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Fomento de la Lectura en Lima Lee

Este documento presenta un resumen de 3 oraciones del cuento "La casa amarilla" de Giovanni Barletti. Relata las experiencias de un niño durante un paseo escolar a orillas de un río, incluyendo jugar en el agua, ver a su hermano lesionarse en un accidente, y la búsqueda de un compañero perdido antes de regresar a casa.
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Fomento de la Lectura en Lima Lee

Este documento presenta un resumen de 3 oraciones del cuento "La casa amarilla" de Giovanni Barletti. Relata las experiencias de un niño durante un paseo escolar a orillas de un río, incluyendo jugar en el agua, ver a su hermano lesionarse en un accidente, y la búsqueda de un compañero perdido antes de regresar a casa.
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GIOVANNI BARLETTI

LA CASA AMARILLA
La casa amarilla
Giovanni Barletti

Christopher Zecevich Arriaga


Gerente de Educación y Deportes
Doris Renata Teodori de la Puente
Subgerente de Educación
Margarita Delfina Zegarra Flórez
Jefe del programa Lima Lee
Editor del programa Lima Lee: John Martínez Gonzales
Corrección de texto: Katherine Lourdes Ortega Chuquihuara
Segunda corrección: Vladimir Fiori Zumaeta
Diagramación: Andrea Veruska Ayanz Cuellar
Diseño de portada: Leonardo Enrique Collas Alegría
Ilustración intervenida:
[Link] | Uso no comercial, DMCA
Editado por:
Municipalidad Metropolitana de Lima
Jirón de la Unión 300, Lima. Lima.
[Link]
1a. edición - mayo 2022
Depósito legal N° 2022-03998
Presentación

La Municipalidad de Lima, a través del programa


Lima Lee, apunta a generar múltiples puentes para que
el ciudadano acceda al libro y establezca, a partir de
ello, una fructífera relación con el conocimiento, con
la creatividad, con los valores y con el saber en general,
que lo haga aún más sensible al rol que tiene con su
entorno y con la sociedad.

La democratización del libro y lectura son temas


primordiales de esta gestión municipal; con ello
buscamos, en principio, confrontar las conocidas
brechas que separan al potencial lector de la biblioteca
física o virtual. Los tiempos actuales nos plantean
nuevos retos, que estamos enfrentando hoy mismo
como país, pero también oportunidades para lograr
ese acercamiento anhelado con el libro que nos lleve
a desterrar los bajísimos niveles de lectura que tiene
nuestro país.

La pandemia del denominado COVID-19 nos plantea


una reformulación de nuestros hábitos, pero, también,
una revaloración de la vida misma como espacio de
interacción social y desarrollo personal; y la cultura
de la mano con el libro y la lectura deben estar en esa
agenda que tenemos todos en el futuro más cercano.

En ese sentido, en la línea editorial del programa, se


elaboró la colección Lima Lee, títulos con contenido
amigable y cálido que permiten el encuentro con el
conocimiento. Estos libros reúnen la literatura de
autores peruanos y escritores universales.

El programa Lima Lee de la Municipalidad de Lima


tiene el agrado de entregar estas publicaciones a los
vecinos de la ciudad con la finalidad de fomentar ese
maravilloso y gratificante encuentro con el libro y
la buena lectura que nos hemos propuesto impulsar
firmemente en el marco del Bicentenario de la
Independencia del Perú.

Municipalidad Metropolitana de Lima


Tú eres el que me es idéntico
naces en mí como el desconocido
que tanto amamos en los sueños,
que siempre conocimos en los sueños.
De mí te apartas y eres como la imagen
en el espejo
¿cuándo no eres yo mismo Aloysius Acker?
el esperado, el compañero
el que me sorprende, el que no conozco,
aquel por quien soy alguno y muero.
MARTÍN ADÁN, Aloysius Acker.
Empezaba a vivir…
El servicio militar obligatorio…
Una guerra posible…
Los hijos, inevitables…
La vejez…
El trabajo de todos los días…
Yo le soplé delicadamente consuelos,
pero no pude consolarlo;
el jorobó las espaldas y arrugó la frente;
sus codos se afirmaron en sus rodillas;
él era un fracasado.
MARTÍN ADÁN, La casa de cartón
RECUERDOS IMPERFECTOS
Ellos no vendrán, pues, a tomar tus manos y
acaso estás a punto de no ser hijo de nadie.
Entonces el pensamiento imposible que te viene y
te deja va haciéndose posible. Acógelo: ten miedo,
ten miedo, y justamente con tu miedo quizá
vuelvas a ser hijo de, como antes, niño, cuando
ellos todavía te abrazaban con alguna piedad.

JOSÉ WATANABE, El huso de la palabra


I

Sentía que se estancaba el tiempo mientras todos mis


amigos se alejaban bulliciosos por entre los árboles de
molle y yo temblaba aún sobre una pequeña piedra
resbalosa y maldecía mi suerte al otro lado del río. Estaba
a punto de naufragar y llorar cuando apareció Marlon
para tratar de convencerme que no era tanta la distancia
que me separaba de la siguiente piedra musgosa, incluso
cruzó de un lado a otro para mostrarme lo fácil que era y
terminó jalándome de una mano con todas sus fuerzas.
Apenas tuve contacto con la suave, ondulada arena de la
orilla Marlon comenzó a correr y nos internamos en una
chacra vacía en busca de los demás que al mismo tiempo
buscaban cualquier cosa o solo exploraban y miraban
hacia atrás de rato en rato porque la señorita Susana solía
seguirnos durante nuestras misiones recolectando hojas
de molle para que no la piquen a ella ni a las mujeres los
mosquitos y para las heridas aunque en ese caso lo que
más hacía era gritar y gritar y a algunos hasta les pegaba.
Felizmente que a mí no porque mi mamá le había advertido
el primer día de clases que más le valía no ponerme un
dedo encima, mucho menos agarrarme a cachetadas,

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jalarme el pelo o darme de palmazos en la nuca como a
los otros niños y, por si acaso, le recordó la advertencia
antes de subir a la combi repleta de mis amigos ansiosos
que me odiaban más y más porque las horas y los días
fueron interminables hasta ese momento y mi mamá
seguía explicándole a la malhumorada profesora dónde
quedaba el teléfono público más cercano al Conde para
que no dudara en llamarla si me pasaba algo pues ella
llegaría no importa corriendo a salvarme. Tuve que viajar
entre el conductor y la señorita Susana con la vista fija en la
línea intermitente de la pista y un pensamiento que nunca
logré olvidar por completo. Podía pasar varios minutos
preguntándome si en realidad estaba vivo o mi cuerpo
era el móvil para la concreción de otros pensamientos y
me repetía la pregunta hasta que las palabras dejaban de
tener significado y lograba convencerme de que era tan
real que incluso podía dudar de mi existencia y que era
imposible no serlo porque alguien más ya se habría dado
cuenta. Inmóvil en mi asiento escuchaba con pena las
bromas que se desgastaban atrás, sus historias, las quejas
de las mujeres porque eran unos cochinos. De las demás
mujeres, no de Siara. Ella viajaba en uno de los primeros
asientos conversando despacito con alguna amiga menos
hermosa y nadie la molestaba. Su inolvidable rostro

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pálido con pecas era nuestra locura, su voz suave, su
cabello casi rubio. Frente a Siara lo único que podíamos
hacer era mirarla sin pensar en algo determinado y por
bailar con ella durante las constantes fiestas infantiles se
producían verdaderos bochinches donde casi nadie salía
victorioso porque no faltaban los padres que corrían a
apagar la música y nos invitaban a reventar la piñata que
desencadenaba luchas no menos feroces.

El calor incesante, las mismas plantas de hojas


informes a lo largo de toda la orilla, la corriente débil del
río contenida por piedras muy grandes que movíamos
con dificultad, decenas de renacuajos debajo de esas
piedras, ningún sapo. Buena parte de la mañana la
invertimos en construir un pozo lo suficientemente
grande para bañarnos todos juntos y salpicar la mayor
cantidad de agua incluso a la señorita Susana que con el
transcurrir de las horas nos mostraba su mejor sonrisa
y jugaba con nosotros. Pasamos horas chapoteando
en el agua, conversando o simplemente flotando y los
niños de grados superiores que discurrían por nuestra
improvisada piscina la miraban con recelo. Ellos
jugaban futbol no muy lejos y los más grandes y mejores
llegaban a formar equipos con los de secundaria. Desde

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nuestro pozo mirábamos aún ese mundo como algo
inalcanzable y admirábamos a nuestros mayores por su
edad y sus aventuras, incluido mi hermano. Ellos bebían,
iban a discotecas, tenían enamoradas y en el colegio se
contaban exagerados chismes sobre sus andanzas que nos
impresionaban sobremanera. Y fue probablemente por
imitar la ficción de sus anécdotas nocturnas o durante
el desarrollo de una de sus inenarrables hazañas que mi
hermano se despeñó por la ladera de un cerro de arena
y se fracturó un brazo. Transcurría el almuerzo cuando
vimos una especie de derrumbe en la cima del cerro más
alto y entre la nube de arena se distinguían con dificultad
unas formas humanas luchando por frenar la estrepitosa
caída. Minutos después los amigos de mi hermano
lo sacaban cargado rumbo a la carretera y ni siquiera
pude aproximarme a preguntarle cómo estaba debido al
tumulto que había alrededor entre profesores y curiosos.
Todos creímos que iba a terminar el paseo por su culpa y
también por la mía ya que era mi hermano hasta que se
puso de pie, dijo unas pocas palabras, sonrió y subió sin
ayuda a una camioneta que lo llevaría directo al hospital
donde trabajaba mi papá, así que me despreocupé por él
y regresé corriendo a nuestro campamento. Terminamos
de almorzar bajo la sombra de unos árboles inmensos

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y con profunda tristeza recorrimos el río por última
vez durante ese año para espiar a las demás secciones y
disfrutar los penúltimos destellos del sol en el agua, el
inconfundible olor a humedad mezclado con eucalipto,
el sonido acompasado de los árboles y las sombras que
las altísimas montañas derramaban sobre nosotros.

Antes de partir René no aparecía por ningún sitio


y llenamos su mochila con tierra y bosta seca de vaca
hasta que se rompió el cierre en medio del jolgorio
general y la señorita Susana nos ordenó muy preocupada
que fuéramos a buscarlo. Nos dividimos en dos grupos
y lo encontramos por fin detrás de unos cañaverales
cazando renacuajos con una botella. Le dijimos en coro
que la señorita Susana estaba furiosa y más que su rostro
contristado fue su sonrisa falsa la que nos reveló que algo
raro le había pasado. No nos quiso decir nada al inicio
y recién cuando el grupo se fue reduciéndonos contó
con voz pausada que se había encontrado con su vecina
Raquel cerca de ese lugar. Ella estaba en secundaria y
tras caminar a su lado un rato lo llevó a los cañaverales
donde lo habíamos encontrado y se quitó toditita la
ropa. Su mirada lasciva, su cabello largo ondulado, sus
manos transportándolo por su cuerpo desnudo nos

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dejaron con una sensación indescriptible en el estómago
y en completo mutismo. Solo hablamos para pedirle
perdón por llenar su mochila de tierra y lo ayudamos a
guardar rápidamente sus cosas, lo acompañamos hacia
el lugar donde nos esperaba la movilidad. Esta vez fui
uno de los primeros en subir y ocupar el ansiado último
asiento, pero estaban todos tan cansados que viajaron en
silencio y pasó buen rato antes que me preguntaran por
mi hermano, de lo otro no volvimos a hablar.

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II

Ahora una naranja, su cubierta ahuecada, brillante en


las manos de mi mamá durante un par de segundos.
Pequeños mangos arrugados, grandes y que lloran miel,
pálidas sandías vestidas de rojo. De rato en rato ella
aprieta mi mano y yo en vano la miro, sigue escogiendo
cada fruta brillante, apretándola también un poco frente
a la anciana vendedora que barre el sudor de su rostro con
una de sus inacabables trenzas. Mi mamá casi no habla
con ella, tampoco con la siguiente vendedora que apenas
escucha zumbar agita las manos en cualquier dirección
y me ofrece un racimo de uvas. No, uvas no, a mi papá le
gustan, pero nunca compra uvas por no probarlas; están
cochinas. Demasiada luz a través de la puerta inmensa,
murmullo de carros amontonados, siluetas que adquieren
humanidad unos pasos más allá, cerca del puesto de las
flores. Esta semana olvidó también la lista del mercado en
la casa y constantemente me pregunta si recuerdo lo que
había anotado; levanta unos pocos centímetros nuestra
bolsa de colores: ahora pesa y entre las asas de plástico
asoma el apio enmarañado, marchito. Asido de su mano
evito a un vagabundo que se rasca la barba gris y la barriga

16
al mismo tiempo y pienso en los olores que se impregnan
solo en mi ropa mientras mi mamá se abre paso entre
las miradas vacías, desenfocadas de animales muertos y
se detiene finalmente ante el carnicero diminuto. Junto a
nosotros hombres y mujeres que acaban de despertarse
comen ceviche y limpian sus labios con trozos de papel
higiénico que arrancan de un rollo común en el centro de
la mesa. El carnicero corta con parsimonia cada filete de
carne y lo deja caer en su mostrador creando un sonido
seco, luego le da una palmada, afila el cuchillo. Má-
qui-nas In-dus-tria- les, leo en la etiqueta de una sierra
eléctrica y mi mamá aprieta mi mano de nuevo.

Un cuadradito fosforescente en cada estuche renueva


mis dudas entre el Hombre Araña que articula solo los
brazos y la larga capa de tela roja del Superman grande
y musculoso. Mi mamá me dice que no me apure,
que escoja el que más me guste y mantiene su mano
tranquilizadora en mi hombro durante unos segundos.
De repente siento mucho calor y un hilillo de sudor se
desprende de la parte de atrás de mi cabeza. El bigotudo
vendedor sostiene aún otros muñecos de Superman y el
Hombre Araña que no me gustaron y se limpia el sudor
con un pañuelo marrón que guarda arrugado en el único

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bolsillo de su camisa. El Hombre Araña no viste una
larga capa de tela, pero sería el arquero perfecto para mi
equipo de fútbol de superhéroes. Nadie le metería goles
si lanza sus telarañas por todo el arco, agrega mi mamá
que comienza a impacientarse, también el hombre del
bigote que ahora luce una gran mancha de sudor en el
pecho. Ambos sonríen cuando guardo a Superman y su
capa en nuestra bolsa de colores y reanudo la marcha
escaleras arriba, hacia la avenida Balta.

