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2017 Estudio Preliminar Ballvé

Este documento resume la carrera y obra del penitenciarista argentino Antonio Ballvé. Ballvé se dedicó a aplicar los principios positivistas de Enrico Ferri en la Penitenciaría Nacional de Buenos Aires, transformándola en una institución modelo. Creó el primer censo penitenciario nacional y el Instituto de Criminología para estudiar a los delincuentes desde un enfoque científico. Sus escritos La Penitenciaría Nacional de Buenos Aires y Regímenes Penitenciarios plasmaron sus ideas para reformar el sistema carcelario

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2017 Estudio Preliminar Ballvé

Este documento resume la carrera y obra del penitenciarista argentino Antonio Ballvé. Ballvé se dedicó a aplicar los principios positivistas de Enrico Ferri en la Penitenciaría Nacional de Buenos Aires, transformándola en una institución modelo. Creó el primer censo penitenciario nacional y el Instituto de Criminología para estudiar a los delincuentes desde un enfoque científico. Sus escritos La Penitenciaría Nacional de Buenos Aires y Regímenes Penitenciarios plasmaron sus ideas para reformar el sistema carcelario

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Sobre la reedición de las obras de Antonio Ballvé: La Penitenciaría Nacional de

Buenos Aires (1907) y Regímenes Penitenciarios (1908)

Luis González Alvo


INIHLEP-CONICET

Y Antonio Ballvé pudo realizar


aquella maravillosa transformación
porque no hizo más que aplicar los
principios, el método y las
conclusiones de la escuela
antropológica criminal
Enrico Ferri, 19101

Cuando Enrico Ferri pisó suelo argentino por primera vez en 1908 ya era
considerado –según el propio Lombroso– como el “gran apóstol” del positivismo
criminológico y la voz más autorizada en la materia.2 Sus visitas a la Argentina traspasaron
los límites de la comunidad científica y cobraron relevancia en los principales medios de
comunicación del país.3 Su carácter de eminencia científica no le impidió trabar amistad
con muchos argentinos, entre ellos, Antonio Ballvé, director de la Penitenciaría Nacional
desde el 22 de octubre 1904.4
De regreso en Italia, en 1909, Ferri sufrió dos grandes golpes: el 19 de octubre
falleció su maestro, Cesare Lombroso, y el 13 de noviembre su amigo, Antonio Ballvé.
Profundamente conmovido, Ferri escribió un obituario que fue publicado en italiano en la
revista Scuola Positiva y en español en La Nación y la Revista de Policía. En su escrito,
1
FERRI, E. (1910), “Antonio Ballvé y la Penitenciaría de Buenos Aires”, La Nación, 26 de enero de 1910.
Reproducido en la Revista de Policía, año XIII, n.305, Buenos Aires, 1 de febrero de 1910, pp. 137-140.
2
GÓMEZ, E. (1939), “Homenaje a Enrique Ferri. Discursos pronunciados en la Facultad de Derecho y
Ciencias Sociales, el día 26 de octubre de 1939”, citado en LEVAGGI, A. (2014), Op. Cit.
3
Cf. LEVAGGI, A. (2014), Op. Cit.
4
Manuel Quintana asumió la presidencia de la Nación el 12 de octubre de 1904 y colocó en el cargo de
ministro de justicia a Joaquín V. González. Diez días después, el 22 de octubre, designó a Ballvé como
director de la Penitenciaría Nacional. GARCIA BASALO, J. C. (1957), “Ballvé, penitenciarista”, Revista
Penal y Penitenciaria, [Link], Buenos Aires.
Ferri manifestó cómo su familia había notado rápidamente su “insólita tristeza, semejante,
pero menos profunda, a la que hace pocas semanas [lo embargó] cuando murió Cesare
Lombroso”. Y luego agregaba que “ya cerrada la noche, mientras la ciudad eterna duerme
en silencio, no puedo dejar de escribir […] aquello que el corazón y el cerebro me dictan en
memoria y en honor de Antonio Ballvé”.5
El relato de Ferri mostraba a un hombre preocupado por dirigir “su cárcel” hasta
que su cuerpo no se lo permitiera: “ya herido por terrible enfermedad, que soportó con
socrática y heroica serenidad de espíritu, se hacía llevar por los corredores, las oficinas, los
senderos y la nueva enfermería de la cárcel con un ligero cochecito expresamente
construido para él”. La imagen de sus últimos días era compatible con la de toda su carrera,
la de un hombre compenetrado con las instituciones de las que formaba parte, deseoso de
contribuir a su transformación hacia el modelo científico encarnado por las ideas del
positivismo criminológico.
La carrera de Ballvé –como se ha visto en el estudio biográfico que antecede a este
texto– comenzó en 1885 cuando ingresó a la Policía de la Capital Federal en el puesto de
escribiente. Su interés por la escritura se manifestó rápidamente dado que, tres años
después, fue designado secretario de la comisión redactora de la Revista de la Policía de la
Capital Federal, que se editó a iniciativa del teniente coronel Arturo Capdevilla. La revista
tuvo una efímera existencia entre 1888-1890. En 1897, junto al comisario José Cesario,
editó el primer número de la Revista Policial e iniciaba su carrera de “policía escritor”.6 En
1898 publicó el Manual de Instrucción Policial para sargentos, cabos y vigilantes, en 1899
Juegos de azar y otros prohibidos y Texto de Instrucción Policial para empleados y en
1900 Falsificación de moneda. En suma, se convirtió en una figura insoslayable del mundo
policial de fines del siglo XIX y comienzos del XX.7

