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El Judeoespanol I Conceptos Basicos

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Aitor García Moreno – El judeoespañol I.

Conceptos básicos

BIBLIOTECA DE RECURSOS ELECTRÓNICOS DE


HUMANIDADES

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para red de comunicaciones Internet


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ÁREA: Lengua Española-Dialectología.


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© 2010, E-EXCELLENCE – WWW.LICEUS.COM
Aitor García Moreno – El judeoespañol I. Conceptos básicos

EL JUDEOESPAÑOL I: CONCEPTOS BÁSICOS

ISBN - 978-84-9822-873-1

AITOR GARCÍA MORENO


ILC-CSIC
[email protected]

THESAURUS:
Dialectología hispánica, Sociolingüística, Historia de la Lengua Española, contacto de
lenguas, diglosia, lengua en extinción.

OTROS ARTÍCULOS RELACIONADOS:

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“El judeoespañol II: características”;

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“Sociolingüística del español en el norte de África”

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RESUMEN:
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El judeoespañol es la variedad lingüística hispánica hablada por los sefardíes,


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descendientes de los judíos expulsados de España a finales del siglo XV. Durante
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cerca de 500 años y en comunidades tanto del norte de África como del levante
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mediterráneo (sin olvidar las de Amsterdam, Viena o, más modernamente, Jerusalén o


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Nueva York), el judeoespañol se desarrolló en una situación de baja presión normativa


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y en contacto lingüístico con otras lenguas del entorno. En la presente contribución se


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repasan conceptos básicos sobre la denominación de los sefardíes y su lengua, así


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como los hitos fundamentales en la historia externa de su evolución. Por otro lado,
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como punto de partida necesario antes de exponer los rasgos lingüísticos más
sobresalientes, se exponen brevemente las características (de fondo y forma) de los
propios textos sefardíes, en la medida en que determinan nuestro acercamiento a la
lengua.

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1. La cuestión de los nombres


Para desconcierto de quien se acerca por primera vez a la lengua de los
sefardíes, varios son los nombres comúnmente utilizados para designarla.
En primer lugar tenemos la denominación sefardí o español sefardí citada más
arriba y que goza de amplia difusión. En sentido estricto, se refiere únicamente a los
descendientes de los judíos expulsados de la Península Ibérica a fines del siglo XV y
los contrapone no sólo a los judíos centroeuropeos o asquenazíes, sino también a los
hispanojudíos medievales, a los conversos que eludieron los decretos de expulsión y
aun a la primera generación de expulsos, que no serían sino españoles en el exilio.
Frente a esta, la expresión judeoespañol (o judeo-español), usada por los
propios sefardíes, deja patente tanto el fundamental entronque hispánico de la misma,
como la impronta judía que le confieren sus hablantes.
La forma ladino –de amplia difusión en el mundo anglosajón para referirse al

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judeoespañol– es, como señalaba Hassán (1995: 129) «la denominación castiza que

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se da tanto en particular a la lengua más hebraizante usada en traducciones serviles

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de la Biblia y otras fuentes textuales hebreas de contenido religioso (esa que
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denominan “calco”), como en general al menos hebraizante judeoespañol clásico


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desarrollado en traducciones no serviles y en obras de libre creación; y no pocas


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veces designa la totalidad del judeoespañol tanto clásico como moderno».


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Los apelativos judió / jidió (‘judío’), o judesmo (lit. ‘judaísmo’) –paralelos a la


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expresión yidis (al. jüdische ‘judío’) para referirse a la lengua de origen germánico
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hablada por los judíos centroeuropeos– son algunos de los nombres usados también
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por los mismos sefardíes para referirse, desde su propia condición de judíos, a una
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especial forma de expresión que los contraponía a otros pueblos (turcos, griegos,
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eslavos) con los que convivían. En tanto que, por último, la forma español –también
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usada desde antiguo por los sefardíes– diferenciaba su variedad lingüística (y a ellos
mismos por ende) frente a las de otros grupos judíos (asquenazíes, romaniotas, etc.).
Por su parte, haquitía (tal y como lo recoge el DRAE) es el término con el que
los sefardíes de Marruecos denominaban su propia variedad judeoespañola.
Esta aparente disparidad a la hora de designar la lengua de los sefardíes, se
deriva parcialmente de un hecho que habrá de quedar patente a lo largo de toda
nuestra exposición: la ausencia de una variedad estandarizada unitaria, para la lengua
de unas comunidades sefardíes dispares desperdigadas sobre una vasta extensión
geográfica que va desde Tetuán hasta Jerusalén y desde Viena (por no decir
Amsterdam) hasta El Cairo, durante más de 500 años.
Por lo demás, teniendo en cuenta estas puntualizaciones, formas como
español sefardí, judeoespañol o ladino resultan perfectamente intercambiables.
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2. La diáspora sefardí
En la España medieval (denominada convencionalmente «Sefarad 1») existían
comunidades judías desde época romana. La lengua de dichos judíos, aunque con
ciertas particularidades derivadas de un desigual contacto con el hebreo (mayor entre
los eruditos y elemental entre el resto de la población) era la misma que la de sus
convecinos de otras confesiones: el árabe hispano en Al-Ándalus, primero, y los
distintos romances de los reinos cristianos a medida que avanzaban sus fronteras a
costa de los reinos musulmanes, después (Minervini 1992).
A fines de la Edad Media, a raíz de los disturbios antijudíos de 1391, y
especialmente con los decretos de expulsión de los reinos de Castilla y Aragón (1492),
primero, y posteriormente Portugal (1497) y Navarra (1498) comenzó un éxodo masivo
que se completará cuando, ya entrado el s. XVII, salgan de la Península los últimos

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criptojudíos o marranos hispanoportugueses.

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Las vías de salida fueron varias: por tierra, a Portugal o a Navarra y el sur de

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Francia; por mar, los hubo que cruzando el estrecho de Gibraltar se establecieron en
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el norte de África, aunque la gran mayoría se dirigió hacia el este.


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Los que eligieron la vía portuguesa y –en muchos casos– una no demasiado
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sincera conversión al cristianismo, acabarían estableciendo comunidades en Holanda


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e Inglaterra, así como en el Nuevo Mundo.


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De los que cruzaron el Mediterráneo, algunos se quedaron en Italia, pero


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muchos más siguieron hacia levante para asentarse en el Imperio otomano.


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Allí se fueron estableciendo paulatinamente numerosas comunidades,


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constituyendo lo que ha dado en llamarse «Sefarad 2» o «magna Sefarad», con


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Constantinopla, Salónica y Esmirna como grandes centros culturales.


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Tomado de Orfali (1990: 201)


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Más o menos satélites de estas, tenemos otras muchas :


Adrianópolis (Edirne), Ruschuk (Ruse), Vidín y Belgrado en la ruta entre
Constantinopla y el Danubio; al oeste quedaban Sofía, Filípolis (Polvdiv) y Pazardzhik,
y más al norte, por ejemplo, Bucarest.
Por su parte, Monastir (Bitolj), Escopia (Skoplje), Ragusa (Dubrovnik) o
Sarajevo unían Salónica con Venecia, Ferrara y Liorna en el norte de Italia –desde
donde se distribuían ediciones a las comunidades de la zona del Estrecho (Tetuán,
Tánger, Larache), con Orán al este y Fez más al sur–, en tanto que Veria, Castoria y
Larisa abrían el camino hacia Rodas y otras islas del Mediterráneo oriental.
En Asia Menor, Magnesia (Manisa), Cásaba (Turgutlu) y Brusa comunicaban
Esmirna con el interior de Anatolia. En Oriente Próximo encontramos las de Damasco
y Aleppo en Siria, El Cairo y Alejandría en Egipto, Safed y Jerusalén en la Palestina
otomana. Y de creación relativamente moderna es la comunidad sefardí de Viena,

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especialmente pujante en el ambiente cultural de fines del s. XIX.

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Tomado de Quintana (2006: 355)


En términos numéricos siempre relativamente fiables, podemos decir que
mientras en el levante mediterráneo llegó a alcanzarse en su época de apogeo en el
umbral del s. XX la cifra de entre doscientos y trescientos mil hablantes, en la zona del
Estrecho, los hablantes de haquitía no parecen haber pasado nunca de varias de
decenas de miles.

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Interesa destacar tanto los distintos centros culturales como las diversas rutas
de comunicación entre esta amplia red de comunidades pues, junto a ciertos hechos
históricos que veremos en el próximo apartado, determinan en gran medida tanto la
evolución del judeoespañol como su distribución en diferentes sub-áreas lingüísticas.
Por último no podemos dejar de aludir a lo que en Díaz Mas (1987: 84-93) se
denomina «diáspora secundaria» y que –desde el s. XVIII, pero principalmente a fines
del XIX y principios del XX– supuso el progresivo asentamiento de sefardíes
provenientes de distintas zonas, en Norteamérica y Latinoamérica primero, y
posteriormente Israel, especialmente tras la Segunda guerra mundial. En dichos
lugares es donde se concentra actualmente la mayor reserva del sefardismo mundial y
por tanto constituyen la llamada «Sefarad 3».

3. Historia externa del judeoespañol

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Como es fácil imaginar, lo que hoy llamamos judeoespañol no ha sido una

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realidad monolítica a lo largo de sus más de cinco siglos de historia, teniendo además

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en cuenta el vasto territorio sobre el que –como hemos apuntado– se extendió. A su
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conformación y evolución han contribuido numerosos hechos que, en principio, poco o


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nada tienen que ver con la lengua y que, sin embargo, han determinado enormemente
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su desarrollo.
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Por un lado, como señala Lapesa (1985: 524, nota 1) los escritos de las
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comunidades de Amsterdam y el norte de Francia –tan importante en los siglos XVI y


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XVII– no muestran un castellano especialmente diferente del peninsular, si


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exceptuamos las traducciones de la Biblia y otros textos religiosos.


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Por otro, los contactos entre las comunidades del norte de África y las del resto
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de la diáspora, se redujeron muy notablemente desde el siglo XVIII, lo que –unido a la


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ausencia de centros editoriales hebreos, a la cercanía con la península Ibérica y a la


constante presencia militar extranjera en la zona–, determinó un muy distinto grado de
vitalidad y mantenimiento del judeoespañol, respecto de las comunidades orientales
(Turquía y los Balcanes). De hecho, la nivelación del dialecto sefardí de Marruecos
con el español peninsular (en su variedad andaluza), llegó con el tiempo a ser total,
salvo mantenimiento de algunos rasgos dialectales (Hassán 1968).
En lo que corresponde al judeoespañol levantino cabe tener en cuenta una
serie de hechos relevantes:
En primer lugar que, de acuerdo con el sistema político y administrativo de la
Sublime Puerta (nombre que se daba al Imperio otomano), los sefardíes pudieron
mantener sus costumbres y cultura, incluida la lengua romance traída de la Península.

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Asimismo, dada su doble condición de no-cristianos y occidentales (en tanto


que avanzados), fueron especialmente bienquistos por las autoridades otomanas. De
hecho, sefardíes fueron quienes llevaron la imprenta al Imperio otomano y quienes
mantuvieron su monopolio hasta 1727. Su elevado nivel cultural, acrecentado en los
siglos XVI y XVII con la llegada de los conversos portugueses –en su mayoría de clase
alta y cultivada–, determinó tanto esas buenas relaciones con la corte otomana, como
el hecho de que los judíos (romaniotas, italianos y asquenazíes) que ya vivían bajo el
mandato de la Sublime Puerta se asimilaran a la lengua y cultura de los sefardíes.
Fruto de esa múltiple asimilación (entre los judíos procedentes de distintas
áreas lingüísticas peninsulares, entre los judíos autóctonos y los recién llegados, y aun
entre los llegados en la primera oleada y los anusim ‘conversos’ de vuelta al judaísmo
que se les fueron uniendo hasta el siglo XVII), fue el largo proceso de coinización, de
base netamente castellana y raigambre popular que dio origen al judeoespañol.

