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Las maletas de Auschwitz
Daniela Palumbo
Tlustraciones de Eleonora Arroyo
JRorma
hn evn en Sema
Guatemala, Lima, México, Panama, Quito,
San José, San Juan, Santiago de ChilePslkmbo, Daniela
Las malecas de Auschwit/ Daniela Palurabo ; dystradora Hleonore
‘Acrovo.— Hogott + Carvajal Eductesén, 2013.
484 p. | 20 em ~ (Colecei6n tore de papel. Tore emacila)
ISBN 978-957-545-6303
T-Nowel italian 2. Guerra Mundial if, 1939-1945 - Novela
43, Holoceurt ado (1939-1945) - Novela _ Anoyo, Eleanor
U1, Tee I). Sere
353.81 ed Zi ed.
AL408058
CEP-Ranco de la Repdblica Biblioteca Lai Angel Arango
© 2011, Béizioni Piemme S.p.A., Corso Como, 15,
20154 Malan, lealy International Rights © Atlaniyca, S.p.A.,
Via Leopardi, 8, 20123 Milan, Italy
forcigarighrs@[Link]
© 2013, Mensajero, para la ecicicn en castellano
© de la presente ediciGn, Editorial Norma S.A, 2013
Nueva Providencia 1881, oficina 1313, Santiago, Chile
“Tieul original: Le Voli di Auschairz
Los personajes, loc nombres y rod lo relacionado con ellos
en eet kibro son propiedad de Edistoni Premme Sp.A y estén
cexclusivamente representados por Addancyea $.p.A. en si
versiSn original. Cualquier version craccida o edapeacién
tex propiedad de Adanges SpA. Reservas lo on
sechos
Reservadas todas los derechos.
Prohibida la reproducci6n toral o parcial de esta obra
sin permiso escrito de la editorial
mpreso en Chile - Printed in Chile
Primera edicién: febrero de 2014
Directors editorial global: Hinde Pomeraniee
Traduccion: M. M. Leonetti
Diagramacién: Daniela Coduro
Correccisn: Parricia Motto Rouco
Hluscraciones: Eleonora Arroyo
x 26505643,
Contenido
Prologo
Carlo / Italia,
El momento magico
El tiltimo dia de escuela
Anna no est.
Los comparieros de la escuela
iQuién tiene miedo de los judos?
Lafugs
La partida
Hannah y Jacob / Alemania
Elimiedo
Hannah y Rose
Nora, la rebelde
Jacob en la clinica
Hannah cuenta las estrellasEmeline / Francia
Los postigos azules
René
La nifia mds sola del mundo
Fabien Durand
En lugar seguro
Dawid / Polonia
El violin
Dawid se queda solo
El extraiio cortejo de los miisicos
La mujer de Jan Pesnan
Tereza
Lavecina de al lado
Agradecimientos
97
99
109
123
133
141
143
145
151
155
163
169
m5
183
Prdlogo
Sz qué es un testigo? Un testigo es
una persona que conoce un hecho porque lo
ha visto 0 lo ha vivido.
En este libro voy a contar una historia, y
hasta més de una, de muchachitos que vivie~
ton hace un montén de afios, en un tiempo en
el que yo no habia nacido todavia. Por con-
siguiente, no soy testigo'de sus historias. Sin
embargo, los he conocido a través de libros, a
través de relatos escritos de pessonas que vivi
ron esos hechos. Me he enterado de que hubo
un tiempo en que se obligaba a los nios a par-
tir con uma maleta hecha a toda prisa, hacia
un destino que no conocfan, y no volvian asus casas. Nunca. Desde entonces estos nifios
estan también en mis recuerdos, sus historias
me miran. Aunque nunca los haya conocido.
Un escritor, que se llama Paul Auster, ha
escrito que la memoria es un lugar, un lugar
real que podemos visitar. El Lugar que conserva
la memoria de esos nifios y de sus pequefias
maletas se llama Auschwitz, y podemos visi-
tarlo. Vamos a empezar desde alli.
Los nazis construyeron el campo de exter-
minio de Auschwitz en la pequefia ciudad
de Oswiecim, en Polonia. Era el 22 de mayo de
1940, El campo fue erigido con una sola finali-
dad: acabar con los judfos. Exterminarlos:
Por qué?
Porque eran judfos,
En nuestros dfas, el campo de exterminio,
que en alemén se dice Vernichtungslager, se ha
convertido en un museo.
Yo he estado en él. Es un lugar oscuro...
Imaginate un lugar donde la alegria, las son-
risas, los abrazos y las bromas no hayan entra-
do nunca. Un lugar en el que ni siquieta el sol,
cuando se asoma a las grandes ventanas de las
diferentes estancias, consigue hacer desapare-
cer la gélida oscuridad que ha quedado adheri-
da alas paredes y a los techos. La oscuridad ha
penetrado, como un polvo sutil, en cada grieta
de Auschwitz. Nunca se ir de allt.
En la estancia ntimero 4 del bloque 5 hay
un largo cristal que separa al visitarute de miles
de maletas amontonadas unas encima de las
otras. Una montafia de bolsas vacfas, todas
diferentes: viejas, rotés, estrechas, anchas,
remendadas, de cartén, clegantes, de tela, de
piel...
Al entrar a este lugar, el visitante se que-
da inmévil mirando las maletas. En toda ellas
aparece escrito un nombre, un apellido y una
direccién.
Las hay pequefias y grandes. Sin embar-
go, no son las dimensiones de la maleta las
que dicen si la esperanza que transportaba
era grande o pequefia.
Una esperanza es una esperanza. Punto.
Y una maleta es el lugar adecuado para con-
servarla. Porque bay sitio para ir, y para vol-
ver. Por lo general, asf es como funciona. Sin
embargo, no es asi en esta historia, no es asf
con estas maletas.
Los soldados nazis robaban a los judios de
sus casas y los sacaban de ellas. Algunos mien-
tras dormfan, otros mientras comfan, estu-
diaban, jugaban, tocaban algén instrumento
musical... Les decian que estarfan fuera duran-
te mucho tiempo, pero que volverian a sus
casas. A fin de engafiarlos les hacfan prepa-
rar una bolsa para el viaje, pero si alguien les
preguntaba adénde los llevaban, los alemanes
no respondian.
i.Cémo vas a preparar una maleta si no
sabes adénde vas? No puedes saber lo que te
va a ocurrir.Asé las cosas, los judfos, para no equivocar-
se, ponfan un poco de todo en la bolsa: ollas,
juegos, zapatos, mufiecas, cuadernos, violines,
ropa, dinero, cepillos, papeles, hojas, lépices,
colores, fotoprafias, diaries, mantas, pan... Los
objetos entrafiables, .as cosas de uso diario.
Las mismas cosas que habrfan de poner tam-
bién en la maleta en el viaje de vuelta a casa.
Sin embargo, poco después, empezaron a com-
prender que seria muy diffeil, porque nadie
habfa vuelto nunca de aquel viaje.
Adolf Hitler decid: que los judfos debfan
ser exterminados en los campos de concen
wacién. “
Hitler dijo un dia: HI judio es alguien que enve-
nena todo el mundo. Siel judio saliera vencedar,
seria el fin de toda la. humanidad, con lo qué este
planeta se quedaria pronto sin vida,
Fueron millones los que le creyeron.
iPor qué?
Porque Hitler dijo a los alemanes que ellos
eran el pueblo més fuerte de la Tiers y, sile
obedecian, dominarfan el mundo.
Cerraton. los ojos, inclinaron la cabeza.
Obedecieron.
Y construyeron Vemichtungslager en muchas
ciudades de Europa. ¥ uno de esos campos de
exterminio es Auschwitz.
TLas judios eran lleyados en tren a Auschwitz;
pero eran trenes “especiales”; no habfa asien-
tos como cuando vamos de excursién. Cuando
lo hacemos escuchamos musica, leemos y de
‘yer en cuando miramos por la ventanilla para
sonar. No. Los alemanes usaban para los judfos
los vagones de mercancfas donde transporta-
ban normalmente a los animales. Las perso-
nas debfan permanecer de pie, aferradas unas
a otras, sin agua ni comida, durante dias. Sin
poder bajar, sin poder lavarse, sin poder ir
al baiio. Morfan muchos en el tren, porque
aquel viaje estaba pensado para que ningu-
no de ellos volviera a casa. Sin embargo, los
nazis hacfan pagar billete para aquel viaje que
era solo de ida.
Los que conseguian llegar a Auschwitz baja-
ban de los trenes y se encontraban a los nazis
esperdndolos, y los golpeaban y les gritaban.
Después los soldados empujaban a los nifios,
las mujeres, los viejos y los hombres que no eran
bastante fuertes para'trabajar y los metfan en.
una enorme sala, donde los hacfan desnudar-
se explic4ndoles que iban a darles una ducha.
‘Antés, sin embargo, les hactan escribir sus
nombres en las maletas para, asf, encontrarlas
después: una tiltima maldad de los soldados
nazis, que querfan hacer creer a las personas
que, después de la ducha, se les restituirian sus
efectos personales. No todos daban crédito a
esas promesas, pero de todos modos escribian
sus nombres y apellidos y el lugar de proce-
deneia: en cualquier parte que los precipita-
ran, deseaban que quedara coustuncia eserita
de que habian existido.Mas tarde, hombres, mujeres y nidios eran
introducidos en una estancis donde desde
unas pequefias grietas salfa un gas que los
mataba en pocos minutos. Fuera, entre tan-
to, los alemanes tomaban todo lo que habia
en las maletas y se lo quedaban, o bien lo.
enviaban a Alemania: no se despetdiciaba
nada. Las bolsas vacias las echaban en un.
gran almacén.
Aquellas maletas se encuentran hoy en el
bloque 5, detras de un cristal. Y se pueden
leer los nombres, los apellidos, las direcciones
escritas por los hombres, por las mujeres y por
los nifios que pasaron por alli. De este modo,
nadie podra decir nunca que aquellas personas
no existieron. Nadie podré hacer desaparecer
nunca Auschwitz:
Hitler perdi la guerra en 1945. Ahora bien,
a pesar de que no fueron exterminados todos
los judios, se calcula que murieron més de seis
millones (un tercio de los judios de Europa).
‘Ademis de ellos, ios nazis hicieron perecer en
Jos campos de concentracién a otras diferentes
categorias de personas: homosexuales, gitanos,
minusvélidos, prisioneros de guerra, opositores
politicos... No hay una cifra exacta, pero en
cualquier caso se trata de millones de perso-
nas, entre siete y once, lo que da un total que
escila, por tanto, entre los trece y los diecisie-
te millones. De estas personas han quedado
los objetos que cuentan su vida pasada: pei-
nes, zapatos, ollas, guitarras, juegos, plumas,
diarios, camisetas, mutecas, violines, cabellos,
sombreros, ropa, brochas...
Cuando te encuentras en Auschwitz ante
ese cristal mirando las maletas abandonadas,
casi esperas off las voces, las carcajadas, ver
Jos rostros de los nifios. En ciertas ocasiones
no hace falta conocer a las personas para sen-
tirsu falta; basta con un nombre escrito sobre
la maleta de un extrafio que partié en un tren
para desaparecer.
Detras de ese cristal, me ha acontecido ofr
as voces de Carlo, Hannah, Jacob, Dawid,
£imeline... Al principio eran voces descono-
cidas y parecian todas iguales. Sin embargo,
aguzando el ofdo, he aprendido a distinguirlas
y ahora ya no me son extrafias
Me gustaria quitar el cristal, abrir las male-
tas con los nombres y buscar la esperanza que
ha quedado dentro de ellas. Me gustarfa libe-
ratla, estoy segura de que volveria a casa.Carlo
ItaliaEl momento magico
=|
date prisa!
El tren resoplaba como si estuviera cansa-
do. Llegaba de Népoles, y hasta Milan falta-
ban atin casi ochocientos kilémetros. Eran las
seis de la mafiana. Carlo estaba en la Esta-
cién Central desde las cinco y media. Su
padre, Antonio, era ferroviario y empezaba a
trabajar al alba. Con frecuencia se llevaba a
su hijo los domingos a los wenes. Ahora que
le habfan dicho que no podfa seguir trabajan-
do segufa viniendo igual con Carlo. Un poco
para contentar al nifio y otro poco porque se
aburria en casa. Y también un poco porque
todavia no se lo erefa.
amos, Carlo, ven que llega otro,Carlo sentia pasién por los trenes. El domin-
go nunca se le pasaba levantarse pronto por la
mafiana para seguir a su padre al trabajo. Los
dias que habia escuela, sin embargo, le supo-
nfa un tormento levantarse. Y pensar que lo
despertaban mas tarde que cuando debfa ir a
ver los trenes con su par4, pero era completa-
mente distinto. Ciertamente, era dificil hacerle
comprender, sobre todo para su mama.
“Mami, es verdad, cuando tengo que ir
con pap4 no me siento tan mal”, le decfa Car-
Joa su madre cuando esta perdia la paciencia
Tlamandolo cada vez.
Tenia suefio por todas partes: dentro de los
ojos, dentro de la cabeza, én las piernas; no
consegufa sacudirselo basta que Hegaba a la
escuela y vela a Anna, que tenfa nueve afios y
a mirada siempre fija er. él. Todos dectan que
eran novios. Carlo se ponfa rabioso y decfa
que no era verdad; él no le habfa pedido a
ella que fueran novios, ni tampoco viceversa.