Letras mayúsculas se alinean sin significado en los


titulares de varios periódicos sujetos a la pared con
ganchos de ropa. Alrededor de los puestos de raspadilla
las personas descansan bajo la sombra y sorben refrescos
de colores y microbios de pequeñas bolsas con hielo.
Combis vacías rodean el óvalo lentamente y se alejan en
fila por la pista estrecha de la calle Piura. Gri-fo Mo-que-
gua, leo en lo alto de un poste y siento que caminamos
un poco más rápido, que mi mamá aprieta más fuerte mi
mano. Volteo para verla: gotas imperceptibles de sudor
brillan ahora en su rostro; sonríe incómoda cuando
escucha su nombre y una de sus mejores amigas se
aproxima con los brazos abiertos. Más alta que mi mamá
mantiene la cabeza inclinada para hablar con ella, tosca

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e inmensa a su lado. Mi mamá es más bien pequeña y su
largo cabello ondulado del color último del sol, sus ojos
son pequeños e inquietos. Su risa contagiosa es lo único
que escucho de ellas; labios rojos, dientes. Pa-na-de-rí-a
El O-bre-ro. Co-ca Co-la. Dis-fru-ta, leo en la pared de
una tienda y mi mamá sonríe, sudan nuestras manos
unidas. Su amiga cruza la pista sin mirar a los lados, rodea
el bulto plomizo de dos perros tendidos sobre la vereda
estrecha. Local oscuro y sin nombre, columnas de libros
celestes ordenadas infinitamente, largas mesas. Que
escoja el que más me guste, que no me apure y se aleja
unos pasos, hojea libros, revistas. Llama mi atención la
mirada triste de un niño vestido como superhéroe sobre
el fondo azul profundo de la portada, el título en letras
negras, doradas ahora. Aprieta mi mamá los bordes de
su monedero de cuero, una gruesa mujer se acerca, el
sonido hueco. Manchas blancas bailotean en mis ojos
cerrados, caminando hasta la casa. El calor.

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III

Rollos inmensos de telas suaves, casi transparentes en


busca del banquito de madera seguro muy alto, la espalda
sobre duros rollos de tela oscura. Mi mamá señala aún
una tela rosada en lo más alto del mostrador y la joven
vendedora se empina sus brazos delgados, rígidos que
prolonga interminablemente hasta alcanzar el rollo. Telas
ásperas de colores oscuros plomo, negro, marrón… añil;
frías como sábanas sus figuras de animales mutiladas
en los extremos; telas brillantes que pasan la corriente.
Mi mamá voltea a verme y no hace ningún gesto; abre
su monedero negro, suelta los bordes el sonido hueco.
La vendedora que lleva los lentes colgando del cuello le
entrega una revista de figurines corta solo el inicio de la
tela con la tijera y rasga lo demás con las manos. Ba-r-
ri-n-g-ton, leo con dificultad en la revista de figurines
caras sonrientes iguales. En la calle mi mamá aprieta
mi mano más que nunca camina un paso por delante
de mí e ignora a los muchos ambulantes que le ofrecen
ropa, trapeadores, fotografías en diez, cinco minutos
ahora hay que cruzar la pista no tan estrecha entre los
taxis pequeños y amarillos que aguardan por el color

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del semáforo. No hace tanto calor como en Moquegua,
aunque es igual el cielo, demasiada gente. Me dice que
solo un ratito para internarnos en innumerables galerías
por unos zapatos bajitos con el taco así me va a comprar
un helado, de ahí vamos a almorzar donde la abuela solo
un ratito. Gotas pequeñísimas de sudor en su rostro, le
digo que ya se abre paso entre las personas que colman la
vereda tratando de recordar reconocer aquellas galerías
donde hay un montón de tiendas y de zapatos. De este
modelo, el taco más o menos de este tamaño, aprieta
mi mano despacio se aleja por la vitrina que cubre toda
la pared puros zapatos negros y marrones. Una señora
sentada en el único banquito nos vigila se pone de pie,
saca uno, dos pares y a mi mamá no le gustan. Mira a
la mujer de reojo, las filas de zapatos de arriba abajo
rápidamente nos vamos. Brilla su cabello al sol, sus ojitos
pequeños, fijos en mí, cuando la llaman de otras tiendas
le preguntan una y otra vez qué está buscando, susurra
algo. Le señalo un zapato como el que quiere y lo sostiene
en sus manos unos segundos hasta que mira otro así no.
Los mismos almanaques en todas las tiendas, las mismas
marcas, cajas, incluso los mismos zapatos. Mi mamá se
sienta en un sillón bajito con espejo al frente, se prueba
dos pares iguales que luego deja a un lado enojada habla

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con la vendedora mientras me alejo por unas escaleras no
me ofrecen nada de las otras tiendas hombres y mujeres
se quitan sus viejos zapatos y esconden sus pies hasta que
les alcanzan los otros caminan sobre bolsas o pedazos de
cartón. Niños jugando en el suelo los llaman a almorzar,
sus manos sucias platos de plástico táperes, miran sus
padres disimuladamente los zapatos de todos los que
entran. Regreso deslizándome y mi mamá me espera
en la puerta me pregunta si están bonitos sus nuevos
zapatos. Tengo que decir que sí y su sonrisa sigue siendo
inmensa, aunque el tiempo ha dibujado unos pliegues a
los costados de su boca y ha apagado un poco el brillo
intenso de sus ojos. Claro que me gustan, siempre fue
así me has hecho recordar y pensar mucho. Siguen igual
las cosas, aunque ahora yo camino por delante gente
salvaje que puede arrollarla, golpearla, la cuido. Camina
despacio, las manos juntas a la altura del pecho y pese
a que no quiere más zapatos se detiene en cada tienda
a preguntar algo, sonrío. Quiere una cartera, solo va a
mirar un ratito y luego almorzamos. Salimos de las
galerías, sujeta fuerte mi mano antes de cruzar la pista.

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IV

Despierto y el pelo negro, amarillo de la Tota, su


respiración agitada bajo mis brazos hasta que mi mamá
llega corriendo a salvarme. Es mala la Tota, pero no
puedo llorar porque es mi cumpleaños y mi mamá me
abraza, me dice que va a venir mi papá desde Arequipa
para saludarme. Prende la tele, hoy día puedo mirar todo
el capítulo de Starsky y Hutch, su carro rojo como mis
zapatos que me enseña a amarrar mientras su cabello
ondulado se escapa por los costados de su gorrito verde
de enfermera. Gritan, llaman a la Tota que ha roto la
puerta del techo sigue corriendo por toda la casa y la
persigue el Willy con su pierna enyesada porque se lanzó
la semana pasada a una piscina sin agua. Estamos viejos,
me dice más de una vez la señora Julia en la cocina y
ríe, llora. Hutch estaba persiguiendo a un asesino por un
techo oscuro no se dio cuenta que le iban a disparar por
la espalda y Starsky no estaba para ayudarlo porque le
habían inyectado un veneno que lo iba a matar en unas
horas, pero aparece de repente y pam pam le dispara un
montón de veces al malo y se desmaya. Le respondo a
mi mamá que luego Hutch encuentra el antídoto en la

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casa de un profesor de química que quería vengarse de
ellos y sonríe, dice que siempre Starsky y Hutch terminan
ganando. Calles mojadas, desiertas y el cielo que parece
que va a llover siempre mi mamá sostiene mi mano por
el hombre que está tendido en la vereda, pero no me dice
que camine más rápido como en las noches. Casacas de
cuero, lentes oscuros, botas de los malos que le quitan
la billetera, lo golpean en el suelo y no hay carros ni
personas en la calle mojada y mi mamá me pregunta otra
vez de dónde consiguen el antídoto para Starsky no mira
hacia los lados antes de cruzar la avenida y tengo miedo
porque aparecen un montón de carros a toda velocidad
y ella aprieta fuerte mi mano me jala hasta la mitad de la
pista cierro los ojos y no nos pasa nada. Estiro mis brazos
todo lo que puedo, me paro de puntitas para mostrarle
a mi papá cuánto he crecido: llego casi hasta las manos
blancas del Mickey gigante dibujado en la pared del nido.
Él toca sin estirarse las orejas de Mickey y el techo de
su casa en el bosque, me carga y siento su olor a otro
lugar, su cabello es como el mío. Le cuento de la Tota
y la puerta del techo, del Willy y la piscina sin agua,
Starsky y Hutch, Jiban. Él me escucha y mira de rato en
rato a la profesora directora que está en la puerta de mi
clase y finalmente me dice que regrese, me va a llamar

24
después. Hablan alrededor de una de las mesas del patio,
mi papá la sigue a la dirección o la calle y yo agito mis
manos intento advertirle que ella es mala, a veces grita su
cabello es del color del fuego. Me dijo que me iba a llamar
dentro de un rato para despedirme de mi papá sé que
ya se fue y la señorita Mónica se sienta a mi lado seguro
me pregunta por mis plastilinas de colores sin ninguna
forma, mi cartulina vacía. Discute con la directora
frente a la pequeña ventana es mi cumpleaños y me lleva
corriendo por las calles normales sin tantos carros antes
de cruzar la avenida, suaves y frías sus manos. Arrastra
el Willy su pierna enyesada por los cuadrados amarillos
del piso, la señora Julia sentada junto a la mesa de la
cocina corro por todas las habitaciones mi papá no está,
se acaba de ir.

25
VACACIONES
«No se puede quedar solo, es peligroso» o «qué te pasa,
Guillermo, tiene solo siete años», fueron las frases
que más resonaron los primeros días de aquel verano
cuando mis papás se dieron cuenta que yo ya estaba de
vacaciones y que en algún lugar tendría que quedarme
ahora que mi hermano se había ido. Era el primer verano
que mi hermano pasaba fuera de la casa y atrás quedaban
los días gloriosos a su lado. Ahora él ya no estaba y mis
padres discutían casi todo el día hasta que una noche
mi mamá se enojó y se puso a gritar. Como no teníamos
ningún familiar en Moquegua, ni confiábamos en nadie
al día siguiente salí con ella rumbo al centro de salud
donde trabajaba de enfermera. Apenas llegamos me
llevó a una sala llena de sillas y me dijo que por nada
del mundo saliera de ese lugar. Yo había visto muchas
enfermeras en la tele y en la vida real, pero ninguna me
parecía más bonita que mi mamá con su uniforme verde y
obedecía solo porque ella iba de rato en rato y se quedaba
conversando conmigo unos pocos minutos. Solía llevar
mis mejores juguetes y podía pasarme la mañana entera
jugando y corriendo en aquella sala que no imaginaba

27
para qué utilizaban y a la que nadie más entraba salvo el
guardián del centro de salud para limpiar. Se llamaba o le
decían Waldir, era grande y casi siempre estaba riéndose.
Al conocerme lo primero que hizo fue preguntarme si
sabía cómo eran los duendes quizás porque pensó que
me interesaría por esas criaturas e intentó explicarme a
grandes rasgos su fisionomía:

—Son chiquitos, más o menos así —me midió con sus


manos gigantes—, un poquito menos que tú. ¿En serio
nunca has visto uno? Sus orejas son en punta y los ojos
les brillan como focos. ¿En serio no has visto?

Las contadas veces que lo vi fuera de esa sala lo


gritaban o mandaban de un lugar a otro para traer algo
y él obedecía maquinalmente. Fue mi primer amigo en
el centro de salud y a los pocos días limpiaba a diario
esa sala como excusa para quedarse conmigo. Me
contaba historias de duendes que poblaban el centro
de salud por las noches, ni hablar de los fantasmas de
las personas que vio morir en alguna emergencia. En
casos muy extremos, incluso él tenía que entrar a la
sala de operaciones y ayudar en algo. Llevaba perfecta
cuenta de las operaciones en que intervino y al narrar

28
cada historia se lucía empleando unos cuantos términos
médicos. Con él comencé a desobedecer a mi mamá y
salir de la sala para adentrarme en otras partes, como
la sala de maternidad donde miraba boquiabierto a los
recién nacidos o en el segundo piso que era de madera
y viejísimo y crujía a cada paso que daba como en una
casa embrujada y en palabras de Waldir estaba repleto
de duendes. A mí me daban miedo los duendes, aunque
no sabía bien cómo eran y mi papá decía que esas eran
invenciones de la gente ignorante, aun así, caminaba con
cautela por el segundo piso buscando la habitación de
Waldir que se ubicaba al final de un corredor oscuro.

Junto a la puerta estaba estacionada una ambulancia


y podía pasar horas recostado en una de las camillas
imaginando que era un herido de guerra en espera de un
médico que me socorriera y salve la vida que pendía de
un hilo hasta que entraba en escena Waldir y me vendaba
con lo que tuviera a la mano para luego seguir batallando
juntos contra los pacientes de la sala de espera. Cierta
mañana acompañé a Waldir en la ambulancia a recoger a
una anciana que se encontraba grave, era una ambulancia
muy antigua que se demoraba en arrancar y botaba todo
el humo del mundo, pero que él manejaba con destreza

29
y la hacía escalar por las cuestas de tierra del final de
Samegua. Al regresar mi mamá estaba enojadísima pues
había detenido las actividades del centro de salud para
buscarme, imaginando lo peor. Gritó a Waldir y lo insultó,
cosa que a mí me dolió en el alma. Antes la había visto
gritándolo, pero él recibía las órdenes o reclamos con una
sonrisa en el rostro, en cambio esta vez solo atinó a bajar
la cabeza y mirarme de reojo para que interviniera, pero
no pude hacer más que llorar. Fui unos días más al centro
de salud y ya no era lo mismo. La semana siguiente mi
papá me dijo que me enseñaría medicina de verdad, ya
que esperaba que yo fuera médico igual que él y me llevó
muy temprano al hospital de Moquegua.

