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Depresión Infantil por Violencia Familiar

La violencia intrafamiliar, especialmente cuando se expone a niños menores de 10 años, puede causar depresión y afectar su desarrollo social. Los niños que son testigos o víctimas de violencia doméstica tienen más probabilidades de desarrollar problemas emocionales como depresión, baja autoestima y trastorno de estrés postraumático. También pueden exhibir conductas disruptivas o antisociales que afectan su rendimiento escolar. La exposición a la violencia en el hogar durante la niñez aumenta el riesgo de
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Depresión Infantil por Violencia Familiar

La violencia intrafamiliar, especialmente cuando se expone a niños menores de 10 años, puede causar depresión y afectar su desarrollo social. Los niños que son testigos o víctimas de violencia doméstica tienen más probabilidades de desarrollar problemas emocionales como depresión, baja autoestima y trastorno de estrés postraumático. También pueden exhibir conductas disruptivas o antisociales que afectan su rendimiento escolar. La exposición a la violencia en el hogar durante la niñez aumenta el riesgo de
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Licenciatura en Trabajo Social

Tema:

Depresión y Violencia Intrafamiliar

Título:

Depresión en Niños Menores de 10 Años por Violencia


Intrafamiliar Afectando Su Desarrollo Social

Luisa María Talavera Mora


7to “A” T/M
Materia: Seminario de Investigación I
Mtro. Cesar Augusto Luna Alonzo

Lunes, 16 de mayo de 2022


Planteamiento del problema

a) Enunciado o descripción del problema

La violencia familiar se conoce también como violencia doméstica o intrafamiliar y


comprende varias formas con las que una persona dentro de una relación familiar
le causa daño a otra. Wallace (2005) la define como “cualquier acto u omisión
ejecutado por personas que cohabitan y que causa heridas a otro miembro de la
familia” (Citado en Frías y Gaxiola, 2008b, p. 237). Incluye el maltrato infantil y las
agresiones entre los miembros de la pareja sexual. Comprende el maltrato hacia
los niños –conocido también como abuso infantil–, el maltrato hacia la pareja, el
abuso entre hermanos y el maltrato hacia las personas mayores.

Esta violencia es definida por la Organización Mundial de la Salud (2003)


como “todo acto de violencia que tiene como resultado posible o real un daño
físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación
arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la vida privada”
(Citado en Frías, Fraijo y Cuamba, 2008a, p. 3). Abarca, sin carácter limitativo, la
violencia física, sexual y psicológica en la familia y ésta puede dirigirse hacia la
pareja, los ancianos o los niños.

Este tipo de violencia es generada por raíces socioculturales, por una


condición ancestral de aprendizaje en la resolución de conflicto y por las
características psicosociales de los individuos (Carrasco, 2012, p. 20). Cualquier
miembro de la familia, independientemente de su raza, sexo y edad, puede ser
agente o víctima de la relación abusiva. Sin embargo, las cifras estadísticas son
elocuentes: es el adulto masculino quien con más frecuencia utiliza las distintas
formas de abuso y son las mujeres y los niños las víctimas más comunes de este
abuso (Aguilera, Pérez y Ortiz, 2008, p. 27).

La victimización en los menores en casa incluye tanto el maltrato recibido


directamente como la exposición a la violencia entre sus padres (Kalil & Harris,
2003; Merrill, Tomsen, Crouch, May, Gold & Milner, 2005). Desde la perspectiva
de un niño, el maltrato recibido de sus padres o cuidadores constituye un tipo de
violencia directa, mientras que el ser testigo de la violencia entre sus padres
conforma un tipo de violencia indirecta (Davies, DiLillo & Martínez, 2004; Margolin
& Gordis, 2000., Citados en Frías et al., 2008b, p. 237).