Anna, en cambio, estaba decidida. Cuando
alguien le planteaba la pregunta, respondia:
“Por mf podrfamos ser novios, pero debe ser
Carlo el que me lo pida’.
Dado que él era ur. timido, su noviazgo
oficial siempre quedaba retrasado. No es que
Carlo estuviera disgustado: Anna era simpa-
tica y le gustaba, pero sus ojos eran como esti-
letes, los sentia clavados’sobre él y no se los
podia sacar ni con alicstes. Y ni siquiera eran
novios
Con los trenes, en catabio, era distinto. Estos
silbaban, hacfan un ruido enloquecedor, pero
no daban miedo.
Siera el cumo de su padre, Carlo se levan-
taba el domingo muy temprano y lo acompa-
fiaba. Lo habria seguido también de noche,
pero su madre no queria. Decia que un nifio
debfa estar durmiendo a esa hora.
Carlo tenfa nueve afios y no se sentia un.
nifio en absoluto. Y jamas habria renunciado
a mirar los trenes que entraban en la estacién:
ese era el momento magico, el instante preciso
en que el tren se anunciaba con el solo rumor
de los railes y el silbido potente. Entonces la
estaci6n se quedaba muda, todo se detenfa:
las voces, los gritos, las risas. Todo enmude-
cfa. Silencio. Carlo divisaba de lejos el tren que
entraba en la estaci6n y lo vefa hacerse grande
de repente, podeross ¢ invencible. Era un ins-
tante, una milésima de segundo, pero parecia
eterno. Después se rompfa la espera y todo vol-
via a ser como antes. Sin embargo, a pesar de
ello, ese instante era fenomenel, inigualable.
“Vamos, ponte en tu sitio y no molestes le
decia su padre. Si ves que no te lo quieren dar,
no insistas, ide acuerdo?”
“Ss, pap4, puedes estar tranquilo. Lo sé,
Jo sé”.
Carlo se ponia siempre al final del vagén
ndmero seis. Era Antonio quien se lo habia
sugerido. “Es el estratégico, Carlo, acuér-
date. Los pasajeros de los primeros vagonesven la salida a un paso y se ponen nerviosos
si alguien se les pone en medio cuando bajan,
porque ya querrfan estar fuera. Desde el sexto
vagén hacia atrés la salida se presenta discan-
te. Las personas bajan del tren y van resigna-
das: saben que deben hacer un buen techo de
camino para salir y, si no Tlevan mucha prisa
por algdn motive particular, se dirigen tran-
qquilas hacia la salida. Té espera y no des la
impresin de estar ansioso por detenerlas, por-
que de lo contrario te evitan”.
Carlo esperaba a que se abrieran lus puer-
tas y después, en voz alta, empezaba: “Bue-
nos dias, sefiora, Zha tenido un buen viaje?
Por favor, ipuede darme su billete? Gracias”.
Muchas veces habfa ofdo a su padre decir
estas palabras en el tren cuando revisaba los
billetes de los pasajeros.
Siempre la misma frase, sin pausa. Sin
embargo, cada vez que las palabras salfan de la
boca de Carlo parecfan nuevas. ¥ es que él se
Jas crefa, se sentia el jefe de estacién, y esto le
gustaba més que nada en el mundo. Ni siquie-
ta los ojos de Anna tenfan el mismo poder.
Los pasajeros reaccionaban de diferentes
modes. Algunos le sonrefan sin darle dema-
siaca importancia, otros lo miraban de través
y segufan recto; habia algunos que le daban
él billete sin sonreir y ottos que se lo ofrecfan
con una earicia. Habia incluso quien, distratdo,
pensaba que el nifio estaba pidiendo limosna,
y junto con el billete le daba dinero. Entonces
Carlo corrfa detras de €1 para devolvérselo, a
toda costa. Eran drdenes de su padre. Su papa
nunca habia querido que aceptara dinero, no
Io llevaba con él para eso. Y mucho menos
ahora: hubieran sido capaces de denunciarlo.
No se podfa correr riesgos. Ahora ya no.
‘Cuando hasta el tiltimo pasajero habta
ganado la salida, Carlo contaba satisfecho el
Botin de la jornada. En alguna ocasién habia
Iegado a recoger cincuenca billetes. En cada
uno escribfa a pluma la fecha del dia.
‘Cuando Ilegaba a casa, los depositaba en el '
cajén donde los guardaba. Nadie podfa meter
la nariz en él. Su madre habia visto una vez el
cajén que desbordaba y lo habia abierto. Al
hacerlo, algunos billetes habfan cafdo al suelo
y ella, enfadada por el desorden, habia tirado
unos pocos.
Carlo no quiso comer y se encerré en su
cuarto durante dos dias. Lloraba. Antonio, su
padre, se enojé con su mujer.
Al tercer dfa su madre fue al cuarto de Car-
Joy le dijo: “Te pido que me disculpes. Nunca
més volveré a tocar tu cajén. Ahora bien, debes
tenerlo ordenado. Encuentra la manera de con-
servar tus billetes sin que vayan por todas par-
tes, Tal vez sea mejor que les encuentres otro
sitio, pero no quiero verlos revolotear por todas
partes en casa. Te prometo que no lo volveré a
hacer si los conservas ordenados”.
Fue una paz justa. Carlo repartis los billetes
en dos cajones.—iCudntos has conseguido hoy? le pre-
gune6 Antonio aquel dia.
—Cuarenta y ocho, papa. Los pasajeros estén
todos en regia, nos podemos ix. En casa les pon-
dré la fecha de hoy: 15 de octubre de 1938.
Volviéndose, el nifio le dijo a su padre:
_Papé, todavia no me has explicado por
qué ya no te dejan ir al trabajo. Ti eras muy
bueno para hacer que todos te dieran el bille-
te. Te obedecian de inmediato, no como a mi.
Ya se lo habia preguntado mds de una vez y
siempre recibia la misma respuesta.
—Un dia te lo explicaré. Es dificil de com-
prender para un nifio de nueve afios.
El tiltimo dfa de escuela
eS arlo estaba ya en cuarto de primaria.
La escuela habia comenzado pocos dias antes.
Aquella mafiana, el gato Aquiles persegufa fas
hhojas amarillas y marrones cafdas de los robles
del jardin que rodeaba las aulas. El viento
hacia que se arremolinaran las hojas de repen-
te y las empujaba lejos. Aquiles no se daba
tregua: las espiaba y, en cuanto se movian, se
Tanzaba sobre ellas, convencido de que esta-
ba cazando un ratén.o una lagartija, Mientras
Aquiles intentaba capturar el viento, Carlo
entraba a la escuela por tiltima vez.
Aquiles era el nico animal tolerado por
Allfedo Cisco, el severo director de la escuelaMazzini, un hombrecito muy bajo y muy ancho,
que cada mafiana examinaba minuciosamente
todo el edificio y gritaba detras de siete de cada
diez bedeles.
‘Llegé un momento en que el director pro-
hibié que le levaran comida a Aquiles. Era
preciso reconocer que el gato se habia puesto
gordo, porque los nifios le urafan cada mafia-
na las sobras de la cena y él nunca rechaza-
ba nada.
Por eso el director habia escrito una larga
circular en la que explicaba que la celadora
‘Assunta se ocuparfa de dar de comer al gato,
y seria la tinica persona autorizada a hacer-
lo, es decir: que si se sorprendfa a otra pezso-
na Hevando comida a Aquiles, el transgresor
perderia una semana de vacaciones si era
un maestro 0 una maestra, y dos semanas si
era un bedel. En caso de que fuera un alum-
no tendria seis dfas de castigo. A partir de
entonces ningtin nifio volvié a darle nada al
gato. Ni tampoco los otros, excepto Assun-
ta. La autorizada. Una vez que la celadora
encargada de Aquiles falté durante tres dias,
el gato tuvo que ayunar. A Carlo le gustaba
mucho jugar con Aquiles, pero su madre no
querfa animales en casa. Léstima, porque a
lle gustaban mis los gatos que los perros.
Ahora bien, lo que est4 prohibido esta pro-
hibido. Sin embargo, a partir de aquel dia las
prohibiciones fueron para Carlo un misterio
incomprensible.
Se presenté en la tscuela puntual como
siempre. Ay del que llegara con retraso, se
arriesgaba a probar Ia palmeta de la sefiora
maestra.
Silvana Miele era la novedad de aquel cur-
so, Una amarga sorpresa, El maestro Fran-
cesco Sarfati habfa venido el primer dia a
cuarto de primaria, después habfa desapare-
cido y habia Ilegado ella en su lugar. Silva-
na Miele (ich fatalidad, se llamaba “Silvana”
como su mamé!) habia empezado la leccin
aquella mafiana como de costumbre, gritando
a sus alumnos que estuvieran atentos y no se
distrajeran. En verdad, en la clase no se ofa ni
el yuelo de una mosca, pero ella gritaba siem-
pre. Quién sabe de dénde le venfa toda aquella
energia... Y s{ que era baja, mas que el director
Cisco, que era la mivad de alto que su papa.
El maestro Francesco también era pequefii-
0, pero a él no le gustaba chillar. No lo necesi-
taba. Cuando explicaba algo siempre relataba
alguna historia. A menudo contaba cosas de
cuando era nifio. La historia que més le habia
gustado a Carlo era una de cuando el maes-
tro Francesco tenfa ocho afios. Su padre habia
perdido el trabajo en el eampo, de modo que
la familia se encontré sin dinero y sin casa. Se
habfan ido a dormir a casa de su tfa, que pre-
paraba todos los dias sopa de coles, y al maes-
tro Francesco el olor de las coles todavia lo
hacfa vomitar. O la de cuando su madre, anal-
fabeta, le pidié a él, que ya era maestro, queJe ensefiara las cuatro reglas, puesto que con la
ayuda de la tfay del cufiado habian abierto una
merceria y nunca sabia cuanto debfa dar de
vuelto a los clientes. O bien les contaba cosas
de su hermano, que se habfa escapado de casa,
porque sus padres lo querian hacer estudiar a
la fuerza. Al final habe vencido él y no habia
estudiado, pero las garas de escapar no se le
habfan pasado, porque estaba en el negocio
familiar como dependiente junto a su madre,
que lo llevaba a rajatabla, mientras que su
padre le tomaba el pelo diciéndole: “iTe lo
tienes bien merecido! [Burro!”.
El maestro Francesco mezclaba los relatos
de su casa con las mateméticas y con la gra-
méatica, con él ng se aburrfan nunca. A nadie
se le pasaba por la cabeza distraerse y, al final,
os chicos aprendfan también la gramética y
Jas matemsticas. Adends de un mont6n de
historias divertidas.
La leccién habia empezado hacfa ya una
hotay Silvana Miele se habia pasado més tiem-
po gritando que nose cistrajeran que explican-
do el tema... pero después pasd algo.
Carlo oyé la voz de su padre: también él
estaba chillando... {Era posible que su padre,
Antonio, estuviera gritando? A continuacién,
le llegé Ta voz baja del director. Habfa en su
voz una mezcla de autoridad y de incomodi-
dad. Por fin se abris la puerta y el director
cuchiches brevemente con la maestra. Ells le
murmuré al final:
Ya le habia dicho, glirector, que no debta
estar aqui.
Después se dirigié a Carlo.
~De Simone, levéntate y vete con el direc-
tor —eso fue todo. No dijo nada més. Carlo la
mir6 durante unos instantes sin moverse, sin
comprender. Ella se impacient6.
~iQuieres darte prisa? TEI director te esta
esperando! —lo intimé.
Mientras salia, Carlo la vio tomar la lista
y trazar una lfnea encima de su nombre, (Era
posible que lo estuviera borrando?
EL muchachito se afanaba buscando en
su memoria: ciertamente habia debido hacer
algo gordo en los diltimos dias, algo muy gra-
ve... Pero éera posible que no lo recordara?
Tal vez le hubiera dado comida a Aquiles.
Quizé se habfa discrafdo y le habfa echado un
trozo de la merienda...
“iSeré que alguien ha hecho corer la voz2”,
pensaba Carlo. El director callaba, su padre
también. Nunca lo habfa visto tan pélido.
—Vete con tu padre, De Simone ~también
él, el director, se limits a decir estas pala-
bras; ni siquiera se habia dignado pronunciar
su nombre, y habfa recalcado “De Simone”
como si se tratara de un apestado. Con todo,
el director Cisco no era malo. Cuando anun-
cié la salida del maestro Francesco incluso
estaba triste, porque sabfa que era un buen
profesor. Sin embargo, aquel dia parecia cohi-
bido, presuroso.“PapA me lo explicara”, pensaba Carlo.
Intenté saludar a Aquiles, pero el gato tam-
bién escapé. Aquella mafiana todo iba torcido.
“Quién sabe la que habré armado”, se
repetia.
Al final se decidié:
~Pap’, iqué es lo que he hecho? ‘Por qué
me han expulsado? -si, era indil andarse ya
con rodeos. Lo habfan expulsado-. Quién sabe
Jo que he hecho, no me acuerdo...
‘Ahora no consegufa pensar en otra cosa.
