TEMA 2
LA HISPANIA ROMANA Y LA MONARQUÍA
VISIGODA
La presencia de los romanos en Hispania se inicia en el 218 a.C. y la conquista de la misma no se da
por finalizada hasta el 19 a.C. Una vez pacificada la Península, su presencia se prolongó hasta los inicios del
siglo V, cuando la decadencia del Imperio Romano de Occidente permitió la llegada de diversos pueblos
bárbaros.
1. CARTAGO Y ROMA. LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA.
El inicio de la conquista de Hispania por parte de los romanos se debe a una guerra de intereses
entre dos potencias del siglo III a.C., Roma y Cartago. La primera guerra púnica (264-241 a.C.) había
tenido como escenario Sicilia y, tras su derrota, Cartago se ve obligada a buscar recursos económicos para
pagar sus deudas a Roma. El Senado cartaginés autorizó a Amílcar (c.270-228 a.C.) la conquista de Iberia,
iniciada el 237 a.C. tras el desembarco de Cádiz. Poco a poco Amílcar convierte el Sur de la Península en
un excelente proveedor de recursos mineros y agrícolas que provocan en Roma el descontento por la
rápida recuperación económica de su rival. Por ello envían los romanos una embajada a Asdrúbal, sucesor
de Amílcar (c. 270-221 a.C.), en el año 226 con la pretensión de imponer límites a la expansión púnica.
De este modo se firma en ese año el Tratado del Ebro, por el que dicho río sería el límite de expansión de
ambos pueblos: las tierras del sur del río Ebro para Cartago y las del norte para Roma.
Aníbal, sucesor de Asdrúbal, inicia la segunda guerra púnica con el ataque a Sagunto. Esta ciudad
levantina, pese a encontrarse situada en la zona de influencia cartaginesa, tenía firmado un foedus o tratado
de ayuda mutua con Roma. Aníbal decidió conquistar la ciudad saguntina y, tras ocho meses de sitio, cayó
en sus manos, sin que los romanos hiciesen nada por ayudarles. Una vez aniquilada la ciudad, Roma exige
su devolución y la entrega del propio Aníbal. Tras la negativa cartaginesa, Roma envía una embajada y
declara nuevamente la guerra. Por su parte, Aníbal emprende una expedición militar contra Roma desde
España. En el año 218 a.C. sale hacia Italia con un ejército de 50.000 hombres. Allí derrotará a los
ejércitos romanos en las batallas de Tesino, Trebia, Tresimeno (217 a.C.) y Cannas (216 a.C.)
Para impedir la llegada de refuerzos a Aníbal, en el verano del 218 a.C. desembarca en Ampurias
Cneo Escipión con dos legiones de soldados. Se inicia así la presencia romana en la Península. Al año
siguiente llega a Hispania – los romanos le cambiaron su anterior nombre de Iberia – su hermano Publio
Cornelio Escipión y derrota en Hibera (Tortosa) a Asdrúbal Barca, hermano de Aníbal y quien había
quedado como responsable del ejército púnico en la Península. El mismo Publio recupera Sagunto en el
214 a.C. Dos años más tarde, Publio y Cneo Escipión son derrotados, ambos fallecen y los cartagineses
obligan al ejército romano a retirarse a Tarragona.
Estancada la guerra en Italia, Publio Cornelio Escipión, hijo del anterior general del mismo
nombre, conocido más tarde con el sobrenombre de “Africano el mayor”, desembarca en Ampurias y ocupa
Cartago Nova en el 209 a.C. Tres años después derrotará a los generales cartagineses Magón y Giscón en
Ilipa (Alcalá del Río), ocupa Cádiz y expulsa definitivamente a los cartagineses de la Península. Funda la
ciudad de Itálica (cerca de Sevilla) con el fin de asentar a los soldados romanos heridos. Este hecho supone
claramente el interés de Roma por permanecer en la Península, que les ofrece abundantes recursos
económicos.
La segunda guerra púnica finaliza con el paso de Escipión a África. Allí, en Zama (202 a.C.),
derrota a Aníbal, quien había regresado precipitadamente desde Italia en auxilio de su nación. Cartago se
ve obligada a firmar un oneroso acuerdo de paz (año 201 a.C.), por el que entrega a Roma sus posesiones
en Hispania y las islas del Mediterráneo junto a una fuerte cantidad de plata (10.000 talentos)
2. LA CONQUISTA DE HISPANIA.
Durante el proceso bélico contra Cartago, Roma ocupó con relativa facilidad la zona levantina y la
Bética. Terminada la guerra, Roma ve en la Península enormes posibilidades de explotar sus recursos
naturales. Los nativos provocaron por este motivo frecuentes revueltas contra el poder invasor, lo que
obligó a la República romana a mantener constantemente la presencia militar en Hispania.