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Este proceso además fue doble, por no llevarse a cabo de igual modo en

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Constantinopla y en Salónica. Entre otras cosas, la organización social de las

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comunidades de un mismo núcleo estaba más jerarquizada en Constantinopla que en
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Salónica –donde hasta fines del siglo XVI fueron prácticamente autónomas–, lo que
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propiciaba el empleo de las variantes más próximas a los modelos estandarizados


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castellanos, por estar asociados al habla de los grupos dominantes. Además, la


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impronta portuguesa de los anusim se dejó sentir con más fuerza en Salónica que en
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Constantinopla, donde, sin embargo, pudo ser más determinante la influencia de otros
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judíos asimilados (Quintana 2006: 302-309).


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La posible huella dejada por estos otros judíos –en principio, muy minoritarios
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frente a los recién llegados–, pudo empezar a sentirse a fines del siglo XVI y principios
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del XVII. En estos años se produjo la penetración en el Imperio otomano de compañías


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inglesas relacionadas con la industria textil, lo que provocó una importante crisis
económica en importantes comunidades como las de Safed o Salónica, haciendo
florecer otras como la de Esmirna. La crisis económica conllevó profundos cambios
sociales y así, grupos de nuevos ricos judíos, provenientes de la clase media sefardí y
de esos otros grupos judíos lingüísticamente hispanizados, accedieron al poder dentro
de las comunidades. Esto supuso la estandarización de sus hábitos lingüísticos, de
origen popular, dando lugar al judeoespañol.
El apogeo del judeoespañol clásico o castizo –al que los rabinos de la época
decidieron verter su producción literaria por haberse vuelto inaccesible en hebreo–, se
extendió durante más o menos siglo y medio, hasta que a mediados del siglo XIX
comience paulatinamente su declive. A ello contribuyeron nuevamente varios hechos
de carácter político y social.
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Por una parte, las reformas políticas del llamado Tanzimat (1839-1876) en el
Imperio otomano cambiaron el estatus de los judíos, que pasaron de ser una minoría
protegida a convertirse en súbditos a todos los efectos y comenzaron, por ejemplo, a
realizar el servicio militar obligatorio, iniciándose la apertura de las hasta entonces
cerradas comunidades sefardíes. Asimismo, la progresiva desmembración del propio
Imperio y el surgimiento de los diferentes estados balcánicos, supondría la
obligatoriedad de estudiar la lengua nacional de estos.
Por otra, la implantación de distintas redes de escuelas judías de corte
moderno y occidental, de entre las que destacan las francesas de la Alliance Israélite
Universelle (aunque también las hubo italianas, alemanas e incluso no judías)
desencadenó un profundo cambio de mentalidades en las tradicionales comunidades
sefardíes de Oriente.
La apertura a la cultura europea en general y francesa en particular traerá la

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adopción de nuevos géneros literarios –novela, teatro, prensa– y un auge editorial sin

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precedentes, pero también una pérdida de estima por el propio judeoespañol que se

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contamina irremediablemente por influencia del francés: judéofragnol llamó Sephiha
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(1976) a este judeoespañol tardío sumamente afrancesado que los sefardíes veían
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como un jargon bastadreado. Surge también entonces la polémica a distintas bandas


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sobre cuál haya de propugnarse como lengua que debían aprender los sefardíes: si el
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turco o alguna las distintas lenguas nacionales de los modernos estados donde vivían;
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si el hebreo, como lengua del pueblo judío, o aun si el propio español moderno con el
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que se reanudaban los contactos. Pero curiosamente apenas si se alzaron voces en


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defensa de la purificación del judeoespañol mismo.


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Finalmente, en el siglo XX, tanto la continua corriente migratoria (principalmente


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hacia Estados Unidos o Israel) desde las antiguas zonas de residencia, como el golpe
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de gracia que supuso el exterminio de millares de sefardíes durante la ocupación nazi


de los Balcanes y Grecia en la Segunda guerra mundial, determinaron una drástica
disminución del número de hablantes de judeoespañol. El proceso de des-
sefardización iniciado décadas antes culminó así con la integración de los restos de la
«nación» sefardí en otras naciones lingüísticas, ya correspondieran a nuevos lugares
de adopción (el hebreo moderno de Israel, el inglés de Estados Unidos, el español de
América Latina, etc.), o aun a las antiguas zonas de residencia con sus respectivas
lenguas nacionales.

4. Fuentes para el estudio del judeoespañol


Conviene repasar, aunque sea muy someramente, cuáles han sido los distintos
géneros cultivados en judeoespañol, pues del acercamiento a uno o a otro podría
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derivarse –como frecuentemente sucede– una idea sesgada de lo que ha sido la


lengua sefardí. Para ello, nos basaremos en la clasificación recogida en Romero
(1992). Asimismo, cabe señalar que la inmensa mayoría de la producción literaria
escrita de los sefardíes se llevó a cabo en aljamía hebraica, adaptando la escritura
hebrea a la expresión de una lengua romance como el judeoespañol, como era ya
costumbre entre los hispanojudíos medievales (Hassán 2008a). La producción en
letras latinas queda reducida en los siglos XVI y XVII a las publicaciones occidentales
de Amsterdam o Ferrara, dirigidas a ex-conversos que no podían entender el texto en
caracteres hebreos, y sólo se iniciará en Marruecos y el Imperio otomano a finales del
siglo XIX, consolidándose tras la Segunda guerra mundial.
Si hasta mediados del siglo XIX –como hemos señalado– las comunidades
sefardíes vivieron caracterizadas por un profundo tradicionalismo, no es de extrañar,
por ejemplo, que gran parte de la producción literaria de estos años sea de carácter

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eminentemente religioso.

