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La Prudencia: Virtud Directiva Clave

La prudencia es la virtud directiva por excelencia que guía la razón práctica y las demás virtudes. No es astucia, inercia o simulación, sino que implica pensar, planificar la conducta evaluando el pasado, presente y futuro para tomar decisiones éticas fundamentadas. Se basa en la formación intelectual y de la voluntad para conectar principios con casos concretos de manera justa.

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La Prudencia: Virtud Directiva Clave

La prudencia es la virtud directiva por excelencia que guía la razón práctica y las demás virtudes. No es astucia, inercia o simulación, sino que implica pensar, planificar la conducta evaluando el pasado, presente y futuro para tomar decisiones éticas fundamentadas. Se basa en la formación intelectual y de la voluntad para conectar principios con casos concretos de manera justa.

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LA PRUDENCIA: hábito directivo

Genara Castillo
(Capítulo III del libro “Virtudes del trabajo profesional” PAD-Escuela de Dirección de UDEP, 2009)

a. La virtud directiva
Es la virtud básica, por su carácter racional o intelectual, porque sin ella no es posible la buena actuación 1. Y
como lo primero que se le exige a quien actúa es que sepa, se requiere de la prudencia, porque es el modo de
abrirse a la verdad2 en la acción práctica.

Platón la llamó auriga: Kibernetes (conductor o controlador). Auriga es la traducción de kibernetes, que es
el que conduce el carro en el famoso mito de la caída del alma de Platón. El alma dirige unos caballos que
son las pasiones. Si no se controlan bien, el alma cae. La prudencia es necesaria para dirigir la acción
humana.

La prudencia es la que comanda a las demás virtudes (auriga virtutum). Es considerada genitrix: generadora
de virtudes. Es la condición para las demás. Sin prudencia no hay fortaleza ni templanza ni justicia. Por eso
se considera que está en la base de la conexión de las virtudes.

En rigor no se tendría que hablar de virtudes sino de virtud. No se puede decir que un hombre sea justo en
unos aspectos y destemplado en otros. No se puede ser justo sin ser prudente, ni fuerte ni moderado sin la
prudencia. La prudencia es la capacidad de control. La prudencia es el punto de arranque de las demás
virtudes.

Tomás de Aquino sostiene que es guía de la razón práctica. Es la virtud directiva por excelencia. Es la virtud
de los gobernantes. La prudencia es la primera virtud, la conductora de las demás virtudes. Sin ella no existe
ninguna de las demás. La prudencia comporta pensar, planificar la conducta, porque aunque se encuentra en
cada uno de los momentos o fases de la acción práctica, ella es fundamental antes de la acción.

Cuando uno está pensando no está realizando la acción. Es lo que sucede cuando un arquitecto piensa una
obra, al hacerlo no está construyendo el edificio, está pensando. Es el momento del “diseño” de la acción
que se realizará posteriormente.

En el ejercicio prudencial comparece el pasado, el presente y el futuro. Por ello no es fácil, requiere evaluar
los antecedentes (pasado), las circunstancias presentes y las consecuencias futuras. Para esto se requiere
detenerse a reflexionar.

Ese momento de “pararse a pensar” es muy necesario e importante. Si no hay ejercicio teórico no hay
conducta ética, es el caso de los animales, que no piensan sino que actúan instintivamente. Ellos son
incapaces de dirigir la conducta porque no poseen inteligencia. En cambio, el hombre tiene su vida en sus
manos, es dueño de su conducta.

La prudencia comporta conectar los principios generales con los casos concretos. Por eso, la prudencia
conlleva una gran tarea de formación en el plano teórico para que las convicciones profundas se arraiguen de
manea que se pueda tener “criterio”.

Evidentemente, no basta solo con el criterio. Hace falta una voluntad de hierro para poder llevar acabo
aquello que se ha visto con la inteligencia, pero es necesario pensar porque de lo contrario se cae en el
voluntarismo, que es el ejercicio de la voluntad que se da “porque sí”, es decir sin razón alguna.

1
“Si no hay prudencia, no hay posibilidad de que haya virtud moral” Tomás de Aquino, Cuestiones disputadas De
Veritate, 14,6
2
Lo primero para la ética es conocer la verdad, luego hay que servirla, lo cual supone querer y hacer el bien.

1
Por tanto, la prudencia se asienta en dos pilares fundamentales que son la formación de la inteligencia y de
la voluntad. Mediante su capacidad intelectual teórica el hombre puede acceder a principios, leyes o ideas
universales.

b. ¿Qué no es la prudencia?

1) La prudencia no es astucia. Es justo al revés. La astucia es un vicio que corrompe a la prudencia,


ya que pervierte justo las dos facultades en que se asienta la prudencia y la virtud: la inteligencia
y la voluntad. En alemán para designar a la astucia se usa la palabra “bibronería”.

La astucia consiste en alterar los bienes para conseguir los propios objetivos o fines particulares.
El clásico ejemplo que se usa para representar la astucia es la fábula La zorra y las uvas de
Esopo. Se trata de una zorra que se encuentra frente a un parral que tiene unas uvas que están
apetitosas a la vista y que naturalmente la zorra intenta al alcanzar.

Pero al estirarse no llega a alcanzarlas. Esto le produce tal disgusto que para no quedar mal dice
que las uvas no están maduras sino verdes. En esta fábula la zorra representa al ser humano que
cuando no puede conseguir un fin entonces es capaz hasta de simular, de negar la realidad, con
tal de salirse con la suya.

Sin embargo, la zorra es astuta pero no inteligente. Son dos cosas diferentes. Una persona astuta
trata de alterar los bienes, la realidad, con tal de obtener lo que quiere, aunque solo sea como la
zorra para no quedar mal parada en su intento.

Pero en el fondo lo que sucede con la zorra es que con eso pierde la objetividad. Es decir que la
astucia no queda impune. Según lo que vimos en esos resortes de la acción que son las facultades
humanas, cada vez que actuamos, nuestras facultades quedan modificadas positiva o
negativamente según la acción sea buena o mala.

