
terrible para los habitantes. Dondequiera que va empobrece, debilita
y causa daño. La acompañan invariablemente daños a personas,
propiedades, sentimientos y a los valores morales. Muy distintos son
los efectos producidos por la batalla de soldados cristianos.
Dondequiera que ellos vivan son de bendición. Elevan el nivel de la
fe cristiana y la moralidad. Invariablemente mantienen bajo control
al alcoholismo, la falta de respeto al Día del Señor, el libertinaje y la
deshonestidad. Aun sus enemigos se ven obligados a respetarlos.
Dondequiera que uno vaya, raramente verá que los cuarteles y
acantonamientos militares le hacen bien al vecindario. Pero
dondequiera que sea, ¡encontrará que la presencia de algunos pocos
cristianos es una bendición! ¡Esto sí que es bueno!
(g) Por último, la batalla del cristiano es buena porque termina
en una recompensa gloriosa para todos los que la libran. ¿Quién
puede decir cuánto pagará Cristo a todo su pueblo fiel? ¿Quién
puede calcular las cosas buenas que nuestro Capitán divino tiene
reservadas para aquellos que lo confiesan ante los hombres? Una
nación agradecida puede darle a sus guerreros victoriosos medallas,
122 4.La batalla
pensiones, reconocimientos, honores y títulos. Pero no puede
darles nada que dure para siempre, nada que puedan llevar más
allá de la tumba. Aun los más excelsos palacios pueden ser
disfrutados sólo por algunos años. Los generales y soldados más
valientes tendrán que descender un día para presentarse ante el rey
de los terrores. Mejor, mucho mejor es la posición del que pelea bajo el
estandarte de Cristo contra el pecado, el mundo y el diablo. Puede
ser que no reciba elogios en vida y quizá algunos pocos al ser
sepultado, pero tendrá algo que es mucho mejor, mucho más
durable. Tendrá “la corona incorruptible de gloria” (1 P. 5:4).
¡Esto sí que es bueno!
Grabemos en nuestra mente que la batalla cristiana es una lucha
buena, verdaderamente buena, totalmente buena y enfáticamente
buena. Ahora la vemos sólo en parte. Vemos batallas, pero no el
final; vemos la campaña, pero no la recompensa; vemos la cruz,
pero no la corona. Vemos unos pocos humildes, quebrantados de
corazón y penitentes soportando sufrimientos y despreciados por el
mundo, pero no vemos la mano de Dios sobre ellos, el rostro de
Dios sonriéndoles, el reino de gloria preparado para ellos. Estas cosas
todavía tienen que ser reveladas. No juzguemos por las
apariencias. Hay muchas más cosas buenas como resultado de la
guerra cristiana que las que podemos ver.
Aplicación práctica
Ahora concluyo todo mi tema con unas pocas palabras de
aplicación práctica. Nos toca vivir en una época cuando el mundo
parece estar pensando solamente en batallas y en pelear.
La guerra entre humanos está entrando en el alma de más de
una nación y, consecuentemente, la alegría ha desaparecido de
muchas regiones. En tiempos como estos, el pastor puede, con
conocimiento de causa, llamar a los creyentes a recordar su guerra
espiritual. Agregaré unas pocas palabras finales acerca de la gran
batalla del alma.
SANTIDAD 123

(1) Puede ser que usted esté luchando duro por recibir las
recompensas de este mundo.
Quizá esté dando todas sus fuerzas a obtener dinero, o una
posición, o poder o placer. Si ese es su caso, tenga cuidado. Su
siembra dará como fruto una cosecha de amarga desilusión. A
menos que preste atención a lo que está haciendo, le pasará lo que
dice el profeta: “en dolor seréis sepultados” (Is. 50:11).
Miles de personas han andado por la misma senda en la que
está andando usted y han despertado demasiado tarde a la realidad
de que su final era una ruina lamentable y eterna. Han luchado duro
para obtener riquezas, honra, una posición y alguna promoción, y
le han dado la espalda a Dios, a Cristo y al cielo en el mundo
venidero. ¿Y cuál ha sido su final? Con frecuencia, de hecho
con demasiada frecuencia, han descubierto que toda su vida fue un
gran error. Han aprendido por amarga experiencia los sentimientos
del estadista moribundo que exclamó en sus últimas horas: “La
batalla ha sido librada: La batalla ha sido librada: Pero no se ha
conquistado la victoria”.
Para su propia felicidad, decida hoy ponerse del lado del Señor.
Líbrese de su indiferencia e incredulidad del pasado. Deje los caminos
de un mundo insensato e irracional. Tome la cruz y conviértase en
un buen soldado de Cristo. “Pelee la buena batalla de la fe” para
poder ser feliz, además de vivir seguro.
Piense lo que los hijos de este mundo hacen a menudo para tener
libertad, aun sin ningún principio religioso. Recuerde cómo los
griegos, romanos, suizos y tiroleses prefirieron perder todo, aun la
vida misma, en lugar de someterse a un yugo extranjero. Sea este
ejemplo de inspiración para imitarlos. Si los hombres pueden hacer
tanto por una corona corruptible, ¡cuánto más debiéramos hacer
nosotros por una incorruptible! Despertemos a un sentido de la
desgracia de ser esclavo. Levantémonos y luchemos para tener
vida, felicidad y libertad.
124 4.La batalla
No tema empezar y ponerse bajo el estandarte de Cristo. El gran
Capitán de nuestra salvación no rechaza a nadie que viene a él.
Como David en la cueva de Adulán, él está listo para recibir a todos
los que acudan a él, no importa lo indigno que se sientan. Nadie, si
se arrepiente y cree, es demasiado malo para ser rechazado en el
ejército de Cristo. Todos los que acuden a él por fe son aceptados,
vestidos, armados, capacitados y, por último, conducidos a una
victoria total. No tema empezar hoy mismo. Todavía hay lugar para
usted.
No tenga miedo de luchar, una vez que se recluta. Cuanto más
entregado y sincero de corazón sea como soldado, más tranquilo
peleará en su guerra espiritual. Sin duda, tendrá problemas,
cansancios y duras luchas antes de terminar su guerra. Pero no
deje que ninguna de estas cosas lo sacudan. Más grande es el que
está de su lado que los que están en su contra. La libertad eterna o
cautividad eterna son las alternativas que tiene. Escoja la libertad y
luche hasta el fin.
(2) Puede ser que ya sepa usted algo de la guerra cristiana y ya
haya dado pruebas de ser un soldado. Si éste es su caso, acepte una
palabra de consejo y aliento de un soldado hermano. Me hablaré a
mí mismo tanto como a usted.
(a) Recordemos que si queremos pelear exitosamente tenemos que
ponernos toda la armadura de Dios y no quitárnosla hasta morir. No
podemos prescindir ni siquiera de una pieza de ella. El cinto de la
verdad, la coraza de justicia, el escudo de la fe, el yelmo de la
salvación, la espada del Espíritu, todos estos pertrechos son
absolutamente necesarios (Ef. 6:10-18). No podemos quitarnos
ninguna parte de la armadura ni siquiera un día. Dijo bien aquel
veterano del ejército de Cristo que murió hace 200 años:
“Apareceremos en el cielo, no con nuestra armadura puesta, sino
vestidos con mantos de gloria. Pero mientras estemos aquí tenemos
que usar nuestras armas día y noche.
SANTIDAD 125

Tenemos que caminar, trabajar y dormir en ellas, si no, no somos


verdaderos soldados de Cristo” (Christian Armour [Armadura
cristiana], por Gurnall).
(b) Recordemos las palabras de un guerrero inspirado que fue a su
descanso hace 1.800 años: “Ninguno que milita se enreda en los
negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por
soldado” (2 Ti. 2:4). ¡No olvidemos nunca sus palabras!
(c) Recordemos que algunos parecían buenos soldados por un corto
tiempo y hablaban mucho de lo que harían, pero se han retirado
vergonzosamente en el día de batalla.
(d) Nunca olvidemos a Balaam, Judas, Demas y la esposa de Lot.
Sea lo que seamos y por débiles que estemos, seamos reales,
auténticos, verdaderos y sinceros.
(e) Recordemos que la mirada de nuestro amante Salvador está
sobre nosotros de mañana, al mediodía y en la noche. Nunca nos
dejará ser tentados más de lo que podamos resistir. Él puede
sentir lo que sentimos en nuestras debilidades, pues él mismo fue
tentado. Sabe cuáles son nuestras batallas y conflictos porque él
mismo fue atacado por el Príncipe de este mundo. Teniendo
semejante Sumo Sacerdote, Jesús, el Hijo de Dios, mantengámonos
firmes en nuestra profesión (He. 4:14).
(f) Recordemos que miles de soldados ya han peleado la misma
batalla que estamos peleando nosotros y que fueron victoriosos por
medio de Aquel que los amó, vencieron por la sangre del Cordero, y
nosotros también podemos hacerlo. El brazo de Cristo es tan fuerte
como siempre. El que salvó a hombres y mujeres que vivieron
antes que nosotros, es el que nunca cambia. “Por lo cual puede
también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios”.
Entonces, librémonos de nuestras dudas y temores. Seamos
“imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las
promesas” y sumémonos a ellos (He. 7:25; 6:12).
126 4.La batalla
(g) Por último, recordemos que el tiempo es corto y se acerca la
venida del Señor. Unas cuantas batallas más, sonará la trompeta y el
Príncipe vendrá para reinar en una tierra transformada. Unas pocas
batallas y luchas más, y nos despediremos eternamente de la
guerra, del pecado, del dolor y de la muerte. Luchemos hasta el fin
y nunca nos demos por vencidos. Esto dice el Capitán de nuestra
salvación: “El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios,
y él será mi hijo” (Ap. 21:7).
Concluiré con las palabras de John Bunyan en una de las partes más
hermosas de El progreso del peregrino (Segunda parte). Está
describiendo el final de unos de los mejores y más santos de los
peregrinos:
“Luego se extendió el rumor de que Valiente-por-la-verdad había
recibido un llamamiento por el mismo correo, y prenda de que el
aviso era verdad, su cántaro se quebró junto a la fuente (Ec. 12:6).
Comprendiendo esto, participólo a sus amigos. ‘Ahora, dijo ‘voy a
casa de mi Padre, y aunque con mucha dificultad he llegado hasta
aquí, ya no son los trabajos y molestias que el viaje me ha
ocasionado. Dejo mi espada a aquel que me sucediere en la
peregrinación, y mi valor y pericia a quien pueda lograrlos. Llevaré
conmigo mis huellas y cicatrices para dar testimonio de que he
peleado la batalla de Aquel que será ahora mi galardón’.
El día de su partida muchos le acompañaron a la ribera.
Entrando en el río, exclamó: ‘¡Oh muerte! ¿Dónde está tu aguijón?’.
Y luego, sumergiéndose en las aguas: ‘¡Oh sepulcro! ¿Dónde está tu
victoria? Con estos acentos de triunfo alcanzó la otra orilla, y fue
recibido a son de trompeta”.
¡Sea nuestro final este mismo! ¡No olvidemos nunca que sin
luchar no puede haber santidad mientras vivamos, ni corona de
gloria cuando muramos!
5. El costo
“¿Quién de vosotros, queriendo edificar una torre,
no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si
tiene lo que necesita para acabarla?”. Lucas
14:28

Este versículo es de gran importancia. Son pocas las personas


que no se sienten obligadas a preguntarse a menudo: “¿Cuánto
cuesta?”.
Al comprar una propiedad, construir un edificio, amueblar los
cuartos, trazar planes, cambiar de casa, educar a los hijos, es sabio y
prudente anticipar su costo. Muchos se ahorrarían gran dolor y
sufrimiento si se acordaran de hacerse la pregunta: “¿Cuánto
cuesta?”.
Y hay una cuestión donde tiene especial importancia “calcular
cuánto cuesta”. Esa cuestión es la salvación de nuestras almas.
¿Qué cuesta ser un verdadero cristiano? ¿Qué cuesta ser realmente
un hombre santo? Ésta, al fin y al cabo, es la gran pregunta. Por no
darle ninguna consideración a esto, miles de personas, después de
que parece que han empezado bien, se vuelven del camino al cielo y se
pierden para siempre en el infierno. Compartiré algunas palabras que
pueden arrojar luz sobre el asunto.
I. Mostraré, en primer lugar, lo que cuesta ser un verdadero
cristiano.
II. En segundo lugar, explicaré por qué es tan importante calcular el
costo.
III. Por último, daré algunas pautas que pueden ayudar a calcular
el costo correctamente.
Vivimos en tiempos extraños. Los sucesos van pasando con singular
rapidez. Nunca sabemos lo que nos depara un nuevo día; ¡mucho
menos sabemos lo que puede suceder dentro de un año!
128 5.El costo
Vivimos en una época en la que hay mucha religiosidad.
Centenares de cristianos activos en todas partes están expresando un
anhelo por más santidad y una vida espiritual más elevada. No
obstante, es más común ver a la gente recibir la Palabra con gozo y
después de dos o tres años apartarse y volver a sus pecados. No
consideraron “lo que cuesta” ser realmente un creyente congruente y
un cristiano santo. Sin duda, estos son tiempos cuando deberíamos
sentarnos con frecuencia a “calcular el costo” y considerar el estado
de nuestras almas. Tiene que importarnos lo que somos. Si
anhelamos ser realmente santos, es buena señal. Podemos dar
gracias a Dios por poner ese anhelo en nuestros corazones. Pero
aun así, hay que calcular el costo. No hay duda de que el camino de
Cristo a la vida eterna, lleva a la felicidad. Pero es una necedad
ignorar el hecho de que el camino de Cristo es angosto y que la
cruz viene antes que la corona.

I. Lo que cuesta ser un verdadero cristiano


Primero, tengo que mostrar lo que cuesta ser un verdadero
cristiano. No nos equivoquemos en el significado de lo que estoy
diciendo. No estoy examinando el costo de salvar el alma de un
cristiano. Sé muy bien que costó, nada menos que la sangre del Hijo
de Dios, expiar los pecados y redimir al hombre del infierno. El
precio pagado por nuestra redención fue demasiado alto: La muerte
de Jesucristo en el Calvario. Hemos sido “comprados por precio”;
Jesús “se dio a sí mismo en rescate por todos” (1 Co. 6:20; 1 Ti.
2:6). Pero nada de esto tiene que ver con la pregunta inicial. El
punto que quiero considerar es otro completamente diferente. Se
trata de a lo que el hombre tiene que estar dispuesto a renunciar si
quiere ser salvo. Es la cantidad de sacrificio que el hombre tiene que
hacer si su intención es servir a Cristo. Es en este sentido que hago
la pregunta: “¿Cuánto cuesta?”. Y creo firmemente que es una
cuestión muy importante.
SANTIDAD 129

Admito sin problema que cuesta poco ser meramente un


cristiano en lo exterior. Uno no tiene más que asistir a una iglesia
dos veces los domingos y ser tolerablemente moral durante la
semana para ser todo lo religioso que son miles de personas a su
alrededor. Todo esto es barato y no requiere gran esfuerzo: No
requiere nada de negarse a sí mismo ni sacrificarse. Si éste es el
cristianismo salvador que nos llevará al cielo cuando muramos,
tenemos que cambiar la descripción que hace la Biblia del camino
de la vida y escribir: “¡Ancha es la puerta y amplio el camino que
lleva al cielo!”.
Pero de hecho, algo le cuesta al verdadero cristiano, según las
normas de la Biblia. Hay enemigos que vencer, batallas que librar,
sacrificios que hacer, un Egipto que dejar atrás, un desierto que
cruzar, una cruz que cargar y una carrera que correr. La conversión
no se trata de poner al convertido en un cómodo sillón y llevarlo
sentado al cielo. Es el comienzo de una tremenda batalla, en la cual
cuesta mucho obtener la victoria. De allí, la enorme importancia
de “calcular el costo”.
Trataré de mostrar, precisa y particularmente, lo que cuesta ser un
verdadero cristiano. Supongamos que alguien tiene la disposición
de servir a Cristo, se siente atraído por él y tiene una inclinación a
seguirle. Supongamos que alguna enfermedad, una muerte súbita
o un sermón ha conmovido su conciencia haciéndole sentir el valor
de su alma y el deseo de ser un verdadero cristiano. Sin lugar a
dudas, hay múltiples motivos que animarían a ese alguien a ser
un verdadero cristiano. Sus pecados pueden ser gratuitamente
perdonados, sin importar cuántos sean o lo grandes que sean. Su
corazón puede haber cambiado completamente, no importa lo frío y
duro que era. Cristo y el Espíritu Santo, la misericordia y la gracia
de Dios están listos para recibirlo. Pero aun así, debiera calcular el
costo. Veamos detalladamente, una por una, las cosas que le
costará.
130 5.El costo
(1) Para empezar, le costará su pretendida superioridad moral.
Tiene que despojarse de todo orgullo y soberbia, y de creerse bueno.
Tiene que contentarse con ir al cielo como un pobre pecador salvo
solo por gracia, dándole el mérito y la justicia a otro. Al decir las
palabras del Libro de Oraciones, tiene que sentir que ha “errado y se
ha apartado como una oveja perdida” y que ha “dejado sin hacer las
cosas que debiera haber hecho y hace las cosas que no debiera
haber hecho”. Tiene que estar dispuesto a renunciar a la confianza
que tiene en su propia moralidad y respetabilidad, a sus oraciones,
lecturas bíblicas, su asistencia a la iglesia, a recibir los sacramentos
y confiar exclusivamente en Jesucristo.
Esto puede parecerles difícil a algunos. No me sorprendería.
“Señor”, le dijo el piadoso labriego al conocido James Hervey de
Weston Favelle: “Es más difícil renunciar al yo orgulloso que al yo
pecaminoso. Pero es absolutamente necesario hacerlo”. Pongamos
este costo como el primero y más importante. Para ser un
verdadero cristiano, al hombre le costará crucificar su pretendida
superioridad moral.
(2) En segundo lugar, le costará al hombre sus pecados. Tiene
que estar dispuesto a renunciar a cada hábito y práctica que es
desagradable a los ojos de Dios. Tiene que darle la espalda al
pecado, discutir con él, romper con él, luchar contra él, crucificarlo y
esforzarse para vencerlo, no importa lo que diga o piense el mundo.
Tiene que hacerlo sincera y totalmente. No puede hacer las paces
por separado con ningún pecado especial que ama. Tiene que
considerar a todos sus pecados como sus enemigos mortales y
aborrecer cada mal camino. Sean pequeñas o grandes, sean públicas
o secretas, tiene que renunciar totalmente a todas sus
transgresiones. Significará una batalla diaria y, a veces, casi
lograrán enseñorearse sobre él. Pero nunca debe ceder. Tiene que
mantener una guerra perpetua contra sus pecados. Escrito está:
“Echad de vosotros todas vuestras transgresiones”;
SANTIDAD 131

