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Textox Plan Lector

El documento cuenta la historia de Chupitos, un niño de 10 años que pierde su trompo favorito mientras jugaba. Chupitos está triste por haber perdido su trompo hecho de naranjo que había pulido y afilado con esmero. Mientras camina con sus amigos, recuerda cómo perdió su trompo y cómo otro niño se lo quedó.
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Temas abordados

  • historias de barrio,
  • sacrificio,
  • percepción de la vida,
  • vida en el barrio,
  • Chupitos,
  • pobreza,
  • tradiciones orales,
  • narrativa,
  • narrativa infantil,
  • cuidado de animales
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Textox Plan Lector

El documento cuenta la historia de Chupitos, un niño de 10 años que pierde su trompo favorito mientras jugaba. Chupitos está triste por haber perdido su trompo hecho de naranjo que había pulido y afilado con esmero. Mientras camina con sus amigos, recuerda cómo perdió su trompo y cómo otro niño se lo quedó.
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  • sacrificio,
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  • pobreza,
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  • narrativa,
  • narrativa infantil,
  • cuidado de animales

EL TROMPO- José Diez Canseco

Publicado el: 31 mayo, 2015


Sobre el cerro San Cristóbal la neblina había puesto una
capota sucia que cubría la cruz de hierro. Una garúa de
calabobos se cernía entre los árboles lavando las hojas,
transformándose en un fango ligero y descendiendo
hasta la tierra que acentuaba su color pardo. Las
estatuas desnudas de la Alameda de los Descalzos se
chorreaban con el barro formado por la lluvia y el polvo
acumulado en cada escorzo. Un policía, cubierto con su
capote azul de vueltas rojas, daba unos pasos aburridos
entre las bancas desiertas, sin una sola pareja, dejando
la estela fumosa de su cigarro. Al fondo, en el convento
de los frailes franciscanos se estremecía la débil campanita como un son triste…
En esa tarde todo era opaco y silencioso. Los automóviles, los tranvías, las carretillas repartidoras de
cervezas y sodas, los «colectivos», se esfumaban en la niebla gris-azulada y todos los ruidos parecían
lejanos. A veces surgía la estridencia característica de los neumáticos rodando sobre el asfalto húmedo
y sonoro y surgía también solitario y escuálido, el silbido vagabundo del transeúnte invisible. Esta
tarde se parecía a la tarde del vals sentimental y huachafo que, hace muchos años, cantaban los
currutacos de las tiorbas:
¡La tarde era triste,
la nieve caía!…
Por la acera izquierda de la Alameda iba Chupitos, a su lado el cholo Feliciano Mayta. Chupitos era un
zambito de diez años, con ojos vivísimos sombreados por largas pestañas y una jeta burlona que
siempre fruncía con estrepitoso sorbo. Chupitos le llamaron desde que un día, hacía un año más o
menos, sus amigos le encontraron en la puerta de la botica de San Lázaro pidiendo:
-¡Despáchabame esta receta!…
Uno de los ganchos, Glicerio Carmona, le preguntó:
-¿Quién está enfermo en tu casa?
-Nadies…Soy yo que me ha salido unos chupitos… Y con «Chupitos» quedó bautizado el mocoso que
ahora iba con Feliciano, Glicerio, el bizco Nicasio, Faustino Zapata, pendencieros de la misma edad
que vendían suertes o pregonaban crímenes, ávidamente leídos en los diarios que ofrecían. Cerraba
la marcha Ricardo, el famoso Ricardo que, cada vez que entraba a un cafetín japonés a comprar un
alfajor o un comeycalla, salía, nadie sabía cómo, con dulces o bizcochos para todos los feligreses de la
tira:
-¡Pestaña que tiene uno, compadre!
Gran pestaña, famosa pestaña que un día le falló, desgraciadamente, como siempre falla, y que costó
una noche íntegra en la comisaría de donde salió con el orgullo inmenso de quien tiene la experiencia
carcelera que él sintetizaba en una frase aprendida de una crónica policial:
-Yo soy un avesado en la senda del crimen…
El grupo iba en silencio. El día anterior, Chupitos había perdido su trompo, jugando a la «cocina» con
Glicerio Carmona, ese juego infame y taimado, sin gallardía de destreza, sin arrogancia de fuerza. Un
juego que consiste en ir empujando el trompo contrario hasta meterlo dentro de un círculo, en la
«cocina», en donde el perdidoso tiene que entregar el trompo cocinado a quien tuvo la habilidad
rastrera de saberlo empujar.
No era ese un juego de hombres. Chupitos y los otros sabían bien que los trompos, como todo en la
vida, deben pelearse a tajos y a quiñes, con el puñal franco de las púas sin la mujeril arteria del
evangelio. El pleíto tenía siempre que ser definitivo, con un triunfador y un derrotado, sin prisionero
posible para el orgullo de los mulatos palomillas.
Y, naturalmente, Chupitos andaba medio tibio por haber perdido su trompo. Le había costado veinte
centavos y era de naranjo. Con esa ciencia sutil y maravillosa, que sólo poseen los iniciados, el
muchacho había acicalado su trompo así como su padre acicalaba sus ajisecos y sus giros, sus cenizos
y sus carmelos, todos esos gallos que eran su mayor y su más alto orgullo. Así como a los gallos se les
corta la cresta para que el enemigo no pueda prenderse y patear a su antojo, así Chupitos le cortó la
cabeza al trompo, una especie de perrilla que no servía para nada; lo fue puliendo, nivelando y
dándole cera para hacerlo más resbaladizo y le cambió la innoble púa de garbanzo, una púa roma y
cobarde, por la púa de clavo afilada y brillante como una de las navajas que su padre amarraba a las
estacas de sus pollos peleadores.