5
FERRI, E., Op. Cit.
6
Véase BRETAS, M. y GALEANO, D. (Coords. 2016), Op. Cit.
7
Sobre el papel de Ballvé en la Revista de Policía de la Capital y en la Revista de Policía, véase BARRY, V.,
(2016) “La Policía de la Capital y sus revistas. Buenos Aires, 1882-1890” y GARCÍA FERRARI, M. y
GALEANO, D., “En búsqueda del vigilante lector. Cuatro décadas de la Revista de Policía (Buenos Aires,
1897-1939)” en BRETAS, M. y GALEANO, D. (Coords. 2016), Op. Cit., pp. 29-56 y pp. 57-88,
respectivamente. Sus aportes a la conformación de la policía pueden verse en SEDEILLÁN, G. y BERARDI,
P. (2015), “El desafío de la policía bonaerense en la década de 1890: entre la expansión institucional y el
estancamiento de sus recursos”, en Prohistoria, v.23, Rosario; GALEANO, D. (2009), Escritores, detectives y
archivistas. La cultura policial en Buenos Aires, 1821-1910, Buenos Aires, Biblioteca Nacional-Editorial
Teseo, 2009. SALVATORE, R. (2010), Subalternos, derechos y justicia penal. Ensayos de historia social y
A partir de 1904, comenzó su faceta de “penitenciarista escritor” con la
publicación de sus dos primeros informes anuales como director de la Penitenciaría
Nacional en 1905 y 1906, a la vez que continuaba colaborando con la Revista de Policía.
Su vocación por la escritura se combinó con el interés por reformar las disposiciones
reglamentarias y la estadística.8 Fue el director del primer censo penitenciario nacional en
1906, un ambicioso relevamiento de información que incluyó “alrededor de 160 preguntas
de acuerdo a un instrumento de recolección de datos elaborado por una comisión de ilustres
(estaba integrada, entre otros, por Moyano Gacitúa, Diego Saavedra, Rodolfo Rivarola y
Francisco Latzina)”.9 Con la información recabada –aunque inferior a la esperada–, Ballvé
publicó en la Revista Archivos de Criminología un informe titulado “El primer censo
penitenciario de la República Argentina. Sus resultados generales”, que fue reeditado como
libro póstumo en 1910.
En su afán cientificista, Ballvé fue el responsable de la creación de la Oficina de
Psicología y Antropometría de la Penitenciaría Nacional cuya dirección fue asumida por
José Ingenieros en junio de 1907. Poco tiempo después la oficina fue rebautizada como
Instituto de Criminología cuyo fin sería el “estudio de los delincuentes en sus aspectos
orgánicos, psicológicos, desarrollo físico, intelectual y moral”.10 Allí se produjeron las
historias clínicas en las que, según Olaeta, se vuelca “todo este bagaje de información sobre
los infractores de la ley penal privados de libertad en la cárcel. De esta manera, se
establecen las bases a nivel nacional de la clínica criminológica con fines terapéuticos