“tus pecados redime con justicia, y tus iniquidades”; “dejad de hacer


lo malo” (Ez. 18:31; Dn. 4:27; Is. 1:16).
Esto suena difícil. No me extraña. A menudo queremos tanto a
nuestros pecados como si fueran nuestros hijos: Los amamos, los
abrazamos, nos aferramos a ellos y nos deleitamos en ellos.
Separarnos de ellos es tan difícil como amputarse la mano derecha o
sacarse el ojo derecho. Pero hay que hacerlo. Hay que despedirse
de ellos. Aunque la maldad “endulzó en su boca, si lo ocultaba
debajo de su lengua, si le parecía bien, y no lo dejaba, sino que lo
detenía en su paladar”, hay que renunciar a ellos (nuestros pecados),
si queremos ser salvos (Job 20:12-13). El hombre y su pecado tienen
que enemistarse si él y Dios han de ser amigos. Cristo está dispuesto
a recibir a cualquier pecador. Pero no lo recibe si éste se aferra a
sus pecados. Anotemos este segundo precio a nuestra cuenta. Ser
cristiano le costará al hombre sus pecados.
(3) Además, le costará al hombre su amor por lo que resulta fácil.
Tiene que experimentar dolor y luchar si quiere desarrollar una
carrera victoriosa al cielo. Tiene que velar y mantenerse en guardia
cada día, como el soldado en el campo enemigo. Tiene que cuidar
su comportamiento cada hora del día, con cada compañía y en
cada lugar, en público, al igual que en privado, entre extraños, al
igual que con los de casa. Tiene que vigilar su tiempo, su lengua, su
carácter, sus pensamientos, su imaginación, sus motivaciones y su
conducta en cada relación de su vida. Tiene que ser diligente en
orar, leer la Biblia, en lo que hace los domingos, con todos sus
medios de gracia. Al prestar atención a estas cosas puede distar de
alcanzar la perfección, pero no puede descuidar ninguna. “El alma
del perezoso desea, y nada alcanza; mas el alma de los diligentes será
prosperada” (Pr. 13:4).
Esto también suena duro. No haya nada que por naturaleza nos
desagrade tanto como tener “problemas” relacionados con nuestra
religión. Nos desagradan los conflictos.
132 5.El costo
Deseamos secretamente tener un cristianismo “vicario”, lograr
todo por medio del esfuerzo de terceros que hicieran todo en
nuestro lugar. Cualquier cosa que requiera esfuerzo y trabajo, es
contraria a nuestra naturaleza. Pero para el alma “no hay ganancias
sin sacrificios”. Anotemos este tercer costo a nuestra cuenta. Ser
cristiano le costará al hombre su amor por lo que resulta fácil.
(4) Por último, le costará al hombre la amistad con el mundo. Si
quiere agradar a Dios tiene que estar contento, aunque los demás
piensen mal de él. No debe extrañarse que se burlen de él, que lo
ridiculicen, lo calumnien, lo persigan y, aun, lo aborrezcan. No tiene
que sorprenderse de encontrar que sus opiniones y sus prácticas
religiosas son despreciadas y motivo de burlas. Tiene que aceptar
que muchos lo crean tonto, exagerado y fanático —que perviertan sus
palabras y malinterpreten sus acciones—. De hecho, no tiene que
sorprenderse si algunos lo llaman loco. El Maestro dijo: “Acordaos de
la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si
a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han
guardado mi palabra, también guardarán la vuestra” (Jn. 15:20).
Me atrevo a decir que esto también suena difícil. Por naturaleza
nos desagradan los tratos injustos y las acusaciones falsas, y nos
es muy difícil ser acusados sin causa. No seríamos de carne y hueso si
no deseáramos que nuestros prójimos tuvieran una buena opinión
de nosotros. Es siempre desagradable que hablen en nuestra contra
y nos abandonen, que mientan acerca de nosotros y que tengamos
que estar solos. Pero esto no se puede evitar. La copa que nuestro
Maestro bebió tiene que ser bebida por sus discípulos. Tienen que
ser “despreciado y desechado entre los hombres” (Is. 53:3).
Anotemos este cuarto costo a nuestra cuenta. Ser cristiano le
costará al hombre la amistad con el mundo.
Todo eso es lo que cuesta ser un verdadero cristiano. Admito
que la lista es pesada. ¿Dónde hay un elemento de los anteriores
que puede ser quitado?
SANTIDAD 133

Audaz es el hombre que se atreve a decir que podemos conservar


nuestra pretendida superioridad, nuestros pecados, nuestra pereza y
nuestro amor por el mundo, ¡y, aun así, ser salvos!
Admito que cuesta mucho ser un verdadero cristiano. ¿Pero
quién en sus cabales puede dudar de que cualquier costo vale la
pena para salvar su alma? Cuando un barco está en peligro de
hundirse, a los tripulantes no les importa tirar por la borda su
valioso cargamento. Cuando un brazo o una pierna está infectada,
el hombre se somete a una cirugía y, aun, a una amputación si
hacerlo significa salvarle la vida. Igualmente, el cristiano debe estar
dispuesto a renunciar a lo que sea que se interpone entre él y el cielo.
¡La vida espiritual que nada cuesta, nada vale! Un cristianismo
barato, sin una cruz, probará ser al final, un cristianismo inútil, sin
ninguna corona.
II. La importancia de “calcular el costo”
Quiero ahora, en segundo lugar, explicar por qué “calcular el
costo” es de tanta importancia para el alma del hombre. Podría
fácilmente resolver esta cuestión enunciando el principio de que
ningún deber ordenado por Cristo puede alguna vez ser descuidado
sin sufrir algún daño. Podría mostrar cuántos cierran los ojos
durante toda la vida a la naturaleza de la fe que salva y se niegan a
considerar lo que realmente cuesta ser cristiano. Podría describir esas
escenas en las que, al final, cuando ya se les está escapando la vida,
despiertan y hacen unos pocos esfuerzos espasmódicos por volver a
Dios. Podría decir cuántos, para su sorpresa, descubren que el
arrepentimiento y la conversión no son asuntos tan fáciles como
suponían, y que cuesta “una gran suma” ser un verdadero cristiano.
¡Descubren que el hábito del orgullo, la indulgencia pecaminosa, el
amor por lo que resulta fácil y la mundanalidad no son tan fáciles de
abandonar como habían imaginado! ¡Y entonces, después de un
esfuerzo débil, se dan por vencidos y parten del mundo sin
esperanza, sin la gracia y sin ser aptos para encontrarse con Dios!
134 5.El costo
Viven engañados toda la vida pensando que la fe cristiana sería
algo fácil cuando se decidieran a tomarla en serio. Pero se les
abren los ojos demasiado tarde y descubren, por primera vez,
que están arruinados porque nunca “calcularon el costo”.
Los que necesitan ser exhortados a “calcular el costo”
Pero existe una clase de personas en especial, a la que quiero
hablar sobre esta parte de mi tema. Es una clase numerosa, que va
en aumento y que en estos días está en inminente peligro. Diré
algunas palabras para tratar de describirla. Merece nuestra
cuidadosa atención.
Las personas a las que me refiero no son indiferentes a la
religión: Piensan mucho en ella. No son ignorantes en cuanto a la
religión, la conocen bastante bien. Pero su gran defecto es que no
están “arraigados y afirmados” en su fe. Sucede con demasiada
frecuencia que han adquirido su conocimiento de segunda mano, ya
sea de sus familiares o porque les enseñaron religión, pero nunca se
han ocupado de su propia experiencia interior. Sucede con demasiada
frecuencia que han hecho una profesión de fe presionados por las
circunstancias, por la emoción de sus sentimientos, por un
entusiasmo animal o por un deseo fortuito de hacer lo mismo que
hacen los demás, sin que haya una obra fehaciente de la gracia en
sus corazones. Las personas así se encuentran en una posición
inmensamente peligrosa. Son precisamente ellas, si es que valen de
algo los ejemplos bíblicos, las que necesitan la exhortación a
“calcular el costo”.
Por no “calcular el costo”, incontables hijos de Israel murieron
miserablemente en el desierto entre Egipto y Canaán. Dejaron
Egipto llenos de entusiasmo y fervor, como si nada pudiera
detenerlos. Sin embargo, cuando encontraron peligros y
dificultades en el camino, su aparente valentía pronto desapareció.
Nunca se detuvieron a pensar en las dificultades. Pensaron que
llegarían a la tierra prometida en unos pocos días.
SANTIDAD 135

Pero cuando los enemigos, las privaciones, el hambre y la sed


empezaron a probarlos, murmuraron contra Moisés, contra Dios y
hubieran preferido volver a Egipto. En una palabra, no habían
“calculado el costo” por lo que perdieron todo y murieron en sus
pecados.
Por no “calcular el costo”, muchos de los oyentes de nuestro Señor
Jesucristo después de un tiempo se apartaron y “ya no andaban con
él” (Jn. 6:66). Cuando al principio veían sus milagros y escuchaban su
predicación, pensaban que “el reino de Dios aparecería
inmediatamente”. Se sumaron a sus apóstoles y lo siguieron sin
pensar en las consecuencias. Pero cuando descubrieron que había
doctrinas difíciles que creer, trabajo difícil que hacer y persecuciones
que sufrir, su aparente fe desapareció inmediatamente y quedó en
la nada. En una palabra, no habían “calculado el costo” y,
consecuentemente, “naufragaron en cuanto a la fe algunos” (1 Ti.
1:19).
Por no “calcular el costo”, el Rey Herodes volvió a sus antiguos
pecados y destruyó su alma. Le gustaba oír predicar a Juan el
Bautista. Lo “observaba” y honraba como un hombre justo y santo.
Hasta hacía “muchas cosas” que eran correctas y buenas. Pero
cuando se vio obligado a enfrentar el hecho de tener que renunciar a
su querida Herodías, apostató de la fe. No había contado con esto. No
había “calculado el costo” (Mr. 6:20).
Por no “calcular el costo”, Demas dejó a Pablo, dejó el evangelio,
dejó a Cristo y renunció al cielo. Por mucho tiempo viajó con el
gran apóstol de los gentiles y, de hecho, fue su “colaborador”. Pero
cuando descubrió que no podía ser amigo de este mundo y al mismo
tiempo ser amigo de Dios, renunció a su cristianismo y se dio al
mundo. “Demas me ha desamparado”, dijo Pablo, “amando este
mundo” (2 Ti. 4:10). Obviamente, no había “calculado el costo”.
Por no “calcular el costo”, los que escuchan a poderosos
predicadores evangélicos, a menudo sufren un final desventurado.
136 5.El costo
Se conmueven y emocionan tanto que profesan lo que realmente
no experimentan. Reciben la Palabra “gozosos” con tanta
extravagancia que casi asustan a los viejos cristianos. Trabajan
por un tiempo con tanta consagración y fervor que parece que van
a sobrepasar a los demás. Hablan y trabajan con objetivos espirituales
con tanto entusiasmo que hasta pueden avergonzar a los cristianos
que ya tienen más tiempo en la iglesia. Pero cuando la novedad y la
frescura de sus sentimientos han pasado, cambian totalmente. Dan
prueba de haber sido terreno pedregoso. Son exactamente lo que
describe el gran Maestro en la Parábola del Sembrador. “Al venir la
aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza”
(Mt. 13:21). Poco a poco su efímera consagración se esfuma y su
amor se enfría. Tarde o temprano los asientos que ocupaban en los
cultos están vacíos y, ni siquiera, son mencionados entre los
cristianos. ¿Por qué? Porque nunca “calcularon el costo”.
Por no “calcular el costo”, centenares de personas que han hecho
profesión de fe como fruto de “avivamientos religiosos”, vuelven al
mundo después de un tiempo y hacen quedar mal a la fe cristiana.
Comienzan con una noción lamentablemente equivocada de lo que es
el verdadero cristianismo. Se imaginan que no consiste de otra cosa
más que levantar la mano cuando el predicador hace la invitación a
“venir a Cristo” y sentir profundamente gozo y paz interior. Y
entonces, después de un tiempo, cuando se enteran de que existe
una cruz que hay cargar, que nuestros corazones son engañosos y que
hay un diablo ocupado siempre cerca de nosotros, se enfrían
disgustados y vuelven a sus pecados de antes.

¿Y por qué? Porque nunca supieron realmente de qué se trataba


el verdadero cristianismo. Nunca aprendieron que tenemos que
“calcular el costo”1.

1Lamentaría mucho si el lenguaje que acabo de usar acerca de los avivamientos se


malentendiera.
SANTIDAD 137
Para prevenirlo presentaré algunos comentarios para aclarar lo que quiero decir.
Nadie puede estar más profundamente agradecido que yo por los avivamientos
auténticos en la fe cristiana. Dondequiera que sucedan y por los medios que sean les
deseo de toco corazón que Dios los bendiga. “Si Cristo es predicado”, me regocijo,
cualesquiera que sean los predicadores. Si las almas son salvadas, me regocijo,
cualquiera que sea la denominación de la iglesia donde se presenta la Palabra de vida.
Pero es una triste realidad que en un mundo como éste, no se puede tener lo bueno
sin lo malo. No vacilo en decir que una de las consecuencias del movimiento de
avivamiento ha sido la aparición de un sistema teológico que me siento obligado a
llamar defectuoso y malicioso, en extremo.
La característica principal del sistema teológico al que me refiero, es éste: Una
exageración extravagante y desproporcionada de tres puntos de la religión, a saber:
La conversión instantánea, la invitación a pecadores inconversos a venir a Cristo y la
posesión de un gozo y paz interior como prueba de la conversión. Repito que estos
tres grandes puntos (pues grandes son), incesantemente alcanzan algún público,
exclusivamente en algunos sectores, donde causa grandes perjuicios.
La conversión instantánea, sin duda, debe ser algo para insistirle a la gente. Pero las
personas no deben ser llevadas a suponer que no hay otra manera de convertirse y
que, a menos que Dios las convierta súbita y poderosamente, no están convertidas.
El deber de venir inmediatamente a Cristo, “tal como somos”, es algo que hay que
insistirles a todos los oyentes. Es la piedra fundamental de la predicación del evangelio.
Pero, de hecho, no se les debe decir que se arrepientan, al igual que crean. Hay que
decirles por qué deben venir a Cristo, para qué venir y de dónde surge su necesidad
de hacerlo.
La proximidad de paz y consuelo en Cristo debe ser proclamada a los hombres. Pero, de
hecho, se les debe enseñar también que tener grandes manifestaciones de gozo y
entusiasmo exagerado no es esencial en la justificación y que puede haber fe y paz
auténtica sin sentimientos tan eufóricos. El gozo solo no es evidencia segura de la
gracia.
Los defectos del sistema teológico que tengo en mente son estos: (1) La obra del
Espíritu Santo en la conversión de pecadores se confina demasiado a un solo
método. No todos los conversos verdaderos se convierten instantáneamente como
Saulo y el carcelero de Filipo. (2) No se instruye suficientemente a los pecadores
acerca de la santidad de la ley de Dios, la profundidad de sus pecados y la
verdadera culpabilidad del pecado. Estar diciéndole incesantemente al pecador que
“venga a Cristo” es de poco provecho, a menos que se le diga por qué necesita venir y
se le muestren claramente sus pecados. (3) No se explica suficientemente qué es la fe.
En algunos casos se les enseña que fe es solo sentir. ¡A otros se les enseña que si creen
que Cristo murió por los pecadores tienen fe! ¡Decir eso es decir que también los
demonios son creyentes! (4) Poseer gozo y
138 5.El costo
seguridad interior es predicado como esencial. No obstante, la seguridad no es la
esencia de una fe salvadora. Puede haber fe cuando no hay seguridad. Insistir que
todos los creyentes se “regocijen” en cuanto creen, es sumamente peligroso. Estoy
seguro de que algunos se regocijarán sin creer, mientras que otros que creen no
podrán regocijarse inmediatamente. (5) Por último, pero no por eso menos
importante, demasiadas veces se pasa por alto la soberanía de Dios en salvar a
pecadores y la absoluta necesidad de una gracia ordenada de antemano. Muchos
hablan como si las conversiones se pudieran fabricar cuando el hombre quiere y como
si no hubiera una prueba como ésta: “Así que no depende del que quiere, ni del que
corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Ro. 9:16).
Estoy convencido de que es muy grande el daño que hace este sistema teológico al
cual me refiero. Por una parte, a muchos cristianos humildes se les presiona tanto que
los acobardan.

Por no “calcular el costo”, los hijos de padres cristianos, a menudo


terminan mal y avergüenzan al cristianismo. Familiarizados desde
sus primeros años con la forma y la teoría del evangelio, enseñados
desde la infancia a decir de memoria los textos principales,
acostumbrados a recibir enseñanzas acerca del evangelio o a enseñar
a otros en la Escuela Dominical, se crían profesando una religión
sin saber por qué y sin haber pensado seriamente en ella. Y
entonces, cuando la realidad de la vida adulta empieza a
presionarlos, a menudo sorprenden a todos cuando abandonan toda
su fe evangélica y se pierden en el mundo. ¿Y por qué? Nunca
comprendieron totalmente los sacrificios que implica ser cristiano.
Nunca les enseñaron a “calcular el costo”.

