‘La casa encantada’, un relato de misterio para adolescentes y adultos
Una joven tuvo una noche un extraño sueño: caminaba por un inhóspito sendero que
ascendía por una colina y atravesaba un espeso bosque. Todo estaba en calma. Reinaba el
silencio. Al llegar a la cima de la colina, había una pequeña casa blanca, rodeada por un
hermoso jardín. Llena de curiosidad, la joven llamó a la puerta. Abrió un anciano que tenía
una larga barba blanca. Pero al comenzar a hablar, la joven se despertó, y no
pudo continuar el sueño.
Aquel sueño comenzó a perturbar a la joven. No podía dejar de pensar en él. Por si eso
fuera poco, durante las tres noches siguientes volvió a tener el mismo sueño. De nuevo se
veía andando por aquel sendero, una vez más se encontraba con la casa blanca y siempre,
siempre, se despertaba en el mismo instante, justo cuando empezaba a hablar con el anciano
de larga barba blanca.
Pocas semanas después, la joven se dirigía en coche a la casa de unos amigos que daban
una fiesta. Pero a mitad de camino reconoció el sendero de su sueño, así que detuvo el
coche y comenzó a subir por la empinada colina. Y allí estaba la casa blanca de sus sueños.
No lo dudó y llamó a la puerta. Y sí, abrió el anciano de la barba blanca. Ella aprovechó
para preguntar:
– Dígame, anciano, ¿se vende esta casa?
– Sí-contestó él- Pero no le recomiendo que la compre…
– ¿Por qué?- se extrañó ella.
– Porque en esta casa habita un fantasma.
– ¿Un fantasma? ¿De quién?
– El suyo.
Y el anciano cerró con suavidad la puerta.
El espejo chino
"Había una vez un campesino chino, el cual iba a ir a la ciudad a vender
la cosecha de arroz en la que él y su esposa habían estado trabajando.
Su mujer le pidió que, aprovechando el viaje, no se olvidase de traerle un
peine.
El hombre llegó a la ciudad y una vez allí vendió la cosecha. Tras
hacerlo, se encontró y reunió con varios compañeros y se pusieron a
beber y a celebrar lo conseguido. Después de ello, y aún un poco
desorientado, el campesino recordó que su esposa le había pedido que
le trajera algo. Sin embargo no recordaba el qué, con lo que acudió a
una tienda y compró el producto que más le llamó la atención. Se
trataba de un espejo, con el cual regresó a su hogar. Tras dárselo a su
esposa, se marchó de nuevo a trabajar en el campo.
La joven esposa se miró en el espejo, y repentinamente empezó a
llorar. La madre de esta le preguntó el por qué de tal reacción, a lo que
su hija le pasó el espejo y le respondió que la causa de sus lágrimas era
que su marido había traído consigo otra mujer, joven y hermosa. La
madre de esta miró también el espejo, y tras hacerlo le respondió a su
hija que no tenía de qué preocuparse, dado que se trataba de una vieja".
. El sabio y el escorpión
"Había una vez un sabio monje que paseaba junto a su discípulo en las
orilla de un río. Durante su caminar, vio como un escorpión había
caído al agua y se estaba ahogando, y tomó la decisión de salvarlo
sacándolo del agua. Pero una vez en su mano, el animal le picó.
El dolor hizo que el monje soltara al escorpión, que volvió a caer al agua.
El sabio volvió a intentar sacarlo, pero de nuevo el animal le picó
provocando que le dejara caer. Ello ocurrió una tercera vez. El discípulo
del monje, preocupado, le preguntó por qué continuaba haciéndolo si el
animal siempre le picaba.
El monje, sonriendo, le respondió que la naturaleza del escorpión es la
de picar, mientras que la de él no era otra que la de ayudar. Dicho esto el
monje tomó una hoja y, con su ayuda, consiguió sacar al escorpión del
agua y salvarlo sin sufrir su picadura".
Otro cuento procedente de la India, en esta ocasión nos explica que no
debemos luchar contra nuestra naturaleza por mucho que otros nos
dañan. Hay que tomar precauciones, pero no debemos dejar de ser
quienes somos ni actuar en contra de lo que somos.
El hombre, el niño y el burro
Un hombre y su hijo se dirigían al mercado en compañía de un burro que tenían
en venta. En el camino se encontraron con un campesino que les dijo:
—Amigos, ¿por qué caminan si tienen un burro que pueden montar?
Entonces, el hombre montó al niño en el burro y siguieron su rumbo. Pero pronto
pasaron junto a un grupo de hombres y uno de ellos dijo:
—Miren a ese niño tan perezoso, deja que su padre camine mientras él monta el
burro.
Al escucharlo, el hombre bajó al niño y se montó en el burro. No iban muy lejos
cuando pasaron junto a dos mujeres; una de ellas le dijo a la otra:
—Mira a ese hombre tan egoísta, deja que su hijo camine mientras él monta el
burro.
Abrumado por los comentarios, el hombre pidió nuevamente a su hijo que se
subiera en el burro y ambos continuaron el viaje montados en el lomo del animal.
No tardaron en llegar al pueblo y los transeúntes comenzaron a reírse y
señalarlos. El hombre se detuvo para preguntarles de qué se burlaban, los
transeúntes respondieron:
—¿No les da vergüenza ponerle tanto peso a un pobre burro?
El hombre y el niño se bajaron del burro para pensar qué hacer. Pensaron y
pensaron, hasta que finalmente cortaron un palo y ataron las patas del burro a él.
Cada uno, sujetando un extremo del palo, levantaron el burro hasta los hombros.
Continuaron el camino en medio de la risa de todos hasta que llegaron al puente
que los separaba del mercado.
En ese momento, el burro desató una de sus patas y le dio una patada al niño,
haciéndolo soltar su extremo del palo. En la lucha, el burro voló sobre el puente y
fue a dar al fondo del río.
—Eso les enseñará —dijo un anciano que los había seguido.
Y les dejó la siguiente moraleja: