DIVORCIO
Hemos dejado sentado en nuestro sint�tico estudio precedente que las bases
racionales del matrimonio, atendiendo la dualidad psicof�sica del ser humano, son
dos: el instinto de reproducci�n, depurado de la ciega animalidad, ennoblecido,
electivo i personificado, con miras a la selecci�n de la raza, i la necesidad
individual de una inteligencia comprensiva, de una asistencia sol�cita, i de una
afectividad dulce, que embellezca las horas de la existencia en la sociedad
conyugal.
Si tales son los fines del matrimonio, es consecuencia l�gica que su condici�n
primordial sea la libre voluntad de los contrayentes, i habi�ndolo reconocido as�
desde la remota antiguedad, se exigi� el consentimiento de los c�nyuges, mas luego
los legisladores sometiendo la mujer al dominio absoluto del hombre, incurrieron en
grave falta de l�gica, pues si para una sociedad de dos es requisito ineludible el
consentimiento de ambos, se reconoce impl�citamente la dignidad, libertad,
capacidad e igualdad de cada uno, i no cabe por lo tanto subordinaci�n de una de
ellas.
Pero no fundamentando las legislaciones los principios filos�ficos, sino la fuerza,
siendo el hombre el m�s fuerte, se hizo jefe desp�tico en el matrimonio, i aunque
la evoluci�n social ha ido atenuando el rigor del dominio, aun en muchos c�digos i
en el nuestro, la mujer permanece sometida a la autoridad del marido, despojada de
la capacidad jur�dica de que goza de soltera, queda considerada en la condici�n de
los menores, los locos i los fatuos... Debe obediencia al esposo, habitat donde �l
tenga por conveniente, entregarle la administraci�n de sus bienes, i soportar que
disponga de los gananciales aun cuando ella contribuya a su adquisici�n con su
esforzado trabajo, como ocurre a menudo. En cambio, la mujer no puede ejecutar
ning�n acto civil, no tiene facultad para vender sus propios bienes, ni aun para
comprar otros, sin el consentimiento del marido. Le debe eterna fidelidad i en caso
de infracci�n, el marido puede matarla autorizado por la lei que le absuelve; pero
ella est� obligada a soportar las infidelidades diarias, el maltrato i hasta los
golpes, sin apartarse jam�s del hogar conyugal, pues en caso de hacerlo el marido
puede pedir el dep�sito de la mujer, i �sta someterse a tan depresiva condici�n o
perder el derecho a la pensi�n alimenticia.
Antiguamente que la mujer vegetaba en la ingnorancia i la inacci�n, que su papel se
desarrollaba en la tranquilidad del hogar, siendo su ideal la obediencia al marido,
la resignaci�n a los sufrimientos i el amor a los hijos, tal estado de cosas pod�a
subsistir sin grandes trastornos individuales i sociales. Mas hoi que la mujer
cultiva su inteligencia, lucha por la vida, trabaja eficientemente, produce, forma
su car�cter en el esfuerzo, se nutre de principios cient�ficos, libera su
conciencia, se dignifica, refina i ennoblece sus sentimientos, ama i vive la
libertad por las nuevas modalidades que inpone la vida moderna, la organizaci�n
actual del matrimonio, resulta anacr�nica, absurda, perjudicial, fuente de graves
conflictos dom�sticos que proyectan funestas consecuencias a la moral social.
I no s�lo desde el punto de vista de la evoluci�n femenina, tambi�n por parte del
hombre, vemos que sus pasiones se elevan, que su ideal de esposa implica complejas
i nobles actividades, encontrando insuperables obst�culos a la realizaci�n de sus
aspiraciones en las seculares leyes de la sociedad conyugal.
Por tales causas vemos que los matrimonios desgraciados aumentan en la vida
contempor�nea, tanto por culpa de las mujeres como de los hombres; unas veces por
defectos i vicios, por deficiencias de educaci�n, otras por efecto de la misma
condici�n humana, que no tienen en cuenta las leyes, debiendo ser la base
fundamental de la legislaci�n.
