SAPOS: HISTORIA DE UNA MALDICION.
CHARRO GORGOJO, Manuel Angel
"De pronto divisó el enorme sapo nadando entre las espadañas. Nadaba despacio, sin alborotar el
agua, con los ojos abultados, fríos e indiferentes, en un punto fijo".
(M. Delibes, El hereje)
La presencia innoble de este inofensivo batracio, con su aspecto chato, pustuloso, de ojos
desorbitados, mirada inexpresiva y presencia desagradable ha despertado de antiguo en el pueblo
ideas de terror, engendro diabólico y repulsión. Sobre su lomo rugoso lleva la pesada carga de mil
concepciones animistas, y sus dorados ojos transparentan aún el misterio de civilizaciones
extinguidas. En la historia de los pueblos, el sapo se debate en una lucha cruenta y despareja.
Logra sobrevivir y goza así de un triunfo al ver impuesta la razón sobre el prejuicio y el
oscurantismo. De animal perseguido, vuélvese amigo del hombre, de ser execrado, halla refugio
en la casa de quien siempre lo miró con asco y paga con exceso lo que juzga una deuda de
gratitud. Se brinda a la ciencia otorgándole la maravilla de su cuerpo para que sirva de alivio a sus
propios perseguidores. A la par que puebla sus campos y jardines en labor silenciosa y productiva,
se entrega a la defensa de sus cosechas, hallando su alimento en todo cuanto es perjudicial para
las simientes.
SIERVOS DEL DIABLO Y COMPLICES DE LAS BRUJAS
El poeta latino Horacio describe en el Epodo V (núm. 6) una escena de magia negra en la que la
bruja Canidia elabora un filtro amoroso con las visceras secas de un niño al que hace morir
lentamente, higueras salvajes arrancadas de tumbas, cipreses fúnebres, huevos y plumas de un
buho embadurnadas con sangre de un horroroso sapo. Esta macabra historia alimentó la mala
reputación de este animal entre los romanos.
Dios, en su magnanimidad, creó todo lo que existe y todo lo bello fue creado por él. La fealdad no
podía ser obra de su mano que resumía la perfección. De ahí que lo supuestamente repugnante, lo
abyecto, se atribuyera siempre al diablo. Seres horripilantes y deformes fueron contrapuestos a
los de origen divino, y si el murciélago resulta la paloma de Satán, el sapo continuó siendo la
gallina del diablo. Dentro de la tradición cristiana, el sapo -criatura presuntamente maligna- no
podía ser otra cosa que obra del diablo.
El sapo forma parte de los rituales brujeriles, y en las misas negras ocupa el lugar de la hostia,
siendo también troceado. A menudo los demonios familiares acompañaban a las brujas en forma
de sapos y es tradición que a las personas que acudían tres veces a un aquelarre o reunión
sabática para satisfacer sus instintos más bajos les quedaba ya para siempre una señal en forma de
sapo en lo blanco del ojo o en un repliegue de las orejas.
Los brujos novicios y los aspirantes que aún no han llegado a la edad de la discreción, es decir, a
los nueve años, renegaban de su fe cristiana y rendían pleitesía al diablo, besándole en señal de
acatamiento en las partes vergonzosas y debajo de la cola en los aquelarres. En estas asambleas,
los brujos y brujas saltaban sobre un fuego que no les quemaba y copulaban con Satanás y entre
sí, mientras los niños se ocupaban en cuidar una gran manada de sapos con mucho respeto y
veneración a la orilla de una ciénaga (Fig. 1).
Aparte de metamorfosearse en diferentes animales, los brujos se servían de sapos vestidos, cuyos
excrementos valían para hacer ungüentos voladores o para fabricar sustancias maléficas.
También podían dañar a los animales domésticos, estropear las cosechas y producir tormentas,
entre otras desgracias.
San Cipriano en el libro de su historia como hechicero dice que el sapo tiene una gran fuerza
mágica invencible desde el momento en que es la comida que Lucifer da a las almas que están en
el infierno. Por esta razón pueden hacerse con el sapo los encantos y hechizos que se recogen en
diversos tratados de magia popular, alguno de los cuales y como ejemplo, reproducimos:
Hechizo del sapo para hacerse amar contra la voluntad de las personas y para hacer casamientos
Tómese un objeto del enamorado/a y átese envuelto en la barriga del sapo, y después de realizada
esta operación, átense las patas del sapo con una cinta roja, metiéndole dentro de una olla con
tierra mezclada con alguna leche de vaca. Después de practicadas todas estas operaciones,
díganse las palabras que apuntamos a continuación, teniendo cuidado de colocar el rostro en la
boca de la olla:
"Fulano (nombre de la persona), así como tengo este sapo preso dentro de esta olla sin que vea el
sol ni la luna, así tú no veas mujer alguna. Sólo habrás de fijar tu pensamiento en mí, y así como
este sapo tiene las piernas amarradas, así se aprisionen las tuyas y no puedas dirigirlas sino hacia
mi casa; y así como este sapo vive dentro de esta olla consumido y mortificado, así vivirás tú
mientras conmigo no te casares o unieres".
Dichas estas palabras, se tapa la olla para que el sapo no vea la claridad del día; después, cuando
hayáis conseguido vuestro deseo, soltad el sapo, quitadle el objeto que rodeasteis a su barriga sin
hacerle daño, y cuidadle bien, teniendo entendido que la persona sufriría las mismas molestias
que el sapo.
Para hacer y deshacer un mal hechizo
Tómese un sapo negro y cósasele la boca con seda negra. Después átense, uno por uno, los dedos
del sapo con hebras de lana negra y, formando una figura como de dos paracaídas y tomando la
hebra principal de lana, cuélguesele en la chimenea de modo que el sapo quede con la barriga
hacia arriba. A las doce en punto de la noche llámese a Lucifer a cada una de las campanadas del
reloj, y después, dando vueltas al sapo, díganse las siguientes palabras:
"Bicho inmundo, por el poder del diablo, a quien vendí mi cuerpo y no mi espíritu, mandote que
no dejes gozar de una sombra de felicidad sobre la tierra a (nombre de la persona). Su salud la
coloco dentro de la boca de este sapo y así como él ha de morir, así muera también (nombre de la
persona) a quien conjuro tres veces en el nombre del diablo".
A la mañana siguiente métase el sapo en una olla de barro y tápese herméticamente.
Para deshacer los efectos de este hechizo, suponiendo que la persona sufriera demasiado como
consecuencia del hechizo, saquese el sapo de la olla y désele a beber leche fresca de vaca por
espacio de siete días, después de haberle descosido la boca.