cultural Argentina 1829-1940, México, Gedisa; CAIMARI, L. (2004), Apenas un delincuente. Crimen,
castigo y cultura en la Argentina, 1880-1955, Buenos Aires, Siglo XXI, entre otros trabajos.
8
Claudia Daniel señala que ya en su etapa frente a la Revista de Policía, de 1897 en adelante, Ballvé se
esforzó por recopilar información estadística policial. Véase DANIEL, C. (2011), “Medir la moral pública. La
cuantificación policial del delito en Buenos Aires, 1880-1910”, Estatística e Sociedade, Porto Alegre, n.1,
nov., pp.149-165.
9
OLAETA, H. (2015), “Surgimiento de las estadísticas criminales en Argentina. La influencia de los
discursos criminológicos en la producción y análisis de datos de la Ciudad de Buenos Aires (1885-1921)”,
Delito y Sociedad, v.24, n.40, Santa Fe, dic. Véase también OLAETA, H. (2012), “El surgimiento de la
estadística criminal en Argentina”, en Voces en el Fenix, n.15.
10
OLAETA, H., Op. Cit. En 1908, el reconocido jurista español Contanscio Bernaldo de Quirós, en la
reedición de su obra Las nuevas teorías de la criminalidad (primera edición de 1898), resalta la obra de
Ballvé en la Penitenciaría Nacional y sostiene que, entre los países hispanoamericanos, la Argentina sobresale
por su reforma penitenciaria y penal. Destaca el proyecto de Código Penal de 1906 y el Instituto de
Criminología establecido en 1907 y cita a La Penitenciaría Nacional de Buenos Aires de Ballvé.
Posteriormente, la obra de Bernaldo de Quirós fue traducida al inglés y publicada bajo el título Modern
Theories of Criminality (Boston, 1911). Sobre el Instituto de Criminología véase DOVIO, M. (2013), “El
Instituto de Criminología y la ‘mala vida’ entre 1907 y 1913”, Anuario de la Escuela de Historia Virtual, año
4, n.4, pp. 93-117.
penitenciarios”. El predominio de estas concepciones en el ámbito institucional formaron la
base de lo que Ricardo Salvatore denominó el “estado médico-legal” en la Argentina.11
Según Ferri, Ballvé “modificó el alma” de la Penitenciaría Nacional y la llevó a
ser “el instituto carcelario humanamente, socialmente y científicamente más perfecto” que
hubiera visto “en los diversos países de Europa”. Las principales ideas y argumentos con
que impulsó dichas transformaciones se encuentran plasmadas en sus dos célebres
discursos que hoy se reeditan: La Penitenciaria Nacional de Buenos Aires –Ateneo de
Montevideo, marzo de 1907– y Regímenes penitenciarios –inauguración del hospital de la
Penitenciaría, septiembre de 1908.
El primero de esos discursos fue pronunciado en Montevideo, durante el Tercer
Congreso Médico Latinoamericano al cual Ballvé fue invitado por el Comité Ejecutivo para
disertar sobre la Penitenciaría.12 Aceptar la invitación le resultó sumamente difícil ya que,
según él mismo argumentaba, carecía de título profesional para disertar “ante un núcleo de
hombres de ciencia”.13 Además, su estado de salud era delicado y, como se ha mencionado
en el estudio biográfico precedente, ya no podía caminar.
El discurso de Ballvé comenzó con una descripción del edificio de la Penitenciaría
–orgullo arquitectónico de su tiempo– y su sistema de vigilancia. Afirmaba taxativamente
que “todo el secreto de la seguridad de la cárcel” se hallaba en su imponente muralla
perimetral de siete metros de altura.14 La custodia exterior estaba formada por una guardia
militar de un centenar de hombres del ejército, mientras que la “policía interna” era
realizada por el personal civil de celadores y guardianes. Dado que la Penitenciaría aún
albergaba encausados –algo que Ballvé deseaba corregir–, estaba dividida en dos secciones.
La sección penal comprendía la mayor parte del edificio, cinco de los siete pabellones,