Aquel trompo había sido su orgullo. Certero en la chuzada, Chupitos nunca quedó el último y, por
consiguiente, jamás ordenó cocina, ese juego zafio de empellones. ¡Eso nunca! Con los trompos se juega
a los quiñes, a rajar al chantado y sacarle hasta la contumelia que en, en lengua faraona, viene a ser
algo así como la vida. ¡Cuántas veces su trompo, disparado con su fuerza infantil, había partido en dos
al otro que enseñaba sus entrañas compactas de madera, la contumelia destrozada! Y cómo se ufanaba
entonces de su hazaña con una media sonrisa pero sin permitirse jamás la risotada burlona que habría
humillado al perdedor:
-Los hombres cuando ganan, ganan. Y ya está.
Nunca se permitió una burla. Apenas la burla presuntuosa que delataba el orgullo de su sabiduría en
el juego y, como la cosa más natural del mundo, volver a chuzar para que otro trompo se chantase y
rajarlo en dos con la infalibilidad de su certeza. Sólo que el día anterior, sin que él se lo pudiese explicar
hasta este instante, cayó detrás de Carmona. ¡Cosas de la vida! Lo cierto es que tuvo que chantarse y el
otro, sin poder disimular su codicia, ordenó rápidamente por las ganas que tenía de quedarse con el
trompo hazañudo de Chupitos:
-¡Cocina!
Se atolondró la protesta del zambito:
-¡Yo no juego a la cocina! Si quieres a los quiñes…
La rebelión de Chupitos causó un estupor inenarrable en el grupo de los palomillas. ¿Desde cuándo un
chantado se atrevía a discutir al prima? El gran Ricardo murmuró con la cabeza baja mientras
enhuaracaba su trompo:
-Tú sabes, Chupitos, que el que manda, manda, así es la ley…
Chupitos, claro está, ignoraba que la ley no es siempre la justicia y viendo la desaprobación de la tira
de sus amigotes, no tuvo más remedio que arrojar su trompo al suelo y esperar, arrimado a la pared
con la huaraca enrollada en la mano, que hicieran con su juguete lo que les daba la gana ¡Ah, de fijo que
le iban a quitar su trompo!… Todos aquellos compadres sabían lo suficiente para no quemarse ni errar
un solo tiro y el arma de su orgullo iría a parar al fin en la cocina odiosa, en esa cocina que la avaricia
y la cobardía de Glicerio Carmona había ordenado para apoderarse del trozo de naranjo torneado, en
que el zambito fincaba su viril complacencia de su fuerza, Y, sin decirlo naturalmente, sin pronunciar
las palabras en alta voz, Chupitos insultó espantosamente a Carmona pensando:
-¡Chontano tenía que ser!
Los golpes se fueron sucediendo y sucediendo hasta que, al fin, el grito de júbilo de Glicerio anunció el
final del juego:
-¡Lo gané!
Sí, ya era suyo y no había poder humano que se lo arrebatase. Suyo, pero muy suyo, sin apelación
posible, por la pericia mañosa de su juego. Y todos los amigos le envidiaban el trompo que Carmona
mostraba en la mano exclamando:
-Ya no juego más…
II
¡Pero qué mala pata, Chupitos! Desde chiquito la cosa había sido de una pata espantosa. El día que
nació, por ejemplo, en el Callejón de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, una vecina dejó sobre un
trapo la plancha ardiente, encima de la tabla de planchar, y el trapo y la tabla se encendieron y el fuego
se extendió por las paredes empapeladas con carátulas de revistas. Total: casi se quema el callejón. La
madre tuvo que salir en brazos del marido y una hermana de éste alzó al chiquillo de la cuna. A poco,
los padres tuvieron que entregarlo a una vecina para que lo lactara, no fuera que el susto de la madre
se la pasara al muchacho. Luego fue creciendo en un ambiente «sumamente peleador», como decía él,
para explicar esa su pasión por las trompeaduras. ¿Que sucedía? Que su madre, zamba engreída, había
salido un poco volantusa, según la severa y acaso exagerada opinión de la hermana del marido, porque
volantusería era, al fin y al cabo, eso de demorarse dos horas en la plaza del mercado y llegar a la casa,
a los dos cuartos del callejón humilde, toda sofocada y preguntando por el marido:
-¿Ya llegó Demetrio?
Hasta que un día se armó la de Dios es Cristo y mueran los moros y vivan los cristianos. Chupitos tenía
siete años y se acordaba de todo. Sucedió que un día su mamá llegó con una oreja muy colorada y el
revuelto pelo mal arreglado. El marido hizo la clásica pregunta:
-¿A dónde has estado?… La comida está fría y yo… ¡espera que te espera! A ver, vamos a ver…
Y, torpemente, sin poder urdir la mentira tan clásica como la pregunta, la zamba había respondido
rabiosamente:
-¡Caramba! Ni que fuera una criminal…
Arguyó la impaciencia contenida del marido:
-Yo no digo que tú eres una criminal. Lo que quiero es saber adónde has estado. Nada más.