Así, en el caso de la persona astuta, lo que hace es violentar su inteligencia, cuyo cometido es
conocer la verdad. Y además, curva a la voluntad sobre sí misma, por lo que el sujeto se hace
mezquino.

Sin embargo, ocurre que si se fuerza a la inteligencia, para que niegue la realidad –como la zorra
que llega a decir que las uvas están verdes cuando en realidad están maduras–, entonces la
inteligencia al sufrir esa violencia se oscurece, se constriñe y queda en peores condiciones que
antes para conocer la realidad.

A partir de entonces, cuando a la inteligencia se le ha dado como alimento la mentira y no la


verdad, se va inclinando a aquella. “Saborear” la verdad o la mentira deja huella dentro de
nosotros. Es admirable cómo cambia a la persona aquello que se quiere o se ama. Por poco
observadores que seamos eso salta a la vista.

Por tanto, con la astucia la inteligencia queda débil, y la voluntad al curvarse sobre sí misma se
hace peligrosamente egoísta. De ahí que cuando uno identifica a una persona astuta la primera
reacción es la de ponerse a kilómetros de distancia. Pero además, llega un momento en que la
persona astuta se equivoca gravemente y ésa es su ruina.

Para no equivocarnos es necesario conservar la mirada limpia, la inteligencia vigorosa,


alimentarla con la verdad, huir de toda forma de mentira. Tendríamos que ser capaces de
reconocer la realidad por más que no nos guste, por más triste o dura que sea. Por nuestro propio
bien nos conviene evitar la astucia, no desfigurar la realidad ladinamente.

2
2) No es inercia. A veces se ha considerado que ser prudente es inhibirse de actuar, ponerse al
margen, dejar que pasen los acontecimientos sin involucrarse. Evidentemente que pueden haber
situaciones en que la prudencia exija “hacerse el muerto”, pero no por cálculo egoísta, sino
porque nuestra acción en determinadas circunstancias puede que no sea oportuna o eficaz.

En la mayor parte de los casos la prudencia no es inhibidora, sino todo lo contrario, debe lanzar a
la acción, cuando ésta es necesaria y con ella se contribuye a mejorar las diversas situaciones y/o
personas.

3) No es simulación: La prudencia no conlleva el fingimiento sino la verdad. En realidad la


simulación se da porque la astucia está íntimamente relacionada con la avaricia, como luego
veremos. El astuto tiene entre ceja y ceja un objetivo particular, una aspiración que persigue
obtener, una ganancia que él codicia, y como es inconfesable (si lo fuera no sería mezquina)
entonces recurre al fingimiento.

A veces se puede pensar que la simulación es necesaria para lograr un fin bueno. Sin embargo, ni
siquiera cuando se trata de fines buenos es lícito usar medios malos. Uno de los principios
morales básicos afirma que el fin no justifica los medios. Tomás de Aquino sostiene que “no es
lícito llegar a un fin bueno por vías simuladas o falsas, sino verdaderas”3.

Lo que está en fondo de la astucia es la avaricia. A su vez el núcleo de la avaricia se encuentra en


el egoísmo, lo cual trataremos en el capítulo sobre la moderación o templanza (nada que
tengamos nos parecerá bastante si está supeditado a comprobar y ostentar la propia excelencia).

Al contrario, la raíz de la prudencia está en la generosidad que lleva a poner al “yo” en su sitio
proporcionándonos gran objetividad. De ahí que sea necesaria una lucha constante con ese
egoísmo que se suele colar hasta en nuestras mejores intenciones o acciones.

No se puede ser prudente si uno no está dispuesto en cada momento a renunciar al “yo” egoísta,
sin la serenidad, sin la libertad que da estar en la verdad (humildad). Este amor a la verdad hace
que una persona sea de una sola pieza. Esta integridad es lo que algunos consideran radicalidad,
pero que en realidad es coherencia de vida.

c. Componentes de la prudencia

Así pues, la prudencia tiene un cortejo de virtudes anejas:

1) Sinceridad y objetividad: es la apertura a la realidad. Es la cuota de verdad sobre la que


se asienta toda acción práctica. Por eso es la clave en toda actividad moral, y lo es
esencialmente de la prudencia4.

Es la luz de la inteligencia que es tan necesaria para el actuar humano. Si la inteligencia


está en buenas condiciones entonces se puede “ver” mejor la realidad. Es la advertencia
evangélica “Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo tendrá luz”

Esto es lo que Jesús García López denomina inteligencia, cuando se refiere a las partes de
la prudencia: “Para obrar con prudencia se necesita conocer la realidad tal y como es, sin
deformarla lo más mínimo, sin colorearla según nuestros deseos”5.

3
Suma Teológica, II-II, q. 55, artículo 3 ad 2
4
Cuando al Fundador de esta universidad le preguntaron qué virtud era básica para tener una vida leal y coherente,
respondió que la sinceridad
5
GARCÍA LÓPEZ, Jesús, El sistema de las virtudes humanas, Editora de Revistas, México D. F., 1986, p. 271
3
Si no hay sinceridad y objetividad no se alcanza ninguna virtud. Como la deliberación,
decisión o elección preceden a la acción, si no hay sinceridad se da un sesgo destructivo
de la realidad (mala percepción o insinceridad).

Esto –por ejemplo– es lo que sucede con la influencia que ejerce la publicidad. La
voluntad de un sujeto no debe, buscando sus propios intereses, distorsionar la realidad ni
los bienes que se presentan. Si lo hace es mucha arrogancia de su parte, pero además es
tonto, porque la realidad no es diferente porque él lo diga.

Por eso la sinceridad y objetividad van muy relacionadas con la humildad y una manera
de obtenerlas es luchando contra el engreimiento. La primera y más básica forma de
humildad es la aceptación de toda la realidad, no solo aquello que nos guste o nos sea útil.

La soberbia, en cambio, nos hace erigirnos en jueces de la realidad, dictaminando lo que


debe existir y aquello que –según nosotros o nuestra real “genialidad” o “bondad”– no
merece la pena que lo haga. Hay quien se extraña de que las cosas, la realidad, no sean
como a él le gustaría: es el fanático o el dictador.

