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Concepciones Sobre La Paz en La Historia

El documento resume las concepciones de la paz a lo largo de la historia, desde la prehistoria hasta la Edad Moderna. En la prehistoria, las sociedades cazadoras-recolectoras desarrollaron mecanismos para resolver conflictos pacíficamente aunque no eran completamente no violentas. En Grecia y Roma se forjaron nuevos conceptos político-militares como la "homonoia" griega y la "pax" romana. El cristianismo promovió una visión de paz pero luego se alineó con los intereses polític
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Concepciones Sobre La Paz en La Historia

El documento resume las concepciones de la paz a lo largo de la historia, desde la prehistoria hasta la Edad Moderna. En la prehistoria, las sociedades cazadoras-recolectoras desarrollaron mecanismos para resolver conflictos pacíficamente aunque no eran completamente no violentas. En Grecia y Roma se forjaron nuevos conceptos político-militares como la "homonoia" griega y la "pax" romana. El cristianismo promovió una visión de paz pero luego se alineó con los intereses polític
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QUINTO – CLASE 11

Concepciones sobre la paz en la historia

La paz
Ya sea definida como la simple ausencia de violencia o como un sistema complejo
de normas éticas, la paz se considera el resultado más deseable de los conflictos.
A pesar de que a menudo se imagine como un concepto blando, ingenuo y
utópico, la paz es un concepto cultural de largo recorrido, que ha sido definido a
partir de las aportaciones de innumerables doctrinas religiosas, ideologías políticas
y prácticas sociales. 
La paz en la Prehistoria
El estudio de cómo las comunidades humanas han afrontado los conflictos en
tiempos prehistóricos es de incuestionable importancia para comprender las
funciones sociales de la cooperación y la agresividad. Debido a la profunda
heterogeneidad de culturas primitivas y a la enorme distancia temporal, la
evidencia científica sobre la gestión de conflictos en esta era es escasa y
fragmentada. Como consecuencia, los académicos frecuentemente se han
basado más en especulaciones que en datos empíricos. En términos generales,
hay dos tendencias opuestas. Una de ellas entiende que el estado natural del
hombre primitivo es de guerra constante contra todos (Spencer 1898; Hobbes
1979). La otra considera que, si bien las comunidades primitivas fueron incapaces
de desarrollar teóricamente el concepto de paz, sí desarrollaron mecanismos para
resolver pacíficamente muchos de sus conflictos, aunque esto no significa que
fueran unas comunidades plenamente no-violentas. Esta idea se sustenta en que
estos grupos eran autosuficientes, respetuosos con su medio ambiente y habían
sido capaces de desarrollar redes de parentesco y figuras mediadoras que
garantizaban la ausencia de violencia. En esta etapa histórica, la violencia se
considera la proyección de la agresividad connatural a la especie (Behrman 1975):
los enemigos eran asesinados porque las sociedades cazadoras-recolectoras
tenían que eliminar depredadores y presas. Algunas investigaciones recientes han
documentado casos locales de violencia inter-grupal deliberada entre
comunidades primitivas (Lahr y otros 2016). Sin embargo, debido a la
fragmentación de pruebas ya indicada, estos descubrimientos no prueban que la
guerra fuera una condición universal de la vida pre-civilizada (Keeley 1997).