Creen que no son objeto de gracia porque no pueden alcanzar los niveles y
sentimientos superiores que tanto se les insiste que alcancen. Por otro lado,
muchas personas, que no son objeto de la gracia, porque les hacen pensar
equivocadamente que están “convertidos” y por la presión de una emoción carnal y
sentimientos temporales, son conducidos a profesarse cristianos. Y, mientras
tanto, los insensatos e impíos observan con desprecio y encuentran nuevas
razones para hacerle caso omiso a la fe evangélica.
SANTIDAD 139
Los antídotos para este estado de cosas son simples y pocos. (1) “Sean
enseñados todos los consejos de Dios”. Esa es la proporción bíblica: No dejando
que dos o tres doctrinas preciosas del evangelio le hagan sombra a todas las
demás verdades. (2) El arrepentimiento sea enseñado en su totalidad, al igual
que la fe, y no confiar en los antecedentes. El Señor Jesucristo y San Pablo
siempre enseñaban ambos. (3) Sea enunciada y admitida la variedad de las obras
del Espíritu Santo y, aunque se les recalque a los hombres la conversión
instantánea, que no se enseñe como una necesidad. (4) Sean advertidos
claramente los que profesan haber encontrado una paz incuestionable, que se
pongan a prueba y que recuerden que sentimiento no es fe. El Señor Jesús dijo:
“Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis
discípulos”. Esa es la gran prueba de la fe auténtica (Jn. 8:31). (5) Sea el gran deber
de “calcular el costo”, algo que se les insista constantemente a los que se disponen
a hacer una profesión de fe y que se les diga, sincera y claramente, que hay guerra,
al igual que paz, una cruz, al igual que una corona en la obra del Señor. Estoy
seguro de que lo que más hay que temer en la religión es esa emoción malsana
porque, a menudo, termina en una reacción fatal que arruina el alma y resulta en
una absoluta falta de vida.
Y cuando las multitudes caen súbitamente bajo el poder de sensaciones religiosas,
es casi seguro que a esto le sigue una excitación malsana.
No tengo mucha confianza en la validez de conversiones que suceden en masa y al
por mayor. No me parece que esté en armonía con los tratos generales de Dios en
esta dispensación. Me parece que el plan común de Dios es llamar a los individuos
uno por uno. Por eso, cuando escucho que se han convertido gran número de
personas, súbitamente y todos de una vez, lo tomo con menos esperanza que
algunos. Los éxitos más sanos y más permanentes en los campos misioneros no
han sido aquellos en que los naturales del lugar se “hacen cristianos” en masa. La
obra más satisfactoria y firme aquí no siempre me parece ser la obra realizada en
“campañas de evangelización”.
Hay dos pasajes en las Escrituras que me gustaría ver que los que predican el
evangelio y, especialmente los que tienen algo que ver con reuniones de
evangelización, explicaran con frecuencia y exhaustivamente. Uno es el pasaje de
la parábola de sembrador. Esa parábola no aparece tres veces sin buena razón y
significado profundo. El otro pasaje es la enseñanza de nuestro Señor acerca de
“calcular el costo” y las palabras que dijo a las “grandes multitudes” cuando lo
seguían. No, Él veía lo que ellos necesitaban. Les dijo que estuvieran quietos y
“calcularan el costo” (Lc. 14:25, etc.). No estoy seguro de que algunos
predicadores modernos hayan tomado este curso de acción.
140 5.El costo
Éstas son verdades serias y dolorosas. Pero al fin de cuentas, son
verdad. Todas ayudan a mostrar la importancia inmensa del tema que
estoy considerando. Todas destacan la necesidad absoluta de insistir
sobre este tema a todos los que anhelan santidad y de exclamar en
todas las iglesias: “¡Calculen el costo!”.
Me atrevo a decir que sería bueno que se enseñara con más
frecuencia de lo que se enseña, la obligación de “calcular el costo”
de seguir a Cristo. Actuar con apuro e impaciencia es la orden del día
para muchos que pretenden ser religiosos. Las conversiones
instantáneas y una paz razonable inmediata parecen ser los únicos
resultados que quieren obtener del evangelio. Comparados con
estos, todo lo demás queda a la sombra. Obtenerlas es,
aparentemente, el gran fin y objetivo de sus obras. Digo sin vacilar
que este modo intrascendente y parcial de enseñar el cristianismo
es extremadamente malicioso.
Nadie se equivoque sobre lo que digo. Apruebo totalmente que se
ofrezca a los hombres una salvación en Cristo total, inmediata,
presente y gratuita. Apruebo totalmente que se le insista al hombre
sobre la posibilidad y el deber de una conversión inmediata y al
instante. No cuestiono a nadie con respecto a esto. Pero lo que sí digo
es que estas verdades no deben ser presentadas sin esencia, aisladas
y como únicas. Tienen que presentarse diciendo sinceramente lo
que están aceptando, si profesan el deseo de salir del mundo y
servir a Cristo. Las personas no deben ser presionadas a sumarse a
las filas de las huestes de Cristo sin haberles dicho lo que implica la
guerra. En una palabra, se les debe decir sinceramente que “calculen
el costo”.
La práctica de “calcular el costo”
¿Se pregunta alguno cuál fue la práctica de Jesús en este asunto?
Lea esta descripción de Lucas. Nos dice que en cierta ocasión:
“Grandes multitudes iban con él; y volviéndose, les dijo: Si alguno
viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos,
SANTIDAD 141

y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede


ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no
puede ser mi discípulo” (Lc. 14:25-27). Me es necesario decir
directamente que no puedo reconciliar este pasaje con los
procedimientos de muchos maestros religiosos modernos. Y esto, a
pesar de que la doctrina referente a esta cuestión es clara como el sol
en su cenit. Nos muestra que no debemos apurar a los hombres
para que profesen ser discípulos, sin advertirles claramente que
“calculen el costo”.
¿Se pregunta alguno cuál ha sido la práctica de los mejores y
más insignes predicadores del evangelio en el pasado? Me atrevo a
decir que todos, a una, dan testimonio de la sabiduría con que el
Señor trató con las multitudes a las cuales me acabo de referir.
Lutero, Latimer, Baxter, Wesley, Whitefield, Berridge y Rowland
Hill estaban profundamente conscientes de lo engañoso que es
el corazón del hombre. Sabían perfectamente que no todo lo que
brilla es oro, que convicción no es conversión, que emoción no es fe,
que sentimiento no es gracia y que todo lo que florece no llega a ser
fruto. “No seáis engañados”, era el clamor constante de los
predicadores de antaño. (Dt. 11:16; Lc. 21:8). “Considera bien lo que
haces. No corras antes de que seas llamado. Calcula el costo”.
Si queremos hacer las cosas bien, nunca nos avergoncemos de
seguir los pasos de nuestro Señor Jesucristo. Trabajemos
intensamente en pro de las almas de otros, si queremos y si
tenemos la oportunidad. Instémosles a considerar sus caminos.
Constriñámosles con santa intensidad a venir, a dejar sus armas y
a entregarse a Dios (Mt. 11:12). Ofrezcámosles salvación, una
salvación inmediata, lista, gratuita y plena. Mostrémosles a Cristo y
todos los beneficios que tendrán cuando lo acepten. Pero en todo lo
que hagamos, digamos la verdad y toda la verdad. No nos
rebajemos a usar los ardides vulgares de un sargento recluta. No
hablemos sólo del uniforme, la paga y la gloria; hablemos también
de los enemigos, la batalla, la armadura, la necesidad de velar,
142 5.El costo
las marchas y las prácticas. No presentemos sólo un lado del
cristianismo. No dejemos de hablar de “la cruz”, en la que murió
Cristo por nuestra redención. Incluyamos la importancia de
negarse a sí mismo; cuando hablemos de la cruz expliquemos todo lo
que implica el cristianismo. Instemos a los hombres a que se
arrepientan y acudan a Cristo; pidámosles, a la vez, que “calculen
el costo”.
III. Cómo “calcular el costo” correctamente
Lo tercero y último que me propongo hacer es dar algunas
pautas que pueden ayudar a “calcular el costo” correctamente. Por
cierto que me lamentaría si no dijera algo de este aspecto de mi
tema. No tengo ningún deseo de desalentar ni desanimar a nadie
con respecto al servicio para Cristo. Es el deseo de mi corazón animar
a todos a marchar adelante y tomar su cruz. “Calculemos el costo”,
todo el costo y calculemos con cuidado. Recordemos que si
calculamos correctamente y entendemos todo lo que involucra, no
habrá nada que nos asuste.
Existen algunas cosas que las personas siempre deben incluir al
calcular lo que cuesta el verdadero cristianismo. Determine sincera
y ecuánimemente lo que tendrá que dejar atrás y por lo que debe
pasar para llegar a ser un discípulo de Cristo. No deje nada afuera.
Anótelo todo. Pero luego, anote a su lado las siguientes sumas que
le voy a dar. Hágalo, limpia y correctamente, y no tendrá que
temer del resultado.
(a) Cuente y compare, para empezar, las ganancias y las pérdidas,
si quiere llegar a ser un cristiano santo y auténtico. Es posible que
pierda algo en este mundo, pero ganará la salvación de su alma
inmortal. Está escrito: “¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo
el mundo, y perdiere su alma?” (Mr. 8:36).
(b) Cuente y compare, además, las alabanzas y las acusaciones, si
quiere ser un cristiano santo y auténtico.
SANTIDAD 143

Es muy posible que los hombres lo acusen, pero tendrá la alabanza


de Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. Las
acusaciones vendrán de algunos hombres y mujeres falibles, ciegos y
errados. Las alabanzas vendrán del Rey de reyes, y Juez de toda la
tierra. Aquellos a quienes él bendice, son realmente bendecidos. Está
escrito “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os
persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.
Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los
cielos” (Mt. 5:11,12).
(c) Cuente y compare también los amigos y los enemigos, si
quiere ser un cristiano santo y auténtico. Por un lado, tiene la
enemistad del diablo y de los impíos. Por el otro, tiene el favor y la
amistad del Señor Jesucristo. Sus enemigos, en el peor de los casos,
sólo pueden herir su calcañar. Pueden enfurecerse e ir por mar y
tierra para causar su ruina, pero no lo pueden destruir. Su Amigo
puede salvar perpetuamente a los que vienen a Dios por medio de
Cristo. Nadie jamás le quitará de sus manos a una de sus ovejas.
Escrito está: “Mas os digo, amigos míos: No temáis a los que matan el
cuerpo, y después nada más pueden hacer. Pero os enseñaré a
quién debéis temer: Temed a aquel que después de haber quitado la
vida, tiene poder de echar en el infierno; sí, os digo, a éste temed”
(Lc. 12:4, 5).
(d) Cuente y compare la vida presente y la vida venidera, si
quiere ser un cristiano santo y auténtico. No hay duda que el
tiempo presente no es precisamente fácil. Es un tiempo de velar y
orar, luchar y batallar, creer y trabajar. Pero dura sólo unos pocos
años. El tiempo futuro será de descanso y refrigerio. El pecado será
echado fuera. Satanás será amarrado. Y lo mejor de todo es que será
de descanso eterno. Está escrito: “Porque esta leve tribulación
momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y
eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven,
sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales,
144 5.El costo
pero las que no se ven son eternas” (2 Co. 4:17, 18).
(e) Cuente y compare los placeres del pecado y la felicidad de
servir a Dios, si quiere ser un cristiano santo y auténtico. Los placeres
que el hombre mundano obtiene por lo que hace, son vacíos,
irreales e insatisfactorios. Son como el estrépito de los espinos en el
fuego: Chisporroteos excitantes por unos minutos, que luego se
apagan para siempre. La felicidad que Cristo da a su pueblo es algo
sólido, duradero y sustancial. No depende de la salud ni de las
circunstancias. Nunca abandona al hombre, ni siquiera en la
muerte. Termina en una corona de gloria que no se desvanece.
Está escrito: “Que la alegría de los malos es breve”. “La risa del
necio es como el estrépito de los espinos debajo de la olla” (Job
20:5; Ec. 7:6). Pero también está escrito: “La paz os dejo, mi paz os
doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro
corazón, ni tenga miedo” (Jn. 14:27).
(f) Cuente y compare las aflicciones que incluye el verdadero
cristianismo y las aflicciones que les espera a los malos más allá
del sepulcro. Admitamos por un momento que la lectura bíblica, la
oración, el arrepentimiento, creer y vivir una vida santa requieren
sacrificios y negarse a sí mismo. Esto no es nada comparado con la
“ira que vendrá” reservada para el impenitente y el incrédulo. Un
solo día en el infierno es peor que una vida entera llevando la cruz.
“El gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga” (Is. 66:24;
Mr. 9:44-48), son cosas que sobrepasan a lo que el hombre puede
concebir o describir totalmente. Está escrito: “Hijo, acuérdate que
recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora
éste es consolado aquí, y tú atormentado” (Lc. 16:25).
(g) Cuente y compare, en último lugar, el número de los que se
apartan del pecado y el mundo y sirven a Cristo, y el número de
los que dejan a Cristo y vuelven al mundo. De los primeros
encontrará miles y de los segundos ninguno.
SANTIDAD 145

Cada año hay multitudes de personas que dejan el camino ancho y


toman el angosto. Nadie que realmente toma el camino angosto se
cansa de él y vuelve al camino ancho. A menudo se ven pisadas en el
camino hacia abajo que dan media vuelta. Las pisadas en el camino al
cielo siempre van hacia adelante. Está escrito: “El camino de los
impíos es como la oscuridad… el camino de los transgresores es
duro” (Pr. 4:19; 13:15). Pero también está escrito: “Mas la senda de los
justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el
día es perfecto” (Pr. 4:18).
Sumas como éstas, sin duda, a menudo se hacen
incorrectamente. Sé muy bien que muchos siempre están
“vacilando entre dos opiniones”. No pueden determinar si vale la
pena servir a Cristo. Las pérdidas y las ganancias, las ventajas y
desventajas, los sufrimientos y los gozos, las ayudas y los obstáculos
les parecen tan similares que no se pueden decidir a favor de Dios.
No pueden hacer correctamente esta gran suma. No pueden hacerla
tan clara como debiera ser. No cuentan bien.
Pero, ¿en qué radican sus errores? En la falta de fe. Para llegar a
una conclusión acertada acerca de sus almas necesitan tener algo de
aquel poderoso principio que San Pablo describe en el capítulo 11
de su Epístola a los Hebreos. Intentaré mostrar cómo funciona ese
principio en la gran tarea de “calcular el costo”.
La importancia de la fe al “calcular el costo”
¿Cómo fue que Noé perseveró en construir el arca? Estaba solo en
medio de un mundo de pecadores. Tuvo que soportar que lo
menospreciaran, lo ridiculizaran y se burlaran de él. ¿Qué fue lo que
mantuvo firme su brazo y lo hizo seguir trabajando con paciencia a
pesar de todo eso? Fue la fe. Creía en la ira que vendría. Creía que no
existía ninguna otra seguridad, excepto en el arca que estaba
preparando. Le creyó a Dios y no les hizo caso a las opiniones
del mundo.
146 5.El costo
“Calculó el costo” por fe y no dudó que construir el arca era ganancia.
¿Cómo fue que Moisés renunció a los placeres de la casa de Faraón
y se negó a ser llamado hijo de la hija de Faraón? ¿Cómo fue que
prefirió compartir el destino de un pueblo despreciado como el
hebreo y arriesgar todo en su mundo para realizar la gran obra de
librar a los suyos de la esclavitud? Visto desde un punto de vista
humano, estaba perdiendo todo sin ganar nada. ¿Qué fue lo que lo
motivó? Fue la fe. Creía que había Uno muy superior a Faraón que
le llevaría seguro a lo largo de su misión. Creía que “la recompensa
de recibir un galardón” era mucho mejor que todos los honores de
Egipto. “Calculó el costo” por fe, “como viendo al invisible” y estaba
convencido de que renunciar a Egipto y marchar al desierto era
ganancia.
¿Cómo fue que el fariseo Saulo pudo decidirse a ser cristiano? El
costo y los sacrificios que significaban el cambio eran tremendos.
Renunció a su futuro brillante entre su propio pueblo. En lugar de
recibir el favor del hombre se hizo acreedor al odio del hombre, a
la enemistad del hombre y a la persecución humana, aun hasta la
muerte. ¿Qué fue lo que le dio las fuerzas para enfrentar todo eso?
Fue la fe. Creía que Jesús, quien lo encontró en el camino a
Damasco, podía darle cien veces más de lo que renunciaba en este
mundo; creyó por fe que en el mundo venidero tendría vida eterna.
Por fe, “calculó el costo” y vio claramente de qué lado se inclinaba
la balanza. Creía firmemente que llevar la cruz de Cristo era
ganancia.
Subrayemos bien estas cosas. La fe que llevó a Noé, a Moisés y a
Pablo a hacer lo que hicieron es el gran secreto para llegar a una
conclusión perfecta con respecto a nuestras almas. Esa misma fe
tiene que ser nuestro ayudante y tesorero cuando nos sentamos para
calcular el costo de ser un verdadero cristiano. Esa fe está a nuestra
disposición, no tenemos más que pedirla. “Él da mayor gracia” (Stg.
4:6).
SANTIDAD 147

