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Atrapada

La historia trata sobre una mujer que junto a sus hijos se aísla en una cabaña en el bosque para escapar de un virus, pero extraños sucesos comienzan a ocurrir que ponen en peligro sus vidas y la de sus hijos.

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Karen Pierce
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Atrapada

La historia trata sobre una mujer que junto a sus hijos se aísla en una cabaña en el bosque para escapar de un virus, pero extraños sucesos comienzan a ocurrir que ponen en peligro sus vidas y la de sus hijos.

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Atrapada

La noche se cierra oscura y fría en el bosque. Aún no me acostumbro


a los ruidos de las sombras allí afuera. Ni tampoco a los crujidos de
esta cabaña desolada. Norberto insistió en que aquí, en el medio de
la nada, estaríamos a salvo del contagio. No me atreví a
contradecirlo, nunca me atrevo. Se esmeró en sellar las ventanas y
puertas con burletes por temor a que el virus ingresara por alguna
hendija. Se aprovisionó de mercadería, compró cerrojos y con el
último martillazo con el que aisló la cabaña del exterior, un silencio
pesado se apoderó de la familia.
Hoy decidió ir al pueblo, que está a más de 80 km de aquí porque se
rompió la bomba de agua, y aún no regresa. Preparo la comida
intranquila por la tardanza de Norberto, mientras escucho las risitas
de mis hijos en el comedor.
El ruido seco de una ventana o puerta que se cierra de golpe me
sobresalta. Me quedo inmóvil con los latidos del susto golpeando mi
cien. ¿Cómo es posible si todo está cerrado herméticamente?
Camino despacio hasta la puerta de entrada. ¿Norberto? Pregunto
temerosa. Silencio. La puerta de entrada completamente abierta me
inquieta y siento el sudor en mis manos. ¿Norberto, sos vos? Silencio.
Me acerco cautelosa para cerrar la puerta y cuando llego al umbral el
horror se apodera de mí. Crucificado en el jardín de la entrada a la
cabaña veo a Bandido. Un grito ahogado por mis manos, para no
asustar a mis hijos, me recorre todo el cuerpo. No me atrevo a salir
para verlo de cerca. Los reflectores que dan al jardín lo iluminan de
lleno. Atado a una cruz improvisada con ramas de árbol nuestro
querido y guardián Bandido, parece tan pequeño y vulnerable así
dispuesto. Parece haber sido acuchillado por la sangre que brota de
su panza. Quedo en shok petrificada. Las risitas de mis hijos
correteando por la casa, me devuelven a la realidad. Cierro la puerta
con un golpe brusco. Busco el manojo de llaves colgado en el llavero.
Allí están, en el lugar de siempre. Cierro frenética las tres cerraduras
al tiempo que las llaves se me caen una y mil veces de mis manos
resbalosas. Lo logré. Y con la última vuelta de llave caigo en la cuenta
que “alguien” podría haberse metido en la cabaña. Corro por la casa
buscando a mis hijos. Solo risas de travesura se escuchan por los
corredores. Sé, que no tengo señal de celular en medio de este
maldito bosque que me oprime. La computadora prendida y titilante
llama mi atención. No recuerdo haberla prendido hoy. Me detengo
en seco. Me acerco como hipnotizada a la pantalla. La casilla de mi
email abierto, escrito en letras grandes y rojas se lee “cuidado con lo
que hagas”. Un escalofrío recorre mi espalda al comprobar que quien
me lo envía soy yo. Todo se nubla. Me sostengo del escritorio fuerte
para no caer. El grito de uno de mis hijos me saca del sopor.
¡Mamaaaaaaaaaaaaaaá! Corro escaleras arriba. Los cuerpos inertes
de mis hijos en el piso, sangre por todos lados, los miro desencajada,
yacen inmóviles y sin embargo parecen sonreírme. Unas pisadas de
sangre marcan una huella en el piso y las sigo. Se dirigen al baño, la
luz prendida al final del pasillo. Lentamente como flotando me dirijo
hacia allí. En la bañadera, con los pelos revueltos, la bata
ensangrentada, las venas abiertas y una sonrisa espeluznante me
veo. Aún respiro. Me acerco y me escucho susurrar “al fin, al fin
somos libres”.

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