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Destacan por un lado las traducciones de la Biblia que, siguiendo la tradición

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judía de la traducción palabra por palabra que ya exhibían los romanceamientos
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bíblicos medievales hechos por judíos, presentan un registro lingüístico muy particular,
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marcado por el calco (a veces hipercorrecto) del original hebreo. Tal es el respeto
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reverencial a dicho original y a la propia tradición oral a la hora de enladinarlo o


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verterlo a otra lengua distinta del hebreo , que traducciones tan distantes en el tiempo
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(siglos XVI a XIX) o el espacio (Amsterdam, Ferrara, Liorna, Viena, Salónica,


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Constantinopla, Esmirna) mostraran innumerables rasgos comunes (y distintivos)


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frente a otro tipo de textos (Pueyo 2008).


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Por otro lado, la prosa rabínica en judeoespañol será la responsable del primer
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intento por conformar una especie de norma culta sefardí, desde su aparición a
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principios del siglo XVIII y hasta la irrupción de géneros modernos adoptados de la


cultura occidental. Junto a la exposición de preceptos del judaísmo, y a la
comunicación de enseñanzas morales en general, en estos textos se incluyen con
frecuencia relatos de carácter ejemplarizante (ma‘asiyot) tomados de fuentes hebreas
o de la tradición oral y, con la llegada de los primeros vientos de secularización, se le
añadirán nuevos temas objeto de la admonición rabínica (Hassán 2008b). Aunque
definitivamente mucho menos hebraizada que la de las traducciones bíblicas, la
lengua de estos textos presentará tanto un alto grado de hebraísmo léxico asociado a
la temática tratada, como una serie de elementos morfosintácticos hebreos integrados
ya en el sistema de la lengua común, como marca de la variedad estilística de la
lengua literaria en época clásica (Hassán 2004).

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Otra muestra más del apego a las tradiciones es el mantenimiento secular de


géneros de transmisión oral como la cuentística popular, el refranero, el romancero y
el cancionero sefardíes (junto a trabajos como los de Alvar 1969 y 1971, se
recomienda la visita del sitio www.sephardifolklit.org donde pueden escucharse
registros sonoros de estas hablas). Estos últimos –de base hispánica pero no ajenos a
la influencia de otros pueblos con los que los sefardíes convivieron, y aun de la propia
tradición española moderna como en el caso del cancionero (Pedrosa 2008)–, exhiben
en mayor medida que otros textos, determinados rasgos lingüísticos presentes en el
español preclásico. Este hecho, unido a que el carácter oral de este tipo de textos los
convertía en los más accesibles a los primeros hispanistas interesados por el
judeoespañol, determinó en gran medida la tópica caracterización de arcaica aplicada
a la lengua sefardí en su conjunto, no siéndolo necesariamente más que, por ejemplo,
la del español del romancero hispánico en general.

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Por su parte, el género de las coplas se nos presenta como el más castizo de

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la producción literaria sefardí. Se trata de poemas estróficos con frecuencia acrósticos,

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cantables, de muy variada temática (históricos, hagiográficos, admonitivos, festivos
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etc., aunque raramente líricos), de origen culto y transmisión eminentemente libresca


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(aunque muchos hayan pasado a la tradición oral), que se distribuyeron ampliamente


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tanto en el norte de África como en el Imperio otomano entre los siglos XVII y XX, y en
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ellos se auna la cultura sefardí con la tradición de las coplas hispánicas (Romero
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1981). Su carácter estrófico impide parcialmente acercarse a ciertos aspectos de la


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sintaxis judeoespañola –al menos no de igual manera que con un texto de prosa
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elaborada– pero no por ello dejan de mostrar los rasgos más característicos de la
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morfosintaxis de la norma literaria culta. Además, dada la infinidad de variantes


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(fonéticas, morfológicas, léxico-semánticas, etc.) que presentan las composiciones con


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mayor difusión, constituyen un inmejorable banco de datos para acercarse tanto a las
distintas variedades locales del judeoespañol, como a su propia evolución.
Por último tenemos los géneros de moderna incorporación al acervo cultural
sefardí como son el periodismo, la novelística o el teatro (aunque ya se documentara
cierta suerte de teatro tradicional entre los sefardíes en el siglo XVIII). El corpus textual
en judeoespañol se multiplica enormemente gracias a ellos desde mediados del siglo
XIX: téngase en cuenta, por ejemplo, que desde 1850 hasta 1939 vieron la luz más de
trescientas cabeceras de periódicos por todos los lugares de la diáspora sefardí. Sin
embargo, no es menos cierto que se nos ofrece una lengua en su decadencia o que –
como es el caso de la narrativa–, el hecho de tratarse casi exclusivamente de
traducciones de obras en otros idiomas, la transferencia de rasgos lingüísticos está a
la orden del día.
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5. Sistemas gráficos del español sefardí


Hablar de textos sefardíes es, principalmente, hablar de textos aljamiados; esto
es, escritos con caracteres hebreos, aunque no faltan ejemplos de textos
judeoespañoles en caracteres latinos. Tal fue el caso de la producción literaria de las
comunidades de Ámsterdam o el norte de Italia en los siglos XVI y XVII –cuyo ejemplo
más famoso es la llamada Biblia de Ferrara–, que encontramos también en los
Balcanes y el norte de África a fines del siglo XIX y principios del XX –sobre todo en la
incipiente prensa sefardí– y que se impuso tras la Segunda guerra mundial, donde el
abandono de la grafía hebrea responde a la consumación del proceso de
desefardización del judeoespañol.
Dado lo singular de su presentación gráfica, es fundamental conocer sus
características, evolución y singularidades según las épocas y zonas para poder

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aprehender en su totalidad la información lingüística de un texto sefardí.