11
OLAETA, H., Op. Cit. Sobre el “estado médico-legal”, véase SALVATORE, R. (2010), Op. Cit.
12
Los Congresos Médicos Latinoamericanos y Exposiciones Internacionales de Higiene comenzaron a
realizarse en 1901. El primer encuentro se realizó en Santiago de Chile, el segundo en Buenos Aires (1904), el
tercero en Montevideo (1907), el cuarto en Rio de Janeiro (1909), el quinto en Lima (1914), el sexto en La
Habana (1922) y el séptimo en México (1930).
13
BALLVÉ, A. (1907), La Penitenciaria Nacional de Buenos Aires, Buenos Aires, p.10. En adelante PNBA.
14
PNBA, p.14. Evidentemente, Ballvé no consideraba la posibilidad de escapar por debajo del muro, algo que
sucedería posteriormente. La primera fuga grupal se produjo dos años después de la muerte de Ballvé, en
1911, cuando trece internos que trabajaban en el jardín escaparon por un túnel que, excavado durante meses,
atravesaba la muralla principal. En 1912, once internos intentaron huir por las cloacas con un resultado
trágico: la muerte de diez de ellos por asfixia. La más célebre de las fugas se produjo en agosto de 1923
cuando catorce internos se evadieron por un túnel de 24 metros de largo realizado en un baño del taller de
escobería. GONZÁLEZ ALVO, L. y NÚÑEZ, J. (2016), “La gran fuga de la Penitenciaría Nacional”, en Todo
es Historia, mayo 2016, pp.22-30.
mientras que los dos restantes eran ocupados por procesados.15 La cárcel contaba con 704
celdas, número que el autor consideraba apropiado para la cantidad de condenados por
delitos graves pero que resultaba insuficiente si se consideraban a los condenados por
delitos menores y procesados.
Para Ballvé, el estilo radial de la planta del edificio no tenía “las ventajas, tan
ingeniosas pero a la vez tan ingenuas, del panóptico de Bentham” sin embargo era, a su
juicio, el orden más conveniente dentro del sistema celular mixto.16 En el primer nivel de la
planta radial se ubicaba el Centro de Observación de los cinco cuerpos de la planta baja,
mientras que en el segundo nivel se encontraba la capilla.
Como complemento de su discurso, Ballvé fue proyectando alrededor de un
centenar de imágenes y planos en el auditorio. De esas imágenes, 78 fueron reproducidas en
el libro que se reedita en esta colección. Al final del libro se incluyen nueve anexos con el
fin de sostener su afirmaciones: el reglamento de penas y recompensas implementado por
Ballvé, el sistema de racionamiento diario, una relación de los muebles, útiles, uniformes y
ropas de cada penado, el horario general del establecimiento, una lista de casos de locura,
simulación, suicidios y tentativas de suicidios para el período 1900-1906, los jornales
pagados a los reclusos y las disposiciones reglamentarias sobre peculio, una nómina de los
talleres penitenciarios y el número de penados que trabaja en cada uno de ellos, el resumen
del producto de los talleres en el año de 1906 y el presupuesto mensual de la Penitenciaria
para el ejercicio del año 1907.
En la segunda parte de su disertación, Ballvé explicó el régimen interno
implementado en la Penitenciaría, a su entender, el más adecuado para los países
americanos “de origen latino”.17 Allí sentó su posición sobre la mejor forma de alcanzar “la
regeneración moral del delincuente” y sostuvo que –siguiendo el ideal moderno– todo
sistema de regeneración debía fundarse necesariamente en tres elementos: el régimen

15
Sobre la presunción de la inocencia de los procesados, Ballvé señala –sin desarrollar sus argumentos– que
se trata de una “arcaica paradoja”. PNBA, p.18.
16
PNBA, p.19. El régimen mixto consistía en el empleo del sistema de Auburn durante el día y el de Filadelfia
por las noches. Según Ballvé, “el reglamento primitivo de la Penitenciaría, influido por Auburn, y que no ha
sido oficialmente modificado contiene la prescripción anacrónica del silencio perpetuo, pero esta regla, que
considero absurda y anticientífica porque va contra las propias leyes de la naturaleza, no ha sido aplicada
jamás con aquel carácter según mis investigaciones”. PNBA, p.117
17
La meta de su conferencia era “contribuir modestamente al estudio del problema penitenciario en los países
de nuestra América, cuyas especiales condiciones de raza, de medio social, de clima y aún de economía, he
procurado tener presentes en todo momento”. PNBA, p.221.
disciplinario, la instrucción educativa y el trabajo.18 Sobre la disciplina, manifestó una
noción que, en ciertos ámbitos del mundo penitenciario, ha perdurado hasta hoy: “Quizás
parezca paradojal lo que voy a decir pero afirmo que es una verdad demostrada por la
experiencia: el presidiario tiene, por regla general, una noción clara y perfecta de la justicia
y de la equidad y distingue siempre con rara sutileza lo justo de lo injusto. Por eso la
disciplina de una cárcel no debe ser ni excesiva ni arbitraria”. Esa afirmación de Ballvé,
basada en su experiencia, aparentaba cierta oposición al determinismo positivista y afinidad
con la doctrina clásica del libre albedrío. A ello agregaba que la gran cantidad de internos –
que rondaba el millar– y la falta de personal subalterno idóneo hacían imposible la
individualización del tratamiento, de manera que “el consejo y la persuasión” acababan
siendo los principales medios para “dominar al preso”. Finalmente subrayaba que los
castigos corporales estaban abolidos y que, como represión para faltas graves, se empleaba
“el encierro en celdas de penitencia hasta 15 días y la limitación del alimento a pan y agua,
día por medio”.19
Un Tribunal de Conducta formado por empleados superiores clasificaba a los
reclusos según su comportamiento, en una escala de seis grados de la conducta de pésima a
ejemplar. Cada clasificación –que se actualizaba cada semestre– comportaba una serie de
privaciones o de ventajas. La alimentación, según el autor, era “abundante y sana, a base de
carne, como la de la población general del país”. El pan que consumían reclusos y
empleados era fabricado en el propio establecimiento por los mismos presos. Los días eran
divididos de la siguiente manera: nueve horas de trabajo, cuatro de higiene, alimentación e
intervalos de descanso, dos de instrucción escolar, una hora de tarea escolar en la celda, 8
horas de reposo. Ballvé consideraba un éxito el régimen mixto ya que los “casos de locura”
eran raros en el establecimiento, una tasa del 2,11 por mil en el período 1900-1906,
“término insignificante comparado con el que arrojan las estadísticas carcelarias
universales”. En cuanto a los suicidios, para ese mismo período, sólo se había registrado un
caso.20

