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Las maletas de Auschwitz Daniela Palumbo Tlustraciones de Eleonora Arroyo JRorma hn evn en Sema Guatemala, Lima, México, Panama, Quito, San José, San Juan, Santiago de Chile Pslkmbo, Daniela Las malecas de Auschwit/ Daniela Palurabo ; dystradora Hleonore ‘Acrovo.— Hogott + Carvajal Eductesén, 2013. 484 p. | 20 em ~ (Colecei6n tore de papel. Tore emacila) ISBN 978-957-545-6303 T-Nowel italian 2. Guerra Mundial if, 1939-1945 - Novela 43, Holoceurt ado (1939-1945) - Novela _ Anoyo, Eleanor U1, Tee I). Sere 353.81 ed Zi ed. AL408058 CEP-Ranco de la Repdblica Biblioteca Lai Angel Arango © 2011, Béizioni Piemme S.p.A., Corso Como, 15, 20154 Malan, lealy International Rights © Atlaniyca, S.p.A., Via Leopardi, 8, 20123 Milan, Italy forcigarighrs@[Link] © 2013, Mensajero, para la ecicicn en castellano © de la presente ediciGn, Editorial Norma S.A, 2013 Nueva Providencia 1881, oficina 1313, Santiago, Chile “Tieul original: Le Voli di Auschairz Los personajes, loc nombres y rod lo relacionado con ellos en eet kibro son propiedad de Edistoni Premme Sp.A y estén cexclusivamente representados por Addancyea $.p.A. en si versiSn original. Cualquier version craccida o edapeacién tex propiedad de Adanges SpA. Reservas lo on sechos Reservadas todas los derechos. Prohibida la reproducci6n toral o parcial de esta obra sin permiso escrito de la editorial mpreso en Chile - Printed in Chile Primera edicién: febrero de 2014 Directors editorial global: Hinde Pomeraniee Traduccion: M. M. Leonetti Diagramacién: Daniela Coduro Correccisn: Parricia Motto Rouco Hluscraciones: Eleonora Arroyo x 26505643, Contenido Prologo Carlo / Italia, El momento magico El tiltimo dia de escuela Anna no est. Los comparieros de la escuela iQuién tiene miedo de los judos? Lafugs La partida Hannah y Jacob / Alemania Elimiedo Hannah y Rose Nora, la rebelde Jacob en la clinica Hannah cuenta las estrellas Emeline / Francia Los postigos azules René La nifia mds sola del mundo Fabien Durand En lugar seguro Dawid / Polonia El violin Dawid se queda solo El extraiio cortejo de los miisicos La mujer de Jan Pesnan Tereza Lavecina de al lado Agradecimientos 97 99 109 123 133 141 143 145 151 155 163 169 m5 183 Prdlogo Sz qué es un testigo? Un testigo es una persona que conoce un hecho porque lo ha visto 0 lo ha vivido. En este libro voy a contar una historia, y hasta més de una, de muchachitos que vivie~ ton hace un montén de afios, en un tiempo en el que yo no habia nacido todavia. Por con- siguiente, no soy testigo'de sus historias. Sin embargo, los he conocido a través de libros, a través de relatos escritos de pessonas que vivi ron esos hechos. Me he enterado de que hubo un tiempo en que se obligaba a los nios a par- tir con uma maleta hecha a toda prisa, hacia un destino que no conocfan, y no volvian a sus casas. Nunca. Desde entonces estos nifios estan también en mis recuerdos, sus historias me miran. Aunque nunca los haya conocido. Un escritor, que se llama Paul Auster, ha escrito que la memoria es un lugar, un lugar real que podemos visitar. El Lugar que conserva la memoria de esos nifios y de sus pequefias maletas se llama Auschwitz, y podemos visi- tarlo. Vamos a empezar desde alli. Los nazis construyeron el campo de exter- minio de Auschwitz en la pequefia ciudad de Oswiecim, en Polonia. Era el 22 de mayo de 1940, El campo fue erigido con una sola finali- dad: acabar con los judfos. Exterminarlos: Por qué? Porque eran judfos, En nuestros dfas, el campo de exterminio, que en alemén se dice Vernichtungslager, se ha convertido en un museo. Yo he estado en él. Es un lugar oscuro... Imaginate un lugar donde la alegria, las son- risas, los abrazos y las bromas no hayan entra- do nunca. Un lugar en el que ni siquieta el sol, cuando se asoma a las grandes ventanas de las diferentes estancias, consigue hacer desapare- cer la gélida oscuridad que ha quedado adheri- da alas paredes y a los techos. La oscuridad ha penetrado, como un polvo sutil, en cada grieta de Auschwitz. Nunca se ir de allt. En la estancia ntimero 4 del bloque 5 hay un largo cristal que separa al visitarute de miles de maletas amontonadas unas encima de las otras. Una montafia de bolsas vacfas, todas diferentes: viejas, rotés, estrechas, anchas, remendadas, de cartén, clegantes, de tela, de piel... Al entrar a este lugar, el visitante se que- da inmévil mirando las maletas. En toda ellas aparece escrito un nombre, un apellido y una direccién. Las hay pequefias y grandes. Sin embar- go, no son las dimensiones de la maleta las que dicen si la esperanza que transportaba era grande o pequefia. Una esperanza es una esperanza. Punto. Y una maleta es el lugar adecuado para con- servarla. Porque bay sitio para ir, y para vol- ver. Por lo general, asf es como funciona. Sin embargo, no es asi en esta historia, no es asf con estas maletas. Los soldados nazis robaban a los judios de sus casas y los sacaban de ellas. Algunos mien- tras dormfan, otros mientras comfan, estu- diaban, jugaban, tocaban algén instrumento musical... Les decian que estarfan fuera duran- te mucho tiempo, pero que volverian a sus casas. A fin de engafiarlos les hacfan prepa- rar una bolsa para el viaje, pero si alguien les preguntaba adénde los llevaban, los alemanes no respondian. i.Cémo vas a preparar una maleta si no sabes adénde vas? No puedes saber lo que te va a ocurrir. Asé las cosas, los judfos, para no equivocar- se, ponfan un poco de todo en la bolsa: ollas, juegos, zapatos, mufiecas, cuadernos, violines, ropa, dinero, cepillos, papeles, hojas, lépices, colores, fotoprafias, diaries, mantas, pan... Los objetos entrafiables, .as cosas de uso diario. Las mismas cosas que habrfan de poner tam- bién en la maleta en el viaje de vuelta a casa. Sin embargo, poco después, empezaron a com- prender que seria muy diffeil, porque nadie habfa vuelto nunca de aquel viaje. Adolf Hitler decid: que los judfos debfan ser exterminados en los campos de concen wacién. “ Hitler dijo un dia: HI judio es alguien que enve- nena todo el mundo. Siel judio saliera vencedar, seria el fin de toda la. humanidad, con lo qué este planeta se quedaria pronto sin vida, Fueron millones los que le creyeron. iPor qué? Porque Hitler dijo a los alemanes que ellos eran el pueblo més fuerte de la Tiers y, sile obedecian, dominarfan el mundo. Cerraton. los ojos, inclinaron la cabeza. Obedecieron. Y construyeron Vemichtungslager en muchas ciudades de Europa. ¥ uno de esos campos de exterminio es Auschwitz. TLas judios eran lleyados en tren a Auschwitz; pero eran trenes “especiales”; no habfa asien- tos como cuando vamos de excursién. Cuando lo hacemos escuchamos musica, leemos y de ‘yer en cuando miramos por la ventanilla para sonar. No. Los alemanes usaban para los judfos los vagones de mercancfas donde transporta- ban normalmente a los animales. Las perso- nas debfan permanecer de pie, aferradas unas a otras, sin agua ni comida, durante dias. Sin poder bajar, sin poder lavarse, sin poder ir al baiio. Morfan muchos en el tren, porque aquel viaje estaba pensado para que ningu- no de ellos volviera a casa. Sin embargo, los nazis hacfan pagar billete para aquel viaje que era solo de ida. Los que conseguian llegar a Auschwitz baja- ban de los trenes y se encontraban a los nazis esperdndolos, y los golpeaban y les gritaban. Después los soldados empujaban a los nifios, las mujeres, los viejos y los hombres que no eran bastante fuertes para'trabajar y los metfan en. una enorme sala, donde los hacfan desnudar- se explic4ndoles que iban a darles una ducha. ‘Antés, sin embargo, les hactan escribir sus nombres en las maletas para, asf, encontrarlas después: una tiltima maldad de los soldados nazis, que querfan hacer creer a las personas que, después de la ducha, se les restituirian sus efectos personales. No todos daban crédito a esas promesas, pero de todos modos escribian sus nombres y apellidos y el lugar de proce- deneia: en cualquier parte que los precipita- ran, deseaban que quedara coustuncia eserita de que habian existido. Mas tarde, hombres, mujeres y nidios eran introducidos en una estancis donde desde unas pequefias grietas salfa un gas que los mataba en pocos minutos. Fuera, entre tan- to, los alemanes tomaban todo lo que habia en las maletas y se lo quedaban, o bien lo. enviaban a Alemania: no se despetdiciaba nada. Las bolsas vacias las echaban en un. gran almacén. Aquellas maletas se encuentran hoy en el bloque 5, detras de un cristal. Y se pueden leer los nombres, los apellidos, las direcciones escritas por los hombres, por las mujeres y por los nifios que pasaron por alli. De este modo, nadie podra decir nunca que aquellas personas no existieron. Nadie podré hacer desaparecer nunca Auschwitz: Hitler perdi la guerra en 1945. Ahora bien, a pesar de que no fueron exterminados todos los judios, se calcula que murieron més de seis millones (un tercio de los judios de Europa). ‘Ademis de ellos, ios nazis hicieron perecer en Jos campos de concentracién a otras diferentes categorias de personas: homosexuales, gitanos, minusvélidos, prisioneros de guerra, opositores politicos... No hay una cifra exacta, pero en cualquier caso se trata de millones de perso- nas, entre siete y once, lo que da un total que escila, por tanto, entre los trece y los diecisie- te millones. De estas personas han quedado los objetos que cuentan su vida pasada: pei- nes, zapatos, ollas, guitarras, juegos, plumas, diarios, camisetas, mutecas, violines, cabellos, sombreros, ropa, brochas... Cuando te encuentras en Auschwitz ante ese cristal mirando las maletas abandonadas, casi esperas off las voces, las carcajadas, ver Jos rostros de los nifios. En ciertas ocasiones no hace falta conocer a las personas para sen- tirsu falta; basta con un nombre escrito sobre la maleta de un extrafio que partié en un tren para desaparecer. Detras de ese cristal, me ha acontecido ofr as voces de Carlo, Hannah, Jacob, Dawid, £imeline... Al principio eran voces descono- cidas y parecian todas iguales. Sin embargo, aguzando el ofdo, he aprendido a distinguirlas y ahora ya no me son extrafias Me gustaria quitar el cristal, abrir las male- tas con los nombres y buscar la esperanza que ha quedado dentro de ellas. Me gustarfa libe- ratla, estoy segura de que volveria a casa. Carlo Italia El momento magico =| date prisa! El tren resoplaba como si estuviera cansa- do. Llegaba de Népoles, y hasta Milan falta- ban atin casi ochocientos kilémetros. Eran las seis de la mafiana. Carlo estaba en la Esta- cién Central desde las cinco y media. Su padre, Antonio, era ferroviario y empezaba a trabajar al alba. Con frecuencia se llevaba a su hijo los domingos a los wenes. Ahora que le habfan dicho que no podfa seguir trabajan- do segufa viniendo igual con Carlo. Un poco para contentar al nifio y otro poco porque se aburria en casa. Y también un poco porque todavia no se lo erefa. amos, Carlo, ven que llega otro, Carlo sentia pasién por los trenes. El domin- go nunca se le pasaba levantarse pronto por la mafiana para seguir a su padre al trabajo. Los dias que habia escuela, sin embargo, le supo- nfa un tormento levantarse. Y pensar que lo despertaban mas tarde que cuando debfa ir a ver los trenes con su par4, pero era completa- mente distinto. Ciertamente, era dificil hacerle comprender, sobre todo para su mama. “Mami, es verdad, cuando tengo que ir con pap4 no me siento tan mal”, le decfa Car- Joa su madre cuando esta perdia la paciencia Tlamandolo cada vez. Tenia suefio por todas partes: dentro de los ojos, dentro de la cabeza, én las piernas; no consegufa sacudirselo basta que Hegaba a la escuela y vela a Anna, que tenfa