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5.1. La aljamía hebraica en textos sefardíes CI
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Como decíamos, los textos sefardíes han sido tradicionalmente notados en


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aljamía hebraica, heredando una costumbre habitual ya entre los hispanojudíos


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medievales para los textos en romance desde –al menos– el siglo XIV y así, en su
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mayoría aparecen escritos con los caracteres del alefato hebreo, y de derecha a
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izquierda como si fuera un texto en lengua semítica.


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Las razones para esta elección bien podrían ser dos: por un lado, por
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adscripción ideológica o doctrinal, pues era el tipo de letra del que se servía el judío
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frente a la latina que era el instrumento del cristiano; y por otro, por el simple hecho
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práctico de que los varones judíos aprendían el alfabeto hebreo desde pequeños para
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poder cumplir con la obligación religiosa de recitar sus oraciones (Hassán 2008a: 121).
La estructura gráfica de las lenguas semíticas (y entre ellas el hebreo) es
consonántica con ciertos indicios de vocalización. Esto hace innecesaria una más
cumplida representación gráfica de los sonidos vocálicos, si bien ha desarrollado una
serie de mecanismos para notarlos y evitar su total ausencia: de estos, el uno consiste
en la utilización de ciertos grafemas consonánticos potencialmente vocálicos –álef
< ‫> א‬, he < ‫> ה‬, yod < ‫ > י‬y vav < ‫> ו‬, denominadas tradicionalmente matres lectionis–; y el
otro en la utilización de un sistema combinado de puntitos y rayitas que se escriben
debajo, encima o dentro de los grafemas consonánticos (la llamada vocalización
masorética), marcando así el timbre de la vocal que acompaña a la consonante, la
ausencia de aquella, o los alófonos de un mismo fonema consonántico en
determinados contornos.
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Los sefardíes adoptaron dicho sistema para representar su lengua romance,


utilizando preferentemente el sistema de las matres lectionis para representar vocales
(salvo en los hebraísmos, cuya grafía tradicional hebrea se respetaba), y optaron por
una grafía de corte más curvilíneo conocido como letra raší, frente a la de contorno
más anguloso denominada letra cuadrada o merubá. Ahora bien, llevaron a cabo
ciertos reajustes para adaptar el sistema gráfico del hebreo a la expresión del sistema
fonológico romance del judeoespañol.

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Tomado de Hassán (2008a: 137)

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Teniendo en cuenta la tabla anterior y con permiso tanto de la evolución gráfica


del judeoespañol como de ciertas particularidades que veremos después, las citadas
adaptaciones son las siguientes:

5.1.1. Ámbito vocálico


La letra álef < ‫ > א‬se utiliza con dos funciones distintas: 1) Representar vocal /a/
ante consonante; y 2) servir de soporte gráfico de vocal notada con yod, vav o he –
equivaliendo el álef al cero fonético–, en posición inicial de palabra, y en posición
medial tras vocal para señalar la existencia de hiato.
Destaca en este punto la grafía de los derivados con el prefijo deś-, donde se
mantiene el álef como soporte vocálico precediendo a la vav o la yod de la forma base.
Así sucede, por ejemplo, en deshonrar ( ‫) דיזאונראר‬.
La letra yod < ‫> י‬, puede representar tanto vocal anterior de timbre /i/ o /e/, como

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desempeñar las funciones de la doble yod.

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La doble yod < ‫> יי‬, tras consonante y ante vocal, representa el sonido

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semiconsonántico [j]. Tras consonante, cuando no precede a vocal, representará tanto
EL

el diptongo decreciente [ei], como el creciente [je]: para estos casos, nunca
D

aparecerán tres yodim seguidas por más que pudiera pensarse que las dos primeras
L
A

corresponderían a la semiconsonante [j] y la tercera a vocal [e].


IT
IG

Asimismo, tras vocal, representa la semivocal [i]. Por otra parte, en posición
D

inicial ante vocal, y medial intervocálica, equivale a un fonema consonántico palatal


CA

fricativo sonoro /y/, de realización especialmente abierta.


TE

Cuando la aljamía ofrece doble yod en contornos donde el castellano presenta


IO

un hiato (casos como ‫ מירקאנסייא‬/ mercanciya frente a ‫ מירקאנסיאה‬/ mercancía, o


BL
BI

‫ טראיירימוס‬/ trayeremos frente a ‫ טראאירימוס‬/ traeremos), puede pensarse que


representa un segmento de tipo [yi/ye] con una palatal [y] «reforzadora» de la
existencia de hiato.
La letra vav < ‫ > ו‬representa vocal posterior de timbre [o] o [u]. Frente a lo
expuesto para la vocal palatal, el sonido semiconsonántico [w] se escribe
generalmente con una sola vav y, cuando se trata de diptongos [we], [wi] la yod lleva
un álef como soporte vocálico < ‫> ואי‬, dando la falsa impresión de que ambas vocales
se encuentran en sílabas distintas.
Respondiendo a su originario carácter consonántico, la letra vav puede
utilizarse también, acompañada de vocal, para notar el sonido consonántico labial
fricativo sonoro /v/, uno de los usos que tiene en hebreo y que se mantuvo –al menos–
en la notación de hebraísmos del judeoespañol.

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La letra he < ‫ > ה‬representa vocal [a] en posición final de palabra –que es como
sucede en hebreo– si bien no es infrecuente encontrar casos de álef como [-a] final:
patraña / ‫ פאטראנייא‬.

5.1.2. Ámbito consonántico.