-En la esquina.
-¿En la esquina? ¿Y qué hacías en la esquina?
-Estaba con Juana Rosa…
Y dando una media vuelta que hizo revolar la falda, se fue a avivar los tizones y recalentar la carapulcra.
La comida fue en silencio. Chupitos no se atrevía a levantar las narices del plato y el padre apuraba,
uno tras otro, largos vasos de vino. Al terminar, el zambo se lió la bufanda al cuello, se terció la gorra
sobre una oreja, y, encendiendo un cigarrillo, salió dando un portazo.
La mujer no dijo ni chus ni mus. Vio salir al marido y adivinó a dónde iba: ¡A hablar con Juana Rosa! Y
entonces, sin reflexionar en la locura que iba a cometer, se envolvió en el pañolón, ató en una frazada
unas cuantas ropas y salió también de estampida dejando al pobre Chupitos que, de puro susto, se
tragaba unas lágrimas que le desbordaban los ojazos ingenuos sin saber el porqué. A medianoche
regresó el marido con toda la ira del engaño avivada por el alcohol; abrió la puerta de una patada y
rabió la llamada:
-¡Aurora!
Le respondió el llanto del hijo:
-Se fue, papacito…
El zambo entonces guardó con lentitud el objeto de peligro que le brillaba en la mano y murmuró con
voz opaco:
-Ah, se fue, ¿no?… Si tenía la conciencia más negra que su cara… ¡Con Juana Rosa!…¡Yo le voy a dar
Juana Rosa!…
Su hermana había tenido razón: Aurora fue siempre una volantusa… No había nada qué hacer. Es decir,
sí, sí había qué hacer: romperle la cara, marcarla duro y hondo para que se acordara siempre de su
tamaña ofensa. Allá, en la esquina, se lo habían contado todo y ya sabía lo que mejor hubiese ignorado
siempre: esa oreja enrojecida, ese pelo revuelto, era el resultado de la rabia del amante que la
zamaqueó rudamente por sabe Dios, o el diablo, qué discusión sin verguenza… Ah, no sólo había habido
engaño sino que, además, había otro hombre que también se creía con derecho de asentarle la mano…
No, eso no: los dos tenían que saber quién era Demetrio Velásquez… ¡Claro que lo iban a saber!
Y lo supieron. Sólo que, después, Demetrio estuvo preso quince días por la paliza que propinó a los
mendaces y quien, en buena cuenta pagó el pato el pobre Chupitos que se quedó si madre y con el
padre preso, mal consolado por la hospitalidad de la tía, la hermana de Demetrio, que todo el día no
hacía sino hablar de Aurora.
-Zamba más sinverguenza… ¡Jesús!
Cuando el padre volvió de la prisión el chiquillo le preguntó llorando:
-¿Y mi mamá?
El zambo arrugó sin piedad la frente:
-¡Se murió!… Y… ¡no llores!
El muchacho lo miró asombrado, sin entender, sin querer entender, con una pena y con un estupor que
le dolían malamente en su alma huérfana. Luego se atrevió:
-¿De veras?
Tardó unos instantes el padre en responder. Luego, bajando la cabeza y apretándose las manos,
murmuró sordamente:
-De veras. Mujeres con quiñes, como si fueran trompos… ¡Ni de vainas!
III
Fue la primera lección que aprendió Chupitos en su vida: mujeres con quiñes, como si fueran trompos,
¡ni de vainas! Luego los trompos tampoco debían tener quiñes. No, nada de lo que un hombre posee,
mujer o trompo -juguetes- podía estar maculado por nadie ni por nada. Que si el hombre pone toda su
complacencia y todo su orgullo en la compañera o en juego, nada ni nadie puede ganarle la mano. Así
es la cosa y no puede ser de otra guisa. Esa es la dura ley de los hombres y la justicia dura de la vida.
Y no lo olvidó nunca. Tres años pasaron desde que el muchacho se quedara sin madre y, en esos tres
años, sin más compañía que el padre, se fue haciendo hombre, es decir, fue aprendiendo a luchar solo,
a enfrentarse a sus propios conflictos, a resolverlos sin ayuda de nadie, sólo por la sutileza de su
ingenio criollo o por la pujanza viril de sus puños palomillas, En las tientas de gallos, mientras
sostenía al chuzo desplumado que servía de señuelo a los gallos que su padre adiestraba, aprendió ese
arte peligroso de saber pelear, de agredir sin peligro y de pegar siempre primero.
Ahora tenía que resolver la dura cuestión que le planteaba la codicia del cholo Carmona: ¡había perdido
su trompo! Y aquella misma tarde de la derrota regresó a su casa para pedir a su padre después de la
comida:
-Papá, regáleme treinta centavos, ¿quiere?
-¿Treinta centavos? Come tu ajiaco y cállate la boca.
El muchacho insistió levantando las cejas para exagerar su pena:
-Es que me ganaron mi trompo y tengo que comprarme otro.
-¿Y para qué te lo dejaste ganar?
-¿Y qué iba a hacer?
