FILOSOFÍA MEDIEVAL
PRIMERA PARTE. LA PATRÍSTICA GRIEGA.
Apuntes de clase
J. Salvador García Cuéllar
Presentación.
En primer lugar, quiero hacer notar que el nombre de la materia no le hace justicia al
contenido, si tomamos en cuenta la extensión temporal del objeto de estudio.
Lo que presentamos en este curso abarca diez y seis siglos de historia, por lo que no
debemos llamarla solamente Filosofía de la Edad Media, ya que este periodo histórico, si
bien se abarca en el curso en su totalidad, es rebasado por otras etapas del acontecer
humano.
Empezamos a considerar la filosofía desde los inicios del cristianismo, lo que está
comprendido en la etapa histórica de la antigüedad, específicamente en el tiempo del
Imperio Romano, luego seguimos con la Edad Media propiamente dicha y terminamos
considerando filósofos que vivieron cuando ya estaba muy adelantada la llamada época
moderna, y pasamos de frente sobre el renacimiento.
Es por eso que a este curso se le llama, según algunos profesores, Filosofía Cristiana, pues
trata precisamente del pensamiento que desarrollaron los cristianos, en su calidad
precisamente de cristianos, desde la irrupción del Evangelio en el mundo, hasta poco más
de un siglo después de la Edad Media.
¿Filosofía o teología?
Es claro que lo que los pensadores cristianos hicieron fue teología. Su primordial interés era
el entendimiento de Dios y la revelación a través de Cristo. Eso no debe impedirnos
descubrir filosofía en el desarrollo de la teología. Los materialistas dialécticos decían que
los estudiosos de la filosofía medieval no se ocupaban de problemas filosóficos, sino de
religión, por lo que a esta etapa de la historia no debe dársele la calidad de etapa filosófica,
por tanto debe excluirse del estudio de la filosofía.
Sin embargo, es un hecho que dentro del desarrollo teológico se dio un desarrollo filosófico
propiamente dicho, aunque muchas veces el segundo dependía del primero.
Por otra parte, en una etapa de la Edad Media europea, vemos la irrupción de los filósofos
griegos a través del Islam y el judaísmo. Es entonces cuando se abordan de manera directa
los problemas filosóficos, es decir, los teólogos tienen que hacerse filósofos para integrar el
pensamiento aristotélico a los sistemas teológicos que por este tiempo se estaban
desarrollando.
Por consiguiente, debemos estudiar la filosofía donde se encuentre, y si está dentro de los
sistemas teológicos ahí debemos ir para darnos cuenta de cómo se desarrolló el
pensamiento filosófico a través de un tiempo tan prolongado, que fue dominado por
discusiones concernientes a la fe cristiana.
Durante estos siglos, el enfoque y la temática de las discusiones fueron variando según lo
determinaban los tiempos. Así, al inicio, el interés de los pensadores era justificar el
cristianismo como corriente de pensamiento válida y con derecho propio para determinar el
modo de pensar y actuar de los miembros de esa sociedad. A esta primera etapa le
llamamos La Patrística. Luego que el cristianismo se asentó como la corriente de
pensamiento dominante, el interés de los pensadores se centró en el entendimiento cada vez
más claro de Dios, y por consiguiente, la naturaleza de la creación, de la que forma parte el
ser humano. A esta etapa le llamamos La Escolástica, que se extiende en el tiempo hasta el
siglo 17 con Francisco Suárez.
Estas etapas se traslapan con la filosofía antigua en primer lugar, y al final, con la filosofía
moderna.
En el curso de Filosofía Antigua, seguramente estudiaron a Filón de Alejandría y otros
filósofos posteriores, que vivieron en el tiempo del Imperio Romano, y convivieron con
pensadores cristianos considerados en esta etapa de la Historia de la Filosofía, llamada
Patrística.
Por otra parte, estudiaremos la obra de pensadores que vivieron en los siglos 16 y 17, ya
cuando había terminado o estaba por terminar el renacimiento y convivieron con filósofos
considerados dentro de la filosofía moderna, como Descartes y Blas Pascal.
El tiempo tan largo que abarca este curso nos hace que demos saltos muy largos a fin de
considerar a los más importantes pensadores, y además que veamos de manera sucinta y
compacta algunos sistemas sin detenernos en pensadores individuales más que un poco a
fin de seguir adelante con la consideración del desarrollo filosófico.
PRIMEROS FILÓSOFOS CRISTIANOS
El cristianismo es una religión. Este hecho puede hacernos pensar en que no debemos
abordarlo en un curso de Historia de la Filosofía. Sin embargo, también es pensamiento. Y
esto nos obliga a escudriñar lo que tiene de filosofía para considerar el devenir de la
sabiduría natural a través de ese tiempo.