nueve afios y a mirada siempre fija er. él. Todos dectan que eran novios. Carlo se ponfa rabioso y decfa que no era verdad; él no le habfa pedido a ella que fueran novios, ni tampoco viceversa. Anna, en cambio, estaba decidida. Cuando alguien le planteaba la pregunta, respondia: “Por mf podrfamos ser novios, pero debe ser Carlo el que me lo pida’. Dado que él era ur. timido, su noviazgo oficial siempre quedaba retrasado. No es que Carlo estuviera disgustado: Anna era simpa- tica y le gustaba, pero sus ojos eran como esti- letes, los sentia clavados’sobre él y no se los podia sacar ni con alicstes. Y ni siquiera eran novios Con los trenes, en catabio, era distinto. Estos silbaban, hacfan un ruido enloquecedor, pero no daban miedo. Siera el cumo de su padre, Carlo se levan- taba el domingo muy temprano y lo acompa- fiaba. Lo habria seguido también de noche, pero su madre no queria. Decia que un nifio debfa estar durmiendo a esa hora. Carlo tenfa nueve afios y no se sentia un. nifio en absoluto. Y jamas habria renunciado a mirar los trenes que entraban en la estacién: ese era el momento magico, el instante preciso en que el tren se anunciaba con el solo rumor de los railes y el silbido potente. Entonces la estaci6n se quedaba muda, todo se detenfa: las voces, los gritos, las risas. Todo enmude- cfa. Silencio. Carlo divisaba de lejos el tren que entraba en la estaci6n y lo vefa hacerse grande de repente, podeross ¢ invencible. Era un ins- tante, una milésima de segundo, pero parecia eterno. Después se rompfa la espera y todo vol- via a ser como antes. Sin embargo, a pesar de ello, ese instante era fenomenel, inigualable. “Vamos, ponte en tu sitio y no molestes le decia su padre. Si ves que no te lo quieren dar, no insistas, ide acuerdo?” “Ss, pap4, puedes estar tranquilo. Lo sé, Jo sé”. Carlo se ponia siempre al final del vagén ndmero seis. Era Antonio quien se lo habia sugerido. “Es el estratégico, Carlo, acuér- date. Los pasajeros de los primeros vagones ven la salida a un paso y se ponen nerviosos si alguien se les pone en medio cuando bajan, porque ya querrfan estar fuera. Desde el sexto vagén hacia atrés la salida se presenta discan- te. Las personas bajan del tren y van resigna- das: saben que deben hacer un buen techo de camino para salir y, si no Tlevan mucha prisa por algdn motive particular, se dirigen tran- qquilas hacia la salida. Té espera y no des la impresin de estar ansioso por detenerlas, por- que de lo contrario te evitan”. Carlo esperaba a que se abrieran lus puer- tas y después, en voz alta, empezaba: “Bue- nos dias, sefiora, Zha tenido un buen viaje? Por favor, ipuede darme su billete? Gracias”. Muchas veces habfa ofdo a su padre decir estas palabras en el tren cuando revisaba los billetes de los pasajeros. Siempre la misma frase, sin pausa. Sin embargo, cada vez que las palabras salfan de la boca de Carlo parecfan nuevas. ¥ es que él se Jas crefa, se sentia el jefe de estacién, y esto le gustaba més que nada en el mundo. Ni siquie- ta los ojos de Anna tenfan el mismo poder. Los pasajeros reaccionaban de diferentes modes. Algunos le sonrefan sin darle dema- siaca importancia, otros lo miraban de través y segufan recto; habia algunos que le daban él billete sin sonreir y ottos que se lo ofrecfan con una earicia. Habia incluso quien, distratdo, pensaba que el nifio estaba pidiendo limosna, y junto con el billete le daba dinero. Entonces Carlo corrfa detras de €1 para devolvérselo, a toda costa. Eran drdenes de su padre. Su papa nunca habia querido que aceptara dinero, no Io llevaba con él para eso. Y mucho menos ahora: hubieran sido capaces de denunciarlo. No se podfa correr riesgos. Ahora ya no. ‘Cuando hasta el tiltimo pasajero habta ganado la salida, Carlo contaba satisfecho el Botin de la jornada. En alguna ocasién habia Iegado a recoger cincuenca billetes. En cada uno escribfa a pluma la fecha del dia. ‘Cuando Ilegaba a casa, los depositaba en el ' cajén donde los guardaba. Nadie podfa meter la nariz en él. Su madre habia visto una vez el cajén que desbordaba y lo habia abierto. Al hacerlo, algunos billetes habfan cafdo al suelo y ella, enfadada por el desorden, habia tirado unos pocos. Carlo no quiso comer y se encerré en su cuarto durante dos dias. Lloraba. Antonio, su padre, se enojé con su mujer. Al tercer dfa su madre fue al cuarto de Car- Joy le dijo: “Te pido que me disculpes. Nunca més volveré a tocar tu cajén. Ahora bien, debes tenerlo ordenado. Encuentra la manera de con- servar tus billetes sin que vayan por todas par- tes, Tal vez sea mejor que les encuentres otro sitio, pero no quiero verlos revolotear por todas partes en casa. Te prometo que no lo volveré a hacer si los conservas ordenados”. Fue una paz justa. Carlo repartis los billetes en dos cajones. —iCudntos has conseguido hoy? le pre- gune6 Antonio aquel dia. —Cuarenta y ocho, papa. Los pasajeros estén todos en regia, nos podemos ix. En casa les pon- dré la fecha de hoy: 15 de octubre de 1938. Volviéndose, el nifio le dijo a su padre: _Papé, todavia no me has explicado por qué ya no te dejan ir al trabajo. Ti eras muy bueno para hacer que todos te dieran el bille- te. Te obedecian de inmediato, no como a mi. Ya se lo habia preguntado mds de una vez y siempre recibia la misma respuesta. —Un dia te lo explicaré. Es dificil de com- prender para un nifio de nueve afios. El tiltimo dfa de escuela eS arlo estaba ya en cuarto de primaria. La escuela habia comenzado pocos dias antes. Aquella mafiana, el gato Aquiles persegufa fas hhojas amarillas y marrones cafdas de los robles del jardin que rodeaba las aulas. El viento hacia que se arremolinaran las hojas de repen- te y las empujaba lejos. Aquiles no se daba tregua: las espiaba y, en cuanto se movian, se Tanzaba sobre ellas, convencido de que esta- ba cazando un ratén.o una lagartija, Mientras Aquiles intentaba capturar el viento, Carlo entraba a la escuela por tiltima vez. Aquiles era el nico animal tolerado por Allfedo Cisco, el severo director de la escuela Mazzini, un hombrecito muy bajo y muy ancho, que cada mafiana examinaba minuciosamente todo el edificio y gritaba detras de siete de cada diez bedeles. ‘Llegé un momento en que el director pro- hibié que le levaran comida a Aquiles. Era preciso reconocer que el gato se habia puesto gordo, porque los nifios le urafan cada mafia- na las sobras de la cena y él nunca rechaza- ba nada. Por eso el director habia escrito una larga circular en la que explicaba que la celadora ‘Assunta se ocuparfa de dar de comer al gato, y seria la tinica persona autorizada a hacer- lo, es decir: que si se sorprendfa a otra pezso- na Hevando comida a Aquiles, el transgresor perderia una semana de vacaciones si era un maestro 0 una maestra, y dos semanas si era un bedel. En caso de que fuera un alum- no tendria seis dfas de castigo. A partir de entonces ningtin nifio volvié a darle nada al gato. Ni tampoco los otros, excepto Assun- ta. La autorizada. Una vez que la celadora encargada de Aquiles falté durante tres dias, el gato tuvo que ayunar. A Carlo le gustaba mucho jugar con Aquiles, pero su madre no querfa animales en casa. Léstima, porque a lle gustaban mis los gatos que los perros. Ahora bien, lo que est4 prohibido esta pro- hibido. Sin embargo, a partir de aquel dia las prohibiciones fueron para Carlo un misterio incomprensible. Se presenté en la tscuela puntual como siempre. Ay del que llegara con retraso, se arriesgaba a probar Ia palmeta de la sefiora maestra. Silvana Miele era la novedad de aquel cur- so, Una amarga sorpresa, El maestro Fran- cesco Sarfati habfa venido el primer dia a cuarto de primaria, después habfa desapare- cido y habia Ilegado ella en su lugar. Silva- na Miele (ich fatalidad, se llamaba “Silvana” como su mamé!) habia empezado la leccin aquella mafiana como de costumbre, gritando a sus alumnos que estuvieran atentos y no se distrajeran. En verdad, en la clase no se ofa ni el yuelo de una mosca, pero ella gritaba siem- pre. Quién sabe de dénde le venfa toda aquella energia... Y s{ que era baja, mas que el director Cisco, que era la mivad de alto que su papa. El maestro Francesco también era pequefii- 0, pero a él no le gustaba chillar. No lo necesi- taba. Cuando explicaba algo siempre relataba alguna historia. A menudo contaba cosas de cuando era nifio. La historia que més le habia gustado a Carlo era una de cuando el maes- tro Francesco tenfa ocho afios. Su padre habia perdido el trabajo en el eampo, de modo que la familia se encontré sin dinero y sin casa. Se habfan ido a dormir a casa de su tfa, que pre- paraba todos los dias sopa de coles, y al maes- tro Francesco el olor de las coles todavia lo hacfa vomitar. O la de cuando su madre, anal- fabeta, le pidié a él, que ya era maestro, que Je ensefiara las cuatro reglas, puesto que con la ayuda de la tfay del cufiado habian abierto una merceria y nunca sabia cuanto debfa dar de vuelto a los clientes. O bien les contaba cosas de su hermano, que se habfa escapado de casa, porque sus padres lo querian hacer estudiar a la fuerza. Al final habe vencido él y no habia estudiado, pero las garas de escapar no se le habfan pasado, porque estaba en el negocio familiar como dependiente junto a su madre, que lo llevaba a rajatabla, mientras que su padre le tomaba el pelo diciéndole: “iTe lo tienes bien merecido! [Burro!”. El maestro Francesco mezclaba los relatos de su casa con las mateméticas y con la gra- méatica, con él ng se aburrfan nunca. A nadie se le pasaba por la cabeza distraerse y, al final, os chicos aprendfan también la gramética y Jas matemsticas. Adends de un mont6n de historias divertidas. La leccién habia empezado hacfa ya una hotay Silvana Miele se habia pasado més tiem- po gritando que nose cistrajeran que explican- do el tema... pero después pasd algo. Carlo oyé la voz de su padre: también él estaba chillando... {Era posible que su padre, Antonio, estuviera gritando? A continuacién, le llegé Ta voz baja del director. Habfa en su voz una mezcla de autoridad y de incomodi- dad. Por fin se abris la puerta y el director cuchiches brevemente con la maestra. Ells le murmuré al final: Ya le habia dicho, glirector, que no debta estar aqui. Después se dirigié a Carlo. ~De Simone, levéntate y vete con el direc- tor —eso fue todo. No dijo nada més. Carlo la mir6 durante unos instantes sin moverse, sin comprender. Ella se impacient6. ~iQuieres darte prisa? TEI director te esta esperando! —lo intimé. Mientras salia, Carlo la vio tomar la lista y trazar una lfnea encima de su nombre, (Era posible que lo estuviera borrando? EL muchachito se afanaba buscando en su memoria: ciertamente habia debido hacer algo gordo en los diltimos dias, algo muy gra- ve... Pero éera posible que no lo recordara? Tal vez le hubiera dado comida a Aquiles. Quizé se habfa discrafdo y le habfa echado un trozo de la merienda... “iSeré que alguien ha hecho corer la voz2”, pensaba Carlo. El director callaba, su padre también. Nunca lo habfa visto tan pélido. —Vete con tu padre, De Simone ~también él, el director, se limits a decir estas pala- bras; ni siquiera se habia dignado pronunciar su nombre, y habfa recalcado “De Simone” como si se tratara de un apestado. Con todo, el director Cisco no era malo. Cuando anun- cié la salida del maestro Francesco incluso estaba triste, porque sabfa que era un buen profesor. Sin embargo, aquel dia parecia cohi- bido, presuroso. “PapA me lo explicara”, pensaba Carlo. Intenté saludar a Aquiles, pero el gato tam- bién escapé. Aquella mafiana todo iba torcido. “Quién sabe la que habré armado”, se repetia. Al final se decidié: ~Pap’, iqué es lo que he hecho? ‘Por qué me han expulsado? -si, era indil