Nerópolis: Vida en la Roma de Nerón
Nerópolis: Vida en la Roma de Nerón
es la azarosa historia del joven Kaeso hacia el final de la dinastía de los Césares.
La vieja ciudad imperial desaparecerá y de sus cenizas renacerá una Roma
resplandeciente con un Nerón que sueña con bautizarla con su nombre. Pero al mito
de la Nerópolis licenciosa se opone ya el mito cristiano de la ciudad virtuosa. Período
éste apasionante, marcado por la emancipación provocadora de las mujeres, la
fascinación del incesto, las matanzas en los anfiteatros, la moda del teatro
pornográfico y de los lupanares, las vergonzosas sevicias de la esclavitud, el apogeo
de las orgías y el primer genocidio por razones de Estado de la Historia. En fin, la
vida cotidiana de los romanos tal como era realmente, vista por un historiador
riguroso pero, ante todo, por un gran novelista lleno de humor. Este Quo Vadis
moderno, sin concesiones ni inexactitudes, evoca en cierto modo nuestra propia
época, en la que los Nerones no necesitan siquiera recurrir al arte para encubrir sus
excesos…
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Hubert Monteilhet
Nerópolis
Novela sobre los tiempos de Nerón
ePub r1.4
Titivillus 26.03.2021
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Título original: Néropolis, (Roman des temps Néroniens)
Hubert Monteilhet, 1984
Traducción: Encarna Gómez Castejón
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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«… Ese gran imperio que engulló a todos los imperios del universo,
de donde salieron los más grandes reinados del mundo, cuyas leyes
todavía respetamos y que, en consecuencia, debemos conocer mejor
que cualquier otro imperio».
Bossuet
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Primera parte
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I
El asistente de Antonio no acababa de disponer la toga en torno al cuerpo de su amo:
apretaba o aflojaba el talabarte ciñendo el talle, daba gracia a la sinuosa caída de la
tela que iba a servir de bolsillo al senador, cuidaba de que estuviera en su sitio la
amplia banda de púrpura oscura que delimitaba el diámetro de la pieza semicircular
de tela y cuyo suntuoso color contrastaba sobre el blanco mate de la lana recién
planchada. Verdaderamente, las togas de ceremonia habían alcanzado en estos
tiempos unas dimensiones enloquecedoras, y no se podía ni pensar en vestirlas sin la
ayuda de un artista. Ya el barbero, a fuerza de irritantes minucias, había retrasado a
Aponio a pesar de haberse levantado con el sol de otoño.
Pomponia, quien a esta hora todavía hubiera debido seguir entregada al sueño, o
abandonar sus maduros encantos a los cuidados estéticos de sus camaradas, apareció
en peinador, la cabellera deshecha y el aire inquieto. Había tenido un mal sueño, el
mismo que la había perseguido al principio de su segundo matrimonio, hacía una
decena de años, cuando Aponio había estado a punto de verse arrastrado por la caída
en desgracia de Seyano, aquel favorito de Tiberio excesivamente ambicioso.
Metamorfoseado en águila, su marido, luego de algunas evoluciones majestuosas
sobre la ciudad, caía de golpe en un patio trasero del palacio, donde los criados se
precipitaban sobre él para desplumarlo y ponerlo en un espetón. Sueño tanto más
notable cuanto que Aponio no tenía nada de águila.
Aponio se encogió de hombros, el que envolvía la toga y el que dejaba libre a fin
de que su brazo comentase con mayor comodidad los discursos capitales que, sin
duda, nunca pronunciaría. Desde luego, no alardeaba de poseer un carácter fuerte y
no había cometido la imprudencia ni la impiedad de desdeñar a priori los presagios y
los sueños. Si César hubiese escuchado a Calpurnia, su cuarta esposa, habría
sobrevivido a los idus de marzo. Pero, en fin, aquel hombre le era posible recordarlo,
ninguna subasta gladiadores había traído desgracia a los clientes.
—No es una subasta ordinaria, Marco. El asunto es muy raro.
—¡Raro o extraordinario, volveré!
—¿Por qué Calígula pone en venta tal cantidad de juliani[1]?
Estos gladiadores imperiales se hallaban en la cresta de la ola en Roma, en
muchas ciudades de Italia y de las provincias conquistadas, y se enorgullecían del
título, que recordaba su pertenencia a la casa de los Césares.
La respuesta era evidente:
—Nuestro emperador Cayo acaba de disipar los tesoros de Tiberio. Ahora tiene
que hacer flechas con cualquier madera y liquida el exceso de espectáculos con que
había regalado a la muchedumbre desde su llegada al trono.
—Pero en lo tocante a los gladiadores, hasta ahora Cayo había sido más
comprador que vendedor.
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—Eso es porque, loco por los gladiadores, había hinchado los efectivos más allá
de lo razonable, y quiere reducirlos esta mañana.
—Me parece que una venta así no interesa normalmente más que a los «lanistas»
italianos o de provincias, especialistas en ese tráfico. ¿Por qué invitar a senadores, y
en tan gran número? ¿Para qué necesitan ellos gladiadores?
—El hecho es que, en nuestros días, sólo el emperador puede ofrecer Juegos a la
plebe romana, personalmente o a través de los favoritos a los que quiere honrar.
Empero, olvidas que muchos senadores tienen importantes clientelas[2] fuera de
Roma, amigos o protegidos susceptibles de montar un espectáculo para deslumbrar al
consejo municipal y asegurarse unas buenas elecciones. Esa gente siempre se alegra
de que pongan graciosamente algunos gladiadores a su servicio.
—Tú apenas tienes una pequeña clientela romana.
—¡Razón de más para no desembolsar nada! Salgo ganando.
—Nunca se ha visto a emperador alguno asistir a una venta de gladiadores. Y una
venta en la que no aparece como comprador honorable, como «munífico»[3]
ocasionalmente preocupado por su popularidad, sino como traficante, vendedor de su
propia familia de gladiadores. Los libertos imperiales responsables de los cuarteles o
los lanistas bajo sus órdenes están ahí, por lo general, para interpretar ese
desprestigiado papel.
La observación era pertinente. El tráfico profesional de gladiadores estaba apenas
mejor considerado que el de la carne para el placer. La infamia del lenón, proveedor
de mujerzuelas o de favoritos, se acercaba a la del lanista, proveedor de anfiteatros —
de quien se decía, además, que el nombre venía de lanius, el artesano carnicero—.
Seguramente, los lanistas que tenían a su cargo la gestión y el entrenamiento del
cuerpo de élite de los juliani escapaban al último desprecio gracias a la importancia
de su papel y de su relación con la casa del Príncipe. Pero ningún lanista, ningún
lenón dejaba una inscripción reveladora y halagüeña sobre su tumba. Eran buenos
para el emperador que los empleaba, para el público que reclamaba sus servicios,
para los propios gladiadores que lavaban su infamia con el coraje —mientras que la
del lanista o el lenón, la de las mujerzuelas o los favoritos, juzgada menos valerosa,
sólo se lavaba en las termas. Tal era la inconsecuencia del mundo.
Si, claro… Pero desde la enfermedad que le había perturbado el juicio, un
desorden no significaba gran cosa para Calígula, y si la doncella no hubiese aguzado
el oído, Aponio le habría podido contar alguno más a su mujer.
Se sentó para que le calzasen deslumbrantes borceguíes de cuero rojo con medias
lunas doradas, que señalaban al pueblo que había ejercido una magistratura curul, y
declaró por eufemismo que Calígula era un fantasioso de que podía esperarse
cualquier cosa. Y ahí apretaba el zapato. Roma había tenido ocasión de apreciar otras
crueldades, otros desenfrenos, otras infamias. Lo que en las de Cayo molestaba, sobre
todo a los hombres ponderados, era su carácter imprevisible, combinado con un
humor regido por una aberrante lógica. ¿No había alimentado una vez a las fieras
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destinadas a los Juegos con condenados de derecho común que normalmente es
estaban reservados, asegurando que para los animales era bueno encontrarse antes del
horario previsto con el régimen de carne palpitante que les recordaría los hermosos
días de libertad? Ningún zoólogo habría podido probar lo contrario. ¡Una fantasía de
un gusto verdaderamente deplorable!
Pero Aponio no era ni un águila ni un león. ¿Qué atrocidad podría temer en una
subasta de gladiadores?
Mientras le ataban los borceguíes, Pomponia, que no estaba muy convencida,
hacia los últimos esfuerzos por disuadir a su marido de que saliera, arguyendo que
presentía una trampa cuya naturaleza, era verdad, no podía distinguir razonablemente.
¿Qué vale la intuición sin la razón?
Aponio se esforzó por tranquilizarla bromeando y acabó por decirle:
—Cayo me pidió que fuera, como a tantos otros. Si digo que estoy enfermo, verá
en ello, ya le conoces, un signo insultante de desconfianza. Este es el riesgo más
seguro.
Los portadores de litera esperaban bajo el pórtico vestibular exterior, en compañía
de la jauría de clientes que Aponio había atraillado para acompañarlo tanto a la ida
como a la vuelta. ¿Qué iban a pensar si los despedía?
Se arrancó a los abrazos de Pomponia con romana impavidez y salió de los
aposentos privados. Barbero, doncella y esposa le habían hecho perder un tiempo
precioso; la venta debía de haber empezado ya. ¿Sería mal vista una llegada
demasiado tardía? Mientras atravesaba el atrio, el gran reloj dio la media de la tercera
hora. Antes de acomodarse en la litera, sacó del sinus[4] de la toga su cuadrante solar
en miniatura y verificó la hora al sol, que había tomado altura en un cielo azul sin
nubes.
El reloj del atrio, afortunadamente, parecía ir adelantado.
Ya en camino, a merced del balanceo de la litera, que bajaba la cuesta del
aristocrático monte Caelio para escalar después las del Palatino, Aponio se sintió
impresionado, como tantos otros, por la dificultad de saber la hora exacta en Roma.
Era como para preguntarse si habrían elegido una vía conveniente ara conseguirlo…
El día estaba dividido en doce horas, y la noche en otras tantas. De esta manera,
de un solsticio a otro, las horas diurnas y nocturnas, dotadas de una crónica
elasticidad, se alargaban o encogían entre los límites de una media hora, siendo los
equinoccios los únicos días del año en que las horas consentían en ser de la misma
duración. Y para que uno viera menos claro todavía, las veinticuatro horas de la
jornada civil se contaban de medianoche a medianoche, al paso de la sexta a la
séptima hora nocturna, es decir, en un momento en el que el sol ya no estaba a la vista
para aportar alguna precisión a los durmientes. El mediodía era evidente, la
medianoche era muy oscura. ¿No eran más razonables los griegos —y, según se
decía, los judíos— al hacer partir su día astronómico de la puesta de sol, y los
babilonios, que se basaban en su salida?
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La vulgarización del cuadrante solar cóncavo con estilo, el gnomon griego, había
supuesto un gran progreso. La iluminación solar de este instrumento indicaba en uno
de los sentidos del barrido la duración de las horas del día, y en el otro media la altura
estacional del astro. Pero cada gnomon tenía que ser construido precisamente para la
latitud del lugar de empleo y orientado con el mayor cuidado. Aponio pensaba,
divertido, en la célebre historia de M. Valerio Messala[5], que al principio de la
primera guerra púnica había instalado orgullosamente ante los comicios un gnomon
robado en Catala. ¡La hora de Roma había sido oficialmente falsa durante tres
generaciones!
Luego se habían extendido los relojes hidráulicos, que tenían la ventaja de dar
también las horas de noche. El agua fluía de un recipiente cilíndrico de vidrio, cuya
superficie había sido dividida verticalmente en meses y horizontalmente en horas.
Aponio tenía incluso un reloj giratorio, que presentaba siempre al observador la
columna de agua fluyente en relación con las divisiones horarias del mes en que se
encontraba. Así, al menos en teoría, el reloj dominaba la elasticidad horaria en el
ámbito mensual, en el que las variaciones eran despreciables. Pero, en la práctica, uno
estaba obligado a regular cada reloj según un gnomon cercano, fuente solar de la
única precisión posible. Y las imperfecciones fatales del gnomon se sumaban a las del
reloj para enredarlo todo. Los mecanismos accionados por flotadores habían hecho
tañer en vano carillones de campanillas argentinas o silbar a autómatas emplumados;
la hora romana seguía siendo de las más aproximativas.
El dicho no se equivocaba: «¡Es más fácil poner de acuerdo entre sí a los filósofos
que a los relojes!».
El tumultuoso alboroto de la canalla cosmopolita, que había arrullado la litera, se
desvaneció y, tras las cortinas corridas, Aponio supo que acababa de penetrar en el
abra de calma que rodeaba el palacio nuevo el difunto Tiberio.
En una gran sala, entre el zumbido de la gente —pero ante una silla imperial
todavía vacía—, el voceador despachaba sin pasión a un montón de esclavos
figurantes: segundos árbitros; tocadores de trompeta o de cuerno, especializados en la
puntuación musical de las matanzas; heraldos o portadores de pancartas, que
aseguraban la comunicación entre el presidente de los Juegos, los gladiadores y el
público; cuidadores, masajistas, enfermeros, ensalmadores, rastrilladores que se
disfrazaban de Caronte o Plutón para conducir hacia el expoliario los despojos de los
gladiadores degollados; también un Mercurio, ese mensajero de los dioses que, a un
gesto del presidente, daba la señal para el regocijo… Todo un pequeño mundo del
que nunca se hablaba.
Aponio se abrió paso, entre la muchedumbre que permanecía en pie, hacia los
asientos reservados a los senadores, en semicírculo frente al lugar de la acción.
Habían adornado los muros de la sala con palmas verdes y coronas de rosas rojas,
alusión simbólica a las recompensas acostumbradas para los vencedores, y el podio
ligeramente elevado por donde desfilaban los lotes había sido, abundantemente
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enarenado, como si se tratara de un circo. Una delicada y piadosa consideración había
hecho colocar, detrás de ese podio, las estatuas de los dioses y diosas por los que los
gladiadores sentían particular devoción: Hércules y Marte; Venus, a quien los felices
supervivientes dedicaban armas votivas; y Némesis, hija de la Necesidad y vengadora
de los crímenes, que presidía los enfrentamientos atléticos más sangrientos. Y del
otro lado, a la entrada de la estancia, un Hermes en pie favorecía el comercio.
Habían acudido —además de los complacientes senadores— todos los
compradores en potencia que encubría el peculiar mundo de los gladiadores; lo que
quedaba de los grandes lanistas capuanos tras el periodo fasto, frenético, inolvidable
de la República que tocaba a su fin, cuando una nobleza devorada por las ambiciones
rivalizaba en las pujas para reunir los votos de la plebe romana entre la sangre de los
gladiadores sacrificados sin motivo; incluso lo que quedaba en Roma de los pequeños
lanistas independientes a pesar de la arrolladora competencia de los establecimientos
imperiales; lanistas de todos los rincones de Italia y de la mayor parte de las
provincias, pues los gladiadores habían llegado a ser un factor universal de
civilización, un signo de comunión con la ejemplar Roma. Pero los más generosos,
deseosos de ofrecer Juegos en una ciudad italiana o de provincias sin pasar por el
conducto de los lanistas, también se habían desplazado, y había hasta sacerdotes
orientales del culto imperial, que hacían de la «edición» de un bello espectáculo una
clamorosa manifestación de vasallaje. La venta estaba prevista desde la primavera.
Completaban la asistencia los curiosos que deseaban ver a Calígula de cerca. En
su galería palatina, desde donde dominaba los entusiasmos o las tormentas del Circo
Máximo al paso polvoriento de las cuadrigas, Cayo era inaccesible. Y en los otros
circos, anfiteatros o teatros, permanecía aislado de la plebe por compactas cortinas de
guardias.
Aponio terminó por hacerse sitio entre el grueso Cornelio Cordo, que al salir de
su cuestura se había desinteresado prudentemente de la política para consagrarse a la
comida, y el flaco Carvilio Ruga, personaje consular que presumía de estoicismo y
desdeñaba los espectáculos. ¡De los seiscientos padres conscriptos, habría podido
saludar a ciento cincuenta por su nombre!
A través de los ventanales abiertos se distinguían, mucho más allá de la cuesta de
la Victoria, que trepaba hacia el Palatino, los Foros de César y de Augusto,
dominados por el Capitolio, anclado como un gran navío de piedra, con su intermonte
hundido entre la proa y la popa. Era la imagen de la permanencia, la tradición, la
seguridad, en una cálida luz otoñal.
Tranquilizado, Aponio se puso a charlar con sus vecinos mientras la venta seguía
su curso.
En ese momento liquidaban lotes de «tirones». El «tirón», ese novato de las
legiones, había dado su nombre a los gladiadores novicios, jóvenes en espera de un
primer combate cuya inexperiencia amenazaba convertir en fatal.
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Muchos de esos novicios eran esclavos que buscaban en el ejercicio de las armas
una dignidad que su condición les negaba. Pero una fuerte minoría de hombres libres
o de libertos había firmado por dinero ese contrato tan original de auctoratio[6], por el
que ponían su libertad en manos de un traficante durante un cierto tiempo o un cierto
número de duelos. Esos gladiadores bajo contrato eran a menudo arruinados hijos de
familia que, después de haber vendido sus bienes, se habían vendido a sí mismos
como último recurso. Sus padres les habían advertido: «¡Si sigues así, terminarás
entre los gladiadores!». Y papá había tenido razón.
Lanistas y muníficos compraban a los esclavos en cuerpo y alma y recompraban
los contratos de auctoratio, que entrañaban subastas más animadas, pues los
espectadores de los Juegos, naturalmente, se quedaban impresionados al ver a
hombres libres consagrarse a su placer.
Cordo le contaba a Aponio cómo había logrado otra subasta mucho más
interesante.
—Figúrate que anteayer al alba, en el mercado transtiberino de los pescadores —
los expertos desdeñan el gran mercado de pescado de Velabra— le arranqué por 8000
sestercios a una banda de fanáticos aficionados un róbalo más largo que mi brazo.
¡Qué digo un róbalo! ¡Un róbalo romano! Lo que los pescadores llaman «catillo», el
parásito lameplatos que vive en el Tíber, a la salida de las cloacas. Ese que todavía
llaman «el róbalo de los puentes». Un verdadero «catillo», y de ese tamaño, no tiene
precio. ¡Si lo hubieras visto, gordo como un sacerdote de Isis o un eunuco de Cibeles,
coleando furioso en su barreño! Lo hice cocer vivo en una media salsa de las más
estudiadas para conservar mejor la frescura, y lo saboreé con un relleno hecho de
hígados de grandes salmonetes, ostras del lago Lucrino, corazones de erizos de mar y
croquetas de bogavante, y una salsa sublime ligada con arroz de las Indias. El aroma
del «catillo» es algo conmovedor.
Aponio, que no hacía excesivos gastos de mesa, asentía cortésmente, pero pronto
se volvió hacia el estoico, que le estaba dirigiendo una pregunta:
—Hay algo en este asunto que se me escapa. Es verdad que yo soy tan poco
avisado… Me habían dicho que los lanistas proponían a sus compradores muníficos
contratos de alquiler-venta, en los que quedaba claro que los vencedores serian
alquilados, y los muertos o lisiados vendidos. ¿Por qué entonces los muníficos aquí
presentes compran o recompran al contado esclavos o contratos de gladiador?
—Puedes imaginarte que yo tampoco estoy muy al corriente de estas cuestiones
—respondió noblemente Aponio—. No voy al anfiteatro más que para apreciar la
calidad de la esgrima. No obstante, puedo decirte que al que ofrece un espectáculo le
interesa pagar al contado si los precios están en alza. Y como los gladiadores hacen
furor bajo este reinado, los precios son ruinosos. Sólo se puede revender más caro
después de la fiesta.
—Pareces estar más al corriente de lo que dices.
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Aponio protestó blandamente, no muy seguro de si la sospecha era enojosa o
halagüeña.
El voceador se esforzaba por sobrepujar equipos de bestiarios, cuya cota estaba
bastante baja. Los bestiarios eran los destajistas de la arena y —salvo memorables
excepciones— su reputación se resentía un poco a causa de que, accesoriamente, se
ocupaban de entregarles a los animales los condenados de derecho común, a los que
además tenían la tarea de rematar si las fieras, ahítas, se mostraban descuidadas.
El gastrónomo que cocía vivos los «catillos» de la Cloaca Máxima volvió a la
carga:
—Te he oído hablar de gladiadores con Ruga hace un momento. ¡Qué decadencia
para nuestra nobleza! Bajo la República, los ediles curules o plebeyos y los pretores
ofrecían al pueblo magníficos juegos, y cada ambicioso era experto en ellos. El
mismo Cicerón traficaba con gladiadores bajo mano. Mientras que, desde Augusto,
todo un colegio de pretores saca dos a suertes para organizar una fiesta que el
emperador no admite que eclipse a las suyas. ¡Y encima, Tiberio ha suprimido la
fiesta durante la mayor parte del tiempo! Hoy se puede llegar al consulado en la más
completa ignorancia de lo relativo a la arena.
Era demasiado cierto. La nobleza ya no era lo que había sido. Había perdido el
monopolio de los Juegos. En Roma, juegos y poder iban unidos.
¿Pero qué hacía el emperador Cayo? ¿Es que ni siquiera se había levantado?
El voceador hacía valer lotes de gladiadores sin gran relieve. Habiéndose topado
con otros más torpes que ellos en su primer combate, habían pasado a «veteranos»,
pero en lo sucesivo no habían brillado en absoluto. Sus palmas victoriosas eran raras,
y más raras aún las coronas que recompensaban sus hazañas.
En el intermedio, pusieron a la venta a algunas gladiadoras o cazadoras, que
suscitaron más curiosidad malsana[7] que pasión. No obstante, hubo una puja
interesante por un par de gladiadoras tuertas del mismo ojo, que levantaron
estrepitosas carcajadas. Los romanos siempre habían apreciado las cosas
excepcionales. Hicieron desfilar igualmente a una pandilla de enanos, dos de ellos
negros. A menudo los enanos eran contrapuestos a las gladiadoras de manera bastante
divertida.
La mañana avanzaba, Calígula seguía haciéndose desear, y sin él no podían
adjudicarse las figuras del día, los campeones cuyos nombres estaban en boca de
todos. Esclavos o —la mayor parte de la veces— bajo contrato, no sólo venían del
gran cuartel romano del Caelio, el corazón de los gladiadores imperiales, sino
también de los cuarteles de Capua o de Rávena, e incluso de Nimes, de Narbona, de
Córdoba y de Cádiz, de Alejandría o de Pérgamo. Pues esos hombres que habían
hecho del triunfo una vocación bien valían el viaje.
Ya no se contaban sus victorias. ¡Se ponderaban listas de 40, 60, 80, y hasta de
más de 100 premios! Resultados tanto más sorprendentes cuanto que eran el fruto de
una consumada experiencia unida a un temperamento, a una resistencia nerviosa
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fuera de lo común. Desde hacía largos años sólo se median con sus iguales, y cada
supervivencia exigía más ciencia, más audacia y prudencia, más ardor y sangre fría,
con la parte de suerte que los dioses otorgan a sus comensales y que hace soñar al
vulgo.
Algunos habían conseguido su rudis, esa varita arbitral que era simbólicamente
devuelta a aquel esclavo cuyos méritos lo habían librado de la arena o al individuo
cuyo contrato se acababa. Pero estos rudiarii poseídos por un furioso afán de lucro, a
quienes los amargos resabios de la gloria les habían calado en las entrañas, se habían
reenganchado heroicamente. Habían aceptado otra vez la disciplina del ludus, nombre
justamente dado a su cuartel, pues significaba a la vez «juego» y «escuela». Y otra
vez su espartano cuartito se había poblado de muchachas fáciles o de mujeres de
mundo fascinadas por el vaivén de tan poderosos músculos.
Para calmar la impaciencia se les hizo subir al podio, en medio de las
aclamaciones con que la plebe había dado la señal al fondo de la sala. Había allí
cisalpinos, galos, españoles, germanos, ilirios, dálmatas, africanos, sirios, judíos y
griegos… Como un compendio del mundo conocido, amigos, enemigos o
indiferentes, todos estaban dispuestos a matarse entre si para goce de los pueblos.
Se abrieron entonces al público, en un rincón de la sala, muestrarios de recuerdos
dedicados a los gladiadores más célebres, cuya desaparición significaba casi un duelo
público. Muchos aficionados coleccionaban lámparas, cristalerías o medallones con
la efigie de los elegidos e inscripciones excitantes.
Pronto seria mediodía, la hora sagrada en la que se acababan la mayor parte de los
trabajos y negocios, y uno comía un bocado, siempre deprisa, antes de dormir la
siesta e ir a los baños.
Al fin, precedido por un rumor que bastó para sumir la sala en un súbito silencio,
Calígula hizo su aparición. Iba acompañado de su mujer Cesonia, un vejestorio
experto en las peores diversiones, y de algunos amigos cargados de anillos, cuya
pinta invitaba a adivinar de qué lado los utilizaban. Cayo estimaba que el más bello
adorno de una esposa era la experiencia, ya que era rara y se refuerza con la madurez,
mientras que la carne fresca le parecía corriente. Pisando los talones de este hermoso
grupo iba el famoso Sabino, notable gladiador tracio, al que Cayo había confiado el
mando de su guardia germánica. Los pretorianos se sentían vejados al depender de un
gladiador. Pero los mercenarios germanos no reparaban en tales detalles y compartían
con los pilares de la arena una reputación de ciega fidelidad a su amo que no era la de
los pretorianos, dados a las intrigas. Sabino, en coraza, iba seguido de un grupo
selecto de altos soldados rubios de anchos hombros, con sorprendidos ojos azules,
como si acabaran de salir de los bosques de su país. Los hombres de la guardia
germánica no dejaban a Cayo ni a sol ni a sombra.
La vestimenta imperial causaba sensación: una mezcla extravagante de atributos
divinos, guerreros, masculinos o femeninos, que se resumían en una corta barba viril
salpicada de un impalpable polvo de oro. Allí estaba Neptuno, con un pequeño
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tridente de electro que Cayo agitaba nerviosamente. La capa del emperador,
sembrada de estrellas plateadas no se sabía muy bien por qué, chocaba extrañamente
con la fina túnica provista de esas mangas demasiado largas que señalaban a los
aficionados a prácticas femeninas, y chocaba más todavía con esas sandalias de
mujer, cuyas correas se enrollaban como los pámpanos de la viña en torno a unas
delgadas pantorrillas velludas. ¿Dónde estaba el niño de antaño, que debía su
sobrenombre de Calígula —es decir, «pequeño borceguí»— al calzado de tropa que
llevaba entonces, ganándose así el corazón de las legiones? Desde su enfermedad,
desde que el año anterior muriera su hermana Drusilla, a la que había querido tanto y
tan apasionadamente, Cayo había perdido visiblemente el juicio. ¿Pero hasta qué
punto?
Un miedo irrazonable heló la sangre de Aponio, que se encogió entre sus vecinos.
Invitando a sentarse a los senadores con un gesto, Cayo saltó al podio y anduvo
un momento de un a o a otro frente a los petrificados gladiadores, como para pasarles
revista. De vez en cuando se volvía rápidamente y ofrecía a la asistencia un rostro
lívido y hermético.
Como el estrado era poco elevado en relación al enlosado de mármol, los
senadores de las primeras filas podían ver imprimirse huellas en la arena bajo los
pasos del príncipe, lo que arrancó sordos murmullos a algunos: sólo algunas
muchachas alegres, a fin de sacar de su error al cliente a quien un vestido demasiado
honesto pudiera hacer dudar, tenían la costumbre de tachonar sus sandalias de manera
que su andar, dejando mensajes picantes, fuera doblemente atrayente. Se inclinaron
para ver mejor, y al cabo leyeron sobre la escasa arena, no el rótulo habitual de los
guardianes encadenados a su caseta, «CAVE CANEM», sino «CAVE HOMINEM»,
«¡Cuidado con el hombre!». Era el calzado de los malos días. La noticia voló de boca
en boca y a Aponio le causó una impresión siniestra.
Conseguido el efecto, ese comicastro de Cayo, ante la sorpresa general, se
encargó personalmente de la subasta, sustituyendo al órgano estridente del voceador y
relanzando los negocios con la arrebatadora y paródica elocuencia de un cómico
abocado a una imitación. Pero pronto, despreciando a los lanistas y a los muníficos
comunes, concentró sus esfuerzos en el grupo senatorial, que en principio consideró
un deber seguirle la corriente. Los padres conscriptos estaban seguros de que la
invitación no era gratuita y esperaban que les pidieran algo a cambio. Algunos
estaban dispuestos, por adulación, incluso a cargar por poco tiempo con algunos
gladiadores adquiridos a un precio prohibitivo.
Pero todo es cuestión de medida. Cayo nunca estaba contento. Se encarnizaba tan
pronto con uno como con otro, abrumándolos a todos con bromas amables, dulzonas,
acariciadoras, o bien odiosas, feroces, cínicas u obscenas. Los llamaba por su
nombre, invocaba los lazos de amistad o de parentesco, hacía pesadas alusiones a su
fortuna, demasiado bien conocida. Gradualmente, vencía resistencias en las que la
avaricia rivalizaba con el temor. Sometidas a este martilleo, las víctimas terminaban
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por venirse abajo y Cayo les sacaba triunfalmente sumas que no tenían ninguna
relación con el objeto. Los cientos de miles de los lotes exhibidos se convertían en
millones y decenas de millones, sin más límite que el capricho del Príncipe. ¿No
estaba lo mejor de la fortuna del Imperio en manos de la nobleza senatorial?
Y Cayo seguía, tal como el asno ciego y malvado del molinero hace girar la
muela para triturar el grano, y los desgraciados senadores, apresados en la viciosa
trampa que el impúdico príncipe llevaba al último extremo, intentaban reír con las
peregrinas ocurrencias de su torturador. «Tus antepasados», decía éste a Lépido,
«sedujeron antaño a la plebe con gladiadores que les valieron jugosos proconsulados.
¡A la familia Emilia le toca ahora restituir lo que obtuvo!». Y Lépido esbozaba una
sonrisa idiota, pues el loco de Calígula sacaba del pozo la Verdad desnuda.
Ningún senador tenía valor para retirarse o resistirse. Pero entre los más sensibles,
al miedo de verse arruinado o proscrito se sumaba una ardiente vergüenza. Algunos
militares surgidos de su seno habían reducido el senado romano, que otrora había
conquistado el mundo, al estado de una zapatilla.
Es verdad que los servicios de Cayo habían hecho una cuidadosa selección, que
tenía en cuenta tanto el dinero como el carácter de los sacrificados.
Los compradores profesionales o los muníficos de segundo orden no perdían con
este negocio más que una buena oportunidad de procurarse beneficios o gastos. Los
gladiadores, adulados, alabados, sobados, mimados por Cayo, que les obligaba a
hacer poses, encontraban la jugada excelente y les costaba trabajo no echarse a reír.
Más abajo, cerca de la puerta, los plebeyos de oscuras vestiduras se regocijaban con
la derrota de los senadores, que de los despojos de los pueblos vencidos no habían
dejado al pueblo más que la piel y los huesos, una miga de pan negro en una
atmósfera de circo.
Pero los senadores sentían con amarga acuidad el odio y el desprecio visceral de
Cayo, la diversión socarrona de los gladiadores que desfilaban por turnos sobre el
estrado y la satisfacción solapada de los pobres, a cuya retaguardia la masa informe
de los esclavos suspiraba y hacía rechinar los dientes. Se encontraban solos en el
mundo, aislados en el campo atrincherado de sus riquezas de terratenientes, pero
como antaño habían tenido que abandonar el mando de las legiones a aventureros de
talento, sólo podían contar con sus sucesores para mantener un orden del que, a pesar
de todo, seguían siendo los primeros beneficiarios después del Príncipe. Por lo tanto,
Cayo podía permitirse cualquier cosa… hasta que consiguieran aislarlo de sus
guardias de cuerpo en un pasillo del palacio. Era sólo cuestión de paciencia.
Habían olvidado presentar a un grupo de tunicati esos gladiadores con costumbres
de mujer, amantes de las largas túnicas depravadas, que el desdén de sus compañeros
relegaba a algún rincón del ludus. Con humor soberano, bajo los ostensibles consejos
de Cesonia, Cayo los adjudicó por tres millones de sestercios a un senador
notoriamente invertido.
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Después, cansado de su agitación y sus derroches oratorios, le devolvió las
riendas al voceador, el viento de locura decayó y pareció restablecerse el curso
normal de las cosas.
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II
M. Aponio había sudado sangre en su asiento, temblando a cada momento ante la
idea de verse atrapado en el buitrón con los peces más gordos: él no tenía veinte
millones de sestercios y, al ritmo infernal que llevaba esa monstruosa subasta, su
fortuna, que hasta entonces juzgaba bastante satisfactoria, le parecía cada vez más
reducida. Cuando se desvaneció la voz abominable de Cayo, Aponio cerró los ojos de
alivio y, saliendo de la parálisis del conejo fascinado por la serpiente, se puso —por
el más insondable de los infortunios— a balancearse maquinalmente de delante hacia
atrás y de atrás hacia delante.
Pasado el mediodía, la subasta tocaba a su fin y el voceador ofrecía un último lote
de trece gladiadores, cuya lista de premios era bien copiosa: un esclavo armenio y
compras de contratos de auctoratio que concernían a siete griegos, dos galos, un
judío, un bátavo y un bestiario[8] siciliano de bastante buena reputación que venía del
ludus matutinus de Roma (calificado de matinal porque, en una representación
ordinaria y completa, se ofrecían animales por la mañana, y gladiadores al mediodía).
El contrato de este bestiario estaba provisto de una cláusula que preveía prestaciones
de esedario[9], es decir, de combates en carro de guerra, dirigido en sus evoluciones
por un cochero. Así que se trataba de un ambivalente, que ambicionaba hacerse en el
carro de asalto una reputación aún más halagüeña.
La maniobra de Aponio había llamado la atención de Cayo.
—Mira a ese antiguo pretor —dijo en voz baja al voceador—, que menea la
cabeza para aceptar nuestra oferta. Vale por nueve millones de sestercios.
Cuando Aponio, sobresaltado, volvió a abrir los ojos, se hallaba en posesión de
trece gladiadores con sus resplandecientes armas, de un carro de guerra y de dos
sementales, sin olvidar al cochero, que por lo visto estaba de oferta. Aponio se sentía
como una gallina que ha encontrado un cuchillo, un cuchillo para cortarle el cuello.
De la impresión, el antiguo pretor perdió el conocimiento.
Volvió a despertar a una trágica existencia mientras se tambaleaba escaleras del
palacio abajo, sostenido por el gordo Cornelio Cordo, en la desbandada que había
seguido al regreso del divino y maléfico Cayo a sus placeres. La mayor parte tenía
prisa por evacuar los lugares donde todo parecía posible. Y en las estrechas calles que
descendían del Palatino hacia la Vía Sacra y los Foros había un gran atasco de literas,
sillas de posta y mulas que iban a obstruir el barrio de las Curias.
Como muchas víctimas, sin preocuparse por los espías o los provocadores,
osaban quejarse en voz alta de la arbitrariedad del Príncipe, Cordo arrastró lo más
pronto posible lejos de esa afluencia comprometedora a un Aponio que no dejaba de
murmurar: «¡Nueve millones! ¿Cómo voy a reunir nueve millones?».
Cordo poseía la natural benevolencia de los obesos, a menudo más atenta que la
de los filósofos ascéticos, pero tenía prisa por ir a comer por cuatro.
Impaciente, dijo:
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—Pues los reúnes como todo el mundo. El dinero líquido lo tienen los
«caballeros». Ya no saben mantenerse sobre un caballo, pero aún tienen mano para
arrendar los impuestos. ¿Qué son nueve millones para ellos?
—Esos «publicanos» se enterarán de que estoy hasta el cuello y me harán el
préstamo a un interés desmedido.
—Ya se lo devolverás con la venta de tus bienes.
—Si los vendo a toda prisa me darán la mitad de su precio, y si me tomo mi
tiempo, los intereses se comerán el beneficio.
—Todavía te quedará para vivir.
—Un millón quizás…
—¡Que es justamente el censo para entrar y quedarse en el senado!
Cordo, que todavía no había devorado más que cincuenta millones sobre cien,
decía aquello con toda seriedad. ¿Ignoraba que en Roma el bienestar empezaba para
un senador con quince millones, y una mediana riqueza con treinta? ¿Y cuántos había
que pudieran contar los millones por centenas? ¿Cómo vivir decentemente con las
rentas de un triste millón? Los senadores tenían que poseer bienes raíces en Italia, que
no reportaban, en líquido, ni el cinco por ciento de las inversiones. ¡Si Aponio
lograba salvar un millón del desastre, le quedaría un sueldo de centurión primipilario!
Si quería meterse en el senado, tendría que hacer recortes en la mesa para exhibir
una toga propia. Iba a ser la más negra miseria.
Con un amago de sonrisa, le dijo a Cordo:
—Para un hombre que acaba de comerse un lobo tiberino del precio de cuatro
esclavos, hablas de mi censo con mucho optimismo.
—¡Mis esclavos valen más de dos mil sestercios! Pero tienes que reponerte de tus
emociones, y veo que tus portadores te están buscando y que tus clientes se
inquietan… ¡Animo, y tenme al corriente!
Aponio, todavía abrumado, se hundió en su litera y exigió que cerraran
herméticamente las dos cortinas. El primer lujo de Roma era el de vivir aislado de la
muchedumbre y del ruido. ¿Durante cuánto tiempo más se lo podría permitir?
Conocía demasiado bien la hez menesterosa del senado. Vividores sin dinero,
sablistas, intrigantes desafortunados, torpes delatores, extraviados que habían creído
poder imponerse con su censo y su púrpura nueva en espera de negocios en los que
habían fracasado. Pero a pesar de todo se aferraban a su púrpura meada como la lapa
a su roca, pues todo verdadero éxito, de una manera o de otra, pasaba todavía por
aquel senado venido a menos.
Le atenazaba el miedo de tener que soportar tan lamentable compañía. Mantener
el rango sin dinero era un calvario para la dignidad. En cambio, el esclavo que
llevaba su cruz sufría menos que los demás: estaba acostumbrado.
Cuando Calígula llegó al trono, en una atmósfera de idilio entre los hijos del tan
amado Germánico y el pueblo romano, Aponio había esperado que el retraso que su
carrera padeciera bajo Tiberio a consecuencia de la desgracia de Seyano —que lo
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había hecho pretor antes de tener la edad necesaria— se viese corregido. El
consulado epónimo —o, si acaso, «sufecto»[10]— parecía próximo. ¡Y había bastado
la chifladura de un demente! ¡Oh, por los doce grandes dioses, qué tiranía sin igual!
A Aponio no se le ocurría pensar que el arbitrario reinante sólo actuaba con rigor
con los senadores y la corte, o sea, con algunos millares de privilegiados entre sesenta
millones de ciudadanos o de individuos que vivían perfectamente tranquilos y se
burlaban de las fantasías de Cayo, cuando no las aplaudían. Cada cual mira el
cuadrante solar desde su puerta.
Aponio se ahogaba en la litera, de modo que entreabrió una cortina. El cortejo
había llegado a una plaza del alto Caelio, tan pequeña que un gran plátano la
sombreaba casi por entero. El sol declinante, que no había sobrepasado en mucho su
cénit, dibujaba en el suelo una lluvia de motitas doradas, y una derivación del
acueducto juliano llevaba hasta allí el agua fresca, que caía en una fuente desde la
boca de un delfín naïf. El lugar no estaba lejos de la casa de Aponio. Le faltó valor
para ver de inmediato a su mujer. Hizo detener la litera, bajó, despidió a los
portadores y dio las gracias a los clientes.
Pronto se encontró solo en la plaza, donde se respiraba un aire más ligero que en
las hondonadas. Era la hora de la siesta, que vaciaba de golpe las plazas y callejas de
una ciudad momentos antes tan trepidante: la hora que escogían los amantes para sus
citas ilícitas, pues nadie más les veía andar por las sendas para entonces desiertas.
Aponio se sentó en el borde de la fuente, sumergió las manos en el agua y se las
llevó al rostro. Se sentía traspasado por las flechas del absurdo, y mal preparado para
recuperarse. El absurdo hacia la felicidad de algunos filósofos escépticos… Quienes,
por otra parte, se habrían sentido aterrados si su gato hubiera recitado de pronto a
Virgilio o se hubiese transformado en ratón. ¿Pero qué podía hacer con el absurdo un
senador? ¡Y sin embargo el absurdo había llegado a ser un procedimiento de gobierno
con el «princeps», el «premier» de los senadores! El mundo se había vuelto al revés.
La fuente estaba cerca de una silenciosa popina, que Aponio consideró con ojo
crítico. El poco atrayente nombre de popina recordaba que los encargados de estas
«tabernas», donde se sustentaba y embriagaba el pueblo más llano, se abastecían
fácilmente con los despieces inferiores gracias al popa, el grueso sacrificador que
guardaba para si y sus comanditarios lo mejor de las carnes ofrendadas a los dioses
—a quienes ya de ordinario les colaban los animales de deshecho—. Y por un pesado
deslizamiento de sentido, el nombre masculino del sacerdote había terminado por
designar a la popa que mantenía el comercio. Las popinae componían igualmente su
menú con cuartos de fieras, deshechos de jabalíes, ciervos u oryx que eran
adjudicados al mejor postor las noches de grandes masacres en el anfiteatro. Y la
popa ahogaba en fuertes salsas esas piltrafas coriáceas para camuflar el repugnante
olor, pues de otra manera se reconocería bajo el tufo de tal o cual bestia feroz, el
sudor de angustia del condenado que acababa de devorar. Pero los trozos más finos
—las patas de oso, por ejemplo— no descendían nunca hasta las popinas.
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La fachada de la taberna, bajo una parra que acababa de ser vendimiada, estaba
constelada de espacios blanqueados con cal donde algunos calígrafos habían pintado
en llamativos caracteres el anuncio de los próximos espectáculos: carreras en los
circos Máximo o Flaminio, representaciones en los teatros de Pompeya, de Marcelo o
de Balbo, munera[11] de gladiadores en el viejo anfiteatro de los saepta del Campo de
Marte, en cuyo seno los votos republicanos de antaño habían cedido la plaza a
aplausos más tranquilizadores para el poder.
Aponio sucumbió a la tentación de aturdirse con un gran trago de vino puro,
como lo tomaban los borrachos. En la litera, donde se había desplomado sin
precauciones, la hermosa disposición de su toga pretexta se había deshecho, y la
bolsa y las fruslerías, negligentemente entrojadas en su repliegue, se habían repartido
sin que se diera cuenta sobre los cojines de pluma. Además, se hubiera visto
desplazado luciendo una toga senatorial en una popina. Así que Aponio se
desembarazó de esa carga que le hacia sudar, e incluso dobló la tela sobre el
antebrazo para que la banda púrpura no atrajese las miradas. Sólo se ponía la túnica
laticlavia, rayada con una banda de púrpura vertical, cuando salía sin toga.
Tras la disparada de mediodía, el negocio se había despoblado. Pero flotaba
todavía, penetrante, una mezcla de emanaciones agresivas.
En los agujeros de los estantes de carpintería o del embaldosado desigual y
desparejo, había plantado un bosque de ánforas, del que las que estaban destapadas
olían a vinaza o a vino peleón, a aceite rancio, a la salmuera de las conservas de
pescado barato, al poso de orujo que servía para la conserva más onerosa de los
trozos de cabra, ciervo o cebú, al allex, ese pescado menudo semidescompuesto, cuya
total podredumbre daba el líquido garum de mala calidad[12]. Cerca del horno
apagado, un ánfora chapucera de garum lindaba con otra de miel de dátil, cuya virtud
más ostensible era la de ser cinco veces menos cara que la anterior. La popa tenía que
apelar a estas dos reservas para sazonar sus guisotes con los contradictorios sabores
que estaban de moda desde hacía mucho tiempo.
Aponio se acercó al mostrador interior, quebrado en ángulo recto, más largo y
mejor provisto que la rama mamposteada del armazón que servia de escaparate para
los transeúntes. Sus ojos, que se habituaban a la relativa penumbra, distinguían allí
jarras y recipientes variados de legumbres secas, simplemente cocidas en agua o
reducidas por ebullición: habas, lentejas, altramuces, dólicas, moyuelos, guijas y
garbanzos diversos… También guarniciones de nabos, chirivías, calabaza, lechuga,
habas, verdolaga o pepinos, y además budines de cerdo o de chivo —el hircia[13] de
los campesinos—, y platos de menudillos, de longanizas o salchichas ahumadas, y
chicharrones finos de buey, acompañados de huevos duros, racimos de uva nueva,
quesos y groseros panes plebeyos rellenos de salvado y de ese polvo pedregoso que
se desprendía de la pulverización de las muelas.
Aponio descubría suspirando ese muestrario de productos, de los que la mayor
parte le eran extraños, ya fuese por su naturaleza, ya por su calidad. ¿Cuánto tiempo
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hacía que no les hincaba el diente a unos altramuces? A tugurios de esta clase iban a
distraerse sus portadores de litera o de silla mientras él cenaba en la ciudad.
Despertó a la gruesa siria que dormitaba tras el mostrador y pidió un vino
aperitivo al anís, a la rosa o a la violeta, para neutralizar unos olores que de otra
manera ponían de relieve la mugre y el sudor. Sin duda recién llegada, la mujer
chapurreaba un latín popular incomprensible y en seguida pasaron al griego.
—Encontrarás lo que buscas, señor, en las elegantes thermopolia[14] de los Foros.
Pero tengo un buen vino de Cos, que he puesto a refrescar en agua de la fuente.
—¡Muy cerca ha estado del agua entonces! Lava este tazón y llénalo como es
debido.
Bajo una corona colgante de ajos y cebollas, Aponio bebió de un trago el brebaje,
que lo reconfortó a pesar de su mediocridad. Había sido bien estabilizado con agua de
mar, como todos los grandes crudos de Cos, de Clazomenas o de Rodas, pero no era
más que una pálida imitación italiana.
Entraron dos braceros que habían terminado su jornada y se pusieron a jugar a los
latrunculi[15] (el «juego de los pillos») en un rincón. A Aponio el tablero le recordó
irresistiblemente la incomodidad material y moral de la situación a que su mala suerte
lo llevaba. En Roma, como en los latrunculi, cada cual tenía su casilla, su derecho
particular, sus deberes y sus prerrogativas. Cada cual se definía por las leyes y las
amistades de su medio; era una sociedad estructurada y jerarquizada al máximo. Pero,
controlada por reglas exigentes, la progresión de casilla en casilla estaba abierta a
todos. ¡Ahora bien, el Príncipe, el dueño del universo, el padre del pueblo, la divina
encarnación de toda justicia, rebajado al rango de pelele irresponsable, había roto las
reglas! Aponio estaba, de ahora en adelante, fuera de juego. Senador arruinado, ya no
tenía en los latrunculi de la existencia, sobre el tablero de sus días, una casilla bien
segura donde poder codearse con sus pares y pensar en combinaciones ganadoras.
Habría sido preciso el temperamento de un filósofo cínico, orgulloso de vivir en
una barrica gala, para hacer frente a una tormenta tal. Pero Aponio estaba
acostumbrado a juzgarse a través de los ojos de los demás y la filosofía no era para él
más que una elegante distracción. Los griegos ya habían descubierto al individuo
todos los recursos y riquezas de un Ulises, náufrago en una isla desierta que podía
recoger conchas alegremente y bambolearse, coronado de flores, bajo el borboteante
sol de Apolo. El romano se había quedado al margen de la única sensatez posible, y
sólo un lugar completamente suyo en el Estado le confería peso y mordacidad.
Los olores tan característicos del allex y del garum traían a la memoria de Aponio
toda una vergonzosa genealogía, que se había afanado por olvidar y hacer olvidar.
Pues en suma, como los dos tercios de los ciudadanos de la ciudad, él sólo era, a
pesar de su púrpura de «hombre noticia» en el mercado de los honores, el producto
más típico de una esclavitud promocional que había catapultado a tantos otros hacia
cimas lejanas.
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El bisabuelo de Aponio había sido saqueado por Sulla en su juventud, al término
del célebre sitio de Atenas, y como debía ser más bien soñoliento y flemático, un
maestro romano y helenista le había colocado la etiqueta griega de «Aponios».
Despabilado por la áspera competencia que reinaba en el seno de las masas serviles,
Aponios se había abierto paso a latigazos para realizar la primera ambición del
esclavo: ganar la libertad de adquirir otros esclavos para sí, tratados con tanta mayor
severidad cuanto mejor conocía su dueño la canción. Liberto tras veinte años de
leales e inteligentes servicios, Aponios había tomado, según las reglas, el nombre de
su patrón y bienhechor Tiberio y el apellido de su gens[16], Junio, a los que había
añadido, en lugar de los uno o dos sobrenombres que permitían circunscribir mejor la
identidad de los ciudadanos, su único nombre de esclavo, Aponios. Ti. Junio Aponios
había merecido así los tria nomina[17] latinos, pero bajo una forma particular en la
que los dos primeros no hacían sino recordar una originaria servidumbre. Y como
esclavo o liberto que permanecía ligado a su patrón por los lazos de una estrecha
clientela, se había distinguido en la fructuosa gestión del capital de Junio.
El hijo primogénito de Aponios había heredado —siempre según la costumbre—
el apellido de su padre, apellido que olía a mácula servil por su sonoridad y por su
posición como sobrenombre entre los tria nomina. Ti. Junios Aponios el Joven había
consagrado su libertad natal a hacer fortuna con los pescados en salmuera y sobre
todo con el garum, condimento que el mundo mediterráneo consumía en cantidades
prodigiosas. Como su padre liberto, había permanecido entre la clientela de los
influyentes Junio, pero Aponio el Joven había encontrado algún orgullo e interés en
hacer alarde del apellido y el nombre del patrón que había liberado a su progenitor,
aunque, no obstante, estimase que Aponio sonaba mejor que Aponios.
El hijo de Ti. Junio Aponio, perfecto homónimo de su padre, había añadido —
para distinguirse mejor de él— a sus tria nomina el sobrenombre de Saturniano, ya
fuese en razón de una devoción especial a Saturno, vieja divinidad itálica, ya porque
sus juergas durante las saturnales se habían hecho famosas. El mercado de los
sobrenombres era libre y se podían tomar cuantos se desearan. Ti. Junio Aponio
Saturniano había soñado durante mucho tiempo con dejar el pescado para invertir en
tierras, apogeo de todo éxito comercial y condición de cualquier éxito político
honorable. En la vejez de aquel hombre ambicioso la conversión era cosa hecha, y
resultaba posible encarar bajo risueños auspicios el porvenir de los dos hijos de la
casa, el mayor, Ti. Junio Aponio, y el menor, Ti. Junio Aponio Rufo, llamado así
porque su cabello tiraba a rojizo.
El viejo Saturniano, con una solapada ingratitud, había descuidado por otra parte
sus tradicionales lazos de clientela con los Junio, a medida que las ánforas y las jarras
se mudaban en millones de yugadas, unidades de superficie a justo título
rectangulares para perpetuar mejor el recuerdo de las labranzas y los surcos. Y había
hecho algo aún peor: al sesgo de ocultas complacencias les había dado a los niños
nombres romanos, y escamoteado la mención de Ti. Junio. Nacieron un Marco y un
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Aulo. Y un M. Aponio Saturnino y un A. Aponio Saturnino Rufo aparecieron en el
Foro, pues se había aprovechado la ocasión para transformar Saturniano en Saturnino,
sobrenombre llevado honorablemente por conocidos personajes a través de la
historia.
¡Por fin cada niño tenía un nombre —e incluso un apellido— completamente
suyo! Para los verdaderos romanos, el nombre —¡ya que en total no había más que
dieciocho!— tenía poca importancia, y se llamaban mas bien por su sobrenombre
original. Pero a los extranjeros de origen servil o dudoso era la propiedad de uno de
estos envidiados nombres lo que les proporcionaba el sentimiento de penetrar al fin
en la intimidad de la diosa Roma. ¡Y no solamente los niños habían adquirido un
nombre particular, sino que el apellido de la gens protectora había desaparecido del
estado civil por el mismo motivo! Cuando alguien se llamaba Cn. Pompeyo Trogo —
como el historiador galo— o C. Julio Tal y Cual, podía descender de un liberto de
Pompeyo o de César; pero también podía ser el heredero de un provinciano libre que
hubiese recurrido a su patronazgo para obtener la naturalización. Mientras que los Ti.
Junio, surgidos más que probablemente de una misma servidumbre, no engañaban a
nadie.
¡Cuántos esfuerzos despilfarrados en un abrir y cerrar de ojos para llegar hasta
allí!
Marco, que iba por el cuarto tazón de Cos puro, empezó de repente a hablarle de
su padre y de su abuelo, con lágrimas en la voz, a esa siria de popina, que ya había
oído a muchos otros y sabía alentar la conversación con interjecciones u
onomatopeyas.
Poco a poco, una afluencia piojosa y burlona, que sin duda prefería la bebida a las
termas, había llenado la taberna y, entre las brumas de la primera embriaguez, Marco
entreveía semblantes risueños que parecían salidos de viejas atelanas[18].
—¿Sabéis cómo se fabrica el mejor garum? El que os habla lo ha visto hacer en
Bética, en España, cuando todavía llevaba a la espalda la toga pretexta de la
infancia… —Y, tirando sobre el taburete su análoga toga pretexta de senador, agarró
una jarra vacía, que llenó de gestos vanos y palabras huecas—: En el fondo de la
jarra, una alfombra de hierbas olorosas, eneldo, cilantro, hinojo, apio, ajedrea, menta,
ruda, poleo, tomillo, orégano, betónica… Me olvido de una. Ah, sí: el argemone.
Muy importante, me han dicho, el argemone. Después un lecho de pescado graso
salido de las ondas, dulces o amargas: anguilas, sábalos, caballas o sardinas… Luego
un espesor de dos dedos de sal. Y así otra vez hasta la boca. Se cierra y se esperan
siete días, la semana de los astrólogos en honor de los siete planetas que rigen el
universo. Después se remueve esta papilla durante veinte días seguidos. El sublime
licor que fluye entonces de la jarra como si fuera aceite es el garum virgen, el primer
zumo. Así era el garum de la Sociedad que nuestro padre hacía traer de Cartagena.
¡Mi cocinero compraba el garum a 6000 sestercios la anforita de dos congios[19]! Ah,
aquello era otra cosa, y no lo que veo aquí…
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Hablaba ya del garum de su casa en pasado.
La toga abandonada en el taburete dejaba ver la banda de púrpura, y un gladiador
del gran ludus vecino gritó: «¡Mirad esta pretexta! ¡Es todavía infantil!», broma que
provocó interminables risas.
La visión de un gladiador fue para Marco como una puñalada. Un poco más
despejado, fue a sentarse en la banqueta de ladrillo que había al pie de la pared y se
apoyó inconscientemente en una superficie lacerada de inscripciones en honor a los
campeones de la arena.
¿Qué iba a ser de él? ¿Abandonaría ese senado de rentistas del suelo y volvería a
la conserva, cuyo olor había acunado su infancia? Pero entonces tendría que volver a
empezar casi de cero en un oficio que su padre no le había enseñado, pelearse con
tiburones para darle salida a su caballa… Le faltaban ganas y valor para correr el
riesgo. A sus casi cuarenta años creía haber llegado a la meta, se había acostumbrado
a una vida confortable y contemplativa entre su última mujer, los amores ancilares al
uso, buenas cenas decentes, algunos espectáculos escogidos, las sesiones del senado,
afortunadamente bastante raras: ya no era tiempo de aventurarse en los mares ni de
contar ánforas.
Además, volver al pescado le privaría de un placer que se intensificaba cada año y
que en adelante presentaría la gran ventaja de no ser dispendioso: el del estudio. Ya
su padre, a través de los negocios, se había interesado en el derecho y la
jurisprudencia, y había formado una estimable biblioteca. El ocio de una desgracia
demasiado larga le había permitido a Marco pasar en ella buenos momentos. Incluso
había profundizado en las letras griegas y ahondado un poco en la filosofía, ciencia
que sólo había sobrevolado en otro tiempo. ¿Iba a privarle también de su espíritu ese
maldito Cayo?
No distinguía un solo apoyo posible en su desgracia. Su hermano Aulo —que él
seguía llamando Rufo, a pesar de que se había quedado calvo como Julio César— era
un saco roto; había dilapidado los dos tercios de su patrimonio y, después de cuatro
matrimonios, acababa de desposar a una joven beldad de diecisiete años, ya casada a
los trece y divorciada a los dieciséis. No podría o no querría hacer nada por él. El
dicho favorito de Rufo era: «¡Cortemos la flor virgen antes de que se marchite!».
Por otra parte, resultaba impensable ir a gemir a casa de los Junio después de
haberse quitado de encima su distinguido patronímico, sin hablar del venerable
nombre. Los Junio no lo reconocerían, y con razón. A pesar de su inmensa clientela,
incluso tendrían derecho a tomarle el pelo y hundirle más todavía la cabeza en el
fango. Y la rama de los Junio Silano, de la que habían dependido los Aponio, tenía un
largo brazo: descendían directamente de Augusto por su mujer Escribonia, mientras
que el propio emperador Cayo sólo tenía a Livia, la segunda mujer de Augusto, como
antepasada. En su posición, el terreno era peligroso.
En cuanto a sus propios clientes, no tenían, por la fuerza de las cosas, ninguna
entidad, y se dispersarían a medida que las sportulae[20] y los regalos menudos se
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hicieran más raros.
¡Cuánta soledad en un momento! Tenía que mirar de frente esta verdad atroz: en
una organización social donde —a excepción del emperador— cada ciudadano tenía
normalmente, por una parte, un patrón, un protector natural, y por otra clientes a
partir de cierto nivel, él sería uno de los pocos privados de todo sostén. ¡Hasta los
esclavos tenían un amo para defenderlos! ¡Pero qué difícil también, para un hombre
cuyo padre había roto imprudentemente con un conocido protector, encontrar un
sustituto! El nuevo candidato desconfiaría y haría investigaciones, preocupado por no
enemistarse con ningún poderoso al cobijar bajo sus alas a una familia de desertores.
La alta nobleza era terriblemente quisquillosa en los asuntos de clientela.
Marco se consolaba un poco diciéndose que los Junio Silano también podrían
haber despedido a un Ti. Junio Aponio con buenas palabras por todo potaje. Era la
primera idea reconfortante desde la catástrofe, y era negativa.
Marco volvió al mostrador con paso vacilante y ordenó que le sirvieran un quinto
tazón de Cos que hizo que le subiera a la cabeza otra vaharada de embriaguez. Ya no
estaba en situación de darse cuenta de que su toga había desaparecido —tal vez en
provecho de un padre de familia, que sacaría de ella tres o cuatro capas después de
haberla hecho teñir.
Lágrimas de desesperación subieron a los ojos de Marco, pero la voz de su
difunto padre las secó de golpe: «¡Un romano no llora!», le decía el buen hombre al
niño ante el cabrilleo de sus viñas. Pues, naturalmente, les había asegurado a sus hijos
la educación romana más pura y tradicional. ¡Y lo añadía, incluso, sin miedo al
ridículo! Mientras que la alta nobleza se había vuelto muy escéptica, el patriotismo
romano más anticuado era cosa de los recientemente asimilados, temerosos de que
pudiera ponerse en duda la perfecta e inquebrantable romanidad de sus ideas, sus
costumbres y sus antepasados. Así fue como los héroes de la historia de Roma
aparecieron de repente para secar el rostro chorreante de Marco. Pero este orgullo
recuperado, que enderezó al senador bajo las coronas de ajos y cebollas, estaba
envenenado por una terrible confirmación: ¡Era de un verdadero romano de quien
Cayo se había burlado!
Si la revelación era un latigazo para la entereza y una invitación a la paciencia,
más turbador aún resultaba el escándalo. Totalmente desamparado, Marco lloró a
lágrima viva. Y a través de su llanto se dibujaba el rostro de su mujer para dar nuevo
alimento a su dolor. Se sentía desfallecer ante la perspectiva de encontrarse, en una
hermosa casa que ya no le pertenecía, con una esposa que, prudentemente, había
elegido sin excesiva gracia, bastante tonta y mal instruida, en la esperanza de acabar
sus días cerca de un corazón fiel después de haber sido burlado por dispendiosas
tunantes. ¿Pero qué podía hacer un corazón fiel contra un agujero de nueve millones
de sestercios a pagar con toda urgencia?
¡Es decir, 2 250 000 denarios de plata o, en oro, 90 000 aurei! ¡Más de lo que
podrían llevar doce legionarios bajo el sol del otoño! Pomponia tampoco le seria de
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ninguna ayuda. Y sufriría doblemente por ello.
—La próxima vez —le dijo a la siria con voz pastosa— creeré en los sueños
premonitorios de mi mujer. Sobre todo cuando me vea con alas y plumas. —El éxito
de su declaración le recordó la presencia del público. Su mirada giró en torno a la sala
y se fijó estúpidamente en un incongruente triclinium que se perfilaba en una
habitación del fondo. ¿Qué hacían esos tres lechos de mesa en un lugar donde ya era
sorprendente ver algunas mesas o taburetes de madera mal desbastada? ¿Dónde se
detendría el ridículo esnobismo de los humildes?
La patrona le explicó a Marco que la popina tenía mucho trabajo al mediodía, a la
salida de los baños, y que honraban a una buena clientela de gladiadores con lechos
para que disfrutaran con comodidad de sus banquetes. Esta alusión a los gladiadores
le provocó a Marco una horrible mueca, que fue mal interpretada. Para engolosinarlo
con otras posibilidades de la casa, le mostraron un letrero de aproximativa ortografía
que ofrecía a tres muchachas calificadas de «pequeñas burras», por aquello de dar
una idea sobre la frescura de su anatomía y el calor de su temperamento. En efecto,
una escalera de madera subía al piso de arriba, donde se adivinaban algunos
cuchitriles.
Marco se sintió profundamente impresionado por la ínfima modicidad de las
tarifas. Un pedazo de pan acompañado de un sextario de vino corriente costaba un
as[21]. El ragout, dos assis. Y la «burra» ocho, o sea, dos sestercios.
El maestro de primaría de Marco le había enseñado a contar con los dedos, según
el viejo sistema griego que permitía simbolizar, por medio de las dos manos, todos
los números enteros de uno a un millón. Incapaz de resolver su problema de memoria
se puso, bien que mal, a hacer malabarismos con los dedos, y después de algunos
errores imputables a su estado, llegó a este indudable resultado: ¡con los nueve
millones de sestercios perdidos, podría haberse bebido treinta y seis millones de
sextarios, comerse dieciocho millones de ragouts y rendir honores a cuatro millones
quinientas mil «burras»! Era vertiginoso. Había olvidado de buena fe que se podía
vivir a ese precio. Roma era verdaderamente barata cuando no se apuntaba a la
grandeza. Al fin tenía una buena noticia para su mujer y se decidió a volver a casa.
Fue justamente entonces cuando las cosas se torcieron, pues la bolsa se había ido
con la litera; y la toga, sola. Los alaridos de Marco y los de la popa, junto con los
alaridos de la asistencia entusiasmada por el dúo, terminaron por atraer a una patrulla
de las cohortes urbanas, cuyo jefe, desgraciadamente, se hacía de los senadores una
idea convencional. Sólo los rutilantes borceguíes abogaban por la causa del
sospechoso. Pero un arrendatario de mulas de la Puerta Cápena tuvo la mala
ocurrencia de sugerir: «Debe de ser un actor despedido de un teatro», frase en la que
Marco habría descubierto una sorprendente profundidad si se hubiese encontrado en
situación de reflexionar. Pero estaba demasiado ocupado proclamando su buena fe.
Se formó un corro en torno a su calzado, y las opiniones menudearon. Nadie
había visto todavía de cerca unos borceguíes de senador, y los de Marco resultaban
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extraños con su alta caña, hendida por la parte interior de la pierna, y la lengüeta
interna que protegía la piel de los cordones entrecruzados, cuyas extremidades se
balanceaban libremente detrás del corchete. No se parecían en nada a los coturnos de
los actores trágicos, pero era cierto que había una analogía con los borceguíes de los
actores cómicos.
Esta asimilación a los actores cómicos hizo rabiar a Marco, lo que agravó su caso,
y el jefe de los soldados tuvo que llamarlo al orden. Un cremador de cadáveres del
suburbio Esquilino declaró que los borceguíes senatoriales eran negros y no rojos.
Marco tuvo que convenir en ello, pero solamente respecto a los padres conscriptos
que no habían ejercido magistratura curul. Afirmó una vez más que había sido pretor
y que vivía en la vecindad, pero se daba cuenta de que su voz aguardentosa sonaba
falsa. Y cuando añadió: «¡Tengo 200 000 sestercios en mi cofre!», no resultó creíble
en absoluto.
El jefe de patrulla tomó la razonable decisión de escoltar a Marco hasta su
supuesta morada, para ver si allí lo reconocían.
Durante el corto trayecto, Marco se dijo que había algo peor que comer y beber
por un as: no tener ni uno.
Cuando la familia de Marco y Pomponia acudió rápidamente al atrio corintio y
vio a un M. Aponio Saturnino rodeado de soldados, el espanto heló todos los
corazones:
¡Calígula había golpeado otra vez!
—Es un simple quid pro quo[22] —dijo Marco. Pero Pomponia ya se había
desmayado.
Las heridas de dinero no son mortales. Por lo menos, no en seguida.
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III
El excéntrico Calígula no había aguantado ni cinco años. Había pasado como pasa un
cometa de cola rojo sangre, anunciador de nuevas convulsiones. El «caballero» sin
dinero Claudio, el idiota de la familia, descubierto, tembloroso, detrás de una cortina
por los indecisos pretorianos tras la muerte de su sobrino Cayo, había comprado el
Imperio a los soldados con el dinero del Estado, cosa que sólo podía reportarle malos
pensamientos y malas costumbres. Descender de Julio César por sangre o por
adopción no había sido desde entonces recomendación suficiente para la púrpura, a
no ser que la guardia pretoriana estuviera de acuerdo. El senado no tenía nada más
que decir desde que las interesadas aclamaciones habían resonado en el campo
permanente de la Puerta Vinimalia.
Claudio estaba en el apogeo de sus fuerzas… por no decir de sus debilidades:
piernas poco seguras y lengua embrollada, bebedor, jugador y avaro, glotón y
miedoso, de espíritu ciertamente cultivado, pero enredador, excéntrico y naturalmente
chistoso. Uno se preguntaba si, a fuerza de hacerse el imbécil para sobrevivir en un
clima de perpetuas conspiraciones, no lo había llegado a ser de verdad. Rasgo
relativamente simpático, la crueldad inherente a la naturaleza humana se limitaba en
él a una viva inclinación por las alegrías de la arena o a una infantil delectación a la
vista del último suplicio de quien en principio se lo merecía. En el fondo, el
sanguinario no era el hombre honrado, sino el espectador. Era corriente que el ojo no
estuviera ligado al alma por los nervios que uno hubiera creído.
Siete años más tarde, durante las alegres vendimias del año 801 de la fundación
de la ciudad, A. Vitelio y L. Vipsanio Publícola eran cónsules epónimos, el liberto
Narciso había obtenido del Príncipe, tan irresoluto y funámbulo, la condena de
Mesalina, madre de sus hijos Británico y Octavia. Es verdad que Mesalina había
exagerado. Después de haber engañado a Claudio de forma grandiosa con todo el que
llegaba, se había vuelto a casar, en vida de su imperial marido, con el cónsul electo
Silio, quien no tenía miedo de amueblar su casa con los despojos del palacio.
Excusables asuntos de faldas habían tomado de repente un inquietante cariz político.
En enero del año siguiente, según los consejos del liberto Palas, el Príncipe se
casaba de nuevo con una pariente cercana, Agripina la Joven. Un hombre
influenciable y gastado caía bajo la férula de una arribista feroz y sin escrúpulos, ya
madre de un joven L. Domicio Ahenobarbo, que iba para los doce años. Claudio
adoptaría pronto a este Lucio con gran perjuicio de los legítimos intereses de
Británico. Por primera vez en la historia de Roma, un ser del sexo débil podía esperar
el disfrute del poder supremo gracias a la tapadera de un hijo dócil.
M. Aponio Saturnino nunca hubiera pensado que la nueva boda de Claudio iría a
trastornar su lúgubre existencia. Los deberes que lo abrumaban desde hacía una
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decena de años lo habían llevado poco a poco a considerar que las intrigas del palacio
se desarrollaban en otro planeta.
En aquella mañana de enero, un frío húmedo pesaba sobre las hondonadas de la
ciudad cuando Marco se despertó sobresaltado con los horrorosos gritos de un recién
nacido que una arpía sin entrañas acababa de depositar detrás de su casa, sobre las
basuras del final del callejón. Gesto tanto más irritante cuanto que de ordinario su
sueño huía y los momentos que precedían al alba eran los únicos —con el de la siesta
— en que se acallaba el habitual alboroto romano.
Como la circulación de carga y descarga —salvo para las necesidades de
refacciones o construcciones de casas— estaba severamente prohibida durante el día
desde el edicto de Julio César, era de noche cuando se reabastecían todos los
almacenes y mercados de la ciudad. Aún no había desaparecido el sol detrás del
Janículo cuando, ante las diecisiete puertas de Roma, una nube impaciente de
vehículos, carretas y carros esperaba la señal para el asalto. Y en cuanto el astro se
oscurecía, cocheros, conductores y mozos espoleaban a los caballos de tiro y a las
mulas hacia ese oscuro laberinto que iba a ser turbado por gritos y relinchos y
estremecido por los pateos hasta la llegada del alba, a la luz vacilante de una miríada
de linternas y antorchas.
Así se abastecían —sin contar muchos otros puntos de distribución y venta— el
gran almacén de los papyri[23] y pergaminos del Foro, el «mercado de golosinas» en
lo alto de la Vía Sacra, el mercado de frutas tempranas de las «leñeras galas», el
mercado de aceite y el de pescado del Velabra menor, el «Pórtico de las habas» y «el
mercado de los panaderos» del Aventino, el mercado de legumbres del Circo
Máximo, el «Macellum[24] de Livia» en el Esquilino, donde se encontraban las
mejores carnes y aves… E incluso se aprovechaba la ocasión para abastecer el
mercado de legumbres situado, sin embargo, un poco más allá de la Puerta
Carmentalia, entre el teatro de Marcelo y la roca Tarpeya. Hecho esto, con una prisa
febril, la armada de la sombra —a cuya retaguardia avanzaba el cuerpo de poceros de
letrinas y cuidadores de cloacas— se apresuraba a abandonar la ciudad, pues todo
vehículo que hubiera sido hallado en ella después del amanecer se habría visto
bloqueado.
Los sueños de Marco, que había ido a dar en una casa bamboleante en el corazón
del casco viejo, estaban poblados de zarabandas de legumbres y socarronas risas
equinas, mientras respiraba a través de los mal cerrados postigos olores de estiércol,
pescado y mierda. Allí estaba incluso el humo resinoso de las antorchas para
recordarle a su adormilada conciencia los constantes riesgos de incendio que, con las
inundaciones y las «pestes», eran el mayor terror del romano.
Pero cuando despuntaba el día estallaba de golpe un inmenso rumor, un inmenso
zumbido puntuado por ruidos más sonoros y agresivos. Comerciantes de cualquier
calaña, desde el barbero al mercader de esclavos (Roma, por una especie de pudor, no
tenía ningún mercado de esclavos digno de ese nombre), desmontaban los batientes
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de madera de sus tiendas y armaban en la calzada sus mostradores y puestos.
Resonaban las herramientas de los caldereros, de los herreros, cerrajeros, batidores de
oro o de plata. Los taberneros vociferaban para alabar las salchichas ahumadas o el
budín recién hecho. Los maestros de escuela y sus alumnos se desgañitaban bajo los
pórticos. Los vendedores ambulantes del Trastévere ofrecían chillando paquetes de
leños azufrados y los mendigos modulaban lastimeras melopeas. Imposible pensar en
dormir hasta la hora de la siesta.
El niño abandonado gritaba con toda su alma. La mayor parte de las veces
abandonaban a las niñas, que eran más resistentes que los chicos y tardaban más en
callarse. Las organizaciones de mendicidad, cuyos emisarios recorrían los vertederos
—autorizados o ilícitos— para encontrar buenos individuos vigorosos que mutilar y
educar, preferían a los niños, cuyas enfermedades y heridas despertaban por lo común
una compasión más viva en las matronas tan sensibles como estériles. Pero la
mayoría de los proxenetas tenían debilidad por las niñas.
En la habitación de al lado, Kaeso también se puso a gritar, conmoviendo el
corazón de Marco. Marco el Joven, nacido cinco años atrás, tenía el sueño pesado,
pero Kaeso, su hermano pequeño, poseía un temperamento vivo y nervioso. Bastaba
el menor soplo para inquietarlo. Se hubiera dicho que no se había repuesto de la
muerte de Pomponia, en el parto, a consecuencia de una cesárea que había acabado
en carnicería. Y le habían puesto al niño el raro nombre de Kaeso, que testimoniaba
las trágicas circunstancias de su nacimiento.
Marco, que había amontonado las túnicas para protegerse del frío, se desprendió
de sus cobertores, buscó a tientas las zapatillas sobre la raída alfombrilla de cama,
puso la mano en el lucubrum, minúsculo vigilante que le acompañaba los insomnios
con su punto luminoso y, tropezando con el orinal de barro cocido, fue a calmar a
Kaeso.
El niño estaba acostado con su hermano dormido, y los gritos de la chiquilla
debajo de la ventana no dejaban de molestarle. Marco le explicó a Kaeso que la niñita
no era sensata, pero que pronto seria castigada, y supo encontrar, con sensibilidad de
padre, muchas tiernas palabras más para tranquilizar a su hijo y hacer que recuperara
el sueño.
Volvió a meterse en la cama y, al resplandor de su lucubrum, familiares y morosas
lucubraciones se adueñaron otra vez de su alma entristecida.
Había caído casi en picado, y todos los aspectos de su nuevo género de vida se lo
recordaban constantemente. La ruina le había arrancado rápidamente la casa del
Caelio, a pesar de haberla hecho construir de nuevo por famosos arquitectos griegos
tras el terrible incendio que había destruido toda la región (unos diez años antes de la
sospechosa muerte de Tiberio) y sólo había dejado en pie una estatua del Príncipe en
el palacio de los Junio Había tenido que abandonar una de las prestigiosas colinas en
las que, desde hacía generaciones, los ricos se esforzaban por vivir alejados de la
agitación y del ruido, aislados de la insoportable muchedumbre por el espesor de sus
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paredes y la superficie de sus parques, en un aire más salubre, menos tórrido en
verano, menos húmedo en las malas estaciones. Había rodado hasta el nivel del
vulgo, cien pies más abajo, en el Suburio[25], un barrio popular y mal afamado,
especie de crisol entre el Esquilino, el Vinimalio[26] y el Quirinal, donde se
mezclaban todas las naciones, abierto solamente al sudoeste, hacia la Vía Sacra y los
Foros Romanos, a los que llevaba el Argiletum, la animada calle de los libreros. Y la
caída era incluso doble, ya que Marco había vendido también su tranquila y
floreciente villa de la «Colina de los Jardines», en el monte Pincio, al norte del
Campo de Marte, cuyas pendientes meridionales miraban tan graciosamente alas
alturas, pequeños valles y llanuras de aquella ciudad única en el mundo —siempre y
cuando uno la mirara desde lo alto.
Enterrado bajo un entresuelo coronado por seis pisos, unido a otras dos casas de
la misma índole, Marco, desde su piso bajo, no veía del exterior más que una
callejuela por delante y un callejón sin salida por detrás. Toda la parte inferior de
Roma había crecido así hacia los cielos, acumulando pisos por falta de espacio, en
una maraña de estrechos caminos que, demasiado a menudo, carecían de las aceras y
el pavimento previstos y prescritos mucho tiempo atrás. En verano, una bochornosa
sombra pesaba sobre el dédalo del Suburio; en invierno todo era oscuro y de lo más
sórdido.
Pero la debacle se veía agravada por otra, más íntima y cotidiana todavía, pues
manaba del corazón de la casa. El menor labrador latino tenía su modesto atrio, es
decir, su pedazo de cielo a domicilio, cuya luz central le permitía preservar la vida de
familia tras las opacas paredes. Los ricos añadían peristilos a la griega, siempre
vueltos hacia el interior, y solo abrían pórticos al exterior ante las vistas
inexpugnables. Mientras que las disparatadas habitaciones de Marco, fruto de la
reunión de cuatro viviendas ordinarias, encuadraban un patio que parecía más bien el
fondo de un pozo, un vertiginoso agujero. Y de esta cascada de pisos, cuyos
remendados balcones ostentaban dudosas coladas o inestables tiestos de flores, caían
a veces las cosas más incongruentes y nauseabundas. Para asegurarse el goce
exclusivo de tan irrisorio patio, Marco, que después de muchas alarmas había
conseguido ser el propietario de la casa, había hecho tapiar el fondo del soportal
principal, que daba a una callejuela, así como el fondo de soportal menor, que daba al
callejón. Pero por mucho que había cultivado pálidas pérgolas en su agujero, o
tendido velos de fortuna, nunca estaba a resguardo de los indiscretos. Para un hombre
que se tenía por un verdadero romano, una situación así, tan contraria a la
sensibilidad terránea o mediterránea, era sencillamente monstruosa.
Marco era además cordialmente odiado por los arrendatarios de su torre, que no le
perdonaban que hubiese confiscado el agujero desde su imperiosa instalación. Y el
hecho de que el propietario, para ahorrarse los gastos y las malversaciones de un
gerente, se aplicase a recibir él mismo los módicos alquileres de una calamitosa
plebe, provocaba otras tantas discusiones humillantes con pobres diablos que habían
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subdividido al máximo miserables cuchitriles donde, por definición, el agua de los
acueductos, derramada por todas partes a ras del suelo, nunca subía más de un brazo.
Tales desavenencias animaban en casa de Marco el desprecio y la desconfianza de
todos esos miserables «sin hogar fijo», entre los que predominaban los vagabundos y
los extranjeros. ¡Él, por lo menos, tenía todavía su altar familiar, sus lares y sus
penates[27] y hasta su genio particular, tradicionalmente representado por una
serpiente! El rumor de la ciudad había estallado con el día, y se oían ya, a través de
los sesgados techos, las patadas de los arrendatarios del entresuelo, donde tres
pequeñas habitaciones habían sido aisladas de los accesos normales y puestas en
comunicación, mediante escaleras, con otras tantas tiendas que Marco había abierto y
alquilado para aumentar sus escasos ingresos —lo que disminuía en la misma medida
la superficie habitable. En la fachada había una minúscula popina, confiada a una
liberta cretense del dueño, que había sido la nodriza de Kaeso antes de quedarse
viuda, y un barbero cartaginés, que sacaba unos ingresos extras con lecciones de
despiece que daba a pinches de cocina mediante animales desmontables de madera.
Y, en el callejón, un lusitano siniestro se afanaba en dar salida a una selección de
látigos e instrumentos para castigar a los esclavos.
Marco estaba relativamente satisfecho de la popina y de la tonstrina[28] púnica.
Como se había visto obliga o a vender a su experto barbero, estaba muy contento de
que lo afeitaran gratis. (¡Lejos estaba el tiempo en que Agripa, para festejar su
edilidad del 720, ofreció a los romanos y romanas servicios de peluqueros durante un
año!). Y como ya no podía acostarse con sus criadas, a veces se aislaba furtivamente
en las horas libres tras la cortina de la popina en compañía de la «pequeña burra» del
lugar para una breve cabalgata o una punción calmante. A fuerza de rogar a Venus,
los romanos habían conseguido que contuviera a los males más graves que formaban
el cortejo de su culto.
Sobre la basura de enero, la chiquilla flaqueaba ya. Puede que fuera un niño.
Marco se dio ánimos para levantarse, entreabrió los postigos para que entrara un
poco de luz y fue a despertar a sus perezosos esclavos, pues aquél iba a ser día de
gran limpieza en honor a la inesperada visita de su sobrina Marcia. De una familia
muy corriente de unas doscientas cabezas, Marco sólo había podido conservar una
docena de nulidades, cuya incapacidad era tanto más evidente cuanto que se exigían
de estos esclavos poco dotados las prestaciones más diversas y contradictorias. Y la
mala voluntad se sumaba a la falta de cuidado, mientras que las promesas o las
amenazas chocaban con una blanda obediencia atemperada de astucia. Se estimaba
que el rendimiento del trabajo servil era dos veces inferior al del trabajo libre, y los
doce esclavos de Marco se agitaban por tres. Sin duda, a pesar de su insigne
mediocridad, se sentían irremplazables.
Bajo la vigilancia personal del amo, el equipo de destajistas de ambos sexos se
entregó a un gran tráfago de cubos, trapos, bayetas y esponjas, plumeros, escaleras de
mano y escobas. Después echaron serrín sobre los pavimentos regados, para
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arrancarles mejor la suciedad y el polvo. Para terminar, recargaron con carbón
silvestre los braseros fijos o rodantes que habían apagado a la hora de acostarse, por
miedo a la asfixia, y dieron brillo con mano cansina a dos o tres muebles todavía
presentables y a un lote de esa plata corriente de la que Marco antaño ofrecía cinco o
seis libras a sus clientes como regalo.
Pero, con limpieza o sin ella, nada podía cambiar las cosas: el irremediable
alojamiento no era más que un vulgar piso bajo de insula[29] de segundo orden.
Marco pensó con amargura que insula significaba también «isla» o «islote», y que
en aquélla él vegetaba sin esperanzas como un náufrago de sus bienes.
Se le ocurrió la idea de hacer barrer bajo los soportales. A cada lado de ambas
bóvedas se abría una caja de escalera, y las cuatro puertas correspondientes del piso
bajo eran, naturalmente, las del propietario. Marco le había insistido en que Marcia
entrase por el soportal grande y llamase a la puerta de la izquierda —ya que los
esclavos habían sido relegados enfrente—. Pero las mujeres son atolondradas y
Marcia, que no conocía el lugar, podía presentarse por el soportal del callejón. Así
que tan importante era barrer por delante como por detrás.
Dichos soportales estaban, por cierto, tan atestados de basura como de costumbre.
Peor aún: las dolia, esas grandes jarras tinajas donde los campistas de los pisos
vaciaban sus orinales o sus sillas perforadas, estaban llenas hasta los bordes bajo las
cuatro cajas de escaleras. Los poceros nocturnos habían descuidado la casa una vez
más. A pesar del frío bastante vivo, el olor era insoportable. Pero es vertedero del
callejón ya respetaba los reglamentos de la policía, y no era cuestión de añadirle
cuatro dolía. (Además, había allí un niño, muy capaz de respirar todavía…). No había
nada que hacer.
Disgustado, Marco volvió a entrar en sus habitaciones, y prescribió al pasar que
dieran una buena mano a los cuatro tiradores de las puertas. Era un pobre consuelo.
El cielo estaba cubierto, era imposible saber la hora, y Marcia, que había
anunciado su visita para los alrededores de la hora quinta, podía llegar pronto.
En la cocina del lado del amo, Marco se lavó las manos, la cara y la boca con
agua corriente, sin dejar de pensar que no había pagado el agua. Ese agua tan
preciosa, que no se distribuía a los arrastra-chanclos sin recursos de los pisos, retenía
junto al suelo a todos los «insularios» capaces de permitírsela en su casa. Por todo
desayuno, Marco bebió algunos tragos de agua glacial, después sustituyó sus
arrugadas túnicas por otras más decentes, deslizó los pies desnudos en un calzado de
ciudad y se pasó un peine por el cabello.
Ya había que aguzar el oído para oír desde la alcoba los últimos gemidos del niño.
La vez anterior, unos perros vagabundos se habían encargado de él. No era sano ni
para Marco el Joven ni para Kaeso meter la nariz en tales espectáculos, alojamiento
de los esclavos, más alejado del fondo del callejón, habría sido a fin de cuentas
preferible para la familia…
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De vuelta a las habitaciones de recepción, Marco comprobó que los braseros no
humeaban mucho y mantenían un mínimo de calor, a pesar de que estaban abiertos
los postigos. Empero, la atmósfera era siniestra hasta tal punto que el amo pidió que
encendieran algunas lámparas, a condición de resguardarlas bien de las corrientes de
aire.
Una vieja esclava desdentada trajo a los jóvenes Marco y Kaeso, que habían
jugado aparte hasta que los asearan para presentarlos a su prima hermana.
Estos dos niños, nacidos uno detrás de otro y casi en el ocaso de la vida, se habían
convertido en los únicos tesoros de Marco, reducido por los acontecimientos a la
situación de «proletario» —al menos si hacemos caso a su íntimo análisis,
fuertemente teñido de pesimismo—. En todo caso, les había cobrado a sus hijos un
afecto tanto más vivo cuanto que Pomponia había muerto de parto mientras Marco el
Joven daba sus primeros pasos; además, había tenido que educarlos prácticamente
solo, con una servidumbre reducida y negligente. Y a esos pequeños, en un tiempo en
que Italia se despoblaba a pesar de la inquieta conciencia que se tenía de ello, a pesar
de las aterradas advertencias de los Príncipes y de sus incitaciones a la natalidad, a
esos pequeños Marco los quería por una suerte de reacción instintiva contra las
inauditas injurias del destino. Pero el consuelo de su presencia iba acompañado de
nuevas angustias. Tal como estaba la fortuna de la familia, ¿con qué dinero, con qué
apoyos establecer un día a los dos jóvenes?
A punto de llorar, Marco despidió secamente a sus hijos y volvió los
pensamientos a su sobrina, único fruto del primer matrimonio de su hermano Rufo,
que acababa de morir después de haber consagrado los últimos vestigios de su
patrimonio a soberbios obsequios: Rufo había sido inconsecuente, egoísta y
caprichoso hasta el final. En cuanto a Marcia, tras haberse divorciado a los dieciocho
años de un «caballero» que se forraba los bolsillos en la administración de los
inmensos dominios imperiales, se había vuelto a casar en seguida con un tal Mancino
Largo, noblecillo campesino de Umbría, que tenía un mar de viñas del lado de
Perusa. Antaño Marco había tenido a Marcia sobre las rodillas, pero su ruina había
espaciado las relaciones entre los dos hermanos, y sólo había vuelto a ver a la joven
en raras ocasiones, la última vez en la ceremonia fúnebre en la que el frívolo Rufo
había sido reducido a humo y cenizas. Estaba sorprendido al saberla de regreso en
Roma y deseosa de visitarlo en su casa «por asuntos graves». ¿Se trataría de un
asunto de tutela? En todo caso, hubiera preferido ver a su sobrina en un lugar más
digno de sus encantos.
Marco se pasó la mano por el rostro: su barba de dos días estaba todavía
presentable. Y lanzó una última ojeada a la habitación, que había sido calificada de
exedra[30] a causa de la presencia de algunos asientos. Al menos estaba limpia…
Pero, sobre todo, era allí donde se habían erigido el altar familiar de mármol
blanco y el larario de preciosa madera exótica de limonero que conjuntamente
adornaran el atrio de la casa del Caelio. La pequeña llama del fuego sagrado que
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ardía noche y día en el altar, la Minerva de plata que, entre otras, lo consideraba a uno
desde lo alto del nicho del armario, encima del entrepaño esculpido que ocultaba lo
necesario para los sacrificios, eran visiones acogedoras y reconfortantes, un recuerdo
de tiempos mejores y una permanente invocación a potencias protectoras. Marco
tenía una particular devoción por Minerva, que había elegido como penate a
instancias de Cicerón, cuyos discursos y actos públicos suscitaban en él una
admiración casi sin reservas.
Y de repente introdujeron a Marcia, dueña de un andar de gracia infinita y
rodeada por una nube de perfume picante. Marco no había podido apreciar
recientemente a la joven bajo sus velos de duelo, y estaba deslumbrado al encontrarla
tan seductora a sus veinte años.
Marcia llevaba un largo vestido rojo vivo, ribeteado de oro, con la cola plisada,
ceñido en las caderas por un cinturón ancho y liso, y bajo los senos por otro cinturón
más delgado.
Y esta stola[31] —sin duda a consecuencia del duelo— iba cubierta por un gran
chal sedoso de un negro brillante, en el que unos bordados plateados representaban,
no obstante, el triunfo de Afrodita. El pectoral y las pulseras de las muñecas y tobillos
eran de oro artísticamente trabajado, pero la notable finura de las manos,
blanqueadas, como la frente, con cerusa, se veía realzada por la ausencia de toda
joya. El ligero ocre de los pómulos y el ocre más oscuro de los labios habían sido
aplicados por la mano de una ornatrix[32] experta, que había sabido respetar la
triunfante juventud de esa extraordinaria morena con almendrados ojos de cierva.
Pomponia nunca había sabido vestirse y se sobrecargaba de joyas como un asno
camino del mercado.
Se abrazaron, y Marcia quiso dedicar en el acto una libación de vino puro a la
Minerva del larario, deferencia que se iba perdiendo y que impresionó a Marco.
Se sentaron y charlaron con naturalidad de la defunción de Rufo, quien dejaba a
Marcia, privada ya de su madre, huérfana de padre y sin más pariente que Marco del
lado paterno. Y la charla fue más sabrosa debido a que la ceremonia había sido
pintoresca. Rufo había escogido por sí mismo al mimo consumado que debía
conducir las exequias, y había tenido el valor para, cerca de su fin, hacerle
personalmente algunas recomendaciones.
Los cortejos fúnebres distinguidos eran siempre conducidos por mimos que
llevaban la máscara mortuoria del difunto, adoptaban sus andares y ponían de relieve
con gestos, e incluso con la voz, los defectos y ridiculeces del desaparecido. Una
crítica tal era la contrapartida de la oración elogiosa que el sucesor tenía que
pronunciar después, al pie de los Rostros del Foro.
Los contemporáneos de Claudio pudieron así asistir a las exequias del avaricioso
Vespasiano, en las que una salida del archimimo tuvo un prodigioso éxito: mientras
que la augusta procesión orillaba el Tíber, el artista que imitaba al príncipe en vías de
apoteosis preguntó el precio de la ceremonia y gritó: «¡Prefiero que me den la suma y
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que tiren mi cuerpo al agua!». La costumbre también quería que los soldados que
seguían el carro triunfal del emperador fueran liberados durante un rato de todo
respeto por el funeral, y César en persona se había visto abrumado por las burlas
sobre las ridículas franjas de sus túnicas y sobre sus costumbres. «Romanos»,
aullaban sus legionarios, «agarrad bien a vuestras mujeres e hijos: os traemos al calvo
lascivo, el depilado favorito del rey de Bitinia». Y César, con una sonrisa de conejo
bajo los laureles. Los romanos adoraban tales contrastes, que recordaban la vanidad
de las cosas humanas y el carácter efímero de toda gloria.
