0% encontró este documento útil (0 votos)
98 vistas10 páginas

Crónica Vellones

El documento narra la historia de cuatro jóvenes de La Vega - Cauca que fueron asesinados en el cerro Bellones en 2003. Describe los días previos al viaje donde los amigos se reunían y preparaban para ir al cerro. También cuenta los eventos del día del viaje y la despedida de los amigos y familiares antes de partir.

Cargado por

andersonpino
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
98 vistas10 páginas

Crónica Vellones

El documento narra la historia de cuatro jóvenes de La Vega - Cauca que fueron asesinados en el cerro Bellones en 2003. Describe los días previos al viaje donde los amigos se reunían y preparaban para ir al cerro. También cuenta los eventos del día del viaje y la despedida de los amigos y familiares antes de partir.

Cargado por

andersonpino
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Crónica

De balas y recuerdos: La juventud de los caídos


Bellones, ubicado en el resguardo indígena de Pancitará, es uno de los cerros tutelares
del Macizo Colombiano, y, desde el 7 de julio de 2003, el escenario de una masacre que
se vive como una herida abierta en La Vega - Cauca. Asesinaron a cuatro hijos de esta
tierra, y su muerte aún se mantiene en la impunidad.

Por: Manuel Eduardo Sandoval Zemanate.

Foto por: Cristian Edgardo Carvajal Muñoz.

***
El frío se hace cada vez más intenso en el ascenso. “¡Que hieles!” Dirían los habitantes
de la montaña. Son casi las diez de la mañana. Cuanto más nos acercamos a nuestro
destino, más nos devolvemos en el tiempo. Terminando de subir una trocha empinada,
se destapa el imponente y majestuoso Bellones. En su falda, como un gran oso de
anteojos vigilante, está el Páramo de Barbillas. No dejo de preguntarme cómo es posible
que un lugar tan espiritual, esté a la vez cargado de tanto dolor.
Al llegar al último mirador del cerro los muchachos sienten nuestra presencia, ya que,
inmediatamente, una nube espesa se deprende del cielo y tapa completamente la vista.
Richard Edwardo extiende los brazos, como si por alguna razón esta nube se tratara de
Osquitar, su papá, bajando a darle todos los abrazos que le debía desde hace poco más
de dieciocho años. Su rostro se ve sereno, como si sintiera el corazón de su padre más
cerca que nunca.

Foto por: Richard Edwardo Carvajal Muñoz.

***
Junto a ellos se fue una gran parte de Cristian Edgardo. Algo se apagó en él. Después de
tantos años, a “Tatto” aún se le trunca la voz y se le parte el alma al rememorarlos.
“Fabiancito”, dice: "Era muy inteligente, amante de ver rodar la pelota. Hincha fiel del
América de Cali. Pamba, como lo llamábamos de cariño, tenía veintiún años. Muy lindo
físicamente, apegado infinitamente a su mamá. Iba en primer semestre de filosofía.
Vallenatero como él solo. Pudo disfrutar apenas catorce meses al amor de sus amores,
su hija Fabiana”.
Oscar Eduardo, o “Chaox” (por su parecido a un personaje de Dragon Ball), era el
“bebecito” del parche, pero eso sí, el más serio. Pasaba al grado once en el Melvin Jones
de la ciudad de Popayán. Dieciséis años tenía. Poco conversador y muy tímido. Un
ejemplo de padre a su corta edad. Muy responsable. Sus ojos, de tono claro, se asoman
vívidos y profundos en los rostros de Richard y Erika, sus hijos.
Jesús Antonio tenía veinvitún años, era noble y respetuoso. Lo conocían como
“Inoskah” (apodado así por Inoshikacho, también de Dragon Ball), vivía en escasez,
pero lo que le faltaba en dinero, le sobraba en bondad y amor para su familia. Excelente
hijo, con un cariño admirable hacia su mamá. No dudaba en pedalear hasta Santa Rita,
un pueblo a más o menos una hora de la cabecera, para visitarla, incluso en aquellos
fines de semana de fiesta en la discoteca “El Tufo”. Así fuera andando de lado a lado en
la vía y mirando doble, se iba a verla. Cursaba noveno de bachillerato.
Un sentido del humor increíble, pero con un sueño eterno que lo hacía dormirse en
cualquier lado. Así era Luis Felipe, o “Gregorio”, como le decían por una de sus novias.
Era el mayor, con veintidós años. Por cuestiones económicas se había retirado del
colegio. Para entonces, trabajaba en un alcantarillado que atravesaba el pueblo. El amor
de su vida era su abuelita, Doña Rosita.