El problema de esta violencia o también llamada violencia doméstica, como


se le conoce comúnmente, no distingue esferas sociales, edad, sexo, etc., y sus
efectos se reflejan mediante diferentes modalidades, ejercidas en el seno del
hogar; y que repercuten en toda la sociedad. Deja secuelas psicológicas y físicas
a todas aquellas personas que han sufrido la agresión, enferma a las víctimas,
como a los demás miembros de la misma familia, hasta llegar a la sociedad de la
cual todos formamos parte; y de allí se derivan algunos motivos de los múltiples
problemas que tenemos, como por ejemplo niños de la calle, prostitución, bajo
rendimiento escolar, entre otros (Carrasco, 2012, p. 16).

Esta violencia produce problemas de ajuste conductual, social y emocional,


que se traducen en conducta antisocial en general, depresión y ansiedad y
problemas en la escuela. Los problemas de ajuste conductual y social se
manifiestan en diferentes esferas –consumo de drogas, orientación académica y
conducta criminal (McGee & Newcomb, 1992)–, en diferentes contextos –la casa,
la escuela, la comunidad– y en diferentes magnitudes que van desde expresiones
leves a las más serias (Resnicow, Ross-Gaddy & Vaughan, 1995., Citados en
Frías et al., 2008b, p. 238).

Las evidencias de violencia frente al menor de edad han surgido tanto en el


núcleo familiar como alrededor en la sociedad. Las conductas descritas son el
maltrato físico y mental, abandono, explotación sexual o abuso, desnutrición,
acoso, abuso laboral, matoneo, lesiones personales, homicidios y tortura, entre
otras conductas tipificadas en el Código Penal y el Código de Infancia y
Adolescencia (Amézquita y Germán, 2014, p. 65).

A lo largo de su vida, los niños se ven expuestos a diferentes tipos de


violencia, proveniente esta de ámbitos tanto intra como extrafamiliares (Piedrahita
et al, 2007; Finkelhor et al, 2007). Si bien la familia debiera constituirse como un
garante de seguridad, apoyo y afecto, es considerado uno de los grupos sociales
en dónde ocurren más comportamientos violentos (Patró & Limiñana, 2005); en
efecto, la posibilidad de que un individuo reciba violencia por parte de otro
integrante de su propia familia es ochenta veces mayor que la de recibir violencia
por parte de un extraño (Montt, 2012). En relación a lo anterior es que la violencia
familiar se constituye como una de las principales formas de vulneración de los
derechos humanos, y por tanto también de los derechos infantiles (UNICEF,
2006., Citados en Baader, 2014, p. 11).

Los niños que son victimizados presentan un mayor riesgo de desarrollar


síntomas psicopatológicos y depresión (Putnam, 2003) y se comportan de manera
agresiva (Baldry, 2007). Los niños continuamente maltratados tienen más riesgo
de desarrollar problemas emocionales a nivel clínico; sin embargo, los que reciben
maltrato transitorio desarrollan problemas emocionales como la ansiedad y la
depresión (Éthier, Lemelin & Lacharité, 2004., Citados en Frías et al., 2008b, p.
238).

En esta violencia se producen secuelas a corto y a largo plazo en los


menores que son víctimas, entre las que se encuentran problemas en el
aprovechamiento y en la conducta escolar (Dodge, Pettit, Bates, & Valente, 1996;
Shonk & Ciccheti, 2001; Sternberg, Baradaran, Abbott, Lamb, & Guterman, 2006).

La experiencia de abuso en la niñez incrementa el riesgo para el daño


social y psicológico (Margolin & Gordis, 2000). Los niños que han sido abusados
se encuentran en grave riesgo de sufrir problemas de ajuste emocional como
depresión y ansiedad (Johnson et al., 2002., Citados en Frías et al., 2008a, p. 4)

Los niños y niñas pueden ser afectados de diferentes formas: ya sea viendo
u oyendo los episodios directamente, enterándose por hermanos o hermanas, a
través de las consecuencias que trae a su cotidianeidad el contacto con la madre
maltratada, a través del contacto con el padre agresor o finalmente por la
percepción de un clima de miedo y abuso (Holden, 2003., Citado en Lizana, 2014,
p. 9).
Los niños que viven en un ambiente de continua violencia intrafamiliar
tienden a normativizar el ambiente abusivo de la casa, y eso les proporciona un
medio para establecer un estado funcional de equilibrio en un ambiente poco
fiable. La mayoría de niños estaba de acuerdo en que la habilidad de tolerar a un
padre abusivo estaba relacionado a la forma de ver la violencia como una manera
cotidiana de vivir (Amar, Kotliarenko y Abello, 2003, p.172).