18
PNBA, p.111.
19
PNBA, p.112-114.
20
La investigación había sido realizada por José Ingenieros como parte del proceso previo a la creación del
Instituto de Criminología de la Penitenciaría. PNBA, pp.121-122.
En la tercera parte de su discurso, Ballvé presentó lo que consideraba otro pilar del
“tratamiento penitenciario”: la educación, tarea que según su óptica, estaba a cargo tanto de
la escuela de la cárcel como del capellán. La escuela –que era obligatoria– operaba “sobre
la inteligencia del preso”, mientras que la religión lo hacía sobre “su sentimiento”.21 Si bien
la escuela funcionaba desde 1886, Ballvé considera que había sido refundada por su gestión
mediante la reforma de su plan educativo que databa de 1897.22 La reforma se originó en
1904, luego de que el presidente Quintana nombrara una comisión de revisión de los
exámenes de la escuela de la Penitenciaría integrada por Antonio Dellepiane como
presidente y los profesores Carlos H. Pizzurno, Alfredo P. Drocchi, Jorge A. Boero y
Antonio Sanguinetti. Luego se sumaron Ballvé y el director de la escuela de la
Penitenciaría. Entre las funciones de la comisión estaba contemplado, además de revisar los
exámenes, la presentación un informe sobre el régimen escolar de la cárcel que sirviera “de
base para la adopción de medidas tendientes al desenvolvimiento de la acción moralizadora
de la enseñanza en el establecimiento”.23
La comisión resolvió reformar el plan de estudios y establecer un nuevo sistema,
dividido en tres grados con las siguientes asignaturas: I. Lectura y Escritura, Idioma
Nacional, Moral, Historia; II. Aritmética, Geografía, Ciencias físicas y naturales; III.
Caligrafía, dibujo artístico e industrial, Jardinería y Horticultura, Escritura de máquina.
Mediante esta reforma, la escuela de la Penitenciaría –que contaba entonces con 15
maestros para los 400 alumnos– se apartó de la “práctica casi universal de referir la
instrucción carcelaria a los programas de las escuelas elementales comunes y organizó un
plan de enseñanza eminentemente experimental, en armonía con las exigencias
particularísimas que debía satisfacer”.24 Sobre la contribución de la religión a la instrucción
de los reclusos, Ballvé atribuía al capellán “una importancia trascendental, si su acción
humana y piadosa se desenvuelve con verdadero talento y con cristiana unción”.25