Creencia semejante hunde sus raíces en el más rancio paganismo y tiene su manifestación en las
mujeres del Alto Duero y de Tras-os-Montes (Portugal) que, para vengarse de los pretendientes
que no les corresponden o de las personas a las que tengan antipatía, capturan un sapo, le cosen
los ojos con hilo de color rojo o amarillo y lo meten en una olla de barro donde previamente
echaron algún aceite. La persona odiada o por la que sienten aversión comenzará a enfermar y a
adelgazar poco a poco conforme el sapo hechizado va sufriendo el efecto. En el acto de coser se
profiere un conjuro mágico. Para romper el hechizo se mete en la boca de un sapo un trozo de pan
mordido por esa persona y se clavan alfileres en la cabeza del mismo sapo. En esta operaciones
intervienen curanderas, bendecidoras u otras profesionales de la mitología popular.
En el folklore cubano se recoge una variante para causar la muerte a una persona. Consiste en
coser la boca del sapo después de introducir un papel con el nombre de la persona y sal; luego se
amarra el animal con un pedazo de pañuelo del que se pretende matar encerrándolo en una vasija
y pronunciando un conjuro mágico que anuncia la muerte de la persona al morir el sapo.
El veneno del sapo corredor (Bufo calamita) puede provocar vómitos, parálisis e incluso la muerte.
Así que no es extraño que estos anfibios se convirtieran en elementos esenciales en los hechizos
de los brujos y de sus pócimas. La consideración de animal venenoso no es una invención de la
credulidad popular. En particular, el sapo común (Bufo bufo) posee sobre el dorso unas glándulas
que segregan un líquido, la temida bufotenina, un alcaloide que se encuentra en ciertos hongos
como la matamoscas (Amanita muscaria). Esta sustancia es capaz de provocar trastornos
alucinatorios y ésta es, sin duda, la razón del papel preponderante del sapo en los asuntos de
brujería. Las alucinaciones provocadas por la absorción de mixturas en cuya composición entraba
una buena parte de carne de sapo eran lo que podían llevar a las brujas a los sabbat.
Los valdenses de Arras (siglo XII) durante la celebración de la misa negra distribuían en la
Eucaristía sapos que servían para confeccionar polvos maléficos. De esta forma los brujos volvían
los campos estériles, hacían morir a los hombres y a los animales o provocaban las tormentas y
expandían epidemias.
El sapo aprisionado vivo en bronce fundido era una práctica utilizada en los ritos satánicos polacos.
La mayoría de los herejes quemados hacia el año 1200 por Conrado de Marburgo -gran inquisidor
alemán, asesinado por los secuaces de una secta luciferina- habían confesado el culto del sapo.
No resulta difícil que un animal de presencia tan poco atractiva, en la Edad Media, fuese elegido
por brujos y hechiceros para sus maléficas transformaciones, de lo cual queda todavía huella en el
folklore contemporáneo. En la época donde se realizó tanto proceso, a los que pretendían tener
trato con el diablo, los jueces que escribían para guiar a sus colegas le señalaban entre las
presunciones de culpabilidad la posesión de algunos animales. Bodin aconseja no vacilar en
perseguir si se encuentra al que está acusado de practicar la brujería en posesión de sapos o
lagartos. En el siglo XVII se decía en Bearn que cada bruja tenía un sapo en un escondite, que
acudía cuando ella le llamaba por su nombre y que era una garantía que el demonio le había dado;
una historia de la misma región habla de un gran sapo que una bruja escondía en la cabecera de su
cama, bajo un paquete de ropas.
Los batracios entran en la composición de brebajes mágicos y talismanes. Las brujas de Bearn se
servían de los sapos para preparar filtros con el fin de pervertir a las jóvenes. Gregorio de Toulouse
cuenta que un obispo de la diócesis de Soissons deseoso de vengarse de sus adversarios junto con
una bruja -quemada en 1640- bautizó un sapo con el nombre de Juan y le hizo comer una hostia;
acto seguido ella desgarró el animal en trozos y compuso un veneno que dio este obispo a sus
enemigos que murieron miserablemente.
La creencia de que los humanos pueden transformarse en animales es muy antigua. Se creía que
esta habilidad estaba reservada a las brujas especialmente leales y que era una especie de
recompensa del diablo. En Inglaterra H. Robbins cita la obra The Devil's Desulion (1649), donde se
recoge el acta de un juicio en que se asegura que John Palmer, ejecutado el 16 de julio de 1649,
confesó que "tras reñir con un joven se transformó en sapo y que como se encontraba en un sitio
por el que tenía que pasar dicho hombre, éste le dio una patada; inmediatamente, Palmer se
quejó de que le dolía la espinilla y hechizó al joven durante muchos años, causándole gran
aflicción".
CREENCIAS Y SUPERSTICIONES
Para muchos pueblos el sapo sólo sirve para causar maleficio, sin embargo para otros es de origen
divino y, como tal, ayuda y protege a los que creen en su poder benéfico. Pero lo singular es que
los mismos que lo maltratan e infaman por un lado, por el otro lo veneran como un numen tutelar.
Entre los mapuches existe la creencia de que los sapos conservan el agua de las vertientes y los
manantiales. Los antiguos araucanos tenían entre sus deidades a Ngenko, una especie de batracio
al que reverenciaban como guardián de sus bebederos y anunciador de lluvias. Dentro del folklore
araucano el sapo sigue siendo el símbolo del agua y su canto es un anuncio de lluvia. Ambrosetti
recoge prácticas supersticiosas como la de arrojar sapos vivos al interior de las balsas para que
conserven el agua, por ser ellos los que cavan las vertientes. En San Luis, para que llueva, cuelgan
al aire libre de un árbol o de un palo un sapo vivo por la pata, y en Entre Ríos, sobre una cruz de
ceniza hecha en el suelo, lo estaquean con la barriga hacia arriba, clavándolo con espinas de
naranjos, pues conocida es la creencia general que predice lluvias cuando los sapos gritan
pidiéndola.
Diversas prácticas supersticiosas, de carácter mágico, siguen vinculando al sapo con la lluvia. La
asociación íntima de los sapos con el agua le ha valido una gran reputación de custodios de la
lluvia, e intervienen de forma muy importante en los encantamientos destinados a conseguir agua
del cielo. Cuenta Frazer que algunos de los indios del Orinoco consideraban al sapo como dios o
señor de las aguas y por esta razón temían matar a este anfibio. Cuando en Calchaquí se prolonga
la sequía se remueven las piedras contiguas a las vertientes y manantiales y cuando se encuentra
un sapo debajo de ellas se toma el animal y, atado con una cuerda a una pata, se le cuelga de la
rama de un árbol, para que perezca porque no quiso o no supo llamar a las nubes. Otras veces se
le clava una estaca en el vientre abultado, a fin de que lo abrase el sol, castigándole con una rama
de ortiga para que se produzca el cambio meteorológico. Entonces el fetiche crucificado y
castigado implora el auxilio de las nubes, produciéndose la lluvia, con lo que se obtiene su
liberación. Estas macabras costumbres en que se mortifica y se flagela al batracio para que le
brinde protección son consecuencia del miedo que inspira todo ser divinizado.
En Toscana (Italia) se considera un sacrilegio matar a los sapos. Una canción de esta región habla
de la transformación de una bella doncella en un sapo; la madre sapo habla a su hija para
consolarla animándola con la esperanza de casarse pronto con un príncipe:
¡Desdichado sapo!