A mediados del siglo II a.C. (154-133 a.C.) se desarrollaron las guerras celtíbero-lusitanas. La
guerra en la Lusitania viene provocada por las incursiones de este pueblo en las tierras del Sur, debido a la
escasez de recursos en su territorio y a la falta de tierras para cultivar. El pretor Galba cercó a los rebeldes
lusitanos y les promete tierras si le prestan sumisión. Acuden unos siete mil lusitanos que serán degollados
por los legionarios romanos mientras esperaban en campos cerrados las tierras prometidas. Era el año 151
a.C.
Viriato, escapado de la masacre de Galba, logró organizar un ejército que durante diez años luchó
sin cuartel contra Roma recurriendo a la táctica de guerra de guerrillas. Finalmente será asesinado por tres
miembros de su Consejo sobornados por el gobernador Cepión. Su muerte facilita que los ejércitos
romanos lleguen al Atlántico.
La guerra celtíbera se inicia en el 153, cuando los indígenas fortifican la ciudad de Segeda, cercana
a la actual Calatayud. Ante la protesta de Roma y la exigencia de nuevos tributos, varias tribus indígenas se
federan y se refugian en Numancia, capital de los arévacos, y derrotan al cónsul Fulvio Nobilior obligando
a Roma a firmar un tratado de paz en el 151 a.C.
La segunda fase de la guerra celtíbera la inicia Roma en el 143 a.C. con el pretexto de la ayuda
prestada por los celtíberos a Viriato .El Senado romano envía a Hispania a su más laureado general, Publio
Cornelio Escipión conocido como el Africano el menor, por haber derrotado definitivamente a los
cartagineses en la tercera guerra púnica (149-146 a.C.). Éste, tras rodear con unos 60.000 hombres la
ciudad numantina, logró entrar en ella después de un asedio de varios meses, encontrando una ciudad
agotada y reducida a cenizas por los propios habitantes. Era el año 133 a.C.
Tras las guerras civiles (Mario-Sila, Pompeyo-César, Marco Antonio-Octavio), que también
tuvieron repercusión en Hispania donde hubo enfrentamientos entre bandos romanos, finalmente el
emperador Augusto decide poner fin a la conquista de Hispania. Así pues, en el año 25 a.C. se reinician las
hostilidades contra los cántabros y astures. Por último, en el año 19 a.C. Agripa logra la victoria final
sobre estos pueblos refugiados en los Picos de Europa y declara a Hispania como una “provincia pacata”, es
decir pacificada.
3. EL PROCESO DE ROMANIZACIÓN
Entendemos por romanización el proceso por el que los pueblos peninsulares se van incorporando
al mundo cultural de Roma. Este proceso no se reduce sólo a la asimilación del latín y del Derecho
romano sino que se amplía a las formas de vida y de organización social y económica propias del sistema
esclavista que habían desarrollado los romanos.
Los principales agentes de la romanización fueron el ejército y la creación de ciudades. El primer
contacto entre peninsulares y romanos fue de índole militar: muy pronto el ejército fue asentándose en
campamentos e igualmente fueron muy numerosos los hispanos que acabaron alistándose en las legiones
romanas. Por otra parte, los romanos crearon una red de ciudades, bien ampliando las existentes o
fundando otras nuevas con fines diversos: acoger colonos (Barcino, Tarraco, Caesaraugusta...), establecer
campamentos militares (Legio Séptima Gemina, Asturica Augusta...) o dar tierras y asentamiento a
soldados licenciados (Emerita Augusta...). En torno a esta red urbana se fue organizando la colonización y
la explotación del territorio peninsular.
TRANSFORMACIONES ECONÓMICAS.
Como en siglos anteriores, las actividades económicas fundamentales fueron la agricultura y la
ganadería, a las que se añade el comercio. La agricultura aumentó debido al gran número de hectáreas
roturadas y que, junto a las tierras conquistadas, pasaban a ser propiedad del Estado romano (ager publicus),
que a su vez las solía arrendar buscando obtener beneficios.