andarse ya con rodeos. Lo habfan expulsado-. Quién sabe Jo que he hecho, no me acuerdo... ‘Ahora no consegufa pensar en otra cosa. Después vio las lagrimas de su padre. Era la primera vez que lo vefa llorar... Sin embargo, tal vez pudiera tener remedio la cosa. Su mama decia siempre que todo tie- ne remedio. Su padre apret6 fuerve la mano de Carlo. Era como si le estuviera pidiendo que lo per- donara porque no podia protegerlo. ‘Antonio paré de Uorar. O tal vez las kagri- mas haban sido engullidas quién sabe dénde. No has hecho nada, Carlo, recuérdalo bien, nada. Es por el apellido. Te llamas “De Simone”. Somos judios. Han escrito nuevas reelas, se Haman “leyes raciales”: se ha prohi- bido a los judfos asistir a la escuela o trabajar. El director te ha dejado asistir algunos dias, pero lo han llamado al orden: debe hacer res- petar la prohibicién. No se puede hacer nada. Paro no te preocupes, s¢ estén equivocando. Antes o después lo comprenderan y podrés volver a la escuela. —1Quién lo comprenderé? {Quin ha redac- ado esta prohibicisn? El Partido Fascista, son ellos los que man- dan y deciden sobre las leyes y sobre la vida de las personas en este momento. ~Pues la maestra dice que los fascistas son buenos y que debemos seguir todas sus 6rdenes. El maestro Francesco no lo crefa, Carlo. Y dijo a todo el mundo que él no era fascista, Por eso lo han despedido. Papi, iy si no se dan cuenta de que estas leyes raciales est4n equivocadas? Sabes qué pasard? En la escuela esté Gemma Anzini, que no comprende nunca nada. El maestro Francesco no le gritaba, siempre le decfa que antes o después lo verfa todo claro, pero eso no ha pasado nunca. A él lo han echado y ella sigue sin entender nada. Y la maestra Miele siempre le va gritando detrés.. Sin embargo, su padre ya no hablaba. No ofa, Estaba en alguna otra parte, donde Carlo no lo podia alcanzar. De ahf que é1 siguiera cavilando por su cuenta, aunque lo dnico que consegufa pen- sar terminaba con un signo de interrogaci6n. “Peto ipor qué soy jud(o? ZY qué significa ser judio? (Qué mal han hecho los judfos para que los expulsen de todas partes? ¥ estas leyes, tson solo para los judios? Pero iqué tengo que ver yo con todo esto? iSi ni siquiera sé lo que significa ser judio!”. Anna no esta L. escuela cor’ Silvana Miele era abu- rrida, pero, sin escuela, los dias no pasaban nunca, Carlo consegufa distraerse en clase que daba gusto; en casa, sin embargo, pensaba solo en una cosa: volver a la escuela. —Mamé, ino hay alguna escuela a la que también pueda ir yo? {Una escuela en la que no haya leyes raciales? Si me quedo todavia mucho tiempo en casa, voy olvidar todo lo que he aprendido. ~Las leyes raciales estén ahora en todas partes, Carlo —le respondié su mamé-. Los fascistas han dejado abiertas algunas escue- las a las que solo pueden ir nifios judios, con profesores judios. Pero estén muy lejos de aqui y nadie puede acompafiarte. Tampoco podemos permitimos ponerte un tutor que te siga en los estudios. Las leyes raciales también impiden que tu padre trabaje, ya lo sabes, y cl dinero que tenemos es poco. Ya estas viendo también té que debo levantarme a las cinco de la mafiana para ir a limpiar las casas de las sefioras ricas. Menos mal que tu abuela nos ha dejado la casa; de no set asf correriamos cl riesgo de tener que dormir en la calle. Esta mamd parecfa algo nueva... Antes nunca habria hablado asi. Antes decfa siempre que todo tiene remedio, y sonrefa. Ahora que To pensaba, Carlo no la habta visto refr desde hacia un mont6n de tiempo. Antes no se can- saba de repetir que ser amable con los otros cera lo més importante. Ahora parecia que lan- zaba las palabras, y cuando llegaban a las per- sonas eran como piedras afiladas, hactan mal. Sin embargo, su madre lo necesitaba —Mamé, iya no volveré a ver nunca mas. a mis compafieros de la escuela? Y, si me los encuentro, ipodré saludarlos o est prohibido? Lamadte miré al padre, se vefa que estaba pensando en cémo Tesponder. Pero no tenfa muchas ganas. Carlo sospechaba algunas veces que las prohibiciones le habfan quita- do las fuerzas a su madre, por lo muy cansada que parecfa, ~Pronto iremos a conocer a una profe- sora qne también ha sido expulsada por ser juda te respondié su pidre- y se ha ofrecido a darte clases de repaso durante este tiempo, Carlo. Se llama Sarah y vive cerca de aqui. Para ir a su casa pasaremos por delante de tu escuela precisamente a la hora de la entrada y, probablemente, conseguiras ver a alguno de tus compafieros... Pero si no quieres, ire- mos por otto camino. Habja que pensarlo bien, No es que tuvie- ra ganas de ver a sus compajicros de la escue- Ja, considerando que nadie se habia movido cuando Carlo fue expulsado, Tampoco habta pasado por su casa ninguno de ellos. Ni siquie- ra para decirle: “Hola, Carlo”. Tampoco Anna. Quign sabe si segufa teniendo esos ojos que se clavaban. Quign sabe a quién mirarfa ahora Anna. Tal vez estuviera esperando a que volviera Carlo. No. Todos tenfan mie- do de mezclarse con los judfos. Carlo lo sabia * ahora bien. No le habfa hecho falta gran cosa para comprenderlo: cuando ély Antonio iban a ver los trenes, los colegas de su papé ya no lo saludaban como antes, con alegria; ahora hacfan como si no lo hubieran visto. Sin embargo, lo vefan; Carlo sentfa sus miradas sobre é1. Se habia acostumbrado a causa de Anna; sabla cuando alguien le cla- vaba la mirada, aunque estuviera de espaldas. “Esta de los judios es una historia extra- fia”, pensaba Carlo constantemente. Un dia le pidi6 a su madre que le explicara qué mal hhabjan hecho los judios para que los trataran a de ese modo. Ella le respondié: “Nada”. Carlo insistié en que debia tratarse de algo distinto. “Nada”, le repitié su madre, que desde que trabajaba y se levanceba tan temprano cada vez tenia menos ganas de hablar. Entonces Carlo le hizo la pregunta a su abuela y ella le dijo que los judios y los cristia- nos tenfan el mismo Dios y que las ensefian- zas de El valian para ambos. Pero también le dijo que los judios y los cristianos no estaban de acuerdo en quién era Jestis. Los cristianos eceen que es el hijo de Dios, el Mesfas. Dicen que lo ha enviado Dios para salvar a todos los hombres. Para los judios, sin embargo, Jestis es simplemente un tabino judio, un hombre sabio. Nosotros, los judfes, seguimos esperando ain al Mesias, aquel que redimiré a los hombres y hard de este un mun- do mejor. Tenemos paciencia -esto fue lo que Ie dijo su abuela a Cerlo un dfa en el que se sentia demasiado solo y habfa ido a verla, dado que vivia en el portén de al ado del suyo. Carlo le hizo también otra pregunta. —Abuela, ipor qué tiene que salvar Jestis a Jos hombres? iDe qué tiene que salvarlos? —De ellos mismos. Las leyes raciales son un ejemplo de la maldac de la que son capaces los hombres. Té no puedes ir a la escuela y tu padre ya no puede ra trabajar solo porque somos judios. IT crees que Jestis los salvara aunque jean tan malos can nosotros? No lo sé, Carlo. Peso sé que Dios no per- dona facilmente al que desobedece sus manda- mientos... No tengas miedo. Pronto volveras a la escuela. Estoy segura de que recuperaran la raz6n: antes o después acabaran por darse cuenta de que nosotros también somos italia- nos, como ellos. Carlo decidis que querfa ir a vera sus com- paneros. Al estar solo tanto tiempo al final la cabeza le pesaba, porque dentro le daban. vuelta un montén de pensamientos confu- s08 que giraban en redondo y no se devenfan nunea. Después, por la noche, Carlo tenfa miedo y se despertaba empapado en sudor. Unos dias antes habfa sofiado con Aquiles. Lo estaba acariciando y, de repente, el gato lo habia arafiado haciéndolo sangrar. Carlo lo TifiG, pero cuando el gato se volvié hacia él vio que su morro no‘era el de Aquiles. Era el ‘rostro de la maestra Miele, que lo miraba con, risa burlona y maligna, como el malo de los cémics que le lefa su padre por la noche. Los compafieros de Ia escuela Cw, a su escuela, la recordaba dife- rente. Bueno, no diferente, sino més grande. iC6mo era posible? Hacia dos meses que no la vefa, no dos afios. No podia haberse hecho més pequefia. Sin embargo, la escalinata que subfa pare entrar a clase le parecia ahora mas estrecha. ¥ la verja, més pequefia. 1Y Aquiles? (Por qué no estaba lamiéndose los bigotes y el pelo junto al roble? (Era posible que todo hubiera cambiado en dos meses? ‘Alli estaba Anna. Sus ojos que se clavan. Y no te sueltan. Se abren de par en par pot la sorpresa y después se te quedan prendidos encima, Por fin. Habfa también algo que no habfa cambiado. ‘Anna estaba esperando para entrar junto asu padre. Fl papa de Carlo esbo26 un saludo, como antes de la proaibicién, cuando los dos se hablaban y se refan de los trenes que Ilega- [Link] retraso. Ely Carlo se decuvieron del lado opues- to ala gran verja. Nc se atrevian a acercarse. Miraban de reojo hacia dentro. Anna con- tinuaba mirandolo con {os ojos fijos. Pare- cfa perdida, miraba su papa esperando una reaccién; después, y dade que él hacia como. si nada, ella levant6 la mano para saludar. En. ese mismo momento su padre la hizo girarse bruscamente y en un segundé Anna le daba la espalda a Carlo y a Antonio. Todo sucedié auna gran velocidad, parecia la secuencia de una pelicula; los otros compafieros que esta ban con sus padres s2 apresuraron también a dar la espalda al padre y al hijo. Los dos se quedaron alli unos segundos, sin decir nada. ~Pap4, vamonos. Aqui no nos quieren ~dijo Carlo al final. Antonio no lo miré, pero le toms la mano y se lo llevé lejos. Nin- guno de los dos vio a Anna que, mientras se iban, se volvia hacia su amigo intentando esconderle a su padre la lagrima que le resba- Jaba sobre el rostro. iQuién tiene miedo de los judfos? Cur empezaba a cemblar cuan- do sonaba el timbre. Eran siempre ellos, los sefiores de [a policia. Hacfan muchas pregun- tas, cada vez se apoderaban de algo, porque decfan que los judios no podian tener nada que fuera de valor (“no lo merecfan”, decian ellos), y después se marchaban. Ya se habfan levado las bicicletas de Carlo y del paps, el reloj de oro de la mam (que era un regalo de bodas), la radio nueva y hasta un despertador de plata. Una noche soné el timbre cuatro veces, una detris de otra. El corazén del nifio emper6 alatir a toda velocidad. ‘La madre y el padre se miraron y Carlo com- prendid de inmediato que también sus cora- zones latian a todo tren. El padre se levant6 a abrir. Después todo sucedié demasiado de prisa y Carlo solo capté alguna palabra. Su maid gritaba: “Dejadle” y su papa repetia: “[Por qué?”, mientras que un vecino se as0- maba al rellano e inmediatamente cetraba la puerta. Mientras tanto, aquellos unifor- mes negros se levaron al papi de Carlo, diciéndole: Sucio judio, te arrepentirés. Después acabé todo. Volvié el silencio. Sin embargo, el corazén de Carlo todavia daba saltos y después iba bajando, bajando, ajando... era como si supiera que no debfa patarse, porque de otro modo corria el riesgo de estallar. Su papd ya no estaba. Se lo habian llevado los hombres de negro. Su mama llo- raba en la silla, con las manos cubriéndole el rostro. Ya ni siquiera podia ver que Carlo estaba allfy tenfa necesidad de ser consolado. Ya no conseguia ser la mamé de ante’. Carlo no estaba enfadado con ella y fue a abrazar- la, aunque no conseguia llorar. Ella lo retuvo a su lado, pero no hizo nada més. Hubo un. tiempo en que nadie sabfa consolarlo como ella; por ejemplo, cuando Carlo hacia mal nna tarea y le ponfan una mala nota, ella le decia: “Todo tiene remedio”. Y él sabfa que era verdad, porque estaba abrazado contra su coraz6n y lo sentia latir sin prisa. Si su mama ya no prefs’ en que pudiera haber remedio, tampoco él podrfa ya sonrefr. Y entonces se puso a consolarla, acaricién- dole el pelo. Ella le aprets fuerte las manos y Carlo empezé a llorar. Y mientras estaba Horando pensaba que afuera estaba lovien- do y su papa habia salido sin chaqueta... All donde estuviera en este momento, debfa estar aterido de frfo. La fuga desde que haba vuelto a casa. Tenia miedo cada vez que sonaba el timbre y ya no que- tia oft ruidos. Tampoco era ya el mismo de antes con Carlo. Habia dejado de hablarle. Lo miraba y después, de repente, se marcha- ba, abria la puerta de casa y no volvia durante horas. Tampoco lo Hevaba ya a ver los trenes. Carlo se lo pedfa cada dia, pero él ni siquiera le respondia. Habia debide pasar algo la noche en que se lo llevaron, Cuando Antonio volvid a casa, custo dias después, tenfa los ojos negros y heridas en el rostro. Caminaba cojeando porque tenia un corte feo en la pierna. Tenfa en las manos quemaduras oscuras y profundas. Su mamé Jo curaba, pero no decia una sola palabra. Parecfan dos extrafios, ni siquiera conseguian mirarse Una noche vino la abuela y su paps habl6 un poco con ella, en vor baja, para que no lo oyera Carlo, pero él escuché furtivamente y capté algo. -He sido un cobarde, mama —decfa su padre-. No he podido resistir sus torturas y he dado los nombres de Giulio y Vincen- zo. iSabes lo que eso significa? iQue yo los he hecho detener! iLa culpa es mia! No me lo perdonaré nunca. Dos cosas le habfan quedado claras a Car- lo: su padre ya no conseguirfa volver a ser el de antes. Nunca le hastarfa con pedir per- don para perdonarse a sf mismo. Era como si hubieran arrancado de su corazén la palabra “perdén”. Y lo mismo ocurrié con su sontisa, Carlo no volvié a verla nunca més. La otra cosa que comprendié fue que los fascistas eran los responsables de lo que le habia pasado a su papa y que maltrataban a las personas. El maestro Francesco, tenia zaz6n cuando decfa que eran malos. Hubiera querido vera su maestro: él habrfa comprendido la sensacién de miedo que le atenazaba el vientre y le subja hasta impedir- le respirar. Cuando le pasaba esto, su mam lo hacfa tenderse en la €ama sin decir una sola palabra y después, poco a poco, Carlo empezaba de nuevo a respitar normalmente. Sin embar- go, aparte de la respiraci6n, nada habfa queda- do igual, tanto dentro como fuera de él. Carlo iba dos veces por semana a casa de una sefiora que era maestra, una amiga de su mama. Su apellido también era judfo y, por lo tanto, tampoco podia estar ya en la escue- lacon los otros niftos. La sefiora Sarah no era mala, se vefa que deseaba ayudar a Carlo a no quedarse atrés, pero no tenfa mucha pacien- cia. Carlo no sabfa si también habia sido ast en el pasado, pero ahora parecfa siempre enfadada con el mundo y, aunque sonrefa, se vela que no querfa estar alli con él. Tal vez pensaba en su clase, en sus alumnos. A pesar de todo, a Carlo no le importaba gran cosa en realidad. Y es que ya no tenfa tantas ganas de estudiar; pensaba en Anna, en sus compa- fieros de clase que estaban todos juntos en el aula, El estaba allf solo con una desconocida que no se acordaba de su nombre. Cuando no le venfa “Carlo” ni tampoco le venia su apelli- do “De Simone”, lo Hlamaba “querido”, “teso- 10”, “pequefio”, pero a Carlo no le gustaban estos modos de dirigirse a él. Tenfa raz6n la abuela Lidia: “No hay nada ws bello para los nifios que su propio nombre; les da seguridad, se sienten amados y considerados. «Tesoro» y «querido», en cambio, son designaciones andnimas, para nifios invisibles”. La abuela Lidia le habia dicho esto a la mama de Carlo un dia cue estaban discutien- do. Esto sucedia de vez en cuando, porque su mama se enfadaba: se lamentaba de que la abuela Lidia le diera siempre la raz6n a su hijo y, a decir verdad, ast era en ciertas aca- siones. “En aquello del «querico» y del «teso- ro» tenia taz6n la abuela”, pens6 Carlo, que estaba hasta la coronilla de la maestra Sarah. Carlo volvia solo después de la clase, por- que la casa estaba bastante cerca. Pero aque- Ila tarde tenfa muchas ganas de ver los trenes; Ie faltaba el momento de la Hegada a la esta- cién, cuando el tren se mostraba invencible, y necesitaba sentirse invencible al menos por un instante. De ahf que no tomara a direc- cién hacia su casa: hab-fa encontrado en ella a su padre en el sof con la cabeza quién sabe dénde y a su madre que se afanaba preocu- pandose por poner el mundo en su sitio, con tal de no pensar en cémo hacerle frente. No tenfa ganas de volver a casa. No. Se irfa a la estacion. Alli ro lo veria nadie, todo el mundo estaba atareado en tomar el tren o en volver a casa. Se senté en un rinc6n, junto ala viauuno. ~iEh, ti! (Qué haces ahi? {Quieres robar- me el sitio? —IQué sitio? Estoy sentado en el suelo, Pero équién eres ti? Me llamo David -dijo el muchachito cubio que aparentaba pocos afios més que Carlo~ y ese es mi sitig, Me pongo ahi para pedir limosna a los pasajeros. La cosa funcio- na, {Fs que quieres robarme el trabajo? —Pero si yo no estoy pidiendo limosna... {Y tt por qué lo haces? {No tienes familia? El muchachito rid. ~iPues claro que tengo familia! Pero mi madre y mi padre, que ya no trabajan, siem- pre me estaban diciendo que debia empezar a ganarme la vida por mi cuenta. ZY qué puedo hacer yo? Soy demasiado pequefio para tra- bajar, y ademds soy judfo y nadie me daca trabajo. Ya me han expulsado de la escuela... iComo a mf! -exclamé Carlo, feliz de poder compartir su pena con alguien. Yo también soy judio como ti. Menos mal, pen- saba que eta el tinico. No conocfa a ningtin otto que hubiera sido expulsado de la escue- la. iSaben tus padres que pides limosna? Mi __ padre se enfadaria mucho. =Yo me he escapado de casa. Ya no volve- ré nunca mas. Los mfos siempre estan peledn- dose... Antes ya lo hactan, es verdad, pero ahora que son pobres todavia es peor, me tienen harto. —iCudntos afios tienes? ~iYo? Dentro de un mes curapliré los doce. —Tampoco yo quiero volver a casa. Antes habfa mucha alegrfa, los mfos estaban de acuerdo en todo. ‘Sabest Mi padre trabaja- ba aqui. Era jefe de tren. Me Tevaba a menu- do con éLa vet los trenes y yo contralaba los billetes a todos los que bajaban, hacfa el tra- bajo de mi papa. Sin embargo, ahora ha cam- biado todo. Ya no quiero volver a las clases con Sarah y tampoco quiero volver a ver a mi padre, que ni siquiera me mira ya a la cara. —Oye, yo tengo un sitio para dormir y te puedo hospedar. Son viejos vagones de trenes abandonados; hay también otras personas, pero no molestan. Eso sf, de dia debes ganar- te el pan por ti mismo. Tu eres mas pequefio que yo, te dardin limosna més facilmente que amt, Al final de la jornada lo juntames todo y compramos comida. iTe parece? Carlo habia pensado muchas veces en irse de casa durante los diltimas dias. Ya no sopor- taba que su madre no parara ni un segundo ni incercambiara una palabra con nadie. También su padre se habfa quedado mudo. La abuela mizaba a su hijo y se ponfa triste. Sarah era una extrafia. Anna no habfa venido nunca a bus- carlo. Ya no tenfa a nadie con quien hablar. David, al menos, estaba alegre. “Bien, me quedo esta noche y después ya veremos. {De acuerdo? —Esté bien, pero empieza a ganarte la cena, ponte ahf y extiende la mano —le dijo David indicéndole un rincén alejade de su puesto de combate. Pasé la noche. David y Carlo no pudie- ron dormir gran cosa, porque habfa un sefior anciano con barba blanca que roncaba como un tren en el que se hubiera pulsado el freno de emergencia... baciaain ruido como nunca habfan ofdo, y David le dio, sin demasiados cumplidos, alguna patada més de una vez. El hombre paraba diez minutos y después empe- zaba de nuevo. ‘A la mafana siguiente, mientras estaba en su sitio con la mano tendida y los ojos gachos, Carlo pensaba en su padre y en su madre. iEstarian apenados? iSe habrian dado cuenta al menos de que no habfa vuelto? Pues claro que sf. Solo estaban tristes, pero nunca habfan sido malos. {Qué estaba haciendo él all? Mientras pensaba en lo que iba a hacer, oy que lo llamaban. Era David. ~iEh, pequefajo! Mira el maravilloso billete que me ha dado aquella sefora vesti- da de azul. {Me has traido suerte! (Ven que vamos a tomarnos un bocadillo y un capu- chino como verdaderos sefiores! Se fue con David. Tenfa hambre, habia pensado otra vez en volver a casa. Pasaron otros cuatro dias. Carlo y David se habfan hecho amigos. Por la noche Carlo consiguié dormir un poco més... en el fondo uno se acostumbra a todo; pero le faltaban su padre y su madte. —David, iti no sientes nunca nostalgia de tu casa? ~iYo? El otro levanté los hombros como para decir que no; sin embargo, respondis: St, siempre, sies que quieres saberlo. Pero cuando pienso en cémo nos gritaba mi padre ami madre y amt... no quiero volver alli, Que se las arreglen ellos. (Ea, amigo judéo, vamos a trabajar! “Aquella noche, apenas se habfan ido a dor- mir en el viejo vagén de un tren abandonado al que David llamaba “casa” cuando notaron ajetreo en cl andén. —iFuera, fuera, Carle, nos han descubier- to, escapal David habfa salido a «oda velocidad. Carlo apenas habfa conseguido comprender lo que estaba pasando cuando su amigo ya se habia bajado del tren. Estaba acostumbrado a huis. Carlo no. ZY este? dijo un Eombre con uniforme de carabinero que lo tenfa agarrado a distan- cia por Ia oreja, casi con asco por el mal olor que emanaba ahora Carlo, después de cin- co dfas sin lavarse-. (Qué estés haciendo ti au? Eres demasiado pequefio para estar con. vagabundos, ino tienes familia? . —iEh, un momento! -intervino un seftor al que Carlo no reconocié de inmediato a causa de la densa oscuridad que habia en los vago- nes-. Yo te conozco, tii eres el hijo de Anto- nio... Pero iqué estas haciendo aqui? 'iLo saben en tu casa? La linterna del cacabinero iluminé un momento al hombre que habla hablado y Carlo reconocié a Aldo, un jefe de tren amigo de su papa. Amigo por asf decirlo. Tambign & habia desaparecido desde que los judfos se habfan convertido en enemigos de la patria. Carlo no le respondié. En el fondo ahora todos se habfan convertido para él en desco- nocidos, los judios ya no tenfan amigos. —Déjemelo a mi. Sé adénde hay que Lle- yarlo -se oftecié el jefe de tren. El carabinero no puso la menor abjecién; mejor asf: se libe~ raba de una molestia—. Ven conmigo -le dijo Alda a Carlo-, acabo el curno en media hora y después te Ilevo a casa. Carlo no respondié a ninguna de las pre- guntas del colega de su padre. Y asf, este se dio por vencido. =Te haces el duro, ieh? Sabes que hubie~ ra podido decirle al carabinero que eres judto? iSabes que ni siquiera hubiera podido llevar- te a casa? Nosotros ya no deberfamos tener nada que ver con los judios... Pero yo no lo, hago. Conozeo a tu padre de toda la vida y esto al menos se lo debo. Animo, vanes. ¥ no intentes alejarte de mf o grito que eres judio y te meten en la cércel para siempre. La amenaza de Aldo hizo su efecto. En el fondo, Carlo estaba contento de volver a casa. Ahora bien, écémo lo iban a recibir? Todos estaban Ilorando. Su mamé més que los otros, y lo abrazaba como si fuera a ser tragado por un dragén de un momento aotro. ‘Aldo no quiso que se lo agradecieran. —Es un deber -continué diciendo-. Pero ahora debo irme. No habfa entrado, tenia miedo de que lo denunciaran. Los amigos de Jos judios se exponfan a pasar por serios pro- blemas y los habfa que no esperaban otra cosa que hacer de espfas. —Comprendo, Te has comportado como un amigo y te lo agradezco. Te debo mi vida “le dijo Antonio. Gracias a estas palabras Carlo compren- dig que él era la vida para su padre y para su madre. A partir de aquella