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Fragmento Pazos Ulloa

Este extracto describe una escena en la cocina de una casa rural gallega. Primitivo trae una liebre muerta y perdigones de caza. Prepara la mesa con platos, cubiertos y comida. Los perros acuden ansiosos por su comida. El marqués supervisa la preparación. Un niño pequeño juega entre los perros hambrientos, y uno casi lo muerde cuando trata de coger un tasajo de la cubeta de la perra Chula.
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Fragmento Pazos Ulloa

Este extracto describe una escena en la cocina de una casa rural gallega. Primitivo trae una liebre muerta y perdigones de caza. Prepara la mesa con platos, cubiertos y comida. Los perros acuden ansiosos por su comida. El marqués supervisa la preparación. Un niño pequeño juega entre los perros hambrientos, y uno casi lo muerde cuando trata de coger un tasajo de la cubeta de la perra Chula.
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 P E R A B BAT  (     )

EMILIA PARDO BAZÁN, LOS PAZOS DE ULLOA ()

E m i l i a Pa r d o B a z á n e s, j u n t o c o n C e c i l i a B ö h l d e Fa b e r ( Fe r n á n C a b a l l e r o ) ,
una de las g randes mujeres novelistas del siglo . No podía faltar en esta
antología un fragmento de Los paz os de Ulloa, novela que la consag ró para
la posteridad.

En el esconce de la cocina, una mesa de roble, denegrida por el uso, mostraba exten-
dido un mantel grosero, manchado de vino y grasa. Primitivo, después de soltar en
un rincón la escopeta, vaciaba su morral, del cual salieron dos perdigones y una liebre
muerta, con los ojos empañados y el pelaje maculado de sangraza. Apartó la mucha-
cha a un lado el botín, y fue colocando platos de peltre, cubiertos de antigua y maciza
plata, un mollete enorme en el centro de la mesa y un jarro de vino proporcionado
al pan; luego se dio prisa a revolver y destapar tarteras, y tomó del vasar una sopera
magna.
De nuevo la increpó, airadamente, el marqués:
—¿Y los perros, vamos a ver? ¿Y los perros ?
Como si también los perros comprendiesen su derecho a ser atendidos antes que
nadie, acudieron desde el rincón más oscuro […]. Julián creyó al pronto que se había
aumentado el número de canes, tres antes y cuatro ahora; pero al entrar el grupo ca-
nino en el círculo de viva luz que proyectaba el fuego, advirtió que lo que tomaba por
otro perro no era sino un rapazuelo de tres a cuatro años cuyo vestido, compuesto
de chaquetón acastañado y calzones de blanca estopa, podía desde lejos equivocarse
con la piel bicolor de los perdigueros, con quienes parecía vivir el chiquillo en la me-
jor inteligencia y más estrecha fraternidad. Primitivo y la moza disponían en cubetas
de palo el festín de los animales, entresacado de lo mejor y más grueso del pote;
y el marqués, que vigilaba la operación, no dándose por satisfecho, escudriñó con una
cuchara de hierro las profundidades del caldo […]. El chiquillo gateaba por entre las
patas de los perdigueros, que, convertidos en fieras por el primer impulso del hambre
no saciada todavía, le miraban de reojo, regañando los dientes y exhalando ronquidos
amenazadores; de pronto, la criatura, incitada por el tasajo que sobrenadaba en la
cubeta de la perra Chula, tendió la mano para cogerlo, y la perra, torciendo la cabeza,
lanzó una feroz dentellada que, por fortuna, sólo alcanzó la manga del chico, obligán-
dole a refugiarse más que deprisa, asustado y lloriqueando, entre las sayas de la moza,
ya ocupada en servir caldo a los racionales.

Emilia Pardo Bazán, Los pazos de Ulloa,


Madrid: Alianza, , pp. –.

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