Mi papá, la mayor parte del tiempo estaba en la sala


de operaciones, una sala de puertas muy anchas donde se
entraba tocando un timbre y antes era obligatorio vestirse
de verde. La primera vez que entré en la sala una mujer
desnuda yacía recostada en la mesa de operaciones. Mi
papá me alcanzó una silla, me dijo que no tocara nada y
que mirara con atención. Yo no sabía si voltear la mirada
o seguir contemplando el cuerpo de aquella mujer joven
que dos enfermeras afeitaban y limpiaban el vientre
con yodo. Nunca antes había visto una mujer desnuda,

30
mucho menos en vivo, solo a medias y en una película de
bailarinas que mi hermano escondía en el cajón de sus
calzoncillos. Me sonrojé ante la incertidumbre de mirar
o no, una tercera enfermera se percató de eso y pasó por
mi lado riéndose. Me subí la mascarilla y traté de pensar
en otra cosa para regresar a mi color habitual. La mujer
desnuda hablaba muy despacio con la anestesista, no
llegaba a escuchar lo que se decían, de pronto se quedó
dormida y la doctora comenzó a apretar algo parecido a
un globo cerca de su boca. Antes de iniciar la operación
mi papá me dijo que me acercara para explicarme lo que
iba a hacer y para qué servía cada una de esas máquinas
plagadas de botones y pantallitas con números, también
me presentó a su personal y les aseguró que yo sería un
gran cirujano. Le iba a sacar el apéndice, «un saludo a
la bandera», según él, no por eso dejé de asustarme y
permanecí callado hasta el final de la operación. Los
días siguientes me hizo presenciar distintas operaciones,
sacaba apéndices, vesículas, cálculos, tumores, próstatas y
todo tipo de órganos y antes de comenzar cada operación
auguraba que sería «un saludo a la bandera», comentario
que los demás celebraban como el mejor de los chistes.

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Debo afirmar que nunca me gustó la sala de
operaciones, aunque me entusiasmaba entonces la idea
de vestirme de verde como mi papá, con mascarilla,
guantes, gorro y esas botas que se parecían a las que
calzan los pitufos. Una vez terminada la operación nos
dirigíamos a una sala contigua donde escribía el informe
en una máquina de escribir eléctrica y me tomaba
lección de lo que me había explicado esa jornada. Luego
tenía el resto de la mañana para mí, para recorrer el
hospital y jugar. Generalmente iba a emergencia donde
las enfermeras y técnicas eran muy atentas conmigo,
además que me gustaba hablar con el loco Álvaro. Él me
colocaba a su lado y le ayudaba a ingresar los datos de los
pacientes que llegaban. Creo que le decían loco porque
hablaba demasiado rápido y acostumbraba a ponerle
apodos a todo el que pasaba por ahí. Solía escaparse a
media mañana para desayunar y yo lo acompañaba al
comedor, donde tenía cuenta infinita, pero la comida era
desabrida salvo algunos postres como la torta helada, la
gelatina o el pudin que les salían ricos y me comía uno
tras otro mientras el loco Álvaro hablaba de las personas
que entraban en el comedor, más que nada chismes y
anécdotas.

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Una mañana vimos en el comedor a una niña que
estudiaba en el mismo colegio que yo y desayunaba sola
en una mesa. Cuando el loco Álvaro se percató que la
miraba me contó que su mamá trabajaba en rayos X y
tenía el mismo problema que mis padres. Insistió para que
me acercara y le hable, pero yo me moría de vergüenza y
por último me llevó de la mano a su mesa, nos presentó
y se fue. Ella también me había visto por el colegio, se
llamaba Mafer y era un año mayor que yo y un poco más
alta. Sus ojos eran marrones como los míos y su cabello
ondulado y largo. Era muy bonita, no podía estar a su
lado sin sonrojarme y creo que ella se daba cuenta. Esa
mañana la llevé a recorrer el hospital y fuimos por los
jardines, la cochera y la sala de hospitalización, incluso
le indiqué dónde quedaba la sala de operaciones y le
expliqué lo que hacían allí adentro.

—Mi papá es el jefe y te puede sacar el órgano que tú


quieras, solo tienes que pedírselo, creo —le comenté y me
arrepentí en el acto pues imaginarla recostada desnuda
me pareció terrible. Aun así, proseguí—: Yo estoy aquí en
las mañanas, si quieres le digo que te deje entrar, solo te
tienes que vestir todita de verde.

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—¿Todo? ¿Y si no tengo tanta ropa verde?

—Si no tienes ropa verde ellos te la dan. Tienen un


montón.

Desde entonces nos volvimos inseparables y cambió


un poco mi rutina. Después de la operación ya no
iba corriendo a emergencia, sino que me sentaba
afuera de rayos X y me ponía a conversar con ella. Las
enfermeras sabían de nuestra amistad y al verme pasar
me preguntaban por ella, me pellizcaban las mejillas
o me decían: «Picarón, le vamos a decir a tu papi», ni
hablar del loco Álvaro que le contaba a todo el mundo y
al verme gritaba de un lado a otro del hospital algo que
generalmente no entendía.

No sé cuántas veces le conté a Mafer las historias que


Waldir me relataba, sobre los duendes, los fantasmas y la
vez que nos fuimos a recoger a la anciana en la ambulancia,
también le narraba sobre mis dibujos animados favoritos
y mis juguetes. Permanecíamos durante horas sentados
afuera de rayos X o de cualquier consultorio y cuando
pasaba un médico o enfermera que reconocía por
alguna historia del loco Álvaro se la refería tal como él
lo había hecho. Yo no las entendía bien, ella creo que

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tampoco, pero se reía y a mí me gustaba verla reír. Si nos
aburríamos salíamos al jardín y nos perseguíamos hasta
que ella se cansaba, entonces terminábamos conversando
debajo de un árbol o sentados en las escaleras de la parte
trasera del comedor. Ella hablaba de sus amigas y de
otras chicas mayores que estudiaban también en nuestro
colegio. Me revelaba secretos de ellas, como a quienes
habían besado o qué chicos se les habían declarado. A
Mafer esas cosas la mantenían más ocupada que a mí y
aunque la escuchaba permanecía atento a la llegada de la
ambulancia. A veces llegaba a toda velocidad y yo corría
a ver qué pasaba, pero siempre eran falsas alarmas. Solo
una vez llegó haciendo sonar las sirenas, Mafer me siguió
y vimos cómo bajaban a dos hombres bañados en sangre.
El loco Álvaro corría de un lado a otro y las enfermeras
se miraban confundidas. Mafer apenas los vio se alejó
corriendo y al rato la encontré llorando en el jardín. Me
dijo que odiaba a su mamá, que no le gustaba venir al
hospital y que quería regresar de una vez al colegio. Me
sorprendió bastante que alguien prefiriera ir al colegio
que estar de vacaciones, mas no se lo dije y aguardé
callado a su lado, escuchando cómo entraba una y otra
vez la ambulancia con heridos. Eso fue los primeros días
de febrero, faltaba mucho para que termine el verano y

35
yo ya me había acostumbrado a ella. Por esos días el calor
se tornó insoportable, llovía y el río se desbordó, también
la gente empezó a enfermarse de cólera por cochina y
dejé de ir al hospital a pedido de mi mamá. Mi hermano
arribó esa misma tarde y me dijeron que me quedaría
con él lo que restaba de verano. No supe si alegrarme o
no, otra vez los juegos, piscina, río, carnavales, televisión,
bicicleta, aventura, sería todo como antes, pero faltaría
Mafer.

Mis papás llegaban cada tarde extenuados de sus


respectivos trabajos y contaban que los pacientes eran
tantos que no cabían en ningún sitio. Yo me preocupé
por Mafer y deseaba que mi hermano se fuera de nuevo
para regresar al hospital y cuidarla. Pensé que si me
despertaba temprano y desayunaba con mi papá me
diría para ir al hospital, como antes, pero por más que se
lo pedía me aseguraba que era peligroso y lo único que
logré fue que me llevara consigo los domingos a visitar a
sus pacientes. Esperaba ansioso la llegada del domingo,
me vestía de gala y después de ir al mercado llegaba al
hospital con la esperanza de encontrarla. No sé por qué
un domingo en lugar de ir a ver a sus pacientes mi papá
me indicó que lo siguiera. Mientras caminábamos a mí

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se me escarapelaba el cuerpo, nos estábamos acercando
al pabellón más alejado, donde guardaban los muertos y
él seguía caminando como si no lo supiera. Con Mafer
jugábamos por aquel lugar, ambos aterrados, pero nos
acercábamos a la puerta y luego de tocarla echábamos
a correr. Por ese lugar no pasaba nadie, hacía más frío
y el olor era extraño. Abrió la puerta con ambas manos,
yo mantenía los ojos cerrados, me tocó el hombro y me
entregó guantes y una mascarilla. En el medio un doctor
manchado de sangre examinaba a una anciana con
el vientre abierto de par en par, como en una película
de terror. Aguanté unos minutos, mi papá hablaba con
aquel hombre como si nada, le alcanzó un serrucho y le
abrieron la cabeza. Gracias a la mascarilla no me vieron
llorar, quise vomitar también, pero me aguanté. Del
cráneo abierto sacaron un cerebro amoratado que olía
horrible. Fue suficiente, salí corriendo hasta el jardín
como cuando jugaba con Mafer. Para sorpresa mía ella
estaba allí. Yo no la vi al principio, me senté al borde
de la vereda y me perdí en mis pensamientos. Mafer
se acercó por detrás sigilosamente, me cubrió los ojos
con sus manos y me preguntó quién era. Solo podía
ser una persona en el mundo y me alegré de que fuera
precisamente ella. Le conté con la voz entrecortada por

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el llanto que volvió a fluir con solo recordar lo visto
en la morgue. Movía las manos como si serruchara
algo y farfullaba unas cuantas palabras ininteligibles
donde destacaban «viejita», «serrucho», «intestinos».
Me interrumpió para proponerme fugarnos a un lugar
donde nadie pudiera encontrarnos, me interesó su idea
y de la mano me llevó a una habitación vacía junto a la
cochera de las ambulancias. Supuse que allí se hallaba
cuando no la encontraba en la sala de espera de rayos X y
la buscaba por todo sitio. Abrió la puerta de un empujón,
en las paredes había pegado dibujos suyos y recortes de
periódicos de distintos artistas, estrellas fosforescentes
y en el suelo un pedazo de alfombra. Nos sentamos ahí
y le pregunté si había visto esta o tal película y hacía
la comparación con la viejita muerta. Intenté también
graficarle el cerebro amoratado y el olor pestífero que
expedía, la apatía de mi papá y del otro médico y me
suplicó que no siguiera hablando de eso. Estaba ya más
tranquilo cuando me preguntó si había besado alguna
vez a una chica o si tenía ya enamorada. No supe qué
responderle, solo le dije que aún era muy joven para esas
cosas y se burló de mí. Estuvimos en silencio un rato,
yo quería hablar, pero temía que volviera a burlarse de
mí, así que opté por no decir nada y repentinamente se

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abalanzó sobre mí y me propinó un frugal beso en la
boca. Duró un segundo, cerró los ojos y lo volvió a hacer.
Sus labios eran dulces por el lipstick que solía untarse y
luego del segundo beso se recostó a mi lado. Cogió una
de mis manos y la colocó sobre sus piernas. Me puse rojo
como un tomate a punto de estallar y creo que me subió
la presión porque me desvanecí sin llegar a conocer sus
pretensiones. Recuperé el conocimiento no sé cuánto
tiempo después, alertado por sus manos que tiraban de
mi ropa y los gritos de mi papá buscándome por el jardín.
Entonces Mafer se llevó un dedo a los labios, me abrazó
fuerte y juntos nos quedamos así, contemplando el techo
sin color de aquella habitación vacía.

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NO HABÍA NADIE EN SU CASA
A Luis Ormeño
Llegó a su casa y se sorprendió al encontrar la puerta
con llave. Eran casi las tres de la tarde y en la mesa
de la cocina halló una nota de su madre, entonces se
dispuso a almorzar sin quitarse el uniforme, pese a que le
incomodaban el pantalón y la camisa. Antes de terminar
subió con su plato a la habitación de sus padres para ver
televisión y comenzó a pasar los canales, pensando en la
última vez que se quedó solo y queriendo sentirse mal
por su tío. Por último, apagó el televisor y se acercó al
pequeño altar que su madre mantenía y desgastó unas
cuantas oraciones, ansioso, casi sin fijarse en las palabras
que profería. Luego se dirigió corriendo al teléfono.

—En serio, ven al toque —le dijo a Marcos, uno de sus


mejores amigos, además el que vivía más cerca—. No hay
nadie en mi casa.

—¿Y qué vamos a hacer? ¿Y si llegan tus papás?

—Se van a demorar, no te preocupes. Ya vemos qué


hacemos. Tengo cigarros y el deco de mi viejo. Apura.

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—¿Y si de pasada le digo a Marilia? Creo que quiere
contigo.

—¿Cómo sabes? ¿Ella te ha dicho algo?

—El otro día me dijo que le parecías simpático. Te lo


juro.

—Ya, dile que venga. Pero al toque

Pensó por un momento en Marilia, en sus piernas


largas y la falda que le quedaba por encima de la rodilla.
Más de una vez le había visto el calzón al momento de
cruzar las piernas, muchos lo habían hecho, pero igual
no le gustaba. No era bonita ni desarrollada, solo alta.
Qué importa, se dijo Chelo, aunque esperaba que no
la dejasen salir para poder hablar con su amigo, fumar,
disparar la escopeta de su papá y mirar porno, como
siempre. Pero inevitablemente se puso nervioso, de
repente su corazón latía con fuerza y una sensación de
vacío invadía su estómago. Miró su reloj, solo habían
pasado dos minutos desde que colgó el teléfono y se lanzó
a la búsqueda del decodificador del cable entre sacos,
pantalones y camisas de su papá. Cuando niño le gustaba
entrar en el clóset, era bastante amplio y podía caminar

43
dentro, luchando con mangas y corbatas, atravesando los
vestidos de su mamá que rozaban el suelo. Ahí escondían
todo tipo de cosas, desde dulces, dinero y ese adminiculo
que servía para mirar porno y era su fascinación. Lo
encontró en el mismo lugar que la vez anterior y en otro
saco halló una llave pequeña que supuso era de algún
cajón del escritorio de su papá. Conectó el decodificador
y sintonizó el preámbulo de una orgía que lo aburrió y le
pareció vulgar, entonces prefirió ir al estudio de su papá
y averiguar qué cosas escondía ahí.

En el camino se quitó la camisa y la dejó colgada en el


inicio de la escalera, les abrió la puerta a los perros, que
inmediatamente corrieron hacia los sillones nuevos y la
alfombra y cantó, primero despacio y después a gritos, el
estribillo de una canción que le daba vueltas en la cabeza
desde la mañana. Con la llave logró abrir una de las
puertas del estante de su papá y dentro encontró botellas
de vino, pisco y whisky, diplomas enmarcados, agendas
antiguas y un maletín donde guardaba documentos
importantes. Lo abrió y leyó con detenimiento las partidas
de nacimiento de toda la familia y la suya una y otra
vez, sin poder explicarse el encabezado: Municipalidad
Provincial del Cusco. Presumió el resto al recordar fotos

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de su madre embarazada en las ruinas de Sacsayhuaman
y no le dio tanta importancia al asunto ya que lo demás
figuraba como él sabía o le habían dicho y su atención
se hallaba volcada ahora en un álbum pequeño que
contenía fotos de una niña que no era su hermana. Miró
las fotos con detenimiento y no supo de quién se trataba,
entonces revisó de nuevo los documentos y las agendas
y se concentró en los recibos telefónicos de la casa que
encontró archivados, mas no los de agua o luz, detalle
que no pasó por alto. La mayor parte de las llamadas eran
a un número de Lima, así que buscó en la guía telefónica
para descartar si era de su abuela o alguno de sus tíos
y para sorpresa de Chelo entre los nombres de sus
familiares estaba el de su papá. Especuló largamente y
concluyó que podía tener otra hermana. No quiso pensar
más en eso y cerró el maletín, justo en ese momento sonó
el timbre y corrió a abrir la puerta.