Después vio las lagrimas de su padre.
Era la primera vez que lo vefa llorar... Sin
embargo, tal vez pudiera tener remedio la
cosa. Su mama decia siempre que todo tie-
ne remedio.
Su padre apret6 fuerve la mano de Carlo.
Era como si le estuviera pidiendo que lo per-
donara porque no podia protegerlo.
‘Antonio paré de Uorar. O tal vez las kagri-
mas haban sido engullidas quién sabe dénde.
No has hecho nada, Carlo, recuérdalo
bien, nada. Es por el apellido. Te llamas “De
Simone”. Somos judios. Han escrito nuevas
reelas, se Haman “leyes raciales”: se ha prohi-
bido a los judfos asistir a la escuela o trabajar.
El director te ha dejado asistir algunos dias,
pero lo han llamado al orden: debe hacer res-
petar la prohibicién. No se puede hacer nada.
Paro no te preocupes, s¢ estén equivocando.
Antes o después lo comprenderan y podrés
volver a la escuela.
—1Quién lo comprenderé? {Quin ha redac-
ado esta prohibicisn?
El Partido Fascista, son ellos los que man-
dan y deciden sobre las leyes y sobre la vida de
las personas en este momento.
~Pues la maestra dice que los fascistas
son buenos y que debemos seguir todas sus
6rdenes.
El maestro Francesco no lo crefa, Carlo.
Y dijo a todo el mundo que él no era fascista,
Por eso lo han despedido.
Papi, iy si no se dan cuenta de que estas
leyes raciales est4n equivocadas? Sabes qué
pasard? En la escuela esté Gemma Anzini,
que no comprende nunca nada. El maestro
Francesco no le gritaba, siempre le decfa que
antes o después lo verfa todo claro, pero eso
no ha pasado nunca. A él lo han echado y ella
sigue sin entender nada. Y la maestra Miele
siempre le va gritando detrés..
Sin embargo, su padre ya no hablaba. No
ofa, Estaba en alguna otra parte, donde Carlo
no lo podia alcanzar.
De ahf que é1 siguiera cavilando por su
cuenta, aunque lo dnico que consegufa pen-
sar terminaba con un signo de interrogaci6n.
“Peto ipor qué soy jud(o? ZY qué significa
ser judio? (Qué mal han hecho los judfos para
que los expulsen de todas partes? ¥ estas leyes,
tson solo para los judios? Pero iqué tengo que
ver yo con todo esto? iSi ni siquiera sé lo que
significa ser judio!”.Anna no esta
L. escuela cor’ Silvana Miele era abu-
rrida, pero, sin escuela, los dias no pasaban
nunca, Carlo consegufa distraerse en clase
que daba gusto; en casa, sin embargo, pensaba
solo en una cosa: volver a la escuela.
—Mamé, ino hay alguna escuela a la que
también pueda ir yo? {Una escuela en la que
no haya leyes raciales? Si me quedo todavia
mucho tiempo en casa, voy olvidar todo lo
que he aprendido.
~Las leyes raciales estén ahora en todas
partes, Carlo —le respondié su mamé-. Los
fascistas han dejado abiertas algunas escue-
las a las que solo pueden ir nifios judios, conprofesores judios. Pero estén muy lejos de
aqui y nadie puede acompafiarte. Tampoco
podemos permitimos ponerte un tutor que te
siga en los estudios. Las leyes raciales también
impiden que tu padre trabaje, ya lo sabes, y cl
dinero que tenemos es poco. Ya estas viendo
también té que debo levantarme a las cinco
de la mafiana para ir a limpiar las casas de las
sefioras ricas. Menos mal que tu abuela nos
ha dejado la casa; de no set asf correriamos cl
riesgo de tener que dormir en la calle.
Esta mamd parecfa algo nueva... Antes
nunca habria hablado asi. Antes decfa siempre
que todo tiene remedio, y sonrefa. Ahora que
To pensaba, Carlo no la habta visto refr desde
hacia un mont6n de tiempo. Antes no se can-
saba de repetir que ser amable con los otros
cera lo més importante. Ahora parecia que lan-
zaba las palabras, y cuando llegaban a las per-
sonas eran como piedras afiladas, hactan mal.
Sin embargo, su madre lo necesitaba
—Mamé, iya no volveré a ver nunca mas.
a mis compafieros de la escuela? Y, si me los
encuentro, ipodré saludarlos o est prohibido?
Lamadte miré al padre, se vefa que estaba
pensando en cémo Tesponder. Pero no tenfa
muchas ganas. Carlo sospechaba algunas
veces que las prohibiciones le habfan quita-
do las fuerzas a su madre, por lo muy cansada
que parecfa,
~Pronto iremos a conocer a una profe-
sora qne también ha sido expulsada por ser
juda te respondié su pidre- y se ha ofrecido
a darte clases de repaso durante este tiempo,
Carlo. Se llama Sarah y vive cerca de aqui.
Para ir a su casa pasaremos por delante de tu
escuela precisamente a la hora de la entrada
y, probablemente, conseguiras ver a alguno
de tus compafieros... Pero si no quieres, ire-
mos por otto camino.
Habja que pensarlo bien, No es que tuvie-
ra ganas de ver a sus compajicros de la escue-
Ja, considerando que nadie se habia movido
cuando Carlo fue expulsado, Tampoco habta
pasado por su casa ninguno de ellos. Ni siquie-
ra para decirle: “Hola, Carlo”. Tampoco
Anna. Quign sabe si segufa teniendo esos ojos
que se clavaban. Quign sabe a quién mirarfa
ahora Anna. Tal vez estuviera esperando a
que volviera Carlo. No. Todos tenfan mie-
do de mezclarse con los judfos. Carlo lo sabia
* ahora bien. No le habfa hecho falta gran cosa
para comprenderlo: cuando ély Antonio iban
a ver los trenes, los colegas de su papé ya no
lo saludaban como antes, con alegria; ahora
hacfan como si no lo hubieran visto.
Sin embargo, lo vefan; Carlo sentfa sus
miradas sobre é1. Se habia acostumbrado a
causa de Anna; sabla cuando alguien le cla-
vaba la mirada, aunque estuviera de espaldas.
“Esta de los judios es una historia extra-
fia”, pensaba Carlo constantemente. Un dia
le pidi6 a su madre que le explicara qué mal
hhabjan hecho los judios para que los trataran
ade ese modo. Ella le respondié: “Nada”. Carlo
insistié en que debia tratarse de algo distinto.
“Nada”, le repitié su madre, que desde que
trabajaba y se levanceba tan temprano cada
vez tenia menos ganas de hablar.
Entonces Carlo le hizo la pregunta a su
abuela y ella le dijo que los judios y los cristia-
nos tenfan el mismo Dios y que las ensefian-
zas de El valian para ambos. Pero también le
dijo que los judios y los cristianos no estaban
de acuerdo en quién era Jestis.
Los cristianos eceen que es el hijo de Dios,
el Mesfas. Dicen que lo ha enviado Dios para
salvar a todos los hombres. Para los judios,
sin embargo, Jestis es simplemente un tabino
judio, un hombre sabio. Nosotros, los judfes,
seguimos esperando ain al Mesias, aquel que
redimiré a los hombres y hard de este un mun-
do mejor. Tenemos paciencia -esto fue lo que
Ie dijo su abuela a Cerlo un dfa en el que se
sentia demasiado solo y habfa ido a verla, dado
que vivia en el portén de al ado del suyo.
Carlo le hizo también otra pregunta.
—Abuela, ipor qué tiene que salvar Jestis a
Jos hombres? iDe qué tiene que salvarlos?
—De ellos mismos. Las leyes raciales son un
ejemplo de la maldac de la que son capaces
los hombres. Té no puedes ir a la escuela y
tu padre ya no puede ra trabajar solo porque
somos judios.
IT crees que Jestis los salvara aunque
jean tan malos can nosotros?
No lo sé, Carlo. Peso sé que Dios no per-
dona facilmente al que desobedece sus manda-
mientos... No tengas miedo. Pronto volveras
a la escuela. Estoy segura de que recuperaran
la raz6n: antes o después acabaran por darse
cuenta de que nosotros también somos italia-
nos, como ellos.
Carlo decidis que querfa ir a vera sus com-
paneros. Al estar solo tanto tiempo al final
la cabeza le pesaba, porque dentro le daban.
vuelta un montén de pensamientos confu-
s08 que giraban en redondo y no se devenfan
nunea. Después, por la noche, Carlo tenfa
miedo y se despertaba empapado en sudor.
Unos dias antes habfa sofiado con Aquiles.
Lo estaba acariciando y, de repente, el gato
lo habia arafiado haciéndolo sangrar. Carlo lo
TifiG, pero cuando el gato se volvié hacia él
vio que su morro no‘era el de Aquiles. Era el
‘rostro de la maestra Miele, que lo miraba con,
risa burlona y maligna, como el malo de los
cémics que le lefa su padre por la noche.Los compafieros de Ia escuela
Cw, a su escuela, la recordaba dife-
rente. Bueno, no diferente, sino més grande.
iC6mo era posible? Hacia dos meses que no
la vefa, no dos afios. No podia haberse hecho
més pequefia.
Sin embargo, la escalinata que subfa pare
entrar a clase le parecia ahora mas estrecha.
¥ la verja, més pequefia. 1Y Aquiles? (Por
qué no estaba lamiéndose los bigotes y el pelo
junto al roble? (Era posible que todo hubiera
cambiado en dos meses?
‘Alli estaba Anna. Sus ojos que se clavan.
Y no te sueltan. Se abren de par en par pot
la sorpresa y después se te quedan prendidosencima, Por fin. Habfa también algo que no
habfa cambiado.
‘Anna estaba esperando para entrar junto
asu padre. Fl papa de Carlo esbo26 un saludo,
como antes de la proaibicién, cuando los dos
se hablaban y se refan de los trenes que Ilega-
[Link] retraso.
Ely Carlo se decuvieron del lado opues-
to ala gran verja. Nc se atrevian a acercarse.
Miraban de reojo hacia dentro. Anna con-
tinuaba mirandolo con {os ojos fijos. Pare-
cfa perdida, miraba su papa esperando una
reaccién; después, y dade que él hacia como.
si nada, ella levant6 la mano para saludar. En.
ese mismo momento su padre la hizo girarse
bruscamente y en un segundé Anna le daba
la espalda a Carlo y a Antonio. Todo sucedié
auna gran velocidad, parecia la secuencia de
una pelicula; los otros compafieros que esta
ban con sus padres s2 apresuraron también a
dar la espalda al padre y al hijo.
Los dos se quedaron alli unos segundos,
sin decir nada.
~Pap4, vamonos. Aqui no nos quieren
~dijo Carlo al final. Antonio no lo miré,
pero le toms la mano y se lo llevé lejos. Nin-
guno de los dos vio a Anna que, mientras se
iban, se volvia hacia su amigo intentando
esconderle a su padre la lagrima que le resba-
Jaba sobre el rostro.
iQuién tiene miedo de los judfos?
Cur empezaba a cemblar cuan-
do sonaba el timbre. Eran siempre ellos, los
sefiores de [a policia. Hacfan muchas pregun-
tas, cada vez se apoderaban de algo, porque
decfan que los judios no podian tener nada
que fuera de valor (“no lo merecfan”, decian
ellos), y después se marchaban. Ya se habfan
levado las bicicletas de Carlo y del paps, el
reloj de oro de la mam (que era un regalo de
bodas), la radio nueva y hasta un despertador
de plata.
Una noche soné el timbre cuatro veces,
una detris de otra. El corazén del nifio emper6
alatir a toda velocidad.‘La madre y el padre se miraron y Carlo com-
prendid de inmediato que también sus cora-
zones latian a todo tren. El padre se levant6
a abrir. Después todo sucedié demasiado de
prisa y Carlo solo capté alguna palabra. Su
maid gritaba: “Dejadle” y su papa repetia:
“[Por qué?”, mientras que un vecino se as0-
maba al rellano e inmediatamente cetraba
la puerta. Mientras tanto, aquellos unifor-
mes negros se levaron al papi de Carlo,
diciéndole:
Sucio judio, te arrepentirés.
Después acabé todo. Volvié el silencio.
Sin embargo, el corazén de Carlo todavia
daba saltos y después iba bajando, bajando,
ajando... era como si supiera que no debfa
patarse, porque de otro modo corria el riesgo
de estallar. Su papd ya no estaba. Se lo habian
llevado los hombres de negro. Su mama llo-
raba en la silla, con las manos cubriéndole
el rostro. Ya ni siquiera podia ver que Carlo
estaba allfy tenfa necesidad de ser consolado.
Ya no conseguia ser la mamé de ante’. Carlo
no estaba enfadado con ella y fue a abrazar-
la, aunque no conseguia llorar. Ella lo retuvo
a su lado, pero no hizo nada més. Hubo un.
tiempo en que nadie sabfa consolarlo como
ella; por ejemplo, cuando Carlo hacia mal
nna tarea y le ponfan una mala nota, ella le
decia: “Todo tiene remedio”. Y él sabfa que
era verdad, porque estaba abrazado contra su
coraz6n y lo sentia latir sin prisa.
Si su mama ya no prefs’ en que pudiera
haber remedio, tampoco él podrfa ya sonrefr.