noche pens6 con frecuencia en David, pero jamés le volvié a venir a la mente alejarse de su mamé y de su papa. La partida A partir del mes de octubre de 1943, la abuela se vino a Vivir con su hijo Anto- * nio, porque los alemanes habian ocupado la ciudad y requisado la casa de muchos judfos. Entre ellas estaba también la de la abuela de Carlo. El muchachito se sentia feliz con su presencia, porque ella daba fuerza a todos. ‘Aunque era muy anciana, pareefa la mds ani- mosa de la familia. Le decia siempre a su hijo Antonio, el papd de Carlo, que Italia era dife- rente de Alemania. Mientras estuvieran en Italia nada malo les podrfa pasar. Y la abuela segufa resistiendo incluso cuando los alema- nes se convirtieron en los duefios de la nacién y se comportaban con arrogancia y violencia. “Bsto acabaré pronto —decfa-, tesistamos todo lo que podamos y las cosas volverdn a set como antes”, Todos le creian, quetian creerle. Era la noche del 15 de diciembre de 1943. Carlo, la abucla, la mamd y el pap4 apenas habian acabado de cenar. Estaban acostum- brados a off Ilamar con fuerza a la puerta, del mismo modo que se habfan acostumbrado a los controles de la policta. Fue a abrir la abue- la e intents ser amable, como de costumbre. Normalmente no le contestaban con la misma. amabilidad, pero ella no perdia la compostura. “No es culpa de ellos —decfa—. Ejecutan érdenes”. Carlo no comprendia cémo se las arregla- tba la abuela para ver siempre lo bueno de cada situacién, Estaba dotada de tal seguridad, que daba énimo a todos. Aquella noche, sin embar- 0, venfa con los polickas italianos un soldado aleman. Fra joven y guapo. Estaba de pie, con ia espalda tiesa, Carlo lo miraba con curio- sidad y pensaba que estando ast de recto se alargarfa. Pero aquel ya era alto, icudnto que- ria crecer atin? Elsoldado de la SS 20 se dirigié ala abuela de Carlo, ni siquiera la mir6, pero ordené a los poliefas en un italiano hablado con difi- cultad que contatan a las personas que habfa en Ia casa y les dijeran que prepararan las maletas. Los policfas le obedecieron. Regis traron la casa y asf encontraron a Carlo, a su. madre ya su padre. —Preparen sus cosas. Tienen que marchar- se fue lo nica que dijeron. La mama de Carlo intent6 preguntur: ~iMarcharnos? (Adénde? Esta es nuestra casa... EI soldado extranjero grité entonces algo en alemén y sacé la pistola. Los policias ita- lianos hablaron con él y después se dirigieron con dureza al pap de Carlo: ~iNo deben discutir las 6rdenes, malditos judfos! Prepdrense, les damos diez minutos y después los sacaremos. A no ser que quieran que los mate el camarada aleman, les'convie- ne obedecer, icomprendido? Mientras el papé y la mamd preparaban las maletas para todos, la abuela apart6 a Carlo y le pregunté si deseaba llevarse con él algo precioso, algo que lo hiciera sentirse seguro incluso lejos de casa Carlo lo pensé y se ditigié al cajén de los billetes de wen. ‘Toms un puftado. Estos son de cuando pap y yo thames juntos a trabajar y éramos como todo el mun- do. Quiero llevarme algunos. =Ya esti, estamos preparados -dijo el papd de Carlo cargando tres maletas. La de la abuela Lidia lievaba los billetes de Carlo. Los policias cerraron la puerta y se queda- ron con las llaves. Sabfan que ya no iban a servirles a los anti- guos moradores. Hannah y Jacob Alemania El miedo MV ss pasame la pelota, Jacob, . vamos. —1Vamos, pésala! iUf, lo sabfa, nunca se puede jugar en paz contigo! Jacob tenfa siete atios y la cabeza un poco menos evalada que los otros nifios de su edad. Era muy pequefio y hablaba poco, no pronun- ciaba bien todas las palabras y a menudo los nifios se burlaban de él. Jacob no compren- dia todo Io que pasaba a su alrededor, pero cuando se re‘an de él se daba cuenta, pot eso hablaba lo menos posible. Sin embargo, para retener la pelcta de su hermana no haefa falta abrir Ia boca, ~iMamé! Ven a buscar a Jacob, no nos deja jugar a mf y 2 Rose. Sarah, la madre de Jacob y de Hannah, era una mujer morena, pero aparte de los ojos y del pelo no habia nada més en ella que fuera oscuro: Tenfa un cutis clarisimo que se ilu- minaba cada vez que sonrefa. Llamé a Jacob sonriendo, y este le obedecié de manera décil yes dejé la pelora a Hannah y a Rose —Jacob, ta sabes que Hannah te quiere siem- pre, aunque esté jugando con Rose—le dijo a su hijo. Pero si les quitas la pelota, enronces se enfada y ya no quiere hablarte. Sarah, su mamé, pronunciaba las palabras despacio cuando hablaba con Jacob. La maes- tra de un instituto privado que habfa empe- zado a seguirlo todas las mananas le habia explicado que, aunque no podia comprender todo, Jacob necesitaba que se le hablara siem- pre con dulzura, Sin enfadarse. Esto le daria confianza y le permitiria aprender al menos las cosas més sencillas. “Su retzaso mental le permite comprender conceptas simples y breves. Alora bien, si las emociones toman la delantera, entonces ¢s como si ya no oyera nada’. En consecuencia, era preciso hablarle con calma, sonriendo, sin enfadarse, repitiendo muchas veces los mismos conceptos simples. Sarah, su mamé, se cansaba algunas veces de repetir siempre las mismas cosas, pero no le importaba. Volvia a encontrar la sontisa dentro de ella, gracias al’profundo amor que sentia por aquel hijo diferente y especial. Se acercaba a Jacob y, con una caricia, le expli- caba por enésima vez que no debfa haberse Tewado la pelota de Hannah y de Rose, y que su hermana lo quesia mucho, aunque jugara con su amiga. -Hannah, itu hermano ha sido siempre retrasado? ~Sabes que no me gusta que se diga de él que es un “retrasado”, Rose. Jacob es solo un. poco lento, pero hay muchas personas que son, més lentas que é1 sin haber tenide los proble- ‘mas de Jacob. £l podria haber sido como noso- tras, como tt y como yo, isabes? La culpa es del médico que, cuando lo sacé del vientre de mi madre, le hizo mal y le caus6 dafio. No le cambié solo la forma de la cabeza, sino que le dafié también lo que ésta dentro. —Bsté bien, no te ofendas, no hablaré més deeso. —iVienes mafiana a mi casa? —dijo Rose. -Si, claro. iPero tu madre estard de acuerdo? Las dltimas veces parecia un poco molest: —Se lo preguntaré esta noche y te lo diré mafiana en la escuela, [De acuerdo? Sin embargo, Hannah no pudo ir a la escuela al dia siguiente porque estaba enfer- ma, Tenfa mucha fiebre y su mamé, Sarah, estaba preocupada. Decidié ir a casa del médico y dejé sola a Hannah. 65 Ahora ya tenia doce aries, era una mucha- chita juiciosa y podia quedarse en casa sola. Cuando la seforita Margot vio a Sarah en la sala de espera del médico, la saludé con frialdad. El hecho de verla allf la ponfa en una situacién embarazosa y también molesta. Sarah hizo como sino se hutiera dado cuenta; de un tiempo a esta parte se habfa acostumbrado a estas manifestaciones de “afecto” por parte de sus conciudadanos. Se senté a esperar su tur- no para hablar con el doctor Heissmeyer. Vio que la seftorita Margot entraba en el gabine- te del médico y dos minutos después salieron juntos. El doctor Ernst Heissmeyer llevaba unas gafas de gruesos vidrics. Era absoluta e inequi- vocamente miope, por lo que encontrar a Sarah entre la decena de personas que esta- ban en su sala de espera le cost6 un poco. Pero al final a vio. —iSefora Sarah Weiss? Si, soy yo, doctor Heissmeyer, —iqué necesidad tenfa de pedirle la confirmacién del nombre? Se habiaa visto ya muchas veces como aquella... Era el médico de cabecera de la familia, y siempre se habfa mostrado ama- ble con ellos. No debe volver por aqui. Su persona no es grata. Esta es una consulta médica para perso- nas de raza aria, para patriotas alemanes. Los judfos no son bienvenides. Vayase, por favor. No venga nunca més Todos los pacientes de la sala de espera miraron a Sarah. La luz desaparecié del rostro de la mujer. Sin embargo, Sarah no se mastré avergonzada, Los pacientes eran alemanes, evidente- mente eran de raza aria. {Se debid a eso el hecho de que no dijeran nada? Algunos baja- ron los ojos, otros miraban el reloj con signos de mal humor: estaban perdiendo el tiempo. Algén otro asentfa de manera vigorosa, les faltaba poco para felicitar al doctor Heissme- yer. Pero nadie dijo que aquello era una locu- ta. Solo Sarah, que habja enrojecido de rabia, encontré las fuerzas necesarias para teplicar con firmeza: =Mi hija Hannah est enferma y usted es médico, tiene el deber de recetarme las medi- cinas para curarla. El médico la fulminé con sus ojos azules. Le parecia una infamia imperdonable que una mujer judfa se permitiera cuestionar su actitud. (Como se atreve a sefialarme cuales son mis deberes como médico? Usted no es mas que una judfa y como tal ya no tiene derechos en Alemania. Marchese de aqui mientras an est a tiempo. Lo que le pase a sus dos hijos judios y minusvalidos ya no representa nin- gtin problema para mf. 1Y ahora, vayase! O llamo a la policta. El miedo. Sarak lo sinti6 llegar antes en las piernas, y después en el corazén, que empez6 alaticle con fuerza. Habfa visto lo que pasaba en Berlin con los judfos que iban a quejarse ala poliefa. Los habfa visto en los periddicos, desnudos, en la calle, con gruesos carteles col- gados al cuello en los que estaba escrito: Soy un judio y no iré a quejarme mds a la policia. Lo promewo. No tengo derecho a ello. Si eso habia pasado en Berlin también podia pasar allf, en. Leipzig. No podia arriessarse a que el médico llamara a la policta. £1 tenia razén, ya no habia derechos para ellos, para los judios. Y ademés no habfa nada que hacer, Sarah lo comprendi6. Se marché de allt sin despe~ dirse de nadie. El doctor Heissmeyer siem- pre se habfa mostrado amable con ella y con su marido Joseph, pero nunca habfa querido saber nada de Jacob. Ahora comprendia el ‘motivo: le consideraba un minusvalide. No sabia si en la clasificacién de los parias-de la sociedad iban primero los minusvélidos o los judios, pero aquel dia descubrié que ¢lla y su familia tenfan ambas vergiienzas. Unas vergilenzas de las que ella estaba ongullosa. Y lo estarfa sienapre. Esto fue lo que volvié a prometerse una yez més, aquel dia, Sarah, ja mama de Hannah y de Jacob. Hannah y Rose —US Ju hace esa aqui? El padre dé Rese habia vuelto antes aque- Ila tarde y habfa encontrado a Hannah estu- diando con Rose. No la habfa saludado, habia bajado adonde estaba su mujer y le habfa dicho con dureza: ~iQué hace esa aquil ~Ya lo sabes, Kurt, son amigas... Rose le tie~ ne mucho catifio, se conocen desde que eran pequefias... Hannah ha estado enferma algu- nos dfas y no ha podido seguir adelante con el programa, por eso Rose la est ayudando. Sabes que han tenido que ponerle un profesor priva- do desde que ya no puede asistir a la escuela... La madre de Rose temblaba de miedo. Kurt era policia y en casa se comportaba con fre- cuencia del mismo modo que cuando estaba con criminales. No bacfa distinciones entre su mujer y su hija: quien se equivoca lo paga, esa era la ley de Kurt Bauer. Después de los relampagos llegaron también los truenos. —1Ya no puede ir 3 la escuela porque es judia! iY los judios tampoco deben entrar en esta casa! Contaminan todo lo que tocan, son seres inferiores, iquieres comprenderlo 0 no, mujer estépida? iNo quiero que Rose vaya con esa sucia judial ~Pero, Kurt, isi no es mas que una nifia...! —iNunea serds una patriota, eres dema- siado estipida! La otediencia al Fihrer y a sus leyes no se‘discute en esta casa, Zesta claro? Si lo comprendia él, lo debfan comprencler también los otros. Kurt siempre habfa sido asf, desde joven: se extrafaba de que alguna per- sona pudiera contravenit lo que imponian las eyes de los que tenfan el poder. El que man- da sabe lo que hace. Asf era para Kurt Bauer y ast debfa ser para todos los demas. A él no le importsba nada que Hannah fuera judia. Lo habia sabido siempre. Pero el Bilhrer habfa dicho que los judios eran sucios y malos, y que debfan desaparecer de la faz de la Tierra. Y Kurt lo habfa comprendido y lo habfa hecho suyo, sin preguntarse nunca por el motivo. Rose habia empezado”a temblar en el piso de artiba y Hannah se habia puesto livida: se avergonzaba de estar alli; se avergonzaba por su amiga del corazén, que tenia un padre tan violento y estipido; se avergonzaba de no tener el valor necesario para ir a decirle cuatro cosas a aquel hombre enfurecido. Sin embar- go, no se avergonzaba de set judfa. Siempre habfa sabido que era diferente, su madre se lo haba repetido con frecuencia; pero era una diferencia hermosa, importante. Hannah, mi padre viene para ac4. Por favor, huye, es capaz de todo. Tt no lo sabes, pero es un hombre muy violento... Sal por la yentana, por favor le imploré Rose llorando. Hannah obedecié y al salir oy6 a Kurt, que gritaba mientras subfa las escaleras: —iEscapa, escapa, judfa... Y no vuelvas aquf nunca més, borra de tu memoria a Rose yesta casa! Hannah no consiguié dormir aquella noche. Estaba arrepentida de haber escapado como una ladrona de la casa de su mejor amiga. Hubiera debido quedarse y enfrentarse con el padre de Rose, como siempre le habfan ense- fado sus padres. Decidié no contarle nada a los suyos. Ya estaban pasando por muchas calamidades, porque las leyes raciales dic- tadas por Hitler eran cada vez més restricti- vas para los juclios. Empezaron cuando Hitler se convirtié en jefe del gobierno, en 1933. ¥ cada dia aparecfa una nueva prohibicin para los judios. Antes eran ciudadanos alemanes como todos los demés, después se transfor- maron en seres inferiores. Habla ofdo decir ademis que ya no debfan ser considerados alemanes. Eran solo “pordioseros judfos". Desde ese tiempo ya nadie hacia nego- cios con las empresas judfas, porque las leyes raciales lo prohibfan; por consiguiente, la empresa de calzado de su padre, Joseph, habfa dejado de tener contratos con les de raza aria. Estos no debfan hacer tratos con los judfos. Hasta hacfa algunos afios el papa de Hannah suministtaba zapatos al ejército alemn, pero ahora ya no le daban trabajo y el dinero iba disminuyendo. Hannah oy6 hablar a sts padres una noche, acerca de'la posibilidad de irse de Ale~ mania —Tengo cada vez mas miedo. Por nosotros, por los nifios. Aqui no hay futuro para nues- tra familia; estoy convencida de que deberfa- mos marcharnos, Joseph. Ahora ya ni siquiera se nos considera alemanes... “iY adénde podriamos ir? No tenemos parientes mds que en la Argentina, pero qué podriamos hacer allf? Aqu{ tenemos toda nues- tra vida. Y también nuestros hijos. Somos ale- manes, Sarah. Yo me siento un judio aleman. Esta politica racial no podré durar mucho en nuestro pais, no puedo creerlo... Mi padre fue un patriota alemén, murié durante la Prime- ra Guerra Mundial. También yo tengo miedo, pero estoy seguro de que Hitler caera pron- to... y ademés, fadénde quiere llegar? El mun- do no puede permitir que suceda lo peor. Joseph, ita suefias! iLo peor ya estd ocu- rriendo ante nuestros ojos! (Qué quieres que suceda atin para comprender que estamos en. peligro? Tia no tienes trabajo, nadie nos mira yaa la cara por miedo a verse obligado a res- ponder al saludo. Has visto a nuestros veci- nos? {Te acuerdas de Io amables y disponibles que se mostraban con Jacob y con Hannah? ITe acuerdas de las felicitaciones por tus éxi- tos en el terreno laboral? Bien, mira, ayer Ilamé a la puerta de la farmacia porque me faltaba la medicina para Jacob, pero no me la quisie- ron dar. Yo estaba oyendo el piano de Bertha, estaban en casa. Sin embargo, nome abrieron. Después, esa misma noche, antes de que vol- vieras, encontré una nota pegada en la puerta. Quieres que te la ensefie? En ella han escrito que no quieren tener nada que ver con judios. TY estos son nuestros buenos vecinos! Ya no tenemos médico porque me han expulsado de suconsulta. No podemosira las tiendas ni alos restaurantes arios, nos han obligado a afiadir Jos nombres judios a los documentos para ser reconocibles, estamos fichados como inde- seables... (Qué deberd pasar atin para que te convenzas de que a los ojos de esta gente ya no somos alemanes! Nora, la rebelde oe parientes de Hannah vivian casi ~ todosen la Argentina. Habfan emigrado antes de la guerra de 1914 y se hablan quedado, porque se encontraban bien en aquella tie ra de grandes espacios donde nunca faltaba el sol. La madre y la hermana de Sarah tam- bién vivian all, Ella, Sarah, se habla quedado porque habia encontrado a Joseph y se habia casado joven para no tener que marcharse y perdera su amado, Su padre ya habfa muerto mucho antes. Su madre vivia ahora con su hermana y su cufiado, un argentino de ori- gen italiano que se llamaba Diego; tentan dos hijos. La familia no se habia vuelso a reunir. Sarah se consideraba una mujer afortunada porque ‘se habia casado con Joseph, un judfo pertenecienre a la burguesfa con una emptesa de la que era el tnico duefio. Joseph eta hijo tinico. Su madre murié cuando él tenia dieci- siete afos y su padre se habia consagrado al trabajo. Con todo, quiso que Joseph estudiara Economia para confiarle la empresa. Afortu- nadamente, a Joseph le gustaban las cuentas y los nameros, por lo que no le resulté ningu- na carga obedecer a su padre. El abuelo Her- ‘mann habja fallecido un par de afios atrés. Hannah y Jacob lo querfan mucho, entre otras razones porque era el dnico abuelo con el que habfan vivido. La madre de Sarah, Marjanne, le escribfa con frecuencia a‘su hija que se habfa quedado en Alemania, y mandaba fotos y regalos para sus nietos, pero no era lo mismo que verse y jugar al escondire en casa como hacfan con el abuelo Hermann. En su Giltima carta, Marjanne decfa que estaba preocupada por lo que estaba’ pasan- do en Alemania. No crefa que la guerra fuera a acabar pronto y, sobre todo, temfa lo peor para los judios. Marjane insistfa en que fue- ran a reunirse con la familia en la Argentina. Sarah le ensefié la carta a Joseph, pero él no querfa oft hablar del tema. -No quiero abandonar mi fabrica, a mis cbreros... iqué seria de ellos? Mi padre hizo demasiades sacrificios para legarme esta empresa, no puedo dejarlo sede. Y por lo que toca a nuestros hijos. Jacob recibe aqui cuida- dos, asistencia, goza de un seguimiento, Nues- ra vida esté aqui, Sarah. Este periodo pasara y todo volverd a set como antes. Una noche oyeron Hamar a la puerta. Al principio de manera suave, después cada vez més fuerte. Toda la familia estaba en la cama, os nifios dormfan, y Joseph se levanté para ir a abrir. Se encontré ante una desconocida tocada con sombrero de hombre y ropa mas- culina, arrugada y sucia. ~Soy Nora, Joseph. Déjame entrar, pron- to. Ella franqueé la puerta a toda velocidad y Joseph ni siquiera cuvo tiempo de darse cuen- ta de lo que estaba pasando. La muchacha tenfa una herida en la frente de la que mana- tba un poco de sangre. Sarah la reconocié de inmediato. —iNora! {Qué has hecho? {Qué pasa? La prima Nora era ms joven que Sarah. Tenfa seis afios menos que ella, pero de peque- fas habfan estado muy unidas, porque habjan pasado mucho tiempo juntas. Era la hija de su tia Gertrud, la hermana de Marjanne. Nora, la rebelde... se habia marchado a la Argenti- a con su madre y su padre, pero antes ya se habfa escapado de casa dos veces. ~iQué haces en Alemania? {No estabas en Ja Argentina? Hola, Sarah. {Como estas? {Y wi, Joseph? Perdonen que invada su casa a esta hora, pero no sabfa adénde ir... Ahora se los cuento todo. Pero, por favor, denme un vaso de agua, que no bebo desde ayer. Nora les conté que habfa vuelto a Ale- mania dos arios atrés, en 1936, el afio de las Olimpiadas en Berlin, junto con su novio, Anton, también aleman emigrado a la Argentina. Debfan quedarse solo unas pocas semanas, pero ya no se marcharon, Anton habia encontrado a sus amigos de la univer~ sidad, un grupo de comunistas perseguidos por los nazis; pot esc se quedaron y entra- ron a formar parte de la resistencia alema- na al régimen fascistz. Sin embargo, poco a poco todos habfan ido siendo detenidos. La terrible policfa politica alemana, la Gesta- po, habia detenido también el dia anterior a Anton. Alguien lcs habia delatado. Tal vez algén vecino, o el panadero al que le habfan comprado el pan, Todos podian pre- sentar denuncias y la policfa estaba dispues- ta a escuchar al buen ciudadano y a detener a cualquiera. que fuera sospechoso de ser opositor a la politica de Hitler. Las personas acudfan a la policfa, que los escuchaba y los recibfa como a ciudacanes juiciosos. Denun- ciaban a la vecina de al lado, al cliente de la tienda, a la gobernanta judia, a los amigos comunistas. Se desahogaban: unos se venga- ban, otros se instalaben en una conciencia de patrioca alemén... la mayoria lo hacia porque tenia drdenes de sefislar a las autoricades a cualquiera que fuera sosgechoso de repre- sentar un peligro para Alemania: en suma, se trataba de un deber civico y, como tal, debia ser ejecutado. Las consecuencias nada tenfan que ver con ellos. ‘Nora habia conseguido escapar por la ven- tana aquella noche, antes de que legaran los hombres de la Gestapo. Anton se habfa sacri- ficado por ella queddndose para cubrirle las espaldas y se habfa herido al caer sobre una piedra mientras bajaba desde el segundo piso de su apartamento. -iTe busca la Gestapo? ~Sarah no lo podia creer. Estaba espantada. Sabia que la Gestapo estaba formada por hombres sin piedad, que habfan matado ya a muchas personas sospe- chosas de ser enemigas del régimen. —Pueden estar tranquilos, no quiero poner- los en peligro. Déjenme dormir unas horas y me marcharé mafiana al alba, No saben que estaba con Anton, Ilevo un poco de ventaja. iMe puedo quedar? Sarah mirs a Joseph y luego le dijo a Nora: Claro que puedes. Vete ahora a dormir y dime a qué hora quieres que te despierte. Me parece que lo mejor es que te vayas antes de que amanezca. —Lo siento por tu novio, Nora le dijo Sarah. Al oft las palabras de su prima, la joven se detrumbé y las lagrimas cedieron su sitio al miedo: el hecho de que Anton estuviera en manos de la Gestapo significaba una muerte segura y,ella lo sabfa. Después volvié en sf y se sec6 los ojos enrojecidos por el lanto y el cansancio. Sarah hizo las cuentas: si ella tenfa trein- tay tres afios, Nora debia tener veintisiete. Viéndola en aquel momento, parecfa mucho més vieja que ella. Gracias, Sabfamos que pod{a pasarnos todo esto. Anton es un valiente... no pudo continuar y, para no llorar, deseché el recuer- do de su chico-; iTienes una manta? Tengo mucho frfo le pregunté a Sarah. —Claro que si. Perdona. Voy a buscarla. Nora pidié que la despertaran a las cinco. ‘Ya era poco mas de medianoche: no le queda- ba mucho tiempo para descansar. Hannah lo haba escuchado todo desde su habitacién. Se desperté cuando oyé Hamar a la puerta de manera insistente. Ella no conocia a Nora. Se levanté de la cama y, sin dejarse ver, se puso a espiar a los mayores desde Ia puerta entornada. Nora le parecié guapfsima, con sus labios rojos y el pelo rubio recogido deticro del sombrero. Sus ojos negros le brillaban cuando hablaba de Anton, y Hannah, que tenfa doce afios, sofiaba precisamente con un amor que fuera tan grande como el de Nora. Hannah habfa ofdo hablar de la Gestapo a su profesora de aleman dos dias antes de que le prohibieran ir ala escuela. La profesora habfa dicho a toda la clase que un verdadero parriota debia advertir a la policia politica si notaba algo extrafio, porque no todos ama- ban