Ambos aún vestían el uniforme del colegio y Chelo


miró con desdén las piernas inacabables de Marilia
mientras los conducía a la sala. Los dejó ahí y entró al
cuarto de su hermano para cambiarse el polo blanco
que vestía, Marcos lo siguió haciéndole bromas y Chelo
hubiera querido responderles a puñetes y botarlo, a

45
ella también. Permanecieron en silencio un rato, cada
uno pensando algo inteligente o divertido que decir
y terminaron hablando sobre las tareas para el día
siguiente. Prendió un cigarro y el humo se le metió a
los ojos, disimuló bien y se lo pasó a Marcos, mientras
Marilia no dejaba de jugar con los tres perros salchicha
que se le abalanzaron apenas entró. No pasó mucho
tiempo cuando ellos coincidieron mentalmente que
mejor hubieran estado solos y Chelo les propuso tomar
un trago.

Hasta entonces ninguno había estado borracho y


luego de una botella de vino se turnaban para besar a
Marilia y bailar con ella en medio del patio, mientras el
restante canturreaba algo o hacía lo posible por arrancarle
una melodía a la guitarra de Chelo. Este fue el primero
en declararse, después Marcos y como no se ponían de
acuerdo sacó la escopeta de su padre y decidieron dejarlo
todo a la puntería, dando así inicio a una serie de pruebas
físicas que incluía saltar, correr, bailar y atajar penales.
Una seguidilla de tragos definió todo y mientras Marcos
vomitaba en el baño, Chelo llevó a Marilia al carro de
su hermano y entre palabras de amor absurdas la besó
largamente.

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—Marilia, ¿quieres estar conmigo para siempre? —se
declaró Chelo por enésima vez y le pasó el vaso a Marcos,
que restablecido aguardaba por hacer la misma pregunta
de nuevo.

Le dijo que sí y lo besó e hizo lo mismo con el otro.


Aún no había oscurecido, pero en la cochera era de
noche y permanecieron besándola hasta que Chelo
intentó levantarle la falda y Marcos le pasó una mano
por el pecho, entonces Marilia se desesperó y se pasó al
asiento de adelante, frente al timón.

—¿Y si salimos a pasear en el carro? —preguntó


Marilia luego de un prolongado silencio—. ¿Novio, sabes
manejar?

—Yo sí sé, mi amor, el Chelo no sabe ni manejar


bicicleta —aclaró Marcos ante la respuesta afirmativa de
los dos.

—Sabrás, pero no tienes carro, en cambio este carro es


mío y te puedo llevar a donde quieras.

—¿Es tuyo? —preguntó tímida—. ¿Tienes las llaves?

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—Claro que es mío, pero las llaves se las he prestado
a mi hermano para que use el carro mientras yo estoy en
el colegio.

—Podemos sacarlo sin las llaves —dijo Marcos—.


Lo desenganchas y lo empujamos un par de cuadras…

—¿Lo empujamos?

—Claro, solo un pequeño empujón y avanza varias


cuadras, si vives en bajada. Yo lo he hecho un montón de
veces con el carro de mi primo. Te lo juro.

Abrieron la puerta del garaje, Marcos quitó el freno


de mano y lo puso en neutral, después entre los tres lo
empujaron y lo estacionaron en la vereda. Afuera el sol se
despintaba de colores y el viento fuerte mecía los árboles
de la casa de enfrente, el sonido hacía ladrar a los perros.

—Al toque, los vecinos se van a dar cuenta y pueden


llamar a mis viejos.

Marilia tomó el volante mientras Chelo y Marcos


empujaban con todas sus fuerzas, ambos estaban
exhaustos y con gran dificultad lograron avanzar los

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primeros metros. Una vez en la esquina el carro agarró un
poco de velocidad y no se detuvieron hasta que Marilia
comenzó a gritar como loca para que se suban, estaban
en la bajada de Samegua y mientras perseguían el carro
Chelo no pudo más y se orinó de la risa.

Un espectáculo maravilloso apareció frente a sus ojos.


El cielo lucía anaranjado y los últimos destellos del sol
los obligaron a desviar la vista. El viento, que se colaba
por las ventanas, los despeinaba pese a que no iban muy
rápido y los árboles se iban estirando hasta no ser más que
rayas verdes, igual que los carros que tras ser un zumbido
se iban haciendo más y más pequeños en la lejanía.
Hubieran querido prolongar ese momento eternamente,
pero llegaron al cementerio y en vez de girar a la derecha y
seguir por el malecón ribereño frenaron y se dispusieron
a empujar el carro de regreso. Pronto se dieron cuenta
que era imposible y estallaron en carcajadas. A Chelo se
le salían las lágrimas y los músculos del estómago se le
contrajeron hasta el calambre. Nunca se había divertido
tanto.

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SOLO HABLAMOS
No tengo mitos inmediatos
era ella y ya no:
el tiempo bajó de su fino rostro a sus finos pies
y le empellejó todas sus metáforas.
JOSÉ WATANABE, El huso de la palabra.
Apenas bajó de la combi se alisó el cabello con las
manos y, por si acaso, volvió a sacudirse el uniforme.
Corrió cuadra y media y el resto lo hizo caminando para
no llegar agitado. Ya en la casa repartió besos, celebró
silenciosamente que la mamá de ella no estaba y se
dispuso a almorzar.

—¿Y qué tal, cómo se ha portado esta gorda?


—preguntó haciéndole una caricia a la niña.

—Bien, ha dormido casi toda la mañana. Tu mamá


vino otra vez y se la quiso llevar dizque para que se
acostumbre a tu casa. Dice que tengo que regresar de una
vez al colegio y que ella la puede cuidar en las mañanas.
También quiere que me mude con ustedes y…

—No le hagas caso. Lo que pasa es que se muere por


tenerla en la casa para no aburrirse todo el día. A mí
también me dice a cada rato lo mismo y le sigo la cuerda
—dijo Sergio, luego preguntó a propósito—: ¿Pero, en

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serio, no quieres mudarte? ¿No crees que estaríamos
mejor? Podríamos estar juntos más tiempo.

—¡No! Ya te dije que no quiero mudarme, si quieres


tú puedes venir acá.

No replicó nada. Hacía muchísimo calor y el sol se


colaba por los vidrios de las ventanas y le caía en un
brazo. Movieron la mesa hacia el centro de la cocina y
Claudia abrió la puerta. Un gato asomó primero, luego
entró y se acomodó entre sus pies. Iba a decirle que lo
bote, por la niña, pero se aguantó y siguió comiendo.
Ninguno de los dos dijo nada por un rato.

—Amor, hoy día es viernes. ¿Qué vamos a hacer?


—preguntó Claudia, tenía a la niña en brazos y la mecía
levemente para que se duerma.

A Sergio la pregunta lo impresionó. Hacía semanas


o meses que mientras almorzaba no hablaban más que
de otras personas o las notas cada vez más bajas que se
sacaba en el colegio.

—Hoy día es el quince de la Chata en el Hotel


—respondió—. Podemos ir si quieres.

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—¿Sí, mi amor? ¿Y el vestido?

—Todavía tienes tiempo para alquilar uno. ¿Qué


dices? Yo le digo a mi vieja que se quede con Mariana,
ella qué más quiere. Vamos —se entusiasmó Sergio.

La niña comenzó a hacer pucheros y ambos se callaron


en el acto para que no rompa en llanto. Sergio recogió su
plato y lo depositó en el lavatorio. Pronto le pareció que
bastaría un sonido leve para que se pusieran a llorar los
tres.

—¿Y si mejor nos quedamos acá y vemos una película


con Mariana? —dijo Claudia—. No tengo ganas de ir
a un quince, mucho menos al de la Chata. Me sentiría
incómoda.

—¿Incómoda por qué? Entonces vamos al centro.


Podemos comer algo y después nos vamos a bailar al
Láser —insistió animado.

—Pero no tenemos dinero…

—Yo le pido a mi vieja. Ya pues, hoy es viernes. No


hay que quedarnos sin salir.

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—¿Y si nos quedamos? Mi amor, no te preocupes
—dijo y lo abrazó—. Solo te decía por molestar.

Escucharon voces en el segundo piso y se trasladaron


a la habitación de Claudia. Dentro hacía calor debido a la
resolana y no se podía dar más de un paso sin chocarse
con algo. Se recostaron en la cama con la niña entre los
dos y conversaron sobre el examen complicadísimo que
Sergio tuvo en la mañana. Criticó un rato a los profesores,
en especial a los que esa mañana entregaron promedios:
12 en matemática; 11 en física; 13 en química. Se excusó
diciendo que los profesores le bajaban puntos por las
faltas que tenía y porque lo odiaban.

—¿En serio no quieres salir? —arremetió una vez más


Sergio—. No lo hagas por el dinero, amor.

Claudia no alcanzó a responder, escuchó pasos en


la escalera y segundos después entró su mamá en la
habitación. Hacía lo mismo cada que cerraban la puerta,
ya tenía suficiente con una nieta. Sergio se levantó y cogió
sus cosas. Por la calle no pasaba nadie, el sol alumbraba
demasiado y un viento leve hacía sonar los árboles. De
repente a Sergio se le escapó una sonrisa que abarcó casi
todo su rostro.

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—¿Vienes a las ocho? —preguntó Claudia—. ¿De
qué te ríes? —volvió a preguntar ante la risa disimulada
de Sergio.

—De nada, de una tontera —respondió Sergio


volteándose para que no vea las lágrimas que se le salían,
pronto no aguantó más las carcajadas y se estaba riendo
como en la mañana, cuando el Chelo se olvidó la mochila
al otro lado del muro.

—¿Sergio, qué te pasa?

—Es que se olvidó el huevón la mochila. Subió otra


vez el muro y se cayó encima de un montón de caca de
perro. ¡Un montón de caca! Si vieras su cara…

Entre una carcajada y otra Claudia logró entender


que se había escapado del colegio haciendo «murillo» y
la «Vicentina» se dio cuenta por culpa del «huevón del
Chelo» y «la picaba» y «se resbaló» y «se sacó la mierda»
y «gritaba» y «¡se orinó, encima se orinó!» y «qué cague
de risa» en el coliseo. Claudia también se reía de buena
gana con lo que estaba contando hasta que entendió que
la fuga era para ver a una flaca de Ilo que le gustaba al
Ormeño e iba a jugar vóley esa mañana en el coliseo. No

56
se esforzó por comprender quién había ganado o perdido
el partido ni quién era la que hacía todos los puntos
pues solo estaba interesada en saber quién era Eliana
y por qué repetía a cada rato su nombre y se acordaba
perfectamente de todos los puntos que había marcado.
Casi lloró cuando le respondió que era una chica súper
chévere y que quizás la conocía, tenía un lunar bonito
junto al labio y unas piernas así y después del partido se
quedaron conversando un ratazo en las graderías hasta
que el entrenador la llamó y… nada pues, solo hablamos.

57
RESACA
Me gusta andar por las calles algo perro,
algo máquina, casi nada hombre.

MARTÍN ADÁN, La casa de cartón.


Abrió los ojos y el techo de siempre, blanco,
bienaventurado, no la noche con sus nubes imperceptibles
y frío de manos en los bolsillos, noche cruzando los
brazos que no acaba nunca. Las paredes también eran las
mismas, el televisor que emitía sonidos incognoscibles
y lejanos sin parar. Imposible determinar la posición
del control remoto, imposible. Se acomodó en la única
almohada con la mirada perdida en el techo de siempre.
En el primer piso trajinaban los platos y los cubiertos, sus
padres tomando el desayuno, el almuerzo, la cena, todo
junto. Claudia en la mesa de su casa, mintiéndole seguro
a sus padres. Le gusta mentir, pero su cuerpo se diluye
entre mis manos con sus movimientos suavecitos, bajo
las luces opalinas que cambian de colores y dejan ver
el piso de repente, entre un zapato y otro. Un golpecito
con el pie y una botella explota, la espuma de colores por
el suelo y hay que pedir perdones por aquí y por allá.
Ella también se diluye por el frío y el monumento flaco,
esmirriado que conoció mejores tiempos, cuando a uno
no lo botaba la policía. Claudia no toma, no fuma, no
ama, solo quiere ingresar a la universidad. Habla de eso

60
todo el día, peor los que ya ingresaron. ¿Yo? Derecho,
Medicina, Ingeniería, Poesía. Claudia mentirosa. La voz
de su mamá como en las mañanas, martes y jueves y
viernes, días de matemática a primera hora. El pantalón
arrugado, azul, sucio, inalcanzable. Con Claudia no
se puede ser feliz de manera pequeña ni nada de eso.
Pasa la botella y el líquido del color de la luz a medias
no la atrae, revolotea, hace burbujas y hacia la derecha.
Luego los versos improvisados, llantos, peleas. Mejor
irse y contemplar las luces que centellean a lo lejos, se
apagan durante una millonésima de segundo y nadie
se da cuenta; los carros al principio son puro ruido y
luego se estiran por la calle Lima. Huele a casi nada en
la calle vacía, demasiado tarde para eso. A esta hora no
dan ganas de adivinar las formas de las nubes, a esta
hora nadie sabe bien adónde va. El perro famélico, el
personaje sombrío que discurre sospechoso, uno mismo.
Pronto el telón de la noche y las luces de los postes como
los cuadros impresionistas. Una inscripción en la pared
larga como el camino que no te importa, nunca la has
leído, para qué. Si no fuera tan mentirosa, falsa, bonita. Y
hay que entrar despacito, sin zapatos, sin destino. Duele
insoportablemente la cabeza y el tiempo no transcurre,
nunca lo hace.

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MALOS MUCHACHOS
Tried to run
tried to hide.
The Doors
Esta vez comenzó Benites y los rostros agrietados, tristes,
medio dormidos voltearon a verlo. Por la vereda estrecha
la gente camina en fila y conversa intermitentemente:
dos mendigos miran estirarse los tobillos indiferentes,
igual que la luz de un poste parece estirarse hasta que
alcanzamos el siguiente, luz a medias que hace arder
los ojos. Raymundo no dijo nada, seguía mirando hacia
arriba, la mejilla pegada casi al vidrio de la ventana. Ya
no hay segundos pisos de esos que nunca nadie se da
cuenta. Abre y cierra los ojos enfermizamente, música
de mierda que lo saca de quicio. De repente el vehículo
frena y Jhener se ensucia la camisa con el líquido de la
botella, el quejido metálico se funde con los demás, dura
unos cuantos segundos y se eleva al cielo junto con el
humo oloroso de la noche. Cerca del óvalo suben dos
mujeres, huelen a frituras y sudor y Raymundo podría
matarlas, destruir todo solo porque siguen el ritmo con
los dedos y el pie. Hay que bajarlo de la combi, recordarle
algún solo de guitarra de Jimmy Page que lo obliga a
reconocerse, caminar por este parque donde ya nadie
se ama y que Benites insiste está envuelto en un leve

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tono anaranjado que hace arder los ojos. Varios perros
vagabundos observan jugar a otros con sus dueños,
están ubicados estratégicamente en distintos puntos
del parque y solo quieren que los dejen jugar; hombres
vagabundos salen de un bar cerrado y preocupados,
angustiados se dirigen tambaleándose a cualquier lugar
para no ir todavía a sus casas. Un vagabundo se caga de
frío sentado en una banca, su piel luce ajada, tiznada de
polvo, humo, suciedad y cubierta apenas con retazos de
ropa mugrienta por donde le afloran los testículos que,
pudoroso, esconde entre sus manos cuando alguien pasa
muy cerca. Se llama o le dicen Salomón y Raymundo le
pregunta cuál es la capital de Turkmenistán, moneda,
régimen político y le responde. Sabe también multiplicar,
dividir, amar. Viejas de mierda que salen de misa y al ver
a Salomón cambian de rumbo, cruzan la pista, creen que
está loco. El mundo está mal hecho, hasta el culo, pregona
Jhener que ya se acabó casi toda la botella y camina por el
borde de la vereda con los brazos en cruz. Quiere seguir
hablando, pero es captado por los ojos desenfocados de
la Mayra linda por el exceso de droga, su rostro filudo
y pálido y su nariz perfecta que Raymundo corre a
besar y tocar levemente mientras ella sigue balbuceando
palabras que nadie entiende, algo de colores y formas,

65
algo que se mueve tan lento como ella y que acaba de
ver. Seres mitológicos, transhumanistas, intervenciones
extraterrestres prueba Jhener y Mayra linda profiere un
sonido, entonces comienza a hablar de los albores de los
tiempos, seres fantoches, inexistencia del libre albedrío
hasta que llegan a las escaleras que conducen al cielo y
ella las ve más inacabables que nunca y empieza a correr.
Benites va detrás mirándole el culo, quiere idear un verso
al respecto y sobre las casas alrededor donde viven seres
de rostros tenebrosos que corren sus cortinas para seguir
nuestro paso y un segundo después ya no están. Jhener se
resbala por las barandas, por el borde de las escaleras con
los pies juntos, ríe; Raymundo contempla desde la cima
de mil peldaños las luces de la ciudad, besa a Mayra linda
y le toca las tetas mientras ella emite gemidos agónicos.
La botella se desliza a una velocidad uniforme y bate un
récord de caída antes de hacerse trizas tan dignamente
en la puerta enrejada de una casa. Ahora no hay trago
ni combis y Benites camina por delante queriendo
describir hasta los colores de los perros que se quedaron
afuera y combaten encogidos unos con otros el frío de
la noche. De rato en rato aparece un noctámbulo con su
sombra a cuestas balanceándose hacia los lados de forma
amenazadora y quisiéramos preguntarle al unísono si

66
el sopor que sale de las casas e invade la calle desierta
lo entristece tanto como a nosotros. La vereda es una
sucesión de paralelepípedos rojos y amarillos separados
por líneas que no se pueden pisar. Entonces Raymundo
coge a Mayra linda de una mano y la lleva corriendo
por la pista para describir las sucesiones de luces de
colores chillones sobre el marco de una cortina sucia
medio roja, casi rosada de donde aflora la peor música
del mundo. En el suelo una cantidad indeterminada
de chapas de cerveza y preservativos rotos se volvieron
asfalto, conducen directo a la cima de un cerro con casas
derruidas y pedazos de muros con inscripciones políticas
que todavía persisten. Alguien propone subir hasta allá
y terminar la noche amándonos entre los escombros,
pero ya Benites está agitando los brazos, gritando algo
en silencio que todos entendemos. Raymundo llega
primero y pasa varios minutos bloqueando la luz que
llega desde un poste para reflejarse en el vidrio de la
urna, se mueve lentamente de derecha a izquierda y los
rasgos de su reflejo cambian de color y se definen. Dentro
una virgen inclinada para contemplar el cerámico rostro
de su hijo en brazos y la naturaleza muerta de unas
flores descoloridas. Todavía no se prenden las luces ni
las voces de los vecinos se tornan cada vez más fuertes

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y Mayra linda quiere gritar, salir corriendo mientras
Raymundo sube al pedestal y arremete contra el vidrio
sin producir demasiado ruido. Penetra en el reducido
espacio, un hilillo de sangre le brota del hombro y sigue
la trayectoria de su brazo antes de macular el manto y
los pies juntos de la virgen. Jhener lo alcanza y atacan
con piedras y patadas la base, jalan con todas sus fuerzas.
Mayra linda lucha por zafarse de los brazos de Benites
y se descontrola completamente cuando la imagen cae
contra el borde de la vereda y se astilla en partes todavía
reconocibles. Materia blanca, polvorienta mezclada
con unas pocas formas humanas y ropas inflexibles. El
rostro apopléjico de la virgen parece desangrarse, su
polvo blanco se junta con la sangre de Raymundo en sus
orígenes y se convierten en venas abiertas. Jhener cae
sobre el cuerpo del niño y es puro polvo rosáceo, hueco,
ribeteado de amarillo. Ahora hay que correr si se puede.
Mayra de mierda que llora y acaricia los dedos intactos
de una mano que antes sostenía algo. Raymundo le dice
lisuras y por último la lleva en brazos, seguro que sus
heridas se pueden ver a lo lejos.

68
TAREK Y EL REAL MADRID
Entonces todavía jugaba Van Nistelrooy, Beckham,
Cannavaro y Ronaldo y pocos días antes del partido
no hablábamos de otra cosa mientras apurábamos un
cigarro en los cambios de hora, batallando contra la
nieve. Conversábamos en ruso e inglés y ya no era tan
triste el color del cielo ni los árboles sin hojas cargados
de nieve, tampoco nos molestaba el olor de los muertos
en la clase de anatomía. Ya no requería las traducciones
de Tarek para entender que los árabes hablaban de Iker
Casillas, Fabio Capello, también de algunos jugadores del
Dínamo de Kiev y luego de esos minutos nos dirigíamos
en grupos hacia nuestra siguiente clase, donde fuera esta.
Yo me iba con Tarek y pocas veces logré que se interesara
por lo que iba contándole y preguntándole en el camino,
ocupado como estaba por sostenerse del manubrio
del metro o a tientas para no resbalarse en las veredas
tapizadas de hielo. Más que nada le hablaba de Yulia, de
sus ojos azules bellísimos y nuestros raros encuentros
que narraba detalladamente, incluso repetía palabras
suyas que me quedaban dando vueltas en la cabeza o
no lograba entender y Tarek se limitaba a mirarme con

70
sus ojos pequeñitos, tristes o giraba su rostro redondo
de sempiterna barba para indicarme que aún me seguía
escuchando. Caminábamos por las calles tradicionales de
Kiev persiguiendo las clases, comparando las catedrales
de cúpulas doradas con la majestuosidad de Petra o
Machu Picchu, los zares con los incas y no sé qué dinastía
de reyes jordanos que cruzó el desierto un montón de
veces y hasta la gracia o recato de nuestras mujeres con
las muchachas de dorados cabellos que parecían flotar
por el hielo con sus tacos aguja. A veces, de regreso a la
residencia universitaria por túneles de metro oscuros y
calles desiertas, de luces aguadas, le decía a Tarek que ya
no podía más, que quería abandonarlo todo y regresar
al Perú y pese a que él sentía lo mismo se aproximaba
a la pista y hacía el ademán de detener un taxi: de una
vez, en este mismo momento —me decía—. Vamos, te
acompaño al aeropuerto. Luego farfullaba palabras en
árabe y movía las manos buen rato, hasta que llegábamos
a nuestra reducida habitación en la residencia.

Tarek se quejaba a diario de las losetas blancas


del baño que le caían en los pies mientras se duchaba
—había que sostenerlas con una mano— y de la puerta
que debía abrir casi a patadas debido a la humedad.

71
Guardaba en su cajón del velador una especie de rosario
de madera de cuentas muy grandes que utilizaba para
rezar mientras yo dormía o en el baño apuntando
únicamente a un populoso mercado techado de antenas
parabólicas diminutas. Junto a Yulia miraba ese mismo
mercado durante mañanas enteras y la nieve se instalaba
con delicadeza en el marco de la ventana y en nuestras
manos abiertas. Ya no me preocupaba por entender su
voz seráfica, delicadísima, su risa sin razón de repente.
Seguro hablaba de los idiomas que nunca lograba
aprender, de sus nuevas conquistas y dabai, Giovanni,
dabai para que deje de mirarla como idiota, sin confundir
los sueños en mi paupérrima habitación donde todo era
tercermundista frente a tu belleza, perdición mía. De tu
amor, tus ojos grandes en mí y tus besos solía contarle
al loco Daniel cuando lo botaban de su cuarto a mitad
de la noche por cuestiones religiosas y me abrumaba
de consejos que difícilmente hubieran servido para
enamorar a una mujer, musulmana o no. Él era iraní
y pocos días antes del partido desbordó mi paciencia
tratando de pronunciar correctamente los nombres
completos de jugadores como José María Gutiérrez
«Guti» o Raúl González Blanco. Días interminables
todavía, de excursiones al estadio en pos de una entrada

72
más, de apuestas, corazonadas e impaciencia. Incluso
Tarek dejó de ir a la universidad pese a los apremiantes
e inaccesibles exámenes para mirar en internet videos
de la liga española y apostar sin tener en cuenta que el
repentino entusiasmo que a todos nos embargaba era
absurdo y que nuestras vidas seguirían siendo las mismas
después de ese partido de fútbol que tanto habíamos
esperado.

En vano imaginaba a Yulia en cada una de las mujeres


que surgían de la estación central del Metro, que era su
aroma el que se aproximaba y su voz un poquito chillona
la que retumbaba en mis oídos. Nunca llegaste a nuestro
último encuentro y tuve que correr por la avenida
Kreschatik plagada de hinchas alcoholizados y mujeres
que seguían pareciéndose a ti con la maldita certeza
de que no te volvería a ver. Quizás debí esperarte cinco
minutos más, quizás llegaste a ese frío lugar en el mismo
momento que yo subía a empujones las escaleras del
estadio y recibía como un puñetazo en la cara las luces
y la algarabía de los ucranianos por el segundo gol de
su equipo. Iba a regresar por ti cuando Roberto Carlos
recuperó la pelota y se escapó a toda velocidad hasta el
área rival para ponerle al bambino Cassano un pase de

73
gol que el arquero Shovkovskiy atajó inmejorablemente.
Lo que sucedió después fue inolvidable. Encontré al
loco Daniel en el entretiempo y juntos gritamos cada
centro de Beckham que el arquero alcanzaba a desviar y
los disparos potentes de todos que se estrellaban en los
defensas kievitas o pasaban muy cerca del arco. Faltaban
solo cuatro minutos cuando Ronaldo transformó en gol
un córner preciso de Beckham y se desataron las peleas
entre los jugadores y en las tribunas. En el último minuto
Ronaldo ejecutó un penal dudoso y ya no paramos de
saltar y gritar en todos los idiomas que sabíamos hasta
que los jugadores se fueron a los vestuarios y nos supimos
rodeados de hinchas del Dínamo furiosos que se dirigían
en tropel hacia la calle. Aún nos abrazábamos de rato en
rato cuando nos topamos con Rashid, Anwar y Alí tan
emocionados como nosotros y me acordé de Tarek. Lo
llamamos decenas de veces sin resultado y preocupados
aguantamos el frío afuera del estadio hasta que salió el
último hincha rezagado y las calles lentamente se fueron
llenando de nieve. Entendí lo que había pasado apenas
llegamos a la residencia y tuvimos que luchar con la
humedecida puerta de su habitación para abrirla. Tarek
estaba sentado al borde de su cama con los ojos cerrados,
imperturbables a nuestras miradas y consuelos para

74
ocultar su tristeza. Entonces nos ubicamos alrededor
suyo y le contamos al detalle los mejores momentos del
partido, incluso representamos los cuatro goles en el
reducido espacio. Hablamos de eso varias semanas.

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CLUB DE RETIRADOS DE LA VIDA
Se ha reabierto el año universitario y nunca me he hallado
más desanimado y más escéptico respecto a mi carrera.
Tengo unas ganas enormes de abandonarlo todo, de perderlo
todo. Ser abogado, ¿para qué? No tengo dotes de jurista,
soy falto de iniciativas, no sé discutir y sufro de
una ausencia absoluta de «verbe».

JULIO RAMÓN RIBEYRO, La tentación del fracaso.


Entonces se me hacía necesario cumplir con ciertas
ceremonias e infundirme ánimos buen rato antes
de comenzar a escribir. Tales ejercicios absurdos los
llevaba a cabo en el balcón de la lavandería y desde ahí
contemplaba absorto la puesta del sol en los techos de
la ciudad. También los miraba a ellos, ocupaban un
recodo del camino que bordea aquel terreno gigantesco
y baldío que aún se mantiene entre los edificios de
departamentos. Casi siempre eran cinco o seis y era
común que apareciera repentinamente la policía y se los
llevara hasta la avenida a punta de palazos e insultos.
Por eso estaba convencido de que eran vagos, fumones o
delincuentes que se reunían en secreto para planificar su
próximo golpe. Y si bien no sé cuándo me fijé por primera
vez en ellos (probablemente alguna noche mientras
desgastaba un último y necesario cigarro y distinguía
a la distancia luces centelleantes, como luciérnagas,
que me acompañaban o quizás cuando a fuerza de
escribir a diario me fui dando cuenta de su presencia
imperturbable en el mismo lugar), ahora mi atención se
hallaba volcada en aquel rincón pestilente y pasaba largos

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ratos mirándolos, intrigado mientras bebían, fumaban y
recibían esporádicas visitas de individuos que minutos
después seguían su camino. Conjeturé que me enfrentaba
a un grupo de peligrosos narcotraficantes o, peor aún,
narcoterroristas que planeaban formar una columna
y esparcir el terror en la ciudad. Pero al mismo tiempo
pensaba que no eran más que un Club de Retirados de
la vida, por así decirlo, jubilados sin pizca de malicia que
se reunían para conversar y escapar del marasmo de la
ciudad, sino cómo explicar que ayudaban a una anciana a
recolectar botellas vacías por todo ese terreno eriazo o la
presencia algunas tardes de un policía en servicio y de un
sujeto con apariencia de cura que llegaba con libros y los
ponía a todos a leer. Por eso no supe si debía alegrarme
o preocuparme cuando los comencé a ver también por
las mañanas; de lo que sí estaba seguro era que quería
escribir sobre ellos y conocerlos.