Y entonces se puso a consolarla, acaricién-
dole el pelo. Ella le aprets fuerte las manos
y Carlo empezé a llorar. Y mientras estaba
Horando pensaba que afuera estaba lovien-
do y su papa habia salido sin chaqueta... All
donde estuviera en este momento, debfa estar
aterido de frfo.La fuga
desde que haba vuelto a casa. Tenia miedo
cada vez que sonaba el timbre y ya no que-
tia oft ruidos. Tampoco era ya el mismo de
antes con Carlo. Habia dejado de hablarle.
Lo miraba y después, de repente, se marcha-
ba, abria la puerta de casa y no volvia durante
horas. Tampoco lo Hevaba ya a ver los trenes.
Carlo se lo pedfa cada dia, pero él ni
siquiera le respondia.
Habia debide pasar algo la noche en que
se lo llevaron,
Cuando Antonio volvid a casa, custo dias
después, tenfa los ojos negros y heridas en elrostro. Caminaba cojeando porque tenia un
corte feo en la pierna. Tenfa en las manos
quemaduras oscuras y profundas. Su mamé
Jo curaba, pero no decia una sola palabra.
Parecfan dos extrafios, ni siquiera conseguian
mirarse
Una noche vino la abuela y su paps habl6
un poco con ella, en vor baja, para que no lo
oyera Carlo, pero él escuché furtivamente y
capté algo.
-He sido un cobarde, mama —decfa su
padre-. No he podido resistir sus torturas
y he dado los nombres de Giulio y Vincen-
zo. iSabes lo que eso significa? iQue yo los he
hecho detener! iLa culpa es mia! No me lo
perdonaré nunca.
Dos cosas le habfan quedado claras a Car-
lo: su padre ya no conseguirfa volver a ser el
de antes. Nunca le hastarfa con pedir per-
don para perdonarse a sf mismo. Era como si
hubieran arrancado de su corazén la palabra
“perdén”. Y lo mismo ocurrié con su sontisa,
Carlo no volvié a verla nunca més.
La otra cosa que comprendié fue que los
fascistas eran los responsables de lo que le
habia pasado a su papa y que maltrataban
a las personas. El maestro Francesco, tenia
zaz6n cuando decfa que eran malos.
Hubiera querido vera su maestro: él habrfa
comprendido la sensacién de miedo que le
atenazaba el vientre y le subja hasta impedir-
le respirar. Cuando le pasaba esto, su mam
lo hacfa tenderse en la €ama sin decir una sola
palabra y después, poco a poco, Carlo empezaba
de nuevo a respitar normalmente. Sin embar-
go, aparte de la respiraci6n, nada habfa queda-
do igual, tanto dentro como fuera de él.
Carlo iba dos veces por semana a casa de
una sefiora que era maestra, una amiga de su
mama. Su apellido también era judfo y, por
lo tanto, tampoco podia estar ya en la escue-
lacon los otros niftos. La sefiora Sarah no era
mala, se vefa que deseaba ayudar a Carlo a no
quedarse atrés, pero no tenfa mucha pacien-
cia. Carlo no sabfa si también habia sido ast
en el pasado, pero ahora parecfa siempre
enfadada con el mundo y, aunque sonrefa, se
vela que no querfa estar alli con él. Tal vez
pensaba en su clase, en sus alumnos. A pesar
de todo, a Carlo no le importaba gran cosa
en realidad. Y es que ya no tenfa tantas ganas
de estudiar; pensaba en Anna, en sus compa-
fieros de clase que estaban todos juntos en el
aula, El estaba allf solo con una desconocida
que no se acordaba de su nombre. Cuando no
le venfa “Carlo” ni tampoco le venia su apelli-
do “De Simone”, lo Hlamaba “querido”, “teso-
10”, “pequefio”, pero a Carlo no le gustaban
estos modos de dirigirse a él. Tenfa raz6n la
abuela Lidia: “No hay nada ws bello para los
nifios que su propio nombre; les da seguridad,
se sienten amados y considerados. «Tesoro»
y «querido», en cambio, son designaciones
andnimas, para nifios invisibles”.La abuela Lidia le habia dicho esto a la
mama de Carlo un dia cue estaban discutien-
do. Esto sucedia de vez en cuando, porque
su mama se enfadaba: se lamentaba de que
la abuela Lidia le diera siempre la raz6n a su
hijo y, a decir verdad, ast era en ciertas aca-
siones. “En aquello del «querico» y del «teso-
ro» tenia taz6n la abuela”, pens6 Carlo, que
estaba hasta la coronilla de la maestra Sarah.
Carlo volvia solo después de la clase, por-
que la casa estaba bastante cerca. Pero aque-
Ila tarde tenfa muchas ganas de ver los trenes;
Ie faltaba el momento de la Hegada a la esta-
cién, cuando el tren se mostraba invencible,
y necesitaba sentirse invencible al menos por
un instante. De ahf que no tomara a direc-
cién hacia su casa: hab-fa encontrado en ella
a su padre en el sof con la cabeza quién sabe
dénde y a su madre que se afanaba preocu-
pandose por poner el mundo en su sitio, con
tal de no pensar en cémo hacerle frente.
No tenfa ganas de volver a casa. No. Se
irfa a la estacion. Alli ro lo veria nadie, todo
el mundo estaba atareado en tomar el tren o
en volver a casa. Se senté en un rinc6n, junto
ala viauuno.
~iEh, ti! (Qué haces ahi? {Quieres robar-
me el sitio?
—IQué sitio? Estoy sentado en el suelo,
Pero équién eres ti?
Me llamo David -dijo el muchachito
cubio que aparentaba pocos afios més que
Carlo~ y ese es mi sitig, Me pongo ahi para
pedir limosna a los pasajeros. La cosa funcio-
na, {Fs que quieres robarme el trabajo?
—Pero si yo no estoy pidiendo limosna... {Y
tt por qué lo haces? {No tienes familia?
El muchachito rid.
~iPues claro que tengo familia! Pero mi
madre y mi padre, que ya no trabajan, siem-
pre me estaban diciendo que debia empezar a
ganarme la vida por mi cuenta. ZY qué puedo
hacer yo? Soy demasiado pequefio para tra-
bajar, y ademds soy judfo y nadie me daca
trabajo. Ya me han expulsado de la escuela...
iComo a mf! -exclamé Carlo, feliz de
poder compartir su pena con alguien. Yo
también soy judio como ti. Menos mal, pen-
saba que eta el tinico. No conocfa a ningtin
otto que hubiera sido expulsado de la escue-
la. iSaben tus padres que pides limosna? Mi
__ padre se enfadaria mucho.
=Yo me he escapado de casa. Ya no volve-
ré nunca mas. Los mfos siempre estan peledn-
dose... Antes ya lo hactan, es verdad, pero
ahora que son pobres todavia es peor, me
tienen harto.
—iCudntos afios tienes?
~iYo? Dentro de un mes curapliré los doce.
—Tampoco yo quiero volver a casa. Antes
habfa mucha alegrfa, los mfos estaban de
acuerdo en todo. ‘Sabest Mi padre trabaja-
ba aqui. Era jefe de tren. Me Tevaba a menu-
do con éLa vet los trenes y yo contralaba losbilletes a todos los que bajaban, hacfa el tra-
bajo de mi papa. Sin embargo, ahora ha cam-
biado todo. Ya no quiero volver a las clases
con Sarah y tampoco quiero volver a ver a mi
padre, que ni siquiera me mira ya a la cara.
—Oye, yo tengo un sitio para dormir y te
puedo hospedar. Son viejos vagones de trenes
abandonados; hay también otras personas,
pero no molestan. Eso sf, de dia debes ganar-
te el pan por ti mismo. Tu eres mas pequefio
que yo, te dardin limosna més facilmente que
amt, Al final de la jornada lo juntames todo y
compramos comida. iTe parece?
Carlo habia pensado muchas veces en irse
de casa durante los diltimas dias. Ya no sopor-
taba que su madre no parara ni un segundo ni
incercambiara una palabra con nadie. También
su padre se habfa quedado mudo. La abuela
mizaba a su hijo y se ponfa triste. Sarah era una
extrafia. Anna no habfa venido nunca a bus-
carlo. Ya no tenfa a nadie con quien hablar.
David, al menos, estaba alegre.
“Bien, me quedo esta noche y después ya
veremos. {De acuerdo?
—Esté bien, pero empieza a ganarte la cena,
ponte ahf y extiende la mano —le dijo David
indicéndole un rincén alejade de su puesto
de combate.
Pasé la noche. David y Carlo no pudie-
ron dormir gran cosa, porque habfa un sefior
anciano con barba blanca que roncaba como
un tren en el que se hubiera pulsado el freno
de emergencia... baciaain ruido como nunca
habfan ofdo, y David le dio, sin demasiados
cumplidos, alguna patada més de una vez. El
hombre paraba diez minutos y después empe-
zaba de nuevo.
‘A la mafana siguiente, mientras estaba en
su sitio con la mano tendida y los ojos gachos,
Carlo pensaba en su padre y en su madre.
iEstarian apenados? iSe habrian dado cuenta
al menos de que no habfa vuelto? Pues claro
que sf. Solo estaban tristes, pero nunca habfan
sido malos. {Qué estaba haciendo él all?
Mientras pensaba en lo que iba a hacer,
oy que lo llamaban.
Era David.
~iEh, pequefajo! Mira el maravilloso
billete que me ha dado aquella sefora vesti-
da de azul. {Me has traido suerte! (Ven que
vamos a tomarnos un bocadillo y un capu-
chino como verdaderos sefiores!
Se fue con David. Tenfa hambre, habia
pensado otra vez en volver a casa.
Pasaron otros cuatro dias. Carlo y David
se habfan hecho amigos. Por la noche Carlo
consiguié dormir un poco més... en el fondo
uno se acostumbra a todo; pero le faltaban su
padre y su madte.
—David, iti no sientes nunca nostalgia de
tu casa?
~iYo?
El otro levanté los hombros como para
decir que no; sin embargo, respondis:St, siempre, sies que quieres saberlo. Pero
cuando pienso en cémo nos gritaba mi padre
ami madre y amt... no quiero volver alli, Que
se las arreglen ellos. (Ea, amigo judéo, vamos
a trabajar!
“Aquella noche, apenas se habfan ido a dor-
mir en el viejo vagén de un tren abandonado
al que David llamaba “casa” cuando notaron
ajetreo en cl andén.
—iFuera, fuera, Carle, nos han descubier-
to, escapal
David habfa salido a «oda velocidad. Carlo
apenas habfa conseguido comprender lo que
estaba pasando cuando su amigo ya se habia
bajado del tren. Estaba acostumbrado a huis.
Carlo no.
ZY este? dijo un Eombre con uniforme
de carabinero que lo tenfa agarrado a distan-
cia por Ia oreja, casi con asco por el mal olor
que emanaba ahora Carlo, después de cin-
co dfas sin lavarse-. (Qué estés haciendo ti
au? Eres demasiado pequefio para estar con.
vagabundos, ino tienes familia? .
—iEh, un momento! -intervino un seftor al
que Carlo no reconocié de inmediato a causa
de la densa oscuridad que habia en los vago-
nes-. Yo te conozco, tii eres el hijo de Anto-
nio... Pero iqué estas haciendo aqui? 'iLo
saben en tu casa?
La linterna del cacabinero iluminé un
momento al hombre que habla hablado y
Carlo reconocié a Aldo, un jefe de tren amigo
de su papa. Amigo por asf decirlo. Tambign
& habia desaparecido desde que los judfos se
habfan convertido en enemigos de la patria.
Carlo no le respondié. En el fondo ahora
todos se habfan convertido para él en desco-
nocidos, los judios ya no tenfan amigos.
—Déjemelo a mi. Sé adénde hay que Lle-
yarlo -se oftecié el jefe de tren. El carabinero
no puso la menor abjecién; mejor asf: se libe~
raba de una molestia—. Ven conmigo -le dijo
Alda a Carlo-, acabo el curno en media hora
y después te Ilevo a casa.
Carlo no respondié a ninguna de las pre-
guntas del colega de su padre. Y asf, este se
dio por vencido.
=Te haces el duro, ieh? Sabes que hubie~
ra podido decirle al carabinero que eres judto?
iSabes que ni siquiera hubiera podido llevar-
te a casa? Nosotros ya no deberfamos tener
nada que ver con los judios... Pero yo no lo,
hago. Conozeo a tu padre de toda la vida y
esto al menos se lo debo. Animo, vanes. ¥ no
intentes alejarte de mf o grito que eres judio y
te meten en la cércel para siempre.
La amenaza de Aldo hizo su efecto. En
el fondo, Carlo estaba contento de volver a
casa. Ahora bien, écémo lo iban a recibir?
Todos estaban Ilorando. Su mamé més
que los otros, y lo abrazaba como si fuera a
ser tragado por un dragén de un momento
aotro.
‘Aldo no quiso que se lo agradecieran.—Es un deber -continué diciendo-. Pero
ahora debo irme. No habfa entrado, tenia
miedo de que lo denunciaran. Los amigos de
Jos judios se exponfan a pasar por serios pro-
blemas y los habfa que no esperaban otra cosa
que hacer de espfas.
