NAMA BU
Karen Paulina Bixwell es una artista franco-colombiana que reside en Bogotá, usa la
fotografía análoga como barco y como puerto para dar soporte a su viaje y su
investigación, nació en Aruba, en medio de un viaje que sus padres emprendieron para
huir de la violencia que en ese entonces explotaba en Colombia, el miedo heredado y
su condición como mujer migrante han fraguado una sensibilidad particular que
muestra al mundo por medio de su trabajo.
Hoy quiero hablar de una de sus series fotográficas, realizada en conjunto con
miembros de la comunidad Embera en Colombia, en su mayoría mujeres y niños, en
ella, se sumerge en un navegar a través de aguas que flotan, casi invisibles, bajo y
sobre las mismas calles que caminamos a diario y nos lleva a nosotros, sus
espectadores, con ella, la serie empieza en su título, “NAMA BU”, “¡EXISTIMOS!”,
quizá un aullido, un grito de guerra, un florecer en medio del vacío, sus fotografías
escapan a la intención documental y la revictimización de una comunidad abrumada
entre los ecos del ruido de una historia que no les pertenece y en su lugar, ofrece una
mirada y un atisbo de lo que son, sin más.
No busca contarnos lo que otros son, sino realizar un viaje de si misma, y quizá, de
nosotros, a través de la vida de esos otros seres pares que existen y recorren el
espacio, ellas particularmente que siendo marginadas o rechazadas por lo incómoda
que resulta su otredad ante nuestros parámetros de estética y cultura, poseen la
empatía suficiente para no mirar hacia otro lado y abrazar con dignidad lo que ellas son
sin necesidad de darse valor, reduciéndonos.
Es una serie de fotografías en formato 1:1 con una estética que recuerda un poco a las
fotografías de moda de hace un par de décadas, son ellas, con dignidad y es su selva,
lejos del morbo del misticismo folclórico que usualmente nos lleva a buscar las
imágenes de ese mundo a veces invisible no por su obviedad sino por lo incomodo que
plantea hacernos conscientes de eso que se destruyo para construir los cimientos de
este otro espacio en el que nos inscribimos.
Ahí esta lo sorprendente, lo que arde, no nos muestra a un grupo de monigotes que
tratan de salvar una identidad común actuando como tótems de una cosmogonía ajena
y olvidada, sino a seres que se viven a si mismos y construyen realidad y comunidad
basados en su experiencia particular en el mundo, personas que más que estar
perdidas en el tiempo, flotan, en el tiempo mismo, que cargan con una herencia
ancestral, y con la influencia de la cultura occidental que les rodea e invade, pero a la
vez, ¡existen!
En un par de las fotografías de la serie se genera un contraste tremendo entre las
modelos, su ropa, su maquillaje, la mirada que dirigen a la cámara, el gesto que eligen
para su pose, uno que podríamos ver en cualquier modelo de moda en alguna pasarela
y el lugar en el cual están siendo fotografiadas, un hotel antiguo en Bogotá que ha
funcionado como residencia estudiantil y mantiene la misma estética que tuvo el día
que se inauguró hace más de medio siglo, esta sensación de invasión de la privacidad,
de un voyerismo discreto pasa a un estado de comicidad irónica, una comicidad que se
va desdibujando cuando se revela que no es una parodia, ni una burla, ni tampoco el
afán de encajar entre los estándares de belleza de la sociedad occidental, la verdad,
simplemente es que ellas son contemporáneas, comparten el presente y habitan sus
cuerpos en razón a sus deseos.
