Memorias de Nelly Rivas
CAPÍTULO 1
El 19 de septiembre de 1955, tres días después de haberse producido
la revolución en la Argentina, el presidente Perón, vestido con su
uniforme de general, subió apresuradamente las escaleras de la
Residencia Presidencial y al llegar arriba me besó. Había venido solo
por unos momentos de la Casa de Gobierno desde donde dirigía las
operaciones contra las fuerzas revolucionarias.
Fue un beso como siempre y no me alarmé.
-Hasta luego! me despedí, – Y que tengan suerte!
Esa fue la última vez que ví a Perón.
Aquel día significó el final de toda una época en la vida de la
Argentina y también el final de nuestro idilio de casi dos años.
Esta revolución, que estallara tan inesperadamente, echó por tierra el
gobierno de Perón; también hizo pedazos mi mundo de sueño, en el
que yo, princesa Cenicienta, vivía feliz con el Primer Príncipe del
Reino.
Tenía catorce años cuando nos conocimos y dieciséis cuando nos
separamos. Pocas chicas habrán vivido dos años más extraordinarios
ni tampoco dos tan dolorosos como los que los siguieron.
No he tenido contacto alguno con Perón desde que partió al exilio.
Este relato, si es que llega a leerlo, le dará las primeras noticias sobre
lo que sucedió después de separarnos.
Tenía ya más o menos siete años cuando Perón, que acababa de ser
elegido presidente, decretó que se pagara a los trabajadores un
aguinaldo de Navidad equivalente a un mes de sueldo. Hubo gran
júbilo en las calles.
Recuerdo esto muy vívidamente porque fue la primera vez que
tuvimos en casa "pan dulce" para Navidad. La familia se reunió
alrededor de la mesa y mi abuelo nos dijo:
-Demos gracias a Perón que nos ha dado este pan.
Hasta entonces, mi padre apenas había alcanzado a vivir su salario
mensual de 100 pesos, de obrero en la Fábrica de Caramelos Noel. El
arriendo de la habitación en que vivíamos nos costaba 38 pesos. Esto
nos dejaba sólo dos pesos al día con los que nos debíamos arreglar
mi madre, mi padre y yo.
Dos pesos tienen actualmente el valor de cinco centavos de dólar.
Cuando era niña valían más, pero no tanto más que pudiéramos vivir
como es debido.
Vivíamos en un conventillo (casa de inquilinato) no lejos del hospital
donde nací el 21 de abril de 1939. Más adelante nos cambiamos a
otra habitación en otra casa de inquilinato, pero esto no mejoró
grandemente nuestra situación. Siempre teníamos que compartir el
baño con otras seis familias. La situación era peor cuando la
encargada, una mujer despótica, cortaba la electricidad cuando le
venía en gana o se encerraba en el único baño y permanecía allí tres
horas, mientras todos los demás esperábamos.
Mi madre nos libró de esta situación obteniendo un empleo de portera
en un nuevo edificio de departamentos, de cuatro pisos. Por su cargo
tenía derecho a ocupar el departamento de la planta baja a un alquiler
reducido.
El departamento tenía cocina y un excelente baño. ¡Qué dicha! Era la
primera vez que teníamos semejante lujo.
La habitación era amplia y agradable y mi madre la arregló en forma
muy cómoda para nosotros tres. Al pie de la cama matrimonial de mis
padres había un sofá-cama en el que yo dormí hasta los catorce años,
edad en que me fui a vivir a la Residencia Presidencial.
El trabajo de mi madre consistía en abrir las puertas del edificio a las
siete de la mañana y en cerrarlas nuevamente a las diez de la noche.
Debía disponer de la basura de cada uno de los nueve departamentos
y lavar los corredores y escaleras. Tan pronto como mi madre
terminaba de hacer el aseo, los numerosos niños que vivían en el
edificio volvían a ensuciar. Ella, pacientemente, limpiaba de nuevo.
Pero este exceso de trabajo acabó por arruinar su salud, enfermando
crónicamente de los riñones.
-Con ella no. Es la hija de Doña María.
Yo comprendí que me miraban despectivamente por ser la hija de la
portera.
Recuerdo cierta vez, que dos niños bajaron a la calle en donde yo me
encontraba, vestida con mi limpísimo delantal almidonado. Venían
muy elegantes y orgullos de sus trajes nuevos. Me parecer ver al
varón ponerse los flamantes guantes mientras la nena, que llevaba
una muñeca, balanceaba su linda cartera con su mano libre.
Corrí a esconderme y a llorar a mi habitación.
Yo no tenía ninguna de estas cosas, ni siquiera una muñeca. Cuando
era pequeña jugaba durante horas con los percheros para colgar ropa
de mi madre.
Mis padres eran demasiado pobres para comprarme juguetes y nunca
tuve una fiesta de cumpleaños hasta cumplir los quince años, cuando
ya me había mudado a la Residencia Presidencial.
Me cansé de no obtener nunca regalo de Reyes Magos y dejé de
pedirles que me trajeran juguetes.
Mi madre quería que yo tuviera una sólida instrucción religiosa y moral
y por lo tanto me mandó a las Monjas de María Auxiliadora. Era un
colegio pagado. Yo, consciente del sacrificio que hacían mis padres,
me esforcé en ser la mejor alumna de mi curso. A menudo las
Hermanas me ponían a cargo de las oraciones, lo que constituía una
distinción.
La religión era mi fuerte y mis padres estaban contentísimos.
La niña que mejor se comportaba durante la semana recibió como
premio una cinta de seda azul. La disciplina era una de mis principales
virtudes y yo ganaba invariablemente el premio que luego presentaba
orgullosamente a mis padres.
Se acercaba la fecha en que debía hacer mi Primera Comunión, y me
esmeré más que nunca en mis obligaciones religiosas: el rosario, la
misa y el catecismo.
Mis compañeras comentaban los bellos vestidos que llevarían en esta
importante ocasión. Le pregunté a mi madre si yo también podría
llevar un vestido largo y blanco como el de las novias.
Me contestó que no teníamos dinero para tales cosas. Que no era el
vestido, sino la majestad del acto de la Comunión lo que tenía
importancia. Pero, a pesar de la explicación, lloré amargamente. Me
pareció una injusticia tener que presentarme con mi uniforme del
colegio mientras las demás vestían de organdí, cintas y encajes.
Nelly junto a su madre
En 1951, cuando tenía doce años y estaba por terminar mis estudios
primarios, mi padre se enfermó y tuvo que someterse a una operación.
Muy pronto nos encontramos sumidos en deudas: cuentas de hospital
y de médicos, además de los carísimos medicamentos importados.
Mi madre, luego de trabajar todo el día, debía cuidar a mi padre
durante la noche. Fui enviada a casa de una tía. Esta visita ha
quedado grabada para siempre en mi memoria. Cierto día escuché
que mi primo le decía a su madre:
-Mamá, ¿cuándo se va a ir Nelly? Come demasiado.
Sentí una terrible amargura. Pero resolví no decirle nada a mi madre
para no causarle más preocupaciones.
También recuerdo el día en que mi madre se decidió a pedirle a uno
de los inquilinos que usara la escupidera porque ella debía limpiar el
piso cada vez que el pasaba. La insultó osezmente y le gritó:
-R. para que está Ud. sino es para limpiar mis?…
Mi padre que alcanzó a oir la respuesta se abalanzó al corredor y le
propinó una terrible paliza.
Yo deseaba ardientemente sacar a mi madre de este mundo de
insultos, basura y salivaderas. Mi deseo se realizó antes de lo que
esperaba. El destino llamó a mi puerta en una forma tal, que aún hoy
día me asombro.
CAPÍTULO 2
Las chicas estaban arrebatadas con la Unión de Estudiantes
Secundarias, comúnmente conocida como la U.E.S. Se trataba de un
club deportivo que el presidente Perón había inaugurado para ellas en
su Quinta Presidencial de Olivos, un suburbio residencial de Buenos
Aires.
La quinta se usaba muy poco, desde que falleciera Eva Perón, el año
anterior.
Yo tenía catorce años y cursaba el segundo año de la escuela
secundaria. Mis compañeras me contaban las maravillas de la U.E.S.
Decían que allí se veían películas norteamericanas mucho antes de
su estreno en los cines del centro. Se podía correr en motoneta -la
última novedad en la Argentina- hacer toda clase de deportes: la
comida era deliciosa… y todo absolutamente gratis.
La idea no me atraía gran cosa. Prefería leer tranquilamente a estar
en movimiento perpetuo en el campo de deportes.
Pero soy loca por el cine, tanto que los domingos solía ir sola al de mi
barrio a ver hasta tres películas seguidas.
Mi amiga Teresa me decía: "Zonza, ¿por qué gastás tu dinero en
películas? Ven conmigo a la U.E.S".
Y un día, me parece que fue un lunes en agosto de 1953, sin gran
entusiasmo, fui con Teresa.