21
PNBA, p.125.
22
“Decreto fijando día para que rija el plan de estudios de la Escuela de Penados de la Penitenciaría
Nacional”, Registro Nacional de la República Argentina. Primer cuatrimestre de1905, Taller Tipográfico de
la Penitenciaría Nacional, Buenos Aires, 1905, pp.165-179. Finalmente, la comisión resolvió reformar el plan
de estudios que regía por decreto del 7 de agosto de 1897.
23
“Decreto nombrando una comisión para la recepción de los exámenes de la Escuela de Instrucción Primaria
de la Penitenciaría Nacional”, Registro Nacional de la República Argentina. Tercer cuatrimestre de 1904,
Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, Buenos Aires, 1905, p.1125-1126.
24
PNBA, p.129.
25
PNBA, p.133.
Asimismo, el autor resaltaba la importancia de la biblioteca de la cárcel que contaba con
más de 1.600 volúmenes.
Finalmente, la conferencia fue cerrada con un balance sobre el trabajo en la
Penitenciaría. Según Ballvé, se trataba del más importante y eficaz de todos los medios
“para alcanzar los fines regeneradores que persigue la penalidad y forma, con la disciplina
y la instrucción educativa, la trilogía básica de todo sistema de reforma”.26 Luego de
ponderar el sistema de trabajo en la Penitenciaría Nacional, realizó una dura crítica al
sistema seguido en el reformatorio de Elmira, Estados Unidos. Allí –según el autor– se
destruía el producto del trabajo de los penados para no hacer competencia a “la industria
libre”, lo cual era un grave error ya que “para que el trabajo de un hombre, libre o preso,
rinda los beneficios morales que le son inherentes, es necesario que su tarea está destinada a
ser útil”.27
Bajo su dirección funcionaron en la penitenciaría 25 talleres de artes y oficios.
Algunos de ellos cubrían las necesidades del establecimiento –como la panadería o la
zapatería– pero en la mayoría se elaboraban productos para diversas reparticiones
nacionales, provinciales o municipales. Los talleres más importantes eran los de artes
gráficas: imprenta, litografía, fotograbado y encuadernación, seguidos por los de zapatería,
carpintería, mecánica, herrería y fundición.28 Sólo durante el año 1906 se imprimieron 75

26
PNBA, p.159. Para Ballvé, la “reforma de los delincuentes” no era una utopía, sino “una realidad, un hecho
evidente, una verdad demostrada por la experiencia, y que, si bien es cierto que en el proceso de su
desenvolvimiento se sufren a menudo reveses y desengaños, también lo es que se obtienen muchos triunfos
halagadores, que estimulan y dan fuerzas para continuar sin desmayo una tarea que es obra de civilización y
de humanidad”. PNBA, p.222.
27
PNBA, pp.159-164. José Ingenieros, haciéndose eco de un artículo publicado por Eusebio Gómez en 1910
(“El Trabajo Carcelario en la Penitenciaría Nacional de Buenos Aires”, en Archivos de Psiquiatría y
Criminología, Buenos Aires, 1910), sostuvo que no podía concebirse “un establecimiento penitenciario en el
cual no se procure reformar al delincuente y darle hábitos de trabajo que preparen ó faciliten su readaptación
social. A ello tiende la organización del trabajo carcelario; desde este punto de vista la Penitenciaría Nacional
de Buenos Airea ha igualado á sus congéneres norteamericanas, gracias al progresista esfuerzo de Antonio
Ballvé”. INGENIEROS, J. (1913), Criminología, Madrid, Daniel Jorro Editor, p.255.
28
Los talleres de artes gráficas de la Penitenciaría fueron importantísimos por décadas. Gran parte de las
impresiones oficiales del Estado nacional provenían de allí, como así también sus recibos, planillas, etc.
Eduardo Tarrico, reconocido encuadernador de Buenos Aires, en un trabajo de comparación entre La
Penitenciaría Nacional de Buenos Aires y La encuadernación al alcance de todos de Felipe Parada (1947),
comenta que ambos impresos y encuadernados en la Penitenciaría “presentan guardas industriales y clásicas
de cada época. Las del libro de 1907 son de mucha más calidad y con una fuerte influencia francesa en su
diseño […] Ambas encuadernaciones son muy similares en su construcción a pesar de los 40 años que las
separan. Las mayores diferencias se notan en la calidad de los materiales utilizados, siendo por supuesto
mejores los más antiguos. Por último, los dos libros están impresos en tipografía Bodoni”. TARRICO, E.,
“Comparación entre ediciones”, disponible en: [Link]
títulos –entre ellos los dos que reedita esta colección– con un total de 67.750 ejemplares.
Sumados a la tirada del Boletín Oficial de la Nación y el Boletín Judicial y a “otras diversas
revistas periódicas, folletos, planillas”, la imprenta llegó a un tiraje de 3.400.000 ejemplares
en ese año.
El valor total de los productos elaborados en los talleres de la cárcel superó
largamente la materia prima empleada y el peculio de los presos. No había cárcel en el
mundo –concluyó con orgullo Ballvé– donde el trabajo alcanzase “la extensión y la
importancia que tiene en la Penitenciaría de Buenos Aires, ni que produzca al Estado
mayores utilidades materiales, pues siendo el presupuesto total anual de la cárcel de
$467.124, hemos visto que los talleres han producido en 1906 un beneficio líquido de
$332.677, lo que representa aproximadamente el 72% de aquella suma”.29

Anverso y reverso de la medalla del II Congreso Médico Latinoamericano.