San Pablo muestra cierto desdén a la “sabiduría de los hombres”, sin embargo, predica en el
mundo griego, lo que le obliga a abordar temas que no son ajenos a la filosofía, por
ejemplo, la posibilidad de que el gentil conozca al creador a través de las creaturas. Además
aborda temas de ética, como lo hacían los filósofos de su tiempo, aunque él los trata de
manera dogmática y en el contexto del pensamiento judeo-cristiano.
Los apologistas.
En el siglo segundo, hubo dos grupos de cristianos que asumieron actitudes distintas: Por
un lado, algunos desdeñaron “la sabiduría de los hombres” y dedicaron todo su esfuerzo a
desarrollar la religión. Por otro, hubo quienes entablaron diálogo con la sociedad no
cristiana de su tiempo y produjeron los primeros escritos de índole filosófica, todos ellos
produjeron apologías.
El primer escritor que aborda la apología con temática filosófica del que tenemos noticia es
Arístides, en el año 125. También por ese tempo Quadrato escribió una apología que no se
conservó, sino que solamente tenemos noticia de ella a través de escritores posteriores.
Además hay una obra antigua llamada Pastor (en latín) de Hermas, que aborda temas
filosóficos.
La apología es un género muy obvio en este contexto, ya que los cristianos eran
perseguidos por adherirse a una religión peligrosa para el gobierno romano, además se les
acusó de diversos delitos, como el ateísmo. Ellos vieron la necesidad de dialogar con “el
mundo” en términos filosóficos, ya sea para justificarse ante el imperio o para presentar su
propuesta religiosa a fin de conseguir prosélitos.
Estos pensadores sentaron las bases de una filosofía cristiana en sentido estricto, es decir,
un pensamiento justificador expresado en términos de la cultura reinante: el estoicismo
impregnado de platonismo.
San Justino Mártir.
Nació en Siquem, Samaria, actual Flavia Neápolis, de padres paganos y se convirtió al
cristianismo en el año 132. Fue martirizado en Roma bajo el prefecto Junio Rústico (163-
157).
Al igual que muchos filósofos de su tiempo, anduvo en busca de la verdad, para lo que se
inscribió con maestros estoicos, peripatéticos, pitagóricos y platónicos, escuelas que por ese
tiempo estaban vigentes. En su búsqueda se encontró con el cristianismo y se convirtió.
Luego se fue a Roma donde fundó una escuela de filosofía.
Esta historia se repite en el tiempo de San Justino. Tenemos casos semejantes de quienes
buscaron la verdad y la encontraron ya sea en una escuela filosófica o en una religión.
Además es muy natural que alguien pase de una filosofía animada de espíritu religioso
como era el neoplatonismo de entonces, a una religión capaz de consideraciones filosóficas
y que responde muy rebosantemente a las preguntas planteadas por los platónicos.
El cristianismo ofrece en ese tiempo una nueva solución a los problemas que los mismos
filósofos estaban planteando. Una religión fundada sobre la fe capaz de resolver los
problemas filosóficos con mejores títulos que la filosofía misma. Sus discípulos tenían,
pues, el derecho a reclamar el título de filósofos.
Obras: Nos han llegado la Primera Apología (150), la Segunda Apología y el Diálogo con
Trifón, compuesto hacia el 160.
Sentido de su pensamiento: En primer lugar, Justino dice que “hemos conocido que el
Logos ilumina a todo hombre al venir a este mundo, y por lo mismo, todo linaje humano
participa del Logos”. Y puesto que “Cristo es el Logos encarnado, todos los hombres que
han vivido según el Logos han vivido según Cristo”.
Una frase de san Justino Mártir que fue retomada por filósofos posteriores es: “todo lo que
de verdadero ha sido dicho alguna vez, es nuestro”. La proposición la hizo en el sentido en
que lo bueno y lo verdadero que han dicho los filósofos, ya lo había dicho la revelación en
algún lugar de la escritura, como en el Antiguo Testamento, y sobre todo, en el Nuevo
Testamento. Por tanto, se apropia, para sí y para todos los cristianos, de la verdad contenida
en el Antiguo Testamento y en los escritos de los filósofos anteriores al cristianismo. Esta
actitud se reflejará en los filósofos cristianos posteriores. Según Justino, Sócrates pertenece
a los discípulos de Cristo porque pensó la verdad y poseyó los gérmenes de la verdad plena
que la revelación cristiana nos ofrece en estado perfecto.