La humildad del directivo es requisito fundamental para su tarea que es esencialmente


prudencial, y a su vez algo difícil en medio de las circunstancias en que se encuentra.
Debido a su status, un directivo está en condiciones de perder la perspectiva, a veces
puede estar tan alto que se “despegue” del suelo que pisa. En este sentido se habla de la
soledad del directivo.

Además, es muy difícil que pueda escapar a la adulación, ya que los demás no solo suelen
acatar o secundar sus puntos de vista y decisiones, sino que también pueden decirle que es
alguien genial, lo que le puede llevar a curvar la mirada sobre sí mismo, en lugar de
ponerla en la realidad.

A partir de ahí, si el directivo no es precavido, intentará probar a toda costa esa genialidad
o excelencia que le atribuyen. Esquivar esos lazos requiere de una agudeza poco común,
pero es lo que más necesita hacer un directivo6. El que realmente vale algo no precisa de
probarlo ante los demás.

De ahí también que el empresario tenga que ser paciente y arduamente formado,
aconsejado, dirigido, porque parte importante de su madurez personal es el conocimiento
de sí mismo7.

Solo entonces sabrá estar vigilante respecto de las virtudes que necesita practicar de
manera especial y como en ellas hay unidad, al tratar de practicar una de esas virtudes ella
“jala” de las demás, ayudándoles a crecer.

2) Ecuanimidad: va muy ligada a la sinceridad. Consiste en querer el bien, desinteresada e


independientemente de que sea para nosotros. Es lo contrario de la astucia, y también de
la codicia. Ecuanimidad significa etimológicamente “ánimo igual”.
6
No nos podemos dedicar ahora a desarrollar lo que sería una ascética del directivo porque este texto se refiere a las
virtudes cardinales, que aunque son base de las sobrenaturales, tratarlas en relación daría lugar a un escrito aparte,
sería bastante extenso. Con todo sí lo dejamos señalado como tarea irrenunciable del verdadero directivo, ya que da el
“marco” de referencia completo, por ejemplo, en rigor, la humildad verdadera se decanta cara a Dios.
7
En las Escuelas de Dirección de Empresas, o Escuelas de Gobierno, ocupa lugar muy importante el asesoramiento a
los participantes. Y por eso también la clave de esas escuelas no es solamente el plan de estudios o el nivel de
conocimientos, sino especialmente el nivel de los profesores, que deben estar en continua formación. El futuro
directivo necesita de alguien que le conozca y esté en condiciones de ayudarle, aunque solo sea porque es alguien que
ve la realidad desde “fuera” de él.
4
Es la serenidad que dan la sinceridad, la objetividad, la generosidad y la humildad, para
reconocer el bien ahí donde esté. Este equilibrio está en la base de la prudencia y de la
justicia, porque hay que prestar la adhesión de la voluntad al bien aunque éste no sea para
nosotros, aunque no lo tengamos nosotros sino que corresponda a otros.

Lo que ocurre es que la inteligencia es la encargada de “presentar” los bienes a la


voluntad, pero ésta es la que tiene que estar en condiciones de “reconocer” o “prestar su
adhesión” a dichos bienes. Para ello tiene que estar en capacidad de aceptar los bienes
aunque no sean para el propio sujeto.

Es lo que se manifiesta en la fábula de la zorra y las uvas, en que aquella dice: si las uvas
no son para mí entonces no reconozco que son bienes, y digo que están verdes, que están
malas. Pero la realidad sale “contestalona”, porque no es verdad que estén verdes sino que
están maduras, están buenísimas. La zorra tendría que reconocerlo, pero niega la verdad.

Si uno solo presta su adhesión y reconocimiento al bien cuando es para uno, no puede ser
prudente porque debilita su voluntad, ya que ésta se alimenta del bien en general, no solo
del propio. Si no se hace así se le niega a la voluntad una cantidad de bienes que le son
necesarios para vigorizarse.

Esta virtud de la ecuanimidad que es parte importante de la prudencia es contraria a la


astucia, de la que ya nos hemos ocupado, y también a la envidia. Ésta lleva a entristecerse
con el bien ajeno, pero eso deteriora mucho a la voluntad porque frente al bien no cabe la
tristeza sino la alegría. Habría que aceptar y alegrarse con el bien lo tenga quien lo tenga.
Solo de esa manera la voluntad crece, se amplía y se vigoriza.

Los casos de envidia más básicos son los que se refieren a los bienes materiales. Por
ejemplo, se ve un auto del año, último modelo, de una marca líder, y en lugar de alegrarse
hay quien se va en contra de él, lo raya o lo ensucia, solo porque él no lo puede tener.

Algo parecido sucede con el sutil tema de los reconocimientos y los honores. Nadie sabe
hasta dónde puede llegar el número de los que le envidian hasta que no posee algún bien,
sea material o sean reconocimientos o cargos. Entonces se puede ver cómo se levanta la
nube oscura y amenazante de los envidiosos8.

Sin embargo, el envidioso, como el astuto, no puede ser prudente porque desde el
arranque ha sesgado la realidad. En el fondo, el envidioso revela una soberbia oculta.
Piensa que él se merece todos los bienes, los demás poco o nada, o solo lo que él –con su
“autorizada opinión”– decida: qué bienes deben tener determinadas personas.

3) Jerarquización9: es la ordenación de bienes. Es el buen sentido en la comparación de los


bienes, que antecede y prepara la elección. Conlleva cotejar los bienes porque se parte de
algo evidente y es que no todos los bienes son iguales. Existen unos bienes mejores que
otros.

Normalmente la dificultad de la elección no está entre elegir entre el bien y el mal, sino
que frecuentemente lo que tenemos que hacer es elegir entre bienes, solo que unos tienen
un grado mayor de bien que otros.

8
De ahí que se ha considerado que una manera de paliar la envidia en algunos casos, es repartir con los interesados
algo de los bienes –materiales o espirituales– que se posee.
9
Esta parte de la prudencia es lo que los clásicos llamaron synesis, virtud que compara los bienes, teniendo en mente
el juicio práctico, que está en la entraña de la decisión.
5
Esta jerarquización es parte de la justicia, ya que nos lleva a hacer justicia a las cosas:
darles lo que les corresponde. Es cuestión de orden, de jerarquía, de una adecuada escala
de valores.