Grecia y Roma
Varios milenios más tarde, la Grecia y Roma clásicas desarrollaron organizaciones
inéditas en la Historia desde el punto de vista político, económico y sociocultural.
Como consecuencia, se forjaron nuevos conceptos relativos a la paz, esta vez
desde perspectivas fundamentalmente político-administrativas y
militares. Homonoia (armonía) y Koine eirene (paz común) son las contribuciones
más importantes de Grecia al legado de la paz. Homonoia implica un equilibrio de
poder entre agentes y una unión entre los miembros de un mismo grupo, con lo
que se establece un límite político y geográfico al concepto de paz (Shogimen
2010). Por su parte, koine eirene apela a un status de paz sostenible y universal
entre la población de diferentes territorios. Este término apareció por primera vez
en la Paz de Antálcidas, firmado entre griegos y persas en el 387 a.C. para poner
fin a la guerra Corintia. Se considera el primer tratado de paz de la historia
(Schmidt 1999).
Algunos siglos después, la pax latina readaptó estas ideas previas. Proveniente
de pacisci (pacto), pax también se usó para referirse a los tratados con los que
terminaban las guerras. Sin embargo, al contrario que la eirene griega, la pax no
es entre iguales, sino que se concibe como la rendición incondicional de las
comunidades derrotadas (Zampaglione 1973). En definitiva, pax se refiere al
rechazo, manu militari, de amenazas externas (Lederach 1984). En conjunto, las
definiciones grecolatinas de paz se centran en la estabilidad y seguridad del grupo
propio, subrayando la potencial amenaza de grupos externos y menospreciando el
bienestar y el desarrollo de sus individuos. Algunas de estas acepciones son
plenamente relevantes en la cultura occidental actual.

Primeros pasos del cristianismo


Posteriormente, la cristiandad se convirtió en otra incuestionable fuente de sentido
para el concepto de paz. La figura de Jesucristo es habitualmente descrita como
la de un pacifista contrario a la violencia (Deschner 1990). Tras su muerte, su
doctrina se difundió rápidamente por la cuenca mediterránea, entre los siglos I y IV
de nuestra era. En aquel tiempo, los llamados cristianos primitivos englobaban a
un conjunto heterogéneo de comunidades. A pesar de ello, el relato generalizado
sobre dichas organizaciones sociales era la de un grupo sin intereses económicos
y políticos particulares que basaba su existencia en la distribución comunal e
igualitaria de los bienes (Brock 1972). Independientemente de que esta visión
fuera cierta o no, la cristiandad cambió definitivamente en el año 313 d. C., cuando
los emperadores romanos Constantino y Licinio firmaron el edicto de Milán. Este
decretó hizo que, tras siglos de persecución, el cristianismo fuera la religión oficial
de Roma. Como resultado, la Iglesia se integró en las estructuras del Imperio
(Blázquez 1995), y su mensaje pacifista inicial fue desplazado en favor de otro
más alineado con los intereses políticos y militares de Roma.

Edad Media
Durante la Edad Media, la poderosa Iglesia Católica actualizó la idea latina
de pax, otorgándole una visión universalista: la paz pasaba a ser un anhelo de
todos los pueblos. Esto, como veremos, justificaba la expansión de la doctrina
cristiana por Occidente y Oriente, no siempre a través de métodos estrictamente
pacíficos. A la sombra de las élites eclesiásticas, surgieron una miríada de
corrientes heterodoxas que promovieron una forma de vida pacífica y no-violenta
basada en la austeridad y el monacato, rescatando las ideas previas de los
cristianos primitivos. Entre los siglos V y XV, algunas de estas prácticas fueron
desarrolladas por los bogomiles, los valdenses y los cátaros, que defendían una
forma de vida monacal y austera que trataba de reproducir lo más fielmente
posible la experiencia de Cristo (Lederach 1984). Según Peter Brock, el monacato
era en gran medida una protesta religiosa contra el militarismo prevaleciente y la
barbarie de la era feudal (Brock 1972).
Sin embargo, las ideas predominantes, basadas en la guerra justa, defendidas por
la jeararquía eclesiástica y expresadas a través de acontecimientos históricos
como las Cruzadas, eclipsaron los intentos de establecer una concepción cristiana
de la paz que perdurase durante la era medieval (Shogimen 2010). El
propio Shogimen sugiere que esto no fue posible porque la paz cristiana se
basaba en la idea de que el mundo físico es imperfecto, y por tanto incapaz de
garantizar una paz duradera: ésta sólo sería fruto de la voluntad directa de Dios.
Por lo tanto, la paz cristiana medieval habría permitido la realización de guerras
santas contra pecadores e infieles. De nuevo, se ven aquí ecos de la pax romana,
puesto que su defensa de la unidad interior frente a los pueblos exteriores llevaba
implícito el discurso expansionista de que se debía guerrear y conquistar por la
paz (Lederach 1984).