Dios. San Justino no se enfrenta dramáticamente con un supuesto politeísmo de la filosofía
grecorromana, porque de hecho había una clara tendencia hacia el monoteísmo en el
pensamiento de ese tiempo. Sin embargo, el Dios sobre el que reflexiona San Justino es
distinto del Demiurgo grecorromano. En primer lugar es un ser innombrable (literalmente
le dice “anónimo”), eterno y creador a partir de la nada. El Dios de san Justino está más
cercano al Yahvé de los judíos que al Demiurgo de los griegos. La novedad no reside en el
concepto mismo, sino en la presentación de esta reflexión en el mundo de la filosofía
grecorromana.
El hombre. San Justino Mártir no tiene una reflexión sistemática sobre el hombre,
solamente dice algunas cosas sobre el alma, que es el equivalente en ese tiempo de una
antropología filosófica. Para los griegos, el alma es inmortal per se, y Justino se enfrenta a
este concepto diciendo que ésta no tiene vida por sí misma, sino que le viene de Dios. Por
consiguiente, Dios determina si el alma es mortal o inmortal, pues de Él le viene la vida. El
alma, pues, es inmortal de hecho, no de derecho pleno, porque Dios así lo ha determinado,
no porque sea esencialmente inmortal.
En su Diálogo con Trifón, Justino Mártir se enfrenta a la filosofía griega con respecto a la
libertad humana. Según los griegos, el destino del hombre está previamente determinado y
debe someterse a él sin remedio. Justino afirma que el hombre goza de libre albedrío y que
no se somete a ningún destino. Desde el principio del cristianismo, los pensadores han
defendido la libertad humana y la han contrastado con los conceptos de destino
provenientes de la filosofía griega.
San Justino toma el concepto de Logos a partir del evangelio de San Juan y de Filón de
Alejandría. Sus influencias son muy obvias, no ofrece una verdadera novedad en relación al
concepto de Logos que no venga en el neoplatonismo de la época, como por ejemplo, en
Filón de Alejandría.
Otros padres apologistas.
San Justino tuvo como discípulo a Taciano, quien mantuvo con más vehemencia la
“superioridad” del pensamiento cristiano ante la filosofía griega. Además expresa con más
claridad que su maestro el carácter temporal de la materia y la temporalidad de la creatura.
Atenágoras, “filósofo ateniense” alrededor del año 177 dirigió al emperador Marco Aurelio
su Embajada en Favor de los Cristianos. En ella los defiende de la acusación de ateísmo y
propone un método racional para entender el carácter temporal de la materia, y por
contraste el carácter eterno e increado de Dios.
Conclusión. Los apologistas del siglo II no se preocuparon por construir sistemas
filosóficos, pero proponen los problemas que después llamarán la atención de los filósofos
cristianos: Dios, la creación, la naturaleza y la finalidad del hombre. Además el fenómeno
de los apologistas muestra cómo desde sus inicios el cristianismo impuso un cambio en la
filosofía de occidente. De hecho, no fue una evolución lenta, con periodo de transición, sino
un abrupto cambio de perspectiva en los intereses filosóficos y en las soluciones que la
nueva religión ofrecía a la razón para resolver problemas antiguos y siempre actuales. No
se trata simplemente de buscar una nueva expresión a fórmulas ya conocidas, sino de
ofrecer otro punto de vista, con una cosmovisión diferente a la griega y que da respuesta
cada vez más satisfactoria a las inquietudes filosóficas planteadas por la “vieja filosofía”.
El gnosticismo y sus adversarios.
El siglo II es una época de activa fermentación religiosa. Desde todos los puntos de vista y
bajo todas las formas se buscan los medios de alcanzar la unión del alma con Dios, como
un ideal planteado por el platonismo y el estoicismo, las filosofías dominantes junto con las
religiones provenientes del medio oriente. Ya no se trata de saber si Dios existe o qué se
puede afirmar de él por la luz de la razón, ese problema ya está superado. Ahora se desea
una gnosis, es decir, una experiencia unificante y divinizadora que permita llegar a Él en un
contacto personal y real.
Medio oriente y occidente, con sus filosofías muy animadas de espíritu religioso, la
degradación de las religiones órficas oficiales de Grecia y Roma, y la entrada de religiones
mistéricas y de otros tipos, hacen un excelente caldo de cultivo para la difusión del
cristianismo, el ingreso de religiones orientales y la aparición de nuevas religiones con
explicaciones barroquísimas sobre la divinidad.
Durante este siglo apareció una serie de fundadores de grupos religiosos que se apropiaban
de todas las religiones y sistemas filosóficos para componer sus teogonías y cosmovisiones
complicadas. Pero a pesar de sus estrambóticas descripciones de las divinidades, esa no era
la nota importante, sino la posibilidad de que el hombre alcanzara una unión directa con
Dios a través de la gnosis o conocimiento infuso, que solamente poseen algunos
privilegiados, o que se alcanza mediante técnicas muy elaboradas. No se trata de un
misticismo, sino de un conocimiento parte racional y parte fideísta que procede de seres
divinos como una chispa arrojada por luminosos entes superiores, lo que constituye
teosofías mágicas y esotéricas.