La lógica paterna:
-No dejártelo ganar…
Chupitos explicaba alzando más las cejas:
-Fue Carmona, papá, que mandó cocina y como tuve que chantarme… Déme los treinta chuyos,
¿Quiere?…
En la expresión y en la voz del muchacho el padre advirtió algo inusitado, una emoción que se mezclaba
con la tristeza de una virilidad humillada y con la rabia apremiante de una venganza por cumplir. Y,
casi sin pensarlo, se metió la mano en el bolsillo y sacó los tres reales pedidos:
-Cuidado con que te ganen otro.
El muchacho no respondió. Después de echar la cantidad inmensa de azúcar en la taza de té, bebió
resoplando.
-¡Caray con el muchacho! ¡Te vas a sancochar el hocico! rezongó la tía.
El zambito, sin responder, bebía y bebía, resopló al terminar, se limpió los belfos con el dorso de la
mano y salió corriendo:
-¿A dónde vas?
-¡A la chingana de la esquina!
Llegó acezando a la pulpería en donde el chino despachaba impasible a la luz amarilla del candil de
kerosene:
-Oye, ¡Dame ese trompo!
Y señalaba uno, más chico que el anterior, también de naranjo, con su petulante cabecita y su
vergonzante púa de garbanzo. Pagó veinte centavos y compró un pedazo de lija con qué pulir el arma
que le recuperase al día siguiente el trompo que fue su orgullo y la envidia de toda la tira del barrio.
Por la mañana se levantó temprano y temprano fue al corral. Allí escogió un claro y comenzó toda la
larga operación de transformar el pacífico juguete en un arma de combate. Le quitó la púa roma y con
el serrucho más fino que su padre empleaba para cortar los espolones de sus gallos, le cortó la cabeza
inútil. Luego con la lija, pulió el lomo y fue desbastando el contorno para hacerlo invulnerable. Dos
horas estuvo afilando el clavo para hacer la púa de pelea, como las navajas de los gallos, y le robó un
cabito de vela para encerarlo. Terminada la operación, enrolló el trompo con la huaraca, la fina cuerda
bien manoseada, escupió una babita y lo lanzó con fuerza en el centro de la señal. Y al levantarlo,
girando como una sedita, sin una sola vibración, vio con orgullo cómo la púa de clavo le hacía sangrar
la palma rosada de su mano morena:
-¡Ya está! ¡Ahora va a ver ese cholo currupantioso!
IV
La tarde era triste,
la nieve caía!…
En Lima, gracias a Dios, no hay nieve que caiga ni caído nunca. Apenas esa garúa finita de calabobos,
como dije al principio de este relato, chorreando su fanguito de las hojas de los árboles, morenizando
el mármol de las estatuas que ornan la Alameda de los Descalzos. Allá iban los amigotes del barrio a
chuzar esa partida en que Chupitos había puesto todo su orgullo y su angustiada esperanza:
-¿Se lo ganaré a Carmona?…
Al principio, cuando Mayta, por sugerencia del zambito, propuso la pelea de los trompos, el propio
Chupitos opinó que en esa tarde, con tanta lluvia y tanto barro, no se podría jugar. Y como lo presumió,
Carmona tuvo la mezquindad de burlarse:
-Lo que tienes es miedo de que te quite otro trompo.
-¿Yo miedo? No seas…
-Entonces, ¿vamos?
-Al tirito.
Y fueron al camino que conduce a la Pampa de Amancaes que todavía tiene, felizmente, tierra que
juegan los palomillas. Carmona se apresuró a escupir la babita alrededor de la cual todos formaron un
círculo. Mayta disparó primero, luego Ricardo, después Faustino Zapata. Carmona midió la distancia
con la piola, adelantó el pie derecho, enhuaracó con calma y disparó. Sólo que fue carrera de caballo y
parada de borrico, porque cayó el último.
Chupitos disparó a su vez, inexplicablemente para él, su púa se hincó detrás de la marca de Ricardo
quien resultó prima. Desgraciadamente, así, en público, el muchacho no pudo sugerirle que mandase
la cocina con que habría recuperado su trompo y Ricardo mandó:
-¡Quiñes!
El trompo que ahora tenía Carmona, el trompo que antes había sido de Chupitos, se chantó
ignominiosamente: ¡En sus manos jamás se habría chantado! Y allí estaba estúpido e inerte, esperando
que las púas de los otros trompos se cebaran en su noble madera de naranjo. Y los golpes fueron
llegando: Mayta le sacó una lonja y Faustino le hizo los quiñes de emparada. Hasta que al fin le llegó el
turno a Chupitos. ¿Qué podría hacer?
¡Los trompos con quiñes, como la mujeres, ni de vainas!… Nunca sería el suyo ese trompo malamente
estropeado ahora por la ley del juego que tanto se parece a la ley de la vida… Lenta,
parsimoniosamente, Chupitos comenzó a enhuaracar su trompo para poner fin a esa vergüenza. Ajustó
ahora la piola y pasó poo la púa el pulgar y el índice mojados en saliva; midió la distancia, alzó el bracito
y disparó con toda su alma. Una sola exclamación admirativa se escuchó:
-¡Lo rajaste!
Chupitos ni siquiera miró el trompo rajado: se alzó de hombros y abandonando junto al viejo el trompo
nuevo, se metió las manos en los bolsillos y dio la espalda a la tira murmurando:
-Ya lo sabía…
Y se fue. Los muchachos no se explicaban por qué los dos trompos allí, tirados, ni por qué se iba
pegadito a la pared.
