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INICIOS

El primer documento habla sobre el posible origen del nombre "Blackberry" relacionado con las bolas negras e irregulares que usaban los esclavos en las plantaciones. El segundo documento analiza la obra de teatro "Yo también hablo de la rosa" y plantea la pregunta de qué hace falta para que una comunidad se interese por las situaciones de niños en situación de vulnerabilidad. El tercer documento describe la rutina mañanera de un hombre durante la cuarentena y cómo logra mantener su intimidad a pesar de tener reuniones virtuales de trabajo desde su casa
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INICIOS

El primer documento habla sobre el posible origen del nombre "Blackberry" relacionado con las bolas negras e irregulares que usaban los esclavos en las plantaciones. El segundo documento analiza la obra de teatro "Yo también hablo de la rosa" y plantea la pregunta de qué hace falta para que una comunidad se interese por las situaciones de niños en situación de vulnerabilidad. El tercer documento describe la rutina mañanera de un hombre durante la cuarentena y cómo logra mantener su intimidad a pesar de tener reuniones virtuales de trabajo desde su casa
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BLACKBERRRY- FABIÁN CASAS

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Hay algo que no sé si es cierto pero que me gustó mucho cuando lo escuché: el
origen de la palabra Blackberry. Dicen que viene de las bolas negras e
irregulares que usaban los esclavos en las plantaciones de algodón en los
estados Unidos. Irregulares –con la forma granulada de la cereza– para que los
muchachos no se pudieran desplazar fácilmente. ¿Será verdad? Tal vez como
sucede en el ensayo de Borges, Kafka y sus precursores, la idea de esclavitud
que conlleva ser adicto a los blackberrys hizo que se creara la historia de los
esclavos a posteriori.

¿CÓMO VOLVER SOSTENIBLES LAS INFANCIAS ROTAS? ABREVAYA

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En la obra de teatro Yo también hablo de la rosa, el dramaturgo mexicano


Emilio Carballido cuenta la historia de Toña y Polo, dos niños pobres que
faltan a la escuela. Polo falta porque no tiene zapatos, recién se los van a
comprar la semana siguiente; Toña, porque no hizo la tarea. Pasan la tarde
juntos. Se meten en una cabina de teléfono, quieren sacar unas monedas
para conseguir golosinas. Caminan cerca de las vías de un tren, aparece una
alfombra de basura, el sol explota sobre uno de los barrios populares de
México. Revisan botellas, papeles, chapitas. Encuentran una lata llena de
cemento. La hacen rodar, la quieren llevar a la vía. La empujan entre risas
nerviosas, visualizan la travesura. Suena un silbato a lo lejos. El tren se
acerca. Ya no hay modo de detener lo que pasa. Se oye el estruendo del
descarrilamiento.

La obra transcurre con distintas voces que interpretan ese acontecimiento, y


la primera escena es un disparador de otras situaciones de las que el autor
quiere dar cuenta. Empiezo a escribir esta nota sobre M., recuerdo ese texto
de Carballido y me pregunto qué tiene que pasar para que una comunidad se
decida a ver de cerca una situación. Tiene que descarrillar el tren para que
estemos todxs mirando.
TE PREFIERO FUERA DE FOCO. CASTILLA Y CANEVARO

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Rodolfo se levanta y va al baño. Se mira fijo al espejo, coteja en su reloj.


Tiene 30 minutos para la reunión que fijó su jefe. Se ducha, se abrocha la
camisa y se peina mientras revisa los papeles que debía preparar para el
encuentro. Va a la cocina, prende la cafetera junto con la computadora. Ubica
la taza a un costado de la computadora y antes de sentarse cierra las puertas
de las habitaciones donde su mujer y sus dos hijos aún duermen. En la
pantalla empieza a sonar la conexión de distintas aplicaciones de
videollamadas. Primero tendrá una reunión a solas con su jefe por Skype.
Después, una grupal por Zoom. Está un poco nervioso, todavía no maneja
bien esos programas. Pero sentir la tela del pantalón pijama y el calor de las
pantuflas en sus pies lo calma, es su mundo íntimo presente como nunca en
una reunión de trabajo. Su rebeldía y su derecho adquirido durante la
cuarentena. Ríe.