La m�s ligera mirada observadora a la vida del hogar, nos hace ver mil conflictos
desastrosos en los matrimonios: aqu� es la esposa vana, fr�vola exigente, que lucha
por tener siempre en el hombre un rendido servidor que se sacrifique por satisfacer
sus caprichos, que renuncie a su personalidad por complacerla, mientras ella en el
fan�tico culto de la egolatr�a, no se cuida de la salud, de la educaci�n, ni de la
vida de los hijos: todo marcha en desorden; la vanidad i el despilfarro hacen
escasa la renta mas ingente i desmiembra el capital produciendo una angustiosa
situaci�n econ�mica al esposo, que se encuentra defraudado en sus mas leg�timas
ilusiones de felicidad, completamente decepcionado, en tenebrosa soledad moral,
explotado ego�stamente i sacrificado a la estolidez i frivolismo de su consorte.
En otras casas, es por el contrario el hombre la causa de la desgracia de la mujer:
despojado del barniz de educaci�n en la confianza familiar, mu�strase brusco,
grosero, imperioso; pretende hacer de la mujer s�lo un objeto de placer i una
esclava humilde; menospr�ciala hast�ase de ella, derrocha en degradante libertinaje
el dinero que deb�a emplear en el bienestar de la familia...
I aun cuando no sea por graves defectos morales i vicios oprobiosos, basta la
incompatibilidad de los caracteres, por nobles que sean las personas, para producir
graves desaveniencias en el matrimonio, destruyendo la armon�a i solidaridad.
I el hogar en que por cualquier causa las relaciones de los c�nyuges se
desenvuelven en la indiferencia, la frialdad, el desprecio, las discordias, mas o
menos violentas, presenta un medio sumamente inmoral a los hijos, quienes testigos
de la divisi�n de los padres tienen que adherirse a uno de ellos, sustituyendo su
respeto i ternura filial hacia el otro por el resentimiento i la amargura, que en
la tierna edad generan funestos efectos en la formaci�n del car�cter.
Por otra parte, la uni�n de los seres que no se estiman ni aman es inmoral, es una
prostituci�n legalizada, pero deprimente para los c�nyuges i perjudicial para la
generaci�n.
Las gentes vulgares pueden resignarse por materiales conveniencias, a continuar un
matrimonio sin amor; mas las mentalidades selectas que enso�aron una ternura
exquisita i espont�nea en la amplia libertad, no pueden resignarse a la fidelidad
obligada, a la mera funci�n biol�gica, a las ego�stas conveniencias sociales....
No; su altivez i dignidad protestan imponi�ndole la separaci�n cuando el amor se
extingue i el matrimonio se convierte en una esclavitud odiosa.
Aun cuando el afecto i fidelidad perdure en uno de los dos, ese es, precisamente,
el mas interesado, por delicadeza i respeto a la libertad, en no aceptar el
sacrificio del ser amado.
Contemplando estos altos principios de moral es que los pa�ses mas adelantados han
establecido el divorcio, que en tal caso es garant�a de moralidad, no fuente de
corrupci�n como pretenden sus detractores.
Cuando no existe el amor verdadero entre los c�nyuges, i la felicidad del bien
amado no constituye el ideal de la vida, la fidelidad es expugnable, no son
suficientes a guardarla el austero deber ni los respetos sociales: la necesidad de
amar mu�strase generalmente mas imperiosa en los c�nyuges defraudados, i el
adulterio es inminente. La afrenta, la venganza, los hijos sin honor ni derecho al
pan de los padres, abandonados a los azares i miserias de la vida, estigmatizados
por la sociedad, son el corolario fatal de la indisolubilidad del matrimonio.
El moralista m�s austero, el mas ardiente fan�tico del matrimonio indisoluble, no
pueden dejar de confesar que la monogamia, el amor �nico, no es sino una de las
tantas mentiras convencionales de la civilizaci�n, i que el hombre, sobre las leyes
i la moral mon�gama, ha sido siempre i es pol�gamo, que los pocos casos de
monogamia son debidos no a la imposici�n de las leyes, sino a los grandes i
verdaderos amores i al temperamento casto de algunos.
El divorcio, pues, no va a aumentar o proteger la sensualidad humana; va a librar a
los c�nyuges que no se aman de una esclavitud dolorosa i degradante, para que en
lugar de incurrir en adulterio, puedan contraer matrimonio con la persona con quien
crean ser felices, garantizando los derechos de los hijos anteriores, i haciendo
nacer los de la nueva uni�n con honradez, en condiciones de llevar una vida digna,
�til i, feliz.