Marco y Marcia se preguntaban, a pesar de todo, si el mimo no había exagerado:
su representación de un Rufo borracho y disipado, provocando a las muchachas
durante el recorrido, había sido sobrecogedora. Daba la impresión de que, más allá de
la muerte, un Rufo impenitente persistía en ostentar sus deplorables opiniones, y las
bromas habituales fueron acompañadas de rechinar de dientes.
—Menos mal —dijo Marcia— que tu panegírico fue de alto rango. ¡Qué
elevación de pensamiento, qué justeza de tono, qué elegancia de dicción! Los libertos
y los clientes de mi padre lloraban como terneros llevados al sacrificio.
Era verdad que Rufo había sido más generoso con sus clientes que con su
hermano o su hija, y Marco las había pasado moradas para descubrir algo bueno en el
desaparecido. El elogio de los antepasados, que brillaban por su ausencia, y el de la
evaporada viuda habían sido menos arduos.
Satisfechas las piedades filial y fraternal, la conversación giró hacia las últimas
noticias recíprocas. Marco, que se esforzaba por guardar las apariencias, no tenía gran
cosa que decir, pero Marcia no había venido para charlar.
—Verdaderamente, estoy reñida con las Parcas en este momento: después de mi
padre, he perdido a mi Largo.
—¡Por Zeus! ¡Tan de repente! En la cremación de Rufo todavía estaba vivo…
—Fue víctima de un alligator[33].
—¿Asesinado?
—Casi.
Y Marcia empezó a contar, como quien parlotea en un salón:
—La familia de Largo plantó en otros tiempos bosques de álamos para hacer que
las viñas treparan por ellos, y mi marido estaba muy orgulloso de esos árboles
cargados de cepas, que cada otoño se desplomaban bajo múltiples coronas de racimos
de pequeñas uvas negras. ¿Sabes que esa disposición en espaldera pasa por dar
rendimientos muy superiores a los de los viñedos unidos de forma corriente? Pero las
dificultades del alligatio, de la atadura de los jóvenes retoños, y las de la poda, que
interesa al mismo tiempo a los sarmientos de viña y a las ramas del álamo, son
extremas. Los esclavos eran incapaces de un trabajo así; fue preciso recurrir a
jornaleros competentes, siempre demasiado raros, y que exigen de quien los emplea,
antes de trepar, un seguro que cubra los gastos de exequias. ¡A los pobres les
apasiona asombrar a sus amigos con sus cenizas! (¡Y no hay más que pobres!). En
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resumen, Largo discutió con un «ligador-podador» sobre el sueldo y las condiciones
del seguro: era un hombre iracundo a quien cualquier contradicción ponía fuera de sí.
Para avergonzar al roñoso, Largo se precipitó con un frío de perros sobre el primer
álamo que tenía a mano y se puso a ligar y a podar a tontas y a locas… hasta que
cayó como un fardo de afrecho y se rompió el cuello.
Un testigo me aseguró que en el momento de la caída un cuervo salió de la copa
del árbol hacia la derecha. ¿Oyes? Hacia la derecha. ¡Como si la desaparición de
Largo pudiera ser un presagio favorable! Y era un gran cuervo de invierno, puesto a
dieta desde hacía poco tiempo por la escarcha después de haberse atiborrado de
semillas y uvas, y no una corneja, pájaro que claramente sólo es de buen augurio
cuando vuela hacia la izquierda.
Era, por cierto, de lo más extraño. Marcia sacó de la manga un cuadrado de seda
azafranada y se cubrió los ojos por decencia. Pero era notorio que la excelencia del
presagio ponía un generoso bálsamo sobre su pena.
—Mi pobre niña —suspiró Marco, que se apresuró a hablar de cosas prácticas—.
¿Heredas, por lo menos?
—¡Ni un as, ni un nummus[34]! Mi Largo tenía una multitud de sobrinos y primos,
e incluso una numerosa descendencia: ¡no menos de tres niños de un primer lecho,
que me ponían mala cara! Además, ya apenas nos entendíamos. No solamente me
engañaba con las muchachas del servicio —cosa que todavía puede pasar— sino con
todas las amigas que logré hacer en el campo: ¡yo le servía, por así decir, de
introductora! ¡Y, con todo, si supieras qué celoso! Su máxima preferida era: «yo soy
el único que mete el dedo en mi aceite».
—En fin, supongo que conservas tu dote. ¿No te la escamoteó Largo para
engrosar sus álamos o sus viñedos?
—Ya le habría gustado, pero papá —en tanto que tutor— puso obstáculos. Así
que guardé la dote, que y a me había seguido después de mi divorcio. Las leyes nos
favorecen más que nunca. Nos divorciemos amigablemente o no, tenemos derecho a
reivindicar en justicia nuestra dote a través del tutor, incluso en la hipótesis de que su
restitución en caso de ruptura no hubiera estado prevista en el contrato de
matrimonio. ¡Si hubiera perdido a Largo junto con mi dote, hubiese sido una
verdadera muerta de hambre!
—Creo recordar que mi hermano no había sido muy generoso en lo que a ti
concierne, ¿no?
—Papá sólo era generoso con sus placeres. Tuve que casarme a los catorce años
con 300 000 sestercios. ¿Qué se puede hacer con una renta de 15 000? Ni para un
vestido decente… Pero no he venido a verte para quejarme ni molestarte con
cuestiones de dinero…
—Sigue hablándome de ti.
Marco estaba contento de que Marcia no tuviera necesidad de subsidios
inmediatos. Verse obligado a negarle un préstamo lo hubiera humillado. No obstante
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aludió a sus dificultades, a lo cual su sobrina interpuso:
—Me sorprende que no te hayas casado otra vez después de la inesperada muerte
de Pomponia. Para ti sólo habría sido un cuarto matrimonio y todavía estás muy bien.
¿Cómo puedes arreglártelas con dos niños de corta edad en los brazos?
La respuesta era muy sencilla: sin dinero, Marco sólo habría podido hacer un
matrimonio ridículo, muy por debajo de su condición. ¡Incluso se negaba a sufragar
los gastos de una concubina permanente!
Tomado por sorpresa, Marco, con aire superficial, se refugió en generalidades que
corrían por la calle:
—Ya has visto cómo está el mundo… El matrimonio de hoy no es el de nuestros
antepasados. Hace dos siglos que uno se casa para divorciarse y se divorcia para
volverse a casar. ¡Augusto incluso facilitó el divorcio con la ingenua idea de que las
parejas mejor avenidas serian más proliferas! Pero tanto va el cántaro a la fuente que
acaba por romperse. En nuestros días, como bien dijo Séneca, que esta primavera
tiene que volver del exilio, «las damas más ilustres se han acostumbrado a contar los
años no por los apellidos de los cónsules, sino por los de sus maridos»; y para
ahorrarse los gastos y las preocupaciones del matrimonio, los hombres que no quieren
a toda costa un heredero de su sangre adoptan al hijo de un amigo y viven con una
dócil liberta, o hasta con una esclava bien escogida.
Tal sensatez me parece seductora, puesto que tengo más niños de los que puedo
colocar. Si, a fin de cuentas, me casaré en otro momento.
—Te casarás muy pronto: estoy aquí para ser tu esposa.
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IV
Marco se quedó completamente estupefacto, y por un momento creyó que su sobrina
había perdido el juicio. Pero el rostro regular de la visitante respiraba dominio de sí,
reflexión y cálculo, y la resplandeciente diadema que ceñía la trenzada mata de
cabellos negros se inclinaba con la pensativa cabeza para repetir que el proyecto era
concebible y la decisión muy madura.
No sabiendo qué replicar, Marco improvisó una broma forzada, que no lo
comprometía a nada y dejaba a Marcia libre de explicarse como quisiera:
—¡A primera vista, te equivocas de dirección! Desde el rapto de las Sabinas, las
matronas romanas tienen el privilegio de no poner los pies en su cocina, e incluso se
niegan a hacer la compra. ¡Antes conseguiría a un buen cocinero que a una Sabina!
Marcia dio un rodeo:
—Como muchos propietarios campesinos, Largo estaba abonado al Diurnal
romano y, la víspera de mi viudedad, a pesar de que la crónica de las sesiones del
senado fue excluida hace mucho tiempo de esas páginas de ecos, leí detalladas y
elogiosas alusiones al discurso de Vitelio a favor de la inmediata boda de Claudio con
Agripina.
—Alusiones evidentemente inspiradas por el clan de Agripina, y destinadas a la
edificación de las provincias y las guarniciones lejanas. En Roma apenas tenemos
necesidad del Diurnal: el correveidile es suficiente.
—Ya que supiste permanecer en el senado a pesar de los reveses de la fortuna,
supongo que presenciaste esa memorable sesión.
—¿Y quién hubiera podido disculparse? Tuve que seguir la corriente. No habían
terminado los aplausos entusiastas cuando ya los aduladores más ardientes e impíos
se precipitaban por la ciudad para gritar que si César tenía el menor escrúpulo en
desposar a su propia sobrina, le obligarían por la fuerza.
—Esos aduladores y tú mismo teníais la excusa de que Vitelio se había mostrado
elocuente. Es un hecho que las costumbres evolucionan, que los matrimonios entre
parientes son cada vez más admitidos. Los Julio y los Claudio son todos primos —a
veces hasta surgidos de primos hermanos. ¡Y qué decir del enredo de las adopciones,
que vienen a reforzar todavía más los más estrechos lazos de sangre! Los faraones
tomaban generalmente a su hermana por esposa…
—Sí, y Calígula rindió honores a dos de sus tres hermanas. ¡Uno llega a
preguntarse si la misma Agripina no pasó por eso! Son cosas que no se hacen.
Tamaños escándalos atraen la desgracia sobre el Estado, cuya base es la religión, y
los enfurecidos dioses toman venganza.
—¡Los dioses ya han visto y hecho cosas parecidas! Y de todas formas el
supuesto escándalo es legal actualmente, puesto que el senado, del que tú eres
miembro, se ha apresurado a autorizar por unanimidad el matrimonio de los tíos con
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sus sobrinas. (Aunque no el de las tías con sus sobrinos: a los derechos de las mujeres
siempre les cuesta afirmarse).
—No podíamos hacer otra cosa. Ese intrigante de L. Vitelio se dejó la voz, y su
hijo Aulo, que sigue sus huellas, la barriga y los mofletes…
Marco se interrumpió. Después de las palabras maquinales engranadas en estado
de choque y turbación, con retraso le saltaba a la vista la relación entre el reciente
matrimonio del Príncipe y las extrañas ambiciones de Marcia. Pero que una unión tal
fuese en el futuro, y por primera vez, legalmente posible, no hacía sino acentuar su
carácter irreal y extravagante en lo que a él concernía.
Al fin gritó:
—¡Por Minerva, diosa de las ideas justas, por Venus, cuyos caprichos inflaman
los corazones, dime qué es lo que te gusta en mi persona!
Marcia esbozó una rápida sonrisa y dio un nuevo rodeo:
—Minerva me dice que eres inteligente, cultivado, que tienes carácter. Papá —
que en el fondo te quería más de lo que tú crees— me repetía: «Marco no tiene el
carácter que hace a los grandes hombres, y menos aún el que hace a los bribones. En
materia de carácter es el aurea mediocritas[35] de Horacio». ¿No resulta ese matiz
tranquilizador para una mujer en los tiempos que corren?
—Sin duda es difícil convivir con los grandes hombres y con los bribones; ¡sobre
todo cuando están mezclados!
—Y Venus, que tiene que descansar de vez en cuando, me susurra que te hace
falta con urgencia una mujer bien nacida y de buena reputación para llevarte la casa.
Pasemos a mi dote…
—Me parece que a tu edad, a pesar de la relativa modicidad de tu dote, podrías
aspirar a algo mejor que a un quincuagenario desengañado.
Marcia sonrió otra vez, descubriendo unos dientes de lobo, pulidos con hueso
triturado, que contrastaban curiosamente con sus lánguidos ojos.
—¡Eres para mí un partido único en este momento, Marco!
—No estoy tan convencido, e insisto en encontrar a la novia demasiado bella.
¿No será que has quedado desamparada por la desaparición brutal de un padre y un
esposo, y como el pájaro que cae del nido y se aferra a la primera rama que
encuentra? ¡Me pareces tan joven!
La sonrisa de la viuda huérfana se convirtió en una carcajada.
—Después de mi primera noche de bodas, renuncié a llorar. ¿Para qué? Nadie va
a cambiar a los hombres ni a las mujeres.
Y tras un corto silencio:
—Adivino que disimulas bajo una falsa modestia una repugnancia que es, en
realidad, de naturaleza religiosa. ¿Me equivoco?
—Confieso que sólo un emperador y Gran Pontífice podría no sentirla demasiado.
—Pues bien, esa repugnancia es un motivo más para que te estime. Y sabe que no
estoy lejos de compartirla. Al incesto le pasa como al garum: un buen cocinero sabe
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moderar la dosis. Así es que, naturalmente, te ofrezco un matrimonio blanco: la unión
de un padre y una hija, de un hermano y una hermana, que no obstante conservarían
una decente y discreta libertad. Un hombre debe sacrificar su naturaleza y una joven
prácticamente emancipada puede hacer mucho por la carrera de su marido.
El proyecto ganaba en verosimilitud y el pensamiento de Marcia se dibujaba más
netamente. Decepcionada por dos maridos, iba en busca de un vejete que tendría los
más estimables motivos para no importunar la y al que podría poner cuernos a placer
y con fines útiles. El desparpajo de la dama era pasmoso. ¡En eso se había convertido
la mujer romana desde la República!
—Entiendo —dijo Marco, mitad en broma, mitad en serio— que te preocupes por
situarte bien, y el menor de los senadores no resulta desdeñable. Pero si es verdad que
tienes la bondad de ofrecerme una pobre dote y esperanzas difícilmente calificables,
también lo es que me ofreces un verdadero suplicio de Tántalo. ¿Se te ha ocurrido
pensar en eso?
—Mi querido tío, te sé lo bastante respetuoso con las costumbres de nuestros
antepasados como para soportarlo sin flaquezas. Y como los maridos y las mujeres
tienen en estos días alcobas separadas, podrás, disfrutar a puerta cerrada de una
continencia a lo Escipión: ser oficial mente un honorable marido según la nueva ley,
siguiendo el ejemplo del Príncipe con la cálida aprobación del senado y,
oficiosamente, un casto turiferario de las antiguas costumbres. Saldrás ganando por
partida doble, ante los hombres y ante los dioses. Los sacerdotes han descubierto más
de treinta mil dioses: seguro que hay alguno sensible a tu prueba, y en primer lugar tu
penate preferido, Minerva, tan inteligente que no llegó a encontrar esposo.
»Pero la experiencia del matrimonio me demuestra que tu suplicio será corto.
Ninguna mujer puede ser seductora más de unos meses para el hombre con el que
comparte la existencia cotidiana. Cupido se alimenta de misterio y variedad. ¡Y por
eso la Fortuna Viril, esa diosa que se dedica a ocultar a los hombres los pequeños
defectos de las mujeres, es tan decisiva en el matrimonio! Debe vigilar tantas cremas
y afeites, tantas piedras pómez y ungüentos, correr gratos velos sobre tantas
indisposiciones penosas… Al cabo de tres meses ya no me mirarás.
Marco protestó débilmente. Le costaba mucho encontrar el tono adecuado en una
situación tan falsa y además tan ultrajante. El incesto oficial no resultaba más
halagüeño que la continencia oficiosa.
—Dispones de mí, pequeña mía, con una extraordinaria desenvoltura. Si me
hiciera cómplice de esta combinación, lo primero que ganaría con ella —y por unos
irrisorios beneficios— seria el desprecio de la gente honrada.
—A papá le gustaba decir…
—«¡Cortemos la flor virgen antes de que se marchite!».
—Y también: «El desprecio de las personas honradas es el más fácil de soportar,
pues se cuentan con los dedos de una mano». Ya verás cómo te avienes a este
matrimonio.
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—¡Lo dudo mucho!
—Te decidirás porque un liberto, un centurión primipilario y hasta un «caballero»
llamado Aledio Severo han hecho ya diligencias para desposar a sus sobrinas.
—¡Y a mi qué me importa!
Con una pizca de impaciencia, Marcia fue al grano del problema:
—¡Abre los ojos de una vez! Claudio, dominado por Agripina, pero tan cuidadoso
con todas las antiguallas de la religión romana, está poseído de unos escrúpulos que
sólo la elocuencia de un Vitelio, la incitación unánime del senado y la simpatía del
pueblo, siempre fiel al recuerdo de Germánico y de Agripina la Mayor, han sido
capaces de vencer. La misma Agripina, que rebosa de orgullo, sólo se ha rebajado a
ese convenio por los demonios de su insaciable ambición. Para darle un sustento
moral a semejante unión, los discursos no bastan: hay que poner parte de uno mismo.
De manera que cada matrimonio de un tío con su sobrina es, para la pareja imperial,
la expresión de lisonja más oportuna, más profunda, más refinada, más
tranquilizadora. El incesto se endulza al ser compartido.
»Claudio y Agripina están tan interesados en que su ejemplo sea prontamente
seguido, son tan sensibles a la delicadeza de esas raras devociones, que su favor se
derrama en el acto sobre los hombres y mujeres de buena voluntad que han puesto el
culto del Príncipe por encima de los miramientos de una sensibilidad natural.
»El liberto ha recibido la gestión de un inmenso dominio en África. El
“caballero” ha sido gratificado con una dirección de servicio en la estación central de
Correos del Campo de Marte. Y el emperador en persona, acompañado por Agripina,
ha asistido a la boda del primipilario. ¿Qué no podrías esperar siendo el primer
senador que aprovechase la ocasión? ¿Por qué otro medio quieres restablecer tu
fortuna, tan injustamente comprometida por la locura de Calígula? ¿No deseas salir
de apuros? Como afectuosa sobrina, te muestro el camino.
»Por otra parte, si la bien conocida avaricia del Príncipe interfiere en la
realización de mis promesas, no habremos perdido nada. Un divorcio no significa
mucho para ninguno de los dos.
»Pero hay que darse prisa. ¡Cuántos senadores lloran hoy por no tener una sobrina
disponible! Y los últimos en casarse serán los peor premiados.
»¿Qué reproches podría hacerte tu quisquillosa conciencia, ya que tengo el
meritorio pudor de no exigirte que me des todas las satisfacciones de las que serias
capaz?
El asunto, expuesto por una convincente embajadora, tomaba de repente un cariz
más razonable, más decente. Era tentador incluso para un hombre honrado. ¿Qué dios
compasivo no estaría por encima de ciertas enojosas apariencias? ¿Quién puede
conocer a ciencia cierta la voluntad de los dioses y los prodigiosos caminos de su
pensamiento?
Cuanto más discutía Marco, más débil se sentía, y pronto se tragó la vergüenza y
sólo discutió para guardar las formas.
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—Sin embargo, hay un último punto que me preocupa. Claudio, en la época de
Mesalina, prometió a su hija Octavia con L. Junio Silano, que había sido designado
por el favor público para los ornamentos del triunfo y un soberbio espectáculo de
gladiadores. Una vez estuvo Mesalina en el país de las sombras, Agripina se apresuró
a hacer que Silano cayera en desgracia, quizá con la idea de reservar a la joven
Octavia para su propio hijo Nerón. Y no solamente el noviazgo se rompió de forma
injuriosa, sino que Silano se vio envuelto en un proceso bien elaborado en todos sus
detalles, bajo pretexto de que había mantenido relaciones incestuosas con su hermana
Calvina. Desesperado, el joven se dio muerte el mismo día de la boda de Claudio con
Agripina. ¡Aún humea su hoguera! ¿No estás al corriente, como todo el mundo?
—¿Qué relación hay entre la desaparición de Lucio y nuestro trato?
—Ya conoces los estrechos lazos de clientela que antaño manteníamos con los
Silano. Es infinitamente desagradable casarse para complacer a una Agripina que
acaba de empujar al suicidio —¡y en qué condiciones!— a uno de los vástagos más
simpáticos de la gens que durante tanto tiempo nos protegió.
—Tú no eres responsable de la coincidencia. Además, si no me equivoco, el
Silano del que teóricamente dependen los Aponio Saturnino no era el Lucio que tuvo
tan mala suerte, sino más bien uno de sus dos hermanos, Marco o Décimo, cuya
conducta nada deja que desear.
—Décimo, el mayor, seria en principio mi patrón.
—Y bien, nuestro matrimonio te traerá tal vez un patrón nuevo y más eficaz.
¿Dónde quieres encontrarlo si no, ya que erraste el golpe con Seyano?
Marcia tenía respuesta para todo, y Marco, cuyas dificultades sólo habían
provocado perpetuos lamentos en Pomponia, tenía la impresión de que lo cogían de la
mano y lo guiaban hacia un porvenir mejor gracias a aquella resplandeciente
aparición, que en nada dejaba adivinar un carácter maléfico. Como la joven había
demostrado de forma concluyente, había mucho que ganar y nada que perder en la
aventura. Se le habría debido ocurrir al propio Marco si, a fuerza de fracasos y
desilusiones, no hubiese perdido contacto con las intrigas de la corte y las relaciones
del Foro. ¡Qué lección para él!
Deseosa de batir el hierro mientras aún estaba caliente, Marcia condujo en
seguida la entrevista hacia la proyectada ceremonia. La autorización del tutor
suscitaba una cuestión delicada.
Ya que la mujer era considerada en Roma una eterna menor de edad, siempre
tenía que estar bajo el poder, «bajo la mano», de un responsable legal.
En los antiguos tiempos, el matrimonio conducía a las mujeres de manos del
padre a manos del marido. Lo mismo daba que se tratase del matrimonio patricio por
confaerratio, en el que los esposos ofrecían un pastel de espelta a Júpiter Capitolino
en presencia del Gran Pontífice y del flamen[36] de Júpiter; del matrimonio plebeyo
por coemptio, en el que el padre aparentaba vender su hija al marido; o del
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matrimonio por usus (¡o por usura!) en el que, después de un año de cohabitación
constante, la muchacha usada pasaba a considerarse esposa legítima.
Pero de la antigua y gran confusión entre patricios y plebeyos, de la que surgiría
una nueva nobleza por encima de la estancada plebe, había resultado una forma
nueva de matrimonio, relegando a las tres primeras al dominio de las viejas lunas.
Moda revolucionaria en el sentido de que la autoridad tutelar sobre la mujer ya no era
posesión del marido, sino privilegio del ascendiente paterno más directo de la
esposa[37]. Cada mujer tenía así garantizado un tutor de su familia, que estaba
encargado de vigilar su dote, defender sus intereses en caso de divorcio y, por fin,
velar porque se casara lo mejor posible. Los derechos del marido romano se reducían
a acostarse con su mujer cuando podía conseguirlo y a dar consejos de tocador el
resto del tiempo. Este sistema altamente original sólo se aplicaba a la mujer casada
por el sistema ordinario, que hacía que un niño huérfano de padre fuese legalmente
protegido por el tutor de su rama paterna durante su minoría, puesto que la ley
consideraba a la madre incapaz al respecto.
A fuerza de estar físicamente sometida al marido, permaneciendo a la vez bajo la
tutela del padre, de un tío o de un sustituto, la mujer romana, en principio doblemente
sometida, pronto había llegado a no estar sometida a nadie: la naturaleza quiere que
se anulen las fuerzas contrarias. Insumisión ésta tanto más notable cuanto que,
después de poseer al marido, la romanas se encarnizaron con la autoridad de la tutela
en todo lo que tenía de molesto, argumentando hipócritamente, en concreto, que la
libertad de volverse a casar según su gusto no podía sino desencadenar fuerzas
prolíficas. Y los magistrados les dieron la razón, acordándoles la deposición y
sustitución del tutor desde el mismo momento en que hacia un gesto para oponerse a
su capricho.
Era el triunfo de la debilidad y la astucia sobre las arrolladoras fuerzas de maridos
y padres.
En el caso de Marco y Marcia, la necesaria autorización del tutor planteaba un
problema por este sencillo motivo: después de la muerte de Rufo era Marco quien
había heredado la tutela de Marcia.
—De todas formas, no puedes —decía ella— ser mi marido y mi tutor a la vez:
¡correría peligro de convertirme en esclava! Seria un bárbaro retroceso. ¡Ya no
estamos en la época de los Tarquinos!
—No te irrites —contestó él—. Desde luego, sería una monstruosidad jurídica. El
matrimonio cum manu ha muerto y nadie piensa en resucitarlo. Está claro que te
desposaré sine manu, como lo haría cualquiera, lo que quiere decir que estarás en
manos de un tutor y allí te quedarás, y que no se tratará de mí.
—¡Pero mi tutor eres tú! Y no veo otro pariente posible en mi ascendencia
paterna.
—El caso es ciertamente extraordinario, y a la fantasía legisladora de Claudio se
lo debemos. Pero en fin, siempre se encuentra un ascendiente en enésimo grado: en el
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fondo no es más que una formalidad. Y en caso de total extinción, el pretor, por poco
complaciente que sea, puede designar a un extraño de buena reputación y moralidad.
Un tutor es absolutamente indispensable tanto para la joven como para la mujer
casada, que ni siquiera podría redactar un testamento sin su autorización expresa.
—¿No podría aprovechar la circunstancia de no tener ningún tutor?
—¿Para qué? Ni los propios padres son un estorbo desde que la mujer se ha
emancipado en la práctica merced a su primera boda; y los otros tutores son más
discretos todavía. Además, por lo que yo sé, y vestales aparte, las únicas matronas
exentas de tutela, a consecuencia de una decisión de Augusto, son las madres de tres
hijos. ¡Espero que mi meritoria continencia me deje pocas oportunidades de ser padre
tres veces contigo!
—Puedes estar tranquilo: ya que los hombres son distraídos, yo soy una mujer
precavida. Mamá me dijo todo lo que debía saber sobre el tema cuando desposé a mi
«caballero».
—¡Era una madre admirable! Volviendo a lo que te preocupa, iré a consultar a
Vitelio. Se sentirá encantado con nuestras intenciones, que apuntan en la misma
dirección que sus intereses, y arreglará y apresurará nuestro asunto.
—Incluso podría recomendarnos.
—¡Sería bastante natural! Y tiene tanto la confianza de Claudio como el favor de
Agripina. Decidieron, tanto por economía como por pudor, celebrar el matrimonio
con toda sencillez —a menos que personas ilustres se invitaran—, después de un
noviazgo relámpago. Afortunadamente, la evolución de las costumbres había
reducido la esencia de la ceremonia a tan poca cosa que eran concebibles todos los
programas, desde el más llamativo al más espartano.
Marcia era incluso de la opinión de imitar la famosa discreción de una
republicana homónima que Catón —el que debía terminar en Utica— había
desposado en privado. Recordó:
—Toda la asistencia se reducía a la persona de un amigo, Bruto, que había puesto
su sello de testigo en el contrato. Después, el testigo se convirtió en arúspice. Bruto
degolló un lechón en el atrio, le abrió el vientre, y declaró con toda seriedad que las
entrañas se presentaban bien y que los auspicios eran favorables. Luego, el arúspice
volvió a convertirse en testigo y los esposos intercambiaron su consentimiento. Es la
fórmula «Donde tú seas Gaius, yo seré Gaia», el intercambio de libres
consentimientos, lo que hace, en suma, al matrimonio, ¿no es verdad? Todo lo demás
son adornos.
—El contrato en sí no es obligatorio, pero la costumbre de los antepasados exige
que como mínimo esté presente un testigo, y los auspicios son leídos por un auspex
familiar sin investidura sacerdotal ni delegación oficial. Para nosotros, el aspecto
religioso del matrimonio sustituye al culto privado de cada gens, el arúspice es
siempre de la casa y la ceremonia no concierne al Estado sino en las consecuencias
que puedan esperarse de ella.
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—Como el auspex es incompetente, los auspicios son siempre favorables. ¡Habría
que ver a un auspex enredador haciendo que el matrimonio volviese a mejores
tiempos! Ya que la lectura de auspicios se ha vuelto una mera formalidad, ¿por qué
no suprimirla?
—¡Hablas como una impía!
—Al contrario, soy más religiosa que tú. ¿No temes que los dioses se enfurezcan
al ver invocada su benevolencia con ocasión de un incesto?
—Pero si tendremos alcobas separadas…
—Esperemos que aguantes.
Marco desvió la conversación hacia una nostálgica reminiscencia histórica que la
alusión a Catón había despertado.
—¿Sabes que el virtuoso Catón cedió su Marcia a un amigo, el gran orador
Hortensio, ante las apremiantes demandas de este último, que no es que estuviera
precisamente enamorado, pero ardía por unirse a su venerable Catón por los lazos
más íntimos y prolíferos? Hortensio había pedido primero la hija de Catón, pero
habían terminado por negársela, con el pretexto de que ya estaba casada y encinta por
añadidura. No podían tenerlo en jaque, pues su devoción se hubiera visto ofendida, y
le dieron a la mujer en lugar de la hija. Por fin Hortensio podía besar a placer las
reliquias del maestro.
»Y Bruto, a fuerza de degollar lechones en las bodas, degolló en el senado a
César, ese hombre tan generoso que se había acostado con la madre del joven justo a
tiempo para meterse en la cabeza que se le parecía. Los historiadores bien informados
piensan que el “Tu quoque fili” (por otra parte pronunciado en lengua griega) era, de
hecho, una acusación de parricidio. Si Bruto no hubiera estado al corriente, se
hubiese enterado de su filiación natural en circunstancias bastante dramáticas. Qué
escena digna de Eurípides si el joven, en pleno frenesí asesino, hubiera detenido su
brazo ante él “¡Tú también, hijo mío!” para echarse a gritar: “¡Deteneos! ¡Estamos
asesinando a mi papá!”.
Marco, que consideraba elegante alimentar —con una loable prudencia—
inclinaciones republicanas, admiraba el temple de los estoicos, que hubieran matado a
su padre y a su madre con tal de asegurar la supervivencia de una idea dudosa y
ofrecían como lecho de su sublime amistad el mismo que servía a sus tibios amores.
—En fin —suspiró en conclusión— hay pocas oportunidades de que un hombre
te busque alguna vez para adorar lo yo aya besado, ¡y menos oportunidades aún de
que vuelvas a mi como la lejana Marcia, que Catón desposó otra vez tras la muerte
del piadoso Hortensio! La estirpe de estos hombres superiores y de estas abnegadas
mujeres se ha eclipsado por completo.
La republicana leyenda, forjada por los defensores de una Libertad que sólo les
aprovechaba a ellos mismos, dejaba a Marcia impávida. Ella tenía a Catón de Utica
por un soñador y un torpe, que hasta se había enemistado con sus clientes por las
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arcaicas distribuciones de nabos. Las mujeres razonables siempre campan por el
territorio de los vencedores. ¿Cómo explotar la fuerza de los vencidos?
Un gran trajín estalló entre bastidores, y de pronto irrumpió a través del exedro un
reciario[38] seguido de un secutor[39]: Marco el Joven y Kaeso, escapando a la
vigilancia de la vieja esclava, se habían precipitado sobre la panoplia de gladiador de
su padre. Los niños ricos tenían lujosas copias conforme a su tamaño, sables con hoja
de castigo, funda dorada y puño de ébano. Los hijos de Marco iban acorazados de
cartón y armados de madera blanca, pero su turbulencia se burlaba de esos detalles.
El ultrajado padre tronó, y los dos culpables fueron a saludar a su prima hermana,
que se deshizo en afectuosas caricias y en elogios sobre su buen aspecto. Marco el
Joven estaba muy gracioso con su tridente embotonado y su pequeña red. Y en la
cimera de Kaeso podía leerse «SABINO VENCEDOR». (De hecho, el jefe de la
guardia germana de Calígula, había vuelto bajo Claudio a la arena para morder el
polvo, y debía su salvación solamente a la apresurada intervención de Mesalina, a la
que rendía honores con su exceso de vigor).
Una vez despedidos los niños, Marcia le preguntó a Marco:
—¿Sigues teniendo tu pequeño ludus de barrio?
—No estoy muy descontento con él…
—Nunca supe qué mosca te picó para lanzarte a una industria de tan mala fama
después de aquella siniestra subasta.
—Yo también me lo pregunto… Un emisario de Cayo, naturalmente, vino a
ofrecerme un precio irrisorio por el lote con el que me habían cargado. Exasperado
por tal desvergüenza, monté en cólera. Y cuando lo pensé, me dije que de todas
formas tenía en las manos un capital que podía hacer valer. Eso, claro, me costó lo
suyo, pues tenía que aprenderlo todo. Pero tuve la suerte de encontrar a un eficaz
lanista, que tomó la gerencia de mi negocio: evidentemente, no era cuestión de que
un senador se ocupase personalmente de un ludus. Eurípilo, un griego de Tarento, me
pide un sueldo bastante escaso y un porcentaje en los negocios. A veces, cuando están
en la corte, los lanistas del Príncipe nos toman algunos gladiadores en alquiler-venta
para un munus romano. Casi siempre trabajamos en las ciudades de Italia, donde
aprecian todo lo que viene de la capital. Mis hombres van de Verona a Brindisi,
pasando por Pompeya o Benevento. Hacen lo que pueden. No es el mismo equipo de
los primeros días, pues entonces yo no tenía tan cubiertas las espaldas como para
conservarlos y renovarlos. Pero el ludus de Eurípilo tiene buena reputación. Prefiero
la calidad a la cantidad, y no hay esclavos alrededor de la mala comida. Sin embargo,
la competencia es fuerte. ¡Hasta tenemos tratos con lanistas ambulantes!
—¿No tenías un carro de combate?
—¡Y todavía lo tengo! ¡Con dos nuevos y piafantes sementales! Y mi «esedario»,
un siciliano que a veces hace también de bestiario, sigue siendo el mismo que Cayo
me endosó maliciosamente. Ese que llaman Tirano, cuyo nombre verdadero he
olvidado, empieza a acusar los años pero es infatigable y sabe mucho de caballos.
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Esos animales me interesan más que el «esedario»: gracias a ellos puedo montar sin
gastos, y los niños podrán tener una educación hípica en las mejores condiciones.
—Eres un padre cuidadoso, Marco. Y mereces que te haga una promesa: ya que
confías en mi para sacar adelante tu casa, trataré a tus hijos como si fueran míos. Muy
tonta sería una mujer que se dedicara a hacer hijos por si misma cuando los dioses le
confían dos tan hermosos.
Las promesas más sinceras son las más vanas, pues quien se entrega
completamente a una causa compromete en ella lo mejor de sí mismo, pero también
lo peor.
Confiado, Marco acompañó a Marcia hasta los infestados soportales bajo los que
estacionaba su silla, cuyas barras gemelas se apoyaban verticalmente en la pare como
dos hermanos o dos esposos.
—Marco y Marcia —dijo el dichoso novio— se dirían hechos para ir juntos.
—Con la diferencia de que Marco es un nombre, mientras que Marcia era el
apellido de mi madre, ya que mi abuelo materno era un Marcio. Preferí ese nombre al
de Aponia, al que normalmente tendría que responder, en recuerdo de mama.
—¡Pues bien, serás de hecho una Aponia, hija de Aponio, esposa de Aponio!
¡Cuánto lío para agradar a Agripina!
Las romanas decentes, en efecto, no tenían nombre. Llevaban el apellido de la
gens paterna en femenino, con sobrenombres diferentes para distinguirse de sus
hermanas. Y persistían en llevar ese apellido a través de todos sus matrimonios, cosa
por lo demás muy cómoda. El marido romano daba el apellido a sus hijos, pero no a
su mujer.
En cuanto a los bastardos que podían parir las ciudadanas, tomaban el apellido de
su madre en masculino, irregularidad que venía a corregir la mención «hijo de
Espurio». Este ficticio Espurio de desbordante actividad se convertía así en el padre
de todos los bastardos de Roma. El adjetivo spurius significaba ilegítimo, pues el
spurium era una de las múltiples maneras de designar el sexo femenino. El bastardo
romano, oficialmente registrado bajo el mote de «hijo de cabrón», las pasaba moradas
y por lo general hacía malos estudios.
Cuando Marcia se hubo ido, al trote de cuatro portadores libios, Marco, desde la
callejuela, levantó los ojos hacia los emparrados y arbustos que los arrendatarios
habían hecho crecer en la terraza de la insula. ¿Iba a continuar por fin su ascenso, es
decir, a elevar su piso bajo a una altura distinguida, o sólo tendría sobre la cabeza
pájaros de buen augurio?
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V
Después de haber roído pensativamente algunas olivas en el corazón de un mendrugo
de pan seco regado con aceite, mordisqueado una pera de invierno y bebido un dedo
de vino corriente mezclado con agua, Marco, que no estaba de humor para dormir la
siesta, fue a sentarse a la mesa de su biblioteca para redactar una petición de
entrevista destinada a Vitelio padre.
Su mano vaciló entre las tablillas de doble hoja disponibles. Con las tablillas de
madera ordinaria corría el riesgo de herir la vanidad de aquel advenedizo. Las
tablillas de marfil parecían decir: «¡Devuélveme deprisa estos preciosos objetos con
tu respuesta!». Marco transigió con unas tablillas de boj y escribió con el filo del
punzón un texto ridículo, que borró en seguida con la punta roma del instrumento. La
extrema dificultad de la tarea reflejaba cabalmente la incomodidad de su situación.
Al fin, después de numerosos intentos, se detuvo en este texto, que se aplicó a
grabar muy legiblemente en la clara cera, de forma que las letras unciales se
destacaran bien sobre el fondo de madera oscura que la punta sacaba a la luz, e
incluso llegó a destacar algunas palabras o expresiones que juzgaba importantes.
MAPONIUSSATURNINUSLVITELLIOSUOS SPLENDIDA
ORATIOQUAMIN SENATUHABUISTI VEHEMENTER
ANIMUMMEUMCOMMOVITET
PRINCIPINOSTROLAETITIAMDEDISTIETMIHIDABISNAMJAMPRIDEMMORTUIF
ARDENTER
CUPIOQUANDOTEADSPICIAMQUANDOQUELICEBITSIVALESBENEESTEGOAUT
Era claro y lacónico, de una perfecta limpieza. Un solo adjetivo, pero bien
colocado. Había evitado la trampa de extenderse, y en consecuencia de traicionarse,
de ofrecer una suplementaria presa a la malevolencia.
Generalmente los latinos no separaban ni palabras ni frases en la grafía
manuscrita corriente, e ignoraban resueltamente los acentos y la puntuación. Para
aquellos que tengan dificultades en leer esta escritura, no está de más dar una versión
más moderna.
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Lo que venía a decir, en galorromano tardío:
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tenía la triple y bien establecida reputación de comer todo el tiempo, de ingerir
cantidad de fantásticas y de no devorar sino lo mejor. Además, la moral estaba en
armonía con el físico: vigorosamente alentado por su padre, Aulo se afanaba día y
noche por hincarle el diente a todo lo que se pusiera a su alcance: jugosas carnes, sí,
pero también mujeres empapadas de ambición, cortesanas desecadas por trabajos
demasiado asiduos, magistraturas honoríficas y sacerdocios en vistas. Era un ogro de
una impiedad notoria, y nadie podía predecir dónde se detendría su hambre canina.
Como Marco se declarase encantado… y ansioso por organizar una reunión
memorable a pesar de la insigne mediocridad de sus recursos, Vitelio le dijo riendo:
—¡Tranquilízate! Ya te encontraremos 500 000 sestercios para la fiestecita…
Lo que significaba que no tenía que pensar en economías para reunir la suma, de
la que el horroroso Aulo iba a engullir un tercio él solito, y las nueve décimas partes
ayudado por sus amigos. Se chiflaba por monstruosos pescados, extraordinarios
mariscos, atracones de regordetes hortelanos, foie-gras de aves o lechones, vulvas de
truchas ejectitiae, separadas de la madre al final de su preñez, y todo ello
copiosamente regado con garo refinado y grandes e inencontrables crudos; sus
ausencias para ir al vomitorio o a las letrinas no hacían sino excitar sus increíbles
ardores. Las trufas y las cepas sólo eran para él minucias para abrir el apetito, y su
mayor orgullo era un popurrí de su invención, una insólita mezcla de lenguas de
flamencos, lechas de morenas, sesos de pavo de hígados de peces-papagayo. El
invitado era difícil de satisfacer.
Marco tuvo que retirarse sin más promesas concretas, pero tenía la impresión de
que a pesar de todo las negociaciones no habían empezado mal. Antes de sumirse otra
vez en las oscuridades del Suburio, llenó sus pulmones de aire fresco a la vista del
tentador panorama.
La boda se celebró en la confortable casa que el fallecido Rufo había habilitado
en el corazón de un hermoso parque del monte Esquilino. Casa, jardines y personal
estaban hipotecados y pendientes de liquidación, pero eso no lo pregonaban las
paredes y las apariencias quedaban a salvo.
Hacia media tarde, Marcia salió de sus habitaciones para recibir en el atrio a su
prometido y a A. Vitelio, cuya toga de ceremonia mejoraba su deforme silueta. La
mayor parte de las relaciones de Marco habían declinado la invitación, y Marcia sólo
había invitado a un pequeño número de amigas, pero Aulo estaba rodeado por una
banda de voraces borrachos que tenían por costumbre zampar siguiendo las huellas
del mandamás.
La aparición de Marcia fue saludada con un concierto de cumplidos. La
vestimenta tradicional de las novias jóvenes le sentaba de maravilla: drapeado
amarillo azafrán sobre la túnica sin cenefas, ceñido al talle por el «cinturón hercúleo»
de lana de doble nudo; peinado escalonado en bandós separados con cintas, como lo
llevaban las vestales durante todo su ministerio; un ondulante velo en la cabeza,
coronado por un entretejido de mirto y flores de naranjo, que en esa estación
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provenían de los invernaderos. Para ser su tercera boda, daba la impresión de que la
novia había hecho demasiado, pero todo se le podía perdonar a su frescura, por una
vez sin maquillaje, y a su ostensible pudor.
De la impresión, Vitelio se olvidó de comer, aunque no le faltó tiempo para meter
el cucharón en la sopa:
—¡Hombre afortunado —le dijo a Marco— que desposa a una sobrina tan
exquisita, tan digna de nuestra Agripina! Pero no vayas a hacer como Edipo, que se
cegó tontamente porque por azar se había acostado con su madre. Pues hay muchos
otros ojos que disfrutarían de esta hermosura…
Ya que perdonaban a Marcia por su belleza, tenían que perdonarle al tutor, en
vista de su posición, las bromas más chirriantes. Así que todo el mundo se apresuró a
reír.
Cuando los diez testigos hubieron puesto sus sellos en el contrato, Vitelio se
dedicó a examinar las palpitantes entrañas de una oveja, que la novia había preferido
al cerdo corriente. El auspex familiar del llorado Rufo se había eclipsado a la salida
del festín fúnebre y no lo habían podido encontrar.
—Oh, oh —dijo el benévolo arúspice después de algunos manoseos—. ¿Qué
veo? El pulmón izquierdo tiene una fisura, el hígado está mal lobulado, el corazón,
canijo y sangrando de través. Además, el animal no ha sido degollado según las
reglas: el cuchillo debe apuntar de abajo a arriba en los sacrificios a los dioses
celestes, y de arriba a abajo en los sacrificios a los dioses infernales; sin embargo el
degollador ha sostenido el arma transversalmente, como si avistase un dios aún
desconocido entre las nubes y los abismos. Y hasta me pregunto si no he oído el grito
de un ratón… ¿Será que los dioses no son favorables? ¿Les habrá enfurecido algún
aspecto de la ceremonia? ¿Tendremos que volver a empezar? En la época en que
nuestros antepasados mantenían todavía algún respeto por las potencias tutelares, las
lecturas de auspicios volvían a empezar hasta treinta veces por vicios de forma o
resultados negativos…
La odiosa broma se pasaba de la raya, y a pesar del casi general escepticismo, con
las risas ahogadas se mezclaba un sentimiento de malestar. La superstición, que
florecía sobre las ruinas de las creencias ancestrales, quería que esas ruinas siguieran
en pie, como eterno testimonio de la grandeza de Roma para los grupos dirigentes e
irreemplazable instrucción para el crédulo pueblo llano. Y después de todo, si había
dioses en alguna parte, ¿no podía traer desgracia un matrimonio así?
—No os preocupéis de nada —dijo Marcia—. Hoy ya estoy bajo la protección de
mi tutor, el ilustre Vitelio, y vuestro amigo sólo trata de fastidiar para quitaros el
apetito y tocar a más.
Tras esta feliz salida, todos rieron más francamente. Vitelio, doblemente
impresionado, se levantó y declaró lavándose las manos:
—Respecto del ratón, no estoy seguro de nada. Pensándolo bien, tal vez era un
ratón de campo. En cuanto al resto…, ya hablaremos a la salida del triclinium[40].
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Mientras tanto, declaro correctos los auspicios. ¡Por lo tanto, que los dioses protejan a
esta pareja ejemplar en su devoción a nuestro Príncipe, y que Júpiter el muy Grande y
Bondadoso acepte pronto la libación de falerno que señalará piadosamente el
comienzo de los regocijos!
En medio de aliviados aplausos, Marco y Marcia se reunieron para intercambiar
su consentimiento con toda la gravedad requerida, y después todo el mundo pasó a la
mesa.
El cocinero, que ya se había entrenado en el banquete de funerales de su dueño,
no creía poder atender a más cuarenta personas con 500 000 nummi, y menos
presididas por A. Vitelio. Afortunadamente, el comedor de invierno de la casa,
orientado al sur, ofrecía una «sigma» de doce plazas, gran banqueta en creciente, en
cuyo interior los servidores disponían bandejas y mesas ambulantes según la
necesidad de los servicios. Y el triclinium de verano adyacente, que al llegar el buen
tiempo se abría en los jardines, se componía de tres triclinia en U, lo que, a tres
personas por lecho, permitía atender a veintisiete convidados más. Así se llegaba a
treinta y nueve, cifra que no debía ser sobrepasada, pues habían suplicado a los
huéspedes que no cargaran con los parásitos comúnmente tolerados y tan
graciosamente llamados «sombras».
Los invitados se descalzaron; los hombres se quitaron la toga y las mujeres la
capa o el manto para vestir la «síntesis», larga y fina túnica que los anfitriones ponían
a disposición de los comensales para que preservaran sus vestiduras.
Hombres, mujeres y hasta muchachas comían entonces tumbados sobre el lado
izquierdo, apoyados en el codo, lo que no dejaba de ofrecer riesgos de accidente;
cuando los servicios eran numerosos, a veces cambiaban las síntesis en el curso de la
comida.
Los convidados se tendieron primero más o menos sobre la espalda, para facilitar
la indispensable ceremonia del lavado de pies, que ni bajos ni calzado protegían del
polvo y el barro. Se pusieron después en posición de degustar, blandamente
desparramados sobre las frescas sábanas de lino que protegían los mullidos cojines,
con el brazo derecho bien separado. Toda la cocina romana había tenido que adaptar
mucho tiempo atrás sus presentaciones a esta costumbre de no utilizar más que una
sola mano para comer.
Los esposos y los invitados de importancia se habían distribuido a través del
sigma, en cuyos extremos se hallaban los lugares de honor. Vitelio, el tutor, se había
acostado a un extremo, con la novia «por debajo» suyo, y el novio se había acostado
al otro extremo, con una amiga de Marcia «por encima» —expresiones que no tenían
nada que ver con la altura, sino que se debían al uso de los triclinia, cuyo sitio
eminente estaba en principio junto a la parte ascendente de cada lecho.
Marco se apresuró a ofrecer la presidencia del banquete a Vitelio, quien ordenó
una mezcla bastante fuerte de vino y agua en las cráteras del aperitivo. Habían
olvidado la libación a Júpiter, pero nadie parecía molestarse por ello. Los servidores,
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con pequeños cucharones, vertían en cada copa el número de medidas fijado por el
presidente; todos bebieron a la salud del emperador y de su esposa, y por las valientes
armadas romanas, que ya no tenían mucho que hacer allí, pues mientras los esclavos
distribuían servilletas y toallas de manos hizo su aparición la avalancha de
entremeses del primer servicio, en la soberbia vajilla de plata de la cual Marcia
esperaba ocultar algunas piezas a la rapacidad de los acreedores. Estaban previstos
nueve servicios en lugar de los cuatro habituales. No terminarían antes de
medianoche…
Todos los festines se parecen. Este sólo tenía de original, según las apariencias,
las capacidades sin límite de Vitelio, así como la supresión, por obligatoria economía,
de los intermedios trágicos, cómicos o lascivos que habían entrado a formar parte de
las costumbres. La castidad de los esposos no se leía en absoluto en sus caras —tal
vez porque era dudosa—. De servicio en servicio, Marco cultivaba la conversación de
su vecina, una persona muchas veces divorciada, que parecía ligera tanto por su peso
como por el resto: era para él una excelente ocasión de conocer mejor a su esposa.
Mintiendo para obtener la verdad, Marco terminó por enterarse de lo que todo el
mundo sabía y de lo que él mismo ya no dudaba: el «caballero» de Marcia había
llevado unos cuernos como para asustar hasta a su caballo.
—Pero —dijo la vecina— en el futuro será sensata. Evidentemente, es una mujer
de buen juicio, que quiere poner su vida en orden. Además, si juzgo por mi
experiencia, como todos los hombres se parecen —excepto en bien pocas cosas—,
coleccionarlos es rendirles demasiados honores.
Para un marido ordinario aquello hubiera dado, y demasiado tarde, mucho que
pensar. Por fortuna Marco era un marido de excepción.
De cuando en cuando, Marcia dejaba de mirar a Vitelio y fijaba la vista en su
anular, en el anillo de oro de esponsales que Marco le había regalado. A fuerza de
destripar y hacer carnicerías con sus faraones antes de esconderlos de forma que todo
el mundo los encontrara, los sutiles sacerdotes egipcios habían descubierto que un
nervio de maravillosa delicadeza partía de ese dedo para desembocar en los arcanos
del corazón, y el anónimo anular había encontrado al fin su nombre. Y lanzaron la
moda, sin duda provisional, como todas las modas.
Luego, la mirada de Marcia buscaba la de su tío, para darle a entender que no le
olvidaba.
En cuanto a Vitelio, sólo dejaba de atracarse para provocar a la novia, haciéndola
reír al susurrarle en el rosado caracol de la oreja palabras que se adivinaban
inmoderadas.
El sol caía mientras, de copa en copa, los invitados perdían moderación y
acariciaban, para engañar el deseo, a los pequeños y guapos esclavos que recorrían la
mesa con los lavamanos. Sólo estaban en el tercer servicio, y Vitelio ya hacía
disminuir la proporción de agua mezclada en las cráteras.
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Se encendieron los apliques de bronce con múltiples mechas, las lámparas
colgantes y los candelabros regulables para procurar una luz suave y halagüeña, y se
recargaron los braseros, cuyas tóxicas emanaciones iban a perderse en el exterior a
través de disimulados conductos. Más allá de los vidrios de colores o de las delgadas
láminas de piedra traslúcida de las ventanas, la noche era oscura. Al olor mareante de
las especias se mezclaban el del aceite ardiendo en la punta de las mechas y el de los
perfumes arrojados de vez en cuando sobre el enrojecido carbón de madera de los
braseros.
Marco no había estado en otra fiesta igual desde hacía mucho tiempo, y todos
esos placeres, que le recordaban una época pasada de su existencia, lo volvían
indulgente con las inscripciones tan fuera de lugar que ese chistoso cara de palo de
Rufo había hecho grabar en un friso de mármol, frente al sigma, para que nadie
pudiera ignorarlo.
Generalmente sólo se veían parecidas incitaciones a la virtud en las casas de los
ridículos pequeño-burgueses de las ciudades italianas, y el espíritu del difunto
anfitrión así como la maligna alegría de burlarse del pudor de los humildes las había
destinado claramente a picar a quienes la promiscuidad del lecho común no hubiera
despabilado bastante.
O también:
Anus significaba en latín «ano» o «vieja dama», según fuese el género o larga o
breve la primera sílaba, lo que de todas maneras no podía aparecer en una inscripción
en nominativo, así que la obscenidad del consejo sólo escapaba a los iletrados. Pero
las viejas damas tímidas no debían de haber sido numerosas en las finas cenas del
amable Rufo…
Hacia el sexto servicio, Marco, que se había distraído con la charla de su vecina,
se dio cuenta de pronto de que la novia se había ausentado y de que la imponente
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masa de Vitelio ya no dominaba su endeble anatomía. Unos absurdos celos le
mordieron el corazón, y se esforzó por atribuirlos al desprecio de las conveniencias.
La ausencia se prolongaba.
—Conociéndola —le susurró su vecina como si hubiera adivinado una parte de
sus pensamientos—, diría que Marcia ha aprovechado la ocasión para abogar por tu
causa. Cuando lleguemos a los postres, Vitelio ya no verá claro y tendrá las orejas
embotadas. Entonces habrá pasado la ocasión de sonreírle al salir de las letrinas.
—En el estado en que se encuentra ya, ¿está en disposición de conformarse con
una sonrisa?
—No te alarmes: ¡está tan gordo que tiene que sacarse el miembro de la grasa con
una pinza de bogavante!
¡Aquella mujer encontraba las palabras más tranquilizadoras!
Debía de haberse producido un encuentro anormal. ¿Qué podía Marcia frente a
Vitelio? ¡Cuatrocientas libras contra ciento cincuenta[41]! El monstruo no necesitaba
valerse de una pinza de cangrejo para atentar contra el pudor de una mujer.
La vecina continuó:
—Era Calígula el que saltaba sobre las mujeres de sus invitados para divertirse
con las caras de los maridos. Vitelio no es de ésos. Ten, prueba este calamón… Tu
paté de avestruz sólo vale las plumas.
La alusión a Calígula acabó de alterar a Marco, que sintió el impulso de
levantarse para ir en busca de noticias.
Pero su vecina lo retuvo. La mujer tenía una muñeca de acero.
Por fin Marcia volvió a su sitio, lanzándole a su marido, al pasar, una ojeada de
satisfecha complicidad. No parecía haber sufrido. Y Vitelio pronto la siguió. Su
vientre había hecho estallar la síntesis demasiado ajustada, y sus pequeños ojos de
cerdito ahogados en carne ostentaban una regocijada expresión, malvada y lúbrica a
la vez. En lugar de volver a su lugar junto a la novia, fue a sentarse al lado de Marco,
aplastándole los pies con una soberana nalga.
—Tu mujer me ha humedecido las sienes con verbena cuando salía del vomitorio,
y mi padre te es más bien favorable: quiero hacer algo por ti. Capito acaba de morir, y
los Hermanos Arvales eligen a su sustituto el próximo mes de mayo, el tercer día de
la fiesta de Día. Agripina y yo mismo nos cuidaremos de que cuentes con una
oportunidad.
Marco creía estar soñando. Rómulo en persona había reunido a los once hijos de
su madre adoptiva Acca Larentia para ofrecer sacrificios a Ceres, diosa de los frutos
de la tierra y patrona de los labradores, honrada después por los Hermanos Arvales
bajo el nombre de Día. Era el colegio sacerdotal más antiguo, más cerrado y más
aristocrático de Roma, y la elección marcaba de por vida a sus miembros con un
carácter indeleble. Incluso los augures palidecían bajo la mirada de los Arvales.
—Pero —balbuceó Marco— ese colegio sólo está abierto a patricios o a hijos
nobles de senadores, como el Gran Maestre Vipstanio Aproniano, Sextio Africano,
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Memmio Regulo, Valerio Messala Corvino, Fausto Cornelio Sulla Félix o los dos
Pisón… Estoy lejos, como sabes, de ser un noble de rancio abolengo.
—¿Acaso has jurado humillarme? Acaso yo, que soy Promaestre, ¿no tengo a un
simple «caballero» de Nuceria por abuelo? Y al haber carecido de ancestros para
darme sobrenombres de nunca acabar, desdeñando además los sobrenombres
comunes, me hago llamar sencillamente Vitelio, un nombre que algún día valdrá por
todos los sobrenombres de Roma.
El glorioso Vitelio se inclinó sobre Marco y le puso en el hombro una delicada
mano, cual una miniatura emergiendo de un jamón…
—¿Sabes, viejo muchacho, cómo llegué a ser Promaestre? A los veinte años, la
edad de tu mujer, andaba en Capri haciendo mimos a los pies del viejo Tiberio,
esperando a que Cayo, según se dice, lo ahogara con un cojín. Después conduje
carros con Calígula y jugué a los dados con Claudio. ¡Así que no me hables de
antigua nobleza, cuando una palabra del Príncipe basta para todo!
—No obstante, Claudio, con su manía de anticuario, está muy ligado a las
tradicionales reglas de culto. ¿No corremos el riesgo de que ponga obstáculos?
—Le diremos algo bueno de ti a Agripina, que no tiene más culto que ella misma;
y Claudio sella más decretos de los que puede leer. ¡Quédate tranquilo! Yo me
ocuparé de tu causa, y por la mejor de las razones: contigo y con L. Othón (que sólo
brilla por su ascendencia materna) me sentiré menos solo entre los Arvales, esa
pandilla de jarrones de porcelana. ¡Paso a la eterna juventud de Roma, cuyos
antepasados están en el futuro!
El sorprendente cinismo de Vitelio inspiraba tanta repulsión como simpatía. ¿Pero
dónde encontrar el dinero para hacer buen papel entre los Arvales?
—Mi propio padre —dijo Marco— acabó sus días en el orden ecuestre, y habría
podido entrar antes en él, pues un censo de 400 000 sestercios no era capaz de
detenerlo. Pero después de haber accedido a la pretura, sufrió los reveses de fortuna
que ya conoces…
—¡Tengo que detenerte en seguida! Esas naderías corren a costa de la República
mientras no hayas restablecido tu situación. Y, entre nosotros, ¡bien que te lo debe!
Yo mismo arreglaré los detalles de tu banquete de bienvenida, el XVI de las Calendas
de enero que seguirá a tu elección…
—He oído decir que los banquetes son numerosos en el seno del colegio…
Vitelio rio a carcajadas ante tal ingenuidad.
—Pero hombre, ¡si no hacemos otra cosa! Es nuestra razón de ser. No hablo del
festín primaveral de la fiesta de Día, que no es más que un entremés, con su vaca y
sus dos cerdas jóvenes. Somos también, no hay que olvidarlo, una suerte de
capellanes de la familia imperial, de modo que sacrificamos durante todo el año, y en
cualquier ocasión, por la felicidad del Príncipe, de su mujer y de sus hijos. Los actos
oficiales del colegio consignan los sacrificios en relación con todos los
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acontecimientos importantes. En suma, somos nosotros quienes llevamos los anales
del Estado, en la medida en que éste se confunde con el emperador y los suyos.
»Es verdad que nuestra piedad no descansa y que los animales son de primera
calidad, contrariamente a lo que ocurre en muchos Otros sacrificios públicos o
privados. El vacuno grueso de carne roja y grasa bien amarilla, que los héroes de
Homero escogían para sus asados, es por lo general tan inaccesible que nadie se
atrevería a servir vaca en un festín delicado… Entre nosotros te regalarás a saciedad
con ese mitológico animal. Los crían especialmente para los Arvales en las verdes
praderas del Clitumno, cuyas aguas tienen la virtud, dicen, de blanquear a los
rumiantes que se bañan en ellas. Y los dioses no te quitarán tu parte, puesto que
Prometeo consiguió de Júpiter que se contentaran con el humo. Templanza bastante
lógica: los dioses no comen, husmean. Entre todos los sacerdotes que no paran de
comer, nuestra mesa es la mejor —sobre todo desde que la tomé bajo mi
responsabilidad. Te ofrezco un universo de glotonería. Sólo tienes que cavar tu tumba
agitando las mandíbulas, si no deseas que otro hambriento la cave por ti más deprisa
todavía.
Marco no pudo hacer otra cosa que dar a Vitelio las gracias, no sin efusión. No
solamente dejaría de tener hambre de carnes escogidas, sino que la honorífica
limosna que le prometían, al introducirlo en un cenáculo donde la vieja aristocracia se
codeaba con los favoritos del momento, le permitiría quizás enderezar en pocos años
el timón de su galera.
Con un movimiento impulsivo, besó de repente la mano de Vitelio, esa mano con
olor a condumio que había adulado al achacoso Tiberio, sostenido las riendas de
Calígula y lanzado los dados con Claudio.
—Besa más bien a tu mujer —le dijo alegremente su bienhechor—. ¡Vale la pena!
Marco se dio cuenta de que, incluso si hubiera estado casado de verdad con
Marcia, habría cerrado los ojos ante las familiaridades que el ogro pudiera tomarse
sin darse cabezazos contra la pared de un pasillo. Y por primera vez en su vida sintió
su alma tan enfangada que se ruborizó. La más alta excusa de los tiranos, ¿no era la
solícita sumisión de sus víctimas?
En vena de amabilidad, Vitelio le preguntó:
—¿Puedo prestarte algo de mi escolta para proteger de malos encuentros a tu
pequeño cortejo nupcial? ¿Dónde vives, por cierto?
En la oscura noche, Roma era el dominio de una agresiva criminalidad, y las siete
cohortes de vigilantes nocturnos no daban abasto entre los doscientos sesenta y cinco
barrios de las catorce regiones. Sólo los incendios iluminaban las enmarañadas
callejuelas, y las siete cohortes de bomberos tampoco eran suficientes. La Vía Sacra y
la Vía Nova eran las únicas donde dos carros podían cruzarse, y los itinera[42] para
peatones daban cien vueltas a las vías abiertas al tráfico rodado. El Prefecto de la
ciudad imponía de vez en cuando un escarmiento; después lo dejaba correr: ¿no tenía
toda la gente honrada una plétora de clientes y esclavos para velar por sus personas y
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por sus bienes? Los pobres se asesinaban y robaban entre sí, y la pérdida no era
grande. El gobierno estaba mucho más atento a los crimines políticos.
—Vivo —contestó al fin Marco— …en el centro.
—¿Del lado de Suburio?
—Por allí, sí.
—¡Adoro Suburio! Es un barrio tan pintoresco… No debes avergonzarte de
residir allí. El propio César se instaló en él por un tiempo para agradar a la plebe, y
Pompeyo permaneció fiel a las Carenas, que no valen mucho más.
Con estos consuelos, Vitelio volvió a su sitio: debía de tener hambre.
El estómago de la mayor parte de los invitados empezaba, no obstante, a pedir
gracia. Era tiempo de repudiar los manjares sólidos en beneficio de los suplementos
de vino puro que siempre encuentran asilo entre los más hartos.
Marco espero con paciencia hasta el penúltimo servicio; después fue a despedirse
de Vitelio y arrastró a Marcia hacia Suburio, entre los carruajes nocturnos. Por cortejo
nupcial, los nuevos esposos llevaban solamente algunos esclavos de ambas casas y la
débil escolta prestada por Vitelio. Nada de antorchas de espino blanco para iluminar
la marcha; ni rueca ni huso. Pero Marcia apretaba bajo su manto dos platos de la
vajilla de plata que había apartado de la hipotecada herencia.
Se perdieron tres veces antes de llegar a la calle principal de Suburio, a la que
daba la callejuela de Marco. A lo largo de esta calle habrían podido apagar las
linternas y andar a la luz de las lámparas que señalan los tugurios de las cortesanas.
En verano, éstas se encaramaban en altos taburetes delante de sus puertas. En
invierno, sólo mostraban a los peatones la farola de su oficio.
Marcia se estremeció y dijo:
—Siempre he tenido miedo de terminar así. ¿No es absurdo?
Marco levantó a su sobrina para que atravesara el umbral de la casa sin que sus
pies tocaran el suelo, y los platos de plata aprovecharon para caerse. ¿Era un mal
presagio?
Le advirtieron a Marco que Kaeso tenía mucha fiebre y Marcia pasó su noche de
bodas con el niño.
Marco pasó la suya preguntándose si realmente había hecho una buena operación.
Asuntos tan secundarios como el suyo, el avaro Príncipe y la distraída Agripina los
dejaban en manos de libertos de confianza o de senadores cercanos a la corte.
Siempre convenía dejar un hueso para que el senado lo royera… La camarilla de
Vitelio, que había orquestado la propaganda en favor de la boda de Claudio con
Agripina, ¿no limitaría su apoyo a un sacerdocio honorífico, que al fin se trocaría
para el feliz elegido en vía muerta? Evidentemente, desposar a su sobrina no era la
mejor recomendación para conseguir el consulado y una ventajosa provincia.
Empero, algo habría que sacar de las nuevas relaciones que Marco podía trabar entre
los Arvales…
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VI
Los primeros y más felices recuerdos de Kaeso se remontaban a la maravillosa época
en la que Marcia, al levantarse de la siesta, lo llevaba a los baños con su hermano
Marco. Tanto en verano como en invierno, los dos hermanos deslizaban sus
manecitas en las firmes manos de su madre adoptiva, atenta a protegerlos del bullicio,
y por la Vía Suburana y el Argiletum se encaminaban a las termas de mujeres a las
que Marcia solía ir. Situado a la entrada de los Foros, entre el templo rectangular de
la Concordia Marital y el pequeño templo redondo de Diana, era un establecimiento
de un honorable nivel, con el que una viuda generosa había obsequiado a sus
conciudadanas. Cierto que estaba lejos de parecerse a las termas de Agripa en el
Campo de Marte, cuyas variadas instalaciones, con bibliotecas y galerías de obras de
arte, se extendían sobre siete yugadas[43], pero la donadora, cuyo busto marmóreo de
rasgos tranquilos dominaba la sala de descanso, no había escatimado en nada.
Las termas reservadas a las mujeres eran dos veces más caras que los baños
mixtos, que costaban solamente un cuarto de as pero apenas eran frecuentados más
que por damas poco castas, deseosas de conseguir allí un hombre o, al contrario,
preocupadas por purificarse la epidermis después de haber hecho la calle en las
cercanías[44]. De todas formas las termas eran gratuitas para los niños ¡e incluso
habían sido gratuitas para todo el mundo durante la inolvidable edilidad de Agripa,
cuando ya se contaban unas doscientas!
Y el inmutable, armonioso y bien regulado rito seguía su curso…
Al franquear la entrada, las mujeres caminaban a lo largo de la palestra exterior
en dirección a los vestuarios, seguidas por una esclava que llevaba las «endromidas»,
vestidos para el deporte de tela de rizo; los frasquitos de ungüento; los curvos
estrigilos o rascadores; las gausapae, batas de baño escarlatas y afelpadas; grandes
toallas y todo lo necesario para arreglarse.
Se desvestían en el apoditerium[45] y, según la temperatura y el tiempo, podían
escoger entre la gran palestra exterior y las dos palestras interiores, de las cuales una
estaba cubierta y la otra a cielo abierto.
Si los elementos eran favorables, corrían a sudar a la palestra exterior. Marcia y
otras bañistas se tiraban pelotas rellenas de arena, aporreaban gruesos salchichones de
harina colgados de postes, levantaban pesos o halteras, trotaban en pos de un aro cuya
carrera dirigían con un palo ahorquillado… Los niños jugaban con balones llenos de
plumas o vejigas hinchadas de aire.
Si el tiempo era incierto o mediocre, se dirigían directamente a las palestras
interiores, comunicadas y reservadas a la gimnasia y la lucha, donde las damas
estimulaban sus sudores completamente desnudas, después de haberse embadurnado
con un ungüento de cera y aceite, rociado de polvo para asegurar mejor las presas.
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Terminado el calentamiento entraban en una de las sudatoria que rodeaban el
caldarium central, sudatorium donde el calor seco del hipocausto irradiaba a través
del delgado enlosado como a través de las tejas huecas que tapizaban los tabiques.
Para no quemarse las plantas del os pies, no estaban de más unos chanclos de madera,
que, ay, tenían el defecto de transmitir un desagradable hongo llamado «pie de
atleta».
Acabada la sudación pasaban al caldarium, húmedo baño turco dotado de un gran
pilón de agua ardiente y de una bañera para una docena de personas, en cuyo fondo el
agua se enfriaba un poco antes de ser enviada a la caldera de madera del hipocausto,
para ser devuelta a la bañera por la simple acción del calor. Primero se frotaban en el
pilón con un estrigilo, y luego iban a retozar un rato en la amplia y humeante bañera.
El templado tepidarium ofrecía una apreciada transición entre el caldarium y el
frigidarium, donde, según las estaciones, iban a tirarse de cabeza al agua en una u
otra de las piscinas de agua fresca, la que estaba al aire libre o la cubierta.
Al final llegaba el momento del masaje de pago, al que a veces renunciaban, y,
envueltas en una confortable gausapa, se tumbaban en la sala de descanso.
Durante todo este ciclo, la esclava permanecía guardando los efectos dejados en
el nicho de apoditerium, pues la vigilante de los lugares era más bien distraída.
A los pequeños Aponio les gustaba jugar al balón o luchar en broma con otros
niños que todavía estaban en edad de que sus madres, una nodriza, una hermana
mayor u otra pariente los llevaran a los baños. Y al lado de las habitaciones más bien
exiguas del piso bajo de Suburio, las salas de estas modestas termas les parecían
enormes, e impresionantes también los ecos que las recorrían y el misterioso rayo de
luz que atravesaba, en la bóveda del caldarium, la placa translúcida de selenita para
difundir una suave penumbra en la estancia.
Más observador y despabilado que su hermano mayor, Kaeso le preguntaba a
Marcia por qué el vello de tal o cual matrona era moreno cuando sus cabellos eran
rubios, por qué otra tenía el vientre grueso o el sexo afeitado, por qué ella misma
llevaba su triángulo oscuro tan rapado, como la piel de topo o el plumón de paloma…
Su madrastra lo hacía callar abrazándolo y riendo. Pero Kaeso no preguntaba por qué
las esclavas negligentes tenían en los senos marcas de pinchazos de agujas y la
espalda cruzada por huellas de azotes: ya había visto a Marcia castigar a algunas
cuando se impacientaba durante su aseo. Y no preguntaba tampoco lo que, en su
inocencia, creía saber: para él, todas las mujeres de grandes senos colgantes eran,
evidentemente, nodrizas rebosantes de leche.
Los dos niños adivinaban de forma confusa hasta qué punto la extremada belleza
de Marcia era apreciada, pues eran frecuentes los días en que las damas que tenían
debilidad por su propio sexo iban a hacerle un poquito la corte, por si acaso, acoso
éste que se prolongaba hasta las letrinas, donde las mujeres charlaban sentadas en
semicírculo, mientras Kaeso, guasón, jugaba a esconder las esponjas.
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Ver a Marcia vestida otra vez era igualmente interesante: la manera experta en
que se ceñía los senos con el strophium[46] o ajustaba con habilidad el paño
transparente. Y los chiquillos le sostenían el espejo por turnos, cual Cupidos a los
pies de Afrodita, mientras ella rehacía su maquillaje con minuciosidad de artista.
Para Marco y Kaeso llegaba la hora de volver a casa a cenar, antes de que el sol
se pusiera. Desde que caía la noche, cada cual se encerraba en su casa y sólo
quedaban fuera carreteros, juerguistas en buenas manos, bandidos, vigilantes o
bomberos. Y mientras el día declinaba, los niños daban cuenta de una comida de lo
más sencilla, sentados en un taburete ante el lecho de los padres.
De cuando en cuando —sobre todo los días de luna llena— su padre bebía en la
cena más vino que de costumbre, y los dos niños, desde su cama, aguzaban el oído en
lugar de dormirse, temiendo lo que iba a ocurrir…
Primero oían rascar y murmurar a la puerta de la alcoba de Marcia, que estaba
próxima a la suya para permitirle velar por ellos de cerca durante las largas e
inquietantes horas de oscuridad. Después golpeaban la puerta, incluso intentaban
derribarla, y la voz de su padre resonaba en el pasillo con tono irritado y suplicante. A
veces la puerta acababa por abrirse, y volvía la calma. Pero lo más frecuente era que
no se abriese, y entonces venía la retirada del pedigüeño tras las amenazas y sollozos
de borracho.
—¿Por qué —preguntaba bajito Marco a su hermano— papá quiere entrar por la
noche en la alcoba de mamá?
—A lo mejor para verla desnuda —sugería Kaeso—. A papá no lo admiten en
nuestras termas.
Por la mañana —estuviera la puerta abierta o cerrada— Marco tenía una
expresión siniestra y Marcia abrazaba a los niños, especialmente a Kaeso, más fuerte
aún que de costumbre.
Muy perturbado por estos extraños intermedios, Kaeso le dijo un día a Marcia:
«No querrás dejarnos, ¿verdad?». Y ella le contestó: «No te abandonaré nunca. ¡Te
quiero demasiado!».
Cuando los niños crecieron, Marco renunció a sus lastimeras tentativas y todo
volvió a estar en orden.
Un otoño, hacia la mitad de octubre —Marco tenía cerca de siete años y Kaeso un
poco más de seis—, se acabaron brutalmente las delicias infantiles: un esclavo griego
llamado Diógenes los llevó a los baños mixtos, y además los escoltó, para protegerlos
de los múltiples peligros de la calle, por el camino de la escuela o de su casa,
sirviéndoles por añadidura de profesor particular.
A los niños ricos los educaban bajo el régimen del preceptorado; en las grandes
mansiones, incluso los pequeños esclavos eran instruidos a domicilio. Pero para las
bolsas modestas no había otra solución que las escuelas privadas, que abundaban por
toda la ciudad a la módica tarifa de dos sestercios por alumno y mes. No solamente
los maestros eran despreciados por recibir un salario, sino que además el salario era
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miserable. Era el último de los oficios, y abundaban en él los individuos dudosos, de
sospechosas costumbres.
Flanqueados por su «pedagogo», los niños salían al alba hacia la escuela, llegaban
en seguida a los Foros, rodeaban el lado más pequeño de la basílica Emilia,
caminaban a lo largo del lado principal de la basílica Julia y alcanzaban por fin su
presidio, establecimiento casi a merced del viento, separado por una simple cortina de
uno de los pórticos del viejo Foro romano meridional.
En esa estancia, glacial o bochornosa, permanecían cautivos hasta mediodía,
sentados en escaleras y trabajando sobre las rodillas. Sólo el maestro contaba con un
asiento con respaldo.
La escuela, en el seno del aluvión de ruidos del Foro, funcionaba sin interrupción
ocho días de cada nueve, y los alumnos de ambos sexos esperaban con impaciencia
los nundinae, esas jornadas de mercado en que todos los campesinos de los
alrededores acudían a Roma por negocios o placer, y que habían terminado por estar
consideradas por todo el mundo como vacaciones. Aparte de los nundinae, las clases,
si se exceptúan las grandes vacaciones desde finales de julio hasta el otoño, no se
interrumpían más que en las grandes Quincuatrias del mes de marzo, en honor de
Minerva.
El ancestral método de enseñanza de los proletarios del saber, en las antípodas de
cualquier aproximación global a los problemas, era furiosamente analítico.
Antes de enseñar la forma de las veinticuatro letras latinas, el maestro les hacía
aprender de memoria la lista de cabo a rabo. Después presentaba cada letra en la
pizarra negra, y los alumnos se esforzaban por encontrar y seguir, a través de la cera
lisa de su tablilla, el carácter escondido que había sido grabado en la madera. El
dominio de la letra caracterizaba a los abecedarii escogidos.
Entonces pasaban a la categoría de los silabarii, que se ejercitaban componiendo
sílabas de fantasía antes de abordar el estudio de las reales.
Para terminar, los nominarii tenían el honor de deletrear y trazar palabras,
ejercicio que desembocaba en la más alta ambición literaria de la escuela: declamar a
coro cortas frases lapidarias, y transcribirlas sobre papiro de desecho con una pluma
de caña, tallada con cortaplumas y mojada en una tinta que se hacía sobre la marcha
disolviendo el producto en el agua del tintero. Así que quienes pasaban por el pórtico
podían oír aullar: «El ocio es la madre de todos los vicios», cuando no dichos o
bromas de discutible gusto: «Si una mujer le da un consejo a otra, la víbora compra
veneno a la víbora». O bien: «Al sorprender a un negro cagando, creí ver el culo
rajado de un caldero». Pero rara vez se divertían hasta ese extremo.
Las ambiciones matemáticas eran todavía más escasas. Aprendían la lista de los
números enteros, cardinales ordinales, con su nombre y su símbolo; manejaban el
tablero de cuentas o bien se iniciaban en cálculos elementales, sobre la superficie del
ábaco, mediante pequeñas fichas; se interesaban sobre todo en las fracciones, cuya
práctica era tan útil en el comercio al pormenor. Pero no salían de lo concreto. Cinco
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docenas hacían un quincunx, y así de seguido, es decir, cantidades que olían a
lechugas o espárragos. Coronaban la cima de la teoría con prácticas bastante
vertiginosas de cálculo digital, las cuales sólo penetraban a fondo en un número
restringido de espíritus.
Para ir más lejos en aritmética había que acudir a una escuela técnica de las que
formaban calígrafos o estenógrafos.
Los muchachos se embrutecían de aquel modo hasta los catorce o quince años, y
las niñas hasta los doce o los trece, pues las primeras señales de la formación las
retenían en sus casas.
A Marco le costaba trabajo seguir las clases, pero Kaeso se aburría mortalmente,
ya que siempre iba unos años por delante del torpe sistema.
La asimilación del calendario romano, que el maestro asestaba de propina, fue
para Marco un verdadero martirio: se vio azotado más de lo que le correspondía,
desplomado sobre la espalda de un compañero en cuclillas que servía a un tiempo de
patíbulo y de máquina contable. Marco no paraba de hacerse un lío con las Calendas,
y hasta con los meses. Era cierto, sin embargo, que el calendario estaba repleto de
trampas…
Doscientos años antes, se había hecho empezar el año en enero y no en marzo,
aunque esta última era la solución más lógica entre los campesinos, para quienes el
año comenzaba con los nuevos brotes. A causa de ello, Quintilis, Sextilis, September,
October, November y December ya no eran —como su nombre parecía indicar los
meses 5.º, 6.º, 7.º, 8.º, 9.º y 10.º del año respectivamente, sino los 7.º, 8.º, 9.º, 10.º,
11.º y 12.º—. Quintilis pasó después a llamarse Julius, y Sextilis, Augustus, en honor
de César y de su imperial sobrino nieto, pero la denominación de los cuatro últimos
meses seguía siendo engañosa.
Febrero tenía veintiocho o veintinueve días; los demás meses, treinta o treinta y
uno.
El primer día de cada mes era las Calendas del mes en cuestión. Luego se abría el
período de los Nones, del 2 al 7 incluidos para marzo, mayo, julio y octubre, y del 2
al 5 incluidos para los otros ocho meses. Después venía el período de los Idus, del 8
al 15 incluidos para marzo, mayo, julio y octubre, y del 6 al 13 incluidos para los
otros ocho meses. Y al final se abría el período de las Calendas.
El último día de los Nones constituía los Nones propiamente dichos. El último día
de los Idus marcaba los Idus propiamente dichos. Pero el último día de las Calendas
del mes sólo era la víspera de las Calendas propiamente dichas del mes siguiente,
extravagante desfase que ofrecía tanta más dificultad cuanto que cada fecha se
calculaba, contando hacia atrás. Se precisaba una fecha en el período de los Nones,
contando hacia atrás a partir del día de los Nones. Se precisaba una fecha en el
período de los Idus contando hacia atrás a partir del día de los Idus. Pero para precisar
una fecha en el período de las Calendas, había que contar hacia atrás a partir de las
Calendas primer día del mes que seguía. De modo que, tras los Idus, los días llevaban
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el nombre de otro mes, y el final de diciembre, por ejemplo, se contaba a partir del
primer día de enero.
A pesar de todo, la antevíspera de los Idus de marzo no era el segundo día anterior
a los Idus de marzo sino el tercero, porque se había convertido en costumbre incluir
en el cálculo a lo cangrejo el día que le servía de punto de partida. Y para acabar de
embrollarlo todo, en lugar de decirse «el tercer día antes de los Idus», se empleaba la
abreviatura corriente: «El tercer día de los Idus».
Para colmo, cada cuatro años, en febrero se doblaba el «sexto día de las Calendas
de marzo» para obtener un año bisextilis.
Era como para volver loco a un niño poco dotado o a uno de esos hijos de Espurio
que tascaban el freno al fondo de la clase. Y se comprendía bien por qué los
historiadores romanos daban tan pocas fechas en sus obras: corrían el riesgo de
perderse.
Tras dos años de escuela, Marco y Kaeso perdieron a su maestro; al día siguiente
de las miserables exequias nocturnas, toda la clase, en peregrinación, pudo ver sobre
la tumba que el desgraciado había hecho construir, economizando as por as de los
suplementos que sacaba con la redacción de testamentos, un glorioso epitafio, en el
que el difunto se vanagloriaba de haber observado una
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Pero sus padres discutieron durante toda una cena la desaparición del hermano
arval M. Junio Silano, a quien el primer gesto de Agripina, tras la llegada al poder de
su hijo, había sido hacer asesinar en su proconsulado de Asia.
El tal Marco era un hombre tan rico como indolente, a quien Calígula había
puesto el mote de «borrego dorado», y que no inspiraba desconfianza a nadie. ¿Acaso
Agripina, que ya había empujado al suicidio a su hermano Lucio, temía una
venganza? ¿O tal vez había considerado el parentesco directo de los Silano con
Augusto? Además, Agripina había matado dos pájaros de un tiro al desembarazarse
del liberto Narciso, que tuvo toda la confianza de Claudio pero no pudo impedir su
muerte.
Desde la edad de trece años, Kaeso —como Marco a los quince— fue enviado a
tomar clases con dos «gramáticas», uno griego y otro latino, y con ellos empezaron
los estudios secundarios que permitían a los mejores desembocar en la retórica o en la
filosofía. Algunos «gramáticas» estaban apenas mejor considerados que los maestros
de escuela, y sus locales del barrio de Carenas, en lo alto de la Vía Sacra, tampoco
eran mucho más presentables.
También allí los romanos habían copiado a los griegos, y los dos «dramáticos»,
que intentaban familiarizar a los alumnos con los textos más hermosos, recurrían a
los mismos procedimientos o artificios.
Estudiaban ante todo, según preocupaciones estéticas superiores, la poesía épica,
trágica o dramática. Sólo trataban superficialmente a los historiadores u oradores,
para no usurpar el dominio de los profesores de retórica que más tarde tomarían a su
cargo a la mayor parte de los estudiantes, a quienes la filosofía poco tentaba. De
modo que Kaeso y Marco le hincaron el diente a La Ilíada (mucho menos a La
Odisea, donde no aparecía ningún héroe verdaderamente ejemplar) y naturalmente, a
Virgilio. También razonaban sobre el trágico Eurípides, el cómico Menandro, sobre
Terencio y Horacio. Demóstenes y Tucídides, Cicerón y Salustio merecían
ocasionales comentarios. Eran trabajos terriblemente fastidiosos.
Después de los ejercicios de dicción, era importante preparar textos para la
lectura, pues únicamente un lector entrenado habría podido comprender unas frases
que ni en latín ni en griego exigían separación entre las palabras. Así que los alumnos
sobrecargaban el texto de signos especiales para unir o separar las silabas, marcar
acentos, cantidades, pausas… Primero declamaba el maestro. Tal o cual alumno lo
imitaba después. Aprendían pasajes de memoria y de memoria los declamaban.
Terminada la praelectio[47], podían pasar, tras una breve introducción erudita, al
estudio minucioso del texto. Los «gramáticos» más eminentes eran capaces de
consagrar todo un tratado a dos versos de La Eneida y, de generación en generación,
las glosas se sumaban a las glosas: análisis de todos los niveles, sutiles
consideraciones sobre las palabras o sobre las figuras (metáforas, metonimias,
catacresis, lítotes y silepsis), aspectos históricos, geográficos, astronómicos,
mitológicos o legendarios…
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Era de una pedantería desenfrenada. Durante toda su existencia, las víctimas de
esos petulantes tendrían en los labios las citas clásicas convenientes a cada
circunstancia.
El «gramático» griego era un campeón de La Ilíada. Una noche de primavera en
que Marcia y Marco hablaban durante la cena de la torpeza de Aniceto, ese
comandante de la flota de Micenas que no había sido capaz de amañar acertadamente
la embarcación en cuyo naufragio debería haberse ahogado Agripina, Marco el Joven,
que con la edad había ascendido del taburete al triclinium en compañía de su
hermano menor, le dijo a Kaeso:
—Cuenta el último hallazgo de Eupites a propósito de la torpeza de los héroes. Tú
te sabes de memoria esa obra efectista que es el orgullo del maestro.
Kaeso se hizo rogar, pero al fin emprendió la demostración:
—Del lado aqueo:
»El hijo de Tideo yerra al lanzarle a Héctor la jabalina y mata al cochero Eniopeo,
hijo del fogoso Tebeo (canto VIII).
»Teucro dispara una flecha contra Héctor y traspasa el pecho de Gorgition, hijo de
Príamo (canto VIII).
»El mismo Teucro yerra otra vez a Héctor y mata a su cochero Arqueptólemo
(canto VIII).
»Ayax apunta a Polidamante y mata a Arquéloco, hijo de Antenor (canto XIV).
»Patroclo apunta a Héctor y mata de una pedrada al cochero Cebriones, ilustre
bastardo de Príamo, “y los dos ojos cayeron a tierra entre el polvo, ante los pies del
cochero” (canto XVI).
»Del lado troyano:
»Antifo, hijo de Príamo, yerra a Ayax con la jabalina y mata a Leuco, compañero
de Ulises (canto IV).
»Héctor apunta a Teucro y mata a Anfimaco, hijo de Ctéato, descendiente de
Actor (canto XIII).
»Deifobo apunta a Idomeneo, pero su pica mata a Hipsenor, hijo de Hipao
(canto XIII).
»El mismo Deifobo apunta a Idomeneo, pero su pica mata a Ascálafo, hijo de
Enialio (canto XIII).
»Héctor apunta a Ayax, pero alcanza a Licofrón, hijo de Mástor y servidor de
Ayax (canto XV).
»Meges apunta a Polidamante, pero su lanza mata a Cresmo (canto XV).
»Sarpedón yerra a Patroclo, pero alcanza en la espaldilla derecha al caballo
Pédasos (canto XVI).
»Héctor apunta a Ayax pero su pica mata a Esquedio, hijo de Ifito (canto XVII).
»Héctor apunta a Idomeneo, pero su lanza mata al cochero Cérano (canto XVII).
»De donde se deduce que los aqueos fallaron cinco veces sus golpes y los
troyanos nueve. Así pues, los héroes aqueos serían los más hábiles. Pero si
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consideramos que todos los héroes alcanzan un blanco cuando yerran otro, los héroes
troyanos, al fallar nueve veces contra cinco, causaron pérdidas mayores a sus
adversarios, incluyendo un caballo. Siendo Héctor el más torpe y el más eficaz, ya
que falló su disparo cuatro veces.
Ante esta obra maestra de análisis literario reproducida por una memoria
brillante, Marcia resplandecía de orgullo. Marco padre, que también había ejercitado
su memoria con La Ilíada durante años, hizo esta profunda observación:
—El más hábil de todos los héroes es uno que tu Eupites ha olvidado: en el
canto X, Diomedes quiere errar adrede su golpe contra el troyano Dolon… ¡y falla!
Marco recibió aquella noche, con modestia, un merecido tributo de aplausos. Y
después de cenar, a la luz de la lámpara de aceite, controló más que de costumbre los
trabajos que Kaeso tenía que hacer en casa, por otra parte siempre los mismos. Se
trataba de poner un texto en todas las formas gramaticales posibles.
«Catón el Censor dijo que las raíces de las letras eran amargas, pero que los frutos
eran muy dulces; etc…».
«De Catón se cuenta que…».
«A Catón le gustaba decir…».
«Se cuenta que Catón dijo…».
«Oh, Catón, ¿no dijiste que…?».
Y en plural: «Los Catones dijeron que…».
La fácil solución que a tales dificultades hallaba un Kaeso de escasos quince años
llenaba a su padre de satisfacción y lo consolaba de los fracasos de Marco. La
retórica de Kaeso se anunciaba brillante.
El paso de primaria a secundaria trajo a los niños un indecible alivio. Poco a
poco, fueron autorizados a ir a las clases sin pedagogo, a pasear sin vigilancia por las
callejuelas de la ciudad, a lo largo de las avenidas del Campo de Marte o por los
numerosos y magníficos jardines que rodeaban a Roma de un cinturón de frescor.
Hasta la ausencia de las niñas en las clases de gramática, ahora sin azotes, reforzaba
la impresión de hacerse adultos.
Durante el verano precedente a la penosa entrada en la escuela primaria los
habían llevado a un raro espectáculo, que iba a dejarles un imborrable recuerdo: una
batalla naval en el lago Fucino, en las montañas de los marsios. Los otros munera de
gladiadores que pudieron ver después, desde los sitios reservados a los niños y sus
pedagogos en lo más alto de los anfiteatros, no les parecieron tan cautivadores. Pero,
en adelante, tendrían el privilegio de aventurarse solos hasta lugares más próximos a
la arena, de olfatear desde más cerca la sangre del valor y el sudor de angustia de los
cobardes. Del mismo modo, estaban atentos a las soberbias carreras de carros y al
teatro cómico, que les informaba con crudeza sobre todas las realidades del a vida.
Kaeso había llegado a preguntarse por qué su padre ya no entraba nunca en la
alcoba de su mujer…
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Aparentemente insensible a los años, Marcia se esforzaba en ocultar la amplitud
de las preferencias que sentía por Kaeso, aunque sin mucho éxito. Amaba a Marco el
Joven, pero por Kaeso, cuya belleza había llegado a ser, por cierto, sorprendente,
tenía pasión. Además, a esa belleza se añadía el encanto de los adolescentes que
persisten en ignorar con alma pura el turbador poder que esconden. Cuando Kaeso
inclinaba un poco la cabeza hacia el hombro para escuchar un cumplido o una
amonestación, se habría dicho la imagen de Alejandro en vísperas de sus conquistas.
Y claro, Kaeso, cuyas relaciones con el padre resultaban un poco frías y forzadas,
alimentaba un culto por Marcia que era esencial para su felicidad y disipaba todas las
inquietudes que su espíritu de observación podría haber hecho nacer. Su con fianza en
Marcia era total.
Por otra parte, Marco y su mujer habían ocultado cuidadosamente a los niños su
relación de parentesco, y tampoco les habían revelado la genealogía exacta de la
familia paterna. Según Marco, el apellido Aponio provenía de la fuente termal de
Aponio, en los alrededores de Padua, región en la que los Aponio habrían tenido
tierras en otros tiempos…
Así, cuando Marcia volvía a horas imposibles o desaparecía durante algunos días,
Kaeso creía a pies juntillas las explicaciones que ella daba con negligencia,
dirigiéndose ostensiblemente a su marido, pero de hecho hablando solamente para
Kaeso y Marco.