Una vez allá me mostró con orgullo el espléndido parque, que se
extendía varias cuadras. Había canchas de "basket-ball" y de "tennis",
una pista de patinaje, una pista de carreras, avenidas para las
motonetas, un gimnasio, pileta de natación, un enorme comedor, un
sala de televisión y un magnífico cine.
Estábamos inspeccionando las motonetas en el "garage" cuando
Teresa exclamó de pronto: "¡Parece que está allí el General!".
Las chicas corrían de todas direcciones y se congregaban en el otro
extremo del "garage" como moscas alrededor de la miel. Teresa me
tomó de la mano y corrimos hacia el mismo lugar. Logré avanzar
hasta la primera fila y allí estaba él. ¡El presidente en persona!
Estaba encendiendo un cigarrillo de espaldas a nosotras. Luego se
dió vuelta y sus ojos se posaron en mí.
Me sonrió: "Veo que tenemos una chica nueva hoy. ¿Qué tal, ñatita; le
gusta la U.E.S.?".
Quedé muda. Sentí que un escalofrío me corría por todo el cuerpo.
Empecé a temblar como una hoja.
Seguí temblando, aún después que él se había ido. ¡Había visto al
famoso presidente Perón y él me había hablado! Apenas podía
caminar.
-¿Qué te pasa?, me preguntó Teresa extrañada. Venía aquí por
primera vez, el general te habla y no eres capaz de contestarle.
Yo había quedado estupefacta ante la sencillez y cordialidad de
Perón.
Tampoco había esperado que fuera tan buen mozo. Continuamos
recorriendo el club. El perfume de Perón se me había quedado
grabado. Más tarde supe que era un perfume francés, su preferido, y
que se llamaba "Femme", de Marcel Rochas.
El domingo siguiente, que era mi primer día libre, volví a la U.E.S.
Pero el general no apareció y sentí cierta desilusión.
Al atardecer de mi tercera visita, cuando ya creía que no vendría,
alguien gritó: "¡Aquí viene el general!". Y nuevamente hubo un
alboroto de chicas que corrían hacia él.
-Hola, general- lo saludaron en coro al verlo bajar de su Mercedes
Benz azul. ¡Tanto tiempo sin venir a vernos!
Cuando su vista se encontró conmigo, comprendí que no se acordaba
de mí.
-¿Le gusta la U.E.S?- me preguntó nuevamente.
Mi corazón empezó a latir furiosamente y mis rodillas a temblar.
-Chicas, vamos a tomar un café- nos propuso.
Nos dirigimos hacia su chalet particular, ubicado en el centro del
parque y allí lo rodeamos.
-¿Cómo van esos estudios?- nos preguntó. Y agregó bromeando: ¡A
la que no estudie le quito la motoneta!
Siguió conversando con las chicas, mientras yo tomaba
silenciosamente mi café sin quitarle los ojos de encima.
Perón, con su tradicional gorro y en motoneta (Pinélides Aristóbulo
Fusco)
Algunos meses más tarde, en noviembre, el general se encontraba
paseando por los jardines, repartiendo premios de billeteras a las
chicas que habían pasado de grado.
Preguntó a Teresa:
-¿Qué tal los estudios?
-No sé, mi general, contestó ella. Pasé mis exámenes, pero no sé si
llamar buenas mis calificaciones…
El sacó entonces una bonita billetera roja de su bolsillo y se la
entregó.
Como en todos los demás casos, contenía un billete nuevo de
quinientos pesos… Una suma muy grande en esta época, ya que
equivalía al sueldo mensual de un obrero.
-¿Y qué tal por este lado?, dijo dirigiéndose a mí.
-Pasé, contesté.
-Entonces también le corresponde un premio, me dijo.
Palpó sus bolsillos, pero se había quedado sin billeteras. Cuando
algunas horas más tarde lo volví a ver, se había reabastecido y me
entregó una billetera que contenía 500 pesos.
Sólo atiné a decir:
-Gracias, general.
La próxima vez que fui a la U.E.S. el general seguía repartiendo
billeteras y quiso darme otra. La rechacé explicándole que ya había
recibido una.
Aprovechó la oportunidad:
-General, si Ud. me permite, me gustaría hablarle.
-Dígame, nenita.
-Quiero darle las gracias por el premio que me dió.
-Pero ya me las habías dado.
-Sí, pero mi agradecimiento es muy especial. Les dí el dinero a mis
padres y ellos me pidieron que le diga que están muy agradecidos. Mi
padre está enfermo y ese dinero nos ha ayudado enormemente.
Me ofreció darme una recomendación para la Fundación "Eva Perón",
donde podríamos obtener las medicinas importadas.
Con el tiempo me infiltré en el grupo del que era núcleo la Comisión
de Deportes, dirigentes con quienes siempre charlaba el general
cuando hacía sus visitas al club, y en noviembre, tres meses después
de haber entrado en la U.E.S., el presidente me conocía por mi
nombre.
Frecuentemente, el general convidaba a ocho o nueve chicas a
almorzar con él en el comedor de su chalet. Este chalet, el único
edificio que no formaba parte del club, se había conservado como
residencia de verano del presidente, de manera que éste podía
ocuparlo cuando lo deseaba, mientras los jardines había sido cedidos
a la U.E.S.
Estos almuerzos ofrecían la oportunidad de presentarle las chicas
nuevas al presidente. Era para éstas un gran honor. Y una de las
obligaciones de la Comisión de Deportes, además de organizar las
actividades deportivas, era seleccionar a estas chicas.
Durante uno de estos almuerzos, el general me preguntó:
-¿Qué tal le va con la motoneta?
– No practico, le respondí.
-¿Por qué no?, preguntó.
Ya había tomado suficiente confianza como para contestarle.
-Las otras chicas aprenden con los mecánicos. Pero a mi me gustaría
tener el honor de que me ensañara Perón.
Por un segundo se quedó mirándome. Luego exclamó:
-¡Qué respuesta tan original!
Aceptó gustoso enseñarme y propuso que nos encontráramos los
domingos a las nueve de la mañana, antes de que llegaran las demás
chicas. No quería ofenderlas ni provocar en ellas envidia que fuera a
mí solamente a quien diera lecciones.
Nelly le pidió a Perón que le enseñe a andar en moto
Nuestra amistad se hizo mayor durante el mes en que aprendí a
manejar la motoneta. Pero el Ministro de Educación, doctor Armando
Méndez San Martín, que acompañaba a Perón como si hubiera sido
su sombra cuando éste visitaba el club, y que había organizado la
Unión de Estudiantes Secundarios para congraciarse con él, opinó
que yo me estaba tomando excesiva confianza con el presidente.
Un día me mandó decir que no me acercara más al general,
advirtiéndome que si insistía sería expulsada de la U.E.S.
Me alejé. Cuando veía al general acercarse en la motoneta, yo
cambiaba de rumbo para evitarlo.
Él se dio cuenta de esto y en cierta oportunidad me detuvo.
-¿Qué pasa que no está más en el grupo?- me preguntó.
Le conté lo que había pasado con Méndez San Martín.
Yo creía que eran órdenes suyas, le dije.
-Esto no me gusta nada, me dijo. Quiero que las chicas sientan que
pueden acercarse a mí con toda tranquilidad.
La próxima vez que fui al club, el general me mandó llamar. Lo
encontré con Méndez San Martín y pensé que algo iría a suceder.
Dirigiéndose al ministro, pero no sin antes haberme mirado con
picardía, el presidente le dijo:
-Nelly nos ha abandonado, ¿verdad, Méndez? Debemos estar
poniéndonos viejos. Estos no puede ser.
Y volviéndose a mí añadió:
-Hoy almorzará con nosotros. Me sentó a su derecha y a Méndez a su
izquierda, directamente enfrente mío. ¡Qué almuerzo memorable! A un
lado veía a Perón y mi felicidad era indescriptible. Me parecía un
sueño. Miraba frente a mí y veía toda la furia contenida del Ministro de
Educación.
Al finalizar el almuerzo, el general me dijo con una sonrisa cordial:
-Espero que nos volveremos a ver.
Yo me sentía feliz y preocupada a la vez. Sabía que Méndez San
Martín no me perdonaría esta humillación. Veía en sus ojos que me
había declarado la guerra.
CAPÍTULO 3
El Dr. Méndez San Martín, Ministro de Educación, no tardó en
vengarse de mí por la humillación sufrida por él durante nuestro
almuerzo con Perón.
Aquella tarde, al regresar a casa desde el club, noté que subía al
autobús una gordita. Era una de las chicas mayores y normalmente no
tenía por que tomar nuestro colectivo. La cosa me olió a peligro.
-Teresa- susurré a mi amiga-, tengo la impresión que ésta viene por
orden de Méndez San Martín. ¡Toma mi carnet de la UES y bajate,
rápido!