***
Parece que uno premedita su muerte. “Desde el día martes, 1 de julio, hasta el jueves,
estuvimos juntos para organizar el viaje hasta el Bellones”, recuerda Tatto. El martes
jugaron caída. Al fondo hervía un chocolate en una olla tiznada, y se escuchaba, con
poco volumen, un radio viejo en el centro de la mesa en la que se encontraba un naipe.
El lugar se iba a caer después del bullicio de todo el parche, pero, en menos de cinco
segundos, el semblante de todos cambió… “Al cielo una mirada larga, buscando un
poco de mi vida, mis estrellas no responden, para alumbrarme hacia tu risa”. Cruzaron
miradas en silencio, como si Celia Cruz les estuviera susurrando una advertencia al
oído, como una suerte de epifanía.
— ¡Qué cagada la letra de ese tema!, ¿no? — interrumpió Tatto. Sin prestarle
mucha atención, volvieron al griterío del juego.
El miércoles subieron a uno de los filos más cercanos del pueblo para lograr contemplar
la luna. Era una noche espléndida, increíblemente hermosa.
— ¡Uffffff! Así de chimba va a estar la luna el sábado en Bellones — expresó
Chaox, sobándose las manos de arriba abajo y con la mirada incrustada en el
punto gris gigante.
El jueves, día previo al viaje, estuvieron toda la noche jugando tres bandas y pool. Tatto
entró al billar con Edilson, uno más del parche y al que apodaban Cyborg por una mano
quebrada en un grave accidente.
— Tatto, ¿vas a ir? — le preguntó Pamba mientras entizaba su taco.

— No, yo no voy a ir huevón — le respondió con la mirada agachada.


“Me acababa de encontrar a Koke, el capitán del equipo, al frente de la iglesia, y él me
advirtió que, si el sábado no estaba presente para el compromiso de fútbol, me iba a
sacar del campeonato”, reprocha Tatto.
— Me quedo entonces — le dijo a Pamba mientras arrugaba la boca.
— Yo tengo todo listo pa’ irme con ustedes — interrumpió Cyborg a la
conversación.

— ¡A vos no te vamos a llevar! — le reveló Pamba.

— Ustedes vuelven el sábado, ¿o qué? – le preguntó Tatto.


Chaox, como en la noche anterior, empezó a sobarse las manos y respondió: “Nosotros
nos vamos de largo papá”. Tatto presintió que pronto habría de llover en el Bellones.
Salieron del billar y cada uno se fue a su casa. “No más regálame la última luna, y una
noche que no olvide jamás”, llegó cantando Oscar a todo pulmón ese verso de Face 2
Face, a donde Patricia, su novia, la madre de sus niños. “Hablamos de todo y nada, pero
eso sí, fue un momento muy extraño, como si de alguna manera nos estuviéramos
despidiendo para siempre. Después de todo lo que nos dijimos, los dos sentíamos que
no nos íbamos a volver a ver nunca más”, me cuenta Patricia.
La mañana del viernes, 4 de julio, lo primero que hizo Oscar fue despedirse de ella.
— Rezá por mí, para que no nos pase nada — le pidió Chaox a su amor.