Kaeso tampoco se sorprendía al ver mejorar la casa de año en año, tanto por el
arribo de muebles bastante lujosos como por agradables decoraciones, incluso por
transformaciones de importancia. Así, Marco había hecho cavar un impluvio[48] en el
patio nuevamente pavimentado, lo había rodeado de una columnata, y un tejado
calado e inclinado; había acabado por reconstruir en el corazón de la insula el atrio
cuya pérdida no había dejado de llorar. También habían habilitado unos baños, y
anexionado el alojamiento de los esclavos que, más numerosos y mejor nutridos que
antes, fueron enviados a los pisos superiores, en compañía de los arrendatarios cuya
explotación se confió, por fin, a un gerente. Marco no hablaba menos que antes de
instalarse en una casa digna de sus antepasados, pero los alquileres, en una ciudad a
la cual las posibilidades de vivir a costa del Estado atraían a una innumerable
multitud, alcanzaban tales sumas que la mudanza se postergaba una y otra vez. Así
que esperaban pacientemente, en una relativa comodidad.
Kaeso atribuía esas entradas de dinero a los talentos de abogado de su padre, a
quien Marcia había empujado a ofrecer consultas jurídicas y a pleitear cuando la
ocasión se presentaba. Pero en Roma había una plétora de jurisconsultos y abogados
de talento y no era fácil abrirse camino.
Era un oficio tanto más decepcionante cuanto que estaba teóricamente prohibido a
los miembros del colegio hacerse pagar lo que quiera que fuese. Todo lo que tenían
derecho a esperar era una mención en el testamento de los agradecidos. Los grandes
abogados obtenían millones bajo cuerda, pero estaban expuestos a quejas, a
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chantajes, a procesos que podían acabar mal si sus protectores los abandonaban. Y
además, cuanto menores eran las comisiones bajo mano, más trabajo costaba escupir
sobre los procedimientos. Claudio creía haber saneado una situación podrida desde
hacía tiempo fijando un modesto techo de 10 000 sestercios ara los honorarios
legalmente exigibles, pero el decreto había sido una estocada en el agua.
Marco, en último extremo, se había especializado en los orinales que no paraban
de caer por las ventanas y que ya habían dado lugar a una jurisprudencia prolija y
considerable. Pero el perjuicio estético sufrido por las víctimas estaba excluido de
cualquier compensación. El Código declaraba noblemente: «En cuanto a las cicatrices
y al afeamiento que pudieran resultar de estas heridas, no se hará ninguna estimación,
pues el cuerpo de un hombre libre no tiene precio». Era el único ámbito del derecho
romano en que el esclavo no se encontraba en desventaja respecto del ciudadano.
Marco el Joven, a quien la fuerza del sentimiento no cegaba en lo más mínimo, no
era tan crédulo como su hermano menor. Pero siendo de naturaleza apática, tranquila
y discreta, manifestaba una sensata tendencia a no decir sino lo indispensable y
guardar para él las enormidades que habrían podido molestar o apenar a los demás.
Torpe y sin gracia, dotado para los derroches físicos más que para las búsquedas
espirituales, había no obstante recibido de los dioses esa eminente cualidad tan poco
frecuente en un hermano: una desarmante ausencia de celos. Bien sabía que Kaeso
era vivaz y amable, apuesto y encantador, irresistible cada vez que se tomaba la
molestia de serlo. ¡Pues bien, de todas maneras lo quería y no se le resistía más que
los otros!
Marco, igual que Marcia, intentaba mantener equilibrada la balanza entre los dos
muchachos, pero fundaba en Kaeso, sin poderlo impedir, las esperanzas más caras a
un padre: que el niño tuviera éxito allí donde él había fracasado.
Ese hermoso edificio de mentiras, pavimentado de buenas intenciones, podría
haber durado si los dioses no se hubieran sentido celosos. Tal vez se irritasen al oír a
Marco dando constantemente a sus hijos ejemplos de abnegación, pudor y piedad
sacados de la historia legendaria de Roma.
Una notable capa de hipocresía resulta tanto más enojosa cuanto más sincero es el
fondo de virtud que cubre.
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Suburio, tan bullicioso y multicolor, tenía para ellos atractivos tanto más fuertes
cuanto que en él comerciaban cohortes de muchachas; y ellos habían crecido.
A los dieciséis años, Kaeso, a quien el acceso a la popina seguía, en principio,
severamente prohibido, logró de su nodriza cretense el derecho a arrastrar gratis más
allá de la cortina del fondo a la «pequeña burra» disponible en las horas de ocio, y se
apresuró a lograr que su hermano aprovechara la ganga. La chica, que ya tenía que
sufrir al padre de vez en cuando, no estaba en muy buenas disposiciones, pero al
menos, adiestrada por la cretense, se dejaba poseer a discreción. Cuando Kaeso salía
de detrás de la cortina para darle las gracias a su nodriza con un beso, el rostro
apergaminado de aquella griega reseca alumbraba una extraña sonrisa. Tal vez
pensara que toda la sal de la vida está hecha de lo que uno ignora.
Al mediodía, Marco y Kaeso iban cada vez más a menudo al pequeño ludus de su
padre, situado a algunas millas de Roma, mucho más allá de la Vía Apia, entre un
colombario[49] y las tumbas que bordeaban la carretera.
El gran ludus el Caelio podía albergar a setecientos u ochocientos combatientes.
En el de Marco apenas se sobrepasaba la docena. Las ruinas de un edificio agrícola
perdido entre los cementerios habían sido someramente arregladas, de manera que
presentasen el aspecto de un clásico cuartel de gladiadores: una construcción de un
solo piso, cuyo bajo se abría sobre un pórtico que delimitaba la arena de
entrenamiento. En el ludus de Aponio, la construcción se limitaba a una escuadra que
enmarcaba por dos lados un pórtico cuadrado.
En el piso superior estaba el alojamiento del lanista Eurípilo, los de los
gladiadores que tenían concubinas, con sus raros niños, y también algunas
habitaciones que los célibes compartían de a dos o tres. Abajo estaban el comedor,
donde de ordinario se comía sentado, la cocina, la armería y la enfermería. Los
propios gladiadores cuidaban sus armas y corazas, y Eurípilo hacía de enfermero
cuando se terciaba, ayudado por dos esclavos que se ocupaban de la cocina.
El extremo de un ala de la casa había sido sacrificado para formar cuadra,
cochera, granero y henil, donde dormía con su cochero el «esedario» y bestiario
Tirano. Cuadra y cochera abrían por detrás, ante el pozo provisto de un bebedero.
Evidentemente, la atmósfera del lugar era muy familiar, y Eurípilo se esforzaba
en no oponer a los hombres que habían tenido tiempo para conocerse demasiado bien.
Los gladiadores apreciaban la simpatía de Kaeso, su inmediato sentido de la
adaptación, y la fuerza de Marco. Puesto que su vida dependía de una inmediata
capacidad de análisis, juzgaban con rapidez caracteres y defectos. Practicando
esgrima con los dos jóvenes, le repetían a Marco: «¡Lucha con la cabeza!» y a Kaeso:
«¡No te pongas nervioso! ¡Ahorra tu aliento! A igual habilidad, es el más tranquilo y
resistente el que sobrevive…». A veces, algunos aficionados de la región sudoeste de
Roma o de las afueras iban a recibir lecciones al área de entrenamiento, lecciones que
los hijos de Aponio aprovechaban también.
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De vez en cuando los dos hermanos compartían la cena de los pensionistas, en la
que invariablemente figuraba un gran plato de papilla de cebada, que pasaba por
desarrollar los músculos a buen precio. Ese fue también el régimen preconizado en el
siglo siguiente por el gran Galiano, médico jefe, al principio de su carrera, de los
gladiadores imperiales de cinco grandes sacerdotes sucesivos de Pérgamo.
En esas noches los Aponio abrían un ánfora de vino decente, y la cena se
prolongaba a la luz vacilante de las lámparas de barro. Era el momento de hablar de
las grandes hazañas de los gladiadores, del papel que habían jugado en las trifulcas
del Foro al final de los grandes tiempos republicanos, de los que aún se tenía
nostalgia. Se recordaba el heroísmo y la fidelidad de la familia de gladiadores de
Antonio. ¡Qué camino, qué odisea, qué «retirada de los diez mil» digna de Jenofonte
había llevado a cabo desde Accio[50] para reunirse con su amo en Egipto! Se
admiraba el muy reciente éxito del mirmillón[51] Espículo, a quien Nerón había
colmado de patrimonio y casas. Pero la vieja locura de Espartaco, desertor de las
legiones condenado a ser gladiador por bandidismo, no excitaba a nadie.
Y tarde o temprano llegaban las quejas. Nerón era un blando. Sólo cuidaba a los
gladiadores para complacer a la plebe: en el fondo, no ponía el corazón. Lo que
interesaba claramente al emperador no eran los nobles hechos de armas, sino el lado
puramente estético y decorativo. De ahí una constante búsqueda de la pompa, el lujo,
lo inédito, lo extraño, lo increíble.
Tres años después de su acceso al poder, Nerón había inaugurado en el Campo de
Marte un gran anfiteatro de madera. Pero ¿para qué?
A la salida de una pequeña naumaquia[52] atestada de monstruos marinos, se había
visto descender a la pista seca a cuatrocientos senadores y seiscientos «caballeros»
disfrazados de gladiadores… ¡que se habían batido con armas embotonadas! Y en el
descanso de mediodía, en lugar de sacar a los condenados a muerte de derecho
común, intermedio al que Claudio había sido tan aficionado, ¡los habían indultado!
Un munus blanco, en resumen, sin una gota de sangre.
Tras la terrible decepción del público, Nerón se había recobrado un poco. El
munus fúnebre «editado» en memoria de Agripa fue bastante satisfactorio, igual que
el espectáculo que acababan de ofrecer Lucano y sus colegas por su cuestura. Pero
subsistía un toque de ligereza, una especie de coquetería, que se advertía también en
las venationes, esas grandes cacerías que se organizaban por la mañana en los
anfiteatros —o, cada vez menos, en los circos, a razón de una masacre cada cinco
carreras—. Antes que centenares de leones y osos, aparición de clásica solidez, Nerón
hacía exterminar, preferentemente, extravagantes mezclas de babirusas, liebres
blancas, cebúes, alces, uros, hipopótamos o focas. Ya no se trataba de la peligrosa y
exaltante venatio, sino de historia natural. Y si bien también se veía todavía, al final
del munus, desventrar a algunos elefantes que perdían lentamente las entrañas en la
pista, ganaba terreno el rodeo, en el que los jinetes tesalios jugaban a capturar toros
en una arena sembrada de ámbar báltico en cantidades ridículas.
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Era comprensible que los gladiadores o bestiarios experimentados registrasen tal
evolución con inquietud. Claudio quería mucha sangre por poco dinero, y Nerón
derrochaba a manos llenas para economizarla. ¿Iba a desaparecer el oficio?
La compañía de estos hombres de áspero sentido común no sólo aportaba
lecciones de esgrima a Marco y Kaeso. Los hijos de Aponio aprendían a no contar
sino con ellos mismos en un mundo incierto y cruel, a mantener con cuidado el
equilibrio del cuerpo y del espíritu, del que todo podía depender en el instante de
verdad que toda vida reserva tarde o temprano. Aprendían también dentro de qué
límites razonables deben unirse la sensibilidad y la amistad, pues estaba mal visto
llorar por los que se iban para no volver. Afortunadamente, las pérdidas eran poco
frecuentes entre los gladiadores de experiencia, cada uno de los cuales contaba en su
haber de diez a veinte victorias, si no más.
No obstante, Kaeso sentía una simpatía particular por Capreolo, judío originario
de Meninx, isla casi meridional en la costa este del África proconsular. A fuerza de
lanzar su esparavel entre dos sabbats[53] sobre los pescados de los grandes fondos, el
«joven corzo» Capreolo había llegado a ser un excelente reciario, cuyas cabriolas y
fintas danzarinas, repentinos lanzamientos de red de imprevistos golpes de tridente
habían hecho ya doce víctimas. Cuando iba a luchar a Rávena o a Nápoles, a Ancona
o a Clusium[54], Kaeso esperaba su regreso con atribulada impaciencia. Pero el enjuto
y moreno muchacho volvía siempre y exclamaba riendo: «¡He vuelto a atrapar un
gran pez!».
Kaeso se entendía mucho peor con Amaranto, disipado y vicioso hijo de familia,
a quien su imprevisión había conducido derecho al rancho del ludus. Algunos años
antes, un munus pompeyo se había convertido en riña y la acalorada plebe de aquella
ciudad había masacrado a la gente de la ciudad rival de Nuceria que presenciaba la
representación. Amaranto, que se distinguió matando al azar a cuantos le dio la gana,
estuvo a punto de ser juzgado y se libró por los pelos. A Pompeya le fueron vedados
los juegos durante diez años, pero la querida titular de Nerón, Popea, que según
decían era originaria de aquella ciudad, había arreglado las cosas, y agradecidas
inscripciones a la gloria del Príncipe florecieron en los muros de esa ciudad
sanguinaria, que los dioses se encargarían de castigar cualquier día…
El ludus ofrecía igualmente a Marco y a Kaeso toda la libertad para iniciar y
perfeccionar su educación hípica, que los romanos y los griegos consideraban el
complemento indispensable de una aristocrática y cuidada educación. Los griegos y
los romanos, pueblos mediterráneos de regiones montañosas, no tenían ninguna
afinidad natural con el caballo, al contrario que ciertos pueblos de las estepas que se
pasaban la vida en la silla; ese lujoso animal casi mitológico les daba más bien
miedo.
Los dos sementales de Tirano (nunca castraban a los caballos), Bucéfalo y
Formoso, salían de las caballerizas lucanas de Tigelino, un ambicioso de Agrigento,
que había llegado a ser prefecto de los vigilantes tras la desaparición de Agripina,
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mientras esperaba algo mejor. Eran delicados productos árabes de cuello de cisne,
con azogue en las venas, cuyos pelajes negros relucían al sol. Tirano cuidaba sus
caballos con tanta más atención cuanto que su existencia de «esedario» dependía de
la rapidez y soltura de sus graciosas evoluciones. Toda la táctica consistía en llevar
con precisión el carro para no perder en el choque, y en el éxito confluían la calidad
del tiro, la pericia del cochero y la habilidad del «esedario», vestido de guerrero
bretón.
Bucéfalo y Formoso tenían un establo para cada uno, donde piafaban libremente
sobre adoquines pequeños y bien secos. Comían, cuando era la estación, buenos y
verdes forrajes, y heno cuando llegaba el frío; y en su ración había, según fuese el
año bueno o malo, cebada temprana o cebada ladilla con una pizca de sal de invierno
—pero nunca avena, esa hierba mala y loca que volvía a los sementales caprichosos y
lunáticos—. La víspera de los munera, mezclaban en su cebada bulbos de asfódelo,
alimento de pobres cuya proporción de azúcar favorecía sus prestaciones sin por ello
ponerlos nerviosos.
«A tal casco, tal caballo», se complacía en repetir Tirano, y en consecuencia vivía
a los pies de sus bestias. Había hecho habilitar, detrás de los comedores y del pozo,
un área de piedras redondas gruesas como ambos puños, contenidas por un cuadrado
de planchas, donde los dos animales abozalados pateaban durante horas para
endurecerse los cascos.
Y las primeras clases de equitación de Marco y Kaeso versaron sobre los
múltiples herrajes a adoptar según las circunstancias, de todos los cuales estaba el
almacén bien provisto. Había herrajes para las carreteras, para todo terreno, para la
lluvia y hasta para el hielo, que poco se veía en Roma pero se encontraba en los
Apeninos del norte o en los Abruzos. Tirano, haciendo honor a su apodo de gladiador,
no salía nunca sin una colección de herrajes, preparado para cualquier eventualidad.
Pues sobre la arena de los circos o las arenas, los caballos llevaban los cascos
libres, pero la mayor parte de las veces había que proteger unos órganos tan
esenciales y frágiles contra las asperezas del camino.
Habían oído, en labios de viajeros, que algunos bárbaros lejanos fijaban a veces
sus herraduras con clavos, estúpida y grosera solución, ya que si la parte delantera de
un casco no se mueve, el pie desciende al contrario en la caja córnea y el cojinete
plantar se aplasta a cada contacto con el suelo, separando además los dos talones del
casco. Cualquier herraje con clavos se soltaría en seguida si sólo estuviese fijado en
la parte delantera, y si lo clavaban en la totalidad de la superficie, la parte trasera del
casco no podía jugar con normalidad y el animal sufría como si llevara zapatos
demasiado estrechos, al impedirse el vaivén normal del cojinete. Otro inconveniente:
como el casco crecía con rapidez, una herradura clavada, mal adaptada desde el
principio, lo estaría cada vez menos a medida que pasaran los días.
Así pues, los herrajes de las regiones civilizadas sólo se encajaban en la parte
delantera del casco, es decir, cubriendo la pinza, la masa y el contrafuerte,
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protegiendo el órgano tanto en horizontal como en vertical, y dejando libre la parte
que tenía que estarlo. Esas sandalias hipomóviles se ataban simplemente por detrás a
la cuartilla, en la escotadura entre el casco y el hierro. Así las podían quitar, poner y
cambiar con la mayor facilidad, de manera que la herradura —cuando se consideraba
útil— estuviera siempre en armonía con los azares de la ruta. Pero las retiraban cada
noche para dejar que el casco respirase sobre forraje seco.
Marco y Kaeso aprendieron en seguida a abrir la boca del caballo para des izar en
ella un bocado flexible y bien articulado, a montar a horcajadas y a pelo, agarrando la
larga crin con la mano izquierda, y a montar también por la derecha, pues para un
jinete sorprendido por los bandidos la menor fracción de tiempo podía ser vital. Y,
por último, aprendían a montar a la perezosa, con ayuda de uno de los mojones ad
hoc[55] que jalonaban las grandes Vías, o apoyando el pie en las manos unidas de
alguien servicial. Un principio sagrado de la educación romana, tanto en literatura
como en el arte hípico, era empezar siempre por lo más difícil.
Más tarde consiguieron una buena silla, con los flancos de la montura bien
apretados entre los muslos, las piernas libres y sueltas: un caballo se dominaba y
dirigía en primer lugar con los músculos de debajo de la cintura. El jinete tenía,
literalmente, que formar un solo cuerpo con su animal.
Cuando, después de innumerables caídas, se hicieron poco más o menos con
aquellos fogosos sementales que el menor olor a yegua hacía brincar, Tirano los
autorizó a cinchar una gualdrapa para proteger sus calzones de piel, pero bien se veía
que para ese taciturno purista, tan oscuro de vello como de expresión, la gualdrapa,
que disminuía la precisión del contacto, no era sino un recurso decadente.
Al fin, luego de algunas demostraciones ante su encantado padre —Marcia tenía
demasiado miedo para asistir—, los dos jóvenes jinetes pudieron trotar por la Vía
Apia, durante esas tardes de buen tiempo en que se daba cita toda la elegancia de
Roma, entre el olor salubre de los pinos y las melancólicas y familiares hileras de
tumbas, que invitaban tanto al goce como a la paz.
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VII
En la primavera del noveno año del reinado de Nerón murió el eminente Burro,
prefecto del Pretorio y amigo de Séneca, cuya moderadora influencia declinó. La
Prefectura del Pretorio, cargo capital ya que de él dependían los pretorianos, fue
repartida entre el eficaz Tigelino y el pálido Faenio Rufo, un galo, antiguo protegido
de Agripina, que se había labrado una reputación en la Prefectura del Anona[56]. El
año precedente, Flavio Sabino (hermano del futuro Vespasiano) había sido nombrado
prefecto de la ciudad.
Llegado el verano, Nerón, divorciado de Octavia y casado en segundas nupcias
con Popea, mandó matar a la hermana de Británico, que había sido su esposa durante
once años. Pero, como al emperador le gustaba decir bromeando: «¡Octavia sólo tenía
las insignias del matrimonio!».
Se iniciaron entonces numerosos procesos de lesa majestad contra senadores
sospechosos, y fueron condenados a muerte, entre otros, Rubelio Plauto y L. Fausto
Cornelio Sulla Félix, colega de Aponio Saturnino entre los Arvales. Rubelio Plauto
descendía de Livia, segunda mujer de Augusto, por vía de Tiberio. Y el infortunado
Félix era el hijo de Domicia Lépida, una de las dos tías de Nerón, víctima ella misma
de Agripina al final del reinado de Claudio. El matrimonio de conveniencia entre el
emperador y el senado había terminado.
Ahora que Marco y Kaeso habían llegado al término de sus estudios de gramática
y poseían suficientes citas clásicas de Homero o de Virgilio, el problema de
establecer a los dos jóvenes se agudizaba, y las dificultades eran contradictorias: uno
era demasiado apagado, el otro demasiado brillante. Las aptitudes de Marco no iban
mucho más allá de mantenerse sobre un caballo y dar estocadas, confundiendo a
veces a Eneas con Aquiles. Kaeso demostraba aptitudes para todo.
Una noche de finales de septiembre, cuando Popea estaba encinta de cinco meses
y Nerón se sentía feliz, cuando Lucano terminaba febrilmente su Farsalia y Persio se
debatía en las angustias de su última enfermedad, Marcia y Marco, sentados en el
falso atrio, abordaron una vez más el tema que más les preocupaba. Todo el mundo
dormía en la insula, un rayo de luna llena iluminaba suavemente el lugar, el risueño
Príapo enarbolaba como un dardo su enorme miembro[57] (cuyo retraído prepucio
semejaba los labios de una mujer en torno a un bucólico glande), y el salto de agua
que gorgoteaba en el estanque hacía una fresca y agradable competencia al
acostumbrado rumor nocturno.
—Está claro que nos hacen falta protectores —dijo Marcia—. ¿Pero cuáles?
Agripina y sus amigos, que además nos dieron de lado después de todo lo que
hicimos por ellos, cayeron en desgracia poco tiempo después del comienzo de este
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reinado, y a la madre de Nerón la pringaron hace cuatro años en un último asesinato,
que resultó ser el suyo…
—¿Vitelio? —sugirió Marco—. Tú conoces bien a Vitelio, que sigue siendo tu
tutor…
—¡Lo conozco demasiado bien! Estamos reñidos, poco más o menos. ¡Era un
hombre insoportable, se hubiera comido un erizo sobre el vientre de cualquiera! Y el
pobre Sulla Félix, que me había dado esperanzas, acaba de compartir la suerte de
Agripina. Vipstanio Aproniano es viejo como las calles y no sale de su carrito. En
cuanto a Salvio Otón, ese gracioso complaciente que sucedió a su padre entre los
Arvales, bien sabes que Nerón lo mandó a Lusitania como gobernador y allí está,
criando moho, desde hace cinco años. ¡Después de ponerlo todo patas arriba para
confiarle al Príncipe su Popea, todavía pretendía ser el amante de su mujer! Un
cornudo no debe abusar nunca de su suerte.
—¿Y los demás? Africano, Régulo, Mesala Corvino, los dos Pisón…
—Africano pagó la reparación de la terraza. Régulo —que está enfermo—
construyó el atrio. Corvino se ocupó del hipocausto e hizo aumentar la caldera de
piedras volcánicas refractarias del Etna. Los Pisón renovaron las letrinas y se tomaron
el trabajo de amueblarnos la casa. Es difícil que vuelvan. Cada mujer tiene un precio,
Marco, y cuando un hombre paga, el amor que compra no lo predispone a la amistad.
Además, ahora tengo más de treinta años…
Era la primera vez que hablaban de los amantes de Marcia con tanta franqueza.
Cierto que el porvenir de los niños estaba en juego y que la sobrina ya no tenía pudor
ante su tío, desde el momento en que el interés de Kaeso mandaba.
Con toda naturalidad, yendo de Vitelio a tantos otros, Marcia se había convertido
en la ninfa Egeria de los Arvales, esa ninfa a la medida que antaño el rey Numa había
fin ido consultar en secreto para engañar mejor a su gente. Y Marcia incluso había
contribuido a la felicidad de algunos colegas de los piadosos glotones que, entre los
banquetes de soberbias carnes cuyo olor regocijaba las narices de los dioses,
apreciaban una carne todavía más fina, que reservaba todo su perfume para ellos. En
su momento, habían participado en los gastos de la casa y dejado agradables piezas
en el joyero de la joven.
Al principio, Marco, que sufría cruelmente, había impuesto a Marcia unas
relaciones amargadas; después se había resignado a todo. ¿Cómo echar a una
madrastra a quien los niños adoraban, a una mujer con tales dotes para llevar una
casa? Así que había cerrado los ojos con empeño, consolándose un poco gracias a la
idea de que sus lamentables asiduidades con la sobrina no habrían impresionado, sin
duda, la memoria de unos niños demasiado jóvenes para recordar y comprender. Si un
mal azar quería que el parentesco de los cónyuges fuera descubierto algún día por
uno u otro, podría defender con todos los acentos de la buena fe la tesis de un
matrimonio tan blanco como el extravagante munus senatorial y ecuestre de Nerón.
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Pero esa noche la franqueza de Marcia, a pesar de que casi la había solicitado,
hirió a Marco. Una luz demasiado cruda traspasaba por fin la bruma de sus cómodas
dimisiones.
—Con la reputación que has debido de hacerte después de catorce años —dijo
con amargura—, colmando con tus favores al sacerdocio más gastromaníaco de la
ciudad —¡y eso sin hablar del resto!—, no me sorprende no haber sacado gran cosa y
o mismo de mis colegas Arvales, a despecho de las razonables esperanzas que
cobijaba. Habrían estado autorizados a decirme: «¡olvídalo, buen hombre, ya hemos
dado bastante!».
—¿Habrías conseguido hacer relaciones provechosas tú solo, tras la pérdida de
tus bienes? Cuando te llevé al matrimonio no tenías otro amigo que tú mismo, ¡un
amigo que no escatimaba sarcasmos! ¿Fui yo, por casualidad, quien te impidió
obtener las recomendaciones y favores de esos Arvales riquísimos, o de amigos de la
corte, cuando, al final de cada festín sacrificial se hallaban de buen humor, ahítos de
tiernas piernas de ternera, inflados de cécubos opimianos[58]? Pero tú heredaste trece
gladiadores mientras dormías. He comprobado que ciertos infortunios atraen la
simpatía, mientras que otros hacen reír y acarrean una reputación de desgraciado.
Cuando la injusticia de la suerte hace de uno el hazmerreír de la ciudad, el ridículo
pesa enormemente y lo sigue a uno durante mucho tiempo.
—¿Te habría gustado que me abriese las venas como algunos otros a la salida de
aquella subasta, vara sentar mejor reputación? ¿Y acaso fui yo quien pidió desposar a
mí sobrina?
—Podías haber hecho algo peor.
—Eso me pregunto… Para la opinión pública soy un cornudo incestuoso y
complaciente, y en cambio no tengo ni mujer ni dinero.
—Te haré notar que si yo te soporté durante algún tiempo para no infligir a
Kaeso, que es tan sensible, escenas espantosas, fuiste tú quien dejó de importunarme
cuando Kaeso creció. Y en cuanto al dinero, siempre rechazaste los préstamos que te
ofrecí.
—¡Mi última dignidad era no solicitar esas miguitas de estupro!
—Dignidad bien sombría y demasiado discreta.
—Los dioses me lo tendrán en cuenta.
—Te lo deseo sinceramente.
—Oyéndote se tiene la impresión de que las mujeres sólo conquistaron su libertad
para prostituirse.
—¿Serías tan ingenuo como para creer que lo que nos interesaba era la libertad de
trabajar? Pero no se prostituye quien quiere. Hay que tener encanto, capacidad para
mirar el techo o el cielo pensando en otra cosa y, en tanto sea posible, ese único y
último honor que les queda a las muchachas y consiste en deshonrarse sólo por amor.
Todas las putas de Suburio tienen un amante de corazón, que les pega y se queda con
su dinero.
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—¡Si tú tienes un amante de corazón, lo ocultas muy bien!
—Sí, es un gran secreto entre mi corazón y yo.
Marcia se levantó del banco, fue a sentarse en el borde del estanque y tapó con su
echarpe el miembro de Príapo, como si la sorprendente alusión al amante ideal
resultara incompatible con una obscena turgescencia, aunque fuese de naturaleza
divina. Y continuó:
—Pensándolo bien, sólo veo un recurso para favorecer a Kaeso…
—¡Y a Marco!
—Naturalmente. ¡Marco incluso necesita que lo favorezcan por partida doble!
Hay que reconciliarse con los Silano, en este caso con Décimo, el jefe de la gens, el
mayor, y además el único sobreviviente de los tres hermanos, ya que Agripina se
desembarazó de los otros dos. Como nunca te han considerado un verdadero
protegido de Agripina y ya mataron a la víbora, Décimo no tiene ningún motivo para
guardarte rencor. Tampoco eres responsable de la ingratitud de tu padre y el tiempo
ha pasado…
—Es un paso muy delicado.
—¿Qué podemos perder?
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sea aficionado a las aceitunas o a las mujeres, tu correo, si te place, encontrará
fácilmente mi puerta. Soy tanto más conocido en el barrio cuanto que tengo
modestos talentos de abogado, de lo que a veces se benefician tanto los ricos
como los humildes».
Por cierto que no era costumbre en un cliente —fuera cual fuese su rango—
hacerse acompañar por la esposa en una entrevista de protocolo. El gesto se habría
considerado indiscreto y fuera de lugar. Pero por otra parte no se trataba de una visita
ordinaria, y el carácter excepcional del homenaje podía atenuar la anomalía.
Tres días más tarde volvieron las tablillas, y decían:
Esta prosa no era muy halagüeña, pero tampoco cabía pedir lo imposible.
Por la tarde, entre la siesta y el baño, Marco, ocioso y ensimismado, se retiró a su
cuarto de trabajo contiguo a la biblioteca para abocarse al asunto Libanio. Tal vez
Décimo le consiguiera casos más interesantes…
El asunto Libanio era de lo más penoso. El protagonista, un hijo de liberto que
había hecho fortuna en el comercio de cereales, había exigido en su testamento que
las siete bellezas que constituían su serrallo se mataran entre sí sobre la tumba para
rendir honores a sus manes. Exigencia terriblemente pasada de moda, en la que una
recelosa piedad parecía combinarse con mórbidos celos. El hijo de Libanio, ofendido
por tamaño despilfarro, había intentado anular el testamento en ese punto, pero la hija
del difunto, representada por su tutor, había emprendido la defensa de las últimas
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voluntades de su padre: sin duda las siete madrastras habían ocupado, para la sensible
joven, demasiado sitio en la casa. Esperando la decisión del tribunal, los bienes en
juego fueron embargados, y las siete esclavas, que se iban marchitando, aguardaban
desde hacía doce años el fallo sobre su suerte. Marco, que defendía por azar la causa
de la heredera, tenía la ley de su parte, pero en contra la mala voluntad de los
sucesivos pretores, ninguno de los cuales había querido comprometer su
responsabilidad en una historia tan desagradable. Desde la llegada al poder de Nerón,
un viento de humanidad favorable a la gente modesta, e incluso a los esclavos,
soplaba sobre la jurisprudencia.
Cuando el prefecto de la ciudad, Pedanio Secundo —predecesor de Flavio Sabino
y amigo de Séneca—, fue asesinado por un esclavo que le disputaba un favorito, sólo
la insistencia del bloque de los senadores más tradicionalistas logró del emperador
que la ley fuera aplicada, y los cuatrocientos domésticos de la víctima, en un clima de
populachero motín hostil al senado, emprendieron el camino del último suplicio,
cargando sus respectivas cruces. Pero el emperador se opuso a la sugerencia de un
extremista, que quería que incluso los libertos presentes en casa de Pedanio en el
momento del crimen fuesen deportados.
Al día siguiente, por la mañana temprano, mientras la litera de alquiler que debía
llegar de la estación del Trastévere se hacía esperar, Marco fue en persona a reclamar
al lusitano del callejón los alquileres atrasados que se acumulaban. Los látigos y los
collares de hierro para esclavos se vendían mal. En la mayor parte de las grandes
casas, las relaciones entre amos y servidores eran buenas o pasables, a veces
excelentes, y los humildes castigaban a sus escasos servidores con las manos
desnudas. Todavía se podía hacer castrar a un esclavo o venderlo a un proxeneta, pero
los casos eran cada vez más raros y discutidos. Desde la ley Petronia de Augusto,
hacía falta la autoridad de una sentencia complaciente para entregar a un esclavo
insoportable a las bestias, y Nerón encargó al prefecto de la ciudad que recibiera e
instruyera las quejas que le sometiesen los esclavos contra la supuesta injusticia de
sus amos. La demagogia imperial se mofaba del derecho de propiedad.
Por otra parte, una confusa filosofía, ajena a Aristóteles, había extendido la idea
de que los esclavos podrían tener una especie de alma, y la lógica de hechos
deplorables añadía leña al fuego: cuando un esclavo liberto como el riquísimo Palas,
amante de la fallecida Agripina y alma condenada al fuego, ambicioso que Nerón
acababa de hacer matar, había logrado alcanzar el rango de ministro, era difícil no
concederle, ya que no un alma bien definida, al menos un poco de espíritu.
Furioso ante la mala voluntad del lusitano, Marco ordenó que retiraran la escalera
que comunicaba su taberna con el entresuelo. Ese medio de presión contra
arrendatarios recalcitrantes había llegado a ser clásico, e incluso la expresión «quitar
la escalera» se había convertido en proverbio.
La litera llegó por fin. Para aquella importante visita, Marcia se había arreglado
como una patricia virtuosa, sobria y refinada; había renunciado a los colores
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demasiado vistosos, a las joyas demasiado llamativas. Ella misma había ayudado a
Marco a vestir su más hermosa toga.
En la gastada litera, los dos cónyuges recapitulaban todo lo que se sabía de
Décimo —tarea bastante yana, ya que el margen entre la realidad y las habladurías
podía ser grande.
Una hermana de los tres hermanos Silano, Junia Lépida, se había casado con
C. Casio Longino, descendiente del asesino de César y célebre jurisconsulto —el
mismo que había abogado brillantemente en el senado por la crucifixión de los
cuatrocientos esclavos de Pedanio Secundo—. Y los dos esposos habían educado en
el culto de las virtudes estoicas a su sobrino Lucio, hijo del infortunado Marco,
sacrificado por Agripina ocho años atrás. Pero el estoicismo de Décimo pasaba por
ser menos rígido, inspirado tal vez en la notable suavidad del de Séneca. De elevada
cultura, esteta y diletante, Décimo se enorgullecía de su parentesco con Augusto, pero
el peligro que ahora representaba para él, tras el trágico fin de sus dos hermanos, lo
había apartado de cualquier ambición política. Se contaba incluso que, desesperado
por una existencia tan incierta, en el ocaso de su vida se había lanzado a un frenesí de
suntuosos derroches y elegantes placeres. Era, en resumen, un estoico del tipo
mundano y escéptico, más preocupado por embellecer sus últimos años que por
filosofar con rigor. Tales disposiciones ofrecían a Marcia posibilidades prácticas que
seria una pena desaprovechar. Aún no se había disipado la ligera bruma matinal de
septiembre cuando ya la casa de D. Junio Silano Torcuato estaba sitiada por los
clientes. Unos, llegados a pie con su estrecha toga y sus chanclos informes, se habían
aglomerado en compactos racimos a lo largo de las escaleras que, partiendo de la Vía
Triunfal, trepaban hacia la fachada del edificio sobre la ladera sudeste del monte
Palatino. Otros, con togas más amplias y calzado más decente, habían dado la vuelta
por la cuesta de la Victoria y las callejuelas que la prolongaban.
Como las puertas aún no estaban abiertas, Marco y Marcia se mezclaron con el
grupo bastante restringido de los clientes de primera fila para armarse de paciencia.
La niebla se levantaba poco a poco.
La «casita» de Cicerón, a la que Silano había hecho alusión en su nota, sólo era
pequeña para un Silano. De todas maneras, Cicerón había pagado por ella 3 500 000
sestercios y le había añadido un jardín. Desde la entrada se distinguía, hacia el sur, el
bello panorama campestre del que habla Cicerón en su Pro domo: las laderas de
Esula, las cumbres de Tibur[59], de Tusculum y de Alba. La rama del Acueducto
Juliano que llegaba al Palatino después de regar el Caelio separaba la casa de Cicerón
de la de Clodio, mucho más grande, que el tribuno adquiriera antaño por 14 800 000
sestercios. ¡Era divertido pensar que las moradas de Cicerón y Clodio, enemigos
íntimos, sólo estaban separadas por los arcos monumentales de un acueducto! Más
lejos todavía, hacia el norte, se alzaba una casa que había pertenecido a Escauro.
Hacía mucho tiempo que el emplazamiento estaba en oferta.
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Se abrió una pequeña puerta y los clientes de primera fila fueron guiados hasta el
atrio, desde donde debían ser introducidos por orden jerárquico en el tablinum, lugar
donde se conservaban los archivos familiares y donde el dueño se disponía a
recibirlos brevemente.
Después se abriría la gran puerta para las segundas entradas, reservadas a los
clientes que solo estaban vinculados a un patrón, y en consecuencia se mostraban
asiduos. Cuando el vasto atrio estuviera lleno, Silano echaría un vistazo por la rendija
de la espesa cortina que separaba el tablinum y el atrio, para comprobar que no se
hallaba presente ningún indeseable, y pasaría al atrio, donde los visitantes le rendirían
homenaje. Entre los privilegiados de esta categoría reclutaba el dueño cada mañana a
los «acompañantes» que lo escoltarían al Foro y a los «predecesores» que sólo tenían
tiempo para acompañarlo a la puerta.
Al final estaban todos los demás, el conjunto famélico de los que entraban en
tercer lugar, esforzándose por sacar algunos sestercios en las casas de diversos
patrones, y que se limitaba a un humilde saludo. Al nomenclator[60] le costaba trabajo
acordarse del nombre de cada individuo, y a veces decía un nombre inventado sin que
el infortunado osara protestar. El tropel de los terceros era grande y el beneficio
incierto, pues la admisión dependía de la forma de untar la mano del portero a partir
del primer obstáculo que ponía. Lejos estaban los tiempos en que los clientes
corrientes llegaban con toda clase de recipientes para recibir una sportula alimenticia
en especias. Estaba de moda la sportula monetaria, distribuida al final de la visita por
un «dispensador», según unas tarifas bastante bajas que tendían a uniformarse de casa
en casa.
Para los señores a quienes la política estaba desaconsejada, la clientela había
perdido importancia y apenas era más que un nostálgico derroche de vanidad.
Tras la recepción del antiguo cónsul, la cortina del tablinum se levantó para
Marcia y Marco, que penetraron en el sancta sanctorum.
Décimo era grande y esbelto, de rostro aquilino, ojos claros y cabello nevado.
Llevaba una túnica de fino algodón azul amatista, adornada con algunos elegantes
plisados. Sus sandalias eran doradas, y mientras hablaba con soltura jugaba
maquinalmente con su anillo, como para imprimir un sello propio a los
pensamientos…
—Siempre es una sincera alegría, Marco, recuperar a un cliente al que uno podría
haber dado por perdido —y más aún recuperarlo en calidad de magistrado curul
honorario y Hermano Arval en ejercicio. ¡Cuántos libertos se muestran ingratos
cuando encuentran a quienes les dieron la libertad! Y cuando los honores se
acumulan sobre una cabeza, con más razón se apresura el hombre a olvidarse de los
antiguos bienhechores, como si esos honores hubieran sido posibles sin la libertad
que los generó. Tu iniciativa me emociona tanto más cuanto que es cada vez más
rara. Y velaré porque te traiga felicidad según tus méritos.
Marcia hizo resbalar el chal que velaba a medias su rostro y dijo:
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—Hace un momento mi marido me repetía una vez más que su modesto éxito
sólo era una emanación de todas las hazañas que han honrado a tu familia desde
Torcuato; que la mayor virtud de la gloria era inspirar el gusto por ella, y que por lo
tanto le correspondía rendirte homenaje por lo que ha podido llegar a ser gracias al
buen uso de una libertad que ya su bisabuelo conoció durante la égida del muy
llorado Tiberio Junio. Si son necesarias cuatro generaciones para hacer un hombre
honrado, es en el fondo a Tiberio a quien Marco debe todos sus méritos. Algunos, es
cierto, habrían tenido la ingratitud de olvidarlo. Marco está orgulloso de ello, pues no
a todos les es dado obtener su libertad de una fuente tan ilustre y ejemplar.
Décimo había hablado distraídamente y escuchaba de la misma manera. Le rogó a
Marcia que arreglara su velo, que lo hiciera resbalar un poco, un poco más, un poco
menos…
Con ojos extasiados, refirió a Marco:
—Cuando uno llega al Foro de los Bueyes, entre el arco de Jano Cuatrifronte y el
Toro de Bronce traído de Egina, dando la espalda a la Basílica Sempronia y de cara al
pequeño templo circular de Hércules Vencedor, puede ver a la derecha de este último
el templo de la Fortuna Virgen, y a la izquierda el templo del Pudor Patricio, al que
Tito Livio, entre otros, hace alusión en su libro X. Esos tres templos se cuentan entre
los más antiguos y venerables de Roma. El de Hércules se atribuye a un tal
M. Octavio Herseno. El de la Fortuna Virgen fue construido por el rey Servio. El del
Pudor Patricio fue fundado por uno de mis antepasados; es el templo de mi gens y el
sacerdote siempre forma parte de nuestra familia.
»Sin embargo, hace ya mucho tiempo, un incendio estropeó la estatua de bronce
del Pudor Patricio, que perdió la cara. Hace años que trato de ingeniármelas para
hacer sustituir esa obra de arte por una estatua de mármol blanco, pero ningún
proyecto me gustaba. Actualmente hay en casa cinco o seis “Pudores Patricios” de los
más grandes escultores detenidos en su ejecución; son producciones estimables,
técnicamente perfectas, pero no tienen nada ni de púdico ni de patricio. Tal vez la
época sea la causa…
»Pues bien, el modelo que me hace falta acaba de sorprenderme cuando tu mujer
ha hecho resbalar graciosamente su velo. Es el Pudor Patricio en persona, tal como yo
lo soñaba sin poder precisar sus rasgos.
»Me advertiste que no venías como pedigüeño. Esta noble actitud me anima a
pedirte yo mismo un gran servicio: que tu Marcia pose para Polieucto, que trabaja
con Zenodoro y algunos otros en el coloso neroniano y solar de ciento veinte pies
previsto para la Casa del Tránsito. Este cambio le servirá de descanso.
Marco se mostró entusiasta; Marcia, mucho más reservada…
—Sería muy halagüeño para mí, Décimo, ver a mi pudor recibir por fin la
eternidad del mármol. Pero sé cómo trabajan los escultores de la clase de Polieucto
cuando se trata de obras de este género, en las que la gracia es esencial. Y los grandes
pintores de caballete hacen lo mismo.
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Dibujan primero el modelo desnudo y lo visten después, de manera que el
drapeado, en vez de parecer pegado al cuerpo, despose formas llenas de vida. Tú
sabes lo que son los talleres de artistas y cuánto sufriría en ellos el pudor —¡incluso
si es plebeyo!
Décimo se apresuró a garantizar que serian tomadas todas las precauciones para
cuidar el vivo pudor de Marcia, y Marco unió alentadoramente su voz a la de aquél.
Marcia suspiró muy fuerte y se rindió.
Resplandeciente, Décimo hizo llamar a un intendente, ordenó que fueran a buscar
en el acto a Polieucto y que despidiesen a la clientela con el pretexto de una súbita
indisposición, no sin antes distribuir las sportulae.
Mientras esperaban a Polieucto pasaron al peristilo adyacente, rodeado por una
rosaleda en plena floración, y pasearon ante las galerías de estatuas que hacían del
lugar un sorprendente museo, fruto de un pillaje intensivo en Grecia, las islas,
Alejandría y Asia. Allí estaban representados Escopas, Leocares, Lisipo, Cefisodoto,
Timarcos, Tisícrates, Timoteos, Briaxis, Doidalses y los dos Boetos. Las estatuas más
recientes tenían siglo y medio y estaban firmadas por Dionisos y Timarquides.
Como el sol ganaba altura, Décimo llevó a sus huéspedes a una exedra, donde
estaban expuestos cuadros de los más grandes maestros griegos: Silanión, Nicias,
Atenión, Apelo, Protógeno, Filoxenos o Eubulides.
Marco se perdía en cálculos para intentar imaginar cuánto podían costar la
estatuaria y la pintura presentes, y el resultado era pavoroso.
—Mis obras de arte más bellas, las más antiguas, las piezas verdaderamente
únicas —dijo Décimo con indolencia— están reunidas en mis villas de Tibur,
De Antium y de Bayas. Estimo que el aire de Roma, donde respiran tantos seres
groseros, no es demasiado favorable a la conservación.
—Y sin embargo —hizo observar Marcia— yo he visto, como todo el mundo,
cuadros de Antifilo, Artemón o Polignoto colgados casi al viento bajo los pórticos de
Octavia, Filipo o Pompeyo. Y no hablo de las galerías de las termas de Agripa o de
las nuevas termas de Nerón… Roma está atestada de cuadros que parecen encontrarse
en bastante buen estado.
—En efecto, detentan una notable longevidad. En primer lugar, los más
importantes están pintados sobre una trama en corazón de alerce, esa parte color de
miel que los griegos llaman oegida. El alerce, que viene de los Alpes o de los
bosques de Macedonia, es la madera que mejor resiste a la intemperie. Los cuadros
pequeños están ejecutados sobre marfil o boj, cuya resistencia también es admirable.
Después se pasa un barniz azul especial sobre las planchas. Por ejemplo, el pintor
sólo utiliza cuatro colores muy estables: blanco, amarillo, rojo y negro; y esos
colores, o su mezcla, se emplean en estado de fusión, desleídos en cera humeante
cerca del caballete por los pequeños esclavos del artista. Trescientos años más tarde,
tales cuadros parecen recién salidos del taller.
—¿No sería más sencillo pintar, por ejemplo, sobre tela?
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—¡Eso ya se hace con los vestidos femeninos, y raramente pasan a la posteridad!
La tontería produjo a Marcia una encantadora turbación y su interés se desvió
hacia una mesa redonda con base de trípode que decoraba el centro de la estancia.
Las patas eran de bronce dorado, y el tablero de una madera preciosa cuyas vetas
imitaban en algunos lugares, de manera sorprendente, a los ojos de la cola de un pavo
real.
—Perteneció a Cicerón —precisó Décimo—. Es la primera mesa en madera de
cidro que se ha visto en Roma.
—Dicen que pagó por ella un millón de sestercios —dijo Marco—. Y hasta
nuestros días es el precio más alto pagado por un cidro de primera calidad.
—¿Por qué siguen siendo tan caras estas mesas? —le preguntó Marcia a Décimo
—. ¿En qué reside su rareza?
—El cidro es una especie de ciprés o tuya que crece en los bosques lejanos de
Mauritania o de Arabia Pétrea. En ebanistería de lujo sólo emplean los nudos
veteados que presenta en la base, y a menudo no alcanza un grosor suficiente como
para cortar transversalmente un hermoso tablero de mesa. Las dificultades se
acumulan.
Décimo acarició la pulida superficie de la mesa con aire ensimismado y continuó:
—Ya que eres abogado, Marco, podrás darme un buen consejo. Compré la mesa y
la casa por un precio ridículo, y creo que al fin entiendo la razón… Ayer, tras la caída
de la noche, estaba mirando estos cuadros antes de acostarme. A la luz de las
lámparas adquieren ciertos tonos cálidos que aprecio mucho.
»Yendo de una obra a otra, pasando de este Embarco a Citerea a este Tonel de las
Danaides, lancé por azar una ojeada al busto de mármol negro de Cicerón que veis
allí…, cuando de repente un horrible gemido resonó a mi espalda. Me volví: la
cabeza de Cicerón estaba sobre la mesa y me miraba fijamente. Tuve tiempo de
hartarme antes de que desapareciera.
Tras un horrorizado silencio, Marcia preguntó:
—¿La cabeza era negra o blanca?
—¿Qué importa eso?
—¿No has notado, Décimo, que una imagen puede grabarse en nuestros ojos de
tal manera que se nos aparece todavía un momento si fijamos la mirada en otra parte?
¡Yo misma te veo todavía cuando cierro los ojos!
La observación impresionó a Décimo, que reflexionó y dijo tristemente:
—No. La cabeza estaba ahí, más bien lívida, tal como la cortó el centurión de
Antonio cuando Cicerón estiró el cuello fuera de su litera, en las orillas de Gaeta,
donde lo retuvo el mareo.
—¡Cicerón es, con toda seguridad, la víctima más ilustre del mareo! Y sus manos,
que escribieron las Filípicas y que Antonio hizo cortar también, ¿estaban sobre la
mesa?
—No.
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—Cuando alguien pierde la cabeza, es fácil que olvide las manos.
Un poco cortado, Décimo optó por echarse a reír…
—¡Tu naturaleza no parece ser de las que llevan a perder la cabeza fácilmente!
Marco, mortificado en su devoción a Cicerón, intervino:
—Si es de notoriedad pública que se trata de una casa con fantasmas, como hay
tantas, tus abogados, Décimo, pueden intentar un proceso de anulación de venta por
vicio oculto. El caso del fantasma está previsto en el código y hay al respecto una rica
jurisprudencia.
—Pero esta casa es encantadora y estoy enamorado del panorama: no tengo la
menor intención de abandonarla.
¿No se podría más bien exigir una rebaja?
—Puesto que pagaste un precio irrisorio, la rebaja ya está hecha. Seria más
conveniente desembarazarse del fantasma.
—Acaso baste con enviar a paseo la mesa.
—¡Una mesa que perteneció a Cicerón!
—Más valdría —dijo Marcia— dar vueltas en torno a ella como hacen los magos
caldeos, establecer contacto con Cicerón y, a fuerza de halagos, convencerlo para que
frecuente otro mueble en otra casa. Tú no careces de propiedades, Décimo, y puedes
proponerle un cambio…
Polieucto llegó a toda carrera, olfateando dinero. Era feo y contrahecho como el
Tersito de Homero, pero de manos sólidas y espíritu agudo…
—Soy indigno, domine, desaparecer en tu presencia, y sin embargo, a tu primera
llamada, he rodado cabeza de Nerón abajo para acudir como el famoso portador de la
victoria maratoniana. ¿Qué triunfo quieres de mí?
El término dominus, que suponía un derecho de propiedad, nunca se empleaba
entre ciudadanos. Los esclavos calificaban así a sus dueños, los aduladores a los
emperadores que los toleraban; los clientes subalternos también se servían de él por
afección de humildad, y los amantes hablaban de su domina, de su «dueña», en
cuanto creían que habían llegado a dominarla[61].
Décimo le explicó a Polieucto lo que quería y el escultor hubo de convenir en que
Marcia le inspiraba ideas de pudor por primera vez. Esto lo dijo desnudando a la
mujer con la mirada, con segundas intenciones de técnico que, por ende, la volvían a
vestir en seguida de la manera más casta.
Charlando, subieron al belvedere del jardín, desde donde se dominaba toda la
casa y la mayor parte de una soleada Roma.
Décimo se había percatado, por experiencia, de que era imposible lograr un
servicio perfecto con quinientos o seiscientos esclavos divididos en «decurias»[62]
más o menos anónimas.
—Aquí sólo hay noventa y siete —decía—, controlados por algunos libertos de
toda confianza: casi podría darles un nombre a cada uno, y ellos lo saben. ¿Podéis
creerlo? ¡Así soy mejor servido que en mi palacio del Caelio o en mi inmensa villa de
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la Colina de los Jardines! El secreto del verdadero lujo es restringirse, de manera que
una familia escogida sea como la permanente prolongación del cuerpo y del espíritu
del dueño.
Nada se podía replicar. Tanto en cuestión de esclavos como de pudor, un Décimo
siempre tenía razón. Sólo el emperador podía quitársela.
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Una hermosa tarde de principios de diciembre, Marcia le metió prisa a Marco
para que saliera del baño y Kaeso pudiese tomarlo —ya que los hijos no se bañaban
delante de sus padres—. Una vez que Kaeso estuvo bien aseado, Marcia en persona
se ocupó de dar los últimos toques a la corta toga pretexta del adolescente y salió con
él para acudir a una misteriosa entrevista.
Abandonaron la ciudad por la Puerta Retumenia, que debía su nombre a un
cochero del vecino circo Caelio Flaminio a quien sus caballos, desbocados, habían
arrastrado un día hasta allí, donde quedó muerto. Después tomaron, a través del
Campo de Marte, la Vía Lata en dirección al pequeño pórtico de Pola, hermana de
Agripa. Menos atestado de paseantes que los grandes pórticos, aquel monumento se
prestaba mejor a una conversación tranquila.
Por el camino, Marcia le dijo a Kaeso, que estaba intrigadísimo:
—Voy a presentarte a Décimo, de la gens Junia, pariente de los Césares e
irreprochable caballero, el patrón con quien tu padre acaba de reconciliarse
felizmente, tal como te hemos contado.
Marcia insistía en el lazo de patronazgo, pues en principio era una canallada
indigna de un patrón entrar en relación con la mujer de un cliente, y a Kaeso había
que ahorrarle la menor sospecha.
—Décimo es inmensamente rico y muy benévolo —continuó—. Con una sola
palabra puede hacer cualquier cosa por ti. Ya sabes lo que ha hecho por tu hermano,
que nos abandonará esta primavera en condiciones inesperadas. Sabes lo que ha
hecho por tu padre, que ahora defiende causas provechosas. Y también sabes lo que
de forma accesoria a hecho por mí, que muy halagada prestaré el rostro, velado a
medias, a la diosa del Pudor Patricio de su gens. Es de capital importancia que le
causes la mejor impresión posible.
Kaeso no pedía nada mejor, pero necesitaba consejos más concretos.
—Oh —dijo Marcia—. Sólo tengo un consejo que darte: sé tú mismo, tal como
los dioses y nuestra cuidadosa educación te han moldeado y definido. Sé natural y
amable. Nada de timidez sin motivo, ni fanfarronerías fuera de lugar. Décimo es un
hombre delicado y cortés, con el que además en seguida te sentirás a tus anchas. No
pide más que quererte. Considéralo un segundo padre y todo irá bien.
Se acercaban al gran acueducto de la Virgo, que dominaba el pórtico de Pola y
alimentaba las termas de Agripa. Y desde uno y otro lado de la Vía Flaminia, que
prolongaba la Vía Lata, se adivinaban los espacios verdes, disminuidos a causa de la
estación fría, cuyas frondosidades cubrían sin embargo la mayor parte de las 60
yugadas del Campo de Marte.
Se adivinaba la presencia de Décimo en la litera blanca colocada ante el pórtico,
cerca de la cual se mantenían en posición de firmes unos portadores negros, atléticos
y petrificados como si acabaran de oír la orden militar de Legio expedita, la cual
significaba que los soldados debían tirar el Saco a tierra y prepararse para cualquier
cosa.
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Décimo, imagen de la más alta distinción, miraba bajo el pórtico un plano del
universo que Augusto había hecho grabar en el mármol y provocaba la reconfortante
impresión de que, allende el mundo romano, el universo se reducía a informes
fruslerías. Los dioses estaban con Roma hasta en los mapas.
El rostro del patricio se iluminó al ver a Marcia; el múltiple significado de esa
sonrisa sólo podía escapar a una ceguera como la de Kaeso.
Marcia presentó a su hijo y Décimo le dijo al muchacho:
—Me alegro de conocerte. Tu madre me ha hablado de ti en términos muy
elogiosos y, a primera vista, diría que no ha exagerado. Dime, ¿qué quieres hacer en
la vida y en qué puedo serte favorable?
Kaeso reflexionó un momento y respondió:
—Mamá acaba de recordarme que sois un hombre gentil e irreprochable, un
patrón ejemplar. Mi único deseo es que me ayudéis a llegar a igual meta y a saber ser
digno de ella.
Era la única respuesta que Décimo no había previsto. Tuvo la sospecha de que un
bribón vicioso y demasiado bien informado se burlaba de él. Pero el candor de Kaeso
era inimitable y exigía un candor igual.
—Y bien —terminó por declarar—. Me pides lo más difícil. Si el destino te
concede una larga existencia, verás que es menos arduo predicar la virtud que
mostrarse en todo momento digno de la prédica. No obstante, me esforzaré en ser del
temple de tus excelentes padres.
—¡Si ha de caberme la suerte de tener tres virtudes velando por mí, corro el
riesgo de volverme demasiado sensato y aburrirme!
Era como para echarse a reír.
—La sensatez de Décimo —dijo alegremente Marcia— va acompañada, supongo,
de algunas honradas distracciones. Desde ahora, Kaeso, tendrás dos virtudes para
aburrirte y una tercera para distraerte.
Décimo aprobó calurosamente el programa y la conversación cobró un cariz
ligero y distendido. Kaeso habló modestamente de sus éxitos escolares y sus
conquistas ecuestres —si bien mucho menos de sus relaciones con los gladiadores, de
las que pensaba, con razón, que no eran demasiado halagüeñas.
—Has domado a Formoso y a Bucéfalo —le dijo bruscamente Décimo—. ¿Has
tenido la misma suerte con las muchachas?
No era el momento de iniciar a un hombre tan distinguido en los secretos de la
popina paterna.
—Oh, —dijo Kaeso—, las muchachas decentes me mirarán cuando pueda
desposarías. En cuanto a las muchachas con las que uno no se casa, ¡habrían vaciado
mi bolsa antes de que me quitara la túnica!
—¡Has llegado sin mucho esfuerzo a una excelente filosofía, muchacho!
Décimo parecía encantado.
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El frío vespertino caía sobre el Campo de Marte y se separaron de buen humor,
después de que Décimo dijera al oído a Marcia: «¡Es perfecto! ¡Refrescante! Me
gustaría haber sido así a su edad…».
Marcia no podía soñar mejor cumplido.
A partir del XVI de las Calendas de enero, diecisieteavo día de diciembre
contando como algunos bárbaros de espíritu simple, las Saturnales se
desencadenarían sobre Roma, entregada entonces al delirio de los esclavos, que, en
connivencia con el populacho, se mofarían de cualquier autoridad legítima.
Organizarían en los Foros parodias de procesos para escarnio de los cónsules, los
pretores y los jueces. En las familias, se arrellanarían a la mesa de los amos, que
estarían obligados a festejar con ellos o servirles la bebida, y el rey de esos banquetes
serviles, designado por los dados, tendría el pérfido placer de remedar al dominus e
imaginar jugarretas no siempre divertidas. Seria el mundo al revés. A las esclavas,
para martirio de las matronas, les tocaría el turno en los Idus de marzo y en el día
tercero de los Nones de julio. Los republicanos hacían notar a menudo que César, un
hombre mujeriego y demagogo, sumiso como una muchacha cuando llegaba el caso,
había sido apuñalado mientras la ciudad estaba en poder de las mujeres más
humildes.
Durante los siete días de las Saturnales, los amos que tenían una familia
importante corrían a descansar al campo o bien se reunían con algunos amigos en
discretos pisos de soltero, donde comían conservas lúgubremente y fregaban los
platos esperando que pasara la tormenta. El propio emperador abandonaba el palacio,
pues en el lapso de una hora estallaba en él un desorden enloquecedor.
La víspera del XVI, Décimo, a quien las expansiones de los esclavos no divertían
del todo, se refugió en una cómoda y pequeña villa cerca de Antium, que uno de sus
libertos ponía lealmente a su disposición para permitirle escapar al frenesí general.
Marcia, cuya virtud se había vuelto especialmente prudente desde que se hacía
esculpir como Pudor Patricio, salió el mismo día que su marido, se suponía que al
campo, dejando en casa a los dos niños, a quienes las Saturnales distraían. Estas
vacaciones conjuntas tenían que neutralizar cualquier sospecha de Kaeso, Al llegar a
Antium, Marco bajó en un albergue donde el servicio estaba totalmente
desorganizado, mientras Marcia seguía su camino hacia la villa de Décimo. Marco
era un esposo complaciente, pero mejor padre.
Consumidas y agotadas las Saturnales, Marcia se encontró con Marco una
mañana, en un cuartito que nadie había barrido en varios días y donde sólo era
posible dormir en estado de embriaguez. Pero ella era portadora de una sorprendente
y maravillosa noticia:
—¡Décimo adopta a Kaeso!
Marco saltó de su lecho, vacilante, y se lo hizo repetir.
—¡Sí, está decidido!
—Pero ¿qué has hecho?
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Todavía un poco achispado, Marco no se daba cuenta del carácter equivoco de su
pregunta.
—He hecho… ¡todo lo que he podido, pero los dioses han hecho más aún!
Divorciado de su última esposa, Décimo no tiene hijos. Y en el fondo vive con
miedo, contemplando la cabeza de Cicerón sobre la mesa. Los mismos motivos
dinásticos que empujaron a Agripina a asesinar a sus hermanos pueden empujar un
día a Nerón a jugarle una mala pasada. Y la vida de su único sobrino, Lucio, también
pende de un hilo. Si Décimo adopta a Kaeso, un muchacho de sangre completamente
nueva, tendrá sin duda herederos para asegurar el culto familiar, ocuparse del templo
del Foro de los Bueyes y de mi estatua, que está casi acabada. Pero tendrá además
grandes posibilidades prácticas de salvar la mayor parte de sus bienes de la rapacidad
siempre acechante del emperador y sus esbirros.
—¿Qué quieres decir exactamente?
—Pero bueno, ya sabes como ocurren estas cosas, y desde hace generaciones… A
la menor señal de desgracia, el condenado no espera a que arrastren su cuerpo
torturado a las Gemonías y confisquen sus bienes. Organiza una velada de despedida,
se hace abrir las arterias de las muñecas —y no las venas, como escriben los
historiadores que todavía no se han dado muerte— y…
—¿Qué diferencia hay entre venas y arterias?
—Las unas son gruesas y las otras delgadas. En resumen, mientras fluye la sangre
el suicida busca nobles palabras que quedarán en la memoria, lega algunos objetos
preciosos al emperador, a quien agradece sus buenos cuidados, deja un grueso
paquete al prefecto del Pretorio y a algunos otros necrófagos, y ofrece bebida al
centurión que, como por casualidad, ha hecho rodear su casa para que sólo pueda
escapar con los pies por delante.
»Dada esta previsión, el emperador sería un tirano más escrupuloso si confiscara
los bienes de un hombre que nadie ha juzgado ni condenado, y por lo común respeta
el testamento.
»Además, el emperador dirá en tono bonachón: ¡Qué pena! ¿Qué le ha pasado?
Empero, yo no había fruncido tanto el ceño. ¿Por qué no habrá confiado en mi
clemencia? Ahora tendría un agradecido más…
»Pero un cortesano sugerirá: “No habría llamado al cirujano si no se hubiera
sentido más culpable de lo que pensábamos”. Y el emperador meneará la cabeza con
dubitativa tristeza.
»Así todo el mundo queda contento: el prefecto del Pretorio habrá hecho un
negocio más, el centurión habrá bebido de lo mejor, el emperador acariciará su
bronce de Corinto sin sentir culpa y el condenado habrá sustraído sus bienes al
pillaje, a todos los efectos.
»Pero para que la ceremonia se desarrolle sin dificultad se necesita un heredero a
la vista, un heredero muy cercano y no comprometido. Privado de un heredero directo
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libre de toda sospecha, a un suicida le hace poca gracia dejar sus bienes a vagos
amigos, a su nodriza o a cualquier fundación piadosa.
»Un Kaeso adoptado acumula las dos preciosas ventajas de ser el heredero más
directo y el más inocente, ya que ni siquiera podría reprochársele ser de la misma
sangre que la víctima.
»¿Lo has entendido bien?
—Perfectamente. Pero para hacerles esa jugada a Nerón y a Tigelino, Décimo
podría adoptar a otro. Ya ha pasado de la cuarentena y puede adoptar a quien le
plazca.
—Sí, ¿pero quién? El origen de Kaeso es lo bastante oscuro como para no inspirar
ni celos ni temor a quienquiera que sea; es legalmente adoptable puesto que tiene un
hermano mayor para mantener el culto familiar; y le es simpático a Décimo porque le
es simpático a todo el mundo, y porque yo misma le resulto a Décimo
particularmente Simpática.
—En resumen, aunque paradójico, es la oscuridad misma de nuestro Kaeso lo que
aboga por él en este asunto.
—Te ruego que creas que también yo he hablado en su favor; ¡y no fue fácil! Los
ricos son terriblemente desconfiados. He tenido que inocular toda clase de
consideraciones en el espíritu de Décimo, de manera que imaginase haberlas
descubierto él mismo. La menor nota falsa lo hubiera estropeado todo. ¡Y he tenido
que hacerlo levantada! Un rico verdaderamente desconfiado es dos veces más
desconfiado en la cama: a medida que se le saca con maña el semen, tiene la
impresión de que quieren abusar de su corazón. En fin, era por Kaeso…
—De todas maneras también has trabajado un poco por ti. ¿Cuál es exactamente
tu papel en la historia? Porque ni me atrevo a hablar del mío…
Marcia se sentó en el lecho todavía tibio. Parecía menos segura, y meditaba.
—Una persona como Décimo se considera por encima de las leyes y las
costumbres. Y en su amenazada posición, podría darse resueltamente el lujo de
desposarme sin publicidad. Pero ¿ha pensado en eso? Confieso que no sé nada y que
no he hecho nada por saberlo.
—Te sigo mal…
—Kaeso era en sí un bocado lo bastante grande como para tragarlo como si nada,
pero yo había acudido, de todas formas, desinteresadamente…, hasta cierto punto. Si
hubiera complicado la maniobra intrigando en pro de un nuevo matrimonio, hubiera
corrido el riesgo de hacer fracasar tanto el matrimonio como la adopción. Cada cosa a
su tiempo. También en esto tiene Décimo que descubrir por sí mismo lo que quiero.
»Por lo pronto, desde que iniciamos nuestra relación desea tenerme en su casa, lo
cual podría ser un buen principio. Pero este deseo, justamente, me ha dado la
oportunidad de hacerle notar que mi presencia bajo su techo sería más natural si
también me hallara en la casa de mi hijo. En cierta medida, la adopción encubriría el
adulterio…
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—¡Kaeso no podría tener abogado mejor!
—Cuando te casaste conmigo, te prometí que me consagraría a tus hijos:
mantengo mi palabra.
—¡Haces casi demasiado!
—Todo se vuelve fácil cuando se ama.
—Ahora la gran dificultad será familiarizar a Kaeso con tan numerosas
novedades.
—Desde luego, es un problema grave. Pero creo que he encontrado la menos
mala de las soluciones. Tenemos que alejar a Kaeso durante un año, con el pretexto
de los estudios superiores de retórica o filosofía. Está Apolonia de Iliria —que me
parece excesivamente cercana— y, claro está, Atenas o Rodas. Décimo seria feliz
pagando.
—¡La idea es excelente! Hay cosas que más vale escribir que decir. Así, el lejano
destinatario tiene en las manos la materia de sus reflexiones y no se ve obligado a
buscarlas en otra parte. ¿Sabe Décimo que no eres mi mujer de verdad?
—Es lo primero que le dije, para entrar mejor en mi estatua. La combinación le
hizo reír a carcajadas.
—¡Ojalá pueda reírse durante mucho tiempo!
De vuelta en Roma, donde la insula parecía devastada por un huracán, Marco se
apresuró a escribir a Décimo esta nota:
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»Actualmente esta legítima precaución plantea, no obstante, algunas
dificultades. Viendo en Marcia a una verdadera esposa y no a una sobrina,
Kaeso corre el riesgo de sentirse desconcertado al dejar la casa e instalarse en
la de un padre adoptivo que al mismo tiempo es un patrón.
»Marcia y yo hemos pensado que lo más conveniente en estas delicadas
circunstancias es enviar a Kaeso a Atenas para que estudie allí.
Aprovecharemos su ausencia para prepararlo por carta tanto a la adopción
como a la partida de Marcia.
»Tú no querrás verte privado de Kaeso más de un año. Admitido como
oyente extranjero en la efebía ateniense, ese club atlético y aristocrático donde
dan a los jóvenes un severo barniz de retórica e incluso de filosofía, Kaeso no
perdería el tiempo, y nos traería de vuelta un espíritu sano en un cuerpo sano.
Pero los extranjeros tienen que reservar su plaza con muchos años de
antelación… Supongo que tienes todas las relaciones necesarias para que el
estudiante se embarque en los primeros días de buen tiempo, cuando vuelvan
a abrir las líneas de navegación.
»Me ocupo con diligencia de tus procesos. Que sigas bien durante mucho
tiempo, por la felicidad de mi hijo menor y de mi querida sobrina. Mi hijo
mayor te agradece otra vez tu benevolencia».
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gran rodeo por las rutas terrestres de la costa dálmata, en cuyas escotaduras algunos
tenaces piratas insistían en anidar, los riesgos podían ser peores.
Así que el invierno del 815-816 se consumió en la espera. Décimo, Marcia y su
casto cornudo esperaban la respuesta de Atenas, por donde quiera que llegase. Marco
padre esperaba además alguna catástrofe. La adopción de Kaeso le parecía demasiado
hermosa para ser verdad, y el fructífero matrimonio de Marcia con Décimo más
hipotético aún. La misma Marcia, preocupada por las sibaríticas vacaciones de su
amante, exilio que no parecía testimoniar una pasión incondicional, esperaba que una
mala mujer, libertina, falsa y codiciosa le echase el guante, y alentaba a Kaeso para
que le escribiera a Décimo líneas amables y afectuosas. Marco el Joven esperaba
revestir su coraza para deslumbrar a los germanos. El único que no esperaba nada era
Kaeso, porque había nacido con un alma ingenua y pura, aunque romana.
En enero, la emperatriz Popea dio a luz a una pequeña Claudia Augusta, lo que
fue para los Arvales una suntuosa oportunidad de sacrificar y festejar. Nerón estaba
radiante: podía nacer un hijo que aseguraría la descendencia. Verdad era que, a fuerza
de asesinatos, las filas de los Julio y de los Claudio habían disminuido mucho.
Por fin, a finales de febrero llegó de Atenas una respuesta favorable que Décimo
mandó a casa de los Aponio. El propio Marco informó a Kaeso del nuevo favor
patronal, y el adolescente, loco de alegría, se precipitó sobre su papiro para darle las
gracias a Décimo con efusión. No solamente el patricio pagaba el viaje, sino que
añadía una bolsa muy decente, que en Atenas debería ser mensualmente regulada.
Ya que con los Idus de marzo se reanudaba la navegación, Kaeso sólo tenía
tiempo para hacer su equipaje y dirigirse, a través del Latium, a la gran estación
marítima campania de Puzzolas, de la que partían numerosas líneas comerciales hacia
España, África u Oriente. Al pedagogo Diógenes, quien había obtenido la libertad y
daba clases en una escuela primaria del populoso Trastévere, le rogaron que
acompañara a Kaeso; no se hizo repetir la invitación dos veces.
La víspera de su partida, el estudiante dijo adiós a sus maestros de gramática, a
sus compañeros, a los gladiadores y a los caballos, y para terminar recibió
piadosamente los buenos consejos de sus padres y de su hermano mayor, de los
cuales el principal era desconfiar de los griegos, aún más embusteros en su país que
en cualquier punto del exterior.
En principio, Kaeso estaba advertido.
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VIII
El día de los Idus de marzo en que Kaeso y Diógenes se embarcaron hacia Atenas,
Pablo y Lucas tomaban hacia la española Cartagena un barco que no gozaría de
vientos tan favorables.
Pablo le tenía fobia al mar, al que sin embargo no dejaba de recurrir. Tres años
antes, en otoño, había naufragado otra vez, mientras lo conducían de Cesárea a Roma
para ser procesado, y había permanecido bloqueado en Malta durante todo el
invierno. Después, en primavera, las velas se hincharon otra vez y Pablo pasó de
Siracusa a Regio y de Regio a Puzzolas, donde ya existía una comunidad de
cristianos. Dos hermanos de Roma, advertidos de su llegada, fueron a su encuentro
hasta las Tres Tabernas e incluso hasta el Foro de Apium, pequeña localidad situada
al principio de las marismas Pontinas. Puesto que los cristianos se reclutaban sobre
todo en las regiones marítimas, el barco era un instrumento de evangelización más
práctico que la carretera.
Durante dos años, Pablo había estado a la espera de su proceso, bajo el régimen
privilegiado de la custodia militaris preventiva: la muñeca derecha siempre
encadenada a la muñeca izquierda de un soldado de guardia, el prisionero tenía
empero libertad de movimientos en la casa que había sido autorizada a acogerlo, y era
libre de recibir en ella a quien quisiera. Pablo había encontrado asilo en casa de un
judeo-cristiano de la Puerta Capena. En aquel barrio, los judíos eran numerosos; por
la Vía Apia y por esa puerta se llegaba de Puzzolas y el pueblo elegido era un gran
viajero. Una comunidad más importante aún se había establecido al otro lado del
Tíber, en el miserable Trastévere, pues la mayor parte de los judíos eran pobres. Al
final, los acusadores de Cesárea no se habían presentado en los plazos legales, Pablo
había sido liberado y experimentaba nuevamente la felicidad de orinar solo, sin que
ningún patán hiciera reflexiones sobre su rabo cortado. No obstante, sus tentativas de
convertir judíos romanos habían arrojado escaso éxito. Decepcionado, Pablo se
apresuró a abandonar la ciudad con su inseparable Lucas para hacer el viaje a España,
con el cual soñaba desde hacía tanto tiempo. Las lascivas bailarinas de Cádiz, cuyas
castañuelas —llamadas «crótalos»— alegraban los festines por doquier, anunciaron a
los cristianos del Imperio que debía de haber almas a las que informar y seducir en el
origen español de aquel impúdico ruido.
En resumen, el desgraciado proceso había retrasado a Pablo cinco años y,
acodado en la barandilla de la embarcación, frotándose maquinalmente la muñeca
derecha con la mano izquierda, volvía a ver apasionantes peripecias mientras se
alejaba la tierra donde los cristianos de Puzzolas quedaban expuestos a las asechanzas
de los demonios y las cavilaciones de los falsos profetas. Los diablos y los herejes,
sobreexcitados por las raras virtudes del apóstol, crecían tras los pasos de Pablo como
hongos tras una lluvia de gracias…
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Cinco años antes, tras su sermón de Pentecostés ante los judíos de Jerusalén,
estuvo a punto de ser gravemente herido una vez más y, siguiendo una buena
costumbre, se arrojó en los brazos del servicio de orden romano. Los judíos mataban
y lapidaban a cualquiera en un parpadeo; los romanos cortaban las cabezas
distinguidas con arreglo a las formas, y siempre era bueno acogerse a la demora.
Pero fue solamente en el potro de tortura al que lo habían atado para poner en
claro el asunto, al alzarse ya el látigo emplomado, cuando se ofreció el malicioso
placer de confesar su preciosa condición de ciudadano romano y de presentar
inmediatamente como prueba los célebres praenomen[65] y nomen[66] del patrón
antaño responsable de la naturalización, ya que Saúl sólo era su «sobrenombre»
romano. A un ciudadano no se le azotaba. Por el contrario, la palabra de un
desconocido o de un esclavo sólo tenía valor en justicia si había sido verificada por
una sospechosa coerción.
Así que lo habían desatado y hecho comparecer ante el Sanedrín, la más alta
instancia judicial judía, en cuyo seno había encendido hábilmente una terrible
disputa, especulando sobre el hecho de que los fariseos presentes creían en la
resurrección de la carne, mientras que los saduceos, que tenían entonces el poder
político interno, escrupulosamente fieles a los más antiguos textos bíblicos, no creían
ni en la resurrección, ni en los ángeles, ni siquiera en las retribuciones del más allá.
Pablo —de educación farisea, es cierto— se había disfrazado de fariseo
perseguido por su fe en la lejana resurrección de quienquiera que fuese, sin dejar de
pensar en la única Resurrección que valía la pena, la de su Cristo, anunciadora y
modelo de otras por llegar. Pero la tosca artimaña no lo había sacado de apuros.
Bajo el peso de una conspiración de asesinato, Pablo había sido enviado de noche,
protegido por una considerable escolta romana, al gobernador Félix, cuyo pretorio
estaba en Cesárea.
Antonio Félix, hermano del liberto Palas, era brutal, disoluto y codicioso. Se
había casado con una judía, Drusila, hija de Herodes Agripa I y hermana de Agripa II
y de Berenice. Drusila había abandonado a su primer marido Azic, el rey de Emesia.
Félix se había negado a entregar a Pablo a los judíos de Jerusalén, le había asegurado
un cómodo cautiverio y a menudo había ido a visitarlo en compañía de su mujer.
Pablo se había agotado intentando comunicar su fe a personajes de tanta importancia,
pero Drusila no era más que una curiosa, y Félix sólo buscaba dinero. El
malentendido fue completo.
Pasaron dos años. Félix fue sustituido por Festo. Bajo nueva amenaza de ser
entregado a los judíos, Pablo recurrió a César, y Festo consintió en que el acusado
compareciese ante el tribunal de Roma.
Poco después, el rey Agripa II y su hermana Berenice fueron a saludar al nuevo
gobernador, que les propuso como distracción oír al famoso Pablo.
Berenice se había casado a los trece años con un tal Marco, sobrino de Filón, el
célebre filósofo judío de Alejandría. Precozmente viuda, pronto se casó de nuevo,
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esta vez con su tío paterno Herodes, rey de Chalcis, de quien había tenido dos hijos,
Bereniciano e Hircanio. De nuevo viuda a los veinte años, inició un concubinato
escandaloso con su hermano Agripa II. Para que cesaran los cotilleos, Agripa dio a
Berenice en matrimonio al rey de Cilicia, Polemón, que para tener el honor de
desposar a tal judía aceptó en último extremo circuncidarse. ¿Se resintieron por eso
sus prestaciones? En todo caso, Berenice lo abandonó fríamente para volver al lecho
de su complaciente hermano.
Ante esta abominable sinvergüenza (¡que haría otra vez, a los cuarenta años, las
delicias de Tito!) y su concubino y hermano fue invitado Pablo a hacer un piadoso
discurso.
Con los ojos fijos en Puzzolas, que se difuminaba, esa Puzzolas donde habían
plantado la Cruz, Pablo murmuraba las palabras que entonces le habían acudido a los
labios:
¿Acaso me habría deslumbrado Jesús en el camino de Damasco para que yo
arrojase sus perlas a los puercos y a las bestias inmundas? ¡Atrás, perra acalorada,
que conociste dos matrimonios antes de entregarte a una estéril lujuria con tu
hermano! ¡Atrás, reyezuelo incestuoso! ¡Sois la vergüenza de los judíos y de todos
los pueblos, y el fuego del Altísimo os espera!
Era lo que habría dicho Juan Bautista, que fue decapitado simplemente por
reprocharle al Tetrarca Herodes que le hubiera quitado la mujer a su hermano.
Pero el innoble Agripa le había dicho a Pablo: «Estás autorizado a defender tu
causa». Y el apóstol, extendiendo la mano en un gran gesto de inocencia, comenzó
graciosamente: «Me considero feliz al tener la oportunidad de disculparme hoy, ante
ti, de todo lo que me acusan los judíos, rey Agripa, y tanto más feliz cuanto que estás
al corriente mejor que nadie de todas sus costumbres y controversias. Así que te
ruego que me escuches con paciencia. Lo que ha sido mi vida desde mi juventud…».
Festo, que no comprendía nada de las historias de los judíos, interrumpió al
conferenciante y lo tachó de loco en cuanto hizo alusión a la Resurrección de Cristo,
a lo cual Agripa dijo entre carcajadas, mientras Berenice reía ahogadamente: «¡Un
poco más, y me convences de hacerme cristiano!».
Sí, «un poco más…». ¡Cuando un hombre predica al Resucitado haciendo
reverencias a dos infames, ahí está el «poco»! ¿Qué ejemplo les había dado a tantos
misioneros del futuro que adularían a los poderosos para obtener prebendas y
seguridad, con el pretexto de conservar una voz de oro para la edificación de las
masas? Bien sabía Pablo que las cabezas cortadas eran las más elocuentes, y él
todavía conservaba la suya, que ahora se encaminaba al país de las bailarinas.
¡Qué paciente era Dios con él…! ¡Hasta que se enfadara!
Lucas fue a acodarse al lado de Pablo y le preguntó:
—¿En qué piensas? ¿Estás mareado, como de costumbre?
—Pienso que a Esteban lo lapidaron y que yo viajo con un biógrafo cuya
indulgencia me abruma, y que es médico para mi cuerpo después de haber hecho que
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mi alma se avergüence. Pienso que la cruz no me está destinada, puesto que soy
ciudadano romano y mi cabeza caerá tarde o temprano bajo la espada; y teniendo en
cuenta mis méritos, habré hecho buen negocio.
Lucas estaba acostumbrado a estas escrupulosas depresiones.
—Todavía puedes ahogarte —dijo sonriendo—. Es un martirio que reúne en el
mismo sudario a los ciudadanos y a los esclavos. Sin duda, el cansancio provoca tan
negras ideas…
—Los resultados no son brillantes. Los judíos siguen siendo rebeldes, los griegos
escépticos, los romanos impenetrables; y cada vez que fundo una comunidad, tengo
que dictar correspondencia durante horas para mantenerla en el buen camino. A pesar
del Espíritu, siento a la larga como un muro entre nuestros discursos y las almas. Me
hieren todas las ideas falsas que los gentiles se hacen acerca de nosotros, a despecho
de nuestros constantes esfuerzos…
Once años antes, las falsas ideas ya estaban en marcha y, circunstancia
inquietante, entre personas inteligentes, como testimonia esta correspondencia
retrospectiva entre Galión y su hermano Séneca.
«De L. Junio Anneano Galio a L. Anneo Séneca, un fraternal saludo.
»En este proconsulado tan reciente de Acaya, que debo más a tus perentorias
intervenciones que a mis méritos, mi muy querido hermano pequeño, ha ocurrido un
desagradable incidente, que me invita a pedirte consejo.
»Los judíos de Corinto han arrastrado ante mi pretorio a un cierto Cn. Pompeyo
Paulo, hijo de Cn. Pompeyo Simeón, nieto de Cn. Pompeyo Eliazar, que, como
indican su praenomen y su nomen latinos, ya había sido promovido a la ciudadanía
romana bajo el patronazgo de Pompeyo el Grande. Después de haber librado para
siempre a los judíos de la vergonzosa tutela de los seleúcidas para sustituirla por
nuestro protectorado, Pompeyo, que robó mucho dinero, se mostró en recompensa
bastante generoso con nuestro derecho de ciudadanía: la cosa no le costaba cara. Así
que este Paulo pertenece a una familia judía conocida desde hace generaciones por su
adhesión a Roma, y premiada en consecuencia en una época en que la ciudadanía
romana no estaba, a pesar de todo, tan deshonrada como hoy. El acusado fabrica
tiendas, lo que, para ser vástago de una nación ambulante, denota una hermosa
predestinación.
»Los acusadores le reprochan a nuestro Saúl que persuada a las gentes de adorar
al dios judío según nuevas fórmulas contrarias a su le y ancestral. Al principio creí
haber oído mal. Un procónsul romano debe aplicar la ley romana, y no ha de
inmiscuirse en querellas teológicas excluidas de cualquier delito caracterizado en
nuestro código universal.
»Tomando nota de mi reserva, la acusación esgrimió que Saúl no era sólo un
doctrinario hereje, un blasfemo de profesión, sino también un temible agitador, que
desde hacía siete años sembraba el desorden a su paso. Parece que su proceder es el
mismo una y otra vez: bien acogido en las sinagogas de Asia o de Grecia, donde
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siempre hay curiosidad por oír discurrir a un rabí[67] de paso, el conferenciante se
gana primero la confianza del auditorio, mediante un largo exordio que demuestra su
brillante conocimiento de la biblia de los Setenta y de la ley farisea; después cuenta
que ha visto al Mesías.
»Antaño pasaste muchos años en Alejandría, donde abundan los judíos, y
frecuentaste el círculo judaico y helenista del famoso israelita Filón. Así que debes de
tener una vaga idea sobre este Mesías, de quien las Escrituras pretenden que un día
vendrá a arreglar los asuntos de Israel… ¡después del fin del Imperio romano, sin
duda! Una esperanza que para los judíos es magnífico motivo de paciencia…
»En este punto de la aventura, la asistencia bulle y se apasiona, como niños a
quienes se muestra una golosina. ¡Es demasiado bello! Pero de todas formas, ¿y si
fuera verdad?
»Date cuenta de que, para los judíos, pretender haber visto al Mesías, o
pretenderse Mesías uno mismo, no tiene en si nada de blasfemo. El Mesías tiene la
reputación de pertenecer a la raza humana y cierra la larga lista de los profetas. Un
personaje así puede ser un engreído equivocado, un ambicioso en busca de una
carrera, pero no es forzosamente un impío, y el público está invitado a comprobarlo.
»Entonces, Saúl precisa que el Mesías no es otro que un tal Jesús de Nazareth,
crucificado en Jerusalén bajo el procurador Poncio Pilato, la víspera de la Pascua
judía, siete años antes de la muerte de Tiberio, cuando M. Vicinio y L. Casio Longino
eran cónsules y también lo era el propio Tiberio, por quinta vez.
»Un viento de decepción barre la sinagoga. Si el Mesías judío murió crucificado,
es que no era el Mesías. Y si hubiera sido el Mesías, crucificado ya no sirve de gran
cosa.
»Pasando por encima de esta desilusión, Saúl añade impávidamente que su Jesús
crucificado es una emanación encarnada de Yahvé, resucitado de la tumba al día
siguiente de la Pascua. Una multitud de judíos apreciaron el fenómeno en carne y
hueso. Después Jesús tomó el camino de los aires para incorporarse al seno de Yahvé.
Saúl, además, vio a Jesús después de su ascensión; un Jesús que le habló y le hizo
confidencias. Más asombroso todavía: Yahvé no es único, como se creía hasta ahora;
no es doble; ¡es triple! Pues un misterioso Espíritu Santo, que habla por boca de Saúl,
preñó a la virgen madre de Jesús una veintena de años antes de la apoteosis de
Augusto.
»Cuando los piadosos e instruidos judíos, que han escuchado al viajero con
simpatía, salen de su profunda estupefacción, se elevan algunas tímidas voces para
preguntarle a Saúl cuáles son los pasajes de las Escrituras que hacen alusión a un
Yahvé encarnado y triplicado. Tú sabes mejor que yo que, si se puede ir muy lejos
discutiendo sobre las características del Mesías, la unidad de Dios es el dogma
fundamental de los judíos, un dios que en consecuencia no podría revestir forma
humana como nuestras deidades griegas y romanas. No he recorrido —como has
debido de hacerlo tú, en vista de tu universal curiosidad— la biblia griega de los
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Setenta, pero me parece que con el tiempo que llevan estudiándola, si en ella se
encontrase la menor frase relativa a cualquier trinidad o encarnación divinas, alguien
se habría dado cuenta.
»Puesto entre la espada y la pared, Saúl declara tranquilamente que si Jesús es
Dios —cosa que no ofrece duda alguna— tiene todo el derecho a añadirle un
suplemento a la biblia.
»La sola idea de un tal post scriptum pone a los judíos, evidentemente, de mal
humor, y se empiezan a oír ruidos diversos. Entonces Saúl monta en cólera, patea,
declara que la sangre de los incrédulos caerá sobre sus cabezas y que en adelante irá a
llevar los tesoros de Israel a los gentiles.
»Tras esta última amabilidad, lo ponen en la puerta, y hay turbulencia en el aire.
»Con la imparcialidad que tú conoces, llevé a Saúl aparte y le pregunté si las
afirmaciones de sus acusadores eran exactas. Como él mismo lo reconocía de buena
gana y con mucha honestidad, le dije con una diplomacia llena de mérito: “¿Te das
cuenta de que las historias que propagas —verdaderas o falsas, yo no soy un experto
y no puedo juzgar— parecen precisa y detenidamente calculadas para precipitar a
todos tus correligionarios en una ira malsana? Sabes lo quisquillosas que son esas
gentes —con razón o sin ella— sobre ciertos puntos. Entonces, ¿por qué insistes? Tú
mismo reconoces haber declarado que en adelante irías a llevar tu buena nueva a los
gentiles. ¿Por qué no mantienes la palabra en lugar de molestar a los judíos y al
procónsul?”:
»A estas razonables palabras, Saúl me contestó: “Los diversos filósofos de Atenas
se burlaron de mi cuando hablé de resurrección…”.
»Le hice notar que, a primera vista de procónsul, yo prefería las burlas a los
desórdenes. Entonces se escudó en el supuesto deber de entregar su mensaje a los
judíos en primer lugar. Y añadió: “Ya que la religión judía ha sido reconocida por
Roma —e incluso privilegiada, puesto que somos los únicos dispensados del culto a
César—, las interpretaciones que tal o cual rabí pueda ofrecer sobre el tema escapan
por cierto a los tribunales romanos. Es un asunto interno de Israel. El papel de Roma
es solamente el de mantener el orden público. ¿Pero quién lo perturba? ¿Yo con mis
palabras, o judíos, que no las soportan, con sus actos?”. Lo que se llama tener
teóricamente razón y estar equivocado en la práctica.
»En Corinto estamos ya hartos de este extravagante asunto, que me da la
impresión de agobiarme, impresión acrecentada por el más extraño de los contrastes:
ese Saúl, que hace de vez en cuando insensatos discursos, charla y razona de
maravilla el resto del tiempo. Es de la raza de los retóricos, tanto más convincentes
por poner sus talentos al servicio de una idea fija.
»Una vez informados, el acusado y su pandilla fueron expulsados, en primer
lugar, de Antioquía de Pisidia. Amenazas de lapidación en Iconio y fuga precipitada.
En Listras de Licaonia, Saúl fue lapidado sin más y dado por muerto. En Filipos de
Macedonia, fue molido a palos por unos brutos expeditivos que no habían reconocido
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en él a un ciudadano romano. Tumulto en Tesalónica y fuga nocturna. Otra fuga en
Berea. Lo que nos conduce a las presentes agitaciones de Corinto.
»Por cierto que he heredado un ave poco corriente: por donde quiera que pasa con
la boca llena de palabras de paz, empiezan las trifulcas.
»A fuerza de darle vueltas, me he dado cuenta de una realidad algo inquietante:
Saúl no está solo en su carrera. Incluso habría llegado en decimotercera posición,
detrás de doce propagandistas que se dan el nombre de apóstoles y que se dispersaron
en todas direcciones para hacer el mismo trabajo que él, con resultados igualmente
enojosos. Así es como me he enterado, no sin sorpresa, que los levantamientos judíos
que hubo en Roma hace tres años, y que obligaron a Claudio a numerosas
expulsiones, se debieron de hecho a violentos desacuerdos entre judíos ortodoxos y
partidarios de ese Jesús, a quien los primeros creen muerto y los otros vivo. Sin duda
recuerdas que los mencionados levantamientos fueron atribuidos a la acción de un tal
Cristo, que la policía no pudo atrapar. Pues bien, el Jesús de Saúl también se llama
Cristo. ¡Muerto o resucitado, había pocas posibilidades de prenderlo! Y es legítimo
preguntar si otros desórdenes de esta clase, en muchos otros lugares, no tendrán el
mismo origen. Siempre hay bobos dispuestos a creerse las patrañas más absurdas
cuando las difunde una inspirada elocuencia.