Un directivo que tiene varias alternativas o diferentes medios buenos para conseguir un
fin, debe tener presente que hay medios mejores que otros. El criterio para dirimir cuál es
mejor es que éste es aquel que genera un bien mayor al mayor número de personas.

Sin jerarquizar no se puede ser prudente, porque entonces uno se entregaría a cualquier
bien que se pase por delante. Es el caso de los hedonistas, como por ejemplo Nietzsche
quien confesaba que nunca había tenido que elegir.

4) Flexibilidad10: es la virtud anti conservadora. Es la apertura a lo nuevo. No es simple


blandura, ni débil complacencia, sino que es la capacidad de saber aceptar lo novedoso si
no es lo que uno esperaba y especialmente si aquello es un aporte.

Esta virtud permite dar una respuesta rápida, proporciona agilidad, impide quedarse
detenido en lo ya conocido o desconcertarse ante el surgimiento de algo novedoso, a lo
cual no estábamos acostumbrados, pero que es algo bueno. Es lo contrario a la obsesión
en lo ya conocido.

Es muy importante en las empresas porque si nos aferramos a lo ya acostumbrado


perdemos capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias y no podremos innovar.
Tener apertura a lo nuevo, cuando éste es algo razonable, es parte de la prudencia, ya que
despreciar algunos bienes es perder.

5) Circunspección: es la virtud que mira entorno: circum=alrededor, spicere=mirar, es la


que lleva a situarse y a moverse bien, de acuerdo a lo que tiene delante, al costado y
detrás.

A veces se ha considerado hombre circunspecto al hombre quieto, aquel que se queda


como estático. Sin embargo, la circunspección es mirar entorno, alrededor. Hoy no se
habla mucho de la circunspección, pero es importante atender al contexto, a las
circunstancias que uno tenga alrededor, que son siempre muy concretas.

El fanatismo, es contrario a la circunspección. No mira la realidad que tiene entorno, sino


que quiere imponerse a toda costa. Algo parecido sucede con el maniático que solo ve
determinados aspectos de la realidad.

6) Providencia: como su nombre lo dice es una virtud encargada de pre-ver: ver con
anterioridad. Comporta imaginarse los hechos, las consecuencias que se seguirán de una
decisión y acción, y por tanto lleva a tomar las debidas provisiones.

De ella toma su nombre la virtud de la prudencia. Conlleva tener visión, adelantarse, no


dejar nada suelto, abastecerse o adquirir los suministros correspondientes.

La providencia mira al futuro. “Esto es muy propio de la prudencia porque las acciones
que ella regula no pertenecen al pasado (las acciones pasadas son ya inmodificables), ni
siquiera propiamente al presente (las acciones presentes han sido decididas antes, aunque
la antelación sea mínima); pertenecen más bien al futuro y solo el conocimiento o la

10
Para los filósofos clásicos se llamaba virtud de la solertia
6
anticipación del futuro pueden proporcionarnos los datos decisivos en los juicios
imperativos de la prudencia”11

7) Perspicacia, sagacidad: a menudo se entienden con el mismo significado. La perspicacia


es una virtud que permite conocer directamente la realidad, casi intuitivamente, pero con
gran agudeza para sacar conclusiones partiendo de datos relevantes. Es lo que lleva a
darse cuenta de lo que está implícito o se encuentra detrás de lo que aparece ante los ojos.
Conlleva clarividencia y sutileza al captar la realidad.

La sagacidad es la perspicacia resaltando el factor de la rapidez. Es la virtud que ejecuta


los actos principales de la prudencia –información, deliberación y decisión–
acertadamente, pero con gran celeridad.

Según García López “La sagacidad produce con rapidez el mismo efecto que produce la
razón cuando se tiene tiempo por delante” 12

La sagacidad tiene que ver con la experiencia y con la circunspección, comporta formarse
un juicio respecto a algo incierto. Por eso se dice también de algunos animales como el
perro que por medio del olfato sigue las huellas y da con aquello que persigue.

La perspicacia y sagacidad conllevan agudeza de visión, ingenio, la capacidad de ver lo


que otros no ven. Por eso, sin experiencia no es posible la sagacidad, pero ésta no es la
astucia, a la que ya nos hemos referido.

8) Precaución: Consiste en tener cautela, respecto de las dificultades que se pueden


presentar y entonces tomar las precauciones para implementar los medios necesarios para
hacerles frente.

Sin precaución no se puede ser prudente, ya que hay que contar con la presencia de
dificultades con anterioridad, para que no nos desconcierten luego.

9) Realismo y sentido práctico: La prudencia no es una virtud teórica, tiene que ver sobre
todo con la acción práctica del futuro, es decir no solo con la decisión, sino con la acción
e implementación de la decisión.

Lo propio del saber teórico es el placer de saber, se busca conocer por éste mismo. En
cambio, con la virtud de la prudencia se trata de saber pero orientado a la acción, a poner
medios para conseguir fines que son los resultados.

10) Imperio: es la capacidad de pasar a la acción. Para esto hace falta una orden que en
primer lugar es racional, porque lleva un mensaje, y que en segundo lugar debe ser
querida voluntariamente.

La prudencia debe guiar también la implementación, la cual si no es racional es arbitraria.


El imperio lleva a ser tajante, a no demorarse. Porque podemos caer en la indecisión que
es el vicio contrario al imperio.