— Oscar, por favor, no se vayan. Eso por allá está peligroso — suplicó Patricia
para que se quedara.
Ocho de la mañana. Tenían todo listo, era imposible que alguno se echara para atrás.
Chaox, antes de irse, tomó de la mano a sus hijos y los fue a dejar hasta el hogar
infantil.
— Papi, no te vayas, por favor — le rogaban los niños llorando y agarrándolo del
cuello.

— Tranquilos, no se preocupen. Voy a volver — les decía Chaox sonriendo.


El reto más grande era bajar de allá en bicicletas. “Luis Felipe, alistando sus cosas, se
majó un dedo, pero un majón bravo, de esos que el dedo se hincha y dura morado arto
tiempo”, describe Tatto cogiendo su mano e imitando el tamaño del dedo después del
golpe.
— No mijito, ¿cómo se va a ir con ese dedo así? — le decía doña Rosita a
Gregorio, mirándolo dar vueltas con la bicicleta en el patio de su casa.

— ¡Qué va, cagado, dejá de ser flojo, cagado! – arengaba Pamba, que precisamente
había llegado para presenciar la escena.

— Tranquila abuelita, yo puedo frenar. Mire, mire – le respondía Gregorio a su


abuela, estirando el dedo para alcanzar el freno.
Cuando llegó la chiva, subieron todas sus cosas, incluyendo a Pastrana, la mascota del
parche. Pastrana era un criollo negrito. El perro se bajó dos veces de la chiva, hasta
llegar a esconderse debajo de una cama. “Eso parecía una señal, oís, el perro sabía que
algo iba a suceder, por eso no quería salir”, rememora Cristian. Luis Felipe, alterado,
fue a sacarlo las dos veces del rincón en el que estaba metido.
— ¡Egh!, hijueputa hombre, con este malparido no tengo vida — se quejaba
furioso.
Cyborg era obstinado y terco. Él alistó y subió todo a la chiva. En la salida del pueblo
habían quedado de prestarle una bicicleta, pero, cuando se bajó para recogerla, la chiva
arrancó y los muchachos le tiraron hacia la carretera su maletín.
— ¡Quedáte Cyborg!, ¡Quedáte que a vos no te toca! — le gritaron desde la capota.
Viajaron casi dos horas hasta llegar al cruce de Guachicono. Ahí, bajaron las cosas de la
chiva y se adentraron por el camino que lleva al cerro. En la entrada, dejaron
parqueadas las bicicletas y comenzaron a ascender. Situados en la cima, escogieron el
mejor lugar para acampar, una cuneta, en donde no les daría tanto frío e iban a lograr
mirar perfectamente el amanecer. Si nos imaginamos la escena de la llegada, podríamos
ver seguro a Pamba dirigiendo a todo el grupo. Gregorio sería el encargado del
trabajado pesado. Él armaría la carpa hechiza, esa a la que le habían puesto un cierre de
una chaqueta que pertenecía a Torres, el papá de Astrid y novia de Fabián. Chaox
estaría callado, como siempre, prendiendo la estufa de gasolina, e Inoskah se dedicaría a
hacerles conversa o a ayudar en cualquier tarea que le asignara Pamba.
Aburrido por no poder ir, Tatto salió a darse una vuelta a la calle y se encontró con
Cyborg.
— ¿Y esos maricas qué? ¿Ya se fueron? — le preguntó Tatto.

— No huevón, si me dejaron — le manifestó Cyborg.

— A vos Fabián anoche te dijo que no te iban a llevar — le dijo entre risas Tatto.

— Igual, yo me les iba a subir a la chiva, pero no me dejaron — alegaba Cyborg.