Edad Moderna
Más tarde, la Edad Moderna se caracterizó por la creciente expansión del
capitalismo a través del comercio, la industria y las finanzas (Gutiérrez Nieto
1975). Este sistema económico se fundamentó en el fortalecimiento sostenido de
la burguesía europea, una clase social surgida en los centros urbanos a partir de
la acumulación de capital y que retó con éxito a los poderes feudales medievales.
Además, este momento histórico inauguró los procesos de conquista de
comunidades indígenas en América, África y Asia, convirtiendo el capitalismo
comercial en el sistema-mundo hegemónico de aquel tiempo (Wallerstein 1997).
Esta época también se caracterizó por una revolución epistemológica que
reformuló la importancia del hombre en el mundo: a partir de este momento, éste
se mediría por su voluntad, y no tanto por la de Dios.
Contrario a las connotaciones utópicas del humanismo, Nicolás
Maquiavelo concibió este nuevo enfoque desde un sentido negativo: según él, la
naturaleza humana es traicionera y avariciosa, haciendo que predomine la fuerza
sobre la razón (Maquiavelo 1985). Por lo tanto, se hacía necesaria la presencia de
autoridades fuertes que frenasen los excesos humanos. La respuesta política a
esta percepción negativa de la humanidad fue la consolidación del estado
moderno, caracterizado por la concentración del poder político, la expansión de la
racionalización de sus funciones, y la independencia de intereses sesgados
(Guitérrez Nieto 1975). Sin embargo, sociólogos como Max Weber apuntan que
dos de los elementos definitorios de los estados modernos son otros, de corte más
negativo: la violencia y la dominación. Según Weber, la superviviencia de los
estados depende del exitoso monopolio de la violencia legítima y la conformidad
de los dominados hacia la autoridad de los dominantes (Weber 1986).
En definitiva, durante la Edad Moderna se revisaron las concepciones clásicas de
la paz, pero a costa de legitimar algunas formas de violencia. Las autoridades
centrales y los gobiernos precisaban ser más fuertes para salvaguardar la unidad,
el orden y la seguridad de las comunidades. De forma similar, Thomas
Hobbes creía que los estados, en tanto concentraban y limitaban la violencia que
legítimamente se podía ejercer, frenaban eventualmente la brutalidad connatural a
los seres humanos (Hobbes 1979, 2004): en otras palabras, concentrar la
violencia es la única forma efectiva para limitarla (Bobbio 2007). Esto era así
porque el poder coercitivo de los estados intimidaba a sus miembros: por tanto, la
paz se entiende como el fruto de ese miedo común.
Sin embargo, como en otras etapas históricas, se realizaron esfuerzos para
desarrollar prácticas que hoy serían emparentadas con las nociones de paz
positiva. Así, cultos cristianos heterodoxos como los menonitas y los anabaptistas,
establecidos fundamentalmente en el centro y norte de Europa, promovieron
concepciones seminales de resistencia pacífica y de no-violencia, retomando el
hilo de bogomiles, valdenses y cátaros (Brock y Young 1999). A pesar de estos
movimientos subterráneos, John Paul Lederach resume con claridad el estado de
la paz en este momento histórico: era competencia exclusiva de los estados
modernos, responsables legítimos de mantener la unidad y el orden interiores
mediante la fuerza, y beneficiando de paso a los intereses dominantes. Por
desgracia, los acontecimientos históricos de los siglos posteriores, testigos de un
auge militarista sin precedentes, demostrarían el fracaso de los estados en la
construcción de la paz.