El uso de las letras ‘ayin < ‫> ע‬, kaf / jaf < ‫> כ‬, ŝade < ‫ > צ‬y tav < ‫ > ת‬queda limitado
a la representación de hebraísmos, que tradicionalmente se escriben en sefardí con su
grafía original hebrea, pues los sonidos que representan o no existen en la lengua
romance –caso de la oclusión glotal marcada con ‘ayin–, o bien resultan superfluos por
haberse confundido con otros, en la pronunciación sefardí del hebreo (Di Leone 2006):
a) los de la kaf y la jaf con los de la cof < ‫[ > ף‬k] y la ħet < ‫( > ח‬ya corresponda a
la aspirada [h] o a la fricativa [x]), respectivamente;

F
b) el de la ŝade con el de la sin < ‫ > ש‬y con el de la sámej < ‫( > ס‬ambas para la

SE
dorsodental fricativa sorda [s]),

IC
D
c) y el de la tav con el de la tet < ‫[ > ט‬t], siendo estas grafías las que se prefieren
CI
sistemáticamente.
EL

A la inversa, para la diferenciación entre fonemas romances representados por


D
L

un mismo grafema hebreo pe/fe < ‫ פ‬/ '‫ > פ‬/p/-/f/, bet/vet < ‫ ב‬/ '‫ > ב‬/b/-/v/ y sin/šin < ‫ ש‬/ '‫> ש‬
A
IT

/s/-/š/, se añade una tilde o «varica» sobre la letra, cuya ausencia/presencia marca la
IG

diferencia.
D

Este mismo recurso se utiliza para representar fonemas o sonidos romances


CA

para los que el alefato no tenía representación. Así, se añadió una tilde a la guímal
TE
IO

< ‫( > ג‬que indica el fonema /g/) para convertirla en chímal /ĉ/, ŷímal [ŷ] o en žimal [ž],
BL

resultando un mismo grafema < '‫ > ג‬para tres fonemas o sonidos distintos; o en época
BI

más moderna a la źayin < ‫( > ז‬que indica el fonema /z/) para convertirla en žayin [ž] y
aligerar un poco la citada sobrecarga de guímal con tilde.
En otros casos, lo que se inventa es el uso de dígrafos como nun + (doble) yod
< ‫ > ניי‬para <ñ>, y lámed + (doble) yod < ‫ > ליי‬para lo que en el estándar se escribiría
con <ll> o <y>. Adelantemos que es general el yeísmo.
El resto de grafemas hebreos por citar (dálet < ‫> ד‬, lámed <‫ >ל‬y reš <‫)>ר‬
mantienen su biunívoca correspondencia con /d/, /l/ y /r/, respectivamente.

5.1.3. Signos especiales


Aparte de estas adaptaciones y otras rarezas particulares de los textos de
ciertos autores o zonas, señalaremos el mantenimiento de dos signos para marcar
unas mismas determinadas letras dependiendo de su posición dentro de la palabra
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(nun < ‫ נ‬/ ‫> ן‬, mem < ‫ מ‬/ ‫> ם‬, kaf < ‫ כ‬/ ‫> ך‬, pe < ‫ פ‬/ ‫ > ף‬y ŝade < ‫ צ‬/ ‫> ץ‬, restringida su aparición a
voces hebreas, salvo en el caso de nun), donde el segundo se utiliza en lugar del
primero en posición final de palabra. También se mantiene el siguiente signo < >,
tomado de la escritura hebrea en caracteres merubá, que sirve para marcar el
segmento fónico [-al-] aun cuando uno y otro sonido pertenezcan a sílabas distintas.

5.1.4. La puntuación
Por último, en lo que respecta a los signos de puntuación podemos generalizar
que los textos sefardíes parecen heredar la tradición de los textos de los que beben.
Así, antes de la aparición de los géneros literarios modernos (prensa, novela, teatro),
en obras impresas de literatura rabínica del s. XVIII nos encontramos sólo el punto alto
(·) y los dos puntos (:), tal y como sucede en sus contemporáneos hebreos (García
Moreno 2002). Sólo mucho más adelante encontraremos marcas de corte occidental

F
SE
como comas, signos de interrogación y exclamación o paréntesis.

IC
D
5.2. Evolución
CI
EL

Desde sus inicios en la Edad Media y hasta sus últimas manifestaciones en el


D

siglo XX o XXI, pasando por un período de transición en el siglo XVIII, el sistema


L
A

ortográfico aljamiado ha ido sufriendo una cierta evolución histórica. Se trata de una
IT

evolución leve, pero lo suficiente para que podamos saber por su ortografía si un texto
IG
D

es de una u otra época.


CA

Estos cambios están marcados por dos constantes: la de eliminar todo atisbo
TE

de trasliteración de lo que reflejaba la escritura latina, y la de descargar de valores


IO

ciertos signos, con la invención de otros que asumieran parte de su representatividad.


BL

De todos ellos (Bunis 1974), sólo nos detendremos en tres: uso o no de vav
BI

< ‫ > ו‬para marcar el fonema consonántico /v/; utilización de zayin con tilde para el
fonema /ž/, y redistribución de los grafemas sámej < ‫> ס‬, sin < ‫ > ש‬y šin < '‫ > ש‬en la
notación de /s/ y /š/.
a) Uno de los cambios más antiguos que documentamos en la ortografía sefardí
es el del abandono del uso de vav con valor consonántico /v/ (salvo en
hebraísmos del judeoespañol escritos a la hebrea), que fue sustituido en
dichos casos por bet con tilde < '‫ > ב‬prácticamente en el siglo XVIII y quedó
desde entonces reservado únicamente para sus valores vocálicos velares.
b) Por otro lado, hasta mediados del siglo XVIII, la guímal con tilde lo mismo
representaba tanto la palatal africada sorda /ĉ/ como la sonora /ŷ/, que en
interior de palabra y posición intervocálica servía para mostrar el sonido (o