Adem�s, la indisolubilidad del matrimonio es causa de que el hombre apenas se casa,
olvide toda cortes�a hacia la esposa, consider�ndola como una propiedad suya que
solo la muerte puede quitarle, i cuando no se convierte expl�citamente en el amo
duro, exigente i desp�tico, porque su educaci�n i nobles sentimientos se lo
impidan, sufre siempre, aun sea inconscientemente, los efectos de este criterio
disminuyendo su propia dicha, porque desaparece el deseo de agradar para obtener la
correspondencia, i excluye del trato la dulzura i delicadeza que poetizan el amor i
embellecen la vida; modalidad factible de perpetuarse cuando la mujer no sea
propiedad del hombre, cuando pueda romper el matrimonio con la facilidad que el
noviazgo, pues entonces el hombre para merecer la ternura de la esposa i retenerla
a su lado, la rodeara de las exquisitas atenciones i afectuosa estimaci�n que hoi,
a pesar suyo, olvida por el secular concepto de propiedad. Teniendo que pasar algo
parecido respecto de la mujer con el hombre.
Creo, pues, que la facilidad del divorcio ennoblecer� las relaciones sexuales de
los c�nyuges, resguardando la dignidad de cada uno i produciendo una mayor
moralidad i finura en las costumbres para conservar la uni�n feliz por el verdadero
amor, la estimaci�n i los m�ritos personales.
El concepto de que no es la lei la que obliga a la fidelidad sino el afecto
rec�proco, har� que el principal objetivo de la vida �ntima de los seres cultos, de
refinados sentimientos, sea inspirar i conservar un verdadero amor, aliment�ndolo
con la ternura constante i las solicitudes delicadas, que matizan de belleza i
poes�a la mon�tona existencia, obligando al ser amado a la gratitud i la
correspondencia en medio de la mas �mplia libertad.
La apasionada oposici�n que los cat�licos i el clero, hacen al divorcio, fund�ndose
en la indisolubilidad del matrimonio, no tiene defensa hist�rica ni dogm�tica, pues
en el pueblo jud�o existi� siempre el divorcio, i Jes�s lo radific�, seg�n el
vers�culo 15 del cap�tulo 7 del libro de los Corintios, que dice: "Pero si el
infiel se aparta, ap�rtese: no es el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en
semejante caso". Declarada la disolubilidad del matrimonio en caso de infidelidad,
nada mas l�gico en la superior cultura actual, que devolver a los c�nyuges la
libertad cuando lealmente la solicitan, antes que mancharse con el perjurio i la
traici�n, o seguir la farsa de un amor que ya no sienten.
La iglesia cat�lica tambien ha disuelto siempre el matrimonio permitiendo nuevo
casamiento; la �nica diferencia es que la disoluci�n civil se llama divorcio i la
cat�lica nulidad; que el divorcio civil es accesible a los c�nyuges de la mas
modesta condici�n econ�mica, mientras la nulidad religiosa s�lo pueden alcanzarla
los ricos con grandes donativos para el Tesoro de San Pedro.
Bas�ndose la uni�n en el consentimiento libre de los contrayentes, opino que debe
bastar la voluntad de uno solo de los c�nyuges, para que haya causa de divorcio,
pues haci�ndolo depender de la de ambos, por esp�ritu de hostilidad i venganza uno
puede oponerse, haciendo ineficaz la lei. Lo que si juzgo prudente, es que no se
declare el divorcio hasta despues de cierto tiempo de la demanda i de la
separaci�n, para que en dicho plazo los interesados reflexionen i serenadas sus
pasiones, se retracten o rectifique en su solicitud. Ellen Key, fija este plazo en
un a�o, i el Congreso Internacional Femenino reunido en Par�s en 1900, aprob� un
proyeeto que concede el divorcio a solicitud de uno solo de los c�nyuges, a
condici�n de que insista tres a�os seguidos.
Siendo el divorcio una imperiosa necesidad, que implica problemas tan importantes
como los de la felicidad i libertad individual, los de la moral privada i p�blica,
i los de la selecci�n de la raza, creemos que la pr�xima legislatura aprobara la
lei que ha sido ya sancionada en la c�mara de senadores.
I no se alarmen las conciencias timoratas; piensen con Max Nordau: "El divorcio
hara del adulterio un crimen abominable, que s�lo ser� cometido por las naturalezas
m�s corrompidas i vulgares", i con Ellen Key: "El verdadero v�nculo no radica en la
lei, ni en el deber, ni en teor�as sociales o dogm�ticas, sino en la misteriosa
simpat�a que enlaza a los dos seres que viven reunidos, fundi�ndolos en uno solo"