EL MÓVIL DE HANSEL Y GRETEL. CASCIARI

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Anoche le contaba a la Nina un cuento infantil muy famoso, el Hansel


y Gretel de los hermanos Grimm. En el momento más tenebroso de la
aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las
estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos
habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos
en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice, justo
en ese punto de clímax narrativo: "No importa. Que lo llamen al papá
por el móvil".

EL TEXTO ES EL LECTOR. ÁNGELA PRADELLI


Muchas veces me habían recomendado al acupunturista de
Temperley. El médico japo, como lo llamamos casi todos, o el doctor
chino, como le dicen unos pocos, es, en realidad, taiwanés. La
mañana en que por fin decidí llamar, su secretaria me dio un turno
para el que debía esperar tres meses. Me quejé porque me parecía
una demora excesiva y pregunté qué pasaba si una estaba con una
urgencia, un fuerte dolor en la espalda, por ejemplo.
–¿Entonces no lo toma? –me preguntó la secretaria.
A los tres meses, uno de los primeros días de mayo, llegué una
mañana a mi primera sesión de acupuntura con el japo. Fui puntual
y tuve que esperar unos minutos. El acupunturista me saludó con
una sonrisa y me hizo un gesto para indicarme que me sentara a su
escritorio, frente a él. El español del médico japo se reduce a un
puñado de palabras que no alcanzan para mucho, pero es todo lo
que hay. “No habla pero seguro entiende”, pensé. Algo dijo él en ese
momento en un español difícil de comprender, casi irreconocible. Me
pareció que era buen momento para explicarle por qué había ido
pero el japo me chistó y no me quedó más remedio que callarme.
Permanecí quieta, esperando la próxima indicación mientras
pensaba cómo íbamos a hacer para entendernos. Traté de recordar
quién me lo había recomendado. A mi izquierda había un cortinado
azul muy grande, de una tela liviana. Algo –¿era un llanto?– venía
del otro lado del cortinado. El acupunturista se levantó y abrió uno
de los paños de la cortina. Vi que del otro lado había cuatro

camillas, tres de las cuales estaban ocupadas por otros pacientes.


Me impresionó la cantidad de agujas que tenían los cuerpos. Sí, era
un llanto y venía de la mujer que estaba en la segunda camilla.
Menos la mujer que lloraba, el resto de los pacientes estaba boca
abajo. La mujer tenía muchas agujas clavadas en la frente,
alrededor de los ojos y en el entrecejo. El acupunturista se detuvo a
su lado. La mujer siguió llorando. Él agregó un par de agujas en su
entrecejo, dijo una frase que no entendí y supongo que tampoco la
entendió la mujer. Al volver, el acupunturista cerró el cortinado y se
sentó otra vez frente a mí. Cómo entender lo que me decía. Me
auxilió su secretaria. “Tiene que poner los brazos así”, me dijo la
muchacha. Seguí las instrucciones y apoyé entonces mis brazos
sobre el escritorio de tal forma que las palmas de la mano miraran
hacia arriba. La secretaria se retiró y permaneció del otro lado del
cortinado azul. El acupunturista apoyó las yemas de sus dedos en el
dorso de mis muñecas y con los ojos cerrados ejerció una presión
leve. Intenté otra vez describirle el dolor que me había llevado hasta
allí. Él permaneció con los ojos cerrados y largó un nuevo chistido
para que me callara. Miré a ese hombre que intentaba leer los
síntomas en mi cuerpo a través de sus manos. Permanecimos así
durante algunos minutos. Lo que vi frente a mí fue a un lector,
alguien que recorría un territorio desconocido tratando de reconocer
las zonas por las que transitaba. Alguien que, en esa lectura, se
conectaba con el otro y en su exploración trataba de observar los
signos que se le presentaban, esforzándose por darles un sentido.

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