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fonema según [cuándo y cómo] se mire) palatal fricativo sonoro /ž/. Cuando
con la entrada de numerosos préstamos del turco, el fonema palatal africado
sonoro empezó a aparecer también en posición intervocálica, la antigua
diferenciación distributiva se volvió inservible. La solución fue la de crear el
citado signo de zayin con tilde y reservarlo para la palatal fricativa sonora,
dejando guímal con tilde para las palatales africadas sorda y sonora. Ni que
decir tiene que la innovación tuvo gran éxito, especialmente cuando con la
llegada de nuevos préstamos, ahora del francés, la palatal fricativa sonora
pasó a aparecer en inicial de palabra.
c) Por último, el más complejo de los cambios es el que afectó a los grafemas
sámej, sin y šin (o lo que es lo mismo, sin con tilde). En los primeros tiempos
sin se reservaba para la dorsodental fricativa sorda /s/ (<-ss-> en escritura
latina medieval), sámej para lo que en escritura latina correspondía con <ç>

F
SE
(aun cuando la antigua oposición fonológica entre la dental africada sorda /ŝ/

IC
y la dental fricativa sorda /s/ estuviera prácticamente perdida) y šin para la

D
prepalatal fricativa sorda /š/. CI
EL

Esa falta de una diferencia fonético-fonológica llevó durante un tiempo al uso


D

indistinto de sin y sámej para la dorsodental y šin para la palatal, con los numerosos
L
A

problemas derivados de asentar la diferenciación fonológica (asociada a veces a


IT

diferencias morfológicas, como en el caso las desinencias verbales de 2ª persona: tú


IG
D

comes [kómes] vs. vosotros comés [koméš]) en la presencia de una minúscula tilde
CA

que con frecuencia faltaba (o no se apreciaba) en los textos. Por todo ello, y en pro de
TE

la citada preferencia por una escritura lo más fonológica posible, los textos más
IO

modernos desde el siglo XIX muestran la clara distribución sámej para la dental y sin
BL

(con o sin tilde, pues acabará siendo superflua) para la palatal.


BI

5.3. Rarezas e innovaciones.


Una vez vista la caracterización general de las reglas de escritura de la aljamía
hebraica en los textos sefardíes, quiero señalar algunas “excepciones” que las
confirman, a veces meras innovaciones más o menos aisladas y con diferente grado
de planificación, que no gozaron del mismo predicamento que las que acabamos de
ver. En la mayoría de los casos, responden a particularidades gráficas de textos
modernos (finales del s. XIX y principios del XX), asociadas a la notación de
extranjerismos del judeoespañol.
1- Especialmente en textos antiguos –aunque también en época más moderna
por razones iguales pero no las mismas, como veremos– podemos encontrar ejemplos
no menos excepcionales de formas con he inicial como ‫ האב’י‬/ (h)ave o ‫ האש‬/ haz;
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una he que en el segundo de los casos pudiera interpretarse como arcaísmo gráfico
para representar la <h-> etimológica (de probable articulación aspirada), pero que en
el primero queda lejos de encontrar fácil explicación.
2- Por otro lado, si el grafema vav destacaba antes por haber dejado
relativamente pronto de tener su primigenio uso consonántico para pasar a notar
preferentemente las vocales posteriores /o/ y /u/, destaca aún más si tenemos en
cuenta que –aunque muy excepcionalmente–, se pueden documentar ejemplos de
doble vav para notar el sonido semiconsonántico [w] en formas como agua / ‫ אגווא‬,
como grafía paralela a la de doble yod.
3- Circunscrito al área de Liorna por publicarse allí libros que luego serían
vendidos en Gibraltar y el norte de África, encontramos el uso de ħet (‫ )ח‬o jaf ( '‫ ) כ‬para
representar el fonema velar fricativo sordo /x/ de realización aspirada [ħ] a la andaluza
en formas como hijo / ‫( איכ'ו‬en judeoespañol general /ížo/) o dijo / ‫( דיכ'ו‬en

F
SE
judeoespañol general /díšo/) que claramente muestran el influjo de la vecina fonética

IC
hispánica peninsular.

D
CI
4- Por su parte, principalmente en los textos impresos en los países de habla
EL

eslava del área de los Balcanes (Bosnia, Bulgaria...), aunque también en Viena,
D

destaca el uso indiferenciado de la secuencia yod yod álef he < ‫ייאה‬- > tanto para el
L
A

segmento heterosilábico [-í.a] (hiato<ía>) como el tautosilábico [-ja-] (diptongo <ia>).


IT
IG

5- Asimismo, en las ediciones preparadas en Viena en el s. XIX por Yisrael


D

Bajar Hayim –el más (pre)claro impulsor de la revolución ortográfica sefardí (Bunis
CA

1996: 161)–, encontramos ciertos usos gráficos particulares que no tuvieron tanto éxito
TE

como el arriba citado de zayin con tilde, también invento suyo. Tal es el caso de la
IO

doble zayin < ‫ > זז‬para marcar el fonema dorsodental africado sonoro /dz/ que se
BL
BI

conservaba residualmente en las variedades judeoespañolas del noroccidente de los


Balcanes, frente a la notación con dálet + zayin < ‫ > דז‬que ofrecían otros textos.
6- En otro orden de cosas, frente a la costumbre ortográfica de los textos
aljamiados para la notación de hebraísmos de presentarlos según su escritura
normativa en hebreo (por ejemplo, sin matres lectionis, salvo contados deslices), en
algunos textos judeoespañoles aljamiados modernos encontramos justo lo contrario; o
sea, hebraísmos escritos “tal y como suenan”.
7- Por último, y como contrapunto al dicho que preludiaba nuestra intervención,
el último fenómeno “extraño” que presentamos hoy aquí era precisamente el primero
de este apartado. Así, en textos del s. XX de marcado carácter afrancesado o
recastellanizador, nuevamente encontramos formas con he inicial en formas romances
como héroes / ‫ הירואיס‬u horizonte / ‫ הוריזונט‬, que deben su forma a un más que