No hubo una propuesta común que aglutinara a estos pensadores, más bien hubo una serie
larga de pseudomísticos que tenían ciertos rasgos comunes, entre ellos la afirmación de la
gnosis.
Gnósticos. Marción de Sínope, Valentín, Saturnino, Basílides y Manes, entre otros,
construyen teogonías, unas más complicadas que otras, pero todos ellos afirman poseer el
conocimiento que lleva a la relación directa con la divinidad.
Ante esta ola de religiones un poco filosóficas, reacciona un grupo de padres de la Iglesia
que defienden la recta doctrina cristiana y luego de mucho tiempo y esfuerzos, que se
traducen en filosofía perene, logran desterrar, aunque no para siempre, a estas complicadas
teorías de Dios y del cosmos.
San Ireneo.
Nació en Esmirna o en sus cercanías, hacia el año 126, probablemente de padres cristianos.
Conoció a Policarpo, quien a su vez había conocido a algunos discípulos de Cristo. No está
claro a quién conoció Policarpo, no sabemos si se trata de Juan el hijo del Zebedeo, de Juan
el evangelista o de Juan el anciano (presbítero). Aun más, parece que Policarpo recibió de
alguno de los apóstoles la ordenación sacerdotal y el nombramiento de obispo de Esmirna.
De cualquier manera, esta relación influyó para que Ireneo se sintiera parte de la tradición
directa con los apóstoles, lo que le hizo consciente de su responsabilidad con la recta
doctrina. De Asia Menor pasó a las Galias, donde fue ordenado sacerdote, y luego fue
elegido sucesor del obispo mártir en el año 177. Después de eso poco o nada sabemos de él,
lo más probable es que también fue martirizado.
La obra más importante de san Ireneo se llama Adversus Haereses, de la que se conservan
extensos fragmentos griegos y una traducción al latín, poco elegante, pero fiel. El título de
esta obra en griego es más expresivo: Exposición y Refutación del Falso Conocimiento
(Gnosis). Es la primera obra sistemática de refutación de la gnosis y exposición de doctrina
cristiana. Está compuesta por cinco libros, el primero describe las doctrinas gnósticas, el
segundo las refuta y los tres últimos son una exposición de la doctrina cristiana.
Aunque su obra es teológica, Ireneo echa mano de nociones filosóficas de manera
sistemática. En primer lugar se enfrenta a la gnosis con el argumento de la continuidad
apostólica: lo que él enseña procede de los apóstoles, lo que constituye la verdadera gnosis
(gnosis alethés).
Dios. Es posible conocer a Dios por medios naturales, pero este conocimiento se debe
abordar con sobriedad, sin barroquismos absurdos como lo hacen los gnósticos. Pretender
conocer a Dios como lo hacen los gnósticos es desconocer los límites de la razón humana.
Todo lo que ésta no puede conocer, lo debemos reservar a Dios mismo. No se hace uno
cristiano para ser sabio, sino para salvarse. Estos términos serán repetidos a lo largo de la
época patrística y tendrán eco en la Edad Media.
Dios creó al mundo y al hombre de manera directa, sin entes intermediarios. Y si los
gnósticos quieren multiplicar los intermediarios de la creación, sin honor a la verdad
pueden hacerlo, pero a final de cuentas el verdadero creador es Dios, y lo hizo de manera
libre, y todo procede de Él, desde el modelo de la creación hasta la creación misma.
San Ireneo demuestra que la inteligencia está a favor de la fe. A diferencia de los sistemas
complicados de los gnósticos, que elaboran explicaciones enredadas sobre entes celestiales
que nada tienen que ver con lo que se puede conocer a través de la razón, el cristianismo
pregona un Dios razonablemente unitario. Según Ireneo existe una impresionante armonía
entre las Escrituras y el espectáculo del mundo. Todas las cosas visibles proclaman la
existencia de un Dios, y las Escrituras hablan de ese mismo Dios como su autor y director.
Dentro de la tradición judeo-cristiana, san Ireneo sigue proclamando la creación ex nihilo.
Los hombres no pueden crear nada sin materia preexistente, Dios en cambio hizo todas las
cosas de la nada, mediante el Verbo, por bondad.
El universo nació de Dios por el bien y para el bien, y no como creían los gnósticos, que era
una obra imperfecta porque había sido creado por un ente intermedio, menor que Dios y
mayor que el mundo. La imperfección del universo le viene por ser creado, no por haber
sido hecho por un eón imperfecto.