Los muchachos no se explicaban por qué los dos trompos allí, tirados, ni por qué se iba pegadito a la
pared. De pronto se detuvo. Sus amigos que lo miraban marchar con la cabecita gacha, pensaron que
iba a volver, pero Chupitos sacó del bolsillo el resto del clavo que le sirviera para hacer la segunda púa
de combate, y arañando la pared, volvió a emprender su marcha hasta que se perdió, solo, triste e
inútilmente vencedor; tras la esquina esa en que, a la hora de la tertulia, tanto había ponderado al viejo
trompo partido ahora por su mano:
-¡Más legal, te digo!…¡De naranjo purito!
El almohadón de plumas
Horacio Quiroga

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus
soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando
volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo
desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella
deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el
impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos,
columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo
glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de
desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo
abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo
sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que
llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente
días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él.
Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la
cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente
todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron
retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de
Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que
no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima,
completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo
el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor
ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin
cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba
en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que
caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego
a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno
y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la
boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra. Jordán corrió al
dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran
debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima,
completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo
el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor
ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin
cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba
en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que
caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego
a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno
y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la
boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra. Jordán corrió al
dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta
confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos,
que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa,
desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía
en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo
rato en silencio y siguieron al comedor.
—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer...
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las
primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en
síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía
siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde
el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le
tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma
de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban
fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que
el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de
los eternos pasos de Jordán.
Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el
almohadón.
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del
hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin
saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
—¿Qué hay?—murmuró con la voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán
cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror
con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós: —sobre el fondo, entre las plumas,
moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa.
Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa,
mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La
remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no
pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones
proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro
hallarlos en los almohadones de pluma.
ROSA CERNA GUARDIA (1926-2012)
Los Días de Carbón (1966).
Fuente: GUARDIA Cerna, Rosa (2004). Los Días de Carbón. Lima: Ediciones Santillana S.A. Alfaguara. Cuenta Cosas.
De Ayer y Siempre.

Vivo en el campo. Voy a cumplir diez años. Tengo un hermanito chico, Pedro.
Conozco todos los colores del arco iris y me gusta caminar descalza bajo la lluvia; recibir en la falda
extendida el granizo y seguir de cerca a la perdiz hasta su nido para mirar sus huevecillos lustrosos y
violetas.
Mi casa tiene el tejado rojo y las paredes blancas, rodeada de sol, pencas y retamas, de sauces, eucaliptos
y quinuales durante el día, y de oscuridad y paca-pacas en la noche.
Cuando se apaga la lámpara, mi casa parece una isla con todas sus cosas juntas; pero tan distante que
hay que viajar toda la noche para encontrarla otra vez.
Al amanecer, lo primero que se advierte en su cielo es el humor de la chimenea, alto, blanco, denso; me
hace falta imaginar un barco recién anclado en el puerto luminoso del día.
No puedo remecer los árboles con mis manos. Si lo hiciera, los pájaros y las hojas caerían y yo tendría
una lluvia maravillosa. Pero el árbol es como mi madre, que no puedo bajarme una estrella, y yo quisiera
tener una luz oculta que me hiciera brillar el corazón o un pájaro que cante dentro de mí o una hojita
sensitiva me sirva para no ponerme colorada mientras hablo.
Voy a la escuela, pero tengo el conflicto de gustar más del lenguaje de las cosas que miro, de la tierra
abierta, del mugido de las vacas o de los árboles que zumban con el aire, que del cuaderno, el lápiz y la
carpeta.
Cuando bajamos al pueblo, con Juanita, llevamos en las trenzas el color del trigo en cosecha y el olor de
las retamas.
Me gusta oler a campo, a flores frescas, a agua limpia. Los niños del campo tenemos algo especial en los
ojos y en el alma. Copiamos la limpidez del cielo sin saberlo. Estamos acostumbrados al lenguaje directo
de la tierra, del agua, del viento, de los pájaros y hasta de las raíces, por oscuras y ocultas que parezcan.
En nuestra sangre canta la creación, el maravilloso himno de acción de gracias; donde quiera que
miremos, la obra de Dios se hace presente.
La maestra dice que no nos cambiaría nunca por otros niños. A pesar de no ser de aquí, se siente feliz.
Llenamos su vida. Siempre la oímos cantar y juega con nosotros como si tuviera nuestra edad.
En la tarde, al final de las clases, visita las casas de los chicos y hace proyectos con los padres en
provecho de nosotros.
Todos la queremos. .-
Carbón es negro como la noche. Me lo trajo mi padre una tarde de lluvia bajo el poncho y me lo echó a
los pies como si tirara un copo de lana negra, tibia, esponjosa, mientras mi madre calentaba la comida y
el agua resbalaba en los tejados.
Apenas cabía en la palma de mi mano. No se movió, estaba aterido. Sólo su hociquito húmedo, ansioso
de comida, cambió de sitio. Afuera tronaban los rayos y parecía meterse dentro de la casa. Lo escondí
entre los pliegues de mi falda después de que tomó su sopa, y ambos nos quedamos dormidos junto al
fuego.
Me parece que en sueños le puse el nombre de Carbón. ¿Qué otro nombre podría quedarle más a tono
con su tamaño, su forma y la noche oscura en que llegó?