La propiedad y la producción variaban también por zonas. En las zonas Norte y en la Meseta, las
tierras se explotaban de manera comunal o por la aristocracia indígena. La producción obtenida iba
destinada al autoconsumo y al pago de impuestos. En el Levante y la Lusitania, las tierras fueron repartidas
entre colonos, creándose una clase de medianos propietarios que recurrían a los esclavos para su trabajo y
la producción se encaminaba al mercado urbano y a la exportación. Fue en la zona del Guadalquivir donde
más cambios hubo. Las tierras pasaron a manos privadas, bien en medianas propiedades, bien en extensos
latifundios. Su cultivo era realizado por mano de obra esclava y destinado prácticamente a la exportación.
Se generalizó el cultivo de la llamada “triada mediterránea”, es decir trigo, vid y olivo. Se logró mejorar los
rendimientos con la aplicación de nuevas técnicas: barbecho, arado romano, regadíos, uso de abonos....
Por lo que se refiere a la ganadería, se desarrolló la ganadería ovina en la Meseta, los rebaños de vacas en
el valle del Guadalquivir y alcanzaron fama los caballos lusitanos.
Las minas, en las que trabajaban los esclavos y cuya titularidad era estatal, se convirtieron en un
pilar fundamental en la economía romana. Eran explotadas por compañías privadas a las que se las
arrendaba el Estado, excepto las minas de plata y de oro. Las más importantes fueron las de Riotinto
(cobre), Cartagena (plata y plomo), Almadén (cinabrio), Las Médulas leonesas (oro), además del estaño
del Noroeste y del hierro cántabro.
La artesanía se concentró en las ciudades, en donde surgen grandes talleres y en los que trabajan
igualmente los esclavos. Los productos artesanales de más renombre eran las armas de Tarragona,
Calatayud y Toledo, los paños finos de Játiva, los tejidos de lana de Ampurias y las salazones de la Bética.
Además de estos grandes talleres, había en las ciudades pequeños artesanos que vendían en los mercados
locales sus productos y que se organizaban en “collegia” o corporaciones de oficios.
Gran auge alcanzó igualmente el comercio, favorecido por la excelente red de calzadas que unían
las ciudades entre sí y con los principales puertos marítimos (Cartago-Nova, Cádiz y Tarraco). Al
desarrollo del comercio contribuyó igualmente la difusión de la moneda, particularmente el denario de
plata que se utilizó como moneda de curso legal.
CAMBIOS SOCIALES.
La romanización afectó también a la organización social, sustituyendo el antiguo orden gentilicio
basado en los clanes y tribus por la difusión de la familia romana patriarcal.
La división más llamativa del mundo romano es la de hombres libres y hombres esclavos. Estos
aumentan espectacularmente en número y se convierten en mano de obra para sus propietarios, quienes
tienen derecho sobre la vida de los mismos. Las condiciones de vida de cada esclavo dependían en gran
medida de su propio señor, quien podía llegar a manumitirlos, adquiriendo así el esclavo la categoría de
liberto.
Entre los hombres libres se daba igualmente una gran diferencia social. La clase más elevada
formaba el orden senatorial. Para acceder a este orden se debía poseer una gran fortuna y ocupaban los altos
cargos de la administración y el gobierno. En Hispania fue muy escasa la presencia de los senadores, salvo
que ocupasen algún cargo público. El ordo ecuestre era el segundo en importancia. Solían iniciar su vida
pública en el ejército para luego pasar a la administración local. Su actividad principal era el comercio, lo
que les permitía hacer fortuna y de ese modo poder acceder al orden senatorial. Su poder en las ciudades
era compartido con los decuriones. El resto de hombres libres (artesanos, campesinos...) formaban el grupo
más numeroso y recibían el nombre de plebe.
DIVISIÓN ADMINISTRATIVA.