El ser testigo de la violencia entre los padres se asocia a la depresión, baja


autoestima y desorden postraumático en los niños, aún después de controlar el
abuso directo (Davies et al., 2004). Los niños maltratados manifiestan su
comportamiento externo como conducta disruptiva o antisocial. Estos suelen ser
niños que por lo general manifiestan bajo rendimiento académico, ausentismo,
falta de autocontrol, conducta antisocial y quieren llamar la atención de sus
compañeros y maestros en sus escuelas (Badia-Martín, 2005). La conducta
antisocial se manifiesta con agresiones físicas, insultos, extorsión, vandalismo e
intimidación, entre otros (Luiselli, Putnam, Handler, & Feinberg, 2005., Citados en
Frías, et al., 2008a, p. 5).

Se estima que estos niños y niñas presentan entre dos y cuatro veces más
probabilidades de exhibir problemas de conducta clínicamente significativos
(Cummings y Davies, 1994; Martinez-Torteya et al, 2009). A este respecto algunos
estudios muestran que estas conductas, llamadas “externalizadas” (conductas
antisociales y agresivas) están muy presentes en los niños y niñas que han
padecido esta violencia (Evans et al. 2008; Wolfe et al. 2003; Kernic, et al. 2003.,
Citados en Lizana, 2014, p. 15).

El niño es uno de los que más sufre de los distintos tipos de violencia y
abusos, es decir, el niño es un elemento formado en la estructura social, y a su
vez, la estructura social modela a la familia y al propio niño.

Los factores de riesgo son aquellas condiciones del niño, su familia u otros
grupos sociales, en el que se desenvuelve, así como el entorno macrosocial y en
su conjunto, que influye en el fenómeno, aumentando la probabilidad de su
recurrencia, favoreciendo la participación del maltrato y por lo cual, debemos
considerar maltrato infantil a toda acción u omisión que provoca que un trastorno
en el desarrollo psicofísico, emocional y social del niño. (Aguilera, et al., 2008, p.
30-31).

Las consecuencias de la violencia intrafamiliar indistintamente del tipo


específico de la misma, han encontrado que estos niños pueden presentar
dificultades para identificar emociones tanto en sí mismos como en los demás,
junto a dificultades para comprender roles sociales complejos (Pollak, Cicchetti,
Hornung & Redd, 2000, en Margolin, 2005). A su vez, estos niños pueden
presentar dificultades para resolver conflictos, reforzando esto el aislamiento social
por parte de los mismos (Crittenden & Ainsworth, 1989, en Sternberg et al, 2006;
González, 2013., Citados en Baader, 2014, p. 27).

Dentro de las expresiones y consecuencias del dolor que viven, los


menores pueden empezar a presentar algunos signos vinculados a síntomas
depresivos (Olaya et al., 2010; Edleson, 1997; Osofsky, 1999; Johnson, et al.
2002; Carlson, 2000). Muestran una sensación de tristeza y desamparo, una
pérdida de interés en las actividades cotidianas o aquellas que antes les daba
placer. En general se ven abatidos, sin energía, con ganas de dormir e incluso
lentificados q la hora de hablar o moverse (Ballonga et al. 2008; Silveria et al,
1995).