Así se hizo. Y cuando me bajé, la chica me siguió y me detuvo:
-Ya se te había advertido que no te portaras en la forma en que lo
hacés, me dijo. Entrégame tu carnet.
-No lo tengo- le dije
-¿Y cómo entraste a la UES?- me preguntó.
-Por mi bonita cara- le contesté.
-Bueno, no importa- me dijo. Se le dará orden al portero de que tu
carnet sea anulado.
El próximo domingo, Teresa y yo fuimos al club como de costumbre.
Cuando presenté mi carnet en la entrada el portero lo retuvo.
-No puede entrar, me dijo. Ud. no es estudiante secundaria.
No pudiendo dar las verdaderas razones al portero, Méndez San
Martín había recurrido a este absurdo pretexto.
-Teresa, entrá, corré y traéme un carnet. Cualquier carnet, le dije.
Mi amiga desapareció en la UES y regresó con un carnet que había
pedido prestado a una chica que ya estaba adentro.
Me lo pasó disimuladamente. Esperé que el portero cumpliera su turno
y cuando fue relevado me puse en la larga fila que esperaba para
entrar.
-Por favor, apúrese- dije al llegar a la puerta-. Voy muy atrasada a la
reunión de la Comisión de Deportes.
Y agitando el carnet en el aire corrí a través del portón antes que
inspector pudiera escudriñarlo.
Una vez dentro del recinto, esperé el momento oportuno para hablar
con Perón. Cuando éste se presentó le conté lo que había sucedido.
-Venga- me dijo.
Y me llevó hasta el escritorio de su chalet particular. En un papel con
el sello presidencial escribió de su puño y letra: "La señorita Nelly
Rivas tiene libre acceso a la Quinta Presidencial. Juan Perón". El club
ocupaba el parque de la residencia veraniega presidencial.
Desde ese día mostré la nota personal del general cada vez que
entraba al club y cada vez causaba igual sensación.
Méndez San Martín tuvo que tragarse su ira cuando se enteró de este
nuevo éxito mío. Su mirada era de hielo cuando el general, como de
costumbre, me llamaba para tomar café o conversar.
Se acercaban las vacaciones y las chicas de la Comisión de Deportes
y yo le dijimos al general que nos gustaría celebrar la Nochebuena
con él. La idea le agradó y nos pidió que hiciéramos una lista de 20 a
25 chicas. Pero cuando la Comisión le presentó la lista para someterla
a su aprobación, mi nombre había sido eliminado por Méndez San
Martín. El general la leyó y me miró. -¿Y por qué no está tu, ñatita?-
me preguntó.
-No sé- respondí. Tal vez no me han elegido.
-Vamos…dijo. Una chica como vos siempre estás en el grupo.
Tenemos que poner a Nelly- dijo volviéndose a las demás- y añadió
mi nombre a la lista.
A mis padres no les gustó la idea. Yo era hija única y ésta sería la
primera vez que pasaría la Nochebuena lejos de ellos.
Pero les expliqué que ellos tenían el uno al otro, mientras que Perón
no tenía a nadie. Les dije que sería un egoísmo no hacer nada por
Perón después de todo lo que él había hecho por nosotros.
Finalmente aceptaron.
La cena tuvo lugar en el chalet presidencial situado en los jardines del
club. Las otras chicas, de una situación económica mucho más
holgada que la mía, llegaron elegantísimas. Yo me había puesto lo
mejor que tenía: una sencilla falda negra de seda gruesa, muy bonita,
una blusa bordada color azul y cuello redondo y zapatos negros de
tacón alto.
El general estaba acostumbrado a vernos de pantalones todo el
tiempo. Cuando apareció, sobriamente vestido de sport, exclamó: -
¡Por Dios, que elegantes! Si ustedes me hubieran avisado me habría
vestido de otra manera…
Charlamos y reímos alegremente. Cuando pasamos a cenar el
general invitó a las chicas a que eligieran ellas mismas sus puestos en
la mesa. Y mientras ellas vacilaban me hizo ademán de que me
sentara a su derecha.
¿Por qué me distinguió a mí entre las otras chicas, aquella noche
entre las otras tres o cuatro mil que acudían todos los domingos al
club? No lo sé.
Había incontables chicas de lindas caras y de magníficas figuras.
Algunas tenían 20 años. Yo tenía catorce, no era bonita ni tenía
hermosa figura. Era pequeña y parecía una nena, aunque más
desarrollada que el promedio de las chicas de esa edad.
Eva Perón, hablando de sí misma, lo dice muy bien en su libro "La
razón de mi vida": "Yo era uno de una bandada de gorriones y él me
eligió".
En la mesa, sobre cada plato, nos esperaba un paquetito
artísticamente envuelto.
Las chicas fueron abriendo sus regalos entre grandes manifestaciones
de alegría al descubrir un brazalete de oro, otra un par de aritos finos,
aquella una gargantilla…
Noté que el general me observaba atentamente mientras abría el mío.
Mi regalo era tal vez el más insignificante de todos: un anillo de oro,
completamente sencillo. Tal vez el motivo que tuvo el general para
elegirlo fue poder comprobar si yo era o no ambiciosa y si demostraría
o no desilusión.
Cuando pude hablarle a solas, en el jardín, a donde habíamos salido a
admirar un arbolito de Navidad lleno de luces, le dije que quería
agradecerle, nuevamente, su regalo.
-Las otras chicas recibieron cosas que tal vez tengan mayor valor
material- le dije- pero para mí este es un regalo de un valor
incalculable, porque es un recuerdo de Ud.
Después de una exquisita cena, vimos a Marylin Monroe en la película
"Los caballeros las prefieren rubias". Y poco antes de medianoche
regresamos a la mesa para celebrar con champaña la llegada de la
Navidad.
Durante la velada el general se había referido a los muchos vestidos y
cosas que habían pertenecido a su difunta esposa, a quien siempre
llamaba "La Señora". La Confederación General del Trabajo deseaba
que hiciera con ellas un museo.
Inmediatamente todas manifestamos enorme interés en ver tal ropa y
nos ofrecimos para ayudarle en el proyecto.
Organizamos un grupo de siete chicas y fuimos a la residencia
presidencial, en Buenos Aires, donde Perón residía.
El general nos invitó a almorzar y luego nos llevó a visitar el
guardarropas de "La Señora" que se guardaba en cuatro habitaciones
en el ala derecha del segundo piso.
En una habitación se hallaba toda la ropa deportiva: pantalones,
blusas, "sweaters", etc. Otra estaba llena de vestidos de mañana,
tarde, y de "cocktail". Una contenía sombreros y zapatos de todos
colores y formas.
Pero la habitación que más me deslumbró fue la que encerraba los
más magníficos trajes de noche que es posible imaginar. Había
estolas, capas y abrigos de armiño, visón y de pieles de todas clases.
No me cansé de admirar los bordados y las riquísimas telas. Me
parecía aquello un cuento de hadas.
Cuando tuvimos un momento, observé al general que su casa era
muy grande, muy grande.
-Sí, es demasiado grande para un hombre solo- admitió.
Ví que estaba rodeado de comodidades pero su soledad me hirió. Y le
dije de todo corazón.
-Si Ud. se llega a sentirse solo, general, no vacile en llamarme y yo
vendré a acompañarlo.
-¡Hum!…No puedo hacer esto, me respondió sonriendo. Pero tú
puedes venir a verme cuando lo desees.
CAPÍTULO 4
Nuestra fiesta de Navidad con el General Perón había tenido tanto
éxito que decidí organizar otra para el año nuevo.
Me puse de acuerdo con otras cuatro chicas de la Unión de
Estudiantes Secundarias y luego de conseguir de nuestros padres la
autorización que necesitábamos, nos dirigimos al Presidente.
-General -le dije- quisiéramos celebrar el año nuevo con Ud. que ha
sido tan bondadoso con nosotras. No queremos que Ud. esté solo en
una noche como esa. Y le expliqué que teníamos el consentimiento de
nuestros padres.
Nos preguntó cuántas seríamos y cuando le dije las que éramos,
estimó que la residencia presidencial en la U.E.S. era demasiado
grande para un grupo tan reducido.
Pensó un momento y luego nos dijo:
-¿Uds. no conocen mi quinta en San Vicente, no es cierto? Allí hay
muchas cosas que pueden interesarles… Mis colecciones de armas
japonesas y muchas otras reliquias. Creo que ese sería el sitio ideal
para nuestra fiesta.
La idea nos encantó. Combiné con las otras cuatro chicas reunirnos
en mi casa en la mañana del 31 de diciembre. El general mandó un
auto a buscarnos y partimos para San Vicente, que queda a más o
menos dos horas de Buenos Aires.
Cuando llegamos a la quinta, nos encontramos con el General
trabajando en el jardín, vestido con un pantalón viejo y con las manos
y los zapatos cubiertos de barro. Nos dio una cordial bienvenida y nos
llevó a recorrer la quinta que él mismo fomentado. Por último nos
invitó a pasar a la casa, donde nos esperaba un riquísimo almuerzo.