Revolución y contrarrevolución: el violento final del Antiguo Régimen


A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, las estructuras políticas, sociales y
económicas del Antiguo Régimen iniciaron su inevitable colapso. Desde la
Revolución Francesa de 1789 en adelante, varios movimientos insurreccionales se
extendieron a lo largo de Europa hasta bien entrado el siglo XIX. Grosso
modo, esta oleada revolucionaria se basaba en inéditas reivindicaciones, como la
universalización de la soberanía popular y la igualdad de derechos, mostrando una
oposición natural a las viejas aristocracias (Stromberg 1990). En numerosas
ocasiones, este caótico contexto histórico desembocó en guerras de inusual
crudeza, como la campaña napoleónica que devastó Europa en 1815 y que
implicó la movilización masiva de soldados (Cooper 1991). La lucha inestable
entre la élite aristocrática y la pujante burguesía implicó a su vez una dinámica de
contra-movimientos absolutistas (restauración de 1814 contra el Imperio
Napoleónico que pretendía difundir las ideas de la Revolución Francesa) y de
revueltas populares de corte obrero (revoluciones de 1830 y 1848 en respuesta a
los movimientos restauradores).
Este periodo también se caracterizó por la consolidación de la nación-estado, una
evolución de los estados modernos que pronto se convirtieron en los
representantes legítimos de comunidades imaginadas y limitadas geográficamente
(Anderson 1993). Max Weber definió las naciones como la “comunidad de
sentimientos” fundados sobre una asociación coercitiva, jerárquica y dominante
(Weber 1986). Además, otra noción central del estado contemporáneo es el de
soberanía, definida por Rousseau como una voluntad general puesta en práctica
(Rousseau 1998). Según estas ideas, y a diferencia de las nociones maquiavélica
y hobbesiana vistas en la entrada anterior, la paz no es ya producto de un miedo
común hacia el estado, sino fruto del acuerdo estable entre gobernantes y
gobernados. Así, las democracias representativas fueron poco a poco
convirtiéndose en una realidad, junto con otras formas novedosas de acción
colectiva: los movimientos sociales (Tilly 2008), que serían de crucial importancia
en el desarrollo del pacifismo en el siglo XX.

Definiendo la paz en el siglo XIX


Las guerras surgidas en los albores de la era contemporánea representaron un
tipo inédito de confrontación que requería nuevas definiciones de paz.
Tradicionalmente, la guerra había sido uno de los principales instrumentos de
resolución de conflictos entre los estados, o como rezaba la famosa cita de von
Clausewitz, “la continuación de la política por otros medios” (von Clausewitz
1972). Sin embargo, es en estos años cuando surgen voces demandando un
nuevo tipo de relaciones internacionales. En una fecha tan temprana como
1795, Immanuel Kant escribió un ensayo sobre la paz perpetua donde defendía la
abolición de los ejércitos y el emplazamiento de mecanismos de arbitraje entre
países, rechazando así el orden internacional prevaleciente (Kant 2006). Años
más tarde, tras las guerras napoleónicas, las élites intelectuales fundaron
sociedades de “amigos de la paz” (Brock y Young 1999). En Inglaterra (London
Peace Society), Estados Unidos (American Peace Society) o Francia (Parisian
Société de la Morale Chrétiene) se formaron asociaciones que pretendían
sensibilizar acerca de los horrores de la guerra. En 1843 se celebró en Londres el
primer congreso internacional sobre paz, pasando de las plumas de los
intelectuales a la sociedad civil en general (Cooper 1991).
Sin embargo, los intentos para alcanzar un movimiento pacifista internacional no
fructificaron. Guerras interestatales, como la guerra franco-prusiana de 1870 o las
conquistas imperialistas en África y Asia fueron algunos de los sucesos más
importantes de la política mundial. A pesar de ello, en 1899 se reunieron veinte
países en la I Conferencia de Paz de La Haya y alcanzaron un acuerdo para
limitar la producción de armamento, fortalecer el derecho internacional y
establecer un tribunal de arbitraje mundial que dirimiera en las disputas entre
estados (Cortright 2008).
No fueron los únicos intentos en consolidar la paz entre pueblos y países. A partir
de la II Internacional de 1889, (diez años antes de la conferencia de La Haya), el
movimiento obrero comenzó a definir las guerras como herramientas capitalistas
de explotación y miseria, así como un ejemplo claro de la lucha de clases (Gallie
1979, Rébèrioux 1981). Sin embargo, a pesar de que en esta época el marxismo
se consideraba como la única ideología auténticamente pacifista, pronto algunas
tendencias izquierdistas comenzaron a subrayar la inevitabilidad de la violencia
política para hacer realidad la revolución proletaria. Una vez el pacifismo se señaló
como una “desviación burguesa”, el antimilitarismo socialista llegó a su fin (Brock
& Young 1999).