Por ejemplo, Hamlet no tiene imperio porque aunque ha decidido matar a su tío, decide
dilatar la acción y provoca una catástrofe. Evidentemente, en este caso es mejor que sea
así por ser el asesinato algo malo, pero es un ejemplo de la duda que lleva a la
inactividad.
11
GARCÍA LÓPEZ, J., El sistema de las virtudes humanas, op. cit., p. 274
12
Ibidem, p.272
7
La indecisión deja a la voluntad débil porque la deja sin verdad, casi ciega. Hay que
iluminarla por la prudencia que es virtud racional. El hombre anancástico (ananqué es
necesidad, fatalidad), es el que no es dueño de sí, no se controla, y se entrega a la
necesidad, a lo inevitable, de una manera obsesiva.

d. Las causas de la imprudencia

Básicamente, lo que está en el fondo de toda imprudencia, es:


1) La ignorancia: es el desconocimiento de lo debido
2) La inconsideración: no detenerse en la deliberación,
3) La negligencia o inhibición del imperio.

1) La ignorancia. No significa solo no saber algo. Por ejemplo, si a uno le preguntan


sobre el proceso que sigue una cirugía al corazón es muy probable que si no es un
especialista no sepa responder. Pero eso no es ignorancia. Es simplemente nesciencia:
desconocimiento de algo.

Uno no es ignorante por no conocer cómo se opera al corazón porque no es algo que
debiera saber. La ignorancia conlleva no saber algo que uno sí está en la obligación de
saber.

Por ejemplo, un conductor o chofer no puede entrar a una calle en sentido contrario y
cuando el guardia de tránsito le ponga una multa tratar de excusarse diciendo que está
dispensado porque no sabía que eso estaba prohibido, ya que es algo que debiera
conocer antes de ponerse a conducir un auto.

Como es sabido hay dos tipos de ignorancia: la invencible y la culpable. La primera


atañe a enfermedades que bloquean el cerebro o las funciones normales del
pensamiento. La segunda es cuando uno no se quiere enterar para no estar advertido.
Ésta es la que genera la imprudencia.

Como dice Aristóteles se nos culpa o se nos adjudica un mérito por aquello que
depende de nosotros. “Incluso se castiga el mismo hecho de ignorar, si el delincuente
parece responsable de la ignorancia; así, a los embriagados, se les impone doble
castigo; pues el origen está en ellos mismos, ya que eran dueños de no embriagarse y
la embriaguez fue la causa de su ignorancia. Castigan también a los que ignoran
ciertas materias legales que deben saberse y no son difíciles; y lo mismo en los casos
en los que la ignorancia parece tener por causa la negligencia, porque estaba en su
poder no ser ignorantes, ya que eran dueños de poner atención”13.

De ahí que sea muy importante la formación de la conciencia, porque da el marco, los
puntos de referencia claves acerca del bien y del mal. Dicha formación conlleva
tiempo y esfuerzo, porque sus contenidos deben ser asimilados lentamente, ya que al
referirse a la acción práctica uno los va “sabiendo” en la medida que los hace suyos, y
esto no sucede de la noche a la mañana.

En definitiva, el dominio del hombre sobre las facultades inferiores es político, es


decir que comporta un continuo usar la razón, “aconsejar” al corazón, “dominar” las
tendencias, una a una, tratar de meter en ellas el orden, la racionalidad, las leyes o
normas.

13
Ética a Nicómaco, Libro III, capítulo 5
8
Gran parte de la oportunidad de conjurar la ignorancia lo da la experiencia, propia y
ajena (buen consejo). Es lo que se llama la “sabiduría de la vida”. Por eso, es difícil
ser prudente en la adolescencia.

La prudencia vincula –a través de la experiencia– el presente con el pasado. Por ello


se considera importante el papel de la memoria. Si no se tienen datos sobre los
asuntos, si no se poseen sus antecedentes, entonces se pierde mucha información y se
hace difícil la continuidad14.

El pasado es importante, pero más todavía lo es el futuro. Por eso, el acto de la


voluntad con el que imperamos a nuestras facultades a actuar, es clave para la acción
porque la lanza hacia delante. El imperio vincula el presente con el futuro.

Por otra parte, la verdadera experiencia no es la simple vivencia. Así, la


superficialidad incapacita para adquirir experiencia. El mayor déficit de algunos países
sudamericanos es de poca asimilación y sistematización de experiencia: no se crece
porque no se suele asimilar mucho la experiencia.

Mucha de la sabiduría práctica, de esa “asimilación” de la auténtica experiencia, se


hace mediante los razonamientos condicionales, que siguen la relación “Si A entonces
B”. Por ejemplo: “Si invierto en tal negocio, entonces logro tal beneficio”. “Si
entrevisto a tal persona, tengo que preguntarle tal cosa”.

Poco a poco, si se va pensando en los elementos permanentes o lo que en


epistemología se llama “variables” o factores constantes, se puede ir acuñando ideas
universales que sirven mucho en el contacto con las diferentes situaciones concretas.
Se forma así una especie de sistema, una estructura mental compleja que ahora no es
el momento de detallar.

2) La impulsividad. Es la falta de consideración, que lleva a actuar sin control. La causa


es el predominio de los sentimientos. Se puede llamar inmediatismo, ya que impide el
pensar.

Una persona inmediatista es aquella que se aboca a la acción de inmediato, sin


reflexionar antes. Por eso no puede ser prudente, ni líder, ni directivo. Uno de los
históricos casos de inmediatismo es el de Esaú. Pero ser inmediatista es lo contrario de
tener esperanza, por tanto un sujeto así no podía ser líder de un pueblo cuya razón de
ser era precisamente la esperanza.

Según la historia del pueblo hebreo, en éste resalta una característica: la esperanza.
Ésta supone una meta –o fin: aquello que se espera– y transcurso considerable de
tiempo por delante. En esa fase de la historia hebrea lo que se espera es alcanzar la
tierra prometida. Para conducir al pueblo hebreo al logro de esa meta se requería un
líder.

Esaú era el hijo primogénito al que le tocaba ser el líder, pero sucedió algo que le
descalificó. Un día al llegar a su casa después de un duro trabajo de campo, sentía
mucha hambre y encontró a su hermano Jacob comiendo un plato de lentejas y

14
Países del llamado “Cuarto mundo” como algunos del África, no poseen continuidad, no guardan el pasado, ya que
su atención está focalizada en sobrevivir, en la satisfacción de las necesidades básicas. Esa urgencia que lleva a estar
abocado a lo inmediato, hace que su memoria personal y social sea mínima. A esto han contribuido algunos gobiernos
que no tienen estadistas, sino que cada uno empieza de nuevo cada vez, sin construir en lo ya alcanzado, ya que el
nivel institucional es muy bajo o no existe.
9
entonces le cambió su progenitura por aquella comida. Perdió algo importante por el
deseo de comer. Podía haberse controlado y esperar un tiempo, no se iba a morir por
esperar un momento.