Carbón es un cachorro como pocos. Más que su pura sangre, está en él, el sello con que vino.
Llévate el mejor para tus hijos, le había dicho a mi padre, un amigo de la infancia. Mi padre eligió a
Carbón.
La presencia de Carbón entre nosotros acerca de la visión de aquel amigo, aunque Pedro y yo no lo
conocemos; y él, Carbón, ha de mantenernos unidos por siempre.
¡Esto es tan grato! (…)
-.-
Carbón es dueño del campo y nadie se lo ha dicho. Trepa los muros y olfatea a todos los animales que
tenemos, parece estar descubriendo el mundo y sus rarezas.
Es juguetón, hace levantar del nido a las gallinas por creerlas perezosas, y arma un escándalo infernal
de cacareos y protestas, se entrecruza entre las piernas de la vaca por el olor a leche, husmea todos los
rincones del sendero; y, después, cansado, bebe el agua del río como si tuviera una sed enorme reunida
desde el día en que nació. Parece que quisiera secar el río para encontrar la lengua de otro perro que
asoma desde el fondo amenazante.
¡Qué tonto eres, Carbón! Es tu sombra, tu propia sombra, la que asoma dentro del agua. Camina para
que veas. Ladra para que escuches tu lenguaje sonoro. ¡Qué animal puede estar metido dentro del agua
y esperar que te acerques tú para asustarte! ¡No me des risa, Carbón”
El agua es como un espejo. Ojalá pudiéramos descubrir al mirarnos en él lo que llevamos dentro. El agua
nos curaría.
-.-
Ahora Carbón cuida el ganado y la casa y acompaña a mi padre en el trabajo. Le gusta tomar el desayuno
muy temprano y no se harta. Parece que tuviera cuatro estómagos vacíos.
Mi padre dice muy serio:
- Me resultó un tragaldabas. Ahora tengo que trabajar más para alimentar a este muchacho. ¿Sabes
cuánto cuesta la libra de carne, Carbón? ¿Y la arroba de harina, y de dar de comer a las vacas para que
nos den leche? ¿Y no saben cuánto comen las gallinas para poner huevos?
Carbón parece entender el sentido de sus palabras. Salta hasta el cuello de mi padre como diciéndole:
Todo esto lo pagaré después con mi trabajo.
- Carbón- le digo., levantándolo en mis brazos-. No te resientas, es una broma de papá. ¿Verdad,
papá?
Lo digo en serio- me responde sonriendo, y ambos se alejan por el sendero; mi padre silbando viejas
tonadas y Carbón adelantándole el camino, pero sólo hasta la salida.
Después regresa a casa como alma que lleva el diablo.
-.-
Han de cambiar la cerca que da al molino y han traído un montón de piedras partidas.
- El coral de este lado está inseguro y nos pueden robar las cosas- dijo mi madre, explicándoselo al
camionero.
Pero (éste) debió robarnos a Carbón. Mi padre dejó la ciudad llevando a Pedro que lloraba. Denunció
el robo. Puso en movimiento a la gente y a dos guardias del puesto.
Encontramos al hombre, pero no a Carbón. Carbón había desaparecido.
Todos lloramos. Mi madre, mirando el plato de Carbón vacío. Nosotros, mirándole los ojos a ella, y a mi
padre, tratando de consolarla, le acariciaba los cabellos.
- Pensar que ese “muchacho” nos ha acostumbrado y ahora nos hace falta- dijo mi padre.
La comida se quedó servida.
La noche pareció más larga, más oscura y más fría. En cama comprendí las palabras de mi madre, que
aun en medio de este dolor tan grande éramos felices. Llorar juntos por algo que se ama es también
parte de la felicidad.
Pedro soñó con Carbón. Al despertar se puso a llorar desesperadamente.
Justino y Venancio, Teodoro y Valentín buscaron a Carbón de huerto en huerto, de granja en granja.
En las cuatro esquinas de la plaza, mi padre mandó colocar este aviso. “Si encuentran un perro negro,
que responde al nombre de Carbón, dejarlo en el puesto. Doy buena gratificación”.
Pasaron los días en silencio. Pedro enfermó. Compraron un chite, o corderito blanco, para alegrarlo. El
contraste no le gustó en absoluto.
Mi padre prometió pagar muy alto el rescate de Carbón. Desde el boticario hasta el santo cura, todos los
chicos de la escuela: Andrés, Ernesto, el Molinero, Martín y Octavio se movilizaron, no por el valor del
rescate sino porque Pedro empeoraba.
El muro había sido terminado. La casa estaba más segura. Una cerca de piedras blancas se extendía al
borde del molino, pero Pedro se negaba a recibir consuelo alguno.
-.-
Una noche en que flaqueaba la esperanza por la vida de Pedro, y habiéndose regresado al pueblo el
doctor Pineda, a pesar del ofrecimiento de mi padre de quedarse en casa por la lluvia cargada de truenos
y de rayos y el peligro que ofrecía el camino a oscuras, vimos un bulto negro que se movía a la puerta
del gallinero, lejos de nosotros, y oímos un ladrido familiar. Nos echamos a buscar, protegidos por
costales de yute. Parecía Carbón.