Armados con esa fe, no agregaremos nada a la cruz ni restaremos


nada a la corona. Todas nuestras conclusiones serán correctas.
Nuestra suma total no tendrá ni un error.
Aplicaciones prácticas
(1) En conclusión, piense seriamente cada lector si su vida
espiritual le está costando algo en el presente. Es muy probable que
no le esté costando nada. Es muy posible que no le cueste
problemas, ni tiempo, ni reflexiones, ni preocupaciones, ni
sufrimientos, ni lectura, ni oraciones, ni negarse a sí mismo, ni
conflictos, ni trabajo, ni esfuerzo de ninguna clase. Ahora preste
atención a lo que le voy a decir. Una vida espiritual como esa nunca
salvará su alma. Nunca le dará paz mientras viva, ni esperanza
cuando llegue la muerte. No le dará fuerzas el día de la aflicción, ni
lo consolará el día de su muerte. Una vida espiritual que nada
cuesta, nada vale. Despierte y conviértase. Despierte y crea. Despierte
y ore. No descanse hasta dar una respuesta satisfactoria a mi
pregunta: “¿Cuánto cuesta?”.
(2) Piense, si quiere motivos conmovedores para servir a Dios,
cuánto cuesta proveerle una salvación a su alma. Piense cómo el
Hijo de Dios dejó el cielo y se hizo hombre, sufrió en la cruz y yació
en el sepulcro, a fin de pagar su deuda con Dios y obrar para usted
una redención completa. Piense en todo esto y aprenda que no es
cosa superficial tener un alma inmortal. Vale la pena invertir algo
por su alma.
Ay, perezoso, ¿ha llegado realmente a esto, a perderse el cielo
por no incomodarse? ¿Está realmente decidido a naufragar para
siempre, simplemente porque no le gusta hacer un esfuerzo?
¡Afuera con este pensamiento cobarde e indigno! ¡Levántese,
compórtese y actúe con determinación! Dígase a sí mismo: “Cueste lo
que cueste, me esforzaré para entrar por la puerta estrecha”. Ponga
sus ojos en la cruz de Cristo y tome nuevas fuerzas.
148 5.El costo
Espere con anticipación la muerte, el juicio y la eternidad, y
tómelo en serio. Puede costarle mucho ser cristiano, pero puede
estar seguro de que vale la pena.
(3) Si algún lector siente que realmente ya ha calculado el costo y
tomado la cruz, le insto a que persevere y siga adelante. Me atrevo
a decir que, a menudo, se ha de sentir desalentado y tentado a darse
por vencido. Sus enemigos parecen ser muchos, los pecados que lo
acosan son muy fuertes, sus amigos son pocos, el camino es tan
empinado y angosto que no sabe qué hacer. Pero aun así, le insto a
perseverar y seguir adelante.
El tiempo es muy breve. Unos cuantos años de velar y orar, unos
cuantos zarandeos del mar de este mundo, unos pocos fallecimientos
y cambios más, unos pocos inviernos y veranos más, y todo habrá
pasado. Habremos peleado nuestra última batalla y no tendremos
que pelear ninguna otra.
La presencia y compañía de Cristo compensarán todo lo que
sufrimos aquí. Cuando nos veamos como el Señor nos ve y
miremos hacia atrás el peregrinaje que fue nuestra vida, nos
preguntaremos por qué habremos sido tan débiles. Nos
maravillaremos de haberle dado tanta importancia a nuestra cruz
y tan poca a nuestra corona. Nos asombraremos de que cuando
“calculábamos el costo” alguna vez, dudamos de qué lado de la
balanza estaba la ganancia. Seamos valientes. No estamos lejos del
hogar. Puede costar mucho ser un verdadero cristiano y un
creyente consecuente, pero vale la pena.
6. Crecimiento
“Creced en la gracia y el conocimiento de
nuestro Señor y Salvador Jesucristo”. 2
Pedro 3:18

El tema del texto que encabeza esta página es uno que no puedo
omitir de este libro sobre Santidad. Es un asunto que debiera resultar
sumamente interesante para todo cristiano verdadero. Como es
natural, plantea las preguntas: ¿Crecemos en la gracia? ¿Avanzamos
en nuestra religión? ¿Progresamos?
No puedo esperar que la pregunta le interese a un cristiano que
lo es solo de nombre. Al hombre que no tiene más que una religión
de domingo, cuyo cristianismo es como su ropa dominguera, para
ponerse una vez por semana y luego dejarla a un lado, por
supuesto que no le puede interesar “crecer en la gracia”. Nada
sabe de cosas así; “para él son locura” (1 Co. 2:14). Pero a todo el
que toma su alma realmente en serio y tiene hambre y sed en su vida
espiritual, la pregunta tiene que tocarle poderosamente el corazón.
¿Progresamos en nuestra religión? ¿Estamos creciendo?
Estas preguntas siempre resultan provechosas, pero especialmente
en ciertas temporadas. Un sábado por la noche, un domingo que
participamos de la Cena del Señor, la llegada de un cumpleaños, un
fin de año—todas estas son temporadas que debieran hacernos
pensar y darnos una mirada introspectiva. El tiempo vuela. La vida se
nos va como el viento. Cada día se va acercando más la hora
cuando la realidad de nuestro cristianismo será puesta a prueba, y el
resultado dirá si hemos edificado “sobre la roca” o sobre “la arena”.
Nos conviene, entonces, examinarnos de vez en cuando y ver cómo
anda nuestra alma. ¿Avanzamos en las cosas espirituales?
¿Estamos creciendo?
La pregunta es de especial importancia en la actualidad.
150 6.Crecimiento
Flotan en las mentes de los hombres opiniones burdas y extrañas
con respecto a algunos puntos doctrinales y, entre ellas, la
cuestión de “crecer en la gracia” como una parte esencial de la
verdadera santidad. Algunos la rechazan totalmente. Otros la
explican tan superficialmente que le quitan toda su esencia. Miles de
personas la entienden mal, y en consecuencia la descuidan. En una
época como esta, es provechoso mirar de frente y de una manera
integral, el tema del crecimiento cristiano.
Al considerar este tema, hay tres cosas que quiero presentar y
establecer:
I. La realidad del crecimiento religioso. El “crecimiento en la
gracia” es algo que realmente existe.
II. Las señales del crecimiento religioso. Hay señales por las
cuales se puede ver el “crecimiento en la gracia”.
III. Los medios que determinan el crecimiento religioso. Estos son
medios que tienen que usar aquellos que anhelan experimentar
“crecimiento en la gracia”.
No sé quién es usted, en qué manos cayó este escrito. Pero sea
quien sea quiero que le dé toda su atención a su contenido.
Créame, el tema no es solo un asunto de especulación y
controversia. Si en la religión hay temas eminentemente prácticos,
este es uno de ellos. Está estrecha e inseparablemente conectado con
todo el tema de la “santificación”. El crecimiento es una señal
principal de los verdaderos santos. La salud y prosperidad espiritual,
la felicidad y paz espiritual de cada cristiano sincero y santo, están
estrechamente ligados con el tema del crecimiento espiritual.
I. La realidad del crecimiento en la gracia
El primer punto que me propongo establecer es este: El
crecimiento en la gracia es algo que realmente existe.
El que algún cristiano niegue esta proposición es a primera vista
extraño y lamentable.
SANTIDAD 151

Pero conviene recordar que la comprensión del hombre ha caído


tanto como su voluntad. Los desacuerdos sobre doctrinas son a
menudo nada más que desacuerdos sobre el significado de palabras.
Espero que así sea en este caso. Estoy consciente de que cuando hablo
de “crecimiento en la gracia” y defiendo mi postura, habrá quienes
estén en desacuerdo conmigo y hablen del mismo tema pero con un
significado muy distinto. Por lo tanto, despejaré el camino explicando
lo que quiero significar.
Definición de “crecer en la gracia”
(a) Cuando hablo de “crecer en la gracia”, no quiero decir de
ninguna manera que el interés del creyente en Cristo puede crecer.
No quiero decir que pueda crecer en su certeza, aceptación de Dios ni
seguridad. No quiero decir que pueda ser más justificado, más
perdonado, que esté en más en paz con Dios que en el primer
momento cuando creyó. Mantengo firmemente que la justificación
del creyente es una obra terminada, perfecta y completa; y que aun el
santo más débil, aunque quizá no lo sepa o perciba, ha sido justificado
tan completamente como el más fuerte. Creo firmemente que
nuestra elección, llamado y posición en Cristo no incluye grados,
incrementos ni reducciones. Si alguien se imagina que al decir
“crecer en gracia” quiero significar crecer en justificación está
totalmente equivocado en cuanto al punto que estoy
considerando.Iría a la hoguera, con la ayuda de Dios, por defender
la verdad gloriosa de que en la cuestión de la justificación ante
Dios todoslos creyentes están “completos en él” (Col. 2:10). Desde
el momento que cree, nada puede quitársele a sujustificación ni
tampoco se le puede agregar.
(b) Cuando hablo de “crecer en la gracia” solo me refiero al grado,
tamaño, fuerza, vigor y poder de las gracias que el Espíritu Santo
planta en el corazón del creyente. Sostengo que cada una de esas
gracias incluye crecimiento, progreso e incremento.
152 6.Crecimiento
Mantengo que arrepentimiento, fe, esperanza, amor, humildad,
celo, valentía y cosas parecidas, pueden ser pequeñas o grandes,
fuertes o débiles, vigorosas o endebles y pueden variar mucho en una
misma persona en diferentes periodos de su vida. Cuando hablo de
que alguien “crezca en la gracia”, quiero decir sencillamente esto: Que
su sentido del pecado se está profundizando, su fe fortaleciendo, su
esperanza haciendo más brillante, su amor más extenso, su
espiritualidad más marcada. Siente más el poder de la piedad en
su propio corazón. Manifiesta más de ella en su vida. Va de fuerza
en fuerza, de fe en fe y de gracia en gracia. Dejo que otros describan
esta condición con las palabras que prefieran. En cuanto a mí, creo
que la mejor definición de esta condición del hombre es esta: Está
“creciendo en la gracia”.
Fundamento sobre el cual construir
(1) Un fundamento principal sobre el cual edificar esta doctrina de
“crecer en gracia”, es el lenguaje claro de las Escrituras. Si es que las
palabras de la Biblia algo significan, el “crecimiento” existe y los
creyentes tienen que recibir la exhortación de “crecer”. ¿Qué dice
Pablo? “vuestra fe va creciendo” (2Ts. 1:3). “Rogamos, hermanos,
que abundéis en ello más y más” (1 Ts. 4:10). “Creciendo en el
conocimiento de Dios” (Col. 1:10). “Esperamos que conforme crezca
vuestra fe seremos muy engrandecidos” (2 Co. 10:15). “Y el Señor
os haga crecer” (1 Ts. 3:12). “Crezcamos en todo en aquel que es la
cabeza” (Ef. 4:15). “Vuestro amor abunde aun más y más” (Fil.
1:9). “Y el Señor os haga crecer” (1 Ts. 4:1). ¿Qué dice Pedro?
“Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada,
para que por ella crezcáis” (1 P. 2:2). “Creced en la gracia y el
conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P. 3:18).
No sé lo que otros piensen de textos como estos. A mi entender,
establecen la doctrina que estoy defendiendo y hacen imposible
cualquier otra explicación. La Biblia enseña el crecimiento en la
gracia. Podría terminar aquí y no decir más.
SANTIDAD 153

(2) No obstante, el otro fundamento sobre el cual construir la


doctrina de “crecer en la gracia”, es el fundamento de la realidad y
la experiencia. Le pregunto al lector sincero del Nuevo Testamento
si acaso no puede ver, tan claro como el sol del medio día, los
distintos grados de gracia en los santos cuyas historias relata el
Nuevo Testamento. Le pregunto si acaso no puede ver en las
mismísimas personas una diferencia tan grande entre su fe y su
conocimiento en distintas etapas, igual como se vela diferencia de la
fuerza de una persona cuando era niño y cuando es adulto. Le
pregunto si acaso las Escrituras no reconocen esto claramente en
el lenguaje que usa cuando habla de “débiles” en la fe y “fuertes”
en la fe, de cristianos como “recién nacidos”, “infantes”, “jóvenes” y
“padres” (1 P. 2:2; 1 Jn. 2:12-14). Le pregunto, sobre todo, si su
propia observación de los creyentes en la actualidad no lo lleva a
la misma conclusión.
¿Qué cristiano verdadero no confesaría que hay mucha diferencia
entre su propia fe y conocimiento cuando recién se había convertido y
sus logros actuales, como entre un árbol joven y uno maduro? En
principio, sus gracias son las mismas, pero han crecido. No sé
cómo les caerá esto a otros, pero a mí me resulta indiscutible el
hecho de que el “crecimiento en la gracia” es real.
Casi me da vergüenza dedicarle tanto espacio a esta parte del
tema. De hecho, si alguno dice que la fe, la esperanza, el
conocimiento y la santidad del recién convertido son tan fuertes
como la de un creyente maduro, y no necesita crecer, sería una
pérdida de tiempo seguir discutiendo. No hay duda de que son reales,
pero no tan fuertes—reales, pero no tan vigorosos—como las
semillas que planta el Espíritu, que aún no llevan fruto. Y si alguien
me pregunta cómo llegar a ser más fuerte, le digo que tiene que
ser por el mismo proceso por el cual todas las cosas que tienen vida
lo logran. Tiene que crecer. Y eso es lo que quiero significar cuando
digo“crecer en la gracia”1.
154 6.Crecimiento
“Crecer en la gracia” es evidencia de…
Pasemos de las cosas que he estado diciendo a un aspecto más
práctico del gran tema que nos ocupa. Quiero que todos consideren
“crecer en la gracia” como algo de importancia infinita para el alma. A
pesar de lo que otros puedan pensar, nos es de mucho beneficio
asegurarnos de que tenemos la respuesta correcta a la pregunta:
¿Estamos creciendo?
(a) Sepamos, entonces que el “crecimiento en la gracia” es la
mejor evidencia de salud espiritual y prosperidad. En el caso de
un niño, una flor o un árbol sabemos bien que cuando no hay
crecimiento algo anda mal. La buena salud de un animal o un
vegetal se muestra porque prospera y crece. Sucede lo mismo con
nuestras almas. Siprosperan y andan bien, crecen2.
(b) Sepamos,
además, que “crecer en la gracia” es una manera de ser
felices en nuestra religión. Dios ha entrelazado sabiamente nuestra
tranquilidad y nuestro aumento de santidad. En su gracia, ha hecho
que seguir adelante y aspirar a logros mayores como cristianos sea
para nuestro bien. Hay una gran diferencia entre la cantidad de placer
que un creyente disfruta en su religión comparado con lo que disfruta
otro. Pero puede estar seguro de que el hombre común que siente
más “gozo y paz en el creer” (Ro. 15:13) y tiene el testimonio más
claro del Espíritu en su corazón, es el hombre que crece.
(c) Sepamos también que “crecer en la gracia” es un secreto de
nuestra utilidad para otros.

1 “La gracia auténtica es progresiva, de una naturaleza que se esparce, crece. Sucede
con la gracia lo mismo que con la luz: Primero, está el amanecer, luego va
aumentando hasta la plenitud del mediodía. Las Escrituras comparan a los santos,
no sólo con estrellas por su luz, sino con los árboles por su crecimiento (Is. 61:3;
Os. 14:5). El buen cristiano no es como el sol de Ezequías que retrocedía, ni como
el de Josué que se detuvo, siempre está avanzando en santidad, creciendo en su
conocimiento de Dios”. —Body of Divinity (Cuerpo de divinidad), por Thomas
Watson, Pastor de St. Stephen’s Walbrook, 1660.
SANTIDAD 155

Nuestra influencia para bien de otros depende grandemente de lo que


ven en nosotros. Los hijos del mundo miden el cristianismo tanto
por sus ojos como por sus oídos. El cristiano que siempre está
visiblemente estancado con las mismas faltas pequeñas,
debilidades, acuciantes pecados y defectos intrascendentes, rara
vez hace algún bien. El hombre que sacude y agita las mentes y
pone el mundo a pensar, es el creyente que continuamente mejora
y avanza. Los hombres piensan que hay vida y realidad cuando ven
crecimiento3.
(d) Sepamos asimismo que “crecer en la gracia” agrada a Dios. Es
maravilloso pensar que haya algo que puedan hacer criaturas como
nosotros que agrade al Dios Altísimo. Las Escrituras hablan de
caminar para “agradar a Dios”. Dice también que hay sacrificios de
los cuales “se agrada Dios” (1 Ts. 4:1; He. 13:16). Al agricultor le
encanta ver florecer y llevar fruto a las plantas a las cuales dedicó
tanto trabajo. Lo desanima y entristece verlas de pie todavía, pero con
un grave retraso en su crecimiento. ¿Y qué dice el mismo Señor? “Yo
soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador”;
2 “El crecimiento de la gracia es la mejor evidencia de la autenticidad de la gracia.
Las cosas que no tienen vida no crecen. Un cuadro no crece. El poste de una verja
no crece. Pero la planta que tiene vida crece. El crecimiento de la gracia muestra
que está viva en el alma”. —Thomas Watson, 1660.
3 “Cristiano, si quiere despertar en otros el anhelo de exaltar al Dios de gracia,

ocúpese de ejercitar y mejorar sus propias gracias. Cuando un pobre sirviente vive
con una familia y ve la fe, el amor, la sabiduría, la paciencia y la humildad de un
amo brillando como las estrellas en el cielo, le incita a dar gracias al Señor
porque pudo venir a vivir con esta familia. Cuando las gracias dadas a los
hombres resplandecen como resplandeció el rostro de Moisés, cuando su vida es
puro cielo como la vida de José, brillando con virtudes como muchas estrellas
brillantes, cuántos otros se sienten impulsados a glorificar a Dios y exclamar:
‘¡Ciertamente estos son cristianos! ¡Estos son un honor para su Dios, una corona
para su Cristo y un orgullo para su evangelio! ¡Oh, si todos fueran así, nosotros
también seríamos cristianos!’”. —Unsearchable Riches (Riquezas inescrutables), por T.
Brooks 1661.
156 6.Crecimiento
“En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis
así mis discípulos” (Jn. 15:1, 8). El Señor se agrada de todo su
pueblo, pero especialmente de los que crecen.
(e)Sepamos, sobre todo, que “crecer en la gracia” no es solo algo
que es posible, sino algo de lo cual los creyentes son responsables.
Decirle a un inconverso muerto en pecado que “crezca en la gracia”
sería absurdo. Decirle a un creyente despierto y vivo en Dios, que
crezca, no es más que convocarlo a que cumpla un deber
claramente bíblico. Tiene dentro de él un principio nuevo, y es su
deber solemne no dejar que se apague. Descuidar su crecimiento lo
despoja de sus privilegios, contrista al Espíritu y hace que las ruedas
del carruaje de su alma giren con dificultad. Me gustaría saber de
quién es la culpa, si un creyente no crece en la gracia. La culpa, de
seguro, no la tiene Dios. Él “da gracia” y se deleita en ello; “ama la
paz de su siervo” (Stg. 4:6; Sal. 35:27). La falta, sin duda, es
nuestra. Nadie más que nosotros tiene la culpa si no crecemos.

