La relación inicial de una madre con su bebé
Donald Winnicott
En un estudio de la relación que existe entre una madre y su bebe, es necesario examinar por
separado aquel que es privativo de la madre y lo que está comenzando a desarrollarse en el
niño. Se dan aquí dos clases distintas de identificación: la de la madre con su hijo y el estado de
identificación de éste con la madre. La madre aporta a la situación una aptitud desarrollada,
mientras que el niño se encuentra en ese estado porque es así como comienzan las cosas.
Observamos en la mujer embarazada una creciente identificación con el niño, a quien ella
asocia con la imagen de un "objeto interno", un objeto que la madre imagina se ha establecido
dentro de su cuerpo y que pertenece allí a pesar de todos los elementos adversos que existen
también en ese ámbito. El bebé significa también otras cosas para la fantasía inconsciente de
la madre, pero tal vez el rasgo predominante sea la disposición y la capacidad de la madre para
despojarse de todos sus intereses personales y concentrarlos en el bebé; aspecto de la actitud
materna que he denominado "preocupación materna primaria".
En mi opinión, esto es lo que otorga a la madre su capacidad especial para hacer lo adecuado:
ella sabe exactamente cómo se siente el niño. Nadie más lo sabe, ya que los médicos y las
enfermeras tal vez tengan muchos conocimientos de psicología y, desde luego, son duchos en
lo que se refiere a la salud y la enfermedad corporal, pero no saben cómo se siente un bebé a
cada minuto porque están fuera de esta área de experiencia.
Hay dos clases de trastornos maternos que pueden afectar esta situación. En un extremo,
tenemos a la madre cuyos intereses personales son demasiados compulsivos como para
abandonarlos, lo cual le impide sumergirse en ese extraordinario estado que casi parece una
enfermedad, aunque constituya un signo de salud. En el otro extremo, tenemos a la madre
que tiende a estar permanentemente preocupada por algo, y el niño se convierte entonces en
su preocupación patológica. Esta madre tal vez cuente con una especial capacidad para
prestarle su propio self al niño, pero ¿qué sucede en definitiva? Es parte del proceso normal
que la madre recupere su interés por sí misma, y que lo haga a medida que el niño vaya siendo
capaz de tolerarlo.
La madre patológicamente preocupada no sólo sigue estando identificada con su hijo durante
un tiempo demasiado prolongado, sino que además, pasa muy bruscamente de la
preocupación por el bebé a su preocupación previa. La forma en que la madre normal supera
este estado de preocupación por el bebé equivale a una suerte de destete. El primer tipo de
madre enferma no puede destetar al niño porque éste nunca la tuvo realmente, de modo que
no corresponde aquí hablar de destete; el otro tipo de madre enferma no puede destetarlo, o
tiende a hacerlo en forma demasiado brusca y sin tener en cuenta la necesidad que se va
desarrollando gradualmente en el niño de ser destetado.
Si examinamos nuestra propia labor terapéutica con niños encontramos situaciones paralelas a
éstas. Los niños que atendemos, en la medida en que necesitan recurrir a la terapia, están
atravesando fases en las que retroceden y vuelven a experimentar (o experimentan por
primera vez con nosotros) las relaciones tempranas que no fueron satisfactorias en su historia
pasada. Podemos identificarnos con ellos tal como la madre lo hace con su hijo, en forma
temporaria pero completa.
Pisamos terreno firme cuando pensamos en términos de lo que les ocurre a los progenitores,
mientras que cuando reflexionamos acerca de un instinto maternal nos empantanamos en la
teoría, nos sumergimos en una mezcolanza de seres humanos y de animales. De hecho, la
mayoría de los animales manejan estos problemas iniciales de la maternidad con bastante
eficacia y, en las primeras etapas del proceso evolutivo, los reflejos y las respuestas instintivas
simples son suficientes. Pero, de alguna manera, las madres y los bebés humanos tienen
cualidades humanas y es preciso respetarlas; también tienen reflejos e instintos feroces, pero
sería absurdo describir a los seres humanos en términos de lo que tienen en común con los
animales.
Es importante destacar, aunque quizás resulte obvio, que cuando la madre se encuentra en el
estado que acabo de describir, es sumamente vulnerable. Esto no siempre se advierte, porque
por lo común se forma una especie de círculo de protección en torno de la madre, organizado
quizás por su compañero. Estos fenómenos secundarios pueden aparecer naturalmente en
torno de un embarazo, lo mismo que el estado especial de la madre parece rodear al niño.