En el 197 a.C. el Senado decidió dividir las tierras que Roma iba conquistando en dos provincias,
Ulterior y Citerior, y puso al frente de cada una de ellas a dos pretores. Augusto, en el 15 a.C., realizó
una nueva división, creando tres provincias: Bética, con capital en Córdoba, Tarraconense, de la que la
capital era Tarraco y Lusitania, con Emerita Augusta como centro administrativo. Sus gobernantes eran,
en el caso bético, designados por el Senado, mientras que en las otras dos provincias lo eran por el
emperador. Vivían en las capitales y se encargaban de dirigir las cuestiones militares, administrativas,
jurídicas y fiscales. Dado el tamaño de cada provincia y para facilitar la administración de justicia, se
dividían en “conventos jurídicos”. Ya en el siglo III el emperador Caracalla creó la provincia de Gallaecia, con
capital en Braccara (Braga, Portugal), y posteriormente Diocleciano, en el 297, fundó la Cartaginense,
con capital en Cartagena y la Balearica, con Palma como capital.
4. EL REINO VISIGODO DE TOLEDO.
La crisis del Imperio Romano en el siglo III.
Entre los años 235 y 284, varios generales se enzarzaron en guerras civiles e intentaron usurpar el
Imperio. El ejército quita y pone a cerca de treinta emperadores en estos años. Esta situación de
inestabilidad y falta de gobierno es aprovechada por los pueblos bárbaros, que traspasan las fronteras del
Imperio. Definitivamente el emperador Teodosio separó Oriente de Occidente entre sus hijos Arcadio y
Honorio. Corría el año 395.
Por lo que se refiere a Hispania, en los años 260 y 276, se produjeron unas incursiones de pueblos
bárbaros (francos y alamanes) que obligaron a las ciudades hispanorromanas a rodearse de murallas. El
comercio se vuelve muy inseguro; las ciudades se despueblan. Sus habitantes se trasladaron entonces hacia
los campos circundantes, donde aparecieron enormes latifundios en torno a las villas señoriales. Surge así
el colonato, en el que un patrono o dominus acoge a libertos y a pequeños propietarios arruinados bajo su
protección. La ruralización acabó con el comercio, se generalizó la autarquía y la moneda se va haciendo
cada vez más escasa.
En el 409 una nueva oleada de tribus germánicas, formada por suevos, vándalos y alanos, llega
hasta las fértiles tierras béticas. Por los mismos años se asentaron al sur de las Galias los visigodos, una
tribu germánica muy romanizada. En el 416 este pueblo firmó, siendo su rey Walia, un tratado o foedus
con el Imperio, por el que se comprometía a respetar el orden imperial y a prestar servicios militares
como tropas federadas; a cambio se les concede un territorio al sur de la Galia, con su centro en la actual
Toulouse. De esta forma penetraron en Hispania, recluyendo a los suevos en las tierras del Noroeste,
expulsando hacia África a los vándalos y pacificando el interior. Así se mantuvieron fieles a Roma hasta la
caída del poder imperial en el 476, cuando el rey de los ostrogodos, Odoacro, arrebate la corona imperial
a Rómulo Augustulo.
Con la caída del Imperio Romano, el rey Eurico logró extender el reino de Tolosa. Ya había ocupado
plazas tan importantes como León, Palencia, Zaragoza o Pamplona. Logra que los suevos sean relegados al
Noroeste y se conviertan en vasallos de los visigodos.
Su sucesor Alarico II (484-507) no supo o no pudo mantener el reino tolosano heredado de su
padre. Arriano convencido, se enfrentó a los católicos. Acabó siendo derrotado por el rey franco
Clodoveo en la batalla de Vouillé (507), cerca de Poitiers, quien se había ganado el apoyo de la nobleza
gracias a su conversión al catolicismo. Con esta batalla acababa no sólo la vida del rey Alarico II sino
también la del reino de Tolosa. Los visigodos cruzan paulatinamente los Pirineos y se asientan en la
Península Ibérica.
El Reino visigodo de Toledo (507-711)
En el año 549 estalló una guerra civil entre el rey Agila y Atanagildo, miembro de la nobleza
sevillana, quien derrota a su rival con la ayuda de los bizantinos. Es nombrado rey y coloca la capital en
Toledo en el 554.
Su sucesor Liuva (567-572) dio muestras en sus escasos cinco años de reinado de sabiduría política
al asociar a su hermano Leovigildo en el mando. La costumbre germánica era la de nombrar al rey sucesor
mediante decisiones asamblearias, por lo que eran constantes las luchas entre facciones de la nobleza o del
ejército. Liuva quiso evitarlo iniciando un intento de monarquía hereditaria.