»Reconocerás que las relaciones de Roma con los judíos no necesitan del tal
Cristo para empeorar. Lejos está el tiempo en que el propio César, sitiado todo un
invierno en Alejandría con Cleopatra, sólo fue liberado, finalmente, gracias a una
armada de judíos bajo las órdenes del etnarca Antipater. ¿Acaso pensaba esta ingrata
raza que íbamos a expulsar a los descendientes de Alejandro para garantizarle una
independencia sin control?
»Ya en ocasión del gran censo de Quirino, 6000 fariseos tuvieron el desparpajo de
rechazar el juramento a Augusto. Debió de ser por aquel entonces cuando el Espíritu
Santo mentado por Saúl preñó a la virgen madre. Una decena de años más tarde, tras
las muerte de Herodes, hubo una sedición tras otra, y pronto tuvo lugar la revuelta de
Judas el Galileo y del fariseo Saddoq. Quintilio Varo —antes de perecer con sus
legiones en los bosques de Germania— tuvo que reunir todas las tropas de Siria para
aplastar el levantamiento y crucificó a dos mil rebeldes. Cuando Jesús —según Saúl
— hablaba de “llevar su cruz”, estaba creando una nutrida escuela. Conocemos las
dificultades que el procurador Poncio Pilato tuvo con los judíos. Dos años antes de la
muerte de Tiberio, en vísperas de ceder el puesto para ir él también hacia la muerte,
hizo masacrar a os samaritanos en el Garizim. Cuando Calígula dio la orden aberrante
de erigir su estatua en el templo de Jerusalén, rozamos la catástrofe. Si el legado de
Siria, P. Petronio, no hubiera dado largas al asunto, se habría producido un baño de
sangre general. Y después, a pesar de los intentos de apaciguamiento de Claudio, que
confió la vigilancia de las vestiduras sacerdotales a los sacerdotes del templo, Judea
siguió gruñendo y agitándose.
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»Pero el insoportable carácter de los judíos —y eso sin que se mezcle el tal Cristo
— no sólo se manifiesta en Judea. La colonia judía de Roma, a la que el complaciente
César había mimado y aclimatado, se mostró tan inquieta que, tan sólo cinco años
después de la muerte de Augusto, Tiberio deportó a cuatro mil judíos a las minas de
Cerdeña. ¿Y qué decir de las violencias sin fin que enfrentan a judíos y griegos,
barrio contra barrio, en todos los grandes Puertos de Oriente y hasta en Cirenaica?
»Los partidarios de Saúl sólo pueden ir echando por todas partes aceite sobre el
fuego. Y actualmente los judíos de Corinto están aún más nerviosos porque un buen
número de los de su raza, recientemente expulsados por Claudio, vinieron a buscar
refugio aquí. Si he entendido bien la situación, partidarios y adversarios de Cristo
tienen que perpetuar aquí su querella, cuya última marea ha arrojado a Saúl hasta mi
pretorio. ¡Que la peste se lleve al buen hombre! ¿Qué debo hacer?
»El derecho de coercitio[68] es ciertamente esencial para mi poder proconsular:
puedo tomar arbitrariamente medidas de rigor —llegando aun a sentenciar a muerte
— contra cualquier promotor de disturbios. Pero la dignidad de ciudadano romano
protege de esta coercitio tan práctica al culpable. Respecto de un ciudadano sólo
dispongo del derecho de cognitio[69], o sea, el de conocer los asuntos judiciales e
intentar legalmente un proceso según nuestro derecho. Ahora bien, es evidente que el
hecho de haber visto un fantasma de Cristo no cae bajo la jurisdicción de las leyes, y
menos aún el dar crédito a lo que aseguran quienes pretenden haberlo visto. Saúl lo
sabe, y en consecuencia se siente más tranquilo entre mis manos que entre las de los
judíos. ¡Incluso asegura haber sido favorecido con una visión, durante la cual su
maestro le habría garantizado que no le pasaría nada malo a Corinto! Pero este asiduo
trato con el más allá va acompañado por una bonita sutileza de picapleitos. Como yo
le reproché su trato con los fantasmas, tuvo la audacia de hacerme observar: “Pero,
por lo que yo sé, el derecho romano reconoce la existencia de aparecidos. ¿Acaso no
está permitido entre vosotros, si no me equivoco, intentar un proceso de anulación de
venta por vicio oculto si resulta ser de notoriedad pública que un fantasma visita la
casa comprada? ¡Mi fantasma bien vale los vuestros!”. Me quedé con la boca abierta.
¡Al paso que va, Saúl pronto procesará a Roma por vicio oculto, reprochándonos que
dejemos correr a su Jesús!
»Así que sólo hay dos caminos, y cada uno tiene sus inconvenientes. Uno: pongo
en libertad al acusado y le recomiendo que vaya a perderse a otra parte. Pero en la
superpoblada Judea, donde se apretujan dos millones de judíos, el volcán amenaza
con hacer erupción. Y en todos los grandes puertos del Mediterráneo, hasta en la
propia Roma, las frondosas colonias judías se encierran en una suerte de bastiones,
donde llevan una vida aparte. El número de estos dispersos, que sólo están demasiado
concentrados, se estima en cuatro millones. Roma tiembla ante la perspectiva de una
rebelión general; en Judea podría arrastrar rebeliones particulares en el seno de tantas
ciudades poco menos que desarmadas. ¿Cómo harían frente nuestras treinta legiones,
retenidas en las fronteras, a una revuelta de tal amplitud?
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»Con toda seguridad, Roma ha sabido despertar entre las teorías de los judíos
simpatías y colaboraciones ejemplares, de las que la genealogía de nuestro Saúl es
suficiente testimonio. El contagio de las ideas, de las costumbres griegas y romanas,
forzosamente ha ganado judíos e incluso muchos han abjurado. Pero estamos de
acuerdo en reconocer que la importancia del movimiento no ha hecho más que
endurecer a los fanáticos y a los irreductibles, cuya masa sigue siendo inquietante.
»Si por desgracia los judíos avivaran el fuego en dirección al mundo romano, y si
es verdad que los seguidores de Saúl están ahí para algo, ¿no habría destacadas
razones para reprocharme una ciega tolerancia con este agitador? Ocurre con las
sectas religiosas —hasta con las más extrañas— como con los constantes incendios
de Roma: se sabe dónde empiezan, pero es más difícil saber dónde se detendrán. Si
hago borrón y cuenta nueva, si desprecio la oportunidad de dar un saludable ejemplo,
¿dónde se detendrán los cristianos?
»O bien actúo con rigor… Pero esto sólo podría hacerse despreciando las leyes
que custodio. La rebelión judea o alejandrina de los judíos es posible; pero no es
segura y quizá mis temores sean exagerados. En la espera, una acción corrompida
contra Saúl me expondría a una incómoda denuncia: el menor paso en falso de cada
gobernador se ve acechado por una turba de delatores y tú no serás siempre amigo de
Agripina y preceptor de Nerón. Además, si intentase un proceso contra Saúl sobre
bases tan discutibles, él se apresuraría a recurrir a César, y la irregularidad de mis
procedimientos se pondría en evidencia.
»Nuestro amigo Burro, cuya honradez y competencia administrativa son
excepcionales, acaba de acceder a la Prefectura del Pretorio, desde donde controla los
múltiples problemas de seguridad. Dile, pues, unas palabras sobre mis dificultades.
Con toda seguridad os pondréis de acuerdo, y entonces ya seremos tres de la misma
opinión.
»Sin embargo, no puedo dejar de pensar que los asuntos judíos traen mala suerte a
quienes se ocupan demasiado de ellos. Varo dejó sus huesos en Germania y Poncio
Pilato murió de muerte violenta. Pero me dirás que también César, amigo de los
judíos, murió así. ¿Será que los judíos traen mala suerte a todo el mundo?
»Con todos los escrúpulos posibles, me esfuerzo en hacer mi agosto dejando una
reputación de integridad netamente superior a la de mi predecesor —lo que,
afortunadamente, no es difícil. ¿Dónde están los buenos tiempos en que uno podía
sacar cien millones de una provincia? El mayor defecto de nuestro Imperio es que no
le podemos robar dos veces.
»A propósito de dinero, me han informado de que estaría empezando a jugar
cierto papel en las comunidades cristianas, lo cual da una alarmante idea de su
desarrollo. Pero, por otra parte, una secta rica sale a la superficie por su misma
riqueza; la sociedad secreta se convierte en una sociedad financiera, que el Estado
puede controlar y sobre la que puede ejercer presión. Dicen que los cristianos ponen
sus bienes en común, viejo sueño de la edad de oro que siempre hace felices a los
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crápulas. Cuando también ponen a las mujeres en común, los más poderosos se
adjudican la parte del león y los eunucos hacen penitencia. Además, estos cristianos
están enamorados de las colectas, cuyo producto se esfuma misteriosamente.
»Dame algunos detalles sobre la situación en Roma. Imagina hasta qué punto son
útiles tales informes, tarde o temprano, para una carrera.
»Si estás bien, tanto mejor. ¿Qué es de tu asma? Yo, gracias a Esculapio, me
encuentro bien».
«De L. Anneo Séneca a L. Junio Anneano Galio, un fraternal saludo.
»La opinión de Burro, a quien le resumí tu carta, se parece a la mía, hermano
bienamado. Tenemos la sensación de que el penoso trato de ese Saúl ha terminado
por retorcerte el espíritu y ves judíos por todas partes. A los de Judea ya los
castigarán si se mueven. En cuanto a los dispersos, las poblaciones griegas e incluso
romanas los mantendrían a raya hasta que llegaran refuerzos. Y en fin, tu historia del
aparecido nos parece demasiado vaga y absurda como para conmover al mundo
demasiado tiempo. Los fantasmas se van como vienen, con la mayor facilidad. Así
que Burro dice que mandes a paseo al tal Saúl. Esos cristianos tienen tan poca
importancia que es la primera vez que Burro oye hablar de ellos, como yo mismo.
Pero no te felicita menos por haber tomado en serio este incidente, dando así prueba
de una notable conciencia. Pues una rigurosa administración es asunto de detalles y
un buen procónsul no debe despreciar ninguno a priori.
»Te felicito personalmente por tu honesta moderación en la tradicional esquila de
tus ovejas. Hay más agostos por redondear en otras partes. Un proceso por concusión
al principio de tu cargo, que un celoso siempre puede hacer estallar en pleno senado,
me molestaría tanto más cuanto que respondí por ti ante los eminentes amigos que te
prepararon este fértil viaje. Es el momento de decir: “¡Non licet omnibus adhire
Corinthum!”[70].
»Tal como me recuerdas, hace tiempo, bajo Tiberio, pasé muchos años en Egipto,
en la época de nuestro tío por alianza Galio, quien llevó a cabo con éxito la hazaña de
ser prefecto en aquel país durante catorce años. Así que yo tenía acceso a todas
partes, facilidad tanto más preciosa habida cuenta de mi pasión por la historia y por
todos los aspectos de esa prodigiosa región… ¡tan prodigiosa que los Césares la
convirtieron en su propiedad personal! Filón estaba entonces en toda su naciente
gloria, y yo sólo era un muchacho. Ese poderoso espíritu tuvo a bien distinguirme e
instruirme con sus ideas. Volví a ver a Filón en Roma, poco antes del asesinato de
Calígula. Comisionado por la comunidad judía de Alejandría, vino en embajada para
solicitar el favor de no rendir culto a la estatua imperial. Temblando ante la
perspectiva de comparecer delante de Cayo para entregarle tal mensaje, me pidió que
le asistiera en esta prueba. Yo era ya un conocido abogado.
»Calígula, entre otras fantasías, se había puesto aquel día la famosa coraza de
Alejandro, que había ordenado sacar de la tumba y bruñir con cuidado.
Afortunadamente tenía un día… o, más bien, un momento afable, pues su humor
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cambiaba como el viento. Filón y yo mismo le expusimos por turno, con toda la
elocuencia posible, de qué se trataba. Nunca sabré si Cayo no entendió nada o si
había que incluir su respuesta en el crédito de su detestable humor. En todo caso, nos
dijo: “La solución es muy sencilla. Reside en un intercambio de buenos modos. Los
judíos harán sacrificios ante la estatua de Augusto y el dios judío será acogido con
gran pompa en el panteón romano. Así los judíos se harán romanos y los romanos se
harán judíos”. Filón me echó una mirada desesperada.
»Algunas semanas más tarde, quitaron a Calígula de en medio; su mujer Cesonia
fue traspasada por una espada; su hijita, estrellada contra una pared. El dios judío
podía respirar.
»Como suponías, trabé conocimiento en Egipto con la biblia de los Setenta, que
se comentaba enérgicamente en el círculo de Filón —del mismo modo que recibieron
mi visita muchos sacerdotes egipcios, depositarios de tan sorprendentes tradiciones
—. E incluso diría que, durante los interminables ocho años de exilio durante los que
me enmohecí en el matorral corso por haber tenido tratos demasiado íntimos con las
hijas de Germánico, esta Biblia formaba parte de mi pequeña biblioteca. Es, por
cierto, una obra interesante, que, según se dice, fue adaptada del hebreo al griego por
setenta y dos traductores durante el reinado y a petición de Ptolomeo II Filadelfo, el
que hizo construir El gran faro de Alejandría: hace trescientos años, los judíos de
Egipto empezaban ya a olvidar su hebreo (aunque sospecho que muchos pasajes son
de traducción más reciente). Si, interesante, pero nada convincente. Falta una
dimensión esencial. La biblia —con muchos fárragos e ingenuidades— traza la
historia de las relaciones de un pueblo con su dios nacional. Ahora bien, considero
que esta concepción religiosa es completamente caduca.
»En mi juventud seguí las enseñanzas de la secta estoica de los sextii: en ella
recomendaban el vegetarianismo y el examen de conciencia; creían sobre todo en la
supervivencia del alma y en la necesidad de conformar pensamientos y acciones a un
orden inmutable de la naturaleza y de las cosas. Sigo siendo vegetariano, y la idea de
que la verdad o es universal o no es, no me ha abandonado ni un momento. Un dios
vinculado a una sola nación en lugar de a toda la humanidad es un dios mutilado. La
prisión exclusiva en que se confina le retira todo su resplandor, y ese dios sólo
merece el olvido, puesto que ha olvidado a la mayor parte de los hombres.
»Comprenderás por qué, mi querido Novato —me gusta darte este nombre de
infancia que tu adopción te hizo perder—, comprenderás por qué Filón y sus amigos
se preocupaban tanto de comentar su biblia según conceptos neoplatónicos, incluso
pitagóricos o estoicos. Se dieron cuenta de que su niño estaba a punto de sentirse
encerrado, y consagraron todos los recursos de su exegético y alegórico virtuosismo a
airearlo con un soplo de filosofía griega más o menos a la moda.
»Por otra parte, debo precisar que los traductores de los Setenta —según me han
afirmado distinguidos hebraístas— modificaron el original hebreo para que
armonizara mejor con la sensibilidad de los griegos. Así, la célebre fórmula del
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Éxodo, con la que Yahvé definió su naturaleza trascendente, “Soy el que soy”, se
convirtió en griego, más platónica y llanamente, en “Soy el que Es”. Filón, que sólo
posee rudimentos de hebreo, admitía estas deformaciones, que consideraba, es cierto,
de importancia menor y más bien favorables a sus estudios.
»La biblia más extendida actualmente es, pues, una traducción griega comentada
a la manera griega.
»Para volver a tu Cn. Pompeyo Paulo, es muy notable ver a ese iluminado
proporcionando a los gentiles una interpretación por lo menos original de la biblia de
los Setenta. La idea de lograr que el mensaje salga de su prisión judía está en marcha,
evidentemente.
»Pero soy muy escéptico en cuanto al éxito de tales tentativas, ya emanen de
serios filósofos o de aventureros de paso. La biblia está demasiado moldeada por los
judíos para adaptarse a concepciones o naciones extranjeras. En el fondo, el espíritu
griego sigue siendo irreductible al espíritu judío. O bien la biblia —a pesar de los
esfuerzos de Filón— no es aceptable para un extranjero por la razón de que, a pesar
de todo, el texto sigue siendo demasiado fiel a la historia y a las concepciones judías,
o bien un Saúl cualquiera desnaturaliza la biblia para difundirla mejor entre los
pueblos —y entonces ya no es la biblia.
»Por el momento, hay en la biblia de los Setenta un pasaje del cual acabo de
apreciar todo el sabor: el diluvio. ¡Figúrate que estuve a punto de ahogarme hace
poco, y no fui el único! La historia merece ser contada.
»En el programa de los grandes trabajos de Claudio —a quien Roma debe tan
hermosos acueductos—, la desecación del lago Fucino, en las montañas, al este de la
ciudad, ocupaba un lugar preferente. Bajo la supervisión de Narciso, hacía mucho
tiempo que se trabajaba en la perforación de la barrera rocosa que separa el Fucino
del Liri, cuyas tumultuosas aguas fluyen hacia el sur en dirección al golfo de
Minturnas. Ciclópea labor, que recientemente había alcanzado su última fase.
Algunos golpes de pico más y las enormes masas de agua de uno de los lagos más
bellos de Italia irían a parar al Liri para dirigirse al mar. Alrededor de lo que quedaría
del Fucino, podrían ser explotados vastos espacios de tierras excelentes, ofreciendo
así a las poblaciones montañesas nuevos y preciosos recursos.
»Entonces Claudio pensó en festejar el acontecimiento con un gran combate naval
sobre el lago, a cuyo término las aguas tendrían libre curso. Así se vería coronada la
obstinación de treinta mil jornaleros durante once años, y más todavía la energía del
Príncipe y su liberto. La afición de Claudio por los espectáculos sangrientos era
mayor aunque la que sentía por la historia y las letras.
»La pasión de los romanos por las naumaquias es muy fuerte, puesto que son muy
raras.
»La primera naumaquia que se recuerda —como es sabido— fue fruto del genio
de Julio César en persona, con ocasión de sus cuatro triunfos sobre las Galias, el
Ponto, Egipto y África. César hizo excavar un estanque en el campo Codeta, en la
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orilla derecha del Tíber, un poco más abajo del puente Vaticano, situación que
permitía que la líquida arena se reuniera fácilmente con el río y recibiera en
consecuencia, no buques ligeros, sino grandes galeras de alta mar. Una flota “tiria”
combatió con una flota “egipcia” ante una prodigiosa afluencia. Roma no olvidaba
que había iniciado el imperio del mundo con sus victorias navales contra Cartago, las
cuales le costaron setecientos barcos y enormes pérdidas en remeros y legionarios. El
campesino quiso convertirse en marino, y labro el mar con tanta energía como el
campo de sus antepasados.
»Es menos conocido el hecho de que la segunda naumaquia se desarrolló en la
época de nuestras tristes guerras civiles. Sex. Pompeyo, habiendo capturado una
escuadra de Agripa, obligó a los prisioneros a enfrentarse en el estrecho de Sicilia
para complacer a sus seguidores: primera refriega marítima en que los vencedores
sobrevivientes fueron masacrados en pago de su breve triunfo.
»Tercera naumaquia: para la consagración del nuevo Foro y del templo de Marte
Vengador, Augusto hizo excavar un nuevo estanque de 1800 por 1200 pies[71] en el
bosque de los Césares Lucio y Cayo, de nuevo en la orilla derecha, pero entre la isla
Tiberina y el Janículo, espacio alimentado de agua por el acueducto Alsietina, que
acababa de ser inaugurado; y allí más de treinta barcos “atenienses” o “persas”,
tripulados por 3000 combatientes y remeros, intentaron crear la ilusión. Como no
había más remedio, los buques eran de mediocres dimensiones.
»Perseguido por el recuerdo de César, Claudio quiso ofrecer un espectáculo
grandioso. Las dimensiones del Fucino, los bosques vecinos para construir las
galeras, ofrecían tentadoras perspectivas.
»Llegado el día, con un tiempo radiante, la gente se amontonó en las laderas que
dibujan en torno al lago una especie de anfiteatro natural. Los campesinos marsios de
los alrededores ocuparon sus sitios desde la primera aurora. Después acudió una
muchedumbre de las regiones vecinas y de la propia Roma, que está apenas a sesenta
millas[72] romanas del Fucino. Al final llegó toda la corte y se sentó en estrados a la
orilla del agua. Como preceptor de Nerón, tuve que seguirlo de cerca. Mi alumno,
educado a la griega y transformado por mis cuidados, apenas tiene hambre de
masacres, pero el joven Británico, que estaba en su undécimo año, compartía la
impaciencia general mientras el sol cobraba altura.
»Poco a poco, los seis mil condenados alcanzaron los doce trirremes “sicilianos”
y los doce trirremes “rodianos”, donde les esperaban remos y armas, mientras las
cohortes pretorianas se situaban sobre el conjunto de armadías que delimitaba el
terreno y cerraba el paso a cualquier posible fuga.
»Para prevenir mejor una revuelta o desanimar a las malas voluntades, detrás de
los parapetos las balistas y catapultas de la guardia imperial fueron apuntadas sobre
las doce embarcaciones que se enfrentaban. El espectáculo era soberbio; una orgía de
colores. Las corazas brillaban, se agitaban los penachos de plumas, las velas
gemían…
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»De pronto, una ingeniosa maquinaria hizo surgir del seno de las aguas a un
Tritón plateado llevándose a la boca una trompeta, que dio la señal del asalto. Los
seis mil condenados aullaron en coro una sorprendente novedad: “¡Ave, emperador,
los que van a morir te saludan!”. Claudio, que era dado a las bromas, experimentó la
necesidad de responder: “Quien viva, verá…”. La extravagancia de una intervención
del Príncipe en aquella fase de la ceremonia y la naturaleza misma de la intervención
desencadenaron un malentendido, que pronto tomó proporciones sorprendentes. Entre
los sacrificados corrió el rumor de que el emperador los había indultado. La buena
nueva corrió de boca en boca, de gesto en gesto, entre los criminales de derecho
común o los prisioneros de guerra que, de Bretaña a Armenia, de Germania a los
desiertos de África, habían convergido en el apacible lago. Y tras un alarido de
agradecida alegría, toda esa muchedumbre mezclada se cruzó de brazos. ¡La
infortunada fantasía de Claudio condujo a la primera huelga de gladiadores de que se
haya oído hablar! Costó mucho tiempo disipar el malentendido, pues no hay peor
sordo que el que no quiere oír. El propio Claudio tuvo que poner algo de su parte,
cojeando alrededor del lago, gratificando a los rebeldes con amenazas o
exhortaciones para decidirlos al combate. Discursos tanto menos percibidos cuanto
que nuestro Príncipe, que puede leer un texto de la manera más agradable, tartamudea
desde el momento en que se lanza a improvisar. Este contraste ya sorprendía al viejo
Augusto.
»Por fin todo estuvo en orden. Se exterminaron los condenados como estaba
previsto, e incluso con tanto ardor que aquellos que quedaron fueron indultados.
»Hasta aquí, aparte del ridículo incidente, todo había salido de maravilla. Yo
mismo, que apenas me siento inclinado hacia los juegos del anfiteatro, me puse a
vibrar de común acuerdo con la multitud ante algunos encuentros de armas
excepcionalmente pintorescos. El filósofo no está exento de debilidad humana.
»Ya llego a lo esencial. Estando las galeras ancladas, y evacuados los
sobrevivientes y los pretorianos, empezaron los trabajos para hacer saltar el tapón que
impedía que las aguas del Fucino se vertieran en el Liri a través de una prodigiosa
zanja de tres mil pasos[73] de largo. Mientras el sol declinaba tras los montes, los
espectadores retuvieron el aliento…, para ver al cabo una ligera corriente dirigirse
hacia el canal e interrumpirse en seguida.
»La decepción general fue terrible. Narciso explicó que había pecado por exceso
de prudencia, temiendo la formación de una peligrosa catarata en caso de que el
umbral crítico hubiera sido excavado a demasiada profundidad. Pero era fácil
remediarlo. Agripina ordenó ásperamente a Narciso que no escatimase esfuerzos, y la
corte volvió a Roma, a pesar de la hermosa jornada, con un sentimiento de
frustración. La sangre había acudido a la cita, pero había faltado el agua.
»Algún tiempo después, una nueva afluencia, reducida pero aún considerable,
rodeó el Fucino. A falta de naumaquia, para atraer a la muchedumbre se organizó un
combate de gladiadores aprovechando la presencia de las armadías que en la ocasión
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anterior habían acogido a la guardia pretoriana: era fácil destruir el círculo para
constituir un único pontón favorable a ese ejercicio. A pesar de los perpetuos afanes
de superación, todas las carnicerías se parecen y no mojaré mi pluma para describir
ésta. Además, Claudio, que es ahorrativo, prefiere en estos casos la cantidad a la
calidad.
»A media tarde, la corte fue llamada a un festín, para el que los lechos campestres
ya habían sido dispuestos (como otros tantos grandes champiñones en una pradera)
en las inmediatas proximidades de la descarga, de forma que los invitados, llegado el
momento, pudieran disfrutar de la liberación de las aguas desde primera fila. El
ahondamiento del canal y la altura del cerrojo presagiaban una experiencia
extraordinaria.
»Ya mientras me hallaba mordisqueando unas raíces ralladas entre el humo de los
asados y el olor de las salsas, los trabajos de aproximación determinaron algunas
infiltraciones a través de la delgada presa, y a la caída de la tarde, mientras estábamos
en el último servicio, en ese clima de euforia que reina siempre al final de un
banquete, el obstáculo cedió de golpe con un gruñido sordo y el agua del Fucino se
lanzó turbulenta en la zanja, presa de una violencia que era como para suscitar una
admiración unánime.
»Pero la extremada dificultad de dominar tales trabajos con cálculos teóricos
entrañó una terrible equivocación. En primer lugar, la imprevista fuerza de la
corriente rompió las amarras del vasto pontón, que se precipitó hacia la noble
asamblea con una velocidad creciente, amenazando aplastarlo todo bajo su masa. Nos
creíamos muertos cuando, por una especie de milagro, el pontón y las aguas del lago
se quedaron inmóviles durante un breve instante. Y el importante desnivel, la relativa
estrechez del conducto arrastraron entonces un momentáneo reflujo del liquido
elemento, fenómeno tan brutal, vistas las fuerzas en juego, que una ola de fondo vino
al galope a cubrir y volcar todo lo que un momento antes banqueteaba alegremente.
»Como, a pesar de todo, la monstruosa ola se dirigía río arriba y el Fucino carecía
de profundidad en esa región occidental, nos libramos, con un espanto indecible, de
la muerte.
»Pero, dioses infernales, ¡qué espectáculo cuando la fangosa marea recuperó su
curso normal con creciente lentitud! Nuestras vestiduras romanas, al contrario que las
de los bárbaros, no son ajustadas, y el primer efecto del choque fue poner a toda la
corte en estado de naturaleza. Imagina centenares de pollos empapados y
desplumados, tirados y abandonados por la orilla en las más extrañas posturas por el
capricho de un asombroso destino, mientras río abajo iban, camino a los lejanos
abismos de Neptuno, la clámide en tejido de oro de Agripina, el manto púrpura del
Príncipe, las síntesis de muselina ligera que hombres y mujeres se habían puesto para
el festejo, las claras togas o las capas bordadas que habían dejado en el vestuario, los
vestidos multicolores de las mujeres, su apetecible ropa interior, sus rubias pelucas
germanas sus falsos encantos más sutiles. Matronas a cuatro patas buscaban sus joyas
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o sus dentaduras postizas entre los informes restos de la comilona, con el espeso
maquillaje disuelto por el diluvio. Pocas túnicas masculinas habían resistido al
desastre y muchos senadores se descubrían casi desnudos, pues a causa del calor
habían acudido en calzoncillos bajo la toga.
»Sólo los pretorianos, cuyas corazas estaban fuertemente abrochadas,
conservaron un poco de decencia, y por primera vez les fue dado contemplar con
estupefacción a sus Señores tal y como habían salido del vientre de su madre.
»¿Qué hubiera sido de Roma si el Príncipe, su mujer, sus parientes y amigos, los
miembros más influyentes de sus Consejos y del gobierno, y aun buena parte de los
senadores se hubieran ahogado como ratas? El espíritu se pierde en conjeturas y hasta
la filosofía permanece muda.
»Apenas salvada de las aguas como el Moisés de Filón, y recobrada de su miedo,
Agripina, ciega de una súbita rabia, apostrofó a Narciso con el tono más agresivo,
reprochándole confusamente su incapacidad para dirigir los grandes trabajos, la
venalidad de su administración y su constante codicia, ante un Claudio alelado por la
catástrofe… y tal vez por la embriaguez. Y entonces vimos y oímos lo increíble: el
liberto Narciso, un hijo de esclavo, tanto tiempo retenido él mismo por los lazos de la
servidumbre, acostumbrado desde su nacimiento a la bajeza y al disimulo, educado
en la prudencia y la intriga bajo la férula de caprichosos amos, favorecido con los
más altos privilegios únicamente por la confianza de Claudio —frágil apoyo para un
hombre que tiene en ella su único seguro—, este Narciso, pues, perdiendo toda su
sangre fría, denunció el carácter imperativo y la insaciable ambición de la “Augusta”.
¡Si, un liberto oriental osaba elevar la voz ante la hija mayor de Germánico, nieto de
la esposa de Augusto, ante la hija mayor de otra Agripina, también nieta de Augusto!
Sí, ese individuo salido del arroyo, de rabo bajo pero verbo alto, insultaba a Agripina
la Joven, educada en la púrpura —empero vestida en aquel momento con un
tapavergüenzas de color índigo… ¡como habría observado nuestro Petronio en una de
sus novelas verdes! Narciso se contuvo apenas de reprocharle a la “Augusta” algunos
sangrientos asuntos que quizá no eran necesarios, o de hacer una envenenada alusión
a sus relaciones íntimas con otro liberto, Palas. Pero no le faltaban ganas. ¿Qué habría
dicho el viejo Catón?
»Me pides, mi querido Novato, noticias de Roma susceptibles de ser útiles para tu
carrera. Pues entérate de que Narciso acaba de perderse. Agripina, que alimentaba
hacia él una animosidad discreta pero cierta, no olvidará nunca esta salida de tono en
el fango del Fucino. En adelante, la vida de Narciso depende de la del Príncipe, que
aprecia la incontestable fidelidad del liberto a sus verdaderos intereses.
»Acampamos, bien que mal, en Cerfennia, para emprender al día siguiente el
regreso hacia la capital por la Vía Valeria, con un séquito bien triste.
»Entre otras penas, estuve a punto de perder a mi Nerón, a quien agarré de la
mano en el momento del siniestro, para encontrarme poco después, aturdido y
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sofocado, sentado en la hierba con él. Pasada la Puerta Esquilina, cuando fui a
despedirme, el niño me dio otra vez las gracias por los cuidados.
»A través de todas las preocupaciones de la vida, este alumno es para mi un gran
consuelo, y no desespero de convertirlo un día en discípulo. Ya va a cumplir, te lo
recuerdo, quince años, puesto que nació el décimo octavo día de las Calendas de
enero, nueve meses, día por día, después de la muerte de Tiberio. Así que el joven
Lucio vino al mundo a mitad de diciembre, dos días antes de las Saturnales, y el
mismo día en que se ofrece un sacrificio a Con sus, el dios de los caballos, en su altar
del Circo Máximo. La coincidencia impresionó mucho a Nerón y me pregunto si su
naciente pasión por los caballos no tendrá alguna relación con ese divino azar. Pero
tenía casi doce años cuando Agripina, arrancándome de mi exilio corso, tuvo a bien
confiármelo, y los dos juntos tuvimos que remontar una cuesta bastante dura.
»El niño había conocido muchos infortunios y alarmas, que influyeron
enojosamente en su carácter. Lucio no tenía dos años cuando su madre se vio
implicada en la conspiración de mi pobre amigo Getulio contra Calígula, en la que yo
mismo estuve a punto de perecer. Agripina fue relegada e incautados sus bienes.
Lucio fue recogido entonces por su tía paterna Domicia Lépida. Después murió su
padre, Domicio Ahenobarbo, primo de Germánico. Cuando, al llegar Claudio al
poder, Agripina recuperó sus bienes y una parte de su crédito, fue para casarse en
seguida con Crispo Pasieno, que acababa de divorciarse de la segunda Domicia, otra
tía paterna de Lucio. Pasieno, pariente de la familia imperial, protegió durante
algunos años a Agripina de las intrigas de Mesalina, pero sólo ejerció una autoridad,
por así decir, moral sobre Lucio, a quien le dieron, según la costumbre, un tutor:
Asconio Labeo, muy estimable por otra parte. Lucio no tenía siete años cuando el
propio Pasieno desapareció. Así que vemos a un niño privado de madre durante
mucho tiempo, y pronto privado de padre, tambaleándose entre un padrastro y un
tutor; un niño que, al dejar a sus dos nodrizas orientales, fue confiado a un bailarín y
a un barbero, luego a los libertos Aniceto y Berilo, con quienes estuvo hasta llegar a
mis manos: individuos aquéllos capaces de enseñar las letras grecolatinas, pero
seguro que no la virtud. Mejor fue la influencia del sacerdote egipcio Chaeremón, con
quien antaño trabé amistad en Alejandría. Este estoico, de alta cultura y gran talento
profesoral, empezó a familiarizar a Lucio con los buenos autores. Pero un hombre de
tales cualidades llegaba muy tarde, y Chaeremón tenía el defecto de incitar a Lucio a
creerse un pequeño faraón. Era tiempo de que un preceptor romano interviniera con
una filosofía mejor.
»Encontré a un joven con una sensibilidad de desollado, privado de ternura;
deseoso de confiarse, no se atrevía a correr el riesgo; y de constitución inquieta y
solapada, primero perturbada por la ausencia de madre, luego abrumada por la
presencia —afortunadamente poco frecuente— de una mujer terriblemente
autoritaria.
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»Poco a poco gané el corazón de Lucio, del mismo modo que se domestica a una
tórtola. Borré los defectos, acentué todas las cualidades que sólo pedían alcanzar su
plenitud. Mi Nerón es ahora un hermoso muchacho de espíritu vivaz y matizado, tan
perezoso para aprender lo que le resulta indiferente como ardiente para estudiar
cuanto le interesa. Casi tendría que moderar su pasión por el teatro o la poesía épica
de los griegos, por la pintura monumental o de caballete, por la escultura griega de la
mejor factura, por las carreras de carros del Circo Máximo —que además se
desarrollan bajo las narices de los felices habitantes del monte Palatino. Y me vi
obligado a tolerar que se ejercite con la cítara, cuyo sonido le derrite.
»Dirán que tal entusiasmo estético está fuera de lugar en un verdadero romano, y
que nuestras tradiciones encontrarían en él cosas que criticar. Pero, pensándolo bien,
no me atrevo a oponerme demasiado severamente. ¡Qué descanso sería para el mundo
y para la sociedad si algún día, por primera vez en la historia de Roma, una bella
naturaleza de artista compartiese fraternalmente el poder con un alter ego[74], un
Británico administrador y ponderado! El arreglo de la sucesión, desde que hace dos
años Lucio fue adoptado por Claudio, no deja de preocupar a éste y tal vez aquí
tengamos la solución…
»En todo caso hay un hecho cierto, y es reconfortante: sin duda a los artistas les
cuesta trabajo desprenderse de una especie de sagrado egoísmo, que es como la
primera condición de sus virtudes; pero, en compensación, su propio temperamento
los aleja de la crueldad y les impide verter una sangre superflua. Nerón es muy dulce
y las matanzas del anfiteatro le parecen vulgares. ¡Qué feliz presagio!
»Después de Chaeremón, me esfuerzo también en completar la educación de mi
alumno inculcándole serias nociones de estoicismo, aunque con dudoso éxito. El
chico parece dado a una glotonería y una sensualidad que no casan con una austera
filosofía. Pero los placeres corrientes de la juventud sólo son verdaderamente
condenables si el exceso los empuja a sus últimas consecuencias.
»Es una pena que no me vea mejor secundado por Agripina en mis esfuerzos: el
arte la deja fría, y el estoicismo más aun.
»A pesar de todo, a veces sueño… Si la suerte quisiera que Británico se retirase
de la competición, éste sería, desde la educación de Alejandro por Aristóteles, el
primer y memorable ejemplo de un gran príncipe cuidadosamente educado por un
filósofo… de quien la posteridad —a menudo demasiado aduladora— juzgará la
talla. ¡Qué gloria para mí y qué triunfo para el espíritu si la primera aurora de una
nueva edad de oro surgiese de mis desvelos, como Atenea del cerebro de Zeus!
»Y la cosa es posible. Un punto oscuro hay, no obstante: el sentimiento de
inseguridad del cual el joven Nerón no logra desprenderse y que a mí mismo me
cuesta tanto combatir, puesto que toda la nobleza romana ha sido educada en el
miedo desde hace generaciones. Ese miedo, tan mal consejero, no se disipa en un día.
Es mi oportunidad para demostrarle al niño que el único medio de romper el
maleficio consiste en reinar con moderación, garantizando un deseable equilibrio
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entre las atribuciones del Príncipe y las del senado, en el caso de que los dioses lo
invistieran con la más pesada carga.
»El asma sigue atormentándome. La notable particularidad de este inconveniente
es que uno se cree a punto de morir en cada crisis. Tal entrenamiento es tan saludable
para un filósofo que he apodado a la extraña enfermedad meditatio mortis[75].
Cuando, después de largas angustias, por fin un poco de aire dilata otra vez el pecho,
uno siente, ciertamente, que revive; pero sobre todo se siente más ajeno que nunca a
las vanas agitaciones del mundo. En el fondo, es una excelente escuela.
»He perdido toda mi confianza en los médicos, a excepción del gran Asclepiadeo,
que antaño trató, entre otros, a Pompeyo y a Cicerón. Todo el valor de Asclepiadeo
residía en el hecho de que primero fue maestro de elocuencia y luego ignoró
voluntariamente la medicina a todo lo largo de su provechosa existencia. Esta nula
formación médica lo llevó a un ejercicio preventivo de sentido común que, de
Cualquier manera, no podía hacer daño. Fue el médico de los sanos, que
afortunadamente son más numerosos que los enfermos. De ahí se derivó, sostenida
por una persuasiva retórica, una moda de la dieta, la abstinencia, las fricciones y
masajes al salir de baños fríos, antes de las higiénicas caminatas a pie. Pero para los
más perezosos Asclepiadeo descubrió que el balanceo de nuestras literas era
favorable a los humores. Explicaba a quien quisiera oírle —especulando con el doble
sentido de la palabra gestatio, que significa tanto embarazo como paseo en litera—
que el vaivén de estos vehículos, al hacer que el paciente volviera a la infancia,
poseía un efecto calmante y tranquilizador. Habiendo apostado que nunca se pondría
enfermo, Asclepiadeo murió a edad muy avanzada de una caída en una escalera —sin
haber visto jamás a un médico. Pues, cuando se hace necesario ver a un médico,
¿acaso no es ya demasiado tarde?
»Y todavía tengo menos confianza en los insensibles cirujanos, desde que
adquirieron la siniestra costumbre de disecar a placer y completamente vivos a los
condenados a muerte de derecho común, con la esperanza de perfeccionar su
caritativa industria. Aseguran que Hierófilo, imitado por Erasístrato, estaba muy
orgulloso de haber disecado a seiscientos; ¡lo que demostraba, con toda seguridad, un
excepcional encarnizamiento científico! Una visión más agradable: Nerón, que
revistió el año pasado la toga viril, se casará el año próximo con su hermana adoptiva,
pariente y novia, Octavia. Ella tendrá doce años.
»Antes de sellaría, releo esta carta —aunque sólo sea para corregir algunas faltas
de secretariado—, y se me ocurre que se te ha escapado una dimensión —filosófica,
es cierto— del problema judío. En realidad, el judío seduce tanto como irrita. Es
cierto que una fracción de este pueblo sin precedentes sufre nuestra administración —
a veces torpe— con una impaciencia preocupante. Pero por otro lado, el nuevo
concepto de un dios único, trascendente, creador y guardián de todas las cosas es muy
digno de atraer la atención. El judío, egoístamente ha confiscado el hallazgo. Gran
número de griegos y romanos, preocupados por el ideal y enamorados del progreso
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moral, han descubierto también la riqueza potencial de esta gran idea. Así, alrededor
del templo de Jerusalén, alrededor de las sinagogas de la dispersión, una viva
corriente de interés y simpatía ha recorrido a muchos extranjeros, a quienes les
repugnan las costumbres judías tanto como les impresiona lo esencial. Esta religión
judía está más abierta al mundo de lo que se podría pensar. Si el dios único existiera
de verdad, ¡qué importan las costumbres pasajeras! A condición de que desposeamos
a los judíos, que han hecho de ellas un atributo nacional, su dios, si los dioses le
prestan vida, quizá tenga futuro por delante. Su estatura es suficiente para absorber
todas las religiones e incluso todos los sincretismos. Pero sería preciso, para facilitar
la evolución, que los judíos se prestasen al juego y no hicieran demasiadas tonterías.
Que olviden pacíficamente, por lo tanto, sus costumbres y prejuicios todavía
bárbaros, que se civilicen; entonces, sin duda, nos daremos cuenta de que Yahvé
escribirse en latín, igual que en griego o en hebreo. ¿Tendré que renunciar un día a
mis sueños panteístas?
»Me entristece mucho que los acontecimientos —mi estancia en Egipto, mi
exilio, las necesidades de tu carrera— nos hayan tenido separados tanto tiempo,
insistiendo en poner tantas tierras y mares entre nosotros. La oportunidad de
mantener correspondencia contigo mediante un correo de toda confianza es para mí,
por esa razón, más dulce. Nuestro hermano Mela se encuentra bien y me ocupo de sus
progresos. En gran parte gracias al favor de Agripina, mi fortuna sobrepasa
actualmente los ciento treinta millones de sestercios. Pero ¿qué es eso al lado de la
meditatio mortis, a veces diaria? El dinero acude de pronto a las manos del hombre
sensato que lo desprecia.
»Si estás bien, tanto mejor. Yo me encuentro lo mejor que puedo».
Marco el Joven partió hacia Xanten al día siguiente del embarco de Kaeso;
Décimo regresó en ese momento, y ante el intenso alivio tanto de Marco padre como
de su sobrina, aceptó en seguida a la joven en su casa, donde le esperaba la vida
elegante para la que tan visiblemente había sido formada. Las vacaciones
meridionales del patricio no parecían haber modificado de ningún modo sus
proyectos.
Algunos días después de la instalación de Marcia, en efecto, Décimo le confió:
«Hay en todo estoico un epicúreo que dormita, y Epicuro nos enseña a regular bien
nuestros menores placeres, a retrasarlos según las necesidades para volverlos más
satisfactorios. Un placer como tú parece, a mi edad, una deliciosa jubilación. Pero no
te volveré a abandonar después de haberte merecido tan bien. Me he dado cuenta de
que te amo más de lo que pensaba, puesto que te amo tal y como eres y no como
podría imaginarte si tuera más joven. Ser lúcido es el privilegio de la experiencia, y
también buscar una última satisfacción. Para una mujer que ha vivido antes de
convertirse en mármol en un santuario, la primera cualidad del amante es una
esclarecida indulgencia».
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Y mientras Décimo, a la hora de la siesta, formulaba estos encantadores
propósitos, una esclava se presentaba en la Insula de Aponio, portadora de todo un
acordeón de tablillas selladas, a devolver a su amo en propia mano.
Despertaron a Marco, que recibió a la muchacha en el falso atrio; reconoció el
sello de Décimo, lo rompió y leyó con creciente alegría:
«Décimo a su querido Marco, ¡salud!
»Este otoño me sugeriste que trajera a tu sobrina a mi casa después de la adopción
de Kaeso. Lo he hecho un poco antes de lo previsto. Espero que perdones esta
precipitación a un hombre cuyos años tal vez estén contados con más rigor que para
otros, y el gesto te dirá hasta qué punto Marcia me es querida, a mi como a todos
cuantos la aprecian y le tienen un justo afecto. Es una mujer con una vida
extraordinaria, un alma oculta fuerte y ardiente, capaz de calentar un viejo corazón de
hierro como el mío.
»El inconveniente de mi iniciativa merece en todo caso una reparación, para ti y
para Kaeso, a quien estoy decidido a adoptar en cuanto vuelva. Además, es imposible
imaginar a Marcia sin el muchacho, y los encantos de mi edad madura no podrían
compararse con los de un hijo tan hecho y derecho. Prefiero que ella nunca tenga que
escoger entre él y yo.
»Por lo tanto desposaré a Marcia en el momento en que se pronuncie el divorcio,
y Kaeso encontrará así, cuando regrese, una situación de lo más honesta, hecha a la
medida para su alma tierna.
»Serás el único cuya ausencia echaré de menos en esta íntima ceremonia, pero en
caso de invitarte habría un marido de más para los maledicientes —a quienes no
obstante siempre he ignorado con soberbia.
»Tu presente soledad me apena tanto más por ser el responsable de ella, y he
buscado el regalo más perfecto posible para colmaría.
»Entre todas las esclavas que los mejores vendedores vinieron a presentarme, he
escogido a la que te ha llevado las tablillas, la cual se vería honrada haciendo las
delicias de un senador.
»Selene debe tener veintidós o veintitrés años. Es originaria de Alejandría y sus
medidas corresponden exactamente a las de la más exigente estatuaria griega. En
cuanto a su rostro, habla demasiado evidentemente en su favor como para que pierda
el tiempo evocándolo. De todas formas, los cabellos castaños son admirables, y los
ojos grises, de un raro matiz.
»Afranio, que me la ha vendido, me ha garantizado su salud, la estabilidad de su
humor, la riqueza de su experiencia y la amplitud de sus complacencias. Es bastante
instruida, lee y escribe el griego corriente, domina más o menos nuestro latín
doméstico, y su inteligencia es de las más vivas.
»Nunca compro una esclava de precio sin informarme sobre su pasado. Los
mercaderes lo saben y sólo me proponen sujetos cuyo curriculum vitae no incluye
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graves lagunas. A la mayor parte de estas muchachas les ocurre como a los caballos,
que nunca son espantadizos sin motivo, ya que poseen más memoria que reflexión.
»La vida de Selene, afortunadamente, ha sido bastante banal. Me han dicho que
sus padres tenían un pequeño comercio de garum “castimonial”[76] el cual sólo
admite pescados con escamas para las necesidades de las comunidades ludías; que
después de una revuelta como hay muchas en Alejandría, el comercio se arruinó; que
tras la ruina, la muchacha fue reducida a la esclavitud hacia la edad de quince años,
para terminar siendo propiedad de un sacerdote de algún dios egipcio. Tuvo un hijo a
los dieciséis años, que en seguida fue abandonado, y en consecuencia no le estropeó
el pecho en lo más mínimo. Más tarde pasó una breve temporada en una casa de
prostitución bastante afamada, antes de ser distinguida por escultores y pintores, para
quienes sirvió de modelo. Finalmente, un procurador de los dominios imperiales se la
adjudicó a Afranio cuando se cansó de ella.
»Llego ahora a un irrelevante pero delicado punto, que no deja de irritarme.
»Cuando Afranio hizo desvestir a Selene para que yo pudiera apreciar si su
perfección estaba de acuerdo con lo que decían, Marcia estaba presente, pues su
opinión me importaba tanto más cuanto que el regalo te estaba destinado. Ya que el
objeto era de una exquisita gracia, sin relación con lo que yo había visto antes, el
negocio se cerró rápidamente y mi tesorero entregó la suma en el acto.
»Mientras Selene se vestía otra vez, empecé a interrogarla sobre su vida en
Alejandría (¡siempre desconfío de lo que cuentan los vendedores!). Pero las palabras
de la esclava coincidían exactamente con las de Afranio.
»La belleza de la muchacha era tal que Marcia observaba con pena cómo se
volvía a vestir. Siempre preocupada por mi placer, y con una sincera curiosidad por
comprobar si sus propias medidas se acercaban a las del modelo, Marcia ordenó a
Selene que se desvistiera de nuevo y ella misma se desvistió. Pues bien, hechas unas
minuciosas comprobaciones, ¡las diferencias eran casi imperceptibles! Lo que en
vista de la notable diferencia de edad, hablaba en de tu sobrina.
»Es sorprendente pensar que nos preocupamos de la exacta armonía corporal de
nuestras esclavas, mientras que en lo concerniente a nuestras propias mujeres nos
reducimos, por lo común, a vagas y engañosas impresiones. ¡De ahora en adelante, sé
con quién me caso!
»Como era de esperar, la amable y halagüeña comparación fue seguida por esa
chanza superficial, esos toques delicados, esas caricias tan afectuosas como precisas
que se vuelven arte puro cuando, como en este caso, la pareja es digna de un pintor.
¡Sólo faltaba, ay, una tercera Gracia, que yo estaba muy lejos de poder reemplazar!
»Y de pronto, tuvimos que rendirnos a la evidencia: Selene había sufrido esa
escisión que es tradicional desde hace yo no sé cuánto tiempo entre los egipcios, pero
que normalmente no se practica ni entre los griegos ni entre los judíos.
»Ante este fraude en la mercancía, Marcia se sintió todavía más ofendida que yo:
cuando uno compra una esclava, compra también toda su capacidad de goce y hasta
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de sufrimiento.
»Selene nos contó llorando que su sacerdote egipcio —eunuco, por otra parte— le
había practicado la escisión por principio, desde el momento en que la tuvo entre las
manos. Pero el operador había respetado a las ninfas y se limitó a cortar la nariz del
órgano, a la salida del capuchón.
»Le preguntamos a la esclava por qué nos había mentido sobre su calidad, y sólo
supo balbucear, asegurándonos, además, que Afranio no estaba al corriente. Pero
¿qué vale la palabra de una esclava, sobre todo cuando acaba de mentir?
»Uno no puede dejar pasar tapujos tan deplorables, y Marcia hizo que en seguida
administraran las varas a la muchacha, mientras corrían por todas partes en busca de
Afranio.
»El chalán, naturalmente, fingió caer de las nubes, pero le señalamos el delito y al
menos tuvo que admitir su negligencia. Su primer alegato fue minimizar el defecto
invocando en broma el proverbio favorito de los que acusan a los demás de ver
dificultades donde no puede haberlas: “¡Buscáis un nudo en un junco!”. Yo me
enfadé, lo amenacé con un proceso que lo perjudicaría, y terminé por proponerle una
rebaja. Después de unas vacilaciones, y estando Marcia de acuerdo, acepté recuperar
20 000 sestercios de los 60 000, con la idea de que la ligera y discreta mutilación te
seria quizás indiferente. Si Selene te conviene tal cual, pronto haré que te lleven esos
5000 denarios. De cualquier manera, no dudes en devolvérmela, y cuidaré de que no
pierdas con el cambio.
»Pese a todo, ¡que te encuentres bien!».
Por primera vez desde la subasta que lo había hundido en la miseria, Marco sentía
que la rueda de la Fortuna, tan lunática, estaba girando a su favor. Un cielo lleno de
nubes se despejaba por todas partes a la vez. El vergonzoso matrimonio quedaba al
fin disuelto para desembocar en un extraordinario éxito social. Los dos hijos habían
sido colocados como por milagro. Y el padre tenía, para asegurar su vejez, una
sobrina y un amigo que valían por todos los tesoros del mundo.
La refinada elegancia de Décimo, su previsora delicadeza, eran como para
sumergir a cualquiera en una dulce emoción. ¡Qué encantadora manera de ofrecer
20 000 nummi a un hombre necesitado!
La mirada de Marco se posó, insistente, en la maravillosa aparición, cuyo rostro
ostentaba una expresión perfectamente neutra. El nuevo dueño pensó en esas es
finges de Egipto que sólo emergen de las arenas para guardar mejor sus secretos.
Le dijo a Selene con una amplia sonrisa:
—Ve a desvestirte, corazón mío, en la habitación del fondo, ¡y que mi techo te sea
favorable!
Selene sonrió a aquel hombre grueso que siempre sería un poco vulgar, y se dio la
vuelta con los ojos llenos de odio. Los caballos nunca son espantadizos sin motivo.
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Segunda parte
Página 121
I
Esa primavera del año 816 de la fundación de Roma, siendo cónsules Memmio
Régulo y Verginio Rufo, Marco recibió, en primer lugar, una carta de su hijo mayor,
que envió a Marcia a casa de Silano después de haberla leído. Era la primera vez que
Marco el Joven tenía la oportunidad de escribir a sus padres, y se vio obligado a sacar
la lengua antes de llenar el delgado rollo de papiro con consideraciones prosaicas y
borrones en los que se reflejaba su alma sencilla.
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buena guardia, ya que es imposible asimilar tales poblaciones. Los diez mil
bátavos, a quienes imprudentemente se permitió instalarse en el interior del
Imperio, sobre el delta del Rhin, nos dan ya mucho que hacer.
»Provisto de las recomendaciones de Silano, me dispensaron una
excelente acogida, pero el legado me dijo: “Suplica a los dioses que el noble
Silano viva mucho tiempo, porque si compartiera la suerte de sus dos
infortunados hermanos, yo no podría hacer nada más por ti”. La salida da que
pensar.
»Mientras tanto, he ido a engrosar las filas de los “frumentarios”, más
precisamente, entendámonos, las de esa mínima y estimada parte de la
intendencia que se ocupa de la información. El joven tribuno tiene aquí mucha
más libertad que en un cuerpo de tropa corriente, y no se enfrenta con el
delicado problema de dar órdenes a viejos centuriones que saben mucho más
que él.
»A propósito, ya he trabado contacto con esos famosos germanos, de los
que tanto se habla y son tan mal conocidos.
»Probablemente haya sido el filósofo griego Posidonio de Apamea,
muerto hace más de un siglo, quien utilizó por primera vez la palabra
“germanos”. Pero, con toda seguridad, fue César quien extendió abusivamente
a todas las tribus germánicas el antiguo nombre de los actuales túngaros, que
se llamaban “germanos” cuando cobraron celebridad al atravesar el Rhin
antes que nadie. Así que los germanos, en el sentido general del término,
reciben su nombre de Roma, pero cada pueblo lleva una vida aparte y sólo
está vinculado a sus vecinos por costumbres más o menos semejantes.
Actualmente, las principales tribus que ocupan de un extremo a otro la orilla
derecha del Rhin son los bátavos —en parte emigrados de nuestro lado, como
ya he dicho—, los tenkteres, los usipetes y los nemetes. Los ubieres, los
tribocos, los tréveres y los vangiones, que antaño atravesaron el Rhin, ya no
existen como pueblos organizados. Al este de los bátavos y sus congéneres
más meridionales se encuentran, de norte a sur, los frisones, los brucios, los
marsios y los chatios. Más lejos todavía los chaucos, los angrivarios, los
cheruscos y los hermundurios, estos dos últimos más allá del Weser. Nuestros
servicios han oído hablar, al este del Elba, de los anglos, de los sajones y de
los senones. Se sabe aún menos sobre los varnios, los rugieros, los suevos, los
burgundios y los godos. Los frumentarios del Danubio están bien informados
sobre los marcómanos y los cuados, pero los bastarnos y los esquiros les son
desconocidos. La multiplicidad de estas tribus, de las que sólo he citado las
principales, no anima a la conquista y la civilización.
»El germano es grande, fuerte y tonto. Vive en vastas y anchas chozas
comunes, sostenidas por pilares de madera. Un techo de cañas desciende muy
bajo, y las paredes son de caña trenzada mezclada con arcilla. A un lado, en el
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centro de la sala común, arde el fuego, cuya humareda escapa por un agujero
practicado en la techumbre. Al otro lado, la choza se divide en alojamientos
que dan a un pasillo central: allí duerme la gente, con un ganado miserable. El
germano, en todo caso, tiene algo de animal en el olor. La primera vez que
entré en una de esas chozas estuve a punto de asfixiarme.
»Hay granjas aisladas y, en cuanto a las aglomeraciones, las más
importantes no sobrepasan una cincuentena de chozas, construidas en
desorden.
»Los campesinos germanos abren el suelo con arados primitivos para
extraerle cosechas escasas. Cuando la tierra está agotada, después de algunas
alternancias de cultivos y barbechos, se llevan a sus penates más lejos. Así
que las cabañas abandonadas son moneda corriente. Las cabras, ovejas, vacas
y caballos de estos países son de exiguo tamaño: cuando un germano grande
monta a caballo, las piernas le rozan el suelo. Los gansos y las gallinas las han
recibido de los galos. El perro local, llamado torfspitz, es una verdadera bestia
feroz.
»Los germanos saben extraer y trabajar el hierro, tejer y teñir, y tienen
conocimientos en materia de maderaje y carpintería Pero todo esto sigue
siendo muy grosero.
»Los hombres van vestidos con pantalón y blusón. Las mujeres, con un
largo vestido abrochado a la espalda mediante una fíbula. A los tejidos se
suman los cueros de animales, y en invierno los abrigos de pieles.
»Los guerreros combaten a pie, con la cabeza y el torso desnudos —sólo
los jefes llevan casco. Su táctica habitual consiste en formar en abanico y
precipitarse sobre el enemigo lanzando horrendos gritos tras los escudos. Sus
armas preferidas son la espada y la lanza.
»El comercio con Germania es limitado, evidentemente Estas regiones nos
interesan sobre todo por los cabellos rubios de las mujeres, con los que se
hacen tan hermosas pelucas para las romanas. Los germanos, además, tienen
pasión por el rubio: los que son morenos se decoloran el cabello.
»Pero no saben contar, leer ni escribir. Después de algún tiempo, un
extraño alfabeto del tipo etrusco[77] llegó hasta nosotros. Sirve únicamente
para grabados sobre metal o madera. Me hice transcribir en alfabeto latino una
inscripción anotada en la hoja de una espada, que significaba: “Pertenezco a
Eruler, el compañero de Ansgisl. Traigo suerte. Dedico este hierro a matar
gloriosamente”. Lo que, en dialecto germano, resulta: “Elk erilaz asugisalas
muha aita ga ga ga gihu gahelija wiju big g”. ¿Qué se puede hacer con una
lengua semejante?
»Por lo que os cuento, sin duda os preguntaréis por qué los romanos
necesitan siete legiones para hacer frente a los germanos en el Rhin —sin
hablar de todas las legiones del Danubio. Y también os preguntaréis cómo se
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las arreglaron los cimbrios y los teutones para aplastar tres de nuestras
armadas antes de ser derrotados por Mario. Y querréis saber cómo acabó
Arminio con las legiones de Varo de que Germánico le diera una lección.
»Estos toscos germanos me aburren: no tienen ni carreras de carros, ni
teatro, ni gladiadores. Sólo profesan un culto: el de la guerra y el saqueo; y
sólo saben hacer una cosa: luchar, compensando con un incontestable valor su
carencia de táctica y equipamiento. Ya su religión, que se alimenta de
perpetuos sacrificios humanos, no respira sino brutalidad y se pudre en la
admiración de sanguinarios héroes. En Roma, es héroe el que se ha
sacrificado por el bien del Estado. En Germania, es héroe aquél que ha
degollado a más gente.
»Semejantes tendencias no serían peligrosas más que para los germanos si
se limitaran a luchar en familia, como suelen hacer. Pero, de tarde en tarde, un
montón de tribus se aglomeran para emprender alguna aventura exterior, y
entonces hace falta un César para derrotar a un Ariovisto en las llanuras de
Alsacia.
»La obsesión de nuestros servicios es que una masa germanos se una y
salte sobre el Imperio; en consecuencia tomamos todas las precauciones
posibles para mantenerlos divididos. Cuando, después de numerosas
maniobras, conseguimos organizar una buena batalla entre tribus, es una
victoria más para Roma, y no nos ha costado cara.
»Un buen número de germanos romanizados nos ayudan como pueden,
pero el arma es de doble filo: si desertan nuestra causa, enseñan a sus
compatriotas a batirse todavía mejor. El héroe nacional germano, Arminio, de
origen cherusco, era ciudadano e incluso “caballero” romano. Antes de
traicionarnos, se distinguió bajo nuestras enseñas. Un nuevo Arminio sería
tanto más enojoso cuanto que la cuestión de Armenia sigue sin arreglarse —
¿cuándo se arreglará?— y la revuelta de los bretones continúa su curso.
»Esto es lo que me digo en el rincón del fuego —pues todavía nos
calentamos en Xanten; y hablo de rincón porque, en las casas decentes, el
hogar se habilita en una esquina de la estancia y un ingenioso conducto
canaliza el humo hasta el tejado. Es más sano y más práctico que los braseros
del país del sol y se pueden encender fuegos infernales. Pero los riesgos de
incendio son grandes. Si se construyeran semejantes conductos en nuestras
insulae romanas, edificadas deprisa y corriendo, arderían aún más a menudo.
»Cuando no estoy intrigando para incitar a la exterminación de los
infectos germanos, no me divierto mucho. Tengo a una hermosa chatia que se
ocupa de mi cocina, pero su conversación es limitada. La principal distracción
son las arenas. Cada campo permanente de alguna importancia tiene las suyas.
No obstante, falta dinero para traer hasta aquí gladiadores profesionales. Hay
que volverse hacia los prisioneros germanos, que son muy decepcionantes. La
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mayoría sólo acepta combatir contra los miembros de otra tribu, y muchos,
antes que aparecer en la arena, se estrangulan con el cinturón o se asfixian
hundiéndose la esponja de las letrinas en el gaznate. ¡Este último modo de
suicidio da idea de su delicadeza!
»En Roma corre el rumor de que los germanos conservan virtudes que
nosotros hemos perdido, y que serían capaces de regenerarnos si siguiéramos
su ejemplo. Pero los imbéciles que propagan tales infundios nunca han visto
un germano en estado natural, es decir, borracho y de cortos alcances; a veces
soñador y estúpido, a veces loco furioso. Además, hay un signo que no
engaña: los germanos son los únicos bárbaros conocidos que no soportan la
esclavitud. En la ciudad son inaguantables, y en las explotaciones agrícolas
conviene tenerlos encadenados para evitar lo peor.
¿Cómo puede civilizarse un bárbaro si es incapaz de ser un buen esclavo?
Por lo demás, los germanos son excelentes mercenarios, pero no se les puede
exigir la menor sutileza.
Cuando Calígula fue asesinado por sus pretorianos, sus fieles germanos
mataron a cuanto senador cayó en sus manos, en su mayoría hombres ajenos a
la conspiración. Esta ceguera impresionó a todo el mundo.
»Los frumentarios[78] también tienen que rendir cuentas de la moral de las
tropas, que no es muy buena que digamos. Si el soldado holgazanea, se
degrada. Y si lo mandan a que se mate, refunfuña. Para sacar el máximo
provecho de las armadas de oficio que han sucedido a las de ciudadanos,
hacen falta jefes de excepción. Pero la mediocridad del reclutamiento y las
ambiciones no es el único punto oscuro. Con el sistema de la armada de
oficio, tenemos efectivos reducidos para gastos prohibitivos. Y, a falta de
patriotismo, se crea un espíritu de cuerpo que no ofrece más que ventajas. Es
cierto que hay galos en las armadas de Germania, pero la mayoría de los
auxiliares son germanos. De ahí que las legiones del Rhin desprecien a los
habitantes de las Galias y que los galos tengan miedo de los soldados
destacados para protegerlos. Es verdad que los germanos no han sido
vencidos, y que los españoles resistieron durante generaciones, mientras que a
Cesar le bastaron algunos años para acabar con los galos. La Galia es un
vientre fofo, incapaz de defenderse solo.
»Dadme buenas noticias de Roma. La semana pasada vestí la toga viril y
me quité la barba, coincidencia que dio lugar a una borrachera bastante
divertida, que me ha endeudado por algún tiempo. Pero mi autoridad ha salido
ganando.
»Estoy preocupado por Kaeso, de quien tanto vosotros como yo pensáis
que no quiere ver el mundo tal y como es. Tarde o temprano, el mundo querrá
imponerle sus leyes y habrá pelos arrancados. Ese día, sed comprensivos con
él. Es el mejor de los hermanos.
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»Seguid bien, y agradecedle otra vez a Silano su protección».
Unos quince días más tarde, el correo de Atenas le llevó a Marco dos cartas de
Kaeso, una dirigida a él y la otra a Marcia. El procedimiento intrigó mucho a Marco,
al punto que casi se sintió ofendido. ¿Qué tenía Kaeso que decirle a su madrastra que
su padre no fuera digno de leer? Marco dudó en romper el sello de la carta de Marcia;
luego renunció a hacerlo, se la envió y abrió suspirando la que le estaba reservada.
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relación al tonelaje permite, es verdad, evoluciones más fáciles y rápidas. El
birreme, con dos remos por banco, no posee la agilidad del trirreme, y no se
pueden disponer cuatro remeros por banco con ese sistema, pues el último
remero no tendría fuerzas para manejar su remo. Pero para que la
sincronización entre los hombres de un trirreme sea perfecta, hace falta un
entrenamiento intensivo y prolongado.
»IV —El aumento del tonelaje y la disminución de las tripulaciones
expertas de ciudadanos patriotas han hecho que se adopte, en los barcos más
grandes, la única solución práctica: multiplicar el número de hombres por
remo en un mismo banco. Un quincuerreme, por ejemplo, tiene solamente
treinta remos en cada borda, pero cinco remeros por cada uno, lo que da
trescientos hombres para sesenta remos. Pero el quincuerreme se llama más
corrientemente «V». Y también se habla de «VI», de «VII» o de «VIII»,
siempre haciendo alusión al número de remeros por cada remo. El barco de
guerra más fuerte jamás construido era un «cuarenta» de 4000 remeros,
lanzado por Ptolomeo Filopator… pero que nunca navegó. En efecto, cuanto
más se alarga el remo, más reducida[79] es la carrera, ya que el desplazamiento
del remero, más alto a cada golpe de remo, aumenta, evidentemente, con la
longitud del artefacto.
»Te doy estas precisiones porque entre hombres de tierra adentro,
escultores y pintores, la confusión entre los trirremes, los «V» o los «VI» es
terrible. Algunos incluso han imaginado barcos de varios pisos, con filas de
remos superpuestas, lo que hace reír a carcajadas a la gente de mar.
»La victoria naval de Roma sobre Cartago, que nos entregó el
Mediterráneo, pertenece a nuestros «V» o «VI» atestados de tropas contra los
ligeros trirremes púnicos, sobrecargados de remeros, pero pobres en soldados.
De nada le sirven a un barco sus maniobras si no da el peso en el momento del
abordaje. En suma, es nuestra incompetente marina la que, empujándonos
hacia las grandes dimensiones, nos ha llevado al éxito. En nuestros días, el
prefecto se cruza de brazos en Micenas, en un gran «VI», mientras que
rápidas «liburnas» aseguran la protección en los mares contra los piratas.
»Tú sabes hasta qué punto es esencial el dominio del elemento liquido
para la vida del mundo romano. El abastecimiento de Roma y lo más
importante del comercio dependen de él. La capacidad de los barcos da cien
vueltas a la de las carreteras, que tienen sobre todo un interés militar.
»Desembarqué con emoción en Grecia, en lugares cargados de espíritu e
historia, y con un agradecido pensamiento para vosotros dos y para nuestro
querido Silano. El cuartel de los efebos, el estadio y la palestra que dependen
de él, se encuentran, por añadidura, en el gran puerto del Pireo, que antaño se
benefició de un notable plan de urbanismo.
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»Lo que primero me ha impresionado y desconcertado en Atenas es la
forma en que los principales monumentos están abigarrados con todos los
colores del arco iris. Pero muchas de estas pinturas se hallan en mal estado, y
nadie se da prisa por restaurarías. Empero, la ciudad posee un gran encanto:
todo en ella parece más puro y elegante que en Roma, a pesar de la modestia
de las casas y el desorden de las construcciones corrientes.
»En cuanto a la efebía ateniense, es la cosa más divertida que se pueda
ver.
»Tras el desastre de Keronea, donde atenienses y tebanos fueron
derrotados por Filipo de Macedonia, una previsora democracia pensó que era
hora de constituir una sólida armada de tierra inspirándose en instituciones
espartanas, y la efebía recibió entonces su forma definitiva. Todos los jóvenes
ciudadanos que acababan de alcanzar la edad civil de dieciocho años fueron
llamados a dos años de servicio militar, el cual comprendía también una
preparación moral y religiosa con pleno ejercicio de derechos. Por otra parte,
no había más que quinientos o seiscientos reclutas por año.
»Esta efebía, que ya no tenía objeto en el momento de su reorganización,
fue de todas maneras celosamente conservada bajo la autoridad de los reyes
de Macedonia o de los romanos, si bien el servicio se redujo a un año y sólo
los aristócratas fueron admitidos. Hace poco más de ciento cincuenta años, la
efebía ateniense empezó a abrirse a jóvenes extranjeros, originarios de las
tierras griegas o de Roma. Como los aristócratas son poco numerosos en
Ática, y la estancia en Atenas muy agradable, a menudo hay muchos más
efebos extranjeros que locales. Nuestra clase comprende cincuenta y tres
atenienses y ciento veinticuatro extranjeros.
»De modo que la armada del país que inventó la democracia se encuentra
reducida a una noble pandilla de todas las naciones.
»¿Y qué pintamos nosotros en esta galera dorada?
»La instrucción militar propiamente dicha se reduce a amenas lecciones
de esgrima y a salidas en campaña supuestamente estratégicas. El grueso del
programa lo constituye la educación física y las lecciones de retórica o de
filosofía destinadas a proporcionar un barniz que permita brillar en el mundo.
Los padres de todos estos efebos están forrados de dinero y no ven la utilidad
de unos estudios superiores prolongados para sus chicos. No volveré más
sabio, pero sin duda si más charlatán.
»Nuestra efebía parece, en primer lugar, una escuela superior de atletismo
para aficionados distinguidos, una especie de término medio entre el
entrenamiento deportivo profesional, que juega precisamente un papel tan
importante en los países griegos, y el entrenamiento ordinario de los
municipios más oscuros. En una palabra, lo que sueña nuestro emperador
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Nerón para los jóvenes romanos, y lo que en la práctica tanto le cuesta
conseguir.
»A pesar del proverbio griego “No sabe leer ni nadar”, que estigmatiza a
los imbéciles, la natación y las regatas son secundarias para nosotros, y
secundaria es también la equitación. Nuestro maestro de atletismo, el
“pedotriba”, que es el principal personaje de la escuela, centra su enseñanza
en las disciplinas que son obligatorias tanto en los Juegos Olímpicos como en
tantos otros juegos análogos: la carrera a pie, el salto de longitud, el
lanzamiento de disco o de jabalina y la lucha.
»La carrera a pie se desarrolla de ordinario en un estadio —la palabra
designa la carrera, la pista y la distancia— de unos seiscientos pies romanos.
(El valor del pie-patrón griego cambia con las ciudades, y la longitud del
stadion, por lo tanto, varía más o menos). Así corremos el “doble estadio”, y a
veces los “cuatro estadios”, sin hablar de las carreras de fondo de siete, doce,
veinte o veinticuatro estadios. La carrera con armas, aquí, es de dos estadios.
»El salto de longitud con impulso se vuelve más difícil porque se salta con
halteras.
»Lanzamos un disco de bronce bastante pesado, frotado con arena fina
para asegurar mejor la presa.
»El lanzamiento de la jabalina está facilitado por el uso del propulsor, esa
correa de cuero que nosotros llamamos amentum y los griegos agkullé.
»La lucha consiste en hacer que el adversario toque tierra sin que uno
mismo llegue a caerse, pero no basta ponerlo de rodillas: debe tocar con la
parte alta del cuerpo.
»Tales son las cinco pruebas clásicas del pentathlon, que se encuentran en
todas las competiciones.
»Recibimos adicionalmente algunas lecciones de boxeo, pero nos
cubrimos las manos con las suaves vendas que se utilizaban antaño y no con
los vendajes de cuero duro que son de reglamento desde hace tiempo. Los
efebos son coquetos y no hay que estropearlos. Con mayor razón, nuestra
iniciación al pancracio[80] es precavida.
»Es obvio que el entrenamiento en todas las pruebas se combina con una
gimnasia preparatoria que los griegos han codificado notablemente.
»Así que pasamos muchas horas del día desnudos al sol, embadurnados
con aceite y polvo (¿acaso no distinguió Filóstrato cinco clases de polvo, de
las que cada una poseía sus propias virtudes?). Y esperamos con impaciencia
el momento de sacudirnos y lavarnos.
»Los baños que lindan con la palestra son muy rudimentarios al lado de
los romanos. Aquí las termas son un anexo del terreno de deporte, mientras
que en Roma son, con mucho, lo principal. Nosotros hemos tenido que
esperar que construyeran las nuevas termas de Nerón para ver aparecer
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instalaciones deportivas importantes, pero ya sabes que la muchedumbre, que
está lejos de tener espíritu griego en ese punto, se limita a mirarlas.
»A nuestra palestra está unida también una armoniosa sala de
conferencias, una especie de pequeño teatro provisto de gradas. Así no
perdemos el tiempo entre el deporte y el estudio.
»Contamos con profesores permanentes, pero numerosos conferenciantes
con los más variados conocimientos tienen el honor de dedicarnos
momentáneamente su atención y la ciudad se lo agradece con un hermoso
decreto.
»Eminentes filólogos nos dan un complemento de “gramática” griega de
alto nivel, a propósito de Homero y de los poetas trágicos, claro; también
abordamos a los grandes prosistas, aunque más superficialmente. Lo esencial
de las ambiciones pedagógicas se halla en la retórica y la filosofía.
»A consecuencia de la evolución política, la retórica deliberativa, que
enseña a convencer a una asamblea de cualquier cosa, está bastante
descuidada. Nuestras legiones son más convincentes que todos los oradores.
La retórica judicial apenas es más brillante, pues han desaparecido las grandes
causas. Es la retórica “epidíctica” o de aparato, el arte de exponer con gracia
una bonita conferencia, la que recibe todos los sufragios. Y como la primera
cualidad del retórico, que sólo tiene su voz para defenderse, es la prudencia,
nos concentramos en la inocente oración fúnebre —disciplina bastante
práctica, por cierto, puesto que cada uno de nosotros, desgraciadamente,
tendrá que hacer un día el elogio de un ser querido. El discurso tipo incluye
cuarenta puntos divididos en seis partes. Con esquemas así, uno está
preparado para cualquier eventualidad.
»En Atenas, las buenas cabezas presumen de aticismo, es decir, de
emplear solamente palabras, expresiones y giros familiares para un
Demóstenes o un Jenofonte. También en Roma, como sabes, está bien
representada la tendencia arcaizante.
»Pero la comparación se acaba aquí. Me ha asombrado comprobar hasta
qué punto el griego popular sigue siendo fiel al griego clásico: a esta lengua le
cuesta cambiar, mientras que nuestro latín literario ha llegado a ser casi un
idioma extranjero en relación al hablado. Ya Plauto, cuyas comedias, por
cierto, se dirigían en primer lugar a la plebe, se come tranquilamente letras al
final de las palabras. Dice vident en lugar de videant. Suprime las e pegando,
una con otra, palabras diferentes. Por ejemplo, copia est se transforma en
copiast, certum est en certumst, ornati est en ornatist, facto est en factost, etc.
Y las síncopes son habituales: tabernaculo se vuelve tabernaclo; periculum,
periclum; y lo mismo los verbos, donde amisisti se transforma en amisti,
paravisti en parasti. El si da lugar además a contracciones: si vis desemboca
en sis y si vultis en sultis. Desde entonces, el latín hablado se ha enriquecido
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con una multitud de palabras demasiado vulgares para figurar en el latín
literario, y la gramática oral se encuentra disgregada. El pueblo ya no emplea
más que el nominativo y el acusativo, multiplicando las preposiciones en
torno a este último caso, y al final los síncopes de Plauto lo han invadido todo.
¿Qué esclavo habla de su domina? ¿No es más fácil domna? Paralelamente, la
masacre de las breves y las largas siguió su curso y un acento tónico vino a
puntuar cualquier discurso familiar. El estudiante latino escribe una lengua
artificial, y tiene que hacer un esfuerzo para declamarla decentemente.
»He interrogado a personas instruidas sobre las razones profundas de esta
sorprendente diferencia de evolución entre el griego y el latín, pero no he
sacado gran cosa en claro. La acelerada evolución de nuestra lengua, en todo
caso, no desacredita nuestras conquistas, pues el latín hablado es tan
descuidado y diferente del escrito en Roma y en Italia como en las provincias
extranjeras.
»Se puede lamentar el fenómeno, lamentar también que el latín hablado
no conozca otro derivativo escrito que las obscenas pintadas de las letrinas o
los tugurios. Pero uno se consuela con la idea de que actualmente Virgilio es
conocido de Tánger a Damasco y de Cartago a Clonia, en tanto que una
misma lengua jurídica y administrativa hace la ley para tantos pueblos
diversos.
»Al contrario que la mayoría de mis camaradas, me gusta más la filosofía
que la retórica. Cierto que es preciso hablar bien para pensar bien, pero es útil
tener algo en la cabeza antes de abrir la boca.
»Y sin embargo, la mayoría de los filósofos presentan su doctrina de
forma bien poco atractiva, a fuerza de cortar los pelos en cuatro, de inventar
palabras nuevas o de dar un nuevo sentido a palabras antiguas, como si la
elevación de su pensamiento los privara de hablar como todo el mundo. Por
otra parte, pasan mucho más tiempo midiéndose con sus colegas que haciendo
el elogio de sus ideas.
»Pero, profundizando un poco, uno se da cuenta de que todo el esfuerzo
de la filosofía no hace más que discurrir de forma complicada sobre un
pequeño número de problemas permanentes cuyos enunciados son
terriblemente sencillos. ¿No será el mundo una materia inconsciente, y
nuestra propia conciencia una emanación provisional y paradójica de dicha
materia? Epicuro —entre nosotros Lucrecio— ilustró este materialismo. ¿O
bien la solución, como creen los platónicos y los estoicos, será más o menos
panteísta? Esta solución de moda tiene a su favor, por cierto, el hecho de que
a la inteligencia le cuesta imaginar que puedan existir dioses fuera del espacio
y del tiempo. O bien, a fin de cuentas, se puede ser escéptico. Los griegos,
que crearon la filosofía, profundizaron tanto en ella que hoy en día hay en
Atenas una floración de escuelas, cada una de las cuales cultiva un matiz.
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Parece difícil descubrir una idea que los griegos no hayan descubierto ya. Esta
multiplicidad da vértigo, pero en compensación empuja hacia lo esencial. En
un clima así, nuestros dioses romanos parecen imágenes para niños. Y me
digo que si hemos conquistado la tierra entera, no es porque nuestros dioses
sean buenos, sino porque los imaginamos como tales. La tendencia de los
hombres a creer firmemente lo que no puede demostrarse es algo extraño. No
obstante, un punto sobre el cual la casi totalidad de nuestros profesores están
de acuerdo es la existencia de una abrumadora fatalidad. Ya sea por sentido
Común o por ignorancia, los romanos no tienen este prejuicio. Piensan
instintivamente que el mundo es lo que el hombre hace de él. Tal es la
doctrina de los vencedores.
»Para ser completo, debo mencionar las conferencias musicales. Pero son
excesivamente teóricas.
»En primer lugar estudiamos las relaciones numéricas que definen los
diversos intervalos de la escala: 2/1 para la octava, 3/2 para la quinta, 4/3 para
la cuarta, 5/4 y 6/5 para las tercias mayor y menor, etc., mientras que 9/8, el
exceso de la quinta sobre la cuarta, mide el tono mayor. Así llegamos a
calcular la duodécima de tono. Los griegos no han descubierto el modo de
medir directamente la frecuencia de las vibraciones sonoras, pero las precisan
indirectamente midiendo en monocorde la longitud de la cuerda vibrante o la
longitud de un tubo sonoro: las longitudes son entonces inversamente
proporcionales a la frecuencia de las vibraciones.
»Este descubrimiento es el gran orgullo de los pitagóricos, que lo han
aprovechado para filosofar de forma intemperante. Pero no han pensado en
aplicar sus tratados de acústica a la construcción de los teatros y odeones.
Perezoso por naturaleza, el griego, para hacer un teatro, se conforma con
excavar una colina y, por casualidad, resulta que la acústica es buena. Ni en
Grecia ni en Roma existen vínculos entre las ciencias y las técnicas
artesanales, abandonadas al empirismo.
»Después estudiamos la teoría del ritmo. En lugar de dividir y subdividir
un valor inicial cualquiera, los griegos suman valores unitarios indivisibles a
partir del “tiempo primero” de Aristoxeno. Así se deriva un sistema de gran
flexibilidad, que puede dar cuenta de los ritmos más ricos y complejos.
»Mas, en lugar de confiarnos instrumentos, nos exponen las virtudes de
los diferentes modos: dórico, hipodórico, frigio, lidio o hipolidio…
»En cuanto a las matemáticas propiamente dichas, no son más que un
pobre apéndice de la filosofía.
»Ya ves hasta qué punto estamos ocupados; pero tenemos las tardes libres,
y las noches áticas son espléndidas. Como todos estos jóvenes son adinerados,
a menudo desdeñamos la pasable pitanza del cuartel, cambiándola por
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banquetes que se prolongan en interesantes discusiones. Es difícil pintar la
elegancia de estas veladas, tan bien graduadas.
»En suma, sólo los gladiadores me recuerdan aquí a mi ciudad natal. Los
griegos han llegado a tener por esta diversión una pasión igual a la nuestra y
Atenas se ha convertido, en este aspecto, en la verdadera rival de Corinto.
Pero la madera es demasiado rara y demasiado cara como para que en estas
regiones se edifiquen los grandes anfiteatros de madera que se ven en
Occidente, y falta dinero para construir en piedra como en Pompeya, que
cuenta con el primer anfiteatro de este tipo y uno de los pocos que existen
hasta el momento. Así que los griegos ofrecen sus espectáculos en las plazas
públicas, en terrenos baldíos en los alrededores de las ciudades, o
simplemente en los teatros. En Atenas se desarrollan hermosos munera al pie
de la Acrópolis, en el teatro de Dionisos, y hay algunos filósofos que intuyen
en ello una falta de gusto y hasta una impiedad. ¡Pero su Opinión se la lleva el
viento! Como en Roma, la sangre atrae a la muchedumbre, y también la
perspectiva de alguna buena suerte. Parece que tales representaciones ponen a
las mujeres en un estado de menor resistencia, y como dice con tanta gracia
nuestro Ovidio: “Quien ha venido a contemplar heridas, se descubre a sí
mismo herido por las flechas del amor”[81].
»Mi pedagogo Diógenes, arrancado al presidio de sus clases, lleva una
vida de ensueño. No tiene nada que hacer aparte de acompañarme cuando voy
a la ciudad cubierto con el petaso[82] y vestido con la clámide[83] negra,
uniforme de la escuela.
»Te doy las gracias por esta experiencia fuera de lo común, de la que sin
duda obtendré un gran beneficio. Y aprovecho la oportunidad para
agradecerte también la educación que me has dado, a pesar de tantas
dificultades. Los dioses me han concedido unos padres excepcionales.
»Le escribo aparte a Marcia para pedirle consejo sobre un pequeño
problema que me preocupa. Creo que en ese asunto una mujer verá más claro
que un hombre, ya que le concierne menos. Confío en ella para que te diga lo
que considere adecuado con su delicadeza habitual.
»Cuídate. Jugando a pelota recibí un golpe de palo que momentáneamente
me ha dispensado de educación física y me ha procurado tiempo libre para
escribiros. Pronto estaré restablecido».
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—Tu hijo habrá visto mal o lo habrá fingido. Los atenienses sólo pueden
interesarse de verdad por los muchachos.
—Entonces, ¿crees que el pequeño problema de mi Kaeso…?
—¿No me dijiste que tu Kaeso era hermoso como un joven dios? Si se deja a un
joven dios en Atenas, no puede darse la vuelta sin que le pase algo malo. Y en su
angustia, el joven dios consulta a su madre, que es para él la ambigua imagen de la
castidad y de la experiencia. Como tan acertadamente declara el joven: los padres, a
fuerza de competencia, resultan incompetentes para estas cosas.
El desengañado cinismo de Selene arrastraba con frecuencia a la joven a
declaraciones chocantes, que había que perdonarle en vista de su perspicacia.
Además, no habla nada humillante en que la inteligencia de una esclava fuera
superior, ya que, después de todo, era propiedad del dueño. Lo humillante era la
inteligencia de las esposas emancipadas.
Ensombrecido y turbado, Marco despidió a Selene con una pizca de mal humor.
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II
La carta de Kaeso produjo en Marcia una conmoción:
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superaban en número, y sus picas eran más largas. Ser pederasta no es
suficiente para vencer, pero se comparte una muerte más amable.
»En la efebía cretense, es tradición que el amante rapte a su amado y lo
conduzca a su grupo aristocrático de amigos para presentarlo en él; después
los dos jóvenes, acompañados de sus padrinos, se van de viaje de bodas al
campo durante dos meses, celebrando banquetes y cazando en común.
Acabada la itinerante luna de miel, el amante le regala una armadura a su
amado, que lo convierte en su escudero. Estrabón puede decir de estas
costumbres que “en tales vínculos, se busca menos la belleza que la valentía y
la buena educación”; de todas formas, es como para sorprender a un
occidental. Estrabón debió de morir bajo Tiberio, si mi memoria es buena.
Estas lunas de miel son muy recientes.
»A consecuencia de la desaparición de las armadas griegas, la pederastia
militar —con cierta nostalgia— encontró refugio en las instituciones efébicas
de las diversas ciudades. Como no había otro remedio, las armas no cedieron
el puesto a la toga, sino al amor.
»La pederastia goza en Grecia de un prejuicio favorable, no sólo gracias a
las hazañas guerreras que ha inspirado. Grecia debe a una cohorte de
pederastas el haberse desembarazado de sus tiranos. En Atenas, el Pisistrátida
Hiparco fue asesinado por Aristogitón el bien llamado, porque el tirano
importunaba su trato con el bello Harmodios. Del mismo modo, Antileón
asesinó al tirano de Metaponto, que le disputaba a Hiparinos. Y Karitón y
Melanipo conspiraron por la misma razón contra el lúbrico tirano de
Agrigento. Podría multiplicar tales ejemplos. No es el amor por la libertad lo
que ha hecho desaparecer a los tiranos, sino el crimen pasional. Y es
concebible, pues el mayor atractivo de la tiranía para un griego radicaba en el
poder de saltar impunemente sobre los muchachos de otros. Y llega un día en
que, a fuerza de estirarla, la cuerda se rompe.
»Actualmente, en vista del declive de las pederastias militar y política, la
costumbre florece en las escuelas de pensamiento, donde es de buen tono que
los alumnos vivan en intimidad con el maestro. Es el triunfo de la enseñanza
oral: uno se pasa de boca en boca las ideas puras y los príapos. Sócrates,
cuando no estaba arreglando las intrigas de las piezas de Eurípides, seducía a
toda la juventud dorada de Atenas. Platón fue, entre otros, amante de Dión y
de Alexis. Y para no salirnos de esta Academia, Xenócrates lo fue de
Polemón, Polemón de Crates y Crántor de Arcésilas. Su sucesor, Bión,
también se acostaba con sus discípulos. En resumen, los Académicos se
reproducen, de generación en generación, gracias a relaciones estériles. La
inmortalidad les pertenece, y con muy pocos gastos. También Aristóteles fue
amante de su alumno Hermias, tirano de Atarnea, a quien consagró un himno
digno de los elogios pederásticos de Teognis de Megara. Y si abandonamos la
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filosofía, nos damos cuenta de que Eurípides, después de haber recibido las
lecciones de Sócrates, fue el amante del poeta trágico Agatón, que Fidias lo
fue de su alumno Agorácrito de Paros, que el médico Teomedón lo fue del
astrónomo Eudoxo de Cnido. En cuanto a Sófocles, una anécdota ridícula lo
hizo famoso. Cuando cedió, bajo las murallas de Atenas, al atractivo de un
niño que buscaba fortuna, el elegido se escapó con su hermoso manto, y el
genial poeta tuvo que atravesar el “cerámico”[84], en un fresco día de otoño,
con el manto del chiquillo, que le llegaba por los muslos. Cuanto más valor
tienen los griegos, tanta más inteligencia y talento exhiben y tanto más les
ocupa el amor de los muchachos.
»He interrogado francamente sobre el tema a compañeros atenienses, e
incluso, en el acaloramiento de un banquete, al padre de un compañero, que
me declaró:
»“Aquí amamos la belleza, y el hombre es bello en sí mismo. Con toda
evidencia, la mujer sólo es bella en relación a lo que uno hace de ella: un
instrumento de reproducción o de placer. Aquí amamos la inteligencia y la
mujer no la tiene, no por educación, sino por naturaleza. De las mujeres nunca
ha surgido un filósofo y tardará mucho en surgir. Aquí amamos todas las artes
por cuya gracia se encarna la belleza. De las mujeres nunca ha surgido un
gran escultor, un gran pintor, un gran músico. Sólo han dado a luz a un poeta:
Safo. En consecuencia, si amas todo lo que hay de mejor en el mundo,
buscarás estas cualidades en un hombre para hacerlas tuyas, y cuando las
consigas tendrás el altruismo de hacer que otros hombres se aprovechen de
ellas, de forma que la cadena de la ciencia y el arte esté bien aceitada por el
amor”.
»Este aceite que aderezaba el discurso hizo reír a toda la asistencia, pues
en este país es obvio que el aceite de 108 estadios sirve para diferentes fines.
Y otro padre de efebo, animado por este espiritual chiste verde, rebajó en un
grado la conversación. “Anaxímenes —dijo— habla de oro, pero me veo
obligado a hablar de plata o de bronce para acabar la instrucción de este joven
conquistador del universo”.
»La mujer también sufre la redhibitoria desgracia de no estar hecha para
vínculos prolongados con un ser de distinto sexo. O bien apenas obtiene
placer en el matrimonio, como ocurre tan a mentido, y es muy enojoso para
todo el mundo, o bien su placer le da cien vueltas al de su marido, que hace un
papel lamentable mientras espera que ella lo engañe. El acuerdo físico
armonioso entre el hombre y la mujer es una rareza provisional. Ora el plectro
es muy pequeño, ora es demasiado grande como para rasguear la lira a
satisfacción.
»Así pues, un hombre razonable tendrá relaciones de esencia superior y
satisfactoria con un muchacho. Por piedad hacia su ciudad, mantendrá algunas
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decepcionantes relaciones con una esposa hasta que quede embarazada —
estando el peligro en desbridaría a causa de lascivas y demasiado frecuentes
fantasías. En cambio, apreciará la compañía de sus concubinas y de las
hetairas, a quienes sólo se pide que finjan. Tal es la trilogía que desde hace
siglos asegura la felicidad de los atenienses. Ahí radica el único equilibrio
concebible.
»“Entonces —observé yo— ¿los dioses no habrían modelado a las
mujeres más que para la reproducción o el lupanar?”.