Sólo cuando estas fuerzas protectoras naturales de protección dejan de funcionar, podemos
percibir hasta qué punto es vulnerable la madre. Aquí enfrentamos un tema muy importante
que se relaciona con el de los trastornos mentales llamados puerperales, que suelen afectar a
las mujeres. A algunas mujeres no sólo les resulta difícil desarrollar esa preocupación materna
primaria, sino que también la vuelta a una actitud normal frente a la vida y al self puede
provocar una enfermedad clínica, atribuible en cierta medida, a la ausencia o falta de la
envoltura protectora, de eso que permite a la madre volcarse hacia dentro y desentenderse de
todo peligro externo, al tiempo que se encuentra concentrada en esa preocupación maternal.
La identificación del niño con la madre
Al examinar el estado de identificación del niño me refiero al niño recién nacido, o que tiene
unas pocas semanas o meses de vida. Un bebé de seis meses está saliendo ya de la etapa que
examinaremos ahora.
El problema es tan delicado y complejo que nuestras reflexiones resultarán estériles si no
partimos de la base de que el niño en cuestión tiene una madre suficientemente buena. Sólo si
es así, el niño inicia un proceso de desarrollo que es personal y real. Si la actitud materna no es
lo bastante buena, el niño se convierte en un conjunto de reacciones frente a los choques, y el
verdadero self del niño no llega a formarse o queda oculto tras un falso self que se somete a
los golpes del mundo y en general trata de evitarlos.
Dejaremos de lado esta complicación y consideraremos al niño que tiene una madre bastante
buena y que realmente se inicia en este proceso. Yo diría que: el yo de este niño es a la vez
débil y fuerte, todo depende de la capacidad de la madre para proporcionar apoyo al yo del
niño. El yo de la madre está sintonizado con el del niño y ella puede darle apoyo si logra
orientarse hacia su hijo en la forma, que ya he reseñado parcialmente.
Cuando la pareja madre-bebé funciona bien, el yo del niño es muy fuerte, porque está
apuntalado en todos los aspectos. El yo reforzado y, por lo tanto, fuerte del niño puede, desde
muy temprano, organizar defensas y desarrollar patrones que son personales y que ostentan
visiblemente las huellas de las tendencias hereditarias.
Esta descripción del yo como débil y fuerte se aplica también a aquellos casos en que un
paciente (niño o adulto) tiene una actitud regresiva y dependiente en la situación terapéutica;
con todo, aquí lo que me propongo es describir al niño. Es precisamente este niño con un yo
fuerte gracias al apoyo yoico de la madre el que se convierte desde temprano en él mismo,
real y verdaderamente. Cuando el apoyo yoico de la madre no existe, es débil o tiene altibajos,
el niño no puede desarrollarse en forma personal, y entonces el desarrollo está condicionado,
como ya hice notar, más por una serie de reacciones frente a las fallas ambientales que por las
exigencias internas y los factores genéticos.
Los niños que reciben una atención adecuada son los que con mayor rapidez se afirman como
personas, cada una de las cuales es distinta de todas las demás existentes en la actualidad o
en el pasado, mientras que los bebés que reciben un apoyo yoico inadecuado o patológico
tienden a parecerse en cuanto a los patrones de conducta (inquietos, suspicaces, apáticos,
inhibidos, sometidos). En la situación terapéutica de cuidado infantil a menudo se tiene la
satisfacción de ver surgir a un niño como individuo por primera vez en su vida.
Este aspecto teórico es necesario a fin de llegar al mundo de los bebés, un lugar extraño,
donde nada se ha separado aún como no-yo, de modo que todavía no existe un yo. Aquí la
identificación es el punto de partida del niño. No es que se identifique con la madre, sino más
bien que no conoce a una madre ni objetos externos; e incluso esta formulación es errónea
porque todavía no existe un self.
Cabría decir que el self del niño en esta etapa temprana sólo existe en potencia; cuando un
individuo regresa a este estado, se fusiona con el self de la madre. El self infantil aún no se ha
formado de modo que no puede decirse que esté fusionado, pero los recuerdos y las
expectativas pueden comenzar a acumularse y a tomar forma. Debemos recordar que estas
cosas sólo ocurren cuando el yo del niño es fuerte porque se lo ha robustecido.
Al examinar este estado infantil debemos retroceder un paso más de lo que habitualmente
hacemos. Por ejemplo, poseemos conocimientos acerca de la desintegración, y esto nos
permite pasar fácilmente a la idea de integración. Pero en este contexto necesitamos un
término como no-integración a fin de expresar lo que queremos decir.
Asimismo, conocemos también la despersonalización, de la cual pasamos sin dificultad a la
idea de que existe un proceso por el cual uno se transforma en una persona, se establece una
unidad entre el cuerpo o las funciones corporales y la psiquis (sea cual fuere el significado
exacto de esto). Pero al considerar el crecimiento temprano, debemos pensar que el niño aún
no tiene problemas en este sentido, pues en esa etapa la psiquis apenas si está comenzando a
elaborarse en torno del funcionamiento corporal.