Mientras Tatto nos narra la historia, se le hacen lagunas en los ojos. Parece que ese fin
de semana también perdió su vida. “Esos días que ellos no estuvieron, todo se tornó
muy extraño, como si un vacío nos invadiera el estómago. Supuestamente su llegada a
La Vega sería el sábado, pues, con todo el parche, habíamos cuadrado que en esa fecha
se realizaría una fiesta de gala, la cual, ya teníamos la costumbre de hacer cada año. A
más tardar, regresarían el domingo en la mañana”, dice Cristian intentando devolver el
tiempo.
— ¿Qué será que va a pasar? — Le repetía una y otra vez Tatto a Cyborg.

— No sé marica, pero yo siento que algo raro pasa — respondía Cyborg.


Pasó el sábado y no llegaron. Nadie daba noticias, pero estaban seguros de que al día
siguiente llegarían. El domingo, la incertidumbre se empezó a apoderar de los demás
miembros del parche. Tatto estuvo toda la tarde en la cancha mirando partidos de fútbol.
Cuando volteó a mirar a una banca que está ubicada en una de las partes más altas del
pueblo, creyó ver a Chaox sentado en ella.
— Estos manes ya llegaron — se dijo, tratando de tranquilizarse.
Cuando se acabaron los partidos, subió hasta el centro del pueblo con Cyborg, y allá se
encontraron con Astrid.
— ¿Fabián dónde está? — le preguntó Tatto.

— Ellos no han llegado, Tatto — le respondió Astrid, confusa.

— Astrid, acabo de ver a Chaox allá en el filo — retomaba él.

— Tatto, que no han llegado — atacaba Astrid.