El segundo escrito de Ballvé que en esta ocasión se reedita, lleva por título
Regímenes penitenciarios y se trata del discurso que dio con motivo de la inauguración del
hospital de la Penitenciaría el 20 de septiembre de 1908. Ante la presencia del ministro de
Justicia, Rómulo S. Naón, y otras autoridades nacionales, presentó “los nuevos horizontes
de la organización penitenciaria y los progresos indudables por ella alcanzados durante los
últimos tiempos”.30

29
PNBA, pp.169.
30
BALLVÉ, A. (1908), Regímenes penitenciarios. Discurso pronunciado con motivo de la inauguración del
hospital de la Penitenciaría Nacional el 20 de septiembre de 1908, Talleres gráficos de la Penitenciaría
En el comienzo de su presentación, Ballvé señaló que, para hablar del progreso en
materia penitenciaria no emplearía el habitual recurso de remontarse a la Antigüedad o al
Medioevo para resaltar las diferencias con los avances experimentados en el siglo XIX.
Aquel era un recurso muy habitual particularmente en las tesis doctorales en jurisprudencia.
Tampoco emplearía citas de autoridad ni recurriría “a ningún extranjero eminente, así fuera
el mismo Dostoievski”. El recurso que Ballvé decidió emplear en su discurso fue narrar un
recuerdo de su adolescencia, con el fin de mostrar, en primera persona, los cambios que
habían acaecido en pocas décadas.
Cuando él era adolescente –narró en su discurso– había en la Penitenciaría un
personaje cuya fama “había salvado los muros del presidio, no por el crimen que expiaba
[...] sino por la extraordinaria habilidad con la que había logrado formar, en el aislamiento
de su cautiverio, una cuadrilla de ratones sabios, cuadrilla que ejecutaba, bajo su inmediata
dirección, suertes y proezas [sic] maravillosas y nunca vistas”. El espectáculo era
orquestado por un hombre de apellido Pagano, un “homicida epiléptico”.31 Aquel hombre
disponía en la mesa de su celda un pequeño teatrito con decoraciones barrocas y ataviaba
con trajes a sus ratones amaestrados. A la señal de Pagano se descorría el telón e ingresaba
en escena un enorme ratón blanco avanzando sobre sus dos patas traseras y “pomposamente
ataviado”. Era seguido por los demás ratones los cuales hacían de “sacerdotes, asistentes y
monaguillos, calando mitras y vistiendo sobrepellices, capas pluviales y demás vistosos
ornamentos del culto cristiano”.
En el segundo acto Pagano cambiaba la vestimenta de sus ratones y comenzaba un
acto circense con “vueltas de trapecio, ejercicios ecuestres, saltos y piruetas”. 32 Atraídos

Nacional, Buenos Aires, p.7. En adelante RP. (1908) También fue publicado en la revista Archivos de
Psiquiatría y Criminología, Año VII, noviembre-diciembre. pp. 722-729.
31
Sobre el caso de Pagano, José Ingenieros sostuvo lo siguiente: “La observación clínica número 5, relativa al
célebre delincuente Pagano, la tomamos de un hermoso discurso de A. Ballvé, y tiene el mérito de pintarnos
el ambiente carcelario de la época; sólo diremos que muchas cárceles mediterráneas se encuentran hoy mismo
en la situación que por entonces caracterizaba á la de Buenos Aires. El único caso que hemos podido observar
en la Penitenciaría Nacional durante los últimos años es el correspondiente al envenenador Castruccio; su
permanencia en la Penitenciaría, estando alienado desde muchos años atrás, debíase á la perfecta adaptación
de su conducta al medio carcelario, habiendo llegado á tener durante mucho tiempo la clasificación de
ejemplar”. INGENIEROS, J. (1913), Op. Cit., pp.355-356. El relato de Ballvé es íntegramente reproducido en
las páginas 356 a 358. El caso de Pagano también es mencionado en INGENIEROS, J. (1920), La locura en
la Argentina, Buenos Aires, Cooperativa editorial limitada, p.178: “Los casos más célebres de psiquiatría
judicial han sido: la exclaustración de la monja Vicenta Álvarez, el uxoricida Eduardo Conesa, el parricida
José Vivado, el homicida A. Pagano entre otros”.
32
RP, pp.10-11.
por este espectáculo –cuya fama trascendió los altos muros perimetrales–, concurrían a la
cárcel algunos “curiosos” con el único deseo de ver el ritual de Pagano. No obstante,
algunos años más tarde, según Ballvé “sin causa ni motivo”, Pagano mató a dos guardianes.
Entre los castigos a los que fue sometido, se le quitaron sus ratones. A partir de allí Pagano
se convirtió en un “demente furioso” y “fue necesario cargarlo de cadenas”, nunca más fue
tratado con normalidad.33
Para Ballvé, aquella anécdota era sumamente ilustrativa ya que constituía el
“prototipo de un sistema”, el “exponente de una época”. Un hecho de esas características se
produjo en un “ambiente que guardaba perfecta consonancia con las ideas entonces
predominantes sobre la función de las cárceles en el engranaje del mecanismo social”.
Aquellas ratas y su maestro, para el autor, ejemplificaban la educación penitenciaria de esos
tiempos, anacrónica y absurda. Dos décadas más tarde –llegaba al nervio de su discurso– el
autor anunciaba que la Penitenciaría no había cambiado en su aspecto edilicio pero si su
“alma” y su “régimen”. Los “ratones de Pagano” habían sido reemplazados por “los más
complicados mecanismos de la industria moderna”. Finalmente, el Estado cumplía su deber
de imponer a los reclusos el “ejercicio racional” del trabajo como el “más poderoso factor
regenerador” junto a la escuela penitenciaria. La “parodia irreverente y grotesca de la misa
oficiada por los ratones de Pagano, ha sido substituida por la mayor amplitud y brillo en las
ceremonias del culto, dentro de la más absoluta libertad de conciencias”.34
La Penitenciaría se había convertido en ejemplo a nivel mundial –sostenía Ballvé–
por una serie de políticas implementadas en los últimos cuatro años: el trabajo y los
ejercicios físicos, el Tribunal de Conducta, la institución oficial del Patronato de
Excarcelados, la reducción de condenas por parte del Presidente (para suplir la ausencia de