—Comprendo, Te has comportado como
un amigo y te lo agradezco. Te debo mi vida
“le dijo Antonio.
Gracias a estas palabras Carlo compren-
dig que él era la vida para su padre y para su
madre. A partir de aquella noche pens6 con
frecuencia en David, pero jamés le volvié a
venir a la mente alejarse de su mamé y de su
papa.
La partida
A partir del mes de octubre de 1943,
la abuela se vino a Vivir con su hijo Anto-
* nio, porque los alemanes habian ocupado la
ciudad y requisado la casa de muchos judfos.
Entre ellas estaba también la de la abuela de
Carlo. El muchachito se sentia feliz con su
presencia, porque ella daba fuerza a todos.
‘Aunque era muy anciana, pareefa la mds ani-
mosa de la familia. Le decia siempre a su hijo
Antonio, el papd de Carlo, que Italia era dife-
rente de Alemania. Mientras estuvieran en
Italia nada malo les podrfa pasar. Y la abuela
segufa resistiendo incluso cuando los alema-
nes se convirtieron en los duefios de la nacién
y se comportaban con arrogancia y violencia.“Bsto acabaré pronto —decfa-, tesistamos
todo lo que podamos y las cosas volverdn a set
como antes”, Todos le creian, quetian creerle.
Era la noche del 15 de diciembre de 1943.
Carlo, la abucla, la mamd y el pap4 apenas
habian acabado de cenar. Estaban acostum-
brados a off Ilamar con fuerza a la puerta, del
mismo modo que se habfan acostumbrado a
los controles de la policta. Fue a abrir la abue-
la e intents ser amable, como de costumbre.
Normalmente no le contestaban con la misma.
amabilidad, pero ella no perdia la compostura.
“No es culpa de ellos —decfa—. Ejecutan
érdenes”.
Carlo no comprendia cémo se las arregla-
tba la abuela para ver siempre lo bueno de cada
situacién, Estaba dotada de tal seguridad, que
daba énimo a todos. Aquella noche, sin embar-
0, venfa con los polickas italianos un soldado
aleman. Fra joven y guapo. Estaba de pie, con
ia espalda tiesa, Carlo lo miraba con curio-
sidad y pensaba que estando ast de recto se
alargarfa. Pero aquel ya era alto, icudnto que-
ria crecer atin?
Elsoldado de la SS 20 se dirigié ala abuela
de Carlo, ni siquiera la mir6, pero ordené a
los poliefas en un italiano hablado con difi-
cultad que contatan a las personas que habfa
en Ia casa y les dijeran que prepararan las
maletas. Los policfas le obedecieron. Regis
traron la casa y asf encontraron a Carlo, a su.
madre ya su padre.
—Preparen sus cosas. Tienen que marchar-
se fue lo nica que dijeron.
La mama de Carlo intent6 preguntur:
~iMarcharnos? (Adénde? Esta es nuestra
casa...
EI soldado extranjero grité entonces algo
en alemén y sacé la pistola. Los policias ita-
lianos hablaron con él y después se dirigieron
con dureza al pap de Carlo:
~iNo deben discutir las 6rdenes, malditos
judfos! Prepdrense, les damos diez minutos y
después los sacaremos. A no ser que quieran
que los mate el camarada aleman, les'convie-
ne obedecer, icomprendido?
Mientras el papé y la mamd preparaban las
maletas para todos, la abuela apart6 a Carlo
y le pregunté si deseaba llevarse con él algo
precioso, algo que lo hiciera sentirse seguro
incluso lejos de casa
Carlo lo pensé y se ditigié al cajén de los
billetes de wen. ‘Toms un puftado.
Estos son de cuando pap y yo thames
juntos a trabajar y éramos como todo el mun-
do. Quiero llevarme algunos.
=Ya esti, estamos preparados -dijo el
papd de Carlo cargando tres maletas. La de la
abuela Lidia lievaba los billetes de Carlo.
Los policias cerraron la puerta y se queda-
ron con las llaves.
Sabfan que ya no iban a servirles a los anti-
guos moradores.Hannah y Jacob
AlemaniaEl miedo
MV ss pasame la pelota, Jacob,
. vamos.
—1Vamos, pésala! iUf, lo sabfa, nunca se
puede jugar en paz contigo!
Jacob tenfa siete atios y la cabeza un poco
menos evalada que los otros nifios de su edad.
Era muy pequefio y hablaba poco, no pronun-
ciaba bien todas las palabras y a menudo los
nifios se burlaban de él. Jacob no compren-
dia todo Io que pasaba a su alrededor, pero
cuando se re‘an de él se daba cuenta, pot eso
hablaba lo menos posible. Sin embargo, para
retener la pelcta de su hermana no haefa falta
abrir Ia boca,~iMamé! Ven a buscar a Jacob, no nos deja
jugar a mf y 2 Rose.
Sarah, la madre de Jacob y de Hannah, era
una mujer morena, pero aparte de los ojos y
del pelo no habia nada més en ella que fuera
oscuro: Tenfa un cutis clarisimo que se ilu-
minaba cada vez que sonrefa. Llamé a Jacob
sonriendo, y este le obedecié de manera décil
yes dejé la pelora a Hannah y a Rose
—Jacob, ta sabes que Hannah te quiere siem-
pre, aunque esté jugando con Rose—le dijo a su
hijo. Pero si les quitas la pelota, enronces se
enfada y ya no quiere hablarte.
Sarah, su mamé, pronunciaba las palabras
despacio cuando hablaba con Jacob. La maes-
tra de un instituto privado que habfa empe-
zado a seguirlo todas las mananas le habia
explicado que, aunque no podia comprender
todo, Jacob necesitaba que se le hablara siem-
pre con dulzura, Sin enfadarse. Esto le daria
confianza y le permitiria aprender al menos
las cosas més sencillas.
“Su retzaso mental le permite comprender
conceptas simples y breves. Alora bien, si las
emociones toman la delantera, entonces ¢s
como si ya no oyera nada’.
En consecuencia, era preciso hablarle con
calma, sonriendo, sin enfadarse, repitiendo
muchas veces los mismos conceptos simples.
Sarah, su mamé, se cansaba algunas veces
de repetir siempre las mismas cosas, pero no
le importaba. Volvia a encontrar la sontisa
dentro de ella, gracias al’profundo amor que
sentia por aquel hijo diferente y especial. Se
acercaba a Jacob y, con una caricia, le expli-
caba por enésima vez que no debfa haberse
Tewado la pelota de Hannah y de Rose, y que
su hermana lo quesia mucho, aunque jugara
con su amiga.
-Hannah, itu hermano ha sido siempre
retrasado?
~Sabes que no me gusta que se diga de él
que es un “retrasado”, Rose. Jacob es solo un.
poco lento, pero hay muchas personas que son,
més lentas que é1 sin haber tenide los proble-
‘mas de Jacob. £l podria haber sido como noso-
tras, como tt y como yo, isabes? La culpa es
del médico que, cuando lo sacé del vientre de
mi madre, le hizo mal y le caus6 dafio. No le
cambié solo la forma de la cabeza, sino que le
dafié también lo que ésta dentro.
—Bsté bien, no te ofendas, no hablaré més
deeso.
—iVienes mafiana a mi casa? —dijo Rose.
-Si, claro. iPero tu madre estard de
acuerdo? Las dltimas veces parecia un poco
molest:
—Se lo preguntaré esta noche y te lo diré
mafiana en la escuela, [De acuerdo?
Sin embargo, Hannah no pudo ir a la
escuela al dia siguiente porque estaba enfer-
ma, Tenfa mucha fiebre y su mamé, Sarah,
estaba preocupada. Decidié ir a casa del
médico y dejé sola a Hannah.
65Ahora ya tenia doce aries, era una mucha-
chita juiciosa y podia quedarse en casa sola.
Cuando la seforita Margot vio a Sarah
en la sala de espera del médico, la saludé con
frialdad. El hecho de verla allf la ponfa en una
situacién embarazosa y también molesta. Sarah
hizo como sino se hutiera dado cuenta; de un
tiempo a esta parte se habfa acostumbrado a
estas manifestaciones de “afecto” por parte de
sus conciudadanos. Se senté a esperar su tur-
no para hablar con el doctor Heissmeyer. Vio
que la seftorita Margot entraba en el gabine-
te del médico y dos minutos después salieron
juntos.
El doctor Ernst Heissmeyer llevaba unas
gafas de gruesos vidrics. Era absoluta e inequi-
vocamente miope, por lo que encontrar a
Sarah entre la decena de personas que esta-
ban en su sala de espera le cost6 un poco.
Pero al final a vio.
—iSefora Sarah Weiss?
Si, soy yo, doctor Heissmeyer, —iqué
necesidad tenfa de pedirle la confirmacién
del nombre? Se habiaa visto ya muchas veces
como aquella... Era el médico de cabecera de
la familia, y siempre se habfa mostrado ama-
ble con ellos.
No debe volver por aqui. Su persona no es
grata. Esta es una consulta médica para perso-
nas de raza aria, para patriotas alemanes. Los
judfos no son bienvenides. Vayase, por favor.
No venga nunca més
Todos los pacientes de la sala de espera
miraron a Sarah. La luz desaparecié del rostro
de la mujer. Sin embargo, Sarah no se mastré
avergonzada,
Los pacientes eran alemanes, evidente-
mente eran de raza aria. {Se debid a eso el
hecho de que no dijeran nada? Algunos baja-
ron los ojos, otros miraban el reloj con signos
de mal humor: estaban perdiendo el tiempo.
Algén otro asentfa de manera vigorosa, les
faltaba poco para felicitar al doctor Heissme-
yer. Pero nadie dijo que aquello era una locu-
ta. Solo Sarah, que habja enrojecido de rabia,
encontré las fuerzas necesarias para teplicar
con firmeza:
=Mi hija Hannah est enferma y usted es
médico, tiene el deber de recetarme las medi-
cinas para curarla.
El médico la fulminé con sus ojos azules.
Le parecia una infamia imperdonable que
una mujer judfa se permitiera cuestionar su
actitud.
(Como se atreve a sefialarme cuales son
mis deberes como médico? Usted no es mas
que una judfa y como tal ya no tiene derechos
en Alemania. Marchese de aqui mientras an
est a tiempo. Lo que le pase a sus dos hijos
judios y minusvalidos ya no representa nin-
gtin problema para mf. 1Y ahora, vayase! O
llamo a la policta.
El miedo. Sarak lo sinti6 llegar antes en las
piernas, y después en el corazén, que empez6alaticle con fuerza. Habfa visto lo que pasaba
en Berlin con los judfos que iban a quejarse
ala poliefa. Los habfa visto en los periddicos,
desnudos, en la calle, con gruesos carteles col-
gados al cuello en los que estaba escrito: Soy
un judio y no iré a quejarme mds a la policia. Lo
promewo. No tengo derecho a ello. Si eso habia
pasado en Berlin también podia pasar allf, en.
Leipzig. No podia arriessarse a que el médico
llamara a la policta.
£1 tenia razén, ya no habia derechos para
ellos, para los judios.
Y ademés no habfa nada que hacer, Sarah
lo comprendi6. Se marché de allt sin despe~
dirse de nadie. El doctor Heissmeyer siem-
pre se habfa mostrado amable con ella y con
su marido Joseph, pero nunca habfa querido
saber nada de Jacob. Ahora comprendia el
‘motivo: le consideraba un minusvalide. No
sabia si en la clasificacién de los parias-de la
sociedad iban primero los minusvélidos o los
judios, pero aquel dia descubrié que ¢lla y su
familia tenfan ambas vergiienzas.
Unas vergilenzas de las que ella estaba
ongullosa. Y lo estarfa sienapre. Esto fue lo que
volvié a prometerse una yez més, aquel dia,
Sarah, ja mama de Hannah y de Jacob.
Hannah y Rose
—US Ju hace esa aqui?
El padre dé Rese habia vuelto antes aque-
Ila tarde y habfa encontrado a Hannah estu-
diando con Rose. No la habfa saludado, habia
bajado adonde estaba su mujer y le habfa dicho
con dureza:
~iQué hace esa aquil
~Ya lo sabes, Kurt, son amigas... Rose le tie~
ne mucho catifio, se conocen desde que eran
pequefias... Hannah ha estado enferma algu-
nos dfas y no ha podido seguir adelante con el
programa, por eso Rose la est ayudando. Sabes
que han tenido que ponerle un profesor priva-
do desde que ya no puede asistir a la escuela...La madre de Rose temblaba de miedo. Kurt
era policia y en casa se comportaba con fre-
cuencia del mismo modo que cuando estaba
con criminales. No bacfa distinciones entre
su mujer y su hija: quien se equivoca lo paga,
esa era la ley de Kurt Bauer. Después de los
relampagos llegaron también los truenos.
—1Ya no puede ir 3 la escuela porque es
judia! iY los judios tampoco deben entrar en
esta casa! Contaminan todo lo que tocan, son
seres inferiores, iquieres comprenderlo 0 no,
mujer estépida? iNo quiero que Rose vaya
con esa sucia judial
~Pero, Kurt, isi no es mas que una nifia...!
—iNunea serds una patriota, eres dema-
siado estipida! La otediencia al Fihrer y a
sus leyes no se‘discute en esta casa, Zesta
claro?