Algunos de estos pequeños y pequeñas pueden haber tenido ideaciones


suicidas o incluso intentos, que en algunos estudios apetecen con porcentajes
altos en comparación con el resto de la población (Adams, 2006; Dube et al,
2001). También pueden presentar todos los síntomas de un cuadro depresivos,
pero en un grado leve, lo que ha llamado distimia, y que puede perdurar durante
un largo tiempo (Olaya et al, 2010., Citados en Lizana, 2014, p. 18).

Las vivencias de las situaciones de violencia a que están sometidos estos


niños y niñas con frecuencia les provocan un sentimiento de vergüenza (sentirse
distintos) ante los demás, que puede derivar en un alejamiento del contacto social
(Laing,2000). Por otro lado, también pueden rehusar el contacto por miedo a que
les dañen o por falta de confianza en el vínculo con otras personas (Cicchetti y
Toth, 1995; Coyne et al. 2000). Todo esto con frecuencia implica tener menos
participación en actividades sociales de cualquier tipo. Llevado al extremo,
aparecen casos con presencia de fobia social, inhibición relacional o aversión al
contacto físico (Wolfe et al, 1986., Citados en Lizana, 2014, p. 16).

La exposición de los niños a violencia intrafamiliar aumenta las


posibilidades de que éstos presenten dificultades en su desarrollo psicológico, es
importante destacar que tanto en el caso del maltrato infantil, como de la
exposición a violencia en la pareja y otros tipos de violencia intrafamiliar, dichas
dificultades no son iguales para todos los niños; es posible observar una gran
heterogeneidad respecto de los tipos específicos de dificultades que estos niños
pueden presentar (McCloskey et al, 1995; Kitzmann et al, 2003; Lizana, 2012;
González, 2013; Cicchetti, 2013., Citados en Baader, 2014, p. 28).

b) Pregunta de investigación

¿De que manera impacta la violencia intrafamiliar en niños menores de 10 años en


depresión, afectando su desarrollo social?

Justificación

Los países latinoamericanos han efectuado numerosos estudios sobre la violencia


intrafamiliar y han centrado sus esfuerzos “en la atención a las víctimas, que son
en su gran mayoría mujeres, niños y niñas, además de las consecuencias
producidas en el ámbito físico, sexual y psicológico de esos grupos poblacionales”
(Amézquita, et al., 2014, p. 59).

La violencia y el maltrato dentro de la familia no es un fenómeno aislado,


como durante tanto tiempo nos empeñamos en creer. Diversos estudios
estadísticos desafían nuestra incredulidad: alrededor del 50% de las familias sufre
o ha sufrido alguna de las formas con las cuales se manifiesta el problema
(Aguilera, et al., 2008, p. 6).

Las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud indican que los


niños son los más expuestos a la violencia dentro de conflictos armados, de la
familia y la sociedad. Son víctimas de graves delitos de lesa humanidad: en
muchas culturas son abandonados, utilizados para labores pesadas o maltratados
por sus padres o integrantes de la familia; otros han sido negociados como
mercancía para satisfacer necesidades de adultos. En América Latina, los niños
son quienes a diario presentan los mayores registros de abuso dentro del núcleo
familiar catalogado como violencia intrafamiliar, cuyos agresores son sus madres,
padres, abuelos, tíos, etc (Amézquita, et al., 2014, p. 65-67).

La violencia entre los miembros de una familia suele afectar a individuos de


todas las culturas y estratos socio económicos (Fondo de Naciones Unidas para la
Infancia, 2006), constituyéndose así como una de las temáticas prioritarias en
salud pública a nivel mundial (Organización Mundial de la Salud, 2002 en UNICEF,
2006). Esto, debido tanto a su elevada incidencia como a las consecuencias que
de ella se derivan (Patró & Limiñana, 2005). Se estima que cerca de 275 millones
de niños alrededor del mundo se encuentran expuestos a la violencia entre sus
padres y/o cuidadores (UNICEF, 2006). En Latinoamérica y el Caribe, esta cifra
sería de entre 11,3 a 25,5 millones según cifras de la UNICEF (2006).