Luego, mientras el General dormía su siesta habitual nosotras nos
sentamos alrededor de la amplísima pileta de natación, chapoteando
con los pies en el agua y charlando sobre mil y una cosas.
Queríamos recibir el año nuevo con el General, pero comprendimos
que si lo hacíamos se nos haría demasiado tarde para regresar a
nuestros hogares en Buenos Aires.
-¿Podríamos pasar aquí la noche?, le pregunté al General.
-¿Qué dirían vuestros padres?, preguntó él.
-Los llamaremos por teléfono y averiguaremos, contesté.
-Pero, ¿acaso trajeron sus cosas para la noche?
Le aseguré que nos arreglaríamos perfectamente. Llamamos a
nuestros padres, les explicamos la situación y accedieron a dejarnos
pasar la noche en la quinta.
Alrededor de las diez de la noche, llegaron el Ministro de Educación,
Méndez San Martín, y otros miembros del gabinete a desearle al
Presidente un feliz año nuevo. Se despidieron al poco rato para
regresar a sus casas y pasar la fiesta con sus familiares.
Celebramos comiendo castañas, almendras y otros dulces
tradicionales, mientras cantábamos y entreteníamos al General con
nuestra charla. Cuando sonaron las doce campanadas brindamos con
Perón y por el año 1954. Yo estaba en el séptimo cielo.
Cuando llegó la hora de irnos a dormir el General nos indicó cuáles
eran nuestras habitaciones. Las otras chicas quedaron de a dos; yo
tuve una habitación entera para mí sola.
Nelly Rivas, con los caniches “Tinolita” y “Monito”. Fueron la excusa
para mudarse al Palacio Unzué, la residencia presidencial
Durante los tres primeros días del año nuevo el General no apareció
por la U.E.S. Comencé a pensar que podría haberle ocurrido algo.
Me armé de valor y el 4 de enero me dirigí a la residencia presidencial,
en Buenos Aires. El guardián en la reja principal me preguntó qué
quería.
-Quiero ver al Presidente, le dije.
-¿Para qué?, me preguntó.
-Para un asunto personal, contesté.
El guardián llamó a Atilio Renzi, el mayordomo de palacio.
Le dije a Renzi que tenía algo importante que decirle al Presidente.
-Dígamelo a mí, me repuso, y yo se lo transmitiré.
-No-insistí-. Es algo muy personal, que sólo puedo decírselo al
Presidente.
Finalmente Renzi pensó que posiblemente se trataba de algo
verdaderamente serio en lo que él no debía intervenir y me dejó
entrar.
El general se alarmó cuando me vio.
-¿Qué pasa?, me preguntó ansiosamente.
-Nada, le contesté. Solamente quería verlo… Hace tiempo que Ud. no
va a la U.E.S. Creí que a lo mejor estaba enfermo.
Se dio a carcajadas. Yo lo miraba y lo escuchaba con gran regocijo.
Finalmente me dijo:
-No me pasa nada. Simplemente he tenido mucho trabajo. Quédate a
almorzar conmigo…
Me quedé y volví todos los días después de esa primera visita. Le
expliqué al General que me sobraba el tiempo, ya que habían
comenzado las vacaciones.
Salía de mi casa a las once de la mañana y llegaba a la residencia
antes de que Perón volviera de la Casa de Gobierno.
Después de almorzar juntos, Perón dormía una siesta de una hora y
volvía a la Casa Rosada. Me quedaba sola toda la tarde, viendo una
película tras otra en su cine privado hasta que él volvía al atardecer.
Cenábamos juntos y luego yo regresaba a mi casa.
Perón sentía gran cariño por su perro "Monito", un caniche blanco de
raza enana. Durante las comidas, "Monito" se acurrucaba a sus pies y
cuando su amo se ausentaba -lo supe por los sirvientes- se acostaba
sobre sus chinelas, aguardando su retorno.
Muy pronto me conquisté el afecto de "Monito". Lo tomaba en mis
brazos y lo tenía a mi lado cuando veía películas.
"Monito" desde entonces dormía en mi cama y yo le susurraba mis
secretos. Era mi único confidente.
Una noche, después de seis semanas en que yo concurría
diariamente al palacio presidencial, "Monito" se resfrió fuertemente.
Para colmo, los sirvientes me dijeron que su compañera "Tinolita", la
perrita gris oscura que había pertenecido a Eva Perón, lloraba todas
las noches reclamando la presencia de su compañero.
Ese día, cuando papá volvió del trabajo le dije que sería mucho mejor
para todos si yo me mudaba a la residencia presidencial.
Expliqué que era incomodísimo tener que volver a casa muy tarde por
la noche y regresar a la residencia por la mañana.
No podía tomar la responsabilidad de que "Monito" empeorara con
estos continuos traslados. Los perritos lloraban sin mí y yo no
deseaba separarme de ellos.
Además, continué, podría hacerle compañía al General y ayudarlo de
muchas maneras, por ejemplo, cuidando a "Monito" y a "Tinolita" y
atendiendo la casa cuando él no estaba.
Mi padre no quería comprender.
-Pero quiero que Perón esté cómodo, insistí. Tú y mamá se hacen
compañía mutuamente. Él necesita de alguien para conversar sobre
otras cosas que no sean asuntos de estado. Siento que debo
quedarme con él.
-Además, ¿te has olvidado de lo que ha hecho él por tí y los demás
trabajadores? ¿Eres tan desagradecido? ¿No será una satisfacción
para tí saber que lo estaré ayudando?
Mis razonamientos por fin convencieron a papá y accedió.
Al día siguiente le dije a Perón que quería quedarme esta noche en la
residencia y le expliqué mis razones.
Él me preguntó que dirían mis padres.
Le dije que papá estaba de acuerdo.
Ordenó a Renzi que llamara a papá por teléfono para confirmar mis
palabras.
Por teléfono, Renzi le dijo que me estaba portando muy bien, que no
daba lugar a quejas y que estaría perfectamente bien que me quedara
si papá daba su consentimiento.
Papá no se convencía, pero finalmente dijo:
-Bueno, si Ud. me dice que está bien…
Miré a Perón radiante de alegría. Era uno de los momentos más
felices de mi vida.
CAPÍTULO 5
El día que me mudé a la residencia presidencial, en el mes de febrero
de 1954, Perón llamó a Atilio Renzi, el mayordomo de palacio, y le dijo
que, como huésped de su casa, deseaba que se me tratara con el
mayor respeto. Luego le ordenó que me indicara mi cuarto.
Renzi subió las escaleras conmigo hasta el segundo piso, donde se
encontraban los dormitorios. Abrió la puerta de una gran habitación,
magníficamente amueblada, y me preguntó si era de mi agrado. Le
dije que estaba muy bien y con eso se retiró.
Había sido la habitación de Eva Perón.
Sintiéndome en la gloria, abrí de par en par la ventana, que daba a los
jardines del palacio y a la avenida del Libertador General San Martín,
la calle más aristocrática de Buenos Aires. Más allá, se veían los
grandes árboles y los prados de Palermo, el más grande y hermoso
parque de la capital.
Llené mis pulmones con el aire perfumado y permanecí unos instantes
gozando del panorama que se me ofrecía.
Luego me dejé caer sobre un lujoso sofá. ¡Qué maravillosa sensación!
Atraje hacía mí a "Monito" y "Tinolita", los dos perritos y los acaricié.
Luego de un salto me asomé al cuarto de baño.
Jamás había visto un baño igual. Llené la bañadera hasta el tope, le
eché grandes cantidades de sales deliciosamente perfumadas; me
enjaboné de pies a cabeza con fragante jabón de pino sin
economizarlo, y me puse a disfrutar de este novedoso placer.
Cuando salí por fin del baño, me saturé de agua colonia y me
espolvoreé generosamente con talco.
Finalmente me vestí para la cena, agregando lo que consideraba el
último toque de feminidad: lápiz de labios.
Bajé las escaleras como si hubiera estado caminando sobre nubes.
Me sentía estrella de cine, princesa, rica heredera…
Perón me miró y sonriendo, comenzó a comentar: Parece que se ha
mudado aquí la Casa Atkinson…E inspeccionándome más de cerca,
agregó: Y que abunda también el talco.
En mi entusiasmo con el talco me había dejado un parche blanco en
el cuello.
Luego observó mis labios pintados y poniéndose serio me dijo: ¿Por
qué hiciste eso? No me gusta. Tú no necesitas pintarte los labios. Eso
es para mujeres mayores. Lo mejor para las chicas jóvenes es la
naturalidad.
-Sí, Papaíto, respondí quedamente.