Claro que lo era, pero estaba demasiado flaco y astroso; el agua de lluvia le había mojado el pelaje y
parecía un arco su pobre columna vertebral. Lo llamamos, nos reconoció. Era él; se deslizó por entre
nuestros pies como un reptil en cuyos ojos brillaba la dicha de haber encontrado su casa.
- ¡Es Carbón!- dijo mi padre, abriéndonos la puerta.
Venancio, que llevaba el bulto en brazos, lo descargó junto a la cama de Pedro. El animal está extenuado,
flaco, con los huesos en alto, el rabo batiente y los dientes, no dejaba de saltar.
Pedro lo recibió en brazos y, aunque estaba sucio, mis padres lo dejaron con él. Ambos se quedaron
dormidos, Pedro amaneció sin fiebre, pudo tomar la leche del desayuno.
Nada supimos de la ausencia de Carbón, de su fuga misteriosa, de su retorno; pero qué importaba, si no
era de tiempo de preguntar sino de agradecer. Carbón estaba con nosotros y Pedro mejoraba poco a
poco.
-.-
Carbón, aparte de ti, tengo otro amigo. No te asustes. Sólo lo he visto tres veces. Un día pasó por mi lado
y me dijo: “¡Qué linda!” Era la primera vez que alguien me lo decía. Me estremecí de pies a cabeza y me
puse colorada, tan colorada que se me quitó el bochorno hasta la salida de la escuela.
Es el primer amigo que tengo. Es un amigo propio. Me lo he ganado yo misma. A ti te trajo papá, por
ejemplo. Sabes, no es amigo de papá ni de mamá, ni de otra chica, es sólo mi amigo y esto me alegra
tanto. No sé de dónde me conoce y creo que yo también lo conozco desde hace mucho tiempo.
El otro día estuve triste porque me dijo al pasar: “Adiós, linda”. Lo vi trepar a uno de esos carros enormes
que llevan a la gente a todas partes, esos en que a ti también te llevaron y te perdiste la vez de las piedras,
¿te acuerdas?
Eso mismo creí de él y me dieron unas ganas tremendas de llorar. Creo que lloré. Es bueno llorar a
tiempo. Ahora estoy contenta. Allí va a caballo. Todo me parece más bonito, más brillante, más….
Carbón, entiéndeme, te has quedado dormido como si no te importase lo hermoso que es tener un
amigo. Creo que lo sabes, pero no se puede contar contigo.
-.-
Todo está listo para la corrida de toros. Han llegado varios toreros para quitar a la gente la costumbre
de meterse en la plaza, y desafiar al toro. Los altillos han sido levantados en torno de la plaza lo mismo
que la barrera y el toril.
Los capitanes de la fiesta, don Anselmo y su yerno, don Marcelo y su hijo, rompen el desfile de bandas y
cintas de colores en el cuello, el pecho y el sombrero, entre una salva de cohetones, aplausos y hurras
que hacen retumbar los cerros. De los balcones se echan palomas y flores, listones y monedas, mientras
circulan de asiento en asiento botellas de chicha, cerveza, ponche y helados, obsequio de los capitanes.
La tarde llena de belleza y colorida es teñida por la sangre de un espontáneo que no se sabe cómo ha
caído a la plaza, y es cogido por el toro entre la protesta de los toreros y los gritos de la gente. Si no hay
muertos o heridos en una tarde de toros dicen que la fiesta ha estado mala. ¡Qué horrible! Son
costumbres del pueblo.
Papá contó anoche a unos amigos que han venido a la fiesta que hace años una mujer se arrojó a la plaza
por defender a su hijo, que llevado por el entusiasmo del momento, había salido a torear sin saber
hacerlo, saco en mano; cuando la madre lo vio cogido, cayó sobre la fiera. El animal le clavó las astas y
la mujer murió en plena plaza, pero salvó a su hijo. Eso mismo oí decir el Día de la Madre al director de
la escuela: “Aquí hay mujeres que han dado la vida para defender a sus hijos del peligro”. Se refería,
también, a la mujer que peleó con el toro.
La última tarde de la corrida de toros ocurrió algo inesperado. Se escapó un toro del toril. Fue un
alboroto. Una gritería espantosa. Los laceadores saltaron los muros de la plaza y echaron a correr tras
él con sogas y lazos. El torito era un ejemplar azabache de astas levantadas y, por lo mismo, terrible. Iba
a embestir a Claudio, el hermano chico del Molinerito, y a Juancho, el hijo de Venancio, que habían bajado
de los altillos para comprar helados.
Carbón corrió a defenderlos. El toro le metió las astas por entre el pelaje terso y negro, lo revolcó en la
tierra mojada por la lluvia, lo aventó lejos y volvió sobre su presa hasta sacudirlo en los aires como si
fuera un pellejo en medios de gritos de espanto y dolor, dando tiempo a los laceadores para atraparlo.
Mi padre, al ser advertido, bajó del balcón mientras era rescatada la fiera, cogió a Carbón en brazos y se
marchó a casa. Tras él, Venancio con su chiquillo, el Molinerito más chico, su papá, mamá y yo. La camisa
y los ojos del papá estaban mojados. Los alaridos de Carbón retumbaban más estruendosos que los
cohetones. Los capitanes de la fiesta seguían brindando la tarde a la gente, mientras la sangre de Carbón
incendiaba el aguacero que empezó a caer.