Según san Irenero, como todos los demás seres, el hombre ha sido creado directa y
totalmente por Dios, por tanto, el hombre es bueno porque precede de Dios, pero no
perfecto por su naturaleza de creado. Sin embargo, el hombre puede acercarse a la
perfección que le es accesible. La antropología en Ireneo es semejante a la antropología
paulina, que a su vez procede del platonismo, a saber, el hombre es cuerpo (soma) y alma
(psijé), a su vez el alma está constituida de espíritu (spiritus) y neuma (pneuma), y con la
muerte del hombre el alma sobrevive con la forma que tenía cuando habitaba un cuerpo,
por eso las almas se pueden reconocer unas a otras. Esta es la base para negar la
transmigración de las almas.
Las principales facultades del alma son el entendimiento y el libre albedrío. Dios Padre ha
hecho a todo el hombre a su propia imagen. El entendimiento comienza por mirar las cosas,
las examina, saca de ellas un saber sobre el cual razona, discutiéndolo en su interior y
expresándolo, finalmente por la palabra. Un ser inteligente es libre, incluso para usar a su
entender las órdenes divinas. Por el libre albedrío el hombre es semejante a su creador.
La escuela de Alejandría
A pesar de las persecuciones, o tal vez precisamente a causa de ellas, el cristianismo siguió
expandiéndose en Medio Oriente, Asia Menor y Occidente. Alejandría está situada en el
delta del Nilo, en Egipto, a la vista del Mediterráneo, en un lugar estratégico para el
comercio y la cultura. Además fue una ciudad verdaderamente opulenta y cosmopolita, lo
que ayudó al desarrollo de la filosofía en todas sus formas, y el cristianismo no es la
excepción. Durante el siglo III fue el centro más activo del pensamiento cristiano.
Como ciudad cosmopolita, Alejandría había conservado la antigua religión de los egipcios
y el templo a Serápis la dominaba, los cultos romanos se habían añadido al antiguo culto
local sin intentar suprimirlo, y vivía ahí una comunidad numerosa de judíos helenizados,
que olvidaron el hebreo y tradujeron el Antiguo Testamento al griego. De hecho, hubo una
escuela filosófica llamada judaísmo alejandrino, cuyo más importante representante había
sido Filón. Ahora estaba poblada también por cristianos, quienes constituyeron una nueva
corriente de pensamiento.
Alejandría fue el centro de enseñanza de conotados gnósticos, como Carpócrates, Basílides
y Valentín. Y en su calidad de centro de pensamiento cristiano, tuvo como habitantes a san
Clemente de Alejandría y a Orígenes, uno de los más preclaros pensadores cristianos.
Los pensadores alejandrinos se preocuparon por presentar la “verdadera gnosis”, es decir, el
verdadero conocimiento que lleva a Dios, estos es, el cristianismo.
San Clemente de Alejandría.
Nació en Atenas en el año 150 y murió en el 215. Al parecer se convirtió tempranamente al
cristianismo y viajó para instruirse con diversos maestros.
Encontró en Alejandría a Panteno, un cristiano ortodoxo que lo instruyó en la doctrina y
satisfizo plenamente su curiosidad. Al parecer Panteno, quien no dejó obra escrita, era un
verdadero sabio y maestro de doctrina cristiana. Clemente, después de la muerte de Panteno
asumió la dirección y enseñanza de su escuela, se unió al presbiterio de Alejandría y en
ocasión de la persecución del 202, salió de Egipto para refugiarse en Cesarea de Capadocia.
Obras. Sus más importantes escritos son el Discurso de Exhortación a los Griegos
(Protéptikos) producido hacia el año 195, el Pedagogo y los Strómata (Variedades).
La obra de san Clemente es unitaria, en el sentido en que el primer libro, las exhortaciones,
es apologético y dirigido a paganos. El segundo texto sirve para la educación de los
cristianos en la vida activa, y la última obra se orienta a la vida contemplativa, la verdadera
gnosis.
La historia del pensamiento es semejante a dos ríos que al principio son paralelos y luego se
juntan. Estos ríos son la filosofía griega y el judaísmo del Antiguo Testamento. En su
confluencia aparece el cristianismo que enriquece la unión de los dos anteriores y hace que
el pensamiento llegue a su culmen.
San Clemente no desprecia la filosofía griega, sino la aprovecha. Según él la filosofía es
preparación para el evangelio. Cuando los hombres llegaron a elevados niveles de
pensamiento llegó el evangelio para llevarlos a niveles muy elevados de misticismo. Por
eso la verdadera gnosis es la fe ayudada por la reflexión filosófica. El cristiano no necesita
de teosofías ni de explicaciones complicadas para adquirir el conocimiento que lleva a la
unión con Dios, le basta el evangelio y la reflexión.