»“Es lo que te confirmarán todos los convidados de cierta edad,
derramando una lágrima en la copa por el destino de las escasas mujeres a las
que han preñado y las numerosas hetairas que han fingido con ellos”.
»En una asamblea así habría estado fuera de lugar poner como ejemplo la
perfecta dignidad de vida de mis queridos padres.
»¿No es turbador, sin embargo, que estos griegos que nos lo han enseñado
todo —a excepción de una pederastia militar que no bastó para salvarlos—
abriguen por experiencia tales ideas sobre ese tema? Distingo mal la parte de
verdad que podría haber en semejantes concepciones.
»Esperando ser instruido, compruebo que los amores masculinos griegos,
como era de esperar, no pueden ser platónicos. En Atenas se dice incluso,
crudamente, que al contrario de lo que ocurre con la imperfecta mujer, el
hombre que tiene contacto con otro hombre reúne en sí todas las
posibilidades, sensibilidades y placeres: ya se haya invertido en su infancia o
en su vejez, podrá vanagloriarse de las activas inclinaciones de la flor en el
otoño de sus días.
»Acabamos de volver de una excursión a Thera, una extraña isla de las
Cícladas a unas 130 millas del Pireo, donde parece que Vulcano estableció
antaño sus forjas. Platón, en el Crítias, sitúa la Atlántida al oeste de las
columnas de Hércules, pero viejas leyendas sugieren que ese continente
sumergido tal vez se hallase del lado de Thera. A poca distancia del santuario
de Apolo Carneios, las rocas rebosan de pintadas obscenas del tipo “Por
Apolo que fue aquí donde Krimón se tiró al hermano de Baticles”, etc. Y los
viajeros romanos que vienen a curiosear han seguido escribiendo en nuestra
lengua: “Veni, vidi, futui”[85], o bien “Hic, Graeciam futui!”[86]. Pero se puede
apostar cualquier cosa a que esta Grecia era masculina. Entre nosotros, las
pintadas pederásticas son minoría. En los países griegos, es al contrario:
apenas se presume del comercio con las mujeres.
»Por otra parte, los mitos religiosos canonizan el amor griego. Zeus y
Ganímedes, Heracles e Hylas, Apolo y Jacinto, la violación del joven Crisipo
por Layos en la noble epopeya de Menandro… Y, de Alceo a Píndaro, los
grandes líricos celebran la pederastia a más y mejor.
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»Todas estas evocaciones históricas o actuales son para decirte que me
están presionando para que elija un amigo, siguiendo las costumbres de la
escuela y de la ciudad que tan amablemente me acoge. Mi continencia en este
punto ha hecho que me apoden “Agésilas”, y siempre es delicado hacerse
notar. Pero antes de ponerme a la moda quiero conocer tu opinión, pues mi
primera ambición es no decepcionarte nunca en nada.
»También me retiene una vaga aprensión. Pues me he dado cuenta de que
ciertos griegos, a fuerza sin duda de Someterse a vergonzosos asaltos, han
llegado a ser prácticamente incapaces de servir a una mujer. E incluso en
Atenas son víctimas de cierto desdén, por no haber sabido mantener la trilogía
sagrada, el deseable equilibrio entre su parte delantera y su parte trasera.
»Espero tu respuesta con impaciencia, mientras que en los baños de la
palestra se me dirigen homenajes demasiado numerosos, pues el cansancio de
la carrera no ha conseguido abatirlos. (Si los griegos corren tan deprisa, es
porque corren detrás de los muchachos).
»¡Oh la más bella y exquisita de las mujeres, la más atenta de las madres y
la mejor de las amigas, ni siquiera puedo reprocharte haberme hecho tan
hermoso y sensible! ¿Dónde se detendrán tus perfecciones?
»Cuídate y asegúrale una vez más al noble Silano toda mi agradecida y
respetuosa amistad. La bolsa que tan generosamente me ha asignado, en
principio, me basta. Pero en Atenas, si bien a los muchachos se los encuentra
bastante gratuitamente, no ocurre lo mismo con las hetairas. Si tales son tus
órdenes, a pesar de todo, haré lo imposible para seducir a una sin que me
cobre. Venus, diosa del éxito, me ayudará.
»Ámame como yo te amo».
Más trastornada aún de lo que habría creído posible llegar a estar, Marcia terminó
por pedirle consejo a Silano, con quien acababa de casarse deprisa, con presagios
tanto más favorables cuanto que el cónyuge era una personalidad del ilustre club
gastronómico de los augures. Marcia gemía:
—Uno se queja de que los hijos no se confían a sus padres, y por una vez que uno
lo hace, ¿cómo contestarle algo oportuno?
»En Roma, con el nuevo reinado, los pederastas están en plena ofensiva. Nerón
ha hecho instalar en los bosques, cerca de la naumaquia transteverina[87] de Augusto,
una feria permanente del sexo, donde las putas y los invertidos se dan la mano para
proporcionar placer a todo el que pasa; y en el séquito compacto de los augustiani de
cabellos vaporosos que sirve de claque al emperador, cada muchacho espera que el
Príncipe tire su pañuelo. La vida, en esta ciudad, se ha vuelto una perpetua fiesta
donde todo está horriblemente confundido. Habíamos pensado que en Atenas, al
menos, Kaeso encontraría una pederastia elegante y poco agresiva, edulcorada por el
tiempo, propicia a las cosas del espíritu, que él tendría el buen natural de mirar por
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encima del hombro. Pero bien veo que los griegos no han perdido nada de su
acometitividad. Toman como pretexto el atletismo para correr, espada al viento, tras
los últimos inocentes de esta tierra. ¿Qué vamos a hacer con nuestro Kaeso? Y las
hetairas, por otra parte, ¿son tan recomendables?
A Silano, que antaño había encontrado en la refinada práctica del amor griego un
agradable derivativo para el aburrimiento y la inquietud, le costaba trabajo tomarse la
situación a la tremenda, y se esforzó por tranquilizar a su mujer con moderadas
consideraciones, que a él le parecían de sentido común. Los recién casados
discutieron el problema a más y mejor, hasta que Silano se cansó y pusieron a Marco
vagamente al corriente, para que no se dijera que no le habían contado nada.
Al fin, luego de los últimos conciliábulos, Silano tuvo el mérito de tomar
personalmente la pluma para arreglar el asunto lo mejor posible, y en un griego con
elegancias aticistas.
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sé riguroso con tu propia moral y sigue la inclinación que sientas más natural
y profunda, pues nadie va a gozar por ti.
»Si nos hubieras confesado una pasión sincera por un hombre joven,
habríamos hecho sacrificios por ti a Venus Ericina. Si en cambio cargaras con
un muchacho por simple cortesía hacia tus huéspedes, no seria honrado ni
para el muchacho ni para ti, y sabes que tanto la Venus Ericina como la Venus
Verticordia se velarían tristemente la cara. Es lo que haría, con mucha más
razón, la estatua del Pudor Patricio que tanto se parece a tu madre, en el
corazón del pequeño templo del Foro de los Bueyes. Y tus padres, como yo
mismo, se sentirían apenados.
»Releo por casualidad que Cicerón enviaba 66 000 sestercios al mes a su
hijo cuando éste estudiaba en Atenas, y comprendo que tengo que hacer más,
en vista de la devaluación del dinero. Voy a encargarme de triplicar tu bolsa,
de modo que puedas procurarte amor si tu belleza no fuera bastante
convincente. El propio Zeus tuvo que dejar caer una lluvia de oro en el seno
de Dánae para abrirse paso hasta su corazón.
»Tus padres te mandan un abrazo y agradecen tu ejemplar con fianza, que
les ha emocionado mucho.
»Puedes contar siempre con mi amistad y mi consejo. Que te encuentres
tan bien como yo, ¡y que todas las Venus te guarden!
»P. S.: La pequeña Claudia Augusta, a pesar de los sacrificios de los
Arvales, acaba de morir bastante súbitamente, y el dolor de la pareja imperial
es inmenso. A tu padre, abrumado por los festines fúnebres, le cuesta digerir
su pena.
»Nerón abandonó bruscamente una sesión de lectura pública de la
Farsalia de Lucano, hijo de Meda y sobrino de Séneca. Ya Séneca miraba con
mala cara a la corte. Lucano le hará ascos, violento y forzado.
»Hay que decir que había hecho todo lo necesario para atraerse esta
desgracia, de la que hay que esperar, por él, que no vaya más lejos.
»Lucano fue primero el niño mimado del poder. Hace tres años, con
ocasión de los Juegos quinquenales a la griega organizados por el emperador,
fue recompensado con una corona por un poema dedicado sin reservas a la
gloria del Príncipe. Pero parece que tanto su estoicismo como su talento se le
han subido a la cabeza y estaba un tanto engreído. Su Farsalia refleja esta
peligrosa evolución. El principio no presenta nada que pudiera molestar a
Nerón, que incluso es comparado con Apolo-Febo. No obstante, cuanto más
avanza la obra, más evidentes y acerbas se hacen las criticas al régimen.
Catón de Utica, el enemigo mortal de César, cobra visos de semidiós. La
acelerada helenización de todos los aspectos de la vida romana, tan cara al
emperador, es tratada con creciente desprecio. Incluso se pone en cuestión el
absolutismo. Y todo esto, no en el nombre de un optimismo virgiliano
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cualquiera: el pesimismo desesperado del autor es innato y rompe cruelmente
con la alegre fiesta en que Nerón ha convertido la tarea de gobernar.
Conociendo a Lucano como yo lo conozco, en lugar de quedarse tranquilo
acentuará más todavía sus imprudencias en los últimos libros que le quedan
por escribir.
»Te digo esto para impedir que abundes en elogios desconsiderados de
Lucano si te diera por ahí. Incluso en Atenas, las paredes oyen.
»Vivimos en una Atlántida que puede hundirse en cualquier momento, con
sus templos y sus obscenas pintadas. Sé juicioso, tanto por ti como por mí».
Esta carta un poco azorada de Silano fue para Kaeso, no obstante, un rayo de luz:
toda verdadera moral empezaba con el desprecio de la opinión de los demás.
Pensándolo bien, no era tan sorprendente que la lección se diera en nombre del
placer, pues era la moral más personal e íntima, la que exigía más introversión,
precauciones y ascesis para practicarse con un aristocrático rigor. Como decía
felizmente Silano: «… nadie va a gozar por ti». Y tampoco era tan sorprendente que
la lección se a diera un patricio romano de cultura griega a un joven romano en visita
a Atenas. Los mismos griegos que importunaban a Kaeso (mientras que los romanos
seguían siendo, en conjunto, muy gregarios), habían hecho crecer sobre las ruinas de
sus ciudades las hierbas locas de un individualismo furioso. Tanto el peligro como el
remedio se hallaban en Grecia.
Libre de un falso problema, Kaeso le dio las gracias a Silano de todo corazón y,
en lugar de aficionarse a los muchachos, como todo el mundo, se des tacó por la
calidad de sus hetairas y la gracia de sus banquetes.
El año continuó y llegó a su fin con correspondencias estivales u otoñales más
anodinas. Después de haberse preocupado por los chicos, Marcia se preocupaba por
las muchachas, y Kaeso le contó las primeras mentiras, que el repentino aumento de
sus gastos volvía transparentes. Las hetairas de gran lujo estaban fuera de su alcance.
Por lo menos, Kaeso amplió su vocabulario. La riqueza del griego en cuanto a
obscenidades divertidas sobrepasaba incluso la del latín.
Córbulo había remontado la pendiente en el frente de Armenia y los romanos
estaban tan cansados como los partos de ese interminable conflicto. Nerón, harto de
guerras, hizo que se adoptara una solución razonable: Armenia, la manzana de la
discordia, recibiría por rey a Tiridato, el pretendiente que los arsacidas querían
imponer. Pero lo investiría el emperador de Roma. Así, en principio, se mantenía el
protectorado romano en Armenia. Al mismo tiempo, la revuelta de los bretones fue
definitivamente aplastada y el invierno se anunció apacible.
Divorciado Marco, casados Silano y Marcia, la carta que debía informar a Kaeso
tanto de estos acontecimientos como de las perspectivas de adopción se veía
postergada una y otra vez. Marco era el encargado de escribirla, pero los términos
convenientes huían de su mente no bien se ponía a tajar la pluma.
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Por fin, en el curso del mes de enero del 817[88] se obligó a redactaría, y la
costumbre de mentir le inspiró algunos bonitos giros. En cuanto al resto, sabía que el
arte de la mentira consiste en ser claro sin exagerar la precisión, breve sin llegar a la
sequedad, con ese encalado de buenos sentimientos y dignidad que siempre
impresiona a la juventud. Además, sólo se trataba de mentiras piadosas, en interés del
joven.
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amarga desesperación, y serían insultantes para Silano, a quien no se puede
reprochar nada en este asunto. Todo ha ocurrido de la manera más honrada.
Por lo tanto, con toda mi autoridad paterna, te pido que aceptes la poco
corriente felicidad que te espera, que será el consuelo de mis últimos días.
»Esta felicidad costará, sin embargo, algunos esfuerzos. Silano, cabeza de
su gens, y ya muy rico por este motivo, ha recibido además una parte de los
bienes de su hermano Lucio, desaparecido sin hijos, quien se dio muerte antes
de ser condenado. Y el testamento de su hermano asesinado, Marco, que
dejaba un hijo pequeño —Lucio—, incluía también una cláusula a su favor.
Así que tu futuro padre adoptivo dispone de una de las mayores fortunas de
Roma. Desde hace mucho tiempo se cuenta entre esos rarísimos privilegiados
que no podrían evaluar sus bienes, de tan ricos que son. Y como Silano se
apartó prudentemente de la política, ha tenido tiempo de gastar mucho, pero
también de vigilar la gestión de sus capitales mobiliarios e inmobiliarios. Con
seguridad posee más de mil millones… Ya ves a qué esfuerzos me refiero.
»Convertirte en heredero de una mina semejante a tu edad era como para
quedarse aterrado, y tuve también que convencer a Marcia de que sabrías
mostrarte digno de la sonrisa siempre ambigua de los dioses. Me he
comprometido en tu nombre a que no adoptarías la actitud de un derrochador,
despilfarrando en placeres estériles la fortuna que habían amasado los siglos.
No, tu deber será conservaría, aunque sólo sea en recuerdo mío, ejercitarte en
el dominio del espíritu, el corazón y los sentidos, en la mesura y en la
sobriedad, de forma que dejes intacta la reputación sin tacha que te lego, ya
que no puedo legarte nada más ni más precioso en el momento de separarnos.
Como las tentaciones serán más fuertes y constantes, más te costará dominar
tu fortuna y tu persona. Afortunadamente, en la historia romana hay otros
ejemplos que el mío para inspirarte.
»Ya que pronto viajarás de este a oeste, contra los vientos dominantes,
creo que volverás por la ruta de tierra, que sólo cuenta con un breve
intermedio marino entre Dirraquio y Brindisi. Silano y Marcia están pasando
la mala estación en su villa de Tarento. Con el buen tiempo volverán a Roma.
Al pasar, Silano se detendrá durante algunas semanas en su villa de Bayas
para volver a ver a sus queridos peces, mientras Marcia, a quien las piscinas
apenas le interesan, continuará camino. Nuestro Décimo está loco por los
peces. Puesto que Campania está en tu camino, a tu futuro padre adoptivo le
haría feliz que retomaras contacto con él en esa ocasión. Así seréis dos para
terminar el viaje en las mejores condiciones: entre Bayas y Roma, Silano, que
no sabría conformarse con albergues comunes y se preocupa de no molestar a
sus amigos, dispone de altos privados con todas las comodidades posibles.
»Hablaréis de la adopción prevista, que Silano tiene la bondad de esperar
muy próxima. Pero antes —y así el paso será más solemne— podrás vestir la
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toga viril y además quitarte la barba, como ha hecho tu hermano. Así
conservaré tu bola infantil[89] y tu joven barba con devoción, antes de que
cambies de lares y penates. Silano nos ofrece el banquete tradicional, lo que
aliviará mis finanzas. Será un momento memorable y emocionante.
»Marcia te estrecha contra su corazón. Ella tendrá la inestimable ventaja
de vivir a tu lado, como antes, dulzura que el destino me niega. Es obvio que
tras ese banquete no puedo ser un huésped asiduo e indiscreto de la nueva
pareja.
»La presencia de una esclava griega, que no deja de tener algunos
encantos, ha mitigado un poco mi dolorosa soledad… Pero a juzgar por tus
gastos, le estoy predicando a un convertido que me perdonará esta humana
flaqueza. De alguna manera hay que pasar la vejez.
»¡Cuídate mucho y hónrame!».
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por la imaginación de Kaeso, prestándose con delicadezas de muchacha a los
caprichos más extravagantes de un frío enamorado de los peces. ¡Y no era Marcia la
que salía ensuciada de esas relaciones sin alma, sino el propio Kaeso! ¿Cómo Marcia,
cegada por un desmesurado sentido del deber, confundida por una extraviada ternura
maternal, podía infligirle tal sufrimiento?
Nuevas imágenes resucitaron a la Marcia de antaño en los baños de mujeres
cercanos al Foro, con toda la gracia de su juventud y su casta desnudez, cual Diana
entre dos Olas. Pero otro recuerdo volvió a la memoria de Kaeso: el de un sosia de
Marcia que había visto aparecer por casualidad, con inmensa sorpresa, en las nuevas
termas mixtas de Nerón, cuando él acababa de cumplir dieciséis años y la «pequeña
burra» de la popina paterna toleraba desde poco tiempo antes sus prestos
acercamientos. Como un sonámbulo, Kaeso avanzó hacia la mujer que charlaba
coquetamente con dos hombres desnudos de cierta edad, los cuales se adornaban los
dedos con lujosos anillos que bastaban para revelar una buena posición social. Uno
de los vejetes rozaba con el índice el pezón del seno derecho, y el otro interrogaba el
seno izquierdo, como si, por economía, tuvieran intención de repartirse
simétricamente el lote. La turbación del adolescente era extrema. Una ola de deseo le
hacía temblar, mientras que el extraordinario parecido ponía plomo en sus piernas. Se
había detenido, cohibido, a algunos pasos del trío. La mirada de la mujer se fijó de
pronto en él, vaciló, se reafirmó en seguida, y Kaeso oyó decir con una voz sin
timbre: «Ve a jugar más lejos, pequeño: ¡ya ves que estoy con los mayores!». Los dos
pretendientes rieron y Kaeso se dio la vuelta, confuso.
Cuando, por la noche, le contó el incidente a Marcia, ella lo tomó en broma y
después declaró: «La confusión es halagüeña: ¡has debido de reconocer a la mujer
que yo era hace algunos lustros!». Y al día siguiente Marco padre, negligentemente,
hizo alusión a la presencia de Marcia en casa durante la hora crítica.
Empero, era como para creer, en adelante, que había dos mujeres en Marcia: la
domina de la isla de Suburio, que en los días de buen tiempo pasaba con altivez ante
las muchachas del barrio encaramadas en sus taburetes, y la que tomaba ejemplo de la
prostituta de las nuevas termas.
¿Pero cómo guardarle rencor por un envilecimiento al que sólo se precipitaba por
altruismo?
En el curso de esa noche de invierno, a Kaeso lo persiguió en sueños el triángulo
de piel negro de Marcia, que durante años se había paseado a la altura de sus labios
en los baños de las mujeres, y que sólo a él le habría permitido reconocer a su madre
en el continuo vaivén de tantas damas desnudas. Triángulo que los griegos, mucho
antes de Aristófanes (que siempre estaba con eso), habían llamado «el jardín». Y no
era una casualidad que en un país luminoso y seco, donde el hermoso césped era raro,
hubieran dado tan corrientemente el nombre de «jardín» al único recinto de
vegetación que los dioses parecían hacer crecer sin esfuerzo.
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Cuando Kaeso se despertó, con la boca amarga y la mente confusa, la canción que
había acompañado en sordina el sueño todavía resonaba débilmente en sus oídos. Las
parejas, naturalmente pederásticas al principio, se habían adaptado laboriosamente al
gusto de las mujeres, y la joven hetaira jonia de Kaeso cantaba con alma estas
cuartetas, cuyo estribillo ya encerraba, para los griegos, una alusión obscena…
Esta cancioncilla de moda, que se canturreaba tanto en las callejuelas del Pireo
como en el ágora[91] de la capital, se presentía aún, por su anfibología, de su origen
pederástico. Pero las damas griegas sabían bien que las moscas no se cazan con
vinagre, y que para retener a hombres que cultivaban tan penosas inclinaciones no
había que hacer melindres.
La visión de Décimo labrando a Marcia a la manera griega, mientras la
infortunada leía el Diurnal, se impuso de repente a la enfebrecida imaginación de
Kaeso, que mordió la almohada de desesperación.
Kaeso no pensó ni un solo momento en los mil millones de sestercios que se
avecinaban. La noble indiferencia de los jóvenes por las cuestiones financieras es un
escándalo tal para las personas de cabeza bien sentada, que les cuesta creer que sea
posible, lo que puede conducirlas a graves errores de perspectiva.
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III
En los Idus de marzo del fatídico año 817, Kaeso y su pedagogo se hallaban en el
muelle de Dirraquio, acechando el primer barco que saliera hacia Brindisi, y tuvieron
la suerte de no esperar más que algunos días: los soplos más violentos de la bora[92],
cuyas ráfagas habían castigado la costa hasta el sur de Ragusa, se calmaron, y
subsistió una fresca brisa que impulsaba en la dirección correcta. Así que todos los
barcos, de común acuerdo, izaron la vela para aprovechar la oportunidad.
En respuesta a una carta digna y delicada de Kaeso, en la que el joven
manifestaba una pena y una alegría de lo más conveniente —a pesar de todo, la
retórica sirve para algo—, Silano había enviado un torrente de recomendaciones
destinadas a todos los amigos adinerados que podía tener en el camino, para cuyos
intendentes seria un deber ser tan hospitalarios como los dueños, en el caso —más
que probable— de que estos últimos se encontrasen ausentes. Y en la Vía Apia, que
subía de Brindisi a Roma, el primer alto de los viajeros, que habían alquilado un
pequeño cabriolé de dos caballos, estaba previsto en la villa de las afueras de Tarento,
que Silano y Marcia habían abandonado poco tiempo atrás.
Arteria esencial hacia el Oriente, La Vía Apia, en esa estación en que los mares se
volvían a abrir al tráfico, era de las más atestadas: correos imperiales, siempre
impacientes; estudiantes, funcionarios, «publicanos», comerciantes, soldados o
turistas que iban a visitar los países griegos o que volvían de ellos. Era muy agradable
escapar a los dudosos albergues superpoblados para descansar en paraísos donde
calentaban las termas desde el momento en que se anunciaba a los importantes
huéspedes. En Roma, incluso los más ricos seguían teniendo problemas de espacio.
Pero en las asombrosas villas construidas en los más bellos parajes lacustres, fluviales
o marítimos de Italia central o meridional —los campesinos romanos adoraban el
agua a condición de bebed a y navegarla lo menos posible— el dinero había podido
desparramarse en todas direcciones. Se cambiaba súbitamente de escala, y las casas
más bellas de Atenas sólo eran cuchitriles al lado de esas villas principescas, con las
que sólo podían compararse algunos palacios romanos.
El dominio tarentés de Silano, que bordeaba una buena extensión de costa, era
encantador. En medio de jardines y parques, la fachada de la villa se abría de par en
par sobre el mar y, desde las terrazas, podía distinguirse un puertecillo privado donde
se balanceaban suavemente una embarcación de vela y una galera en miniatura para
las calmas chichas. El interior de la casa era un verdadero museo. ¡Cierto que un
Silano hacía colección de museos!
Kaeso y Diógenes, llegados al mediodía, estaban mudos de admiración, y Kaeso
más todavía que su compañero, pues para un esclavo hacía poco tiempo liberto iba de
suyo que en el mundo había gente riquísima. Pero para un muchacho libre y
honestamente ambicioso, semejantes visiones materializaban la inconmensurable
distancia que era de rigor entre la mediocridad común y el fastuoso destino de
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algunos. Se presta más atención a la cima de una montaña desde el momento en que
hay una posibilidad de escalaría —¡y Kaeso había echado a volar sin querer, llevado
por las palpitantes alas de una mujer!
Después del baño, según la costumbre, los invitados visitaron la casa en detalle,
desde las 4000 libras de cubertería de plata fina, expuesta en el atrio, a la alcoba que
el dueño y su esposa habían ocupado, y que se distinguía por cuadros licenciosos,
lámparas con motivos eróticos y grandes espejos donde la imagen de Marcia parecía
tristemente atrapada.
Kaeso prefirió cenar en compañía de su pedagogo, en un pabellón campestre
rodeado de pajareras y viveros de animales salvajes que, por otra parte, sólo
pretendían adornar.
En las villas de renta que Silano poseía en los alrededores de Roma, sus
empleados, para la mesa de los aficionados, criaban en grandes cantidades palomas y
tordos, codornices, tórtolas, perdices grises, cercetas, fúlicas, patos salvajes,
francolines que la cautividad volvía silenciosos, cigüeñas y grullas, cuyos méritos
discutían los aficionados, pavos y faisanes, bandadas de hortelanos, algunas
avestruces de Mesopotamia o de los confines libios, e incluso cisnes, que cebaban
con los párpados cosidos, cuya carne tenía fama de indigesta, pero cuya grasa era
apreciada entre los médicos. Los flamencos figuraban en grandes manadas de corral,
desde que Apicio descubrió que su cerebro, y sobre todo su lengua, eran deliciosos. Y
en inmensos cercados criaban también para la matanza, jabalíes y ciervos, corzos,
gamos, órix o liebres que capturaban para cebarlas cuando alcanzaban la edad crítica.
El intendente explicó que los criaderos industriales de caracoles estaban fuera de uso,
pero que había superproducción de lirones desde que cada campesino había tomado
por costumbre hacer reventar a su animal de pienso en el fondo de un tonel oscuro.
En las pajareras que los invitados tenían ante los ojos, sólo había aves decorativas
o cantoras, faisanes, ruiseñores o periquitos… Los pavos estaban en libertad, como
los calamones, que destruían a los ratones, a los reptiles y a muchos insectos. Y en los
viveros de cuadrúpedos se paseaban indolentemente animales exóticos, la mayor
parte desconocidos para el vulgo.
La comida fue tanto más deliciosa cuanto que el cocinero sólo tenía que atender a
dos personas.
Al terminar, mientras el sol declinaba tras los árboles, Kaeso le dijo a Diógenes,
tendido a su lado:
—Nos has servido con devoción. ¿Cuántas veces me habrás llevado a la escuela
de la mano o sobre tus hombros, con lluvia o con viento? ¿Y cuántas pequeñas cosas
no me habrás enseñado, que ahora me doy cuenta que son la base de todo, los
primeros peldaños de la escalera del saber? Sin embargo, te he hecho rabiar muy a
menudo. Cuanto más se crece, más paradójico resulta tener a un esclavo como
profesor. Mi padre tuvo la bondad de libertarte en reconocimiento de tus leales años
de servidumbre. Pero un pobre liberto a menudo es más digno de compasión que un
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esclavo, que tiene aseguradas la cama y la comida. Ahora me toca a mí hacer algo por
ti. En los últimos tiempos de mi estancia en Atenas, apenas estaba de humor para
frecuentar a las hetairas, e hice economías. Así que te daré con qué establecerte,
casarte tal vez, o comprar un pequeño y apuesto esclavo, que te recuerde los tiempos
de mi primera adolescencia.
Diógenes tartamudeaba de emoción, y por su cara de Perro fiel, surcada de
arrugas, corrieron las lágrimas.
Como muchos pedagogos, Diógenes tenía tendencias contra natura, pero en Roma
su corrección había sido tan manifiesta y perfecta que los Aponio tardaron mucho en
sospecharlo. No obstante, en Atenas, el viejo había disminuido sus precauciones, y
Kaeso lo sorprendió una noche conversando con un joven prostituto en una callejuela
cercana al ágora.
Kaeso continuó, emocionado a su vez:
—También tengo que agradecerte por no haber hecho un gesto o dicho una
palabra susceptibles de corromperme, y ahora adivino que esta reserva ha debido de
costarte tanto más cuanto que tu afecto por mi era profundo y sincero, un poco como
el de una nodriza, que al menos tiene la satisfacción de darle el pecho al que ama.
¿Pero qué se podría mamar en un viejo espárrago como tú?
Diógenes sonrió a través de sus lágrimas, besó la mano de su señor y confesó sin
disimulo:
—Eres hermoso como el día. Mi mérito, en efecto, ha sido grande, pues por un
beso tuyo me hubiera dejado azotar hasta la muerte.
Cada vez más emocionado, Kaeso pregunto:
—¿Te bastarían 50 000 sestercios? ¿Querrías más?
El liberto movió afirmativamente la cabeza con energía, para gran sorpresa del
donante, y pronto ambos estallaron en carcajadas al darse cuenta del malentendido.
Los griegos, al contrario que los demás pueblos de la humanidad, menean la cabeza
de arriba a abajo para decir que si, y de abajo a arriba para decir que no, como ya se
ve hacer a Ulises en La Odisea. Hay que ser experto para no confundirse. La primera
precaución de los guías turísticos romanos era atraer la atención sobre esta
sorprendente particularidad, cuyo desconocimiento desconcertaba al viajero y no
facilitaba las relaciones entre los sexos[93].
Educado en los bajos barrios de Corinto, Diógenes había llegado a Roma a los
veinte años; la costumbre de afirmar y negar a la manera griega, que poco a poco
había perdido en Italia, volvió a él en Atenas.
—Ya que te conformas tan enérgicamente con 50 000 —precisó Kaeso—,
¡tendrás 100 000! Y más todavía, ya que no te falta corazón…
Uniendo el gesto a la palabra, el joven abrazó a su venerable pedagogo, besó sin
aparente repugnancia su boca desdentada y añadió:
—¡Mientras yo viva, no te azotará nadie!
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En el recodo de un sendero, un esclavo español, que llevaba una cesta de frutas
maduras de invernadero, y un joven esclavo galo, que lo seguía con unos lavafrutas,
se quedaron parados ante esta encantadora escena. Y en un latín abominable, peor
todavía que el de Silano cuando dejaba de vigilarse, un latín sin breves ni largas, sin
genitivo, dativo ni ablativo, un latín sincopado, destrozado y envilecido, lleno de
preposiciones aberrantes y fantasiosos acentos tónicos, un latín salpicado de
barbarismos y solecismos, pero un hermoso latín a pesar de todo, porque permitía a
toda la humanidad que se definía como tal entenderse verbalmente, el mayor le dijo al
aprendiz:
—¡Ahí tienes otra vez lo que pasa con estos maricas griegos! Los romanos
mandan a Atenas a un joven noble todavía en toga pretexta, inocente como un
ternero; está unos pocos meses allí y, apenas desembarcado, ya siente que le falta
algo y salta sobre su viejo pedagogo.
Con una mano crispada sobre el pecho, Diógenes intentaba recuperar la
respiración. Se sofocaba, y las aletas de su nariz en forma de calabacín se agitaban y
se volvían de color violeta. La emoción había sido demasiado fuerte. De pronto,
vencido por el exceso de felicidad, entregó el alma y se derrumbó en los brazos de
Kaeso. En resumen, había muerto del corazón.
Kaeso le dejó al intendente dinero con que edificar para las cenizas de Diógenes
una tumba decente en un rincón umbrío del parque, cerca de un arroyo murmurante, y
pidió que incluyesen en el epitafio el certificado que ya honrara a su primer maestro
primario:
Como los dos indiscretos esclavos habían charlado sin moderación, el epitafio fue
para toda la servidumbre del dominio una inagotable fuente de bromas. La vida está
tejida de malentendidos.
Dos días más tarde, Kaeso, solitario, se volvió a poner en camino hacia Bayas.
Era toda una parte de su juventud lo que la hoguera fúnebre acababa de consumir, y
tenía la impresión de haber envejecido de pronto.
De Brindisi a Roma, andando a buen paso, no solían hacer falta más que ocho o
nueve días. En cuatro lujosas etapas, yendo de rico en rico como una mariposa de flor
en flor, Kaeso estuvo en Bayas.
En verano, los nobles que no reparaban en gastos pasaban refrescantes
temporadas del lado de los montes Albanos o de Tibur; a las villas de los pintorescos
parajes se sumaban otras en la costa, muy cercana, del Latium. En invierno, la
nobleza más elegante fluía hacia la riviera de Tarento Pero en todas las estaciones
había aficionados a las aguas termales y los paisajes tan variados de la costa
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campania, y en especial a las orillas y estaciones de los golfos de Pouzzolas y de
Nápoles, entre el cabo Misena y Sorrento, con el Vesubio y el cielo azul de fondo.
Fue en Bayas, famosa por su frenética corrupción, donde estuvo el viejo y beato
Augusto, a pesar de todo, para cuidar su ciática. Fue en Capri donde Tiberio instalo
su principal domicilio tras haber inventado una técnica bastante eficaz para que lo
asesinaran lo más tarde posible: no poner los pies en Roma y cambiar de lecho con
frecuencia. Era en este golfo bendito por los dioses, disputándose cada «yugada» de
litoral, rivalizando en dinero y en gusto —a veces malo—, donde la más prestigiosa
nobleza romana, todo lo que contaba en la Ciudad, había acumulado las villas más
magníficas.
Los primeros calores habían aportado a Bayas o Pouzzolas un aumento de
visitantes, o de viajeros primaverales, y el camino de la estación termal y balnearia de
Bayas estaba poblado como la Vía Apia en las cercanías de la capital: se cruzaban
mulas y caballos, literas y vehículos de toda clase, incluso algunos habilitados como
una casa donde se podía pasar la noche. El cabriolé de Kaeso tenía que colarse entre
las filas que subían y bajaban.
Después de haber caminado a lo largo del dique que separaba los lagos Lucrino y
Averno del mar, Kaeso atravesó Bayas, donde la animación era enorme, y a fuerza de
costear la orilla sur del pequeño golfo alcanzó el promontorio, cubierto por una
espesa vegetación que disimulaba, como todo el mundo sabía, la villa de Silano.
El intendente a quien avisaron le dijo a Kaeso que el patricio se encontraba al
borde del mar, junto a las piscinas, y tras haberse cambiado, el futuro hijo adoptivo se
apresuró a descender hasta allí, guiado por un esclavo.
Desde la villa se podían ver Bayas y su golfo hacia el norte; Baulas y Misena al
sur; y la fachada miraba hacia el golfo de Pouzzolas, que limitaba al este con la isla
Nesis y el gran promontorio del monte Pausilipo. El emplazamiento era espléndido.
Pero las piscinas marinas, objeto de la pasión de Silano, estaban en el lado norte, bien
abrigadas en las escotaduras del golfo. El sol declinaba y las sombras se alargaban
sobre las laderas colonizadas por el lujo.
Décimo, vestido con una estudiada negligencia, y descalzo como un pescador,
estaba supervisando grandes trabajos, y se volvió para acoger a Kaeso aparentando un
afecto cortés. Marcia le había inculcado todo lo que no debía decir y cuanto tenía que
sugerir para mantener al joven en el estado de inocencia que tanto le convenía, y él
estaba seguro de actuar lo mejor posible. Después de tanto tiempo en que todo el
mundo trataba de engañarlo, había reforzado su conocimiento de la naturaleza
humana. Por añadidura, Kaeso le era muy simpático y no pedía más que quererlo
todo lo que pudiera, es decir, tanto como a él le complaciese.
Después de haberlo abrazado, Décimo se dirigió a Kaeso con el tono más amable
pero también más sencillo, como si lo hubiera visto la víspera, y le habló en seguida
de sus preocupaciones, que era la manera más segura de relajar distraer al
muchacho…
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—Mira, estoy haciendo elevar esta bóveda sobre la nueva piscina de verano para
que mis preciosos salmonetes puedan pasar del sol a la sombra durante los calores
fuertes. El salmonete es uno de los peces más difíciles de criar. Las doradas, los
barbos, los rapes, los rodaballos, incluso los lenguados, que sin embargo son muy
delicados, no me dan tanto trabajo. Por el contrario, la morena no presenta ninguna
dificultad. Ya que tienes que sucederme un día, es preciso que aprendas a conocer
bien a los peces, de modo que mis huéspedes sigan en buenas manos.
Siguió una disertación técnica, que dejó a Kaeso un poco atontado; le zumbaban
los oídos… Habían logrado aclimatar los peces de mar al agua dulce, sobre todo a las
doradas en el lago de Etruria, pero la alta aristocracia se dedicaba sobre todo a la cría
marina, hallándose la costa campania en primera fila. Costaba mucho construir tales
piscinas, poblarlas, mantenerlas, y la rentabilidad era dudosa, dado que ciertos
apasionados no tenían corazón para vender o comer sus productos más hermosos.
Tanto la profundidad de los estanques como la naturaleza de los fondos debían estar
cuidadosamente adaptadas a las diferentes especies. También había que resolver
graves problemas de régimen y cuidados. Pero el más arduo seguía siendo, en las
piscinas que comunicaban con el mar, el de establecer una mezcla y una renovación
de las aguas favorable a la reproducción y al crecimiento. Cubriendo cerca de 1800
pies de costa rocosa —¡y en un lugar donde el terreno junto al mar estaba por las
nubes!— unos diques, con todo un sistema de esclusas, habían aprisionado para
Silano porciones adecuadas de agua salada. Eran las piscinas de invierno. Para las
piscinas de verano, se habían practicado profundas excavaciones en el corazón de la
roca volcánica, cada vez que había sido posible aprovechar una corriente favorable.
Pero como esto no siempre sucedía en un mar donde la amplitud de las mareas es
reducida, había también anchas secciones sombreadas con bóvedas de mampostería,
bajo las cuales soplaban frescas corrientes de aire. ¡Eran tareas ciclópeas! ¡Y se
seguía trabajando por la tarde, en una época en que el pueblo se negaba
enérgicamente a mover el meñique después de comer! Cierto que el verano se
acercaba y los salmonetes patricios no podían esperar.
—Dejo mucho dinero en mis piscinas —confesó Silano—. Pero es un placer
único. ¡Tiene razón el refrán que dice que las piscinas plebeyas del interior del país
son dulces, mientras que las piscinas marinas de la nobilitas son más bien amargas!
Silano hizo que Kaeso visitara todos los estanques. Unos hervían de peces, otros
parecían desiertos. Había que hacer un esfuerzo para distinguir los lenguados
enterraos en la arena; y la mayor parte de los peces de roca, como el labro, se habían
escondido en las cavernas artificiales preparadas a ese fin.
Silano dejaba para otros criadores menos ambiciosos o menos adinerados la
ocupación de traer peces tan corrientes como los dentex, los oblados, los mujoles, las
platijas, los tordos o las ombrinas.
Por el camino, hablaba de las empresas más célebres de la región, que todavía
llevaban los nombres de sus ilustres fundadores, aunque en su mayoría hubieran
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cambiado de manos para caer a menudo en el inmenso patrimonio imperial. Sergio,
apodado «Dorada», y Licinio, apodado «Morena», habían sido antaño los pioneros.
Sergio Orata (o Aurata), en efecto, se había especializado en la dorada (o daurada) y
Murena en la morena. Hirrio había sido capaz de proveer a César 6000 morenas de
golpe para uno de los populares banquetes regados con grandes vinos. Las piscinas de
Filipo, o las de Hortensio en Baulas, no tenían menos fama. Uno de los hermanos
Lúculo se había establecido en Misena, y el otro en la pequeña isla Nesis, frente al
monte Pusílipo, al pie del cual el famoso Polión le había hecho la competencia.
—Se trata de ese Polión —dijo negligentemente Décimo— a quien Augusto, que
estaba sensiblero aquel día, le cegó una piscina porque alimentaba a sus morenas con
esclavos culpables. Un desprecio del derecho de propiedad, un acto de tiranía que
auguraba tiempos muy oscuros. Pretender despreciar las leyes con el pretexto de los
excesos que se pueden cometer, es arruinarlas.
Había un estanque reservado para los escaros, del que Décimo estaba
particularmente orgulloso. El escaro, del que Vitelio, el tutor a la vez negligente y
abusivo de Marcia, apreciaba particularmente el hígado, no se pescaba normalmente
en el Mediterráneo occidental más acá de Sicilia, y los intentos de aclimatación
habían fracasado durante mucho tiempo. Pero bajo Claudio, el prefecto de la flota de
Misena, L. Optato, había hecho capturar grandes cantidades en el Mediterráneo
oriental, y los bancos, transportados en viveros flotantes, fueron devueltos al mar
entre Ostia y Sorrento, con la prohibición de pescar esa especie durante cinco años.
Las crías de Silano tenían este origen y hacían abrigar esperanzas.
Delante de un estanque aparentemente vacío, Décimo dio unas palmadas, y en
seguida un grupo de morenas salió ondulando de su refugio para dirigirse hacia él. La
más grande, que llevaba pendientes, fue incluso a frotarse contra su mano como un
gato…
—Se llama Agripina: como la Augusta tan justamente difunta, adora la carne
humana. Yo le doy de vez en cuando un pequeño esclavo bien tierno. Prefiere a los
negros, que deben de tener más sabor —y además son más caros, en vista de su
escasez. Pero no parece notar la diferencia entre los muchachos, las chicas y los
eunucos. Le he enseñado a Marcia a acariciarla.
Kaeso acababa de oír tantas precisiones sorprendentes que su capacidad de
asombro estaba un poco amortiguada. Lo que le impresionó penosamente en primer
lugar fue que Marcia, de la que bien sabía que no experimentaba sino horror por la
monstruosa cabeza de la morena y sus agudos dientes, hubiera podido sobreponerse
al punto de tocar esa bestia feroz. ¡Y, otra vez por él, había corrido el riesgo
sonriendo! Empezaba a entender cómo podía acostarse con Silano. Sin duda, era
cuestión de control.
Aquí y allá, en el fondo del agua, se veían restos de esqueletos infantiles y
pequeños cráneos, que la vegetación marina ya había pintado de verde más o menos.
Pero uno de los esqueletos estaba todavía en toda su blancura.
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Mientras Silano acariciaba a su Agripina con palabras cariñosas, Kaeso, que
apenas podía creer lo que veía, le preguntó discretamente al servidor que lo había
guiado:
—¿Cuántos esclavos se comen al mes estas morenas?
—No sabría decirte. Aquí somos tan numerosos que es difícil notar la
diferencia…
—¿Te estás burlando de mí, por casualidad?
—¡Es nuestro querido amo, que tiene buen humor!
Décimo arrastró a Kaeso, desconcertado, a una gruta que se abría frente al
estanque, y se sentaron en la suave y fresca penumbra del lugar, donde se había
dispuesto un cómodo mobiliario en torno a un pilón alimentado por el agua que
rezumaba de la roca. Allí les llevaron un vino aperitivo perfumado, refrescado con
hielo que el invierno había fabricado en las montañas para placer de los ricos.
—La leyenda de Polión —dijo Décimo tras haber disfrutado del embarazo de
Kaeso— tiene siete vidas, y hay que pensar en las visitantes bonitas e ingenuas.
Pensarás que he encontrado a pocas mujeres crueles en mi carrera, pero a veces
entran ganas de presionar a una coqueta. En el momento en que la muchacha, ya
emocionada por las palabras, ve los esqueletos, se desmaya, y ahí está la gruta para
acogerla. Los dioses gemelos más eficaces no son Cástor y Pólux, tan caros a los
espartanos, sino Eros y Tánatos.
¡Menuda puesta en escena de millonario para «presionar a las coquetas»!
—La presencia de un esqueleto —añadió Décimo— alegra también muchos de
nuestros festines. A unos les empuja al goce, a otros los aparta de él. Estamos
determinados por las apariencias y estas apariencias son susceptibles de
interpretaciones contradictorias. La ilusión a la que he dado forma aquí, ¿no te hace
pensar en el mito de la caverna de Platón?
»Pero guarda el secreto, te lo ruego, sobre los amores desvanecidos y macabros
que ha abrigado esta gruta. Marcia, puedes estar seguro, va para mí más allá de las
apariencias: ¡es la quintaesencia de la mujer!
Silano había aprendido que la confidencia íntima, sobre todo de una persona
mayor a otra más joven, volvía todavía más dóciles a los hombres que las morenas.
Al caer la noche, mientras las luces empezaban a titilar del lado de Bayas,
subieron en litera hacia la ciudad, por el camino que Silano había hecho tallar en la
roca para ser conducido junto a sus peces. Los romanos odiaban andar, sin duda
porque, de Lusitania a las fronteras párticas, con armas y bagajes, anduvieron
demasiado en otros tiempos.
Luego de un indolente baño, y ya que la noche era suave, cenaron ambos a la luz
de las lámparas en una terraza desde la cual se dominaba Bayas iluminada,
espectáculo que sorprendió a Kaeso, pues por aquel entonces la noche aún imponía su
ley tanto en las ciudades como en el campo. A veces, con ocasión de una gran fiesta,
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iluminaban el corazón de Roma, temblando por si se desencadenaba un fuego, y estas
inquietantes experiencias eran más bien escasas.
—Bayas vive de noche y de día —dijo Décimo—. Quema la vela por los dos
cabos. Y como ves, hasta el propio mar está iluminado por las luces de los barcos de
recreo. Si estuviéramos más cerca, oirías el intenso rumor de los juerguistas y los
cantos de los que se han embarcado hacia alguna Citerea.
La comida, sin ser demasiado abundante, era de una exquisita delicadeza, y
Décimo, tras la lección piscícola, se esforzó por educar gastronómicamente a su
futuro hijo…
—El primer cuidado, el primer deber de un verdadero gastrónomo —¡hay tantos
falsos!— es conocer todas las características del producto. Cada cosa es mejor en un
cierto lugar y una cierta época. Por ejemplo, tengo que confesar, para mi vergüenza,
que las partidas de los viveros de Clupea, un puerto africano del cabo Bueno, son
todavía más finas que las mías. De ahí el interés, a pesar de todo, de llegar a producir
uno mismo: se sabe lo que se come.
»Ora la naturaleza no puede trabajar mejor, y es vana la pretensión de añadir algo
a su obra; ora resulta indispensable ayudarle, lo que sólo puede hacerse si se conocen
y respetan las leyes. Por eso, la caza salvaje a menudo es más sabrosa que la caza de
vivarium, y también por eso nuestros horticultores han seleccionado más de sesenta
especies de peras, desde las pequeñas peras de invierno a las pira libralia, llamadas
así porque suelen pesar una libra.
»Junto a estas consideraciones, que a los glotones les podrían parecer un exordio,
el arte del cocinero es casi secundario. En todo caso, debe actuar de manera que toda
la calidad original del producto sea muy perceptible. Y claro, el gastrónomo se
sustenta y bebe con moderación. Diría que no come: saborea.
Kaeso le preguntó a Décimo por qué se apasionaba por los peces…
—Es una pregunta pertinente, que a menudo yo mismo me he hecho.
»En otros tiempos participé en grandes cacerías, en las que una multitud de
ojeadores hacían converger hacia las redes a una multitud de animales. Como todo el
mundo, he visto en el anfiteatro cómo la red del reciario capturaba a un hombre. Pero,
pensándolo bien, ¿no es un poco fácil, un poco vulgar, matar lo que la red ha
retenido? Mis piscinas son como una red inmensa donde veré vivir todo lo que he
cogido.
»Y la cautividad del pez me parece más interesante que la de la caza o la del
hombre, pues éstos siempre resultan más o menos dañados por los barrotes o las
espadas. Todo el arte del aficionado a los peces es reconstruir lo más exactamente
posible el medio natural donde el animal debería vivir para ser lo más suculento
posible. El pez es algo tan delicado que sería presuntuoso y vano imaginar un
individuo mejor que el criado por Neptuno. Puedes alimentar correctamente a una
pieza cautiva, pero la falta de ejercicio volvería insípida su carne. Puedes mejorar a
un ganso atiborrándole de higos. El pez marino, siempre igual a sí mismo, con
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algunos matices, sólo nacerá y crecerá en piscina si has penetrado los secretos de los
dioses para copiar minuciosamente las formas. Es una excitante actividad de
demiurgo.
Hacia el final de la comida, el demiurgo derivó la charla hacia la religión. A pesar
de los esfuerzos de Marco padre para inspirar a sus hijos un cierto respeto por la
religión romana, Kaeso compartía el peyorativo prejuicio ambiente, y su trato con
filósofos y sofistas no había aumentado su piedad. Desde que Cicerón había dicho
que dos augures no podían mirarse sin echarse a reír, la célebre frase se había vuelto
una especie de dogma entre la aristocracia, y el propio pueblo estaba empezando a
convertir en bromas sus terrores de antaño. Puesto que Silano, precisamente, era
augur, Kaeso escuchó sus declaraciones con una curiosidad particular.
Primero fue una larga y minuciosa exposición sobre la religión privada, propia de
la gens del patricio. Kaeso tenía que estar al corriente de muchas costumbres y
prescripciones originales, para recoger la antorcha cuando desapareciera su padre
adoptivo, dirigir al sacristán que se ocupaba del larario edificado en casa de Silano en
una capilla ad hoc, y controlar también al auspex familiar y al cleriguillo del templo
del Pudor Patricio.
La sincera importancia que el orador parecía otorgar a tales bagatelas no dejaba
de sorprender a Kaeso, y esta sorpresa, a pesar de ser poco perceptible, fue advertida
por Silano, a quien no le sorprendía en absoluto encontrarla. Un poco ofendido de
todas formas, reaccionó con vigor:
—Es un augur quien te habla, Kaeso, y te dice que no hay motivos para reír. La
religión romana es la más sensata del mundo, y cuando haya desaparecido la echarán
de menos.
Como a Kaeso le costaba un poco distinguir bien todas las cualidades, Décimo se
explicó con claridad:
—La primera virtud de nuestra religión nacional —compartida con los griegos—
es que carece de sacerdotes. Quiero decir que, en ciertos países bárbaros, de los que
el Egipto de los faraones fue, entre algunos otros, el mejor ejemplo, una casta
cerrada, doctrinaria y autoritaria, mezclada en todo y en nada, posesiva e indiscreta,
misteriosa y abusiva, tuvo al Estado bajo su tutela. Mientras que entre nosotros, al
servicio de un panteón elástico e impreciso sólo hay funcionarios, cuyo único papel
consiste en velar por el respeto de ciertas reglas para mantener la concordia entre la
tierra romana y los cielos que la cubren. Nuestros sacerdotes, ya sean elegidos o
cooptados, provisionales o permanentes, tienen una actividad y responsabilidades
siempre convencionales. En Roma, todo el mundo puede ser sacerdote un día, como
puede ser procurador o cónsul. Mejor todavía, el pluriempleo es de lo más corriente.
Así que el Estado respira en libertad: siendo cada cual un sacerdote en potencia, el
sacerdote está en todas partes y en ninguna. Se diluye en el pueblo y se confunde con
el buen carácter de la nación.
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»La segunda virtud de nuestra religión es que este sacerdote funcionario es
perfectamente irresponsable. Cuando ofrece sacrificios para atraer el favor de los
dioses, no se le puede pedir sino que vele por la estricta observancia de los ritos
tradicionales. Si el sacrificio no es aceptado en esas condiciones, es obvio que el
sacerdote no tiene la culpa de nada. Y cuando lee los augurios conforme a las reglas,
para saber si los dioses son propicios a una empresa cualquiera, sigue siendo
irresponsable de los errores e interpretación que pudiera cometer en materia tan
delicada. Errare humanum est, y nuestro sacerdote sólo es un hombre como los otros.
Más de una vez han saqueado a generales que habían librado una batalla
despreciando la evidente inapetencia de las gallinas. Pero cuando derrotan al general
después de que las gallinas hayan devorado todo su salvado, uno se limita a decir
tristemente: el general X, en materia de gallinas, no tiene mucha suerte. Un sistema
semejante no presenta más que ventajas. A los más escépticos siempre les encanta
enterarse de que los dioses parecen favorables, y acción y valor reciben un buen
empujón. Pero si los resultados son desastrosos, ¿qué importancia tiene? El error del
sacerdote, ¿no es de todos los demás? ¿Quién podría presumir de haberlo hecho
mejor en su lugar? Incluso en mitad del desastre todo está en orden, pues la cualidad
más hermosa de nuestra religión es su humanidad.
»La tercera virtud la sitúa por encima de la de los griegos. El griego piensa que
los dioses tienen suficiente poder como para imponer su voluntad. Permíteme la
expresión, ya que estamos entre hombres: diría que el griego deja que sus dioses le
den por culo todo el día. Mientras que Roma fue formada por el empeño de algunos,
y de quienes sabían por experiencia que la voluntad del hombre no tiene límites,
porque las obligaciones y las libertades que él se inventa no los tienen. La mala
voluntad de los dioses no es para nosotros una limitación. Para actuar nos basta con
esperar un benevolente claro en las nubes de su ira, y somos pacientes. De este modo,
siempre tenemos la última palabra.
»¿Lo has entendido bien?
Kaeso reflexionó un momento y contestó:
—En el fondo, ¿quieres decir que la fuerza de la religión romana estaría en poder
prescindir de los dioses como ya rescinde de los sacerdotes? ¿Que, en cualquier caso,
nuestros dioses no son nuestros dueños?
Silano sonrió y dejó caer:
—¡Con una agudeza superior a la de tu edad, me has calado bien!
—La fuerza de nuestra religión, en ese caso, es también su debilidad. Hay
muchos que le piden a una religión que sea algo más que una forma de aliento al
servicio de sus intereses. El hombre está hecho de tal manera que antes presenta al
Cielo el trasero que la cara. ¿No nos exponemos a que una pandilla de sacerdotes
indiscretos nos imponga un día la ley?
—Mientras haya romanos, no hay peligro. Por eso precisamente te he hablado
tanto del culto privado de mi familia.
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Al final, Kaeso intentó conducir a Silano hacia los asuntos políticos, pero su
anfitrión se mostró muy prudente, limitándose a algunas generalidades:
—Las cosas van mal, pues desde hace algún tiempo hay un gusano en el fruto. La
civilización romana soy yo, y un puñado de gente distinguida que se esfuerza en
imitarme. Para permitirme llevar esta inimitable vida, los campesinos romanos, a
fuerza de guerrear, perdieron su campo. Así que vinieron a Roma a mendigar las
migajas de mi mesa o constituyeron algunas legiones mercenarias sedientas de
dinero. ¿Cuánto tiempo crees que puede durar una situación semejante?
»En el momento actual, son los pretorianos los que controlan el ascenso al
imperio. Tarde o temprano, las armadas provincianas querrán compartir el privilegio,
y tendremos nuevas guerras civiles, a cuyo lado las de antaño parecerán un aperitivo;
y el primer pensamiento de toda esa buena gente será el de servirse de mi fuente,
repartirse mis tierras y a los que las cultivan, mis villas y mis tres mil esclavos
urbanos, y asar mis peces sobre las enrojecidas cenizas de Bayas.
»Comparado con tal amenaza, nada tiene peso. El propio ciudadano romano se
está convirtiendo en una figura retórica. Ya hay, quizás, cinco o seis millones
actualmente, y los libertamientos o las naturalizaciones aumentan constantemente el
número. Dentro de algunas generaciones, esa pandilla de privilegiados de segunda
clase, que habrían podido impedir el desorden si lo hubiesen mantenido dentro de
límites razonables, se habrá extendido a todos los hombres libres del Imperio, y el
ciudadano sobrevivirá porque todo el mundo tendrá derecho al título. Entonces
romperá la ya fatigada espina dorsal del Estado. Pero semejante evolución es
inevitable. En un primer momento, se saquea a todos los extranjeros que caen en
nuestras manos y en un segundo y último momento, cuando ya no queda nada que
saquear en ninguna parte, se condecora a los vencidos con el título de ciudadano para
que se mantengan tranquilos.
»Los mercenarios son sinónimo de desorden militar. La vulgarización de la
dignidad de ciudadano acarrea indignidad general y desorden civil.
»Peor aún: cuanto más comerciamos, más nos arruinamos. El oro de la parte
oriental del Imperio va a amontonarse entre los partos, los árabes o los hindúes, hasta
entre los chinos. Y el oro de la parte occidental también va a parar al este. Pues, por
una extraña maldición, las mercancías preciosas circulan de este a oeste y las
mercancías sin gran valor en sentido contrario. Los galos hacen jamones, y los
fenicios mantos. En consecuencia, cuantos más mantos tenga el emperador, menos
jamón comerá. Llegará un momento en que Occidente ni siquiera podrá pagar en
efectivo a sus mercenarios, y sin embargo es la única manera de mantener un mínimo
de disciplina. Abrirán nuestras fronteras, saquearán nuestras ciudades y borrarán las
últimas huellas de civilización, pues ser civilizado quiere decir, hasta nueva orden,
que en la ciudad se comen los productos del campo. En resumen, hay algo más
terrible todavía que la insolencia criminal de los mercenarios y de la plebe urbana: ¡la
propia desaparición de los mercenarios y de la plebe!
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»Pero tal vez soy pesimista. Es una actitud frecuente entre los que poseen muchos
bienes.
Por cierto que era difícil imaginar semejantes catástrofes ante una Bayas
centelleante.
—Olvidas algo —dijo Kaeso—, y es el derecho, reconocido por todos, que los
descendientes de César tienen al mando de las armadas. Esta especie de legitimidad
tiene su peso.
—Si —dijo Décimo—, la última vez que cené con Nerón, observé que había
engordado… Pero yo, que también soy heredero de Augusto, tengo más bien
tendencia a adelgazar. El matrimonio, quizás…
Kaeso no debería haber hecho alusión al emperador, que ciertamente era para
alguien como Silano el peligro más inmediato. Nerón tenía suficiente talla como para
hacerle adelgazar todavía más deprisa que Marcia.
Décimo se levantó de su lecho y se despidió de Kaeso, que pasó una noche
agitada, poblada de morenas, esqueletos, mercenarios delirantes y plebeyos
incendiarios. No iba a entrar sin inquietud en la verdadera civilización romana que
Silano pretendía compendiar.
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IV
Silano se quedó unos quince días más en Bayas, pues, a pesar de las altas pagas, tenía
las mayores dificultades para hacer trabajar a los albañiles campanios de la mañana a
la noche. El equipo de la tarde sufría ausencias y desapariciones continuas. Y se
producían tormentosas discusiones con los delegados sindicales. Los trabajadores
estaban organizados en colegios donde los mismos intereses y una misma solidaridad
unían a hombres libres y esclavos con el pretexto de rendir culto a una divinidad
cualquiera o asegurar las exequias decentes de los miembros. Estas sospechosas
asociaciones, prohibidas sin cesar, se reconstruían una y otra sin que nadie osara
actuar con rigor, por miedo a desencadenar desórdenes superfluos. Los motivos
religiosos o funerarios eran una cortina para encubrir la defensa de los privilegios
profesionales. Además, esa gente era necesaria. Una bóveda de gran arco, ¿no era
asunto de especialistas?
Mientras montaban, piano piano, la bóveda para salmonetes, Kaeso se iniciaba en
la exquisita existencia de la alta aristocracia, y recibía así un interesante complemento
educativo. Unas veces asistían desde las primeras filas a un munus bastante decente
en el cercano anfiteatro de Pompeya, que tenía buena reputación y concentraba a los
fanáticos de muchas jornadas de viaje a la redonda. Otras veces escuchaban
cortésmente la lectura pública de una aburrida tragedia, cuyos versos habrían
desanimado a los espectadores corrientes. O bien se encanallaban en el teatro, donde
las violencias sangrientas y las vulgares obscenidades contaban con el favor de la
plebe. También había paseos marítimos, en alguna de las embarcaciones a vela o de
remos del puerto de recreo de Bayas; o vueltas en litera por los alrededores. Silano
tenía participaciones en el afinado de las famosas ostras del lago Lucrino, y no
desdeñaban la ocasión de ir a ver sus suculentos mariscos de valva lisa, las célebres
leiostreia. Se preferían las ostras afinadas en agua dulce; se cultivaban por todas
partes, desde Tarento a Bretaña, y se degustaban hasta en las montañas de Helvetia o
en las fronteras germanas. Sin embargo costaban dos veces más caras que los erizos
de mar, por los que la gente también se chiflaba. Y además se criaban espóndilos,
bellotas de mar, almejas y pechinas. No había una sola comida de cierto rango sin
mariscos.
Las cenas exquisitas sucedían a las cenas exquisitas, en casa de Silano o fuera de
ella, y los cocineros rivalizaban en gastos e imaginación.
Cuando Silano al caer la noche recibía, para ágapes que se prolongaban con gran
acompañamiento de luces, su primera preocupación era localizar a una mujer bonita y
decirle, guiñando un ojo a Kaeso: «Si tu marido (o tu amigo) lo permite, mi futuro
hijo te enseñará mis morenas antes de que el sol se ponga». Si la cara del amigo o del
marido no era demasiado simpática, Kaeso, a pesar de que experimentaba una extraña
repugnancia por el amor desde el nuevo matrimonio de Marcia, se dejaba tentar. La
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artimaña de Silano era casi infalible. Kaeso sólo conoció un fracaso: una alocada que
quería ver devorar a un niño crudo en el acto.
Esas noches, las conversaciones eran de un nivel fuera de lo común, pues Silano
sabía escoger a sus huéspedes. Petronio fue invitado una vez, luego de una lectura
pública de un largo pasaje de su Satiricón, que ya estaba acabando. El debate a la
salida de la sesión había sido excepcionalmente animado, y había continuado durante
la cena. Por primera vez la gente cultivada había podido oír un remedo de novela
popular, una novela donde muchas peripecias estaban escritas en un latín que se
aproximaba a la lengua hablada. La innovación había suscitado aún más escándalo
que interés. Petronio fingía no conceder ninguna importancia a su invento —que sin
embargo había divertido a Nerón— pero era evidente que estaba decepcionado por el
hecho de que su mensaje chocara con tantos prejuicios.
Petronio llegó en compañía de una muchacha deslumbrante, y a Kaeso le
sorprendió el silencio de Décimo, cuando Petronio le dijo: «Le prometí a Popilia que
la llevarías a visitar la piscina de las morenas —sin olvidar la gruta donde se dice que
Venus se arregló al salir de las aguas—. ¡Dame ese gusto!». Ya que Petronio estaba
en el secreto, habría sido grosero decepcionarlo.
Esa dolce vita irradiaba tantos encantos que una sospecha rozó a Kaeso: la de que
el sacrificio de Marcia quizás fuera menos cruel de lo que él creía. Pero más bien se
alegró por ella, que así tendría compensaciones con las que, evidentemente, nunca
hubiera soñado. A Kaeso le costaba mucho abrir los ojos.
Sintiendo el terreno resbaladizo, Silano hablaba poco de su mujer y menos
todavía de su penúltimo marido. La víspera de la partida, se decidió sin embargo a
decirle a Kaeso:
—He notado en ti una pizca de frialdad en relación conmigo, que no puedo poner
en la cuenta de tu timidez, ya que ahora, tras dos semanas de convivencia, me
conoces un poco mejor. Esta frialdad, que tu carácter no puede disimular —franqueza
que me confirma en el afecto que te tengo— la comprendo y perdono en la medida en
que es reflejo de una prevención completamente natural. La cotización de los
padrastros no es mejor que la de las madrastras. Puesto que tengo la vanidad de creer
que se trata de una prevención, más que de un juicio imparcial, me gustaría ayudarte
a razonar, desde lo alto de la experiencia que pueda haber reunido.
»Ya conoces la desgracia de Acteón, aquél joven y curioso cazador, convertido en
ciervo por haber sorprendido a Diana en el baño, y devorado por los perros de la
diosa.
»Estos hechos son enteramente exactos, pero una comprensión más profunda
arroja nueva luz sobre ellos. Al contrario de lo que se piensa, Diana no era virgen en
absoluto. De día disimulaba, para sentar su reputación, pero al claro de luna Eros se
reunía con ella sobre el musgo. De sus abrazos nació el hermoso Acteón, ingenuo
muchacho que tenía menos excusas que los demás, siendo su hijo, para creer que su
madre nunca había conocido a ningún hombre. Cierto que él era todavía más virgen
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que su madre. La noche en que, perseguido por vagas inquietudes, sorprendió a Diana
en el baño, la virgen no estaba sola, sino que Eros cabalgaba sobre ella more
ferarum[94] batiendo las alas. Diana se apresuró a transformar a Acteón en ciervo, no
para castigarle, por cierto, sino para ahorrarle la irritación que los hijos cándidos
sienten siempre en semejantes casos. Algún tiempo después, mientras Acteón cubría
a una cierva grande y complaciente, recordó de repente la escena que Diana había
intentado borrar de su memoria. Se sintió tan desgraciado que dejó plantada a la
cierva y no tuvo ánimos para correr la primera vez que se encontró con sus propios
perros.
»En realidad, los niños le perdonan a su madre que haya hecho el amor una vez
—pero no dos. Y el rencor solapado que alimentan contra su padre ya no conoce
freno al volverse contra un padrastro, pues las necesidades de la generación dejan de
estar ahí para cubrir con su manto unos placeres que excluyen al niño.
»Pero los chicos inteligentes, cuando les cuentan la verdadera historia de Diana y
Acteón, la aprenden de memoria para desengañarse.
Kaeso se sintió muy impresionado por el apólogo y terminó por decirle al
fabulista:
—Si hubiera conocido antes esta historia, ambos nos habríamos beneficiado. Me
esforzaré por no pensar más ni en mi madre ni en ti cuando esté sobre una cierva.
—¡Sería la manera más segura de pensar en ello! Piénsalo, sin hacer ningún
esfuerzo, y piensa sobre todo que Marcia y yo tenemos los mismos derechos que tú a
disponer de nuestra persona.
La mentalidad abierta y la perspicacia de Silano conquistaban poco a poco a
Kaeso, a pesar de sus instintivas repugnancias.
La mañana de la partida se reunió una muchedumbre para saludar a Silano:
amigos diversos, clientes vinculados a sus viñas campanias, presidente y
vicepresidentes del colegio local de albañiles, que se empeñaban en tranquilizarle
sobre la buena marcha de los trabajos…
La caravana se puso tarde en movimiento y, una vez pasada Capua, prefirieron la
Vía Apia a la Vía Latina, pues en este itinerario se hallaban las dos etapas, con termas
y cocinas, que Silano ordenaba mantener para pasar en ellas algunas noches al año.
Para romper la monotonía del viaje y proteger sus músculos de las agujetas, el
patricio alternaba las formas de transporte, pasando de su litera a un carro de cuatro
caballos, de su carro a un caballo, del caballo a un vehículo-salón. Seguían,
arrastrados por mulas, un vehículo-cocina para las comidas campestres y una docena
de carretas de equipajes, entre ellas la que encerraba el suntuoso guardarropa que
Silano le había regalado a Kaeso. A la cabeza y a la cola, grupos compactos de
esclavos aseguraban la seguridad del cortejo.
Los bosques de Campania estaban infestados de salteadores, llamados grassatores
o sicarii; iban a tender sus emboscadas a la entrada de las marismas Pontinas,
atravesadas por una calzada de dieciocho millas de largo, que parecía expresamente
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construida para ellos: una vez metidos en esta ratonera, los viajeros eran atrapados y
agredidos, y los bandidos huían en barca por el dédalo de los pantanos. La segunda
zona peligrosa era los alrededores inmediatos de Roma, donde los sicarios se habían
establecido a una respetuosa distancia de los policías urbanos. Su lugar de ataque
favorito en la Vía Apia era el llamado Túmulo de Basilio, cerca de un bosque
siniestro.
Ya que la disuasión es el rostro más afortunado de la fuerza, el viaje se desarrolló
sin accidentes ni incidentes, y la población admiró a placer a un cortejo que se podría
haber calificado de imperial si Nerón hubiera sido modesto; y, en la tarde del tercer
día, abordaron la región de las tumbas de la Vía Apia.
Hasta quince o veinte millas más allá de Roma, todas las grandes vías estaban
bordeadas de tumbas, en un orden tanto más continuo cuanto más frecuentadas eran y
más cerca estaban de la Ciudad. Las Vías Apia, Latina y Flaminia se hallaban
particularmente decoradas y estropeadas por los muertos. Los monumentos más ricos
estaban junto a la carretera, con su área de cremación privada. Cuanto más se alejaba
uno de la carretera, más pobres eran las tumbas: de las piezas engastadas donde
tenían libre curso las mayores fantasías, se pasaba insensiblemente a las más
humildes piedras. De cuando en cuando había un área de cremación pública, unida a
un albergue donde se servían los banquetes fúnebres de los pequeño burgueses.
Silano, que había cogido las riendas de su carro, retenía a veces a los caballos el
tiempo de leer un epitafio que aún no conocía y de hacerle a Kaeso algún comentario.
Los romanos adinerados rara vez se hacían inhumar en sus jardines. Trataban, una
vez difuntos, de acercarse a la muchedumbre que habían rehuido mientras estaban
vivos, de que tuvieran de ellos un buen recuerdo, de legarles un mensaje. Y nada
mejor que una buena carretera para establecer y mantener una comunicación
permanente entre vivos y muertos.
Este afán de diálogo personal hacía que los epitafios fueran extremadamente
variados, y que la mayor parte de las veces se hallaran desnudos del menor
convencionalismo en cuanto a lo esencial del texto. Todas las cualidades y todos los
defectos se expresaban en esa prosa eterna. Algunos vanidosos amontonaban una
docena de sobrenombres a guisa de introducción a un ridículo curriculum vitae.
Hombres célebres —entre ellos algunos más que conocidos— trabajaban el género
sobrio. Los pensamientos, los sentimientos más contradictorios, los más profundos o
los más fútiles surgían a la luz. Los romanos se revelaban de regente mucho más
originales en su muerte que en su vida.
Kaeso, a su vez, llamaba la atención de Décimo sobre tal o cual extracto que por
una u otra razón le había impresionado.
«Aquí yace Similis, antiguo Prefecto del Pretorio: soportó la vida durante
cincuenta años y sólo vivió de verdad durante siete».
«Todos tienen acceso a la virtud, que no exige ni rangos ni riquezas: el hombre
solo le basta».
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«Mientras viví, me divertí mucho. Mi obra ha terminado, la vuestra terminará
pronto. ¡Adiós, aplaudid!».
«Viviente, nunca maldije a nadie. Ahora maldigo a todos los dioses de los
infiernos».
«Situaron a T. Lolio cerca de esta carretera para que el que pase le diga: ¡querido
Lolio, adiós!».
«Aquí yace Amimona, mujer de Marcio. Excelente, muy bella, hilaba la lana; fue
piadosa, púdica, honesta, casta, y se quedaba en casa».
«A la mujer más amable: no me causó más disgusto que el de su muerte».
«Os ruego, santísimos dioses manes, que recomendéis a mi queridísimo marido, y
que seáis lo bastante indulgentes con él como para que yo lo vea durante las horas de
la noche».
«Lo que bebí y comí es todo lo que me llevo conmigo».
«Piadoso, valiente, fiel, surgido de la nada, dejó treinta millones de sestercios y
nunca quiso oír a los filósofos. Cuídate y toma ejemplo de él».
«Joven, por mucha prisa que tengas, esta piedra te pide que alces tu mirada y leas:
aquí yace el poeta M. Pacuvio. Eso es todo lo que quería que supieras. Adiós».
«¡Tierra, no peses sobre este niño que nada pesó sobre ti!».
«¡Que pueda disfrutar de salud aquel que me salude al pasar!».
Incluso había una tumba anónima:
«No hablaré de mi nombre, ni de mi padre, ni de mi origen, ni de mis actos. Mudo
para toda la eternidad, ya no soy más que un poco de ceniza y algunos huesos, tres
veces nada. Salí de ella, ya no existo y nunca volveré a existir. ¡No me reprochéis mi
incredulidad, pues os acecha la misma suerte!».
Kaeso le preguntó a Décimo:
—¿Tú crees que nuestra alma sobrevive?
—Las cuestiones insolubles no merecen que uno se detenga en ellas demasiado
tiempo. Lo cierto es que debemos vivir como si fuéramos inmortales.
Silano detuvo el carro otra vez y bajó. Se encontraban ante una gran torre de
piedra tallada. El basamento era de mármol blanco, igual que el friso de la cúspide,
donde estaban esculpidos bucráneos, guirnaldas de follaje y páteras, emblemas de los
sacrificios. Era la tumba de los Silano.
El dueño pidió al guardián que abriera la cámara funeraria y a Kaeso le
sorprendió mucho distinguir en el claroscuro de la estancia hileras de sarcófagos de
mármol en muchos niveles. No era el número de sarcófagos lo que le asombraba: las
gentes ilustres podían permitirse tales reuniones. Pero había esperado encontrar las
urnas funerarias de rigor.
Décimo le explicó:
—Las gentes más antiguas de Roma no tenían la costumbre de practicar la
cremación. Sulla, por ejemplo, fue el primero de la gens Cornelia que acabó en la
hoguera: habían desenterrado el cadáver de Mario, y él quería tomar precauciones
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contra un inconveniente semejante. Este temor es revelador respecto del motivo
general que hizo que la cremación entrara en las costumbres: se trata de un hábito
práctico de pueblos nómadas, que así pueden circular fácilmente y con pocos gastos
con sus muertos y sustraer sus cenizas al enemigo. Es probable que algunos invasores
nos impusieran esta innovación en los tiempos legendarios de la Ciudad, pero los
romanos la adoptaron de tanta más buena gana cuanto que iban a morir lejos y en
gran numero en las legiones, y la repatriación de los restos, de ese modo, no ofrecía
dificultad alguna.
Aún hoy el sarcófago es requisito indispensable en nuestra familia, para recordar
a todos la antigüedad de nuestros orígenes.
Mientras hablaba, Décimo se acercó a una pared horadada de nichos donde
habían sido depositadas algunas urnas.
—Aquí están las cenizas de mis antepasados, que cayeron bajo la espada enemiga
en los campos de batalla extranjeros. Esta última urna es la de mi pobre hermano
Marco, asesinado durante su proconsulado en Asia. Pero este sarcófago es el de mi
joven hermano Lucio, obligado a suicidarse en Roma.
Después de haberse vuelto para secarse los ojos y sorber discretamente, Décimo
le explicó a Kaeso qué víctima convenía sacrificar, para apaciguar a los manes de los
muertos, el IX de las Calendas de marzo, con ocasión de la fiesta de las Parentales[95],
y qué formalidades religiosas eran imprescindibles para apaciguarlos de nuevo y
mantenerlos a distancia de las viviendas, con ocasión de las Lemurias[96] el III, V y
VII de los Idus de mayo. Los romanos, que no temían a ningún vivo, tenían miedo,
no obstante, de los muertos insatisfechos.
Kaeso tomó nota de los menores detalles con una seriedad ejemplar. El lugar,
además, no inspiraba muchas ganas reír.
Satisfecho de esta buena voluntad, Décimo creyó apropiado añadir:
—Ya te he dicho que a mi juicio es preciso velar por el mantenimiento de la
religión, porque las virtudes romanas más importantes están vinculadas a ella. ¿Hay
algo más hermoso que una religión que no aparta al hombre de hacer todo lo que
puede y quiere? Y a este respecto, las grandes y pequeñas cabezas políticas de Roma
son de mi opinión. Los más escépticos entre los responsables defenderán nuestra
religión nacional hasta el fin contra todas las influencias, todas las ideas, todos los
sistemas que pudieran aniquilarla, riesgo afortunadamente poco probable, pues entre
nosotros la religión es solamente asunto de formas y nadie ve a quién podrían
molestar. El riesgo principal es que los mismos romanos se aparten de antiguallas
consideradas cada vez más ridículas. Ríete de la religión tanto como quieras con
alguien como Petronio, ¡pero nunca te rías delante de los pobres y los ignorantes! Y
aunque sólo sea por ellos, conserva con rostro grave todas las tradiciones que
merecen vivir. Si desaparecieran, ¿qué pondríamos en su lugar?
»Pero en privado soy más bien estoico, como pretenden, con razón, los rumores.
Has debido de oír en Atenas suficientes conferencias sobre el estoicismo a la moda
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como para tener ganas de suplementos. Así que seré lacónico. El estoicismo nos
enseña a no preocuparnos de lo que no depende de nosotros para llegar a ser
divinamente libres en las cosas que dependen de nuestra voluntad. La selección es
tanto más fácil de hacer cuanto mejor hemos penetrado el orden del mundo al que la
sensatez quiere que acomodemos nuestros pensamientos y aspiraciones.
—Esta libertad en las cosas que dependen de nosotros, ¿no es, aplicada a la
mayoría, un factor permanente de desorden?
—En efecto, ése es el gran problema. Unos aplican su libertad al orden y los otros
al desorden. Pero cuando una ciega libertad desencadena un desorden sin remedio, el
estoico sigue teniendo la libertad de retirarse de los asuntos públicos, como Séneca o
como yo mismo. Y siempre queda la sublime libertad, en último extremo, de la vida.
Entre los epitafios que adornaban la cámara funeraria figuraban las maldiciones de
costumbre contra el impío que osará turbar el sueño de los muertos: «¡Que sea
privado de sepultura!», «¡Que muera el último de su linaje!».
—Mi sobrino Lucio, el hijo del llorado Marco, se ve tan amenazado como yo —
dijo Décimo—; aunque gracias a ti tal vez yo no sea el último…
Salieron otra vez al aire libre mientras en la Vía Apia, el paseo favorito de los
romanos junto con el Campo de Marte, la muchedumbre se hacía cada vez más densa,
al punto de obstaculizar, en algunos lugares, el tráfico de los viajeros, y sobre todo el
de las mercancías, que iban a amontonarse ante la Puerta Capena para esperar la hora
nocturna de penetrar en la Ciudad. También el Campo de Marte, por derogación
especial, había tomado aquí y allá carices de cementerio. Los romanos vivían con sus
muertos.
Echaron una última ojeada al imponente monumento que, en vista de su destino
comunitario, no presentaba ningún epitafio exterior. Sólo se leía, ya estropeado por el
tiempo, el clásico «H. M. H. N. S.», es decir, «Este monumento no es propiedad del
heredero».
En derecho romano, por una extraordinaria excepción a todas las reglas, los
muertos eran, en efecto, propietarios de su tumba. Hacía falta su permiso para
tocarlas, y los muertos extranjeros no se daban prisa en darlo: al pie del monte
Esquilino, en el nacimiento de la Vía Sacra, seguía viéndose el emplazamiento donde
los galos de Bretaña, más de cuatrocientos años antes, habían quemado a sus muertos
durante los siete meses de sitio del Capitolio.
Pronto pasaron delante del pequeño y pretencioso sepulcro del tío Rufo, cuya
curiosa inscripción le señaló Kaeso a Décimo: «Murió como nació: de manera
involuntaria. ¡Imitad su imprevisión!». Era uno de los epitafios que más éxito tenía
entre los curiosos.
Después Décimo tomó un atajo, y fueron a lo largo de las inmensas colombaria
donde reposaban las cenizas de los esclavos de la familia imperial, y también las de
los libertos que no habían podido o querido pagar un monumento propio. Penetraron
al fin en un vasto colombarium, que pertenecía a los Silano. Había millares de nichos
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y cada urna estaba provista de una inscripción que recordaba el nombre, la calidad y a
menudo la función del liberto o del esclavo.
Naturalmente, Décimo estaba orgulloso de la importancia de la colección, que le
inspiró un comentario:
—Todos estos esclavos prefirieron la indignidad de su condición a un suicidio
estoico, demostrando así que merecían su suerte. Pero ¿cuántos hombres libres no
viven esclavizados por sus pasiones, sus prejuicios o sus errores? Un espectáculo
como éste, ¿no invita a liberarse de todas las esclavitudes, tanto de las más anodinas,
que vienen de los demás, como de las más peligrosas, que vienen de nosotros
mismos?
Entre otras cosas, Marcia le había insistido a Décimo en el hecho de que Kaeso
siguiera en la ignorancia respecto de sus orígenes. Pero Décimo consideró que el
lugar era apropiado para ser infiel a su esposa en algo que él estimaba sin mayores
consecuencias. Le señaló a Kaeso una inscripción: «T. Junio Aponio, tesorero», y
luego dijo:
—¡Desde esta urna te saluda tu bisabuelo!
Ante el pasmo y la turbación del muchacho, continuó:
—Tal es el origen de la afectuosa y agradecida clientela de tu padre. Una muy
excusable vanidad le incitó a correr un velo; un justo orgullo me incita a ponerte al
corriente. En el fondo, tú eres un poco como mis peces más bellos: el producto de una
crianza que ha necesitado generaciones de cuidados. Mis piscinas más antiguas las
creó mi abuelo, y es muy posible que tu bisabuelo le llevara la tesorería y clasificara
las fichas. Adoptándote, recojo lo que hemos sembrado. ¡No adopto a un
desconocido! No obstante, a mis esclavos les costó trabajo encontrar esta inscripción:
hay tantos aquí dentro…
»No te sientas herido: la mayor parte de los ciudadanos de Roma descienden
actualmente de aquellas multitudes de cautivos con las que arramblaron nuestros
legionarios. Y de esos esclavos, Roma hizo hombres y a veces cónsules. Nuestra
esclavitud no es sino una gran fábrica de ciudadanos. No estás en una compañía
demasiado mala. Además, muchos esclavos estaban más dotados que sus dueños —
sobre todo los griegos, como tu bisabuelo— y todo el mal que te deseo es que no me
ahorres tus buenas lecciones.
»¿Deseas que ordene edificar para nuestro Aponio un sepulcro conveniente, con
un hermoso epitafio como éste?:
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importante! Y la propia Marcia… Pero Marco debía de haber impuesto esta
discreción a su mujer.
En la litera a la que subieron en la Puerta Capena, Décimo abordó el tema de la
investidura de la toga viril y las formalidades de la adopción. Como se lanzó a dar
una clase sobre las bellezas de la adopción romana, entre las que no era insignificante
la de permitir al padre adoptivo escoger a un adulto que superara sus pruebas, o a un
adolescente que hiciera abrigar esperanzas, para garantizar la permanencia del culto
familiar, Kaeso, un poco impaciente, replicó:
—Domine, ¡yo no soy digno de entrar en tu casa!
A lo cual Décimo repuso:
—¡Soy yo el que no es digno de adoptarte, puesto que no he sido capaz de tener
un hijo tan hermoso como tú!
Décimo se había acostumbrado a decir siempre la última palabra.
Después de semejantes experiencias, Kaeso volvió a una casa paterna que le
pareció de lo más mediocre, Junto a un padre que le pareció más mediocre aún, a
pesar de sus leales esfuerzos para mirarlo con los ojos de antaño. La naturaleza de sus
estimables exigencias arrastra a los hijos a despreciar a sus padres, ya sea de forma
gradual o a causa de un súbito accidente. El accidente había sobrevenido por culpa de
la orgullosa torpeza de Décimo, pero no se excluía que Kaeso ya hubiera subido
antes, sin darse cuenta, algunos peldaños en la solapada escalera del desprecio. Era
hora, por la gracia de las leyes y la benevolencia de los dioses, de que cambiara de
padre.
Puesto que la confianza es un bloque que no se puede cortar en trozos, Kaeso se
preguntaba si no le habrían ocultado otros misterios, y su curiosidad por descubrirlos
igualaba su miedo. El apólogo de Acteón no bastaba para retenerlo ante este
peligroso camino y calmar sus sordas inquietudes.
En todo caso, había una cosa de la que el amo alardeaba, y era de su Selene.
Marco, antes tan reservado, tan respetuoso con Marcia delante de sus hijos, se comía
a la esclava con los ojos y la trataba con una familiaridad que no habría dejado
ninguna duda sobre el concubinato si la menor duda hubiera sido posible.
Hacía mucho tiempo que el matrimonio no presentaba más que inconvenientes
para los hombres, privados de toda autoridad legal sobre sus esposas e incapaces
hasta de entrar en posesión de la dote, que se les escapaba delante de sus narices si la
infiel se esfumaba: así que la convivencia con una liberta o una esclava se había
vuelto frecuente y nadie se molestaba por ello, Kaeso menos que ninguno. Pero, en
este caso particular, no tenía más remedio que comparar la dignidad exhibida en otro
tiempo con la relajación que se veía obligado a presenciar. Y la situación le pesaba,
decepcionaba e irritaba tanto más cuanto que Selene era maravillosamente bella y
oponía a las desagradables vulgaridades de Marco una sangre fría y una corrección
imperturbables. Kaeso sufría por su padre, que ofrecía una imagen degradada, y
sufría por Selene, a causa de una especie de sensibilidad estética. Le parecía que, en
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una sociedad bien organizada, el disfrute de las bellezas perfectas debería estar
reservado a los aficionados con gusto, en edad y estado de apreciarlas. Incluso se le
ocurrió de improviso la idea —que rechazó por indecente— de que en el momento de
ser más favorecido por Silano, estaría en condiciones de volverle a comprar a su
padre la esclava, y por una suma que haría desaparecer sus últimas dudas.
A pesar de los excesos demasiado frecuentes de comida y bebida, Marco había
conservado suficiente delicadeza como para calar hasta el fondo los sentimientos de
Kaeso y, una noche, mientras cenaban los tres, incitado a la franqueza por cierto vino
de Clazomenas, el amo dijo con una pizca de impaciencia:
—Pues sí, todo el mundo debe tomar partido: la mala suerte me ha privado de una
mujer bonita, y una clemente fortuna me ha dado otra que lo tiene todo… (¡casi
todo!) para hacer feliz a un hombre: es normal que contemple con admiración este
tesoro, y sin embarazo, ¡puesto que estoy en mi casa y se trata de una esclava!
Kaeso, que estaba tendido frente a la pareja, bajó la cabeza por todo comentario.
Marco aprovechó para darle una pequeña palmada en el trasero a su concubina, que
naturalmente se había colocado «debajo» de él, y continuó:
—Pronto vestirás la toga viril, Kaeso. Ya es hora de que te empapes de la vieja
moral romana, que trato de inculcarte desde tu primera infancia y que, en materia de
mujeres, se resume en una sugerencia: respeta a las matronas, ya se trate de tu esposa
o de las de los demás; respeta a las tiernas vírgenes que todavía están bajo la
autoridad de los padres, en espera de un matrimonio que demasiado las desbridará ya;
y reserva los ardores de tu juventud para las muchachas sumisas y las esclavas que
una ley tolerante pone a tu disposición. Así no harás daño a nadie. Tal era ya la
opinión del viejo Catón, que desposó a una jovencita a los setenta años.
Ante el prolongado silencio de Kaeso, añadió, midiendo sus expresiones:
—Marcia me dijo algo sobre tus dificultades con los pederastas griegos. Más o
menos todos los hombres las tienen por allí, en ese país de facilidad y decadencia. Lo
más vergonzoso de los griegos es su pretensión, considerada honesta, de corromper a
los jóvenes de buena familia. Nuestras leyes romanas —que, ay, no se aplican
demasiado— insisten en considerar infames y en consecuencia sancionar los vínculos
de este tipo entre ciudadanos, y el invertido sale irremediablemente deshonrado. Pero
cierran los ojos ante el empleo de un favorito servil. En suma, tanto para los hombres
como para las mujeres, la esclavitud está para preservar el honor de los ciudadanos.
Aunque el esclavo sólo sirviera para eso, ya sería indispensable.
La manera en que Marco, descendiente de un esclavo griego que había tenido que
sufrir todos los caprichos de sus amos, hablaba de los griegos y de los esclavos
demostraba una inconsciencia que no era menos notable por el hecho de revelar la
naturaleza humana más elemental. Kaeso sólo podía imitar el silencio de Selene, pues
tenía demasiado que decir.
Para muchos romanos de ingresos modestos, uno de los mayores atractivos de la
concubina, esclava o liberta era que se la podía poner a trabajar en la cocina sin
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discusión, mientras que la matrona, tras el mítico rapto de las Sabinas, juró que nunca
más atravesaría esa puerta. En el momento en que Marco vio mejorar sus finanzas se
compró un cocinero sirio de aceptable talento, que le costó 10 000 sestercios, pero
que no estaba dotado para la repostería. Como no era cuestión de comprar también un
pastelero, que formaba, con el cocinero jefe, la base mínima de una cocina de cierto
rango, Selene se ofreció para desempeñar este oficio en sus ratos libres, que eran
bastante numerosos, en vista de que la edad había hecho que los ardores del amo
pasaran de antorcha a lucubrum. Las raras y breves cabalgatas de Marco coincidían
generalmente con la luna llena, y hacían falta muchas artimañas para ponerlo en
acción. Durante el resto del tiempo, el amo salía de sus somnolencias o de sus tareas
jurídicas para imponerle a la esclava asiduidades sin consecuencias, que apenas le
calentaban más que los ojos y la mano. Cuando el astro nocturno brillaba en todo su
esplendor, a Selene se le despertaba una violenta afición por los pasteles, cuya
confección la retenía a veces en la cocina, a la luz de las lámparas, hasta altas horas, y
esas noches Marco se veía obligado a escoger entre su lubricidad lunar y su constante
glotonería.
Selene era experta en la confección de numerosos liba, pasteles rituales ofrecidos
a los dioses en tan grandes cantidades que los esclavos de los sacerdotes estaban ya
asqueados y preferían un buen pan. Pero también era hábil en muchas otras
delicadezas. Se sucedían los crujientes crustula; los globuli, bolitas de pasta
fermentada, bañadas de miel y doradas en aceite; el hamus, en forma de media luna;
los diversos lagana de pasta fina, cortados en largas tiras y degustados con pimienta y
garum —llamado cada vez con más frecuencia liquamen— después de freírlos; los
lucuncula, buñuelos crujientes; los perlucida, hojuelas tan estiradas por el rodillo que
se podía ver a través de ellas; las summanalia, en forma de rueda, que en principio
estaban destinadas a Júpiter; el thrion griego, donde intervenía el queso rallado; la
espesa placenta romana, pastel parecido al thrion, pero con más relleno; y también
toda clase de cremas y tortillas, las «torrijas» y los dátiles rellenos de nuez y
pimienta, salados y cocidos en miel… La lista, en la que la fruta y los vinos dulces
ocupaban un lugar preferente, era interminable.
Pero la mantequilla, producto bárbaro que se consideraba medicamento de
régimen, no se utilizaba nunca. El calor de los países mediterráneos era nocivo para
su fabricación, conservación y transporte. Selene trabajaba con manteca de cerdo
fresca y con «aceite de verano» de Venafra, en el Samnium, que era el más famoso, y
cuyo primer prensaje en frío se hacía con olivas de septiembre todavía Mancas.
A veces Kaeso, desocupado, hacía compañía a la repostera, cuyo cuerpo,
esculpido por Praxíteles, se perfilaba bajo el ligero vestido a la luz de las lámparas de
aceite.