Le había dado ese nombre un día en que me pareció mucho más alto
que de costumbre, en su uniforme militar. Le dije que me recordaba a
Papato Piernas Largas. No se opuso a que lo llamara así, y desde
entonces, Papaíto aquí, Papaíto allá, el nombre quedó y lo llamaba
siempre así cuando estábamos solos.
En público me refería a él como al General. El me decía siempre
"Nena".
Yo quería ser digna de un hombre de la posición de Perón. Presidente
de la Argentina.
Procuraba durante horas, pulir mi dicción y mis modales. Aprendí a no
arrastrar la doble "I" como la gente plebeya.
Trataba en lo posible de no hacer gestos con las manos, una
costumbre que muchos argentinos han heredado de sus antepasados
napolitanos.
Una de las pocas fotos de Nelly Rivas junto a Juan Domingo Perón
Me observaba en el enorme espejo, mientras practicaba sentarme en
una forma u otra: cruzando y descruzando las piernas correctamente;
parándome y sentándome como una dama.
En la mesa recibía mi recompensa en la mirada de aprobación de
Papaíto.
Yo me sentaba siempre a su derecha. Los comensales eran siempre
los mismos hombres del pequeño círculo que lo rodeaba: Carlos Aloé,
gobernador de la provincia de Buenos Aires; Armando Méndez San
Martín, ministro de Educación; Raúl Apold, subsecretario de
Informaciones; el capitán Alfredo Máximo Renner, secretario privado
del Presidente y el mayor Ignacio Cialzeta.
Yo era la única mujer durante las comidas y… la única en general en
la residencia. Nunca hubo mujeres invitadas.
Perón no ofreció ninguna explicación sobre mi presencia en su casa.
Al cabo de un tiempo sus amigos se acostumbraron a verme allí y me
consideraron como integrante de la familia oficial.
Las primeras semanas fueron las más felices. Tenía todo lo que había
soñado.
El General me regaló una motoneta (llegué a tener cuatro) y me
paseaba a toda velocidad por los senderos de piedrecillas del parque
de la residencia.
-¿Dónde aprendiste esas piruetas?, me gritó un día al pasar yo por su
lado, sin tenerme del manubrio y con los brazos extendidos.
-¡Ud. podría hacer lo mismo si hubiera tenido un profesor tan bueno
como el mío!, le grité en contestación.
También me regaló un Fiat azul y blanco, modelo "Super-de-luxe", que
le habían regalado los fabricantes italianos y me enseñó a conducirlo.
Yo, por mi parte, trataba de hacerle al general la vida lo más cómoda
que me fuera posible. Su difunta esposa, extremadamente ocupada
con asuntos públicos, no había podido darle un verdadero hogar.
Yo me anticipaba a sus deseos -su café, sus cigarrillos, sus chinelas-
Le preparaba toda clase de cosas ricas y a él le gustaba todo lo que
yo le hacía, especialmente mi pollo a la portuguesa y mis tortas
caseras.
Después de comer, cuando se hallaba cómodamente instalado en su
cama, yo le llevaba los diarios de la tarde y me preocupaba de poner
la televisión si había algún encuentro de boxeo, su deporte favorito.
La habitación del General, que se encontraba separada de la mía por
un cuarto en que guardaba sus condecoraciones y los obsequios que
había recibido de gobiernos y funcionarios de todas partes del mundo,
tenía unos muebles feísimos y pasados de moda.
Consistían en un bargueño, en el que guardaba algunas alhajas; una
cómoda -que destinaba a sus fotografías, en diversos actos públicos-
con la tapa superior de mármol y sobre la cual se hallaba el frasco de
perfume que yo le había regalado; un sillón; un combinado de
televisión y radio; un aparato para aire acondicionado y una cama con
una mesita de noche a cada lado.
Durante los primeros días de mi permanencia en la residencia, las
relaciones entre Perón y yo se mantuvieron en el plano de padre e
hija. De pronto, sin darnos siquiera cuenta cómo, la atracción mutua
que se había venido apoderando de nosotros, nos venció. Todo
sucedió a la vez, repentina e inesperadamente.
Sin embargo, seguí siendo su "nena", la "niñita" y la "hija" que nunca
había tenido y que necesitaba.
No dije nada a mis padres sobre nuestras nuevas relaciones. Y los
dejé suponer que nada nuevo había ocurrido.
CAPÍTULO 6
Raúl Apold, subsecretario de Prensa y Propaganda, no había logrado
convencer a Perón de que debía asistir al Festival Internacional del
Cine de Mar del Plata, que él había organizado. Era el primero de ese
género que tenía lugar en la Argentina. Me pidió que ejerciera mi
influencia sobre Perón.
Yo no había estado nunca en Mar del Plata, y anhelaba visitar esa
famosa playa, la preferida de las parejas en luna de miel. También
deseaba conocer personalmente a los artistas visitantes.
Cuando Perón regresó a casa esa tarde, le dije mimosamente:
-Papaíto, la nena quiere ir a Mar del Plata…
-¡No! contestó terminantemente.
-Pero, Papaíto, rogué- tengo tantas ganas de ir…de ver a los
artistas… a Errol Flynn…
-No, respondió.
-Por favor, Papaíto, insistí…
Finalmente el Presidente llamó a Atilio Renzi, el mayordomo de
Palacio, y le dijo:
-Dígale a Apold que vamos a Mar del Plata.
Yo estaba en la gloria.
-Necesitarás algunos trajes de fiestas, me dijo Perón. Ven conmigo…
Y me condujo hasta el fabuloso cuarto que encerraba los vestidos de
fiesta de Eva Perón. Muchos de ellos, modelos de los más famosos
modistos de París.
Elegí tres trajes de Dior y uno de Marcel Rochas. No habían sido
jamás usados.
Me quedaban un poquito largos y grandes alrededor del busto. Eva
Perón era más alta que yo, pero yo era más gorda y redondita que
ella. Con algunas puntadas aquí y allí yo misma arreglé los vestidos y
me quedaron perfectamente.
Para acompañar estos trajes, el General me dió una estola de visón
azul y una capa de visón natural.
En vísperas de mi partida a Mar del Plata, Perón me entregó un
maletín y me dijo:
-Cuando salgas quiero que todo el mundo vea que estás a mi altura…
Abrí el estuche y me encontré con una deslumbrante colección de
joyas.
Tal era mi asombro que le dije, abrumada, que las consideraría un
préstamo. Pero él insistió en que eran para mí y me dijo:
-Si te digo que te quiero, puedes creerlo, porque a mi edad los
hombres no mienten…
Cuando volví a mi cuarto, me puse a examinar la pequeña fortuna que
había recibido en alhajas: valían alrededor de un millón de pesos
argentinos. Había sortijas con brillantes, rubíes y otras piedras
preciosas: pulseras de oro y de brillantes; relojitos, aretes de
aguamarinas, broches de todas clases y un magnífico collar de
brillantes.
La semana del festival de cine debía comenzar el lunes 8 de marzo de
1954. Yo me fui unos días antes, el viernes, acompañada de Renzi.
Durante el viaje en tren, que dura alrededor de cuatro horas, Renzi me
reveló abiertamente sus sentimientos hacia mí.
-Supongo que Ud. se dará cuenta, me dijo, de que la Comitiva
Presidencial es un asunto muy serio. El Presidente no puede llevar a
cualquiera en una gira oficial como esta. ¿Qué debo responder si
alguien me pregunta quién es Ud.? A propósito, ¿quién es… o no es,
Ud.?
Terriblemente humillada, repuse fríamente:
-Sugiero que se lo pregunte al Presidente.
Perón se había quedado en Buenos Aires. Tenía que asistir a dos
ceremonias estudiantiles. Inaugurando la sección náutica del club de
Estudiantes de Secundaria (U.E.S.) -adonde yo no regresé después
de mudarme a la Residencia Presidencial- se dirigió a los ganadores
del premio "Estímulo Eva Perón" de esta suerte:
-Nosotros queremos que la gente sea moral, no por desconocer la
inmoralidad sino porque, conociéndola, no la cometa por convicción.
Apenas llegó el sábado le pedí que me contara que había hecho en
las últimas veinticuatro horas, nuestra primera separación desde que
me fuera a vivir a la Residencia.
-Me faltó la nena- me contestó.
En Mar del Plata, el General y yo compartimos el mejor departamento
del Hotel Provincial, con una magnífica vista de la playa y del océano
Atlántico.
Al día siguiente nos levantamos a las 6 de la mañana y fuimos a
recorrer en auto la ciudad y las playas vecinas.
El lunes se inauguró el festival. Yo, a un lado, una espectadora
anónima más, observaba mientras Apold iba presentando los más
renombrados artistas del mundo a Perón.
La delegación norteamericana, encabezada por el Sr. Eric Johnston,
presidente de la Motion Picture Association of America, incluía a Mary
Pickford, Jeannette Mac Donald, Gene Raymond, Ann Miller, June
Haver, Walter Pigdeon, Edward G. Robinson, Robert Cummings… y
Errol Flynn con su señora, Pat Wymore.