II. Marcas del “crecimiento en la gracia”


El segundo punto que me propongo establecer es este: Hay
marcas por las cuales se puede conocer el crecimiento en la gracia.
Doy por sentado que no cuestionamos la realidad del crecimiento
en la gracia y su inmensa importancia. Hasta aquí, bien. ¿Le
gustaría saber ahora cómo alguien podría comprobar que está
creciendo en la gracia o no? En primer lugar, contesto esta pregunta
haciendo la observación de que somos paupérrimos jueces de nuestra
propia condición y que los que están a nuestro alrededor nos conocen
mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos. Pero respondo
también que hay indudablemente ciertas marcas y señales del
crecimiento en la gracia, y que dondequiera que se muestren estas
marcas veremos un alma “creciendo”. A continuación enunciaré en
orden algunas de estas señales.
SANTIDAD 157

Una marca del “crecimiento en la gracia” es un incremento de


(a)
humildad.

El hombre cuya alma está “creciendo”, cada año siente más lo


pecaminoso e indigno que es. Dice con Job: “He aquí que yo soy
vil”; con Abraham: Soy “polvo y ceniza”; con Jacob: “Menor soy que
todas las misericordias”; con Isaías: Soy “hombre inmundo de
labios”; con David: “Yo soy gusano”; con Pedro: “Soy hombre
pecador” (Job 40:4; Gn. 18:27; 32:10; Sal. 22:6; Is. 6:5; Lc. 5:8).
Más se acerca a Dios, más ve la santidad y perfección de Dios y
más sensible es a sus propias innumerables imperfecciones. Más
avanza en su camino al cielo, mejor comprende lo que San Pablo
significa cuando dice: “Ni que ya sea perfecto”, “no soy digno de ser
llamado apóstol”, “soy menos que el más pequeño de todos los
santos”; “de los cuales [pecadores] yo soy el primero” (Fil. 3:12; 1Co.
15:9; Ef. 3:8; 1Ti. 1:15).
Entre más madurez alcanza para la gloria, más, como el maíz
maduro, inclina la cabeza. Cuanto más brillante y más clara es su
luz, más se notan las deficiencias y debilidades de su propio
corazón. Le diría que cuando recién se había convertido veía muy
poco, comparado con lo que ve ahora. ¿Quiere alguien saber si está
creciendo en la gracia? Entonces mire su interior con creciente
humildad4.
(b) Otramarca del “crecimiento en la gracia” es un aumento de fe
y amor por nuestro Señor Jesucristo. El hombre cuya alma está
“creciendo”encuentra cada año más de Cristo sobre lo cual
descansar, y se regocija más de que tiene tal Salvador. Es
indudable que vio mucho de él en el momento en que creyó. Su fe
se apropió de la expiación de Cristo que le dio esperanza.
Pero a medida que crece en la gracia ve miles de cosas en Cristo
que al principio nunca hubiera soñado.
158 6.Crecimiento
Su amor y poder, su corazón y sus intenciones, sus oficios como
Sustituto, Intercesor, Sacerdote, Abogado, Médico, Pastor y Amigo
se van mostrando de un modo indescriptible al alma que va
creciendo.
En suma, descubre en Cristo una satisfacción a las necesidades de su
alma, que antes ni siquiera veía a medias. ¿Quiere alguien saber si
está creciendo en la gracia? Entonces mire su interior para
encontrar un mayor conocimiento de Cristo.
(c) Otra marca del “crecimiento en la gracia” es un aumento de
santidad en su vida y conversación. El hombre cuya alma está
“creciendo” logra cada año más dominio sobre el pecado, el
mundo y el diablo. Cuida mejor su temperamento, sus palabras y
sus acciones. Vigila mejor su conducta en cada relación de su vida.
Se esfuerza por conformarse a la imagen de Cristo en todas las cosas,
en seguirlo como su ejemplo, al igual que confiar en él como su
Salvador. No se contenta con logros y gracia ya obtenidos. Se olvida
las cosas pasadas y se extiende hacia adelante, haciendo de las
palabras “prosigo”, “superior”, “¡hacia arriba!” “¡adelante!” su lema
continuo (Fil. 3:13). En la tierra ansía y anhela tener una voluntad
más acorde con la voluntad de Dios. Lo principal que espera del
cielo, además de la presencia de Cristo, es una separación
completa de todo pecado. ¿Quiere alguien saber si está creciendo en
la gracia? Entonces mire en su interior para encontrar una santidad
creciente5.
4 “La manera correcta de crecer es decrecer a los ojos de uno mismo: ‘Mas yo soy
gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo’ (Sal.
22:6). Ver corrupción e ignorancia causa que el cristiano desarrolle una aversión
por sí mismo. Se convierte en nada a sus propios ojos. Job decía de sí mismo: ‘Por
tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza’ (Job 42:6). Quitarse el
engreimiento es bueno”. —T. Watson, 1660.
5 “Sentirse cada vez más indiferente al pecado es señal de no estar creciendo en la
gracia. Hubo un tiempo cuando nos entristecía aun el más pequeño de los
pecados (así como una basurita hace lagrimear al ojo), pero ahora podemos
SANTIDAD 159
digerir el pecado sin que nos dé remordimiento. Hubo un tiempo cuando al
cristiano le entristecía si descuidaba sus oraciones privadas, pero ahora puede
hasta omitir la oración familiar. Hubo un tiempo cuando le molestaban los
pensamientos vanos, ahora no le molestan ni las prácticas libertinas. Hay una
lamentable declinación en el cristianismo y la gracia dista tanto de crecer que casi
ni se le siente el pulso”. —T. Watson, 1660.

Otra marca del “crecimiento en la gracia” es un aumento de


espiritualidad en sus gustos y su mente. El hombre cuya alma está
“creciendo” se interesa cada año más en las cosas espirituales. No
descuida sus obligaciones en el mundo. Cumple fiel, diligente y
consecuentemente cada relación de su vida, sea en su hogar o fuera
de él. Pero lo que más ama son las cosas espirituales. Las
costumbres, las modas, las diversiones y las distracciones del mundo
ocupan cada vez menos lugar en su corazón. No las condena como
sumamente pecaminosas, ni dice que los que tienen algo que ver con
ellas se van al infierno. Simple y sencillamente siente que cada vez le
interesan menos, y poco a poco le parecen menos importantes y más
triviales. Los amigos espirituales, las ocupaciones espirituales, las
conversaciones espirituales parecen ser cada vez de más valor para
él. ¿Quiere alguien saber si está creciendo en la gracia? Entonces
mire su interior para encontrar un aumento de espiritualidad en sus
gustos6.
6“Si anhela ser rico en las gracias, tenga cuidado por dónde camina. No es rica el
alma que sabe mucho o que habla mucho, sino la que es obediente, la que camina
cerca de Dios. Otros pueden ser ricos en ideas, pero ninguno tan rico en
experiencias espirituales y en todas las gracias santas y celestiales como el
cristiano que camina cerca del Señor”. —T. Brooks, 1661.
“Es señal de no estar creciendo en la gracia, cuando nos estamos haciendo más
mundanos. Quizá, alguna vez, nuestros corazones miraban las cosas de arriba y
hablábamos el idioma de Canaán. Pero ahora, nuestras mentes ya no piensan en el
cielo, sacamos nuestros placeres de esas minas bajo la tierra y andamos por el
mundo con Satanás. Es señal de que estamos retrocediendo y nuestra gracia sufre
de tuberculosis. Se puede ver cuando la naturaleza se va desintegrando y es como
cuando las personas están cerca de la muerte, se encorvan más hacia la tierra y casi
ni pueden traer a su mente un pensamiento celestial; si la gracia no ha muerto, está
a punto de morir”. —T. Watson, 1660.
160 6.Crecimiento
(d) Otra marca del “crecimiento en la gracia” es el aumento de
amor. El hombre cuya alma está “creciendo” está más lleno de amor
cada año, de amor por todos, pero especialmente por los hermanos.
Demostrará su amor activamente por una creciente disposición de
ser más bondadoso, interesarse por los demás, tener buena
disposición hacia todo, ser generoso, afable, comprensivo, tierno y
considerado. Lo demostrará pasivamente por una creciente
disposición de ser humilde y paciente con todos, de tolerar las
provocaciones y no exigir sus derechos, de soportar y abstenerse
en lugar de disputar.
El alma que crece tratará de pensar lo mejor acerca de la conducta
de otras personas, de creer todas las cosas y esperar todas las cosas
incluso hasta el fin. No hay marca más segura de la reincidencia y la
caída de la gracia, que una creciente tendencia a recalcar las faltas,
encontrar fallas y ver los puntos débiles de los demás.
¿Quiere alguien saber si está creciendo en la gracia? Entonces mire
su interior para encontrar un incremento en su amor.
(e) Una marca más de “crecimiento en la gracia” es el aumento de
celo y diligencia en tratar de hacerle bien a las almas. El hombre
cuya alma realmente está “creciendo” se interesará más cada año por
la salvación de los pecadores.
La obra misionera cercana y la lejana, los esfuerzos por dar más
luz y reducir la oscuridad en el ámbito religioso son cosas que
ocuparán más de su atención cada año. No se “cansará de hacer el
bien” aunque vea que no todos sus esfuerzos son exitosos. No se
interesará menos por el avance de la causa de Cristo sobre la tierra a
medida que va envejeciendo, aunque aprenderá a esperar menos.
Sencillamente seguirá trabajando sean cuales fueren los resultados,
(dando, orando, predicando, hablando, visitando, según su posición) y
considerará su trabajo como su propia recompensa.
SANTIDAD 161
Una de las señales más seguras de una declinación espiritual es un
interés decreciente en las almas de otros y en el crecimiento del
reino de Cristo. ¿Quiere alguien saber si está creciendo en la
gracia? Entonces mire su interior para encontrar una creciente
preocupación por la salvación de las almas.
Tales son las marcas más dignas de confianza del crecimiento
en la gracia. Examinémoslas con cuidado, y reflexionemos sobre lo
que sabemos de ellas. Creo que quizá no sean del gusto de algunos
cristianos profesantes en la actualidad.
Esos religiosos de alto vuelo cuya única noción del cristianismo
es la de un estado de gozo y éxtasis perpetuos, que dicen que han
superado por mucho la etapa de conflictos y humillación de sus
almas, seguramente considerarán “legalistas”, “carnales” y “signos
de esclavitud” a estas marcas que he presentado. No puedo evitarlo.
No me considero un gran maestro en estas cosas. Solo quiero que
mis afirmaciones sean pesadas en la balanza con las Escrituras. Y
creo firmemente que he dicho no solo lo que es bíblico sino
también lo que coincide con la experiencia de la mayoría de los
santos insignes de todas las épocas. Muéstreme un hombre en el
cual podemos encontrar las seis marcas mencionadas. Él es el que
podría responder satisfactoriamente a la pregunta:
¿ESTAMOS CRECIENDO?
III. Los medios para crecer en la gracia
Lo tercero y último que me propongo a considerar es esto: Los
medios que deben usar los que anhelan crecer en la gracia. Nunca
olvidemos las palabras de Santiago: “Toda buena dádiva y todo don
perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces” (Stg. 1:17).
Esto, sin duda, es cierto en cuanto al crecimiento en la gracia así
como lo es en cuanto a todo lo demás. Es un “don de Dios”. Pero aun
así siempre hemos de recordar que Dios se complace en obrar con
los medios. Dios ha ordenado los medios al igual que su finalidad.
162 6.Crecimiento
El que quiere crecer en la gracia tiene que usar los medios para
lograr crecimiento7.
Me temo que este es un punto demasiado olvidado por muchos
creyentes. Muchos admiran el crecimiento de la gracia en otros, y
desearían ser como ellos. Pero parece que suponen que los que
crecen lo hacen por algún don o favor de Dios, y que ese don no les
ha sido dado a ellos así que tienen que contentarse tal como están.
Esto es una fantasía contra la cual testificaré con todas mis
fuerzas. Quiero que se entienda claramente que el crecimiento en la
gracia está conectado estrechamente con los usos al alcance de todo
creyente y que, por lo general, las almas que crecen lo hacen porque
se valen de estos medios.
Pido especial atención de mis lectores mientras trato de presentar
en orden los medios para lograr crecer en la gracia. Desechen para
siempre la idea vana de que si un creyente no crece en la gracia no es
por su culpa. Determine que el creyente, el hombre avivado por el
Espíritu no es meramente una criatura muerta, sino un ser con
capacidades y responsabilidades enormes. Grabe en su corazón las
palabras de Salomón: “El alma del perezoso desea, y nada alcanza;
Mas el alma de los diligentes será prosperada” (Pr. 13:4).

7 “La experiencia le enseña a cada cristiano que cuánto más estricta, estrecha y
constantemente camina con Dios, más fuerte se hace en el cumplimiento de sus
deberes. Los hábitos infundidos mejoran con el ejercicio. El fuego del altar de los
sacrificios descendía inicialmente del cielo para hacer arder la leña, pero luego se
mantenía vivo por el cuidado y labor de los sacerdotes. Así, los hábitos de gracia
espiritual son infundidos inicialmente por Dios, pero tienen que ser avivados por
influencias cotidianas que provienen de Él. Pero también nuestros esfuerzos,
ejercitándonos en la piedad, dependiendo del Señor mantienen vivo ese fuego
santo. Entre más se ejercita el cristiano, más fuerte será”. —Collinges sobre la
providencia, 1678.
SANTIDAD 163

(a) Un elemento esencial en el crecimiento en la gracia es la


diligencia en usar los medios de gracia privados. Con esto
quiero decir los medios que el hombre debe usar él mismo a solas,
y que nadie puede usar en su lugar. Incluyo bajo este
encabezamiento la oración en privado, la lectura de las Escrituras
en privado y la meditación y auto examen en privado. El que no se
esfuerza por ocuparse de estas tres cosas no puede esperar
crecimiento. Estas son las raíces del verdadero cristianismo.
¡Equivocarse en esto, es equivocarse en todo! Aquí está la razón por
la cual parece que muchos cristianos nunca progresan. Son
descuidados y negligentes en lo que respecta a sus oraciones en
privado. Leen muy poco su Biblia y con muy poco entusiasmo.
No se dan tiempo para analizarse y reflexionar en silencio acerca del
estado de sus almas.
Es inútil tratar de ignorar que la época en que vivimos está llena
de peligros específicos. Es una época de gran actividad, mucho apuro,
afán y entusiasmo en la religión. Muchos, indiscutiblemente
“muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará”
(Dn. 12:4). Muchos aceptan de buena gana ir a reuniones públicas,
escuchar sermones o cualquier otra cosa que apele a las
“sensaciones”. Pocos parecen recordar la necesidad absoluta de
tomarse el tiempo para hacer lo que dijo el salmista: “Meditad en
vuestro corazón” (Sal. 4:4). Pero sin esto rara vez hay prosperidad
espiritual profunda. Sospecho que los cristianos ingleses de hace
doscientos años leían mucho más sus Biblias y estaban con más
frecuencia a solas con Dios, que lo que están los actuales.
¡Recordemos este punto! La religión en privado tiene que recibir
nuestra mayor atención si queremos que nuestra alma crezca.
(b) Otro elemento esencial para crecer en la gracia es el cuidado en
usar los medios públicos de la gracia. Por esto, me refiero a los
medios que uno tiene a mano como miembro de la iglesia visible
de Cristo.
164 6.Crecimiento
Bajo este encabezamiento incluyo las ordenanzas del culto regular
del domingo, la unión del pueblo de Dios en oración y alabanza, la
predicación de la Palabra y la celebración de la Cena del Señor. Creo
firmemente que el modo como se usan estos medios públicos de
gracia habla mucho de la prosperidad o falta de ella en el alma del
creyente. Es fácil usarlos de una manera fría e indiferente. Su misma
familiaridad tiende a que les restemos importancia. El retorno
regular de la misma voz, el mismo tipo de palabras y las mismas
ceremonias tienden a adormecernos, endurecernos y hacernos
insensibles.
Esta es una trampa en la que caen demasiados hombres que
profesan ser cristianos. Si queremos crecer tenemos que
mantenernos en guardia en cuanto a esto. Este es un asunto que a
menudo contrista al Espíritu y perjudica en gran manera a los
santos. Procuremos elevar las oraciones antiguas, cantar los himnos
de antaño, ponernos de rodillas ante el altar, escuchar la
predicación de las antiguas verdades con la misma frescura y las
mismas ansias que cuando por primera vez creímos. Es señal de
mala salud cuando alguien pierde el apetito, y es señal de declinación
espiritual cuando perdemos nuestro apetito por los medios de
gracia. Sea lo que haga en cuanto a los medios públicos, hágalo
siempre “según [sus] fuerzas” (Ec. 9:10). ¡Esta es la manera de
crecer!
(c) Otro elemento esencial para crecer en la gracia es cuidar
nuestra conducta en las cosas pequeñas del diario vivir. Nuestro
temperamento, nuestra lengua, el manejo de nuestras diversas
relaciones en la vida, el empleo de nuestro tiempo, entre otras cosas,
son aspectos que tenemos que vigilar atentamente si queremos que
nuestras almas progresen. La vida se compone de días, y los días de
horas, y las cosas pequeñas de cada hora nunca son tan pequeñas
que no merezcan la atención del cristiano. Cuando comienza a
podrirse la raíz o el corazón de un árbol,
SANTIDAD 165

se nota primero en las puntas de las ramas pequeñas. “El que


desprecia las cosas pequeñas”, dice un escritor secular, “caerá poco
a poco”. Eso es cierto. Dejemos que otros nos desprecien, si
quieren, y nos llamen meticulosos y demasiado cuidadosos.
Mantengámonos pacientemente en nuestro camino, recordando
que “servimos a un Dios a quien lo caracteriza la precisión”, que
hemos de seguir el ejemplo de nuestro Señor en lo más pequeño al
igual que en lo más grande y que tenemos que “tomar nuestra cruz
cada día” y cada hora para no pecar. Tenemos que aspirar a tener un
cristianismo que, como la savia del árbol, corre por cada ramita y
hoja de nuestro carácter y lo santifica todo. ¡Es esta una manera de
crecer!
(d) Otro elemento esencial para crecer en la gracia es tener cautela
en cuanto a las compañías que frecuentamos y las amistades que
formamos. Quizá no haya nada que afecte más el carácter del hombre
que las compañías que frecuenta. Nos contagiamos de las costumbres
y tendencias de aquellos con quienes vivimos y con quienes
conversamos; y desafortunadamente recibimos mucho más mal que
bien. La enfermedad puede ser contagiosa, pero la buena salud no. Si
un cristiano profesante escoge deliberadamente intimar con los que
no son amigos de Dios y se aferran al mundo, es seguro que su
alma se perjudicará. Ya de por sí es difícil servir a Cristo bajo
cualquier circunstancia en un mundo como este. Pero es más difícil
hacerlo si somos amigos de los indiferentes e impíos. Cometer errores
en la elección de amigos o de cónyuge es la razón por la cual
muchos han dejado totalmente de crecer. “Las malas
conversaciones corrompen las buenas costumbres.” “la amistad
del mundo es enemistad contra Dios” (1 Co. 15:33; Stg. 4:4).
Busquemos amigos que nos motiven a ocuparnos de la oración, la
lectura bíblica, el uso de nuestro tiempo, de nuestra salvación y de los
asuntos del mundo venidero. ¿Quién es capaz de medir el bien que
puede hacer la palabra de un amigo dicha en el momento
adecuado, o el daño que puede impedir?
166 6.Crecimiento

Es esta una manera de crecer8.