Esta cocina, en la que Kaeso nunca había puesto antes los pies —¡y Marcia
menos todavía!—, se había beneficiado de toda suerte de mejoras a medida que el
dinero escaseaba menos. Habían arreglado el horno donde se doraban los pasteles, los
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asados de gallina e incluso las carnes en espetón previamente hervidas. Las parrillas y
los anafes se habían multiplicado. Las baterías de sartenes, cacerolas y marmitas
estaban completas; y con el cocinero sirio, que se tomaba muy en serio, habían
aparecido toda clase de platos más o menos hondos, de los que la mayoría llevaban la
elegancia hasta el extremo de ostentar nombres griegos: artocreas o artolaganon,
epityrum, tyropatina o tyrotarichum… ¡Sin hablar de una placa con escotaduras
hemisféricas para que los huevos «espejo» no se mezclasen durante la cocción! La
sección de los condimentos y especias italianas, extranjeras o exóticas se había vuelto
imponente, y entre una sesentena de productos reinaban el mejor garum y la mejor
miel, la pimienta más fina y los preciosos piñones del pino real o del abeto del Norte,
que no se cultivaba a menudo, salvo para el placer de los gastrónomos. Y el sirio
tenía además toda una biblioteca, griega en su mayor parte —fueron los griegos
quienes enseñaron a cocinar a los romanos—, pero donde también se veían los tres
tratados de C. Matius, el amigo de un César que no prestaba atención alguna a lo que
comía, y claro, el tratado completo de Gavio Apicio[97], aquel gastrónomo loco por
las recetas y los pinches jóvenes. Apicio, cuya escuela de gastronomía floreció bajo
Tiberio, se dio muerte, después de haberse tragado una fortuna, al darse cuenta de que
sólo le quedaban diez millones de sestercios. Mártir de las más delicadas sensaciones,
prefirió un final ejemplar a una reducción de su ritmo alimenticio.
Esa noche, Selene estaba preparando un canopicum egipcio. Mientras hojeaba El
arte de la masa de Crisipo de Tiana, Kaeso le preguntó de pronto:
—El otro día, cuando mi padre dijo que lo tenías «casi todo» para hacer feliz a un
hombre, observé por casualidad que tu mano se crispó sobre el tenedor de los
caracoles, reacción que me parece demasiado viva para una broma tan banal. ¿Qué te
pasó por la cabeza?
—Silano le dio a tu padre mi cuerpo, ¿y tú encima quieres mi cabeza?
—¿Silano?
—Guárdame el secreto, te lo ruego, pues Silano y tu padre están de acuerdo en no
ventilarlo delante de ti. Soy el regalo de ese patricio al amo, en compensación por la
partida de tu madrastra. El gesto me halaga, en vista de los sorprendentes encantos de
Marcia —según dicen—, pero estoy de mal humor, porque he conocido a hombres
menos desagradables. Cierto que apenas conozco a ninguno agradable.
Kaeso entendió por fin cómo su padre se había podido procurar una esclava de
semejante precio.
Pensativo, insistió, pasando del latín al griego, lengua materna de Selene, que tal
vez fuera más favorable a las confidencias:
—No has contestado a mi pregunta.
—Ya te he desvelado un secreto. Eres exigente. Y exigente sin derecho, pues no
te pertenezco.
La curiosidad de Kaeso se había excitado y su mente se perdía en conjeturas.
Selene era muy reticente, pero el muchacho tenía otro encanto además del encanto
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masculino propiamente dicho, al que la joven parecía poco sensible: irradiaba
fácilmente simpatía humana, y a veces el corazón tiene razones que el sexo ignora.
Vencida por fin, Selene lloró y dijo:
—Ya sabrás que, en amor, ciertos hombres gozan con el placer de los demás, y
que otros, por el contrario, hallan su goce más vivo en la pasividad total de la víctima.
De ese modo, castran a muchachos apenas púberes para abastecer los lupanares de
pederastas, y ciertos amos perversos castran también a tal o cual favorito, como según
parece ha hecho Nerón con su pobre Esporo[98]. Tampoco a las mujeres les ahorran
tales padecimientos. En Egipto, una moda ancestral quiere que las muchachas del
país sufran tempranamente la escisión, es decir, que el cuchillo del sacrificador les
corte lo que los griegos llaman kleitóris, kleidion —o «llavecita» del placer— murton
—o baya de mirto—, incluso asticot… Hay muchos otros términos, que seguramente
habrás aprendido si has frecuentado a las hetairas de Atenas. Los romanos lo llaman
«columnita», «dulzura de Venus», «mirto», o «pequeño Príapo»… Soy menos culta
en latín que en griego. Conocí muy tarde el cuchillo, cuando mi llavecita ya me había
abierto nuevos horizontes. Tu padre es muy cruel al bromear sobre eso, pues…
—¿Fue él quien…?
El desprecio de Kaeso tentó a Selene, y sucumbió, deleitándose en la idea de
vengarse de Marco sin pensar demasiado en la sensibilidad de su interlocutor.
Bajó los ojos y murmuró:
—Te suplico que no le digas al amo que te he revelado su perversidad. Aunque no
sea el único en Roma que se ha permitido esta fantasía, me haría azotar.
Horrorizado, Kaeso juró todo lo que ella quiso.
Ya que la mentira es más deleitable cuando se destila en detalle, Selene, llorando
a lágrima viva, describió minuciosamente la escena del sacrificio, en la que la viciosa
crueldad de Marco cobraba carices épicos. La imaginación de Selene era tanto más
brillante cuanto que se apoyaba sobre un dolor imborrable, más vivo y más real. Pero
el barro era muy espeso, y Kaeso protestó:
—¡Me cuesta creerte!
No era momento para medias tintas. Con firme suavidad, Selene cogió la mano
derecha de Kaeso y la obligó a subir bajo su vestido hasta el lugar del crimen, donde
la inspección a tientas fue más fácil gracias al hecho de que el sexo de la joven
siempre estaba recién afeitado para que la pureza de líneas resaltase mejor. Kaeso
tocó, y creyó.
Le invadió un brusco deseo de vomitar. Se soltó, dio la vuelta y sus ojos
tropezaron con una marmita donde, en una salsa espesa nadaban una media docena de
crías de perro asadas. La moda de comer perro había pasado hacía mucho tiempo,
pero el cachorro seguía siendo el atributo ritual de ciertas comidas de toma de
posesión de un cargo en los colegios religiosos, y también se sacrificaba a los dioses
o diosas, sobre todo a Genita Mana, que presidía desde el Olimpo la feliz regularidad
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de los menstruos. Evidentemente, Marco había traído aquella golosina de una de sus
piadosas expediciones.
Completamente asqueado, Kaeso echó las tripas en la marmita y escapó.
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V
Por lo común, los jóvenes romanos dejaban la toga pretexta para vestir la toga viril
entre los catorce y quince años, el XII de las Calendas de abril —es decir, el
decimoséptimo día de marzo—, día «nefasto alegre», con ocasión de las Liberalia o
fiestas de Baco.
Durante los días fastos se hacía justicia; durante los días nefastos la justicia se
tomaba vacaciones, pues los dioses dejaban de avalarla. Un día nefasto-alegre era un
día nefasto que coincidía con una fiesta. Un día «cortado» era nefasto por la mañana
y por la noche, y fasto a mediodía. Durante los días «funestos», enlutados
aniversarios de alguna catástrofe, se interrumpían los asuntos públicos y privados.
Antaño, durante los días «comiciales», se reunían los comicios curiatos, centuriatos o
tributos, asambleas progresivamente reducidas a la nada. Y de un cabo a otro del año,
a los días de los calendarios se les atribuía una letra, que se repetía de la A a la H,
siendo la A la encargada de señalar las nundinae o días de mercado y vacaciones para
los escolares. Con un poco de práctica, uno llegaba a acordarse de todas estas cosas.
La mañana de la mencionada fiesta de Baco, el joven que debía dejar su
«pretexta» acudía a colgar su «bola de la suerte» del cuello de un lar doméstico;
después, envuelto en su nueva toga viril, rodeado de parientes y amigos, subía al
Capitolio para ofrecer un sacrificio y bajaba a pasearse por los Foros para anunciar a
todo el mundo que Roma contaba con un ciudadano más. Naturalmente, la jornada
terminaba en un banquete, ya que los romanos no dejaban escapar jamás una
oportunidad de tenderse ante la mesa. En las Liberalias, la Ciudad se llenaba de
felices procesiones que deambulaban entre el Capitolio, los Foros y los salones de
regocijo.
En caso de fuerza mayor, evidentemente, se podía vestir la toga viril otro día.
Marco el Joven, habiendo recibido su orden de ruta, se había visto obligado a partir la
víspera de las Liberalia del año anterior y Kaeso se había embarcado la antevíspera
de los Idus de marzo y no había vuelto hasta abril. Y para Marco era capital que
Kaeso vistiera la toga viril antes de ser adoptado, de manera que la ceremonia
religiosa se desarrollara bajo los buenos augurios de la religión familiar de los
Aponio, y la «bola» del joven figurase en el larario de la insula de Suburio y no en el
de Silano.
Decidieron pues retrasar la fiesta hasta el XI de las Calendas de mayo (o sea, el
vigésimo primer día de abril), que también coincidía con una gran fiesta pública, la
de las Palilias[99], aniversario de la fundación de Roma. Ese día tenían lugar en el
Circo Máximo las cabalgatas y carreras de caballos de los Juegos troyanos, en los que
se distinguía lo más brillante de la juventud romana. La noble gravedad de las Palilias
convenía perfectamente a una investidura de toga viril.
Una semana después de las Palilias, a caballo entre abril y mayo, empezaban los
Juegos Florales, durante los que habría sido indecente ostentar por primera vez la
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toga de ciudadano. Estas Floralia (en honor de Flora, diosa de la fecundidad y más
aún del placer), eran sobre todo la gran fiesta nocturna de las cortesanas. Salían de
todas partes. Las elegantes, que se ocultaban bajo los pórticos del Campo de Marte o
en los alrededores del cercano templo de Isis, diosa de las alcahuetas; las de segunda
clase, que se escondían bajo las bóvedas de los Circos, de los teatros y anfiteatros, o
en la puerta de las termas; las de tercera clase, que atestaban el puente Sublicio, en el
cercano barrio de los muelles, o las puertas de la Ciudad; y numerosas muchachas de
interiores, (las de los establecimientos más o menos elegantes del Aventino, las del
Velabra, las de Suburio, dedicadas al pueblo llano o a los aristócratas amantes de las
sensaciones fuertes y los olores penetrantes), las que vegetaban tras las mugrientas
cortinas de las estrechas celdas del infierno especializado del Submemmium. Por
millares acudían para formar largas procesiones que atravesaban lentamente la
Ciudad en dirección a los teatros. Y, visión única en el año y sin duda en el mundo, a
instancias de las apremiantes invitaciones de la compacta multitud de espectadores,
cada muchacha empezaba a desvestirse, desgranando al hacerlo su dirección y sus
tarifas, que iban de dos asses a millares de nummi. Una armada de mujeres desnudas
tomaba de golpe posesión de la Ciudad Eterna.
Pero, en los lupanares masculinos, los pequeños favoritos castrados no
participaban de la fiesta. El impudor es asunto de matices.
Entre las Palilias y las Floralias no había otra fiesta que las Vinalia, en honor de la
degustación de los vinos de la cosecha precedente. No obstante, el lado báquico de la
jornada permitía a las cortesanas hacer de ella una especie de entremés de las
Floralias. Desde el alba, se apresuraban a fluir hacia el templo de Venus de la Puerta
Colina para llevar ofrendas a la diosa; y se organizaba entonces delante del edificio
una gran feria de prostitutas, para contento de los proxenetas, los juerguistas y los
clientes.
Si se quería asociar la investidura de toga de Kaeso a una fiesta decente sin
trasladarla a las Calendas griegas, no había más solución que las Palilias.
Estas Palilias se aproximaban y, en la cena, Marco se ponía cada vez más serio y
didáctico, olvidándose de pinchar a Selene…
—El gran día llegará pronto, Kaeso. Hay una hermosa y profunda intención en el
hecho de que la toga pretexta esté adornada con la misma banda púrpura que
distingue a mi toga de senador. Es el signo de la eminente dignidad de la infancia,
que tiene derecho a todo el honor y la protección. Ahora vas a entrar en el mundo de
los adultos y a elegir la carrera que quieras: la abogacía, la milicia, el senado, en el
que todavía tengo alguna influencia… Silano coronará mis esfuerzos porque llegues a
ser digno de su nombre y un verdadero romano. También Marcia te dará buenos
consejos…
Selene disfrutaba, impasible, del creciente disgusto que Marco inspiraba a su hijo.
Se sentía menos sola.
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En varias ocasiones Marcia le había mandado a Kaeso una nota apremiándolo
para que pasara a verla, pero él lo iba dejando de un día para otro, hasta que resolvió
encontrarse con ella lo más tarde posible, en el momento de vestir la toga y quitarse
la barba.
Kaeso vivía en un estado de permanente desasosiego. Turbado primero por el
nuevo matrimonio de Marcia, se aún más turbado después de la atroz revelación de
Selene, por el hecho de que una mujer como Marcia hubiera podido vivir tanto
tiempo con un Marco simulador y cruel. Antes de sacrificarse por él en el lecho de
Silano, ¿se habría sacrificado Marcia por la misma causa en el lecho de su padre? De
las profundidades de la memoria de Kaeso volvía el recuerdo de los gritos de Marco
ante la puerta de su mujer, recuerdo que cobraba de repente un terrible significado.
¡Tantos sacrificios tenían algo de fantástico!
Pero Kaeso se acordaba también de todas las bondades que su padre había tenido
con ellos. ¿Acaso sólo era malo con los esclavos? ¿Acaso su carácter, tras la partida
de Marcia se había agriado hasta alcanzar una cólera viciosa? Kaeso no sabía qué
pensar, y le faltaba valor para enfrentarse a Marcia cara a cara en un clima tan
malsano. Presentía abismos.
Selene le planteaba a Kaeso un último problema. Al principio no le había
concedido más atención que a las exquisitas mujeres de mármol que poblaban la villa
de Silano en Bayas. Pero desde que tuvo que poner la mano en lo más profundo de
una de aquellas estatuas para verificar hasta qué junto era lisa, la extraña tibieza de
este peritaje le perseguía y no dejaba de trastornarlo. A través del velo de la piedad se
abría paso la aguja de un deseo incestuoso.
La víspera de las Palilias, por la mañana, Kaeso recibió una nota de Silano
invitándolo a pasar por su casa después de la siesta, y una breve carta de Marco el
Joven:
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distracción no vale un banquete de investidura de un miembro de la familia
imperial!
»Me han puesto al corriente de tu próxima adopción. Es una suerte que
tiene algo de prodigio, y de la que debes hacerte merecedor mediante
prudencia y diplomacia. Como le ocurre a cada uno de nosotros, tarde o
temprano te enterarás sin duda de cosas que no te gustarán. Será el momento
de guardar tus pensamientos para ti y de poner buena cara. Hay grandes
diferencias entre el mundo que uno desea y el mundo donde los dioses se
burlan de nuestras esperanzas y sentimientos. Por ejemplo, yo siempre he
sentido una gran ternura por Marcia, a la que en el fondo le soy bastante
indiferente, y ella siente por ti verdadera pasión, que mereces de verdad, pero
que podría llegar a ser embarazosa.
»Cuida de que Silano no se sienta celoso de estas relaciones. Un hombre
de edad experimenta celos con facilidad y en el curso de una vida en común
son numerosas las ocasiones de desprecio. Te aconsejo que te alejes en el
momento en que puedas hacerlo decentemente.
»No pierdo la esperanza de quedar libre en las próximas semanas y dar un
salto a Roma para tomarme alguna distracción. ¡Aquí, el aceite se heló en
febrero! Imaginas pues en qué región de salvajes nos hallamos.
»Yo me encuentro bien. Intenta hacer lo mismo».
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componían la ronda, que terminaba con los dos infortunados hermanos del dueño de
la casa. Después de lo cual, Silano le mostró a Kaeso un árbol genealógico bastante
tupido[100], del que intentó resumir lo que le parecía esencial:
—Sígueme bien…
»C. Julio César —una de cuyas hermanas se desposó con Mario— tuvo tres hijos
de su esposa Aurelia: el gran julio César y dos hermanas, ambas llamadas Julia.
»Julio César se casó cuatro veces: con Cosutia, que tenía una buena dote; con
Cornelia, hija de Cinna, jefe del partido popular tras la desaparición de Mario; con
Pompeya, hija del gran Pompeyo, y con Calpurnia, hija de un Pisón. De todos estos
matrimonios sólo tuvo una hija, Julia, nacida de Cornelia, que se casó con Pompeyo y
murió sin descendencia.
»Pero una de las dos Julias, hermanas de César, desposó a M. Atio Balbo, y la
hija nacida de este matrimonio, Atia, se unió a. C. Octavio para engendrar a Octavia
la joven y al futuro Augusto. De un primer matrimonio con una Ancaria, C. Octavio
había tenido a Octavia la Mayor, que por lo tanto no era de la sangre de César, y a la
que voy a dejar de lado.
»La otra Julia, hermana de César, se casó con Q. Pedio, uno de los ejecutores
testamentarios de Augusto, pero esta rama pronto dejó de florecer.
»Así que Augusto desciende de una hermana de César, a falta de algo mejor.
»En su primer matrimonio con Escribonia, Augusto no engendró más que a una
hija, otra vez una Julia, que se desposó sucesivamente con M. Claudio Marcelo,
Agripa y Tiberio. De Agripa, la única hija de Augusto tuvo a. C. y L. César, al Agripa
póstumo, Agripina la Mayor, esposa de Germánico, y a una hija, igualmente llamada
Julia, que se casó con L. Emilio Paulo. Esta última Julia y Emilio Paulo engendraron
una hija, Emilia Lépida, que desposó a. C. Junio Silano, mi padre.
»Así que desciendo directamente de Augusto por las dos Julia, su hija y su nieta,
y Agripa es mi bisabuelo.
»¿Lo has entendido bien?
—Perfectamente.
—Augusto no tuvo hijos de su segundo matrimonio con Livia, pero Livia había
tenido dos vástagos de Ti. Claudio Nero: Tiberio y Druso. La descendencia del
matrimonio de Tiberio con Vipsania Agripina se extinguió; además, la ayudaron a
extinguirse. Mientras tanto, Druso desposó a Antonia la joven que, con su hermana
Antonia la Mayor, era hija de Marco Antonio y de Octavia la joven, hermana de
Augusto. Antonia la joven y Druso engendraron una hija, Claudia Livila, cuya
descendencia terminó por desaparecer brutalmente, y dos hijos, Claudio y
Germánico.
»Germánico y Agripina la Mayor, nieta de Augusto, tuvieron siete hijos, entre
ellos Calígula y Agripina la joven, difunta madre del actual Príncipe. La muerte hizo
estragos entre ellos.
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»Claudio se casó con Urgulanila, Petina y Mesalina, antes de decidirse por su
sobrina Agripina la Joven, y su descendencia también ha desaparecido de manera
trágica.
»Por otra parte, Antonia la Mayor, de la que te recuerdo que era hija de Marco
Antonio y de Octavia, hermana de Augusto, desposó a L. Domicio Ahenobarbo, que
llegó a ser padre de Cn. Domicio Ahenobarbo, el primer marido de Agripina la joven.
Cneyo y Agripina engendraron a nuestro Nerón —teniendo Cneyo dos hermanas, las
dos Domicias.
»Del matrimonio de una de ellas con M. Valerio Mesala, él mismo descendiente
de un matrimonio de Octavia, hermana de Augusto, con C. Claudio Marcelo, nació
Mesalina, tercera mujer de Claudio e infortunada madre de Británico y de la Octavia
que fue esposa de Nerón.
»En consecuencia, la descendencia de Livia, segunda mujer de Augusto, se unió a
la sangre de César gracias al matrimonio de Druso con una Antonia, hija de Marco
Antonio y de la hermana de Augusto, Octavia.
»Ya ves que en este árbol genealógico a algunos nombres se les ha añadido una
señal negra. Son los de aquéllos o aquéllas que perecieron de muerte violenta. La
leyenda de los Átridas no es más que cervecilla gala al lado de la realidad julio-
claudia. Aquí podrás contar más de treinta víctimas insignes. Y también verás que el
actual emperador, mi sobrino Lucio y yo mismo estamos entre los últimos que
pueden vanagloriarse de ser de la sangre de César.
»Antes que temblar por un hijo mío, creo más razonable aceptar a un muchacho
que la afortunada oscuridad de su linaje pone al abrigo de los asesinos.
Era hora de que Silano tranquilizase a Kaeso, a quien no complacía la idea de
introducir los pies en el nido de avispas de los nuevos Átridas.
Para distraer a Silano de sus funestas ideas fijas, sugirió:
—En sana lógica, comprendo mal por qué se concede tanta importancia a estos
ejercicios de genealogía. Dada la escasa virtud de las mujeres en general, ¿no está un
árbol tanto más torcido por el peso de sus cuernos cuanto más largo es?
Silano, que nunca había contemplado su árbol desde ese ángulo, tuvo que
reconocer la pertinencia de la observación:
—¡Pues sí, has puesto el dedo en la llaga! Sólo un sistema matrilineal, como se
encuentra entre algunos lejanos bárbaros, podría ofrecer garantías completas. Pero si
la teoría de nuestro sistema europeo es dudosa, la realidad de las herencias que de él
dependen es de lo más tangible.
Tras reflexionar añadió, con los ojos fijos en el dibujo:
—Casi habría que lamentar que no haya más cornudos. La raza, viciada por los
matrimonios consanguíneos, quizá sería mejor. Toda esta gente es prima y archiprima
en todos los grados. César y Pompeyo, entre los más inocentes, intercambiaron a sus
propias hijas. Augusto dio su hija al hijo de su hermana, después a su yerno. Mesala,
nieto de Octavia, desposó a una nieta de Octavia. El segundo Druso desposó a
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Claudia Livila, hija de su tío. La nieta de Tiberio se casó con el nieto del hermano de
Tiberio. Cn. Domicio Ahenobarbo, hijo de Antonia la Mayor, desposó a Agripina la
joven, nieta de Antonia la Menor. Claudio, antes de casarse con su sobrina, desposó a
Mesalina, bisnieta de Octavia, siendo él mismo nieto de esa mujer. Nerón es bisnieto
de Antonia la Menor y nieto de Antonia la Mayor. ¿Será acaso la sangre de Marco
Antonio la que le inspira, en el fondo, sus espejismos orientales?
»Y prefiero no hablar de los vínculos de Calígula con sus hermanas…
»Sí, todas las grandes familias patricias están inextricablemente emparentadas:
Los Domicio, los Calpurnio Piso, los Cornelio Sulla, los Ano, los Valerio Mesala, los
Manlio, los Quinctio, y los Silano tanto como los demás… Era hora de que aportaras
un poco de sangre fresca a esta cesta de cangrejos, Kaeso. Y, al adoptarte, al menos
estoy seguro de algo: ¡no es tu nacimiento lo que me habrá hecho cornudo!
Marcia, que salía del baño y de las manos de las masajistas, los sorprendió riendo.
Nunca había estado más resplandeciente que esa hermosa tarde de abril.
Sus primeras palabras fueron para reñir a Kaeso:
—Te he mandado decir muchas veces que vinieras a verme, visita que me parecía
bastante natural después de una separación tan larga, ¡y ha hecho falta una nota de mi
marido para que tengamos el placer de volver a encontrarnos! No es muy amable por
tu parte.
—Debe de estar enamorado —dijo Décimo—. Ya en Bayas era muy solicitado.
Hasta mis morenas le hacían fiestas.
Kaeso se apresuró a coger la sugerencia por los pelos, y la primera mentira que se
le ocurrió resultó bastante divertida:
—Confieso que he encontrado una rara belleza, y que me quedo en casa
contemplándola sin atreverme a revelarle mis sentimientos, pues parece de mármol.
Mi padre me dijo que es una esclava griega, que compró para que se encargara de la
repostería, una tal Selene, creo, que a primera vista no parece tener amante. Cuando
los pasteles llegan a la mesa, papá sonríe a través de sus lágrimas. Es lo único que le
consuela.
El embarazo de Marcia y de Silano era visible, con una pizca de diversión en el
patricio y algo de nerviosismo en Marcia, que fue la primera en reaccionar:
—¡Una esclava! ¡Bonita conquista en perspectiva! ¡Y una esclava de mármol!
Además, es muy posible que tu padre, a pesar de sus lágrimas y su glotonería, no la
haya comprado solamente para hacer pasteles. Si tengo un buen consejo que darte, es
que vayas a contemplar otras estatuas.
Décimo consideró oportuno darse a la contemplación en seguida, y pasaron al
peristilo, donde la rosaleda estaba llena de promesas.
Kaeso, a pesar de su estancia en Grecia, apenas notaba diferencias entre la
escultura de un maestro y las innumerables copias. Sus impresiones estéticas, aunque
a veces vivas, seguían siendo bastante confusas. Mientras que la sensibilidad ante las
obras de arte estaba muy extendida entre los griegos, la mayor parte de los romanos,
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pese a la progresiva transformación de Roma en ciudad-museo, se desinteresaba del
arte oficial o sólo se interesaba en él por esnobismo. Esta ausencia de gusto
desesperaba a Nerón.
Silano hizo que Kaeso visitara la histórica casa, y al muchacho le impresionó
sobre todo la importancia y calidad del mobiliario, por lo común tan sucinto, incluso
deficiente, hasta en las viviendas ricas.
Se amontonaban la fina cubertería de plata, las lámparas de aceite de oro macizo,
vasos o bronces griegos del mejor período, cristalerías y objetos preciosos, lechos,
armarios, mesas o cofres, cada cual merecedor de un comentario, braseros labrados,
sillones y sillas, bancos y divanes acolchados de cuero fino, suntuosas colgaduras y
rarísimos tapices. Ante una vitrina rebosante de camafeos, Silano hizo admirar, entre
otras, una de esas alfombras que los griegos llamaban «alfombras blancas de Persia»,
que tenía seiscientos años de edad y constaba de más de un millón ciento cincuenta
mil nudos. Según parece, hacían falta tres años de trabajo para materializar una caza
de ciervos semejante en las llanuras de Escitia.
En este aspecto, había aun más bellezas que en las villas de Tarento o de Bayas.
Cierto que la casa de Cicerón se había convertido en la residencia habitual de Silano.
De vez en cuando, a espaldas de su marido, Marcia le hacía un afectuoso guiño a
Kaeso, lo cual significaba claramente: «Todo esto, gracias a mi industrioso sacrificio,
será tuyo un día». Pero Kaeso, molesto, volvía la cabeza.
Al final del recorrido admiraron la pinacoteca, donde la mesa de cidro de Cicerón
parecía, a esas horas, bastante inofensiva.
—También voy a legarte un fantasma —le dijo Décimo a Kaeso. Y explicó que
las impresionantes apariciones no habían cesado. Ya iban por lo menos una docena,
siempre por la noche, y otras que Silano o la misma Marcia habían podido disfrutar.
—Sí —dijo ella— y dos veces. Estas pintorescas visitas permiten verificar hasta
qué punto son inofensivos los fantasmas. Los muertos ya no pueden tocar, y no
muerden. Para una mujer débil y miedosa, eso es lo esencial. No importa que dañen
la vista o que lancen algunos gemidos: siempre se puede mirar a otra parte y gritar
más fuerte que ellos. Están vencidos de antemano. La última vez que Cicerón vino a
molestarme, puse este bronce sobre su cabeza, y no ha insistido. No entiendo bien por
qué Décimo se preocupa…
Este último protestó:
—Tu sangre fría me encanta, pero nadie excluye que los muertos nos visiten para
traernos algún mensaje útil. Si éste es el caso, me gustaría conocerlo, y no será
matando a Cicerón como le haremos hablar a las claras.
Marcia acariciaba la pulida superficie del cidro, suspirando.
—No lo haré más —dijo—. Pero no estoy demasiado segura de que te interese
que ese charlatán te traiga mensajes, buenos o malos. En primer lugar, no hay
constancia de que vea más claramente que nosotros en las regiones infernales por
donde pasea con la cabeza en bandolera y las manos en la bolsa. Un muerto que tiene
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ganas de conversar puede contar cualquier cosa para hacerse el interesante, y no hay
ningún motivo para suponerlo más listo que cuando estaba vivo. En vida, Cicerón no
dejó de cometer errores políticos, y murió a causa de ellos. No es un antecedente
como para subir de los infiernos a darte una lección. En segundo lugar, y sobre todo,
no ignoras que Roma está llena de magos, astrólogos o quirománticos que hacen
hablar a los muertos por todos los procedimientos imaginables, cosa que la ley tiene
por «superstición ilícita» y condenable. En la práctica, bien que se burla el gobierno
de una superstición semejante en el pueblo o entre sus protegidos. Pero toda
acusación de lesa majestad se completa fácilmente con una acusación de magia, para
dar bien el peso. Del sospechoso se sospecha que haya entrado en relación con los
espíritus infernales para descubrir la fecha de la muerte del emperador o echarle un
mal de ojo. En tu situación, Décimo, no tienes ninguna necesidad de ofrecer un flanco
a tales molestias. ¡Si rechazas mi consejo, al menos no invites a demasiada gente!
Kaeso aprobó a Marcia y Silano convino en que no estaba equivocada.
Al acompañar a Kaeso, Décimo le propuso amablemente que amenizara su
banquete de investidura, que debía realizarse en los jardines de su villa del Pincio,
con la presentación de un par de gladiadores tomados en alquiler-venta del pequeño
ludus de Marco. Un detalle tan delicado no se podía rechazar.
Kaeso corrió a hablarle a su padre de la proposición, y éste le encargó que fuera él
mismo al ludas para arreglar el trato. Desde su reciente regreso, perturbado por
decepciones e inquietudes, el efebo honorario no había vuelto por allí.
Caía el día. Las carretas detenidas eran tan numerosas hasta mucho más allá de la
Puerta Capena, que Kaeso tomó un atajo para llegar al ludus.
El atajo recorría cementerios anónimos reservados a los indigentes, a los que
habían empujado aún más lejos de la carretera que a las tumbas individuales más
modestas. Los cementerios de este tifo se encontraban, sobre todo, más allá de la
Puerta Esquina, pero también los había cerca de las otras puertas de la Ciudad: nadie
se preocupaba de andar mucho para enterrar a cualquiera. Las instalaciones eran
parecidas en todas partes: bodegas de obra cubiertas por una losa sellada, que se
levantaban para arrojar los cadáveres de los miserables traídos durante la noche en
parihuelas. La ley prohibía las exequias diurnas, pero desde hacía tiempo existía una
tolerancia en favor de los ricos y la gente acomodada. Al contrario, la oscuridad de la
noche era cómplice de la oscuridad de los muertos. Y era la hez de los esclavos, los
vespillones[101] con la mitad de la cabeza rapada —llamados así porque sólo actuaban
por la noche—, los que se encargaban de alimentar las bodegas. También los
llamaban «ladrones de cadáveres», pues, a la menor negligencia de las familias, no
tenían reparos en despojar a los muertos de su sudario —cuando lo tenían— y en todo
caso de la moneda de bronce de un triens que llevaban en la boca para pagar el pasaje
subterráneo a Caronte, el barquero de los infiernos. En caso de muerte anormal, la
Ciudad pagaba con repugnancia los gastos de una cremación, y los vespillones
apilaban entonces a los difuntos sobre grandes hogueras, intercalando cadáveres de
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mujeres entre los cadáveres masculinos, en vista de que el bello sexo tenía reputación
de inflamarse con más facilidad. Al recorrer tales cementerios se entendía mejor por
qué la baja plebe y los esclavos cuyos amos se hallaban en apuros económicos
estaban tan preocupados por su final y se aglomeraban en colegios, una de cuyas
finalidades confesadas era arreglar decentemente las exequias de los socios. No era
raro que los horribles vespillones, librados a sí mismos, abusaran de las mujeres o de
los muchachos antes de tirarlos a la fosa.
En las sombras que se espesaban, en medio de un olor penetrante a cadáveres, los
sepultureros ponían ya manos a la obra. Kaeso, cada vez menos tranquilo, no
lamentaba haber escondido una espada corta bajo su manto galo con capuchón, y
haberse hecho acompañar por un esclavo.
Además, los sepultureros no eran los únicos que merodeaban las necrópolis.
Algunos hambrientos iban a robar vergonzosamente los alimentos depositados en
honor a los difuntos. Las bandas de salteadores, que a veces establecían refugio en los
«bosques sagrados» de los alrededores de la Ciudad, donde la policía no tenía
derecho a penetrar con armas, también sentían cariño por los cementerios,
especulando con el difundido miedo a los muertos para no ser molestados. Durante el
día, las prostitutas se disfrazaban de viudas desesperadas y gimoteantes para arrastrar
a la sombra de una tumba al ingenuo consolador; por la noche, «lobas» con peluca
roja hacían su aparición a lo largo de la Vía Apia.
También se veían abominables hechiceras, en busca de osamentas y hierbas
mágicas para confeccionar filtros de amor o pociones maléficas, si no bastaba el
clásico hechizo con figurillas de cera que reproducían la imagen de la víctima. Y
entre las sepulturas se escondían tablillas de plomo grabadas con imprecaciones
rencorosas, que encomendaban a los dioses infernales un rival, un gladiador, un
competidor cualquiera…
Las siluetas del ludus y del colombarium vecino se perfilaban ya a cierta distancia
cuando, de pronto, cuatro hediondos sepultureros saltaron sobre Kaeso y el esclavo
ilirio, a quien mataron en el acto. Kaeso tuvo el tiempo justo de desembarazarse de su
manto, formar con él un escudo alrededor de su brazo izquierdo y empuñar la espada
para hacer frente a los largos cuchillos que los sicarios manejaban como expertos,
apuntando de abajo arriba y al vientre. La superioridad de la espada era escasa en
esas condiciones, y Kaeso tenía que dar angustiosas vueltas para evitar que lo
cogieran de espaldas. Naturalmente, intentaba maniobrar para abrirse paso hacia el
cercano ludus, pero los sepultureros se las ingeniaban para cerrarle esa salida y él no
se atrevía a gritar, por miedo a atraer un refuerzo de asesinos antes que una ayuda
cualquiera.
Pasó un tiempo muy breve, que a Kaeso le pareció un siglo. Al miedo físico se
sumaba un miedo metafísico y escandaloso: el de terminar su vida de la manera más
imprevista y absurda, traspasado por los enterradores y arrojado solapadamente a una
fosa común, en el momento en que una existencia de reflexiones y elegantes delicias
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se abría de par en par ante él hasta la monumental tumba que ilustraría su memoria. Y
pese a su escepticismo de escuela, elevaba ruegos y promesas de sacrificios a todos
los dioses conocidos, e incluso a ese dios desconocido que los sacerdotes prudentes
habían añadido al panteón, para estar seguros de no olvidar a nadie.
Esta elevación del alma hacia los cielos fue para Kaeso como una lectura de
augurios favorables para un crédulo legionario; se acordó de los consejos con que lo
habían recompensado los gladiadores de su padre cuando se batía con ellos: «¡No te
pongas nervioso!».
Uno de los sepultureros, ya viejo, arrastraba una pierna. Kaeso concentro en él
una atención particular, y al final fue lo bastante afortunado como para cortarle la
nariz de un tajo. Como el aullido del mutilado distrajo a su vecino, Kaeso lo alcanzó
en la garganta con una estocada en el momento en que volvía la cabeza. No siendo el
valor la primera cualidad del sepulturero, que no estaba educado a la romana, los tres
que aún podían correr desaparecieron en la noche, y el vencedor se apresuró a llegar
al ludus, invadido por sudores fríos y con el corazón alterado.
En la puerta del establecimiento Kaeso sufrió un desmayo y se tuvo que apoyar
en la pared para sobreponerse. El heroísmo, la inagotable resistencia nerviosa de los
más grandes gladiadores se le aparecieron de pronto en toda su prodigiosa dimensión.
Esclavos u hombres libres se exponían voluntariamente día tras día, año tras año, a
esas mortales angustias, dando a todo el mundo el más hermoso y fuerte ejemplo de
control y dominio de sí. Pues únicamente los ejercicios físicos permanentes, un
asiduo entrenamiento, un régimen apropiado, permitían a las cualidades
fundamentales triunfar sobre el terreno. Los huesos del gladiador borracho, perezoso
o comilón no llegaban a viejos, y el epitafio de su sepulcro mencionaba exiguas
victorias.
Los hombres de Aponio acababan de cenar y a Kaeso le golpeó de entrada el olor
acre de las mediocres lámparas de aceite, que no había olido desde su desembarco en
Brindisi. Estaba empezando a vivir alejado del pueblo.
Pero estos humildes gladiadores de su padre merecían que los frecuentase, puesto
que justamente a causa de su valor estaban por encima de la plebe, cobarde y cruel,
simbolizada en cierto modo por el sepulturero que ultrajaba cadáveres. Para muchos
era un hecho inexplicable que, a fuerza de saborear combates de gladiadores, la
multitud no se hubiera vuelto más virtuosa. Sin duda estaba predestinada a un
envilecimiento del que nada podía librarla.
Kaeso se reencontró con sus amigos y saludó a algunos nuevos con particulares
orgullo y alegría, quizás aumentados por la horrible prueba que acaba a de sufrir. En
adelante estaba iniciado en el peligro, conocimiento que ya no se borra del alma de
los valientes. Con alivio, comprobó que Capreolo seguía con vida.
El lanista Eurípilo y la pequeña tropa se mostraron encantados de saber que
Silano deseaba una pareja de calidad para honrar a Kaeso en una ocasión tan
solemne, que prometía una fructífera remuneración. Todo el mundo sabía que el
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patricio estaba lejos de ser tacaño. Y el extra fue tanto mejor acogido cuanto que para
los hombres de un ludus privado y poco conocido, era frecuente el pluriempleo.
Nerón no utilizaba de lleno sus recursos, y el gladiador era demasiado caro para la
mayoría de los festines.
Silano —tal vez a consecuencia de su inclinación por los peces— deseaba un
buen reciario si era posible encontrarlo, y Eurípilo no tenía ninguno mejor que
Capreolo, que acababa de ganar su decimoséptimo combate. Habitualmente al
reciario se oponía un combatiente especializado, el secutor (o «perseguidor»), pues se
trataba de un enfrentamiento que requería una técnica muy particular de una y otra
parte. El ludus disponía de dos secutores, Armentario (el «Boyero»), un recio liberto
sardo, y Dárdano, un hombre libre y ágil originario de Antioquía. Tenían la misma
reputación —una veintena de victorias los acreditaba a ambos— pero el sardo estaba
allí desde hacía dos años, mientras que el griego acababa de entrar. Le dieron a elegir
a Capreolo entre un compañero cuyas cualidades y defectos conocía bien —¡lo que
también era cierto por parte del otro!— y un desconocido, que podía reservar buenas
o malas sorpresas, pero con el que no estaría tentado de ser cuidadoso. Tras largas
vacilaciones, Capreolo se inclinó por Dárdano.
—La tentación de tener miramientos con un amigo es tanto más peligrosa cuanto
que puede ser menos fuerte por la otra parte. Y debemos presentarle a nuestro
mecenas un combate digno de recordarse.
Ya que el trato con la policía no era nunca un placer, Kaeso rogó a la asistencia
que hiciera desaparecer los cadáveres del sepulturero y del ilirio muerto a su servicio
en una bodega cualquiera. Por cierto que habría preferido tratar al esclavo con más
elegancia, pero, después de todo, el asunto no le causaba ningún malestar que no
pudiera discutirse entre filósofos. Sin embargo, los vespillones ya habían hecho todo
lo necesario. Era muy práctico asesinar a la gente entre las terroríficas fosas comunes.
Era la perfección del crimen en la perfección del horror.
No era cuestión de espantar a los sementales acariciándolos a esas horas, y Kaeso
regresó, acompañado de Capreolo y de Dárdano, que quisieron escoltarlo.
Mientras tomaba el camino de la Vía Apia, Kaeso se dijo que acaso habían
buscado mal los dos cadáveres, y quiso comprobarlo por sí mismo. Encontró con
facilidad el lugar de la agresión, pero los cadáveres habían desaparecido de verdad.
De todas maneras, al débil claro de luna se distinguía a unos ciento cincuenta pies,
una losa fuera de su sitio encima de una bodega. Los tres hombres reanudaron su
silenciosa marcha en esa dirección, y pronto llegaron hasta ellos unos gemidos
ahogados. Doblando las precauciones terminaron por distinguir, en la sombra lunar
de la bodega, a dos de los vespillones de Kaeso, que mal que bien, vendaban la cara
herida del tercero, después de haber arrojado los dos cuerpos al fondo de la tumba.
Sin tan siquiera haberse dicho una palabra, Kaeso y los dos gladiadores sacaron
sus espadas y se abalanzaron sobre los tres miserables, que estuvieron muertos antes
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de haber podido sacar el cuchillo. ¡La bodega no había sido abierta en vano aquella
noche!
—Hoy ya has matado a dos hombres —le dijo en broma Capreolo a Kaeso—,
¡vas aprendiendo el oficio!
Pero ¿eran realmente hombres?
Llegaron a la Vía Apia por el camino más corto y se dirigieron a Roma a paso
rápido. La noche era fresca. En las cercanías del Suburio, dieron un rodeo para evitar
a una pandilla de borrachos que se dedicaban a devastar los comercios con gran
alboroto, cuando no manteaban sobre una amplia capa a los burgueses aventurados o
a las mujeres perdidas que podían atrapar. Semejante ralea era tanto más temeraria
cuanto que Nerón, mientras estaba todavía en todo el ardor de su juventud, se había
divertido en expediciones de este tipo, cuyo botín se vendía en subasta a beneficio de
obras de caridad, en una sala del Palacio. Una noche el emperador había llegado a
verse con un ojo a la funerala gracias a un senador poco fisonomista a cuya mujer
había zarandeado, y su augusta desesperación fue tan grande que el insolente se abrió
las venas a causa de la conmoción. Ni siquiera un Nerón se atrevería a cantar con un
ojo de todos los colores. El riesgo de confundir al emperador con un bribón
cualquiera incitaba a las víctimas nocturnas de los truhanes a una lamentable
pasividad y desanimaba a los vigilantes.
Llegaron los tres a la puerta de la insula sin más problemas. Kaeso no había
cenado, e invitó a los dos gladiadores a tomar algo más en la cocina mientras él
comía. Todo el mundo parecía haberse acostado. Mientras atravesaban la exedra, el
ruiseñor del reloj que Marcia le había regalado a Marco en uno de sus aniversarios
silbó la hora cuarta de la noche[102].
En la cocina, Selene miraba melancólicamente cocerse un pastel.
Capreolo y Dárdano se sintieron profundamente admirados ante la esclava
encargada de servirles. Se olvidabas de beber y de comer.
Kaeso, que a pesar de todo consideraba vergonzosos los incipientes deseos hacia
una cierva que, hasta nueva orden, seguía siendo coto vedado de su padre,
experimentó de pronto la necesidad, altamente moral, de mortificarse haciendo
disfrutar a todo el mundo.
Mientras Selene batía una tortilla, Kaeso susurró al oído de Capreolo, que estaba
sentado a su lado:
—¿Te gusta?
—¡Puedes estar seguro! Y más puesto que es judía, como yo.
—¿Judía? ¿En qué lo notas?
—Un judío no siempre reconoce a otro judío, pero siempre huele a una judía: es
cuestión de olfato.
—Si el corazón te lo pide, mi alcoba está aquí al lado, a la derecha.
—¿Y Dárdano?
—Él es griego.
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—¿Y…?
—¿No es pederasta?
—No tengo ni idea. Es nuevo. En todo caso, devora a Selene con los ojos.
—En un griego, eso no quiere decir nada. Silano me aseguró que las más bellas
estatuas de mujeres fueron esculpidas por pederastas comprobados.
—¡Eso duplica su mérito! Si me lo permites, voy a decirle una palabra al
interesado…
Después de una discreta consulta, Capreolo le murmuró a Kaeso:
—Esta noche no es pederasta.
Cuando la tortilla llegó a la mesa, espolvoreada con pimienta y bañada con miel y
licor de pescado, Kaeso le dijo graciosamente a Selene:
—Me parece que tu incansable devoción hacia mi padre —en vista de la poca
gratitud que él manifiesta— merece alguna recompensa. En estos dos magníficos
muchachos arde una súbita pasión por ti. Así que ve a mirar si el amo duerme como
debe ser, y aprovecha la ocasión si Flora y Venus te inspiran.
Selene guardaba un extraño silencio. Algunos amos se las ingeniaban para
impedir que sus esclavas copularan.
Otros cerraban los ojos a los más brutales desenfrenos si el servicio no se resentía.
Otros cruzaban esclavos contra su voluntad para educar a los retoños. Otros admitían
liberalmente concubinatos por amor… Pero semejante liberalismo no era tan
frecuente, y tolerar un encuentro, aunque fuera fugitivo y sin futuro, era, por lo
común, un detalle muy apreciado por la servidumbre.
El silencio de la joven se hacía cada vez más pesado. Kaeso entendía
perfectamente que la mutilación podía haber atenuado sus sensaciones, pero debían
de quedarle las suficientes como para apreciar a un Capreolo y a un Dárdano. ¿No se
volvían locas por los gladiadores todas las muchachas? Y las mismas matronas…
El diagnóstico de Kaeso, por grosero que fuera, era psicológicamente exacto. El
grave desprecio de Selene era de orden psicológico.
La muchacha sacó su placenta del horno y dijo:
—Iré con los tres, o no iré. Ya veis que soy repostera: necesito a uno más para
hacer buena boca.
El silencio cambió de terreno. La reciente alusión de Kaeso a su padre revelaba
claramente que no había que contar con el hijo y que la triste obscenidad de Selene
olía a pretexto.
Capreolo y Dárdano se retiraron rápidamente, y Selene continuó su comedia:
—¿No te gusto?
—¡Esa no es la cuestión, y lo sabes muy bien!
—¿Crees que habría faltado a mi palabra si tú hubieras sido más dócil?
—¡No corrías muchos riesgos! Pero si yo hubiera cedido, por cierto que tú
habrías sido capaz de mantener la palabra. Te habrías acostado con mis dos amigos
por el placer de burlarte de mi padre conmigo.
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—Entonces, tanto en una hipótesis como en la otra, ¡habría obtenido la mayor
satisfacción!
—No soy un instrumento a tu servicio.
—Yo sólo soy un instrumento para los que lo han pagado.
—¿Y si un día yo tuviera los fondos suficientes como para comprarte a mi padre?
—No tendrías que pedirme permiso para lograr que me acostara con tus amigos.
—Creí que Capreolo, al menos, te gustaría…
—¿Por qué?
—¿No tienes ni idea de a qué nación puede pertenecer?
—¡Ni la menor idea, y no me importa en lo más mínimo!
Si los judíos siempre reconocían a las judías, lo contrario parecía dudoso. Pero tal
vez la escisión privaba a Selene de su olfato habitual…
Esos asuntos de judíos eran muy complicados.
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VI
En el magno día de la investidura de la toga viril, que todos los jóvenes romanos
esperaban con impaciencia, Kaeso se despertó con el canto del gallo —pues los
arrendatarios de la terraza tenían en su corral (¿o palomar?) un animal temible— y
muy mal dispuesto. Su padre ya no era quien él creía. Quizás Marcia ya no fuese
quien él cresa.
Tampoco Selene era la que él quería creer. Y, evidentemente, Silano lo adoptaba
en parte para complacer a Marcia y en parte para poner su sangre —es decir, sus
bienes— al abrigo del revés que veía venir. Al menos, este último era un modelo de
franqueza al lado de los otros tres y no podía por menos que estarle agradecido.
Aunque sentado sobre una plétora de millones es menos meritorio ser sincero, pues
las oportunidades de decir mentiras indispensables son más raras.
Bien temprano, Kaeso bajó a casa del barbero cartaginés para recortarse el cabello
y afeitarse por primera vez, operación larga y aburrida que sintió como un siniestro
avance de las servidumbres adultas.
Nerón se había hecho cortar la barba el día de una gran competición de gimnasia
a la manera griega, en la pompa de una hecatombe de bueyes blancos; encerró el
divino pelo en una caja de oro enriquecida con enormes perlas, que consagró a Júpiter
Capitolino. Pero el emperador tenía espíritu de ostentación. La barba de Kaeso no iría
más allá del larario de los Aponio, que también recogería su «bola de la suerte».
Marcia le dio la sorpresa de llegar muy temprano, para ayudarlo en persona a
vestir la toga que su padre acababa de confiarle con emoción. La toga pretexta de los
adolescentes era más corta y menos amplia que la toga de los ciudadanos, y colocarla
bien no presentaba la misma dificultad. Dedicándose a envolver a Kaeso en la
voluminosa toga viril, con suavidad y detallismo de ayuda de cámara consumada, era
la imagen de la felicidad y el orgullo. Poco a poco, las habitaciones de recepción de
la insula llenaban de visitantes, en tal número que habría sido asombroso si en la
ciudad no se hubiera difundido el rumor de la próxima adopción de Kaeso por uno de
los Patricios más destacados. Ya se habían reunido algunos sablistas preparando el
terreno, e incluso captadores de testamentos cuyas vampíricas maniobras se
desplegaban pacientemente durante años y lustros. Se había visto a más de uno
trabajando durante veinte años para que le legaran un esclavo chocho o un viejo
taburete. Estos infatigables sujetos tenían registrada en fichas o en la memoria la
evolución de todas las fortunas de Roma, y no había casa de alguna importancia que
no fuera objeto de sus pegajosas tentativas. Frecuentaban las clientelas, las
investiduras de toga, los nacimientos, los matrimonios o las exequias para tejer sus
intrigas y anudar sus tramas. Verlos llegar era un signo inequívoco de éxito.
Marco, que antaño había fracasado en esta difícil especialidad, saboreaba un
agradable sentimiento de revancha ante la pinta zorruna y viscosa de aquella chusma,
que fingía extasiarse a la vista de sus muebles.
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Abrumado por la multitud, Kaeso se retiró a un banco del falso atrio, donde la
mayor parte de los visitantes no osaban ponerlos pies sin invitación expresa, pues la
presencia del altar y del larario daban a la exedra de recepción un cariz de atrio
demasiado teórico, a cuyo lado el falso atrio central parecía un peristilo, estancia
siempre privada en las casas romanas.
Fue entonces cuando una dama de cierta edad y muy engalanada se dirigió hacia
el banco de Kaeso y se sentó a su a o, como para compartir el mismo rayo de sol. El
vaporoso vestido no llegaba a disimular una esbeltez que rayaba en la delgadez y, en
una época en que el seno se llevaba menudo y apretado, uno se preguntaba si las
bandas del strophium encontraban algo que ceñir. Pero la cabellera estaba
artísticamente dispuesta y el rostro bien conservado. Un poco demasiado bien,
incluso, pues bajo el perfume se distinguía el tenaz olor del maquillaje a base de
grasa de oveja, con el que las romanas ansiosas por no envejecer se embadurnaban de
noche. El mejor venía de Atenas, donde Kaeso había podido olerlo en las hetairas que
ya no eran jóvenes.
—¡Qué guapo eres! —se extasió la dama—. Te lo dice una gran amiga de Marcia.
En lugar de balar malignamente, Kaeso aguzó el oído. Pues nunca le habían
dejado ver a muchas amigas de Marcia, y menos a medida que crecía, como si
padecieran una innoble y contagiosa enfermedad.
Así respondió con la mayor cortesía:
—Sólo podías ser una amiga de Marcia: ¿No son todas ellas a cuál más bonita?
La dama arrulló, ronroneó y abrió su corazón:
—¿Sabes que, muy jovencita todavía, yo estaba tendida «encima» de tu padre, el
día del nuevo matrimonio de Marcia? ¡Qué emocionante fue! Tu padre y Marcia
hacían tan buena pareja… ¡La nobleza y la hermosura! Hasta Vitelio, el tutor, que
empero tiene la piel dura, estaba conmovido…
—¡Ah! ¿Marcia se casaba por segunda vez?
—A decir verdad, todavía me lo pregunto… En todo caso, con su vestido amarillo
y su velo flameante, parecía una muchacha. Y la reciente muerte de su padre le
otorgaba una nueva gravedad…
Dándose cuenta de que había metido la pata al hablar de segundo matrimonio, la
dama se transformó de Caribdis en Escila.
Kaeso continuó, pensativo:
—Sí, su padre… Ella me contó que perdió a su padre poco tiempo antes del
matrimonio…, del segundo matrimonio. Apenas conocí a ese padre, a fin de cuentas.
—¡Eras tan joven! Y además, tu propio padre y el tío Rufo ya casi no se
entendían. Olvidémoslo, es demasiado triste…
Kaeso no daba crédito a sus oídos, y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano
para conservar la sangre fría, como si se enfrentase con cuatro vespillones. Para
asegurarse de que había entendido bien, dijo negligentemente:
—El tío Rufo no debió de ser un padre muy atento.
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—Ya sabes que era un saco roto. No fue más previsor con su hija que consigo
mismo.
—Pero ¿por qué Marcia no se llama Aponia, del patronímico de Rufo?
—Le pareció preferible llevar el apellido de su madre ya antes de su
matrimonio…, el primero, quiero decir.
—Perdona que te deje: tengo la impresión de que se está formando el cortejo para
subir al Capitolio…
Después de un primer matrimonio, del que Kaeso nunca había oído hablar,
Marcia se había desposado con su tío paterno y, como era la sobrina de su marido, era
a la vez madrastra y prima hermana de los niños. La sorpresa era como para sumir a
cualquiera en un estado de estupor, mayor aun porque el misterio que rodeaba a
Marcia revelaba nuevas profundidades. ¿Por qué esta mujer joven, bonita y brillante
se había casado escandalosamente, despreciando todos los usos, con un senador ya en
el ocaso de su vida y sin la menor fortuna? ¿Y por qué no había dejado plantado a ese
tío libidinoso, capaz de martirizar a una hermosa esclava para satisfacción de
inconfesables placeres? En la carta capital que Kaeso recibió de él en Atenas, Marco
sugería modestamente que Marcia sólo se había quedado en su hogar por afecto hacia
Kaeso y Marco el Joven. Pero una mujer descarriada, tan inteligente y positiva,
¿sacrificaría vida a un afecto de madrastra? Sin poner en duda la calidad del amor
maternal que Marcia sentía por él, Kaeso se daba cuenta por primera vez de que un
sacrificio semejante no era propio del carácter de esa mujer.
¿Y qué más le había escondido? En pocos días se había encontrado descendiendo
de un esclavo griego y flanqueado por una madrastra incestuosa —¡para no hablar de
un padre indigno y mentiroso! ¿Se había cerrado la lista de revelaciones?
Sumido en sus pensamientos, Kaeso ocupó maquinalmente su lugar en la
procesión y vivió como rodeado de brumas hasta la cena. Estaba en otra parte, tan
distraído que incluso le contestó a Silano, que amablemente fue a unirse a la fiesta
ante el altar capitolino, sin haberlo oído bien. Todos atribuyeron esta ausencia a la
emoción.
La amplia villa del Pincio destacaba, sobre todo, por sus magníficos jardines, que
competían con los cercanos jardines de Lúculo; con los de Salustio (entre Pincio y
Quirinal), con los de Asinio Polión o los de Crasipes, yerno de Cicerón, más allá de la
Puerta Capena; con los de Mecenas, sobre el Esquilino; con los de Lucio y Cayo, al
pie del Janículo; con los de César y Pompeyo, también en la orilla derecha, frente al
Aventino y los graneros de Sulpicio Galba; con los de Escápula y Nerón, en la región
Vaticana; con los de Agripina, que dominaban el Tíber río arriba del Vaticano; con los
del propio Agripa, en el corazón del Campo de Marte; con los de Druso, Ciusinio,
Trebonio, Clodia y muchos otros, a los que además se habían sumado las soberbias
realizaciones de los libertos favoritos del Príncipe… Los jardines del palacio Junio
del Caelio, aunque de menor extensión, gozaban de la misma fama. Desde hacía
muchas generaciones, todo romano célebre y adinerado tenía el honor de trazar un
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jardín. Muchas de estas obras maestras, donde no se había ahorrado nada para
deslumbrar y sorprender, cayeron bajo el dominio imperial y se abrieron más o menos
a los paseantes. Esa era, con los espacios del Campo de Marte y el volumen de las
múltiples termas, una compensación muy apreciada a la superpoblación de las
insulae. En la Roma de Nerón, que contaba más de un millón y medio de habitantes,
había menos de dos mil casas particulares por cerca de cincuenta mil viviendas de
renta. ¡Como para sentir ganas de tomar el aire!
Silano y Marco habían invitado a doscientas personas al banquete, que debía dar
también ocasión a manifestar públicamente las paternales intenciones adoptivas del
patricio respecto de Kaeso, nuevo ciudadano, cuyo costoso paso por la efebía de
Atenas lo había nimbado de una gloria de buen tono, deportiva, militar e intelectual a
la vez. Se habían presentado cuatrocientos convidados, de los que finalmente se
rechazó a la cuarta parte.
Tras una noche más bien fresca, una bocanada de calor que anunciaba el verano
sopló sobre la Ciudad durante el día; se podía prever que el banquete continuaría en
la suavidad de una tibia noche y se dispusieron los lechos en los jardines en
semicírculo alrededor de una arena de cierta extensión, con toda Roma al fondo.
Mientras el sol de abril declinaba, le presentaron a Kaeso muchas personalidades,
amigos de Silano o Hermanos Arvales… Vitelio, que había sabido llegar bastante
lejos con los buenos favores de Nerón, se complació en asistir, sin duda atraído por la
reputación del maestro cocinero de Silano, contratado a fuerza de mucho dinero.
—Decididamente, tienes una madrastra de oro, joven —le dijo el enorme Vitelio
a Kaeso—. Cuídala mucho, y tal vez seas emperador un día… ¡Si Nerón te adopta,
claro!
Las bromas de Vitelio eran siempre igual de avinagradas.
Por fin, bajo los entoldados o arcos abovedados del follaje, se inició el festín, tras
la piadosa libación de costumbre, con los habituales mariscos, erizos de mar, ostras,
mejillones, almejas, espóndilos, bellotas de mar negras o blancas, pechinas, ortigas de
mar, púrpuras y múrices, acompañados con pechuga de pollo cebada en salsa y tordos
sobre un fondo de espárragos, mientras los sumilleres y servidores hacían la ronda del
os vinos aperitivos…
Kaeso ocupaba el lugar de honor de un triclinium, y Marcia estaba «encima» de
él, empeñada en distraerlo de sus visibles preocupaciones. Había sentido en la actitud
de Kaeso un cambio que la inquietaba, pero no sabiendo exactamente a qué atribuirlo
juzgaba preferible esperar, con el aire más natural, las iluminaciones que un futuro
próximo aportaría sin remedio. Silano estaba en un triclinium vecino, en compañía de
Vitelio y de Marco, y la conversación entre tres hombres tan diferentes debía ser más
bien laboriosa.
Marcia, que después de su enésimo matrimonio se tomaba el pudor muy en serio
—y que tal vez se preocupara también por alejar a Kaeso de las tentaciones
superfluas— había hecho sombrías talas entre los invertidos del personal de Silano, y
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las «decurias» de jóvenes y graciosos muchachos instruidos en el servicio de los
triclinia se habían visto tamizadas según criterios que, a falta de a lo mejor, fueron
formales antes que morales. La inspección de los rostros prevaleció sobre la de los
traseros, y las cabezas más características del empleo habían caído. Silano ni siquiera
pudo salvar a un Epícteto de quince años, cuya inteligencia apreciaba, y que fue
vendido a Epafrodico, uno de los libertos más disolutos del Príncipe. En todo caso, el
servicio había conservado su extraordinaria calidad. La doctrina del amo, toda de
engaños y palos, lo llevaba a ser exigente e implacable en lo que al trabajo concernía,
y de una desdeñosa y natural altivez en cuanto al resto. Ya que lo importante, para los
esclavos, era saber a qué atenerse, Silano era más apreciado por su familia que
muchos otros, que hacían alternar de forma imprevisible y en los más diversos puntos
la indulgencia o la ira. Cierto que la división y especialización de las tareas eran tales
que la labor estaba lejos de ser abrumadora. En general, la situación de un esclavo
urbano era de sueño comparada con la de los esclavos rurales, e incluso a la de
muchos ciudadanos, que sólo poseían una toga raída por todo capital.
Entre la gustatio de mariscos y la prima cena, que se componía de entradas
calientes, disfrutaron de intermedios poéticos. Un declamador recitó en griego
extractos del Canto IX de La Ilíada, aquél en el que Homero enseña a los pueblos de
todos los tiempos la técnica correcta del asado:
—«Entonces Aquiles, a la luz de la lumbre, preparó el tajón para cortar las carnes.
Colocó en él los lomos de una oveja y de una pingüe cabra y la espalda floreciente de
tocino de un apetitoso cerdo. Automedón presentaba las carnes, y el divino Aquiles
las cortaba, las despedazaba en pequeños trozos y las ensartaba en los espetones. El
hijo de Menoetios, semejante a los dioses, atizaba un gran fuego. Después, quemada
la leña y muerta la llama, extendió las brasas y dispuso los espetones encima. Más
tarde, levantando los espetones de los morillos, de divina sal espolvoreó las carnes.
Cuando Patroclo las hubo asado al fin…».
Vitelio, aficionado más que nunca a los rarísimos bueyes grasos que eran el
privilegio de los huéspedes de los dioses, aplaudió este pasaje e hizo notar la
exactitud de los consejos: asar sólo a las brasas, ya que la menor llama da olor a
quemado, y salar a última hora, después de que el calor cauterice la superficie del
asado. Pero, en la misma mesa, Petronio hacía remilgos, y esas costumbres culinarias,
fuera cual fuese la ilustre canción del poeta, le parecían muy primitivas.
Otro declamador, éste latino, la emprendió con la segunda bucólica de Virgilio:
—«Por el bello Alexis, caro a su amo, el pastor Cobardía de amor sin
esperanza…».
La asistencia se sabía de memoria los apasionados lamentos del infortunado
Condón, desdeñado por un desacostumbrado al lujo de la Ciudad y con pocas ganas
de ir a instalarse en una cabaña del campo por el placer de fornicar con un tosco
pastor. Y, en cada triclinium, hombres y mujeres que habían sufrido penas de amor
repetían a media voz los floridos y amorosos gemidos del ingenuo Coridón.
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La misma Marcia murmuraba al ritmo de la cálida y matizada voz del artista:
—«Ven aquí, oh hermoso niño: cestos llenos de flores de lis traen para ti las
ninfas; para ti la blanca náyade, cortando los pálidos alelíes y los tallos de
adormidera, une el narciso y la olorosa flor de hinojo; luego, entrelazándolos al
torvisco y a otras plantas suaves, combina los tiernos verdes y la amarilla
caléndula…».
Y poco después murmuró más fuerte, con la mirada fija en Roma, que el sol
poniente incendiaba:
—«… el sol, en su declive, alarga las sombras; empero el amor aún me consume;
¿acaso puede tener un término el amor?».
Kaeso se preguntaba a quién habría amado Marcia, mientras que su amor, de
hecho, no podía ser más actual.
Silano buscó la mirada de Kaeso para indicarle que le ofrecían ese emocionante
pasaje en homenaje a sus estudios; y un pequeño guiño le reveló además que, en
materia de Condones, probablemente no seria tan severo como Marcia.
La prima cena incluía un suplemento de mariscos, calientes esta vez, a los que se
añadían pulpos, pichones y pintadas, y sobre todo una selección de pescados caros,
rodaballos, merluzas, doradas, esturiones, barbos, salmonetes y lenguados, escaros,
salmones o peces de San Pedro, e incluso esos grandes esturiones del Po que
llamaban attili, rodeados de truchas asalmonadas en inmensas bandejas. Todos estos
pescados acababan de salir del agua. En efecto, la constante preocupación de los
gastrónomos era unir la excelencia del producto a un origen de lo más preciso,
debiendo así tal animal provenir de tal costa, tal río o tal lago; y los cocineros a
quienes no se escatimaban medios no tenían otra solución, para obtener ciertos
productos en estado de perfecta frescura, que acudir a proveedores que hacían viajar
esos productos por barco, en cubas de agua de mar reforzadas con plomo, o por tierra,
en cubas análogas. Afortunadamente, la prodigiosa expansión de la cría reducía las
distancias.
—No hay morenas —dijo Marcia—. Silano tiene a esos monstruos demasiado
cariño para ver cómo se los comen ante sus ojos.
—Décimo me dijo que habías acariciado a su Agripina…
—Es muy importante para una mujer entrenarse en contactos desagradables.
Habría sido indiscreto exigir más detalles.
Entre estos entremeses y los platos fuertes de la altera cena, se azuzó el apetito de
los convidados con una presentación de bailarinas gaditanas, que apenas iban vestidas
con algo más que sus castañuelas, y que evolucionaron entre los triclinia, ya que la
arena no era propicia a su arte lascivo. El día, al morir, les prestaba solamente un
poco de pudor.
La altera cena siguió su curso a la luz de las antorchas y candelabros, que
vacilaban en la brisa de la noche. Era el momento de las mamas y valvas de cerda, de
las cabezas de jabalí, de los faisanes y pavos, de las liebres y patos con las
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presentaciones más diversas. En honor de Vitelio, Silano incluso había conseguido
procurarse a precio de oro un graso buey de sacrificio digno de los Arvales, del que
sirvieron al invitado un cuarto, asado según el arcaico método de Homero. Semejante
curiosidad causó sensación.
Hacia el final de este tercer servicio, apareció en la arena una manada de perros
amaestrados, cuyo domador, durante las sesiones educativas, les quemaba las plantas
de las patas con un hierro al rojo. Y esos animales sin dignidad, que eran al orden de
los cuadrúpedos lo que los esclavos al de los bípedos, todavía iban a lamer
espontáneamente la mano del amo entre las pruebas. Eran incurables.
Los romanos apenas sentían simpatía por los perros desde que la guarnición
canina del Capitolio, por culpa de un sueño impío, había estado a punto de dejar que
los galos tomaran la fortaleza, salvada por los gritos de los gansos. En
conmemoración del hecho, cada año, en el III de los Nones del mes de agosto,
mientras los gansos blancos del templo de Juno, vestidos de púrpura y oro, eran
paseados procesionalmente en litera, la misma procesión llevaba perros crucificados
hasta el campo del suplicio, cerca del puente Palatino, entre los templos de la
Juventud y de Summanus. Los sacerdotes de Juno criaban perros especialmente para
esta ceremonia, bello y patriótico ejemplo de rencor.
Tras afortunadas demostraciones, el maestro y sus alumnos se retiraron,
quedándose un poco apartados de la pistas y el jefe de los nomenclatores, que había
filtrado, presentado y colocado a los invitados, anunció que el pantomimo Terpandro,
asistido por tres colegas, iba a presentar una improvisación sobre tema mitológico:
«Imprudencia y castigo del infortunado Acteón» —sorpresa que era como para
inquietar a Kaeso.
Terpandro era uno de los pantomimos más solicitado. Sus escándalos y caprichos
habían sido la comidilla de la Ciudad, pero todo se le perdonaba gracias a su talento
—y además se rumoreaba que Nerón había tomado cierto cariño a su invalorable
persona—. Era tradicional que los pantomimos de renombre recibieran los íntimos
favores de los príncipes menos virtuosos.
Efectivamente, en el papel de Diana —no se les podían confiar a mujeres
superficiales y parlanchinas papeles femeninos de importancia—, Terpandro estuvo
extraordinario, de un mérito tanto mayor cuanto que la fábula, retocada por Silano de
manera extraña, desmentía la versión clásica. Así se vio a Terpandro perder su
virginidad en los brazos de Cupido y, muy asombrado de hincharse a ojos vistas,
decidirse al fin a alumbrar a Acteón, pronto crecido e indiscreto. La desesperación de
Diana sorprendida in fraganti, el sobresalto de divino pudor que transformaba a
Acteón en ciervo, su memoria oscurecida, después despertada por la monta de la
cierva, todo era claro, todo era como un cuadro. Un gran silencio había descendido
sobre la asamblea, y todos retenían el aliento ante una expresividad que el mutismo
de los actores parecía llevar al límite. Los únicos sonidos audibles eran los de una
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música dulce y quejumbrosa, que acompañaba las escenas desde el claro de un
bosquecillo. Al final, los perros amaestrados devoraron a Acteón.
El encanto de la danza se vio roto por aplausos frenéticos. Semejante tema, del
que nadie hablaba nunca, ¿no era uno de los más serios y de más graves
consecuencias en la formación y educación de todo ciudadano?
Décimo miró de nuevo a Kaeso, y su mirada era tan expresiva como la
interpretación de Terpandro. «Cuidado —decía—. Te lo repito a través de un talento
superior al mío: los secretos de una mujer y de una madre son para sus amantes o sus
maridos y no conciernen a sus hijos. ¡No levantes el velo!».
Silano no podía ser más perspicaz previsor, ni paternal en el mejor sentido del
término. Habría merecido verse más favorecido por las circunstancias.
Entonces llegaron los mensae secundae o postres, que alternaban pasteles,
cremas, frutas escogidas y originales platos montados, mientras que los vinos dulces
sucedían a los grandes crudos.
Más que destacarse por el número de servicios o por platos extravagantes, Silano
prefería atenerse, en las recepciones, a los cuatro servicios ordinarios y a
contribuciones de una clásica solidez. Pero la suculencia y variedad de la comida eran
de primer orden. Cada convidado, a partir de un surtido tan rico, podía regular su
apetito y componer para si el menú que quería. Séneca habría cenado tres erizos de
mar, algunos espárragos y una pera, todo ello regado con agua pura.
En previsión del combate, estaban disponiendo un refuerzo de luces alrededor de
la arena. Marcia, a quien el arte de Terpandro había dejado impasible, se animó, y le
brillaron los ojos: adoraba a los gladiadores. Esa excitación recordó a Kaeso la de las
muchachas de Bayas ante las fauces afiladas de las morenas de Silano, devoradoras
de niños, emoción que, en el fondo, no pedía sino resolverse en voluptuoso desmayo.
Estaba mal visto que las romanas decentes asistieran a obras de teatro pornográfico
demasiado crudas, pero los anfiteatros estaban en armonía con sus virtudes e
inclinaciones. Si en principio la crueldad era un espectáculo tonificante para los seres
fuertes, las mujeres, los niños, los esclavos, todos los humillados de la vida por
naturaleza, posición o accidente, encontraban en ella una venganza de sus infortunios.
Las mujeres, que ya derramaban su propia sangre al ritmo de las lunaciones, no veían
correr sin alegría la sangre de los machos.
Los combates de gladiadores se desarrollaban siempre con música, y una pequeña
orquesta se había situado a la derecha de la arena: cuernos y trompetas, instrumentos
militares, ero también algunas flautas, acompañantes normales de los combates de
pugilato, y un órgano hidráulico, novedad que en los munera había asumido un papel
preponderante. Una vez colocado el pesado instrumento, su virtuosa intérprete tocó
sucesivamente algunos acordes para comprobar que todo estaba en orden. Era una
endeble y etérea muchacha, cuyo aspecto ofrecía un divertido contraste con las
violencias que iban a desencadenarse.
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El comentario musical de un munus exigía experiencia y talento. Había algunos
trozos obligatorios, como la obertura o el toque a muertos, pero la puntuación del
combate propiamente dicho se basaba en cierta improvisación, relacionada con la
diversidad de armamentos y peripecias. Las buenas orquestas sabían incluso reservar
angustiosos silencios, pausas palpitantes para los momentos más favorables. Orfeo ya
no hechizaba a los animales salvajes: los incitaba a desplegar sus más fuertes
instintos.
Al fin estalló la fanfarria, sostenida por la potencia del órgano y acompañada por
el canto chillón de las flautas. Capreolo y Dardano no se hicieron desear demasiado
tiempo y entraron en la arena uno junto a otro, como cuando acompañaron a Kaeso
hasta su casa la noche anterior, precedidos por un famoso árbitro de su varita. Los
mejores árbitros eran siempre hombres libres, reunidos pretenciosos colegios, y la
supuesta «infamia» de los gladiadores no les concernía.
En vista de las circunstancias, bastantes íntimas a pesar de todo, y de la relativa
oscuridad de ambos campeones, el árbitro creyó conveniente presentarlos
brevemente, insistiendo en el número de sus victorias. Después los adversarios
saludaron a Silano, el «presidente editor», uno con su sable, otro con su tridente, y a
una señal de la varita, adoptaron posición de combate.
Para acrecentar el interés de los enfrentamientos, la regla quería que siempre se
opusieran armamentos diferentes, y el encuentro del secutor y del reciario ilustraba
esa preocupación de la forma más extrema. Torso, piernas y cabeza desnudos, el
reciario no tenía otra protección que una armadura, articulada alrededor del brazo
izquierdo, coronada por un ancho espaldarte que hacía las veces de escudo, y sólo iba
armado con su tridente y su red —esperando el cuchillo en la cintura sólo para
rematar a la víctima—. El secutor llevaba un casco hermético, de lineal sencillez, que
contrastaba por su sobriedad con las fantasías de orfebrería de las demás panoplias.
Sólo veía al reciario a través de dos redondos orificios horadados en la visera abatida,
que hacían pensar en los fascinantes ojos de un fúnebre y enorme animal de presa.
Una armadura flexible rodeaba su brazo derecho, un escudo redondo defendía su
flanco izquierdo, y tenía en la mano un sable corto. Algunos de estos sables estaban
provistos, en el extremo, de un gancho afilado y retorcido, que debía permitir al
secutor prisionero —si le dejaban tiempo— cortar más fácilmente las mallas de la red
que con el filo de la hoja. Pero la ventaja era bien hipotética, pues las estocadas se
hacían, por esa razón, menos eficaces. Dárdano prefería las hojas sin apéndices. Para
no obstaculizar la carrera del secutor, sus piernas no llevaban canilleras, y así
quedaban expuestas a los golpes traicioneros del largo tridente.
Ya que la red era aun más peligrosa para él que el tridente de puntas
ahorquilladas, el secutor debía incitar al reciario, con aparentes imprudencias, a un
lanzamiento torpe, y aprovechar la breve inutilización de la red para asegurarse una
ventaja decisiva. El juego del reciario, al contrario, consistía en no lanzar sus redes
hasta que no tenía todas las seguridades, a fin de exterminar con el tridente al secutor
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enredado en las mallas. A falta de lo cual, se veía obligado a contar con la rapidez de
su carrera para tener tiempo de recoger las redes otra vez, retomando la posición de
contraataque. Estos asaltos y fintas recíprocas entre especialistas bien entrenados
tenían, ciertamente, un hechizo irresistible. Muchos, que habían ostentado un
filosófico desdén por los gladiadores, se descubrieron cautivados como en el seno de
la trágica red por la sangrienta gracia de semejante espectáculo. Incluso el viejo
Séneca frecuentaba los anfiteatros lo justo para denigrarlos con elegancia.
Se habían hecho apuestas en cada triclinium. Era al reciario a quien más a
menudo daban por perdedor, pues la arena era demasiado reducida como para
garantizarle una tregua salvadora. Capreolo se daba buena cuenta de ello y sólo podía
salir bien librado gracias a una habilidad y prudencia excepcionales.
Trompetas y cuernos habían callado, flautas y órgano: modulaban una música
discreta y danzarina, mientras los combatientes se observaban. Capreolo acortaba el
alcance de su tridente para incitar a Dárdano a acercarse más, pero el griego
evolucionaba a una respetuosa distancia. El público terminó por impacientarse ante
tantas precauciones. «¿Quieres cogerlo vivo?» le lanzó Marcia a Capreolo, en medio
de las risas. Dárdano arremetió bruscamente, y fue rechazado por un golpe brutal del
tridente contra su yelmo, que sonó como una campana. Cambiando de rumbo como
un relámpago, el tridente clavó de pronto el pie izquierdo del griego en la blanda
tierra del jardín, que habían cubierto para la ocasión de una capa de arena bastante
delgada. Entonces la red envolvió a Dárdano, que gemía. Toda la asamblea aplaudió
el diestro golpe. Con sangre fría, Capreolo había reservado su red hasta el momento
en que no podía fallar. Y una pizca de suerte había ayudado a una consumada
experiencia.
Sin perder la cautela, el judío se concedió un momento de reflexión. Ya que no
podía levantar la mano para pedir gracia, Dárdano podría haber dejado caer sable y
escudo a fin de manifestar sus intenciones, pero con una estoica determinación seguía
en armas, clavado al suelo bajo la red conteniendo los alaridos de dolor. Para rematar
al griego, Capreolo tenía que retirar su tridente, ya que el cuchillo era insuficiente en
tales condiciones. Sin embargo, por un azar contrario, dos de las puntas del tridente
habían penetrado el pie de Dárdano en el empeine, y el órgano solo parecía
superficialmente herido.
Durante la emocionante fase de espera, trompetas y coros se recuperaron y la
pequeña organista se apresuró a forzar sus efectos. Era aun más emocionante que el
pederástico Virgilio.
Capreolo se decidió por fin a retirar su tridente, y la caprichosa suerte le volvió la
espalda: al retirarse, el instrumento se enganchó en la red, el griego se desenredó con
flexibilidad y, a pesar de su pie herido, arremetió contra el reciario, cuya arma se
hallaba enredada. Capreolo escapó, arrastrando red y tridente. El pie sano de
Dárdano, en la carrera, pisó por casualidad la red arrastrada y, en vez de que la red se
separase del tridente, fue éste el que cayó de las manos sudorosas del judío. Ya que a
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partir de entonces era imposible cualquier resistencia, Capreolo puso en seguida una
rodilla en la arena y alzó la mano, esforzándose en ofrecer un aire orgulloso y digno,
mientras su mirada buscaba la de Kaeso.
El árbitro había interpuesto la varita entre los adversarios y la orquesta guardaba
silencio. Era el momento que romanos y romanas esperaban con mayor placer.
Por cortesía, la bien educada asistencia acechaba la decisión de Silano antes de
expresar la suya. Una amabilidad semejante aconsejaba al donador del munus
inclinarse por la muerte del vencido, para demostrar que no le importaba hacer un
sacrificio financiero por sus huéspedes, pues pagaría mucho más caro el cadáver que
el alquiler. Titubeante, Silano optó por transferir sus poderes a Kaeso, quien, después
de haber fingido vacilar, también para guardar las apariencias, alzó ambos pulgares
en señal de gracia, seguido por la mayoría de los espectadores. Algunos protestones
murmuraron que el combate había sido demasiado corto, pero vivos aplausos
ahogaron el murmullo. Y la orquesta, en lugar del lúgubre repique del toque a muerte,
interpretó una animada marcha. Dárdano abandonó la arena cojeando, apoyado en el
hombro de Capreolo, imagen de una fraternidad de armas que paradójicamente sólo
se desmentía cuando las armas hablaban.
Se apagaron todas las luces en torno a la arena y un nuevo espectáculo cautivó
por un rato la atención, el de Roma en una clara noche de primavera. Allende los
espacios más o menos oscurecidos del Campo de Marte, se distinguía en la orilla
derecha del Tíber la silueta de la fortaleza del Janículo, y en la izquierda, las del
Capitolio y el Quirinal. A esa hora, las antorchas y linternas de los trabajadores
nocturnos recorrían la Ciudad y, en las partes menos elevadas divisables desde la
eminencia del Pincio, algunos incendios de insulae ponían manchas rojizas y
humeantes. Un incendio más considerable devastaba una parte del Trastévere. Pero a
los huéspedes de Silano, entregados al placer de la vasta perspectiva, les traían sin
cuidado incidentes tan frecuentes y vulgares. Vivían en casas aisladas por jardines,
defendidas del fuego por vigilantes y brigadas privadas siempre alertas. Sólo los
incendios de excepcional magnitud podían preocuparles.
Silano ordenó servir nuevos vinos y los jóvenes esclavos despabilaron gran
número de lámparas y antorchas alrededor de los triclinia. Tras un festín tan logrado,
era muy agradable repudiar las conversaciones generales en pro de entrevistas más
dulces con vecinos o vecinas a quienes los nos habían vuelto aún más amables, en el
seno de una suave penumbra. Entre una comida afectada y la orgía había matices para
gente honrada, que no eran ajenos a Silano.
—¡Quisiera darte —le dijo Marcia a Kaeso— Roma entera!
—Si nuestra casa del Suburio se incendia, Roma no me vendrá mal.
—¡Qué importa el Suburio a partir de ahora!
Excitada por el combate —y quizás por algunas copas de más—, Marcia nunca
había estado tan bella, en la ligera síntesis que ninguna mancha se había atrevido a
insultar.
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Como muchas prostitutas de lujo, Marcia era limpia como una gata. Y la intensa
alegría por el éxito de Kaeso añadía al encanto de su rostro una irradiación particular
y conmovedora. Miraba a su hijo con adoración.
Mas de pronto fue como si el tridente de Capreolo se clavara en el corazón de
Kaeso: conocía y reconocía esa mirada humilde, afectuosa, maravillada, llena de
entrega, abandono y promesas; era la de Egesipo, un efebo sin gracia que lo había
acosado, seguido, importunado, hasta que su muerte —se había ahogado, y el suicidio
había pasado por accidente— lo desembarazó de él. Esa mirada era la del amor-
pasión, tanto más grave y sin remedio, tanto más profunda y desesperada cuanto que
el deseo mismo terminaba por no ser más que un componente secundario, aunque
inseparable.
La mirada de Marcia ya se había velado, pero Kaeso había comprendido por fin y
estaba espantado. Los misterios con que Marcia había protegido y acunado su
existencia, los misterios pasados, presentes y futuros, no eran nada al lado de éste,
que los había gobernado a todos y pronto la induciría a nuevas mentiras. Acababa de
sorprender a Diana en el baño con Eros, ¡y Eros no era otro que él mismo!
Marcia tomó la temblorosa mano de Kaeso y dijo:
—¿Qué escalofrío te ha rozado de pronto, en una noche tan hermosa? Si te
persigue una sombra, intenta al menos describirme sus contornos, para que yo la
disipe como antaño…
—He tenido la súbita impresión de que… me querías demasiado.
—¡Pues es la primera vez —respondió Marcia riendo que un hombre me hace ese
reproche!
Por primera vez, sin duda, ella le decía la pura verdad.
¡Era insoportable! Rápidamente Kaeso se despidió de su madrastra con un
pretexto, y fue a saludar y agradecer a Silano, que estaba enfrascado en una
conversación con su sobrino Lucio y con Petronio, mientras Vitelio y Marco
intercambiaban ruidosas bromas. Antes de retirarse, dijo espontáneamente al oído de
un Décimo un poco sorprendido: «¡Yo nunca te traicionaré!». Repuesto de su
sorpresa, Décimo le contestó simplemente: «¡Mejor traicióname por una buena causa
y seguiremos siendo amigos!».
Kaeso no pegó ojo en toda la noche. Ora tenía la impresión de haber tenido un
mal sueño, ora se imponía la implacable realidad, se disipaban todas las penumbras y
se veía preso en la trampa.
Al amanecer, seguía vacilando entre las certezas de una fulgurante intuición y la
ambigüedad de una duda razonable.
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VII
Una duda tan crucial, que se había implantado y subido como, la fiebre, obligaba a
dejar de lado cualquier pudor y pedía ser disipada con urgencia. De la solución del
problema dependía además la mirífica adopción, cuya fecha se había fijado en las
Calendas de mayo, y solamente diez días completos separaban a Kaeso de esa fecha.
Silano quería festejar la adopción entonces, pues el día señalaba las Lararias de
primavera, consagradas a honrar a los dioses lares protectores de Roma, que contaban
con una capilla por barrio. La piedad perfectamente política de Silano no flaqueaba
nunca.
Pero ¿cómo salir de dudas? En la práctica, Kaeso tropezaba contra un muro. Si
ponía a prueba a Marcia declarándole una súbita pasión, y si la sospechosa estaba
libre de cualquier propósito incestuoso, se encontraría en una situación insoportable,
donde lo odioso competiría con lo ridículo. De todas maneras, si Marcia estaba
enamorada, debía de ocultar celosamente su secreto desde hacía tantos años, que no
se descubriría sin apelar a maniobras desagradables, en las que Kaeso se arriesgaba a
perder todo su prestigio ante ella.
A fuerza de torturar su imaginación, Kaeso tuvo que reconocer que el muro
seguía en pie, y que el talento para debilitarlo amenazaba con faltarle durante mucho
tiempo. Necesitaba consejos de una cabeza fría, pero ¿a quién dirigirse para un asunto
en el que la menor indiscreción arrastraría consecuencias imprevisibles e
incalculables? Vistas las circunstancias, sólo podía confiarse a su hermano Marco,
que estaba lejos.
En su angustia, se le ocurrió la idea de que Selene era una solitaria, que parecía
desdeñar a los hombres y no otorgar a nadie su confianza. Y una griega judía (¿o
judía griega?) que no carecía de sensatez, ni de penetración, ni de agudeza. Pero era
una esclava. Por una parte, las esclavas pasaban por ser menos fiables todavía que los
esclavos, pero por otra, en tanto que esclavas, se las podía dominar por miedo o
interés, y en tanto que mujeres, siempre se podía uno adueñar de ellas mediante el
sentimiento. Es verdad que las relaciones de Kaeso con la joven habían cobrado
cierto giro de intimidad que, por ser bastante extraña, debía facilitar confidencias y
consejos. De todas maneras, él le había metido la mano entre las piernas y había
intentado darle un poco de placer por poderes. Eran cosas que, a pesar de todo,
siempre acercaban.
En último extremo, en el día naciente de su alcoba, Kaeso lanzó un as de bronce.
Había decidido que si la suerte hacía caer la moneda mostrando la doble faz de Jano,
se abstendría de la tentativa. Pero la moneda exhibió su anverso, adornado con una
proa de navío, en memoria de la llegada de Saturno al Latium. Los dioses le habían
negado la ambigüedad y concedido las ventajas de la acción, bajo la égida del más
romano de todos ellos.
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Selene no estaba en su alcoba. Un esclavo interrogado le señaló la del amo al
pasar. A través de la puerta, se filtraban los sonoros ronquidos de un Marco que debía
de estar otra vez saturado de bebida. Sólo las cuatro puertas de entrada estaban
defendidas —sin hablar de los barrotes por cerraduras, muy complicadas además.
Kaeso entreabrió muy suavemente la puerta—. Su padre reposaba en el lecho. Selene,
envuelta en una manta, se había refugiado a los pies de la cama, donde dormía
apaciblemente, con la cabeza sobre un cojín. Los ruidos de la calle, que empezaban a
desencadenarse, no parecían turbar su sueño. Sin duda, su amo le había impedido
dormir durante una buena parte de la noche.
Kaeso no sabía qué hacer ante esa muchacha medio desnuda, cuando Selene, que
se había despertado con los alaridos de un vendedor de quesos que subía por la
callejuela con sus cabras, se estiró, descubriéndose por completo, y consideró sin
demasiada sorpresa la cabeza del observador, que la miraba fijamente a través del
resquicio de la puerta. Kaeso le hizo en seguida unas señas para que se reuniera con
él, y ella se levantó indolentemente para ponerse un vestido de interior y las
zapatillas. Su desnudo apenas parecía incomodaría.
Una vez cerrada la puerta, le dijo a Kaeso:
—La última vez, querías ver cómo me acostaba con dos gladiadores, y ahora
quieres ver cómo me acuesto con tu padre… ¿Eres virgen o estás chocho? ¿Acaso
imaginas que estas cosas son gratuitas en nuestros días?
La entrevista bendecida por Saturno, de la que esperaba Kaeso, empezaba mal. Se
apresuró a disipar el irritante desprecio, arrastrando a Selene hacia las habitaciones de
enfrente, ahora vacías, ya que habían dedicadas a la comodidad de Marcia y a las
termas, vez se pudieron enviar los esclavos a las alturas de la vivienda.
Se sentaron ambos en una especie de saloncito, que servía de transición entre la
antigua alcoba de Marcia y el falso atrio.
—¿De qué quieres hablar? —preguntó Selene—. Tienes la cara de un muchacho a
quien un espectro hubiera perturbado el sueño.
—¡El espectro está bien vivo y me roe las entrañas!
Expresándose en griego corriente, Kaeso se desahogó ampliamente y con detalle.
La confesión lo alivió. Y acabó por decirle a Selene, que lo había escuchado con una
atención más bien simpática:
—Tú me hiciste tristes confidencias el otro día. Hoy te hago yo las mías, esclavo
como tú de un destino cruel que apenas me deja salidas. Tengo la íntima convicción
de que los sentimientos de mi madrastra hacia mí no son los que deberían ser, pero
confieso que me falta la prueba. Y debo cerciorarme en los días que vienen, pues la
adopción está próxima. Tengo deberes hacia el noble Silano, que no me ha prodigado
más que bondades. No puedo agradecérselas introduciendo el escándalo en su casa.
Por todos los dioses, ¿cómo voy a averiguar lo que tanto me importa?
Tras un momento de reflexión, Selene declaró:
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—Es muy sencillo. Conviene emplear uno de esos procedimientos que utiliza la
gente de teatro para impulsar la acción cuando parece bloqueada. El truco de la falsa
carta, por ejemplo. Eso siempre funciona.
Con desconfianza, Kaeso rogó a Selene que se explicara, cosa que ella hizo con la
mayor claridad.
—¿Le has escrito alguna vez a Marcia en griego?
—Nunca. No lo domina a fondo, a pesar de sus progresos, y experimenta algunas
dificultades para escribir una carta correcta.
—¿Entonces no conoce tu escritura griega, aunque sea muy característica?
—Por cierto que no. Pero ¿a qué viene esa pregunta?
—Imagina que le encargo a un mensajero cualquiera, desconocido por la familia
de Silano, que le entregue a su portero unas tablillas con tu sello, en las que yo habré
escrito de mi puño y letra una declaración de amor en griego. Una de dos: o Marcia
está poseída por Eros y te salta al cuello, o sólo tiene sentimientos maternales y grita
de indignación. En ambos casos, tú haces como que no entiendes nada. Puesto al
corriente, afirmas que la escritura de la nota no es tuya, y sostienes que alguien
malintencionado, al acecho de una broma pesada, ha debido de coger tu sello
mientras dormías. Como ves, pase lo que pase, sales con la cabeza bien alta de la
terrible entrevista. Marcia está obligada a traicionarse, ya que no puede sospechar la
artimaña, y si después concibiera la menor sospecha contra ti, allí estaré yo para
disiparla. ¿Se te ocurre algo mejor?
Kaeso quedó atónito ante la eficaz y rápida sencillez de la teatral maquinación.
Evidentemente, era lo que necesitaba. Aliviado de un peso enorme dio un beso a
Selene, que añadió:
—La presencia de tu sello, el hecho de que yo sea la única persona de la casa,
aparte del amo, que puede escribir un griego fluido no demasiado inferior al tuyo, me
marcarán en el acto como sospechosa, y pronto caerá sobre mí la animosidad de
Marcia. Y apuesto a que una Marcia furiosa tiene el brazo largo. ¿Estarás en
condiciones de protegerme?
La pregunta, que Kaeso se había hecho al mismo tiempo que Selene, era muy
delicada.