También conocemos las relaciones objetales, y de allí llegamos sin el menor problema a la idea
de un proceso que permite establecer la capacidad para relacionarse con objetos. Pero aquí es
necesario pensar en una situación previa, en la que el concepto de objeto aún no tiene
significado para el niño, aunque éste experimente ya satisfacción al relacionarse con algo que
nosotros vemos como un objeto, o que podríamos llamar objeto parcial. Estas cuestiones muy
arcaicas comienzan a funcionar cuando la madre, identificada con su bebé, puede y quiere
proporcionarle apoyo en el momento preciso en que aquél lo requiere.
La función materna
A partir de estas consideraciones es posible agrupar en tres categorías la función de una madre
suficientemente buena en las primeras etapas de vida de su hijo:
I) Sostenimiento (Holding).
II) Manipulación.
III) Mostración de objetos.
I) La forma en que la madre toma en sus brazos al bebé está muy relacionada con su capacidad
para identificarse con él. El hecho de sostenerlo de manera apropiada constituye un factor
básico del cuidado, cosa que sólo podemos precisar a través de las reacciones que suscita
cualquier deficiencia en este sentido. Aquí cualquier falla provoca una intensa angustia en el
niño, puesto que no hace sino cimentar: la sensación de desintegrarse, la sensación de caer
interminablemente, el sentimiento de que la realidad externa no puede usarse como
reaseguración, y otras ansiedades que en general se describen como "psicóticas".
II) La manipulación contribuye a que se desarrolle en el niño una asociación psicosomática que
le permite percibir lo "real" como contrario a lo "irreal". La manipulación deficiente milita
contra el desarrollo del tono muscular y contra lo que llamamos "coordinación", y también
contra la capacidad del niño para disfrutar de la experiencia del funcionamiento corporal y de
la experiencia de SER.
III) La mostración de objetos o realización (esto es, hacer real el impulso creativo del niño)
promueve en el bebé la capacidad de relacionarse con objetos. Las fallas en este sentido
bloquean el desarrollo de la capacidad del niño para sentirse real al relacionarse con el mundo
concreto de los objetos y los fenómenos.
En síntesis, el desarrollo es producto de la herencia de un proceso de maduración, y de la
acumulación de experiencias de vida, pero no tiene lugar a menos que se cuente con un medio
favorable. Dicho medio tiene al comienzo una importancia absoluta, y más tarde sólo relativa,
y es posible describir el curso del desarrollo en términos de dependencia absoluta,
dependencia relativa y tendencia a la independencia.
Resumen
He intentado describir aquí la relación madre-bebé, pero sobre todo en lo que atañe a este
último, en quien lo que encontramos no es en realidad una identificación, sino algo no
organizado que se va organizando en condiciones sumamente especializadas y va separándose
gradualmente de la matriz favorable. Esto es lo que se forma en el vientre y lo que
gradualmente evoluciona hasta convertirse en un ser humano. Pero no es algo que pueda
llevarse a cabo en un tubo de ensayo, por grande que éste sea.
Somos testigos, si bien no oculares, de la evolución de la experiencia inmadura de la pareja
formada por el lactante y su madre, una sociedad madre bebé en la que la primera, en virtud
de una suerte de identificación, se pone en contacto con el estado original de indiferenciación
del niño. Sin ese estado especial de la madre al que me he referido aquí, el niño no puede salir
verdaderamente de su estado original, y lo que puede suceder entonces, en el mejor de los
casos, es el desarrollo de un falso self que oculta todo posible vestigio de un verdadero self.
En nuestra labor terapéutica son incontables las veces en que nos encontramos ligados a un
paciente; pasamos por una fase en la que somos vulnerables (como lo es la madre) debido a
esa participación nuestra; nos identificamos con el niño que depende temporariamente de
nosotros en grado alarmante; observamos cómo el niño se va desprendiendo de su falso self;
presenciamos el comienzo de un verdadero self, un self verdadero con un yo que es fuerte
porque, tal como lo hace la madre con su bebé, hemos podido proporcionarle apoyo yoico. Si
todo sale bien, tal vez descubriremos que un niño ha surgido, un niño cuyo yo puede organizar
sus propias defensas contra las ansiedades inherentes a los impulsos y las experiencias del ello.
Un "nuevo" ser está naciendo, merced a nuestro trabajo, un verdadero ser humano capaz de
tener una vida independiente. La tesis que propongo aquí es que lo que hacernos en la terapia
equivale a un intento de imitar el proceso natural, que caracteriza la conducta de cualquier
madre con respecto a su propio bebé. Si estoy en lo cierto, la pareja madre-bebé es la que
puede proporcionarnos los principios básicos para fundamentar nuestra labor terapéutica,
cuando tratamos niños cuyo temprano contacto con la madre fue deficiente o se vio
interrumpido.