Lógicamente, el jefe del pueblo hebreo resultó ser Jacob y no Esaú quien dio pruebas
suficientes de que no podía ser líder. Un sujeto que sea directivo, un líder, tiene que
sacar adelante proyectos de gran envergadura, los cuales –precisamente por serlo- no
se logran en tiempos cortos, sino que conllevan grandes períodos de tiempo. Incluso,
si son proyectos muy potentes sobreviven al líder, se colocan en la línea de la
intemporalidad, son para siempre.

Para ser líder o guía de esos grandes proyectos se requiere pasar por la prueba de la
no-inmediatez, lo que en psicología se llama “posponer la gratificación”. Esto supone
tener la suficiente capacidad de auto control para no ceder al placer inmediato. Es lo
propio de los grandes líderes.

Por eso Esaú no podía ser líder, porque era un inmediatista. Una persona así no podía
guiar al pueblo hebreo en un proyecto que duraría años, mucho tiempo, para ser
alcanzado. Un inmediatista no puede liderar un gran proyecto, porque lo traicionaría
enseguida, ante el primer bien placentero que se le pase por delante. A un hombre así
no se le puede encargar una empresa de envergadura, no puede ser líder, ni directivo.

El asunto es tener bajo control a los impulsos, sentimientos, pasiones y emociones.


Como nos lo recordaba el Prof. Carlos Llano hace unos años, el empresario debe tener
una cabeza bien entrenada, para poder pensar con objetividad, fríamente, para así
poder dirigir bien su conducta gobernando las emociones:

“La cabeza es el volante; el corazón, el acelerador. Ambos se exigen mutuamente: la


primera orienta; el segundo impulsa. Muchos desastres de la vida son provocados
cuando los papeles se invierten. Un gran corazón, sin una cabeza de hielo, es flaqueza
sentimental (…) Hay muchas personas como este caso. Piensan con el corazón y
resuelven con las glándulas o con las hormonas. Les gusta preguntar y oír consejos,
gastan tiempo en estudios teóricos, y después, en la práctica, deciden de acuerdo con
la ley del gusto, del sentimentalismo o de las emociones”15.

3) La negligencia o inhibición del imperio.


El saber no es igual que el obrar moral. Hay personas que saben lo que tienen que
hacer, incluso recorren el proceso de información y deliberación cuidadosamente.
Hasta llegan a tomar buenas decisiones, pero sin embargo, no pasan a la acción. Con
lo cual ninguno de los otros pasos ha servido, ya que si no se traducen en la acción es
igual que si no los hubiera realizado.

Así pues, la sola decisión, siendo muy importante, no basta, hace falta llevarla a la
acción (que también debe ser asistida por la inteligencia). Cuando ya se ha estudiado,
elegido y calculado las consecuencias, la inteligencia debe dar la orden para pasar a la
acción que debe ser sostenida tanto por la inteligencia como por la voluntad.

Por eso después de la decisión, hay que generar el imperio: es una orden de la
inteligencia. Como toda orden su clave es su contenido. Por tanto la orden no
corresponde a la voluntad sino a la inteligencia. Ésta debe dar la orden para actuar,
hacer ver la conveniencia de pasar a la acción, de ponerse en movimiento.

15
LLANO, Carlos, Discurso, Universidad de Piura, Graduación alumnos MBA, 2001
10
El imperio va muy unido con lo que los pensadores llamaban “uso activo de la
voluntad” y es que la voluntad debe apoyar el imperio moviendo a las facultades
involucradas en la acción para que pasen a la acción.

Lo propio de un hombre de acción es actuar, sobre ponerse a las circunstancias, actuar


contando con ellas, a pesar de ellas, y así plasmar la impronta de su acción aportativa,
que hace la diferencia.

En el discurso referido, el profesor Llano cita a Ortega y Gasset "no somos disparados
sobre la existencia como la bala de un fusil, cuya trayectoria ya está absolutamente
determinada. Es falso decir que, en la vida, quienes deciden son las circunstancias. Al
contrario: las circunstancias son el dilema ante el cual tenemos que decidirnos. Pero el
que decide es nuestro carácter".

Para pasar a la acción en primer lugar se debe saber realmente y valorar los medios. Y
en segundo lugar amar profundamente el fin que se desea lograr. Esa unión o relación
de los medios con los fines es el ámbito de la prudencia.

Valorar los medios es importante, porque hay quienes se quedan solo en desear los
fines, pero no ponen los medios necesarios para conseguirlo. Eso es soñar, pero
utópicamente. El soñar auténtico es saber proyectar, articulando los fines con los
medios para ir lográndolo paulatinamente.

No se puede dejar de valorar ningún medio. Por ejemplo, para los grandes proyectos
hace falta contar con medios materiales. No son los únicos pero sin ellos no se puede
hacer nada serio. Valorar los medios necesarios, el dinero, los recursos materiales, la
infraestructura necesaria, el tiempo, etc., es algo indispensable en el trance de pasar a
la acción. Normalmente hay que seguir la vía ordinaria de “A Dios rogando y con el
mazo dando”. Es decir que si es posible no hay que perdonar ningún medio humano
que sea necesario, ya que hay que hacerle justicia a las cosas, darles lo que les
corresponde, invertir y disponer bien los recursos. Solo con buenos deseos no se
consiguen los fines.

Pero además, está lo segundo, el querer apasionadamente los fines buenos que se
pretenden conseguir. Eso conlleva poner el corazón al tender a los fines y cuanto más
altos sean éstos la voluntad más se vigoriza. Evidentemente esa tendencia en esas
circunstancias se hace más efectiva y eficaz. El ser humano es una unidad, se requiere
acompañar el querer del fin con los sentimientos correspondientes.