Ninguno me llamó mayormente la atención. Y mi mayor desencanto
fue Errol Flynn. Me pareció ridículo cuando lo ví aparecer en el baile
de gala con un cordón con pompones colgantes, color de rosa, en vez
de corbata negra y con unas botitas de vaquero en vez de zapatos de
etiqueta.
Este baile -mi primer baile- fue desilusión aún mayor. Había esperado
bailar con Perón que es gran bailador de tangos. Pero en el último
momento me dijo que no se sentía bien y tuve que irme acompañada
del capitán Alfredo Renner, su secretario particular.
Perón y yo volvimos a salir en auto muy de madrugada y vimos varias
películas juntos. Pero la mayoría del tiempo tuvo que dedicarlos a
diversos actos oficiales, tales como recepción de Jefes de las Fuerzas
Armadas y un acto en memoria de Eva Perón.
Una noche fuimos a la ruleta del hotel. Hugo del Carril, el famoso actor
y cantante de tangos, se acercó a nosotros y me preguntó por qué no
jugaba.
-Me parece estúpido perder el tiempo de esta manera, le contesté.
Pero él insistió y me dio algunas fichas.
Perón tenía 57 años, sumé los dos números, aposté al número 12 y
perdí.
CAPÍTULO 7
Atilio Renzi, el mayordomo de palacio, los mozos, "valets" y demás
personal de la Residencia Presidencial me fueron hostiles desde el
primer día.
No me perdonaban haber invadido lo que ellos consideraban de su
exclusiva pertenencia. Antes de mudarme a la Residencia, y aún
antes de que muriera Eva Perón, ellos manejaban la casa a su antojo.
Tanto Perón como su difunta esposa, estaban demasiado ocupados
de asuntos políticos para dedicar mucho tiempo a los detalles del
hogar.
Pero a mí no me interesaba la política y el tiempo se me hacía largo
sin hacer nada, mientras Perón pasaba el día afuera, reclamado por
sus tareas de gobernante. Empecé, por lo tanto, poco a poco, a
observar el manejo de la casa presidencial.
A Renzi le pareció muy mal cuando hice ver a Perón que uno de sus
secretarios se permitía enviar un coche de la presidencia a su
hermana, cada vez que ella lo solicitaba para salir de compras.
Una de las funciones de Renzi era la de administrador de la
Fundación Eva Perón, destinada a ayudar a los pobres.
Una mañana noté que la cola de la pobre gente que aguardaba se
hacía más y más larga, mientras Renzi charlaba con unos amigos que
habían ido a visitarlo.
Cuando ese día le dijo a Perón que había estado muy ocupado, yo le
pregunté:
-¿Ocupado recibiendo a sus amigos personales y dejando que el
público espere?
Se puso lívido. Perón hizo que no oía.
Renzi se fue poniendo cada vez más furioso con la vigilancia que yo
ejercía sobre sus actividades.
Y un día, sencillamente cerró la puerta con llave y no me dejó entrar
más en su oficina, que se encontraba en la plata baja de la residencia.
Me sentí ofendida, pero no dije nada a Perón.
Comprendía que durante 10 años Renzi había merecido la confianza
del Presidente y no quise provocar un incidente desagradable entre
los dos.
Los "valets" y sirvientes se unieron a Renzi en su afán de destruirme.
Se habían indignado conmigo cierta vez que había confirmado las
sospechas de Perón de que una botella de "cognac" de gran precio
había desaparecido de la casa. Me acusaron de querer ponerlos mal
con el Presidente.
También les enojaba que yo asumiera algunas de sus obligaciones,
como llevarle a Perón los diarios de la tarde a su habitación; molerle el
café que tanto le gustaba tomar en la noche; prepararle el cocimiento
de boldo que tomaba frío antes del desayuno; preocuparme de su
ropa y de ordenar sus cosas que dejaba tiradas de cualquier manera
cuando partía a la Casa de Gobierno a las seis de la mañana.
De común acuerdo, me acechaban en espera de que diera un paso en
falso, como había ocurrido con un muchachito español que había
llegado de polizón a la Argentina y a quien llamaban el "Galleguito". El
chico vivió un tiempo en la Residencia con Perón, pero fue despedido
cuando, haciéndose pasar por el hijo del Presidente, comenzó a
vender cosas que robaba de la casa.
Muy pronto me dí cuenta de que Renzi hacía intervenir mi teléfono
para averiguar si yo concertaba secretamente salidas con mis amigos.
Me cuidé de llamar a nadie más que a mi madre, con quien hablaba
todas las noches.
Un día paseando en compañía de mis perritos en el "Fiat" que me
había regalado Perón, noté, a través del espejo de retrovisor, que un
coche me seguía a todas partes.
Era evidente que Renzi me hacía seguir y lo confirmé cuando me
preguntó un día acerca de un joven a quien yo había llevado en mi
coche. Le dije que se equivocaba; que no había habido tal joven, sino
un muchachito de catorce años de pantalones cortos que como
acostumbran, me había hecho señas de que lo llevara.
Después de este incidente, no me arriesgué más. En vez de manejar
mi auto, prefería usar uno de los coches presidenciales, para que el
chofer pudiera ver exactamente a dónde iba y qué hacía.
Nunca quise tener modista particular. Iba a las casas de costura del
centro, ubicadas en las calles principales de la ciudad, de manera que
no hubiera duda alguna acerca de mi comportamiento.
También me llevaba un chofer cuando visitaba a mi madre,
generalmente un día sí y otro no.
Siempre estaba de regreso en casa antes de las siete de la tarde, ya
que quería que Perón me encontrara al regresar de la oficina
alrededor de las 8 de la noche.
Cuando acompañaba a los artistas japoneses que había venido para
el festival internacional del cine, conocí a un joven argentino, miembro
del Instituto Argentino-Japonés.
Trató de cortejarme, luego de encontrarse conmigo varias veces en
peleas de boxeo y en otros actos públicos, a los que yo había asistido
con Perón.
Renzi le habló a Perón de estos encuentros y trató de sembrar la
sospecha de que quizá no fueran casuales como aparecían.
-Preguntémosle a la nena- sugirió Perón.
La expresión de mi cara fue suficiente para convencerlo de que la
sospecha era maliciosa y que yo le era fiel.
No me gustó la sonrisa de Renzi, el día que volví de un cine céntrico
con Antonio Perón, el sobrino de veinte años del General. Antonio
había ido a vivir a la residencia pero tenía su grupo de amigos y rara
vez estaba en la casa, salvo para dormir. A pesar de esto, comprendí
que debía tener mucho cuidado en mis relaciones con él. Y desde ese
día rechacé todas sus invitaciones.
Tenía inclusive que preocuparme de mi actitud con los profesores
particulares que iban a darme lecciones a la Residencia, cuando dejé
de ir al colegio para dedicarme a Perón y a su casa. Había
descubierto que me espiaban por el ojo de la cerradura.
Cuando Renzi le preguntó a Perón en cierta oportunidad por qué
estaba tan seguro de mí, él le respondió:
-Porque es demasiado joven para estar viciada, como nosotros los
hombres…
CAPÍTULO 8
Cuando el descontento de la oposición comenzó a sacudir los
cimientos del gobierno, rogué a Perón que renunciara a la presidencia
antes de que fuera demasiado tarde.
Lo insté a que se retirara conmigo a algún lugar tranquilo donde
podría disfrutar sus últimos años en paz y bienestar, lejos del
torbellino de la política, que a mí no me interesaba. Le hice ver que ya
había hecho bastante por la Argentina. Y que otros debían asumir las
responsabilidades.
Pero el grupo que lo rodeaba, especialmente los íntimos, como el
doctor Méndez San Martín, Ministro de Educación; Atilio Renzi,
mayordomo de palacio, y el capitán Alfredo Renner, su secretario
particular, se oponían a esta idea, convencidos, como estaban, de que
el régimen no podría existir sin Perón.
En cierta oportunidad en que nos encontramos solos, ellos y yo,
esperando al General para ver una película, me acusaron
violentamente de ser mala influencia para Perón.
Herida vivamente les contesté:
-No quiero que sea un héroe, reconocido después de su muerte, como
el general San Martín, que tuvo que morir en tierra extraña…La cosa
es muy sencilla, Uds. quieren conservar sus puestos. Peo mis
intereses son muy distintos.
Yo quería que él viviera para disfrutar de sus perros, de sus
chinelas… y de mi compañía.
El mayor Ignacio Cialceta fue el único del grupo que me apoyó.
Perón entró en ese momento y cambiamos inmediatamente de
conversación. Me senté como de costumbre al lado del General y al
rozar su brazo sentí una inmensa amargura al recordar las cosas
terribles que sin comprenderme habían dicho de mí. Y lloré durante
toda la película.