— Por Dios que yo vi a Chaox. — y luego de mirar a Cyborg a los ojos, Tatto, con
el corazón en la garganta, le dijo: “Huevón, algo pasó”.
Ese domingo nadie durmió. Entonces, empezaron a especular sobre el asunto: “Los
secuestró la guerrilla”, decían unos, “lo más probable es que alguno se cayó, y se lo
llevaron para el hospital de Guachicono”, decían otros. Pero a ninguno, jamás, se le
cruzó por la cabeza que los encontrarían sin vida.
En la madrugada del lunes 7 de julio, Cristian sentía que el corazón se le iba a salir del
pecho.
— Mijo, levántese, vayan a buscarlos que no han bajado — le pidió su mamá,
mientras lo movía para que se despertara, muy preocupada.
En la mañana, Tatto, organizó una comisión: Arles, Arvey, Camilo, Leonardo, Koke,
Fercho, Carlos, Cyborg y él, subirían hasta el cerro a buscarlos. A las cinco de la tarde
llegaron hasta el camino que guía al Bellones. Cuando encontraron las bicicletas,
pensaron: “A estos hijueputas les pasó algo”, entonces aceleraron el paso hacia el cerro.
Faltaban diez minutos para las seis cuando llegaron a la falda de la montaña. Tatto se
quedó un poco atrás. Cyborg y Leonardo se adelantaron, y de pronto, todo se vino
abajo.
— ¡Acá están, Tatto!, ¡Subí que acá están! — gritaba Cyborg desesperado.
Mientras tanto, Tatto subía corriendo la loma, sintiendo que se rompía como un
frágil cristal, sintiendo que por cada paso que daba se destruía por dentro.
A Cristian se le eriza la piel cuando lo cuenta. A él también le incrustaron una bala, pero
llena de recuerdos. Cuando subió, los encontró muertos, pero jamás los dejó de ver con
ojos de amor. Con la mente en blanco, lo único que pudo hacer fue acostarse, con las
piernas recogidas, entre Pamba y Chaox. Tenía la mirada perdida y el corazón sin
rumbo. Se acostó al lado de ellos y sintió también que todo para él, en ese momento,
había terminado. Se acostó al lado de ellos y en su mente retumbaba en bucle y a mil
kilómetros por hora aquella canción: “Mañana ya la sangre no estará, va a caer la
lluvia, se la llevará. Acero y piel, combinación tan cruel, pero algo en nuestras mentes
quedará”.
— ¡Marica! ¡Levantáte de ahí huevón! ¡Marica Tatto, reaccioná, mirá lo que ha
pasado! — fueron los gritos de Cyborg, los cuales lo hicieron levantar
inmediatamente.
“Yo no me puedo olvidar de esos gritos oís, no me los puedo sacar de la cabeza”, me
dice Tatto con los ojos cansados... vidriosos. Él, repasa todas las noches las imágenes en
su mente de lo sucedido, intentando siempre encontrar una respuesta. “A ellos los
cogieron de afuera. Como allá el frío tiene que ser mortal, metieron al perrito a la carpa
y él tampoco sintió nada. Allá el viento es muy fuerte, no te deja escuchar
absolutamente nada. Entonces fácilmente les hicieron la emboscada”.
— ¡Que sevicia, matar a unos culicagados de una manera tan horrible! — se repite
con rabia.
Debió ser hacia las cuatro de la mañana del lunes. Ya habían empacado todo y estaban
listos para bajar.
— ¡Uffffff! Yo si les dije que esa luna iba a estar muy chimba — quizá fue lo
último que comentó Chaox.
La estufa de gasolina prendida, ollas por todas partes, un naipe, y las cobijas llenas de
sangre. Como el martes pasado, estaban jugando caída. Los asesinos vieron que sus
cuerpos se reflejaban en la carpa por la iluminación de la estufa, entonces, mandaron el
primer machetazo, el cual impactó en el hombro de Jesús Antonio, al que después le
dispararon en el rostro y en el hombro derecho. Luis Felipe, aterrorizado, intentó correr,
pero se enredó con una cuerda que amarraba el plástico al suelo, y lo primero que
hicieron fue pegarle un changonazo en el pecho. Cuando cayó al piso lo remataron. A su
lado, Pastrana, que con valentía intentó defenderlos, recibió un machetazo en la cabeza
que le quitó la vida. Fabián, tenía un tiro en el pecho, las esquirlas del changó le
destruyeron la rodilla. En su mano la carta As de un naipe manchado de sangre. Oscar
tenía un solo tiro en la cabeza.
— Al llegar al lugar, ahí estaba Chaox, con los ojos abiertos, casi mirándome.
Esperaba que me hablara, que me dijera: “Marica, llegaste”, pero no fue así —
escribe Cristian para un blog.
El pueblo era un caos. Todos se tomaban de la cabeza y corrían sin rumbo fijo. Ya se
habían enterado que habían acabado con la vida y los sueños de los jóvenes. Las horas
se hicieron interminables. No los pudieron bajar esa misma noche. Al otro día, llegaron
los cuatro muchachos sin vida a la morgue. El miércoles nueve de julio fue el sepelio.
Lo único que todos saben es que fueron asesinados vilmente. Por demás, todo es una
niebla de preguntas sin respuestas.
***
En la cúspide del cerro, un par de cruces hechas cenizas, como si con ellas alguien
hubiera intentado hacer una fogata.
— ¡Mirá Mañe, este resto de cruz tiene mis iniciales! – me grita Richard con una
sonrisa de oreja a oreja, porque sabe que es la de su papá.
Son las once y media de la mañana. Prefiero alejarme un poco para dejarlos conversar.
Los miro desde lejos, y Richard, sentado, se recuesta en un pedacito cruz, como si ese
fuera el hombro de Chaox, Tal vez, Richard le cuenta de lo feliz que se sintió cuando
aprendió a manejar bicicleta, o de la vez que se quedó colgado del brazo en el gancho de
una arquería de fútbol. Probablemente Richard le cuenta de su primera noviecita, de esa
que le hizo tanto daño. A lo mejor le cuenta que le empezó a salir barba, que le han
dicho que tiene sus mismos rasgos y gestos, que es igualitico a él. Seguramente Richard
le cuenta que se va a convertir en un gran ingeniero, que ahora está saliendo con una
nena, y que cuida de su mamá y su hermana, como alguna vez se lo prometió. Quizá,
solo le dice que anhela como nunca tenerlo ahí, cerquita suyo, para que presencie todo
lo que le cuenta. Quizá, solo le dice que lo extraña.
Me acerqué después de un rato y les ofrecí un trago de brandy a los dos. “El primero
para él”, le dije regando un poco de Domceq en el suelo, “el segundo para vos”.
— Muchas gracias por traerme hasta acá, perro. Si vos no me invitás, no sé cuándo
hubiera venido – me dice con los ojos tristes y un tanto llorosos.