Selene continuó por él:
—Es obvio que la venganza de Marcia no puede servirse de esas tablillas —y eso
en los dos casos ya apuntados—, en consideración a ella misma y a muchos otros. No
dirá una palabra de este asunto a nadie. Pero puede perjudicarme con muchos
pretextos indirectos, a la primera ocasión favorable. Mi única seguridad estaría
entonces en tus manos.
—¿De qué manera?
—Inocente o enamorada, Marcia no hará nada si la amenazas —por afecto hacia
mí— con contarle el asunto a Silano. Si está enamorada, la revelación de su bajeza
sería una catástrofe para ella. Si es inocente, esta historia de las tablillas sería ya
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como para meter en la cabeza de su marido ideas inquietantes. Y tú puedes cumplir la
amenaza, tanto si Silano te adopta como si no.
Tras meditarlo, Kaeso observó:
—Si Marcia está enamorada, tendré a mis propios ojos una buena excusa para
defenderte. Pero si es inocente, no tendré ninguna excusa ante los suyos. E incluso en
la primera hipótesis —y con mayor motivo en la segunda— el hecho de defenderte la
empujará a considerarme cómplice.
—Es un riesgo que debes correr si deseas tener el corazón limpio y protegerme.
Pero tu Marcia no es inocente.
Kaeso se sobresaltó:
—¿Qué estás diciendo?
—Te lo diré en latín: In vino, ventas. Cuando el amo está borracho, deja escapar a
veces alusiones significativas. Una sospecha lo corroe desde hace mucho tiempo.
Pero como tiene más pruebas que tú, la ha enterrado en lo más hondo de su corazón.
Sin embargo, la coincidencia entre tu sospecha y la suya da que pensar. ¡Maldita sea
la inocencia! Yo apuesto por el amor. Además, en esta historia radica mi mayor
seguridad, puesto que gracias al amor y al secreto que exige, mi protección será más
fuerte… Por lo menos, si tú tienes a bien contribuir.
Una vez bien sopesado todo, Kaeso, ardiendo en deseos de saber al fin, juró ante
los grandes dioses que velaría por Selene como por la niña de sus ojos.
Siguiendo con su idea, la joven avanzó un paso más:
—El día en que Silano se desinterese de Marcia, mi piel valdrá muy cara.
Empero, tengo una hermosa piel, apenas estropeada, y sólo tengo una.
Por mucho que Kaeso sostuviera que los encantos de Marcia eran capaces de
hacer milagros, no podía ofrecer más garantías sobre el tema.
—Sin embargo, tentaré a mi suerte —dijo Selene—. Encima corre el rumor de
que Silano se reunirá algún día con sus hermanos, y, cuando los patricios se abren las
venas, es de buen tono que sus mujeres los sigan. Pero no puede contar del todo con
Nerón, y sigue existiendo un riesgo que no puedes ahorrarme. En caso de apuro, sería
precioso para mí tener dinero disponible.
Kaeso había arañado alrededor de 120 000 sestercios de pensión y sus gastos de
viaje. Al final, los 100 000 sestercios de Diógenes fueron concedidos a Selene.
—Pareces ser ducha en negocios —tuvo que reconocer Kaeso—. Pero, puesto que
eres esclava, ¿cómo conservarás una suma semejante? Dudo que un templo honrado
la acepte en depósito.
—La pondré en manos de un santo hombre de mi religión.
—¿Estás segura de poder confiar en él? Los sacerdotes son tan ladrones…
—No entre nosotros. Además, confío en ti.
—¿Qué te dice que cumpliré la promesa de protegerte?
—Mi conocimiento de los hombres y de mis encantos. Así que consígueme unas
tablillas corrientes y un punzón…
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Selene experimentaba un delicioso placer vengándose Marcia, que la había
mandado azotar después de abusar ella. A cada latigazo, había suplicado a Yahvé que
le permitiera resarcirse, y el día había llegado antes de lo previsto. Este placer,
sumado a los 100 000 sestercios, bien valía algunos riesgos.
Kaeso y Selene hablaron un rato de los términos que emplearían. Evidentemente,
Selene no podía hacer alusión más que a ideas y hechos que hubiera podido extraer
de un Kaeso en exceso confiado. La taimada carta debía tener una base verosímil.
Cuando Kaeso hubo proporcionado de buena gana todos los elementos
necesarios, Selene escribió lo que sigue:
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presentaría a la crítica entrevista en una posición notoriamente mejor. Al informarse
supo que una mujer, una tal Arria, vivía sola con algunos esclavos en una pequeña
casa del Viminal, en el corazón de la VI región, «Alta Semita», entre la posición de la
tercera cohorte de vigilantes contra incendios y la antigua muralla de Servio. El
tiempo apremiaba, y Kaeso corrió el riesgo de ir a sorprenderla.
Hacía calor en los senderos boscosos y umbríos del viejo Viminal, y Kaeso se
felicitaba por haber salido con una simple túnica. Alguien que pasaba terminó por
indicarle una modesta villa, medio oculta por la vegetación de un jardín no menos
modesto y bastante descuidado. Kaeso empujó la verja y fue a llamar a la puerta.
Estaba empezando a pensar que la casa se hallaba desierta cuando oyó una voz
masculina y plañidera, que parecía venir de la parte trasera: «¡Domna, domna, se me
están helando!». Y la voz de Arria que contestaba: «¡Un momentito más, Arsenio!».
Intrigado, Kaeso rodeó la casa por la derecha, atravesó una cocina abierta de par
en par que daba a un gallinero y se topó de boca con el llamado Arsenio, si es que se
puede emplear tal expresión para bocas que se encontraban a alturas tan diferentes: en
efecto, el esclavo estaba sumergido hasta el cuello en la piscina fría de unas termas
rudimentarias, cuya caldera, por añadidura, estaba apagada. La cara congestionada
del gran galo pelirrojo hacía pensar que quise tratara de un baño terapéutico. Al ver a
Kaeso, Arsenio se apresuró a gritar: «¡Domna, un noble visitante para ti!». Kaeso se
anunció en voz muy alta y Arria le rogó que esperara un momento. Pronto, con aire
alegre, abrió en persona una puerta que daba a una estancia atestada de divanes y
cojines, en la que reinaba un fuerte olor a sudor y a almizcle. En la penumbra del
lugar, el vestido suelto de Arria parecía un saco colgado de una estaca.
Kaeso no habría conseguido ninguna confidencia de haber mencionado el objeto
de su visita. Para poner a la dama de un humor conveniente, no tenía otro recurso que
fingir intenciones galantes. Pero pronto estuvo muy claro que a la anfitriona no le
bastaban las intenciones. Y como intenciones sin consecuencias la habrían ofendido
terriblemente, Kaeso, entre la espada y la pared, se vio obligado a cumplirlas. La
dama era verdaderamente muy muy esbelta, y su agitación voluptuosa no era
suficiente compensación de la ausencia de atractivos tangibles. El huesudo pubis, los
senos en forma de huevos al plato, resultaban desalentadores. A pesar de su
delicadeza y su buena voluntad, Kaeso hizo una chapuza, y si bien Arria no se
ofendió, por lo menos se sintió decepcionada.
A causa de este malentendido, resultó que Kaeso no pudo sacar nada interesante
de la íntima amiga de Marcia. Abierta a cualquier asalto, la mujer seguía siendo
desconfiada e invulnerable como una ostra en relación a lo principal, como si hubiera
querido pagar con silencio o con las inconsistentes el poco placer que le había
proporcionado el encuentro.
Antes de despedirse de Kaeso, Arria le dedicó, empero una especie de mirada
maternal, al tiempo que le advertía:
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—Se dice que te espera un gran destino, pero la Fortuna es caprichosa. Tal vez un
día no te quede sino tu encanto y tu belleza para hacer carrera. Ese día, todo puede
depender del apasionado afecto que hayas sabido inspirarle a una mujer.
—¿Te das cuenta de que si la tratas sumariamente, como acabas de hacerlo
conmigo, no podrás esperar gran cosa de ella?
—Perdóname, te lo ruego: aunque no lo parezca, tengo grandes preocupaciones
en este momento…
—Precisamente los hombres son más satisfactorios cuando más distraídos están.
—¡Bonita paradoja!
—¡Qué niño eres! Necesitas consejos. ¿Me permites que complete tu educación
en este aspecto?
Hubiera sido descortés por parte de Kaeso rechazar la lección; de modo que Arria
continuo:
—Un hombre no cautiva a una mujer procurándole algunos placeres agudos pero
superficiales: éstos sólo son una introducción al placer profundo, indescriptible, tan
fuerte que puede desvanecernos. No todas las mujeres lo conocen. Pero para las que
lo conocen, de ordinario tarda mucho en llegar. Y una vez conocido, la mujer sólo
vive para conocerlo otra vez, pues su goce sobrepasa entonces en cien codos[103] al
del hombre que está a su servicio. Así que es de capital importancia que el amante sea
capaz de aguantar mucho tiempo, a falta de poder repetir a menudo. ¿Entiendes bien
esto?
—Está perfectamente claro. ¿Pero cuál es el método?
—Mientras estés haciendo el amor, sobre todo no pienses en tu amante. Mejor
cuenta cabras u ovejas. Aguántate el mayor tiempo posible. Y cuando tengas miedo
de derramarte, húrtate al abrazo y salta a un baño frío.
Acordándose de Arsenio en el baño, Kaeso no pudo contener la risa.
—Pues sí —dijo Arria—. Ese galo está más dotado que tú. ¡Afortunadamente!
Pues para este oficio sólo puedo pagarme un esclavo decente, y tengo que usarlo
hasta el desgaste. Arsenio piensa en el sitio de Alesia por César, y no le importa
mucho darse un baño para aliviar su tensión y seguir en forma. Es un muchacho muy
servicial.
Gracias a Arsenio, Kaeso se retiró finalmente de bastante buen humor, aunque no
le duró mucho. Pensándolo bien, le parecía escandaloso e inquietante que solamente
esclavos bien instruidos fuesen capaces de hacer gozar a una mujer a fondo y
múltiples veces. ¿Qué hombre libre se avendría de buena gana a esa degradante y
ridícula gimnasia? Pero entonces, como bien pensaban los griegos, las relaciones en
el matrimonio sólo podían ser decepcionantes. Y había otro tema de amarga
reflexión. Verdaderamente, Marcia tenía por amigas a unas mujeres poco corrientes.
Sin duda, las matronas romanas que se acostaban con sus esclavos no eran demasiado
raras, y las leyes que combatían este abuso tenían bien poco efecto. A veces se veía,
en las frondosidades del Campo de Marte o de algún jardín, una amplia litera cerrada,
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rodeada por un número impar de portadores musculosos, que se cruzaban de brazos
mientras el invisible número par se agitaba, a pulso, detrás de las cortinas. Y cada uno
tenía un turno para hacer disfrutar a la patrona, en espera de llevar al marido a sus
negocios. De todas formas, semejantes excesos manchaban una reputación, y las
mujeres honradas no se trataban con tales desvergonzadas.
Cuando Kaeso llegó a la insula, las tablillas estaban de vuelta. Con el extremo
romo de su punzón, Marcia había borrado prudentemente el texto comprometedor de
Kaeso y había escrito en su lugar:
Selene estaba triunfante, pero Kaeso, a quien le había costado trabajo romper el
sello[104], de la emoción que sentía, quedó aturdido de amargura y angustia. Su
intuición no le había engañado.
Por lo tanto, al día siguiente por la mañana, día de las Vinalia, mientras el gran
mercado de las prostitutas se hallaba en su apogeo ante el templo de Venus de la
Puerta Colina, Kaeso estuvo a la hora fijada ante la villa de Arria, que nunca habría
creído volver a ver, y menos tan pronto. Le resultaba muy desagradable que la cita se
hubiera concertado en un lugar ilustrado tanto por las hazañas de Arsenio como por
su propia torpeza, pero para lo que Marcia pensaba hacer en ella, la casa estaba, con
toda seguridad, bien escogida, y la discreción de Arria resultaba tranquilizadora. Para
darle más dignidad a la entrevista, Kaeso se había puesto su toga nueva, en la que
quería ver, además, una forma de protección: una mujer abusiva no habría violado sin
daño a un joven en toga, que trababa su atributo viril.
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Kaeso siguió haciéndose el imbécil delante de aquella mujer cruelmente lastimada
que acababa de desnudar accidentalmente su corazón.
—Bueno —dijo Marcia tras un largo silencio—, al menos sabemos dónde
estamos… Selene es una perspicaz entrometida y me ha calado de forma extraña.
Pero ¿se habría equivocado en lo que a ti concierne?
Kaeso respondió que la revelación era tan brutal, tan nueva, que necesitaba algún
tiempo para asimilarla y forjarse una conducta.
—Si necesitas tiempo para saber si me amas, ¡es que tu amor es bien tímido
aliado del mío!
Embrollándose con sus expresiones, Kaeso asumió el papel más fácil, el de
interrogar. Además, su legítima curiosidad era insaciable.
Tú vives con tu amor desde hace años y yo acabo de descubrir el grado de su
extensión. Sería una ligereza por mi parte comprometerme gravemente con una
persona querida mientras estoy bajo la impresión de semejante acontecimiento. Pero
hay más: no estamos en igualdad de condiciones. Quiero decir que tú lo sabes todo de
mí, mientras que a mis ojos tú sigues siendo muy misteriosa. Un hijastro tiene el
deber de ignorar muchas cosas sobre la mujer de su padre. Pero un futuro amante, ¿no
necesita saberlo todo? ¿Querrías que me acostara con una desconocida?
—Admito que sería una desfachatez por mi parte. ¿Qué deseas saber?
—Silano me reveló la historia del esclavo Aponio —que no te concierne
directamente. Selene me confesó que Silano la había regalado a mi padre, en
compensación por tu pérdida, lo que en mi opinión te concierne menos todavía. Pero
Arria me hizo saber, por casualidad, que tu matrimonio con mi padre no era el
primero, y, sobre todo, que eras su sobrina. Reconocerás que todo esto desconcierta.
—Lo confieso de muy buena gana. Sin embargo, ya tienes edad para comprender
que existen mentiras piadosas, con las que padres e hijos salen ganando durante
mucho tiempo.
—¿Sí?, es cierto. Sólo me han mentido por mi bien. Pero, una vez más, ya no es
mi madrastra la que me habla, sino una mujer que ambiciona relaciones de otra
naturaleza.
—De ahora en adelante, ya no te esconderé nada. Juro sobre tu propia cabeza que
contestaré con perfecta sinceridad a todas tus preguntas. Pero me parece que ya te has
enterado de lo esencial de cuanto pretendimos ocultarte el mayor tiempo posible.
—¿Cómo podría estar seguro?
Marcia se desembarazó de su chal y se recostó a medias sobre los cojines, el
vestido un poco recogido y la garganta semidesnuda, en la postura lánguida y
paciente de quien se dispone a satisfacer la curiosidad más indiscreta.
—¿Cuántas veces has estado casada?
—No más de cuatro, contando también a Silano.
»Me casé muy joven con un “caballero” sin mayor interés. Las mujeres aún
carecen de una libertad, tal vez la más satisfactoria, la de casarse según su gusto la
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primera vez. Mientras la mujer casada, divorciada, casada en segundas nupcias o
viuda tiene libertad de sentimientos y de actos, la infortunada joven sigue siendo
coaccionada. Reconozco que algunos padres actuales atienden cada vez más las
inclinaciones de sus hijos, pero esta moda tarda en generalizarse.
—Yo mismo hice mis primeras armas con la «pequeña burra» de la popina de
papá: eso tampoco era lo ideal.
—Para un muchacho, las primeras armas tienen menos importancia.
—¿Engañaste a ese «caballero»?
—Una y otra vez: ¡era un bruto y sólo me había casado con él para liberarme!
—Entonces, ¿era el placer lo que te atraía?
—En el sentido de que me habría gustado saber de un vez por todas lo que era.
Pero la búsqueda es muy decepcionante para una mujer, pues los hombres sólo
piensan en sí mismos.
—¿Qué consejo me darías en ese aspecto si la ocasión se presentara?
—Que te tomes tu tiempo. La mujer es una citara, y hay que acariciar todas sus
cuerdas durante horas si se pretende que cante como es debido.
»En resumen, me divorcié del “caballero” para casarme con un propietario
terrateniente, que muy pronto se mató accidentalmente.
—¿Lo amabas?
—Un poco, durante algunas semanas.
—Entonces, ¿por qué te volviste a casar?
—No podía vivir decentemente con mi dote, y las mujeres distinguidas no tienen
derecho a ninguna actividad remunerada[105]. Una mujer bonita y sin dinero está, por
lo tanto, condenada al matrimonio. A falta de un buen partido, su libertad no va más
allá de elegir los menos malos.
—¿Engañaste a tu segundo marido?
—Menos que al primero. Me interesaba la situación.
—¿Seguías buscando ese famoso placer, del que pretenden que hace desmayarse
de felicidad a algunas mujeres?
—Nunca lo he encontrado. ¡Pero yo me desvanezco de felicidad sólo con tu
presencia, Kaeso!
Quedaba lo más delicado…
—No alcanzo a entender por qué te casaste con mi padre, que era tu tío.
—Claudio acababa de desposar a su sobrina Agripina, y nosotros aprovechamos
la oportunidad de halagarlos. Un asunto que fracasó en parte. Marco sólo consiguió
llegar a ser miembro del colegio de los Arvales, posición que fue incapaz de explotar.
»Se trataba, desde luego, de un matrimonio blanco, cosa que me da el derecho
moral a amarte, ¿no?
—¿No te acostaste nunca con mi padre? ¿De verdad? Marcia hizo una señal
negativa con la cabeza.
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Kaeso se sentó de la impresión. Los sentimientos Marcia tomaban de repente un
cariz completamente distinto: la paralizante idea del incesto se esfumaba.
Materializando su ventaja, Marcia se irguió y se apoderó de la mano de Kaeso,
que estaba frente a ella. Pero él retiró en seguida.
—No me dices toda la verdad. Tanto mi hermano como yo nos acordamos de una
época en que nuestro padre gritaba a la puerta de tu alcoba, y bien sabemos que a
veces llegó a entrar.
—¡Qué memoria! Yo no me acordaba de eso. Si, pensándolo bien, quizás cedí
cinco o seis veces a ese marido formal, ¡pero lo hice por tu hermano y por ti!
—Explícame eso…
—En los primeros tiempos de matrimonio, como vosotros dos pudisteis juzgar, tu
padre se ponía frenético, a pesar de las renovadas promesas, y tales escenas os
aterraban. Al precio de algunos breves abandonos sin consecuencias, yo os aseguraba
el sueño y la paz. ¿Acaso crees que disfrutaba del lance?
—¡Qué amor sentías ya por esos dos niños!
—¡Gracias por reconocerlo!
»Siempre me han gustado los niños. No puedo pasar cerca de un vertedero donde
se desgañitan los críos sin que se me oprima el corazón. Pero no quise tener hijos de
mi primer marido, porque no lo amaba en absoluto. Y no quise tenerlos del segundo
porque no lo amaba bastante. Evidentemente mi matrimonio con Marco estaba
destinado a la esterilidad. Y tampoco quiero hijos de Silano —en el dudoso caso de
que él todavía fuera capaz de engendrar uno— para proteger mejor tus derechos a la
herencia.
»Durante mi unión con Marco, tuve a mi cargo a los hijos que me habría gustado
engendrar. ¿Cómo no cobrarles afecto?
—¿En qué momento empezaste a sentir por mí algo más fuerte?
—Cuando comencé a tener celos de la pobre «burrita» de nuestra popina, creo.
Nada como los celos para aclarar las cosas.
Kaeso reflexionó y dijo prudentemente:
—Durante tu matrimonio blanco… o gris con mi padre, Supongo que no
renunciaste a tener amantes…
—Supones bien.
—Sin duda, te aportaban algunos placeres superficiales…
—En algunas ocasiones…
—¿Y aparte de esas ocasiones?
—¡Seguía haciendo el amor por ti y por tu hermano!
—¡Todavía!
—Marco y yo conocimos largos años en los que el dinero escaseaba, cuando no
faltaba del todo. A menudo estuve a punto de abandonar aquella casa insoportable,
pero tú me mirabas con ojos confiados, y yo desfallecía. ¡A veces no teníamos ni para
alimentar a los esclavos! Un día tuvimos que poner en la calle a una esclava enferma
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y a un impedido. Un edicto de Claudio acababa de decidir el libertamiento de oficio
en ese caso, pero temo que aquellos esclavos se murieran rápidamente de hambre. La
bolsa estaba vacía, los esclavos alzaban los suplicantes hacia mí, mientras Marco
volvía la cabeza. Entonces sabía lo que tenía qué hacer.
—¡Todo eso es positivamente admirable! Pero, en fin, las finanzas terminaron por
mejorar y no te faltaron amantes por esa causa. ¿Eras tú la que vi por casualidad en
las termas nuevas de Nerón?
—Las mujeres, Kaeso, nunca han sabido distinguir entre lo necesario y lo
superfluo. Además, ¿cuál es la diferencia entre poner las piernas al aire por cien o mil
sestercios?
¡O por mil millones de sestercios, con alguien como Silano!
—¡Seguro que la diferencia está en la suma y no en las piernas! Supongo que
reclutaste a esos beneficiosos amantes en ambientes de lo más variado.
—Desde luego. Los vínculos discretos con hombres ricos son, a menudo,
decepcionantes. Con esa gente hay que brindar mucho tiempo, satisfacer muchas
exigencias, saber conformarse con regalos difícilmente negociables. Un cierto nivel
de elegancia es enemigo de una prostitución fructífera —salvo excepciones bastante
raras. Así que, cuando el dinero líquido brillaba cruelmente por su ausencia, a veces
me iba a cazar a un salvador en las termas nuevas de Nerón o bajo un pórtico del
Campo de Marte, temiendo que algún chulo celoso de sus prerrogativas me
descubriera y me moliera a palos. ¡Cuánto te amaba, Kaeso!
—¿De ahí provenían las comodidades que pude disfrutar?
—En sus dos terceras o cuatro quintas partes…
—¿Y Silano está al corriente?
—Lo tiene muy claro y le da igual.
—¡Qué hombre tan sensato!
—Una sensatez muy a tu alcance.
Kaeso ponderó un instante aquella hermosa franqueza. Marcia había tomado
heroica decisión de no disimular nada, en la duda de poder mentir durante mucho
tiempo. Y esa humillación en la que se estaba revolcando le daba a Kaeso, en el
fondo, un motivo conmovedor para levantado con afecto.
—Creo que debo darte las gracias —dijo—. Has hecho por mí más aun de lo que
creía… ¡Y hasta de lo que deseaba! De todas maneras, me siento un poco abrumado
ante la perspectiva de suceder a tantos maridos, amantes o simples clientes…
—¡Pero todos esos hombres, Kaeso, pasaron sobre ti como el agua sobre las
plumas del pato! Ya los he olvidado. ¡Nunca los amé, nunca amaré a nadie más que a
ti!
—Hay uno, ay, que yo no puedo olvidar, porque pretende adoptarme pronto.
—Silano posee una mentalidad muy abierta. Ha tenido montones de esposas,
queridas, favoritos…
—¡Pero no me adopta para que me acueste con su mujer!
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—Si un día se encontrara ante el hecho consumado, probablemente cerraría los
ojos. Los hombres distinguidos son notablemente talentosos para hacer de cornudos
con dignidad.
—¡Te desafío a informarle de tus intenciones antes de que me adopte!
—¿Por qué correr el riesgo cuando una de las primeras fortunas de Roma está en
juego?
Kaeso volvió a reflexionar y dijo:
—Cada cual está hecho a su manera. Hay cosas que se pueden hacer, otras que
no. Me resulta imposible dejarme adoptar por Silano en tales condiciones. Y lo digo:
es por mí antes que por él.
—Entonces, admitiremos que no ha pasado nada, que Selene no me ha escrito esa
hermosa declaración de amor. Y como la mía es el resultado de un abuso de
confianza, me parece que estoy capacitada para retirarla. Así que déjate adoptar como
estaba previsto, y ya no tendrás que temer mis asiduidades. Para asegurarte una
fortuna semejante, no me importa hacer un sacrificio más. ¿Acaso no estoy
acostumbrada?
—Desgraciadamente, Selene ha escrito y yo te conozco ahora casi tan bien como
tú me conocías antaño. ¿Cuánto tiempo podrías esconder, en el curso de una vida en
común en la casa de Cicerón, en Tarento, en Bayas o en otra parte, esa celosa pasión
que a veces se refleja incluso en tu mirada? Y ahora que sé que no has sido la
verdadera mujer de mi padre, ¿cuánto tiempo podría yo mismo resistirme a tu
inteligencia y tus encantos?
—Si rechazaras la adopción, ¿tendrías menos escrúpulos en engañar a Silano?
La pregunta cogió a Kaeso desprevenido; y su vacilación fue evidente.
—Creo —declaró por fin— que todavía tendría escrúpulos. Silano ha prodigado
tantas bondades conmigo…
—¡Porque yo se las he prodigado a él!
—Tu habilidad no le retira todo el mérito.
Marcia dijo alegremente:
—Para librarte de todo escrúpulo, sólo hay una solución: te haces adoptar, yo me
divorcio de Silano, y caemos no en brazos del otro. ¿Qué dices?
—Digo… que una combinación semejante aún despertaría en mí algún escrúpulo
y, sobre todo, que no admitiré nunca que renuncies por amor a tan brillante posición.
—¡De todas formas renuncio a ella! Y para disipar tu último escrúpulo te haré una
última y honrada proposición: yo me divorcio por mi parte, tú desdeñas la adopción
por la tuya. ¿Qué obstáculo nos separaría entonces?
Tras un penoso silencio, Marcia se deshizo en lágrimas:
—Ya veo que no me amas —exclamó entre sollozos—. ¡Eres el único hombre
sobre la tierra que no me desea!
Pasado el primer torrente, Kaeso precisó:
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—Al contrario, te deseo, hasta el punto que tu cuerpo de diosa obsesiona a
menudo mis noches. Pero has desempeñado durante tantos años el papel de madre
ejemplar, que mi deseo tropieza con una barrera. Hay dos mujeres en ti, y como sólo
puedo acostarme con una de ellas, tengo que acostarme en otra parte. Ni tú ni yo
tenemos la culpa. Y a pesar de todo estoy tan poco seguro de mí mismo que, de
convertirme en el hijo de Silano, temo sinceramente ceder.
—Entonces, ¿qué vas a hacer?
—¡Oh, qué sé yo! —dijo Kaeso con desesperación—. Estoy como en el fondo de
un pozo…
Había llegado el mediodía, como testimoniaban los amortiguados rumores que
subían de la Ciudad. El trabajo había sido abandonado, y las herramientas
descansaban esperando que la siesta anestesiara a los hombres. Como Kaeso, con los
nervios de punta, pretendía retirarse, Marcia se aferró a su toga, con gran desorden de
palabras y ropas, suplicándole que la poseyera al menos una vez, en recompensa por
tanto sacrificio. La súplica era tanto más conmovedora cuanto que no la provocaba el
deseo de un placer cualquiera. Esta mujer, a la que ningún amante, ningún marido
había sabido colmar, sabía muy bien que los goces más hondos y turbadores no eran
todavía para ese momento. Solo quería oír latir su corazón como nunca había latido.
Pero Kaeso repetía:
—¡Déjame, déjame, te lo suplico! ¿No ves que hoy no puedo? En otra ocasión,
quizás…
Kaeso terminó por liberarse y escapar, dejando, en lucha, su toga a Marcia, como
el símbolo irrisorio de lo poco que podía ofrecerle.
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VIII
Por el camino, la situación se le presentaba a Kaeso con espantosa claridad.
Adoptado por Silano estaría expuesto a las más seductoras atenciones de Marcia,
y no era obvio que pudiese librarse de ellas huyendo. Uno no suele escapar sin un
buen pretexto. Si no se dejaba tentar, Marcia, reducida a la desesperación, sería capaz
de un terrible estallido. Si sucumbía, ya no podría mirar a Silano a la cara y se
arriesgaría a que, tarde o temprano, éste lo descubriera. Cuanto más rodeadas de
esclavos estaban las matronas romanas, más trabajo les costaba engañar a sus maridos
sin que ellos lo supieran. En la alta sociedad, sin duda, muchos cónyuges llevaban
una vida independiente a base de tolerancia e indiferencia mutuas. Pero resultaba
evidente que Silano todavía estaba enamorado, y era muy capaz de seguir estándolo
por mucho tiempo. Sin embargo las leyes de Augusto, que castigaban el adulterio con
la deportación, seguían en vigor[106]. Por teóricas que hubieran podido parecer desde
su promulgación, fuera cual fuese su grado de desuso, un amante desafortunado o una
mujer adúltera seguían expuestos a la venganza del marido empeñado en reclamar sus
derechos. E incluso si alguien como Silano, por temor al ridículo, no llegaba a esos
extremos, el esposo ultrajado o carecía de medios para sancionar una traición tan
infame. Pues sería su propio hijo, guardián del culto familiar, el que habría
introducido el deshonor en su casa.
También había manchas oscuras en el árbol genealógico Silano; demostraban que,
a fin de cuentas, una adopción semejante conllevaba algunos riesgos. Cuando los
Julio-Claudios se exterminaban, la humilde oscuridad de sus parientes o amigos no
protegía forzosamente a éstos de la suerte de los señores. Se torturaba a los libertos y
esclavos para engrosar las actas y las peores sospechas no respetaban a nadie.
En cuanto a decirle adiós a Silano para vivir en una nube rosa con una ex-
madrastra divorciada una vez más, era algo que no entusiasmaba mucho a Kaeso.
Tenía ganas de disfrutar libremente de la existencia. Caer bajo la férula de una Marcia
posesiva y celosa no seria una excursión de placer. Aquella mujer, que ponía una viva
inteligencia al servicio de sus designios y pasiones, ejercía un extraño dominio sobre
todos los que se unían a ella. Marco apenas había contado. Silano se había sometido.
¿De cuántos hombres no habría cogido lo que le interesaba, ya fuera matrimonio,
menudos placeres, sentimientos o dinero? Acostumbrado a obedecer, a dejarse
influenciar en tanto que hijo amante, confiado y sumiso, Kaeso sólo entraría en la
alcoba de Marcia para verse exprimido gota a gota. Ella pretendía obtener de él los
grandes placeres que nunca había conocido, y, siendo también alumna de la escuela
de Arria, lo enviaría al baño más a menudo de lo normal. Kaeso no estaba maduro
para una esclavitud de ese tipo.
Además, no se puede vivir en una nube rosa sin dinero. Acostumbrada a ciertos
lujos que le gustaban muchísimo y eran cada vez más necesarios para la conservación
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de su belleza, la maternal querida de Kaeso pronto volvería a sacrificarse por él bajo
algún pórtico. ¡Ya había comido bastante de aquel pan amargo y vergonzoso!
Y en vista de la diferencia de edad, ¿cuánto tiempo, de todas maneras, podría
durar una relación tan apasionada? Kaeso había visto a algunos hombres
importunados por queridas envejecidas y gritonas… La misma naturaleza humana
predecía el naufragio.
Si, Kaeso tenía que romper, desgarrarse el corazón para sobrevivir. Empero,
necesitaba a Marcia. La perspectiva de no verla más le hacia sufrir. ¡Había velado por
él durante años con una constancia tan atenta y tan rara! ¿A quién dirigirse en
adelante para que iluminase y dirigiese sus días? Kaeso se sentía cada vez más
huérfano.
Coronando esos problemas se alzaba, además, una dificultad de orden práctico,
que incluso parecía insuperable en un primer análisis. Era absolutamente necesario
renunciar a esa adopción, pero, para hacerlo, había que suministrarle a Silano una
razón enteramente convincente. Uno no se priva de mil millones de sestercios con un
pretexto oscuro o fútil. Si Kaeso no argüía ningún motivo, o si su motivo no era
creíble, Silano, ofendido y desconfiado, se pondría a reflexionar; y dada su natural
agudeza, sus reflexiones amenazarían con conducirlo a la verdad, una verdad que
haría que Marcia lo perdiera todo.
Divina sorpresa: Marco el Joven, como enviado por los dioses, espera a Kaeso
delante de un pequeño templo en ruinas, cerca de la insula familiar, un poco apartado
de la callejuela que llevaba a ella. Kaeso reconoció al pasar las anchas espaldas de su
hermano, que en aquel momento estaba ocupado en regar el muro del edificio, bajo
una inscripción no obstante perentoria:
Marco, polvoriento del viaje, todavía llevaba la coraza, y con desenvoltura militar
había desdeñado los medios toneles o las desportilladas ánforas dispuestas en las
encrucijadas para ese fin.
Kaeso le tocó en el hombro y ambos se abrazaron. Marco disfrutaba de un
permiso imprevisto: le habían encargado despachos particularmente importantes
destinados al cuartel general de los frumentarios, y tenía licencia para pasar ocho días
en Roma. El joven tribuno parecía inquieto, preocupado, y había acechado a Kaeso
para pedirle noticias lejos de la presencia de su padre.
Los dos jóvenes fueron a sentarse a una mesa del jardín de una pequeña popina,
bajo un verde emparrado; el mayor pidió vino fresco, y Kaeso reveló a su hermano
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con todo detalle hasta qué punto eran justificados los funestos presentimientos que
éste había alimentado en su exilio, sin ocultarle nada de cuanto le angustiaba —
excepto la prostitución de Marcia—. Pero ¿qué hubiera podido decir sobre este tema
que Marco el Joven no supiera ya?
—Sospechaba que Marcia había puesto los ojos en ti —dijo Marco—. Todo el
mundo, más o menos, lo notaba en la casa. Tú eres el único que no se daba cuenta.
Una mujer profundamente enamorada no puede esconder indefinidamente su juego.
Incluso si calla, todo lo demás habla flor ella. Sí, Marcia te adora.
—¿Pero por qué tiene que ser eso un inconveniente?
—Acabas de decirme que nuestra madrastra era hija del tío Rufo y prima hermana
nuestra, pero que nunca compartió el lecho de nuestro padre. Por lo tanto,
prácticamente no hubo incesto entre ambos esposos, de donde se desprende que
tampoco lo habría si Marcia se convirtiera tu amante. Así que tienes todo el derecho
del mundo a considerarla bajo un nuevo punto de vista en el caso de que una relación
semejante te parezca agradable o ventajosa. Tengo el deber de hablarte de todo esto
como amigo y no como hermano…
—¿Quieres decir que si estuvieras en mi lugar, tendrías, de todas formas, dudas y
repugnancias instintivas?
—Ya éramos mayores cuando Marcia nos confesó que era nuestra madre por
elección y no por naturaleza, y nos presentó la cosa de tal manera que nos sentimos
filialmente conmovidos. Cierto que es difícil pasar de la madre a la amante sin
transición. Pero un poco de tiempo arregla muchas cosas…
»En todo caso, hay un hecho seguro: Marcia es muy seductora, te quiere bien, y
su amor ha demostrado ser eficaz. Si haces que se desespere, temo horribles
desgracias. Una mujer rechazada es capaz de cualquier cosa.
—Y si me obligo a colmar sus esperanzas, ¿de qué sería capaz Silano?
—Todavía no es cornudo, aún no sabe que lo ha sido, y no creo que la noticia lo
volviera muy peligroso. No seria la primera vez, si atendemos a los rumores, que
Silano conociera un infortunio semejante, y hasta el momento ha mostrado ser de
buena pasta.
—No había adoptado a los amantes de sus otras esposas, que además no estaban a
cargo del culto familiar de su gens.
—La religión de alguien como Silano es para el Foro. En cuestiones de piedad, en
tales familias lo que no es oficial no cuenta.
—Silano ama a Marcia.
—Como puede amar un hastiado que ha conocido todos los placeres.
»Imagina por un momento que, por escrúpulos, desdeñas esa extraordinaria
fortuna que los dioses te traen como por casualidad. Imagina también que te
encuentras a Silano en el Foro dentro de un siglo o dos y que le informas de tu noble
conducta. E imagina, para terminar, que Silano te contesta: “¡Qué tonto has sido! ¡Me
habría sentido tan feliz compartiendo a Marcia contigo! A mi edad, a uno le gustan
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los triángulos”. ¿Qué argumento presentarías entonces, tú que sales de entre los
sofistas, en tu defensa?
—¡Me duele oírte! ¿Tú te revolcarías por algunos sestercios con nuestra Marcia y
ese vejestorio?
—¡Sí, me temo que por cientos de millones de sestercios sí!
Marco vació su copa y añadió, con la mayor seriedad del mundo:
—No soy un gran filósofo, Kaeso, pero voy a decirte algo sensato: no tenemos ni
idea de a dónde iremos una vez muertos, ni siquiera si iremos a alguna parte. Así que,
a mis ojos, sólo hay una moral razonable: la del éxito. Se puede tener éxito en
detrimento del Estado o en detrimento del prójimo, cosa que yo no recomendaría,
pues el interés general, el de todos y de cada uno, se resiente. ¿Pero qué mal habría en
revolcarse en compañía de un mecenas generoso y de una mujer sacrificada? Es el
sueño de todos los jóvenes romanos de hoy en día. Después de todo, en lo que a la
sangre concierne, Silano no es más padre tuyo que Marcia tu madre. He notado que
todos los hombres ilustres, en un momento u otro, tuvieron que poner algo de su parte
para triunfar en la vida.
—Pero no Catón de Utica.
—¡Él sólo llegó al suicidio! Tampoco soy competente en materia de fe, pero me
llama la atención una evidencia: en nuestra buena y vieja religión romana, los dioses
se han multiplicado a tal punto que cada actividad humana, cada virtud e incluso cada
vicio pueden encomendarse a la protección de una divinidad. Las hay para los
militares, para los gladiadores, para los enamorados y para los ladrones. Esta visión
me parece muy profunda. Ya en La Ilíada, que tanto hemos estudiado y que tú
conoces mejor que yo, los dioses adoptan los intereses humanos más prosaicos y
contradictorios. Lo importante, para el hombre piadoso, ¿no es ponerse bajo la
advocación del dios más útil, que mejor proteja de los golpes y le asegure una buena
fortuna? De esa forma, si hay dioses, siempre encontrarás la horma de tu calzado. Y
si no los hay, ¿no puedes, con mayor razón, seguir tu estrella a tu albedrío?
—Tu sentido común me espanta. Yo tengo otro concepto de la moral.
—Entonces no es un concepto romano. ¿No habrás sido infectado por alguna
superstición oriental?
—Ni siquiera eso. Debe de ser que, a falta de estrella visible, sigo las
inclinaciones de mi naturaleza.
—¡Tus inclinaciones no favorecen mucho mi ascenso! —dijo Marco riendo—.
¡Me veo tribuno durante mucho tiempo!
Evidentemente, esa risa forzada ocultaba una real y legítima inquietud.
Decepcionado y herido, Kaeso continuó:
—No puedo hacerme a la idea de que Marcia se acueste con Silano por interés
hacia mi carrera. Y no me acostaré con Marcia por interés hacia la tuya, mientras
Silano nos alumbra con una vela —incluso si el papel le gustara, hipótesis ésta nada
segura. Y si ese patricio tuviese una idea decente del matrimonio, el progreso de
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ambos se encontraría definitivamente comprometido. A veces, la antigua moral es
también la vía de la prudencia.
La atmósfera de la ligera comida familiar fue bastante tensa. Una sombra pesaba
sobre ella, a pesar de la alegría suscitada por la visita de Marco el Joven. Todo en la
casa, desde el reloj hasta el menor mueble, recordaba a Kaeso los múltiples y
discretos sacrificios de Marcia. Todo era sospechoso y sucio. Y la cara satisfecha del
padre cobraba una nueva profundidad de abyección.
A la hora de la siesta, habiendo salido su hermano a correr tras las muchachas,
Kaeso retuvo aparte a Selene en el falso atrio, expuso en detalle —pero sin hablar de
las retribuidas debilidades de Marcia— el dramático éxito de su artimaña, y pidió
consejo otra vez. ¿Qué buena y honorable razón podría presentar ahora para no seguir
con el proyecto de adopción?
Selene, al contrario que Marco el Joven, no hizo ningún esfuerzo para convencer
a Kaeso de que se plegase a las exigencias de su madrastra, como si la estoica
abstención del joven le pareciera normal en semejante situación. Al final lo arrastró
hasta su propia alcoba y sacó de un cofre un grueso tomus de pergamino amarillento,
que le prestó con este comentario:
—Soy judía. Esta es la Biblia de los Setenta, el Libro Sagrado de mi religión, una
traducción griega ya antigua del reo original. Sumérgete en este texto y suspende por
un tiempo todos tus asuntos. En él encontrarás lo que hay que decirle a Silano para
librarte de esa trampa tendida a tu honor, y sin que ninguna sospecha pueda rozar a tu
Marcia. Si no encuentras por ti mismo, yo te ayudaré.
Profundamente sorprendido, Kaeso se retiró a su alcoba y emprendió
animosamente la tarea de recorrer el extraño libro. En materia de judíos, la ignorancia
de la mayor parte de los romanos era prácticamente total. Se sabía que ese pueblo
difícil y sombrío se había extendido por todas partes, que llevaba de buena gana una
vida aparte, y que su religión era de las más originales. Pero, de ordinario, no se
distinguía ni la naturaleza ni el alcance de esta originalidad.
Y a la desdeñosa y desconfiada ignorancia se sumaban las difamaciones y
calumnias extravagantes, como ocurre cada vez que una secta pretende aislarse de un
mundo que no está dispuesto a admitirla.
Kaeso se sentía muy desconcertado por la historia aparentemente legendaria de
las relaciones entre un dios y pueblo que había elegido entre tantos otros, y no
entendía primera vista lo que podía anunciarle tal revoltijo folklórico. Además, le
estorbaba en su lectura un niño que gemía en el vertedero del callejón. Al menos los
niños de invierno se callaban con bastante rapidez. Los niños de primavera, en
cambio, duraban mucho.
De todas maneras, algunos puntos merecían cierta atención…
El dios de los judíos se presentaba en primer lugar como el dios de toda la
humanidad, creador de la luz, el cielo, la tierra y las aguas, el hombre y todo cuanto
existía.
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Por cierto que había allí una idea nueva, de un evidente alcance filosófico, y tan
sencilla en suma que uno habría Podido preguntarse por qué los griegos, que tanto
reflexionaban, no habían sido capaces de darle una forma y un destino mejor. Desde
la Galia hasta las Indias, todos los dioses se hallaban prácticamente trabados en la
materia, prisioneros del espacio y del tiempo como los peces de Silano en una
piscina. El mismo Platón no había ido más allá de una metempsicosis panteísta que
velaba el problema fundamental: ¿por qué hay algo y no nada? Y superponer a
familias de dioses ambulantes un misterioso Cronos o una oscura fatalidad no era una
respuesta aceptable. El dios judío era coherente: si había creado la materia, también
había creado el tiempo y el espacio —que podría aniquilar cuando quisiera, puesto
que el hombre sólo concebía el tiempo y el espacio vinculados a una materia que
permitía fragmentarlos—. Según el vocabulario de la filosofía, un dios
«trascendente» sucedía a dioses «inmanentes». Y un dios trascendente era
obligatoriamente único. Todo eso se sostenía bien.
La explicación de la presencia del mal en el mundo a causa del pecado original y
la caída era interesante, y se justificaba por el hecho de que un hombre creado a
imagen de dios, es decir, soberanamente libre, debía ser capaz de hacer el mal sin que
dios fuera considerado responsable. Además, no era el pecado original el que se
transmitía de generación en generación, sino una inclinación al mal, que causaba
estragos morales infligidos a la humanidad por el asiduo ejercicio de todos los
pecados posibles. Sí, el hallazgo era ingenioso.
Desgraciadamente, pronto se caía en una red de contradicciones.
Abraham, un tipo cualquiera que por su nacimiento no era judío del todo, era de
pronto llamado a tener descendencia: un numeroso pueblo judío que el dios de la
humanidad, no se sabe muy bien por qué, tomaba entonces bajo su protección
especial. El dios de la humanidad, que había empezado tan bien, disminuía
curiosamente su campo de solicitud. Pero los judíos no se reducían a la descendencia
este Abraham, circuncidado solamente en la víspera del centenario, con todos los
suyos: incluso los esclavos comprados a extranjeros habían sido circuncidados en esa
ocasión. Desde el principio, el judío se revelaba difícilmente definible. O, al menos,
la única definición posible era de naturaleza religiosa: un judío era un individuo
circunciso y sobre todo creyente en Yahvé: su raza era más que dudosa. Y además,
Kaeso tenía que leer, seguidamente, que los judíos se habían apresurado a poblar su
harén de muchachas o cautivas de todos los orígenes. La descendencia de Abraham
era de orden mítico. Había muchos más circuncisos alógenos que progenitura del
patriarca, quien de todas maneras —y para colmo de paradojas— había engendrado a
sus propios hijos antes de sufrir la circuncisión.
Yendo más lejos, Kaeso encontró una catarata de reglamentos; los había de todos
los colores.
Los dos decálogos del Éxodo y del Deuteronomio tenían cierta talla —aunque
proscribieran de forma aberrante la escultura y la pintura—. Pero la distinción entre
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animales puros e impuros era completamente peregrina. ¿Por qué eliminar al camello,
al preciado cerdo, la sabrosa liebre, el inocente caracol, los peces sin aletas ni
escamas, los avestruces, las garzas o las cigüeñas? ¡Ese Yahvé era un extraño
cocinero!
Había muchas otras prescripciones fútiles o extravagantes, como las de capturar a
los pajarillos recién nacidos sin tocar a la madre, no mezclar el lino y la lana o coser
cuatro borlas a la fimbria de los vestidos.
Y cuando uno llegaba a los castigos, caía en la locura furiosa más primitiva…
Se castigaba con la muerte, en completa arbitrariedad:
1) A los judíos que abandonaran a Yahvé por un dios extranjero
(¡afortunadamente, ahí estaba la tolerante Roma para proteger a esos imprudentes!).
2) A los toros que cornearan a alguien.
3) A las mujeres casadas y sus amantes.
4) A la novia y su amante, si el amante y el novio no fueran la misma persona.
5) A la muchacha llegada al matrimonio sin la virginidad de rigor y a las hijas de
sacerdote que se prostituyeran.
6) A los sodomitas, los invertidos y los magos.
7) A los hombres y a los animales, o a las mujeres y a los animales que hicieran
animaladas.
8) A las relaciones culpables entre un hombre y su madre, hija, suegra, nuera,
cuñada, hermana o tía.
9) El hecho de desposar conjuntamente a dos hermanas, o bien a una madre y a su
hija.
10) El hecho de acostarse con una mujer durante sus reglas.
Este segundo Decálogo estaba menos logrado que el primero, que parecía
expresar ciertas virtualidades profundas.
Yahvé, tan aficionado a prohibiciones sexuales más o menos extraordinarias,
parecía haber descuidado algunos puntos, como las relaciones entre tíos y sobrinas,
entre primos hermanos o entre lesbianas. Uno se preguntaba también si estaba
permitido sodomizar a una mujer, durante sus reglas o fuera de ellas. Si Yahvé no lo
determinaba, ¿cómo saberlo?
Un poco desanimado, Kaeso precipitó la lectura. La historia de los enredos de los
judíos con su dios era bastante fatigosa, cual una obra de teatro donde se repitieran
perpetuamente los mismos efectos. Kaeso se puso a sobrevolar siglos, salmos y
profetas, y finalmente el libro se le cayó de las manos…
El niño del vertedero también se había desanimado, con menos suerte que Job. El
precepto del Decálogo, «No matarás», ¿concernía a esos pequeños seres, cuyas
sensaciones tenían, sin duda, algo de animales? El caso era que, si se les dejaba vivir,
se convertían fácilmente en hombres. El dios de la biblia, que recomendaba el
exterminio de los niños para conservar sólo a las vírgenes en las ciudades asaltadas
por bandas de judíos feroces (quienes se divertían después cocinando a sus
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prisioneros en hornos de pan), ese dios debía, sin embargo, prohibir la muerte de los
niños judíos, puesto que su ojo infinitamente penetrante condenaba y a en Onán la
vieja técnica contraconceptiva de la marcha atrás, que los romanos practicaban cual
más y mejor con alegre animación[107]. Pero si hubiera sido necesario someter Roma
a las reglas de la moral judía no habrían quedado ni doce no-judíos con vida, entre las
cenizas de las hogueras y los cadáveres de los lapidados.
Mientras el grueso Marco retozaba con su Selene en las termas de la casa, Kaeso
recibió la sorprendente visita de Capreolo, ansioso de hablarle en secreto. Para mayor
seguridad, Kaeso le invitó a beber algo fresco en el jardín de la popina en la que ya
había hablado con su hermano antes de almorzar; Capreolo le dijo:
—Tu madrastra Marcia me hizo llamar con urgencia hacia la hora octava; vengo
de su casa. Me ha dicho que vuestra esclava Selene había cometido contra ella el más
abominable de los crímenes, pero que no podía seguir el procedimiento legal para
hacerla crucificar o arrojar a las fieras, y que me estaría agradecida por degollarla a la
primera oportunidad. Me ofreció por hacerlo una fortísima suma, en proporción con
esa maravillosa casa del Palatino. Le he contestado que la hubiera complacido
gustoso, pero que yo soy judío, como la esclava en cuestión, que entre judíos uno no
se mata sin serios motivos, y que experimentaría un gran alivio si le encargase el
trabajo a otro. No ha insistido y ha ordenado que me dieran doce mil nummi en pago
por mi discreción. Pero, después de todo, esa esclava es vuestra y tú me salvaste la
vida la noche de tu investidura de toga. He pensado que la obligación de callar no te
incluía a ti.
Kaeso estaba espantado por la crueldad de Marcia y por su rapidez para actuar.
Arrastró en el acto a Capreolo hasta la insula, le dio doce mil sestercios de los quince
mil que le quedaban, y escribió rápidamente la siguiente nota, de la que leyó las
cuatro primeras frases al gladiador antes de sellar:
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sobre la nitidez y claridad de la grafía de los copistas. Los escribas judíos de las
escrituras sagradas estaban muy preparados.
Kaeso explicó que era un préstamo de Selene, añadió que acababa de recorrer una
buena parte de la obra, y observó:
—Tu dios único no bromea con las historias de cama. ¡Entre vosotros se lapida y
se quema por un quítame allá esas pajas!
—Sí, somos el pueblo más virtuoso de la tierra —dijo modestamente Capreolo—
y los judíos de la pequeña isla de África donde yo nací, completamente llana, pero
jalonada de hermosas palmeras, son piadosos entre los más piadosos.
—¿Cómo pueden soportar semejantes exigencias morales, con las terribles
sanciones que entrañan en caso de debilidad?
—En primer lugar, no todas las debilidades se castigan con la muerte. Un judío,
por ejemplo, puede menear las caderas sin atraer sobre sí represalias inmediatas, a
condición de que lo haga a solas y no invite a amigos charlatanes.
—¡Es, por cierto, un magnífico ejemplo de liberalismo! Resulta casi inquietante.
Pues un dios severo y justo, que inspira por sí mismo toda la legislación hasta en sus
menores detalles, no debería dejar pasar nada.
—Nuestro Dios es también un Dios de bondad. Pero hay otras implicaciones. Las
penas contra el adulterio sólo afectan a la mujer casada —o prometida— y a su
cómplice. El trato con prostitutas no entra en la competencia de las leyes. Cuando
sitiamos la ciudad de Jericó, cuyas murallas debían desplomarse al sonido de nuestras
trompetas, los espías de Josué habían encontrado asilo en casa de una valiente
prostituta, que además fue recompensada junto con toda su familia.
—Yahvé hizo incluso por ella un milagro particular. Me quedé sorprendido al
enterarme de que la casa de Rahab estaba contra la pared de las murallas y que ella
misma se alojaba allí. Por la gracia de Yahvé se desplomó todo salvo el burdel.
—¡Tú les darías cien vueltas a nuestros rabís! Sí, la prostituta tiene derecho de
ciudadanía entre nosotros. Además, si bien la poligamia ha caído poco a poco en
desuso, los hombres conservan el privilegio de repudiar a su mujer y cambiarla a su
antojo.
—¡Eso es poligamia por sucesión!
—¿Y cómo se podría vivir, si no? De todas formas existe, desde luego, cierta
tolerancia hacia las relaciones con las sirvientas, como en todas partes.
—Ya veo. Con mujeres intercambiables, sirvientas y prostitutas, los judíos serían
muy viciosos si fueran a buscar más lejos acoplamientos contra natura.
—Esa es exactamente nuestra opinión. Aunque tengo que precisar que el
conocimiento de todas las sutilezas de la Ley no está al alcance de cualquiera, que la
piedad más alta es entre nosotros, fruto de la instrucción, que muchos pecan por
ignorancia. Yo me encuentro un poco en ese caso. ¡Que Yahvé quiera absolverme!
Selene salió del baño mientras Kaeso acompañaba a Capreolo, quien así pudo
saludarla antes de despedirse.
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—Me llamo Isaac —le dijo— y puedes dar gracias por ello a nuestro Creador.
Cuando Capreolo se hubo ido, Selene le preguntó a Kaeso qué significaban
aquellas palabras, pero él soslayó la pregunta para no alarmar inútilmente a la joven.
La idea de que había faltado un pelo para que tanta belleza y frescura se tornaran
polvo por la voluntad de una mujer encolerizada era angustiosa.
Marco padre salió a su vez de las termas, con la mirada iluminada aún por el
recuerdo del cuerpo desnudo de Selene, e hizo seña a la esclava para que le siguiera.
Hasta después de la cena —Marco el Joven seguía ausente— no pudo Kaeso
hablar con Selene de lo que tanto le preocupaba. Al caer la noche fueron a sentarse en
un banco de piedra, ante el cercano templete en ruinas, hasta donde llegaba el rumor
de los lugares más animados del Suburio.
—Debo confesar —dijo Kaeso— que no he visto en tu biblia nada que fuera útil
para mi caso. Contarle a Silano que estoy impresionado por las ideas judías no me
daría un buen motivo para librarme de la adopción. ¿Qué le importan los judíos a
alguien como Silano?
—Se te habrá escapado el punto esencial. ¿No has leído que el nuestro es un Dios
celoso y único?
—Sí. Lo que los filósofos griegos llaman una «entidad metafísica trascendente».
Su opinión, si mal no recuerdo, es que de todas formas no se puede extraer nada
práctico de un principio incognoscible por naturaleza. Para ellos es filosóficamente
un callejón sin salida, y sigo esperando que tú me demuestres lo contrario.
—Lo contrario ya está demostrado, puesto que esa entidad le habló a Moisés y
seis millones de hombres siguen su Ley.
—Bien, ¿y volviendo a mi persona?
—Puesto que este Dios es celoso, único, «trascendente», utilizando tu erudita
expresión, todos los demás dioses que se pasean por el mundo como en una risión
idólatra ya no tienen existencia ni interés concebibles. El Dios judío no podría
sumarse a los demás dioses: los suprime y sustituye. ¿No te sientes capaz de
explicarle eso a Silano, que es cultivado e inteligente y hasta de explicarlo en la
lengua de los filósofos griegos, que dominas mejor que yo?
—Ciertamente: es elemental. Pero ¿y luego?
—En consecuencia, un judío no puede ofrecer sacrificios a un dios que no sea
Yahvé. Los judíos son tan irreductibles en este punto que Roma ha tenido que
concederles dispensa de hacer sacrificios a los dioses de la Ciudad, a ésta misma y a
Augusto. Tienen licencia para sustituir los sacrificios por oraciones y son los únicos
en el mundo que disfrutan de estas facilidades. Oran sin convicción por la
prosperidad del emperador y del Imperio, pero sólo hacen sacrificios a su Dios
nacional.
»Así pues es obvio que si finges adoptar las ideas judías no puedes dejarte
adoptar por un romano: te volverías incapaz de mantener su culto familiar. Empero,
según lo que tengo entendido, Silano debe de estar muy interesado en esta
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perspectiva. En gran parte, te adopta por esa razón. Como judío, tendrías un pretexto
sólido y honorable para escabullirte, un pretexto de conciencia. Para los romanos, sin
duda, los sacrificios sólo son formalidades, pero precisamente por eso tienen tanto
interés en que se sucedan de generación en generación. ¿Qué les quedaría si las
propias formalidades desaparecieran?
Kaeso tuvo una especie de deslumbramiento. ¡El consejo de Selene era genial! De
todas maneras seguía habiendo una dificultad…
—La artimaña es de una extrema agudeza. Un pretexto de conciencia se discute
tanto menos cuanto que es sorprendente y metafísico, y es cierto que ninguna otra
religión puede ofrecerme una salida semejante. Pero si quiero que mi perfecta buena
fe no pueda levantar sospechas, no debo limitarme a exhibir vagas simpatías por
Israel. Tengo que parecer un verdadero judío. ¿Y cómo fingir una circuncisión sin
extremar la mala fe de manera realmente desagradable?
—La circuncisión no es asunto de excesiva importancia…
—A mi edad…
—Abraham tenía noventa y nueve años.
—Cuando uno ya esta chocho no parece tan importante…
—La operación es rápida, tu convalecencia te ofrecerá un excelente motivo para
retrasar la adopción y después te encontrarás muy bien.
—¿Desde qué punto de vista?
—Las matronas voluptuosas sueñan con pagarse esclavos judíos, pues la
retracción del prepucio, al mitigar ligeramente las sensaciones en el transcurso del
coito, retrasa, el derrame final. En la cama, el judío aguanta más tiempo que otros. Si
te acuestas un día con tu Marcia, seguro que, te lo agradecerá.
No era muy prometedor. ¡Esas mujeres, primero Arria y ahora Selene, parecían
haberse puesto de acuerdo para transformar a Kaeso en una infatigable máquina de
amor! El esclavo judío, sumergido regularmente en una piscina fría a fin de que
conservase intactas sus fuerzas, era evidentemente el no va más.
Kaeso titubeó durante un rato y terminó por inclinarse a lo inevitable. Estaba
obligado, a pesar de los defectos de Marcia, a hacer cualquier cosa para desviar las
sospechas de Silano.
Selene añadió:
—El tiempo apremia. Voy a escribirte una carta de presentación para el santo
hombre del Trastévere a quien confié mis cien mil sestercios. Se trata de un fariseo.
Los fariseos son los judíos más piadosos. Son los mejores conocedores de una Ley
que siempre se las ingenian para torcer y retorcer al antojo de sus intereses o placeres.
Y siempre le añaden sutiles desarrollos que proporcionan nuevas ocasiones de fraude.
Pero nuestra Ley es tan fuerte que resiste con una constancia admirable. El fariseo
siempre obedecerá a su conciencia cuando no vea otra escapatoria, y es difícil exigir
de un hombre algo mejor. Así que puedes otorgar toda tu confianza a rabí Samuel, a
Página 227
quien irás a ver mañana por la mañana. Completará tu instrucción y tal vez
considerará un honor recomendarte a un buen cirujano.
—¿«Tal vez»?
—Lo que hace que se merezca llegar a ser judío es la sumisión a Dios. Tu
sumisión es muy dudosa y Samuel conoce el mundo. No obstante, me esforzaré por
darle a mi carta el giro más hábil…
Volvieron a la insula y Selene, en la intimidad de su alcoba, trazó estas líneas en
griego bajo la mirada de Kaeso:
Esta carta era perfecta, al punto de que la consideración que Kaeso sentía por
Selene creció aún más. Marcia acababa de dejar un hueco, pero ahora volvía a
encontrar a una mujer fuerte e inteligente para guiarlo, con la ventaja adicional de que
una muchacha que había sufrido la escisión no tendría nunca, en relación con él,
extenuantes segundas intenciones. Besó a Selene con el mayor cariño del mundo; sin
quererlo se le fueron los ojos detrás de los admirables senos y olvidó
momentáneamente los abusivos derechos de su padre. Selene se separó de él
suavemente y lo despidió.
Página 228
IX
El ghetto del Trastévere, con mucho el más importante de Roma, era realmente una
ciudad aparte. La idea de confinar a una comunidad en un barrio nunca se les habría
ocurrido a los juristas romanos, y si los judíos piadosos o practicantes, que eran
entonces la gran mayoría, no se relacionaban con el mundo exterior, no era a le
romana la que se lo imponía, sino su propia Ley. Un judío de estricta observancia,
obsesionado por la noción de impureza, no podía sentirse a gusto en un ambiente
extranjero. Chocaba con todo, y el contexto le planteaba sin cesar problemas
insolubles. La alimentación, el vestido, las costumbres y la moral de este pueblo eran
extraordinarias —cuando no un desafío constante a la civilización ambiente.
En la XIV región transtiberiana, al norte de la fortaleza del Janículo, se extendían
en desorden los barrios más pobres e industriosos de Roma. Los recién llegados de
todas las naciones se concentraban allí, con la esperanza de ganar un día los barrios
bajos de la orilla izquierda subir por fin al asalto de una de las seis colinas (el
Capitolio, atestado de prestigiosos monumentos, ya sólo estaba habitado por algunos
sacerdotes o guardianes). Y en el Trastévere el ghetto judío parecía especialmente
menesteroso, angosto y, en todo caso, notablemente sucio.
Los judíos, en efecto, no frecuentaban los baños romanos, de los que abominaban,
y su idea de la limpieza, por obsesionante que fuese, era de orden más bien
metafísico. Cada impureza cometida los obligaba a lavarse. Los hombres lo hacían
después de tal o cual enfermedad, al salir de una gonorrea o de una tiña cualquiera,
incluso de un derrame seminal accidental o de una sencilla relación conyugal. Y
además la mujer tenía que tomar un baño después de sus reglas. Pero si todas las
sinagogas estaban Provistas de termas modestas para la purificación mensual de las
mujeres judías, las abluciones de los hombres seguían siendo, por lo común,
localizadas, furtivas y de una gran carga simbólica. El judío, hijo del desierto, no
tenía modo alguno por el agua la pasión del romano.
El sol ya estaba alto cuando Kaeso llegó a la miserable casa de rabí Samuel, en
una zona en que las ligeras construcciones individuales abundaban mucho más que
las insulae. ¿Qué harían los judíos con el dinero que, según se creía, manejaban
profusamente?
La sirvienta del rabí le llevó las tablillas a su amo y dejó a Kaeso, a quien Selene
había envuelto en otra toga, esperando en un oscuro pasillo.
Y el rabí en persona vino a su encuentro, grande, viejo, seco, encorvado, con el
cabello que empezaba a volverse gris y la barba negra e hirsuta, vestido con el
curioso manto con borlas que Kaeso ya había podido apreciar en las callejuelas del
vicus judaicus[108].
El fariseo parecía muy sorprendido y pasablemente turbado; miraba fijamente a
Kaeso con ojo inquisidor, y se acariciaba con una mano apergaminada y arrugada el
pelo del que parecían desprenderse fuertes efluvios.
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Por fin, en un griego bastante áspero, pero con un tono muy amable dijo:
—Me haces un gran honor al desplazarte para escuchar mis humildes palabras y
aprovechar la poca ciencia que pueda atesorar. Sin embargo, no es conforme a
nuestras costumbres que un extranjero, incluso el más honorable y amistoso, atraviese
el umbral de nuestras viviendas y reciba en ellas hospitalidad: podría, por simple
ignorancia, contravenir nuestra Ley. ¡Ocurre tan fácilmente! Incluso a mí me cuesta
trabajo evitar todas esas impurezas que nos acechan… Pero desde que nos
dispersamos a través del vasto mundo, nuestros doctores han encontrado una feliz
solución para todo. ¿Puedo alquilarte hoy la vivienda por un as? De este modo ya no
estaré en mi casa, y no seré responsable de los errores que puedas cometer
inocentemente. Por supuesto, acepto darte crédito, y sin interés, pues en principio
prestamos gratis a nuestros compatriotas y amigos.
Estupefacto ante la sorprendente casuística, Kaeso se apresuró a alquilar la casa
en tan ventajosas condiciones y siguió al rabí a una pequeña y apacible habitación,
tapizada con «tomos» y «volúmenes», que se abría sobre un jardín minúsculo donde
un grueso gato, animal puro, jugaba con una pequeña lagartija, animal impuro.
Samuel, puso en seguida los puntos sobre las íes. A los judíos les encantaba que
nobles extranjeros se interesasen por sus ideas, doctrinas y concepciones religiosas y
morales. El rabino de Roma era, además, bien visto en la corte. La emperatriz Popea,
Actea (durante mucho tiempo querida del emperador), y algunos otros romanos
notables, sentían cierta simpatía por los judíos. Pero de ahí a hacerse circuncidar
mediaba un paso enorme, muy raramente dado.
—Sin embargo —dijo Kaeso—, por lo que he entendido de la Ley judía, poco en
realidad, ésta no se opone a la conversión, puesto que es precisamente esta
conversión lo que hace al judío.
—¡En teoría, desde luego! De todas maneras, la circuncisión sólo es una de las
características del judío. Ser judío también es haber asimilado toda la Biblia, a la cual
se suman los comentarios de la Mishna (midrash, en hebreo), que datan de nuestro
regreso del exilio en Babilonia. Esto lleva un tiempo considerable, tanto más cuanto
que, para una mejor comprensión de los textos, es vivamente aconsejable el
conocimiento del hebreo, e incluso el del arameo, pues muchos comentarios piadosos
han sido redactados en esta lengua. La Biblia de los Setenta, por útil que sea, nunca
es otra cosa que un mal menor. Además, la instrucción del judío desemboca en una
asidua práctica diaria, detallada, escrupulosa, de la cual los extraños a nuestras
costumbres no tienen la menor noción y que la mayor parte sería incapaz de admitir y
soportar. Ya ves toda la ciencia, todas las informaciones y costumbres nuevas que
debes adquirir antes de pensar siquiera en el gran momento de la circuncisión. En
espera de él, tu simpatía será muy apreciada y útil para nosotros.
—¡Pero bueno, tú me pides mucho más que lo que Dios exigió a Abraham!
—¡Es que tú no eres nuestro Abraham! Lo que no resta nada a tu raro mérito.
—Tengo la impresión de que numerosos judíos son muy poco instruidos…
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—Eso es demasiado cierto. Pero la cuestión radica en saber si tú quieres ser un
buen judío o un mal judío. Malos judíos siempre habrá muchos, y los buenos judíos
siempre serán demasiado escasos. ¿Por qué limitar tus ambiciones, hijo mío?
El asunto parecía haber llegado a un callejón sin salida.
Kaeso planteó entonces un problema que su primera toma de contacto con la
Biblia le había permitido percibir:
—¿Puedes revelarme por qué el dios universal del Génesis, en lugar de medir a
todos los hombres por el mismo rasero, concentró enseguida sus favores —y a veces
sus iras— sobre ese pueblo judío que había creado con sus propias manos, y de la
manera más artificial? En otras palabras, desde una perspectiva universal, ¿para qué
sirven los judíos según el plan de Yahvé?
El rabí meditó un momento y declaró:
—¡Excelente pregunta, que debería hacerse, en el fondo, cualquier judío piadoso
e inteligente! Y veo tres respuestas, que se excluyen entre sí.
»La respuesta necesaria y suficiente: el plan de Yahvé está en Yahvé, y nosotros
sólo sabemos lo poco que Él tenga a bien decirnos.
»La respuesta más humilde: Yahvé escogió a Abraham y a su descendencia
natural o espiritual porque quiere ocupar en el corazón y en la inteligencia del
hombre el primer lugar. Para el nómada ignorante, para quien se halla en la aurora de
cualquier civilización, las órdenes de Yahvé no encuentran otro obstáculo que el
pecado original. Dios está en quien nada es, y la humildad del elegido no hace sino
hacer brillar aún más la magnificencia de la gracia divina. Y cuando el elegido haya
llegado a ser sabio, sus libros sólo hablarán de su Creador.
»La respuesta más orgullosa: Yahvé escogió a los judíos para que fueran la sal de
la tierra, para informar al mundo entero de Su existencia y Sus deseos, y para dar en
todas partes el mejor ejemplo. Lo que te explica que el judío no puede multiplicarse
abusivamente sin arriesgarse a perder su calidad. ¡No vengas a nosotros, Kaeso, salvo
en el caso de que seas realmente digno de ello!
En el jardín, el gato gordo y puro devoraba sin escrúpulos a la impura lagartija:
no había entendido en absoluto el sistema.
A fuerza de profundizar, Kaeso hizo un decepcionante descubrimiento: los judíos
también limitaban el reclutamiento para ahorrarse molestias superfluas. ¡Verdad que,
con su carácter, ya tenían unas cuantas!
—Sí —confesó al fin el rabí— es evidente que Roma no soportaría conversiones
masivas al judaísmo, pues entonces aumentaría de forma alarmante para las
autoridades el número de quienes se niegan a ofrecer sacrificios a Roma, a Augusto y
a todos los falsos dioses del Estado. El judío sólo es tolerado a causa de su
singularidad, que por sí misma disuade de la conversión. Y todo está muy bien así.
¿En qué se transformaría la prodigiosa santidad de Israel, si de repente la puerta se
abriera de par en par al vulgo inculto de todas las naciones?
Esta culta suficiencia, este tranquilo egoísmo irritaron a Kaeso, que replicó:
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—Yo no conozco mejor que tú las segundas intenciones de Yahvé, pero una cosa
me parece palmaria: los dios como los hombres, no pueden vivir mucho tiempo en
contradicción consigo mismos. A dios trascendente, universal; a dioses inmanentes,
religiones particulares dios trascendente y universal no puede convertirse en nacional
sin un excelente motivo, y los que tú me has dado hace un momento, misterioso,
humilde y orgulloso, no son enteramente satisfactorios. Una mente sombría podría
creer que el dios judío es un mito, o bien que los judíos se han apoderado de un dios
previsto para todo el mundo, reteniéndolo junto a ellos.
Ante este cargo de prevaricación, al viejo Samuel, ofendido, le costo trabajo
guardar la calma.
—¿Sabes —contestó— que si Yahvé nos colma de favores, es también mucho
más exigente con nosotros que con los demás? Practica nuestra moral un poco y sin
duda tus reproches serán menos acerbos. Nosotros somos como el gran faro de
Alejandría; tanto bajo el sol como en la tempestad, siempre lo he visto alumbrar a lo
lejos.
—Debo admitir modestamente que mis ambiciones morales son menos elevadas
que las tuyas. Más que introducirme penosamente en el eminente círculo de los
doctores de la Ley, antes que convertirme en su discípulo, esperaba una religión más
acogedora y amable, si no más fácil, en la que la circuncisión no fuese un esfuerzo
desmedido y en la cual el dios único, que no tolera otros dioses, viniese en ayuda de
mi flaqueza. Perdóname el haberte molestado para nada.
Kaeso se levantó y el rabí le acompañó hasta la puerta con una glacial cortesía.
Cuando Kaeso se despedía en el umbral, Samuel, después de haber pesado los
pros y los contras, le dijo bruscamente:
—No me has molestado para nada, pues, dadas tus ambiciones, creo saber lo que
te hace falta. Desde hace algún tiempo existe una secta judía de lo más peregrina, que
recluta a manos llenas sin imponer la circuncisión. Y para dar más facilidades
todavía, esa gente ha mandado a paseo lo más claro y preciso de nuestra Ley, que han
sustituido por algunas novedades bastante asombrosas. Si pudieran convertir una
buena semilla patricia para hacer avanzar sus asuntos estarían en la gloria, pues hasta
el momento sus convertidos romanos no brillan en absoluto por la posición social.
Ellos te recibirán como al Mesías, con los brazos abiertos. Además, la cruz es la
extravagante señal de reunión de la secta, ya que su fundador judío, bajo Tiberio,
exhaló en ella su último suspiro. Pero ese accidente no debe desanimarte. Un dios sin
circuncisión ni Ley molesta, ¿no es una amable solución para un joven a quien
repugnan los largos estudios religiosos?
—Yo busco, lo sabes muy bien, algo realmente serio, que accesoriamente pueda
causar una impresión favorable sobre un pariente, por ejemplo.
—No sé si el adjetivo «serio» conviene del todo a los cristianos, pero puedo
decirte que su práctica, a pesar de su rareza —¿o a causa de ella?—, ha cosechado
algún éxito en Oriente, hasta el punto de preocupar a veces a las autoridades. Uno de
Página 232
los hombres principales de la secta, un tal Cn. Pompeyo Paulo, judío naturalizado y
curiosamente orgulloso de serlo, esperó durante dos años su proceso en Roma, pero
fue liberado en la última primavera. Entre otras cosas se distinguió en Cesarea por un
discurso de propaganda ante el rey Agripa y su hermana y concubina Berenice. Ya
ves que el tal Paulo cuenta con buenas relaciones. Y como sus amigos romanos lo
declararon inocente, nada te impide frecuentar también su compañía. Es un hombre
un poco hablador, pero de inteligencia sutil e interesante. Dice haber visto, en el
polvo, un fenómeno asombroso cerca de Damasco, y no tiene par en imaginación
para comentar las Escrituras de manera original.
—¿Estará en este momento en Roma?
—Eso dicen las últimas noticias que he tenido. Vuelve de predicar en España y
pasará unos días en la Ciudad, antes de seguir camino hacia Oriente. No para de
moverse. Si quieres pillarlo al vuelo para completar tu información, lo encontrarás
por la mañana, con un poco de suerte, en esas grandes letrinas calefaccionadas en
invierno, en la intersección del Foro de Augusto y el de César. A Pompeyo Paulo, por
cierto, no le ruboriza vivir a la romana o a la griega, y vuestras letrinas son
verdaderos salones, donde se producen los mejores encuentros. Para un predicador
ambicioso, es un terreno de experimentación ideal.
—¿Cómo se puede probar que se es cristiano? Los cristianos han debido de
sustituir la circuncisión por algo…
—¡Evidentemente!
—¿Un tatuaje, quizá?
—El tatuaje —como el disfraz— está prohibido por la Biblia, pues no se debe
desfigurar la imagen de Yahvé. Sospecho que los cristianos se deben de haber
apresurado a autorizarlo, pero no hacen de él, que yo sepa, un signo de
reconocimiento. La operación del tatuaje es, por cierto, larga y dolorosa. Para los
cristianos hacía falta algo rápido e indoloro, de forma que se pudiera operar en masa
y en el acto, si la ocasión se presentaba. Simplemente, idearon hacerle tomar un baño
al convertido.
A Kaeso se le ocurrió la idea de que Arsenio pudiese ser cristiano, pero la rechazó
por improbable.
—Los cristianos —continuó Samuel— llaman a ese baño el «bautismo»; en caso
de necesidad, un poco de agua basta. Te bautizarán en seguida con entusiasmo. Entre
ellos, en el momento en que están, los estudios son prodigiosamente breves.
Pretenden que toda la doctrina cristiana se resume en unas líneas, que no te costará
aprender de memoria. Es una religión a medida para jóvenes impacientes.
Kaeso se fue, pensativo, con este viático. Estaba seguro de no haber causado muy
buena impresión en el rabí, y se preguntaba por qué ese fariseo desconfiado había
criticado a los cristianos de manera que despertase su curiosidad.
La sirvienta, que había seguido desde las sombras el final de la conversación, le
dijo a su amo, cuando la puerta estuvo cerrada:
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—¡Debo de haber oído mal! ¿Por qué hablar a ese elegante joven de los
cristianos? Ignorante como será, es capaz de ir a verlos y dejarse embaucar.
Era una sirvienta entre dos edades y hablaba sin rodeos; toda una mujer, que
gobernaba la casa desde que la quinta esposa del rabí había sucumbido bajo el peso
de los embarazos.
Samuel tenía una buena oportunidad de precisar sus pensamientos:
—Como el renegado Pompeyo Paulo en el camino de Damasco, acabo de tener
una visión, pero mucho mejor que la suya. Yahvé me ha dicho: «Para que los
indolentes romanos, a pesar de todas nuestras advertencias, se interesen al fin por los
cristianos tal y como se merecen, esa canalla blasfema debe calar en la alta
aristocracia». Hace siete años, Pomponia Grecina, la mujer del general Aulo Platio,
acusada de «superstición ilícita» y más que probablemente cristiana, fue salvada por
los pelos gracias a la complicidad ciega o activa de su marido. Fue un golpe en balde.
Debemos alentar la repetición.
—Nuestro noble visitante corre el peligro de tener problemas por tu culpa.
—Ese muchacho pretendía hacerse judío con regateos.
¿No están hechos los cristianos para eso?
Cansado de andar, Kaeso alquiló una litera para volver a su casa. Las
características de la secta cristiana parecían prometedoras. Pero si era difícil que
Silano admitiese una conversión al judaísmo, una conversión a un cristianismo casi
desconocido —y probablemente sin futuro— planteaba problemas de verosimilitud
aún más arduos. El baño o la aspersión bautismales ni siquiera tenían el aspecto
indiscutible y espectacular de una franca circuncisión, fuente de felicidad para las
damas.
Para llegar al centro de Roma, los portadores podían elegir entre el cercano
puente Janículo, la travesía de la isla Tiberina o el puente palatino, todavía llamado
«puente senatorial». Kaeso pidió que se detuvieran un momento en el corazón de la
isla Liberiana, al lado del obelisco que se alzaba entre el templo de Vejovis y el gran
templo de Esculapio, dios terapeuta aclimatado con gran pompa a esta isla en el año
461 de la fundación de la Ciudad. Toda la parte que se hallaba debajo de los puentes
Fabricio y Cestio había sido dotada de un muelle en forma de popa de trirreme, que
conmemoraba el desembarco del dios en aquel lugar bajo la apariencia de una
serpiente (¡animal impuro para los judíos!).
Alrededor del templo de Esculapio, una muchedumbre esperaba bajo los pórticos
una curación milagrosa que se hacía esperar. Kaeso le compró un gallo a uno de los
numerosos vendedores que, en connivencia con los sacerdotes, explotaban la
credulidad pública. Y por si acaso, pidió que sacrificaran el animal a su salud.
Por cierto que tenía la impresión, cada vez más acusada, de no hallarse en su
estado normal. Los golpes recibidos en tan poco tiempo habían estremecido, y luego
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echado abajo, el cobijo y seguro edificio que abrigara su infancia y el feliz principio
de su adolescencia. Bajo las ruinas acumuladas, el mismo suelo parecía inseguro.
Kaeso comprendía que le hubiera hecho falta una filosofía firme o una fuerte creencia
para sobreponerse a la crisis, poner en claro su deber y reunir el coraje para cumplirlo
sin flaquezas. Pero entonces, ¿dónde estaba esa verdad capaz de encargarse de un
caso como el suyo, que habría podido tacharse de inaudito si el Hipólito de Eurípides
o la más reciente Fedra de Séneca no hubieran existido para advertirle que su
infortunio no era inaudito? Los dioses romanos eran mudos o contradictorios, y su
intervención más que dudosa. El dios judío adolecía de ser más judío que dios, y su
«avatar» cristiano no inspiraba casi ninguna confianza. En cuanto a las diversas
filosofías, reflejaban todas las inclinaciones del espíritu humano y la inflación verbal
no simplificaba el acercamiento.
Cn. Pompeyo Paulo acababa de irse de las magníficas letrinas que su ardiente
afán de apostolado le empujaba a frecuentar. Gran número de romanos que podían
pagárselo[109] empezaban así el día. Era pues, como la barbería, un trepidante centro
de difusión de noticias, verdaderas o falsas.
Continuando sus reflexiones al ritmo de los portadores, Kaeso pensó un rato en
todas esas místicas orientales que poco a poco habían adquirido derecho de
ciudadanía, no sin antes pasar por tierra griega, donde el espíritu heleno las había
marca o. Cultos de Anatolia, en particular los de Cibeles y Attis, cuidadosamente
reformados por el emperador Claudio; cultos egipcios como el de Isis, desterrados
por Tiberio pero admitidos públicamente por Calígula; el culto sirio de Hadad y de su
pariente Atargatis, recientemente importado, y que gozaba del favor de Nerón, en
tanto Mitra esperaba todavía que lo admitieran… Pero su reputación era muy mala
entre los romanos tradicionalistas, y el padre de Kaeso —que no podía equivocarse
de continuo pese a su talento para el error— siempre había tenido los colmillos
afilados contra los caldeos, comagenios, frigios o egipcios, que mezclaban la
astrología y la obscenidad, el hipnotismo y la música, la adivinación y la histeria, las
mortificaciones y la danza, la prostitución y la castración, prometiendo a sus
iniciados bienaventuradas inmortalidades, placeres de ultratumba o renacimientos
salvadores. Evidentemente, Kaeso no tenía nada que hacer con esos charlatanes que
especulaban con la sensibilidad y la inquietud de los ingenuos. Llegaban a verse, en
enero, algunos santurrones bañándose en el Tíber para satisfacer el capricho
supuestamente regenerador de un sacerdote cualquiera. Por otra parte, si tales cultos
diferían profundamente de la vieja religiosidad romana (tan deprimente en el registro
de los fines últimos, pues apenas se trataba de fundirse, mediante las técnicas
apropiadas, en el seno de un dios salvador), se le parecían también en el simple hecho
de que eran oficialmente admitidos en el panteón de Roma, cuya elasticidad parecía
no tener límites. El único culto oriental desvinculado del resto parecía ser el delos
judíos, que iba a contracorriente.
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En cuanto a los cultos orgiásticos, sólo podían tocarse decentemente con pinzas.
Las últimas manifestaciones importadas se habían desarrollado en los tiempos ya
lejanos de las guerras civiles, pero, a despecho de todas las prohibiciones, aún
subsistían. Mujeres de costumbres perdidas, hombres disfrazados de mujeres —como
sólo se toleraba durante las Saturnalias o las Calendas de enero— y un montón de
individuos libres, libertos e incluso esclavos se reunían secretamente de noche para
librarse en compacta tropa a todos los excesos posibles, buscando en las tinieblas, en
la embriaguez, en la confusión de sexos y edades y en la excitación erótica más
enloquecida una forma de éxtasis divino, de comunión sublime. La posesión divina se
volvía inseparable de la posesión sexual. Se consideraba que placer y dolor,
violencias y abandonos, introducían a los afiliados en un mundo sin fronteras ni
límites, sin separaciones ni muros. Era la liberación a través del desorden. Pero el
Estado había terminado por reaccionar, pues en tales ocasiones se pisoteaban las
leyes civiles más intangibles: el incesto, el adulterio femenino —el único penado por
el código—, e infames acercamientos entre matronas y esclavos se volvían moneda
corriente.
El problema de Kaeso era más bien liberar su espíritu, y el tiempo apremiaba cada
vez más.
Marco había ido muy temprano a tomar el aire del Foro, y Marco el Joven
proseguía sus correrías. Según el reloj que presidía la exedra, aún no eran las cinco.
Kaeso vio a Selene, sentada en el falso atrio, inmóvil, como una estatua pensativa.
La saludó y le resumió la entrevista, bastante decepcionante, con rabí Samuel.
Selene había oído hablar vagamente de los cristianos, que habían aparecido en Roma
bajo Claudio e irritaban a los judíos desde hacia algún tiempo. ¿Cómo habrían podido
soportar los judíos que les hicieran la competencia en su propio terreno? La herejía
cristiana, desarrollándose contra todas las previsiones razonables, ponía en peligro su
preciada singularidad, sus privilegios y hasta su seguridad, pues una policía imperial
sin experiencia había atribuido con demasiada frecuencia a los judíos tal o cual
desorden suscitado únicamente por la presencia cristiana. Las autoridades, abrumadas
por las protestas e informaciones de los indignados rabís, sólo empezaban a distinguir
a los verdaderos judíos de los falsos. Pero lo que complicaba la cuestión era que
algunos cristianos estaban circuncidados y otros no, debido a lo cual se olfateaban, no
sin razón, temibles embrollos en los que nadie tenía prisa por meter la nariz. Siempre
que al emperador no le concernía directamente un asunto, la policía romana tardaba
en reaccionar. Se esperaba a que la situación degenerara peligrosamente para tomar
medidas, que entonces eran globales, brutales y sin distinciones.
—Los cristianos —dijo Selene— tienen una particularidad que debes conocer:
¡cuentan a quien quiere oírlos, sin temor al ridículo, que el fundador de su secta, un
tal Jesús, crucificado en Jerusalén bajo Tiberio, resucitó por sus propios medios!
—La invención no tiene nada de original; en muchas religiones de Oriente, sobre
todo la egipcia, dioses o diosas se pasan el tiempo resucitando. ¡Incluso resucitan
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todos los años!
—No entiendes nada. No te hablo de dioses ni de mitos primaverales, sino de un
carpintero muerto en la cruz, a quien más tarde vieron paseándose.
—Entonces es un fantasma. El espectro de Cicerón visita la casa de Silano, y no
obstante Cicerón no ha resucitado.
—Sigues sin entenderlo. Los cristianos afirman que se podía tocar a este Jesús
resucitado, y que hasta tenía buen apetito.
La noticia era un problema suplementario, y de los más graves.
—¡Vaya suerte la mía! —gimió Kaeso—. Si le digo a Silano que me he hecho
cristiano, va a tomarme por mentiroso o por loco. Pierdo mi última tabla de salvación
y mi caso se vuelve desesperado.
—Reconozco que la historia es un poco burda. Los carpinteros fabrican cruces,
mueren en ellas a veces, pero no frecuente que vuelvan a la vida.
—Ese Jesús, ¿era carpintero de verdad? Convendrás que, para un patricio, resulta
un fundador de dudoso gusto. ¡El individuo es enormemente atractivo!, no cabe duda.
—Era carpintero de pies a cabeza, y también lo era su padre legal, José. Se dice
que su madre, María, una ardiente zorra vieja, lo tuvo de un ave de paso, y algunos
rabís aseguran que fue José quien, para vengarse del engaño, desbastó celosamente la
cruz sobre la que Jesús murió. Pero quizá sea una calumnia… En compensación, los
propios cristianos se ven forzados a confesar que su Jesús era un bastardo. Para velar
esta dolorosa realidad, pretenden que a María la dejó embarazada un ángel. Pero los
ángeles judíos rara vez tienen el rabo tan largo…
—Es el colmo. ¡Qué familia!
El asunto de la resurrección era el último golpe para Kaeso. La cara del infortunio
reflejaba tal decepción que Selene, compadecida, se echó de pronto a sus pies, le
abrazó las rodillas y le dijo:
—Tu desilusión me aflige, y estoy tanto más apenada por tus problemas cuanto
que hace tiempo te causé un sufrimiento inútil con un falso testimonio que confieso,
lamento y te suplico me perdones. Rabí Samuel, mi director espiritual, me ha
reprochado vivamente…
Y Selene confesó a Kaeso que su padre nada tenía que ver con la horrible
mutilación que había ensombrecido sus días.
La muchacha, desmoronada de aquel modo, resultaba conmovedora: el mármol se
había animado, los bellos ojos grises se hallaban velados por las lágrimas, la garganta
palpitaba con ligeros sollozos…
Aliviado de un peso por la revelación, Kaeso prolongó la prueba, ya que el hecho
de poder sumergir la vista en los encantos de Selene no era como para abreviaría.
Levantó al fin a la joven y le preguntó:
—¿Por qué urdiste una mentira tan penosa? ¿Qué demonio te empujaba?
—Quería vengarme de tu padre, que me impone sanciones desagradables. Y debo
confesarte también que de carta de amor que escribí a Marcia no estaba ausente un
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sentimiento de venganza.
—¿Marcia? ¿Y qué te ha hecho Marcia?
—Ya te dije que Silano me había comprado para regalarme a tu padre. Tú has
podido ver expuesto, en los tablados de las tabernas, un amplio conjunto de esclavos:
prisioneros de guerra coronados de laurel, individuos originarios de ultramar que se
frotan los pies con creta, sujetos difíciles o dudosos vendidos sin garantía y señalados
entonces por un gorro de lana blanca… Pero los esclavos de precio no conocen esa
promiscuidad. Los chalanes van a presentarlos a domicilio a los aficionados. Así fue
como el traficante Afranio, el que tiene sus tablados cerca del templo de Cástor,
enfrente del Foro viejo, me mostró desnuda a Silano y a Marcia —a quien el patricio
había albergado en su casa, por otra parte, mucho antes de casarse con ella—. El trato
se cerró deprisa, y Marcia me pidió que me desnudara otra vez con el pretexto de
comprobar si sus propias medidas se aproximaban a las mías, y en consecuencia ella
también se desnudó. Pero, en el fondo, quería sobre todo gozar conmigo y procurarle
placer a Silano. Me impresionó su habilidad, que sólo podía ser fruto de una larga
experiencia. Acababa de invitar a Silano a participar en nuestros retozos («¡Hay que
entrenar al regalo de Marco!», decía), cuando se dio cuenta, de golpe, de que yo había
sufrido la escisión —cosa que Afranio no había dicho porque la ignoraba. Y furiosa
por mi disimulo, ordenó que me azotaran en el acto. La prueba habría sido aún peor si
el noble Silano no le hubiera recomendado a su especialista que no me desgarrara la
piel, puesto que deseaba ofrecerla muy pronto como presente. ¿Entiendes por qué no
llevo a Marcia en mi corazón? Es una mujer viciosa y cruel.
Herido de muerte, Kaeso buscó refugio en su alcoba, se tiró sobre la cama y lloró.
¿Qué quedaba de la imagen de Marcia, que había dominado y acompañado su
infancia?
Por otra parte, Silano adquiría una nueva dimensión, que suscitaba inquietantes
reflexiones. Si había disfrutado con los excesos de Marcia y Selene, ¿podía suceder
que exhibiera un día el mismo gusto perverso por unas eventuales relaciones entre su
mujer y Kaeso? La hipótesis apuntada por Marco el Joven, que siempre se había
vanagloriado de su carencia de ilusiones, ¿no se avenía acaso con la naturaleza de un
hombre riquísimo, y ya de edad, que había conocido muchos placeres? ¿Debía Kaeso
sacrificar un dorado porvenir para respetar el honor de un personaje que no lo tenía, o
que al menos no tenía de él una concepción corriente?
Pero el verdadero problema, sin duda, era otro. Al aceptar, pensando en su
carrera, las delicias y vergüenzas de un triángulo, Kaeso entraría en un mundo de
prostitución, cuyo lado degradante acababa de descubrir a través del de Marcia.
Después de haberse prostituido por Kaeso, ¿iba Marcia a coronar su victoria
prostituyendo a Kaeso con ella?
Habiendo llamado suave, humildemente a la puerta, Selene terminó por entrar y
sentarse en el lecho del joven, cuyo rostro trastornado miraba con tristeza.
—No debía haberte hablado de Marcia…
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—¡Al contrario! Lo que me has dicho no me ha sorprendido demasiado.
Y Kaeso reveló a Selene lo que Marcia le había contado sobre sus excesivos
sacrificios…
—¡En resumen, eras el gran amor de una puta, en quien veías a una madre, y ni
siquiera lo sabías!
—La ironía no podría haber sido más cruel.