Me fui sintiendo más y más aislada hasta que fui poco menos que una
prisionera en la Residencia. Para hacer la cosa peor apenas tenía
oportunidad de ver a Perón. A medida que la crisis se hacía más
honda, sus ministros lo absorbían más y más, día y noche.
Antes había tenido un profesor que venía a casa a darme lecciones de
dactilografía. Deseaba poder hacer de secretaria de perón para así
poder estar más cerca de él.
Pero Renzi hizo circular la versión de que Perón me hacía tomar
lecciones con el fin de corregir mi escasa educación. Me dijo que no
tenía suficiente preparación como para servir de secretaria a un
presidente.
El Palacio Unzué, la residencia presidencial que utilizaba Perón y fue
demolida por los militares que lo derrocaron
Abandoné mis estudios y me propuse demostrarles a Renzi y a los
otros que seguiría junto al Presidente sin ayuda de lecciones privadas.
Deseaba escaparme de la atmósfera asfixiante de la residencia
presidencial y soñaba con que nos mudáramos a la calle Teodoro
García, a una linda casa en Buenos Aires, que Perón había heredado
de su difunta esposa. Pero me dí cuenta que sería imposible. El
"grupo" nos seguiría hasta allí y las cosas continuarían igual que en la
residencia oficial.
Renner ya nos había echado a perder los pocos fines de semana que
Perón y yo pasamos en la quinta de San Vicente.
Trataba de impedir que fuéramos, presentándole al Presidente una
cantidad de papeles oficiales que, según decía, requerían su
presencia en Buenos Aires durante el fin semana.
Un sábado a las 5 de la mañana, Perón y yo nos fuimos antes de que
Renner pudiera impedirlo. Apenas nos habíamos acomodado en la
quinta cuando Renner apareció con sus papeles oficiales y yo quedé
abandonada otra vez. Le dije a Perón que daba lo mismo volver a la
capital.
El 16 de junio de 1955, volviendo a la residencia después de hacer
unas compras, me encontré con que había tropas montando
ametralladoras y otras armas. Perón no estaba. Corrí hasta donde
estaba Renzi y le pregunté que ocurría.
-No me hable- me dijo- este es un asunto muy serio.
El oficial al mando de las tropas me explicó que había habido un
alzamiento y que los rebeldes se habían apoderado del aeropuerto
internacional de Ezeiza, en las afueras de Buenos Aires.
Corrí a mi habitación, me cambié de ropa y me puse a ayudar a Renzi
a organizar el personal civil para defender la residencia.
Me preocupé de que cada uno estuviera armado y en el puesto que le
había sido asignado. Ayudé a cargar las ametralladoras y fui a buscar
el pequeño revólver que Perón me había regalado.
Renzi me preguntó si me sentía capaz de usar un arma más
poderosa. Tomé el revólver de policía de calibre 45 que me ofreció.
Hubo una fuerte explosión y vimos que el cielo se encendía en la
distancia. Aviones rebeldes habían bombardeado la Casa de
Gobierno, donde Perón tenía su oficina. Quedamos atónitos y
aterrorizados.
Tomé unas cajas de cigarrillos de Perón y los distribuí entre los
soldados y el personal, esperando así alentarlos. También les distribuí
emparedados que había preparado yo misma en la cocina.
Renzi me insistió varias veces a que me fuera inmediatamente y
regresara a la casa de mis padres.
-Mi sitio está aquí, le contesté.
No voy a salir corriendo al primer tiro.
Un avión de reconocimiento vió el coche presidencial en el parque y
llegó a la conclusión de que Perón se hallaba en la residencia.
Boca abajo sobre la azotea , como los demás, ví que tres enormes
"Gloucesters" se nos venían encima. Una de las bombas que
descargaron cayó sobre un murallón y los vidrios de ese lado de la
casa saltaron en pedazos.
Cuando volvieron por segunda vez, teníamos orden de abrir fuego
todos simultáneamente. Pensaron que teníamos equipo antiaéreo
porque erraron el tiro y sus bombas fueron a parar a una calle vecina.
Cuando un avión rebelde comenzó a ametrallar la casa corrí al jardín
con la esperanza de encontrar un refugio. Un oficial me asió del brazo
y me arrastró a tiempo de sacarme de la línea de fuego. Me tiré al pie
de un árbol enorme y me puse a rezar fervientemente.
Pocos minutos más tarde todo había terminado. Los aviones leales
habían derrotado a los rebeldes y sofocado el levantamiento.
Mis padres nunca me visitaron en la Residencia, pero mi madre
estaba tan preocupada que acudió aquella noche a la puerta principal.
Le aseguraron que yo me encontraba perfectamente.
Finalmente, recibimos noticias de que Perón había escapado ileso del
bombardeo. Pero no llegó a casa hasta el día siguiente.
Viéndome en el portal, esperándome, exclamó sorprendido:
-¿Estás todavía aquí?
-General -respondí- he tenido el honor de sentarme a su mesa y de
compartir muchos buenos momentos con Ud. Esta es también mi
casa. No quiero negar que he sentido miedo, pero no me arrepiento
de nada. Dios me ayudó.
CAPÍTULO 9
Perón siempre tuvo un excelente apetito, pero cuando regresó a
almorzar a la Residencia Presidencial, luego de la fracasada
sublevación del 16 de junio de 1955, dejó de comer.
Miles habían muerto. La Casa Rosada había sufrido grandes daños con
las bombas, y Perón tuvo que mudar su despacho a la Residencia.
Alcé la vista de mi plato y ví que Perón cubría su cara con las manos. Un
silencio cayó sobre los comensales. Ninguno de los ministros encontró
algo que decir.
Por fin yo rompí el silencio: -¿Papaíto, qué pasa? ¿No hay apetito hoy?
Tomó mi mano y la apretó con fuerza. Y pude ver que sus ojos se
llenaban de lágrimas.
Más tarde, cuando pudimos hablar a solas, me dijo:
-Parece que no me quieren mucho...
-¿Qué importa que no lo quieran sus enemigos?, le contesté. ¿No me
tiene siempre a mí? Aunque todos lo abandonen, yo jamás lo dejaré.
Y luego añadí con un toque de desilusión en mi voz:
-Parece que mi cariño no significa gran cosa para Ud.
Perón me aseguró que sí: que yo era un gran aliciente para él en esos
momentos.
Había habido gran revuelo a raíz de que la quema de la Bandera de la
Patria y de los continuos choques con el clero. Se había llegado hasta
incendiar numerosas iglesias en Buenos Aires. Todo esto cargaba la
atmósfera de tensión y de incertidumbre.
Un día oí unos disparos cerca de la puerta principal de la Residencia.
Me dijeron que unos hombres habían pasado en un auto y habían
intentado matar al guardia.
Después de esto, la seguridad de la Residencia Presidencial fue
confiada a la Guardia de Granaderos, considerada una de las unidades
más fuertes y más leales del ejército.
Perón al principio, no se resignaba a convertir su casa en un cuartel,
pero el Servicio de Seguridad insistió. Con esto, la Residencia dejó de
ser un hogar.
Y se produjo la revolución del 16 de septiembre de 1955.
A las tres de la mañana desperté con el ruido de pasos apresurados.
Salté de la cama y salí a ver que sucedía. Encontré a Perón vestido,
preparándose para salir.
Ese día no almorzó en casa, pero fue a cenar. Él y sus ministros
hablaron todo el tiempo de cosas que yo apenas entendí.
A juzgar por sus semblantes, parecía que la situación no era buena,
pero tampoco desesperada. Perón se veía tranquilo, pero los ministros
estaban visiblemente preocupados.
Era evidente que estaban tratando de asuntos más serios que los de
costumbre. Y me levanté, silenciosamente, de la mesa.
Perón regresó al Ministerio de Guerra y no volvió a casa esa noche. Yo
dormí vestida, sobre la cama.
La residencia se convirtió de repente, en un puesto militar, rodeado de
tropas desde donde Perón en gran parte dirigía las operaciones.
Él y sus consejeros pasaron las noches en pie, estudiando los planes y
la estrategia destinados a aplastar la revolución que había estallado en
Córdoba, a 750 kilómetros de Buenos Aires.
Yo les enviaba continuamente café o "cognac" para levantarles el
espíritu.
Mientras se abría y cerraba la puerta, alcancé a oir algunos comentarios
que hacían entre ellos. Decían que era imposible llegar a Córdoba, ya
que los revolucionarios había tomado posiciones avanzadas a la
entrada de la ciudad.
No obstante, las tropas leales a Perón recibieron orden de avanzar y
lograron entrar en la ciudad.
Cuando empezaban las cosas a mostrarse favorables al gobierno,
recibimos la noticia de que unidades de la Marín, al mando de los
revolucionarios, se acercaban a Buenos Aires. Uno de los comunicados
decía que habían recibido armas del Uruguay.