El príncipe que te ama poco,
si no te ama, te amará,
cuando tú seas su esposa.
El príncipe se casa con el sapo, que se transforma en una hermosa doncella. Con respecto a las
supersticiones actuales en Sicilia es interesante resaltar la creencia de que los sapos dan buena
suerte. Aquel que no sea una persona afortunada en la vida debe conseguir un sapo y alimentarlo
en su casa con pan y vino, un alimento consagrado. Se los considera duendes o hadas poderosas
que han caído en alguna clase de maldición, y por lo tanto no pueden ser matados ni molestados,
porque cuando se los ofende podrían venir por la noche y escupir sobre los ojos del ofensor, que
nunca sanará aunque se encomiende a Santa Lucía. De ahí que el poeta Meli en su obra Fata
Galanti aconseje a los campesinos no matar a los sapos. En recompensa por haberle salvado la
vida, el sapo se le aparecerá poco después en forma de una bellísima mujer y le promete ayudarle
todos los días de su vida.
En el Piamonte un cuento popular narra la historia en la que un sapo es la forma diabólica asumida
por un hermoso joven; en Aldrovando se menciona varias veces el hecho de que las mujeres
dieran a luz sapos.
Está muy extendida la creencia de que los humores que expulsan de su parte trasera los sapos
cuando se les provoca son fatales y que no sólo puede envenenar a los hombres sino a las plantas
sobre las que pasan. Se recomienda llevar puestos debajo de las axilas sapos disecados como
amuletos para prevenir las plagas y el veneno. Lo curioso es que el sapo busca cobijo bajo la
sombra de plantas que puedan prodigarle reparo a la vez que humedad, como la cicuta y la salvia
plantas que suelen ser, la primera venenosa y la segunda que, usada en exceso, puede resultar
tóxica. Con estos antecedentes se ha ido forjando la leyenda de que envenenan todo lo que tocan.
En Minho y Douro Litoral (Portugal) pervive la añeja tradición según la cual si encontramos un
sapo y nos mira, como su mirada es maligna, debe escupirse tres veces, repitiendo otras tantas,
para que no nos nazcan sapinos en la boca o nos sobrevenga algún otro daño:
Santos en mí
quebrantos en ti;
Todo mi mal
vuelva para ti.
Pero las creencias y supersticiones no terminan aquí, pues para muchos pueblos la presencia del
batracio es anuncio de muerte. En el NO. de Siberia los nikhs de Sakhalin hacían imágenes de
sapos, con capullos en cada extremidad, para usarlos durante las fiestas conmemorativas de
difuntos. En la Lituania del siglo XIX las lápidas de madera se construían con forma de sapo, con un
lirio sustituyendo a su cabeza. El sapo era un animal sagrado para Pagana, la diosa lituana de la
muerte y la regeneración, siendo también su principal Epifanía. Ya en el siglo pasado, todavía se
creía que si no se le trataba correctamente podía ser tan peligroso como la propia diosa. Si alguien
le escupía y él podía recoger la saliva, el ofensor moriría con toda seguridad; si se le fustigaba,
podía inflarse hasta estallar, liberando un veneno mortal; sólo con que dicho veneno tocase una
parte desnuda del cuerpo, era suficiente para producir el envenenamiento y la formación de
pústulas que empeorarían haciendo que la piel se desgarrase. ¡Cuidado con matar a un sapo con
las manos desnudas! Tu cara se manchará y se pondrá áspera y verrugosa, a semejanza de su piel.
Como mensajero de muerte, el sapo puede saltar hasta el pecho de una persona dormida y
absorber el hálito de su cuerpo, causándole una muerte segura. En la actualidad, existe aún una
creencia popular en los Estados Unidos según la cual los sapos pueden ocasionar la aparición de
verrugas.
En la superstición popular alemana el sapo pasa por ser un animal que alberga en sí las almas de
los difuntos, aun cuando se halle muerto o disecado. Se cree también que el sapo es capaz de
procrear un niño monstruosamente degenerado o provocar un aborto con la mola, debido a que
se introduce en la matriz de la embarazada y perjudica al feto. En una iglesia de Baviera fue
hallada una tablilla votiva, fechada en 1811, en la que aparece un sapo con una vulva humana en
el dorso, y en numerosas iglesias alemanas hasta el siglo XX las mujeres que padecían
enfermedades ginecológicas ofrecían imágenes de sapos a la Virgen María. Antiguamente se
afirmaba que la vagina de la mujer tenía la forma de un sapo vuelto como un guante y, tanto
Hipócrates como Platón, describieron el útero como un animal capaz de moverse por el abdomen
en todas las direcciones (Fig. 2). Pero esta creencia está ligada inconscientemente al hecho de que
el sexo de la mujer era considerado como la entrada del infierno, semejante a un sapo que se
hincha y aspira la semilla del hombre.
Entre los guaraníes encontrar un sapo en una embarcación era señal de que alguno de los que
iban en ella había de morir pronto. Entre los quechuas era un animal de mal agüero y, si el indio lo
topaba en su camino, estaba seguro de que aquel día le ocurriría algún desastre.
Por el contrario el sapo desempeña un papel importante, ya como remedio, ya como elemento de
superstición, y es muy empleado por los gauchos, que hacen de él un animal sagrado. Su acción
terapéutica no queda limitada al hombre, sino que se hace extensiva a otros animales. Colocado
sobre una herida, puede curarla y, hasta hace poco tiempo, en la zona alpina de Baviera se creía
que estas criaturas tenían especiales propiedades curativas si se les daba muerte durante los días
dedicados a la Virgen María, es decir, el 15 de agosto y el 8 de septiembre. Se los clavaba en las
puertas de casas y establos para proteger animales y humanos de las enfermedades y la muerte;
matándolos cualquier otro día, eran mortíferos.
Puesto que el sapo está dotado de los poderes de la diosa de la muerte y la regeneración, sus
funciones consistían tanto en ocasionar la muerte como restablecer la vida.
En las civilizaciones de los Balcanes centrales y orientales se encuentra un híbrido de mujer y sapo
esculpido en piedra verde o mármol que representa a una diosa como donante de vida. El
misterioso poder sobre procesos vitales que tiene el sapo es recurrente en las conciencias de los
pueblos europeos incluso mucho después de la transformación de la vieja Europa. De especial
interés es la "Dama sapo" de Maissau, un cementerio de la Edad de Bronce, en la Austria Baja (año
1100 a. C.).