(e) Existe un elemento más que es absolutamente necesario para
crecer en la gracia, y este es tener una comunión regular y
habitual con el Señor Jesús. Nadie suponga que al decir esto
estoy hablando de la Cena del Señor. No, nada parecido. Estoy
hablando de ese hábito diario de una conversación entre el
creyente y su Salvador, que solo puede suceder con fe, oración y
meditación. Me temo que es un hábito del cual muchos creyentes
saben poco. Una persona puede ser creyente y tener sus pies sobre la
roca, y aun así, privarse de sus privilegios.Es posible tener una
“unión” con Cristo y aun así, tener poca o nada de “comunión” con
él. Pero, aunque parezca mentira, tal cosa sucede.
Me parecen a mí que los nombres y oficios de Cristo, según los
estipulan las Escrituras, demuestran sin temor a dudas que esta
“comunión” entre el santo y su Salvador no es mera fantasía, sino
algo realmente cierto. Entre el “Novio” y su esposa, entre la
“Cabeza” y sus miembros, entre el “Médico” y sus pacientes, entre el
“Abogado” defensor y sus clientes, entre el “Pastor” y sus ovejas,
entre el “Maestro” y sus discípulos, está evidentemente implícito
el hábito de una comunión cercana, de un pedido diario de las que
cosas que necesitamos, de un abrir totalmente nuestros corazones
y mentes y echar sobre el Señor nuestras cargas. Este hábito de
relacionarnos con Cristo de este modo se trata claramente de algo
más que una confianza general y vaga en la obra que Cristo hizo
por los pecadores.

8 “Sean sus mejores amigos los que han hecho de Cristo su mejor amigo. No se fije
tanto en el exterior de los hombres como en su interior; mire sobre todo su valor
interior. Muchas personas se fijan en el exterior del profesante de la fe.
Muéstreme un cristiano que considera el valor interior de las personas, que
convierte en sus amigos principales y preferidos a los que están llenos de la
plenitud de Dios”. —T. Brooks, 1661.
SANTIDAD 167

Se trata de acercarnos a él y aferrarnos a él con confianza, como un


Amigo cariñoso y personal. Esto es lo que quiero decir por
“comunión”.
Ahora bien, creo que nadie puede jamás crecer en la gracia si no
ha experimentado “comunión” habitual con Cristo. No tenemos
que contentarnos con un conocimiento general ortodoxo de que la
justificación es por fe y no por obras y que tenemos que poner
nuestra confianza en Cristo. Tenemos que ir más allá. Debemos
procurar tener una intimidad personal con el Señor Jesús, y tratar con
él como el que trata con un amigo querido. Tenemos que
comprender lo que es recurrir a él primero ante cada necesidad,
hablar con él acerca de cada dificultad, consultar con él a cada paso,
contarle a él todos nuestros sufrimientos, incluirlo en todas nuestras
alegrías, hacer todo como si nos estuviera viendo y vivir cada día
apoyándonos y confiando en él.
Esta es la manera como vivió Pablo. Él decía: “Lo que ahora vivo
en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios”, “para mí el vivir es
Cristo” (Gá. 2:20; Fil. 1:21). Es la ignorancia de esta manera de vivir
por la cual tantos no ven ninguna belleza en el libro de Cantar de los
Cantares. Pero es el hombre que vive de esta manera el que
mantiene una comunión constante con Cristo. Este es el hombre,
digo enfáticamente, cuya alma crecerá.
Aplicación práctica
Dejo aquí el tema de crecer en la gracia. Podría decir mucho más,
si el tiempo lo permitiera. Pero espero haber dicho lo suficiente como
para convencer a mis lectores de que el tema es uno de suma
importancia. Iré terminando con algunas aplicaciones prácticas.
(1) Este libro puede caer en las manos de algunos que nada saben
acerca de crecer en la gracia. Se preocupan poco o nada de la
religión. Un poco de asistencia apropiada a la iglesia los domingos
constituye la suma y la sustancia de su cristianismo.
168 6.Crecimiento
Carecen de vida espiritual, y por ende mientras así sea no pueden
crecer. ¿Es usted uno de ellos? Si lo es, se encuentra en una
condición lamentable.
Los años pasan en un abrir y cerrar de ojos y el tiempo vuela. Los
cementerios se están llenando y las familias son cada vez más
pequeñas. La muerte y el juicio se nos están acercando a todos. ¡Y no
obstante usted vive inconsciente de su alma!
¡Qué locura! ¡Qué insensatez! ¿Qué suicidio puede ser peor que este?
Despierte antes de que sea demasiado tarde, despierte y levántese
de entre los muertos y viva para Dios. Vuélvase al que está sentado a
la diestra de Dios para ser su Salvador y Amigo. Vuélvase a Cristo, y
clame a él por su alma con todas sus fuerzas. ¡Todavía hay
esperanza! Aquel que llamó del sepulcro a Lázaro no ha cambiado.
Aquel que mandó al hijo de la viuda de Naín que se levantara de su
ataúd puede hacer milagros aun con su alma. Búsquelo sin
dilación: Búsquelo ahora mismo. Busque a Cristo si no quiere estar
perdido para siempre. No se quede allí, hablando de hacerlo,
queriendo hacerlo, con el propósito, la intención, el deseo y la
esperanza de hacerlo. Busque a Cristo para poder vivir, y para que,
teniendo vida, pueda crecer.
(2) Este libro puede caer en las manos de algunos que algo
debieran saber de crecer en la gracia, pero que en este momento no
saben nada. Han progresado poco, si acaso han progresado algo desde
que se convirtieron. Parece que “reposan tranquilos” (Sof. 1:12).
Pasan año tras año satisfechos con su gracia de antes, experiencia
de antes, conocimiento de antes, fe de antes, logros de antes,
expresiones religiosas y frases de antes. Al igual que los
gabaonitas, su pan siempre está enmohecido y su calzado siempre
remendado y pesado. Parece que nunca avanzan. ¿Es usted como
uno de ellos? Si lo es, está viviendo sin aprovechar sus privilegios y
dejando de cumplir sus obligaciones. Ya es tiempo de que se examine
a sí mismo.
SANTIDAD 169

Si tiene razones para creer que es un verdadero creyente pero no


crece en la gracia, tiene que haber alguna falta, y alguna falta grave
en alguna parte. No puede ser la voluntad de Dios que su alma
permanezca inerte. “Dios…da gracia a los humildes” y “ama la paz
de su siervo” (Stg. 4:6; Sal. 35:27). No puede ser para bien de su
propia felicidad ni provechoso para usted que su alma
permanezca inerte. Sin crecimiento nunca se regocijará en el Señor
(Fil. 4:4). Sin crecimiento no puede hacerle bien a nadie. ¡Esta falta
de crecimiento es cosa seria! Tendría que provocar mucha
inquietud en su corazón. Puede estar pasando con usted como con
los hijos de Israel que “hicieron secretamente cosas no rectas” (2
R. 17:9). Tiene que haber alguna razón.
Siga el consejo que le doy. Resuelva este mismo día que encontrará
la razón de su inercia. Palpe con mano fiel y segura cada rincón de
su alma. Busque de un extremo al otro de su campamento hasta
encontrar al Acán que está debilitando sus manos. Comience con un
pedido al Señor Jesucristo, el gran Médico de las almas; pídale que
cure el mal secreto en su interior, sea cual sea. Comience como si
nunca le hubiera pedido nada, y pídale gracia para amputarse la
mano derecha o arrancarse el ojo derecho. Pero nunca, nunca se
quede tranquilo si su alma no crece. Por su propia paz, por su
propia utilidad, por la honra de la causa de su Hacedor, decídase a
encontrar el porqué.
(3) Este libro puede caer en manos de algunos que realmente están
creciendo en la gracia, pero que no son conscientes de ello y no lo
reconocen. ¡Su propio crecimiento es la razón por la cual no ven su
propio crecimiento! Su aumento continuo de humildad no les deja
sentir que están progresando9. Sus rostros resplandecen como el
de Moisés cuando bajó del monte después de haber hablado con Dios.
La Biblia dice que, “no sabía Moisés que la piel de su rostro
resplandecía después que hubo hablado con Dios” (Ex. 34:29).
Tales cristianos, lo admito, no son comunes.
170 6.Crecimiento
Pero se los puede encontrar aquí y allá. Como las visitas de los
ángeles, son pocos. ¡Feliz el barrio donde viven estos cristianos
que crecen! Conocerlos, verlos y estar en su compañía es como
encontrar y ver un poquito del “cielo en la tierra”.
¿Qué les diré a estas personas? ¿Qué puedo decirles? ¿Qué debiera
decirles?
¿Decirles que despierten y tengan conciencia de su crecimiento y
estén contentos por ello? De ninguna manera.¿Les diré que se
alardeen de sus propios logros y que se sientan superiores a otros?
¡Dios no lo permita! De ninguna manera. Decirles semejantes cosas
no les haría ningún bien.
9“El cristiano puede estar creciendo, aun cuando no cree que está creciendo. ‘Hay
quienes pretenden ser ricos, y no tienen nada; y hay quienes pretenden ser
pobres, y tienen muchas riquezas’ (Pr. 13:7). La percepción que el cristiano tiene
de sus propios defectos en relación con la gracia y su sed por tener mucha más
gracia, le hace pensar que no crece. El que anhela tener grandes propiedades, por
el hecho de no tener tanto como quisiera, se cree pobre”. —T. Watson, 1660
“Las almas pueden abundar en la gracia, pero no saberlo, no percibirlo. El niño
puede ser heredero de una corona o una propiedad de gran valor, pero no
saberlo. El rostro de Moisés resplandecía, los demás lo veían, pero él no. Muchas
almas preciosas son ricas en la gracia, otros lo ven, lo saben y bendicen a Dios por
ello y, aun así, ellos mismos no lo perciben. A veces, esto surge del anhelo
intenso del alma por tener riquezas espirituales. La intensidad del anhelo del alma
por tener riquezas espirituales con frecuencia quita el propio sentido de que ya se
está enriqueciendo. Por el deseo de riquezas de muchos codiciosos y el estar
esforzándose tanto por lograrlas, algunos no pueden percibir que, de hecho, ya se
están enriqueciendo, no lo pueden creer. Sucede lo mismo con muchos cristianos
preciosos: Sus anhelos de obtener riquezas espirituales son tan intensos que
anulan el sentido de que ya están enriqueciéndose espiritualmente. Muchos
cristianos valen mucho interiormente, pero no lo notan. Fue un hombre bueno el
que dijo: ‘Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía’. Además, a veces
esto sucede porque los hombres no revisan bien sus cuentas. Prosperan y se
hacen ricos, pero por no revisar su balance no saben si están yendo para adelante
o para atrás. Lo mismo sucede con muchas almas preciosas. Por otro lado, esto
sucede, a veces, porque el alma revisa su contabilidad con demasiada frecuencia.
Si revisa sus cuentas una vez por semana o una vez por mes, es posible que no
discierna que se está enriqueciendo cuando de hecho sí lo esté.
SANTIDAD 171
Pero si compara su estado de cuentas anualmente, puede percibir claramente que
se está haciendo más rico. De manera semejante puede suceder esto en el ámbito
espiritual por los errores que el alma comete al revisar sus cuentas. El alma
comete errores muchas veces; anda apurada y, entonces, anota diez, en lugar de
cien y cien, en lugar de mil. Así como el hipócrita cuenta el cobre como si fuera
oro, un centavo como si fuera un peso y siempre se valora muy por encima de su
valor real, la persona sincera, con frecuencia, anota sus pesos como si fueran
centavos, sus miles como cientos y se valora muy por debajo de su valor
real”. —Thomas Brooks, Unsearchable Riches, 1661.

Sobre todo, decirles tales cosas sería una pérdida de tiempo. Si existe
una característica que distingue al creyente que crece, es el profundo
sentir de que es indigno. Nunca ve en sí mismo nada que elogiar.
Solo siente que es un siervo indigno y el peor de los pecadores.
Es el justo, en el día del juicio el que dirá: “Señor, ¿cuándo te
vimos hambriento, y te sustentamos” (Mt. 25 :37). Los extremos
son a veces extrañamente iguales. El pecador con conciencia
endurecida y el santo insigne son singularmente iguales en un
aspecto. Ninguno de los dos tiene plena conciencia de su propia
condición. ¡Uno no ve su propio pecado y el otro no ve su propia
gracia!
Entonces, ¿No les diré nada a los cristianos que están creciendo?
¿No tengo ningún consejo para darles? La suma y sustancia de todo lo
que puedo decirles se encuentran en dos frases: “¡Sigan adelante!”
“¡Vayan adelante!”
Nunca podemos tener demasiada humildad, demasiada fe en Cristo,
demasiada santidad, demasiada espiritualidad en nuestros
pensamientos, demasiado amor, demasiado celo en hacer el bien.
Entonces olvidemos continuamente las cosas pasadas y sigamos
extendiéndonos a las cosas que están delante (Fil. 3:13). El mejor
de los cristianos en estas cosas está infinitamente por debajo de la
perfección de su Señor. Diga lo que diga el mundo, no hay ningún
peligro de que alguno nosotros llegue a ser “demasiado bueno”.
172 6.Crecimiento
Consideraciones finales
Echemos fuera viento como inútil la noción común de que es
posible irnos a los “extremos” o “llegar demasiado lejos” en lo que a
religión se refiere. Esta es una mentira favorita del diablo y la hace
circular a los cuatro vientos. No cabe duda que existen los
exaltados y fanáticos que hacen quedar mal al cristianismo con sus
extravagancias y sus locuras. Pero si lo que uno quiere decir es
que el hombre mortal puede ser demasiado humilde, demasiado
caritativo, demasiado santo o demasiado diligente en hacer el bien,
tiene que ser o un indigno o un necio. Es fácil ir demasiado lejos en
servir a los placeres y al dinero. Pero no hay extremos en seguir
todo lo que conforma la verdadera religión y servir a Cristo.
Nunca comparemos nuestra religión con la de otros, ni pensemos
que estamos haciendo suficiente si hemos ayudado a otros más
allá de nuestros vecinos. Esta es otra trampa del diablo.
Atengámonos a lo nuestro. “¿Qué a ti?” dijo nuestro Maestro en
cierta ocasión: “Sígueme tú” (Jn. 21:22). Sigamos adelante, teniendo
como meta la perfección. Sigamos adelante, haciendo la vida y el
carácter de Cristo nuestro único modelo y ejemplo. Sigamos
adelante, recordando todos los días que, aun en el mejor de los
casos, no somos más que miserables pecadores. Sigamos adelante,
sin olvidar nunca que no tiene ninguna importancia si somos
mejores que los demás o no. En el mejor de los casos, somos
peor de lo que deberíamos ser. Siempre tendremos lugar para
mejorar. Hasta el final seremos deudores de la misericordia y la
gracia de Cristo. Entonces dejemos de mirar a otros y de compararnos
con ellos. Ya tendremos bastante para hacer si miramos dentro de
nuestro propio corazón.
En último lugar, pero no por eso menos importante, si algo
sabemos de crecimiento y de la gracia y anhelamos saber más, no
nos sorprenda que tengamos que pasar por muchas pruebas y
aflicciones en este mundo.
SANTIDAD 173