Perón y sus ministros se indignaron. El capitán Alfredo Renner,
secretario particular de la Presidencia, cogió el teléfono, llamó a
Montevideo y advirtió al gobierno uruguayo que sería considerado
responsable si los buques de la Marina de Guerra argentina llegaban a
nuestras costas cargados de municiones.
(Perón, que desconfiaba de la Marina, había tomado sus precauciones y
desarmado a los buques de guerra).
Uno de los oficiales propuso hundir algunas naves a la entrada del
puerto de Buenos Aires para impedir la entrada de los buques rebeldes,
pero Perón se opuso diciendo que él no hundiría barcos por los cuales
había pagado tanto dinero.
Comencé a darme cuenta de que la situación se hacía grave.
El 19 de setiembre, a las 5.30 de la mañana, Perón se dirigió al
Ministerio de Guerra. Algunas horas más tarde volvió acompañado de
Renner, y corrió escaleras arriba. Yo me encontré con él en el último
peldaño.
-¡Andate a casa, inmediatamente!, me dijo. Más vale prevenir que tener
que lamentar...
Era casi una orden militar. Comprendí que el asunto no admitía
discusiones.
Le dije que me llevaría los perritos y él asintió.
Me besó y me fui, tal como había llegado, con sólo el vestido que
llevaba puesto.
No hubo ninguna indicación en su beso de que era la despedida final.
Creí que estaríamos juntos nuevamente en un par de días, tal como
había sucedido después del levantamiento sofocado en el mes de junio.
Pero fue la última vez que vi a Perón.
Cuando llegué a casa, prendí la radio y escuché los últimos
comunicados sobre la revuelta. Y escuché los últimos comunicados
sobre la revuelta. Y escuché que la Marina había presentado un
ultimátum diciendo que Buenos Aires sería bombardeado a menos que
se rindiera el gobierno.
Supe que todo había terminado. Y lloré amargamente. Sentí que el
mundo se derrumbaba...
CAPÍTULO 10: FINAL
Después que Perón huyó, dejándome en Buenos Aires, la vida se
convirtió para mí en una pesadilla.
Turbas antiperonistas se congregaban frente a mi casa,
insultándonos. En cierta ocasión comenzaron a gritar:
¡Hay que lincharla!
Un destacamento de policía tuvo que intervenir.
Mi vida corría peligro y yo estaba atemorizada.
El 27 de septiembre, una semana después de que el nuevo gobierno
había asumido el poder, tres policías del servicio secreto y dos
capitanes del ejército llamaron a mi puerta.
Mis padres habían salido a comprar otra casa con los 400 mil pesos
que Perón me había entregado poco antes de pedirme que me fuera.
La cómoda casita de mis padres era un regalo que Perón les había
hecho a fines de 1954. Ahora las muchedumbres amenazadoras nos
hacían imposible seguir viviendo allí.
Yo estaba en cama, enferma física y moralmente, a raíz de todo lo
que había sucedido. Mi tía, que me acompañaba, me preguntó si
debía o no dejar pasar a la policía.
-Déjalos entrar- repuse.
De otra manera echarán abajo la puerta.
Lo primero que hicieron fue preguntarme por todas las cosas que
Perón me había regalado: el Fiat, las pieles, la ropa, las alhajas y el
dinero que me diera al despedirnos.
Me sorprendió sobremanera que hubieran podido averiguar tantos
detalles en tan corto tiempo y llegué a la conclusión de que la
revolución debió haber tenido partidarios desde adentro.
Yo tenía las alhajas y el dinero guardados en un ropero. Los policías
se apoderaron de ellos y me preguntaron si las joyas habían
pertenecido a Eva Perón. Se refirieron a ella y a Perón en la forma
más irrespetuosa y llenaron de insultos una fotografía de Perón que
encontraron en la habitación.
-Estos son los perros del tirano- exclamó uno de ellos reconociendo a
"Monito" y a "Tinolita". ¿Por qué no los matan?
Me hicieron una serie de preguntas de naturaleza íntima. Yo me
mantuve en silencio.
Cuando regresó papá, lo trataron de degenerado por haberme
permitido vivir con Perón.
En el ropero, la policía había encontrado dos cartas. Parecían haber
sido escritas por Perón desde la cañonera Paraguay donde se había
refugiado. Me las había traído un joven que desapareció
inmediatamente después de entregármelas.
La policía me pidió que las identificara. Les dije que la firma era la de
Perón, pero que no podía asegurar que él fuera el autor de las cartas
porque no lo había visto escribirlas.
Una de las cartas escritas por Perón que menciona Nelly Rivas
El 18 de octubre fui llamada a comparecer ante un tribunal militar.
Estaba compuesto de ocho generales que estaban recopilando datos
para justificar la expulsión de Perón del Ejército.
Se reunía en la residencia presidencial, donde yo había vivido
momentos tan felices con Perón y donde ahora, de hecho una
prisionera, debía declarar en contra suya.
Les dije la verdad de mis relaciones con Perón. Ellos querían que les
hablara de su política, pero les contesté que no sabía nada de esos
asuntos.
Un teniente coronel, impaciente, sugirió que me llevaran presa. El
general von der Becke se opuso, diciendo que yo era sólo una
criatura. Y me permitieron que regresara a mi hogar.
Un día, en que mi madre había salido a hacer las compras, una
mujeres detuvieron su coche y le pidieron que les indicara una calle
que no conocían. Cuando mi madre se acercó al auto para
contestarles, la asieron bruscamente y le cortaron el cabello.
Esto colmó la medida. Vendimos algunas cosas para poder conseguir
diez mil pesos para alquilar un coche; cargamos algunas valijas y los
perritos y nos dirigimos hacia el norte en dirección al Chaco, cerca del
Paraguay, en donde se había refugiado Perón.
Nos arrestaron en Formosa, a cierta distancia de la frontera. Nos
detuvieron un corto tiempo y luego se nos ordenó regresar a Buenos
Aires.
En marzo fui obligada, nuevamente, a relatar mi historia a la Comisión
Investigadora de Actividades Peronistas.
El 7 de mayo, dos agentes se presentaron con una orden de arresto
firmada por el juez. Mi madre no quiso entregarme, pero se
comprometió a llevarme al día siguiente ante el Dr. Ernesto González
Bonorino, el juez que se ocupaba de mi caso.
El juez ordenó que fuera internada en un reformatorio, y me separaron
de mi madre. Esta, enloquecida, quiso lanzarse desde el tercer piso
de la Corte, pero una pariente se lo impidió.
Mi estada en la prisión (o "colegio") fue una pesadilla. Las frazadas,
mal lavadas, me aterrorizaban pensando en que podrían ser
portadoras de las enfermedades feas que tenían muchas de las
chicas.
Yo era una paloma comparada con ellas. Vivían obsedidas
sexualmente y sus costumbres escasamente superaban el nivel
animal.
-Vos estuviste enredada con Perón, así que no podrás salir de aquí
hasta que tengas veintidós años. Tenés dieciséis…me decían y yo me
horrorizaba.
Al cabo de un mes y medio, empecé a sufrir de una profunda
depresión nerviosa. Sentía que me estaba volviendo loca.
Luego, tuve un ataque de apendicitis. Creí morir y pedí que llamaran a
un sacerdote. Me confesé por primera vez en muchos años.
Mi estado siguió desmejorando. Había nuevas complicaciones
relacionadas con el hígado. Cinco exámenes médicos concluyeron
que si continuaba detenida, no respondían de que no tuviera ello
consecuencias fatales para mí. Así el 15 de noviembre de 1955,
después de casi siete meses en el "colegio", fui puesta en libertad y
operada inmediatamente.
El Dr. Juan Ovidio Zavala, miembro activo de la Unión Cívica Radical,
había sido uno de los jóvenes que pusieron una bomba en el Teatro
Colón mientras Perón se encontraba allí.
Se hizo cargo de nuestro caso, porque opinó que era su deber
defender los derechos de cualquier argentino, cualesquiera que fueran
sus ideas políticas.
Mantuvo que era ilegal detener a mis padres cuando ninguna de las
partes había presentado una denuncia contra Perón.
El estado argentino, procediendo con un juicio enteramente aparte, ha
acusado a Perón de haber mantenido relaciones ilícitas con una
menor. En estos momentos procura obtener su extradición de las
autoridades venezolanas, a fin de juzgarlo aquí en la Argentina.
Perón podría echar por tierra este cargo, solicitándome en matrimonio
y el juez no se opondría a esta solución. Estando bajo la tutela del
juez, no puedo abandonar la Argentina, pero el matrimonio podría
hacerse por poder. En este caso yo adquiriría el derecho de viajar al
extranjero.
Si llegara él a considerar esta propuesta, yo insistiría en que fuera
enteramente voluntaria, motivada por sus sentimientos hacía mí y no
porque se viera obligado a hacerla.
Es Perón quien deberá decidir. Confiando en Dios, yo aceptaré lo que
el destino me depare.