Si lo comprendia él, lo debfan comprencler
también los otros. Kurt siempre habfa sido asf,
desde joven: se extrafaba de que alguna per-
sona pudiera contravenit lo que imponian las
eyes de los que tenfan el poder. El que man-
da sabe lo que hace. Asf era para Kurt Bauer
y ast debfa ser para todos los demas.
A él no le importsba nada que Hannah
fuera judia. Lo habia sabido siempre. Pero el
Bilhrer habfa dicho que los judios eran sucios
y malos, y que debfan desaparecer de la faz de
la Tierra. Y Kurt lo habfa comprendido y lo
habfa hecho suyo, sin preguntarse nunca por
el motivo.
Rose habia empezado”a temblar en el piso
de artiba y Hannah se habia puesto livida: se
avergonzaba de estar alli; se avergonzaba por
su amiga del corazén, que tenia un padre tan
violento y estipido; se avergonzaba de no
tener el valor necesario para ir a decirle cuatro
cosas a aquel hombre enfurecido. Sin embar-
go, no se avergonzaba de set judfa. Siempre
habfa sabido que era diferente, su madre se lo
haba repetido con frecuencia; pero era una
diferencia hermosa, importante.
Hannah, mi padre viene para ac4. Por
favor, huye, es capaz de todo. Tt no lo sabes,
pero es un hombre muy violento... Sal por la
yentana, por favor le imploré Rose llorando.
Hannah obedecié y al salir oy6 a Kurt, que
gritaba mientras subfa las escaleras:
—iEscapa, escapa, judfa... Y no vuelvas
aquf nunca més, borra de tu memoria a Rose
yesta casa!
Hannah no consiguié dormir aquella noche.
Estaba arrepentida de haber escapado como
una ladrona de la casa de su mejor amiga.
Hubiera debido quedarse y enfrentarse con el
padre de Rose, como siempre le habfan ense-
fado sus padres. Decidié no contarle nada
a los suyos. Ya estaban pasando por muchas
calamidades, porque las leyes raciales dic-
tadas por Hitler eran cada vez més restricti-
vas para los juclios. Empezaron cuando Hitler
se convirtié en jefe del gobierno, en 1933. ¥
cada dia aparecfa una nueva prohibicin paralos judios. Antes eran ciudadanos alemanes
como todos los demés, después se transfor-
maron en seres inferiores. Habla ofdo decir
ademis que ya no debfan ser considerados
alemanes. Eran solo “pordioseros judfos".
Desde ese tiempo ya nadie hacia nego-
cios con las empresas judfas, porque las leyes
raciales lo prohibfan; por consiguiente, la
empresa de calzado de su padre, Joseph, habfa
dejado de tener contratos con les de raza aria.
Estos no debfan hacer tratos con los judfos.
Hasta hacfa algunos afios el papa de Hannah
suministtaba zapatos al ejército alemn, pero
ahora ya no le daban trabajo y el dinero iba
disminuyendo.
Hannah oy6 hablar a sts padres una
noche, acerca de'la posibilidad de irse de Ale~
mania
—Tengo cada vez mas miedo. Por nosotros,
por los nifios. Aqui no hay futuro para nues-
tra familia; estoy convencida de que deberfa-
mos marcharnos, Joseph. Ahora ya ni siquiera
se nos considera alemanes...
“iY adénde podriamos ir? No tenemos
parientes mds que en la Argentina, pero qué
podriamos hacer allf? Aqu{ tenemos toda nues-
tra vida. Y también nuestros hijos. Somos ale-
manes, Sarah. Yo me siento un judio aleman.
Esta politica racial no podré durar mucho en
nuestro pais, no puedo creerlo... Mi padre fue
un patriota alemén, murié durante la Prime-
ra Guerra Mundial. También yo tengo miedo,
pero estoy seguro de que Hitler caera pron-
to... y ademés, fadénde quiere llegar? El mun-
do no puede permitir que suceda lo peor.
Joseph, ita suefias! iLo peor ya estd ocu-
rriendo ante nuestros ojos! (Qué quieres que
suceda atin para comprender que estamos en.
peligro? Tia no tienes trabajo, nadie nos mira
yaa la cara por miedo a verse obligado a res-
ponder al saludo. Has visto a nuestros veci-
nos? {Te acuerdas de Io amables y disponibles
que se mostraban con Jacob y con Hannah?
ITe acuerdas de las felicitaciones por tus éxi-
tos en el terreno laboral? Bien, mira, ayer Ilamé
a la puerta de la farmacia porque me faltaba
la medicina para Jacob, pero no me la quisie-
ron dar. Yo estaba oyendo el piano de Bertha,
estaban en casa. Sin embargo, nome abrieron.
Después, esa misma noche, antes de que vol-
vieras, encontré una nota pegada en la puerta.
Quieres que te la ensefie? En ella han escrito
que no quieren tener nada que ver con judios.
TY estos son nuestros buenos vecinos! Ya no
tenemos médico porque me han expulsado de
suconsulta. No podemosira las tiendas ni alos
restaurantes arios, nos han obligado a afiadir
Jos nombres judios a los documentos para ser
reconocibles, estamos fichados como inde-
seables... (Qué deberd pasar atin para que te
convenzas de que a los ojos de esta gente ya
no somos alemanes!Nora, la rebelde
oe parientes de Hannah vivian casi
~ todosen la Argentina. Habfan emigrado antes
de la guerra de 1914 y se hablan quedado,
porque se encontraban bien en aquella tie
ra de grandes espacios donde nunca faltaba
el sol. La madre y la hermana de Sarah tam-
bién vivian all, Ella, Sarah, se habla quedado
porque habia encontrado a Joseph y se habia
casado joven para no tener que marcharse y
perdera su amado, Su padre ya habfa muerto
mucho antes. Su madre vivia ahora con su
hermana y su cufiado, un argentino de ori-
gen italiano que se llamaba Diego; tentan dos
hijos. La familia no se habia vuelso a reunir.Sarah se consideraba una mujer afortunada
porque ‘se habia casado con Joseph, un judfo
pertenecienre a la burguesfa con una emptesa
de la que era el tnico duefio. Joseph eta hijo
tinico. Su madre murié cuando él tenia dieci-
siete afos y su padre se habia consagrado al
trabajo. Con todo, quiso que Joseph estudiara
Economia para confiarle la empresa. Afortu-
nadamente, a Joseph le gustaban las cuentas
y los nameros, por lo que no le resulté ningu-
na carga obedecer a su padre. El abuelo Her-
‘mann habja fallecido un par de afios atrés.
Hannah y Jacob lo querfan mucho, entre
otras razones porque era el dnico abuelo con
el que habfan vivido.
La madre de Sarah, Marjanne, le escribfa
con frecuencia a‘su hija que se habfa quedado
en Alemania, y mandaba fotos y regalos para
sus nietos, pero no era lo mismo que verse y
jugar al escondire en casa como hacfan con el
abuelo Hermann.
En su Giltima carta, Marjanne decfa que
estaba preocupada por lo que estaba’ pasan-
do en Alemania. No crefa que la guerra fuera
a acabar pronto y, sobre todo, temfa lo peor
para los judios. Marjane insistfa en que fue-
ran a reunirse con la familia en la Argentina.
Sarah le ensefié la carta a Joseph, pero él
no querfa oft hablar del tema.
-No quiero abandonar mi fabrica, a
mis cbreros... iqué seria de ellos? Mi padre
hizo demasiades sacrificios para legarme esta
empresa, no puedo dejarlo sede. Y por lo que
toca a nuestros hijos. Jacob recibe aqui cuida-
dos, asistencia, goza de un seguimiento, Nues-
ra vida esté aqui, Sarah. Este periodo pasara y
todo volverd a set como antes.
Una noche oyeron Hamar a la puerta. Al
principio de manera suave, después cada vez
més fuerte. Toda la familia estaba en la cama,
os nifios dormfan, y Joseph se levanté para
ir a abrir. Se encontré ante una desconocida
tocada con sombrero de hombre y ropa mas-
culina, arrugada y sucia.
~Soy Nora, Joseph. Déjame entrar, pron-
to. Ella franqueé la puerta a toda velocidad y
Joseph ni siquiera cuvo tiempo de darse cuen-
ta de lo que estaba pasando. La muchacha
tenfa una herida en la frente de la que mana-
tba un poco de sangre. Sarah la reconocié de
inmediato.
—iNora! {Qué has hecho? {Qué pasa?
La prima Nora era ms joven que Sarah.
Tenfa seis afios menos que ella, pero de peque-
fas habfan estado muy unidas, porque habjan
pasado mucho tiempo juntas. Era la hija de su
tia Gertrud, la hermana de Marjanne. Nora,
la rebelde... se habia marchado a la Argenti-
a con su madre y su padre, pero antes ya se
habfa escapado de casa dos veces.
~iQué haces en Alemania? {No estabas en
Ja Argentina?
Hola, Sarah. {Como estas? {Y wi, Joseph?
Perdonen que invada su casa a esta hora,pero no sabfa adénde ir... Ahora se los cuento
todo. Pero, por favor, denme un vaso de agua,
que no bebo desde ayer.
Nora les conté que habfa vuelto a Ale-
mania dos arios atrés, en 1936, el afio de las
Olimpiadas en Berlin, junto con su novio,
Anton, también aleman emigrado a la
Argentina. Debfan quedarse solo unas pocas
semanas, pero ya no se marcharon, Anton
habia encontrado a sus amigos de la univer~
sidad, un grupo de comunistas perseguidos
por los nazis; pot esc se quedaron y entra-
ron a formar parte de la resistencia alema-
na al régimen fascistz. Sin embargo, poco a
poco todos habfan ido siendo detenidos. La
terrible policfa politica alemana, la Gesta-
po, habia detenido también el dia anterior
a Anton. Alguien lcs habia delatado. Tal
vez algén vecino, o el panadero al que le
habfan comprado el pan, Todos podian pre-
sentar denuncias y la policfa estaba dispues-
ta a escuchar al buen ciudadano y a detener
a cualquiera. que fuera sospechoso de ser
opositor a la politica de Hitler. Las personas
acudfan a la policfa, que los escuchaba y los
recibfa como a ciudacanes juiciosos. Denun-
ciaban a la vecina de al lado, al cliente de
la tienda, a la gobernanta judia, a los amigos
comunistas. Se desahogaban: unos se venga-
ban, otros se instalaben en una conciencia de
patrioca alemén... la mayoria lo hacia porque
tenia drdenes de sefislar a las autoricades a
cualquiera que fuera sosgechoso de repre-
sentar un peligro para Alemania: en suma, se
trataba de un deber civico y, como tal, debia
ser ejecutado. Las consecuencias nada tenfan
que ver con ellos.
‘Nora habia conseguido escapar por la ven-
tana aquella noche, antes de que legaran los
hombres de la Gestapo. Anton se habfa sacri-
ficado por ella queddndose para cubrirle las
espaldas y se habfa herido al caer sobre una
piedra mientras bajaba desde el segundo piso
de su apartamento.
-iTe busca la Gestapo? ~Sarah no lo podia
creer. Estaba espantada. Sabia que la Gestapo
estaba formada por hombres sin piedad, que
habfan matado ya a muchas personas sospe-
chosas de ser enemigas del régimen.
—Pueden estar tranquilos, no quiero poner-
los en peligro. Déjenme dormir unas horas y
me marcharé mafiana al alba, No saben que
estaba con Anton, Ilevo un poco de ventaja.
iMe puedo quedar?
Sarah mirs a Joseph y luego le dijo a Nora:
Claro que puedes. Vete ahora a dormir y
dime a qué hora quieres que te despierte. Me
parece que lo mejor es que te vayas antes de
que amanezca.
—Lo siento por tu novio, Nora le dijo Sarah.
Al oft las palabras de su prima, la joven se
detrumbé y las lagrimas cedieron su sitio al
miedo: el hecho de que Anton estuviera en
manos de la Gestapo significaba una muertesegura y,ella lo sabfa. Después volvié en sf y
se sec6 los ojos enrojecidos por el lanto y el
cansancio.
Sarah hizo las cuentas: si ella tenfa trein-
tay tres afios, Nora debia tener veintisiete.
Viéndola en aquel momento, parecfa mucho
més vieja que ella.
Gracias, Sabfamos que pod{a pasarnos
todo esto. Anton es un valiente... no pudo
continuar y, para no llorar, deseché el recuer-
do de su chico-; iTienes una manta? Tengo
mucho frfo le pregunté a Sarah.
—Claro que si. Perdona. Voy a buscarla.
Nora pidié que la despertaran a las cinco.
‘Ya era poco mas de medianoche: no le queda-
ba mucho tiempo para descansar.
Hannah lo haba escuchado todo desde su
habitacién. Se desperté cuando oyé Hamar a la
puerta de manera insistente. Ella no conocia a
Nora. Se levanté de la cama y, sin dejarse ver,
se puso a espiar a los mayores desde Ia puerta
entornada. Nora le parecié guapfsima, con sus
labios rojos y el pelo rubio recogido deticro del
sombrero. Sus ojos negros le brillaban cuando
hablaba de Anton, y Hannah, que tenfa doce
afios, sofiaba precisamente con un amor que
fuera tan grande como el de Nora.