Actualmente se encuentran sapos de cera, hierro, plata y madera con ofrendas votivas marianas
en iglesias de Baviera, Austria, Hungría, Moravia y Yugoslavia. Algunas de ellas tienen cabezas
humanas, otras tienen rasgos de vulva en la cara inferior, y muchas una cruz en la espalda. Estaban
hechas como protección contra la esterilidad y para asegurar el embarazo. La carne de sapo fue
comida hasta hace poco para prevenir los dolores de parto; la sangre de sapo se usaba como
afrodisíaco y los sapos se colgaban para proteger del mal a la casa. Tales creencias sugieren una
diosa benevolente; pero el sapo como criatura nocturna, puede causar locura, hacer desaparecer
la leche y chupar la sangre de los humanos mientras duermen. En las mitologías indoeuropeas
(bálticas y eslavas) es la principal encarnación de la diosa maga del mundo subterráneo; en otra
mitología encarna una diosa de la muerte, mientras que en el Sur estaban firmemente arraigadas
las creencias que lo relacionan con el nacimiento, el embarazo y el útero.
La idea de que el sapo es la causa del embarazo pudo haberse originado antes del Neolítico, ya
que se conocen representaciones de sapos grabadas en utensilios de hueso desde la cultura
Maglemose mesolítica.
SIMBOLISMO DEL SAPO
La imagen del sapo como agente del mal se establece en manifestaciones escultóricas y textos
literarios hacia el siglo XII. La reputación del sapo se asocia tanto con la brujería como con el
folklore, y se asienta en la tradición clásica siendo incorporada en la literatura por autores
cristianos medievales para llamar la atención de su público.
En el mundo románico, de arraigado y profundo simbolismo, se representa con frecuencia a la
mujer lujuriosa con sapos que le succionan un seno, como muestran las portadas de las iglesias de
Santa Cruz de Burdeos y la de Charlieu (Loira). Su modo de acoplamiento observado en la
naturaleza ha dado origen al pecado capital de la lujuria. Aunque más expresivos resultan unos
versos de Etienne de Fougères, obispo de Reims, tomados de su obra Livre de manieres que sirven
para ilustrar los castigos que las cortesanas sufrirán en el infierno:
Sapos, culebras y tortugas
les cuelgan de sus pechos desnudos.
¡Ay! Cuan mal fueron entonces vistos
los amoríos de las frivolas amantes.
El sapo es un animal muy frecuente en los Juicios Finales góticos. En la portada central de la
catedral de Reims penetra en un gran recipiente y muerde a un condenado en la espalda. En la
portada del crucero norte de la catedral de San Esteban de Bourges, un saurio muerde un pecho
de una lujuriosa y otro se introduce en la boca del compañero, gesto alusivo a la blasfemia. Un
detalle de las arquivoltas del lado derecho de la portada central occidental de la catedral de León
muestra una escena de tormento. Mientras en una caldera hirviendo arden dos condenados, un
demonio feroz, empuja violentamente a otro desdichado por la cabeza, a la vez que con sus uñas
le araña. Una rata y un sapo -símbolos de la lujuria- pugnan por subir hasta la marmita.
Se remonta a muchos siglos el prejuicio que considera maléfico y miserable al sapo. En la
antigüedad naturalistas de renombre, como Plinto, afirmaban que era suficiente el efluvio que
desprende uno de estos parias de la creación para provocar la muerte, y Aristóteles en su Historia
Natural diferencia el sapo de la rana y haciendo un comentario desafortunado declara que el
hígado de sapo presenta mal aspecto y habla sobre la mala mezcla de sustancias en su cuerpo.
Malaxecheverría señala que los textos latinos hacen breves comentarios sobre sapos en los cuales
eran considerados animales peligrosos y malignos. En otras ocasiones, dicen que moran en
prisiones y calabozos, lugares tenebrosos o forman parte del decorado infernal.
El interés por los animales -en el caso que nos ocupa el sapo- deja de obedecer a una mera
curiosidad científica para ser un camino de acceso a lo trascendente. Comportamientos y
cualidades de estas criaturas no sólo serán una muestra del poder y gloria de la divinidad, sino
también ejemplos didácticos que muestran la conducta que debe emprender un buen cristiano y
los hábitos que se deben despreciar como pecaminosos.
Las visiones del condenado aparecen en el modelo escultural de la catedral de Burgos. El tímpano
de la puerta principal representa la escena del Juicio Final, y a la izquierda del juez celestial puede
verse a un condenado metido en un caldero; uno es un clérigo herético con un sapo pegado a su
lengua. Este es un contundente ejemplo del gusto medieval de relacionar el castigo con el crimen:
un falso profeta que en su vida propagó doctrinas venenosas es castigado por el veneno de un
sapo que tortura el instrumento de su pecado. Una imagen similar se encuentra en el Hortus
Deliciarum, donde un sapo demoníaco está a punto de morder en la lengua al alma condenada de
un falso profeta. Otra pobre alma en el caldero en Burgos es una mujer adúltera que tiene un sapo
que muerde su pezón izquierdo. En la puerta sur en San Pedro de Moisac, la lujuria es vista como
una serpiente que muerde cada pecho y un sapo que roe sus genitales.
En Vie des Peres -colección anónima de versos piadosos- el sapo es realmente un instrumento en
el arrepentimiento de un pecador recalcitrante, en lugar de actuar como mensajero de la muerte y
como castigo divino y eterno. El sapo lejos de ser un símbolo del mal y un familiar del diablo es un
potencial símbolo de amor y arrepentimiento.
El bestiario latino del siglo XII llama al anima! simplemente venenoso y este apelativo quizás era
un legado del pasado más que el resultado de una observación personal, como fue confirmado un
siglo después por Alberto Magno. Describiendo los hábitos alimenticios de las cigüeñas, Alberto
declara inequívocamente: "no come animales verdaderamente venenosos como los sapos". Este
autor conservó muchas creencias y gran parte de su erudición era folklore con pretensiones
científicas.
Un poema del siglo XIII que describe Las visiones de San Pablo cuando estaba extasiado en el
paraíso, contiene una lista de las aflicciones del infierno. San Pablo ve un terrible diluvio y las
bestias del diablo como sapos, víboras y otros animales comen y roen las almas pecadoras. Este
pasaje es muy representativo y aquí el sapo se ha convertido en una criatura infernal tanto para
los autores antiguos como para los medievales.
El Fasciculus Morum, manual de un predicador del siglo XIV, nos proporciona dos lecciones
morales sobre la avaricia y la gula. Comienza describiendo a un rico usurero que había hecho jurar
a su esposa que después de su muerte ella le ataría treinta marcos de sus ganancias a su cuerpo.
Al poco tiempo de haber sido enterrado, un emisario de la curia que había oído el relato ordenó al
sacerdote que lo había enterrado que lo sacara del cementerio de los creyentes, lo arrojaran a
campo abierto y lo quemaran (1). Entonces, cuando el sacerdote y los ayudantes lo encontraron,
vieron que en el lugar donde había sido atado el dinero horrorosos sapos y numerosos gusanos
roían su miserable cuerpo en descomposición.