—Compadezco mucho más tus infortunios porque tampoco me los han ahorrado a
mí. Dado que el comercio de comestibles de mis padres fue saqueado por los griegos
del barrio vecino, y mi padre no pudo satisfacer a sus acreedores, llegué a ser fina
mente, a los quince años, la esclava de un sacerdote egipcio eunuco, que se apresuró
a hacer que me practicaran la escisión según la ancestral y bárbara costumbre del
país. Entonces todavía era virgen. Los esclavos de aquel monstruo abusaron en
seguida de mis encantos, y tuve un hijo, que fue expuesto al nacer: era una niña.
Apenado por mi desvergüenza, mi amo me vendió entonces a uno de los lupanares
más famosos de Alejandría. Todavía no había cumplido diecisiete años. Como las
diversas penetraciones me descomponían, me harté de mamar al mayor número de
gente posible, y me convertí en una experta. Un filósofo que nos visitaba me dijo
doctamente un día que ése era un ejemplo perfecto de la ley del mal menor, que sigue
siendo lo más hermoso que han encontrado los moralistas. En aquella casa encontré
artistas que fueron sensibles a mi belleza, y cambié de propietario para convertirme
en modelo. Así, durante años, hice felices a escultores o pintores, hasta que un rico
procurador de los dominios imperiales me vio. Pero se quejaba de una cierta frialdad,
de modo que me cedió a Afranio, que estaba de paso en Alejandría y Cano para
adquirir sujetos escogidos. Afranio no me tocó: los aficionados que pagan muy cara
una esclava se sentirían ofendidos si ella hubiera procurado placer a su traficante.
Estos sólo copulan con esclavos baratos. Pero en el barco, en el momento en que
Afranio volvía la espalda, los marineros saltaban sobre mí, y no me atrevía a
quejarme por miedo de que me tiraran al agua. Ya conoces el resto; verás, pues, que
no eres el único que sufre.
Esta angustia, aunque de calidad servil, era contagiosa, Kaeso puso tiernamente la
mano en la cabeza de Selene que a su vez se posó con toda naturalidad en el bajo
vientre de él, donde la adiestrada boca pronto halló trabajo.
—Déjame hacer —decía Selene—. Debo humillarme para merecer mejor tu
perdón.
La moral sexual de los romanos y los griegos estaba, en efecto, dominada por la
fácil y evidente distinción entre donador y receptor. El hombre activo siempre
conservaba el respeto de su portero, mientras que las mujeres y los invertidos salían
deshonrados de sus intentos, razonable o sublime paraíso de los amores ya era un
infierno de prejuicios.
Selene había puesto tanto más brío en la obra cuanta que tenía la agradable
sensación de burlarse de Marco a bajo precio y de acrecentar su dominio sobre el
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honorable paciente; y Kaeso, por su parte, se decía que tal vez el incesto fuera,
después de todo, cuestión de opiniones…
En la promiscuidad de las grandes mansiones romanas, además, no era raro que
hijos irrespetuosos manosearan clandestinamente a las esclavas bellas o a los
muchachos que constituían ya la distracción de los padres, y ciertas matronas celosas
llegaban a obtener de estas solapadas irregularidades una sabrosa venganza.
Cuando Kaeso se abandonó jadeante, Selene le dijo con humor:
—Acabas de conocer un momento excepcional, que no volverás a disfrutar tan
pronto. En latín, de la mujer ejemplar que sólo ha tenido un marido se dice que es una
univira. Yo seré tu unifellatrix, la de una sola vez.
Este neologismo, cuya formación gramatical resultaba quizá dudosa, no era por
ello menos claro, y Kaeso se dio por enterado.
El talento de Marcia para los amores lesbianos no dejaba de sorprenderle e
irritarle, e interrogó a Selene a este respecto, puesto que ella debía de poseer una
variada experiencia.
—Por lo que acabas de revelarme sobre esa mujer —contestó ella— semejante
talento es natural. Sabe que en mundo, tal y como los hombres lo han hecho por tener
más fuerza en los bíceps que en el rabo (palmadita al decirlo sobre el agotado
miembro de Kaeso), las mujeres están condenadas a acostarse la mayor parte del
tiempo con machos a que no han elegido. Así las cosas, sólo pueden encontrar
afectuosas y agradables caricias entre los seres de su propio sexo. Y como la condena
de las prostitutas es particularmente severa, tanto más se inclinan a apreciar la
compañía amorosa de sus iguales. Este conocido hecho explica la brutal conducta de
Marcia conmigo: el destino me había privado del único órgano que, hasta ese
momento, había gozado de sus favores… —Aquí Selene se apresuró a añadir—: Para
la mayoría de las mujeres, sin embargo, este es sólo un mal menor. Han colmado el
corazón con la espera de un gran amor y, llegado el día, el órgano de sus sueños no
será nunca demasiado grande. Si Marcia te echa al fin el guante, ése es el cumplido
que te hará, y por una vez será sincera.
Marco padre acababa de volver y llamaba a su Selene con voz tronante. La joven
se secó cuidadosamente la boca con el revés del vestido y corrió a sonreírle a su amo.
A la memoria de Kaeso volvían las relaciones, bastante especiales, de Marcia con
sus sirvientas. Le gustaban muy femeninas, pequeñas, graciosas y entradas en carnes.
Y su actitud con ellas era una alternancia de caricias —ahora cada vez más
sospechosas— y de severidad, con la que la domina se vengaba, sin duda, de las
penetrantes injurias que unos hombres indeseables le habían infligido. Los golpes de
junquillo en las nalgas o los pinchazos de punzón en los senos se mezclaban con los
pellizcos risueños, las palmadas cariñosas y los besos de paloma.
Pero, claro, siempre era Kaeso el gran responsable: si Marcia no hubiera tenido
que llevar una penosa existencia de sacrificios para equilibrar el presupuesto de la
casa y asegurar el porvenir de los niños, tampoco habría sentido el deseo de hacer
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carantoñas o martirizar a las muchachas de servicio —muchachas a las que su marido
(¡otro signo revelador!) no parecía dirigirse cuando estaba en celo. ¿Un coto de caza?
Una sospecha invadió a Kaeso como un relámpago, lo puso en pie y lo precipitó
hacia la pequeña popina paterna, donde la nodriza se hallaba detrás del mostrador: a
esa hora acababa de terminar el trabajo, y toda clase de gente corriente entraba a
tomar un bocado y a beber algo.
Se inclinó hacia la vieja y angulosa cretense y le dijo al oído:
—¿Por qué no me dijiste que mi padre también se tiraba a la «burrita»? ¡Si no
fueras mi nodriza, verías cómo me las gasto!
La mujer, sobresaltada, contestó con embarazo:
—No podía decírtelo. Era un secreto de familia. Repróchame más bien haber
intentado agradarte. ¿De verdad está tan enfadado, hijo mío?
Kaeso la tranquilizó con una lúgubre sonrisa. Antes incluso que su madre, su
nodriza lo había invitado al incesto. Era previsible. Pero la inocencia de Kaeso se
revelaba siempre igual de estrepitosa. Decididamente, había en su caso algo de Fedra
o de Edipo. Algún dios irritado debía de haberlo tomado por blanco.
Durante el frugal almuerzo, mientras Marco el Joven hablaba de su buena suerte,
Selene se mostró particularmente amable con un Marco padre embelesado. Pero se
chupaba el pulgar de una forma que harto decía sobre su malignidad. ¡A pesar de
todas las maledicencias del rabí, la familia del carpintero Jesús no podía haber sido
peor que ésta! Era como para salir corriendo.
Cuando los comensales estaban en los postres, Kaeso, arreglando su cojín con la
mano izquierda, volcó un salero, y una parte de la sal vertida fue a caer en la cáscara
vacía de un huevo, que él mismo había descuidado aplastar después de comérselo. Un
silencio glacial cayó sobre la pequeña asamblea.
Siempre se tenía el mayor cuidado en no entrar con el pie izquierdo en el
comedor, no tocar nada en la mesa con la mano izquierda, no dejar sin aplastar las
cáscaras de huevo por miedo a que un mago pudiera utilizar la cáscara intacta para
lanzar un sortilegio a quien se había comido el huevo, y sobre todo no volcar la sal, lo
que era presagio de muerte.
Kaeso aplastó el huevo en el acto con la mano derecha, gesto profiláctico bastante
irrisorio en vista de la acumulación de signos de mal augurio.
Como se empezaron a discutir fervorosamente otras medidas preventivas para
sanear la situación, Kaeso, harto, se retiró. ¿Habían querido los dioses advertirle que
el amable gesto de Selene es había desagradado?
Se paseó un rato por el falso atrio intentando calmarse, y sus reflexiones le
condujeron directamente al problema del incesto, ahora de actualidad. Tras el
matrimonio de Claudio con su sobrina, Nerón, a su vez, había sido la comidilla
general, y los fisgones se habían repartido en dos bandos para saber cuál de los dos,
la madre o el hijo, había seducido al otro y le había impuesto relaciones culpables.
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Toda la maléfica gesta de los Julio-Claudios se anegaba, por otra parte, en un
irrespirable clima de relaciones estrechamente consanguíneas.
Pero Kaeso comprendió que estas fantasías nobiliarias, exacerbadas por el
liberalismo sexual de moda, no eran sino la expresión de un malestar más vasto y
profundo. Ya fuera en las cabañas de los campesinos o en las insulae romanas, la
promiscuidad era continua y asombrosa. Aquellos favorecidos por las leyes, los más
fuertes y autoritarios, se veían expuestos a vergonzosas tentaciones. Y en las grandes
viviendas aristocráticas, ¿no se enfrentaban los hijos a madres bellas y excitantes, sin
hablar de las concubinas paternas abandonadas o de los favoritos no reclamados?
Signo de los tiempos, las acusaciones de lesa majestad se veían reforzadas con
frecuencia por las de incesto, como si cada humareda que se elevaba tuviera que
corresponder a un fuego secreto y lascivo.
Otra consideración que podía tener su peso: por definición, las leyes contra el
incesto sólo concernían a los ciudadanos y los libertos, únicos capaces de casarse y
tener hijos. Los esclavos, que estaban fuera de la ley, y cuyas confusas relaciones,
ocultas o confesas, se desarrollaban sin la garantía del gobierno, no eran observados
con tanta atención. ¿Quién se preocupa del incesto de las moscas alrededor de una
lámpara? Pero esos esclavos, una vez libertos, tenían ciudadanos por descendientes.
Si uno se remontaba más lejos en la historia, comprendía que el incesto del
hijastro con la madrastra, el de la madre con el hijo, habían sido grandes temas del
teatro griego y continuaban apasionando a todo el mundo; y que el mismo Séneca,
siempre tan sensible al clima moral, había consagrado al primero de estos temas una
de sus nueve tragedias destinadas a lecturas públicas o representaciones privadas ante
una élite de letrados.
Y remontándose más lejos todavía, uno quedaba perplejo ante la importancia y la
precisión de las leyes que regulaban las relaciones sexuales en las sociedades
primitivas y nómadas, como lo testimoniaba elocuentemente la Biblia de los Setenta.
En el seno de una pequeña tribu aislada en un mundo hostil, era capital saber quién
tenía derecho a acostarse con quién. Pero los griegos y romanos, en su origen,
¿habían sido tan diferentes de los extravagantes judíos?
Las dificultades de Kaeso parecían tener antigua data, aunque ello no las hacía
menos graves.
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X
Como último recurso, Kaeso pensó en Séneca. Y durante la siesta general, le escribió
a Silano:
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romanos cultivados, no se hallaba, ciertamente, de acuerdo con la inquietud y la
sensibilidad del tiempo. Kaeso había leído las primeras Cartas en Atenas, y sobre
todo la del Libro III, que hubiera podido titularse: «Viajar no es curar el alma».
La taberna de los Sosión no había cambiado. El escaparate seguía provisto de
numerosos libros; la larga lista de los autores y las obras en venta se exhibía en la
fachada y aun sobre los pilares adyacentes del pórtico, lo cual resultaba muy cómodo.
De un solo vistazo se comprobaba que Séneca había logrado difundir mejor sus
disertaciones morales para gente de mundo.
Kaeso entró en la estancia donde se encontraba de ordinario uno de los hermanos
Sosión, entre tabiques llenos de horizontales compartimentos cilíndricos,
graciosamente llamados «nidos», donde reposaban los «volúmenes». Pero también
había gruesos «tomos» en algunos anaqueles. Sosión el Joven estaba al corriente de la
próxima adopción de Kaeso y se apresuró a ponerse a su servicio y ofrecerle crédito.
Su perfecta corrección se había convertido de pronto en amable cortesía.
El caso era que le habían arrancado de las manos las últimas Cartas a Lucilio;
pero se estaban fabricando nuevos ejemplares, y Sosión ofreció a Kaeso, por si le
interesaba, introducirle en los talleres, donde verían sobre el terreno en qué punto se
hallaba el trabajo. Pues los Sosión no eran solamente libreros, como la mayoría de
sus colegas, algunos de los cuales se desempeñaban también como vendedores
ambulantes; eran asimismo fabricantes y editores de una parte notable de su
producción, cuando una obra iba bien, se distribuía entre libreros que carecían de
suficiente solidez como para mantener talleres.
Primero pasaron por un almacén atiborrado de papyri, y en menor medida de
pergaminos, materias que provenían del gran depósito junto al Foro, al pie del
Palatino. Había nueve clases de papyri, desde el grueso «emporético», que servia
para los embalajes, hasta el costoso «augustal», para ediciones de lujo, en cinco
anchos diferentes. Los egipcios producían este papiro desde tiempos inmemoriales, y
habían creado por azar el pergamino más de tres siglos antes. Orgulloso de los
700 000 volúmenes de su biblioteca alejandrina, Ptolomeo había decretado, empero,
el embargo del papiro que se destinaba a Pérgamo, donde el rey Eumenes
ambicionaba construir una biblioteca que compitiera con aquélla. Los pergaminianos
idearon entonces sustituir el producto por pieles de oveja artísticamente curtidas y
trabajadas. Desgraciadamente, el resultado seguía ostentando un precio desmesurado
en relación al papiro, y las ediciones sobre pergamino eran, forzosamente, poco
numerosas. Sosión le mostró a Kaeso pieles naturalmente amarillentas, que tenían la
ventaja de no fatigar los ojos, y pieles blanqueadas, que algunos encontraban más
agradables a la vista.
Había muchos talleres de escribas, cada uno dedicado a una obra, pues estos
escribas no tenían nada que ver con los copistas: escribían sobre las rodillas al
dictado de un lector, lo que permitía fabricar un gran número de ejemplares a partir
de un solo original. Kaeso consideró un momento este trabajo con curiosidad. Los
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escribas mojaban la pluma en tinteros de tinta negra o sepia, empleaban compases
para medir el espaciado y la longitud de las líneas, reglas para trazarías, y esponjas o
raspadores para las correcciones.
Pero con un sistema semejante (y ya que los escribas cometían, a pesar de todo,
faltas bastante numerosas), era absolutamente necesario un taller especializado en las
correcciones, el precio de los libros dependía incluso estrechamente de la calidad de
éstas, y cada obra tenía que llevar el nombre de su corrector.
Las hojas de papiro o de pergamino, una vez cotejadas y corregidas, iban al taller
de encuadernación. Unos obreros pegaban las hojas de papiro una tras otra y ataban la
última a un eje llamado ombilic a cuyo alrededor se enrollaba el volumen. Había
rodillos de longitud y espesor muy diversos. Y en los dos extremos del ombilic,
después de haber rebajado y pulido los dos cantos del rodillo —los «frentes»—, se
montaban discos o semicírculos, cuyo diámetro era igual al del libro enrollado.
Finalmente, se introducía el volumen en un saco de piel o de tela, provisto de correas
rara ceñir el contenido; pegado en el borde de la envoltura había un índice donde
figuraban, escritos al minio, el nombre del autor y el título de la obra. Las hojas de
pergamino, después de ser superpuestas como convenía, se cosían y se pegaban en el
lado izquierdo, y se les añadía una cubierta de cuero o madera: así se obtenía un
«tomo».
El material de ciertos libros de precio se ablandaba con un aceite especial para
protegerlo de los gusanos y la humedad, y la tinta se mezclaba con ajenjo para
desanimar a los ratones.
Otros obreros raspaban papiros o pergaminos a partir de libros no vendidos para
hacer palimpsestos, los cuales servirían para nuevas fabricaciones de poco valor. Los
libros no vendidos cuya calidad material ni siquiera merecía este tratamiento se
cedían al peso a libreros de poca monta. Niños desconocidos aprenderían a leer con
ellos, harían ejercicios de escritura en el reverso de las hojas, y al final se limpiarían
maliciosamente con el estudioso testimonio de sus esfuerzos, pues las esponjas
seguían siendo bastante costosas dada la relativa escasez de los buenos buceadores. A
veces, los libros de desecho iban a parar a los vendedores de pescado o de especias,
quienes hacían con ellos envoltorios o cucuruchos.
Sosión el Mayor, que estaba supervisando la corrección de un Ovidio, anunció a
Kaeso que un nuevo lote de Cartas a Lucilio acababa de entrar en caja, y le hizo
admirar el trabajo: se presentaba como un rodillo sin ombilic, a consecuencia de la
brevedad del texto, que no exigía un despliegue prolongado. A veces ocurría también
que cortas y vulgares producciones inscritas en papiro se presentaban bajo la práctica
forma del «tomo», solución normal para los libros lujosos en pergamino: la piel de
oveja, así tratada, reproducía el pliegue del rodillo, con lo cual se hacía difícil
desenrollar el volumen.
La conversación volvió a Ovidio. El abuelo Sosión lo había conocido bien; y el
padre había transmitido la experiencia a los niños.
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—Hace cuarenta y seis o cuarenta y siete años —dijo Sosión el Mayor— que el
desgraciado murió de desesperación en un lejano y riguroso exilio. El pretexto de su
condena sigue siendo misterioso hasta hoy. Pero la razón profunda, la que había
hecho imposible la apelación, os la puedo decir. Mientras el viejo Augusto, después
de una tormentosa juventud, se aperreaba intentando devolver el honor a las antiguas
virtudes romanas, que desde hacía tiempo provocaban las sonrisas de toda la nobleza,
Ovidio había cometido el crimen capital de revelar con el mejor talento lo que ya la
experiencia había enseñado a todo el mundo: a condición de saber arreglárselas, la
matrona más virtuosa podía gritar de placer. Nuestro inconsciente autor trataba, en
fin, del goce de las mujeres, de las cuales se consideraba que jamás debían gozar.
Augusto, que tenía los peores problemas con su hija y su nieta, desvergonzadas a
pesar de la educación más severa, veía de pronto al primer poeta de la corte proponer
a la humanidad una insostenible imagen del romano conquistador de naciones y de la
esposa romana que había engendrado a ese hombre: un amante a cuatro patas, dado a
lamer con fruición no sólo a la mujer del vecino, sino, mucho peor aún, ¡a la suya
propia! Los consejos y técnicas de Ovidio, evidentemente, interesaban a hombres y
mujeres, echaban abajo todas las barreras y prejuicios. La madre romana parecía salir
de un lupanar.
—Con la diferencia —apuntó Sosión el Joven— de que las muchachas de un
lupanar disfrutan mucho menos de lo que uno se imagina.
—Sí —continuó tristemente el Mayor—, se diría que el placer de las mujeres
pone celoso al hombre. Quizá porque cada hombre tiene una madre, a la que le
repugna imaginar en celo, lanzando gritos de loba en el crepúsculo.
—¡Tengo la impresión —dijo Kaeso— de que las madres de hoy ya no se
aguantan las ganas de gritar, y en pleno día!
Desvió el rumbo de una charla que empezaba a pesarle, y los Sosión le
propusieron una maravilla de artesanía: toda La Ilíada en un rollo de papiro muy fino,
que cabía en una cáscara de nuez de oro macizo. Pero Kaeso ya había sudado
bastante con La Ilíada y sólo se llevó las últimas Cartas de Séneca.
Como el Foro de los Bueyes estaba a dos pasos, Kaeso se dirigió a él con la
intención de ver por fin la estatua de Marcia. A esa hora los foros ya no conocían la
animación de la mañana. Muchos romanos estaban en las termas, en el Campo de
Marte, en la Vía Apia o en algún jardín público, y la mayoría de los mendigos que
pululaban —verdaderos o falsos— había seguido el movimiento general. Al caer la
noche, los verdaderos mendigos y mucha gente sin alojamiento, animados por los
primeros calores, irían a instalarse a un teatro, un anfiteatro o un Circo, solución que
la policía toleraba para que las calles, pórticos y jardines se viesen libres de esa turba.
Los grandes monumentos servían también a veces para albergar soldados de paso.
Delante del templo del Pudor Patricio seguía sentado en el pavimento un ciego,
de ojos purulentos cubiertos de moscas, que hacía pensar en Edipo. Por primera vez,
Kaeso se preguntó por qué Edipo se había pinchado los ojos después de enterarse de
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que había yacido con su madre. ¿Por qué no castigar la mano que había acariciado?
¿Por qué no la nariz que había olido? ¿Por qué no la verga, que había obrado peor?
¿No veía Edipo las imágenes que le perseguían incluso con los ojos cerrados?
El mendigo llevaba un pequeño letrero de ingenua factura que lo representaba
nadando en un mar embravecido, mientras su barco zozobraba en el horizonte. Uno
entendía en seguida la presunta razón de su miseria. Pero algunos chiquillos chistosos
habían enmendado el cuadrito con crueles pintadas. Aquí, una sirena tocaba la citara;
allá, podía leerse: «¡Para beber!». A Kaeso lo conmovió ese desamparo, que tiempo
atrás le habría impresionado poco. Desde que se había visto súbitamente agredido por
la desgracia, se descubría más sensible frente a la infelicidad ajena. El mendigo le dio
la dirección del guardián, que vivía en las cercanías, y Kaeso le dio un denario[110] en
pago, limosna muy habitual.
El guardián estaba en las termas, pero su mujer le abrió el templo a Kaeso. Por lo
común, los templos estaban cerrados, y con tanto más cuidado cuanto que a veces
servían de banco. El altar de los sacrificios se hallaba siempre en el atrio, al pie de los
escalones, cuyo número se había calculado para que el pie derecho jugara su benéfico
papel.
En la penumbra del viejo santuario, la estatua de Marcia era ciertamente un
triunfo, se comprendía que Silano la hubiera juzgado digna del lugar. Bajo el velo, el
rostro expresaba todo el pudor que a los hombres les gusta leer en los ojos de una
esposa o una madre supuestamente frígida. La propia frigidez del mármol blanco
acentuaba esa pura y delicada a impresión.
Kaeso le dijo a la mujer:
—Fue mi madre quien sirvió de modelo.
—¡Qué suerte tienes!
Con un hondo suspiro, Kaeso dio una pequeña propina a la aduladora y volvió a
su casa.
Marco padre estaba en su biblioteca, luchando con una causa delicada, que ya
había engendrado una contradictoria jurisprudencia. Uno de los múltiples protegidos
de Silano, joven de buena familia disoluto y arruinado, había firmado un contrato de
gladiador. Luego tuvo miedo, le sacó dinero a una hermana casada y logró comprar
su contrato antes de combatir. La infamia que caía sobre los gladiadores, ¿se derivaba
del contrato o de una primera aparición en la arena?
Marco se alegró de que Kaeso interrumpiera sus investigaciones, ya que apenas
había tenido ocasión de hablar con él desde su regreso. Le parecía que entre su hijo y
él se alzaba una sombra, pero estaba lejos de sospechar su naturaleza y su
importancia.
Kaeso empezó por poner a su padre de buen humor evocando felices recuerdos
comunes. A menudo Marco, preocupado por dar una halagüeña imagen de su
persona, había arrastrado a sus hijos ante tal o cual jurisdicción civil o criminal donde
tenía que pleitear. Uno de los más antiguos recuerdos de Kaeso databa de un proceso
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de usurpación del derecho de ciudadanía romana entablado contra un griego, que el
emperador Claudio había presidido y señalado con su grotesco humor. Como los
abogados no estaban de acuerdo sobre la vestimenta que el acusado tenía que adoptar
en los debates, toga romana o manto griego, Claudio, con una soberbia imparcialidad,
había ordenado que el sospechoso se vistiera a la manera romana cuando su abogado
defendiera su causa, y a la griega cuando el abogado acusador hablase contra él. A
Marco, que a despecho de sus lejanos orígenes familiares se había visto obligado a
asumir la acusación, le falló la elocuencia en aquella ridícula atmósfera, y el griego
fue absuelto. Más tarde Kaeso había seguido interminables alegatos civiles, que
llegaban a durar siete clepsidras (¡alrededor de dos horas y media!) ante los
centuriones[111] de la enorme basílica Julia, atestada por una compacta muchedumbre.
Como era frecuente que en aquel lugar se desarrollasen cuatro procesos a la vez, eran
los abogados más gritones los que mejor se hacían oír en semejante barullo, y los
abogados más ricos los más aplaudidos, pues pagaban la claque de su bolsillo. El
órgano, bastante débil, de un Marco sin dinero, apenas podía brillar en el temible
monumento. De todas maneras, a Kaeso le había impresionado mucho la elocuencia
paterna, y ahora intentaba recuperar su ingenua mentalidad de niño para halagar a
Marco en uno de sus puntos flacos.
Y todo para llegar en las mejores condiciones a lo que de repente le preocupaba:
¿cómo había sido exactamente su verdadera madre, Pompinia? El joven había
empezado a sentir una viva curiosidad por esa mujer de la que tan poco y en tan
contadas ocasiones le habían hablado.
Marco se dejó arrastrar de buena gana a las confidencias, que le recordaban una
época de su vida en la que había sido rico y había estado satisfecho y orgulloso de sí
mismo. Pero a pesar de que Kaeso lo acosó a preguntas, las respuestas eran
terriblemente decepcionantes por su carencia absoluta de originalidad. Hubiérase
dicho Tito Livio recitando incansable todas las altas y clásicas virtudes de la matrona
romana de antaño. Pomponia había sido casta, fiel, hogareña, discreta, reservada,
púdica, amante, económica, severa y justa con los esclavos… ¡la dignidad
personificada! Kaeso comprendió que con un hombre como su padre nunca llegaría a
saber mucho más. Era como si acabara de perder a su madre por segunda vez, y
definitivamente. Dio las gracias a Marco y se retiró con los ojos llenos de lágrimas.
Selene le llevó a Kaeso las tablillas que acababan de volver con la respuesta de
Silano, y Kaeso se sentó a leerlas en un rincón apartado del falso atrio.
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»“Ese gran hombre que se pasa la vida iluminando su propia conciencia y
la de los demás” volverá a estar allí mañana, a última hora de la tarde. Tu
repentina pasión por el estoicismo me halaga, pero sobre todo tengo la
impresión, después de haber leído esa frasecita que sin duda se te ha
escapado, de que necesitas iluminar tu conciencia, y me he preguntado por
qué tu honorable padre, tu madrastra o yo mismo ya no te parecemos lo
bastante competentes a tal efecto. ¿Quizá porque tu problema de conciencia se
relaciona con la adopción en curso?
»Le he confiado a Marcia tu inquietud, mencionándole tu sorprendente
salida la noche del banquete de tu investidura: “¡Yo nunca te traicionaré!”.
Tenías una cara muy extraña en aquel momento.
»Yo sentía que Marcia me ocultaba algo, y me enorgullezco de haber
sabido inspirarle confianza hasta el punto de arrancarle por fin el pequeño
secreto.
»Durante el verano anterior a tu viaje a Grecia, te diste cuenta de pronto
de que tus sentimientos por Marcia cobraban un nuevo rumbo y no supiste
ocultarle la pasión que te devoraba. Ya no podías vivir, amenazaste con
matarte si la dama de tus pensamientos consideraba una niñería aquel
sentimiento profundo y duradero.
»¡Pero yo también, a tu edad, tuve grandes pasiones, Y algunas duraron
más de seis meses! Y mucho más duraban al no ser satisfechas. Los jóvenes
tienen tendencia a hacerse una idea mítica del acto más sencillo y natural.
»Además, Marcia era la gran responsable de esa súbita pasión, puesto que
acababa de revelarte que su matrimonio con tu padre siempre había sido
puramente formal. Ya no podías ver en ella a una verdadera madrastra y no es
muy sorprendente que llegaras a inflamarte.
»Creo que Marcia, al ceder a tus deseos, actuó de forma muy razonable.
Para un adolescente, es bueno que su primera experiencia se vea guiada por
una mujer mucho mayor que él, cuyas cualidades de corazón y delicadeza
estén a la altura de su misión. Mi primera amante tenía más de cuarenta años,
y todavía le estoy agradecido por todo lo que me enseñó. Me ahorró muchos
errores y peligros.
»Marcia, que conoce bien a los hombres, tenía además otro motivo, que
no era despreciable. A los hombres los persigue durante toda su existencia, en
el momento de sus retozos amorosos, la pura y tierna imagen de su madre,
contradicción que puede provocar en ellos cierto desequilibrio, e incluso a
veces conductas extrañas. Si los dioses lo permitieran, ciertamente sería de
utilidad pública que cada muchacho se acostara una vez con su madre
mientras ella todavía se mantiene fresca y acogedora. Seguramente se vería
libre de un gran peso. Tú has tenido la maravillosa suerte, Kaeso, de poder
acostarte con una madre deliciosa sin que los dioses pudieran molestarse por
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ello. El embriagador perfume era incestuoso, pero el frasco era inocente.
Debes agradecérselo a Marcia, siempre tan adicta a tu persona.
»La carta que le enviaste sobre los pederastas griegos, a la que me tomé la
libertad de contestar, mostraba a las claras el alcance del servicio que ella
acababa de rendirte, y daba fe de la nueva y confiada naturaleza de vuestras
relaciones. La crisis había pasado. Ya no temías exponer tus problemas de
corazón y moral a esa mujer que acababa de ser para ti madre y amante. Y las
amables hetairas que preferiste a los muchachos eran una prueba
suplementaria de que tu malestar había curado felizmente.
»Hoy, con unos escrúpulos que mucho te honran, te preguntas si tienes
derecho a dejarte adoptar por quien es marido de la mujer que te inició en el
amor antes de conocerle. Y yo te digo que tus escrúpulos son excesivos.
Tengo una opinión demasiado elevada de mi mismo para haber estado celoso
alguna vez, y los celos más estúpidos son los que se refieren al pasado.
»¿Acaso no estás completamente seguro de ti mismo? Tal vez temas que
vuelvan las antiguas tentaciones si eres llamado a vivir en la intimidad de una
mujer tan hermosa y atractiva… Sé que, en ese caso, harás un esfuerzo para
no ceder. Pero también sé que me acechan las frialdades de la edad, que
cualquier hombre es débil frente al placer —¡y las mujeres aún más!—, que la
naturaleza, a la que debemos someternos sin rezongar, quiere que triunfe la
juventud. Si la llama se avivase y te quemara, y encontrase a Marcia
maternalmente complaciente, yo sabría tomar indulgente partido antes que
magullarme la mano golpeando la mesa. Lo importante para mí es pasar mis
últimos años en vuestra compañía, entre dos dechados de belleza.
»Ya ves, puedes estar tranquilo.
»Que te encuentres bien. Yo estoy de maravilla, si dejamos aparte algunos
reumatismos».
Cuando Kaeso leyó «Yo creo que Marcia, al ceder a tus deseos…» lanzó a su
pesar un grito de sorpresa y dolor que atrajo a Selene. Al terminar de leer paso la
carta a la joven, a quien pareció impresionarle vivamente.
—Marcia —dijo— acaba de darle la vuelta a la situación como a una piel de
conejo. El niño pataleaba de concupiscencia. Mamá lo calmó con una caricia
distraída. El niño creció y, ahora, ¡le dicen que «puede estar tranquilo»! Ya no tienes
ninguna razón valida para negarte a la adopción. Silano ha dejado de ser un
obstáculo. Y, suprema habilidad, si ahora tuvieras la descortesía de decirle toda la
verdad, tu declaración sonaría falsa al lado de las sutiles mentiras que parece tan
orgulloso de haberle sonsacado a su Marcia. ¿Cómo podrías escapar de una mujer tan
temible?
Kaeso gimió:
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—Aún me queda una buena razón para cortar con esta situación podrida:
decididamente, no me siento con ánimos de acostarme con Marcia.
—Es la única razón que no puedes dar, y a que es la única que las mujeres no
admiten y que los hombres no entienden bien. Además, ¿no se supone que ya has
dado el paso?
—¡Demasiado lo sé! ¡Yo era su inconsciente amor platónico y, siempre con
inconsciencia, me he convertido en su amante honorario! ¿Pero quién me librará de
ese vampiro[112]?
—Te recuerdo que está en juego mi seguridad. Cuando te permití que pusieras en
claro tu angustioso asunto, juraste que me protegerías. Así que la amenaza de
revelarle a Silano la indignidad de Marcia ya no sirve. Tus buenas relaciones con ella
son, de ahora en adelante, mi única salvaguardia.
—Habla claro: ¿Debería acostarme con mi madrastra para salvar tu piel?
—El problema de conciencia es tuyo.
Kaeso se llevó las manos a la cabeza y se arrancó los cabellos…
—¡Estoy rodeado de mujeres vampiro!
—Después de lo complaciente que he sido contigo, el término no es muy amable.
Pero el otro vampiro podría desaparecer.
—¿Es decir?
—¿No están los gladiadores para resolver tales conflictos? ¿Quieres que hable
con Capreolo, que es judío y simpático? Tal vez se deje tentar por una buena suma.
Selene contaba con la excusa de que Marcia había intentado asesinarla de la
misma manera, pero la excusa era sólo objetiva: la esclava ignoraba el asunto.
Con horror, Kaeso rechazó la idea que acababa de tentarle:
—Marcia sigue siendo mi madre. ¡Ya ha habido bastantes matricidas en Roma!
No temas: conseguiré protegerte de una u otra forma…
—¡Si no lo consigues, saldré de la tumba para chuparte la sangre!
En vista del raro talento de Selene, la perspectiva era aterradora. Las muchachas
entrenadas y los invertidos expertos debían de ser vampiros temibles.
En este clima de oscuras y aberrantes inquietudes, la personalidad de Séneca
apareció a los ojos de Kaeso como un abra de paz y razón; de modo que tras un
pequeño suplemento de palabras tranquilizadoras para Selene, el muchacho se dirigió
apresuradamente a la Biblioteca Palatina, con sus Cartas a Lucilio bajo el brazo.
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edificio que daba al pórtico o atrio de Apolo. En todas partes tenían los lectores
dónde desentumecerse las piernas meditando o charlando.
La Biblioteca Palatina era la más importante y lujosa.
Compuesta por tres amplias y majestuosas galerías, daba al sudoeste sobre el
templo de Apolo palatino y su Pórtico; y al noreste sobre una floración de templos, a
los que se llegaba por la Puerta Mugonia, uno de los principales accesos del recinto
palatino. Allí estaban el templo de Júpiter vencedor, el de la Fortuna seductora, el
templo de la Fe, el de la Fiebre, el de Juno protectora, el de Cibeles, el de Baco y el
de Viriplaca, consagrado a la diosa que apaciguaba a los maridos furiosos. Esta diosa,
sobrecargada de trabajo, brindaba una alta y sabia idea de la notable especialización
de los dioses romanos, tanto mayor por ser el monumento muy antiguo. Las continuas
guerras lo habían puesto antaño en funcionamiento. Cuando, tras años de campaña, el
legionario cornudo volvía a su casa, llegaba muy a menudo la ocasión de ofrecer
sacrificios a Viriplaca. Y como las mujeres ya no tenían necesidad de largas
campañas militares para ser infieles, a Viriplaca la sitiaban ahora las preocupadas
matronas, que no se ruborizaban de ser vistas allí, ya que sólo un escaso porcentaje de
atrabiliarios se abstenía de poner en duda la virtud de su esposa. Por otra parte, estos
eran los casos más desesperados, pues la dulzura de la almohada común no podía
nada contra la incompatibilidad de humor.
Kaeso entró en la galería central, que era una estancia de adorno más que una sala
de lectura. El lugar, decorado con bustos de todos los escritores difuntos y célebres,
estaba dominado por una estatua de Augusto en bronce. Kaeso buscó a Séneca en las
salas contiguas. Allí, en el seno de armarios de cedro cuyo olor resinoso alejaba a los
gusanos, descansaba, cada uno en su «nido», una multitud de volúmenes; cada libro
estaba colocado a lo largo en un anaquel, y el pavimento era de mármol verde para no
cansar la vista.
Estaban anunciando el cierre cuando Kaeso reconoció a Séneca, cuyo busto había
sido vulgarizado. El personaje, Que sin duda había amasado cerca de trescientos
millones de sestercios[113] bajo cuerda como abogado, en usura o en diversas
prevaricaciones en los bastidores del poder, primero gracias a Agripina, después
gracias a Nerón, era extremadamente elegante, pero el rostro esculpido era el de un
vegetariano enfermizo y ansioso.
Séneca acogió a Kaeso y su halagador opúsculo con una cordial urbanidad. Tras
la muerte de Burro, la llegada de Tigelino a la prefectura del Pretorio, el matrimonio
del Príncipe con Popea, la eliminación de Octavia y la ola de procesos de lesa
majestad contra senadores sospechosos, nuestro filósofo, desilusionado con su
alumno, se había retirado de puntillas a la torre de marfil; pero sus simpatías secretas
estaban evidentemente con esa oposición, tan pronto organizada como caótica, que
sin esperar la imposible vuelta de la República deseaba una iluminada monarquía
augusta antes que una tiranía a la manera griega. Por lo tanto, Séneca estaba en las
mejores relaciones con toda clase de círculos o grupos de presión aristocráticos, tanto
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con el estoico Trasea como con Calpurnio Pisón, de inclinaciones vagamente
epicúreas. Y era grande su estima por los sufridos Silano.
Como los «custodios» empujaban a la multitud hacia las salidas —en vista del
riesgo de incendio habría sido impensable trabajar de noche en una biblioteca—,
Séneca arrastró a Kaeso bajo el hermoso pórtico de Apolo, cuyos cien pasos
recorrieron charlando.
Kaeso juzgó preferible no lanzarse directamente a dolorosas confidencias, e inició
el diálogo con consideraciones generales, que versaban principalmente sobre el
destino de las almas después de la muerte. Famoso conferenciante mundano y
talentoso abogado, el distinguido filósofo no se asustaba por tan poca cosa…
—Toqué ese tema —¿te acuerdas, quizá?— en mi Consolación a Marcia. Luego
de haber abandonado el cuerpo, el alma sufre un tiempo de purgatorio en relación con
sus faltas y méritos, para alcanzar más tarde la morada celeste, donde conoce una
serena alegría, liberada como se halla del mal, la duda y la ignorancia, y donde tiene a
su alcance todos los secretos del universo. Pero ya sabes que para los estoicos la
evolución del mundo, concebido como eterno, es cíclica. Ora el universo se contrae
hasta el abrazo general en una inmensa conflagratio, ora se dilata y se organiza por
grados. Según esta óptica, la inmortalidad individual del alma sólo va de una
conflagración a otra —separadas además por tiempos, digamos, infinitos. A cada
conflagración, el alma vuelve a los elementos de donde había salido. Los estoicos
piensan que la energía destructora o constructora de todo el sistema se debe a una
especie de fuego. Pero nosotros no somos materialistas en el sentido en que lo son los
epicúreos, cuyos curvados átomos continúan gobernados por una suerte de azar. Al
contrario, creemos que el universo se identifica con un dios, que es Razón, y que lo
que llamamos «materia» no es sino la emanación de esta razón divina. El espíritu
reina en todo y por todas partes.
—Entonces dios sería parte del mundo, seria organizador y regulador, como el
demiurgo platónico, y no creador como el dios judío del que sin duda habrás oído
hablar, ya que dices haber conocido bien a Filón…
—Me has entendido a la perfección. Confieso que ese dios judío me ha dado que
pensar e incluso llegó a seducirme por algún tiempo. Esa concepción trascendente
suprime, ciertamente, muchas dificultades, pero sólo para plantear otras no menos
embarazosas. Pues si dios es un espíritu puro fuera del mundo, como quieren los
judíos, uno se pregunta entonces cómo podría actuar sobre él, de qué modo, con qué
medios seria capaz de hacerse oír, de expresar sus deseos y su voluntad. El Yahvé que
se pasea por el Sinaí es signo, evidentemente, de infantilismo.
—¿Has oído hablar de los cristianos?
—¡Y antes que tú, sin duda! Cuando mi hermano Galión era procónsul en
Corinto, un cierto Pompeyo Paulo, judío de Tarso que se decía cristiano, le causó
irritantes problemas, de los que me habló. Ya no se trataba de Yahvé en el Sinaí, sino
de un dios encarnado, crucificado y resucitado. ¡Una menudencia! Siempre ese deseo
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lancinante de los judíos, inherente a su sistema, de establecer contactos con un más
allá imaginado, sin embargo, como inmaterial. A pesar de la completa inverosimilitud
de sus postulados, la secta cristiana hizo luego algunos progresos, y ya que ese Paulo
está en Roma, satisfice el deseo de hacer que me lo presentaran anteayer[114]. ¡Fue un
bonito diálogo de sordos! La formación de nuestro propagandista es más rabínica que
filosófica y su cultura griega es bastante superficial. Sólo sabe repetir exégesis muy
discutibles o extravagancias dogmáticas. En resumen, es mitad judío y mitas loco.
Pero como muchos espíritus extraviados, razona perfectamente; su discurso está lleno
de ardor y convicción. ¡Todo un temperamento! Uno no se aburre con él, lo cual no
podría decirse de algunos de mis amigos filósofos…
Kaeso llegó por fin a lo que le atormentaba; se confesó detenidamente y de forma
bastante confusa, alentado de vez en cuando por una pregunta pertinente de Séneca,
quien acabó por tener una visión medianamente clara de la cuestión. Permaneció un
rato pensativo y luego dijo:
—Siento simpatía por ti, pues tu historia, en el fondo, se parece mucho a la mía.
A lo largo de toda mi existencia el destino no dejó de plantearme este trágico
interrogante: ¿hasta dónde, en qué medida debe el sabio contemporizar con lo malo
para evitar lo peor? Se me han reprochado mis riquezas; pero para un verdadero
estoico, ¿no es el dinero sinónimo de independencia y dignidad? Se me reprochó,
durante mi terrible exilio corso, mi Consolación a Polibio, un liberto de Claudio que
acababa de perder a un hermano menor, y aquel texto de circunstancias —¡del que ni
siquiera me acuerdo!— era de una rematada banalidad. Pero ¿no podía hacer Séneca
mayor bien en Roma que en Córcega, donde sólo tenía cabras por auditorio? Se me
reprochó, tras la muerte de Agripina, haber redactado la carta que Nerón dirigió al
senado, en la que el matricidio se justificaba y a la vez se presentaba como un
suicidio. Pero a Burro y a mi nos pusieron delante el hecho consumado, y gracias en
parte a mi influencia los años precedentes y el año que siguió fueron los mejores del
reino, en armonía con mi diálogo De la clemencia, en el que preconizo un despotismo
moderado. Además, ¿cuántos asesinatos no había cometido Agripina?
¡Desgraciadamente, tu futuro padre adoptivo sabe algo de eso! Esta eukairia[115]
estoica —para hablar griego—, este oportunismo razonado, tiene no obstante unos
límites. Hay un tiempo para comprometerse, otro para el panfleto, otro para escribir
«La metamorfosis en calabaza del emperador Claudio divinizado», y otro para
retirarse del juego cuando las reglas ya no resultan soportables. Hace dos años que
llegué a ese punto y que mi mujer, Paulina, se esfuerza por consolarme de esta
especie de nuevo exilio que me he impuesto en el interior de la Ciudad…
A fuerza de hablar de sí mismo, el sabio se estaba olvidando de Kaeso. Se dio
cuenta y volvió precipitadamente a su interlocutor…
—En cuanto a tu problema, te haré una pregunta que tengo por costumbre
plantear a todos los jóvenes que vienen a pedirme consejo: ¿qué consejo quieres
exactamente? Pues nunca seguimos más consejo que el que nos agrada, y que
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podríamos haber hecho el esfuerzo de descubrir por nuestros propios medios con un
poco de reflexión. El consejero es sólo un partero, que saca del espíritu y del corazón
del prójimo lo que ya estaba allí.
—Confesándome contigo, y gracias a tus simpáticas preguntas, creo que ya me he
aclarado las ideas…
—Yo mismo experimenté ese sentimiento en la Consolación a mi madre Helvia,
de factura muy personal, que le hice llegar desde la salvaje Córcega para secar sus
lágrimas. (¡Séneca parecía haber consolado como dios mandaba a un considerable
número de gente!).
—A mis ojos, hay una cosa completamente cierta: sean cuales sean las
complacencias (¿ejemplares o vergonzosas? Dejo que tú mismo lo juzgues) de
Silano, no podría encarar ahora una relación con Marcia.
—¿Y por qué?
—En otro tiempo la apreciaba infinitamente y no la deseaba. O al menos, si mi
deseo estaba despertando, el miedo al incesto lo mantenía en la duermevela. Como
acabo de decirte, me enteré de que su matrimonio con mi padre fue, en conjunto, de
puro trámite, pero ella tuvo que confesar que compartió su lecho en algunos
momentos. Mi deseo recibió un latigazo; la parálisis perdura. No es el número de
veces lo que determina el incesto, ¿verdad?
—Creo que se puede afirmar eso sin miedo a ser desmentido.
—Si yo me rindiera a los encantos de Marcia, ¿no estarían envenenadas por esa
evidencia las manifestaciones físicas de mi amor?
—Es muy posible.
—Mi cariño subsiste, pero no obstante gran parte del afecto que le tenía se ha
desvanecido. Con las mejores intenciones, sin duda, ella se ha visto obligada, como
tú, a contemporizar con lo malo…
—No quiero ofenderte, ¡pero yo he prostituido mi talento por causas más
relevantes!
—¡Yo soy una causa mínima, desde luego! De todas formas, ¿qué es un amor sin
afecto?
—Es bueno que a tu exigente edad conserves ese noble lenguaje.
—Empero, si me dejo adoptar, estoy perdido de antemano. ¿Cómo resistir a las
maniobras de una mujer tan apasionada, tan atrevida, tan implacable?
—¡Seguro que no aguantarías mucho!
—Peor aún si eso fuera posible: su personalidad aplastaría la mía. Reducido al
estado de esclavo, ya no existiría. Pasaría todo el tiempo a su lado, dando satisfacción
a sus menores exigencias.
—Otro punto importante a considerar. Pero si declinas esa peligrosa adopción,
¿qué vas a decirle a Silano, que te abre los brazos con tanta benevolencia? ¿Qué le
dirás a la propia Marcia para ahorrarle la desesperación de una ofensa sin remedio?
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Una mujer desdeñada se transforma en furia. ¡Mi teatro lo atestigua con bastante
elocuencia!
—He llegado a pensar en hacerme judío, y así tener un buen pretexto para no
mantener el culto familiar de Silano.
Séneca se detuvo y sonrió…
—¡Brillante idea si las hay! ¿Por qué no la has llevado a cabo?
—El rabí que consulté aplazaba mi circuncisión, que se perdía en una bruma
lejana.
—¡Evidentemente! Si los romanos se hicieran circuncidar en masa, y a no habría
ni religión romana ni religión judía. Unos judíos de pacotilla se negarían a ofrecer
sacrificios a nuestros dioses, y sería el final de todo… ¡admitiendo que César y el
pueblo lo tolerasen sin reaccionar!
—Después pensé en los cristianos, pero por lo que tú mismo me has dicho…
Séneca reflexionó durante algún tiempo y declaró, escogiendo las palabras:
—En cuestión de sacrificios, los cristianos han adoptado de buena gana la
posición judía. Si lo que buscas es un buen pretexto, Pompeyo Paulo, siempre al
acecho de conversiones, te lo proporcionará mucho más rápidamente que los rabinos.
—Pero esas pamplinas de encarnación y resurrección, ¿no son ridículas? ¿Tú me
ves contándole semejantes cuentos a Silano sin echarme a reír?
—Visto lo que hay en juego, nada te prohíbe, en buena moral, disfrazar esas
insensatas afirmaciones bajo los oropeles familiares de una mitología cualquiera.
Conmovido por tu retirada, Silano no se fijará demasiado…
La litera de Séneca, que iba a cenar en casa de Pisón, se había adelantado. El
filósofo se excusó por verse obligado a interrumpir tan apasionante conversación, y
dijo a Kaeso a guisa de corolario:
—Escucha tu conciencia, que veo ya muy avisada, y todo saldrá bien.
Siguiendo a Séneca hasta el pie de su litera, Kaeso replicó:
—¡Pero si dios se confunde con el mundo, no es una persona! ¿Qué podría
inspirarle a mi conciencia que fuera seguro?
Antes de tenderse en sus cojines, el multimillonario filósofo respondió:
—Ruega a los dioses que dios nunca sea una persona, capaz de darle a tu
impedida conciencia órdenes sin réplica. ¡Ese día ya no será la esclavitud junto a una
mujer lo que te amenace!
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Tercera parte
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I
Pablo seguía en Roma solamente por deber, y con la mayor repugnancia. Todo le
indignaba en aquella ciudad monstruosa. La indolencia de un puñado de ricos, que
derrochaban las rentas de enormes tierras, muchos de los cuales sólo se veían
imperativamente retenidos en la urbe por obligaciones senatoriales y políticas. La
holgazanería incurable de una plebe que trabajaba cada vez menos y exigía cada vez
más de un Estado-providencia. La miseria, aún más moral que material, de una
muchedumbre de esclavos, públicos o privados, nacidos en su mayor parte en
cautividad por selección o accidente, y concentrados en esta Babel a partir de todas
las regiones del mundo conocido. El hormigueo de los mendigos profesionales o
aficionados. El increíble número de prostitutas o prostitutos. La obscenidad de las
termas mixtas. La sangrienta violencia de los munera. La peligrosa brutalidad de las
carreras de carros, en las que morían muchos conductores, arrastrados por el polvo o
aplastados bajo los cascos. La lujuriosa y cruel vulgaridad de los teatros. El tan
frecuente abandono de los recién nacidos en los vertederos. La política de Nerón,
que, tanto por calculada demagogia como por íntima convicción, había llevado a un
grado nunca visto todos los vicios de Babilonia y Sodoma. Hacer disfrutar al pueblo
por cualquier medio era el programa oficial, por doquier ostentado sin el menor
pudor. Hacerlo disfrutar todo el tiempo, embrutecerlo a base de placeres, hacerse con
él y vaciarlo de sensibilidad y pensamiento.
Y, como símbolo permanente de la idolatría ambiente, espectáculo odioso para un
judío de nacimiento, una multitud de estatuas decoraban la Ciudad. Fruto tanto del
pillaje universal como de una industria incesante, bustos y grupos de tamaño natural
se erguían en apretadas hileras en todas las plazas, en cualquier encrucijada, bajo
cualquier Pórtico, y todos los pretextos para multiplicarías eran buenos. El hombre
hecho a imagen de Dios se había reproducido insolentemente en bronce, en piedra, en
mármol, como si los átomos de Epicuro, de pronto, hubieran copulado frenéticamente
para insultar al cielo con su mirada vacía. Las cabezas de muchas estatuas imperiales
eran incluso permutables, a fin de poder cambiarse a toda prisa en la aurora de un
nuevo reinado, de modo tal que cada una de ellas parecía una divina advertencia el
diabólico Príncipe de este mundo. La mayoría de las estatuas, además, eran de
mediocre factura, y de cuando en cuando se desechaba cierta cantidad. Pero el mal
renacía una y otra vez, y la legislación era impotente para controlarlo. Cierto que
Pablo no hacia la menor diferencia entre una Afrodita de Praxíteles y el grosero
esbozo de un escultor de aldea, y su exasperada reprobación englobaba a todos los
cuadros que añadían su impiedad a la de las estatuas.
Sin embargo, tenía que dedicarle algún tiempo a Roma antes de volver a Grecia y
Oriente, donde la podredumbre, en el fondo, no era menor, pero mostraba un carácter
menos grandioso: hasta la libidinosa Corinto parecía un barrio de esta metrópoli, que
había dejado atrás la escala humana. Su presencia allí era tanto más útil cuanto más a
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menudo se ausentaba Pedro, que detestaba resueltamente Roma. Tenía la excusa de
no ser ciudadano romano, excusa que Pablo no podía aducir.
En tanto que ciudadano, a Pablo le habría gustado amar esa Ciudad imposible. Y
se permitía a veces sueños absurdos: una Roma sin templos, sin estatuas, cuadros,
carreras de carros, munera, teatros, termas inmodestas; una Roma donde los
sodomitas y prostitutas serian lapidados y crucificados sin piedad; donde altivos
ediles obligarían a las necesarias cortesanas a ser discretas y modestas; donde las
mujeres estarían indisolublemente casadas con hombres fieles; donde los adúlteros
serían perseguidos y ejemplarmente castigados; donde se exterminarían los verdugos
de niños; donde los esclavos vivirían felices bajo la vara oxidada de unos paternales
amos. A veces hasta imaginaba el pan y el vino distribuidos entre una recogida
asistencia, no muy tragona ni demasiado borracha, en una basílica purgada de
trapaceros y perdidos, o en un templo cuyo ídolo hubiera sido roto en mil pedazos.
Pero sabía que nunca vería esa Roma ideal, sólo presente, como las ideas puras en el
dios de Platón, en el espíritu de la santa Trinidad.
Mientras tanto, la situación no era muy cómoda para los cristianos, ni en Roma ni
en ninguna otra parte. En Oriente, el mayor éxito de prédica se había conseguido en
regiones perdidas de Asia Menor, entre poblaciones incultas, dispuestas a creer
cualquier cosa. En las grandes ciudades, blancos privilegiados de los misioneros
cristianos, a quienes los campesinos no interesaban mucho, se topaban con la tenaz
animosidad de los judíos o con las burlas mordaces de los griegos. En Occidente, las
comunidades cristianas todavía eran escasas y pobres. En la propia Roma, el
Evangelio había sido poco más que una mancha de aceite en las enormes
servidumbres de algunos grandes y hasta en la inmensa familia del Príncipe. Los
motivos de esa modesta brecha estaban bien claros: por una parte, los esclavos
helenoparlantes eran abundantes en las casas más ricas, y los predicadores hablaban
griego; por otra, «epíscopes» o «presbíteros» cristianos (en esa época los términos
eran más o menos sinónimos) habían entendido, evidentemente, que la conversión de
esclavos griegos de buenas casas era la vía más rápida y segura para obtener la de los
amos cultivados, que hablaban tanto el griego como el latín. Una concubina o un
favorito cristiano tenían, así, oportunidades de insinuar la justa doctrina en el corazón
de un dominus turbado, e incluso las jóvenes camareras podían sembrar la buena
semilla en su ama. Ahora bien, la conversión de un patricio, de un miembro de la
nobilitas o de un simple «caballero», incluso de un liberto políticamente influyente,
habría sido de extrema importancia. El nuevo cristiano favorecería la propagación del
Evangelio tanto entre sus pares como entre su gente, ya que las familiae de quinientos
esclavos[116] ya eran corrientes entre los romanos de mediana fortuna, es decir, de
veinte o treinta millones de sestercios.
Impresionar hondamente en Roma era la obsesión de Pablo y de sus émulos. Bien
se daba cuenta Pablo de que la persuasión siempre sería insuficiente para cambiar
semejantes costumbres y conmover tantos intereses. El Imperio sólo se convertiría el
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día en que el emperador se hiciera cristiano, o bien cuando la fuerza de la espada, el
incentivo del dinero y algunos favores viniesen en ayuda de la extenuada palabra. Y
para preparar la llegada de ese día, primero había que convencer a los que poseían la
tierra, el dinero y los hombres.
Estas lejanas visiones daban fe del creciente escepticismo de Pablo en cuanto a la
inminencia de conmociones apocalípticas que ciertas declaraciones de Jesús parecían
presagiar. Ruina de Jerusalén o fin del mundo, de todas formas había que organizarse
para vivir. Desde el calvario casi había pasado una generación.
Desgraciadamente, la conversión del menor noble romano no era asunto de poca
monta. Esa gente había asimilado bastante cultura griega y filosofía fácil como para
mostrarse dócil e ingenua, y a estas malas disposiciones se sumaba, en los individuos
de vieja cuna, la pesada herencia del espíritu campesino: gusto acusado por las cosas
concretas, furioso apego a los bienes de este mundo, desconfianza por la novedades y
los bellos discursos, supersticiones imborrables, respeto formal de las costumbres
más oscuras e inveterado orgullo. ¡Tal vez fuera más fácil convertir a un rabino que a
un verdadero romano!
Los judíos de Roma, algunos de los cuales habían conseguido penetrar en el
Palacio, eran además particularmente reacios y hostiles, y no olvidaban las
deportaciones sufridas bajo Claudio, a consecuencia de las primeras prédicas
cristianas y de las revueltas que éstas habían provocado. Desde el primer contacto, los
hombres de Cristo les habían causado problemas.
Nada de esto era esperanzador, y los mismos esclavos griegos, que debían jugar el
papel de caballo de Troya, pero que a menudo poseían mucha más inteligencia que un
caballo, no dejaban de plantear problemas desagradables. Unos tendían a creer que la
libertad introducida por el Evangelio debería romper sus cadenas, y había que
llamarlos a capitulo. Otros, muchachas o muchachos, tenían inquietudes que no era
fácil calmar. «¿Cómo podría ser casta?», preguntaba una sirvienta. «¡El amo no para
de saltar sobre mí!». Pablo respondía con toda naturalidad que donde hay necesidad
no hay pecado. En casos así, la virtud consistía en no complacerse en tales
situaciones. «Pero», insistía la muchacha, «¡es que mi amo me hace gozar!». Cuando
los favoritos expresaban quejas semejantes, Pablo, que detestaba a los homosexuales,
se ponía nervioso y le endosaba el tema a Lucas, cuya dulzura era inalterable.
Pablo pensaba a menudo en Nerón, cuya sorprendente personalidad le fascinaba.
Y en su agitado sueño, a Nerones lúbricos sucedían Nerones que rezaban rodeados de
serafines…
Por su parte, Kaeso había pasado muy mala noche. Séneca, que parecía resumir
las más antiguas sabidurías, no le había prestado la ayuda esperada.
En la mañana de las Robigalias, día «nefasto alegre» en el que tradicionalmente
se sacrificaban perros rojizos al dios Robigus para que protegiera a los jóvenes trigos
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contra la roya, Kaeso se levantó con el pie izquierdo, se sobresaltó, volvió
precipitadamente a la cama para descender correctamente con el pie derecho y
renunció a vestir la toga, que la víspera había estimado de rigor para el rabí y para
Séneca y con la que se había asfixiado. Para Pablo, una hermosa túnica sería
suficiente…
Había empezado la cuarta hora cuando Kaeso llegó a las grandes letrinas del
Foro, que se contaban entre las más magnificas de la Ciudad, con su calefacción
invernal y su revestimiento de mármol blanco. El gracioso hemiciclo incluía
veinticuatro asientos, separados por brazos esculpidos en forma de delfines. Encima
de los asientos había tres nichos consagrados a la diosa Fortuna, flanqueada por
Esculapio y Baco, mientras que en el diámetro de la estancia, frente al hemiciclo, se
alineaban los bustos tranquilizadores de los siete sabios de Grecia, que también se
vaciaban el intestino y la vejiga con una filosófica y regular soltura. Había también
un pequeño vestuario anexo al edificio y custodiado por dos esclavos públicos, uno
siempre disponible para ir a buscar una bebida o una golosina a la thermopolia
cercana, el otro para ayudar a vestir un manto o rectificar la caída de una toga.
Bajo el semicírculo de asientos horadados fluía permanentemente una fuerte
corriente de agua para arrastrar las materias de desecho, y en continuidad con cada
agujero horizontal se había habilitado de frente una escotadura vertical, que permitía
manejar la suave esponja de África o de Grecia, fijada al extremo de un mango. Al
pie de los asientos, detrás de los talones de los parroquianos, una corriente de agua
más modesta corría por una zanja donde se enjuagaban las esponjas. Y en el centro
del lugar, un surtidor gorgoteaba en un pilón que servía de lavabo.
Por su armoniosa belleza y su posición en el corazón de Roma, en medio de la
animación matinal de los Foros, aquel sitio utilitario se había convertido en un
elegante lugar de citas para los hombres. (Las letrinas de las termas mixtas eran
comunes a ambos sexos, pero las mujeres no se aventuraban en las salas exteriores, y
como tampoco podían orinar en las ánforas o toneles distribuidos tan liberalmente, se
veían obligadas a aguantarse, costumbre que, por otra parte, habían perdido). Así,
acodado en el lomo de los delfines, uno se retrasaba de buena gana. Los cotilleos iban
y venían. Algunos homosexuales le echaban el ojo a un partido interesante y le
presentaban la esponja con cara golosa. Otros hacían tiempo buscando una invitación
a cenar.
Corría un divertido epigrama del joven Marcial, poetilla a sueldo recientemente
llegado a Roma desde su España tarraconense, donde se apostrofaba al parásito
Vacerra:
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(¡Ese Vacerra, que pasa horas y días enteros en todos los excusados públicos,
tiene ganas de cenar y no de cagar!).
Kaeso entró en las letrinas, donde reinaba un intenso olor que tenía algo
eminentemente íntimo y social. Acostumbrado a su propio olor, el animal se alarma
ante los aromas extraños. Y el hombre, que aprecia los olores de su propio y bien
torneado zurullo, estima mucho menos por lo común, los zurullos de los demás. El
olor de aquellas letrinas, que nacía de la lograda alianza entre un gran número de
matices diferentes, era signo de que el hombre romano había aprendido a soportar a
sus semejantes ya compartir sus más humildes satisfacciones[117].
No había nada que recordase a la idea que Kaeso se podía hacer de un judío, y
uno de los esclavos públicos le confirmó que Pompeyo Paulo, y a conocido por sus
arengas, todavía no había comparecido.
Kaeso se dirigió hacia la gran basílica Julia, donde la justicia estaba de
vacaciones por ser un día nefasto. La voz de su padre parecía resonar todavía bajo las
bóvedas y cubrir el griterío de los niños que jugaban a la rayuela en el embaldosado.
Salió y, para matar el tiempo, subió por la Vía Sacra hasta el «mercado de las
golosinas», donde uno podía procurarse las cosas más extrañas y caras. En
sorprendente contradicción con sus orígenes campesinos, los romanos que tenían
medios para ello no solamente sentían pasión por el pescado y los mariscos, sino que
habían querido experimentar, con una curiosidad insaciable, todo lo que podía
comerse a través del mundo. Y en los fantásticos gastos de mesa de algunos maníacos
de la gastronomía contaba mucho la lejana extravagancia de los productos.
La multitud admiraba una remesa de loros, de los que los gastrónomos, según la
receta de Apicio, sólo comían el cerebro y la lengua.
En un rincón del mercado, calzado con piedras, se hallaba tumbado uno de esos
grandes toneles que los barcos traían hasta Roma, mientras que en Ostia se
acumulaban montañas de ánforas rotas, tratadas como embalajes perdidos. La
tapadera del tonel, que servia de puerta, había sido hecha a un lado, de manera que el
ocupante, sin abandonar su casa, pudiera tomar el fresco. Entre los necesitados
filósofos de todas las tendencias que pululaban por la Ciudad para difundir sus ideas
y llenarse el estómago, el cínico Grato Lupo —apodado «Leo» por su melena—
disfrutaba de cierta reputación. Como muchos otros de la misma escuela, eliminando
rigurosamente todo lo superfluo había roto su tazón el día en que viera a un niño
beber en el hueco de las manos. Pero aunque bebía sin modales, había instalado sus
penates en un lujoso mercado, donde podía cobrar sus consultas en especias.
Por primera vez, Kaeso se sintió impresionado por la inconmensurable distancia
entre lo necesario para Leo y lo superfluo de estoicos oportunistas como Silano o
Séneca. Si se podía vivir feliz en un tonel, ¿por qué trajinar y afanarse para tener el
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mundo a los pies? Y si el éxito material era indiferente, ¿qué otro éxito merecía,
entonces, consideración?
Por primera vez también, a Kaeso le invadió el vértigo del suicidio, que tienta tan
fácilmente a los jóvenes que largos años de pruebas no han vinculado a la vida. Se
inclinó hacia el solitario y le preguntó:
—En su opinión, ¿qué hay que pensar del suicidio?
Y Leo contestó sencillamente:
—¡Uno se suicida todas las mañanas!
La respuesta daba que pensar. Kaeso fue a comprar un loro, que le ofreció al
filósofo con estas palabras:
—Ya veo que no tienes ninguna necesidad de una lengua o un cerebro de loro.
Pero enséñale a hablar: siempre tendrás a un oyente de tu opinión.
Kaeso volvió a las letrinas, a las que Pablo y Lucas ya habían llegado. Los
reconoció en seguida, modestamente vestidos, flanqueando a un rico «caballero» que
los escuchaba distraído.
Los metafísicos pueden ser del tipo gordo o del tipo delgado. Los delgados
buscan a los gordos para ponderarse, y los gordos a los delgados para exasperarse un
poco. La asociación de Pablo y Lucas era así. Pablo, seco y nervioso, ligeramente
encorvado, tenía un rostro semita como la hoja de un cuchillo enmangada en un largo
cuello, y los ojos de insomne orlados de rojo parecían mirar dentro de sí, cuando no
traspasaban a los demás con su extraña acuidad. Lucas, sirio de Antioquía de origen
griego, era regordete e irradiaba una paz profunda e ingenua. Cuando el «caballero»
se hubo retirado, Kaeso se recogió la túnica y se sentó entre los dos viajeros. Para
aquella hora, las conversaciones de los demás ocupantes no eran ni ruidosas ni
apasionadas, y Kaeso, después de haberse asegurado cortésmente en griego de que no
se equivocaba, fue al grano de inmediato.
—Me llamo Kaeso. Mi padre es Aponio Saturnino, senador y Hermano Arval.
Lucas preguntó:
—Antes de ir más lejos, dinos lo que es un Hermano Arval. Estamos de paso y
Roma nos resulta todavía extranjera.
—Es un miembro de uno de los más aristocráticos colegios sacerdotales, cura
función consiste en ofrecer sacrificios a la diosa Día y levar unos anales que atañen a
César.
—Nosotros también ofrecemos sacrificios —dijo Pablo—. Pero no se dirigen a
una estatua.
—En resumen —continuó Kaeso—. D. Junio Silano Torcuato, descendiente
directo de Augusto y bisnieto de Agripa, me adoptará pronto, el día de las Calendas
de mayo, para que más tarde me haga cargo de su culto familiar. Por mi parte, estoy
en busca de la verdad, después de haber acabado mis estudios superiores en la efebía
ateniense, de la que sin duda habréis oído hablar.
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Efectivamente, Pablo y Lucas habían oído hablar de la institución como de una
guarida de bulliciosos pederastas e inútiles cantos dorados. No obstante, la alusión a
Silano hacía de Kaeso un enviado del Cielo. Por fin parecía presentarse una ocasión
de que el Evangelio penetrara en la más alta aristocracia, y no por el dudoso cauce de
un esclavo cualquiera, sino por medio del hijo adoptivo de un eminente miembro de
la familia imperial.
—Si estás buscando la verdad —dijo Pablo con la mayor sencillez del mundo—
no podrías haber acudido a mejor sitio: yo la poseo en la medida en que la necesito.
—¿Y tu compañero también?
—También mi amigo Lucas.
—Si los dos la poseéis, quizá con algunas diferencias de instrucción entre ambos,
es que vuestra verdad no depende del estudio, como la de los filósofos, o incluso la
de los judíos, que están impregnados de interminables Escrituras.
—Has observado bien. Nuestra verdad se dirige tanto a los sabios como a los
ignorantes, ya que no es nuestra, sino de Dios Todopoderoso.
—Entre los hombres que se ocupan de filosofía, de religión o de ciencia,
generalmente se considera presuntuoso sostener que se posee toda la verdad. ¿Qué es
lo que os permite afirmar que la verdad de un dios todopoderoso está en vosotros?
—Que Jesús, nuestro Maestro, dijo: «Yo soy la Verdad y la Vida», y nos demostró
que sabía de qué hablaba.
—Antes de ponerme en contacto con vosotros, he leído bastante atentamente el
Génesis, el Éxodo, el Levítico, los Números y el Deuteronomio, pasando más
rápidamente sobre el resto, que me pareció un poco indigesto. Y me di cuenta de que
si los judíos pretenden poseer la verdad como tú mismo pretendes, es porque su
Moisés oyó voces en el Sinaí. Reconocerás que tales accidentes no pueden provocar
una completa convicción en un hombre razonable. ¿Cómo podría un dios creador y
trascendente rebajarse a semejantes fantasías?
—Reconozco de muy buena gana que las revelaciones de Yahvé al pueblo judío
no son como para provocar una completa convicción en un no judío. Pero esas
revelaciones racionalmente discutibles no eran más que los pródromos de una última
Revelación indiscutible, dirigida tanto a los judíos como a todos los demás hombres.
—En esta materia, ¿cuál es para ti la diferencia entre lo discutible y lo
indiscutible?
—Dios no se limitó a hablar, se encarnó en la persona de nuestro Jesús, Dios y
Hombre verdadero.
—En materia de comunicación entre la trascendencia y este bajo mundo, es,
incontestablemente, una gran novedad. Así pues, habéis podido ver a vuestro dios a
placer, oír sus discursos y tocarle. Comía como nosotros, iba a las letrinas y se
acostaba con muchachas.
—Jesús asistió a numerosos banquetes, las letrinas no le eran ajenas y tenía una
gran influencia sobre las mujeres piadosas. Pero para dedicar más tiempo a su misión,
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dejó a las muchachas de lado. (Como yo, por otra parte…).
—¿Un dios encarnado y virgen?
—Exactamente.
—¿Dónde están las pruebas de que vuestro Jesús era dios? ¿Estaba claramente
anunciado en las Escrituras judías?
—Interpretando de forma correcta algunos pasajes de la Biblia, puede leerse el
anuncio de un Mesías paciente y sacrificado, que fue Jesús. Pero debo reconocer
honradamente que el anuncio de un Dios encarnado no se lee con todas las letras.
—Ese silencio de las Escrituras sobre un punto capital, ¿no os ocasiona ninguna
dificultad?
—¡Al contrario! Tras el pecado original y la caída, y habiéndose arrojado la
humanidad en una espantosa oscuridad, la primera preocupación de Yahvé fue
mantener en la tierra la idea de su providencial trascendencia, que una bandada de
idólatras había olvidado. Y los judíos fueron elegidos, puestos aparte de todas las
naciones, marcados por el sello divino, para salvaguardar la pavesa, que debería
haberse convertido en llama y hoguera para iluminar todo el universo. Pero los judíos
se acurrucaron en torno a la sublime chispa, siendo los únicos en disfrutarla. En su
orgullo satisfecho, no quisieron entender que sólo eran un jalón provisional en el plan
divino para reconquistar las almas. Olvidaban la primera cualidad de Dios, su amor
infinito por todas las criaturas. A fuerza de trascendencia, un Dios inhumano —o más
bien a-humano, ya que hablamos en griego— se veía empujado, como en un ghetto,
más allá incluso de las dimensiones infinitas del espacio y del tiempo. Mientras que
Dios, que hizo al hombre a su imagen, debe ser para nosotros el más lejano de los
seres, pero también el más próximo. El hombre, en el fondo, no necesita para nada la
trascendencia si el amor no está por medio. Así pues, Dios resolvió encarnarse para
recordarnos que el Maestro también era un padre y un hermano, un servidor y un
esclavo. La profunda humildad de Jesús esta en razón directa con su prodigiosa
divinidad.
»Cuando me preguntas por qué las Escrituras no anuncian claramente la
Encarnación, te contesto que, en nuestra Biblia inspirada, hay una parte de Dios, pero
también hay otra de los envarados judíos[118]. La encarnación, triunfo de Dios sobre
el orgullo de Satán, matrimonio de Dios con sus criaturas, sigue siendo un escándalo
incomprensible, una terrible blasfemia para la mayoría de los judíos. Así, cuando
Jesús, judío entre los judíos, se presenta como Dios encarnado, sólo dos explicaciones
se ofrecen a nuestro buen juicio: o bien es Dios, o bien está completamente loco. Pero
nadie puede sostener que nuestro Mesías haya pescado por casualidad una divinidad a
la vuelta de un texto bíblico. Si un Jesús aventurero hubiera querido hacerse ver por
los judíos, la Encarnación es lo último que habría inventado. Jesús, educado en el
medio judío más tradicional, va en este punto esencial a contracorriente. Así
entenderás por qué la mayor objeción de lo judíos es para los cristianos la más
favorable de las presunciones. Pues, para los judíos, crucificar a un falso Mesías era
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una política muy secundaria. En primer lugar, en su ceguera pretenden haber
sacrificado a un falso dios, y precisamente porque el Dios Jesús no había sido
anunciado en las Escrituras —y es la mejor prueba de su divinidad— murió de su
Encarnación.
La sutileza del argumento era notable.
Las letrinas se habían llenado y algunos aspirantes se impacientaban. Pablo y
Lucas, que hasta ese momento se habían reservado, se vieron obligados a aliviarse.
Los pedos de Pablo eran secos; los de Lucas más bien dulzones. Kaeso se dijo que tal
vez una minuciosa Providencia había querido que su primera clase sobre la
Encarnación se desarrollara en las letrinas públicas, para destacar mejor el escándalo
de la humanidad de un dios que había descendido de las nubes hasta una insondable
mierda para darles en las narices a los estirados judíos.
Tras un momento de reflexión, Kaeso observó:
—He solicitado pruebas, y no hemos pasado de las presunciones favorables.
Como Pablo dudase en proseguir, dijo entonces Lucas:
—Jesús no predicaba según el lenguaje de los profetas, sino como un hombre con
plena autoridad sobre sí mismo. Muchas veces redimió pecados, cosa que sólo puede
permitirse Dios.
—Lo que significa que un Jesús iluminado se creía dios. Me haría falta algo más
para aspirar a vuestro bautismo.
Pablo dudaba todavía. ¿Cuántas ovejas no había perdido al hablar
prematuramente de Resurrección? Era lo más duro de aceptar, y no había una fórmula
irresistible. Como último recurso, había redactado fichas de argumentos, en relación
con los diferentes medios y personalidades, pero se había dado cuenta, con la
experiencia, de que cada caso era una excepción. Razón de más para dudar: si la
mentalidad de los judíos y los griegos le era más que conocida, la de la nobleza
romana le seguía pareciendo misteriosa en muchos aspectos.
Se levantaron. El trío volvió a encontrarse en el bullicioso y soleado Foro, y
Pablo continuó por fin:
—Sólo hay una prueba de la divinidad de Jesús, nuestro Cristo ungido y sagrado,
y lo menos que se puede decir es que cargó las tintas en ella. En todo caso, yo no soy
sospechoso de haber inventado el hecho, pues si hubiera querido facilitar mi misión
sin preocuparme por la verdad, habría ideado algo más verosímil. Cuando expuse
dicha prueba, los filósofos de Atenas se partieron de risa, lo mismo que Galión, el
hermano de Séneca, y que el gobernador Festo, mientras que el rey Agripa y Berenice
se divertían como locos…
—¿Defendiste tu causa ante la famosa Berenice?
—No esto y muy orgulloso de ello.
—¿Es tan hermosa como dicen?
—¡La belleza del diablo!
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—Si tú no inventaste esa prueba, ¿no será que has creído ingenuamente a los que
la inventaron?
—¡Te ruego creas que si tuviera la menor duda sobre ese tema llevaría una vida
más tranquila! En una palabra, Jesús, crucificado para expiar nuestros pecados —
¡pues Dios nos amó hasta el punto de morir por nosotros!— salió de la tumba al
tercer día para aparecerse muchas veces a cientos de hermanos. Tuve el privilegio de
hablar con muchos de los que lo vieron: y sobre todo con Simón Pedro, con Santiago,
hijo de Zebedeo, con Juan, hermano de Santiago, con Matías, Andrés, Felipe y Tomás
el incrédulo, que se empeñó en tocarle. Pues nadie esperaba esa fantástica
resurrección y nadie quería darle crédito. Pero no era un fantasma: los fantasmas no
se pueden tocar y no comen pescado. De esa forma, Jesús permaneció cuarenta días
con los suyos, concluyendo su enseñanza, y después subió a los Cielos.
—¿Tú no viste al Cristo resucitado?
—Mientras perseguía a los cristianos, se me apareció cerca de Damasco, pero
como fue después de su ascensión a los Cielos, fui el único en ver su deslumbrante
luz y en oír Sus palabras. Puedes no creer esto: no te lo reprocharé. Pero hay que
creer lo que una multitud de quinientas personas vio, oyó y tocó durante cuarenta
días.
—¿Por qué perseguías a los cristianos?
—Porque soy un fariseo de la tribu de Benjamín y, para un judío piadoso e
insensible a la gracia, la Encarnación de Dios en la Persona de su Hijo es un
sacrilegio y un absurdo insoportable.
—El hecho de que un judío piadoso como tú tuviera necesidad de una aparición
personal para cambiar de opinión, ¿no proporciona una excelente excusa a los
incrédulos?
—Encontrarles excusa es cosa de Dios y no mía. Ruego cada día al Espíritu Santo
para que los ilumine.
—En muchas religiones orientales abundan los hacedores de milagros que
seducen a las poblaciones. Tu Jesús, ¿no habrá sido también un poco taumaturgo?
—Esa no es una prueba de divinidad. Yo mismo curé a un hombre con las piernas
tullidas en Listros de Licaonia, y sin duda puede ocurrir que algunos poseídos por el
Demonio expulsen demonios más débiles, para engañar mejor a los ingenuos. Es
cierto que Jesús curó a mucha gente, pero entre otras cosas también resucitó a su
amigo Lázaro, que ya empezaba a oler. El talento del engañoso Demonio, que es la
muerte personificada, no llega tan lejos.
Lucas añadió:
—Pedro, en Jopea, también resucitó a Dorcas, aquella santa mujer tan muerta que
habían lavado su cuerpo para la tumba. Y tú mismo, Pablo, ¿no resucitaste en Troas
al joven Eútico, que se había caído de un tercer piso al pavimento mientras tú
hablabas?
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Pablo, molesto por estos recuerdos, que no parecían creíbles, lanzó una mirada de
reproche a Lucas, agitó manos para minimizar el hecho y dijo con fingida
negligencia:
—Fui yo quien reventó al pobre muchacho con mis cursos: lo menos que podía
hacer era despertarlo. Además ¿estaba realmente muerto?
Eran muchas resurrecciones: empezaban a resultar cómicas.
Haciendo un esfuerzo para mantenerse serio, Kaeso no pudo dejar de decir:
—Puesto que conocéis el truco para resucitar a la gente, me sorprende que no lo
uséis más a menudo. ¿Es por incapacidad o por falta de caridad?
Pablo dirigió otra mirada a Lucas, más sombría que la primera, que
evidentemente significaba: «¡Ya ves a dónde nos han conducido tus torpezas!».
El paseo a través de los Foros los había llevado hasta el Foro de los Bueyes, al pie
del templo del Pudor Patricio.
Temiendo haber herido a Pablo con su intempestiva manifestación de
incredulidad, Kaeso desvió la conversación.
—Fue la familia de mi padre adoptivo la que fundó este pequeño templo, y mi ex-
madrastra, la actual mujer de Silano, posó para la estatua del santuario. Es un Pudor
Patricio muy logrado.
El ciego, con su letrerito, seguía estando allí, cada día más lamentable.
Pablo, que se estaba enfadando, dijo de repente a Kaeso:
—Nosotros no sólo hacemos milagros por caridad, sino también para manifestar
que Dios acaba de visitar la tierra.
Desanudó el pañuelo de seda azul que Kaeso llevaba al cuello y, después de haber
alzado los ojos al cielo, limpió los ojos purulentos del ciego, que pronto se puso a
brincar y a gritar como un poseído:
—¡Veo! ¡Veo! ¡La buena diosa del Pudor Patricio me ha curado! —Y como el
guardián del templo y su mujer habían entreabierto la puerta a fin de hacer la
limpieza, el hombre, fuera de sí, se precipitó dando traspiés dentro del edificio para
arrojarse a los pies de la estatua de Marcia, mientras se agrupaban los curiosos.
Irritado, Pablo intentó restablecer la situación, pero sus palabras impías
levantaron tales murmullos que Lucas y Kaeso tuvieron que arrancarlo de allí, pues la
plebe amenazaba jugarle una mala pasada.
Se refugiaron en una thermopolia, donde una multitud de bebidas y golosinas
permitía tonificarse. Pero Pablo estaba demasiado abatido para encontrar el menor
placer en los alimentos terrestres.
—Ya en Listros —dijo—, cuando curé a aquel lisiado en compañía de Bernabé, la
gente atribuyó a Zeus el prodigio, los judíos se mezclaron inmediatamente en el
asunto, y lo único que conseguí fue que me lapidaran y me dieran por muerto.
Kaeso sugirió:
—Has curado con mi pañuelo a un ciego que se había instalado de forma
permanente delante del templo del Pudor Patricio. A primera vista, no hay razón para
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no atribuir ese milagro a la buena diosa o incluso a mi pañuelo. Tienes que tener en
cuenta estas cosas…
Pablo le lanzó a Kaeso una mirada tan agraviada y furiosa que Lucas se apresuró
a ponerle la mano en el antebrazo para calmarlo. Al precio de un gran esfuerzo, Pablo
logró contenerse. Habría estropeado una preciosa conversación por culpa de unos
nervios fuera de lugar, y después de todo era la madre del joven, tal vez una romana
piadosa y púdica, la que había posado para la estatua. Era bastante natural que el
hijastro expresara algunas reservas.
En realidad, Kaeso se hallaba más estupefacto que vacilante. El trato con los
misioneros no era en exceso fácil. Había en ellos una mezcla de razonamientos
impecables, declaraciones insensatas y misteriosa taumaturgia que resultaba muy
incómoda. Pero si quería conseguir el bautismo en el plazo más breve, era necesario
adoptar una táctica lenificante y acumular las convicciones al galope, discutiendo
paso a paso la forma, a fin de no despertar ninguna desconfianza. Mientras
mordisqueaba pasteles y bebía vino dulce a sorbitos, se propuso calmar a Pablo y
hacer progresar su asunto…
—Tu demostración terapéutica, pensándolo bien, me inspira confianza. La diosa
del Pudor Patricio no había curado a nadie hasta ahora, mi pañuelo tampoco, y si tú
expulsases demonios menos fuertes que tú, al demonio se le vería el plumero, lo que
está lejos de ser el caso.
—¡Gracias por reconocerlo!
—Así pues, tomo nota de que el dios de la biblia, mucho tiempo solitario a
nuestros ojos, se encarnó súbitamente en la persona de su hijo, que fue crucificado
para redimir nuestros pecados…
—¡Y el pecado original!
—Iba a decirlo: quien puede con lo más difícil, puede con lo más accesible. Y
Jesús, resucitado al tercer día, subió a los cielos cuarenta días más tarde, después de
haberse mostrado en carne y hueso a numerosos discípulos. Durante ese tiempo se le
podía tocar, comía pescado, pero no se le veía a todas horas.
—No. Además, todos los testigos me contaron que algo había cambiado en él, y a
veces no se le reconocía de buenas a primeras.
—¡Vaya, vaya!
—Pero se le reconocía rápidamente en el trato familiar.
—Ciertamente, es la forma más segura de reconocer a alguien. Un impostor
puede disfrazarse, pero el trato familiar se le va de las manos.
—No eres tú quien lo dice: ¡El Espíritu Santo te lo ha inspirado!
Kaeso se pavoneó y siguió adelante.
—¿Por qué, durante esos cuarenta días, no se le veía todo el tiempo?
—Era un cuerpo glorioso, que atravesaba las paredes, liberado del espacio y del
tiempo…
—¿Entonces cómo se le podía tocar? ¿Y cómo podía comer?
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—Te ruego que consideres que, si hubiéramos forjado esta historia pieza a pieza,
habríamos suprimido esa contradicción en uno u otro sentido. Pero no somos más que
escrupulosos testigos.
—Y cuando él comía pescado y después atravesaba una pared, ¿también el
pescado se hacía cuerpo glorioso para seguir el movimiento?
—¡Pregúntaselo al pescado!
—Después de su ascensión a los cielos, ¿conservó Jesús ese cuerpo glorioso, que
ya no le servia para gran cosa?
—Si, pues ese cuerpo resucitado prefigura la resurrección en el Ultimo Día de
todos los cuerpos humanos, para lo mejor o para lo peor. Entre los judíos, los
saduceos no creen en esta resurrección, pero los fariseos sí.
—¿Habrá entonces un juicio el Ultimo Día?
—El Paraíso, donde se podrá ver a Dios; el Infierno, donde cada cual no verá más
que su ombligo asándose.
Lucas intervino:
—Jesús dijo a uno de los ladrones crucificados con Él: «Desde hoy estarás
conmigo en el Paraíso». Hay, pues, un juicio particular antes del juicio general.
Pablo hizo una ligera mueca y confesó que allí también había una contradicción
difícilmente soluble.
Siempre deseoso de quedar bien, Kaeso acudió en su ayuda:
—La solución me parece muy sencilla, y debe derivarse del hecho de que vuestro
Cristo es a la vez dios y hombre verdadero. Cuando habla como dios, ajeno al tiempo
y al espacio, todos los acontecimientos de la historia están juntos en su pensamiento
como en un presente perpetuo. Entonces hay tendencia a aunarlo todo en un
acontecimiento único y sin fecha. Y cuando habla como hombre, sensible al tiempo
que transcurre y al espacio que lo rodea, hace alusión, naturalmente, al hoy o al
mañana.
Lucas y Pablo se miraron con satisfecho asombro y cumplimentaron al joven por
su ingenio.
—Oh —dijo Kaeso modestamente—, no es más que el resultado de mis estudios
filosóficos en la efebía. Si queréis tener una doctrina sólida y realmente acababa, hay
que hacer que algunos filósofos griegos la revisen en detalle. Son pederastas, pero
razonan certeramente.
Considerando los labios apretados de sus interlocutores, Kaeso se dio cuenta de
que había incurrido en un grave desliz y se prometió ser más prudente. Cambió de
tema:
—Habladme un poco del origen humano de ese dios encarnado. ¿Quiénes fueron
su padre y su madre?
Lucas tomó la palabra:
—Una muchacha llamada María estaba prometida a un carpintero de la
descendencia de David, en Nazaret, Galilea. El ángel Gabriel se le apareció para
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decirle que concebiría un hijo por obra y gracia del Espíritu Santo. Y pronto otro
ángel fue enviado a José para ponerlo al corriente, recomendarle que se casara con
María y que hiciera de padre putativo de Jesús. El Salvador nació en Belén, en un
establo, pues los albergues estaban llenos a causa de un censo.
—¿Tuvo otros hijos María?
—Siguió siendo virgen.
—Apenas me sorprende: ¡cuando se da a luz a un dios semejante, parece
aconsejable cierto comedimiento!
Pablo y Lucas se relajaron. Era raro que esos delicados puntos fuesen aceptados
con tanta cortesía, y la expresión «parece aconsejable cierto comedimiento» era un
afortunado hallazgo.
—¿Y José? —se inquietó Kaeso—. Como ciudadano importante del pueblo,
supongo que tomó una concubina para consolarse.
—No, no —dijo precipitadamente Lucas.
—¿También siguió siendo virgen, el pobre?
—Es un hecho. Como el ejemplo de los monasterios esenianos nos indica, en la
época de José la continencia se estaba convirtiendo en virtud entre muchos judíos
piadosos.
—En resumen, ¿un padre virgen y una madre virgen tuvieron un hijo que también
fue virgen, concebido por un espíritu virgen?
—Resumes de maravilla.
¡Era cada vez más exagerado! Algo para contarle a Sila no sólo en último
extremo y con una buena dosis de tranquilizadora mitología.
—No obstante, ¿tienen los discípulos de Jesús derecho a acostarse con mujeres?
Fue Pablo quien contestó:
—En efecto, la mayoría de los apóstoles estaban casa dos, pero muchos de ellos
tuvieron que separarse de sus esposas durante largos períodos por exigencias de su
misión. Yo mismo he juzgado más práctico no tomar mujer.
—¿Y no tienes derecho, al paso, a alguna muchacha bonita?
—No. Jesús nos reveló que, en adelante, los cristianos sólo tendrían derecho a
unirse a una mujer en legítimo matrimonio, y que ese matrimonio sería indisoluble.
En caso de desavenencia, está prohibido casarse mientras el cónyuge siga viviendo.
¡Más increíble todavía!
—¿Sabes —dijo Kaeso poniendo la mano en el delgado hombro del misionero—
que casi acabas de convencerme de la divinidad de tu Cristo?
—¿Y por qué?
—Resucitar, por lo que veo, se ha convertido en algo bastante corriente entre
vosotros, tarde o temprano individualmente o en masa; ¡pero para inventar el
matrimonio indisoluble en un mundo en el que el propio matrimonio está
desapareciendo hace falta el descaro de un dios! ¿De dónde pudo sacar Jesús
semejante idea?
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—Pedro me dijo, es cierto, que los apóstoles se sintieron sofocados por la
prescripción, al punto de que se la hicieron repetir varias veces. Y le replicaron a
Jesús que más valía no casarse que casarse en tan tristes condiciones.
—Comparto su sorpresa. ¡Y empiezo a entender por qué sigues soltero!
Pablo se contentó con sonreír.
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II
Tras la sorprendente toma de contacto, Kaeso se distrajo caminando al azar,
repasando una y otra vez lo que acababa de ver y oír; sus pasos lo llevaron al Campo
de Marte, poco concurrido a aquella hora todavía matinal. Terminó por entrar en los
jardines de Agripa, que lindaban con las termas del mismo nombre, se sentó al borde
del hermoso estanque, que una ligera brisa rizaba, y abrió el Evangelio de Marcos; el
relato empezaba entonces a divulgarse, y Pablo le había prestado a Kaeso el texto,
bastante corto, escrito en un solo volumen sin ombilic, recomendándole que tuviera
con él el mayor de los cuidados. «He viajado con Marcos, a quien conozco bien», le
había dicho Pablo a su futuro converso. «Marcos es, con mi amigo Silvano, el
intérprete acreditado de Pedro, a quien Jesús dio preeminencia sobre todos nosotros.
(¡El griego de Pedro no es muy bueno, y su latín es todavía peor!). En este opúsculo
encontrarás un resumen un poco desordenado, pero auténtico de principio a fin, del
paso demasiado breve del Cristo entre nosotros, inspirado directamente tanto en los
recuerdos de Pedro como en el texto arameo de otro apóstol llamado Matías»[119].
La lectura dejó a Kaeso desconcertado: la historia, redactada en un griego
bastante grosero, no tenía relación ni con la literatura mitológica griega o romana, ni
con las lucubraciones de los sacerdotes de esas religiones orientales que habían
invadido Roma; menos aún la tenía con los habituales tratados de filosofía. Unos
testigos se limitaban a contar sin ornamentos lo que habían visto o creído ver, y su
memoria debía de ser buena, pues Jesús tenía una presencia, un