Equilibrio explosivo: de la “paz armada” a la Primera Guerra Mundial


Por último, el andamiaje real del sistema político internacional obligaba a ser
pesimista con respecto a las esperanzas del tribunal de arbitraje mundial
esbozado en La Haya. De hecho, los primeros años del siglo XX fueron testigo de
la amenaza creciente de una confrontación bélica europea sin precedentes. Dicha
amenaza era más plausible que nunca gracias a la llamada “paz armada” (Gaillard
& Rowley 1998), un complejo sistema de alianzas y contra-alianzas militares que
por un lado garantizaba la ausencia de guerra, pero que por otro daba alas a la
carrera armamentística y a una creciente agresividad entre los estados oponentes.
De un lado, la Triple Entente entre el Reino Unido, Francia y el Imperio Ruso; de
otro, la Triple Alianza que incluía a Alemania, el Imperio Austro-húngaro e Italia.
Este equilibrio militar era evidentemente frágil y de alta explosividad: los hechos
consumados demostraron que las esperanzas para consolidar una paz diplomática
entre estados se desvanecían inevitablemente con el estallido de la Primera
Guerra Mundial en 1914.

Reacción al reclutamiento de tropas: el movimiento de los objetores de


conciencia
El siglo XX implicó el surgimiento de perspectivas innovadoras en torno al
concepto de paz, que eventualmente conformaron una serie de significados y
prácticas sociales todavía vigentes. De manera constante a lo largo del siglo,
estas nuevas expresiones surgieron en la mayoría de casos desde la sociedad
civil. En un principio, como una reacción contra las dos guerras mundiales. El
ejemplo más claro fue el movimiento de los objetores de conciencia surgido en
Reino Unido (Fellowship of Reconciliation, 1915) y Estados Unidos (War
Resisters League, 1923) como rechazo al reclutamiento militar, y considerado
con frecuencia uno de los precedentes más claros de los movimientos sociales
pacifistas (Casquette 1996). Décadas más tarde, los horrores de la Segunda
Guerra Mundial (el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki, el Holocausto
cometido por el régimen nazi, los ataques aéreos sobre la población civil llevados
a cabo por distintas partes) produjeron una serie de movimientos diplomáticos que
desembocaron en la fundación de las Naciones Unidas, una organización
intergubernamental dedicada a la cooperación pacífica entre los estados,
satisfaciendo así las reclamaciones que, desde el siglo anterior, se estaban
haciendo en el campo del derecho internacional.

Desobediencia civil: los casos de India y Estados Unidos


Los siguientes años representaron un salto cualitativo sin precedentes en el
desarrollo de estrategias pacíficas con notables efectos políticos. Por ejemplo, la
campaña de no-violencia (Satyagraha) llevada a cabo en India por Mahatma
Gandhi, y que desembocó en la independencia del país en 1947. Dicha campaña
también implicaba otras prácticas contestatarias, como la desobediencia civil y la
no cooperación con los colonizadores británicos (Brock y Young 1999). El
concepto de no-violencia fue tremendamente influyente en otros procesos de
descolonización en el Tercer Mundo, aunque por desgracia no fue completamente
hegemónico: países como Argelia, Mozambique o Sudáfrica experimentaron
diversos episodios de violencia política, guerrillas o guerra civil (Fanon 2011; May
1972).
De forma similar, la no-violencia fue determinante en los movimientos en defensa
de las minorías étnicas, como el caso del movimiento por los derechos civiles que
tuvo lugar en Estados Unidos entre 1955 y 1968. Dicho movimiento aspiraba a la
igualdad política, económica y cultural entre ciudadanos de raza blanca y negra.
Inspirado por los objetores de conciencia y por la no-violencia ghandiana, el
movimiento por los derechos civiles abarcaba a organizaciones heterogéneas,
como el Congreso por la Igualdad Racial (CORE, en inglés), el Comité
Coordinador de Estudiantes Noviolentos (SNCC) y la Conferencia Sur de
Liderazgo Cristiano (SCLC), de la cual Martin Luther King fue su líder más
carismático.

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