33
El trabajo de Inocencio Torino sobre Pagano fue titulado “Estado mental de A. Pagano” y publicado en los
Anales del Círculo Médico Argentino en 1884. El escrito, de 29 páginas, fue comentado en el Anuario
Bibliográfico de la República Argentina, Año VI, 1884, Buenos Aires, Imprenta de M. Biedma, 1885, p.179:
“Expone el Dr. I. Torino los hechos consignados en la ruidosa causa seguida al procesado A. Pagano,
resumiéndolos convenientemente y entrando en extensas consideraciones para llegar a la conclusión de que el
reo «padece de una neurosis periódica que afecta sus centros intelectuales, se traduce en tentativas homicidas,
de las que conserva un recuerdo más ó menos completo en los momentos próximos al ataque, pero que los
olvida á medida que vuelve a su estado normal; que su delirio es consciente y le permite dentro de él proceder
con cierto discernimiento; aunque sus actos no obedezcan á la lógica ordinaria o fisiológica; que las
violencias de que lo acusa su esposa fueron las manifestaciones primitivas de la neurosis; que ésta fue
acentuándose bajo la influencia de las bebidas alcohólicas de que abusaba; y que probablemente apareció o se
acentuó un delirio de las persecuciones que engendró el delirio de los actos que lo llevó ante el juez del
crimen; y que, finalmente las escenas de la Penitenciaria no fueron sino la repetición del acceso”.
34
RP, pp.13-15.
la libertad condicional por parte del Código Penal), la fundación del Instituto de
Criminología, la instalación de un “museo criminal”. Todas estas políticas implantadas con
“una fe inquebrantable en los propósitos y con el entusiasmo propio del más profundo
convencimiento”. Finalmente, concluyó sosteniendo que el impulso de la gran obra del
hospital penitenciario se basaba en “el concepto científico moderno de penalidad” según el
cual las cárceles no eran sino “grandes hospitales de clínica psicológica” en los que,
además de la salud mental debía cuidarse la salud física de los reclusos. Por esa razón el ex
diputado por la Capital, Emilio Gouchón, presentó al Congreso en 1904 el proyecto de ley
ordenando la construcción de un pabellón-enfermería, que acabaría convirtiéndose en el
hospital que se inauguró en 1908.35
Para concluir, cabe señalar que los dos textos de Ballvé que hoy se reeditan no
sólo condensan sus principales ideas sino que representan buena parte de los discursos
dominantes de la época sobre los temas penales. Su reedición, sin dudas, constituye un
significativo aporte para el conocimiento de la cultura científica argentina y del mundo de
las prisiones a comienzos del siglo XX.

Anverso y reverso de la medalla de la inauguración del Hospital Penitenciario (Ley n°4.638)

35
RP, pp.16-21.

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