Este mismo texto continúa con una historia sobre otro usurero que fue desenterrado y cuando se
levantó la losa de su tumba los que estaban presentes vieron su cuerpo negro y hediondo y un
sapo sentado en él, quien como una enfermera alimentaba con monedas ardientes a la boca del
hombre muerto. Cuando ellos lo vieron huyeron de horror y entonces los demonios llevaron el
cadáver cerca de su ataúd y a él no se le vio nunca más. Aquí el sapo obliga al pecador a que coma;
el hombre que durante toda su vida había hecho fortuna se ahoga con ella después de la muerte.
Esta narración aparece representada en una talla donde se muestra a los glotones forzados por el
demonio a comer sapos (Fig. 3). Uno de los poetas líricos del Dolce stil novo, Ciño da Pistola,
menciona una leyenda de la Edad Media referente al emperador Nerón que le atribuye las ganas
de engordar. Y los sabios, bajo amenaza de muerte, le hicieron ingerir una gran rana que expulsó
con tremendo vómito.
John Mirk, autor de De Dominica in Quinquagesima del siglo XV, en un sermón habla sobre la gula
del hijo de un hombre acaudalado que había comido pródigamente durante su vida. Cuando el hijo
visita la tumba de su padre, levanta la losa y ve un gran sapo paseando, tan negro como la brea,
con ojos que queman como el fuego, que había rodeado la garganta de su padre con sus cuatro
patas y acto seguido le mordió firmemente. Ante esta espantosa visión dijo: "Oh padre, tanta
carne dulce te has tragado y tanta bebida ha bajado por esa garganta que ahora te está
estrangulando una bestia infernal". El hijo volvió a colocar la losa en su sitio, abandonó su casa, su
esposa y su familia y se fue a Jerusalén para continuar su vida como mendigo. Cuando murió,
disfrutó de una beatitud celestial.
En la Regenta de Clarín la zoofobia se vuelve extrema hacia las ranas y los sapos. Ambos animales
aparecen en varias ocasiones a lo largo de la novela, y siempre están asociados a signos negativos
o sexuales. R. Weiner, citado por P. Préneron, confirma esta asociación entre este animal y los
instintos más bajos del hombre:
"El sapo trae el recuerdo de los instintos más bajos del hombre, del lodo que Ana tendrá que pisar,
del carácter viscoso de Vetusta y sus habitantes".
Ana, la protagonista, después de su confesión con don Fermín, acude a la fuente de Mari-Pepa,
soñando con la más elevada virtud, es interrumpida por el mundo material: el frío que la hace
estremecerse, la sombra que lo embarga todo, y un coro estridente de ranas que, como
sacerdotisas de las tinieblas, despiden al sol (I, 347).
Ana asocia el canto estridente de las ranas a algo salvaje que en ese momento le produce miedo.
Mas este ritmo salvaje y estridente lo volverá a oír en el Vivero, cuando por gracia de Visita se toca
la polca de Salacia (II, 439), pudiendo constatar que hay entonces analogía entre las ranas y las
bacantes enloquecidas por la música estridente. Ana está impresionada por lo que la polca
produce en sus sentidos. Aquí las ranas simbolizan al sexo que Ana rechaza tras su confesión en la
fuente de Mari-Pepa.
En el mismo escenario (I, 347) surge también un sapo que desempeña la misma función que las
ranas; representa la oposición entre los deseos de espiritualidad de la Regenta y la presencia de la
naturaleza encarnada por este animal que la mira con impertinencia, como riéndose de sus
propósitos de virtud. La reacción de Ana y la atribución de capacidades ocultas y motivos funestos
al sapo convierten al inocente animal en monstruo sonriente, símbolo gráfico de lo grotesco.
El sapo es, para la Regenta, un animal con connotaciones repulsivas, y sabemos que Ana ha leído a
Santa Teresa, para quien el sapo es efectivamente el Maligno. Se vuelve a hacer mención de este
animal repulsivo, cuando Ana descubre que el Magistral está enamorado de ella:
"La amaba el canónigo! Ana se estremeció como al contacto de un cuerpo viscoso y frío" (II, 322).
Para Sobejano, el sapo se presenta como emblema de la fealdad terrorífica del mal, siendo el mal
para Ana, la realización sexual fuera del matrimonio.
La narración termina cuando Ana, rechazada por don Fermín, se desmaya en la catedral y
Celedonio le besa los labios:
"Ana volvió a la vida rasgando las tinieblas de un delirio que le causaba náuseas. Había creído
sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo" (I I, 357).
De nuevo la presencia obsesiva de lo viscoso y frío, es para la Regenta, metonimia del conflicto por
el cual lucha: no sucumbir a la llamada del sexo. Para Clarín, esta bestezuela inquietante y maligna,
cuya obsesión recorre toda la novela, es el símbolo del sexo como degradación y pecado.
FABULAS Y REFRANES
Una fábula de situación de Babrio, cuyo título es "El sapo que se hinchó", nos previene contra la
presunción de seres insignificantes; en otra fábula de Fedro el sapo dice: "El más bello de entre
todos los animales, ése es mi hijo...". Iriarte, en la fábula LXI, El sapo y el mochuelo nos advierte de
que hay pocos que den sus obras a la luz con aquella desconfianza y temor que debe tener todo
escritor sensato.
Como medio de defensa o para protegerse del sol, el sapo se entierra. Cuando llega el otoño se
aletarga en la tranquilidad de un hoyo que él mismo excava haciendo de la tierra su refugio
natural. Este hábito ha sido interpretado por Cantimpré del siguiente modo: "Se alimenta de tierra
en peso y mesura, pues teme que la tierra le falte como alimento, y en él se simboliza a los avaros
y ansiosos". Esta misma idea se recoge en la tradición oral de Minho (Portugal). En el refranero se
recogen varias paremias que mantienen esta errónea creencia, pues los batracios se alimentan de
toda clase de insectos, larvas y gusanos, a los que atrapa con su lengua viscosa, aunque sorprenda
el hecho de que puedan permanecer mucho tiempo sin comer ningún tipo de alimento.
- El sapo, nunca de tierra está harto.
- Al sapo tierra.
- Al sapo darle tierra, y al hombre hembra.
- Son como el sapo, que piensan que les ha de faltar la tierra.
- Si el sapo come tierra, bien se la estrega en la pierna.
- Una en la boca, otra en el sobaco, y otra en el saco, peor es de hartar que un sapo.
Con la llegada de las primeras lluvias los sapos se ponen a buscar alimento. Su comportamiento, lo
mismo que el de sus parientes las ranas, es de una estimable ayuda para los campesinos, pues
sirven como predictores meteorológicos. Numerosos refranes se hacen eco de dicha aplicación:
- Al oír tronar, salen los sapos a bailar.
- Cuando canta el sapo al anochecer, buen día va a hacer.
- Cuando los sapos saltan anuncian agua.
- Cuando los sapos saltan o está lloviendo o de camino viene el agua.
- Los sapos cantando, buen tiempo están anunciando.
- Sapo cantor, buen tiempo de sol.
- Sapo que sale a la cambrera, agua espera.
- Si canta el sapo antes de abril, todo el invierno sin salir.