Según estudios realizados por la UNICEF (2012) y el Ministerio del Interior


(2013), alrededor de un 70% de los niños 1 chilenos recibe algún tipo de violencia
en el hogar (Citados en Baader, 2014, p. 5).

En Estados Unidos, según estadísticas, se estima que de 3,03 a 10


millones de niños son testigos de abuso doméstico cada año. Durante el año 2000
fallecieron a consecuencia de golpes y diferentes elementos y armas 145
personas, de las cuales, la mayor proporción correspondió a violencia de pareja o
conyugal (57%), seguido por maltrato a menores de edad (21%) y, en menor
proporción, por violencia entre otros miembros del grupo familiar (19%). Llama la
atención que de los casos de menores de edad, los de 5 años fueron los más
vulnerables (61%), y aquellas personas fallecidas por violencia de pareja y entre
otros miembros de la familia en su mayoría fueron jóvenes entre los 18 y 34 años
(García, s/f, p. 87-90).
A nivel internacional es posible dar cuenta de intentos por estimar la
prevalencia de otros tipos de violencia intrafamiliar; en un estudio empírico llevado
a cabo en Estados Unidos, se encontró que un 4,6 % de los niños se había
encontrado expuesto en al menos una ocasión a lo largo de su vida a violencia
entre uno de sus padres y un hermano. De la misma forma, un 7,8% de los niños
se habría encontrado expuesto en al menos una ocasión a lo largo de su vida a
violencia entre otros miembros de la familia (Hamby, Finkelhor, Turner & Ormrod,
2011). A partir del estudio realizado por Hamby et al (2011) por lo tanto, es posible
concluir que un 12,4% de los niños estadounidenses se ha encontrado expuesto
durante su vida a episodios de violencia intrafamiliar distintos al maltrato infantil
(ejercido en su contra) y la violencia conyugal (Citados en Baader, 2014, p. 6).

Un estudio realizado por la UNICEF en Ecuador en el año 2005 en la cual


por medio de encuestas se investigo a niños entre 6 a 11 años El 51% de los
niños y niñas reporta haber sido víctima de maltrato. Otro aspecto importante que
reveló este estudio es que, a mayor gravedad de la violencia, existe una mayor
aceptación y validación de la violencia como una forma de disciplinar: un 51,9% de
los niños que vive violencia física grave considera adecuado el castigo físico
mientras que sólo el 30,2% de los niños/as que no recibe violencia aprueba el
castigo físico (Citado en Carrasco, 2012, p. 33).

En cuanto a la prevalencia de Maltrato Infantil en Chile, las cifras son aún


más preocupantes; según una encuesta realizada por UNICEF (2012) a niños de
8vo Año de Educación Básica de distintas regiones del país, un 71% de éstos
recibiría algún tipo de violencia, ya sea psicológica, física o física grave (Citado en
Baader, 2014, p. 15).

En México, de acuerdo a información proporcionada por el Instituto


Nacional de Estadística Geografía e Informática (INEGI) se revela que la violencia
intrafamiliar tiene lugar en el 30.4% de los hogares en forma de maltrato
emocional, intimidación, abuso físico y sexual, principalmente hacia mujeres y
niños. Los efectos de la violencia en el ámbito psiquiátrico resultan cada vez más
importantes; por ejemplo, Martínez y Richters han reportado que los niños que son
testigos o víctimas directas de violencia presentan altas probabilidades de padecer
depresión y otros tipos de sintomatología emocional (Citado en Díaz y Esteban,
2003, p. 354).

El Programa de Prevención al Maltrato Infantil del Sistema Nacional de


Desarrollo Integral de la Familia (DIFPRENAM) recibió en el año 2002 23 585
denuncias sobre maltrato infantil, de las cuales fueron comprobados 13 332 casos
(DIF, 2004). El Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI)
indica que en el año 2002 en todo México se recibieron 24 563 denuncias, de las
cuales fueron probadas 13 855; en el 2003 fueron 32 218 y se comprobaron 20
235; y en el 2004 fueron 38 554, siendo demostradas 22 842 (INEGI, 2007). En
este mismo informe, el estado de Sonora aparece con 1 734 denuncias de las que
se comprueban 1 084 (INEGI, 2007) (Citados en Frias et al., 2008b, p. 238).