Creo firmemente que esta es la experiencia de casi todos los santos


más insignes. Les sucedió igual que a su bendito Maestro que fue
“despreciado y desechado entre los hombres” y tuvo que
“perfeccionase por aflicciones” (Is. 53:3; He. 2:10). Es impactante
lo que dijo de nuestro Señor cuando declaró: “Todo aquel que lleva
fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto” (Jn. 15:2). Es un hecho
lamentable que la prosperidad continua temporal, por regla general,
obra en detrimento del alma del creyente. No podemos aguantarlo.
Las enfermedades, pérdidas, cruces, ansiedades y desencantos
parecen ser absolutamente necesarios para mantenernos
humildes, en guardia y en un buen nivel espiritual. Aquellas
aparentes calamidades son tan indispensables como el cuchillo para
podar la vid y el fuego para refinar el oro. No son agradables,
humanamente no nos gustan, y a menudo no podemos
comprender el porqué. La Biblia dice que “ninguna disciplina al
presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da
fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados”
(He. 12:11). Cuando lleguemos al cielo, encontraremos que todo
obró para nuestro bien.
Permanezcan estos pensamientos en nuestras mentes si es que
anhelamos crecer en la gracia. Cuando vengan los días oscuros, no
nos resulte extraño. Más bien recordemos que las lecciones
asimiladas en días oscuros nunca las hubiéramos aprendido en los
días soleados. Digámonos: “Esto también es para mi provecho a fin de
que pueda ser yo partícipe de la santidad de Dios. Me es enviado con
amor. Estoy en la mejor escuela de Dios. Corrección es instrucción.
Esto tiene el fin de hacerme crecer”.
Dejo aquí el tema de crecimiento en la gracia. Espero haber dicho lo
suficiente como para poner a pensar a algunos lectores. Todo se está
avejentando: El mundo se está poniendo viejo, nosotros mismos
nos estamos poniendo viejos, unos cuantos veranos más, unos
cuantos inviernos más, algunas enfermedades más, algunas
aflicciones más, algunos casamientos más, algunos funerales más,
174 6.Crecimiento
algunas reuniones más y algunas partidas más, y después ¿qué?
Bueno pues, ¡el pasto estará creciendo sobre nuestras tumbas!
Entonces, ¿no sería bueno que miráramos nuestro interior y les
hiciéramos a nuestras almas una sencilla pregunta? En la religión, en
las cosas que conciernen a nuestra paz, en el grandioso tema de
nuestra santidad personal, ¿estamos yendo adelante? ¿Estamos
creciendo?
7. Seguridad
“Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi
partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la
carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la
corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel
día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su
venida”.
2 Timoteo 4:6-8

Los tres puntos de vista del Apóstol Pablo


En las palabras de las Escrituras que encabezan esta página,
notamos al Apóstol Pablo mirando en tres direcciones: Hacia
abajo, hacia atrás y hacia adelante: Hacia abajo a la tumba, hacia
atrás a su propio ministerio y hacia adelante a aquel gran día, ¡el
Día del juicio!
Nos hará bien ponernos junto al Apóstol por unos minutos y tomar
nota de las palabras que usa. ¡Feliz el alma que puede mirar hacia
donde Pablo miró y hablar como él lo hizo!
(a) Mira hacia abajo a la tumba y lo hace sin temor. Escúchele decir:
“Yo ya estoy para ser sacrificado”. Soy como un animal llevado al
lugar del sacrificio y atado con cuerdas a los cuernos del altar. La
ofrenda de bebida, que generalmente acompaña a la oblación, ya
está siendo derramada. Ya se han realizado las últimas
ceremonias. Ya se han hecho todos los preparativos. Sólo queda
recibir el golpe mortal y entonces, todo habrá terminado.
“El tiempo de mi partida está cercano”. Soy como un barco que
está por zarpar al mar. Todos a bordo están listos. Sólo espero soltar
amarras y levar anclas para zarpar y emprender mi viaje.
¡Éstas son palabras asombrosas que proceden de un hijo de
Adán como nosotros! La muerte es algo solemne y nunca lo es más
que cuando vemos que se acerca.
176 7.Seguridad
La tumba es un lugar frío y repulsivo, y es inútil que pretendamos
que no es aterrador. Sin embargo, aquí está un mortal que puede
mirar con calma ese sitio estrecho “destinado a todos los vivientes” y
decir, estando al borde de él: “Lo veo todo, y no tengo temor”.
(b) Escuchémosle otra vez. Mira hacia atrás a su vida de ministerio
y lo hace sin remordimientos. Dice ahora:
“He peleado la buena batalla”. Aquí habla como un soldado. He
peleado la buena batalla con el mundo, la carne y el diablo, de la
que tantos retroceden y tantos evitan.
“He acabado la carrera”. Aquí habla alguien que ha corrido para
ganar un premio. He corrido la carrera programada para mí. He
cubierto el territorio que me fue asignado, sin importar lo duro y
empinado que era. No he abandonado la carrera por las dificultades
que conlleva, ni me desanimé por lo larga que era. Por fin tengo la
meta a la vista.
“He guardado la fe”. Aquí habla como un mayordomo. Me he
mantenido fiel al glorioso evangelio que me fue encomendado. No lo
he mezclado con tradiciones humanas, no he arruinado su sencillez
agregando mis propias invenciones, ni he dejado que otros la
adulteraran, aun viéndome obligado a enfrentarlos cara a cara. “Como
un soldado, un corredor y un mayordomo”, parece decir: “No me
avergüenzo”.
Feliz el cristiano que al partir del mundo, puede dejar el legado
de un testimonio como éste. Una conciencia limpia no salva a nadie,
no quita el pecado, no lleva ni un milímetro más cerca del cielo. No
obstante, una conciencia limpia será una compañera agradable
junto a nuestro lecho a la hora de morir. Hay un hermoso pasaje en
El Progreso del Peregrino que describe la travesía de Integridad a la
casa de su Padre:
Integridad les llamó a sus amigos y les dijo: Muero, pero no haré
testamento. Mi integridad irá conmigo; que lo sepan los que vinieren
después.
SANTIDAD 177

Llegado el día señalado, se apercibió para hacer la travesía. El río,


en aquel entonces, se había desbordado en algunas partes; pero
Integridad, que en vida había apalabrado a un tal Buena-Conciencia
para que le auxiliase, lo encontró allí, y dándole la mano, le ayudó a
través de las aguas.
Podemos estar seguros de que hay algo de cierto en ese pasaje.
(c) Escuchemos una vez más al Apóstol. Mira hacia adelante al
gran día cuando tendrá que rendir cuentas y lo hace sin dudar.
Note sus palabras:
“Me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor,
juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que
aman su venida”.
“Una recompensa gloriosa”, parece decir, “está preparada y
reservada para mí, una corona que sólo reciben los justos. En el
gran Día del juicio, el Señor me dará a mí esta corona y la dará a
todos los que lo han amado como un Salvador invisible y han
anhelado verle cara a cara. Mi obra en la tierra ha terminado. Me
queda sólo esto para esperar, esto y nada más”.
Observemos que el Apóstol habla sin ninguna vacilación y sin
desconfianza. Considera la corona como cosa segura, como si ya
fuera suya. Declara con una confianza inquebrantable y seguridad
absoluta que el Juez justo le dará esa corona. El gran trono blanco,
todos los pueblos reunidos, los libros abiertos, la revelación de todos
los secretos, los ángeles que escuchan y la sentencia imponente,
eran cosas que Pablo conocía muy bien. Pero ninguna de éstas lo
impresionaba. Su fe fuerte las sobrepasaba a todas y veía a Jesús
únicamente, a su Abogado vencedor absoluto, la sangre de la
aspersión y el pecado limpiado. “Me está guardada”, dice, “la corona”.
“El Señor me dará a mí esa corona”. Habla como si hubiera visto
todo esto con sus propios ojos.
Éstas son las cosas principales que estos versículos contienen.
178 7.Seguridad
No me enfocaré en todo el pasaje porque quiero limitarme al tema
especial de este capítulo. Trataré de considerar el tema de la
inquebrantable “esperanza segura”, con la que el Apóstol mira en
perspectiva el día del juicio.
Lo haré enseguida, por la gran importancia que le da el Apóstol
al tema de la seguridad y la gran negligencia que, humildemente
admito, ha sufrido a menudo en la actualidad.
Pero a la vez lo hago con temor y temblor. Siento que estoy
pisando un terreno difícil y que es fácil hablar de esto sin reflexionar
y de un modo no bíblico. El camino entre la verdad y el error, en este
caso, es un laberinto angosto y estaré muy agradecido si puedo
hacerle bien a algunos sin perjudicar a otros.
Hay cuatro componentes que quiero presentar al hablar sobre
el tema de la seguridad y pueden despejar nuestro camino a medida
que los voy nombrando.
I. Primero, entonces, procuraré mostrar que una esperanza
segura, como la que Pablo expresa, es algo cierto y bíblico.
II. En segundo lugar, haré esta amplia afirmación: El que nunca
llega a tener esta esperanza segura puede, aun así, ser salvo.
III. En tercer lugar, daré algunas razones por las cuales una
esperanza segura es sumamente deseable.
IV. Por último, trataré de destacar algunas causas por las cuales,
rara vez, se llega a tener una esperanza segura.
Pido la atención de todo el que le interesa el gran tema de este
capítulo. Si no me equivoco, hay una relación muy estrecha entre la
verdadera santidad y la seguridad. Antes de terminar esta
exposición, espero haber mostrado a mis lectores la naturaleza de
esa relación. Por ahora, me contento con decir que donde hay más
santidad, por lo general, hay también más esperanza.
SANTIDAD 179
I. Una esperanza segura es algo cierto y bíblico
Primero, entonces, procuraré mostrar que una esperanza segura
es algo cierto y bíblico. La seguridad, como lo que expresa Pablo en
los versículos que encabezan este capítulo, no es mera fantasía ni
un simple sentimiento. No es el resultado de una reacción animal
intensa, ni la percepción de una persona con temperamento
sanguíneo. Es un don positivo del Espíritu Santo, otorgado sin
relación alguna con el físico, un don que cada creyente en Cristo
debiera anhelar y buscar.
En temas como estos, la primera pregunta es ésta:
(a) ¿Qué dicen las Escrituras? Contesto la pregunta sin ninguna
vacilación. Me parece a mí que la Palabra de Dios enseña
claramente que el creyente puede llegar a tener una confianza segura
con respecto a su propia salvación.
Afirmo plena y ampliamente como verdad de Dios, que el
verdadero cristiano, el hombre convertido, puede llegar a un grado
de fe en Cristo tan segura que, en general, se siente con una
confianza total en cuanto al perdón y la seguridad de su alma; rara
vez tendrá dudas, rara vez lo distraerán los temores, rara vez lo
molestarán ansiosos cuestionamientos y, en suma, aunque muchas
veces se sentirá desconcertado por los muchos conflictos
interiores con el pecado, esperará con anticipación la muerte sin
temblar y el juicio sin consternación1. Esto, afirmo yo, es la
doctrina de la Biblia.
Tal es mi posición sobre la seguridad. Les pido a mis lectores
que la tengan muy en cuenta. No digo ni menos ni más de lo que ya
he presentado.

1 “La plena seguridad de que Dios ha librado a Pablo de condenación, sí, tan
plenamente y real que produce agradecimiento y triunfos en Cristo, puede
confundirse y, de hecho, se entremezcla con las quejas y lamentos de una
condición desdichada porque permanecía en el Apóstol el cuerpo de pecado”.
—Triumph of Faith (Triunfo de la fe) por Rutherford, 1645.
180 7.Seguridad
Una afirmación como ésta es, a menudo, disputada y negada.
Muchos no ven nada de verdad en ella.
La Iglesia Católica Romana denuncia la garantía de la seguridad
en términos contundentes.
El Concilio de Trento declara sin tapujos que “la seguridad del
creyente en el perdón de sus pecados es una seguridad vana e impía”
y el cardenal Bellarmine, reconocido campeón del catolicismo
romano, llama a la seguridad “un error capital de los herejes”.
(b) La gran mayoría de los cristianos mundanos e irreflexivos
entre nosotros se oponen a la doctrina de la seguridad del creyente.
Les ofende e irrita oír de ella. No les gusta que otros se sientan
tranquilos y seguros porque ellos mismos no se sienten así.
¡Pregúnteles si sus pecados han sido perdonados y,
probablemente, le dirán que no saben! Entonces, no nos extrañe que
no puedan aceptar la doctrina de la seguridad.
(c) Pero hay también algunos creyentes auténticos que rechazan la
seguridad o que la evitan como una doctrina llena de peligros.
Consideran que es casi una presunción. Parecen creer que es una
muestra de humildad no sentirse nunca seguros, nunca confiar
totalmente y vivir con cierto grado de duda y suspenso con respecto
a sus almas. Esto es de lamentar y perjudica en gran manera.
(d) Admito sinceramente que hay personas presuntuosas que
profesan sentir una confianza que no tiene una garantía bíblica:
Siempre hay algunos que piensan bien de sí mismos cuando Dios
piensa lo contrario; también hay algunos que piensan mal de sí
mismos cuando Dios piensa bien de ellos. Siempre habrá gente
así. Nunca ha existido una verdad bíblica que no sufra abusos
y sea falsificada. La elección de Dios, la impotencia del hombre y la
salvación por gracia sufren abusos por igual.
Los fanáticos y exaltados existirán mientras exista el mundo. A
pesar de todo esto,
SANTIDAD 181

la seguridad es una realidad y una cosa verdadera y los hijos de


Dios no deben dejar que quienes abusan de ella los aparten de esa
verdad2.
Mi respuesta a todos los que niegan la existencia de una seguridad
real y bien fundamentada es sencillamente ésta: ¿Qué dicen las
Escrituras? Si no la encontráramos allí, no diría ni una palabra
más.
Pero, ¿acaso no dice Job: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se
levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi
carne he de ver a Dios” (Job 19:25, 26)?
¿Acaso no dice David: “Aunque ande en valle de sombra de
muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo” (Sal.
23:4)?

2“No vindicamos a todo el que pretende vanamente tener ‘el testimonio del espíritu’.
Ni tampoco recomendamos a aquellos de cuya profesión de fe, no vemos más que
su atrevimiento y confianza. Pero no rechacemos ninguna doctrina de revelación
por un temor demasiado ansioso de las consecuencias”. —Christian System
(Sistema cristiano) por Robinson.
“La seguridad auténtica se edifica sobre un fundamento bíblico. La presunción no
tiene ningún pasaje bíblico sobre el cual basarse; es como un testamento sin sello
ni testigo, que es nulo e inválido ante la ley. A la presunción le falta tanto el
testigo de la Palabra como el sello del Espíritu. La seguridad siempre mantiene al
alma en una postura humilde, pero la presunción en el orgullo. Las plumas
vuelan para arriba, pero el oro desciende; aquel que tiene esta seguridad de oro,
tiene un corazón que desciende en humildad”. —Body of Divinity por Watson,
1650.
“La presunción incluye una vida disoluta; la convicción, una conciencia tierna; la
primera se atreve a pecar porque se cree segura, la segunda no se atreve a hacerlo
por temor a perder su seguridad. La convicción no peca porque le costó muy caro
a su Salvador; la presunción peca porque la gracia abunda. La humildad es el
camino al cielo. Los que están orgullosamente seguros de ir al cielo no pasan al
frente con tanta frecuencia porque temen irse al infierno”. —Adams sobre la
Segunda Epístola de Pedro, 1633.
182 7.Seguridad
¿Acaso no dice Isaías: “Tú guardarás en completa paz a aquel
cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Is.
26:3)? Y también: “Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la
justicia, reposo y seguridad para siempre” (Is. 32:17).
¿Acaso no dice Pablo en Romanos: “Por lo cual estoy seguro de
que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni
potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo,
ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que
es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:38, 39)?
¿Acaso no le dice a los corintios: “Porque sabemos que si nuestra
morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un
edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos” (2 Co.
5:1)?
Y otra vez: “Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre
tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor” (2 Co.
5:6).
¿Acaso no le dice a Timoteo: “Por lo cual asimismo padezco esto;
pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy
seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2
Ti. 1:12)?
¿Y acaso no les habla a las colosenses de “alcanzar todas las
riquezas de pleno entendimiento” (Col. 2:2) y a los Hebreos de la
“plena certeza de la esperanza” y la “plena certidumbre de fe” (He.
6:11; 10:22)?
¿No dice Pedro expresamente: “Procurad hacer firme vuestra
vocación y elección” (2 P. 1:10)?
¿Acaso no dice Juan: “Sabemos que hemos pasado de muerte a
vida” (1 Jn.
3:14)?
Y también: “Para que sepáis que tenéis vida
eterna”(1Jn.5:13).
Y otra vez: “Sabemos que somos de Dios” (1Jn. 5:19).
SANTIDAD 183

¿Qué diremos a todo esto? Anhelo hablar con toda humildad sobre
cualquier punto controversial. Siento que soy sólo un pobre hijo
falible de Adán. Pero tengo que decir que en los pasajes que he
citado veo algo muy superior a meras “esperanzas” y “confianzas”
con las cuales muchos creyentes parecen contentarse en la
actualidad. Veo un lenguaje de convicción, confianza,
conocimiento y, casi diría, de certidumbre. Y siento por mi parte, que
puedo considerar estos pasajes y ver clara y evidentemente que
enseñan: Que la doctrina de la seguridad del creyente es cierta.
Respuestas a las Escrituras
(a) Pero mi respuesta, además, a todos los que no les gusta la
doctrina de la seguridad del creyente porque la consideran casi
como una presunción, es ésta: No puede ser presunción seguir los
pasos de Pedro, Pablo, Job y Juan. Todos fueron hombres con una
mentalidad eminentemente humilde, si es que alguna vez hubo
alguno; y, no obstante, todos estos hablan de su propio estado con
una esperanza segura. Esto indudablemente nos enseña que una
humildad profunda y una seguridad sólida son perfectamente
compatibles y que no hay ninguna relación aquí entre la confianza
espiritual y el orgullo3.
(b) Pero mi respuesta, además, es que muchos han alcanzado una
esperanza segura tal como nuestro texto expresa, aun, en los tiempos
modernos. No puedo aceptar ni por un momento que éste fue un
privilegio singular limitado a la época apostólica. Han habido en
nuestro país, muchos creyentes que parecen haber andado en una
comunión casi ininterrumpida con el Padre y el Hijo, que parecen
haber disfrutado constantemente de un sentido cada vez mayor de
la luz del rostro de Dios brillando sobre ellos y han dejado registrada
su experiencia. Podría mencionar nombres muy conocidos, si el
espacio lo permitiera. Lo cierto es que esto ha sido, es y eso basta.
184 7.Seguridad
Por último, mi respuesta es: No puede ser errado sentirse
(c)
seguro de un asunto del que Dios habla incondicionalmente, creer
decididamente cuando Dios promete resueltamente y estar
convencido de tener el perdón y la paz cuando descansamos en la
palabra y la promesa de Aquel que nunca cambia. Es error craso
suponer que el creyente que se siente seguro descansa en algo que él
mismo ve. Sencillamente, se apoya en el Mediador del Nuevo Pacto y
las Escrituras de la verdad. Cree que el Señor Jesús quiere decir lo
que dice y toma como ciertas sus palabras. La seguridad es, después
de todo, nada más que una fe que ha llegado a su plenitud, una fe
fuerte que toma la promesa de Dios con ambas manos y una fe que
argumenta como el buen centurión: “Solamente di la palabra, y mi
criado sanará” (Mt. 8:8). ¿Cómo, entonces, podría yo dudar?4

3 “Están muy equivocados los que piensan que la fe y la humildad no concuerdan;


no sólo concuerdan muy bien, sino que no pueden ser separadas”. —Traill.
4 “Estar seguros de nuestra salvación”, dice Agustín, “no es terca arrogancia, es

nuestra fe. No es arrogancia, es devoción. No es presunción, es la promesa de Dios”.


