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Reseña Descriptiva

Este cuento de Juan Rulfo narra la historia de un padre que carga a su hijo herido en su espalda para llevarlo al pueblo vecino en busca de ayuda médica. A lo largo del camino, el padre se queja del hijo por sus malas acciones pasadas y su desobediencia, mientras que el hijo se debilita cada vez más. Finalmente, el padre logra llegar al pueblo, sólo para darse cuenta de que el hijo ya ha muerto.

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Reseña Descriptiva

Este cuento de Juan Rulfo narra la historia de un padre que carga a su hijo herido en su espalda para llevarlo al pueblo vecino en busca de ayuda médica. A lo largo del camino, el padre se queja del hijo por sus malas acciones pasadas y su desobediencia, mientras que el hijo se debilita cada vez más. Finalmente, el padre logra llegar al pueblo, sólo para darse cuenta de que el hijo ya ha muerto.

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1

NO OYES LADRAR A LOS PERROS


(reseña descriptiva)

No oyes ladrar a los perros es un pequeño cuento el cual es escrito por el autor
mexicano juan Rulfo, el cual se encuentra incluido en la publicación el llano en
llamas, libro que salió por primera vez a la luz en 1953, gracias al trabajo de la
casa editorial fondo de cultura económica, y que constituye una de las dos
obras de este máximo representante de la literatura latinoamericana y del
realismo y al que le bastaron solo dos obras para convertirse en un clásico
(Llano en llamas y Pedro Paramo) y un referente cultural de esta región.

Este cuento trata de un padre que carga sobre sus espaldas a su hijo herido
(para eso en el cuento el hijo fue herido gravemente por sus enemigos y el
padre tiene la obligación de ayudarlo por una promesa que hicieron ante su
esposa y madre del hijo) su esperanza es llegar al pueblo vecino donde espera
recibir ayuda para que lo curen. El protagonista en la obra es el padre quien
reclama constantemente que le ayude a encontrar el pueblo de Tonaya ya sea
por sus luces o por los ladridos de los perros.

Lo especial en esta obra y por lo que se caracteriza, es en la lección de la vida,


es la representación del sufrimiento que muchos padres deberán llevar sobre
sus espaldas por causa de los errores de sus propios hijos. En este cuento
confirma la calidad de escritor de Juan Rulfo, quien demuestra que con la
sencillez de la narrativa no se necesitan muchas palabras, ni muchos
personajes, para hacer llegar un mensaje impactante.
2

Juan Rulfo
(México, 1918-1986)

No oyes ladrar a los perros


(El Llano en llamas, 1953)

—TÚ QUE VAS allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal
de algo o si ves alguna luz en alguna parte.
—No se ve nada.
—Ya debemos estar cerca.
—Sí, pero no se oye nada.
—Mira bien.
—No se ve nada.
—Pobre de ti, Ignacio.
La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de
arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo
según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra,
tambaleante.
La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada
redonda.
—Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas
las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate
que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué
horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio.
—Sí, pero no veo rastro de nada.
—Me estoy cansando.
—Bájame.
El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se
recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le
doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera
podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le
habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde
entonces.
—¿Cómo te sientes?
—Mal.
3

Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En


ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su
hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le
encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que
traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si
fuera una sonaja. Él apretaba los dientes para no morderse la lengua
y cuando acababa aquello le preguntaba:
—¿Te duele mucho?
—Algo —contestaba él.
Primero le había dicho: "Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú
solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco." Se lo
había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí
estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les
llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra
sobre la tierra.
—No veo ya por dónde voy —decía él.
Pero nadie le contestaba.
E1 otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara
descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo.
—¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.
Y el otro se quedaba callado.
Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se
enderezaba para volver a tropezar de nuevo.
—Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro
estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se
oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres
decirme qué ves, tú que vas allá arriba, Ignacio?
—Bájame, padre.
—¿Te sientes mal?
—Sí
—Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te
cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído
cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que
acaben contigo quienes sean.
Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a
enderezarse.
—Te llevaré a Tonaya.
—Bájame.
Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:
—Quiero acostarme un rato.
4

—Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.


La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del
viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no
mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre
las manos de su hijo.
—Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su
difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me
reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y
no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy
haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando
porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras
mortificaciones, puras vergüenzas.
Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y
sobre el sudor seco, volvía a sudar.
—Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le
alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en
cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me
importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de
usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya no es mi hijo. He
maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me
tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la
sangre que yo le di!” Lo dije desde que supe que usted andaba
trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente... Y
gente buena. Y si no, allí esta mi compadre Tranquilino. El que lo
bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala
suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: “Ese no puede
ser mi hijo.”
—Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo
desde allá arriba, porque yo me siento sordo.
—No veo nada.
—Peor para ti, Ignacio.
—Tengo sed.
—¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es
muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al
menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír.
—Dame agua.
—Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y
aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a
subirte otra vez y yo solo no puedo.
5

—Tengo mucha sed y mucho sueño.


—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces.
Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu
madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No
tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo
se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero así fue. Tu madre,
que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando
tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo
que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella
estuviera viva a estas alturas.
Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó
de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de
un lado para otro. Y le pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía
como si sollozara.
Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de
lágrimas.
—¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su
madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó
siempre mal. Parece que en lugar de cariño, le hubiéramos retacado
el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con
sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos
bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién darle nuestra
lástima”. ¿Pero usted, Ignacio?

Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna.
Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que
las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer
tejaván, se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo,
como si lo hubieran descoyuntado.
Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido
sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas
partes ladraban los perros.
—¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera
con esta esperanza.

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