Fue entonces que doblegué esfuerzos a fin de


establecer si integraban una guerrilla o eran simplemente
unos vejetes aburridos que se juntaban para intercambiar
recuerdos de épocas inmejorables. Pasaba tardes enteras
observando y leyendo y nunca dejé de impresionarme
con los sucesos que presenciaba a diario desde el balcón.

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Uno de los más espectaculares fue una pelea entre un
grupo de adolescentes endemoniados y tres policías,
resultando vencedores los primeros y huyendo luego
por el río y entre los carros apelotonados a espera del
cambio de color de un semáforo. O la noche que vi a
una mujer atractiva corriendo detrás de un hombre a
toda la velocidad que le permitían sus zapatos altísimos
y pidiéndole perdón a grito pelado. Tal hecho me llamó
la atención muchísimo, pero no tanto como la parejita
de escolares que se camufló tras unos matorrales
para amarse y fue sorprendida por una mujer que
probablemente era profesora de su colegio y los había
seguido hasta ese lugar. Una tarde también memorable
fue cuando un policía encontró a dos homosexuales
amándose dentro de una acequia y no les quedó más que
huir calatos y en direcciones opuestas. Pero aquellos que
eran objeto de mi atención no hacían nada sospechoso
o fuera de lugar, así que me hice con unos prismáticos
que esa misma tarde se pulverizaron y solo me sirvieron
para fijar mentalmente sus rostros. Para sorpresa mía no
eran viejos, al menos no tanto como yo imaginaba y al
día siguiente creí reconocer a uno de ellos en la tesorería
de la universidad. Era él, tenía que serlo, inconfundible

80
su rostro plagado de arrugas y esa delgadez extrema que
ni el terno y la corbata lograban disimular.

Las tardes siguientes decidí dejar el balcón y caminar


largamente por la zona. Desgastaba un cigarro tras otro
pensando algo razonable que decirles y las pocas veces
que me aventuré en ese terreno de perdición me limité
a mirarlos desde lejos, agazapado tras una prominencia
del camino. Era necesario contar con un compinche, un
aliado o compañero de hazañas dispuesto a vigilar mis
movimientos, narrar mis aventuras y pedir auxilio en
caso de requerirlo. Comenté mis planes en la universidad
y fue doloroso comprobar que nadie iba a prestarme
tan abnegados servicios, como si les hubiera propuesto
arriesgar la vida invadiendo Pandora, algo absurdo que
solo se me podía ocurrir a mí, al bohemio, al indeseable
que no asistía a clases, que no iba a sus fiestas y no hacía
más que llevar la contra y criticar sus modos de vida
plásticos y ordinarios. Lo único que logré fue un consejo
que tristemente tuve que llevar a la práctica y ponerme
a estudiar para los inminentes y complicadísimos
exámenes de segunda fase.

81
Durante dos semanas hice lo posible por aprender
de memoria una infinidad de artículos del Código
Civil, Penal y Tributario, leyes vigentes y no vigentes
sobre el Sistema Nacional de Pensiones, diapositivas
ininteligibles del Procedimiento Administrativo General,
la Ley General de Aduanas, todos los Incoterms y la
infaltable doctrina y jurisprudencia extranjeras con sus
casos prácticos. Por momentos me aproximaba al balcón
para comprobar que los retirados siguieran en su lugar
de siempre y una sensación absurda de seguridad me
invadía, como si verlos ahí fuera suficiente para saber
que el mundo aún giraba en la misma dirección. Era
completamente necesario salir a su encuentro y averiguar
quiénes eran y por fin me aventuré sin mirar atrás una
madrugada, muy temprano, como parte de una serie de
eventos desencadenados e inexplicables.

En primera instancia no los puede reconocer,


mucho menos sabía dónde me hallaba. Para mi mente
alcoholizada el barro y la tierra que ensuciaban mis
pantalones no eran más que arena y el rocío de la mañana
el hálito que llegaba del mar o la resaca de una brisa
nocturna. La noche antes celebré la vida y el cumpleaños
de un poeta amigo y probablemente las ganas invencibles

82
de un trago más me llevaron hasta ese lugar. Seguro llegué
caminando y descendí las gradas de piedras desiguales
que conducen al inicio del camino tambaleándome,
me caí sorteando algún obstáculo y en seguida me
quedé dormido. Por generosos designios del destino
o mi buena estrella no eran insurrectos ni facinerosos,
simplemente sujetos raros que en ese momento debatían
la teología de la liberación y se mostraban preocupados
por mi presencia. Apenas tuve conciencia me asusté
sobremanera y permanecí buen rato con los ojos cerrados,
intentando recordar uno de mis planes de contingencia
para la situación en que me hallaba. Pronto me di cuenta
de que eran inofensivos, a juzgar por la forma respetuosa
como se trataban, las cosas que decían y el ambiente de
calidez que reinaba entre ellos. Aun así, quedé paralizado
cuando me rodearon para preguntarme sobre mi estado,
respondí farfullando que estaba bien pese al dolor
insoportable que sentía en el hombro derecho y luego
dejaron de prestarme atención para seguir dialogando.
En adelante fue como si no existiera, no volvieron a
mencionar al «chico» ni viraron la vista en mi dirección.
Yo me limité a escucharlos y adivinar qué era lo que hacían
en ese sitio todos los días, incluidos feriados y domingos.
Al menos uno había sido un escritor impublicable o algo

83
parecido, pero ahora trabajaba en la universidad a medio
tiempo y mantenía un montón de perros callejeros que
le alegraban la vida. El que parecía cura efectivamente
había ejercido el sacerdocio durante la mayor parte de
su vida, pero se retiró al descubrir la verdadera religión y
casarse y pese a que los demás eran ateos asentían con la
cabeza cada que se lanzaba a perorar sobre sus cuestiones
místico-religiosas. El que dirigía la conversación se
llamaba o le decían Julián y hablaba con tal convicción
que no me percaté en qué momento dejó de hablar de la
Liberación para concentrarse en el fuerte dolor que sentía
en las rodillas a causa de la artritis. Entonces no llegué a
saber gran cosa de los otros dos presentes, salvo que uno
era comunista y el otro anticapitalista y que se pasaban
la vida discutiendo sobre la pureza de cada sistema,
coincidiendo únicamente en acabar con esas «malditas
ratas apristas». No pasó mucho tiempo hasta que se
les acabó el aguardiente de la botella que compartían y
quedaron para encontrarse por la tarde. Sorpresivamente
se despidieron de mí con fuertes apretones de mano y me
invitaron a acompañarlos más seguido en lugar de estar
espiándolos. Permanecí asintiendo con la cabeza hasta
que desapareció el último y recién eché a correr rumbo a
mi departamento.

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Pasé los siguientes días recluido, no salía al balcón ni
a colgar la toalla para evitar que me vieran y un temor
latente me invadía cada que sonaba el timbre o abrían la
puerta del edificio. Había corrido un gran riesgo y todavía
quedaban varios cabos sueltos al respecto, además que
no podía asegurar si los hechos sucedieron tal como los
recordaba. ¿Eran acaso un grupo de hombres excéntricos
que se reunían para compartir sus conocimientos y
vivencias? ¿Eran eruditos o dementes o debía persistir
en que se trataba de narcotraficantes? ¿Pero entonces
por qué no dieron cuenta de mí si eran conscientes de
mi espionaje? ¿Y quiénes eran aquellos sujetos que los
visitaban todo el tiempo? ¿Académicos? ¿Discípulos? No
me constaba que fueran genios o poseedores de una vasta
cultura, tampoco me parecieron individuos dedicados a
la reflexión y el trabajo espiritual o artistas desterrados
en pos de la obra maestra. Tales intrigas me quitaban el
sueño, incluso más que antes y recién hallaron respuesta
una mañana que decidí ir a la universidad. Nada más
llegar recibí los infaustos resultados de mis exámenes y
tuve encima que soportar una que otra burla y comentario
sarcástico de los mequetrefes de mis compañeros. Quise
explotar y matarlos a todos, decirles que no son mejores
solo porque no faltan a clases y no viven de ficciones

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como yo. Entonces lo supe, salí de la universidad y me
dirigí raudo hacia ese recodo del camino que desde
siempre llamó mi atención. Ya era uno de ellos.

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TODO LO QUE ERES
Pero sobre todo
Le debo estas palabras
Que no son sino residuos
De otro centelleante poema
Escrito es mis entrañas
Lleno de llamas azules.

J. E. EIELSON, De materia verbalis.


Todavía me enloquecen de ella algunos momentos, cuando
está muy feliz y dulce y apoya su cabeza con suavidad en
mi hombro mientras caminamos por las calles inundadas
de sol rumbo a ningún sitio, solo miramos a las personas
y nos preguntamos adónde van, antes de cruzar alguna
pista se acumulan las voces y tratamos de escuchar lo
que dicen, continuar la conversación entre nosotros; en
esos momentos ella me cuenta un nuevo recuerdo de su
infancia, quizás sobre un triciclo de colores que no puede
recordar si era suyo pero que utilizaba para recorrer las
subidas y bajadas donde vivía, el jazz, los últimos libros
y películas, los cuentos que pienso escribir pronto pero
que casi siempre olvido en el camino. Algunas noches
arribo a la cama y me espera oculta bajo las sábanas, el
aire respirado muchas veces, los reflejos del televisor
en las paredes y el techo nos separan de la oscuridad
absoluta y ya sé lo que sigue: Cuéntame algo, me dice
curiosa y yo no puedo, entonces sus recuerdos, siempre
sus recuerdos como si no pudiera superar todavía el paso
inevitable del tiempo, estancada en una época gloriosa
de juegos interminables en la calle, el cementerio de

89
pajaritos que ocultaba en el patio de su colegio desierto,
la caída que grabó para siempre una pequeña cicatriz que
me ayuda a encontrar con los dedos hasta que su voz se
torna pausada, luego silencio para que explore lascivo
su cuerpo, robe su calor anhelando inmiscuirme en sus
sueños. Otras noches el arribo es triste, varios cigarros
en el balcón contando en vano las infinitas luces de la
ciudad dormida y el temor cuando el último cigarro se
consume porque sigue el sueño a su lado, sueño amargo,
en silencio y al despertar desaparece sin besos hasta la
noche y yo me pregunto qué piensa durante tantas horas,
a quiénes mira con sus ojos inmensos, camino hacia el
paradero y veo despedirse temprano a los amantes, le
abre la puerta del taxi, la ayuda a subir a la combi repleta
y no saben lo que les puede suceder durante el día, si
volverán a verse, si a la hora de la cena seguirán siendo los
mismos. Horas de horas caminando por el departamento
vacío, las palabras pierden significado pronto, la cama
guarda la forma exacta de mi espalda y añoro tanto
su presencia que incluso cuando estamos juntos me
pregunto constantemente si es real, si los sonidos los
produce ella o estoy como siempre en mi cama —los
botones del control remoto desgastados, el reflejo en
las paredes, la ventana oscura— preguntándome a qué

90
hora llega. Cambios de humor de un momento a otro
que me desesperan, de repente estamos caminando con
el sol detrás, risas, quizás una película —a veces me
parece que dentro de veinte años seguiremos haciendo
lo mismo, mirando el noticiero con pavor, uno tras otro
los canales del televisor en busca de una película que no
hemos terminado de ver— y comienza a responder No
sé para todo, es lo único que dice y aunque me cuestiono
lo más que puedo por si he dicho o hecho algo malo no
entiendo nada y si quiere que me vaya No sé, si quiere
ella irse No sé, para qué estás conmigo No sé, no sabe si
quiere dormir, comer más, si quiere que cambie de canal
y en esos momentos podría lanzarme por la ventana si
antes me dice qué es lo que le pasa y para dejar de pensar
que ya no la quiero, que puedo llegar a odiarla y pienso
lo que hemos hecho durante el día y es lo mismo que
el día anterior sin paseos, sin situaciones alocadas ni
anormales que prolonguen los minutos y segundos, sin
momentos extraordinarios que me obliguen a pensar
que el mundo no es un lugar horroroso para vivir porque
todavía ella existe, incluso sin besos y hace cuántos días
que no me das un beso No sé, ya no sé si te quiero. A
veces me parece que sus cambios de humor se producen
de manera instintiva —quizás todas las mujeres tengan el

91
mismo problema—, como si una voz ignota, endocrina
que gobierna secretamente su cuerpo dictase sus palabras
y gestos devastadores luego de las noches interminables
en la calle, la música horrible de los otros, demasiado
humo en los ojos para hablar de literatura en el mismo
bar alumbrado a medias las paredes de un tono verde o
rojizo, peleas absurdas para regresar caminando en la
madrugada que inicia el sonido del río contundente y
entonces solo pienso en lo que voy a decirle, en sus gestos
demoledores y que no me engaña lo más mínimo, que no
está enojada, que todavía me quiere pese al olor ajeno,
a las palabras sin sentido y que está así por su herencia
milenaria, por la bendita voz interior que aunque no
quiera dirige sus pensamientos. Puede permanecer
enojada durante días, horas y es increíble cómo cambia
de triste o enojada a feliz con una melodía, algo que leyó
por ahí —es increíblemente sensual cuando la sorprendo
leyendo a Dostoyevski, novelas y libros de cuentos de
Bryce quizás porque a mí me gustan, a Kerouac para
mi delirio, me presenta canciones de Charlie Parker
que nunca había escuchado mientras miro atento sus
labios, dejo de escucharla para aproximarme cada vez
más a su cuerpo— o un perro que aparece a su lado en
la vereda y ella acaricia, por la calle va silbando siempre,