a Alemania ni codos eran dignos de la Alemania nazi. Mientras decfa esto habia mirado precisamente a ella y a su companero ‘Abraham. Eran los dos niios judios de la clase. Hannah no habfa dicho nada, aquella mirada fifa le habia producido tales escalofrfos, que ni siquiera después de tanto dempo la habia conseguide olvidar. Decidid que no hablaria con nadie acer- ca de Nora. Habria sido peligroso para ella y para su familia que la profesora 0 los veci- nos hubieran ofdo hablar a su tia con tanto desprecio de la Alemania nazi, mientras que todos los dems parecian tan contentos de tener a Hitler como comandante. Rose ya no la habia wuelto a invitar a su casa. Hannah la veia pasar algunas veces con las otras‘nifias de la escuela, pero no le guar- daba rencor a su amiga; sabia que ella tam- bién suftfa por el hecho de estar alejadas. Y ademas tenfa miedo de su padre. Cuando pensaba en los dltimos dias en que habfa podido asistir a la escuela, se daba cuenta de lo aislada que estaba. Solo le habla- ba Abraham, que se habia convertido en su compajiero de pupitre. La sefiorita Hoss los habia puesto juntos, en fa dltima fila, “Entre los judfos os entendéis...”, les habfa dicho con una mueca de desprecio que habia deformado sus labios perfectos, rojas como el geranio de su madre Sarah. Sino hubiera side por Abraham, Hannah pensaba que en las tiltimas sema- nas hast hubiera podido estar muda, puesto que la voz no le servia de nada. Ya nadie le decfa nada, nadie le preguntaba cémo esta- ba, si queria jugar o si sentfa ganas de llorar Se sentfa como un sofi tapado con una fun- da en una casa todavia lena de vida. Todo se movia a su alrededor como de costumbre, pero a ella y a Abrahzm los habian borrado. Hasta que un dfa les dijeron que no volvieran ‘més a la escuela, Para ellos, ya no habfa nada que aprender. Jacob en Ia clinica E. una noche de otofio. Alguien [la- m6 fuerte a la puerta. —iPoliefa! Joseph se precipité a abrir. Lo empujaron hacia el interior y entraron: eran dos hombres vestidos de paisano. —iEres ti el cabeza de familia? le pregun- taron. Joseph asinti. Los nifios estaban con Sarah en la pieza de al lado. —iEs verdad que tienes un hijo minusva- lide? ~No, Jacob no es minusvélido, es un nifio.. No lodejaron acabar. Le dieron una bofeta- day le dijeron que un judio no debia permitirse el lujo de decir “no” aun policia de Hitler. Registraron la casa y encontraron a Sarah ya los nifios. Sefialaron a Jacob. Después le dijeron a su madre: —iCusntos afios tiene? ~Ocho afios -respondié Sarah intentando esconder su temblor. —Este se viene con nosotros. Prepérale una bolsa con pocas cosas. Podran verlo mafiana por la mafiana en la clinica pedidtrica de la universidad. Eso es todo. -iNo! -grité Sarah. iNo les daré a mi hijo! —Ti, mujer, no tienes ningtin derecho en este pats —le grité uno de los dos~. Eres judia. Da gracias a Dios de que el Fahrer quiera curar a tu hijo. Ahora bien, sino obedeces ni siquiera la verés a ella -conchiyé sefialando a Hannah, a la que el miedo la tenfa paralizada. Joseph sabfa que no habia nada que hacer. Ejecutarfan las 6rdenes que habian recibido costata lo que costare. Tomé a Jacob yempe- 26 2 hablarle en voz baja. Pero antes le dijo a Sarah que le preparara una bolsa y que al dia siguiente por Ja mafiana irfan pronto a buscarlo. Su mujer comprendié que le estaba pidiendo que no pusiera también en peligro a Hannah y se dirigié como una autémata a preparar una pequefia maleta para su hijo. Jacob habfa empezado a hablar sin parar, poco a poco, como hacfa cuando estaba nervioso. En su mundo, del que formaban parte las estrellas y su mamd, no encontraba sitio para aquellos dos hombres que no son- refan. Tncluso cuando se lo Hevaron prosiguié con aquella letanta, apenas susurrada, enta y continua. Interrumpida de vez en cuando por una sola palabra: “mamd”. Sarah, su madre, se doblé sobre sf misma como un mufieco de trapo del que solo salfan Jégrimas y el nombre de su Jacob. Joseph se quedé junto a Hannah, que no conseguia hablar ni Ilorar. Miraba hacia la puerta por la que habfa salido Jacob con los dos hombres de negro. Ninguno de los tres pudo dormir. A las siete se prepararon en silencio y se dirigie- ron a pie hacia la direccién que les habfan dejado Ia noche pasada, A pie, porque a los judios se les habia prohibido ademas el uso de los transportes pablicos. Y también las bicicletas. ‘Desde el inicio de la Segunda Guerra Mun- dial, provocada por Hitler, en 1239, alos judios se les habia impuesto el toque de queda; por consiguiente, no podian salir a la calle por la noche y les estaba prohibida la posesién de aparatos de radio. De ahi que no tuvieran noticia alguna de cémo marchaba la guerra. Mientras caminaba para dirigitse a la cli- nica en la que babfan encerrado a Jacob, Hannah iba pensando en su hermano y en lo 85 cdmico que era de pegLefio, cuando su padre y su madre escuchaban Ia radio y él queria ver dentro del aparato. Mas adelante, dado que no le permitfan abrirlo, empez6 a mivar debajo de la cama para “encontrar al sefior escondido que habla y no se lo ve”. La radio era para Jacob algo magico, por- que cuando su padre apretaba el bot6n, aque- lla empezaba, como por encanto, a hablar. Durante mucho tiempo buseé aquel botén también en sus mufiecos, en sus cuadernos de colores 0 en su cochecito azul. Al final tuvo que tendirse. Entretanto, aquella voz ya no le resultaba desconocica y no le daba miedo. De este modo, ya se podfa bromear, aunque todavia quedaba un nisterio. Cuando su padre encendia la radio, é1 buscaba su botén personal y se “encendfs” a su vez: empezaba a hablar diciendo cosas inconexas y se movia como un titere de madera. Hannah podia subir y bajar el volumen buscando el botén adecuado, pero solo la mamé4 podia apagar la radio, tirandole el cojin rojo del sofa. Era un juego del que el padre estaba excluido, porque cuando ofa las noti- cias no querta que lo molestaran, y por eso no conocié nunca el lado magico de la radio. Llegaron a la clinica pediatrica de la’ uni- versidad y se acercaron a la porterfa, donde habia una mujer. Le preguntucon yor Jacob y ella res pondié que no era posible verlo, que no se preocuparan, que estaka bien y que pronto recibitian noticias de los médicos. Joseph. no se rindi6. Por favor —insistiS—, dejen entrar al menos a su madre, quiere ver a su hijo. Sole un instante. Por favor... En ese momento la mujer se alejé y se pre- sent6 pocos segundos después con un policta, que, con el fusil en posicién defensiva, los intimé a que se fueran. Se llevaron a Hannah. Ninguno de ellos dijo una sola palabra en el camino de regreso. El silencio continué en casa. La jornadada pasaron en cierto modo esperando la noche que darfa paso a la mafiana y a la esperanza de volver a ver a Jacob. Aquella noche Hannah vio las estrellas, abrié la boca para llamar a Jacob, pero no de salié ningtin sonido. Entonces se puso a contar las estrellas, justamente tal como lo hacia Jacob, con sm mundo de veinte nimeros. Y después volviaa empezar, y siempre eran veinte. Sin embargo, no acababan nunca. Hanna se durmié contando las estrellas del cielo. ‘Ala mafana siguiente volvieton a ponerse en camino. Llegaron ante la clinica y, como el dia anterior, se dirigieron a la porteria. Habfa otra mujer sentada detrés del cristal, pero también tenfa una mirada glacial y distante. ~Somas las padres de Jacob Weiss, le pido por favor que nos deje ver a nuestro hijo. _No es posible. Véyanse y no vuelvan. Seremos nosotros los que les demos noticias de su hijo. Sarah no se irfa nunca de allf sin Jacob, se lo habfa prometido a si misma. —iMalditos! iDevuélvanme a mi hijo! TEs mi hijo, no tienen derecho! (JACOB! JACOB! Sarah no querfa esperar més: allf dentro; en alguna parte, estaba su Jacob. Superé la barrera de entrada, pero en cuanto puso el pie en el patio se encontré con un soldado con Ja divisa nazi. El hombre la paré dandole un golpe con el fusil. Ella cayé al suelo. Joseph intent6 acercarse, pero el soldado levanté el fusil en ese momento y apunté hacia Hannah. Joseph se detuva. También Sarah tuvo que tendirse. Salié en silencio, cogié a Hannah de la mano y se marcharon. Hannah. no dijo ni una sola palabra. No habia vuelto a hablar desde la noche en que se llevaron a Jacob. Pasaron algunos dias. Joseph pidi6 ayuda a todos sus amigos y clientes de raza aria. Bus- caba informacién sobre esta clinica pediatrica a fin de recuperar a su hijo. Sin embargo, todo el mundo tenia miedo y se negaban incluso a escucharlo. Solo un cliente, que se habia vis- 10 obligado a interrumpit la relacién con la empresa de Joseph pero que no era nati, le dijo conmovide: =Lo lamento mucho, Joseph. Hider no quiere judfos ni minusvalidos en su Alemania. Armese de valor. Yo no puedo hacer nada. Nadie puede hacer nada ahora. Ya no reco- nozco a nuestro pueblo. Este régimen devo- ra alas personas y sus sentimientos. Armese de valor y manténgase cerca de su mujer. Lo siento por su hijo, no lo espere més. Buena suerte, Joseph. Algunas semanas ms tarde Hamé a la puerta un policia. =Esto es para vosotros les entreg6 un sobre y se marché de inmediato. En el sobre habfa una hoja blanca sin encabezado donde habian escrito que Jacob habfa muerto de pulmonia. Nada més. Nin- gin “lamentamos”, ni siquiera una palabra de consuelo. No habia ninguna firma. Jacob habia dejado de existir. 89 Hannah cuenta las estrellas Hosen ya rio iba a la escuela des- + de hacia tiempo y no vefa a ningtin amigo. Nadie la habfa buscado desde que le prohi- bieron asistir a la escuela junto con los de raza aria, Esta palabra se la habfa aprendi- do bien: “atios’, Eran todos los otros, los que podian seguir yendo a la escuela, tomando el tranvfa, teniendo una bicicleta, entrando en un parque. Los judfos eran una raza inferior. Lo habia lefdo en una tienda que no acep- taba a clientes judfos. Hannah pens6 aquel difa que los atios tenfan necesidad de mirar la estrella de David, que los judios estaban obligados a coser en su ropa, para saber que se teataba de una raza inferior. De otro modo, no habrfan sido capaces de distinguitlos. ‘Ahora bien, esto no se lo dijo a nadie: se le hhabian pasado las ganas de hablar. Cada vez que sus padres le decfan algo los miraba, pero no salfa ningtin sonido de su boca. Le parecia que ya casi ni siquiera pensa- ba, Se habia vuelto perezosa y queria dormir con frecuencia. Pero cada vez que miraba las estrellas en el cielo se ponia a contarlas. Un dia Joseph le mostré a Sarah una tarje~ ta postal de fa prima Nora: habfa conseguido llegar de manera milagrosa a la Argentina y Je imploraba a Sarah que se reuniera allf con su familia. ~Sarah —le dijo su matido-, tenfas raz6n, debi haberte hecho caso hace mucho tiem- po... (Por qué no nos vamos de aqui? Argen tina es un buen sitio, reconstnriremos allf nuestra vida. Tenemos a Hannah, debemos pensar en ella. iLa ves!, parece un fantasma, pobrecita. Por favor, Sarab, vamonos de aqui. Su mujer lo miré como a un extrafio al que fuera preciso tratar bien por cortesfa. “No podemos irnos, Jacob esta aqui, No nos Kan devuelto su cuerpo, todavia tengo que datle sepultura. {Y si no hubiera muerto? Debemos descubrir lo que le ha pasado. Sarah, desgraciadamente nuestro hijo jacob ya no existe. Ahors debemos pensar en Hiannah, Por favor, querida, en la Argentina estaremos bien. —Puedes irte t@ com Hannah. De todos modos, ya no puedes trabajar. Has tenido que ceder a los de raza aria lo que nunca hubie- ras quetido dejar. Nos han dado dos céntimos que ya se estén acabando. Deberfamos ven- der esta casa para seguir tirando. Yo puedo encontrar otro empleo... Marchense. Cuando haya dado sepultura a Jacob, me reuniré