Aportes de Bronislaw Malinowski a los estudios antropológicos y del lenguaje
Los aportes de Malinowski contribuyeron a la refundación de la antropología moderna.
Definió el objetivo y el método de esta disciplina, otorgándole un estatus científico. La meta
del trabajo antropológico es, de acuerdo con él, “llegar a captar el punto de vista del
indígena, su posición ante la vida, comprender su visión de su mundo” (Los argonautas del
Pacífico occidental, 1922: 41). Plantea que el método más adecuado para lograrlo es el de
la observación participante, que apunta a la construcción de un saber objetivo sobre la
comunidad estudiada mediante la recolección de datos in situ y, más importante aún, de la
integración del investigador a la misma, asumiendo un rol activo no sólo en sus actividades
trascendentales como celebraciones, ritos, etc., sino también en aquellas de índole
cotidiana.
Para el antropólogo británico de origen polaco, la cultura es producto de la interacción del
ser humano con su ambiente, que éste reacondiciona constantemente en virtud de sus
requerimientos, al mismo tiempo que constituye el mecanismo regulador de su
comportamiento.
Malinowski, considerado el padre de la corriente funcionalista británica dentro de la
antropología, sostiene una concepción integral e instrumental de la cultura: es un todo
orgánico funcional que está al servicio de las necesidades humanas.
Su teoría hace hincapié en los fundamentos biológicos de la cultura, esto es, postula que los
primeros hechos culturales surgen como respuesta a las necesidades fisiológicas básicas
del ser humano, cuya satisfacción supone una condición para la supervivencia del
organismo y del grupo. A su vez, la satisfacción de las necesidades primarias construye un
nivel cultural de vida que da lugar a nuevas necesidades ligadas a la reproducción,
conservación y administración de este ambiente artificial o secundario. Estas necesidades
derivadas se dividen en instrumentales e integrativas o simbólicas y, al igual que las
orgánicas, demandan ser cubiertas mediante las respuestas apropiadas. En este sentido, la
cultura se desarrolla a partir de la evolución de las necesidades y, junto con ellas, de las
funciones. Cabe señalar que los concomitantes culturales creados como solución a estos
nuevos requerimientos no están, en modo alguno, desconectados de las necesidades
básicas, sino que son una forma indirecta de satisfacción de las mismas. Ahora bien, la
efectivización de este carácter funcional de la cultura precisa de la acción organizada y
cooperativa de los miembros del grupo social. Es así que el conjunto de los concomitantes
culturales diseñados por el hombre en cada cultura se articulan dentro de una estructura
institucional en cuyo seno se desarrolla la vida de la comunidad, y cuyas normas moldean el
comportamiento de sus integrantes, pudiendo imponérseles una sanción en caso de su
incumplimiento. En palabras de Malinowski: “Ningún elemento, ‘rasgo’, costumbre o idea
puede ser definida, a menos que se la ubique dentro de su manifiesto y verdadero marco
institucional” (Una teoría científica de la cultura, 1944: 74). Por este motivo, la institución se
erige como “la verdadera unidad del análisis cultural” (ibid, 75). Estas instituciones son de
validez universal, es decir, se encuentran en todas las culturas, pero se materializan de
manera particular en cada caso, dada la singularidad de las prácticas, valores, técnicas,
instrumentos, etc. que las constituyen. Es importante aclarar que, si bien cada institución
nuclea una función específica que le es distintiva, esto no implica que se correlaciona
estrictamente con una única necesidad. Más bien, las instituciones ofrecen respuestas
integrales a una serie de necesidades de diversa índole. Lo que verdaderamente acontece
en la realidad cultural, dice Malinowski, “es una encadenada serie de instituciones
vinculadas entre sí y presentes en cada uno de los aspectos particulares [de la vida]” (ibid:
131). En consecuencia, todo fenómeno etnológico debe ser analizado desde un punto de
vista global, es decir, que considere todas las dimensiones e instituciones culturales
involucradas. Con todo esto, el antropólogo define a la cultura, en última instancia, como “un
compuesto integral de instituciones, en parte autónomas y en parte coordinadas” (ibid, 60),
con el cual el hombre hace frente a los problemas concretos que se le presentan en la
interacción con su ambiente.
Resulta pertinente realizar una mención especial con respecto a las necesidades
integrativas o simbólicas y sus correspondientes concomitantes culturales, entre los que se
encuentran los sistemas de conocimiento, la magia, la fe y, fundamentalmente, el lenguaje.
El papel del simbolismo en relación con la cultura es crucial para Malinowski, en la medida
en que permite estandarizar, sistematizar y reproducir los valores que hacen a la
cosmovisión de cada cultura y que surgen como resultado de la transformación de los
impulsos fisiológicos por parte de sus miembros. Para el antropólogo, entonces, los sentidos
se configuran en estrecha relación con la cultura en que emergen.
Teniendo esta idea como punto de partida, Malinowski se interesa particularmente por el
funcionamiento del lenguaje y propone una teoría etnográfica para su estudio. Esta teoría
consta de dos conceptos fundamentales: contexto de situación y lengua como modo de
acción social.
La noción de contexto de situación implica que las palabras no significan por sí solas, sino
que el significado se deriva de las circunstancias en que la lengua está siendo utilizada.
Más específicamente, en palabras del Malinowski, esta categoría “indica, por un lado, que la
concepción de contexto ha de ampliarse y, por otro, que la situación en que se pronuncian
las palabras no puede considerarse irrelevante para las expresiones lingüísticas” (“El
problema del significado en las lenguas primitivas”, 1923, 306). Por consiguiente, y en
contraposición a la perspectiva filológica para el estudio de las lenguas, “el estudio del
lenguaje que hablan las personas que viven bajo condiciones diferentes de la nuestra, con
una cultura distinta, ha de hacerse de acuerdo con el estudio de su cultura y de su entorno”
(ibid).
Con base en lo anterior, el antropólogo arriba a la conclusión de que “la principal función de
la lengua no es expresar pensamientos ni duplicar los procesos mentales, sino desempeñar
un papel activo en el lado pragmático de la cultura humana” (Los jardines de coral y su
magia, 1935, vol.2: 7). Dicho de otra manera, en su rol primario dentro de cualquier cultura,
la lengua opera como “un modo de acción social más bien que un mero reflejo del
pensamiento” (“El problema del significado en las lenguas primitivas”, 1923: 327-328).
Hacemos uso de la lengua, principalmente, para realizar acciones en el marco de alguna
actividad social, y siempre insertados en una cultura específica. Estas acciones pueden ir
desde llevar a cabo una tarea práctica hasta la mera interacción con el otro, pero, en cada
caso, ya sea en mayor o en menor grado, el significado de las expresiones lingüísticas se
deriva, invariablemente, del contexto en que se emplean. Incluso, tal como plantea el autor,
en los casos en que el lenguaje aparenta funcionar como un instrumento de reflexión, como
en el caso de la literatura, la ciencia y la filosofía, es posible pensar en un uso pragmático
del mismo.
Dado que “El lenguaje se encuentra enraizado en la realidad de la cultura” (ibid, 320), el
conocimiento de la lengua de la comunidad estudiada constituye, para Malinowski, una
importante herramienta en el cumplimiento del objetivo de la investigación antropológica.