92
acercándose a todos los perros que di- visa con la
intención de llevarlos a su casa, como si hubiera dejado
de creer en los hombres y toda su compasión fuera
ahora para los animales si le digo que no entiende mis
sentimientos y necesidades por la noche cuando la busco
henchido de alegría porque he leído un libro maravilloso,
he escrito mis mejores líneas en mucho tiempo y no le
importa, siempre el mal humor en sus gestos, sus No
sé repentinos ni siquiera me pregunta de qué tratan
esas líneas, caminamos por las calles tristes nuestras
manos distantes y comienza a jugar con un perro negro
desorientado, se ríe con él, lo quiere llevar a su casa para
bañarlo. Una sonrisa permanente, cierto nerviosismo
cuando estamos reunidos con otras personas, muchos
gestos al hablar para ocultar sin resultado su gran
timidez; cruzo la habitación conversando con alguien y
la observo incitado por la distancia de unos pocos pasos,
sus gestos casi puedo adivinar lo que dice, me detengo
en sus brazos más gruesos que hace unos años, ciertos
rasgos no son los mismos y pienso inevitablemente
en lo que va a sobrevivir de ella, en las demás mujeres
que me sorprendo mirando con lascivia —más tarde
estaremos juntos de nuevo esperando el sueño, la veo
desvestirse desde la cama y aproximarse sin luz hasta

93
mis brazos, no tarda en dormirse y siento en su calor, en
la suavidad de su piel que aquello que de mí sobreviva
va a buscar este mismo tacto de mujer única, repetida
en cada una de las mujeres que llegue a conocer, si lo
hago, inolvidable en cada uno de sus momentos. Quizás
pasen los años presurosos y siga necesitando sus abrazos
antes de dormir, a mitad de la noche cuando no me doy
cuenta, su inmensa compañía pese a que suelo enojarme,
me digo que puedo resistir mejor el tiempo en solitario
y apenas cesan sus preguntas, sus gestos, el sonido de
su risa empiezo a urdir planes para no enloquecer,
habito las calles extrañas, violentas, compro cosas que
no necesito, siento curiosidad por las demás mujeres
por lo que pudimos ser antes de las primeras veces y el
asombro ante todo, sin embargo reconozco en la presión
exacta de sus abrazos los días que pasamos juntos, de
literatura, alegría si se despierta de buen humor por la
tarde y demasiada luz por la ventana y los techos de la
ciudad, sin futuro excesivo solo charlas que se pueden
prolongar mientras esperamos algo en la cocina, lugares
y recuerdos se desdibujan pronto en la memoria, a veces
no la reconozco entre otras personas, pero ahora se acerca
inconfundible por nuestra calle vacía, mueve demasiado
los brazos al caminar su brazo derecho un poco curvo en

94
la distancia, de repente me paro lo más recto que puedo
para que también lo haga ella y me gruñe, camino con los
brazos abiertos, ella comienza a correr.

95
LA CASA AMARILLA
A Santiago Pérez-Wicht Meza

Mi casa está pintada por fuera del color amarillo de la


manteca fresca y las contraventanas son de un verde fuerte.
Está situada a pleno sol, en una plaza donde hay un gran
jardín verde con plátanos, adelfas, acacias. Por dentro todas las
paredes están blanqueadas y el suelo es de ladrillos rojos. Por
encima, el cielo es de un azul intenso. En esta casa puedo vivir,
respirar, reflexionar y pintar.

VINCENT VAN GOGH


Como si los días funestos pudieran leerse en el aire, en el
color falso del cielo. Salió a la ventana y una pitada tras
otra comprobando que las nubes oscuras nunca se fueron,
preludio del desastre. Prendió otro cigarro mirando a las
personas en miniatura, siguiéndolas hasta achinar los
ojos y luego recordando cada detalle del camino tantas
veces recorrido. Cada árbol era verde, gris, azul, cada
curva perdía su forma y las casas de los mismos colores y
tonalidades; todo sobre un terreno amarillento.

Sobre la mesa los lentes cobraban vida, junto a un


libro y una taza azul con el asa rota, como si pudiera ver
a través de sus cristales tantas palabras leídas e imágenes
que transcurrieron. Quiso hacer lo mismo con otros
objetos y caminó por la casa, penetrando en los lugares
que avivaban el recuerdo. Un cenicero de bronce contenía
las cenizas de cuántas conversaciones, discusiones,
risas o simplemente silencio mientras contemplaban la
noche. La cafetera esmaltada era el despertar, desayunos
bulliciosos de ojos cerrados, humo, demasiada luz
filtrándose por las ventanas. Recordó el pavor que sentía

98
cada que se iba, corría a su habitación para comprobar
si llevaba consigo las cosas que sabía valiosas y dolían
las horas antes del último trago y el pequeño balcón sin
sillas vacías.

Una y otra vez frente a la pared: Vivo, vivo, estoy vivo.


Ya no le parecía que su existencia era movida por hilos
invisibles o que su cuerpo era el móvil para la concreción
de otros pensamientos, de otras conciencias que se
hallaban lejos. Estaba vivo, solo y ya no volvería. Si sus
acciones producían efectos en el mundo de los hombres,
si lo había asustado, qué importaba. Alzó sus manos y
se concentró en los detalles de sus dedos cenicientos,
rosa gris, probablemente un fondo de azul profundo, los
trabajos inconclusos que era mejor no mirar, todavía no.

Seguro que también anhelaba la noche para seguir las


siluetas de personas como espectros cruzando las calles
desiertas y perderse juntos tras una esquina, un umbral,
una luz amarilla, muy brillante.

99
EL SECRETO
Estoy condenado al Infierno
qué despertador está sonando.
ALLEN GINSBERG, Sándwiches de realidad
El celular es un chillido insoportable en el velador. Agua
fría caliente en el rostro, las manos, me lavo los dientes,
me lavo los dientes, me lavo los dientes lo más rápido
que puedo. Desayuno de pie por la ventana miríadas de
combis aguardan por el semáforo irreal. Cuarenta y dos
escalones, jadeos, la imagen intermitente en cada espejo
debería romperlos todos. Una movilidad escolar se
desintegra contra los muchos huecos de la pista, la música
inconfundible del camión de la basura que se aproxima,
pero no. El celular es un chillido insoportable que se
repite cada cinco minutos estoy a tiempo. Encuentro mis
audífonos enmarañados y el sonido es por fin uno solo.
Rostros brillantes, hastiados, tristes escuchan a todo
volumen, tararean ahora la misma canción de George
Harrison que puebla mi mente. Dos perros plomizos
desentrañan la basura, dueños del parque persiguen
carros, motos hasta el bar sin ruido ni gente a esta hora
solo gotas de sangre en la vereda. En vano brilla de
otro color el semáforo, crepúsculo eléctrico demasiado
rápido, invisible para los rabiosos conductores que
doblan la esquina mostrando los dientes. Alguien pasa

102
corriendo a mi lado y pienso que sería mejor observar el
semáforo durante el resto del día sus colores que antes de
apagarse definitivamente persisten un instante como un
suave resplandor en el aire. Rostros desencajados por el
tiempo apenas, mochilas a cuestas rumbo a los salones de
temor e indiferencia. Cada uno defiende su pan, asevera
el doctor Malca desde algún punto de su colorida corbata
el doctor Suárez no nos va a saludar siquiera al descender
de nuestro supremo taxi de las faltas a clase y el ensueño
el doctor Zeballos asegura que el dinero y el código civil
pueden comprar todo incluso el amor. Tanto temor que
por un punto del futuro somos capaces de matar, plagiar,
morir, corromper por qué no llegan tarde un día y nos
dicen con los brazos abiertos que todo va a salir bien que
la gente nunca nos dejará de lado la muerte no existe.
Basta el tiempo para correr a través de la universidad, las
escaleras de dos en dos gira el profesor su rostro adusto
desde la pizarra demasiado tarde, ya no se puede y
camino recién hacia la biblioteca. Una canción de Santana
termina y el inicio de la siguiente me estremece quizás
sonrío junto al vigilante que no mira mi fotocheck está
concentrado en sus pensamientos. Sonido eléctrico que
alegra mi día me hace pensar de nuevo en las palabras,
formas y colores brillantes como en una realidad fuera

103
del tiempo intocable ahora. Una tras otra las canciones
de la mente quisieran detenerme y reír, pero me yergo,
frunzo el ceño lo más que puedo digno portador del gran
secreto. Pronto menos alumnos apurados, casi nadie
detrás sería una pena llegar a tiempo.

104
EN EL ESTUDIO
… santos los desconocidos locos y sufrientes mendigos
santos los horribles ángeles humanos.
ALLEN GINSBERG, Aullido
Levanto la vista del libro de Ginsberg un instante y mis
ojos a través de la reja: Notificadores, turistas, policías
hablando por teléfono, infinidad de abogados, un hilillo
de polvo parece desprenderse del suelo por acción de
la luz que penetra a raudales. Ella se aleja calle abajo
sorteando los baches de la accidentada vereda con sus
tacos aguja, sus movimientos son propicios para que el
abogado gordísimo que sale de la oficina del abogado-
historiador gire la cabeza y le mire el culo con lascivia,
su jean celeste apretado dibuja un cuerpo que vale la
pena seguir hasta el parque de Santa Marta para los que
reconstruyen la casa de la novelista cruzando la acera.
El doctor Yuri aún no llega y de la pista en llamas no se
desprende el leve resplandor que deforma las combis y
los seres y estira los colores como en la calle Goyeneche
a primera hora por culpa de los días iguales. Entonces
solo se puede escuchar música a todo volumen para
no tener el mínimo contacto con una ciudad horrible
en un país horrible donde hombres y mujeres salen de
sus casas furiosos o tristes ni con la música de mierda
acelerada que tararea el conductor mientras cambia de

107
color el semáforo y suben a la combi repleta ancianas
nonagenarias, mujeres con niños y embarazadas que no
se salvan de la miradita de reojo en el culo. Un potencial
cliente se detiene frente al estudio y regreso a la poesía
de Ginsberg, miro el techo alto manchado de humedad
en las esquinas y me pregunta si puede amarrarse
los zapatos en el escalón de la puerta. Se inclina y
detrás ya puede verse a los primeros manifestantes de
la multitud ruidosa, colorida blandiendo carteles y
botellas con piedras que no dejan leer. Pitos, banderas
del Perú igualitas para todos, rostros sudorosos repiten
cánticos que alguien dirige desde un taxi con parlantes
en el techo. El doctor Raúl entra al estudio antes que la
multitud rebase la esquina y cuenta risueño que alguna
vez intentaron prenderle fuego a la oficina y la policía les
lanzó una bomba lacrimógena que justo se instaló debajo
de su escritorio. Sigue hablando, se ríe, viene del bar de
los abogados como todos los días menos los viernes.
Joder la vida, me dice, hay que joder la vida y una cerveza
helada cada uno para hablar de doctrina y jurisprudencia,
Jimmy Page, Janis Joplin y Samuel Becket, todo junto.
Borges y Cortázar son unos hijos de puta porque son
unos maestros, Onetti también. Charlie García es el
mayor desgraciado de la historia porque nadie toca la

108
guitarra como él. ¿Jimmy Hendrix? Ese es otro granputa.
El arte nunca va a ser perfecto. Hay que joder la vida para
crear arte, si no estás cagado. Manos malditas me va a
presentar, con varias muertes encima y procesos que se
ventilan mejor sobre las mesas despatarradas que en el
Poder Judicial. Y después podemos destruir un burdel y
terminar bailando canciones de Pink Floyd con las putas
que ya fueron amadas y se caen de sueño. Eso en la noche,
por ahora se sienta tras su escritorio y le sube el volumen
al máximo a una de Spinetta pese a que hay una clienta
en el estudio que tras mirarlo varios segundos gira y me
pregunta a mí si la consulta es gratuita. Esta vez no tengo
tiempo de mirar el techo o el triplay dorado que recubre
las paredes para darle un aire falso de pompa al lugar
y procede a contarme su historia que escucho lo mejor
que puedo, aunque me distraen sus ojos díscolos y su
cuello largo que debe contorsionar de rato en rato para
mantenerme dentro de su campo visual. Es una historia
de locura, abusos e infidelidades que terminó con seis
hijos y una pensión mensual de 250 soles. Necesita iniciar
con urgencia un proceso de aumento de alimentos, pero
no me escucha y sigue torciendo el cuello y contándome
a qué se dedican sus hijos y que necesita la plata para
el tratamiento del menor que padece de leucemia. Por

109
encima de su hombro izquierdo ella cruza la pista con
una falda diminuta y un polo que deja ver el inicio de
su espalda y dos empleados del hotel donde afloran los
turistas encaramados a una de las ventanas del cuarto
piso se toman un breve descanso para disfrutar su paso.
Miro el reloj y todavía falta buen rato para aflojarme
la corbata y caminar rumbo al paradero por las calles
atestadas de las mismas personas que salen de sus
trabajos siempre a la misma hora, saludar a los señores
Ramírez que cierran la librería, los mismos volantes en
cada esquina que guardaré sin leer en algún bolsillo del
saco. Pienso en Allen Ginsberg y sus versos salvajes que
quisiera leer sin intermitencias durante el resto del día,
en los cuentos de Borges y la existencia de Dios, en la
creación del universo, la completa redención del hombre
y los procesos mentales que conforman la incompresible
súper fascinante conducta humana. Esta vez sí va a traer
los documentos del proceso anterior para escribir la
nueva demanda, me promete. Número de expediente,
partidas de nacimiento, de matrimonio, constancias
médicas, boletas de venta y recibos que acrediten los
gastos, todo eso. Sonríe cómplice y me agradece por mi
tiempo y paciencia, luego se aleja calle abajo detrás de
un grupo de turistas que abarca el ancho de la vereda y

110
dejo de mirarla a los pocos segundos para concentrarme
a instancias del doctor Raúl en la misma canción de
Spinetta que reproduce incansablemente. Es agradable el
sonido.

111
¿TE GUSTA LA ÓPERA?
A Juan Carlos Nalvarte
Me molestan sus ojos, su sonrisa estúpida cuando le
pregunto algo que la obliga a pensar, siempre el mismo
rostro deformado y silencio. Apenas llegamos al parque
se deja caer en el pasto húmedo aún, sus rodillas dobladas
hacia los costados de manera única y que podría parecer
dolorosa, solo se le adormecen y tengo que ayudarla a
pararse luego, sí, como antes, aunque sigue sin tener
sentido sentarnos bajo un árbol y pasar el tiempo, que
antes solíamos hacerlo, que cualquier parque era nuestro
lugar, pero no me responde cuál sería la diferencia entre
sentarnos aquí o en su sala, si el parque queda fuera de su
casa y necesariamente pasamos por aquí todos los días.