Reviven con sus ojos preguntas que cada par de años damos por resueltas o
desaparecidas, “La cuestión quintaesencial de la modernidad afectaba a la identidad:
en la famosa pregunta de Paul Gauguin, ¿De dónde venimos? ¿quiénes somos? ¿A
dónde vamos?” (foster 1996), retornan constantemente, reconfiguradas y
resignificadas, “la muerte del sujeto ha muerto a su vez: el sujeto ha retornado en la
política cultural de diferentes subjetividades, sexualidades y etnicidades…” (Foster
1996), la pregunta por el sujeto y por la identidad no desaparece, solo desaparece la
forma particular de abordarla que cada época posee, son cuestiones ineludibles porque
nos construyen, no importa cuán distinta sea nuestro discurso cosmogónico, las leyes y
los valores morales que nos rigen, siempre necesitaremos de la identidad como estadio
y plataforma como un lugar en donde inscribirnos y sobre el cual construir un libreto y
una lectura de realidad, un modo particular de sobrellevar los estímulos de la realidad,
al menos como sospecha, como ruta, como recuerdo, como un hechizo para cantar
cada vez que nos topemos con nuestro reflejo en la superficie de vidrio negro de
nuestro celular o en un charco de agua y podamos decir, ¡existimos!, esta pregunta y
su respuesta, no solución, nos otorga dignidad y también nos oprime, ¿somos lo qué
vestimos? ¿lo qué comemos? ¿el lugar y a quienes habitamos?, esta obra nos muestra
un tiempo contenido, capturado, fugaz, en donde la suma de todas estas preguntas,
que a veces se preguntan sin necesidad de lenguaje y el lenguaje responde de igual
manera, terminan por crear un ritual, no uno trascendente, elevado, lleno de luz, sino
uno que sacraliza la cotidianidad, la labor manual, el caminar, lo visceral y la parte más
mundana de nuestra supervivencia y permite que eso que tanto nos amenazo y nos
persiguió desde lo más primitivo de nuestra especie, se adorne y domestique, que se
ponga al servicio de esos ojos que miran no adelante, sino a través.
Hay una linea delgada entre eso que consideramos posmodernidad y la
contemporaneidad, más que nacer como una anti-modernidad, es un “reescribir la
modernidad” (Lyotard 1987), aún se siente así, pues la posmodernidad es un fenómeno
lo suficientemente reciente y cercano a la actualidad como para caber aún dentro de lo
contemporáneo, cantamos para que el mundo siga girando, cantamos para que la
muerte y el caos agobiante de la posibilidad del olvido no nos arrase, buscamos
domesticar el miedo y reescribir la canción a cada compás para poder seguir
existiendo, no se celebra la muerte de los dioses y el ocaso de las historias para dormir
que nos daban calma, se les llora y se hace un duelo, para seguir caminando a
sabiendas de que ya no hay promesas, para entender que esas promesas no eran
necesarias pues esto mismo se basta, hemos vivido sometidos a dos estructuras de
realidad que se replican, una tragedia en la que hay dos o más tensiones igualmente
loables y al final aún con el sobre esfuerzo del héroe que la protagoniza, el juego de
tensiones se resuelve en un acto doloroso, y en una comedia donde los personajes de
baja ralea se eximen de la tarea de pensar y solo actúan basados en el impulso de sus
vísceras, ante el temor y el asco de poder construir nuestra realidad solo sobre los
limites de esas dos estructuras nos encerramos en la burbuja calma y cómoda de estar
entretenidos, “La ideología de la modernidad –en todas sus formas– se puso en contra
de la contemplación, en contra de un voyeurismo pasivo, en contra de la pasividad de
las masas paralizadas por el espectáculo de la vida moderna. A lo largo de la
modernidad, podemos ver este conflicto entre el consumo pasivo de la cultura de
masas y una oposición activista a ella –política, estética, o una mezcla de ambas–. El
arte moderno, progresista, se constituyó en el periodo de la modernidad en oposición a
dicho consumo pasivo, ya sea de propaganda política o bien de kitsch comercial.
Conocemos estas reacciones activistas –desde las diferentes vanguardias de principios
del siglo XX a Clement Greenberg (Vanguardia y Kitsch), Adorno (Industria cultural), o
Guy Debord (La sociedad del espectáculo), cuyos temas y figuras retóricas continúan
resonando en el debate actual sobre nuestra cultura–.8 Para Debord, el mundo entero
se ha convertido en una sala de cine en la que las personas están completamente
aisladas tanto las unas de las otras como de la vida real y, por lo tanto condenadas a
una existencia de pasividad total” (Groys 2013) el viaje al que estas fotografías nos
invita nos lleva a hacernos conscientes de que estamos parados sobre montañas a
pesar de que caminemos sobre cemento, la posibilidad de ritualizar cada momento, no
por una promesa trascendente sino por la maravilla exótica que supone su absurdez, y
la potencia de vida que contiene aprender a soportarnos sobre nuestra identidad sin
que se disuelva en el reflejo de la otredad pero también respetar sus respuestas.