Hannah habfa ofdo hablar de la Gestapo
a su profesora de aleman dos dias antes de
que le prohibieran ir ala escuela. La profesora
habfa dicho a toda la clase que un verdadero
parriota debia advertir a la policia politica si
notaba algo extrafio, porque no todos ama-
ban a Alemania ni codos eran dignos de la
Alemania nazi. Mientras decfa esto habia
mirado precisamente a ella y a su companero
‘Abraham. Eran los dos niios judios de la clase.
Hannah no habfa dicho nada, aquella mirada
fifa le habia producido tales escalofrfos, que
ni siquiera después de tanto dempo la habia
conseguide olvidar.
Decidid que no hablaria con nadie acer-
ca de Nora. Habria sido peligroso para ella
y para su familia que la profesora 0 los veci-
nos hubieran ofdo hablar a su tia con tanto
desprecio de la Alemania nazi, mientras que
todos los dems parecian tan contentos de
tener a Hitler como comandante.
Rose ya no la habia wuelto a invitar a su
casa. Hannah la veia pasar algunas veces con
las otras‘nifias de la escuela, pero no le guar-
daba rencor a su amiga; sabia que ella tam-
bién suftfa por el hecho de estar alejadas. Y
ademas tenfa miedo de su padre.
Cuando pensaba en los dltimos dias en
que habfa podido asistir a la escuela, se daba
cuenta de lo aislada que estaba. Solo le habla-
ba Abraham, que se habia convertido en su
compajiero de pupitre. La sefiorita Hoss los
habia puesto juntos, en fa dltima fila, “Entre
los judfos os entendéis...”, les habfa dicho con
una mueca de desprecio que habia deformado
sus labios perfectos, rojas como el geranio de su
madre Sarah. Sino hubiera side por Abraham,Hannah pensaba que en las tiltimas sema-
nas hast hubiera podido estar muda, puesto
que la voz no le servia de nada. Ya nadie le
decfa nada, nadie le preguntaba cémo esta-
ba, si queria jugar o si sentfa ganas de llorar
Se sentfa como un sofi tapado con una fun-
da en una casa todavia lena de vida. Todo
se movia a su alrededor como de costumbre,
pero a ella y a Abrahzm los habian borrado.
Hasta que un dfa les dijeron que no volvieran
‘més a la escuela, Para ellos, ya no habfa nada
que aprender.
Jacob en Ia clinica
E. una noche de otofio. Alguien [la-
m6 fuerte a la puerta.
—iPoliefa!
Joseph se precipité a abrir. Lo empujaron
hacia el interior y entraron: eran dos hombres
vestidos de paisano.
—iEres ti el cabeza de familia? le pregun-
taron.
Joseph asinti. Los nifios estaban con
Sarah en la pieza de al lado.
—iEs verdad que tienes un hijo minusva-
lide?
~No, Jacob no es minusvélido, es un nifio..No lodejaron acabar. Le dieron una bofeta-
day le dijeron que un judio no debia permitirse
el lujo de decir “no” aun policia de Hitler.
Registraron la casa y encontraron a Sarah
ya los nifios. Sefialaron a Jacob. Después le
dijeron a su madre:
—iCusntos afios tiene?
~Ocho afios -respondié Sarah intentando
esconder su temblor.
—Este se viene con nosotros. Prepérale una
bolsa con pocas cosas. Podran verlo mafiana
por la mafiana en la clinica pedidtrica de la
universidad. Eso es todo.
-iNo! -grité Sarah. iNo les daré a mi hijo!
—Ti, mujer, no tienes ningtin derecho en
este pats —le grité uno de los dos~. Eres judia.
Da gracias a Dios de que el Fahrer quiera
curar a tu hijo. Ahora bien, sino obedeces ni
siquiera la verés a ella -conchiyé sefialando a
Hannah, a la que el miedo la tenfa paralizada.
Joseph sabfa que no habia nada que hacer.
Ejecutarfan las 6rdenes que habian recibido
costata lo que costare. Tomé a Jacob yempe-
26 2 hablarle en voz baja. Pero antes le dijo
a Sarah que le preparara una bolsa y que al
dia siguiente por Ja mafiana irfan pronto a
buscarlo. Su mujer comprendié que le estaba
pidiendo que no pusiera también en peligro
a Hannah y se dirigié como una autémata a
preparar una pequefia maleta para su hijo.
Jacob habfa empezado a hablar sin parar,
poco a poco, como hacfa cuando estaba
nervioso. En su mundo, del que formaban
parte las estrellas y su mamd, no encontraba
sitio para aquellos dos hombres que no son-
refan.
Tncluso cuando se lo Hevaron prosiguié
con aquella letanta, apenas susurrada, enta y
continua. Interrumpida de vez en cuando por
una sola palabra: “mamd”.
Sarah, su madre, se doblé sobre sf misma
como un mufieco de trapo del que solo salfan
Jégrimas y el nombre de su Jacob.
Joseph se quedé junto a Hannah, que no
conseguia hablar ni Ilorar. Miraba hacia la
puerta por la que habfa salido Jacob con los
dos hombres de negro.
Ninguno de los tres pudo dormir. A las
siete se prepararon en silencio y se dirigie-
ron a pie hacia la direccién que les habfan
dejado Ia noche pasada, A pie, porque a los
judios se les habia prohibido ademas el uso
de los transportes pablicos. Y también las
bicicletas.
‘Desde el inicio de la Segunda Guerra Mun-
dial, provocada por Hitler, en 1239, alos judios
se les habia impuesto el toque de queda; por
consiguiente, no podian salir a la calle por la
noche y les estaba prohibida la posesién de
aparatos de radio. De ahi que no tuvieran
noticia alguna de cémo marchaba la guerra.
Mientras caminaba para dirigitse a la cli-
nica en la que babfan encerrado a Jacob,
Hannah iba pensando en su hermano y en lo
85cdmico que era de pegLefio, cuando su padre
y su madre escuchaban Ia radio y él queria
ver dentro del aparato. Mas adelante, dado
que no le permitfan abrirlo, empez6 a mivar
debajo de la cama para “encontrar al sefior
escondido que habla y no se lo ve”.
La radio era para Jacob algo magico, por-
que cuando su padre apretaba el bot6n, aque-
lla empezaba, como por encanto, a hablar.
Durante mucho tiempo buseé aquel botén
también en sus mufiecos, en sus cuadernos de
colores 0 en su cochecito azul. Al final tuvo
que tendirse. Entretanto, aquella voz ya no
le resultaba desconocica y no le daba miedo.
De este modo, ya se podfa bromear, aunque
todavia quedaba un nisterio. Cuando su
padre encendia la radio, é1 buscaba su botén
personal y se “encendfs” a su vez: empezaba
a hablar diciendo cosas inconexas y se movia
como un titere de madera.
Hannah podia subir y bajar el volumen
buscando el botén adecuado, pero solo la
mamé4 podia apagar la radio, tirandole el cojin
rojo del sofa. Era un juego del que el padre
estaba excluido, porque cuando ofa las noti-
cias no querta que lo molestaran, y por eso no
conocié nunca el lado magico de la radio.
Llegaron a la clinica pediatrica de la’ uni-
versidad y se acercaron a la porterfa, donde
habia una mujer.
Le preguntucon yor Jacob y ella res
pondié que no era posible verlo, que no se
preocuparan, que estaka bien y que pronto
recibitian noticias de los médicos.
Joseph. no se rindi6.
Por favor —insistiS—, dejen entrar al
menos a su madre, quiere ver a su hijo. Sole
un instante. Por favor...
En ese momento la mujer se alejé y se pre-
sent6 pocos segundos después con un policta,
que, con el fusil en posicién defensiva, los
intimé a que se fueran.
Se llevaron a Hannah. Ninguno de ellos
dijo una sola palabra en el camino de regreso.
El silencio continué en casa. La jornadada
pasaron en cierto modo esperando la noche
que darfa paso a la mafiana y a la esperanza
de volver a ver a Jacob.
Aquella noche Hannah vio las estrellas,
abrié la boca para llamar a Jacob, pero no de
salié ningtin sonido.
Entonces se puso a contar las estrellas,
justamente tal como lo hacia Jacob, con sm
mundo de veinte nimeros. Y después volviaa
empezar, y siempre eran veinte.
Sin embargo, no acababan nunca. Hanna
se durmié contando las estrellas del cielo.
‘Ala mafana siguiente volvieton a ponerse
en camino. Llegaron ante la clinica y, como el
dia anterior, se dirigieron a la porteria. Habfa
otra mujer sentada detrés del cristal, pero
también tenfa una mirada glacial y distante.
~Somas las padres de Jacob Weiss, le pido
por favor que nos deje ver a nuestro hijo._No es posible. Véyanse y no vuelvan.
Seremos nosotros los que les demos noticias
de su hijo.
Sarah no se irfa nunca de allf sin Jacob, se
lo habfa prometido a si misma.
—iMalditos! iDevuélvanme a mi hijo! TEs mi
hijo, no tienen derecho! (JACOB! JACOB!
Sarah no querfa esperar més: allf dentro;
en alguna parte, estaba su Jacob. Superé la
barrera de entrada, pero en cuanto puso el pie
en el patio se encontré con un soldado con
Ja divisa nazi. El hombre la paré dandole un
golpe con el fusil. Ella cayé al suelo. Joseph
intent6 acercarse, pero el soldado levanté el
fusil en ese momento y apunté hacia Hannah.
Joseph se detuva. También Sarah tuvo que
tendirse. Salié en silencio, cogié a Hannah
de la mano y se marcharon. Hannah. no dijo
ni una sola palabra. No habia vuelto a hablar
desde la noche en que se llevaron a Jacob.
Pasaron algunos dias. Joseph pidi6 ayuda a
todos sus amigos y clientes de raza aria. Bus-
caba informacién sobre esta clinica pediatrica
a fin de recuperar a su hijo. Sin embargo, todo
el mundo tenia miedo y se negaban incluso a
escucharlo. Solo un cliente, que se habia vis-
10 obligado a interrumpit la relacién con la
empresa de Joseph pero que no era nati, le
dijo conmovide:
=Lo lamento mucho, Joseph. Hider no
quiere judfos ni minusvalidos en su Alemania.
Armese de valor. Yo no puedo hacer nada.
Nadie puede hacer nada ahora. Ya no reco-
nozco a nuestro pueblo. Este régimen devo-
ra alas personas y sus sentimientos. Armese
de valor y manténgase cerca de su mujer. Lo
siento por su hijo, no lo espere més. Buena
suerte, Joseph.
Algunas semanas ms tarde Hamé a la
puerta un policia.
=Esto es para vosotros les entreg6 un
sobre y se marché de inmediato.
En el sobre habfa una hoja blanca sin
encabezado donde habian escrito que Jacob
habfa muerto de pulmonia. Nada més. Nin-
gin “lamentamos”, ni siquiera una palabra
de consuelo. No habia ninguna firma. Jacob
habia dejado de existir.
89Hannah cuenta las estrellas
Hosen ya rio iba a la escuela des-
+ de hacia tiempo y no vefa a ningtin amigo.
Nadie la habfa buscado desde que le prohi-
bieron asistir a la escuela junto con los de
raza aria, Esta palabra se la habfa aprendi-
do bien: “atios’, Eran todos los otros, los que
podian seguir yendo a la escuela, tomando el
tranvfa, teniendo una bicicleta, entrando en
un parque. Los judfos eran una raza inferior.
Lo habia lefdo en una tienda que no acep-
taba a clientes judfos. Hannah pens6 aquel
difa que los atios tenfan necesidad de mirar
la estrella de David, que los judios estaban
obligados a coser en su ropa, para saber quese teataba de una raza inferior. De otro modo,
no habrfan sido capaces de distinguitlos.
‘Ahora bien, esto no se lo dijo a nadie: se le
hhabian pasado las ganas de hablar. Cada vez
que sus padres le decfan algo los miraba, pero
no salfa ningtin sonido de su boca.
Le parecia que ya casi ni siquiera pensa-
ba, Se habia vuelto perezosa y queria dormir
con frecuencia. Pero cada vez que miraba las
estrellas en el cielo se ponia a contarlas.
Un dia Joseph le mostré a Sarah una tarje~
ta postal de fa prima Nora: habfa conseguido
llegar de manera milagrosa a la Argentina y
Je imploraba a Sarah que se reuniera allf con
su familia.
~Sarah —le dijo su matido-, tenfas raz6n,
debi haberte hecho caso hace mucho tiem-
po... (Por qué no nos vamos de aqui? Argen
tina es un buen sitio, reconstnriremos allf
nuestra vida. Tenemos a Hannah, debemos
pensar en ella. iLa ves!, parece un fantasma,
pobrecita. Por favor, Sarab, vamonos de aqui.
Su mujer lo miré como a un extrafio al que
fuera preciso tratar bien por cortesfa.
“No podemos irnos, Jacob esta aqui, No
nos Kan devuelto su cuerpo, todavia tengo
que datle sepultura. {Y si no hubiera muerto?
Debemos descubrir lo que le ha pasado.
Sarah, desgraciadamente nuestro hijo
jacob ya no existe. Ahors debemos pensar en
Hiannah, Por favor, querida, en la Argentina
estaremos bien.