—Tendrías razón si fuéramos a otro parque, uno


que quede bien lejos, no el de las piedras o el parque del
maestro— me ubico en una banca anaranjada, antes era
verde y algunos rastros de su anterior color persisten
justo en el lugar que se une a la tierra, como si esta no
quisiera cambios, suyos los objetos y los seres.

—El parque del maestro está cerrado. Ya no dejan


entrar a nadie —me desespera, quisiera decirle que no

114
estamos hablando del parque del maestro, que le he
preguntado la diferencia de. Seguro su mamá nos espía
desde la ventana, la idea de ir a besarnos a los parques
era la clandestinidad, el riesgo de que nos amenace algún
ladrón mientras reíamos sobreexcitados en la banca más
oscura, las voces ebrias cada vez más cerca.

—Ven, échate —se recuesta y su rostro luce tiznado


por la informe oscuridad de un árbol, decenas de
sonidos pueblan el silencio de su mano extendida hasta
que termino recostándome a su lado, mi cabeza sobre su
barriga no tan plana como antes—. Antes decías que te
gustaba venir por el contacto con la naturaleza.

Un profesor o al menos un individuo raquítico con


buzo y varios costales repletos de pelotas y conos arriba
seguido de un grupo de niños que no tarda en comenzar
a correr y patear las pelotas por encima de nosotros; una
mujer melancólica con su perro sobre un árbol caído; otra
pareja se instala en una banca, palabras al oído, besos, no
les molesta el sol ni el vigilante de los lentes oscuros que
se detiene a su lado, se pasea por el parque y molesta a la
mujer con el perro para que no intente cagarse sobre el
pasto amarillento, de rato en rato suenan los árboles por
el viento.

115
—Me sigue gustando la naturaleza, en ningún
momento he dicho lo contrario. Es más, yo creo que
el arte justifica su existencia en la medida que puede
imitar a la naturaleza. ¿No crees? —de nuevo su sonrisa
y su mueca, no dice nada—. Por ejemplo, ¿te gusta
la ópera? A mí la verdad es que no me gusta, no le
veo nada atractivo a esas señoras gordas vestidas con
túnicas, pero siempre pienso por qué a tanta gente le
gusta. Los humanos tenemos rasgos primitivos que no
podemos olvidar, pese al tiempo. Siempre hemos vivido
en contacto con la naturaleza donde todo es perfecto.
Un rayo de sol atraviesa un árbol y se refleja en el río
de manera bellísima, perfecta. En la ópera lo visual y
lo auditivo confluyen de forma precisa, como puede
suceder únicamente en la naturaleza y debido a nuestro
persistente primitivismo nos atrae. Más valdría que los
ricos que gustan de la ópera vayan a mirar el mar, el río o
que se instalen en un bosque. ¿Tú qué dices?

Como única respuesta a mi pregunta no exenta de


malicia coloca su cálido brazo alrededor de mi cuello,
juega con mis cabellos. Unos segundos y llama al perro
de la mujer melancólica, luce sucio y le digo que no lo
toque. Simplemente no puede soportar que un perro

116
camine libre por ahí, necesita acercarse, llamarlo, jugar
con él. Imagino el llanto adolorido del perro, su posible
huida y la cara de la mujer triste incapaz de bañarlo, todo
en un instante. Rueda una pelota hasta nuestra posición y
la pateo lo más fuerte que puedo, el profesor de educación
física impresentable pasa corriendo por nuestro lado y
no nos mira, debería regresar a su diminuto colegio.

—¿Qué tienes? Si no querías venir me hubieras dicho


para hacer otra cosa, antes no eras así —siento estallar
mi cabeza cada que repite esa palabra odiosa. Antes
hacíamos esto, lo otro, era más romántico, ¿te acuerdas
de?—. ¿Por qué pateaste la pelota?

—No lo sé, la vi y quise patearla. Creo que no lo pensé.


Debería realizar sus clases de educación física dentro
del colegio, no afuera donde pueden molestar a otras
personas.

—Te estás volviendo insoportable… intolerante, no sé


qué te pasa.

—Si una persona decide abrir un colegio es porque


posee la infraestructura necesaria para llevar a cabo todas
las clases. ¿No te parece? Además, ser intolerante no tiene

117
nada de malo. Ser tolerante es soportar la existencia de
un mal y yo no tengo por qué aguantar las acciones de las
demás personas.

—¿Y quién decide lo que es bueno y lo que es malo?


No sé…

—Déjame adivinar, antes no te hubiera dicho nada


de esto. Antes resistía las tonterías, banalidades y el
desorden sin decir una palabra. Bueno, quizás ya no sea
el mismo, de un momento a otro decidí dejar de contener
mis pensamientos porque no me parecía justo.

—¿Justo? No sé de qué estás hablando. ¿A quiénes no


soportas?

—No vas a pensar que odio a la humanidad entera.


Simplemente no soporto a los vegetarianos, por ejemplo.
Me parecen un montón de pretenciosos con ínfulas
de grandes artistas, como si dejando de comer huevos
o jamonada fueran a pensar claramente. Tampoco a
los chancones, esos pobres diablos que aún piensan
que la universidad es la fuente suprema de la felicidad
y que han nacido precisamente para desempeñar una
carrera que les va a prodigar incontables alegrías. Me

118
parece absurdo. Peor aún son los poetas, esa pandilla de
degenerados que nada aportan a la sociedad por hallarse
demasiado ocupados buscando a la musa a punta de
orgías y borracheras interminables.

—¿Y yo? ¿Tampoco me soportas a mí? —de repente


se sienta en el pasto y me obliga a retirar la cabeza, me
mira fijamente para que no le mienta. Por un instante
me pierdo en los balcones vecinos, en el sujeto obeso que
fuma el día entero y ahora no puede dejar de toser, la
pared en que se apoya lleva impresa la forma rolliza de
su cuerpo.

—Contigo es diferente porque te amo, aunque, a decir


verdad, sí me molestan algunas cosas de ti— lo digo
pausadamente, dudo un poco, continúo—: Pero es lo
mismo que te he dicho otras veces, no te concentras lo
suficiente al hablar, escuchar o al hacer cualquier cosa,
nada más.

Su rostro frente al mío detiene el tiempo, como si se


hubiera estancado en la sombra rojiza de sus párpados,
pestañas interminables, mi propio reflejo en sus ojos
como si fueran suyos mis pensamientos. No puedo
decir nada ahora, muevo una mano luego de varios

119
intentos para retirar el pelo de su rostro, su respiración
entrecortada se confunde con la mía, con el viento,
quisiera irme y mirarla desolada en medio del parque
vacío, pero se abalanza sobre mí y me abraza sin dejar
de repetir que me ama, todavía, con toda su alma, su
corazón, sus fuerzas.

—Te sentía tan distante, diferente y sí, has cambiado


un poco, tienes otras ideas, pero igual te amo y haría lo
que sea por ti. Por eso quería hacer esto, hablar. ¿Tú me
quieres como antes?

—Mucho más —sujeto su rostro entre mis dos manos,


míos ahora sus ojos, cada uno de sus pensamientos—:
¿Qué harías por mí?

120
TARDE DE POETA
A Katherine Teresa Ruiz

«El perfecto neurótico», se dijo mirándose al espejo.


Subproducto de una idea, escoria de un pensamiento.

F.S. FITZGERALD, La tarde de un escritor.


A esta hora ya ha terminado el almuerzo, ciudad pequeña
sin gente por los jirones estrechos y demasiado calor en
el aire. Los versos no vienen a la mente, se cuelan por
la puerta abierta de alguna casa y su cortina altiva que
contiene aún los pocos sonidos y miradas de afuera. Niños
salen a jugar frotándose los ojos, una mujer rezagada se
pierde entre los múltiples colores de las casas estrechas
con su bolsa repleta de verduras, un perro enorme
pasa por mi lado tan seguro de su camino que quisiera
seguirlo, asirme de su cuello con todas mis fuerzas y
pedirle que me lleve consigo. Veo a Salomón apoyado en
una esquina y le pregunto qué es el tiempo y por qué no
puedo convertir en palabras mis pensamientos sin dolor
ni desesperación, como antes. Él se toca reflexivamente la
barba y sigue mirando el cielo, adivinando las formas de
las nubes inmensas que se mueven millones de kilómetros
apenas dejamos de verlas. El tiempo es una señora obesa,
ataviada de joyas, pero mal vestida que no tiene nada
que hacer, me dice Salomón y basta su respuesta pastosa
para trastabillar por el mismo iluminado jirón que se
trueca parque vacío demasiado pronto: tristes árboles

123
temblorosos, mútilo monumento. Parque desigual sin
hierba amarillenta alrededor de las bancas donde sólo se
ama de noche y no hay casi nada que describir. Entonces
preocupado me aproximo al antiguo colegio y su pintura-
mosaico por el tiempo, desafío espontáneo de animales
desdibujados, aureola sin rostro, manos abiertas. Cierro
los ojos y el viento es primero silencio, luego vaivén
de sonidos inconstantes, conversaciones de viejas y de
una pareja a destiempo que se deja caer sobre la hierba
rala y tarda varios minutos y descripciones del cabello
larguísimo, ondeado al viento de ella antes de prolongar
lascivamente los besos, preludio del amor.

Piadosa, Poesía
Nadie nos mira. Llevo más de una tarde sentado lejos de mi banca
Intento desolar mi rostro contra el piso desigual grietas de viejos
Terremotos que me conducirán finalmente a otro lugar.

Gritos desesperados teclas como armas mortales el rodillo


negrísimo en mi cabeza
esta tarde arrancaré por fin mis sentidos chupatintas los colocaré
junto a los tuyos
en la oscuridad tu pequeña contristada mujer nos ayudará a
llevar la carga de muerte

124
asirá nuestros brazos y nos alejaremos cojeando muy despacio
rumbo a ningún sitio.

Cinco besos más y girarán sus rostros sonrientes manchados de amor.


Ahora no hay tiempo para eso.

Piadosa, Poesía
tristeza fuera
de tiempo
roto mosaico
nuestro destino
habitas mis calles
pintada de colores
y no te miro
piadosa, Poesía
no puedo controlar
mis pensamientos
quisiera olvidarlos
todos vagar por
la calle Lima libre
de versos genios
vagabundos pinturas
que no puedo dejar
de ver pensar
un hombre nuevo.

125
De repente las campanas como si pidieran permiso,
apoteosis final y recién algunas señoras las manos
cruzadas sobre el pecho escalan lentamente las calles
empinadas, con olor a pan rumbo a la iglesia. Abandono
el parque y sus versos, su anciano chupatintas que detiene
por fin el sonido incesante de su máquina ahora hay que
caminar contando los pasos, esconder el rostro del ocaso
amarillo blanco, brillante anaranjado rojo antes de la
noche y sus sombras de luz a medias, sus nuevos sonidos.
Decae la luz, últimos colores en el cielo espectáculo fugaz
debajo de los árboles a través de la corriente suave del
río y su eterna quietud que debería seguir por entre las
piedras, caminar y caminar por la orilla alegre mi rostro
hacia el final de la tarde.

126
Dos textos sobre la publicación física
de este libro el año 2016
Giovanni Barletti ha escrito un hermoso libro que es, en
realidad, un caleidoscopio de memoria, estampas sueltas
que se afianzan bajo la voluntad del lector tras el único
deseo que las imanta, es decir, el de ser atrapadas a través
de imágenes. Sus trazos narrativos batallan contra esa
memoria que inevitablemente se despígmenta, pero que
conserva los matices del afecto en el pequeño inventarío
de la vida cotidiana, acumulada, fragmentada y vuelta
a organizar de forma aleatoria bajo la agitación del
recuerdo. Este último da dirección a la prosa poética
de los relatos, que asimismo quedan marcados por el
trazo tembloroso de su evocación impresionista. La casa
amarilla nos revela un mundo interior que cataloga,
junto con personas, objetos, lecturas, deseos familiares o
transitorios, el registro de una sensibilidad del mundo tal
como, por otra parte, se intenta aprehender la educación
del color: un proceso que, al igual que la vida, consiste en
interpretar la luz. Hacia esa fugaz experiencia (epifánica)
apunta este libro que hace de la percepción una forma
de madurez, a la vez pérdida e inevitable transformación
del pasado.

Carlos Yushimito
La casa amarilla de Giovanni Barletti es una introspección
hacia los años idos, hacia el primer descubrimiento del
amor sin la malicia adulta, sin la contaminación del
presente. El asombro, el ejercicio amical, la relación con
los padres, el progresivo aprendizaje de la escritura y
de la vida en general está narrado bajo la complicidad
biográfica y el recurso poético. El resultado es un gran
viaje de la memoria a ese lugar imposible y perfecto así
no lo hay sido que es la infancia y la adolescencia.

Pedro Novoa
Índice

Presentación 04
Recuerdos imperfectos 08
Vacaciones26
No había nadie en su casa 40
Solo hablamos 50
Resaca58
Malos muchachos 62
Tarek y el Real Madrid 69
Club de retirados de la vida 76
Todo lo que eres 87
La casa amarilla 96
El secreto 100
¿Te gusta la ópera? 112
Tarde de poeta 121

Dos textos sobre la publicación física


de este libro el año 2016 127
Giovanni Barletti

Nació en Moquegua, Perú. Es abogado de profesión por la Universidad Católica de


Santa María de Arequipa y miembro fundador de la Asociación Cultural Los Malos
Muchachos, agrupación sin fines de lucro que promueve la literatura en la ciudad de
Moquegua.

En el 2010 publicó el libro de cuentos El que no corre, vuela (Grupo Editorial


Dragostea), en el 2012 publicó el libro de novelas cortas Dabai, Chelo, dabai
(Cascahuesos Editores). Ese mismo año ganó el primer lugar en la categoría poesía
de Los Juegos Florales organizados por la Universidad Católica de Santa María. En
el 2013 su libro de cuentos La casa amarilla ganó el primer puesto en el concurso
organizado por la editorial paceña Género Aburrido. Asimismo, en el 2015 publicó por
la editorial Hijos de la lluvia de Puno y en el 2019 por la editorial Ediciones Baluarte.
En el 2017 publicó la novela Catálogo de personajes miserables (Editorial Aletheya).
Ha sido considerado en la antología Nor Sud sobre narrativas contemporáneas del
norte de Chile y sur del Perú a cargo de la editorial chilena Cinosargo y en la antología
Paralelo sur. Antología esencial del cuento surperuano.

Es editor de la Revista de Literatura Moqueguana y colaboró a través del Ministerio de


Cultura como compilador de la Antología de la literatura de Ilo.

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