- Si los sapos cantan en enero, cierra tu cillero.
Su aspecto tan poco agraciado proporciona a este anuro una imagen repulsiva de su fealdad como
reflejan las siguientes paremias:
- Feo como un sapo.
- Es un sapo.
Además, las sustancias venenosas y cáusticas que segregan diversas glándulas de la piel y que le
sirven para librarse de sus depredadores por los picores y la acción paralizante que ejercen en las
mucosas de sus enemigos terminan por completar el decorado de repugnancia.
La expresión echar sapos y culebras ofrece dos acepciones: "decir desatinos" y "proferir con ira
denuestos, blasfemias, juramentos". Según Lujan, en el libro Un paquete de cartas de Montoto,
señala que estos animales son representaciones corpóreas de los mismos demonios del infierno y
que salen de la boca de los endemoniados, que juraban, blasfemaban y maldecían de todo lo más
santo cuando se les exorcizaba. Desde antiguo son conocidos los dibujos donde son representados
los condenados, endemoniados y exorcizados arrojando sapos y culebras por la boca. Otra
expresión familiar es pisar el sapo, denotando al que se levanta tarde de la cama o, en sentido
figurado, al que no se atreve a ejecutar una acción por miedo infundado de que resulte algún mal.
LEYENDAS Y SUPERSTICIONES
El Popol Vuh cuenta que en una ocasión la abuela envió al piojo a decirles a sus nietos que los
señores de Xibalba deseaban jugar con ellos. Para que el mensaje fuera más rápido, el sapo, que
estaba en camino, se ofreció a llevar al piojo dentro de sí y se lo tragó. Cuando llegó a su destino
trató de vomitar el piojo sin éxito y los gemelos, creyéndolo mentiroso, le dieron puntapiés en el
trasero y por esta razón lo tiene aplastado. Como en realidad el sapo no se tragó al piojo, sino que
lo ocultó entre sus dientes, fue castigado y no se sabe lo que come, no puede correr y fue
condenado a ser comida de culebras.
Una leyenda muy extendida por América cuenta cómo el sapo llegó a tener el aspecto actual
aunque en un principio tenía una espalda lisa y lustrosa. Ocurrió que el sapo y el uruburú fueron
invitados a una fiesta que se iba a realizar en el cielo de los animales. Después de hacer sus
preparativos, el uruburú fue a burlarse del sapo. Lo encontró entre los juncos de un charco
croando de la manera más melodiosa. Se saludaron los dos animales. El sapo decía que lo habían
invitado por su gran habilidad de cantante. El uruburú dijo que también estaba invitado, para que
el sapo se dejara de jactancias, y se fue convencido de que el animalito verde era un gran farsante.
Al otro día muy de mañana, mientras el uruburú alisaba las negras plumas sentado en un arbusto,
vio que se le acercaba el sapo. La guitarra del uruburú estaba en el suelo, pues la estuvo
templando toda la noche. El sapo le dijo que él se iba ya de camino porque caminaba muy lento;
en realidad, lo que hizo fue, aprovechando un descuido del uruburú, meterse en el instrumento.
Cuando el uruburú levantó el vuelo estaba tan entusiasmado con lo de la fiesta que no se percató
de lo pesado de su guitarra. Al llegar, los demás animales le preguntaron por el sapo, a lo que
contestó que no creía que fuera posible que viniera, pues el sapo apenas si saltaba como para
alcanzar el cielo. Dejó a un lado la guitarra esperando que llegara el momento de la música.
Entonces el sapo salió de su escondite y apareció de improviso ante la concurrencia, más hinchado
y orgulloso que de costumbre. Le recibieron con gran asombro, entre aplausos y felicitaciones,
mientras se reían del uruburú.
Entonces comenzó la fiesta, había comida en cantidad y todos se llevaban bien. Estaban dedicados
al baile, al canto y a la interpretación de sus instrumentos preferidos para que cada uno luciera sus
habilidades. Entre todo el alboroto, el uruburú rasgueaba contento su guitarra y el sapo soltaba su
"do" de pecho.
En el momento de más alegría, el sapo aprovechó para introducirse de nuevo en la guitarra.
Terminó la fiesta y nadie notó su ausencia a la hora de las despedidas, sólo el uruburú, que le tenía
rencor por haberlo puesto en ridículo. Le había visto y sin decir palabra tomó el instrumento y
emprendió el regreso. Así es que cuando estuvo en el aire, se dirigió al sapo y le reprochó su
conducta. En vano éste imploró perdón. El uruburú, lanzando el instrumento, dijo: "¡Si dios no le
había dado alas era porque no deseaba que volase!", y el sapo, inició su caída, que iba a dar como
resultado unas espaldas manchadas y llenas de protuberancias de las que el batracio no pudo
nunca curarse, porque cayó de espaldas contra unas rocas.
Esta es la razón por la que el pobre sapo tiene tan fea presencia. Dicen también que debido al
golpe se le malogró la voz, pero esto no se puede asegurar.
En la leyenda de El Sapo de piedra se narra cómo un sapo había comido la más grande y arenosa
papa de una vieja que era medio bruja y cómo le echó la maldición al animal, diciéndole que se
convirtiera en piedra.
Los peregrinos que van a San Andrés de Teixido (Galicia), si ven por el camino un sapo se guardan
mucho de hacerle mal, pues creen que es un alma en pena que viaja en esta forma a la ermita. Se
cuenta que a las brujas gallegas se les descubre su condición porque en la niña de los ojos se le
distinguen las patas de un sapo.
En La Guardia (Toledo) se recoge la siguiente superstición: "Si una persona o un animal se
encuentra bebiendo agua, en el campo, en cualquier arroyo o charca, y pasa por allí el escuerzo
(sapo grande), éste envenena el agua y muere sin remedio quien la beba".
En Asturias y Toledo, cuando llueve con violencia se cree que entre las gotas de agua bajan sapos y
se los considera hijos de brujas, y por eso a las nubes obscuras y tormentosas las llaman "nubes de
sapo". Lo cierto es que después de sufrir un proceso de metamorfosis, los renacuajos recién
convertidos en sapillos a los tres meses abandonan el agua, comienzan a buscar alimento y se
esconden durante el día en un escondrijo para librarse de los ardores del sol. Entonces, con motivo
de las lluvias, tras un periodo de sequía, salen de sus guaridas, reuniéndose en número tan
considerable que es imposible caminar sin pisarlos. Esta es la causa que explica la pretendida lluvia
de sapos, en que muchas personas creen.
Barandiarán recoge la creencia según la cual los sapos que rodean una casa o la invaden son
ahuyentados sembrando sal bendita en todo el contorno del edificio. Sin embargo algunos rústicos
a pesar de la monstruosa fealdad del sapo, se abstienen de maltratarlos porque le atribuyen
buenos augurios. Incluso están convencidos de que traen consigo la felicidad cuando buscan
refugio en los bajos de una morada recién construida.