—Defense of Apology (Defensa de la apología) por el Obispo Jewell, 1570.
“Si la base de nuestra seguridad fuéramos nosotros mismos, se podría llamar
presunción con razón; pero como su base es el Señor y el poder de su fuerza, los
que consideran que una confianza segura es presunción, o no saben lo que es la
fuerza de su poder o poco la valoran”. —Whole Armour of God (Toda la armadura de
Dios) por Gouge, 1647.
“¿En qué se basa esta certidumbre de culpabilidad? Seguramente nada que haya en
nosotros. Nuestra seguridad para perseverar se basa toda en Dios. Si nos miramos
a nosotros mismos, vemos razón para temer y dudar, pero si miramos a Dios,
encontraremos razón para estar seguros”. —Hildersam sobre 1 Juan 4, 1632.
“Nuestra esperanza no cuelga de un hilo débil como: ‘Me imagino que’, ni ‘quizá sea’,
sino de un cable, la soga fuerte amarrada a un ancla, es el pacto y la promesa de
aquel que es verdad eterna. Nuestra salvación está amarrada a la mano misma
de Dios y a la fuerza misma de Cristo, a los indestructibles lazos de la
naturaleza inmutable de Dios”. —Letters (Cartas) por Rutherford, 1637.
SANTIDAD 185

La seguridad de Pablo basada en Cristo


Podemos estar seguros de que Pablo sería el último ser sobre la
tierra que basaría su seguridad en una experiencia personal. Aquel
que dijo: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de
los cuales yo soy el primero” (1 Ti. 1:15), tenía un sentido profundo
de su culpabilidad y corrupción. Pero también tenía un sentido, aún
más profundo, de la longitud y la amplitud de la justicia de Cristo
que le fue imputada. Él que podía clamar: “¡Miserable de mí!” (Ro.
7:24), tenía una visión clara de la fuente de impiedad en su propio
corazón. Pero tenía un sentido aún más claro de esa otra Fuente
que puede quitar “todo pecado e impureza” (Lv. 16:16). Él, que
sentía ser “menos que el más pequeño de todos los santos” (Ef. 3:8),
tenía un vivo y permanente sentido de su propia debilidad. Pero tenía
una convicción aún más viva de que Cristo no podía faltar a su
promesa de que sus ovejas “no perecerán jamás” (Jn. 10:28). Pablo
sabía, (si es que algún hombre pudiera saber), que era una pobre y
frágil embarcación flotando en un mar tempestuoso. Veía (si es
que alguien pudiera ver), las olas enormes y la rugiente tempestad
que lo rodeaban. Pero luego apartaba la mirada de sí mismo, la
fijaba en Jesús y dejaba de tener temor. Recordaba aquel ancla
detrás del velo que es “segura y firme” (He. 6:19). Recordaba las
palabras, la obra y la intercesión constante de Aquel que lo amaba y
se había entregado por él. Y era esto y nada más que esto por lo que
pudo decir con audacia: “Por lo demás, me está guardada la corona
de justicia” (2 Ti. 4:8) y concluir con tanta firmeza: “Y el Señor me
librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial” (2
Ti. 4:18)5.
5 “En su viaje al cielo nunca se ha muerto o ahogado un creyente en Jesucristo. Cada
uno se encontrará sano y salvo con el Cordero en el Monte Sion. Cristo no pierde
ni a uno de ellos, sí, a ninguno (Jn. 6:39). Ni un solo hueso de ningún creyente
yacerá en el campo de batalla. Todos son más que vencedores por medio de
aquel que los amó (Ro. 8:37)”. —Robert Traill.
186 7.Seguridad
Ya dejaré esta parte del tema. Creo que podemos admitir que he
establecido un buen fundamento para la afirmación que hice: Una
esperanza segura es algo cierto y bíblico.

II. Puedeser que un creyente nunca llegue a sentir esta


esperanza segura.
Paso al segundo punto que mencioné. Dije: El creyente que
nunca llega a tener esta esperanza segura, que Pablo expresa puede,
aun así, ser salvo.
Reconozco esto sin problema. No lo disputo ni por un momento.
No quiero contristar a algún corazón que Dios no haya
entristecido, ni desalentar a un hijo débil de Dios, ni dejar la
impresión de que alguien no puede ser salvo en Cristo a menos que
se sienta seguro.
Una persona puede tener una fe salvadora en Cristo y, aun así,
nunca disfrutar de una esperanza segura, como la que disfrutó el
Apóstol Pablo. Creer y tener un rayo de esperanza de haber sido
aceptado es una cosa; otra muy distinta es tener “gozo y paz” en
nuestra fe y abundar en esperanza. Todos los hijos de Dios tienen fe,
no todos sienten seguridad. Creo que nunca hay que olvidar esto.
Sé que algunos hombres que considero importantes y buenos
tienen una opinión distinta. Creo que muchos ministros del
evangelio excelentes, a cuyos pies con gusto me sentaría, no aceptan
la diferencia que he mencionado. Pero no quiero llamar maestro a
nadie. Detesto tanto como cualquiera, la idea de curar apenas un
poco las heridas de la conciencia, pero me parece que, cualquier
otro concepto distinto al que he enunciado, constituye un
evangelio muy incómodo para predicar y uno que, muy
posiblemente, mantendría a las almas alejadas por mucho tiempo de
la puerta a la vida6.
SANTIDAD 187

No dudo en decir que por gracia, alguien puede tener suficiente fe


para acudir a Cristo, suficiente fe para realmente aferrarse a él,
realmente confiar en él, realmente ser hijo de Dios y realmente ser
salvo, y, aun así, hasta el fin de sus días, no poder librarse de mucha
ansiedad, duda y temor. Dice un antiguo escritor: “Se puede escribir
una carta, que no se sella; de la misma manera la gracia puede
estar escrita en el corazón pero, aun así, no contar con el sello de la
seguridad”. Un niño puede nacer heredero de una gran fortuna y,
aun así, nunca saber de sus riquezas, vivir como niño y morir como
niño sin haber sabido nunca la grandeza de sus posesiones. De la
misma manera, alguien puede ser un infante en la familia de Cristo,
pensar como un infante, hablar como un infante y, aunque salvo,
nunca disfrutar de una esperanza viva, ni conocer los verdaderos
privilegios de su herencia.
La diferencia entre fe y seguridad
Nadie me malentienda cuando hablo con firmeza sobre la
realidad, el privilegio y la importancia de la seguridad. Nadie me
haga la injusticia de decir que enseño que ninguno es salvo a
menos que pueda decir con Pablo: “Por lo demás, me está guardada
la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel
día” (2 Ti. 4:8). Eso no es lo que digo. No enseño nada que se le
parezca.
(a) Es indispensable que el hombre tenga fe en el Señor
Jesucristo, si ha de ser salvo. No conozco otro modo de acceso al
Padre. No veo ningún indicio de misericordia, excepto a través de
Cristo. El hombre tiene que sentir sus pecados y su condición
perdida, tiene que acudir a Jesús para obtener perdón y salvación, y

6 Referimos al lector que quiera saber más acerca de este tema, al Apéndice, al final
de este capítulo, en el que encontrará fragmentos de escritos de varios teólogos
ingleses reconocidos que apoyan la posición de este capítulo sobre la seguridad.
Los fragmentos son demasiado largos para insertar en esta página.
188 7.Seguridad
tiene que poner toda su esperanza en él y sólo en él. Pero aunque
sólo tiene fe para hacer esto, por más débil y endeble que sea esa fe,
afirmo que no se perderá el cielo; las Escrituras lo garantizan.
Nunca, nunca restrinjamos la libertad del evangelio glorioso, ni
limitemos sus verdaderas proporciones. Nunca hagamos más
estrecha la puerta y el camino más angosto de lo que el orgullo y
amor al pecado lo han hecho ya. El Señor Jesús es muy compasivo
y misericordioso. No tiene en cuenta la cantidad de fe, sino la
calidad; no mide su graduación, sino su veracidad. No romperá
ninguna caña cascada, ni apagará ningún pábilo que humea. Nunca
permitirá que se diga que alguien pereció para siempre a los pies de
la cruz. Dice: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí
viene, no le echo fuera” (Jn. 6:37)7.
¡Sí! Aunque la fe de alguien puede no ser más grande que un grano
de mostaza, si lo trae a Cristo y hace posible que toque la punta de
su manto, será salvo tanto como lo es el santo más antiguo en el
paraíso, salvo tan completa y eternamente como Pedro, Juan o
Pablo. Hay grados en nuestra santificación. No así en nuestra
justificación. Lo que está escrito, escrito está, y nunca fallará: “Todo
aquel que en él creyere”, no el que tiene una fe fuerte y poderosa,
“todo aquel que en él creyere, no será avergonzado” (Ro. 10:11).
(b) Pero en medio de todo esto, recordemos que puede ser que la
pobre alma del creyente no tenga una seguridad completa de
haber sido perdonado y aceptado por Dios. Puede sufrir temor tras
temor y duda tras duda. Puede tener en su interior muchas
preguntas, mucha ansiedad, muchas luchas y muchas
incertidumbres (nubarrones y oscuridad, tormentas y tempestades)
hasta el final.
7 “Aquel que cree en Jesús nunca será confundido. Ninguno lo ha sido en el pasado
ni lo será usted, si cree. La siguiente fue una gran declaración de fe de un hombre
a punto de morir de una manera peculiar, entre su condenación y su ejecución.
Sus últimas palabras fueron éstas, dichas a viva voz: ‘Nunca hombre alguno murió
con su rostro hacia Cristo Jesús’”. —Robert Traill (1642-1716).
SANTIDAD 189

Afirmo, lo repito, que una fe simple y sencilla en Cristo salva al


hombre, aunque nunca logre sentirse seguro, pero no digo que lo
llevará al cielo con consolaciones fuertes y abundantes. Afirmo que
lo llevará a puerto seguro, pero no que entrará a todo vapor,
seguro y con regocijo. No me sorprendería que llegara azotado por
los elementos y sacudido por las tempestades, casi sin darse cuenta
de que está seguro, hasta que abre sus ojos en la gloria.
Creo que es de suma importancia tener en mente esta diferencia
entre fe y seguridad. Explica cosas que el que se pregunta acerca
de la religión, a veces, encuentra difícil de entender.
Recordemos que la fe es la raíz y la seguridad es la flor. Nunca se
puede tener una flor sin una raíz, pero no es menos cierto que se
puede tener la raíz y no la flor.
Fe es aquella pobre mujer que se acercó temblorosamente a
Jesús y tocó la punta de su manto (Mr. 5:25ss). Seguridad es Esteban
parado con calma en medio de sus asesinos diciendo: “He aquí, veo
los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de
Dios” (Hch. 7:56).
Fe es el ladrón penitente exclamando: “Acuérdate de mí cuando
vengas en tu reino” (Lc. 23:42). Seguridad es Job, sentado entre las
cenizas, cubierto de llagas diciendo “Yo sé que mi Redentor vive”
(Job 19:25) y “aunque él me matare, en él esperaré” (Job 13:15).
Fe es la exclamación de Pedro, cuando empezaba a hundirse en
el agua: “¡Señor, sálvame!” (Mt. 14:30). Seguridad es ese mismo Pedro
declarando tiempo después ante el Concilio: “Este Jesús es la piedra
reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser
cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay
otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser
salvos” (Hch. 4:11, 12).
Fe es la voz ansiosa y temblorosa: “Creo; ayuda mi incredulidad”
(Mr. 9:24). Seguridad es el desafío dicho con convicción: “¿Quién
acusará a los escogidos de Dios?...
190 7.Seguridad
¿Quién es el que condenará?” (Ro. 8:33, 34). Fe es Saulo orando en
la casa de Judas en Damasco, triste, ciego y solo (Hch. 9:11).
Seguridad es Pablo, el prisionero anciano, contemplando tranquilo a
la tumba y diciendo: “Yo sé a quién he creído”. “Por lo demás, me está
guardada la corona de justicia” (2 Ti. 1:12; 4:8).
Fe es vida. ¡Qué bendición tan grande! ¿Quién puede describir o
entender el abismo entre la vida y la muerte? “Mejor es perro vivo
que león muerto” (Ec. 9:4). No obstante, la vida puede ser débil,
enfermiza, enclenque, dolorosa, trabajosa, ansiosa, cansada, pesada,
sin gozo ni sonrisas hasta el final. Seguridad es más que vida. Es
buena salud, fortaleza, poder, vigor, actividad, energía, virilidad y
hermosura.
No es la cuestión “salvo o no salvo” la que tenemos delante, sino
“con privilegios o sin privilegios”. No es cuestión de paz o no paz,
sino de mucha paz o poca paz. No es una cuestión entre peregrinos
de este mundo y la escuela de Cristo. Es una que pertenece sólo a
la escuela de Cristo; es la diferencia entre el comienzo de la
primera clase en la escuela y la terminación de la última.
Aquel que tiene fe anda bien. Yo sería feliz si pensara que todos los
lectores de este libro la tienen. ¡Benditos, tres veces benditos son
los que creen! Están seguros. Están limpios. Están justificados.
Están fuera del alcance del poder del infierno. Satanás, con toda
su malicia, nunca los arrebatará de la mano de Cristo. Pero el que
tiene seguridad anda mucho mejor; ve más, siente más, sabe
más, disfruta más y tiene más días como los que se mencionan
en Deuteronomio, a saber, “como los días de los cielos sobre la
tierra” (Dt. 11:21)8.
8 “El bien más grande que podemos desear, después de la gloria de Dios, es nuestra
propia salvación; y el bien más dulce que podemos desear es la seguridad de
nuestra salvación. En esta vida no hay bien mayor que estar seguros de lo que
disfrutaremos en la vida venidera. Todos los santos disfrutan del cielo cuando
parten de esta tierra, algunos santos disfrutan un cielo mientras están aquí en la
tierra”. —Joseph Caryl, 1653.
SANTIDAD 191

III. Razones
por las cuales una esperanza segura es
sumamente deseable
Paso al tercer tema al cual me referí al principio. Daré algunas
razones por las cuales una esperanza segura es sumamente deseable.
Pido la atención especial de mis lectores al tratar este punto.
Anhelo de corazón que la seguridad sea más buscada de lo que es.
Muchos entre los que creen, empiezan a dudar y siguen dudando,
viven dudando y mueren dudando, y van al cielo en una especie de
bruma.
Sería lamentable si yo hablara livianamente acerca de
“esperanzas” y “seguridades”. Pero me temo que muchos de
nosotros nos contentamos con ellas y hasta allí llegamos. Me
gustaría ver menos creyentes “vacilantes” en la familia del Señor y
más que pudieran decir: “Yo sé y estoy convencido”. ¡Oh, que todos los
creyentes anhelaran los dones mejores y no se contentaran con
menos! Muchos se pierden la bendición completa que el evangelio
tiene la finalidad de dar. Muchos se mantienen en una condición
pobre y hambrienta del alma, mientras que su Señor está diciendo:
“Comed, amigos; bebed en abundancia, oh amados”; “pedid, y
recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido” (Cnt. 5:1; Jn.
16:24).
(1) Para empezar, recordemos que la seguridad es algo
deseable, por la
tranquilidad y paz que da en el presente.
Las dudas y temores tienen el poder de arruinar mucha de la
felicidad del verdadero creyente en Cristo. La incertidumbre y el
suspenso son malos en todo sentido: En nuestra salud, nuestras
pertenencias, nuestras familias, nuestros afectos y nuestras
vocaciones terrenales, pero nunca tan malos como en los asuntos
que conciernen a nuestras almas. Y mientras un creyente no puede
llegar más allá de “esperar que” y “confiar que”
192 7.Seguridad
se hace evidente que percibe cierto grado de incertidumbre acerca
de su estado espiritual. Las palabras mismas lo implican. Dice:
“Espero que” porque no se atreve a decir: “Yo sé que…”.
Ahora bien, la seguridad hace mucho para liberar al hijo de Dios
de este tipo de dolorosa esclavitud y, por tanto, tiene una gran
influencia sobre su tranquilidad. Le hace posible sentir que la gran
cuestión de la vida, es una cuestión resuelta, la gran deuda es una
deuda pagada, la grave enfermedad es una enfermedad curada y la
gran obra proyectada es una obra terminada. Entonces todas las
demás cuestiones, como enfermedades, deudas y obras son pequeñas
en comparación. De este modo, la seguridad lo hace paciente en la
tribulación, apacible ante la pérdida de un ser querido, im