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probable seguidismo de la escritura latina original de estos nuevos préstamos, ya que


no existe ninguna razón de índole fonética que apoye su notación diferenciada, pues
tampoco en la lengua originaria –ya sea el francés o el español–, dicha <h-> suena.
Este tipo de resabios ortográficos cultistas y occidentalizantes constituyen
prueba manifiesta de lo que el profesor Hassán llamaba «proceso de desefardización»
del judeoespañol, y serán la antesala del paso a la adopción generalizada de los
caracteres latinos para la composición de textos sefardíes. Unos textos sefardíes
latinados –por cierto– que, independientemente del acierto en la elección del modelo
ortográfico a seguir, ofrecen aberraciones de toda índole (y difícil justificación). Tal es
el caso de las formas hera o hamor (por era y amor) con <h>, o cuition (para el
galicismo question), por citar alguno de los más llamativos.

6. Variedades dentro del judeoespañol

F
SE
Como ya hemos venido señalando a lo largo de este texto, la primera división

IC
dialectal dentro del judeoespañol establece la diferenciación entre el dialecto

D
CI
norteafricano occidental (haquitía) y el judeoespañol levantino.
EL

De acuerdo con lo expuesto por Quintana (2006: 120-127), se pueden distinguir


D

tres áreas fonéticas y fonológicas en el continuum dialectal del judeoespañol del otrora
L
A

Imperio otomano:
IT
IG
D
CA
TE
IO
BL
BI

Tomado de Quintana (2006: 390)

1. Área central (A), que ocupa el sur de los Balcanes (este de Macedonia,
Grecia, Turquía y Egipto) y corresponde al área de influencia de los tres grandes
centros culturales sefardíes: Estambul, Salónica y Esmirna.

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Algunas de las principales características del judeoespañol de esta zona son:


a) No neutralización de las vocales medias átonas [e, o] a las altas [i, u];
b) Metátesis del grupo [rđ] a [dr];
c) Mantenimiento (precario) de la oposición /r/:/rr/, o
d) Ausencia de fonemas dentales africados /ŝ/ y /dz/.
Según el papel desempeñado por los centros de Salónica y Estambul, pueden
distinguirse dos subáreas (a1 y a2), donde uno de rasgos más sobresalientes de la
diferenciación se basaría en el mantenimiento de [f-] en la mayoría de los lexemas que
exhibe la zona vinculada a Salónica.
2. Área periférica europea (B), que ocupa la zona norte y oeste de los
Balcanes. Careció de centros culturales especialmente pujantes, si exceptuamos la
difusión de libros impresos en Belgrado o Sarajevo, ya bien avanzado el siglo XIX, o el
papel recastellanizador de los intelectuales vieneses.

F
SE
Se caracteriza por:

IC
a) La neutralización de las vocales átonas medias [e, o] y altas [i, u];

D
CI
b) Los diferentes tratamientos del grupo [rđ], que se mantiene en el oeste
EL

(Bosnia), y se metatiza en el este (Rumanía y Bulgaria);


D

c) La general neutralización de la oposición /r/:/rr/, excepto en Bitola-Monastir


L
A

(Macedonia) y Castoria (Grecia); o


IT

d) La presencia de fonemas dentales africados /ŝ/ y /dz/, salvo en las


IG
D

comunidades del este de Bulgaria.


CA

De acuerdo con excepciones como las que hemos ido señalando, se distinguen
TE

hasta cuatro subzonas: b1 (sureste de Bulgaria); b2 (Rumanía y oeste de Bulgaria); b3


IO

(comunidades de Bosnia y Croacia) y b4 (Bitola), con mayor influencia de la norma


BL

salonicense.
BI

3. Área periférica extra-europea (C) correspondiente a la del judeoespañol de


Israel, que constituye una nueva coiné de elementos de las otras zonas.

7. Conclusión
Hasta aquí una presentación de los conceptos básicos que el estudiante debe
conocer mínimamente antes de acercarse al judeoespañol. Para la exposición
pormenorizada de los rasgos lingüísticos de esta variedad hispánica, remitimos al
texto El Judeoespañol II: características, de esta misma colección.

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IC
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D
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(los) judíos del norte de África” en A. Quilis et al., eds. XI Congreso Internacional
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L
A

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IT

March, 117-140.
IG
D

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de Filologia. Estudis Lingüistics, IX, 87-99.


TE

Hassán, Iacob M. (2008a): «Sistemas gráficos del español sefardí», en Iacob M.


IO

Hassán y Ricardo Izquierdo Benito, coords. (2008), 119-143.


BL

Hassán, Iacob M. (2008b): «La prosa rabínica», en Iacob M. Hassán y Ricardo


BI

Izquierdo Benito, coords. (2008), 265-300.


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ANEXO: textos sefardíes en formato original

F
SE
IC
D
CI
EL
D
L
A
IT
IG
D
CA
TE
IO
BL
BI

Ms. Pizmonim (Sarajevo, 1794), fol. 123r


Portada de la Biblia de Ferrara (1553)

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Regimiento de la vida (Salónica, 1564), h. 128a

F
SE
IC
D
CI
Portada del Me‘am lo‘ez de Génesis
EL

(ed. Esmirna, 1864)


D
L
A
IT

Hélec Rišón mahaArbá‘ ve‘esrim


IG

(Constantinopla, 1739), h. 114a [= Éx. 15]


D
CA
TE
IO
BL
BI

Lel šimurim (Viena, 1818-19), h. 8a


Portada de El Ĵuguetón (Estambul, 17-6-1930)

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F
SE
IC
D
CI
Portada de El Luzero de la Pasensia
EL

(Turnu-Severin, 21-11-1885)
Jevrjeski Glas (Sarajevo, 9-8-1940), p. 6
D
L
A
IT
IG
D
CA
TE
IO
BL
BI

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