FORMULAS POPULARES MEDICAS Y VETERINARIAS
Las propiedades medicinales del sapo son descritas por autores antiguos como Eliano, que dice lo
siguiente: "El sapo contiene mucha sal volátil y mucho óleo. Usase externa e internamente en
medicina, sus polvos son diuréticos y buenos para curar la hidropesía y provocar la orina. Esta
facultad diurética de los polvos del sapo se descubrió casualmente -según cuenta Solenandro-, en
la ciudad de Roma, donde había un hombre de quien se apoderó la hidropesía; su mujer, temerosa
de los gastos de su curación, determinó acabarle con veneno. Con tal perverso motivo le
suministro los polvos de sapo tostado y el hidrópico recobró la salud".
El empleo del sapo, en la medicina popular, se aplica a enfermedades de variada índole: dolor de
cabeza, dolor de muelas, mordeduras de víboras y disentería, y en la veterinaria campestre se usa
para la renguera de los caballos y para curar las heridas infectadas por larvas de moscas. La
creencia de que los malos espíritus causan todas las enfermedades y la muerte, predomina en
algunos de los distritos rurales de la República Dominicana. Por tal razón, los remedios que se usan
para varias enfermedades pueden ser considerados mágicos o terapéuticos. Así, para curar la
erisipela se aplica un sapo muerto suavemente sobre la parte afectada; después se amarra el sapo
a la rama del árbol y a medida que el sapo se seca la enfermedad desaparece.
En algunos pueblos de la geografía gallega, el sapo cumplía a menudo una función mágico-
medicinal. Para prevenir las hemorragias durante el parto se colgaba del cuello de la madre, sin
que ésta lo notara, una bolsa con dos sapos vivos. Para curar las verrugas se frotaban con la
barriga de un sapo vivo, que era ensartado luego en una caña hasta secarse; desaparecían
entonces las verrugas. En Valencia para curar la fiebre de malta se seguía el siguiente tratamiento:
se deja un sapo suelto por la habitación del enfermo durante dos días; transcurrido este tiempo,
se mata y se pone en emplasto sobre el pecho del enfermo.
En Inglaterra las aplicaciones del uso de sapos o de sus partes han sido muy numerosas a juzgar
por algunos ejemplos citados por Marino Ferro. En 1822 hubo un doctor en sapología que viajó
por todo el país. Cortaba las patas traseras de los sapos que le traían los enfermos y las encerraba
en saquitos, que colgaba alrededor del cuello de los que sufrían de escrófulas. Las bolsas se
usaban hasta que se consumían por completo las patas allí guardadas.
Una muchacha de Gaddesden, que padecía de los pies desde su infancia, había perdido uno de los
dedos y apenas podía andar, por lo que iban a llevarla al hospital de Londres. Pero una mendiga
llegó a su puerta, y oyéndola comentar su dolencia le dijo que cortara una de las patas traseras de
un sapo y la pata opuesta de las delanteras y las pusiera en un saco de seda alrededor del cuello,
que remediaría su dolencia; pero había que observar que al perder el sapo las patas, tenía que
dejarlo suelto en libertad y conforme el animalillo se consumiera y muriese, el mal cedería y
desaparecería por completo, tal como sucedió.
En el sur de Northamptonshire se cree que un sapo muerto y atravesado con un instrumento de
acero afilado, metido en una bolsita y colgado al cuello, sirve para curar la fiebre y contener las
hemorragias de la nariz. El Dr. Jessop refiere que en julio de 1875 un ganadero enfermó de anginas
y consultó a una curandera en Camelford. Esta le prescribió que cogiese un sapo vivo, lo amarrase
con un cordón alrededor de su garganta y lo tuviese colgado hasta que el cuerpo se desprendiese
de la cabeza. De este modo la curandera le aseguró que no tendría más anginas.
El Dr. Plowright, que ejerció la medicina en East Anglia durante muchos años, dice: "En 1904 era
costumbre curar por ensalmos en el distrito en donde yo vivía, y muchas enfermedades crónicas
eran atribuidas por la gente a la hechicería" como recoge Thompson. Uno de los procedimientos
curativos empleados en casos de hemiplejía era meter un sapo con el dorso lleno de alfileres
dispuestos en forma de círculo en doble línea en una botella de boca grande y enterrar después el
animal mientras se halla vivo. Ello significaba la expulsión del demonio o espíritu maligno causante
de la enfermedad después de haber abandonado el cuerpo de la persona.
En Cornwall para las anginas se creía que si se ponía un sapo en un saquito y se colgaba al cuello
del paciente, experimentaría cierto alivio, y si ello no daba resultado, tenía que frotarse el cuello
con polvo sacado de la habitación del paciente y humedecido con saliva.
Dée, médico inglés de Carlos I, creía en los poderes curativos del batracio hasta el extremo de
sugerir la siguiente receta: "contra la incontinencia de orina en la mujer, producida por el desgarro
de la vejiga en un parto laborioso, el polvo de sapo desecado o calcinado vivo, colocado en una
bolsa sobre la fosita del corazón, cura con seguridad esta afección".
En los Highland de Escocia, para las erisipelas se empleaba aceite de sapos, el cual se preparaba
cogiendo cuatro sapos vivos y cociéndolos con aceite de oliva, después de lo cual se colocaba el
líquido.
El sapo está frecuentemente asociado a los maleficios preparados para dañar el ganado. En la Baja
Bretaña se citan ejemplos recientes donde hace algunos años un granjero cuyos caballos morían
sin causa aparente, por consejo de un adivino, levantó una gran piedra que se encontraba por
debajo de su caballeriza y vio un enorme sapo que saludó tres veces al que ofreció un pan blanco,
tres velas de resina y tres monedas de cobre. El sapo desapareció en un instante, así como los
presentes que le habían hecho.
Los campesinos atribuían un poder somnífero o calmante a polvos o a brebajes compuestos con el
cuerpo de los batracios. Recetas que se han encontrado en libros del siglo XVII, que no estaban
únicamente destinadas al pueblo, están fundadas sobre esta creencia. Se puede leer en uno de
ellos: "Es necesario cortar de un tajo la cabeza de un sapo completamente vivo, y todo de un
golpe, y dejarla secar observando que un ojo está cerrado y otro abierto; el que se encuentra
abierto hace velar y el cerrado dormir". Según Mizauld, médico del siglo XVI, el corazón de un sapo
colocado sobre el pecho izquierdo de una mujer dormida permitirá descubrir sus secretos.
Cardán, médico italiano del siglo XVI, afirma haber usado al sapo contra la esquinancia con
resultados satisfactorios. Para ello aplicaba un sapo cocido sobre la garganta en forma de
cataplasma y daba tan excelentes resultados que por este medio ha curado a algunos enfermos
que estaban en estado desesperado.