Durante el 2014 la Procuraduría de la Defensa de la Infancia y la Familia del


Sistema DIF Jalisco recibió reportes de maltrato hacia 1,204 niñas, niños y
adolescentes , incrementándose en un 53.40% con respecto al año 2013, cuando
se registraron reportes de 643 niñas, niños y adolescentes. En lo que va del 2015,
hasta el 24 de abril, se han reportado 359 casos de maltrato a niñas, niños y
adolescentes en DIF Jalisco.

Jalisco es el quinto lugar a nivel nacional en maltrato infantil. Según cifras


del Hospital Civil el maltrato en el año 2007 fue de 181 casos; 2008 de 228; 2009
de 351; 2010 de 454 y 2012 de 831 niños, 11 de los cuales fallecieron. Ocho de
cada 10 casos se dan en círculos familiares o cercanos (SEPAF, 2018, s/p).

Desde el inicio de la contingencia, se han registrado 115,614 llamadas de


emergencia al 9-1-1 por incidentes como abuso sexual, acoso sexual, violación,
violencia de pareja y violencia familiar, mostrando un incremento del 28% en
marzo en relación a enero, por ejemplo.

En países como México, el nivel de violencia intrafamiliar no debe


desestimarse, particularmente en contextos como el actual. Las llamadas a
refugios reportando violencia han registrado un incremento del 60 al 80% y las
solicitudes de asilo en estos espacios ha incrementado un 30%, según datos de la
Red Nacional de Refugios (UNICEF, 2020, s/p).

En enero, Ciudad de México abrió 2,301 carpetas de investigación (CI), lo


que lo posicionó como el estado con mayor incidencia de violencia familiar en el
mes, seguido por Estado de México, con 1,691, y por Nuevo León, con 1,258. Las
entidades con menor número de casos fueron: Tlaxcala (0), Campeche (1), junto
con Michoacán (74). Jalisco se ubicó en la posición 4, con 890 carpetas.
Considerando los casos por cada cien mil habitantes, Colima tuvo la mayor tasa
de registros, con 44.53, mientras que Tlaxcala, con 0, observó la menor incidencia
por tamaño poblacional. Jalisco quedó en la posición número 21, con una tasa de
10.48 CI por cada cien mil habitantes. Con respecto al cambio en los casos de
violencia familiar entre enero de 2021, y el promedio de los 12 meses anteriores,
en Jalisco se registraron 10.18% menos carpetas de investigación.

En enero de 2021, se abrieron 890 CI en Jalisco por el delito de violencia


familiar; cantidad inferior al promedio (990.8) de los últimos doce meses en la
entidad. Además, las carpetas abiertas en el último mes, fueron 14.54% más que
en el mismo mes del año anterior. En enero, el 71% de las carpetas por este
presunto delito acontecieron en el AMG. Como muestra la gráfica 3, Guadalajara
abrió 179 CI, lo que lo posicionó como el municipio del AMG con más casos de
violencia familiar en el mes, seguido por Zapopan, con 148, y por Tonalá, con 103.
En cuanto a la tasa delictiva por municipio, Tonalá tuvo la mayor cantidad de
registros por cada diez mil habitantes, con 1.76, mientras que Zapotlanejo, con
0.27, observó la menor incidencia por tamaño poblacional (IIEG, 2021, s/p).