Así, para pasar a la acción se requiere querer con la mayor intensidad aquello que se
quiere lograr o lo que se quiere realizar. Si uno quiere ser un gran médico pero no
quiere con fuerza la salud de los pacientes no lo logrará: “la verdad que está en la
cabeza, si es fuerte, tiene capacidad expansiva: invade el corazón y en el corazón se
calienta. Las verdades fundamentales se vuelven ideas de la vida cuando se entrañan
cordialmente, pues el corazón es el motor de la vitalidad”16

e. La articulación de los medios con los fines:


Para articular bien los medios con los fines se precisan los siguientes pasos:

1) Primera parte: Es necesario partir de fines buenos y alcanzables. Si bien las intenciones no pertenecen
estricta y exclusivamente al campo de la prudencia, ellas están en el arranque de las acciones, son su umbral.
16
Ibidem.
11
Por tanto, es conveniente EXAMINAR el fin que se quiere alcanzar. Al respecto se pueden formular las
siguientes preguntas:

a. ¿Qué es lo que busco realmente? ¿Cuáles son mis fines e intenciones más profundos? Es necesario
encararnos con nuestras intenciones, para poder hacer un discernimiento en torno a esos fines. Sin esa
sinceridad se vacía todo el proceso. El hábito de la sinceridad está en la base del hábito de la prudencia. Es
un gran mal engañarse a uno mismo.

b. ¿Tal fin es algo bueno? Para esto también se requiere de un hábito de sinceridad, u objetividad; es decir
ser capaz de reconocer la realidad tal cual es, independientemente de si es para nosotros. Porque podemos
teñir de bondad algo que nos gusta, pero que en realidad no es bueno.

Para esto se requiere fortaleza, que es un hábito muy necesario para ser sincero y objetivo, y que como todas
las virtudes están conectadas entra también aquí.

c. ¿Es conveniente para mí?, ¿me ayuda a desarrollarme como persona? Un bien puede serlo en sí mismo,
pero en relación con una persona puede ser un mal. Por ejemplo, un mosquito es un bien en sí mismo, de
hecho es bueno para los batracios, pero puede ser un mal para un bebé, igualmente un insecticida puede
venir muy bien para exterminar las plagas en la actividad agrícola, pero ser un mal para nosotros si lo
ingerimos.

De un modo parecido una señora puede ser un bien en sí misma, pero eso no quiere decir que lo sea
para su jefe, ya que si éste es casado no es conveniente para él.

d. ¿Es alcanzable por mí y en mis circunstancias? Puede ser que algo sea bueno en sí mismo y también para
nosotros y sin embargo, puede estar fuera de nuestro alcance. Por ejemplo ir a la luna es un bien, lo puede
ser para uno si le hace mucha ilusión, pero puede ser algo inalcanzable si tiene razones de salud.

Para proponerse un fin debe ser bueno, conveniente y además alcanzable, de lo contrario se da lugar a
frustraciones inútiles que agotan la voluntad y dan lugar a un vicio que se llama veleidad.

2) Segunda Parte: Es el proceso de deliberación adecuado. A diferencia de la primera parte, se delibera


acerca de los medios, no sobre los fines: “El objeto de deliberación entonces, no es el fin, sino los medios
que conducen al fin”17. A su vez, este proceso consta de varios pasos en los que interviene también la
inteligencia:

Primer paso: Información: tiene que ser pertinente (relativa a la consecución de tal fin propuesto) y lo más
completa posible. Es muy importante porque si faltara un dato relevante podemos tomar malas decisiones.

La información debe ser pertinente y completa, es decir que no se puede dejar de averiguar los datos
relevantes. Por ejemplo, escuchar las dos campanadas y especialmente conocer el campanero.

Cuando le preguntaron a Napoleón cuál era su secreto para ganar las guerras, su respuesta fue: lo primero
información, lo segundo información y lo tercero información (Waterloo la perdió justamente por falta de
información).

Segundo paso: Consejo: utilizar la experiencia pasada propia o ajena. Es una gran fuente de información.
Es importante contar con la memoria del pasado porque de esa manera se cuentan con datos que ayudan a
tomar la decisión.

17
Cfr. Ética a Nicómaco, Libro III, capítulo 3
12
Si la experiencia es propia hay que cuidar aconsejarnos sin victimismos y si es ajena también hay que ver
que sea también una sana experiencia, es decir que hay que saber pedir un consejo a la persona indicada en
el momento oportuno.

Con todo, pedir y escuchar un consejo no quiere decir que siempre haya que seguirlo a pie juntillas, ya que
no exime de la propia libertad y responsabilidad.

Tercer paso: Deliberación propiamente dicha: consiste en sopesar cada uno de los datos obtenidos por la
información y el consejo. Conlleva:

 ESTUDIO: de los datos obtenidos, en los pasos anteriores: en la información y el consejo. Se trata de
examinar, de ponderar cada uno de los datos, de comparar diversas versiones, etc.

 PROPUESTA de las alternativas posibles, factibles. Aquí se emplean los razonamientos


condicionales “Si A, entonces B”: si pongo tal cosa entonces consigo tal otra.

 JERARQUIZACIÓN: identificar la mejor alternativa, porque aunque todas sean buenas siempre hay
una que es mejor. Las mejores alternativas son aquellas que tienen mayor rendimiento en el bien: generan
mayor bien a un número mayor de personas. Aquí se suelen dar los razonamientos “O esto, o lo otro”

3) Tercera parte: decidir


Es lo nuclear de todo este proceso. En general, el arte de saber decidir requiere:

 Controlar los apetitos sensibles: tendencia al bien placentero inmediato y tendencia al bien difícil, ya
que podemos haber realizado los pasos anteriores y saber la decisión más conveniente que tenemos que
tomar, y sin embargo, no hacerlo debido al miedo o a cualquier otro sentimiento, y también por lo mismo
podemos elegir algo distinto a lo que hemos visto en la deliberación.

 Realizar un cuidadoso proceso de deliberación. Es lo que hemos visto en el paso anterior.