A la muerte de Liuva, Leovigildo asoció al poder a sus hijos Hermenegildo y Recaredo. Para dar
muestras de su propio poder regio, actúa imitando al basileus bizantino: se sienta por vez primera en un
trono delante de la asamblea de nobles y acuña moneda con su efigie (los tremises de oro). En el año 578
construyó la ciudad real de Recópolis, junto al río Tajo, en el actual pueblo de Zorita de los Canes
(Guadalajara).
Leovigildo fracasó en su intento de alcanzar la unidad religiosa bajo el arrianismo. Su hijo
Hermenegildo se iba acercando cada vez más al catolicismo. Su padre, con el fin de alejarle de los
ambientes en los que se movía, le dio el gobierno de la Bética. Allí se convirtió al catolicismo siendo
acogido por san Leandro, obispo de Sevilla. Hermenegildo no sólo había defraudado a su padre sino que
declaró independiente la Bética. A Leovigildo no le quedó más remedio que enviar un ejército contra su
hijo y los suevos que le apoyaban. Capturado Hermenegildo, fue intentado convencer por su hermano
Recaredo para que abandonase el catolicismo y conseguir así el perdón paterno. Al final fue ejecutado por
decisión del rey.
Leovigildo decidió acabar con los suevos ese mismo año por haber ayudado a su hijo Hermenegildo.
Convocó la recién nombrada Aula Regia o asamblea de nobles para dar cuenta de sus éxitos. Era ésta una
reunión de notables que asesoraba al rey y de la que salió un grupo de personas con tareas específicas
dentro de la Corte (officium palatinum). Se dice que él mismo, en los últimos días de su vida, abjuró del
arrianismo. Lo cierto es que solicitó a san Leandro que se encargara de la educación del príncipe
Recaredo. El triunfo del catolicismo llegaría en el año 589, cuando el nuevo rey Recaredo se convierta
junto a su pueblo en el III Concilio de Toledo. Las causas de esta masiva conversión pueden ir desde la
propia piedad del rey al ejemplo de su hermano Hermenegildo, al deseo de atraerse a la población
hispanorromana y, sin duda, al resultado de una política unificadora iniciada por su padre.
Desde este momento hay una clara intervención del Estado en los asuntos eclesiásticos. Tal como
ocurría en Bizancio, el rey nombraba los Obispos, convocaba los Concilios y firmaba los acuerdos de los
mismos para que adquiriesen validez.
La sucesión al trono fue siempre un tema controvertido al ser la monarquía electiva. Por ello, a lo
largo del siglo VII, hubo una etapa de inestabilidad con frecuentes asesinatos de monarcas por parte de la
nobleza (morbus gothorum).
Del 702 al 710 fue rey Witiza, quien hubo de sofocar revueltas internas que iban anunciando la
caída del reino visigodo. Muere a los 30 años y quiere imponer como heredero a su hijo Agila, de sólo 10
años. Convocada el Aula Regia, ésta decide elegir como rey a don Rodrigo, duque de la Bética. Estalla la
última guerra civil del orgulloso pueblo visigodo. Fue éste un conflicto entre la familia de don Rodrigo,
descendiente del rey Chindasvinto, contra los herederos de Wamba, visibles en la persona del pequeño
Agila. Oppas, tío de Agila y Obispo de Sevilla, se refugia en Ceuta, donde gobernaba el conde don Julián.
Ambos negociaron la ayuda de los musulmanes para enfrentarse a don Rodrigo, con la intención de
reponer en el trono de Toledo al joven Agila. A principios del 711 se alcanzó el acuerdo: los musulmanes
aportaban fuerzas expedicionarias a cambio de abundantes riquezas. Ya en el 710 habían realizado los
musulmanes una expedición con 500 hombres a tierras peninsulares al mando de Tarif ibn Malluk y
observaron in situ las posibilidades de España para continuar su avance por las riberas del Mediterráneo
después de la predicación de Mahoma.
En el 711 el rey D. Rodrigo debe acudir a Pamplona a sofocar una revuelta de los vascones. La
oportunidad la aprovecha D. Julián quien presta cuatro naves para que unos siete mil soldados
musulmanes pasen a Gibraltar desde Ceuta al mando de Tarik ibn Ziyad, lugarteniente del gobernador
Musa. En la batalla de Guadalete, en julio del 711, los nobles que acompañaban a D. Rodrigo le
abandonan y el rey es derrotado. Se inicia así la presencia de los musulmanes en la Península Ibérica, que
se prolongará hasta 1492.