Objetivos

a) General

Analizar la manera que impacta la violencia intrafamiliar en niños menores de 10


años en depresión, como una nueva forma de condición social, para su desarrollo
social.

b) Especificos
1. Identificar los efectos que causa la violencia intrafamiliar, como una
alternativa para la prevención de daños físicos y psicoemocionales.
2. Conocer la depresión en niños menores de 10 años para lograrn nuevas
estrategias de apoyo como parte de su integridad personal.
3. Establecer el impacto en el desarrollo social de los niños con depresión
como factores de riesgo, para el mejoramiento de su calidad de vida.

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ni%C3%B1os-y-adolescentes-en-m%C3%A9xico-ante
Método Inductivo:

Estrategia de razonamiento que se basa en la inducción, para ello, procede a


partir de premisas particulares para generar conclusiones generales. En este
sentido, el método inductivo opera realizando generalizaciones amplias
apoyándose en observaciones específicas.

Comenzare con el hecho de que la violencia intrafamiliar afecta niños menores de


10 años y los afecta en su desarrollo social por ello la depresión.

Modelo de Modificación de Conducta:

Se basará en las situaciones que intervienen en la conducta problema del


individuo por lo que será primordial el trabajo del equipo multidisciplinario en las
situaciones de modificación de conducta.

El entorno de los niños menores de 10 años de edad hace que tengan depresión y
afectan su desarrollo social, la intervención de trabajo social es examinar el
ambiente en que se encuentran.

Enfoque; fenomenología:

Se enfoca en las formas en las que experimentamos diferentes fenómenos y


formas de ver, de conocer y de tener habilidades relacionados con ellos. El
propósito no consiste en encontrar la esencia singular o común, sino encontrar la
variación.

Servirá porque se debe investigar desde las formas de ver y conocer de los niños
a causa de la violencia intrafamiliar y relacionarlo en la afectación que presentan
en su desarrollo social.

Técnica; Análisis de contenido:

Análisis de contenido; sirve para estudiar y analizar la comunicación humana,


algunos de sus propósitos son; busca analizar mensajes, rasgos de personalidad,
preocupaciones y otros aspectos subjetivos.

Esta técnica sirve para la investigación porque en el análisis de contenido se


analizarán a los niños menores de 10 años de edad del porqué de la depresión y
por qué les afecta en su desarrollo.

Instrumento; Cuestionario Abierto:

Son básicas para interrogatorios de tipo exploratorio, donde no se tiene mayor


conocimiento del tema, de los hechos o del lugar. Solo contienen la pregunta
dejando la respuesta, por tanto, al libre arbitrio del encuestado.

En la investigación se utiliza para así conocer más a fondo lo que el niño quiere
decir y una información más detallada de su problema.

Muestreo; La Muestra de Casos Tipo:

El objetivo es la riqueza, profundidad y calidad de la información, analizar los


valores, experiencias y significados de un grupo social.

Se utilizará para la investigación porque se analizan los datos a profundidad a


cierto grupo especifico de niños que sufren violencia, el porqué de su depresión, el
cómo afecta en su desarrollo en la sociedad.

Preguntas
1. ¿Sabes lo que es violencia intrafamiliar (en caso de que su respuesta sea
si, preguntar que es, si la respuesta es no, decirle un poco lo que significa)?
2. ¿Tienes problemas que te hacen sentir mal, puedes decirme lo que pasa
que te hacen sentir así?
3. ¿Alguna vez alguien te ha hecho sentir triste, enojado, asustado?
4. ¿Te sientes bien en tu casa, con tus papás y hermanos?
5. ¿Cuál es tu opinión sobre la violencia hacia los niños como tú?
6. ¿Cómo es la relación que tienes con las personas que viven en tu casa,
cuéntame un poco?
7. ¿En la escuela como te sientes (feliz, triste, aburrido, enojado)?
8. ¿Convives mucho con tus amigos y compañeros, te gusta jugar con ellos y
divertirte?
9. ¿Cuándo tu papá o mamá te regaña o te castiga como te sientes?
10. ¿Tus papás se pelean o discuten enfrente de ti, eso como te hace sentir (en
caso de que la respuesta sea sí)?

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