 Asumir riesgos razonables y las consecuencias de la decisión: el futuro es siempre incierto, por tanto
no podemos pretender tener muchas seguridades. Si buscamos estar completamente seguros de que todo
saldrá como queremos, no podríamos decidir. El excesivo afán de seguridad frustra la toma de decisiones.

 Estar dispuesto a actuar y a mejorar la decisión. Nos puede ayudar pensar en los beneficios que están
en juego y que se pueden desprender de esa decisión.

Toda decisión y acción debe ser corregida, es decir mejorada. Siempre se puede hacer más y mejor las cosas.
Al término de la acción, la prudencia aconseja hacer examen, para ver si se ha conseguido el fin y la manera
de mejorar la decisión o la acción en la próxima vez.

f. Importancia de la prudencia en las decisiones del directivo

Así pues, la prudencia se pone en juego en cada paso del proceso de deliberación y es oportuno resaltar su
importancia. El empresario se encuentra con riesgos y la manera de salir airoso es la prudencia.
Evidentemente hace falta el control técnico del riesgo que está fuera, pero el más importante es el control
interior, que está dentro de él. La manera que tiene el empresario para controlar los riesgos es la prudencia.

El control ético del empresario es la prudencia. Según Leonardo Polo, las empresas necesitan de la ética o no
podrán controlar los riesgos. Es claro que la técnica es necesaria, las habilidades técnicas constituyen una
quasi-virtud: es hacer bien las cosas (si no se supiera manejar bien la técnica no se podría ser prudente)

13
Pero no hay técnica total, la técnica no es infalible (es ciega y secuencial porque la acción es concreta y
particular y la verdad, el saber vinculado a la acción es también concreto y particular).

Normalmente conocemos el fin al que nos dirigimos, pero el plan por el que debemos llegar ahí –aunque lo
hayamos diseñado con atención– no sabemos si será realizado como pensamos ni sus resultados son
cognoscibles por completo. Solo la vida terminada no tiene riesgo. Buscar la entera seguridad solo es posible
eliminando la acción o los objetivos.

Es necesario estar atentos a los dos planos técnico y prudencial manejando siempre la coyuntura (no cabe
una perspectiva total). Si se es competente (saber hacer) podría parecer que se llega a un tope inmejorable,
pero el desajuste es siempre posible y hay que estar muy atento.

Con la prudencia se trata de unir la inteligencia con las situaciones concretas. Es la comunicación entre la
teoría que se tiene en la cabeza y la acción práctica, en cada una de sus fases. Es lo que se llama la razón
práctica. Como nos lo recuerda Leonardo Polo es necesario “reforzar la razón práctica”. Para conseguirlo
tenemos que insertar más saber en la razón práctica.

En definitiva, razón práctica, significa saber hacer. Es la razón en cuanto que dirige nuestra actividad
práctica. Por eso lo más importante es la formación de los trabajadores, elevar su nivel de racionalidad
práctica. La clave de la organización humana no es productiva, sino política, hasta tal punto que también la
actividad productiva en cuanto que está organizada tiene que ser política.

Según Leonardo Polo, a quien seguimos en este punto, la clave de una empresa productiva o económica no
es la relación del hombre con las cosas, sino la organización entre los distintos componentes. De acuerdo
con esto un empresario o es un político –un líder, un directivo– o no es un empresario. Es decir, un
empresario o sabe organizar hombres, sabe mandar y sabe hacerse entender, o no es empresario, sino simple
administrador.

La clave de una empresa son sus hombres, y no sus éxitos de venta. Éstos son buenos, pero lo son a corto
plazo. Lo que cuenta de verdad es el arte y ciencia directiva. Y si ésta no está bien, la técnica productiva se
destroza, se desbarata.

Según el planteamiento poliano18, la razón práctica es la corregibilidad de la práctica. Y si ésta no se corrige


no se puede progresar. Por eso la idea de que el progreso es lineal es falsa. Es necesario corregirse
continuamente, de lo contrario uno puede terminar en un gran atasco, en una desorganización pura.

Corrigiéndose uno adquiere virtudes. Las virtudes prácticas se adquieren así. Como hemos señalado, por un
proceso de re configuración continua se mejora la posibilidad de hacer actos rectos. Pero esta capacidad
implica siempre corrección.

Por eso, uno nunca es suficientemente virtuoso. No podemos engañarnos pensando que ya que somos
virtuosos, entonces los actos que uno va a realizar son actos buenos. Pasado el tiempo esos actos buenos
serán insuficientes. De manera que o aumentamos la virtud o empezamos a vivir de la trampa.

Lo característico de la razón práctica es que nunca la información es suficiente. La razón política lo primero
que manda es que tenemos que partir de la INFORMACIÓN (que es el primer paso para la deliberación y
consiguiente decisión). Para procurarla es clave intercambiar información, porque los datos que no tiene uno
los tiene el otro.

18
Cfr. POLO, Leonardo, Conferencia “La razón práctica”, Universidad de la Sabana, Santa Fe de Bogotá, 5 de
septiembre de 1989.

14
Pero entonces se necesita de la COLABORACIÓN, porque de lo contrario no hay manera de obtenerla.
Dicha colaboración se consigue en el intercambio mutuo: en la relación mandar-obedecer y en las relaciones
interpersonales.

En cualquier organización hay que ser lo suficientemente sensatos para ser conscientes de que cabe
equivocarse, por muchos que sean los que están en ella, la información nunca es suficiente. No hay saber
general práctico; tampoco hay voluntad general. Porque la voluntad general sería la voluntad en la que
coinciden todos, pero ya Aristóteles nos advirtió que si todos están de acuerdo es mala señal de organización
política.

Lo lógico, en este orden de cosas, es no estar de acuerdo. Porque uno ve una cosa que el otro no ha visto. Y
le dice: hay que hacer esto que tú no has visto. Entonces le ordena. Y el otro, si no es rígido, sino flexible,
colabora. En conclusión, aquel que no confía más que en su propia razón práctica se equivoca, porque no
tiene en cuenta a los demás, lo cual es reducirse a la pobreza práctica.

15

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