con ustedes. =No te voy a dejar sola, Sarah. Te espera- remos -le dijo Joseph, aunque sabia que nun- ca encontrarfan el cuerpo de Jacob. Un mes més tarde, el 23 de septiembre de 1941, Hitler decidié que los judios ya no podian salir de Alemania. Estaban atrapados. La del 16 de octubre era una noche apa- cible de otofio y hasta se podfan contar las estrellas, porque el cielo estaba muy oscuro, peto sin nubes. Hannah no oyé el timbre, estaba absor- ta mirando desde su ventana y contando las estrellas por Jacob, de veinte en veinte, todas. Desde que se habfan llevado a su hermano lo hacia de manera continua. Las contaba y escribfa los ntimeros en un cuaderno, esperan- do a que Jacob volviera. Nunca se habia crei- do la historia de la pulmonfa, se acordaba muy bien de que ella se engripaba codos los invier- nos, pero él nunea, nunca se ponfa enfermo, Jacob era ms fuerte de lo que parecia. Y sino habfa tenido ninguna pulmonia, entonces estaba vivo. Y debia volver. —Hannah, ven, debemos imos —su papa, Joseph, hablaba con voz suave, como nunca lo habia ofdo, y tenia una expresién extrafia. ‘Ayud6 a Hannah a bajar de la ventana en la que estaba sentada y la abrazé muy fuer- te, como nunca lo habia hecho. Todo parecfa nuevo aquella noche. La ayud6 a llenar una pequefia maleta que le habfa regalado dos afios antes, para cuando pasaban las vacacio- nes en el maro en la rontafia. —No te olvides del suaderno de las estte- llas, Hannah, podrés seguir conténdglas, veri.. “Vers”, hubiera querido decir. “Veris, nifia mia”. Pero no lo hizo, Habria sido una mentira: Hanriah, como Jacob, nunca volve- rfa a contar las estrellas. Se detuvo porque no querfa Ilorar y Hannah se habria asusta- do. Pensé que hubiera deseado verla crecer y hacetse adulta. Rez¢ para que asf fuera. A” pesar de todo. Sarah habia preparado la otra maleta, la grande. . ~iDe verdad puede llevarme el cuaderno de las estrellas, pap4? —pregunté Hannah. El padre y la madre no ofen la voz de la nidia des- de hacia mucho tiempo. ~Claro que puedes, Hannah —respondié su mamd. , —tHay estrellas en el sitio al que vamos? ~quiso saber la nifia. =Las enconcraremes, puedes estar tranquila ~le dijo su padre. Bien, entonces podria suceder que Jacob se reuniera con nosotros allt ~concluyé Han- nah poniendo el cuademo en la maleta. En media hota estuvieron listos: era el tiempo que les habian dado los tes hombres de la policfa politica de Hitler que habfan venido a recogerlos para llevarlos “a un sitio en el que encontrardn a otros judfos como ustedes”. Al salir de casa, vieron al hijo de los vecinos que habfa abierto la puerta picado pot la curiosidad; su madre apenas se digné disigic a Sarah una mirada severa y, sin decir una sola palabra, se apresur6 a cerrar la puer- ta, Ellos eran de raza aria. Emeline Francia Los postigos azules L.. postigos azules se abrfan cada mafiana a las siete en el edificio de la calle Lebouteux, situado junto al parque Mon- ceau. Eran las Gnicas pintadas de azul en todo el bloque de viviendas, las otras eran de un verde apagado, podrido; en efecto, ni siquiera se lo podfa considerar un color, eta solo una capa de pintura pasada por puta casualidad, y nadie las notaba cuando se abrian o se cerraban, porque todas eran igual- mente feas. Las contraventanas azules del tercer piso, en cambio, tenfan un carécter propio. Un, poco, preciso es reconocerlo, porque eran 00 diferentes de todas las demas, aunque tam- bién porque no se abrian todos los dias del mismo modo. Algunas veces se abrian de una manera lenta, casi sin ganas. Esto tenfa lugar cuando Brigitte se habia acostado tarde fa noche anterior por haber estado trabajando en un cuadro y no haberlo terminado aiin y, pot consiguiente, no tenfa ganas de oft ense- guida las voces de la ciudad, que empezaba su carrusel de cada dia. Otras veces las con- traventanas azules se abrian de un salto, con vigor, como para dar los “buenos dias” a la mafana y a las otras ventanas. En. esos casos, o bien eta que probablemente Brigitte habia terminado un cuadro y se sentfa satisfecha del trabajo, o bien que Pierte habia descansado bien y tenfa ganas de anticipar el comienzo de la jornada. También habta dias en los que las persianas se levantaban casi riendo, casi a sal- tos: en esas ocasiones Pierre y Brigitte, alegres como nifios, se daban los buenos dfas alter- nando los besos con las carcajadas. Por dlti- mo, habfa dfas también en les que los postigos azules se abrfan y basta, Lo hacfan por deher, por costumbre, pero sin mirar afuera, porque ya era demasiado trabajoso estar dentro. Lo que pasaba era que Pierre y Brigitte refifan y, orgullosos como eran los dos, no se dirigian Ia palabra incluso durante toda una semana, excepto en lo que concernfa a sus deberes para con la nifia. Esto sucedfa, en efecto, rara vez, pero sucedia. El administrador de”la finca, Fabien Durand, le dijo una vez a Brigitte que debian pintar sus ventanas como todas las demas: “A fin de mantener la uniformidad que corres- ponde a un edificio de ép0ca habitado por familias respetables". A Brigitte le entré la risa, Ella consideraba la uniformidad como una ofensa, aunque se abstuvo de decirselo al administrador. Y le respondié de manera amable que ni hablar. El administrador sentfa una cierta debilidad por Brigitte, porque era la més joven y la mas guapa de las vecinas. Aunque no solo por eso... “Vamos, se le puede perdonar cierta extra- vagancia, se trata de una artista”, respondia a los copropietarios que le pedfan cuentas por las ventanas azules. A tenglén seguido, con- fesaba que estaba bromeando y que se ocu- parfa del asunto. Sin eibargo, una vez se le ‘escap6 un pensamiento poco afortunado: —Podrfamos aceptar la propuesta de la sefio- ra Brigitte y pintar codas las ventanas de azul. En el fondo, estarfa bien... Lo habia dicho una noche en la reunién de copropietarios respondiendo a la sefiora Dubois, que con voz ronca le habfa pregunta- do silos vecinos de las ventanas azules se deci- divfan de una vez a pintarlas como [os otros. Todos miraron al administrador como si fuera un infiltrado, como alguien que no tenia nada que ver con la reunién y estaba allf para tomar el pelo a los presentes. BL 102 —IEsté diciendo eso en serio? -le pregunt6 el vecino del segundo piso, el notario Morel, que ya tenia dibujado en el rostro el sobre blanco con la carta de despido para monsieur Durand, administrador de fincas de la casa Fabien & Fabien. Este tiltimo imaginé la carta con caracte- res de grandes dimensiones y se apresurd a decir con una sontisa: —Era una broma, naturalmente. También a mf me parece, como es obvio, que son de mal gusto, demasiado excéntricas. Pero pase- mos a temas méis seros... Cada vez que eparecian las ventanas azules el administrador encontraba siem- pre temas més serios para pasar a otra cosa. Los preparaba con entelacién. Era su regalo a Brigitte. Nunca se lo habfa dicho a nadie, ni siquiera a su mujer, pero él también habia sido artista de joven: pintaba, como Brigitte. Le gustaba retratar a las personas, y con sus retratos ponia de televe el lado oscuro del ser humano. Bra enronces muy joven y sus retra- tos agradaban a los profesores. A Fabien le hubiera gustado hacer el bachillerato artisti- co, pero su maclre y su padre pensaban que ser pintor no era un verdadero oficio y, ademas, Jos artistas eran personas poco decorosas: lo enviaron a Economfs y Comercio. £1 no tenia la fortaleza de Brigitte, a él le hubieran podi- do imponer ventanes de color verde pedrido. Brigitte era su revancha. Cuando se marchaba de las aburridas reuniones de vecinos, decia para sus adentros: “Por esta vez también Jas ventanas seguirén pintadas de azul”. Y era coma si en la reunién también hubie- ran estado sus padres. También ellos habfan salido derrotados. Brigitte procedfa de un lugar en el que el mar habfa domesticado a le tierra, la Bretafia. Alli todas las ventanas eran azules, pero no por mantener la uniformidad: era la llamada del mar. Mas fuerte que todo y que todos. Un dia, Brigitte acababa de pintar las ven- tanas de su casa en Le Val Andzé, un pequefio pueblecito en el que habitaba con su padre, Sergio, y con su madre, Danielle. Habia vuel- to a entrar en casa porque querfa escribir la frase de costumbre: (Ojo! Recién pintado. Por favor, no tocar. Pero no se apuré lo-suficiente. Piette pasa- ba por allf con un grupo de amigos con los que estaba de vacaciones. Al ver el azul intenso de las ventanas, dijo: “iAqui esta! iEste es exactamente el color que me gustarfa para mis ventanas de Paris! iEstoy harto del color verde apagado! Hagamos caso, es el color simbolo de la Bretafia; todas las casas tienen las ventanas azules, dan alegrfa, son lumi- nosas. De este modo, tendré el recuerdo del mar también en las oscuras jornadas inver- nales en Paris”, Sus manos se posaron sobre aquel ejemplo de luminosidad y la pintura fresca hizo el resto. En ese mismo momento BI 104 salié Brigitte con el carte! preparado y vio las manos azules de Pietre. Un coro de carcaja- das la recibid. Brigitte y Pierre se enamoraron asi, aquel dfa de agosto de 1929. Emeline habia ofdo esta historia desde pequefia, unas veces con tada por su mamé y otras por su papé. Por consiguiente,.no se sorprendié cuando vio que sus contraventanas eran azul Bretafia, como decfa Pierre, su padre, diferentes de todas las de sus vecinos. Eran también los tinicos judios del edificio, pero hasta el afio 1941 nadie lo habia notado. Vivian en la calle Lebouteux desde 1930, cuando se casaron_y se convirtie- ron en el matrimonio Samuel. Bu 1934 habia nacido Emeline. , La Bretafia se convirtié en la meta de sus vacaciones: esto era lo que habfan pactado, porque de otro modo Brigitte no se habria casado nunca ni se habria ido a vivir a Paris. Para ella, dejar el mar fue un poco como dejar el seno materno. : Brigitte era pintora. Dibujaba el mar, lo pintaba de azul claro, de verde, de gris, de azul marino, de amarillo. Nunca faltaba el mar en los cuadros de Brigitte. En algunas raras ocasiones era azul; otras veces, como decfa ella misma: “Cambia de color, porque es una metéfora”. Se volvia blanco cuan- do era el vientre de la mujer que aguardaba un hijo, se volvia amarillo cuando era una casa en la que se salvaban nitios de todos los colores de un elefante color turquesa, 0 bien era negro como la oscuridad que envolvia los ojos de las personas y las cegaba. El que mas le gustabaa Emeline era unoen el que el mar era rojo y dentro de él habfa una enorme ballena que comin sol en el desayuno, el almuerzo y la cena, Fue, en verdad, Brigitte quien le explicé el significado de aquel cua- dro: ella, Emeline, cuando lo vio por vez pri- mera, no habia notado més que una mancha roja indefinida, en cuyo interior flotaba una figura negra, recubierta de extrafias serpien- tes amarillas. Su mamé le habia susurrado que debia mirarlo despacio y, sobre todo, olvidarse de los ojos normales y usar los especiales. Le habia dicho: “Con los ojos especiales puedes ver las cosas tal como estan hechas por dentro, no solo por fuera. Cuando usamos _ los ojos especiales, cada cosa que vemos se transforma y cada uno de nosotros descubre algo secreto, algo que jamés habia visto”. “Sf le respondid, paciente, Emeline. Pero Idénde esté el sol, mam? (No me has dicho que la ballena se est4 comiendo el sol”. “iVes las pequefias serpientes amarillas? Son los rayos del sol. Solo han quedado los rayos porque la ballena se ha comido todo elsol, pero esos no le gustaban. Mira como esta la barriga de la ballena de grande y de redonda! El sul ha acabado allf dentro. La ballena es como un hombre que quiere 405

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