—Puedes irte t@ com Hannah. De todos
modos, ya no puedes trabajar. Has tenido que
ceder a los de raza aria lo que nunca hubie-
ras quetido dejar. Nos han dado dos céntimos
que ya se estén acabando. Deberfamos ven-
der esta casa para seguir tirando. Yo puedo
encontrar otro empleo... Marchense. Cuando
haya dado sepultura a Jacob, me reuniré con
ustedes.
=No te voy a dejar sola, Sarah. Te espera-
remos -le dijo Joseph, aunque sabia que nun-
ca encontrarfan el cuerpo de Jacob.
Un mes més tarde, el 23 de septiembre
de 1941, Hitler decidié que los judios ya no
podian salir de Alemania. Estaban atrapados.
La del 16 de octubre era una noche apa-
cible de otofio y hasta se podfan contar las
estrellas, porque el cielo estaba muy oscuro,
peto sin nubes.
Hannah no oyé el timbre, estaba absor-
ta mirando desde su ventana y contando las
estrellas por Jacob, de veinte en veinte, todas.
Desde que se habfan llevado a su hermano
lo hacia de manera continua. Las contaba y
escribfa los ntimeros en un cuaderno, esperan-
do a que Jacob volviera. Nunca se habia crei-
do la historia de la pulmonfa, se acordaba muy
bien de que ella se engripaba codos los invier-
nos, pero él nunea, nunca se ponfa enfermo,
Jacob era ms fuerte de lo que parecia.
Y sino habfa tenido ninguna pulmonia,
entonces estaba vivo. Y debia volver.—Hannah, ven, debemos imos —su papa,
Joseph, hablaba con voz suave, como nunca
lo habia ofdo, y tenia una expresién extrafia.
‘Ayud6 a Hannah a bajar de la ventana en
la que estaba sentada y la abrazé muy fuer-
te, como nunca lo habia hecho. Todo parecfa
nuevo aquella noche. La ayud6 a llenar una
pequefia maleta que le habfa regalado dos
afios antes, para cuando pasaban las vacacio-
nes en el maro en la rontafia.
—No te olvides del suaderno de las estte-
llas, Hannah, podrés seguir conténdglas,
veri.. “Vers”, hubiera querido decir. “Veris,
nifia mia”. Pero no lo hizo, Habria sido una
mentira: Hanriah, como Jacob, nunca volve-
rfa a contar las estrellas. Se detuvo porque
no querfa Ilorar y Hannah se habria asusta-
do. Pensé que hubiera deseado verla crecer
y hacetse adulta. Rez¢ para que asf fuera. A”
pesar de todo.
Sarah habia preparado la otra maleta, la
grande. .
~iDe verdad puede llevarme el cuaderno
de las estrellas, pap4? —pregunté Hannah. El
padre y la madre no ofen la voz de la nidia des-
de hacia mucho tiempo.
~Claro que puedes, Hannah —respondié su
mamd. ,
—tHay estrellas en el sitio al que vamos?
~quiso saber la nifia.
=Las enconcraremes, puedes estar tranquila
~le dijo su padre.
Bien, entonces podria suceder que Jacob
se reuniera con nosotros allt ~concluyé Han-
nah poniendo el cuademo en la maleta.
En media hota estuvieron listos: era el
tiempo que les habian dado los tes hombres
de la policfa politica de Hitler que habfan
venido a recogerlos para llevarlos “a un sitio
en el que encontrardn a otros judfos como
ustedes”. Al salir de casa, vieron al hijo de
los vecinos que habfa abierto la puerta picado
pot la curiosidad; su madre apenas se digné
disigic a Sarah una mirada severa y, sin decir
una sola palabra, se apresur6 a cerrar la puer-
ta, Ellos eran de raza aria.Emeline
FranciaLos postigos azules
L.. postigos azules se abrfan cada
mafiana a las siete en el edificio de la calle
Lebouteux, situado junto al parque Mon-
ceau. Eran las Gnicas pintadas de azul en
todo el bloque de viviendas, las otras eran
de un verde apagado, podrido; en efecto, ni
siquiera se lo podfa considerar un color, eta
solo una capa de pintura pasada por puta
casualidad, y nadie las notaba cuando se
abrian o se cerraban, porque todas eran igual-
mente feas.
Las contraventanas azules del tercer piso,
en cambio, tenfan un carécter propio. Un,
poco, preciso es reconocerlo, porque eran00
diferentes de todas las demas, aunque tam-
bién porque no se abrian todos los dias del
mismo modo. Algunas veces se abrian de una
manera lenta, casi sin ganas. Esto tenfa lugar
cuando Brigitte se habia acostado tarde fa
noche anterior por haber estado trabajando
en un cuadro y no haberlo terminado aiin y,
pot consiguiente, no tenfa ganas de oft ense-
guida las voces de la ciudad, que empezaba
su carrusel de cada dia. Otras veces las con-
traventanas azules se abrian de un salto, con
vigor, como para dar los “buenos dias” a la
mafana y a las otras ventanas. En. esos casos,
o bien eta que probablemente Brigitte habia
terminado un cuadro y se sentfa satisfecha del
trabajo, o bien que Pierte habia descansado
bien y tenfa ganas de anticipar el comienzo de
la jornada. También habta dias en los que las
persianas se levantaban casi riendo, casi a sal-
tos: en esas ocasiones Pierre y Brigitte, alegres
como nifios, se daban los buenos dfas alter-
nando los besos con las carcajadas. Por dlti-
mo, habfa dfas también en les que los postigos
azules se abrfan y basta, Lo hacfan por deher,
por costumbre, pero sin mirar afuera, porque
ya era demasiado trabajoso estar dentro. Lo
que pasaba era que Pierre y Brigitte refifan y,
orgullosos como eran los dos, no se dirigian
Ia palabra incluso durante toda una semana,
excepto en lo que concernfa a sus deberes
para con la nifia. Esto sucedfa, en efecto, rara
vez, pero sucedia.
El administrador de”la finca, Fabien
Durand, le dijo una vez a Brigitte que debian
pintar sus ventanas como todas las demas: “A
fin de mantener la uniformidad que corres-
ponde a un edificio de ép0ca habitado por
familias respetables". A Brigitte le entré la
risa, Ella consideraba la uniformidad como
una ofensa, aunque se abstuvo de decirselo
al administrador. Y le respondié de manera
amable que ni hablar. El administrador sentfa
una cierta debilidad por Brigitte, porque era
la més joven y la mas guapa de las vecinas.
Aunque no solo por eso...
“Vamos, se le puede perdonar cierta extra-
vagancia, se trata de una artista”, respondia a
los copropietarios que le pedfan cuentas por
las ventanas azules. A tenglén seguido, con-
fesaba que estaba bromeando y que se ocu-
parfa del asunto. Sin eibargo, una vez se le
‘escap6 un pensamiento poco afortunado:
—Podrfamos aceptar la propuesta de la sefio-
ra Brigitte y pintar codas las ventanas de azul.
En el fondo, estarfa bien...
Lo habia dicho una noche en la reunién
de copropietarios respondiendo a la sefiora
Dubois, que con voz ronca le habfa pregunta-
do silos vecinos de las ventanas azules se deci-
divfan de una vez a pintarlas como [os otros.
Todos miraron al administrador como si
fuera un infiltrado, como alguien que no tenia
nada que ver con la reunién y estaba allf para
tomar el pelo a los presentes.
BL102
—IEsté diciendo eso en serio? -le pregunt6
el vecino del segundo piso, el notario Morel,
que ya tenia dibujado en el rostro el sobre
blanco con la carta de despido para monsieur
Durand, administrador de fincas de la casa
Fabien & Fabien.
Este tiltimo imaginé la carta con caracte-
res de grandes dimensiones y se apresurd a
decir con una sontisa:
—Era una broma, naturalmente. También
a mf me parece, como es obvio, que son de
mal gusto, demasiado excéntricas. Pero pase-
mos a temas méis seros...
Cada vez que eparecian las ventanas
azules el administrador encontraba siem-
pre temas més serios para pasar a otra cosa.
Los preparaba con entelacién. Era su regalo
a Brigitte. Nunca se lo habfa dicho a nadie,
ni siquiera a su mujer, pero él también habia
sido artista de joven: pintaba, como Brigitte.
Le gustaba retratar a las personas, y con sus
retratos ponia de televe el lado oscuro del ser
humano. Bra enronces muy joven y sus retra-
tos agradaban a los profesores. A Fabien le
hubiera gustado hacer el bachillerato artisti-
co, pero su maclre y su padre pensaban que ser
pintor no era un verdadero oficio y, ademas,
Jos artistas eran personas poco decorosas: lo
enviaron a Economfs y Comercio. £1 no tenia
la fortaleza de Brigitte, a él le hubieran podi-
do imponer ventanes de color verde pedrido.
Brigitte era su revancha. Cuando se marchaba
de las aburridas reuniones de vecinos, decia
para sus adentros: “Por esta vez también
Jas ventanas seguirén pintadas de azul”. Y
era coma si en la reunién también hubie-
ran estado sus padres. También ellos habfan
salido derrotados.
Brigitte procedfa de un lugar en el que el
mar habfa domesticado a le tierra, la Bretafia.
Alli todas las ventanas eran azules, pero no
por mantener la uniformidad: era la llamada
del mar. Mas fuerte que todo y que todos.
Un dia, Brigitte acababa de pintar las ven-
tanas de su casa en Le Val Andzé, un pequefio
pueblecito en el que habitaba con su padre,
Sergio, y con su madre, Danielle. Habia vuel-
to a entrar en casa porque querfa escribir la
frase de costumbre: (Ojo! Recién pintado. Por
favor, no tocar.
Pero no se apuré lo-suficiente. Piette pasa-
ba por allf con un grupo de amigos con los que
estaba de vacaciones. Al ver el azul intenso
de las ventanas, dijo: “iAqui esta! iEste es
exactamente el color que me gustarfa para
mis ventanas de Paris! iEstoy harto del color
verde apagado! Hagamos caso, es el color
simbolo de la Bretafia; todas las casas tienen
las ventanas azules, dan alegrfa, son lumi-
nosas. De este modo, tendré el recuerdo del
mar también en las oscuras jornadas inver-
nales en Paris”, Sus manos se posaron sobre
aquel ejemplo de luminosidad y la pintura
fresca hizo el resto. En ese mismo momento
BI104
salié Brigitte con el carte! preparado y vio las
manos azules de Pietre. Un coro de carcaja-
das la recibid.
Brigitte y Pierre se enamoraron asi, aquel
dfa de agosto de 1929. Emeline habia ofdo
esta historia desde pequefia, unas veces con
tada por su mamé y otras por su papé. Por
consiguiente,.no se sorprendié cuando vio que
sus contraventanas eran azul Bretafia, como
decfa Pierre, su padre, diferentes de todas las
de sus vecinos. Eran también los tinicos judios
del edificio, pero hasta el afio 1941 nadie lo
habia notado. Vivian en la calle Lebouteux
desde 1930, cuando se casaron_y se convirtie-
ron en el matrimonio Samuel. Bu 1934 habia
nacido Emeline. ,
La Bretafia se convirtié en la meta de sus
vacaciones: esto era lo que habfan pactado,
porque de otro modo Brigitte no se habria
casado nunca ni se habria ido a vivir a Paris.
Para ella, dejar el mar fue un poco como dejar
el seno materno. :
Brigitte era pintora. Dibujaba el mar, lo
pintaba de azul claro, de verde, de gris, de
azul marino, de amarillo. Nunca faltaba el
mar en los cuadros de Brigitte. En algunas
raras ocasiones era azul; otras veces, como
decfa ella misma: “Cambia de color, porque
es una metéfora”. Se volvia blanco cuan-
do era el vientre de la mujer que aguardaba
un hijo, se volvia amarillo cuando era una
casa en la que se salvaban nitios de todos los
colores de un elefante color turquesa, 0 bien
era negro como la oscuridad que envolvia los
ojos de las personas y las cegaba.
El que mas le gustabaa Emeline era unoen
el que el mar era rojo y dentro de él habfa una
enorme ballena que comin sol en el desayuno,
el almuerzo y la cena, Fue, en verdad, Brigitte
quien le explicé el significado de aquel cua-
dro: ella, Emeline, cuando lo vio por vez pri-
mera, no habia notado més que una mancha
roja indefinida, en cuyo interior flotaba una
figura negra, recubierta de extrafias serpien-
tes amarillas.
Su mamé le habia susurrado que debia
mirarlo despacio y, sobre todo, olvidarse de
los ojos normales y usar los especiales.
Le habia dicho: “Con los ojos especiales
puedes ver las cosas tal como estan hechas
por dentro, no solo por fuera. Cuando usamos
_ los ojos especiales, cada cosa que vemos se
transforma y cada uno de nosotros descubre
algo secreto, algo que jamés habia visto”.
“Sf le respondid, paciente, Emeline. Pero
Idénde esté el sol, mam? (No me has dicho
que la ballena se est4 comiendo el sol”.
“iVes las pequefias serpientes amarillas?
Son los rayos del sol. Solo han quedado los
rayos porque la ballena se ha comido todo
elsol, pero esos no le gustaban. Mira como
esta la barriga de la ballena de grande y
de redonda! El sul ha acabado allf dentro.
La ballena es como un hombre que quiere
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