— Muchas gracias a vos, mijo. Y no me quedo aquí porque me pongo a llorar – le


respondo dándole un abrazo, luego, me retiro lentamente.
Poco y nada hablamos de la masacre en el lugar. Nos dedicamos únicamente a disfrutar
de los colores de las montañas, a vaciar la botella de alcohol y a hacerle compañía a los
muchachos.
Cuando el reloj nos marcó las tres de la tarde, recogimos y empezamos a descender del
cerro. Tuvimos la sensación de que los cuatro amigos, taparon el sol y nos despidieron.
Justo, empezó a lloviznar. Lo sabemos, son ellos nuevamente, pero esta vez, no quieren
que nosotros nos vayamos. “Lloras tú y lloro yo, y el cielo también”, escuchamos cantar
desde el cielo a Pamba uno de sus temas favoritos, Fragilidad, de Sting. Con sus
lágrimas, nos acompañaron hasta la carretera que conduce de Guachicono a La Vega, y,
asegurándose de que ya estábamos en un lugar seguro, hicieron que escampara y
volvieron al que se convirtió en su hogar.
Foto a Richard junto a la cruz de su padre: Manuel Eduardo Sandoval Zemanate.
***
“Asesinan a cuatro caminantes”, “Asesinada la ilusión de los Gomelos”, eran los
titulares de ese día en el periódico de El Tiempo. Nunca se supo ni se sabe nada, ni
siquiera hubo una investigación. Las manos que dispararon esas balas, aún siguen
manchadas de sangre, ahí fuera, impunes. Parece que el caso se trató de ocultar, como si
a toda costa no hubieran querido que se supiera qué pasó. Todo el procedimiento estuvo
lleno de errores, mal hecho, desde el levantamiento, hasta la necropsia. No asistió la
Fiscalía, incluso, no aparece el caso entre sus documentos. No se pronunció la
defensoría del pueblo, ni la gobernación, ni nadie. “Nosotros debimos habernos parado,
actuado. Pero pues uno que va a tener sangre fría del desespero. Siento como si todo
hubiera pasado ayer”, manifiesta Cristian.
Ahora, las familias de las víctimas lo único que buscan es encontrar la verdad. Tatto
planea llevar el caso hasta la Corte Internacional de Derechos Humanos. La gente le
dice que los deje descansar en paz, pero a él, el recuerdo de ellos, es el que le ha dado
fuerza para vivir.
— Para mí hubiera sido un honor haber muerto con ellos, que mi Dios me perdone
por eso, pero… ¡Ay mis muchachos lindos!, cómo me los dejaron estos doble
hijueputas — llora Cristian mientras maldice a los asesinos.
Desde hace años, tiene un sueño en el que se despierta en medio de Fabián y Óscar, allá
en el Bellones. Es de noche y mira al horizonte. Chaox está a su lado y, mientras se soba
las manos como solía hacerlo, le dice: “Parce, a usted no le va a pasar nada”, y suena a
lo lejos: “Te busco perdida entre sueños, el ruido de la gente, me envuelven en un velo.
Te busco volando en el cielo, el viento te ha llevado como un pañuelo viejo. Y no hago
más que rebuscar paisajes conocidos, en lugares tan extraños, que no puedo dar
contigo”.
En memoria de Chaox, Pamba, Inoskah y Gregorio.

También podría gustarte