Orígenes.
Una de las mentes más preclaras en toda la historia de occidente (¿de la humanidad?) es
Orígenes. Abordó prácticamente toda la temática de su época y se adelantó a cuestiones de
tiempos muy posteriores, como la predestinación, que fue discutida en el transcurso de la
reforma protestante, o la posibilidad de creaciones sucesivas, tema propio de la física
actual.
Nació en Egipto en 184, muy probablemente en Alejandría, de padre converso y mártir. Fue
discípulo de san Clemente a quien sucedió en la dirección de la escuela de Alejandría por
un tiempo. Además viajó para estudiar con diversos maestros, como Ammonio Saccas,
maestro de Plotino, junto con el mismo Orígenes. Estudió a todos los filósofos que le
fueron posibles, incluidos Platón y Aristóteles, sin embargo afirmó que la verdadera
filosofía es el cristianismo. En su escuela siempre se estudió a todos los filósofos, a fin de
que el estudiante tuviera una visión de conjunto de todo el pensamiento griego y cristiano.
En uno de sus viajes a Grecia fue ordenado sacerdote, pero algunos consideran irregular su
ordenación a causa de su castración voluntaria para seguir el consejo evangélico de que se
debe vivir como eunuco, algo al parecer contradictorio en el maestro de la interpretación
alegórica del evangelio. Fue expulsado de Alejandría por el obispo Demetrio cerca del año
231, a causa de sus enseñanzas. Fundó una escuela y una biblioteca en Cesarea de
Capadocia, de donde salió un gran número de pensadores cristianos ortodoxos. Al parecer
murió en Tiro durante la persecución de Decio, a causa de los tormentos padecidos.
El talento de Orígenes lo llevó a sostener tesis adelantadas a su tiempo y aventuradas desde
el punto de vista dogmático. Tuvo detractores entre los padres más importantes, como
Pedro de Alejandría y san Epifanio, incluso Teófilo de Alejandría reunió un concilio para
someter a juicio su doctrina, cuya condenación obtuvo. Sin embargo también contó con
entusiastas defensores, como san Jerónimo y los grandes capadocios. La época moderna lo
ha reivindicado y en la actualidad lo tenemos como un pensador muy importante dentro del
cristianismo antiguo.
Su obra fue amplísima, pero por su carácter de perseguido por la misma iglesia, casi todos
sus escritos fueron destruidos. Entre lo poco que se conserva, y que concierne directamente
a la filosofía, están Contra Celsum y De Principiis, ambas escritas en griego y tienen su
antigua, aunque no muy buena, traducción al latín.
Dios y la creación. Según Orígenes, el mundo puede ser eterno aunque de hecho es creado.
O bien, ha habido otros mundos y después habrá más, porque si Dios es omnipotente, no
podemos concebir que esa omnipotencia quede ociosa por algún momento. A eso se debe
que, aunque libre de parte de Dios, la creación es necesaria en algunos aspectos, ya que la
omnipotencia de Dios se tiene que manifestar en su creación.
El hombre y su libre albedrío. Si bien, el libre albedrío del hombre es causa de su caída,
también es causa de su regeneración. El hombre es libre por su capacidad de razonar. El
sujeto de imputabilidad es el origen de los actos libres. Soy yo quien quiero, actúo y juzgo,
soy yo la causa de mi decisión.
La libertad fue la primera ocasión del mal, pero también sigue siendo la condición
necesaria para el bien. La aptitud par preferir el bien o el mal es absolutamente
indispensable para que el bien pueda llegar a ser, en verdad, nuestro bien. Ahí se encuentra
la raíz de nuestra regeneración.
La legalización del cristianismo y el concilio de Nicea
En los inicios del siglo IV continuaron las persecuciones contra los cristianos, pero los
prosélitos se multiplicaron, a tal grado que el gobierno imperial no pudo contener su
penetración y le otorgó a la religión cristiana carta de naturalización mediante el Edicto de
Milán en el año 313.
La discusión sobre la naturaleza de Dios y la filiación de Cristo siguió cada vez más
acalorada. Los gnósticos y otros doctrinarios proponían explicaciones atrevidas y los
cristianos ortodoxos las refutaban con obras verdaderamente brillantes.