No sé qué pondría mi padre a Carbón, pero las estocadas del toro pudieron más que su cariño, su afán
y sus lágrimas. Carbón murió. Habría derramado toda su sangre. A pesar del aguacero, la gente desfiló
por mi casa como si no lloviera. Un solo silencio envolvía la tarde. Los cohetones se habían apagado.
Todos lloramos la muerte de Carbón.
Mi padre, reponiéndose del dolor, dijo Venancio y al molinero:
- Lloramos de alegría, ¿verdad? ¿Qué hubiera sido si uno de nuestros hijos: ¿tú, Juancho, Cecilio o mi
Pedro, hubieran muerto en lugares de Carbón? O nosotros mismo, o un extraño, alguien…..
Los dos indios abrazados de mi padre como de la corteza de un árbol pródigo, estuvieron largo rato
mojándole los hombros con sus lágrimas:
¡Sí, patroncito! ¡Sí, patroncito!
Me atrajo mi madre a su regazo y yo quería acariciar los despojos de Carbón. Mi maestra y el señor
cura, que también estaban, me dijeron:
- Debes estar satisfecha. ¿No formaste tú el corazón de Carbón? ¿No lo hiciste crecer en tu deseo?
- ¡No se llora por un héroe, y si se llora, se llora de felicidad, de alegría!
- Lo que ha hecho Carbón no tiene nombre. Ha muerto por defender a dos niños, salvó al pueblo.
- Nos salvó a todos.
Con este diálogo aprendido en el momento, me consolé. Pero, ¿cómo se lo diré a Pedro? Me lo dejó para
cuidárselo. Mi padre estrechó en sus brazos, todavía tenía la huella de la sangre de Carbón entre el
pecho de la camisa y las mangas, y me dijo:
De eso me encargo yo. Tú encárgate de consolar tu corazón. Quiero ver qué temple tiene el alma de
esta jovencita que amo tanto.
Al día siguiente, muy temprano. Venancio, mi padre, y el Molinero, enterraron a Carbón al pie del árbol,
frente a la capital de nuestra querida plaza.
No me llevaron. Pero supe que Carbón estuve acompañando por todos aquellos a quienes lo fui
presentando como amigos en mis correrías de chiquilla. ¿Faltó alguno, Carbón? Creo que ninguno.
-.-
Carbón, algo de lo que fue tuyo está entre nosotros, rodeándonos como si fuera tu propia alma. Yo
discurro por entre las cosas que miramos juntos y todo es como un reclamo para ti: parece que todos
me dijeran: “¿Y Carbón?
Algo muy hermoso me hace intuir que tú me escuchas, que vienes donde yo voy, que te has vuelto más
ligero, más responsable. Si así fuera, Carbón, no quisiera que te convirtieras en cenizas como es
costumbre hacerlo obedeciendo al tiempo. Quisiera que la brasa de tu corazón ilumine tus ojos y mi
miren siempre de noche y de día como dos carbones encendidos.
Yo tendré en tu señal un aviso. Te llamaré la luz de la montaña y nunca estaré triste si llego a
descubrirte. Hace poco te hablaba de la estrella que yo quería que fuera un enorme ojo que llorase una
lágrima encendida. Creo que he sido escuchada. En mi vida estarás tú como
estrella enorme iluminando el camino de mi infancia, del que acabo de volver para que nada de lo
nuestro oscurezca.
Olvidaba decirte, Carbón. Desde hace algunos días sólo pinto pájaros en mis ojos y hacia adentro. MI
alma está como una acuarela llena de trinos y colores. Es como si soñara las cosas sin haberlas visto
nunca o como si inventara en mis palabras los adjetivos que merece el agua.
Carbón, y tú vienes conmigo para proteger este mi mundo. A veces digo: “!Quieto, Carbón!”, y tú
paralizas el aire para que mis avecillas no distancien mis sueños de la realidad.
Ojalá, Carbón, que todo lo que guardamos cuidadosamente inundara el alma de Juanito, cuando
descansa su cabeza angustiada sobre la almohada para que todo se le vuelva musical, sereno el sueño
y ligera la noche. Está tan triste por tu ausencia, Carbón, que nada puede alegrar su corazón.
Nada, Carbón, nada: ya lo hemos intentado.
-.-
Todos los chicos de la escuela extrañamos tu presencia, Carbón. A todos nos harás falta. La señorita
dijo:
¡Qué pena, un alumno menos! – pero antes de que los chicos nos pusiéramos tristes, dijo-: Chicos,
vamos a cantar primero y después a dibujar. Hoy, dibujaremos a Carbón como cuando lo teníamos
cerca. Un Carbón alegre, trotón, así tendremos fresca su imagen y su recuerdo.
Repartió papeles, cartulinas, colores, carboncillo, retazos de tela, en fin. La emoción corrió de banca en
banca, y todos con el alma afuera te dibujamos, Carbón, en todos los detalles, entrando y saliendo de
nuestras vidas: cuando te metiste en el corral de gallinas, cuando terminaste botando flores, floreros
en la capilla, cuando salías disparado al oír silbidos de papá o cuando te paseabas por la calle llevando
canasta en el hocico.
Después la señorita colocó los trabajos en la ventana y las paredes uno a uno, lado a lado, y por un
largo instante que, dice ella, ha durado toda la vida, quedaste atrapado en el recuerdo como una
calcomanía de colores imborrables.

FIN

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