Pero durante la terrible peste que asolaba Europa es cuando el sapo, juntamente con otras
alimañas tan despreciadas como él, hace valer su condición de agente profiláctico. Para tener la
seguridad de quedar indemne de la peste se recurría a llevar un amuleto resultado del siguiente
compuesto: "Tómense tres o cuatro sapos grandes, siete u ocho arañas y otros tantos escorpiones,
y póngase en una olla bien tapada, en la que permanecerán durante algún tiempo. Añádase
después cera virgen, manteniendo bien tapada la olla; póngase a cocer a fuego lento hasta que
forme un licor. Una vez obtenido, mézclese con una espátula y hágase un ungüento, que se
colocará en una cajita de plata bien tapada, que hay que llevar encima".
No pocas veces se ha buscado el sapo con el deseo de pasar una enfermedad cualquiera para que
sea él quien la sufra, en beneficio de la salud del enfermo, y es así como ha tenido que pagar con
su cuerpo y con su sangre miserias de nuestra condición humana.
La medicina popular contemporánea hace todavía uso de los batracios. A menudo se recurre a
ellos para que liberen al paciente de su enfermedad adquirida. En Poitou, el sapo es situado en la
habitación del paciente para absorber el mal aire. En Marsella, se introducía en la del paciente con
fiebre, porque atraía el mal hacia él; cuanto más corpulento y repulsivo, más grande es la dosis
que aspira de la malignidad de la fiebre.
Hasta época reciente, a decir de los chilenos, se recurría al escuerzo como remedio eficaz para la
curación de las hemorroides. Para ello basta arrancarle una pata en vivo y, sangrante todavía,
restregarla por el lugar afectado con la seguridad de sus efectos. Pero también es bueno coger un
sapo vivo y freírlo en aceite; el líquido resultante de la fritura es un remedio infalible.
Contra la tiña se unta la cabeza del enfermo con tocino de cerdo y luego se espolvorea con las
cenizas de un sapo secadas al horno. Las verrugas se eliminan frotándolas con la panza de un sapo
vivo que es ensartado luego en una caña hasta secarse. Para el dolor de muelas se cree que
colocando un sapo atado con un pañuelo de panza contra la mejilla se calma el dolor. Esta
suposición tiene su origen en la Edad Media y fue exportada al continente americano por los
conquistadores. Esta creencia tiene su base científica, pues la piel del sapo, y en especial la del
abdomen, segrega una sustancia de fórmula semejante a la adrenalina y noradrenalina que son
vasoconstrictoras; por eso al agarrar un sapo parece frío debido a la vasoconstricción que produce.
Colocado el sapo en la mejilla, sobre la zona afectada, se absorbe la sustancia simpático mimética
a través de la piel de la cara y produce vasoconstricción, reduciendo el edema que comprime el
nervio y es lo que produce el dolor.
Cuando los senegaleses recorren las regiones de su país donde el sol abrasa, utilizan el sapo como
refrigerante, colocado sobre la cabeza. Conocedores de tal recurso, ya los médicos antiguos lo
empleaban del mismo modo, contra las jaquecas.
La aplicación del sapo dentro de la medicina supersticiosa es vasta. Los huevos de sapo, ingeridos
en una especie de caldo, sirven para combatir las colitis y toda clase de desarreglos intestinales. En
Entre Ríos se bebe una disolución de cascaras de huevos de sapo, previamente secas y
pulverizadas, para curar la disentería. Pero según Ambrosetti tales huevos son en realidad de un
caracol muy común en agua dulce del género Ampullaria y lo chocante es que el efecto curativo se
atribuye al sapo.
El sapo ha sido ajeno a toda suerte de infundios y, si su cuerpo en el campo de la hechicería ha
servido para mil maleficios, sus costumbres y hábitos de vida lo han llevado al folklore de todos los
pueblos, pero es en el terreno de la medicina y de la veterinaria donde ha ganado la gloria de
recorrer todas las etapas de la cultura humana. Pocos médicos lograron sustraerse al encanto del
sapo como material capaz de aliviar los dolores humanos.
La veterinaria popular tampoco es ajena a la acción del batracio. Así, para la renguera de los
animales se abre un sapo por la barriga y se lo coloca sobre la pata enferma. Para extraer los
gusanos que infectan una matadura nada mejor que el sapo colgado vivo y por la pata al cuello del
animal enfermo, con la seguridad de que los gusanos abandonarán la herida. La verdad es que las
larvas desarrollan su ciclo biológico y la abandonan al transformarse en moscas azules y verdes.
Muchos ritos de protección preventiva del ganado han llegado hasta nuestros tiempos. Costumbre
generalizada en toda Guipúzcoa para evitar que los animales tuviesen verrugas era encerrar en
una lata vacía un sapo vivo, colgándole del techo de la cuadra.
En 1986, el médico y bioquímico M. Zasloff observó que las ranas de uñas africanas casi nunca
padecían infecciones, ni siquiera cuando los investigadores las sometían a operaciones quirúrgicas
y luego las devolvían al agua turbia repleta de bacterias. Dos meses después de esta observación,
descubrió que la piel de las ranas segrega una familia de antibióticos a los que llamó megaininas y
que las protege de las infecciones. El descubrimiento es importante porque las bacterias, que son
responsables de las enfermedades y de la muerte en el hombre, son cada vez más resistentes a los
antibióticos. La mayoría de los sapos segregan fluidos defensivos y muchos de éstos tienen
propiedades antibióticas. Esta es la razón por la que los curanderos chinos han tratado heridas,
como irritaciones y mordeduras de perro, con secreciones de sapos, que a veces se obtienen
rodeando a los batracios con espejos para que se asusten.
La falta de nociones claras y la maldad humana ha permitido una persecución cruel y que se
construyan ridículas patrañas de maleficios y hechicerías. Sin embargo, no muerden, pues tienen
las maxilas desprovistas de dientes y la saliva y la orina que expulsan son absolutamente
inofensivas para el hombre.
A pesar de los avances científicos, este anfibio ha sido víctima de injustas alevosías por parte de las
personas supersticiosas, que implacablemente lo rechazan por inspirarles horror su fealdad. Amén
de atribuirles cualidades siniestras que no poseen, como una baba ponzoñosa, una orina corrosiva,
una mordedura peligrosa u otros anatemas de este jaez, que sólo hallan refugio en su pétrea
ignorancia, llevando su hostilidad hasta el extremo de perseguirlos.
Si en el árbol genealógico de la evolución de las especies constituye el grupo filético más primitivo
de los vertebrados superiores, en el de la superstición y la leyenda su antigüedad corre pareja y es
que el hombre, frente a la característica fealdad del batracio, sintió temor hacia la bestia. En su
mentalidad primitiva halló en la adoración y el respeto una manera de conjurar sus poderes
sobrenaturales, de forma que en el transcurso de los siglos devino en persecución tenaz, a la que
se sobrepuso este anfibio, dispuesto a congraciarse con quienes injustamente lo habían
vilipendiado y escarnecido.
____________
NOTA
(1) Recordatorio de esta costumbre es la legislación de Alfonso X el Sabio, según la cual los
usureros manifiestos y los que morían en pecado mortal eran privados de sepultura cristiana.
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