En este siglo el cristianismo se vio en una encrucijada: la filosofía helenista tenía una
influencia enorme en el pensamiento y una corriente teológica pretendía que la filosofía
griega absorbiera a las explicaciones dogmáticas mediante la reducción de los misterios a la
lógica. Por su parte, otra corriente tenía la idea de que los misterios deberían tomarse como
tales y los hombres deberían aceptar la superioridad de Dios y sus misterios ante la
inteligencia y la lógica humana, imperfecta y finita. A final de cuentas, la segunda posición
se impuso como la ortodoxia cristiana y los pensadores que apoyaban la absorción del
dogma por la filosofía griega fueron considerados herejes.
El gobierno imperial y los gobiernos locales en muchas ocasiones tomaron partido en favor
de una u otra corriente. La política estaba inmiscuida en la religión y los religiosos también
entraban al juego político para hacer que su posición triunfara sobre la contraria. Así fue
como hubo gobiernos que apoyaban a una determinada herejía y perseguían a los ortodoxos
o viceversa, pero también había iglesias que apoyaban a un determinado gobierno, para
apoyar su propuesta con persecuciones contra los de la corriente contraria.
En este contexto social aparecen herejías como el arrianismo, que pretendía reducir a la
lógica formal los misterios del cristianismo y explicar la naturaleza de la Segunda Persona
de la Santísima Trinidad ajustada a una lógica estricta: Si el hijo fue engendrado, entonces
antes de su generación todavía no existía.
El emperador Constantino convocó al Concilio de Nicea para terminar con las polémicas
que afectaban hasta al gobierno imperial. Este concilio formuló las propuestas ortodoxas
mediante la declaración de consustancialidad del Hijo con el Padre, y acotó, con la fórmula
del Credo de Nicea, toda discusión que en adelante se diera sobre la naturaleza de
Jesucristo, Hijo de Dios. A partir de entonces, los pensadores cristianos tenían dos
opciones: aceptar el dogma formulado en Nicea y limitarse a comentar lo dicho por el
concilio, o bien, rebelarse mediante propuestas distintas a las conciliares y presentarse de
manera consciente como heterodoxos o herejes. Pero a pesar de todo, los escritores
cristianos del siglo IV se mantienen en contacto directo con la cultura griega clásica, a la
que siguen debiendo su primera formación intelectual.
Gregorio Nacianceno.
Este padre de la Iglesia empezó sus estudios en la escuela de Cesarea de Capadocia,
fundada por Orígenes, de ahí que a san Gregorio Nacianceno, san Basilio el Grande y
Gregorio de Nisa se les llame Los Capadocios. Siguió sus estudios en Atenas, donde
prolongó su estancia y enseño retórica. Recibió el bautismo en el año 37. Regresó a Cesarea
donde fue ordenado sacerdote y luego fue elevado a la dignidad de obispo a pesar de que él
no buscó estos puestos, ya que prefería orientarse a la vida interior y no le gustaba la vida
pública que debía llevar un obispo.
Obras: Se conservan de él cuarenta y cinco discursos, que contiene explicaciones sobre la
Trinidad y la Encarnación, temas que más preocupaban a los pensadores de ese siglo en
occidente.
Sus discursos son en contra del arriano Eunomio, escritor notable que convencía por la
lógica aplicada excesivamente a los misterios teológicos.
Según Eunomio, una de las características principales de Dios es que sea el inascido (el no
nacido) y por tanto el inengendrado. Por su parte, el Verbo es engendrado, y por
consecuencia es desemejante al Padre, por lo que no puede ser consustancial a Él.
San Gregorio afirma que la mente humana tiene límites, mientras que Dios está mucho más
allá de esos límites humanos, por eso debemos aceptar lo que Dios nos dice en su
revelación sin por eso abandonar el método lógico para entender otras cosas diferentes a
Dios. Es frívolo buscar explicaciones sobre Dios basándose en fenómenos humanos, como
la generación de hijos por parte de los hombres. Si un hombre engendra a un hijo, esta
generación tiene sus reglas y sus explicaciones propias, pero la generación del Verbo divino
no se da como ocurre con la generación de los hombres, por tanto, es frívolo buscar
explicaciones que rebasan la capacidad humana para explicar misterios a la manera como
se explican los fenómenos naturales.
A partir de San Gregorio Nacianceno el dogma acerca de los misterios cristianos prevaleció
sobre las explicaciones estrictamente lógicas que ofrecía la filosofía griega, y la ortodoxia
triunfó sobre la herejía.
Dionisio el Aeropagita
Una serie de obras anónimas atribuidas a un tal Dionisio, que se suponía acompañó a San
Pablo en el Aerópago, fue muy comentada e influyó de manera notable durante toda la edad
media. Estos escritos fueron utilizados y respetados por pensadores como Juan Escoto
Eurígena, santo Tomás de Aquino y Duns Scoto.
Su autor se presenta como discípulo de san Pablo, asegura haber asistido al eclipse de sol
cuando Nuestro Señor fue crucificado y haber estado presente en el tránsito de la Virgen
María. Con esto nos damos cuenta de sus intenciones de ser tomado muy en serio. La obra
es anónima, pero por los datos aportados en ella los autores posteriores le atribuyeron el
nombre de Dionisio el Aeropagita, y luego de que se conoció el desfase cronológico y la
imposibilidad de su supuesta identidad, se le llamó el Pseudo Dionisio Aeropagita.
Obras. Se han conservado De la Jerarquía Celeste, De la Jerarquía Eclesiástica, De los
Nombres Divinos, Teología Mística y diez Cartas. Además él menciona en sus obras otra
más, que no se ha conservado, llamada Los Fundamentos Teológicos.
La más comentada y respetada de todas es De los Nombres Divinos. Se trata de una obra
sistemática, que por primera vez en la historia del pensamiento cristiano, el autor no
pretende hacer ver los errores de los contrarios, sino simplemente exponer sus ideas de
manera sistemática. Según esta obra, a Dios se le conoce por las Escrituras, las cuales se
limitan a hablar de Él en términos tomados de las creaturas, todas las cuales son
participaciones del Bien supremo. Los nombres que usan las Escrituras para Dios, son, por
ejemplo unidad, belleza, soberanía y otros más.
La teología afirmativa consiste en aplicar primeramente a Dios todos los nombres que le da
la Escritura. Pero conviene también negarlos todos a continuación, porque Dios es
absolutamente infinito y por lo tanto incomprensible para la razón humana, por tanto, ahora
se trata de una teología negativa. La atribución se niega porque Dios es mucho más de lo
que se puede afirmar de Él, por tanto llegamos a una teología superlativa, en la que
afirmamos todo lo anterior de una manera infinitamente superior. Así, Dios es bondad
(teología afirmativa), pero no como la bondad limitada que conocemos, por lo tanto Dios
no es ese tipo de bondad (teología negativa), sino una hiper bondad (teología superlativa).
Con este método, Dionisio llega a afirmar que el atributo más adecuado a Dios es el de ser,
además de amor, lo que significa que es una fuerza activa que saca de sí mismos a los seres
venidos de Dios para llevarlos a su fuente.
Otros padres griegos. Máximo el Confesor siguió la línea de especulación sistemática sobre
la naturaleza de Dios en un comentario a las obras de Dionisio y de Gregorio Nacianceno.
Juan Damasceno inicia la larga tradición medieval de las pruebas racionales de la existencia
de Dios, tema que se repetirá a lo largo de toda la Edad Media y hasta mucho más allá. La
prueba que Juan Damasceno ofrece se basa en la mutabilidad que percibimos en las
creaturas, y de ahí se deduce la necesidad de un ser inmutable, necesario e increado.
Balance de la patrística griega.
El cristianismo nació y empezó a desarrollarse en un contexto neoplatónico. Los filósofos
más conocidos en ese tiempo fueron sin duda Filón de Alejandría, Plotino, Porfirio y otros
más, todos ellos intérpretes de Platón. El cristianismo es una religión, y sus pensadores
abordaron temas teológicos y no filosóficos. Sin embargo, dialogaron con pensadores de su
tiempo, y éstos eran neoplatónicos, por tanto los términos del diálogo debían ser
neoplatónicos también. Además, los temas tratados por los teólogos tenían que responder a
inquietudes de su propio entorno. No podemos afirmar que los padres de la iglesia fueron
platónicos o neoplatónicos, simplemente porque no eran filósofos, sino teólogos, y la
teología nunca fue neoplatónica, sino simplemente cristiana. Lo que sucedió fue que este
incipiente cristianismo se desarrolló en un contexto determinado y los pensadores cristianos
tenían que usar el lenguaje propio de su contexto.
Por otra parte, nos encontramos ante una etapa crucial de la iglesia, que está definiendo su
dogmática y los intentos por encontrar esa verdad tuvieron tropiezos que se tradujeron en
herejías. Por consiguiente otro aspecto que abordaron los pensadores cristianos fue el
diálogo con el gnosticismo y con otras formas de pensamiento heterodoxo. Dicho diálogo
tomó forma de polémica debido a que se enfrentaban con cristianos que pretendían hacer
valer ideas erradas sobre la religión. Los esfuerzos por definir las creencias correctas
hicieron que se celebraran concilios, los cuales dieron como resultado la definición del
dogma cristiano ortodoxo y duradero hasta nuestros días. Esto influyó en la generación de
nuevas ideas filosóficas que apoyaran las explicaciones y justificaran las ideas doctrinarias
correctas.